Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Carlos A. Díaz García 10 octubre 2011

Filed under: Participa,Página de autor — catld @ 14:42
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Catld



Damos la bienvenida a nuestro nuevo autor invitado, Carlos A. Díaz García. En su blog, Catld’s Blog, podréis descubrir más sobre él.



Hola, amigos!!!!

Quiero contarles que mi inquietud por escribir nació… digamos que por un problema existencial de esos que creo que alguna vez hemos tenido. Durante esa situación se incrementó o despertó mi deseo de expresar, pues, mi mundo o la manera de ver la vida y sus situaciones. Espero que con esta aventura que decidí realizar pueda ser “útil” o “ayudar”, desde causar un tiempo de entretenimiento, como alguna reflexión o algún sentimiento y/o conocimiento positivo. Eso es lo que espero y deseo yo al leer los relatos en este magnífico blog (Relatos Sorprendentes, de Catalina Gómez).




Mis relatos en este blog:

Saltitos

Terror en la Avenida Constitución

La noche del Fénix

La Canción Secreta

La gran contratación



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La gran contratación 24 enero 2010

Filed under: Participa — catld @ 19:55


El equipo de béisbol de la ciudad se encuentra en los últimos lugares de su grupo, correspondiente a la liga de béisbol del país.

Antes de comenzar la temporada se había creado mucha expectación con respecto a este equipo: la directiva había contratado buenos jugadores extranjeros, había anunciado muchas promociones para el público durante toda la temporada, había hecho algunas importantes mejoras a su estadio. Los medios de comunicación (televisión y prensa) de la ciudad se habían unido a estas expectativas promocionándolas, haciendo todo tipo de reportajes aludidas al equipo: haciendo entrevistas a todos los jugadores, sobre todo a los más importantes; haciendo reportajes desde el estadio para mostrarle al público las mejoras que se habían realizado; mostrando en sus programas episodios pasados históricos de jugadores realizando grandes jugadas, para que las recordara el público y los motivara a asistir al estadio para apoyar al equipo.

Ante todo eso, la gente reaccionó de inmediato y asistió al estadio con mucha ilusión y dispuestos a poner de su parte, con su apoyo, para que su equipo fuera el mejor de la liga, logrando lo más ambicionado por todos: el campeonato.

El primer juego de su equipo en la temporada en su estadio fue espectacular: el público asistió ilusionado y animoso atiborrando todas las localidades del estadio; el campo de juego lucía impecable, iluminado por las luces del estadio, que habían sido remplazadas por otras más modernas y eficientes; se realizaron todas las ceremonias protocolarias correspondientes con una programación, colorido y eficiencia extraordinarios; se arrojaron al despejado y oscuro cielo fuegos pirotécnicos espectaculares, pintándolo casi por completo con luces de todos colores, convirtiéndose todo ese instante en una auténtica postal que apareció en los diarios al día siguiente. Pudo haber sido una noche perfecta, pero el equipo local perdió por cinco carreras de diferencia.

Al principio pensaron que todo sería cuestión de tiempo, esperando a que los nuevos jugadores se adaptaran al equipo y a la ciudad. Sin embargo no fue así: se lesionaron algunos jugadores importantes y los que los suplieron no daban los resultados esperados; entre otras cosas, que por ahí se comentaron y que daban oportunidad a toda clase de rumores malos que pudieron afectar en el accionar del equipo.

Ante esto, la directiva tomó decisiones importantes y contundentes: despidió al manager trayendo a otro; despidiendo jugadores trayendo a otros de iguales cualidades, pero con mayor experiencia, y otras contrataciones de algunas áreas de esta institución.

Sin embargo el equipo seguía igual. Parecía el fracaso perfecto para toda la institución; pero, de entre todas las contrataciones, hubo una que empezó a dar resultado. El equipo seguía igual, perdiendo, pero el público, que dejó de asistir al estadio debido a los malos resultados, poco a poco fue volviendo sólo para verlo a “él”. Los medios de comunicación enfocaban su atención en este personaje: entrevistándolo, haciéndole reportajes y programas, mostrándolo en revistas… ¡Volvía la ilusión y la alegría al estadio!

Hoy es el último juego del equipo en su estadio; los jugadores van llegando al mismo. La gente se aglomera desde temprano. El tráfico en los alrededores del estadio es caótico, es impresionante la cantidad de elementos de tránsito controlando ese caos.

−¡Creo que ahora sí se va llenar el estadio!− expresaba emocionado una persona que se encontraba formada en las inmediaciones de una kilométrica fila que tenía como punto de inicio una de las entradas del estadio.

Llegó la hora. Los jugadores se encuentran pávidos ante aquel impresionante escenario colorido y repleto de gente. En las casetas de ambos equipos se escuchan todo tipo de comentarios y expresiones aludidas a ese “fenómeno social.”

El equipo local salta a la cancha. En el interior del vestidor local alguien comenta nervioso:

−¿Estamos todos?… No vino Chuy, ¿verdad?… Ya me lo temía… ¡Güero, tú lo vas a suplir!

−¿Yo! ¡No, yo no! ¡Se me hace que la voy a regar gacho!.

−Anda, anda, que no va pasar nada, que al cabo ya sé que te mueres por suplirlo… Bueno, ya prepárense y salgan al campo.

Se queda un momento solo, comienza a sudar y sus manos a temblar un poco, respira por unos segundos profundamente al momento que se decía: “Esto es lo que querías, ¿no?; pues ahora no hay vuelta atrás”. Se incorpora y camina por el pasillo rumbo al campo de juego. Mientras lo hace, las miradas de sus compañeros jugadores muestran sonrisas de alegría y, una que otra, de envidia; se oye que retumba en el pasillo el eco de la voz de la multitud que aclama su presencia gritando su nombre. Al final del pasillo, ya para salir al campo de juego, toma su última y profunda bocanada de aire al momento que se pone la cabeza de la botarga, representando así a la mascota del equipo.

Carlos A. Díaz García


 

La Canción Secreta

Filed under: Participa — catld @ 19:52



Me encontraba encerrado en mi recámara viendo en un televisor un documental muy interesante. Una música a todo volumen interrumpió mi concentración, provocándome un sentimiento mezclado de ira y desilusión. Sabía quien era la persona que lo había creado, y que la estaba disfrutando intensamente. Apagué el televisor, me recosté en la cama, y poniéndome mi antebrazo izquierdo sobre mis ojos, me dispuse a invocar con desesperación algún remanente de sueño que no había aprovechado durante la noche anterior. Lo único que logré fue aguzar mi atención en esa música que emanaba del estéreo ubicado en el recibidor de la casa. Estaba sintonizado en un popular programa de radio, en el que anunciaban dos títulos de canciones antes de reproducirlas. No alcancé a oír el título de la primera, pero sí el de la segunda, que me hizo esbozar una sonrisa por lo que a continuación sucedería… Una exclamación gloriosa sobresalió de aquel “antro” en que se había transformado la casa. Durante unos breves comerciales se abrió la puerta de mi recámara, al tiempo que una voz dulce me hizo reaccionar: “Buelo, me das para comprar unas papitas”. Sin descomponer mi figura metí la mano a uno de mis bolsillos, y saqué un manojo de monedas; escogí una de diez pesos, la cual me arrebató sin completar la extensión de mi brazo. −A ver si llego antes de que toquen mi canción favorita, dijo desesperada mi nieta antes de cerrar la puerta.

Comenzó a reproducirse la primera canción. Mi instinto me hizo ponerle total atención. Un ritmo lento tropical comenzó a armonizar mis sentidos; la incursión de una voz femenina hizo que mi rostro reflejara un gesto reconfortante; a la quinta frase, hizo que palmoteara despacito la cama. De pronto, el ritmo cambió drásticamente volviéndose más aprisa; la voz de la mujer, así como la letra, tomaron un ritmo divinamente contrastante, al volverse muy dramática. Un ruido de monedas que se impactaron contra el piso, me hizo volver en mí. Aparecía sentado en el borde de la cama. Sin haber recogido todas las monedas traté de dirigir mi atención nuevamente hacia aquella fascinante canción, pero ya había terminado. Y justo cuando comenzaba a escucharse la segunda canción, la puerta de la entrada se abrió intempestivamente, entrando mi nieta desenfrenada: lanzando la bolsa de papitas sin ver a donde, desprendiéndose de sus sandalias para disponerse a bailar cómodamente su canción favorita que reproducen ene veces durante el día. Traté de preguntarle acerca de la primera canción, pero me desanimó hacerlo: la niña estaba en total trance musical. Me dispuse a esperar a que terminara su glorioso momento, admirándola. Al sentir que la miraba no se cohibió ni mucho menos, todo lo contrario: comenzó a imitar movimientos sensuales, que su inocente y temprana conciencia creyó que serían “inocentemente” bien vistas por las demás personas. Y a la voz de “¡qué movimientos son esos, niña!” logré que la conciencia inocente de mi nieta concluyera con éxito su primera clase de sexualidad que le impartió su abuelo.

Terminando la canción, me dispuse de inmediato a preguntarle sobre la primera canción reproducida:

¿Hija, no te acuerdas el nombre de la primera canción?

No Buelo, no me acuerdo respondió exhausta y dejándose caer en un sillón, apachurrando la bolsa de papitas que había lanzado anteriormente.

¿Pero no sabes ni quién la toca, o la canta, ni nada? insistí alterado, manoteando.

No, no sé… A ver, ¿Cómo va? A ver, ¡Cántela! volvió a responder con una sonrisa burlesca.

Manifestando vergüenza, pregunté lo mismo más tranquilamente, tratando de convencerla de aguzar su memoria hasta el límite para provocar que desistiera de sus alentadores deseos.

Manipulando su actitud, con intención malévola, expresó sus insistentes deseos con suma dulzura, doblegándome por completo, emprendiendo a exhibir mis humildes dotes de cantante. Sin embargo, ante la emoción escénica que me invadía, no podía reproducir la canción. Comencé a tararear, provocando a mi ávida espectadora una expresión desconcertante… Pero, a los seis segundos, reviví la canción en mí. Fue tanto mi fervor que me atreví a bailar: coreografiando algunos pasos que lenta y torpemente realizaba y que fue lo suficiente para lograr la invitación involuntaria de mi espectadora para que pasara al imaginativo escenario a acompañarme a bailar… Detuve abruptamente el espectáculo. ¿Entonces ya te acordaste de la canción? pregunté emocionado a aquella “pinga”.

−No, ¡pero esta bien chida, Buelo! −contestó sorprendida− Pero no se preocupe, que al rato la vuelven a pasar. La van a repetir cada rato. Va ver.

Me dio un poco de consuelo su comentario, y decidimos esperar, escuchando todo el día la radio, sintonizando todos los programas existentes

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Paso el tiempo y la canción no la volvimos a escuchar en ninguna otra parte. Nunca volvimos hablar al respecto. Nuestras memorias habían guardado esa canción en el baúl de los secretos.

Carlos A. Díaz García


 

Terror en la avenida Constitución 11 enero 2010

Filed under: Participa — catld @ 20:03



“Los Tapados” −así los llamaban los ciudadanos, porque todos los integrantes de ese grupo tenían sus rostros cubiertos por todo tipo de prendas para ello: paliacates, pasamontañas, mascaras de cualquier tipo, gafas oscuras exageradamente grandes, etcétera− habían obstruido la principal arteria vial de la ciudad: la Avenida Constitución. Jovencitas, casi niñas, con bebes en brazos; señoras con cartelones que aludían a la no intromisión del Ejercito Mexicano a sus colonias; jóvenes con aspecto pandillero cometían crímenes a los ciudadanos automovilistas y peatones: robándoles sus pertenencias de forma agresiva, dañando los vehículos y golpeando de manera atroz a las personas quienes se atrevían a impugnarles sus fechorías o hacerles un comentario negativo a lo que aludían los cartelones que portaban. Esta era su forma de protestar ante el abuso de la autoridad en los operativos de investigación que realizaban en sus colonias, así lo decían ellos a los medios de comunicación que en todo momento seguían esta problemática situación.

El grupo antimotines, así como otros grupos de las demás dependencias policíacas de la ciudad hicieron acto de presencia, volviendo toda la atención de ese grupo delictivo hacia ellos. Patadas, insultos y toda clase de objetos golpeaban los escudos de este grupo policíaco. Éstos aguantaron por unos minutos los salvajes embates de los criminales, para después decidirse a marchar hacia ellos golpeando sus macanas contra sus escudos, provocando un ruido atemorizante para todos los presentes, logrando que fueran retrocediendo poco a poco esos delincuentes, hasta disponerse a huir recelosos bajando hacia el lecho de aquel grande y emblemático Río que separa en dos esa ciudad capital del Estado, en el que sólo una cuarta parte de su gran ancho lecho fluye agua, el espacio restante fluyen todo tipo de obras: deportivas, establecimientos de comercios y pavimentos de concreto que forman las bases para espectáculos errantes. Después de unos minutos la policía tomó control total de la situación: arrestó a algunas personas, mantuvo un cerco de guardia por algunos minutos en la lateral de esta importante avenida que se encuentra en la ribera de ese gran Río y que recorre por varios kilómetros. La calma comenzó a aparecer. La policía se disponía a abrir nuevamente la avenida cuando, de pronto, en un instante incuantificable de tiempo, todos fuimos victimas por la más horrible de las inmovilizaciones: la parálisis del terror. Lo que la provocó fue un largo y ensordecedor grito de una mujer… Saliendo de esa parálisis traté de aguzar todos los sentidos nuevamente, aguzándose primero el del oído, escuchando una marcha veloz, que instintivamente mi sentido de la vista enfocó hacia la dirección de donde provenía: eran “Los Tapados” que venían corriendo hacia la policía, hacia todos nosotros nuevamente, pero esta vez sus rostros no reflejaban ira; reflejaban terror. −¡Auxilio! ¡Corran! ¡Ayúdenme!− gritos alarmantes y desgarradores despedían de sus bocas. Me paralicé de nuevo ante lo que vi. Pero antes de caer victima de este síntoma alcancé a recostarme en el auto, abarcando los asientos para el conductor y acompañante, cayendo mi cabeza y quedando apoyada en el descansa brazos de la puerta de este último, quedando mi vista restringida hacia la ventana de la puerta del conductor. Creí que todos mis sentidos habían percibido lo más desgarrador que pueden aguantar, pero no fue así. Se escuchó un rugido, que pareciera haberlo realizado un monstruo del infierno, y que hizo que aumentaran hasta el límite toda la clase de ruidos que atestaban ese atroz ambiente: ¡Éste fue el principio de lo que percibirían mis demás sentidos hasta el límite!… El rugido de aquel monstruo se hacía más estruendoso al mismo tiempo que lo modulaba de diferentes maneras. Vi velozmente que pasó la silueta de una parte de aquella bestia por la única pantalla que mi visión temblorosa tenía acceso. Oí después el más desgarrador grito de lamento; luego siguió el espeluznante sonido de carne y huesos fragmentándose. Comencé a sollozar, al momento que mi instinto espiritual me hacía decidirme a rezar, cerrando por unos momentos los ojos. Al abrirlos me quedé petrificado todo ante la imagen delante de mí: El rostro de la bestia me miraba fijamente por la ventana. El silencio de la muerte hacía su presencia; era el preludio de ser descuartizado. Un corte de cartucho de un arma irrumpió esa afonía, emitiendo la bestia su ensordecedor rugido de furia y yo el agónico grito de terror…

Un ruido motorizante hizo poco a poco despertar mi conciencia. Mi vista borrosamente comenzó a enfocar una escena. Al sintonizarla completamente, mis sentimientos ya no podían reaccionar ante aquel espeluznante panorama. Desde una perspectiva aérea, decenas de cuerpos humanos (algunos incompletos) bañados en sangre yacían en una cantidad enorme de metros cuadrados de esa importante avenida. Al desplazarse mi perspectiva, apareció, en el lecho de aquel Río, un afamado Circo Internacional, mostrándose a las afueras de éste las jaulas abiertas y desoladas donde alguna vez se encontraban las bestias carnívoras.

Carlos A. Díaz García


 

La noche del Fénix

Filed under: Participa — catld @ 19:58



La Noche es majestuosa. Una Luna llena reluciente, que es obstruida por nubes viajeras que deambulan con pereza, permanece paciente sabiendo que en un momento preciso será la testigo más importante.

Dos sombras irreconocibles se proyectan en un piso de concreto, y que poco a poco comienzan a revelarse por el viento que las manipula. En una de ellas parece distinguirse un cabello exuberante, así como un pedazo de tela que sobresale de una silueta divinamente femenina; la otra, parece una masa viviente que se deforma a cada palpitar, exhibiendo horribles ramificaciones. Las dos sombras se funden en una, al unirse dos de sus segmentos que, por la armonía del movimiento, parecen ser propias de dos pares de brazos.

El viento se vuelve suave y se arremolina entre la sombra unificada, como susurrándoles.

−Ahora la noche es completamente hermosa, al verte aquí. Mira, hasta la Luna se asoma por entre las nubes, celoso de mí.

¡Te pido, por nuestro amor, que no lo hagas! ¡Te lo suplico! ¡Es una locura lo que vas hacer! ¡No quiero perderte!

¡Locura sería si no lo hiciera; perdiendo tu amor para siempre!replica tristemente, casi susurrando, la sombra de masa viviente que súbitamente se desune de ella, alejándose unos metros. De pronto emerge una cabeza humana de ésta, al momento que una ramificación monstruosa sobresale, quedando varios metros por encima de la cabeza, activando un inimaginado espectáculo. Emisiones incuantificables de luces, que provienen de cualquier tamaño de reflectores situados en lugares impensados, son dirigidas hacia el cielo nocturno, hacia toda la ciudad, hasta los lugares más recónditos.

Avionetas y helicópteros comienzan a surcar la noche. Una de estas naves se dirige directamente hacia donde se encuentran las sombras, provocando la intempestiva huida de la masa viviente. Después de unos segundos un helicóptero destruye la sombra femenina con sus reflectores, revelando un instante vivo de una hermosura divina golpeada por un profundo dolor. Un ruido latigante proveniente de un cable de acero, que se desliza desde la base del helicóptero, persigue desesperadamente a la masa viviente que se encuentra a escasos metros de un borde radiante. La cabeza humana se transforma en la de un ave… Se detiene abruptamente al llegar, descubriéndose su identidad: Una exuberante ave de inmaculada blancura esta rendida en el edificio más alto de la ciudad.

Gritos y exclamaciones ensordecedores la aturden por unos segundos, al tiempo que ajusta las pupilas de sus enormes ojos, reflejando el increíble panorama que yace en el fondo: Una explanada gigantesca, que junto con las avenidas adyacentes, se encuentran atiborradas de personas; entre la distancia que separa el público del monumental edificio se encuentra habilitado un colosal espacio de donde emana un fuego infernal de decenas de metros de diámetro, cuyas llamas se alzan una terrible cantidad de pisos. La exuberante ave se balancea hacia delante cayendo en total picada hacia su destino. Los gritos y exclamaciones aumentan hasta su límite. En rápidos lapsos de tiempo despliega completamente sus enormes y surrealistas alas… El público pávido atestigua que se fundió en el fuego… Pero después de unos segundos, sale de allí una bestia alada envuelta en llamas y emitiendo graznidos estridentes y exasperados que colisionan contra las construcciones cercanas, creando ecos espeluznantes que se distribuyen por todos los callejones de la ciudad. El público corre aterrorizado. Se detiene un momento en el aire, permaneciendo aleteando, y con su mirada demoníaca dirigida al público, arremete en picada hacia ellos, corrigiendo el rumbo en el último momento a escasos metros de sus cabezas, para después dirigirse hacia las alturas nuevamente. La ciudad es un completo caos. Circunda en dos ocasiones la gigantesca explanada para luego alejarse definitivamente volando en espiral por toda la ciudad y desapareciendo tras las montañas, permaneciendo visible sólo el helicóptero, terminando así “El Gran Espectáculo del Fénix”.

Carlos A. Díaz García


 

Saltitos 2 enero 2010

Filed under: Participa — catld @ 20:01


Todo comenzó una noche en una gran ciudad capital. Un joven dormía tranquilamente en su habitación, cuando de pronto una inquietud increíble lo hizo despertar abruptamente. Acostado en su cama no dejaba de mirar absorto la puerta mosquitera que conducía al patio de su casa. Lo que dominaba su mente era que su sueño se estaba volviendo realidad. “Este sueño lo tienen todos”, se dijo incrédulo cuando lo soñó por primera vez. Después de unos segundos un anormal deseo lo hizo incorporarse de la cama y dirigirse hacia la puerta mosquitera, se detuvo un momento ante ella, miraba hacia el patio sorprendido, mientras en su mente se extinguía el último pensamiento conciente que detenía intentar lo que aquel deseo codiciaba manifestar. Ya no sufría el ardiente calor de verano que durante meses agobiaba a la ciudad, logrando temperaturas record durante días, decretándose el año más caluroso de los últimos treinta años, ni tampoco se daba cuenta que una trusa cubría su desnudez. El joven perturbado alzó su cabeza, se colocó en cuclillas e impulsándose con los brazos saltó hacia el hermoso cielo estrellado tratando de alcanzarlo. Su mirada quedó fija en el cielo, volviéndose más y más cerca, su cuerpo se puso liviano como una pluma, miró hacia abajo y su rostro sorpresivo contemplaba una perspectiva soñada, logró lo que todos alguna vez hemos soñado: volar. Se sintió tentado a dirigirse a aquellos enormes eucaliptos que se encontraban en un parque, a algunas cuantas casas de distancia, y que de niño trepó al más grande de ellos casi hasta la copa. Extendió y tensó sus brazos dirigiéndolos hacia aquel enorme árbol. Avanzaba lentamente, pero en unos segundos se posicionó a pocos metros por encima de su copa meceosa. Sonreía orgulloso, como si estuviese en la cumbre del monte Everest; contemplaba nostálgico nuevamente aquel hermoso panorama: toda su colonia.

Miró luego aquel emblemático cerro y se dispuso volar hacia él. Lo hacía lentamente. No había ni siquiera cruzado el espacio de su colonia, cuando una inseguridad inexplicable lo invadió, ocasionando que su cuerpo temblase al mismo tiempo que su vuelo se detenía. Trataba angustiosamente retomar el control de su cuerpo y proseguir con su destino, cuando comenzaba a caer lentamente; instintivamente giró y planeó aterrorizado hacia a su casa, donde finalmente aterrizó con muchas dificultades, pero a salvo.

En una madrugada el joven volador se encontraba en el techo de una casa, a una colonia de distancia de donde vive. Sentado en el pretil veía un gato que pasaba corriendo por la esquina, al tiempo que meneaba molesto la mano frente a su cara para espantarse los mosquitos que lo atosigaban, con la otra mano se rascaba la pantorrilla y con uno de sus pies exterminaba una cucaracha después de dos zapateadas fallidas. “Es un poder a medias”, pensaba. “Se me hace que…” Una luz amarilla interrumpió la oración. La sombra de una mujer se proyectaba frente a sus pies, agitado por un impulso lascivo se resguardó detrás del follaje de un árbol que sobresalía del techo. Las notas musicales del tema del programa del Chavo del Ocho salían del patio, de donde crecía aquel árbol que brindaba protección al calenturiento joven.

−¡Bueno!

−…

−¡Que onda weeeey! Oye ya ni ch…, me hablas justo cuando…

−…

−¿Ya viene para acá?

−…

−¡No mam…! ¡¿Viene el Jerry?!

−…

−¿En cuarenta minutos están aquí?… Oye wey, y ¿cuántas armas traen, siempre?

−…

−¡¿Todas esas wey?!… Nombre, ahora sí lo vamos hacer ca…

Después de volver el color al cuerpo y sin controlar todavía la temblorina, el ahora aterrorizado joven esperó a que todo estuviese tranquilo. Al asegurarse, voló lentamente hacia una tienda de conveniencia que se encontraba a dos cuadras de distancia, aterrizando una cuadra antes y caminando la restante, cogió el auricular de un teléfono público y llamó a la policía, dando santo y seña de lo que había sido testigo.

El joven buen ciudadano se encontraba, a altas horas de la noche, sentado en el pretil de otro techo de una casa, pero ahora a cinco colonias de distancia de donde vive, meditaba de las repercusiones que había habido después de reportar lo sucedido aquella noche. Y es que no era para menos: en todos los noticieros del país vitoreaban la captura de uno de los líderes más peligrosos y buscados de la delincuencia organizada.

Una música electrónica, a decibeles no permitidos, sacudió la noche. Una jovencita se apeó de un vehículo compacto −reproductor de ese aturdimiento− , caminaba vacilante sobre una de las calles de la colonia, cuando de pronto apareció la figura de un hombre agitado dirigiéndose velozmente hacia ella. El joven espectador se incorporó, sacó de una mochila un trapo maldoblado con dos orificios, que extendió y cubrió su cara amarrándolo en la parte posterior de su cuello; también sacó unos guantes ferreteros y un tubo de fierro oxidado, de medio metro de longitud. Lo que presagiaba el joven en su mente en segundos se hizo realidad. Voló hacia el ataque. Un barullo de figuras oscuras, golpes secos y gritos aterradores hicieron que se encendieran las luces de muchas casas. El joven enmascarado sometía a la mujer con una mano enguantada sobre su boca, y con la otra hurgaba angustiosamente dentro de su bolso, sacando en unos instantes un celular, que dirigió hacia una luz que era cubierta, a un ritmo semilento, por la sombra de una rama ubicada en las alturas, para hacer una llamada. El abrir de cerraduras atascadas y picaportes, así como la presencia de objetos luminosos hicieron que el joven plagiario dejara atrás a una mujer aterrorizada y un hombre inconsciente, volando hacia el techo de una casa, después hacia un árbol, luego hacia el techo de una iglesia, luego hacia su campanario y finalmente hacia el techo de un edificio bancario de quince pisos.

La mañana siguiente se informó, en todos los medios de comunicación de un hecho histórico. Un héroe había sido descubierto, su nombre aparecía en todas partes de la ciudad: multiplicado ene veces y formando parte de frases de agradecimiento. El joven desconcertado leía, veía y oía ese estúpido nombre. Porque a pesar de los comentarios de personas, que habían visto a un “héroe” y que habían dado diferentes identidades, todos coincidían en una cosa: que al desplazarse lo hacía dando “saltitos”.

Durante muchas noches el joven héroe cumplía con lo que le dictaba su conciencia, pero cada vez le resultaba difícil ocultar su identidad, durante sus recorridos era victima de algunos flachazos; tenía que ser muy cuidadoso de distinguir curiosos de sospechosos; fingía la voz de muchas maneras al momento de hacer llamadas telefónicas, ya no hallaba ni que ponerse encima para persuadir la percepción de quienes pudiesen verlo,…

Una noche, infinitamente larga, inició cuando todos los teléfonos de todas las oficinas de las fuerzas del orden repiquetearon. Las llamadas provenían de innumerables destinos. La noche terminó al día siguiente cuando en todos los noticieros informaban, desde muy temprano, el mayor operativo policiaco en toda la historia de la ciudad: habían capturado a todo tipo y grado de delincuentes…

Saltitos durmió tranquilamente toda esa noche.

Carlos A. Díaz García