Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Highway to hell 28 junio 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — raúl @ 23:47

Cerré con llave y a la calle de nuevo. La plaza era un enjambre de fe, aparcados había lo menos siete autobuses. Gente de, por y para Torino. Querían ver la Sábana Santa y allí estaban todos, hispanos, italianos con sus familias, chinos, escandinavos, abuelos y nietos, gente con uniforme, azafatas, perros y perras.
No había una terraza donde hubiera sillas libres, hacía un día de primavera puro y directo, eran las seis de la tarde y mi único objetivo del día era llegar antes de que el supermercado cerrase para agenciarme unas cervezas.
Debería de ir a ver la Sindone, dicen que la sacan a exposición cada diez años y quién sabe donde coño estaré yo en diez años, quizás me arrepienta, quizás sea una buena anécdota para contar a una madre, o puede que le deba algún día dinero a un cura, aunque eso ya importe menos, y menos aún la sábana del hijo−de−virgen ese, ¡Cristo las cervezas!
Vittorio Veneto es una plaza enorme, está dividida en cuatro plazas peatonales articuladas en cruz por dos vías para los coches. Cada plaza tiene bajopórticos bares, cafeterías y restaurantes con terrazas. Es la parte de atrás de mi casa. En mis cascos se oía “Giving the dog a Bone” y los silencié, quería escuchar lo que decía el camión que en ese momento y bajando por Via Po adelantaba a los autobuses blancos y entraba en la plaza con gran alarma. Yo cruzaba la plaza camino de mi objetivo.
Eran cuatro comunistas en una camioneta descapotable, iban fumando y agarrando un gran bloque de altavoces, encima de los altavoces estaba la voz del camión. El tipo se me parecía físicamente, leía un panfleto. Lo que el yo comunista venía a decir es que basta ya de tanta mentira y tanto buscar el dinero y jugar con la fe, que mientras los niños se mueren de hambre, la iglesia venerada en oro se enriquece con un sábana científicamente datada en el miltrescientos, en fin, nada nuevo que no supiese la gente que había en la plaza.
Llegué a tiempo para comprar las cervezas, también compré dos bandejas de alitas de pollo y una pieza de queso. De regreso me encontré delante de una galería de arte en la que no me había fijado hasta ese momento. Suelo de madera, paredes blancas y cuadros. Y allí estaba en una esquina, a cinco metros de mi, el cuadro mas maravilloso jamás pintado. Estaba completamente convencido de ello. El cuadro mediría dos metros de ancho por dos metros de largo, un poco mas que la Sindone. Era un espacio negro alterado, había infinidades de trazos de diversos negros, y todos ellos gritaban y se movían. Y en el centro del cuadro dos trazos blancos, esos dos trazos blancos parecían tener la culpa de todo aquel revuelo, de aquella tormenta en la que me encontraba sumergido. ¡Era magnífico, sublime!, debería enseñarle al pintor alguno de mis relatos pensé.
Yo estaba mirando al cuadro desde la calle, desde una de las ventanas que la galería tenía; esta ventana, esto lo supe después, era la que peor visión tenía si lo que querías ver era el cuadro. No se cuanto estuve allí parado mirando el cuadro, creo que fue mucho tiempo, pasaron muchas personas por mi lado y ninguna de ellas fue capaz de adivinar lo que me mantenía absorto, pero pasaron muchas. Pensé en robarlo, en comprarlo y en copiarlo. También pensé en entrar en la galería y preguntar por el autor del cuadro; hice esto último.
Al entrar dejé al cuadro a la izquierda de mi campo de visión, era diferente. Me sentía bien andando por aquel pasillo, suelos de madera, paredes blancas y nada de decoración, creo que lo llaman nihilista o algo así. Todo estaba en silencio, no llegaba ningún ruido de la calle. Iba mirando a los lados mientras andaba por allí, en armonía. Había mas cuadros.
Al fondo de la galería y en una mesita a modo de secretaria estaba sentada una vieja que apuntaba cosas de forma frenética, solo apartó la vista de sus hojas cuando ya me tuvo justo enfrente. Parecía que llevase allí una vida. Llevaba una camisa de flores a juego con su pelo rizado, me miraba por encima de unas gafas de pasta blanca. Tenía una sonrisa profesional, de esas que admiras en los demás. La vieja me indicó las escaleras que daban al piso inferior, había tenido suerte me dijo, el autor de los cuadros en exposición se encuentra abajo, él podrá ayudarle. Me di media vuelta y bajé por las escaleras.
El piso inferior mantenía la misma decoración que el superior solo que allí no había cuadros. En un extremo de la habitación cerca de la pared y sobre un pedestal de un metro había una televisión encendida, en el otro extremo de la habitación había una barra capaz de emborrachar mil hombres. Nada más. En el centro de la habitación sentado en el suelo con las piernas cruzadas había un tipo. Se levantó, fue a la barra y sirvió dos tragos, era mucho mas alto que yo. Whisky del bueno. Era medio calvo y los pocos pelos que tenía le daban un aire de artista suficiente. Llevaba una chaqueta blanca, una camisa blanca y un pantalón blanco, el traje le estaba realmente bien. Nada de arrugas. Tenía una barba de tres o cuatro días e iba descalzo. Su nariz era aguileña, sus ojos azules. Sacó del bolsillo de su chaqueta un cigarro y se lo puso en la boca, no se como cojones lo hizo pero juro por Dios que lo sacó encendido.
−¿Fumas?
− fumar fumo, pero será mejor que deniegue tu invitación o luego no tendré cojones de subir las escaleras, llevo unos días jodidos con el asma. − últimamente me asfixio como si me lo mereciera.
− ya somos dos− dijo, y se bebió la copa de un solo trago − también yo ando jodido estos días.
− ¿también tienes asma? − pregunté, y liquidé mi vaso.
− no no… el negocio. La vida del artista, que se hace más complicada por momentos-. Vaya problema el tuyo pensé, si, una pena, no hay mas que verte…gilipollas, me joden mucho los que se lamentan por nada. Bebimos y le di la razón.
El artista suficiente me rellenó el vaso; estábamos apoyados en la barra mirando distraídos la televisión. En ese momento una rubia delgada de nariz afilada estaba diciendo que había muerto el rey.
− Bueno y dime, ¿en que puedo ayudarte?
− bueno en realidad vine por el cuadro de fuera, el negro, aunque ya me da un poco igual, ahora me interesa mas tu wisky. ¿Que marca es?
− La mayoría lo llama el cuadro de las dos líneas blancas…− dijo.
− Cuestión de percepción, no se como lo hubiera llamado si hubiese descubierto este wisky antes…
Volvimos a rellenar. Brindamos por el cuadro. Volvimos a rellenar. Brindamos por la rubia del telediario.
− No es wisky − aclaró el artista.
− Tampoco tu eres pintor − dije – te he visto, he leído sobre ti, se quién eres. Eres el diablo.
− ¿Y no puede el diablo pintar cuadros? − era un tipo listo. Sonreía. Tenía razón, así que brindamos. Seguimos hablando y bebiendo durante horas, nos sentamos en el suelo y acabamos un par de botellas de lo que fuese que estábamos bebiendo. Nos lo estabamos pasando bien. Hablamos sobre la Santa Sindone, le pregunté si tenía pensado ir a verla. Me dijo que odiaba las colas.
Brindamos por la Santa Sindone.
Me contó cuando estuvo bebiendo con Bukowski y terminó tirándose a su mujer. Brindamos por las mujeres que se había tirado Bukowski, creo que brindamos por todas y cada una de ellas.
También hablamos de guerras, de libros y del infierno…
Cantamos y bailamos…
Luego decidí irme.
− Me voy a ir yendo colega − dije. Tras varias botellas uno coge confianza hasta con el diablo.¬¬
− De acuerdo chico − dijo mi amigo.
− ¿ Sabes?, soy escritor.
− Sois demasiados… – respondió él.
− Quizás pase otro día a saludarte, eres realmente un diablo cojonudo − dije en plena fase de exaltación de la amistad.
− Yo también lo espero − nos dimos la mano y una palmadita en los hombros. Faltó darle un besito. Subí por las escaleras con la mayor borrachera de mi vida.
Cuando conseguí llegar hasta arriba volví a bajar para recoger mi mochila con el pollo, las cervezas y todo eso… El diablo ya no estaba, oí un ruido y supe que era una cisterna. El muy cabrón estaba meando. Subí de nuevo las escaleras y salí de allí.
Pegué tres pasos y me encontré con una cristalera enorme que daba perfectamente frente por frente al cuadro, desde ahí era desde donde la gente lo contemplaba. Ya me había puesto los cascos, las cervezas empezaban a pesarme en la espalda, también yo me estaba meando, sonaban de nuevo los AC/DC…
De ese modo pase de largo por la cristalera enorme no interesándome en nada de lo que ésta me ofrecía. Esa tarde me di cuenta también que había una camarera nueva en el bar de debajo de mi casa. Era rubia y tenia en el brazo tatuado varias estrellas. Cuando llegué a casa, puse a enfriar las cervezas y escribí. Luego, bebí y brindé por todas esas personas que no conoceré jamás.

Safe Creative #1105099172146

Anuncios
 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s