Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Luces 12 marzo 2013

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Las luces de aquellos años penetraban furiosas en los acuarios donde sumergidos, deliraban extasiados los que amaban la locura. Se bañaban desnudos tan desinhibidos que parecía que jamás hubiesen visto un retal de tela. Escogían sus confesiones, poniendo sus vidas al servicio de la noche. Vendiendo sus sexos al mejor postor, seducidos más por el champagne que por el erotismo del momento. Poetas frustrados, bohemios de su tiempo, bellezas del exilio, gente corriente y demasiado vicio. VICIO, esa era la palabra. Ese era el juego. Una madrugada me arriesgué a aceptar las reglas, dije sí y me lancé al agua. Quería escuchar de cerca esos malditos jadeos que perturbaban mi sueño las noches asfixiantes de verano en Roma. Cuando, aturdida por el calor y vencida ya por una emergente resaca tan despiadada como ganada a pulso, salía a la terraza de mi habitación a tomar el aire y liarme un cigarrillo. Reconozco que tuve que ingeniármelas para poder ver lo que en la casa contigua sucedía. Pero lo conseguí. Nada hubiese sido un obstáculo suficiente. Como todo lo que había tomado ya estaba bajando, me serví una copa. Siempre he preferido sin duda, disfrutar del sexo ebria. Costumbres. Era la primera vez que veía tocarse a dos mujeres, presidían el centro de la piscina, tumbadas la una frente a la otra en una especie de plataforma. Era ella, yo diría que la rubia, la que me había despertado unos minutos antes. Libres, encadenando orgasmo con orgasmo, la una le cortaba el pelo a la otra. El resto, todo eran bultos. Piernas que se sumergían para segundos después salir del agua chapoteando, carcajadas fingidas e intercambios de parejas. Tuve que masturbarme allí mismo, de pié, subida en el taburete que coloqué precisamente para disipar lo que pasaba al otro lado de la verja. Me pudieron las ganas. Hoy se que no tendría que haber hecho lo que hice. No estuvo bien, creo que no hay nada tan patético como espiar, nada más vulgar que disfrutar con el placer ajeno. Pero así pasó y así lo hice. Además, ni se puede ni se debe cambiar el pasado. Esa fue la  primera vez que crucé la línea. Esa fue la noche en que lo conocí, sintiendo que si podía, que si me era posible, jamás me separaría de él.

–          Follas de puta madre. He de reconocer que cuando te vi saltando la valla pensé que serías poli. Ahora dime, ¿De dónde has salido tú?

–          Vivo ahí al lado. Justo en esa casa de ahí (dije señalando con el pié todavía tumbada en la hierba)

–          O sea que eres vecina de Odile.

–          Supongo. ¿Es la Odile que nombras la dueña de esta casa? ha tenido un gusto excelente con el jardín.

–          Odile no es la dueña, esta choza es de su abuela, pero se la deja los veranos, ella es actriz de teatro en Francia, solo pasa aquí un mes al año más o menos.

–          Es esa chica rubia, ¿verdad?

–          Sí. Es increíble ¿eh? Creo que es la tía más alucinante que he visto en mi vida. Además de guapísima es alguien muy interesante. Nunca te aburres con ella.

Comprendí al instante que Odile era la chica que hacía el amor con otra mientras se cortaban el pelo.

–          ¿Es tu novia, no es cierto? ( Pregunté gritando interiormente con todas mis fuerzas para que la respuesta fuese no)

–          Sí, lo es.  Estoy loco por ella.

Volvimos a hacerlo, pero esta vez en el agua. La música era un espanto, él el amante más experimentado que había tenido hasta el momento. Me asustó comprobar que no le importase ver a su novia acostándose con mujeres, ni si quiera se inmutó cuando empezó a hacerlo con un hombre y ni mucho menos se inquietó al verla participando en una orgía. Yo estaba deseando probar. Pero él no me daba tregua. Me golpeó en la cara por mirar a uno de sus amigos masturbarse. No entendí porque era tan permisivo con ella y por el contrario, tan celoso conmigo. Tampoco me atreví a preguntarle, me dediqué a actuar con normalidad, como si todo lo que allí sucedía fuese también para mí una rutina. Me había enamorado de él, de sus ojos, del color de su piel. Era inteligente y culto, era sin duda el hombre más sofisticado con el que había hecho el amor.

–          Estás muy borracha. Tienes que espabilarte, van a dar las 10 ahora mismo, en breve la fiesta habrá llegado a su fin. Venga, métete esto, te sentará bien.

Nunca antes había tenido en mis manos cocaína. Hasta el momento yo sólo había probado las pastillas, pero como ya he dicho antes, traté de actuar con la cotidianidad más absoluta.

–          ¿Dónde va ahora toda esta gente? yo es que no tengo nada importante que hacer.

–          Pues la mayoría, por desgracia para ellos, tienen que irse a trabajar. Muchos son músicos y han perdido ya varias horas de ensayo. Odile y yo estamos libres, puedes quedarte con nosotros si quieres. A ella no le importará. Es muy generosa.

Asentí con la cabeza. Aquello que había esnifado comenzó a hacerme efecto enseguida, me notaba llena de energía y con muchísimas ganas de hablar. De tener una conversación interesante. Él se tumbó en una hamaca verde fluorescente que había justo en frente de la piscina, bajo una gigante sombrilla. Aquel jardín olía a rosas. Todavía me gustó más de día de lo que me había impresionado de noche. Me sentía genial. Entonces llegó ella. Con su melena rubia mojada y cortada a trasquilones. Se quitó su vaporoso vestido blanco y se tumbó desnuda sobre él. Se besaron apasionadamente, como si fuese la primera vez que lo hacían, murmurando algo tan suave que no pude escucharlo. Omitieron mi presencia hasta que ella, apartándose el pelo de la cara me miró y me dijo:

–          Perdona, no me he presentado. Soy Odile, quien ha dado esta fiesta. ¿Lo has pasado bien?

–          De maravilla, gracias. (Tengo que reconocer que tenerla frente a frente me intimidó bastante, no sólo por su seductor acento francés, si no porque al fin y al cabo me había colado en su casa pasándome la noche teniendo sexo con su novio). Yo soy Francesca, encantada.

–          Eres muy guapa Francesca, no me extraña que este sinvergüenza se tirase encima de ti nada más verte.¿ Vives aquí al lado, no? Lo siento, no quiero resultar entrometida, pero te vi gritar un día a un hombre en la puerta de tu casa, parecías muy borracha. Me resultaste encantadora. Una hermosa gatita.

–          ¡ Qué vergüenza Dios mío! A veces puedo resultar muy italiana.

Todos rieron al unísono. En realidad sólo dije eso para tener unos segundos para estudiar sus siguientes movimientos. Aquella mujer, la que era sin duda la más increíble para el tío del que me había enamorado, me había encontrado encantadora a mí, a Francesca. No podía creerlo, así que no podía permitirme que la visión de Odile sobre mí cambiara en lo más mínimo. Con lo cual, me erguí cruzó las piernas de la manera más elegante que pude y seguí sonriendo durante un rato. Como ninguno de los tres tenía sueño pese a no haber dormido en toda la noche, vieron una película, la única en la que Odile había participado, antes de comenzar su andadura por el teatro. En la película, Odile encarnaba el papel de una joven cantante, que llegaba a París buscando la fama y el éxito, pero que tiene que conformarse con tocar en algunos tugurios de Monmartre. Como yo no tenía ni idea de francés, tuve que conformarme con la traducción que sus dos recién estrenados amigos le daban. La interpretación de Odile me encantó, a pesar de que estaba con ellos en que el guión era muy cutre.

–          Nunca debí aceptar ese papel. ( Dijo mientras encendía un canuto)Tendría que haber sabido esperar. Tal vez ahora sería famosa y tendría una mansión en América.

–          No seas tremendista, sabes que no me gusta que mires atrás. Además, de haber sido así nunca hubieses alcanzado tu fama en el teatro, y tal vez no nos hubiésemos conocido. Le dijo él acariciándole el pelo.

–           Tienes razón, no estoy en condiciones de quejarme. Gracias a mi trabajo puedo permitirme vivir como vivo. Puedo ofrecer fiestas de este tipo cada vez que se me antoja, y puedo hacer el amor con quien me apetece, gracias a haber encontrado un hombre como tú

–          Esa es mi chica. ¡Pero qué buena estás!

Volvieron a besarse apasionadamente. Eran los años 60, el movimiento hippy estaba recién estrenado, vivían en un  mundo imprevisible, lleno de pasiones y con fervor por lo prohibido.

Yo  no terminaba de saber cuál era su lugar en aquella casa, me encontraba cómoda, pero entendía que tal vez, aquello tendría un precio. me daba igual, lo pagaría sin duda. Quería a aquel hombre y haría cualquier cosa por él. Cualquier cosa.

–          Guapísima ( dijo él tocándome un muslo). Todavía no nos has dicho como te enteraste de la fiesta, ni quien te invitó a venir con nosotros.( Me dijo el hombre de la mirada profunda)

–          ¡ Qué más da eso cariño! En el fondo eres un simple burgués. Un cotilla de salón de té. Deja a la chica que sea libre. ¿Qué más da porqué viniera? Lo importante es que llegó a nosotros, yo creo que ha sido el destino. Serás mi primera amiga italiana. ¿Quieres?

–          Será todo un honor Odile. De igual forma no me importa que me pregunte porque llegué hasta aquí. El cómo ya lo sabéis, saltando. Y lo hice sencillamente porque os escuché. Sí, no me avergüenzo. Concretamente a ti, mi nueva amiga francesa, te escuché gemir mientras hacías el amor.

–          ¿Con Helena?

–          No sé, con una mujer morena.

–          Sí, es Helena. Mi amante femenina. La conozco desde que soy pequeña. Es húngara, toca el saxofón en la orquesta de Roma.

–          ¡Así que tenemos aquí a una pequeña boyeur! (Dijo él desudándose) Pues tal vez disfrutarías viendo esto.

Cogió a su novia y empezó a penetrarla, despacio, como si estuviese haciendo en realidad otra cosa. Ella parecía disfrutar mucho. Jadeaba. Del mismo modo que lo hacía la noche anterior, cuando la escuché desde mi casa.

–          ¿Era así como la oías Francesca? Dijo él, el amor de mi vida.

–          Sí. Bueno, más fuerte.

–          ¿Ah sí? Esa Helena es una puta de primera, un día me la chupó y yo también vi las estrellas.

Entonces él cambió de ritmo, comenzó a envestirla más rápido y también más fuerte. Casi del mismo modo que unas horas atrás lo estaba haciendo conmigo. Estaba muy excitada. Creo que ellos lo sabían. Así que yo también me desnudé. Me hubiese gustado tomar una copa, pero no vi nada de alcohol en aquel comedor. Comencé a tocarme mientras los miraba. Era la primera vez que hacía algo así. Y aquello me estaba enloqueciendo. Justo antes de acabar, él se levantó. Dejó a Odile, me giró, y siguió conmigo. Desde detrás. No pude ver su cara, y me hubiese encantado. Sólo podía verla a ella. Estremeciéndose, con sus manos sobre sus pechos. Deseando que él volviese, que terminase con ella de una vez.

 

–          ¿ Te has corrido ya, nena? ( me dijo con su tremendísima voz)

Yo asentí. Y era cierto, claro que me había corrido.

Entonces se volvió a colocar encima de su novia y siguieron haciéndolo durante un rato. Hasta que yo acabé mi cigarrillo. Ella chillaba, yo en cambio, siempre he sido mucho más discreta. Acabaron. Él se derrumbó sobre ella.

–          ¿ Vas a quedarte esta noche a cenar con nosotros Francesca?( Preguntó Odile)

–          En realidad no quiero ser un estorbo, no tenéis porqué invitarme, en serio.

–          Claro que no tenemos, la cuestión es que queremos. Como ya te he dicho, nunca he tenido una amiga italiana.

–          Bueno, en ese caso, me quedare encantada.

Cayó la noche y como moscas a la miel, comenzó a llenarse la casa de gente. Personas en su mayoría efusivas, de esas que se saludan con besos y alboroto, entes estridentes, en algunos casos de difícil distinción sexual. Parecía que nadie advirtiese mi presencia. Sólo un chico se dignó a saludarme. Con un húmedo beso en la boca. Odile estaba radiante, y debo confesar que yo también lo estaba, gracias a ella. Me dejó un bañador de margaritas y unos tacones negros, muy altos. Me peinó delicadamente y me pintó los labios rosa pálido. Creo que mucha gente debió creernos hermanas. Él no se arregló para la cena. Ni falta que le hacía. Llevaba puesto un bañador azul marino, ajustado, varonil. Como habíamos pasado gran parte de la tarde en la piscina su piel había adquirido un tono tostado que le hacía si cabe más atractivo. Le abracé nada más verle, él a cambio me ofreció un cigarro, pero pasó de largo. La música volvió a ser igual de insoportable que la noche anterior, pero nadie parecía estar de acuerdo conmigo. Bailaban, se seducían unos a otros con la mirada. Jamás se había reunido tanto ego en un solo jardín. Un hombre vestido de mujer se acercó a ofrecerme drogas de todo tipo. No pude resistirme y cogí dos pastillas. Mis favoritas, las verdes con estrellitas. Me guiñó un ojo tocándome el culo y se fue con su misión a otra parte. Cuando estaba a punto de tomarme las dos a golpe de un copazo de vino él, mi amor, el novio de Odile me tomó por detrás deteniendo mi acción con su fornido brazo lleno de pulseras étnicas.

–          Tranquilo, no voy a suicidarme.

–          Ya lo sé loca, pero no voy a quedarme quieto mientras te das un festín tú sola. Comparte tu tesoro conmigo.

Y así lo hice, y como es de buen nacido ser agradecido, él me quitó el bañador de margaritas con el que yo me estaba sintiendo tan segura y poderosa para poder practicarme sexo oral. Una vez más, no puse oposición a ninguno de sus movimientos. El ácido de aquella pastilla navegaba a través de mi sangre como un barco a la deriva. Entré literalmente en trance. No quería que aquello que estaba viviendo acabase nunca. Me liberé de todo miedo, de todo tabú y le confesé a mi amante que estaba enamorada. Él me dijo que ya lo sabía, y que su novia también. Que no le importaba, que le gustaba mucho compartir su tiempo conmigo, y que mi coño, era el más bonito que había visto jamás. Por encima del de Odile. Aquel transexual volvió a merodear por donde estábamos nosotros haciendo el amor. Mientras me lo tiraba, alargué mi brazo a tientas para conseguir más material. Volvimos a drogarnos los dos juntos y seguimos follando por lo menos un par de veces más. Hasta que nos cansamos, bueno, hasta que se cansó. Entonces se fue. Dejándome ahí, drogada y borracha hasta decir basta. Me puse como pude el bañador y los zapatos con la intención de buscarlo, de preguntarle porque se había ido así. Pero no me fue posible, cuando ya estaba a punto de meterme en el agua sin ningún motivo en concreto, ella, la mismísima Odile me tiró al suelo de un empujón. Agarró mi cara con sus manos acercándola a la suya y me sonrió. Durante unos instantes pensé que iba a besarme, a desnudarme o a hacer cualquier cosa conmigo, pero me equivoqué. Sólo me cogió llevándome hacia ella para que apoyase mi cabeza en su hombro. Y así lo hice. Me habló de ella, de su niñez, de los chicos con los que había estado, del día en que descubrió que también le gustaba estar con mujeres, de sus planes para el futuro y que él, el hombre que compartíamos, le había pedido que se casasen hacía unos minutos. Por eso había venido a buscarme. Necesitaba compartir su ilusión con alguien. Yo me quise morir. Me hubiese encantado que un rayo nos partiese a las dos. Pero no quise demostrarle mi ira, mi gran tragedia. Me limité a felicitarla y a tratar de recomponer mi cara para que no se me notase.

–          Pero no te angusties, te lo podrás seguir tirando. Solo queremos formalizar nuestro amor, estar juntos toda la vida.

Creo que debí sonrojarme y mirar hacia abajo. Ese gesto siempre me ha delatado. Creo que con los años no he podido ni tan si quiera disimularlo.

–          Conmigo no tienes porque disimular Francesca. He visto cómo lo miras. Sé que te gusta mucho. Que tal vez le quieras más que yo. Pero no estoy enfadada, tranquila. Nosotros creemos en el amor libre. Y sé que él disfruta mucho del sexo cuando está contigo. Así que tengo que darte las gracias. Nos haces muy feliz.

–          Odile, esta situación está empezando a hacerse ciertamente incómoda para mí. Es verdad que estoy enamorada de tu novio. Pero creo que ya no quiero acostarme nunca más con él. mañana mismo me voy de aquí. Sin enfados, sin malos entendidos. Feliz de haberos conocido y contenta de haber pasado un fin de semana tan especial.

–          Bueno cariño, vamos a la cama. Aquí ya no hay ni Dios.

 

Cuando ella me dijo “Vamos a la cama” pensé que me estaba diciendo que la fiesta había terminado y que deberíamos descansar. Cada uno donde quisiera. Pero una vez más me equivoqué. Me llevó a su cama, a la que compartía con él. Con su futuro marido. Esta vez sí estuve a punto de irme, quise salir de ahí y largarme a mi casa, tan solo a unos metros de separación. Pero no, me quedé ahí clavada como una imbécil contemplando su sonrisa, la de él, incitándome a recostarme a su lado. Y así lo hice. Amén. Me contaron entre susurros que estaban pensando en comprarse una casa en la costa azul, que era su sueño desde que se conocieron. Me taparon los ojos con diferentes pañuelos mientras que me acariciaban y besaban el cuerpo entero. Me dieron a probar frutas tropicales y me rociaron el pelo con perfume de lavanda.

–          ¡Te queremos tanto! Me dijo mi amado mientras me daba de comer. Eres alguien muy especial. Lo tuve claro desde el principio.

–          Yo también os quiero a vosotros. En especial a ti. Creo que ya no podría vivir sin tenerte cerca.

Me arrepentí ipso facto de haber dicho eso. Se lo había puesto a huevo. No tardarían en pedírmelo, de hecho fue él mismo quien lo hizo. Sin sutilezas,

–          ¿Dejarías Francesca, que mi chica te comiese el coño? Es que le he hablado tanto de ti que ha acabado por despertársele la curiosidad.

–          Recuerda cariño que no tienes que hacerlo si tú no quieres. Es solo una forma de obtener placer los tres.

–          ¿ Los tres?

–          Claro. Yo luego me acostaré con las dos. Como hicimos al ver la película de Odile.

Evidentemente accedí. Con asco. Muriendo por dentro. Pero todo fuese por él. Por satisfacerle, por hacer feliz a lo que él amaba. Aunque eso significase dejarme tocar por una mujer. Ni la muerte me lo hubiese impedido. Después él cumplió con su palabra. Pero ya  nunca nada volvió a ser lo que fue. La mañana siguiente no me miró a la cara. Me evitó durante todo el día. Yo intenté hacer frente a la situación. Me esforcé por seducirlo, por todos los medios. Pero nada. Era como si fuese invisible para él. En cambio, yo cada segundo lo quería más. Su rechazo me perturbaba. Nunca he comprendido a la gente que dosifica sus ausencias, que se te ofrece midiendo las distancias. De verdad que es algo que desde pequeña, consigue sacarme de quicio. Supongo que en esto consiste mi gusto por lo prohibido. Pero bueno, por desgracia eso fue
exactamente lo que hizo. La semana siguiente fue más o menos una réplica de este primer fin de semana. Fiestas por la noche repletas de gente, drogas y alcohol y resacas por las tardes. Con la única salvedad de que ya no siempre hacíamos el amor nosotros en exclusiva. Tuve que verlo follar con más mujeres. Y ahora, para que participase yo, tenía también que hacérselo a Odile. Aunque por suerte ella no quiso volver a estar conmigo desde la noche del cunnilingus. Y así fue como me acerqué hacia la nada. Como yo, Francesca Livi me vi cara a cara con la pérdida. Hubiese preferido mil veces verle muerto. Todo, cualquier cosa antes de verle poniéndose guapo para otras. La desolación es el peor de los sentimientos, despierta lo peor de cada uno de nosotros. Oscuridad, fuego en la sangre, relámpagos intermitentes, vacío  que me empuja a sumergirme en el agua con la intención de no salir nunca y no aguantar ni dos segundos por la propia necesidad de buscarlo con la mirada, de tenerlo controlado, de saber si él también me está mirando. Odio, desinterés por el resto del mundo. Beber cualquier fluido que se encuentre en una copa con hielo con la desapacigüe necesidad de perder la consciencia. Esa era yo. En eso me convertí.

–          ¿Francesca, que te pasa? No pareces la misma. Ya no te veo disfrutar como antes. ¿Empieza a aburrirte todo esto? Me dijo Odile con una mirada sincera.

–          Sí. Estoy completamente saturada.

–          No sabes cuánto me alegra escucharte decir eso. Yo siento lo mismo. Estas fiestas tan gloriosas y excitantes en un principio se me empiezan a hacer tediosas. Noto que la vulgaridad comienza a hacerse eco en este estupendo jardín. Y no he nacido yo para moverme entre la mediocridad. Necesito caras nuevas. Quiero más. Mucho más. Mañana mismo diremos adiós a todo esto. Renaceremos los tres, no tengas dudas. Cogeremos el coche de mi abuela y nos iremos para Francia. Ya es hora de que salgas de Italia. Eso sí, tendrás que ponerte un nombre falso. Mañana empieza una vida nueva para ti.

–          No quiero llamarme de ninguna forma. Me encanta mi nombre. lo he tenido toda la vida y no aceptaré otro. Tenlo claro. (Intenté mirarla con el mayor desafío que me fue posible dadas las extrañas circunstancias)

 

Esa misma noche intenté escaparme. Tan solo tendría que andar durante cinco minutos para llegar a mi casa. Para sentirme libre por fin. Para volver a ser la chica que se creía rebelde tan solo unas semanas atrás. Pero que no dejaba de ser una chica simplemente mona. Que tampoco destacaba por nada. Pues esos cinco minutos tuve que planearlos como un plan de fuga avanzado. Por entonces no sabía qué era lo que aquellos locos necesitaban de mí, pero tenía claro que no iban a dejarme marchar con la misma naturalidad con la que me aceptaron como una más en sus atípicas vidas.

–          ¿Dónde vas sin despedirte? Anda ven aquí, voy a echarte mucho de menos.

Me dejé arrastrar hasta sus brazos como si fuese la primera vez. Ese puto olor que despedía su cuerpo me conducía hasta el mismísimo éxtasis.

–          No tienes porqué mentirme. No creo que eso sea algo que vaya contigo. En realidad no nos conocemos de nada. Ni si quiera me has dicho nunca cómo te llamas. ¿ Qué cambiaría ahora mismo si yo saliese por esa puerta? ¿Ibas a llorar acaso? No. Cómo mucho te pintarías una raya de coca e irías a follarte a tu futura mujer. Eso es lo único que sabes hacer. Creo que francamente no vales para otra cosa. No soy tonta, creeme. Llevo aquí casi un mes y solo te he visto tomando el sol y gastándote el dinero de la que dices que es la mujer de tu vida sin pegar palo al agua. Ella tenía razón, no eres más que un burgués que va de moderno.

–          Oye tía,¿tú me quieres? Dime solo la puta verdad. Sea lo que sea lo que te pasa o lo que sientes ahora, respóndeme con franqueza. No quieras joderme para aliviar lo que sea que te esté pasando.

–          Sí. Perdidamente. De forma enfermiza incluso.

–          Es que… estoy metido en un buen lío. Me he fundido los ahorros de Odile y estamos sin blanca. Ella todavía no lo sabe. Me dejó a cargo de sus cuentas este verano al llegar a Roma.

–          ¿Y?

–          Pues que no quiero perderla, y si se entera que apenas nos queda nada, que me lo he gastado en hedonismo, me dejará. Y yo quiero casarme con ella. Francesca tú que estás enamorada sabes lo que se siente. Y creo que no hay una tía mejor que tú para hacernos recuperar el dinero perdido. Follas como Dios. Y sé muy bien que no conoces

la palabra escrúpulo.

–          ¿Me estás pidiendo a las claras que me prostituya?

–          Sí, pero escucha antes de darme una contestación. Sería en Francia. Allí los hombres son muy distintos a los italianos. Pediríamos mucha pasta. Mucha, y por supuesto tú te quedarías un porcentaje. 50 y 50 si quieres. Y siempre yo estaría delante para protegerte.

–          Está bien. Acepto. ¿Qué le diremos a Odile? (No me importó lo más mínimo ser tan rápida en responder. Tal vez debería haber jugado a “necesito un tiempo para contestarte” o haber puesto cara de ofendida. Pero no. A esas alturas poco ya me importaba lo que se pensara de alguien como yo.)

–          La verdad. Bueno, una verdad a medias. Le contaremos que tus padres no van a darte dinero si vienes con nosotros de viaje y que no aceptarás nada más por nuestra parte. Que ya ha sido demasiado generosa acogiéndote en su casa como a una hermana. A ella no le va a asustar que hayas decidido hacerte puta. Ella es muy rara y podría entender cualquier cosa. Cualquiera, salvo que yo le he estado robando. Es más puede que vea esta idea como una aventura muy excitante.

–          De acuerdo. Pues hasta mañana. Ahora quiero acostarme.

–          No te vayas Francesca, quiero darte las gracias.

Me besó en los labios con dulzura y me abrazó. Bien sabía yo que hubiese dicho que sí sin que ningún porcentaje me avalase. Salimos a primera hora de aquella casa al fin. Me sentí profundamente aliviada al verla empequeñeciéndose en la distancia. No sabía por cuánto tiempo iba a estar fuera de Roma. Mis  padres tardarían todavía unas semanas en volver de sus vacaciones. Ya les llamaría desde cualquier teléfono público para decirles que estaría fuera con unos amigos. No creía que fueran a preocuparse en extremo. Después de todo, por más que mi padre y mi madre fuesen mi única familia y yo, su única hija, siempre había sabido que no era para ellos más importante que sus propias existencias. Condujeron durante algunas horas sin hacer ninguna parada. Estaba ansiosa por descubrir cuando llegaría el momento. Por saber que sentiría cuando por fin me convirtiese en una puta. Tenía 20 años, 8 menos que ellos. Pero era sin duda, la más valiente. Aún así, tardé más tiempo en tener que bajarme las bragas del que yo misma me había figurado. Fue en Niza. La ciudad más bella que había visto nunca. Todavía hoy, la recuerdo con añoranza. No recuerdo cuánto pagó aquel tipo por una mamada y un misionero en un hotel de no muy buena reputación. Sólo sé que aunque no disfruté en absoluto, no me resultó desagradable del todo. Tal vez él, mi amor, el hombre más guapo del mundo entero tuviese razón cuando me dijo que no tenía escrúpulos. ¿A quién le importa eso de todos modos? No estuvo mal. Solo es eso. Gran parte del dinero que ganaba con el sexo, lo invertía en caprichos como foie, croissants y brioches para el desayuno, pescados y grandes reservas. Engordé al menos 5 kg en mi primer mes como francesa. kg, que según Odile, me sentaban estupendamente. Por el contrario, yo sabía que él me prefería más delgada, pero nunca se atrevió a decírmelo, el negocio nos iba demasiado bien, y a veces creo, que también me quería. Arlés, la ciudad favorita de Van Gogh,  me devolvió finalmente la paz que había perdido al enamorarme del chico que se había convertido en mi chulo. En cambio, Odile sufrió un gran trastorno. Lejos quedó su tranquilidad y su perpetuo buen humor. Yo creo que el estar tanto tiempo sin Helena, sin acostarse con nadie más que con su novio, sin perder la cabeza, la estaba asfixiando por completo. Él, se drogaba cada vez con más frecuencia, y su amor por la rubia, por Odile, comenzó a hacerse casi tan obsesivo como el mío propio por él. Como yo lo sabía, como resultaba evidente a mis ojos que no me equivocaba, decidí aceptar el servicio de una mujer. Le pedí mucho dinero. Una cantidad ingente.

–          ¿Se te ha ido la pinza?(preguntó mi reciente chulo en voz baja y con mirada amenazante)

–          – ¿porqué, por ser una mujer o por la cifra que estoy demandando? (dije mirándole con la misma amenaza.

Él tembló. Y lo hizo durante todo el tiempo que duró aquel polvo. Quizá el más remunerado de mi vida. Aunque Odile nunca estaba presente durante mis servicios la veía como nos miraba desde detrás de una cortina color azul pastel. Hubiese dado lo que tenía por participar. Follar con mujeres nunca fue una de mis pasiones, pero aquella ocasión era distinta. Aquella vez lo estaba haciendo por puro placer. El que sentía viendo la cara de miedo del que fue y es el amor de mi vida.

–          Dile a ella que venga (le dije señalando a Odile con la cabeza). Espero que no te importe preciosa, es una amiga mía.

–          ¿Qué coño dices? Ella está fuera de todo esto.

–          Ve y dile que venga o le cuento todo ahora mismo.

Así que vino. Lo estaba deseando. Cuando se desnudó, tenía el coño tan mojado que de haberse quedado quieta, ajena al placer, hubiese reventado. Las dejé hacerse. Aunque la rubia, la que era mi amiga no me dejaba alejarme demasiado. Volvió a hacerme sexo oral. Como aquella vez en su casa, cuando estábamos los tres juntos en la cama. Y aunque esta vez me corrí, no dejé que aquello me perturbase, las dejé solas, y me fui cara a él. Estaba sentado en una silla fumando un cigarro. Sudaba mucho, no sé si por la abstinencia o por lo que allí estaba sucediendo. Le dejé una bolsa llena de cocaína encima de su pantalón vaquero que yo misma había comprado con el dinero que ganaba y le quité la camiseta.

–          No tengas miedo. Solo es sexo. Va a casarse contigo. No tengas dudas.

–          Oh Francesca ¿vas a ser buena conmigo hoy? Hace un tiempo que mi novia se niega en rotundo a acostarse conmigo, creo que voy a volverme loco. Una noche intenté follarte mientras dormías, pero ella me lo impidió. Me dijo que no era justo aprovecharse de ti, que bastante sexo cargabas a tus espaldas.

Por supuesto que le di lo que quería. Solo por ese instante valía la pena todo lo que estaba haciendo. Me dijo que ya casi, gracias a mi, tenía recuperado el dinero que le cogió a Odile. Que tal vez en menos de un mes ya habría reunido lo suficiente como para poder dejar aquel negocio y volver a París, a continuar con sus vidas. Y así fue. Por lo menos en lo tocante al dinero. La última noche antes de despedirnos, les invité a una gran cena. Ostras francesas y Champagne. Reímos, como las primeras veces. Bailamos bajo la luz de Orleans. Habíamos pasado meses y medio deambulando por Francia. Evitando a todas luces llegar a París. Al menos yo. El coche de la abuela estaba para el arrastre, así que al día siguiente tomaríamos un avión. Yo, de vuelta a Roma y ellos, a la capital francesa. Bohemia, nostalgias y besos. Grave combinación. Confusión pre ausencias. Cuánto nos queríamos.  Pero nos empeñamos en separarnos. Necesitábamos recordar nuestras vivencias por el resto de nuestros días y evocarnos era la única forma. Nos dijimos adiós. Nosotras llorábamos. Él sonreía. Nosotros, los que fuimos, nos quedamos allí para siempre.

–          Nos veremos un buen día señorita Livi

Eso fue lo último que él me dijo mientras su novia me mandaba un beso con la mano, como en las películas antiguas cuando las damas de despedían. Yo se lo devolví, añadiendo un te quiero. A él, a mi amante francés no le dije apenas nada. Solo lo miré. Con esos ojos de ser hoy la última vez. Volví a Roma, aunque me vi tentada a no regresar nunca más. A escapar de Europa, a no saber quién soy. A colarme en los pozos más profundos. A morir al fin.

 

Pasaron 20 años exactos, nunca volví a mi casa. Demasiado cerca de la tragedia. Cambié de barrio y de vida, hasta de aspecto e identidad.

 

–          Oye Odile, sal ahí fuera, preguntan por tí. Es un hombre muy raro, me ha enseñado una foto tuya de hace unos años, cualquiera te reconoce tía. Me ha pedido que te diga que se llama Davide.

Me costó reconocerlo. Si hubiese sabido su nombre nunca hubiese salido. Ese era su as en la manga. Siempre supe que ella moriría joven, aquella mujer con la que estuve tenía el SIDA por eso le pedí tanto dinero y por eso yo no hice nada con ella más allá de cuatro caricias, llamando a Odile aprovechándome de su condición de lesbiana procurando así el contagio. Tras ello me limité a esperar. Dejando de ser Francesca desde que bajé del avión que me recondujo a Roma, y nunca más volveré a serlo.

–          No puedo creerlo, eres…estás igual que… te has convertido en…

Parecía exhausto. Había adelgazado mucho. No le esperaba tan pronto. Cuánta felicidad. Le dejé tumbado en la acera. Tenía que reflexionar, se lo merecía. Así que me fui dentro, no le dije que me esperara. Supe que lo haría. Tardé una escasa media hora en arreglarme. Le conté todo a las chicas. Hice la maleta tan rápido como pude y me despedí del burdel. Cogí el vestido verde esmeralda, el favorito de ella, el de las ocasiones más especiales y salí creyéndome radiante. Sabiendo que una vez más había que volver a empezar. De eso estaba segura.

–          ¿Qué haces ahí tan derrumbado? Vamos, levántate. Soy yo,Odile, tu mujer. Volvamos a casa. te encuentro muy desmejorado. Esta misma noche daremos una fiesta. ¿sabías que hoy empieza oficialmente el verano?

  fiorettasdiaries
 

 

 

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