Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

AGUA DE VIDA 27 febrero 2010

Archivado en: Amigos autores — lolamontalvo @ 18:22


El primer agua de la que bebemos.

El agua en el que se genera la vida.


Abrió los ojos pero una sorda oscuridad hizo vano este gesto. Parpadeó con una cadencia perezosa, más por costumbre que por otra razón. Sus dilatados iris de desconocida tonalidad eran todavía un regalo de incierto valor. Aún así, no dejaba de abrir y cerrar los párpados y de dirigir sus enormes ojos a un lado y a otro buscando, siguiendo quizá, el origen de los misteriosos sonidos que le llegaban de vez en cuando amortiguados por el tibio y dulce líquido en el que flotaba. Un latido rítmico y pulsante llenaba su espacio.  La oscuridad era absoluta pero no podía añorar lo que aún no conocía. A veces, en sus ensoñaciones más gustosas, ramalazos de luces de fantásticos colores alegraban su corazón y lo hacían latir con la ilusión de lo que estaba por llegar.

Había dormitado placenteramente hasta que una inquietante sensación le despertó. Se acercó la menuda mano a los labios y se chupó uno de los tiernos y regordetes deditos. Le producía un placer inmenso tan sencillo gesto, pero en este momento el consuelo que le proporcionaba no era suficiente. Abrió la boquita y tragó varias bocanadas del maravilloso líquido que durante casi nueve meses había supuesto su reducido y generoso mundo.

Su agua de vida. Su alimento, su abrigo, su protector.

Agua de ancestrales reminiscencias, nutritiva, calentita, acogedora. Fruto de un milagro que sólo el amor puede hacer posible. Generosidad de mujer que guarda en lo más profundo de su seno todos los secretos, todas las esperanzas, todos los futuros. Origen de todos los hombres y mujeres, principio del fin de todas las vidas. Ajeno a tan grandioso milagro, la engulló con golosa delicia y sintió un reconfortante calor que recorrió todo su pequeño cuerpecito.

Una vez satisfecho su apetito, el pequeño dedito volvió a su boca. Animado por la cantarina voz que le había acunado desde el principio, buscó acomodo estirando un pié, brusco gesto que se vio correspondido con el empuje de una amorosa mano que lo retornó a un espacio menos molesto.

«Tranquilo, mi amor»

Esa cantarina voz le decía siempre cosas hermosas: «amor, mi vida, mi niño» y le contaba historias o le cantaba bellas canciones que acompasaban su corazón al de ella.

Dos empujones más y encontró la postura adecuada: la cabeza hacia abajo, las manitas en la cara, las piernas dobladas sobre la prominente tripa y los talones en las nalgas. En estos últimos tiempos el espacio era cada vez más escaso y su agua benefactora cada vez menos abundante. Aún recordaba cuando flotaba a sus anchas y giraba a placer, sin preocuparse de dónde colocar brazos o piernas. Había crecido mucho en poco tiempo y en muy contadas ocasiones podía estirar los miembros a su gusto sin que una mano amorosa pero firme le retuviera un talón o un codo. En este momento se había decidido por una postura aparentemente adecuada ya que no tuvo respuesta desde el exterior ni réplica de la voz cantarina. Cerró los enormes ojos y una sonrisa se dibujó en su rostro reflejando el placer de ese instante. Su pecho se contrajo en un hipido constante, rítmico y relajante. Sin duda ejercitaba algo, aunque no llegaba a entender el qué. Su cuerpo se preparaba, se entrenaba para una misión futura, desconocida. Daba igual, cuando llegara su tiempo lo sabría.

Se durmió y en su apacible ensoñación ausente de formas se vio flotando en una inmensidad de agua de vida sin fin conocido. En los labios, dulce; en la piel, cálida, protectora; en las manos, suave e inaprensible.

Una nueva sensación le produjo un impactante sobresalto. Algo le oprimía, le apretaba. Su espacio, ya de por si escaso, se redujo hasta sentir cómo las musculosas paredes que conformaban su cubículo se hincaban en su carne, en sus huesos. Amortiguado por las capas de líquido y tejidos le llegó un grito de dolor y miedo. El latido alcanzó un ritmo vertiginoso, mareante. Algo le empujaba instándole a abandonar su bendito aposento. La presión que le atenazaba en cada milímetro de su piel resultaba incómoda. Sí, sí, indiscutiblemente algo le instaba a salir de aquel nido oscuro, cálido y confortable. Su agua de vida casi se había consumido por completo y eso le indicaba que el fin de su tiempo en tan gustoso nido era cercano. Lo sabía. Pero lo inminente de tal momento, hasta ese instante desconocido, le atemorizó.

El caos fue total cuando un desgarro sobre su cabeza hizo salir el poco líquido que le rodeaba con una fuerza que no dejó de atemorizarle. Se asustó, pero se dejó llevar. La presión en torno a su cuerpo era ya dolorosa, insoportable. Sus enormes ganas de llorar se confundieron con los gritos que le llegaban cada vez más cercanos, más desesperados. La cantarina voz chillaba y se dolía. Ambos estaban padeciendo un sufrimiento sin vuelta atrás.   Atisbó una claridad a través de sus apretados párpados. Sintió una extraña liberación de la presión que había mortificado su cabeza. La fuerza desconocida le hizo girarse. Era un muñeco sin voluntad. Un último empujón en sus glúteos y piernas hicieron avanzar la presión hacia sus hombros. Algo blando y firme le cogió de la cabeza y del cuello y tiró de su cuerpo. En ese momento la enorme presión cedió de golpe. El alivio fue instantáneo.

Ya no estaba rodeado de agua. Su agua había desaparecido y su cuerpo estaba solo, desnudo. Sintió frío. Sintió miedo. Una deslumbrante claridad que lo convertía todo en un cegador mar blanco llenó sus ojos de lágrimas.

Le habían sacado de su nido, le habían robado su agua protectora, le habían arrancado el rítmico latido que tanto consuelo le proporcionaba. Un resorte desconocido le llevó a mover el pecho, a expandir su nariz y su boca.

Y lloró.

Lloró con toda la desesperación que pudo reunir y el llanto le sonó ajeno. Pero no, era su propio llanto. Y escuchó a la voz cantarina, extrañamente cercana y diáfana, que le hablaba entre lágrimas. Ella también lloraba.

«Mi bebé, mi precioso bebé»

Unas manos le cogieron y le arroparon con algo rugoso, áspero, y le volvieron aquí y allá, tomándole las manos, la cabeza, las piernas. Por fin le depositaron sobre una superficie blandita y cálida. Un millón de sensaciones nuevas llenaron su espíritu. Su amodorrado y oscuro mundo había sido sustituido por una vorágine de sonidos, claridades, tactos… todos desconocidos, todos nuevos.

Así, acostado bocabajo, empezó a lamentar tan enorme pérdida, cuando reconoció un olor, el olor de su agua de vida. Volvió a escuchar el amado y rítmico latido que tanto consuelo le proporcionaba y, sobre todo, la cantarina voz que ahora le llegaba en todo su esplendor, vibrante, hermosa. Y supo que estaba otra vez en su nido. Una vez más se llevó el dedo a la boca y sintió ese gustoso placer que tanto le proporcionaba tan sencillo gesto. La cantarina voz le susurró, le acarició, le besó y sustituyó en sus labios el menudo dedito por algo más blando, más cálido, más reconfortante. Su boca reaccionó y succionó golosa; un sabroso y dulce líquido manó llenando su boca y su espíritu, rebosando sus labios. Chupó durante un ratito y, tras obtener el anhelado consuelo, se durmió.

Antes de sumergirse en la placentera oscuridad del sueño supo que su agua de vida no había desaparecido, no se la habían arrebatado. Seguía allí.

Y soñó.

Soñó que se sumergía nuevamente en el agua cálida y gustosa, su agua de vida. Soñó que se movía a placer abriendo y cerrando los brazos, las piernas; que giraba y daba volteretas sin fin.

Y una hermosa sonrisa iluminó su rostro.

FIN

Lola Montalvo Carcelén

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3 Responses to “AGUA DE VIDA”

  1. catigomez Dice:

    ¡Qué belleza, Lola! Qué forma tan bonita de ponerte en la piel de un recién nacido. Muchas gracias por el relato, cariño :)

    • lolamontalvo Dice:

      Gracias a ti por darme tu espacio para compartirlo. Gracias por esas preciosas fotos que me producen tanta ternura.
      Besos querida amiga.


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