Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Mal Cálculo 10 diciembre 2017

Filed under: 1,Últimos post,Mis relatos,Página de autor — Boris Oliva Rojas @ 2:26
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Boris Oliva Rojas

 

 

Mal Cálculo

Norma estacionó el auto frente a su casa tras una noche junto a la familia de su hermana. Cuando metió la llave en la cerradura sintió una mano que le tapó la boca. El asaltante se había ocultado  tras un arbusto y ella no notó cuando se puso tras ella y la sorprendió.

Pegado a la espalda de Norma y sin sacarle la mano de la boca, rápidamente la introdujo en la solitaria casa.

-Si coopera y no hace nada estúpido no le pasará nada señora; dijo el ladrón.

-Por favor no me haga daño; rogó Norma. -En la cómoda de mi habitación hay algo de dinero y algunas joyas; llévese todo, pero por favor no me lastime.

-En una casa como esta tiene que haber una caja fuerte; observó el ladrón. -Ahorrémonos problemas y dígame dónde está.

-Ya le dije que no hay nada más; insistió la mujer. -Si quiere revise.

-Mire señora, esto no es un juego; dijo el asaltante lanzando de un empujón a Norma al suelo.

Ella asustada lo miraba desde abajo.

Con mano férrea el delincuente tomó de un brazo a su víctima y la levantó de un tirón.

-Mejor empiece a cooperar señora o las cosas se van a poner muy malas; advirtió el asaltante.

Sin que el hombre lo notase, Norma echó una pierna hacia atrás y asestó un fuerte rodillazo en la entrepierna de éste, haciéndole dar un grito de dolor mientras caía de rodillas, oportunidad que ella aprovechó para huir hacia otra habitación y pedir ayuda por teléfono.

-¡Maldita sea!; exclamó el asaltante poniéndose de pie aún adolorido.

Mientras corría a esconderse Norma se apoyó sin querer en un interruptor en la muralla, que activó un seguro de emergencia en todas las puertas y ventanas que daban al exterior de la casa.

-Ya no seré más amable con usted; amenazó el bandido sacando una navaja automática de su pantalón.

Sospechando las intenciones de la mujer, él de un tajo cortó el cable telefónico y pisó el teléfono celular de ella.

Norma transpiraba copiosamente, tratando de no respirar casi para no delatar su escondite. Nerviosa buscó en sus bolsillos su teléfono celular, para con angustia comprobar que no lo tenía.

Los pasos del hombre la buscaban sin prisa por la casa; lentamente se acercaron hasta el armario de escobas y cachureos y la puerta se abrió de golpe. Con los ojos cerrados y los labios apretados Norma se acurrucó lo más que pudo tras unas cajas en un rincón oscuro; al no verla el asaltante siguió su búsqueda por las otras habitaciones. Cuando éste se hubo alejado unos cuantos metros ella salió de su escondite y corrió lo más rápido que pudo en la dirección contraria.

Al percatarse de la ágil maniobra de la mujer el ladrón dio unas cuantas zancadas y quedó casi pegado a ella. En un último esfuerzo su  víctima alcanzó a entrar en una habitación y a pesar de los intentos de él logró apoyar todo su peso en la puerta y cerrarla con llave.

-Abra la puerta señora y le prometo que no le haré daño; dijo el asaltante esperando un rato. -Muy bien, si eso es lo que quiere nos entenderemos de otra forma; advirtió el bandido.

La puerta temblaba entera con cada empujón que le daba el hombre. Norma sabía que cuando él entrara seguramente la mataría. Asustada miró por todas partes por si encontraba algo con que poder defenderse, pero para su desesperación que aumentaba a cada instante no había nada útil.

La puerta estaba crujiendo; él entraría en cualquier momento. Ella estuvo a punto de tropezar con la silla del tocador cuando corrió hacia el botiquín del baño en caso de que hubiese algo que pudiera usar como arma, pero no había gran cosa ahí.

La puerta por fin terminó por ceder y el hombre entró con el pelo desordenado y los ojos brillantes de rabia y en la mano derecha su navaja.

-Lo siento mucho señora, esta no era mi idea original; dijo el hombre tomándola de un brazo con la intensión de poner término a la molestia en que se había convertido.

La mano de Norma cogió del botiquín lo primero que encontró y clavó fuerte la aguja hipodérmica en el cuello de su agresor, inyectándole todo el contenido de la jeringa.

-¡Desgraciada!; gritó el asaltante mientras se sacaba la improvisada arma.

La aterrada mujer aprovecho la oportunidad para tratar de escapar de ahí mientras aún tenía tiempo. La mirada del hombre comenzó a ponerse borrosa y la habitación parecía inclinarse.

La mujer bajó corriendo la escalera hacia la planta baja. A pesar del mareo que sentía el hombre estaba a punto de darle alcance nuevamente, pero ella esta vez lo pudo esquivar fácilmente.

Comprendiendo que pronto se desmayaría, el delincuente intentó abrir la puerta para escapar de la casa, porque de lo contrario sería atrapado por la policía.

Norma pulsó un botón en el panel de control de la alarma y los seguros de las puertas y ventanas se bloquearon con un chasquido. Las persianas se cerraron y sus delgadas pero duras láminas de acero giraron impidiendo que alguien pudiese ver desde la calle el interior de la casa.

El hombre trastabillando llegó hasta el teléfono que estaba sobre la mesa de centro pero la línea estaba totalmente muerta; la mujer balanceó sobre la cara pálida del asaltante, cuya vista comenzaba a oscurecerse y las piernas a doblarse el cable que él mismo había cortado.

-Mal cálculo; dijo Norma poniéndose guantes de látex mientras el ladrón caía sin sentido.

Sus ojos comenzaron a abrirse nuevamente y una fuerte luz blanca los hirió. Confundido tardo un rato en darse cuenta de que se encontraba amarrado y desnudo en una mesa de metal.

-¿Qué me va a hacer?; preguntó a media voz el hombre. -Si me deja ir le prometo que nunca más la molestaré.

-En cierta forma estoy muy agradecida con usted por haber venido a visitarme; dijo la mujer tocando los músculos del tórax y del abdomen del hombre.

-¿Qué te parece este cuerpo?; preguntó ella a alguien.

-Parece ser joven y saludable; respondió un hombre con un extraño acento en su voz.

-Lo es y lo mejor de todo es que tiene los mismos grupos sanguíneos que tú; agregó Norma.

El asaltante intentó girar la cabeza para ver quién más estaba ahí pero con sorpresa notó que tenía la cabeza inmovilizada a la mesa.

-¿Te gusta a ti?; preguntó el otro hombre.

-Sí, tiene músculos bien tonificados; contestó la mujer tocándole los muslos.  -Si todo sale bien muy pronto podremos divertirnos mucho.

-¿Qué está ocurriendo aquí?; preguntó el asaltante.

-Por favor cállese; pidió Norma. -¿No ve que estoy hablando con mi marido?

Ella tomó una pequeña jeringa mientras con la otra mano le sujetaba la lengua y le inyectó algo.

El hombre sintió la lengua caliente e hinchada; trató de hablar pero ésta ya no respondía a su voluntad.

Norma se cambió los guantes y se puso una mascarilla cubriendo su rostro.

-Quiero ver el procedimiento; dijo el otro hombre.

-Déjame acercarte a la mesa; respondió ella.

Con cuidado Norma acercó una pequeña mesa con una caja de cristal a la mesa de operaciones.

Con un indescriptible asombro, al girar levemente los ojos, el asaltante vio la cabeza sin cuerpo que lo observaba a través del cristal que la contenía.

-Es hora de dormir para no estresar ese hermoso cuerpo; dijo Norma inyectando una dosis de anestesia en el suero.

Con horror e imposibilitado de reaccionar el ladrón vio como la mujer acercaba una pequeña  sierra circular a su cabeza y caía en un sueño profundo del cual no volvería nunca más.

Los ojos del hombre se abrieron lentamente y la vista nublada poco a poco comenzó a aclarársele.

-Tranquilo, la confusión pronto pasará; aconsejó la mujer con calma.

Junto a ellos la caja de cristal estaba vacía; en una bandeja yacía la cabeza sin vida del marido de Norma y en un basurero estaba tirado el cerebro muerto del asaltante.

-¿Cómo resultó todo?; preguntó el hombre.

-Hasta el momento todo bien, pero aún debemos esperar; contestó Norma a su marido, mirando el cerebro en el basurero.

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La Última Equivocación 8 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas  

 

 

La Última Equivocación

La hora del taco no era tan terrible esa tarde; lo más probable era que todos se hubiesen retirado temprano para ver el partido de la selección de futbol.

Marlene conducía tranquila, aprovechando la poca cantidad de vehículos que había en la calle. Al pasar frente al supermercado un destello cruzó por su mente, como un frio fantasmagórico que acaricia la nuca helándote de angustia.

-Se me olvidó que tenía que pasar al supermercado; se recriminó  a sí misma. -Y justo hoy tengo invitados.

Cuatro cuadras más allá, Marlene viró en la esquina para retroceder e ir a comprar. Si tenía suerte no habría mucha gente.

A pesar de ser día viernes el supermercado estaba casi vacío; el partido de futbol en que la selección se jugaba su puesto en la próxima Copa Mundial había causado un gran revuelo.

-Cabezas de pelota; comentó Marlene para sí.

Después de un rato salió con las manos llenas de bolsas. El estacionamiento subterráneo estaba vacío, aunque eso no inquietó a la mujer, que no era la primera vez que lo veía así. Sin embargo, una sensación de incomodidad la embargó al llegar junto a su vehículo; con ambas manos ocupadas no tenía como sacar las llaves.

-Mmm, ¿cuándo van a inventar los autos inteligentes?; se preguntó mientras dejaba las bolsas en el suelo.

El dolor agudo del golpe seco en la nuca hizo que todo se volviera negro frente a Marlene.

Amarrada, amordazada y con los ojos tapados Marlene despertó en un automóvil que no era el suyo; con un fuerte dolor de cabeza y algo mareada, se dio cuenta de que hace un rato el vehículo corría por una carretera, pero debido a que los raptores habían dado varias vueltas, estaba totalmente desorientada.

Sin saber cuánto tiempo había pasado, ni dónde se encontraba, Marlene sintió que el auto se detenía. La voz de una mujer ordenó que la llevaran dentro de la casa.

-Vamos que tenemos que movernos rápido; dijo un hombre.

Por las voces Marlene pudo contar a cinco personas, ninguna de las cuales le decía nada a ella.

Un hombre la tomó de los brazos, que llevaba atados a la espalda y la condujo con relativa suavidad a un sótano, frío y mal iluminado, con olor a desinfectante, molesto y opresor al olfato. El hombre abrió una puerta aparentemente metálica, por el sonido que hizo e introdujo a la mujer en ella, sacándole la venda que la cegaba.

-¿Quiénes son y por qué me han traído aquí?; preguntó inmediatamente Marlene mirando al hombre a la cara.

-Tranquila y todo será más fácil; respondió él.

-¿Qué quieren?; quiso saber ella. -Si es dinero, sepan que no tengo ni para hacer cantar a un ciego.

-A su debido tiempo lo sabrá; terminó el hombre. -Ahora descanse; dijo cerrando la puerta con llave al salir.

¿Me habrán secuestrado de verdad o será una broma de algunos de mis amigos?; se preguntó la mujer. -Claro que si fuese solo una broma no me habrían pegado tan fuerte en la cabeza. Supongo que es un secuestro real, ¿pero por qué?

Sola en su celda Marlene tenía tiempo de sobra para hacerse una y otra pregunta sin respuesta.

-¿Será que se dedican al tráfico de blancas?; seguía preguntándose ella.     -Por último me hubiesen preguntado primero; irme a vivir con un multimillonario petrolero o un emir árabe no es tan mala idea después de todo.

En eso gastaba el tiempo Marlene cuando escuchó que introducían una llave en la cerradura.

-Coma un poco; ordenó la mujer llevando una bandeja con comida.

-Si no me suelta las manos es difícil que pueda; respondió Marlene. -Si están pensando en pedir rescate por mí olvídenlo, mi familia y yo somos pobres.

-Aunque no lo crea, usted vale mucho dinero; respondió la mujer.

-No sé a qué se refiere; contestó la cautiva.

-No importa; agregó la captora. -Ahora coma.

Aprovechando un descuido Marlene se abalanzó contra la celadora y salió corriendo. En un abrir y cerrar de ojos logró subir la escalera que conducía al primer piso. Pudo correr un par de metros por un angosto pasillo, cuando un fornido tipo la abrazó fuerte y levantó, dejando sus pies en el aire.

-No la lastimes; ordenó otro hombre. -La necesitamos entera.

-Mejor procedamos enseguida, antes de que nuestra invitada nos cause más líos; sugirió la mujer que salió del sótano.

-Tienes razón; coincidió el hombre. -Preparen todo.

-Vamos señorita; dijo el hombre que la retenía. -Ustedes dos vigilen que no venga nadie.

Marlene fue conducida de vuelta al sótano, en cuyo lóbrego interior el musculoso sujeto abrió una puerta que hasta ahora la muchacha no había visto.

-¿Qué me van a hacer?; preguntó asustada al ver el interior de la macabra habitación.

Un quirófano, un frío y blanco quirófano la recibió con su inquietante lámpara gigantesca que alumbraba una camilla de operaciones.

¡No! esto es una barbaridad; gritó la muchacha forcejeando y tratando furiosamente de librarse de la férrea presión ejercida por el hombre que la sujetaba.

-Mejor cálmese; aconsejó la mujer.

Una sensación de calor corrió por el brazo derecho de Marlene y una pesada somnolencia la embargó. Aunque no la durmió completamente, el tranquilizante la relajó bastante, anulando su resistencia pero no su miedo ante un destino final que se abría aterrador ante ella. Cuando sus ojos se volvieron a abrir se encontraba atada de pies y manos con sendas correas de cuero a la mortífera cama.

-¿Por qué?; preguntó Marlene con un nudo en la garganta.

-Porque tus órganos valen millones para nuestro cliente querida; contestó la mujer.

-Lo peor es tener que dañar este exquisito cuerpo; agregó en forma libidinosa el hombre acariciando el abdomen desnudo de la muchacha, mientras sádicamente hacía brillar la hoja del bisturí que sostenía en su mano derecha.

-¡No, no!, por favor no lo hagan; suplicaba Marlene mientras se retorcía en la camilla.

-Vamos a tener que dormirla completamente; sugirió el hombre.

-Ya tengo lista la anestesia; contestó la mujer con una jeringa en una bandeja de acero.

Con un algodón empapado en alcohol, la mujer comenzó a limpiar el brazo de aterrada muchacha. Marlene tenía el rostro empapado en traspiración a causa del terror que la dominaba.

-¡No, por favor no!; gritó la joven cuando la aguja rozó su piel.

Los azules ojos de la chica se volvieron rojos de golpe, quedando cruzados por una línea delgada; su suave piel se tornó rápidamente dura y oscura.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó atónita la mujer cuando la aguja se le quebró.

El cuerpo encorvado de la muchacha se tornó duro y macizamente musculoso y de sus crispadas manos crecieron curvas y gruesas garras.

Ante la incrédula mirada de los traficantes de órganos, el bello rostro de Marlene perdió su armonía y encanto. La boca desmedidamente abierta dejaba ver un pozo negro coronado por decenas de finos y agudos dientes, semejantes a una sierra de leñador.

-¿Qué diablos es esto?; preguntó el hombre al borde del espanto.

De lo que había sido la delicada muchacha, ahora no quedaba nada. Mezcla de locos, de criaturas de distinto tipo, con rasgos anfibios, reptiles, mamíferos y humanos, sin ningún orden lógico; era una cosa más que un solo ser definido, que luchaba por zafarse de sus ataduras.

-¡Salgamos de aquí!; gritó la mujer cuando la cosa de un tirón cortó las correas que inmovilizaban sus piernas y sin esfuerzo aparente liberaba sus brazos.

-¡Corre!; dijo el hombre a su compañera, pero ésta solo alcanzó a dar un alarido cuando su cara fue literalmente arrancada de un zarpazo, que afortunadamente también le cortó la garganta, dándole el beneficio de una muerte casi instantánea.

Sin pensarlo dos veces el hombre corrió hacia la puerta, tratando de salvar su poco valiosa y miserable vida, pero cuando iba a tomar la cerradura, vio como la puerta era salpicada de sangre; de su propia sangre, desparramada cuando una mano de la cosa atravesó su espalda y salió por su pecho. Sus manos resbalaron por la puerta ensangrentada al desplomarse sin vida al frio piso de baldosas hasta hace poco blancas.

El alarido de la mujer al ser mutilada atrajo a otro de los hombres, el que blandiendo una pistola de grueso calibre bajó corriendo la escalera del sótano. Todos los pelos de su cuerpo se pusieron de punta ante la visión de la cosa que chorreaba de sus manos la sangre de sus cómplices.

El olor a adrenalina penetró a raudales a las fosas nasales de la cosa, enloqueciéndola prácticamente de rabia y sed de muerte; dando un extraño rugido el monstruoso animal se abalanzó sobre el hombre, quien no dudó en disparar una y otra vez en forma inútil sobre la mole de músculos y garras que corría hacia él. Los disparos solo enojaron más a la cosa, cuya gruesa piel no era ni siquiera rasguñada por las balas.

De un solo golpe el tórax y abdomen del hombre quedaron cruzados por cuatro profundos surcos que dejaron a la vista sus desgarrados órganos.

Ante los disparos y los gruñidos de la cosa los otros dos criminales saltaron de su silla en la cocina, sacando inmediatamente sus armas de la ropa. Huellas de grandes pisadas ensangrentadas subían desde el sótano y seguían por el angosto pasillo de la vieja casona.

Un furioso y salvaje gruñido acompañó el golpe que uno de los hombres recibió en la cabeza, arrancándole la mitad del cráneo.

Espantado el otro hombre trató de defenderse con su pistola, pero las balas no lograban romper la dura piel de la cosa; desesperado, con el arma vacía, el hombre la arrojó contra el animal, sin hacerle ni el menor daño. De un salto la cosa derribó al hombre y lo despedazó literalmente a zarpazos.

Durante dos días había nevado sin cesar y la nieve había creado un grueso manto blanco en el exterior.

Grandes zancadas de pisadas ensangrentadas se marcaban en la nieve fresca; poco a poco las huellas se fueron haciendo más cercanas y con marcas más pequeñas. Pisadas ensangrentadas de una persona descalza que caminaba hacia  la ciudad.

 

 

 

Los Invasores 7 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Los Invasores

El primer contacto con alienígenas era el acontecimiento más trascendental de la historia que cualquiera podía imaginar; y sin embargo, la emoción inicial había dado paso a desconfianza en algunos grupos de ciudadanos y a ambiciones oportunistas en otros. Pero al pasar los días todos esos sentimientos se habían convertido en miedo y desesperanza, cuando por fin los extranjeros decidieron descender de su nave, vestidos con sus impenetrables trajes espaciales, que no permitían apreciar su real aspecto, salvo poder comprobar que eran humanoides al igual que los nativos.

Eso no habría tenido nada de malo, ya que todos estaban ansiosos de conocer a los visitantes venidos de tan lejos. Lo realmente malo y que varios temían, ocurrió cuando el cielo se llenó de cientos de naves pequeñas algo alargadas y con alas, que se desplazaban a vertiginosa velocidad; los militares no lo dudaron y lanzaron varios escuadrones de aviones para vigilarlos y escoltarlos pacíficamente a las bases más cercanas. Las sorpresas siempre golpean duro cuando son desagradables y no fue la excepción, cuando uno solo de los aviones alienígenas derribó a todo un escuadrón de aviones sin ninguna provocación; la respuesta no se hizo esperar y se desplegaron todos los recursos disponibles contra los invasores, pero sus armas eran más poderosas y su tecnología más avanzada. Pronto el que un día fuera un pueblo orgulloso, se vio obligado a refugiarse entre las ruinas de su moribunda civilización.

Tal vez habría habido una posibilidad de llevar a cabo ingeniería inversa, si hubiese sido posible atrapar alguna de sus máquinas o naves, pero no había nada que hacer contra su más mortífero, aterrador y despiadado recurso, el miedo; las calles eran recorridas y cada escondite posible escudriñado por incansables animales con implantes mecánicos, ante los cuales solo cabía ocultarse, rogando para no ser detectados por ellos.

Los mismos científicos se recriminaban a sí mismos, ¿por qué habían sido tan ingenuos al suponer que encontrarían vida inteligente y amistosa en el cosmos, cuando enviaron todas las sondas indicando el camino al planeta?; ¿no tenían el ejemplo, acaso, de todos los casos en que varios pueblos más primitivos habían sido diezmados por los colonos de los continentes tecnológicamente más avanzados? Pero ya no quedaba más opción ahora que tratar de sobrevivir como fuera.

-¡Sobrevivir!, esa debe ser nuestra meta día a día; decía el profesor a sus alumnos, sentados en los dormidos andenes del viejo tren subterráneo que dejó de correr poco después de la llegada de los alienígenas. La gente quedó encerrada en las estaciones y trenes; y en cierta forma fue bueno, ya que los mantenía lejos de los animales liberados en las calles por los invasores. Una vez pasado el pánico inicial, la gente comenzó a organizarse, los carros se convirtieron en casas y enfermerías improvisadas; en los túneles se podía cocinar con cierta comodidad la escasa comida que se podía conseguir en las incursiones que se llevaban a cabo en la superficie para recolectar víveres, gracias a que la red del tren subterráneo cubría toda la ciudad bajo tierra.

La ruinosa ciudad de noche parecía un cementerio, con las murallas caídas semejando lápidas y las construcciones destruidas viejos mausoleos. Salvo el ruido de los vehículos terrestres de los invasores el silencio era total; ni siquiera se oía el ladrido de algún perro, o el maullido de algún gato, los monstruos biomecánicos los habían matado en cuanto los vieron. Eran depredadores en el fondo y se dejaron llevar por su instinto natural; tal vez por eso los alienígenas crearon esas aberraciones, para que hicieran el trabajo sucio y sembraran el terror entre los sobrevivientes.

-Esta vez se requiere que localicen otras posibles fuentes de alimentos no perecibles; dijo el líder del grupo de recolectores, un rudo policía que había perdido a su familia durante el primer bombardeo alienígena y que había jurado proteger a los ciudadanos contra cualquier amenaza, ya sea interna como externa. Nadie sabía su nombre, tal vez así se protegía a sí  mismo de los recuerdos dolorosos; solo lo conocían como El Jefe y eso bastaba para todos.

El Jefe desde niño había tenido que vérselas con tipos rudos y momentos difíciles, así es que “los perros”, como él los llamaba, no lo iban a intimidar.

Armados de palos y fierros, los exploradores llegaron sigilosos hasta una de las camufladas salidas del subterráneo que habían abierto aprovechando alguna grieta o a golpes. Con el correr de los meses habían aprendido a moverse como fantasmas por entre las sombras. Como siempre se separarían en dos grupos de cuatro, para abarcar más espacio.

Alimentos y medicinas eran fundamentales en las condiciones de encierro en que vivían, afortunadamente había muchas farmacias y mercados donde conseguir lo necesario. Lo realmente difícil era sobrevivir a la recolección.

-Esto no debería estar pasando; alegaba Jack. -No es justo.

-Mejor concéntrate y baja la voz; dijo Rita, que dirigía el grupo. -Si un perro nos escucha te mato yo misma.

-Así habría más comida para todos; opinó Ramona.

-¿Quién te pasó la pelota a ti “Ramón”?; peguntó Jack haciendo alusión  a la tendencia de la mujer.

-Al menos soy más masculina que tú; respondió ella.

-Cállense los dos; ordenó Rita. -Esto no es un paseo por el parque.

Silenciosamente los cuatro se acercaron a la abandonada farmacia e ingresaron por una ventana rota de la parte de atrás.

-Ramona, ayúdame con antibióticos; pidió Rita. -Jack, ve si encuentras agua envasada. Rony, vendajes y desinfectantes.

-¡Qué sorpresa!; exclamó Rita. -Morfina, esto es bueno; nunca se sabe, pero espero que nunca la necesitemos.

Un gruñido les quitó el aire a todos y les erizó los pelos de la nuca. El perro dio con Jack y lo atacó inmediatamente; de un solo mordisco partió en dos con sus mandíbulas metálicas el garrote que el hombre llevaba. El animal saltó sobre su presa y cayó al suelo algo mareado por el golpe en la cabeza que Ramona le dio con un extintor; Rony no perdió la oportunidad y clavó la barra de metal que siempre llevaba entre la unión de donde empieza la máquina y donde termina el animal.

-Gracias amigos, casi me come esa cosa; dijo Jack.

-No podíamos quedarnos sin el agua que llevas; contestó sarcásticamente Ramona.

-Ya salgamos de aquí; ordenó Rita. -Antes de que lleguen invasores.

Rápidamente el grupo salió de la farmacia. A la mochila que llevaba Ramona se le cortó una correa y cayó al suelo, al volverse a recogerla un silencioso alienígena se acercó a ella. La mujer trató de golpearlo en la cabeza, pero su puño fue detenido por la mano del invasor.

Los compañeros de la mujer vieron desde su escondite como ella era tocada por una barra luminosa en su cuello y su cuerpo se doblaba como una muñeca de trapo. El alienígena la tomó en sus brazos y con ella colgando inconsciente  abordó un vehículo terrestre que se alejó rápidamente.

-¡Tenemos que ir a buscarla!; gritó Jack.

-Ya no hay nada que podamos hacer por ella; dijo Rita sin más remedio que seguir adelante, tomando la mochila que llevaba Ramona. -Al menos su pérdida no fue inútil.

-No sé quién es peor; dijo Jack muy enojado. -¿Tú o ellos?

-Si lo quieres vas y te entregas, o te quedas aquí llorando; contestó Rita. -O puedes volver con nosotros y sobrevivir un día más.

Solo siete en lugar de los ocho que habían salido regresaron. En la entrada una mujer miraba ansiosa la llegada de su pareja y amiga, pero Ramona había sido capturada por los invasores y no había que albergar esperanzas, ya que no se sabía que pasaba con aquellos que tomaban prisioneros.

-Lo siento Vivi, Ramona fue capturada; dijo Rita poniéndole la mano en un hombro a la mujer que tenía lágrimas en sus ojos al ver que su amiga no venía con los demás.

-¡No!; exclamó con voz ahogada la mujer antes de caer desmayada por la impresión sufrida. Fue conducida a una de las improvisadas enfermerías para que descansara un poco y a la vez impedir que el pánico se propagara entre los refugiados.

-¿Dónde está?; preguntó Vivi al despertar.

-No sé qué decirte; respondió El Jefe. -De vez en cuando alguien es secuestrado por los alienígenas y no sabemos qué hacen con ellos.

-¿Y cree que esas palabras me sirven de algo?; gritó la mujer. -Dejaron que se la llevaran y nadie hizo nada por impedirlo.

-Por favor baja la voz; pidió El Jefe. -No queremos que los demás se asusten, ¿verdad?

-Al diablo si todos se enteran, yo quiero a Ramona de vuelta; gritó histérica la mujer, mientras las lágrimas le corrían.

-¡Ya basta!; ordenó la doctora dándole una bofetada. -Cálmate, así no ganas nada.

Vivi al fin soltó su cuerpo y lloró desconsoladamente mientras El Jefe la abrazaba.

Ramona sentía que flotaba en medio de una especie de líquido blanco, similar a la leche; su mente estaba en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia; una extraña paz la inundaba. Sintió un cosquilleo en su brazo derecho y luego un hormigueo lo recorrió entero; al girar la cabeza vio que donde antes estaba su extremidad ahora no había nada, pero no sentía dolor ni miedo;  solo aquella sensación de paz que la inundaba, así es que no le dio mayor importancia. Luego unas manos mecánicas como pinzas acomodaron un brazo metálico en el lugar que ocupaba el otro. Una sensación similar comenzó a sentir en sus piernas y un cambio similar se llevó a cabo con ellas.

La situación era aterradora, pero por alguna razón Ramona no sentía miedo. Cuando vio que las manos mecánicas acercaban a su cara una máscara metálica que cubría la mitad de su rostro, ella se sintió inquieta, pero la calma nuevamente la inundó. Veía todo muy raro con ese rojo ojo que ahora brillaba en su rostro, pero aun así no sentía miedo. Sintió cosquillas en su espalda cuando las placas metálicas que cubrieron su columna vertebral se unieron a su médula espinal y a la base de su cerebro. Cuando la última placa se unió, Ramona ya no sintió ni pensó más.

Había varios hombres y mujeres más en la sala donde Ramona, o lo que quedaba de ella se encontraba; todos al igual que ella habían sido capturados por los alienígenas y al igual que ella ya no tenían consciencia de nada. Al igual que ella se habían convertido en peones de los invasores para capturar o matar refugiados.

-Bueno, es necesario que vayamos a buscar provisiones esta noche; dijo El Jefe al grupo de recolectores.

-¿Solo vamos a ir siete?; preguntó Jack.

-Lamentablemente esta vez sí; respondió El Jefe. -Como saben hace dos semanas Ramona fue capturada por los alienígenas y no sabemos nada de ella.

-¡Un momento!; se escuchó una voz de mujer que los interrumpió. -Yo voy a ir con ustedes.

-¡Vivi!; observó El Jefe. -¿Estás segura? No es necesario que lo hagas.

-Se lo debo a ella; respondió la mujer.

-Está bien, además necesitamos que todos ayuden; contestó El Jefe. -Ve con Rita, Jack y Rony.

El grupo buscaría en otro sector, distante dos cuadras del de la vez anterior, ya que teniendo en cuenta el incidente de Ramona, no era conveniente volver ahí por un tiempo, en caso de que hubiese patrullas alienígenas.

Jack localizó una farmacia que curiosamente tenía todos sus vidrios intactos. Con cautela por si fuese una trampa, los recolectores se acercaron y miraron por las ventanas. La poca claridad que se colaba de la luna dejaba ver las estanterías todas revueltas. Aparentemente antes ya había estado alguien ahí. Después de vigilar un rato llegaron a la conclusión de que en el lugar no se encontraba nadie más que el polvo acumulado desde hace mucho tiempo ya.

Quien había estado allí, hace tiempo que se había ido; tomó algunas cosas de comer y salió rápido. Tal vez cuando empezó la invasión, se escondió allí y después escapó; lo importante ahora es que debían tomar todo lo que pudieran y volver al refugio.

Después de unos minutos la recolección estaba completa y esta vez llevaban varios tipos de medicamentos; seguramente la doctora se pondría contenta.

-¡Listos!, vámonos ya; ordenó Rita. -Mientras más pronto volvamos mejor.

De a uno fueron saliendo de la farmacia, ocultándose en las sombras. La entrada oculta del refugio se hallaba a cuatro cuadras de ahí. A lo lejos se escuchó el ladrido de uno de esos monstruosos perros alienígenas; los recolectores apuraron el paso.

A Vivi le pareció ver una sombra que los observaba entre la penumbra de las ruinas. Una silueta que le pareció conocida la observó un instante antes de desaparecer en la oscuridad. Vivi estaba casi segura de que se trataba de Ramona; la conocía desde antes de la llegada de los invasores y podía reconocerla en cualquier lado. Sin embargo, la visión fue fugaz; además, si era ella ¿por qué no se acercó?

R126 había recibido justo en ese momento la orden de dirigirse al sector continuo  para eliminar a un grupo de cuatro sobrevivientes que habían sido descubiertos buscando provisiones. Rápida como sus metálicas piernas la llevaron, llegó al lugar indicado. Los nativos se habían ocultado antes de que ella llegara, pero la visión nocturna de su ojo derecho pronto localizó sus objetivos. Caminó segura hacia ellos y apuntó su rifle, sin dudarlo, ni importándole que estuviesen desarmados, ni que al igual que ella hace dos semanas, solo intentasen sobrevivir. Sin inmutarse disparó en cuatro oportunidades y continuó su marcha, dejando atrás los cadáveres de sus antiguos vecinos.

R126 caminó por las solitarias calles buscando más sobrevivientes. Su misión era clara, localizar y eliminar; al igual que todos los que como ella habían sido transformados. Sus sensores detectaron la presencia de tres individuos más; su computadora interna los identificó como un hombre, una mujer y una niña. Sin pestañar apuntó su rifle hacia el hombre, el que cayó casi enseguida con una gran quemadura producto del rayo de energía que lo golpeó. La mujer tomó de la mano a la niña y la arrastró a las sombras.

R126 escudriñó el lugar y no tardó en localizarlas agazapadas entre unos escombros; las tenía tan cerca que no necesitaba usar el rifle, simplemente tenía que estirar su duro y frío brazo. Con total naturalidad tomó del cuello de la mujer y apretó hasta que sus huesos y garganta se rompieron; a su lado la niña lloraba en silencio y veía a su madre morir, pero por poco tiempo. Por simple casualidad al caer el cuerpo sin vida de la niña, quedó abrazando el cadáver de su madre.

Siete sobrevivientes eliminados era el primer rastro de muerte que dejaba R126. La mujer que antes se llamaba Ramona ya no existía más; a pesar de que alguien que la amaba creyó reconocerla entre las sombras.

Vivi se paseaba en silencio de un lado a otro, totalmente abstraída en sus pensamientos, lo cual no pasó desapercibido para algunos.

-Te he notado muy meditativa desde que volviste de la última recolección; dijo El Jefe a la mujer. -¿Pensando en Ramona?

-Siempre pienso en ella; respondió Vivi. -Y estoy segura de que está por ahí.

-Toda mi vida he sido policía, o al menos lo era; comentó El Jefe. -He visto muchos buenos policías caer en servicio y a sus compañeros sentir la pérdida. Sé cómo te sientes, pero creo que ya es tiempo de que te hagas a la idea y aceptes que ella ya no va a volver. Por tu bien te aconsejo que llores su pérdida y la dejes ir.

-¡No!; gritó ella. Yo la vi cuando salimos. Estoy segura de que era ella.

-¿Entonces por qué no se acercó a ti?; preguntó el rudo policía.

-A lo mejor no pudo; meditó Vivi. -Puede que algo se lo impidiera.

-Puede haber sido otra persona, o incluso solo una sombra; opinó él.

-Claro que no; rebatió ella. -La conozco desde hace muchos años; desde antes que llegaran ello.

-Ok, supongamos que era ella; aceptó El Jefe. -¿Has pensado que a lo mejor no te reconoció?

-Imposible, como le dije nos conocemos hace años; objetó Vivi.

-Nadie sabe qué hacen los invasores con aquellos que capturan; comentó él. -Es probable que le hayan borrado sus recuerdos.

-Con mayor razón debo tratar de encontrarla e intentar sanarla; concluyó ella.

-Sería un suicidio que lo intentaras; advirtió El Jefe. -Además podrías poner en peligro la seguridad de todos nosotros. Por favor prométeme que no lo harás.

-Pero yo la echo de menos; dijo ella.

-Vamos recapacita, ¿ella querría que expusieras a todas estas personas?; preguntó él.

-Creo que no; pensó ella.

-Por favor prométeme que no iras a buscarla; pidió El Jefe.

-Está bien, se lo prometo; aceptó Vivi con una voz cansada, como si decenas de años la hubiesen agotado.

El Jefe sentía pena por la mujer que se alejaba cabizbaja, arrastrando los pies.

Una sombra se escabulló sin  hacer ruido por el túnel inutilizado del viejo tren subterráneo, cuando ya todos se habían dormido. Con una mochila con víveres, agua y unas vendas, premunida de una dura barra de metal, Vivi pasó por entre los fierros y escombros que ocultaban la entrada al improvisado refugio subterráneo. Una vez afuera esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad de la noche. No tenía muy claro qué era exactamente lo que iba a hacer, pero pensó que el mejor lugar para empezar su búsqueda era el lugar donde vio a Ramona por última vez. Afortunadamente no se oía ningún perro alienígena en la distancia, lo que le llamó un poco la atención. Vivi no tenía como sospechar que los invasores, aunque estaban conscientes del terror que esos animales provocaban entre los nativos, habían decidido optar por un medio más silencioso y fácil de controlar, para acabar con los pocos sobrevivientes que quedaban. Lo que pasaba en esta ciudad, estaba pasando en todas las ciudades del mundo

Vivi llegó sin hacer ruido al lugar donde estaba segura que había visto a Ramona. Con espanto lo único que vio fueron los cadáveres de un hombre, una mujer y una niña; de una familia supuso. Tragando saliva revisó los cuerpos y notó que aunque la mujer y la niña habían muerto porque alguien les había roto el cuello, según se deducía por las marcas de dedos, el hombre había muerto por el golpe de algo en su espalda que la había provocado una gran quemadura.

No era sano ni seguro quedarse ahí, así es que Vivi siguió su camino sin rumbo. En el suelo pudo notar la marca de botas nuevas del tipo usadas por los alienígenas, pero pronto perdió el rastro sobre el pavimento. Parece que esa sería una búsqueda a ciegas.

Una larga caminata que no conduce a nada suele ser cansadora y eso era lo que le pasaba a Vivi; después de cuatro horas de caminar entre ruinas y sombras sentía sus piernas pesadas. Tras unos escombros se sentó y apoyó su espalda en una muralla, luego de tomar un poco de agua sin querer cerró sus ojos y vio que a lo lejos se acercaba Ramona corriendo, tan hermosa y querida como en aquel último verano en la playa, antes de la llegada de los invasores.

Un ruido la sacó de su sueño y la volvió a la realidad; alguien se acercaba lentamente por la calle. Se acurrucó lo más que pudo tras los escombros para que no la descubrieran. Desde su escondite pudo ver a aquel extraño hombre. Tardó un rato en darse cuenta de la realidad; tal vez con una mezcla de miedo y asombro entendió de qué se trataba; los alienígenas estaban mezclando sus máquinas con las personas que habían secuestrado. Un escalofrío recorrió su columna vertebral y puso de punta los pelos de su nuca al pensar que eso mismo le podía haber pasado a su pareja.

Vivi se quedó mucho rato acurrucada abrazando sus piernas, no atreviéndose a salir aun. Había tenido la mala suerte de ver como el ser ese disparaba en forma fría con un  rifle a una persona que intentaba hallar algo de comer. Pero si quería encontrar y recuperar a Ramona no podía quedarse inmóvil eternamente. Miró con cuidado para todos lados y como no había nadie corrió rápida hasta la otra sombra.

-¿Y si Ramona había sido convertida en uno de esos monstruos?, ¿y si no la reconocía más?, ¿y si realmente estaba muerta?, ¿y si…?, ¿y si…?, las dudas y preguntas la torturaban esa noche.

Agotada se tendió bajo un hueco quedado entre los escombros de un edificio y se durmió, hasta que los primeros rayos del sol la despertaron. Hace mucho tiempo que el sol matinal no la despertaba y de alguna forma ese solo hecho tenía un efecto reparador en ella, aunque fuese una pequeña luz en ese mundo destruido.

Aunque la luz le permitía abarcar más espacio con su vista, también era cierto que la hacía un blanco fácil. Debía avanzar lo más rápido posible para no quedar expuesta. La sangre se le congeló en las venas cuando quedó frente a frente a uno de los perros alienígenas que patrullaban la ciudad; sabiendo que prácticamente no tenía forma de luchar sola contra semejante criatura, cerró simplemente los ojos ante lo inevitable.

Escuchó un ladrido y un gruñido amenazador y pensó en Ramona y en el final de su vida que se aproximaba. Sin embargo, fueron dos gruñidos distintos y ladridos que oyó. Al abrir los ojos vio como un perro normal, de su mundo, que de alguna forma se las había ingeniado para sobrevivir hasta ahora, que estaba enlazado en una desigual lucha de colmillos, de huesos contra metal; tal vez sabiéndolo  el can dio todo su esfuerzo en ese último combate que podría ser el final. Pero a veces la suerte se pone de parte del más débil, como en este caso; en un ilógico movimiento el perro logró atrapar entre sus mandíbulas la parte viva que quedaba del cuello de la bestia biomecánica y logró cercenar las venas y arterias que alimentaban lo que quedaba de su antiguo cerebro. La máquina y lo vivo al unirse se convertían en un todo y si fallaba una, la otra también fallaba. Solo fue el instinto lo que motivó al perro a morder en ese lugar, pero eso bastó para darle la victoria.

Vivi veía la colosal pelea sin atreverse a mover ni un músculo; cuando por fin terminó ésta, ambos animales cayeron inmóviles al suelo; despacio se dio la vuelta para seguir buscando. Un gemido lastimero la detuvo en seco; al volverse vio al perro vivo aun.

-¡Estás vivo!; exclamó ella al ver al animal. -Me salvaste la vida. Muy despacio se agachó y acercó la mano a su cabeza; el pobre perro se dejó consolar un rato y trató de ponerse de pie, pero volvió a caer.

-Ven, tengo que sacarte de aquí; dijo Vivi al animal, mientras lo arrastraba con el mayor cuidado posible  a un derrumbado estacionamiento subterráneo que los ocultaría por un tiempo. Sin pensarlo siquiera sacó una botella de agua y la vació sobre las heridas del perro para limpiarlas lo mejor posible. Se alegró de haber llevado vendas mientras enrollaba el lastimado hombro de su salvador.

El sol comenzaba a ocultarse y la noche nuevamente traía sus sombras benefactoras que la protegían y la ocultaban. Vivi estuvo toda la noche cuidando al perro, revisando que no siguiera sangrando y dándole de beber agua de vez en cuando; estaba tan concentrada en su labor de enfermera que cuando quiso tomar un sorbo de agua, notó que la había usado toda para confortar a su nuevo amigo.

Cansada y sedienta como estaba, sus ojos se cerraron y durmió plácidamente a pesar de todo lo ocurrido. Soñó que estaba en la playa junto a Ramona; el sueño era tan vívido y se veía tan real que hasta sintió que el agua salpicaba su rostro, mojándolo completamente. Lentamente despertó y sintió aun el agua que la mojaba; su amigo la había despertado  con lengüetazos de agradecimiento por haberlo cuidado.

-Hola amiguito; saludó al perro. -Veo que te sientes mejor.

Los días pasaban y Vivi no encontraba ninguna pista de Ramona. Las heridas de su compañero ya habían sanado y juntos hicieron un gran equipo en la recolección de víveres. De vez en cuando se topaban con algún hombre o mujer biomecánicos pero aprendieron a interpretar las señales que daba el otro y se movían en forma totalmente coordinada, como una única unidad. El perro era el mejor detector de peligro que podía desear Vivi, además que su compañía la consolaba.

Cuando ella había prácticamente perdido las esperanzas de encontrar alguna pista de Ramona, el perro se echó muy aplastado contra el suelo; Vivi ya sabía lo que eso significaba y se escondió hecha un ovillo tras los escombros. La luna estaba completamente llena y brillaba en todo su esplendor, haciendo que le resultase más fácil a sus ojos acostumbrados a las sombras ver en la noche. Caminando lentamente, escudriñando los alrededores con su rojo ojo, rifle en mano R126 buscaba sobrevivientes que capturar o matar, según fuera la orden recibida.

La luz de luna iluminaba completamente a la mujer, haciendo que sus partes metálicas brillasen como si fuesen de plata pulida.

-Ramona; dijo Vivi para sí, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Comprobaba lo peor que había temido y sin embargo albergaba una pequeña esperanza de salvarla. Puso una mano en la espalda del perro para mantenerlo lo más quieto posible, ya que lo más probable era que la mujer que conoció como Ramona hubiese sido programada para disparar en forma automática.

Lamentablemente nada podía escapar de la vista de ese ojo electrónico y la mujer no tardó en localizar a la pareja de sobrevivientes. R126 apuntó a la cara de Vivi y el perro atacó su brazo izquierdo, hiriendo su carne y haciendo que el arma se le callera de las manos. De un golpe con el brazo derecho lanzó al suelo al animal, el que quedó algo aturdido. La mujer estiró su brazo metálico con la intensión de tomar el cuello de Vivi y rompérselo, como ya había hecho con otros sobrevivientes.

La mano de R126 comenzó a temblar a escasos centímetros del cuello de Vivi, lo mismo que su rostro en el que se veía la lucha que muy en el fondo, en alguna parte de su cerebro, el último rastro de humanidad que quedaba de Ramona libraba con la máquina que la dominaba. Una leve caricia con el frío metal fue lo único que lo que quedaba de ella logró conseguir. Una pequeña descarga eléctrica generada por los chips implantados en su cerebro, quemaron las últimas neuronas donde se había ocultado Ramona, apagando para siempre su voluntad y su consciencia. Llevando sus manos a la cabeza con un gesto de dolor, dejó oír su voz por última vez.

-¡Escapa, ahora! ¡Vete!; gritó R126 con una voz gutural producida por cuerdas vocales atrofiadas por su inactividad. El rostro de la mujer se volvió frío como el metal que lo cubría.

-¡Corre!; gritó Vivi al perro que ya se había puesto de pie, mientras ella misma lo hacía hacia las ruinas de un edificio, donde tendrían más posibilidades de ocultarse de la asesina mecánica que alguna vez fue su pareja y amiga.

Sin ninguna muestra de dolor o emoción R126 tomó una pequeña lámina metálica que puso sobre su brazo herido, extendiéndose como metal fundido cubrió la herida y gran parte del brazo. Ramona ya no existía, había muerto para siempre definitivamente, mientras que la autómata R126 estaba totalmente operativa.

Como verdaderos roedores Vivi y su compañero canino se metieron entre los huecos del derrumbado edificio.

R126 tomó su rifle y se dirigió hacia las ruinas, pero en vista de que no valía la pena arriesgar un biomecanismo, los controles electrónicos en su cerebro la hicieron desistir y buscar otro objetivo más fácil.

Durante horas Vivi estuvo sollozando en la oscuridad abrazada a su perro. Cuando se sintió más calmada y resignada, se puso de pie y muy despacio buscó un hueco distinto al que usó para entrar; cuando halló una salida miró a su amigo y éste haciendo un gesto con el hocico y las orejas le indicó que el camino estaba despejado.

Vivi sentía hambre y sed y buscó un almacén con la vista; cuando lo encontró hizo un movimiento con la cabeza que su compañero entendió enseguida y ambos corrieron con la cabeza baja y se ocultaron en la primera sombra que vieron. La puerta del negocio estaba abierta y el perro entró primero, después de un rato volvió donde Vivi y la cogió suavemente con su hocico.

Aún quedaban algunas conservas, agua y para alegría de ambos, cecinas selladas y envasadas al vacío que aún no vencían. Llenaron la mochila con comida y agua y volvieron al refugio que habían encontrado entre las ruinas. El sol estaba por salir y Vivi prefería moverse entre las sombras; aprovecharían el día para descansar, comer y dormir.

Después de comer todas las cecinas y varias botellas de agua, Vivi sacó una barra de chocolate que partió en dos y que junto a su amigo disfrutaron.

 Al fin ella había asimilado la pérdida de Ramona y ahora podría continuar avanzando y sobreviviendo otro día más.

Cuando la luna ya había salido Vivi y su amigo se pusieron en marcha; confundiéndose en cada sombra llegaron hasta la oculta entrada del refugio subterráneo. En forma casi furtiva Vivi caminaba por el túnel acompañada de su fiel compañero.

-¡Alto ahí jovencita!; le gritó desde atrás un hombre.

-Hola Jefe; fue el inocente saludo de Vivi, mientras abrazaba al perro por el cuello, para mantenerlo tranquilo. -Siéntate; le ordenó cuando vio que El Jefe lo miraba con desconfianza.

-Veo que no eres muy buena para obedecer órdenes; la reprendió El Jefe.

-Ramona era mi familia y tenía que tratar de rescatarla; respondió Vivi.        -Usted habría hecho lo mismo de haber podido.

-Te entiendo y tienes razón; contestó El Jefe. -Pero mi responsabilidad es la seguridad de todos.

-No tengo como rebatir eso; comentó Vivi.

-¿Qué averiguaste?; preguntó El Jefe.

-Las personas que los invasores han capturado fueron convertidos en seres biomecánicos programados para asesinar humanos; respondió ella.

-¿Encontraste a Ramona?; preguntó El Jefe con un tono paternalista.

-Sí y no; respondió Vivi. -Ella ya no existe, fue convertida en una asesina mecánica y pude ver como moría el último rastro de su humanidad.

-Cuanto lo siento; dijo sinceramente El Jefe.

-Yo también; contestó cabizbaja Vivi. -Al menos antes de desaparecer para siempre se pudo despedir de mí.

-Veo que tienes un nuevo amigo; comentó El Jefe para disminuir la tensión.

-Sí; respondió Vivi. -Me salvó la vida y yo la suya en agradecimiento. Es muy listo y es un buen recolector.

 

 

-El planeta ha sido desinfectado casi en un ciento por ciento, capitán; informó el primer oficial a su comandante.

-Muy bien señor Morgan. Esta noche podemos celebrar por un trabajo bien hecho y mañana prepararemos nuestro regreso a casa; comentó el capitán. -Por favor avise a la base que está todo listo para recibir a los colonos.

La suerte del planeta, así como la de los pocos habitantes que habían sobrevivido estaba sellada; al igual que en otros tantos  mundos que poseían condiciones similares al de los invasores. Al haber sido sobre explotado el de ellos, pusieron los ojos en las estrellas, pero no para estudiarlas, sino que para conquistarlas y someter sus mundos.

Esa noche toda la tripulación de la nave alienígena estaba vestida con su uniforme de gala, celebrando por el término satisfactorio de otra misión.

-Los felicito a todos por el gran trabajo realizado en este planeta; habló el capitán a sus colaboradores. -Hoy celebraremos con orgullo la incorporación de otro  mundo a nuestro gran imperio.

-¡Viva el capitán!; gritó un tripulante con una copa vacía en una mano y una llena en la otra.

-Muchas gracias a todos; respondió el oficial. -Sin ustedes esto no habría sido posible. Celebremos hoy y mañana alistémonos para el tan ansiado regreso a nuestra vieja y querida Tierra.

 

 

Refugio 6 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Refugio

La lluvia arreciaba cada vez más, haciendo a cada paso más difícil avanzar. Con la ropa pegada al cuerpo y mojados hasta los huesos, la pareja caminaba entre los árboles tratando de encontrar el refugio de los guardabosques para secarse y esperar a que terminase la lluvia.

-Recuérdame que no volvamos a salir de campamento en otoño; comentó Esteban a Diana.

-¿Ya te asustaste de unas cuantas gotitas?; preguntó ella a si esposo.

-Estoy mojado hasta la médula; reclamó él. -Aahh, ahí está el refugio.

En medio del bosque y la lluvia el humo de la chimenea y la luz de las ventanas invitaban a los caminantes a acercarse y cobijarse.

-Parece que ya lo están ocupando; observó Diana.

-Es para todos los que lo necesiten; opinó Esteban. -Y esta noche creo que nosotros también calificamos.

Ambos llegaron junto a la cabaña y golpearon la puerta para no asustar a quien estuviese dentro. Un hombre de mediana edad les abrió algo recelosos.

-Buenas noches; saludó Esteban. -¿Este es el refugio de los guardabosques?

-No; contestó el hombre. -De hecho se encuentra a un kilómetro hacia el sur.

-Ay no; se quejó Diana temblando de frío.

El hombre mirándolos de pies a cabeza, esbozó una leve sonrisa.

-Por favor pasen a secarse, están estilando; los invitó. -Acérquense al fuego o pescarán una pulmonía.

-Muchas gracias, es usted muy amable; aceptó Esteban.

-Muchas gracias; contestó Diana. -Permiso.

-No quisiéramos causarle alguna molestia; dijo Esteban, sintiéndose un poco incómodo.

-No se preocupen; dijo el hombre. -No es ninguna molestia.

Desde la cocina salía un agradable aroma a comida y la voz de un hombre que canturreaba.

-Invita a nuestros visitantes a cenar; dijo el hombre que estaba en la cocina.

-No quisiéramos molestar; objetó Diana.

-No faltaba más; agregó el hombre saliendo de la cocina con cuatro jarros humeantes con chocolate caliente.

-No es un día muy bueno para salir a pasear en el bosque; observó uno de los hombres.

-No pensamos que nos pillaría la lluvia antes de llegar a la cabaña de los guardabosques; contestó Diana.

-Bueno, aquí pueden pasar la noche; agregó el otro hombre, que había vuelto a la cocina.

-¿Ustedes viven aquí?; preguntó Esteban calentándose las manos en la chimenea.

-Solo en las vacaciones; contestó uno de los hombres. -El resto lo pasamos en la jungla de cemento.

-¿Ustedes acostumbran salir de excursión con este clima?; preguntó a la vez uno de los hombres.

-La verdad es que nunca nos preocupamos mucho de eso; contestó Diana.  -Es solo que esta vez no calculamos bien.

El calor de la hoguera, sumado a un poco de licor, después de varias horas de pláticas sin mayor importancia, finalmente terminaron por relajar a los cuatro ocupantes de la cabaña.

-Hay una habitación disponible que pueden ocupar con total libertad; dijo uno de los hombres. -Lo que es yo, me voy a dormir.

-Buenas noches y gracias de nuevo; respondió Esteban.

-No hay por qué; agregó el otro hombre. -Que descansen.

La lluvia golpeaba los vidrios de las ventanas y el viento sacudía el techo; sin embargo, la tormenta permanecía afuera y el interior de la cabaña se mantenía seco y temperado.

Diana y Esteban durmieron plácidamente todo el resto de la noche. Al amanecer, la tormenta aún  no cesaba y poco a poco la mujer fue abriendo sus ojos; para su sorpresa notó que no lograba moverse. Sus muñecas y tobillos se hallaban fuertemente atados a las esquinas de la cama.

-¿Esteban qué ocurre?; preguntó ella, entre sorprendida y asustada.

-¿Esteban?; insistió Diana ante el silencio de su marido.

Poco rato después, él despertó y se dio cuenta de que se encontraba inmovilizado con correas de cuero sobre la única mesa que había en la cabaña.

Los dos hombres vistiendo túnicas rojas se acercaron a él y lo miraron con desprecio.

-¿Qué creen que están haciendo malditos locos?; preguntó furioso.              -¿Dónde está mi esposa?, ¿qué han hecho con ella?

-A ella la espera un destino grandioso; contestó uno de los hombres.

-Y tú la ayudarás a alcanzarlo; agregó el otro, acercando un gran cuchillo al cuello de Esteban.

-¡No! Deténganse;  gritó él, mientras la hoja de acero abría su garganta y la sangre inundaba su boca.

-¡Esteban! ¿Qué pasa?; preguntó Diana  a gritos.

La sangre de Esteban caía de su cuello y era recibida por uno de los hombres en un cuenco de greda.

-Aquí está tu marido; dijo el hombre, vaciando parte de la sangre sobre la cara de Diana.

-¡No!; gritó ella llena de terror.

Entre ambos hombres esparcieron la sangre de Esteban por todo el cuerpo de Diana, dejando su piel totalmente cubierta y roja.

El fuego en la chimenea se agitó y cobró más fuerza. Como dando un salto las llamas se desprendieron de los maderos ardientes y se posaron sobre la cama donde yacía Diana.

Con horror la mujer sintió como las flamas la envolvían, pero sin embargo no la quemaban. Un intenso, pero a la vez placentero calor la recorría entera y llenaba su cuerpo, haciéndola retorcerse sin que ella pudiese evitarlo. De pronto sintió su cuerpo curvarse y temblar entero, para finalmente perder la consciencia.

Los rayos del sol primaveral entraban a raudales por la ventana de la cabaña. Diana abrió los ojos con una plácida sonrisa en sus labios y estiró sus brazos como despertando de un agradable y reparador sueño.

-¿Cómo está la orgullosa y hermosa futura madre?; preguntó uno de los hombres, cuando ella se sentó a la mesa a desayunar.

-Hambrienta; contestó Diana, mientras se saboreaba ante un suculento plato de carne cruda y acariciaba su vientre que lucía seis meses de embarazo.

 

 

Sombras 5 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Sombras

A Raquel le costaba precisar en su mente cuanto tiempo había pasado desde la llegada de las sombras, lo vivido en los últimos días, la constante tensión y el permanente miedo, le daban la sensación de que habían transcurrido varios meses o tal vez solo algunos días. En alguna parte había leído que la pérdida de la noción del tiempo era un síntoma común en situaciones de gran estrés, por períodos muy prolongados; y ver desaparecer ante sus ojos a decenas de personas, arrastradas por las sombras, era definitivamente una situación altamente estresante.

Hasta el momento ella había corrido con suerte, no así sus vecinos, amigos y familiares. Por alguna razón que no comprendía podía percibir cuando las sombras estaban por aparecer; tal vez una pequeña variación en la presión atmosférica o un leve cambio de temperatura, ella no lo sabía, pero al menos su subconsciente lo detectaba y eso le bastaba. Era un instinto de supervivencia que los demás no tenían y que le había permitido escapar hasta el momento.

Frente a un edificio cuya entrada principal estaba ampliamente iluminada por grandes focos, se sentó a descansar un momento. La claridad le hizo sentir una sensación de calma que hacía tiempo que había olvidado. Ese pequeño oasis de luz le permitió respirar con calma por un instante, mientras sus ojos se comenzaban a cerrar; el cansancio y el sueño reclamaban su cuerpo que tarde o temprano debería relajarse.

Raquel se resistió a dormirse y abrió grande los ojos para que el aire fresco de la noche pudiera despertarla. Todo estaba bien, dentro de lo posible en las actuales condiciones; la claridad llegaba a unos treinta metros de donde ella descansaba, dándole un cierto margen de seguridad.

Sus pupilas se dilataron de golpe y los pelos de todo el cuerpo se le erizaron, cuando su instinto se puso en alerta. Aunque no veía nada, rápidamente se puso de pie; aguzando la vista pudo verla aparecer en medio de la oscuridad. La sombra era como una emanación de las tinieblas que comenzaban donde terminaba el claro que la cobijaba. Hasta el momento no lo había pensado, pero le encontró cierta similitud a las proyecciones de las amebas que en el colegio vio en la clase de biología, en su época de estudiante; también le pareció similar a las burbujas que comienzan a formarse ante una brisa en las láminas de agua con jabón, con las que le encantaba jugar cuando niña.

La sombra, con la difusa apariencia de una persona, carente de todo rasgo y sin bordes definidos, se acercaba lentamente hacia ella; sin ninguna prisa, como una nube oscura que parecía un fantasma de humo, sin un cuerpo sólido.

Con el corazón latiendo en su garganta, Raquel trató de abrir la puerta del edificio, pero ésta estaba cerrada con llave; desesperada buscó otra forma de entrar y poder ocultarse. Tras tantear un par de ventanas, también cerradas para su pesar, la última cedió bajo la presión de sus manos; lo más rápido que pudo ella se encaramó en el borde y logró introducirse justo cuando sentía que la sombra estaba por sujetarla de los pies. Casi cayendo de cabeza al piso, la atormentada y aterrorizada Raquel se escapó y cerrando apresuradamente la ventana se alejó corriendo por el vestíbulo del brillante edificio, todo lleno de vidrios que poco o nada la ocultaban de las sombras que se escondían en la noche afuera.

Atravesando una puerta, con la respiración entrecortada se encontró  en un largo pasillo; sin dejar de correr llegó hasta la pared del fondo, donde comenzaba  otro corredor; como nadie la seguía, Raquel se sentó un momento para recuperar el aire y esperar a que los muslos dejaran de dolerle, por el esfuerzo de la carrera con que huyó de la sombra.

En eso estaba cuando a sus oídos llegó un sonido extraño, tardó un rato en identificarlo pero estaba segura; se trataba del llanto de una niña. Con dudas al principio, porque hace tiempo que no veía ni escuchaba a nadie más; segura luego, Raquel se puso de pie y comenzó a buscar en silencio a la otra sobreviviente.

Siguiendo el suave lloriqueo, que más parecía un gemido, sus pasos la llevaron hasta una puerta cerrada. Con mano temblorosa tomó el pomo de la cerradura y lentamente lo giró. El llanto cesó inmediatamente, pero claramente pudo oír una respiración agitada en la habitación.  Rápidamente pulsó el interruptor junto a la puerta y una blanca luz inundó todo, alejando la oscuridad en la que podían ocultarse las sombras.

La sala era una gran oficina llena de cubículos de trabajo; caminando despacio llegó hasta el que estaba justo en el centro. Acurrucada como un animalito asustado una niña de unos siete años miraba con los ojos llenos de lágrimas a Raquel, que con una sonrisa le tendía una mano. Temblorosa la niña tomó a la mujer y dejó que la sacara despacio de la precaria seguridad de su escondite.

-Hola pequeña; saludó Raquel a la niña. -¿Llevas mucho rato ahí?

La niña sin decir nada se encogió de hombros y negó con la cabeza, mientras secaba con sus manitos las lágrimas de sus ojos.

-¿Estás con alguien más?; quiso saber Raquel.

-No, todos se han ido; contestó la niña.

-Yo también estoy sola; respondió Raquel. -¿Me puedo quedar a tu lado?

-Sí; respondió la pequeña, con un brillo en la mirada que podría interpretarse como una fugaz sonrisa.

-¿Has visto a alguien más?; preguntó Raquel.

-No, parece que ya no hay nadie más; contestó la niña.

-Bueno, ya nos arreglaremos; contestó Raquel tomándola de la mano y caminando despacio por el corredor.

En la mitad del pasillo había una máquina dispensadora de alimentos.

-¿Tienes hambre?; preguntó Raquel a la pequeñita, buscando algunas monedas en los bolsillos de su pantalón.

La niña solo movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

Raquel sacó dos paquetes de galletas de la máquina, pasándole uno a la pequeña. Cuando terminó de abrir el suyo, con horror vio como una sombra envolvía un brazo de la niña y en medio de sus llantos la arrastraba alejándola de ella, para terminar desapareciendo dentro de una nube oscura que se había formado en una pared.

Sin nada que poder hacer para ayudar a la infortunada niña, Raquel corrió lo más rápido que pudo por el pasillo. Sus ojos se posaron sobre una puerta de emergencia al fondo del pasillo; sin dejar de correr empujó la barra de escape y la puerta cedió bajo su peso. Si no hubiese alcanzado a sujetarse del pasamanos, de seguro habría caído rodando escalera abajo. Una súbita idea cruzó por su cabeza.

Haciendo el mayor ruido posible al caminar, bajó corriendo los peldaños. Descolgó un extintor de incendios de una de las paredes y lo hizo rodar hacia abajo. Hecha un ovillo se ocultó en un hueco bajo la escalera y aguardó en silencio un momento; como nada ocurría, caminó lo más suavemente que pudo hacia los pisos superiores. Después de subir varios niveles supuso que las sombras confundidas habrían ido tras un falso rastro, lo que le daría una oportunidad de poder ocultarse mejor.

Despacio abrió la puerta de emergencia y asomó primero la cabeza para ver si era seguro salir. No se veía nada malo cerca, así es que con paso dubitativo al principio salió al pasillo, iluminado por una fría luz blanca proveniente del techo.

Grandes ventanas permitían ver las calles de la ciudad, carentes de la habitual actividad y bullicio reinantes antes de la llegada de las sombras. Los vehículos detenidos en forma desordenada, algunos estrellados, las veredas sin peatones. Raquel tomó consciencia de la situación y del estado de abandono en el que encontraba; hasta ahora no había estado plenamente consciente de que a lo mejor ella era la única persona en la ciudad, fuera de las sombras. ¿Pero qué eran?, ¿por qué habían llegado?, ¿qué querían?, ¿por qué se los estaban llevando a todos? Tantas preguntas y ninguna respuesta. Raquel no sabía cuánto tiempo más podría escapar de ellas; solo el miedo a lo que se ocultaba a sus sentidos le daba fuerzas para seguir corriendo.

Su pulso se aceleró de golpe; ya venían, se habían percatado del engaño y nuevamente estaban tras ella. Correr era lo único que podía hacer; era imprescindible que se alejara de ese lugar. Desde el fondo del pasillo, de en medio de una creciente penumbra emergió la sombra, que lentamente se aproximaba a ella. Con insistencia pulsó varias veces los botones de uno de los ascensores; la puerta se abrió justo a tiempo cuando la sombra estaba por alcanzarla.

Rápidamente los números en la pantalla luminosa del ascensor iban retrocediendo, hasta que éste se detuvo en la planta baja. Nuevamente Raquel se encontró en medio del vestíbulo, separada de la noche solo por los delgados vidrios de las paredes. Más allá ella sabía que se ocultaban las sombras y que por el momento, en medio de la luz estaría a salvo.

La sensación de seguridad se esfumó tan rápido como había llegado. Una sombra se materializó en el aire y comenzó a acercarse a ella; Raquel intentó correr, pero saliendo de una pared otra le cortó el paso; trató de escapar en otra dirección, pero otra sombra surgió de la nada. De todos lados las sombras salían y la rodeaban.

Una fría niebla la afirmó de un brazo, luego otra y otra y otra más. Varias frías, difusas y viscosas sombras sujetaban a Raquel, arrastrándola hacia abajo en medio de sus gritos y forcejeos tratando de librarse, con su corazón latiendo peligrosamente rápido.

-¡Sujétenla!; gritó una voz. -Debo inyectarla antes de que sufra un ataque al corazón.

-Pónganle una mascarilla con oxígeno puro; dijo otra voz.

Varias sombras rodeaban a Raquel antes de que sus ojos se cerraran después varios días de incesante vigilia.

-¿Me escucha doctora?; preguntó un hombre canoso dentro de un traje de aislamiento de máximo nivel.

-Las sombras me atraparon; contestó Raquel. -¿Qué pasó?

-Nunca ha existido ninguna sombra, Raquel. Lo último que vio fue un equipo médico de emergencia que la rescató justo a tiempo; explicó el hombre. -¿Recuerda qué ocurrió?

-Algo; respondió ella. -Hubo una alerta de ataque químico; se nos envió a evacuar a la población civil; comenzó a recordar.

-Efectivamente; afirmó el médico. -Fue un ataque con gas del miedo; bastante eficiente por lo que usted pudo comprobar cuando se le rompió el traje aislante.

-¿Cuánto tiempo pasó?; preguntó Raquel.

-Desde que quedó expuesta, hasta que logramos atraparla, cinco horas; explicó el doctor. -Y vaya que nos hizo correr.

-¿Solo cinco horas?; preguntó ella. -Creí que habían sido varios días escapando de esas sombras.

-¿Sombras?; preguntó el hombre.

-Sí, me perseguían sombras parecidas a siluetas difusas de personas, como fantasmas; explicó Raquel.

-Supongo que se refiere a nuestro equipo de rescate; opinó el doctor.          -Afortunadamente hemos podido contener y evacuar a tiempo a la población. Sin embargo, algunos no lo han resistido y sus corazones han fallado.

-¿Existe algún antídoto?; preguntó ella.

-Solo un sedante fuerte. Lamentablemente no hemos podido neutralizar el agente y la ciudad será evacuada; explicó el médico. -Por el momento usted no se preocupe y agradezca que la encontramos a tiempo.

-Descanse y permanezca en cama hasta que su cuerpo se haya limpiado de la toxina. Es una orden doctora; recalcó el doctor, indicando su insignia de oficial de ejército.

-Estoy muy cansada y solo deseo dormir; respondió Raquel llevándose el borde de su mano derecha a la sien y tendiéndose suavemente en su cama.

Las sombras ya se habían ido y no la atormentaban. Tras correr sin cesar hasta el límite de sus fuerzas, Raquel al fin pudo relajarse y cerrar sus ojos.

 

 

 

Mar de Ensueño 3 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mar de Ensueño

-Permítanme darles la bienvenida; dijo el capitán a los ocho pasajeros que durante una semana disfrutarían del mar de Grecia a bordo de la goleta de lujo de 55 metros de largo.

-Esta es la mejor forma de pasar su luna de miel; dijo la azafata a Valeria y Cesar, mientras entregaba delicadas copas de champaña a los recién casados, a los padres de ambos ya los padrinos de la boda.

-Por favor todos sonrían; pidió el sobrecargo mientras sacaba algunas fotografías a los pasajeros y a los oficiales.

-Muchas gracias, son muy amables; respondió Valeria.

-Realmente los chicos fueron muy generosos al invitarnos a este viaje; comentó Susana  a Manuel.

-Aun no me acostumbro a que nuestra hija se haya casado; opinó Manuel.

El viento suave mecía suavemente la hermosa goleta, que navegaba en un mar azul oscuro y bajo un cielo intensamente del mismo color.

En la cubierta los ocho pasajeros disfrutaban del suave bamboleo y del tibio sol matinal, siempre atendidos por la gentil azafata y el atento sobrecargo.

-¿Cómo ve el viaje capitán?; preguntó el doctor en el puente de mando.

-Como se pronostica el clima para esta semana, va a ser un típico paseo y de lo único que nos deberemos encargar será entretener a este grupo de millonarios; respondió el capitán, acostumbrado a esa rutina.

Como era de costumbre el capitán acompañó en su mesa a la pareja de recién casados y a sus invitados.

-Tiene una magnífica nave capitán; comentó Rolando, el padre de  Cesar.

-Muchas gracias, en realidad es un placer gobernarla; respondió él.

-Brindemos por los novios; propuso Pablo alzando su copa.

-¡Por los novios!; contestaron todos con sus copas en alto.

-Muchas gracias mis amigos y familiares; dijo Cesar. -Gracias por estar aquí.

-¿Bromeas?; preguntó Jorge. -Ni loco me perdería un viaje en yate por las islas griegas.

Un suave silbido en la radio del capitán interrumpió la plática.

-Discúlpenme, pero debo atender este llamado; se excusó él.

-Por favor, adelante; autorizó Victoria, la acompañante de Rolando.

-¿Qué pasa?; preguntó por radio el capitán al marinero que estaba de guardia en el timón.

-Por favor venga al puente, señor; respondió el marinero sin dar detalles.

-Me debo excusar un instante, parta atender asuntos rutinarios del barco; se disculpó el capitán al momento de ponerse de pie.

-Comprendemos; respondió Manuel. -Siempre es importante mostrar la cabeza mandante a los subalternos.

-Con su permiso señoras; respondió el marino dando la vuelta y dirigiéndose al puente.

-¿De qué se trata?; preguntó el oficial al marinero.

-Acabo de divisar un bote salvavidas a la deriva, señor; respondió éste.

-Dirijámonos hacia él; ordenó el capitán, recordando su deber de siempre prestar ayuda en altamar.

A los pocos minutos la goleta se colocó suavemente junto a un bote de goma en el cual yacía una mujer inconsciente.

-Aún  está con viva. Llévenla a la enfermería; ordenó el doctor a dos marineros.

-¿Ocurre algo capitán?; preguntó Cesar al ver que transportaban en camilla a una mujer.

-Encontramos a esta mujer a la deriva en un bote, inconsciente, sin agua ni comida; explicó el capitán. -La rescatamos como corresponde y como lo ordenan las leyes de los marinos.

-Tiene toda la razón capitán; apoyó Manuel. -Yo soy marino jubilado de la armada y ese es un deber sagrado. Personalmente participé en varias misiones de rescate.

-Por favor querido, no creo que el señor capitán tenga tiempo para escuchar historias de la época de los barcos a remos; le interrumpió riendo Susana.

-Para que sepas serví en una fragata de combate; le respondió orgulloso su marido.

-Para mí será un honor intercambiar experiencias con un viejo lobo de mar; dijo el capitán.

-Ves querida, entre marineros nos entendemos; contestó triunfante Manuel.

El doctor terminaba de conectar una bolsa de suero a la mujer cuando golpearon la puerta.

-Adelante capitán; respondió el médico.

-¿Cómo supo que era yo?; preguntó éste.

-En diez años trabajando juntos he aprendido a reconocer su forma de tocar; contestó el doctor.

-¿Cómo se encuentra nuestra inesperada visita?; preguntó el capitán.

-Muestra signos de deshidratación, desnutrición e insolación; explicó el médico. -Aparentemente llevaba varios días a la deriva. En todo caso con el suero que le apliqué, en unas cuantas horas estará mucho mejor.

-Me comuniqué con la autoridad marítima y dicen que nosotros evaluemos si la víctima requiere atención de urgencia; informó el capitán.

-No lo creo necesario; opinó el médico. -Mire, ya recobra la consciencia.

-¿Dónde estoy?; preguntó con voz débil la mujer, intentando sentarse.

-Con calma; aconsejó el doctor. -La rescatamos hace poco en un bote salvavidas. Aún está débil. 

-Está a bordo de la goleta  Poseidón; le dijo el capitán. -¿Puede indicarnos qué ocurrió?

-Paseábamos unos amigos y yo en un yate. Se produjo una pelea bajo la cubierta; se derramó combustible y hubo una explosión. -No alcanzamos a pedir auxilio; solo yo logré escapar arrojándome al agua. Uno de los botes salvavidas no se quemó y me afirmé de él. Como pude logré inflarlo; explicó la mujer.

-Es una verdadera suerte; opinó el médico.

-¿Hace cuánto que ocurrió esto?; preguntó el capitán.

-No lo sé. Estuve varios días flotando sin saber que hacer; explicó la mujer. -Luego comencé a sentir mucho sueño y me dormí y ahora despierto aquí.

-Realmente es un milagro señorita…; opinó en forma suspensiva el capitán, esperando  que la mujer se identificase.

-Juana, Juana Beltrán; respondió ella.

-Encantado señorita Beltrán; saludó el doctor, que estaba más que extasiado por la perfecta belleza de ella, cuyo cuerpo además era proporcionalmente ideal, ni que hubiese sido un maniquí hecho a mano.

-¿Cuál es su opinión profesional doctor?; preguntó el capitán.

-La señorita necesita descansar, pero no se requiere atención médica especializada, ni de urgencia; respondió el médico. -Cuando regresemos a puerto podemos llevarla con las autoridades.

-Me sorprende que nadie se haya enterado antes; opinó el capitán.

-Todo pasó muy rápido; comentó ella.

-Fue una suerte que nosotros pasásemos cerca; observó el doctor.

-Es cierto; el mar es tan grande que nadie la habría encontrado, si tan solo hubiésemos estado a un grado de distancia; meditó el capitán.

-Bueno, mi paciente necesita descansar; cortó el médico.

-¿Cómo se encuentra la muchacha?; preguntó Valeria.

-Se recupera en la enfermería; respondió el capitán. -Quisiera disculparme por todas las molestias que este suceso está provocando. Si lo desean podemos dirigirnos inmediatamente a puerto, para que alguien más se haga cargo de la señorita Beltrán y ustedes puedan continuar con sus vacaciones sin ninguna preocupación.

-Oh no se preocupe capitán, no es ninguna molestia; consintió Valeria.        -Además, será agradable poder hablar con una chica de mi misma edad.

-Es usted muy generosa señora Valeria; opinó el marino.

El sobrecargo quedó de una pieza al entrar a la enfermería y ver a la mujer sentada en la camilla, cubierta con una bata que dejaba ver mucho.

-Disculpe señorita; se excusó el marinero. -Olvidé que estaba usted aquí.

-Vamos a tener que hacer algo para que no lo olvide de nuevo; dijo ella acariciando la mejilla de él.

Por un momento el sobrecargo perdió consciencia de todo cuanto lo rodeaba, excepto del rostro que lo observaba y de esa fugaz caricia.

-Qué bueno que lo encuentro; dijo el médico al entrar a la enfermería. -Hey, le estoy hablando; insistió el doctor. 

-Perdón doctor, creo que no lo escuché entrar; se disculpó el sobrecargo.

-Sí, ya me di cuenta; contestó el médico, al posarse su mirada en el pecho de la mujer que subía y bajaba rítmicamente.

-Aun no le he dado las gracias por salvarme; dijo ella con voz cautivadora al doctor, a la vez que acariciaba su mejilla.

-No es nada, contestó el médico después de un lapso de tiempo que no sabía si había sido largo o corto.

-¿Cómo se siente Juana?; preguntó el médico.

-Mucho mejor ya, gracias doctor; respondió ella. -Pero como estuve muchos días en ese bote salvavidas, sin poder moverme, me gustaría caminar un rato para estirar las piernas.

-Sí, adelante; consintió el doctor. -No veo ningún inconveniente en ello.

La mujer fue acompañada por el doctor y el sobrecargo. Sus caderas se contorneaban sugerentemente a cada paso que daba.

En la cubierta Cesar conversaba animadamente con Pablo, mientras que Victoria y Susana bebían un trago bajo un quitasol. Todos los hombres quedaron boquiabiertos ante la vista de la seductora mujer.

-Hola, veo que ya has vuelto al mundo de los vivos; le dijo Valeria tendiéndole la mano para saludarla. -Mi nombre es Valeria.

-Encantada, yo soy Juana; contestó la mujer estrechándole la mano a su anfitriona, con una sonrisa y un extraño brillo en la mirada.

Una desagradable sensación recorrió a Valeria, pero prefirió no decir nada para no ser descortés. Mientras todos se acercaron para saludar a la extraña.

-Pero que criatura más encantadora; comentó Manuel, no pudiendo evitar admirar las perturbadoras curvas de la mujer.

-¡Papá! ¿Qué va a pensar nuestra invitada?; lo reprendió Valeria.

-Es usted un galán; respondió ella coquetamente.

-Disculpa al fresco de mi marido; dijo Susana para no quedar como una tonta.

-No hay cuidado; contestó Juana.

-Debes estar muy acostumbrada a que todos admiren tu belleza; agregó Pablo.

-¿Desde cuándo puedes ver la belleza de una mujer?; preguntó Jorge arqueando las cejas.

-Encantado le mostraré todo el barco; le ofreció el capitán.

-Es usted muy amable; respondió Juana.

-Entonces vamos; agregó el oficial tendiéndole un brazo.

Todos los hombres siguieron con la mirada a la mujer.

-Es un lindo barco capitán; observó ella.

-Gracias, es toda una belleza; aceptó él.

-¿Y se mueve solo con velas?; preguntó Juana.

-Claro que no. También posee un motor que se usa cuando no hay viento; explicó el marino.

-¡Vaya hombres!; exclamó Susana mirándolos a todos. -Se vuelven locos apenas una joven les mueve el trasero.

-Hay algo en ella que me da mala espina. Es una sensación difícil de explicar; agregó Valeria.

-Lo sé querida, se llama celos; opinó Victoria.

-En todo caso no es su culpa que sea tan atractiva; comentó Jorge.

-¿No me digas a que a ti también te gusta?; preguntó Susana.

-¡Guacala!, no; respondió él. -No me imagino junto a una mujer. Aunque si yo fuera heterosexual, de seguro me gustaría.

Susana no podía dormir bien, así es que se levantó para salir a tomar un poco de aire fresco, acompañada de un generoso vaso de whisky.

Apoyada en la baranda de la borda del barco se puso a mirar la estela luminosa que éste dejaba tras sí; era una posición bastante arriesgada, sobre todo con unos cuantos vasos en el cuerpo. Susana nada pudo hacer para afirmarse cuando una mano la empujó fuerte por la espalda, haciéndola caer por la borda.

Sin que nadie se percatara abordo, la embarcación se alejó de la mujer, dejándola mareada en medio del mar. El terror se apoderó de ella cuando sintió que algo rozaba sus piernas y varias aletas puntiagudas comenzaron a formar un círculo a su alrededor. El ataque de los tiburones hizo desaparecer todo rastro del cuerpo de la mujer.

Al otro día al desayuno todos echaron de menos a Susana.

-¿Papá has visto a la mamá?; preguntó Valeria.

-Yo pensé que estaba contigo; contestó él.

-La verdad es que yo tampoco la he visto; intervino Victoria.

-Ni yo; agregó Pablo.

-Mejor avisemos al capitán; sugirió Cesar.

-¿Ocurre algo?; preguntó el aludido, que justo entraba al comedor, acompañado de Juana y el doctor.

-No sabemos dónde está mi madre; le informó nerviosa Valeria.

-La buscaremos por toda la nave. Debe estar en alguna de las dependencias; pensó que la señora tal vez estaba teniendo alguna aventura con uno de sus marineros. -Detengan el barco; ordenó por radio al timonel.

Tras revisar todo el barco, la preocupación en Valeria se convirtió en miedo; su madre no estaba a bordo y no faltaba ningún bote salvavidas. En la cubierta el doctor se agachó para recoger un vaso tirado junto a la borda.

-Capitán, mire esto; dijo el médico indicando el vaso que aún tenía restos de whisky.

Ambos oficiales se miraron mutuamente, pues sabían lo que eso implicaba. La mujer borracha debía haber perdido el equilibrio y de alguna forma caído por la borda.

-Don Manuel, señora Valeria; habló lentamente el capitán. -Me temo que la señora Susana no se encuentra abordo.

-¿Pero cómo es eso posible?; preguntó alarmada Valeria.

-La señora ayer bebió demasiado y tarde anoche, mientras todos dormíamos, debe haber salido a la cubierta; supuso el médico. -Pensamos que perdió el equilibrio y cayó por la borda.

-¡Mamá!; exclamó Valeria al momento de caer desmayada.

-Lo siento mucho Don Manuel, dijo el capitán dándole su pésame.

Todos se volvieron cuando escucharon que Juana estaba canturreando algo.

-Discúlpenme, no quise ser indolente, ni irrespetuosa de su pérdida, pero así calmo mis nervios; se excusó la mujer.

-Muchas gracias capitán; dijo Manuel estrechándole la mano. -Mi esposa bebía más de la cuenta a veces y bueno…, pasó lo más lamentable.

Ayudada por el doctor Valeria se puso de pie.

-¿Cómo pueden estar tan tranquilos?; preguntó a todos.

La única que lloraba aparte de Valeria era Victoria, pero en cambio los hombres se veían muy calmados.

-Hija, no hay nada que hacer al respecto; contestó Manuel. -Tu madre se ha ido.

-¡Qué vergüenza!; exclamó Victoria tomando del hombro a Valeria y llevándola a su camarote.

-¡Victoria!, cálmate; le dijo Rolando mientras se alejaba consolando a Valeria.

-Lo siento mucho; dijo él a Manuel.

-Gracias, así es la vida; contestó éste.

-Señora Valeria, cuente conmigo para lo que sea; le ofreció la azafata, que le llevó un agua de hierbas para que se relajara un poco.

-¿Pero qué le ocurre a estos hombres?; preguntó Victoria.

-Es esa mujer. Desde que llegó todos andan como idiotas; comentó Valeria.

La azafata miró meditativa hacia el pasillo de la goleta. A ella también le parecía que sus compañeros estaban actuando en forma rara.

Todo el día Valeria estuvo encerrada llorando en su camarote. Ya en la noche salió un rato a la cubierta. Un chapoteo en el agua llamó su atención y poco después escuchó la voz de su madre que la llamaba.

-¿Mamá?; preguntó corriendo hacia la borda.

 En una visión fugaz le pareció ver a una mujer en el agua, pero esta se sumergió; claramente vio una gran cola de pez que golpeaba la superficie. Sorprendida se acercó más a la baranda para ver mejor, justo cuando una figura difusa saltaba del agua y la arrastraba con ella bajo la superficie.

La espuma que se formó se disolvió rápidamente, no quedando rastros del rapto de Valeria. Se escuchó nuevamente el chapoteo de algo golpeando el agua y luego nada.

El camarote estaba cerrado con llave, así es que Cesar se fue a dormir a otro, para no molestar a su esposa.

-¿Victoria, cómo amaneció Valeria?; preguntó Cesar a la amiga de su padre.

-¿Acaso no durmieron juntos?; preguntó extrañada ella.

-No. Tenía la puerta cerrada con llave, así es que la dejé tranquila y yo dormí en otro; contestó él.

-No la he visto aun; respondió la mujer. -Voy a ver cómo sigue.

Victoria caminó sin poder entender por qué eran tan fríos los hombres.

-Valeria, ¿estás bien?; preguntó ella al encontrar la puerta del camarote cerrada. Preocupada fue hasta el camarote de la azafata para que le abriera la puerta.

-¿Qué ocurre señora Victoria?; preguntó la azafata.

-¿Por favor podría abrirme la puerta del camarote de Valeria?; pidió Victoria. -Está  cerrado con llave y deseo ver como sigue mi nuera.

-Por supuesto, vamos; respondió la azafata.

Antes de cometer un error que le podría costar el trabajo, la azafata golpeó la puerta antes de abrirla.

-¿Se encuentra bien señora Valeria?; preguntó la joven a través de la puerta cerrada. Como nadie respondió, decidió usar su llave maestra y abrió el camarote.

Ante las dos mujeres se mostró un cuarto vacío que desconcertó a ambas.

¡Capitán!; gritó Victoria. -Valeria no aparece por ningún lado.

-Es cierto señor; afirmó la azafata.

-Por favor mantén la calma; le pidió Rolando. -La encontraremos.

Después de que revisaron el barco de punta a punta, se dieron cuenta de que ella ya no estaba a bordo.

-La señora Valeria estaba muy afectada por la muerte de su madre; meditó el doctor. -Me temo que perdió la razón y…

-Es una lástima, comentó Cesar. -No pudo con su pena.

-¡Es tu esposa!, ¿eso es lo único que piensas decir?; gritó Victoria a su hijastro.

-¡Capitán!, volvemos a puerto; ordenó furiosa la mujer. -Las autoridades se encargarán.

-Creo que tiene razón señora; respondió el capitán. -Timonel, a toda marcha al puerto.

La goleta enfiló su proa hacia tierra para dar cuenta a las autoridades de los hechos acontecidos en los últimos días. Impulsándose con su motor a toda potencia, la nave en vez de acercarse a esta, se alejaba más de ella.

-Timonel, le ordené dirigirse al puerto; le llamó la atención el capitán, al darse cuenta que no llevaban el rumbo correcto.

-Hacia allá vamos capitán; contestó éste sin dejar de mirar la pantalla de radar. -Mire, en el radar se divisa la costa.

-Es cierto, disculpe, se excusó el capitán. -Siga ese rumbo; dijo al ver él también el borde de tierra en la pantalla de radar.

Sin embargo el radar solo indicaba mar abierto, mientras que la ecosonda mostraba una capa delgada flotando un poco más adelante. En la cubierta Juana canturreaba una hermosa melodía.

Tan consternados estaban todos que nadie notó la escolta que acompañaba a la goleta en su navegar.

La azafata se detuvo en el marco de una escotilla al escuchar conversar a los hombres en cubierta.

-Miren; dijo Cesar indicando con la mano. -Ya se ve el puerto.

-Es cierto; confirmó Manuel. -Llegaremos en unos cuantos minutos.

Sin embargo la azafata solo veía mar abierto frente a ellos. Lo que más le llamó la atención fue que el canturreo de Juana se había vuelto más intenso. Movida por su curiosidad, con su teléfono celular trató de grabar esa extraña escena.

Victoria llegó furiosa junto a los demás.

-¿Hacia dónde nos dirigimos?; preguntó indignada. -Se supone que debíamos volver al puerto.

-Pero si ya estamos por llegar; le respondió Rolando, apuntando hacia el mar abierto.

-¿Acaso te volviste loco?; ahí no hay nada más que agua; observó ella.

La azafata que seguía grabando todo oculta, vio como Juana se aproximó lentamente a Victoria, abriendo grande su boca y dejando ver una serie de delgados y afilados dientes agudos como agujas.

-¡Aléjese de mí!; gritó Victoria cuando Juana la tomó por los hombros y la acercó a la borda.

A pesar de forcejear con fuerza con su atacante, Victoria no pudo impedir ser lanzada al agua, donde varias manos y grandes aletas la sujetaron y arrastraron al fondo.

Aterrada la azafata se alejó tratando de hacer el menor ruido posible para que la extraña mujer no la descubriese. En su desesperada huida raspó su mano en un borde cortante de una placa de lata; apretando los dientes retuvo el grito de dolor que eso le produjo. Sin saber qué hacer, la joven se encerró con llave en su camarote.

Después de un rato indeterminado, la goleta se estremeció desde la proa hasta la popa, como si fuese una gran ballena herida. Sobresaltada la azafata salió corriendo hacia el puente de mando.

-¿Qué pasó capitán?; preguntó asustada.

-Parece que nos enredamos en sargazos; respondió él. -Pero no importa, mire estamos a una cuadra del puerto.

La joven solo veía mar abierto a su alrededor. Cerca Juana entonaba una dulce canción que todos los hombres abordo acudieron a escuchar. Varias voces más se unieron en un extraño coro. Decenas de mujeres con cola de pez asomaban su torso por sobre la superficie, tendiendo sus brazos hacia la goleta.

Mientras corría hacia su camarote, con el teléfono celular en la mano, vio como uno a uno todos los hombres saltaron por la borda, hacia los brazos y las fauces hambrientas de las criaturas.

-¡Sirenas!; exclamó corriendo la joven. -Esto no puede ser real.

Como pudo cerró la puerta y buscó algo con que defenderse, pero no tenía nada que pudiese servir como un arma. El picaporte de la puerta comenzó a girar lentamente, mientras ella apoyaba su cuerpo para impedir que ésta se abriese; pero quien empujaba desde el otro lado tenía mucha más fuerza que ella  y sus pies resbalaron sobre el piso de madera.

Juana la sujetó de los hombros y la joven pudo ver su aterradora sonrisa, llena de cuchillos afilados. Trató de soltarse, pero un puñetazo en la cara la privó de sentido. Arrastrándola de un brazo, la mujer llevó a la azafata a la cubierta y una vez allá, sin ningún esfuerzo la levantó y arrojó al mar, donde como pirañas las sirenas se abalanzaron sobre ella. Una roja espuma cubrió la superficie del agua, hasta que después de un  rato no quedaba ni rastros, ni un testigo que pudiese relatar tan extraños y macabros acontecimientos.

Con sus cincuenta metros de largo, la veloz lancha Olimpia llevaba a cabo su rutinario patrullaje entre las islas.

Afortunadamente en ningún momento había requerido hacer uso de su poderoso armamento en combate; no obstante, la Teniente Adriana Dimitreas sentía un creciente orgullo en su pecho cada vez que subía a bordo. En numerosas ocasiones su padre, el Almirante Aquiles Dimitreas le había ofrecido transferirla a un “barco de verdad”, pero ella siempre se había opuesto, porque debía “flotar por sí misma”, como ella decía. No le importaba que todos los días solo se preocupara de vigilar las costas de las islas como si fuese un simple policía; ese era su barco y ella lo amaba.

Y ahí estaba otro velero de millonarios, disfrutando de la belleza de las islas griegas. El timonel bajó la velocidad y se acercó despacio a la elegante goleta Poseidón y la saludó con su bocina; como no recibió respuesta del yate, volvió a insistir, sin que la otra nave contestase.

-No se ve nadie en la cubierta; observó la Teniente Dimitreas, viendo por binoculares. -Intentemos por radio; sugirió la oficial revisando un libro con las frecuencias de las distintas embarcaciones.

-Goleta Poseidón, aquí patrulla Olimpia, cambio; llamó la teniente. A través de la radio solo se escuchaba estática. -¿Goleta Poseidón, necesitan ayuda?; insistió la oficial.

-¿Ocurre algo teniente?; preguntó el capitán entrando al puente.

-La goleta Poseidón no contesta nuestro saludo, ni la radio, señor;  informó la oficial al capitán. -Tampoco se ve a nadie en su cubierta.

-Puede que estén todos borrachos abajo, pero igual vaya con unos cuantos hombres a verificar teniente; ordenó el capitán.

-Muy bien señor; respondió la teniente.

A los pocos minutos un bote zodiac con la Teniente Dimitreas y cuatro marineros se detenía junto a la goleta.

-Revisen todo el yate; ordenó la oficial a sus hombres.

A simple vista no se veía nadie en la cubierta; el puente estaba vacío y la goleta navegaba a la deriva. El motor estaba apagado y el barco se movía con sus velas infladas por un suave viento.

La tripulación y los pasajeros no estaban a bordo. El primer pensamiento que cruzó por la mente de la Teniente Dimitreas, fue que habían sido víctimas del ataque de piratas.

Luego de revisarlos camarotes desechó esa primera suposición. En varios la teniente encontró joyas y dinero, así como otros artículos de valor.

Con todos los botes sin arriar y los chalecos salvavidas aun colgados en sus ganchos, sin signos de violencia o lucha, era como si los ocupantes de la goleta se hubiesen esfumado sin dejar rastro.

-Teniente; llamó por radio un marinero; -No hemos encontrado a nadie a bordo.

-Muy bien, recojan las bitácoras; ordenó la oficial, mientras revisaba el camarote de la azafata.

-Teniente, hay una mujer en la enfermería; informó otro marinero. -Está inconsciente pero aún con vida.

-Muy bien, llevémosla a bordo de la Olimpia; ordenó la oficial.

Cuando la Teniente Dimitreas estaba por salir del camarote, una mancha de sangre en el diario de vida de la azafata atrajo su atención, así es que decidió llevarlo consigo.

-Nos retiramos; avisó por radio a la lancha.

-Lancen el ancla para que este barco no siga derivando y vaya a provocar un accidente; ordenó a uno de los marineros. -Después avisaremos para que un remolcador venga a buscarlo.

-Capitán llevamos a una mujer inconsciente; informó la teniente a su superior. -Por otro lado, el resto de los ocupantes ha desaparecido sin dejar huellas; es como si hubiesen saltado por la borda.

-¿Cree que es un acto de piratería, teniente?; preguntó el capitán.

-Negativo señor, encontré varias joyas y dinero; respondió ella.

-¿Qué opina al respecto?; insistió el oficial.

-No falta ningún bote ni chaleco salvavidas; es como si todos se hubiesen hecho humo; respondió la Teniente Dimitreas. -Después de revisar los libros de bitácora puede que sepamos qué es lo que pasó.

El oficial médico estaba al tanto y tenía todo listo para recibir a la sobreviviente de la goleta Poseidón.

-¿Ocurre algo doctor?; preguntó la teniente al ver la expresión que éste puso al ver a la mujer.

-No ocurre nada comandante; respondió el médico. -Es solo que es tan hermosa que es perturbadora.

-Trate de que pueda contestar algunas preguntas antes de regresar a la base; pidió la oficial. -Ella es la única persona que nos puede decir qué pasó con los ocupantes de ese yate.

-Pase en media hora a la enfermería teniente; aceptó el doctor.

-Gracias doctor, mientras voy a revisar la bitácora del Poseidón; dijo la Teniente Dimitreas.

-¿Perdón cómo dijo?; preguntó el médico ajustando su audífono.

-¿Aún no se acostumbra?; preguntó la teniente. -Le dije que voy a revisar la bitácora del Poseidón.

La explosión de una bomba de sonido había dañado uno de los oídos del médico de la Olimpia, por lo cual necesitaba usar audífono para escuchar bien y a veces olvidaba conectarlo.

-¿Qué ocurre?; preguntó la Teniente Dimitreas al entrar al puente y ver al capitán intentando comunicarse por radio.

-Aquí lancha Olimpia, cambio. Aquí Olimpia, cambio; insistía el oficial.

-La radio no funciona; comunicó el capitán a la teniente.

-El GPS y el radar también están fallando señor; informó el timonel. -¿Qué está ocurriendo señor?

-Probablemente hemos caído en un campo magnético; opinó la Comandante Dimitreas.

-La comandante tiene razón señor; observó el timonel viendo como la brújula giraba vuelta loca.

-Sáquenos de aquí; ordenó la oficial.

-Enseguida señora; obedeció el marinero.

Para poder salir de la zona con el molesto campo magnético, la lancha debió internarse mar adentro.

-Los sistemas de navegación funcionan normalmente de nuevo, pero la radio está muerta; informó el timonel.

-Que el ingeniero la revise; ordenó el capitán.

-Voy a la enfermería a ver a la mujer del Poseidón; avisó la teniente.

-Comandante Dimitreas; la llamó el capitán. -Trate de relajarse un poco.

-En cuanto volvamos a la base, señor; respondió la oficial.

-Va a ser muy buena capitán de navío; pensó para sí el capitán.

-Adelante teniente; dijo el doctor cuando la vio llegar a la enfermería. -La señorita Juana Beltrán acaba de despertar.

-Buenas tardes, soy la Teniente Adriana Dimitreas, de la Armada de Grecia; la saludó la oficial dándole la mano.

-Mi nombre es Juana Beltrán; respondió la mujer estrechándole la mano.

Una desagradable sensación que no pudo explicar incomodó a Adriana.

-Necesito hacerle unas preguntas respecto a los acontecimientos previos a su rescate de la goleta Poseidón; explicó la teniente.

-Es todo muy confuso pero trataré de ayudarle lo mejor que pueda; respondió la mujer.

-Encontramos el Poseidón flotando a la deriva, sin más ocupantes que usted; contó la oficial. -Según nuestros registros viajaba con diez tripulantes y ocho pasajeros, entre los cuales no figura usted.

-Originalmente yo estaba en un yate con unos amigos; hubo un accidente y éste se hundió. Yo logré sobrevivir unos cuantos días en una balsa salvavidas; explicó la mujer. -Otro yate me encontró y rescató; como yo estaba inconsciente me llevaron a la enfermería.

-¿Sabe qué ocurrió a bordo del Poseidón?; preguntó la teniente.

-Me levanté al otro día; continuó la mujer. -Pero como me había insolado demasiado me afiebré, así es que el médico me ordenó acostarme nuevamente. La fiebre aumentó y ya no recuerdo nada más hasta que desperté aquí.

-Entiendo; asintió la teniente. -Si recuerda algo más avíseme.

-¿Qué opina doctor?; preguntó Adriana.

-Su estado de salud coincide don su relato, comandante; observó el médico. -Presenta deshidratación, desnutrición y quemaduras solares, coincidentes con un naufragio.

-¿No le parece demasiada coincidencia que haya estado presente en dos incidentes distintos y sea la única sobreviviente en ambos?; preguntó la Teniente Dimitreas.

-Para mí es solo mala suerte por un lado y buena por otro, por lograr salvarse; opinó el doctor, mientras la mujer canturreaba una melodía en la enfermería.

-¿Teniente, cómo se encuentra nuestra pasajera?; preguntó el capitán en el puente.

-Ya despertó, pero asegura no saber nada sobre lo ocurrido a bordo del Poseidón, por haber estado sedada en la enfermería. Lo más extraño es que ella fue la única sobreviviente de un naufragio y el  Poseidón la encontró a la deriva y la rescató; informó la Teniente Dimitreas.

-¿Demasiada coincidencia para usted?; quiso saber el capitán. -¿Qué dice la bitácora de la goleta Poseidón?

-Con la falla de los equipos de navegación aún no he tenido tiempo de revisarla señor; se excusó la teniente. -Ese campo magnético nos tomó por sorpresa.

-Lo sé comandante, a mí también me llama la atención que no nos hubiésemos topado con él en otras ocasiones; comentó el capitán. -¿Algo más que informar?

-La radio fue reparada pero no capta ni emite señales; informó la oficial. -El ingeniero opina que deberíamos poder comunicarnos y no sabe porque no lo logramos.

-Permiso para ingresar al puente; pidió el médico acompañado de la mujer.

-Capitán, quería agradecerle por haberme rescatado; dijo Juana.

-Es parte de nuestro deber señorita; contestó el oficial.

-Espero que yo no esté interrumpiendo una importante misión; comentó ella.

-Nuestra misión es ayudar a quien lo necesite en el mar; agregó el capitán.

-Igualmente quisiera expresarle mi agradecimiento; insistió ella.

 Mirando hacia la proa de la lancha la mujer comenzó a tararear una hermosa melodía.

-Capitán, tengo el puerto en el radar ya; dijo el timonel mirando la pantalla.

-Es cierto, asintió el capitán, viendo la línea costera claramente dibujada en la pantalla de radar.

-Magnífico; opinó el doctor. -Quiero cambiar este maldito aparato; dijo quitándose un momento su audífono que se le había desconectado. Inmediatamente la visión que el médico tenía cambió ante sus ojos, en la pantalla pudo ver que el radar solo mostraba agua y más agua. No se veía ninguna tierra en varias millas a la redonda, la lancha navegaba en mar abierto. Intrigado se puso nuevamente su audífono y pudo escuchar nuevamente a la mujer canturrear; en seguida volvió a ver la línea costera en el radar. Sin sacárselo lo apagó y para su sorpresa la imagen en la pantalla volvió a cambiar, desapareciendo la línea que marcaba la costa donde estaba el puerto.

La Teniente Dimitreas y el doctor se miraron mutuamente y cada uno vio la expresión de estupefacción en el rostro del otro. La mujer seguía entonando su dulce canto.

-Comandante, ya es hora de que le cambie el vendaje de su brazo; le recordó el doctor a la teniente.

-¿Está herida teniente?; preguntó el capitán.

-Es solo un rasguñó sin importancia; opinó ella.

-Eso lo decido yo comandante; intervino el médico. -Usted hace bien su trabajo que yo haré bien el mío.

-Como ordene doctor; obedeció la teniente. -Vamos a la enfermería.

Sin decir ni una palabra los dos caminaron rumbo a la enfermería de la lancha, una vez allí el doctor cerró la puerta con llave.

-¿Se dio cuenta de que estamos navegando en alta mar?; preguntó la Comandante Dimitreas.

-Lo sé, aunque yo también vi la línea costera en la pantalla de radar; contestó el médico. -Al menos mientras tuve encendido el audífono, después solo vi agua a varias millas a la redonda.

-Yo en ningún momento vi tierra doctor; comentó la teniente.

-¿Qué piensa que ocurrió en el puente comandante?; preguntó el médico.

-Usted es el doctor, usted dígame; respondió ella.

-Comenzamos a ver la tierra cuando la señorita Beltrán comenzó a cantar y personalmente yo dejé de verla cuando se me apagó el audífono y no podía escucharla; recordó el médico. -Lo que haya sido a usted no la afectó.

-¿Está insinuando que ella los hipnotizó con su canto?; preguntó la Teniente Dimitreas.

-¿Ha escuchado alguna vez hablar de las sirenas?; preguntó el doctor.

-Todos los marinos hemos oído de las sirenas; contestó la oficial. -Pero son solo mitos.

-¿Y si realmente existieran?; insistió el médico.

-Si realmente existieran habría pruebas de ello; negó la teniente.

-Usted me pidió mi opinión comandante; respondió serio el doctor. -Y mi opinión es que esa mujer puede inducir un estado hipnótico e ilusiones con su canto.

-Es mejor que revise ahora la bitácora del Poseidón; meditó la teniente.

-Olvida algo comandante; dijo el doctor tomando un rollo de venda para envolver el brazo de Adriana.

-Es verdad; respondió ella guiñándole un ojo al médico. -Por un minuto olvidé que estoy herida.

El marinero Alexander Artemis era uno de los hombres más experimentados del cuerpo de patrulleras. Heredero de una larga dinastía de marinos, conocía casi todos los secretos del mar; con un carácter de hierro, no se inmutó ni siquiera cuando fue degradado desde teniente a marinero de primera, por golpear a un almirante. Absolutamente leal a la Teniente Dimitreas, nadie esperaría que la traicionara, o viceversa.

Como de costumbre Artemis recorrió toda la cubierta de la Olimpia y luego encendió un cigarrillo. El suave canto de una mujer lo condujo a una época muy lejana en su niñez. Las volutas de humo formaban figuras que lo hacían sonreír. Después de un rato apagó su cigarrillo y se lanzó al agua y nadó hacia el fondo, para nunca más salir.

La bitácora del Poseidón no daba ninguna pista de lo ocurrido abordo con su tripulación y pasajeros. La Teniente Dimitreas se preparó una taza de café para disponerse a ver el diario de la azafata.

-“Otro viaje más y pronto me tomaré vacaciones. Esta vez se trata de una luna de miel con ocho pasajeros”.

-“El clima está magnífico. Este será un viaje muy tranquilo”.

-“Hoy hemos encontrado a una mujer sobreviviente en una balsa. Es joven y muy hermosa; todos los hombres andan “locos” por ella, pero algo tiene que me inquieta”.

-“La madre de la novia no se encuentra abordo; aparentemente bebió más de la cuenta y perdió el equilibrio, cayendo por la borda”.

-“La novia también ha desaparecido. Parece que no pudo sobrellevar la muerte de su madre y decidió poner fin a su vida”.

-“Los hombres se están portando muy raros. A ninguno parece importarle la muerte de ambas pasajeras”.

-“La madrastra del novio ha ordenado volver a puerto. El barco se está internando mar adentro”.

-“El timonel y el capitán aseguran que estamos cerca de la costa, aunque no es así”.

-“Es extraño, todo comenzó cuando subió esa mujer abordo”.

-“Estoy segura de que nos sigue algo”.

-“La señora que queda de los pasajeros está indignada por la actitud de todos los hombres. La mujer no deja de cantar”.

-“La mujer ha atacado a la señora y la ha arrojado al mar. Estoy segura que vi que fue atacada por sirenas. No estoy loca. La mujer no es humana, al menos no como todos; sus dientes son muy afilados y tiene muchos, también tiene mucha fuerza”.

-“Estoy asustada. Todas las mujeres del barco, excepto yo, están muertas”.

-“Nos hemos detenido de golpe. Según el capitán nos enredamos en sargazos. Pero dice que no importa porque estamos muy cerca del puerto. Eso no es verdad; estamos en alta mar y no se divisa ninguna tierra cercana”.

-“La mujer está cantando muy fuerte. Los hombres están junto a ella escuchándola. Hay sirenas en el agua; muchas de ellas. Todos los hombres se han arrojado al mar”.

-“Me he escondido en mi camarote. Ella viene por mí y no tengo ningún arma con que defenderme. No quiero morir, la escucho por el pasillo. Está por entrar…”

Aquí terminan las anotaciones que dejó la azafata en su diario antes de morir.

La taza de café de la teniente se enfrió en su mano. Encendió un cigarrillo para meditar sobre lo que acababa de leer. Al pasar su mano por el forro del diario, notó que algo sobresalía. Con su cuchillo corto y encontró una tarjeta de memoria de celular. Sin pensarlo siquiera, encendió su computador portátil e introdujo la tarjeta.

El cigarrillo se cayó de su boca abierta al ver la serie de fotografías en la que la mujer aparecía arrojando a otra al agua y a varias sirenas atacándola; así como la boca llena de dientes agudos y afilados de ella. También había un video que mostraba a todos los hombres del Poseidón arrojándose por la borda, mientras la mujer entonaba un extraño canto.

-Demonios, esto no puede ser real; dijo Adriana Dimitreas poniéndose de pie y desenfundando su pistola.

Corriendo llegó al puente donde el capitán, el doctor y dos marinos más observaban la pantalla de una computadora. Cuando la oficial entró los dos marineros le apuntaron con sus armas y la desarmaron.

-Teniente Dimitreas, queda arrestada por el asesinato del marinero Alexander Artemis; dijo el capitán.

-Yo no he matado a nadie; se defendió ella.

-No puede negarlo teniente; insistió el capitán. -En este video captado por las cámaras de seguridad se ve el momento exacto en que usted lo golpeó y arrojó su cuerpo al agua.

En el video se veía claramente como el marinero, luego de fumar, se arrojaba solo al mar y no volvía a salir.

-El doctor puede confirmarlo también; comentó el capitán.

-No hay nada que decir teniente; dijo el médico, viendo como el marinero muerto se había suicidado sin motivos aparentes.

-Llévensela y enciérrenla en el calabozo; ordenó el capitán.

Los dos marineros condujeron a la prisionera a una celda, mientras se oía el canto de la mujer.

Adriana dejó caer algo al piso sin que sus guardias lo notaran. Haciendo el doctor como que se agachaba a abrocharse un zapato, lo recogió y guardó en su bolsillo. Era una pequeña tarjeta de memoria portátil.

Por suerte estaba aprendiendo a leer los labios, así es que nadie sospechaba que no estaba usando el audífono.

La teniente fue encerrada en uno de los calabozos; cuando uno de los guardias la iba a esposar, el médico lo detuvo.

-No sea ridículo, nadie puede salir de ahí solo.

De camino a la enfermería, el doctor pasó por el diario de la azafata del Poseidón y lo ocultó en uno de los bolsillos de su pantalón. Encerrado en la enfermería el médico vio los últimos minutos de vida de los ocupantes de la goleta. La lectura del diario solo confirmó sus sospechas.

-Las mujeres no son afectadas; concluyó el doctor. -Por eso se deshacen de ellas, para que no les estorben cuando van a apoderarse de los hombres.

-¡La Teniente Radamantes!; se acordó el doctor de la segunda ingeniera.      -Debo avisarle.

En la sala de máquinas Atenea Radamantes terminaba de hacer sus anotaciones en su bitácora, cuando vio que dos marineros, con una extraña mirada se acercaban a ella, uno con una gruesa llave de tuercas en la mano. El extraño canto se escuchaba claramente por los altoparlantes.

-¿Qué necesitan?; preguntó a sus subalternos.

-Debe acompañarnos teniente; dijo uno.

-¿Qué ocurre?; preguntó la oficial.

-Tenemos órdenes de escoltarla a la cubierta; contestó el otro marino.

-¿Quién lo ordenó?; preguntó la teniente, que ya se encontraba de pie.

-Solo acompáñenos; dijo uno de los marineros tomándola de un brazo.

Intuyendo que algo andaba muy mal, la oficial sujetó al marinero con su brazo libre y le asestó un duro rodillazo en el estómago, dejándolo tirado en el piso.

El otro echó mano a su puñal de combate y enfrentó a su superior.

-Baje el cuchillo marino; ordenó la Teniente Radamantes.

En vez de obedecer, el hombre lanzó unas cuantas estocadas al aire. Sujetándole la mano, ella logró que a su atacante se le cayera el arma; sin embargo, él logró zafarse de la llave. Aun desarmado el marinero se abalanzó contra la teniente; ante lo cual la oficial levantó su pierna todo lo que le permitía su metro ochenta, aplastando la suela de su bota en la cara del insubordinado marino. Un ruido tras ella la hizo volverse rápidamente, con su pistola en la mano.

-¡No dispare teniente!, estoy con  usted; dijo el médico entrando en la sala de máquinas.

-¿Qué está ocurriendo doctor?; preguntó la oficial.

-La nave está bajo el control de fuerzas hostiles; informó el médico. -Ahora debemos liberar a la Comandante Dimitreas.

-Pero ella asesinó al marinero Alexander Artemis; recordó la oficial.

-Le aseguro que ella es tan inocente como usted; afirmó el doctor. -Si usted hubiese ido con esos hombres, ahora estaría prisionera o muerta.

-Está bien, confiaré en usted; aceptó la teniente. -Pero dejemos encerrados a estos dos; dijo ella trancando  con una barra la puerta de la sala de máquinas.

La Teniente Dimitreas se paseaba como gata enjaulada, tratando de pensar como escapar de la celda. Al ver que la manilla de la puerta comenzaba a moverse, se ocultó  a un lado para atacar a los guardias y tratar de escapar. Cuando la puerta finalmente se abrió, la comandante sujetó por el cuello a la Teniente Radamantes, pero ésta con facilidad se soltó y la hizo volar por el aire.

-Vengo a liberarla comandante; le dijo la oficial tendiéndole la mano para ayudarla a pararse.

-Hola doctor; saludó Dimitreas desde el suelo.

-Hay un motín a bordo, señora; informó la teniente. -Mis hombres trataron de matarme.

-Un motín que involucra a todos los hombres excepto el doctor; observó Adriana.

-Metamos  a estos dos al calabozo; sugirió la Teniente Radamantes, indicando a los dos guardias que estaban tirados inconscientes.

-¿Alguna conclusión?; preguntó la comandante.

-Después de ver el video y el diario del Poseidón y los acontecimientos en esta nave, me da la impresión de que las sirenas no pueden controlar a las mujeres; dedujo el médico.

-Es por eso que intentaron deshacerse de nosotras primero; concluyó Dimitreas.

-¿De qué están hablando?; preguntó la ingeniero mientras le pasaba una pistola a la comandante.

-¿No le ha dicho nada de las sirenas?; preguntó Adriana.

-La verdad es que se me había olvidado; reconoció el médico.

-¿Es en serio?; preguntó la teniente.

-Claro que sí; contestó su superior. -¿Qué cree que es el canto que se escucha por toda la nave?

-El canto de las sirenas hipnotiza a los hombres que lo escuchan y éstas los obligan a arrojarse al mar para devorarlos; explicó el doctor. -Pero éste no afecta ni a las mujeres, ni a los hombres con sordera; agregó indicando su audífono.

-Es difícil de creer comandante; opinó la Teniente Radamantes. -Pero eso explicaría todo y ante la duda…, procedamos con cautela.

-No mate a ningún tripulante, si puede evitarlo teniente; ordenó la Teniente Dimitreas.

-No se preocupe comandante, pero no le aseguro que más de alguno no resultará herido.

-Por mí está bien; aceptó Adriana.

En eso la lancha se corcoveó entera.

-Parece que hemos encallado; opinó Atenea.

-¡Vamos!; ordenó la comandante.

Las dos mujeres seguidas por el doctor irrumpieron en el puente de mando, donde se hallaba el capitán junto con dos marineros. Sin embargo, la sirena no estaba en él.

-Tenientes, están cometiendo un motín. Si no se rinden serán fusiladas; dijo el capitán.

-El que será fusilado es usted señor; respondió la Teniente Radamantes al ver como tres tripulantes se lanzaban al agua y eran devorados por decenas de hambrientas sirenas que se lanzaron como pirañas sobre ellos.

-Por el acto de traición al entregar la nave a fuerzas enemigas, no velar por la seguridad de sus subalternos y no encontrarse mentalmente capacitado, lo destituyo del mando capitán; dijo la Teniente Comandante citando el reglamento.

La Teniente Radamantes salió a la cubierta justo a tiempo para impedir, mediante certeros disparos en las piernas, que dos marineros se lanzaran a las fauces de las voraces criaturas.

Un tercer hombre asomó por una escotilla y disparó contra la oficial, derribándola herida.

Uno de los hombres que acompañaba al capitán intentó disparar contra la Teniente Dimitreas, pero el doctor le vació en la cara el polvo de un extintor de incendios, oportunidad que Adriana aprovechó para desarmarlo y dejarlo sin sentido de un golpe, mientras el doctor golpeaba en la cara al otro marinero con el extintor.

El capitán intentó sacar su pistola pero Adriana le asestó una fuerte patada entre las piernas, dejándolo sin aire.

-Amárrelos doctor; ordenó la comandante mientras salía a ayudar a la Teniente Radamantes.

Uno de los marineros disparó contra la Teniente Dimitreas, pero ésta esquivó la bala. Sin embargo, al disparar ella no pudo apuntar bien y su bala dio en el pecho de su atacante.

-¡Doctor venga!; gritó la oficial.

-La Teniente Radamantes aún vive; observó el médico. -La bala le atravesó el hombro.

 -Este hombre está muerto; dijo cabizbajo el doctor, luego de revisar al marinero caído.

-Yo no quería; comentó triste la teniente.

-No fue su culpa comandante; comentó el médico para reconfortarla.            -Podría haber sido usted.

La extraña invasora de la lancha apareció en la cubierta y aumentó la fuerza de su canto.

-¡Mátela doctor!; ordenó la mujer.

Las manos del médico comenzaron a temblar y sin poder controlarse se inclinó y recogió una de las pistolas.

-Lo siento comandante; dijo el médico. -No puedo evitarlo; dijo apretando el gatillo.

La Teniente Dimitreas por un pelo alcanzó a hacerse a un lado, cayendo al suelo. Desde esa posición golpeó las piernas del doctor, botándolo de espaldas.

-Discúlpeme doctor; le pidió la oficial cuando le golpeó la cara con su bota.

Frustrada la sirena corrió hacia la teniente, que aún no se incorporaba, mostrando sus afilados dientes.

-¡Muere perra maldita!; gritó la Comandante Dimitreas, mientras vaciaba todo el cargador de su pistola en la criatura.

Dando un chillido la sirena cayó sobre la cubierta, luciendo su verdadera apariencia golpeó el piso con su gran cola antes de quedar completamente inmóvil.

La Teniente Radamantes recobró la consciencia y ayudó a la comandante a arrastrar al doctor hasta el puente, donde el capitán y los dos marineros estaban maniatados en un rincón.

-Amárralo a la mesa; ordenó la comandante a la teniente.

Al despertar el doctor ya había recobrado la consciencia, con un gran dolor en la mandíbula.

-Hayy, ¿con qué me pegaron?; preguntó el médico.

-Lo siento mucho doctor, pero tuve que patearlo para que no me baleara; respondió Adriana.

-¿Eso hice?, la verdad es que no lo recuerdo; comentó el doctor.

Las sirenas en el mar comenzaron a entonar un monótono y dulce canto, bajo cuyo influjo los hombres en la cubierta comenzaron a acercarse a la borda.

-¡Salgamos de aquí!; gritó el doctor, que se había metido algodón a sus oídos para que no llegara ni un sonido a  su cerebro.

La comandante encendió el motor y aceleró, pero la embarcación no se movió de su sitio.

-¿Qué pasa que no avanzamos?; preguntó la Teniente Radamantes.

-La hélice debe estar enredada en los sargazos; supuso la Teniente Dimitreas mientras aceleraba más, sin lograr nada.

En eso Atenea se percató de que los dos marineros  que ella había herido estaban por llegar a la borda para saltar por ella.

-¡Demonios!; exclamó, mientras salía corriendo por ellos.

Justo cuando uno estaba por saltar al agua, la teniente lo sujetó del cuello y lo arrojó al piso, dándole un puñetazo en la cara que lo dejó aturdido. Al otro lo detuvo con su bota en el pecho.

Desde su puesto en el puente, la Comandante Dimitreas vio como varias sirenas cambiaban sus colas por piernas para intentar abordar la lancha.

Con un gran dolor y sangrando mucho por su herida, Atenea intentaba arrastrar a los dos hombres inconscientes hasta el puente.

-Suélteme para ir a ayudarla comandante; pidió el doctor. -No va a poder salvarlos sola.

No muy convencida, la teniente cortó las amarras del médico.

-Vaya, pero trate de no prestarle atención a su canto; solicitó la oficial.

Tragando saliva el doctor llegó corriendo hasta donde estaba la mujer a punto de desmayarse mientras tiraba de los cuerpos. Entre ambos lograron meter a los marineros al puente.

-El motor no sirve; comunicó la Comandante Dimitreas. -Saldremos con las hidroturbinas.

-Atenea, control táctico; ordenó Adriana.

Antes de poder obedecer la Teniente Radamantes cayó desmayada.

-Va a tener que arreglársela sola Adriana; avisó el doctor, mientras se quitaba la camisa para improvisar un vendaje en el brazo de la oficial herida.

-¿Está…?; preguntó a medias la comandante.

-Solo desmayada; aclaró el doctor. -Apúrese están por abordarnos.

-Sujétese de lo que pueda; avisó la teniente, mientras empujaba el acelerador de las turbinas hasta el fondo.

La lancha de ataque rápido de Clase Mercurio impulsada por dos poderosos chorros de agua salió disparada a 60 nudos, soltándose de las ataduras de sargazo que la aprisionaban dejándola a merced de las voraces sirenas.

-¿Pero qué está haciendo?; preguntó el doctor alarmado cuando la comandante hizo virar en redondo, a toda velocidad la embarcación, volviendo sobre su estela.

Poniendo su mano en una placa, está se deslizó dejando a la vista un panel lleno de interruptores con seguro. Liberando cuatro la comandante aceleró más.

-Voy a despedirme de ellas; dijo al doctor pulsando cuatro botones.

A los costados de la lancha cuatro compuertas se abrieron, dejando a la vista las catapultas antisubmarinos, que lanzaron cuatro tambores al agua.

Las cargas de profundidad al estallar levantaron grandes columnas de agua, poniendo fin a la vida de las sirenas que se encontraban a un kilómetro a la redonda.

Apenas se acabó la influencia de las criaturas sobre los hombres, estos recuperaron la consciencia.

-¿Qué está ocurriendo comandante?; preguntó el capitán al encontrarse de pronto, sin saber cómo, ni por qué, maniatado en el suelo.

-Es una larga historia señor. Cuando estemos en aguas seguras se la contaré; contestó la Teniente Dimitreas enfilando la proa hacia el puerto.

Con ayuda del doctor la Teniente Radamantes se pudo poner de pie.

-Creo que ya todo está bien; comentó a la comandante.

-Y mi padre piensa que esta asignación es aburrida; opinó la Teniente Dimitreas.

Después de contar al capitán todo lo acontecido en los últimos días, los tres agotados oficiales fueron citados ante el alto mando naval.

El Almirante Dimitreas junto al resto del alto mando de la flota, presidía el tribunal militar que investigaba los acontecimientos en los que cinco marineros murieron y varios resultaron heridos.

Después de escuchar las declaraciones de la Comandante Adriana Dimitreas, de la Teniente Atenea Radamantes y el Doctor Ulises Arístides y revisar todas las bitácoras y videos disponibles, se encerraron a deliberar.

Dos largas horas tuvieron que aguardar los tres inculpados antes de que los hicieran entrar para escuchar las conclusiones del tribunal castrense.

-Este tribunal, después de revisar todas las pruebas y escuchar sus declaraciones ha concluido que los actos extremos en los que ustedes incurrieron, obedecen a circunstancias extraordinarias para las cuales nadie está preparado, ni ha sido entrenado al respecto. Por lo tanto, se levantan todos los cargos de amotinamiento y asesinato.

Por otro lado, por el curso de los acontecimientos y las decisiones tomadas no pueden permanecer por más tiempo prestando servicios a bordo de la Lancha Patrullera Olimpia.

-Pero Señor…; intentó protestar la Teniente Dimitreas.

-Guarde silencio que aún no hemos terminado teniente; ordenó el almirante.

-Doctor Ulises Arístides, en vista de su problema auditivo se le ordena usar en forma permanente audífonos; indicó el juez.

-No es muy severa mi disfunción auditiva; intervino el médico.

-El tema no está en discusión Comandante Médico Ulises Arístides; dijo el almirante fijando una estrella en la jineta del doctor.

-Teniente Atenea Radamantes, este tribunal ha decidido, en base a su historial de servicio y a su desempeño en los últimos acontecimientos, trasladarla a la Fragata de Clase G-105, Zeus, con el grado de Teniente Comandante en el cargo de Primer Oficial; dijo el alto oficial.

-Yo no sé qué decir  señor; contestó ella.

-No tiene nada que decir Comandante. La decisión de este tribunal es definitiva; sentenció el almirante.

-En cuanto a usted Teniente Comandante Adriana Dimitreas, su comportamiento da mucho que desear; dijo mirando duramente el almirante a su hija, quien bajó la vista. -Por su desempeño más allá de lo que exige el deber, demostrando iniciativa y capacidad de mando en situaciones de extrema complejidad, se le asciende al rango de Capitán de Fragata, para que asuma inmediatamente el mando de la nueva Fragata Zeus de la Armada Griega.

-Esta vez no tienes como librarte hija; le dijo el Almirante Dimitreas mientras le prendía su nueva insignia al uniforme.

-Este tribunal levanta su sesión; concluyó el almirante golpeando el escritorio con un martillo.

La impresionante Fragata Zeus, joya de la Armada Griega y una de las más modernas y poderosas naves de combate del mundo, avanzaba a toda marcha bajo el mando de sus tres comandantes, que vivieron y sobrevivieron para contar la experiencia más increíble del mar.

 

 

Luz, Cámara Y… ¡Desesperación! 1 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Luz, Cámara Y… ¡Desesperación!

Los vehículos que llevaban el equipo de filmación y al elenco de la película llegaron temprano ese día, acabando con la quietud que siempre reinaba en el pueblo; pero no se detuvieron ahí, llegando hasta los límites del bosque en el que los productores habían decidido filmar la película en su totalidad. Había sido una apuesta a la suerte preferir usar ese lugar como un escenario natural y prescindir de los foros artificiales. Sin embargo, no era la primera vez que se hacía algo así, pero la producción no debía parecerse en nada a las ordinarieces de “películas reales”, filmadas con la cámara de algún aficionado.

-Vamos holgazanes, muévanse rápido; vociferaba a través de un megáfono el ayudante del director. -No tenemos todo el tiempo del mundo y el campamento ya debería estar montado hace rato

Durante varias semanas la paz del lugar se vería perturbada por un ejército de personas que con sus equipos y luces correrían  sin parar de un lado para otro.

En un pueblo alejado del mundo, en un lugar olvidado se extendía un bosque oscuro y tenebroso; el escenario perfecto para desarrollar una historia de terror y muerte, donde los protagonistas deberían luchar a cada momento por su vida. Y precisamente por su lúgubre aspecto había sido elegido para esta realización.

-¿Está todo listo para comenzar el rodaje?; preguntó el director a su ayudante.

-En cuanto los actores estén listos; contestó Hugo.

-Muy bien, silencio ahora; gritó el director. -Luz, cámara y… ¡Acción!

Las cuatro parejas de excursionistas se internaban plácidamente sin ninguna preocupación en la espesura, disfrutando del aire puro y de la tranquilidad reinante en el lugar, del cual gozarían  durante una semana lejos del bullicio de la ciudad.

-¡Corten!; gritó el director. -Prepárense para la siguiente escena.

-Este rodaje va a ser como un paseo por el campo; comentó Andrés. -Me queda muy bien este papel de tipo rudo.

-Es interesante este proyecto; opinó Paola, abriendo una botella de agua.

-Con mi talento no creo que demoremos mucho; dijo Álvaro.

-El halago viene de muy cerca; rió  Fernanda.

-¿Las estrellas quieren una invitación para trabajar?; preguntó Hugo al grupo de actores que bromeaban.

-Ya vamos; contestó Francisco.

Las escenas se sucedían una tras otra sin ningún contratiempo, por lo que la película estaría lista dentro de los plazos previstos. Sin embargo, también crecía el desorden y la suciedad en el bosque, a pesar de que en reiteradas oportunidades el ayudante del director los reprendió a todos.

Paola corría casi al borde del pánico, su mirada vidriosa y su respiración agitada indicaba que se encontraba al borde del desmayo. La bestia venía detrás y estaba a punto de darle alcance. Ella se volvió para ver, pero solo se escuchaban rugidos y veía ramas que se agitaban. Los técnicos de efectos especiales habían amarrado cordeles plásticos a las ramas y tiraban de ellos para agitarlas, junto con algunas grabaciones de gruñidos creaban la ilusión perfecta de una persecución; Paola solo debía imaginarse que realmente estaba siendo perseguida por un ser aterrador. Tan concentrada estaba ella en parecer lo más asustada posible que no se percató de la rama que estaba atravesada en el suelo; su pie derecho se enredó en ella y cayó violentamente al suelo.

-¡Corten!; gritó enojado el director al ver a su estrella sujetándose la pierna y llorando de dolor.

El médico que la fue a revisar movió la cabeza de un lado a otro.

-Lo siento; dijo al director. -Paola se quebró un hueso y va a estar enyesada  al menos dos meses.

-¡No tenemos dos meses!; gruñó furioso el director.

-Lo siento querida, pero voy a tener que reemplazarte; dijo el director.

-Usted no puede hacer eso; explotó la actriz.

-Si revisas tu contrato te darás cuenta de que sí puedo; rebatió él.

-Vamos; dijo el médico a Paola. -Debo enyesarte la pierna enseguida.

-¡Reemplazarme a mí!, alegaba sola la actriz. -¿Quién se cree que es este director de segunda?

-No ganas nada discutiendo; le dijo en voz baja el ayudante del director. -Mejor reclámale a tu representante por no fijarse bien en lo que decía tu contrato.

-¿Reclamarle?; preguntó Paola. -A ese lo voy a despedir enseguida; dijo furiosa.

-Esto es lo único que faltaba; decía para sí el nervioso director. -¿A quién diablos voy a conseguir ahora para el rol estelar?

-¡No!; gritó la joven que llevaba una jarra de limonada cuando ésta se le cayó. -Terrible desgracia sin par para este noble elixir que no podrá alcanzar la gloria saciando la sed del mundo; dijo ella llevándose las manos al corazón con una expresión de aflicción en el rostro. -Bah, líquido tonto que no supiste mantenerte en tu lugar, ahora sécate como las hojas de otoño y esfúmate como la nieve en primavera.

-¿Mmm?; dijo el  director volviéndose a mirar a la joven, que hablaba así ante un hecho sin importancia, expresando sentimientos tan opuestos.

-Hey niña, ven acá un momento; la llamó él. -¿Cómo te llamas?

-Ligia señor, ¿en qué puedo servirlo?; contestó amablemente ella.

-¿Dónde estudiaste actuación?; preguntó él.

-¿Yo?, en ninguna parte; respondió ella. -Solo jugaba un poco. Ya sabe, entre tanta estrella famosa una se entusiasma también.

-Ya veo; comentó el director.

-¿Quieres actuar en la película?; preguntó él luego de meditarlo un rato.

-¿Es en serio?; preguntó ella.

-¿Me ves cara de broma acaso?; preguntó molesto él.

-Por supuesto que no señor; se disculpó la joven. -Es solo que no soy actriz.

-¿Pero te gustaría?; insistió él.

-Claro que sí señor; respondió ella. -Me encantaría poder empezar como extra, yo…

-¿Te volviste loca acaso?; la cortó él. -Te estoy ofreciendo el papel protagónico.

-¿Qué cosa dijo?; preguntó ella sin poder dar crédito a lo que oía.

-Quiero que reemplaces a Paola, ya que se rompió una pierna y no puede continuar; explicó a la muchacha.

-¿Se burla de mí acaso?; preguntó en forma defensiva la joven. -Le advierto que no soy ninguna tonta ingenua de la que se puedan aprovechar.

-Nada de eso querida; respondió el director. -Sé reconocer el talento cuando lo veo y tú tienes bastante.

-No sé qué decir; contestó emocionada ella.

-Si te interesa di que sí; dijo él. -Oportunidades como esta se dan una sola vez en la vida y si es que se dan.

-Sí me interesa; respondió la muchacha. -Claro que me interesa.

-Tenemos un trato entonces; dijo el director tendiéndole la mano. -Pasa más tarde con mi ayudante para firmar un contrato.

-Está bien señor; respondió Ligia.

-Como saben Paola se accidentó y no vamos a poder contar con ella para el resto de la filmación; comentó Hugo a los actores.

-¿Qué va a pasar con la película?; quiso saber Andrés.

-Ligia va a unirse al elenco desde ahora; explicó Hugo.

-¿Quién es Ligia?; preguntó Fernanda.

-La nueva actriz que va a trabajar con ustedes; indicó el director. -Por el buen término de la producción espero que la acojan bien, de lo contrario…

-Hola querida, bienvenida; la saludó Fernanda.

-Encantado; agregó Francisco.

Álvaro con  mirada de fresco se aplicó aerosol para el aliento.

-Álvaro para servirte; la saludó besándole la mano a la joven.

-Muchas gracias, estoy muy emocionada; respondió Ligia.

La joven nueva actriz demostró ser muy versátil y rápida para memorizar sus líneas, así como muy hábil para simular cualquier emoción, lo que tenía muy contento al director por su descubrimiento. Muy pronto se convirtió en la favorita de todos, sobre todo de Álvaro que a cada oportunidad que se le presentaba trataba de seducirla, pero ella lograba zafarse de él en forma siempre muy amable y elegante, lo que le hacía mucha gracia al resto del elenco.

-¿Aún sigue intentándolo?; preguntó Fernanda a Ligia.

-Sí, igual es lindo, pero no sé; respondió la joven.

-Ya sé, es dulce como un chocolate en un día de calor, pero tan pegajoso que te aburre; opinó Fernanda.

-Sí, eso mismo; rió Ligia. -Se ve que ya lo intentó contigo.

-Si no me equivoco, creo que lo ha intentado con todas las mujeres que se le han puesto por delante; contestó Fernanda.

-¿Y le ha resultado con alguna?; quiso saber la joven.

-Con algunas, pero menos de las que él jura; comentó Fernanda.

-En todo caso no tengo en mis planes involucrarme con nadie; aclaró Ligia.

-Me parece bueno eso; opinó Fernanda. -Sobre todo teniendo en cuenta que recién estás empezando en este negocio.

Francisco mostraba un profundo corte en su brazo derecho tras sufrir el ataque de uno de esos simios salvajes que ya habían matado a Paola en una especie de ritual religioso. Las cámaras colocadas sobre rieles permitían gravar la escena de la persecución en un ángulo que la hacía ver muy intensa, al ir enfocando el rostro del actor; mientras otra cámara enfocaba en forma amplia el lugar en que los técnicos de efectos especiales habían montado una trampa en la que se supone que moriría ensartado el personaje encarnado por Francisco. El director de fotografía mantenía su brazo derecho en alto, haciéndolo caer justo en el instante en que el actor llegaba al lugar señalado.

Todas las cámaras captaron el momento del clímax de la escena en que decenas de puntas afiladas atravesaron el cuerpo del actor.

-¡Corten!; gritó el director. -Todo salió perfecto; felicitó en voz alta a todos.

Los técnicos de efectos especiales corrieron a ayudar al actor a salir del aparataje montado para simular su muerte. Uno de ellos palpó el líquido rojo que manaba del cuerpo de Francisco y retrocedió cayendo de espalda. Todos se miraron desconcertados cuando Fernanda lanzó un agudo grito al ver colgando con los brazos sueltos el cuerpo destrozado de su compañero.

-¡Está muerto!; gritó el otro técnico.

-¿Cómo diablos ocurrió esto?; preguntó gritando el director.

-No lo entiendo señor; trató de explicar el jefe de efectos especiales. -Hace un rato que habíamos montado el equipo; eran solo imitaciones de madera hechas con silicona, totalmente inofensivas. No lo comprendo, hemos hecho este truco varias veces sin ningún problema.

-¿Le parece que esto es silicona?; preguntó furioso el director quebrando una punta de madera con sus manos.

-Le juro que hasta hace una hora ahí había silicona; gritó furioso el jefe de técnicos. -Lo único que se me ocurre es que alguien deliberadamente cambió todo.

-¿Quién tiene acceso a este lugar?; preguntó Hugo.

-¿Se refiere aparte de actores, técnicos, personal de apoyo y directores?; preguntó el jefe de técnicos.

-¿Eso quiere decir que hay un asesino entre nosotros?; preguntó Andrés.

Fernanda lloraba desconsolada abrazada a Ligia, la que tenía sus ojos cerrados.

-Salgamos de este lugar y que nadie toque ni altere nada; ordenó Hugo.

-¿Qué vamos a hacer?; preguntó Álvaro.

-Nosotros nada; respondió Hugo. -Pero la policía debe encargarse de esto; dijo mirando al director.

-Éste solo se limitó a mover una mano en gesto de asentimiento.

-Este es el fin; dijo abatido el director a Hugo. -La ruina total.

-Creo que lo más importante ahora es aclarar este asesinato; respondió el ayudante.

-¿Piensas que hay un asesino entre nosotros?; preguntó el director.

-¿Se le ocurre una explicación mejor?; insistió Hugo.

-No lo sé, mejor dejemos todo en manos de la policía. -Debemos tratar de continuar con la filmación; se lo debemos a Francisco. Esta película será un homenaje a su memoria.

A la hora el campamento se había llenado de policías y peritos de la unidad de criminalística que tomaban muestras en el lugar del asesinato. Uno a uno todos los miembros sin excepción fueron interrogados y sus huellas digitales tomadas.

-¿Conocía bien a la víctima?; preguntó el detective a cargo de la investigación a Ligia, que temblaba aun con un vaso de agua en la mano.

-No mucho, apenas comencé a actuar aquí hace poco, cuando la actriz protagónica se accidentó y tuvo que ser reemplazada; contestó ella al policía.

-¿Antes conocía a alguien del staff?; siguió interrogándola.

-A nadie, cuando llegaron los de la película entré a trabajar como auxiliar, al igual que otros; respondió la joven.

-¿Por qué me hace estas preguntas?; preguntó Ligia. -¿Acaso cree que yo tuve algo que ver en la muerte de Francisco?

-Hasta no encontrar al verdadero asesino, todos son sospechosos; explicó el detective.

El estado anímico de todos era muy malo y no era para menos después de lo ocurrido. Sin embargo, el director estaba empecinado en continuar con la filmación.

-No estoy muy segura si es lo correcto; comentó Fernanda.

-Todos estamos muy abatidos por la terrible muerte de Francisco, pero debemos hacerlo por él, como una manera de rendirle un homenaje póstumo; dijo el director.

-Yo estoy de acuerdo; respondió Ligia. -Se lo debemos como una muestra de respeto a su persona.

-Creo que tienes razón; aceptó Andrés.

-Opino igual; coincidió Álvaro.

-Está bien; aceptó al fin Fernanda.

-¡Excelente!, sacaremos adelante esta producción como Francisco hubiese querido. Terminaremos con ella y será un homenaje para nuestro compañero caído; sentenció el director.

Después de unos días de investigación, la policía no había dado con ninguna pista que condujese al o los asesinos. Finalmente autorizaron continuar con el rodaje, con la condición de que nadie abandonase el campamento. Los actores se esforzaban hasta el límite para lograr que la película fuese digna de la memoria de Francisco.

Al poco tiempo Ligia ya había demostrado ser tan capaz como el más experimentado de los actores. Ya no se parecía a la jovencita tímida e insegura de hace unas semanas; al igual que a los demás, la muerte de Francisco parecía haberla cambiado.

A pesar de todo, la filmación seguía su curso y estaba editada más de la mitad, así es que el director decidió darles un día libre a todo el personal.

Álvaro caminaba distraídamente por el bosque, cuando un dulce canto de mujer llamó su atención y dirigió su andar al lugar de donde provenía la hipnótica voz. Al poco andar vio a Ligia que junto al rio tomaba agua en sus manos y la esparcía en sus firmes, bronceados y bien torneados muslos. Álvaro pisó una rama cuyo sonido al romperse hizo que la joven se volviese a verlo; en vez de asustarse o sentirse avergonzada, le sonrió y sin dejar de mirarlo, siguió mojando sus piernas que brillaban bajo la luz del sol, con movimientos suaves y lentos, como dirigiendo la mirada de Álvaro que la miraba embobado. Él siguió avanzando sin quitarle la vista de encima, hasta llegar a un metro de la joven; dio un paso más y su pie se posó sobre una piedra mojada cubierta de lama, resbalándose como si hubiese pisado una barra de jabón. No pudiendo mantener el equilibrio, la cabeza del actor golpeó una piedra, quedando inmediatamente inconsciente, con la cara sumergida en el agua. La corriente movió el cuerpo hasta el centro del rio alejándolo del lugar.

Ligia sin inmutarse continuó su tarea de asearse y refrescarse en el curso de agua que había reclamado la vida de Álvaro.

A la hora de almuerzo todos echaron de menos al actor y decidieron salir a buscarlo.

-¿Adónde habrá ido?; peguntó de mal humor Hugo. -La policía dio órdenes precisas de no abandonar el campamento.

-La última vez que lo vi dijo que iba a estirar las piernas al bosque; respondió Andrés.

-Mejor vamos a buscarlo; sugirió Fernanda. -Puede haberle pasado algo.

-¡Álvaro!, ¡Álvaro!; gritaban todos mientras caminaban entre los árboles, pero él no contestaba.

-¡Demonios!; gritó Hugo al ver un cuerpo tirado junto al rio.

Todos corrieron hasta la orilla, para ver el rostro azuloso del cadáver de Álvaro, que había sido devuelto por el agua.

-¡No puede ser!; dijo Ligia a punto de caer al suelo si no hubiese sido porque Andrés la sostuvo justo a tiempo. Fernanda la abrazó mientras la joven lloraba descontrolada.

-Tranquila; le decía Fernanda sin dejar de abrazarla.

-¿Cómo quieres que esté tranquila si Francisco y Álvaro están muertos?; preguntó ella. -Todos vamos a morir; gimió entre sollozos.

-Nada de eso; rebatió el director. -Nadie más va a morir.

-Parece un accidente; opinó el forense. -Debe haberse acercado a la orilla y pisó una de estas resbalosas piedras; indicó el especialista. -Al caer se golpeó la cabeza y cayó al agua ahogándose.

-¡Quiero irme a mi casa!; dijo llorando Ligia.

-Lo siento señorita, pero con dos muertes seguidas en un mismo lugar no puedo permitir que nadie salga de aquí; indicó el detective.

-Pero estamos atrapados con un asesino, que a lo mejor también mató a Álvaro; contestó Fernanda.

-Aun así, nadie puede irse de aquí; cortó tajante el policía.

Andrés estaba meditando y fumando en el bosque cuando algo tirado en el suelo llamó su atención y se agachó a recogerlo. Era una pequeña joya; él sabía que la había visto antes pero no recordaba exactamente dónde. Un crujido sobre su cabeza lo hizo mirar para arriba justo en el instante en que una gruesa rama se rompía del árbol junto a él y le aplastaba la cabeza.

-Hace rato que no veo a Andrés; comentó Ligia a Fernanda.

-Es cierto, ahora que lo mencionas, hace horas que no sé de él; pensó Fernanda.

-¿No creerás que él es el asesino?; preguntó la actriz.

-Ya no sé qué creer; contestó Ligia. -Pero en todo caso no pienso alejarme de ti, no quiero estar sola.

La joven se veía tan asustada y vulnerable que Fernanda no pudo evitar sentir lástima por ella.

-Tienes razón, es mejor que nos mantengamos juntas; aceptó ella.

-¿Han visto a Andrés?; preguntó Hugo a las mujeres.

-No; respondió Ligia. -Hace rato que no aparece.

-Voy a avisarle al director; dijo el hombre. -Puede que no sea nada, pero…

El director estaba sentado frente a su escritorio, de espaldas a la puerta. En vista de que no respondió al saludo de su ayudante, éste lo tocó en un hombro; el cuerpo sin vida del director rodó por el piso, con una estaca clavada en su corazón.

Antes de que Hugo pudiese reacciona, una fuerte corriente de aire lo empujó de bruces sobre la mesa, clavándose en su pecho la lanza de una pequeña estatuilla de un caballero medieval. Agónico se pudo sacar la punta de metal de su cuerpo y trastabillando salió al patio. Aterradas ambas mujeres lo vieron caer cubierto de sangre.

-¡Corre!; gritó Ligia a Fernanda, mientras le tomaba la mano y huían hacia al bosque.

Su frenética carrera las llevó al lugar donde estaba tirado el cadáver de Andrés. Un grito desgarrador de Ligia que heló la sangre de Fernanda le indicó que debían seguir huyendo.

-Ya no puedo correr más; dijo Fernanda después de un rato, deteniéndose y apoyando agachada sus manos en los muslos.

-Aquí es un buen lugar; dijo Ligia apoyándose en el tronco de un árbol.

Con la respiración entrecortada por el cansancio y el miedo, con la piel mojada en transpiración, Fernanda observaba como una delgada rama de ese árbol se comenzaba a agitar como un látigo y como tal se lanzaba contra ella. El golpe en el cuello hizo caer su cabeza a los pies de Ligia.

Aún con vida el cerebro, los ojos de Fernanda pudieron ver la malévola sonrisa de Ligia antes de apagarse.

Cuando a la mañana siguiente llegó la policía para continuar las pesquisas, todo el equipo de investigadores quedó atónito. El  campamento y los alrededores, así como las carreteras y caminos fueron cerrados por barricadas policiales.

Todos en el campamento habían sido asesinados en forma violenta, directores, técnicos y auxiliares, así como los actores; nadie había escapado de la carnicería. Luego de revisarlo todo el detective se percató de que faltaba el cadáver de una de las actrices, por lo cual decidió internarse en el bosque por si lo hallaba.

Paseando sola entre los árboles el policía encontró a Ligia, en aparente estado de shock.

-¿Ligia, está usted bien?; preguntó el detective.

-Ahora lo estoy; contestó ella con una sonrisa.

-¿Fue usted?; le preguntó el policía.

-Demoró mucho en descubrirlo; contestó ella caminando lentamente hacia él.

-No se mueva; le ordenó el detective apuntándole con su pistola. -No siga acercándose. No se saldrá con la suya.

-¿Y cómo cree que lo impedirá, si no puede ni moverse de la arena movediza en la que cayó?; le desafió ella.

Efectivamente el policía se hundía rápidamente en la mortal trampa, mientras de la espalda de la mujer crecían dos grandes alas y dos orejas puntiagudas reemplazaban a las   que tenía hace poco. No dejándose intimidar el detective disparó varias veces contra el hada; sin embargo, las balas la atravesaban sin lastimarla.

Ya junto al policía, Ligia se quedó observando como la arena cubría completamente su cabeza, no quedando rastros de él.

 

Con un suave aleteo el hada se elevó y voló juguetonamente entre los árboles.

-¿Qué se habrán creído estos humanos para venir a ensuciar mi bosque?; se preguntó a sí misma en voz alta, mientras se desvanecía en un punto de luz.

 

 

 

 

 

La Cueva Del Lobo 30 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

La Cueva Del Lobo

Por primera vez en toda su historia, desde que sus habitantes se aventuraron a las estrellas, el planeta Tierra había decidido establecer relaciones diplomáticas con otro mundo.

En el centro del poder gobernante del planeta Korex, el embajador polipotenciado de La Tierra intercambiaba opiniones y puntos de vista con su similar korexiano.

-Es un hecho realmente memorable que las rutas de navegación de las naves exploradoras de ambos mundos hayan coincidido; celebró Rantar, Primer Ministro  del Consejo Korexiano.

-El encuentro de ambos planetas abre expectativas inimaginables y que nos beneficiarán mutuamente, señor ministro; agregó el embajador Rinardi del planeta Tierra.

-Sobre todo teniendo en cuenta que ambos planetas se hallan en  extremos opuestos de la galaxia; opinó Rantar.

-Comparto su entusiasmo señor ministro; asintió el diplomático terrícola.      -Utilizando los portales hiperespaciales pronto podremos establecer un intercambio comercial mutuamente fructífero.

-Así lo espero señor embajador; aceptó el Ministro Rantar.

-No imaginábamos que otra civilización hubiese desarrollado la capacidad para viajes hiperespaciales; comentó Vandor, jefe del alto mando militar korexiano.

-La verdad es que recién estamos dando los primeros pasos; explicó Rinardi. -Aún estamos muy lejos de la capacidad alcanzada por vuestra civilización.

-Tal vez eso se pueda solucionar con los acuerdos de intercambio cultural y comercial que nos atañen señor embajador; opinó Rantar.

-Estoy muy entusiasmado al respecto señor ministro; asintió Rinardi.

-¿Qué opina Vandor?; preguntó Rantar al militar, cuando el embajador terrícola se hubo retirado.

-Ni siquiera nuestros niños son tan inocentes e ingenuos; observó Vandor.

-Por lo que me ha comentado el embajador Rinardi, el planeta Tierra es muy rico en una gran cantidad de recursos naturales y biodiversidad; indicó Rantar.

-Nunca está de más contar con una reserva extra; opinó maliciosamente Vandor.

-Aunque quede al otro extremo de la galaxia; agregó el gobernante korexiano.

-Ya todo está preparado señor ministro; informó el  militar.

-Entonces procedamos; autorizó Rantar.

En medio de la noche un destacamento armado irrumpió en las dependencias ocupadas por el embajador Rinardi. El secretario y a la vez guardaespaldas del diplomático terrícola intentó repeler el ataque con una pistola que llevaba oculta, pero fue acribillado sin ninguna misericordia.

A rastras Rinardi fue conducido ante Rantar y Vandor, como un vulgar delincuente, sin tener en ninguna consideración su alto rango.

-¿Qué significa esto señor ministro?; exigió saber Rinardi. -Estos soldados han asesinado a mi asistente y me han apresado.

-Terminemos con esta farsa señor embajador; dijo Vandor. -Su civilización no tiene nada que ofrecer a la nuestra. Si hemos sido amables con usted es solo por el interés que los recursos naturales de su planeta ha despertado en nosotros.

-Como usted generosamente nos entregó las coordenadas exactas del planeta Tierra, ya no tiene ningún valor para nuestro gobierno; agregó hipócritamente el Ministro Rantar.

-Mi gobierno no permitirá semejante afrenta; gruño el humillado diplomático de La Tierra. -Tenga por seguro que…. El embajador Rinardi fue callado de golpe por un fulminante disparo en la cabeza.

La vida en La Tierra seguía su rutina de siempre, ajena a la amenaza que se cernía sobre ella, desde más allá de las estrellas. Una rutina a la que todos se habían acostumbrado durante siglos de devenir en un mundo estructurado.

Más que miedo, fue desconcierto lo que provocó que dos cruceros de combate korexianos ingresaran al sistema solar con intenciones hostiles. Sin embargo, la  sorpresa inicial dio paso a millones de años de evolución de instintos guerreros que albergaban en sus genes los terrícolas.

Todas las defensas orbitales fueron apuntadas contra las naves enemigas; descargando la furia de su poder contra ellas; sin embargo, los korexianos eran guerreros natos y no se detenían ante nada cuando entraban en combate.

Saliendo de las profundidades del cosmos una nave nodriza terrícola se unió al combate contra los invasores. La suerte estaba sellada y la contienda solo podía tener un ganador. Las detonaciones y disparos hacían temblar todo el sistema solar, pero la lucha era desigual.

Las defensas planetarias terminaron por ceder. No obstante las naves defensoras no retrocedían.

Finalmente todo terminó; un vencedor y un perdedor era el resultado de la batalla en el espacio.

A la deriva, sin energía, la nave nodriza terrestre era remolcada por los cruceros korexianos. Como un trofeo de combate dedicado a sus gobernantes, la nave terrícola corría la misma suerte que otras tantas naves de otros tantos mundos caídos.

-Los cruceros que destruyeron las defensas de La Tierra están arribando y traen como trofeo una nave terrícola; informó Vandor al consejo korexiano.

-Excelente, que preparen la invasión final; ordenó Rantar.

En eso una violenta detonación estremeció entero el edificio del gobierno.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó alarmado  uno de los consejeros.

-Señor, nuestras propias naves nos están atacando; informó corriendo un soldado.

-Esto es obra de los terrícolas; concluyó Vandor. -Que neutralicen esas naves inmediatamente.

-Imposible señor, son cruceros de asalto; indicó el soldado.

Los disparos de ambas naves no discriminaban ningún blanco en particular, no respetando ni a civiles.

-Señor  la ciudad está bajo ataque; informó Vandor. -Deben evacuar inmediatamente el gobierno.

-¿Cómo es esto posible?; preguntó incrédulo Rantar.

-Los terrícolas deben haberse apoderado de nuestras naves y nos atacan en forma traicionera; opinó Vandor.

-Derriben inmediatamente esas naves; ordenó Rantar, totalmente fuera de sí por la furia.

La destrucción causada por el alevoso ataque era aterradora; la gente huía despavorida en las calles tratando de escapar de los disparos y de los edificios que caían. La cantidad de muertos causados por el bombardeo era difícil de precisar.

Ambas naves, que ya se hallaban en la atmosfera, comenzaron a balancearse al perder su sustentación antigravitatoria, para finalmente terminar cayendo al ser anulados sus motores y armas vía control remoto.

El alivio de los korexianos se esfumó en un santiamén cuando las compuertas de los cruceros se abrieron. Con horror los ciudadanos vieron descender a sus compatriotas, o lo que quedaba de ellos, con implantes mecánicos que les daban más una apariencia de máquinas programadas para matar sin compasión a quien se pusiese en su camino. Junto a ellos decenas de bestias biomecánicas se desplegaron por doquier, llevando la muerte en sus armas y mandíbulas de metal.

El pánico se apoderó de todo el mundo; si bien los soldados biomecánicos avanzaban sin ninguna prisa, confiando en la certeza de sus disparos, los “perros” daban caza rápidamente a todo quien tratase de escapar, mostrando la fiereza y poder de sus mordedura que todo lo rompía.

En la órbita del planeta la nave terrícola encendió todas sus luces y se estabilizó, apoyando con sus armas la carnicería que provocaban en la superficie las tropas de asalto.

-La nave terrícola está totalmente operativa; observó Rantar con el rostro cubierto de sudor. -Todo era una trampa y caímos en ella.

-Desde ella controlan a esos monstruos; observó Vandor. -Debe ser destruida cueste lo que cueste.

Varias naves despegaron para atacara a la traicionera nave terrícola; sin embargo, algunas ni siquiera lograban elevarse de sus rampas, alcanzadas por los disparos de la nave atacante. Las que pudieron salir de la atmósfera descargaron sin piedad sus armas sobre la nave terrícola, pero sus defensas eran fuertes y sus armas devastadoras.

La estación de combate de defensa planetaria de Korex activó su impresionante arsenal de proyectiles balísticos, mientras disparaba varias ráfagas de energía contra la nave terrícola.

Parte del casco de la nave nodriza fue golpeado directamente por uno de esos rayos; inmediatamente todas las armas fueron apuntadas contra ese punto vulnerable.

Una gran bola resplandeciente iluminó todo el firmamento, al estallar los motores cuánticos cuando el proyectil la alcanzó. La estación espacial desapareció de la órbita korexiana, golpeada por un proyectil salido de la nada.

El hiperespacio se abrió dejando salir a otra nave nodriza similar a la anterior, escoltada por tres destructores estelares.

Los monitores y pantallas de todo el planeta mostraron una única imagen. Un alto oficial con la bandera del planeta Tierra a su espalda les habló con una voz carente de rasgos emocionales.

-Korexianos, les habla el Almirante Petersen de la Flota Imperial Terrestre; se presentó el oficial terrícola. -Antes de continuar con esta inútil batalla, por favor dirijan su atención al quinto planeta de su sistema solar. Las pantallas mostraron una panorámica en tiempo real del sistema planetario korexiano.

Desde uno de los destructores terrícolas un gigantesco proyectil surcó el espacio a una vertiginosa velocidad hacia el quinto planeta. Una bola de fuego cubrió todo ese mundo, al tiempo que su superficie se fracturaba por todas partes, dejando escapar el líquido contenido de su núcleo, para terminar finalmente estallando en cientos de pedazos que se dispersaron por el espacio.

-¡Criminales!; gritó el Ministro Rantar. -Había dos millones de habitantes en ese planeta.

-Nunca debieron atacar el planeta Tierra; respondió el Almirante Petersen.

-¡Desgraciados!; rugió Vandor.

-Ahora les ordeno que se rindan inmediata e incondicionalmente ante el Imperio Terrestre; mandó el terrícola.

-Eso nunca; respondió Vandor, dominado por la rabia y la impotencia.

-Todas nuestras armas están apuntando al núcleo de Korex; agregó Petersen.

-Ustedes también morirían en la explosión; rebatió Rantar.

-Nuestra tecnología es mucho más avanzada que la de ustedes, podríamos saltar fácilmente al hiperespacio antes de la detonación; respondió el terrícola. -¿Se atreven a averiguarlo?

-No sería capaz de asesinar a miles de millones de inocentes; trató de razonar el  Ministro Rantar.

-¿Qué me lo impide?; respondió triunfante Petersen.

-Está bien, nos rendimos; aceptó el abatido mandatario. -Pero por favor le ruego que perdone a la población civil.

-Se lo prometo señor ministro; respondió el oficial terrícola. -Una cosa más, inhabiliten inmediatamente todas sus armas y naves de combate y destruyan enseguida todas sus bases militares.

La pantalla se apagó, dejando a todos sumidos en un silencioso sepulcral. El orgulloso gobierno del planeta Korex se había dejado llevar por la apariencia bonachona e inocente del embajador del planeta Tierra; sin embargo, en la confianza está el peligro y ahora se enfrentaban a una inminente aniquilación.

-No podemos hacer eso; objetó Vandor. -Quedaríamos totalmente indefensos ante los terrícolas.

-Ya lo estamos; observó cabizbajo Rantar. -Que destruyan todas las armas y bases militares; ordenó el gobernante. -Esa es la única forma de salvar a nuestro pueblo.

Rantar se había tenido que tragar su propio orgullo, pensando en el bien mayor de salvar la vida de los inocentes, que nada tenían que ver con las decisiones buenas o malas de sus gobernantes.

-El desarme se ha cumplido señor almirante; avisó Rantar. -Nos rendimos, pero por favor respete la vida de los civiles.

-Se lo prometo señor ministro; contestó Petersen, desde el puente de mando del destructor insignia, cortando en seguida la comunicación.

-Comuníquenme con las naves nodrizas; ordenó el oficial a un soldado.

-Aquí el Almirante Petersen. Despliéguense inmediatamente por todo el planeta y erradiquen toda forma de vida inteligente; ordenó a las naves invasoras. -Procedan según el protocolo acostumbrado.

Cientos de aviones terrícolas despegaron de las naves nodrizas, comenzando un devastador bombardeo en todas las ciudades de Korex. Unidades terrestres comenzaron a recorrer las calles para hacer más patente la ocupación. Los soldados biomecánicos se dispersaron buscando sobrevivientes y los perros fueron liberados, llevando la desesperación, el terror y la muerte entre sus quijadas.

Otro mundo había caído bajo la bota de hierro del Imperio Terrestre. Los korexianos aprendieron de la peor forma posible que nunca hay que entrar a la cueva de un lobo a molestar a sus habitantes; y eso fue precisamente lo que hicieron sus gobernantes. Fueron a desafiar a los lobos de la galaxia directamente a su madriguera y eso los condenó al olvido, junto a tantos otros mundos olvidados, desde que los terrícolas invadieron las estrellas.

 

La Modelo 27 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

La Modelo

-Esta es la dirección; dijo para sí misma la joven.

Era una suerte que recién egresada hace un mes de la escuela de modelos, la hayan llamado para el casting para el comercial de una nueva línea de lencería de una afamada marca. Vestida con su mejor tenida y portando un archivador lleno de fotografías suyas, tocó el timbre del despacho ubicado en el cuarto piso de un antiguo edificio del centro. Sin ascensor y con largos pasillos mal iluminados, no tenía ningún letrero ni logotipo en su puerta. Supuso que, como le habían contado, las agencias que hacían los casting no tenían oficinas fijas y en cambio arrendaban una cuando la necesitaban.

Una recepcionista de mediana edad le abrió la puerta con una sonrisa.

-Hola, me citaron a un casting a las once; dijo la joven a la mujer.

-Pasa, llegaste temprano, eres la primera; la invitó la mujer. -Todavía no llega nadie.

-A quién madruga Dios le ayuda; respondió la joven citando el viejo refrán.

-Así es, tienes razón; asintió la mujer. -Mientras, por favor llena esta ficha con tus datos personales.

Las murallas estaban decoradas sin mucho estilo con varias fotografías en blanco y negro. Estaba la recepción más unas cuantas puertas cerradas. La oficina parecía ser muy grande, a juzgar por la separación de las puertas del pasillo.

Ninguna otra modelo llegaba, lo que llenaba de esperanzas a la joven. Cerca de las once y veinte, una mujer de unos cuarenta años, acompañada de un hombre llegó casi corriendo.

-Hola, disculpa el atraso, es que se alargó una reunión con el cliente. -Vaya, ¿no ha llegado nadie más?; preguntó a la recepcionista.

-Solo esta señorita; respondió ella.

-Bueno, déjame revisar tu ficha y te llamo enseguida para que nos conozcamos mejor; dijo la mujer, que parecía ser la encargada de la selección.

Después de algunos minutos de tensa espera la mujer hizo pasar a la joven a su oficina.

-Veo que recién egresaste de la escuela de modelaje; dijo la mujer.

-Sí, hace un mes; contestó algo nerviosa la joven.

-Por lo visto no tienes mayor experiencia; comentó el hombre, con una máquina fotográfica colgando del cuello.

-Bueno, la verdad es que no; respondió inquieta la joven. -Salvo mi práctica.

-¿Tienes fotos?; preguntó la mujer.

-Sí, claro; respondió la joven pasándole su portafolio.

-Mmm; opinó el hombre. -Parece que le agradas a la cámara.

-Gracias; contestó la joven a lo que parecía un alago.

-Sin embargo me gustaría ver fotos frescas. ¡Desnúdate!; ordenó la mujer.

-¿Perdón, cómo dijo?; preguntó confundida la joven.

-Que te desnudes; repitió la mujer. -Recuerda que esta es una campaña para una línea de ropa interior.

-Sí, claro; respondió la joven, que se sentía como una tonta y la novata que era.

-Quédate con brassier y braga solamente; pidió el hombre.

-¡Magnífica!; exclamó la mujer. -Permíteme la cámara a mí; pidió al fotógrafo.

-¡Estupenda!; dijo ella mirando a través del lente fotográfico. -Tu piel parece porcelana y capta muy bien la luz y la sombra. Tu figura parece haber sido esculpida a mano; decía la mujer, captando cada ángulo del cuerpo de la joven, que lucía una radiante sonrisa, ahora al sentirse tan elogiada.

-Puedes vestirte; ordenó la mujer, pasando la cámara a su compañero.

-A mí me parece bien; dijo él mirando de arriba abajo a la chica. -Pero necesitamos entrevistar a más postulantes.

-Creo que no; opinó la mujer. -Querida, tú y yo podemos hacer grandes negocios si te interesa.

-¿Quiere decir que tengo el trabajo?; preguntó ella mientras se abotonaba sin apuro su blusa.

-Claro que sí, pero tendrás que firmar un contrato exclusivo, por al menos un año con nuestra agencia de modelos; contestó la mujer. -¿Qué dices, te interesa?

-¡Sí!, por supuesto; respondió emocionada la joven.

-Señorita, por favor traiga un contrato de trabajo por un año a nombre de la joven que está con nosotros; ordenó a la recepcionista.

A los pocos minutos el hombre, que había ido a la otra habitación, volvió con dos sobres.

-Aquí tienes una copia de las fotografías que te sacamos, otra es nuestra; dijo entregándole uno de los sobres a la modelo.

Tras revisar el contrato de cinco hojas, la joven aceptó la pluma fuente que le tendió la mujer. Por un tonto descuido, al recibirla se pinchó un dedo con su punta; una roja gota de sangre cayó sobre el papel ensuciando el contrato.

-¡Oh, disculpe!, manché el contrato; dijo afligida la muchacha.

-Descuida, firma tranquila, vamos a suponer que este pacto se selló con sangre; bromeó la mujer.

La joven sonrió nerviosa y estampó su firma al final del contrato por triplicado.

-Entonces, nos vemos mañana mismo a las nueve; dijo la mujer recibiendo la copia del documento manchada con sangre. -Y no es necesario que vengas vestida de manera formal.

La joven estuvo todo el día revisando el catálogo de la ropa interior que debería modelar. Las prendas eran tan lindas que sacaban varias expresiones de exclamación de ella.

Al otro día estaba media hora antes en la oficina de la agencia de modelos, practicando en el espejo del baño distintas expresiones.

Cinco minutos antes de la hora acordada la mujer llegó sola a la oficina.

-Hola querida. Mi fotógrafo tuvo que llevar a su mujer de urgencia al médico, creo que se rompió una pierna; explicó ella. -Pero yo saco fotografías muy buenas también.

-¿Te parece si empezamos con este conjunto?; preguntó a la joven mostrándole un brassier y bragas de encaje negro.

-Sí claro; aceptó la modelo.

La ropa interior realzaba toda la belleza y juventud de la muchacha, la cual fue capturada en cada fotografía hábilmente tomada por la mujer.

-¡Eres magnífica!; la alabó ella. -Juntas vamos a arrasar el mercado de la moda.

-¿En serio lo cree?; preguntó la joven.

-Claro que sí, llevo años en esto y tú eres una delicia para los ojos; opinó la mujer sin dejar de apretar el obturador de la cámara.

-Aun no es seguro, pero una prestigiosa marca europea me encargó que hiciera un catálogo de alta costura. -¿Te interesaría?; peguntó la mujer.

-¿Es en serio?; preguntó emocionada la joven modelo. -Si yo no tengo experiencia.

-Tienes un porte y desplante muy distinguido y natural; contestó la mujer.    -La  experiencia se gana paso a paso.

-Pues claro que me interesa; respondió la joven.

Después de varias horas de incesantes fotografías, la modelo se sentía muy cansada, pero muy contenta y emocionada.

-Bueno querida, es suficiente por hoy; terminó la mujer. -Ve a descansar y nos vemos mañana a las nueve.

Cuando la joven se hubo vestido y se disponía a marcharse la mujer la detuvo.

-Espera, falta el pago por esta sesión; dijo ella pasándole un cheque.

-Tiene que haber un error; observó la joven. -Esto es demasiado.

-Tú vales mucho más; aclaró la mujer. -Juntas vamos a ganar mucho dinero.

La joven modelo estaba impresionada y emocionada a más no poder; en sus manos tenía un cheque con más del doble de dinero ganado en un mes el último verano y por trabajar solo unas cuantas horas.

Tras darse una larga ducha se sentó frente a su tocador a peinarse y ponerse crema facial. -Vaya, ¿qué tenemos aquí?; dijo tomando un cabello y sacándolo. -¡Una cana!

-Parece que realmente agota este trabajo; opinó mirando su rostro un poco cansado. -Nada que una siesta y una crema no puedan arreglar.

Al otro día la jefa ya había llegado y tenía todo preparado para una sesión de fotografía tipo glamour, con un sillón rojo, una mesa de centro y cortinas de gasa.

Era todo como un juego, así es que las horas pasaron volando para la modelo; si no hubiese sido por el dolor articular y muscular que empezó a molestarla, no se habría dado cuenta del cansancio.

Tras una ducha tibia y un vaso de leche con un relajante muscular se durmió plácidamente. Una máscara facial en rostro y párpados debería borrar las ojeras que le habían aparecido.

Al otro día la mujer llegó justo a las nueve y la hizo pasar a la oficina.

-Mandé las primeras fotos al cliente y están fascinados; explicó la mujer.      -Están tan encantados contigo que quieren que seas su modelo y rostro oficial de campaña este año. ¿Qué te parece?

-¡Es increíble!, no sé qué decir; exclamó la joven.

-Di que sí y hagámonos famosas; dijo la mujer con una sonrisa. -Pero bueno, trabajemos. ¿Sabes sacar fotografías?

-Solo con cámaras automáticas; respondió la modelo.

-Hoy vas a aprender a sacar fotografías profesionales; dijo la mujer mientras desabrochaba su blusa y se quitaba la falda. -Yo  seré tu modelo.

A pesar de sus cuarenta y tantos años, la mujer se veía bien, claro que se notaba en la textura de su piel y en la firmeza de sus músculos su edad; al fin y al cabo los años pasan y no pasan en balde.

La joven se sentía incómoda con la cámara, le costaba enfocar y usar la luz en forma manual.

-Solo deja de pensar en la cámara como una herramienta; aconsejó la mujer. -Vela  como una extensión de tu mente y tus ojos.

La mujer posaba muy bien; debía haber sido modelo cuando joven.

A pesar de todo, la modelo se sentía muy cansada cuando llegó a casa. Su piel se sentía levemente menos tersa y encontró otras canas en su cabello.

Durante la semana siguiente las sesiones fueron muy cansadoras, pero eran las últimas. El día viernes la jefa le entregó un grueso catálogo del cliente.

-Tu primer trofeo; dijo la mujer sonriendo. -Ahora nos vamos a celebrar  y en la tarde siguen tus clases de fotografía.

De vuelta del restaurante y después de varios tragos, la jefa comenzó a posar, mientras la muchacha la fotografiaba. Su piel a través de la lente se veía tersa y lozana, muy distinta de la anterior sesión; sus músculos estaban firmes y tonificados. Podía ser tal vez por el alcohol ingerido, pero la jefa se veía veinte años más joven.

-No quisiera ser indiscreta; dijo la joven. -¿Pero estás aplicándote algún tratamiento rejuvenecedor?

-La verdad es que sí; respondió la mujer.

-Lo que es yo, me siento cansada y dolorida, como si tuviera más de cincuenta años; se quejó la muchacha.

-Debe ser el exceso de trabajo; opinó la mujer. -Esta vida agota y no es solo brillo, luces y ropa bonita como piensa la gente.

Después del baño la joven, como todas las tardes se sentó frente  a su tocador; sin embargo, esta vez casi no se reconoció. Su pelo estaba lleno de canas, sus ojos rodeados por un par de ojeras se veían cansados y coronando su demacrado rostro, cuatro líneas cruzaban su frente y su piel se notaba marchita. Esto tal vez era normal por el cansancio y las largas sesiones; sin embarga, lo que más le molestaba  era el dolor punzante que sentía en sus manos y rodillas.

Para distraerse la joven modelo tomó el manual de la cámara fotográfica que le había obsequiado su jefa. Debió alejarlo bastante de sus ojos para poder leerlo. La máquina le estaba dando un poco de problemas, porque de pronto se encendió sola y no podía apagarla; en algún lado debía tener un interruptor, pero no daba con él. Por lo visto, sin proponérselo tendría grabado un video de ella esa tarde, hasta que se apagó sola.

Finalmente cansada, la muchacha se fue a la cama. En el velador la cámara se encendió nuevamente sola y filmó a la joven mientras dormía. Al otro día se levantó con mucho dolor en los huesos y fue a ver a un médico. Éste, después de revisar los resultados de los exámenes, a ella misma y la ficha con sus datos, habló despacio.

-¿Su edad es veinte años señorita?; preguntó el facultativo.

-Diecinueve, aun no cumplo veinte; corrigió la joven.

-Bien, los exámenes indican que entre otros problemas, usted está sufriendo descalcificación general, así como desgaste e inflamación en sus articulaciones. Los resultados indican que usted padece osteoporosis y artritis reumatoide; explicó el médico.-¿Algún antecedente en su familia o algún pariente cercano la sufre?

-Ninguno; respondió la muchacha.

-Ayer no pude leer bien; comentó al doctor.

-Me parece que es presbicia; dijo el médico.

-Pero doctor, eso da después de los cuarenta años y yo no tengo ni veinte; contestó ella.

-De hecho su edad biológica, en este momento, es de cerca de sesenta y cinco años.

-Pero eso es imposible doctor; alegó la joven. -¿Está diciéndome que de la noche a la mañana me volví vieja?

-En casos muy extraños eso puede ocurrir; contestó el médico. -¿Ha estado expuesta a algún tipoi de radiación últimamente?; preguntó el facultativo.

-No que yo sepa; contestó la muchacha mientras gruesas lágrimas corrían por su rostro.

Agotada la abatida joven se fue a su casa y se tendió a descansar en su cama. Cansada se durmió y soñó con pasarelas y sesiones de fotografías; después de unas horas de un sueño reparador se levantó y preparó su comida.

Los medicamentos para el dolor que le dio el médico algo le ayudaban a soportarlos, pero se sentía sin fuerzas ni ánimo.

-¡Vaya que dura la batería de la cámara!; exclamó al ver encendida la máquina fotográfica.

Se volvió a dormir y apenas pudo levantarse al despertar; sus piernas estaban débiles y sus músculos se sentían y veían flácidos. Sin tener a nadie más  a quién recurrir, decidió llamar a su jefa.

-Hola, estoy enferma, por favor ven; la llamó con voz temblorosa.

A la media hora la mujer tocaba el timbre y la demacrada y adolorida joven le salió a abrir.

-¿Hola, qué tienes?; preguntó a la muchacha.

-No lo sé, el doctor dice que estoy envejeciendo muy rápido y sin motivos aparentes; explicó la joven. -Me duelen los huesos, estoy muy débil y me cuesta ver.

-Debe ser solo cansancio y una gripe; opinó la mujer. -Yo te veo igual de joven.

-¿En serio?; preguntó la muchacha.

-Pero claro; asintió la mujer. -No hay que creerle a los doctores.

-Supongo que tienes razón; aceptó la joven.

-Vamos, te ayudo a acostarte y te preparo una taza de té; ofreció la mujer.

Con cuidado arropó a la muchacha en la cama. Sus ojos se posaron en la cámara fotográfica que estaba en el velador y la tomó en sus manos con una sonrisa. Picaronamente la mujer le sacó una fotografía.

-Pronto nos reiremos de esta foto; dijo a la joven.

-Tómate este té, el líquido caliente te va a hacer sentir bien; le pasó la taza a la joven.

La infusión pasaba agradable por su garganta, produciéndole un leve sopor; sus ojos comenzaron a cerrarse y finalmente se durmió. La mujer puso nuevamente la cámara fotográfica en el velador y dejó a la muchacha durmiendo, para luego marcharse.

Cuando la joven despertó estaba confundida, ya que no sabía cuánto tiempo había dormido. El somnífero que la mujer puso en el té la había tenido sumida por varios días en un profundo sueño. Al intentar levantarse sus piernas fueron incapaces de sostenerla; como pudo logró sentarse en la silla del tocador. Ojala que no hubiese logrado hacerlo.

Sentada frente a ella, una anciana la miraba con ojos lánguidos; una anciana a la que nunca antes había visto, pero a la que reconoció inmediatamente. Sus temblorosas manos se acercaron despacio para tocar su arrugado y marchito rostro y su pelo blanco.

Se preguntaba por qué le estaba pasando esto. Si su frágil memoria no la engañaba, todo comenzó cuando empezó a trabajar en la agencia de modelos. Miró su velador y vio la cámara fotográfica encendida; siempre encendida, sin que su batería se agote nunca. Apoyándose en la mesita del tocador llegó hasta él y tomó la máquina. Sentada en el borde de la cama vio asombrada las fotografías que la cámara había tomado en forma automática. Una a una mostraba la secuencia en que, en el curso de pocas semanas, había pasado de una joven veinteañera a una anciana de noventa años.

Con lentitud se vistió, no porque lo quisiera, sino porque cada movimiento era terriblemente doloroso. Recordó que en el closet tenía un bastón que había comprado para un disfraz y que ahora de verdad sería su apoyo.

Pidió un taxi por teléfono y se dirigió a la oficina de la agencia de modelos. Los peldaños de las escaleras del viejo edificio parecían interminables. Agotada llegó hasta el cuarto piso y arrastrando los pies despacio llegó hasta la puerta sin nombres donde estaba aquella agencia donde todo empezó o mejor dicho donde todo terminó.

Después de un rato la recepcionista abrió la puerta.

-¿En qué le puedo ayudar señora?; preguntó amablemente sin reconocerla.

-Necesito hablar con la jefa; dijo la anciana. -Es sobre una de sus modelos que está muy enferma.

-Sí, claro, pase por favor; aceptó la secretaria.

Desde la oficina se escuchaban voces y risas, incluida la de alguien muy joven. Lo más rápido que sus cansadas piernas le permitieron se dirigió hacia allá.

La jefa de la agencia de modelos se veía bella y radiante, luciendo la apariencia de una muchacha de no más de veinte años.

-¿Qué me has hecho maldita?; se lanzó la anciana sobre la mujer. La adolescente que junto a su madre acompañaba a la dueña de la agencia, alcanzó a afirmarla cuando se le cayó el bastón y perdió el equilibrio.

-¡Abuela!; exclamó sorprendida la mujer. -¿Qué haces aquí?, ¿dónde está tu enfermera? La voy a despedir por descuidarte y dejarte sola.

-Por favor disculpen, es que mi abuelita no ha estado muy bien últimamente; dijo con cara de pena.

-No te preocupes; contestó la madre de la muchachita. -Hay que tener paciencia con las personas mayores.

-Es cierto; respondió la joven. -Pero volvamos a lo nuestro. ¿Ya firmaste el contrato?; preguntó a la jovencita, que no tenía más de quince años.

-Sí, aquí está firmado; dijo la niña emocionada pasándole los papeles manchados con una gota de sangre.

-¡No!; fue lo único que dijo la anciana antes de que la mujer la acompañara tiernamente hasta la salida, pero una vez allí la sacara de un empujón.

Al otro día, tirado en la calle encontraron el cadáver de una anciana de edad muy avanzada que había fallecido durante la noche. Las únicas identificaciones que llevaba consigo pertenecían a una joven de veinte años. Tal vez había robado la billetera o la había encontrado; podría haber sido también de alguna nieta; ¿quién podría saberlo? Era una anciana más de tantos indigentes que mueren anualmente en las calles de la ciudad.

Un forense de buen corazón se apiadaría de ella y le querría dar una identidad. Ni siquiera se podía imaginar la sorpresa que se llevaría al revisar sus huellas digitales.

 

Herencia 14 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Herencia

-Hace tiempo que debíamos habernos tomado estas vacaciones; comentó Javiera a Enrique, quien conducía el lujoso todoterreno camino a la casa de verano que tenían en la precordillera.

-Es cierto, pero recuerda que yo siempre insistía para que lo hiciéramos; respondió él, con la vista fija en el camino.

-Lamentablemente no es tan fácil delegar la dirección de todas las empresas; observó con toda naturalidad Javiera, quien era la única heredera de una de las fortunas más grandes del país y si es que no del continente, dueña de tantas empresas que casi no las recordaba fácilmente a la primera.

-Tal vez esta sea la oportunidad para pensar en tener un heredero; opinó Enrique.

-Voy a estudiar su propuesta; contestó sonriendo ella, como si hablase con uno de sus asesores de negocios.

La luz de la luna permitía divisar la casa desde el camino, aunque más correcto era hablar de una mansión enclavada en medio de los cerros.

-Al fin llegamos; comentó Enrique estacionando el vehículo frente a la puerta principal.

-Que espectacular, dos semanas sin saber de negocios, ni pleitos, ni nada; respondió Javiera con placer en la voz.

Aunque no iban seguido a la propiedad, un empleado se preocupaba de que el refrigerador y la alacena estuviesen bien abastecidos y todo correctamente limpio y ordenado.

-¡Impecable!; opinó Enrique. -Como siempre José ha dejado todo perfecto.

-Recuérdame aumentarle el sueldo; comentó Javiera.

Desde temprano la pareja se dispuso a disfrutar de la gran piscina y de la tranquilidad de la soledad. El agua fresca, la brisa suave y el sol tibio de la mañana acariciaban la dorada piel de la millonaria, mientras Enrique hablaba con alguien por celular desde dentro de la casa.

-¿Un jugo?; ofreció él a su esposa, besándola en el cuello.

-Gracias, precisamente iba a buscar uno; aceptó ella.

Era tal la calma del lugar que claramente escucharon un vehículo que se estacionaba en la entrada.

-No lo puedo creer; reclamó algo contrariada Javiera.

-¿Alguien sabía que vendríamos?; preguntó Enrique.

-Nadie; contestó ella.

Una llave se introdujo en la puerta y las risas de una pareja que entraba risueña llegaron hasta la piscina.

Pilar se quedó inmóvil al ver a su jefa y amiga parada frente a ella, luciendo un diminuto bikini.

-Javi, Enrique, disculpen no sabíamos que estaban ustedes aquí. Como me diste un juego de llaves y me dijiste que viniera cuando lo deseara, yo….Mejor nos vamos; dijo Pilar a Diego, el abogado de Javiera.

Después de pasada la sorpresa, con una sonrisa Javiera se encogió de hombros.

-Es culpa mía Pili, tu eres mi asistente personal y debí avisarte que vendríamos; contestó ella a su amiga.

-¿Hace mucho que andan juntos?; preguntó Enrique a Diego pasándole una lata de cerveza.

-Bueno, la verdad es que nosotros solo somos amigos; se defendió éste.

-Sí, cómo no; insistió burlón Enrique.

-Te encanta meterte en la cama de los demás; reprendió con una sonrisa Javiera a su marido  mientras guiñaba un ojo de complicidad a su amiga.

-Ya váyanse a poner traje de baño y métanse a la piscina, es una orden; bromeó la millonaria.

-No quisiéramos molestar; titubeó tímidamente el abogado.

-Oh no te preocupes, la casa es bastante grande para los cuatro y la piscina también; lo tranquilizó la millonaria.

-En ese caso; agregó Pilar desabotonando su blusa y luciendo el bikini que ya llevaba puesto.

-¡Vaya!, ya andabas preparada; observó embobado Enrique.

-Soy una asistente eficiente y siempre lista; respondió ella.

-Creo que necesitas enfriarte un poco; dijo Javiera vaciándole un jarro de agua con hielo en la cabeza a su marido. Ante la cara de vergüenza de Enrique, los tres amigos largaron a reír.

-Ya pues señor abogado, estoy esperando a que se saque los pantalones; ordenó con una sonrisa Javiera.

-Yo puedo ayudarte; le ofreció Pilar desabrochándole el cinturón a su acompañante.

-Puedo solo gracias; contestó Diego tratando de mantener la compostura.

-Si quieres te ayudo yo; agregó Enrique cerrándole un ojo.

-Gracias pero prefiero a Pilar; respondió el abogado.

-No sabes lo que te pierdes; insistió Enrique lanzándole un beso con los labios.

Los tres se retorcían de risa a costa del abogado, el que volvió a los pocos minutos.

-¡Abogado!, por lo visto gasta todo su sueldo en gimnasios; observó Javiera admirando la bien formada musculatura de Diego. -Desde ahora se va a trabajar sin camisa; dijo ella relamiéndose los labios.

-Un momento, yo lo vi primero; alegó Pilar abrazando a su amigo por la espalda y posando sus manos en su firme abdomen.

El paisaje era realmente alucinante bajo la blanca luz de la luna llena; el ambiente era incitante e insinuante  a la vez, invitando a tomarse unos tragos sumergidos en las burbujeantes aguas del yacusi junto a la piscina.

Ya bien entrada la noche ambas parejas se retiraron a sus respectivas habitaciones en medio de risitas y cuchicheos. Entre sueños Javiera giró y buscó con su mano el cuerpo de su marido; al no hallarlo se despertó y vio que estaba afuera  hablando con Diego y Pilar. Aunque aguzó el oído no pudo entender de qué hablaban; movida por la curiosidad se levantó y dirigió a la piscina.

-¿Pasa algo?; preguntó ella a los demás en medio de un bostezo.

-Estábamos discutiendo de un proyecto que se le ocurrió a Enrique; contó Diego.

-¿En serio?; quiso saber Javiera. -¿De qué se trata?

-Bueno, es un pequeño negocio que te estaba preparando y quería regalártelo para tu cumpleaños; explicó Pilar.

-Grandioso, estropearon la sorpresa; reclamó Enrique.

-¿Y qué sería?; preguntó curiosa Javiera.

-Es una florería pequeñita y muy tierna que Enrique quiere comprarte; aclaró Pilar.

-Qué lindo eres; opinó Javiera. -Siento haberte echado a perder la sorpresa.

-No hay problema, siempre que pongas cara de sorprendida cuando te entregue las llaves; aceptó Enrique.

-Bueno, ya que todo se aclaró propongo que nos vayamos a dormir; sugirió Diego.

Javiera hasta el otro día se durmió con una sonrisa en los labios, su marido no dejaba de demostrarle su amor.

Todo el día lo pasaron relajándose en la piscina y bromeando de todo. Realmente esto es lo que los cuatro amigos necesitaban, alejados del frío mundo de los negocios y del dinero. La noche era la hora del yacusi. Ese era el regalo perfecto para cerrar el día.

-Permiso; pidió Javiera. -Debo ir al tocador.

Cuando iba de regreso a la piscina, la millonaria al pasar frente al escritorio sintió una curiosidad casi infantil por saber más detalles del nuevo proyecto de su marido.

-Este debe ser; supuso Javiera tomando una carpeta del cajón del antiguo escritorio de ébano.

Los ojos de ella se abrían cada vez más a medida que leía cada página, no pudiendo dar crédito a lo que veía. Pensando que se trataba de un borrador de un nuevo proyecto se encontró con un nuevo testamento en que Enrique figuraba como único heredero de ella, firmado por Diego como abogado y por ella y debidamente legalizado ante notario.

-¿Pero qué diablos es esto?; se preguntó en voz alta con el ceño fruncido.

Junto a los documentos encontró una reserva de avión a su nombre a Europa con fecha de hace dos días atrás.

Indignada se levantó con los papeles en la mano, dispuesta a encarar a los sinvergüenzas de su marido y su abogado. Al llegar a la biblioteca se topó de cara con ambos.

-¿Me pueden explicar qué significa todo esto?; preguntó furiosa a los dos hombres.

-Tranquila, no es lo que parece; trató de explicar el abogado.

-¿Crees que soy estúpida acaso?, aquí falsificaron mi firma; estalló Javiera. -¿Y esta reserva de avión?

-Vamos cielo, no lo hagas más difícil; pidió Enrique apuntándole con una pistola.

-No creas que te saldrás con la tuya tan fácilmente; lo desafió ella.

-Yo creo que sí. Nadie sabe que estamos aquí y nadie te echará de  menos ya que en este momento estás paseando por Europa y el avión en que regreses va a sufrir un lamentable accidente; dijo triunfante Enrique.

-¿Pero por qué?; preguntó Javiera.

-Dinero, muchísimo dinero; respondió fríamente su marido.

-Pero a ti no te falta nada; observó apenada ella.

-No me gusta estar viviendo de tu limosna y sometido a tus caprichos; respondió Enrique.

-¿Y vas a dispararme aquí acaso?; respondió desafiante Javiera.

En un momento en que Enrique bajó la vista, ella aprovechó de lanzarle un florero, golpeándole en la cara. A causa del golpe la pistola se le cayó de la mano y Javiera se apoderó de ella, encañonando a  ambos.

-No se muevan malditos; ordenó ella mientras tomaba un teléfono y comenzaba a marcar el número de la policía. -Ahora los dos se van a secar en la cárcel.

La vista de Javiera se nubló de golpe y su cuerpo inconsciente cayó al piso.

-Lo siento mucho querida; dijo Pilar empuñando el candelabro con que acababa de golpear la cabeza de su amiga.

La cabeza le dolía intensamente cuando recobró la consciencia. Ya no se encontraba en la casa; la jalaban por uno de los faldeos cordilleranos.

-Desgraciados, no se saldrán con la suya; gritaba Javiera. -Me  las van a pagar muy caro.

-Grita todo lo que quieras, aquí nadie te oirá; contestó Pilar.

-Llegamos, aquí es; señaló Enrique deteniéndose frente a la entrada de una mina abandonada.

-Vamos dispárale; ordenó la mujer a Enrique.

-¿Y dejar una bala fácil de rastrear?; objetó éste.

-Entra ahí; dijo Diego empujándola al interior de la mina.

-Aquí nadie te encontrará nunca; comentó Enrique arrojando un cartucho de dinamita al interior, el que selló para siempre la entrada del socavón, cuyas rocas aplastaron a Javiera.

Los tres asesinos celebraban su crimen perfecto. Pilar se besaba con ambos hombres sin que nadie se lo pudiese impedir, mientras ellos limpiaban todos los rastros de la pelea.

Poco a poco Javiera recobró el conocimiento, cuando trató de moverse se dio cuenta de que estaba aplastada por varias toneladas de roca. Recordó todo lo que había pasado esa noche y no lograba entender cómo es que aún se encontraba con vida; sin embargo, sabía que pronto moriría. Le dolía todo el cuerpo y el aire era muy escaso.

A pesar de que la cueva había quedado totalmente sellada, la oscuridad no era absoluta. Una extraña luminiscencia azulosa iluminaba con tonos sobrenaturales su tumba de piedra. Por el piso brillantes cristales azules parecían moverse hacia ella, acercándose a su cuerpo sangrante y agonizante. Con su mano temblorosa tomó y apretó algunos de aquellos cristales que parecían tener vida propia y dejó escapar por última vez el aire de sus pulmones.

El cadáver de Javiera yacía sepultado bajo varias toneladas de roca, en su tumba iluminada por ese extraño mineral radioactivo que había dado lugar a varios mitos que alguna vez ella había escuchado en la zona y que hablaban de extrañas luces azules y apariciones fantasmagóricas en los cerros cercanos, pero a los que nunca les había dado importancia.

-Pronto amanecerá; observó Diego. -Es mejor que nos vayamos.

-Yo me iré a la noche, para que nadie me vea; opinó Enrique. -Ustedes quédense aquí y hagan como que vinieron a descansar aprovechando que Javiera está en Europa; aconsejó a sus cómplices. -Sigan con el plan y pronto seremos asquerosamente ricos.

El automóvil del asesino se internó en la noche en camino a la ciudad, dando un paso más en el crimen perfecto. Pilar y Diego se quedaron en la mansión de la montaña dándose la vida de ricos que tanto ambicionaban.

-¿Cómo me veo?; preguntó la mujer luciendo uno de los finos vestidos de la difunta millonaria y varias de sus joyas.

-Pareces toda una reina; respondió Diego admirando los diamantes del collar que llevaba su pareja.

La luna iluminaba los roqueríos y quebradas cordilleranas, solo el viento se movía entre los riscos. Un fantasmagórico resplandor azul manaba de entre las rocas como relataban las viejas leyendas de los arrieros.

Un leve temblor, un deslizamiento de piedras por otro lado; un crujido de rocas al caer era el ruido sordo que se escuchó por un instante; la montaña crepitó como si una tumba se hubiese abierto. Bajo la luz de la luna, entre las rocas una mano se asomó; una mano distinta a otras manos, una mano que brillaba con luz propia, con un resplandor azuloso, una mano fría y dura, traslucida y cristalina.

Luego un brazo, luego otra mano; finalmente la tierra se abrió. Un cuerpo, una persona,….tal vez en otro tiempo, pero ahora ya no; una mente fría como el cristal que la contenía, guiada por un odio intenso, profundo, por una promesa de venganza lanzada en la noche, una fuerza que no podía ser contenida sino con la muerte de sus asesinos.

Sabía dónde debía dirigirse, no había planes complicados de venganza. Su gélido pensamiento le indicaba que solo debía localizar y matar, nada más importaba y no le molestaba ninguna duda. Ahora era todo tan simple.

Se levantó en toda su altura, miró las estrellas e inhaló hondo el frío  aire cordillerano, pero sus pulmones no se dilataron, no sintió como de costumbre el aire entrar por su nariz y cruzar por su garganta. Una vez más lo intentó, pero sintió su pecho rígido; lo tocó con sus manos y lo sintió duro, frío. No podía respirar, no podía estar viva y sin embargo lo estaba. Miró sus manos y con estupor notó que podía ver a través de ellas y de esa luminiscencia azul. Despacio llevó sus dedos a su rostro. El contacto fue impersonal, como si con guantes de cristal tocase una escultura de cristal; sin tacto, sin sensaciones, un rostro frío, anguloso y duro. El rose de los dedos produjo un zumbido parecido al que se oye al rosar el borde de una copa con agua.

Trató de gritar, pero su garganta no se movió, se concentró un poco más pero lo único que logró fue emitir un agudo sonido que nunca había escuchado. Un animal corrió asustado a esconderse, las rocas crujieron nuevamente ante la aguda vibración que perforó la noche.

Dio un paso vacilante, sus piernas estaban rígidas y pesadas. Caminó despacio al principio, más rápido después. Aprendía a moverse nuevamente, insegura como un niño que aprende a caminar; paso tras paso su confianza aumentaba, su andar se tornó seguro, su paso firme.

No sentía dolor, no sentía cansancio. Sabía que no debería estar viva, sin embargo lo estaba y continuaba su avance inexorable y decidida.

No tenía problemas para orientarse, ni dificultades para ver en la noche, ya que la oscuridad se apartaba a cada paso que daba. De pronto le pareció tan natural la luz que emanaba de su cuerpo que se preguntó cómo no la necesitaba antes. Ese pensamiento le hizo cierta gracia y trató de sonreír, pero sus labios no se movieron siquiera; no había flexibilidad en sus rasgos, pero tampoco la había en su objetivo. Mataría a quienes la habían traicionado y nada ni nadie lo podría impedir.

Las luces de la mansión ya estaban a la vista y se acercaban más y más. Nadie la vio entrar; se ocultó un rato tras unos árboles, luego se dirigió a la piscina esperando poder encontrar allí a los asesinos. La piscina estaba vacía, pero escuchó risas venir de la casa; se acercó hasta una ventana y con rabia vio a Pilar y Diego jugando en su cama.

-Ahhh; gritó Pilar al ver la figura en la ventana.

-¿Qué pasa?; preguntó el hombre.

-Vi a alguien que nos observaba; respondió agitada la mujer.

Diego se levantó a mirar por la ventana pero no vio a nadie.

-No hay nadie; dijo a Pilar. -Tiene que haber sido un reflejo de la piscina.

-Es posible, se veía como con un brillo azuloso; meditó la mujer. -Por un momento me pareció que era Javiera.

-Ella está muerta, bajo toneladas de rocas y nunca la encontrarán; calmó Diego a la mujer.

-Supongo que estoy un poco nerviosa; aceptó Pilar.

-Ya se te pasará cuando empieces a gastar todos esos millones de dólares; le dijo el abogado mordisqueándole suavemente una oreja.

Al rato, ambos cansados se durmieron abrazados. Un ruido de algo que cayó despertó a la pareja.

-Hay alguien más en la casa; dijo Pilar asustada.

-Quién quiera que sea no va a salir vivo de aquí; comentó amenazante Diego tomando la pistola que había dejado sobre el velador.

Despacio ambos se dirigieron al escritorio, de donde provenía un extraño resplandor azul. Un grito de terror escapó de la garganta de Pilar al ver la brillante figura que avanzaba lentamente hacia ellos.

-¡Javiera!; gritó la mujer, reconociendo los rasgos de la muerta en el rostro de la cosa que la sujetaba del cuello y la levantaba sin esfuerzo en el aire.

Una bala en el hombro de la cosa produjo un ruido de vidrio al ser golpeado, pero no le causó daño alguno. Con rabia la extraña mujer arrojó a Pilar al suelo y centró su atención en el abogado, el que disparaba sin ningún resultado todas las balas de su arma sobre la cosa esa que avanzaba sin inmutarse siquiera hacia él.

Aterrado Diego salió huyendo de la casa, dejando sola a Pilar con la criatura que  la miraba con sus cristalinos ojos cargados de odio.

-¿Por qué estás tan asustada amiga?; preguntó con una voz aguda y chirriante la mujer de cristal. -Soy yo Javiera, tu amiga.

-Discúlpame, yo no quería, Enrique me obligó; se intentó disculpar Pilar. -Yo no quería que murieras.

-Pero yo no estoy muerta; contestó Javiera con su voz vidriosa. -Claro que ahora que lo recuerdo, ustedes tres sí me asesinaron.

Pilar estaba tan aterrada que se hallaba al borde del colapso nervioso. A tropezones salió corriendo del escritorio, por el amplio pasillo de la mansión.

-¡No huirás de mí!; gritó con voz tan aguda Javiera que un espejo se rompió en mil pedazos frente a la mujer.

Pilar como hipnotizada a causa del miedo, veía avanzar el azul resplandor fantasmal que acompañaba al cuerpo de la extraña. Con la espalda pegada a la muralla, no podía ya alejarse de esa cosa que estaba cada vez más cerca de ella.

-¿No eras tan valiente cuando me mataste?; preguntó Javiera con su desagradablemente aguda voz.

-Por favor no hables más; rogó Pilar, llevándose las manos a los oídos para protegerlos de ese terrible sonido.

-¿No te gusta mi voz acaso?; preguntó la extraña agudizando un poco más su voz.

-Me duele; lloró Pilar.

Los labios de Javiera se separaron un poco más y por ellos escapó un chillido tan agudo que casi resultaba imperceptible. En medio de un grito de dolor, los oídos de Pilar comenzaron a sangrar, escurriendo hilos de sangre por entre sus dedos. El dolor era tan intenso que cayó de rodillas ante la extraña, quien se agachó junto a ella.

-Disculpa, no pretendí hacerte tanto daño; dijo Javiera, acariciando con su fría mano el rostro de Pilar.

Dos delgadas líneas rojas se marcaron en la mejilla de la mujer, deslizándose dos gotas de sangre por ella.

-Lo siento, creo que sin querer te corté con mi mano; se excusó Javiera.      -Parece que mis uñas cortan como vidrio. Bueno, por lo visto si son de vidrio; dijo pasando un dedo por la otra mejilla de Pilar.

El motor del auto de Diego que intentaba escapar interrumpió la situación en que se encontraba la mujer.

-Creo que tu amiguito quiere irse sin ti; dijo la extraña a la mujer. -Voy a hablar con él, espérame que vuelvo pronto; dijo Javiera poniéndose de pie.

Caminando hacia él Diego vio a la extraña mujer, cuyo cuerpo brillaba como un gran prisma despidiendo rayos de colores al ser tocado por las luces del automóvil. Pisando el acelerador hasta el fondo, lanzó el vehículo hacia adelante con la intensión de embestir a la extraña.

El golpe fue como si el vehículo hubiese chocado contra un muro de concreto, quedando totalmente aplastado por delante; con un golpe en la frente Diego intentó poner marcha atrás para escapar de ahí.

Con paso firme, como si nada la hubiese golpeado, la extraña se acercó a la puerta del conductor, cortando el vidrio con una de sus uñas y empujándolo con su puño duro como una piedra.

-¿Dónde crees que vas?; preguntó Javiera con su voz hiriente como cientos de agujas afiladas.

Abriendo lentamente sus labios dejó salir un grito tan estridente que todos los vidrios del vehículo estallaron. Sonido que dejó de ser perceptible por el oído humano; los oídos de Diego comenzaron a sangrar y la sangre a correr por su rostro. Las manos de él se crisparon sobre su cabeza, cuando ella forzó aún más su voz. En medio de un grito desgarrador de dolor, la cabeza del abogado estalló en pedazos, desparramando su contenido en todo el interior del automóvil.

La extraña se dirigió con paso calmado hacia la casa, donde se encontraba Pilar inconsciente tirada en el pasillo. Mareada por el terror la mujer pudo ponerse de pie, justo cuando por debajo de una puerta vio el resplandor azul que nuevamente venía hacia ella. Quería huir, pero su atacante venía por la única vía posible de escape; sin saber qué hacía, corrió hacia el otro extremo del pasillo, solo para terminar topándose con una pared.

La extraña se acercaba lentamente hacia ella, al fin y al cabo ya no había prisa.

-Adiós Pilar, no me olvides; dijo la mujer, despidiéndose de la que en otra época creyó su amiga.

Lentamente se alejó por el pasillo caminando hacia el jardín. Pilar apoyada en la pared apretaba su cuello, tratando de impedir que su sangre abandonase su cuerpo por el corte que con una de sus uñas Javiera hiciera en él. La vista se le oscureció y sus  piernas por fin se doblaron, cayendo de bruces al piso en medio de un gran charco de sangre.

La extraña mujer buscó por todas partes en caso de que Enrique se hubiese ocultado intentando escapar de su venganza. Después de revisar toda la casa se convenció de que él no estaba en ella. Por último revisó en el garaje, como última opción. Tendido en el suelo, con un disparo en la frente, yacía tirado el cadáver de José, el joven cuidador.

Movida por un extraño impulso cargó en sus brazos el cuerpo sin vida y se dirigió con él hacia los cerros. La luna acompañaba su marcha fúnebre. El extraño resplandor azul avanzaba por entre las rocas, siempre rodeando a la mujer.

El suelo estaba cubierto de pequeños cristales azules que comenzaron a moverse cuando la mujer depositó su cargamento en él. Lentamente los cristales se acercaron al cadáver; una extraña luminiscencia azul lo envolvió completamente por un rato.

Durante una hora la mujer estuvo contemplando con su rostro inexpresivo la transformación que experimentaba el cuerpo del hombre.

Poco a poco las rígidas extremidades de él comenzaron a cobrar vida; lentamente se puso de pie mientras la mujer observaba su cristalino cuerpo, frío, brillante y similar al de ella.

-¿Recuerdas qué pasó?; preguntó ella con su voz aguda y vibrante con un tono metálico.

El hombre trató de hablar, pero de su garganta solo surgió un zumbido agudo que hizo vibrar algunas rocas. Intentándolo nuevamente logró articular unas pocas palabras.

-Sí, me dispararon, pero no entiendo, ¿por qué no estoy muerto?; habló él con un  tono chirriante en la voz.

-No lo sé; contestó la mujer. -A mí también intentaron matarme.

-¿O tal vez lo lograron?; dijo ella mirando sus manos de cristal.

-¿Qué nos ocurrió?; preguntó intrigado él.

-Creo que obtuvimos la oportunidad de cobrar venganza; opinó ella.

-¿Sabes quién soy yo?, o debo decir ¿quién era yo?; preguntó ella al extraño hombre.

-Sí te reconozco, a pesar de que ambos hemos cambiado completamente; contestó él.

-Debemos vengarnos de quien nos traicionó; dijo la extraña.

-Eso será fácil; opinó él. -Solo debemos atraerlo hacia nosotros.

La extraña pareja caminó lentamente hacia la mansión, iluminando el camino a medida que avanzaban con su fantasmagórico resplandor azul.

-Enrique, soy Pilar, por favor vuelve enseguida, ha ocurrido un inconveniente; habló una voz por celular.

-¿De qué se trata?; preguntó el hombre.

-No puedo decírtelo por teléfono, es urgente; insistió la mujer.

-Está bien voy para allá, nos vemos luego; accedió Enrique.

-Viene para acá; dijo Javiera cambiando su voz al extraño.

-Muy bien, esta noche se hará justicia para ambos; opinó el extraño hombre.

A las pocas horas el vehículo de Enrique se estacionaba junto al auto de Diego.

-¿Pero qué es lo que pasó aquí?; preguntó en voz alta al ver el desagradable espectáculo que había en su interior.

Todas las luces de la mansión se hallaban apagadas y la puerta abierta; Enrique caminó hacia ella, no sin antes empuñar la pistola que llevaba en el bolsillo de su chaqueta. Todo estaba oscuro y en silencio, aparentemente no había nadie en la casa.

Por debajo de la puerta cerrada del escritorio se colaba una fría luz azulosa. Enrique se dirigió sigilosamente, con el arma firme en su mano. La manilla del picaporte se movió silenciosamente y sin hacer ruido Enrique entró en el despacho y disparó dos veces contra quien estaba parado frente a él. Las balas rebotaron sobre una superficie dura, sonando como si hubiesen golpeado contra un grueso cristal blindado.

-Hola querido, ¿me has echado de menos?; habló una mujer con un chirriante tono de voz.

-¡¿Javiera?!, pero tu estas muerta; exclamó Enrique.

-La verdad es que no estoy tan segura; dijo la extraña iluminada toda con ese resplandor azuloso que llenaba la habitación con una fría claridad.

-Bueno, no sé qué te ha pasado, pero me encargaré de que esta vez sí mueras definitivamente; dijo Enrique disparando su pistola.

El proyectil salió del arma y dio en el rostro de la mujer, pero terminó incrustado en una pared. Una y otra vez Enrique apretó el gatillo, sin que ninguna de las balas ocasionase el más mínimo daño a la extraña; varios golpes sobre cristal blindado y todos los proyectiles terminaron en las paredes.

Rápidamente con la vista Enrique recorrió la habitación buscando con que atacar a la extraña. Por alguna desconocida circunstancia el cuerpo de ella había experimentado una increíble mutación y su carne había  cambiado a duro cristal. Pero el cristal se puede romper según sabía él, así es que debía buscar algo duro y pesado y debía hacerlo enseguida o no lo contaría. Lentamente fue moviéndose hacia la chimenea para poder tomar el atizador.

Enrique descargó con fuerza el pesado fierro contra la cabeza de la mujer, la que en un acto reflejo puso su brazo por delante para protegerse del golpe. El impacto contra la extremidad de la extraña fue violento y acompañado por un agudo sonido. La mano le dolió intensamente a Enrique, ya que toda la energía del golpe se le devolvió por el metal, que quedó vibrando.

-Vaya, por lo visto soy más dura que el diamante; dijo la mujer mirando su brazo, con su voz que hacía doler los oídos. -¿Y cuán duro eres tú?

De un golpe Enrique se vio lanzado contra la pared, sintió como si le hubiesen dado con un garrote en vez de un brazo. Medio aturdido logró ponerse de pie y corrió hacia la puerta para intentar salvar su vida. Desagradable fue su sorpresa cuando otra de esas cosas le cortó el paso; de un solo golpe la criatura, que aparentemente era un hombre, lo lanzó al otro extremo de la habitación.

-¿Es este tu asesino?; preguntó la mujer en un tono dolorosamente agudo.

-Sí, es este; contestó el hombre con el mismo tipo de voz.

-Por favor no me hagan daño; rogó Enrique. -Tengo mucho dinero, podemos compartirlo.

-Ya es demasiado tarde para eso; gritó el hombre.

Los vidrios temblaron amenazando con romperse. Enrique tuvo que cubrirse los oídos para detener el zumbido que le produjo esa voz.

-A esta insignificante criatura le resulta desagradable nuestra voz; contó la extraña mujer al hombre, al tiempo que emitía un agudo chirrido que hizo que Enrique gritara de dolor mientras la sangre manaba de sus oídos.

-Ya entiendo; respondió el hombre. -Realmente parece muy frágil.

Abriendo levemente los labios, el extraño hizo vibrar su garganta en una frecuencia inaudible por el oído humano. Inmediatamente Enrique cayó desmayado. A los pocos minutos él recobró el conocimiento, presa de un intenso mareo que le impedía ponerse de pie; la cabeza le dolía y los oídos le silbaban. Algo estaba hablando la extraña pareja, pero no entendía bien que decían; supuso que tenía los tímpanos rotos.

-¿Sabes qué es lo que nos ocurrió?; preguntó el hombre a la mujer.

-Solo recuerdo que él me mató y después me había convertido en esto; respondió ella. -Parece que tiene que ver con un mineral azul que hay en esos cerros.

-Es extraño esto y sin embargo, siento como si esto fuera lo más natural; opinó el extraño.

-Yo también me siento así; meditó la mujer. -Distinta pero cómoda, cómoda y poderosa.

-¿Qué vamos a hacer con él?; preguntó el hombre con su voz chirriante.

-Terminemos con esto de una vez; contestó la mujer con el mismo tono de voz.

Ambos extraños se volvieron hacia Enrique, emitiendo un agudo grito que se fue haciendo cada vez más inaudible. Presa de un intenso dolor y en medio de un terrible grito, él se llevó las manos a la cabeza, hasta que en un momento ésta le estalló, desparramando su cerebro por toda la habitación.

Sin decir ni una palabra, la pareja se volvió y caminó lentamente a la puerta; la habitación quedó nuevamente a oscuras cuando la resplandeciente luminiscencia azul se retiró junto con los extraños.

La mujer que alguna vez se llamó Javiera miró una vez más la piscina en que disfrutara en otra vida. La mansión oscura ahora era un vago recuerdo de una antigua existencia que yacía sepultada bajo toneladas de rocas. Todo ese lujo ya no significaba nada para ella; este mundo ya no era el suyo.

Abriendo grande su boca la mujer lanzó un estridente grito hacia la casa. Imitándola el hombre la acompañó en esa demoledora nota que hizo retumbar la mansión hasta su fundación, rompiendo sus murallas y pilares en una estruendosa detonación que la redujo a escombros.

Sin ninguna atadura la pareja se internó lentamente en los cerros.

De vez en cuando algunos arrieros o excursionistas aseguran haber visto una fantasmagórica luminiscencia azul que se mueve por las quebradas, o un hombre o una mujer, o a veces ambos, enteros de cristal azul luminoso  que contemplan las estrellas como esperando algo.

 

Vacaciones

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Boris Oliva Rojas

 

 

Vacaciones

-Bueno hija espero que lo pases muy bien en tus vacaciones; deseó Fabiola a Tamara.

-Eso téngalo por seguro tía; contestó Paola. -Aquí no hay como aburrirse.

-Quédate tranquila, tu hija va a estar bien; intervino Mónica.

-Qué suerte la de ustedes tener esta parcela; opinó Fabiola.

-Sí, es cierto; coincidió Mónica con su amiga. -Si quieres  quédate tú también.

-Me encantaría, pero tengo que trabajar; se excusó Fabiola. -En realidad quiero que Tamara empiece a ser un poco más independiente.

-Te entiendo; apoyó Mónica la decisión de su amiga. -En todo caso ya sabes cómo llegar.

-No he visto a tu marido; observó Fabiola.

-Está en Santiago viendo la venta de una propiedad, va a llegar un poco más tarde; explicó Mónica. -Mis otros críos estarán jugando por ahí.

-Mejor, así no nos molestan con sus tonterías; opinó Paola, pensando en su hermano mayor y en su hermana menor. -Tamara y yo tenemos mucho de qué hablar, ¿verdad amiga?

-Sí, por supuesto; coincidió ella.

-Bueno te dejo, por favor llámame si necesitas algo; se despidió Fabiola de su hija.

-Si mami, no lo olvidaré; se despidió Tamara de su madre. -Dale un beso de mi parte a mi papi y dile al pesado de Iván que no entre a mi pieza; pidió por último a su madre.

-No te preocupes, tu pieza estará igual de desordenada que como la dejaste; respondió Fabiola mientras su hija se alejaba corriendo.

-¡Qué grande está Tamara!; exclamó Mónica. -Debe tener muchos pretendientes en el colegio.

-Es cierto, pero ella sabe cómo manejarlos; contestó Fabiola a la observación de su amiga. -Ha crecido y se ha desarrollado muy rápido; mira el cuerpazo que se gasta y tiene solo quince años.

-Salió a ti no más; opinó Mónica admirando la figura de su amiga.

Apenas Fabiola se hubo ido, las dos jóvenes salieron corriendo a la laguna que había en el centro de la parcela.

-Mira, nos invaden; dijo Juan a Alicia, indicando a las amigas que se aproximaban.

-No dejaremos que se apoderen de nuestro planeta; contestó la pequeña Alicia riendo y lanzándoles una pelota de ping pong a Paola y Tamara.

-Capitana Tamara, hay nativos hostiles; dijo Paola a su amiga. -Proceda con cautela y neutralícelos.

-A sus órdenes comandante; respondió Tamara lanzándole de vuelta la pelota a la niña, quien la esquivó haciéndose a un lado.

-Ataque soldado; ordenó Juan a su hermana, la que echó mano a una bolsa llena de pelotas.

-Cúbrete; mandó Paola a Tamara.

Después de un incesante intercambio de pelotas, Tamara afinó su puntería y dio con una a Alicia.

-Agghh, me han herido, me muero; dijo llevándose las manos al pecho y cayendo en cámara lenta al suelo, moviendo cómicamente sus brazos y piernas.   -Ya me morí; agregó con una risita.

-Los derrotamos capitana, tomemos su planeta; dijo Paola sentándose sobre su hermana menor.

-Te engañe, la bala no me tocó; dijo la pequeña poniendo sus dedos sobre el vientre de su hermana.

-Cosquillas no, cosquillas no; rogó Paola retorciéndose en el pasto mientras su hermana se divertía haciéndole cosquillas por todos lados.

-Ríndete; le ordenó Alicia.

-Nunca; respondió valientemente Paola.

-Entonces te seguiré torturando; dijo mientras la rosaba por toda su piel.

-Está bien, me rindo; aceptó por fin la joven.

Mientras los cuatro niños se secaban al sol se escuchó un curioso silbido.

-¿Qué es eso?; preguntó con curiosidad Tamara.

-Nos están llamando para almorzar; respondió Juan.

-Menos mal, ya me moría de hambre; opinó la pequeña.

Cuando se estaban poniendo algo de ropa, Alicia se acercó a Tamara.

-Que rico perfume tienes; opinó olfateándola.

-No tengo ningún perfume; respondió ella.

-Pero hueles muy rico; insistió la niña.

-No le hagas caso a mi hermana, es un poco rara; intervino Paola.

El olor a carne asada inundaba el aire, despertando el apetito en los cuatro amigos.

-¡Asado, que rico!; exclamó Tamara mirando al papá de Paola cocinar la carne, mientras Mónica a su lado armaba la ensalada.

-Hola Tamara; saludó José con una sonrisa a la amiga de su hija.

-Hola tío; contestó ella con un ademán de su mano.

Después de disfrutar un delicioso almuerzo, los cuatro se pusieron a jugar con una pelota de voleibol.

-Que juego más aburrido; dijo Alicia después de un rato. -Mejor traten de quitarme la pelota si pueden; los desafió apoderándose del balón.

Cuando lanzaba la pelota para arriba, Paola de un salto la equilibró en una de sus manos.

-Toma es tuya; dijo mientras se la lanzaba a Juan, cuando Alicia trataba de recuperarla.

-No dejes que la tome; dijo éste arrojándola a Tamara.

Antes de que ella pudiese atraparla, de un inesperado salto la pequeña Alicia la apresó con sus manos.

-¡Guau, qué salto!; exclamó sorprendida Tamara.

-Reconózcanlo, soy demasiado buena para ustedes; dijo triunfante la niña, mientras apartaba un mechón de cabello de su rostro.

La noche la pasaron jugando Monopolio y comiendo galletas y leche.

-Bueno niños, creo que ya es tarde, deben ir a acostarse; opinó Mónica.

-Pero no tengo sueño; reclamó Alicia dando un gran bostezo.

-Ya dije. Buenas noches; ordenó la madre.

La cama de Tamara era muy cómoda y se durmió rápidamente. A eso de las dos de la madrugada fue despertada por un extraño ruido; aguzando un poco el oído se dio cuenta de que eran varios gatos que corrían y maullaban de un lado para otro. Como estaba acostumbrada a ese barullo en la ciudad no le dio mayor importancia y se volvió a dormir.

-Hola qué tal dormiste; preguntó Mónica a la joven.

-Bien, claro que me despertaron los gatos; respondió Tamara.

-Sí, ellos; pensó José. -Hace un tiempo nos adoptaron como familia y decidieron quedarse a vivir aquí; explicó él.

-En todo caso no me molestan; agregó la joven, recordando que era una invitada de los dueños de la casa.

-Mmm, leche que rico; observó ella para relajarse.

-Qué bueno que te guste, es muy nutritiva; opinó Mónica.

-A nosotros nos encanta; intervino Alicia.

La noche siguiente luego de jugar un juego de estrategia militar, Tamara se puso a leer un rato antes de dormir. Los gatos se escuchaban más inquietos que la vez anterior y no la dejaban concentrarse en su lectura, así es que recurrió a medidas extremas, se puso los audífonos de su mp3 para no oírlos.

-Anoche sí que estuvieron activos los gatos; comentó Mónica que parecía no haber dormido mucho.

-Sí, algo; respondió Tamara sin darle mayor importancia.

La parcela era muy linda, pero lo que más le llamaba la atención a la amiga de Paola era el bosque que poseía cerca de la casa.

-¡Qué lindas se ven las estrellas desde aquí!; comentó Tamara a Paola, admirando el cielo nocturno del campo.

-Sí, realmente es muy bonito; contestó ella.

-Tienes razón hija; agregó Mónica que también se unía a disfrutar de la noche, junto con toda su familia y su invitada.

-Me gusta tu aroma; comentó Alicia acercándose a la joven amiga de su hermana.

-Es cierto, hueles muy bien; observó José girando en torno a Tamara.

Mónica, Paola, Alicia, José y Juan, los cinco comenzaron a caminar en círculo  alrededor de la joven, la que comenzó a sentirse inquieta.

-Oigan me están poniendo nerviosa; dijo Tamara con un tono de preocupación en la voz. -¿A qué están jugando?

-Jugamos al gato y al ratón querida; respondió Mónica con sus brillantes ojos verdes fijos en la joven. -Tú eres el ratón.

Entre sorprendida y asustada, Tamara vio como el rostro de su amiga Paola comenzaba a volverse redondeado, en tanto que los dedos de sus manos se recogían, quedando éstas convertidas en las patas de un gran felino que asomaba sus afiladas garras.

-¡Un monstruo!; fue lo único que alcanzó a decir la joven cuando la que fuese hace poco su amiga le dio un zarpazo en el brazo izquierdo, provocándole tres profundos cortes.

Casi sin control, a pesar de su herida, Tamara se largó a reír casi a carcajadas.

-Mejor así; opinó José. -Tu  locura hará más divertido el juego.

La pequeña Alicia, que ahora lucía como una robusta y negra gata de verdes ojos como encendidas esmeraldas, se lanzó sin previo aviso sobre el rostro de la muchacha.

-¡Tontos gatitos!; exclamó Tamara en medio de risas, mientras con una mano sostenía en el aire a su atacante, mirándola con ojos intensamente amarillos.

Desconcertada la familia sintió como crujían los huesos de la pequeña, mientras daba un último y lastimero maullido de miedo y dolor.

Los cuatro rodearon gruñendo amenazantes a la inesperada agresora, cuya estatura aumentó varios centímetros mientras su cuerpo se cubría rápidamente de un pelaje rojizo y sedoso, a la vez que sus delicadas manos se convertían en poderosas zarpas armadas de gruesas y afiladas garras y un agudo aullido escapaba de sus fauces coronadas de terroríficos colmillos.

La luna en todo su esplendor brillaba en el cielo campestre, alumbrando con su fría luz la escena macabra en que se había convertido la noche.

Ante la imponente apariencia adoptada por la aparentemente frágil Tamara, los cuatro sobrevivientes huyeron hacia el bosque, dejando a un lado el cuerpo sin vida de la pequeña Alicia, que lucía nuevamente su carita de niña y por cuya boca entreabierta caía un hilo de sangre.

La licántropa sabía que el bosque era para ella el escenario propicio para cazar; sin embargo, no se confiaba, ya que ella estaba sola y ellos eran cuatro. Guiándose por su sensible olfato podía percibir la presencia de las extrañas criaturas; el rastro le llegaba de todos lados, lo que la hizo deducir que los felinos se habían separado para rodearla.

Un aullido rompió el silencio de la foresta. Cuatro carreras en distintas direcciones; la bestia ya sabía que ruido hacían al correr los gatos por entre los árboles y hojarascas. Sigilosamente avanzaba como un fantasma, olfateando el aire y aguzando el oído. Un profundo silencio se apoderó del bosque; eso podía significar solo una cosa, los gatos se ocultaban en los árboles. Después de meditarlo un rato, ella concluyó que esa era una buena opción y los imitó.

Consciente de que en cualquier momento podía caer en una emboscada, los sentidos de ella estaban más despiertos que de costumbre. A sus oídos llegó el sonido de una respiración agitada y los latidos de un corazón que bombeaba acelerado indicándole donde estaba su presa.

Juan se sentía cansado y agobiado, nunca antes había tenido que huir de nadie ni de nada, pero ahora todo era distinto; la presa se había convertido en cazadora y para colmo su hermanita había sido muerta por ese monstruo. Por un minuto Juan adoptó nuevamente su forma humana, para poder sentarse mejor y descansar un rato en la rama donde estaba trepado.

Solo un minuto, nada más, el tiempo necesario para pensar que hacer. Un minuto, no necesitó más tiempo ya que la velocidad era una de sus principales características; tiempo suficiente para sujetar a su presa y romperle el cuello entre sus mandíbulas. Un aullido de muerte sacudió la noche; los gatos comprendieron que acababa de caer otro de ellos. En el suelo, sobre un manto de hojas bajo un árbol, yacía el cuerpo destrozado de Juan; la bestia no estaba devorando a sus presas como de costumbre, esta vez era solo por el placer de matar.

El brazo de Tamara aun sangraba, pero no hizo nada para impedirlo, al contrario con él rozó algunas ramas y hierbas, dejando un claro rastro de sangre.

El olfato del macho lo guió fácilmente hasta donde se encontraba su presa. Corriendo silenciosamente como una negra sombra llegó hasta una gran mancha de sangre en el suelo; una mancha y nada más. Demasiado tarde se dio cuenta de la trampa en que había caído; la bestia lo inmovilizó en el suelo con una de sus poderosas manos. Con el hocico chorreando sangre y baba lo levantó entre sus fauces y con un violento chasquido lo partió en dos. El pequeño tamaño de los gatos en comparación con el suyo los hacia una presa demasiado fácil y hasta aburrida para la que horas atrás era Tamara.

Otro aullido en medio de la noche hizo comprender a las dos hembras que la suerte estaba sellada para ambas a menos que tomaran la iniciativa.

Un estridente rugido, pero esta vez de un felino muchísimo más grande que simples gatos puso en alerta a la loba. Un segundo rugido proveniente de otra dirección del bosque recibió el primero en respuesta.

En medio de la noche comprendió que el juego se había acabado. Las hembras no serían presa fácil y hasta podrían ser muy mortíferas si se descuidaba. Sus oídos le indicaban que el tamaño de las gatas era considerablemente grande ahora.

Silenciosamente por el rabillo del ojo vio una sombra que se lanzaba sobre ella desde la rama de un árbol. Con un  rápido giro logró rechazar a su atacante de un manotón mientras que le descargaba las garras de su otra mano. Como cien agujas sintió las garras de la pantera cortar en su hombro.

Paola recuperaba su forma humana mientras se retorcía de dolor en el suelo con una profunda herida en el pecho y otra en su muslo derecho, impidiéndole transformarse para escapar o luchar.

Enloquecida de rabia por el dolor de su hombro y por el olor de la sangre de la joven, la bestia se disponía a rematarla cuando un aterrador y fuerte rugido a su espalda la hizo volverse rápidamente; a escasos cinco metros otra pantera, más grande y más negra que la anterior la observaba con dos incandescentes brasas verdes.

Las dos criaturas se paseaban una frente a la otra, como estudiándose mutuamente. Finalmente sin previo aviso, el felino se lanzó con las patas delanteras extendidas y sus mandíbulas separadas. La licántropa con ambas manos sujetó las patas de la pantera y juntas rodaron por el suelo a causa de la fuerza del salto. El sonido de los colmillos al cerrarse las fauces de los animales era igual al de piedras que se golpeaban. La pantera trató de hacer uso de las garras de sus patas traseras, pero éstas  fueron inmovilizadas por las rodillas de la bestia, cuyo peso no la dejaba moverse casi. Finalmente la loba logró apresar entre sus fauces el cuello del felino, el que se desgarró con facilidad como tantos otros bajo la presión de aquella formidable combinación asesina de músculos y colmillos.

Lentamente el cuerpo inanimado de Mónica volvió a recuperar su forma normal. Paola, gravemente herida sintió el calor de la sangre y de la baba cayendo por su rostro cuando las mandíbulas de la bestia se cerraron sobre su cabeza.

El sol comenzaba a despuntar por la cordillera cuando Tamara volvió a la casa de campo. Aunque ya no sangraba, su hombro y brazo le dolían un poco. Bajo la ducha aseó bien las heridas mientras el agua quitaba los restos de sangre y carne de su boca.

Hurgueteando por toda la casa encontró un botiquín con varios medicamentos y vendas. Para su sorpresa también había un frasco de suero antirrábico, el cual no dudó en inyectarse inmediatamente por si acaso. Una vez seca vendó sus heridas y se dirigió a la cocina. Tanta actividad le había despertado el apetito, pero esta vez quería comida común y corriente.

Sin nada más que hacer tomó su teléfono para pedir que la fueran a buscar.

-Hola mamá, ¿podrías por favor venir a buscarme ahora?; pidió por celular.

-¿Ya te aburriste?; preguntó Fabiola.

-Digamos que esta familia se puso algo pesada conmigo; contestó sin más detalles.

-Espero que no sea nada serio; pensó su madre.

-Aquí te cuento; respondió Tamara y colgó.

A las dos horas Fabiola estacionaba su auto frente a la casa campestre.

-Hola hija, ¿qué te pasó?; preguntó la mujer al ver los vendajes en el brazo izquierdo de su hija.

-Tuve problemas con unos gatos, pero ya lo solucioné; explicó a su madre.

-¿Y dónde está la familia que no los veo?; preguntó intrigada Fabiola.

-Ven, sígueme al granero; pidió Tamara a su madre.

En el piso del granero yacían los cuerpos destrozados de los cinco miembros de la familia. Después de la sorpresa inicial, Fabiola olfateó el aire y se arrodilló junto a los cadáveres para olerlos mejor.

-Ya veo; fue lo único que dijo la mujer mientras se sacudía los pantalones y sacaba un encendedor de su chaqueta. De un puntapié dio vuelta un bidón de combustible, acercando a él la llama; la paja que había en el granero propagó el fuego rápidamente, consumiéndolo completamente en pocos minutos.

-Vamos, volvamos a casa; propuso Fabiola a su hija.

-¿Vez que tengo razón hija?; dijo la mujer a la joven.

-¿En qué mamá?; preguntó ésta.

-Las apariencias engañan; sentenció Fabiola.

-Y eso que se veían tan normales como tú o como yo; opinó Tamara.

Después de mirarse mutuamente, ambas estallaron en una estridente risotada.

 

Casa gótica

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Boris Oliva Rojas

 

 

Casa Gótica

Cada vez que Juana pasaba frente a esa antigua casa se quedaba extasiada admirando los complicados adornos que le daban más el aspecto de una catedral gótica en miniatura que de una vivienda. Sin embargo, la similitud terminaba con el escudo de armas que coronaba su fachada principal; el cual representaba la cabeza  de un carnero o algo por el estilo.

Por lo que podía apreciar a simple vista, era una construcción muy sólida, nada de la tabiquería que se acostumbra usar ahora.

Juana calculaba que la casa gótica, como ella la llamaba, debía haber sido construida a fines del siglo XIX o principios del XX; tal vez perteneciente a alguno de los famosos millonarios surgidos de la explotación de los yacimientos salitreros del norte o de las minas de carbón del sur, que mencionaban los libros de historia.

Esa tarde no era la excepción, después de admirarla por algunos minutos cerró su chaqueta para protegerse del viento otoñal y continuó su camino a la casa que arrendaba con una amiga, con quien compartía los gastos.

Hace dos años que había llegado del sur a vivir a la capital, en busca de mejores oportunidades; gracias a los contactos de un tío suyo, encontró rápidamente trabajo. Desde el primer día congenió muy bien con Teresa y al cabo de unos meses se les ocurrió que podrían arrendar juntas una casa y así ahorrar algo de dinero. Una tarde mientras conocían los alrededores, pasaron frente a la casa; si hubiese sido una persona se podría haber dicho que fue amor a primera vista, aunque más parecía una obsesión, ya que necesitándolo o no, desde esa vez Juana hacia un rodeo innecesario para pasar frente  a aquella magnifica propiedad antes de ir directamente a su casa.

Había cosas que en Juana y Teresa coincidían y otras discrepaban totalmente, pero a pesar de todo se llevaban muy bien. Juana prefería las películas de aventuras, en tanto que Teresa las de terror, así es que los fines de semana alternaban las películas; en cambio a ambas les fascinaba la música rock de los ochenta y noventa. Por otro lado, Teresa acostumbraba lucir siempre de negro, incluyendo el color de sus uñas, mientras que Juana prefería jeans y uñas rojas. Con el tiempo cada una se acostumbró a los gustos y forma de ser de la otra. Juana no tenía pareja desde que llegó a la ciudad a pesar de los intentos de Teresa por conseguirle una; Teresa en cambio tenía varios amigos y amigas a los cuales en un principio solía invitar a casa; al ver que a veces esto le molestaba a Juana, acordaron que semana por medio cada una podría disponer de la casa para sí sola por dos noches.

La fijación de Juana por la casona había llegado hasta el punto de que había puesto fotografías de ella en el fondo de escritorio de su computador y se pasaba horas retocándolas o modificándolas un poquito e imaginando cómo sería su interior.

El último cumpleaños de Juana cayó un viernes que a Teresa le correspondía la casa, pero como ella estaba muy ocupada cocinando y preparando cosas para sus invitados, no quiso importunarla. Al ver que preparaba la mesa para una cena de dos personas y ponía en ella una caja de terciopelo negro con una cinta roja de regalo, intuyó que ya era hora de dejar a solas a su amiga.

-Supongo que tu invitado ya debe estar por llegar, así es que te dejo sola para no molestar; dijo Juana al ver que Teresa se había puesto un vestido de fiesta nuevo, de color negro como era de esperarse.

-Espera, no te vayas. Esta noche tú eres mi invitada, a menos que quieras pasar tu cumpleaños sola; dijo Teresa con una sonrisa.

-¡Te acordaste!; respondió Juana contenta abrazando a su amiga.

-¡Claro que me acordé! y he estado toda la tarde preparando la celebración. A propósito, hay algo para ti encima de tu cama; le comentó Teresa.

Curiosa Juana fue a ver de qué se trataba. Encima de la cama había muy estirado un vestido de fiesta nuevo igual que el de Teresa, pero de color rojo. Después de un rato salió luciendo su nueva tenida, emocionada como una niña chica.

-Es precioso; dijo Juana. -Muchas gracias.

-Y te queda súper bien; observó Teresa.

La cena la pasaron riendo, contando anécdotas y bromeando y cada cierto tiempo los ojos de Juana se iban hacia la caja de terciopelo negro; Teresa se sonreía pero no decía nada, mientras su amiga tamborileaba con los dedos.

-Ábrelo, es para ti; dijo por fin Teresa.

Con dedos apresurados Juana soltó la cinta y levantó la tapa. Con aire de curiosidad miró la joya y la tomó en el aire para verla mejor.

-Es muy lindo, muchas gracias; dijo Juana sinceramente.

-Si piensas que el pentagrama invertido es un símbolo satánico permíteme corregirte, espera un poco; pidió Teresa parándose y volviendo al poco rato con un libro.

-Mira, aquí dice que este es un símbolo que protege de las malas energías; explicó a su amiga.

-Ya veo; contestó Juana mientras ojeaba con curiosidad el libro.

-Déjame ponértelo; ofreció Teresa.

-Sí; aceptó Juana. -Vaya, es pesado.

-Es de plata maciza pura; respondió Teresa.

-Pero  debe haberte costado mucho dinero; opinó Juana.

-Oh, por eso no te preocupes; dijo Teresa no dándole importancia. -Lo importante es que a ti te guste.

-Me encanta, no sé cómo agradecértelo; contestó ella.

-Me lo puedes agradecer usándolo siempre; respondió Teresa.

Después de seguir charlando varias horas más y por efecto del vino también, Juana dio un gran bostezo.

-Huy, perdón, ya me dio tuto; se disculpó con Teresa.

-Yo también estoy cansada; respondió ésta. -Vámonos a dormir y mañana vemos que hacemos para seguir celebrando.

-Muchas gracias, eres la mejor amiga que alguien podría tener; agradeció Juana.

En sueños la mente de Juana voló por todos lados. Soñó con el medallón, con Teresa y también con la casa; soñó que la reja se abría sola y cruzaba el gran jardín que había enfrente. La puerta de la mansión estaba abierta y Juana atravesó el umbral; un gran recibidor que comunicaba a un salón fue lo primero que había. Una escalera de mármol llevaba a un segundo piso, en tanto que gruesas columnas de piedra parecían sostener el cielo. Iluminada con candelabros con grandes velas que creaban una atmosfera embriagante de sombras danzantes. Hacia el otro extremo una puerta conducía a un largo pasillo con grandes ventanales con rojas cortinas que dejaban entrar la luz de la luna. Una sólida escalera de piedra llevaba a un pasillo subterráneo alumbrado por antorchas, que llegaba hasta una gran puerta de gruesa madera y hierro donde estaba grabado el mismo escudo que coronaba la entrada de la mansión; el mismo carnero, pero esta vez dentro de un  pentagrama invertido.

Juana se apoyó en la puerta y ésta cedió a su presión, abriéndose y dejando a la vista un gran salón con piso y paredes de piedra, iluminado por antorchas fijas en las paredes. Al fondo del salón, en una especie de tarima de piedra, había lo que parecía ser una gran mesa de granito, en cuyas esquinas ardían cuatro cirios negros.

Cuatro gárgolas de piedra custodiaban las cuatro esquinas del extraño salón. Justo en el centro del piso había un círculo abierto en el piso, del cual surgía un fuego que parecía no apagarse jamás.

La muralla detrás del altar y que quedaba justo frente a la puerta, estaba dominada por un inmenso cuadro que mostraba un pentagrama invertido con la cabeza de un carnero dentro. Las paredes de los lados tenían un cuadro cada una del alto de la misma, retratando una bella mujer con membranosas y grandes alas, que apuntaba uno de sus brazos hacia el pentagrama y el otro hacia las llamas que ardían eternas en el suelo.

La atmósfera se sentía cargada de electricidad, mientras que un extraño olor mezcla de almizcle con un suave toque de azufre penetraba en la mente alterando los sentidos.

Juana caminó hacia el altar, subiendo lentamente los escalones. Sus dedos recorrieron suavemente la piedra y se posaron sobre un puñal con una cabeza de carnero en la empuñadura.

Entonces la puerta se cerró violentamente y el fuego pareció cobrar vida.

Los ojos de Juana se abrieron lentamente cuando la luz del sol de la mañana dio en ellos.

Teresa en la cocina preparaba el desayuno.

-Remolona, ya está servido el desayuno; la llamó. -Ven antes de que se enfríe.

-Espera me voy a vestir; contestó Juana.

-Así no más, que se van a enfriar los huevos con champiñones; insistió su amiga.

-Voy corriendo; respondió Juana, a quien le encantaba ese desayuno y entró despeinada, vistiendo solo una corta camisola y pantuflas.

-Creo que se me pasó la hora; se disculpó con Teresa.

-No importa, total hoy es sábado; aceptó ella.

-¿Cómo dormiste?; preguntó.

-Bien, pero tuve un sueño súper raro; respondió Juana.

Mientras desayunaban, ella relató lo soñado a su amiga.

-Bueno, definitivamente el pentagrama invertido junto con la cabeza de carnero en su interior representa a Lucifer o Satanás, como quieras llamarlo. La mujer con alas debe haber sido Lilith, la esposa de Lucifer; explicó Teresa.

-O sea que soñé con demonios; dijo Juana.

-Según el mito, ambos son espíritus inmortales; continuó Teresa.-Dicen además que necesitan ocupar el cuerpo de un humano para poder moverse en este plano.

-¿Y qué pasa con la persona?; preguntó intrigada Juana.

-Su cuerpo, su mente y su alma deben morir y son reemplazados por las de esos espíritus; concluyó Teresa.

-Uy que miedo; opinó Juana.

-En todo caso solo es un mito; aclaró su amiga.

-Espero que no te haya dado mucho miedo; dijo Teresa. -Igual suena interesante.

-La verdad es que no era una pesadilla, incluso sentía mucha curiosidad y tranquilidad; meditó un rato Juana.

-Que bueno, no es gracioso tener una pesadilla; agregó Teresa.

-Menos mal, te habría despertado a gritos; pensó Juana.

-Y el zapatazo que te habría dado para despertarte; respondió bromeando su amiga.

Ambas rieron de buena gana.

Teresa miró el cuello de Juana y con satisfacción vio que llevaba puesto el colgante.

-Debe haber sido porque estuviste ojeando ese libro; dedujo Teresa apuntando a la mesa de centro.

-Sí, eso tiene que haber sido; coincidió Juana con ella.

La noche siguiente los sueños se volvieron a repetir y la siguiente y la que le seguía. Idénticos, excepto que ahora a Juana le parecía ver la silueta de su amiga a través de las llamas del círculo de fuego.

La próxima noche la figura de Teresa era más nítida y se podía distinguir que vestía una túnica negra que se traslucía con la luz que emanaba de las llamas, dejando ver de forma difusa su figura.

La siguiente noche, Teresa estaba de pie frente al altar con los brazos hacia arriba, sosteniendo el puñal en sus manos.

Una de las mañanas Teresa notó que Juana estaba inquieta y giraba entre sus dedos el medallón.

-¿Estás bien?; preguntó por fin.

-Sí, ¿por qué lo preguntas?; respondió Juana en el tono más desagradable que escuchara Teresa de su amiga.

-Últimamente te he notado algo “especial”; dijo Teresa haciendo un gesto de comillas con los dedos.

-Yo estoy bien, ¿y tú?; devolvió la pregunta Juana.

-Está bien, disculpa si te molesté; respondió Teresa. -Es solo que me preocupo por ti.

-Tranquila que nada malo me pasa; contestó Juana, pasando un dedo por la nuca de su amiga, lo que hizo que una corriente eléctrica corriera por toda su espalda.

-Hoy te toca cocinar a ti; recordó Teresa.

-Ok; respondió su amiga sin más.

-Puré con filete y ensalada; ofreció Juana a la hora de almuerzo.

-Vaya, te han cambiado los gustos parece; comentó Teresa.

-¿Por qué lo dices?; preguntó su amiga.

-Esta carne está prácticamente cruda; observó.

-¿No te gustó?; preguntó Juana con una sonrisa.

-No es eso, tú sabes que así la como yo; respondió Teresa. -Es solo que tú la prefieres bien cocida.

-No me había dado cuenta de lo bien que sabe así; opinó Juana.

-Esta noche la casa es para ti; dijo Teresa.

-Es cierto; meditó Juana. -Hagamos una fiesta.

-¿Es en serio?; preguntó sorprendida Teresa.

-Sí, quiero divertirme esta noche; contestó Juana.

-¡Perfecto!, voy a invitar a unos amigos; aceptó su amiga.

Todo quedó preparado para esa noche. Cerca de las diez, Juana se había puesto su vestido rojo.

-Los vas a matar a todos; opinó Teresa a modo de alago.

-Esa es mi intención; contestó Juana, mientras encendía un cirio negro es cada esquina.

-¿Y esas velas?; preguntó curiosa Teresa.

-Es para darle un ambiente especial; respondió enigmática ella.

-Parece que va a ser una fiesta muy entretenida; pensó Teresa.

El timbre sonó a eso de las diez quince minutos; cuatro amigos hombres de Teresa y dos mujeres llegaron juntos, trayendo algunas botellas de licor.

Todos charlaban amenamente mientras bebían un poco, cuando el timbre volvió a sonar; cinco amigos más llegaron y la fiesta se animó de verdad.

El alcohol y el desenfreno iban en aumento. A pesar de la cantidad ingerida, a Juana no parecía afectarle en lo más mínimo; dejándose llevar bailaba con cuatro hombres a la vez que la rodeaban deseosos mientras ella se contorneaba y los tocaba con sus manos y el sudor corría por su piel.

A la mañana siguiente Juana se despertó muy cansada por toda la actividad de la noche anterior. Al verla levantarse, Teresa solo se limitó a esbozar una sonrisa de aprobación, ya que era la primera vez que veía a su amiga divertirse de verdad. A Teresa la cabeza la dolía terriblemente por la resaca de la borrachera, a diferencia de Juana que estaba como si hubiese tomado solo agua de la llave durante toda la noche; simplemente el alcohol parecía no afectarle a ella.

De salida del trabajo Juana pasó al supermercado, de regreso a casa alguien la acechaba desde tras de un árbol. Ella caminaba sin percatarse de nada y como de costumbre se detuvo a admirar la casona antigua. Inesperadamente sintió un tirón en las bolsas; sorprendida se volvió viendo el cruel rostro de su atacante, el cual al ver que ella se resistía la tomo de la blusa rompiéndosela. Nadie había en la calle que la pudiese socorrer y ningún vehículo se detenía siquiera. Alterada logró separarse de la pared donde la había arrinconado el asaltante; comprendió que su vida estaba pendiendo de un hilo. Miró a todas partes buscando una salida, pero nadie la salvaría. A lo lejos las luces de un camión que no parecía querer detenerse se aproximaban rápidamente; furiosa dio un fuerte empujón a su agresor justo cuando el camión estaba por alcanzarlos. Las ruedas del pesado vehículo aplastaron el cuerpo del bandido, provocándole una muerte instantánea. Con una cruel sonrisa en los labios Juana emprendió el camino a casa como si nada hubiese ocurrido.

-¿Pero qué te pasó?; preguntó Teresa muy alarmada al ver la ropa rota de su amiga.

-Trataron de asaltarme cuando salí del supermercado; contestó Juana.

-¿Estás bien?, ¿te hicieron algo?; preguntaba Teresa mientras la revisaba entera. -Hay que avisar a la policía para que busquen a ese animal.

-No me hicieron nada, no te preocupes; respondió Juana. -No es necesario avisar a nadie.

-¿Cómo que no?; preguntó molesta su amiga.

-Al asaltante lo atropelló un camión y está muerto; explicó simplemente Juana.

-¿Cómo ocurrió eso?; preguntó intrigada Teresa.

-Cayó a la calle justo cuando venía un camión; explicó ella.

¿Y lo mató?; preguntó preocupada.

-Sí, yo misma vi cuando le pasó por encima y lo molió entero; continuó Juana.

¡Pero qué horror!; exclamó Teresa.

-Se lo merecía; opinó Juana. -Bueno me voy a duchar.

Teresa quedó de una pieza ante la frialdad de su amiga.

Al rato Juana salió vistiendo una blusa blanca de gasa y unos jeans muy ajustados.

-Hoy viernes te toca a ti la casa, yo voy a salir a recorrer la ciudad; avisó a Teresa. -Hace siglos que no la veo de noche.

-Bueno cuídate; se despidió de Juana.

Quien conociera a Juana jamás creería que estaba recorriendo bar tras bar y club tras club, dejándose alagar por cuanto desconocido encontraba en ellos. Por más que bebía el alcohol parecía no afectarle. El calor en los clubes y su sensual forma de bailar mojaba su piel de transpiración, lo que hacía que quienes se acercaran a ella perdieran el control y quedaran sumidos a su voluntad; de eso se daba cuenta y deseaba cada vez más.

En un bar, un tipo que no fue de su agrado intentó sobrepasarse con ella; con desprecio lo alejó de su lado y los empleados lo arrojaron fuera. No conforme el hombre esperó a que ella saliera a la calle para seguir con lo que había empezado.

Juana caminó distraídamente sin rumbo fijo y al escuchar pasos tras ella, se detuvo un momento y siguió caminando; sus pasos la condujeron hasta un callejón sin salida. Triunfal el hombre se acercó a su futura víctima.

Juana buscó con la vista algo para defenderse, posándose sus ojos sobre un grueso palo. Sin ningún rastro de compasión descargó una y otra vez la improvisada arma sobre la cabeza del hombre.

El sol empezaba a despuntar por la cordillera cuando ella reanudó su recorrido.

-Llegaste tarde; dijo Teresa cuando Juana entró a la casa.

-Al contrario, es muy temprano, acaba de salir el sol; contestó risueña Juana.

-¿Te vas a acostar?; preguntó Teresa a su amiga.

-No estoy cansada. Me voy a duchar y si quieres salimos a trotar; propuso a ella.

-¿De dónde sacas tanta energía?; consultó curiosa Teresa.

-No lo sé, pero se siente fantástico; respondió Juana a su amiga.

No había mucha gente en el parque, parece que todo el mundo se había divertido la noche anterior. El sol quemaba a pesar del viento que soplaba.

Teresa se detuvo un poco preocupada.

-¿Qué pasa?; preguntó Juana.

-Ese perro que está allá es demasiado mañoso, la otra vez casi me mordió; contestó su amiga.

-Tranquila, no hay que tomarlo en cuenta y no muerde; la tranquilizó Juana.

Teresa iba nerviosa a pesar de las palabras de su amiga. El perro comenzó a gruñirles amenazante, pero cuando estaban cerca de él, agachó la cabeza y gimiendo se alejó corriendo de ahí.

-¿Ves?, a los perros no hay que tenerles miedo; observó Juana.

Después de tomar once, ya oscuro, ambas amigas salieron a pie por los alrededores. Posiblemente sin proponérselo llegaron hasta la casa gótica. La reja se encontraba abierta así es que la franquearon con aire distraído; recorriendo el gran parque frontal, se hallaron junto a la puerta de la casa, la cual casualmente también estaba abierta. Imprudentemente ambas se miraron y con una sonrisa de complicidad entraron en la casa, en la cual parecía no haber nadie.

-¡Hola!, ¿hay alguien?; preguntó Juana en voz alta, sin recibir respuesta.

-¿No hay nadie?; gritó a su vez Teresa, la cual tampoco obtuvo respuesta.

-Es exactamente como en el sueño; dijo Juana sumamente sorprendida.

-A lo mejor alguna vez estuviste aquí; opinó Teresa.

-No, nunca; respondió Juana.

-Puede que cuando muy niña y no lo recuerdas; insistió Teresa.

-No creo, bueno quién sabe; meditó su amiga.

-¿Existirá el subterráneo?; se preguntó Teresa.

-Averigüémoslo; propuso Juana.

Las dos impulsivas jóvenes avanzaron por el pasillo entre los rayos de luna que pasaban por entre las rojas cortinas de terciopelo. Al final del mismo encontraron una sólida escalinata de piedra cuyos peldaños descendían unos cuantos metros.

-Las antorchas están encendidas; comentó Juana en voz baja a su amiga.   -¿Quién las habrá prendido?

En respuesta ésta solo se encogió de hombros.

La cabeza del carnero dentro del pentagrama invertido las esperaba adornando una pesada puerta de negra madera, la cual se abrió bajo una suave presión de la mano de Teresa.

Un inmenso salón de piedra se extendía ante ellas. Un círculo abierto en el suelo dejaba salir grandes llamas danzantes; un altar de piedra dominaba la vista el entrar, coronado por un gran pentagrama invertido.

En las paredes colgaban grandes cuadros del alto de las mismas, en que aparecía retratada una mujer de belleza inusual con dos grandes alas membranosas. Cuatro gárgolas que parecían estar vivas, cada una en cada esquina, completaban la decoración.

Una atmósfera cargada de electricidad producía un agradable cosquilleo en la piel, el que mezclado con un olor de almizcle con azufre que despedían las llamas, hacía que los sentidos se excitasen y la mente se nublara.

-¡Esto es increíble!; exclamó Teresa.

-Es idéntico a mi sueño; respondió Juana.

-Tienes que haber estado alguna vez aquí; concluyó su amiga.

Teresa seguía hablando, pero Juana no lograba oír su voz, solo percibía el movimiento de sus labios. La vista se le comenzó a tornar borrosa y sintió el piso inclinarse, cayendo desmayada.

Poco a poco sus ojos se empezaron a abrir; no sabía cuánto  tiempo había pasado. Sorprendida descubrió que estaba desnuda acostada sobre la mesa de granito; aunque trató de moverse y hablar su cuerpo no respondió. Teresa estaba de pie junto a ella, cubierta solo con una traslucida túnica negra que dejaba ver su juvenil figura. Incrédula notó que del cuerpo de su amiga emanaba una extraña y vaporosa neblina negra.

Al tiempo que pronunciaba extrañas palabras, Teresa alzó en alto un gran puñal, el que dejó caer sobre el pecho de su amiga. La sangre de Juana comenzó a correr por la mesa del altar y bajando por la escalinata se deslizó hasta las llamas que brotaban del suelo, las cuales parecieron cobrar vida propia.

Con el corazón de Juana aun latiendo en sus manos, Teresa se acercó hasta el fuego y en él lo arrojó.

Sobresaltada Juana se despertó cuando el sol ya hacía rato que brillaba sobre la cordillera; junto a ella Teresa la observaba sentada en el borde de la cama en la casa que compartían. Sin decir nada Juana palpó ansiosa su pecho.

-Tranquila, no ha quedado ninguna marca mi señora; la calmó Teresa.

Una sonrisa macabra se dibujó en los labios de Juana, en tanto que sus ojos y los de Teresa se volvieron completamente negros, como si de dos pozos sin fondo se tratase. Del cuerpo de ambas comenzó a brotar una negra neblina, el aire de toda la habitación se llenó de un olor a almizcle y azufre y una atmosfera cargada de electricidad recorrió la espalda de ambas mujeres, haciéndolas temblar levemente de placer. Colgado del cuello de ambas, dos pentagramas invertidos de metal intensamente negro adornaban sus pechos.

El timbre de calle sonó y las mujeres fueron a abrir la puerta.

-Buenos días. ¿La señorita Juana Gómez?; preguntó un hombre vestido de traje y corbata de costosa confección.

-Soy yo; respondió Juana. -¿En qué lo puedo ayudar?

-Mi nombre es Ramón Ramírez y soy abogado; se presentó el recién llegado.

-Espero no haberme metido en algún lio; pensó en voz alta Juana.

-Oh, nada de eso, al contrario; dijo él.

-Pase y explíqueme de que se trata; lo invitó Juana.

-Bueno, debo comunicarle que usted es la única heredera de la Mansión Martner, que por casualidad se ubica a un par de cuadras de aquí; explicó el abogado.

-¿Se refiere a la casa gótica?; preguntó sorprendida Teresa.

-Sí, esa es una buena descripción; aceptó el hombre.

-¡Esto es increíble!; exclamó Juana.

-Bien, aquí están los documentos y la escritura de la propiedad; usted solo tiene que firmarlos y yo me encargaré de todos los trámites necesarios para hacer legal y efectiva la transferencia; explicó el abogado sacando una pluma fuente de oro.

Teresa miró a Juana con una sonrisa de satisfacción mientras estampaba su firma en varios papeles que el hombre le pasaba.

-Mmm, ¡qué extraño pero agradable aroma hay en el aire!; observó el abogado mientras guardaba los documentos en su maletín.

-Es un aromatizante ambiental; explicó Juana.

-Ya veo; respondió él. -Realmente es muy interesante el olor.

Amablemente de igual forma en que había llegado, el abogado se marchó.

Una vez que la puerta de la casa se cerró, los ojos de ambas mujeres volvieron a ser como dos negro agujeros de profundidad sin fin y una siniestra sonrisa se dibujó en ellas, al tiempo que Juana desplegaba unas impresionantes alas membranosas como las de las gárgolas y Teresa se arrodillaba a sus pies inclinando la cabeza.

 

Subterráneo 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Subterráneo

El accidente ocurrido la noche anterior en las excavaciones de la nueva estación del metro, era una demora totalmente imprevista en los trabajos. Afortunadamente, a pesar de lo inverosímil y espectacular del suceso, no había resultado lastimado ningún trabajador; claro que sería muy difícil poder recuperar pronto la excavadora, la cual en forma inesperada, después de un sismo de mediana intensidad cayó en un foso de veinte metros de profundidad, por debajo de los diez metros bajo el nivel del suelo donde movía rocas y tierra resultantes del trabajo de perforación del nuevo túnel. El lecho rocoso donde la máquina quedó estacionada pocos minutos antes de la hora de descanso, crujió y se abrió bajo ella sin que nadie pudiese imaginarlo o esperarlo; fue simplemente como si se la hubiese tragado la tierra. Los ingenieros estructurales recriminaban a los geólogos  por no informar apropiadamente de las peculiaridades y características del terreno donde se efectuaría el trabajo. Por su parte los trabajadores se negaban a regresar a la faena.

A pesar de las excusas y explicaciones de la empresa contratista encargada de llevar a cabo las obras, las autoridades del Ministerio de Obras Civiles decidieron suspender los trabajos hasta tener un informe detallado de los geólogos de la Universidad Estatal y de la Asociación de Seguridad del Trabajo.

El doctor Fernández, director del Laboratorio de Estudio de Suelos y Estructuras Geológicas, del Departamento de Geología de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad Estatal, consideró que el incidente era algo peculiar, pero no lo suficientemente interesante como para merecer su valiosa atención, así es que decidió que su ayudante, el profesor Huerta, se encargaría del asunto.

-Buenos días, mi nombre es Pablo Huerta y me envió el Ministerio de Obras Civiles para realizar un estudio geológico del terreno y poder evaluar los riesgos reales de los trabajos que se realizan aquí; dijo tras esperar un rato a que la mujer que estaba en el computador dándole la espalda terminase de trabajar.

-Vaya, ¿ya no reconoces a tu ex esposa? Pensé que no habíamos terminado tan mal; respondió Carmen.

-Mmm, no sabía que tú estabas trabajando aquí; comentó Pablo.

-Soy una de las geólogas de la empresa contratista; respondió ella.

-¿Entonces me podrías tratar de explicar qué pasó aquí?; preguntó Pablo a la geóloga.

-Aparentemente hay una fosa que no detectamos, la cual colapsó después del último sismo; respondió ella.

-¿Y nadie la notó antes?; consultó Pablo algo molesto.

-En primer lugar, la excavadora fue estacionada sobre lo que ahora sabemos era una losa de granito de tres metros de grosor, nada hacía suponer que estaba hueco abajo, ya que no corre ningún río subterráneo, ni hay registros volcánicos en esta zona que indicaran la presencia de galerías magmáticas; explicó Carmen.

-¿Y en segundo lugar?; preguntó Pablo.

-En segundo lugar no me merezco que seas tan agresivo conmigo, ni me culpes a mí sin revisar todos los antecedentes; agregó Carmen.

-No te estoy culpando de nada; observó Pablo. -Es solo que me cuesta creer que no lo hayan notado antes.

-Si te encuentras con tres metros de granito macizo bajo tus pies, ¿creerías que estas parado sobre una lámina que se va a romper y te va a tragar?; preguntó ella.

-¿Por qué no usaron un radar de penetración profunda?; preguntó a su vez el geólogo.

-Porque los antecedentes geológicos de esta zona no lo indicaban necesario, de hecho la presencia de esa grieta es anómala; respondió la geóloga.

-¿Se habrá abierto con el terremoto de 2010?; preguntó Pablo más para sí que para su colega y ex esposa.

-En realidad me siento algo culpable. Si esto hubiese pasado cuando la estación estuviera operativa y en uso a plena capacidad habrían muerto cientos de personas; opinó Carmen cabizbaja.

-Sé que eres muy metódica y cuidadosa en tu trabajo y si tú no lo viste nadie habría podido hacerlo; alentó Pablo a Carmen.

-Gracias; respondió simplemente ella.

-Esta vez sugiero que utilicemos el radar de penetración profunda en toda el área y no solo en el sector que rodea a la estación; sugirió Carmen más animada.

-Esa es mi chica; apoyó Pablo, como hacía cuando trabajaban juntos hace años.

Una densa e incómoda atmósfera se formó  entre ambos.

-¿Y el viejo no considera este asunto digno de él que te mandó a ti?; preguntó Carmen para romper la tensión.

-Digamos que al profesor Fernández ya no le entusiasma mucho el trabajo de campo; comentó Pablo.

-Pero a papá siempre le ha gustado; observó Carmen.

-Desde que renunciaste al laboratorio se ha encerrado prácticamente; agregó el geólogo.

-Fue una decisión difícil. Si seguía apegada a él nunca podría surgir como persona y como profesional; contestó Carmen.

-¿Y eso implicaba alejarte de mí también?; preguntó Pablo.

-Yo quería trabajar por mi cuenta, fuera de la universidad; tú no pudiste aceptar eso. Te dejaste influenciar tanto por mi padre que incluso llegaste a acusarme de traición y otras idioteces que no viene al caso  recordar. Al fin buscabas cualquier excusa para discutir y nuestra convivencia pacífica se hacía cada día más complicada; continuó Carmen con el rostro enrojecido.

-Reconozco que fui un idiota, pero comprende que a tu papá lo veía como el máximo exponente de sabiduría del mundo; respondió Pablo.

-Ese es el problema principal. Lo preferiste a él y no a tu esposa; comentó Carmen con rabia.

-Bueno, no vale la pena llorar sobre la leche derramada. Mejor concentrémonos en el trabajo; aconsejó Pablo.

-El radar de penetración está montado en una camioneta, pensaba usarlo cuando llegaste; avisó Carmen.

A pesar de que hace años que su relación había terminado, Pablo era consciente de la capacidad profesional de ella.

Al moverse por las calles de los alrededores de las excavaciones el dispositivo de radar escudriñaba en busca de más grietas que pudiesen poner en peligro los trabajos. Sin embargo, lo que mostró el plano generado por la computadora a partir de los datos recopilados, no era lo que esperaban los geólogos ver.

-¿Qué es esto?; preguntó Carmen al ver la imagen en la pantalla.

-Parece una red de galerías; observó Pablo.

-Eso parece, pero no sabía que existieran; comentó Carmen.

-¿Serán de la época de la colonia?; preguntó el geólogo.

-¿A cien metros de profundidad y a través de granito?, lo dudo mucho. Deben ser de origen natural; opinó ella.

-Pero no existen antecedentes al respecto; observó Pablo.

-Claro que sí, pero nadie les dio mayor importancia; insistió Carmen.

-¿Te refieres al Santa Lucia?; preguntó él.

-Precisamente, recuerda que es de origen volcánico; recordó ella.

-Esto sí que le llamaría la atención al profesor; opinó Pablo.

-¿Y que se quede con toda la gloria del descubrimiento?, olvídalo, este hallazgo es nuestro; observó Carmen.

-Tienes razón, hagamos historia; asintió Pablo. -¿Tienes suficiente cable y lámparas?

-Suficiente para unos cuantos kilómetros; respondió ella.

Provistos del equipo apropiado, ambos geólogos se dispusieron a descender desde el punto hasta donde había caído la excavadora.

Al despejar un poco el terreno, ante ellos se abrió la entrada de una galería que se internaba bajo tierra.

-Ponte la mascarilla; sugirió Pablo a Carmen. -Dudo mucho que el aire sea suficientemente puro para respirar bien.

Después de avanzar por un túnel con una suave pendiente llegaron a una bifurcación que se abría en dos galerías. El altímetro indicaba que se encontraban a cien metros bajo el nivel de la calle.

-Hay algo que no me cuadra; comentó Pablo.

-Sí, ya lo noté; asintió Carmen. -Este túnel se ve demasiado derecho y la pendiente que bajamos era matemáticamente constante.

-Como si fuese artificial; opinó Pablo.

-¿Pero quién podría perforar túneles en el granito?; objetó Carmen. -Ya  sabes lo que costó construir el túnel bajo el San Cristóbal;  imagina el tremendo trabajo de ingeniería que esto significaría si alguien lo hubiese construido.

-Creo que tienes razón; aceptó él luego de meditar un rato.

-Tal vez no del todo; corrigió Carmen, alumbrando con su linterna un extraño símbolo grabado en una de las paredes de roca.

-¿Qué es eso?; preguntó Pablo.

-No tengo ni idea, nunca había visto este signo antes; contestó ella.

Despacio ambos siguieron avanzando por la galería, alumbrando el piso y las paredes. La oscuridad era menos profunda de lo que se esperaba, pero de igual forma era necesario el uso de linternas.

-Mira; dijo Pablo alumbrando una gran cantidad de símbolos en lo que parecía ser una especie de escritura.

-Parecen runas; observó Carmen.

-¿Pero quién pudo haberlas escrito?; preguntó él.

-No lo sé; respondió ella.

La luz de la lámpara de Carmen comenzó a disminuir en intensidad.

-Es mejor que volvamos; sugirió Pablo. -Las linternas se van a apagar pronto.

-Primero déjame sacar unas fotos a estos símbolos; pidió ella.

-¡Esto es increíble!; exclamó Pablo.

-Y que lo digas; coincidió Carmen.

-¿Reconoces algunos de estos símbolos?; preguntó el geólogo.

-Ninguno; respondió ella. -Pero se asemejan a las runas nórdicas.

-Sí, a mí me dio la misma impresión; opinó Pablo.

-Creo que esto es más grande de lo que pensaba al principio; comentó Carmen.

-Propongo que consultemos con un amigo que es profesor de la Facultad de Arqueología; sugirió Pablo. -Es bastante bueno en su campo y además es muy discreto.

-No entiendo Pablo, si estas galerías no son de origen natural, ¿quién las construyó?; preguntó Carmen. -Y lo más extraño, ¿dónde están los escombros o restos de tamaña construcción?

-Es posible que esto esté aquí desde hace mucho tiempo y recién lo descubrimos ahora; opinó él. -Los  constructores deben haber sido meticulosos en sus obras.

-¿Pero quienes habrán sido?; preguntó ella.

-No lo sé, tal vez  mi amigo tenga alguna idea; contestó Pablo.

El salón de clases estaba lleno de alumnos del primer año de arqueología, escuchando atentos la clase del profesor Sergio Donoso.

-Hola Sergio; saludó el geólogo cuando se hubieron retirado los estudiantes.

-Pablo, que sorpresa; respondió el profesor. -¿Deseas cambiarte de profesión?

-De hecho necesitamos su consejo profesor Donoso; comentó Carmen.

-Por favor dime Sergio; saludó él tomando suavemente la mano de ella.

-Te presento a Carmen Fernández; presentó Pablo. -Carmen, este es Sergio Donoso, el arqueólogo del que te hablé.

-Queríamos pedirte un  favor;  dijo Pablo.

-¿De qué se trata?; preguntó Sergio.

-Necesitamos que, por favor, nos digas qué son estos signos; explicó Carmen mostrándole unas fotografías impresas de los extraños símbolos.

-Mmm, parecen runas; observó Sergio. -Pero definitivamente no son del alfabeto nórdico. ¿Dónde las encontraron?

-En unas formaciones rocosas que encontramos mientras hacíamos excavaciones para una de las nuevas estaciones del tren subterráneo; contestó Pablo.

-Parece una mezcla de distintos alfabetos rúnicos; comentó Sergio. -¿Tienen la roca donde estaba inscrito?

-Bueno es algo complicado; respondió Carmen.

-Verás, encontramos esos símbolos en las paredes de una galería subterránea que encontramos por accidente al realizar las excavaciones del metro; explicó Pablo.

-¿Qué galerías?; preguntó Sergio.

Carmen miró a Pablo con una pregunta en los labios que no necesitaba pronunciar en voz alta.

-Está bien contémosle todo; respondió el geólogo.

-En fin, si queremos tu ayuda es justo que compartamos contigo toda la información de que disponemos; aceptó ella.

-Todo esto pasó por accidente. Una de nuestras excavadoras cayó a una grieta que se abrió al colapsar lo que debió ser una fosa natural. Realizamos un sondeo con un radar de penetración profunda para ver el estado del terreno cerca de la obra. El radar mostró la existencia de una red de galerías subterráneas de varios kilómetros de extensión; explicó Carmen mostrando el mapa impreso de las galerías.

-No hay registro de la existencia de esos túneles en Santiago; indicó el arqueólogo. -¿A qué profundidad se encuentran?

-A cien metros bajo el nivel del suelo, cavados en roca de granito; agregó Pablo.

-¿Es en serio?; preguntó Sergio, sabiendo que su amigo no acostumbraba bromear cuando de trabajo se trataba.

-Totalmente; observó el geólogo. -Pero eso no es todo; por las características de las estructuras da la impresión de que no son de origen natural.

-¡Pero eso es imposible!; exclamó Sergio. -Habría algún testimonio de ello, y nadie lo ha mencionado en toda nuestra historia.

-Nosotros estamos tan sorprendidos como tú; opinó Carmen.

-¿Crees que sean de origen incaico?; preguntó Pablo.

-No lo sé, tendría que revisarlo en terreno para poder formular una hipótesis; opinó el arqueólogo.

-Me parece bien; respondió Carmen.

-Desearía que nos acompañara la profesora Blanca Rojas; experta en lenguajes primitivos y simbología; pidió Sergio.

-Si Carmen lo autoriza no tengo ninguna objeción; respondió Pablo.

-Supongo que no hay problema; asintió ella.

Temprano al otro día, los cuatro expertos descendieron hasta la entrada del primer túnel. Cada uno portaba una mochila con varias baterías de repuesto para sus linternas, así como dos cilindros extras de aire, para aumentar su autonomía en la expedición.

-¿Esto es una broma?; preguntó Blanca después de recorrer cerca de un kilómetro. -A mí se me habló de un hallazgo arqueológico en unas galerías en la roca, pero lo que aquí tenemos es un túnel artificial.

-Eso parece ser; apoyó Carmen. -Y como en sus paredes encontramos símbolos rúnicos grabados, Pablo sugirió consultarle a expertos en la materia.

-Y a propósito aquí está el primero; dijo Pablo mostrando la muralla con su linterna.

-Mmm, sí. Esto parece escandinavo, es un símbolo que significa luz o claridad; opinó Blanca. -Pero esto no indica nada.

Siguieron avanzando hasta llegar al conjunto de símbolos que habían fotografiado la vez anterior.

-Esto es interesante; comentó la arqueóloga luego de estudiarlos detenidamente y tocarlos con sus dedos. -Esto no tiene sentido.

-¿Por qué?; preguntó Sergio.

-Porque esto es una mezcla de alfabeto nórdico, maya, egipcio y sanscrito; contestó Blanca.

-La verdad es que también a nosotros nos tiene desconcertados esto; opinó Pablo. -No existe ningún  registro de la existencia de una red de galerías, ya sea de origen volcánico o hídrico en esta zona. En un principio pensamos que tenía un origen natural y decidimos explorar; pero al percatarnos de que descendíamos por una pendiente constante, que tanto el suelo como las paredes y el techo eran totalmente lisos, empezamos a suponer que su origen era artificial.

-Lo cual fue confirmado por los símbolos gravados en las paredes; agregó Carmen. -Como esto no data de una fecha reciente de construcción y al no entender el significado de los símbolos, decidimos buscar la asesoría de arqueólogos.

-O sea nosotros; concluyó Sergio.

-Pero esto tiene un acabado muy fino, no coincide con albañilería antigua; objetó Blanca. -Las únicas estructuras con una terminación tan perfecta que he visto de la antigüedad, son la Puerta del Sol de Los Incas, la Pirámide de Gizah y el Valle de Los Reyes de Egipto, las construcciones romanas, griegas y babilonias; pero cultural y temporalmente distan mucho de esto.

-Mi opinión personal es que esto es de origen moderno, no más allá del siglo diecinueve; agregó Sergio.

-¿Existe algún registro histórico al respecto?; consultó Pablo.

-Ninguno, pero eso no significa que no exista; opinó la arqueóloga.

-En eso coincido contigo; opinó Carmen. -Sin embargo, el despliegue de maquinaria y mano de obra, así como el movimiento de materiales no habría pasado desapercibido; ya ves todo el barullo que hay arriba solo para construir una estación de metro; objetó la geóloga.

-Es cierto, no es llegar y construir bajo una ciudad sin que nadie lo note; apoyó Pablo.

Conversando como iban, llegaron hasta una bifurcación donde el túnel se abría en dos galerías.

-¿Hacia dónde seguimos?; consultó Sergio.

-Me gustaría poder explorar todo, pero no se puede de una sola vez; opinó Carmen. -Así es que da lo mismo; vamos por la galería de la derecha; dijo marcando una flecha en su mapa, para indicar la dirección seguida.

De su mochila Pablo sacó un par de balizas luminosas para marcar el punto de bifurcación y puso otra a cinco metros en el túnel que se abría a la derecha.      -Así no nos perderemos; observó él.

-Llevamos caminando una hora; observó Sergio. -Esto es inmenso.

-Aquí hay otra bifurcación; indicó Carmen. -¿Derecha o izquierda?

Al igual que la  vez anterior Pablo marcó el camino con dos balizas, que brillaban en forma intermitente. Por su parte Carmen dibujó una flecha sobre el mapa para indicar la dirección.

-Miren; señaló Blanca, indicando la muralla con una mano. -Ahí hay otros símbolos.

Cuatro símbolos distribuidos de manera vertical en línea se observaban nítidamente en una de las paredes de la galería por la que avanzaban. El primer símbolo parecía un rayo (ξ), el segundo se asemejaba a una letra Z con ángulos rectos ( Ζ ), el tercero era un par de segmentos paralelos separados por un espacio vacío (⊇  ⊆) y el cuarto era claramente una flecha que indicaba hacia la otra galería (  ⇒  ).

Después de analizarlos un rato, Blanca recorrió con su linterna el piso del túnel, hasta que el rayo de luz dio con un brusco cambio de pendiente en el camino.

-Interesante; opinó la arqueóloga. -Es un aviso de peligro, si no me equivoco significa “Peligro, desnivel o caída, camino cortado, seguir por la otra galería”.

-Voy a marcar ese hoyo; dijo Pablo, poniendo tres balizas frente a él y trazando una línea con pintura luminosa.

Carmen marcó el lugar en el mapa y el grupo se internó en la otra galería.

-Debo cambiar mi botella de aire; dijo Blanca después de un rato.

-Creo que todos debemos hacerlo; sugirió Sergio.

-No me parece; opinó Carmen quitándose la mascarilla. -Sientan, hay una corriente de aire fresco.

-Es cierto; apoyó Blanca, quitándose también la suya.

-¿Pero de dónde viene?; preguntó Pablo. -Estamos lejos de la superficie y de la entrada del túnel.

-Tratemos de encontrar por donde entra; propuso Sergio.

-¿Quiénes creen que hayan construido estos túneles?; preguntó Carmen a los arqueólogos.

-No lo sé; respondió Sergio. -Nunca había visto algo así; es casi anacrónico.

-Y hasta ahora no hemos visto ninguna escritura, excepto los signos que encontramos atrás, los cuales parecen ser funcionales, de advertencia; agregó Blanca.

-Por ahí se siente más fresco el aire; observó Carmen, caminando más rápido.

-¡Cuidado!; grito Blanca al ver en la muralla los signos del rayo y el del desnivel, grabados en la roca.

Carmen no alcanzó a reaccionar y dando un grito cayó en un hueco en el camino; todos corrieron a socorrerla. Cinco metros más abajo la geóloga se movía lentamente algo aturdida.

-¿Carmen estás bien?; gritó preocupado Pablo.

-Me lastimé una pierna; contestó ella con voz quejumbrosa.

-Espera, no trates de moverte, vamos a bajar; aconsejó Sergio.

-Yo bajaré; se ofreció Blanca. -Ustedes tienen que sostener una cuerda para que yo llegue hasta ella.

Protegida con guantes la arqueóloga se descolgó por la cuerda mientras Pablo y Sergio la sostenían con toda la fuerza de sus brazos, ya que debido a lo liso de las superficies, no había ningún punto donde fijar la cuerda.

-Tranquila, déjame ver esa pierna; pidió Blanca. -Tengo alguna experiencia en primeros auxilios.

-Mmm, no está rota; observó la arqueóloga. -Pero  te la dislocaste a la altura de la rodilla, es necesario volver a poner los huesos en su lugar.

-Por favor no, que me duele mucho; imploró Carmen.

-Está bien, tranquila; respondió Blanca. -Solo te vendaré.

-¡Carmen mira!; gritó la arqueóloga apuntando hacia la pared de su derecha.

Cuando Carmen se volvió a mirar, Blanca con un rápido movimiento reacomodó la pierna de la geóloga, la que soltó un grito de dolor.

-Hey, duele menos; observó Carmen. -Gracias.

-Carmen está bien, solo se dislocó una pierna, pero ya se la acomodé; avisó Blanca a sus compañeros que aguardaban arriba.

Con su linterna la arqueóloga notó que frente a ella se habría otro túnel desde el que llegaba aire fresco. Mirando con mayor atención las murallas, pudo observar que estaban cubiertas de signos que parecían haber sido sacados de diferentes culturas.

-Chicos, tienen que venir a ver esto; dijo impresionada por el hallazgo.

-¿Qué hay?; preguntó Sergio.

-Signos, cientos de ellos; contestó Carmen, quien se apoyaba en el bastón que acostumbraba llevar Blanca cuando salía a terreno.

De su mochila Pablo sacó una caja plástica en cuyo interior había una extraña pistola.

-¡Oye!, ¿a quién vas a matar?; preguntó el arqueólogo.

-A nadie; respondió el geólogo, mientras a escasos centímetros de la pared rocosa apretó el gatillo y una punta de metal con un agujero en la parte trasera, como si de una gran aguja se tratase, se clavó profundamente en la roca.

-¿Qué fue eso?; preguntó Blanca al escuchar la detonación.

-Una pistola de anclaje; respondió Carmen. -Vaya, este ex mío vino preparado.

Ante la sorpresa de Sergio, Pablo enganchó un mosquetón a la argolla del clavo fijo en la roca y ató a él el extremo de la cuerda. A los pocos minutos los hombres se reunían con las dos mujeres.

Fascinada Blanca sacaba fotografías sin parar; tenía que estudiar esto con mayor detenimiento, pero por ahora debía recopilar la mayor cantidad de información que pudiera.

-Voy a tener trabajo por meses o años tratando de traducir esto; comentó entusiasmada la arqueóloga.

-Ahora falta averiguar quiénes y cuando los escribieron; opinó Sergio.

-Y determinar la técnica empleada; pensó en voz alta Carmen, que caminaba cojeando afirmada en el bastón. -Esto supera la calidad de los trabajos del tren subterráneo.

-Deberíamos volver; aconsejó Pablo.

-No, no, debemos continuar; insistió Carmen. -Ya estoy mejor.

-Podemos volver mañana; apoyó Sergio.

-Vamos, este es el descubrimiento del siglo. Debemos seguir adelante; siguió insistiendo porfiadamente la geóloga.

-¡Vean esto, rápido!; llamó apremiante Blanca.

-¿Qué hallaste?; preguntó entusiasmada Carmen.

La arqueóloga solo apuntó con un dedo. En la pared rocosa estaba estampada en bajo relieve la huella de una mano.

-Los constructores de los túneles dejaron su marca; opinó Sergio. -No es algo fuera de lo común.

-Pero hay algo que no está bien; observó Pablo. -Esa huella tiene solo cuatro dedos.

Los cuatro expedicionarios se miraron sorprendidos unos a otros, esperando que uno dijera algo. Como una niña  curiosa Carmen apoyó su mano derecha en la huella. Lo siguiente que ocurrió dejó estupefactos a los cuatro aventureros; parte de la pared de granito comenzó a deslizarse con un ruido pesado de rocas que se arrastran, dejando a la vista un túnel que había permanecido oculto. Sin decir palabra, la geóloga penetró lentamente en él alumbrando todo con su potente linterna. Cuando los demás hubieron cruzado, la puerta en la roca se cerró tras ellos, con el mismo pesado sonido.

Alarmado Pablo se volvió para comprobar que la entrada, o salida, ya no estaba abierta.

-Ahora sí que la hiciste buena; reclamó molesto a su ex esposa.

Sin inmutarse, Carmen revisó la roca a su espalda hasta que encontró una huella de mano en ella, en la que apoyó la suya. La roca se deslizó lentamente dejando a la vista la especie de sala en la que ella había caído.

-Aquí está la cerradura, no seas tan cobarde; recriminó a Pablo. -Deja marcar este punto en el mapa; continuó ella como si de lo más normal se tratase.  -Veamos, la cámara con esta puerta está aquí; dijo encerrando el lugar en un círculo.  -Pero no veo esta galería.

-¿Cómo que no?, si estoy seguro que escanee con el radar a dos kilómetros a la redonda y hasta ahora nos hemos movido solo en línea recta; se defendió Pablo.

-Pues mira, aquí no aparece; mostró la geóloga el mapa.

-No entiendo por qué no se ve; respondió pensativo Pablo.

-Tal vez en la roca hay algún mineral que bloquea el radar; pensó Carmen.  -Sé que tú lo hiciste bien, ya que estaba contigo.

-Eso quiere decir que si continuamos nos moveríamos a ciegas; acotó Sergio.

-Pero no podemos volver, debemos averiguar más; propuso Blanca.  -Necesitamos más datos.

-Podemos ir marcando el camino con balizas; sugirió Carmen.

-Solo quedan dos; observó Pablo. -Pero podemos usar pintura luminosa, al menos de esa queda bastante.

-Entonces sigamos; pidió la geóloga.

-¿Y tú pierna?; preguntó Sergio.

-Puedo caminar, un poco lento, pero no hay problema; respondió Carmen.

-Mi linterna se está agotando; observó Pablo. -Debo cambiarle la batería.

-Apaguen sus linternas; dijo inesperadamente Blanca.

-Pero no veremos nada; objetó Sergio.

-Háganme caso, solo un momento, por favor; insistió ella.

-¿Qué ocurre Blanca?; preguntó Carmen apagando su linterna.

-No lo puedo creer; exclamó Pablo cuando todos hubieron apagado sus luces.

-Se puede ver; observó Sergio.

-No veo ningún foco o alguna fuente de luz; acotó Pablo.

-Debe ser algo en el material de las paredes de la galería; reflexionó Carmen.

-¿Cómo lo notaste Blanca?; preguntó Sergio.

-Fue solo una impresión, creo que nadie más notó que seguía claro detrás de nosotros; explicó la arqueóloga.

-Bueno, como sea, esto nos facilita un poco más esta marcha; opinó Pablo.

En la cabeza de los cuatro investigadores había más preguntas que respuestas. El hallazgo de una galería invisible al radar a ciento cinco metros de profundidad, detrás de una puerta oculta, así como la extraña luminiscencia de las paredes, indicaba que esta no era una obra arqueológica común y corriente; y qué decir de la huella de mano de cuatro dedos que accionaba un mecanismo automático que abría y cerraba la puerta que comunicaba la sala con dicha galería. Todo hacía pensar que se hallaban frente a la obra de un pueblo poseedor de grandes avances tecnológicos.

Era fácil que la imaginación se disparase y ellos en el fondo lo sabían, así es que trataban solo de obtener datos, sin adelantar ninguna hipótesis.

Aprovechando la claridad natural del lugar, Pablo se dedicó a observar con mayor atención la roca que formaba las paredes.

-Carmen, esto no es granito; dijo después de rasparla con la punta de su martillo y palparla con la mano.

-¿Cómo dices?; preguntó sorprendida ella.

-Este material es artificial; concluyó él.

-¿Está hecha de concreto u hormigón?; consulto Sergio.

-No lo sé; observó la geóloga. -No reconozco el material, pero por su textura yo diría que es sintético.

Incrédula Blanca encendió su linterna y con ella alumbró la pared, dejando a la vista una superficie totalmente lisa y pulimentada.

-Esta calidad en el trabajo de la piedra la he visto solo en el sarcófago de Keops; observó Sergio. -Yo diría que estamos ante la obra de un pueblo muy avanzado.

-La combinación de símbolos mayas, escandinavos, sanscritos y egipcios a primera vista indicaría que en algún momento, este pueblo tuvo contacto con dichas culturas.

-¿Cuándo habrán sido construidas estas galerías?; preguntó Carmen.

-Es difícil decirlo sin puntos de referencia; respondió el arqueólogo. -Tal vez la datación por termoluminiscencia podría funcionar, pero no estoy seguro.

-Otra vez se siente una corriente de aire fresco; observó Pablo.

-¿Provendrá del exterior?; preguntó Blanca.

-A esta altura ya no sé qué creer; contestó Pablo.

-¿Escuchan eso?; preguntó Carmen.

-¿Qué cosa?; preguntó Sergio.

-Un ruido muy leve de baja frecuencia, es como el de un motor eléctrico; respondió la geóloga.

-Eso es imposible; opinó Pablo.

-A lo mejor es mi imaginación; pensó Carmen.

Así hablaban mientras la arqueóloga se distrajo observando un conjunto de símbolos que había en una de las paredes, no dándose cuenta de que sus compañeros se habían alejado; emocionada buscó la cámara fotográfica que llevaba en  su chaqueta. La pared se deslizó silenciosamente y no se  percató de una mano que la sujetó de un brazo y otra le tapaba a la vez la boca impidiéndole gritar.

-¿Qué opinas de todo esto Blanca?; preguntó Sergio  a su colega.

Un lapso inusitadamente prolongado de silencio molestó al arqueólogo.

-Blanca, te estoy hablando; reclamó Sergio volviéndose hacia atrás. Atónito vio que no había nadie tras él.

-¡Hey esperen!; gritó a Carmen y Pablo que avanzaban un poco más adelante.

-¿Qué ocurre?; preguntó el geólogo.

-Blanca se quedó atrás; respondió el arqueólogo. -Volvamos a buscarla, no quisiera dejarla sola acá.

Un silencio total inundaba la galería, solo roto por el suave eco del grito de Sergio.

-¡Miren!; exclamó Carmen agachándose. -Es la máquina fotográfica de ella.

-¿Pero dónde se metió?; preguntó Pablo.

-Habrá retrocedido más; supuso Sergio acelerando el paso para encontrar pronto a su compañera.

Después de unos minutos de caminata Sergio llegó hasta el punto donde se hallaba la puerta que conectaba con la sala a la que Carmen había caído.

-No creo que haya salido;  opinó Pablo. -No sin avisarnos.

-Volvamos hasta donde encontramos su máquina fotográfica; sugirió la geóloga.

Al poco rato los tres se encontraron junto a la marca en el piso que Pablo había hecho donde estaba tirada la cámara.

-Habrá caído en alguna trampa oculta; pensó Sergio.

-Tiene que haber alguna clase de interruptor por alguna parte; opinó Carmen.

La oscuridad del túnel por donde estaba siendo llevada Blanca era total; la impresión y el miedo al verse arrastrada en medio de las sombras había hecho que ella se desmayara.

La cabeza le giraba y los ojos se adaptaban nuevamente a la tenue luz que la rodeaba. El suelo donde se hallaba tendida era definitivamente metálico, lo mismo que las paredes y el techo; no había ninguna puerta en el reducido espacio, lo que le hizo comprender que la habían puesto en una celda. ¿Pero quién o quiénes la encerraron?

-Tiene que haber una puerta oculta en algún lado; supuso Sergio tocando distintos signos en la pared. -No puede haberse esfumado así como así.

Aunque había palpado cada uno de los símbolos grabados en la roca, una y otra vez, Sergio seguía insistiendo, no queriendo alejarse del lugar donde probablemente había desaparecido Blanca. Casi en forma obsesiva seguía intentándolo, hasta que sus dedos notaron que una de las marcas estaba sobresalida respecto a las demás; albergando un deseo presionó ese signo. Silenciosa, a diferencia de la vez anterior, la pared de roca se deslizó ante sus ojos, dejando a la vista la entrada de otra galería; aunque dejar a la vista era decir demasiado, ya que lo que se abría frente a los tres expedicionarios era un hoyo negro, que no permitía ver nada sin luz artificial.

Encendiendo sus linternas a su máxima potencia de penetración, ingresaron cautelosamente en aquella negrura.

-¡Blanca!; gritó a todo pulmón Sergio, pero ninguna respuesta llegó de vuelta hasta sus iodos.

  Si no fuese por los potentes rayos de luz de las linternas, la oscuridad habría sido absoluta; lo que le recordó a Pablo una ocasión en la que había quedado atrapado en una mina de oro a causa de un derrumbe y se le había agotado su linterna, hallándose sumido en la más opresiva oscuridad. Carmen prácticamente había removido con sus propias manos, hasta que sus dedos sangraron, las rocas que tenían encerrado a su esposo; y ahora, siete años después, pudo percibir el miedo que el recuerdo le provocaba a él. Su respiración comenzó a acelerarse y su frente se llenó de traspiración. Sintiendo pena aún por él, ella le tomó su mano y pudo notar la fuerte presión con que la apretaba; aun así no lo quiso soltar y poco a poco la tensión de los músculos del geólogo disminuyó y su respiración se volvió relajada nuevamente. El  mismo recuerdo en ella le hizo sentir un impulso de abrazar fuerte a su ex marido, pero se contuvo.

Carmen no estaba segura de que fuese lo correcto internarse por esa galería para buscar a Blanca; aunque no la conocía, no creía que fuese tan imprudente como para aventurarse sola por un camino  desconocido que no aparecía en el mapa. 

-¿Sergio, crees tú que Blanca entró a esta galería?; preguntó la geóloga. Lo siguiente que ella escuchó la dejó perpleja; silencio, el más completo y total silencio.

-¿Sergio, estás bien?; insistió Carmen.

-¡Sergio!; gritó fuerte Pablo, pero no hubo ninguna respuesta a ese llamado.

-Retrocedamos y vamos a buscarlo; sugirió el geólogo. -No puede estar muy lejos.

Carmen y Pablo desanduvieron el camino recorrido, disolviendo las tinieblas con sus linternas, en busca de su compañero. Ambos estaban totalmente desconcertados, era como si la tierra se lo hubiese tragado, simplemente Sergio parecía haberse esfumado en el aire.

-Aquí termina el camino; observó Carmen ante la pared que cerraba la entrada a la galería. -¿Crees que Sergio haya salido sin avisarnos?

-Tal vez de un estudiante podría esperarlo, pero él es un profesor con mucha experiencia de campo; opinó Pablo. -No es del tipo impulsivo o imprudente.

-Sin embargo, aquí no está; comentó Carmen.

-Puede que haya trampas en estos túneles, lo que explicaría la desaparición de Sergio y Blanca; pensó Pablo.

-¿Pero dónde estarán?; preguntó Carmen.

-No lo sé; respondió el geólogo.

Sergio no sabía cuánto tiempo había pasado. Cuando despertó su cabeza giraba un poco y se sentía desorientado; tenía la espalda apoyada sobre las piernas de alguien.

-No trates de levantarte aun, espera a que pase el mareo; sugirió Blanca acariciándole la cabeza.

-¿Blanca?, ¿dónde estamos?; preguntó Sergio sentándose en el suelo.

-Creo que estamos encerrados en una especie de celda; dijo ella.

-¿Pero quién nos puso aquí?; preguntó el arqueólogo.

-No lo sé, a mí me trajeron inconsciente y a ti solo te arrojaron aquí; respondió ella.

-¿Y Carmen y Pablo?; preguntó Blanca.

-Te estábamos buscando los tres en una galería que había oculta en una pared; respondió Sergio.

-La misma por donde me trajeron a mí; opinó Blanca.

-¿Has escuchado algún ruido desde que estas aquí?; preguntó Sergio.

-Nada, tampoco he visto a nadie; respondió ella. -Esto  definitivamente echa por tierra la teoría de que esta es una reliquia arqueológica, porque está en pleno uso.

Silenciosamente la puerta de la celda comenzó a abrirse, los dos cautivos tenían sus corazones latiendo a cien kilómetros por hora, expectantes de conocer a sus captores.

-¿Qué está pasando?; preguntó Carmen a Pablo. -¿Dónde están Blanca y Sergio?

-No lo sé; fue la limitada respuesta del geólogo, que sabía tanto como su compañera.

-Tengo miedo; agregó ella. -Por favor no me dejes sola.

-Tranquila, todo se aclarará; trató de calmarla Pablo, no tan convencido de sus palabras.

-Quiero irme; rogó Carmen.

-No podemos abandonar a Sergio y Blanca; objetó el geólogo. -Pero salgamos por ahora de esta galería.

Tomados de la mano ambos caminaron lo más rápidamente posible hacia la puerta que ocultaba la galería donde se encontraban. Tras ellos la oscuridad les pisaba los talones. A poco andar palpaban ansiosos los distintos símbolos grabados en la roca.

-Tiene que haber algún interruptor por aquí; opinó Pablo, pasando sus manos por toda la superficie. Inesperadamente la luz de ambas linternas comenzó a disminuir rápidamente.

-¡Las linternas se van a apagar!; exclamó Carmen alarmada.

Cambiémosles rápido las pilas; apremió Pablo.

Con mano presurosa buscaron en sus mochilas baterías nuevas. Temblorosos reemplazaron las baterías gastadas. La angustia subió como un sabor amargo por la garganta de Carmen; la nueva batería tenía menos carga que la anterior. Lo mismo pudo comprobar Pablo en su linterna; casi en la penumbra la geóloga apretó la mano de él. Finalmente las linternas de ambos terminaron por apagarse, dejándolos sumidos en la más completa e impenetrable negrura. Angustiados palpaban la muralla tratando de encontrar la forma de salir de ese túnel, hacia la galería principal que estaba iluminada.

Lejanos pasos se escuchaban aproximarse lentamente a través de la oscuridad.

-Escucha, alguien viene; dijo ella a Pablo.

-¡Sergio, Blanca!, ¿son ustedes?; gritó éste, pero nadie contestó

Los pasos se escuchaban cada vez más fuerte. Quién fuese estaba cada vez más cerca.

-¿Quién está ahí?; gritó Carmen con la voz entrecortada y la mano apretada a la de Pablo.

El silencio del túnel solo era roto por los pasos que se acercaban y la respiración agitada de la mujer. De pronto se hizo un silencio total; Carmen intuía que había alguien más junto a ella. Cuando sintió que alguien la sujetaba por los brazos y tiraba de ella, trató de zafarse y gritó con todas sus fuerzas.

-No dejes que me lleven, por favor; imploró a Pablo.

Pero su compañero poco o nada podía hacer, ya que a él también lo estaban sujetando. De un golpe logró soltarse de su agresor, sabía que lo había golpeado en el rostro y éste había caído al piso.

-¡Carmen!; gritó desesperado, pero ella ya no estaba junto a él. Furioso, sorprendido e impotente sintió que lo sujetaban entre dos de los brazos, impidiéndole toda posible reacción. Sin darse cuenta cayó en un profundo letargo, y sus músculos dejaron de responder a su voluntad; finalmente su conciencia se nubló.

La puerta de la celda terminó por fin de abrirse, la impresión de Blanca y de Sergio también, fue una mezcla de incredulidad y estupor. Tres individuos vestidos con uniformes de una pieza, botas y cinturón. Dos hombres y una mujer de un metro ochenta, piel muy clara, ojos muy grandes de amplias y negras pupilas, orejas levemente alargadas, cabello claro y lo más impactante, con tan solo cuatro dedos en cada mano.

Mientras en Blanca y Sergio la emoción que dominaba era asombro y estupor, en los tres extraños era una mezcla de repulsión y miedo, el cual era más evidente en la mujer.

Sin mediar palabra, los prisioneros fueron conducidos por un largo pasillo iluminado por una claridad crepuscular que parecía provenir de todas direcciones. Al poco andar, vieron como los cuerpos inanimados de Pablo y Carmen eran depositados, con poco cuidado por cuatro extraños armados, en el piso de una celda similar a la que ellos ocuparon hace un rato. Poco después llegaron a una sala con unos cuantos instrumentos; aunque opusieron resistencia, sobre todo Sergio, fueron sentados en dos sillas de cuyo respaldo surgió una banda metálica que los enrolló por el torso, dejándolos inmóviles.

La frente de Blanca estaba cubierta de gotas de sudor, muestras del  miedo que la dominaba.

En total silencio la mujer acercó una especie de lámpara de pie a los prisioneros, de la cual surgió un rayo de luz que recorrió la cara de ambos. En una pantalla aparecieron, como si de una película se tratase, escenas de lo vivido por ambos durante los dos últimos días.

Los dos hombres intercambiaron palabras en un idioma ininteligible para los arqueólogos, a lo cual la mujer replicaba con evidente desagrado.

-Evidentemente estos seres vienen de la superficie; opinó el mayor de los extraños.

-Debemos averiguar cuál es su misión  y  cuanto saben de nosotros; agregó el otro.

-Si llega a saberse que los invasores han llegado hasta nuestras ciudades, va a cundir un pánico difícil de controlar; observó la mujer evidentemente asustada. -Y no es para menos, ya que son horribles.

-La doctora Zinhar tiene razón; opinó el menor de los dos hombres. -Aún se relata en nuestra historia, en forma muy precisa los horrores de la primera invasión.

-Por lo visto lo más prudente para el bien de nuestro pueblo es mantener en secreto este incidente; concluyó el mayor de los extraños.

-Permítanme presentarme, yo soy Narthar, jefe de esta unidad; dijo el hombre en perfecto castellano.

-¿Cuál es su misión en nuestro mundo?; preguntó directamente el otro hombre, de nombre Xanther.

-¿Misión?, no tenemos ninguna misión; respondió Sergio. -Somos científicos que investigamos en forma tranquila unos extraños túneles.

-Ni siquiera sabíamos de su existencia, ni queremos tener ningún problema con ustedes; agregó Blanca.

-¿De igual forma que cuando nos invadieron hace un millón de ciclos solares?; gritó alterada la doctora Zinhar. -A pesar de todo el tiempo transcurrido, aun nuestros historiadores nos recuerdan cuando llegaron sus astronaves y les acogimos como amigos, pero al poco tiempo nos atacaron; dijo ella con lágrimas de  rabia y dolor en los ojos.

-No sé de qué nos hablan; respondió confundido Sergio.

-Hace un millón de años ni siquiera existía nuestra especie; agregó Blanca.

-Por lo visto ustedes no saben lo que realmente ocurrió en este planeta; comentó Narthar. -Les explicaré lo que dijo la doctora Zinhar.

-Hace un millón de ciclos solares, o años  como ustedes los llaman, nuestros ancestros vivían en la superficie; las ciudades florecían en armonía con el medio ambiente y educábamos nuestras mentes y cuerpos en paz. La curiosidad y el deseo de obtener más conocimientos nos impulsaron a enviar sondas y naves exploradoras más allá de este sistema planetario; relató Narthar.

-Algunos años después nuestros sistemas de vigilancia captaron un mensaje armónico y matemático. Entusiasmados los científicos de esa época los invitaron a venir a conocernos y les dieron la ubicación exacta de este planeta; agregó Xanther.

-Nuestro pueblo recibió a los recién llegados como amigos; sin embargo, al poco tiempo comenzaron a llegar las naves de combate. Intentaron resistir y lo lograron por un tiempo, pero nuestras ciudades fueron bombardeadas y todos sus habitantes asesinados; continuó Zinhar con un nudo en la voz.

-Los sobrevivientes se refugiaron en cavernas y comenzaron una guerra de guerrillas contra los invasores, que establecían colonias por todo el planeta. La desesperación en nuestro pueblo crecía y tal vez también la locura. Mediante armas de destrucción masiva las emergentes ciudades de los humanos fueron destruidas y también su tecnología. Con el pasar del tiempo experimentaron una involución cultural y se perdió todo recuerdo de su origen; narró Xanther.

-Aunque ustedes ya no representaban un peligro para nosotros, la contaminación del planeta causada por la guerra, obligó a nuestros ancestros a refugiarse bajo tierra y abandonar la superficie. El tiempo continuó su avance y miles de generaciones comenzaron a evolucionar poco a poco. Ya no somos los mismos que llegaron a este mundo subterráneo; nuestro organismo se adaptó a las nuevas condiciones ambientales y surgió, al fin, una nueva especie, nosotros; concluyó el profesor Narthar profundamente emocionado.

-¿Nunca han tratado de volver a la superficie?; preguntó Blanca.

-No podemos exponernos a la radiación cósmica, ni a la radiación solar sin equipos especiales de protección; explicó Xanther.

-Lo que menos deseamos es tener contacto con ustedes; opinó Zinhar.

-Por ahora hemos terminado; dijo Xanther.

-¿Puedo hacer una pregunta?; consultó Sergio.

-Adelante; autorizó Zinhar.

-¿Dónde estamos exactamente?; preguntó el humano.

Los tres extraños se miraron como si se consultaran entre ellos si debían entregar dicha información a los seres de la superficie.

-No creo que les sirva saberlo, pero les diré. Se encuentran en una de nuestras ciudades a siete kilómetros de profundidad, usando su sistema de medidas; contestó con una sonrisa cruel Zinhar.

-¿Ciudades?; observó Blanca. -¿Cuántos son de su especie?

-Cinco mil millones; respondió con naturalidad el profesor Narthar.

Con un chasquido la cinta metálica se abrió; dos guardias armados los condujeron hasta la celda donde se encontraban Carmen y Pablo, quienes comenzaban a salir de la inconsciencia.

-¿Qué opinan?; preguntó Narthar en su propio idioma a sus colegas.

-Debemos impedir que informen de nuestra existencia; opinó la mujer. 

-Concuerdo con Zinhar; apoyó Xanther.

-Su sola presencia ya es peligrosa, sugiero que los ejecutemos; sentenció la doctora Zinhar.

-Es probable que hayan cambiado con el aislamiento en este planeta y ya no sean un peligro para nuestro pueblo; opinó el profesor.

 -Permítame recordarle que esa misma ingenuidad fue la que casi extinguió a nuestros ancestros; rebatió Zinhar.

El profesor Narthar era consciente de que tras las palabras y el rechazo hacia los humanos por parte de la doctora Zinhar, había una respuesta instintiva transmitida de generación en generación durante un  millón de años y que probablemente compartía todo el mundo. A pesar del interés científico que en él despertaban los intrusos, sabía que en el fondo ella tenía razón.

Carmen se puso de pie tambaleándose, tan mareada que Sergio tuvo que afirmarla para que no cayese.

-¡Blanca, Sergio!; exclamó Pablo. -¿Dónde estamos?

-Prisioneros; contestó éste mientras ayudaba a Carmen a sentarse.

-¿Pero de quiénes?; preguntó Carmen.

Sergio no alcanzó a contestar la pregunta cuando se abrió la puerta y entraron dos guardias que los condujeron por el pasillo.

-De ellos; respondió Blanca.

Carmen cerró los ojos y los abrió de nuevo incrédula y asustada de lo que veía.

-¿Qué son?; preguntó Pablo.

-Los habitantes originales de este planeta; respondió Sergio.

-¿De qué hablas?; preguntó Carmen intrigada.

No alcanzó a obtener respuesta cuando se abrió la puerta de otra habitación.

-Aquí están todos los prisioneros; informó un guardia.

-Gracias, pueden retirarse; autorizó  el profesor Narthar.

-¿Qué significa esto?; preguntó Pablo.

-Ustedes entraron sin autorización a nuestro mundo; respondió Zinhar.        -Pero eso es común en su especie.

-No entiendo; dijo Carmen.

-Nosotros somos los descendientes de los habitantes originales de este planeta. Ustedes descienden de invasores que llegaron hace un millón de años desde el otro extremo de la galaxia; explicó el profesor Narthar. -Durante miles de generaciones nos hemos mantenido alejados de ustedes, hasta ahora.

-Su presencia aquí se mantendrá en secreto, ya que de saberse provocaría pánico en toda la población; agregó Xanther.

-No podemos permitir que vuelvan a la superficie y den a conocer nuestra existencia a sus autoridades militares; continuó Zinhar.

-Esto no es justo, nosotros no somos responsables de lo que hayan hecho nuestros antepasados; reclamó Blanca.

-Además nosotros somos científicos, no nos interesa la política ni lo militar; agregó Pablo.

-Sin embargo, están genéticamente programados como guerreros e invasores y eso los hace peligrosos como especie; argumentó Zinhar.

-Siento tener que darle la razón a mi colega; respondió el profesor Narthar.   -Pero ella tiene razón.

-La vuestra es una especie genéticamente acondicionada para invadir y destruir otros mundos; observó Xanther.

-Me temo que nunca podrán volver a la superficie, ni abandonar estas instalaciones; concluyó Narthar.

-Ahora necesitamos averiguar cuánto saben realmente; dijo Zinhar escaneando el rostro de Carmen y Pablo con el mismo aparato usado en Sergio y Blanca.

Inmediatamente apareció en la pantalla el mapa de túneles descubiertos por los geólogos.

-Son antiguas galerías abandonadas que comunicaban con la superficie; observó preocupado Xanther.

-Localice la ubicación de esos archivos; ordenó Narthar a Zinhar.

Inmediatamente los recuerdos de Carmen mostraron su oficina y su computador portátil. Los recuerdos de Sergio permitieron ver su despacho y las fotografías de los símbolos encontrados en las rocas. Pablo y Blanca no mostraban nada nuevo, ya que ellos no habían almacenado información sobre los hallazgos.

Sin más que querer saber de los prisioneros, por el momento estos fueron llevados de vuelta a su celda.

-¡Esto es una locura!; exclamó Carmen.

-Tenemos que tratar de escapar; opinó Pablo.

-Va a ser un poco difícil; opinó Sergio. -Estamos a siete kilómetros de profundidad.

-Pero de alguna forma nos trajeron hasta acá; comentó Blanca.

-Debe haber algún ascensor que comunica con la superficie; meditó Carmen.

-Debemos intentar llegar a él; sugirió Pablo.

-Cuando los guardias vuelvan a buscarnos los neutralizaremos entre los cuatro y escapamos.

Una hora después la puerta de la celda se abrió y dos guardias armados ingresaron por ellos. Antes de que pudieran reaccionar, Sergio y Pablo les cayeron encima; de un rodillazo en el estómago y un puñetazo en la cara Sergio derribó a uno, en tanto que Pablo lanzaba al otro de cabeza contra la pared de metal. Sin pérdida de tiempo Pablo se apoderó de una de las armas y los cuatro echaron a correr; probando suerte en varias puertas, finalmente dieron con un ascensor. Después de revisar los controles un minuto, Blanca presionó un botón y el ascensor comenzó su desplazamiento hacia arriba.

Ante la demora de los guardias con los prisioneros, la doctora Zinhar fue a ver qué los detenía. Grande fue su sorpresa al ver a los guardias en el suelo.

-Los prisioneros han escapado. Están armados y uno de los guardias está muerto; informó la mujer por un intercomunicador.

En otra sala el profesor Narthar meditaba sobre el giro que habían experimentado los acontecimientos.

Zinhar entró furiosa donde se encontraba el profesor.

-Le advertí que esta era una situación peligrosa; recriminó ella. -Ahora debemos impedir que lleguen a la superficie e informen de nuestra existencia.

-Siento no haberla escuchado Zinhar; respondió apesadumbrado Narthar.   -Usted  tenía razón.

-Los fugitivos han llegado a una galería  a dos mil metros de la superficie. El siguiente módulo de ascenso los llevará hasta arriba y no podremos capturarlos; informó la mujer observando un punto rojo en una red de galerías en una pantalla.

-Muy bien, manden dos cazadores; ordenó cabizbajo el profesor.

Después de unos minutos de rápido ascenso, el elevador se detuvo a dos kilómetros de la superficie.

-Hasta aquí llegamos en este ascensor; observó Pablo. -Debemos buscar otro que llegue a la superficie y podamos salir de aquí.

La puerta del módulo se abrió hacia una larga galería iluminada por la ya habitual claridad crepuscular.

-¿Hacia dónde vamos?; preguntó Blanca.

-Supongo que da lo mismo, en algún lugar tiene que haber otro ascensor; opinó Sergio.

Al poco andar el gruñido de un animal rompió el silencio del túnel.

-¿Qué fue eso?; preguntó asustada Carmen.

-Mejor no lo averigüemos; aconsejó Pablo.

Cada uno de los cuatro prófugos pensaba en poner la mayor distancia posible entre ellos y la cosa que los perseguía. El agotamiento empezaba a hacer mella en la resistencia de ellos. El aire comenzaba a faltarle a Blanca e inevitablemente empezó a rezagarse, quedando alejada de los demás. Las piernas de ella se doblaron y cayó de bruces al suelo; al volverse Sergio vio que una bestia de largas garras, que se asemejaba a un gigantesco topo bípedo, estaba por alcanzarla. Con largas zancadas él llegó junto a ella y la jaló de una mano justo cuando la bestia se abalanzaba sobre ella. De no haber sido por la rápida reacción de Sergio, su amiga habría sido despedazada por el monstruo, cuyas afiladas garras arañaron profundamente la pierna derecha de Blanca.

La detonación de un disparo del arma que Pablo le quitó a uno de los guardias, distrajo a la criatura el tiempo suficiente como para que pudieran alejarse de ella.

Ayudada por Pablo y Sergio, Blanca logró correr, mientras Carmen los apremiaba.

-Vengan metámonos en esta bifurcación; dijo ella desde una entrada que quedaba oculta por un ángulo en la galería.

La bestia perdió momentáneamente el rastro de los humanos, lo que aprovecharon para revisar la lastimada pierna de Blanca.

-Hay una vena rota; observó Carmen. -Por suerte no se dañó ninguna arteria importante, pero igual  va a ser necesario aplicar un torniquete para evitar el desangramiento.

-Usa mi cinturón; dijo Pablo pasándoselo.

Desde la otra galería llegaba a los oídos de los fugitivos los gruñidos de la bestia que los buscaba.

-Sigamos caminando; sugirió Pablo. -Aprovechemos que perdió el rastro.

La bestia aspiró una gran cantidad de aire con su monstruosa nariz, logrando sentir el olor de la sangre de Blanca. Dando un rugido la criatura entró a la misma galería por donde huían los fugitivos.

-Nos ha descubierto; gritó Blanca aterrada.

El monstruo se escuchaba cada vez más cerca y los prófugos trataban de acelerar, lo que no era fácil con Blanca herida.

Las piernas de todos comenzaron a flaquear y volverse pesadas, el aire no era suficiente para los pulmones y las fuerzas escaseaban.

-Entremos en esa otra galería; indicó Pablo con una mano.

La bestia estaba cerca, pero no los vio bien debido a sus atrofiados ojos.

Un paso en falso torció un tobillo de Sergio, el que cayó de lado antes de poder cambiar de galería. El monstruo aceleró su carrera, dándole alcance cuando éste se ponía de pie.

Un alarido de dolor detuvo en seco a Blanca, Pablo y Carmen, quienes con horror vieron como la bestia levantaba con sus garras el cuerpo de Sergio y lo arrojaba al piso. Mal herido el arqueólogo se retorcía en el suelo.

-Aún está con vida; observó Blanca.

Pablo sacó la pistola y apuntó contra la bestia, pero el gatillo se trabó y el proyectil nunca salió.

-Hay que salvarlo; gritó Blanca, justo cuando la bestia abría el pecho de Sergio de un zarpazo.

-Ya es tarde para él, está muerto; cortó Pablo.

-Tratemos de escapar ahora; dijo Carmen.

-Ahí hay otra bifurcación; observó Pablo. -Vamos por ahí para confundir a la bestia.

La pierna de Blanca sangraba profusamente y ella empezaba a sentirse mareada.

-Sácate el pantalón; ordenó Pablo a ella.

-¿Te volviste loco acaso?; reclamó Carmen.

-El animal está guiándose por su olfato; explicó Pablo. -Démosle un falso rastro.

-Entiendo; asintió Carmen.

Juntos quitaron la ensangrentada prenda de Blanca y la arrojaron lejos de la entrada a la otra galería.

Enloquecida por el olor a sangre, la bestia se arrojó sobre la enrojecida tela del pantalón. Furiosa y confundida la criatura rugió al no encontrar una presa.

Ya Pablo y Carmen, junto con la cada vez más débil Blanca se hallaban relativamente lejos de la entrada de dicha galería, donde la bestia trataba de encontrar nuevamente el rastro de sus objetivos.

La criatura no tardó mucho en sentir nuevamente  el olor a sangre y traspiración de los tres humanos que huían por otro túnel. Dando un rugido se lanzó tras sus víctimas, presa de un frenesí incontenible por volver a matar.  

Al sentir nuevamente a la bestia tras ellos los prófugos hicieron un nuevo esfuerzo, casi al límite de resistencia por acelerar la carrera. Unos cuantos segundos y veinte metros lograron ganar de ventaja extra; Carmen empezaba a sentir calambres en su abdomen por el sobresfuerzo a que estaban siendo sometidos sus músculos. Sin embargo, quien más sentía los efectos de la desesperada fuga era Blanca, cuya sangre empezaba a disminuir peligrosamente en su cuerpo. La arqueóloga comenzó a rezagarse y presa de un profundo agotamiento cayó de rodillas.

-¡Blanca!; gritó Carmen cuando la bestia de un salto le daba alcance.

Sin detenerse a pensarlo siquiera, Pablo disparó contra el monstruo, con mejor resultado que la vez anterior. Un resplandeciente proyectil impactó a la criatura, haciéndola caer sin vida. Blanca algo aturdida por la impresión veía pasar lentamente el tiempo. Con un gran esfuerzo pudo ponerse de pie.

Con los ojos desorbitados Carmen vio como Blanca era elevada en el aire por largas y horribles garras que atravesaban su espalda. Un violento rugido hizo retumbar las galerías.

-¡Hay otra bestia!; gritó Carmen al borde casi de la locura.

-¡Corre!; le urgió Pablo tomándola de la mano y arrastrándola casi.

Nuevamente la carrera se reanudó en forma desesperada.

Los geólogos no creían lo que estaba ocurriendo. Dos de sus compañeros estaban muertos en las garras de monstruos de pesadilla.

La bestia dejó tirado el cuerpo destrozado de Blanca y concentró su atención en los dos sobrevivientes, quienes trataban a duras penas de al menos mantener la distancia entre ellos y el monstruo. El geólogo disparaba hacia atrás sin mirar ni apuntar; la bestia saltaba de un lado a otro esquivando los proyectiles que estallaban sin tocarla, lo que retrasaba su avance.

La pistola dejó de disparar, las balas se habían acabado. Pablo sintió como se le erizaban los pelos de la nuca; la bestia ganaba terreno y estaba por darles alcance. Inesperadamente para Carmen, él soltó su mano y se detuvo.

-¿Qué haces?; preguntó confundida.

-Si seguimos juntos nos matará a ambos; respondió Pablo.

-Pero podemos lograrlo juntos; rebatió Carmen.

-Vete, yo lo distraeré; insistió Pablo.

-¡No quiero!; porfió ella.

-No seas tonta y escapa; ordenó él dándole un empujón.

Llorando Carmen obedeció. Un grito de dolor la hizo volverse; con espanto vio como la bestia abría a Pablo desde el cuello hasta la cintura.

Como pudo, ella siguió corriendo mientras pensaba en los años que había perdido separada de su esposo; tiempo que ya nunca podría recuperar. Ahora Carmen se hallaba sola, sola con la bestia; se sentía perdida y las fuerzas ya la abandonaban.

Los músculos ya no respondían a las órdenes que enviaba su cerebro; sus pulmones le ardían y las lágrimas  no la dejaban ver con claridad. Había por fin llegado hasta el límite de su capacidad.

La bestia se acercaba rápidamente. Inexplicablemente sintió una gran calma interior, el miedo cesó y su respiración se relajó. Lentamente Carmen giró sobre sus pies para quedar viendo cara a cara al monstruoso ser; cerró sus ojos y se dejó caer de rodillas, no viendo venir el golpe que hizo rodar su cabeza lejos de su cuerpo.

Todo había llegado a su fin para los cuatro curiosos exploradores que encontraron su tumba eterna en esa extraña red de galerías.

-Bueno doctora Zinhar, esto se ha acabado ya; dijo apesadumbrado el profesor Narthar. -Los intrusos están muertos.

-Aún queda hacer desaparecer toda la información que pueda delatar nuestra existencia; observó ella.

En medio de la noche un hombre y una mujer se acercan a la obra de excavación de la estación del tren subterráneo.

-Buenas noches señorita Fernández; saludó el vigilante. -¿Va a trabajar de noche hoy?

-Solo vengo a buscar mi computador personal para trabajar un poco en casa; contestó Carmen.

Después de revisar todos los papeles de la geóloga, la pareja recogió unas fotografías y un plano de galerías, así como un computador personal.

-Ya me retiro; se despidió la mujer del vigilante.

-Buenas noches señorita y no trabaje mucho; respondió el guardia.

A las pocas horas, lejos de allí, las llamas consumían el despacho del arqueólogo Sergio Donoso.

La pareja contempló las estrellas por un rato.

-No comprendo cómo es que los humanos pueden vivir aquí; dijo la mujer a su compañero.

-Es cierto, este lugar es tan hostil que nosotros necesitamos usar trajes de aislamiento para no envenenarnos; asintió el hombre.

-Volvamos a casa; recomendó la mujer.

-Si vámonos de este horrible lugar. Ya cumplimos nuestra misión; aceptó el hombre.

Una vez que se cerró la escotilla externa ambos apagaron el camuflaje holográfico de sus trajes y pudieron quitarse los cascos y así respirar con libertad el limpio aire de su mundo subterráneo.

 

Paseo campestre

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Boris Oliva Rojas

 

 

Paseo Campestre

 

-¡Papá tengo hambre!, ¿a qué hora va a llegar la mamá con la comida?; preguntó la pequeña Alicia de ocho años, mientras jugaba con su pelota.

-Tranquila, ya va a llegar; respondió José, revolviendo juguetonamente  el cabello de la menor de sus tres hijos.

-Si siempre andas pensando en comer te vas a parecer a tu pelota; dijo Paola, burlándose de su hermana.

-Y tú pareces un lápiz, flacuchenta; contestó Alicia sacándole la lengua a su hermana.

-Sí, verdad; contestó ésta tocándose su vientre plano y su cintura, orgullosa de su figura.

-Hola gente, llegué yo; saludó Juan, equilibrando una pelota de básquetbol en un dedo y sosteniendo un libro en la otra mano.

Los verdes ojos de Alicia se posaron en la pelota que giraba en el dedo de su hermano, dejando tirada la que ella tenía. Moviéndose despacio sin quitarle la vista de encima, se fue poniendo detrás de Juan, lanzando un manotazo a la pelota para arrebatársela; pero ésta escapó se sus dedos, ya que su hermano la tiró hacia arriba. Cuando los dos se disponían a disputarse el balón, Paola dando un salto se apoderó de ella, pasándola rápidamente de una mano a la otra.

Entre risas los dos hermanos se disponían a apropiarse de la pelota que ahora su hermana hacía rebotar en el piso.

-Ya, los tres basquetbolistas cálmense, que van a romper algo con esa pelota; dijo José  que no tenía ganas de recoger cosas rotas a esa hora.

Soltando la pelota, Paola centró su atención en las luces que se encendían y apagaban en el ecualizador del equipo de música, las cuales seguía con sus ojos verdes cómo los de su hermana y su madre y trataba de tocar con sus dedos.

Los tres hermanos se volvieron al mismo tiempo cuando la puerta de la casa se abrió.

-¡Mamá!; gritaron los tres niños al unísono cuando Mónica entró.

-Hola mis tesoros; saludó ella dando un beso a cada uno de sus hijos.         -¿Cómo se han portado?

-Aparte de querer jugar basquetbol dentro de la casa, bien; contestó José, saludando de un beso a su esposa.

-Perdón mi rotería Paty, te presento a mi familia, José mi esposo, mi hijo mayor Juan, Paola la del medio y la pequeña Alicia; presentó Mónica tomando en brazos a la pequeña.

-Ya no soy pequeña, tengo ocho años; reclamó la menor de las niñas. -Pero regalonéame igual; dijo hundiendo la cabeza en el cuello de su madre, dejando escapar un suave ronroneo.

-Hola Paty; contestaron los cuatro en un saludo sincero.

-Paty y yo somos compañeras de trabajo y la invité a cenar con nosotros esta noche; contó Mónica.

-Siempre son bien venidas tus amistades; respondió José.

-Muchas gracias, eres muy amable; contestó Paty, agradeciendo ser bienvenida.

-¿Y la comida china?; preguntó Alicia olfateando el aire.

-No me van a creer, pero no pude encontrar nada bueno; explicó Mónica.    -Pero traje pizza de carne picada con champiñones.

-Sí, que rico; gritó Alicia aplaudiendo.

-Por favor pon la mesa mientras yo me cambio de ropa; pidió Mónica a José.

Paty no sabiendo que hacer mientras esperaba que volviera su amiga, recorrió con la mirada la habitación, deteniéndose ante los bien nutridos libreros que había por todos lados.

-¡Cuántos libros!, debe haber cómo un millón; opinó exagerando.

-No tanto, solo son mil ciento cincuenta; corrigió Juan.

-Mil ciento cincuenta y uno; corrigió Alicia. -Hoy  compré uno; dijo orgullosa pasándolo a la amiga de mamá.

-“Alicia en el País de las Maravillas”, no sabía que fuera tan grueso; observó Paty mirándolo de perfil.

-Obvio, los libros pequeños son para bebes; opinó la niña.

-Es entretenido, yo lo leí hace tiempo; comentó Paty.

-Lo compré porque trata de una niña que se llama igual que yo; aclaró Alicia.

-Así es; asintió Paty.

-Claro que ella no era tan linda como yo; opinó Alicia mirando la portada del libro. -Ella tenía el pelo rubio y desteñido y no negro como el mío.

-La verdad es que tienes un pelo muy lindo; dijo Paty pasando la mano por la cabellera de la niña. -Y tus ojos verdes también son muy bonitos y combinan muy bien con tu pelo.

-¡Que increíble que todos tengan el cabello oscuro y los ojos claros!; observó Paty mirándolos a todos.

-Sobre todo teniendo en cuenta que el color claro de ojos está determinado por genes recesivos; aclaró Juan.

-Supongo que es la marca distintiva de la familia; opinó José.

-¿Demoré mucho?; preguntó Mónica entrando al living, vistiendo jeans y una camiseta estrecha que marcaba su esbelta y atlética figura, que producía un efecto hipnótico al desplazarse en forma felina.

-Me vas a tener que contar tu secreto para tener ese cuerpazo; dijo Paty mirando a Mónica, que a pesar de sus cuarenta años y ser madre de tres hijos, se conservaba como si tuviese veinte años.

-No es ningún secreto, es solo hacer un poco de ejercicio y evitar estar mucho rato quieta; aclaró a su amiga.

-¿Te sirves leche?; preguntó Mónica a Paty mientras llenaba cinco vasos del blanco líquido.

-No gracias. Soy intolerante a la lactosa; rehusó la aludida.

-Qué lástima, es muy rica; opinó Paola.

-Mamá, quiero pizza, tengo hambre; solicitó Alicia tirando del brazo a su madre.

-Si vamos, ya es tarde; contestó ella.

Los niños devoraron la pizza con gran placer y no se dieron cuenta de que habían estado haciendo una larga sobremesa.

-¡Oh, la hora que es!; exclamó Paty viendo su reloj. -No me di cuenta que se había hecho tan tarde.

-A esta hora es difícil que consigas un taxi, mejor te quedas a pasar la noche aquí; sugirió Mónica.

-¿Pero no será mucha molestia para ustedes?; preguntó ella.

-Claro que no; apoyó José. -Además es peligroso salir a esta hora de la noche a la calle.

-Supongo que tienes razón; aceptó Paty.

-Mañana jueves y el viernes es feriado, así es que no hay que preocuparse de levantarse para ir a trabajar.

-¿Papá, vamos a ir al campo estos días?; preguntó Paola, haciendo rodar una bolita de miga de pan sobre la mesa.

-Es una buena idea, pero tendríamos que salir de madrugada mañana para aprovechar el día; asintió José.

-¿Quieres ir cuatro días al campo con nosotros?; preguntó Mónica a su amiga.

-Si vamos, es bonito; invitó también Alicia, abrazándose a uno de los brazos de Paty.

-No sé qué decir, son ustedes muy amables; respondió la mujer.

-Di que sí; dijo Paola. -Te va a gustar.

-Está bien, acepto; contestó Paty. -Pero deberé pasar a buscar ropa a mi casa.

-No es necesario, tu eres de mi misma talla, así es que yo te  presto; ofreció Mónica.

En la habitación de las niñas armaron un saco de dormir para la improvisada invitada. La temperatura aunque un poco alta de las noches de verano permitía dormir en forma profunda.

Entre sueños un ruido extraño despertó a Paty, pero después de un rato ante el total silencio en la casa, volvió a dormirse plácidamente hasta las seis de la mañana en que voces y carreras la despertaron. La familia estaba preparando todo para partir lo antes posible a la casa del campo, no muy lejos de la ciudad.

-Hola, ¿cómo pasaste la noche?; preguntó Mónica.

-Bien, aunque me despertó un ruido raro; respondió Paty. -¿Tienen un gato?

-No, no tenemos; contestó Paola.

-Y yo quiero uno, pero no quieren regalármelo; dijo Alicia haciendo un puchero con la boca.

-Recuerda que eres alérgica hijita; le respondió su madre, pasándole la mano tras las orejas.

-Me pareció escuchar un gato que ronroneaba, pero debo haber estado soñando; meditó Paty.

Después de una hora y media de viaje, los paseantes llegaron a una casita en una parcela en el campo.

-Guau, que lindo paisaje; opinó Paty complacida y contenta de haber aceptado la invitación.

Los niños sin decir palabra salieron corriendo detrás de una pelota de basquetbol.

-¡Qué bien juegan Juan y Paola!; exclamó Paty. -¿Pero no lastimarán a la pequeña?

-Oh, ella estará bien; opinó José. -Mira cómo se mueve.

La pequeña Alicia era muy rápida y ágil con la pelota y podía esquivar fácilmente a sus hermanos mayores.

-¿Esta parcela es de ustedes?; quiso saber Paty.

-Sí, José la heredó de un tío  que falleció hace varios años; explicó Mónica.

-Ya veo; contestó Paty observando a los niños jugar.

Unas cuantas tórtolas que picoteaban el suelo en busca de alimento atrajeron la atención de Alicia, la que tiró la pelota a un lado y comenzó a seguirlas muy despacio para no asustarlas. Distraídamente se fue alejando cada vez más  de donde estaban los demás, hasta perderse de vista. Después de media hora regresó como si nada.

-¿Se puede saber dónde andaba la señorita?; preguntó muy seria Mónica.

-Salí a explorar; respondió con toda naturalidad la pequeña Alicia.

-Está bien, pero debes tener cuidado; aconsejó la mamá con una sonrisa en los labios.

-¡Que niños!, siempre hay que estar pendiente de ellos; comentó Mónica a su amiga.

-Disculpa, ¿qué me decías?; preguntó Paty avergonzada, que se había perdido en el profundo color de los ojos de su amiga, los que por efecto de la luz del sol que incidía en ellos, brillaban como dos esmeraldas.

-Te decía que hay que estar pendiente de esos niños, se escabullen a cada rato; comentó Mónica. 

-Como todos los niños no más; supuso Paty ya que no tenía hijos.

Ese mismo día José preparó un asado, mientras Mónica y Paty se encargaban de la ensalada y los niños de ir a cortar fruta fresca.

El aire del campo era revitalizante y el cielo nocturno aparecía cuajado de estrellas, con una banda lechosa que lo cruzaba.

-Nunca había visto tantas estrellas; comentó fascinada Paty a su amiga, mientras bebían una copa de vino de la zona.

-Y tenemos hasta nuestro propio pedacito de la Vía Láctea; contestó indicando con su mano el camino blanco en el cielo.

Después de un rato, pasada la medianoche, todos se retiraron a dormir. Cerca de la una treinta de la madrugada, Paty estaba leyendo un entretenido libro que encontró sobre la mesa de centro del living, cuando el maullido de varios gatos la distrajo de su lectura.

-Vaya, gatos. Al menos no va a haber riesgo de toparse con ratones; comentó aliviada para sí, ya que le resultaban muy desagradables los roedores.

-¿Cómo estuvo tu primera noche en el campo?; preguntó Paola mientras bebía un gran vaso de leche acompañada de galletas.

-Genial y dormí mejor después de escuchar a los gatos y saber que no me toparía con ratones por ahí; contestó risueña Paty.

-Espero que no te hayan molestado los gatos; dijo José.

-No, para nada; respondió la invitada.

-En el campo siempre hay roedores y es bueno tener gatos; opinó Mónica.  -Si es que es correcta la idea, ya que ellos siempre hacen lo que quieren y van a donde les viene en gana.

La noche la pasaron jugando Monopolio entre los seis y ya cerca de la una se fueron todos a dormir. Los gatos se escuchaban maullar y ronronear más que la noche anterior, con lo que a Paty le costaba lograr conciliar el sueño. Desvelada decidió ir a la cocina a buscar un vaso de agua. Cuando iba de vuelta a su cama se le cruzó un gato negro, con verdes ojos, que la hizo saltar del susto al verlo en forma repentina.

-¡Miércale!, gato de porquería, me asustaste; le gritó Paty al animal, el que se escabulló en la oscuridad tras dar un fuerte maullido.

Todos se veían algo somnolientos a la mañana siguiente; aparentemente los gatos no habían dejado a nadie dormir bien.

-Los gatos estuvieron harto inquietos anoche; comentó Paty.

-Dímelo a mí, que casi no he dormido; contestó Mónica bostezando.

Mientras cenaban la noche siguiente la luz se apagó de pronto, dejando toda la casa a oscuras.

-Se quemó un fusible; dijo José, poniéndose de pie. -Voy a cambiarlo.

-En la cocina hay linternas Paty, ¿puedes traerlas?; preguntó Mónica a su amiga.

Mientras buscaba entre los cajones se escuchó el maullido de un gato, mezcla en parte gruñido y en parte ronroneo, que produjo una inmediata descarga de adrenalina en Paty, haciéndole parar los pelos de la nuca. Apurada encendió una  linterna y fue al comedor donde estaban los demás. La luz de la linterna hizo brillar cinco pares de puntos luminosos azules y verdes, que empezaron a acercarse a ella, en medio de ese espeluznante ruido que hacen los gatos cuando están por atacar. Sin poder pronunciar sonido alguno con su garganta, Paty retrocedió aterrada, hasta que su espalda chocó contra la pared y sintió como muchos afilados y pequeños dientes se clavaban en su carne y agudas garras como pequeños cuchillos arañaban y cortaban su piel. Finalmente su boca pudo emitir un desgarrador grito de terror y dolor que pronto se apagó en medio de la oscuridad.

El sábado por la tarde Paty llamó a su novio Víctor para informarle que pronto volvería a la ciudad y para aprovechar de saludarlo.

-Hola amor, ¿cómo lo estás pasando?; preguntó Víctor.

-Estupendo cariño, me gustaría que estuvieras aquí conmigo; respondió Paty por celular.

-A mí también me gustaría, pero no puedo; continuó Víctor.

-Me voy a quedar hasta mañana, así es que nos vemos el lunes; informó Paty a su novio.

-Está bien, diviértete, nos vemos el lunes; se despidió él.

El día lunes Víctor esperó en vano que su novia lo llamara, así es que decidió telefonearle él para saber si había vuelto bien; sin embargo, el teléfono sonaba y sonaba y Paty no contestaba. Así pasó todo el día y el martes también. El día miércoles llegó y Víctor se encontraba inquieto.

Paty no había vuelto a trabajar desde el miércoles de la semana pasada, tampoco estaba en su casa y hacía días que sus amigos no la veían. Preocupado de que algo malo le hubiese pasado, Víctor se dirigió a la policía para dar aviso de la desaparición de su novia. La respuesta de las autoridades lo dejaron con gusto a nada, pero poco más podía hacer, que esperar a que ella se comunicara con él.

En el trabajo de Paty, Víctor se las ingenió para averiguar que ella había salido de ahí acompañada de una tal Mónica.

Revisando las libretas y papeles que Paty tenía en su casa, pudo dar con la dirección de la casa de su compañera de trabajo.

La propiedad se veía sola, las ventanas tenían las cortinas juntas y la puerta estaba cerrada. Después de golpear y tocar el timbre un rato, se convenció de que no había nadie en ella.

Ya las ideas se le estaban acabando a Víctor. Necesitaba encontrar a Paty, pero no sabía dónde más buscarla. Cuando empezaba a descontrolarse, recordó que el teléfono celular que le había regalado en su último cumpleaños, contaba entre sus aplicaciones, con una función de GPS. Impaciente buscó el manual del móvil para ver cómo funcionaba; después de un rato logró cargar el visualizador del GPS del teléfono de Paty en su propio móvil. Al menos era un avance, ahora faltaba cruzar los dedos y esperar a que el celular aun estuviera encendido y que a Paty se le hubiese ocurrido activar el GPS.

Ansioso a más no poder, Víctor miraba la pantalla del celular, hasta que se cargó en ella un mapa y un punto rojo empezó a brillar en él. No estaba muy lejos el lugar que indicaba; unos ciento cincuenta kilómetros por la Ruta 78, no más de una hora y media de viaje en auto. Casi corriendo Víctor puso en marcha el motor y partió raudo hacia donde lo guiaba la señal en el mapa.

Ya era de tarde, así es que llegaría cerca de las 19 horas; aún estaría claro y dispondría de algunas horas para buscar a Paty.

Casi al límite de la velocidad permitida veía a los otros vehículos pasar raudos, a medida que las ruedas del auto iban devorando los kilómetros que lo separaban de su destino.

Con los latidos del corazón en el cuello, Víctor llegó hasta una parcela aislada a unos cinco kilómetros alejada de la carretera principal, en la que se divisaba una casa de tipo campestre en medio de un paisaje dominado por cerros, un pequeño bosque y varios tipos de árboles frutales. El campo era muy lindo en realidad y esperaba que Paty hubiese decidido tomarse unos días de vacaciones y que su celular estuviese descargado solamente y que al verlo llegar se lanzara a sus brazos. Deseaba que eso ocurriese, pero un presentimiento casi supersticioso lo embargaba.

Víctor estacionó su auto fuera de la casa y como no se veía a nadie, golpeó la puerta. Después de unos minutos Mónica salió a abrir.

-Buenas tardes, mi nombre es Víctor Carvajal y soy novio de Paty. En su trabajo me dijeron que a lo mejor la podía encontrar aquí; mintió él.

-Hola, sí pasa, yo soy Mónica; contestó la mujer. -Efectivamente Paty pasó el fin de semana largo con nosotros, pero el domingo volvió a la ciudad.

Un hombre bebiendo un vaso de leche entró al living.

-Amor, él es Víctor, el novio de Paty; lo presentó la mujer. -Este es mi esposo José.

-Encantado José; respondió Víctor.

-¿Algún problema con Paty?; preguntó José. -Espero que el aire del campo no le haya hecho mal.

-Desde el sábado no he sabido de ella y ya es viernes; explicó Víctor al matrimonio.

-¿La haz llamado a su celular?; preguntó Mónica.

-Sí, pero no responde; continuó Víctor. -A lo mejor se le quedó aquí.

-No, y estoy segura de eso; afirmó Mónica. -Porque el domingo, cuando se despidió de los niños y nosotros, lo estaba olvidando y yo misma se lo pasé y vi cuando lo guardó en su chaqueta.

-Hola mami; saludó Alicia.

-Hija, este es Víctor el novio de Paty; lo presentó Mónica.

-Hola Víctor; respondió la niña.

-¿Hijita, recuerdas a qué hora se fue Paty a la ciudad el domingo?; preguntó José a su hija.

-No tengo idea, pero era después de almuerzo; respondió la niña, la cual salió corriendo al encuentro de sus hermanos.

Víctor sabía que por algún motivo esas personas estaban mintiendo, ya que el mismo teléfono celular de Paty lo había guiado hasta allí.

La llegada del ocaso comenzaba a teñir de rojo el cielo, ya pronto caería la noche. Por ahora sería mejor retirarse y pensar con calma que hacer.

-Bueno, gracias por todo y disculpen las molestias; dijo Víctor poniéndose de pie para retirarse.

-No es ninguna molestia; respondió José. -Suerte en encontrar a Paty.

Al caminar hacia la puerta, la mirada de Víctor se posó sobre la chimenea, en cuya moldura descansaban los lentes ópticos  que Paty había comprado el lunes de la semana pasada; como si no los hubiese visto salió de la casa. La noche en el exterior ya caía y las primeras estrellas empezaban a asomarse en el cielo del campo.

Víctor intuía que algo estaba mal y debía averiguar por qué le estaban mintiendo esas personas. A poco andar detuvo el vehículo y con las luces apagadas volvió a aproximarse a la parcela; por suerte para él ésta no tenía portón externo, así es que pudo ingresar sin dificultad. Una vez dentro estacionó el auto detrás de un árbol y ahí esperó a oscuras varias horas hasta que se apagaron las luces de la casa.

Si quería encontrar a Paty esta era la oportunidad para buscarla. La luna llena le permitía moverse con cierta seguridad por medio del potrero que lo separaba de la casa. Sus ojos trataban de encontrar cualquier pista, cualquier rastro que lo condujera hasta el paradero de su novia.

Sigilosamente Víctor llegó hasta el granero que había cerca de la casa. Sus intentos por entrar se vieron frustrados  por la presencia de un grueso candado que cerraba la puerta. Dejándose llevar por la desesperación, unida a la impotencia que le provocó encontrar la puerta cerrada del granero, marcó el número del celular de Paty, sin esperar escuchar respuesta.

Después de unos segundos de espera, llegó claro a sus oídos el sonido del timbre de llamada que avisaba que era él quien llamaba y que había programado junto a Paty. La fuente del sonido no estaba a más de cinco metros de distancia de él, repicando dentro del granero. Frenético envistió varias veces la puerta con el hombro hasta que finalmente el candado terminó por ceder y la entrada quedó expedita.

Un penetrante y nauseabundo olor a carne en descomposición golpeó violentamente sus fosas nasales, como pudo encendió la linterna de su teléfono para poder orientarse en la oscuridad. Cuando la luz inundó el granero, Víctor no pudo contener los vómitos que subían rápidamente por su garganta, mientras sus piernas comenzaban a temblar amenazando con quitarles el apoyo.

En medio de un montón de paja yacía el cadáver de Paty, o lo que quedaba de él, a medio devorar por lo que parecía haber sido el ataque de varios animales salvajes.

-Vaya que tierna reunión familiar; dijo sarcásticamente José.

-¡Qué han hecho malditos sicópatas!; gritó furioso Víctor, abalanzándose contra el hombre. Éste sin ningún esfuerzo de un salto quedó parado sobre una viga.

Víctor se vio rodeado por un hombre, una mujer, dos niñas y un niño; cinco pares de ojos siniestramente brillantes lo observaban; cinco gargantas de cinco personas de las cuales salía el ruido hecho por los gatos al amenazar.

Inesperadamente la niña pequeña clavó unos afilados dientes en el brazo derecho del Víctor, haciéndolo sangrar. De un golpe él la rechazó, cayendo ella al suelo.

-¡Mamá!, no me gusta que la comida me pegue; alegó la niña mientras su rostro comenzaba a cambiar, volviéndose redondeado.

-A lo mejor quiere jugar antes de la cena; dijo la niña mayor, con una voz extraña, mientras daba un zarpazo en una de las piernas de Víctor, con lo que ya parecía ser la pata de un gato.

Lentamente, sin ninguna prisa, los cinco miembros de la familia adquirieron la forma de cinco siniestros gatos cuyo oscuro pelaje se confundía con la profundidad de la noche. El padre fue el último en llevar a cabo la espeluznante metamorfosis.

-Querida; dijo él con el mismo sobrenatural tono de voz. -A lo mejor cinco pequeños gatos no son lo suficientemente divertidos para nuestra visita; ¿por qué no le das algo más emocionante con qué jugar?

Asintiendo con un maullido, la que hace tan solo unos minutos era la mujer de nombre Mónica empezó a aumentar lentamente de tamaño, hasta convertirse, frente a los aterrados ojos de Víctor, en una gran y poderosa pantera negra, cuyo rugido dejó oír a todo pulmón dentro del galpón, en medio de la noche. Acompañando los rugidos de la madre, los otros cuatro felinos se unieron en un coro de rugidos suaves de gatos listos para arrojarse sobre su presa.

Víctor miró la puerta del granero abierta y comprendió que tenía dos opciones, dejarse asesinar encerrado donde estaba, o bien salir al campo e intentar correr lo más rápido posible para llegar hasta el auto y escapar de aquella pesadilla. Volviéndose lentamente corrió hacia la puerta, internándose en la penumbra. Con su característico rugido capaz de helar la sangre, los gatos se lanzaron en su persecución. El dolor punzante de su pierna herida le llenaba los ojos de lágrimas, nublándole la vista y haciendo más difícil su carrera.

Cojeando y con la pierna sangrando pocos metros lo separaban de su automóvil. Cuando creyó que lograría llegar a él, la pantera le cortó el paso con un amenazador rugido, con sus ojos brillantes cómo dos brasas verdes. Intimidado por el imponente animal, Víctor frenó en seco y retrocedió para tratar de escapar por otro lado, los otros cuatro felinos avanzaban lentamente hacia él, moviéndose para alterar su rumbo; lo estaban guiando hacia el pequeño bosque que había cerca de allí.

Un fuerte rugido de la pantera hizo retumbar la noche. Sin otro lugar a donde poder ir, Víctor corrió hacia los árboles, arrastrando la pierna herida, ya que el dolor y la fatiga aumentaban en intensidad.

El aire comenzaba a faltarle y los pulmones le ardían; agotado se apoyó en un árbol. No veía a los gatos, pero podía escuchar sus maullidos que aparentemente provenían de todas las direcciones. Se aproximaban, los escuchaba cada vez más cerca. Ya un poco más repuesto continuó su carrera. Tropezó, cayó, se levantó y siguió corriendo; volvió a caer, sus piernas ya no respondían bien.

Algo similar debía haber padecido Paty. Esto no podía estar pasando de verdad. Era totalmente ilógico; estas cosas no existen más que en las películas de terror. Y sin embargo la prueba tangible eran sus heridas en el brazo y en la pierna.

Siguió corriendo; los gatos estaban cada vez más cerca. Los oía y su corazón ya quería dejar de latir. Esto era una locura. A lo mejor él había enloquecido; pensó para sí.

De pronto vio que el paisaje subía rápidamente. En su carrera desesperada cayó en un desnivel del terreno. Adolorido trató de incorporarse, pero sus músculos se negaron a obedecer las órdenes de su cerebro.

Resignado a su extraño final se sentó en el suelo esperando el ataque por tanto rato dilatado. Esperó por varios minutos, pero nada ocurría. De a poco se incorporó y apoyado en un árbol aguardó. La quietud de la noche solo era rota por el canto de los grillos y las ranas, pero no se oía ningún ruido fuera de lo normal. Parecía que los gatos se habían marchado, o tal vez nunca estuvieron ahí.

En eso meditaba cuando uno a uno vio aparecer cinco pares de puntos luminosos que lo rodeaban. Ya estaba totalmente agotado y nada hizo para impedir que los ojos  se aproximaran cada vez más.

Los cinco gatos se lanzaron al mismo tiempo sobre su presa. Los gritos de Víctor llenaron el bosque, quebrando la tranquilidad aparente de la noche. Pequeños dientes y garras afiladas como agujas desgarraron la carne hasta que todo signo de vida en él cesó.

-Mami, Paty tenía mejor sabor; opinó la pequeña Alicia lamiendo su mano roja con la sangre de Víctor.  

-Es cierto, pero aunque ya cenaste, igual vas a tomar un vaso de leche cuando volvamos a la casa; dijo Mónica a su hija menor.

El día estaba espléndido y los niños se veían contentos en el colegio. Las vacaciones estaban por comenzar y las risas eran más intensas y relajadas.

-¿Silvia, hablaste con tu mamá para que te diera permiso de pasar una o dos semanas de vacaciones en la parcela de mi familia?; preguntó Paola a su amiga, mirándola con sus ojos intensamente verdes, como dos esmeraldas que fulguraban con luz propia.  

 

Noche eterna

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Boris Oliva Rojas

 

 

Noche Eterna

El cordón montañoso aunque no muy alto, daba la oportunidad de realizar una entretenida excursión, especial atractivo para algunos brindaban los varios socavones y pirquenes abandonados hace tiempo ya por viejos buscadores de mineral que surgieron en forma artesanal en torno a la gran mina de cobre que extraía el metal de la tierra cerros adentro. Pequeñas grutas hechas en los cerros más alejados para buscar una posible beta funcionaban estupendamente como refugios temporales para excursionistas y vagabundos.

La noche primaveral dejaba ver en todo su esplendor las estrellas del hemisferio sur.

Jorge parecía todo un cavernícola tratando de encender la fogata mientras Víctor cortaba la carne y Viviana preparaba la ensalada. Berta mientras tanto observaba las luces del pueblo cercano y el hilo de plata del río que brillaba bajo la luna llena.

-Deberían ver lo hermosas que se ven desde aquí las estrellas; comentó Berta a sus amigos al entrar en la cueva.

-Nunca las vez así en Santiago; opinó Viviana. -Por eso me gusta venir cada vez que puedo para acá.

-Sobre todo porque tus padres viven aquí; comento Jorge.

-A mí también me gusta volver de vez en cuando; dijo Víctor, quien había nacido y vivido su niñez y adolescencia en una de las parcelas de los alrededores. -Claro que igual ahora no sabría vivir fuera de Santiago.

-La suerte de ustedes dos; observo Berta. -Conocerse en Santiago y descubrir que nacieron en la misma zona.

La noche avanzaba despacio; la carne asada y la cerveza inundaban el interior de la cueva con una agradable atmósfera de aroma y calor. La conversación pasaba de un tema a otro, desde las coincidencias de la vida, hasta los terribles acontecimientos ocurridos en la provincia en el pasado cercano, pasando por las marcas que la extracción de cobre había dejado en el paisaje y las leyendas que se entrelazaban con la realidad en la zona.

-Mmm, parece que la cerveza me está haciendo efecto; comentó Víctor que sintió que se balanceaba.

De pronto el piso comenzó a vibrar.

-Está temblando; observo alarmada Berta.

-Tranquila ya va a pasar; pensó Jorge.

Sin embargo, en vez de disminuir el movimiento aumentó su fuerza y un ruido de quebradura de rocas acompañó el estremecimiento de la Tierra.

-¡Es un terremoto!; gritó Viviana.-Salgamos de aquí.

Apenas podían mantenerse en pie y a duras penas lograron salir de la cueva. Rodados de rocas caían cuesta abajo en el cerro vecino. Las luces del pueblo se apagaron. Después de eternos dos minutos el violento sismo concluyó, dejando visibles cicatrices en el suelo y en las laderas de los cerros. Sobre el río el puente que unía los cerros con el pueblo, yacía tirado como un gran animal cuyas patas se hubieran roto.

-¿Están todos bien?; preguntó Víctor.

-Zamarreada y muy asustada; contestó Viviana.

-Si también estoy bien; agregó Berta.

-Y yo; dijo Jorge.

-No puedo comunicarme por teléfono; observó Viviana, quién insistía con su celular.

-Espera un rato; aconsejó Jorge. -Siempre cae la señal con esto.

-Miren, un fantasma; dijo Berta indicando una forma voluptuosa que salía de entre las rocas.

La aparición se elevó cerca de un metro sobre las rocas, iluminando el área con un resplandor sobrenatural.

-¿Qué será esa cosa?; preguntó Jorge.

Eso, con una forma indefinida los observaba sin hacer nada.

-Se ve pacifico; opinó Viviana. -Que lindos colores tiene.

Casi sin poder contener el impulso ella avanzó extendiendo su brazo.

-¡No te acerques!, es una nube de plasma; gritó Víctor.

La advertencia llegó muy tarde a los oídos de Viviana, quién ya daba el paso que la acercaba demasiado a la extraña aparición. Un rayo de electricidad emanó de la nube luminosa golpeando la mano de la mujer, lanzándola de espalda a dos metros de distancia.

-¡Viviana!; gritaron todos al ver a su amiga inmóvil en el suelo.

Jorge revisó rápidamente los signos vitales y constató que el golpe sola la había hecho perder el sentido.

-Está inconsciente solamente, por suerte no fue mucha electricidad, de lo contrario habría detenido su corazón; explicó Jorge a sus compañeros.

De a poco Viviana fue recuperando la consciencia hasta que pudo despertar al cabo de unos minutos.

-Ay, me duele todo, ¿qué me pasó?, ¿por qué estoy en el suelo?; preguntó confundida aún.

-¿Recuerdas qué te golpeó?; preguntó Jorge  mientras revisaba las pupilas de la joven con una linterna.

-Recuerdo que hubo un terremoto y ahora que estoy en el suelo, nada más; contestó ella.

-¿Recuerdas la nube brillante que parecía como un fantasma?; preguntó Víctor.

-¿Un fantasma?; preguntó confundida Viviana.

-Bueno, no exactamente, era una nube de plasma, supongo que de radón. Demoré un poco en reconocerlo y no alcancé a avisarte a tiempo para que no la tocaras y recibiste una descarga eléctrica fuerte; aclaró Víctor.

-No recuerdo nada de eso; dijo Viviana.

-Es normal con una electrocución;  explicó Jorge.

-¿Qué hora es?; preguntó Berta.

-Son las…, vaya mi reloj se detuvo; observó Viviana.

-Debe haber sido por el golpe eléctrico; comentó Víctor.

-Tu cerebro también se desconectó, pero eso es normal; bromeó Jorge.

Víctor trató varios minutos de comunicarse con la casa de Viviana en el pueblo sin mucho éxito; hasta que por fin, después de un rato, alguien contestó al otro lado.

-Aló, aló, ¿Sandra?, hola, soy Víctor. Estamos bien ¿y ustedes?

-Muy asustados todavía; contestó la mujer desde el pueblo.

-Vamos a demorar en regresar. No se preocupen, es que el puente se vino abajo con el terremoto; contó Víctor.

La llamada se cortó así es que no pudo decir más. La comunicación por celular seguía siendo muy mala después de los terremotos, a pesar de los esfuerzos por arreglarla.

En eso el suelo comenzó a moverse nuevamente, pero esta vez con menos fuerza.

-Está temblando de nuevo; dijo Berta asustada.

-Es una réplica; observó Jorge. -Va a haber varias.

-Ya pasó; dijo Víctor al poco rato. -Se va a estar moviendo por varios días.

-¿Qué hacemos?, ¿esperamos a que nos rescaten o tratamos de volver?; preguntó Jorge.

-El puente se calló; observó Viviana. -Podríamos tratar de pasar por encima o por el lado, al final no hay mucha agua en el río.

-Quedarse aquí es peligroso por los derrumbes que puede haber; opinó Víctor.

-Entonces tratemos de cruzar con cuidado el río; propuso Jorge.

-Recojamos todo entonces; dijo Berta.

Algo nerviosos los cuatro amigos ingresaron a la cueva para juntar sus cosas.

-Miren; dijo Víctor. -Hay algo labrado en la roca; con el movimiento debe haberse descubierto.

-Es algo que está escrito en la roca; observó Berta. -“Esta noche las cadenas están rotas y las celdas se abrieron, levántate ya criatura de destrucción y trae tu sombra de maldad y muerte a este mundo. Ven a mi llamado, yo te lo ordeno”; leyó ella en voz alta.

-Vaya que raro; comentó Jorge.

-Algún chiflado lo habrá escrito ahí; opinó Víctor. -Y el terremoto botó las rocas que lo tapaban.

-Recuerden que en esta zona hay muchas leyendas de brujas; comentó Viviana.

Cerro más arriba, lejos de la mirada de ojos humanos unas rocas rodaron cuesta abajo, dejando atrás una grieta en la pared de piedra. Una mano con garras y pelos, si mano es la palabra correcta para describirla, asomó en la oscura noche.

El cielo se cubrió de nubes ocultando la luna. La noche se tornó negra, de una negrura profunda y espesa, que lo invadía todo; una negrura que era una ausencia total de luz.

-Se nubló; dijo Berta. -Pero que oscuro está, no puedo ver nada a más de un metro de distancia.

-Así como está no creo que podamos cruzar el puente; opinó Jorge.

-Mejor esperamos a que se despeje y aclare un poco; aconsejó Viviana.

Víctor de su mochila sacó una linterna y un foco busca caminos para alumbrar la noche. -Esto nos ayudará a ver mucho mejor; comentó. Sin embargo, el foco no alumbraba a más de diez metros y la linterna con suerte a cinco metros de donde se encontraban.

-¡Qué extraño!; observó Víctor. -El foco tiene un alcance de quinientos metros y la linterna de ciento setenta y apenas alumbran.

-Deben estar gastadas las pilas; opinó Jorge.

-No creo, son nuevas, mira; dijo poniendo la mano frente al foco, con lo que se podía ver incluso los huesos de lo potente que era la luz.

-Probemos con esto; sugirió Jorge sacando una pequeña caja con una pistola lanza bengalas.

-Apunta hacia el río; aconsejó Viviana. -No vayamos a causar un incendio.

Jorge disparó la bengala al aire esperando, al igual que los demás, que iluminara todo con el típico resplandor rojizo. Sin embargo, lo único que se vio fue el punto incandescente que se elevaba y describía una parábola hasta apagarse, pero sin llegar a romper el manto de tinieblas que cubría todo.

-¡Que me parta un rayo!; exclamó incrédulo Jorge. -No entiendo cómo es que una bengala no alumbra nada.

-A lo mejor está mala, lanza otra; sugirió Berta.

Así lo hizo pero el resultado fue igual al anterior. Una oscuridad que lo cubría todo, como una cortina impenetrable.

-Parece que vamos a tener que quedarnos aquí hasta que amanezca; opinó Víctor.

Un fuerte viento tibio, como cuando uno sopla una vela, extinguió completamente la fogata, dejando a los cuatro amigos sumidos en la más absoluta penumbra.

-Hey, el fuego se apagó; reclamó sorprendida Berta.

Lo único que quedaba era el resplandor de las brasas que no duraría mucho. El silencio fue roto por una carcajada horrible que parecía provenir de todos lados a la vez.

-¿Qué fue eso?; preguntó con los pelos de punta Viviana.

-Se oyó como una carcajada; observó Víctor.

-Tengo mucho miedo; dijo Berta.

-Alguien debe estar tratando de jugarnos una broma aprovechándose de la oscuridad; opinó Víctor.

-Si logro atrapar al desgraciado, no le van a quedar ganas de volver a hacer bromas; comentó Jorge.

-¿Escucharon eso?; preguntó Viviana.

-Parecen pisadas; observó Berta.

-Alguien se está moviendo en torno a nosotros; observó Víctor.

-Puede ser un puma; opinó Jorge.

-Alumbremos con las linternas; sugirió Víctor, encendiendo las suyas.

En lo poco que los rayos de luz podían penetrar en la extraña y profunda oscuridad, una horrible figura cruzó corriendo dejando ver su espeluznante apariencia.

-¿Qué es esa cosa?; preguntó casi gritando Viviana.

Los cuatro gritaron al mismo tiempo de la impresión; su pulso acelerado y las pupilas dilatadas. Lo que vieron no calzaba dentro de los parámetros normales. Aunque la visión fue fugaz, pudieron notar que medía cerca un metro setenta, tenía garras, la piel cubierta de pelos y una sonrisa cruel y con dientes como agujas. La cosa se escabulló a las tinieblas en medio de aterrorizantes carcajadas, dejando un penetrante olor a azufre en el aire.

-¿Qué demonios está pasando?; preguntó Jorge algo inquieto.

-Alguien con un disfraz nos quiere asustar; opinó Víctor.

En eso el suelo comenzó a moverse violentamente por una de las muchas replicas que venían después del terremoto.

-Ahora va a ver ese idiota; dijo Jorge avanzando enojado hacia la oscuridad.

-Espera, no vayas; pidió Viviana, pero él ya no escuchaba razones.

Internándose en la noche, Jorge salió de la vista de sus amigos. De pronto un alarido llegó desde las tinieblas.

-¡Jorge!, ¿qué pasa?; gritó Víctor.

De en medio de la penumbra salió la criatura, sujetando del cuello roto con las garras el cuerpo inerte de Jorge, por el que se deslizaba su sangre.

Dejando escapar un grito de terror, las mujeres y Víctor vieron como esa cosa arrojaba con desprecio a sus pies el cadáver degollado de su amigo, ocultándose luego en la oscuridad en medio de su horrorosa carcajada.

-Salgamos de aquí; dijo Víctor tomando de la mano a Berta y a Viviana. -No debemos separarnos; Berta alumbra para adelante, Viviana alumbra el piso.

Los tres amigos trataban de alejarse lo más rápido posible de aquel lugar, barriendo con sus linternas el terreno frente a ellos para no caer cerro abajo. Gritos guturales y carcajadas alteraban el silencio, aterrándolos cada vez más.

-¿Qué es lo que está ocurriendo?; preguntó Viviana. -¿Qué es esa cosa?

-No lo sé; contestó Víctor. -Debemos esperar a que amanezca para salir de aquí e ir a la policía.

-Pero ya son las nueve de la mañana y aún no ha aclarado; observó Berta.

-No lo entiendo, el sol debería haber salido hace rato; comentó Viviana.

-¿Qué produce esta oscuridad tan impenetrable?; preguntó Víctor.

-¿Será por el terremoto?; conjeturó Berta.

-No lo creo, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?; observó Viviana.

Un terrible grito hizo que a los tres amigos se les helara la sangre de susto; aunque ya hacía rato que el susto se había convertido en terror.

-¿No será porque leí lo que estaba escrito en la roca?; opinó Berta.

-¿Te refieres a algo así como un conjuro de magia negra?; preguntó Víctor.

-Sí, ¿se te ocurre una explicación mejor para esta negrura tan grande y esa cosa que mató a Jorge?; consultó ella.

-Tiene que haber una explicación lógica para todo esto; opinó Viviana.

-¿Acaso piensas que esto es muy natural?; insistió Berta.

-Estamos dejando que nuestra imaginación se dispare, debemos mantener la calma; aconsejó Víctor.

-¿Mantener la calma?, ¿de qué hablas?, Jorge está muerto; dijo Berta con lágrimas que corrían por sus mejillas.

Víctor no supo que contestarle a la mujer; además, tampoco habría alcanzado a decirle algo. Al pasar bajo un árbol, dos fuertes y peludas manos se apoderaron de él. Un alarido que hizo retumbar los cerros alertó a las dos mujeres de que Víctor ya no estaba con ellas. En medio de histéricas carcajadas, el cadáver decapitado del hombre fue arrojado a los pies de ellas. Un grito de terror escapó de sus gargantas; con los ojos muy abiertos vieron como alguien les arrojaba a la cara la cabeza de su amigo.

El pánico se apoderó de las mujeres, quienes corrieron despavoridas de ese sitio, sin preocuparse de nada más que de huir. Detrás de ellas sentían los pasos que las seguían y las carcajadas sicóticas de su perseguidor. Sin tener consciencia del tiempo transcurrido, ambas seguían corriendo a pesar de que ya no se oía ningún ruido tras ellas.

Tan desesperadas y descontroladas iban que Viviana no se percató de que se acababa el camino y cayó del cerro arrastrando a Berta con ella. Aunque la caída no fue a más de un metro de desnivel, el dolor que le produjo el golpe fue agónico.

 -Me quebré una pierna; lloraba Viviana sosteniéndose la pierna derecha. 

La linterna junto a ellas, le permitió a Berta ver como arrastraban a su amiga hacia las penumbras, en medio de gritos de terror y desesperación, al tiempo que hundía sus dedos en la tierra para impedir que se la llevaran; lo único que consiguió con esto fue que sus manos sangraran al romper su piel.

Aterrada y en medio de llanto, Berta subió hasta el camino; cojeando por haberse torcido un tobillo y con el rostro todo arañado por haber caído entre unas ramas, trataba de escapar. Ya no podía pensar, solo su instinto de supervivencia la hacía seguir corriendo. Carcajadas la perseguían y la  acosaban provenientes de todos lados.

El dolor de su pie era insoportable, pero aún podía  apenas continuar. Casi arrastrándose llegó a una roca y ahí se recostó agotada un rato. Presa de un pánico indescriptible, vio como esa cosa se aproximaba lentamente hacia ella, dejando ver sus afilados dientes; el aire se volvió irrespirable por el penetrante olor a azufre que lo inundaba. Berta trataba de retroceder, pero era imposible porque su espalda estaba pegada a la roca.

La criatura seguía aproximándose a ella; la mujer sintió un golpe en la cara, luego dolor y finalmente nada más.

Arrastrándola de un brazo el ser la llevó  hasta la cueva, que se encontraba iluminada por un rojo resplandor, depositándola en una especie de mesa de roca. Con un cuchillo de piedra en una mano, la criatura comenzó a recitar un antiguo y oscuro conjuro.

-“Esta noche las cadenas están rotas y las celdas se abrieron; levántense ya criaturas de destrucción y traigan su sombra de maldad y muerte a este mundo. Vengan mis hermanos y tomen este mundo en esta noche eterna”.

Berta estaba totalmente consciente pero incapacitada para moverse. Dando un alarido de terror y dolor sintió como el cuchillo se clavaba en su pecho; con los ojos desorbitados vio como la criatura tomaba su aún palpitante corazón en sus manos y lo devoraba. Finalmente la vida de Berta se extinguió en medio del pánico más indescriptible, quedando con los ojos abiertos en una mirada de terror.

En las paredes y en el suelo, y por todas partes del planeta se abrieron grietas por donde empezaron a salir millones de horribles criaturas. En una eterna noche que cubría todo el mundo, la muerte y el terror comenzaban su reinado macabro. El dominio de los humanos de este mundo llegaba para siempre a su fin.

 

 

Corre, Corre

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Boris Oliva Rojas

 

 

Corre, Corre

Silvana se agachó agotada para poder tratar de recuperar el aire; los músculos le ardían y pesaban, pero debía seguir corriendo o él la alcanzaría. Lo había perdido una cuadra atrás en medio de la gente, pero sabía que en cualquier momento él la volvería a localizar y si lograba atraparla la mataría.

No entendía cómo había terminado en esta frenética carrera por salvar su vida. Se levantó, como de costumbre, a las seis de la mañana, tras una corta ducha se vistió y tomó desayuno; cerca de las siete y treinta estaba lista para salir. Entonces, desde su habitación, escuchó un ruido en la cocina; al ir a ver que era encontró su cartera abierta y una taza rota con el café derramado en el piso. Un ladrón había entrado; armada de un palo revisó la casa, pero no había nadie; una cortina se movió y el corazón casi se salió de su pecho, el sudor cubría su frente. Podía escuchar la respiración del bandido, su olor inundaba todo el aire; de pronto vio el brillo de una hoja de acero y una sombra que se abalanzó hacia ella. Despavorida corrió hacia la puerta, estaba cerrada con llave y no podía abrirla, sus manos temblaban; dejó caer el palo y logró introducir la llave en la cerradura. Cuando puso un pie en la calle, sintió en el cuello el aliento del asaltante y el silbido del cuchillo que pasaba rozando su espalda; los pelos de la nuca se le pusieron de punta mientras echaba a correr hacia la avenida.

Con un poco más de energía en sus piernas Silvana reanudó su carrera, escuchó la voz cavernosa de él que le gritaba que la mataría; estaba aterrada, él la alcanzaría. No quería morir, el miedo a la muerte la consumía; no así, no de esta forma. Angustiada sintió como dos fuertes manos la sujetaban de los hombros; el pánico le impidió gritar.

-¡Señorita!, ¿qué le ocurre?; preguntó el carabinero que la había afirmado de los hombros cuando estuvo a punto de ser atropellada.

-¡Quiere matarme!, me está alcanzando; gritó angustiada mientras apuntaba para atrás.

La calle estaba vacía, había llegado a una plaza solitaria a esa hora de la mañana. Su perseguidor se había ocultado ante la presencia del uniformado.

Silvana miró con ojos angustiados al carabinero; el calor cubrió su rostro, sus oídos dejaron de escuchar los ruidos que le llegaban y finalmente todo se oscureció. El cuerpo de ella descansaba desmallado en los brazos del policía.

Veinte minutos después, los paramédicos la hacían recuperar la conciencia.

-Ya vuelve en sí; escuchó a lo lejos que alguien hablaba.

-¿Recuerda qué ocurrió señorita?; preguntaba otro carabinero.

Incorporándose despacio, Silvana le contó cómo había descubierto a un ladrón en su casa, el cual la había tratado de matar y perseguido por la calle, hasta que se encontró con el carabinero y el atacante había escapado.

-Es necesario que revisemos su casa en busca de huellas dactilares señorita Fernández, ¿sería tan amable de acompañarnos?; solicitó un sargento de carabineros.

-Si por supuesto; contestó Silvana. -Aunque aún estoy muy asustada.

-No tiene nada que temer, personal nuestro la escoltará; la tranquilizó el sargento.

La patrulla de carabineros, junto a un cuartel móvil, se detuvo frente a la casa. Silvana bajó del auto junto a dos uniformados. La puerta de calle estaba abierta, tal como la había dejado ella al escapar del ladrón. Con guantes quirúrgicos los policías se dirigieron a la cocina para buscar huellas. Sobre la mesita de la cocina estaba la taza con el café helado ya y junto a ella la cartera de Silvana bien cerrada.

-Usted contó que el asaltante había roto una taza y abierto su cartera, señorita Fernández, ¿cómo explica esto?; preguntó el sargento.

-Yo no lo entiendo, juro que estaba todo revuelto, por el ruido de la taza que se quebró supe que había entrado alguien a la casa; respondió Silvana toda confundida.

-La puerta trasera y todas las ventanas están cerradas mi sargento; informó un carabinero.

-¿Señorita Fernández, está consumiendo algún tipo de medicamento o relajante para los nervios últimamente?; preguntó el policía.

-¡Claro que no!, ¿acaso insinúa que yo inventé  todo esto o me estoy drogando?; contestó enojada Silvana.

-No dije eso señorita, es solo que a veces la imaginación nos juega malas pasadas y si uno está tomando alguna sustancia especial, éstas pueden parecer muy reales; explicó el carabinero.

-No estoy tomando nada sargento; aseguró ella algo ofendida.

-Bueno, si necesita algo más, le dejo mi tarjeta para que me llame; se despidió el carabinero. Los dos vehículos policiales se retiraron, dejando a Silvana  sumida en la incertidumbre.

Una semana llevaba Silvana encerrada en su casa, sin atreverse a salir ni a la esquina. Alguien la vigilaba, había visto un auto sospechoso parado cerca de su casa y la observaban con binoculares o cámaras fotográficas. No entendía por qué lo hacían, pero estaba ciento por ciento segura de ello. Era mejor mantener las cortinas cerradas.

El encierro la tenía muy nerviosa, así es que decidió llamar por teléfono a su mejor amiga Carmen.

-Hola Carmen, ¿podrías venir por favor?; pidió Silvana a su amiga, sin dar mayores detalles, ya que claramente escuchó que alguien levantaba un teléfono y escuchaba la conversación, la respiración de la otra persona se oía muy distante, luego colgaron antes que ella y escuchó el clic al otro lado de la línea.

Su teléfono había sido intervenido por alguna razón que ella ignoraba; ¿pero quién podría haberlo hecho? y ¿para qué?

Silvana estaba  helada de la impresión y con su cabeza llena de preguntas sin respuestas.

-¿Quién me estará vigilando?; se preguntaba.

-Alguien intervino mi teléfono, ¿pero cuándo y cómo?; meditaba tratando de pensar. -Los carabineros estuvieron revisando todo, ellos tienen que haber sido.

Una hora después Carmen llegó a casa de Silvana, quién la tomó de la mano y la sacó antes de que ella pudiera hablar.

-Vamos a caminar y a tomar un helado a la esquina; dijo a Carmen.

-¿Qué pasa amiga?, estás muy asustadiza últimamente; observó Carmen.

-La semana pasada trataron de matarme; contó Silvana a su sorprendida amiga.

-¿Qué cosa?; exclamó Carmen.

-Un ladrón entró a mí casa y cuando lo pillé, trató de matarme y me persiguió por la calle; agregó.

-¿Diste aviso a carabineros?; preguntó Carmen.

-Sí, pero no me creyeron porque todo estaba ordenado en la casa y eso que ésta quedó de cabeza antes de poder arrancarme; narró Silvana.

-Pero que  horrible; opinó Carmen.

-Y eso no es todo; agregó la afligida Silvana. -Toda esta semana me han estado vigilando desde un auto.

-Puede ser la policía; pensó Carmen.

-No creo, porque me fijé que me han estado sacando fotos desde ese auto; comentó Silvana.

-También me tienen intervenido el teléfono fijo y hay micrófonos en la casa; continuó llorando esta vez.

-¿Pero por qué?; preguntó sorprendida Carmen. -¿Estás metida en algún grupo político?, ¿o le debes plata a alguien?, ¿o algo con drogas?

-No, nada de eso. No sé por qué me están haciendo todo esto, ni quién está detrás; observó Silvana.

Después de fumar un cigarrillo en silencio, Carmen tomó una  decisión.       -Quédate en mi casa hasta que todo se solucione; ofreció a su amiga.

-¿De verdad harías eso por mí?; preguntó Silvana.

-¡Por supuesto!; respondió tomándole la mano. -Quédate el tiempo que sea necesario.

Durante los dos días siguientes Silvana pudo disfrutar de algo de la calma que no tenía en su propia casa. Volvía una tarde del almacén cuando vio un auto con los vidrios negros que avanzaba lentamente tras ella. Nerviosa  aceleró el paso y el auto dio la vuelta en una esquina; muy agitada llegó a casa de Carmen.

-¿Qué pasa?; pregunto ésta.

-Un auto me estaba siguiendo; contó Silvana, mientras con manos temblorosas encendía un cigarrillo.

-No hay nadie afuera; observó Carmen tras mirar por la ventana.

-¿Por qué a mí?; preguntó Silvana poniéndose a llorar.

-Tranquila, todo va a salir bien; la consoló Carmen abrazándola.

Antes de acostarse a dormir, Silvana pudo comprobar que el auto que la seguía en la tarde estaba estacionado frente a la casa.

Carmen se despertó sobresaltada por un ruido en el living. Alumbrada por la linterna de su celular fue a ver qué ocurría. Una mano le tapó la boca; Silvana le impidió gritar mientras le indicaba la cortina que se agitaba. Aterrada vio el brillo del acero de un cuchillo y una sombra que se acercaba a ellas.

-Salgamos de aquí; rogó Silvana a Carmen.

El agresor se lanzó para interceptarlas antes de que llegaran a la puerta. El doble seguro de la cerradura costó unos segundos valiosos. Cuando Silvana cruzó el umbral de la puerta, con horror vio como el cuchillo se hundía en la espalda de Carmen, quién caía sin vida ante sus ojos.

Aterrada Silvana corrió sin mirar atrás, sintiendo los pasos de su perseguidor que se acercaban. El aire le faltaba y solo la adrenalina le permitía seguir adelante; su carrera descontrolada la llevó sin darse cuenta a la casa de su novio Héctor. En algún momento había perdido de vista al hombre que la seguía.

-Por favor ábreme rápido; rogó Silvana mientras golpeaba desesperada la puerta de su novio.

-¿Qué pasa?, ¿por qué tanto alboroto?; preguntó Héctor medio dormido aún.

-Me quieren matar. Mataron a Carmen y ahora quieren matarme a mí; gritó Silvana mientras entraba corriendo a la casa de Héctor.

Sorprendido él no alcanzó a cerrar la puerta cuando un hombre armado con un cuchillo ensangrentado entró de un empujón a su casa. Del golpe Héctor cayó al suelo, pero se puso de pie en seguida. Silvana vio, sin saber qué hacer, como ambos hombres se enlazaban en una pelea; el asesino lanzó una puñalada a Héctor, pero éste detuvo su mano en el aire, mientras con la otra mano lo golpeaba tan violentamente que su cabeza fue a estrellarse contra el vértice de metal de la mesa de centro, oyéndose un ruido horrible de un cráneo al romperse. El asesino yacía inmóvil en el suelo, mientras manaba mucha sangre de una gran herida en su cabeza.

Con los ojos cerrados Silvana se arrojó a los brazos de su novio, quién la apretó contra su pecho; tras un temblor de éste, sus brazos se soltaron. Abriendo los ojos, con terror vio como el criminal aún estaba con vida y clavaba el cuchillo una y otra vez en la espalda de Héctor. Con la hoja de acero chorreando sangre, el hombre se abalanzó finalmente contra Silvana; la luz se apagó y sus ojos se cerraron. Ya todo había acabado.

A la mañana siguiente la señora que hacía el aseo en la casa de Héctor, encontró el macabro escenario de la tragedia desarrollada durante la noche anterior. En medio de lágrimas y gimoteos, logró dar aviso a la policía.

Si tan solo hubiesen escuchado mejor a Silvana, todo esto se habría podido evitar, pero no lo hicieron. Lamentablemente, ahora la policía solo podía hacer las pesquisas pertinentes para aclarar las circunstancias en que se produjeron estos violentos asesinatos.

-Doctor Sánchez, ¿qué puede decirme de Silvana Fernández?; preguntó el detective.

-Silvana era paciente mía; hace un año empecé a tratarla. Aseguraba que alguien la vigilaba; pensaba que su teléfono estaba intervenido y su casa llena de micrófonos. Estaba segura que alguien quería matarla y en más de una ocasión que la persiguieron con un cuchillo en plena calle; relató el siquiatra al detective.

-¿Qué opina usted al respecto?; consultó el policía.

-Bueno yo, junto a un  grupo de colegas, diagnosticamos que Silvana Fernández padecía de esquizofrenia paranoide y que todo estaba dentro de su mente. Para controlarla se le recetó antipsicóticos, pero hace dos semanas dejó de tomarlos. Le advertí que eso podía ser muy peligroso, pero no me hizo caso. ¿Se ha metido en algún lio acaso?; preguntó el médico, que ante la orden judicial que llevaba el detective, no había tenido más remedio que contestar todas las preguntas de él.

-Anoche fueron asesinados la señorita Carmen Tapia y el señor Héctor Rojas, amiga y novio de la señorita Fernández respectivamente. El arma homicida fue un cuchillo de cocina; contó el policía al siquiatra. -Las huellas  de la señorita Fernández están en el cuchillo, así como también se encontró sangre de ambas víctimas en sus manos y en su ropa. Físicamente ella está bien, pero parece haber caído en un estado catatónico que la aisló totalmente de la realidad. Ahora está recluida en una institución siquiátrica con una camisa de fuerza, para su propia protección y la del personal, ya que ha tenido cuadros muy violentos, pero parece estar totalmente ausente de este mundo; concluyó el detective.

-Nunca debí permitir que ella dejara de tomar sus medicamentos; se lamentaba el doctor Sánchez, con la cabeza apoyada en sus manos, quién de alguna forma se sentía responsable en parte de esta tragedia.

 

 

Cacería

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Boris Oliva Rojas

 

 

Cacería

 

Otro cambio de casa y de ciudad. El trabajo del papá requería mudarse cada cierto tiempo; por suerte el sueldo compensaba las molestias y había sido una suerte encontrar un colegio cercano para Sandra, Rodrigo y Sonia; por un tiempo Viviana se quedaría de dueña de casa.

-Hola papá; saludó Sandra, que con dieciséis años ya era muy parecida a su madre.

-Hola hija, ¿cómo estuvo tu primer día de clases?; preguntó Sebastián.

-Bien, el colegio no está del todo mal; contestó la joven, que últimamente se había vuelto muy exigente en varias cosas.

-Me alegro; contestó su padre.

-Sí, incluso tiene un amigo; comentó Rodrigo.

-¿Un amigo? Sabes que no es bueno que nos involucremos mucho con los vecinos; observó Viviana.

-No te preocupes mamá. Es solo algo pasajero; aclaró Sandra.

Casi podía sentir en su nuca la respiración de la bestia, su corazón estaba a punto de detenerse; la criatura la alcanzaría en cualquier momento y el pánico le impedía pensar. Miró hacia atrás y vio que ya nadie la seguía; al mirar hacia adelante el monstruo estaba frente  a ella. Cada fibra de su ser sintió como las garras se clavaban en su carne y los colmillos desgarraban su cuerpo. Solo un grito de dolor y terror alcanzó a dar. Un aullido se escuchó en el parque y fue ahogado por los ruidos de la ciudad que se movía ignorante del pavor que se cernía sobre ella.

Al otro día el parque estaba lleno de sus habituales paseantes dominicales; los niños jugando y los enamorados paseando de la mano. Un grito de terror rompe la calma; un niño encuentra los restos macabros de un cuerpo destrozado.

El forense establece como causa de la muerte el ataque de uno o varios perros salvajes. El fiscal da orden a la policía de ocultar la noticia a la prensa, para evitar crear pánico innecesariamente.

-Papá necesito que me firmen esto; dijo Rodrigo a Sebastián, al tiempo que le entregaba un papel.

-¿Qué es?; preguntó él.

-Una autorización para unirme al equipo de lucha libre; respondió el joven.

-Está bien; accedió Sebastián, pasándole la autorización firmada a su hijo.

-Hola amor, ¿cómo estuvo tu día?; preguntó Viviana a su esposo.

-Bien, todos son como corderitos; contestó Sebastián.

Ya era hora de volver a casa; había sido divertido pero mañana había que trabajar, total otro día volvería a ver a las bailarinas y a tomarse unos cuantos tragos; si manejaba despacio no pasaría nada. La calle estaba vacía, la diversión estaba dentro del local; la llave se le cayó al suelo, al levantarla lo único que vio fueron dos brillantes ojos dorados y unas mandíbulas con filosos colmillos que chorreando saliva se abalanzaron de un golpe, ahogando el grito antes de salir.

 

-Es el segundo caso de muerte por ataque de animales. Quiero que busquen a los perros vagos y los atrapen; gritó el teniente a sus subalternos.

-Hola querida; saludó Viviana a Fernanda en el supermercado. -¿De compras?

-Sí, vine a comprar carne; mi marido come como si fuera el único alimento posible, ya parece un lobo; respondió Fernanda.

Algo tenía esa mujer; a Viviana le costaba quitarle los ojos de encima. Era esa forma de caminar y de pararse o era, tal vez, el perfume que usaba; el hecho era que Viviana encontraba irresistiblemente atractiva a Fernanda, al punto que se fue todo el viaje de vuelta a casa mirándole los muslos mientras conducía su automóvil.

La noche estaba estrellada, la luna llena se empezaba a asomar tras la cordillera. Fernanda escuchó pasos a su espalda; se volvió para ver si alguien la seguía, pero no había nadie más; desde que se filtró la noticia de que una jauría de perros vagos había matado a dos personas hace poco, la gente prefería quedarse en la seguridad del hogar. De nuevo sintió pasos tras ella, aceleró la caminata; para perder a su acosador, dobló en una esquina. Ese fue el último y el peor error en la vida de Fernanda; frente a ella se topó con un callejón sin salida; en su intento por escapar, había quedado atrapada. Un grito rompió la noche. La criatura puso una mano en sus muslos y clavó sus fauces arrancando un gran trozo de carne. Shockeda Fernanda  dejó de sentir dolor cuando las garras de la horrible criatura se hundían en su otra pierna, mientras su pecho era destrozado por afilados colmillos. Afortunadamente, la muerte llegó pronto para ella.

 

-No lo puedo creer; exclamó el teniente. -Parece un ataque sexual, pero ¿qué animal haría esto?; dijo cuando vio el cadáver de Fernanda.

-Señor, han encontrado una huella de zapato cerca de aquí; informó un joven policía.

-Yo diría que pertenece a alguien de unos cien kilos, más o menos; opinó el forense.

-Pero eso no lo pudo hacer una persona; objetó el teniente mostrando el cuerpo destrozado de la mujer.

-A menos que tenga perros entrenados; respondió un sargento.

-Analicen el ADN que haya en las heridas. Tenemos que terminar con estas muertes; ordenó el policía.

Una buena ducha es lo mejor después de correr un poco; pensó Viviana, mientras el agua acariciaba su piel, sacando el sudor de su cuerpo.

-¡Qué interesante!; opinó el forense. -Parece que tenemos un sicópata entre manos.

-Teniente, tengo los resultados de las pruebas de ADN que me pidió. ¿Se los mando o viene para acá?; preguntó el profesional.

-Voy para allá; dijo el policía poniéndose de pie.

-¿Qué encontraste?; preguntó el oficial al médico.

-En las tres víctimas había ADN de Canis lupus y no de Canis lupus familiaris; explicó el forense.

-En español por favor; pidió el teniente.

-En las heridas de los tres cadáveres había ADN de lobo y no de perro.

-¿Lobo?, pero cómo llegaron a la ciudad; preguntó el policía.

-Aún hay  más. Las pruebas indican que se trata de tres individuos distintos; continuó el médico.

-No me imaginé que pudieran llegar lobos hasta la ciudad; opinó el policía.

-Es muy poco probable; observó el forense.

-¿Entonces piensas que alguien los trajo?; preguntó el teniente.

-No se me ocurre otra explicación mejor; contestó el doctor.

-Eso quiere decir que estamos en presencia de un sicópata muy especial; concluyó el detective.

La transformación resultaba cada vez más fácil. Siempre se pensaba, en las películas de terror, que sería un proceso muy doloroso, pero no era así; al contario el cambio producía un gran placer, dejándole en un estado de intensa excitación, en que el deseo de cazar y el ansia de sentir la carne caliente y jugosa en su boca era incontrolable; un deseo que la ponía totalmente frenética y que no se calmaba hasta haber despedazado a su presa. Esa noche no sería la excepción; podía imaginar el sabor de la sangre en su boca y eso la excitaba más aún. Sus ojos se volvieron dorado brillantes, mientras la piel comenzaba a cubrírsele con un sedoso pelaje café; su cuerpo creció unos treinta centímetros, al tiempo que su mandíbula se alargaba y empezaba a babear entre los colmillos que ahora eran sus dientes; sus manos erran las garras de una bestia y sus orejas recibían hasta el más mínimo sonido; su garganta se agitó y de su hocico salió un aterrador aullido. Necesitaba cazar ahora o enloquecería.

La pareja de novios caminaba despreocupada por el parque. Dos presas por el precio de una; sería una gran cacería. El primer ataque fue contra el hombre; en medio de gritos la mujer vio como la bestia le rompía el cuello a su pareja y desgarraba sus entrañas. Retrocedió y cayó de espaldas; el monstruo se acercó a ella, de su hocico caía la sangre de su novio. Todo se apagó, un alarido y las fauces se cerraron en su rostro.

Hacía calor esa noche; Sonia entró a la ducha poseída por un gran deseo de jabonarse entera. Al salir del agua, contempló su cuerpo, que a pesar de tener solo doce años, era alto y esbelto; parecía haber heredado los genes de su madre. Una vez vestida, se puso un lindo anillo de oro con una media luna.

-¿Y ese anillo tan lindo?; preguntó Viviana.

-Me lo encontré en la calle; dijo la niña.

-¿Me lo puedo quedar?; preguntó Sonia con una chispa en sus ojos, mientras se pasaba la lengua por los labios.

-Está bien, quédatelo; consintió Viviana.

-Teniente, esta vez son dos las víctimas; informó el sargento.

-Primero mataron al hombre y después a la mujer; dijo el forense. -Fue un ataque muy rápido.

-¿Qué es eso?; preguntó el policía, indicando la mano derecha de la mujer.

-Mmm, parece que aquí había un anillo; dijo el médico.

Los periodistas se agolpaban en la sala de espera; el teniente había citado a una conferencia de prensa para alertar a la población sobre los últimos acontecimientos, para que evitaran salir de noche hasta atrapar al sicópata que estaba asolando la ciudad.

La prensa publicitó la noticia de los asesinatos con gran parafernalia; “El asesino de los lobos”, “El hombre lobo”, “Cacería humana”, etcétera; los titulares fueron variados, consiguiendo una gran sintonía. El miedo prendió rápidamente en la ciudad, las calles estaban vacías cuando se ponía el sol; parecía un pueblo fantasma. Y esa era la intensión del teniente, aunque sabía que se jugaba la cabeza si no atrapaba pronto al asesino y sus lobos entrenados.

La ciudad era linda, a Sebastián no le preocupaban los rumores de los lobos cazadores de humanos, ni de los asesinatos múltiples que se les achacaban. Bastaba cuidarse y no habría problemas, ni su familia correría ningún peligro.

 

-Esto tiene que estar mal; opinó el forense mientras miraba el resultado de la prueba de ADN de las dos víctimas.

Las muestras aparentemente se habían contaminado, así es que era necesario hacer el examen de nuevo.

-Veamos ahora; dijo el médico mirando la hoja que acababa de ser impresa. -Esto no puede ser, pero me consta que no hay contaminación.

Ante la duda procedió a analizar muestras en los otros cadáveres, buscando precisamente lo que no debería poder encontrar.

-Esto no tiene sentido; exclamó el forense.

Los resultados eran similares a los hallados en las dos últimas víctimas. Las cosas estaban experimentando un giro brusco. Era necesario realizar pruebas más específicas en todos los cadáveres.

El primer paso del forense fue comparar el ADN de lobo encontrado en todas las víctimas; luego comparar los otros ADN encontrados.

Ya salía el sol cuando el doctor terminó de analizar todas las muestras. Los resultados eran realmente insólitos; debería informar al teniente a cargo del caso.

-¿Qué pasa doctor que me despierta tan temprano?; alegaba el policía mientras contestaba el teléfono a las seis de la mañana del domingo.

-Para mí es tarde teniente, no he dormido en toda la noche. Mejor venga ahora, tengo algo que informarle enseguida; dijo el profesional.

Ya en el laboratorio el forense explicaba al policía su nuevo descubrimiento.

-Todas las víctimas murieron por ataque de lobo; recordó el médico.

-Lo sé; asintió el teniente.

-El asunto es que en todos los asesinatos participaron lobos distintos; observó el forense.

-Eso es nuevo; opinó el detective.

-Pero eso no es lo más extraño; siguió el médico. -En todas las heridas hallé ADN humano que no pertenecía a la víctima.

-¿Qué cosa?; preguntó sorprendido el policía. -Debe haber habido contaminación de las muestras.

-Eso pensé yo; opinó el forense. -Así es que analicé todo de nuevo tres veces.  Resultó que no hay errores; indicó el doctor.

-Lo más increíble es que corresponde a ADN de cuatro personas distintas y a cuatro lobos distintos; concluyó el médico forense.

-Papá, mamá; quiero ir a ver el concierto al estadio el sábado; rogó Sonia.

-¿Qué opinas?; consultó Sebastián a Viviana.

-Se va a llenar; opinó ella.

-Mejor así; comentó Sandra.

-Bueno, está bien; asintió Sebastián.

Viviana tenía razón, el estadio estaba lleno a más no poder, pero de vez en cuando no importaba. Hace tiempo que no salían todos juntos y esto servía para fortalecer los lazos de grupo.

El turno de noche en la subestación de electricidad era bastante aburrido, pero no le quedaba más remedio que cumplirlo; lo bueno era que tendría el fin de semana libre.

No había nadie más así es que después de revisar todo se podría poner a ver tranquilo el partido de futbol. -Listo, ahora a descansar; pensó el técnico al sentarse en su silla. Abrió un paquete de papas fritas y una lata de bebida, mientras encendía el televisor; dejó todo encima de la consola de control. En un descuido se le cayó una papa al suelo y se agachó para recogerla, al enderezarse con un brazo pasó a llevar la bebida, derramándola en los controles de la subestación, provocando un cortocircuito.

-Demonios; maldijo el técnico mientras trataba de arreglar su error. El cortocircuito hizo que la subestación se desconectase, dejando a gran parte de la ciudad a oscuras.

Las luces del estadio se apagaron en medio de exclamaciones de asombro. Todos pensaron que era parte del espectáculo; como después de un rato no pasaba nada, el público empezó a inquietarse. Se miraron a los ojos y sonrieron; una rápida transformación en todos provocó un miedo inmediato en quienes estaban más cerca. Cuando destrozaron a aquellos que tenían más próximos el miedo se convirtió en pánico; gritos, carreras y caídas. La carnicería era inimaginable; las garras desgarraban pechos, rostros y cuanto tocasen; los colmillos arrancaban grandes trozos de carne. Los alaridos de dolor y terror se mezclaban con los gruñidos de las bestias.

A lo lejos se escuchaba una sirena que se acercaba rápidamente. Un aullido agudo se escuchó en medio de la masacre. Las cinco bestias escaparon rápidamente, perdiéndose en la oscuridad. A los pocos minutos llegaba la policía y varias ambulancias, pero no servía de nada ya; de  los atacados ninguno quedó con vida.

La prensa, por sensacionalista que fuera, no podía mostrar la magnitud de la masacre.

Los sobrevivientes hablaban de cinco bestias que caminaban en dos piernas y aunque parezca increíble vestían restos de ropa hecha pedazos. El rumor de los Licántropos prendió con facilidad; el terror se apoderó de la ciudad.

-Este es un desastre; gritaba el capitán. -La cuidad se volvió loca, ahora hablan de una invasión de hombres lobos. El intendente y el Ministerio del Interior quieren resultados y ¿qué tenemos?, solo leyendas de monstruos.

-Nuestra sospecha es que se trata de un sicópata con lobos amaestrados; informó el teniente.

-Encuéntrelo entonces; ordenó el abrumado capitán, o aquí rodarán cabezas y no por culpa de los lobos precisamente.

La situación era crítica; la masacre del estadio había estremecido y aterrorizado a todo el país. Las autoridades querían resultados pronto y la gente deseaba recuperar la seguridad perdida.

-Teniente, esto le puede interesar, venga por favor; llamó el forense.

-Dígame que tiene el nombre del asesino; saludó el policía al doctor.

-No, pero estamos acercándonos; contestó el médico.

-Espero que sea bueno; pidió el policía.

-El ADN que encontramos en las heridas de las distintas víctimas corresponde a cinco personas distintas, exactamente a dos hombres y tres mujeres. Mientras que el ADN de lobo pertenece a tres hembras y dos machos; contestó el forense.

-Eso acota un poco más la búsqueda, pero no es suficiente; opinó el detective.

-Tal vez esto sirva. Todos los distintos grupos étnicos poseen marcadores genéticos específicos propios de cada zona de origen, algo así como una marca de origen; en este caso en particular, las cinco muestras de ADN corresponden a personas originarias de algún país de Europa del Este; explicó el forense. -Y si mi memoria no me falla, esa es una tierra de leyendas de vampiros y hombres lobos.

-Por favor doctor, ¿está insinuando que los rumores de los hombres lobos son ciertos?; protestó el policía.

-Claro que no, lo que quiero decir es que los cinco sospechosos vienen de Europa del Este y que pueden haber traído lobos con ellos; corrigió el médico.

-¿Y cómo alguien podría pasar lobos por el control de aduanas?; preguntó el teniente.

-Atrápelos y me cuenta; terminó el forense.

En la noche la policía había citado a una conferencia de prensa para dar la alerta con los nuevos antecedentes disponibles.

-Según nuestras investigaciones, los sospechosos de los horribles crímenes que estremecen el país son dos hombres y tres mujeres, procedentes de algún país de Europa del Este, que han llegado a la ciudad hace poco tiempo. Se presume que poseen lobos amaestrados con los que perpetran sus homicidios. Su captura es inminente en el corto plazo; concluyó el teniente ante todos los medios de comunicación.

La noche estaba nublada, el viento movía las nubes dejando ver una plateada luna llena. El teniente se disponía a volver a casa ya a entradas horas. Una hermosa mujer de mediana edad caminaba sola.

-Hey, señora, no debería andar sola a estas horas; dijo el policía.

-Estoy por llegar a casa; contestó ella con un suave acento que él no pudo reconocer.

-Si quiere yo la acompaño; ofreció el teniente.

-No es necesario, gracias; declinó la mujer.

-Soy policía, no se preocupe; dijo él mostrándole la placa.

-En ese caso acepto; accedió la mujer.

Pasos que se acercaban rápido se escucharon a sus espaldas, el policía se volvió a mirar pero no vio a nadie; siguieron caminando. Un gruñido alertó a ambos, rápido el teniente se volvió; la incredulidad y el asombro lo invadieron. Parado frente a él había un monstruosos ser mezcla entre hombre y lobo; el terror era paralizante, aún así logró sacar su pistola y apuntar hacia la criatura, de cuyas fauces caía una baba viscosa. Cuando se disponía a disparar, sintió por detrás un golpe en su muñeca y vio con horror que su mano caía al suelo, amputada por dos mandíbulas que se cerraron sobre ella. Ahí, parado vio  otro lobo, vestido con ropa de mujer, la mujer a la que él amablemente se ofreció a acompañar para protegerla. Las dos bestias se lanzaron sobre el policía, despedazando completamente su cuerpo.

El teniente había cometido un error al citar a la última conferencia de prensa. Al ver que la policía se acercaba demasiado, los asesinos decidieron que era mejor quitar de encima al detective a cargo de la investigación.

La jauría siempre, tarde o temprano, terminaba llamando la atención y había que emigrar seguido.  Sin embargo, aún podían permanecer unos meses más en este lugar. Aún tenían tiempo.

-¿Piensas salir hija?; preguntó Viviana a Sandra.

-Sí, está hermosa la noche; contestó la joven.

-¡Pero hija!, ¿no has escuchado las noticias de que hay animales asesinos en la ciudad?; agregó Sebastián.

-Además esta noche se supone que estaríamos todos juntos; dijo Viviana.

-Sí, está bien; aceptó Sandra con un marcado acento extranjero en su voz, mientras por la ventana veía la hermosa luna llena que se elevaba sobre la noche de la ciudad. Los ojos de la joven se volvieron de un hermoso color dorado; sus dientes se transformaron en agudos colmillos y sus uñas en afiladas garras; en tanto que su cuerpo se cubría con un suave pelaje gris. Las orejas de Viviana, primero y todo su rostro después adquirió la forma de una fiera bestia. Por otro lado, la piel de Sebastián se cubrió de un espeso pelo gris y su hocico y orejas se alargaban. El cuello de Rodrigo se hizo poderosamente musculoso, para terminar convertido en una bestia tan fuerte como su padre. El cuerpo de la pequeña Sonia se cubrió de un sedoso  pelaje café, siendo tan alta como su madre y su hermana.

La jauría saldría a cazar junta esta noche.

-Buenos días señores y señoras, yo soy el Teniente Flores; ante el asesinato del Teniente Rodríguez, se me ha asignado el caso de los asesinatos múltiples que  él investigaba, el cual le costó la vida. Vamos a capturar a los que lo mataron, aunque sea lo último que haga; arengó el nuevo teniente a sus subalternos.

-Los peritajes del forense indican que los posibles asesinos son dos hombres y tres mujeres, originarios de algún lugar de Europa, los cuales usan lobos amaestrados para perpetrar sus crímenes. No siguen ningún patrón lógico; informó el sargento, poniendo al día al nuevo teniente.

-Excepto en el asesinato del teniente Rodríguez, que parece que iba tras la pista correcta y por eso lo mataron; conjeturó el Teniente Flores.

Los análisis de ADN en los restos del Teniente Rodríguez aportaban más pistas a las existentes.

-Teniente Flores, están listos los resultados de los análisis del cuerpo del Teniente Rodríguez; comunicó el forense al policía.

-Voy para allá; contestó éste.

-Buenos días doctor, ¿qué encontró?; preguntó el teniente.

-Al Teniente Rodríguez lo mataron dos lobos, un macho y una hembra. También, al igual que en las otras víctimas había ADN humano, correspondiente al de un hombre y una mujer de Europa del Este; informó el forense.

-Mmm, qué interesante, un hombre y un lobo y una mujer y una loba; opinó el policía.

-Así es. Según la hipótesis del Teniente Rodríguez, los cinco asesinos matan usando lobos entrenados; comentó el médico.

-Nunca antes había tenido que atrapar a este tipo de asesinos seriales; dijo el teniente.

-Y yo nunca había visto esta clase de homicidios; reconoció el forense.

-Sargento, quiero una lista de todas las personas que hayan llegado a la ciudad desde poco antes de que comenzaran los asesinatos; ordenó el teniente.   -Busquen familias o grupos de cinco integrantes.

Dos días después el Teniente Flores recibía una larga lista de personas recién llegadas a la ciudad.

Sonia se sentía inquieta esa noche. El encierro la sofocaba, debía salir a caminar; la noche estrellada y la luna llena la tenían más agitada que de costumbre. Se encaminó al parque y olfateó el aire; a su sensible nariz llegó el aroma dulce de un perfume de mujer. Cerca de un banco vio a una solitaria joven que caminaba sin prisa; la boca se le llenó de saliva, mientras sus ojos se volvían dorados; quería carne fresca y ya sabía de donde la sacaría.

La mujer sintió que la observaban, pero no había nadie más que una joven de unos doce años, por cierto que muy alta para su edad. Siguió caminando y escuchó pasos que la seguían; se volvió a ver, pero estaba completamente sola en el parque. Solo sintió un golpe que la arrojó contra el césped húmedo y se vio tendida boca abajo, con alguien muy pesado que la aplastaba; trató de gritar, pero su cuello se rompió bajo la presión de dos poderosas mandíbulas. Totalmente descontrolada, Sonia comenzó a devorarla; una vez estuvo más tranquila, de su garganta surgió un agudo aullido.

La taza de café que el Teniente Flores sostenía se deslizó de sus manos; el aullido que escuchó lo sorprendió haciéndolo derramar el líquido sobre la mesa de la cafetería que atendía toda la noche, sobre todo porque los policías que estaban de turno pasaban a comer ahí. -Los perros se ponen nerviosos a veces y le aúllan a la luna; comentó la camarera, mientras secaba la mesa y le servía otro café el policía.

Viviana y Sandra estaban tan nerviosas como Sonia aquella noche.

-Salgamos; dijo Viviana a Sandra.

Las calles solitarias facilitaban la incursión de las dos mujeres. -Vamos a ese bar; dijo Sandra, desabotonando su blusa y atándola con un nudo; dejando así ver un poco, pero no mucho de su cuerpo, aprovechando que no llevaba ropa interior. Por su parte Viviana se quitó la chaqueta, luciendo una polera elasticada que se pegaba a su piel, permitiendo apreciar sus curvas. Así, luciendo como dos prostitutas entraron al bar. No se necesitó mucho tiempo para que dos hombres se acercaran a ellas y les ofrecieran unos tragos. Tras acordar el precio que ellos deberían pagar para disfrutar de sus servicios esa noche, salieron los cuatro del brazo. El pecho de Sandra subía y bajaba rápidamente por su excitación; la respiración de Viviana se aceleraba cada vez más, mientras sus ojos se tornaban hermosamente dorados. Ya no pudiendo contenerse más, Sandra se abalanzó sobre su acompañante, el que con horror la vio transformarse en un horrible monstruo. El acompañante de Viviana cayó de espalda mientras trataba de huir; el terror lo paralizaba mientras veía transformarse a la mujer frente a sus ojos. Después de saciar sus ansias de sangre, las dos lobas se unieron en un aullido de placer.

La mañana siguiente era un dolor de cabeza para la policía. Tres asesinatos en una misma noche era algo que los ponía al límite de su capacidad de respuesta.

-Teniente, tengo los exámenes de las víctimas de anoche; informó el forense.

-Voy para allá; respondió el policía.

-Las tres víctimas de anoche fueron asesinadas por las tres lobas; dijo el médico, mientras pasaba los resultados al policía.

-Y cómo ya era de esperar también hay ADN de tres mujeres distintas; observó el teniente.

-La verdad es que no logro entender qué hay detrás de estas coincidencias de sexo; comentó el médico.

-Gracias doctor; se despidió el policía. -Ahora tengo una muy larga lista de posibles sospechosos que revisar.

La lista de personas que habían llegado a la ciudad últimamente era interminable; después de algunas horas, al Teniente Flores le dolían los ojos.          -Tienen que estar aquí; dijo para sí, mientras se preparaba la quinta taza de café. De pronto lo vio; en medio de la lista aparecieron los nombres de una familia de cinco miembros, compuesta por el padre, la madre, dos hijas y un hijo; dos hombres y tres mujeres. Habían llegado a la ciudad poco antes de que comenzaran los asesinatos; el padre era ejecutivo de una empresa transnacional, por lo que debían viajar seguido.

El Teniente Flores tenía un amigo en la Interpol que le debía un par de favores y esta era una buena ocasión para cobrarlos. Al día siguiente recibía en su correo electrónico los lugares en que había estado los últimos años la familia en cuestión.

El ruido que habían producido los asesinatos con los lobos era tan grande que, gustosos los departamentos de policía de todos los países, cooperaron con el teniente Flores, entregándole la información solicitada. No se sorprendió mucho al comprobar que en todos los lugares donde estuvo la familia, hubo casos de muertes producidas por el ataque de  perros salvajes o de lobos.

Sebastián no se percató cuando, desde un automóvil, alguien lo fotografiaba. Frente al colegio de los niños, el policía, a través del lente de su cámara, pudo comprobar lo  hermosa que eran Sandra y Sonia y lo fuerte que parecía ser Rodrigo. Viviana resultó ser muy fotogénica y agradable de retratar para el teniente.

-¿Dónde tienen a los lobos?; preguntaba mientras miraba las fotografía.

Después de varios días de vigilancia, el Teniente Flores conocía de memoria la rutina de la familia; tenían que ser ellos, hasta ahora todo coincidía.

La noche era calurosa, lo que desencadenaba en Rodrigo su instinto depredador. Un vago que había en las cercanías del parque sería una presa fácil. El hombre quedó paralizado de pánico ante la criatura que estaba parada a escasos metros de él. Cuando los músculos se le contraían para saltar, escuchó un aullido a su espalda; rápidamente Rodrigo se volvió y con sorpresa vio un hombre lobo de pelaje negro que brillaba bajo la luz de la luna y lo observaba con sus brillantes ojos de color amarillo. Aterrado el vago escapó dando alaridos histéricos de pánico.

Los dos lobos gruñeron y se lanzaron en una frenética lucha. Rodrigo trataba de hundir sus colmillos en el cuello de su oponente, pero era más alto y fuerte que él. Ambas criaturas rodaban por el suelo; las garras del lobo negro se clavaron en el brazo de Rodrigo, impidiéndole pelear bien. Finalmente su garganta se rompía bajo las fauces del lobo negro.

Un aullido distinto a los escuchados anteriormente se oyó en la noche

-¿Y ese aullido? Hay otro lobo en la ciudad; dijo Sebastián.

-¡Rodrigo!; exclamó Viviana, para luego inclinar la cabeza con lágrimas en los ojos.

La jauría aulló lastimeramente a la luna.

-Teniente venga rápido, por favor; pidió el forense.

-Dígame que los asesinos se entregaron y a mí me van a ascender a capitán; rogó el Teniente Flores al médico.

-Me temo que no; respondió el forense. Las cosas se complican más todavía.

-¿Qué pasa?; preguntó el policía con aire serio.

-La víctima que encontraron esta mañana fue asesinada por otro lobo distinto y el ADN humano hallado en sus heridas no coincide con el de los otros asesinos; explicó el doctor.

-O sea, que ahora tenemos otro loco suelto; exclamó el detective; es decir que, no bastando con cinco, ahora tenemos a seis locos y a seis malditos lobos.

-Aun seguimos teniendo cinco locos sueltos; corrigió el forense.

-Pero usted dijo que hay otro asesino; rebatió confundido el teniente.

-Sí, pero el ADN de la víctima coincide con el de uno de los primeros asesinos.

Desde la muerte de Rodrigo, ya nadie saldría solo de noche. Otro lobo había invadido su territorio. La manada debía permanecer unida para protegerse.

Uno de los sospechosos del teniente había sido asesinado de igual forma en que habían matado a todas las otras víctimas; ¿qué significaba todo aquello?

Daba la impresión de ser una lucha de poder entre bandas rivales, ¿pero qué persiguen?, ¿cuáles son sus negocios? La policía estaba totalmente desconcertada; había entrado un nuevo jugador a la partida.

Por más que buscaba, el teniente Flores no encontraba nada sospechoso en las finanzas de la familia. Aparentemente los asesinatos eran al azar, sin ningún fin lógico; excepto para alimentar a los lobos. Entonces los asesinatos seriales se convertían en una cacería. La ciudad se había convertido en el territorio de caza de una manada de lobos.

La familia, ahora con un miembro menos, caminaba en silencio en medio de la noche. Desde ahora las cacerías serían en manada. Como buenos cazadores que eran, los cuatro percibieron como los observaban. Sebastián olfateó el aire, notando un olor extraño; las orejas de Viviana se movían buscando algún sonido que delatase el escondite de su acosador. El factor sorpresa ya se había perdido; el ataque tendría que ser ahora.

De un salto cayó frente a Sebastián un gran licántropo negro. Dando un salto atrás, Sebastián cambió rápidamente su forma. Los dos lobos gruñían, con el pelaje erizado por la adrenalina, listos para el combate. Las tres mujeres gruñían, con los ojos color dorado muy intenso, pero no se transformaban; la ley de colmillos y garras se los impedía, solo debían esperar alertas.

El choque de las dos bestias fue soberbio; entre zarpazos y mordidas al aire se enlazaron en una formidable batalla, en la cual solo podría haber un vencedor. El lobo gris, que era Sebastián, mordió una mano del lobo negro, el cual aulló de dolor y rabia; un fuerte golpe lanzó al lobo gris al suelo, tirándose sobre él el lobo negro. Una mordedura en un brazo hizo gritar al lobo gris. Las tres mujeres caminaban en círculo gruñendo y cubiertas de sudor. Finalmente todo acabó tan rápido como había empezado. Las fauces del lobo negro lograron atrapar el cuello del lobo gris, terminando con la posición que había sostenido por tantos años.

Triunfante el lobo negro aulló hacia la luna, mientras el lobo gris empezaba a transformarse, dejando a Sebastián tirado sobre el césped del parque, con el cuello roto.

Las tres mujeres agacharon la cabeza en señal de sumisión ante el Teniente Flores. Había un nuevo macho alfa que comenzaba su propia manada con las hembras ganadas en una batalla de garras y colmillos, como la ley lo mandaba.

Con los ojos color dorado brillando, los cuatro aullaron a la luna llena.

 

Pasado y presente

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Boris Oliva Rojas

 

 

Pasado Y Presente

 

-El estuco del salón se encuentra en buen estado, aunque necesita una capa de pintura blanca; observó Sandra.

-Las vigas se ven muy bien a pesar de la edad de la casa; comentó Jorge.

-Parece que quién construyó esta casa sabía muy bien cómo hacerlo; opinó la mujer a su esposo.

-¡Qué impresionante!, a pesar de tener casi trescientos año los muebles se encuentran en perfectas condiciones; observó Sandra.

Lo único que denotaba el tiempo transcurrido era la capa de polvo que se había acumulado con el paso de los años; nada que un paño no pudiese solucionar.

-Me habría acostumbrado a vivir en medio de todo este lujo; pensó en voz alta Jorge.

-Solo si hubieses sido de la aristocracia, de lo contrario habrías sido o un esclavo o un peón en esa época; comentó Sandra.

-Sí, y eso no habría sido nada agradable, sobre todo teniendo en cuenta a quien pertenecía esta propiedad; agregó Jorge.

La pareja subió al segundo piso a revisar en qué estado estaban las habitaciones.

La vieja casona de la época de la colonia se encontraba en muy buen estado y no requeriría mucho esfuerzo para ser dejada como antaño cuando sus moradores habitaban en ella hace casi tres siglos. Sin embargo, la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos necesitaba un informe detallado antes de comenzar los trabajos de restauración y convertirla en el segundo museo histórico del país. Los dos expertos elegidos para realizar esa delicada tarea contaban con apenas tres semanas para entregar dicho informe; por lo cual, deberían permanecer, a lo menos, dos semanas alojando en la antigua casona. Teniendo en cuenta que ambos eran un matrimonio de arquitectos, especialistas en construcciones antiguas y conservación de arte, no debería haber mayor problema para ello.

-Qué raro, no me calzan las dimensiones; dijo Sandra, dándole unos golpecitos a su medidor laser. El gran salón de baile se extendía magnífico  ante la pareja, con sus lámparas colgantes y su chimenea empotrada en la pared del fondo.

-Se supone que mide lo mismo que el comedor de la mansión; comentó Jorge.

-Sí, pero es cinco metros más corto, aunque no se nota a simple vista; observó Sandra.

-Déjame medir a la antigua; sugirió Jorge y sacando una huincha de medir procedió a tomar las medidas del gran salón.

-¿Te imaginas lo impresionante que debe haber sido bailar aquí?; pensó Sandra.

-¿Me hablaste?; preguntó Jorge a su esposa, mientras guardaba su huincha.

-No nada; contestó Sandra.

-Tienes razón, mide quince metros de largo y no veinte como teóricamente se suponía; indicó Jorge.

-Supongo que alguien debe haberse equivocado cuando hicieron el plano de la propiedad; concluyó Sandra, mientras caminaba junto a cada una de las  cuatro murallas, con la mano rosando el suave estuco; acción que siempre hacía en cada casa antigua en la que estaban, para impregnarse de la esencia de la estructura y de sus constructores, como decía ella. De pronto se detuvo de golpe y retrocedió unos centímetros con la mano siempre apoyada. Con los ojos cerrados acarició lentamente una parte de la pared, luego avanzó un metro más y de nuevo se detuvo. Sacando un fino lápiz de mina marcó dos líneas en la muralla, separadas un metro la una de la otra.

-¿Qué encontraste?; preguntó Jorge con curiosidad.

-¿A ti qué te parece?; contestó Sandra, mientras le tomaba la mano y la deslizaba suavemente por un sector de la muralla, rozando casi el estuco.

-Si no me equivoco, aquí hay una puerta condenada; contestó su marido.

-Lo mismo pienso yo; apoyó Sandra.

-Mejor le informamos al jefe antes de proceder; pensó el arquitecto, mientras sacaba su teléfono celular para comunicarse con el director en Santiago.

-¿Y?; preguntó Sandra después de un rato, dominada por una gran excitación.

-Nos autoriza a abrirla, pero con mucho cuidado para no provocar deterioro innecesario en el resto de la muralla; contestó Jorge, comunicándole a su esposa lo que el jefe del proyecto le había dicho.

Con cortes delicados de un cuchillo cartonero, Sandra y Jorge fueron penetrando lentamente el estuco que cubría la puerta condenada, hasta que tocaron con la hoja de acero la madera oculta. Con una delgada espátula lograron, al cabo de un largo y delicado trabajo, remover todo el estuco. Luego de unas horas la puerta por largos siglos olvidada quedaba a la vista.

La emoción embargaba a ambos arquitectos; quienes se sentían unos verdaderos arqueólogos que descubrían la tumba perdida de un legendario faraón. Como hipnotizados permanecieron frente a la puerta durante un rato.

Un poco de aceite en las oxidadas bisagras y la puerta, condenada en extrañas circunstancias, con un sordo crujido cedió y dio paso a una oscura habitación de unos cinco metros de largo. Después de tres siglos el aire nuevamente ventilaba la enrarecida atmosfera  de su lóbrego interior. ¿Qué habrá ocurrido aquí?, ¿qué  oscuros secretos encerraba?, ¿por qué condenaron su puerta?

Jorge y Sandra sabían que antiguamente se acostumbraba condenar una puerta para ocultar la existencia de alguna habitación que albergaba un terrible y vergonzoso recuerdo, alejándolo de miradas curiosas, condenándolo al olvido por cómplices encubridores que solo deseaban proteger el apellido de alguna poderosa familia.

Cuando el aire se hubo por fin renovado, Sandra y Jorge entraron a la recién descubierta habitación, premunidos de poderosas linternas y cámaras fotográficas. Con fotografías, medidas y un esquema de la habitación y su contenido, prepararon un informe especial que enviarían vía correo electrónico al encargado del proyecto

Oscura y siniestra la habitación condenada daba a primera vista la impresión de haber sido un lugar en el que se provocó mucho dolor y sufrimiento. ¿Qué otra cosa se podría suponer si empotrados en una muralla había dos pares de grilletes y un látigo tirado en el suelo corroboraba dicha impresión?

Sandra en sueños fue transportada a una mitificada página de la historia, encarnando a la tristemente célebre Catalina de los Ríos y Lizperger; entregando, ella misma, dolor y placer, amor y odio. El sueño fue tan intenso que se despertó con la respiración muy agitada, el cuerpo cubierto de sudor y un temblor que la recorría de pies a cabeza. El intenso placer que sentía le impedía volver a dormirse, por lo cual se levantó y dirigió a la cocina a comer algo de fruta. Al pasar frente al salón de baile se detuvo ante la puerta y, cogiendo una linterna, entró en la olvidada habitación. Imaginaba a La Quintrala impartiendo crueles castigos a sus enemigos y a sus amantes; se imaginaba a sí misma en el papel de la sádica y malvada mujer. Mientras recorría el lugar con su linterna, un brillo en el suelo llamó su atención, la luz había dado en algo metálico; curiosa Sandra se agachó y tanteando con la mano, encontró un hermoso anillo de oro que lucía un gran y rojo rubí, admirando la valiosa joya por un instante, no pudo contener el deseo de ver como se veía en su mano. El anillo calzaba perfecto, como si hubiese sido creado especialmente para ella.

La mujer se acercó a las paredes, tocando las cadenas y los grilletes, riendo y girando sobre sí misma; sus ojos se posaron sobre un rebenque de tres puntas que colgaba siniestro en una esquina; se acercó con paso calmo, lo cogió y acarició su empuñadura, como lo hacía su dueña hace siglos. En el pasado La Quintrala reía junto a una hoguera.

Rato después Sandra volvió a la cama y se durmió profundamente. Cerca de las nueve de la mañana se levantó de muy buen ánimo y entusiasmo, al punto que el trabajo avanzó mucho esa mañana; era como si ella hubiese vivido toda la vida en esa casa y conociese las vivencias de sus primeros dueños.

-Ven que quiero besarte; decía Sandra a Jorge a cada rato, al tiempo que lo rozaba con su mano.

-Veo que amaneciste muy entusiasmada hoy querida; dijo Jorge.

-No te imaginas cuanto; contestó Sandra mientras jugaba con el anillo que tenía guardado en el bolsillo de su chaqueta.

El resto del día pasó sin novedad. A eso de las ocho de la noche Jorge estaba tomando notas mientras revisaba un pilar. Bajando la escalera vio que su esposa se acercaba cadenciosa hacia él, vistiendo uno de los antiguos vestidos que ya habían sido arreglados por los restauradores, su cabello peinado a la usanza del siglo dieciocho y en su mano derecha luciendo un impresionante anillo de rubí.

-¿Y esa pinta?; preguntó sorprendido a Sandra.

-Me gusta más que la ropa que llevaba puesta. Tú también deberías vestirte en forma más apropiada; le contestó ella.

-¡Mmm, sí!, ¿por qué no?, no creo que se nos vuelva a presentar esta oportunidad. Disfrazarnos como aristócratas de la época de la colonia, en una mansión del siglo dieciocho, suena divertido; terminó convenciéndose Jorge.

Al cabo de un rato Sandra y Jorge parecían un señor y una dama de la aristocracia criolla de la colonia.

Tras algunas copas de vino y algunos bailes, Sandra empezó a tornarse muy apasionada y agresiva. En un arrebato besó violentamente a su esposo, casi impidiéndole respirar. Sin poder contenerse la mujer mordió con fuerza el labio de su marido, el que la apartó de su lado.

-Contrólate, ¿qué te pasa?; preguntó extrañado él.

-¿Te atreves a rechazarme?; contestó Sandra, con los ojos fulgurantes de rabia, al tiempo que tomaba el rebenque que colgaba de su cintura y asestaba un fuerte golpe en la mejilla de Jorge.

-¿Te volviste loca acaso?; protestó él.

Sandra miró el rebenque que se agitaba aún en su mano, tres rojas marcas en la cara de su marido y la mirada de estupor de éste. Dejando caer el instrumento de castigo al suelo, se cubrió el rostro con sus manos y salió llorando del salón, no pudiendo creer lo que acababa de hacer.

Esa noche Jorge decidió dormir en otra habitación y cerrar la puerta con llave, ya que realmente se asustó por el violento y extraño comportamiento de Sandra.

Al día siguiente cuando Jorge se despertó, se percató de que su mujer había salido temprano de la casa. Cerca del medio día ella volvió.

-¿Dónde fuiste?; preguntó él.

-Salí a recorrer el pueblo, ¿hay algún problema acaso?; contestó altanera ella.

-Claro que no, puedes hacer lo que te dé la gana; dijo molesto él.

-Me alegro que pienses eso, porque me molesta mucho que me controlen; respondió la mujer.

-¿Y ese anillo?; preguntó Jorge.

-Es mío; contestó Sandra mientras lo admiraba.

-No lo había visto nunca; observó Jorge.

-Lo he tenido toda la vida, me lo regaló mi padre; contestó Sandra.

Jorge no quiso hacer más preguntas, recordando el incidente de la noche anterior; así es que decidió volver a su trabajo.

Sandra por su lado recorría la casona, como si hace tiempo que no la viera.

Jorge no lograba concentrarse y no se sacaba de la cabeza el anillo que estaba usando su esposa ahora. Estaba seguro de que nunca lo había visto y sin embargo lo encontraba extrañamente conocido, pero no sabía por qué. Sin poder contener más su duda, decidió telefonear a su suegro.

-Don Juan, disculpe que lo moleste, ¿puedo preguntarle si usted alguna vez le regaló a Sandra un anillo de oro con un rubí?

-Claro que no, ¿tienes idea lo que eso debe costar?; contestó el padre de su esposa.

-¿Está todo bien? ; preguntó Don Juan.

-Sí, no se preocupe, es solo una idea muy vaga que yo tenía en mi cabeza, gracias; contestó Jorge y cortó la comunicación.

Al día siguiente Sandra era la de siempre y muy apenada se acercó a su esposo.

-Jorge…, amor…, te debo una disculpa; no sé qué me pasó, ni por qué me comporté así. Supongo que me deje llevar por mi personificación de La Quintrala. ¿Podrás alguna vez perdonarme?; habló suplicante a su marido.

Jorge acarició su rostro y la abrazó suavemente. Sandra era la de costumbre; vistiendo jeans, polera y luciendo una única joya, su anillo de matrimonio.

Los trabajos de inspección ya estaban terminados, ahora solo restaba redactar el informe para la Dirección de Bibliotecas.

Jorge se detuvo ante un impresionante retrato de cuerpo entero de la bella Catalina de los Ríos y Lizperger y decidió tomarle una fotografía para adjuntarla al informe. Mientras tanto frente a un espejo Sandra acomodaba su cabello; en su mano derecha resplandecía un rojo rubí.

-¿Vienes ya?; se escuchó la voz de Jorge, quién la llamaba ansioso por partir.

-Si amor, voy saliendo; contestó la mujer, dándole la espalda al espejo y cerrando la puerta de la habitación tras de sí.

En la ahora solitaria habitación, la imagen de Sandra golpeaba desesperada contra el vidrio del espejo, tratando inútilmente de hacerse oír, ya que su grito quedaba ahogado en su prisión.

 

El viaje de regreso a Santiago transcurrió en silencio. Sandra durante todo el trayecto miraba hacia afuera del automóvil, con una curiosidad casi infantil. Ya en la carretera ella dio un grito de miedo al ver un bus que venía en sentido contrario, como si fuera la primera vez, ya dentro de la capital su rostro mostraba una expresión de asombro que era delatada por su boca que se abría de vez en cuando sin pronunciar palabras; solo observaba.

-Sandra muéstrame el plano de la casona, por favor; pidió Jorge.

-¿Dónde está?; preguntó ella.

-En el escritorio, en el notebook; contestó Jorge.

Sandra tomó el computador con sus manos y lo miró por todos lados; como no lo encontraba lo sacudió en el aire para hacer caer el plano de la casona.

-Aquí no hay nada; dijo Sandra a Jorge, mientras seguía zamarreando el notebook en el aire.

-¡Que estás graciosa!, estamos atrasados, por favor muéstramelo y después jugamos si quieres; observó Jorge.

-¡Te dije que aquí no hay nada!; gritó Sandra con las manos empuñadas de rabia. -¿Cómo te atreves a hablarme así a mí?

-Cálmate, no es para tanto; pidió Jorge a su irascible esposa.

Ésta sin decir palabra alguna se dio la vuelta y marchó, cerrando de un golpe la puerta del estudio.

En la habitación, Sandra decidió arreglar su cabello. El espejo del tocador devolvió la imagen de una mujer del siglo dieciocho, cuyos ojos irradiaban una gran crueldad y desprecio por los demás.

-Definitivamente ésta se está volviendo loca; pensó Jorge refiriéndose a su esposa.

Como el tiempo para entregar el informe se estaba acabando, decidió que mejor lo terminaba él solo. Las fotografías tomadas en la casona permitirían hacerse una idea de la forma de vida de la aristocracia en esa época y podría ser recreada en el nuevo museo. Cuando tocó el turno de la fotografía del retrato de Catalina de los Ríos, Jorge sin querer posó su vista en la mano derecha de la mujer, que lucía una sortija roja. Al realizar una ampliación de esa parte, Jorge pudo notar con asombro que se trataba de un anillo de oro con un gran rubí; el mismo que llevaba ahora su esposa.

-Qué extraño, el comportamiento de Sandra se alteró cuando empezó a usar ese anillo. Está actuando como una neurótica, agresiva y a la vez apasionada, casi al límite de la sicosis. Esto me recuerda la historia de La Quintrala; pensó Jorge. La sola idea de que la mente de Sandra se hubiese perturbado, provocándole una especie de doble personalidad le resultaba difícil de creer, pero el hecho era que ella desde hace unos días ya no era la misma. Lo más probable es que fuese solo estrés y que con un poco de descanso pasaría y todo volvería a la normalidad.

 

En la vieja casona, mientras tanto, la desesperación de Sandra en su prisión aumentaba día a día; sus golpes contra el espejo de nada servían para romperlo. Esto era una verdadera locura; jamás en su vida imaginó que terminaría encerrada en un espejo, mientras otra mujer le robaba su vida, su esposo y su cuerpo.

 

Jorge y Sandra fueron a entregar el informe sobre el estado de conservación de la mansión de Los Ríos y Lizperger. Al salir del edificio, una gitana les cortó el paso para leerles la suerte y aprovechar de sacarles algo de dinero fácil.

-Maldita bruja; gritó la vieja gitana cuando vio los ojos de la mujer y salió corriendo muy asustada.

-¡Vieja loca!; le gritó Sandra.

Sin avisar, Sandra salió a caminar un rato.

-¿Dónde fuiste?; preguntó Jorge cuando ella volvió a casa.

-Asuntos míos; contestó cortante a su esposo.

Al otro día en las noticias hablaban del hallazgo del cadáver degollado de una vieja gitana.

 

Los días pasaban y el carácter de Sandra empeoraba. Su altanería y soberbia eran extremos; nada que ver con la mujer con que Jorge se había casado.

Continuas llamadas telefónicas a las que ella respondía con monosílabos y salidas sin avisar, ni comentar al regreso. Jorge simplemente no tenía ni idea de lo que su esposa hacía durante el día y la noche.

Su comportamiento íntimo también cambió; cuando ella lo seducía, la pasión y el desenfreno emanaban por cada poro; incluso más que cuando se conocieron en la universidad.

-Estoy preocupado por ti, estas muy diferente y alterada últimamente. Puede que sea estrés y pienso que deberías ver a un médico para que te diera algo para los nervios; sugirió Jorge a Sandra.

-¡Qué lindo!, está preocupado por su señora, mi esclavo favorito; contestó burlona ella, jugando con el cabello de su esposo y luego tomándolo de la nuca lo atrajo hacia sus labios.

Días después, Jorge comenzó a sentirse extraño; su pulso se aceleraba a veces, la cabeza le dolía y experimentaba algo de vértigo. Por solo precaución, decidió visitar a un médico amigo para que lo examinara. Como varios exámenes salieron negativos, el doctor solicitó un examen más detallado de sangre. A la semana siguiente, el Doctor Sandoval citó preocupado a Jorge a su consulta.

-¿Cómo van las cosas entre tú y Sandra?; preguntó el médico.

-Bien, ¿por qué lo preguntas?; inquirió Jorge.

Por algo muy extraño que se encontró en tu sangre.

-¿Extraño?, ¿se trata de alguna enfermedad?; preguntó Jorge.

-No exactamente; respondió el facultativo, tratando de pensar muy bien lo que debía decir. -No se halló ningún  patógeno, ni alteraciones fuera de lo normal para tu edad, tampoco hay signos de alguna enfermedad.

-¿Entonces qué tengo?; preguntó Jorge, quien a esta altura de la conversación ya estaba preocupado.

-¿Tú trabajas con antimonio?; preguntó el médico.

-¿Antimonio?, no nunca lo he usado. Sé que los restauradores a veces lo ocupan, pero yo no; contestó confundido Jorge.

-Bueno, en tu sangre encontramos antimonio y es necesario sacarlo pronto. Quiero que te internes a la brevedad en un hospital, para hacer una diálisis completa a tu sangre; de lo contrario, si aumenta un poco más, en un mes puedes morir; concluyó tajante el Doctor Sandoval.

-¿Pero cómo puede haber pasado?; preguntó Jorge.

-Dices que tú no tienes ningún contacto con antimonio en tu trabajo ni en tu vida diaria; entonces eso quiere decir que, o bien tú lo ingeriste intencionalmente o que alguien te lo está dando sin que te des cuenta; opinó el médico.

-¿No estarás insinuando que Sandra me está envenenando?  Es una locura; alegó Jorge.

-Yo no te dije eso, pero es la persona con que estás más cerca; observó el doctor.

Jorge molesto se puso de pie por la insinuación de su amigo, pero tuvo que sentarse enseguida por un mareo que le hizo perder el equilibrio.

-Bueno, como sea; dijo el médico. -El lunes a primera hora quiero verte para internarte. Mientras tómate esto para los mareos; se despidió de Jorge entregándole una caja de medicamento.

-¡Que idiotez!, Sandra está muy rara últimamente, pero de ahí a querer asesinarme, me parece muy descabellado; pensó Jorge para sí camino a casa.

Cuando llegó a casa, Sandra no se encontraba, así es que decidió tenderse a dormitar un rato. Horas después ella regresó de su paseo. Su atención fue atraída por el examen médico de su marido, prestando especial interés en el nombre del médico tratante.

-¿Estás enfermo?; preguntó al entrar en la habitación, sentándose en la cama y tocando la frente de Jorge.

-Algo; Sandoval dice que debe ser un virus, que pasará en una semana más o menos con descanso; contestó a su mujer.

-Voy a salir, ¿necesitas que te compre algún remedio?; preguntó ella a su esposo.

-Si, por favor cómprame este remedio; pidió Jorge pasándole una receta.

Cuando Sandra se hubo marchado, Jorge empezó a revisar entre sus cosas. Esperaba no encontrar nada fuera de lo común, pero sus esperanzas se rompieron cuando, al fondo del closet, sus dedos tocaron un pequeño frasco de vidrio; con movimiento lento lo sacó y para su asombro, leyó su etiqueta, “Antimonio, veneno, manéjese con extremo cuidado”, una calavera completaba la composición.

En la tarde siguiente Jorge recibió una inesperada llamada telefónica.

-¿Don Jorge Díaz?, habla con el inspector Ramón Chávez, de la Brigada de Homicidios, ¿podría, por favor venir a nuestra oficina?; dijo el hombre al otro lado del teléfono.

-¿Qué ocurre?; quiso saber preocupado Jorge.

-Es sobre el Doctor Marcos Sandoval; ha sufrido un accidente fatal y como usted es la última persona que lo vio con vida quería hacerle algunas preguntas.

-¿Marcos muerto?, no lo puedo creer; contestó Jorge. -Voy para allá.

En el cuartel de la policía, Jorge fue recibido por el Inspector Chávez en su despacho.

-Gracias por venir señor Díaz. Tengo entendido que usted y el Doctor Sandoval eran amigos; dijo el detective.

-Sí, hace años que nos conocemos; contestó Jorge.

-El señor Sandoval cayó anoche del balcón de su departamento. Aparentemente había bebido mucho y perdió el equilibrio, precipitándose al vacío; informó el policía.

-Usted lo visitó ayer en su consulta Don Jorge, ¿algún motivo en particular?; interrogó el oficial.

-Sí, es que me he sentido algo indispuesto últimamente y lo fui a ver como a mi doctor; respondió Jorge.

-Espero que no sea nada serio; dijo el policía.

-No lo sé; faltaba hacer algunos exámenes, pero parece que solo es un virus estacional; comentó Jorge.

-Bueno señor Díaz, gracias por su cooperación, cualquier cosa se la haremos saber; respondió el inspector, al momento que estrechaba la mano de Jorge y se despedía de él.

Al salir del cuartel policial, Jorge se sentía como dentro de un extraño sueño.

-Sandoval muerto, el veneno entre las cosas de Sandra, también la vieja gitana muerta (recordó la noticia), el cambio en su personalidad, son demasiadas coincidencias juntas. Esto es una locura, no puede ser real, Sandra no es una asesina sicópata. Sin embargo parece ser otra mujer, ¿qué habrá desencadenado ese cambio de personalidad?; reflexionaba Jorge mientras caminaba.

-Me estoy dejando llevar por mi imaginación, estas son solo coincidencias. Hay una explicación lógica para todo esto; meditó Jorge con más calma.

Cuando Jorge llegó a casa Sandra ya había regresado.

-¿De dónde vienes con esa cara?; preguntó ella.

-De la policía, es que mi amigo Marcos Sandoval ha muerto en un accidente; contestó apesadumbrado Jorge.

-Cuanto lo siento; respondió Sandra. -Es peligroso acercarse a un balcón si estás con unos tragos de más; sin darte cuenta puedes perder el equilibrio y no alcanzar a afirmarte y terminas estrellándote en el pavimento; reflexionó pensativa la mujer mientras se miraba en un espejo.

Los labios de Jorge se separaron de la impresión, no podía creer lo que oía; él nunca mencionó la forma de morir de Marcos.

-¡Catalina!; llamó Jorge.

-Dime; contestó la mujer volviéndose hacia él.

-¡Vaya!, veo que ya descubriste quién soy. Lamentablemente es demasiado tarde para ti y para tu amada Sandra; contestó la mujer que hablaba a través de los labios de su esposa, mientras una mueca burlona se dibujaba en ellos.

-¿Qué has hecho con Sandra?; preguntó alterado Jorge.

-Cómo tú pronto morirás, creo que mereces saberlo; dijo cínicamente la sicótica mujer.

-Ella se quedó en la casona de mi familia; la encerré en el espejo de mi habitación; dijo La Quintrala con la mayor naturalidad.

-Pero eso es imposible; exclamó Jorge.

-En esta época ustedes ya no creen en la brujería, ¿de qué otra forma podría estar yo aquí después de tres siglos de muerta?; contestó la mujer, quien se paseaba ahora por el living con su rebenque en la mano.

-Ya me aburriste Jorge, ya no te necesito más; dijo la enferma mujer, tomando el rebenque por el otro extremo.

Cuando el mango de metal del arma estaba por partir la cabeza de Jorge, una mano empuñada se estrelló contra la mandíbula de la que parecía ser la dulce Sandra; la que cayó inconsciente en la alfombra. Afortunadamente Jorge había alcanzado a esquivar el golpe y asestar un certero puñetazo en la cara de ella.

Unos minutos después la mujer despertó, hallándose atada con amarras plásticas y amordazada en el automóvil de Jorge, quién conducía rápido y callado  hacia la antigua casona colonial. Junto a él, ella luchaba furiosa por soltar sus ataduras, pero solo conseguía lastimarse las muñecas; después de un rato desistió de sus intentos, permaneciendo quieta, con los ojos inyectados en odio.

A las pocas horas el automóvil se estacionaba frente a la mansión.  A tirones Jorge sacó a la mujer, que se resistía a caminar. La casa estaba oscura y helada. Jorge buscó la caja de interruptores y dio nuevamente la electricidad. Con gran esfuerzo logró subir a Catalina al segundo piso.

-Sandra, Sandra, ¿dónde estás?; preguntó gritando frente al gran espejo que había en la alcoba.

Entre tanto, la mujer trató de escapar pero Jorge alcanzó a sujetarla de un brazo.

En eso una neblina llenó el espejo y poco a poco se fue formando la imagen de Sandra. Con sus manos golpeaba el vidrio pero éste no se rompía; tampoco se podía escuchar lo que decía, pero en su rostro se veía una expresión de esperanza.

Mientras tanto, la mujer forcejeaba tratando de zafarse de la mano de Jorge, finalmente éste soltó la mordaza de su boca.

-¿Cómo saco a Sandra de ahí?; gritó furioso.

-No hay nada que tú puedas hacer, su cuerpo ahora me pertenece y ella estará atrapada para siempre en ese mundo; rió la cruel mujer.

Jorge estuvo tentado a golpear nuevamente a Catalina, pero se contuvo ya que sabía que lo único que lograría sería lastimar el cuerpo de Sandra y lo necesitaba en buenas condiciones si quería recuperar a su esposa.

Catalina trató de patear a Jorge, pero éste la esquivó, quedando ella de espalda al espejo. Al verla cerca, Sandra empezó a empujar hasta que el vidrio de alguna forma se volvió flexible y sus manos lograron asir el cabello de la mujer. Sin soltarla, Sandra tiró con fuerza de ella, atrayéndola más hacia la superficie del espejo, que ahora se veía como una película de agua.

A medida que Sandra tiraba del cabello la mujer quedó apoyada en el espejo; con un último y fuerte tirón Catalina atravesó al otro lado del espejo, cayendo al suelo el cuerpo inerte de Sandra.

Sandra al ver su cuerpo inconsciente se acercó al espejo tratando de salir de él. Catalina intentó impedírselo pero Sandra  la detuvo con un violento puñetazo en la cara, que la hiso caer de espalda.

El espejo esta vez cedió a la presión ejercida por Sandra, la cual pudo pasar una de sus manos, que fue sujetada  por Jorge, quién con todas sus fuerzas tiró de ella. Al salir de esta forma, Sandra cayó junto a su cuerpo, con el cual nuevamente se fusionó.

La primera reacción de Sandra al abrir sus ojos fue tocar todo su cuerpo, al cual hace días que había perdido las esperanzas de volver a sentir. Al hacerlo se percató que en su mano derecha aún se encontraba el anillo de rubí, con rabia se lo arrancó del dedo y lo arrojó contra el espejo, cayendo junto a los pies de La Quintrala.

Jorge y Sandra se miraron el uno al otro y sin decir nada se abrazaron durante varios minutos.

-Volveré, nunca los dejaré tranquilos; gritaba Catalina al otro lado el espejo.

Sandra intuyendo lo que la sicópata estaba diciendo, tomó un jarrón y lo arrojó contra el vidrio, el que se rompió en miles de pedazos, oyéndose el grito de dolor de una mujer.

La pesadilla terminaba; sin embargo, al llegar a la planta baja Jorge tuvo que sentarse en la escalera, víctima de un mareo. Explicó a Sandra que debía  internarse lo más pronto posible en un hospital, ya que Catalina lo había envenenado. Sin tiempo que perder, al otro día hicieron los trámites necesarios para la hospitalización. A los tres días Jorge era dado de alta.

La visión de Sandra y Jorge de la historia ya no sería la misma; por increíble que pareciera, sus vidas habían caído en las manos de la siniestra Quintrala y con horror pudieron comprobar en carne propia que una cosa es leer un libro de historia y otra muy distinta vivirla en carne propia.

Al fin podrían olvidarse de todo y rehacer sus vidas. La Quintrala se había ido para siempre.

¿O no?…

 

 

Llamada de auxilio

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Boris Oliva Rojas

 

 

Llamada De Auxilio

 

-Todos a bordo; dijo Pablo a su familia luciendo su corra de capitán de barco.

-Si papá; gritaron entusiasmados Paola y su hermano Víctor.

-¡Capitán Papá!; corrigió Pablo dándose aires de importancia.

-Perdón, Capitán Papá; respondió Víctor.

Luisa con una sonrisa en los labios se llevó su mano derecha a la sien y saludó a su marido. -A sus órdenes Capitán Papá.

Sería una semana muy entretenida y una experiencia inimaginable para toda la familia. El jefe de Pablo, un multimillonario empresario, le había prestado su joya, como llamaba a su yate de setenta metros de largo de punta a punta, para que paseara una semana con su familia, en agradecimiento por haber descubierto un fraude en que casi cae la empresa y que le habría costado varios millones de dólares.

Como Pablo no tenía ni la más remota idea de navegación, los acompañarían un timonel, un maquinista y un sobrecargo. La familia solo tenía que preocuparse de descansar y disfrutar como reyes.

El clima se pronosticaba soleado para toda la semana y el mar calmado, con una suave brisa. Todo sería de maravilla; las vacaciones perfectas.

Después de la cena, Pablo encontró un libro sobre mitos y leyendas del mar, pasando desde barcos fantasmas, sirenas, piratas, hasta el Triángulo de Las Bermudas. Sería una buena sobremesa; pensó Pablo, le leería algunas historias a la familia. Estaban todos escuchando atentos, cuando entró el sobrecargo.

-Es un interesante libro, señor; pero yo, en todos mis viajes por el mundo, he aprendido historias que no aparecen en él, como por ejemplo la del puerto fantasma; comentó el marinero.

Bastó decir eso solamente para que los niños saltaran de sus sillas.             -Cuéntelos; pidió Víctor. -Sí, por favor; le rogó Paola. -¿Puede?; preguntó Luisa.    -Sí, por supuesto; contestó el marino y acomodando una silla empezó su relato. Todos escuchaban absortos la narración y cuando ésta llegó a su punto más impactante, las luces se apagaron, dejando a la sala de estar sumida en las penumbras; con un grito todos dieron un salto, mientras se escuchaba una risa macabra. La risa cesó y las luces se volvieron a encender. -Perdón, pasé a llevar un botón del control remoto; se disculpó el sobrecargo.

En el puente de mando, el timonel notó en el radar la presencia de otro barco a cierta distancia de ellos; por la velocidad supuso que se trataba de algún yate de algún millonario que aprovechaba el buen tiempo como ellos; lo cual era común en esas aguas y en esa época del año.

La mañana siguiente Pablo y Luisa fueron despertados por las risas de Víctor y Paola, quienes correteaban por la cubierta, bajo la vigilante mirada del sobrecargo.

A la hora del desayuno, el timonel avisó por el intercomunicador que en una hora más atracarían en un puerto para reaprovisionarse de agua fresca.

-¡El puerto fantasma!; gritaron los niños con los ojos encendidos de emoción.

-Me temo que no; dijo el sobrecargo. -Es solo una parada de rutina.

Después de recorrer el puerto y comprar algunos recuerdos, todos volvieron a bordo del yate y continuaron el viaje. El timonel vio en el radar que el otro barco aún se mantenía a la misma distancia de ellos, sin haber cambiado su rumbo ni velocidad.

Tres días de navegación sin ninguna novedad presagiaban las mejores vacaciones de la familia.

La luna llena llenaba de  brillo una mar calmada; una brisa fresca y agradable envolvía a Pablo y Luisa. En el puente de mando el timonel observaba intrigado la pantalla de radar; un punto verde indicaba la presencia del barco que navegaba cerca de ellos. Sin variar su velocidad o su rumbo, le daba la impresión de que los estaba siguiendo a una prudente distancia. Se disponía a tratar de  comunicarse con la otra embarcación, cuando la radio empezó a crepitar.

-¡Mayday, Mayday!; esta es una llamada de auxilio del Yate Calipso, matrícula ZN472G, tenemos personas heridas y nuestro timón se rompió. Necesitamos ayuda urgente. Nuestras coordenadas son 29° 31’ 17’’ Latitud Sur, 71° 45’ 32’’ Longitud Oeste.

El timonel comprobó que las coordenadas correspondían al barco que iba tras ellos. Sabiendo muy bien el procedimiento a seguir en estos casos, viró en 180° dirigiendo su proa hacia la embarcación en problemas. Por altoparlante informó a todos los ocupantes que el cambio de rumbo obedecía a una respuesta de ayuda a una llamada de auxilio de una nave en alta mar.

-Aquí  Yate Aurora respondiendo a su llamada de auxilio, pronto estaremos junto a ustedes; comunicó por la radio de banda marina al otro barco.

Cuando llegaron al otro yate, no se veía rastros de sus ocupantes en la cubierta; el sobrecargo supuso que estarían abajo. Abordaron para socorrer a los heridos Pablo, el mecánico y el sobrecargo. No había nadie abordo; el barco estaba abandonado, pero no perdía su rumbo debido a que estaba conectado el piloto automático. ¿Quién hiso la llamada de auxilio?, el puente estaba vacío. ¿Dónde se fueron todos? Si se tratase de un caso de piratería, las muestras de violencia serían más que evidentes; pero nada, no había rastros de sangre, ni disparos, ni desorden. Lo que hubiese pasado, había ocurrido en forma muy rápida, silenciosa y limpia; esto tendría que ser informado a las autoridades marítimas pertinentes.

Unas cajas, cerca de la sala de máquinas, se movieron cuando el maquinista pasaba por ahí; atraído por el ruido se acercó sigiloso y encontró acurrucada en un rincón a una niña de unos doce o trece años. -¿Pero qué tenemos aquí?, ven señorita, no tengas miedo; dijo el hombre tendiéndole los brazos para que saliera de su escondite; pero cuando trató de tomarla, ella le mordió la mano. -Tranquila quiero ayudarte; le dijo. La niña entonces tomó su mano y se puso de pie, y lo acompañó hasta la cubierta donde aguardaban los otros.

-Encontré solo a esta niña, quien está muy asustada y no habla; observó.

Ya de vuelta  en el yate, el sobrecargo, que además era paramédico, procedió a examinarla, no encontrando nada malo en ella, salvo por su negativa a hablar, causada por algo que la asustó mucho.

Todos a bordo del yate estuvieron de acuerdo en que debían dirigirse de inmediato al puerto más cercano. En eso estaban cuando el yate se estremeció como un animal herido; las luces se apagaron y todos los instrumentos dejaron de funcionar.

-Tiene que ser un cortocircuito en el sistema eléctrico, voy a revisarlo; dijo el mecánico. Dentro de la sala de máquinas había una gran cantidad de humo con olor a plástico quemado; el hombre quedó de una pieza al ver el origen del humo. Un cortocircuito había quemado la placa madre del tablero eléctrico, y con ello todos los componentes que tenía. El problema era agravado por el hecho de que habían apagado el motor un momento para dejarlo enfriar, y ahora, sin electricidad no había forma de echarlo a andar. Tampoco podían pedir ayuda por radio, ya que esta también funcionaba con electricidad. Sin mucho más que poder hacer abajo, subió al puente a informar la situación.

-¿Hay alguna forma de arreglar la falla?; preguntó Luisa.

-No señora, hay que cambiar todo el panel eléctrico y no hay repuestos a bordo. Ni siquiera entiendo cómo puede haberse quemado; contestó el mecánico.

-Puede haber sido una sobrecarga; contestó Pablo.

-Lo veo muy poco probable, pero no se me ocurre ninguna otra explicación; contesto el aludido.

-¿Alguna solución?; preguntó el timonel.

-Tratar de conectar las baterías de emergencia al encendido del motor. Al menos podremos navegar, si logro hacer andar el motor; claro que totalmente a ciegas, sordos y mudos; concluyó el mecánico.

-Bueno, que remedio. Si hasta el siglo diecinueve se guiaban solo con el sol y las estrellas, no veo por qué nosotros no podamos; pensó el sobrecargo y el timonel asintió con la cabeza.

Sin perder tiempo el maquinista se puso a trabajar. Estaba agachado revisando las baterías, cuando sobre una plancha de acero se vio reflejado el rostro de una horrible cosa que babeaba tras suyo. Asustado se giró y todo se volvió oscuridad.

En su camarote, alumbrándose con una linterna, el sobrecargo trataba de poner al día la bitácora de abordo. En eso estaba cuando alguien golpeó su puerta, al abrirla su rostro se puso blanco de la impresión y del susto; pero ya nada más vieron sus ojos.

El timonel llamó al mecánico por la radio portátil; tras varios intentos sin respuesta, trató de comunicarse con el sobrecargo; pero éste tampoco contestó. Después de un rato desistió de sus intentos y volvió a meterse entre los cables de la radio, aunque sabía que sin electricidad no había nada que hacer. No se percató cuando alguien entró sigilosamente al puente de mando; mientras manipulaba los cables pudo ver que sobre la brillante cerámica del piso del puente se reflejaba una cosa horripilante que babeaba junto a él; silencio y oscuridad.

-¿Pablo has visto a los tripulantes?; preguntó Luisa.

-Deben estar tratando de arreglar el yate; respondió éste.

-Sí, supongo que en eso andarán; pensó Luisa.

-Si quieres voy a buscarlos; ofreció Pablo.

-No, déjalo, ya es tarde; vámonos a dormir mejor, mañana nos tendrán buenas noticias; supuso Luisa.

A la mañana siguiente Pablo se dirigió directamente el puente para saber si había alguna novedad. El timonel no estaba en su puesto; tampoco vio al sobrecargo. Supuso que estarían en la sala de máquinas ayudando al mecánico. La sala estaba vacía y Pablo no pudo reaccionar cuando por la espalda, dos manos viscosas se pegaban a su cara; oscuridad y silencio total.

Después de una hora, Luisa se empezó a sentir sola, y también los niños.

-¿Mamá, dónde están los demás?; preguntó Víctor.

-Deben estar abajo tratando de arreglar el barco; contestó Luisa.

Paola tomó un libro de un estante y fue a su camarote a leer. La puerta estaba entreabierta, cuando la cerró algo había  parado frente a ella;  todo a su alrededor desapareció.

Víctor se sintió extraño y empezó a buscar a su hermana melliza. Fue directo al camarote de ella pero no la encontró ahí. -¿Dónde se habrá metido?; se preguntó. Unas manos horribles le sujetaron la cabeza; todo se tornó oscuro.

Luisa se dio cuenta de que algo muy extraño estaba pasando. A medida que pasaban los minutos se dio cuenta de que estaba sola en el barco. Sintió miedo.

¿Dónde estaban sus hijos? ¿Dónde estaba su marido? ¿Dónde estaban los tripulantes?

Corriendo entró al puente de mando. Una radio portátil estaba tirada en el suelo; al agacharse para recogerla pudo ver el reflejo en las baldosas de un horripilante rostro con una boca babeante. Lentamente se volteó y frente a ella vio parada a la niña que el día anterior habían rescatado del yate abandonado; las tinieblas inundaron su mente.

Cuando Luisa despertó no sabía cuánto tiempo había pasado. Repartidos por el piso pudo ver los restos de seis cadáveres, cuyas ropas identificó. Varias horrorosas cosas la rodeaban con sus bocas babeantes mostrando afilados dientes. Un grito de terror se escuchó por todos los rincones del barco.

 

La brisa era suave y el mar seguía en calma. El timonel seguía viendo en la pantalla de radar la señal del otro barco que se movía a cierta distancia, sin cambiar de rumbo ni velocidad. De pronto la radio sonó.

-¡Mayday, Mayday!; esta es una llamada de auxilio del Yate Aurora, matrícula BG4569A, tenemos personas heridas y nuestro timón se rompió. Necesitamos ayuda urgente. Nuestras coordenadas son 29° 31’ 17’’ Latitud Sur 71° 45’ 32’’ Longitud Oeste. El timonel comprobó que las coordenadas correspondían a las del barco que se movía tras ellos; y viró en 180° respondiendo a la llamada de auxilio.

 

 

 

 

 

Mar siniestro

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mar Siniestro

La verdad es que el arriendo de la cabaña había resultado bastante más barato de lo que habían calculado. Eran pocos los turistas que iban a descansar a la playa en los meses de invierno, así es que los dueños de las cabañas hacían importantes rebajas, en comparación con los exorbitantes precios que cobraban a los veraneantes. Ese era uno de los motivos por los que Roxana y Alejandro habían elegido tomarse las vacaciones en invierno; la otra razón era que podían disfrutar de la playa casi para ellos solos. Aunque las frías aguas del Océano Pacifico no recomendaban baños muy largos, si podían pasear durante horas por la solitaria playa.

Alejandro y Roxana llevaban cinco años viviendo juntos, aunque no tenían hijos, así es que su rutina de descanso era solo para dos.

Como oscurecía temprano en esa época del año se retiraban también temprano a la cabaña. Después de comer algo, por lo general se sentaban frente al televisor a ver alguna película.

-¿Algo entretenido?; preguntó Alejandro.

-Solo noticias; contestó Roxana. En ese instante el comentarista del noticiero hablaba sobre una serie de extraños suicidios de hombres que simplemente se internaban caminando en el mar, según testigos que los habían visto, o que habían visto sus huellas en la arena. La policía sospechaba que se podía tratar de algún tipo de secta religiosa; aunque en realidad solo había especulaciones, ya que hasta el momento no se había podido recuperar ningún cadáver.

-¿Qué opinas?; preguntó Roxana a su pareja.

-Hummm, debe ser alguna secta religiosa; sabes lo peligrosos y tontos que son los fanáticos; respondió Alejandro.

Alejandro casi no pudo pegar los ojos; al lado suyo, su mujer, fue asaltada por varias pesadillas esa noche. Y despertaba en medio de gritos. Cansado se levantó y fue a la cocina a prepararle un agua de melisa a Roxana, a ver si así podía descansar y de pasada dejarlo descansar a él.

-Por favor tómate esto, tienes los nervios de punta mujer; la sentó en la cama y le ofreció el sedante. -¿Qué has estado soñando que es tan terrible?; le preguntó.

-Una tonta pesadilla, o varias pero parecidas; contestó Roxana. Soñé que te ahogabas, supongo que es por la noticia de los suicidios.

-Tranquila, solo fue un sueño, relájate; la calmó Alejandro.
La noche siguiente fue él quien entró en el mundo de los sueños. Caminaba por la playa; la luna se alzaba reflejándose en la superficie del mar y alumbraba la arena. Sentada en una roca una mujer de edad mediana, pero muy bella; cabellera vaporosa y vestido ceñido por la brisa, ojos entre azul y verde como gotas de mar. Alejandro se acercó atraído hacia ella. Caminan tomados de la mano, el agua moja los pies descalzos de ambos; la luna le da un aire extraño a la mujer, como cristalino. Ella se detiene mirando hacia mar adentro y camina. El agua roza sus rodillas; Alejandro va con ella. Las olas juegan con sus muslos; Alejandro va con ella. El agua roza su cuello; Alejandro se inquieta pero va con ella. El mar inmenso los cubre; Alejandro va con ella, el rostro envuelto por una capa de aire. Se acercan a una construcción oscura; las criaturas del mar se alejan de ella; Alejandro siente miedo, mucho miedo, la sangre se hiela en sus venas, tiene miedo. Agitado despierta en medio de gritos, Roxana lo abraza hasta que se duerme nuevamente.

-Tuviste una pesadilla anoche. ¿Qué soñaste?; pregunta Roxana.

-No me acuerdo de haber soñado; responde Alejandro.

-Gritabas, estabas muy asustado; contestó ella.

-No recuerdo; dijo él sinceramente.

La noche siguiente Alejandro vuelve al sueño. La construcción tiene un color mezclado entre gris y verde oscuro musgoso. El miedo se apodera de Alejandro; la mujer va con él, el miedo crece, la mujer lo arrastra hacia la construcción; él se resiste, pero no puede oponerse, lo arrastra, lo arrastra. El miedo se ha convertido en pánico. Alejandro despierta en medio de gritos. Roxana lo abraza y se duerme. Alejandro no recuerda nada en la mañana.

Las pesadillas se han vuelto recurrentes. Siempre las mismas; Alejandro muestra signos de cansancio, Roxana está preocupada.

En la noche el sueño avanza un poco más. Criaturas con cola en vez de piernas; sirenas de la mitología, pero no son hermosas mujeres mitad pez; seres con afilados dientes, escamas viscosas, manos membranosas, agallas en el cuello; lo capturan, lo arrastran al interior de la construcción; la mujer, hermosa, de cabellos vaporosos, de largas piernas va con él. Ya no es amiga; ella ordena; ella grita; ella amenaza a las criaturas; estas le temen, le temen y obedecen sumisas. Alejandro despierta gritando, esta vez recuerda; recuerda y cuenta la pesadilla a Roxana.

Roxana está intranquila; su instinto de policía está diciéndole cuidado. Pide favores y cobra favores; consigue los nombres de los parientes más cercanos a las víctimas de suicidios en el litoral. Tal vez esté equivocada, tal vez se esté dejando llevar por su imaginación, pero su instinto está muy acelerado; hay una relación, ¿pero cuál?

Pudo entrevistar a algunos parientes de algunas víctimas y al fin encontró un punto en común en los casos; pero lo que descubrió no le gusto y por el contrario la inquietó más; todas las víctimas, antes de haber cortado su existencia, sufrieron períodos de intensas pesadillas, que en ningún caso podían recordar, excepto la última. Todos soñaban con una mujer que los llevaba al fondo del mar.

Roxana empezó a asustarse, Alejandro recordó la última pesadilla, al igual que las víctimas. Podía ser el punto en común, o podía ser solo coincidencia, pero su experiencia le había enseñado a no descartar ninguna pista, por muy vaga que esta fuera. Por las dudas, mientras Alejandro dormía, Roxana le esposó las dos manos a la cama y se durmió, pensando en cuál sería su siguiente paso. Tres horas después, se despertó al sentir que la puerta de calle se habría. Al mirar a su lado, con estupor se percató que ambas esposas estaban abiertas y estaba sola en la cama. En forma casi instintiva, en forma casi refleja, tomó la pistola y la linterna que guardaba en el cajón del velador y salió corriendo hacia la playa, mientras colgaba al cuello la insignia que la identificaba como oficial de policía, maniobra tantas veces repetida, que ya se había vuelto automática en ella.

No tardó mucho en dar con el rastro de huellas en la arena; las siguió y la condujeron hasta el borde mar, donde las olas ya las borraban. Buscó con la linterna por si encontraba alguna pista; cuando ya había perdido las esperanzas, un rayo de luz golpeó contra un objeto brillante que atrajo su atención. Una pulsera, una pulsera de mujer de curiosos diseños. Con un lápiz la tomó y la puso dentro de una bolsa plástica que selló enseguida.

Mientras conducía su automóvil, relataba por celular a su jefe lo ocurrido, camino al cuartel regional de la policía. No descartaba la posibilidad del suicidio, pero también cabía que se tratase de secuestros y quería encargarse del caso. Su jefe la autorizó, aunque iba en contra de todo procedimiento, pero sabía que de todas formas Roxana se involucraría; y así, al menos podría tenerla controlada y bajo vigilancia. A veces lamentaba que su mejor comisario fuera hija de un prefecto de la Brigada Contra El Crimen Organizado, claro que a ella lo que menos le gustaba es que se mencionase ese hecho.

Cuando Roxana llegó al cuartel regional, se dirigió directamente a la unidad de criminalística, para que analizaran la pulsera. Después de un par de largas horas, el oficial a cargo, un tipo con más títulos universitarios que botones en su uniforme se veía confundido. -¿Comisario López de dónde sacó esa pulsera?; preguntó el oficial.

-La encontré en una playa, es la única pista en un posible caso de múltiples secuestros; contestó Roxana. -¿Qué me puede decir de ella?

-Puedo decirle lo que no es; habló enigmático el profesional. -Esa pulsera está hecha de un metal que nunca había visto y no creo que alguien más lo haya visto.

-No entiendo. ¿A qué se refiere?; preguntó Roxana.

-El material del que hicieron esa pulsera no pertenece a la Tabla Periódica de Elementos; concluyó el oficial, como no queriendo decir lo que acababa de decir.

-Mire Doctor, he tenido una noche muy difícil y no estoy de humor para bromas; explotó Roxana.

Por la cara extremadamente seria y dura del oficial, Roxana comprendió que no bromeaba en lo más mínimo. -Lo siento mucho mi comandante, no fue mi intensión faltarle el respeto, ni dudar de su capacidad profesional, pero este es un caso muy delicado; se disculpó ella.

-Está bien comisario, acepto su disculpa y no la sancionaré, porque la verdad, es que yo estoy tanto o más confundido que usted; confesó el oficial, indicando con un gesto la pared tapizada de diplomas universitarios.

-¿Entonces qué podemos concluir?; preguntó Roxana.

-Existen tres posibilidades, pero ninguna me gusta; contestó el oficial. -Primero, que sea un elemento natural de este planeta, pero aún no descubierto. Segundo, que sea un elemento creado artificialmente. Tercero que sea un elemento de origen extraterrestre.

-La tercera no me convence mucho. ¿Qué hay de las alternativas uno y dos?; pregunto la policía.

-Según mi experiencia, son igual de probables que la tercera. Además jamás había visto una manufactura tan perfecta. No encontré marcas de herramientas, ni signos de fundición. La verdad es que estoy confundido; reconoció el especialista.

-Hagamos un trato comandante, si usted guarda todo esto en secreto hasta resolver el caso, le prometo, que si puedo le regalaré la pulsera, para que se gane uno o dos Premios Nobel; sugirió Roxana.

-Trato hecho, además no tenía ninguna gana de llenar un informe que hablara de marcianitos y platillos voladores; aceptó el oficial.

Alejandro recuperó poco a poco la consciencia; en un principio creyó que soñaba, pero no, realmente estaba bajo el agua. No lo entendía, pero estaba respirando aire; era, por lo que notó, gracias a una especie de burbuja que le cubría la cara. Sus manos no se movieron bajo sus órdenes, estaban sujetas a su espalda por frías esposas. Fuera de la celda extrañas criaturas hacían guardia; cola en lugar de piernas, manos membranosas, escamas viscosas, agallas en el cuello y filosos dientes. La maldita pesadilla se había retirado del mundo de los sueños y ocupaba ahora la realidad. La mujer de la playa, hermosa y vaporosa, nadó hacia la celda, en su cintura llevaba una especie de bastón.

-Ven conmigo esclavo; dijo a Alejandro.
-¡Yo no soy esclavo!; gruñó Alejandro.

Ella nada dijo, solo apuntó su bastón a él. Dolor intenso como una onda recorrió todo su cuerpo; de rodillas en el suelo Alejandro comprendió que no era conveniente discutir, al menos no aún…

La mujer lo condujo ante una puerta grande, se diría que hasta ridículamente grande; con movimiento lento y pesado se abrió, dando paso a una gran galería con aire, llena de celdas en sus costados. Celdas con prisioneros resignados a un destino incierto. Al final del pasillo otra puerta, fría y siniestra. Un ascensor, sube, sube y sigue subiendo. Una isla; una mina; trabajadores; esclavos, son esclavos; son los supuestos suicidas, los ahogados en el litoral.

Los esclavos sacan mineral bajo la mirada de guardias armados, hombres y mujeres con bastones en la mano. Hombres y mujeres respirando en cascos con líquido. Hombres y mujeres idénticos en apariencia a cualquier hombre o a cualquier mujer; hombres y mujeres que no pueden respirar aire; hombres y mujeres adaptados para respirar bajo el agua solamente.

Alejandro definitivamente no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Una situación de ciencia ficción. Una condición de explotación y humillación insoportable. El trabajo sin descanso era demasiado duro. ¿Cuántos días han pasado?, no lo sabe; es fácil perder la noción del tiempo. La fuerza disminuye, el agotamiento aumenta. En su celda bajo el agua ya ni siquiera se pasea como gato encerrado, como en los primeros días. Alejandro demasiado débil se tambalea y pierde el equilibrio; su centinela se apresura a sostenerlo. Algo le habla pero no entiende nada; esa especie de sirena intenta decirle algo; al parecer es una hembra y en su mirada se percibe lástima por los humanos. Algo quiere decirle, pero llega una mujer y la golpea con su bastón; un grito de dolor intenso sale de su garganta y escapa nadando. La mujer lo mira con desprecio y se aleja.

Al tomar a Alejandro de las manos, la sirena puso algo en ellas; cuando estaba solo las abrió y vio que se trataba de un alga. En un dedo faltaba su anillo; la sirena debió haberlo tomado al retirar sus manos de las de él. ¿El alga qué haría?; la miraba y dudaba si comerla o no; podía ser venenosa, o podía romperse la burbuja de aire que le cubría la cara. Cualquiera de las dos posibilidades era peligrosa, pero si no corría riesgos no veía un futuro muy prometedor para él en ese lugar. Despacio, con cuidado, acercó el alga a la boca; más cerca, más cerca; al fin la tocó y presionó un poco; la burbuja no se rompía; siguió empujando, el alga atravesó la capa de aire sin romperla. El alga llegó a su boca; la masticó; la tragó. El efecto fue inmediato; el dolor cesó, el cansancio desapareció, la fuerza volvió. La sirena le había ayudado, pero por eso fue castigada.

La sirena nadó y se alejó lo más que pudo de la siniestra construcción. Subió a la superficie y sigilosamente se acercó a la orilla. Era peligroso, pero sabía que alguien buscaba a uno de los humanos prisioneros. Se trataba de una hembra, similar a las que la habían castigado tantas veces. ¿De dónde vinieron?, no lo sabía. ¿Cuándo llegaron?, lo ignoraba; cuando ella nació ya estaban en el mar. Pero en la superficie las cosas no eran tan distintas; los humanos también eran crueles, lo sabía. Pero los humanos no eran sus enemigos; los machos y hembras que respiraban en el mar, si eran sus enemigos y debía servirlos solo por el poder de sus bastones. Si tan solo no los tuvieran, pensaba.

Todas las noches veía que la hembra humana buscaba en el mar a su compañero. Esta noche se aproximaría; esta noche tenía algo para ella y abriendo una de sus manos membranosas miró el anillo de Alejandro.

Ahí estaba la humana caminando por la playa. Cuando pasó cerca la sirena saltó sobre una roca. Instintivamente Roxana desenfundó su pistola y le apuntó; al verla, la sirena miró la lanza que aun llevaba, abrió su mano y la dejó caer. La policía sabía lo que eso significaba y guardó lentamente el arma en el cinturón.

¿Quién era esa criatura?, ¿qué era esa criatura? No lo sabía. La sirena extendió su mano y Roxana vio el anillo que en ella había. La criatura hizo un gesto con la cabeza indicándole que lo tomara. Era de Alejandro; una sonrisa se dibujó en el triste rostro de la humana, también en el de la sirena. Roxana comprendió que Alejandro estaba vivo; había una esperanza de recuperarlo, pero necesitaba datos; Roxana necesitaba más información. ¿Cómo comunicarse?, eran tan distintas; el cerebro de los humanos era tan lento, tan mecánico.

La sirena de pronto abandonó la roca y volvió al agua. -Espera; gritó Roxana. Con una ola que rompió, la sirena se sentó en la orilla. Después de pensar un rato empezó a dibujar en la arena; dibujó la torre y dibujó las celdas con humanos dentro; dibujó sirenas machos y hembras con lanzas fuera de las celdas; dibujó mujeres y hombres con armas amenazando a los humanos y a las sirenas. Dibujó la isla y la mina. Dibujó a los humanos esclavizados y a los captores con cascos llenos de líquido.

Roxana comprendió; pero también se dio cuenta de que la estaban tratando como a una niña.

-¿Cuántos son?; preguntó mostrando sus dedos al contar.

La sirena empezó a hacer rayas bajo cada figura. Veinte humanos, cien sirenas y quince humanoides acuáticos. Solo quince; Roxana meditó, debían ser muy fuertes o sus armas muy convincentes. Ahora faltaba averiguar lo más importante, ¿dónde estaban prisioneros?

-Si tan solo me pudieras mostrar el lugar; dijo Roxana. En eso recordó que poco antes de salir de vacaciones, cargo una versión móvil de mapas del fondo marino en su celular, solo por curiosidad, sin ningún fin; parece que ahora podría serle útil. Despacio sacó su móvil; buscó distintos mapas y los fue mostrando a la sirena; esta los miraba con atención y movía la cabeza en forma negativa; varios mapas, pero nada; finalmente la sirena recorrió con su mano uno de los mapas y apuntó con un dedo en la pantalla. Al fin Roxana tenía una ubicación; la aplicación le indicó las coordenadas. Al momento de sacar el celular, la policía encendió la cámara frontal del teléfono; la sirena había quedado grabada en un video mientras revisaba los mapas.
-Muchas gracias; dijo Roxana a la sirena, mientras tomaba sus manos y depositaba en ellas el medallón que Alejandro le había regalado. La criatura sonrió y volvió al agua, desapareciendo en ella.

-¿Y ahora qué hago?, eso está en alta mar; meditó Roxana.

-¡Papá!, hola; necesito tu ayuda, es urgente que hablemos; se comunicó Roxana con su padre el Prefecto López. -Por teléfono no puedo darte ningún detalle, es algo extremadamente delicado. Veámonos en el restaurante de siempre a las seis; te esperare. Chao y gracias.

En una mesa reservada de un lujoso restaurante, Roxana espera a su padre. El alto oficial llegó al poco rato.

-Hola cielo. ¿Qué ocurre hija? ¿Por qué tanto misterio?; preguntó él.

Con voz muy baja Roxana trata de explicarle la situación a su padre. -Estoy a cargo de la investigación de los suicidios en el litoral central. Una de las víctimas aparentemente es Alejandro; el oficial se sorprendió y tomó las manos de su hija, en un típico gesto de él para infundirle valor. -Sin embargo; prosiguió ella, hay antecedentes que indican que él y los demás desaparecidos han sido secuestrados y se encuentran cautivos como esclavos.

-¡Esclavos!; exclamó el Prefecto López.

-Según parece están extrayendo un metal desconocido, según el jefe de criminalística del cuartel regional de la policía. Según indicó, las propiedades físicas y químicas superan al titanio, al diamante y al oro combinados. La noche que desapareció Alejandro encontré esto en la playa y la llevé a criminalística para que la analizaran; el especialista de la unidad no daba crédito a lo que descubrió; Roxana le pasó la bolsa con la pulsera.

-¿Quién es el especialista que hizo el análisis?; preguntó el prefecto.

-El Doctor Rolando Faundez; contestó Roxana.

-¡Rolando Faundez!, vaya; exclamó el prefecto. -Él es uno de los grandes misterios de la policía; un científico de su nivel que se dedica a la investigación policial.

-Según un informante muy especial, las víctimas están en una isla en alta mar, cautivos en una prisión submarina. Tengo las coordenadas, el número de víctimas, el número de guardias, que también son esclavos y el número de los perpetradores. No quisiera imaginarme qué pasaría si ese metal cae en malas manos papá; concluyó Roxana.

-¿Tu informante estaría dispuesto a atestiguar?; preguntó el Prefecto López.

Había llegado la parte más difícil de explicar.

-La verdad es que es algo especial, digamos que no es algo común; contestó evasivamente Roxana.

-Sin rodeos comisario; ordenó el prefecto.

-Está bien Señor; contestó la policía, al momento que mostraba el video a su padre.

-¿Qué es esto hija?; preguntó confundido.

-Mi informante; contestó Roxana. -No es broma, ni estoy loca; yo misma gravé ese video, toqué y me comuniqué con esa criatura. Según me informó, hay veinte prisioneros, cien centinelas como ella, también prisioneros y quince perpetradores. Los prisioneros están recluidos en una instalación submarina, vigilada por esas especies de sirenas; la prisión está conectada con la isla mediante un ascensor. Los perpetradores vigilan a los prisioneros protegidos con cascos, ya que aunque en apariencia son como nosotros, pueden respirar solo bajo el agua. Los secuestradores están provistos por lo que parece ser algún tipo de arma electrónica que neutraliza con un golpe de intenso dolor. Para ellos tiene una importancia primordial la extracción de ese metal.

El oficial escuchaba en silencio. Su hija se había acercado a él como policía y no como su pariente, así es que sabía que ella no bromeaba; al fin y al cabo él mismo la había entrenado y educado.

-Si lo que me dijiste es verdad, si ese metal cae en malas manos, pondría en peligro la seguridad nacional. ¿Quién más sabe de todo esto?; preguntó.

-Solo tú y el Doctor Faundez; contestó Roxana.

-¿Sabe también de las sirenas?; consultó.

-No, eso no lo sabe; contestó Roxana.

-No necesita saberlo; ordenó el prefecto. -Ahora quiero que vayamos a ver al doctor.

Como de costumbre, el Prefecto López empezaba a compartimentalizar la información; parecía más un espía que un policía y eso inquietaba a Roxana.

Unas cuantas horas después, padre e hija ingresaban a uno de los cuarteles regionales de la policía y se dirigían al laboratorio del Doctor Faundez.

-Prefecto López, comisario. ¿A qué se debe el honor de su visita?; saludó el analista.

-Comandante; saludó respetuosa Roxana ante el oficial superior.

-Doctor Faundez. ¿Usted analizó una evidencia metálica que le trajo la comisario?; interrogó el prefecto.

-Así es prefecto. La comisario solicitó máximo secreto al respecto; contestó el especialista.

-Actuó apropiadamente comandante; asintió el alto oficial. -Si su primera impresión es correcta, el mal uso de ese metal podría comprometer seriamente la seguridad nacional.

-Coincido con usted prefecto. La resistencia a altas presiones de dicho metal supera la del titanio; su dureza es mayor que la del diamante; su incapacidad para reaccionar con otros elementos, lo vuelve totalmente incorruptible y su estructura cristalina impide que pueda ser roto o penetrado. Una coraza creada con él sería indestructible y un proyectil podría romper cualquier blindaje; informo el comandante de criminalística.

-Comandante Faundez, por favor prepare un informe lo más detallado posible de esta sustancia, incluyendo sus apreciaciones en lo que a potencial defensivo y ofensivo se refiere. Las máximas autoridades deben ser puestas al tanto, para que tomen las medidas pertinentes; además quisiera que usted, con sus propias palabras explique a las autoridades sobre su descubrimiento; solicitó el prefecto.

Unas horas después un auto junto a dos escoltas sin marca salían del cuartel policial; en su interior iban el Prefecto López, la Comisario López y el Comandante Faundez, llevando el informe y la pulsera en un estuche sellado.

Cuando ya estaban en la capital, a unas cuadras del centro se les acercaron dos automóviles con los vidrios polarizados; al observarlos, Roxana advirtió a su padre. -Esos autos nos siguen.

-Tranquila, nos escoltarán desde este lugar a nuestro destino; explicó él.

-¿Vamos al cuartel general?; preguntó Roxana.

-¡No!, vamos a reunirnos con el Director de la Agencia Nacional de Inteligencia; explicó el prefecto.

-Pero por aquí no vamos a la oficina de Calle Tenderini; observó Roxana.

-Esa es solo para la televisión, vamos a la otra; dijo su padre.

Los vehículos entraron a un paso bajo nivel y se enfilaron hacia una bifurcación cerrada por una valla de trabajo. Roxana pensó que se estrellarían, pero no fue así, ya que la valla se desplazó al aproximarse el primer auto.

Los tres automóviles se detuvieron en una zona cuadrada sin ninguna marca o señal; Roxana estaba confundida. En eso el piso empezó a bajar. Estaban sobre un gran montacargas que los llevó varios pisos bajo tierra. Aparentemente el trabajo de su padre tenía ramificaciones que ella no sospechaba.

Cuando el ascensor se detuvo descendieron del auto y una puerta se abrió. Tras ella cuatro guardias armados los esperaban; después de verificar sus identificaciones, uno de ellos dijo escuetamente: -El Director los espera, síganme. Tras recorrer un largo pasillo, llegaron a una puerta metálica que se abrió y los guardias se retiraron. Después de las presentaciones de rigor, el Prefecto López pidió al Doctor Faundez que relatara su descubrimiento al Director de la Agencia Nacional de Inteligencia.

-Hemos descubierto que se está extrayendo en forma clandestina un metal con características muy especiales. Sus implicaciones tácticas superan todos los materiales conocidos actualmente. Puede resistir cualquier tipo de impacto y perforar cualquier sustancia. En este informe puede ver todos los detalles técnicos al respecto; explicó el científico.

-Si ese metal cae en las manos de nuestros vecinos, nuestra soberanía podría verse seriamente comprometida. Si cubrieran sus vehículos y naves con él o fabricasen proyectiles, nuestras fuerzas armadas no podrían parar su avance; opinó el Prefecto López, que ahora hablaba como un estratega militar más que como un policía.

-Comprendo; dijo simplemente el Director. -Doctor Faundez, en nombre de la Nación debo darle las gracias por su gran aporte; desde aquí nos encargaremos nosotros.

El Doctor Faundez comprendió que su presencia ya no era requerida. -Gracias señor Director. Si usted me disculpa, pero la labor policiaca no se detiene y se requiere mi presencia en mi cuartel.

-Comprendo Comandante; puede retirarse. Una escolta lo llevará hasta donde usted desee. Entenderá que la discreción en este caso es de seguridad nacional, lo mismo que la existencia y ubicación de estas dependencias; advirtió solapadamente el Director.

-No se preocupe señor Director, se guardar secretos; respondió el Comandante Faundez.

Una escolta condujo al comandante al cuartel regional de la policía. Cuando encendió su computador, se percató de que todos los datos e informe relacionados con el extraño metal habían sido borrados. Bajo el teclado encontró un papelito que decía “Prefecto López”. -Adiós Premio Nobel; comentó el científico que se encogió de hombros y se puso su bata de trabajo.

En el cuartel de la ANI, los policías siguen reunidos con el Director de inteligencia.

-Tenemos las coordenadas y datos estratégicos de la operación clandestina de extracción; dijo el Prefecto López, mirando a su hija para que explicara.

-La extracción es en una isla en alta mar; veinte prisioneros la realizan bajo el control de quince elementos hostiles armados; los prisioneros son alojados en una instalación submarina, vigilada por cien guardias, también cautivos; las celdas están conectadas con la isla a través de un ascensor; informó Roxana.

-El viaje ha sido largo hasta aquí, supongo que deseará comer algo señorita. Un guardia la acompañará a la cafetería; le ofreció el Director.

Cuando quedaron solos el policía se paseó preocupado. -Tenemos otro problema Director; mientras le mostraba el video grabado por Roxana. -Esa es la informante de mi hija y uno de los cien guardias submarinos; indicó el policía.

-¿Quién más lo sabe?; preguntó el Director, mientras borraba el video.

-Solo mi hija; respondió el Prefecto.

-Ella no debería saber la existencia de las sirenas; comentó el director de inteligencia. Tenemos dos alternativas Prefecto, usted lo sabe.

-Mi hija es totalmente confiable y discreta. Puedo responder por ella Director; habló el policía.

-Por eso le dije que hay dos alternativas; si no fuera su hija simplemente la haríamos desaparecer. La opción que le ofrezco es reclutarla en nuestras filas; respondió el Director.

-Que pase; dijo el Director por citófono. Un guardia hizo entrar nuevamente a Roxana a la oficina de Director.

-Comisario López, su padre me ha informado que su discreción al manejar la información referente a este caso y a todas sus ramificaciones; así como su desempeño en la policía, la harían un valioso elemento en la seguridad de la Nación. Le haré un ofrecimiento que le recomiendo aceptar; es un nuevo trabajo; dijo el Director a Roxana.

-Ya tengo un trabajo como policía; respondió Roxana.

-Y puedes seguir desempeñándolo; dijo su padre. -Lo que se te ofrece es ingresar a la Agencia Nacional de Inteligencia.

-¿Cómo tú papá?; preguntó Roxana.

-Su padre es un miembro de muy alto rango en la agencia; confesó el Director.

Roxana vio su teléfono sobre el escritorio y comprendió que había tenido acceso a secretos que algunas personas preferían mantener así. Entendió que se hallaba entre espías y que lo que le ofrecían no estaba en discusión; la alternativa podía ser muy perjudicial para su salud y aceptar parecía ser la única forma de salvar a Alejandro. Respiró hondo y al fin aceptó.

-La felicito, bienvenida a la Agencia Nacional de Inteligencia; le estrechó la mano el Director.

-Por como mira su teléfono, supongo que se preguntará desde cuando sabemos de la existencia de las sirenas. La verdad es que desde hace varios años. Logramos un acuerdo con su especie; ellas nos ayudan a vigilar nuestra soberanía bajo el agua y nosotros no interferimos con su forma de vida, ni su sociedad. Hace unos años nos percatamos de la desaparición de varias de ellas, pero no le dimos mayor importancia; ahora sabemos, gracias a usted, que habían sido tomadas prisioneras, por los mismos que secuestraron a nuestros compatriotas; se explayó el Director.

-La alianza con esa especie es estratégica para la seguridad de nuestro país; así es que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para rescatar ilesas a todas las sirenas y a nuestros compatriotas también comisario; dijo el Director.

-Desde ahora el alto mando se encargará de todo. Recuerden que esto es un secreto de máximo nivel. Pueden retirarse; terminó el Director, dirigiéndose al Prefecto López y a su hija.

Alejandro se alegró de ver a la sirena que lo había ayudado. Cuando no había nadie cerca, ella se acercó y tomando las manos de él, depositó en ellas el medallón de Roxana. Primero la sorpresa, después la alegría se apoderaron de la mente del hombre; la sirena se estaba arriesgando mucho por él y él lo agradecía enormemente. La criatura volvió a su puesto de guardia justo a tiempo para no ser vista por un hombre acuático que se acercaba.

El Director de la ANI citó a una reunión urgente a los personeros más importantes y necesarios para enfrentar la delicada situación. En tres automóviles separados llegaron los implicados. Francotiradores estaban apostados en todos los edificios aledaños. La seguridad era extrema; ya que había convocado al Almirante en Jefe de la Armada, al Almirante Comandante de la Flota, al Ministro de Defensa y en forma extraordinaria a Su Excelencia El Presidente de La República. Cuando todas las altas autoridades estaban reunidas junto a él, el Director de la ANI ordenó sellar el salón hasta nueva orden.

-Señor Presidente, Señor Ministro, Señores Almirantes; los he citado en forma urgente y extraordinaria porque nuestros agentes han descubierto una situación que afecta directamente a la seguridad nacional y pone en riesgo nuestra soberanía y nuestras alianzas estratégicas. Frente a ustedes tienen informes detallados.
Después de leerlos, el primero que habló fue el Ministro de Defensa. -¿Pretende burlarse de nosotros y de Su Excelencia El Presidente de La República, señor Director?

-Señor Ministro, lo que menos hace la Agencia Nacional de Inteligencia es jugar bromas. Cada uno de los antecedentes que ahí se menciona son ciento por ciento reales; gruñó el Director.

-Pero sirenas, es imposible; seguía sin dar crédito el Ministro de Defensa.

-Las sirenas son nuestros aliados estratégicos a los que se refiere el señor Director; aclaró el Almirante en Jefe.

-De hecho fui yo quién ordenó el establecimiento de dicha alianza en mi anterior período presidencial; confesó el Presidente de La República.

-La información que disponemos indica que hay cien sirenas y veinte humanos cautivos de quince humanoides acuáticos; los cuales los obligan a extraer un metal que si cae en manos enemigas, nuestra capital tendría que ser trasladada hasta la Antártica, porque perderíamos todo el territorio nacional. A las sirenas las obligan a vigilar a los humanos en una prisión submarina. La vigilancia en tierra la realizan los quince humanoides hostiles; los cuales deben llevar cascos fuera del agua, ya que no pueden respirar aire; eso les hace fáciles de identificar. Los hostiles están armados con bastones que lanzan un pulso que provoca un intenso dolor, inutilizando a su víctima; no sabemos si además tengan efecto letal, pero debemos suponer que sí.

-Nuestra primera prioridad es detener la extracción del metal; opinó el Ministro de Defensa.

-Debemos, en lo posible, liberar a todos los prisioneros; dijo el Almirante en Jefe. -Si permitimos que sirenas mueran en nuestras aguas territoriales, nuestra alianza con ellas se podría ver afectada.

-Tampoco debemos olvidarnos de nuestros compatriotas; comentó el Presidente de La República.

-Se requiere una acción coordinada en superficie y profundidades para asegurar el éxito de la misión; opinó el Almirante en Jefe de la Armada.

-Uno de los Scorpene puede encargarse de las acciones submarinas; mientras que una fragata de clase 23 es apropiada para un ataque de superficie rápido y preciso; y una unidad de desembarco y asalto se encargará del rescate de los rehenes en la isla; en cuanto a las sirenas, podemos ponerlas sobre aviso en la forma habitual, para que evacuen la zona cero antes del ataque; planteó el comandante de la flota.
-Muy bien Almirante; desde este momento usted queda al mando de las operaciones de rescate y neutralización, teniendo carta blanca; dijo el Presidente al comandante de la flota.

-Muy bien Su Excelencia; yo mismo asumiré el mando de la fragata, para poder coordinar en terreno las operaciones; respondió el aludido.

En una noche cercana desde un bote tiran al agua una bolsa plástica con una baliza señalizadora; en su interior escrito en una tela plástica un mensaje en un extraño idioma. A los pocos minutos, una mano membranosa se apodera de la bolsa. Las sirenas habían sido informadas de los planes de rescate de los prisioneros. El mensaje corrió de boca en boca hasta que todas las sirenas cautivas fueron puestas sobre aviso. El momento del rescate había sido informado a todas; los humanos atacarían en el momento establecido en forma puntual; todos los prisioneros debían alejarse lo más posible de la construcción enemiga. El ataque era inminente y los humanos no se detendrían; la cuenta atrás ya había comenzado.

Días después, durante una noche oscura sin luna, varias figuras silenciosas, sigilosas llegaban en el agua hasta la orilla de la isla. Una unidad de asalto de la armada tomaba posiciones de combate, en las inmediaciones de la mina de metal. Cargas explosivas fueron colocadas ocultas en el ascensor que comunicaba con la prisión. No se permitiría el regreso a las instalaciones submarinas.

A cincuenta kilómetros de ahí el Almirante en Jefe de la Flota, en el puente de mando de la fragata, ordena cargar las coordenadas de la isla en las computadoras de combate. Inmediatamente, las baterías lanza misiles se apuntan hacia el lugar señalado.

A dos mil quinientos metros de la siniestra prisión submarina un submarino clase Scorpene permanece oculto en modo de navegación silenciosa; su sonar furtivo tiene localizado su objetivo.

Los trabajos de extracción del metal comienzan temprano al amanecer. Los veinte esclavos son llevados por sus captores hacia la mina. El comandante de la unidad de asalto identifica a los quince captores armados de extraños bastones.

Alejandro cansado deja caer por accidente su herramienta; molesto un guardia levanta su bastón para castigar su torpeza. El golpe se demora y nunca llega; las piernas del hombre se doblan y Alejandro lo ve caer silenciosamente con un puñal clavado en la base de la nuca. Una sombra y una mano en su boca le impiden hablar. Frente a él un soldado le indica con un dedo en la boca que guarde silencio y se oculta junto con el cadáver.

El capitán aprieta un botón en su reloj; informando mediante una señal al submarino y a la fragata que el ataque ha comenzado.

Una violenta explosión destruye el acceso al ascensor; la confusión y el desorden se apoderan de todos. Los guardias se ponen en alertas ante el ataque. Una mujer ve a uno de los soldados y apunta hacia él, haciéndolo caer retorciéndose de dolor; ella misma cae a su vez con el pecho atravesado por varios impactos de bala. Tanto soldados, como prisioneros y secuestradores se parapetan detrás de las rocas, para protegerse de los ataques de los otros. Los seres acuáticos cambian la posición de disparo en sus bastones. Trozos de rocas saltan por el aire al ser tocadas por las descargas de las extrañas armas.

Uno de los soldados es alcanzado por una descarga y lanzado fuerte al suelo. El médico corre a revisarlo. -Capitán, está muerto; informa a su jefe.

Los extraños están muy bien resguardados y sus armas son muy poderosas. El capitán toma la decisión más lógica al respecto. -Solicite apoyo a la fragata; ordenó al radioperador. Mientras tanto un soldado marca con un laser la posición exacta de los enemigos. A cincuenta kilómetros de ahí, el Almirante ordena el lanzamiento de un misil Harpoon contra el blanco fijado. A los pocos segundos sobre la isla se divisa un punto que se aproxima rápidamente hacia ella. En medio del fragor de la batalla, solo cuatro hostiles logran percatarse y alcanzan a lanzarse al mar por el acantilado que había a unos cuantos metros del lugar donde estaban.

La enemiga posición revienta en una bola de fuego bajo la explosión del proyectil lanzado por el buque de guerra. Cuerpos destrozados y equipo es lo único que queda luego del impacto de un proyectil conocido como el Asesino del Mar.

Veloces nadan los cuatro extraños sobrevivientes del ataque; les llama la atención el hecho de que no haya ninguna sirena en las cercanías de la base, pero no hay tiempo que perder preocupándose de eso. Lo único que importa ahora es poder llegar a uno de los vehículos de emergencia.

-Fuego torpedos uno y tres, ordenó el capitán del submarino. Dos Black Shark se acercaban silenciosos e imparables contra la base submarina.

Los cuatro fugitivos apresurados encienden los impulsores del submarino de emergencia, justo cuando la siniestra construcción revienta en mil pedazos tras el impacto de los dos torpedos.

-Capitán, un submarino enemigo está escapando señor; informa el operador de sonar.

-Persíganlo, no permitan que escape; ordenó el capitán. -Disparen torpedos dos y cuatro. Implacables como tiburones siguiendo un rastro de sangre, los proyectiles persiguieron y a los pocos minutos parten a la mitad a la nave enemiga.

En la isla los soldados piden transporte para llevar de vuelta a tierra a los recién rescatados prisioneros. En maletines especiales almacenan los bastones y distintos objetos que llevaban los extraños; especial atención prestan al casco y al líquido que contenía. Todo lo cual fue posteriormente transportado a las instalaciones de la ANI.

Tras tres semanas internados en el Hospital Naval, bajo estricto control de agentes de la ANI; las víctimas del secuestro fueron dadas de alta, tras ser sometidas a un completo lavado de cerebro para hacerles olvidar la existencia de las misteriosas sirenas. Todos; excepto a Alejandro, por petición especial del Prefecto López.

Roxana trataba de readaptarse al hecho de haber recuperado a su pareja tras una experiencia que nadie creería si la escuchara o si leyera estas páginas.

-Quiero que conozcas a alguien; dijo la mujer a Alejandro, mientras dirigía su automóvil hacia una bifurcación cerrada por una valla en un paso bajo nivel de la capital.

Mientras tanto, en el mar nada libre una sirena, que lleva gustosa en su cuello el medallón que una vez perteneciera a una humana que conoció poco antes de recuperar su libertad.

 

Pueblo chico 9 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

Pueblo Chico

-Al fin llegamos; dijo Francisco  al resto de la familia. -Este es nuestro nuevo hogar.

Aunque había sido una decisión que habían tomado los cuatro, Juana y Jorge no estaban muy convencidos aún de que este pequeño pueblo lejos de la ciudad sería suficiente para ellos; al fin y al cabo, habían dejado atrás su colegio, sus amigos y toda la diversión que había en la capital. Sin embargo, el papá y la mamá decían que era mejor vivir en un pueblo pequeño que en una ciudad grande, ruidosa, llena de humo y con una delincuencia en aumento.

Mireya se sentía como una niña con vestido nuevo. Siempre había deseado vivir lejos de la ciudad.

-Bueno familia, esta es nuestra nueva casa; dijo ella.

La propiedad era una casa de cuatro habitaciones, un gran living, una sala que mamá utilizaría para poder pintar, y una biblioteca qué papá usaría de estudio. Aunque era más grande que el departamento en el que vivían en la ciudad, algo le faltaba según los niños. En el pueblo no había discoteques, cines y mucho menos un centro comercial.

En una semana Juana y Jorge ya se habían integrado socialmente en el único liceo del pueblo.

-¿Qué tal el liceo?; preguntó Francisco a sus hijos.

-Está bien; contestó Juana.

-Lo más entretenido son las cosas que cuentan de la bruja; agregó Jorge.

-¿Qué bruja?; consultó curiosa Mireya.

-Dicen que una tal Miranda es una bruja que hace hechizos, sacrificios y cosas por el estilo; contó Juana, repitiendo lo que le habían contado.

-Al menos algo entretenido tiene este pueblo; opinó Jorge.

-¿Qué más dicen de esa tal Miranda?; quiso saber Francisco.

-Bueno, que es una vieja fea, que vive en la última casa de esta calle y que desde que llegó a vivir al pueblo pasan cosas raras; continuó Juana.

-Lo más raro son las desapariciones que ha habido desde que llegó; siguió Jorge.

-¿Y ustedes creen todos esos cuentos?; les preguntó Mireya.

-Claro que no mamá, pero al menos sirve para entretenerse un poco; rió Juana.

Los días pasaron y sin nada mejor que hacer, la vieja Miranda se convirtió en el tema favorito de los niños.

-Te desafío a ir a la casa de la bruja; dijo un día Jorge a Juana.

-¿Crees que soy una niñita que se asusta con cuentos?; respondió desafiante Juana.

Los dos hermanos se acercaron sigilosamente a la casa; la puerta estaba junta así es que pudieron entrar sin problema. Las cortinas cerradas conferían un aire sobrenatural al ambiente en penumbras del interior. Juana se quedó pegada ante una de las murallas de la sala de estar; varios diplomas de distintas universidades colgaban de ella. En eso estaban cuando la puerta de calle se cerró de golpe a sus espaldas.

Asustados se volvieron y quedaron mudos de la impresión al ver la silueta de una mujer parada frente a ellos, que se acercaba lentamente.

-No deberían entrar sin permiso en una casa ajena; les reprendió la mujer.

-Disculpe señora, nosotros solo…; Juana no terminó de hablar porque la mujer la interrumpió.

-Sí, lo sé, vinieron a ver cómo es la casa de la vieja bruja; dijo la mujer caminando hasta un punto donde daba la luz del sol, mientras se acomodaba su negro y ondulado cabello.

La luz alumbró completamente a la recién llegada. Los niños quedaron impresionados por su aspecto; ante ellos tenían a una mujer de unos treinta y cinco años cuando mucho, de cabellera negra y ondulada, delgada y de un rostro muy agradable. En vez de una vieja bruja, a Jorge le pareció más una actriz de cine o televisión.

-Lo sentimos mucho señora, no teníamos ningún derecho a entrar a su casa; se disculpó Jorge.

-Es cierto, no tenían ningún derecho; repitió la mujer.

-¿Ustedes no son de aquí, verdad?; interrogó ella.

-Llegamos hace dos semanas a vivir al pueblo; respondió Juana.

-Y supongo que querían comprobar personalmente si era verdad lo que cuentan de la bruja; concluyó la mujer.

-Sí, algo así; contestó avergonzado Jorge.

-Al menos deberían decirme sus nombres por respeto; dijo ella.

-Él es Jorge y yo soy Juana; presentó la niña.

-Yo me llamo Miranda; se presentó a sí misma la mujer.

-¿Y qué les ha parecido la bruja?; preguntó sarcástica.

-¡Yo no creo en brujas!, ¡Ni yo!; contestaron ambos niños.

-¿Acaso no conocen el dicho “Yo no creo en brujas, pero de haberlas las hay”?; les preguntó Miranda.

-¡Ja!; rió Jorge.

Juana volvió a mirar los marcos colgados en la pared. -¿Qué son esos?; preguntó.

-Son diplomas de mis estudios. Las brujas debemos estudiar mucho; contestó la mujer. -Vengan, les voy a mostrar la cueva donde hago mis hechizos y pócimas; los invitó mientras habría una puerta que permanecía cerrada con llave.

Los niños entraron algo nerviosos; cuando Miranda encendió la luz, se maravillaron. En un escritorio había una computadora; largos mesones estaban llenos de matraces, redomas, tubos de ensayo, mecheros, balanzas, equipos electrónicos y dos microscopios; en unas jaulas había algunos conejos, con gráficos y datos a su lado.

-Pero si esto es como un laboratorio; exclamó Jorge mientras miraba por uno de los microscopios.

-Es increíble, dijo Juana mientras miraba los números que aparecían en la pantalla de la computadora.

-En realidad sí es un laboratorio; dijo Miranda, mientras de un colgador tomaba una blanca bata en la que se leía Doctora Miranda Cortez; Facultad de Ciencias; Universidad de Madrid.

-¿Es una científica?; preguntó emocionada Juana.

-¿Y qué investiga?; quiso saber Jorge.

-De a uno niños; trató de controlar la lluvia de preguntas que veía venir. -Sí, soy científica; estoy investigando nuevas anestesias sacadas de plantas que crecen en esta región. Supongo que es porque  junto plantas y cazo conejos que los niños de los alrededores creen que soy bruja; meditó para sí misma.

-Sí, es que en los pueblos chicos la gente es muy supersticiosa; dijo Juana.

-Supersticiosa y tonta; agregó Jorge.

-Bueno niños, sus padres ya deben estar preocupados por ustedes; observó Miranda viendo la hora en un reloj en la pared.

-Es cierto; notó Juana.

-¿Podemos venir otra vez?; preguntó Jorge.

-Cuando quieran, pero pídanle permiso a sus padres; consintió la mujer.

-Derecho a casa y pórtense bien, o la bruja los va a ir a buscar; dijo Miranda, poniendo cara de mala.

Todos rieron de buena gana y se despidieron con un gesto de la mano.

Durante los siguientes días, después de terminar sus deberes escolares, Juana y Jorge se iban a casa de Miranda; donde ella les contaba de sus experimentos y les enseñaba algunas cosas de ciencias; lo cual redundó en un aumento en las notas de los niños en matemáticas y ciencias; y eso tenía contentos a los papás de ellos. Una tarde pasó Francisco a buscar a sus hijos a casa de la científica.

-Hola, tú debes ser Francisco, el papá de estos listos muchachitos; saludó Miranda.

-Hola, sí, soy yo. Vaya, no eres el tipo de bruja que esperaba encontrarme precisamente; contestó él a modo de saludo.

-Voy a tomar eso como un cumplido; contestó ella jugando con su cabello.

Esa noche Francisco soñó con Miranda, pero prefirió no comentárselo a nadie.

Las noches siguientes los sueños se repitieron y fueron aumentando de intensidad. En uno de ellos, Francisco se veía caminando en medio de la noche y entrando en la casa de la mujer, cuya puerta se cerraba tras él.  Durante todas las noches de esa semana ese sueño se repitió.

La lluvia de los últimos días había formado un gran barrial en la calle. Mireya estaba de muy mal humor; alguien había entrado en la noche con los pies llenos de barro. Siguiendo  las pisadas, encontró los zapatos de Francisco sucios.

-¿Dónde fuiste anoche?; preguntó Mireya a Francisco.

-¿Yo?, no he salido a ninguna parte; contestó él.

-Mira tus zapatos y el suelo; le mostró Mireya.

-Pero no entiendo; no recuerdo nada. Lo único es que llevo una semana soñando que salgo a caminar en la noche; respondió él.

-¿Sonámbulo?; conjeturó Mireya.

-No creo,…no lo sé…; contestó confundido Francisco.

-Creo que es necesario consultar un médico; sugirió Mireya a su esposo.

El diagnóstico del médico indicó que Francisco estaba padeciendo de un caso de sonambulismo provocado por estrés; nada serio ni difícil de controlar con unos cuantos calmantes.

Extrañamente, los niños que siempre habían sido tranquilos y obedientes, se empezaron a tornar agresivos y muy rebeldes. Esta alteración de comportamiento, Mireya la asoció al cambio de ambiente y de rutina que implicaba el cambiar de pueblo, colegio y amigos; y esto también podía explicar el estrés y sonambulismo de Francisco.

Juana y Jorge llegaron sin aviso a casa de Miranda; era cerca de las diez de la noche. La puerta estaba abierta, el laboratorio cerrado; la dueña de la casa no parecía encontrarse en ella. Al final del pasillo, los niños escucharon voces que venían desde un sótano que no sabían que existía; curiosos empezaron a bajar las escaleras. Lo que vieron les pareció sacado de una película; parada junto a una mesa de piedra estaba Miranda, empuñando un cuchillo sobre el pecho de una joven inconsciente; un gran caldero hirviendo, un pentagrama gravado en el suelo, la estatua de una especie de demonio a la cabecera de la mesa y las antorchas que iluminaban lo que parecía ser una caverna, conferían a la escena un aire surrealista. Al percatarse de la presencia de los niños, la puerta del sótano se cerró y la hoja del cuchillo se clavó en el corazón de la mujer; justo en ese instante el contenido del caldero se agitó violentamente y los ojos de la estatua se iluminaron; el cabello de Miranda se mecía movido por un viento inexistente.

-Creo que han descubierto mi pequeño secreto niños; habló la bruja.

Los niños estaban aterrados; las habladurías que circulaban por el pueblo en torno a la bruja eran ciertas. No sabían cuánto tiempo había pasado, de pronto la puerta del sótano se abrió y con paso lento, Juana y Jorge vieron descender a su padre por la escalera, el cual parecía estar dormido.

-Esta noche va a ser muy especial; dijo Miranda. -Gracias a ustedes hoy tendremos tres sacrificios más para ofrecer al señor de las tinieblas.

Sin poder resistirse, Juana caminó hacia la mesa de piedra, que ahora estaba extrañamente vacía y se acostó en ella. La bruja levantó el cuchillo y cuando estaba por clavarlo en el corazón de la niña, la puerta del sótano se abrió de golpe y el puñal voló de su mano. La hechicera miró hacia la puerta abierta.

-¡Mireya!, ha pasado mucho tiempo desde la última vez; saludó Miranda.

-Veo que has cambiado tu nombre Kasandra; contestó a modo de saludo la madre de los niños, que yacían inconscientes.

-Ya sabes que la gente sospecha cuando una no envejece; contestó Kasandra.

-Me temo mucho que no podré permitir este sacrificio querida hermanita; dijo Mireya.

Ante un gesto de Kasandra el puñal voló hacia Mireya, pero éste se desvió y clavó en una pared  antes de tocarla. Kasandra fue lanzada lejos por un gesto de Mireya. De igual forma, Kasandra derribó a la madre de los niños. El contenido del caldero hervía con violencia en medio de la batalla de las dos brujas.

-Lo siento mucho hermana, pero no saldrás viva de aquí; ni tu familia tampoco; amenazó la bruja Kasandra. Una esfera de luz salió del anillo de Kasandra y voló hacia Mireya, que aún se encontraba en el suelo, quien levantando una mano, la cogió y apagó en su palma.

Sin que Mireya se percatase, Francisco tomó el puñal que había quedado clavado en el muro y se dirigió con él en alto  por detrás de su esposa. Cuando estaba a punto de clavárselo en la espalda, la bruja se volvió y en un gesto instintivo puso  la mano por delante y Francisco fue lanzado contra la pared, quedando sin sentido.

-Ya te lo dije Kasandra, no permitiré este sacrificio; dijo Mireya furiosa poniéndose de pie y avanzando se paró en el centro del pentagrama. -Recuerda que solo puede haber una bruja en un pueblo.

Levantando los brazos al aire, las llamas de las antorchas volaron por toda la cueva y empezaron a girar alrededor de Kasandra y ante un gesto de Mireya, como si aplastara algo en el aire, éstas golpearon a Kasandra, envolviéndola en llamas.

Los gritos de dolor de la bruja llenaron la cueva; el caldero hervía con fuerza y los ojos de la estatua fulguraban intensamente.

-Ya te lo dije hermana, solo puede haber una bruja por pueblo; repitió Mireya.

Francisco y los niños fueron despertados en sus camas por las sirenas y luces de los bomberos que acudían a apagar el incendio en la casa de la científica Miranda Cortez.

En su mano derecha Mireya lucía el viejo y extraño anillo que su madre le regalara hace años.

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Amor De Madre 8 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Amor De Madre

-¿Mamá, puedo ir al paseo con Timi a la cabaña de los papás de Frani?; preguntó Marcia con tono seguro de que así sería; es que con sus doce años ella ya podía valerse por sí sola, al menos eso pensaba, además Timi ya tenía diez años y no era un bebe.

-¿Qué opina tu padre?; preguntó Isabel.

-Dice que está bien pero que te pregunte a ti; contestó la niña.

Dos semanas en el campo a los niños les haría bien, el contacto con la naturaleza siempre es bueno, sobre todo a esa edad, pensó la madre; además serían dos semanas de descanso para ella también.

-Está bien, pueden ir, pero se cuidan y no hagan demasiadas travesuras y recuerden respetar la naturaleza; autorizó Isabel.

El sábado por la mañana Frani y su familia pasaban a buscar a Marcia ya Timi. Isabel despidió con un  beso en la frente a cada uno. -Por favor llámame por tu celular todas las noches; pidió a su hija mayor.

-Descuida mamá, yo te llamaré; contestó ésta ansiosa de partir ya.

Cuando el vehículo se perdió de vista, Isabel se volvió hacia su marido y lo abrazó. -Al fin dos semanas solo para nosotros dos; y lo besó.

Isabel trabajaba desde su casa como decoradora de exteriores; con dos hijos, un marido y treinta y cinco años bien llevados, sentía que no le faltaba nada; aunque a veces recordaba con cierta nostalgia su vida pasada junto a sus padres, hermanas y hermanos.

Todas las noches durante cinco días, Marcia llamaba para contarle lo que había hecho durante el día y para acusar a Timi de las “maldades” que no dejaba de hacer. Aunque Isabel sabía que en realidad era su hija quien comenzaba todas las travesuras; es que al fin y al cabo era la versión en pequeño de ella y no podía ser de otra forma, y realmente Isabel no quería que fuese distinta y menos traviesa. Las travesuras, según ella, estaban bien, eran una muestra de un espíritu libre y una mente abierta.

La siguiente noche el teléfono no sonó, ni la siguiente. -¿Por qué no me habrá llamado?; preguntó Isabel algo inquieta a su marido.

-Se le habrá olvidado; pensó Tomás.

Isabel marcó el número de Marcia, pero no hubo respuesta.

-Se habrá quedado sin batería; comentó Tomás para tranquilizar a su esposa.

A la noche siguiente sonó el teléfono, Isabel contestó rápido.

-¡Mamá ayúdanos!; se escuchó la voz de Marcia que hablaba casi susurrando. Se oyó un chicharreo y la comunicación se cortó.

-¡Hija! ¡Hija!, ¿Marcia qué ocurre?; contestó casi gritando Isabel, pero la llamada ya se había cortado.

-¿Qué pasa?; preguntó alarmado Tomás.

-Marcia pidió ayuda en voz muy baja, como si no quisiera que la escucharan, luego el teléfono se cortó; explicó la madre.

-Será una de sus bromas; opinó el padre.

-Esta vez no. Sentí miedo en su voz; replicó Isabel.

-Bueno, vamos donde los Reyes entonces a averiguar que pasa; decidió Tomás.

Tomás conducía rápido por la carretera que salía de la ciudad; a su lado, Isabel tamborileaba con los dedos, con los ojos fijos en el camino pero con la mirada muy distante.

-Ya verás que todo es un mal entendido; trató de calmarla él.

A las tres horas de conducir al fin llegaron a la cabaña de la familia Reyes, compuesta por Rosalba, Andrés y su hija Francisca de trece años. La luz estaba encendida; al golpear la puerta, ésta se abrió sola; en el interior el silencio era total, nadie había. Muebles volcados, vidrios rotos; todo indicaba que se había producido una pelea; sin embargo, no había rastro de los ocupantes.

-¿Qué ocurrió aquí?; preguntó Tomás.

-Debo encontrar a mis hijos; dijo en voz alta Isabel, más para sí que para su marido.

Ella salió de la cabaña y se acercó al borde del bosque, permaneciendo quieta y mirando hacia el interior de éste; de vez en cuando hacía un gesto con la mano.

-¿Con quién hablas?; preguntó Tomás.

-Con nadie, solo trataba de ver algo, lo que fuese; explicó Isabel. Una sombra se escabulló silenciosa entre los árboles.

-Vamos a buscarlos; pidió a su esposo.

-Mejor en la mañana, cuando esté más claro; aconsejó él.

-¡No! ¡Ahora!, ¡Vamos ahora!; insistió agitada Isabel.

-Está bien, deja ir por unas linternas; aceptó Tomás.

Apuntaron las linternas hacia abajo tratando de encontrar algún rastro. Isabel se movía con mucha soltura entre los matorrales, ramas y troncos caídos. De pronto, enganchado en una rama Tomás encontró un pañuelo.

-Es de Marcia; reconoció inmediatamente Isabel. -Pasaron por aquí. Son tres niños, una mujer y cinco hombres, cuatro de ellos llevan botas de cazar; dedujo ésta, tras revisar el suelo con la mano.

-No sabía que pudieses seguir un rastro en medio de un bosque en la noche; comentó admirado Tomás a su esposa.

-Te sorprendería lo que puede hacer una madre por sus hijos; respondió ella.

Unos cien metros más adelante hallaron el reloj de Timi. -Nos están dejando una pista; observó el padre.

-Tenían que ser hijos míos; dijo orgullosa Isabel.

Después de unos minutos, la mujer se agachó ante el celular de su hija; alguien lo había pisado hasta romperlo. La respiración de Isabel estaba agitada y en sus ojos se veía la rabia que la inundaba.

En una ruinosa cabaña en mitad del bosque había un niño, dos niñas, un hombre y una mujer amarrados sentados en el suelo. Sus captores, cuatro hombres armados con pistolas y un rifle. -Es una lástima que estos chiquillos nos hayan visto enterrar el dinero y matar a los guardias del camión blindado; comentó uno.

-Yo no voy a volver a la cárcel; dijo otro. -Vamos a tener que deshacernos de ellos; concluyó el que parecía ser el jefe.

A mucha distancia de ahí, Isabel miró hacia donde se hallaba la cabaña.      -Ya sé dónde están. Vamos por ellos; dijo muy decidida.

-Vamos por la policía mejor; sugirió Tomás más reflexivo.

-No hay tiempo; insistió la mujer.

-Pero razona ¿Qué vamos a poder hacer  tú y yo?; trató de disuadirla.

-Si quieres me acompañas; además, esto es personal, no quiero policías; concluyó Isabel, cuya voz se oía muy amenazante ahora.

La mujer avanzaba corriendo por el bosque a mucha velocidad, Tomás apenas podía seguirle el paso. Casi veinte minutos después, llegaron  cerca de la destartalada cabaña que servía de escondite para los delincuentes. A pesar de la distancia recorrida y la velocidad de la carrera, Isabel no se veía afectada; mientras que Tomás sudaba copiosamente y sentía náuseas y deseos de vomitar  por la falta de aire y el agotamiento.

-Ahora me encargaré yo, por favor no trates de hacerte el héroe; le pidió a su esposo mientras lo besaba.

-¿Qué pretendes hacer?, si eres más débil que yo; le recordó Tomás.

Isabel no dijo nada; solo se apoyó en el tronco de un viejo árbol.

Sarcillos que salían del árbol comenzaron a enrollarse por el brazo de Isabel, recorriendo todo su cuerpo. Ya no estaba vestida con el veraniego vestido de hace un rato; una blusa negra sin botones, pantalones y botines también negros; la blusa quedó ceñida a su cintura por una enredadera que la sujetó como un cinturón y colgando de éste un afilado puñal con extraños diseños en su hoja y empuñadura. Si esto tenía atónito a Tomás, lo que seguía le parecería un sueño o una pesadilla.

Los ojos de Isabel adquirieron un profundo color oscuro, su rubio cabello se volvió intensamente negro, mientras que sus orejas extendían sus bordes hasta terminar en punta.

La realidad para Tomás se había disuelto ante sus ojos y como pudo logró que de sus labios salieran palabras.

-¿Quién eres?, ¿qué eres?; preguntó a la mujer con quién hasta unos minutos atrás había compartido su vida durante los últimos trece años.

Tratando de oírse lo más tranquila posible la extraña habló. -Aunque ahora no lo parezca, sigo siendo tu esposa que te ama y la madre de tus hijos.

-¡Esto es una locura!, no puede ser  real todo esto; exclamó Tomás.

-No estás loco, y si es real todo esto; respondió ¿Isabel? -Después  contestaré todas tus preguntas, ahora rescatemos a los niños.

Un fuerte viento abrió la puerta de la cabaña, pero nadie había en la puerta; los bandidos no vieron los sarcillos, gruesos como cuerdas, que se arrastraban por el suelo, los cuales se enroscaron en sus piernas y con un brusco tirón los hacían caer y los arrastraban hacia el bosque en medio de sus gritos.

Uno de los delincuentes logró zafarse de su atadura y corrió como quien ha visto al diablo; sin embargo, de nada valió su esfuerzo, a unos metros de haber corrido, caía con un puñal clavado en su espalda.

Las amarras de los otros tres malvados se soltaron, dejando libres a sus presas; los cuales se internaron más en la negrura del bosque, cada uno corriendo según sus propios pasos sin ningún rumbo; solo querían escapar. El segundo vio que una extraña mujer de cabello negro como la noche más oscura se aproximaba lentamente hacia él; apresuradamente sacó una pistola de su pantalón y apuntó hacia la extraña. Tras un movimiento de una mano de ella, una rama golpeó violentamente el brazo del asaltante, botándole el arma. Una larga rama se enrolló en el cuello del aterrado hombre; la perseguidora levantó una mano y la rama se elevó con su prisionero colgando; la mujer giró una mano en el aire y se escuchó el claro sonido de huesos que se rompían. El hombre dejó de moverse.

Una afilada rama se proyectó contra otro de los bandidos, atravesando su corazón; la mujer observaba cerca, acariciando la empuñadura de su ensangrentado puñal mientras pensaba. El último recibiría algo especial.

Agotado, aterrado y desorientado, el asaltante veía todo girar a su alrededor. De pronto sintió que sus manos eran atrapadas y era arrastrado hasta quedar con la espalda pegada a un árbol.

La mujer se acercó  a él y con voz melodiosa, pero no por ello menos terrible, le dirigió la palabra. -No  me importa lo que le pase a los demás humanos, pero ¿por qué tenías que meterte con mis hijos?; por ello nunca saldrás con vida de este bosque y puedo asegurarte que tus últimos momentos serán infinitamente agónicos. Voy a verte morir y voy a disfrutar cada instante.

Cuando hubo cayado la mujer, una rama tapaba la boca del asaltante, de tal forma que no podía ni hablar ni gritar. Varias ramas empezaron a enrollarse por todo el cuerpo de éste hasta cubrirlo completamente, pero sin apretarlo; la muerte sería lenta por asfixia. La mujer miraba tranquilamente, hasta que se marchitaron las últimas hojas de la mortaja mortal.

Todas las viejas leyendas eran distintas, pero todas coincidían en lo mismo; a quién hiciese enojar a un elfo oscuro, una dolorosa muerte lo alcanzaría. Esa noche las leyendas cobraron vida. Una joven elfa oscura había conocido el amor de un mortal y decidió vivir una vida de humana a su lado; sin embargo, la elfa dormía y esa noche había despertado cuando cuatro malvados decidieron atacar a su familia, condenándolos a una muerte que solo esos seres podían ejecutar.

Una hora después Isabel regresaba junto a su marido, idéntica a como él la conocía, vistiendo el mismo vestido que llevaba todo el día usando.

-Por favor vamos por los niños; solicitó ella cabizbaja. -Después habrá tiempo para decirte todo; sé que tienes demasiadas preguntas y las contestaré todas.

Tomás estaba demasiado confundido como para oponerse a ella.

Entraron ambos corriendo a la cabaña. Presurosa  Isabel desató a Marcia y a Timi, al tiempo que los abrazaba y llenaba de besos. Tomás se preguntaba si esa era la misma y extraña mujer que había ejecutado a los secuestradores de sus hijos, o solo lo había soñado. Tomás por su lado desataba a la familia Reyes. Todos se abrazaron y lloraron unos minutos; de alguna forma habían sobrevivido al secuestro de cuatro asesinos.

-Volvamos a su cabaña; sugirió Tomás a Andrés Reyes.

Cuando llegaron a la cabaña Isabel ya tenía claro que debía hacer. Los humanos no podían saber de la existencia de los elfos oscuros. Cuando todos estuvieron dentro, Isabel sopló sobre el rostro de cada uno, excepto de Tomás.

-Duerman, mañana tendrán solo recuerdos agradables de estos dos últimos días; les habló suavemente Isabel. -Tú esposo mío no olvidarás nada, porque conocerás toda la verdad. Levantando los brazos, la cabaña volvió a estar tal como antes del ataque de los asaltantes.

Mientras todos dormían, Isabel comenzó su historia. -Mi nombre es Ethiel; como habrás notado no soy humana, pertenezco a la raza de los elfos oscuros. Hace casi catorce años te vi por primera vez en el monte donde acampabas; durante dos noches te observé, luego cuando bajaste al bosque te seguí, así estuve por siete días. Me gustaste y sabía que quería estar a tu lado siempre. Claro está que mi familia se opuso pero, como sabes, siempre me salgo con la mía. Me enamoré de un humano y deseé vivir como una; cambié mi apariencia y me acerqué a ti como Isabel. El resto ya lo conoces porque es nuestra vida juntos; terminó de hablar Isabel con la cabeza gacha.

El cerebro de Tomás estaba empezando a aceptar esta nueva realidad.

-¿Abandonaste tu vida pasada y a tu familia solo por mí?; preguntó al fin Tomás.

-¡No!; contestó Isabel. -Más bien, junto a ti encontré la felicidad y formé mi propia familia.

Isabel se sentía y se veía cansada por primera vez en el día. Tomás se acercó a ella y le tomó una mano, ella apoyó su cabeza en el hombro de su esposo y cerró los ojos.

Al otro día todos estaban desayunando, cuando se estacionó un automóvil fuera de la cabaña. Marcia saltó de golpe. -¡Mamá, papá!; Tomás y Isabel descendieron con una mochila cada uno.

-¿Caben dos huéspedes más?; preguntó la recién llegada a Rosalba y a Andrés.

-Claro que sí; contestó Andrés Reyes.

-Vengan a tomar desayuno; los invitó Rosalba.

Isabel podía descansar; estaba junto a su familia y amigos. La elfa oscura podía descansar.

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 5 y final – Un Grito en la Noche 7 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 5
Un Grito En La Noche

La  neblina le daba un aire muy especial a la noche de Paris, hasta mágico. A Francine le encantaba adentrarse en la niebla y sentir la suave humedad en su cara.

Ya era cerca de las diez de la noche y empezaba a sentir hambre. Dejó que su olfato la guiara; a poco andar vio a un hombre que caminaba solitario por el parque. Caminó hacia él haciendo el mayor ruido posible con sus pies, quería que la escuchara. Al pasar junto a él lo miró en forma coqueta y siguió avanzando sin mirar atrás, sabía que el hombre la estaba mirando y eso le gustaba. Caminaba lentamente, deteniéndose de vez en cuando invitándolo a que la siguiera. Él caminaba ansioso detrás de ella. En un árbol que había a unos cien metros, Francine se apoyó aguardándolo; pronto cenaría.

Cuando el hombre estaba a unos veinte metros de ella, frente a él se hiso presente una mujer vestida con un largo vestido blanco, la mujer dio un horrible grito que hizo que el hombre callera muerto, sangrando por oídos, ojos y nariz. Francine molesta se acercó con pas

-¡Oye tú!, caza tu propia comida; le gritó muy enojada.

La mujer se volteó mostrando un rostro muy pálido, con ojos rojos rodeados de ojeras. Abriendo una descomunal boca lanzó un grito tan agudo que casi le rompe los oídos a Francine, luego escapó tan rápidamente como había aparecido; la vampiresa se sintió algo mareada un rato, pero la gran fuerza y resistencia de su raza evitó que terminara igual que su presa.

Francine se alejó lo más que pudo del parque y al otro lado de la ciudad cazó rápido, sin juegos, sin acoso, solo velocidad y muerte. Confundida llegó a la casita en la que vivían María y Ana desde hace un tiempo, ellas habían vuelto recién de su casería. Cuando le abrieron la puerta Francine estuvo a punto de desmallarse; la llevaron a la habitación y la recostaron en la cama.

-¿Francine qué ha pasado? ¿Te has alimentado a tiempo?; preguntó María preocupada.

-Me gritó; dijo Francine con voz entrecortada.

Ana mientras tomaba su teléfono celular y llamaba al médico.

-¡Doctor Lacroix!, venga enseguida a mi casa; es Francine, algo le ocurre. Está prácticamente desmallada, parece que algo la atacó, habla de un grito. Dese prisa por favor; lo apremió Ana.

En cinco minutos el Doctor Lacroix golpeaba a la puerta.

-Pase doctor, está recostada en la cama; dijo Ana mientras lo conducía al dormitorio.

-Francine, ¿sabes dónde estás?; preguntó el doctor mientras revisaba sus pupilas con una linterna.

-Con María y Ana; respondió la doncella.

-¿Sabes quién soy yo?; preguntó el médico.

-Brad Pitt; trató de reír la joven vampiresa. -¡Hayy!, me duele mucho la cabeza y los oídos.

De a poco Francine se sentó en la cama.

-¿Sabes qué te pasó hija?; preguntó Lacroix.

-Estaba cazando en el parque al otro lado de la ciudad y la verdad es que me estaba divirtiendo mucho; cuando estaba por atrapar a mi presa, una mujer se puso delante de él y dio un grito muy intenso; el humano cayó muerto sangrando por ojos, oídos y nariz. Pensé que se trataba de otro vampiro y me acerqué para reclamar mi presa; pero cuando estaba encima casi, la mujer se volvió hacia mí, tenía el rostro más pálido que un vampiro recién convertido, ojos rojos rodeados de ojeras rojas, era muy delgada, tenía una boca muy grande; cuando me vio me gritó muy fuerte, los oídos me zumbaron y me sentí mareada; explicó Francine.

-¿Era un Nosferatu?; consultó el doctor, recordando su pasada aventura.

-No, definitivamente no era un vampiro; dijo la maltrecha vampiresa.

-Una ambulancia está llegando doctor; avisó María.

-Es nuestra. Francine debe ser examinada en forma más cuidadosa; explicó el médico.

La ambulancia se dirigió a una pequeña clínica privada en las afueras de París; introdujeron a Francine en una camilla, aunque ella insistía en caminar. La recepcionista saludó cortésmente al Doctor Lacroix, quien respondió con un ademán; les hizo pasar a un pequeño cubículo de exámenes.

-Hummm; murmuró Ana decepcionada.

-¿Encuentras muy pequeña la clínica?; preguntó el médico.

Un muro se abrió dejando a la vista un ascensor oculto. Cinco pisos más abajo, la clínica parecía más una instalación futurista que un hospital.

Francine fue sometida a exámenes que María ni siquiera sospechaba que existieran; la resonancia magnética y el escáner indicaron que solo había sufrido una leve inflamación de sus nervios auditivos.

-Francine, este es el Doctor Ferrer, el neurólogo que te atendió; presentó el Doctor Lacroix.

-¿Qué me pasó?; quiso saber la muchacha.

-Sufriste un shock acústico severo, que provocó una inflamación de los nervios auditivos, por eso el dolor de cabeza y oídos, pero en unos días estarás bien; explicó el Doctor Ferrer. -Solo porque eres vampiro sobreviviste, a un humano le habría convertido el cerebro en papilla.

A esa misma hora en una solitaria calle, una mujer era acechada por un vampiro; cuando estaba por clavar sus colmillos, un horripilante grito lo hizo caer de dolor; la humana yacía boca arriba sangrando por nariz y oídos. El vampiro alcanzó a pulsar una tecla de emergencia en su celular y cayó desmayado.

A su llamada de auxilio llegó un vehículo médico furtivo; pero ya pasaban dos minutos de la medianoche. La impresión para el personal paramédico fue intensa; hacía siglos que no se tenía noticias de una muerte accidental en su raza. El cadáver fue conducido hasta el quinto subterráneo de la clínica privada de París.

-Vamos al palacio, pidió el Doctor Lacroix a Ana y María. La Princesa ha ordenado un acuartelamiento general en la ciudad; nadie sale a cazar hasta que pase esta situación; la alimentación se realizará mediante sangre envasada; comunicó mientras salían.

En Grecia el operador de comunicaciones saltaba de su sillón. -General Sartorius, general; comunicación encriptada de La Rosa Negra, Código Omega Nivel Dos; avisaba muy afligido.

La pantalla se iluminó, gotas de sudor perlaban la frente de Lizbeth Laberne; el general de la Fuerza de Respuesta Biológica percibió la preocupación de la Princesa, y acostumbrado a ir directo al grano, no quiso perder tiempo en formalidades.

-Infórmeme Alteza. ¿Qué ocurre?

-Hace unas horas dos ciudadanos nuestros, un hombre y una mujer, fueron atacados mientras cazaban, sufriendo daño acústico, tuvieron que ser trasladados a nuestras instalaciones médicas, afortunadamente la mujer se recuperará; sin embargo, el hombre no tuvo tanta suerte, pues cayó inconsciente y no alcanzó a alimentarse a tiempo, los paramédicos llegaron demasiado tarde. Por otro lado, su atacante de un solo grito diluyó el cerebro de las presas de nuestros compatriotas. He puesto la ciudad bajo ley marcial para los vampiros; nadie saldrá a cazar hasta nueva orden; la alimentación será mediante sangre envasada. Y es ahí donde entra usted General Sartorius; la producción y envío de sangre a París debe aumentarse al máximo; explico la Princesa. -General, no me importa cuántos humanos tenga que usar, ni qué métodos deba utilizar. Tiene carta blanca; concluyó Lizbeth.

-Alteza, hemos desarrollado la tecnología para que cada humano prisionero en nuestras instalaciones pueda producir cincuenta litros percápita de sangre en tres días. Las plantas productoras están totalmente  operativas. Las reservas serán enviadas a París en seguida. Puede contar con ello Madame; informó a su vez el oficial.

-No esperaba menos de usted general; asintió Lizbeth.

-Necesito otra cosa General. ¿Cuán hábiles son sus bioingenieros?; preguntó la Princesa.

-Son los mejores del mundo Alteza; respondió el oficial seguro de su personal.

-Bien, necesito que desarrollen un sistema de bloqueo para protegernos de ataques ultrasónicos de alta amplitud. Hasta donde sabemos, es un grito de ultra frecuencia que a nosotros nos produce un shock acústico severo que inflama los nervios auditivos, produciendo un intenso dolor de oídos y cabeza, mareos y desorientación; a los humanos, según comprobamos, les licúa el cerebro; concluyó al fin Lizbeth.

-Los tendrá lo antes posible alteza, mientras tanto que sus soldados apaguen los sensores acústicos de sus cascos y usen comunicación telepática; sugirió el general. -Bien; si no hay nada más Princesa, me retiro, ya que hay demasiado trabajo que hacer.

-Gracias general; se despidió Lizbeth y cortó la comunicación.

Grupos de soldados ocultos en modo fantasma recorrían la ciudad en busca de la peligrosa mujer, pero en dos días no había dado signos de actividad. Cuando una de las patrullas se disponía a volver a su base, escucharon un terrorífico grito que provenía de dos calles de ahí. En un parpadeo los soldados llegaron junto a la víctima, era un hombre de unos cuarenta años, el que yacía sangrando por los oídos. Afortunadamente solo se trataba de un humano; en las cercanías no había rastros de la asesina.

El mortal grito fue grabado por los nano sistemas de los trajes de combate de la patrulla. Sin pérdida de tiempo la Coronel Laberne ordenó que se transmitiera a las instalaciones en Grecia, de la Fuerza de Respuesta Biológica para su análisis.

A los pocos días de recibida la grabación, bloqueadores acústicos calibrados en la frecuencia del grito eran embarcados en un Vampiro Fantasma, junto a un regalo personal del General Sartorius para la Princesa. Una vez despegada la nave, el alto oficial se comunicó con su superior.

-General Sartorius; saludó Lizbeth. -¿Qué novedades tiene?

-Princesa, prepárese para recibir en unos minutos un envío de bloqueadores acústicos para sus subalternos, calibrados para neutralizar las ondas sónicas en la frecuencia del grito, además incluí un regalo que creo será de su agrado; contestó Sartorius.

-¿Un regalo? ¿De qué se trata?; preguntó ella.

-Es un anulador de emisiones sónicas, calibrado en un rango que incluye la frecuencia del grito; ampliamos el campo de acción en caso de que este pudiese ser alterado a voluntad. Pónganselo en el cuello a esa mujer y no podrá atacar  con su grito; explicó el general.

-Lo felicito. Está justificando con creces su ascenso general; observó la Princesa.

-Esto es un trabajo en equipo, sin mis colaboradores yo no soy nadie Alteza; concluyó con modestia el oficial.

Esa noche todas las patrullas de las Fuerzas Especiales estaban protegidas con bloqueadores acústicos en sus cascos. La cadete Ana Eguigurren participaba en su primera patrulla; el silencio en las calles era sepulcral, la atmósfera se podría haber cortado con un cuchillo; sin embargo, ella estaba consciente de  su habilidad y confiaba que el entrenamiento recibido hasta ahora debería ser suficiente. Dicen que en la excesiva confianza está el peligro…

Caminaban ocultos por el parque donde tuvo lugar el primer ataque, todo estaba en calma; a unos seiscientos metros una prostituta buscaba clientes en la noche. De pronto, de la nada apareció una mujer con un largo vestido blanco que se paró frente a la desafortunada y lanzando un horrible grito la hizo  caer sin vida. Los soldados rápidamente se pusieron en acción; la mujer al verse rodeada gritó sobre ellos; los protectores funcionaron a la perfección. Al ver que nada pasaba, la mujer lanzó un nuevo grito de longitud de onda variable en una frecuencia más alta. El soldado que recibió el golpe cayó de rodillas con las manos en los oídos. En cinco segundos seis vampiros enfundados en trajes negros como mármol, yacían retorciéndose de dolor. Ana intentó escapar saltando rápidamente hacia los árboles, pero fue derribada por un golpe de sonido.

-¡Nos atacan!; se escuchó la voz de Ana por un altavoz de la base, junto con un mortal grito.

María, que se encontraba junto al Doctor Lacroix y la Princesa Lizbeth desapareció en un parpadeo y junto con ella el dispositivo para neutralizar a la mujer.

-Mocosa impertinente; gruñó el médico.

-Que salga una unidad furtiva ahora; ordenó  la Princesa.

Al llegar al parque María vio como Ana era derribada cuando intentaba escapar hacia los árboles. La mujer se aproximó hacia Ana y se dispuso a darle el golpe de gracia; de pronto se oyó una explosión y un fuerte viento surgió. La mujer se vio levantada en el aire; María corrió tan rápido que rompió la barrera del sonido y la sostenía por el cuello. La extraña golpeó con el brazo a María haciéndola caer al suelo; junto a ella abrió grande su horrible boca, pero ningún sonido salió de ella; la vampiresa había logrado ponerle el collar y ahora estaba muda. Cuando la mujer trató de huir, se sintió inmovilizada; cuerdas lanzadas por varios vampiros la amarraron. Ana que ya se había puesto de pie abrazaba fuerte a María.

-Eso ha sido lo más estúpido que se te ha ocurrido; le reclamó. -Pero me has salvado.

María no pudo evitar derramar algunas lágrimas por el susto pasado. -¿Más estúpido que decapitar a un Nosferatu con la mano?; preguntó ella.

Sin decir nada más ambas se tomaron de la mano; sabían que siempre se protegerían mutuamente.

La mujer neutralizada fue conducida hasta el nivel más profundo de la supuesta clínica y  encerrada en una cámara de contención con una aislación acústica de amplio espectro. Hasta saber cómo proceder estaría bajo vigilancia continua las veinticuatro horas del día; en otra sección de la base grupos de soldados monitoreaban a la extraña tratando de sacar a la luz sus secretos.

Una puerta se deslizó silenciosa a las espaldas de los técnicos. -General en la sala, gritó alguien poniéndose de pie. El general Andreas Sartorius, ingresó a la sala de control seguido de cinco soldados vestidos con el típico traje negro de las Fuerzas Especiales, pero con la insignia de una serpiente enrollada en una vara, símbolo de Las Fuerzas de Respuesta Biológica; todos ellos llevando maletines metálicos.

-Sargento, desde ahora nosotros nos haremos cargo; ordenó el general sin ninguna diplomacia.

-Señor, nadie me ha informado al respecto; respondió el soldado.

Se escuchó el grito autoritario de una mujer que entraba. -Sargento, el General Sartorius le ha dado una orden. Él es el comandante supremo en esta operación y es mi mano derecha; cualquier orden que él dé se debe obedecer inmediatamente sin cuestionar. Cada vez que el dé una orden debe ser acatada como si la diera yo.

El soldado se cuadró ante los dos oficiales de alto rango y cedió su puesto a uno de los hombres de Sartorius.

-¿Dónde está?; preguntó el general.

-En una celda de aislamiento en el ala sur de este nivel; contestó un técnico.

-Quiero una descripción completa de su anatomía. Utilicen rayos X, Resonancia Magnética Nuclear y Tomografía Computarizada. Tráiganme una imagen detallada de su sistema fonético y su cerebro en máximo una hora. Saquen muestras de sangre y tejidos; necesitamos estudiar su genética y su metabolismo. -Rápido, ¿qué están esperando?, no hay tiempo que perder; gruño el general griego repartiendo órdenes.

Lizbeth sonreía; su decisión de ponerlo a él al mando de la Fuerza de Respuesta Biológica había sido la correcta.

Todos los laboratorios de la instalación secreta comenzaron a trabajar a un ritmo frenético; el tiempo apremiaba.

En el laboratorio de genética molecular, donde analizaban el ADN de la mujer, María estuvo a punto de sufrir un ataque cardiaco, si eso hubiese sido posible, de la impresión que acababa de llevarse. Cómo eran imposibles los resultados, realizó tres veces los análisis, pero  estos siempre indicaron lo  mismo. Totalmente confundida, llamó por intercomunicador al General Sartorius y al Doctor Lacroix.

-Por favor vea esto general; dijo pasando una hoja impresa al oficial.

-¿Está segura de esto señorita?; preguntó el oficial.

-Completamente Señor, llevé  cabo tres veces los exámenes y siempre llego a los mismos resultados; contestó María.

 El doctor impaciente le quitó la hoja de la mano para ver por sí mismo.

-¡Vaya que interesante!; exclamó éste, es ADN humano.

-Pero modificado artificialmente; observó María. -Pude localizar fácilmente los puntos donde fueron introducidas las mutaciones.

-¿Pero quién podría hacer eso?; preguntó el médico.

-Es lo que vamos a averiguar; comentó el General Sartorius.

-General Sartorius, por favor diríjase a Neurología; se escuchó por el altavoz.

-Los estudios usando Resonancia Magnética Nuclear, indican que la corteza cerebral está prácticamente inoperante; por lo visto esta criatura es poco más que un autómata; informó el Doctor Ferrer.

-Interesante; opinó el oficial.

-Sin embargo, eso no es lo más relevante; el escáner reveló la presencia de un objeto introducido en su cerebro.

Una pantalla se encendió mostrando un pequeño rectángulo.

-¡Demonios!, eso es un chip rastreador; exclamó alarmado el militar.

-Tranquilo general, los técnicos indican que el chip quedó totalmente anulado por el sistema automático de seguridad  del Vampiro Fantasma que la transportó para acá. La ubicación de estas instalaciones sigue estando oculta; calmó el Doctor Ferrer.

En el salón de reuniones el General Sartorius informaba a la Princesa de lo descubierto hasta ahora,

-El paso lógico a seguir Princesa, es averiguar quién creó a esa criatura, dónde y con qué propósito; sugirió el alto oficial.

-¿Sugerencias general?; preguntó Lizbeth.

-Liberarla con un rastreador radioactivo instalado, para evitar que sea detectado. Localizar la base de donde procede; luego introducir un espía para averiguar ante que nos enfrentamos y  finalmente intervenir directamente ya sea para neutralizar o destruir la amenaza, Señora; manifestó el general.

-Veo que tiene todo planeado. -Proceda como estime conveniente general; autorizó la oficial.

La mujer fue trasladada al parque a bordo de una nave furtiva y dejada en libertad. Apenas se vio libre corrió hasta desaparecer; sin embargo, el parche radioactivo emitía una clara señal imperceptible mediante rastreadores electrónicos normales. Una unidad de las Fuerzas de Respuesta Biológica vigilaba en modalidad fantasma cualquier cosa que pasara. De pronto, a donde se hallaba la mujer se aproximó un vehículo con sus luces apagadas.

Los centinelas se comunicaron enseguida con la base. -Comandos humanos se aproximan al objetivo; con una unidad de control han hecho subir a la mujer.

-Procedan a seguirlos hasta su destino a una distancia prudente; ordenó una voz al otro lado de la línea.

Diez  kilómetros fuera de la ciudad, la camioneta se detuvo en una pequeña cabaña. Los comandos humanos, todos vestidos de negro detuvieron el vehículo dentro del estacionamiento. Un vampiro oculto en modalidad fantasma se coló junto a ellos. El suelo comenzó a bajar.

Dentro de las misteriosas instalaciones, totalmente indetectable, el sargento Striker registraba todo cuanto había y se hacía ahí. Todo lo que sus sentidos percibían era transmitido telepáticamente gracias a su cintillo de comunicaciones. Era una base secreta de investigación biológica de una rama militar clandestina de los Estados Unidos de Norteamérica, donde se realizaban experimentos genéticos prohibidos por los tratados internacionales.

Ante semejante situación, la Nación Vampira puso en movimiento a sus más altos agentes. A través de la Alianza Militar del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el General Sartorius logró la autorización del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas para intervenir militarmente. El gobierno de Estados Unidos, como era de esperarse, negó tener  conocimiento de las actividades de ese grupo militar; declarándolos rebeldes y fuera de la ley.

Con la información reunida por el Sargento Striker, el General Sartorius podía actuar. A los pocos minutos de conseguido el visto bueno del Consejo de Seguridad, varios vehículos negros sin placas patentes se detenían junto a la cabaña; de su interior descendieron varios soldados fuertemente armados, vistiendo uniforme del ejército francés, pero con la insignia de la OTAN. Encabezando el grupo se encontraba el General Sartorius, vistiendo su uniforme de combate de General de Fuerzas Especiales de la OTAN; oculta en modo fantasma se encontraba también una unidad de asalto de las Fuerzas de Respuesta Biológica de la Nación Vampira, al mando del Teniente Díaz.

Dentro de la base enemiga, la alarma se activó. El Coronel Freeman ordenó alerta roja y defender la base. El Mayor Bergman distribuyó a sus hombres de tal forma que cubrieran el puesto de control. Los soldados de la OTAN avanzaron rápidamente, neutralizando con facilidad a los soldados rebeldes.

En el puesto de mando, el Capitán Stern identificaba a los invasores.

 -Coronel Freeman, es el General Andreas Sartorius de las Fuerzas Especiales de la OTAN; informó a su comandante.

-Mátenlos a todos, no permitan que se apoderen de esta base; ordeno el coronel rebelde.

-Pero Señor son de la OTAN; protestó el capitán.

-¡Cumpla la orden capitán!; gritó el comandante.

-Sí Señor; respondió el aludido, no estando muy seguro de si era lo correcto.

Los soldados de la OTAN derribaron las puertas de la sala de control e ingresaron en ella, encañonando a todos en el interior.

El General Sartorius, quien se sabía muy seguro de su autoridad se impuso inmediatamente. -Coronel Freeman, bajo mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas le ordeno que se rinda inmediatamente ante las fuerzas de la OTAN.

-Lo siento mucho general, pero eso no va a ser posible; se escuchó hablar al Mayor Bergman, mientras sus hombres apuntaban a los comandos de la OTAN.

-Teniente Díaz, por favor detenga al Coronel Freeman; dijo Sartorius mirando a un lugar vacío junto al oficial rebelde.

-¿Pero con quién diablos habla?; preguntó al general.

En el aire se hizo visible una afilada espada junto al cuello de Freeman; después apareció un brazo y finalmente una estatua de mármol negro estaba parada junto a él, amenazando con cortarle la cabeza.

-No solo usted realiza investigaciones secretas coronel, confesó el General Sartorius, al momento que varias estatuas negras aparecían de la nada y apuntaban a la cabeza de los rebeldes.

-Bajen sus armas; ordenó el Capitán Stern. -Los mandatos del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas anulan cualquier orden recibida.

-Sabia decisión Capitán Stern; felicitó el general de la OTAN.

-General, una señal de auxilio acaba de ser enviada desde esta base; indicó el Sargento Striker, que acababa de hacerse visible.

-Localicen su destino y neutralicen inmediatamente; ordenó Sartorius.

En el rostro del Coronel Freeman se dibujó una sonrisa burlona. -Ahora todos moriremos.

-Lo dudo mucho; rió el general.

-Vampiros atacando a Mach 8, general; informó el Sargento Striker.

En una pantalla se veía pasar la tierra y el mar a una vertiginosa velocidad. Una isla cerca de Noruega se acercaba rápidamente y era dejada atrás; de pronto una gran explosión se vio a lo lejos. Dos Vampiros Fantasmas acababan de descargar sus proyectiles contra las naves que se aprestaban a despegar en auxilio de la base invadida por la OTAN.

-Ni se dieron cuenta de que murieron; celebró el general.

-Bueno soldados, el Capitán Stern les dio una orden; dijo Sartorius, mirando a los soldados rebeldes, los cuales dejaron caer sus armas al suelo. -Teniente Díaz, encierre al Coronel Freeman y al Mayor Bergman en una celda. Vaporícelos; ordenó a través del comunicador telepático oculto bajo su gorra.

El  Teniente Díaz condujo a los prisioneros a una celda, cuya puerta cerró tras él entrar en ella también. Dos volutas de niebla se disipaban poco después en el aire.

Una vez asegurada la base el general con sus hombres y el Capitán Stern se dirigían a los laboratorios de investigación, donde pudieron ver los dementes experimentos que allí se llevaban a cabo. Mutaciones e hibridaciones transgénicas destinadas a crear nuevas armas biológicas para poder convertirse en la fuerza militar más poderosa del mundo. Aberraciones que combinaban a dos o más especies animales estaban reunidas aquí. Especies de hombres lobos; la mujer que originó todo esto, cuyo nombre clave era Banshee; y otros más. En la última celda de contención el Teniente Díaz, quedó atónito por un segundo. -General, eso es un Nosferatu; indicó sorprendido.

-Muy bien, vaporicen a todas estas cosa; ordenó el General Sartorius.

El Capitán Stern vio como esos extraños soldados de negro disparaban armas de energía desconocidas para él contra los experimentos creados y se convertían en nubes de vapor que pronto se disolvían.

-Sargento Striker, copie toda la información de las computadoras; mandó el general.

-¿Qué va a pasar con mis hombres y conmigo, general?; preguntó el Capitán Stern.

-Usted y sus hombres son buenos soldados y solo cumplían órdenes; por otro lado usted tomó la decisión acertada; sin embargo se han enterado de la existencia de tecnología altamente secreta. Puedo matarlos aquí y ahora, pero sería un desperdicio de buenos militares; lo más lógico es que sean promovidos a  una unidad altamente especializada de fuerzas de elite. Diciendo esto, el general abrió un contenedor del que flotó una esfera roja luminosa que se elevó e iluminó toda la base con una luz rojiza.

A los pocos minutos los vehículos de las Fuerzas de Respuesta Biológica se retiraban de la base rebelde, la cual desaparecía luego bajo un cegador resplandor.

 Por comunicación abierta el General Andreas Sartorius informaba a su superior.

-Misión cumplida; amenaza neutralizada; cambio y fuera.

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 4 – Bajo la Sombra de la Cruz del Sur

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Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 4
Bajo La Sombra De La Cruz Del Sur

La noche estaba muy agradable, era verano en el hemisferio sur, las estrellas y la luna llena le conferían al entorno una claridad plateada; una suave brisa jugaba con su negra cabellera. Ya no recordaba cuanto tiempo había pasado desde que sintiera la unión entre ella y la noche; por eso esa sensación llenaba su ser como si hubiese sido la primera vez.

Había cenado hacía poco y aún saboreaba el siempre placentero sabor.

Se sentó en un banco del parque, entre unos árboles junto al río que cruzaba la ciudad. No había nadie más, así es que podía disfrutar tranquila de la calma reinante, que en su casa no tenía; rodeada siempre de protocolo y sirvientes siempre dispuestos a satisfacer hasta sus más mínimos deseos.

Sus pensamientos estaban muy distantes, sumida en sus recuerdos.

María caminaba de la mano de Ana. Tal vez tres o cuatro años pasaron desde que se conocieron.

Era una noche de sábado; María cubría un turno de enfermera en la unidad  de emergencia del hospital donde se desempeñaba. Hacía poco que había empezado a trabajar ahí; con veinticuatro años no había ninguna prisa. Escuchó por radio que venían dos ambulancias con víctimas de un accidente de tránsito. Por lo visto sería una noche agitada.

Entre los accidentados venía una joven de unos veinte años, y por su ropa, se veía que era de familia acomodada. Todos fueron trasladados a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Una vez estabilizada y en vista de que no corría riesgo vital, la joven fue llevada a la Unidad de Tratamientos Intensivos.

Los padres de ella llegaron al rato, recriminándose mutuamente. Si él no le hubiese comprado el auto; si ella se preocupara más de su hija…; solo críticas.

María, que había escuchado todo, sintió pena por la chica; lo tenía todo, pero le faltaba lo  más importante, una familia de verdad.

-¿Dónde está el doctor a cargo?; se oyó una voz autoritaria.

-Soy el Doctor Rodríguez. ¿En qué puedo ayudarlo señor?; contestó cortés el médico.

-¡Mi hija! ¿Cómo está?

-Está inconsciente aún, pero se recuperará. Por suerte llevaba puesto el cinturón de seguridad; informó el médico.

-¡Muy bien!; dijo Augusto Eguigurren. Y cómo quién está acostumbrado solo a dar órdenes, prosiguió altivo. -Quiero que mi hija tenga el mejor tratamiento; una enfermera debe estar las veinticuatro horas del día  a su lado.

-Señor, esta es una unidad de emergencias; para ello se debe dirigir a la dirección del hospital; dijo el doctor Rodríguez.

-¡Veinticuatro horas al día doctor; cueste lo que cueste!

El Doctor Rodríguez sabía que dinero e influencias era lo que más tenía Augusto Eguigurren; estaba claro que hablaba muy en serio.

-Creo que se puede arreglar desde aquí; asintió el doctor para no tener problemas.

El poderoso empresario observó a María que en ese momento arreglaba unos materiales.

-¡Señorita!, venga; quiero que usted se encargue personalmente de atender a mi hija; ordenó el altanero millonario.

María trató de protegerse en su superior. – ¡Doctor, es que mi turno no me lo permite!

Encogiéndose de hombros, el pobre Doctor Rodríguez prefirió no protestar.

-No se preocupe enfermera, yo autorizo todo; la confortó el médico con la mirada.

Por suerte esas desagradables personas se fueron pronto.

Cómo es de suponer, Ana fue trasladada a la mejor habitación del hospital. En ella acomodaron una segunda cama para la enfermera que la cuidaría.

Ana era una joven de veinte años; y se notaba que gracias a su condición económica, se dedicaba solo a estudiar y a ir al gimnasio.

María trató de no involucrarse más de lo estrictamente necesario. Pero quizás en parte por el carácter risueño de Ana, o por qué las dos tenían casi la misma edad, es que empezó a sentir cierto cariño por la joven millonaria.

Después de tres semanas Ana estaba casi recuperada y pronto sería dada de alta. María estaba triste.

-¿Qué te pasa María, por qué estás tan apenada?; preguntó Ana.

-Esta semana te dan de alta; contestó  María.

-Sí, que bueno; ¿acaso no te alegras?; respondió Ana.

-Sí, me alegro por ti; es solo que…, ya no te voy a ver más; contestó María con la cabeza gacha.

-Mmm, era eso. No te preocupes, ya tengo todo planeado. ¡Estoy muy débil aún! Y voy a necesitar una enfermera privada que me cuide en casa; dijo Ana, tomándole las manos y besando a María.

El Doctor Rodríguez consintió en aquel poco habitual convenio, en parte porque era mejor no ponerse por delante de Augusto Eguigurren y en parte por lo contento que estaba el director del hospital, después de que éste recibiera una importante contribución para más equipos de parte de las Empresas Eguigurren.

El romance entre Ana y María creció hasta convertirse en un profundo amor. Ya no sabían estar una lejos de la otra.

Una noche de otoño; estaban ambas abrazadas, cuando María sintió de pronto una violenta sensación de sed, mayor que la que sentía cada noche desde hacía dos años cuando todo empezó.

Sin poder contenerse, María cerró los ojos y clavó sus colmillos en el cuello de Ana; la cual tras un estremecimiento dejó de respirar.

Al sentir que la vida se iba del cuerpo de su amada, María rompió a llorar. Nada de lo que había aprendido en la escuela de enfermería estaba resultando.

Ana estaba muerta y ella la había asesinado.

Cuando pensó que enloquecería de desesperación, María vio como Ana, muy pálida, comenzaba a moverse. Sin entender qué pasaba María la tomó en sus brazos.

En forma instintiva, Ana le cogió fuerte el brazo y clavó sus dientes en él. Con mucha ansiedad bebió de la sangre de María hasta que su piel recuperó el hermoso tono bronceado que la caracterizaba.

Ninguna de las dos comprendía qué es lo qué había ocurrido. Solo sabían que algo había cambiado y nada volvería a ser como antes.

Sobre la ciudad de Santiago se elevaba una extraña luna roja.

Aprovechándose de su puesto de enfermera, María se las arreglaba de una u otra forma para robar sangre del Banco de Sangre del hospital, tanto para ella como para Ana; la cual a duras penas hacían alcanzar hasta necesitar conseguir más. Con el tiempo entendieron que debían alimentarse todas las noches de sangre; ya que de lo contrario se sentían muy débiles y enfermas.

De eso ya habían pasado unos cuatro años aproximadamente y la noche se volvió muy atractiva y agradable para ellas.

Intrigadas por su condición, buscaron información sobre vampiros y otras criaturas mitológicas, pero nada coincidía con ellas. En primer lugar, la luz del sol no les provocaba ningún problema, a diferencia de los vampiros de las películas; el ajo seguían encontrándolo rico en las comidas; el agua bendita era solo eso, agua. Lo único en común era que ellas necesitaban alimentarse todas las noches de sangre.

Caminando como iban de la mano no se dieron cuenta de que habían llegado al Parque Forestal. Era tarde y tenían mucha hambre; no había nadie cerca; excepto una mujer sentada en un banco entre unos árboles al lado del río.

Se acercaron sigilosas a la mujer y Ana la tomó de los hombros y tiró hacia atrás. Apoyadas de espalda contra un árbol la mujer sujetaba desde el cuello a María y Ana; las cuales aunque sabían que eran fuertes, no lograban soltarse de esas manos que se apretaban contra sus gargantas.

Al ver los colmillos de las dos muchachas la mujer las soltó y amenazadora les gritó.

-¿Pero qué se han creído mocosas insolentes? ¿Se atreven a atacarme a mí? ¿Acaso no saben quién soy? La mujer tenía un montón de retos para las jóvenes; pero al darse cuenta de que María caía al suelo sujetándose el estómago y Ana se llevaba las manos al pecho y caía de rodillas, miró las estrellas y comprendió que no tenía tiempo que perder.

Rápidamente de su ropa sacó una pequeña caja  de metal, de la que sacó dos cilindros de plástico con algo rojo en su interior.

Con los dedos abrió la boca de Ana y le vació una gelatina roja en ella; para abrir la boca de María tuvo que usar ambas manos de lo apretada que la tenía, pero logro al fin meterle la gelatina. Les tapó a ambas la boca con sus manos y ordenó. -Tráguensela rápido.

Ayudó a levantarse a las muchachas y las sentó en el banco.

-¡Pero cómo pueden ser tan imprudentes jovencitas! ¿Cómo se les ocurre esperar hasta el último momento para alimentarse?

-Si no hubiesen sido tan irrespetuosas como para atacarme a mí, ahora estarían muertas.

-Con lo que les acabo de dar tienen para una hora, pero deben cazar enseguida.

-Pero nosotras no cazamos; dijo María.

¡Esto debe ser un chiste!; dijo la mujer tomándose la cabeza. -Dos vampiresas que no cazan.

-Mejor las llevo al departamento que ocupo, yo las puedo alimentar esta noche. Tenemos muchísimo de que hablar.

-¡Vamos síganme!; mandó

-¿Hacia dónde caminaremos?; preguntó Ana.

-No hay tiempo que perder y ¿quieres caminar?

-¿Pretende que volemos?; contestó altanera María, que se sentía de muy mal humor.

-Primero no volamos, pero cuando corremos ni el viento nos ve pasar.

-Y segundo; cambia el tonito jovencita. Que por si no lo sabes acabo de salvarles la vida a ti y a tu amiguita; cortó enojada la mujer.

La mujer las llevó a un departamento en un edificio junto al Cerro Santa Lucía. Sobre la mesa puso una maleta metálica de la que sacó dos bolsas con sangre y pasó una a cada joven.

María y Ana estaban atónitas.

-¿Qué pasa, es que quieren morirse? ¿Acaso no tienen hambre?; expresó la extraña desconocida.

-¡Hablen con confianza, yo también soy una vampiresa!; les confesó con tono más amigable al ver que las muchachas ya estaban comiendo.

-Quiero que me expliquen cómo es que no saben cazar.

María le contó en qué circunstancias Ana había sido atacada por ella sin querer.

¿Había luna roja?; preguntó la mujer.

-¡Sí, creo que sí!; contestó Ana.

-Es por eso que tú renaciste; explicó la mujer.

-Y supongo que algo parecido te pasó a ti María.

-No lo sé; dijo esta. -No recuerdo cómo empezó. Fue hace unos cinco o seis años. Saliendo del hospital donde trabajo, un hombre me atacó. Según me contaron después, alguien me encontró tirada y me llevó hasta emergencias; dicen que me había cortado el cuello con algo y perdí mucha sangre, así es que me pusieron varias unidades para poder salvarme. Días después, ya de alta, estaba en el Banco de Sangre del hospital envasando sangre de donaciones y sentí un extraño impulso; unté un dedo con sangre y me lo chupé. En otra ocasión me habría dado asco, pero en ese momento encontré que tenía un sabor muy rico y además que me relajaba. Escondí una bolsa entre mis ropas y ya encasa la vacié en una taza y me la bebí toda.

-Me las ingenie para robar sangre todos los días, pero debía tomar de a poco ya que no era fácil conseguirla; explicó la muchacha.

-Al conocer a Ana, sin pretenderlo me enamoré de ella; confesó María.

-Y yo de ti; dijo Ana tomándole la mano.

-La sangre se nos acabó ayer; continúo Ana. -Salimos a caminar para ver si se nos ocurría algo; entonces la vimos a usted y la atacamos.

-Claro que cuando usted nos sujetó me sentí muy mareada; agregó María.

-Eso se los provoqué yo; dijo la mujer. -Y el hecho de que estaban muy débiles.

-El problema que veo aquí es que un vampiro te mordió habiendo luna roja y se desentendió de ti. Por eso tú no sabes cazar; dijo la mujer con un acento francés que a ambas jóvenes les resultaba muy seductor.

-Esta noche duerman aquí y mañana les enseñaré a cazar.

-Pero…; iba a protestar María.

-¡Entiéndanlo bien!, quiéranlo o no ustedes dos son depredadoras y deben aprender a cazar como tales.

-Cada uno de nosotros, a pesar de tener un poder más allá de la imaginación humana, debemos alimentarnos de sangre humana cada día antes de medianoche, o de lo contrario morimos; sentenció la francesa.

La próxima noche en el Parque Forestal después de localizar a una prostituta solitaria, Lilith les enseñó a acechar sin ser descubierta. Una vez estuvo cerca dejó que su víctima se diera cuenta de su presencia. Con los ojos fijos en ella, le dijo que por favor no se moviera. Paralizada la mujer vio como crecían los colmillos de Lilith y los clavaba en su cuello, succionando toda su sangre.

-Ahora es tu turno; le dijo a Ana. -A doscientos metros de aquí hay otra ramera; ya me viste a mí hacerlo, ve a alimentarte.

Un poco torpe al principio Ana se ocultaba tras los árboles, a medida que avanzaba lentamente sus movimientos se volvieron más ligeros, hasta parecer una gata cazando. Con sus ojos puestos en los de la prostituta, la inmovilizó y sin mayor preámbulo, clavo sus colmillos en ella.

-Ahora tú; le dijo a María pero vamos a otro lugar.

Cerca del Cerro Santa Lucía localizaron a su siguiente presa. Con gran soltura María consiguió cazarla.

A la mente de Lilith llegó el recuerdo de cuando enseñó a cazar a la pequeña Lizbeth tantos siglos atrás y pensar que ahora era abuela. No pudo menos que sentir orgullo por sus nuevas discípulas.

-Bueno niñas, ya se han alimentado. ¿Cómo se sienten?; preguntó la señora.

-Extraña, vigorosa; dijo María.

-Yo me siento muy fuerte, hasta poderosa; observó Ana.

-Eso es porque recién hoy se han alimentado bien; les explicó Lilith.

-Recuerden que son veloces, muy fuertes, con reflejos muy rápidos y sentidos muy agudos. Son casi inmortales como lo comprobaron ayer. Y lo mejor de todo es que el tiempo ya no existe; un año cada cien envejecerán; les contó.

-Suena muy lindo todo eso; opinó María. -¿Pero cuán cierto es?

-Averígualo tú misma; le sonrió Lilith y de un salto pasó sin esfuerzo sobre una reja de más de tres metros de alto.

-Vengan; las invitó.

Las chicas se miraron y saltaron sobre la reja, cayendo de pie junto a Lilith.

-Emocionante, ¿verdad?; comentó la dama francesa.

-¿Han notado algo respecto a su vista?; preguntó la mujer.

-Ahora que lo pienso, veo todo claro; observó María.

-Es cierto, pero hay más; acotó la señora.

-¿Más?; inquirió Ana

-El calor, podemos ver el calor; les señaló Lilith mostrándoles sus manos.

Ambas jóvenes no se habían dado cuenta, pero admiradas notaron mutuamente que percibían la silueta infrarroja de las otras.

-¿Quieren correr una carrera?; les consultó Lilith, al tiempo que soltaba su cabellera al viento.

-Pero aquí es peligroso; razonó Ana.

-No para nosotras. ¿O acaso tienes miedo?; la desafió.

-¡Alcáncenme!; dijo Lilith al momento que desaparecía dejando solo una corriente de viento.

-Si ella puede, nosotras también; dijo María.

En seguida tres corrientes de viento se movían por todo el cerro.

Lilith las esperaba sentada en una roca.

-No está tan mal; comentó despectiva.

-¿Quieren escribir sus nombres en esta roca?; les invitó como una madre que consiente a sus hijas regalonas.

-Yo la haré; dijo y haciendo crecer ante las jóvenes la garra de su dedo índice derecho escribió con ella Lilith.

María y Ana encantadas la imitaron, mientras deleitadas admiraban las garras extendidas de ambas manos.

Lilith se sentía complacida.

-Quiero mostrarles mi casa; invitó Lilith.

-Pero ya la conocemos; dijo Ana.

-No, me refiero a donde vivo con mi familia.

-¿Queda lejos de aquí?; preguntó María.

-En París; les dijo.

-Son como cuatro cuadras no más; dijo Ana.

Lilith rió divertida.

-Me refería a algo más lejano; corrigió Lilith. -París, Francia.

-¡Francia!; gritaron las dos.

-Sí, ahora.

-¿Ya? Y en qué; se rió Ana.

-En eso; indicó Lilith con un dedo.

-¿Ese viejo cañón?; dijo María.

-No, en eso; le corrigió la señora francesa.

Sin poder dar crédito a lo que tenían ante sus ojos Ana y María vieron materializarse de la nada un extraño avión negro.

-¿Pero qué cosa es esa y de donde salió?; preguntó Ana refregándose los ojos incrédula.

-Eso niñas es un “Vampiro Fantasma” y lleva treinta minutos estacionado ahí.

-Yo ni lo noté; dijo María.

-Por eso le llaman fantasma; observó Lilith.

Del costado del extraño avión bajó lo que parecía una estatua de mármol negro. El piloto replegó su careta y su casco y saludó militarmente a Lilith.

-Capitán, tenemos invitadas. Por favor llévenos a Paris; solicito cortésmente la señora.

-A sus órdenes Majestad; respondió el piloto.

El interior del avión personal de La Reina era acogedor; claro que más de un dolor de cabeza fue para los ingenieros y técnicos adaptar una nave de combate para convertirla en una limusina voladora.

En su interior las jóvenes estaban algo nerviosas. En dos noches su vida había cambiado totalmente.

-Madame, en una hora aterrizaremos; avisó el piloto.

-¿Una hora? ¿Pero a qué velocidad volamos?; preguntó María.

-Nuestra velocidad actual de crucero es de Mach 5 señorita; no es necesario ir más rápido esta vez; contestó el piloto en  perfecto castellano.

-¡Eso es 6.150 kilómetros por hora!; calculó María mientras tomaba la mano de Ana y se acurrucaba en el asiento.

Al poco tiempo la nave furtiva tocaba tierra cerca de un imponente castillo.

-Aquí quiero preguntarles si desean volver a su vida antes de conocernos o seguir adelante; preguntó Lilith.

Como vio que las muchachas estaban dubitativas, continuó.

-Cualquiera que sea su decisión, ustedes son libres de elegir; aclaró Lilith, quien entendió la preocupación de las jóvenes.

María y Ana se miraron a los ojos.

-Yo siempre quise conocer París; dijo Ana.

-Y mi hogar es donde Ana esté; concluyó María.

-¡Bien, entonces entremos!; pidió Lilith.

Al cruzar las puertas sorprendidas vieron que todos los guardias saludaban solemnemente a su Reina.

-¿No llevan armas?; observó Ana.

-No las necesitan; contestó Lilith.

En un patio interior pudieron ver como dos de esas estatuas de mármol se enlazaban en una frenética, pero muy coordinada lucha. La fuerza y velocidad de cada golpe dejó atónita a Ana. La agilidad con que cada ataque era detenido y devuelto no parecía real.

Por lo que se podía notar, una de las estatuas era una mujer, pero era tan fuerte como el hombre. De pronto, como por arte de magia, de uno de los brazos de éste, surgió una brillante espada; cuyos golpes lanzaba contra la cabeza de la mujer; la cual esquivaba con complicados movimientos. En una de esas maniobras, la mujer saltó y giró en el aire, quedando detrás del hombre y de igual forma de ambos brazos de ella surgieron dos filosas espadas. La cabeza del hombre quedó así entre dos espadas. Replegando su espada y relajando los músculos, el hombre se rindió; ante lo cual la mujer también guardó sus armas, las que desaparecieron en sus muñecas.

De frente ambos contendores se saludaron con una reverencia de cabeza.

-Su habilidad es magnífica teniente; dijo la mujer.

-Es un honor para mí, viniendo de usted Coronel; contestó el oficial.

-Puede retirarse; autorizó la mujer y saludando militarmente el soldado se marchó.

La mujer se dirigió con paso felino hacia donde estaban Lilith y las muchachas.

En el costado izquierdo de su traje, las jóvenes vieron que la mujer llevaba dibujada una rosa negra encerrada en un círculo rojo.

Al llegar junto a ellas la careta y el casco se recogieron sobre sí mismos hasta desaparecer.

-¡Mamá, has vuelto ya!; dijo la mujer al tiempo que abrazaba y besaba en la cara a La Reina.

-Veo que tenemos invitadas; dijo mirando a las recién llegadas.

-Sí hija, encontré a estas pequeñas naufragas en la ciudad de Santiago de Chile; luego te lo explico.

-Permítanme presentarles a mi hija Lizbeth.

-Princesa; saludaron las dos.

-Olvidemos el formalismo; ya que mi madre las acogió, pueden llamarme simplemente Lizbeth.

-Ellas son Ana y María; presentó Lilith.

-¿Qué era toda esa pelea que vimos?; preguntó Ana.

-Solo me mantengo en forma entrenando con mis soldados; respondió Lizbeth.

-¿Tú los mandas?; quiso saber María.

-Solo a las Fuerzas Especiales; aclaró la Princesa.

-¡Pero si apenas eres de mi edad!; exclamó Ana

-En realidad tengo 625 años.

-Eso quiere decir que tenías como 15 o 20 años cuando te convertiste en vampira; calculó María. -Interesante, supongo que de alguna forma los genes que controlan la muerte celular de tu cuerpo sufrieron una mutación  por la cual se retarda el proceso de envejecimiento. No creo que se hayan desactivado, ya que eso provocaría la proliferación de células cancerígenas y tu claro está que no padeces. Debe haberse modificado también tú sistema inmunológico; se explayó  María sin darse cuenta de ello.

-¡Al fin alguien que habla mi idioma!; se escuchó decir a alguien que se acercaba.

-Doctor Lacroix, esta brillante joven es María; la presentó Lilith.

-Encantado Madeimoselle; saludó coquetonamente el doctor.

Lilith dijo algo al oído del doctor; a lo que él asintió.

-¿Qué más sabe de biología María?; pregunto el doctor.

-Bueno lo que estudie en la escuela de enfermería; respondió María.

-¡Una enfermera!, magnífico; celebró el doctor.

-¿Querida, te gustaría ser mi ayudante?; le invitó a María el doctor.

-Pero yo pensaba que los vampiros no enfermaban; objetó María.

-Y no lo hacemos así es que tengo mucho tiempo para investigar; dijo el doctor.

-Pero yo no sé ciencias; respondió María pateando el suelo.

-No te preocupes, tienes toda la eternidad para aprender si lo deseas; la consoló el médico.

-Sería lindo; suspiró María con la mirada distante.

-Entonces ven sígueme. Deseo mostrarte mi laboratorio y presentarte a mis otros colaboradores. Sí es que  Ana no tiene ningún inconveniente; propuso el doctor.

María miró a Ana suplicante.

-Anda; dijo ella.

María, que caminaba ya junto al doctor, se volvió corriendo hacia Ana y le dio un beso en la mejilla.

-¿Ana, te gustaría ver una simulación completa de combate del “Traje de Combate Furtivo”?

-¿Son esos que parecen estatuas de mármol negro?; preguntó Ana.

-Sí, cómo el mío y como el de todos los miembros de las Fuerzas Especiales de la Nación Vampira; respondió la Princesa.

¿Hay una Nación Vampira?; preguntó Ana.

-Sí; contestó Lizbeth. -Y este es su centro.

-¿No les preocupa que algún satélite espía pase por aquí y los descubra?

-Buena pregunta; quedó pensativa Lizbeth.

-Pero tranquila, los satélites nunca pasan por aquí y la razón es muy simple; empezó a explicar Lizbeth. Todos los satélites del mundo son nuestros; absolutamente todo es controlado por nosotros.

Ana estaba sorprendida.

-¿Pero cómo es eso posible?; quiso saber.

-Porque nosotros somos la especie dominante en este planeta y no los humanos; respondió orgullosa Lizbeth.

-¿Y los humanos no lo sospechan?; quiso saber.

-Claro que no, de vampiros saben solo lo que nosotros queremos que sepan; continuó Lizbeth.

-Sé que es extraño. Y tal vez lo que más te cueste al principio es aceptar que cuando te volviste vampiresa y cazaste por primera vez para alimentarte, dejaste de ser humana, para convertir en un muy poderoso depredador que debe alimentarse de sangre humana. Ahora tú y María pertenecen a la especie dominante. Lo mejor de todo esto es que ustedes van a estar juntas para siempre.

-¿Cómo te sentiste la primera vez que cazaste?; preguntó Lizbeth.

-Poderosa. ¡Muy poderosa!; contestó Ana.

-¿Y te gustó sentirte así?; quiso saber la Princesa.

-Sí mucho; dijo la joven.

-A mí también me gustó la primera vez; le comentó Lizbeth.

De pronto una fuerte ventolera pasó junto a ellas y las rodeó como un remolino.

-¿Qué es esto?; preguntó alarmada Ana.

Lizbeth, extendiendo sus abrazos atrapó a dos pequeños.

-Son mis hijos. Vampiros de raza pura; dijo orgullosa.

La noche había caído sobre París. Las jóvenes chilenas empezaron a sentir hambre; la ansiedad crecía en ellas. Alguien golpeó la puerta de la habitación. Parada afuera estaba Lizbeth acompañada de una mucama cargada de varias cajas llenas de ropa y calzados. María se apresuró a recibirle parte de su carga.

-Pobrecita, déjame ayudarte, eso debe estar muy pasado; dijo María.

-¿Eso es un chiste chileno Madame?; preguntó la doncella.

-No Francine, lo que pasa es que ellas hace muy poco que son vampiresas y nadie les ha enseñado; aclaró Lizbeth.

-¿Francine serías tan amable de mostrarles a estas señoritas lo fuerte que puede ser una vampiresa?; solicitó la Princesa.

-Encantada Madame; obedeció la criada.

-¿Podrían por favor sentarse en la cama señoritas?; les solicitó la joven.

Ana y María suponían que les haría alguna demostración de fuerza, tipo fisicoculturistas, así es que se llevaron una gran sorpresa cuando la doncella levantó con una sola mano a un metro de altura, la pesada cama en que ellas estaban sentadas.

Ana comprendió que no tenían conciencia de qué implicaba en todos los sentidos ser un vampiro.

-Me disculpo si te ofendí Francine, yo solo quería ayudarte; se excusó María.

-Está bien señorita, es comprensible la equivocación; aceptó la joven.

-Elijan algo cómodo para vestir esta noche; sugirió Lizbeth.

-¿Vamos a ir a alguna clase de fiesta?; preguntó Ana.

-Mi madre y yo las vamos a llevar a conocer París de noche; anticipó la Princesa.

Por el brillo en los ojos de ella, comprendieron que no se trataba de una fiesta.

Ana y María eligieron jeans, botas y chaqueta de cuero.

Lilith las esperaba en la entrada del castillo, vestida con un buzo negro y botas negras; llevando su cabellera tomada en una cola.

-¿Listas?; preguntó.

-Sí señora; contestó Ana.

-Entonces corramos hasta que ni el viento nos vea; dijo entusiasmada.

Un viento extraño entró en la ciudad.

-Ahora cazarán solas; dijo Lizbeth.

-No olviden confundirse con las sombras; aconsejó Lilith.

María vio a una mujer que caminaba cargada de bolsas de compras; la siguió hasta que se detuvo en un paradero de buses. Una vez a su lado, después de preguntarle la hora, la miró a los ojos.

-Acompáñame; le dijo a la mujer, la que dejando las bolsas en el suelo la siguió.

-La acaba de hipnotizar; observó Lilith.

María condujo a la mujer, que no oponía ninguna resistencia, a un callejón oscuro.

La desafortunada mujer ni se inmutó al momento en que María succionaba la vida de su cuerpo.

Lilith, Lizbeth y Ana se reunieron con María, cuyos ojos brillaban de energía y placer.

-Ahora es tu turno Ana; indico Lilith.

Se dirigieron a un parque en medio de la ciudad; Ana de pronto desapareció del lado del grupo. -Ahí está, dijo Lizbeth; señalando una rama de un árbol. Ana agachada acechaba sobre una rama; dando la impresión de ser una pantera cazando en la noche.

Sin hacer el menor ruido, Ana fue saltando de árbol en árbol, como si realmente se tratara de un gran felino. Finalmente localizó a su víctima; un solitario hombre que paseaba por el parque. Sigilosamente se posicionó sobre la rama del árbol que estaba junto a él. Silenciosamente, Ana se dejó caer a espaldas de él; tapándole la boca y mordiendo su cuello, de un salto lo llevó hasta una rama que la ocultaba totalmente. Todo ocurrió en forma muy rápida y silenciosa.

-Impresionante; exclamó Lizbeth.

Habían surgido a la superficie los depredadores que en silencio se habían desarrollado dentro de María y Ana, en el momento en que se convirtieron en vampiresas.

Ana se reunió con sus compañeras, con un intenso brillo en sus ojos, mientras se lamía los labios disfrutando la agradable sensación que le  provocaba la sangre.

-Las felicito a ambas; exclamo Lilith. -Estoy orgullosa de ustedes.

-Vamos a jugar al bosque; propuso Lizbeth.

-Estupenda idea; celebró Lilith.

Como una exhalación, las cuatro vampiresas salieron de la ciudad y se internaron en el bosque. Saltaban de rama en rama y giraban alrededor de los árboles orientadas solo por su visión térmica.

-Niñas me siento muy contenta de que ustedes estén ahora con nosotras; por favor siéntanse en su casa y considérennos sus amigas; habló emocionada Lilith.

-Señora sus palabras nos honran, es usted muy amable; respondió Ana.

De forma imprevista y sin  previo aviso, Lizbeth lanzó una violenta y rápida patada a la cabeza de María y Ana. María retrocedió tambaleándose y calló sentada al suelo. Ana en cambio salto hacia atrás y cayó de pie algo reclinada; sus ojos tenían un brillo rojizo y sus manos se armaron con las garras. Rápidamente se lanzó contra Lizbeth, con una mano por delante; esta detuvo el golpe en el aire, mientras golpeaba con una pierna hacia la cintura de Ana; la cual atrapó con su mano libre. De un salto Ana se elevó llevando a Lizbeth con ella; soltándola en el aire. Ágilmente Lizbeth giró, cayendo de pie, mientras sacaba sus garras.

-¡Suficiente Lizbeth!; ordenó la Reina. -Ana ha superado tu prueba.

-¿Prueba?; preguntó Ana.

-Después de verte cazar, decidí probar tus reacciones ante un ataque  inesperado y traicionero Ana. Tu respuesta ha sido más que satisfactoria. Has sido una adversaria digna y poderosa; le explicó Lizbeth

-Yo solo reaccione en forma refleja e instintiva; dijo Ana.

-Espero que sigamos siendo buenas amigas, Cadete Eguigurren; agregó la Princesa.

-¿Cadete? ¿Eso significa lo que yo creo qué significa?; preguntó atónita Ana.

-Solo si tú aceptas; aclaró Lizbeth.

-Siempre que María no se oponga; contestó Ana.

-No lo sé, ¿y si te pasara algo? Ser militar es peligroso; objetó María.

-Los vampiros somos prácticamente invulnerables, el entrenamiento solamente la haría más poderosa; opinó la Reina.

-En ese caso tiene mi permiso; dijo María.

Jacques, Lilith, Lizbeth y el Doctor Lacroix se reunieron para discutir el complicado caso de Chile.

-Como ya le conté doctor, en Santiago de Chile hay vampiros que han sido dejado libres a su suerte, cuando fueron transformados nadie les explicó nada de su nueva condición; solo eran dejado tirados después que alguien se alimentó durante una luna de sangre, teniendo que valerse solo de sus instintos para poder sobrevivir. En este momento no sabemos cuál es la población de vampiros en ese país. Quiero pedirle Doctor Lacroix que determine el tamaño de esa población, localice y capture a todos los vampiros de ahí y se preocupe de que reciban la educación y acondicionamiento apropiado; explicó la Reina.

-Es necesario que los vampiros de ese país sean trasladados momentáneamente al centro de control más cercano en Sudamérica, el cual me parece está en Buenos Aires, la capital de Argentina. Para poder llevar a cabo esta operación doctor contará con el apoyo de  una unidad de las Fuerzas Especiales junto a la cual deberá ir a Chile; esta será una misión de búsqueda y captura que debe ser realizada de tal manera que los humanos no sospechen ni se enteren de nada; ordenó Lizbeth.

-Es necesario que desarrolle un método para poder localizar en forma rápida a esos vampiros doctor; comentó Jacques Laberne.

-Podemos usar un satélite espía, ya que nuestro cuerpo genera un campo electromagnético muy particular y distinto al de los humanos; es solo cosa de recalibrar los sensores de uno y listo; después lo volvemos a dejar como estaba, así evitamos el riesgo de que los humanos se den cuenta de nuestra existencia; opinó el doctor.

-Puede llevar a María y Ana con usted doctor, ya que ellas nacieron en esa ciudad  serán muy útiles como guías; sugirió Lilith.

María se paseaba por la habitación tratando de comprender el mecanismo de modificación del funcionamiento genético que había tras el proceso de transformación de humano en vampiro; pero el libro estaba escrito en francés, el cual no se le hacía fácil. Tan absorta estaba que no escuchó la puerta que se abrió a su espalda. Sigilosa una figura se aproximó por atrás y sin que alcanzara a reaccionar, María sintió que la tomaban por la cintura al mismo tiempo que unos suaves labios besaban su cuello. Cuán grata era esa sensación y cuanto la extrañaba; desde que Ana había comenzado su entrenamiento militar y ella había ingresado nuevamente a la universidad, ya no tenían mucho tiempo para estar juntas.

-Hola linda; le susurró Ana al oído.

-Hola gatita; le contestó María.

-Estoy emocionada, mañana vamos a ir a Chile; le dijo Ana.

-Sí, necesitan dos expertas guías para esta misión; rió María.

En el salón de conferencias se reunieron junto al Doctor Lacroix, el teniente Díaz y la Princesa Lizbeth, quien ahora lucía su uniforme militar, en cuyos hombros destacaban tres estrellas y una franja, que indicaban su grado de Coronel de ejército.

-Muy bien, como ya saben, en Chile hay un grupo sin censar de vampiros; no sabemos en qué condiciones se encuentran, ni cuál es su estado mental y social; el Doctor Lacroix puede darles detalles al respecto; explicó la comandante.

-Nuestros satélites espías nos han permitido localizar cincuenta vampiros en el territorio de Chile, todos concentrados dentro de la ciudad de Santiago. Varios de ellos se mueven solo en la noche; debemos averiguar por qué; informó el doctor.

-En caso de que la misión se complique, la operación cambia a estatus militar y quedará a cargo del teniente Díaz. En el supuesto de una contingencia incontrolable, usted y sus hombres están autorizados para hacer uso de vaporizadores, teniente; aclaró la Princesa.

-Entendido Coronel; respondió el aludido.

-Igual que con el caso del Wendigo; protestó el doctor.

-¿Wendigo?; preguntó sorprendida María.

-Sí, el primero con que tenemos contacto y a la Princesa no se le ocurrió nada mejor que vaporizarlo; siguió alegando el doctor.

-Y de nada sirvió; contestó la Princesa distante. -Estaban en peligro la vida del general Renoir y la mía. Esa cosa tenía la fuerza suficiente para habernos descuartizado. Habría sido muy negligente intentar capturarlo y poner en riesgo nuestra sociedad; explicó Lizbeth.

-La comprendo Princesa, pero entienda la oportunidad científica que perdimos; seguía insistiendo el doctor.

-¿Debo recordarle su propio dicho doctor? “La única diferencia entre el genio y la estupidez, es que el genio tiene un límite”; concluyó molesta la Princesa.

-Ana y María, ya que nacieron en Santiago serán sus guías, solo eso. ¿Entendido?; indicó Lizbeth.

Todos asintieron sin discutir más; la Princesa se había puesto de muy mal humor.

-Ya tienen sus órdenes. Pueden retirarse y buena suerte; les deseó a todos.

-Teniente, dijo en privado a su subalterno, evite que el doctor se meta en líos; si es necesario arréstelo; pidió la Princesa más en tono de favor que una orden.

-Pierda cuidado Coronel Laberne, yo seré su niñera; dijo el Teniente Díaz y se marchó.

Dos días después, un Vampiro Fantasma se posaba sin hacer ruido en un sitio despoblado de la ciudad.

Durante dos días y noches, el equipo logró localizar y poner bajo custodia en estado suspendido a cuarenta de los vampiros. La captura de ellos fue relativamente sencilla. Sin embargo, diez se agrupaban en un sector de la periferia, lo que obligaba a los soldados a alejarse un poco de su campamento; este grupo estaba activo solamente durante la noche y el Doctor Lacroix necesitaba averiguar por qué.

Esos vampiros eran muy esquivos; sobre todo cuando empezaba  a salir el sol. Estaba claro que trataban de evitar la luz del día. Ese grupo estaba en una zona de irregularmente baja densidad poblacional; lo que indicaba que su depredación había sido excesiva.

Por tal motivo, los soldados decidieron ponerles una trampa. Una joven cabo, vestida de civil actuaría como carnada.

Paseaba distraídamente por una calle oscura. La cabo Gómez escuchó a alguien que la acechaba a quinientos metros. Se apoyó en un poste y dejó que su acosador se acercara más; cuando lo tenía a solo cinco metros de ella, como un rayo giró y lanzó una cuerda que se enrolló apretadamente en torno a su atacante, haciéndolo caer inmovilizado al suelo.

Ante la confundida soldado se hallaba un extraño sin cabellos, ojos rojos, puntiagudas orejas y largas garras, quién forcejeaba por soltarse; no se parecía en nada a un vampiro normal. En vista de que el extraño amenazaba con romper sus amarras, la cabo Gómez manipuló en su cinturón y una descarga eléctrica bloqueó el sistema nervioso de ese ser, dejándolo inconsciente.

Al rato llegó el resto del equipo. Todos quedaron muy sorprendidos de la apariencia tan desagradable de ese vampiro.

-Realmente fascinante; exclamó el doctor. -Es necesario hacer varios estudios para saber ante qué nos enfrentamos.

Por accidente un soldado encendió una linterna de luz ultravioleta, cuyo haz tocó la mano del extraño capturado.

Inmediatamente vieron como se producía una grave y humeante quemadura en su piel.

-Eso explica por qué su período de actividad se limita solo a la noche; observó el Doctor  Lacroix.

Para mantenerlo quieto, en la entrada de su celda, encendieron una barra de luz ultravioleta.

-Va uno y quedan nueve; dijo el teniente Díaz.

-¿Qué nos puede decir Doctor Lacroix?; quiso saber el oficial.

-Aunque son fuertes y rápidos, son poco reflexivos, incluso yo diría que son salvajes; por otro lado, nosotros estamos en ventaja, ya que no nos afecta la luz del sol. Podemos capturarlos fácilmente de día, mientras duermen; opinó el doctor.

-No creo que necesitemos esperar tanto doctor; desde que ese bicho despertó, ha estado generando un sonido de muy baja frecuencia, imperceptible en forma natural por nosotros. Si no me equivoco y nunca lo hago, está pidiendo ayuda a sus compañeros; dijo segura de sí misma la cabo Gómez.

-A eso se debe la forma de las orejas; concluyó el doctor.

-Teniente, esos bichos ya vienen para acá; informó Gómez.

-Muy bien, enseñémosle cuál es la raza de vampiros dominante. Cierren sus trajes; ordenó el teniente Díaz.

-Por favor manténganse detrás mientras nosotros nos encargamos, pidió la sargento Gatica a los civiles.

Cuando ya los tenían encima casi, el teniente ordenó atarlos con cuerdas. Sin embargo, los extraños las esquivaron; de alguna forma sabían hacerlo.

La sargento Gatica disparó un arma paralizante contra uno de los otros, pero éste ni se inmutó, continuó avanzando hacia ella; cuando estaba a punto de darle un zarpazo, el extraño vampiro se iluminó y se convirtió en una niebla que se disipó pronto.

La cabo Gómez había disparado justo a tiempo su vaporizador contra esa cosa.

La orden del teniente Díaz no se hiso esperar. -Vaporícenlos a todos; gritó.

Las armas de los soldados hicieron blanco en siete objetivos más. El aire, por un momento, quedó lleno de una fina capa de niebla.

El grupo de comandos se miró satisfecho; habían demostrado una vez más que eran la especie dominante sobre el Planeta Tierra.

El teniente Díaz permitió que los civiles descendieran de la nave.

-Doctor, los tuvimos que vaporizar a todos, de alguna forma sabían cómo defenderse de nuestras técnicas; informó el teniente.

-Por suerte pudimos contener a los ocho doctor; celebró la sargento Gatica.

-¿Ocho?, deberían haber sido nueve; corrigió el doctor.

-No percibo nada; dijo la cabo Gómez.

-¡Teniente!; gritó un soldado. -Una estela térmica se aproxima a gran velocidad; imposible hacer blanco.

-Activen barreras de energía; ordenó el oficial.

María cayó violentamente contra el suelo; sobre ella se pudo ver otro de esos horribles vampiros. Ella duras penas le sostenía las manos para que no la rasguñara, al mismo tiempo que alejaba la cara lo más posible de sus asquerosos colmillos.

Un soldado desenfundó su vaporizador y apuntó contra esa cosa.

-No dispare soldado, ordenó la sargento Gatica. -Vaporizaría a María también.

El terror de Ana pronto se convirtió en furia. Su novia estaba siendo atacada y eso no se lo permitiría a nadie. Sin siquiera pensarlo se abalanzó contra ese engendro, tomándolo fuertemente por el cuello y separándolo de María. Sin soltarlo dio un violento salto que la elevó unos quince metros; la cosa no alcanzó a reaccionar. Girando en el aire, con su presa en la mano, Ana aterrizó, estrellando en forma brutal al extraño contra el concreto.

Ana estaba cada vez más enfurecida. Sus ojos parecían dos puntos rojos brillantes, mientras que sus manos estaban fuertemente armadas de garras.

La criatura se incorporó y se lanzó contra la muchacha, quien la recibió con una impresionante patada en la cabeza, arrojándola a unos cuantos metros de distancia.

El ser era muy fuerte y se levantó nuevamente. En un rápido movimiento, Ana se puso a su espalda; tras replegar las garras de su mano derecha, asestó un tremendo puñetazo en la espalda del horripilante vampiro; el cual ya no se volvería a levantar más, porque su columna vertebral se partió en varias partes.

El brillo de los ojos de Ana era incandescente, manaba un intenso odio de cada poro de su cuerpo.

-¡Trataste de matarla, maldito!; fue lo único que dijo Ana cuando descargó su mano izquierda contra el cuello del monstruo, cuya cabeza rodo por el suelo, cortada por las garras de la joven.

-¡Cálmate Ana!; dijo el teniente Díaz. -Ya pasó.

Poco a poco Ana se tranquilizó. Sus ojos volvieron a la normalidad y sus garras se replegaron.

Cuando alguien iba a ver si estaba bien, se escuchó la voz del Doctor Lacroix que gritó. -¡No la toquen!

-Ana entró en contacto directo con la sangre de la criatura. Ella y María deben ser puestas en cuarentena ahora mismo; ordenó el doctor.

María y Ana fueron llevabas al avión y se les ordenó entrar en dos celdas, las que cerraron con barreras de energía.

La situación de ambas era incierta. El Doctor Lacroix debía averiguar rápido por qué esos vampiros eran tan distintos a ellos y si el agente que provocaba la mutación era transmitido por contacto directo o solo por mordedura.

-¿Y ahora doctor?; consultó preocupado el teniente Díaz.

-Vayamos a la base de las Islas Griegas, ahí está el mejor laboratorio; propuso el médico. -Informe a la Princesa de nuestra situación.

A los pocos minutos la nave se encontraba sobre espacio aéreo griego. Sus instalaciones eran las mejores y más avanzadas de toda la Nación Vampira.

En la base un operador de comunicaciones llamaba  a su comandante.        -Señor, es mejor que venga para acá, por favor. Es serio.

El comandante de la base era un hombre práctico y muy observador del protocolo, propio de los oficiales en los que se mezcla el militar y el científico.

-¿Qué es tan importante como para molestarme?; preguntó al operador que lo había llamado.

-Señor, una unidad de “La Rosa Negra” solicita permiso para aterrizar. Indican emergencia médica; dijo el aludido.

-Comandante, se escuchó una voz por el intercomunicador. -Soy el Doctor Pierre Lacroix y le solicito acceso de emergencia a sus instalaciones de investigación  biológica. Dos miembros de nuestro equipo han sido expuestos a un agente mutágeno desconocido y deben ser sometidos a análisis y descontaminación. Por favor, que su equipo nos reciba vistiendo trajes de aislación biológica de Nivel Cuatro; dijo directamente el médico.

-¡Nivel Cuatro!; exclamó el comandante de la base. -¿Está consciente de lo que pide? Aquí se  producen las unidades de sangre de emergencia. El protocolo de higiene es muy estricto; gruñó el comandante.

-Lo entiendo perfectamente, yo mismo diseñé el protocolo, pero esto es una emergencia; gritó el doctor.

-Señor; interrumpió el operador de comunicaciones. -Está entrando una comunicación encriptada de Prioridad Omega desde Francia.

Una pantalla de un metro se iluminó, mostrando a una muy seria Princesa. Lizbeth lucía su uniforme de Coronel y la insignia de la rosa negra, que era el distintivo personal de la Princesa de la Nación Vampira. La doble autoridad de Lizbeth Laberne era algo difícil de ignorar.

-¡Comandante!; dijo en tono muy diplomático. -Por favor le solicito que autorice el aterrizaje de mi equipo y que tengan acceso a todo lo que requieran.

-Eso es poco aconsejable, Alteza. El trabajo que en estas instalaciones se realiza es muy delicado y requiere de las más estrictas medidas de aislación; se opuso el comandante.

-Teniente Coronel Sartorius; cortó Lizbeth haciendo evidente la diferencia de rangos, la operación que realiza el equipo del Doctor Lacroix es vital para asegurar la supervivencia de nuestra raza; así es que, si esa nave no ha aterrizado en dos minutos, mis tropas de asalto tomarán e intervendrán esa base, poniéndola bajo el control militar de La Casa Real. Supongo que comprende lo que eso significa para su carrera, coronel.

Otra pantalla mostró diez Vampiros Fantasmas que se hacían invisibles, lo cual indicaba que estaban listos para despegar.

El comandante tragó saliva e hizo un gesto con la mano al operador de comunicaciones.

-Aterricen en la pista número dos; indicó el operador.

Ana y María fueron alojadas en salas de confinamiento aislado; fueron bañadas con distintos tipos de soluciones desinfectantes y sus ropas quemadas. Se les habilitó un sistema de comunicación interna para que pudieran hablar entre ellas.

-Siento mucho todo esto; dijo María. -Por culpa mía te has expuesto a quién sabe qué cosa.

-¿De qué estás hablando? Tú estabas en peligro y yo tenía que ayudarte; no podría soportar vivir una eternidad si te hubiese perdido. Te amo y lo sacrificaría todo por ti; contestó Ana.

-Yo también te amo; dijo María con las manos apoyadas en el vidrio blindado que las separaba.

El análisis del extraño vampiro permitió averiguar que el agente mutágeno era transmitido por medio de la mordedura; o lo que es más correcto, por medio del contacto entre líquidos corporales. Esto descartaba que el contacto físico común fuese una vía de infección.

Después de dos semanas, tras una serie de exámenes, se pudo concluir felizmente, que Ana y María estaban totalmente sanas. Se pudo establecer también que originalmente, María había sido transformada por  un vampiro común y corriente.

La mutación que había dado origen a los vampiros extraños había sido provocada por un gen recesivo que se encontraba presente en algunos humanos, y que para poder expresarse, se debía combinar con su versión presente en algunos vampiros. Para evitar que en un futuro volvieran a surgir esos mutantes, ese gen sería eliminado del genoma de los vampiros.

Ana y María fueron dadas de alta y pudieron abrazarse nuevamente, después de estar tres semanas separadas.

El comandante de la base estaba contento porque al fin todo volvería a la rutina tan querida de su pequeño dominio.

Un Vampiro Fantasma solicitó permiso para aterrizar.

-¿Pero qué diablos pasa? ¿Es que no me van a dejar tranquilo?; gruño el comandante.

Un destacamento de soldados de las Fuerzas Especiales, encapsulados en sus negros trajes de combate descendió de la nave, formando dos filas paralelas. Enseguida descendió Lizbeth, luciendo en su traje ambas insignias que indicaban su doble estatus de autoridad.

Escoltada por su guardia personal la Princesa se dirigió hasta el teniente Coronel Sartorius.

-Al fin nos conocemos personalmente comandante; saludó Lizbeth.

-¡Princesa!; saludó el comandante, mientras se cuadraba ante su superior.

-Fue incómoda nuestra primera entrevista comandante; recordó la coronel Laberne, mientras movía la cabeza de lado a lado; al tiempo que arrancaba las jinetas de los hombros del atónito oficial.

-¡Pero Señora, yo obedecí sus órdenes!; protestó él entre rabia y humillación.

-Ya no necesita más esas insignias; le dijo Lizbeth con los ojos brillantes.

-Ya no las necesita, General.

Un soldado se acercó a la Princesa trayendo una cajita de oro en sus manos. En su interior lucían las insignias de general.

-¡Perdón! ¿Cómo dijo?; preguntó incrédulo el comandante.

-Dije General; repitió Lizbeth, al tiempo que fijaba las nuevas jinetas en los hombros del ascendido oficial.

-Su comportamiento ante la inminente crisis que enfrentó nuestra raza; su celoso juicio para cumplir al pie de la letra los protocolos de seguridad y su capacidad de respuesta ante situaciones inesperadas, lo convierten en el candidato perfecto para comandar la nueva “Fuerza de Respuesta Biológica”. Su jurisdicción es a nivel planetario y depende directamente de La Casa Real y solo ante ella responde. De las Fuerzas Especiales puede elegir a quién usted estime conveniente para formar una fuerza de elite única en su género; explicó la Princesa.

-Lo felicito General Sartorius; saludó militarmente Lizbeth y luego estrechó su mano.

En el avión de la Princesa iban el Doctor Lacroix, Ana y María.

-¿Qué le parecen ahora  las experiencias de campo doctor, satisfacen su curiosidad científica?; preguntó Lizbeth.

-Fue muy enriquecedora, pero definitivamente prefiero mi laboratorio; comentó el médico.

-Además tengo un nuevo libro que escribir sobre mutaciones del ADN vampiro y espero que María, con quién compartiré la autoría me ayude, ya que es un genio; continuó el doctor mientras sonreía a María.

-¿Y tú Ana?; quiso saber la Princesa.

-Supongo que de vuelta a la Academia para seguir mi entrenamiento; contestó la cadete Eguigurren.

-Según lo que me contó el teniente Díaz y según recomendación de él, debes incorporarte al curso de entrenamiento avanzado de combate; comentó Lizbeth.

-Pero ese es solo para futuros oficiales; observó Ana.

Lizbeth no contestó nada, solo le guiñó un ojo.

-Por ahora creo que nosotros cuatro nos merecemos unas buenas vacaciones en una playa tranquila del Mediterráneo; sin monstruos, ni libros, ni trabajo. Tres semanas con solo mar, arena y sol, propuso Lizbeth con un pícaro brillo en los ojos.

-¿Sin libros pequeña? ¿Y ese que llevas en el estuche del cinturón?; preguntó el doctor, recordando cuando la pequeña Lizbeth era solo una niña humana.

-Es solo uno chiquitito doctor; dijo mientras le sacaba la lengua y lo abrazaba recordando cuando la cuidó a los quince años, siendo humana todavía, la vez en que se torció un pie.

 

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 3 – Hielo de Muerte

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Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 3
Hielo De Muerte

La nieve caía con ganas en esa época del año en el pequeño pueblo de Alaska. Aunque decir pueblo era decir demasiado; antes había sido una próspera estación maderera, pero eso ya era historia pasada. Los jóvenes, de a poco, empezaron a emigrar hacia las ciudades; apenas tenía ahora unos cien habitantes y los únicos ingresos provenían de los escasos turistas que de vez en cuando iban de excursión.

-¡Y pensar que ahora podría estar asoleándome en el Mediterráneo!; alegó la bella joven.

-¡Vamos querida!, siempre es lo mismo; ya teníamos que cambiar el paisaje. Además necesitábamos vacaciones solos tú y yo, sin los niños; le dijo  su marido mientras la tomaba de la cintura para besarla.

-Sí es cierto, en eso tienes razón; pero podría haber sido un lugar con más sol y calor. Me llegan a doler los huesos de frío; siguió reclamando la mujer.

-Sabes que eso no es posible Liz; le dijo el hombre a su esposa mientras le daba una palmadita por detrás.

-¡Está bien!; aceptó resignada. Si no hay alternativa disfrutémoslo entonces; dijo y se tiró sobre él.

-¿Qué es esto?; preguntó Liz, mostrando una bolsa de rojo líquido en la mano. -¿Comida en conserva?

-Bueno, este pueblo tiene apenas cien habitantes ¿Te imaginas qué pasaría de lo contrario, con nosotros dos aquí un mes?

-¡Sí!, lo dejaríamos reducido a menos de la mitad; Lizbeth se encogió de hombros y aceptó.

-¿Qué tal si vamos a conocer el lugar?; propuso la joven.

Entraron en el único restaurante, el cual era atendido por su dueño y además alcalde del poblado.

¡Oh!, pasen, pasen, los atiendo enseguida; corrió a prepararles una mesa a los recién llegados.

-Permítanme ofrecerles la especialidad de la casa; filete de reno con puré de patatas; es delicioso.

-¿De paso por nuestro hermoso pueblo?; preguntó el encargado.

-Sí. Vamos a estar un mes; contestó el hombre.

-Por su acento supongo que no son de por acá; observó el dueño del local.

-Somos de Francia; contestó la joven mujer.

-¡Oh, Francia! ¡Estupendo!; dijo el alcalde.

-Estupendo; pensó para sí, imaginando todo el montón de euros que gastarían esos turistas ahí.

-¡Váyanse de aquí! Es peligroso. Todos deberíamos irnos; se acercó una vieja mujer que había estado sentada en otra mesa.

-¡Por favor Gladys!, no empieces con eso de nuevo; la paró enojado el alcalde.

-¿Pasa algo?; preguntó el forastero.

-¡No, claro que no!, son solo cuentos de viejas supersticiosas; dijo el encargado.

-¡No on cuentos! Hace cien años en un invierno como este, murieron tres leñadores. Se los llevó el Wendigo. Y este invierno está igual de frío; advirtió la vieja india.

-¡Ya Gladys!, termina de una vez. Siéntate y tómate un trago mejor; le ofreció su amigo.

Lizbeth y Marcel se encogieron de hombros y se dedicaron a comer su almuerzo, el que por cierto tenía buen sabor.

No había mucho que hacer en el pueblo, aparte de vida social en el restaurante; así es que el matrimonio de turistas se lo pasaban ahí y en su cabaña, ya sea leyendo, jugando a las cartas y a algún otro tipo de juegos.

Cuando estaban precisamente en uno de esos juegos, escucharon un alboroto desusado que venía de la calle.

Después de ponerse presentables salieron a ver qué ocurría.

La gente se agolpaba alrededor de la única camioneta que había en el pueblo.

En la parte trasera de esta traían a un joven muy robusto, con el pecho desgarrado.

El doctor, después de observarlo, sentenció. -Lo ha matado un lobo.

-Un lobo no se come solo el corazón y deja el resto; se escuchó la voz de la vieja Gladys. -Es el Wendigo que ha vuelto.

-Ya córtala con eso Gladys; cortó el doctor. -El Wendigo no existe, más que en tus botellas.

Todos los presentes rieron, más para tranquilizarse que por el chiste.

-¿Pasa algo malo?; preguntó Marcel.

-¡Oh, no nada!; contestó presuroso el alcalde.

-Es que un pobre muchacho fue atacado por lobos. Eso no es muy raro por estos lados.

A los dos días apareció otro hombre muerto en el bosque; también a él un animal le había arrancado el corazón. Hacía tanto frío que cuando lo encontraron el cadáver ya estaba congelado.

En la cabaña el matrimonio conversaba sobre lo acontecido aquellos días en el pueblito.

-¿Qué opinas Liz?, ¿crees qué sean lobos los que están atacando?; preguntó Marcel.

-No lo sé. Desde que llegamos no he escuchado ningún lobo y ahora que lo pienso, eso es extraño en esta región; contestó Lizbeth.

-Al menos estoy segura de que tú y yo no hemos tenido nada que ver  con esas muertes; le dijo a su esposo, mientras le guiñaba un ojo.

Ella se paseó un ratito, al cabo del cual se sentó y tomó una maleta que había junto a la cama.

-¡Ya no aguanto más la curiosidad!; dijo al tiempo que de la maleta sacaba un cintillo de metal y se lo tiraba a su marido.

Perplejo lo tenía en la mano mientras miraba en el interior de la maleta.

-¿Trajiste esto a nuestras vacaciones?; exclamó atónito.

-Ya sabes; dijo ella. -Es mejor tener uno y no necesitarlo, que necesitar uno y no tenerlo.

Dentro dos trajes negros de un extraño material brillante estaban perfectamente doblados.

-¿A quién se le ocurre llevar trajes de combate furtivo a sus vacaciones?; seguía sin poder creerlo Marcel.

-¡Ya deja de alegar y póntelo!, tenemos que averiguar qué pasa. ¿O te tragaste el cuento de los lobos? Aquí hay un depredador y esta vez no somos nosotros; dijo tajante la mujer.

Ya embutidos en los trajes parecían dos estatuas de mármol negro, pero que a pesar del brillo, no reflejaban ninguna luz.

-Ya sabes el dicho: puedes alejar al ejército de tu esposa, pero no a tu esposa del ejército; acababa de inventar Lizbeth.

-Además, no puedes negar que  me veo muyyyyy bien con este traje; rió coqueta la joven.

Marcel no pudo más que aceptar, mientras admiraba la hermosa figura de Lizbeth.

-¡Bueno Coronel Laberne! ¿Está lista?; pregunto Marcel.

-¡Lista General Renoir!; contestó Lizbeth mientras se cuadraba militarmente, haciendo sonar los tacos de sus botas.

A los pocos minutos los dos soldados estaban en medio del bosque. Eran dos sombras que parecían fantasmas al moverse. Ni siquiera su respiración se oía. Gracias a los cintillos que llevaban puestos no necesitaban pronunciar palabra alguna para poder comunicarse; era la última incorporación al equipo estándar de las secretas Fuerzas Especiales de la inexistente, al menos para los humanos, Nación Vampira.

Aguzando sus sentidos al máximo rastreaban cada centímetro de bosque. A sus oídos llegaba el sonido de cada copo de nieve que caía; su visión infrarroja hacía que ninguna sombra en ningún lugar del bosque quedara oculta.

Nada podría escapar a dos comandos vampiros; sobre todo teniendo en cuenta que esos dos soldados eran los mejores guerreros de sus fuerzas armadas.

Sin embargo…

Lizbeth no alcanzó a darse cuenta cuando cayó derribada por un monstruoso ser de dos metros y medio de alto.

Marcel corrió a ayudar a su esposa pero fue lanzado a unos cuantos metros de un solo golpe de esa criatura.

Lizbeth estaba inmovilizada bajo el peso de esa cosa.

Viendo a su marido incorporándose de a poco, lanzó sus piernas hacia arriba; haciendo caer de espaldas al extraño ser.

Una vez de pie ella cubrió su cara con la careta del casco y descargó toda su furia en una verdadera andanada de patadas; ni siquiera un vampiro podría haber resistido ese brutal castigo sin sentir mucho dolor al menos. Pero eso era fuerte, extremadamente fuerte.

Cuando Marcel se pudo poner de pie, se abalanzó hacia el monstruo, con una pierna por delante, mientras giraba y con la otra golpeaba violentamente su cabeza, un viejo truco que siempre funcionaba.

Al verse superada en número, la criatura escapó internándose en el bosque.

Una vez solos, los dos esposos se miraron perplejos.

-¿Estás bien?; pregunto Marcel.

-Humillada pero bien; contestó Lizbeth. -¿Y tú?

-Sí, bien también.

-Volvamos a la cabaña; dijo Lizbeth. -Tengo miedo.

Marcel asintió. Nunca pensó que sería testigo del día en que su esposa, la Coronel Lizbeth Laberne, Comandante de las Fuerzas Especiales de la Nación Vampira sintiera miedo; y siendo sincero, la verdad es que hasta él sentía algo de temor en ese momento.

-¿Qué diablos fue eso? Si no fuese porque se activó la barrera de energía del traje creo que me podría haber matado; dijo Lizbeth entre preocupada y avergonzada.

-A pesar del escudo casi me saca la cabeza con ese golpe; se quejó Marcel.

En la cabaña ambos guardaban silencio.

Nunca un vampiro había enfrentado a un enemigo igual o más poderoso que él. Siendo la especie dominante en el planeta, resultaba difícil de aceptar.

-Veamos qué información tenemos  sobre esa criatura; empezó Lizbeth a teclear en su computador portátil. -Nuestra base de datos no muestra nada; veré en Internet.

-¿Cómo lo llamó la india?; preguntó la mujer.

-Wendigo; contestó Marcel, mientras comprobaba que los trajes no hubieran sufrido daño.

-¡Aquí está!, Wendigo: “Criatura perteneciente al folclore o mitología de los aborígenes norteamericanos; que se alimenta de corazones humanos; su corazón es de puro hielo”. Eso explica por qué no lo vimos hasta que nos pegó; esa cosa no genera calor, así es que es invisible en infrarrojo; explicó Lizbeth.

-Y como nosotros nos guiamos por nuestra visión infrarroja para cazar, se nos escabulló hasta que nos atacó; completó Marcel.

-Por suerte nosotros también podemos ser totalmente imperceptibles; dijo Lizbeth con los ojos brillantes.

-¿Dice cómo matarlo?; preguntó Marcel.

-Según esto, hay que sacarle el corazón, luego romperlo y finalmente quemarlo; leyó Lizbeth.

-¡Esto es mucho trabajo!; concluyó y tomando un pequeño maletín de plástico sacó dos pistolas y le pasó una a su esposo.

-¡No lo puedo creer!; exclamó éste. -Vaporizadores entre el equipaje de vacaciones. ¿Quién firmó la autorización para sacarlos de una unidad de combate?

-¡Yo la firmé!; contestó molesta Lizbeth.

-Recuérdame revisar el reglamento cuando regresemos; dijo Marcel.

-¡El reglamento está bien!, yo misma lo escribí; terminó Lizbeth.

Marcel prefirió no discutir; tal vez al final y al cabo, las armas traídas por su esposa eran lo único que les permitiría salir de este lio.

-Es mejor que esta vez activemos el camuflaje fantasma; opinó Marcel.

-Sí, tienes razón.

En el bosque los dos se movían totalmente ocultos. El camuflaje fantasma, aparte de volverlos invisibles, los hacía totalmente imperceptible en rangos tanto infrarrojo, como ultravioleta del espectro electromagnético; sus cuerpos así cubiertos, tampoco emitían ningún sonido.

De nada servía intentar rastrear la huella de calor de la criatura; así es que recalibraron los sensores térmicos de sus cascos para que detectaran cualquier cosa más fría que la temperatura ambiente del bosque. El paisaje ahora se veía en distintos tonos de azul.

Su audición amplificada ahora por el casco, les permitió escuchar una leve respiración a unos quinientos metros del lugar donde se hallaban.

En unos cuantos segundos llegaron a un claro en el bosque. Agachado sobre el cuerpo sin vida de otro aldeano, el monstruo sacaba y devoraba su corazón.

La criatura no sabía que en ese preciso instante, estaba siendo observado por dos pares de ojos, que si alguien los hubiese podido ver, habría dicho que eran como brazas al rojo vivo pertenecientes a algún demonio.

-Hasta aquí llegaste; pensó Lizbeth mientras desenfundaba su pistola y disparaba contra aquella cosa.

El rayo pegó de lleno en el cuerpo del monstruo, el que tras dar un alarido, se iluminó completo y se convirtió en una niebla que pronto se disipó.

-Siempre he dicho que la mejor solución es la más…;Lizbeth no alcanzó a terminar su frase. Con incredulidad vio que las volutas de vapor se empezaban a reunir en torno a un punto que fue creciendo hasta alcanzar dos metros y medio de alto.

-¡Esto es imposible!; pensó para sí y para Marcel.

Frente a ellos el Wendigo estaba de pie a pesar de haber sido vaporizado recién.

La criatura miraba a su alrededor buscando qué lo había atacado, pero nada veía.

-¡La leyenda!, recuerda la leyenda; pensaron los dos al mismo tiempo.

-Es hora del Plan “B” querida; pensó Marcel.

-¡Qué diablos!; gruñó para sí Lizbeth, al tiempo que de las pulseras que llevaba en ambas muñecas, surgieron filosas e invisibles espadas.

El monstruo aulló de dolor y espanto al ver caer sus brazos al suelo, sin saber qué los había cortado.

Desde los guantes de Marcel crecían largas garras que ensartó en la espalda de la bestia, abriendo una gran herida que dejaba a la vista un corazón de hielo, el que a causa de los sensores de temperatura recalibrados, los vampiros veían como un gran diamante azul de forma extraña.

Sin perder el tiempo, Lizbeth metió su mano y sacó el congelado corazón.

Marcel con el taco de su bota rompió en mil pedazos el único punto vulnerable de la cosa.

Con ayuda de una bengala encendieron una fogata en la que arrojaron todos los pedazos del horrible corazón del Wendigo. Cuando todos hubieron ardido entre las llamas, el cuerpo del ser que casi mata a dos poderosos vampiros, se convirtió en polvo que se llevó el viento.

Tres días después, los dos turistas cancelaban las cuentas, dejando una generosa propina. El alcalde del pueblo estaba a más no poder de felicidad.

La vieja Gladys se sentó en la mesa que ocupaba la pareja y sonriendo por primera vez en años, les dio las gracias, mientras tomaba sus manos.

-¡Gracias, muchas gracias!; exclamó emocionada.

-¿Por qué?; preguntó Lizbeth con curiosidad.

Profunda se escuchó la voz de la india. -Los espíritus del bosque me han contado algo que pasó ahí hace tres noches.

Los ojos de Marcel se abrieron muy grandes.

-Tranquilos; los calmó la anciana. -Su secreto está seguro conmigo.

-Además, nadie me cree nunca; se rió.

Sacándose un collar, la vieja india lo puso en el cuello de la joven extranjera.

Lizbeth a cambio le obsequió una rosa negra que llevaba en una mano.

Haciendo una reverencia con la cabeza  la anciana agradeció.

-Me honra Princesa.

-¿Pero cómo puede saber…? Lizbeth prefirió no terminar la pregunta.    -Mejor dejémoslo así.

Esa noche la vieja Gladys guardó la rosa negra como su tesoro más precioso.

En la noche se oyó a un lobo aullar en el bosque, todo volvía a su curso normal.

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 2 – El Bosque 6 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 2
El Bosque

En un pueblo pequeño no había muchos negocios para regodearse al momento de comprar, así es que obligada a hacerlo en el único supermercado, aunque tuviera que pagar el doble que en la ciudad; al menos el poco personal que ahí trabajaba era simpático.

La cajera, tal vez queriendo ganarse una propina extra, se hizo la amiga.

-Hola, ¿eres nueva en el pueblo?

-Sí, llegué hoy no más. Voy a pasar unos días.

-¿Dónde te vas a alojar?

-Ohh; en la cabaña de la colina. Es de mi familia; contestó la joven.

-¿Cómo cancelas?; preguntó la cajera.

-En efectivo; contestó la clienta y sacando un fajo de euros se dispuso a pagar.

-¡Pero niña!, no seas tan descuidada. No saques tanto dinero, sobre todo si andas sola; la previno la encargada.

En la otra esquina del supermercado, cuatro tipos de esos que uno no quiere encontrarse en una calle solitaria, observaban a la descuidada joven; con un gesto, sin decir nada, se pusieron rumbo a la colina…

-Bueno gracias, me voy; dijo la forastera.

-¿Quieres que te acompañe alguien?; ofreció preocupada la cajera.

-No gracias; está cerca y es de día aún.

-¡Bueno cuídate!; se despidió la tendera.

Los cuatro tipos llegaron a la cabaña de la colina antes que la joven.

-¡Qué feo adorno!, ¿a quién se le ocurre colgar una rosa negra en la puerta?; preguntó uno de ellos.

Silbando una canción la muchacha abrió la puerta y entró.

El susto que se llevó la chica al ver a cuatro desconocidos dentro de la casa fue mayúsculo.

-¿Qué hacen aquí?, ¿qué quieren?

-¡Hola linda!; dijo uno.

-Pensábamos que podríamos hacer una fiestecita contigo; agregó otro.

Sin otra alternativa, la joven salió corriendo de la cabaña y se dirigió al bosque.

Los cuatro facinerosos rieron burlones.

-¡No te vayas bonita!

-Nos vamos a divertir.

Los cuatro corrieron detrás de la chica, la cual se veía ya algo cansada.

La muchacha en su huida tropezó en una piedra y calló.

Se levantó y miró hacia donde venían sus perseguidores.

Una cacería había empezado.

Sin darse cuenta los cuatro bandidos fueron internándose cada vez más en el bosque.

-¿Pero dónde diablos se metió la maldita?; preguntó uno; la muchacha no se veía por ningún lado.

-Mejor, así es más entretenido; celebró el mayor.

Al volverse para orientarse, los miserables se dieron cuenta de que faltaba uno de ellos.

-¿Dónde se fue Juan?; preguntó uno.

-Debe estar orinando; opinó otro.

-¡Juan!; lo llamaron.

Pero Juan no contestó.

-Allá él, más lana para nosotros.

Después de un rato y detrás de una roca, los tres se quedaron de piedra. Juan yacía tirado; con los labios azules y la piel blanquecina.

-¿Pero qué diablos le pasó?; se preguntó uno de los bandidos, mientras se santiguaba.

-No sé, pero esto no me gusta nada; contestó el que estaba más cerca.

-Encontremos a la mosquita muerta y larguémonos de aquí.

Los tres cobardes dejaron tirado el cadáver de su amigo, sin darse cuenta de las cuatro marcas que tenía en el cuello.

Unos cien metros más allá, se sintió un ruido entre las ramas. Al volverse notaron que ahora solo había dos de los cuatro; Diego ya no estaba.

Un alarido se escuchó entre la espesura.

Corrieron hacia donde habían escuchado el grito, solo para encontrar a su camarada con el pecho abierto.

-¡Le han sacado el corazón!; exclamó uno, mientras el otro vomitaba.

-¡Vámonos de aquí!; dijeron los dos y largaron a correr.

Poco más allá, sentada en el tronco de un árbol caído estaba la muchacha, quién les habló.

-¡Hola chicos!, ¿es que ya no quieren jugar conmigo?; preguntó con una mirada maliciosa, mientras se chupaba los dedos llenos de sangre.

Al mirar de nuevo hacia allá, los dos bandidos que quedaban se dieron cuenta de que ya no había nadie.

-¿Pero qué diablos está pasando?; preguntó angustiado uno.

-Pasa que la maldita nos está cazando, eso es lo que pasa; contestó el otro.

Agotados de tanto correr tuvieron que detenerse a recobrar el aliento.

Una sombra pasó y se llevó a Antonio. Éste no supo cómo llegó hasta la rama de un árbol; y parada junto a él estaba la joven.

-Hola lindo, ¿te puedo hacer cosquilla?; dijo mientras pasaba uno de sus dedos por el cuello del aterrado hombre, quién cayó con la garganta cortada.

De pronto se escuchó la voz de la muchacha quien cantaba.

-“Juguemos en el bosque ahora que el lobo no está. ¿El lobo está?…”

Desde atrás Paco sintió una respiración en la nuca, pero al volverse no vio a nadie. De frente a él estaba parada la joven.

-¡Hola amigo! ¿Ya se te pasó lo valiente? ¿No te gustaba abusar de pobres mujeres indefensas como yo?

La mujer le rodeó el cuello en un movimiento que anticipaba un beso.

El hombre estaba paralizado y con terror vio crecer los colmillos de la muchacha.

Al otro día en el supermercado, una risueña clienta hacía sus compras.

-Hola amiga; saludó la cajera. -¿Llegaste bien a casa ayer?

-Sí, súper; contesto la joven.

-Debes tener más cuidado.

-¿Por qué?; pregunto la chica con voz ingenua.

-La policía busca a cuatro bandidos muy peligrosos que ya han atacado a varias mujeres en otros pueblos; le contó la cajera.

-No creo que anden por aquí, ya deben estar lejos ahora; opinó la joven.

La cajera se fijó en la rosa que llevaba la muchacha.

¡Que linda flor, y que rara!, nunca había visto una rosa negra.

-Ahh, la encontré en el bosque y no es tan rara. Hay muchas más de las que crees; dijo la chica.

-Sí es posible; pensó la cajera.

-A propósito, ¿cómo te llamas linda?; preguntó la encargada del supermercado.

La joven se volvió y sonrió.

-¡Lizbeth!…

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 1 – Bajo la Luna de Sangre

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     Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 1
Bajo La Luna De Sangre

Era el invierno de 1183, en París cuando todo comenzó. El tiempo transcurrido torna difusos los recuerdos y es que ochocientos treinta años son demasiado tiempo.

No era una persona violenta, más bien era tímido; y de eso se aprovechaban los abusadores de siempre para hacerme el blanco de sus bromas de mal gusto. Claro que en casa encontraba el gran apoyo en mi esposa, mi hija y mi hijo; los cuales siempre me demostraban su amor, diciéndome que no cambiara, ya que preferir la paz en un mundo caótico era una bendición y una muestra de valentía.

Sin embargo, un mal día en el mercado, al negarnos a darle una moneda a un vago, éste le arrancó el bolso de la mano a mi esposa haciéndola caer al barro. Furioso me abalancé sobre él, pero de un solo golpe me derribó. Cuando desperté en mi cama tenía un gran chichón en la frente y una terrible sensación de impotencia y vergüenza al no ser capaz de defender a la compañera de mi vida.

Poco a poco empezó a crecer en mí el deseo de ser fuerte, más fuerte que cualquier persona. Quería poder, poder sin límites.

No comprendí entonces que todo tiene un precio y consecuencias.

Loco por una sed enfermiza de poder, empecé  a estudiar artes ocultas. Pensaba que a través de la hechicería sería capaz de hacerme lo suficientemente fuerte como para poder defender a mi familia de cualquier amenaza, ya sea de este o del otro mundo.

Cuando ya me sentía lo suficientemente capaz para controlar cualquier cosa di el gran paso.

Me dirigí una noche a un claro en medio del bosque cerca de la ciudad. El viento desplazaba las nubes dejando ver una plateada luna llena, los relámpagos a lo lejos anunciaban una inminente tormenta.

Una vez preparado comencé el macabro ritual que cambió toda mi vida y también la de los demás. Las llamas de la hoguera encendida parecieron cobrar vida. Una forma extraña empezó a materializarse en ellas. Saliendo del fuego apareció un hombre alto, de cabello rubio, cuyos ojos intensamente azules brillaban con un resplandor parecido al de los relámpagos que se hacían más violentos a cada instante que pasaba.

El aire se enfrió de forma brusca, los ruidos del bosque cesaron de golpe, era como si la vida se hubiese escapado de los alrededores. Solo la tormenta que se desencadenaba se oía a lo lejos.

El extraño parecía brillar con un resplandor propio, el cual le confería un aspecto sobrecogedor, pero que helaba la sangre y cortaba la respiración.

En el fondo yo sabía que él estaba ahí, parado frente a mí, porque había respondido a mi llamada. Él había obedecido a mi llamado…

Dime  por qué me has llamado, habló el hombre, con una voz calmada que parecía salir de todo el rededor.

-¿Quién eres?; pregunté.

El extraño se sonrió y movió la cabeza de lado a lado en forma burlona, como si la pregunta fuese muy inocente o yo fuera un tonto.

Con toda calma contestó: -De muchas formas me han llamado y muchos nombres me han dado y en el fondo tú sabes quién soy. En todo caso si lo prefieres me resulta más grato el nombre que me puso mi padre al momento de, digamos, hacerme uno de sus favoritos…Puedes llamarme Lucifer; aunque es más apropiado que te dirijas a mí diciéndome Mi Señor…

-¡Bueno, vayamos al grano! ¡Dime de una vez para que me  llamaste!

Al cabo de un rato logré recuperarme de la impresión y pude expresar mi deseo.

-¡Mi Señor!, demasiado tiempo he tenido que soportar el abuso de todo el mundo; ni siquiera soy capaz de defender a mi esposa de un vago. Estoy cansado de ser un débil y un inútil; quiero tener poder, mucho poder…, me lo merezco. Quiero que tiemblen ante mí.

-¿Deseas fortuna, ser muy rico acaso?

-No Mi Señor. El dinero no me interesa; quiero tener mucha fuerza, quiero ser invencible a la hora de pelear.

-Mmm, creo que eso se puede arreglar. .. Pero yo a cambio deseo algo de ti. ¿Estarías dispuesto a entregarme tu alma y a servirme solo a mí a cambio de que yo te convierta en la persona más fuerte de este mundo?

El precio era alto; pero la ganancia también lo era, así es que acepté sin dudarlo.

-Si Mi Señor, estoy dispuesto a ser tu humilde servidor si me concedes lo que te pido.

El Señor de Las Tinieblas, rió satisfecho y agregó: -No deseo que seas humilde, al contrario, debes ser altivo y orgulloso del inmenso poder que tendrás, ya que nadie será rival para tu fuerza y nadie se podrá oponer a tu voluntad, … Excepto yo claro está.

Sus ojos brillaron con una expresión maligna y me habló en forma profunda.

-Te advierto, que tu vida cambiará para siempre. El tiempo dejará de tener significado para ti, nada que hagan los humanos podrá lastimarte, en las tinieblas te moverás como una forma de respeto hacia mí. La fuerza que me pides viene de la vida,  Ia vida de los demás, la vida que corre por sus venas; de sangre humana te alimentarás. Cada día, cuando la oscuridad se cierna sobre la humanidad, antes de medianoche deberás haberte alimentado, de lo contrario morirás y yo vendré a reclamar tu alma.

-Ahora ya es tiempo de cambiar tu esencia; diciendo esto pasó una de sus uñas, que ahora parecían delgados cuchillos, por la muñeca de su mano derecha, provocándose una herida de la que empezó a manar un rojo hilo de sangre. De mí sangre te alimentarás primero. Con este acto nuestro pacto queda sellado por toda la eternidad. Durante la próxima luna sangrienta sentirás una sed incontenible, que solo podrás saciar con sangre humana; en ese momento tu transformación estará completa.

Me desperté al día siguiente, todo parecía haber sido solo un sueño; me levanté apresurado y salí corriendo a la Universidad de París, donde me desempeñaba como profesor de geometría en la Facultad de Artes Liberales. Como se ve estaba en el centro mismo del conocimiento del mundo civilizado.

Habrá pasado como un mes desde mi extraño sueño, cuando al ponerse el sol me empecé a sentir muy extraño. Una sed muy grande me empezó a molestar.

Por más agua que tomase, la sed no hacía más que crecer, tornándose realmente insoportable. A mi memoria regresó todo lo ocurrido aquella noche en el bosque y comprendí que a veces los sueños se convierten en realidad.

No sabía cómo comportarme; por suerte llegaron a casa unos profesores y alumnos de la universidad, esperando que los acompañase a beber unas cervezas a la hostería. Mi esposa me animó diciéndome que me haría bien salir y distraerme un rato…No se imaginaba cuánta razón tenía.

Las cervezas venían una tras otra y ni siquiera me mareaban un poco, mientras que a mis compañeros de juerga se les empezaba a notar la borrachera. Me gustaba la sensación de superioridad ante todos los demás clientes de la cantina. Sin embargo, la sed se tornaba insoportable.

Uno de mis colegas se alejó de nosotros y regresó acompañado de unas cuantas rameras. Después de un rato todos decidimos retirarnos, cada uno con su amante ocasional. La joven con que iba era delgada, con un hermoso cabello negro que caía sobre sus hombros. Llegamos a una pequeña casita donde vivía y donde nadie nos molestaría.

La abracé de espaldas y ella se dejó acariciar. Empecé a besar su cabellera y el aroma que manaba de su cuerpo me estaba descontrolando. No era el olor típico del perfume o de la piel de mujer. Yo recordaba ese olor, lo había sentido en el bosque esa noche. Podía sentir el olor de la sangre que bañaba todo su ser por dentro; era como una droga irresistible.

Moví su cabellera hacia un lado, dejando al descubierto su delicado y hermoso cuello. Ella rendida ante mí ladeó la cabeza hacia un lado, invitándome a que me sumergiera y besara aquella parte de su anatomía. En forma casi instintiva supe de pronto que es lo que debía hacer. Inclinándome hacia ella acerqué mi boca a su cuello, pero en lugar de besarla, como ella lo deseaba, clavé mis dientes y empecé a beber su sangre. En un principio ella se retorció de dolor y terror, pero luego su respiración se agitó como si le estuviera gustando; finalmente, después de un rato la muchacha ya no se movía más. Yacía sin vida, desangrada entre mis brazos y con la marca de cuatro colmillos enterrados en su cuello.

Una energía como nunca antes había sentido recorría todo mi ser. Mis sentidos alcanzaban a percibirlo todo hasta en sus más mínimos detalles. Sentía que todas las criaturas de la noche se comunicaban conmigo y se postraban a mis pies, se inclinaban ante mi poder. Y la fuerza, la fuerza que había contenida en mis músculos no tenía límites; y lo comprobé doblando con mis manos un atizador que había junto a la chimenea; el hierro parecía no oponer resistencia bajo mis dedos. Me sentí poderoso. Y reí, reí envanecido conmigo mismo.

Salí de la casa dejando el cuerpo de la prostituta tirado sin vida en el piso. Qué me importaba, ella solo era una humana más. Solo alimento como todos los humanos para mí. Yo ahora estaba por sobre ellos, por sobre todo el mundo.

En el cielo una luna roja como la sangre dominaba la noche de París.

Podía percibir todo lo que pasaba a mí alrededor de una forma nunca antes imaginada. Mi vista se adaptaba fácilmente  a cualquier distancia, alcanzando hasta el horizonte; las tinieblas ya no estorbaban mi percepción, ya que podía ver con total claridad a pesar de la oscuridad. Los sonidos llegaban a mis oídos desde varios kilómetros de distancia. La brisa nocturna arrastraba a mí hasta el aroma más imperceptible. Y qué cantidad desbordante de energía inundaba todo mi ser.

De regreso a casa, me topé con un grupo de perros vagos; siempre les había tenido algo de miedo; sin embargo, ahora fue distinto. Al verme comenzaron a gemir y terminaron inclinándose ante mí dejándome pasar. Al alejarme de ellos comenzaron a aullar lastimeramente. Más de alguien se santiguó en sus casas, asustado  por el llanto de los perros.

Llegué a casa satisfecho de todo lo ocurrido. Mi Señor había cumplido su promesa. Ahora yo era el ser más poderoso del mundo.

Me acosté plácidamente y me dormí abrazado a mi esposa. Ahora sería capaz de protegerla para siempre.

Al otro día me desperté rebosante de alegría y de muy buen humor y así me dirigí a impartir mi clase. Después de dar mi primera lección, alguien me sugirió que debería pedir más dinero por ellas; luego de pensarlo un rato, me encaminé al despacho del decano de la facultad con la intención de pedirle un aumento de sueldo. La verdad es que no estaba muy seguro de conseguirlo, ya que el Maestro Principal, no se caracterizaba precisamente por su generosidad; pero ya estaba frente a su puerta, así es que respiré hondo, golpee  e ingresé en su despacho. Monsieur Lepage se encontraba revisando un tratado de Euclides de su colección privada.

-¿En qué puedo ayudarlo Monsieur Jacques Laberne?

Tragué saliva y le dije:

-Monsieur Lepage creo que me merezco ganar un poco más por las clases que imparto hace ya cuatro años.

Sin querer mis ojos se posaron en los de Monsieur Lepage, éste vaciló un poco y dijo: -Si ese es su deseo no tengo ningún inconveniente en aumentarle sus honorarios. ¿Cuánto desea ganar?

-El doble me vendría muy bien; dije en broma. Sin siquiera protestar Monsieur Lepage aceptó como si fuera lo más natural del mundo. Era algo que yo no esperaba, intrigado miraba a Lepage, quien casi no pestañaba.

-¿Puedo  hacer algo más por usted Monsieur Laberne? El tono casi servil de Lepage me envalentonó y actué en forma irreflexiva y hasta estúpida.

-¡Sí!, salte en un pie. Asombrado vi como ante mis ojos el estricto y muy formal Decano de la Facultad de Artes Liberales de la prestigiosa Universidad de París, comenzaba a saltar en uno de sus pies solo porque yo se lo había pedido.

-Ya es suficiente Monsieur Lepage, deje de saltar y siéntese.

-¿Desea algo más Monsieur Laberne?

-No, eso es todo, muchas gracias.

Salí sorprendido del despacho del decano y recordé lo que me dijo el Señor de La Oscuridad: “Nadie se podrá oponer a tu voluntad”. Comprendí que mi poder sobre los humanos no era solo físico, sino que además podía doblegar fácilmente su voluntad.

Como un niño con juguete nuevo, me divertí ese día con quien me dio la gana. Gustoso aprendí que con solo pasar mi mano frente a la cara de cualquier persona esta se dormía inmediatamente hasta que yo le ordenase despertar; y lo mejor de todo era que no recordaba nada de lo sucedido.

Sabiendo esto, me resultó muy fácil salir cada noche a alimentarme. Simplemente dejaba a mi familia durmiendo y después de haber cazado, volvía a casa y ellos no se enteraban de nada.

Ya hace un mes de mi transformación. Uno o dos cadáveres podrían haber pasado desapercibidos, pero el hecho de que hayan encontrado uno cada noche, se ha convertido en el tema obligado de conversación de la cuidad. Ya nadie se atreve a andar solo de noche; la iglesia llamaba a sus fieles a asistir a misa cada  día y arrepentirse de todas sus pecados. Empezaba a circular el rumor de que el demonio estaba habitando en las sombras de París y que solo un acto de fe podría alejarlo.

Todo iba bien para mí hasta que, una desgraciada noche, al regresar a casa, después de haberme alimentado como siempre, noté que la puerta estaba entre abierta; alarmado entré apresurado. Quedé petrificado ante la escena que se desplegaba ante mis ojos; tendido en el suelo en un gran charco de sangre yacía el cuerpo inerte de mi esposa, con la ropa rota y la garganta cortada. Al reaccionar me acordé de mis hijos; corriendo irrumpí en el cuarto de ellos, solo para encontrarlos en sus camitas, desangrados con el cuello cortado. Creo haber perdido la razón en ese momento. Cuando pude al fin reaccionar un odio inmenso me consumía.

En el aire de la casa, fácilmente pude percibir el olor del monstruo que me había quitado  a mi familia. Con los ojos inyectados en sangre salí a la noche y empecé a rastrearlo, como un depredador que caza a su presa; bueno, en realidad eso es lo que soy, pero esta vez era distinto, esta vez tenía un blanco específico. Mi presa tenía un rostro y lo iba a encontrar costara lo que costara; al fin encontré su rastro y me lancé a su captura.

Debo haber recorrido toda la ciudad tras aquel rastro; hasta que al fin lo encontré en una cantina de mala muerte. Pedí un vaso de vino al mesonero y esperé. Cuando el asesino se marchó salí tras él. Lo dejé alejarse, total sabía que ya no podría escapar de mí. Se adentró por un barrio muy solitario…, qué mejor…

De pronto se detuvo y miró hacia atrás; se dio cuenta de que alguien lo seguía. Miró, pero no pudo ver nada, ya que me ocultaban las sombras.

Me acerqué más aún. Intencionalmente hice ruido; se detuvo, pero al volverse nada vio. La oscuridad me cubría. Asustado echó a correr. Al doblar en una esquina se encontró de narices con un callejón sin salida. Me acerqué lentamente a él, dejando que me viera.

De entre sus ropas sacó un gran cuchillo con la hoja manchada de sangre; el mismo con que horas antes había apagado la vida de mi familia. El odio manaba de todo mí ser, mis ojos eran dos brasas de rojo fulgor.

Le sujeté la mano armada y empecé a apretarla hasta sentir que sus huesos se rompían con el sonido de una rama seca al quebrarse. Aterrado retrocedió hasta que su espalda chocó contra el muro. Con una mano lo levanté y clavé mis colmillos en su cuello; sin embargo no lo quise matar,…no aún.

Veía su corazón latir dentro de su pecho. El pánico inundó sus ojos cuando vio que las uñas de mi mano derecha crecían hasta parecer las garras de una fiera salvaje, acercándola lentamente a su pecho. Despacio clavé las garras en su carne y seguí introduciendo la mano mientras se retorcía de dolor y sus gritos rompían el silencio de la noche.

Aún seguía vivo cuando retiré mi mano y en ella pudo ver su corazón latiendo. Sus ojos se cerraron segundos después, viendo como su corazón se rompía entre mis dedos.

Un alarido de angustia e impotencia brotó de mis labios.

La pared frente a mí se abrió y de entre ella surgió un demonio conocido por mí.

Me hallaba furioso. -No entiendo, pensé que  podría proteger siempre a mi familia, pero ahora yacen muertos en casa; grité con rabia.

-Claro que podrías haberlo hecho, pero para ello tendrías que haber estado presente, o acaso ¿te crees un dios para estar en dos lugares a la vez? Ni siquiera yo con mis inmensos poderes puedo hacerlo.

-Lo que ha ocurrido esta noche es un hecho lamentable y terrible, incluso para mí; siento muchísimo tu pérdida. De alguna forma igual los ibas a perder tarde o temprano, ya que ellos eran solo humanos; si no hubiese sido ahora, tal vez habría sido mañana, por causa de un accidente, de alguna enfermedad, o en algunos años más por causa del tiempo.

-Lo malo de rodearse de mortales, es que ellos tarde o temprano se van y te terminas quedando solo. Así es como mi padre los ama, haciéndolos débiles, frágiles y vulnerables a la muerte; él siempre ha querido tener a la humanidad bajo su píe. Hace millones de años yo intenté hacerlo entrar en razón, pero en cambio, él decidió que nadie se podía oponer a su voluntad, ni siquiera su hijo favorito; por eso es que me arrojó de su lado. Estoy seguro de que si tuviese el poder para hacerlo me habría destruido; sin embargo, para su pesar, yo estoy formado de su misma esencia, lo cual me hace eterno e imposible de destruir.

 Absorto escuchaba sus palabras:

-La maldad de mi padre ha sido heredada por los humanos. ¿Crees que al haber matado a este animal has acabado con toda esa basura? Te podría asegurar que en este preciso instante en algún lugar, está siendo asesinada una indefensa madre con sus hijos, o se está desencadenando una guerra en la que hasta los niños mueren. Créeme, los humanos no se merecen tu perdón, ellos siempre serán asesinos. Cuando tú matas para alimentarte, les das una muerte rápida y sin dolor; en cambio, los humanos gozan con el sufrimiento ajeno.

-No. La humanidad no merece controlar este mundo. El mundo entero debe ponerse a tus pies para que te conviertas en el amo y señor de este planeta.

Su expresión cambió y hablando como un genio satisfecho de sí mismo porque ha descubierto el secreto más grande de la creación, continuó: -Pero no estarás solo y jamás olvides estas palabras: -Serás el padre de una nueva raza, que le quitará el control de este mundo a los pobres humanos. Cada uno de los que te alimenten cuando la luna sea de sangre, será un hijo tuyo, con tu mismo poder y los hijos de ellos serán tus hijos también. Y si dos de tus hijos, hembra y macho, se unen, los hijos resultantes de esa unión de sangre pura, estarán destinados a gobernar a la nueva raza, una raza de seres poderosos y casi inmortales, bajo tu mando y voluntad, como su Rey. Porque Tu Eres El Primero y mi favorito.

-¿Por qué casi inmortales, qué nos podrá destruir?

-¡Sí! Aunque el tiempo no pasará por ustedes, si no se alimentan antes de medianoche de cada día, todo se acabará y quien no haya bebido  sangre humana morirá.

Durante un tiempo centré mi atención en alimentarme solo de delincuentes y malvivientes. La iglesia se aprovechó de esto (como de todas las cosas) y los párrocos empezaron a decir a sus feligreses que el demonio estaba en la ciudad reclamando el alma de los pecadores y que había que purificarse desprendiéndose de las posesiones materiales; las cuales, por casualidad iban a engrosar las arcas de los piadosos hombres santos.

Habrá pasado cerca de dos años desde aquella fatídica noche, cuando me enteré, gracias a unos colegas de la Universidad, que esa semana se produciría un eclipse de luna sangrienta. Obviamente, los curas se encargaron de atemorizar al pueblo, pero más especialmente a los ricos señores, sus más generosos benefactores.

Estaba consciente de lo trascendental que era aquel momento. No quería que cualquier humano fuese ascendido a mi nivel. No cualquiera podía pertenecer a la nueva raza. Había un  profesor de filosofía, que no tenía muy buena opinión de sus congéneres, por así decirlo; dueño de una pequeña fortuna heredada de sus padres fallecidos hace algunos años, no se había casado, por lo que no tenía mayores ataduras con la sociedad humana. Llegó la noche del viernes, con una hermosa luna roja en el firmamento, mi excitación era mayor que en una noche normal de caza. Conseguí que mi colega me invitase a su casa, en realidad era una lujosa mansión heredada de un tío millonario, bajo pretexto de revisar su amplia y nutrida biblioteca, así como su bien provista cava de vinos. Con una copa en la mano y un libro en la otra, le pregunté qué opinaba de la humanidad. Después de pensarlo un poco, dijo: -Son un montón de hipócritas, lobos con piel de oveja y ovejas con piel de lobo; nunca sabes cómo van a reaccionar; son crueles y traicioneros. Sinceramente, si yo viniera de otro planeta, no confiaría en ellos.

-¡Vamos!, no será para tanto. Al fin y al cabo tú también eres humano.

-No me lo recuerdes, que no es algo para sentirse orgulloso.

Me agache a acomodar los leños al fuego, haciéndome el distraído apoyé como por accidente una mano en un tronco al rojo vivo y leí en  voz alta un pasaje del libro que sostenía. Al verme mi anfitrión, se alarmó mucho.

-¡Jacques!, por Dios tu mano. De un salto me  puse de pie y la afirmé con la otra.

-¡Déjame revisarla y curarte!; me ofreció solícito René.

-¡Pero como es esto posible! No tienes no la más mínima quemadura, siendo que la mano debería estar gravemente lastimada. Los ojos de René  Bernet denotaban una gran incredulidad.

Admirando mi mano por todos lados comenté: -Parece que entre el Cielo y la Tierra existen más cosas de las que sospecha tu filosofía, mi gran amigo René.

-Por lo visto hay algo más grande que la humanidad. Imagínate fuerza mayor que la del hombre más fuerte del mundo; sentidos más agudos que los de un lobo; invulnerabilidad a cualquier cosa, tanto natural, como creada por el hombre; y lo mejor, ser indiferentes al paso del tiempo.

-¡Dime!…, ¿Te interesa?

-¡Claro que sí!

-Pero, supongo que no todo es tan simple, ¿verdad?

-Como te dije, el tiempo dejará de tener significado para ti, nada podrá lastimarte, en las tinieblas te moverás; la fuerza viene de la vida,…la vida de los demás, la vida que corre por sus venas; de sangre humana te alimentarás. Cada día, cuando la oscuridad se cierna sobre la humanidad, antes de medianoche deberás haberte alimentado. ¿Estás dispuesto a eso? ¿Matarías humanos para alimentarte?

Ya te dije amigo mío que pienso que los humanos son como corderos y reconozco que me encanta la carne de cordero. En sus ojos había un brillo maligno y cruel, eso era precisamente lo que estaba buscando.

La luna de sangre estaba en su apogeo y sin que René se diera cuenta, clavé mis colmillos en su cuello, extrayendo hasta la última gota de sangre.

Al cabo de dos horas René logró incorporarse. Su piel estaba blanca como el papel y sus labios amoratados. Se veía muy débil. Debía alimentarse pronto. Esa noche no podía hacerlo de ningún humano, así es que no teniendo otra fuente de sangre más que la mía, con una de mis uñas corte mi muñeca y le di a ver, dejando que se alimentara y disfrutara de su sabor y su aroma. Se estaba repitiendo el ritual de la primera noche; aquella noche en el bosque donde todo comenzó; un ritual que se repetiría muchas veces más en el curso de los siglos.

Los años pasaron y René se volvió muy fuerte y ágil, parecía que su instinto de cazador era algo innato en él. Con él atrajimos a más miembros a nuestras filas; aunque algunos sin su consentimiento, pero que una vez convertidos perdían todo su apego por la humanidad y se volvían uno más de la raza de vampiros. La verdad es que no sé donde empezó el término; supongo que por el hecho de alimentarnos de la misma forma que esos pequeños bichos alados.

A René y a mí nos gustaba hacer clases en la Universidad de París, pero teníamos un pequeñito problema. Nuestro aspecto no cambiaba; simplemente no envejecíamos. Luego de meditarlo un poco decidimos que era bueno ausentarnos un tiempo; para lo cual nos embarcamos un día, con rumbo a Roma. Convenientemente para nosotros y casi por accidente (si no hubiese sido por que le rompí la caña de mando al barco) la nave naufragó, sin que nadie lograse escapar con vida.

Al cabo de varios años regresamos a Francia y presentamos nuestras credenciales a la Universidad de París, asiéndonos pasar por nuestros hijos. Resulta gracioso recordarlo ahora.

En nuestros viajes nos topamos con un antiguo conjuro que nos permitía convertir cualquier eclipse de luna en una luna de sangre.

La población de nuestra raza había aumentado mucho en París. Recuerdo que al vernos aparecer de regreso a René y a mí, todos se arrodillaron ante nosotros. Saludaban a sus señores como debía ser.

Hombres y mujeres, de todas las capas de la sociedad formaban nuestras filas al cabo de cien años. Nos mezclábamos entre los humanos y participábamos de su sociedad, sin levantar sospechas.

Sin embargo, me sentía muy solo y vacío. René en más de una ocasión trato de que me fijara en alguna hermosa vampiresa.

Durante el otoño de 1300 René me arrastró prácticamente a una fiesta en la mansión de unos amigos suyos. Solo para que no me molestara más acepté ir. Por si se nos pasaba la hora empezamos a seguir a unas prostitutas por un callejón, dándoles caza a los pocos minutos. Ya convenientemente alimentados podíamos ir sin problema a la fiesta. Aunque yo prefería pasarme la noche leyendo a algún autor clásico. Según René yo era el más aburrido y menos imaginativo inmortal del mundo. “¿A quién en su sano juicio se le ocurriría pasar la eternidad leyendo?”. En fin, entramos a una lujosa mansión.

-Listo, ya vine; supongo que ahora puedo irme, me giré sin darme cuenta de una dama que se había detenido tras mío para admirar un lienzo turco de intrincado diseño colgado en el muro. Un paso y quedé abrazado sin querer a ella. Sorprendida y molesta al principio se volvió para reprocharme mi atrevimiento.

Por suerte René salió a mi rescate. -Madame  Renan, perdone a mi amigo, es que el pobre aunque es un genial profesor de Geometría de la Universidad de París, es un ratón de biblioteca que no sabe desenvolverse en sociedad

No sé qué cara habré puesto, el hecho es que Madame Renan aunque trató de mantener la compostura, terminó riéndose afirmada de la escalera que daba al segundo piso para no caerse. Yo quería que me tragara la tierra.

Una vez que se le pasó el ataque de risa a Madame Renan, René nos presentó como correspondía.

-Madame Lilith Renan, le presento a Monsieur Jacques Laberne.

-Monsieur Jacques Laberne permítame presentarle a madame Lilith Renan.

Debo confesar que mi opinión de la sociedad parisina cambió diametralmente.

Madame Renan era una señora viuda, de 42 años, cabellera negra levemente ondulada, muy esbelta, de rostro muy bello y agradable.

Después de un rato yo no quería irme ya. Madame Renan y yo pasamos toda la noche juntos, ya sea conversando de distintos temas así como bailando. Después de tantos años, no pensé que podría volverme a sentir así nuevamente.

Lilith me permitió que la fuese a visitar algunas veces a tomar el té y charlar. Con el tiempo me fui dando cuenta, al conocerla mejor, que poseía un carácter muy fuerte, incluso hasta yo diría que duro. Por la servidumbre me enteré que la señora había cambiado totalmente su carácter cuando hace algunos años, su marido y su pequeño hijo fallecieron al volcarse el coche en el que viajaban; Madame Renan se salvó por milagro, pero desde ese día dejó de ser la misma. Ya nunca sonreía, según la vieja mucama, hasta ahora; e incluso un día la encontró canturreando una canción de lo contenta que se encontraba. Según la sirvienta, desde que nos conocimos, la vida había vuelto a su señora.

Hace un año que Lilith y yo nos conocimos. No pensé que me volvería a enamorar y creo que a ella le pasa lo mismo.

No sé cómo decirle la verdad. Necesito saber más cosas de ella.

-¿Qué piensas de la humanidad?

Se tocó la nariz, como siempre mientras medita; y me devolvió la pregunta.

-¿Cuál?, ¿la que crea bellas pinturas?, ¿la que compone hermosas melodías?, ¿la que se conmueve cuando un  niño llora?; o acaso ¿la que organiza guerras?, ¿la que se enriquece a costa del sufrimiento del pueblo?

-Porque si me lo preguntas, para  mí son distintas. La primera es sublime y me gusta. A la segunda, en cambio, la desprecio con toda mi fuerza.

-¿Y qué piensas de los animales que matan para alimentarse?, ¿crees que son buenos o son malos?

-Esa pregunta si que es fácil. El animal que debe matar para alimentarse no es ni bueno ni malo; simplemente hace lo que tiene que hacer. El hombre, en cambio, mata solo por placer.

-Si existiera otra raza, parecida en apariencia a la humana, pero distinta en esencia, ¿a cuál te gustaría pertenecer?, ¿a la humana o a la otra?

-Eso depende.

-¿De qué?

-De en cual estés tú.

-Ya demasiadas preguntas. Creo que te estás juntando mucho con René; se te ha pegado lo filósofo.

A veces Lilith me veía meditabundo y preocupado.

-¿Qué te pasa? Algo me ocultas. ¿Acaso tienes esposa?

-La verdad es que no. De hecho soy viudo.

-Menos mal, me alegro. ¡Upss!, ¡perdona!, no fue mi intensión. Yo solo quise decir que me alegro que no haya nadie más que yo en tu vida.

Una sorpresa fue para mí que a Lilith le gustaba pasear conmigo cuando caía la noche, sobre todo si había luna llena.

En uno de nuestros paseos vimos que un niño estaba parado, distraído en medio del camino; sin percatarse que a su espalda se acercaba, sin control un carruaje tirado por cuatro caballos. No lo pensé siquiera y olvidándome de la presencia de Lilith, corrí hacia el niño y saltando con él en brazos lo libré de morir aplastado bajo ese carruaje.

De más está decir que Lilith quedó de una pieza.

-¡Dios mío!, haz salvado a ese pequeño… ¿Pero cómo? ¡Saltaste cerca de cinco metros!

-La verdad es que creo que fueron cerca de diez; corregí.

-Tú no eres como los demás; eres muy distinto…Eres increíble.

-Hasta aquí llegó todo; pensé. Definitivamente no imaginé lo que a continuación ocurriría. Tomó mis manos, acercó su boca a mi oído y me susurró “Eres maravilloso” y finalmente me besó.

Debía contárselo todo esa noche. Por suerte eran recién las ocho. Debería alcanzarme de sobra el tiempo.

En cinco minutos llegamos a su casa. En el salón le dije que le contaría toda mi historia y no la culparía si después ella no quería saber nada de mí nunca más.

Después de cerrar las puertas, me serví una copa de coñac para darme valor. Le pedí que se sentara.

Y empecé mi relato. Ella escuchaba con la boca abierta. Al final se levantó.

-Creo que yo también necesito una copa y se sirvió.

Ahora ella empezó a hablar. -Entonces, en resumen, tienes más de 160 años; tú fuerza, agilidad y velocidad no se pueden medir; y tus sentidos son muy agudos.

-Bueno, si algo; comenté.

-¿Cuánto?

-No lo sé. Por ejemplo te puedo decir, que ayer luego de que me fui, te serviste una copita de coñac.

-¿Cómo lo sabes?

-Aún lo puedo oler en tu sangre.

-¡Vaya!, yo diría que eso es mucho más qué “algo”.

-¿Qué más?

-Mi oído tiene gran alcance; soy capaz de ver el calor de cualquier cosa en la oscuridad; envejezco un año cada cien años, si es que yo lo deseo.

-¿Enfermas alguna vez?

-No que yo lo recuerde.

-¿Y tu única limitación es que necesitas alimentarte de sangre humana antes de medianoche?

-Así es; afirmé. -Pero nunca de la mujer que amo; excepto bajo una luna de sangre. En esas ocasiones mi víctima renace como uno de mi raza.

-¿Por qué empezó esto?

-Por mi deseo de proteger a mi esposa e hijos, ya que yo me sentía un inútil…pero, a pesar de todos mis poderes, una terrible noche de 1183, mientras yo estaba fuera, entró a la casa un maldito criminal, que les cortó el cuello a mi esposa, a mi hijita y a  mi hijito.

-Desde ese día estoy solo, a pesar de que ahora hay cientos como yo.

Las lágrimas producidas por el recuerdo acudieron a mis ojos y comenzaron a correr por mi rostro. Llorando con los ojos cerrados no vi a Lilith que se acercó a mí.

Tomando mi cabeza con sus manos se agachó junto a mí y me abrazó.

-Ya no estás solo; ya nunca más lo estarás; no mientras yo pueda caminar por este mundo. Y con más fuerza me abrazó y  me besó los ojos y los labios.

El reloj marcaba las diez de la noche. Ya empezaba  a sentir sed de sangre.

-Ya es hora de que me marche.

-Lo entiendo. Te espero mañana como de costumbre. Nunca olvides que yo jamás te abandonaré.

Durante el mes siguiente, como ya lo hacíamos desde un tiempo a la fecha, salíamos a caminar, volvíamos a su casa y charlábamos hasta las diez de la noche, minutos más, minutos menos.

-Mañana habrá un eclipse de luna roja; me dijo Lilith. ¿Estás listo?

-La pregunta es, ¿tú estás lista?

Por respuesta me regaló una sonrisa.

La noche siguiente, Lilith lucía magnífica un largo vestido negro que se ceñía a su cintura, perfilando claramente su silueta; el cabello suelto y una túnica, también negra que caía vaporosa a su espalda.

-Si sientes miedo, o no quieres, lo podemos dejar para otra ocasión.

Nada contestó. Solo movió su pelo, ladeando su cabeza dejó al descubierto su cuello.

Ya era hora…

Inclinándome clavé suavemente mis colmillos hasta romper su piel y sentir como su líquido vital llenaba mi boca.

Se agitó un instante en mis brazos, pero luego se relajó. Su respiración se aceleró mucho; al parecer estaba sintiendo un intenso placer mientras yo bebía su sangre.

Sus ojos empezaron a volverse opacos hasta apagarse y sus brazos se soltaron.

Lilith estaba muerta.

La deposité cuidadosamente en el sofá del salón y me senté a su lado a esperar que renaciera.

Una hora después, sus dedos se empezaron a mover y su pecho a subir y bajar rítmicamente.

Tenía los ojos turbios, los labios azules y la piel blanquecina. Trató de incorporarse demasiado rápido y tuve que sostenerla.

-Estoy mareada.

-Ya pasará. Ahora debes alimentarte. Y acercando mi brazo sangrante a su boca ella comenzó a beber sangre por primera vez.

Su piel recuperó el color natural, sus ojos volvieron a brillar; pero esta vez con el hermoso brillo que adquieren cuando un vampiro se alimenta.

Una vez recuperada, la tomé de la mano y la conduje a la terraza.

-¡Ven!

Una vez fuera, ella cerró los ojos, separó los brazos de su cuerpo y abrió las manos.

-Lo puedo sentir todo. La noche me está hablando y la siento en todo mí ser. Me siento más viva que antes, me siento muy poderosa.

A la noche siguiente era necesario que Lilith aprendiera a cazar sola.

-Busca a alguien, de preferencia de quien nadie dependa; puede ser hombre o mujer, eso lo decides tú. Acorrala a tu presa en un lugar solitario.

-¿Y luego cómo la atrapo?

-Tienes dos opciones. Puedes usar tu fuerza física; o bien, puedes anular su voluntad. La mente de los humanos es muy fácil de influir.

 A lo lejos vio a una callejera parada en una esquina. Como nadie se interesaba en ella, se fue caminando, adentrándose por una calle solitaria. Lilith comenzó a seguirla, ocultándose en cada sombra. Al verla, se me imaginó la imagen de un gran felino negro acechando a su presa en la selva.

Finalmente, en un rincón oscuro junto a un edificio, la alcanzó. Sobresaltada la joven se incomodó un poco.

Con voz seductora Lilith se acercó a ella.

-Vamos, soy solo una mujer, ¿qué daño podría hacerte?; además eres muy linda y me gustas mucho.

Nerviosa la chica sonrió.

-Yo solo quería pedirte dos cosita.

-Si las puede pagar, no hay problema Madame.

-¡Oh!, no era eso lo que quiero de ti. Solo quiero que me muestres tu cuello. Y si, puedo pagarte mucho.

La joven se encogió de hombros y mostró su cuello desnudo. Hay cada loco en la ciudad; pensó.

-¿Y cuál es la otra “cosita” Madame?

-¡Ah, sí! Por favor ahora no muevas ni un dedo.

La muchacha no comprendía por qué de pronto su cuerpo pesaba tanto que no podía moverlo. Nada pudo hacer mientras veía con horror crecer los colmillos de Lilith.

Con lentos movimientos Lilith olfateó el cuello de la joven y finalmente hundió sus afilados dientes en su piel.

Con los ojos apagados la  chica cayó sin vida y sin sangre.

Lilith se saboreó la sangre que quedaba en sus labios, ahora teñidos de escarlata…Lilith había cazado por primera vez.

Nuestras partidas de caza se volvieron muy entretenidas. Lilith las había convertido prácticamente en un arte, refinando hasta el juego sus técnicas de depredación.

-¿Conoces tus límites querido?

-¡No!, nunca he tenido que llegar a ello.

-¿Ni por curiosidad?, para saber de qué eres capaz.

Me sentí tonto, ella tenía razón.

-Está bien. ¡Hagámoslo!; consentí. -Vamos al bosque.

-Pero corriendo; dijo ella mientras soltaba su cabellera.

Cuando pasamos por el medio de la ciudad, la gente solo percibió una extraña corriente de viento, invisibles a sus ojos por lo veloces que nos movíamos. -Es el diablo que pasa; dijo alguien.

-No está mal; opinó Lilith. -Veamos lo de la fuerza. ¿Cómo lo hacemos?

Miré a mi alrededor y solo encontré una roca. Me senté en ella a pensar.

-¡Lo tengo!

Parándome de un salto apoyé una mano en la roca, la que se partió al recibir un golpe de palma.

Lilith, no siendo menos, tomó una gran piedra, que se volvió polvo bajo la presión de sus dedos.

-Medir nuestra agilidad debería ser más entretenido. Atrápame; dijo riendo, mientras dejaba caer su negra capa al suelo.

Recorrimos todo el bosque, saltando de rama en rama y girando de manera inimaginable en torno a los árboles. Finalmente nos tiramos de espalda mirando las estrellas, tomados de las manos.

Tal vez uno de los juegos favoritos de Lilith era controlar mentalmente a toda una multitud a la vez, solo por diversión, pero no causándoles daño innecesariamente.

-Deseo que conozcas a algunas personas.

-¿Más vampiros?

-Sí. A algunos ya los conocías pero no sabías que lo eran.

-Quiero que conozcan a mi futura esposa.

Los jardines de la mansión de René estaban  llenos de carruajes. En el interior, aunque amplio, no cabía ni una aguja. Al ingresar, los guardias se cuadraron ante nosotros y todos inclinaban sus cabezas a nuestro paso.

-Parece que te respetan; dijo Lilith.

-Así debe ser, teniendo en cuenta que soy su Rey.

-¿Qué tú eres qué…?; no alcanzó a terminar su frase cuando se nos acercó muy efusivo René.

-¿Tú?; exclamó sorprendida Lilith.

-Encantado de recibirte en mi humilde casita.

-¿Si esto se puede llamar humilde?, pero esta noche ya no me sorprende nada.

-Bueno, mejor pongámonos un poco formales que alguien tiene que decir algunas palabras.

Desde una zona más elevada del salón, me dirigí a la concurrencia.

-Hermanos e hijos míos, deseo presentarles a Madame Lilith Renan. Desde ahora y para toda la eternidad, bajo nuestras leyes es mi esposa. Les pido que la respeten, honren y sirvan fielmente como hasta ahora lo han hecho conmigo.

René se separó de la multitud y dando un paso adelante, dejó oír su potente voz en todo el salón. -Sea bienvenida Majestad. Acto seguido se arrodilló ante ella.

Todos los concurrentes lo imitaron inmediatamente.

Lilith no salía de su asombro, pero se mantenía firme a mi lado.

-Por favor levántense hermanos míos. Quiero que sepan que para mí es un honor haberme incorporado a esta nación. Porque ya no somos solo una raza más. Somos la poderosa Nación Vampira, la verdadera regenta de este mundo.

Hicimos una costumbre con ella salir a cazar juntos. Una noche mientras caminábamos de regreso a nuestra mansión, luego de  habernos alimentado, al doblar por una esquina ella se detuvo de improviso.

-¡Mira!; me dijo apuntando señalando una casa.

 A través de la pared se veía perfectamente la silueta de calor de los cuerpos sin vida de un hombre, una mujer y un niño tirados en el suelo; y parados cerca de una jovencita acurrucada, cinco tipos en actitud muy agresiva.

A mi mente volvieron los recuerdos de la masacre de mi familia hace siglos. Cuando reaccioné, Lilith ya se abalanzaba hacia la puerta.

 -¡No lo permitiré!; rugió mientras de un solo golpe hacía volar la puerta.

La escena era terrible; yacían el padre, la madre y el niño en medio de un rojo charco; además las ropas de la mujer estaban desgarradas, dejando al descubierto gran parte de su anatomía.

-¡No interfieras!; me dijo. -Esos desgraciados son míos.

Volviéndose de golpe los cinco criminales nos miraron sorprendidos.

Con fuerza Lilith clavó sus colmillos en el cuello del que estaba más cerca de la niña, no soltándolo hasta sentirlo muerto. Los cuatro restantes sacaron grandes pistolas y las vaciaron en ella. Las balas no hicieron más que enfurecerla aún más. Con la boca chorreando sangre se acercó a ellos y de un solo zarpazo le arrancó la cabeza a uno. Uno sacó un afilado cuchillo y trató de clavárselo por la espalda; sin embargo ella ya estaba girando en el aire y tomándolo del brazo se lo amputó de un  tirón, cogió el cuchillo y lo clavó en el corazón del desgraciado.

Aterrados hasta el límite, los otros dos asesinos intentaron escapar, pero yo les cerré el paso. El cuarto cayó con la cabeza aplastada entre las manos de ella. El quinto no tuvo tanta suerte, ya que Lilith descargó en él todo el odio que se había acumulado durante años y con garras y colmillos lo despedazó.

En un rincón de la única habitación, temblaba una jovencita de quince años, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida. Estaba totalmente shockeada. Lilith la miró y con la voz más suave que pudo. Le habló.

-Duerme pequeña. La niña cayó en un  profundo sueño.

Con delicadeza Lilith la cargó en sus brazos y juntos salimos muy velozmente para que los débiles ojos de los humanos no pudieran vernos. En el camino Lilith me contó que cuando ella era niña había sido la única sobreviviente de su familia en un ataque similar.

Al llegar a la mansión, los guardias abrieron rápidos las puertas. En el interior las puertas se abrían solas a nuestro paso hasta nuestra habitación.

-¡Traigan al Doctor Lacroix ahora!; gritó a un sirviente.

-Como ordene Su Majestad; contestó éste y se retiró.

A la media hora llegó el doctor Pierre Lacroix, los guardias lo condujeron directamente a la habitación donde dormía la pequeña Lizbeth. Lilith mientras tanto se había bañado y cambiado de ropa, pero en su boca aún se veía sangre de la carnicería que había hecho con los criminales.

Con los ojos aún brillantes relató lo ocurrido al doctor.

Éste se paseó un rato pensativo por todo el cuarto. Después de un rato opinó: -Esta niña ha sufrido un trauma inmenso; primero vio morir cruelmente a toda su familia; después la vio a usted hacer pedazos a los criminales. Curarla va a ser un proceso largo y que va a  requerir mucha paciencia, comprensión y una gran cuota de amor. Recuerde que ella vio algo que los humanos no deben siquiera sospechar que existe.

-Esto me lleva a una pregunta Madame. ¿Qué planes tiene para esta joven?

Después de guardar silencio un rato, mi esposa habló en forma clara.

-Como bien sabe doctor, mi esposo y yo no tenemos hijos. Una lágrima corrió por su rostro al recordar un dolorosos pasaje de su anterior vida como humana (su único hijo había muerto a la edad de cinco años al volcar el carruaje donde iba); por otro lado esta pequeña acaba de perder a sus padres y hermano menor. Yo pensaba que tal vez podríamos criarla como si fuera nuestra hija.

-Mmm, comprenda Majestad; comentó el doctor, que la única forma en que eso pueda ocurrir es que ella sea convertida en una vampiresa. Mi opinión como doctor, es que en este momento, en el estado actual en que se encuentra su mente, eso no sería aconsejable. Primero es necesario sacarla del estado nervioso en el que cayó. Una transformación ahora la haría enloquecer en forma irreversible. Por lo demás físicamente está en perfectas condiciones. Le recomiendo dejarla descansar, por hoy día manténgala en el trance que le indujo. Mañana vendré temprano a ver como evoluciona.

-¡Gracias doctor!, lo acompañamos a la puerta.

Una vez se hubo marchado, Lilith se dejó caer pesadamente en un sillón. Se veía agotada, aunque sé que físicamente eso no era posible.

A la mañana siguiente, junto al doctor, Lilith y yo vimos despertar a Lizbeth en una cama de blancas sábanas de seda. Se notaba confundida; primero por la tragedia de la noche pasada y luego por despertar en una cama que no era la de ella, en una casa muy distinta a la suya y rodeada de extraños que la observaban detenidamente.

Por indicaciones del médico, Lilith no le borró la memoria, pero si filtró sus recuerdos, para hacer la situación más llevadera, hasta que asimilara la realidad de que había perdido a los suyos.

-¿Dónde estoy?, ¿quiénes son ustedes?, ¿dónde están mamá y mi hermanito?, ¿y papá?; preguntó la niña.

Con suavidad Lilith tomó sus manos y le habló tratando de ser lo más dulce posible. -Mi pequeña, ayer tu familia y tú sufrieron un terrible accidente; la casa donde habitabais se derrumbó sobre ustedes. Siento mucho tener que decirte que solo pudimos rescatarte a ti.

Temblorosa Lizbeth rompió a llorar y Lilith la rodeó con sus brazos con mucha ternura.

Después de unos minutos y con el rostro empapado en lágrimas, la niña miró a Lilith.

-¡Madame!, la recuerdo; usted estaba presente ayer. ¡Usted!…. ¡Usted!….

Era visible la preocupación en el rostro de Lilith; temía que se hubiera roto el bloqueo que había puesto a los recuerdos de la niña.

-¡Madame!…. ¡Usted me salvó! Pero no entiendo; no recuerdo bien lo ocurrido. Está todo muy confuso. Había gritos y estaba usted, que al final me llevaba en brazos. Pero no recuerdo nada claro; hasta que desperté ahora en esta cama.

El doctor, que hasta el momento había permanecido sin decir nada, rompió el silencio. -¡Hija!, soy el doctor Pierre Lacroix, el médico de la familia. Por favor tómalo con calma y no te  esfuerces en   recordar; con el tiempo todo se aclarará. Has pasado por una experiencia horrible y muy traumática. Tuviste mucha suerte de que Monsieur y Madame Laberne pasaran justo en el instante para ayudarte (guardó un rato de silencio el doctor y continuó). Lamentablemente no pudieron prestar ayuda a tiempo a tu familia… ¡Que descansen en paz! Guiados por su gran misericordia, ellos te rescataron y te acogieron bajo su cuidado y protección. Debes sentirte muy agradecida hacia ellos.

Con un nudo en la garganta la pequeña habló. -¡Madame!, ¡Monsieur! muchas gracias, se escuchó su voz, mientras dos lágrimas bajaban de los ojos de la pobre Lizbeth.

Al retirarse el Doctor Lacroix, se veía algo inquieto.

-¡Majestad!, la joven al ser salvada por usted, la vio hacer uso de una fiereza, agilidad y fuerza incomprensibles por los humanos; así como la vio beber sangre y destrozar a cinco hombres con sus garras y colmillos. Mi consejo como amigo, si me permite el atrevimiento, es que sea muy prudente al momento de revelarle toda la verdad. Comprenda que instintivamente, ella pueda sentir pánico ante usted, aunque por lo demostrado no representa ningún peligro para ella. Gánese su confianza. Debe poder demostrarle que así como puede ser despiadada y cruel con sus enemigos, es capaz de entregar una gran cantidad de amor y ser compasiva con aquellos que realmente lo merecen y necesitan.

No pude más que asentir ante el doctor. -Sabias palabras son mi amigo. Creo que hicimos lo correcto al confiar el secreto de nuestra existencia a usted y convertirlo luego en uno más de nosotros según nos lo pidió.

-Para mí ha sido un honor, Mi Señor. Y reconozco que intelectualmente no habría podido resistir a la curiosidad científica de entender todas las maravillas de nuestra raza. Eso ocurrió hace unos 60 años con el brote de la peste negra; recuerdo que me llamó la atención que varias personas eran inmunes y hasta indiferentes a ella; si hasta no le daban importancia. Ahora entiendo por qué. Jejeje.

Ante una señal mía los guardias se cuadraron cuando el buen doctor pasó junto a ellos. En un espejo pude ver su expresión de un orgullo bien fundado ante ese hecho.

Lilith decidió convertirse en la enfermera personal de la niña. Ya habían pasado dos semanas desde que la rescatamos y ya tenía un poco de confianza con ella.

-¿Cómo te sientes hoy pequeña?

-Mejor Madame, gracias.

-Mi nombre es Lizbeth. Al fin se empezó a abrir la niña.

-Hola, mi nombre es Lilith.

-Madame, ¿puedo hacerle una pregunta?

-Sí claro, dime.

-¿Usted tiene hijos?, es que le pregunto porque es tierna como es…, ohh…, como era mi mamá.

-Hace mucho tiempo tuve uno, pero se fue a una vida mejor.

-Lo siento Madame, no pretendí apenarla.

-Está bien. El tiempo cura las heridas y la vida me ha vuelto a dar otra oportunidad.

-Algún día tú también podrás volver a reír.

En forma espontanea Lizbeth y Lilith se abrazaron.

Movida por el recuerdo de una vieja canción de cuna, Lilith comenzó a tararearla.

En sus brazos, la niña se durmió y junto ella Lilith.

Sin poder evitarlo, su concentración se rompió y el bloqueo sobre los recuerdos de la pequeña Lizbeth terminó por ceder.

Sobresaltada, Lilith fue despertada por los gritos de la niña.

-¿Qué pasa?, ¿qué tienes?; preguntó angustiada.

Lizbeth en sueños había revivido su tragedia.

-Querida, fue una pesadilla; ya pasó. Mira, estás bien.

Lilith estuvo tentada a borrar definitivamente ese recuerdo de la mente de la jovencita, pero se contuvo siguiendo los consejos del Doctor Lacroix.

-¿Deseas contarme tu sueño?, puede que te ayude si hablas de eso; se arriesgó Lilith, ya que sabía que lo más probable es que ella estuviera en él.

Respirando hondo, Lizbeth trató de ordenar sus ideas.

-Estaba en mi casa, junto a mi familia. Alguien golpeó la puerta y mi padre se asomó a ver. Cuando abrió, cinco hombres entraron de golpe. Uno dijo que era una linda familia. Papá trató de echarlos, pero uno sacó un cuchillo y se lo clavó. Mi hermanito mordió a uno y también lo mataron.

Las lágrimas mojaban el rostro de la niña.

-Miraron a mi mamá y a mí. A ella los cinco le hicieron todo lo que quisieron y después le cortaron el cuello.

La pequeña temblaba mientras contaba su sueño; Lilith deseaba poner paz en su mente, pero la dejó seguir hablando.

-Después venían por mí. En eso entró usted a la casa.

-¿Yo?, ¿y qué hice?; preguntó curiosa  la Reina.

-Se puso entre ellos y yo y los golpeó muy fuerte. Aparentemente quería protegerme. Pero usted se veía muy distinta; parecía una bestia salvaje.

Lilith tragó saliva; se estaba inquietando por el curso que tomaba el relato del sueño.

 -¡Vaya!, debo haberte dado mucho miedo.

-La verdad es que no, usted me estaba defendiendo; los cuatro hombres si me daban miedo.

-Dijiste que eran cinco; recordó Lilith.

-Sí, pero cuando usted entró, uno no se dio ni cuenta, porque usted le rompió el cuello con sus dientes. A los otros cuatro los golpeó y los mató con sus manos.

-¡Qué miedo!, debo haber parecido un monstruo horrible.

-No lo sé…, me acuerdo que una vez vi a una gata que protegía a sus gatitos de unos niños que los molestaban. Era algo parecido; usted me defendía de hombres muy malos. Es extraño, a pesar de lo amenazante y terrorífica que parecía, yo confiaba en usted en el sueño.

-Los sueños cambian mucho las cosas; dijo Lilith.

-Creo que de haber podido yo habría hecho lo mismo por defender a mi familia. Habría sido la gata defendiendo a los gatitos.

Lilith secó el rostro de Lizbeth, besó sus mejillas y la abrazó tiernamente.

El corazón de Lilith latía muy rápido debido a lo nerviosa que estaba y eso lo percibió la niña.

-Su corazón parece querer salir de su pecho, Madame. ¿Mi sueño la ha asustado?

-No es eso querida, no.

En la madrugada siguiente Lizbeth fue perturbada por otra pesadilla. Lilith entró corriendo en su cuarto, atraída por sus gritos. La encontró sentada en la cama, llorando y empapada en transpiración.

-Otra vez soñé, Madame; dijo y se arrojó en sus brazos.

-¿Qué soñaste?

-Lo mismo de ayer. Me asusté mucho porque al despertar estaba todo oscuro y no se veía nada.

-Esto no puede seguir pasando, la pobre está sufriendo mucho. El doctor debe permitirme que le borre los recuerdos de la memoria; pensó Lilith, sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta.

El sol empezaba a asomarse y las tinieblas de la noche retrocedían.

-¿A qué se refiere Madame?; se escuchó la voz de la niña.

Lilith cerró los ojos consternada. Comprendía que acababa de cometer un error tonto y grave.

-¿Qué quiso decir Madame?, ¿de qué recuerdos está hablando?

-¿Esto no es solo un sueño verdad?

-¿De verdad ocurrió?

-Por favor no te asustes mi niña. Puedo explicártelo todo…, si es que me lo permites; habló suplicante Lilith.

Sin saber por dónde empezar, la Reina de los vampiros comenzó a narrar una historia marcada por el dolor en su anterior vida humana.

-Hace ya muchísimos años, cuando yo era menor de lo que eres tú ahora, vivía sola con mi madre y mi hermana mayor; papá había muerto en la guerra y quedamos solas y en la ruina. Mamá se esforzaba como lavandera, para llevar algo de comida a nuestra mesa.

-Una mala noche, unos hombres malos entraron a casa; abusaron salvajemente de mi madre y mi hermana y luego les quitaron la vida. Si yo logré escapar con vida, fue porque atraídos por los gritos llegaron unos vecinos armados de palos y los detuvieron y entregaron a los soldados del Rey.

Con la voz entrecortada Lilith apenas podía contener el llanto, mientras continuaba su relato.

-Una tía mía, hermana de mi padre se compadeció de mí y me acogió en su casa.

-Después de muchos años logré recuperarme en parte.

-Cuando cumplí veinticinco años, mi tía logró comprometerme con un rico mercader. Pensé que podría ser feliz al fin; de esa unión nació un hermoso varoncito.

-Pero parece que a la desgracia le gustaba rondar mi vida.

Los ojos de Lilith estaban inundados de lágrimas, las que amenazaban con caer. Lizbeth tomó sus manos para infundirle valor.

-Cuando mi niño tenía apenas cinco años, el carruaje en que viajábamos los tres se volcó. Creo que el destino era cruel conmigo, permitiéndome que, nuevamente, solo yo sobreviviera.

Lilith ya no pudo contenerse y ahora lloraba amargamente.

Lizbeth la abrazaba y acariciaba su cabeza.

Limpiándose los ojos, Lilith continuó con su relato.

-Caí en una profunda pena; ya no salía de casa y casi no me alimentaba. Si no hubiese sido por los cuidados de mi doncella, creo que habría muerto; y…, realmente lo desee en más de una ocasión. Mi leal sirvienta empezó a invitar a amigos y amigas para que me acompañaran, así como me obligaba a salir de vez en cuando de la casa.

Lizbeth escuchaba atenta el triste relato de Madame Renan.

-En una de esas reuniones en casa, habrá sido unos doce años después del accidente, tuve la suerte de poder conocer a Monsieur Laberne. De a poco, sin buscarlo, nació el amor entre nosotros. La vida sonreía de nuevo.

-Una noche fui testigo de cómo, en forma increíble él salvaba la vida de un niñito; haciendo un despliegue de fuerza y velocidad sobre humanas. Esa noche se sinceró conmigo y me contó la historia de su drama.

-Me explicó por qué era tan fuerte y rápido.

-Al igual que yo y que tú, él había perdido a su familia en manos de un criminal desalmado. Y que, a pesar de lo poderoso que era, no había llegado a tiempo para salvarles la vida.

-Me di cuenta de que yo no era la única persona que por esa causa estaba tan terriblemente sola.

-Comprendí su dolor y el comprendió el mío. Decidí esa noche que por siempre quería estar a su lado.

-Le pedí que hiciera que eso fuera posible, a lo cual consintió.

-La siguiente luna roja que hubiera, debería producirse el cambio.

-Se me ofrecía inmortalidad, fuerza y velocidad. Ya nada me lastimaría y podría defender a mis seres queridos; y por sobre todo, nunca me separaría de Monsieur Laberne.

A todo esto, Lilith tenía la cabeza apoyada en el regazo de Lizbeth y ya se oía tranquila otra vez. Parece que pensar en Monsieur Laberne la calmaba; reflexionó la niña.

-Pero no todo era tan fácil, bajo una luna roja como la sangre, debía morir, para renacer luego. Era Monsieur Laberne quién debía encargarse de ello.

Lilith se aproximaba a la parte más complicada de su historia, pero ya no podía dar paso atrás.

-Monsieur Laberne succionaría la sangre de mis venas; luego yo bebería de la suya y renacería en una vida nueva.

-No renacería como una mujer humana; ella moriría. Al hacerlo, volvería a la vida como un ser poderoso e inmortal, que debe todas las noches alimentarse de sangre humana. Sería, como me viste, una bestia.

Lizbeth no sabía si Madame Renan hablaba en serio. Sin embargo, sentía paz y confianza a su lado; ya había podido comprobar que ella la estaba protegiendo y de alguna forma intuía que nunca la dañaría.

-Hace dos semanas, cuando paseaba por la noche, junto a Monsieur  Laberne, al pasar junto a tu casa, con horror vi que la historia se volvía a repetir. Me vi nuevamente a mí y también a la familia de Monsieur.

-La furia se apoderó de mí. Esta vez no permitiría que pasara. Esta vez lo impediría.

-Sin control me arrojé contra esos hombres; y como has recordado ahora, los asesiné. Me comporté como una bestia salvaje. Pero lo hice para defenderte.

-Por favor créeme, jamás te dañaría a ti.

Lilith volvía a llorar.

-¿Es cierto todo lo que me ha contado Madame?

Lilith asintió con la cabeza gacha y con lágrimas cayendo por su cara, mientras hacía crecer lentamente las garras de la mano derecha.

Lizbeth miraba asombrada como las antes delicadas manos se convertían en algo más parecido a la extremidad de una fiera. Con curiosidad las tocó con sus dedos.

Lilith le permitió hacerlo y luego las retrajo; su mano ahora se veía normal nuevamente.

Lizbeth con mirada profunda miró a Lilith a los ojos; sin decir nada levantó su mano. La Reina cerró los ojos  temiendo que recibiría un golpe de la joven, pero por el contrario, ésta le obsequió una caricia y luego la abrazó con fuerza.

-Gracias, muchas gracias, Madame.

Ambas lloraron abrazadas; sin embargo, esta vez las lágrimas de Lilith eran de felicidad y las de Lizbeth de gratitud y amor, pero aún con mucha pena por su reciente pérdida.

En su interior Lizbeth sabía que estaba en buenas manos y que podía confiar en esa pareja.

-Esto fue difícil de contar; dijo Lilith.

-No es algo que se escuche todos los días; respondió Lizbeth.

-Creo que lloré todo lo que no había llorado en los últimos ciento diez años.

-¿Cuántos?; Lizbeth estaba sorprendida.

-Ciento diez años.

¿Qué edad tiene Madame?

Ciento cincuenta y dos años. Nací en 1258.

-No representa más de cuarenta y cinco cuando mucho.

-Lo que pasa es que envejecemos un año cada cien años; yo tenía cuarenta y dos cuando me uní a la nación vampira.

-¿Es feliz Madame?

-¿Cómo te lo explico?; meditó Lilith.

-Como humana nunca habría tenido el tiempo necesario para alcanzar la felicidad que ahora disfruto.

-Ya es hora de que desayunes, ¿tienes hambre?

-La verdad es que sí.

-Pero… ¿Deberé tomar sangre?

-¡No mi pequeña, claro que no!, leche, pan y huevos y creo que hay pastel también; la tranquilizó Lilith.

-Entonces sí.

-Vístete y vamos al comedor.

-Pero no tengo ropa.

Acercándose a un gran ropero, Lilith lo abrió dejando ver una gran cantidad de hermosos vestidos.

-Supongo que alguno te quedará. Elige el que quieras.

-¿Cualquiera?

-¡Claro!, son tuyos.

La jovencita no sabía que decir, nunca antes había tenido ropa tan linda y elegante. Así es que solamente sonrió.

Camino al comedor, Lizbeth quedó parada frente a la gran biblioteca.

-¡Cuántos libros hay!; excla

-Puedes leer el que quieras.

-Sí claro; dijo sarcástica. -¿Desde cuándo las mujeres leen?

-¡Uff!, rezongó Lilith. Esa es una de las estupideces de la sociedad humana, que nosotros estamos tratando de no repetir.

-¿Usted ha leído alguno?

Lilith sonrió.

-La verdad es que todos. Pero me tomó como setenta años.

-Si lo deseas puedo ordenar que un maestro te enseñe.

-Sí claro que me gustaría Madame.

-Y matemáticas, arte, música, literatura, en fin, todo lo que desees aprender.

Lizbeth se daba cuenta de que ante ella se abría un mundo de posibilidades inimaginables para cualquier mujer, excepto para las vampiresas.

Al poco tiempo Lizbeth leía fácilmente francés y latín. Los maestros estaban sorprendidos y encantados a la vez; semejante capacidad no la habían visto nunca entre los humanos y se preguntaban que niveles alcanzaría si los reyes decidían convertirla en vampiro.

Una mañana para tratar de alcanzar un libro, Lizbeth se subió a una silla y perdió el equilibrio. La caída fue más espectacular que grave. Como era de esperarse, el Doctor Lacroix fue llamado de inmediato.

-¿Y bien doctor?; pregunté.

-No es nada Majestad, solo una torcedura sin importancia.

-¡Pero me duele mucho!; protestó la joven.

-Eso le pasa a los humanos por tener cuerpos tan frágiles; opinó el doctor.

Lizbeth ofendida le sacó la lengua.

-Bueno Sus Majestades. Manténgala en cama uno o dos días y se le pasará.

-¿Los trató de Majestades?; preguntó Lizbeth.

-¿Qué?, ¿aún no le dicen que ustedes son El Rey y La Reina de la Nación Vampira?

-Creo que se nos olvidó ese detalle; me defendí.

-Bueno. ¡Cada loco con su tema!; rió el doctor.

-¡Doctor!, creo que tiene más asuntos que atender; cortó Lilith.

-Sí, sí, ya me voy.

 -Adiós doctor, gracias; se despidió Lizbeth.

-¡Vaya!, El Rey y La Reina. Uy; exclamó la muchacha, mientras hacía una exagerada reverencia y se largaba a reír.

La verdad es que los tres reímos por un buen rato.

Después de guardar silencio por un largo rato, Lizbeth muy seria preguntó:

-¿Madame, cuando será la próxima luna de sangre?

Miré a Lilith, pues ambos comprendíamos hacia donde conducía aquella pregunta.

Un mes después una gran luna de sangre se levantaba sobre el cielo de París. Lizbeth había pedido vestirse igual que Lilith. Ambas lucían largos vestidos negros con capas de igual color. La cabeza de Lizbeth estaba adornada por una reluciente tiara de rubíes.

-¿Lista?; pregunte.

-Sí, pero quisiera que Madame Lilith lo haga.

Lilith me miró complacida. -¿Qué te puedo decir querido?

Lilith la abrazó suavemente y apoyó su cabeza en su pecho. Con ternura corrió su cabello, dejando a la vista un delicado cuello…-Te veré pronto; le dijo. Finalmente hundió sus colmillos.

Lilith tomó mi mano y me acercó al cuello de Lizbeth.

Poco después caía sin vida.

Cerca de una hora después, Lizbeth trató de incorporarse, pero la contuvimos.

-¡Tranquila!, con calma.

Lilith la sentó con cuidado y le ofreció su muñeca sangrando. Yo corté mi brazo y se lo acerqué para que se alimentara por primera vez.

Lizbeth había renacido.

Entonces con suave voz habló:

-¡Mamá!, ¡Papá!, he llegado.

Una nueva familia había nacido.

En el salón principal, en tono muy solemne René anunciaba:

-Princesa Lizbeth sea bienvenida.

Todos los concurrentes se arrodillaron ante ella.

Los guardias de palacio se cuadraron militarmente rindiéndole honores a Su Alteza.

Lizbeth demostró una gran inteligencia. Sus maestros alababan que su curiosidad no tenía límites. En más de una ocasión puso en aprietos a sus profesores de matemáticas y de filosofía.

Desde que llegó a nuestras vidas han pasado ciento veinticinco años; actualmente es el año 1537. Todos se dirigen a ella como Princesa Lizbeth, habiéndose ganado el cariño y respeto de todos.

Si bien no tiene la misma capacidad mental de su madre para controlar un gran número de personas al mismo tiempo, en cambio físicamente su agilidad va aumentando cada día que pasa. Al punto que, ella misma decidió que quería aprender combate cuerpo a cuerpo, desde que vio al capitán Marcel Renoir, comandante de la guardia de palacio, entrenando a sus hombres.

-Yo quiero aprender también; le dijo un día muy decidida y segura  de sí misma.

-Princesa, esto es para soldados; no creo que usted pueda. Además dudo que sus padres lo autoricen; intentó disuadirla el oficial.

-De mis padres me encargo yo capitán; alegó Lizbeth. -¿O acaso tiene miedo y teme que lo deje en ridículo antes sus soldaditos de plomo?

Un joven oficial empezó a esbozar una sonrisa.

Severo el capitán lo contuvo.

-¡Sargento!, ni se lo ocurra reírse o lo pongo a beber sangre de vaca durante un mes.

El joven oficial se cuadró y se retiró, mientras recordaba su entrenamiento de cadete. La sangre da vaca le dejaba un sabor muy desagradable en la boca, aunque le permitía mantenerse con vida en caso de emergencia.

-Estas técnicas, Princesa provienen de la China y requieren sutileza y control de movimientos muy refinados. No basta con la fuerza y agilidad de un vampiro para dominarlas.

-Además; continuó. -Le debo advertir que el entrenamiento puede llegar a ser doloroso, incluso para nosotros. No crea que por ser la Princesa sería más gentil con usted que con mis hombres. Dicho esto el Capitán Renoir se volvió dispuesto a marcharse, seguro de haber hecho desistir a la testaruda Princesa.

-¡Acepto!; se escuchó la voz de Lizbeth.

Aburrida Lizbeth hacía girar un mapamundi.

-¡Quiero salir! y cerrando los ojos puso un dedo en el mapa. -España.

-¡Papá!, quiero ir a España.

-¡España!, pero es muy lejos.

-Podemos ir por tierra y detenernos a comer en el camino; meditó la joven.

-Pero hija, ahora estamos organizando el establecimiento de nuevas colonias en el resto de Europa y yo debo supervisar los detalle.

Lilith que andaba por ahí se unió a la conversación, o mejor dicho en mi contra.

-Lizbeth tiene razón; hace tiempo que necesitamos vacaciones. Por otro lado René puede encargarse fácilmente de todo sin nosotros.

-Sí, creo que tienen razón. Entonces vamos a España.

-¡Gracias papito!; salto Lizbeth de alegría. -Voy a empacar mis libros.

-¡Nada de libros!; cortó Lilith. -Vamos a pasear no a leer.

-¿Y uno chiquitito?

-¡No!

¡Está bien mami!; rió Lizbeth y salió corriendo.

Todo estaba dispuesto para nuestras vacaciones.

¡Pero dónde se metió esta niña!; alegué.

-Se debe estar despidiendo de su súbdito favorito; comentó La Reina.

Había encargado la compra de una cabaña en unas colinas cercanas a la ciudad de Sevilla, lindantes a un frondoso bosque.

Llegamos cerca del ocaso. Lizbeth se quedó pensativa.

-Es chiquita, la acabo de recorrer en un segundo. Mmmm, le falta algo.

-Listo, ahora sí; dijo mientras en la puerta sujetaba una rosa negra. -Me gusta.

-¡Qué bueno!, porque es tuya.

No dijo nada. Solo se colgó de mi cuello y me dio un sonoro beso.

-El aire fresco me dio hambre; dijo Lilith.

-Y a mí; agregué.

-Yo invito la cena; concluyó Lizbeth, pasándose la lengua por los labios, mientras miraba en forma malévola a la desprevenida ciudad.

Los años pasaron, era cerca ya de 1610. Bajo la tutela del Capitán Renoir y las instrucciones de los mejores maestros de artes marciales de Asia, Lizbeth podía enfrentar a cualquiera de nuestros soldados.

Así es como un día, desde una ventana, vi alarmado que ella era rodeada por diez guardias fuertemente armados. Tardé un rato en percatarme de qué se trataba realmente.

En una frenética lucha en la que se mezclaban complicados movimientos de artes marciales, juntos con otros propios de nuestra raza, Lizbeth logró neutralizar a todos sus atacantes. Los cuales, una vez que quedó clara su derrota ante la Princesa, la saludaron con una reverencia a la cual ella contestó con otra igual. El orgullo que en ese momento sentí por mi hija era incontenible.

A todo esto, las colonias en el resto de Europa ya se estaban organizando. René pidió autorización para hacerse cargo de dirigir la colonia italiana.

Poco tiempo después, Lizbeth entró seguida del Capitán Renoir.

-Padre, madre, deseo ir a la colonia de España a supervisar su organización. El Capitán Renoir será mi guardaespaldas.

-¡Capitán Renoir!, supongo que tiene más que claro que mi hija es uno de los seres más poderosos del planeta.

-Si Majestad lo sé, pero ella insiste.

-La semana pasada la vi derrotar con facilidad a diez de sus mejores soldados, todos armados, menos ella. Creo que, usted que la ha entrenado sabe mejor que nadie, que ella es quién menos necesita de un guardaespaldas.

-Lo sé Señor pero, como le dije, ella piensa que es conveniente que yo la acompañe.

Antes de que yo pudiera seguir, protestó una. -Pero papá; mientras la otra disimuladamente me daba una patada por atrás.

Comprendí que no había nada que hacer. Eran dos contra uno.

-Bueno;  asentí. -Supongo que un poco de protección extra no está demás.

-¡Gracias papá!; gritó contenta.

El Capitán Renoir se cuadró militarmente y se retiró.

-Hija; la paró Lilith. -¿Llevas libros?

-Para qué; le contesto Lizbeth, guiñándole un ojo.

Me volví ante Lilith. -Pero querida, sabes bien que esos dos no van a ir a cortar flores precisamente.

-Lizbeth tiene apenas dieciocho años.

-Guajaja; se rió burlonamente. Sabes bien que Lizbeth ya no es una niña y aunque parezca de dieciocho, tiene más de doscientos años…Además, yo ya quiero ser abuela.

Siglo veintiuno, ya. Año 2014.

Esto es lo que puedo contar. Ocho siglos de historia, en los cuales nuestro mundo nació y creció en forma oculta y al lado del mundo de los humanos; donde nuestros miembros se han introducido en toda su sociedad, controlando su economía, sus ejércitos y sus centros de investigación científica. Y ellos ni siquiera lo sospechan. Bueno, tal vez sí. En sus películas y en sus novelas, nos describen como seres salvajes, alérgicos al ajo, intolerantes a la luz del sol y a palitos cruzados… No sé si reírme o llorar por esa sátira.

-¿Aun escribiendo?; preguntó Lilith, con una copa de coñac en la mano.

-Ahora acabo; contesté. -Apago el computador y listo.

De pronto la puerta se abrió y un ventarrón provocó un remolino en el salón.

-¡Niños! No corran en el estudio del abuelo. Entró Lizbeth, mirando en todas direcciones hasta captar la huella de calor de dos pequeños vampiritos de aparentemente cuatro años, que corrían invisibles. Con un rápido movimientos los atrapó entre sus brazos y los besó en la cabeza.

-La cena está servida ya. La preparé yo misma. Tenemos comida española; saben que me encanta. Y de postre una tierna gitana; sonrió con una mirada siniestra.