Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Pedro Avilés 12 septiembre 2011

Filed under: Amigos autores,Página de autor — Pedro Avilés @ 19:31
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Autor de: “Las mariposas sobre la tumba”, “El whisky del muerto”, y “Mata al presidente”. En su página de autor de Bubok podréis encontrar sus obras.


Pedro Avilés (1956), madrileño desde los tres años, escritor, periodista y reportero experto en temas de tribunales y sucesos, formó parte de las plantillas del semanario El Caso y de la revista Interviú. Posteriormente, fue responsable durante tres temporadas de la sección de crímenes sin resolver en un magazine matinal de Telecinco. Actualmente, colabora con algunos medios escritos y asiste a diversos programas de televisión a los que es invitado como profesional especializado en sucesos.

Su larga experiencia como periodista experto en crímenes, en la que acumula casi un millar de reportajes, le ha llevado a materializar un viejo deseo: escribir novelas policíacas.

Con Las mariposas sobre la tumba inauguró en 2006 una saga de novelas de género negro que continuó en 2007 con El whisky del muerto .
Actualmente, trabaja sobre la tercera entrega de esta serie.
Pedro Avilés es también autor de Mata al presidente, una divertida novela interactiva en la que el lector elige su propia aventura, y de las obras inéditas Corpore insepulto (1976) y La inercia (1978).

Página oficial
www.pedroaviles.com

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Mis relatos en este blog:

Patrulla de rescate

No va a pasar (Un cuentito erótico)



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No va a pasar (Un cuentito erótico) 3 marzo 2010

Filed under: Amigos autores — Pedro Avilés @ 16:25
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Se dio la vuelta, me miró e intentó despistarme entre los repletos estantes. La seguí de cerca para no perder el rastro de su perfume, que se mezclaba con el aroma del papel de los libros de aquella librería de viejo, y porque tenía la fuerte presunción de que algo iba a ocurrir entre los dos, justo a esa hora absurda. Se detuvo a leer la contraportada de una novela de Balzac. Alguien intentó pasar por detrás de nosotros en el estrecho pasillo que formaban las estanterías. Me apreté contra ella para dejarle pasar. Al sentir contra mi entrepierna las firmes redondeces femeninas a través de su liviana falda, emití un respingo involuntario, como cuando uno entra en una piscina la primera vez en un verano que no ha hecho más que comenzar. Fue apenas un roce, pero era la primera vez que nuestros cuerpos entraban en contacto. Debió sentir lo mismo que yo, porque vi erizarse el suave vello de sus hombros. Volvimos a quedarnos solos, pero permanecí en aquella posición, muy pegado a ella, un contacto casi imperceptible, imantado, que no deseaba abandonar nunca. Aquella erección. Sabía que ella no protestaría. No era cosa de chiquillos. La idea de que pudiese disfrutar de su primera infidelidad me estimuló aún más. Así que el roce se fue haciendo más intenso mientras continuaba leyendo la contraportada del libro de espaldas a mí, como si no pasase nada. Me embriagué con la miel que emanaba de la parte posterior de su cuello de cisne atacado por mi convulsa respiración. El contacto se hizo más intenso, aun apenas perceptible, y ella volvió su carita hacia mí sin llegarse a dar la vuelta enteramente.Me atacó un intenso bocado en el hueco del estómago, como cuando se tiene mucha hambre, y tuve que contener el mismo gemido que sentí que ella sí exhalaba con aliento quemado de pasión contra mi boca entreabierta. Me clavó la mirada con sus ojos verde grises. Me temblaron las piernas. Y así estuvimos unos segundos que podían haber sido minutos largos. En silencio. Al borde.

Su mirada se llenó de preguntas que no queríamos contestar. Nuestros labios contactaron un ápice, eléctricos, y nos besamos; un roce apenas de las bocas entreabiertas, de la punta de una lengua contra la otra, mientras continuábamos aumentado la intensidad de los también discretos movimientos de nuestras caderas. Cuando el tono había subido a los límites del placer secreto que obnubila los sentidos, tuve la pírrica sensación de que aquello iba a acabar de un momento a otro.

— No va a pasar —se adelantó ella aún temblando como una hoja de otoño a punto de caer de su peciolo.
— Si tuviera que irme; ¿te acordarías de mí?—dije.
— No va a pasar —repitió.
— No va a pasar —convine yo.

Pedro Avilés ©


 

Patrulla de rescate 5 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — Pedro Avilés @ 19:43


Eva consiguió pulsar el botón de alarma del móvil a duras penas.https://i1.wp.com/lacomunidad.elpais.com/blogfiles/antonio-pampliega/noticia_2006-08-21_iEETGu8q.jpg

— Mírame —dijo él.

Silencio.

— Que me mires, joder.

Silencio.

— ¡Mírame, coño!

Silencio.

El camión de la basura, a las dos, puntual, carraspeó cansino en la madrugada triste del barrio popular. La luz de la farola de enfrente, intermitente, titilante, aliada del frío, penetrando los vidrios rotos de la ventana de la cocina, iluminaba el sombrío rostro del hombre.

Estarían al llegar.

— No me hagas esto.

Silencio.

— ¡¡Que me mires, hostia!!

Qué miedo.

Evahttp://cms7.blogia.com/blogs/m/mo/mot/motrildigital/upload/20051030101633-dfffffff-jpg obedeció. Levantó la mirada desde el suelo hasta la cara congestionada de él.

El cuchillo en la encimera.

Llegarían a tiempo.

— No me hagas caso, mi amor —cambió él de registro, una mano levantada hacia el rostro de ella en ademán de caricia inconclusa—. Voy a cambiar. Te lo juro.

Silencio.

— ¡Mírame a la cara!

Ya vendrían de camino, raudos a salvarla.

— ¿Qué tienes escondido en la mano, so puta?

Eva escondió el móvil.

Tenían que estar en el portal; ya subían, seguro.

— ¡¡Les has llamado, cagondiós!! —repitió él, cuchillo en mano.

Llegaron a las siete. La sangre coagulada de Eva irisaba el linóleo del piso de la cocina cuando entraron.

Ya no respiraba.https://i1.wp.com/blogs.librodearena.com/myfiles/cglima/SUICIDI1.jpg


(C) Pedro Avilés, octubre 2008