Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Diego Castro Sánchez 12 septiembre 2011

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Autor de: “El peinador de playas” y “Una brecha en la memoria”. Podréis encontrar sus obras en su página de autor en Bubok.


Diego Castro, autor nacido en El Puerto de Santa María (Cádiz) en 1971. Afectado desde pequeño por una extraña enfermedad, que me obligaba a pasar las horas muertas delante de un papel en blanco, escribiendo extrañas historias que para nada compaginaban con mi edad, logré encontrar el antidoto que mantuvo la enfermedad controlada hasta el año 2006, cuando la virulenta infección de mis centros nerviosos comenzó a obligarme a escribir de modo compulsivo, la mayoría de las veces textos incoherentes y sin ningún valor literario.




Mis relatos en este blog:

El séptimo sello

Extracto de “Cartas desde Paraguay”

El año de “la jambre”

Camino

De amantes

Apetito carnal





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Apetito carnal 2 febrero 2010

Filed under: Amigos autores — tiberiocesar @ 16:00

I

APETITO CARNAL


El ventilador removió el aire caliente, estancado en la habitación durante todo el día. En el exterior el verano tendía sus redes; una calima que ahogaba los sentidos y atoraba la voluntad. Nestor había pasado todo el día adormilado, tendido en el sofá cutre de la habitación que ocupaba en el “Motel Yucatán”, un anodino tugurio de carretera.

Ya no sabía cuanto tiempo llevaba allí, ni le importaba; se incorporó pesadamente y se sintió mareado, miró a su alrededor y contempló, con una mezcla de angustia e indiferencia, los restos esparcidos de su última comida: pizza y un par de latas de cerveza. Rebuscó en su interior, intentando poner en orden sus sensaciones. Nada, absolutamente nada.

El ordenador portátil seguía encendido. Nestor se aproximó algo más vivo, como si de repente hubiera recobrado el control sobre sí mismo. El programa de descargas seguía activado, varios archivos bajaban de la red a velocidad de vértigo. Tecleó algo y la pantalla parpadeó; al momento tenía frente a él decenas de carpetas ordenadas en columnas; puso el cursor sobre la primera de ellas y esperó a que el sistema le mostrara los archivos fotográficos que contenía.

Los ojos de Nestor brillaban maliciosos, resbalaban sobre las fotos relamiéndose en las impúdicas imágenes. Decenas de muchachas, algunas apenas unas niñas, se mostraban ante él, sólo para él. Sudaba copiosamente, sintió como el pulso se le aceleraba, agolpándose en las sienes. La imperiosa necesidad de masturbarse le arrebató nuevamente la voluntad. Ya no era suficiente, necesitaba más… y la noche estaba tan cerca; el chillido incoherente de una orquesta de grillos en el pinar cercano anunciaba el ocaso. Nestor se relajó, por un momento pensó que podría vencer nuevamente sus anhelos, su apetito irreprimible. Instintivamente se llevó la mano al tobillo, la luz roja de la pulsera telemática, parpadeaba amenazante. ¿Valía la pena? El impulso era cada vez más fuerte; Nestor deambulaba frenético por la habitación, las cuatro paredes parecían reducir su espacio vital, y la sensación de ahogo y claustrofobia era cada vez mayor. Necesitaba salir a la calle, respirar aire puro, alejarse de aquella pantalla de ordenador, que despertaba en él un hambre atávica, incrustada en sus genes, y que era incapaz de saciar por más que alimentase sus instintos.

Se vistió apresuradamente y salió al exterior. El aparcamiento del motel estaba prácticamente vacío, apenas un par de coches aparcados disimuladamente en la parte trasera; ninguno de los clientes del establecimiento estaba demasiado interesado en ser localizado en semejante lugar. El motor del destartalado Ford Fiesta rugió, en medio de un gran estrépito. Se incorporó a la circulación con una maniobra temeraria; las ruedas chirriaron sobre el asfalto, antes de dirigirse a la ciudad.

Las luces de neón flanqueaban la avenida principal, Nestor se sentía en medio de un carrusel adictivo, un laberinto de pasiones desatadas, un buffet libre para saciar el apetito que lo enajenaba.
Había de todo para elegir, el alimento de su lujuria desfilaba ante él, como un coro complaciente que le atraía con sus voces sugerentes –Todo para ti, todo para ti – Las voces retumbaban en su cerebro, transformando el deseo en un estímulo físico, difícil de disimular. Ocultó el vehículo en un callejón, las luces parpadeantes deformaban su rostro, ahora sí, ahora no. Su instinto de cazador hambriento le hizo internarse en un pequeño parque, allí la luz era más escasa; las farolas rotas sembraban de sombras los senderos, rodeados de vegetación. Tenía hambre, cada vez más; ya no importaban las consecuencias, ni la pulsera telemática, ni la cárcel, aquella jaula de abstinencia que tanto temía.
Olisqueó el aire, una amalgama repugnante invadió sus fosas nasales; hedor a orines, excrementos y bajos instintos esparcidos tras cada matorral, en cada banco. Necesitaba una presa de la que alimentarse, antes de que los flujos de su apetito, se esparcieran sin sentido.

La muchacha se despidió, con un gesto cariñoso; todavía estuvo un rato quieta, pensativa, mientras la motocicleta se alejaba rugiendo por la avenida. Nestor sintió el vacío en el estómago, las mariposas cosquilleando en la entrepierna acrecentada; un hormigueo que precedía al bombeo excesivo de sangre, hizo que se le nublara la vista. Deseaba aquel bocado, aquella hembra de movimientos oscilantes, de carnes frescas; estaba ávido de saborear la salina esencia de su piel. La muchacha dudo un instante, hasta que finalmente penetró en la oscuridad del parque. Nestor la vio disiparse entre los claroscuros, y la siguió entre los matorrales. Se había convertido en una bestia hambrienta; en realidad era una bestia, siempre lo había sido. Ya podía oler la fragancia que emanaba la muchacha, oír sus pequeños pasos arrastrándose sobre la zahorra del camino. Tenía hambre, mucha hambre.

No pudo reaccionar, Nestor se abalanzó sobre ella surgiendo de la espesura. Ni siquiera tuvo la oportunidad de gritar; estaba sobre ella desgarrando sus carnes, arrancándole el pelo a bocados, lambiendo su piel, y a cada momento deseaba más y más probar su sangre. La presa pataleó y arañó en vano, sus fuerzas se fueron agotando poco a poco, y la resistencia se hizo cada vez más débil, hasta quedar anulada por completo.

Al amanecer, los restos de la muchacha quedaron expuestos como carroña. Nestor, la bestia, regresó a su cubil. La lúgubre habitación del “Motel Yucatán”, parecía menos asfixiante.
Las sirenas de los coches policiales rompieron la tranquilidad de la calle vacía. Las luces de neón yacían frías, sin vida; los dos hombres, con aspecto somnoliento, se aproximaron al cuerpo destripado y cubierto de sangre. Echaron un vistazo y se retiraron a un aparte, lejos de las miradas curiosas de los agentes uniformados, que conversaban indiferentes alrededor del cordón policial.
-Es él. –Afirmó el que parecía más veterano. Se rascó el pelo entrecano y resopló fastidiado.
-¿Tú crees? –Preguntó el otro, mientras volvía a mirar el cadáver, por encima del hombro de su compañero.
-¿Seguro…? Tú has visto eso igual que yo, la ha matado a dentelladas, literalmente a mordiscos, ¿no te recuerda nada? –El otro se encogió de hombros, era demasiado temprano y no estaba para gaitas.
-Si tú lo dices. –Aceptó resignado.

El subinspector Celso Madariaga era un hombre curtido, como solía decir él mismo, “un caimán de colmillo retorcido”; miró a su compañero de hito en hito y escupió entre sus pies.
-¿No tienes hambre? –El otro miró de reojo hacia el lugar en donde yacía el cadáver.
-No mucha, la verdad. –Admitió.
-¡Bah! –Espetó el subinspector Madariaga. –Yo voy a pillar unos churros. Eso es lo mejor para asentar el estómago. –Y sin mediar palabra regurgitó un sonoro eructo y un tufillo hediondo salió de su boca.
Varios agentes uniformados le saludaron al pasar; Madariaga los miró de refilón sin hacerles ni caso. Justo en la acera contraria, junto a una solitaria palmera, estaba la churrería; una vistosa gitana, cargada de cadenas de oro y con un voluminoso rodete sujetándose el pelo, removía la masa en el aceite hirviendo, la tiempo que canturreaba una conocida copla sin demasiada fortuna. Al verle aproximarse, se puso tiesa como una vara.
-Tranquila mujer, yo ya he tenido bastante por hoy. Ponte un par de ruedas de ésas, de las que estás haciendo. No me vayas a endiñar una esponja frita.
La gitana no dijo ni “mu”, envolvió los churros en papel de estraza y se los ofreció a Madariaga.
-Invita la caza. –La gitana, que sudaba a chorros, sonrió mostrando sus colmillos de oro.
-¡Vaya! ¡Rubito! ¡¿Seguro que no quieres unos churros?! –El rubio hizo un gesto negativo con la mano.
-Otro día hermosota… es maricón, pero no lo digas muy alto. –La gitana se rió por lo bajo. Madariaga cruzó de nuevo en dirección al parque. Los agentes tenían pinta de estar aburridos y hambrientos, el olor a churros que desperdigaba el subinspector los despabiló.
-¡Anda que has dicho algo pisha! –Le espetó al paso uno de los uniformados.
-¡Qué te jodan gaditano! –Contestó Madariaga, sin dejar de masticar.

El subinspector Ibor era bastante más joven que Madariaga, el cual le doblaba la edad. Se había incorporado recientemente a la Brigada de Homicidios de la Comisaría de Algeciras, y según su veterano compañero, estaba más verde que una vara de olivo.
-¿Qué pasa maricón, se te ha cerrado el estómago? –Ibor torció el gesto.
-Oye Celso, te considero un amigo, y se que ésos comentarios homófonos, los haces sin intención de joderme, pero te agradecería que no lo convirtieras en algo habitual… no quiero que perdamos la confían… -Madariaga le puso los dedos en la boca, estaban aceitosos, e Ibor no tuvo más remedio que recular para apartarse de ellos.
-A lo mejor prefieres que te llame gay… pero ¿tú tienes un coche caro… un chalet en…? –En esta ocasión fue Ibor el que cortó en seco a su compañero.
-No sigas, ya conozco el chistecito, y no tiene ni puta gracia ¿vale? –Era la primera vez desde que se conocían, que Ibor le ponía las cositas claras a Madariaga; empezaba a estar harto de sus pullitas.
-Vale, vale, joder con el mar… -Madariaga se cortó a tiempo. –A lo nuestro; te digo que a esta desdichada se la ha cargado nuestro amigo, no tengo la menor duda. –Afirmó con rotundidad, mientras hurgaba con sus dedos en el papelón de grasientos churros.
-¿Pero cómo puedes estar tan seguro? Ni siquiera hemos hecho una inspección ocular como Dios manda. –Era un cabrón redomado, de eso no cabía duda, pero era bueno e Ibor lo sabía. Reunía como investigador todas las características que el jamás tendría. Era sagaz, o más bien perspicaz, y un jodido sabueso; jamás olvidaba un crimen, jamás daba por cerrado un caso hasta no haber encerrado al culpable. Ni un solo chorizo, que se hubiera cruzado en el camino del sargento Celso Madariaga podía descansar tranquilo, siempre estaría en el punto de mira.
-Lo sé. –Fue la única respuesta de Madariaga.


Diego Castro Sánchez

 

De amantes 13 noviembre 2009

Filed under: Amigos autores — tiberiocesar @ 19:23


PRIMER PREMIO DEL XX CERTAMEN BISEMANAL DE BUBOK



Si alguien en la ciudad de Roma
Ignora el arte de amar, lea mis páginas, y ame
Instruido por mis versos…

Publio Ovidio (El arte de amar)




Cuando mis pies pisaron por primera vez el magnífico escenario del anfiteatro, mi preceptor Arelio Fusco, afirmó:
-Roma, la puta que te hará llegar al clímax para después abandonarte hecho jirones a orillas del Tiber. No lo olvides nunca Ovidio: jamás ames a una ramera.
Yo era joven, y por ende inexperto en cualquier cosa que no fuera seguir a pies juntillas a mi maestro; Sulmona quedaba lejos y había tanta belleza que abarcar que apenas si tenía tiempo de respirar.
Habíamos huido de la intransigencia de mi padre, el cual deseaba hacer de mí un hombre de provecho, en contra de mi deseo de convertirme en poeta; con nuestras actuaciones a lo largo del camino conseguimos reunir lo suficiente para arrendar un cubiculum maloliente, en una de las muchas insulae que jalonaban el discurrir del Tiber a su paso por Roma. En aquellos días empecé a escribir; aprovechaba las horas nocturnas, cuando el bueno de Arelio Fusco salía para no regresar hasta altas horas de la madrugada, y esbozaba ideas que venían a mi mente, más bien de forma inconexa. Algunas veces un verso, otras un ripio, incluso alguna vez dejaba que mi imaginación divagara a su aire por los vastos páramos de la épica. Jamás pensé que un día mis escritos pudieran gozar del beneplacito del público. Menos aún de ella.
A medida que los días y las semanas iban pasando, el ambiente pútrido en el que nos movíamos a diario iba infectando el alma de mi maestro. Que triste sinrazón la del querer y no poder; a menudo regresaba a casa con la mirada perdida en si mismo, con sus pergaminos debajo del brazo y el ánimo encorvado sobre su espalda. Él, que tanto empeño había puesto en emprender aquella aventura, flaqueaba en su voluntad y parecía querer dejarse ir a merced de la derrota.
Pero hay que comer todos los días; ése fue el sino inmutable que me impulsó a cometer un acto del cual mucho después tendría que arrepentirme.
Una noche, después que Arelio volviera a nuestro cubiculum, borracho y ahíto de desesperación, colé entre sus papeles una de mis poesías. No era gran cosa, una estúpida oda al amor, palabras que apenas engarzaban las unas con las otras. ¿Quién sabe si el designio de las musas no acabaría por sonreírnos? Fue así como la conocí; Livia, la mayor embaucadora que jamás conoció la Ciudad Eterna, la esposa del Divino Augusto.
Recuerdo aquellos versos como si los hubiera escrito hoy mismo, en el ocaso decrépito de mis días:

Si alguien en la ciudad de Roma
Ignora el arte de amar,
Lea mis páginas, y ame instruido por mis versos

Continuaba de igual modo, en rimas de medida más o menos nítida. Hablaban de barcos cuyas velas hinchaba el viento del amor, de remos que herían las límpidas aguas de un mar sereno; un melifluo canto que acabó embriagando el alma de Livia. Aquella noche Arelio regresó con el ánimo renovado. Su semblante tétrico y mortecino había cambiado, se sentó en el suelo y junto al débil fuego del hogar escribió sin parar hasta quedar extenuado. Cuando se durmió repasé sus notas. El mismo estilo rígido y falto de armonía de siempre; suspiré y me dejé llevar de nuevo en alas de la emoción.

-¿Qué valor tiene la palabra? –Declamó Arelio Fusco; parecía el mismísimo Cicerón. Se plantó en mitad del escenario con el cetro en la mano y la mirada perdida en la lumbre de los hachones que iluminaban la escena. -¿Qué esencia esconde la poesía, capaz de moldear el espíritu?–Aquella noche me había llevado con él. Estaba nervioso y se movía sin parar de un sitio a otro.
-Mis papeles Ovidio, no olvides mis papeles. –Repetía una y otra vez.
-Quizás esta noche cambié nuestro destino, mi buen Ovidio. La fama me espera a las puertas del anfiteatro. Saldré en triunfo de su mano y Roma entera me aclamará por fin. Yo sonreí para mis adentros y accedí a acompañarle; la función debía continuar.
El pueblo se acomodaba en graderías de césped; como abejas que acudieran a libar el polen de las flores, hombres y mujeres de toda condición se amontonaban para deleitarse con aquellas palabras declamadas en la noche.
Ella estaba allí, como una diosa –Venus riéndose desde su templo –que se deleitara de placer.

Ya nos marchábamos cuando el pretoriano interrumpió a mi preceptor. Arelio levantó la cabeza; el pelo hirsuto y enmarañado le daba el aspecto de un fauno despistado.
-¿Eres tú el poeta? –Preguntó sin apenas mover su cuadrada mandíbula.
Mi preceptor asintió.
-Acompáñame.

Livia era una mujer elegante, o tal vez la elegancia hecha mujer.
-Dime, poeta. ¿Sabes cuanto daño pueden hacer tus palabras? –Arelio enmudeció. De repente se sentía un ser pequeño, diminuto; sus ojos vivaces miraban alrededor buscando una salida.
-¿El orador elocuente ha perdido el don de la palabra? ¿No parecías mudo hace unas horas? –Livia se aproximó como una serpiente, buscando enroscarse entre las piernas de su víctima inocente.
-No se que quieres decir. Si no te ha gustado mi recital, puedo hacer los cambios que desees. Mira, aquí mismo tengo mis papeles.
-No necesito leer tus papeles, llevo tus palabras grabadas a fuego en mi alma. “Si alguien en la ciudad de Roma…” –Livia deslizó sus dedos entre el vello revuelto que adornaba el pecho de Arelio. No era un hombre atractivo al sexo femenino, pero aquella noche de primavera romana, el triunfo parecía haberlo transformado en el mismísimo Apolo.
-¿Quién es el muchacho que aguarda en el peristilo? –Quiso saber.
-Se llama Ovidio, es mi pupilo. Es el hijo de un noble caballero de la ciudad de Sulmona. –Como bien había dicho Livia yo aguardaba a Arelio en el peristilo de la casa, jugando con unos peces de extraños colores que jugaban al escondite entre los nenúfares del impluvium.
-Despídelo. Entrégale unas monedas; ya es un muchacho, no le costará hacerse un hombre con alguna mujer en el barrio de las meretrices.
Un criado vino a buscarme; ni siquiera abrió la boca, dejó sobre la palma de mi mano unas monedas de oro, las más grandes que jamás había visto en mi vida, y se marchó tan sigilosamente como había venido.

El cuerpo desnudo de Livia era como un laberinto. Con el lenguaje de los dedos trazó su mensaje en la espalda de Arelio, el cual se estremeció con una mezcla de temor y pasión desenfrenada.
-Recita para mí, poeta. Embriágame con el dulce néctar de tus palabras. –Livia deslizó un murmullo de lujuria en los oídos de mi preceptor.
El vino predispone el ánimo. Y las frecuentes libaciones disipan la maraña de la vergüenza con suma facilidad.
-…la frescura de tú tez y las gracias de tú cuerpo ¿Habría de enumerar las virtudes que te ensalzan? Antes contaría las arenas del mar… -Arelio Fusco continuó, ebrio ante la desnudez de Livia, herido de pasión y frenado por la mano invisible de la cordura.
La noche se fue deslizando con pereza; Roma, la puta desdeñosa, amaneció. Las aguas del Tiber resbalaban cenagosas y pútridas bajo los puentes. Los que hallaron el cuerpo de Arelio Fusco dijeron que tenía una expresión idiota. Yo lloré a mi preceptor como el niño que era, pero más aún lloré por la desgracia que le habían supuesto mis palabras. Oculté el verso envenenado y seductor que le arrojó a lecho ajeno, lo escondí en la memoria y lo enterré bajo cientos de pergaminos que el tiempo fue acumulando sobre su recuerdo. Pobre Arelio Fusco que tan sólo quiso ser poeta, agradar a la puta de Roma con su lírica. Siempre he recordado sus palabras, incluso ahora que el mundo me reconoce como el gran Publio Ovidio. Nunca ames a una ramera, nunca ames a Roma.


Diego Castro Sánchez


 

Camino 14 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — tiberiocesar @ 22:22

CAMINO



El hombre joven alzó la mirada. A lo lejos todo era yermo; un páramo inhabitable que sin embargo debía cruzar a toda costa. Que extraño, cada vez que pensaba en aquel hecho inaudito se le secaba la boca.

¿Cuál es el motivo que le obligaba a semejante peripecia? No debe haber en todo el mundo un hecho más rocambolesco. Al final del duro camino se encontraba la misteriosa ciudad de sus sueños. Era un lugar atravesado por canales cenagosos, en donde flotaban los restos eviscerados de unos seres desconocidos para él.

Había comentado aquella inquietante ensoñación con el hombre sabio; éste, al oír la historia, abrió mucho los ojos y se quedó mirando al vacío.

-Debes atravesar el páramo. –Le había dicho mientras se hurgaba las narices.

-Pero el invierno se acerca. Nadie puede atravesar el páramo. – Contestó el hombre joven desesperado.

-Si quieres conocer el origen de tus sueños, sin duda debes partir cuanto antes.

Después de darle muchas vueltas al asunto, el caminante recogió sus pertenencias, las guardó en un hatillo y se las echó a la espalda. No tenía mucha gente de la que despedirse, así que se fue con la amanecida; el páramo, bajo la luz incierta del amanecer, aún era un lugar hermoso.

Mientras caminaba, el hombre joven reflexionaba sobre lo que debía hacer cuando alcanzara su objetivo.

No tengo más que caminar, a fin de cuentas es lo que llevo haciendo toda la vida, al menos desde que tengo uso de razón. No debe ser más difícil que caminar sobre el hielo quebradizo del lago o subir por las escarpadas laderas.

Nada más empezar se dio cuenta de que el iba a ser un largo viaje, por las mañanas, la hierba congelada por las heladas nocturnas se quebraba bajo sus pies. El hombre joven pensó que tal vez debería dar la vuelta y regresar al abrigo del campamento de invierno; a fin de cuentas tan sólo se trataba de un sueño, unos seres extraños que viajaban en manadas y recorrían las grandes aguas no debían existir más que en su imaginación. El hombres sabio tampoco lo era tanto, no sería la primera vez que se equivocaba con sus consejos; la gente del poblado aún lo aguantaba porque no sabían que hacer sin alguien que les indicase el camino correcto.

El inmenso silencio de las tierras yermas vertía rumores de inquietud en sus oídos. ¿A qué se debía la insatisfecha necesidad de conocer el origen de sus sueños? ¿Merecían la pena semejantes tribulaciones con tal de satisfacer aquella comezón? Sólo lo sabría si conseguía llegar al final del camino –“Cuando veas pájaros de grandes picos y níveo plumaje” –le había dicho el hombre sabio. El caminante se dijo a sí mismo que tales seres, al igual que los gigantes acuáticos de sus pesadillas, tan sólo existían en la delirante imaginación del hombre sabio, el cual jamás había salido de su choza más que para husmear el aire en las noches de tormenta.

Al cabo de muchas jornadas de viaje, la brisa lo envolvió con un extraño olor desconocido para él. A cada dura jornada que dejaba atrás, los seres de sus pesadillas se hacían más evidentes ante su perpleja mirada, preñada de ensoñación. Eran enormes y navegan orgullosos sobre las grandes aguas dominando a los seres que habitaban en las mismas sin hacer distinción alguna. El aire se daba trazas desconocidas a cada paso que daba, incluso se diría que sabía distinto…salado.

Cuando por primera vez vio uno de aquellos pájaros no fue capaz ni de parpadear. Había cientos de ellos; graznaban histéricos sobre una gran montaña, algo hedía a muerte en varios kilómetros a la redonda. Cerca, muy cerca, estaban las grandes aguas. Tan sólo a unos metros de aquel gran montón de tripas y piel podridas. ¿Era aquel uno de aquellos seres? Desde luego se asemejaba mucho; sin embargo carecía del lustre brillante de su ensoñación y distaba mucho del majestuoso aspecto de los seres que imaginaba cada noche.

Pero, por otro lado, hay estaban los pájaros de grandes picos, con su níveo plumaje manchado de restos apestosos. Ellos, sin duda, eran los pájaros que el hombre sabio había mencionado. Entonces, ¿habría llegado al final de su camino?

Decidió seguir caminando y dejar atrás la montaña de piel y tripas; los pájaros lo miraban al pasar con una expresión de indiferencia -¿Qué haces aquí? –parecían querer preguntarle.

Transcurrieron dos jornadas más de aquel extraño viaje; nuevamente la soledad se apoderó del entorno. Caminó recorriendo la lengua del agua. Una orilla gris y sin luz, cubierta de un cielo siempre encapotado y amenazando lluvia; a lo lejos, sobre un gran farallón que caía a pico sobre las olas, estaba su ciudad. Había llegado al final del camino, al ansiado encuentro con la respuesta que ansiaba. Por fin iba a descubrir el verdadero significado de aquel persistente sueño.

Alcanzó las puertas de aquella ciudad; nadie las vigilaba y estaban abiertas de par en par. Lo primero que descubrió fue el origen de los canales con los que soñaba. La marea alta se colaba por los muros derruidos y el agua se colaba por entre las calles estrechas y pendientes. Observó con más detenimiento y comprobó que el mar arrastraba cientos de cuerpos, que se amontonaban los unos sobre los otros formando un todo. El olor era insoportable. De nuevo pudo ver como las bandadas de pájaros de níveo plumaje se aferraban a lo más alto de las almenas, enseñoreándose del horizonte con sus graznidos. No había nadie, no había quedado nadie; la ciudad era un inmenso montón de ruinas y muerte. El hombre joven abandonó aquella pesadilla y volvió a la orilla; una ligera llovizna le salpicó el rostro. Se sentó sobre el manto de conchas que cubría la arena y se entretuvo contemplando el horizonte.

El hombre joven caviló en silencio; aquel había sido el viaje de su vida, la experiencia vital que lo acabaría de convertir en hombre, y sin embargo tan sólo había encontrado a su paso muerte y destrucción. ¿Qué le contaría al hombre sabio cuando regresara? ¿Qué pensarían de él cuando descubrieran que había partido en busca de una esperanza, y regresaba con su hatillo repleto de frustración?

El hombre joven resopló resignado; se acababa de percatar de que aquella no era una sensación nueva. Cada minuto, cada hora, cada día de su existencia se topaba con aquellas contradicciones, sin embargo, se veía obligado a continuar el camino, a dar un paso más y continuar en busca de la próxima decepción, ¿qué podía hacer si no?

Se incorporó, miró a derecha e izquierda intentando grabar en su retina hasta el más nimio detalle, y emprendió de nuevo el largo regreso a casa. El páramo era un desierto yermo y sin vida… Al abrigo de la bahía, los restos de una antigua flota, desarbolada y al pairo, se mecían al albur de un viento que cada vez arreciaba con más fuerza.


Diego Castro Sánchez


 

EL AÑO DE “LA JAMBRE” 27 agosto 2009

Filed under: Amigos autores — tiberiocesar @ 15:36

EL AÑO DE “LA JAMBRE”


Era el día de la Virgen del Carmen y la ciudad lucía sus mejores galas.

Javierín Buitrago había dejado la pensión por la mañana, justo cuando las cornetas y tambores de la banda militar se dejaron caer bajo la ventana de su habitación. La señora Mariana, una cuarentona entradita en carnes, viuda de guerra para más señas, le había echado un guiño antes de despedirlo.

-Hasta luego buen mozo, ¿a dónde iras con tan buena planta? –Javierín sonrió con amabilidad; la señora bien podría ser su madre.

Llevaba las tripas pegadas desde el día anterior, así que echó mano de su cuadernillo de notas y carboncillo suficiente como para echar el día. La gente iba y venía con aire sonriente, como si los sones de fiesta alejaran por un momento la hambruna y la penuria que a diario asolaban las calles.

La Plaza Mayor estaba abarrotada de mujeres, que se peleaban en las esquinas para ver quien se quedaba con el mejor sitio; puestos de flores, de barquillos o de almendras garrapiñadas. El mercado de abastos era un hervidero. Los mayetos de las pedanías cercanas exponían sus productos en plena calle, en una exultante sinfonía de colores y olores.

A Javierín se le caía la baba con los tomates reventones, a punto de explotar de maduros que estaban; poco a poco se fue internando en el intrincado laberinto de calles del centro. Llegó a las puertas de “El Cafetín”; el Sinforio estaba en la puerta, con su cara colorada y su expresión siempre alegre; el olor a churros recién hechos le pegó un pellizco en la boca del estómago.

De camino a la Plaza de Las Galeras se cruzó con el “Sebas”; el viejo “limpia” estaba dale que te pego al lustre, liado a fondo con las botas de un señor mayor de aspecto estirado.

-Este al menos saca para llenar el buche. –Cavilaba Javierín, mientras continuaba caminando en dirección a los muelles.

-Buenos días “Sebas”. –Saludó al pasar.

-Con Dios chavalote. –Contestó el limpiabotas sin levantar la vista de los botines.

-Tú a lo tuyo “Sebas”. –Le recriminó el señor mayor, en medio de una vaharada de humo azul, procedente del enorme cigarro habano que estaba fumando.

-A mandá. –

Las campanas de la Prioral tañían por alegrías, justo cuando la banda del Tercio de Infantería de Marina se abrió paso desde las explanadas del puerto pesquero; los aburridos soldados llevaban formados desde por la mañana, con un café aguado y un par de churros en el estómago.

-¡Ya vienen, ya vienen! –Las cornetas se unieron a los sones de los tambores, como uno solo –un, dos, marchen, un dos, marchen –con el soniquete monocorde de las marchas militares.

-Y yo sin comer desde ayer. –Pensó Javierín, al pasar junto a las cajas de pescado que se amontonaban en el cantil del muelle; los ojos desmesuradamente abiertos de las brótolas de Conil, le hicieron agudizar el ingenio. En los tinglados del muelle, apoyados sobre unos tendejones, un grupo de guardiamarinas conversaba con indiferencia. El buen porte de los militares le hizo albergar esperanzas.

-Si me camelo a estos, hoy lleno la panza. –Aún le quedaba, que no era poca cosa, la opción de aferrarse a las hambrientas caderas de la señora Mariana; cuando el hambre aprieta y uno no tiene un mal chusco que echarse al gañote, más vale gallina vieja que retortijón de tripas.

-Buenos días, señores guardiamarinas. ¿Hacen unas caricaturas? A sus novias les van a encantar; también puedo dedicarles alguna rima; no son gran cosa, pero dan el pego.

-Mira tú el pintamonas ¡pues no nos quiere inmortalizar! –El comentario del más avispado fue seguido de una sonora carcajada. De repente, la imagen de la señora Mariana, deslizándose libidinosa entre las sábanas de su catre, se hizo realidad en la imaginación del pobre Javierín.

Siguió su camino, preso ya de la desesperanza.

El Barquillero

-¡Camarones, mojama! ¡Prueben el jamón del mar! –Anunciaban a voz en grito los vendedores ambulantes, adueñándose de las esquinas más concurridas de la ciudad. La gente pudiente, con sus estiradas levitas, sus chisteras y pamelas, se encaminaban con evidente buen humor hacia las tabernas de la ribera; hasta Javierín llegaba el aroma del arroz caldoso que se cocía en las perolas de cada tasca.

-Y yo sin un real. –Se lamentaba en silencio, cada vez más compungido. El agujero de su estómago crecía cada vez más. Javierín rebuscó en su faltriquera y comprobó que estaba tieso; más que la mojama que vendían por las esquinas.

La procesión de aquel año iba a ser la comidilla durante mucho tiempo; o al menos ese era el parecer general de la concurrencia. Javierín pasó de refilón frente a la puerta de la conocida Casa del Marqués de Purullena –éste si que puede –reflexionó mientras asomaba la cabeza al patio con curiosidad.

Con más hambre que un lagarto detrás de una pita husmeó el aire y cogió al volapié la fragancia dulzona del azafrán, adornado quizás con una pizca de perejil, lo justo para dar color. Entró de puntillas procurando no hacer ruido.

Al fondo del corredor se distinguía el entrechocar de cacharros y un alboroto inusual.

Acuciado por la curiosidad penetró hasta la cocina. La mulata no había visto una cosa como aquella en la vida. El animalito daba tumbos por la cocina intentando dar con una salida, mientras el agua borboteaba en la cazuela, anunciando que había dado el primer hervor.

-¡Ay señor! Tenga usted cuidado. –La criada dio un respingo echando el cuerpo hacia atrás. –La enorme langosta chasqueaba sus pinzas con aire amenazador.

-¡Tríncala ahora! –Animó Javierín, al tiempo que cortaba el paso del huidizo bicho. -¡Semejante barbaridad! ¡¿De dónde ha salido?! –Exclamó admirado por la presencia del crustáceo. La mulata se abalanzó sobre él por detrás; en menos de un santiamén estaba hirviendo en la perola, no sin antes haberse defendido a brazo partido.

-¡Ay señor, que me ha mordido la muy p…! –Se lamentaba la mulata, mientras le enseñaba un feo corte en el antebrazo.

-No te preocupes guapetona, esto no es ná. –Dijo llevándose la herida a los labios, a la vez que chupaba con fruición los bordes de la herida. Ya no sabía de que tenía más hambre, si de hembra o de hambre.

-¡Quita pa ya, ladrón! –La mulata se alejó meneando las caderas.

-Por lo menos déjame que pruebe el arroz, huele que alimenta. –La criada volvió al poco, con un plato de guiso humeante entre las manos.

-Anda “esmayao”, come a gusto, come contento, pero luego… -Javierín se arrellanó en la silla de esparto y echó mano de la cuchara. El caldo espeso y amarillo, preñado de tropezones, resbaló por la comisura de sus labios. Comió con avaricia hasta “jartarse”, con un instinto atávico, como el que arrastra un hambre centenaria. Aquella era “la jambre” de la que había oído hablar tanto a su madre en las cuevas de la Sierra San Cristóbal, y antes que a ella a su abuela, ni se sabe donde. Hambre de pobre, de miserable, de la que te seca por dentro.

Javierín Buitrago masticaba con miedo a perder bocado, como si le fueran a quitar la comida de la boca; mientras la mulata se reía a carcajadas apoyada en el umbral de la cocina.

-¡Come muerto de hambre, come que mañana Dios dirá!

FIN


Diego Castro Sánchez

 

El septimo sello 18 agosto 2009

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EL SÉPTIMO SELLO


El sacerdote se entretuvo todavía unos instantes en la sacristía; antes de salir asomó la cabeza, como un hurón curioso antes de abandonar su madriguera. Miró el calendario que colgaba en la pared, justo al lado de una imagen de la Virgen María sonriente. Era cinco de agosto de 2001.

Se ajustó el alba y fijó la estola sobre sus hombros. Echó un último vistazo a su aspecto, y cuando quedó conforme, penetró en el templo.

Pocos corderos hay en este rebaño. –Reflexionó mientras se dirigía hacia el altar. Cuando llegó a su altura, realizó una leve genuflexión.

Se situó frente a los feligreses, y se lamentó de la vasta soledad que lo acompañaba cada tarde. Apenas unas viejas que parecían rumiar sus oraciones en silencio, componían la exigua parroquia; carraspeó, y sus gruñidos llenaron el silencio del templo, a través de la megafonía. Una de las viejas salió de su sopor de forma repentina, y bostezo con pereza, mientras abría los ojos con estupor.

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; el Evangelio, según San Juan… por la Señal de la Santa Cruz… -Desgranó el sacerdote con desgana. –Hermanos, hoy voy a hablaros del Apocalipsis… -Los ojos de los feligreses parecieron tomar renovado interés.

-…Cuando el tercer ángel tocó la trompeta, cayó del cielo una gran estrella, la cual ardió sobre la tercera parte de los ríos y las fuentes de las aguas.

El anciano se ocultaba entre las columnas que jalonaban el ábside de la iglesia, como si quisiera huir de las miradas recriminadoras, que en su cabeza, lo perseguían desde hacía ya más de cincuenta años.

-¿Qué demonios sabía aquel cura del Apocalipsis? –Se dijo a si mismo; el lo había presenciado, es más, lo había provocado. Aquellas pavorosas imágenes de destrucción, lo torturaban cada maldito día de su despreciable existencia. El viejo cerró los ojos, y la pesadilla tomó forma de nuevo en su mente.

Alamogordo, primeros días de agosto de 1.945. El desierto es espantoso, un abrumador terreno vacío que se extiende hasta el infinito; el coronel Paul Tibbets detiene la marcha del jeep, al vislumbrar a lo lejos la torre de acero que cobija al artilugio. Echa mano de sus prismáticos de campaña y otea el horizonte. Allí está, enorme, cubierta con un toldo que oculta su compleja naturaleza a los ojos de cualquier curioso. Tibbets intenta tragar saliva, pero tiene la boca seca –puto polvo del desierto– maldijo entre dientes, antes de reanudar la marcha.

Tibbets sólo ha podido ver al físico Oppenheimer una vez, desde que fuera trasladado al mando del 509 Air Group; no le tiene simpatía, para él no es más que un jodido nazi renegado, pero a pesar de todo admira su inteligencia, el destello especial que brilla detrás de sus destartaladas gafas, y que lo sitúa a años luz de cualquiera de los mortales que conoce.

Hace apenas unas horas que ha recibido la orden, y todavía no ha tenido tiempo de digerir la magnitud de su misión, tan sólo de llamar por teléfono a sus subordinados. El único que ha titubeado un poco ha sido Parsons; antes de iniciar el vuelo tendrá que encargarse de que se encuentra en condiciones de realizar el trabajo que se espera de él, en esta ocasión no caben vacilaciones.

Las islas del Japón parecen un montón de cagarrutas de mosca esparcidas sobre el mapa de campaña. Los componentes de la misión se miran unos a otros disimuladamente, ninguno quiere mostrar temor, pero es evidente, por la lividez de sus rostros, que conocen de sobra a lo que se enfrentan.

Hay poco que contar, las instrucciones ha sido repetidas una y otra vez, hasta la saciedad, de forma que cada uno de los miembros del equipo, conoce su cometido a la perfección.

Todavía no ha amanecido sobre Alamogordo, y los motores de los B-29 ya han comenzado a rugir; antes de embarcar en su aparato, Tibbets se ha entretenido en retocar la inscripción que luce el bombardero en su morro: Enola Gay, en honor a su madre. Ha notado un cierto temblor en su mano derecha, apenas perceptible, pero está ahí.

Cielo despejado sobre Hiroshima.- El control meteorológico llega de forma nítida a la escuadrilla. Ya es día seis, el desierto de Nuevo México va quedando atrás poco a poco, y la ciudad secreta de El Álamo, es apenas una mancha en medio de la vastedad del páramo.

Tibbets es un hombre duro, no en balde ha visto morir a mucha gente, está seguro de que no habrá problemas, cumplirá la misión sin vacilar, igual que en Dresde o Berlín. Sin embargo, no puede quitarse de la cabeza los cientos de miles de personas que va a desintegrar en apenas unas horas. “Desintegrar”, la palabra retumba en su mente, con el martilleo constante del remordimiento.

A las ocho de la mañana, Hiroshima aparece con nitidez ante los ojos del coronel; los B-29 de reconocimiento, ya han dado el visto bueno. Tibbets reza un padrenuestro, es algo íntimo, no sabe muy bien si pide por el alma de los que van a morir, o por la suya propia.

Las compuertas del sollado se abren, y la bomba comienza su caída libre, en apenas cuarenta y cinco segundos, se habrá desatado el Apocalipsis sobre Japón, ni tan siquiera San Juan Evangelista, hubiera podido imaginar semejante devastación. Liberado del peso del artilugio atómico, el Enola Gay sufre un impulso que le hace remontar altura rápidamente; 42, 43, 44, los segundos van cayendo sobre la conciencia del coronel Tibbets, que ni tan siquiera se atreve a mirar hacia abajo.

Un fulgor prodigioso se abre paso ante sus ojos, la luz lo inunda todo, sin embargo todo es silencio. Un hongo atómico, de dimensiones pavorosas, se levanta desde el suelo. Tibbets está ciego, o al menos eso piensa, mientras intenta calibrar la magnitud de la explosión. Por mucho que lo intenta no puede hacerse una idea exacta del resultado de la misión, la luz rojiza procedente de la fusión atómica, se dispersa rápidamente por el cielo, al tiempo que un arrasador ciclón de fuego se abate sobre Hiroshima, reduciendo la ciudad y a sus confiados habitantes, a cenizas; calcinados sin tan siquiera una oportunidad para reaccionar, como si realmente, la ira divina hubiese caído sobre ellos.

-O.K. –Repiten una y otra vez desde la escuadrilla de reconocimiento. –Regresamos a casa. –Tibbets todavía está perplejo, incapaz de reaccionar. El Enola Gay emprende el largo regreso, dejando a su paso la mayor devastación que el hombre haya conocido jamás. Tibbets dedica un pensamiento a su familia –¿Dónde estarán ahora?– cavila con un pellizco de angustia atenazándole las tripas.

Ya es de día sobre Alamogordo; los B-29 se precipitan como aves de presa sobre la pista de aterrizaje, arrancada al desierto por los ingenieros del ejército. Si mira hacia atrás, parece que no ha sucedido nada, el cielo es luminoso sobre el desierto de Nuevo México, el inmenso secarral parece incluso hermoso.

Tibbets desciende del aparato, y se reúne con el resto del equipo, todos guardan un sepulcral silencio, como si se hubiera tratado de una misión cualquiera sobre cielo enemigo. Nada fuera de lo normal. El coronel tiene la boca seca, y escupe un gargajo entre sus pie, el cual se desparrama sobre una hilera de hormigas rojas, que queda atrapada entre la mucosidad blanquecina. Tibbets las estruja con la punta de la bota, y cuando aparta el pie del suelo, contempla horrorizado el amasijo apelmazado de diminutos cadáveres, envueltos en sus propios mocos. Por un instante su imaginación vaga sin control sobre los rescoldos de Hiroshima, sabe que las imágenes que acuden a su conciencia, como mudos espectros, ya no le abandonaran jamás.


Diego Castro Sánchez



 

Extracto de “Cartas desde Paraguay”

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III


Un mes antes había desembarcado en Buenos Aires. La travesía desde Nápoles había sido apacible, aún así, Krebbs no era amante de la vida marinera, y en cuanto pudo, puso pie en tierra, jurándose a sí mismo no volver a embarcarse en semejante aventura. Los viejos mamparos de su desvencijado camarote, rezumaban humedad por los cuatro costados, y las ratas bodegueras pronto se hicieron asiduas de su compañía, acudiendo cada noche a visitarlo. Las oía roer en la oscuridad, y desplazarse con sus pequeñas patitas de un lado a otro. Durante el día, buscaba con ahínco el recóndito lugar por donde accedían al cuarto; llegando al punto en que decidió reservar parte de su ración diaria, para alimentar a los únicos amigos, que por lo visto tenía a bordo del carguero “Isabelita”.

Los marineros usaban continuamente una jerga ininteligible para Krebbs, una lengua deformada y plagada de extrañas expresiones, que era incapaz de descifrar. Los domingos, el capitán, un hombre de cristianas costumbres, le solicitaba que ejerciera para la tripulación el sacramento de la eucaristía; entonces Krebbs, se colocaba el alba, que llevaba plegada cuidadosamente en su maleta, y recitaba la misa. Lo hacía en latín, ya que era el único idioma en el que podía comunicarse con aquellos hombres, que lo miraban con una expresión cercana a la devoción, y que pocas veces habían contado con la fortuna de viajar con un sacerdote a bordo.

Al principio, pedía perdón entre dientes, cada vez que cometía el sacrilegio de mancillar el Cuerpo de Cristo. Después, poco a poco, fue entrando de tal manera en su papel, que nadie hubiera dicho que se trataba de un falso sacerdote, de hecho, ya no lo era.

Cuando por fin pudo despedirse de sus compañeros de travesía, reconoció en sus expresiones de afecto, verdadero agradecimiento, tanto que no dudo en darles su bendición, y rogar a Dios para que gozaran de un agradable regreso al hogar; aunque dudaba mucho, que ninguno de ellos considerara su casa a algún lugar, más allá de la cubierta del “Isabelita”.

No pasó mucho tiempo en Buenos Aires, lo justo para contactar con un empleado de la embajada de Paraguay, el cual había recibido instrucciones para organizar el viaje de Krebbs, al interior del Gran Chaco –una tierra inhóspita y cenagosa, de donde Dios se ha marchado hace mucho tiempo. –según las palabras del encargado de negocios de la embajada paraguaya, Don Natal Maluenda.

Krebbs tenía serías dudas de que la aparente bondad de Don Natal, no fuera en verdad más que una actitud fingida, un burdo artificio, mediante el cual, intentaba disimular el verdadero impulso que le movía a ayudarle, y que no era otro que las ingentes sumas de dinero, que alguien o algo desconocido, se estaba encargando de proporcionarle bajo cuerda.

-No tiene que preocuparse de nada. Todo está resuelto, en unos días cruzaremos la frontera; yo mismo iré con usted. –A Don Natal le sudaban las manos cada vez que hablaba del tema; se movía nervioso, mientras se secaba el sudor en un pañuelo amarillento, que siempre llevaba colgando del bolsillo de su chaqueta, y que al tercer día, emanaba una hedionda fragancia difícil de encubrir.

Si la travesía a bordo del “Isabelita”, fue toda una aventura, el viaje a lo largo de la frontera entre Argentina y Paraguay, en busca del páramo chaqueño, fue toda una odisea.

-Yo de usted me quitaría esa ropa. –Sugirió Don Natal, con aire risueño, refiriéndose a la sotana, la cual se había convertido en su segunda piel. –El terreno es difícil, y a menudo tendremos que caminar, cruzar arroyos, quebradas… –Krebbs recordó por un fugaz instante el invierno ruso, las largas marchas en retirada, acosados por las emboscadas de los partisanos rusos, y los ataques de la aviación.

Después de varias semanas de recorrer tortuosos caminos, carreteras polvorientas, de dormir al raso, bajo un cielo que Krebbs, jamás había contemplado de forma tan nítida, avistaron los márgenes del Río Pilcomayo; recreándose en la grandiosidad del universo, que se mostraba ante sus ojos, tal cual, por un momento estuvo a punto de reconciliarse consigo mismo. Pero no lo suficiente como para evitar que las sombras de su pasado, aquellas que afloraban cada noche desde algún lugar de su mente, se recostaran junto a él, impidiéndole conciliar el sueño.

-Ya casi estamos. –Afirmó Don Natal, sacando el cuerpo por la ventanilla de la camioneta.

-¡Venga pues! ¡Apúrese! –Exclamó, llamando la atención de Krebbs, que parecía ensimismado con el lento discurrir de la corriente. En la otra orilla, un grupo de capibaras parecía juguetear entre los juncos de la orilla.

A pesar de sus reticencias, no tuvo más remedio que embarcarse en la desvencijada barcaza; el hombrecillo que la dirigía, los miró con ojos curiosos, antes de estirar la mano abierta.

-Indios. –Escupió Don Natal con despreció. El hombrecillo pareció ignorar el comentario, se guardó las monedas bajo el poncho, y comenzó a perchar con indiferencia. La barcaza comenzó a moverse con lentitud, provocando pequeñas ondas en la superficie del agua, que acababan lamiendo la orilla, oculta detrás de una densa marisma.

-¿Queda mucho? –Quiso saber Krebbs, sin poder disimular la aprensión que sentía por el medio acuático.

-No mucho, padrecito, a la vuelta de la esquina. –Krebbs miró al horizonte, que se adivinaba como una estrecha franja sobre amplios esteros, e isletas cubiertas de quebrachales*.

El Pilcomayo se doblaba hasta el infinito, en un largo meandro que arrojaba una gran llanura aluvial a lo largo de su cauce. De vez en cuando, el indio mascullaba algo entre dientes, abandona la percha, y echaba mano de una vieja carabina. Los disparos provocaban una gran algarabía en la marisma, y bandadas de garzas y patos serruchos levantaban el vuelo, para perderse entre los lapachos.

El mes de Marzo tocaba a su fin, y con él la estación lluviosa; apenas unos chaparrones dispersos rompieron la monotonía del viaje; una lluvia cálida, que no calmaba el calor sofocante del humedal.

Por las noches, el indio se aproximaba a tierra firme –por llamarlo de alguna manera –cavilaba Krebbs mientras buscaba un pedazo de tierra seca en donde recostarse. Después de rebuscar en medio de la frondosa galería que formaba la vegetación, el indio regresaba con un cargamento de retama y retales de quebracho, con los que encendía una buena candela. El crepitar de las llamas sobre los rescoldos apaciguaba el inquieto espíritu de Krebbs, y el aroma del capibara asado despertaba sus ansias por seguir viviendo; entonces aparecía de nuevo ella, sentada junto la lumbre, calentándose los pequeños pies, y con su pálido rostro alumbrado por las volutas incandescentes que formaban remolinos entre su pelo.

*(Quebrachales: Arboledas compuestas fundamentalmente por quebrachos; árboles típicos de la fauna del Gran Chacó, en la frontera entre Argentina y Paraguay.)


Diego Castro Sánchez