Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

No deseado 9 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 18:19
Tags:

 

RELATO GANADOR DEL 2º PREMIO EN EL V CERTAMEN DE RELATO CORTO AMFE-MUJER 2006 de Castilleja de la Cuesta. Sevilla

 


LOLA MONTALVO CARCELÉN


 

NO DESEADO


La sala de espera de la consulta estaba llena de mujeres. Sólo había un señor, al fondo, leyendo el periódico. Cati deseó que no se tratara de otro abogado con ganas de pleitos y denuncias. Últimamente habían recibido dos y, reconoció muy a su pesar, esto le había producido una inmensa molestia y le había quitado bastante de la confianza profesional de la que siempre hacía gala. Cruzó la sala lo más rápidamente que le permitieron sus gruesas botas mientras saludaba con un gesto a las mujeres que repetían visita. Cerró la puerta de su consulta tras de sí. El hombre del periódico no se movió ni levantó la vista de su lectura. Bueno, ya afrontaría el problema cuando se le planteara… ¿Para qué adelantarse? Quizá sólo estaba resguardándose del frío y la lluvia que arrasaba la ciudad aquella horrorosa mañana. Paco no había llegado aún. Con un gesto de fastidio recordó que le había dado permiso para que asistiera a un curso que organizaba el Hospital Comarcal. No iba a ser un buen día, seguro que no.

Se dispuso a preparar su consulta para empezar a visitar a sus pacientes. Todo estaba muy limpio. Un agradable olor a jabón y desinfectante le garantizó que el hombre que había contratado para que se ocupara de las labores de limpieza había cumplido con su trabajo la tarde anterior. Un examen riguroso de los suelos, las mesas y demás enseres le confirmaron que todo estaba impoluto. Estaba claro que Emilio, que así se llamaba, no la había engañado cuando le aseguró tres días atrás que sabía limpiar y que le gustaba hacerlo. Además, le había ordenado los libros de la estantería y le había regado todas las macetas. Puso una sábana limpia en la camilla de exploración ginecológica. No le agradaba utilizar esos grandes rollos de papel de celulosa. Consideraba que ese material es excesivamente rígido y áspero a la piel. Además, las sabanillas de algodón se podían lavar miles de veces y no ponían en peligro los bosques. Su espítiru ecologista estuvo absolutamente conforme con su sentido común.

Suspiró profundamente mientras se colocaba la bata blanca. Comprobó que la habían lavado y planchado. Desde luego este hombre no tiene desperdicio, pensó con satisfacción. Pero, ¿cuando lo ha hecho? ¿El fin de semana? Aún asombrada, se sentó en el borde de la mesa de despacho mientras hojeaba las historias de las pacientes que visitaría esa mañana. Paco, el auxiliar de enfermería que, además, llevaba las tareas administrativas, le había pegado unos papelitos amarillos en las carpetas que correspondían a las pacientes nuevas. Había tres papelitos, tres nombres nuevos. Tres caras por conocer. Tres vidas por descubrir. Ellas eran las primeras en su registro de visitas. Esa jornada vería a más de veinte mujeres. Su trabajo en la consulta de Ginecología, Obstetricia y Planificación Familiar, perteneciente a una conocida ONG, lejos de menguar, aumentaba cada día más. Cogió la primera carpeta y se dirigió a la puerta. Al estar ausente Paco, debería encargarse ella de ir llamando a cada una de las mujeres. Bueno, no pasa nada.

– ¿Adoración Castro?-una mujer se puso de pie-. Por favor, entre.

Dori había llegado pronto. Dejó los niños en casa de su hermana y tomó el tren que la llevaría a la ciudad. https://i1.wp.com/newsimg.bbc.co.uk/media/images/45166000/jpg/_45166576_02embarazo.jpgEn el mostrador de atención le indicaron muy amablemente que la doctora se retrasaría un poco. El tráfico, la lluvia, hoy es lunes… ya sabe. Se sentó en la concurrida sala de espera. Estaba muy nerviosa. Una enorme preocupación se le había agarrado en las vísceras desde que había tomado la decisión. Y Arturo no podía enterarse nunca. ¡Nunca! Los ataques de miedo y angustia le aceleraban dolorosamente el corazón. Estuvo a punto de irse varias veces. Se hallaba ya de pie dispuesta a hacerlo cuando vió entrar a una mujer madura. Vestía vaqueros y un gigantesco jersey que le llegaba a la mitad de los muslos. Al verla entrar con decisión en una de las salas supo que se trataba de la doctora. Se sentó otra vez.

Arturo nunca le había tratado mal pero era inmensamente egoísta. No la ayudó jamás con los niños ni con nada de la casa y eso que trabajaban los dos fuera. No la chillaba nunca. No la insultó jamás. Pero la ignoró desde el mismo día de la boda. Una vez a la semana, con absoluta puntualidad, los sábados por la noche, le bajaba la ropa interior y desahogaba en ella todo lo que llevaba acumulado sin preocuparse de si la persona que estaba bajo él sentía o penaba. Una vez que había terminado se giraba en la cama dándole la espalda y se quedaba dormido. Así desde hacía diez años. Y así había tenido cinco hijos y un aborto.

Dori no deseaba tener más hijos. Alguna vez se había atrevido a insinuárselo. Había reunido todo el valor que encontraba en su débil espíritu y se lo había soltado cuando creía que Arturo estaba más tranquilo: tras una buena comida o cuando su equipo de fútbol favorito ganaba. Y lo único que había recibido por respuesta fue una espantosa mirada de desprecio. Era capaz de dejarla paralizada cuando la miraba de esa forma. Y al sábado siguiente durante los diez minutos que duraba el asalto sobre su flaco cuerpo notaba toda la rabia y toda la furia que sus palabras habían provocado en él. A veces, incluso, sangraba varios días a consecuencia de la violencia de sus acometidas. No, nunca le había pegado, ni gritado, ni insultado pero le tenía tanto miedo, su sola presencia le causaba tanto espanto, que la anulaba y la esclavizaba con solo mirarla u ordenarla algo.

Cuando Dori vió que otra vez se le retrasaba el periodo supo que ya no podría soportar otro embarazo. En el último casi pierde la vida por las muchas complicaciones que sufrió. Cuando por fin tuvo a su querido Pepín, Arturo la vigiló estrechamente para que no tomara medicación anticonceptiva ya que la religión de ambos lo prohibía expresamente. Además, el farmacéutico era su hermano y no le dispensaría nada similar. A ella no. Sería inevitable que otra vez la preñara y, efectivamente, así sucedió.

Estaba aterrorizada ante el nuevo embarazo. No sabía que hacer. La angustia le impedía dormir o comer. Su marido la vigilaba estrechamente oliéndose algo. Una mañana, nunca podría recordar si por accidente o si fue que ella, inconscientemente, buscó la ocasión, se cayó rodando por la escalera de la azotea al terminar de tender una colada de ropa blanca. Estuvo inconsciente en el suelo del pasillo más de una hora. El resultado, miles de hematomas, una brecha en la ceja, otra en la barbilla y un legrado de urgencia. Eso fue hace quince días. Al día siguiente de que le dieran el alta llamó a la ONG que le había recomendado una enfermera en el hospital, en los únicos diez minutos que Arturo la había dejado sola para ir a comprar el Marca. Sabía que no debía dar marcha atrás y seguir adelante con su decisión. Cuando despertó de su accidente sólo tenía en mente una cosa. Liberarse. Y eso pasaba, necesariamente, por evitar otra posible preñez. Iría paso a paso. Cada día le echaría un poco más de valor. Otros, sabía que flaquearía. Otros muchos, el terror no la dejaría pensar o moverse. Pero un día se liberaría de su yugo.

Para llegar a esa sala de espera había sufrido mucho. Y, aún ya sentada, había estado a punto de volver a casa dejándose llevar por el temor. Pero la puerta de la consulta se abrió y aquella mujer de los vaqueros y el enorme jersey la llamó por su nombre. Se levantó. Agarró su paraguas, su bolso y su abrigo y con paso lento se dirigió a la puerta que la doctora mantenía abierta mientras la miraba a la cara y la sonreía abiertamente. Entró y la puerta se cerró tras ella. Ya estaba hecho.

Ascen vió cómo la doctora cerraba la puerta tras la demacrada mujer. Ella sería la siguiente. Sabía que tardaría un buen rato en llamarla. Ya se sabe, las consultas de ginecología son así. Mientras tanto decidió ponerse a leer un ratito la novela que Marian, su hermana, le había recomendado. Pero cuando llevaba la mitad de la primera página se dio cuenta de que no se estaba enterando de nada de lo que leía. Las palabras corrían ante sus ojos pero su mente estaba en otro sitio. Intentaba mantener la calma pero estaba muerta de miedo.

Las fiestas de su barrio fueron un estupendo paréntesis en la rutina de sus estudios en la universidad. Le encantaba estudiar pero, la verdad, una alegría al cuerpo de vez en cuando no le sentaba nada mal. Además, le vendría de perlas para poder retomar las clases con energías nuevas. Su amiga Paqui estaba entusiasmada hasta rozar la histeria. Había conocido a un buen mozo que correspondía a sus atenciones y le devolvía las llamadas con solicitud. Quería presentárselo en una de las fiestas privadas que sus amigos celebrarían y, de paso, le llevaría al amigo de su amigo para que no estuviera sola y se divirtiera y… Bueno, ¡tú me entiendes!, Le decía mientras su sonora risa llenaba el cable del teléfono y casi toda la casa. Total, que tenía un plan aceptable para las fiestas. La cosa prometía bien, sobre todo cuando Paqui le había asegurado que el chico en cuestión estaba de muy buen ver.

La noche del sarao fue tal y como se la había imaginado. El joven era tal y como estaba previsto que fuera. Carlos era su nombre. A las pocas horas Paqui y su pareja decidieron buscar un sitio más cómodo para seguir su cálida conversación. Eso no molestó a Ascen en absoluto, más bien al contrario. Su nuevo amigo era muy divertido, agradable y de inteligente conversación, no como los mentecatos que había conocido en los últimos meses. La música era genial. El ambiente electrizaba. Y el alcohol que había ingerido sin parar bajó su cota de alerta a niveles bajo cero. Cuando se quiso dar cuenta, estaban los dos en un coche. En el de Carlos. Su ropa descolocada y sus prisas le hicieron perder el control. Pero, aún seriamente afectada por los vapores etílicos, algo se disparó en su conciencia. Oye, Carlos, tendrás protección, ¿verdad? El otro murmuró, quizá demasiado deprisa, eso lo supo después, que sí, que sí, todo está bajo control. Cuando terminó se dio cuenta que el estupendo muchacho que creía haber encontrado era un impresentable más. No sólo no había usado ningún medio ni nada, si no que, casi en cueros, la dejó en plena calle, a altas horas de la noche, medio ebria y ahumada por la porquería que salía de su tubo de escape. Lo último que vió de él fue las luces de su coche cuando se alejaba a toda velocidad.

No servía de nada lamentarse ni tampoco sentirse ridícula como una mema. Pero, la verdad, era así como se sentía. Cuando por fin llegó a su casa se lavó, se metió en la ducha y se restregó con la esponja hasta casi arrancarse la piel. Aun así, sabía que no serviría de nada. De nada. Y lo peor no era sólo que en quince días no le bajara la regla. Lo peor era que ese…, ese don Juan tuviera alguna infección que se pudiera contagiar por esa vía. ¡Qué boba, pero que lío más gordo, pero qué tonta soy!

A la mañana siguiente evitó mirarse al espejo. Se avergonzaba de su propia sombra y temía con espanto la llamada de su querida Paqui. La jaqueca y la resaca no la ayudaban demasiado. No sabía qué le diría ni cómo se lo explicaría. Justo después de comer sonó su móvil. Era su amiga. Con manos temblorosas apretó el botón verde del aparato y, casi sin tener conciencia de ello y en un trabalenguas inconexo, le relató su penosa experiencia, su vergüenza y su miedo. Las lágrimas de pesar se mezclaban con las de una creciente rabia. Paqui lo solucionó todo en quince minutos. Llamó a su amigo Paco, un auxiliar de enfermería que trabajaba en la consulta de Ginecología de una ONG, y le consiguió una cita de urgencia para el día siguiente, lunes, a primera hora. Ascen, aún se pueden intentar muchas cosas antes de preocuparse. Todo irá bien, ya verás.

La puerta de la consulta se abrió y salió la mujer. Estrujaba unos papeles en su mano. La doctora la apretó con calidez el hombro y ella asintió con decisión. Se giró y se dispuso a salir de la sala de espera. No parecía la misma que había entrado unos momentos antes. La doctora llamó:

– Ascensión Ríos, por favor.- Ascen se levantó y, casi corriendo, se dirigió a la puerta abierta.

https://i1.wp.com/1.bp.blogspot.com/_l8m5z6ZAGHM/STvp25RIGdI/AAAAAAAAAHg/SdUmgP3QGso/s320/embarazo_adolescente_3.jpgElisa vió cómo una joven pelirroja muy alta se ponía rápidamente en pie y trotaba con agilidad hacia la consulta, cuya puerta la doctora mantenía abierta. Ella entraría detrás de la pelirroja. Deseaba que todo pasara rápido. Se tocaba el vientre con movimientos mecánicos. Creía notar que algo caracoleaba en su interior. Quizá era demasiado pronto.

Una semana atrás tomaba el sol en la terraza de su amplio cuarto. Acababa de hacerse el test de gestación que había comprado en una farmacia y el resultado habían sido dos rayitas. No hacía falta ninguna prueba. Lo supo desde el mismo momento en que se le había retrasado la regla, hacía mucho más de un mes. Recostada en una cómoda tumbona acolchada, cerró los ojos mientras contenía las lágrimas que le escocían tras los párpados. Su amiga Charo le había asegurado que la primera vez que lo hacías era imposible quedarse preñada. Según ella, lo había leído en una de las revistas de su madre. Su novio también le aseguró que tenía experiencia en la marcha atrás, método infalible según su concurrido círculo de amigos, ya que a ninguno le había fallado jamás. Los preservativos, aseguró con tonillo de superioridad, tenían el grave peligro de quedarse dentro y hacer necesario acudir a un centro de urgencias. No, insistió, no debía estar preocupada, él sabía lo que hacía y no pasaría nada. Además, si después de todo se lavaba con agua fría a chorro durante diez minutos ningún espermatozoide sería capaz de soportarlo ni sobrevivir. Elisa lo recordaba todo con asco y rabia.

Cuando supo que la cosa era ya un auténtico y enorme problema, navegó por Internet y comprobó que toda la información que habían manejado estaba totalmente equivocada. ¿Por qué no habría hecho eso antes? ¡Todo, todo lo que le habían asegurado como una verdad demostrada, estaba establecido científicamente que se trataba de métodos ineficaces e inútiles para evitar un embarazo! Tenía quince años y toda su vida se había fastidiado para siempre, por crédula e ignorante. ¡Con la de planes que había hecho para su futuro! ¡Ella debía dedicarse a estudiar para su carrera universitaria, no dar biberones, ni cambiar pañales!

Mientras tomaba el sol escuchaba cómo su madre trajinaba de un lado a otro. La mujer asomó la cabeza por el balcón buscándola. Tenía el pelo lleno de rulos y sobre su labio superior una gruesa capa de crema depilatoria. Ella y su padre pasarían el fin de semana fuera y Elisa quedaría al cargo de Nati, la mujer que se ocupaba de la casa y que, se podría decir, había sido siempre casi su segunda madre.

– ¡Elisa, Elisa, ven, anda, que necesito que me ayudes! –asomó otra vez la cabeza por la puerta de la terraza y, haciendo visera con la mano sobre sus bonitos ojos, le dirigió un gesto nervioso. Elisa dejó a un lado la revista que había intentado leer y se levantó. Un ligero mareo amenazó con hacerla caer. Su madre no se dio cuenta de nada ya que se encontraba otra vez trasteando con la maleta.- Búscame en el cajón los gemelos de tu padre, nena. Me acabo de pintar las uñas…

Elisa contuvo a duras penas un suspiro de fastidio. Buscó en uno de los cajones de la cómoda y sacó una cajita de terciopelo verde. Su madre la tomó con la punta de los dedos y la dejó caer en uno de los bolsillos interiores de la maleta.

– Mami, necesito hablar contigo.

– Nena, ahora no puede ser. Tu padre vendrá en una hora y mira cómo estoy todavía.- Miró el reloj situado sobre la mesilla – ¡Pero qué tarde es, anda cielo vete a tomar el sol y no te pongas en medio!

– Mamá – insistió Elisa agobiada – es que me pasa algo muy, muy gordo y necesito hablar contigo.-Su voz se apagó en un susurro. El llanto le cerraba con furia la garganta. Su madre se quedó paralizada. Sujetaba unas zapatillas con dos dedos y una bolsita de felpa con otros dos. Estaba graciosa, pensó Elisa.- Mamá, necesito que me ayudes… –el llanto tanto tiempo contenido reventó con furia. La madre dejó caer las zapatillas y la bolsita y se acercó a la niña. Le cogió la cara con las manos y le apartó el pelo. Elisa notó el olor a limpio que siempre tenía su madre, incluso cuando venía de jugar al tenis o de correr. La miró muy seria, preocupada. El ceño fruncido, la boca apretada. La joven empezó a contarle. Primero con palabras entrecortadas, poco después atropellándose y atragantándose con las lágrimas y la vergüenza. Su madre no la interrumpió. No la soltó ni dejó de mirarla. Cuando terminó, Elisa tenía la mirada fija en el suelo, en las zapatillas caídas. No podía afrontar los ojos que tanto temía y respetaba.

La mujer cogió a la niña de las manos y con ella se dirigió al despacho. Se limpió la cara con la toalla que llevaba al cuello mientras que con la mano libre buscaba un teléfono en la agenda que siempre llevaba en su bolso. Marcó un número. Esperó mientras miraba a su hija a la cara. Varios timbres después alguien contestó. Hablaron durante unos minutos y quedaron en un lugar concreto un día y a una hora. Ese fin de semana su mamá no acompañó a su padre a su compromiso. Estuvo con ella todo el tiempo. Se encargó de llamar primero y de hablar personalmente con la madre de Javi, su novio. Hubo palabras de reproche. Hubo desesperación. Hubo angustia. Pero ambas madres eran conscientes de que los dos jóvenes se encontraban en un serio apuro y había que afrontarlo con responsabilidad y sin ira.

Elisa miraba con ansiedad la puerta de la consulta. Tardaban demasiado. Su madre, sentada a su lado, le enseñó una foto de un conocido de la familia que aparecía en una revista de sociedad, intentando que se relajara. Sabía que la niña estaba aterrada. El hecho de saber que la ginecóloga era la prima de su marido no ayudó demasiado. Las dos familias habían acordado, tras una cena de conciliación la noche anterior, que harían lo que los jóvenes decidieran tras la visita médica. La muchacha estaba de casi tres faltas. Se temía que, en pocos meses, su papel como madre tomaría nuevos derroteros y debería afrontar responsabilidades ya olvidadas. Estaba claro que algo había fallado. Su hija había confiado en amigos que la habían convencido con estupideces y rancias leyendas. Nunca había mantenido con Elisa una conversación sobre métodos anticonceptivos. No creyó que fuera el momento. Era una niña. Cuando tuviera suficiente edad ya se encargaría de informarla. El resultado había dejado de manifiesto su gran error. Y el embarazo de su nena era su culpa y siempre lo sería. Por ello no la había reñido ni había consentido que lo hiciera su marido. No sentía vergüenza por su familia. Sentía pena por el trance que Elisa debía afrontar cuando aún era tan niña. Pero ella la ayudaría hasta el final. La puerta de la consulta se abrió.

Cati apagó las luces de la consulta. Ya había recogido todas las historias de las pacientes y metido el material usado en líquido desinfectante para que Paco lo esterilizara a primera hora. Mariano, su señor de la limpieza, llegaría en breve. Estaba deseando verle para felicitarle por su buen trabajo. La puerta de la consulta estaba entornada y la única luz que había era la de la sala de espera. Cogió su bolso y salió. La sala estaba desierta. Increíble. El hombre del periódico que había visto por la mañana había desaparecido sin dejar rastro. Estaba claro que se preocupaba en exceso y sin motivo alguno. No tenía por qué dudar de lo correcto de su trabajo. Atendía a toda aquella mujer que lo precisara. No traspasaba ningún límite legal y no hacía nada inmoral. Sólo ayudaba. Y aún así ciertos grupos y asociaciones de orden moral se abanderaban como defensores de la vida y de la familia contra ella. ¡Como si Cati no defendiera y respetara a la familia como un orden de valor incalculable!

Estaba muy cansada. Salió de la sala de espera. Saludó a la recepcionista de la sede de la ONG. ¡Hasta mañana! El martes tendría menos pacientes que ver e iría al centro cívico y cultural del barrio. Le pedían una vez al mes que impartiera charlas a jóvenes sobre relaciones sexuales responsables, sobre la prevención de enfermedades de transmisión por esa vía y sobre medios anticonceptivos. Llevaba haciéndolo más de siete años y cada día había más embarazos en adolescentes, más embarazos no deseados y más infecciones graves. ¿Qué es lo que falla, qué? ¡Mi voz es un susurro en el desierto! Los jóvenes siguen haciendo caso de estupideces y cuentos arcaicos, se siguen tirando al vacío sin red y … Suspiró con fastidio. Todos los días sentía el mismo hastío, lo reconocía con pena y tristeza, pero no dejaría de hacer su trabajo mientras creyera que servía de algo. Y de algo serviría, ¿no? Por lo menos las mujeres que salían de su consulta se iban algo aliviadas al ser entendidas y escuchadas. Y algunas aprendían de sus errores.

Cati salió del edificio y, caminando a paso vivo, se perdió entre la gente que abarrotaba la luminosa calle comercial. La multitud la engulló y se tragó sus pensamientos. El hombre del periódico la vió alejarse, tal y como llevaba meses haciendo. Se cerró el abrigo, se subió la bufanda tapándose media cara y se lanzó calle abajo, en dirección opuesta a la de Cati. Mañana, quizá mañana será el día.

Lola Montalvo Carcelén



Safe Creative #0911204912290

Anuncios
 

One Response to “No deseado”


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s