Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Memorías de una fugitiva 28 septiembre 2011

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Estaba sentada en el mismo lugar, haciendo lo mismo de siempre, rodeada de las mismas personas de siempre. Es más, quién me conoce sabe que eso no es exagerar.
La tarde estaba tranquila, una brisa fresca movía las hojas de los árboles mitigando el calor del verano. Por tardes así merecía la pena vivir. Cuando se vive sin grandes sobresaltos no se sabe lo feliz que sé es.
En la gloriosa hora del almuerzo estábamos reunidos bajo un gran árbol de almendro. Los recuerdo como si fuera ayer. Me pregunto dónde estarán ahora. Deyma, furiosa tratando de descubrir quién le había puesto dos enormes piedras en el bolso. Hayito y yo fingiendo no saber nada del asunto.
En un colegio rural, con no más de ochocientos estudiantes, amplia zona verde, pabellones bien distanciados, sin mencionar profesores que conocían a todo el mundo. Era un bastión del aburrimiento. Aquí se consideraba un héroe al que lograba salirse con la suya sin que lo pillaran infraganti. Algunos ni no nos molestábamos en intentarlo.
Mis padres estaban contentos con la institución educativa, era el lugar perfecto para aprender a socializar y de paso mantener el perfil bajo. ¿Quién nos buscaría en un país pequeño, en un pueblo ínfimo, en un colegio público?
La paranoilla de mi familia llegaba a tanto que tenía que transportarme con el resto de la plebe, en autobuses repletos de estudiantes. Estaba segura de que el chofer debía trabajar medio tiempo en una planta empacadora de atún. Nunca entenderé como nos acomodaba a todos en un espacio tan pequeño.
-¡Hey!- Llamó mi atención Deyma arrugando el ceño.- Es que ninguno de ustedes me está oyendo. Alguien puso dos malditas piedras en mi bolso y todos ustedes se hacen los sordos.
Hayito estaba acostada sobre la espalda, la melena negra risada ocultaba por completo la mochila donde apoyaba la cabeza. Al escuchar las quejas de nuestra ofendida compañera solo abrió un ojo y luego lo volvió a serrar. Por mi parte continué fingiendo que el libro que tenía en las manos era la octava maravilla. Todos conocíamos la capacidad de lograr una venganza memorable que ella tenía. Hayito y yo nos jugábamos el pellejo al hacerle la broma. Teníamos nuestra confianza puesta en la total ausencia de testigos. Ese era uno de esos casos donde la pereza te hace ser suicida.
La llegada de Jessica hizo que Deyma cambiara de sospechoso. Una miradita disimulada paso de Hayito a mí… Sí Deyma era Sherlock Holmes, Jessica era Garganta Profunda. Mala combinación para dos culpables como nosotras.
-¿Y ahora?- No pudo evitar preguntar Jessica al ver la cara de reina ofendida con que Deyma la recibió.

-¿Tiene alguna idea de quién me hizo esta broma estúpida?- Hablo Deyma señalando el bolso abierto donde dos piedras del tamaño de un puño asomaban por el zíper abierto.
Era increíble que una persona de solo metro cincuenta pudiera intimidar a todo el mundo. Para ser sincera ella tenía razón, nadie se atrevía a gastarle una broma y salir entero de eso. Con las manos en sus caderas, los ojos negros echando chispas y la arruga que se le formaba entre las cejas dejaban claro que las cosas se iban a poner feas.
Es curioso como son las cosas, todo depende de la perspectiva. En ese momento, bajo ese árbol de almendro, rodeada de mis mejores amigas, me parecía casi el fin del mundo que me descubrieran culpable de esa nimiedad. Olvidando por completo que había cosas peores y más definitivas que la simple perdida de una amiga muy querida.
Capitulo 2
Escribo mis memorias por intercesión de un querido amigo, solía decirme que cuando se escribe se purga demonios y se le da materia a la esencia de los recuerdos. Los amores perdidos recuperan pulso y aliento, los recuerdos dolorosos adquieren su verdadera dimensión al paso de los años.
A veces quisiera saber donde están esas personas que a mis dieciséis eran todo mi mundo. En realidad soy mejor que fasebook para buscar personas, pero un secreto temor me impide hacerlo. Sólo Dios sabe lo que habrán cambiado, quizás ya no sean ni por asomo lo que antes eran. A decir verdad yo tampoco soy esa niña de mis recuerdos.
Nuestra vida en esta pequeña ciudad era bellamente tranquila, habíamos llegado en las navidades pasadas y ya para septiembre habíamos dejado de ser novedad. En realidad estábamos en el país desde hacía un año, pero papá insistió en que no nos estableceríamos hasta asegurarnos de que nuestras identidades estuvieran bien afianzadas.
Un amigo de papá podía hacer creer a una calculadora que era un trasbordador espacial, en serio, no es exagerar. A cambio nosotros le hacíamos ciertos favores que solo criaturas como nosotros podríamos.
Mis padres se concentraban en que yo me sintiera segura, trataban de hacerme creer que todas las medidas de seguridad que tomábamos eran rutina. Lástima que el ser niño no lo haga a uno también ser tonto, en ocasiones eso puede hacer una gran diferencia.
Puedo decir sin temor a equivocarme que realmente nos sentíamos seguros viviendo allí, lástima que no pudiéramos quedarnos de por vida en ese pequeño pueblo al que sus habitantes insistían en llamar ciudad. Recuerdo que fue amor a primera vista.
Estando en la cocina de nuestra nueva casa Mamá me explico que si lográbamos formar parte de la comunidad podríamos quedarnos aquí el tiempo suficiente para que yo terminara la secundaria. Papá estaba sentado al otro lado de la mesa y me miraba con una sonrisa satisfecha.
Después de diez meses de vivir en la localidad y de seis de ir al colegio yo ya me sentía una parroquiana.
A mi mamá siempre le había gustado enseñar, así que consiguió un trabajo de medio tiempo en la escuela pública como docente de Música. Aunque para ser sincera mamá tenía una imagen de modelo más que de maestra, la cual trataba de disimular atando su llamativo cabello rojo en un moño apretado, unos lentes algo feos impedían apreciar el verde de sus ojos, ropa una talla más grande para cubrir sus curvas. Todo eso siempre lo consideré inútil, qué podría disfrazar una sonrisa dulce y un porte de reina. Siempre me divirtió ver la cara de bobo que ponía mi papá cuando mamá le sonreía, ni que decir cuando para colmo le guiñaba un ojo traviesa, el pobre estaba perdido.
Ya que hablamos de mis padres diré que papá tomo el trabajo del contador ya que él que tenía una de las oficinas más grades se había jubilado hacía poco. Hay que dejar claro que mi papá era el contador más guapo que alguien pueda imaginar. Solo para ilustrar diré que mis compañeras de colegio me pidieron como regalo en Navidad una foto de mi papá. Por supuesto eso estaba fuera de discusión.
De mí diré que había heredado un poco de ambos partes. De mi papá el cabello negro y los ojos azules, de mi mamá el cuerpo pequeño y menudo, esperaba que cuando fuera mayor también heredara las curvas de mi progenitora… ni quiera Dios las de mi padre.
La familia de origen de mi papá era italiana, así que tenía el cabello negro, rostro de ángulos distinguidos y una sonrisa como para morirse, o al menos eso siempre decía mamá. Sus ojos azules eran oscuros, de una firmeza que harían confesar cualquier culpa al más valiente.
A veces me pregunto qué habría pasado si ellos no se hubieran conocido, si yo no hubiera nacido. Desde el momento mismo en que se encontraron su destino estaba sellado. Cuando leí Romeo y Julieta en el colegio lloré tanto que tuve que llorar otro poco para que no llamaran a mi casa. Al menos mis padres si lograron fingir su muerte, renunciaron a tanto.

Capitulo 3
Volviendo al asunto de las piedras en el bolso de mi amiga Deyma, diré que como era de esperar ella nos descubrió. En realidad fue Hayito la que no pudo soportar la presión y buscando un arreglo con la fiscalía me vendió.
Ahora me da risa el recordarlo, aunque en su momento no me hizo nada de gracia. Yo estaba sentada en una de las bancas conversando con un amigo de noveno, Antony. Ambos teníamos el mismo gusto por una serie de manga llamada Caballeros del Zodiaco. Era una de las pocas cosas que me tentaban a escaparme de lecciones para poder verla en la televisión de la soda.
Como dije, estaba yo disfrutando de la rara dicha de encontrar una conversación interesante, cuando llegó Deyma. Apenas verla supe que estaba perdida. Ella lo sabía todo. En una situación como esta solo quedan dos cosas por hacer, bajar las orejas o plantar la cara. Yo escogí lo último.
Mi amiga no era la más popular del grupo por ser la más bonita, ni por ser boxeadora, ni por el dinero de su familia, lo era por ser la más lista, de voluntad firme y rencorosa con memoria de elefante. Nadie se metía con ella, no importaba si pasaban horas, días, incluso meses, si ella te leía la sentencia, esta se cumplía por su mano o su influencia. De seguro ella se figuró que como Hayito iba a pedir clemencia, nada más lejos de la verdad. Si de todos modos me iban a mandar al infierno yo me iba a asegurar de hacer buenos méritos para eso. Le dije sus cuantas verdades, cosas que todos pensábamos pero que nadie se había atrevido a decirle en la cara.
Aquello tuvo público, muchos me miraban como si se estuvieran despidiendo de mí. Yo estaba apenas en décimo año, recién llegada al colegio y mi vida pública ya la había condenado sin remedio. De no ser porque les había jurado a mis padres jamás quitarme el medallón que escondía bajo la blusa celeste de mi uniforme, en ese momento lo habría hecho solo para conjurar un rayo que cayera directo sobre la cabeza de la troll que tenía enfrente.
Una vez dichas las palabras que me condenarían a la categoría de paria, la dejé allí de pie con la boca abierta, considero que quizás esa fue la primera vez en la vida que le ocurría algo como aquello. Me aleje con toda la dignidad que una hija de mi padre podría tener, dejando a todos de una pieza. Si hay que cometer un error, había que hacerlo a lo grande.
Eso había ocurrido en el primer receso de la tarde, todavía me quedaban algunas horas que sobrevivir antes de llegar a casa. Yo estaba tan furiosa que tenía las manos frías.
El grupo que siempre andaba junto lo conformábamos nueve personas, incluyéndome yo. Después del altercado nadie sabía en qué pie pararse. Durante las lecciones el trabajo fue individual, por lo tanto se postergó la toma de bando. Contrario a lo que le ocurre a la mayoría de las personas, el enojó me agudiza los sentidos, ese día por primera vez entendí algunas formulas en la clase de matemática. Al menos alguien estaría feliz.
Los días eran así de agradables. Cosas tan terribles como que la mitad de tus amigos te mirase como si estuvieras loca y la otra mitad te admirara por suicida, fueron la tónica durante dos semanas. No cambiaría un solo minuto de esos días.

Capitulo 3
Nuestra casa estaba a cuarenta minutos del centro, para llegar a ella había que salir de la ciudad, tomar por la pista, luego desviarse subiendo por un camino de graba que llevaba hasta lo alto de lo que aquí llamaban montaña. Por ser un lugar tan llano cualquier cosa eran alturas. A cada lado de la calle habían árboles, conforme se iba subiendo el clima refrescaba, la flora de este sitio estaba muy protegida, ya que allí estaban las nacientes de agua que proveían de agua potable a toda la ciudad. Era como estar en otro mundo, nuestra casa era la última, para transitar hasta allí se necesitaba un carro doble tracción en invierno.
La casa era preciosa, de dos pisos, estilo cabaña. Grandes ventanales, mucha madera oscura y un olor rico a árboles. En el segundo piso cada habitación tenía su propio balcón, solo de recordarlo me hormiguea el corazón. El jardín no era muy grande, era un manto verde esmeralda salpicado por pequeñas plantas con flores. Al fondo los grandes árboles eran un muro natural que nos protegía del mundo exterior.
Papá se había asegurado de que mamá tuviera acondicionado un enorme piano al fondo de la sala principal, todavía recuerdo el buen beso que se ganó de premio. A pesar de estar lejos de la ciudad contábamos con lo último en tecnología, si no se podía usar la magia al menos eso lo compensaría un poco.
Una de tantas noches me había ido temprano a mi cuarto, me esperaba al menos dos asignaciones en fila sobre mi escritorio. Cuando eran las diez de la noche me mordió el hambre, así que baje para buscar un bocadillo a la cocina. Como tenía puestas mis pantuflas de conejo no hacía ruido al caminar. Al pasar frente a la puerta cerrada del estudio escuche voces. Eran mis padres, de eso no cabía duda. La malsana curiosidad me llevo a acercarme un poco más, en ocasiones uno mismo busca perder la paz de espíritu sin ninguna necesidad.
-¡Cálmate amor!- Escuche la dulce voz de mi madre, con ese tonito que usaba cuando yo era bebé y quería hacerme dormir.- Todo estará bien.
Un silencio incomodo reino durante algunos segundos, luego papá habló.
-Lo sé …. Pero odiaría tener que marcharnos de aquí pronto. Le prometí a Arianna que nos quedaríamos aquí el tiempo suficiente para que terminara la secundaria.
-Entonces así será…- La risita coqueta de mamá me dejó claro que era hora de que yo me metiera en mis propios asuntos.
-¿A ti no te han preguntado como siendo tan joven tienes una hija de dieciséis años?- Preguntó papá sin poder disimular su preocupación.
En ese momento entendí la clave del problema, era algo en lo que nunca me había detenido a pensar. Fui menos hambrienta y bastante más preocupada a la cocina. Siendo objetiva era algo que la gente podía preguntarse. Papá decía tener treinta y tres años y mamá treinta, pero para ser sincera parecían más jóvenes, con la ropa adecuada podrían parecer diez años menores. Dentro de tres años tendrían que acudir a todo tipo de trucos para parecer los orgullosos padres de una adolescente de diecinueve años. Quise llorar, nada era fácil para nosotros.
El traidor pensamiento me asalto de nuevo, como un salteador de caminos estrujándome el corazón. Mi papá debería ser el nuevo Patriarca de una de las familias más poderosas de nuestra raza, mi madre una bruja blanca, una hija de la naturaleza tan libre como el viento. En cambio vivían lejos de la protección de los clanes, condenados a estar atados por unos medallones que les impedían utilizar sus habilidades sobrenaturales. Si no puedes ver, tampoco te ven, o al menos eso me había explicado mamá.
Objetivamente podía decirme a mí misma que eran felices a pesar de todo, que se amaban tanto que estando a su alrededor uno sentía que nada más importaba. Pero quién le explica eso a un adolescente que siente que su existencia fue la maldición de sus padres.
Cuando cumpliera veinte años mi crecimiento se desaceleraría, de allí en adelante parecería hermana de mis padres. Algo de esa verdad me hacían sentir como si me fuera a quedar huérfana.
Capitulo 4
Eran las cinco de la tarde, todos estábamos esperando los autobuses. El que transportaba estudiantes hasta el centro llenaba a toda su capacidad, luego hacía otra ronda, en cuestión de veinte minutos aquello quedaba desierto.
Después de quince días de intensos dimes y diretes la paz se estableció de nuevo. Me atrevo a pensar que cuando dos fuerzas iguales se encuentran solo tienen dos opciones, se destruyen o trabajan juntas.
Ahora la fuente de los chismes llegaba desde otra dirección. Desde hacía unos días Mar y Jess estaban muy extraños. Miraditas bobas, se iban a conversar solitos bajo los árboles de la plaza. Jamás pensé ver a una rompecorazones como Jess de manitas sudadas con Mar. Todas estábamos preocupadas por la integridad física y emocional de nuestro pobre compañero. Jessica era una completa arpía y eso ni una tonelada de amor lo iba a cambiar.
Jessica era rubia, de cabello rizado que le llegaba a media espalda, bajita como de metro cincuenta, algo rellenita y de caderas anchas. En realidad no era muy bonita, pero para la envidia de todas, la muy caradura tenía a los muchachos más populares haciendo fila. Esto llevó a ciertos comentarios mal intesionados acerca de que tal vez la gracia solo se le notaba sin ropa. A mí estos razonamientos me pusieron a pensar un tanto en mi situación. Yo tenía dieciséis y nunca había besado a un muchacho. Ni siquiera me había enamorado.
Es increíble como las personas dan por un hecho que las cosas buenas les van a ocurrir. Yo por mi parte sólo rezaba para que cuando la familia de papá nos encentrara fuéramos lo suficiente fuertes para enfrentarlos y no morir en el intento.
Mamá tiene un sexto sentido, un don de gentes diría yo. Para esos días yo me sentía muy nerviosa, las hormonas naturales a mi edad se revolvían y la ansiedad de separación casi se convertía en pánico. Todo se combinaba para que mis nervios estuvieran a flor de piel. Por más que intentaba no podía disimular mi mal humor.
Ese día mamá llego a buscarme en el auto de papá, eso casi me hace gritar del susto. Sé que me puse muy pálida por que hasta la despistada de Esmeralda, la barbie del grupo, lo noto. Antes de enredarme en preguntas me separé de los demás para poder averiguar qué sucedía. Por lo general nuestra rutina era que mamá iba a la oficina de papá y le ayudaba hasta las cinco, luego yo llegaba al centro en el autobús del colegio y juntos marchábamos a casa.
El Toyota doble tracción, amor de papá, después de nosotras claro, se estaciono junto a la cuneta.
-¿Qué pasa mamá?- Le pregunte sin poder evitar que me temblara la voz.- ¿Le ocurrió algo a papá?
Creo que en ese momento mamá se dio cuenta realmente de lo asustada que yo estaba. Comprendió que yo ya no era una niña y que entendía perfectamente los alcances de nuestra situación.
Ella bajó del auto, se acomodó los inútiles anteojos cuya única función era restarle belleza a su rostro. Hoy mamá se había acomodado el cabello en una trenza pegada a la cabeza que no dejaba escapar ni un solo mechón rojo. El pantalón de mezclilla holgado le restaba gracia a su cuerpo, ni que decir de la blusa de corte recto. Pero ni siquiera así alguien se atrevería a llamarla fea.
-No pasa nada bebe.- Habló mamá mientras me abrazaba.
Yo era unos cinco centímetros más pequeña que ella, así que podía recostar mi cabeza a su hombro cómodamente. Mi cabello negro contrastaba con el rojo del suyo.
-Es solo que como te vía en el carro de papá…- Logré hablar separándome un paso.
La sonrisa de mamá fue amplia, casi podría asegurar que contenía toda la energía del sol
-Tu papá está bien, es solo que estamos en sierre fiscal y hasta él tiene que trabajar horas extra. Pensé en venir por ti, hoy está haciendo demasiado calor para viajar en autobús.-
Me despedí con un gesto de mis compañeras, luego seguí a mamá hasta el auto. Me abroche el cinturón de seguridad y nos marchamos de allí.
-¿Quieres sentarte conmigo en el parque mientras tomamos un helado?- Fue la propuesta de mi madre.
Conocía lo suficiente a mi progenitora como para saber que esa invitación era solo la antesala de una conversación seria. Recuerdo que durante todo el viaje me la pasé haciendo examen de conciencia, no creía haber hecho nada malo como para que me llamaran a interrogatorio.
La tarde estaba preciosa, el sol no tardaría en ocultarse, pero mientras tanto hacía su mejor esfuerzo por bañar con sus últimos rayos el parque. Un helado de chocolate para mí, uno de vainilla para mamá. Nos sentamos en una de las bancas bajó un tupido árbol cuyo follaje daba una sombra fresca.
-¿No lo extrañas mamá?- Le pregunte sin poderlo evitar.
Ella de inmediato me entendió, siempre era así entre nosotras. –Algo… a veces… Aunque tengo que admitir que mis habilidades nunca me trajeron muchas alegrías que digamos. Gran parte de mi vida la dedique a negar ese aspecto… Fue tu padre quien me mostro como controlarlo, evitando acabar loca en el intento.
Sabía que estaba siendo cruel, pero necesitaba saber.
-Y papá…¿Crees que lo extrañe?… Ya sabes, el era alguien importante en la familia Fierazza… Era un guardián…- Las palabras me dejaban un gusto amargo, pero necesitaba hablar…- ¿Crees que él se arrepienta?… ¿Tú te arrepientes mamá?
Esperé cualquier reacción menos la que me encontré en el rostro de mi madre, era comprensión, amor y una gran seguridad que me hizo sentir pequeña.
-Puedo hablarte por mí…- Respondió mamá después de unos minutos, con gran delicadeza tomó mi mano como si todavía yo fuera una bebe.- Como ya sabes, cuando conocía a tu padre tenía tres años mayor que tu ahora. Era mi último año de colegio. Mis padres vivían para ese entonces y eran profesores donde yo estudiaba. Una vida absolutamente aburrida, recuerdo que ningún pretendiente se atrevía a acercárseme por miedo al rencoroso profesor de física matemática. Eso además del miedo que sentía de mi misma evitaba que me conectara a ese nivel con otra persona.
Por un momento mamá guardo silencio, como si pensará en las palabras exactas que debía decir. Con un suspiro y una sonrisa cómplice continúo. – Recuerdo cuando llegó tu papá como estudiante de intercambio de una afamada escuela privada italiana… Lo odié.
Esa parte de la historia si no me la sabía. -¿A papá?
-Claro que sí.- Me habló mamá despacito enfatizando cada palabra.- Oh si que lo odié. Tu papá llego con andares de nobleza. Viendo a todos por encima del hombro… Y para emporar la situación, con una mirada despectiva ponía de cabeza a todas mis compañeras, sospecho que hasta una que otra profesora suspiraba. Los chicos eran desgarbados, una mescla entre niño y hombre, pero tu padre ya tenía cuerpo de dios.-
-No seas tan descriptiva mamá…- Le advertí con una sonrisa, mamá seguía tan enamorada de papá que a veces era incomodo.
-En fin hija… Me enamoré de tu padre como una boba desde que lo vi la primera vez… Si la vida me diera a escoger de nuevo lo escogería a él… ¡Ah! Y no creas que fue solo por su tés bronceada, o sus hermosos ojos azules, fue por su buen corazón…-
-Sin duda mamá… sin duda.- No pude evitar mofarme de su rubor.- Con solo verlo notaste que era un dechado de virtudes.
La risa de mamá borro cualquier intento de seriedad por mi parte.
-Ni de cerca, como te dije tu padre hizo méritos para que yo lo quisiera muerto. No podía disimular su disgusto por que lo enviaran a un colegio lleno de niños para buscar a una joven bruja inexperta que desconocía su propio poder…
-¿Debía matarte?- No pude evitar preguntar
-Los Fierazza no admiten eslabones débiles, yo podría dar a luz a una poderosa hechicera, pero no había sido entrenada y nadie podía asegurar que desarrollara algún día mis habilidades al mismo nivel de tu padre. Una vez que tú nacieras mi niña, yo debía morir.
-Pero papá no lo hizo mamá.- No es que me gustará hacer ver lo evidente, pero necesitaba recordarme ese hecho.
-Nó…- Me aclaró apretando fuerte mis manos entre las suyas.- Tienes que comprender que tu papá es un Fierazza, un guardián, responsable junto con tus tíos de traer una nueva generación que hiciera aún más temida a la familia entre las criaturas del Inframundo… Tu papá había sido educado desde muy niño para conocer y cumplir con su deber… Aún no entiendo que lo llevó a correr tantos riesgos. Recuerdo que cuando por fin entendí cual era la situación no pude más que sentir terror, pero tu padre ahora tenía una nueva familia y la protegería con su vida. Una y otra vez me decía que no nos abandonaría. Amó a tu padre, y él me ama a mí, de ese amor Arianna naciste tú.
Apartando mis manos de entre las suyas me abracé a mí misma. Aún bajo el tibio sol de la tarde sentí frio.
-¿Crees que nos encuentre algún día?- Le pregunté poniendo por primera vez en mi vida, en palabras esa duda que me perseguía cada minuto.
-La pregunta no es si nos encontrarán. La pregunta es si estaremos preparados para enfrentarlos.- La convicción de mi mamá era contagiosa.- Tu papá no es un manso corderito, los Fierazza saben que de encontrarse de frente con él no la tendrán fácil, eso sumado a que tu y yo estemos listas para ayudarlo, hará que las posibilidades jueguen a nuestro favor.
-¡Estaré lista mamá!
Mi madre me tomo de la mano y me jaló para que nos pusiéramos de pie. Caminamos despacio hasta donde papá.
-¿Quién sabe?- Habló mamá cuando solo faltaba cruzar la calle para llegar a la oficina de contaduría de papá.- Tal vez podamos formar un nuevo clan que sea capaz de protegerse a sí mismo. Lo que trae el futuro es incierto. Claro que si me quitara este medallón… Habló mamá mientras jugueteaba con el talismán que colgaba de su cuello-
Papá estaba guardando su maletín en el asiento trasero del doble tracción. Su cabello negro se veía lustroso bajo los últimos rayos de sol de la tarde, en sus ojos azules se leían muchas preguntas.
Cada día lo amaba más, mi papá había sido capaz de darle la espalda a todo lo que conocía por amor a su familia, aún sabiendo que su propia madre lo había sentenciado a muerte por eso. Ella y el abuelo Dante creían que mis padres habían muerto según ellos lo habían ordenado, el dar las cosas por un hecho era un defecto que se podía encontrar aún en los Magos más poderosos. La mentirá se había sostenido por dieciséis años, era cuestión de tiempo para que todo se descubriera.

 

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