Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Magia Negra – Capítulo 3 – Leyenda 19 diciembre 2017

Registro Safe Creative: 1709013406777   Safe Creative #1709013406777
Boris Oliva Rojas

 

 

Magia Negra
Capitulo N° 3
Leyenda

-Mejor manejo yo; sugirió Renata a Luis. -Estás un poco mareado.

-Sí toma; aceptó él pasando las llaves del auto a su esposa.

El casamiento de sus amigos en Malloco había estado bastante animado y también regado, por lo que debían volver con cuidado a Isla de Maipo, sobre todo en la traicionera carretera que une a este último pueblo con Talagante, llena de curvas, subidas y bajadas, que aún a plena luz del día había que tomar con manos firmes y ojos despiertos; por lo cual Renata conducía a irrisorios cuarenta kilómetros por hora, en una carretera habilitada para noventa.

Después de unos minutos a su derecha se divisaba el Puente Naltahua, sobre el hilo de plata del Río Maipo, lo que le indicó que en solo un poco minutos más podría acostarse a descansar.

-Despierta; dijo ella a Luis. -Ya estamos por llegar.

Una curva a la izquierda y entrarían al pueblo, solo pasar la pequeña arboleda de eucaliptus y listo.

Renata casi volcó el auto cuando este de improviso se fue violentamente contra la cuneta. De un golpe se la pasó la borrachera a Luis.

-¿Estás bien?; preguntó éste a su esposa, que tenía todo el cabello sobre la cara.

-Sí, ¿y tú?; preguntó ella a su vez.

-Un poco saltón, pero bien; respondió él.

-Creo que se rompió un neumático; opinó Renata.

La sorpresa y luego el miedo se apoderó de la pareja cuando un fuerte golpe lanzó el vehículo de costado, diez metros hacia adelante.

-¿Pero qué diablos?; preguntó estupefacto Luis.

-¿Qué fue eso?; preguntó Renata entre sorprendida y asustada.

-Salgamos de aquí; sugirió él mientras soltaba su cinturón de seguridad.

Antes de que ella alcanzase a responder, con asombro notaron como el auto era levantado en el aire por una negra y gigantesca mano. Con terror vieron como un colosal ser, oscuro como una nube negra, se alzaba por sobre los eucaliptus y los observaba a más de diez metros de altura.

Sin poder moverse de la impresión, la pareja nada pudo hacer cuando sintieron que el vehículo volaba por el aire para terminar estrellándose estrepitosamente contra el pavimento.

Renata semiinconsciente y sangrando por la boca miró hacia su derecha, solo para ver el cuerpo sin vida de su esposo. A los pocos segundos su corazón también se detuvo y su mente se nubló para siempre.

Alertados por los vecinos que fueron despertados por el estrepito del golpe del metal contra el concreto, bomberos, ambulancias y policías llegaron al lugar del extraño accidente.

-Típico de madrugada del sábado; comentó uno de los bomberos.

-¿Cuándo van a entender que alcohol y autos es una muy mala combinación?; opinó el otro.

-Deben haber ido a más de cien kilómetros por hora; observó uno de los policías. -Perdieron el control del vehículo aquí, para terminar volcándose a ciento cinco metros adelante.

-El impacto fue tan violento que tanto la conductora como el acompañante fallecieron en forma instantánea; observó uno de los paramédicos.

-¿Ocurre algo cabo?; preguntó un carabinero a otro que alumbraba el pavimento con su linterna.

-No es nada mi sargento, es solo que no veo ninguna marca desde el punto en que el vehículo perdió el control hasta el que se produjo el volcamiento; indicó el policía.

-La verdad es un poco extraño; observó el oficial. -En todo caso la alcoholemia muestra que ambas víctimas estaban bajo el efecto del alcohol y usted sabe lo que eso puede producir.

-Tiene razón mi sargento; aceptó el uniformado.

Jacinto volvía tambaleándose luego de una noche de juerga. Era una típica noche de agosto así es que la calle estaba totalmente vacía. El viento movía las nubes y éstas ocultaban momentáneamente la luna, sumiendo la calle en sombras móviles que se deslizaban silenciosas a medida que las nubes cruzaban frente al astro nocturno.

En su borrachera el hombre tuvo la sensación de que alguien lo seguía. Envalentonado por el alcohol metió una mano al bolsillo de la chaqueta; sus dedos tantearon el frío metal y empuñaron con firmeza la navaja.

Sin aviso previo Jacinto se volvió y blandiendo el arma blanca en el aire enfrentó a su acosador. La calle se extendía solitaria, el hombre se rió de sí mismo y devolvió la navaja a la chaqueta.

Cuando se disponía a continuar su camino de regreso a su casa, con el rabillo del ojo le pareció ver una sombra que se movía entre los eucaliptus. No le iba a dar importancia, cuando frete a él una mole negra tan alta como los árboles que la ocultaban, se abrió paso entre ellos y de unas cuantas zancadas llegó junto al aterrado borracho, quien acababa de recuperar la sobriedad.

-¡El Bulto!; gritó sin que nadie lo escuchara en medio de la noche en la calle solitaria.

Jacinto corrió rápido, como nunca lo había hecho antes pero de nada le sirvió el esfuerzo. Sin moverse de su lugar, la cosa oscura y gigantesca estiró uno de sus largos brazos y atrapó de una pierna al infortunado tipo.

Retorciéndose, colgado de cabeza, el hombre trataba de soltarse sin ningún éxito. Con total desprecio por su presa, El Bulto arrojó el cuerpo de Jacinto al pavimento. Atontado, adolorido y con algunos huesos rotos, éste intentó ponerse de pie para tratar de escapar de su agresor de pesadillas. Un topón más lo lanzó rodando contra la cuneta, hasta que finalmente Jacinto dejó de moverse.

La noche seguía su curso en la pequeña ciudad y la leyenda surgida de los miedos supersticiosos de la gente de campo continuaba sembrando la muerte.

La fiesta estaba en su máximo apogeo, la música alta y las risas estridentes rompían la quietud de la noche. Marcia destapó otra botella de cerveza cuando sintió que el piso se zamarreaba bajo sus pies; las paredes de la casa se quejaron en un crujido sordo.

-¡Es un terremoto!; gritó Paola asustada.

-¡Cálmense!, ya va a pasar; gritó Esteban.

Los hechos dieron la razón al joven cuando el suelo dejó de sacudirse.

-Estuvo fuerte pero ya pasó; comentó Marcia aun temblorosa. ¿Están todos bien?

-Sí, pero no puedo comunicarme por teléfono con mi casa; observó Paola.

Cuando la calma había regresado, el fuerte estruendo tomó a todos por sorpresa. Zamarreados y azotados contra las paredes y piso, con los muebles volando por todos lados, el desconcierto y el miedo dominaban lo que antes había sido una fiesta más de fin de semana; los gritos de dolor y desesperación reemplazaron las risas y la música.

Los crujidos de la casa, sacudida a más de quince metros de altura por un bulto negro y gigantesco, que se confundía con los añosos eucaliptus, eran los únicos ruidos que se escuchaban ya en su interior.

-¡Es El Bulto!; exclamó Paola al ver la oscura mole que sostenía la casa, antes de caer inconsciente.

Como un niño que se aburre de un juguete, El Bulto arrojó la maltrecha vivienda contra el suelo, para simplemente terminar retirándose en medio de las sombras.

El estruendo del derrumbe de la casa despertó a todo el vecindario; los curiosos no tardaron en agolparse ante la destruida construcción. Los escombros formaban una composición macabra teñida de rojo.

-¡Se derrumbó la casa con todos adentro!; exclamó una mujer entre llantos.

Las sirenas a lo lejos indicaban que la ayuda ya venía en camino; pero los vehículos de emergencia no necesitaban darse prisa. La situación superó todas las peores expectativas de los rescatistas; solo escombros a ras del suelo y cuerpos sepultados bajo ellos.

-¡No se queden ahí parados como idiotas!; gritó el comandante del cuerpo de bomberos del pueblo. -Busquen sobrevivientes.

Con la mayor esperanza todos comenzaron a remover los escombros, pero pronto ésta se esfumó al ir topándose solo con cadáveres. Después de un par de horas veinte cuerpos yacían cubiertos con lonas negras.

-Aaaah; se escuchó un lastimero gemido cuando ya los rescatistas pensaban que su penoso trabajo había terminado.

-¡Esperen!, hay alguien con vida; gritó un bombero al escuchar el quejido.

Sin que se diese una orden al respecto, todos se dirigieron hacia el lugar de donde provenían los agónicos lamentos y con extremo cuidado desenterraron a una joven mujer con sangre en la cabeza y un hilo rojo que corría de sus labios.

-Rápido estabilícenla con un traje antishock; ordenó un médico. -Capitán pida un helicóptero en seguida, debemos llevarla  a Santiago cuanto antes; solicitó al policía a cargo de la seguridad.

Paola yacía totalmente inmovilizada a una camilla sin saber qué estaba ocurriendo.

El típico ruido del helicóptero se aproximaba rápidamente al lugar de los hechos, ya que no había ni un segundo que perder. El paramédico que atendía a la joven sintió como ésta le apretó con fuerza la mano y abrió grande los ojos.

-¡El Bulto! ¡El Bulto! ¡Fue El Bulto!; balbuceó con voz entrecortada la muchacha.

La mascarilla de oxígeno se llenó de sangre y su cuerpo se convulsionó, la mano que sujetaba al paramédico se soltó y ella cayó inconsciente.

-¡Está sufriendo un paro cardiaco!; gritó éste al médico.

-¡Unidad de electroshock ahora!; gritó el doctor.

Con mano veloz el médico rajó la ensangrentada blusa de la mujer y acercó las paletas cargadas de electricidad. Una y otra, y otra vez; el cuerpo se elevó en varias ocasiones a causa de las descargas eléctricas, pero la chica no reaccionaba.

-¡Vamos!, despierta; gritó el galeno con la frente cubierta de sudor.

-Ya doctor déjela ir; lo afirmó el comandante de bomberos. -No  hay nada que usted o nosotros podamos hacer por ella, ha muerto.

-Es totalmente insólito lo que ha ocurrido esta noche; comentó el comandante al capitán de la policía uniformada.

-¿Qué cree que pudo haber destruido así una casa relativamente nueva?; preguntó el policía.

-No lo sé; respondió el bombero. -Es la primera vez que veo algo así.

-Fue El Bulto; intervino una mujer de entre los muchos curiosos reunidos en el lugar de la tragedia. -La niña lo dijo antes de morir.

-Señora, esas cosas no existen; intentó calmarla el policía.

-Nada más tiene la fuerza para hacer esto; opinó un anciano. -Mi abuelo me contó que es un gigante más grande que los eucaliptus.

-Sé que es terrible todo esto pero debe haber otra explicación; insistió el policía.

-Déjelo capitán; intervino el comandante. -Mientras más pronto nosotros averigüemos las causas de este terrible accidente, más pronto podremos calmar a la población.

Días arduos de trabajo siguieron a los expertos del cuerpo de bomberos, pero no lograban dar con las causas del derrumbe que costó la vida de veintiún jóvenes. Como un favor especial al alcalde del pueblo, el intendente regional solicitó que un equipo de ingenieros de una universidad pública  prestara apoyo y asesorara a los investigadores de bomberos, pero ni aún así lograron encontrar una explicación lógica. Era como si la casa hubiese sido arrancada del suelo y estrellada violentamente contra el pavimento, rompiendo de un solo golpe sus pilares y techo, convirtiéndose en la tumba de todos esos muchachos que solo disfrutaban de una fiesta más; de su última fiesta en realidad.

Mientras los rumores del Bulto se apoderaron del pueblo. Las calles se vaciaban apenas comenzaba a oscurecer y los negocios cerraban sus cortinas con las primeras sombras del ocaso. De la noche a la mañana Isla de Maipo se había convertido en un pueblo fantasma cuando caía la oscuridad. A pocos kilómetros de la capital y en pleno siglo veintiuno, el miedo supersticioso ante lo inexplicable se había apoderado de sus habitantes. Típico pueblo colonial campesino, rico en mitos y leyendas, era un nutritivo caldo de cultivo para que todos los miedos ocultos resurgieran; y quién los culparía y ni se imaginaban de cuan ciertos eran sus temores.

-Que agradable es este pueblo al atardecer; opinó la joven paseando de la mano de su pareja.

-Sí, a pesar de estar cerca de Santiago aún conserva su encanto de campo.

La brisa empezaba a refrescar cuando el sol comenzaba a ocultarse tras la Cordillera de la Costa; sin embargo la temperatura ya se hacía más tolerable con la proximidad de la primavera.

-Buenas tardes; saludó Fernando a una señora que estaba parada junto a la puerta de una casa. Sin embargo, la mujer en vez de contestar corrió a encerrarse y cerrar la puerta con llave.

La gente que caminaba por la calle aceleró el paso y se dirigió a toda prisa a sus destinos.

-Sé que algunas personas le tienen miedo a las gitanas, pero esto es exagerado; comentó la muchacha. -Y ni siquiera ando vestida como gitana.

-No creo que sea por ti Milenka; observó Fernando Hormazabal al ver que todos los negocios cerraban sus cortinas.

En unos cuantos minutos la pareja era los únicos transeúntes que permanecían en la calle; incluso los automóviles habían desaparecido. En un santiamén el pueblo dio la impresión de estar deshabitado.

-¡Que curioso!; exclamó Fernando. -Mejor volvamos a la hostería y tratemos de averiguar qué asusta tanto a los habitantes del pueblo.

-Quedamos en que este fin de semana sería solo para nosotros, sin trabajo; reclamó la gitana.

-¿Y quién está hablando de trabajo?; respondió Fernando. -Dime que no sientes un poco de curiosidad por saber que pasa aquí.

-Bueno, sí algo, pero yo solo quiero relajarme un poco; opinó Milenka.

-Tranquila, te prometí un fin de semana especial y eso es lo que tendrás; la calmó Fernando pasando su brazo por la delgada cintura de la Shuvani.

Poco antes de las siete de la tarde la pareja llegó a la hostería donde se hospedaban desde temprano en la mañana. Como era de esperarse, ahí también la puerta estaba cerrada con llave; Milenka golpeó con sus nudillos la puerta de calle. Después de insistir un par de veces, al fin el dueño del albergue salió a abrir, dejando ver su miedo.

-Si hubiese demorado un poco más le habría lanzado una maldición gitana; dijo tal vez en broma la muchacha.

-Por favor señorita no diga eso ni en broma; pidió el hombre persignándose un par de veces.

-¿No me diga que cree en esas cosas en pleno siglo veintiuno?; le preguntó Milenka.

-Yo no creo en brujas, pero de que las hay, las hay; citó un viejo refrán el hombre.              -Además últimamente han ocurrido cosas terribles en el pueblo y que los expertos no pueden explicar.

-¿Es por eso que todos los habitantes se ven tan asustados al atardecer?; preguntó Hormazabal.

-Es todo por culpa del Bulto; comentó la mujer del dueño, trayendo una gran tetera con un mate.

-No creo que estas cosas le interesen a los jóvenes de la ciudad; la interrumpió su marido.

-Se sorprendería de las cosas que hemos visto; agregó la gitana. -Además no todo lo que existe se puede ver.

-Bueno, si no les da miedo, ni se aburren les contaremos; aceptó la mujer.

-Soy todo oídos; dijo Fernando Hormazabal sentándose atento en una silla, mientras Milenka chupeteaba con agrado el mate que le ofreció la mujer del posadero.

-Hace dos semanas; comenzó a narrar el hombre en voz baja. -Durante una fiesta, veintiún jóvenes murieron aplastados cuando la casa donde estaban se derrumbó sobre ellos; los bomberos y los carabineros no saben cómo es que los pilares, las paredes y el techo se molieron aplastándolos a todos.

-Una de las niñas antes de fallecer, aseguró que fue El Bulto; agregó la mujer.

-¿Qué es El Bulto?; preguntó Fernando.

-Es un ser gigantesco, del porte de los eucaliptus, o más tal vez; explicó el hombre. -Negro como una sombra y fuerte como un coloso.

-Se dice que asusta a la gente que sale de farra en la noche; continuó la mujer. -A lo mejor El Bulto fue el que mató al matrimonio Díaz; venían de una fiesta en Malloco.

-Puede ser; meditó el hombre. -Dicen que el auto quedó aplastado como si lo hubiesen lanzado cien metros por el aire. Los pobres murieron enseguida.

-Veo que están enterados de muchas cosas que pasan en el pueblo; observó la gitana.

-Es que tenemos un hijo que es carabinero y él nos cuenta algunas cosas; comentó la mujer. -Claro que es un secreto.

-No se preocupe señora, no le contaremos a nadie que nos dijo; la tranquilizó Milenka en voz baja.

-¿Qué opinas tú?; le preguntó Hormazabal a su pareja.

-Entre mi pueblo se habla de espíritus y seres que pueden ser invocados por una magia muy poderosa; respondió ella.

-¿Usted no es chilena joven?; preguntó la mujer.

-Soy gitana; respondió con naturalidad Milenka.

-¿Lo de la maldición era verdad entonces?; preguntó preocupado el hombre.

-Era solo una broma; aclaró la muchacha.

-Uff, que alivio; contestó él persignándose.

-¿Otro matecito mi niña?; ofreció la mujer.

-Está muy bueno; aceptó la joven Shuvani.

-No es común ver una pareja de gitanos con…; quedó dubitativo el hombre.

-Paisanos, a los no gitanos les llamamos paisanos; explicó Milenka. -Fernando siempre ha sido amigo de mi tribu.

-Ella me acepta como soy y yo la acepto a ella con todo lo que eso implica; comentó él.

-A lo mejor los demás no lo tomen tan bien; pensó la mujer.

-De eso nos preocuparemos a su debido tiempo; opinó Milenka.

-¿Quién sería capaz de invocar a un ser tan terrible como El Bulto?; preguntó la mujer.

-Alguien que conoce muy bien la magia negra; opinó Milenka.

-¿Pero por qué?; preguntó el hombre.

-También existe la posibilidad de que todo tenga una explicación más natural; comentó Fernando.

-Es cierto; apoyó la gitana. -Algunas cosas casi inexplicables tienen su causa en las fuerzas de la naturaleza.

-Puede ser; asintió el posadero. -Pero yo nací en La Isla y no existe una fuerza que pueda levantar una casa desde sus cimientos.

-En Estados Unidos los tornados pueden elevar hasta trenes enteros; opinó Hormazabal.

-Pero que yo sepa aquí no hay tornados; objetó la mujer.

-Bueno ya es tarde y nuestros huéspedes querrán descansar; comentó el hombre para terminar la conversación.

La luna llena y el cielo despejado creaban una atmósfera placentera que invitaba a caminar de noche.

-No deberíamos estar afuera a esta hora; comentó Blanca a Diego.

-No me digas que tú también le tienes miedo al Bulto; se burló él.

-No es eso, pero han pasado cosas muy raras últimamente; recordó ella.

-Sí, puros accidentes por culpa del alcohol; observó Diego.

-Está bien, pero quedémonos donde haya más luz; solicitó ella a su novio.

-Qué extraña se ve la plaza sin nadie más; observó el muchacho.

-Parece parte de una película de misterio; comentó la joven. -La Isla ya no es como antes.

-Mis papás quieren que nos vayamos a vivir a Santiago; contó Diego.

-Mi viejo piensa que la gente supersticiosa se está sugestionando con la leyenda del Bulto; comentó Blanca.

-Lo mismo creo yo; mencionó el joven.

-Lo más raro es que aún no saben cómo se derrumbó la casa de la fiesta; recordó ella.

 La noche seguía avanzando y los jóvenes no se percataban de la hora.

-Ya es tarde; observó Diego. -Mejor te llevo a tu casa antes de que tu papá haga sonar la sirena del cuartel de bomberos.

-Sí, a veces exagera un poco; reconoció ella.

De pronto el crujido de madera que se parte dejó en silencio a la pareja. Los eucaliptus añosos de un bosquecillo cercano se partieron, empujados por colosales brazos negros. Los ojos grandes y brillantes del Bulto fijaron su siniestra mirada en la pareja de jóvenes enamorados.

-¡Es El Bulto!; gritó aterrorizada Blanca.

-¡No puede ser real!; exclamó Diego. -¡Corre, huyamos!

No más de diez metros los jóvenes lograron alejarse del lugar.

Con solo estirar uno de sus brazos el gigante levantó de una pierna al muchacho, quien se retorcía intentando inútilmente soltarse.

-Por favor ayúdennos; gritaba desesperada la muchacha, pero nadie acudía en su auxilio; por el contrario todos en las cercanías se escondieron a rezar, esperando que todo terminase.

Los gritos de terror y desesperación se convirtieron en un estridente alarido cuando de un solo tirón el gigantesco ser partió en dos el cuerpo de Diego, arrojándolo al piso en medio de un gran charco de sangre. Los gritos histéricos de Blanca atrajeron la atención del monstruo, quién acercando su descomunal mano la levantó de una pierna.

Con los nervios de punta Milenka tapaba sus oídos para no oír los desgarradores gritos de la muchacha, hasta que no pudo soportarlo más y corrió hacia la puerta.

-¿Qué hace niña?, El Bulto la va a matar a usted también; intentó detenerla la esposa del hospedero.

-Tengo que tratar de ayudarla, insistió la gitana abriendo la puerta y saliendo decidida  a la calle.

-“Espíritus del pasado y del futuro, acudan al llamado de su sierva.

En esta noche negra invoco el poder del Triunvirato Caído; concedan a esta Shuvani el poder de la tormenta y del rayo, de la tierra y del fuego”.

-“Por las fuerzas negras del infierno te ordeno regresar a donde naciste.

Vuelve a la oscuridad de la noche y cae bajo el poder de mi voz y la fuerza de mi mano”.

Ante la sorpresa de todos, incluso de Hormazabal que ya estaba acostumbrado a las manifestaciones de Milenka, incandescentes rayos azules y blancos comenzaron a brotar de sus dedos, mientras su cabellera flotaba en un viento que se originaba en ella misma. Las descargas eléctricas lastimaban sin cesar al engendro de magia negra, mientras fuertes ráfagas de viento lo golpeaban violentamente. Por otro lado Fernando vaciaba su pistola sobre la cosa.

-“Vuelve al infierno de donde saliste”; le ordenó finalmente la gitana. Inmediatamente El Bulto se esfumó en el aire sin dejar huellas de su presencia, salvo los restos del cuerpo del muchacho.

Sin que nada la sostuviese, Blanca cayó sobre la tierra húmeda de la plaza, lo cual impidió que su cuerpo se reventase contra el pavimento; gravemente herida, pero con vida gracias a la decidida y oportuna intervención de la gitana.

-Aun está con vida; avisó el dueño de la hostería, junto a la joven que yacía sin sentido en el suelo.

-¿Cómo te sientes?; preguntó Hormazabal a Milenka que se veía muy agitada.

-Un poco cansada pero bien; contestó ella.

-No sé cómo lo hizo señorita, ni qué es usted, pero le acaba de salvar la vida a esa niña; dijo la esposa del hospedero.

-Había escuchado hablar de brujas, pero esta es la primera vez que veo una; opinó el hombre. -No sé si estar contento por ello o si sentir mucho miedo de usted.

-¿Qué dices tonto?; lo reprendió su esposa. -Esta jovencita arriesgó su vida para salvar a la niña.

-Mi esposa tiene razón; coincidió el hombre. -Es usted muy valiente.

-O muy tonta; agregó Fernando Hormazabal.

-No podía quedarme de brazos cruzados; respondió la Shuvani.

Las sirenas de las ambulancias y carabineros que se aproximaban perforaron la noche.

-Respecto a la intervención de Milenka; dijo Fernando al matrimonio. -Preferiría que no la mencionaran.

-Comprendo; aceptó el hombre. -No se preocupen.

-Somos buenos para guardar secretos; coincidió su esposa.

-Muchas gracias; respondió la gitana. -Los paisanos por lo general son poco comprensivos con estas cosas.

Casi en seguida las unidades de emergencia llegaron al lugar de los hechos.

-Es la hija del comandante del cuerpo de bomberos; la reconoció un para- médico. -Aun vive.

Tras revisarla rápidamente, decidió de inmediato. -Está estable, debemos trasladarla al hospital.

-Hay un cadáver aquí; dijo uno de los carabineros. -¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó al ver el cuerpo mutilado del joven.

-Los atacó El Bulto; dijo la mujer del hospedero. -Todos lo vimos.

-Señora esa cosa no existe; la interrumpió el uniformado. -Si no me dice la verdad la detendré por complicidad en un posible homicidio.

-La señora dice la verdad; intervino Fernando.

-¿Y usted quién es?; preguntó el carabinero, quien no reconoció al forastero.

-Teniente Fernando Hormazabal, de la Brigada de Homicidios de la Policía Civil; respondió mostrando su placa al uniformado. -Mi colega Milenka Ivanovich, de criminalística.

-Mi Teniente esto es muy poco habitual; respondió el carabinero.

-Lo sé, pero yo también vi a un gigante de más de veinte metros destrozar a la víctima; agregó el detective. -Posiblemente huyó al descargarle todas mis balas; concluyó mostrando su pistola vacía.

A la mañana siguiente el clima en la alcaldía era el de un verdadero manicomio. A puerta cerrada estaba reunido el alcalde, junto con el mayor al mando de la prefectura de carabineros, el subprefecto de la policía civil y el comandante del cuerpo de bomberos; también se solicitó la presencia del Teniente Fernando Hormazabal y de la señorita Milenka Ivanovich.

Aceptar de la noche a la mañana la veracidad de las leyendas era algo que incomodaba a más de alguien. Todos de una u otra forma estaban preparados para catástrofes naturales, homicidas o incluso actos terroristas; pero algo muy distinto era tener que creer que la causa de las últimas tragedias era El Bulto. Una entidad gigantesca surgida de quién sabe qué parte y peor aún, controlada por una mente muy poderosa y a la vez completamente desquiciada.

-¿Señores, se dan cuenta de lo increíble que es esto?; preguntó el alcalde sin saber cómo comenzar.

-Yo mismo considero todo esto ilógico; opinó el comandante del cuerpo de bomberos. -Y sin embargo, aunque así sea mi hija está grave en el hospital y su novio cortado en dos en la morgue.

-Entre los testigos que vieron a la criatura cometer el último crimen hay un oficial de la policía civil y una funcionaria de criminalística; informó el mayor de carabineros.

-Que pasen el Teniente Hormazabal y la señorita Ivanovich; solicitó el subprefecto.

-Teniente Hormazabal, señorita Ivanovich; saludó el alcalde. -En primer lugar quisiera aclarar que todo lo que se diga en esta reunión es absolutamente confidencial.

-Por supuesto Señor Alcalde; aceptó el detective.

-¿Teniente Hormazabal, podría relatar los acontecimientos de anoche en los que falleció un joven y una muchacha resultó herida?; solicitó el subprefecto de la policía.

-Junto a la señorita Ivanovich alojábamos en una hostería cerca de la plaza. A eso de la media noche escuchamos gritos pidiendo auxilio; explicó el detective.  -Salimos a ver qué ocurría; vimos que la víctima era sostenida en el aire por una gigantesca criatura; después de un rato partió con sus manos a la víctima y atrapó enseguida a la mujer. Le disparé todas las balas de mi arma de servicio y se esfumó, dejando caer a la muchacha.

-¿Hacia dónde escapó?; preguntó el comandante de bomberos.

-No escapó señor; aclaró el Teniente Hormazabal. -Se desvaneció en el aire sin dejar huellas.

-Comprendo; aceptó el subprefecto.

-¿Podría describir a la criatura teniente?; pidió el mayor de carabineros.

-Altura aproximada de veinte metros, color negro, sin rasgos visibles, como una figura de masilla negra, ojos grandes y brillantes; indicó Hormazabal.

-¿Algo más?; preguntó el bombero.

-Sí; agregó Milenka. -A pesar de su tamaño se movía con gran agilidad y sin hacer ruido.

-Lo que ambos están describiendo es El Bulto; explicó el mayor. -Un ser perteneciente al folclore popular de esta zona. Es solo una leyenda.

-Debo recordarle que esa leyenda mutiló al novio de mi hija y ella está internada grave en el hospital; intervino el comandante.

-Nunca había visto algo así en todos mis años de servicio; comentó Hormazabal. -De lo que estoy seguro es que le disparé diez balas, pero no me dio la impresión de que eso lo dañara.

-Esto es difícil de creer; opinó el alcalde.

-Puedo asegurarle Señor Alcalde que un oficial de la Brigadade Homicidios de la policía no se impresiona con facilidad y es muy preciso en sus observaciones, sobre todo tratándose de un teniente; aseveró el subprefecto.

-Suponiendo que nos estamos enfrentando a algo anormal; meditó el mayor. -¿Podría tratarse de algún tipo de animal desconocido?

-Resulta muy poco probable; intervino Milenka. -Ya que esa criatura se desmaterializó en el aire, y hasta donde alcanzan mis conocimientos, eso no lo hace ningún animal.

-¿Entonces qué sugiere que puede ser?; preguntó el comandante.

-Aunque resulte difícil de creer, pienso que en esta oportunidad estamos lidiando con algo sobrenatural; concluyó la gitana.

-¿Insinúa que es un fantasma el responsable de las últimas muertes violentas que han ocurrido en el pueblo?; preguntó el mayor.

-Claro que no, un fantasma no puede influir en este plano, en cambio ese ente tiene control completo sobre la materia; agregó Milenka.

-¿Y usted cree realmente en esas cosas señorita?; preguntó el alcalde del pueblo.

-Independiente de lo que yo crea, lo que vi anoche era bastante real y mortífero; dijo ella. -Mi experiencia y las cosas que he vivido me han enseñado a tener la mente abierta y no negar lo que no puedo comprender.

-Señor subprefecto, si lo que yo vi no es real, quiere decir que no soy apto para este trabajo; dijo el Teniente Hormazabal poniendo su placa en la mesa.

-Tranquilícese teniente, aquí no estamos juzgando a nadie, es solo que cuesta creer que estas cosas sean reales; lo calmó el oficial.

-Mientras más tiempo demoren en creer, pueden ocurrir más muertes; advirtió Milenka.

-Tiene que haber una explicación lógica para todo lo que está ocurriendo; objetó el bombero.

-No vamos a llegar a ninguna parte así; opinó Milenka mirando a Fernando. -Mejor me encargo yo sola de esto.

-¿A qué se refiere señorita?; quiso saber el alcalde.

-¿No creerán que fueron las balas del Teniente Hormazabal las que alejaron a ese ente?; preguntó la gitana mirándolos a todos.

-De ser cierto, ¿qué otra cosa pudo ser, si era la única arma presente?; consultó el mayor.

-Fui yo quien lo alejó; confesó Milenka.

-¿Qué tipo de arma usó señorita?; quiso saber el carabinero.

-No usé ningún arma; respondió ella. -Soy una Shuvani.

-¿Qué es eso?; concluyó el comandante de bomberos.

-En términos simples, una bruja gitana; aclaró Hormazabal.

-¿Una bruja?; rió el subprefecto. -Ahora sí que esto es una locura.

-¿Lo duda acaso?; preguntó severa Milenka apoyando fuerte sus manos sobre la mesa, bajo las cuales ésta comenzó a humear, quedando profundamente marcadas sus huellas en la madera chamuscada, mientras su cabello se mecía solo.

-Esto es increíble; opinó el bombero examinando la caliente huella de las manos de la Shuvani, mientras revisaba las manos y brazos de ella buscando algún aparato extraño.

-¿Qué opina comandante?; preguntó el alcalde.

-Esto es Isla de Maipo, ¿por qué no podrían ser reales las leyendas?; respondió él encogiéndose de hombros.

-Creo que al fin nos vamos a entender; intervino Hormazabal.

-¿Usted sabía de las habilidades de la señorita Ivanovich teniente?; preguntó el subprefecto.

-Desde poco más de un  año lo sé señor; respondió éste. -Cuando tengamos tiempo le puedo contar, si es que Milenka no se opone.

-Si es que salimos vivos de esto; comentó ella.

-¿Qué necesita para realizar su trabajo y detener a ese monstruo?; ofreció el alcalde.

-Información que relacione a las víctimas entre sí; pensó ella, quien ya se estaba acostumbrando a razonar como detective por su relación con uno.

-Cuente con ella; ofreció el subprefecto.

-Nuestros archivos están a su disposición; agregó el mayor de carabineros.

-¿Pero de dónde surgió ese ser y por qué?; preguntó el alcalde.

-Estos seres pueden ser creados por conocedores y practicantes de la magia negra; explicó la Shuvani.

-¿Magia negra?; preguntó el comandante. -¿Quiere decir que en La Isla hay un brujo o bruja que está matando a nuestros vecinos mediante ese monstruo?

-No se me ocurre una mejor explicación; respondió Milenka.

-Es increíble todo esto; opinó el mayor de carabineros.

-Es cierto, pero eso no significa que no sea real; opinó el Teniente Hormazabal.

-En ese caso debemos enfocarnos en encontrar al loco que está detrás de todo este asunto; aconsejó el subprefecto.

-Mi consejo es manejar esto con la mayor discreción posible; sugirió el Teniente Hormazabal. -Bajo ninguna circunstancia a la población se le debe confirmar la existencia del Bulto.

-Y menos mencionar la existencia de un brujo en el pueblo; agregó el mayor de carabineros. -De lo contrario se desencadenaría pánico colectivo, que podría desembocar en una cacería de brujas ciega e irracional.

-El caos sería incontrolable; agregó el alcalde. -Esto no debe llegar a las autoridades superiores, ni siquiera el Señor Gobernador, que es mi amigo personal, se puede enterar.

-Eso puede ser un poco complicado; opinó el mayor de carabineros. -Hay procedimientos que cumplir e informes que llenar.

-Estoy seguro de que se pueden omitir ciertos detalles en esos informes y es aceptable aplicar la verticalidad del mando; sugirió el Teniente Hormazabal.

-¿Usted ya lo ha hecho teniente?; preguntó el subprefecto.

-Bueno señor, esta no es la primera vez que estoy en un caso de características sobrenaturales; explicó Hormazabal. -Y la verdad es que no se ve muy bien en los informes la mención de brujería, demonios y fenómenos paranormales.

-Aunque no me agrada, estoy de acuerdo con el teniente; apoyó el comandante de bomberos.

-Creo que tiene razón teniente; aceptó el subprefecto. -Si seguimos los procedimientos se nos calificará de locos y terminaremos relegados a quién sabe dónde.

-Está decidido entonces; concluyó el alcalde. -Todas las pesquisas para dar con el o los responsables de esta crisis, así como las acciones para neutralizar la amenaza que implican serán conducidas con la máxima discreción y reserva.

-Señores, instruyan a sus subalternos para la búsqueda de posibles accidentes causados por el abuso de la ingesta de alcohol; ordenó el alcalde.

-Teniente Hormazabal, usted y la señorita Ivanovich quedan a cargo del caso; ordenó el subprefecto al detective y a la gitana.

-Adiós descanso; reclamó Milenka en voz baja.

-Resuelvan esto y les prometo las mejores vacaciones de su vida; ofreció el alcalde que la escuchó.

-Soliciten el personal que requieran para esta misión; ofreció el subprefecto.

-Gracias señor, pero cuantas menos personas estén enteradas, será más seguro; rechazó Hormazabal.

-En ese caso tengo a la persona indicada; agregó el oficial de carabineros.

Dos horas después en una oficina de la prefectura de la policía uniformada, el Teniente Hormazabal y la gitana revisaban los expedientes de todas las víctimas de muertes misteriosas de las últimas semanas, tratando de encontrar algo que las relacionase entre sí.

-¿Has encontrado algo en común Shuvani?; preguntó el detective a Milenka.

-Nada paisano; respondió ella. -Tenemos un matrimonio, un grupo de jóvenes, un borracho y una pareja de enamorados; aparte de vivir en el  mismo pueblo no tenían ninguna relación entre sí.

-Espero poder ayudarles en eso; dijo un hombre que entró sin golpear. -Permítanme presentarme, soy el Teniente Rubén Espinoza, se me ordenó apoyarlos en este caso.

-Buenas tardes, soy el Teniente Fernando Hormazabal, de investigaciones. Esta es la señorita Milenka Ivanovich; saludó Hormazabal.

-Teniente, señorita; saludó el uniformado, que ahora andaba de civil, golpeando sus tacos.

-Olvidemos las formalidades teniente, al fin y al cabo tenemos el mismo rango; ofreció el detective.

-Bueno Rubén, estamos buscando alguna relación entre las víctimas de muertes violentas de los últimos días, en caso de que sean provocadas premeditadamente por algún asesino sicópata; explicó el detective.

-Un asesino serial no es tan difícil, pero un brujo es otra cosa; comentó el carabinero.

-¿Eh?; preguntó sorprendido Hormazabal.

-Ya fui puesto al tanto de todos los detalles; respondió Espinoza.

-¿Usted cree en eso teniente?; preguntó Milenka.

-Soy la quinta generación de mi familia nacido aquí; explicó él. -Digamos que soy de mente abierta.

Después de revisar los expedientes el Teniente Espinoza anotó la fecha y hora de muerte de cada una de las víctimas bajo su fotografía.

-Todos murieron de noche, entre las 23 y las 03 del día siguiente; observó Milenka.

-Por lo visto el asesino manda al Bulto cuando hay más oscuridad; opinó Espinoza.

-Es lógico, así lo oculta entre las sombras; comentó Hormazabal.

-Permiso; dijo una joven carabinera al golpear la puerta y entrar. -Aquí están las fichas que solicitaron.

-Gracias sargento, déjelas en el escritorio; ordenó el Teniente Espinoza.

La joven uniformada se quedó estática mirando las fotografías en la pared.

-Y todo por querer divertirse; comentó ella haciendo un gesto de rechazo con la cabeza, mientras con un dedo tocaba cada una de las fechas.

-Gracias sargento, puede retirarse; ordenó el Teniente Hormazabal.

-Yo, lo siento señor; se cuadró ella disculpándose.

-Espere; la detuvo la gitana cuando ésta giró para marcharse. -Dígame qué encontró que nosotros no.

-Tal vez no sea nada señora; respondió la uniformada.

-Vamos sargento, cuéntenos; pidió Espinoza.

-A lo mejor es solo coincidencia, pero en todos esos días hubo cambio de fase lunar; explicó ella. -¡Son las víctimas del Bulto!; exclamó sorprendida mirando a los oficiales y a la gitana. -¡Eso es brujería!

-Sargento, esas son solo habladurías; interrumpió Espinoza. -Le diré la verdad, aunque es un secreto de investigación. Estamos tras un asesino serial.

-Teniente Espinoza, está bien; intervino la Shuvani. -La sargento se dio cuenta sola y muy rápido de la verdad.

-Efectivamente, son las víctimas del Bulto; confesó Milenka. -Pensamos que fue invocado por un brujo o bruja para cometer estos asesinatos.

-¿Cómo supo que había brujería involucrada en esto sargento?; preguntó el Teniente Espinoza.

-Es algo que mi abuela siempre decía. -Si alguien muere cuando cambia la luna, es porque un brujo o espíritu malo lo mató; comentó ella.

-Parece que su abuela era muy sabia; opinó Milenka.

-En mi familia ha habido muchas machis; explicó la joven.

-La Sargento Fresia Huaiquimil es de origen mapuche; aclaró el Teniente Espinoza.

-¿Y usted qué sabe de la sabiduría de su pueblo?; preguntó la gitana.

-Mi abuela quería que yo me convirtiera en una machi, pero yo decidí ingresar a la policía; explicó la uniformada.

-Ya veo; concluyó Milenka.

-Sargento Huaiquimil, desde ahora hasta nueva orden queda asignada a esta investigación; ordenó el Teniente Espinoza.

-La reserva debe ser absoluta; advirtió el Teniente Hormazabal.

-Pierda cuidado señor; respondió ella. -Además si ando hablando de brujos y del Bulto todos se van a burlar de mí.

-Además se originaría histeria colectiva; agregó Espinoza y no queremos que empiece una cacería ciega de brujas.

-Sobre todo yo; comentó Milenka sonriendo, lo que extrañó un poco a los dos uniformados.

-Bien, veamos el posible perfil de los sospechosos; sugirió Hormazabal.

-Solitario; pensó Milenka.

-Aislado y poco sociable; agregó la Sargento Huaiquimil mientras anotaba en una pizarra.

-Emocionalmente inestable; continuó el Teniente Espinoza.

-Introvertido; sugirió el Teniente Hormazabal.

-Socialmente resentido; pensó Espinoza.

-Con tiempo para dedicarse a la magia; opinó Milenka.

-Sin trabajo; agregó Fresia.

-Comencemos a descartar; sugirió Hormazabal.

-Todas las víctimas o estaban o se habían divertido con alguien más al momento de su deceso; observó Fresia.

-Lo que podría significar que al homicida eso le resulta especialmente desagradable; meditó Espinoza.

-Posiblemente en algún momento de su vida, éste fue aislado o rechazado; supuso Hormazabal.

-Pero eso no es motivo suficiente para querer matar a la gente; opinó la gitana. -Tiene que haber algo más.

-¡Bruja maldita!, ¿por qué tenías que meterte?; se preguntó el hombre paseándose sin cesar en la penumbra de la cueva oculta entre los cerros de Naltagua. -¿Cómo pudiste vencer a mi criatura?

-Ya estoy un poco cansada; comentó Fresia. -¿Podemos salir a tomar un poco de aire al patio?

-La verdad es que llevamos muchas horas sin descansar; apoyó Hormazabal.

-Salgamos a tomar un poco de aire fresco; accedió Espinoza poniéndose de pie.

-¡Idiota, ven para acá!; gritó el hombre a un enclenque muchacho que estaba sentado al fondo de la cueva.

-Diga mi amo; respondió servicialmente.

-Quiero que vayas a averiguar todo lo que puedas sobre la bruja que se atrevió a interferir con mis planes; le ordenó a su sirviente.

-Como ordene amo; contestó el muchacho.

El hombre le arrojó un polvo que contenía en una bolsa de piel e inmediatamente, por arte de magia, el esclavo se convirtió en un gran pájaro negro que luego de graznar emprendió el vuelo.

-Que rico es el aire aquí; observó Milenka llenando los pulmones con el aire campestre.

-Nada que ver con el de la capital; opinó Espinoza.

A Fresia le pareció ver una sombra en el piso que se movía en círculos, pero al principio no le dio importancia; sin embargo, poco después notó que esta aumentaba de tamaño. Sin decir ni una palabra desenfundó su arma de servicio y disparó hacia un gran pájaro que giraba sobre ellos.

Sin vida el ave se precipitó contra el suelo.

-¿Por qué mataste a ese pájaro?; preguntó el Teniente Hormazabal.

Sin que la sargento necesitara explicárselo, el pájaro muerto cambió de forma ante todos, transformándose en el sirviente del brujo.

-Nos estaba espiando; respondió Fresia.

-¡Demonios!; gritó furioso el brujo en su escondite al darse cuenta de lo ocurrido.

-¿Cómo lo reconociste?; peguntó Milenka a la policía.

-Pude ver que lo envolvía una nube oscura de aspecto muy maligno; explicó ella. -Supongo que es un don que heredé de mis ancestros.

El disparo atrajo a todo el resto de los carabineros.

 -Este hombre saltó la muralla e intentó atacar a la Sargento Huaiquimil; explicó el Teniente Espinoza. -Ella se defendió haciendo uso de su arma de servicio. Todos nosotros somos testigos.

-Supongo que eso ahorrará un poco de papeleos; opinó un carabinero.

-Identifíquenlo e infórmenme luego; ordenó Espinoza.

-Como diga mi teniente; respondió el carabinero.

-Mejor entremos; sugirió el Teniente Hormazabal. -Por lo visto quien está detrás de todo ya sabe de nosotros.

-¿Pero qué diablos fue eso?; preguntó el Teniente Espinoza sin poder dar crédito a la transformación que tuvo lugar frente a sus propios ojos.

-Era un brujo que se había convertido en un pájaro para espiarnos; respondió la sargento. -Mi abuela me habló varias veces de ellos, pero no creí que vería uno yo misma.

-Espero que ahora estén plenamente conscientes de lo que enfrentamos; comentó el Teniente Hormazabal.

-Esto es magia negra; afirmó Fresia.

-¿Y cómo vamos a lidiar con quién está detrás?; preguntó el uniformado.

-¿Cómo dicen ustedes los paisanos?; preguntó Milenka tratando de recordar algo. -Ah sí, “El fuego se combate con fuego”; dijo mientras el agua en un jarro comenzaba a hervir por sí sola y las ventanas se abrieron de golpe.

-¿Acaso quiere decir que usted también es una bruja?; preguntó el Teniente Espinoza.

-La verdad es que soy una Shuvani; respondió Milenka.

-¿Y qué es eso?; preguntó Fresia, que nunca había escuchado la palabra.

-Es una sacerdotisa gitana; indicó el Teniente Hormazabal. -Y yo he presenciado personalmente el despliegue de su poder, así es que diríjanse a ella con humildad y respeto.

-Creo que eso no era necesario; opinó la gitana. -Al fin y al cabo vamos a trabajar juntos.

-Yo solo te estoy presentando como mereces, sabia Shuvani; respondió el detective inclinando la cabeza ante ella.

-La única forma de enfrentar a un brujo poderoso es con magia negra; indicó Milenka.

-Y este debe ser muy poderoso para poder invocar al Bulto; opinó Espinoza.

-Por lo que pude ver anoche El Bulto es algo impresionante; comentó Hormazabal.

-¿Vieron al Bulto?; preguntó sorprendida Fresia.

-Sí, pero lamentablemente solo pude salvar a la hija del comandante de bomberos; contó cabizbaja Milenka. -No actué a tiempo.

-No es culpa tuya; la consoló Hormazabal. -Si no hubieses detenido a esa cosa, también habría matado a la chica.

-Pero solo lo alejé; reflexionó la gitana. -No sirve de nada si no derrotamos al brujo que lo controla.

-¿Pudo ver al Bulto?; preguntó sorprendida Fresia.

-Como dije solo lo desvanecí temporalmente; aclaró la gitana.

-Debe ser bastante buena en su trabajo Milenka para lograr eso; opinó el Teniente Espinoza.

-Solo le ayudo en lo que puedo al Teniente Hormazabal; comentó Milenka.

-Bueno, mejor concentrémonos en el caso; ordenó Hormazabal.

-Lo más probable es que no pueda hacerlo sola nuevamente; opinó la Shuvani. -El brujo ya debe saber de mí.

-¿Sus ancestros le enseñaron algo que pueda ser de alguna utilidad?; preguntó el detective a la carabinera.

-Solo algo de algunas hierbas y algunas canciones; contestó Fresia.

Milenka pudo notar el nerviosismo de la joven mapuche al responder.

-Necesito ir al baño; dijo la gitana. -¿Me podría acompañar Fresia?

-Sí claro, vamos; accedió la joven.

-¿Qué opina?; preguntó Hormazabal.

-Si yo fuese el asesino, siendo un sicópata antisocial, me aislaría del resto del pueblo para irme a vivir a los cerros; respondió Espinoza.

-¿Hay muchas cuevas en estos cerros?; quiso saber el detective.

-Desde aquí hasta más allá de la Mina Naltahua, los cerros tienen más hoyos que un queso; comentó el carabinero.

-Es demasiado terreno para cubrir; opinó Hormazabal.

-Esto va a tomar tiempo; observó el uniformado.

-Y tiempo es lo que menos tenemos; acotó el detective. -Sobre todo ahora que el brujo sabe de nosotros, puede volverse más osado.

-Pero la Sargento Huaiquimil dedujo que actúa solo durante las noches de cambio de luna; recordó Espinoza.

-Lo que nos da una semana entre uno y otro ataque del Bulto; calculó Hormazabal.

-A menos claro está que mande a su monstruo como un caballo desbocado a destruir sin discernimiento; opinó el Teniente Espinoza.

-Hasta el momento sus ataques han sido dirigidos contra todo aquel que de una u otra forma se está divirtiendo; recordó el detective. -Esperemos que no cambie su modus operandi.

-Hay cosas que los paisanos no tienen por qué enterarse; comentó Milenka cerrando con llave la puerta del baño. -Puedes confiar en mí.

-No es fácil; dijo Fresia bajando la vista y moviendo nerviosamente los pies. -Siempre he tratado de llevar una vida normal para poder adaptarme a los demás.

-¿A qué le tienes miedo?; preguntó la gitana.

-Hay más; reconoció Fresia. -Cuando era niña un hombre trató de atacarme; al defenderme perdí el control y estuve a punto de matarlo. Mi madre se echó la culpa para protegerme; continuó Fresia. -Juré que eso nunca volvería a pasar.

-No puedes suprimir tu naturaleza; aclaró la gitana. -Solo tienes que convertirte en la dueña de ti misma.

-No entiendes, soy peligrosa; rebatió la Sargento Huaiquimil mientras un papelero de acero se aplastaba sobre sí mismo, quedando reducido a una bola informe de metal.

-Si llega a ser necesario yo misma te detendré; respondió Milenka mientras una fuerza invisible oprimía a  la joven contra la pared. -Pero cuando llegue la hora de pelear, lo deberás hacer con todas tus fuerzas y sabiduría.

-Está bien, confiaré en ti; aceptó Fresia.

-Y yo en tu don; respondió la gitana.

-Faltan solo tres días para el próximo cambio de luna; observó preocupado el Teniente Hormazabal, mirando el calendario que colgaba en la muralla.

-Y supongo que esta vez el ataque será directo contra nosotros, por haber interferido en los planes del brujo; comentó el Teniente Espinoza.

-Eso es casi seguro; opinó la gitana al entrar al despacho junto a la mapuche. -Pero esta vez su criatura recibirá un castigo por partida doble.

-Si es que no nos aplasta primero; pensó el carabinero en voz alta.

-Supongo que sabes que la velocidad en nuestra respuesta es vital, sabia Shuvani; advirtió Hormazabal.

-También la astucia en el combate; opinó Fresia.

-Ella tiene razón; apoyó Milenka. -Mientras ustedes dos distraen al Bulto, yo lo ataco por un lado y antes de que logre desvanecerse, Fresia lo remata con otro ataque no esperado.

-¿Ella también?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Sí; contestó la Shuvani. -Juntas podemos detener a ese monstruo.

-Eso espero; contestó la joven mapuche no muy convencida de ello.

-Bueno, si no resulta, que no se diga que no lo intentamos; comentó el Teniente Espinoza, haciendo girar su pistola en un dedo, como un pistolero del lejano oeste norteamericano.

La noche tibia y estrellada, la luna en cuarto creciente, nadie en la calle más que uno que otro perro. Dos hombres evidentemente borrachos avanzan en medio de risotadas sin respeto alguno por el descanso de los demás. Tambaleándose uno enciende un cigarro y le ofrece otro a su amigo; la mano le tiembla y los cigarros se desparraman por el suelo. Grandes ojos brillantes los observan desde lo alto; El Bulto los ha descubierto y los hará pagar su osadía, castigará su alegría de vivir.

Como un rayo uno de los hombres desenfunda una pistola y dispara en repetidas ocasiones contra el gigante oscuro; imitándolo el otro no vacila al apretar el gatillo. Ante una señal ambos tipos corren a ocultarse tras una gruesa columna de concreto, sin dejar de disparar.

-“Fuerzas oscuras del inframundo, acudan en ayuda de su servidora”; gritó la Shuvani con ambos brazos en alto al tiempo que se elevaba un fuerte viento que acumuló negras nubes.

El Bulto inmediatamente se volvió hacia la insolente gitana.

-“Llamo a los Pillanes que controlan la tierra, el fuego y el cielo, cubran a su machi con la fuerza de la tormenta y del rayo”; se escuchó potente la voz de Fresia.

-“Invoco el poder oscuro de la Profana Trinidad”; continuó Milenka apuntando una de sus manos hacia la criatura.

Una violenta y poderosa descarga eléctrica golpeó de lleno a la cosa, haciéndola temblar. Sin embargo, pronto se repuso del impacto y avanzó hacia la gitana.

-“Viento helado de la montaña sopla, yo te lo ordeno”; gritó Fresia mientras la temperatura bajaba bruscamente y un gran remolino envolvía al gigante.

-“Hielo mortal, envuelve a este engendro en su tumba eterna”; ordenó Milenka.

Los movimientos del Bulto se volvieron poco a poco más lentos y torpes, hasta que a pocos metros de la gitana quedó totalmente inmóvil, encerrado en una tumba de cristal impenetrable.

-¡Ahora!; gritó la Shuvani.

Fresia con los dos brazos extendidos concentró toda su atención en el congelado Bulto. El hielo comenzó a crujir y temblar, mientras un ronco quejido salía de la criatura que estaba siendo aplastada por todos lados. Reduciéndose a cada instante de tamaño, la tumba congelada comenzó a volverse opaca, hasta finalmente quedar convertida en una fría roca en medio de la calle.

-“Ábranse los abismos del infierno y sepulten en un pozo sin fondo a esta abominación”; ordenó la Shuvani, golpeando con su bastón la tierra.

Un sordo temblor hizo vibrar el suelo bajo sus pies y el piso comenzó a rajarse, avanzando una trizadura        que se abrió ancha bajo la roca en que yacía para siempre El Bulto, tragándosela y cerrándose sin dejar marca alguna.

El viento helado cesó y la temperatura volvió a la normalidad. Los dos policías salieron de su escondite y se dirigieron hacia donde estaban las dos mujeres.

-Lo lograron; las felicitó el Teniente Hormazabal. -Esta vez sí que fue destruido El Bulto.

Milenka miró de reojo a Fresia, quien tenía la respiración agitada y las manos crispadas.

-Aléjense despacio; advirtió Milenka mientras lentamente comenzaba a desenvainar la espada que permanecía oculta en su bastón.

La muchacha estaba a punto de perder el control, como tanto temía si liberaba su poder.

-Tranquila Fresia; le habló la Shuvani ocultando la espada tras su espalda y acercándose lentamente hacia la joven. -Ya todo ha terminado.

La chica miró  a la gitana con el rostro desencajado por la tensión y finalmente cayó desmayada.

Los dos policías no decían nada; el Teniente Espinoza no entendía bien que estaba pasando con su colega y el Teniente Hormazabal confiaba en la sabiduría y buen juicio de la gitana.

Milenka se arrodilló junto a Fresia y le acercó algo a la nariz, con lo que despertó casi en seguida.

-Lo logramos, hemos acabado con El Bulto; le contó la gitana a la policía mientras la ayudaba a ponerse de pie.

-De nada servirá si no encontramos al brujo que lo creó y acabamos con él; respondió la joven mapuche poniéndose de pie.

Respirando hondo y cerrando los ojos Fresia se concentró en sí misma.

-“Gran espíritu que vive en el viento sé mis ojos y muéstrame dónde se oculta el mal”; dijo la machi.

La gran sombra de un cóndor cruzó el cielo rumbo a los cerros. Fresia con la mirada en lo lejos permanecía distante viendo lo que el ave veía; recorriendo cerro tras cerro volaba junto al cóndor. De pronto su vista se fijó en el hilo de humo que salía de una de las cuevas; una corriente de viento agitó la fogata y ella vio a su morador sin que éste se percatase.

-Lo encontré; dijo Fresia después de un rato. -Está poco antes de llegar al Escorial; se ve furioso y muy agotado.

-Aunque lo vi con mis propios ojos aun no puedo creerlo; comentó sorprendido el Teniente Espinoza.

-Eso fue impresionante sargento; reconoció el Teniente Hormazabal ante Fresia.

-La verdad es que no imaginé que yo pudiera hacer eso; reconoció ella.

-Es solo cuestión de práctica y dejarse llevar; agregó la Shuvani.

-Ahora sí creo que lo he visto todo; pensó en voz alta Espinoza.

-Aun no ha visto nada teniente; le corrigió la gitana.

-Ya sabemos dónde está el brujo, sugiero que vayamos enseguida por él; propuso Fresia más segura de sí misma.

-¿Qué opinas Shuvani?; preguntó Hormazabal a Milenka.

-El brujo debe encontrarse débil ahora, aprovechemos la oportunidad y vayamos a buscarlo; sugirió la gitana.

-La forma más directa de llegar al Escorial es a caballo; comentó el Teniente Espinoza. -Pero vamos  a tener que esperar hasta que salga el sol.

-Pero el brujo podría escapar; advirtió Fresia. -Vayamos ahora.

-Entre los cerros, en medio de la noche, a caballo podríamos matarnos; la interrumpió el carabinero.

-El Teniente Espinoza tiene razón; reconoció el Teniente Hormazabal.         -Mejor esperemos hasta que aclare.

-Tal vez yo tenga la solución; opinó Milenka sacando una bolsita de tela negra de su ropa.

La gitana vació su contenido en una de sus manos y sopló el polvo que se acumuló. Una pálida esfera blanca se formó en el aire como una pequeña luna, que sin ser muy brillante disipaba las tinieblas a su alrededor, aportando una conveniente claridad extra en medio de la oscuridad.

-Ahí está la solución; reconoció la mapuche. -Ahora solo falta conseguir cuatro caballos.

-De eso me encargo yo; dijo Espinoza. -Vuelvo en diez minutos.

-¿Cree que pueda conseguir transporte a esta hora?; preguntó Hormazabal a Fresia cuando el carabinero se retiró.

-Su familia tiene un fundo en la zona, de seguro poseen muchos caballos; indicó ella.

A los quince minutos el Teniente Espinoza volvía montado en un brioso potro marrón y tiraba de otros tres magníficos ejemplares.

-El transporte ha llegado; dijo él acariciando el cuello de su corcel.

-¿Rifles?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Como una segunda alternativa, solo en caso de que la magia no funcione; respondió el uniformado.

-Déjelos; intervino Milenka. -Aunque son resistentes, las armas de fuego funcionan bien contra los perros del infierno y otras criaturas.

-Creo que no deseo saber qué es eso; opinó Espinoza.

Los caballos se desplazaban silenciosos entre los cerros. La esfera luminosa se movía casi a ras del suelo para evitar que los descubriesen antes de tiempo. Fresia que había visto el camino hacia la guarida del brujo encabezaba la marcha.

-¿Cómo te sientes Milenka?; preguntó el Teniente Hormazabal a la gitana.

-Tranquila, pero no confiada en exceso; respondió ella. -Por lo visto nos enfrentamos a un brujo muy poderoso.

-Mmm; pensó el detective. -Cada día te vuelves más sabia Shuvani; tu madre estaría orgullosa de ti.

-Con la ayuda de Fresia y del Teniente Espinoza aumentan nuestras posibilidades.

-Sin embargo no hay que descuidarse; advirtió el detective.

-No lo hago; reconoció ella. -Pero si la situación se complica recurriré a medidas extremas.

-¿A qué te refieres?; quiso saber él.

-¿Fernando  recuerdas la otra vez que estuvimos en estos cerros?; preguntó la gitana.

-Claro que me acuerdo; contestó el detective. -Fue algo de locos.

-Pues bien, esa  vez…; Milenka no alcanzó a terminar de hablar cuando la interrumpió la sargento.

-Estamos a dos kilómetros del escondite del brujo; indicó ella. -Sugiero que dejemos los caballos aquí y continuemos a pie.

-Es una buena idea; apoyó el Teniente Espinoza.

En silencio como sombras los cuatro avanzaban lentamente entre las rocas y desniveles de los cerros. Hormazabal comprobó con dolor que no era una buena idea afirmarse con las manos en el suelo, lleno de escorias y rocas rotas y afiladas, recuerdos mudos de la antigua actividad minera de la zona.

-Creo que es conveniente apagar la luz; sugirió Fresia en voz baja a  Milenka.

-Pienso lo mismo; contestó ella mientras la esfera luminosa comenzaba a volverse más y más pequeña, hasta terminar por desaparecer completamente.

-Ahora concéntrense en cada paso que den; aconsejó el Teniente Espinoza en medio de la oscuridad.

Lentamente, tratando de meter el menor ruido posible, los cuatro avanzaban en silencio hacia la guarida del brujo. Después de unos minutos Fresia se agachó tras unas rocas e hizo una señal con la mano a los otros.

El resplandor de una fogata brillaba en el interior de una de las cueva en la que el hechicero se ocultaba.

Milenka sacó cuatro bolsitas de tela de su bolsillo y entregó una a cada uno de sus compañeros.

-Son amuletos que los protegerán de la magia del brujo; explicó. -Ocúltenlos entre sus ropas.

-Yo también traje un talismán; dijo el Teniente Espinoza pasándole bala a su rifle.

-Usted y el Teniente Hormazabal córtenle el paso al brujo si es que intenta escapar; ordenó la Shuvani.

-Yo voy con usted; dijo Fresia mirando hacia la cueva.

-Mejor cúbreme la espalda desde aquí; pidió la gitana. -El brujo no sabe de ti y no se esperará un segundo ataque; tú eres nuestra arma secreta, como dicen ustedes.

-¡Cuídate!; le dijo el detective a la Shuvani tomándole la mano.

Lo más sigilosamente posible, Milenka se escabulló hasta la entrada de la cueva. En el interior el brujo echaba distintos polvos y pociones en un caldero lleno de líquido en ebullición que despedía vapores incandescentes.

Sin quitarle la vista de encima la gitana vació el espeso líquido contenido en un pequeño frasco, justo en la entrada de la cueva en que el hechicero  había establecido su morada. Con la mano derecha llena de tierra negra la Shuvani ingresó rápidamente y la arrojó al rostro del brujo.

-“Maldigo tus poderes”; gritó la gitana mientras el hombre confundido trataba de limpiarse los ojos.

-¿Cómo te atreves mocosa insolente?; gritó furioso el hechicero. -Por tu estupidez nunca saldrás con vida de aquí; amenazó el tipo elevando una de sus manos.

Con frustración y el rostro desencajado por la rabia el brujo notó que nada ocurría.

-Eres muy hábil pequeña, pero yo soy más viejo y sabio; le advirtió a la joven gitana.

-“Por la fuerza del rayo,

Por lo que muere y por lo que está por nacer.

Doblégate  ante el poder de las Shuvanis”;

gritó Milenka mientras una fuerte corriente de viento lanzaba al hechicero contra la rocosa pared.

-Un truco tan insignificante no podrá detenerme; sonrió el brujo poniéndose de pie. -Sola viniste a tu muerte y nadie te protegerá pequeña brujita.

-Cuenta de nuevo; se escuchó la voz de la gitana, que sonaba como si fuese la de distintas mujeres, mientras su rostro cambiaba rápidamente.

-“Espíritus de las Shuvanis de ayer y de mañana, acudan al llamado de su hermana”; dijo Milenka mientras varias manos invisibles sostenían al hechicero, al tiempo que desenvainaba la espada que ocultaba en su bastón.

-Ni lo sueñes bruja; le advirtió él apuntándole con su rojo anillo.

De un golpe inesperadamente Milenka se encontró atontada en el suelo. Sin levantarse levantó un brazo y una terrible descarga eléctrica golpeó al brujo, haciéndole caer de rodillas.

Los destellos de luz del combate salían de la cueva y la tierra temblaba amenazante. Incapaz de poder esperar más tiempo ante la incertidumbre, el Teniente Hormazabal se arrastró hasta una roca casi en la boca misma de la cueva.

A regañadientes el Teniente Espinoza lo siguió hasta su nuevo escondite y apuntó su rifle hacia el interior de la cueva.

-Maldita bruja, ya vas a ver; gritó el brujo poniéndose de pie como si nada.  -Prepárate a morir.

-“Invoco el poder de la Profana Trinidad Infernal”; dijo la Shuvani con los brazos en alto mientras un fuerte temblor hacía caer al brujo.

-“Espíritu que habita en los cerros muéstrale tu fuerza a mi enemigo”; se escuchó la voz de Fresia que entró a la cueva en ayuda de la gitana.

Imposibilitado de levantarse por la presión generada con el conjuro de Fresia que lo aplastaba, el brujo buscó con sus dedos el mango de una larga daga que ocultaba entre su ropa.

La alevosa intención del hechicero se vio frustrada por un certero disparo del rifle de Hormazabal que arrojó lejos el arma.

-Sin hacer trampa; dijo Hormazabal apuntando directo a la cabeza del brujo, listo para volársela de ser necesario.

-Malditos, ahora todos morirán; gritó amenazante el furioso hechicero, anulando el conjuro de Fresia a quien derribó con un golpe del poder de su anillo.

El líquido del caldero comenzó a hervir a borbotones y a derramarse por el piso, moviéndose como si tuviese vida propia.

-“Levántate hijo mío y acaba con estas brujas”; ordenó el brujo.

Una masa oscura empezó a formarse en el líquido y a crecer hasta unos tres metros, convirtiéndose en una versión más pequeña del Bulto.

-Ahora prepárense para sentir mi verdadero poder; rió maliciosamente el brujo.

-Ya que abriste las puertas del infierno; comentó Milenka. -Entonces que se liberen los perros infernales.

-¿Se volvió loca acaso?; se preguntó el Teniente Hormazabal al escuchar las nefastas palabras de la Shuvani.

Un denso humo negro emanó del lugar donde la gitana había vaciado el líquido oscuro y espeso que llevaba. Ante el asombro de todos y la preocupación de Hormazabal, al disiparse éste dos monstruosos perros del averno gruñían contra El Bulto.

La baba de los infernales animales goteaba sin cesar sobre la tierra, quemándola como el más fuerte de los ácidos.

-Llévenlo de vuelta al hoyo negro  del cual salió; ordenó la Shuvani a las bestias, las cuales se lanzaron sobre el engendro invocado por el demente hechicero, hundiendo sus agudos colmillos en su oscura carne.

En medio de los ladridos de los perros y los gritos de la criatura, ésta se desplomó en medio de un gran charco formado por su sangre, negra como el petróleo.

El Teniente Hormazabal apuntaba nervioso su rifle sobre los terroríficos canes.

-Contrólalos, contrólalos; rogaba en voz baja el detective, esperando que la gitana no perdiese el dominio sobre los animales.

-De vuelta al infierno ahora; ordenó la Shuvani.

La negra sangre del Bulto comenzó a  arder, envolviendo completamente a la criatura, que se retorcía bajo las fauces de los perros.

Los mastines del infierno se volvieron hacia Milenka y Hormazabal estuvo a punto de apretar el gatillo de su rifle, cuando se disolvieron en medio de una negra nube de humo.

-¡Esto no es posible!; exclamó incrédulo el brujo. -Nadie es más poderoso que yo.

-Ríndete enseguida; ordenó Fresia sacando un par de esposas.

-Eso nunca; gritó furioso el hechicero, tomando un báculo que estaba sobre una mesa.

En forma refleja Fresia extendió bruscamente sus brazos y el brujo cayó de espalda sobre los escombros y rocas molidas. A pesar del tremendo golpe recibido, el hechicero no soltó su báculo y lo apuntó contra Fresia.

Inesperadamente, sin que ninguna mano la manipulase, la espada de Milenka que estaba tirada en el suelo, salió disparada y giró bajo la cabeza del hechicero, decapitándolo de un certero y limpio golpe. El cuerpo sin cabeza del brujo permaneció de rodillas un momento, para finalmente desplomarse.

Los tenientes Espinoza y Hormazabal entraron corriendo a la cueva para verificar que las mujeres estuviesen bien.

-Al fin se acabó; comentó Espinoza.

-Aun no del todo; corrigió la Shuvani. -Fresia, por favor encárgate definitivamente de los restos del brujo.

-“Poderoso Pillán que controlas los cerros y el fuego de la tierra, haz arder a este maldito en el fuego eterno”.

La tierra se abrió bajo el hechicero, con un sonido ronco de algo pesado que se arrastra, y una mano incandescente atrapó su cuerpo, llevándoselo hasta el fuego que nunca se extingue.

-Así se hace Fresia; felicitó Milenka a la carabinera. -Ahora sí acabó todo.

-Entonces vayámonos de aquí; propuso el Teniente Espinoza.

-Sí, ya no hay nada más que hacer; respondió la gitana, mientras devolvía su espada a su vaina.

Cuando todos salieron de la cueva y se hubieron alejado varios metros, un poderoso relámpago cayó sobre el cerro, derrumbando la cueva y sepultando para siempre su oscuro secreto.

-Bueno, creo que con esto se cierra el caso del Bulto; comentó el Teniente Hormazabal.

-No puedo creer aun todo lo que ha pasado; opinó el Teniente Espinoza.

-Ni yo; agregó la Sargento Huaiquimil mirándose las manos.

-Es mejor que se acostumbren, porque han comenzado un viaje sin regreso; dijo Milenka.

-¿Y ahora?; preguntó la gitana al detective.

-Supongo que de vuelta a Santiago; respondió él.

-¡Esperen!, recuerden que les prometí las mejores vacaciones de su vida; mencionó el alcalde que se acercó al grupo.

-Pero mi descanso anual aun está lejos; reconoció Hormazabal.

-De eso me encargo yo; dijo el subprefecto de policía palmeando el hombro del detective.

Anuncios
 

Magia Negra – Capítulo 1 – Brujería 13 diciembre 2017

Registro Safe Creative: 1709013406791  Safe Creative #1709013406791

Boris Oliva Rojas

 

 

 Magia Negra
Capitulo N° 1
Brujería

-Hace tiempo que no veía una película tan entretenida; comentó Daniel a Susana a la salida del cine.

-Sí, estuvo bastante buena; opinó ella.

-Aún es temprano, podríamos pasar a comer algo; propuso Daniel.

-Está bien; aceptó Susana. -Total mañana es sábado.

Eso estaba planeando la pareja cuando una desaliñada gitana, de edad poco definida les cortó el paso.

-Paisana déjame verte la suerte; dijo la mujer.

-No gracias; rehusó Susana.

-No seas orgullosa paisana; insistió la gitana.

-No gracias; volvió a rechazarla Susana.

-Dame un billete entonces; pidió la gitana.

-Ya no molestes más vieja; le gritó de mal humor Daniel, dándole un empujón a la mujer.

-Maldito seas paisano; le respondió enojada la gitana. -Te perseguirá la maldición gitana.

Mejor vámonos; pidió Susana algo asustada.

-Ya vamos a comer mejor; sugirió Daniel. -No le hagamos caso a esta vieja.

-Ya no tengo tanto apetito; respondió ella.

-No le hagas caso, todas las gitanas son así; opinó él.

La pareja entró a un restorán chino que permanecía abierto a esa hora y se relajó, olvidando el disgusto que les hizo pasar la gitana.

-Necesito ir al baño; se excusó Susana poniéndose de pie.

-Sí, anda; aceptó Daniel.

Cuando él se disponía a beber un poco más de vino, notó que algo se movía en su plato. Con el tenedor escarbó y encontró una cucaracha viva entre la comida.

-¡Qué asco!; exclamó Daniel. -Mozo, venga por favor; llamó molesto al tipo que los había atendido.

-¿Se le ofrece algo señor?; preguntó servicial el empleado.

-Sí, dígale al cocinero que a esta cucaracha le falta cocción; contestó sarcástico Daniel pasándole el plato al joven.

Cuando Susana volvió del baño vio que su pareja conversaba un poco enojado con el cocinero, quien se disculpaba exageradamente por algo.

-¿Qué pasa?; preguntó ella.

-Nada serio; respondió Daniel. -Me salió un pelo en la comida.

-Señor, lo siento  mucho, es muy extraño y lamentable; se excusó el dueño. -En compensación la cuenta corre por la casa.

-Está bien, dejémoslo así; aceptó Daniel.

-Por favor señora acepte este pequeño obsequio; ofreció la esposa del dueño entregándole una pequeña estatuilla de Buda a Susana.  -Les traerá buena suerte.

-Gracias; aceptó ella algo confundida.

-Bueno, creo que es hora de irnos; dijo Daniel mirando su reloj.

Las calles de la ciudad ya no se veían tan congestionadas como hace unas horas; la noche había caído hace rato y muy pocos vehículos circulaban por el pavimento. De improviso el automóvil se inclinó un poco y las ruedas se balancearon sin control.

-¡Demonios!; exclamó Daniel, deteniéndose a un costado. -Se pinchó un neumático.

-¿Traes el de repuesto, verdad?; preguntó Susana.

-Sí, ayúdame a cambiarlo; respondió él.

-Ya van dos; mencionó ella.

-¿Dos qué?; preguntó Daniel sacando la rueda de repuesto del portamaletas.

-Dos cosas malas te han pasado desde que la gitana te tiró esa maldición; comentó Susana.

-Haa,nada que ver. Es solo coincidencia; opinó Daniel sin darle importancia mientras metía la gata hidráulica bajo el auto. -Igual el neumático estaba algo viejo y la goma se pone más blanda.

-¿No me digas que crees en esas cosas?; preguntó sonriendo él mientras se limpiaba las manos con un paño.

-La verdad es que no sé, siempre se ha dicho que las gitanas tienen poderes; respondió ella.

-Son solo cuentos; contestó él. -La magia no existe.

-Claro que existe; rebatió Susana. -Mi abuela me contó muchas cosas que vio o supo.

-Tú lo has dicho, tu abuela; contestó Daniel. -La gente de esa época creía hasta en el diablo.

-Si es cierto; aceptó Susana. -Pero cuando el río suena es por algo.

-Sí, porque a alguien se le cayó un piano al agua; bromeó Daniel.

-No te rías, nací en un pueblo chico donde se creía en esas cosas; se defendió ella.

-Yo tampoco nací en Santiago; respondió Daniel. -Pero no por eso voy a creer en maldiciones gitanas y brujerías.

-Sin embargo, yo he leído que no todo es falso; insistió Susana.

Así se fueron discutiendo el resto del camino.

Al otro día el despertador comenzó a sonar insistentemente a las seis de la mañana.

-Hoy es sábado; reclamó Susana. -¿Por qué no lo apagaste?

-Estaba seguro que lo había desconectado; se defendió él volviendo a dormirse.

A la mañana el asunto de la gitana había dejado de ser un tema de conversación y la pareja pensaba qué hacer ese día.

-Voy a comprar pan fresco mientras  piensas en algo; avisó Daniel.

-Trae algo rico; pidió Susana.

Después de un rato él volvía con las compras. No se percató cuando se rompió la rama de árbol, que cayó justo frente suyo. Si Daniel hubiese alcanzado a dar otro paso más, le abría golpeado de lleno en la cabeza.

-Ya me aburrió esta broma; dijo para sí esquivándola.

-Te demoraste un poco; comentó Susana, quien ya tenía la mesa puesta.

-Había muchas señoras de edad avanzada; se excusó Daniel.

 Mientras Susana tomaba una ducha Daniel en la cocina echaba una variada mezcla de hierbas, verduras y condimentos en la licuadora.

-¿Qué preparas?; preguntó ella desde el dormitorio.

-Jugo de verduras; respondió Daniel. -¿Quieres un poco?

-Déjame verlo; pidió Susana.

Daniel le mostró la verde mezcolanza de vegetales y demases a su mujer.

-Se ve horrible; rechazó ella. -Y  huele mucho peor.

-Bueno, tú te lo pierdes; respondió Daniel mientras sin inmutarse siquiera se bebía todo el desagradable contenido del vaso.

El viento movía lentamente las nubes, dejando aparecer entre algunos claros de cielo la luna que mostraba sus cuernos, para ocultarse nuevamente al poco rato. La típica noche de otoño había obligado a prender algunas fogatas en el campamento gitano, para poder combatir el frío del invierno que ya se acercaba.

Los perros comenzaron a ladrar nerviosos. Un viento tibio que presagiaba una llovizna pasó entre las carpas y agitó las fogatas.

Un extraño entró al campamento, junto con una ráfaga de viento que apagó los fuegos. La vieja gitana salió de su carpa atraída por los perros que gemían asustados.

-Eres muy valiente o muy tonto para venir aquí de noche paisano; dijo ella.  -¿Vienes a rogar que te quite la maldición?

-¿Acaso me vas a lanzar otra maldición?; preguntó Daniel.

-¿A qué viniste paisano?; preguntó desafiante la mujer.

-A devolverte el favor  gitana; respondió él.

-¿Qué sabes tú de esas cosas paisano tonto?; se rió la gitana. -Maldito paisano.

-¡Cállate vieja bruja!; gritó Daniel.

La mujer se llevó las manos a la garganta, cuando las palabras no pudieron salir de su boca.

-¿Qué pasa gitana?; preguntó Daniel. -¿Acaso te comió la lengua el ratón?

Al no poder hablar a pesar de su esfuerzo, en su desesperación la vieja gitana mordió fuerte su lengua, provocándose un profundo corte. Furiosa y asustada la mujer dio un fuerte grito que despertó a todo el campamento.

-¿Qué está pasando?; preguntó el jefe de la tribu con un cuchillo en la mano.

-No te metas gitano; dijo Daniel dando una dura mirada al hombre, quien como si una invisible mano lo elevase, fue arrojado contra un árbol.

Otro gitano salió de su carpa empuñando una escopeta, pero cayó de espalda, como si lo hubiesen empujado.

El viento arreciaba moviendo rápido las nubes. Los gitanos se encontraban fuera de sus carpas armados con lo que tuvieran a mano. Un gitano armado con un rifle disparó contra Daniel, pero la bala se derritió antes de tocarlo; el calor que su cuerpo producía quemaba el pasto a su alrededor.

Uno de los gitanos lo atacó con una gran hacha, pero en medio de gritos su ropa se inflamó al acercarse a Daniel, cayendo al suelo envuelto en llamas.

-¿Quieren ver maldiciones de verdad?; preguntó Daniel abriendo los brazos.

El agua de la lluvia enseguida se convirtió en negra aceite que ensució todo lo que tocaba. El trueno estalló y cientos de sapos y alimañas comenzaron a caer de las nubes. El pánico se apoderó de los gitanos, los que escaparon corriendo en distintas direcciones, dejando abandonadas todas sus pertenencias.

Solo la vieja gitana permaneció en el campamento, mudo testigo de la furia del brujo.

-Fue una mala idea lanzarme una maldición gitana, mira lo que provocaste; dijo hipócritamente Daniel.

La gitana trataba de hablar, pero de su boca no podían salir palabras.

-No te entiendo; dijo Diego. -Habla más claro. Dicho esto la voz volvió  a la garganta de la gitana.

-¿Quién diablos eres?; preguntó la mujer a duras penas por su lengua herida.

-Solo un humilde brujo; contestó Daniel. -¿O creías que solo los gitanos tenían magia?

-Puedo quitarte la maldición paisano, pero por favor déjanos en paz; imploró la mujer.

-Gracias, pero ya me la saqué yo solo; rechazó él.

-Entonces te ruego que nos perdones y te vayas; pidió ella.

-No es tan sencillo; explicó Diego. -Verás, hay una reputación que debo cuidar. ¿Te imaginas si dejara que cualquiera viniera y me maldijera?, eso no sería digno.

-No pretendí insultarte gran brujo; trató de excusarse la gitana.

-Lo entiendo, pero comprende que debo dar un ejemplo; respondió Daniel.

Un fuerte viento arrojó de espaldas al suelo a la vieja gitana. Las maderas de una destartalada carreta comenzaron a temblar hasta que se desprendieron, para formar entre sí una gran cruz.

Algo arrastró a la mujer depositándola encima de la cruz. Con terror en la mirada vio como a sus manos se acercaron afilados clavos.

-¡No por favor, no!; gritó en medio del dolor cuando el metal atravesó sus manos y pies.

Una fuerza invisible levantó la cruz, clavándola en la tierra, dejando a la gitana cabeza abajo, crucificada e imposibilitada de escapar.

Alaridos de dolor estremecían la noche cuando el cuerpo de la vieja mujer fue envuelto por las llamas, los cuales pronto cesaron y el aire se llenó de un olor a carne quemada.

Con paso calmo el brujo abandonó el campamento gitano, dejando clavada en una cruz invertida su advertencia para otros insolentes.

Entre los árboles sus ojos llenos de miedo y dolor, rabia y pena, inundados de lágrimas observaban el macabro espectáculo. De niña su madre le había hablado de la magia de su pueblo, de leyendas e historias  de poderes más allá de la comprensión de los paisanos y no destinados para todos sus hermanos. También le había contado de demonios y espíritus malignos  que atacaban los poblados y hacían mal por gusto, enfermando y matando solo por placer.

Si bien la magia del pueblo Romaní se convertía a veces en maldiciones, sobre todo contra los paisanos, esta era solo para asustarlos, jamás les provocaba un daño serio o mortal; en cambio la magia que había atacado a su campamento era mala, oscura y cruel, no solo había aterrorizado, también había provocado muerte y destrucción y su madre fue la que más sufrió. Su cuerpo, mudo testigo del mal que cayó sobre el campamento aun ardía cabeza abajo en una cruz demoniaca.

Sus ojos querían cerrarse para no ver tal abominación, pero ella se resistía. Quería recordar todo lo que ocurría; el odio comenzaba a crecer en su interior y el recuerdo de los últimos y agónicos minutos de la vida de su madre le darían la fuerza para buscar al asesino y hacerlo pagar por todo, aunque se tratase de un brujo que hace poco creía que existía solo en los cuentos de las mujeres más ancianas de la tribu; y sin embargo, existía y lo había visto asesinar a su madre.

Milenka sin decir ninguna palabra a nadie se encerró en la carpa que compartía con su madre. Con el corazón herido se sentó frente al espejo y peinó su largo cabello negro para relajarse algo. No se inmutó ni asustó cuando en el cristal plateado se apareció el rostro de su difunta madre.

-Guíalos con sabiduría; le dijo el espectro de la anciana gitana.

Milenka cubrió su rostro con sus manos y en silencio lloró unos minutos para luego respirar hondo, secar sus lágrimas y arreglar su cabello.

Lista o no, debería asumir su destino y ocupar el lugar de su madre como Shuvani de la tribu. En respetuoso silencio toda la tribu la aguardaba afuera de su carpa.

-Esta tierra ha quedado maldita, dijo Milenka. -Debemos marcharnos a campos más puros.

-Así se hará Shuvani, dijo el hijo del jefe, quien había asumido la dirección de la tribu tras la reciente muerte de su padre.

Es sabido por todos que a los Romaní no les gusta hacer a los paisanos parte de sus problemas; sin embargo, no falta algún pueblerino que ve algo y da aviso a las autoridades. Esta fue una de esas ocasiones, en que alguien vio lo que ocurría en el campamento gitano y llamó anónimamente a la policía. Aunque al recibir la llamada le dieron poca importancia, cuando llegaron a la escena del crimen, o mejor dicho de los crímenes, a todos los policías se les borró de golpe la sonrisa de los labios.

-¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó el oficial de policía, al ver el cadáver aun humeante de la vieja gitana.

-¿Qué vienes a hacer aquí paisano?; preguntó el jefe de la tribu al policía.

-Tengo que investigar qué pasó aquí; dijo el policía indicando la cruz humeante.

-Tú no podrás hacer nada paisano; respondió el gitano.

A todo esto los otros gitanos se comenzaron a juntar ante la presencia de la patrulla, lo que puso un poco nerviosos a los otros detectives.

-Yo voy a hablar con este paisano; dijo Milenka acercándose al grupo.

-Como quieras; aceptó el jefe.

Luego de observar a la joven gitana, el detective entendió de quien se trataba.

-Saludos Shuvani; saludó el detective inclinando la cabeza. -Que Santa Sara te bendiga.

-¿Conoces nuestras tradiciones paisano?; preguntó Milenka.

-Conozco y respeto a tu madre; contestó el teniente. Pido permiso a este pueblo y a ti sabia Shuvani, para poder trabajar.

-Acompáñame a mi carpa paisano; pidió Milenka.

-No veo a tu madre; observó el Teniente Hormazabal.

-Mi madre se ha marchado ya, aunque la viste afuera; respondió Milenka mirando la cruz, mientras una sombra cubría su dulce rostro.

-¿Sabes quién lo hizo?; preguntó el policía.

-Anoche un paisano entró tarde al campamento y nos atacó; respondió la muchacha. -No pudimos defendernos siquiera.

-¿Lo habías visto antes?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Nunca, pero parece que tenía problemas con mi madre; respondió ella.  -También mató al jefe de nuestra tribu y a otro gitano.

-¿Y no pudieron detenerlo?; preguntó el policía.

-Era muy poderoso y ni las balas lo tocaban; contestó Milenka.

-Debe haber usado un chaleco antibalas; pensó el detective.

-¿Estaba armado?; preguntó el policía a la gitana.

-No le vi ningún arma; respondió ella.

-¿Entonces cómo me explicas que nadie lo hubiese parado mientras mataba a tres de ustedes?; quiso saber Hormazabal.

-Porque ese paisano es un brujo; contestó la mujer.

-¿Brujo?; preguntó el policía. -¿Insinúas que usó magia?

-Para ustedes los paisanos es difícil creer en esas cosas; comentó ella.  -Pero para mi gente es algo natural.

-Entiendo; asintió el policía.

-No me crees paisano; opinó Milenka.

-No importa lo que yo crea; contestó él. -Pero debo investigar qué ocurrió realmente aquí; por eso pido tu permiso para que yo y mis hombres podamos trabajar, para atrapar al asesino de tu madre.

-Hazlo, pero con respeto; accedió Milenka.

-Gracias, sabia Shuvani; aceptó el Teniente Hormazabal.

-Milenka, mi nombre es Milenka; contestó la joven sacerdotisa gitana.

-Gracias Milenka, te prometo atrapar a ese maldito; afirmó el detective.

Algunos gitanos esperaban fuera de la carpa a la Shuvani, mientras que los tres policías aguardaban ansiosos junto a la patrulla, bajo la mirada recelosa y desconfiada de otro grupo.

En medio de la expectación de todos, Milenka y el Teniente Hormazabal salieron juntos.

-Estos paisanos van a trabajar en el campamento y moverán los cuerpos de nuestros muertos; informó ella a todos. -Ellos atraparán al brujo que mató a nuestros hermanos.

-Pero eso profanará su carne y su recuerdo; objetó de mala forma un gitano. -No estoy de acuerdo en que estos paisanos se metan.

-¡Calla tu lengua insolente y muestra respeto, la Shuvani ha hablado!; se escuchó la voz severa y a la vez paternal del gitano más anciano de la tribu, ante cuya presencia  todos los jóvenes bajaron la mirada.

-Si la Shuvani lo ha consentido, que así sea; ordenó el jefe de la tribu. -Nadie moleste a los paisanos y contesten todas sus preguntas.

-Serás un sabio jefe al igual que lo fue tu padre; respondió Milenka al jefe.

-Bueno paisano, ponte a trabajar, que nosotros haremos lo nuestro; autorizó la Shuvani retirándose junto al anciano y al jefe de la tribu.

La cena estaba un poco condimentada, lo que dio algo de sed a Daniel, así es que se dirigió a la cocina a servirse un trago de agua. Afuera el viento mecía los árboles y silbaba al pasar entre los cables eléctricos. Justo cuando un relámpago rajó el negro manto de la noche, Daniel levantó la cabeza; la impresión que se llevó le hizo soltar vaso, el que se molió en el suelo, al ver el rostro de la vieja gitana muerta reflejado en la ventana.

-¿Todo bien?; preguntó Susana desde el living al escuchar el ruido del vaso al romperse.

-Sí, se me cayó un vaso; respondió Daniel.

Un gesto de molestia cruzó momentáneamente el rostro de él.

La frente de Milenka estaba cubierta de gotas de transpiración y se sentía muy exhausta, pero no podía descansar hasta encontrar al brujo que había asesinado a su madre y hacerlo pagar.

-¿Tiene alguna pista doctor?; preguntó el Teniente Hormazabal al forense.

-No, pero puedo decirle lo que no tengo; respondió él.

-Supongo que hay algo peculiar; opinó el detective.

-Cuando un objeto o persona se quema con algún elemento incendiario de cualquier tipo, siempre quedan restos de derivados del combustible; explicó el profesional.

-Algo había leído al respecto; comentó Hormazabal.

-Sin embargo, en este caso no hay nada. La combustión fue limpia, por así decirlo; aclaró el forense.

-¿Entonces con qué quemaron a las dos víctimas de fuego?; preguntó el policía.

-Aparentemente el fuego se produjo por exposición a una fuente muy intensa de calor, no química; continuó el médico.

-Ya…, entonces el asesino es Superman y los mató con su visión calórica; dijo sarcástico el detective.

-No creo que haya sido él, pero sí le puedo asegurar que usó una fuente muy poderosa y controlada de calor; respondió el forense. -Personalmente  no sé qué arma usó el asesino, pero sí que es muy poderosa.

Sin ninguna pista la investigación podía extenderse por mucho tiempo, dedujo el teniente, pero a veces eso pasaba; ahora había un criminal suelto en las calles, que no permitiría que quedase sin castigo. El único lugar donde podría sacar algo en claro era el campamento gitano. Cerca del medio día llegó cuando éste ya estaba prácticamente desarmado, listos sus moradores para marcharse de ese lugar maldito.

-Hola paisano, ¿qué quieres?; saludó Milenka.

-Saludos Shuvani; respondió el Teniente Hormazabal. -Necesito hacerte unas preguntas.

-¿Qué quieres saber?; preguntó ella.

-¿Tú viste al asesino de tu madre?; preguntó el policía.

La gitana bajó la mirada y guardó silencio un momento, con voz apagada respondió.

-Nunca olvidaré ese rostro; contestó la joven Shuvani.

-Entiendo; comentó el detective.

-¿Estarías dispuesta a acompañarme al cuartel de policía para que tú describas al asesino y hagan un retrato de él?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-¿De qué serviría eso?; quiso saber Milenka.

-Si conocemos su rostro podremos buscarlo por todos lados; contestó el policía.

-¿Y cuándo lo encuentren, crees que lo van a poder atrapar?; preguntó ella.

-Confía en la policía Milenka; pidió el detective.

-Confío en ti paisano; respondió la gitana.

-¿Entonces me acompañarás al cuartel policial?; insistió el teniente.

-Pero nosotros nos vamos a ir de este lugar; informó la joven.

-Es solo por unas horas; aclaró el detective.

-Está bien paisano, para que puedas seguir con tu trabajo; aceptó Milenka.

Al poco rato el auto del Teniente Hormazabal se estacionaba frente al cuartel policial.

-Esta oficial va a dibujar al asesino con la descripción que hagas; indicó el policía a Milenka.

Después de unos minutos, sobre la hoja de papel apareció exacto el rostro de Daniel, con una sombría expresión de maldad.

-Gracias Milenka, con esto podremos atraparlo; dijo el policía.

-¿Ya puedo volver con mi gente?; preguntó la gitana.

-Espera un momento; pidió el detective, pasándole un teléfono celular a la muchacha.

-Llámame en caso que me necesites o recuerdes algo útil; indicó el teniente. -Mi número está grabado ya.

-Bueno paisano; respondió Milenka guardando el teléfono en un bolsillo de su vestido.

-Te llevo de vuelta a tu campamento; ofreció el policía.

-No gracias paisano; rehusó ella. -Conozco el camino.

La fría noche fue perturbada por las pisadas que entraron donde hace unas horas se hallaba el campamento gitano; ningún perro, ni ninguna voz de alarma dieron el aviso. Daniel se encontró con un sitio baldío solamente; los gitanos habían movido su campamento hacia otro lugar, lejos de la tierra maldita por el brujo.

-¡Malditos gitanos!; gritó Daniel apretando los puños con rabia. Un relámpago rompió el negro velo de la noche, cuando se desencadenó el aguacero.

En medio de la lluvia claramente llegó a los oídos del brujo la risa de la vieja gitana.

-Me la vas apagar gitana; gritó enojado Daniel.

Milenka se sentía cansada y su frente brillaba con gotas de humedad, pero no iba a desistir en su esfuerzo por hacer pagar al brujo, aunque sabía que eso era peligroso. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el repiqueteo del celular del policía.

-Milenka te llamaba para preguntarte si has recordado algo más, lo que sea; dijo el Teniente Hormazabal.

-No he recordado nada paisano; respondió ella. -Que estés bien.

-No dudes en llamarme; insistió el detective.

-Bueno, yo te llamaré si me acuerdo de algo; contestó ella.

El nuevo campamento estaba en silencio; habiendo quedado el dolor en la otra tierra podían dormir en paz. De pronto los perros comenzaron a ladrar frenéticos; Milenka de un salto se puso de pie y salió corriendo de su carpa.

Los ojos de la gitana se dilataron cuando vieron que el brujo se encontraba en el campamento, sujetando del cuello el cuerpo sin vida de un gitano, que arrojó con desprecio al barro. De alguna forma él había logrado dar con ellos.

-¿En serio pensaste que podrían escapar de mí?; preguntó Daniel.

Algunos gitanos salieron armados de sus carpas y dispararon contra el hechicero, sin que las balas siquiera lo tocaran.

-Aún no aprenden; dijo él arrojándolos contra un montón de palos afilados, matándolos en forma instantánea.

Milenka intentó golpearlo con un palo, pero la rechazó de un solo empujón, botándola de espalda.

Las carpas comenzaron a arder, las llamas y los gritos se extendieron por todo el campamento. El espectáculo de los gitanos corriendo envueltos en llamas, para caer retorciéndose era aterrador.

Milenka trataba de moverse pero estaba inmovilizada por un gran peso que la aplastaba contra el suelo.

Daniel tomó una pala que había tirada y lentamente se acercó a la gitana que yacía indefensa en el suelo. Con un violento impulso el brujo golpeó el cuello de Milenka con el filo de la herramienta.

Con el pulso desbocado y empapada en sudor la gitana despertó de la horrible pesadilla.Asustada y consciente del peligro que se cernía sobre su tribu, apretó contra su pecho el teléfono que le diese el Teniente Hormazabal y se volvió a dormir.

Daniel sonreía maliciosamente en su departamento. No solo la gitana podía provocar miedo.

Milenka preparaba un montón de amuletos, pócimas y talismanes para que todos se pudiesen proteger del brujo. Con sus propias manos la Shuvani escarbó la tierra alrededor del campamento y enterró varios talismanes, encerrándolo completamente en un círculo protector; inmediatamente después desparramó tierra de cementerio y sangre de gallina para fortalecer aun más el poder de la magia gitana.

Ya llevaba muchas horas revisando las bases de datos de los archivos policiales y no daba con nada. Demasiado cansado, el Teniente Hormazabal estaba esperando que el Servicio Nacional de Identificación y Registro Civil le enviase la identidad del sospechoso. Mientras se preparaba una taza de café, a su computadora llegó el tan ansiado mensaje; sin embargo, no era lo que él esperaba.

-“El retrato hablado, cuya identificación solicitó no corresponde a ningún ciudadano, tanto nacido, como extranjero de nuestra nación. Por lo tanto, no es posible entregar una respuesta positiva sobre su identidad”; indicaba el comunicado del Registro de Identificación.

-Así que este tipo no existe; comentó para sí el policía. -¿Quién diablo eres?

-Bueno, es hora de cobrar favores; dijo Hormazabal marcando el número de un amigo de la Interpol.

-¿Aló?; contestaron en el otro lado de la línea.

-Tanto tiempo; saludó el detective. -Te llamaba para pedirte un favor súper grande. Verás, hay un sospechoso de asesinato cuyo retrato hablado no nos ha servido mucho para saber quién es.

-Entiendo; respondió el agente. -Mándamelo por correo electrónico a ver qué encuentro.

-Ya te lo mandé; indicó Hormazabal. -Gracias.

-Te llamaré en cuanto averigüe algo; se despidió el oficial de la Policía Internacional.

-Aburrido, para distraerse un poco el policía comenzó a leer en internet sobre maldiciones, gitanos y magia en general, pero aparte de encontrar todo muy divertido, no le interesó mayormente. En eso estaba cuando su teléfono le devolvió al mundo real.

-¿Qué pudiste averiguar?; preguntó ansioso el Teniente Hormazabal.

-Tu sospechoso se llama Daniel Briceño, de nacionalidad española; era profesor de historia, pero fue expulsado de la universidad donde hacía clases por influir negativamente sobre sus alumnos; contó el agente.

-¿De qué forma?; preguntó intrigado Hormazabal.

-Magia negra y esas cosas; contestó el agente.

-¿Sabes cuál es su residencia actual?; quiso saber el policía.

-Ahí está el problema; contestó el agente. -Briceño murió a los treinta y cinco años, hace setenta años, durante la Segunda Guerra Mundial.

-Para estar muerto parece que ha estado bastante activo estos días; opinó el teniente.

-Esa es la información que existe de él; observó el agente.

-¿Sabes si tuvo descendientes?; preguntó el policía.

-Ninguno; agregó el agente. -¿Qué opinas?

-Que alguien está usando su identidad; supuso el detective.

-Bueno, gracias; se despidió el policía del agente. -Te debo una.

Tras meditarlo un momento, el detective decidió llamar a la gitana para comentarle lo que había averiguado.

-Hola paisano; contestó Milenka.

-El tipo que describiste supuestamente murió hace setenta años, por lo que no tenemos forma de saber quién es realmente, a menos que lo atrapemos; informó el policía.

-Te dije que no encontrarías nada paisano; le recordó Milenka. -En todo caso yo…

En medio de chicharreos la comunicación se cortó; podía ser por la tormenta, pero aun así el Teniente Hormazabal se preocupó y puso de pie, tomando las llaves de su patrulla y cerciorándose de que el cargador de su pistola estuviese lleno.

Las nubes se movían rápido y el viento soplaba tibio; la tormenta caería en cualquier momento. Después de conducir unos minutos a toda velocidad, el policía llegó hasta el campamento gitano.

-Necesito hablar con la Shuvani; le dijo a uno de los gitanos.

-Ella está ocupada; respondió él sin intenciones de dejarlo pasar.

-Está bien, que pase; dijo Milenka desde su carpa.

-No debiste venir paisano, esto se va a poner muy malo hoy; lo recriminó ella.

-Yo te puedo ayudar; le contestó el teniente.

-Realmente no creo que puedas hacer mucho; opinó ella.

-Aun así me quedaré; insistió él.

-En ese caso lleva este amuleto contigo; le pidió la gitana pasándole una bolsita negra.

-Gracias, pero tengo el mío; respondió el policía mostrándole su pistola.

-Mira paisano, si no lo usas yo misma te voy a maldecir; ordenó la Shuvani metiéndoselo en un bolsillo de la chaqueta.

Milenka salió de la carpa a dar unas últimas instrucciones a la tribu, antes de la llegada del brujo.

-Mejor no la contradigas paisano; dijo el anciano de la tribu, a quién Hormazabal no había notado en la carpa. -Es tan testaruda como su madre y su abuela; le dijo el viejo gitano palmeándole un hombro.

-Nuestro hermanos ya están listos; avisó Milenka entrando en la carpa.  -Esperemos  que el brujo no venga esta noche, pero el viento lo anuncia.

Daniel con paso firme se acercó al campamento; todos dormían y esta vez nadie escaparía. Ni siquiera los perros lo sintieron llegar, el viento agitaba los árboles y aullaba como lobo sediento de sangre.

Su andar se detuvo ante un súbito mareo que hizo girar todo a su alrededor. Tambaleándose el brujo retrocedió, saliendo del círculo trazado por la Shuvani. La tierra comenzó a temblar hasta que los talismanes quedaron a la vista, removiendo algunos y rompiendo el anillo protector.

Una tormenta eléctrica se desencadenó ante la furia de Daniel. La Shuvani salió de su carpa para intentar detenerlo, mientras los otros gitanos huían del campamento como ella lo ordenara.

-Aléjense rápido de aquí; gritó Milenka. -Tú también ándate paisano; dijo al Teniente Hormazabal.

-Ni creas que te dejaré solacon este loco; respondió él en medio de la lluvia que caía a chusos.

Una sonrisa maligna se dibujó en los labios de Daniel, cuando un rayo alcanzó a un gitano, pulverizándolo en el acto.

Instintivamente el policía desenfundó su arma y disparó contra el brujo, sin lastimarlo en lo más mínimo.

-No estorbes basura; dijo Daniel moviendo una mano.

Un fuerte viento lanzó por el aire al detective, quedando tirado inmóvil al caer al barro.

Con el viento golpeándola fuerte en la cara, los relámpagos estallando cerca, Milenka concentró toda su fuerza en su voz.

-“Yo te maldigo brujo,

por la llama, por el viento,

por la masa, por la lluvia,

por el barro, por el rayo y por el fuego,

por lo que vuela, por lo que repta,

por el ojo, por la mano,

por la espada y por el látigo.

Yo te maldigo”.

Gritó la Shuvani lanzándole un puñado de tierra de cementerio en la cara al brujo.

 -Tonta, ¿crees que eso me puede hacer algo a mí?; preguntó sarcástico Daniel moviendo su mano; sin embargo, nada le ocurrió a la gitana.

La maldición de la Shuvani había anulado lo poderes del hechicero al menos momentáneamente. Frustrado y furioso asestó un puñetazo en la cara a la joven gitana, dejándola mareada en el suelo.

Descontrolado por la rabia, Daniel se aproximó al policía con un hacha que había junto a una pila de leña; contempló un momento al policía antes de bajar la hoja cortante sobre su cabeza.

Tres detonaciones hirieron la noche; las balas, sin que nada las detuviese, perforaron el pecho del brujo, haciéndolo caer de espalda. La gitana de pie, con el pelo pegado a su cara sostenía aun la pistola humeante del Teniente Hormazabal, mientras veía caer un relámpago sobre Daniel quelo redujo a cenizas.

Aun algo mareada por el golpe, Milenka llegó corriendo junto al cuerpo del detective, el que para su sorpresa aun respiraba.

Lentamente el policía abrió sus ojos, para ver el hermoso rostro de la Shuvani que lo observaba con una sonrisa. Un poco aturdido aun, se quedó un rato más con la cabeza apoyada en los muslos de la gitana.

-Parece que tus talismanes si sirven; dijo Hormazabal sacando la bolsita de terciopelo negro de su chaqueta.

-No me vuelvas a asustar así paisano; dijo Milenka sacándose un mechón de cabello de la cara.

-Está bien, pero avísame un poco antes para la próxima vez; respondió el detective.

-¿Ahora crees en la magia gitana paisano?; preguntó Milenka, ayudándole a ponerse de pie y dándole un beso en la cara.

-Siempre he creído en la magia Shuvani; respondió el Teniente Hormazabal. -¿Por qué crees que era amigo de tu madre?

La lluvia había mezclado las cenizas del brujo con el barro y Milenka lo revolvió con su pie, antes de caminar hacia su carpa. Junto a ella el Teniente Hormazabal rozaba su mano sin llegar a tomársela, mientras ella se sonreía en silencio. Total, un secreto más no significaba mucho en la vida de una Shuvani, llena de secretos.

Desde su carpa el más anciano de los gitanos terminaba de fumar, mientras los veía caminar y se encogió de hombros sin darle mayor importancia. Al fin y al cabo él sabía guardar los secretos de su nieta.

 

 

 

Travesuras En El Bosque 1 diciembre 2017

Registro Safe Creative N° 1707283157153   Safe Creative #1707283157153
Boris Oliva Rojas

 

 

 

Travesuras En El Bosque

-¿Estás segura de que este es el camino correcto a la cabaña?; preguntó Juan a su esposa Carmen quién conducía el 4 x 4 en lo que más que un camino solo parecía una huella apenas visible.

-Claro que sí; contestó ella. -A menos que el GPS que compraste funcione mal.

-Yo solo preguntaba; se defendió él.

-Ahí está; contestó ella cuando a solo cien metros se veía la pequeña cabaña en medio del bosque.

-Al fin; contestó el pequeño Ricardo ya cansado del viaje.

-No podemos entrar aun; lo paró su padre.

-¿Y por qué no?; preguntó inocente el niño.

-Porque las casas de campo hay que ventilarlas un rato y echar un poco de desinfectante antes de entrar; explicó su madre, consciente de la posibilidad de que pudiese haber restos de microbios dejados por roedores.

-¡Que aburrido!; contestó el niño cruzando los brazos en un gesto de disgusto.

-Bueno, si quieres terminar en un hospital y perderte las vacaciones entra no más; agregó Juan.

-No gracias, puedo esperar; respondió Ricardo.

-Ok familia, ya está todo limpio; dijo Carmen saliendo con un tubo de desinfectante ambiental en la mano y una mascarilla en la cara.

-Desempaquemos y salgamos a explorar; dijo Juan atándose sus botines de excursión.

-Yo estoy lista; contestó Carmen arremangando las mangas de su camisa de mezclilla.

El bosque era grande y formado por árboles de distintos tipos que dejaban pasar los rayos del sol matutino, creando una atmósfera con tenues tonos dorados. Una suave brisa hacía que la temperatura fuese más que agradable.

Las hojarascas y hojas secas sembradas por el suelo crujían a cada paso que los excursionistas daban, produciendo un cierto efecto de misterio que le daba un encanto especial al entorno.

No lejos de ahí se oía el sonido inconfundible de un arroyo que corría cerca. A poco andar los tres llegaron a un claro en el bosque junto al curso de agua, que en ese punto formaba un pequeño remanso.

-Miren podemos bañarnos aquí; dijo el niño a sus padres.

-Se ve seguro; lo apoyó su padre.

-Creo que estas vacaciones van a ser mejor de lo que pensaba; agregó entusiasmada Carmen mientras se desabrochaba la camisa.

-¡Oye!, ¿qué haces?; la interrumpió Juan pensando en el niño.

-Tranquilo; lo calmó ella mientras acomodaba el traje de baño que llevaba bajo la ropa.

-¿Tu ya sabías de este lugar verdad?; preguntó su marido con curiosidad.

-¿Por qué piensas eso?; preguntó ella cerrándole un ojo.

-Bueno creo que ya nos mojamos suficiente; opinó Juan. -Ya va a ser hora de almorzar. ¿Qué les parece si hacemos un asado?

-¡Sí!, que bien; exclamó contento Ricardo.

-Entonces movámonos rápido para que no se haga tan tarde; sugirió Carmen.

Después de una corta caminata los tres llegaron a la cabaña.

-¿Mmm, quién será esa niñita?; preguntó Carmen al ver a una pequeña de dorado cabello rizado que leía un libro de cuentos sentada en la entrada de la cabaña.

-Hola pequeña, ¿qué haces aquí solita?; preguntó la mujer a la niña.

-Salí a caminar y me perdí; respondió ella.

-¿Y tus papás dónde están?; preguntó Juan.

-Están en nuestra cabaña; respondió ella.

-¿Y te dejan salir sola?; preguntó Ricardo.

-Sí, ya soy grande; contestó la niña.

-A mí no me dejan salir solo; comentó él.

-¿Sabes cómo volver a tu cabaña?; preguntó Carmen.

-No, porque di muchas vueltas y no se para dónde queda; dijo tranquila la niña, no dándole mayor importancia al hecho de estar perdida.

-Más tarde vamos a ir a buscar a tus papás; dijo Carmen.

-¿Quieres almorzar con nosotros?; le preguntó Juan a la niña.

-Sí, tengo hambre; respondió ella.

Cuando la carne estuvo asada los tres se sentaron a la mesa a comer.

-¿Qué libro estás leyendo?; preguntó Carmen a la niña, tomando de sus manos el libro de cuentos.

-¡No lo toque!; gritó furiosa la niña. -Me lo dio mi mamá.

-Disculpa, yo solo quería saber cuál era; contestó confundida la mujer.

-Es Ricitos de Oro y Los Tres Osos; respondió la pequeña totalmente calmada, como si no se hubiese alterado en ningún momento.

Después de almorzar los cuatro salieron a recorrer el bosque en busca de la cabaña en que se alojaba la familia de la niña.

-¿Alguna parte del bosque te parece conocida?; preguntó Juan a la niña.

-Ninguna, todos los árboles son iguales; contestó ella mientras saltaba sobre cada flor silvestre que veía.

-¿Tienen celular tus papás?; preguntó Carmen.

-Sí, pero no sé el número; respondió ella.

-Bueno trataremos de encontrar a tu familia; comentó Juan para tranquilizarla.

-¿Qué haces?; preguntó Ricardo a la niña al ver que ésta le daba un puntapié a un conejo que se le había acercado.

-Nada, solo estoy jugando; respondió ella.

-Niños por favor no se queden atrás; pidió Carmen.

Después de varias horas de recorrer gran parte del bosque no lograban dar con la cabaña.

-Empieza a oscurecer; comentó Carmen en voz baja a Juan. -Mejor volvamos y demos aviso a la policía sobre la niña perdida.

-Creo que tienes razón; aceptó él.

-Volvemos a la cabaña; avisó Carmen a los niños. -Mañana seguiremos buscando a tus padres; espero que no te moleste pasar la noche con nosotros.

-No me molesta; contestó la niña. -Yo ya soy grande.

-¡Pero mamá!; replicó Ricardo molesto por la decisión de su madre.

-¿Algún problema jovencito?; intervino Juan dándole una mirada muy severa a su hijo.

-Ninguno papá; respondió el niño bajando la vista.

-Debemos ser amables con nuestra amiguita; agregó Carmen.

Mientras preparaban la cena Juan se comunicó con la policía.

-Como le decía comisario, hoy encontramos a una niña de unos nueve años, extraviada en el bosque; contó él al policía. -Tratamos de ubicar la cabaña donde se aloja su familia pero no tuvimos suerte.

-Muy bien comisario Ríos, mañana temprano vamos a llevar a la niña a su oficina.

Ricardo se despertó asustado al ver a la niña que lo observaba sin decir nada desde la puerta de la habitación. Claramente el chico vio que la pequeña tenía abrazada la blusa de Carmen, pero decidió hacerse el dormido.

-Adelante, los estaba esperando; saludó el comisario Ríos a la familia que llevaba a la niña extraviada.

-Como le conté por teléfono encontramos a la niña sentada frente a nuestra cabaña; explicó Juan al policía.

-¿Cómo te llamas?; preguntó el oficial a la niña.

-Sandra; contestó ella.

-¿Sandra cuánto?; volvió a preguntar el comisario.

-Yo, yo…, no lo recuerdo; contestó cabizbaja la niña.

-Entiendo; ¿desde cuándo que no lo recuerdas?; pregunto el policía.

-No lo sé; respondió la niña.

-Ya veo;  meditó el oficial. -Esta señorita te va asacar unas fotos y así sabremos quién eres y cómo ayudarte a encontrar a tus padres.

-Buen; aceptó la pequeña saliendo de la mano con la mujer policía.

-Con su fotografía y huellas digitales podremos averiguar rápidamente quién es y localizar a su familia; explicó el comisario.

-¿Cuánto tiempo cree que demoren?; preguntó Juan.

-No creo que más de una semana; respondió el policía.

-¿Y mientras tanto dónde quedará la niña?; preguntó Carmen.

-En un hogar del Servicio de Menores; respondió el comisario.

-Ni lo sueñe; objetó la mujer. -Se puede quedar con nosotros.

-¡No!; gritó Ricardo. -Ella me da miedo.

-¿Te ha hecho alguna cosa mala?; preguntó el policía inclinándose hacia el niño.

-No pero es muy rara y nos mira mucho; agregó él.

-Solo está asustada porque no está con su familia opinó Carmen tomándole una mano a su hijo para infundirle confianza.

-Está bien, creo que no hay problema; opinó el policía después de meditarlo un rato. -En cuanto tengamos alguna noticia les avisaremos.

-Muchas gracias comisario; se despidió Carmen.

-Gracias a ustedes; respondió él.

-Bueno ahora solo hay que esperar; dijo Juan.

Camino al auto la niña tomó de la mano a la pareja, lo que hizo enojar más aun a Ricardo.

-Después de almorzar saldré de nuevo a buscar la cabaña de esta pequeña; comentó Juan.

-Muy bien pero ve solo, ya que tengo cosas que hacer; dijo Carmen.

Juan se dirigió lentamente en la dirección contraria a la que siguieron en la búsqueda anterior. Como una hora después divisó una cabaña en medio del bosque. Golpeó la puerta y en vista de que nadie salía la empujó suavemente; sin resistencia está se abrió.

Las pupilas de Juan se dilataron rápidamente ante la súbita descarga de adrenalina que inundó sus venas. La escena que tenía frente a sus ojos parecía sacada de una pintura surrealista. Sentados a la mesa estaban un hombre, una mujer y un niño vestidos con ropa infantil de personajes sacados de cuentos de hadas, con las manos junto a tazones de avena y con un largo corte en sus cuellos. El cerebro de Juan se detuvo un momento ante la macabra composición.

Su primer impulso al lograr reaccionar fue correr a su cabaña mientras marcaba el número de celular de su esposa; después de varios intentos sin lograr comunicarse, aceleró el paso.

La luz escaseaba ya y su paso se vio interrumpido un par de veces por algunas raíces que sobresalían del suelo. Después de una frenética carrera contra el tiempo la cabaña se encontraba a solo cien metros. Aumentando su velocidad en un último esfuerzo Juan devoró la distancia que lo separaba de ella.

De un golpe abrió la puerta y cruzó el umbral, quedando clavado en el piso sin poder moverse.

Sentados a la mesa, con sus manos junto a tazones humeantes de avena y vestidos con ropa de personajes de cuentos, estaban Carmen y Ricardo inmóviles con el cuello cortado.

-Hola Papá Oso; fue lo último que escuchó Juan antes de que la hoja del cuchillo rebanara su garganta.

 

Fantasía Oscura 29 noviembre 2017

Fantasía Oscura

La fantasía oscura es un subgénero de la ficción fantástica que puede referirse a obras literarias, cinematográficas y artísticas en general que combinan la fantasía con elementos de terror. A grandes rasgos, la expresión puede utilizarse para referirse a las obras fantásticas que exhiben una atmósfera oscura o sombría, o que transmiten una sensación de horror y espanto.

Resultado de imagen para psicopata wallpaper

Son obras escritas con oscuridad y tinieblas, terror, sangre, muerte y destrucción.  Se siente el poder de la magia negra y de las fuerzas que habitan  lejos y fuera de los sentidos de los  humanos. Los personajes pasan de la risa al llanto, del llanto al miedo, del miedo al terror y del terror a la muerte. Son letras  escritas con  mezcla de  la más oscura magia negra y sangre, y sazonadas con algo de deliciosa blasfemia.

Imagen relacionada

Es el medio por el cual podemos dejar volar nuestra imaginación sin límites, convirtiéndonos en los amos de la vida y la muerte. Bajo nuestra pluma o teclado todo se puede convertir en realidad. Crear mundos enteros es tan sencillo como chasquear los dedos y con la misma facilidad destruirlos si lo deseamos.

Resultado de imagen para libros y magia

En el mundo real podemos ser las personas más sencillas y generosas, pero cuando dejamos volar nuestras letra, nos convertimos en Dioses o Demonios todopoderosos, controlando el destino de nuestros personajes a nuestro antojo, …a veces…

Digo a veces porque, al menos en mi caso, se como empieza una historia, pero nunca cómo va a terminar. La trama se va desarrollando sola, los personajes desarrollan sus personalidades y adquieren una vida e identidad propia. Cada cuento se escribe solo, gracias a las consecuencias que provoca la  interacción de los personajes y la cascada de acontecimientos que desencadena una escena, generando hechos que ni siquiera se pueden imaginar antes de que sean plasmados sobre el papel. Es tan emocionante como estar viendo una buena película de terror, en que cada escena te saca escalofríos o exclamaciones de sorpresa y asombro, y estás tan entretenido que no quieres que ésta acabe y solo atisbas que podría tener un desenlace increíble y termines diciendo ¡guau qué película más buena!  

Imagen relacionada

Hay veces en que quedo totalmente en blanco y me hago la pregunta inquietante ¿qué voy a escribir ahora, si no se me ocurre nada?. Con el tiempo me he ido dando cuenta que no se puede tratar de forzar una idea. Las ideas surgen solas, con más facilidad cuando menos nos forzamos por lograrlo.

Cuando empecé a escribir lo hacía preocupado de si a mi lectora principal (mi hija), le gustaría a no cada cuento; pero después me di cuenta de que en realidad yo estaba escribiendo para mi. Si una historia logra emocionarme sigo escribiéndola hasta el final, pero si siento que se está volviendo demasiado lenta o me parecen aburridos los senderos que se van abriendo, simplemente la dejo archivada, esperando a que se me ocurra como modificarla. Es  por eso que, a mi parecer, el arte de escribir es un proceso dinámico, en que el escritor se vuelve parte y un observador de las aventuras, dramas y terrores de los personajes, de alguna forma compartiendo sus dudas, temores y a la vez manipulando el destino de ellos. Así el escritor puede dar rienda suelta a toda su perfidia y crueldad, y por qué no, a su sicosis, sin llegar a dañar a nadie en el  mundo real.

Resultado de imagen para sicotico cuchillo wallpaper

Alguien dijo una vez que con esto podría atraer malas energías hacia mi, otra persona fue más allá y dijo que me iría al Infierno. Si me fuera al Infierno, supongo que me apoderaría de su trono y desde ahí seguiría escribiendo por toda la eternidad atrapando las almas de cada lector entre mis letras.

BRUJO NEGRO

P.D.: Los aficionados a escribir relatos de este género podríamos ponernos en contacto.

Atte.: El Brujo Negro

 

 

 

La Modelo 27 noviembre 2017

Filed under: Últimas noticias,Últimos post,Mis relatos,Página de autor — Boris Oliva Rojas @ 23:17
Tags: , ,

Registro Safe Creative N° 1710013637849  Safe Creative #1710013637849 
Boris Oliva Rojas

 

 

La Modelo

-Esta es la dirección; dijo para sí misma la joven.

Era una suerte que recién egresada hace un mes de la escuela de modelos, la hayan llamado para el casting para el comercial de una nueva línea de lencería de una afamada marca. Vestida con su mejor tenida y portando un archivador lleno de fotografías suyas, tocó el timbre del despacho ubicado en el cuarto piso de un antiguo edificio del centro. Sin ascensor y con largos pasillos mal iluminados, no tenía ningún letrero ni logotipo en su puerta. Supuso que, como le habían contado, las agencias que hacían los casting no tenían oficinas fijas y en cambio arrendaban una cuando la necesitaban.

Una recepcionista de mediana edad le abrió la puerta con una sonrisa.

-Hola, me citaron a un casting a las once; dijo la joven a la mujer.

-Pasa, llegaste temprano, eres la primera; la invitó la mujer. -Todavía no llega nadie.

-A quién madruga Dios le ayuda; respondió la joven citando el viejo refrán.

-Así es, tienes razón; asintió la mujer. -Mientras, por favor llena esta ficha con tus datos personales.

Las murallas estaban decoradas sin mucho estilo con varias fotografías en blanco y negro. Estaba la recepción más unas cuantas puertas cerradas. La oficina parecía ser muy grande, a juzgar por la separación de las puertas del pasillo.

Ninguna otra modelo llegaba, lo que llenaba de esperanzas a la joven. Cerca de las once y veinte, una mujer de unos cuarenta años, acompañada de un hombre llegó casi corriendo.

-Hola, disculpa el atraso, es que se alargó una reunión con el cliente. -Vaya, ¿no ha llegado nadie más?; preguntó a la recepcionista.

-Solo esta señorita; respondió ella.

-Bueno, déjame revisar tu ficha y te llamo enseguida para que nos conozcamos mejor; dijo la mujer, que parecía ser la encargada de la selección.

Después de algunos minutos de tensa espera la mujer hizo pasar a la joven a su oficina.

-Veo que recién egresaste de la escuela de modelaje; dijo la mujer.

-Sí, hace un mes; contestó algo nerviosa la joven.

-Por lo visto no tienes mayor experiencia; comentó el hombre, con una máquina fotográfica colgando del cuello.

-Bueno, la verdad es que no; respondió inquieta la joven. -Salvo mi práctica.

-¿Tienes fotos?; preguntó la mujer.

-Sí, claro; respondió la joven pasándole su portafolio.

-Mmm; opinó el hombre. -Parece que le agradas a la cámara.

-Gracias; contestó la joven a lo que parecía un alago.

-Sin embargo me gustaría ver fotos frescas. ¡Desnúdate!; ordenó la mujer.

-¿Perdón, cómo dijo?; preguntó confundida la joven.

-Que te desnudes; repitió la mujer. -Recuerda que esta es una campaña para una línea de ropa interior.

-Sí, claro; respondió la joven, que se sentía como una tonta y la novata que era.

-Quédate con brassier y braga solamente; pidió el hombre.

-¡Magnífica!; exclamó la mujer. -Permíteme la cámara a mí; pidió al fotógrafo.

-¡Estupenda!; dijo ella mirando a través del lente fotográfico. -Tu piel parece porcelana y capta muy bien la luz y la sombra. Tu figura parece haber sido esculpida a mano; decía la mujer, captando cada ángulo del cuerpo de la joven, que lucía una radiante sonrisa, ahora al sentirse tan elogiada.

-Puedes vestirte; ordenó la mujer, pasando la cámara a su compañero.

-A mí me parece bien; dijo él mirando de arriba abajo a la chica. -Pero necesitamos entrevistar a más postulantes.

-Creo que no; opinó la mujer. -Querida, tú y yo podemos hacer grandes negocios si te interesa.

-¿Quiere decir que tengo el trabajo?; preguntó ella mientras se abotonaba sin apuro su blusa.

-Claro que sí, pero tendrás que firmar un contrato exclusivo, por al menos un año con nuestra agencia de modelos; contestó la mujer. -¿Qué dices, te interesa?

-¡Sí!, por supuesto; respondió emocionada la joven.

-Señorita, por favor traiga un contrato de trabajo por un año a nombre de la joven que está con nosotros; ordenó a la recepcionista.

A los pocos minutos el hombre, que había ido a la otra habitación, volvió con dos sobres.

-Aquí tienes una copia de las fotografías que te sacamos, otra es nuestra; dijo entregándole uno de los sobres a la modelo.

Tras revisar el contrato de cinco hojas, la joven aceptó la pluma fuente que le tendió la mujer. Por un tonto descuido, al recibirla se pinchó un dedo con su punta; una roja gota de sangre cayó sobre el papel ensuciando el contrato.

-¡Oh, disculpe!, manché el contrato; dijo afligida la muchacha.

-Descuida, firma tranquila, vamos a suponer que este pacto se selló con sangre; bromeó la mujer.

La joven sonrió nerviosa y estampó su firma al final del contrato por triplicado.

-Entonces, nos vemos mañana mismo a las nueve; dijo la mujer recibiendo la copia del documento manchada con sangre. -Y no es necesario que vengas vestida de manera formal.

La joven estuvo todo el día revisando el catálogo de la ropa interior que debería modelar. Las prendas eran tan lindas que sacaban varias expresiones de exclamación de ella.

Al otro día estaba media hora antes en la oficina de la agencia de modelos, practicando en el espejo del baño distintas expresiones.

Cinco minutos antes de la hora acordada la mujer llegó sola a la oficina.

-Hola querida. Mi fotógrafo tuvo que llevar a su mujer de urgencia al médico, creo que se rompió una pierna; explicó ella. -Pero yo saco fotografías muy buenas también.

-¿Te parece si empezamos con este conjunto?; preguntó a la joven mostrándole un brassier y bragas de encaje negro.

-Sí claro; aceptó la modelo.

La ropa interior realzaba toda la belleza y juventud de la muchacha, la cual fue capturada en cada fotografía hábilmente tomada por la mujer.

-¡Eres magnífica!; la alabó ella. -Juntas vamos a arrasar el mercado de la moda.

-¿En serio lo cree?; preguntó la joven.

-Claro que sí, llevo años en esto y tú eres una delicia para los ojos; opinó la mujer sin dejar de apretar el obturador de la cámara.

-Aun no es seguro, pero una prestigiosa marca europea me encargó que hiciera un catálogo de alta costura. -¿Te interesaría?; peguntó la mujer.

-¿Es en serio?; preguntó emocionada la joven modelo. -Si yo no tengo experiencia.

-Tienes un porte y desplante muy distinguido y natural; contestó la mujer.    -La  experiencia se gana paso a paso.

-Pues claro que me interesa; respondió la joven.

Después de varias horas de incesantes fotografías, la modelo se sentía muy cansada, pero muy contenta y emocionada.

-Bueno querida, es suficiente por hoy; terminó la mujer. -Ve a descansar y nos vemos mañana a las nueve.

Cuando la joven se hubo vestido y se disponía a marcharse la mujer la detuvo.

-Espera, falta el pago por esta sesión; dijo ella pasándole un cheque.

-Tiene que haber un error; observó la joven. -Esto es demasiado.

-Tú vales mucho más; aclaró la mujer. -Juntas vamos a ganar mucho dinero.

La joven modelo estaba impresionada y emocionada a más no poder; en sus manos tenía un cheque con más del doble de dinero ganado en un mes el último verano y por trabajar solo unas cuantas horas.

Tras darse una larga ducha se sentó frente a su tocador a peinarse y ponerse crema facial. -Vaya, ¿qué tenemos aquí?; dijo tomando un cabello y sacándolo. -¡Una cana!

-Parece que realmente agota este trabajo; opinó mirando su rostro un poco cansado. -Nada que una siesta y una crema no puedan arreglar.

Al otro día la jefa ya había llegado y tenía todo preparado para una sesión de fotografía tipo glamour, con un sillón rojo, una mesa de centro y cortinas de gasa.

Era todo como un juego, así es que las horas pasaron volando para la modelo; si no hubiese sido por el dolor articular y muscular que empezó a molestarla, no se habría dado cuenta del cansancio.

Tras una ducha tibia y un vaso de leche con un relajante muscular se durmió plácidamente. Una máscara facial en rostro y párpados debería borrar las ojeras que le habían aparecido.

Al otro día la mujer llegó justo a las nueve y la hizo pasar a la oficina.

-Mandé las primeras fotos al cliente y están fascinados; explicó la mujer.      -Están tan encantados contigo que quieren que seas su modelo y rostro oficial de campaña este año. ¿Qué te parece?

-¡Es increíble!, no sé qué decir; exclamó la joven.

-Di que sí y hagámonos famosas; dijo la mujer con una sonrisa. -Pero bueno, trabajemos. ¿Sabes sacar fotografías?

-Solo con cámaras automáticas; respondió la modelo.

-Hoy vas a aprender a sacar fotografías profesionales; dijo la mujer mientras desabrochaba su blusa y se quitaba la falda. -Yo  seré tu modelo.

A pesar de sus cuarenta y tantos años, la mujer se veía bien, claro que se notaba en la textura de su piel y en la firmeza de sus músculos su edad; al fin y al cabo los años pasan y no pasan en balde.

La joven se sentía incómoda con la cámara, le costaba enfocar y usar la luz en forma manual.

-Solo deja de pensar en la cámara como una herramienta; aconsejó la mujer. -Vela  como una extensión de tu mente y tus ojos.

La mujer posaba muy bien; debía haber sido modelo cuando joven.

A pesar de todo, la modelo se sentía muy cansada cuando llegó a casa. Su piel se sentía levemente menos tersa y encontró otras canas en su cabello.

Durante la semana siguiente las sesiones fueron muy cansadoras, pero eran las últimas. El día viernes la jefa le entregó un grueso catálogo del cliente.

-Tu primer trofeo; dijo la mujer sonriendo. -Ahora nos vamos a celebrar  y en la tarde siguen tus clases de fotografía.

De vuelta del restaurante y después de varios tragos, la jefa comenzó a posar, mientras la muchacha la fotografiaba. Su piel a través de la lente se veía tersa y lozana, muy distinta de la anterior sesión; sus músculos estaban firmes y tonificados. Podía ser tal vez por el alcohol ingerido, pero la jefa se veía veinte años más joven.

-No quisiera ser indiscreta; dijo la joven. -¿Pero estás aplicándote algún tratamiento rejuvenecedor?

-La verdad es que sí; respondió la mujer.

-Lo que es yo, me siento cansada y dolorida, como si tuviera más de cincuenta años; se quejó la muchacha.

-Debe ser el exceso de trabajo; opinó la mujer. -Esta vida agota y no es solo brillo, luces y ropa bonita como piensa la gente.

Después del baño la joven, como todas las tardes se sentó frente  a su tocador; sin embargo, esta vez casi no se reconoció. Su pelo estaba lleno de canas, sus ojos rodeados por un par de ojeras se veían cansados y coronando su demacrado rostro, cuatro líneas cruzaban su frente y su piel se notaba marchita. Esto tal vez era normal por el cansancio y las largas sesiones; sin embarga, lo que más le molestaba  era el dolor punzante que sentía en sus manos y rodillas.

Para distraerse la joven modelo tomó el manual de la cámara fotográfica que le había obsequiado su jefa. Debió alejarlo bastante de sus ojos para poder leerlo. La máquina le estaba dando un poco de problemas, porque de pronto se encendió sola y no podía apagarla; en algún lado debía tener un interruptor, pero no daba con él. Por lo visto, sin proponérselo tendría grabado un video de ella esa tarde, hasta que se apagó sola.

Finalmente cansada, la muchacha se fue a la cama. En el velador la cámara se encendió nuevamente sola y filmó a la joven mientras dormía. Al otro día se levantó con mucho dolor en los huesos y fue a ver a un médico. Éste, después de revisar los resultados de los exámenes, a ella misma y la ficha con sus datos, habló despacio.

-¿Su edad es veinte años señorita?; preguntó el facultativo.

-Diecinueve, aun no cumplo veinte; corrigió la joven.

-Bien, los exámenes indican que entre otros problemas, usted está sufriendo descalcificación general, así como desgaste e inflamación en sus articulaciones. Los resultados indican que usted padece osteoporosis y artritis reumatoide; explicó el médico.-¿Algún antecedente en su familia o algún pariente cercano la sufre?

-Ninguno; respondió la muchacha.

-Ayer no pude leer bien; comentó al doctor.

-Me parece que es presbicia; dijo el médico.

-Pero doctor, eso da después de los cuarenta años y yo no tengo ni veinte; contestó ella.

-De hecho su edad biológica, en este momento, es de cerca de sesenta y cinco años.

-Pero eso es imposible doctor; alegó la joven. -¿Está diciéndome que de la noche a la mañana me volví vieja?

-En casos muy extraños eso puede ocurrir; contestó el médico. -¿Ha estado expuesta a algún tipoi de radiación últimamente?; preguntó el facultativo.

-No que yo sepa; contestó la muchacha mientras gruesas lágrimas corrían por su rostro.

Agotada la abatida joven se fue a su casa y se tendió a descansar en su cama. Cansada se durmió y soñó con pasarelas y sesiones de fotografías; después de unas horas de un sueño reparador se levantó y preparó su comida.

Los medicamentos para el dolor que le dio el médico algo le ayudaban a soportarlos, pero se sentía sin fuerzas ni ánimo.

-¡Vaya que dura la batería de la cámara!; exclamó al ver encendida la máquina fotográfica.

Se volvió a dormir y apenas pudo levantarse al despertar; sus piernas estaban débiles y sus músculos se sentían y veían flácidos. Sin tener a nadie más  a quién recurrir, decidió llamar a su jefa.

-Hola, estoy enferma, por favor ven; la llamó con voz temblorosa.

A la media hora la mujer tocaba el timbre y la demacrada y adolorida joven le salió a abrir.

-¿Hola, qué tienes?; preguntó a la muchacha.

-No lo sé, el doctor dice que estoy envejeciendo muy rápido y sin motivos aparentes; explicó la joven. -Me duelen los huesos, estoy muy débil y me cuesta ver.

-Debe ser solo cansancio y una gripe; opinó la mujer. -Yo te veo igual de joven.

-¿En serio?; preguntó la muchacha.

-Pero claro; asintió la mujer. -No hay que creerle a los doctores.

-Supongo que tienes razón; aceptó la joven.

-Vamos, te ayudo a acostarte y te preparo una taza de té; ofreció la mujer.

Con cuidado arropó a la muchacha en la cama. Sus ojos se posaron en la cámara fotográfica que estaba en el velador y la tomó en sus manos con una sonrisa. Picaronamente la mujer le sacó una fotografía.

-Pronto nos reiremos de esta foto; dijo a la joven.

-Tómate este té, el líquido caliente te va a hacer sentir bien; le pasó la taza a la joven.

La infusión pasaba agradable por su garganta, produciéndole un leve sopor; sus ojos comenzaron a cerrarse y finalmente se durmió. La mujer puso nuevamente la cámara fotográfica en el velador y dejó a la muchacha durmiendo, para luego marcharse.

Cuando la joven despertó estaba confundida, ya que no sabía cuánto tiempo había dormido. El somnífero que la mujer puso en el té la había tenido sumida por varios días en un profundo sueño. Al intentar levantarse sus piernas fueron incapaces de sostenerla; como pudo logró sentarse en la silla del tocador. Ojala que no hubiese logrado hacerlo.

Sentada frente a ella, una anciana la miraba con ojos lánguidos; una anciana a la que nunca antes había visto, pero a la que reconoció inmediatamente. Sus temblorosas manos se acercaron despacio para tocar su arrugado y marchito rostro y su pelo blanco.

Se preguntaba por qué le estaba pasando esto. Si su frágil memoria no la engañaba, todo comenzó cuando empezó a trabajar en la agencia de modelos. Miró su velador y vio la cámara fotográfica encendida; siempre encendida, sin que su batería se agote nunca. Apoyándose en la mesita del tocador llegó hasta él y tomó la máquina. Sentada en el borde de la cama vio asombrada las fotografías que la cámara había tomado en forma automática. Una a una mostraba la secuencia en que, en el curso de pocas semanas, había pasado de una joven veinteañera a una anciana de noventa años.

Con lentitud se vistió, no porque lo quisiera, sino porque cada movimiento era terriblemente doloroso. Recordó que en el closet tenía un bastón que había comprado para un disfraz y que ahora de verdad sería su apoyo.

Pidió un taxi por teléfono y se dirigió a la oficina de la agencia de modelos. Los peldaños de las escaleras del viejo edificio parecían interminables. Agotada llegó hasta el cuarto piso y arrastrando los pies despacio llegó hasta la puerta sin nombres donde estaba aquella agencia donde todo empezó o mejor dicho donde todo terminó.

Después de un rato la recepcionista abrió la puerta.

-¿En qué le puedo ayudar señora?; preguntó amablemente sin reconocerla.

-Necesito hablar con la jefa; dijo la anciana. -Es sobre una de sus modelos que está muy enferma.

-Sí, claro, pase por favor; aceptó la secretaria.

Desde la oficina se escuchaban voces y risas, incluida la de alguien muy joven. Lo más rápido que sus cansadas piernas le permitieron se dirigió hacia allá.

La jefa de la agencia de modelos se veía bella y radiante, luciendo la apariencia de una muchacha de no más de veinte años.

-¿Qué me has hecho maldita?; se lanzó la anciana sobre la mujer. La adolescente que junto a su madre acompañaba a la dueña de la agencia, alcanzó a afirmarla cuando se le cayó el bastón y perdió el equilibrio.

-¡Abuela!; exclamó sorprendida la mujer. -¿Qué haces aquí?, ¿dónde está tu enfermera? La voy a despedir por descuidarte y dejarte sola.

-Por favor disculpen, es que mi abuelita no ha estado muy bien últimamente; dijo con cara de pena.

-No te preocupes; contestó la madre de la muchachita. -Hay que tener paciencia con las personas mayores.

-Es cierto; respondió la joven. -Pero volvamos a lo nuestro. ¿Ya firmaste el contrato?; preguntó a la jovencita, que no tenía más de quince años.

-Sí, aquí está firmado; dijo la niña emocionada pasándole los papeles manchados con una gota de sangre.

-¡No!; fue lo único que dijo la anciana antes de que la mujer la acompañara tiernamente hasta la salida, pero una vez allí la sacara de un empujón.

Al otro día, tirado en la calle encontraron el cadáver de una anciana de edad muy avanzada que había fallecido durante la noche. Las únicas identificaciones que llevaba consigo pertenecían a una joven de veinte años. Tal vez había robado la billetera o la había encontrado; podría haber sido también de alguna nieta; ¿quién podría saberlo? Era una anciana más de tantos indigentes que mueren anualmente en las calles de la ciudad.

Un forense de buen corazón se apiadaría de ella y le querría dar una identidad. Ni siquiera se podía imaginar la sorpresa que se llevaría al revisar sus huellas digitales.

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 1 – Bajo la Luna de Sangre 6 noviembre 2017

Filed under: Información,Mis relatos,Página de autor — Boris Oliva Rojas @ 1:38
Tags: , ,

Safe Creative #1710013637900

     Registro Safe Creative N° 1710013637900
     Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 1
Bajo La Luna De Sangre

Era el invierno de 1183, en París cuando todo comenzó. El tiempo transcurrido torna difusos los recuerdos y es que ochocientos treinta años son demasiado tiempo.

No era una persona violenta, más bien era tímido; y de eso se aprovechaban los abusadores de siempre para hacerme el blanco de sus bromas de mal gusto. Claro que en casa encontraba el gran apoyo en mi esposa, mi hija y mi hijo; los cuales siempre me demostraban su amor, diciéndome que no cambiara, ya que preferir la paz en un mundo caótico era una bendición y una muestra de valentía.

Sin embargo, un mal día en el mercado, al negarnos a darle una moneda a un vago, éste le arrancó el bolso de la mano a mi esposa haciéndola caer al barro. Furioso me abalancé sobre él, pero de un solo golpe me derribó. Cuando desperté en mi cama tenía un gran chichón en la frente y una terrible sensación de impotencia y vergüenza al no ser capaz de defender a la compañera de mi vida.

Poco a poco empezó a crecer en mí el deseo de ser fuerte, más fuerte que cualquier persona. Quería poder, poder sin límites.

No comprendí entonces que todo tiene un precio y consecuencias.

Loco por una sed enfermiza de poder, empecé  a estudiar artes ocultas. Pensaba que a través de la hechicería sería capaz de hacerme lo suficientemente fuerte como para poder defender a mi familia de cualquier amenaza, ya sea de este o del otro mundo.

Cuando ya me sentía lo suficientemente capaz para controlar cualquier cosa di el gran paso.

Me dirigí una noche a un claro en medio del bosque cerca de la ciudad. El viento desplazaba las nubes dejando ver una plateada luna llena, los relámpagos a lo lejos anunciaban una inminente tormenta.

Una vez preparado comencé el macabro ritual que cambió toda mi vida y también la de los demás. Las llamas de la hoguera encendida parecieron cobrar vida. Una forma extraña empezó a materializarse en ellas. Saliendo del fuego apareció un hombre alto, de cabello rubio, cuyos ojos intensamente azules brillaban con un resplandor parecido al de los relámpagos que se hacían más violentos a cada instante que pasaba.

El aire se enfrió de forma brusca, los ruidos del bosque cesaron de golpe, era como si la vida se hubiese escapado de los alrededores. Solo la tormenta que se desencadenaba se oía a lo lejos.

El extraño parecía brillar con un resplandor propio, el cual le confería un aspecto sobrecogedor, pero que helaba la sangre y cortaba la respiración.

En el fondo yo sabía que él estaba ahí, parado frente a mí, porque había respondido a mi llamada. Él había obedecido a mi llamado…

Dime  por qué me has llamado, habló el hombre, con una voz calmada que parecía salir de todo el rededor.

-¿Quién eres?; pregunté.

El extraño se sonrió y movió la cabeza de lado a lado en forma burlona, como si la pregunta fuese muy inocente o yo fuera un tonto.

Con toda calma contestó: -De muchas formas me han llamado y muchos nombres me han dado y en el fondo tú sabes quién soy. En todo caso si lo prefieres me resulta más grato el nombre que me puso mi padre al momento de, digamos, hacerme uno de sus favoritos…Puedes llamarme Lucifer; aunque es más apropiado que te dirijas a mí diciéndome Mi Señor…

-¡Bueno, vayamos al grano! ¡Dime de una vez para que me  llamaste!

Al cabo de un rato logré recuperarme de la impresión y pude expresar mi deseo.

-¡Mi Señor!, demasiado tiempo he tenido que soportar el abuso de todo el mundo; ni siquiera soy capaz de defender a mi esposa de un vago. Estoy cansado de ser un débil y un inútil; quiero tener poder, mucho poder…, me lo merezco. Quiero que tiemblen ante mí.

-¿Deseas fortuna, ser muy rico acaso?

-No Mi Señor. El dinero no me interesa; quiero tener mucha fuerza, quiero ser invencible a la hora de pelear.

-Mmm, creo que eso se puede arreglar. .. Pero yo a cambio deseo algo de ti. ¿Estarías dispuesto a entregarme tu alma y a servirme solo a mí a cambio de que yo te convierta en la persona más fuerte de este mundo?

El precio era alto; pero la ganancia también lo era, así es que acepté sin dudarlo.

-Si Mi Señor, estoy dispuesto a ser tu humilde servidor si me concedes lo que te pido.

El Señor de Las Tinieblas, rió satisfecho y agregó: -No deseo que seas humilde, al contrario, debes ser altivo y orgulloso del inmenso poder que tendrás, ya que nadie será rival para tu fuerza y nadie se podrá oponer a tu voluntad, … Excepto yo claro está.

Sus ojos brillaron con una expresión maligna y me habló en forma profunda.

-Te advierto, que tu vida cambiará para siempre. El tiempo dejará de tener significado para ti, nada que hagan los humanos podrá lastimarte, en las tinieblas te moverás como una forma de respeto hacia mí. La fuerza que me pides viene de la vida,  Ia vida de los demás, la vida que corre por sus venas; de sangre humana te alimentarás. Cada día, cuando la oscuridad se cierna sobre la humanidad, antes de medianoche deberás haberte alimentado, de lo contrario morirás y yo vendré a reclamar tu alma.

-Ahora ya es tiempo de cambiar tu esencia; diciendo esto pasó una de sus uñas, que ahora parecían delgados cuchillos, por la muñeca de su mano derecha, provocándose una herida de la que empezó a manar un rojo hilo de sangre. De mí sangre te alimentarás primero. Con este acto nuestro pacto queda sellado por toda la eternidad. Durante la próxima luna sangrienta sentirás una sed incontenible, que solo podrás saciar con sangre humana; en ese momento tu transformación estará completa.

Me desperté al día siguiente, todo parecía haber sido solo un sueño; me levanté apresurado y salí corriendo a la Universidad de París, donde me desempeñaba como profesor de geometría en la Facultad de Artes Liberales. Como se ve estaba en el centro mismo del conocimiento del mundo civilizado.

Habrá pasado como un mes desde mi extraño sueño, cuando al ponerse el sol me empecé a sentir muy extraño. Una sed muy grande me empezó a molestar.

Por más agua que tomase, la sed no hacía más que crecer, tornándose realmente insoportable. A mi memoria regresó todo lo ocurrido aquella noche en el bosque y comprendí que a veces los sueños se convierten en realidad.

No sabía cómo comportarme; por suerte llegaron a casa unos profesores y alumnos de la universidad, esperando que los acompañase a beber unas cervezas a la hostería. Mi esposa me animó diciéndome que me haría bien salir y distraerme un rato…No se imaginaba cuánta razón tenía.

Las cervezas venían una tras otra y ni siquiera me mareaban un poco, mientras que a mis compañeros de juerga se les empezaba a notar la borrachera. Me gustaba la sensación de superioridad ante todos los demás clientes de la cantina. Sin embargo, la sed se tornaba insoportable.

Uno de mis colegas se alejó de nosotros y regresó acompañado de unas cuantas rameras. Después de un rato todos decidimos retirarnos, cada uno con su amante ocasional. La joven con que iba era delgada, con un hermoso cabello negro que caía sobre sus hombros. Llegamos a una pequeña casita donde vivía y donde nadie nos molestaría.

La abracé de espaldas y ella se dejó acariciar. Empecé a besar su cabellera y el aroma que manaba de su cuerpo me estaba descontrolando. No era el olor típico del perfume o de la piel de mujer. Yo recordaba ese olor, lo había sentido en el bosque esa noche. Podía sentir el olor de la sangre que bañaba todo su ser por dentro; era como una droga irresistible.

Moví su cabellera hacia un lado, dejando al descubierto su delicado y hermoso cuello. Ella rendida ante mí ladeó la cabeza hacia un lado, invitándome a que me sumergiera y besara aquella parte de su anatomía. En forma casi instintiva supe de pronto que es lo que debía hacer. Inclinándome hacia ella acerqué mi boca a su cuello, pero en lugar de besarla, como ella lo deseaba, clavé mis dientes y empecé a beber su sangre. En un principio ella se retorció de dolor y terror, pero luego su respiración se agitó como si le estuviera gustando; finalmente, después de un rato la muchacha ya no se movía más. Yacía sin vida, desangrada entre mis brazos y con la marca de cuatro colmillos enterrados en su cuello.

Una energía como nunca antes había sentido recorría todo mi ser. Mis sentidos alcanzaban a percibirlo todo hasta en sus más mínimos detalles. Sentía que todas las criaturas de la noche se comunicaban conmigo y se postraban a mis pies, se inclinaban ante mi poder. Y la fuerza, la fuerza que había contenida en mis músculos no tenía límites; y lo comprobé doblando con mis manos un atizador que había junto a la chimenea; el hierro parecía no oponer resistencia bajo mis dedos. Me sentí poderoso. Y reí, reí envanecido conmigo mismo.

Salí de la casa dejando el cuerpo de la prostituta tirado sin vida en el piso. Qué me importaba, ella solo era una humana más. Solo alimento como todos los humanos para mí. Yo ahora estaba por sobre ellos, por sobre todo el mundo.

En el cielo una luna roja como la sangre dominaba la noche de París.

Podía percibir todo lo que pasaba a mí alrededor de una forma nunca antes imaginada. Mi vista se adaptaba fácilmente  a cualquier distancia, alcanzando hasta el horizonte; las tinieblas ya no estorbaban mi percepción, ya que podía ver con total claridad a pesar de la oscuridad. Los sonidos llegaban a mis oídos desde varios kilómetros de distancia. La brisa nocturna arrastraba a mí hasta el aroma más imperceptible. Y qué cantidad desbordante de energía inundaba todo mi ser.

De regreso a casa, me topé con un grupo de perros vagos; siempre les había tenido algo de miedo; sin embargo, ahora fue distinto. Al verme comenzaron a gemir y terminaron inclinándose ante mí dejándome pasar. Al alejarme de ellos comenzaron a aullar lastimeramente. Más de alguien se santiguó en sus casas, asustado  por el llanto de los perros.

Llegué a casa satisfecho de todo lo ocurrido. Mi Señor había cumplido su promesa. Ahora yo era el ser más poderoso del mundo.

Me acosté plácidamente y me dormí abrazado a mi esposa. Ahora sería capaz de protegerla para siempre.

Al otro día me desperté rebosante de alegría y de muy buen humor y así me dirigí a impartir mi clase. Después de dar mi primera lección, alguien me sugirió que debería pedir más dinero por ellas; luego de pensarlo un rato, me encaminé al despacho del decano de la facultad con la intención de pedirle un aumento de sueldo. La verdad es que no estaba muy seguro de conseguirlo, ya que el Maestro Principal, no se caracterizaba precisamente por su generosidad; pero ya estaba frente a su puerta, así es que respiré hondo, golpee  e ingresé en su despacho. Monsieur Lepage se encontraba revisando un tratado de Euclides de su colección privada.

-¿En qué puedo ayudarlo Monsieur Jacques Laberne?

Tragué saliva y le dije:

-Monsieur Lepage creo que me merezco ganar un poco más por las clases que imparto hace ya cuatro años.

Sin querer mis ojos se posaron en los de Monsieur Lepage, éste vaciló un poco y dijo: -Si ese es su deseo no tengo ningún inconveniente en aumentarle sus honorarios. ¿Cuánto desea ganar?

-El doble me vendría muy bien; dije en broma. Sin siquiera protestar Monsieur Lepage aceptó como si fuera lo más natural del mundo. Era algo que yo no esperaba, intrigado miraba a Lepage, quien casi no pestañaba.

-¿Puedo  hacer algo más por usted Monsieur Laberne? El tono casi servil de Lepage me envalentonó y actué en forma irreflexiva y hasta estúpida.

-¡Sí!, salte en un pie. Asombrado vi como ante mis ojos el estricto y muy formal Decano de la Facultad de Artes Liberales de la prestigiosa Universidad de París, comenzaba a saltar en uno de sus pies solo porque yo se lo había pedido.

-Ya es suficiente Monsieur Lepage, deje de saltar y siéntese.

-¿Desea algo más Monsieur Laberne?

-No, eso es todo, muchas gracias.

Salí sorprendido del despacho del decano y recordé lo que me dijo el Señor de La Oscuridad: “Nadie se podrá oponer a tu voluntad”. Comprendí que mi poder sobre los humanos no era solo físico, sino que además podía doblegar fácilmente su voluntad.

Como un niño con juguete nuevo, me divertí ese día con quien me dio la gana. Gustoso aprendí que con solo pasar mi mano frente a la cara de cualquier persona esta se dormía inmediatamente hasta que yo le ordenase despertar; y lo mejor de todo era que no recordaba nada de lo sucedido.

Sabiendo esto, me resultó muy fácil salir cada noche a alimentarme. Simplemente dejaba a mi familia durmiendo y después de haber cazado, volvía a casa y ellos no se enteraban de nada.

Ya hace un mes de mi transformación. Uno o dos cadáveres podrían haber pasado desapercibidos, pero el hecho de que hayan encontrado uno cada noche, se ha convertido en el tema obligado de conversación de la cuidad. Ya nadie se atreve a andar solo de noche; la iglesia llamaba a sus fieles a asistir a misa cada  día y arrepentirse de todas sus pecados. Empezaba a circular el rumor de que el demonio estaba habitando en las sombras de París y que solo un acto de fe podría alejarlo.

Todo iba bien para mí hasta que, una desgraciada noche, al regresar a casa, después de haberme alimentado como siempre, noté que la puerta estaba entre abierta; alarmado entré apresurado. Quedé petrificado ante la escena que se desplegaba ante mis ojos; tendido en el suelo en un gran charco de sangre yacía el cuerpo inerte de mi esposa, con la ropa rota y la garganta cortada. Al reaccionar me acordé de mis hijos; corriendo irrumpí en el cuarto de ellos, solo para encontrarlos en sus camitas, desangrados con el cuello cortado. Creo haber perdido la razón en ese momento. Cuando pude al fin reaccionar un odio inmenso me consumía.

En el aire de la casa, fácilmente pude percibir el olor del monstruo que me había quitado  a mi familia. Con los ojos inyectados en sangre salí a la noche y empecé a rastrearlo, como un depredador que caza a su presa; bueno, en realidad eso es lo que soy, pero esta vez era distinto, esta vez tenía un blanco específico. Mi presa tenía un rostro y lo iba a encontrar costara lo que costara; al fin encontré su rastro y me lancé a su captura.

Debo haber recorrido toda la ciudad tras aquel rastro; hasta que al fin lo encontré en una cantina de mala muerte. Pedí un vaso de vino al mesonero y esperé. Cuando el asesino se marchó salí tras él. Lo dejé alejarse, total sabía que ya no podría escapar de mí. Se adentró por un barrio muy solitario…, qué mejor…

De pronto se detuvo y miró hacia atrás; se dio cuenta de que alguien lo seguía. Miró, pero no pudo ver nada, ya que me ocultaban las sombras.

Me acerqué más aún. Intencionalmente hice ruido; se detuvo, pero al volverse nada vio. La oscuridad me cubría. Asustado echó a correr. Al doblar en una esquina se encontró de narices con un callejón sin salida. Me acerqué lentamente a él, dejando que me viera.

De entre sus ropas sacó un gran cuchillo con la hoja manchada de sangre; el mismo con que horas antes había apagado la vida de mi familia. El odio manaba de todo mí ser, mis ojos eran dos brasas de rojo fulgor.

Le sujeté la mano armada y empecé a apretarla hasta sentir que sus huesos se rompían con el sonido de una rama seca al quebrarse. Aterrado retrocedió hasta que su espalda chocó contra el muro. Con una mano lo levanté y clavé mis colmillos en su cuello; sin embargo no lo quise matar,…no aún.

Veía su corazón latir dentro de su pecho. El pánico inundó sus ojos cuando vio que las uñas de mi mano derecha crecían hasta parecer las garras de una fiera salvaje, acercándola lentamente a su pecho. Despacio clavé las garras en su carne y seguí introduciendo la mano mientras se retorcía de dolor y sus gritos rompían el silencio de la noche.

Aún seguía vivo cuando retiré mi mano y en ella pudo ver su corazón latiendo. Sus ojos se cerraron segundos después, viendo como su corazón se rompía entre mis dedos.

Un alarido de angustia e impotencia brotó de mis labios.

La pared frente a mí se abrió y de entre ella surgió un demonio conocido por mí.

Me hallaba furioso. -No entiendo, pensé que  podría proteger siempre a mi familia, pero ahora yacen muertos en casa; grité con rabia.

-Claro que podrías haberlo hecho, pero para ello tendrías que haber estado presente, o acaso ¿te crees un dios para estar en dos lugares a la vez? Ni siquiera yo con mis inmensos poderes puedo hacerlo.

-Lo que ha ocurrido esta noche es un hecho lamentable y terrible, incluso para mí; siento muchísimo tu pérdida. De alguna forma igual los ibas a perder tarde o temprano, ya que ellos eran solo humanos; si no hubiese sido ahora, tal vez habría sido mañana, por causa de un accidente, de alguna enfermedad, o en algunos años más por causa del tiempo.

-Lo malo de rodearse de mortales, es que ellos tarde o temprano se van y te terminas quedando solo. Así es como mi padre los ama, haciéndolos débiles, frágiles y vulnerables a la muerte; él siempre ha querido tener a la humanidad bajo su píe. Hace millones de años yo intenté hacerlo entrar en razón, pero en cambio, él decidió que nadie se podía oponer a su voluntad, ni siquiera su hijo favorito; por eso es que me arrojó de su lado. Estoy seguro de que si tuviese el poder para hacerlo me habría destruido; sin embargo, para su pesar, yo estoy formado de su misma esencia, lo cual me hace eterno e imposible de destruir.

 Absorto escuchaba sus palabras:

-La maldad de mi padre ha sido heredada por los humanos. ¿Crees que al haber matado a este animal has acabado con toda esa basura? Te podría asegurar que en este preciso instante en algún lugar, está siendo asesinada una indefensa madre con sus hijos, o se está desencadenando una guerra en la que hasta los niños mueren. Créeme, los humanos no se merecen tu perdón, ellos siempre serán asesinos. Cuando tú matas para alimentarte, les das una muerte rápida y sin dolor; en cambio, los humanos gozan con el sufrimiento ajeno.

-No. La humanidad no merece controlar este mundo. El mundo entero debe ponerse a tus pies para que te conviertas en el amo y señor de este planeta.

Su expresión cambió y hablando como un genio satisfecho de sí mismo porque ha descubierto el secreto más grande de la creación, continuó: -Pero no estarás solo y jamás olvides estas palabras: -Serás el padre de una nueva raza, que le quitará el control de este mundo a los pobres humanos. Cada uno de los que te alimenten cuando la luna sea de sangre, será un hijo tuyo, con tu mismo poder y los hijos de ellos serán tus hijos también. Y si dos de tus hijos, hembra y macho, se unen, los hijos resultantes de esa unión de sangre pura, estarán destinados a gobernar a la nueva raza, una raza de seres poderosos y casi inmortales, bajo tu mando y voluntad, como su Rey. Porque Tu Eres El Primero y mi favorito.

-¿Por qué casi inmortales, qué nos podrá destruir?

-¡Sí! Aunque el tiempo no pasará por ustedes, si no se alimentan antes de medianoche de cada día, todo se acabará y quien no haya bebido  sangre humana morirá.

Durante un tiempo centré mi atención en alimentarme solo de delincuentes y malvivientes. La iglesia se aprovechó de esto (como de todas las cosas) y los párrocos empezaron a decir a sus feligreses que el demonio estaba en la ciudad reclamando el alma de los pecadores y que había que purificarse desprendiéndose de las posesiones materiales; las cuales, por casualidad iban a engrosar las arcas de los piadosos hombres santos.

Habrá pasado cerca de dos años desde aquella fatídica noche, cuando me enteré, gracias a unos colegas de la Universidad, que esa semana se produciría un eclipse de luna sangrienta. Obviamente, los curas se encargaron de atemorizar al pueblo, pero más especialmente a los ricos señores, sus más generosos benefactores.

Estaba consciente de lo trascendental que era aquel momento. No quería que cualquier humano fuese ascendido a mi nivel. No cualquiera podía pertenecer a la nueva raza. Había un  profesor de filosofía, que no tenía muy buena opinión de sus congéneres, por así decirlo; dueño de una pequeña fortuna heredada de sus padres fallecidos hace algunos años, no se había casado, por lo que no tenía mayores ataduras con la sociedad humana. Llegó la noche del viernes, con una hermosa luna roja en el firmamento, mi excitación era mayor que en una noche normal de caza. Conseguí que mi colega me invitase a su casa, en realidad era una lujosa mansión heredada de un tío millonario, bajo pretexto de revisar su amplia y nutrida biblioteca, así como su bien provista cava de vinos. Con una copa en la mano y un libro en la otra, le pregunté qué opinaba de la humanidad. Después de pensarlo un poco, dijo: -Son un montón de hipócritas, lobos con piel de oveja y ovejas con piel de lobo; nunca sabes cómo van a reaccionar; son crueles y traicioneros. Sinceramente, si yo viniera de otro planeta, no confiaría en ellos.

-¡Vamos!, no será para tanto. Al fin y al cabo tú también eres humano.

-No me lo recuerdes, que no es algo para sentirse orgulloso.

Me agache a acomodar los leños al fuego, haciéndome el distraído apoyé como por accidente una mano en un tronco al rojo vivo y leí en  voz alta un pasaje del libro que sostenía. Al verme mi anfitrión, se alarmó mucho.

-¡Jacques!, por Dios tu mano. De un salto me  puse de pie y la afirmé con la otra.

-¡Déjame revisarla y curarte!; me ofreció solícito René.

-¡Pero como es esto posible! No tienes no la más mínima quemadura, siendo que la mano debería estar gravemente lastimada. Los ojos de René  Bernet denotaban una gran incredulidad.

Admirando mi mano por todos lados comenté: -Parece que entre el Cielo y la Tierra existen más cosas de las que sospecha tu filosofía, mi gran amigo René.

-Por lo visto hay algo más grande que la humanidad. Imagínate fuerza mayor que la del hombre más fuerte del mundo; sentidos más agudos que los de un lobo; invulnerabilidad a cualquier cosa, tanto natural, como creada por el hombre; y lo mejor, ser indiferentes al paso del tiempo.

-¡Dime!…, ¿Te interesa?

-¡Claro que sí!

-Pero, supongo que no todo es tan simple, ¿verdad?

-Como te dije, el tiempo dejará de tener significado para ti, nada podrá lastimarte, en las tinieblas te moverás; la fuerza viene de la vida,…la vida de los demás, la vida que corre por sus venas; de sangre humana te alimentarás. Cada día, cuando la oscuridad se cierna sobre la humanidad, antes de medianoche deberás haberte alimentado. ¿Estás dispuesto a eso? ¿Matarías humanos para alimentarte?

Ya te dije amigo mío que pienso que los humanos son como corderos y reconozco que me encanta la carne de cordero. En sus ojos había un brillo maligno y cruel, eso era precisamente lo que estaba buscando.

La luna de sangre estaba en su apogeo y sin que René se diera cuenta, clavé mis colmillos en su cuello, extrayendo hasta la última gota de sangre.

Al cabo de dos horas René logró incorporarse. Su piel estaba blanca como el papel y sus labios amoratados. Se veía muy débil. Debía alimentarse pronto. Esa noche no podía hacerlo de ningún humano, así es que no teniendo otra fuente de sangre más que la mía, con una de mis uñas corte mi muñeca y le di a ver, dejando que se alimentara y disfrutara de su sabor y su aroma. Se estaba repitiendo el ritual de la primera noche; aquella noche en el bosque donde todo comenzó; un ritual que se repetiría muchas veces más en el curso de los siglos.

Los años pasaron y René se volvió muy fuerte y ágil, parecía que su instinto de cazador era algo innato en él. Con él atrajimos a más miembros a nuestras filas; aunque algunos sin su consentimiento, pero que una vez convertidos perdían todo su apego por la humanidad y se volvían uno más de la raza de vampiros. La verdad es que no sé donde empezó el término; supongo que por el hecho de alimentarnos de la misma forma que esos pequeños bichos alados.

A René y a mí nos gustaba hacer clases en la Universidad de París, pero teníamos un pequeñito problema. Nuestro aspecto no cambiaba; simplemente no envejecíamos. Luego de meditarlo un poco decidimos que era bueno ausentarnos un tiempo; para lo cual nos embarcamos un día, con rumbo a Roma. Convenientemente para nosotros y casi por accidente (si no hubiese sido por que le rompí la caña de mando al barco) la nave naufragó, sin que nadie lograse escapar con vida.

Al cabo de varios años regresamos a Francia y presentamos nuestras credenciales a la Universidad de París, asiéndonos pasar por nuestros hijos. Resulta gracioso recordarlo ahora.

En nuestros viajes nos topamos con un antiguo conjuro que nos permitía convertir cualquier eclipse de luna en una luna de sangre.

La población de nuestra raza había aumentado mucho en París. Recuerdo que al vernos aparecer de regreso a René y a mí, todos se arrodillaron ante nosotros. Saludaban a sus señores como debía ser.

Hombres y mujeres, de todas las capas de la sociedad formaban nuestras filas al cabo de cien años. Nos mezclábamos entre los humanos y participábamos de su sociedad, sin levantar sospechas.

Sin embargo, me sentía muy solo y vacío. René en más de una ocasión trato de que me fijara en alguna hermosa vampiresa.

Durante el otoño de 1300 René me arrastró prácticamente a una fiesta en la mansión de unos amigos suyos. Solo para que no me molestara más acepté ir. Por si se nos pasaba la hora empezamos a seguir a unas prostitutas por un callejón, dándoles caza a los pocos minutos. Ya convenientemente alimentados podíamos ir sin problema a la fiesta. Aunque yo prefería pasarme la noche leyendo a algún autor clásico. Según René yo era el más aburrido y menos imaginativo inmortal del mundo. “¿A quién en su sano juicio se le ocurriría pasar la eternidad leyendo?”. En fin, entramos a una lujosa mansión.

-Listo, ya vine; supongo que ahora puedo irme, me giré sin darme cuenta de una dama que se había detenido tras mío para admirar un lienzo turco de intrincado diseño colgado en el muro. Un paso y quedé abrazado sin querer a ella. Sorprendida y molesta al principio se volvió para reprocharme mi atrevimiento.

Por suerte René salió a mi rescate. -Madame  Renan, perdone a mi amigo, es que el pobre aunque es un genial profesor de Geometría de la Universidad de París, es un ratón de biblioteca que no sabe desenvolverse en sociedad

No sé qué cara habré puesto, el hecho es que Madame Renan aunque trató de mantener la compostura, terminó riéndose afirmada de la escalera que daba al segundo piso para no caerse. Yo quería que me tragara la tierra.

Una vez que se le pasó el ataque de risa a Madame Renan, René nos presentó como correspondía.

-Madame Lilith Renan, le presento a Monsieur Jacques Laberne.

-Monsieur Jacques Laberne permítame presentarle a madame Lilith Renan.

Debo confesar que mi opinión de la sociedad parisina cambió diametralmente.

Madame Renan era una señora viuda, de 42 años, cabellera negra levemente ondulada, muy esbelta, de rostro muy bello y agradable.

Después de un rato yo no quería irme ya. Madame Renan y yo pasamos toda la noche juntos, ya sea conversando de distintos temas así como bailando. Después de tantos años, no pensé que podría volverme a sentir así nuevamente.

Lilith me permitió que la fuese a visitar algunas veces a tomar el té y charlar. Con el tiempo me fui dando cuenta, al conocerla mejor, que poseía un carácter muy fuerte, incluso hasta yo diría que duro. Por la servidumbre me enteré que la señora había cambiado totalmente su carácter cuando hace algunos años, su marido y su pequeño hijo fallecieron al volcarse el coche en el que viajaban; Madame Renan se salvó por milagro, pero desde ese día dejó de ser la misma. Ya nunca sonreía, según la vieja mucama, hasta ahora; e incluso un día la encontró canturreando una canción de lo contenta que se encontraba. Según la sirvienta, desde que nos conocimos, la vida había vuelto a su señora.

Hace un año que Lilith y yo nos conocimos. No pensé que me volvería a enamorar y creo que a ella le pasa lo mismo.

No sé cómo decirle la verdad. Necesito saber más cosas de ella.

-¿Qué piensas de la humanidad?

Se tocó la nariz, como siempre mientras medita; y me devolvió la pregunta.

-¿Cuál?, ¿la que crea bellas pinturas?, ¿la que compone hermosas melodías?, ¿la que se conmueve cuando un  niño llora?; o acaso ¿la que organiza guerras?, ¿la que se enriquece a costa del sufrimiento del pueblo?

-Porque si me lo preguntas, para  mí son distintas. La primera es sublime y me gusta. A la segunda, en cambio, la desprecio con toda mi fuerza.

-¿Y qué piensas de los animales que matan para alimentarse?, ¿crees que son buenos o son malos?

-Esa pregunta si que es fácil. El animal que debe matar para alimentarse no es ni bueno ni malo; simplemente hace lo que tiene que hacer. El hombre, en cambio, mata solo por placer.

-Si existiera otra raza, parecida en apariencia a la humana, pero distinta en esencia, ¿a cuál te gustaría pertenecer?, ¿a la humana o a la otra?

-Eso depende.

-¿De qué?

-De en cual estés tú.

-Ya demasiadas preguntas. Creo que te estás juntando mucho con René; se te ha pegado lo filósofo.

A veces Lilith me veía meditabundo y preocupado.

-¿Qué te pasa? Algo me ocultas. ¿Acaso tienes esposa?

-La verdad es que no. De hecho soy viudo.

-Menos mal, me alegro. ¡Upss!, ¡perdona!, no fue mi intensión. Yo solo quise decir que me alegro que no haya nadie más que yo en tu vida.

Una sorpresa fue para mí que a Lilith le gustaba pasear conmigo cuando caía la noche, sobre todo si había luna llena.

En uno de nuestros paseos vimos que un niño estaba parado, distraído en medio del camino; sin percatarse que a su espalda se acercaba, sin control un carruaje tirado por cuatro caballos. No lo pensé siquiera y olvidándome de la presencia de Lilith, corrí hacia el niño y saltando con él en brazos lo libré de morir aplastado bajo ese carruaje.

De más está decir que Lilith quedó de una pieza.

-¡Dios mío!, haz salvado a ese pequeño… ¿Pero cómo? ¡Saltaste cerca de cinco metros!

-La verdad es que creo que fueron cerca de diez; corregí.

-Tú no eres como los demás; eres muy distinto…Eres increíble.

-Hasta aquí llegó todo; pensé. Definitivamente no imaginé lo que a continuación ocurriría. Tomó mis manos, acercó su boca a mi oído y me susurró “Eres maravilloso” y finalmente me besó.

Debía contárselo todo esa noche. Por suerte eran recién las ocho. Debería alcanzarme de sobra el tiempo.

En cinco minutos llegamos a su casa. En el salón le dije que le contaría toda mi historia y no la culparía si después ella no quería saber nada de mí nunca más.

Después de cerrar las puertas, me serví una copa de coñac para darme valor. Le pedí que se sentara.

Y empecé mi relato. Ella escuchaba con la boca abierta. Al final se levantó.

-Creo que yo también necesito una copa y se sirvió.

Ahora ella empezó a hablar. -Entonces, en resumen, tienes más de 160 años; tú fuerza, agilidad y velocidad no se pueden medir; y tus sentidos son muy agudos.

-Bueno, si algo; comenté.

-¿Cuánto?

-No lo sé. Por ejemplo te puedo decir, que ayer luego de que me fui, te serviste una copita de coñac.

-¿Cómo lo sabes?

-Aún lo puedo oler en tu sangre.

-¡Vaya!, yo diría que eso es mucho más qué “algo”.

-¿Qué más?

-Mi oído tiene gran alcance; soy capaz de ver el calor de cualquier cosa en la oscuridad; envejezco un año cada cien años, si es que yo lo deseo.

-¿Enfermas alguna vez?

-No que yo lo recuerde.

-¿Y tu única limitación es que necesitas alimentarte de sangre humana antes de medianoche?

-Así es; afirmé. -Pero nunca de la mujer que amo; excepto bajo una luna de sangre. En esas ocasiones mi víctima renace como uno de mi raza.

-¿Por qué empezó esto?

-Por mi deseo de proteger a mi esposa e hijos, ya que yo me sentía un inútil…pero, a pesar de todos mis poderes, una terrible noche de 1183, mientras yo estaba fuera, entró a la casa un maldito criminal, que les cortó el cuello a mi esposa, a mi hijita y a  mi hijito.

-Desde ese día estoy solo, a pesar de que ahora hay cientos como yo.

Las lágrimas producidas por el recuerdo acudieron a mis ojos y comenzaron a correr por mi rostro. Llorando con los ojos cerrados no vi a Lilith que se acercó a mí.

Tomando mi cabeza con sus manos se agachó junto a mí y me abrazó.

-Ya no estás solo; ya nunca más lo estarás; no mientras yo pueda caminar por este mundo. Y con más fuerza me abrazó y  me besó los ojos y los labios.

El reloj marcaba las diez de la noche. Ya empezaba  a sentir sed de sangre.

-Ya es hora de que me marche.

-Lo entiendo. Te espero mañana como de costumbre. Nunca olvides que yo jamás te abandonaré.

Durante el mes siguiente, como ya lo hacíamos desde un tiempo a la fecha, salíamos a caminar, volvíamos a su casa y charlábamos hasta las diez de la noche, minutos más, minutos menos.

-Mañana habrá un eclipse de luna roja; me dijo Lilith. ¿Estás listo?

-La pregunta es, ¿tú estás lista?

Por respuesta me regaló una sonrisa.

La noche siguiente, Lilith lucía magnífica un largo vestido negro que se ceñía a su cintura, perfilando claramente su silueta; el cabello suelto y una túnica, también negra que caía vaporosa a su espalda.

-Si sientes miedo, o no quieres, lo podemos dejar para otra ocasión.

Nada contestó. Solo movió su pelo, ladeando su cabeza dejó al descubierto su cuello.

Ya era hora…

Inclinándome clavé suavemente mis colmillos hasta romper su piel y sentir como su líquido vital llenaba mi boca.

Se agitó un instante en mis brazos, pero luego se relajó. Su respiración se aceleró mucho; al parecer estaba sintiendo un intenso placer mientras yo bebía su sangre.

Sus ojos empezaron a volverse opacos hasta apagarse y sus brazos se soltaron.

Lilith estaba muerta.

La deposité cuidadosamente en el sofá del salón y me senté a su lado a esperar que renaciera.

Una hora después, sus dedos se empezaron a mover y su pecho a subir y bajar rítmicamente.

Tenía los ojos turbios, los labios azules y la piel blanquecina. Trató de incorporarse demasiado rápido y tuve que sostenerla.

-Estoy mareada.

-Ya pasará. Ahora debes alimentarte. Y acercando mi brazo sangrante a su boca ella comenzó a beber sangre por primera vez.

Su piel recuperó el color natural, sus ojos volvieron a brillar; pero esta vez con el hermoso brillo que adquieren cuando un vampiro se alimenta.

Una vez recuperada, la tomé de la mano y la conduje a la terraza.

-¡Ven!

Una vez fuera, ella cerró los ojos, separó los brazos de su cuerpo y abrió las manos.

-Lo puedo sentir todo. La noche me está hablando y la siento en todo mí ser. Me siento más viva que antes, me siento muy poderosa.

A la noche siguiente era necesario que Lilith aprendiera a cazar sola.

-Busca a alguien, de preferencia de quien nadie dependa; puede ser hombre o mujer, eso lo decides tú. Acorrala a tu presa en un lugar solitario.

-¿Y luego cómo la atrapo?

-Tienes dos opciones. Puedes usar tu fuerza física; o bien, puedes anular su voluntad. La mente de los humanos es muy fácil de influir.

 A lo lejos vio a una callejera parada en una esquina. Como nadie se interesaba en ella, se fue caminando, adentrándose por una calle solitaria. Lilith comenzó a seguirla, ocultándose en cada sombra. Al verla, se me imaginó la imagen de un gran felino negro acechando a su presa en la selva.

Finalmente, en un rincón oscuro junto a un edificio, la alcanzó. Sobresaltada la joven se incomodó un poco.

Con voz seductora Lilith se acercó a ella.

-Vamos, soy solo una mujer, ¿qué daño podría hacerte?; además eres muy linda y me gustas mucho.

Nerviosa la chica sonrió.

-Yo solo quería pedirte dos cosita.

-Si las puede pagar, no hay problema Madame.

-¡Oh!, no era eso lo que quiero de ti. Solo quiero que me muestres tu cuello. Y si, puedo pagarte mucho.

La joven se encogió de hombros y mostró su cuello desnudo. Hay cada loco en la ciudad; pensó.

-¿Y cuál es la otra “cosita” Madame?

-¡Ah, sí! Por favor ahora no muevas ni un dedo.

La muchacha no comprendía por qué de pronto su cuerpo pesaba tanto que no podía moverlo. Nada pudo hacer mientras veía con horror crecer los colmillos de Lilith.

Con lentos movimientos Lilith olfateó el cuello de la joven y finalmente hundió sus afilados dientes en su piel.

Con los ojos apagados la  chica cayó sin vida y sin sangre.

Lilith se saboreó la sangre que quedaba en sus labios, ahora teñidos de escarlata…Lilith había cazado por primera vez.

Nuestras partidas de caza se volvieron muy entretenidas. Lilith las había convertido prácticamente en un arte, refinando hasta el juego sus técnicas de depredación.

-¿Conoces tus límites querido?

-¡No!, nunca he tenido que llegar a ello.

-¿Ni por curiosidad?, para saber de qué eres capaz.

Me sentí tonto, ella tenía razón.

-Está bien. ¡Hagámoslo!; consentí. -Vamos al bosque.

-Pero corriendo; dijo ella mientras soltaba su cabellera.

Cuando pasamos por el medio de la ciudad, la gente solo percibió una extraña corriente de viento, invisibles a sus ojos por lo veloces que nos movíamos. -Es el diablo que pasa; dijo alguien.

-No está mal; opinó Lilith. -Veamos lo de la fuerza. ¿Cómo lo hacemos?

Miré a mi alrededor y solo encontré una roca. Me senté en ella a pensar.

-¡Lo tengo!

Parándome de un salto apoyé una mano en la roca, la que se partió al recibir un golpe de palma.

Lilith, no siendo menos, tomó una gran piedra, que se volvió polvo bajo la presión de sus dedos.

-Medir nuestra agilidad debería ser más entretenido. Atrápame; dijo riendo, mientras dejaba caer su negra capa al suelo.

Recorrimos todo el bosque, saltando de rama en rama y girando de manera inimaginable en torno a los árboles. Finalmente nos tiramos de espalda mirando las estrellas, tomados de las manos.

Tal vez uno de los juegos favoritos de Lilith era controlar mentalmente a toda una multitud a la vez, solo por diversión, pero no causándoles daño innecesariamente.

-Deseo que conozcas a algunas personas.

-¿Más vampiros?

-Sí. A algunos ya los conocías pero no sabías que lo eran.

-Quiero que conozcan a mi futura esposa.

Los jardines de la mansión de René estaban  llenos de carruajes. En el interior, aunque amplio, no cabía ni una aguja. Al ingresar, los guardias se cuadraron ante nosotros y todos inclinaban sus cabezas a nuestro paso.

-Parece que te respetan; dijo Lilith.

-Así debe ser, teniendo en cuenta que soy su Rey.

-¿Qué tú eres qué…?; no alcanzó a terminar su frase cuando se nos acercó muy efusivo René.

-¿Tú?; exclamó sorprendida Lilith.

-Encantado de recibirte en mi humilde casita.

-¿Si esto se puede llamar humilde?, pero esta noche ya no me sorprende nada.

-Bueno, mejor pongámonos un poco formales que alguien tiene que decir algunas palabras.

Desde una zona más elevada del salón, me dirigí a la concurrencia.

-Hermanos e hijos míos, deseo presentarles a Madame Lilith Renan. Desde ahora y para toda la eternidad, bajo nuestras leyes es mi esposa. Les pido que la respeten, honren y sirvan fielmente como hasta ahora lo han hecho conmigo.

René se separó de la multitud y dando un paso adelante, dejó oír su potente voz en todo el salón. -Sea bienvenida Majestad. Acto seguido se arrodilló ante ella.

Todos los concurrentes lo imitaron inmediatamente.

Lilith no salía de su asombro, pero se mantenía firme a mi lado.

-Por favor levántense hermanos míos. Quiero que sepan que para mí es un honor haberme incorporado a esta nación. Porque ya no somos solo una raza más. Somos la poderosa Nación Vampira, la verdadera regenta de este mundo.

Hicimos una costumbre con ella salir a cazar juntos. Una noche mientras caminábamos de regreso a nuestra mansión, luego de  habernos alimentado, al doblar por una esquina ella se detuvo de improviso.

-¡Mira!; me dijo apuntando señalando una casa.

 A través de la pared se veía perfectamente la silueta de calor de los cuerpos sin vida de un hombre, una mujer y un niño tirados en el suelo; y parados cerca de una jovencita acurrucada, cinco tipos en actitud muy agresiva.

A mi mente volvieron los recuerdos de la masacre de mi familia hace siglos. Cuando reaccioné, Lilith ya se abalanzaba hacia la puerta.

 -¡No lo permitiré!; rugió mientras de un solo golpe hacía volar la puerta.

La escena era terrible; yacían el padre, la madre y el niño en medio de un rojo charco; además las ropas de la mujer estaban desgarradas, dejando al descubierto gran parte de su anatomía.

-¡No interfieras!; me dijo. -Esos desgraciados son míos.

Volviéndose de golpe los cinco criminales nos miraron sorprendidos.

Con fuerza Lilith clavó sus colmillos en el cuello del que estaba más cerca de la niña, no soltándolo hasta sentirlo muerto. Los cuatro restantes sacaron grandes pistolas y las vaciaron en ella. Las balas no hicieron más que enfurecerla aún más. Con la boca chorreando sangre se acercó a ellos y de un solo zarpazo le arrancó la cabeza a uno. Uno sacó un afilado cuchillo y trató de clavárselo por la espalda; sin embargo ella ya estaba girando en el aire y tomándolo del brazo se lo amputó de un  tirón, cogió el cuchillo y lo clavó en el corazón del desgraciado.

Aterrados hasta el límite, los otros dos asesinos intentaron escapar, pero yo les cerré el paso. El cuarto cayó con la cabeza aplastada entre las manos de ella. El quinto no tuvo tanta suerte, ya que Lilith descargó en él todo el odio que se había acumulado durante años y con garras y colmillos lo despedazó.

En un rincón de la única habitación, temblaba una jovencita de quince años, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida. Estaba totalmente shockeada. Lilith la miró y con la voz más suave que pudo. Le habló.

-Duerme pequeña. La niña cayó en un  profundo sueño.

Con delicadeza Lilith la cargó en sus brazos y juntos salimos muy velozmente para que los débiles ojos de los humanos no pudieran vernos. En el camino Lilith me contó que cuando ella era niña había sido la única sobreviviente de su familia en un ataque similar.

Al llegar a la mansión, los guardias abrieron rápidos las puertas. En el interior las puertas se abrían solas a nuestro paso hasta nuestra habitación.

-¡Traigan al Doctor Lacroix ahora!; gritó a un sirviente.

-Como ordene Su Majestad; contestó éste y se retiró.

A la media hora llegó el doctor Pierre Lacroix, los guardias lo condujeron directamente a la habitación donde dormía la pequeña Lizbeth. Lilith mientras tanto se había bañado y cambiado de ropa, pero en su boca aún se veía sangre de la carnicería que había hecho con los criminales.

Con los ojos aún brillantes relató lo ocurrido al doctor.

Éste se paseó un rato pensativo por todo el cuarto. Después de un rato opinó: -Esta niña ha sufrido un trauma inmenso; primero vio morir cruelmente a toda su familia; después la vio a usted hacer pedazos a los criminales. Curarla va a ser un proceso largo y que va a  requerir mucha paciencia, comprensión y una gran cuota de amor. Recuerde que ella vio algo que los humanos no deben siquiera sospechar que existe.

-Esto me lleva a una pregunta Madame. ¿Qué planes tiene para esta joven?

Después de guardar silencio un rato, mi esposa habló en forma clara.

-Como bien sabe doctor, mi esposo y yo no tenemos hijos. Una lágrima corrió por su rostro al recordar un dolorosos pasaje de su anterior vida como humana (su único hijo había muerto a la edad de cinco años al volcar el carruaje donde iba); por otro lado esta pequeña acaba de perder a sus padres y hermano menor. Yo pensaba que tal vez podríamos criarla como si fuera nuestra hija.

-Mmm, comprenda Majestad; comentó el doctor, que la única forma en que eso pueda ocurrir es que ella sea convertida en una vampiresa. Mi opinión como doctor, es que en este momento, en el estado actual en que se encuentra su mente, eso no sería aconsejable. Primero es necesario sacarla del estado nervioso en el que cayó. Una transformación ahora la haría enloquecer en forma irreversible. Por lo demás físicamente está en perfectas condiciones. Le recomiendo dejarla descansar, por hoy día manténgala en el trance que le indujo. Mañana vendré temprano a ver como evoluciona.

-¡Gracias doctor!, lo acompañamos a la puerta.

Una vez se hubo marchado, Lilith se dejó caer pesadamente en un sillón. Se veía agotada, aunque sé que físicamente eso no era posible.

A la mañana siguiente, junto al doctor, Lilith y yo vimos despertar a Lizbeth en una cama de blancas sábanas de seda. Se notaba confundida; primero por la tragedia de la noche pasada y luego por despertar en una cama que no era la de ella, en una casa muy distinta a la suya y rodeada de extraños que la observaban detenidamente.

Por indicaciones del médico, Lilith no le borró la memoria, pero si filtró sus recuerdos, para hacer la situación más llevadera, hasta que asimilara la realidad de que había perdido a los suyos.

-¿Dónde estoy?, ¿quiénes son ustedes?, ¿dónde están mamá y mi hermanito?, ¿y papá?; preguntó la niña.

Con suavidad Lilith tomó sus manos y le habló tratando de ser lo más dulce posible. -Mi pequeña, ayer tu familia y tú sufrieron un terrible accidente; la casa donde habitabais se derrumbó sobre ustedes. Siento mucho tener que decirte que solo pudimos rescatarte a ti.

Temblorosa Lizbeth rompió a llorar y Lilith la rodeó con sus brazos con mucha ternura.

Después de unos minutos y con el rostro empapado en lágrimas, la niña miró a Lilith.

-¡Madame!, la recuerdo; usted estaba presente ayer. ¡Usted!…. ¡Usted!….

Era visible la preocupación en el rostro de Lilith; temía que se hubiera roto el bloqueo que había puesto a los recuerdos de la niña.

-¡Madame!…. ¡Usted me salvó! Pero no entiendo; no recuerdo bien lo ocurrido. Está todo muy confuso. Había gritos y estaba usted, que al final me llevaba en brazos. Pero no recuerdo nada claro; hasta que desperté ahora en esta cama.

El doctor, que hasta el momento había permanecido sin decir nada, rompió el silencio. -¡Hija!, soy el doctor Pierre Lacroix, el médico de la familia. Por favor tómalo con calma y no te  esfuerces en   recordar; con el tiempo todo se aclarará. Has pasado por una experiencia horrible y muy traumática. Tuviste mucha suerte de que Monsieur y Madame Laberne pasaran justo en el instante para ayudarte (guardó un rato de silencio el doctor y continuó). Lamentablemente no pudieron prestar ayuda a tiempo a tu familia… ¡Que descansen en paz! Guiados por su gran misericordia, ellos te rescataron y te acogieron bajo su cuidado y protección. Debes sentirte muy agradecida hacia ellos.

Con un nudo en la garganta la pequeña habló. -¡Madame!, ¡Monsieur! muchas gracias, se escuchó su voz, mientras dos lágrimas bajaban de los ojos de la pobre Lizbeth.

Al retirarse el Doctor Lacroix, se veía algo inquieto.

-¡Majestad!, la joven al ser salvada por usted, la vio hacer uso de una fiereza, agilidad y fuerza incomprensibles por los humanos; así como la vio beber sangre y destrozar a cinco hombres con sus garras y colmillos. Mi consejo como amigo, si me permite el atrevimiento, es que sea muy prudente al momento de revelarle toda la verdad. Comprenda que instintivamente, ella pueda sentir pánico ante usted, aunque por lo demostrado no representa ningún peligro para ella. Gánese su confianza. Debe poder demostrarle que así como puede ser despiadada y cruel con sus enemigos, es capaz de entregar una gran cantidad de amor y ser compasiva con aquellos que realmente lo merecen y necesitan.

No pude más que asentir ante el doctor. -Sabias palabras son mi amigo. Creo que hicimos lo correcto al confiar el secreto de nuestra existencia a usted y convertirlo luego en uno más de nosotros según nos lo pidió.

-Para mí ha sido un honor, Mi Señor. Y reconozco que intelectualmente no habría podido resistir a la curiosidad científica de entender todas las maravillas de nuestra raza. Eso ocurrió hace unos 60 años con el brote de la peste negra; recuerdo que me llamó la atención que varias personas eran inmunes y hasta indiferentes a ella; si hasta no le daban importancia. Ahora entiendo por qué. Jejeje.

Ante una señal mía los guardias se cuadraron cuando el buen doctor pasó junto a ellos. En un espejo pude ver su expresión de un orgullo bien fundado ante ese hecho.

Lilith decidió convertirse en la enfermera personal de la niña. Ya habían pasado dos semanas desde que la rescatamos y ya tenía un poco de confianza con ella.

-¿Cómo te sientes hoy pequeña?

-Mejor Madame, gracias.

-Mi nombre es Lizbeth. Al fin se empezó a abrir la niña.

-Hola, mi nombre es Lilith.

-Madame, ¿puedo hacerle una pregunta?

-Sí claro, dime.

-¿Usted tiene hijos?, es que le pregunto porque es tierna como es…, ohh…, como era mi mamá.

-Hace mucho tiempo tuve uno, pero se fue a una vida mejor.

-Lo siento Madame, no pretendí apenarla.

-Está bien. El tiempo cura las heridas y la vida me ha vuelto a dar otra oportunidad.

-Algún día tú también podrás volver a reír.

En forma espontanea Lizbeth y Lilith se abrazaron.

Movida por el recuerdo de una vieja canción de cuna, Lilith comenzó a tararearla.

En sus brazos, la niña se durmió y junto ella Lilith.

Sin poder evitarlo, su concentración se rompió y el bloqueo sobre los recuerdos de la pequeña Lizbeth terminó por ceder.

Sobresaltada, Lilith fue despertada por los gritos de la niña.

-¿Qué pasa?, ¿qué tienes?; preguntó angustiada.

Lizbeth en sueños había revivido su tragedia.

-Querida, fue una pesadilla; ya pasó. Mira, estás bien.

Lilith estuvo tentada a borrar definitivamente ese recuerdo de la mente de la jovencita, pero se contuvo siguiendo los consejos del Doctor Lacroix.

-¿Deseas contarme tu sueño?, puede que te ayude si hablas de eso; se arriesgó Lilith, ya que sabía que lo más probable es que ella estuviera en él.

Respirando hondo, Lizbeth trató de ordenar sus ideas.

-Estaba en mi casa, junto a mi familia. Alguien golpeó la puerta y mi padre se asomó a ver. Cuando abrió, cinco hombres entraron de golpe. Uno dijo que era una linda familia. Papá trató de echarlos, pero uno sacó un cuchillo y se lo clavó. Mi hermanito mordió a uno y también lo mataron.

Las lágrimas mojaban el rostro de la niña.

-Miraron a mi mamá y a mí. A ella los cinco le hicieron todo lo que quisieron y después le cortaron el cuello.

La pequeña temblaba mientras contaba su sueño; Lilith deseaba poner paz en su mente, pero la dejó seguir hablando.

-Después venían por mí. En eso entró usted a la casa.

-¿Yo?, ¿y qué hice?; preguntó curiosa  la Reina.

-Se puso entre ellos y yo y los golpeó muy fuerte. Aparentemente quería protegerme. Pero usted se veía muy distinta; parecía una bestia salvaje.

Lilith tragó saliva; se estaba inquietando por el curso que tomaba el relato del sueño.

 -¡Vaya!, debo haberte dado mucho miedo.

-La verdad es que no, usted me estaba defendiendo; los cuatro hombres si me daban miedo.

-Dijiste que eran cinco; recordó Lilith.

-Sí, pero cuando usted entró, uno no se dio ni cuenta, porque usted le rompió el cuello con sus dientes. A los otros cuatro los golpeó y los mató con sus manos.

-¡Qué miedo!, debo haber parecido un monstruo horrible.

-No lo sé…, me acuerdo que una vez vi a una gata que protegía a sus gatitos de unos niños que los molestaban. Era algo parecido; usted me defendía de hombres muy malos. Es extraño, a pesar de lo amenazante y terrorífica que parecía, yo confiaba en usted en el sueño.

-Los sueños cambian mucho las cosas; dijo Lilith.

-Creo que de haber podido yo habría hecho lo mismo por defender a mi familia. Habría sido la gata defendiendo a los gatitos.

Lilith secó el rostro de Lizbeth, besó sus mejillas y la abrazó tiernamente.

El corazón de Lilith latía muy rápido debido a lo nerviosa que estaba y eso lo percibió la niña.

-Su corazón parece querer salir de su pecho, Madame. ¿Mi sueño la ha asustado?

-No es eso querida, no.

En la madrugada siguiente Lizbeth fue perturbada por otra pesadilla. Lilith entró corriendo en su cuarto, atraída por sus gritos. La encontró sentada en la cama, llorando y empapada en transpiración.

-Otra vez soñé, Madame; dijo y se arrojó en sus brazos.

-¿Qué soñaste?

-Lo mismo de ayer. Me asusté mucho porque al despertar estaba todo oscuro y no se veía nada.

-Esto no puede seguir pasando, la pobre está sufriendo mucho. El doctor debe permitirme que le borre los recuerdos de la memoria; pensó Lilith, sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta.

El sol empezaba a asomarse y las tinieblas de la noche retrocedían.

-¿A qué se refiere Madame?; se escuchó la voz de la niña.

Lilith cerró los ojos consternada. Comprendía que acababa de cometer un error tonto y grave.

-¿Qué quiso decir Madame?, ¿de qué recuerdos está hablando?

-¿Esto no es solo un sueño verdad?

-¿De verdad ocurrió?

-Por favor no te asustes mi niña. Puedo explicártelo todo…, si es que me lo permites; habló suplicante Lilith.

Sin saber por dónde empezar, la Reina de los vampiros comenzó a narrar una historia marcada por el dolor en su anterior vida humana.

-Hace ya muchísimos años, cuando yo era menor de lo que eres tú ahora, vivía sola con mi madre y mi hermana mayor; papá había muerto en la guerra y quedamos solas y en la ruina. Mamá se esforzaba como lavandera, para llevar algo de comida a nuestra mesa.

-Una mala noche, unos hombres malos entraron a casa; abusaron salvajemente de mi madre y mi hermana y luego les quitaron la vida. Si yo logré escapar con vida, fue porque atraídos por los gritos llegaron unos vecinos armados de palos y los detuvieron y entregaron a los soldados del Rey.

Con la voz entrecortada Lilith apenas podía contener el llanto, mientras continuaba su relato.

-Una tía mía, hermana de mi padre se compadeció de mí y me acogió en su casa.

-Después de muchos años logré recuperarme en parte.

-Cuando cumplí veinticinco años, mi tía logró comprometerme con un rico mercader. Pensé que podría ser feliz al fin; de esa unión nació un hermoso varoncito.

-Pero parece que a la desgracia le gustaba rondar mi vida.

Los ojos de Lilith estaban inundados de lágrimas, las que amenazaban con caer. Lizbeth tomó sus manos para infundirle valor.

-Cuando mi niño tenía apenas cinco años, el carruaje en que viajábamos los tres se volcó. Creo que el destino era cruel conmigo, permitiéndome que, nuevamente, solo yo sobreviviera.

Lilith ya no pudo contenerse y ahora lloraba amargamente.

Lizbeth la abrazaba y acariciaba su cabeza.

Limpiándose los ojos, Lilith continuó con su relato.

-Caí en una profunda pena; ya no salía de casa y casi no me alimentaba. Si no hubiese sido por los cuidados de mi doncella, creo que habría muerto; y…, realmente lo desee en más de una ocasión. Mi leal sirvienta empezó a invitar a amigos y amigas para que me acompañaran, así como me obligaba a salir de vez en cuando de la casa.

Lizbeth escuchaba atenta el triste relato de Madame Renan.

-En una de esas reuniones en casa, habrá sido unos doce años después del accidente, tuve la suerte de poder conocer a Monsieur Laberne. De a poco, sin buscarlo, nació el amor entre nosotros. La vida sonreía de nuevo.

-Una noche fui testigo de cómo, en forma increíble él salvaba la vida de un niñito; haciendo un despliegue de fuerza y velocidad sobre humanas. Esa noche se sinceró conmigo y me contó la historia de su drama.

-Me explicó por qué era tan fuerte y rápido.

-Al igual que yo y que tú, él había perdido a su familia en manos de un criminal desalmado. Y que, a pesar de lo poderoso que era, no había llegado a tiempo para salvarles la vida.

-Me di cuenta de que yo no era la única persona que por esa causa estaba tan terriblemente sola.

-Comprendí su dolor y el comprendió el mío. Decidí esa noche que por siempre quería estar a su lado.

-Le pedí que hiciera que eso fuera posible, a lo cual consintió.

-La siguiente luna roja que hubiera, debería producirse el cambio.

-Se me ofrecía inmortalidad, fuerza y velocidad. Ya nada me lastimaría y podría defender a mis seres queridos; y por sobre todo, nunca me separaría de Monsieur Laberne.

A todo esto, Lilith tenía la cabeza apoyada en el regazo de Lizbeth y ya se oía tranquila otra vez. Parece que pensar en Monsieur Laberne la calmaba; reflexionó la niña.

-Pero no todo era tan fácil, bajo una luna roja como la sangre, debía morir, para renacer luego. Era Monsieur Laberne quién debía encargarse de ello.

Lilith se aproximaba a la parte más complicada de su historia, pero ya no podía dar paso atrás.

-Monsieur Laberne succionaría la sangre de mis venas; luego yo bebería de la suya y renacería en una vida nueva.

-No renacería como una mujer humana; ella moriría. Al hacerlo, volvería a la vida como un ser poderoso e inmortal, que debe todas las noches alimentarse de sangre humana. Sería, como me viste, una bestia.

Lizbeth no sabía si Madame Renan hablaba en serio. Sin embargo, sentía paz y confianza a su lado; ya había podido comprobar que ella la estaba protegiendo y de alguna forma intuía que nunca la dañaría.

-Hace dos semanas, cuando paseaba por la noche, junto a Monsieur  Laberne, al pasar junto a tu casa, con horror vi que la historia se volvía a repetir. Me vi nuevamente a mí y también a la familia de Monsieur.

-La furia se apoderó de mí. Esta vez no permitiría que pasara. Esta vez lo impediría.

-Sin control me arrojé contra esos hombres; y como has recordado ahora, los asesiné. Me comporté como una bestia salvaje. Pero lo hice para defenderte.

-Por favor créeme, jamás te dañaría a ti.

Lilith volvía a llorar.

-¿Es cierto todo lo que me ha contado Madame?

Lilith asintió con la cabeza gacha y con lágrimas cayendo por su cara, mientras hacía crecer lentamente las garras de la mano derecha.

Lizbeth miraba asombrada como las antes delicadas manos se convertían en algo más parecido a la extremidad de una fiera. Con curiosidad las tocó con sus dedos.

Lilith le permitió hacerlo y luego las retrajo; su mano ahora se veía normal nuevamente.

Lizbeth con mirada profunda miró a Lilith a los ojos; sin decir nada levantó su mano. La Reina cerró los ojos  temiendo que recibiría un golpe de la joven, pero por el contrario, ésta le obsequió una caricia y luego la abrazó con fuerza.

-Gracias, muchas gracias, Madame.

Ambas lloraron abrazadas; sin embargo, esta vez las lágrimas de Lilith eran de felicidad y las de Lizbeth de gratitud y amor, pero aún con mucha pena por su reciente pérdida.

En su interior Lizbeth sabía que estaba en buenas manos y que podía confiar en esa pareja.

-Esto fue difícil de contar; dijo Lilith.

-No es algo que se escuche todos los días; respondió Lizbeth.

-Creo que lloré todo lo que no había llorado en los últimos ciento diez años.

-¿Cuántos?; Lizbeth estaba sorprendida.

-Ciento diez años.

¿Qué edad tiene Madame?

Ciento cincuenta y dos años. Nací en 1258.

-No representa más de cuarenta y cinco cuando mucho.

-Lo que pasa es que envejecemos un año cada cien años; yo tenía cuarenta y dos cuando me uní a la nación vampira.

-¿Es feliz Madame?

-¿Cómo te lo explico?; meditó Lilith.

-Como humana nunca habría tenido el tiempo necesario para alcanzar la felicidad que ahora disfruto.

-Ya es hora de que desayunes, ¿tienes hambre?

-La verdad es que sí.

-Pero… ¿Deberé tomar sangre?

-¡No mi pequeña, claro que no!, leche, pan y huevos y creo que hay pastel también; la tranquilizó Lilith.

-Entonces sí.

-Vístete y vamos al comedor.

-Pero no tengo ropa.

Acercándose a un gran ropero, Lilith lo abrió dejando ver una gran cantidad de hermosos vestidos.

-Supongo que alguno te quedará. Elige el que quieras.

-¿Cualquiera?

-¡Claro!, son tuyos.

La jovencita no sabía que decir, nunca antes había tenido ropa tan linda y elegante. Así es que solamente sonrió.

Camino al comedor, Lizbeth quedó parada frente a la gran biblioteca.

-¡Cuántos libros hay!; excla

-Puedes leer el que quieras.

-Sí claro; dijo sarcástica. -¿Desde cuándo las mujeres leen?

-¡Uff!, rezongó Lilith. Esa es una de las estupideces de la sociedad humana, que nosotros estamos tratando de no repetir.

-¿Usted ha leído alguno?

Lilith sonrió.

-La verdad es que todos. Pero me tomó como setenta años.

-Si lo deseas puedo ordenar que un maestro te enseñe.

-Sí claro que me gustaría Madame.

-Y matemáticas, arte, música, literatura, en fin, todo lo que desees aprender.

Lizbeth se daba cuenta de que ante ella se abría un mundo de posibilidades inimaginables para cualquier mujer, excepto para las vampiresas.

Al poco tiempo Lizbeth leía fácilmente francés y latín. Los maestros estaban sorprendidos y encantados a la vez; semejante capacidad no la habían visto nunca entre los humanos y se preguntaban que niveles alcanzaría si los reyes decidían convertirla en vampiro.

Una mañana para tratar de alcanzar un libro, Lizbeth se subió a una silla y perdió el equilibrio. La caída fue más espectacular que grave. Como era de esperarse, el Doctor Lacroix fue llamado de inmediato.

-¿Y bien doctor?; pregunté.

-No es nada Majestad, solo una torcedura sin importancia.

-¡Pero me duele mucho!; protestó la joven.

-Eso le pasa a los humanos por tener cuerpos tan frágiles; opinó el doctor.

Lizbeth ofendida le sacó la lengua.

-Bueno Sus Majestades. Manténgala en cama uno o dos días y se le pasará.

-¿Los trató de Majestades?; preguntó Lizbeth.

-¿Qué?, ¿aún no le dicen que ustedes son El Rey y La Reina de la Nación Vampira?

-Creo que se nos olvidó ese detalle; me defendí.

-Bueno. ¡Cada loco con su tema!; rió el doctor.

-¡Doctor!, creo que tiene más asuntos que atender; cortó Lilith.

-Sí, sí, ya me voy.

 -Adiós doctor, gracias; se despidió Lizbeth.

-¡Vaya!, El Rey y La Reina. Uy; exclamó la muchacha, mientras hacía una exagerada reverencia y se largaba a reír.

La verdad es que los tres reímos por un buen rato.

Después de guardar silencio por un largo rato, Lizbeth muy seria preguntó:

-¿Madame, cuando será la próxima luna de sangre?

Miré a Lilith, pues ambos comprendíamos hacia donde conducía aquella pregunta.

Un mes después una gran luna de sangre se levantaba sobre el cielo de París. Lizbeth había pedido vestirse igual que Lilith. Ambas lucían largos vestidos negros con capas de igual color. La cabeza de Lizbeth estaba adornada por una reluciente tiara de rubíes.

-¿Lista?; pregunte.

-Sí, pero quisiera que Madame Lilith lo haga.

Lilith me miró complacida. -¿Qué te puedo decir querido?

Lilith la abrazó suavemente y apoyó su cabeza en su pecho. Con ternura corrió su cabello, dejando a la vista un delicado cuello…-Te veré pronto; le dijo. Finalmente hundió sus colmillos.

Lilith tomó mi mano y me acercó al cuello de Lizbeth.

Poco después caía sin vida.

Cerca de una hora después, Lizbeth trató de incorporarse, pero la contuvimos.

-¡Tranquila!, con calma.

Lilith la sentó con cuidado y le ofreció su muñeca sangrando. Yo corté mi brazo y se lo acerqué para que se alimentara por primera vez.

Lizbeth había renacido.

Entonces con suave voz habló:

-¡Mamá!, ¡Papá!, he llegado.

Una nueva familia había nacido.

En el salón principal, en tono muy solemne René anunciaba:

-Princesa Lizbeth sea bienvenida.

Todos los concurrentes se arrodillaron ante ella.

Los guardias de palacio se cuadraron militarmente rindiéndole honores a Su Alteza.

Lizbeth demostró una gran inteligencia. Sus maestros alababan que su curiosidad no tenía límites. En más de una ocasión puso en aprietos a sus profesores de matemáticas y de filosofía.

Desde que llegó a nuestras vidas han pasado ciento veinticinco años; actualmente es el año 1537. Todos se dirigen a ella como Princesa Lizbeth, habiéndose ganado el cariño y respeto de todos.

Si bien no tiene la misma capacidad mental de su madre para controlar un gran número de personas al mismo tiempo, en cambio físicamente su agilidad va aumentando cada día que pasa. Al punto que, ella misma decidió que quería aprender combate cuerpo a cuerpo, desde que vio al capitán Marcel Renoir, comandante de la guardia de palacio, entrenando a sus hombres.

-Yo quiero aprender también; le dijo un día muy decidida y segura  de sí misma.

-Princesa, esto es para soldados; no creo que usted pueda. Además dudo que sus padres lo autoricen; intentó disuadirla el oficial.

-De mis padres me encargo yo capitán; alegó Lizbeth. -¿O acaso tiene miedo y teme que lo deje en ridículo antes sus soldaditos de plomo?

Un joven oficial empezó a esbozar una sonrisa.

Severo el capitán lo contuvo.

-¡Sargento!, ni se lo ocurra reírse o lo pongo a beber sangre de vaca durante un mes.

El joven oficial se cuadró y se retiró, mientras recordaba su entrenamiento de cadete. La sangre da vaca le dejaba un sabor muy desagradable en la boca, aunque le permitía mantenerse con vida en caso de emergencia.

-Estas técnicas, Princesa provienen de la China y requieren sutileza y control de movimientos muy refinados. No basta con la fuerza y agilidad de un vampiro para dominarlas.

-Además; continuó. -Le debo advertir que el entrenamiento puede llegar a ser doloroso, incluso para nosotros. No crea que por ser la Princesa sería más gentil con usted que con mis hombres. Dicho esto el Capitán Renoir se volvió dispuesto a marcharse, seguro de haber hecho desistir a la testaruda Princesa.

-¡Acepto!; se escuchó la voz de Lizbeth.

Aburrida Lizbeth hacía girar un mapamundi.

-¡Quiero salir! y cerrando los ojos puso un dedo en el mapa. -España.

-¡Papá!, quiero ir a España.

-¡España!, pero es muy lejos.

-Podemos ir por tierra y detenernos a comer en el camino; meditó la joven.

-Pero hija, ahora estamos organizando el establecimiento de nuevas colonias en el resto de Europa y yo debo supervisar los detalle.

Lilith que andaba por ahí se unió a la conversación, o mejor dicho en mi contra.

-Lizbeth tiene razón; hace tiempo que necesitamos vacaciones. Por otro lado René puede encargarse fácilmente de todo sin nosotros.

-Sí, creo que tienen razón. Entonces vamos a España.

-¡Gracias papito!; salto Lizbeth de alegría. -Voy a empacar mis libros.

-¡Nada de libros!; cortó Lilith. -Vamos a pasear no a leer.

-¿Y uno chiquitito?

-¡No!

¡Está bien mami!; rió Lizbeth y salió corriendo.

Todo estaba dispuesto para nuestras vacaciones.

¡Pero dónde se metió esta niña!; alegué.

-Se debe estar despidiendo de su súbdito favorito; comentó La Reina.

Había encargado la compra de una cabaña en unas colinas cercanas a la ciudad de Sevilla, lindantes a un frondoso bosque.

Llegamos cerca del ocaso. Lizbeth se quedó pensativa.

-Es chiquita, la acabo de recorrer en un segundo. Mmmm, le falta algo.

-Listo, ahora sí; dijo mientras en la puerta sujetaba una rosa negra. -Me gusta.

-¡Qué bueno!, porque es tuya.

No dijo nada. Solo se colgó de mi cuello y me dio un sonoro beso.

-El aire fresco me dio hambre; dijo Lilith.

-Y a mí; agregué.

-Yo invito la cena; concluyó Lizbeth, pasándose la lengua por los labios, mientras miraba en forma malévola a la desprevenida ciudad.

Los años pasaron, era cerca ya de 1610. Bajo la tutela del Capitán Renoir y las instrucciones de los mejores maestros de artes marciales de Asia, Lizbeth podía enfrentar a cualquiera de nuestros soldados.

Así es como un día, desde una ventana, vi alarmado que ella era rodeada por diez guardias fuertemente armados. Tardé un rato en percatarme de qué se trataba realmente.

En una frenética lucha en la que se mezclaban complicados movimientos de artes marciales, juntos con otros propios de nuestra raza, Lizbeth logró neutralizar a todos sus atacantes. Los cuales, una vez que quedó clara su derrota ante la Princesa, la saludaron con una reverencia a la cual ella contestó con otra igual. El orgullo que en ese momento sentí por mi hija era incontenible.

A todo esto, las colonias en el resto de Europa ya se estaban organizando. René pidió autorización para hacerse cargo de dirigir la colonia italiana.

Poco tiempo después, Lizbeth entró seguida del Capitán Renoir.

-Padre, madre, deseo ir a la colonia de España a supervisar su organización. El Capitán Renoir será mi guardaespaldas.

-¡Capitán Renoir!, supongo que tiene más que claro que mi hija es uno de los seres más poderosos del planeta.

-Si Majestad lo sé, pero ella insiste.

-La semana pasada la vi derrotar con facilidad a diez de sus mejores soldados, todos armados, menos ella. Creo que, usted que la ha entrenado sabe mejor que nadie, que ella es quién menos necesita de un guardaespaldas.

-Lo sé Señor pero, como le dije, ella piensa que es conveniente que yo la acompañe.

Antes de que yo pudiera seguir, protestó una. -Pero papá; mientras la otra disimuladamente me daba una patada por atrás.

Comprendí que no había nada que hacer. Eran dos contra uno.

-Bueno;  asentí. -Supongo que un poco de protección extra no está demás.

-¡Gracias papá!; gritó contenta.

El Capitán Renoir se cuadró militarmente y se retiró.

-Hija; la paró Lilith. -¿Llevas libros?

-Para qué; le contesto Lizbeth, guiñándole un ojo.

Me volví ante Lilith. -Pero querida, sabes bien que esos dos no van a ir a cortar flores precisamente.

-Lizbeth tiene apenas dieciocho años.

-Guajaja; se rió burlonamente. Sabes bien que Lizbeth ya no es una niña y aunque parezca de dieciocho, tiene más de doscientos años…Además, yo ya quiero ser abuela.

Siglo veintiuno, ya. Año 2014.

Esto es lo que puedo contar. Ocho siglos de historia, en los cuales nuestro mundo nació y creció en forma oculta y al lado del mundo de los humanos; donde nuestros miembros se han introducido en toda su sociedad, controlando su economía, sus ejércitos y sus centros de investigación científica. Y ellos ni siquiera lo sospechan. Bueno, tal vez sí. En sus películas y en sus novelas, nos describen como seres salvajes, alérgicos al ajo, intolerantes a la luz del sol y a palitos cruzados… No sé si reírme o llorar por esa sátira.

-¿Aun escribiendo?; preguntó Lilith, con una copa de coñac en la mano.

-Ahora acabo; contesté. -Apago el computador y listo.

De pronto la puerta se abrió y un ventarrón provocó un remolino en el salón.

-¡Niños! No corran en el estudio del abuelo. Entró Lizbeth, mirando en todas direcciones hasta captar la huella de calor de dos pequeños vampiritos de aparentemente cuatro años, que corrían invisibles. Con un rápido movimientos los atrapó entre sus brazos y los besó en la cabeza.

-La cena está servida ya. La preparé yo misma. Tenemos comida española; saben que me encanta. Y de postre una tierna gitana; sonrió con una mirada siniestra.

 

Registro automático de vuestros relatos en Safe Creative 25 abril 2012

Os voy a explicar de qué forma podéis conseguir que se registre automáticamente en Safe Creative todo lo que publiquéis en el blog, sin necesidad de registrar vuestras obras una a una. Esto es opcional, por supuesto; podéis seguir registrando cada obra por separado. Sólo es una forma más cómoda de registro aprovechando la publicación en el blog.

Primero entráis y os identificáis en Safe Creative; allí pincháis en “Mi cuenta” y en “Perfiles de registro”. Este último lugar, el de los perfiles, sirve para definir qué es lo que vais a registrar. Os sugiero que pongáis algo que explique que son los textos de vuestros relatos. Luego pincháis en la pestaña “Feeds de registro” y seguís las instrucciones:

Nombre del feed: El título general que queréis que tenga ese registro, algo así como “Mis relatos en este blog” o lo que vosotros queráis.

Url del feed: aquí ponéis vuestra dirección RSS del blog, la que sirve para las suscripciones, que es

https://relatossorprendentes.wordpress.com/author/nombredelautor/feed/

(en nombredelautor, tenéis que poner vuestro nombre de usuario en WordPress, no vuestro nombre real. Si queréis, haced la prueba en la barra de vuestro navegador, a ver si os sale un texto muy extraño en HTML con todos los relatos que habéis publicado en el blog.)

Url del sitio web: la dirección del blog, es decir, https://relatossorprendentes.wordpress.com

Tipo de perfil: el que hayáis añadido anteriormente

Tipo de feed: poned “Texto”

Tiempo de registro: elegid si queréis que se registren inmediatamente, al cabo de 24 horas o hasta que vosotros las confirméis. En los dos últimos casos, tened en cuenta que el texto no quedará protegido inmediatamente.

Podéis ver este tutorial de Safe Creative para tenerlo más claro.

http://es.safecreative.net/faqs/registro-automatico-por-feed/

Si tenéis alguna duda, ya sabéis, contactáis conmigo… Y si lo preferís, consultad el blog de Safe Creative o escribidles a su contacto, responden enseguida y son muy eficientes.