Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Llamada perdida 29 enero 2010

Filed under: Amigos autores — wiskot @ 15:22



Llamada perdida

Era un móvil de última generación pero más bien parecía un portátil en miniatura.
Por supuesto tenía acceso a Internet, y un montón de aplicaciones diversas que hacían de él una golosina muy apetecible, incluso dejando aparte su color chocolate a la taza, por parte de cualquier entusiasta de esos que están siempre a la última.
Estaba claro que el tipo lo había robado, si lo había sustraído de un establecimiento o de la mochila de un incauto sería lo que decidiera si valía la pena o no comprarlo.
No le gustaba pagar el precio que imponían fabricantes y distribuidores pero tampoco soportaba comprar objetos de segunda mano, usados a medias por otros.
Le preguntó al tipo si le dejaba ver el manual de instrucciones y cuando le tendió dos libretos de papel envueltos junto al cable de conexión al puerto USB, unos auriculares, un pequeño lápiz táctil, una tarjeta de memoria y el cable de alimentación de la batería supo que iba a comprarlo.
Una ganga, menos de la mitad de su precio en tienda.


Ya en casa estiró el plástico hasta romperlo y empezó a curiosear el contenido.
Olió el papel del manual pasando las hojas ante su nariz con rapidez, el aroma a papel impreso nuevo trepó por sus conductos nasales y cuando llegó al cerebro la conocida sensación de felicidad lo inundó.
Estuvo leyendo durante el resto de la mañana haciendo una pequeña pausa para mordisquear un bocadillo. El resto de la tarde lo dedicó a hacer pruebas introduciendo contactos inventados en la agenda, configurando la alarma para que sonara a las ocho y leyendo, con fastidio resignado, el mensaje “Configuración necesaria. Para más info. contacte con su operador o http://www.Zonyerikson.com/support ¿Configurar ahora?”
Apretó la tecla bajo la palabra no y volvió a la pantalla Menú.

Los cuatro dígitos del reloj en pantalla marcaban las 23:11 en blanco sobre fondo negro.
Dejó el móvil encima del sofá de tres plazas y fue a la cocina.
Después de aliñarse una ensalada de queso fresco con tomates cherry y servirse un trago de vino blanco en una copa de pie largo se dispuso a cenar en la mesa de la cocina mirando la oscuridad cuadrada asomada a la ventana.
Dejó los platos fregados en el escurridor y se metió en la cama con el móvil.
Buscó los juegos y pasó media hora haciendo girar y saltar a la figura del juego de snowboard por la pista.
Luego se fijó en que la única fuente de luz en su habitación provenía del móvil y decidió fotografiar esa semi-oscuridad.
Buscó la cámara y enfocó; el móvil, situado entre su cara y la negrura, le mostró una pantalla llena de diminutos puntos grises que zigzagueaban veloces en su interior, apretó la tecla correspondiente y los puntos quedaron inmóviles.
-Bien, muy bien- susurró-. Ahora de perfil.-Otra foto.- Las manos en el pelo y dále a la cámara tu mirada más sensual.-Otra foto.- Lo haces muy bien, nena. Sigue así.-Otra foto.

Al cabo de un rato de divertirse con la cámara empezaron a pesarle los párpados.
Bloqueó el móvil antes de ponerlo en la mesita de noche y se dispuso a descansar.


El móvil permaneció en esa mesita durante dos días con sus noches mientras él intentaba adelantar en un trabajo que le habían endosado en la empresa.
El segundo día la pantalla se iluminó durante unos segundos a las 17:28 y otra vez a las 19:42 pero él tenía toda su atención puesta en el trabajo.
Tras eso llegó el fin de semana.
El sábado se le escurrió en un club de carretera, regado de cava y acariciado por unas manos tan expertas como públicas.
El domingo lo empujó en una discoteca con la ayuda de una veinteañera para encontrar a la madrugada en el coche de ella aparcado junto a la playa.
Experiencias ambas igualmente insatisfactorias aunque por lo menos la segunda no le costó un euro.


De vuelta a casa, ligeramente ebrio a causa de los combinados ingeridos en la disco, se metió desnudo en su cama después de darse una ducha de quince minutos.
Entonces ocurrió.


Permanecía con los ojos abiertos pensando en la veinteañera cuando advirtió que el móvil se iluminaba.
Lo tomó de la mesita y miró la pantalla.
El cilindro que representaba el nivel de carga de batería tenía una pequeña línea roja.
A oscuras sacó el cable de alimentación del cajón superior y lo conectó a la base del móvil en un extremo y a la toma de corriente entre la mesita y la cama en el otro, sin reparar en el pequeño sobre amarillo que esperaba cerrado en la parte superior izquierda.


A eso de las cinco de la mañana del lunes despertó sobresaltado por un tableteo constante.
Cuando consiguió abrir los ojos localizó el origen del ruido y cogió el móvil con una sensación de confusión abriéndose paso en su mente.
Estaba seguro de haber desactivado la vibración.
Entonces vio el sobre.
-¡Joder!
Desbloqueó y entró en Mensajes.
Había dos envíos cuyo destinatario se anunciaba como M.
Abrió el primero.
“Presta mucha atención a lo que voy a explicarte, egocéntrico hijo de puta. Que viniera a visitarte hace unas noches no significa que renuncie a mis derechos de imagen, ¿entiendes?. Tienes cuatro fotos mías que te pertenecen tanto como el móvil conque las hiciste así que mueve ese asqueroso culo de gimnasio pijo y bórralas ya.”
-¡Oh, mierda!
Con dedos temblorosos abrió el segundo.
“Creo que no entiendes que está pasando así que te daré otra oportunidad. Te aconsejo que no la desaproveches o vas a lamentarlo más de lo que alcanza tu imaginación”
Mientras miraba la pantalla tratando de entender lo inexplicable llegó otro mensaje.
Lo abrió.
“Bien. Se acabó el tiempo. Ha sido tu decisión, no la mía.”
Mientras se levantaba de la cama el móvil emitió un chasquido y el cable de alimentación de la batería, aún conectado por ambos extremos, chisporroteó al tiempo que un hormigueo dolorosísimo le recorría el brazo desde la mano hasta el hombro.
Eso lo cogió por sorpresa y trastabilló en la alfombra, que se deslizó bajo su pie derecho mientras caía a plomo con todo el peso de su cuerpo impidiéndole recobrar el equilibrio.
La parte posterior de su cabeza golpeó violentamente la esquina afilada de la mesita de noche y quedó inconsciente tirado en el suelo, el móvil en su mano, chamuscada la pantalla.
Como en sueños oyó una voz que parecía arrastrarse en su conciencia en un murmullo quedo.
“Si que tenías ganas de verme, cabrón”.

Wiskott


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