Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Pedro Marchán 10 octubre 2011

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Autor de la novela “Donde todo se acaba”. Podréis encontrar ésta y sus futuras obras en su página de autor en Bubok.



Pedro Marchán nació en Reus en 1979 y desde pequeño siempre fue amante de la pintura, el dibujo y la literatura, consiguiendo varios galardones y publicando ilustraciones en revistas infantiles. En el año 2000 fue seleccionado en el Concurso de Cómic Murcia Jóven por su obra “Mundo-Violencia”, la cual formó parte de una exposición nacional que finalizó en el Saló del Cómic de Barcelona. El año siguiente repitió selección y exposición con la obra “Esta vida perdida”.

Con su trabajo “Hosppital central” consiguió una Mención Especial en el Concurso contra las Desigualdades Barcelona 2004 (por una vivienda digna) y colaboró fugazmente en el fanzine Cinco de la Asociación Dogma Cómics de Almería, publicando “El jardín del Edén”.

En 2008 participó con la venta de sus originales en el proyecto “Reinventando lo fantástico” de la página web “Es la hora de las tortas” para recaudar fondos a favor de la Asociación Española de lucha contra el Cáncer y ese mismo año se hizo con una Mención Especial en el II Premio de relatos mínimos Diomedea por su cuento “El ascensor”.

Donde todo se acaba es su primera incursión literaria.



Mis relatos en este blog:

China ha despertado

Estrellas




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Estrellas 18 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores,Últimos post — Pedro Marchán @ 22:04




Dos, tres, cuatro, cinco, seis…

Mi madre se llamaba Sara, tenía treinta y cinco años y le gustaba la astronomía. Amaba la estela de los cometas, ésa que arrastraban a través del espacio y se desvanecía como se desvanece un helado en verano. Quizás por ese motivo se compró el telescopio y se puso a observar las estrellas y los planetas y las constelaciones, sentada en la terraza con aquellas gafas gruesas de pasta, contemplando cada noche el infinito mientras mi padre dormía en el sofá a oscuras y el resplandor de la televisión rebotaba en las paredes.

Por algún motivo que desconozco mi madre parecía buscar en el cielo la luz que mi padre le arrebataba cada día, a eso de las once, después de haber cenado tras una dura jornada de trabajo.

Mi madre buscaba esa luz con el afán con el que un atleta olímpico busca el oro, como si, una vez que la encontrase, pudiera enroscarla en la lámpara del comedor.



Trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho…

Mi padre se llamaba Ramón, tenía treinta y ocho años y le gustaba el bricolaje. Una madera allá, otra aquí, atornillaba y la estantería estaba lista para ser colocada. Su taller era el garaje de casa, con todos aquellos utensilios esparcidos junto al automóvil, colgando de paredes y anaqueles, formando un galimatías de objetos que durante años había estado conservando. Aunque su pasión principal era la frutería de la calle Sagunto que con tanto esfuerzo había levantado gracias en parte a una subvención del Ayuntamiento. Cuando se vestía con el delantal y vendía naranjas y melocotones se olvidaba de su hobby, del roble y la haya, de la pulidora. Pero a cambio, le recompensaban con chascarrillos y habladurías, con gracias y rumores, con divertidas anécdotas. El día a día le hacía sentir feliz, el contacto con la gente le llenaba el alma como un néctar que se volvía imprescindible a cada trago, un néctar que sin duda alguna le iluminaba la vida.

Luego llegaba a su hogar, exhausto y rendido, y aquella luz parecía desaparecer de su interior y le adormilaba en el sofá, mientras su queda esposa miraba estrellas en la terraza y la noche le envolvía en sueños.



Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro…

-¿Vais a venir al concierto? –preguntó mi tía Lucía asomando la cabeza por la ventanilla del automóvil.

Yo miré a mi madre con el entusiasmo con el que un preso saborea la libertad, luego asentí satisfecho y mi prima, que había estado marcando en el mapa el recorrido hasta Tortosa, me guiñó el ojo tras la luna trasera del coche mientras mostraba una carpeta con fotos del cantante.

-Así que compro cuatro, ¿no? –resolvió- Porque Ramón no viene…

-No, Ramón se quedará viendo el partido del Barça, prefiere estar junto a Ronaldinho que junto a su familia –contestó mi madre con una liviana sonrisa.

-Bueno, piensa que el día once te tocará a ti quedarte en casa. He leído que hay una lluvia de meteoros, las Perseidas, que va a ser bastante intensa. Además dicen que es un buen año para observarlas.

-Pero si precisamente lo que yo no quiero es quedarme en casa –sentenció Sara.

Mi madre temía quedarse sola. Como si aquella oscuridad que desprendía el corazón de Ramón pudiera apoderarse de sus sentimientos, de sus miradas, de sus sueños. A menudo ella me susurraba al oído que era feliz y yo sentía en sus vacilantes palabras y, a decir verdad, también en sus heridas, que mentía. ¿A quién quería engañar?

Todos sabíamos que la felicidad en mi casa era como una nebulosa, tan distante que había que imaginársela.

Tan distante que parecía imposible llegar a ella…



Veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta…

Mi madre apareció con un libro de Alejandro Sanz titulado “Por derecho”, una completa biografía que regaló a mi prima convirtiéndola en la mujer más contenta del universo.

-Para que te lo firme cuando vayamos a Tortosa –dijo sin convicción.

Estábamos en el chalet de mi tía Lucía recostados sobre una toalla estampada con estrellas de mar y refugiados bajo la sombrilla, justo después de haber estado nadando en la piscina, cuando trajeron el libro y los bocadillos.

-Déjame ver las fotos y los poemas –le pedí a mi prima, tirando del libro hacia mí.

Pasamos las hojas y observamos las fotografías de aquel jovencísimo cantante. Luego leímos en voz alta algunos versos inéditos que acompañaban el escrito.

-Mamá, ¿Alejandro Sanz es un músico o es un poeta? –preguntó mi inocente prima, queriendo resumir los quehaceres del polifacético artista en una palabra.

-Ambas cosas –contestó Lucía sin dilación- Ese hombre es como un avión, le hace ver el cielo a mucha gente… ¿Qué le dirías si tuvieras la ocasión?

Mi prima se encogió de hombros y se estiró sobre la toalla, escuchando las canciones de su artista preferido en el discman.

-No lo sé –resolvió con esa facilidad que los niños tienen para salirse airosos de cualquier apuro- De verdad que no lo sé.

Decidí enfundarme las sandalias y regresar al interior del chalet, pensando que encontraría a mis padres jugando a cartas o dándole de comer a los perros.

Pero me equivocaba. Mi madre lloraba en un rincón, desconsolada en el recibidor de la estancia con un golpe en la sien, amoratado, que le tiznaba el rostro de un color púrpura, seco, maldito. Corrí hacia ella y me tiré en su regazo, la abracé, y yo también lloré y enseguida me sentí impotente e inútil al mismo tiempo.

“Ojalá existiera un libro que te hiciera tan feliz como a la prima”, le susurré entre sollozos, “para poder regalártelo”. Luego agarré un destornillador que estaba a sus pies, seguramente era el arma con la que Ramón, ése que decía ser mi padre, se había deshecho de Sara, y lo arrojé lejos, con un odio infinito, un odio tan profundo como un pozo.

Por supuesto mi madre no quiso denunciarle porque decía que había aprendido a perdonar.

-¿Qué es el perdón? –pregunté traumatizado por aquella horrenda y triste experiencia.

-Perdonar es darle las gracias a tu verdugo después de que te haya cortado la cabeza –dijo satíricamente.

Eso es lo que ella dijo.

No lo entendí. En mi mente, la imagen de un destornillador golpeando a Sara daba vueltas como si fuera la visión de un calidoscopio.

No un destornillador cualquiera, no, sino uno de ésos con un asterisco en el extremo, un destornillador con la punta de estrella, claro está.



Cuarenta y una, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro…

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Fue el once de agosto, en una noche despejada y de estelas luminosas, cuando la lluvia de estrellas conocida como “Las lágrimas de San Lorenzo” inundaron el horizonte, mostrando hasta tres meteoros por minuto. Mi madre, que agudizaba la vista sobre la mira de gran precisión, vio una de ésas estrellas fugaces y se dispuso a pedir un deseo, pero siempre he pensado que tardó demasiado en hacerlo. Ahora, las partículas que sobrevolaban el espacio se podían contar con los dedos de las manos, una tras otra, como gotas de lluvia:



Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho y cuarenta y nueve.

Cuarenta y nueve. Cuarenta y nueve puñaladas que enterraron el brillo que mi madre tuvo la esperanza https://i1.wp.com/4.bp.blogspot.com/_1kDFK7W7ZVg/SXfHOAqCqEI/AAAAAAAAAKE/J7-d1Lb5Wxk/s400/ojosrojos.jpgde encontrar algún día, sin saber que ella, como la mayoría de mujeres, estaba dotada de luz propia. Resulta que Ramón ya no era él, sino un maniquí poseído que aguantaba un cuchillo ensangrentado y se echaba las manos a la cabeza, como maldiciéndose. Ramón era el silencio personificado de una realidad miserable.

Dicen que la ironía forma parte de las desgracias. Dicen que San Lorenzo lloró más lágrimas que nunca aquella fatídica velada de agosto, dicen que curiosamente era un mártir, dicen que en su tumba rezaba una reveladora inscripción: “Sólo la fe de Lorenzo pudo vencer los golpes, los verdugos, las llamas, los tormentos y las cadenas”, y también dicen que era el patrón de los cocineros.

En cualquier caso, mi madre estaba muerta y esas ironías no iban a devolverle la vida.

Horas después, en el chalet, mi prima y mi tía, sentadas frente al televisor, escuchaban las noticias y se hacían eco del asesinato de una madre de familia.

-¿Ya va otra? –preguntó Lucía, obviando quién era la víctima, con gran naturalidad.

-Sí, ya va otra –respondió cruelmente una niña de diez años, acostumbrada injustamente a la barbarie humana.

Luego, los convincentes clientes de una frutería de la calle Sagunto aseguraban con perplejidad que el dueño era una persona bondadosa y encantadora, incapaz de engendrar el mal. Mi prima sintonizó otro canal, estaban hartas de contemplar guerras, hambre, miseria y pobreza. Desde luego, era bastante curioso cambiar los avatares del mundo con sólo apretar un botón llamado “Program”, pensó.

Angulo centró para que Mista rematara limpiamente a gol. Lucía imaginó que Ramón estaría frente al televisor, empinando la cerveza, disfrutando de la dosis semanal de fútbol.

Eran partidos de pretemporada. La liga de las Estrellas pronto engalanaría la galaxia.

-La vida sigue –me repetían mis familiares, tristes como cipreses, quizás para recordarme que no era yo el muerto. Quizás también por ese motivo viajé hasta Tortosa una semana después, un día de intensa lluvia, pensando en que la vida consistía precisamente en vivir. Pero a cada paso que daba veía a mi madre en una esquina, en una ventana, entre el gentío. Y todo me recordaba a ella.

Incluso un trozo de papel doblado en mi bolsillo, su fútil entrada del concierto, era como tenerla de nuevo a mi lado.

A pesar de mis ánimos, tuvimos suerte. El Hotel Corona estaba repleto de técnicos, operadores y empleados del staff de la gira. Mi prima, siguiendo los consejos de los simpáticos trabajadores, se personó a las siete en punto de la tarde, junto a Lucía, en la puerta trasera del Estadio Municipal donde tendría lugar el evento, momento en que llegaba un autobús gris como la plata, de escasa discreción y cristales tintados. No supo qué hacer cuando Alejandro Sanz apareció saludando al aire y se acercó generosamente a la valla metálica, mostrando su canosa perilla, vestido con un abrigo negro, gafas oscuras y una gorra en la que rezaba la frase: “Beachwear”.

A mi prima le temblaron las piernas y las manos y los dedos y los labios. Entonces, cuando ya estaba tan cerca que pudo tocarlo, y sólo entonces, con el alma encogida en un libro y la deidad resplandeciente sonriendo frente a ella, pronunció cuatro torpes palabras:

“Tú… eres mi estrella”, le dijo espontáneamente mientras se echaba a llorar.

Pero… ¿Qué eran las estrellas? La fascinación que mi madre sentía por ellas me empujó a estudiar astronomía para descubrir después que la ciencia no tenía nada que ver con la magia que desprendían. Era una energía repleta de esperanza, una estepa de humanidad por conquistar que pululaba en el interior de todas ellas como motas de polvo. Las estrellas nos recuerdan que hay una luz inquebrantable que no se puede extinguir, la luz de la libertad, cuyo fulgor se renueva con cada sonrisa, con cada abrazo, con cada beso. Las verdaderas estrellas son víctimas que se van sumando en el oscuro tapiz de la violencia, un universo tan apagado como las indolentes excusas que lo perpetran.

Y allí, en la expansión de la nada, en el lado más salvaje del alma humana, perdió Ramón su cordura, su palabra, su corazón y su familia.

A decir verdad, perdió tantas cosas que terminó por perderse a sí mismo.

Durante el espectáculo, advirtiendo mi desolación, Lucía intentó convencerme de que en el espacio, sobre nuestras cabezas, había otro cuerpo celeste que era eterno y brillaba con más intensidad que sus hermanos: se llamaba Sara, tenía treinta y cinco años y le gustaba la astronomía.

-Está allí arriba –dijo señalando al cielo.

No es lo mismo ser que estar… –recitaba Alejandro Sanz, en ese mismo instante, sobre el escenario…

Pedro Marchán

 

China ha despertado 3 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores,Últimos post — Pedro Marchán @ 23:11

CHINA HA DESPERTADO

-¿La has visto? ¿La has visto, Darko?

Las manos le temblaban. Estaba cansada y necesitaba reposo. El médico cogió al retoño en brazos. Un médico atento, como un árbitro. Ella me dijo que fue él quien acertó a resolver la controversia del aborto. Claro que el problema no era suyo, el problema era nuestro. El matasanos se limitó a expresar su criterio, eso es lo que hizo. Ahora el problema era grácil, pesaba tres kilos doscientos y se llamaba Naomi.

-Está llorando.

-Es lo que hacemos todos al nacer.

-¿Tú lloraste?

-Todos lo hicimos.

Luego el doctor cerró las cortinas y envolvió al bebé en una toalla. Los instrumentos quirúrgicos pendían de una vara colgada en la pared. Afortunadamente, los neones verdes disimulaban la estancia sin decoro, carente de higiene. Ella, recostada sobre la camilla, buscaba a su hija con la mirada. Había escuchado todos esos rumores de las adopciones y la venta de órganos infantiles. Estaba preocupada. No se fiaba de estos lugares ni de los asiáticos.

-Hemos tenido suerte, ¿verdad?

-No lo creo.

-¿Por qué lo dice?

-Ha sido niña.

Abandoné el almacén con la criatura recién nacida entre mis manos. Enseguida subí a un taxi y el coche arrancó.

-Al Sheraton Hotel de Tianjin, en el camino de Zi Jin Shan.

Cuando el automóvil hubo desaparecido, las patrullas de control de natalidad se personaron en la zona con sus insignias y sus fusiles.

No tuvieron piedad.

Después de disparar, mi mujer y el doctor eran como la agobiante visión de un calidoscopio, una horrenda obra de arte.

En el hotel, que era nuestra casa, teníamos un televisor y me di perfecta cuenta de que el locutor del noticiario hablaba de un gran edificio y de un quirófano y de partos ilegales, y alrededor del presentador había un vaso de agua e informes, y detrás, una imagen.

Mi inerte esposa se tocaba el vientre con anhelo.

Cuando llegó Hu Zeming al poder instauró la ley del aborto. Por supuesto todos los emigrantes nos manifestamos en la plaza de Tian’An Men, en Pekín. Se nos había prohibido tener hijos. No cualquier hijo, ni mucho menos, los chicos eran aptos para los centros industriales. La ley preveía el aborto obligado de un feto de sexo femenino. Decía el jefe de Estado en sus discursos que la superpoblación iba a ser controlada pero no iba a estancarse en la china oriental. No sé si está bien eso del monopolio de la descendencia, pero supongo que a pesar de vivir en el país más multirracial del planeta una vida extranjera era considerada una mercancía más. Al parecer, perder una vida en estas tierras era tan irrelevante como contar estrellas en el firmamento. Dijera lo que dijera el secretario general del Partido, ahora mi hija me miraba con unos ojos azules, transparentes como el celofán, y sonreía…

Por cierto, siempre quise viajar al Tibet pero nunca lo había hecho. Cuando planeábamos las vacaciones quería volar hasta el Himalaya y conocer a los gurkha, pero nunca disponíamos de dinero suficiente.

Tras unas semanas de reflexiones, organicé una mochila con varios enseres del hotel. Mi mujer había muerto y yo escapaba con mi hija hacia el Nepal, una tierra sin leyes poblada por agricultores analfabetos. Allí sobreviviría. O eso creía.

No era una situación muy nohttps://i2.wp.com/farm4.static.flickr.com/3136/2733260304_e28c82c395.jpgrmal pero nunca pretendí que lo fuera. Tenía que atravesar la Meca del capitalismo mundial para encontrar en el pueblo sherpa el futuro más apropiado para Naomi.

Después de comer algo de teppan en el restaurante, salí del Sheraton y caminé hacia la estación de autobuses. Anochecía y el diamante del golfo de Bohai dejó de brillar.

Tianjin mientras tanto era la ciudad más irónica.

Miles de personas mendigaban hambrientas por sus calles y un holograma de Giorgio Armani invitaba a comprar corbatas de seda sobre sus cabezas.

UNO

Cuando me marché de Croacia, Europa ya era una caricatura de sí misma. El desarrollo, el trabajo y el crecimiento económico se centraban en Asia y, a decir verdad, hasta allí se desplazaban futbolistas, empresarios, cantantes, delincuentes y prostitutas. China estaba tan aislada de la escena internacional que quiso aprender a caminar por sí sola y así, Zeming había aprobado, con orgullo seguramente, la construcción de ciudades flotantes que albergasen la expansión de los habitantes del curtido país.

https://i0.wp.com/www.plataformaurbana.cl/copp/albums/userpics/10017/normal_ciudaddelaseda01.jpg

-La prioridad a corto plazo es la ocupación inmediata del mar. Las Ciudades-Nenúfar se alzarán en los próximos años para asegurar la continuidad de nuestra población –dijo Zeming alzando la voz en la cúpula- ¡Nuestra cultura milenaria se abre al futuro!

Eso es lo que dijo, en la cúpula, alzando la voz.

Mi mujer estaba ilusionada pero yo sabía que las ilusiones eran sólo eso. Un engaño. Cuando quise darme cuenta ella estaba preñada en Shanghai y yo colgando de una cuerda a dos mil metros de altura sobre un gigantesco mural de titanio, recostado en mitad del océano, peleando por unos cuantos yuans que nos diesen de comer.

El cielo no era un buen lugar para arrepentirse.

DOS

Llevaba una camisola y un peto infantil. Naomi descansaba entre mantas en el interior de una bolsa de deporte, realmente no encontré ningún escondite mejor para ocultarla. El autocar atravesó un polígono industrial en Tanggu, junto al río Hai He. Era un vasto complejo de centrales nucleares y fábricas químicas con toda esa gente que hacía horas extras: mongoles, hans, turcos, españoles, rumanos, hindús… Ellos miraron el autobús como si la respuesta a todas sus preguntas viajase en él, yo les miré a través de la ventana como si pudiera comprender la desolación de sus ojos. Por supuesto Naomi miraba al techo mientras balbuceaba y reía.

En China, cuando las cosas iban mal, la ignorancia era la mayor de las virtudes.

TRES

Eran las once de la noche. El conductor estaba delante, con un micrófono en sus manos. Detrás los pasajeros, con los ojos desorbitados y apoyados en el cristal como orangutanes de un zoo. La impresión era maravillosa. Nadie volvía a ser el mismo después de visitar Pekín. La megaciudad de los zeppelines, los trenes magnéticos, los rascacielos multicolor, el tráfico colapsado, las guarderías bioclimáticas. La metrópolis era como un anuncio publicitario con vida propia. Quiero decir que uno tenía que mirar al suelo y ver que no estaba pisando un camino de baldosas amarillas para salir del asombro.

Naomi mientras tanto dormía en la bolsa de deporte. Inocente y exótica como una edelweiss. Era feliz porque no era consciente de que entonces ya nos perseguían. Nos habíamos apeado en la avenida de Chang’an, en el centro, desde aquí se divisaba el templo del Cielo, Tantan, y la Ciudad exterior, antaño hogar de emperadores, y más allá los magnificentes rascacielos gigantes que bosquejaban la urbe.

Una urbe de colores, neón, hologramas y pantallas de video.

Caminé entre miles de personas sin rumbo, vacíos como sombras. Miraba a un lado y otro sin parpadear. Los automóviles eran flashes de luz, estelas iridiscentes que atravesaban la carretera de punta a punta. Los puentes colgantes se habían multiplicado a diferentes niveles. Dibujos animados me asaltaban sobre el intransitable asfalto para invitarme a éste o aquél centro comercial. Robots autómatas limpiaban las calles y vigilaban los parquímetros. Pekín era el escaparate de la modernidad y el consumismo, del futuro. Claro que también era el símbolo de la libertad perdida, del fin de la Madre Naturaleza, el símbolo, a pesar de muchos, de la deshumanización.

Porque no sólo los árboles, sino las plantas, toda la flora había desaparecido.

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Empezó con la contaminación de las fábricas y el efecto invernadero. Por supuesto el efecto invernadero alteró el monzón, y luego la lluvia ácida penetró en el suelo y se filtró en las raíces y lo destruyó todo y sus resultados también se palpaban en los pequineses: quien no era alopécico ya había perdido la totalidad de su pelo. Hasta hace poco, los ciudadanos lucían bigote porque se había convertido en una moda.

En cualquier caso los que decían que la capital era fría e insensible no se equivocaban. Decían que era un negocio rentable que había sustituido al amor. Decían que el carácter humano había naufragado en la mercadotecnia de la robotización, que la sensación de libertad era ilusoria, todo era artificial.

Cuanta verdad.

Por cierto, también decían que los ojos eran el espejo del alma y que quizás, por esa razón, el alma de los chinos era rasgada y chiquita, como guiones…

CUATRO

-Me llamo Wu Jiang –dijo mostrándome su acreditación.

-Darko. Darko Kalajdjic. Quiero ir hasta el Nepal –me apresuré a responder.

-Vaya, amigo, eso está lejos, muy lejos. China es tan grande que cuando uno se aleja tanto luego ya no regresa.

-China es tan grande que lejos sigue siendo China.

Seguidamente el taxista emprendió la marcha, miró por el retrovisor interior y ojeó con recelo la bolsa de deporte que descansaba en mi regazo. Era un hombre de tez morena, menudo, sencillo, llevaba un abrigo naranja de felpa, una gorra roja y sostenía el volante con una mano. Hablaba diez idiomas, como casi todos los de su profesión. Por supuesto era calvo y lucía su distinguido bigote como el que enseña un tatuaje.

-Mire todos esos turistas, allí, a su derecha, saliendo del metro. No hay que ser chino para darse cuenta de que la Ciudad Prohibida ya no es tan prohibida. Hemos querido relacionarnos tanto con el exterior que hemos regalado nuestras costumbres, nuestro honor y nuestro respeto a los foráneos. Dentro de poco los templos serán una atracción de feria.

No respondí. Sí que observé a los turistas, a los de mi derecha, claro, consultando sus planos y persiguiendo antigüedades como un bibliotecario. Pero también estaba pendiente de los guardias del mercado de la seda, camuflados entre la muchedumbre.

-¿Qué le trae por Pekín?

-El transporte. Me dijeron que desde aquí uno puede viajar a cualquier punto del país sin problemas.

Y así era. Pero yo quería evitar el aeropuerto y los dirigibles. Naomi no tenía registro ni documentación y un coche era más seguro cuando había millones de ellos, casi iguales, repartidos por las concurridas autopistas. Además, entre los pueblos de China no existían las fronteras y yo viajaba allí donde mi hija no necesitase de una identidad para poder crecer.

-Es un bebé lo que lleva ahí dentro, ¿verdad?

La sinceridad y el disimulo se disputaban mis palabras, como una balanza.

-Es algo que puedo explicarle –susurré avergonzado.

Aparté la manta y levanté en volandas a Naomi, que estaba despierta y sollozando. Le hice un par de gracias. Ahora vacilaba con la misma facilidad con la que conseguía dibujarle una sonrisa a cualquiera de su entorno, con ese ridículo y gracioso mechón rubio de su cabeza.

-No tiene que darme explicaciones, amigo, pero le están buscando –aseguró sintonizando la televisión- Dicen que si quiere esconder algo, debe dejarlo a la vista de todos. Es sólo un consejo.

Durante horas estuve conversando con el taxista, contándole cómo era mi mujer, tan romántica y detallista, y el carnaval en que se disfrazó de Campanilla y perdió la varita mágica, supongo que en la discoteca, así como las dificultades para aprender el idioma en clase de la Srta. Gao Bo, el día en que nos asignaron un hotel de protección oficial porque no podíamos pagar ni un alquiler ni una vivienda, las ampollas en los pies cada vez que recorríamos la Gran Muralla y los mareos producidos por el ascensor gravitacional, no en el Sheraton, ni mucho menos, sino en el Tomorrow Square, elevándonos a través de un tubo celeste hasta llegar a los trescientos metros de su azotea piramidal.

Un rato después la consola marcaba los cuatrocientos kilómetros hora cuando todos los controles se anularon como un misil defectuoso.

-¡Mierda! –exclamó- Ha saltado el automático, me han quitado el control. ¡Esto va a pararse, debe huir https://i1.wp.com/advantage-environment.com/wp-content/uploads/2009/03/nanikstudio-skycab-mirrored.jpglo antes posible! –dijo alarmado el taxista, mientras los paneles se apagaban y el automóvil aminoraba sobre las guías por las que circulaba.

El coche se paró por completo y salí corriendo con la bolsa de deporte. Las sirenas susurraban en la lejanía, las motos y las patrullas estaban cada vez más cerca, y los accesos a los peajes fueron sellados inmediatamente. Cada paso que daba y cada respiración y cada mirada atrás por encima del hombro lo hacía por proteger a Naomi, por su derecho a vivir.

Apresuradamente atravesé el arcén y salté al foso de la autopista.

Sin pensármelo dos veces, me introduje en el espeso y frondoso bosque de Lanzhou, una provincia de familias agricultoras que se había inundado tres veces en los últimos años y que limitaba con la vía rápida, corriendo y huyendo como un fugitivo, como una liebre de carreras, con todos esos perros merodeando a su presa. Así me sentía. Como un conejo que no logra salir nunca de su chistera.

Los campesinos de las comunas populares, alertados por el zumbido de las motos y el pulular de los agentes, se asomaron a las ventanas de sus aldeas y, al ver que su producción corría peligro, apuntaron con sus arcos a las flagrantes unidades que sobrevolaban sus campos de cultivo. Hubo un tiempo en que la demanda era escasa, pero ahora el trigo y el arroz transgénicos se exportaban a todo el planeta, un producto mutado que alcanzaba los siete metros de altura y a través del cual intenté camuflarme para no ser encontrado. Luego, las flechas volaron por decenas, como estorninos desamparados.

De cuclillas, sumido entre las gigantescas espigas, aproveché la confusión para activar un robot ganadero que restaba dormido a los pies de los canales de irrigación. Medía cinco metros de altura y era como un simio metálico, de gran rendimiento, con esos brazos hidráulicos que le llegaban al suelo y ese mentón pronunciado. Sin duda alguna era un prototipo arcaico, ni siquiera hablaba, encargado de arar la tierra y hacer las veces de espantapájaros, pero me aventuré a conectarlo y dejar que sus torpes manos taladraran el terreno destruyendo los valorados alimentos, cosa que acabó por enervar a los labradores que echaron mano de sus carcaj y multiplicaron sus lanzamientos hasta que los guardias caían abatidos de sus helicópteros monoplaza como caen los libros de una estantería tras la sacudida de un terremoto.

Entre las montañas de Gaolan y Baita, en Lanzhou, una unidad de la patrulla de Control de la Natalidad se enfrentaba a una familia de destripaterrones mientras un gorila plateado destrozaba los vastos campos de trigo y yo, consciente del poco tiempo del que disponía para despistarlos, con todas mis esperanzas puestas en la salvación de mi hija y aferrado a una mochila de deporte, me dirigí corriendo hacia la montaña de la Pagoda Blanca y en consecuencia hasta la que antaño fue la mayor fuente de vida de las regiones del norte: el río Amarillo.

CINCO

El río Amarillo era el símbolo de la autodestrucción de China. Por supuesto el río Amarillo ya no era amarillo, sino cyan, gracias en parte a los vertidos químicos y la contaminación, al desastre medioambiental, a la falta de conciencia ecológica. En la televisión dijeron una vez que la tecnología era el progreso. Resultaba que la tecnología sin humanidad era un retroceso. ¿Cuándo advertirían los dirigentes del país más poblado del mundo que los sentimientos eran imprescindibles para evolucionar?

Estaba en el puente de hierro, que se llamaba Zhongshan, con un pilar de hierro a mi lado y apoyado sobre una barandilla de hierro. Desde aquí, mirando hacia abajo, contemplaba un espléndido panorama del río y de las curvas de su cauce, de los torrenciales de sus canales y de las balsas de piel de vaca. La mano del agente seguía apuntándome a la cabeza. Sus dedos palpaban el gatillo del fusil, suave como el terciopelo, y a medida que los otros guardias me rodeaban su pulso era más firme y, después, seguro. Habían interceptado mi huída hacía media hora y yo me sentía entumecido, acabado.

-Retírese del borde. Si se entrega su hija no correrá peligro –dijo sin convicción

-¿¡Por qué mataron a mi mujer!? –pregunté sollozando- ¿¡Por qué!?

-Porque si no encontramos a la bastarda, eliminamos a la madre. De esa manera mantenemos el equilibrio entre la natalidad y la mortalidad.

Mis pies acariciaban el abismo, mis puños apretaban con fuerza las asas de la bolsa de deporte. “Perdóname, Naomi” pensé aferrando la bolsa a mi pecho y a mi corazón. El llanto explotó en mi interior.

Di un paso atrás y luego pensé en el consejo del taxista y me lancé al vacío, como un dragón libre y sabio que busca con su vuelo la libertad…

Hay un proverbio chino que afirma que no es la bala lo que nos mata, sino la velocidad a la que ésta se dirige. En mi caso, mientras muchas de ellas me atravesaban por los disparos de los agentes, pensé que eran las balas más endiabladamente rápidas del universo, tan rápidas que entraron y salieron casi al mismo tiempo, tan rápidas que poco tardé en perder el sentido y olvidarme de ellas para siempre.

Muchos dicen que fue en aquel preciso instante, mientras mi cuerpo y la bolsa de deporte se precipitaban hacia el río Amarillo, cuando Zeming quiso ver los problemas de la República cara a cara, cuando advirtió que una vida tenía más poder que cualquier elección porque una vida formaba parte del destino común de un pueblo. Dicen que la presión de las Naciones Unidas y el rechazo de los ciudadanos hacia la pena de muerte, de cualquier tipo, sirvió para cambiar el régimen comunista y la vanagloriada ley del aborto. También dicen que fue entonces, y sólo entonces, cuando China empezó a prosperar como nación…

SEIS

Regresaron al hospital y los ancianos se sentaron en la sala de espera. El médico les dio la bienvenida estrechándoles la mano.

-¿Son ustedes los abuelos, los Sres. Jiang?

-Sí, somos nosotros. Hemos tenido suerte, ¿verdad?

-Ya lo creo. Ha sido niña.

Entraron empujando levemente la puerta de la habitación. Allí estaba Naomi, exhausta, junto a su marido. Los dos señalaron con un movimiento de cejas la cuna como si fuera un gran tesoro punteado en un mapa pirata. Los abuelos observaron a la niña que dormía impasible. El Sr. Jiang se acercó a ella y le acarició la sonrojada mejilla.

Una niña preciosa que le recordaba a la que encontró recostada en el asiento trasero de su taxi, treinta años antes, cuando Darko salió corriendo del coche con una bolsa de deporte vacía.

La recién nacida abrió sus ojos, negros como pozos sin fondo, esperanzadores y exultantes de vida.

-China ha despertado –dijo Naomi, por fin, entre lágrimas.

Pedro Marchán