Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Roberto Arévalo Márquez 12 septiembre 2011

Filed under: Amigos autores,Página de autor — rarevalo @ 18:06
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Autor de: “Crónicas del amor oscuro”, “Épsilon I-La Tierra Perdida”, “Épsilon II-El Hijo de la Luz” y “El manuscrito: La Orden de Demetrus”. En su página de autor de Bubok podréis encontrar sus obras.


Puede que escribir sea algo más que juntar letras, tener una gran imaginación y tener un manejo absoluto del lenguaje… Tal vez yo no sepa lo que es ESCRIBIR en mayúsculas con todo lo que ello implica, pero si sé lo que es inventar.

Llevo haciéndolo durante mucho tiempo, desde que era muy pequeño cuando aun no sabía ni como se juntaba las letras, con una necesidad innata en mí de crear e inventar cada día tantas historias que me serían imposibles plasmarlas en papel.

Ya apuntaba maneras estando en la EGB, donde ansiaba porque el profesor nos dejase escribir una historia de tema libre. Cuando esto sucedía, redactaba historias de tres o cuatro folios mientras mis compañeros llevaban media página, y por miedo a que estuviera mal, de haberme excedido en las normas impuestas, las escondía en mi pupitre prefiriendo una regañina por parte del profesor a compartirlas con toda la clase. Aunque al final siempre me descubrían y me tocaba leerla de pie a todos mis compañeros. Puede que estuviesen mal escritas, fallase la ortografía, la sintaxis, etc. pero se notaba que había mucha ilusión, no tanto por el escribir, sino por inventar.

Esta necesidad de crear aumentó hace diez años cuando diferentes motivos personales me llevaron a crear mundos paralelos y alternativos, a crear una realidad distinta donde fuera yo el único que tuviera el control absoluto. Evidentemente, fue el papel quien me ayudó y el bolígrafo mi mejor aliado. Así, con dieciséis años empecé a escribir historias en cuadernos de anillas. No eran diarios, ni siquiera escribía parafraseando mi vida. Lo que en el papel había era algo diferente a lo que vivía, un mundo al que me transportaba para evadirme de la realidad del momento.

Fue así como inicié a pasos demasiado lentos, a forjar un sueño, una meta, y sobre el papel cuadriculado escribí cuatro historias que por vergüenza, por miedo a que hubiese gente que no lo entendiese, no dejé que viera más luz que aquella que recibían cuando yo abría los cuadernos. Arrejuntaos , Proyectos de Futuro , El Día de mi Muerte y Misterios de Medianoche … Aún las guardo en un cajón y son muchos los recuerdos que me invaden cuando les echo un último vistazo.

Pasó el tiempo, y con él mi situación, haciendo que no fuese necesario que me retirase a mundos inventados. Sin embargo, algo quedó de aquella época: el placer de escribir, lo que me llevó a intentar mejorar, a leer mucho, a estudiar y de un modo casi autodidacta, aprender a contar historias pero esta vez para compartirlas con todo el mundo.

Ahora he vuelto a retirarme a mis mundos inventados, pero esta vez por placer, volviendo a crear historias de todo tipo, y esta vez aparcando mis miedos y temores para dejar que los demás las lean. Mundos como Crónicas del Amor Oscuro , El Manuscrito , Los Viteri , Épsilon – La Tierra Perdida y Épsilon II – El hijo de la luz . Uno de ellos ha quedado para el ámbito privado (De momento), mientras que El Manuscrito y las dos entregas de Épsilon están al alcance de cualquiera en entre en bubok y quiera leerlas. Pronto subiré una de las más antiguas.

Además, cada semana doy rienda suelta a mi imaginación y a mi deslenguada lengua para opinar de todo un poco en mi propio blog (www.rarevalo.es.tl) confiando en que poco a poco la gente me vaya leyendo, opine conmigo y disfrute de las cosas que escribo.

No soy un escritor. Soy un junta letras esperando ser leído.





Mis relatos en este blog:

Me perteneces

Pregunte a los solitarios

La dama del viento

Lo que Alejandra no sabía

Disculpas a tiempo

Y mamá besó a Gaspar

El Vendedor de Miserias



 

El Vendedor de Miserias 13 enero 2010

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 19:27


– Por favor, colóquense en sus puestos y aguarden la señal -informó una voz por la megafonía.

Los dos hombres, que esperaban en el extremo de la sala, se miraron fijamente con el rostro afligido y el pulso tembloroso, y caminaron hasta el otro lado, donde se suspendían dos cámaras digitales y dos micrófonos en sendos atriles de madera. Se pusieron enfrente de ellos y esperaron con un débil llanto que intentaban disimular.

– Hola, bienvenidos al Vendedor de Miserias -irrumpió de nuevo la voz de megafonía- En primer lugar ¿Están aquí voluntariamente? -y los dos asintieron levemente- Bien, recordemos las reglas. Los dos han entrado en esta sala para ser evaluados por todos nuestros internautas. Dispondrán de quince minutos para decirle a nuestro público por qué deben ganar. Transcurrido ese tiempo, los navegantes decidirán quién gana. El vendedor se llevará de premio cien mil euros, el perdedor se verá obligado a donar uno de sus órganos. Hoy se pone en juego el corazón. ¿Entendido? -y uno de los hombres echó varios pasos hacia atrás, arrepintiéndose de haber entrado– Recordad que sólo pueden decir la verdad. El tiempo empezará una vez se encienda la luz roja dispuesta arriba. Suerte.

Y con las miradas detenidas en la bombilla aún apagada, los dos hombres esperaron con un nudo en la garganta, el corazón latiendo a mil por hora y sintiendo como el sudor resbalaba por sus frentes. Hasta que entonces, la luz se encendió y los dos corrieron a coger sus respectivos micrófonos, y con los ojos fijos en los objetivos de sus cámaras, los hombres confesaron su vida:

– Yo necesito dinero… con urgencia. Tengo cincuenta y ocho años, me despidieron del trabajo hace tres y aún no encuentro nada. Nadie quiere contratar a un hombre tan mayor. No sé manejar las nuevas aplicaciones y en consecuencia siempre contratan a la gente joven.
– Mi mujer me abandonó hace diez años -interrumpió el otro hombre- Tengo un hijo con ella al que no veo desde entonces. Él cree que no le quiero y hace unos meses me escribió una carta horrenda para pedirme que no intentase llamarle, que no quería verme. Y todo por ella, por que le puso en mi contra desde el día que nos divorciamos.
– Estos son mis tres hijos -comentó el otro mientras se palpaba el tejano, sacaba la cartera y enseñaba una fotografía a la cámara con el pulso tembloroso -David, José y Ángela… ella es la pequeña y está enferma. Tiene el síndrome de Arnold Chiari y no puedo ayudarla. Han descubierto un nuevo tratamiento en un hospital de Bélgica, pero es muy caro.
– Caí en una fuerte depresión por culpa del abandono de mi esposa y por mi traumática separación de mi hijo. Ahora sólo tengo el apoyo de mi madre, con quien vivo, pero ya está mayor y tengo que estar muy pendiente de ella, pues hace un año le diagnosticaron Alzheimer. Sólo me tiene a mí.
– Mi mujer falleció en un accidente laboral -espetó el primer señor con los ojos llenos de lágrimas- Se le cayó un palé encima hace dos años… Trabajaba mucho para intentar subsanar el jornal que yo no metía, doblaba turnos para sacar un poco más para curar a Ángela… pero un despiste le costó la vida. Desde entonces he vivido con el subsidio que me da el gobierno y la indemnización que me dieron entonces. Pero ya no me queda nada y vivo de la caridad de la parroquia de mi barrio.
– Hace unos meses recibí un comunicado del Ayuntamiento. Me van a expropiar mi casa para construir una carretera. Di todo mi dinero a unos abogados que prometieron resolver el asunto, pero luego no han hecho nada. ¡Y encima no quisieron devolverme el dinero! Por lo que tengo que coger a mi madre y marcharme a una habitación de alquiler, pues no me llega para otra cosa con mi jornal. Apenas me llega para cubrir mis necesidades con lo que tengo que pasar de pensión a mi exmujer.
– Cuando era adolescente me enganché a la heroína -apostilló con severidad- Les robaba dinero a mis padres para poder comprar más droga y cometí diversos delitos menores. Mi madre sufrió mucho, hasta que me metió en el proyecto Hombre y pude salir.
– Cuando era más pequeño mi padre me pegaba auténticas palizas -sentenció su contrincante-Era un alcohólico empedernido que llevaba una vida frustrada y lo pagaba conmigo y mis hermanos, hasta que un día me harté y le maté. Pero mi hermano no dejó que me entregase a la policía y se confesó como el autor del crimen. Ahora está cumpliendo condena y la única visita que tiene es la mía. Estoy en deuda con él desde aquel momento.
– Me han atracado en tres ocasiones. La última vez iba con mis dos hijos mayores y a uno le clavaron una navaja… Tuvieron que operarle a vida o muerte.
– Mi padre no sólo nos pegaba, sino que también abusaba de nosotros. Me metía en una habitación oscura y me agarraba de la mano para que le masturbase… A veces llegaba a mayores y mi madre ni siquiera lo sabía, o mejor dicho, no quería saberlo.
– ¡Esta es la segunda vez que acudo a este lugar y ya he perdido un riñón!- gritó enfurecido.
– ¡No puedo abandonar a mi madre y mi hermano!
– ¡Mis hijos dependen de mí!
– Lo suplico.
– Por favor.

Y entonces la bombilla se apagó. Los quince minutos habían transcurrido y los dos permanecieron en silencio sin mirarse, con la cabeza gacha y susurrando oraciones para sus adentros mientras aguardaban el veredicto.

Al otro lado, los ordenadores empezaban a computar los votos de los internautas que estaban participando en aquel juego ilegal, decidiendo quien de ellos volvería a su casa con el premio, mientras que el otro debía quedarse ahí, a la espera de entregar lo que hoy había en juego: Su propio corazón.

Sin embargo, hubo algo con lo que no contaba la organización: Un empate… Necesitaban desempatar… ¿A quién votas tú?


Roberto Arévalo Márquez


 

Y mamá besó a Gaspar 5 enero 2010

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 9:40
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En la década de los 50, hubo un villancico inglés que popularizó Tommie Connor que se titulaba ‘I saw mommy kissing Santa Claus’. Era un villancico muy corto que hablaba de un niño que pillaba a su madre besando al gordo de la barba.

Permitidme que hoy haga una adaptación de ese villancico y lo convierta en un relato para celebrar la víspera de reyes, pero llevándolo a nuestras costumbres.



Y MAMÁ BESÓ A GASPAR

Era una noche de reyes de mucho frío. El viento soplaba fuerte y se respiraba un ambiente húmedo, como si fuera a llover en cualquier momento y nos fuera a estropear aquella cita tan especial. Iba de la mano de mamá, quién me llevaba al centro para ver la cabalgata de los Reyes Magos, algo que llevaba esperando desde el inicio de la Navidad, y que era lo que más ilusión me hacía.

No obstante, mamá parecía bastante enfadada. No dejaba de mirar su reloj y suspiraba muy a menudo cuándo, tras mirar por los alrededores, veía cómo papá llevaba tarde otra vez. Y eso que este año lo había prometido, asegurando varias veces que por fin estaría conmigo para ver a los Reyes.

A mí, sin embargo, me daba igual. Yo sólo quería ver a Gaspar. Mi rey favorito, el mejor de tres, con esa barba larga y marrón, y lleno de caramelos para regalar. Era el más simpático, para mí el más gentil, y el más alto y de camello más hermoso. Verle aquella noche, momentos antes de empezar a entregar regalos, era lo más bonito que me podía pasar, y tenía muy claro que el enfado de mamá no me lo iba a estropear, ni mucho menos la ausencia de papá.

Las calles estaban llenas de gente, de otras mamás y otros papás con sus niños a cuestas mientras desfilaban los carromatos, los camellos y los elefantes… Los pajes lanzaban caramelos y desde los tronos, los tres reyes saludaban y lanzaban besos. Pero para mí, sólo había ojos para uno de ellos: Gaspar.

A veces me volvía hacia mamá llena de ilusión y ella me dedicaba una sonrisa forzada mientras comentaba algo sobre papá. Pero yo no respondía. Sólo asentía para volver a mirar al frente y continuar viendo a mi rey favorito, a quien sólo podía ver en ese momento hasta el año siguiente.

Al final, papá no llegó a tiempo. El desfile había terminado y las dos ya nos disponíamos a irnos cuándo él llamó por teléfono. Entonces, mamá le dijo que estaba harta, que siempre la misma excusa y que había tenido que ver a los reyes otro año sin él. Y aunque yo le tiraba de la manga para decir que no pasaba nada, ella continuó reprendiéndole con la misma dureza que hacía conmigo cuándo no me terminaba la comida.

Tras colgar a papá, mamá me llevó a dar una vuelta antes de volver a casa. Nos paramos en un puesto para comer un churro y hablamos durante un rato. Seguía con la expresión extraña, pero parecía más distraída. Me preguntó si estaba nerviosa, si había pedido muchas cosas y si pensaba si el rey me lo traería todo. Claro, que a esa pregunta vino la de siempre:

– Si has sido buena, seguro que te lo trae… aunque no sé yo –me decía, pero a mí me daba igual. Con haber visto a Gaspar era suficiente.

Me comí el churro llena de felicidad. Había sido una tarde grandiosa, había visto a Gaspar, a mi Rey favorito, y ahora sólo tenía que irme a dormir para esperarle, aunque mi mayor ilusión, más incluso que los juguetes que me dejase a los pies del árbol, era poder verle y estrecharle entre mis brazos.

Cuál fue mi sorpresa que al entrar en casa, las luces de colores estaban encendidas y sentado en el sofá de mi casa ¡Estaba Gaspar! Yo me quedé helada, inmóvil sobre el sitio sin soltar la mano de mamá, mientras ella por fin sonreía de oreja a oreja. La miré y me soltó, animándome a correr tras Gaspar para darle ese abrazo que tanto había pedido. Y así lo hice. Corrí todo lo que pude hasta que me dejé caer en su regazo. Él sonreía y me llamaba por mi nombre. Me preguntaba si me había gustado el desfile y después me pidió que le diera un beso, algo que no dudé en hacerlo y, vaya, ¡Olía cómo papá!

Estuvo conmigo a solas durante más de una hora, mientras mamá hacía la cena sin dejar de sonreír, y lo hacía como nunca había visto. Y es que, claro, Gaspar estaba en nuestra casa. No era para menos.

Cuando acabó de hacer la cena, me la puso sobre la mesa y Gaspar se quedó conmigo viendo cómo comía sin dejar de contarme aventuras de su largo viaje junto a Melchor y Baltasar, y cuándo terminé, me llevó a la cama y me arropó. Fue entonces cuándo me dijo que tenía que irse. Él y sus dos amigos debían empezar a entregar regalos y no podía demorarse más. Yo asentí obediente, le di un beso y traté de dormir un poco. Pero si normalmente no dormía durante aquella noche ¡Cómo iba a hacerlo después de haber visto a Gaspar! Estaba tan emocionada que no dejaba de dar vueltas en la cama y por mi mente sólo pasaba un pensamiento. ¿Seguiría Gaspar en casa?

Fue en aquel momento cuándo, a pesar de haber prometido que me quedaría en la habitación sin moverme, salí y me asomé por la puerta del pasillo con timidez. Pero, no podía ser. Mis ojos estaban viendo algo que no podía creer. ¡Mamá estaba besando a Gaspar! Pero no un beso en la mejilla, cómo podía darle yo… ¡No!, era un beso de ésos como los que daba a papá, y el rey se reía intentando no hacer ruido, quitándole la ropa a mamá poco a poco y yo, escondida detrás de la puerta, no podía pensar en otro que no fuera papá.

Mamá le quitó la túnica, los zapatos y la corona, y le pidió que se quedase con la barba, algo que no entendí pero que imaginé que sería cosa de mayores, y cuando mamá se reclinó sobre el sofá, Gaspar se echó encima de ella… fue cuando ya no pude aguantar más, y corrí despavorida de nuevo hasta mi habitación, con los ojos abiertos de par en par sumida en la oscuridad azulaba que invadía mi habitación y pensando por qué tardaba tanto papá.

No pude dormir aquella noche. Me quedé en el silencio tratando de adivinar cuándo se iba Gaspar y llegaba papá, pero no llegué a saberlo. Cuándo el sol trajo el día de Reyes, salí con timidez de la habitación, andando con sigilo hasta la cama de mis padres. Sólo estaba mamá, dormida plácidamente, y ni rastro de papá. Salí de allí despacio y poco a poco llegué al salón. El árbol estaba encendido, con las luces parpadeando como a mí me gustaba. Sobre la estantería, mi bota estaba a rebosar de caramelos y a los pies de árbol había una gran cantidad de regalos, aunque no todos eran los míos. Había algunos de Gaspar que eran para papá… ¡Y yo me enfadé aún mucho más!

De pronto oí ruido en la cocina. Había alguien cocinando, haciendo el desayuno posiblemente, y yo corrí por si acaso todavía estaba el Rey. Pero no, era papá. Con su pijama azul y sus zapatillas con forma de garras de oso. Estaba despeinado, cómo todos los días nada más despertarse, por lo que había entrado y no le había escuchado. Me miró sonriente y yo me quedé contemplándole sin saber qué hacer o decir… ¡Y encima, él estaba más feliz de lo normal!

– ¿Qué pasa, pequeña? ¿No vas abrir los regalos? –me preguntó levantándome del suelo para darme un beso en la mejilla- un pajarito me ha dicho que ayer te visitó Gaspar ¿eh?

Y yo asentí, sin saber que hacer o decir… Y es que ¡¿Cómo le digo a papá, que ayer mamá besó a Gaspar?!


Roberto Arévalo Márquez


 

Disculpas a tiempo 5 noviembre 2009

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 19:30
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Disculpas a tiempo

Cuando terminé de arreglarme el cuello de la camisa, y tras asegurarme de haberme embadurnado del perfume que tanto te gustaba, me dispuse a salir bien acicalado hacia la puerta de tu casa. No era una distancia especialmente larga, aunque con mi ritmo pudiera hacerse pesada. Y es que tenía que pensar bien lo que iba a decir, memorizar las palabras de un discurso elaborado que consiguiera tu perdón.

Por suerte era un día soleado, de brisa suave y agradable, y que invitaba a dejarse embriagar por la alegría que flotaba en el ambiente. Y yo, envuelto en ese furor mañanero, empecé a andar, un paso tras otro, estando cada vez más cerca de ese momento tan temido.

De camino me detuve en el rosal que había sido testigo de nuestros encuentros furtivos en más de una noche cuando ya nadie caminaba por las calles. Me recliné dispuesto a oler una de esas flores y, sin pensarlo, arranqué una para ti, no sin evitar pincharme logrando que maldijese como si fuera un perro gruñón.

Ya con ella en mi mano izquierda, mientras me chupaba la poca sangre que emanaba de la otra, continué hasta tu casa pensando en mi disculpa. Porque por fin había descubierto lo importante que eras para mí, y de ahí que aquella mañana caminase, de tu casa a la mía, desconcertado y temeroso, pero seguro de lo que hacía y de lo que pretendía.

Me planté en la puerta de tu casa, cogí aire y anduve los últimos pasos. El corazón me latía tan rápido que pensé que se iba a desbocar del pecho y sentí cómo me temblaba la voz. Incluso llegué a pensar que me quedaría mudo en cualquier momento, pero aun así no iba a retroceder. Acaricié el timbre, dudando si apretar o esperar un poco más, y tras pensarlo dos veces, le di y escuché su agudo sonido que te avisaba que estaba ya aquí.

Tú tardaste en abrir, no supe si era porque no me querías recibir o si era porque estabas igual de nerviosa que yo, pero esperé paciente aprovechando esos minutos para recordar el discurso preparado. ¡Maldición, lo había olvidado! Entonces palidecí, lleno de dudas, miedo y vértigo, sensaciones que aumentaron cuando al fin noté tu presencia al otro lado de la puerta, y supe que mirabas por la mirilla, dudando si abrirme o hacerme pensar que no te encontrabas en casa.

Pero finalmente lo hiciste y tu mirada, seria y compungida, se fijó en la mía, asustada y temblorosa. Yo extendí la rosa para que la cogieras entre tus manos, susurrando un débil ‘Te quiero’ mientras en mi cabeza me decía a mí mismo que eso era lo que tenía que decir al final del discurso olvidado, y no al principio como había hecho.

Tú suspiraste, mirando hacia mis pies y después de nuevo a mis ojos. Entonces esquivaste la mirada, evitando que notase cómo la comisura de tus labios había hecho un amago de sonrisa. Y tras mirar al interior de tu casa, y recuperar la compostura, te volviste de nuevo: seria, firme, convencida que no había notado cómo habías bajado la guardia.

https://i2.wp.com/www.epaworld.net/blog/images/calimero_triste.jpgSin embargo me encontraste una vez más, y esta vez con esa mueca de niño triste, de perro abandonado: cabizbajo, con mi labio inferior doblado, los ojos achicados y la rosa sobre mi pecho. Era lo que llamabas la mirada de Calimero, a quien nadie quiere y al que todos abandonan. Entonces reíste, te sumergiste en miles de carcajadas y supe que esta vez la disculpa había llegado a tiempo, y susurré un casi imperceptible perdón.

Aún dudaste un poco. Pero al final saliste de tu casa y cogiste la rosa. Te la llevaste a tu nariz y respiraste un poco. Pero una avispa salió de entre los pétalos y empezó a revolotear entre tu pelo. Te pusiste nerviosa, tirando la flor y gritando como una loca implorando que se fuera, mientras yo intentaba cazarla al vuelo, entre saltos torpes que me hicieron caer de bruces contra el suelo.

Aquello hizo que te olvidases de la avispa y te rieras de mi torpeza con más ganas que antes. Te quedaste ahí enfrente, sin ayudar a levantarme, sólo riendo a carcajadas aún más sonoras que las otras, viéndome en el césped de tu entrada, como una cucaracha con las patas arribas intentando darse la vuelta, y yo sin entender lo que provocaba tanta risa, esperé a que acabaras. Pero no podías. Se te habían saltado las lágrimas y yo, divertido y derrotado por una avispa, confié en que al final tu compasión se apiadase de mi torpeza.

Tus risas se convirtieron en el escenario de aquel momento, hasta que moví mi pierna izquierda con rapidez, provocando que te cayeses encima de mí y aplastando la rosa que había cogido para ti. Entonces tus risas cesaron inmediatamente, y con tus ojos bien abiertos, me miraste desconcertada. Luego te volviste hacia la rosa, la cogiste del tallo y la miraste desolada.

– ¿Ves lo que has hecho? –me preguntaste con cierto tono recriminatorio mientras me enseñabas la rosa espachurrada.

– Lo siento –contesté yo, otra vez expectante y temeroso.

Pero entonces volviste a reír… la disculpa había vuelto a llegar a tiempo, tirados en tu jardín, con la rosa ya fuera de este encuentro. Entonces, abrazados, sentí cómo tus manos acariciaban mi rostro antes de que tus labios se posasen en los míos, recibiendo tu perdón en forma del dulce de tu lengua saboreando mi boca.

Aquella mañana conocimos lo mejor tras una discusión; una reconciliación intensa que no hizo otra cosa que reforzar los lazos que antes nos unían. A partir de entonces, nuestros pasos en este mismo camino compartido se hicieron más firmes y seguros… pero claro, esto sólo sucede así cuando las disculpas llegan a tiempo.


Roberto Arévalo Márquez


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Lo que Alejandra no sabía 10 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 9:40
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Lo que Alejandra no sabía

Hola, mamá. ¿Te acuerdas de Alejandra? Sí, esa muchacha joven, de piel morena y pelo oscuro que había venido de Argentina a España con su familia y que estaba estudiando en la Universidad Complutense. Se pagaba los estudios cuidando niños. Así la conocimos ¿La recuerdas?

Alejandra era una chica simpática, con ese inconfundible acento tan característico, muy risueña. Era muy inteligente y nos enseñó muchísimas cosas, aunque hoy sólo nos acordemos de aquel momento en el que, jugando, David amenazó con cogerla y ella se ruborizó. Claro, luego nos explicó que, en su país, coger era follar.

Esta muchacha llegó a nuestras vidas en un momento muy complicado. Ella tenía que venir a casa a las ocho de la tarde y se quedaba a dormir durante toda la noche, cuidando de los cuatro niños varones, porque, según explicaste, tú trabajabas en los servicios de limpieza de Metro de Madrid y las jornadas eran nocturnas. Claro, ante este panorama, no tenías a nadie que se quedase con tus niños y de ahí la necesidad de contratar a una niñera.

Lo que Alejandra no sabía era que tú no trabajabas por las noches en ningún sitio. Tú no podías quedarte a dormir en casa porque dormías en otro lado, en la casa de ese borracho, al que luego dejaste por su hermano, y que no quería saber nada de unos hijos que no fuesen los suyos.

Alejandra durmió durante muchos meses en nuestra casa, de domingo a jueves, para así poder garantizar que hubiera algún adulto por la mañana que nos prepararse para ir a la escuela. Ella pensaba que eran los días que trabajabas, pero lo que no sabía era que, si tenía que hacer esa jornada, era para evitar que recibieras otra carta del colegio avisando que tus hijos iban a clase con síntomas de abandono familiar, con la consiguiente amenaza de avisar a los servicios sociales. Antes nos cuidaba mis hermanas, las mayores. Pero claro, ellas eran malas, o eso decías. La mayor se había marchado para vivir una vida llena de libertinaje y la otra se había convertido en tu Satanás. Ya no quería ayudarte. Lo que no nos contaste era que ellas se habían cansado de jugar a ser mayores, y que te habían pedido que te quedases en casa, con tus hijos, para ellas poder ser las adolescentes que aún eran. Y durante muchos meses estuvimos los cuatro solos, sin más control que el que nos prestábamos los unos a los otros… Hasta que recibiste la carta y llamaste a Alejandra.

Ella sabía que teníamos unas hermanas mayores. Le distes unas instrucciones por si ellas aparecían, y eso era algo que no entendía. No obstante, para Alejandra lo importante era cobrar, que tenía que ayudar a su familia y pagarse la carrera. Así que nunca preguntó. Ella; ¡A mandar!

Posiblemente Alejandra no entendía muchos de los avatares de la casa. No entendía cómo me podía estar pegando con mis hermanos pequeños a todas horas, y exigirles el pago de una deuda que ascendía a un millón de pesetas, y que habían contraído conmigo debido a una apuesta. Claro, entonces mis tres años de diferencia eran suficientes cómo para poder ganarles en retos que para ellos eran imposibles, y luego, cuál matón por el patio de recreo, exigirles un tributo como si fuese un canon sobre la paga de veinticinco pesetas. Luego crecieron y, por supuesto que se me quitaron las ganas de seguir exigiendo. Tampoco entendía por qué David no quería hacer los deberes, quién se negaba en rotundo a tocar un libro si no era bajo una amenaza, como tampoco entendía por qué no había día donde Daniel no llorase tras el cristal de la ventana mientras observaba cómo te marchabas y José, en su línea de siempre, le decía que ya te vería mañana, como siempre.

Alejandra no entendía muchas cosas que le contábamos, a pesar de tu insistencia en no decir nada, cómo ese miedo que habitaba en nosotros respecto a la abuela. Repetíamos como loros que ella era mala, “que mamá nos lo había dicho” y le contábamos las aventuras que teníamos que pasar cuando ella, así, sin avisar, se presentaba en la puerta del colegio. Claro, ella no subía a casa. No quería verte… bueno, no queríais veros. Aunque lo cierto era que jamás os hubierais encontrado. Tú sólo venías a las ocho de la tarde, traías la compra, recogías un poco y te marchabas: A tu otra casa, con tu otra familia.

Alejandra nos cuidó durante varios meses. Llegaba a casa, se sentaba con nosotros para ver si teníamos problemas con los deberes del colegio, nos pedía que nos fuésemos a la ducha (Que si no íbamos, nos duchaba ella y nos daba mucha vergüenza), nos daba la cena y después conversaba con nosotros un poco antes de pedirnos que nos fuéramos a la cama. Nos daba dos besos y hasta mañana. Y era muy curioso para mí, porque no guardaba el recuerdo de que tú hicieses este proceso que repetimos durante el tiempo que ella estuvo en casa. Era extraño, me decía a mí mismo.

Ella solía quedarse hasta tarde viendo la televisión y después se iba a la cama, a tu cama, siempre vacía, aunque entonces pasó a ser ocupada por ella. Decías que así, al menos, nadie usaría tus sábanas para fornicar y ya por aquel entonces, que empezaba a convertirme en tu nuevo confidente, supe por qué lo decías… o mejor dicho, por quién. Y aunque Alejandra jamás subió un chico delante de nosotros, diría que una noche, en el silencio donde todo se escucha, cierto ruido de muelles llegó hasta mi habitación. Al despertar no había nadie con ella, pero siempre pensé que Alejandra usó tus sábanas para algo más que dormir. Una extraña usando tu cama… aunque en realidad a ti te daba igual, aquella queja que tanto acuñabas, sólo era tu instrumento para protestar.

El tiempo que estuvo Alejandra con nosotros, no lo recuerdo muy bien. Creo que fueron cinco meses. Hasta que un día le dijiste que te habían cambiado de centro de trabajo y ya no necesitabas a alguien que se quedase por las noches. La liquidaste y ella se marchó. Lo que Alejandra nunca supo fue que, en realidad, habías roto tu relación con el borracho (y ya germinaba la otra, con el hermano), que ya podías volver a tu cama olvidada y que por tanto no necesitabas de sus servicios. Se marchó sin entender muchas cosas, las mismas que aún hoy yo no entiendo… pero claro, ella sólo era la niñera y yo el niño que dejabas en casa.


Roberto Arévalo
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http://esperandoserleido.blogspot.com


 

La dama del viento 25 agosto 2009

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 19:35


Habían caminado por un largo recorrido hasta llegar a su destino. Un camino que no había sido fácil, ni mucho menos divertido. Selena, acompañada de dos de sus siervos, Faustino y Claudio, no se había detenido en ningún momento. Su obsesión era llegar cuanto antes a la cima de la montaña y atender a la llamada de esa voz que había tronado en su mente en las últimas semanas y que le decía: Ven. Toma el cristal. Libera el aire.


Ella no sabía qué significaba, ni quién hablaba, pero instintivamente supo adonde debía dirigirse. Por supuesto que no iba a ir sola, bien sabía los peligros a los que podía estar expuesta caminando por lugares tan inhóspitos como aquél, y por eso llamó a sus siervos, con el fin de protegerla aunque ahora, al borde de lo que podía ser el fin del mundo, Faustino y Claudio estuvieran tan asustados que poca protección podían ofrecer a su dueña.


Era una montaña muy alta, rocosa, de tonos marrones y grises, y que se exhibía a la intemperie sin que ninguna otra la resguardase. A su alrededor una ráfaga corría envolviéndola, como si anunciase una tormenta de aire que pronto desencadenaría en un huracán que arrastraría a los tres intrépidos a una muerte segura. Pero por más que los dos hombres imploraban a Selena a volver, ella continuaba su ascenso como si no escuchase las suplicas. En realidad no las oía, pues en su mente, la voz dulce de otra mujer, que durante mucho tiempo le había rogado que acudiera hasta allí, continuaba retumbando como si de un hechizo se tratase y que impedía que retrocediese y no cumpliera el cometido para el cual le había llamado.


– Selena… Mi señora… Debemos volver. Más arriba el viento podrá con nosotros –gritó Faustino intentando hacerse oír entre el ruido del viento, al tiempo que luchaba por mantenerse en pie. El vendaval era tan fuerte que, aunque se habían agarrado con fuerza a las rocas, todos sentían como se venían hacia atrás sin remedio. Y aunque el hombre volvió a insistir, Selena prosiguió el ascenso, adelantando a sus dos siervos, y finalmente se volvió hacia ellos con la mirada helada, casi diabólica, y con los ojos iluminados de un verde vivo.


– Seguiremos hasta el final –ordenó y los dos hombres se miraron asustados. Selena parecía diferente.


Continuaron el ascenso muy pendientes de ella, quién había logrado un inyección de fuerzas sobrehumana que hizo que se fuera distanciando de ellos. Era como si el viento sólo los frenase a los dos hombres y ella, como si levitara mecida por el aire, ascendía sin mayor problema.


Momentos antes de llegar a la cima, Selena encontró una cueva con un gran techo por donde prosiguió su camino sin esperar a los dos hombres. Sentía una gran atracción por ese lugar y respondía a la llamada de la voz de su mente con una gran satisfacción. Minutos después, Faustino y Claudio aparecieron, mirándose asustados por el lugar por donde caminaban ahora; una cueva llena de piedras verdes que desprendían un haz de luz uniforme que la convertía en un lugar bastante tétrico. Al menos en el interior no soplaba el aire. Anduvieron aligerando el paso y siguieron la silueta de Selena que se perdía en la lejanía.


Finalmente los hombres alcanzaron a su dueña, quién se había detenido enfrente de un pedestal que sujetaba un cristal ovalado de ese mismo tono de las rocas que iluminaban el lugar. Era casi mágico, muy hermoso, y provocaba una atracción inusitada a todo aquél que lo mirase. Sobre todo en Selena, que permanecía de pie, con la boca abierta y embriagada por la sensación que la inundaba. Sus dos hombres se quedaron unos pasos atrás, también hechizados por la belleza del cristal, pero asustados al mismo tiempo.

De repente, la voz que sonaba en la mente de Selena se pudo oír en toda la cueva. Una voz de una mujer dulce, pero a su vez fuerte y dominante.


– Selena, coge el cristal –ordenó la voz-. Tómalo y libérame. Conviértete en mi aliada. Juntas seremos las dueñas del mundo.


Y Selena, sin vacilar, caminó hacia el altar dispuesta a tomar el valioso objeto entre sus manos. Claudio corrió hacia ella, interponiéndose entre el altar para impedir que obedeciera la voz de aquella mujer, y la agarró de los hombros cortándole el camino.


– Mi señora, no lo haga –imploró con la voz quebrada-. Marchémonos de aquí de inmediato.


– ¡Apártate de mi camino! –gritó ella y él negó levemente.


– No, mi señora. Estoy aquí para protegerla. –respondió asustado. Entonces los ojos de Selena volvieron a teñirse de un verde intenso y con una fuerza sobrenatural lanzó a su siervo contra las rocas.


– ¡No toques a la dama del viento! –gritó Selena, pero con la voz de aquella otra mujer.


Faustino se quedó perplejo, asustado, y contempló cómo Selena se acercaba al pedestal y tomaba el cristal entre sus manos, acariciándolo suavemente. Entonces el aire que soplaba afuera se detuvo y un gran silencio invadió el lugar, hasta que, de repente, Selena empezó a sentirse extraña, cómo si estuviera recorriendo por sus venas algún tipo de energía. Notaba cómo los músculos palpitaban, su respiración se aceleró y fue entonces cuando sucedió.


Claudio y Faustino fueron testigos de cómo Selena se convertía en una extraña criatura. Sus delgadas piernas se alargaron y se hicieron más corpulentas rompiendo sus vestimentas, sus pies se transformaron en unas garras, de la espalda empezaron a nacer unas fuertes alas de gran plumaje de color rojo y verde, las orejas se alargaron, las manos desarrollaron unas afiladas uñas y de su cara emergió un enorme pico de águila mientras su piel se llenaba de plumas. Los ojos cobraron intensidad y ella emitió un alarido de ira y furia.


Selena se había convertido en la bestia de aquella mujer, el instrumento con el que se valdría para someter al mundo, y ahora tenía enfrente a sus dos primeras víctimas; esos hombres asustados que contemplaban la figura la nueva criatura levitando sobre sus cabezas. Emitió un leve alarido, se cubrió con sus alas y empezó a girar sobre sí misma invocando el poder que le confería aquella diosa, absorbiendo todo el aire sin que ellos lo percibieran. Hasta que finalmente abrió las alas con fuerza extendiendo los brazos y dejando que la cueva se volatilizara. Se rompieron todas las paredes provocando el desmembramiento de esos infelices, partiendo la montaña en dos y dejando libre a la criatura que se erguía de un modo insinuante sobre un cielo teñido de rojo.


Y la diosa habló a su creación


– Ve, Garuda, a recuperar nuestro mundo. ¡Mátalos a todos!


Y Selena chilló iniciando su camino, preparada para cumplir su misión. La dama del viento había despertado.


Roberto Arévalo Márquez


 

Pregunte a los solitarios

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 19:30


Era una noche oscura, de ésas que no tienen luna y las estrellas parecen haber desaparecido del firmamento, con el cielo encapotado por una densa nube que impregnaba el aire de los olores que avisan de una próxima lluvia. Las calles estaban desérticas. Ya nadie caminaba por ellas. Permanecían vacías, inertes, ajenas a las historias de las personas que solían transitar a plena luz del día. Ahora todas estaban en sus casas; descansando, durmiendo, y sólo estaba yo, caminando sin rumbo definido, como un vagabundo que intenta encontrar el lugar idóneo para resguardarse antes de qué las primeras gotas empapen el empedrado de las calles.


A mí me daba lo mismo que la lluvia empezase, que mojase mi cuerpo y lo enfriara. Tal vez así, al menos podría sentir una sensación diferente a la que entonces me anegaba, o quizás, si la tormenta me encontraba, podría caminar con un motivo, una misión, algo que me evadiera de ese pensamiento atroz que se cernía sobre mí cómo el virus más violento jamás inventado por los hombres… Pero ¿Acaso ya no estaba enfermo de él? ¿No estaba sufriendo en mi propia piel ese mal que tan extendido estaba en el mundo? Esa pandemia a la que muchos llamaban soledad.


Los primeros truenos rompieron el silencio de la noche y los destellos de los relámpagos me iluminaron un camino aún por definir. Todo indicaba que sería una gran tormenta, que lo lógico sería que me resguardase. Pero no quería quedarme en casa. Al menos en la calle el silencio parecía menos denso y no había nada que evocase a la verdadera tormenta que me ensombrecía, la que tenía lugar en mi interior. Porque, ¿Cómo vive uno en soledad cuando jamás ha estado solo? Y en la oscuridad de aquella noche, caminaba con la esperanza de encontrarme con el resto de solitarios para poder preguntarles.


Anduve largo rato hasta donde quisieron llevarme los pies, sin pensar en nada en concreto. Sólo me dejé llevar por el ambiente húmedo y la tranquilidad propia de las altas horas de la madrugada, hasta que al fin rompió a llover. Me empapé en muy poco tiempo, el agua caía con gran virulencia, pero proseguí sin acelerar el ritmo hasta que me topé con la entrada de un bar que aún permanecía abierto.


Entré, sacudiéndome previamente para evitar mojar el suelo, y observé el local con sumo detenimiento. Había poca iluminación, tan sólo dos lámparas y una serie de velas rojas dispuestas en cada mesa, pero la suficiente cómo para reparar en la amplia gama de marrones que coloreaba el ambiente: Con grandes cuadros de paisajes en tonos sepia con marcos dorados dispuestos en las paredes, ceniceros oscuros, y mesas y sillas de madera maciza.


Sólo había dos personas; el camarero y una mujer sentada en la barra, abandonándose en el fondo de su vaso de whisky, sin intercambiar palabra alguna y dejando que el leve susurro del televisor prevaleciera a cualquier otro sonido. Yo me acerqué, me senté en uno de los taburetes y alcé la mano para llamar al hombre vestido de camisa blanca y mandil y pajarita negra. Pedí un ron y permanecí ahí sentado en compañía de esos dos desconocidos con quienes compartí el silencio que nos separaba. Era como si hubiera encontrado la sede de algún club de solitarios, aquéllos a los que buscaba para preguntarles cómo se vivía sin alguien a su lado.


Así estuvimos bastante rato, no reparé cuanto tiempo pasó, hasta que al final surgieron las palabras entre nosotros, emergiendo desde lo más hondo de nuestras almas para poner en manifiesto lo que ya todos sabíamos. Éramos tres solitarios; mujer y camarero ya muy experimentados en estos menesteres, mientras yo me estrenaba en este nuevo estado, estigma en tiempos pasados.


Y les pregunté y ellos respondieron con tristes historias de almas desoladas, de amores perdidos que abandonaron a su suerte confiando en que otros nuevos aparecerían, aunque éstos todavía no habían llegado. Me dijeron que jamás te acostumbras, que cuando te crees lo suficientemente fuerte y grande para hacerlo todo sin ayuda, te das de bruces contra el suelo. Afirmaron conocer el dolor y la angustia, algo que emergía con frecuencia: Al ver cómo en la mesita de noche del otro lado de la cama seguía sin haber nada más que una triste lámpara, al comprobar que otra vez les ha salido comida para dos, al no tener con quién salir en las fotos de los viajes que hacían solos, al alzar la copa al viento para desearse un feliz año nuevo…


Escuché atentamente hasta que los hielos de mi vaso quedaron completamente deshechos. Me bebí el ron aguado y regresé a mi casa cuando todavía no había salido el sol, horrorizado por los testimonios de la mujer y el camarero, unos testimonios que me atormentaron durante todo lo que quedó de noche, pues al volverme en la cama reparé en el hueco que había quedado libre. Pensé en todo lo que me habían dicho y al día siguiente no pude hacer otra cosa que volver para que me dieran la respuesta que no me habían dado.


Ya han pasado diez años desde entonces y aún sigo sentado en la barra de este bar en las altas horas de las noches oscuras. Ahora eres tú quien ha entrado por esa puerta. Te has sentado en el mismo taburete y has pedido al camarero que te sirva del mismo tipo de ron que yo bebí entonces, dejando que el silencio nos acompañase de nuevo, hasta que lo has roto para preguntarme cómo viven los solitarios. Y esta ha sido mi respuesta, la misma que me dio la mujer que está sentada en el fondo del bar, la misma que le dio el camarero cuando ella se sentó por primera vez en esta barra.


Ahora ya sabes donde encontrarnos: Ésta es nuestra sede y éste nuestro club. Recuerda que el bar sólo abre por las noches, de doce a cuatro de la madrugada. A esta ronda invito yo. Te veré mañana.


Roberto Arévalo Márquez