Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Corre, Corre 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Corre, Corre

Silvana se agachó agotada para poder tratar de recuperar el aire; los músculos le ardían y pesaban, pero debía seguir corriendo o él la alcanzaría. Lo había perdido una cuadra atrás en medio de la gente, pero sabía que en cualquier momento él la volvería a localizar y si lograba atraparla la mataría.

No entendía cómo había terminado en esta frenética carrera por salvar su vida. Se levantó, como de costumbre, a las seis de la mañana, tras una corta ducha se vistió y tomó desayuno; cerca de las siete y treinta estaba lista para salir. Entonces, desde su habitación, escuchó un ruido en la cocina; al ir a ver que era encontró su cartera abierta y una taza rota con el café derramado en el piso. Un ladrón había entrado; armada de un palo revisó la casa, pero no había nadie; una cortina se movió y el corazón casi se salió de su pecho, el sudor cubría su frente. Podía escuchar la respiración del bandido, su olor inundaba todo el aire; de pronto vio el brillo de una hoja de acero y una sombra que se abalanzó hacia ella. Despavorida corrió hacia la puerta, estaba cerrada con llave y no podía abrirla, sus manos temblaban; dejó caer el palo y logró introducir la llave en la cerradura. Cuando puso un pie en la calle, sintió en el cuello el aliento del asaltante y el silbido del cuchillo que pasaba rozando su espalda; los pelos de la nuca se le pusieron de punta mientras echaba a correr hacia la avenida.

Con un poco más de energía en sus piernas Silvana reanudó su carrera, escuchó la voz cavernosa de él que le gritaba que la mataría; estaba aterrada, él la alcanzaría. No quería morir, el miedo a la muerte la consumía; no así, no de esta forma. Angustiada sintió como dos fuertes manos la sujetaban de los hombros; el pánico le impidió gritar.

-¡Señorita!, ¿qué le ocurre?; preguntó el carabinero que la había afirmado de los hombros cuando estuvo a punto de ser atropellada.

-¡Quiere matarme!, me está alcanzando; gritó angustiada mientras apuntaba para atrás.

La calle estaba vacía, había llegado a una plaza solitaria a esa hora de la mañana. Su perseguidor se había ocultado ante la presencia del uniformado.

Silvana miró con ojos angustiados al carabinero; el calor cubrió su rostro, sus oídos dejaron de escuchar los ruidos que le llegaban y finalmente todo se oscureció. El cuerpo de ella descansaba desmallado en los brazos del policía.

Veinte minutos después, los paramédicos la hacían recuperar la conciencia.

-Ya vuelve en sí; escuchó a lo lejos que alguien hablaba.

-¿Recuerda qué ocurrió señorita?; preguntaba otro carabinero.

Incorporándose despacio, Silvana le contó cómo había descubierto a un ladrón en su casa, el cual la había tratado de matar y perseguido por la calle, hasta que se encontró con el carabinero y el atacante había escapado.

-Es necesario que revisemos su casa en busca de huellas dactilares señorita Fernández, ¿sería tan amable de acompañarnos?; solicitó un sargento de carabineros.

-Si por supuesto; contestó Silvana. -Aunque aún estoy muy asustada.

-No tiene nada que temer, personal nuestro la escoltará; la tranquilizó el sargento.

La patrulla de carabineros, junto a un cuartel móvil, se detuvo frente a la casa. Silvana bajó del auto junto a dos uniformados. La puerta de calle estaba abierta, tal como la había dejado ella al escapar del ladrón. Con guantes quirúrgicos los policías se dirigieron a la cocina para buscar huellas. Sobre la mesita de la cocina estaba la taza con el café helado ya y junto a ella la cartera de Silvana bien cerrada.

-Usted contó que el asaltante había roto una taza y abierto su cartera, señorita Fernández, ¿cómo explica esto?; preguntó el sargento.

-Yo no lo entiendo, juro que estaba todo revuelto, por el ruido de la taza que se quebró supe que había entrado alguien a la casa; respondió Silvana toda confundida.

-La puerta trasera y todas las ventanas están cerradas mi sargento; informó un carabinero.

-¿Señorita Fernández, está consumiendo algún tipo de medicamento o relajante para los nervios últimamente?; preguntó el policía.

-¡Claro que no!, ¿acaso insinúa que yo inventé  todo esto o me estoy drogando?; contestó enojada Silvana.

-No dije eso señorita, es solo que a veces la imaginación nos juega malas pasadas y si uno está tomando alguna sustancia especial, éstas pueden parecer muy reales; explicó el carabinero.

-No estoy tomando nada sargento; aseguró ella algo ofendida.

-Bueno, si necesita algo más, le dejo mi tarjeta para que me llame; se despidió el carabinero. Los dos vehículos policiales se retiraron, dejando a Silvana  sumida en la incertidumbre.

Una semana llevaba Silvana encerrada en su casa, sin atreverse a salir ni a la esquina. Alguien la vigilaba, había visto un auto sospechoso parado cerca de su casa y la observaban con binoculares o cámaras fotográficas. No entendía por qué lo hacían, pero estaba ciento por ciento segura de ello. Era mejor mantener las cortinas cerradas.

El encierro la tenía muy nerviosa, así es que decidió llamar por teléfono a su mejor amiga Carmen.

-Hola Carmen, ¿podrías venir por favor?; pidió Silvana a su amiga, sin dar mayores detalles, ya que claramente escuchó que alguien levantaba un teléfono y escuchaba la conversación, la respiración de la otra persona se oía muy distante, luego colgaron antes que ella y escuchó el clic al otro lado de la línea.

Su teléfono había sido intervenido por alguna razón que ella ignoraba; ¿pero quién podría haberlo hecho? y ¿para qué?

Silvana estaba  helada de la impresión y con su cabeza llena de preguntas sin respuestas.

-¿Quién me estará vigilando?; se preguntaba.

-Alguien intervino mi teléfono, ¿pero cuándo y cómo?; meditaba tratando de pensar. -Los carabineros estuvieron revisando todo, ellos tienen que haber sido.

Una hora después Carmen llegó a casa de Silvana, quién la tomó de la mano y la sacó antes de que ella pudiera hablar.

-Vamos a caminar y a tomar un helado a la esquina; dijo a Carmen.

-¿Qué pasa amiga?, estás muy asustadiza últimamente; observó Carmen.

-La semana pasada trataron de matarme; contó Silvana a su sorprendida amiga.

-¿Qué cosa?; exclamó Carmen.

-Un ladrón entró a mí casa y cuando lo pillé, trató de matarme y me persiguió por la calle; agregó.

-¿Diste aviso a carabineros?; preguntó Carmen.

-Sí, pero no me creyeron porque todo estaba ordenado en la casa y eso que ésta quedó de cabeza antes de poder arrancarme; narró Silvana.

-Pero que  horrible; opinó Carmen.

-Y eso no es todo; agregó la afligida Silvana. -Toda esta semana me han estado vigilando desde un auto.

-Puede ser la policía; pensó Carmen.

-No creo, porque me fijé que me han estado sacando fotos desde ese auto; comentó Silvana.

-También me tienen intervenido el teléfono fijo y hay micrófonos en la casa; continuó llorando esta vez.

-¿Pero por qué?; preguntó sorprendida Carmen. -¿Estás metida en algún grupo político?, ¿o le debes plata a alguien?, ¿o algo con drogas?

-No, nada de eso. No sé por qué me están haciendo todo esto, ni quién está detrás; observó Silvana.

Después de fumar un cigarrillo en silencio, Carmen tomó una  decisión.       -Quédate en mi casa hasta que todo se solucione; ofreció a su amiga.

-¿De verdad harías eso por mí?; preguntó Silvana.

-¡Por supuesto!; respondió tomándole la mano. -Quédate el tiempo que sea necesario.

Durante los dos días siguientes Silvana pudo disfrutar de algo de la calma que no tenía en su propia casa. Volvía una tarde del almacén cuando vio un auto con los vidrios negros que avanzaba lentamente tras ella. Nerviosa  aceleró el paso y el auto dio la vuelta en una esquina; muy agitada llegó a casa de Carmen.

-¿Qué pasa?; pregunto ésta.

-Un auto me estaba siguiendo; contó Silvana, mientras con manos temblorosas encendía un cigarrillo.

-No hay nadie afuera; observó Carmen tras mirar por la ventana.

-¿Por qué a mí?; preguntó Silvana poniéndose a llorar.

-Tranquila, todo va a salir bien; la consoló Carmen abrazándola.

Antes de acostarse a dormir, Silvana pudo comprobar que el auto que la seguía en la tarde estaba estacionado frente a la casa.

Carmen se despertó sobresaltada por un ruido en el living. Alumbrada por la linterna de su celular fue a ver qué ocurría. Una mano le tapó la boca; Silvana le impidió gritar mientras le indicaba la cortina que se agitaba. Aterrada vio el brillo del acero de un cuchillo y una sombra que se acercaba a ellas.

-Salgamos de aquí; rogó Silvana a Carmen.

El agresor se lanzó para interceptarlas antes de que llegaran a la puerta. El doble seguro de la cerradura costó unos segundos valiosos. Cuando Silvana cruzó el umbral de la puerta, con horror vio como el cuchillo se hundía en la espalda de Carmen, quién caía sin vida ante sus ojos.

Aterrada Silvana corrió sin mirar atrás, sintiendo los pasos de su perseguidor que se acercaban. El aire le faltaba y solo la adrenalina le permitía seguir adelante; su carrera descontrolada la llevó sin darse cuenta a la casa de su novio Héctor. En algún momento había perdido de vista al hombre que la seguía.

-Por favor ábreme rápido; rogó Silvana mientras golpeaba desesperada la puerta de su novio.

-¿Qué pasa?, ¿por qué tanto alboroto?; preguntó Héctor medio dormido aún.

-Me quieren matar. Mataron a Carmen y ahora quieren matarme a mí; gritó Silvana mientras entraba corriendo a la casa de Héctor.

Sorprendido él no alcanzó a cerrar la puerta cuando un hombre armado con un cuchillo ensangrentado entró de un empujón a su casa. Del golpe Héctor cayó al suelo, pero se puso de pie en seguida. Silvana vio, sin saber qué hacer, como ambos hombres se enlazaban en una pelea; el asesino lanzó una puñalada a Héctor, pero éste detuvo su mano en el aire, mientras con la otra mano lo golpeaba tan violentamente que su cabeza fue a estrellarse contra el vértice de metal de la mesa de centro, oyéndose un ruido horrible de un cráneo al romperse. El asesino yacía inmóvil en el suelo, mientras manaba mucha sangre de una gran herida en su cabeza.

Con los ojos cerrados Silvana se arrojó a los brazos de su novio, quién la apretó contra su pecho; tras un temblor de éste, sus brazos se soltaron. Abriendo los ojos, con terror vio como el criminal aún estaba con vida y clavaba el cuchillo una y otra vez en la espalda de Héctor. Con la hoja de acero chorreando sangre, el hombre se abalanzó finalmente contra Silvana; la luz se apagó y sus ojos se cerraron. Ya todo había acabado.

A la mañana siguiente la señora que hacía el aseo en la casa de Héctor, encontró el macabro escenario de la tragedia desarrollada durante la noche anterior. En medio de lágrimas y gimoteos, logró dar aviso a la policía.

Si tan solo hubiesen escuchado mejor a Silvana, todo esto se habría podido evitar, pero no lo hicieron. Lamentablemente, ahora la policía solo podía hacer las pesquisas pertinentes para aclarar las circunstancias en que se produjeron estos violentos asesinatos.

-Doctor Sánchez, ¿qué puede decirme de Silvana Fernández?; preguntó el detective.

-Silvana era paciente mía; hace un año empecé a tratarla. Aseguraba que alguien la vigilaba; pensaba que su teléfono estaba intervenido y su casa llena de micrófonos. Estaba segura que alguien quería matarla y en más de una ocasión que la persiguieron con un cuchillo en plena calle; relató el siquiatra al detective.

-¿Qué opina usted al respecto?; consultó el policía.

-Bueno yo, junto a un  grupo de colegas, diagnosticamos que Silvana Fernández padecía de esquizofrenia paranoide y que todo estaba dentro de su mente. Para controlarla se le recetó antipsicóticos, pero hace dos semanas dejó de tomarlos. Le advertí que eso podía ser muy peligroso, pero no me hizo caso. ¿Se ha metido en algún lio acaso?; preguntó el médico, que ante la orden judicial que llevaba el detective, no había tenido más remedio que contestar todas las preguntas de él.

-Anoche fueron asesinados la señorita Carmen Tapia y el señor Héctor Rojas, amiga y novio de la señorita Fernández respectivamente. El arma homicida fue un cuchillo de cocina; contó el policía al siquiatra. -Las huellas  de la señorita Fernández están en el cuchillo, así como también se encontró sangre de ambas víctimas en sus manos y en su ropa. Físicamente ella está bien, pero parece haber caído en un estado catatónico que la aisló totalmente de la realidad. Ahora está recluida en una institución siquiátrica con una camisa de fuerza, para su propia protección y la del personal, ya que ha tenido cuadros muy violentos, pero parece estar totalmente ausente de este mundo; concluyó el detective.

-Nunca debí permitir que ella dejara de tomar sus medicamentos; se lamentaba el doctor Sánchez, con la cabeza apoyada en sus manos, quién de alguna forma se sentía responsable en parte de esta tragedia.

 

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