Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Magia Negra – Capítulo 4 – Revelación 22 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Magia Negra
Capitulo N° 4
Revelación

-Creo que con esto es suficiente; opinó Rubén al subir la segunda maleta al auto. -Total vamos a estar una semana no más en la parcela del tío Reimundo.

-Una semana de descanso, ¡que rico!; comentó Fresia. -Sobretodo sin papeleos e informes.

En menos de una hora el vehículo devoró la separación entre Isla de Maipo y la parcela en las afueras de Melipilla.

-Ya llegamos; dijo Espinoza cruzando un macizo portón de hierro, que daba  a un camino interior que llevaba a la casa patronal.

-¡Guau, cuantos árboles frutales!; exclamó la muchacha sacando la cabeza por la ventanilla.

-Sí, aunque mi tío los cultiva solo por hobby y para consumo de la familia; explicó Rubén, quien antes de detener el vehículo hizo sonar insistentemente la bocina para hacerse notar.

-¿Pero quién mete tanta bulla?; salió preguntando un hombre mayor de la casa.

-Hola tío, soy yo; saludó Espinoza.

-¡Hijo, tanto tiempo sin verte!; lo saludó efusivamente Reimundo, dándole un fuerte abrazo.

-¿Pero a quién tenemos aquí?; preguntó cariñosamente el hombre al ver a la acompañante de su sobrino.

-Ella es Fresia, ya te hable de ella; respondió Rubén. -Fresia este es mi tío Reimundo.

-Encantada de conocerlo señor; contestó la joven.

-El placer es mío señorita; agregó el hombre.

-Tío espero que no haya inconvenientes en quedarnos una semana aquí sin avisarte antes; quiso saber Espinoza.

-Claro que no, ya sabes que la casa es grande; respondió Reimundo.          -Además está disponible la cabaña del antiguo capataz.

-¿Qué opinas?; preguntó Rubén a Fresia.

-¿No será demasiada patudes de nuestra parte?; pensó ella. -No quisiera que se crearan una falsa imagen de mí, de nosotros. Aay…, ya me enredé.

-Tranquila mi niña; la calmó el dueño de la casa. -Ya era hora de que alguien le echara el lazo a este chiquillo y mejor si es alguien tan linda como usted.

Fresia no pudo evitar sonrojarse por el piropo y la vergüenza.

-Entonces no hay problema; concluyó Espinoza.

A lo lejos se divisaba un caballo que se acercaba a todo galope, montado por una mujer un poco mayor que Fresia, que parecía una verdadera amazona.

-Primito, te acordaste de los campesinos y viniste a vernos; saludó la mujer.

-Hola Renata como ha pasado el tiempo, ya eres toda una…; Rubén se detuvo meditando. -¿Cómo lo digo para no tratarte de vieja?

-Hola, tú debes ser Fresia; saludó la mujer a la joven, bajando ágilmente de su cabalgadura.

-Sí, encantada; contestó ella.

-Llegaron justo a tiempo; comentó Renata. -Acabamos de cambiarle el agua a la piscina.

-Nos vendría bien un chapuzón antes de almorzar; opinó Rubén.

-Ven, vamos a ponernos traje de baño; invitó la anfitriona  a su nueva amiga.

-¿Cómo han estado las cosas por acá?; preguntó Espinoza a su tío cuando las mujeres entraron a la casa.

-Más o menos no más; contestó pensativo Reimundo. -Las cosas han estado algo tensas entre los parceleros.

-¿Peleas?; quiso saber Rubén.

-No es eso. Ha habido cosechas que se han podrido o secado y animales que se han enfermado y muerto sin razón aparente, según los veterinarios.

-¿Habrá algo malo en el agua o la tierra?; preguntó Espinoza.

-No, nada. Unos agrónomos ya revisaron todo varias veces, tomaron muestras y las llevaron a Santiago pero no encontraron nada malo; explicó Reimundo a su sobrino.

-Algo tiene que haber; comentó Rubén pensativo.

-Bueno hijo, después seguimos conversando de esto; cortó Reimundo.        -Ahora anda a ponerte traje de baño para que le muestres la piscina a tu novia.

-Fresia no es mi novia; corrigió Rubén. -Es solo una buena amiga.

Espinoza después de un rato llegó a la piscina, que se encontraba en medio de un claro de verde césped y rodeado de varios árboles autóctonos. Fresia ya estaba metida en el agua junto a Renata, al ver llegar a su amigo salió para ayudarlo a poner en el suelo unas frutas y bebidas que él traía.

-¡Que bombón!; exclamó Espinoza al ver el esbelto cuerpo de Fresia que lucía un diminuto bikini y su morena piel brillante por el agua.

-¿Me está piropeando Teniente Espinoza?; preguntó la muchacha.

-Claro que no Sargento Huaiquimil; respondió él. -Eso sería acoso sexual.

-Lástima, yo ya me estaba haciendo ilusiones; respondió ella mordiendo una manzana y rozando el brazo de Rubén con su espalda.

-Si quieren los dejo solos; ofreció Renata maliciosamente, haciendo de cómplice con Fresia.

-No, no te preocupes; contestó Rubén algo incómodo.

-Tienes razón amiga, creo que vas a tener que esforzarte un poco más para que este lerdo se despabile contigo; agregó Renata. -Aunque si quieres te presento a unos cuantos huasos jóvenes y fortachos que sí te tomarán muy en cuenta.

-De ninguna manera; objetó Espinoza. -Yo soy su amigo.

-¿Y son guapos?; preguntó la muchacha a su amiga.

-Guapísimos; contestó ella.

Fresia dio un respingo cuando Rubén desde atrás abrazó su cintura.

-Ok, creo que hay que volver al agua o a algunos les a dar fiebre con todo este calor; propuso Renata.

La risa entre los tres amigos fue instantánea ante el comentario que cortó oportunamente la situación que se empezaba a poner un poco embarazosa.

-Deberías trabajar de casamentera prima;  comentó Rubén.

-A eso me dedico; respondió ella guiñándole un ojo a la pareja.

-¿Qué te ha parecido la parcela?; preguntó Renata durante la cena a Fresia.

-Es muy linda y grande; respondió ella. -Sobre todo he disfrutado mucho la piscina.

-Aprovéchenla mientras puedan; comentó Reimundo.

-¿A qué te refieres tío?; preguntó Rubén.

-Si es que se siguen perdiendo las cosechas y los animales, no vamos a tener como pagar los créditos; indicó él.

-Ya encontraremos una solución tío; opinó Renata.

-Mañana hay una reunión de parceleros; contó el dueño de la casa. -Ahí se va tratar este asunto.

-Renata tiene razón; opinó Rubén. -Ya se descubrirá cual es el problema.

-Ustedes son muy optimistas; comentó Reimundo.

-Yo conozco al alcalde de Isla de Maipo, si quieres puedo hablar con él y pedirle su apoyo; ofreció Rubén.

-Espero que no estés pensando en vender; opinó Renata.

-No quisiera, pero las deudas se acumulan y no hay como pagarlas; observó Reimundo.

-¿Don Reimundo?; interrumpió Fresia.

-Dime mijita; contestó él.

-¿Podemos ir mañana con Rubén a la reunión de los parceleros?; preguntó la joven. -Nosotros tenemos experiencia en investigaciones, por nuestro trabajo y a lo mejor descubrimos algo que a los expertos se les haya pasado por alto, por no estar familiarizados con el trabajo policial.

-Eres muy amable Fresia. Claro  que pueden asistir; aceptó el parcelero.

-Claro que sería en forma extraoficial; aclaró Rubén.

-Ves tío, no estás solo en esto; agregó Renata tomándole las manos.

-Para mí que todo esto es obra de un kalkú; dijo la señora que ayudaba con los quehaceres de la casa, mientras servía café a todos. -Nada de esto es normal.

-¿A qué se refiere señora Rosa?; preguntó Rubén.

-¿Dónde se ha visto que las cosechas se pudran y los animales se enfermen y mueran de un día para otro, o que las frutas se sequen en la noche?; preguntó la mujer.

-Creo que ya le expliqué que la brujería y las malas artes no existen; recordó Renata.

-Lo que pasa es que la señora Rosita es de origen mapuche; explicó Reimundo. -Y creen en brujos y espíritus malvados.

-Yo también soy mapuche; respondió Fresia, que de alguna forma sintió algo de discriminación por las tradiciones y creencias de su pueblo.

-No pretendí ofender a nadie con mi comentario; aclaró el hombre. -Es solo que tiene que haber una explicación más racional.

-No se preocupe don Reimundo, aunque soy de origen mapuche, también soy policía; explicó Fresia. -Y estoy convencida de que primero hay que agotar todas las posibles causas lógicas entes de aventurar cualquier juicio.

-Yo solo decía no más; contestó la señora Rosa. -Mejor vuelvo a mi cocina.

-Vas a ver que todo va a salir bien Rosita; le dijo Renata, dándole un beso para tranquilizarla.

-Dios la escuche Renatita; contestó la mujer al retirarse a la cocina.

-¿Ya has visto el cielo nocturno de aquí?; preguntó Renata a Fresia, sirviendo dos copas de licor e invitándola afuera.

-Claro, no debe ser muy distinto al que se ve en La Isla; contestó ella.

-Ven con nosotras Rubén; lo llamó Renata. -No te quedes dormido; le dijo dándole un empujón para ponerlo al lado de la muchacha.

-¿Qué tío?; preguntó la mujer. -Si no intervengo estos dos no se van a casar nunca.

A pesar del tono color canela de la piel de Fresia, el rojo de su rostro resultó más que visible.

-¿Y tú cuando te vas a casar?; preguntó Rubén a su prima.

-¿Y para qué?; respondió ella. -Pero ustedes son el uno para el otro.

-Me sirvo un trago y los alcanzo enseguida; indicó ella a la pareja.

Las estrellas llenaban el cielo como cientos de diamantes desparramados sobre terciopelo negro. La brisa levemente tibia del verano creaba una atmósfera muy agradable, condimentada delicadamente por el canto de las ranas y grillos.

-¿Qué opinas?; preguntó Fresia a Rubén.

-Parece una situación un poco difícil para los dueños de las parcelas. ¿Qué crees tú?; quiso saber él.

-La verdad es que no estoy del todo segura; contestó la  muchacha. -Esto es algo que…; el vaso que sostenía se le escapó de los dedos y dio un paso atrás sorprendida.

-¿Qué pasa?; preguntó Rubén preocupado.

-Me pareció ver muchas sombras que volaban por todos lados; contestó ella.

-¿Cómo El Bulto?; preguntó Espinoza en voz baja.

-No. Eran pequeñas y traslucidas; explicó Fresia. -Era más bien como nubes negras que volaban cerca del suelo y entre los árboles.

 

-Hola chicos; saludó Renata el vaso roto.

-Disculpa se me cayó el vaso; se excusó Fresia. -A veces soy un poco torpe.

-No te preocupes, toma el mío; le entregó. -Yo voy por otro.

 

-¿Estás segura?; preguntó Espinoza.

-Totalmente; respondió ella.

-¿Quieres que llame a Milenka Ivanovich?; quiso saber él.

-Claro que no, ¿cómo se te ocurre?; preguntó Fresia.

-¿Por qué no?; preguntó él.

-Recuerda que está embarazada; le indicó ella. -Lo que menos necesita es involucrarse en estas cosas.

-Es cierto, lo había olvidado; recordó Espinoza dándose una palmada en la frente. -Hormazabal se las ingenió para poner fuera de combate a la poderosa Shuvani.

-Ya chicos volví; interrumpió Renata de nuevo. -Espero sinceramente que no me hayan echado de menos. Es que deben concentrarse más en ustedes; les dijo a ambos enfrentándolos.

-¿Qué opinas Renata?; preguntó Rubén.

-He vivido toda mi vidaen esta parcela y desde que papá murió el tío Reimundo ha sido mi familia; contestó poniéndose seria por primera vez en el día. -No  quisiera que esta parcela se perdiera.

-¿Crees que la señora Rosa tenga razón?; preguntó Espinoza.

-Claro que no, esas son leyendas; contestó ella. -En todo caso mañana voy a ir a Santiago a la Escuela de Agronomía. Ahí conozco a alguien que tal vez pueda ayudarnos; también voy a ir al Servicio de Ganadería y Agricultura.

-¿Pero no habían venido especialistas?; quiso saber Fresia.

-Sí, vinieron, pero no me pienso quedar de brazos cruzados sin hacer nada; contestó decidida ella. -Además esta vez me voy a meter yo para motivarlos y guiarlos.

-Renata es ingeniero forestal; aclaró Rubén.

-Voy a estar fuera dos días; Explicó ella. -Por favor cuiden al tío Reimundo hasta que yo vuelva; Rosita ya es de edad y no puede sola con toda la casa.

-Anda tranquila; le respondió Fresia. -Nosotros los cuidaremos a ambos.

Con todos los presentes hablando al mismo tiempo era difícil que alguien se entendiera.

-Por favor silencio; pidió el presidente de la agrupación de parceleros.  -Todos podemos decir lo que deseemos, pero en orden.

-Las cosechas se siguen secando durante la noche; contó uno de los presentes. -Y ni siquiera ha habido heladas que lo expliquen.

-Ya perdí a todas mis vacas; narró otro. -Durante una noche murieron cuatro sin ninguna razón aparente.

-Ninguna de las semillas que he sembrado han germinado; agregó otro.

-No tengo cómo pagar los créditos que pedí al banco para semillas; contó otro parcelero. -Todas las cosechas se han podrido.

-Como ves sobrino, esto está afectando a muchas personas; comentó Reimundo a Rubén.

-¿Hace cuánto empezó esta situación?; preguntó Rubén levantando la mano.

-¿Con quién tenemos el placer?;  preguntó el líder de los parceleros.

-Es mi sobrino Rubén Espinoza; respondió Reimundo.

-Mis animales comenzaron a morir a fines de junio; indicó uno.

-Ese mismo mes perdí mis primeras siembras; contó otro.

-También mis cosechas se pudrieron por esa fecha; dijo otro.

 

-Fines de junio; observó Fresia. -¿Por qué no me sorprende?

-¿Alguna idea? ; preguntó Rubén a la  muchacha.

-¿Qué ocurre a fines de junio de cada año?; preguntó ella en voz baja.

-Noche de San Juan en la tercer semana; respondió él. -¡El solsticio de invierno!

-Hay un incendio en la parcela de los Reinoso; gritó un hombre que llegó corriendo.

-Vamos a ayudar; dijo uno de los parceleros saliendo junto a otros.

A los pocos minutos varios vehículos llegaron, aunque nadie pudo hacer nada para detener las llamas que consumieron varias hectáreas de trigo.

Sabiendo bien como proceder, los vecinos del agricultor afectado cavaron largas zanjas para impedir que el fuego se extendiera más allá de esa plantación. Cuando los bomberos llegaron ya nada había que hacer; el fuego había acabado con todo el trigal.

-Esto es la ruina; se lamentaba el dueño de la siniestrada propiedad. -Voy a poner en venta la parcela.

-No puede hacer eso; intervino Rubén. -Aun no se ha perdido todo.

-¿Acaso está ciego joven?; preguntó el hombre. -Aquí no queda nada más que tierra quemada.

-Rubén, ven mira; lo llamó Fresia disimuladamente.

-¿Qué encontraste?; preguntó él.

-Huellas, pero no quiero que otros las vean; indicó ella.

Lejos de donde estaban reunidos los parceleros, dos pies se marcaban perfectamente en medio de las cenizas del trigo quemado.

-El fuego no quemó ese lugar; observó Espinoza. -Es como si alguien hubiese estado parado en medio del fuego, mientras éste quemaba el sembradío.

-Eso es lo que pienso; opinó Fresia.

-Voy a informarle al jefe; dijo Rubén sacando su celular.

-Aló mi mayor, soy el Teniente Espinoza; se comunicó con su superior. -Es posible que tengamos una situación especial en el sector parcelero en las afueras de Melipilla.

-¿Está usted ahí?; preguntó el oficial.

-Sí señor, junto con la Sargento Huaiquimil; contestó Espinoza. -Por favor  mande unas patrullas a mis coordenadas, para interrogar a los testigos y poder cubrir nuestro trabajo real.

-¿Necesita al Teniente Hormazabal y a la señorita Ivanovich?; preguntó el oficial.

-Negativo señor, el Teniente Hormazabal está en un caso en Santiago y la señorita Ivanovich está con licencia prenatal; indicó Espinoza.

-No me agrada que solo la mitad de la unidad se encargue de estas cosas; opinó el mayor de carabineros.

-Lamentablemente no es fácil ampliarla; observó el Teniente Espinoza.

-De eso nos preocuparemos después; comentó el oficial. -Procedan con precaución y discreción; en todo caso están autorizados para hacer uso de fuerza letal si es necesario.

-Así es que la señora Rosa tenía razón; opinó Rubén.

-Me temo que sí; afirmó Fresia, tomando una muestra de la hierba sin quemar que quedó bajo los pies del sospechoso y la puso en una bolsa autosellable.

-Por lo visto este brujo controla el fuego y es invulnerable a él, porque de lo contrario estaría su cadáver también; observó el Teniente Espinoza.

-Volvamos con tu tío, debemos interrogar a la señora Rosa; opinó la Sargento Huaiquimil. -Aparentemente ella sabe más de lo que parece.

-¿Señora Rosa, puedo pasar?; preguntó Fresia golpeando la puerta de la habitación de la sirvienta de la casa.

-Si señorita pase; contestó la mujer dejando entrar a la muchacha.

-Usted dijo que creía que un kalkú estaba causando los problemas  en las parcelas. ¿Tiene alguna prueba de ello?; preguntó la policía.

-Bueno, la verdad es que no sabría decirle; contestó evasivamente la mujer.

-Puede confiar en mí; la tranquilizó Fresia tomándole las manos. -En mi familia ha habido muchas machis y no me atrevería a burlarme de usted.

-¿Lo dice en serio niña Fresia?; preguntó la señora Rosa.

-Claro que sí, incluso mi abuela quería que yo me convirtiera en una; contó la joven mapuche.

-Entiendo; contestó la mujer.

-Sí, yo vi personalmente al kalkú, una noche en que me desvelé; comenzó a contar la mujer luego de meditarlo un rato. -Estaba estrellado, así es que se notaba bien como se paseaba entre los animales y después éstos caían al suelo.

-¿Le vio la cara?; quiso saber la muchacha.

-No, porque tenía una manta con capucha que le tapaba hasta la nariz; contestó la señora Rosa.

-¿Está segura de que era un kalkú?; le preguntó Fresia.

-Claro que sí; le respondió la mujer. -Lo vi convertirse en un pájaro negro e irse volando, igual que como la estoy viendo a usted ahora.

-¿Eso cuando fue?; preguntó la joven.

-La primera vez fue hace tres meses; respondió la señora Rosa.

-¿Lo ha visto más veces?; preguntó la policía.

-Hoy mismo lo vi antes de que empezara el incendio de la otra parcela; contestó  asustada la mujer.

-Bueno señora Rosa, yo voy a averiguar lo que pueda; la sereno Fresia. -Y por favor no le diga a nadie que habló conmigo.

-No le diré a nadie señorita; contestó la mujer. -¿Es verdad que usted es policía?

-Sí señora Rosa, soy carabinera; reconoció la muchacha.

En la cocina junto a Rubén, Fresia acercó un fósforo encendido a la paja que había en la huella encontrada en el lugar del incendio. En forma casi instantánea ésta ardió con una brillante llama azul.

-Es lo que me temía; comentó ella.

-Ahí estuvo presente un brujo; concluyó Espinoza.

-¿Esperamos que vuelva  a atacar para atraparlo?; preguntó la sargento.

-No conocemos su patrón de ataque, ni sabemos cuándo lo hará de nuevo; observó Rubén. -Sugiero que lo capturemos ahora mientras se encuentre cansado.

-Es algo parecido  a lo que yo tenía en mente; agregó Fresia. -¿A propósito, qué dijo el jefe?

-Que lo matemos si es necesario; respondió Espinoza.

-Listo o no, te invito a pasear; dijo Fresia a Rubén.

-Vamos, que yo te cubro la espalda; aceptó.

La noche estrellada y el campo convenientemente solitario preparaba el campo de batalla apropiado.

-“Poderoso y noble Pillán de mi pueblo, recubre a tu hija con el poder de la tormenta. Te ruego escuches el llamado de tu humilde sierva”; dijo Fresia con los brazos en alto.

-“Aluhes, almas amigas, traigan ante mí a mi enemigo”;  continuó la muchacha.

Un fuerte viento acompañó a un remolino formado por varias sombras traslúcidas que arrastraban a un tipo alto y delgado, cubierto por una manta negra.

-¿Quién se atreve a molestarme?; preguntó el brujo. -Oh, ya veo, una niña jugando a machi; dijo al ver a la  muchacha. -Morirás por tu insolencia.

Un fuerte golpe de viento lanzó lejos a Fresia, quien sin embargo no sufrió daño alguno.

-Esta vez te equivocaste kalkú; dijo la joven tendiendo un brazo hacia lo alto. -“Invoco la fuerza de los espíritus de la tormenta y el rayo.

Sin que hubiese ninguna nube en el cielo, sin ningún origen visible, una portentosa descarga eléctrica golpeó el cuerpo del brujo. Tirado en el suelo y con la ropa humeante, el hombre se levantó lentamente.

-Veo que te subestimé nuruve, pero yo soy más poderoso que tú; agregó con una sonrisa burlona el brujo. -Siente ahora el verdadero dolor del poder absoluto.

La temperatura subió bruscamente y el pastizal comenzó a arder en torno al hechicero, avanzando al fuego en un círculo que se acercaba más y más a Fresia. Espinoza disparó todas sus balas, pero éstas caían como plomo derretido antes de llegar a su blanco.

-“Antiguos Pillanes, invoco su máximo poder”; gritó Fresia resistiendo apenas el intenso calor. -“Soplen espíritus del viento y del hielo y congelen el infierno con su poder”.

Una gélida onda de viento que nacía de la muchacha chocó contra el anillo de fuego del brujo. El cambio brusco de temperatura casi aturdió al Teniente Espinoza. El fuego perdió toda su energía para terminar extinguiéndose en forma casi instantánea.

-Esto se acaba aquí y ahora; dijo Fresia extendiendo bruscamente sus brazos.

Una poderosa onda de choque lanzó al brujo entre unos árboles, dejándolo gravemente herido. El hechicero alzó su vista por última vez cuando alguien se agachó junto a él y le retiró su sortija.

-Eres una vergüenza para tu clase, nunca debí confiar este trabajo a ti estúpido inútil; dijo Renata poniéndose el anillo en su mano izquierda, haciendo juego con el que llevaba en la derecha.

-Cayó por aquí; dijo Rubén entre los árboles.

-Aquí está; dijo Fresia junto al cadáver del brujo.

-Creo que ya todo acabó; opinó Espinoza.

La muchacha se quedó quieta un segundo y se levantó con los puños cerrados.

-Demoraste mucho en dar la cara bruja; dijo ella caminando hacia la salida del bosquecillo.

-Parece que si quieres un trabajo bien hecho tienes que hacerlo tú misma; dijo Renata apuntando una de sus manos hacia Rubén.

-¡Cuidado!; gritó Fresia.

La mano de la mujer se desvió justo lo suficiente para que la descarga de energía mágica del anillo solo rozara a Espinoza. El golpe lo lanzó a unos metros de donde se hallaba.

-Maldita bruja; gritó furiosa la  joven mapuche.

-Pequeña y tonta principiante, ni siquiera estás a mi nivel y pretendes desafiarme; la increpó Renata.

-“Fuerzas oscuras del cielo y la tierra acudan al llamado de su ama que lo ordena”; invocó la bruja.

-“Poderosos espíritus del pasado y del futuro elévense contra la bruja rebelde; gritó Fresia. -“Viento de muerte ven a mí”.

Un gran remolino bajó del cielo y envolvió a Renata. Un desgarrador grito se escuchó en su interior.

-¡No!; gritó la bruja.

En una explosión de luz violeta al remolino que aprisionaba a la hechicera se disolvió.

Parada en medio del campo, con el cabello desordenado, Renata respiraba furiosa mirando a Fresia.

-Ahora sí brujita, vas a sufrir por última vez; gritó Renata.

Ambos anillos de la hechicera se volvieron incandescentes cuando ella los apuntó hacia la  muchacha.

-¡No lo harás!; gritó Rubén mientras un chorro de fuego surgía de su mano derecha y envolvía a Renata sin tocarla.

-¡Vaya primito!; ya me parecía raro que yo fuera la única de la familia; dijo ella apagando el fuego con un movimiento de su mano.

-“Antiguos Pillanes supremos, invoco su ayuda para que concedan a esta nuruve su máximo poder. Viento de hielo, trae tu muerte congelada”; dijo Fresia alzando sus brazos.

Un nuevo descenso brusco de la temperatura cubrió de hielo el campo, llenando de escarcha la ropa y cabellera de Renata.

-Esto no me detendrá; dijo ella. -Siente el calor del infierno.

La temperatura comenzó a subir rápidamente.

-Calla tu boca ponzoñosa que nadie te volverá a escuchar bruja negra; gritó Rubén.

Renata no pudo terminar su conjuro, ya que su voz dejó de salir de sus labios. Sorprendida se llevó la mano a su garganta pero su voz ya se había agotado.

-“Espíritus del hielo y la tierra encierren en su tumba eterna a esta bruja”; dijo Rubén mirando a Renata, la que quedó inmovilizada de pies a cabeza mientras una mezcla de hielo y piedra congelada comenzaba a envolverla.

Encerrada en una roca traslúcida Renata quedó atrapada e indefensa.

Con las manos temblando y el rostro desencajado Fresia se acercó al sarcófago de piedra. La impenetrable prisión comenzó a vibrar y a volverse más opaca y compacta, quedando reducida a un gran trozo de metal oscuro.

-Arde para siempre en el infierno prima; dijo Rubén cubriendo el  metal con sus manos y envolviéndolo en una resplandeciente  flama que comenzó a derretir la roca, reduciéndola a una simple mancha negra en la tierra.

Espinoza se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos, no pudiendo creer aun los hechos que acababan de ocurrir.

Fresia también se sentía consternada por el desenlace que habían tenido los acontecimientos y solo atinó a abrazar fuerte a Rubén.

-¿Estás bien teniente?; preguntó la muchacha a su compañero.

-Si pareja, es solo un caso más y ya está resuelto; respondió él.

-Aquí estaré yo para cuando quieras hablar de esto; ofreció Fresia.

-Ya vámonos y no nos pongamos sentimentales; dijo Rubén tomándola de la mano y caminando hacia  la casa.

-Me sorprendiste hoy brujo; le dijo la muchacha a su pareja.

-Yo me sorprendí más de mi mismo; contesto Rubén.

-Espera  a que le cuente a Milenka; dijo la muchacha.

-En ese caso mejor  no le cuentes; opinó Rubén riendo. -Acuérdate que está esperando  a una pequeña Shuvani.

-Oh a un brujito; respondió Fresia.

En la sala de la casa Reimundo meditaba cabizbajo sentado en un sillón.

-Tío, no sabes cuánto lo siento; trató de excusarse Rubén por la muerte de Renata.

El hombre se levantó de su asiento y se paseó pensativo por el salón.

-No te estoy culpando; respondió Reimundo. -Pasó lo único que podía ocurrir con dos brujos puestos en dos bandos opuestos enfrentándose.

-No puedo entender cómo Renata nos logró engañar a todos; comentó Rubén.

-Renata eligió su destino; opinó Reimundo. -Ella sola selló su final.

-¿Tu lo sabías tío?; preguntó Rubén.

-Tenía mis sospechas pero hasta esta noche no estaba seguro; contestó el hombre.

-Esto es realmente lamentable; opinó Fresia.

 

-Siéntate, tenemos que hablar; pidió Reimundo. -¿Sabías que tú eras un brujo también?

-No sé que me ha impresionado más, descubrir que Renata lo era o que yo lo soy; meditó Espinoza.

-Y por lo visto tu amiga también lo es; observó Reimundo.

-Pero nada de esto lo ha sorprendido a usted; comentó Fresia. -Por lo visto está familiarizado con la brujería, o al menos sabe de ella.

-La verdad es que hace tiempo me enteré de la existencia de ustedes; reconoció Reimundo. -Mi padre, tu abuelo por parte de tu madre y por tanto también el de Renata, también lo era.

-Mamá siempre me habló de historias de brujos y del diablo, pero pensé que solo eran leyendas locales no más; comentó Rubén.

-Al parecer es una condición hereditaria que se salta una generación; opinó Reimundo.

-No sé qué pensar; comentó Espinoza.

-Esa es tu herencia y ya la has recibido y deberás vivir con eso por el resto de tu vida; sentenció Reimundo. -Tú deberás elegir el uso que le darás.

-Creo que ya ha elegido; opinó Fresia tomándole la mano a Rubén.

-Esto es algo impactante; opinó él. -¿Cómo sabré si estoy actuando en forma correcta?

-Desde el momento en que te estás haciendo esa pregunta, es porque ya has elegido el camino que quieres seguir; dijo Reimundo. -En todo caso tienes a tu lado alguien que te entiende y confío en que ella te ayudará a mantenerte en el camino correcto. Ojalá alguien hubiese guiado a tu prima.

Desde la entrada de la sala la señora Rosa escuchaba con una caja en la mano. Reimundo asintió con la cabeza cuando la  miró.

-Perdón por meterme en lo que no me importa; dijo ella entrando en el salón.

-Pase señora Rosa, usted es de la familia; la invitó el patrón. -Además usted conoció a mi padre desde hace tiempo.

-Sí, es cierto; recordó ella con una sonrisa. -El señor era una gran persona y a pesar de lo poderoso que era jamás se aprovechó de ello ni abusó de nadie.

-Yo no recuerdo  mucho a mi abuelo; meditó un rato Rubén. -Mi mamá no me contaba mucho de él.

-Claro que lo hacía; opinó Reimundo. -Todas las historias que te contaba se relacionaban de alguna forma con él.

-Su abuelo dejó una herencia para alguno de sus nietos; dijo la señora Rosa abriendo la caja que llevaba. Un gran anillo de oro con una piedra negra descansaba en ella.

-Es el anillo de tu abuelo; indicó Reimundo. -Al momento de fallecer dijo que en su debido tiempo el anillo elegiría a quien realmente lo mereciera.

Cuando Rubén tomó la caja para verlo mejor, la negra piedra se volvió escarlata y comenzó a brillar con fuerza.

-Parece que el anillo ha encontrado su nuevo dueño; comentó la señora Rosa.

-Tómalo hijo, es tuyo por derecho; indicó Reimundo.

-Vaya esto no es algo de lo que uno se entere todos los días; comentó Rubén.

-Lo sé, pero esa es la realidad, te guste o no; opinó Fresia.

-Lo que no entiendo bien es ¿por qué Renata quería perjudicar a todos los parceleros?; preguntó Espinoza.

-Supongo que quería quedarse con todas las tierras; opinó la señora Rosa.

-¿Qué hay de especial aquí?;  preguntó Fresia.

-Mi padre siempre decía que en esta tierra se junta el poder del cielo y la tierra y se mezclan en una sola energía mágica.

-En otras palabras es un campo de energía mágica concentrada; concluyó la muchacha.

-Y si ella se apoderaba de él, nada la podría detener; opinó Rubén.

-Afortunadamente ustedes pudieron detener a tiempo a esa bruja mala; opinó la señora Rosa.

-¿Qué va a pasar ahora?; preguntó Reimundo.

-Ahora ustedes van a intentar llevar una vida normal; indicó Rubén.

-Y sobretodo mantengan al secreto de lo que aquí ocurrió esta noche; pidió Fresia.

-Quédense tranquilos; los tranquilizó Reimundo. -Solo  les pido una cosa.

-¿Qué podemos hacer por ti tío?;  preguntó Rubén.

-Que cuando ustedes hereden esta tierra harán un buen uso de la magia contenida aquí; pidió Reimundo.

-Pero aún falta mucho para eso tío; replicó Rubén.

-Pero ese momento tarde o temprano llegará; continuó Reimundo. -Y quiero estar seguro de que harán lo correcto.

-Está bien tío, te lo prometo; concluyó Rubén.

-Y yo estaré a su lado para asegurarme de que cumpla su promesa; agregó Fresia.

 

 

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