Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Magia Negra – Capítulo 3 – Leyenda 19 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Magia Negra
Capitulo N° 3
Leyenda

-Mejor manejo yo; sugirió Renata a Luis. -Estás un poco mareado.

-Sí toma; aceptó él pasando las llaves del auto a su esposa.

El casamiento de sus amigos en Malloco había estado bastante animado y también regado, por lo que debían volver con cuidado a Isla de Maipo, sobre todo en la traicionera carretera que une a este último pueblo con Talagante, llena de curvas, subidas y bajadas, que aún a plena luz del día había que tomar con manos firmes y ojos despiertos; por lo cual Renata conducía a irrisorios cuarenta kilómetros por hora, en una carretera habilitada para noventa.

Después de unos minutos a su derecha se divisaba el Puente Naltahua, sobre el hilo de plata del Río Maipo, lo que le indicó que en solo un poco minutos más podría acostarse a descansar.

-Despierta; dijo ella a Luis. -Ya estamos por llegar.

Una curva a la izquierda y entrarían al pueblo, solo pasar la pequeña arboleda de eucaliptus y listo.

Renata casi volcó el auto cuando este de improviso se fue violentamente contra la cuneta. De un golpe se la pasó la borrachera a Luis.

-¿Estás bien?; preguntó éste a su esposa, que tenía todo el cabello sobre la cara.

-Sí, ¿y tú?; preguntó ella a su vez.

-Un poco saltón, pero bien; respondió él.

-Creo que se rompió un neumático; opinó Renata.

La sorpresa y luego el miedo se apoderó de la pareja cuando un fuerte golpe lanzó el vehículo de costado, diez metros hacia adelante.

-¿Pero qué diablos?; preguntó estupefacto Luis.

-¿Qué fue eso?; preguntó Renata entre sorprendida y asustada.

-Salgamos de aquí; sugirió él mientras soltaba su cinturón de seguridad.

Antes de que ella alcanzase a responder, con asombro notaron como el auto era levantado en el aire por una negra y gigantesca mano. Con terror vieron como un colosal ser, oscuro como una nube negra, se alzaba por sobre los eucaliptus y los observaba a más de diez metros de altura.

Sin poder moverse de la impresión, la pareja nada pudo hacer cuando sintieron que el vehículo volaba por el aire para terminar estrellándose estrepitosamente contra el pavimento.

Renata semiinconsciente y sangrando por la boca miró hacia su derecha, solo para ver el cuerpo sin vida de su esposo. A los pocos segundos su corazón también se detuvo y su mente se nubló para siempre.

Alertados por los vecinos que fueron despertados por el estrepito del golpe del metal contra el concreto, bomberos, ambulancias y policías llegaron al lugar del extraño accidente.

-Típico de madrugada del sábado; comentó uno de los bomberos.

-¿Cuándo van a entender que alcohol y autos es una muy mala combinación?; opinó el otro.

-Deben haber ido a más de cien kilómetros por hora; observó uno de los policías. -Perdieron el control del vehículo aquí, para terminar volcándose a ciento cinco metros adelante.

-El impacto fue tan violento que tanto la conductora como el acompañante fallecieron en forma instantánea; observó uno de los paramédicos.

-¿Ocurre algo cabo?; preguntó un carabinero a otro que alumbraba el pavimento con su linterna.

-No es nada mi sargento, es solo que no veo ninguna marca desde el punto en que el vehículo perdió el control hasta el que se produjo el volcamiento; indicó el policía.

-La verdad es un poco extraño; observó el oficial. -En todo caso la alcoholemia muestra que ambas víctimas estaban bajo el efecto del alcohol y usted sabe lo que eso puede producir.

-Tiene razón mi sargento; aceptó el uniformado.

Jacinto volvía tambaleándose luego de una noche de juerga. Era una típica noche de agosto así es que la calle estaba totalmente vacía. El viento movía las nubes y éstas ocultaban momentáneamente la luna, sumiendo la calle en sombras móviles que se deslizaban silenciosas a medida que las nubes cruzaban frente al astro nocturno.

En su borrachera el hombre tuvo la sensación de que alguien lo seguía. Envalentonado por el alcohol metió una mano al bolsillo de la chaqueta; sus dedos tantearon el frío metal y empuñaron con firmeza la navaja.

Sin aviso previo Jacinto se volvió y blandiendo el arma blanca en el aire enfrentó a su acosador. La calle se extendía solitaria, el hombre se rió de sí mismo y devolvió la navaja a la chaqueta.

Cuando se disponía a continuar su camino de regreso a su casa, con el rabillo del ojo le pareció ver una sombra que se movía entre los eucaliptus. No le iba a dar importancia, cuando frete a él una mole negra tan alta como los árboles que la ocultaban, se abrió paso entre ellos y de unas cuantas zancadas llegó junto al aterrado borracho, quien acababa de recuperar la sobriedad.

-¡El Bulto!; gritó sin que nadie lo escuchara en medio de la noche en la calle solitaria.

Jacinto corrió rápido, como nunca lo había hecho antes pero de nada le sirvió el esfuerzo. Sin moverse de su lugar, la cosa oscura y gigantesca estiró uno de sus largos brazos y atrapó de una pierna al infortunado tipo.

Retorciéndose, colgado de cabeza, el hombre trataba de soltarse sin ningún éxito. Con total desprecio por su presa, El Bulto arrojó el cuerpo de Jacinto al pavimento. Atontado, adolorido y con algunos huesos rotos, éste intentó ponerse de pie para tratar de escapar de su agresor de pesadillas. Un topón más lo lanzó rodando contra la cuneta, hasta que finalmente Jacinto dejó de moverse.

La noche seguía su curso en la pequeña ciudad y la leyenda surgida de los miedos supersticiosos de la gente de campo continuaba sembrando la muerte.

La fiesta estaba en su máximo apogeo, la música alta y las risas estridentes rompían la quietud de la noche. Marcia destapó otra botella de cerveza cuando sintió que el piso se zamarreaba bajo sus pies; las paredes de la casa se quejaron en un crujido sordo.

-¡Es un terremoto!; gritó Paola asustada.

-¡Cálmense!, ya va a pasar; gritó Esteban.

Los hechos dieron la razón al joven cuando el suelo dejó de sacudirse.

-Estuvo fuerte pero ya pasó; comentó Marcia aun temblorosa. ¿Están todos bien?

-Sí, pero no puedo comunicarme por teléfono con mi casa; observó Paola.

Cuando la calma había regresado, el fuerte estruendo tomó a todos por sorpresa. Zamarreados y azotados contra las paredes y piso, con los muebles volando por todos lados, el desconcierto y el miedo dominaban lo que antes había sido una fiesta más de fin de semana; los gritos de dolor y desesperación reemplazaron las risas y la música.

Los crujidos de la casa, sacudida a más de quince metros de altura por un bulto negro y gigantesco, que se confundía con los añosos eucaliptus, eran los únicos ruidos que se escuchaban ya en su interior.

-¡Es El Bulto!; exclamó Paola al ver la oscura mole que sostenía la casa, antes de caer inconsciente.

Como un niño que se aburre de un juguete, El Bulto arrojó la maltrecha vivienda contra el suelo, para simplemente terminar retirándose en medio de las sombras.

El estruendo del derrumbe de la casa despertó a todo el vecindario; los curiosos no tardaron en agolparse ante la destruida construcción. Los escombros formaban una composición macabra teñida de rojo.

-¡Se derrumbó la casa con todos adentro!; exclamó una mujer entre llantos.

Las sirenas a lo lejos indicaban que la ayuda ya venía en camino; pero los vehículos de emergencia no necesitaban darse prisa. La situación superó todas las peores expectativas de los rescatistas; solo escombros a ras del suelo y cuerpos sepultados bajo ellos.

-¡No se queden ahí parados como idiotas!; gritó el comandante del cuerpo de bomberos del pueblo. -Busquen sobrevivientes.

Con la mayor esperanza todos comenzaron a remover los escombros, pero pronto ésta se esfumó al ir topándose solo con cadáveres. Después de un par de horas veinte cuerpos yacían cubiertos con lonas negras.

-Aaaah; se escuchó un lastimero gemido cuando ya los rescatistas pensaban que su penoso trabajo había terminado.

-¡Esperen!, hay alguien con vida; gritó un bombero al escuchar el quejido.

Sin que se diese una orden al respecto, todos se dirigieron hacia el lugar de donde provenían los agónicos lamentos y con extremo cuidado desenterraron a una joven mujer con sangre en la cabeza y un hilo rojo que corría de sus labios.

-Rápido estabilícenla con un traje antishock; ordenó un médico. -Capitán pida un helicóptero en seguida, debemos llevarla  a Santiago cuanto antes; solicitó al policía a cargo de la seguridad.

Paola yacía totalmente inmovilizada a una camilla sin saber qué estaba ocurriendo.

El típico ruido del helicóptero se aproximaba rápidamente al lugar de los hechos, ya que no había ni un segundo que perder. El paramédico que atendía a la joven sintió como ésta le apretó con fuerza la mano y abrió grande los ojos.

-¡El Bulto! ¡El Bulto! ¡Fue El Bulto!; balbuceó con voz entrecortada la muchacha.

La mascarilla de oxígeno se llenó de sangre y su cuerpo se convulsionó, la mano que sujetaba al paramédico se soltó y ella cayó inconsciente.

-¡Está sufriendo un paro cardiaco!; gritó éste al médico.

-¡Unidad de electroshock ahora!; gritó el doctor.

Con mano veloz el médico rajó la ensangrentada blusa de la mujer y acercó las paletas cargadas de electricidad. Una y otra, y otra vez; el cuerpo se elevó en varias ocasiones a causa de las descargas eléctricas, pero la chica no reaccionaba.

-¡Vamos!, despierta; gritó el galeno con la frente cubierta de sudor.

-Ya doctor déjela ir; lo afirmó el comandante de bomberos. -No  hay nada que usted o nosotros podamos hacer por ella, ha muerto.

-Es totalmente insólito lo que ha ocurrido esta noche; comentó el comandante al capitán de la policía uniformada.

-¿Qué cree que pudo haber destruido así una casa relativamente nueva?; preguntó el policía.

-No lo sé; respondió el bombero. -Es la primera vez que veo algo así.

-Fue El Bulto; intervino una mujer de entre los muchos curiosos reunidos en el lugar de la tragedia. -La niña lo dijo antes de morir.

-Señora, esas cosas no existen; intentó calmarla el policía.

-Nada más tiene la fuerza para hacer esto; opinó un anciano. -Mi abuelo me contó que es un gigante más grande que los eucaliptus.

-Sé que es terrible todo esto pero debe haber otra explicación; insistió el policía.

-Déjelo capitán; intervino el comandante. -Mientras más pronto nosotros averigüemos las causas de este terrible accidente, más pronto podremos calmar a la población.

Días arduos de trabajo siguieron a los expertos del cuerpo de bomberos, pero no lograban dar con las causas del derrumbe que costó la vida de veintiún jóvenes. Como un favor especial al alcalde del pueblo, el intendente regional solicitó que un equipo de ingenieros de una universidad pública  prestara apoyo y asesorara a los investigadores de bomberos, pero ni aún así lograron encontrar una explicación lógica. Era como si la casa hubiese sido arrancada del suelo y estrellada violentamente contra el pavimento, rompiendo de un solo golpe sus pilares y techo, convirtiéndose en la tumba de todos esos muchachos que solo disfrutaban de una fiesta más; de su última fiesta en realidad.

Mientras los rumores del Bulto se apoderaron del pueblo. Las calles se vaciaban apenas comenzaba a oscurecer y los negocios cerraban sus cortinas con las primeras sombras del ocaso. De la noche a la mañana Isla de Maipo se había convertido en un pueblo fantasma cuando caía la oscuridad. A pocos kilómetros de la capital y en pleno siglo veintiuno, el miedo supersticioso ante lo inexplicable se había apoderado de sus habitantes. Típico pueblo colonial campesino, rico en mitos y leyendas, era un nutritivo caldo de cultivo para que todos los miedos ocultos resurgieran; y quién los culparía y ni se imaginaban de cuan ciertos eran sus temores.

-Que agradable es este pueblo al atardecer; opinó la joven paseando de la mano de su pareja.

-Sí, a pesar de estar cerca de Santiago aún conserva su encanto de campo.

La brisa empezaba a refrescar cuando el sol comenzaba a ocultarse tras la Cordillera de la Costa; sin embargo la temperatura ya se hacía más tolerable con la proximidad de la primavera.

-Buenas tardes; saludó Fernando a una señora que estaba parada junto a la puerta de una casa. Sin embargo, la mujer en vez de contestar corrió a encerrarse y cerrar la puerta con llave.

La gente que caminaba por la calle aceleró el paso y se dirigió a toda prisa a sus destinos.

-Sé que algunas personas le tienen miedo a las gitanas, pero esto es exagerado; comentó la muchacha. -Y ni siquiera ando vestida como gitana.

-No creo que sea por ti Milenka; observó Fernando Hormazabal al ver que todos los negocios cerraban sus cortinas.

En unos cuantos minutos la pareja era los únicos transeúntes que permanecían en la calle; incluso los automóviles habían desaparecido. En un santiamén el pueblo dio la impresión de estar deshabitado.

-¡Que curioso!; exclamó Fernando. -Mejor volvamos a la hostería y tratemos de averiguar qué asusta tanto a los habitantes del pueblo.

-Quedamos en que este fin de semana sería solo para nosotros, sin trabajo; reclamó la gitana.

-¿Y quién está hablando de trabajo?; respondió Fernando. -Dime que no sientes un poco de curiosidad por saber que pasa aquí.

-Bueno, sí algo, pero yo solo quiero relajarme un poco; opinó Milenka.

-Tranquila, te prometí un fin de semana especial y eso es lo que tendrás; la calmó Fernando pasando su brazo por la delgada cintura de la Shuvani.

Poco antes de las siete de la tarde la pareja llegó a la hostería donde se hospedaban desde temprano en la mañana. Como era de esperarse, ahí también la puerta estaba cerrada con llave; Milenka golpeó con sus nudillos la puerta de calle. Después de insistir un par de veces, al fin el dueño del albergue salió a abrir, dejando ver su miedo.

-Si hubiese demorado un poco más le habría lanzado una maldición gitana; dijo tal vez en broma la muchacha.

-Por favor señorita no diga eso ni en broma; pidió el hombre persignándose un par de veces.

-¿No me diga que cree en esas cosas en pleno siglo veintiuno?; le preguntó Milenka.

-Yo no creo en brujas, pero de que las hay, las hay; citó un viejo refrán el hombre.              -Además últimamente han ocurrido cosas terribles en el pueblo y que los expertos no pueden explicar.

-¿Es por eso que todos los habitantes se ven tan asustados al atardecer?; preguntó Hormazabal.

-Es todo por culpa del Bulto; comentó la mujer del dueño, trayendo una gran tetera con un mate.

-No creo que estas cosas le interesen a los jóvenes de la ciudad; la interrumpió su marido.

-Se sorprendería de las cosas que hemos visto; agregó la gitana. -Además no todo lo que existe se puede ver.

-Bueno, si no les da miedo, ni se aburren les contaremos; aceptó la mujer.

-Soy todo oídos; dijo Fernando Hormazabal sentándose atento en una silla, mientras Milenka chupeteaba con agrado el mate que le ofreció la mujer del posadero.

-Hace dos semanas; comenzó a narrar el hombre en voz baja. -Durante una fiesta, veintiún jóvenes murieron aplastados cuando la casa donde estaban se derrumbó sobre ellos; los bomberos y los carabineros no saben cómo es que los pilares, las paredes y el techo se molieron aplastándolos a todos.

-Una de las niñas antes de fallecer, aseguró que fue El Bulto; agregó la mujer.

-¿Qué es El Bulto?; preguntó Fernando.

-Es un ser gigantesco, del porte de los eucaliptus, o más tal vez; explicó el hombre. -Negro como una sombra y fuerte como un coloso.

-Se dice que asusta a la gente que sale de farra en la noche; continuó la mujer. -A lo mejor El Bulto fue el que mató al matrimonio Díaz; venían de una fiesta en Malloco.

-Puede ser; meditó el hombre. -Dicen que el auto quedó aplastado como si lo hubiesen lanzado cien metros por el aire. Los pobres murieron enseguida.

-Veo que están enterados de muchas cosas que pasan en el pueblo; observó la gitana.

-Es que tenemos un hijo que es carabinero y él nos cuenta algunas cosas; comentó la mujer. -Claro que es un secreto.

-No se preocupe señora, no le contaremos a nadie que nos dijo; la tranquilizó Milenka en voz baja.

-¿Qué opinas tú?; le preguntó Hormazabal a su pareja.

-Entre mi pueblo se habla de espíritus y seres que pueden ser invocados por una magia muy poderosa; respondió ella.

-¿Usted no es chilena joven?; preguntó la mujer.

-Soy gitana; respondió con naturalidad Milenka.

-¿Lo de la maldición era verdad entonces?; preguntó preocupado el hombre.

-Era solo una broma; aclaró la muchacha.

-Uff, que alivio; contestó él persignándose.

-¿Otro matecito mi niña?; ofreció la mujer.

-Está muy bueno; aceptó la joven Shuvani.

-No es común ver una pareja de gitanos con…; quedó dubitativo el hombre.

-Paisanos, a los no gitanos les llamamos paisanos; explicó Milenka. -Fernando siempre ha sido amigo de mi tribu.

-Ella me acepta como soy y yo la acepto a ella con todo lo que eso implica; comentó él.

-A lo mejor los demás no lo tomen tan bien; pensó la mujer.

-De eso nos preocuparemos a su debido tiempo; opinó Milenka.

-¿Quién sería capaz de invocar a un ser tan terrible como El Bulto?; preguntó la mujer.

-Alguien que conoce muy bien la magia negra; opinó Milenka.

-¿Pero por qué?; preguntó el hombre.

-También existe la posibilidad de que todo tenga una explicación más natural; comentó Fernando.

-Es cierto; apoyó la gitana. -Algunas cosas casi inexplicables tienen su causa en las fuerzas de la naturaleza.

-Puede ser; asintió el posadero. -Pero yo nací en La Isla y no existe una fuerza que pueda levantar una casa desde sus cimientos.

-En Estados Unidos los tornados pueden elevar hasta trenes enteros; opinó Hormazabal.

-Pero que yo sepa aquí no hay tornados; objetó la mujer.

-Bueno ya es tarde y nuestros huéspedes querrán descansar; comentó el hombre para terminar la conversación.

La luna llena y el cielo despejado creaban una atmósfera placentera que invitaba a caminar de noche.

-No deberíamos estar afuera a esta hora; comentó Blanca a Diego.

-No me digas que tú también le tienes miedo al Bulto; se burló él.

-No es eso, pero han pasado cosas muy raras últimamente; recordó ella.

-Sí, puros accidentes por culpa del alcohol; observó Diego.

-Está bien, pero quedémonos donde haya más luz; solicitó ella a su novio.

-Qué extraña se ve la plaza sin nadie más; observó el muchacho.

-Parece parte de una película de misterio; comentó la joven. -La Isla ya no es como antes.

-Mis papás quieren que nos vayamos a vivir a Santiago; contó Diego.

-Mi viejo piensa que la gente supersticiosa se está sugestionando con la leyenda del Bulto; comentó Blanca.

-Lo mismo creo yo; mencionó el joven.

-Lo más raro es que aún no saben cómo se derrumbó la casa de la fiesta; recordó ella.

 La noche seguía avanzando y los jóvenes no se percataban de la hora.

-Ya es tarde; observó Diego. -Mejor te llevo a tu casa antes de que tu papá haga sonar la sirena del cuartel de bomberos.

-Sí, a veces exagera un poco; reconoció ella.

De pronto el crujido de madera que se parte dejó en silencio a la pareja. Los eucaliptus añosos de un bosquecillo cercano se partieron, empujados por colosales brazos negros. Los ojos grandes y brillantes del Bulto fijaron su siniestra mirada en la pareja de jóvenes enamorados.

-¡Es El Bulto!; gritó aterrorizada Blanca.

-¡No puede ser real!; exclamó Diego. -¡Corre, huyamos!

No más de diez metros los jóvenes lograron alejarse del lugar.

Con solo estirar uno de sus brazos el gigante levantó de una pierna al muchacho, quien se retorcía intentando inútilmente soltarse.

-Por favor ayúdennos; gritaba desesperada la muchacha, pero nadie acudía en su auxilio; por el contrario todos en las cercanías se escondieron a rezar, esperando que todo terminase.

Los gritos de terror y desesperación se convirtieron en un estridente alarido cuando de un solo tirón el gigantesco ser partió en dos el cuerpo de Diego, arrojándolo al piso en medio de un gran charco de sangre. Los gritos histéricos de Blanca atrajeron la atención del monstruo, quién acercando su descomunal mano la levantó de una pierna.

Con los nervios de punta Milenka tapaba sus oídos para no oír los desgarradores gritos de la muchacha, hasta que no pudo soportarlo más y corrió hacia la puerta.

-¿Qué hace niña?, El Bulto la va a matar a usted también; intentó detenerla la esposa del hospedero.

-Tengo que tratar de ayudarla, insistió la gitana abriendo la puerta y saliendo decidida  a la calle.

-“Espíritus del pasado y del futuro, acudan al llamado de su sierva.

En esta noche negra invoco el poder del Triunvirato Caído; concedan a esta Shuvani el poder de la tormenta y del rayo, de la tierra y del fuego”.

-“Por las fuerzas negras del infierno te ordeno regresar a donde naciste.

Vuelve a la oscuridad de la noche y cae bajo el poder de mi voz y la fuerza de mi mano”.

Ante la sorpresa de todos, incluso de Hormazabal que ya estaba acostumbrado a las manifestaciones de Milenka, incandescentes rayos azules y blancos comenzaron a brotar de sus dedos, mientras su cabellera flotaba en un viento que se originaba en ella misma. Las descargas eléctricas lastimaban sin cesar al engendro de magia negra, mientras fuertes ráfagas de viento lo golpeaban violentamente. Por otro lado Fernando vaciaba su pistola sobre la cosa.

-“Vuelve al infierno de donde saliste”; le ordenó finalmente la gitana. Inmediatamente El Bulto se esfumó en el aire sin dejar huellas de su presencia, salvo los restos del cuerpo del muchacho.

Sin que nada la sostuviese, Blanca cayó sobre la tierra húmeda de la plaza, lo cual impidió que su cuerpo se reventase contra el pavimento; gravemente herida, pero con vida gracias a la decidida y oportuna intervención de la gitana.

-Aun está con vida; avisó el dueño de la hostería, junto a la joven que yacía sin sentido en el suelo.

-¿Cómo te sientes?; preguntó Hormazabal a Milenka que se veía muy agitada.

-Un poco cansada pero bien; contestó ella.

-No sé cómo lo hizo señorita, ni qué es usted, pero le acaba de salvar la vida a esa niña; dijo la esposa del hospedero.

-Había escuchado hablar de brujas, pero esta es la primera vez que veo una; opinó el hombre. -No sé si estar contento por ello o si sentir mucho miedo de usted.

-¿Qué dices tonto?; lo reprendió su esposa. -Esta jovencita arriesgó su vida para salvar a la niña.

-Mi esposa tiene razón; coincidió el hombre. -Es usted muy valiente.

-O muy tonta; agregó Fernando Hormazabal.

-No podía quedarme de brazos cruzados; respondió la Shuvani.

Las sirenas de las ambulancias y carabineros que se aproximaban perforaron la noche.

-Respecto a la intervención de Milenka; dijo Fernando al matrimonio. -Preferiría que no la mencionaran.

-Comprendo; aceptó el hombre. -No se preocupen.

-Somos buenos para guardar secretos; coincidió su esposa.

-Muchas gracias; respondió la gitana. -Los paisanos por lo general son poco comprensivos con estas cosas.

Casi en seguida las unidades de emergencia llegaron al lugar de los hechos.

-Es la hija del comandante del cuerpo de bomberos; la reconoció un para- médico. -Aun vive.

Tras revisarla rápidamente, decidió de inmediato. -Está estable, debemos trasladarla al hospital.

-Hay un cadáver aquí; dijo uno de los carabineros. -¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó al ver el cuerpo mutilado del joven.

-Los atacó El Bulto; dijo la mujer del hospedero. -Todos lo vimos.

-Señora esa cosa no existe; la interrumpió el uniformado. -Si no me dice la verdad la detendré por complicidad en un posible homicidio.

-La señora dice la verdad; intervino Fernando.

-¿Y usted quién es?; preguntó el carabinero, quien no reconoció al forastero.

-Teniente Fernando Hormazabal, de la Brigada de Homicidios de la Policía Civil; respondió mostrando su placa al uniformado. -Mi colega Milenka Ivanovich, de criminalística.

-Mi Teniente esto es muy poco habitual; respondió el carabinero.

-Lo sé, pero yo también vi a un gigante de más de veinte metros destrozar a la víctima; agregó el detective. -Posiblemente huyó al descargarle todas mis balas; concluyó mostrando su pistola vacía.

A la mañana siguiente el clima en la alcaldía era el de un verdadero manicomio. A puerta cerrada estaba reunido el alcalde, junto con el mayor al mando de la prefectura de carabineros, el subprefecto de la policía civil y el comandante del cuerpo de bomberos; también se solicitó la presencia del Teniente Fernando Hormazabal y de la señorita Milenka Ivanovich.

Aceptar de la noche a la mañana la veracidad de las leyendas era algo que incomodaba a más de alguien. Todos de una u otra forma estaban preparados para catástrofes naturales, homicidas o incluso actos terroristas; pero algo muy distinto era tener que creer que la causa de las últimas tragedias era El Bulto. Una entidad gigantesca surgida de quién sabe qué parte y peor aún, controlada por una mente muy poderosa y a la vez completamente desquiciada.

-¿Señores, se dan cuenta de lo increíble que es esto?; preguntó el alcalde sin saber cómo comenzar.

-Yo mismo considero todo esto ilógico; opinó el comandante del cuerpo de bomberos. -Y sin embargo, aunque así sea mi hija está grave en el hospital y su novio cortado en dos en la morgue.

-Entre los testigos que vieron a la criatura cometer el último crimen hay un oficial de la policía civil y una funcionaria de criminalística; informó el mayor de carabineros.

-Que pasen el Teniente Hormazabal y la señorita Ivanovich; solicitó el subprefecto.

-Teniente Hormazabal, señorita Ivanovich; saludó el alcalde. -En primer lugar quisiera aclarar que todo lo que se diga en esta reunión es absolutamente confidencial.

-Por supuesto Señor Alcalde; aceptó el detective.

-¿Teniente Hormazabal, podría relatar los acontecimientos de anoche en los que falleció un joven y una muchacha resultó herida?; solicitó el subprefecto de la policía.

-Junto a la señorita Ivanovich alojábamos en una hostería cerca de la plaza. A eso de la media noche escuchamos gritos pidiendo auxilio; explicó el detective.  -Salimos a ver qué ocurría; vimos que la víctima era sostenida en el aire por una gigantesca criatura; después de un rato partió con sus manos a la víctima y atrapó enseguida a la mujer. Le disparé todas las balas de mi arma de servicio y se esfumó, dejando caer a la muchacha.

-¿Hacia dónde escapó?; preguntó el comandante de bomberos.

-No escapó señor; aclaró el Teniente Hormazabal. -Se desvaneció en el aire sin dejar huellas.

-Comprendo; aceptó el subprefecto.

-¿Podría describir a la criatura teniente?; pidió el mayor de carabineros.

-Altura aproximada de veinte metros, color negro, sin rasgos visibles, como una figura de masilla negra, ojos grandes y brillantes; indicó Hormazabal.

-¿Algo más?; preguntó el bombero.

-Sí; agregó Milenka. -A pesar de su tamaño se movía con gran agilidad y sin hacer ruido.

-Lo que ambos están describiendo es El Bulto; explicó el mayor. -Un ser perteneciente al folclore popular de esta zona. Es solo una leyenda.

-Debo recordarle que esa leyenda mutiló al novio de mi hija y ella está internada grave en el hospital; intervino el comandante.

-Nunca había visto algo así en todos mis años de servicio; comentó Hormazabal. -De lo que estoy seguro es que le disparé diez balas, pero no me dio la impresión de que eso lo dañara.

-Esto es difícil de creer; opinó el alcalde.

-Puedo asegurarle Señor Alcalde que un oficial de la Brigadade Homicidios de la policía no se impresiona con facilidad y es muy preciso en sus observaciones, sobre todo tratándose de un teniente; aseveró el subprefecto.

-Suponiendo que nos estamos enfrentando a algo anormal; meditó el mayor. -¿Podría tratarse de algún tipo de animal desconocido?

-Resulta muy poco probable; intervino Milenka. -Ya que esa criatura se desmaterializó en el aire, y hasta donde alcanzan mis conocimientos, eso no lo hace ningún animal.

-¿Entonces qué sugiere que puede ser?; preguntó el comandante.

-Aunque resulte difícil de creer, pienso que en esta oportunidad estamos lidiando con algo sobrenatural; concluyó la gitana.

-¿Insinúa que es un fantasma el responsable de las últimas muertes violentas que han ocurrido en el pueblo?; preguntó el mayor.

-Claro que no, un fantasma no puede influir en este plano, en cambio ese ente tiene control completo sobre la materia; agregó Milenka.

-¿Y usted cree realmente en esas cosas señorita?; preguntó el alcalde del pueblo.

-Independiente de lo que yo crea, lo que vi anoche era bastante real y mortífero; dijo ella. -Mi experiencia y las cosas que he vivido me han enseñado a tener la mente abierta y no negar lo que no puedo comprender.

-Señor subprefecto, si lo que yo vi no es real, quiere decir que no soy apto para este trabajo; dijo el Teniente Hormazabal poniendo su placa en la mesa.

-Tranquilícese teniente, aquí no estamos juzgando a nadie, es solo que cuesta creer que estas cosas sean reales; lo calmó el oficial.

-Mientras más tiempo demoren en creer, pueden ocurrir más muertes; advirtió Milenka.

-Tiene que haber una explicación lógica para todo lo que está ocurriendo; objetó el bombero.

-No vamos a llegar a ninguna parte así; opinó Milenka mirando a Fernando. -Mejor me encargo yo sola de esto.

-¿A qué se refiere señorita?; quiso saber el alcalde.

-¿No creerán que fueron las balas del Teniente Hormazabal las que alejaron a ese ente?; preguntó la gitana mirándolos a todos.

-De ser cierto, ¿qué otra cosa pudo ser, si era la única arma presente?; consultó el mayor.

-Fui yo quien lo alejó; confesó Milenka.

-¿Qué tipo de arma usó señorita?; quiso saber el carabinero.

-No usé ningún arma; respondió ella. -Soy una Shuvani.

-¿Qué es eso?; concluyó el comandante de bomberos.

-En términos simples, una bruja gitana; aclaró Hormazabal.

-¿Una bruja?; rió el subprefecto. -Ahora sí que esto es una locura.

-¿Lo duda acaso?; preguntó severa Milenka apoyando fuerte sus manos sobre la mesa, bajo las cuales ésta comenzó a humear, quedando profundamente marcadas sus huellas en la madera chamuscada, mientras su cabello se mecía solo.

-Esto es increíble; opinó el bombero examinando la caliente huella de las manos de la Shuvani, mientras revisaba las manos y brazos de ella buscando algún aparato extraño.

-¿Qué opina comandante?; preguntó el alcalde.

-Esto es Isla de Maipo, ¿por qué no podrían ser reales las leyendas?; respondió él encogiéndose de hombros.

-Creo que al fin nos vamos a entender; intervino Hormazabal.

-¿Usted sabía de las habilidades de la señorita Ivanovich teniente?; preguntó el subprefecto.

-Desde poco más de un  año lo sé señor; respondió éste. -Cuando tengamos tiempo le puedo contar, si es que Milenka no se opone.

-Si es que salimos vivos de esto; comentó ella.

-¿Qué necesita para realizar su trabajo y detener a ese monstruo?; ofreció el alcalde.

-Información que relacione a las víctimas entre sí; pensó ella, quien ya se estaba acostumbrando a razonar como detective por su relación con uno.

-Cuente con ella; ofreció el subprefecto.

-Nuestros archivos están a su disposición; agregó el mayor de carabineros.

-¿Pero de dónde surgió ese ser y por qué?; preguntó el alcalde.

-Estos seres pueden ser creados por conocedores y practicantes de la magia negra; explicó la Shuvani.

-¿Magia negra?; preguntó el comandante. -¿Quiere decir que en La Isla hay un brujo o bruja que está matando a nuestros vecinos mediante ese monstruo?

-No se me ocurre una mejor explicación; respondió Milenka.

-Es increíble todo esto; opinó el mayor de carabineros.

-Es cierto, pero eso no significa que no sea real; opinó el Teniente Hormazabal.

-En ese caso debemos enfocarnos en encontrar al loco que está detrás de todo este asunto; aconsejó el subprefecto.

-Mi consejo es manejar esto con la mayor discreción posible; sugirió el Teniente Hormazabal. -Bajo ninguna circunstancia a la población se le debe confirmar la existencia del Bulto.

-Y menos mencionar la existencia de un brujo en el pueblo; agregó el mayor de carabineros. -De lo contrario se desencadenaría pánico colectivo, que podría desembocar en una cacería de brujas ciega e irracional.

-El caos sería incontrolable; agregó el alcalde. -Esto no debe llegar a las autoridades superiores, ni siquiera el Señor Gobernador, que es mi amigo personal, se puede enterar.

-Eso puede ser un poco complicado; opinó el mayor de carabineros. -Hay procedimientos que cumplir e informes que llenar.

-Estoy seguro de que se pueden omitir ciertos detalles en esos informes y es aceptable aplicar la verticalidad del mando; sugirió el Teniente Hormazabal.

-¿Usted ya lo ha hecho teniente?; preguntó el subprefecto.

-Bueno señor, esta no es la primera vez que estoy en un caso de características sobrenaturales; explicó Hormazabal. -Y la verdad es que no se ve muy bien en los informes la mención de brujería, demonios y fenómenos paranormales.

-Aunque no me agrada, estoy de acuerdo con el teniente; apoyó el comandante de bomberos.

-Creo que tiene razón teniente; aceptó el subprefecto. -Si seguimos los procedimientos se nos calificará de locos y terminaremos relegados a quién sabe dónde.

-Está decidido entonces; concluyó el alcalde. -Todas las pesquisas para dar con el o los responsables de esta crisis, así como las acciones para neutralizar la amenaza que implican serán conducidas con la máxima discreción y reserva.

-Señores, instruyan a sus subalternos para la búsqueda de posibles accidentes causados por el abuso de la ingesta de alcohol; ordenó el alcalde.

-Teniente Hormazabal, usted y la señorita Ivanovich quedan a cargo del caso; ordenó el subprefecto al detective y a la gitana.

-Adiós descanso; reclamó Milenka en voz baja.

-Resuelvan esto y les prometo las mejores vacaciones de su vida; ofreció el alcalde que la escuchó.

-Soliciten el personal que requieran para esta misión; ofreció el subprefecto.

-Gracias señor, pero cuantas menos personas estén enteradas, será más seguro; rechazó Hormazabal.

-En ese caso tengo a la persona indicada; agregó el oficial de carabineros.

Dos horas después en una oficina de la prefectura de la policía uniformada, el Teniente Hormazabal y la gitana revisaban los expedientes de todas las víctimas de muertes misteriosas de las últimas semanas, tratando de encontrar algo que las relacionase entre sí.

-¿Has encontrado algo en común Shuvani?; preguntó el detective a Milenka.

-Nada paisano; respondió ella. -Tenemos un matrimonio, un grupo de jóvenes, un borracho y una pareja de enamorados; aparte de vivir en el  mismo pueblo no tenían ninguna relación entre sí.

-Espero poder ayudarles en eso; dijo un hombre que entró sin golpear. -Permítanme presentarme, soy el Teniente Rubén Espinoza, se me ordenó apoyarlos en este caso.

-Buenas tardes, soy el Teniente Fernando Hormazabal, de investigaciones. Esta es la señorita Milenka Ivanovich; saludó Hormazabal.

-Teniente, señorita; saludó el uniformado, que ahora andaba de civil, golpeando sus tacos.

-Olvidemos las formalidades teniente, al fin y al cabo tenemos el mismo rango; ofreció el detective.

-Bueno Rubén, estamos buscando alguna relación entre las víctimas de muertes violentas de los últimos días, en caso de que sean provocadas premeditadamente por algún asesino sicópata; explicó el detective.

-Un asesino serial no es tan difícil, pero un brujo es otra cosa; comentó el carabinero.

-¿Eh?; preguntó sorprendido Hormazabal.

-Ya fui puesto al tanto de todos los detalles; respondió Espinoza.

-¿Usted cree en eso teniente?; preguntó Milenka.

-Soy la quinta generación de mi familia nacido aquí; explicó él. -Digamos que soy de mente abierta.

Después de revisar los expedientes el Teniente Espinoza anotó la fecha y hora de muerte de cada una de las víctimas bajo su fotografía.

-Todos murieron de noche, entre las 23 y las 03 del día siguiente; observó Milenka.

-Por lo visto el asesino manda al Bulto cuando hay más oscuridad; opinó Espinoza.

-Es lógico, así lo oculta entre las sombras; comentó Hormazabal.

-Permiso; dijo una joven carabinera al golpear la puerta y entrar. -Aquí están las fichas que solicitaron.

-Gracias sargento, déjelas en el escritorio; ordenó el Teniente Espinoza.

La joven uniformada se quedó estática mirando las fotografías en la pared.

-Y todo por querer divertirse; comentó ella haciendo un gesto de rechazo con la cabeza, mientras con un dedo tocaba cada una de las fechas.

-Gracias sargento, puede retirarse; ordenó el Teniente Hormazabal.

-Yo, lo siento señor; se cuadró ella disculpándose.

-Espere; la detuvo la gitana cuando ésta giró para marcharse. -Dígame qué encontró que nosotros no.

-Tal vez no sea nada señora; respondió la uniformada.

-Vamos sargento, cuéntenos; pidió Espinoza.

-A lo mejor es solo coincidencia, pero en todos esos días hubo cambio de fase lunar; explicó ella. -¡Son las víctimas del Bulto!; exclamó sorprendida mirando a los oficiales y a la gitana. -¡Eso es brujería!

-Sargento, esas son solo habladurías; interrumpió Espinoza. -Le diré la verdad, aunque es un secreto de investigación. Estamos tras un asesino serial.

-Teniente Espinoza, está bien; intervino la Shuvani. -La sargento se dio cuenta sola y muy rápido de la verdad.

-Efectivamente, son las víctimas del Bulto; confesó Milenka. -Pensamos que fue invocado por un brujo o bruja para cometer estos asesinatos.

-¿Cómo supo que había brujería involucrada en esto sargento?; preguntó el Teniente Espinoza.

-Es algo que mi abuela siempre decía. -Si alguien muere cuando cambia la luna, es porque un brujo o espíritu malo lo mató; comentó ella.

-Parece que su abuela era muy sabia; opinó Milenka.

-En mi familia ha habido muchas machis; explicó la joven.

-La Sargento Fresia Huaiquimil es de origen mapuche; aclaró el Teniente Espinoza.

-¿Y usted qué sabe de la sabiduría de su pueblo?; preguntó la gitana.

-Mi abuela quería que yo me convirtiera en una machi, pero yo decidí ingresar a la policía; explicó la uniformada.

-Ya veo; concluyó Milenka.

-Sargento Huaiquimil, desde ahora hasta nueva orden queda asignada a esta investigación; ordenó el Teniente Espinoza.

-La reserva debe ser absoluta; advirtió el Teniente Hormazabal.

-Pierda cuidado señor; respondió ella. -Además si ando hablando de brujos y del Bulto todos se van a burlar de mí.

-Además se originaría histeria colectiva; agregó Espinoza y no queremos que empiece una cacería ciega de brujas.

-Sobre todo yo; comentó Milenka sonriendo, lo que extrañó un poco a los dos uniformados.

-Bien, veamos el posible perfil de los sospechosos; sugirió Hormazabal.

-Solitario; pensó Milenka.

-Aislado y poco sociable; agregó la Sargento Huaiquimil mientras anotaba en una pizarra.

-Emocionalmente inestable; continuó el Teniente Espinoza.

-Introvertido; sugirió el Teniente Hormazabal.

-Socialmente resentido; pensó Espinoza.

-Con tiempo para dedicarse a la magia; opinó Milenka.

-Sin trabajo; agregó Fresia.

-Comencemos a descartar; sugirió Hormazabal.

-Todas las víctimas o estaban o se habían divertido con alguien más al momento de su deceso; observó Fresia.

-Lo que podría significar que al homicida eso le resulta especialmente desagradable; meditó Espinoza.

-Posiblemente en algún momento de su vida, éste fue aislado o rechazado; supuso Hormazabal.

-Pero eso no es motivo suficiente para querer matar a la gente; opinó la gitana. -Tiene que haber algo más.

-¡Bruja maldita!, ¿por qué tenías que meterte?; se preguntó el hombre paseándose sin cesar en la penumbra de la cueva oculta entre los cerros de Naltagua. -¿Cómo pudiste vencer a mi criatura?

-Ya estoy un poco cansada; comentó Fresia. -¿Podemos salir a tomar un poco de aire al patio?

-La verdad es que llevamos muchas horas sin descansar; apoyó Hormazabal.

-Salgamos a tomar un poco de aire fresco; accedió Espinoza poniéndose de pie.

-¡Idiota, ven para acá!; gritó el hombre a un enclenque muchacho que estaba sentado al fondo de la cueva.

-Diga mi amo; respondió servicialmente.

-Quiero que vayas a averiguar todo lo que puedas sobre la bruja que se atrevió a interferir con mis planes; le ordenó a su sirviente.

-Como ordene amo; contestó el muchacho.

El hombre le arrojó un polvo que contenía en una bolsa de piel e inmediatamente, por arte de magia, el esclavo se convirtió en un gran pájaro negro que luego de graznar emprendió el vuelo.

-Que rico es el aire aquí; observó Milenka llenando los pulmones con el aire campestre.

-Nada que ver con el de la capital; opinó Espinoza.

A Fresia le pareció ver una sombra en el piso que se movía en círculos, pero al principio no le dio importancia; sin embargo, poco después notó que esta aumentaba de tamaño. Sin decir ni una palabra desenfundó su arma de servicio y disparó hacia un gran pájaro que giraba sobre ellos.

Sin vida el ave se precipitó contra el suelo.

-¿Por qué mataste a ese pájaro?; preguntó el Teniente Hormazabal.

Sin que la sargento necesitara explicárselo, el pájaro muerto cambió de forma ante todos, transformándose en el sirviente del brujo.

-Nos estaba espiando; respondió Fresia.

-¡Demonios!; gritó furioso el brujo en su escondite al darse cuenta de lo ocurrido.

-¿Cómo lo reconociste?; peguntó Milenka a la policía.

-Pude ver que lo envolvía una nube oscura de aspecto muy maligno; explicó ella. -Supongo que es un don que heredé de mis ancestros.

El disparo atrajo a todo el resto de los carabineros.

 -Este hombre saltó la muralla e intentó atacar a la Sargento Huaiquimil; explicó el Teniente Espinoza. -Ella se defendió haciendo uso de su arma de servicio. Todos nosotros somos testigos.

-Supongo que eso ahorrará un poco de papeleos; opinó un carabinero.

-Identifíquenlo e infórmenme luego; ordenó Espinoza.

-Como diga mi teniente; respondió el carabinero.

-Mejor entremos; sugirió el Teniente Hormazabal. -Por lo visto quien está detrás de todo ya sabe de nosotros.

-¿Pero qué diablos fue eso?; preguntó el Teniente Espinoza sin poder dar crédito a la transformación que tuvo lugar frente a sus propios ojos.

-Era un brujo que se había convertido en un pájaro para espiarnos; respondió la sargento. -Mi abuela me habló varias veces de ellos, pero no creí que vería uno yo misma.

-Espero que ahora estén plenamente conscientes de lo que enfrentamos; comentó el Teniente Hormazabal.

-Esto es magia negra; afirmó Fresia.

-¿Y cómo vamos a lidiar con quién está detrás?; preguntó el uniformado.

-¿Cómo dicen ustedes los paisanos?; preguntó Milenka tratando de recordar algo. -Ah sí, “El fuego se combate con fuego”; dijo mientras el agua en un jarro comenzaba a hervir por sí sola y las ventanas se abrieron de golpe.

-¿Acaso quiere decir que usted también es una bruja?; preguntó el Teniente Espinoza.

-La verdad es que soy una Shuvani; respondió Milenka.

-¿Y qué es eso?; preguntó Fresia, que nunca había escuchado la palabra.

-Es una sacerdotisa gitana; indicó el Teniente Hormazabal. -Y yo he presenciado personalmente el despliegue de su poder, así es que diríjanse a ella con humildad y respeto.

-Creo que eso no era necesario; opinó la gitana. -Al fin y al cabo vamos a trabajar juntos.

-Yo solo te estoy presentando como mereces, sabia Shuvani; respondió el detective inclinando la cabeza ante ella.

-La única forma de enfrentar a un brujo poderoso es con magia negra; indicó Milenka.

-Y este debe ser muy poderoso para poder invocar al Bulto; opinó Espinoza.

-Por lo que pude ver anoche El Bulto es algo impresionante; comentó Hormazabal.

-¿Vieron al Bulto?; preguntó sorprendida Fresia.

-Sí, pero lamentablemente solo pude salvar a la hija del comandante de bomberos; contó cabizbaja Milenka. -No actué a tiempo.

-No es culpa tuya; la consoló Hormazabal. -Si no hubieses detenido a esa cosa, también habría matado a la chica.

-Pero solo lo alejé; reflexionó la gitana. -No sirve de nada si no derrotamos al brujo que lo controla.

-¿Pudo ver al Bulto?; preguntó sorprendida Fresia.

-Como dije solo lo desvanecí temporalmente; aclaró la gitana.

-Debe ser bastante buena en su trabajo Milenka para lograr eso; opinó el Teniente Espinoza.

-Solo le ayudo en lo que puedo al Teniente Hormazabal; comentó Milenka.

-Bueno, mejor concentrémonos en el caso; ordenó Hormazabal.

-Lo más probable es que no pueda hacerlo sola nuevamente; opinó la Shuvani. -El brujo ya debe saber de mí.

-¿Sus ancestros le enseñaron algo que pueda ser de alguna utilidad?; preguntó el detective a la carabinera.

-Solo algo de algunas hierbas y algunas canciones; contestó Fresia.

Milenka pudo notar el nerviosismo de la joven mapuche al responder.

-Necesito ir al baño; dijo la gitana. -¿Me podría acompañar Fresia?

-Sí claro, vamos; accedió la joven.

-¿Qué opina?; preguntó Hormazabal.

-Si yo fuese el asesino, siendo un sicópata antisocial, me aislaría del resto del pueblo para irme a vivir a los cerros; respondió Espinoza.

-¿Hay muchas cuevas en estos cerros?; quiso saber el detective.

-Desde aquí hasta más allá de la Mina Naltahua, los cerros tienen más hoyos que un queso; comentó el carabinero.

-Es demasiado terreno para cubrir; opinó Hormazabal.

-Esto va a tomar tiempo; observó el uniformado.

-Y tiempo es lo que menos tenemos; acotó el detective. -Sobre todo ahora que el brujo sabe de nosotros, puede volverse más osado.

-Pero la Sargento Huaiquimil dedujo que actúa solo durante las noches de cambio de luna; recordó Espinoza.

-Lo que nos da una semana entre uno y otro ataque del Bulto; calculó Hormazabal.

-A menos claro está que mande a su monstruo como un caballo desbocado a destruir sin discernimiento; opinó el Teniente Espinoza.

-Hasta el momento sus ataques han sido dirigidos contra todo aquel que de una u otra forma se está divirtiendo; recordó el detective. -Esperemos que no cambie su modus operandi.

-Hay cosas que los paisanos no tienen por qué enterarse; comentó Milenka cerrando con llave la puerta del baño. -Puedes confiar en mí.

-No es fácil; dijo Fresia bajando la vista y moviendo nerviosamente los pies. -Siempre he tratado de llevar una vida normal para poder adaptarme a los demás.

-¿A qué le tienes miedo?; preguntó la gitana.

-Hay más; reconoció Fresia. -Cuando era niña un hombre trató de atacarme; al defenderme perdí el control y estuve a punto de matarlo. Mi madre se echó la culpa para protegerme; continuó Fresia. -Juré que eso nunca volvería a pasar.

-No puedes suprimir tu naturaleza; aclaró la gitana. -Solo tienes que convertirte en la dueña de ti misma.

-No entiendes, soy peligrosa; rebatió la Sargento Huaiquimil mientras un papelero de acero se aplastaba sobre sí mismo, quedando reducido a una bola informe de metal.

-Si llega a ser necesario yo misma te detendré; respondió Milenka mientras una fuerza invisible oprimía a  la joven contra la pared. -Pero cuando llegue la hora de pelear, lo deberás hacer con todas tus fuerzas y sabiduría.

-Está bien, confiaré en ti; aceptó Fresia.

-Y yo en tu don; respondió la gitana.

-Faltan solo tres días para el próximo cambio de luna; observó preocupado el Teniente Hormazabal, mirando el calendario que colgaba en la muralla.

-Y supongo que esta vez el ataque será directo contra nosotros, por haber interferido en los planes del brujo; comentó el Teniente Espinoza.

-Eso es casi seguro; opinó la gitana al entrar al despacho junto a la mapuche. -Pero esta vez su criatura recibirá un castigo por partida doble.

-Si es que no nos aplasta primero; pensó el carabinero en voz alta.

-Supongo que sabes que la velocidad en nuestra respuesta es vital, sabia Shuvani; advirtió Hormazabal.

-También la astucia en el combate; opinó Fresia.

-Ella tiene razón; apoyó Milenka. -Mientras ustedes dos distraen al Bulto, yo lo ataco por un lado y antes de que logre desvanecerse, Fresia lo remata con otro ataque no esperado.

-¿Ella también?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Sí; contestó la Shuvani. -Juntas podemos detener a ese monstruo.

-Eso espero; contestó la joven mapuche no muy convencida de ello.

-Bueno, si no resulta, que no se diga que no lo intentamos; comentó el Teniente Espinoza, haciendo girar su pistola en un dedo, como un pistolero del lejano oeste norteamericano.

La noche tibia y estrellada, la luna en cuarto creciente, nadie en la calle más que uno que otro perro. Dos hombres evidentemente borrachos avanzan en medio de risotadas sin respeto alguno por el descanso de los demás. Tambaleándose uno enciende un cigarro y le ofrece otro a su amigo; la mano le tiembla y los cigarros se desparraman por el suelo. Grandes ojos brillantes los observan desde lo alto; El Bulto los ha descubierto y los hará pagar su osadía, castigará su alegría de vivir.

Como un rayo uno de los hombres desenfunda una pistola y dispara en repetidas ocasiones contra el gigante oscuro; imitándolo el otro no vacila al apretar el gatillo. Ante una señal ambos tipos corren a ocultarse tras una gruesa columna de concreto, sin dejar de disparar.

-“Fuerzas oscuras del inframundo, acudan en ayuda de su servidora”; gritó la Shuvani con ambos brazos en alto al tiempo que se elevaba un fuerte viento que acumuló negras nubes.

El Bulto inmediatamente se volvió hacia la insolente gitana.

-“Llamo a los Pillanes que controlan la tierra, el fuego y el cielo, cubran a su machi con la fuerza de la tormenta y del rayo”; se escuchó potente la voz de Fresia.

-“Invoco el poder oscuro de la Profana Trinidad”; continuó Milenka apuntando una de sus manos hacia la criatura.

Una violenta y poderosa descarga eléctrica golpeó de lleno a la cosa, haciéndola temblar. Sin embargo, pronto se repuso del impacto y avanzó hacia la gitana.

-“Viento helado de la montaña sopla, yo te lo ordeno”; gritó Fresia mientras la temperatura bajaba bruscamente y un gran remolino envolvía al gigante.

-“Hielo mortal, envuelve a este engendro en su tumba eterna”; ordenó Milenka.

Los movimientos del Bulto se volvieron poco a poco más lentos y torpes, hasta que a pocos metros de la gitana quedó totalmente inmóvil, encerrado en una tumba de cristal impenetrable.

-¡Ahora!; gritó la Shuvani.

Fresia con los dos brazos extendidos concentró toda su atención en el congelado Bulto. El hielo comenzó a crujir y temblar, mientras un ronco quejido salía de la criatura que estaba siendo aplastada por todos lados. Reduciéndose a cada instante de tamaño, la tumba congelada comenzó a volverse opaca, hasta finalmente quedar convertida en una fría roca en medio de la calle.

-“Ábranse los abismos del infierno y sepulten en un pozo sin fondo a esta abominación”; ordenó la Shuvani, golpeando con su bastón la tierra.

Un sordo temblor hizo vibrar el suelo bajo sus pies y el piso comenzó a rajarse, avanzando una trizadura        que se abrió ancha bajo la roca en que yacía para siempre El Bulto, tragándosela y cerrándose sin dejar marca alguna.

El viento helado cesó y la temperatura volvió a la normalidad. Los dos policías salieron de su escondite y se dirigieron hacia donde estaban las dos mujeres.

-Lo lograron; las felicitó el Teniente Hormazabal. -Esta vez sí que fue destruido El Bulto.

Milenka miró de reojo a Fresia, quien tenía la respiración agitada y las manos crispadas.

-Aléjense despacio; advirtió Milenka mientras lentamente comenzaba a desenvainar la espada que permanecía oculta en su bastón.

La muchacha estaba a punto de perder el control, como tanto temía si liberaba su poder.

-Tranquila Fresia; le habló la Shuvani ocultando la espada tras su espalda y acercándose lentamente hacia la joven. -Ya todo ha terminado.

La chica miró  a la gitana con el rostro desencajado por la tensión y finalmente cayó desmayada.

Los dos policías no decían nada; el Teniente Espinoza no entendía bien que estaba pasando con su colega y el Teniente Hormazabal confiaba en la sabiduría y buen juicio de la gitana.

Milenka se arrodilló junto a Fresia y le acercó algo a la nariz, con lo que despertó casi en seguida.

-Lo logramos, hemos acabado con El Bulto; le contó la gitana a la policía mientras la ayudaba a ponerse de pie.

-De nada servirá si no encontramos al brujo que lo creó y acabamos con él; respondió la joven mapuche poniéndose de pie.

Respirando hondo y cerrando los ojos Fresia se concentró en sí misma.

-“Gran espíritu que vive en el viento sé mis ojos y muéstrame dónde se oculta el mal”; dijo la machi.

La gran sombra de un cóndor cruzó el cielo rumbo a los cerros. Fresia con la mirada en lo lejos permanecía distante viendo lo que el ave veía; recorriendo cerro tras cerro volaba junto al cóndor. De pronto su vista se fijó en el hilo de humo que salía de una de las cuevas; una corriente de viento agitó la fogata y ella vio a su morador sin que éste se percatase.

-Lo encontré; dijo Fresia después de un rato. -Está poco antes de llegar al Escorial; se ve furioso y muy agotado.

-Aunque lo vi con mis propios ojos aun no puedo creerlo; comentó sorprendido el Teniente Espinoza.

-Eso fue impresionante sargento; reconoció el Teniente Hormazabal ante Fresia.

-La verdad es que no imaginé que yo pudiera hacer eso; reconoció ella.

-Es solo cuestión de práctica y dejarse llevar; agregó la Shuvani.

-Ahora sí creo que lo he visto todo; pensó en voz alta Espinoza.

-Aun no ha visto nada teniente; le corrigió la gitana.

-Ya sabemos dónde está el brujo, sugiero que vayamos enseguida por él; propuso Fresia más segura de sí misma.

-¿Qué opinas Shuvani?; preguntó Hormazabal a Milenka.

-El brujo debe encontrarse débil ahora, aprovechemos la oportunidad y vayamos a buscarlo; sugirió la gitana.

-La forma más directa de llegar al Escorial es a caballo; comentó el Teniente Espinoza. -Pero vamos  a tener que esperar hasta que salga el sol.

-Pero el brujo podría escapar; advirtió Fresia. -Vayamos ahora.

-Entre los cerros, en medio de la noche, a caballo podríamos matarnos; la interrumpió el carabinero.

-El Teniente Espinoza tiene razón; reconoció el Teniente Hormazabal.         -Mejor esperemos hasta que aclare.

-Tal vez yo tenga la solución; opinó Milenka sacando una bolsita de tela negra de su ropa.

La gitana vació su contenido en una de sus manos y sopló el polvo que se acumuló. Una pálida esfera blanca se formó en el aire como una pequeña luna, que sin ser muy brillante disipaba las tinieblas a su alrededor, aportando una conveniente claridad extra en medio de la oscuridad.

-Ahí está la solución; reconoció la mapuche. -Ahora solo falta conseguir cuatro caballos.

-De eso me encargo yo; dijo Espinoza. -Vuelvo en diez minutos.

-¿Cree que pueda conseguir transporte a esta hora?; preguntó Hormazabal a Fresia cuando el carabinero se retiró.

-Su familia tiene un fundo en la zona, de seguro poseen muchos caballos; indicó ella.

A los quince minutos el Teniente Espinoza volvía montado en un brioso potro marrón y tiraba de otros tres magníficos ejemplares.

-El transporte ha llegado; dijo él acariciando el cuello de su corcel.

-¿Rifles?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Como una segunda alternativa, solo en caso de que la magia no funcione; respondió el uniformado.

-Déjelos; intervino Milenka. -Aunque son resistentes, las armas de fuego funcionan bien contra los perros del infierno y otras criaturas.

-Creo que no deseo saber qué es eso; opinó Espinoza.

Los caballos se desplazaban silenciosos entre los cerros. La esfera luminosa se movía casi a ras del suelo para evitar que los descubriesen antes de tiempo. Fresia que había visto el camino hacia la guarida del brujo encabezaba la marcha.

-¿Cómo te sientes Milenka?; preguntó el Teniente Hormazabal a la gitana.

-Tranquila, pero no confiada en exceso; respondió ella. -Por lo visto nos enfrentamos a un brujo muy poderoso.

-Mmm; pensó el detective. -Cada día te vuelves más sabia Shuvani; tu madre estaría orgullosa de ti.

-Con la ayuda de Fresia y del Teniente Espinoza aumentan nuestras posibilidades.

-Sin embargo no hay que descuidarse; advirtió el detective.

-No lo hago; reconoció ella. -Pero si la situación se complica recurriré a medidas extremas.

-¿A qué te refieres?; quiso saber él.

-¿Fernando  recuerdas la otra vez que estuvimos en estos cerros?; preguntó la gitana.

-Claro que me acuerdo; contestó el detective. -Fue algo de locos.

-Pues bien, esa  vez…; Milenka no alcanzó a terminar de hablar cuando la interrumpió la sargento.

-Estamos a dos kilómetros del escondite del brujo; indicó ella. -Sugiero que dejemos los caballos aquí y continuemos a pie.

-Es una buena idea; apoyó el Teniente Espinoza.

En silencio como sombras los cuatro avanzaban lentamente entre las rocas y desniveles de los cerros. Hormazabal comprobó con dolor que no era una buena idea afirmarse con las manos en el suelo, lleno de escorias y rocas rotas y afiladas, recuerdos mudos de la antigua actividad minera de la zona.

-Creo que es conveniente apagar la luz; sugirió Fresia en voz baja a  Milenka.

-Pienso lo mismo; contestó ella mientras la esfera luminosa comenzaba a volverse más y más pequeña, hasta terminar por desaparecer completamente.

-Ahora concéntrense en cada paso que den; aconsejó el Teniente Espinoza en medio de la oscuridad.

Lentamente, tratando de meter el menor ruido posible, los cuatro avanzaban en silencio hacia la guarida del brujo. Después de unos minutos Fresia se agachó tras unas rocas e hizo una señal con la mano a los otros.

El resplandor de una fogata brillaba en el interior de una de las cueva en la que el hechicero se ocultaba.

Milenka sacó cuatro bolsitas de tela de su bolsillo y entregó una a cada uno de sus compañeros.

-Son amuletos que los protegerán de la magia del brujo; explicó. -Ocúltenlos entre sus ropas.

-Yo también traje un talismán; dijo el Teniente Espinoza pasándole bala a su rifle.

-Usted y el Teniente Hormazabal córtenle el paso al brujo si es que intenta escapar; ordenó la Shuvani.

-Yo voy con usted; dijo Fresia mirando hacia la cueva.

-Mejor cúbreme la espalda desde aquí; pidió la gitana. -El brujo no sabe de ti y no se esperará un segundo ataque; tú eres nuestra arma secreta, como dicen ustedes.

-¡Cuídate!; le dijo el detective a la Shuvani tomándole la mano.

Lo más sigilosamente posible, Milenka se escabulló hasta la entrada de la cueva. En el interior el brujo echaba distintos polvos y pociones en un caldero lleno de líquido en ebullición que despedía vapores incandescentes.

Sin quitarle la vista de encima la gitana vació el espeso líquido contenido en un pequeño frasco, justo en la entrada de la cueva en que el hechicero  había establecido su morada. Con la mano derecha llena de tierra negra la Shuvani ingresó rápidamente y la arrojó al rostro del brujo.

-“Maldigo tus poderes”; gritó la gitana mientras el hombre confundido trataba de limpiarse los ojos.

-¿Cómo te atreves mocosa insolente?; gritó furioso el hechicero. -Por tu estupidez nunca saldrás con vida de aquí; amenazó el tipo elevando una de sus manos.

Con frustración y el rostro desencajado por la rabia el brujo notó que nada ocurría.

-Eres muy hábil pequeña, pero yo soy más viejo y sabio; le advirtió a la joven gitana.

-“Por la fuerza del rayo,

Por lo que muere y por lo que está por nacer.

Doblégate  ante el poder de las Shuvanis”;

gritó Milenka mientras una fuerte corriente de viento lanzaba al hechicero contra la rocosa pared.

-Un truco tan insignificante no podrá detenerme; sonrió el brujo poniéndose de pie. -Sola viniste a tu muerte y nadie te protegerá pequeña brujita.

-Cuenta de nuevo; se escuchó la voz de la gitana, que sonaba como si fuese la de distintas mujeres, mientras su rostro cambiaba rápidamente.

-“Espíritus de las Shuvanis de ayer y de mañana, acudan al llamado de su hermana”; dijo Milenka mientras varias manos invisibles sostenían al hechicero, al tiempo que desenvainaba la espada que ocultaba en su bastón.

-Ni lo sueñes bruja; le advirtió él apuntándole con su rojo anillo.

De un golpe inesperadamente Milenka se encontró atontada en el suelo. Sin levantarse levantó un brazo y una terrible descarga eléctrica golpeó al brujo, haciéndole caer de rodillas.

Los destellos de luz del combate salían de la cueva y la tierra temblaba amenazante. Incapaz de poder esperar más tiempo ante la incertidumbre, el Teniente Hormazabal se arrastró hasta una roca casi en la boca misma de la cueva.

A regañadientes el Teniente Espinoza lo siguió hasta su nuevo escondite y apuntó su rifle hacia el interior de la cueva.

-Maldita bruja, ya vas a ver; gritó el brujo poniéndose de pie como si nada.  -Prepárate a morir.

-“Invoco el poder de la Profana Trinidad Infernal”; dijo la Shuvani con los brazos en alto mientras un fuerte temblor hacía caer al brujo.

-“Espíritu que habita en los cerros muéstrale tu fuerza a mi enemigo”; se escuchó la voz de Fresia que entró a la cueva en ayuda de la gitana.

Imposibilitado de levantarse por la presión generada con el conjuro de Fresia que lo aplastaba, el brujo buscó con sus dedos el mango de una larga daga que ocultaba entre su ropa.

La alevosa intención del hechicero se vio frustrada por un certero disparo del rifle de Hormazabal que arrojó lejos el arma.

-Sin hacer trampa; dijo Hormazabal apuntando directo a la cabeza del brujo, listo para volársela de ser necesario.

-Malditos, ahora todos morirán; gritó amenazante el furioso hechicero, anulando el conjuro de Fresia a quien derribó con un golpe del poder de su anillo.

El líquido del caldero comenzó a hervir a borbotones y a derramarse por el piso, moviéndose como si tuviese vida propia.

-“Levántate hijo mío y acaba con estas brujas”; ordenó el brujo.

Una masa oscura empezó a formarse en el líquido y a crecer hasta unos tres metros, convirtiéndose en una versión más pequeña del Bulto.

-Ahora prepárense para sentir mi verdadero poder; rió maliciosamente el brujo.

-Ya que abriste las puertas del infierno; comentó Milenka. -Entonces que se liberen los perros infernales.

-¿Se volvió loca acaso?; se preguntó el Teniente Hormazabal al escuchar las nefastas palabras de la Shuvani.

Un denso humo negro emanó del lugar donde la gitana había vaciado el líquido oscuro y espeso que llevaba. Ante el asombro de todos y la preocupación de Hormazabal, al disiparse éste dos monstruosos perros del averno gruñían contra El Bulto.

La baba de los infernales animales goteaba sin cesar sobre la tierra, quemándola como el más fuerte de los ácidos.

-Llévenlo de vuelta al hoyo negro  del cual salió; ordenó la Shuvani a las bestias, las cuales se lanzaron sobre el engendro invocado por el demente hechicero, hundiendo sus agudos colmillos en su oscura carne.

En medio de los ladridos de los perros y los gritos de la criatura, ésta se desplomó en medio de un gran charco formado por su sangre, negra como el petróleo.

El Teniente Hormazabal apuntaba nervioso su rifle sobre los terroríficos canes.

-Contrólalos, contrólalos; rogaba en voz baja el detective, esperando que la gitana no perdiese el dominio sobre los animales.

-De vuelta al infierno ahora; ordenó la Shuvani.

La negra sangre del Bulto comenzó a  arder, envolviendo completamente a la criatura, que se retorcía bajo las fauces de los perros.

Los mastines del infierno se volvieron hacia Milenka y Hormazabal estuvo a punto de apretar el gatillo de su rifle, cuando se disolvieron en medio de una negra nube de humo.

-¡Esto no es posible!; exclamó incrédulo el brujo. -Nadie es más poderoso que yo.

-Ríndete enseguida; ordenó Fresia sacando un par de esposas.

-Eso nunca; gritó furioso el hechicero, tomando un báculo que estaba sobre una mesa.

En forma refleja Fresia extendió bruscamente sus brazos y el brujo cayó de espalda sobre los escombros y rocas molidas. A pesar del tremendo golpe recibido, el hechicero no soltó su báculo y lo apuntó contra Fresia.

Inesperadamente, sin que ninguna mano la manipulase, la espada de Milenka que estaba tirada en el suelo, salió disparada y giró bajo la cabeza del hechicero, decapitándolo de un certero y limpio golpe. El cuerpo sin cabeza del brujo permaneció de rodillas un momento, para finalmente desplomarse.

Los tenientes Espinoza y Hormazabal entraron corriendo a la cueva para verificar que las mujeres estuviesen bien.

-Al fin se acabó; comentó Espinoza.

-Aun no del todo; corrigió la Shuvani. -Fresia, por favor encárgate definitivamente de los restos del brujo.

-“Poderoso Pillán que controlas los cerros y el fuego de la tierra, haz arder a este maldito en el fuego eterno”.

La tierra se abrió bajo el hechicero, con un sonido ronco de algo pesado que se arrastra, y una mano incandescente atrapó su cuerpo, llevándoselo hasta el fuego que nunca se extingue.

-Así se hace Fresia; felicitó Milenka a la carabinera. -Ahora sí acabó todo.

-Entonces vayámonos de aquí; propuso el Teniente Espinoza.

-Sí, ya no hay nada más que hacer; respondió la gitana, mientras devolvía su espada a su vaina.

Cuando todos salieron de la cueva y se hubieron alejado varios metros, un poderoso relámpago cayó sobre el cerro, derrumbando la cueva y sepultando para siempre su oscuro secreto.

-Bueno, creo que con esto se cierra el caso del Bulto; comentó el Teniente Hormazabal.

-No puedo creer aun todo lo que ha pasado; opinó el Teniente Espinoza.

-Ni yo; agregó la Sargento Huaiquimil mirándose las manos.

-Es mejor que se acostumbren, porque han comenzado un viaje sin regreso; dijo Milenka.

-¿Y ahora?; preguntó la gitana al detective.

-Supongo que de vuelta a Santiago; respondió él.

-¡Esperen!, recuerden que les prometí las mejores vacaciones de su vida; mencionó el alcalde que se acercó al grupo.

-Pero mi descanso anual aun está lejos; reconoció Hormazabal.

-De eso me encargo yo; dijo el subprefecto de policía palmeando el hombro del detective.

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