Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

La burbuja de cristal 7 agosto 2009

Filed under: Mis relatos — catigomez @ 21:02

Nunca me ha interesado la política. En realidad, como dice Adolfo, para qué me iba a interesar si nunca la he comprendido. Sólo soy una mujer sencilla a quien le ha tocado vivir una época que algunos llaman convulsa, aunque yo no sé muy bien lo que quieren decir. Sí, veo por televisión las revueltas y me asustan un poco; pero como dicen Adolfo y mi Ricardito, nuestro Presidente tiene las riendas muy bien tomadas y no nos han de preocupar cuatro gatos desagradecidos. También oigo cosas en el mercado, historias de gente a la que sacan a rastras de su casa durante la noche… Ahí sí que Adolfo afirma siempre tajante que “algo habrán hecho” y que “la gente de bien no tiene nada que temer, sino los alborotadores y conspiradores que no nos dejan vivir en paz y en orden”. Y a mí me deja así tranquila con su calma y su temple, bendito sea. O al menos me dejaba hasta hace seis días, contando el de hoy…


Recuerdo muy bien lo que hacía esa tarde. Ricardito había invitado a cenar a su prometida y a sus futuros suegros, y Adolfo se había empeñado en que les preparase mi famoso asado de buey, que no es sino la mejor receta de su difunta madre, que en paz descanse. Yo estaba sola en la cocina, esforzándome en seguir la receta lo más fielmente posible, pues sé lo mucho que le gusta a mi Adolfo y lo orgulloso que se siente de mí cuando lo consigo. Ya me costó lo mío que mi difunta suegra me regalase su tesoro culinario más preciado, pues la mujer siempre afirmó que una “gallega” como yo nunca sabría apreciar los matices de la mejor cocina chilena. Nunca se lo tuve a mal, siempre supe que la mujer no lo decía con mala intención. Aunque nunca entendí por qué se empeñaba en llamarme gallega, habiendo nacido yo en Salamanca…


Estaba completamente concentrada en mi tarea, vigilando al mismo tiempo el reloj del horno y el de la pared de mi cocina, procurando tener la cena lista antes de que mis hombres volviesen del trabajo, cuando escuché el primer lamento. Reconozco que en principio no le presté demasiada atención, pues me preocupaba más que el buey se me quedase seco a cualquier otra cosa en el mundo. Volví a mis ocupaciones y, siguiendo las instrucciones de mi suegra, saqué el asado del horno exactamente a los ocho minutos de cocción para rociarlo por segunda vez con caldo de carne y vino blanco. Pero el segundo grito fue ya inconfundible y, temiendo que algo le hubiese ocurrido a alguna vecina, abrí la ventana que comunica con el patio. Agucé el oído y a punto estuve de preguntar a gritos, cuando escuché un nuevo lamento con toda claridad. Y al momento supe de dónde venía. No era de una vecina. Ni siquiera era una voz conocida. Y sin embargo, caló tan hondo en mí que olvidé por completo lo que estaba haciendo y me asomé sin cautela por la ventana. Adolfo me tiene prohibido hacer tal cosa. Siempre dice que lo que ocurra en el edificio de enfrente, no es cosa nuestra. Que nuestro ejército sabe muy bien lo que tiene que hacer para mantener el orden, y que algún día acabarán con todos los endemoniados que están queriendo llevar al traste al país. Pero yo oigo cosas en el mercado. Y sé las historias que cuentan sobre la Academia de Aviación. Y sé lo que dicen que hacen con los que tienen allí encerrados. Nunca supe quién gritó aquella tarde. Sólo sé que su voz sonaba femenina y muy joven, tal vez apenas una muchacha, que llamó angustiada a su madre, a una madre que nunca escuchó su llamada. Y aunque nunca tuve hijas, en aquel momento sentí que era a mí a quien llamaba. Sentí su lamento arañando mis entrañas. Me quedé muy quieta, esperando, anhelando volver a oír su voz, pero nunca volvió. Y, sin saber por qué, rompí a llorar. Lloré amargamente, como nunca lo había hecho en mi vida. Lloré por ella y por esa madre que nunca estuvo ahí para oír su lamento y que, sin embargo, yo sabía que escucharía todas las noches durante el resto de su vida. Como hice yo a partir de ese día.


Adolfo y Ricardo llegaron a un tiempo. Y después los invitados. Traté de ser la anfitriona perfecta, aunque el asado estaba seco y había olvidado la guarnición. Adolfo no me lo reprochó, pero por su mirada sé que aquel día le defraudé un poquito. Cualquier otro día me habría dolido su mudo reproche, pero aquella noche no me importó. Aquella noche sólo pensaba en que mi mundo era un poco más pequeño, un poco más triste y mucho, mucho menos ordenado de lo que había sido hasta entonces. Sigo sin comprender la política, pero desde aquel día he dejado de prestar atención a las opiniones de Adolfo y Ricardito y comienzo a preguntarme, por primera vez en mi vida, si tendrán siempre la razón.


Cada tarde, cuando mis hombres no están en casa, vuelvo a asomarme a escondidas a la ventana de la cocina. Me asusta volver a oír un lamento como aquél, pero al mismo tiempo, lo espero. Porque pienso que de esta forma están menos solos. De esta forma hay una madre acompañándoles en su último momento. Aunque no sea la suya.




Gandía, 20 de mayo de 2009
Catalina Gómez Parrado

Safe Creative #0905203692925

Anuncios
 

El silencio ensordecedor

Filed under: Últimos post,Mis relatos — catigomez @ 20:46



A mi madre y a mi abuela Ana,

que se refugiaban como podían en el Madrid

de la Guerra Civil, mientras las bombas caían a su alrededor.


Hace ya horas que se marcharon las chicas. Me encanta que vengan al pueblo a pasar unos días conmigo, pero después de dos semanas reconozco que añoraba un poco de tranquilidad. Yo, que tanto disfrutaba con el bullicio de la ciudad… Será la anciana en la que me he convertido la que habla por mí. Tampoco es algo que me importe. Ya hace tiempo que aprendí a convivir con esa extraña del espejo que me devuelve una mirada burlona desde un par de ojos vidriosos enmarcados de arrugas. Y aunque quisiera negar mis años, ahí están mis chicas –hija, nieta y biznietas– para revelar sin tapujos cada etapa pasada de mi vida.


Mis chicas… Adoro que hayan sido todas mujeres. Con ningún hombre he tenido nunca discusiones tan feroces ni conversaciones tan inteligentes. Mi pobre Andrés se limitaba a sobrevivir entre nosotras, calmando las aguas como buenamente podía, aunque sospecho que en el fondo disfrutaba de su papel de capitán de un barco ingobernable. Jamás podría haber encontrado un hombre más digno para ese cargo. Mi adorado Andrés…


No me pesa la soledad. Creo que nos hemos acostumbrado la una a la otra a lo largo de los años. Desde que Andrés me dejó, suelo disfrutar de cada minuto de mi tiempo como si fuera el último; así esperaba hacerlo en cuanto las chicas se marchasen. Y sin embargo, algo me desasosiega. He recuperado mi espacio y mi forma de hacer las cosas, he vuelto a poner orden en el delicioso caos que habían creado las niñas. Pero aún así, no encuentro en mi interior la paz que suelo sentir. No he sabido explicarme el motivo, hasta que hace un rato me he sorprendido a mí misma tratando de ahogar el silencio. Durante dos semanas la casa no había estado en calma ni un sólo momento; ahora, de pronto, la algarabía ha dado paso a la quietud que tanto anhelaba. Y tal vez sea precisamente eso, este silencio repentino, el que ha rescatado de mi memoria otro muy distinto. Otro que resuena en mis oídos como un clamor.


Cuando mi hija Alicia era pequeña vivíamos en Madrid, en una de las viviendas de un destartalado edificio de la calle Santa Engracia, a pocos metros de la glorieta de Cuatro Caminos. Era el año 36, Madrid vivía asediada y los madrileños sobrevivíamos a duras penas, con más entereza que medios. Lo peor no era la escasez –no hablaré aún de hambre; ésa vino después–, sino el miedo constante a la muerte. Los bombardeos habían empezado a desdibujar la ciudad en la que nací, hasta hacerla irreconocible. Por todas partes había restos de edificios destruidos, como cicatrices abiertas, que despertaban el instinto egoísta de agradecer al destino el no haber sido, por esa vez, los elegidos. Pero eso no suponía un gran consuelo sino, más bien, la sensación de vivir siempre de prestado. Cuando comenzábamos a recuperar la rutina de la vida cotidiana, volvía a rondar la muerte sobre nuestras cabezas. El pánico empezaba con las sirenas que advertían de un ataque inminente, a menudo sin dar tiempo apenas a escapar de las primeras bombas. Todavía recuerdo el maldito silbido de una bomba al caer. Es un sonido estremecedor, que va creciendo en intensidad hasta hacerse insoportable. Y la explosión que lo sigue… sólo puedo decir que retumba en tu interior como si cada órgano de tu cuerpo estallase con ella. Cuando el bombardeo comenzaba, siempre de forma inesperada, todos corríamos a guarecernos lo mejor que podíamos. Algunas veces entrábamos en algún comercio cuyas puertas habían sido protegidas con sacos de tierra; otras, nos limitábamos a apretarnos los unos contra los otros bajo los soportales, rezando para que aquel lugar no fuera el destinado al derrumbe y llorando de puro nervio cuando el peligro pasaba. En una ocasión me refugié en el metro, pero a Alicia le angustió de tal modo la idea de quedar sepultada en aquel agujero que no volví a hacerlo nunca más. Casi siempre corríamos hacia nuestra casa, pues se había dispuesto un refugio, más o menos acondicionado, en el sótano del edificio. He visto a hombres hechos y derechos llorar como niños cuando una bomba estallaba sobre nuestras cabezas, tan cerca de nosotros que el inmueble entero se sacudía como si fuera de papel. Y en una de aquellas ocasiones, durante un bombardeo especialmente cruento, Alicia se me escapó de las manos. Recuerdo que era noviembre, no recuerdo qué día del mes. Pero, fuese cual fuese, aquel día volvimos a nacer.

Fotografía de Robert Capa


Mi pobre Alicia siempre tuvo claustrofobia. Para ella los bombardeos eran doblemente angustiosos, pues al miedo que le causaban las bombas se sumaba la tortura de tener que permanecer recluida en un refugio. Era muy pequeña, apenas tenía cinco años cuando comenzó la guerra y era imposible hacerla entrar en razón cuando el pánico la invadía. Y aquel bombardeo fue terrible, el peor que habíamos sufrido hasta entonces. Una de las bombas estalló tan cerca que el suelo se sacudió haciendo temblar la caldera, que comenzó a resoplar de un modo alarmante. El techo de escayola crujía y el polvillo del yeso nos caía como lluvia fina sobre el pelo y la ropa. Doña Paquita, una de mis vecinas, comenzó a rezar en voz muy alta, casi a gritos, y las muchachas más jóvenes empezaron a gimotear. Traté de calmar a doña Paquita, recuerdo que la abracé para intentar infundirle ánimo. Supongo que en aquel momento solté a Alicia, que había permanecido aferrada a mi cintura con tanta fuerza que temí me quebrase alguna costilla. Lo único que sé es que cuando dejé de abrazar a doña Paquita, Alicia ya no estaba. Pregunté angustiada a mis vecinos, tratando de hacerme oír entre sus lamentos y el estruendo de las explosiones, pero nadie supo darme razón de su paradero. Aterrada, salí al exterior para buscar a mi hija, aunque mis vecinos me rogaron que no lo hiciera. La encontré cerca ya de la glorieta, sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas y pegada a la única pared que quedaba en pie de un bar en ruinas. La cogí en mis brazos y corrí en busca de refugio, sin saber bien qué camino tomar, pues las bombas caían a mi alrededor cortándome el paso una y otra vez. Finalmente, exhausta, me metí a rastras en la oquedad formada por dos muros medio derruidos que habían quedado apoyados el uno contra el otro. Era incapaz de razonar, el pánico me dominaba. Sólo podía llorar abrazada a mi pequeña, pensando que seríamos los próximos cuerpos hallados entre las ruinas, como tantas veces había tenido que ver horrorizada en los días precedentes. No sé cuánto duró el bombardeo, perdí la noción del tiempo. Cuando los aviones se alejaron, los supervivientes fuimos saliendo de nuestros refugios poco a poco, temerosos aún de un nuevo ataque. Recuerdo que traté de volver a casa pero no supe encontrar el camino, incapaz de reconocer el lugar que me rodeaba, en la ciudad donde me había criado. Las calles que yo conocía habían desaparecido, ocultas bajo los escombros, conformando ahora un nuevo paisaje macabro. Tras mucho vagar de un lado a otro, al fin encontré la tienda de ultramarinos de Victorino Callejas, milagrosamente intacta. Pero, junto a ella, en donde debería haber estado nuestro edificio, tan sólo había una montaña informe de piedras que se desparramaba sobre la acera. Horrorizada, me dirigí hacia mi hogar destruido, aferrando la mano de Alicia, que aún temblaba de pies a cabeza. Nos acercamos con cautela a los escombros, cuidándonos de un nuevo derrumbamiento. Nos quedamos muy quietas, tratando de escuchar la voz de los supervivientes pidiendo auxilio. Tras el infierno vivido hacía unos pocos instantes, con el eco de las explosiones resonando aún en nuestros maltratados oídos, ansiábamos un grito, un lamento, una queja. Pero no escuchamos nada. Tan sólo el silencio inundando nuestros sentidos.


Fotografía de Kati Horna



No hubo ningún superviviente. Todavía hoy me pregunto qué impulsó a mi hija a salir del refugio aquel día. Todavía hoy escucho sus voces rogando que me quedase con ellos. Y una parte de mí lo hizo. Una parte de mí sigue viendo sus caras un instante antes de abandonarles. Por si les sirve de consuelo, sólo puedo decir que he tenido una vida plena. Que he amado y me han amado. Que tanto Alicia como yo hemos dado vida a otras vidas. Y que nunca, a pesar de los años transcurridos, he dejado de escuchar el sonido atronador de aquel silencio.


Gandía, 27 de mayo de 2009

Catalina Gómez Parrado



Safe Creative #0905293741206


 

Comenzamos…

Bueno, amigos, ya podéis empezar a añadir vuestros relatos y a disfrutar con los que aquí encontréis. Estáis en vuestra casa. Pero, por favor, no olvidéis respetar las normas. Gracias y volved por aquí siempre que os apetezca disfrutar de la nueva literatura.