Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Saltitos 2 enero 2010

Filed under: Participa — catld @ 20:01


Todo comenzó una noche en una gran ciudad capital. Un joven dormía tranquilamente en su habitación, cuando de pronto una inquietud increíble lo hizo despertar abruptamente. Acostado en su cama no dejaba de mirar absorto la puerta mosquitera que conducía al patio de su casa. Lo que dominaba su mente era que su sueño se estaba volviendo realidad. “Este sueño lo tienen todos”, se dijo incrédulo cuando lo soñó por primera vez. Después de unos segundos un anormal deseo lo hizo incorporarse de la cama y dirigirse hacia la puerta mosquitera, se detuvo un momento ante ella, miraba hacia el patio sorprendido, mientras en su mente se extinguía el último pensamiento conciente que detenía intentar lo que aquel deseo codiciaba manifestar. Ya no sufría el ardiente calor de verano que durante meses agobiaba a la ciudad, logrando temperaturas record durante días, decretándose el año más caluroso de los últimos treinta años, ni tampoco se daba cuenta que una trusa cubría su desnudez. El joven perturbado alzó su cabeza, se colocó en cuclillas e impulsándose con los brazos saltó hacia el hermoso cielo estrellado tratando de alcanzarlo. Su mirada quedó fija en el cielo, volviéndose más y más cerca, su cuerpo se puso liviano como una pluma, miró hacia abajo y su rostro sorpresivo contemplaba una perspectiva soñada, logró lo que todos alguna vez hemos soñado: volar. Se sintió tentado a dirigirse a aquellos enormes eucaliptos que se encontraban en un parque, a algunas cuantas casas de distancia, y que de niño trepó al más grande de ellos casi hasta la copa. Extendió y tensó sus brazos dirigiéndolos hacia aquel enorme árbol. Avanzaba lentamente, pero en unos segundos se posicionó a pocos metros por encima de su copa meceosa. Sonreía orgulloso, como si estuviese en la cumbre del monte Everest; contemplaba nostálgico nuevamente aquel hermoso panorama: toda su colonia.

Miró luego aquel emblemático cerro y se dispuso volar hacia él. Lo hacía lentamente. No había ni siquiera cruzado el espacio de su colonia, cuando una inseguridad inexplicable lo invadió, ocasionando que su cuerpo temblase al mismo tiempo que su vuelo se detenía. Trataba angustiosamente retomar el control de su cuerpo y proseguir con su destino, cuando comenzaba a caer lentamente; instintivamente giró y planeó aterrorizado hacia a su casa, donde finalmente aterrizó con muchas dificultades, pero a salvo.

En una madrugada el joven volador se encontraba en el techo de una casa, a una colonia de distancia de donde vive. Sentado en el pretil veía un gato que pasaba corriendo por la esquina, al tiempo que meneaba molesto la mano frente a su cara para espantarse los mosquitos que lo atosigaban, con la otra mano se rascaba la pantorrilla y con uno de sus pies exterminaba una cucaracha después de dos zapateadas fallidas. “Es un poder a medias”, pensaba. “Se me hace que…” Una luz amarilla interrumpió la oración. La sombra de una mujer se proyectaba frente a sus pies, agitado por un impulso lascivo se resguardó detrás del follaje de un árbol que sobresalía del techo. Las notas musicales del tema del programa del Chavo del Ocho salían del patio, de donde crecía aquel árbol que brindaba protección al calenturiento joven.

−¡Bueno!

−…

−¡Que onda weeeey! Oye ya ni ch…, me hablas justo cuando…

−…

−¿Ya viene para acá?

−…

−¡No mam…! ¡¿Viene el Jerry?!

−…

−¿En cuarenta minutos están aquí?… Oye wey, y ¿cuántas armas traen, siempre?

−…

−¡¿Todas esas wey?!… Nombre, ahora sí lo vamos hacer ca…

Después de volver el color al cuerpo y sin controlar todavía la temblorina, el ahora aterrorizado joven esperó a que todo estuviese tranquilo. Al asegurarse, voló lentamente hacia una tienda de conveniencia que se encontraba a dos cuadras de distancia, aterrizando una cuadra antes y caminando la restante, cogió el auricular de un teléfono público y llamó a la policía, dando santo y seña de lo que había sido testigo.

El joven buen ciudadano se encontraba, a altas horas de la noche, sentado en el pretil de otro techo de una casa, pero ahora a cinco colonias de distancia de donde vive, meditaba de las repercusiones que había habido después de reportar lo sucedido aquella noche. Y es que no era para menos: en todos los noticieros del país vitoreaban la captura de uno de los líderes más peligrosos y buscados de la delincuencia organizada.

Una música electrónica, a decibeles no permitidos, sacudió la noche. Una jovencita se apeó de un vehículo compacto −reproductor de ese aturdimiento− , caminaba vacilante sobre una de las calles de la colonia, cuando de pronto apareció la figura de un hombre agitado dirigiéndose velozmente hacia ella. El joven espectador se incorporó, sacó de una mochila un trapo maldoblado con dos orificios, que extendió y cubrió su cara amarrándolo en la parte posterior de su cuello; también sacó unos guantes ferreteros y un tubo de fierro oxidado, de medio metro de longitud. Lo que presagiaba el joven en su mente en segundos se hizo realidad. Voló hacia el ataque. Un barullo de figuras oscuras, golpes secos y gritos aterradores hicieron que se encendieran las luces de muchas casas. El joven enmascarado sometía a la mujer con una mano enguantada sobre su boca, y con la otra hurgaba angustiosamente dentro de su bolso, sacando en unos instantes un celular, que dirigió hacia una luz que era cubierta, a un ritmo semilento, por la sombra de una rama ubicada en las alturas, para hacer una llamada. El abrir de cerraduras atascadas y picaportes, así como la presencia de objetos luminosos hicieron que el joven plagiario dejara atrás a una mujer aterrorizada y un hombre inconsciente, volando hacia el techo de una casa, después hacia un árbol, luego hacia el techo de una iglesia, luego hacia su campanario y finalmente hacia el techo de un edificio bancario de quince pisos.

La mañana siguiente se informó, en todos los medios de comunicación de un hecho histórico. Un héroe había sido descubierto, su nombre aparecía en todas partes de la ciudad: multiplicado ene veces y formando parte de frases de agradecimiento. El joven desconcertado leía, veía y oía ese estúpido nombre. Porque a pesar de los comentarios de personas, que habían visto a un “héroe” y que habían dado diferentes identidades, todos coincidían en una cosa: que al desplazarse lo hacía dando “saltitos”.

Durante muchas noches el joven héroe cumplía con lo que le dictaba su conciencia, pero cada vez le resultaba difícil ocultar su identidad, durante sus recorridos era victima de algunos flachazos; tenía que ser muy cuidadoso de distinguir curiosos de sospechosos; fingía la voz de muchas maneras al momento de hacer llamadas telefónicas, ya no hallaba ni que ponerse encima para persuadir la percepción de quienes pudiesen verlo,…

Una noche, infinitamente larga, inició cuando todos los teléfonos de todas las oficinas de las fuerzas del orden repiquetearon. Las llamadas provenían de innumerables destinos. La noche terminó al día siguiente cuando en todos los noticieros informaban, desde muy temprano, el mayor operativo policiaco en toda la historia de la ciudad: habían capturado a todo tipo y grado de delincuentes…

Saltitos durmió tranquilamente toda esa noche.

Carlos A. Díaz García


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