Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Ángeles 6 noviembre 2013

Filed under: Amigos autores,Página de autor — cebolledo @ 18:02

ÁngelesÁngeles
Nos conocimos en la calle. Alguien nos presentó, o tal vez no nos presentó nadie. Yo buscaba tabaco y ella buscaba alcohol. Me pidió dinero y yo le di un beso. Ella no apartó la cara. Le gustó mi tatuaje y a mí sus rastas, sus ojos claros y su sonrisa desdentada. Me dio un cigarro arrugado y me acompañó al sitio donde estaban mis colegas. Le ofrecí vino de mi cartón. No le hizo ascos, aunque ella prefería la cerveza. Yo le dije que hubiera preferido un peta y ella se rió a carcajadas.

(more…)

 

El cuento de la cría sin nombre 21 enero 2013

Filed under: Amigos autores — cebolledo @ 19:23

El cuento de la cría sin nombreDSC_0436
Hoy hay un gran revuelo entre las crías. Como otras veces, uno de los ancianos nos reúne para contarnos el cuento de la cría sin nombre. Es la noche corta, en la que las crías jugamos y nos divertimos con toda la gente.
Los ancianos nos enseñan cómo es el mundo, que vivimos en la tierra y cómo nos convertimos de crías en personas.
“La cría sin nombre ya había abandonado la concha familiar. Pero sus escamas todavía no se habían endurecido del todo. No tenía nombre porque aún no había elegido su sexo. Y, por tanto no se había emparejado. Y no le había sido dado un nombre.”
El cuento es el mismo todas las veces. Todos los días de noche corta. Pero a mí esta vez no me suena igual. Tal vez porque estoy pensando en Mojo.
Mojo hace poco que ha abandonado su concha familiar para vivir su propia vida. Ha elegido sexo y como ha elegido macho, los sabios ancianos le han otorgado el nombre de “Mojo”. A mí se me están endureciendo las escamas y pronto tendré que elegir sexo.
Me da un poco de miedo elegir sexo, no por perder una parte de mi cuerpo, sino por perder una parte de mi alma.
El anciano continúa con el cuento. Las otras crías se ríen y juegan con sus escamas blandas. Igual que hacía otras veces yo, con las escamas de Mojo. Y me reía cuando el anciano hablaba de los gigantes y los monstruos, los dragones y ogros.
“La cría sin nombre desoyendo los consejos de los ancianos, quiso abandonar la tierra y cruzar el mar.” Las leyendas nos avisan de los peligros del mar. Tal vez haya otras tierras más allá del mar y tal vez haya gente allí. Pero lo que sí sabemos, porque nos lo han dicho los ancianos, es que hay gigantes y dragones, ogros y monstruos enemigos de la gente. Y muy peligrosos. El que cruza el mar no vuelve, porque los monstruos y los dragones le destruyen, los gigantes y los ogros se lo comen. Y ya no vuelve más.
Los ancianos saben todo esto y mucho más. Los ancianos tiene el poder de la visión nocturna y nos protegen de los peligros. Los ancianos tienen otros poderes y magias. Las personas adquieren esos poderes cuando se convierten en ancianos.
También comparten la visión nocturna con las personas y las crías. Eso lo hacen sólo una vez: el día de la noche corta. Esa noche todos disfrutamos de la visión nocturna y por eso podemos salir de nuestras conchas y correr y saltar por la arena y escuchar el cuento de la cría sin nombre.
La noche corta dura poco tiempo y luego viene el día largo. Es una fiesta entre la gente del poblado y sobre todo las crías. Dentro de poco abandonaré la concha de mi familia y me iré a la arena a elegir sexo. Si elijo hembra tendré que emparejarme para poder tener un nombre. Si elijo macho como Mojo, los sabios me darán nombre y podré a continuación emparejarme. Y después construiré una concha familiar como hace la gente. Y más adelante me convertiré en anciano y tal vez llegue a contar el cuento de la cría sin nombre a las crías en la noche corta.
Por el extremo del mundo empieza a clarear. Es la luz del nuevo día, el día largo después de la noche corta. Esta vez el cuento no me ha parecido tan divertido como otras veces. Me ha parecido que los ancianos nos están avisando. Nos están indicando los peligros que nos acechan fuera de la tierra. Nos dicen que no hay que salir del poblado y mucho menos cruzar el mar.
Las leyendas dicen que hay tierra al otro lado del mar, y que allí las casas son altas y tienen columnas gigantescas y crecen flores raras. Allí donde viven los gigantes y los ogros con los dragones y monstruos.
Esta noche, el anciano, después de terminar el cuento, me ha mirado. Como si supiese que se me están endureciendo las escamas. Como si me quisiera decir que tengo que abandonar la concha familiar y elegir sexo. Y yo me he acordado de Mojo y todo el tiempo que pasamos juntos de crías.
Se acaba la noche corta y creo que voy a ir a la arena. Mientras la gente y las crías y los ancianos descansan después de la frenética actividad de la noche corta. Las crías van a la arena cuando abandonan la concha de su familia y se preparan para elegir sexo. Pero yo no sé qué sexo voy a elegir. No sé si voy a elegir sexo. Tal vez oiga esa voz interna que me llama a desobedecer. Tal vez los ancianos nos ocultan algo, que más allá del mar hay otra tierra. Una tierra llena de oportunidades y plantas raras. Una tierra donde ser felices y tener visión nocturna y los poderes de los ancianos. Pero nos asustan con los monstruos y ogros, con los gigantes y dragones.
Es posible que no existan gigantes ni monstruos, ni dragones ni ogros. Si existieran y quisieran comernos ya habrían cruzado el mar. Es posible que todo sea un cuento, como el cuento de la cría sin nombre.
Está amaneciendo y todos están descansando después de la noche corta. Me iré a la arena, como todos esperan que haga. Pero no elegiré sexo. Me adentraré en el mar y lo atravesaré. Iré a la tierra del otro lado. Es posible que me encuentre con gigantes y ogros, con dragones y monstruos. Y que perezca. O es posible que encuentre un mundo nuevo lleno de riquezas. Puede que vuelva y les cuente a todos cómo es el mundo nuevo. Pero si no vuelvo, si los ogros y los dragones me comen o lo hacen los monstruos y los gigantes, al menos sabré que todos revivirán mi historia. Recordarán mi aventura todas las noches cortas, de generación en generación cuando oigan una tras otra vez el cuento de la cría sin nombre.

 

El falso muerto 9 septiembre 2012

Filed under: Últimos post — cebolledo @ 21:32

El falso muerto

¿Es posible simular una enfermedad grave? ¿Es posible simular un cáncer?

Lucas era un hombre atractivo. De joven fue travieso e indisciplinado. Se dejó el pelo largo y llevaba vaqueros rotos. Y fumaba porros. Era un idealista y odiaba las normas establecidas. Hasta que conoció a Margarita. Margarita consiguió que acabara la carrera de medicina y sentara la cabeza.
Tuvieron dos hijos: la parejita. Él pasaba consulta vestido con ropa de marca. El dinero no era problema. Pero la felicidad no duró mucho. Lucas buscó aventuras fuera del matrimonio. Aventuras que le pusieran un poco de pimienta a su aburrida vida.

Margarita aguantó hasta que los niños fueron un poco más mayores y entonces gestionó el divorcio. A Lucas le vino bien, le dejó a ella el chalé a las afueras y se mudó a un apartamentito en el centro. El nuevo centro de operaciones, donde se llevaba una tras otra a las novias que iba recolectando. Le duraban una temporada y luego se marchaban. Supongo que era Lucas el que se las arreglaba para que se cansaran de él.

Yo le conocí cuando estaba en cuarto de biológicas. En una fiesta de la facultad que organizábamos en un bar de copas del centro. Se acercó a nuestro grupo a pedirnos fuego y desplegó todo su arsenal de encanto.
-¿Puedo sentarme con vosotras? – su voz cautivadora era de locutor de radio.
Tenía cuarenta y tantos, pero aparentaba diez años menos. Delgado y elegante. Aseado y jovial. Yo ya le conocía de haberle visto por los bares de copas nocturnos.
No sé cómo pero me las arreglé para que al final quedáramos sólo él y yo. Estuvimos hablando un buen rato y al final me acompañó a casa. Nos besamos en el portal.

A la semana siguiente me llevó a su apartamento y a los dos meses ya vivíamos juntos. Fueron los mejores momentos de mi vida. Era como una luna de miel interminable. Nos pasábamos las horas muertas en casa: hablando, bebiendo, amándonos.

Él tenía la consulta en un pueblo no muy lejos. Se levantaba pronto cada día y cogía el coche. Yo seguía en la facultad a punto de acabar la carrera. El dinero no era problema, él ganaba mucho.
Con cierta frecuencia, Lucas se iba unos días a Madrid, a ver a los niños. Los “niños” eran casi de mi edad, universitarios, pero él nunca quiso presentármelos. Tampoco quería que fuera con él a Madrid. Eran unos “aburridos asuntos de familia” según Lucas.

Casi siempre, a la vuelta se enfrascaba con papeles y documentos en su pequeño despacho. Cuando le preguntaba qué era lo que estaba haciendo, siempre me decía que eran cosas de sus pacientes, de su trabajo. Y yo no quería meterme en sus cosas.

Una de las veces, volvió de Madrid con cara de preocupación. Estuvo unos días muy callado y cuando por fin accedió a explicarme, me dijo muy serio:
– He estado consultado con un colega mío de Madrid. Creo que puedo tener una enfermedad grave.
No quiso decirme nada más. Aquel día se fue a la cama sin cenar y sin querer hablar más del tema.
A la semana siguiente volvimos a hablar y entre sollozos, me dijo que estaba confirmado. Que tenía cáncer. Yo le dije que siempre estaría a su lado y él me besó con suavidad.
A partir de aquel momento empezó a engordar y se le fue cayendo el pelo. Por la quimio, deduje. Iba más a menudo a Madrid, supongo que era su colega el que le estaba llevando como paciente.
Unas semanas después adelgazó exageradamente. Yo le propuse acompañarle a la consulta en Madrid, pero él se negó. Decía que su amigo le recogía siempre en la estación. Yo le dejaba en el tren y tres horas no era un trayecto demasiado largo.

Yo estaba preocupada y me preocupé más cuando, en aquel viaje, no me contestaba a las llamadas. Tampoco tenía otro teléfono al que acudir. Y, además, pasaban los días sin saber nada de Lucas. Había ido para dos días y ya llevaba una semana fuera de casa.

Recibí una llamada de un número desconocido. Se identificó como el médico que le había estado tratando y me dijo que no habían podido hacer nada.
El funeral fue bastante austero, apenas veinte personas entre familiares y compañeros de trabajo. No conocía a ninguno y nadie me dirigió la palabra. Me sentí ajena y excluída. En primera línea de la iglesia estaban los que supuse eran la exmujer y los hijos.

Unos días más tarde me llamó un abogado rogándome que desalojara el apartamento. Que ahora era propiedad de los herederos.

Llorando recogí mis cosas. Despacio. Recordando los mejores momentos de nuestra relación. Al fin, accedí al despachito buscando tal vez alguna nota suya que me sirviera de recuerdo. Pero lo que encontré fue otra cosa. Guardado en un sobre al fondo de un cajón había un documento extraño. Me pareció una póliza de un seguro de vida. La cantidad era enorme, pero lo que me llamó la atención fue que el beneficiario no fueran sus hijos, sino un tal Valentín Cuesta. En otros documentos encontré que el domicilio de ese tal Cuesta estaba en Brasil.

Acabé de recoger mis cosas y me fui. Volví a casa de mis padres y ahora estoy a punto de acabar la carrera. Pero lo que me sigue rondando la cabeza es que nunca vi el cadáver de Lucas. Y no sé si alguien de su familia lo vio. A veces me imagino a Lucas en Brasil, rodeado de señoritas en biquini que le llaman señor Valentín.

Nunca llegué a despedirme de él y ahora no sé si debería haberle dicho adiós o tal vez… ¡hasta luego, Lucas!

 

Cebolledo 16 noviembre 2011

Filed under: Participa,Página de autor — cebolledo @ 16:45
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Autor tanto de relatos como de fotografía, podréis descubrir sus obras en su blog Cebolledo Power Blog.



Conocí a Cebolledo de casualidad, en una quedada con los amigos del foro. Coincidíamos en un foro de internet en el que colaborábamos. Y fue raro, porque Cebolledo no solía prodigarse.

–¿No conoces a ese? –Me dijo mi amigo Paco–. Sí, hombre. Ese es el famoso Cebolledo.

Era un individuo anodino, con el pelo grasiento y gafas, y una ropa gris y marrón de hipermercado. Me acerqué a él y entablé una conversación. Al principio me miró como con desprecio, dio un sorbo a su refresco de naranja y contestó tímidamente a mis preguntas de cortesía.

Cebolledo era uno de esos personajes que te suenan de toda la vida. No es difícil en una ciudad pequeña de provincias, donde todos coincidimos en todas partes: en el colegio, en las rebajas, en el cine. Vivía en una casa vieja en el casco antiguo y nadie sabíamos a qué se dedicaba. Nadie conocía su nombre, siempre le llamaban por el apellido, que le sentaba como un guante. Salía poco y no se le solía ver en los lugares de ocio, en bares o en festejos. Supongo que vivía con su madre, puesto que no me lo imagino con ninguna otra mujer. No sólo por su aspecto desaliñado, sino por su carácter hosco y retraído.

Sin embargo, cuando escribía en el foro, en internet, se transformaba. Se convertía en un ser simpático y encantador, activo y optimista, imaginativo y atractivo. Sus escritos mostraban la cara amable de la vida. Su humor, fino e inteligente, llegaba a todo tipo de personas como una brisa suave y fresca.

Debí caerle simpático, tal vez porque parecía interesarme mucho por sus actividades. Era un voraz lector capaz de tragarse un tocho ruso en tiempo record. Leía con soltura tanto textos en español como en francés o inglés. Y hacía sus pinitos en chino. Yo siempre le preguntaba por sus lecturas y escuchaba sus explicaciones con fingida admiración. Alguna vez me pasó algunos de sus tomos infumables que yo le devolvía una semana más tarde sin haber podido pasar de las primeras páginas.

Cebolledo era un personaje entrañable cuando le veías consultar sus notas en un cuaderno de hojas amarillentas, mientras tomaba un descafeinado con sacarina en una cafetería de barrio. Era allí donde nos reuníamos ya que nunca me invitó a su casa y a mí no me apetecía que mi familia me viera con un individuo de esas pintas.

Cebolledo me enseñaba sus relatos y me confiaba sus proyectos. Me pedía opinión y tenía en cuenta mis observaciones como un científico escucha a un colega experimentado. Pronto supe que yo era su único confidente.

Lo último que me mostró fue un cuaderno, de los que usan los niños de primaria, que contenía sus relatos. Más de cien. Me dejó leer uno con cierta desconfianza, sin apenas soltarlo de de su mano. Su letra caligráfica de Bic cristal discurría con armonía por los cuadros del papel. El texto me estremeció y casi se me escapa una lágrima de emoción. Rápidamente lo guardó en su cartera de cuero de colegial de posguerra.

Poco a poco se iba ensimismando más y salía menos de casa. Creo que yo fui su único y su último contacto con el mundo real. Pero aquel cuaderno, aquellos relatos ocultaban una vida interior rica e increíble en un hombrecillo como aquel. Aquellos cuentos que guardaba como un diario, como un tesoro y que probablemente nunca salieran a la luz.

Hice lo que tenía que hacer, no tuve elección. Maté a ese hombre despreciable, ese cuerpo putrefacto, esa carcasa oxidada. Y me quedé con los relatos, la perla de una ostra hedionda.

Me quedé con los relatos y me hice pasar por su autor.

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Mis relatos en este blog:
El Nudo Windsor
La búsqueda de la felicidad
Dejar de fumar
El fantasma Igor
Aniversario

 

Aniversario 6 enero 2011

Filed under: Últimos post,Participa — cebolledo @ 23:55

Aniversario



Aquel día Ricardo se había levantado inquieto, nervioso. Pensó que tenía que reunirlos. Se acercaba el aniversario y era preciso que lo celebraran juntos. Tal vez fuera el último aniversario.


Cogió el teléfono con la intención de llamar a Pablo. Con Pablo siempre se había llevado bien, pero ya hacía más de un año que no hablaba con él. Y mucho más que no se veían.


Habían sido un grupo muy unido. Se habían querido tanto. Y se habían odiado después. Habían dicho cosas terribles los unos de los otros. Eran jóvenes y alocados. Alegres. Pero la convivencia les había terminado por enfrentar.


Pero eso fue hace mucho tiempo. Luego se separaron, fueron cada uno por su lado. Se casaron, tuvieron hijos, triunfaron en la vida, se divorciaron y se volvieron a casar. Estuvieron, incluso, a punto de hacer las paces. Y fue entonces cuando Juan se fue.  Y ahora iba a ser el aniversario.
Hacía un par de meses se había vuelto a encontrar con la viuda de Juan. Nunca se había llevado especialmente bien con ella. Una mujer de carácter. Pero con los años se había suavizado. Le trató como una vieja amiga. Una amiga de la infancia. ¿Acaso no era exactamente eso?


Ricardo quiso encender un cigarrillo y fumárselo mientras bebía su zumo de naranja. Pero decidió que no pegaba con las vitaminas. Además se había propuesto dejar de fumar. O fumar menos. Marcó el número de Pablo.


Pensó en alguna cosa graciosa para iniciar la conversación. Él siempre era el gracioso del grupo. El despreocupado. El chistoso. Con el que nunca se hablaba de cosas serias. Era su coraza, la barrera que le protegía del mundo exterior. Pero eso ya no era necesario ahora. Ahora, con hijos y nietos, no era tiempo de timideces, ni de remilgos. Y menos con los antiguos amigos.


“Habría que llamar a la viuda de Juan y a Dani…” pensó mientras sonaban los tonos en el auricular. “Será un gran aniversario, hace tanto que no nos vemos. Recordaremos viejos tiempos, las anécdotas y las correrías.” Sonrió, estaba contento, emocionado, excitado. Al otro lado de la línea alguien descolgó.


– Diga.


-¿Paul? Soy yo, Ringo.

Cebolledo

 

El fantasma Igor 29 noviembre 2010

Filed under: Últimos post,Participa — cebolledo @ 12:31

El fantasma Igor



“¡Cómo voy a creer yo en fantasmas!” Enrique es una persona racional a tope. De las que siempre son capaces de encontrarle la respuesta lógica a cualquier fenómeno paranormal.


No obstante, no siempre fue así. En sus años mozos le atraían profundamente todo tipo de magias y misterios: ovnis, espiritismo, tarot etc. En aquella época de su vida leyó toneladas de libros. En uno de ellos se detallaban pormenorizadamente los poderes mágicos de los lamas tibetanos.


De aquello sólo se quedó con dos trucos: uno llamado “tumo”, o algo así, que consistía en generar, por medio de la concentración, un gran calor interno. ¡Y tanto! Puesto que los adeptos hacían concursos para ver quién derretía un círculo mayor de nieve a su alrededor. Con sólo sentarse en el suelo y concentrarse.


El otro truco era el de la creación de fantasmas. Todo es cuestión de concentración. Si te empeñas, puedes hacer que tu energía se condense en un espíritu. Luego empezarás a notar su presencia: te desaparecen cosas, no las encuentras o cambian de sitio. Obviamente no las ves volar por el aire, porque el fantasma las mueve cuando tú no miras. (¡Por supuesto!).


Estos espíritus son un poco inestables. Si no les prestas atención, simplemente se desvanecen. Así que la clave está en perseverar. Practicando todos los días lograrás que se instale en tu vida, con un poco más de esfuerzo harás que se materialice y no sólo tú lo veas sino que se hará visible para más gente. Pero eso es más difícil.


Si te quedas en la fase intermedia obtendrás una especie de esclavo personal. Porque si logras controlarle, igual que mueve cosas para perderlas, puede moverlas para que las encuentres; razonaba Enrique.


Realmente, ¿a quién no le ha pasado eso de dejar algo en la cocina y que le aparezca en el baño? Yo, continuamente pierdo las llaves de casa, para encontrarlas en el sitio más insospechado. No es la primera vez que me las meto en el bolsillo y al cabo de unas horas aparecen en la cerradura del buzón. Y no hablemos de bolígrafos…


Todo cuadra, objetos de un tamaño manejable para un fantasma.


Así que se decidió a crearse su propio fantasma. Lo primero el nombre: Igor (a él le gustaría que le llamaran ‘Aigor’). Concentración, concentración y en seguida empezó a notar las travesuras de Igor. Las llaves, el billetero, el móvil… le encantaba esconderlos. Y le tuvo que hablar claro.


–Igor, –le dijo, muy serio– si quieres seguir existiendo como tal, tienes que serme útil. Si no, me olvidaré de ti. Y desaparecerás.


Parece que lo entendió. Y se pusieron a entrenar. Enrique le preguntaba dónde estaba algo y el fantasma se lo decía. No es que se le oyera muy bien, pero bueno, era cuestión de practicar. Un truco que entrenaron mucho es el de las llaves. “Cuando meta la mano en el bolsillo, la primera llave que tengo que encontrar es la del portal”. No siempre funcionaba, y es que Igor se distraía con facilidad.


La cosa iba de perlas, así que orgulloso, quiso mostrárselo al mundo. Pero necesitaba público para realizar el truco. Descartó de inmediato el presentárselo a un adulto. “¡A ver a quien le cuento que tengo un fantasma sin que se ría de mí!” Preferible, la inocencia y candidez de un niño.


–Mira Pedrito, te voy a contar una cosa… –Y le explicó todo, en versión para niño de ocho años.


–¡Papáaa! –le contestó el niño– si yo hace años que ya no tengo amigos imaginarios…

Cebolledo


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Dejar de fumar

Filed under: Últimos post,Participa — cebolledo @ 8:51

Dejar de fumar



Dejar de fumar es imposible. O, al menos, muy difícil. Todos nacemos no-fumadores pero en cuanto nos pica el veneno del doctor Nicot, estamos perdidos.


Yo dejé de fumar oficialmente el 13 de agosto de 2002, cuando nació mi segundo hijo. Me prometí a mi mismo no volver a fumar nunca, y lo conseguí… durante casi un año. Luego una fiesta, un amigo, te ofrecen un cigarro, por cortesía y dices: “total, por un cigarro…”. Pero es uno, y luego otro y otro y otro.


Luego la cajetilla. Las dos primeras las compro y las fumo a escondidas. A partir de la tercera ya es oficial.


Desde entonces alterno temporadas de fumador y de no-fumador. Como Jekyll y Hyde.


Javi dice que soy “semifumador”.


Javi y yo nos vemos dos o tres veces al año. A mi mujer no le agrada mucho, porque Javi es un mujeriego. Javi es el típico solterón-ligón de mediana edad y con dinero. Soltero porque quiere, la mitad de la población femenina ha pasado por su “banco de pruebas”.


Cuando quedamos, copa tras copa hablamos de nuestros temas. Temas que no hablo con nadie más: los últimos discos, los libros que estamos leyendo, recuerdos lejanos de nuestra infancia y los amigos comunes que odiamos al unísono.


Copa tras copa, tema tras tema acabamos siempre en su casa. Y en su cama.


La gente no sospecha, nunca ha sospechado. A fin de cuentas Javi es un “playboy” reconocido y yo un soso padre de familia.


A eso de las cuatro me visto, para irme a mi casa.


–Te cojo el cedé de los Strokes, ¿vale?


–Llévate también el de Paul Weller, si quieres.


Recojo mis cosas. Desde la entrada, antes de cerrar la puerta, me despido.


–Javi, te llamo.


A veces suena como “Javi, te amo”. Pero no es así, no somos pareja ni lo seremos. Somos amigos, a Javi le gustan las tías, y a mí también.


Llego a casa con un sentimiento agridulce. Al día siguiente dejo de fumar otra vez más y me prometo no volver. Con Javi también.


Pero ya se sabe, dejarlo es imposible. O, al menos, muy difícil.


Cebolledo

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La búsqueda de la felicidad 26 noviembre 2010

Filed under: Últimos post,Participa — cebolledo @ 19:46

La búsqueda de la felicidad


El otro día, haciendo zapping, encallé en un canal en el que entrevistaban a un famoso. El tema era la búsqueda de la felicidad. Y entonces recordé algo que me pasó hace tiempo.

Hubo una temporada en mi niñez en la que solía ir a jugar con un amigo. Un compañero de clase. Íbamos a su casa y su madre nos daba la merienda. En su casa había un desván, repleto de tesoros para unos preadolescentes como nosotros.

Un día encontramos un libro antiguo de matemáticas. Como yo iba por ciencias, mi amigo me lo dejó llevar a mi casa. A los dos días se lo devolví.

Pero lo que no le devolví fueron una hojas manuscritas que había en su interior. Supuse que era un secreto de algún antepasado de mi amigo y, por algún motivo, no dije nada.

En aquellas hojas escrito a pluma y con letra caligráfica había un relato. Por los tachones y anotaciones parecía que era la traducción de un texto escrito en otro idioma.

La historia trataba de un rey de un lejano país. Un rey justo y sabio, y muy querido por su pueblo. Que vivía feliz con su esposa, admirado por sus súbditos y en paz con los países vecinos. Para colmar su felicidad, Alá tuvo a bien obsequiarle con tres hijas, a cuál más bella y cariñosa.

Llegado el momento, el rey llamó a su hija mayor y así le habló.

– Alisa, hija mía. Tú eres la mayor de mi descendencia. Y, como ordena nuestra ley y nuestra tradición, estás llamada a sucederme en el trono. Como buen padre que soy, te quiero mucho, pero también quiero a mi pueblo del que soy responsable. Por eso quiero que seas la mejor de las monarcas. Y sé que para ello tienes que encontrar la felicidad. Yo no puedo darte ese tesoro, así que tu madre y yo hemos pensado en mandarte a tierras lejanas a buscar tu destino. Allá conocerás otras gentes y otros lugares y crecerás en sabiduría. Cuando consideres que estás preparada, volverás y recibirás el cetro de mis propias manos. Sólo una cosa más, en tu viaje no tendrás ayuda mía, ni por ser mi hija ni por mi fortuna, para que ello no sea un impedimento en tu aprendizaje. No obstante siempre tendrás la puerta de tu casa abierta, y cuando quiera que vuelvas serás recibida como la princesa que eres.

Alisa, la primogénita, recogió sus cosas y partió hacia tierras lejanas, llevando tan sólo lo estrictamente necesario.

Pasaron dos años y el rey no tuvo noticias de Alisa.

El rey llamó a su segunda hija y así le habló.

– Belisa, hija mía. Tú eres la segunda de mi descendencia. Como bien sabes, hace dos años tu madre y yo mandamos a tu hermana mayor a tierras lejanas a buscar la felicidad y encontrar su destino. Se fue despojada de todo privilegio, y ahora no sé si hice bien. Desconozco si no vuelve porque ha perecido en tierras lejanas o porque no se siente todavía suficientemente preparada.

Hoy a llegado tu hora, y es tu turno para viajar a países desconocidos. Allá conocerás otras gentes y otros lugares y crecerás en sabiduría. Sin embargo, en tu viaje tendrás toda mi ayuda. Irás acompañada de tu séquito y dos de mis ministros de mayor confianza. Ellos te aconsejarán y protegerán. Visitarás todos los países en mi nombre y conocerás a todos sus dirigentes en persona. Cuando consideres que estás preparada, volverás y serás recibida con honores de rey. No obstante siempre tendrás la puerta de tu casa abierta, y cuando quiera que vuelvas serás recibida como la princesa que eres.

Belisa, la segunda, recogió sus cosas y partió hacia tierras lejanas, llevando su séquito consigo.

Pasaron otros dos años y, considerando apropiado el momento, el rey llamó a su hija pequeña y así le habló.

– Carlisa, hija mía. Tú eres la menor de mi descendencia. Como bien sabes, hace años tu madre y yo mandamos a tus hermanas a tierras lejanas a buscar la felicidad y encontrar su destino. Se fueron a condición de volver cuando estuvieran suficientemente preparadas.

Hoy a llegado tu turno, y es tu hora de partir. No sé si hice bien enviando a tus hermanas al extranjero. Por eso tu viaje será por nuestro querido país. Allá conocerás otras gentes y otros lugares y crecerás en sabiduría. Visitarás todas las ciudades y aldeas y conocerás a mis súbditos en persona. Cuando consideres que estás preparada, volverás y serás recibida con honores de rey. No obstante siempre tendrás la puerta de tu casa abierta, y cuando quiera que vuelvas serás recibida como la princesa que eres.

Carlisa, la pequeña, recogió sus cosas y partió, llevando a Alá consigo.

Llegados a este punto, no pude seguir leyendo. La siguiente hoja de papel estaba muy deteriorada. La tinta estaba borrosa y a penas se podía distinguir alguna frase. Lo poco que pude descifrar me dio a entender que las tres hijas volvían y que el rey había muerto.

No lo comenté con mi amigo, al principio porque me daba vergüenza admitir que le había robado unas hojas. Después, no sé por qué.

Nunca llegué a saber el final del cuento. Si Alisa, Belisa o Carlisa habían encontrado o no la felicidad. Si la había encontrado el antepasado de mi amigo. Ni siquiera si había copiado la historia o se la había inventado. O si mi amigo la conocía y sabía su final.

Con el paso del tiempo, las vidas de mi amigo y la mía siguieron rumbos separados, perdimos el contacto y nunca más volví a saber de él. Pero el cuento de las hijas del rey ha vuelto a mi memoria con cierta periodicidad. Pero no tanto como para haber marcado mi vida.

El otro día, haciendo zapping, me acordé de mi amigo de la infancia. Tal vez haya encontrado la felicidad o tal vez no. Yo, por mi parte, vivo una vida tranquila y, curiosamente he tenido tres hijas: Alicia, Isabel y Carlota.

Cebolledo

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El Nudo Windsor

Filed under: Últimos post,Participa — cebolledo @ 19:38

El Nudo Windsor


Pipipipíiii

Juan Antonio apagó el despertador. Ya llevaba unos minutos despierto, como siempre. Siempre se despierta antes de que suene el despertador. Un pequeño y viejo despertador de pilas que alguien le trajo hace años de Canarias. Con la esfera blanca y la palabra QUARTZ en negro.

Retiró las sábanas, sacó las piernas y se incorporó. Como siempre, se quedó unos instantes sentado en la cama, mirando a través de la ventana. Era un día lluvioso.

Le gustaba dormir con la persiana levantada. Para ver las estrellas mientras se quedaba dormido. Cuando el cielo estaba despejado podía ver Orión desde su cama. Las estrellas cuyos nombres conocía: Rigel, Betelgeuse, Bellatrix.

Bellatrix, “la guerrera”. Siempre le recordaba a aquella chica que conoció de chaval: Beatriz. Fue casi su amor platónico ¿qué habrá sido de ella? A veces sueña que la vuelve a ver, que se encuentran por casualidad, que recuerdan “viejos tiempos”.

Se introduce en el baño con el aparato de radio. El transistor de pilas ¿cuántos años tiene? ¿treinta, cuarenta? Oye las noticias mientras se asea. Radio nacional.

Sobre la silla del dormitorio la ropa que preparó la víspera. Calcetines a juego con los zapatos. Zapatos a juego con el cinturón. Ropa interior blanca. Camisa blanca. Y la corbata.

Frente al espejo se anuda la corbata. Nudo Windsor, por el duque de Windsor. No “Wilson”, como lo llamaba su padre. Su padre le enseñó a hacer ese nudo triangular, plano, perfecto. Y él se lo enseñará a su hijo cuando llegue el día.

Todo tiene que estar perfecto: la camisa planchada, la muda limpia, el nudo Windsor. Juan Antonio desprecia a los que se hacen el nudo simple, el “for-in-jan” de los británicos. Ese nudo no tiene clase, lo hace cualquiera.

Otra cosa es el medio-Windsor o nudo español, algo más elaborado. Ya indica un poco más de preparación. De cultura. Un pase por detrás, una vuelta a la derecha, un pase por delante y ya está.

Pero nada como el nudo Windsor, el auténtico, el completo.

También Juan Antonio tuvo su época rebelde y experimental. Cuando se hacía nudos exóticos: el Platsburg o el Saint Andrew. Y se sentía diferente, esnob, intelectual.

Estira las sábanas y cierra la ventana, que había permanecido abierta mientras se aseaba en el baño. Un café soluble, con leche, en el microondas, ese es su desayuno. Y una galleta maría.

Los zapatos brillantes, impecables. “La elegancia de un hombre se mide por la limpieza de sus zapatos” recuerda.

Un día más, que irá andando a la oficina. Un día más o un día menos. Tal vez hoy pase algo. Tal vez se encuentre con Beatriz, sonríe. Y queden para tomar un café… y se casen… y tenga un hijo.

Y así pueda enseñarle a hacer el nudo Windsor.

Cebolledo

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