Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Si tú me cuidas 24 septiembre 2009

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SI TÚ ME CUIDAS


La vida puede empezar cualquier día, en cualquier momento


El hombre estaba acostado en el ataúd. Tenía las manos entrelazadas sobre el pecho. Los ojos cerrados. El gesto grave. El tono marfil de los satenes contrastaba con la hermosa y pulida madera oscura, bellamente trabajada. Una lejana música religiosa, interpretada al órgano, proporcionaba al ambiente un tono de melancolía y recogimiento como sólo la música sacra es capaz de lograr. Tras un silencio en el hilo musical el hombre del ataúd abrió los ojos. Se incorporó con inesperada agilidad y se puso en pie. El vendedor le ayudó a salir de la caja sujetándolo por los brazos mientras sonreía satisfecho.

– No me diga, Paco, que no es cómodo. Paco se ajustó el pantalón y la chaqueta. Sacó un peine del bolsillo de la camisa y se atusó el cano cabello con un coqueto gesto hasta que todo estuvo en su sitio. El peine desapareció nuevamente en el bolsillo.

– Sí. La verdad es que es muy cómodo. Pero también es muy caro y no sé yo si me lo puedo permitir.

– Paco, ya sabe que se le puede financiar con unos plazos muy cómodos y…

– Sí, sí, ya me lo has explicado. Pero yo no creo que me quede mucho tiempo para tanta letra. Lo necesito ya. No me queda mucho tiempo, no. El vendedor se acercó a Paco y le pasó un brazo por el hombro. Le dio un cariñoso apretón y le zarandeó suavemente.

– Paco, usted no tiene ninguna enfermedad grave y está como un roble. ¡Si no tiene ni sesenta y cinco años, por Dios! ¡Cómo puede decir que no le queda tiempo, hombre! ¡Tiene mucha vida por delante!

– Yo me entiendo, Blas, yo me entiendo. La tristeza. Esa es la enfermedad que tengo y sé de buena tinta que se ha llevado a muchos… ¡y me llevará a mí! Desde que me dejó mi querida Clara la vida se me hace muy cuesta arriba. ¡Si por lo menos hubiéramos tenido hijos…! Ya no trabajo, ya no hago nada, ¡ya no sirvo para nada!

Blas palmeó con calidez la espalda de su amigo. Era muy evidente la falta de ilusión que dominaba a ese hombretón de metro noventa. Arrastraba las palabras al hablar y arrastraba su enorme corpachón al caminar. No quedaba casi nada de la impresionante vitalidad que siempre había manifestado desde que Blas le conoció, cuando ambos eran niños. Únicamente sus hermosos ojos verdes dejaban ver un resto de emociones cuando algo le fastidiaba o se le contradecía. Por lo demás, era muy notable el cambio que Paco había sufrido tras la muerte de su esposa, un año atrás. Blas se negaba a darle por perdido y, siempre que le veía, intentaba inyectarle unos ánimos y una alegría que hacía muchísimo tiempo había enterrado junto con su amada compañera.

Se dirigieron a la salida de la tienda. Ya continuarían la venta en otro momento. A Blas no le agradaba atender a su amigo en estos negocios. Y dos veces en menos de un año, dos ataúdes en tan poco tiempo, eran demasiado. Paco necesitaba un poco de ánimo, algo en lo que demostrar que todavía le quedaba muchas cosas por hacer en esta vida. Aún se sentía triste, pero sólo era cuestión de tiempo, de algo más de tiempo.

Paco se pasó por la tienda de doña Elvira para comprar algo de fruta y algo de pan para la comida. Cuando pagó a la dueña, no fue consciente de que Lola, su vecina de dos casas más arriba en su misma calle, se acercaba rauda a saludarlo con un brillo especial en los ojos. Paco salió del comercio sin escuchar el saludo que la pobre mujer le dedicó junto con una amplia sonrisa, que no pasó en absoluto desapercibida para Elvira que la miró con un brillo burlón mientras le preguntaba:

– ¿Te cobro ya, Lola?

Doña Elvira se zambulló en sus pensamientos mientras con la mirada seguía el caminar lento y pesado de Paco dirigiéndose a su casa. Desde que se había quedado viudo muchas mujeres le observaban bajo una luz diferente. Era un hombre bueno y se había quedado solo. Indiscutiblemente era un objetivo estupendo para tanto corazón solitario como había en aquel pueblo de la sierra de Madrid. Paco, ajeno a tanto interés por su persona, subió la empinada calle hasta su casa, en la parte más alta de la población, cerca de la iglesia y de la plaza vieja. Esa zona del pueblo estaba quedándose deshabitada. Se trataba de casonas viejas y frías, sin los adelantos y las comodidades que hoy día deseaban las personas más jóvenes cuando buscaban un hogar para empezar una vida con sus parejas, con sus hijos. Por el contrario, cerca del valle, junto al río que nacía en la hermosa sierra que coronaba aquél bello paraje, las casitas adosadas no paraban de crecer. Interminables hileras de pequeñas construcciones siamesas estaban haciendo muy rentable el suelo urbanizable del pueblo, que rápidamente se había llenado de coches nuevos, de jardincitos de diseño y de sillitas infantiles. Pero en la parte alta, donde Paco había compartido más de cuarenta años con su esposa, las abandonadas viviendas se estaban empezando a caer por el descuido y el olvido. En poco tiempo, la vieja iglesia sería la única construcción útil de esa zona. Sólo los gatos campaban por aquellas ruinas aprovechando los huecos en los cristales de las ventanas que infantiles manos habían horadado con enormes pedruscos. Debía ser un entretenimiento muy divertido porque no había ni un cristal indemne en toda la calle. Únicamente la casa de Paco y la de la señora Lola permanecían sorprendentemente vivas y luminosas por el encalado reciente y por las macetas con geranios. Parecían dos faros de color y pulcritud en medio de tanto abandono y tristeza gris.

Paco se acercó a su casa con la llave preparada para abrir. Por el rabillo del ojo le pareció ver algo que se movía en la casa contigua a la suya. No pudo evitar el impulso de pararse y mirar. Cuando pensó que se encontraría con uno de los miles de gatos que haraganeaban por las vacías casas, se encontró con una carita que le miraba a través de uno de los resquebrajados cristales de la casona. Unos bonitos ojos rasgados le sostuvieron la mirada durante unos segundos y después se perdieron en la oscuridad. Paco se sorprendió. No había sido una ilusión, había visto la cara de un niño a través de esa ventana. Bueno, no era nada extraño que los niños del pueblo, que cada vez eran más gracias a las nuevas construcciones, se divirtieran entrando y explorando en las viejas viviendas. Seguro que estarían recopilando tesoros y viviendo aventuras. Terminó de cenar y lavó su plato en el fregadero de piedra. Clara le había acostumbrado a lavar y guisar durante el tiempo que habían vivido juntos. Y, la verdad, siempre estaría agradecido por esa insistencia que, en esos días de soledad y tristeza, tanto le estaba ayudando a sobrevivir. Aún recordaba a su Clara con los brazos en jarras, los puños sobre las orondas caderas, mientras le reñía sonriendo por dejarse los platos sucios con restos de comida y fruta. <<Tienes que aprender, Paco. Si algún día me pongo mala o, Dios no lo quiera, falto tienes que saber valerte y hacer las cosas>> Quizá ella siempre supo que sería la primera en marcharse y necesitaba estar tranquila al saber que su querido marido se bandeaba a las mil maravillas con las tareas de casa. El sonido de un llanto sacó a Paco de sus recuerdos. Era un llanto infantil, sin duda. Se escuchaba en el patio de la cocina. Se acercó a la puerta y aguzó el oído. Un susurro impaciente acabó con el llanto. Una ventana se cerró de golpe dejando los cristales temblando. <<Bueno –pensó Paco-, está claro que aquí viven algo más que gatos>>. Recordó la carita infantil que esa mañana le había observado. Ruido de sillas al ser arrastradas y otra vez el gimoteo del niño. La puerta principal se cerró de golpe haciendo respingar a Paco. Y nada más. Escuchó con atención por si captaba algún otro ruido. Dos, tres minutos. Nada. Eran las diez de la noche. No le apetecía ver la televisión, así que decidió irse a dormir. No tenía nada mejor que hacer. Sentía cómo su solitaria casa, antes tan alegre y vital, le aplastaba y le hacía el aire casi irrespirable. Con el pijama ya puesto se sentó en el borde de la cama. No pudo evitar una mirada al otro lado del lecho, vacío y frío. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se le atenazó la garganta. Abrió el cajón de su mesilla y sacó una caja de medicamento. Sacó del envase una pequeña pastilla. Tras dudar un instante, sacó otra. Se las tragó con un buche de agua. Se recostó, apagó la luz de la mesilla y se tapó con las frescas y limpias sábanas que había puesto esa mañana. Clara estaría muy orgullosa de él. Se giró hacia el vacío que hasta hacía un año había ocupado su gran amor. Lo acarició y, dejando la mano sobre la inmaculada almohada, como si acariciara su tan anhelado rostro, cerró los ojos y se durmió. Las lágrimas no dejaron de rodar por sus mejillas hasta que la respiración fue acompasada y relajada por el medicamento.

Por la mañana salió temprano. Tenía cita a primera hora con el médico de cabecera. Siempre dejaba la Cartilla de Largo Tratamiento en el buzón de la consulta, pero esta vez don Pedro, a parte de las recetas, le había incluido una nota con una cita y un escueto mensaje: No te receto más hasta que vengas a verme. Y allá se dirigía. Sabía lo que el médico le iba a decir. Desde el primer día que le pidió pastillas para poder conciliar el sueño le había insistido en que debía ser visto por un psicólogo. Paco se había negado en redondo. ¡Ni hablar, él no iba a un loquero, sólo necesitaba dormir! Pedro lo había dejado pasar y no había insistido hasta después de varias recetas. El ultimátum llegó el pasado viernes con la nueva remesa de medicamentos.

Cerró la puerta de su casa. Quitó un par de hojas marchitas de los geranios de la ventana y se anotó mentalmente no dejar de regarlos cuando regresara. Ya iba haciendo calor y la tierra estaba muy seca. Al pasar junto a la ventana de sus nuevos vecinos, miró buscando la cara infantil. Acercó la cara al roto cristal y se hizo pantalla con las manos. No vio nada. Cuando se erguía para irse a su cita una vocecita le asustó.

– ¡Hola!

Volvió a asomarse por la ventana. Nada.

– ¡Hola, hola!

Giró la cabeza y vio la carita asomando por la puerta principal. Un bonito rostro infantil le miraba sonriendo de oreja a oreja. Tenía los claros ojos rasgados como los de los orientales. El pelo lacio, rubio muy claro y muy sucio se le pegaba a la frente y las mejillas. No debía tener más de cinco o seis años. Paco no supo calcularlo con certeza. Su contacto con niños había sido muy limitado. No estaba seguro de si era un niño o una niña. Los roñosos mechones de cabello no bajaban más allá de las orejas y aparecía desgreñado y cortado como a mordiscos.

– ¡Hola, gigante!- asomó el resto del cuerpo por la puerta.

No tenía zapatos y se cubría con un sucio y andrajoso vestido de tirantes. <<Debe ser una niña… si lleva vestido>>. La niña estaba ahí plantada delante de él y parecía una muñeca abandonada. Pero a ella parecía no importarle demasiado. Estaba encantada de hablarle y de estar frente a él.

– ¿Cómo te llamaz? Yo me llamo Lucía.- Se señaló con el pulgar.

– Paco, mi nombre es Paco.- Asomó lo que pudo la cabeza por la entreabierta puerta y comprobó que la pequeña estaba, aparentemente,    sola – ¿Dónde está tu mamá?

La niña entró corriendo, entre risas, en la casa y cerró la puerta de golpe. Paco se quedó ahí plantado sin saber muy bien qué hacer. Se fijó en que la madera necesitaba un buen lijado y una mano de pintura y que la cerradura aparecía oxidada y agrietada. Con un brusco gesto miró el reloj. ¡Era tardísimo, perdería el turno y después los muchos pacientes que a diario se agolpaban a la puerta de la consulta de don Pedro le sacarían las entrañas si intentaba entrar con la hora pasada! Apretando el paso y olvidando instantáneamente su encuentro se encaminó al Centro de Salud. La bronca, por un lado o por otro, estaba asegurada.

Esa tarde decidió sentarse en su patio y leer un rato. Los días ya eran más largos y cálidos, por lo menos mientras duraba la luz del sol. Sin duda se trataba de un mes de marzo extraño. Casi no hacía frío por las noches y los días eran bastante calurosos. Al fondo, en su cocina, se escuchaba la radio de la que salían unas cálidas y hermosas notas. No era un experto en música clásica pero sabía lo que le gustaba y lo que no. Celebraban algún evento relativo a Mozart y todos los días emitían una obra de este compositor. Indudablemente esa música le extasiaba. Sabía que si Clara pudiera escucharla estaría completamente de acuerdo y…

– ¡Hola, gigante!

La carita asomaba por el borde del tabique que separaba ambos patios. Estaba algo más limpia y alguien intentó recoger los cabellos hacia un lado con una horquilla. Paco la miró con algo más de detenimiento y entendió el porqué de esos ojos rasgados. La niña no sonreía. No había visto muchos casos pero entendió que se trataba de uno de esos críos que nacían con el Síndrome de Down. Lucía era muy guapa. Apoyaba la barbilla sobre las manitas y éstas descansaban sobre el borde del muro.

– ¿Qué haces? ¿Qué lees? ¿Un cuento? ¿Me lo puedes leer?

– ¿Estás sola? –Paco se asomó por encima de la gastada piedra y vio todo el destartalado patio de la casa vecina. La niña estaba sobre cajas apiladas unas sobre otras en peligroso e inestable equilibrio- ¿Y tu mamá, no está contigo?

– No. Ha ido a hacer cozaz.- La sonrisa iluminó nuevamente la carita- ¿Me lees el cuento?

– Creo que será mejor que te bajes de ahí o te caerás

La agarró por debajo de las axilas y la levantó, haciéndola pasar sobre el muro y bajándola al suelo de su patio. La niña, aún sonriente, lo agarró la mano y tiró de él hasta la mesa donde descansaba el librote que Paco había estado leyendo. Lo tocó con un dedito sucio y levantó la vista hacia él. Desde su enorme altura era evidente que la niña era muy menuda. Se sentó en la única hamaca que estaba junto a la mesa. Tomó el libro y le enseñó la portada. Se trataba de El Señor de los anillos. La niña se sentó en el suelo y, sin dejar de mirarle, apoyó la barbilla sobre las rodillas flexionadas mientras que se abrazaba ambas piernas. Paco leyó en voz alta desde el punto en el que lo había dejado. A Lucía no pareció importarle demasiado que fuera por la página quinientos veinticuatro. La niña no perdía palabra y estaba extasiada, los ojos de par en par, casi redondos, la boquita abierta. Una hora más tarde ambos tomaban leche con galletas en la fresca cocina de Paco. Ninguno hablaba. Sólo se escuchaba el masticar desordenado de Lucía y los grandes sorbos que le daba a la leche, que le goteaba sin control por las comisuras de la boca, la barbilla y el cuello. Cuando acabaron le explicó a la niña la importancia de dejarlo todo recogido. La enseñó a fregar los vasos y a recoger las migas y guardar la servilleta. Después la llevó al baño y, subida en una banqueta, le mostró cómo debía lavarse la cara y las manos con agua calentita y jabón. La niña miraba con adoración a Paco. Todo le parecía bien y todo lo repetía hasta que conseguía hacerlo correctamente. Cuando la luz del sol hacía rato que se había ido, Paco llevó a Lucía a su casa. La puerta de la calle estaba entreabierta y no había nadie. La niña se metió en la casona y mirándole se despidió con su cantarina voz hasta el día siguiente, cerrando la puerta tras de sí. Esa noche Paco estuvo un buen rato despierto en la cama, boca arriba, con las manos bajo la cabeza. Lucía pasaba mucho tiempo sola. Iba desaseada y andrajosa. Estaba un poco descuidada, sin duda. No sabía si sería prudente, pero tendría que hablar con su madre al día siguiente sin falta. Apagó la luz de su lamparita de noche, se giró en la cama hacia el lado vacío y cerró los ojos. Esa noche sólo tomó una pastilla. Estaba cayendo en un agradable sopor cuando un llanto le volvió bruscamente a la conciencia. Un llanto infantil. El llanto de Lucía se escuchaba al otro lado del tabique. La escuchaba suspirar lastimeramente. Un pellizco le atenazó el corazón. ¿Estaría sola? ¿Tendría miedo? Se la oía con sorprendente cercanía, como si no hubiera una pared por medio, un lloriqueo agudo, con hipo, angustioso. Paco se incorporó y hablo a la pared:

– ¡No llores, nena!- su voz le sonó extraña y estridente en la noche- ¡No llores, Lucía, mañana seguiremos con la historia de Frodo y de Trancos y de los elfos! ¡No llores, nena!

Al poco, el llanto cesó. Paco se descubrió acariciando el papel pintado de la pared como si de la entrañable carita se tratara. Se recostó nuevamente y lanzó a la noche:

-¡Duerme, Lucía, duerme y buenas noches! ¡Yo estoy aquí, estoy aquí!

Lucía tenía los párpados apretados, arrugados, en un vano intento de que no le entrara jabón en los ojos. Era evidente que no estaba acostumbrada a la sensación del champú y el agua en su cabeza y se removía mientras palmoteaba a Paco en los brazos. El suelo del cuarto de baño estaba anegado de agua jabonosa y un agradable perfume a flores rebosaba en el ambiente. La niña daba pataditas en las patas de la banqueta en la que estaba subida para que llegara al lavabo. No lloraba, pero chillaba con tal intensidad que a Paco le pareció que le estallaban los tímpanos. Media hora después, Lucía sonreía al ver su reflejo en el espejo mientras la peinaba con la raya al lado y le sujetaba el sedoso pelito rubio con un pasador en forma de osito que esa mañana le había comprado cuando pasó frente al escaparate de la mercería de la señora Consuelo. La dependienta le vendió el pasador sin dejar de sonreírle y aguantándose unas irrefrenables ganas de sondearle, de interrogarle, sobre la destinataria de tan sorprendente compra. Paco salió del establecimiento sin dar ni la más mínima explicación, caminando con una soltura y una agilidad desconocidas en él desde hacía mucho tiempo y apretando en su manaza su bonito regalo. La niña estaba preciosa. A parte de la mugre del pelo le había liberado también de la suciedad de la cara, manos y pies. Descubrió que la nena tenía la piel blanca y llena de pequeñas pequitas rosadas. Con los días se fueron haciendo inseparables. La niña no contestaba ninguna pregunta referente a su madre o a algún otro familiar. Pero era evidente que, a parte de la voz de mujer que escuchaba a través del tabique todas las noches, Lucía estaba totalmente sola. La niña hablaba muy mal y ceceaba. En un par de días Paco consiguió que usara las letras de forma más o menos adecuada y que fuera aseada y peinada. Leyeron todo el libro del Señor de los Anillos y empezaron con avidez La Historia Interminable. Lucía tenía una memoria impresionante. Se acordaba de todos los personajes y de todas las historias y todos los lugares en los que las aventuras se iban sucediendo. Adoraba a Paco. Lo abrazaba y lo agarraba como si no se creyera la suerte que tenía de haberle encontrado. Casi nunca le llamaba por su nombre sino que se refería a él como Gigante. Todos los días la daba de desayunar y de comer. Si a alguien le molestaba que la niña estuviera con él, no lo hacía saber. La compró unas zapatillas de lona y varios pares de calcetines que él mismo fue cambiándole y lavándole. Poco a poco la niña fue tomando un aspecto más saludable gracias a la variada alimentación que Paco le iba proporcionando. En sólo una semana desde su primer encuentro la transformación de Lucía era asombrosa. E, indiscutiblemente, la transformación de Paco también.

Lola fue testigo desde el primer día de la amistad de Paco y la niña. Vio cómo se hicieron amigos inseparables y fue escuchando cómo, poco a poco, un mar de venenosos rumores arrasaba todos los rincones del pueblo. Eso a ella le causaba un enorme malestar dado el gran aprecio –y algo más, para qué negarlo- que sentía por su vecino. Se había divorciado hacía cinco años y sabía perfectamente lo penoso y desagradable que resultaba ser el objeto de los cotilleos y los comentarios dañinos que la gente soltaba sin pudor, agigantándolos y retocándolos al gusto del maledicente de turno. Nadie parecía entender que su vida personal le pertenecía sólo a ella y que, además, no tenía por qué soportar a un tarugo que la pegaba e insultaba cuando le parecía. Sabía lo que era sufrir los juicios errados de sus vecinos y el ostracismo consecuente. Y eso mismo estaba pasándole a su vecino Paco. Los rumores que le llegaban como puntas de flecha ponzoñosas hacían referencia a una amistad no muy sana entre un viejo –verde- y una tierna niña discapacitada. Sabía a ciencia cierta que las personas que actuaban como mensajeras disfrutaban soltándoselo a Lola como quien no quiere la cosa. Estaba claro que la atracción que ella sentía por su vecino era más intuida que conocida, pero el gremio cotilla del pueblo había dado de pleno en el clavo. Lola no podía soportar que despellejaran a Paco con esos comentarios malintencionados y embusteros por lo que decidió tomar cartas en el asunto.

Esa mañana, antes de que Paco pasara a la casa de al lado para ir a recoger a la niña, Lola ya estaba preparada en su puerta, atenta a la salida de su vecino. Se notó nerviosa como una adolescente esperando ver al hombre que no podía quitarse de la cabeza. La relación no era fluida entre ambos. Ella llevaba poco tiempo en el pueblo, sólo tres años. Él había estado muy ocupado atendiendo a su mujer en los años que estuvo enferma hasta su fallecimiento. Desde ese día, Paco se había encerrado en sí mismo y no había reaccionado como Lola hubiera deseado ante sus estériles intentos de iniciar una amistad. Sin explicarse cómo, sabía que él era una buena persona, le gustaba su porte enorme y robusto y sus inteligentes ojos verdes dejaban mostrar muchas cosas, pero ninguna era parecida a la maldad o a la mentira. Siempre miraba de frente y eso era muy importante para ella.

Los cerrojos de la puerta de Paco resonaron al abrirse desde dentro y Lola sintió cómo le latía el corazón con una fuerza rabiosa en el pecho, en la garganta. Cuando le vio aparecer, afeitado y arreglado, estuvo tentada de meterse de nuevo en su casa y en sus asuntos. Pero, no, se dijo, debía intentar explicarle a ese buen hombre lo que estaba pasando.

– ¡Paco!-. Escuchó su voz y no se reconoció. Él giró la cabeza y la miró. Lola creyó que no le saldría la voz- ¡Buenos días! ¿Podría hablar un momentito con usted?

La voz se le quebró en un gallo y notó cómo se ruborizaba. Él la miró dudando. Hizo un gesto hacia la casa vecina, pero no se movió. Lola decidió ser ella la que se acercara. A su lado se sintió demasiado menuda y acogotada, pero nada en el gesto de Paco la hizo echarse atrás en su decisión. Él se mostraba intrigado y, quizá, algo incómodo, pero no molesto o enfadado.

– Buenos días, señora Lola. –su voz sonaba amable y tranquila.- Usted dirá.

– Bueno… la verdad es que se trata de algo delicado y no deberíamos hablar en medio de la acera. Si usted lo desea podemos pasar a mi casa y le invito a un café.- Lola enrojeció hasta quemársele las mejillas. Lo que había dicho podía sonar muy mal… Como él dudaba, añadió: – Se trata de la niña.

Paco hizo un gesto defensivo inconsciente. Con voz apagada espetó:

– Preferiría que habláramos en mi casa, si no le importa.

Lola asintió. Entraron en el recibidor y dejaron la puerta de la calle abierta. Si alguien les veía, allí de pié, no podría murmurar memeces. Decidió explicarle sin tapujos lo que estaba pasando en el pueblo, los rumores que le afectaban de una forma tan injusta. Le explicó que ella sabía quién era la madre de la niña. La había ayudado el día que se mudó y había podido hablar unos momentos con ella. Esa mujer era evidente que estaba enferma. Tuberculosis en tratamiento, dijo ella. Alcohol o drogas, dedujo Lola por la delgadez extrema, por el color y aspecto de su piel, por los ojos vacíos y la mirada ausente, por la lengua pastosa y las palabras caídas, por la torpeza de sus movimientos y la falta de equilibrio… Paco la escuchó sin interrumpirla. Sus ojos iban arrugándose o entrecerrándose según asimilaba la información, pero en ningún momento se apartaron de la cara de Lola.

– Es evidente que la niña está mal cuidada por su madre -continuó Lola consciente de que su vecino no mediaría palabra hasta que terminara su explicación-. Aparece sucia y mal alimentada, mal vestida para la época que estamos, está sola en la calle todo el día y quién sabe qué más. Usted la está atendiendo en lo que puede, eso es evidente, pero quizá no sea suficiente. Es una niña con necesidades especiales, debería ir al colegio. En definitiva, quizá, se debería advertir a las autoridades para que se hagan cargo y la atiendan como es debido. Estamos obligados a denunciar todo maltrato o abuso a un niño y este caso puede que lo sea.

Paco bajó la mirada a sus zapatos. Estaba sopesando todo lo que esa vecina, con la que nunca había cruzado más de tres palabras, le estaba soltando, así, de sopetón. Y le había cogido desprevenido. Nunca se habría imaginado que la gente del pueblo interpretara de una forma tan repugnante su interés por una niña pequeña. Debía haber mucha mente retorcida. Todos le conocían de toda la vida y eran capaces de juzgarle tan mal. Volvió a mirar a Lola a la cara. Esta mujer parecía sincera, parecía realmente preocupada, pero Paco no sabía qué decir. Iba a intentar explicarle a la mujer lo que creía que debían hacer cuando, de repente, escucharon un estruendo de cristales y de algo metálico al caer. Inmediatamente, un grito desgarrador les llegó como un mazazo. Paco supo inmediatamente de dónde procedía. Lola también. Como movidos por un resorte salieron corriendo a la calle y se encaminaron a la casa de al lado. La puerta de la calle se abrió temblando por la patada que le dio y fue a golpear la pared rebotando y volviéndose a cerrar. Paco golpeó otra vez y la sujetó con el pie. Cuando entraron se encontraron a la niña bajo una estantería metálica y rodeada de cristales rotos. Paco se aturulló por los gritos sin control de la niña. Estaba sentada entre dos baldas del mueble de aluminio y con varios reguerillos de sangre corriéndole por la cara, el pecho y los brazos que agitaba como una loca. Cuando Lucía vio a Paco se levantó y corrió hacia él. Lola suspiró aliviada. Parecía que, más que graves heridas, la niña sólo se había llevado un gran susto. Tomó una toalla aparentemente limpia que había sobre una silla y abrigó a la nena, que sólo llevaba un fino camisón de tirantes. Él cogió a Lucía en brazos y salió por la puerta como una exhalación hacia su propia casa. Lola no lo dudó y le siguió, a su vez. Él no cerró la puerta de la calle al entrar, pero la mujer no pudo evitar cierta vacilación a entrar sin ser invitada. Paco la llamó desde una zona interior de la casa pidiéndole ayuda, que trajera no sé qué del mueblecito del cuarto de baño. Lola entró y cerró la puerta tras de sí.

Por la tarde la niña dormía tranquila en la habitación principal. Paco y Lola tomaban café en la sala contigua, sentados alrededor de una mesa camilla. Habían hablado durante horas. Él había aceptado el prudente criterio de la mujer. Curaron las superficiales heridas que Lucía presentaba por diversas partes del cuerpo, la habían bañado y la habían acostado tras darle un vaso de leche calentita con galletas. Inmediatamente se había dormido y así seguía. Habían decidido esperar a que la madre regresara y hablar con ella. Ese día no pasaría sin que Lucía tuviera una solución adecuada. Eran las cuatro de la madrugada. Lola y Paco se habían quedado dormidos. Ella en el sofá. Él, en el sillón de orejeras. El ruido de la puerta vecina les despertó bruscamente. Retirando con un súbito movimiento la manta de cuadros que la tapaba y desprendiéndose a duras penas del espeso velo del sueño, Lola salió junto a Paco a la calle. En la acera vieron cómo se encendían las luces de la casona de al lado. Llamaron a la puerta. Escucharon una voz de mujer pero no entendieron lo que decía. Volvieron a llamar. La mujer gritó con lengua pastosa varias palabrotas. Paco golpeó la puerta con los puños. Estaba impaciente y sentía cómo una rabia desconocida le instaba abrirla a patadas. Lola se mantuvo cerca de la casa abierta de su vecino por si la niña se despertaba o lloraba. Al fin, la desvencijada puerta se abrió. Ambos vieron un espectro. Debía ser una aparición porque no podía tratarse de un ser humano. Era una mujer muy alta, esquelética. La ropa, demasiado grande, colgaba de su cuerpo como de una percha pequeña y estaba sucia, raída. En la boca le faltaban varios dientes y presentaba en cara y brazos varias manchas marrones, quizá alguna herida tras un muy posible tropiezo. Se encontraba bajos los evidentes efectos de alguna droga o de un exceso de alcohol. Casi no podía abrir los ojos que aparecían como dos ranuras escamosas. Se tambaleaba de tal manera que tuvo que sujetarse al quicio de la puerta para no caer. Ladró algún improperio e, inmediatamente, cayó al suelo. Paco intentó sostenerla y ella manoteó con torpe desdén. Intentó volver a levantarse pero fue del todo imposible. El hombre tuvo que alejarse porque pateaba con una violencia increíble en un cuerpo tan desmadejado, mientras balbucía y escupía. Paco y Lola se miraron sin saber qué hacer. La mujer se quedó quieta de golpe. Ambos la miraron acercándose con prudencia. Parecía inconsciente. Él se agachó para recogerla. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para vencer la repugnancia que esa criatura le producía. La tomó en brazos y se giró hacia Lola. Parecía dudar a dónde debía llevarla. Ella le hizo un gesto silencioso hacia la casa de Paco, que sin mediar palabra entró con ella. Lola le siguió y, nuevamente, cerró la puerta tras ella. La madre de Lucía entró en un sueño profundo e inquieto. Lola se preocupó cuando comprobó que le había subido la fiebre. Tras retirar el termómetro, vio que tenía más de treinta y nueve y medio. La habían acostado en una cama pequeña que Paco tenía en un cuarto que aparecía abarrotado de estanterías con libros. La desnudaron y la lavaron con agua fresca. Tenía el cuerpo flaco, descarnado, lleno de úlceras en diversos grados de curación. Tenía marcas de pinchazos en los brazos, en las piernas y los pies, en el abdomen. No debía tener más de cuarenta o cuarenta y cinco años y parecía una anciana de cien. Paco llamó al Servicio de Urgencias del Centro de Salud. Al poco rato apareció Pedro, su médico de cabecera, que esa noche estaba de guardia. No dejó de mostrar cierta sorpresa ante la presencia, en casa de Paco, de una paciente en esas lamentables condiciones, pero, inmediatamente, se encontraba explorando y auscultando con delicadeza y atención. Al poco, les extendió un informe para Urgencias y un volante para la ambulancia. Debía enviarla al Hospital. Su situación era muy grave y extrema. Lola se ofreció a acompañarla. Una hora más tarde la mujer, aún inconsciente, era introducida en una ambulancia. Paco cerró la puerta de su casa tras observar cómo las luces anaranjadas se perdían al fondo de la calle.

Antonia seguía un reposo obligado en cama. No sabía cómo había llegado al hospital, no recordaba nada coherente. Se encontró a una mujer, a la que recordaba vagamente, sentada a su lado con ojos cansados pero amables. Le explicó que su hija estaba a cargo de un vecino y que no debía preocuparse. Dedujo que debía de tratarse del hombre gigante del que su hija no cesaba de contarle cosas, el que la cuidaba mientras que ella se ausentaba. No le conocía pero Lucía estaba muy contenta y eso la tranquilizaba. Su hija tenía un sentido especial para las almas buenas y no se fiaba de cualquiera. Cerró los ojos y recordó su hermosa carita, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

Antonia sabía que iba a morir. Lo sabía desde hacía mucho tiempo y por eso había dejado de luchar. Todos los días esperaba que fuera el último. No, no lo esperaba. Intentaba que fuera el último, pero se veía incapaz de hacerlo por ella misma. Hasta llegar a ese pueblo, a la que fue la casa de unos tíos lejanos, había intentado salir del infierno y cuidar de su hija. Trabajar, luchar y darle a Lucía lo que necesitaba, en forma de un centro especializado que la estimulaba adecuadamente y la educaba. Pero no había sido suficiente. La enfermedad la había vencido y la roía lenta pero mortalmente. Un día se abandonó. Las drogas la ayudarían a acabar con todo. Perdió el trabajo, perdió su casa, perdió su dignidad. No podía caer más bajo. Pero, ¿y su hija Lucía? No tenía familia. Todos habían fallecido y nunca tuvo hermanos. El centro privado en el que la tenía interna se la envío a casa con una nota, muy amable eso sí, en la que le recordaban que si no pagaba las cuotas no podía volver a matricularla después de las vacaciones de Navidad… bla, bla. Se encontró sin trabajo, sin casa, con una hija querida pero desconocida, y cayendo en un infierno en el que no había retorno y en el que sólo había una salida: la tan anhelada muerte.

El mismo día que llegó a la vieja casa del pueblo su hija le hablo del gigante. Quien fuera ese personaje la alimentaba, la cuidaba y la mantenía limpia. ¿qué mas podía desear? Ella salía a diario con la esperanza de no volver. Pero siempre volvía y había un día más. Y ahora estaba en un hospital. ¡No podía más!

Se despertó cuando una enfermera la avisó, rozándole ligeramente las manos, que tenía una visita. Abrió los ojos y se encontró junto a su cama a un hombre enorme. Peinaba el cano cabello con la raya al lado. Tenía unos hermosos y francos ojos verdes. Se le notaba nervioso y se pasaba compulsivamente la mano por el pelo, intentando que un rebelde mechoncillo volviera a su sitio. Tras un eterno instante de duda se sentó en la única silla cercana a su cama, mientras susurraba una obsoleta solicitud de permiso por tomarse tal libertad ante una señora. El hombre esperaba por parte de Antonia alguna pregunta de curiosidad, pero ella no abrió la boca. Sólo lo miraba expectante. Sabía el motivo de tan inesperada visita. Lucía.

Tras unos incómodos minutos de silencio Paco se decidió. Le contó cómo estaba su hija. En ningún momento le hizo referencia a que la pequeña la echase de menos. Sabía que no era así. La explicó su deseo de ocuparse de la niña y de cuidarla. Necesitaba saber si Antonia estaba de acuerdo.

– Claro que estoy de acuerdo. Mi hija es lo único bueno que tengo en mi vida –articulaba las palabras trabajosamente. -Pero no sé si usted sabe que yo me voy a morir- una fría pausa. Paco la miraba a los ojos y a Antonia le costaba mantener esa mirada. ¡Claro que sabía que le quedaba poco tiempo, por eso estaba allí!-. Cuando yo muera no creo que la dejen que se quede con usted.

– Por eso estoy aquí, señora. Lola, nuestra vecina, me ha dicho que la niña no tiene padre. ¿Es eso cierto?- su voz era suave, amable.

– Sí, soy madre soltera. Mi vida ha sido algo complicada. Ni siquiera recuerdo quién podría ser el padre…

– No vengo a juzgarla, señora- la cortó Paco con educación.- He cogido mucho cariño a Lucía y creo que ella también me lo ha cogido a mí. Yo puedo darle todo lo que precisa, puedo ocuparme de ella, pero necesito saber si usted desea que ella se quede conmigo cuando usted…, cuando usted falte.

Antonia le miró con curiosidad. ¿Qué se le habría ocurrido a este hombre? No medió palabra. El silencio era insoportable. Pero decidió esperar a que Paco dijera todo lo que tenía que decir. No le ayudaría a soltarlo. A ver cómo se las apañaba…

– Señora…

– Prefiero que me llame Antonia.

– Antonia –Paco tragó saliva con evidente nerviosismo-. Si a usted le parece bien yo podría reconocer legalmente a Lucía. Si yo fuera su padre adoptivo de forma legal, cuando usted…

– … me muera…

– … falte nadie podrá llevársela porque no estará sola, me tendrá a mí.

Antonia reconoció, con cierto gustillo interno, que la había sorprendido. ¡No se esperaba esa salida por parte del viejo! ¡Reconocerla, adoptarla! ¡Qué ingenioso, qué tío más listo!, pensó. Guardó nuevamente silencio haciendo ver que sopesaba la respuesta. Tenía delante de ella una fabulosa solución para su hija. Nunca lo habría imaginado pero podría morirse con ese problema resuelto. El hombre la miraba mucho más seguro de sí mismo que hacía unos instantes. Sabía que le había planteado una posibilidad difícil de rechazar si realmente le importaba la niña. Eso le daba un aplomo hasta entonces ausente. La mujer se revolvió en la cama ajustando su cuerpo y buscando una postura más cómoda. Estaba haciendo tiempo. Estaba buscando las palabras más adecuadas para decirle lo que realmente deseaba su corazón y no asustar al viejo. No, no, asustar no era la expresión adecuada, más bien era no provocar su rechazo. Las palabras pugnaban por salir de su boca y le quemaban en los labios.

– Paco, ese es su nombre, ¿verdad? –El otro asintió con un gesto-. Me parece una idea muy buena. Ahorraría muchas molestias en muchos aspectos. Creo que usted puede ser una buena persona, pero en mi fuero interno podría tener ciertas dudillas ¿no cree? –Paco hizo un gesto de protesta, pero ella le cortó con un movimiento de su mano-. No se ofenda, por favor. Mire, le voy a ser sincera: yo no quiero morirme en una aséptica cama de hospital, sola. Me gustaría poder irme a mi casa y acabar mis días allí. Sin médicos, sin pinchazos. Me gustaría estar cerca de ella, de mi niña, y de personas conocidas. Creía que no iba a ser así, pero tengo miedo. Si a usted no le importara ocuparse de mí para que no tenga que volver a ingresar en el hospital… -se le quebró la voz- yo le conocería y vería lo que mi hija ve en usted. Hoy me doy cuenta de que necesito no estar sola. Quiero tener lo que Lucía ha tenido y tendrá cuando yo no esté. Por favor…

Fueron tres meses de mucho ajetreo llenos de abogados y notarios, de papeles y documentos. Todo fue solucionado con solicitud y cierta premura. Aún así, sobraron semanas para hablar, para entender y para conocer. El aspecto de Antonia mejoró considerablemente y su cara y sus ojos aumentaron en luminosidad, como la luz de una vela antes de apagarse para siempre. Una mañana ya no se despertó. Su muerte fue mucho más benévola de lo que había sido su vida y se la llevó con cuidado y sin despertarla. Amaneció con un gesto relajado que dejó tranquilos a Paco y a Lola. Lucía lo comprendió todo y lo vivió todo con total naturalidad. La velaron y la acompañaron en su última salida de la casona los tres juntos, abrazados.

Y así, los tres juntos, se fueron de aquél bello pueblo de la sierra. Dejaban muchas cosas tras ellos. Optaron como nuevo destino por una gran ciudad que tuviera todo lo preciso para las necesidades de la pequeña. Lola formó parte de la vida de Paco y de Lucía como si se conocieran de toda la vida y les amó como si desde siempre lo hubiera hecho. Ella estaba junto a ellos porque ahí es donde debía estar. La vida puede empezar cualquier día, en cualquier momento. La vida de Paco comenzó, otra vez, cuando Lucía le eligió aquél día. Y con esa elección le dio la oportunidad de cuidar de ella y de quererla. Paco siempre supo que recibió mucho más de lo que dio. La niña, al tomarle de la mano aquella tarde, le dio la esperanza que creía definitivamente perdida. Le dio una hija, le dio un amor, le dio una nueva vida.


FIN

Lola Montalvo Carcelén



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5 Responses to “Si tú me cuidas”

  1. Wowww!!!! Me he emocionado… Es un relato precioso y mea gustado mucho comprobar como describes a la madre, que pese a no cuidar de su hija, es una buena madre. Precioso.

  2. ana Says:

    Lola me he devorado tus cuentos , me encantaron, me cautivo tu tibieza, la naturalidad de tus personajes, aun tocando temas sorridos los haces ver como excelentes personas


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