Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

La dama del viento 25 agosto 2009

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 19:35


Habían caminado por un largo recorrido hasta llegar a su destino. Un camino que no había sido fácil, ni mucho menos divertido. Selena, acompañada de dos de sus siervos, Faustino y Claudio, no se había detenido en ningún momento. Su obsesión era llegar cuanto antes a la cima de la montaña y atender a la llamada de esa voz que había tronado en su mente en las últimas semanas y que le decía: Ven. Toma el cristal. Libera el aire.


Ella no sabía qué significaba, ni quién hablaba, pero instintivamente supo adonde debía dirigirse. Por supuesto que no iba a ir sola, bien sabía los peligros a los que podía estar expuesta caminando por lugares tan inhóspitos como aquél, y por eso llamó a sus siervos, con el fin de protegerla aunque ahora, al borde de lo que podía ser el fin del mundo, Faustino y Claudio estuvieran tan asustados que poca protección podían ofrecer a su dueña.


Era una montaña muy alta, rocosa, de tonos marrones y grises, y que se exhibía a la intemperie sin que ninguna otra la resguardase. A su alrededor una ráfaga corría envolviéndola, como si anunciase una tormenta de aire que pronto desencadenaría en un huracán que arrastraría a los tres intrépidos a una muerte segura. Pero por más que los dos hombres imploraban a Selena a volver, ella continuaba su ascenso como si no escuchase las suplicas. En realidad no las oía, pues en su mente, la voz dulce de otra mujer, que durante mucho tiempo le había rogado que acudiera hasta allí, continuaba retumbando como si de un hechizo se tratase y que impedía que retrocediese y no cumpliera el cometido para el cual le había llamado.


– Selena… Mi señora… Debemos volver. Más arriba el viento podrá con nosotros –gritó Faustino intentando hacerse oír entre el ruido del viento, al tiempo que luchaba por mantenerse en pie. El vendaval era tan fuerte que, aunque se habían agarrado con fuerza a las rocas, todos sentían como se venían hacia atrás sin remedio. Y aunque el hombre volvió a insistir, Selena prosiguió el ascenso, adelantando a sus dos siervos, y finalmente se volvió hacia ellos con la mirada helada, casi diabólica, y con los ojos iluminados de un verde vivo.


– Seguiremos hasta el final –ordenó y los dos hombres se miraron asustados. Selena parecía diferente.


Continuaron el ascenso muy pendientes de ella, quién había logrado un inyección de fuerzas sobrehumana que hizo que se fuera distanciando de ellos. Era como si el viento sólo los frenase a los dos hombres y ella, como si levitara mecida por el aire, ascendía sin mayor problema.


Momentos antes de llegar a la cima, Selena encontró una cueva con un gran techo por donde prosiguió su camino sin esperar a los dos hombres. Sentía una gran atracción por ese lugar y respondía a la llamada de la voz de su mente con una gran satisfacción. Minutos después, Faustino y Claudio aparecieron, mirándose asustados por el lugar por donde caminaban ahora; una cueva llena de piedras verdes que desprendían un haz de luz uniforme que la convertía en un lugar bastante tétrico. Al menos en el interior no soplaba el aire. Anduvieron aligerando el paso y siguieron la silueta de Selena que se perdía en la lejanía.


Finalmente los hombres alcanzaron a su dueña, quién se había detenido enfrente de un pedestal que sujetaba un cristal ovalado de ese mismo tono de las rocas que iluminaban el lugar. Era casi mágico, muy hermoso, y provocaba una atracción inusitada a todo aquél que lo mirase. Sobre todo en Selena, que permanecía de pie, con la boca abierta y embriagada por la sensación que la inundaba. Sus dos hombres se quedaron unos pasos atrás, también hechizados por la belleza del cristal, pero asustados al mismo tiempo.

De repente, la voz que sonaba en la mente de Selena se pudo oír en toda la cueva. Una voz de una mujer dulce, pero a su vez fuerte y dominante.


– Selena, coge el cristal –ordenó la voz-. Tómalo y libérame. Conviértete en mi aliada. Juntas seremos las dueñas del mundo.


Y Selena, sin vacilar, caminó hacia el altar dispuesta a tomar el valioso objeto entre sus manos. Claudio corrió hacia ella, interponiéndose entre el altar para impedir que obedeciera la voz de aquella mujer, y la agarró de los hombros cortándole el camino.


– Mi señora, no lo haga –imploró con la voz quebrada-. Marchémonos de aquí de inmediato.


– ¡Apártate de mi camino! –gritó ella y él negó levemente.


– No, mi señora. Estoy aquí para protegerla. –respondió asustado. Entonces los ojos de Selena volvieron a teñirse de un verde intenso y con una fuerza sobrenatural lanzó a su siervo contra las rocas.


– ¡No toques a la dama del viento! –gritó Selena, pero con la voz de aquella otra mujer.


Faustino se quedó perplejo, asustado, y contempló cómo Selena se acercaba al pedestal y tomaba el cristal entre sus manos, acariciándolo suavemente. Entonces el aire que soplaba afuera se detuvo y un gran silencio invadió el lugar, hasta que, de repente, Selena empezó a sentirse extraña, cómo si estuviera recorriendo por sus venas algún tipo de energía. Notaba cómo los músculos palpitaban, su respiración se aceleró y fue entonces cuando sucedió.


Claudio y Faustino fueron testigos de cómo Selena se convertía en una extraña criatura. Sus delgadas piernas se alargaron y se hicieron más corpulentas rompiendo sus vestimentas, sus pies se transformaron en unas garras, de la espalda empezaron a nacer unas fuertes alas de gran plumaje de color rojo y verde, las orejas se alargaron, las manos desarrollaron unas afiladas uñas y de su cara emergió un enorme pico de águila mientras su piel se llenaba de plumas. Los ojos cobraron intensidad y ella emitió un alarido de ira y furia.


Selena se había convertido en la bestia de aquella mujer, el instrumento con el que se valdría para someter al mundo, y ahora tenía enfrente a sus dos primeras víctimas; esos hombres asustados que contemplaban la figura la nueva criatura levitando sobre sus cabezas. Emitió un leve alarido, se cubrió con sus alas y empezó a girar sobre sí misma invocando el poder que le confería aquella diosa, absorbiendo todo el aire sin que ellos lo percibieran. Hasta que finalmente abrió las alas con fuerza extendiendo los brazos y dejando que la cueva se volatilizara. Se rompieron todas las paredes provocando el desmembramiento de esos infelices, partiendo la montaña en dos y dejando libre a la criatura que se erguía de un modo insinuante sobre un cielo teñido de rojo.


Y la diosa habló a su creación


– Ve, Garuda, a recuperar nuestro mundo. ¡Mátalos a todos!


Y Selena chilló iniciando su camino, preparada para cumplir su misión. La dama del viento había despertado.


Roberto Arévalo Márquez


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Pregunte a los solitarios

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 19:30


Era una noche oscura, de ésas que no tienen luna y las estrellas parecen haber desaparecido del firmamento, con el cielo encapotado por una densa nube que impregnaba el aire de los olores que avisan de una próxima lluvia. Las calles estaban desérticas. Ya nadie caminaba por ellas. Permanecían vacías, inertes, ajenas a las historias de las personas que solían transitar a plena luz del día. Ahora todas estaban en sus casas; descansando, durmiendo, y sólo estaba yo, caminando sin rumbo definido, como un vagabundo que intenta encontrar el lugar idóneo para resguardarse antes de qué las primeras gotas empapen el empedrado de las calles.


A mí me daba lo mismo que la lluvia empezase, que mojase mi cuerpo y lo enfriara. Tal vez así, al menos podría sentir una sensación diferente a la que entonces me anegaba, o quizás, si la tormenta me encontraba, podría caminar con un motivo, una misión, algo que me evadiera de ese pensamiento atroz que se cernía sobre mí cómo el virus más violento jamás inventado por los hombres… Pero ¿Acaso ya no estaba enfermo de él? ¿No estaba sufriendo en mi propia piel ese mal que tan extendido estaba en el mundo? Esa pandemia a la que muchos llamaban soledad.


Los primeros truenos rompieron el silencio de la noche y los destellos de los relámpagos me iluminaron un camino aún por definir. Todo indicaba que sería una gran tormenta, que lo lógico sería que me resguardase. Pero no quería quedarme en casa. Al menos en la calle el silencio parecía menos denso y no había nada que evocase a la verdadera tormenta que me ensombrecía, la que tenía lugar en mi interior. Porque, ¿Cómo vive uno en soledad cuando jamás ha estado solo? Y en la oscuridad de aquella noche, caminaba con la esperanza de encontrarme con el resto de solitarios para poder preguntarles.


Anduve largo rato hasta donde quisieron llevarme los pies, sin pensar en nada en concreto. Sólo me dejé llevar por el ambiente húmedo y la tranquilidad propia de las altas horas de la madrugada, hasta que al fin rompió a llover. Me empapé en muy poco tiempo, el agua caía con gran virulencia, pero proseguí sin acelerar el ritmo hasta que me topé con la entrada de un bar que aún permanecía abierto.


Entré, sacudiéndome previamente para evitar mojar el suelo, y observé el local con sumo detenimiento. Había poca iluminación, tan sólo dos lámparas y una serie de velas rojas dispuestas en cada mesa, pero la suficiente cómo para reparar en la amplia gama de marrones que coloreaba el ambiente: Con grandes cuadros de paisajes en tonos sepia con marcos dorados dispuestos en las paredes, ceniceros oscuros, y mesas y sillas de madera maciza.


Sólo había dos personas; el camarero y una mujer sentada en la barra, abandonándose en el fondo de su vaso de whisky, sin intercambiar palabra alguna y dejando que el leve susurro del televisor prevaleciera a cualquier otro sonido. Yo me acerqué, me senté en uno de los taburetes y alcé la mano para llamar al hombre vestido de camisa blanca y mandil y pajarita negra. Pedí un ron y permanecí ahí sentado en compañía de esos dos desconocidos con quienes compartí el silencio que nos separaba. Era como si hubiera encontrado la sede de algún club de solitarios, aquéllos a los que buscaba para preguntarles cómo se vivía sin alguien a su lado.


Así estuvimos bastante rato, no reparé cuanto tiempo pasó, hasta que al final surgieron las palabras entre nosotros, emergiendo desde lo más hondo de nuestras almas para poner en manifiesto lo que ya todos sabíamos. Éramos tres solitarios; mujer y camarero ya muy experimentados en estos menesteres, mientras yo me estrenaba en este nuevo estado, estigma en tiempos pasados.


Y les pregunté y ellos respondieron con tristes historias de almas desoladas, de amores perdidos que abandonaron a su suerte confiando en que otros nuevos aparecerían, aunque éstos todavía no habían llegado. Me dijeron que jamás te acostumbras, que cuando te crees lo suficientemente fuerte y grande para hacerlo todo sin ayuda, te das de bruces contra el suelo. Afirmaron conocer el dolor y la angustia, algo que emergía con frecuencia: Al ver cómo en la mesita de noche del otro lado de la cama seguía sin haber nada más que una triste lámpara, al comprobar que otra vez les ha salido comida para dos, al no tener con quién salir en las fotos de los viajes que hacían solos, al alzar la copa al viento para desearse un feliz año nuevo…


Escuché atentamente hasta que los hielos de mi vaso quedaron completamente deshechos. Me bebí el ron aguado y regresé a mi casa cuando todavía no había salido el sol, horrorizado por los testimonios de la mujer y el camarero, unos testimonios que me atormentaron durante todo lo que quedó de noche, pues al volverme en la cama reparé en el hueco que había quedado libre. Pensé en todo lo que me habían dicho y al día siguiente no pude hacer otra cosa que volver para que me dieran la respuesta que no me habían dado.


Ya han pasado diez años desde entonces y aún sigo sentado en la barra de este bar en las altas horas de las noches oscuras. Ahora eres tú quien ha entrado por esa puerta. Te has sentado en el mismo taburete y has pedido al camarero que te sirva del mismo tipo de ron que yo bebí entonces, dejando que el silencio nos acompañase de nuevo, hasta que lo has roto para preguntarme cómo viven los solitarios. Y esta ha sido mi respuesta, la misma que me dio la mujer que está sentada en el fondo del bar, la misma que le dio el camarero cuando ella se sentó por primera vez en esta barra.


Ahora ya sabes donde encontrarnos: Ésta es nuestra sede y éste nuestro club. Recuerda que el bar sólo abre por las noches, de doce a cuatro de la madrugada. A esta ronda invito yo. Te veré mañana.


Roberto Arévalo Márquez