Relatos sorprendentes

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Casa gótica 14 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Casa Gótica

Cada vez que Juana pasaba frente a esa antigua casa se quedaba extasiada admirando los complicados adornos que le daban más el aspecto de una catedral gótica en miniatura que de una vivienda. Sin embargo, la similitud terminaba con el escudo de armas que coronaba su fachada principal; el cual representaba la cabeza  de un carnero o algo por el estilo.

Por lo que podía apreciar a simple vista, era una construcción muy sólida, nada de la tabiquería que se acostumbra usar ahora.

Juana calculaba que la casa gótica, como ella la llamaba, debía haber sido construida a fines del siglo XIX o principios del XX; tal vez perteneciente a alguno de los famosos millonarios surgidos de la explotación de los yacimientos salitreros del norte o de las minas de carbón del sur, que mencionaban los libros de historia.

Esa tarde no era la excepción, después de admirarla por algunos minutos cerró su chaqueta para protegerse del viento otoñal y continuó su camino a la casa que arrendaba con una amiga, con quien compartía los gastos.

Hace dos años que había llegado del sur a vivir a la capital, en busca de mejores oportunidades; gracias a los contactos de un tío suyo, encontró rápidamente trabajo. Desde el primer día congenió muy bien con Teresa y al cabo de unos meses se les ocurrió que podrían arrendar juntas una casa y así ahorrar algo de dinero. Una tarde mientras conocían los alrededores, pasaron frente a la casa; si hubiese sido una persona se podría haber dicho que fue amor a primera vista, aunque más parecía una obsesión, ya que necesitándolo o no, desde esa vez Juana hacia un rodeo innecesario para pasar frente  a aquella magnifica propiedad antes de ir directamente a su casa.

Había cosas que en Juana y Teresa coincidían y otras discrepaban totalmente, pero a pesar de todo se llevaban muy bien. Juana prefería las películas de aventuras, en tanto que Teresa las de terror, así es que los fines de semana alternaban las películas; en cambio a ambas les fascinaba la música rock de los ochenta y noventa. Por otro lado, Teresa acostumbraba lucir siempre de negro, incluyendo el color de sus uñas, mientras que Juana prefería jeans y uñas rojas. Con el tiempo cada una se acostumbró a los gustos y forma de ser de la otra. Juana no tenía pareja desde que llegó a la ciudad a pesar de los intentos de Teresa por conseguirle una; Teresa en cambio tenía varios amigos y amigas a los cuales en un principio solía invitar a casa; al ver que a veces esto le molestaba a Juana, acordaron que semana por medio cada una podría disponer de la casa para sí sola por dos noches.

La fijación de Juana por la casona había llegado hasta el punto de que había puesto fotografías de ella en el fondo de escritorio de su computador y se pasaba horas retocándolas o modificándolas un poquito e imaginando cómo sería su interior.

El último cumpleaños de Juana cayó un viernes que a Teresa le correspondía la casa, pero como ella estaba muy ocupada cocinando y preparando cosas para sus invitados, no quiso importunarla. Al ver que preparaba la mesa para una cena de dos personas y ponía en ella una caja de terciopelo negro con una cinta roja de regalo, intuyó que ya era hora de dejar a solas a su amiga.

-Supongo que tu invitado ya debe estar por llegar, así es que te dejo sola para no molestar; dijo Juana al ver que Teresa se había puesto un vestido de fiesta nuevo, de color negro como era de esperarse.

-Espera, no te vayas. Esta noche tú eres mi invitada, a menos que quieras pasar tu cumpleaños sola; dijo Teresa con una sonrisa.

-¡Te acordaste!; respondió Juana contenta abrazando a su amiga.

-¡Claro que me acordé! y he estado toda la tarde preparando la celebración. A propósito, hay algo para ti encima de tu cama; le comentó Teresa.

Curiosa Juana fue a ver de qué se trataba. Encima de la cama había muy estirado un vestido de fiesta nuevo igual que el de Teresa, pero de color rojo. Después de un rato salió luciendo su nueva tenida, emocionada como una niña chica.

-Es precioso; dijo Juana. -Muchas gracias.

-Y te queda súper bien; observó Teresa.

La cena la pasaron riendo, contando anécdotas y bromeando y cada cierto tiempo los ojos de Juana se iban hacia la caja de terciopelo negro; Teresa se sonreía pero no decía nada, mientras su amiga tamborileaba con los dedos.

-Ábrelo, es para ti; dijo por fin Teresa.

Con dedos apresurados Juana soltó la cinta y levantó la tapa. Con aire de curiosidad miró la joya y la tomó en el aire para verla mejor.

-Es muy lindo, muchas gracias; dijo Juana sinceramente.

-Si piensas que el pentagrama invertido es un símbolo satánico permíteme corregirte, espera un poco; pidió Teresa parándose y volviendo al poco rato con un libro.

-Mira, aquí dice que este es un símbolo que protege de las malas energías; explicó a su amiga.

-Ya veo; contestó Juana mientras ojeaba con curiosidad el libro.

-Déjame ponértelo; ofreció Teresa.

-Sí; aceptó Juana. -Vaya, es pesado.

-Es de plata maciza pura; respondió Teresa.

-Pero  debe haberte costado mucho dinero; opinó Juana.

-Oh, por eso no te preocupes; dijo Teresa no dándole importancia. -Lo importante es que a ti te guste.

-Me encanta, no sé cómo agradecértelo; contestó ella.

-Me lo puedes agradecer usándolo siempre; respondió Teresa.

Después de seguir charlando varias horas más y por efecto del vino también, Juana dio un gran bostezo.

-Huy, perdón, ya me dio tuto; se disculpó con Teresa.

-Yo también estoy cansada; respondió ésta. -Vámonos a dormir y mañana vemos que hacemos para seguir celebrando.

-Muchas gracias, eres la mejor amiga que alguien podría tener; agradeció Juana.

En sueños la mente de Juana voló por todos lados. Soñó con el medallón, con Teresa y también con la casa; soñó que la reja se abría sola y cruzaba el gran jardín que había enfrente. La puerta de la mansión estaba abierta y Juana atravesó el umbral; un gran recibidor que comunicaba a un salón fue lo primero que había. Una escalera de mármol llevaba a un segundo piso, en tanto que gruesas columnas de piedra parecían sostener el cielo. Iluminada con candelabros con grandes velas que creaban una atmosfera embriagante de sombras danzantes. Hacia el otro extremo una puerta conducía a un largo pasillo con grandes ventanales con rojas cortinas que dejaban entrar la luz de la luna. Una sólida escalera de piedra llevaba a un pasillo subterráneo alumbrado por antorchas, que llegaba hasta una gran puerta de gruesa madera y hierro donde estaba grabado el mismo escudo que coronaba la entrada de la mansión; el mismo carnero, pero esta vez dentro de un  pentagrama invertido.

Juana se apoyó en la puerta y ésta cedió a su presión, abriéndose y dejando a la vista un gran salón con piso y paredes de piedra, iluminado por antorchas fijas en las paredes. Al fondo del salón, en una especie de tarima de piedra, había lo que parecía ser una gran mesa de granito, en cuyas esquinas ardían cuatro cirios negros.

Cuatro gárgolas de piedra custodiaban las cuatro esquinas del extraño salón. Justo en el centro del piso había un círculo abierto en el piso, del cual surgía un fuego que parecía no apagarse jamás.

La muralla detrás del altar y que quedaba justo frente a la puerta, estaba dominada por un inmenso cuadro que mostraba un pentagrama invertido con la cabeza de un carnero dentro. Las paredes de los lados tenían un cuadro cada una del alto de la misma, retratando una bella mujer con membranosas y grandes alas, que apuntaba uno de sus brazos hacia el pentagrama y el otro hacia las llamas que ardían eternas en el suelo.

La atmósfera se sentía cargada de electricidad, mientras que un extraño olor mezcla de almizcle con un suave toque de azufre penetraba en la mente alterando los sentidos.

Juana caminó hacia el altar, subiendo lentamente los escalones. Sus dedos recorrieron suavemente la piedra y se posaron sobre un puñal con una cabeza de carnero en la empuñadura.

Entonces la puerta se cerró violentamente y el fuego pareció cobrar vida.

Los ojos de Juana se abrieron lentamente cuando la luz del sol de la mañana dio en ellos.

Teresa en la cocina preparaba el desayuno.

-Remolona, ya está servido el desayuno; la llamó. -Ven antes de que se enfríe.

-Espera me voy a vestir; contestó Juana.

-Así no más, que se van a enfriar los huevos con champiñones; insistió su amiga.

-Voy corriendo; respondió Juana, a quien le encantaba ese desayuno y entró despeinada, vistiendo solo una corta camisola y pantuflas.

-Creo que se me pasó la hora; se disculpó con Teresa.

-No importa, total hoy es sábado; aceptó ella.

-¿Cómo dormiste?; preguntó.

-Bien, pero tuve un sueño súper raro; respondió Juana.

Mientras desayunaban, ella relató lo soñado a su amiga.

-Bueno, definitivamente el pentagrama invertido junto con la cabeza de carnero en su interior representa a Lucifer o Satanás, como quieras llamarlo. La mujer con alas debe haber sido Lilith, la esposa de Lucifer; explicó Teresa.

-O sea que soñé con demonios; dijo Juana.

-Según el mito, ambos son espíritus inmortales; continuó Teresa.-Dicen además que necesitan ocupar el cuerpo de un humano para poder moverse en este plano.

-¿Y qué pasa con la persona?; preguntó intrigada Juana.

-Su cuerpo, su mente y su alma deben morir y son reemplazados por las de esos espíritus; concluyó Teresa.

-Uy que miedo; opinó Juana.

-En todo caso solo es un mito; aclaró su amiga.

-Espero que no te haya dado mucho miedo; dijo Teresa. -Igual suena interesante.

-La verdad es que no era una pesadilla, incluso sentía mucha curiosidad y tranquilidad; meditó un rato Juana.

-Que bueno, no es gracioso tener una pesadilla; agregó Teresa.

-Menos mal, te habría despertado a gritos; pensó Juana.

-Y el zapatazo que te habría dado para despertarte; respondió bromeando su amiga.

Ambas rieron de buena gana.

Teresa miró el cuello de Juana y con satisfacción vio que llevaba puesto el colgante.

-Debe haber sido porque estuviste ojeando ese libro; dedujo Teresa apuntando a la mesa de centro.

-Sí, eso tiene que haber sido; coincidió Juana con ella.

La noche siguiente los sueños se volvieron a repetir y la siguiente y la que le seguía. Idénticos, excepto que ahora a Juana le parecía ver la silueta de su amiga a través de las llamas del círculo de fuego.

La próxima noche la figura de Teresa era más nítida y se podía distinguir que vestía una túnica negra que se traslucía con la luz que emanaba de las llamas, dejando ver de forma difusa su figura.

La siguiente noche, Teresa estaba de pie frente al altar con los brazos hacia arriba, sosteniendo el puñal en sus manos.

Una de las mañanas Teresa notó que Juana estaba inquieta y giraba entre sus dedos el medallón.

-¿Estás bien?; preguntó por fin.

-Sí, ¿por qué lo preguntas?; respondió Juana en el tono más desagradable que escuchara Teresa de su amiga.

-Últimamente te he notado algo “especial”; dijo Teresa haciendo un gesto de comillas con los dedos.

-Yo estoy bien, ¿y tú?; devolvió la pregunta Juana.

-Está bien, disculpa si te molesté; respondió Teresa. -Es solo que me preocupo por ti.

-Tranquila que nada malo me pasa; contestó Juana, pasando un dedo por la nuca de su amiga, lo que hizo que una corriente eléctrica corriera por toda su espalda.

-Hoy te toca cocinar a ti; recordó Teresa.

-Ok; respondió su amiga sin más.

-Puré con filete y ensalada; ofreció Juana a la hora de almuerzo.

-Vaya, te han cambiado los gustos parece; comentó Teresa.

-¿Por qué lo dices?; preguntó su amiga.

-Esta carne está prácticamente cruda; observó.

-¿No te gustó?; preguntó Juana con una sonrisa.

-No es eso, tú sabes que así la como yo; respondió Teresa. -Es solo que tú la prefieres bien cocida.

-No me había dado cuenta de lo bien que sabe así; opinó Juana.

-Esta noche la casa es para ti; dijo Teresa.

-Es cierto; meditó Juana. -Hagamos una fiesta.

-¿Es en serio?; preguntó sorprendida Teresa.

-Sí, quiero divertirme esta noche; contestó Juana.

-¡Perfecto!, voy a invitar a unos amigos; aceptó su amiga.

Todo quedó preparado para esa noche. Cerca de las diez, Juana se había puesto su vestido rojo.

-Los vas a matar a todos; opinó Teresa a modo de alago.

-Esa es mi intención; contestó Juana, mientras encendía un cirio negro es cada esquina.

-¿Y esas velas?; preguntó curiosa Teresa.

-Es para darle un ambiente especial; respondió enigmática ella.

-Parece que va a ser una fiesta muy entretenida; pensó Teresa.

El timbre sonó a eso de las diez quince minutos; cuatro amigos hombres de Teresa y dos mujeres llegaron juntos, trayendo algunas botellas de licor.

Todos charlaban amenamente mientras bebían un poco, cuando el timbre volvió a sonar; cinco amigos más llegaron y la fiesta se animó de verdad.

El alcohol y el desenfreno iban en aumento. A pesar de la cantidad ingerida, a Juana no parecía afectarle en lo más mínimo; dejándose llevar bailaba con cuatro hombres a la vez que la rodeaban deseosos mientras ella se contorneaba y los tocaba con sus manos y el sudor corría por su piel.

A la mañana siguiente Juana se despertó muy cansada por toda la actividad de la noche anterior. Al verla levantarse, Teresa solo se limitó a esbozar una sonrisa de aprobación, ya que era la primera vez que veía a su amiga divertirse de verdad. A Teresa la cabeza la dolía terriblemente por la resaca de la borrachera, a diferencia de Juana que estaba como si hubiese tomado solo agua de la llave durante toda la noche; simplemente el alcohol parecía no afectarle a ella.

De salida del trabajo Juana pasó al supermercado, de regreso a casa alguien la acechaba desde tras de un árbol. Ella caminaba sin percatarse de nada y como de costumbre se detuvo a admirar la casona antigua. Inesperadamente sintió un tirón en las bolsas; sorprendida se volvió viendo el cruel rostro de su atacante, el cual al ver que ella se resistía la tomo de la blusa rompiéndosela. Nadie había en la calle que la pudiese socorrer y ningún vehículo se detenía siquiera. Alterada logró separarse de la pared donde la había arrinconado el asaltante; comprendió que su vida estaba pendiendo de un hilo. Miró a todas partes buscando una salida, pero nadie la salvaría. A lo lejos las luces de un camión que no parecía querer detenerse se aproximaban rápidamente; furiosa dio un fuerte empujón a su agresor justo cuando el camión estaba por alcanzarlos. Las ruedas del pesado vehículo aplastaron el cuerpo del bandido, provocándole una muerte instantánea. Con una cruel sonrisa en los labios Juana emprendió el camino a casa como si nada hubiese ocurrido.

-¿Pero qué te pasó?; preguntó Teresa muy alarmada al ver la ropa rota de su amiga.

-Trataron de asaltarme cuando salí del supermercado; contestó Juana.

-¿Estás bien?, ¿te hicieron algo?; preguntaba Teresa mientras la revisaba entera. -Hay que avisar a la policía para que busquen a ese animal.

-No me hicieron nada, no te preocupes; respondió Juana. -No es necesario avisar a nadie.

-¿Cómo que no?; preguntó molesta su amiga.

-Al asaltante lo atropelló un camión y está muerto; explicó simplemente Juana.

-¿Cómo ocurrió eso?; preguntó intrigada Teresa.

-Cayó a la calle justo cuando venía un camión; explicó ella.

¿Y lo mató?; preguntó preocupada.

-Sí, yo misma vi cuando le pasó por encima y lo molió entero; continuó Juana.

¡Pero qué horror!; exclamó Teresa.

-Se lo merecía; opinó Juana. -Bueno me voy a duchar.

Teresa quedó de una pieza ante la frialdad de su amiga.

Al rato Juana salió vistiendo una blusa blanca de gasa y unos jeans muy ajustados.

-Hoy viernes te toca a ti la casa, yo voy a salir a recorrer la ciudad; avisó a Teresa. -Hace siglos que no la veo de noche.

-Bueno cuídate; se despidió de Juana.

Quien conociera a Juana jamás creería que estaba recorriendo bar tras bar y club tras club, dejándose alagar por cuanto desconocido encontraba en ellos. Por más que bebía el alcohol parecía no afectarle. El calor en los clubes y su sensual forma de bailar mojaba su piel de transpiración, lo que hacía que quienes se acercaran a ella perdieran el control y quedaran sumidos a su voluntad; de eso se daba cuenta y deseaba cada vez más.

En un bar, un tipo que no fue de su agrado intentó sobrepasarse con ella; con desprecio lo alejó de su lado y los empleados lo arrojaron fuera. No conforme el hombre esperó a que ella saliera a la calle para seguir con lo que había empezado.

Juana caminó distraídamente sin rumbo fijo y al escuchar pasos tras ella, se detuvo un momento y siguió caminando; sus pasos la condujeron hasta un callejón sin salida. Triunfal el hombre se acercó a su futura víctima.

Juana buscó con la vista algo para defenderse, posándose sus ojos sobre un grueso palo. Sin ningún rastro de compasión descargó una y otra vez la improvisada arma sobre la cabeza del hombre.

El sol empezaba a despuntar por la cordillera cuando ella reanudó su recorrido.

-Llegaste tarde; dijo Teresa cuando Juana entró a la casa.

-Al contrario, es muy temprano, acaba de salir el sol; contestó risueña Juana.

-¿Te vas a acostar?; preguntó Teresa a su amiga.

-No estoy cansada. Me voy a duchar y si quieres salimos a trotar; propuso a ella.

-¿De dónde sacas tanta energía?; consultó curiosa Teresa.

-No lo sé, pero se siente fantástico; respondió Juana a su amiga.

No había mucha gente en el parque, parece que todo el mundo se había divertido la noche anterior. El sol quemaba a pesar del viento que soplaba.

Teresa se detuvo un poco preocupada.

-¿Qué pasa?; preguntó Juana.

-Ese perro que está allá es demasiado mañoso, la otra vez casi me mordió; contestó su amiga.

-Tranquila, no hay que tomarlo en cuenta y no muerde; la tranquilizó Juana.

Teresa iba nerviosa a pesar de las palabras de su amiga. El perro comenzó a gruñirles amenazante, pero cuando estaban cerca de él, agachó la cabeza y gimiendo se alejó corriendo de ahí.

-¿Ves?, a los perros no hay que tenerles miedo; observó Juana.

Después de tomar once, ya oscuro, ambas amigas salieron a pie por los alrededores. Posiblemente sin proponérselo llegaron hasta la casa gótica. La reja se encontraba abierta así es que la franquearon con aire distraído; recorriendo el gran parque frontal, se hallaron junto a la puerta de la casa, la cual casualmente también estaba abierta. Imprudentemente ambas se miraron y con una sonrisa de complicidad entraron en la casa, en la cual parecía no haber nadie.

-¡Hola!, ¿hay alguien?; preguntó Juana en voz alta, sin recibir respuesta.

-¿No hay nadie?; gritó a su vez Teresa, la cual tampoco obtuvo respuesta.

-Es exactamente como en el sueño; dijo Juana sumamente sorprendida.

-A lo mejor alguna vez estuviste aquí; opinó Teresa.

-No, nunca; respondió Juana.

-Puede que cuando muy niña y no lo recuerdas; insistió Teresa.

-No creo, bueno quién sabe; meditó su amiga.

-¿Existirá el subterráneo?; se preguntó Teresa.

-Averigüémoslo; propuso Juana.

Las dos impulsivas jóvenes avanzaron por el pasillo entre los rayos de luna que pasaban por entre las rojas cortinas de terciopelo. Al final del mismo encontraron una sólida escalinata de piedra cuyos peldaños descendían unos cuantos metros.

-Las antorchas están encendidas; comentó Juana en voz baja a su amiga.   -¿Quién las habrá prendido?

En respuesta ésta solo se encogió de hombros.

La cabeza del carnero dentro del pentagrama invertido las esperaba adornando una pesada puerta de negra madera, la cual se abrió bajo una suave presión de la mano de Teresa.

Un inmenso salón de piedra se extendía ante ellas. Un círculo abierto en el suelo dejaba salir grandes llamas danzantes; un altar de piedra dominaba la vista el entrar, coronado por un gran pentagrama invertido.

En las paredes colgaban grandes cuadros del alto de las mismas, en que aparecía retratada una mujer de belleza inusual con dos grandes alas membranosas. Cuatro gárgolas que parecían estar vivas, cada una en cada esquina, completaban la decoración.

Una atmósfera cargada de electricidad producía un agradable cosquilleo en la piel, el que mezclado con un olor de almizcle con azufre que despedían las llamas, hacía que los sentidos se excitasen y la mente se nublara.

-¡Esto es increíble!; exclamó Teresa.

-Es idéntico a mi sueño; respondió Juana.

-Tienes que haber estado alguna vez aquí; concluyó su amiga.

Teresa seguía hablando, pero Juana no lograba oír su voz, solo percibía el movimiento de sus labios. La vista se le comenzó a tornar borrosa y sintió el piso inclinarse, cayendo desmayada.

Poco a poco sus ojos se empezaron a abrir; no sabía cuánto  tiempo había pasado. Sorprendida descubrió que estaba desnuda acostada sobre la mesa de granito; aunque trató de moverse y hablar su cuerpo no respondió. Teresa estaba de pie junto a ella, cubierta solo con una traslucida túnica negra que dejaba ver su juvenil figura. Incrédula notó que del cuerpo de su amiga emanaba una extraña y vaporosa neblina negra.

Al tiempo que pronunciaba extrañas palabras, Teresa alzó en alto un gran puñal, el que dejó caer sobre el pecho de su amiga. La sangre de Juana comenzó a correr por la mesa del altar y bajando por la escalinata se deslizó hasta las llamas que brotaban del suelo, las cuales parecieron cobrar vida propia.

Con el corazón de Juana aun latiendo en sus manos, Teresa se acercó hasta el fuego y en él lo arrojó.

Sobresaltada Juana se despertó cuando el sol ya hacía rato que brillaba sobre la cordillera; junto a ella Teresa la observaba sentada en el borde de la cama en la casa que compartían. Sin decir nada Juana palpó ansiosa su pecho.

-Tranquila, no ha quedado ninguna marca mi señora; la calmó Teresa.

Una sonrisa macabra se dibujó en los labios de Juana, en tanto que sus ojos y los de Teresa se volvieron completamente negros, como si de dos pozos sin fondo se tratase. Del cuerpo de ambas comenzó a brotar una negra neblina, el aire de toda la habitación se llenó de un olor a almizcle y azufre y una atmosfera cargada de electricidad recorrió la espalda de ambas mujeres, haciéndolas temblar levemente de placer. Colgado del cuello de ambas, dos pentagramas invertidos de metal intensamente negro adornaban sus pechos.

El timbre de calle sonó y las mujeres fueron a abrir la puerta.

-Buenos días. ¿La señorita Juana Gómez?; preguntó un hombre vestido de traje y corbata de costosa confección.

-Soy yo; respondió Juana. -¿En qué lo puedo ayudar?

-Mi nombre es Ramón Ramírez y soy abogado; se presentó el recién llegado.

-Espero no haberme metido en algún lio; pensó en voz alta Juana.

-Oh, nada de eso, al contrario; dijo él.

-Pase y explíqueme de que se trata; lo invitó Juana.

-Bueno, debo comunicarle que usted es la única heredera de la Mansión Martner, que por casualidad se ubica a un par de cuadras de aquí; explicó el abogado.

-¿Se refiere a la casa gótica?; preguntó sorprendida Teresa.

-Sí, esa es una buena descripción; aceptó el hombre.

-¡Esto es increíble!; exclamó Juana.

-Bien, aquí están los documentos y la escritura de la propiedad; usted solo tiene que firmarlos y yo me encargaré de todos los trámites necesarios para hacer legal y efectiva la transferencia; explicó el abogado sacando una pluma fuente de oro.

Teresa miró a Juana con una sonrisa de satisfacción mientras estampaba su firma en varios papeles que el hombre le pasaba.

-Mmm, ¡qué extraño pero agradable aroma hay en el aire!; observó el abogado mientras guardaba los documentos en su maletín.

-Es un aromatizante ambiental; explicó Juana.

-Ya veo; respondió él. -Realmente es muy interesante el olor.

Amablemente de igual forma en que había llegado, el abogado se marchó.

Una vez que la puerta de la casa se cerró, los ojos de ambas mujeres volvieron a ser como dos negro agujeros de profundidad sin fin y una siniestra sonrisa se dibujó en ellas, al tiempo que Juana desplegaba unas impresionantes alas membranosas como las de las gárgolas y Teresa se arrodillaba a sus pies inclinando la cabeza.

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2 Responses to “Casa gótica”

  1. Eva Says:

    Terrible miedo. ¿Qué más decir?…


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