Relatos sorprendentes

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Cebolledo 16 noviembre 2011

Filed under: Participa,Página de autor — cebolledo @ 16:45
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Autor tanto de relatos como de fotografía, podréis descubrir sus obras en su blog Cebolledo Power Blog.



Conocí a Cebolledo de casualidad, en una quedada con los amigos del foro. Coincidíamos en un foro de internet en el que colaborábamos. Y fue raro, porque Cebolledo no solía prodigarse.

–¿No conoces a ese? –Me dijo mi amigo Paco–. Sí, hombre. Ese es el famoso Cebolledo.

Era un individuo anodino, con el pelo grasiento y gafas, y una ropa gris y marrón de hipermercado. Me acerqué a él y entablé una conversación. Al principio me miró como con desprecio, dio un sorbo a su refresco de naranja y contestó tímidamente a mis preguntas de cortesía.

Cebolledo era uno de esos personajes que te suenan de toda la vida. No es difícil en una ciudad pequeña de provincias, donde todos coincidimos en todas partes: en el colegio, en las rebajas, en el cine. Vivía en una casa vieja en el casco antiguo y nadie sabíamos a qué se dedicaba. Nadie conocía su nombre, siempre le llamaban por el apellido, que le sentaba como un guante. Salía poco y no se le solía ver en los lugares de ocio, en bares o en festejos. Supongo que vivía con su madre, puesto que no me lo imagino con ninguna otra mujer. No sólo por su aspecto desaliñado, sino por su carácter hosco y retraído.

Sin embargo, cuando escribía en el foro, en internet, se transformaba. Se convertía en un ser simpático y encantador, activo y optimista, imaginativo y atractivo. Sus escritos mostraban la cara amable de la vida. Su humor, fino e inteligente, llegaba a todo tipo de personas como una brisa suave y fresca.

Debí caerle simpático, tal vez porque parecía interesarme mucho por sus actividades. Era un voraz lector capaz de tragarse un tocho ruso en tiempo record. Leía con soltura tanto textos en español como en francés o inglés. Y hacía sus pinitos en chino. Yo siempre le preguntaba por sus lecturas y escuchaba sus explicaciones con fingida admiración. Alguna vez me pasó algunos de sus tomos infumables que yo le devolvía una semana más tarde sin haber podido pasar de las primeras páginas.

Cebolledo era un personaje entrañable cuando le veías consultar sus notas en un cuaderno de hojas amarillentas, mientras tomaba un descafeinado con sacarina en una cafetería de barrio. Era allí donde nos reuníamos ya que nunca me invitó a su casa y a mí no me apetecía que mi familia me viera con un individuo de esas pintas.

Cebolledo me enseñaba sus relatos y me confiaba sus proyectos. Me pedía opinión y tenía en cuenta mis observaciones como un científico escucha a un colega experimentado. Pronto supe que yo era su único confidente.

Lo último que me mostró fue un cuaderno, de los que usan los niños de primaria, que contenía sus relatos. Más de cien. Me dejó leer uno con cierta desconfianza, sin apenas soltarlo de de su mano. Su letra caligráfica de Bic cristal discurría con armonía por los cuadros del papel. El texto me estremeció y casi se me escapa una lágrima de emoción. Rápidamente lo guardó en su cartera de cuero de colegial de posguerra.

Poco a poco se iba ensimismando más y salía menos de casa. Creo que yo fui su único y su último contacto con el mundo real. Pero aquel cuaderno, aquellos relatos ocultaban una vida interior rica e increíble en un hombrecillo como aquel. Aquellos cuentos que guardaba como un diario, como un tesoro y que probablemente nunca salieran a la luz.

Hice lo que tenía que hacer, no tuve elección. Maté a ese hombre despreciable, ese cuerpo putrefacto, esa carcasa oxidada. Y me quedé con los relatos, la perla de una ostra hedionda.

Me quedé con los relatos y me hice pasar por su autor.

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Mis relatos en este blog:
El Nudo Windsor
La búsqueda de la felicidad
Dejar de fumar
El fantasma Igor
Aniversario