Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Refugio 6 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Refugio

La lluvia arreciaba cada vez más, haciendo a cada paso más difícil avanzar. Con la ropa pegada al cuerpo y mojados hasta los huesos, la pareja caminaba entre los árboles tratando de encontrar el refugio de los guardabosques para secarse y esperar a que terminase la lluvia.

-Recuérdame que no volvamos a salir de campamento en otoño; comentó Esteban a Diana.

-¿Ya te asustaste de unas cuantas gotitas?; preguntó ella a si esposo.

-Estoy mojado hasta la médula; reclamó él. -Aahh, ahí está el refugio.

En medio del bosque y la lluvia el humo de la chimenea y la luz de las ventanas invitaban a los caminantes a acercarse y cobijarse.

-Parece que ya lo están ocupando; observó Diana.

-Es para todos los que lo necesiten; opinó Esteban. -Y esta noche creo que nosotros también calificamos.

Ambos llegaron junto a la cabaña y golpearon la puerta para no asustar a quien estuviese dentro. Un hombre de mediana edad les abrió algo recelosos.

-Buenas noches; saludó Esteban. -¿Este es el refugio de los guardabosques?

-No; contestó el hombre. -De hecho se encuentra a un kilómetro hacia el sur.

-Ay no; se quejó Diana temblando de frío.

El hombre mirándolos de pies a cabeza, esbozó una leve sonrisa.

-Por favor pasen a secarse, están estilando; los invitó. -Acérquense al fuego o pescarán una pulmonía.

-Muchas gracias, es usted muy amable; aceptó Esteban.

-Muchas gracias; contestó Diana. -Permiso.

-No quisiéramos causarle alguna molestia; dijo Esteban, sintiéndose un poco incómodo.

-No se preocupen; dijo el hombre. -No es ninguna molestia.

Desde la cocina salía un agradable aroma a comida y la voz de un hombre que canturreaba.

-Invita a nuestros visitantes a cenar; dijo el hombre que estaba en la cocina.

-No quisiéramos molestar; objetó Diana.

-No faltaba más; agregó el hombre saliendo de la cocina con cuatro jarros humeantes con chocolate caliente.

-No es un día muy bueno para salir a pasear en el bosque; observó uno de los hombres.

-No pensamos que nos pillaría la lluvia antes de llegar a la cabaña de los guardabosques; contestó Diana.

-Bueno, aquí pueden pasar la noche; agregó el otro hombre, que había vuelto a la cocina.

-¿Ustedes viven aquí?; preguntó Esteban calentándose las manos en la chimenea.

-Solo en las vacaciones; contestó uno de los hombres. -El resto lo pasamos en la jungla de cemento.

-¿Ustedes acostumbran salir de excursión con este clima?; preguntó a la vez uno de los hombres.

-La verdad es que nunca nos preocupamos mucho de eso; contestó Diana.  -Es solo que esta vez no calculamos bien.

El calor de la hoguera, sumado a un poco de licor, después de varias horas de pláticas sin mayor importancia, finalmente terminaron por relajar a los cuatro ocupantes de la cabaña.

-Hay una habitación disponible que pueden ocupar con total libertad; dijo uno de los hombres. -Lo que es yo, me voy a dormir.

-Buenas noches y gracias de nuevo; respondió Esteban.

-No hay por qué; agregó el otro hombre. -Que descansen.

La lluvia golpeaba los vidrios de las ventanas y el viento sacudía el techo; sin embargo, la tormenta permanecía afuera y el interior de la cabaña se mantenía seco y temperado.

Diana y Esteban durmieron plácidamente todo el resto de la noche. Al amanecer, la tormenta aún  no cesaba y poco a poco la mujer fue abriendo sus ojos; para su sorpresa notó que no lograba moverse. Sus muñecas y tobillos se hallaban fuertemente atados a las esquinas de la cama.

-¿Esteban qué ocurre?; preguntó ella, entre sorprendida y asustada.

-¿Esteban?; insistió Diana ante el silencio de su marido.

Poco rato después, él despertó y se dio cuenta de que se encontraba inmovilizado con correas de cuero sobre la única mesa que había en la cabaña.

Los dos hombres vistiendo túnicas rojas se acercaron a él y lo miraron con desprecio.

-¿Qué creen que están haciendo malditos locos?; preguntó furioso.              -¿Dónde está mi esposa?, ¿qué han hecho con ella?

-A ella la espera un destino grandioso; contestó uno de los hombres.

-Y tú la ayudarás a alcanzarlo; agregó el otro, acercando un gran cuchillo al cuello de Esteban.

-¡No! Deténganse;  gritó él, mientras la hoja de acero abría su garganta y la sangre inundaba su boca.

-¡Esteban! ¿Qué pasa?; preguntó Diana  a gritos.

La sangre de Esteban caía de su cuello y era recibida por uno de los hombres en un cuenco de greda.

-Aquí está tu marido; dijo el hombre, vaciando parte de la sangre sobre la cara de Diana.

-¡No!; gritó ella llena de terror.

Entre ambos hombres esparcieron la sangre de Esteban por todo el cuerpo de Diana, dejando su piel totalmente cubierta y roja.

El fuego en la chimenea se agitó y cobró más fuerza. Como dando un salto las llamas se desprendieron de los maderos ardientes y se posaron sobre la cama donde yacía Diana.

Con horror la mujer sintió como las flamas la envolvían, pero sin embargo no la quemaban. Un intenso, pero a la vez placentero calor la recorría entera y llenaba su cuerpo, haciéndola retorcerse sin que ella pudiese evitarlo. De pronto sintió su cuerpo curvarse y temblar entero, para finalmente perder la consciencia.

Los rayos del sol primaveral entraban a raudales por la ventana de la cabaña. Diana abrió los ojos con una plácida sonrisa en sus labios y estiró sus brazos como despertando de un agradable y reparador sueño.

-¿Cómo está la orgullosa y hermosa futura madre?; preguntó uno de los hombres, cuando ella se sentó a la mesa a desayunar.

-Hambrienta; contestó Diana, mientras se saboreaba ante un suculento plato de carne cruda y acariciaba su vientre que lucía seis meses de embarazo.

 

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