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El Angel de la Muerte 28 septiembre 2011

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EL ANGEL DE LA MUERTE
PROLOGO

-De seguro si te portas bien te irás al infierno.- Fueron las tranquilas palabras de Tristan justo antes de hacer que el Trolls que tenía enfrente se convirtiera en cenizas.
Los demás criaturas se echaron para atrás casi como si fueran un solo ente. En realidad entre unos y otros no había mucha diferencia. Criaturas infames con cuerpos deformes, colmillos que se salían de las grotescas quijadas, ojos grandes de color rojo sangre. No eran criaturas muy altas, pero con músculos suficientes para abrazar un oso y partirlo en dos.
-Ya que aclaramos este punto.- Habló Tristan como si tal cosa fuera su pan diario.- ¿Alguien más qué quiera cometer la estupidez que lo saque de su miseria?
Las criaturas se miraron unos a otros francamente asustadas. En un mundo oscuro donde cualquiera podía encontrar la muerte, ya sea rápida o cruelmente , Tristan era algo a tomarse en cuenta.
Sus ojos azules tan fríos como las aguas del Lago del Olvido que recibía a los incautos viajeros que se adentraban en Avalón. Su rostro de rasgos finos que lo hacían ver tan hermoso como ningún hombre tenía derecho a ser. El cuerpo alto y flexible como los grandes árboles del bosque. En fin, el emisario de la muerte. Las orejas puntiagudas, el largo cabello negro y lacio hasta llegar a media espalda dejaban claro que por sus crueles venas corría sangre Elfica.
-Ya que no tengo más voluntarios.- Casi pareció decepcionado.- Váyanse antes de que el tedio me haga querer divertirme con los que aún respiran.
La explanada donde los Trolls habían comenzado su revuelta quedó desierto como por arte de magia. Tristan se encontró solo, cobijado por aquel cielo que en las horas del día estaba entre gris y escarlata. Un reino perdido donde la luz del sol jamás se dignaba a alumbrar.
-¡Amor!- Escucho la llamada sin voz de su ama.- Me siento sola…Ven a hacerme compañía.
Si la palabra amor siempre le había parecido vana y bacía, usada por Morgana era una abominación.

Parte 1°
A las cinco de la mañana el pan llenaba de olores tentadores la aldea. Las ventanas abiertas de la panadería permitirán que el encantamiento del pan recién horneado fuera arrastrado por el aire atrayendo a los primeros clientes.
La menor de siete hermanos, la séptima hija de la séptima hija. Como si ya no fuera un estigma su lugar en la familia, el hecho de que su madre muriera al darla a luz la convertía en una completa paria.
Estaba segura de que no la habían vendido a los singaros por el hecho práctico de que el pan que ella hacía era famoso en varias aldeas a la redonda; hasta los nobles enviaban a sus pajes con el único fin de comprar el producto de sus pequeñas manos.
Dos de sus hermanos se encargaban de que el calor de los hornos fuera el correcto. Su padre cargaba la carreta que debía llegar al castillo antes de que sirvieran el desayuno en el salón.
Mirando las llamas que crepitaban entre los grandes troncos que mantenían el calor de los hornos, le parecía ver pequeñas criaturas de fuego que saltaban de un lado al otro.
Hacía mucho tiempo su padre le había dejado claro, después de haberle dado una buena paliza, que nunca más debía mencionar las cosas extrañas que veía. La amenaza de ser llamada loca y echada fuera de la aldea la hacía temblar de miedo.
-¡Baja de las nubes y has algo de provecho!- Le había gritado su hermana mayor. Una mujer rolliza de cabello desordenado y rostro con una eterna mueca de fastidio.
Era irónico que de todos los miembros de la familia fuera a ella a la que más le gritaban acusándola de desocupada, era como si todos la vigilaran para que en el momento preciso en que se sentara alguien le reclamara su falta de actividad.
El castigo por haber nacido era diario, el que su pan fuera el que mantuviera a la familia era el pago en abonos que ella debía hacer por cada bocanada de aire que se atrevía a respirar.
Las pequeñas siluetas de fuego pararon sus juegos, como si de pronto hubieran sido consientes de que eran observadas. Sus risas se confundían con el sonido del crepitar de las llamas al alimentarse con la madera. Haciéndoles un guiño cómplice se retiró a seguir con sus labores de la mañana.
-¡Moza haragana!- Le gruño de nuevo su hermana mayor.
Sin atreverse a responder fue hasta donde uno de sus hermanos más jóvenes acercaba la carreta cargada de leña. Aunque había amasado pan toda la madrugada, esperaban sin duda que también llevara la madera hasta el viejo galerón.
Su pequeño cuerpo de recién cumplidos dieciocho años, oculto bajo la ropa vieja y holgada que sus hermanas mayores escogían darle antes de tirarla a la basura, era delgado de cintura estrecha, caderas redondas y busto que no era ni muy grande ni muy pequeño. Lo único que llamaba la atención, para su desgracia, eran su cabello pelirrojo del que sus hermanas parecían tener fijación por jalar.
Una brisa fresca levanto las hojas secas que dormían bajo el viejo roble. Ninguno de sus hermanos lo había notado, pero el aire tomo gusto dulzón como a rosas.
El grito de Cora, una de sus hermanas más jóvenes, rompió el hechizo.
-¡La ropa!… ¡La ropa!- Grito haciendo segunda la hermana mayor.- Este maldito viento arrancó la ropa del tendedero.
Por estar del otro lado de la casa no pudo ver lo que ocurría. Aunque no necesitaba estar allí para imaginar que los espíritus del bosque estaban aburridos y ya habían encontrado un modo de pasar el rato acosta de sus hermanas.
Temiendo que fuera a ella a quien enviaran a lavar de nuevo la ropa, se apuro con la última carga de leña. Limpiándose las manos en la desteñida tela azul de su vieja falda se dirigió tratando de no llamar la atención hacia dentro de la casa.
-Padre.- Le hablo con voz temblorosa al encontrarlo sentado en un taburete en la cocina.- Muchas de las hiervas curativas se han acabado… Puedo ir al bosque a recoger más.
Un gruñido fue la única respuesta que obtuvo, al menos era mejor que un bofetón.
Antes de que alguna de sus hermanas notara que su “hácelo todo” no estaba, tomo el canasto y corrió fuera de la casa lo más rápido que pudo.
Cuando ya llegaba al lindero del bosque pudo escuchar los alaridos de su hermana mayor.
-¿Dónde esa moza malagradecida?… Toda esta ropa en el suelo y no se digna a aparecer a recogerla.-
Sin mirar atrás cruzó el viejo camino como lo haría un venado perseguido por una jauría de perros. Los árboles parecían extender sus ramas para darle protección. Por experiencia sabía que una vez llegado al bosque nadie se atrevería a buscarla.
En su estampida, más que carrera, la moza no alcanzó a notar a un joven hermoso vestido con armadura negra montando un caballo del color de la noche más oscura. Al verla pasar se quedó tan quieto como los mismos árboles del bosque.

Parte 2°
Los ojos azules, fríos como pedazos de cristal, miraban a la joven que corría con la gracia propia de las criaturas del bosque.
Por alguna extraña razón se quedó allí, quieto sobre la montura de su caballo. La mano enguantada que no sostenía la rienda, acariciaba perezosamente el rubí engarzado en la empuñadura de su espada. Aunque no lo admitiera así mismo, quizás esperaba al que había hecho correr tan asustada a la joven de cabellos de fuego. Una escusa para terminar con la miseria de alguien, era siempre una buena escusa.
Jinete y caballero en lo que dura una exhalación desaparecieron como una imagen en un espejo de agua.
Ojos sin pupila ni retina seguían a la joven que dedicaba el tiempo a recoger hierbas, frutos y raíces. La brisa fresca acariciaba su cabello, enredando las suaves hebras color rojo fuego. La ropa demasiado holgada para el grácil cuerpo se enredaba entre los espinos, que asemejaban traviesos dedos de juguetón amante.
El bosque entero parecía una gran catedral de techo verde esmeralda y de columnas talladas en roca café. El mismo sol se unía a su juego, ya que sus rayos se filtraban entre las ramas y hojas recordando la mágica belleza de exquisitos vitrales.
Se sentó la joven sobre una suave alfombra de hojas, bajo un enorme árbol rugoso y viejo, como si hubieran pasado por él eras enteras. Recordaban su magnificencia a los antiguos Ends.
De entre su canasta tomo una manzana, la blancura de su piel contrastaba contra el rojo de la fruta. El suave rose de la brisa en su rostro le hizo sentir las tiernas caricias que nunca había conocido. Mordió la fruta saboreando cada bocado, sus hermanos siempre guardaban para sí las frutas más dulces. En un descuido ella había tomado esta del tazón en la cocina. Sabía que se lo harían pagar, pero ciertos placeres de la vida bien merecían el castigo.
Tristan la observaba sin perder detalle, desde el pulso que palpitaba en su sien hasta el letárgico movimiento de sus manos, el suave color rosado de sus labios, la delicadeza de los rasgos de su rostro, para ser una campesina tenía las maneras de una reina. El joven Elfo poco a poco estaba cayendo en un encantamiento tan viejo como el tiempo.
Convertido en viento, en brisa, en aire, jugó con su pelo, toco su mejilla, meció su falta descubriéndole los tobillos. Un suspiro salió suave de entre los labios entre abiertos de la joven, su aliento dulce lo atrajo con cadenas de seda. Ella serró los ojos como quien se entrega a la pación de un amante, demasiado para un Elfo de sangre ardiente. Aprovechando que ella era víctima del mismo encantamiento, la empujó suavemente hasta hacerla caer de espaldas sobre la hojarasca.
Por primera vez, desde que tenía memoria, sintió deseos de sentir contra sus labios la ternura de otra boca. No como el sádico placer que Morgana la Fey llamaba beso, que encendía el cuerpo por el mismo principio que el fuego enciende la paja, un simple acto mecánico e inevitable. Su alma oscura, su corazón vació se llenaba de anhelos sin nombre, tan naturales como el sol que calienta o el río que corre.
El bosque entero, la esencia que da vida a las cosas impulsando cada latido, cada fluir de sangre y sabia, se había confabulado a favor de los nuevos amantes.
El ser medio humano, medio Elfo, hijo de una cruel traición, no lo líbero de ser dominado ahora por las mismas fiebres que habían hecho de su padre un muerto. Su corazón tan negro como la fosa más profunda del tártaro, cedía milímetro a milímetro ante la inocente doncella que con los ojos cerrados soñaba con su beso.
Sin poderlo evitar dejó de ser viento y brisa, tomando forma física se recostó junto a la joven. Vestido de negro como una sombra, sus ojos azules la miraban anhelantes. Ella con los ojos serrados parecía soñar. Con una mescla de miedo y ternura el Ángel de la Muerte tocaba la esencia misma de la vida.
Un suspiro profundo salió del pecho de la joven haciendo que él retrocediera. Al ver que ella continuaba con los ojos serrados se acerco de nuevo para continuar el peligroso juego. Quitándose uno de sus guantes negros, que protegían una mano de dedos largos y fuertes por el uso de la espada, acarició la mejilla como solo las alas de una mariposa podría hacerlo.
Despacio, como si temiera ser herido de muerte. El alma entera temblando al sentir la calidez del cuerpo suave de la joven. Los labios del Elfo se posaron delicadamente sobre los de ella que lo esperaban entreabiertos.
Un rose… el simple rose la hizo darse cuenta de que no era un dulce sueño. El Elfo de nuevo se convirtió en viento, en aire huyendo a refugiarse en las copas de los arboles.
¿Qué había hecho?… Era igual a su padre cuya estupidez había maldecido casi tanto como a la maldad de su madre.
Por fin habían entendido como su padre, un príncipe Elfo, un Dane, había caído en las redes de una hermosa hechicera humana. La que porciento le había dado como regalo la más horrible de las muertes para un hijo nacido de la magia.
Sintió miedo… El más crudo y helado terror sacudió su ser. Estaba maldito, aún más que antes. La hechicera humana había tocado lo que ni siquiera la maldad de Morgana había podido. Aún cuando la Fey lo había rescatado de entre los pordioseros de la Ciudad del Rey para enseñarle las artes oscuras, ni siquiera ella lo había hecho doblegarse como la doncella de cabellos de fuego.
-¡Debería darte vergüenza!- Hablo la joven con una voz cantarina de tono dulce, tan dulce como la cálida expresión de sus ojos verde esmeralda.- Un árbol viejo como tú robándole besos a inocentes doncellas que duermen a su sombra.
Al Elfo le pareció ver como el viejo árbol sonreía. Más le valía a ese montón de leña mantener la boca serrada, sino el mismo se encargaría de convertirlo en yesca.
Lo humanos no solían entender el idioma de las cosas, pero con esa doncella era mejor no arriesgarse. En ese preciso instante tomo la decisión de nunca más volver a poner sus pies sobre esas tierras, aunque su vida dependiera de ello. Con la resolución hecha regreso al oscuro reino de Ávalon.
Lamentablemente el secreto encuentro no fue testificado solo por las criaturas del bosque. La maldad encarnada lo había visto todo. Morgana furiosa se mordió los labios hasta sangrar, por sus venas la sangre se convertía en lava hirviente. Temiendo que Tristan apareciera en cualquier momento, le dio la espalda al espejo para que la imagen del bosque se desvaneciera. Su venganza sería terrible.
-“El mismo Tristan será víctima y herramienta”- Se juró Morgana a sí misma.

Parte III
Eran ya las dos de la tarde, sabía lo que le esperaba al llegar a su casa.
Con un suspiro y una sonrisa reconoció que hacía mucho tiempo no se sentía tan feliz. Era increíble que un simple sueño le hiciera ver el mundo menos cruel de lo que era.
Mery, su hermana mayor la esperaba con los brazos en jarras, con una expresión más cruel que la de costumbre. Por desgracia para entrar a la casa debía hacerlo precisamente por esa puerta. Levantando los hombros se preparó para lo inevitable.
Sin esperar que llegara, Mery se adelanto y como único saludo la tomo por el cabello halándoselo sin ninguna piedad.
-¡Moza estúpida!- Le gruñó su hermana con ese tonito chillón que lastima los oídos.- ¿Dónde te has metido?… Tuvimos que recoger la ropa y lavarla nosotras mismas porque no te dignaste a aparecer.
Su padre lo veía todo desde el patio donde ensillaba un viejo rucio. Estaba segura de que moriría antes de ver a su padre defendiéndola de los constantes maltratos a los que era sometida. En el mejor de los casos era ignorada o sobrecargada de trabajo, en el peor de los casos Mary desataba todas sus frustraciones sobre ella.
Como tantas veces se trago las lágrimas. En sus dieciocho años de vida había aprendido que llorar o tratar de defenderse solo avivaba el placer sádico de su hermana. Podía maltratarla, pero jamás quebrarla.
Su bien programada faena la mantuvo ocupada por todo el resto de la tarde. Cuando por fin pudo recostar la cabeza sobre los tablones recubiertos de paja que llamaba cama, su mente bolo al bosque. Ya no era paja, sino hojas secas, ya no era un viejo techo de tablas y argamasa, ahora era un domo construido con el verde de la vida que fluye por los árboles. La presencia cálida que había sentido en el bosque le hizo menos dura la realidad de su vida. Ahora cuando menos tenía con quien soñar, por fin un recuerdo alegre. Bien era cierto que el viento le había robado un beso, que nunca vio a nadie, pero sus sentidos nunca la engañaban, si otra vez estuviera delante a ese ser sabría de inmediato quién.
Con esos dulces pensamientos comenzó su día. Con cuidado de no despertar a sus hermanos se dirigió a la habitación que hacía las veces de panadería. Allí sobre la mesa la esperaba la harina y la levadura. Con el mayor cuidado abrió la puerta suavemente para que esta no chirriara. La madrugada estaba aún oscura, el sol no era ni siquiera una línea en el horizonte de árboles.
Caminando con cuidado de no tropezarse se dirigió al patio. Las estrellas en el cielo era gotas de roció que titilaban como si le guiñaran un ojo invitándola a una travesura, como cuando era niña. El frio de la madrugada traspasaba el chal que se había puesto sobre sus hombros, pequeñas agujas que traspasaban su piel. Respiro profundo llenando sus pulmones, el aire frio de la madrugada limpiaba todos los tristes pensamientos.
Cuando ya se preparaba para regresar dentro una presencia la hizo volverse para ver quién estaba a su espalda… Nada… no había nadie. La sensación de ser vigilaba era persistente, como tener la punta de un cuchillo picando en la espalda. En un instante el aire bajo varios grados, los animales nocturnos desaparecieron junto con sus sonidos habituales. No le paso desapercibido que los perros lloriqueaban buscando sus casas.
La aldea estaba en silencio. Ella sin duda era la persona que se levantaba más temprano en el lugar. Lo peor de todo era que algo malo, realmente malo, rondaba por allí y ella estaba sola en medio de la oscuridad.
-¡Ven pequeña!- Una voz clara y dulce de mujer la llamaba.- No tengas miedo… Solo ven… Acércate a mí.
Sus pies, como si tuvieran vida propia, dieron: uno, dos, tres pasos al frente. En ese momento fue consciente de lo que ocurría. Alguna criatura siniestra estaba usando un encantamiento en ella.
-¡No gracias!- Le respondió la joven.
Sin esperar la réplica de la siniestra presencia se volvió y corrió a la panadería.
Sintiendo que el corazón se le salía del pecho comenzó con su trabajo. No había como un buen susto para darle vigor al amasado del pan.
Durante el resto del día no pudo apartar de su cabeza lo ocurrido… Entre el episodio del bosque y la visita nocturna los nervios la estaban matando. A la primera oportunidad se escaparía para ir a visitar a la vieja comadrona. Ella era la única persona a la que le confiaría ese tipo de cosas.
-“No todas las criaturas mágicas son buenas, y no todas las criaturas nocturnas son malas… Al igual que decir que todas las séptimas hijas de las séptimas hijas son brujas”.
La vieja comadrona vivía al otro lado de la aldea en una deteriorada choza. Nadie se atrevía a llamarla bruja en su cara. De hacerlo tendrían que decirle al carnicero que trajera sus hijos al mundo. La anciana tenía fama de temperamental y al ser la única hierbera del lugar sabía cómo usar esa ventaja. Esa mujer le había enseñado a no tener miedo y a saber guardar sus secretos. De no ser por ella estaba segura que hubiera terminado volviéndose loca.
-Alegres los ojos que te ven niña.- La saludo la vieja apenas la vio asomarse por el camino. -Ven y acompaña a esta pobre vieja.
-¡Pobre vieja!…- No pudo evitar mofarse al ver la inteligencia de esos pequeños ojos enmarcados en un rostro lleno de arrugas.- La mitad de las mujeres que te conocen te envidian y la otra mitad acabará haciéndolo tarde o temprano.
Una carcajada alegre, desenfadada emergió de su viejo pecho. Esa mujer lucía sus más de setenta años, no necesariamente los cargaba.
-¡Niña respondona!- Se quejó Mara fingiéndose ofendida.
No se consideraba así misma una niña, tenía sus dieciocho años que mucho le había costado llegar a cumplir, pero en la boca de esa vieja esas palabras eran como las de la madre que nunca conoció. Obediente se sentó en la banca de madera junto a la vieja.
-Apenas si logré salirme de casa.- Se explico sin poder disimular que se traía algo entre ceja y ceja.- Pero tenía que hablarte. Esta madrugada algo me dio un buen susto.
-¿A tí?… Tienes la sangre más fría que muchos hombres que he conocido.
Para la vieja no había más verdad que esa. La niña era una belleza de metro setenta, ojos verdes como esmeraldas y un cuerpo grácil que haría muy entretenidas las noches de invierno de un esposo que se preciara de ser hombre, pero bajo toda esa delicadeza había una fortaleza que era delatada por el intenso rojo de su cabello. Estaba segura de que no había que o quien pudiera quebrar a esa pequeña criatura.
-Fue muy temprano, en la madrugada…- Trato de explicarse la joven.- Salí a tomar aire antes de empezar con el trabajo… Te juró que jamás había sentido una presencia tan siniestra que se preciara tanto de mostrarlo.
-¿Viste qué era?- Pidió explicaciones poniéndose sería.
-¡No!… Pero por poco… Trato de hechizarme o algo… Quería que entrara en el bosque.
-Tienes razón… Eso es malo.- Hablo la mujer con aire preocupado. -¿Antes de eso te ocurrió alguna otra cosa más extraña de lo normal?
-¡Sí!…- Por más que intento disimularlo no pudo ocultar el rubor que le cubrió las mejillas.- Algo un tanto extraño… supongo.
-Me asustas niña.- La riño la vieja.- Habla de una vez, soy demasiado vieja para ser paciente y tu demasiado joven para ser prudente, así que explícate.
-Alguien me beso en el bosque.- Hablo la joven visiblemente avergonzada.
Mara no pudo más que reírse de ver la incomodidad de su joven pupila. Era aún tan inocente…
-Eres linda pequeña… Que un joven te robe un beso no es extraño… Yo diría que ya era hora… ¿Pero cómo le hiciste para escurrirte de las comadrejas de tus hermanos?
-Fue en el bosque, mientras recogía hierbas medicinales…-
-¡Bueno!…Eso no es extraño… Ahora tengo que decirte que fue demasiado atrevido…- La mujer parecía más curiosa que enojada.- ¿Quién fue?
-Eso es lo extraño… Me quedé dormida bajo el viejo roble… Sentí una presencia intensa, no puedo decirte que clase de ser era, solo sé que me despertó su beso. Cuando abrí los ojos había desaparecido, por completo, ni rastro.
-No es por minimizar lo que te ocurrió, pero eso puede aplicarse a la mayoría de los hombres que he conocido en mi vida.-
-No te burles…- Se quejó soltando el aire poco elegantemente.
-No lo hago… Es solo un hecho de la vida…- La mujer se acomodo en la banca, más con la intensión de acomodar sus ideas que a su vieja espalda.- No entiendo muy bien en que se relacionan ambos hechos, pero créeme, algo tienen que ver. No te quedes sola, ahora que teniendo seis hermanos, eso no será tan difícil.
Si pensaba tranquilizarse con la visita a Mara no lo logró. Ella no se tomaba a broma los consejos de esa vieja mujer y si ella estaba preocupada era por alguna buena razón.
Mujeres y hombres, campesinos cada uno ocupados en los suyo la saludaban amablemente. La aldea era humilde, pero las personas allí eran agradables. Chismosos y metidos como los que más, pero gente buena en el fondo.
El camino a su casa se le hizo eterno, desde que abandono el sendero principal comenzó a sentirse vigilada. Era una sensación extraña, un hormigueo que le recorría el cuerpo. Sabía que no era una persona, ni siquiera era algo que estuviera cerca.
El miedo le serraba la garganta, era de día, las tres de la tarde, pero eso no mitigaba la sensación de oscuridad que le rodeaba.

 

 
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