Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El Día de la Masa 3 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 15:21


Santa Lucía era un pequeño pueblecito al norte de Cimera, al menos, antes del Día de la Masa. Era el perfecto ejemplo de la ruralidad más aislada, situado en medio de una inmensa nada de polvo y tierra árida.

Surcado en su mitad por una larga y recta carretera, casas destartaladas y algunas tiendas viejas se alzaban a lado y lado, recordando en cierta manera a un escenario del salvaje oeste. El polvo de las tierras yermas se arremolinaba en las esquinas, formando pequeños torbellinos en miniatura, y los estepicursores cruzaban la carretera de aquí para allá, arrastrados por el viento.

Una azada golpeó la tierra con un sonido metálico, interrumpiendo el silencio. Con un gesto sorprendido, el granjero flexionó sus rodillas y escarbó en la tierra con sus manos hasta revelar algo cobrizo y cubierto de una pátina polvorienta. Una sonrisa iluminó su rostro y sus dedos se hundieron con afán codicioso aún más, arrancando del suelo grandes puñados arenosos de arcilla. Al fin, una figura de aspecto macizo y una altura aproximada de un palmo salió a la luz del día.

El pequeño tótem representaba una persona poco más alta que ancha, rodeada por una escolopendra que se enroscaba en torno a su cuerpo como una hélice. El tiempo bajo la tierra le había arrebatado su brillo, pero el granjero se apresuró en llevarlo hacia el interior de la casa y sumergirlo bajo el chorro del grifo más cercano.

Paulatinamente, el brillo dorado del tótem resurgió bajo la capa de suciedad, al mismo tiempo en que el fregadero se cubría de barro, al mismo tiempo en que una mueca de avaricia se dibujaba en el rostro del anciano granjero y al mismo tiempo en que sus dedos comenzaban a derretirse sobrenaturalmente en medio de una delirante carcajada de locura.

Al mismo tiempo, en otro lugar de Santa Lucía, dos adolescentes tomaban un batido en la cafetería local. Clara era alta, de abundante pelo castaño y ojos verdes. Pierre era un chico delgado y pálido de cabello crespo. Después de sorber las últimas gotas de su copa, Clara colocó diez céntimos de cima en el platillo de las propinas y se dirigió hacia la puerta junto con su amigo. Pero un súbito temblor que sacudió sus pies los hizo detenerse antes de alcanzar la puerta.

La parte delantera de la cafetería colapsó bajo el peso de algo que se apoyaba sobre su tejado y los cascotes cayeron a los pies de Pierre, quien se apresuró en echarse atrás. Ante sus ojos una masa gelatinosa de un verde brillante desfiló siguiendo la dirección de la carretera, pasando por encima de las casas y demás construcciones, aplastándolas y devorándolas. Al mismo tiempo, esa masa comenzó a colarse por la derruida parte delantera del local, desatando el terror entre los clientes.

Clara y Pierre corrieron hacia la puerta trasera, pero estaba atrancada. El dueño de la cafetería se acercó rápidamente hacia ellos con un manojo de llaves exageradamente rústicas y envejecidas, chocando por el camino con un hombre que corría en sentido contrario, con la cara iluminada de pura euforia, ataviado con traje y corbata y que gritaba:

―¡Dinero! ¡¡Dinero!!

El viejo se tambaleó un instante ante el golpe, miró al enloquecido hombre del traje un instante, se rascó la calva con confusión y volvió a retomar su labor de abrir la puerta trasera del establecimiento.

―Debe de ser un derrame de productos químicos o algún tipo de corrimiento de cieno o algo así ―comentó el hombre mientras hacía girar la llave, produciendo un chasquido en el cerrojo―, será mejor que nos vayamos de aquí…

Su frase se interrumpió bruscamente por una nueva inundación de la gelatinosa masa verde, que se coló por la puerta nada más que esta se hubo abierto. Al mismo tiempo, un grito de agonía les llegó desde el otro extremo del local. El hombre del traje había alcanzado la enorme masa amorfa, y no sólo eso, si no que prácticamente se había arrojado a ella como quien se lanza a por un tesoro y, en esos instantes, su cuerpo estaba siendo engullido por la enorme monstruosidad verde, que lo derretía dantescamente al tiempo que se expandía, sepultándolo en sus profundidades. Pero lo más espeluznante de todo era que otras personas en la cafetería, cada una a su manera, habían empezado a imitarlo.

Clara y Pierre movieron la cabeza de un lado a otro, frenéticamente, buscando con la vista a todos los suicidas del local, y entonces escucharon una voz, casi un susurro, muy cerca de ellos.

―¿Rose?

Era el viejo dueño de la cafetería, y el nombre que salió de sus labios le puso los pelos de punta a Clara. Ella y Pierre habían estado yendo a esa cafetería desde que eran niños y, hasta hacía apenas 3 años, hasta el invierno del año 2017, Rose, la esposa del dueño, una afable mujer de pelo canoso, había estado ayudando a su marido a mantener el negocio. Aquel invierno, una fuerte neumonía se había llevado a Rose al cementerio…

La chica desvió lentamente la mirada hacia el buen hombre, que parecía estar viendo realmente a su esposa muerta, como quien ve a un ser querido que vuelve de un largo viaje. Salvo que allí no había nada. El viejo extendió una mano, extendió sus dedos hacia el muro de gelatina verde que se colaba por la puerta trasera y, finalmente, los hundió en ella. Él no reaccionó en absoluto, ni siquiera cuando la masa monstruosa lo succionó hacia su interior con macabra lentitud y el hombre desapareció para siempre sin dejar ni rastro.

―¿¡Pero qué demonios les pasa!? ―chilló Clara.

Ella tendría su respuesta pronto. Pierre miró un momento hacia la superficie brillante y gelatinosa de la masa, pero ya no pudo apartar la mirada. La reluciente superficie le devolvió un reflejo en cuanto sus ojos se posaron sobre ella, el reflejo de sí mismo, pero al mismo tiempo de otra persona. Podía reconocerse, pero ya no era un adolescente, era un adulto bien vestido y peinado, pulcramente aseado y portando un dossier repleto de documento. A su alrededor podía verse una sala de juicios a rebosar, con sus jueces, su tribunal y todo lo demás incluido.

Él siempre había querido ser abogado. Ése era su sueño. Ser un buen abogado y defender a las personas, ése había sido siempre su sueño…

Un golpe en las costillas le devolvió a la realidad y la sala de juicios se desvaneció junto con su mismo reflejo. Su embelesamiento se rompió tan rápidamente como se había creado.

―¡Pierre!

El chico tomó el brazo de su amiga y la arrastró lejos de la masa, hacia el centro de la cafetería, en donde empezaban a quedarse acorralados.

―Ves aquello que más quieres en el mundo ―anunció Pierre, con un tono de voz como el de quien cuenta un secreto―. Cuando miras directamente a la masa, ves aquello que más quieres.

―¿Pero cómo es esto posible? ―preguntó ella sin esperar realmente una respuesta.

La masa siguió avanzando imparable, inundándolo todo a su paso, tragándoselo todo, creciendo y creciendo sin descanso hasta estar tan cerca de los jóvenes que casi no podían evitar volver a mirarla de nuevo. Hasta que, de pronto, se abalanzó sobre ellos y luego… Nada.

La cafetería se desvaneció como si nunca hubiese existido, Clara y Pierre se desvanecieron, todo se desvaneció, y el fregadero sucio de barro y el tótem volvieron a aparecer ante los ojos del granjero.

El anciano agricultor, aún riendo, continuaba sosteniendo el tótem frente a sus ojos mientras sus dedos se transformaban en una sustancia fangosa muy lentamente. Los últimos reflejos de la cafetería desaparecieron por completo de la masa verde y gelatinosa que brotaba sin descanso de los ojos del tótem, hasta que el brillo le devolvió al granjero únicamente la efigie de su rostro desfigurado.

―Sí, ya me has mostrado qué es lo que YO más quiero en este mundo ―dijo―. Ahora cúmplelo, ve y devóralo todo. Devóralo para mí…

O.P.Wilkituski


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