Relatos sorprendentes

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Tétrada Oscura – Capítulo N° 5 – La Caída de Los Arcángeles 26 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 5

La Caída de Los Arcágeles

Un tenue resplandor verde inundó la dormida casa, se introdujo en el cuarto de los niños y comenzó a crecer y volverse más brillante. Isabel se quedó un rato contemplando a sus hijos y después de algunos minutos se dirigió con pasos suaves que no producían ruido sobre el piso de madera, hacia la habitación que compartía con su marido, quien dormía plácidamente.

Todo estaba tal y como lo dejó aquella noche en que todo comenzó. ¿Cuánto tiempo había pasado?; la verdad es que eso no tenía ninguna importancia. Ella simplemente había regresado al instante preciso en que los dejó dormidos en un sueño profundo, de tal forma que para su familia no había pasado ni un minuto.

Isabel experimentó una sensación extraña, nunca antes sentida por ella, al verlos así dormidos. Si lo deseaba, despertarían y el tiempo reanudaría su marcha normal para ellos. Los veía casi con curiosidad, como quien trata de imaginar la efímera existencia de un insecto, que vive toda su vida en un solo día. Ahora ella existía en una escala de tiempo totalmente distinta y que le permitía viajar de un instante a otro, sin que eso le afectara siquiera. Podía despertarlos y reanudar su vida junto a ellos, pero ella los percibía como si fuesen un fugaz pestañeo y el tiempo se los habría quitado antes de que pudiese percatarse.

Por un instante Isabel sintió un poco de nostalgia; una leve sensación de incomodidad que no alcanzó a ser llamada pena.

Tranquilamente, sin que ningún sonido la acompañase, se dirigió a la cocina. Ante un gesto de su mano el vidrio roto por la flecha disparada contra ella por un elfo claro, quedó completamente intacto y la cocina en orden.

Tras meditarlo un rato finalmente se decidió. Sus emociones hacia su familia habían cambiado completamente; su mente se había vuelto calculadora y los veía solo como ilusiones que pronto desaparecerían. Pero sabía; estaba convencida que era mejor que ellos continuaran con su vida normal. Extendiendo sus manos, como cuando se está entregando algo, cerró sus ojos y concentró su consciencia en un punto de luz verde que fue creciendo lentamente y a cobrar la silueta difusa de una mujer. Parada frente a ella, con satisfacción se vio reflejada a sí misma.

Su gemela así creada poseía todos sus recuerdos y emociones, así como toda su personalidad en general. Lo mejor de todo es que ella envejecería a un ritmo normal para los humanos y la familia podría continuar con una vida común y corriente.

Un suave destello verde iluminó la cocina y la elfa oscura se esfumó en medio de la noche, tan silenciosa como había llegado.

Isabel, porque lo más justo era llamarla como tal ya que era una imagen perfecta e ideal de ella, se sirvió un gran vaso de leche fría y se dirigió a su habitación; una vez en la cama abrazó tiernamente a su marido y se durmió dulcemente.

El tiempo seguía su curso normal, así como normal era la vida que seguiría esta familia. Sin sobresaltos ni nada fuera de lo común; excepto, tal vez, por la visita unas cuantas veces de un fantasma verde que se deslizaba por las habitaciones en alguna noche en los años venideros.

¿Cuántos años llevaban juntos?; diez, tal vez quince años. Resultaba tan difícil recordar períodos tan cortos de tiempo que Mireya miraba en forma distante a su esposo e hijos, sin poder sentir ninguna emoción por esos seres tan sutiles como la llama de una vela o como un suspiro.

La fusión con la esmeralda sagrada la había cambiado tanto como a sus tres compañeras. Su antigua longevidad ahora parecía una ilusión junto a su actual inmortalidad, que le confería su capacidad de moverse fuera del tiempo. Su comprensión de la realidad también había evolucionado a un nivel que cualquier genio envidiaría; y era esa misma condición la que ahora le indicaba lo que debía hacer.

En medio del subterráneo salón donde por años llevó a cabo sus hechizos, la bruja alzó sus brazos y en medio de un destello de luz verde otra Mireya, idéntica en recuerdos y sentimientos, así como en el cuerpo y personalidad la observaba con una tierna sonrisa en los labios.

-Cuídalos y que sean felices; pidió Mireya a su gemela.

-Pierde cuidado, recuerda que ahora yo soy tu y ellos son mi familia; respondió la otra Mireya.

-Confío en ti, tanto como en mí misma; respondió la original.

-¿Puedo hacerte una pregunta?; consultó la réplica de Mireya.

-Sí, por supuesto; respondió la bruja.

-¿Yo soy bruja también?; quiso saber ella.

-¿Deseas serlo?; preguntó Mireya.

-¿Si no lo hubieses sido tú, esto no estaría pasando verdad?; preguntó la otra.

-No, nada de esto estaría ocurriendo; respondió Mireya. -Sería una mujer normal, con una familia normal.

-Aunque la tuya es una vida muy emocionante, la otra parece tranquila y agradable, sin monstruos, asesinos, ni demonios; meditó la nueva Mireya.

-Así es, lo que le falta a una lo tiene la otra; respondió la bruja. -¿Bueno, ya decidiste?

-Sí ya sé qué clase de vida quiero; concluyó la réplica. -Quiero ser  madre, esposa y profesional, como una humana común y corriente; envejecer y también morir cuando llegue mi hora.

-Haz elegido con sabiduría; respondió Mireya a su copia, tomándola de las manos, mientras un resplandor verde la envolvía. -Ve con ellos y que sean felices; dijo la bruja mientras lentamente se disipaba.

Con paso liviano, como si despertara de un sueño reparador, Mireya subió las escaleras de piedra que conducían hacia la casa. Al cerrar la puerta a su espalda, ésta desapareció y un reloj mural ocupó su lugar. Sellado para siempre el sótano de  la bruja quedó olvidado como si nunca hubiese existido. Aunque conocía la casa a la perfección, la nueva Mireya la recorrió por primera vez, tocando cada objeto y cada pared que llamaba su atención. Frente a las piezas de los niños ella sonrió y los besó y arropó. Junto a la cama matrimonial, soltó su cabello y despertó a su marido con varios besos en el cuello; mañana era sábado y no tenía turno en el hospital, así es que podía desvelarse esa noche.

Francine se escurrió como un fantasma por toda la mansión de la familia para la que trabajaba. Huérfana desde niña, solo buenos recuerdos tenía de quienes la acogieron casi como a una hija. Como agradecimiento solicitó ser la doncella de la hija de sus patrones. Aunque el tiempo nada significaba para dicha familia, ya que al igual que ella eran vampiros, habían quedado fuera del límite de su realidad y ya no le bastaba con esa existencia tan simple y apacible.

Sin más tomó una hoja de papel y escribió una emotiva carta donde agradecía todo lo que habían hecho por ella, pero que deseaba iniciar una nueva vida a partir de cero. Pedía, por favor, que le permitieran ir y les manifestaba su eterna gratitud. La existencia de la Tétrada Oscura era un secreto y no quería arriesgarse a ser descubierta por toda una nación de vampiros con capacidades telepáticas, al igual que ella. Y por otro lado, aun con lo poderosos que eran los vampiros, en su condición actual los veía débiles y vulnerables y a pesar de los años, décadas y siglos pasados junto a esa familia, no sentía pena al separarse de ellos; su mente fría y calculadora le indicaba que eso era lo correcto y natural.

Cristina no se cuestionaba en lo más mínimo respecto al paso que estaba a punto de dar. Había llegado a la conclusión lógica de que debía alejarse definitivamente de su familia. Desde siempre había elegido el camino de ser una loba solitaria, lo que haría un poco más fácil la separación. La joven se adentró en el bosque hasta llegar a un claro bañado por la luna; tras una honda inhalación de aire Cristina separó un poco sus labios y entonó un largo aullido. Cuatro voces más le respondieron y los cinco elevaron sus voces a la luna llena.

Ya estaba hecho, Cristina se había despedido definitivamente de su manada, dejando atrás la vida a la que renunció para vivir con los humanos y la vida que eligió junto a ellos.

 

-¿Primera vez en Tierra del Fuego?; preguntó el guía a la pareja de turistas.

-Sí, queremos disfrutar el paisaje del fin del mundo; contestó la mujer con un marcado acento norteamericano.

-¿Están totalmente seguros de querer acampar aquí?; preguntó el guía, pensando en lo inhóspito que podía ser el clima ahí.

-Oh, sí, estamos acostumbrados a este tipo de climas; contestó el hombre mostrándole una fotografía de ellos acampando en una montaña nevada.

-Ya veo; aceptó el guía. -Está bien, que se diviertan; volveré a buscarlos en una semana más.

-Adiós; se despidió la mujer con una mano cuando la camioneta se alejaba.

-¿Qué te parece?; preguntó el hombre.

-Se ve todo normal; respondió ella. -Aparentemente aquí no pasó nada. Sin embargo, viendo más allá de la ilusión, es evidente que hubo una batalla tremenda, en la que se combatió usando grandes cantidades de energía.

-Energía que solo puede ser generada y controlada por ángeles; observó él.

-Eso es lo que pienso; opinó ella. -Sin embargo, necesitamos pruebas.

El páramo agreste y devastado lucía aun las cicatrices sufridas en la batalla librada entre los seguidores del proscrito Athatriel y la Tétrada Oscura; ya nunca nada más nacería en ese suelo muerto, quemado por fuegos nunca vistos por los humanos.

-Y aquí encontré una; indicó él pasando su mano sobre una zona del suelo que se veía completamente cristalizada y lisa.

-Esto solo lo pudo haber hecho el golpe de una espada flamífera.

-Entonces es verdad; opinó ella. -Los rumores de que los ángeles de Athatriel fueron asesinados son ciertos.

-Eso explicaría por qué no se ha tenido ninguna noticia de actividades de ellos o de sus seguidores; pensó él.

-¿Pero quién podría ser capaz de matar a doscientos ángeles?; preguntó ella.

-Solamente alguien inmensamente poderoso; opinó él.

-Esa cantidad de poder debería ser muy difícil de ocultar; comentó ella.

-Y sin embargo, no logro detectarla; observó él.

-Quién sea que hizo esto, parece que tiene la capacidad de ocultar su poder; meditó ella.

El hombre se agachó a ver algo en el suelo. -Creo que encontré algo, pero casi no se nota.

-¿Qué es?; preguntó la mujer agachándose también.

-Aquí se abrió un portal de fuego; observó él.

-Eso es propio de los ángeles caídos; comentó ella. -¿Dónde se abrió de salida?

El hombre cerró los ojos y se quedó inmóvil durante varios minutos, casi sin respirar ni moverse.

-¡No lo encuentro!; comentó él. -No se abrió en ningún lugar del planeta.

-¿Entonces?; preguntó ella. -A alguna parte tiene que haber llegado.

La mujer se quedó estática, como si un rayo la hubiese atravesado.

-¿Sentiste eso?; preguntó ella. -Fue como si un pequeño sol hubiese estallado.

La energía liberada por Isabel y Mireya al crear a sus gemelas no pasó desapercibida por los dos ángeles.

-Pero ya no hay nada; observó el hombre. -Fue algo muy fugaz.

-De igual forma investiguemos; indicó ella extendiendo sus doradas alas y elevándose a una velocidad incalculable, seguida de él.

Aunque fue algo que duró un instante solamente, la cantidad de energía liberada era inusual y debía ser investigado el hecho.

Isabel estaba sentada tranquilamente en el banco de una plaza meditando sobre lo que acababa de hacer, cuando vio una pareja que caminaba hacia ella; al principio no le dio importancia, pero cuando se plantaron frente suyo intuyó la amenaza que implicaban y se puso rápidamente de pie.

-¿Les puedo ayudar en algo?; preguntó Isabel para cortar la tensión.

-Es ella; dijo el hombre haciendo aparecer inesperadamente una espada de fuego en su mano derecha.

Rápidamente, sin perder ni un segundo, la elfa extendió una de sus manos y un puñal de fuego voló hasta el corazón del hombre, consumiéndolo en llamas.

No esperando semejante hecho, la mujer desplegó sus alas, pero antes de que lograse elevarse, Isabel la sujetó de ellas y con un certero golpe de la espada flamífera que acababa de encender, se las cercenó en medio de los gritos de dolor de la mujer. Sin ninguna compasión la elfa arrojó al ángel al suelo y acercó amenazadoramente la hoja de fuego a su cuello.

-¿Quién eres y qué pretendías?; preguntó Isabel con los ojos llenos de fuego.

-Nos mandaron a investigar la muerte de los ángeles seguidores de Athatriel; respondió la mujer con la voz entrecortada por el dolor.

-¿Quién los envió?; interrogó la elfa.

-Contesta; ordenó Isabel acercando aún más la espada al cuello del ángel.  -O lo preguntaré en forma más convincente.

-Fuimos enviados por uno de los arcángeles; respondió la mujer.

Isabel bajó su espada y meditó ante lo que acababa de averiguar. Sin hacer ruido la mujer se puso de pie mientras la elfa le daba la espalda y en su mano se materializó una incandescente espada flamífera. Rápidamente Isabel se volvió y descargo un golpe en el cuello de la mujer, quien fue consumida inmediatamente por llamas que surgieron de su propio cuerpo.

Tras observar como el fuego terminaba de quemar al ángel, en medio de una gran llamarada la elfa desapareció del lugar.

-Coordinador, reúna a la Tétrada Oscura enseguida; ordenó Isabel al momento de materializarse en medio del centro de operaciones del Anticristo, mientras se dirigía a la oficina de éste.

-Como ordene señora; respondió el hombre.

-¿Ethiel, pasa algo malo?; preguntó el demonio.

-No lo sé; respondió la elfa.

Al poco rato Mireya, Francine y Cristina entraban también al despacho.

-Hace un rato tuve contacto con dos ángeles enviados por los arcángeles, a investigar la muerte de los seguidores de Athatriel.

-¿Estás completamente segura de ello?; preguntó Francine.

-Lo confesaron con una espada flamífera en el cuello; respondió la elfa.

-¿Dijeron cuál de los arcángeles los envió?; preguntó Damián.

-Negativo; fue la escueta respuesta de Ethiel, quien mantenía su forma humana.

-¿Dónde están los ángeles?; preguntó Mireya. -Me gustaría poder interrogarlos.

-Eso no va a ser posible; contestó la elfa. -Tuve que matarlos en defensa propia.

-¡Lástima!, habría sido bueno obtener más información; opinó Damián. -Hay que estar atentos a todo, ya que las cosas se pueden complicar si intervienen los arcángeles.

-No me preocupan mayormente ellos; comentó Cristina. -En nuestro entrenamiento demostraron no ser rivales para nosotras.

-Aun así; insistió el demonio. -Una simulación es muy distinta a un combate real.

-Aunque así sea, sus barreras protectoras no los pueden defender de nuestros ataques; agregó Cristina.

-Sin embargo, son los ángeles guerreros más poderosos; las previno Damián.

-Es mejor que estemos preparadas para cualquier cosa; intervino Francine. -Pero no nos adelantemos a los hechos y esperemos que las cosas se den primero.

-Coordinador, comience rastreo y seguimiento de toda actividad de ángeles ocurrida en el tiempo real; ordenó Mireya.

-Enseguida señora; obedeció el aludido.

A los pocos minutos el coordinador de operaciones ingresó al despacho principal, con la información solicitada.

-Nuestro monitoreo indica que desde la eliminación de los ángeles de Athatriel, ha habido un aumento inusual, pero esperable de las actividades de los ángeles; informó el ejecutivo.

-Era de suponer que la muerte de doscientos ángeles no pasaría inadvertida; comentó Damián.

-No tuvimos alternativa; opinó Cristina. -Ellos nos atacaron y tuvimos que defendernos.

-Eso no lo discuto; dijo Damián. -A lo que me refiero es que la energía utilizada para ello, por su intensidad y magnitud, era fácil de detectar; por otro lado, también resultará sospechosa la desaparición de los dos ángeles en manos de Ethiel.

-¡Yo solo me defendí!; contestó ella molesta.

-Estoy seguro de ello; la calmó el demonio. -Lo que pasa es que nunca antes había sido asesinado un ángel.

El arcángel se paseaba preocupado debido a que uno de los equipos enviados a investigar la muerte de los ángeles no se había reportado como se les había ordenado. Si fue un error de ellos, los reprendería en forma apropiada; mientras tanto enviaría a otra pareja al último lugar informado siguiendo una pista.

Una pareja paseando tomados de la mano no llamaba la atención de ninguna de las pocas personas que aun andaban en el parque disfrutando de la noche.  Lentamente ambos dirigieron sus pasos hacia un banco cercano.

-Hasta aquí llega la pista; dijo la mujer.

El hombre se inclinó para abrochar sus zapatos, mientras tocaba el suelo con sus dedos.

-Aquí hay un golpe con espada flamífera; dijo él en voz baja.

-Ahí y ahí murieron los dos ángeles desaparecidos; indicó la mujer con sus manos. -Pero no parece haber signos de combate.

-Creo que no hubo ninguno; opinó él. -Esto parece más una ejecución.

-¿Pero quién podría tener el poder necesario para hacerlo?; preguntó ella.

-Informemos inmediatamente nuestro descubrimiento; decidió el ángel.

Lo escuchado por el arcángel solo confirmaba lo que ya sospechaba. El hecho de que se hubiese usado espadas flamíferas para matar a los ángeles implicaba solo una cosa; ángeles caídos estaban detrás de esto. Sin embargo, no había ningún indicio de actividad de los seguidores de Lucifer al respecto, excepto por la reunión de las cuatro mujeres que se hacían llamar la Tétrada Oscura, cuando el mundo estuvo a punto de ser destruido, claro que en ese entonces Lucifer informó de ello y recibió autorización para actuar. Tal vez quedaba la posibilidad de que sin que él lo supiese, las mujeres hubiesen descubierto la forma de aumentar sus poderes hasta ser capaces incluso de matar ángeles. De ser ese el caso, era probable que ni el mismísimo Lucifer se atreviese a enfrentarlas ahora y se hubiese desentendido de ellas, al igual como solía hacerlo con sus otras creaciones. No importando cuál era la causa, era necesario destruir a la Tétrada Oscura antes de que se volviese totalmente incontrolable.

El arcángel sabía que sería necesario desplegar un gran contingente de ángeles guerreros, incluso se podría requerir la intervención de los otros arcángeles. Personalmente deseaba que no fuese así, ya que la guerra era algo que prefería evitar si era posible, a diferencia del arcángel Miguel que parecía vibrar con ella e incluso disfrutarla.

El hecho de que la Tétrada Oscura hubiese desaparecido literalmente de la superficie del Planeta Tierra, aumentaba sus sospechas de que esas cuatro mujeres eran las responsables de la muerte de doscientos ángeles y posiblemente también de sus enviados.

La asistente de Damián entró con una expresión de preocupación en el rostro.

-Señor, perdón que lo interrumpa, pero ha llegado un comunicado por parte de los arcángeles; informó la secretaria  a su jefe.

-¿De qué se trata?; preguntó El Anticristo.

-Los arcángeles solicitan que se entregue inmediatamente a la Tétrada Oscura para que respondan por la muerte de los ángeles de Athatriel y de dos ángeles mensajeros; dijo ella un poco asustada de lo que estaba comunicando.

-Contésteles que se ha perdido todo rastro de la Tétrada Oscura desde que intentaron sellar la fisura entre planos; ordenó Cristina. -Dígales que no se han puesto en contacto desde entonces y que se desconoce su paradero; se sospecha que probablemente no lograron sobrevivir a la misión. Indíqueles que debido a lo particularmente grave de la situación y las amplias repercusiones que para ambos bandos puede haber si sus sospechas son correctas, pueden contar con nuestro apoyo. Atentamente El Anticristo Damián…

La secretaria miró con cara de pregunta a su jefe.

-Obedezca; respondió él.

La ropa que llevaba recién puesta Cristina fue reemplazada por su armadura, de igual forma que en sus compañeras.

-Fue un placer conocerlo jefe; dijo Ethiel, obsequiándole su puñal de elfa oscura.

-Cuando todo esto termine volveremos, señor; agregó Mireya.

-Mantenga encendida la flama del licor; dijo Cristina. -Se me antojará una copa cuando regrese.

-Hasta pronto; fue la simple despedida de Francine.

-Hasta pronto chicas; respondió Damián. -No dejen que esos bonachones las asesinen. Recuerden que poseen la esencia de Lucifer.

En una extensa planicie deshabitada las cuatro mujeres aparecieron de la nada luciendo como cuatro columnas de negro carbón. Una densa niebla oscura manaba del cuerpo de todas ellas y se elevaba, al igual que el fuego que nacía de sus ojos. La Tétrada Oscura pronto sería detectada por los arcángeles y eso era precisamente lo que ellas deseaban.

-¡Salgan de su escondite cobardes!; gritó Mireya haciendo temblar la tierra con su voz.

-Su amo no los protegerá para siempre de nosotras; agregó Cristina.

-Vámonos de aquí; dijo Francine. -Estos débiles y patéticos inútiles están tiritando de miedo.

Lo que ellas pretendían provocar ocurrió cuando el cielo se rajó, dejando pasar a cientos de ángeles guerreros. Cuando ya estaban lo suficientemente cerca descargaron una devastadora lluvia de fuego sobre las cuatro mujeres; cuando el viento y el infierno se disiparon, inalterables permanecían ellas. Ethiel elevó sus brazos y millones de gotas de fuego cayeron sobre las legiones de ángeles, perforando sus alas y sus cuerpos, incendiándolos y vaporizándolos en el aire.

-¿Y estos son los ejércitos celestiales?; preguntó despectiva Cristina.

Era claro que esa estrategia estaba destinada al fracaso; a la Tétrada Oscura no se le podía atacar de frente, ya que al hacerlo se exponían a una masacre inevitable.

Varias legiones de ángeles armados con sus espadas flamíferas, zumbando ansiosas de encontrar un objetivo se materializaron a la espalda de la Tétrada.

Con un aullido que hizo temblar cielo y tierra Cristina liberó a la bestia dormida. Como una exhalación, la licántropa clavó sus garras incandescentes en el pecho del ángel que tenía más cercano, consumiéndolo en llamas que el viento avivó. Aprovechando la ocasión, otro ángel descargó su ardiente espada sobre Cristina, pero con su mano libre atrapó el brazo de éste, corriendo igual suerte que el anterior.

Las garras de Francine brillaban en sus manos y sus ojos despedían fuego, en un gran salto giró en el aire y encendió su espada. La vampiresa no tardó en verse rodeada por decenas de ángeles que la amenazaban con sus luminosas espadas. A pesar de lo apremiante de la situación la adrenalina se había convertido en energía pura gracias al poder de la esmeralda sagrada. Respirando hondo Francine giró rápidamente transformando su cuerpo en un torbellino de fuego que se desplazó vertiginosamente entre las filas enemigas, convirtiendo en cenizas a cientos de ángeles.

El arcángel se veía preocupado; tan solo tres de las cuatro mujeres habían entrado en combate y varias legiones bajo su mando habían perecido.

El báculo de Mireya escupía chorros de fuego que quemaban a los ángeles como si se trataran de hojas arrojadas a una hoguera.

Una cegadora ola de fuego llenó el campo de batalla; el arcángel sostenía con fuerza su espada mientras lanzaba un ataque definitivo contra la Tétrada Oscura.

-Esta abominación termina aquí y ahora; pensaba el arcángel mientras continuaba su ataque.

Al cabo de unos minutos de una cataclísmica descarga de energía de su espada, finalmente él bajó su arma. Nada en toda su eterna vida lo había preparado para lo que tenía frente a sus ojos. Si no hubiese sido por sus increíbles reflejos y su velocidad como el pensamiento, no habría podido esquivar a tiempo el formidable rayo que surgió cuando el fuego de las cuatro espadas de las mujeres se unió en uno solo. Sin inmutarse ellas continuaron con ese ataque mientras él volaba veloz para alejarse. Un imperceptible movimiento de ellas puso el disparo por delante de él; el guerrero alado no pudo evitar chocar de frente con el infernal golpe, que en medio de un cegador resplandor lo hizo arder como un pequeño sol. Francine, abriendo en cruz sus brazos absorbió en sí toda la energía del caído arcángel. 

Nunca antes un ángel de esa categoría había muerto y eso no lo tolerarían los otros seis.

Inmediatamente la respuesta no se hizo esperar y el azul del firmamento se abrió en un cegador destello de mil soles. Cinco arcángeles vestidos con  resplandecientes armaduras aparecieron seguidos de miles de ángeles guerreros, todos portando terribles espadas de fuego.

-Esto se va a complicar un poco; opinó Mireya.

-¿Eso crees?; preguntó Cristina lanzando un largo aullido.

De pronto decenas de aullidos llegaron en respuesta, seguidos de una inmensa jauría de lobos de luz que atacaron a las legiones de ángeles, que inútilmente intentaron defenderse; una lluvia de cenizas fue lo único que quedó de ellos. Sin perder tiempo los arcángeles descargaron todo su poder sobre las mujeres, las que se lanzaron violentamente sobre ellos, golpeando sus espadas en una encarnizada batalla. Cada golpe desencadenaba una lluvia de fuego, acompañada de cegadora luz.

Francine tuvo la mala suerte de verse enfrentada a dos arcángeles, lo que la ponía en evidente desventaja y peligro. Sin darle mayor importancia a eso, ella peleaba con dos espadas flamíferas en sus manos. Sin embargo, ambos arcángeles eran muy rápidos y uno atrajo toda su atención; oportunidad que aprovechó el otro para dejar caer la hoja de su espada en la espalda de la vampiresa. De no haber sido por la oportuna maniobra con que una espada detuvo el golpe del arcángel, Francine habría sido consumida por su fuego. Enlazando la espada que llevaba en su mano derecha con la del ángel, clavó la otra en su pecho. Las cenizas procedentes del calcinado cuerpo del otro arcángel se unieron a las otras. Una sonrisa ocupó el rostro de la vampiresa al ver la figura vestida con armadura roja que pegaba su espalda a la de ella.

-No esperaba verlo aquí maestro; dijo la vampiresa a su maestro.

-¿Pensabas que me perdería la diversión?; preguntó Telal.

Cuatro rayos se unieron en uno solo rompiendo en pedazos la barrera protectora del cuarto arcángel que caía bajo la Tétrada Oscura. Los dos sobrevivientes sabían que no podrían retirarse del campo de batalla, aunque eso significase que pasase lo que nunca había pasado.

Los arcángeles se juntaron y una intensa luz los envolvió a ambos.

-¡Cúbranse!; gritó Telal cuando brotó el chorro de fuego que les pegó de lleno a los cinco.

Si no hubiese sido por las poderosas barreras de la Tétrada y la armadura del demonio, se habrían convertido en humo que el viento se habría llevado.

Dos piedras incandescentes cayeron del cielo a ambos lados de los arcángeles que se habían posado en tierra, impidiendo que se movieran de su posición. Las cuatro mujeres bajaron sus espadas y extendieron ambos brazos hacia ellos; una negra y densa niebla emanó de sus cuerpos y sus ojos despidieron llamas cuando descargaron ocho chorros de fuego que coincidieron en un único punto que se convirtió en un rayo que perforó sin resistencia la coraza de energía que protegía a los arcángeles, tocando finalmente sus cuerpos e iluminándolos cegadores; con placer Francine abrió sus manos y recibió en ellas la luz en la que se habían convertido los ángeles hasta que se disipó aumentando el brillo de sus ojos.

-No puedo creer que hemos matado a seis de los arcángeles; opinó Mireya. -No fue tan difícil.

-No te confíes hechicera; recomendó Telal. -Aún falta el más poderoso, el arcángel Miguel, pero ese es mío. Tengo un asunto pendiente con él.

-¿A qué se refiere señor?; preguntó Cristina.

-¿Alguna vez han visto una representación hecha por los humanos del arcángel Miguel empuñando una lanza, con un demonio bajo su bota, humillado como una rata?; preguntó Telal.

-Sí, alguna vez vi una; respondió Francine.

-Pues, yo era ese demonio; respondió Telal. -Y ahora me toca a mí la revancha;  hoy él caerá bajo mi espada, aunque me cueste la vida lograrlo.

-¿Pondría en riesgo esta misión solo por una venganza personal?; preguntó Ethiel.

-Estratégicamente es inaceptable; recapacitó el demonio.

-Al diablo con lo correcto; cortó Ethiel. -El arcángel Miguel es suyo.

-Pero sus legiones son nuestras; agregó Francine mostrando sus colmillos.

Un extraño silencio llenó el ambiente, como el que precede al trueno antes de la tormenta. De pronto ese silencio fue roto por un extraño sonido que retumbaba como una gran bocina de barco, que venía de todos lados.

-Siempre tan ególatra, que le gusta avisar estruendosamente cuando llega; comentó Telal.

Un brillo intenso iluminó el cielo como un segundo sol y cientos de ángeles con armaduras y espadas aparecieron, dividiéndose en dos formaciones perfectamente ordenadas. Un nuevo brillo más intenso, aunque el anterior iluminó todo el firmamento; cuando el fulgor desapareció, en medio de los dos flancos de ángeles flotaba el último y más poderoso de los arcángeles, con sus alas brillantes como metal desplegadas en toda su extensión. Una deslumbrante armadura cubría su cuerpo que parecía ser gigantesco y en su mano derecha sostenía una gran lanza de fuego, mientras que una espada flamífera colgaba de su cintura.

-¿Está seguro que quiere enfrentarlo usted?; preguntó Mireya al demonio.   -Se ve muy poderoso.

-He esperado toda una eternidad para esta oportunidad; respondió Telal.     -Aunque me cueste la vida.

-Muy bien, es todo suyo maestro; aceptó la bruja.

 

-¡Este combate es nuestro Miguel!; gritó Telal al arcángel.

-Según parece no estás en posición de exigir nada traidor…, arcángel renegado; respondió Miguel con una voz de trueno que hizo temblar el suelo.

-¿Fue un arcángel?; preguntó Ethiel.

-Sí, pero yo aprendí a pensar por mí mismo; respondió el demonio. -No soy un títere de su amo.

-Ríndete ahora y solo cortaré tus alas; ofreció el arcángel.

-Eres muy valiente cubriéndote con tus vasallos; respondió Telal. -¿Qué tal si les ordenas que no intervengan?

-Tienes una lengua muy hábil demonio; respondió Miguel sin caer en el truco. -¿Cuán hábil es tu brazo?

Uno de los ángeles rompió la formación y Mireya lanzó su báculo al aire. Una brillante burbuja envolvió a todos los ángeles que estaban a la derecha del arcángel, mientras Ethiel sopló sobre su mano y otra burbuja de iguales características atrapó a los ángeles que se encontraban a la izquierda de Miguel.

-Muy bien, solo tú y yo; dijo Miguel desplegando sus alas y encendiendo su impresionante lanza flamífera.

-Tétrada no intervengan más. Es una orden; gritó Telal al elevarse.

Varios ángeles dispararon con sus espadas y manos tratando de romper desde adentro la burbuja que los aprisionaba; sin embargo, para su sorpresa, toda esa energía rebotó por todos lados, convirtiendo la esfera en una bola de plasma incandescente que los desintegró a todos en forma casi instantánea.

-Lástima y pensar que se podrían haber salvado; dijo Francine extendiendo una de sus manos y dejando que toda esa energía fluyera por ella llenando todo su ser.

-Haz absorbido mucha energía; observó Mireya en voz baja. -¿Cómo te sientes?

-Magníficamente bien; contestó la vampiresa. -Creo que podría destruir el Sol de un solo golpe si lo deseara.

-Mejor ni se te ocurra intentarlo; sugirió Cristina. -Acabarías con el sistema solar.

-Es solo una forma de decir; aclaró Francine. -Si lo rompiera no podría volver a broncear mi hermoso cuerpo.

-Por favor no me distraigan, no quiero perderme ningún detalle de este combate; las calló la elfa oscura.

Las puntas de las lanzas de ambos arcángeles chocaban con grandes destellos de luz y gotas de fuego caían como lluvia que todo lo quemaba.

Las alas cubiertas de metal reflejaban el sol en cada movimiento, haciendo difícil verles bien a simple vista.

A esta altura del combate no se podía saber quién sería el vencedor, pues ninguno superaba en fuerza y habilidad al otro. Telal sin embargo, había planeado muchas veces este encuentro en su mente y repasado cada detalle del primer enfrentamiento con Miguel, en el que había sido humillado como una sabandija.

Un golpe, una estocada, cada uno no lograba tocar a su rival, a diferencia de sus armas que despedían fuego con cada contacto. Las alas de ambos batían el aire provocando fuertes ventiscas que en ocasiones alcanzaban niveles huracanados.

La Tétrada Oscura observaba atenta, registrando en su mente calculadora cada movimiento percibido por sus superdotados sentidos.

Las lanzas se engancharon, Telal giró la suya rápidamente tres veces y agitó sus alas, quedando más elevado que Miguel; la lanza del arcángel se soltó de sus manos y cayó produciendo un silbido igual al de una bomba al caer, originando un gran cráter al golpear el suelo. Casi en el mismo movimiento el demonio clavó su lanza en una de las alas de Miguel, haciendo que éste perdiera su equilibrio y cayera violentamente en picada; no obstante sus reflejos eran rápidos y logró a tiempo frenar el descenso y aterrizar de pie.

Como un rayo Telal aterrizó junto al arcángel, listo para combatir en tierra. Ambos arcángeles encendieron al mismo tiempo sus espadas flamíferas y en un titánico cruce de golpes las enlazaron en una danza mortal. Cada golpe brillaba con el resplandor de diez soles. El calor desprendido era abrazador y sin embargo, ninguno de los dos daba muestras de agotamiento, a pesar de la tremenda potencia de los impactos y del tiempo que llevaban luchando.

Un afortunado movimiento de Miguel le permitió acertar un golpe en el brazo izquierdo de Telal, provocándole un gran corte que el demonio ignoró por completo. En lugar de debilitarlo, la herida parecía inyectarle más energía y fuerza, haciendo retroceder a su adversario por la violencia que había cobrado su ataque.

Desde la mano izquierda de Telal surgió un cegador destello que hizo que Miguel cerrara sus ojos una fracción de segundos, tiempo que el demonio aprovechó para saltar y ponerse a la espalda del arcángel.

 El primer golpe amputó la mano derecha de Miguel, extinguiendo inmediatamente su espada. Una fuerte patada en la espalda lo hizo caer de rodillas al suelo. Triunfante Telal puso una bota en su pecho, mientras con la otra pisaba la mano izquierda del abatido arcángel.

-He esperado toda una eternidad por este momento; dijo el demonio dejando que la hoja de fuego de su espada separara la cabeza del cuerpo de su enemigo. La cantidad de energía liberada fue la equivalente a una bomba nuclear al estallar.

Triunfante Telal guardó su espada y caminó airoso y orgulloso hacia sus discípulas, que habían sido testigos de la batalla más formidable de toda la eternidad.

La muerte de todos los arcángeles y la destrucción de los ejércitos celestiales, así como la confirmación de la Tétrada Oscura como la fuerza suprema, había roto el equilibrio de poder; lo que permitiría a los ángeles caídos replantear su posición en el nuevo orden establecido.

Con el correr de los siglos nuevas leyendas y nuevas religiones nacerían en torno a la figura de las cuatro mujeres que se elevaron más allá del cielo y del infierno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tétrada Oscura – Capítulo N° 4 – El Despertar 24 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 4

El Despertar

El sol entraba por la ventana dándole un tono apacible a la rústica cabaña. Francine abrió lentamente los ojos, como si recién hubiese salido de un sueño; Isabel aun dormía plácidamente en el sillón; Mireya abrió la puerta y se unió a Cristina que afuera contemplaba el paisaje, mientras una benévola brisa agitaba su cabello.

-¿Qué ha pasado?; preguntó la bruja a su amiga.

-No lo sé. Hace poco desperté y vi que estábamos en esta cabaña de campo; contó Cristina. -Lo  último que recuerdo fue una terrible batalla en la que pasaron cosas muy extrañas.

Francine contempló a Isabel y se preguntó cómo habían llegado ahí. Las voces que llegaban del exterior terminaron por despertar a la elfa, quien luego de estirarse un poco finalmente abrió sus ojos, para contemplar sorprendida la cabaña donde despertó.

-¿Dónde estamos?; preguntó Isabel a Francine, quien acomodaba su cabello.

-Parece el campo; respondió la joven.

Isabel se encaminó hacia la puerta y se reunió con sus compañeras.

-Tuve un sueño muy extraño; comentó Isabel a Mireya y Cristina.

-No fue ningún sueño; la corrigió Francine. -Miren sus ojos.

Efectivamente Isabel pudo comprobar cómo tanto en los ojos de Cristina, como de Mireya y Francine, intensas llamas danzaban en ellos.

-¡Sus ojos son de fuego!; exclamó la elfa.

-Al igual que los tuyos; le indicó Francine.

Las cuatro mujeres se quedaron contemplando como hipnotizadas el fuego que acompañaba su mirada. Resultaba obvio que no habían soñado y que algo muy desacostumbrado había ocurrido.

Del suelo surgió una gran llama y de ella un hombre.

-¡Damián!; exclamó Cristina.

-Me alegro mucho de que ya se encuentren mejor; respondió él abrazando a las cuatro mujeres.

-¿Qué ha pasado y dónde estamos?; preguntó Mireya.

-Conversemos adentro en forma más cómoda; sugirió el demonio invitándolas a pasar a la casa.

-¿Qué nos pasó?; preguntó Isabel.

-¿Qué es lo último que recuerdan?; quiso saber Damián.

-Habíamos encontrado la esmeralda y nos transportamos a la Patagonia; respondió Cristina.-Luego  fuimos atacadas.

-Eran cientos contra nosotras cuatro y nos defendimos en forma desesperada; agregó Francine.

-De alguna forma logramos derrotarlos; continuó Mireya. -Entonces un gran resplandor cubrió todo.

-Eran ángeles caídos que nos atacaron; siguió Isabel contando lo que recordaba. -Luego todo se vuelve muy confuso. Recuerdo mucho fuego que se movía en el aire.

-Espadas flamíferas; comentó Damián. -Ustedes mataron a los doscientos ángeles de Athatriel.

-¿Pero cómo es eso posible?; preguntó Mireya.

-¿Por qué en nuestros ojos hay fuego?; quiso saber Isabel un poco asustada.

Después de un rato de silencio y pasearse pensativo Damián trató de explicarles a las muchachas lo que estaba pasando.

-Por algún motivo la energía de la esmeralda armonizó con la de ustedes. Cuando ésta se rompió, ustedes absorbieron la radiación que se liberó, la cual atrajo lo fragmentos de ella, como si sus cuerpos fueran una especie de imán. Los cristales de la esmeralda se fusionaron con sus organismos, generando un aumento en sus poderes naturales; explicó el demonio.

-¿Pero por qué el fuego en los ojos?; insistió Isabel.

-Siendo mi padre el dueño de la esmeralda, como ángel portador de la luz y el fuego de la sabiduría, la joya posee o mejor dicho almacenó su esencia y como ahora la gema está dentro de ustedes, de cierta forma la reflejan; continuó Damián.

-¿Cómo es que pudimos aniquilar a doscientos ángeles con tanta facilidad?; preguntó Mireya.

-Como Lucifer es el ángel más poderoso, parte de sus poderes fueron transferidos a su joya símbolo y de ella a ustedes.

-¿Y qué significa esto?; preguntó Cristina haciendo aparecer una espada flamífera en su mano.

-La espada flamífera es el arma principal de un ángel; explicó Damián.  -Como ustedes ahora poseen la energía de un ángel, era de esperar que pudieran generarlas y controlarlas; concluyó el demonio.

-Tengo miedo; dijo Francine sentada en el suelo con las manos abrazando sus piernas. -Yo absorbí completamente a algunos ángeles con mi cuerpo.

-La energía de la esmeralda dentro de ustedes ha incrementado y modificado sus poderes y habilidades naturales. De alguna forma tú ahora te alimentas de energía vital en vez de sangre; solo una pequeña modificación.

-¿Pequeña, a esto llama pequeña?; gritó la vampiresa empuñando una espada de fuego.

-¡Cálmate Francine!, por favor, no quiero hacerte daño; dijo Cristina poniéndose entre Damián y ella, con otra espada de iguales características.

-Todas estamos asustadas por lo que está pasando; intervino Mireya. -Pero no debemos olvidar que somos amigas y lo que le pasa a una le está pasando a las otras también.

-¿Recuerdas lo que sentiste cuando te volviste vampiresa?; preguntó Damián a Francine, bajando la espada de Cristina.

-Recuerdo que me sentí muy poderosa, pero muy confundida a la vez, tenía miedo porque no sabía que pasaría después conmigo; contó Francine, recordando desde el fondo de su memoria.

-¿Y cómo lograste vencer ese miedo?; siguió preguntando el demonio.

-La vampiresa que me convirtió se quedó a mi lado, me enseñó a alimentarme y me mostró lo que yo era capaz de hacer. Siempre ha sido un gran apoyo para mí y le estaré eternamente agradecida porque nunca me ha dejado sola; concluyó Francine muy emocionada.

-De igual forma yo nunca te dejaré sola y te apoyaré en todo este proceso de adaptación. Lo mismo que a todas ustedes; dijo Damián bajando y apagando las espadas de Cristina y Francine.

-¿Qué va a pasar ahora con nosotras?; preguntó Isabel.

-Aquí van a aprender a conocer y a controlar su nueva naturaleza y los nuevos poderes que implica; respondió Damián.

-¿Dónde es “aquí”, exactamente?; quiso saber Mireya.

-Creamos este lugar en un plano fuera del tiempo y del espacio normal, para que puedan meditar y entrenarse en sus nuevas habilidades; respondió el demonio.

-¿Estamos prisioneras?; preguntó Isabel.

-Claro que no; respondió Damián. -Es solo que mientras no aprendan a dominar toda la energía que generan sus cuerpos, es mejor que permanezcan aquí, o podrían destruir todo cuanto existe.

-O sea que estamos prisioneras; concluyó Mireya.

-¿Ha pasado mucho tiempo desde que llegamos?; preguntó Isabel.

-Aquí el tiempo carece de todo significado; explicó Damián. -Al salir de aquí, pueden hacerlo en cualquier período de tiempo o lugar que deseen.

-¿Y cuándo comienza nuestro entrenamiento?; preguntó resignada Cristina.

-¡Ahora mismo!; dijo una estruendosa voz en medio de una llamarada.

-¿Y quién es este?; preguntó Isabel.

-Soy Telal y seré su instructor en esta nueva etapa de su existencia; contestó el recién llegado demonio.

-No parece gran cosa; comentó la elfa mirándolo de arriba a abajo en forma despectiva.

Un fuerte resplandor iluminó toda la cabaña.

-¿Ahora me mostrarás respeto pequeña elfa?; dijo el ángel luciendo unas poderosas alas de fuego y vistiendo una impenetrable armadura roja, mientras con una mano sostenía por el cuello a Isabel y la levantaba a varios centímetros del suelo, mientras en la otra blandía una espada flamíferas que apuntaba hacia las otras mujeres.

-Mejor muestra respeto a tu maestro; ordenó Damián a Isabel.

-Está bien me equivoqué, es impresionante; aceptó la elfa.

-¡Así está mejor!; contestó Telal soltando a Isabel, cuyo cuello  mostraba  la marca de sus dedos.

-Veamos si realmente son tan buenas como dicen; comentó Telal.

Decenas de elfos claros comenzaron a descargar sus flechas contra la cabaña.

-¡Nos atacan!; gritó Mireya.

-Elfa sal a pelear; ordenó el demonio.

-Pero si va sola la matarán; opinó Cristina.

-Si la matan entonces quieres decir que no es digna de la esmeralda sagrada; comentó Damián.

Abriendo un poco la puerta Ethiel disparó contra cada blanco que su vista fijaba, pero la cantidad de atacantes era demasiado alta y sus venablos insuficientes.  Inesperadamente, de un empujón en la espalda, Telal arrojó a Ethiel fuera de la cabaña. Cientos de flechas volaron directamente hasta ella, amenazando con aniquilarla inevitablemente. Un proyectil en su pierna la hizo caer al suelo; Cristina desesperada se transformó en la bestia con la intensión de ayudar a su amiga.

-¡Déjala sola!; le ordenó Telal.

-¡La matarán!; objetó Francine.

-Puede ser, o puede ser que no; comentó Damián, quién permanecía sereno como si nada pasara. -Miren.

Las flechas caían al suelo antes de tocar el cuerpo de Ethiel, detenidas por una barrera invisible, a pesar de que ninguna de las cuatro amigas llevaba las sortijas entregadas por el señor de los ángeles caídos. Sus ojos literalmente despedían  fuego y con un total desprecio al dolor, la elfa oscura rompió la flecha clavada en su pierna. Poniéndose lentamente de pie en su mano derecha se materializó una brillante espada de llameante hoja. Presa de una gran furia Ethiel corrió contra el grupo de atacantes, mientras las flechas sin cesar rebotaban en su escudo. Sin detener su carrera con su mano izquierda hizo flotar decenas de pequeños guijarros que cayeron como una lluvia de explosivos sobre la masa de elfos claros.  Los enemigos sobrevivientes rodearon con sus afiladas espadas a la mujer, lanzándose en una formación de hojas cortantes que la mutilarían totalmente si llegasen a tocarla. Con rápidos movimientos de su espada Ethiel rompió varias hojas de las armas contrarias, para después consumir la vida de los elfos claros que tocaba con el mortífero fuego de la espada. Con solo dos enemigos vivos al frente, Ethiel hizo desaparecer su arma para enfrentarlos a mano limpia.

-¿Pero qué hace?; preguntó Mireya.

Con un suave movimiento de sus dedos, las espadas de los elfos claros se soltaron de sus manos y quedaron flotando en el aire, para ante un gesto de la elfa, cortar la cabeza de sus propios dueños.

-¡Es impresionante!; exclamó Francine cuando Ethiel volvía cojeando hasta la cabaña.

-¡Lo lograste!; la felicitó Mireya.

-Tu desempeño fue realmente patético; la reprendió Telal. -Si la flecha hubiese dado en un órgano vital, ahora estarías muerta. Demoraste demasiado en activar tu barrera.

-Es muy fácil decirlo si lo protege una armadura; opinó Cristina.

Con una dura mirada de fuego el demonio salió de la cabaña haciendo desaparecer su escarlata armadura y quedando cubierto solo por un delgado traje de tela; sin decir ni una palabra Damián le disparó a quemarropa en forma traicionera por la espalda. El fuego mágico y devastador de la espada flamífera rebotó en una resplandeciente barrera que cubrió al desprevenido demonio. Las cuatro mujeres observaban lo ocurrido con la boca abierta.

-Sus respuestas tienen que ser casi reflejas; les dijo Telal volviéndose hacia ellas con una maligna sonrisa en los labios. -Sobre todo  la generación del escudo.

-Creo que tenemos mucho que aprender; aceptó Ethiel.

-Así es, pero tenemos toda la eternidad para ello; contestó el demonio.

-Muy bien, empecemos el entrenamiento en combate; dijo entusiasmada Cristina.

-¿Combate?, ¿estás bromeando?; preguntó en forma burlona el demonio.   -Primero aprenderán a defenderse con sus nuevas barreras, luego pasaremos a otras etapas.

-Obedezcan a Telal en todo lo que les diga; ordenó Damián. -Él es uno de los mejores guerreros infernales.

-Así será Señor; respondió Mireya.

-¿Ethiel?; preguntó el demonio.

-Está bien; aceptó resignada la rebelde elfa.

-¿Cuándo volverá Señor?; preguntó Cristina a Damián.

-Cuando ustedes tengan algo bueno que mostrarme; respondió él.

De igual forma que como había llegado, Damián abandonó el campo de entrenamiento de la Tétrada Oscura, no sin antes hacerle una advertencia a Telal.

-Gánate su confianza y no las presiones tanto como para que se enfurezcan contigo. Las vi asesinar fácilmente a doscientos ángeles caídos; advirtió el demonio.

-No se preocupe Señor, no le fallaré; respondió Telal. -Y si muero, quiere decir que soy indigno de la confianza de su padre.

De una mesa el demonio tomó una manzana y se la arrojó a Mireya, quién la atrapó en el aire.

-¿Hechicera, puedes explicarnos lo que acabas de hacer?; preguntó Telal.

-¿Yo?, nada; respondió Mireya. -¿Ahh, se refiere a la manzana?

-Sí, explícalo; le pidió el demonio.

-Solo la atrapé en el aire; respondió ella.

-¿Lo pensaste o fue un acto reflejo?; continuó él.

-No lo pensé, fue un movimiento reflejo; aclaró ella.

-De igual forma deben poder activar sus barreras protectoras; explicó el demonio. -Debe ser un acto totalmente reflejo, porque si lo piensan antes de hacerlo pueden recibir un ataque mortal antes de poder defenderse.

Las cuatro mujeres miraban atentas al demonio, prestando atención a cada una de sus palabras. Inesperadamente Francine se volvió rápidamente hacia atrás, asestando un rápido zarpazo con sus garras al cuello de un enorme simio que estuvo a punto de ensartar un gran puñal en su espalda.

-A eso me refería precisamente; comentó Telal. -Sus reacciones deben ser reflejas como la de la vampiresa, en este caso. ¿Entendieron?

-Eso no es tan fácil de lograr; opinó Mireya.

-Entonces es mejor que nos pongamos a trabajar pronto; respondió el demonio. -Vamos afuera.

-Tomen esto; dijo Telal pasándole una antiparras a cada una.

-¿Y esto?; preguntó Francine.

-No quiero que queden tuertas por ser muy lentas, antes de terminar su entrenamiento; agregó él.

-Pero…; Cristina no alcanzó a terminar de hablar cuando una tupida lluvia de guijarros comenzó a golpearla.

-Auch, esto duele; reclamó Mireya.

-No lo haría si hubiesen puesto sus escudos; las reprendió Telal. -Y les advierto que en cualquier momento serán atacadas sin aviso.

-Necesito un bosque oscuro para poder meditar; comentó Ethiel. -Debo conectarme con mi naturaleza y con el entorno.

-Lo mismo yo; agregó Cristina.

-Las cuatro lo harán a solas; respondió el demonio. -La Tétrada Oscura y cada una por separado, es poderosa cuando sus instintos y reflejos controlan sus acciones; es probable que la fusión con la esmeralda las haya aletargado momentáneamente. Vayan y regresen cuando estén listas.

Las sombras que se mueven y los murmullos de los árboles era lo que la elfa oscura necesitaba para sentirse viva. Cerró los ojos y abrió los brazos, dejando que los espíritus del bosque entraran en ella. Sentía que su ser estaba desequilibrado, de igual forma como cuando empezó a vivir como Isabel; sin embargo, aprendió a centrar ambas partes con la ayuda de la noche del bosque, igual a como volvía a hacerlo en esta oportunidad. El aire entró revitalizante en sus pulmones, llenándola de la paz que tanto necesitaba; su respiración se emparejó con la respiración del bosque. Con sus ojos cerrados Ethiel pudo ver el verde resplandor de la esmeralda sagrada en su interior, interfiriendo con el normal flujo de energía entre el bosque y ella. Poco a poco los latidos de su corazón comenzaron a disminuir y su respiración a relajarse. Suaves sarcillos envolvieron la cintura de ella y la elevaron del suelo; delicadas hojas acariciaron su rostro trayéndole la calma que sentía cuando su madre la arrullaba para dormir.

La luz que venía del bosque y la que emanaba de la esmeralda comenzaron a latir juntas hasta igualar su ritmo y unificarse en un solo pulso. La verde luz de la gema creció lentamente, llenando todo el ser de la elfa oscura. Suavemente, como si se tratase de una delicada y frágil escultura, las lianas depositaron con cuidado el cuerpo de Ethiel que dormía plácidamente. Luego de un rato ella se levantó y con una mirada de paz caminó lentamente hacia la cabaña. La joven elfa oscura esa noche había nacido nuevamente, convertida en más de lo que era al principio de su vida; más de lo que cualquier elfo antes lo fue.

Siempre la luna llena la hacía sentirse segura, al igual que el sol a los humanos; esta vez no era distinto y la tranquilidad de la noche le permitía relajarse y descansar. Parada sobre una roca Cristina se quedó en silencio contemplando el plateado disco de la luna que iluminaba todo el paisaje que alcanzaba a divisar con sus dorados ojos. La luz blanca del astro bañaba por dentro a la licántropa, pero no se movía como siempre; ahora Cristina sentía una fuerte turbulencia en su interior. Cerró sus ojos y pudo ver el verde brillo de la esmeralda que recorría su cuerpo en forma caótica, llevando desorden a todos lados. Aspiró profundamente el aire fresco de la noche y vio como la luz de la luna al juntarse con la de la esmeralda se unían en un rápido remolino en el que se mezclaban ambas. Giraba y giraba rápido sin control; más despacio ahora, cada vez más lentamente el giro comenzó a volverse armónico y sereno, hasta convertirse en una suave danza de luz; una luz que la llenaba de paz interior. Con sus ojos dorados, rodeados por un brillante anillo verde, Cristina bajó del monte donde esta noche había vuelto a nacer. Ahora ya no había ninguna duda en la mente de la loba; lo comprendía todo con una sabiduría que lo abarcaba todo.

En el bosque Mireya caminaba con paso seguro, al llegar a un claro asiente con satisfacción por el lugar encontrado y extiende sus brazos; bajo su voluntad un pentagrama de fuego se formó en su centro. Este era el mejor lugar para que  la hechicera pudiese meditar. Habían pasado muchos siglos desde que Mireya formó su primer pentagrama de fuego para ponerse en armonía con las fuerzas que le daban sus poderes y ahora le producía una sensación similar a aquella vez.

Con sus ojos cerrados y sus brazos abiertos a los costados, el cuerpo de la bruja se despegó del suelo desafiando la fuerza de la gravedad. Dentro de sí pudo ver la esmeralda como un corazón latiendo en forma descoordinada. El fuego en su interior rodeaba a la joya pero no lograba tocarla. La respiración de ella se volvió tenue y serena, suave y apacible. El fuego de Mireya rozó la gema y la envolvió delicadamente, armonizando con ella su vibración; poco a poco el latido de la esmeralda se hizo monótono y lento, constante y estable. El fuego y la luz de la esmeralda se volvieron uno sol y el verde resplandor de la joya inundó todo el cuerpo de la hechicera, logrando el equilibrio que ella necesitaba.

Francine no era muy buena para los cambios, de hecho a ella le acomodaba mucho llevar una vida rutinaria, aunque de vez en cuando se salía de ella. Sin embargo, esta era una situación un tanto extrema. Reconocía que sentía miedo por no poder comprender bien lo que estaba pasando, de igual forma que sintió hace tres siglos, cuando dejó de ser humana; y de igual forma esta vez también se adaptaría. Al igual que en esa ocasión cerró sus ojos y dejó que la noche entrase en su interior. Por sus venas vio correr la roja sangre que bañaba su ser; también pudo ver la luz de la esmeralda, que no dejaba circular bien su sangre. La noche ejercía cierto influjo en ella que la relajaba y la llenaba de una sensación de paz y poder; lentamente se sentía más y más serena. Vio en su interior que una luz verde comenzaba a llenar sus venas, recorriéndola toda por dentro. Francine ahora lo entendía todo y ninguna duda ni miedo la embargaba, volviéndose una sola con la joya que brillaba en su interior.

Caminando tranquilas, pero seguras de sí mismas, las cuatro mujeres regresaron a la cabaña, donde las aguardaba Telal.

Una tupida lluvia de flechas, fuego y pequeños proyectiles las recibieron de regreso de su retiro, pero nada logró dañarlas gracias a las barreras que automáticamente aparecieron en forma refleja en torno a ellas, protegiéndolas de cualquier amenaza.

-Muy bien, lo han logrado; dijo el demonio a las mujeres. -Ahora pueden comenzar su entrenamiento.

-¿Podemos ir a desayunar primero?; preguntó Mireya. -Estuvimos toda la noche meditando.

-Vayan; autorizó el demonio.

-Me siento muy bien; comentó Isabel a sus amigas.

-Igual que yo; coincidió Cristina.

-¿Y tú Francine?; preguntó Mireya.

-El miedo ya desapareció y me siento más tranquila; opinó la vampiresa.     -¿Y tú?

-Nuevamente me siento centrada; contestó Mireya.

-Entonces ya estamos listas para comenzar nuestro entrenamiento; comentó Isabel.

-Solo déjame terminar mi café; pidió Cristina.

Mientras sostenía la taza de café, toda la cabaña se vino abajo, aplastando a las cuatro amigas bajo los escombros. Un brillante resplandor acompañó a la explosión que hizo volar todo por el aire. Con satisfacción el demonio vio a sus discípulas cubiertas por sus brillantes barreras, mientras las cuatro empuñaban poderosas espadas flamíferas.

-Las felicito, han reaccionado como se debía esperar de la Tétrada Oscura; dijo orgulloso Telal. -Pueden guardar sus espadas. Ahora que ya superaron el problema de sus defensas, ya pueden comenzar su entrenamiento en combate.

-Primero empezaremos con el uso de la espada flamífera.

-A mí me encanta pelear con espada; comentó Isabel.

-Muy bien, pero ya no quiero verte más como humana aquí; reprendió el demonio a la elfa.

-Yo ya he visto cómo se usan las espadas; mencionó Francine.

-Ver un combate es muy distinto a participar en uno; observó Telal.

-Igual yo soy muy rápida; recordó la vampiresa.

-No se trata solo de rapidez, sino de poder canalizar tu energía; corrigió el demonio. -La llama de la espada flamífera se alimenta de la propia energía de su dueño. Por otro lado, como ya lo pudieron comprobar es una de las armas más mortíferas que existe, reservada solo para ángeles y ahora para ustedes también; aclaró Telal a las cuatro inexpertas guerreras.

Cristina nunca había sentido antes en sus manos la vibración de dos espadas flamíferas chocando entre sí y Mireya nunca había usado una antes. La fuerza del golpe de Cristina hacía temblar el brazo entero de Mireya, que no parecía tener oportunidad ante la superioridad física de la licántropa, quien la tenía casi de rodillas. De pronto una negra niebla emanó del cuerpo de la hechicera y su espada comenzó a brillar con más fuerza; sosteniendo su arma con una mano, con la otra lanzó una onda de choque luminosa que hizo saltar lejos a Cristina.

La espada de la loba cambió su brillo y de ella se proyectó un intenso rayo de energía que golpeó de lleno a la bruja, chocando contra una luminosa barrera que no lo dejaba tocarla. Otro rayo salido de la espada de Mireya cortó la descarga de la espada de Cristina. La loba se hizo a un lado y casi en un pestañeo se puso frente a la bruja. Ambas espadas se golpearon varias veces, cada vez con mayor rapidez y fuerza. Los ojos de ambas mujeres eran dos hogueras en sus rostros que emanaban a cada golpe de espada.

Ethiel desde pequeña había sido entrenada en el uso de espadas, una espada flamífera no era muy distinta a cualquier otra, pensaba ella. Francine alguna vez vio a unos soldados dar una impresionante exhibición de esgrima y aun recordaba algunos de los movimientos; por otro lado, tenía la velocidad, fuerza y reflejos de los vampiros, lo que la convertía en una poderosa guerrera, según ella.

Ethiel atacó a Francine con varios golpes rápidos para hacerla retroceder y tenerla siempre en actitud defensiva, pretendiendo no dejarla tomar la iniciativa en el combate, para así cansarla finalmente. Sin embargo, la vampiresa tenía mucha fuerza y era muy rápida, con lo cual la que terminó retrocediendo en un momento fue Ethiel. Con un movimiento de su mano izquierda la elfa hizo estallar el suelo bajo Francine, haciéndola volar por el aire. Sin inmutarse ésta, desde lo alto disparó sobre la barrera de la elfa, mientras con la mano izquierda formó un torbellino de fuego que envolvió a su compañera. Golpeando ambas manos Ethiel disolvió la vorágine de llamas, disparando luego una delgada llama verde con su espada, la cual fue detenida por un rayo similar de la espada de Francine. La onda expansiva de ambas energías chocando, fue como si hubiese estallado una bomba nuclear pequeña.

-¡Suficiente!; ordenó Telal. -Detengan sus combates ahora mismo. Las cuatro amigas al mismo tiempo apagaron sus espadas de fuego y se detuvieron frente a su maestro.

-Apenas estaba entrando en calor; comentó Ethiel.

-Yo podría haber seguido peleando por siempre; pensó Mireya.

-Es entretenido; opinó Cristina.

-A mí también me gustó; dijo Francine.

-Me alegra que estén tan entusiasmadas, porque este solo es el comienzo; concluyó el demonio.

Después de descansar un poco y meditar un rato sobre las últimas enseñanzas, la Tétrada Oscura se volvió a reunir con Telal para continuar su entrenamiento en el uso de las espadas.

-¿Qué es eso?; preguntó Francine indicando cuatro estatuas que representaban ángeles con armaduras y espadas.

-Son imágenes de arcángeles y van a practicar tiro al blanco en ellas; contestó Telal.

-¿Con flechas?; preguntó Ethiel haciendo aparecer su arco en su mano.

-Claro que no, recuerden que las espadas flamíferas pueden disparar descargas de energía; corrigió el demonio.

-¿Qué gracia tiene esto?; preguntó Cristina mientras en su mano aparecía una espada y lanzaba una llama contra una de las estatuas.

-No le hizo nada; observó Mireya. -Voy a probar yo. Una densa niebla emanó del cuerpo de la bruja cuando su espada descargó su energía contra el blanco.

-Son unas niñitas; dijo Ethiel lanzando una intensa llamarada contra la estatua que tenía al frente sin lograr hacerle nada.

-Parece que son muy duras; dijo Francine con fuego en sus ojos y llamas en la hoja de su espada que volaron como un solo chorro concentrado de energía contra una de las estatuas, sin siquiera rayarla.

-Van a tener que esforzarse mucho más si quieren romper la barrera protectora de un arcángel; observó enojado Telal.

Aunque las cuatro se concentraron aumentando la intensidad de sus disparos, ninguna logró producirle daño a las estatuas.

-Están usando su fuerza normal; las reprendió el demonio. -Recuerden que ahora poseen el poder de la esmeralda sagrada. ¡Úsenlo o ríndanse!

-Parece que necesitan un estímulo especial; continuó Telal.

Cuatro poderosos chorros de fuego fueron disparados por las cuatro estatuas contra las cuatro mujeres. Sus barreras desviaron las llamas mientras sus espadas aumentaban la potencia de sus disparos.

-¡Ustedes son la Tétrada Oscura!; les gritaba Telal. -Son la fuerza demoniaca más grande que existe. No hay nada más poderoso que ustedes; las arengaba el demonio. -Demuéstrenme que Lucifer no se equivocó al elegirlas a ustedes.

Los ojos de las cuatro mujeres se llenaron de fuego y una flameante aura las rodeó. Las llamas de sus espadas se convirtieron en rayos cargados de energía que golpearon violentamente contra las barreras protectoras de los arcángeles, anulándolas totalmente. Sin nada que las protegiese de tan formidables armas, las cuatro estatuas que representaban a cuatro arcángeles se desmaterializaron en un cegador resplandor.

Telal orgulloso de su habilidad como instructor sonreía por el logro de sus discípulas.

Una formidable y gigantesca figura se hizo presente en el campo, bajo la mirada maligna del demonio.

-Destrúyanlo o las matará; ordenó Telal a las mujeres.

Sin inmutarse siquiera, dominadas por la esencia contenida en la gema sagrada, las mujeres apuntaron sus espadas contra el colosal ente. Intensos y devastadores rayos salieron de las cuatro armas, sin que ninguno lograse dañarlo; por más que aumentaba la potencia de las descargas amenazando con inflamar todo cuanto había alrededor, la criatura no se detenía.

-Las cuatro en un solo golpe; pensó Telal.

Las agudas mentes de la Tétrada Oscura percibieron el pensamiento del demonio y sin decir ni una palabra, apuntaron sus espadas a un mismo punto frente al coloso. Los rayos coincidieron formando una bola de luz que se disolvió en la forma de un impresionantemente poderoso rayo que dio de lleno en el centro del pecho de la criatura, partiéndolo en varios pedazos que se convirtieron en una lluvia incandescente de luz.

Aunque ellas no lo notaban, Telal pudo ver como las cuatro mujeres brillaban como si se hubiesen convertido en arcángeles o algo más y eso lo llenaba de satisfacción.

¡Excelente!; las felicitó el demonio. -Cada vez que combatan deben usar el increíble poder que confiere la esmeralda sagrada. Ahora ustedes son muy superiores a lo que eran antes de ser la Tétrada Oscura y deben estar conscientes y orgullosas de ello.

-Esta arma es increíble; opinó Ethiel.

-La espada es solo una manifestación del poder que existe  dentro de ustedes; explicó Telal. -Son mucho más que eso; sus poderes van mucho más allá.

-Siempre he sido muy buena peleando con mis manos; comentó Cristina.

-Igual que yo; dijo Francine sacando sus afiladas garras.

-Esa habilidad, al igual que todas las otras que poseen, se amplificaron hasta el infinito ahora que son una sola con la esmeralda; agregó el demonio. -No es el arma la que las hace poderosas, es su capacidad para trabajar en equipo en forma totalmente coordinada. Aun desarmadas sus ataques deberían ser devastadores y fulminantes, no importando el número de enemigos que enfrenten. Un ataque combinado de ustedes cuatro debe tener la capacidad de producir una destrucción masiva si así lo desean.

-Nunca me habría imaginado algo así; opinó Mireya.

-¿Cuán fuertes nos hemos vuelto?; preguntó Cristina.

-Eso debemos averiguarlo; respondió Telal.

Con un pase de la mano del demonio sobre una mesa aparecieron distintos tipos de materiales, de distinta dureza. Bajo la presión de las finas manos de las mujeres, todos los metales se torcieron y aplastaron como simple papel; con sus dedos las rocas y minerales más duros quedaron reducidos a simple polvo; el filo de los aceros más cortantes no fue capaz de atravesar sus pieles.

-¡Es realmente increíble!; exclamó sorprendida Cristina.

Un gesto más de la mano de Telal hizo que cuatro hermosas y rojas rosas aparecieran en la mesa.

-Tomen las flores; ordenó el demonio.

Una a una las cuatro mujeres intentaron tomar las delicadas flores, con igual resultado cada una de ellas. En sus dedos las suaves rosas se deshicieron bajo la presión ejercida.

-Mmm; reclamó Mireya.

-Vaya que frágiles; opinó Cristina.

-Esas son rosas comunes y corrientes; corrigió Telal. -Lo que pasa es que ustedes ahora son muy poderosas, pero no saben controlar su fuerza. La fuerza y el poder sin control no sirven de nada. Deben ser capaces de aplastar cualquier cosa con sus manos y a la vez tener la delicadeza de poder acariciar a un bebe o tomar una flor sin romperla.

-Y se supone que yo soy cirujano; opinó Mireya mirando sus manos. -Mis dedos se han vuelto torpes.

-Solo están cansadas. Tómense el día de mañana libre y vayan a pasear al campo; las autorizó el demonio.

-Hace tiempo que no voy de paseo; meditó Cristina. -Supongo que será divertido.

Al otro día, cerca de la cabaña las esperaba un prado florido, junto a un bosquecillo de árboles frutales que proporcionaban una agradable sombra y un arroyo de cristalina agua fresca, que corría en medio. Insectos y hermosas aves multicolores completaban el cuadro y llenaban el aire con sus cantos.

-Qué lindo paisaje; dijo Mireya con los brazos abiertos, dejando que la fresca brisa moviera su cabello.

-Esto es vida; opinó Ethiel apoyando su espalda en un tronco y sentándose en el suelo con los ojos cerrados.

-¡Que lindas flores!; exclamó Cristina. -Quiero una.

La joven loba se agachó a recoger una colorida flor que abría sus pétalos para ella, invitándola a tomarla. Sin embargo, al intentar cogerla, la delicada planta se rompió entre sus dedos. Cristina miró con pena la rota flor y se quedó muy pensativa.

-Antes podía hacerlo, no veo motivos para no poder ahora. Tal vez no debo tratar de juntar mucho mis dedos; meditaba ella.

Otra flor rota, y otra más, y otra, y así siguió Cristina intentando coger una sin romperla. Ella era testaruda y no se rendía, hasta que por fin…

-¡Chicas!, ¡Chicas!; llegó corriendo y gritando junto a sus amigas.

-¿Qué ocurre?; preguntó Mireya.

-¿Nos atacan?; dijo Ethiel poniéndose de pie de un salto.

-¡Oh, nada de eso!; contestó la joven. -Miren, logré tomar una flor sin romperla, claro que me costó un poco; dijo mostrando un montón de rosas rotas.

¿Y solo por eso nos asustas?; la retó la elfa.

-Cristina tiene razón; opinó Mireya. -Ella logró recuperar la movilidad fina de sus manos. Nuevamente tiene control sobre sus músculos y por tanto sobre su fuerza.

-¡Eso mismo!; exclamó emocionada Cristina.

-Entonces es solo cuestión de practicar un poco; dijo Francine estirando sus brazos y bostezando. -Voy a intentarlo.

A la vampiresa le costó solo unos cuantos intentos lograr asir una flor y no hacerla pedazos en su mano.

-Vaya, a ti te resultó mucho más fácil que a mí; comentó Cristina.

-Siempre he tenido que ocultar mi verdadera fuerza; reconoció Francine.     -Los vampiros somos muchísimo más fuertes que los humanos y para poder vivir entre ellos hay que estar siempre conscientes de cada movimiento.

-Entiendo; aceptó Ethiel. -Se puede decir que siempre has tenido que cuidarte de no romper las flores humanas.

-Por así decirlo; reconoció la vampiresa.

-Supongo que será como volver a aprender a usar el instrumental quirúrgico; meditó Mireya para sí.

-Siempre se ha dicho que no hay nada que un elfo oscuro no pueda hacer; pensó Ethiel. -No veo por qué ahora tendría que ser distinto.

Mireya ya no estaba prestando atención a Ethiel, ya que se había puesto a jugar con una ramita entre sus dedos.

-Esto no se siente tan distinto a un bisturí; pensó para sí la bruja. -Tan solo tengo que soltar los músculos de las manos. El palito se molió bajo un leve movimiento de sus dedos; sin embargo, sabía que lo podría lograr.

-Vamos Mireya, tu puedes; se daba ánimo a sí misma. -¡Eso es!; exclamó contenta cuando pudo pasar un delgado palito entre todos sus dedos sin romperlo. -Ahora probaré con una flor.

Las flores eran mucho más frágiles que la madera; prueba de ello era el montón de ellas que se acumuló junto a la bruja, hasta que finalmente, después de mucho intentarlo, logró tomar una flor entre el índice y el pulgar derecho y controlar la presión para no aplastarla.

-Ahora solo faltas tú; dijo la bruja a la elfa.

-Tremendo desafío; dijo burlona Ethiel tomando una rosa por los pétalos con toda delicadeza y sin ningún esfuerzo.

-¡Mmm!, murmulló Mireya. -Con telequinesis no vale Ethiel; dijo a su amiga.

Al perder la concentración, la flor que sostenía la elfa se rompió en varios pedazos.

-Ya me parecía sospechoso; dijo Cristina cruzando sus brazos.

-Vamos, inténtalo de verdad; insistió Francine. -Sé que puedes lograrlo.

Respirando hondo Ethiel lo intentó una y otra vez y otra y otra y otra, hasta perder la cuenta. Pero ella no era de las personas que se dan por vencidas ante el fracaso y finalmente consiguió que sus manos pudieran tomar y sostener una flor sin romperla.

Una pequeña y linda avecita se posó sobre el hombro de la elfa y ella acercó su mano para cogerla como acostumbraba hacerlo. Sus tres compañeras sostuvieron la respiración, temiendo que verían escurrir los restos del pajarito entre los dedos de Ethiel. Para su sorpresa la elfa tomó con toda su mano a la avecita y la acarició con la otra sin hacerle ningún daño. Varias aves y animalitos salieron de entre los arbustos a jugar a la luz del sol, como invitando a las mujeres a que los tomaran.

Un suave conejito se acercó a Mireya y ella con recelo al principio lo acarició y luego lo levantó en el aire y lo abrazó con mucha delicadeza sin lastimarlo.

Un tierno cachorrito de lobo se aproximó a Cristina, con mano dubitativa le acarició tras las orejas y en vista de que no pasaba nada malo, le comenzó a hacer cosquillas en su pancita y finalmente lo tomó en brazos y lo meció  como si se tratase de un bebé.

Una pequeña ardilla llamó la atención de Francine y la tomó suavemente de la rama donde se alimentaba. Dócilmente el animalito dejó que la vampiresa le diese pedacitos de nueces y la acariciara.

-Creo que este ha sido mi mejor día de campo; opinó Ethiel.

-Pienso lo mismo; agregó Cristina besando al lobezno.

-Y yo; concluyó Francine, con la ardilla parada en su cabeza.

-Volvamos a la cabaña; sugirió Mireya. -Creo que ya descansamos suficiente.

En el cobertizo de la cabaña las esperaba Telal sentado en una cómoda silla mecedora.

-¿Cómo estuvo su día de descanso?; preguntó el demonio.

-Magnífico; respondió Cristina.

-Hace tiempo que no me divertía tanto de día; comentó Francine.

-Fue realmente confortable; agregó Ethiel.

-Lo disfrutamos muchísimo; dijo Mireya tomando una rosa de la mesa y poniéndola en su cabello.

-¡Excelente!; exclamó con satisfacción el demonio por el logro alcanzado por sus discípulas.

Cada día que pasaba el control sobre las espadas flamíferas aumentaba más y más y las mujeres comenzaban a aburrirse, cansadas de la rutina.

-Bueno, ya manejan bien sus espadas; reconoció el demonio. -Es tiempo de empezar a entrenar su habilidad a mano desarmada.

-Al fin, ya estaba hasta la punta de mis orejas de tanto entrenar con la espada; dijo Ethiel.

-Y vaya que son largas; mencionó Cristina.

-No tienen nada de malo; reclamó Ethiel.

-Yo no dije que tuvieran algo de malo; respondió Cristina. -Si es que no te molesta que toquen el techo.

-Cuando te agarre te voy a llenar de pulgas, quiltra; gruño la elfa corriendo tras Cristina.

-¿Son siempre así?; preguntó Telal.

-Solo cuando están aburridas; contestó Francine.

-¡Atención!; gritó autoritario el demonio.

En seco Ethiel y Cristina se detuvieron y pusieron rígidas.

-Ya que parece que tienen mucha energía nos van a demostrar como pelean sin armas; indicó Telal.

-Hasta ahora nadie ha sobrevivido a uno de mis ataques; comentó Cristina.

-Ni a los míos; agregó la elfa.

-Nuestras manos son armas mortales; rió la loba.

-Eso lo juzgaré yo; concluyó el demonio.

-Veamos si eres tan buena con tus manos como con tus palabras; desafió Telal a Cristina. -Transfórmate.

En un abrir y cerrar de ojos Cristina dejó salir al monstruo que dormía en su interior.

-Un simple cachorro lo haría mejor que tu; la despreció el demonio. -Tienes la esmeralda en ti, libérala.

Con un fuerte gruñido los ojos de la loba se llenaron de fuego y su pelaje se cubrió de llamas, en tanto que sus garras brillaban más que el disco del sol.

-Así me gusta; rió Telal. -Quiero una bestia capaz de hacer temblar a los ángeles; dijo el demonio encendiendo su aterradora espada de fuego, la  que descargó sobre la licántropa.

Con una sola mano Cristina atrapó la hoja flamífera de la espada y la rompió en medio de una lluvia de chispas. La otra garra golpeó contra la armadura de Telal, quien si no hubiese tenido su barrera activa a su máxima potencia, de seguro habría visto el final de su eterna existencia; al mismo tiempo una llamarada lo envolvió, por donde se alejó de Cristina y apareció junto a Mireya.

-¡Excelente!, eso es lo que quiero de ti; dijo satisfecho él de sí mismo por lograr esa reacción  en la licántropa, tal vez no siendo totalmente consciente de lo peligrosa de la situación.

-Mira esa estatua de arcángel; señaló Telal. -Está protegida por una barrera igual a la real. ¡Rómpela!

Como si esa hubiese sido la orden que deseaba escuchar, la loba descargó uno tras otro varios golpes con sus garras, sin lograr dañar el escudo de la estatua. Deteniéndose un momento, Cristina asestó un único golpe hacia adelante, manteniendo la presión como si estuviese empujando algo; finalmente, su mano comenzó a acercarse más a la estatua, hasta que sus garras de fuego la atravesaron y reventaron en medio de un violento estallido que despidió luz en todas direcciones.

El orgullo que sentía Telal por lo hecho por su discípula se podía leer en su oscura mirada.

-Sí, eres la bestia más poderosa; felicitó Telal a Cristina quien lanzó un aullido triunfante al aire. El viento agitaba su cabello y el sol hacía brillar su piel mojada en el sudor típico que acompañaba al paso entre mujer y bestia y entre bestia y mujer, mientras dos hogueras danzaban en las cuencas de sus ojos.

-Supera eso; ordenó el demonio a Francine.

-No puedo; respondió ella.

-¿Qué cosa?; preguntó atónita Mireya, no dando crédito a lo que oía decir a su compañera.

-No puedo; repitió la vampiresa. -Porque no hay nadie que se pueda comparar conmigo, ni acercarse a lo que yo puedo hacer.

-¡Conque esas tenemos!; exclamó Telal. -Muy bien, ten lo que deseas.

Decenas de indescriptibles y horribles criaturas rodearon a la vampiresa. En un santiamén sus ojos se volvieron hogueras y sus garras se asemejaron a cuchillos con el brillo  del metal fundido. Un remolino de fuego se elevó y Francine desapareció. Las criaturas caían decapitadas o con las entrañas abiertas, para enseguida arder en llamas.

La vampiresa se detuvo un momento y elevó sus brazos; un torbellino de fuego bajó del cielo y envolvió a varias criaturas, reduciéndolas a cenizas. Francine llevó sus manos a la cabeza y varias criaturas más gritaron de dolor y cayeron sin vida. Finalmente no quedaban más de diez rivales de ella y se puso frente a ellos, abriendo sus brazos. Las criaturas se iluminaron y sus figuras comenzaron a temblar, como la llama de una vela, hasta convertirse solo en luz que fue totalmente absorbida por el cuerpo de la vampiresa.

Telal asentía satisfecho con una sonrisa en los labios.

-¿Te divertiste?; preguntó el demonio a la vampiresa.

-Bastante; contestó Francine con la expresión más malvada que podía en su rostro.

Una sonrisa maligna se dibujaba en los labios de la Tétrada Oscura, que empezaban a tomar consciencia de lo que realmente significaba haberse fusionado con la esmeralda sagrada que contenía la esencia de Lucifer.

El fuego llenó las órbitas de los ojos de Mireya, cuando su báculo convertido en una brillante vara de fuego se materializó junto a ella y tomándolo en alto unas nubes incandescentes comenzaron a formarse en el cielo, de las cuales cayó una fuerte lluvia de fuego que convirtió el paisaje en un páramo quemado, sin ninguna muestra de vida. Luego de su mano surgió una ráfaga de viento blanco que congeló el anteriormente humeante campo quemado, estallando luego en una metralla de cristales de hielo que al caer nuevamente produjo profundas heridas en el suelo, acabando con toda forma de vida.

-Una elegante muestra de devastación; comentó Telal satisfecho.

Ethiel tomó un manojo de sus flechas y las arrojó con fuerza al aire; cientos de líneas luminosas rajaron el firmamento convirtiéndolo en fuego líquido que comenzó a caer como gotas de ácido que perforó toda la tierra. El suelo comenzó a temblar violentamente y pocos minutos después se fracturó en varios puntos distintos, por los que salió fuego y lava que avanzó cubriéndolo todo. El cielo se despejó nuevamente y un sol benevolente abrazó el páramo devastado; la tierra se cicatrizó de sus heridas y la brisa se llevó las cenizas. Pequeñas hojas crecieron por doquier y la vida volvió a nacer ahí, donde hace un momento solo había muerte. Ethiel bajó sus brazos y miró a Telal.

-Es increíble lo que has podido hacer; dijo el demonio. -Te has convertido en una fuerza de destrucción y de vida.

-¡Resulta tan fácil!; exclamó Ethiel. -Solo es cosa de dejarse llevar; la voluntad se convierte en realidad.

-Solo falta probar una cosa; meditó el demonio.  -¿Cómo son sus poderes combinados en un solo golpe?

Un golpe de las manos de Telal y todo delante de ellos se volvió opaco, como si una hoja de papel se pusiera por delante. Mireya miró con curiosidad al demonio.

-He puesto una barrera de energía diez veces más resistente que la de un arcángel; explicó Telal. -Quiero que traten de romperla.

Coordinadamente sin decir ni una palabra, las cuatro extendieron su brazo derecho. Un incandescente chorro de fuego salió de cada uno de ellos, coincidiendo los cuatro en un único punto, fusionándose en un solo rayo de incalculable energía, que golpeó la barrera creada por Telal y la atravesó como si no estuviera allí.

-¡Sorprendente!; pensó el demonio en voz baja.

¿Les molesta si aumento la resistencia a cien veces la de una barrera normal?; preguntó él.

Una sonrisa en los labios de Cristina fue la única respuesta. El golpe del rayo encontró la misma oposición que la vez anterior; absolutamente ninguna.

-Probemos una tercera vez; dijo Telal a las  mujeres.

Esta vez la barrera desprendía cierto resplandor. El rayo disparado por ellas chocó contra la pared de energía sin lograr dañarla. Una leve mirada entre las cuatro mujeres bastó para que se pusieran de acuerdo. Rodeadas de una densa niebla negra, aumentaron su esfuerzo; esta vez la barrera estalló en cientos de destellos de luz, elevando un viento huracanado que golpeó violentamente el rostro del demonio.

-¡Un millón más poderosa que la barrera de un arcángel! y la han roto con facilidad; pensó para sí.

-Estoy muy orgulloso de ustedes y complacido por sus logros; las felicitó Telal.

-No pensé que conocería a un mejor maestro que mi padre; dijo Ethiel tomándole la mano en forma de agradecimiento.

-Usted nos ha guiado en forma sabia; reconoció Mireya.

-Sus palabras me honran; respondió Telal ante sus discípulas. -Para finalizar tengo un obsequio para ustedes. Ante un gesto de la mano del demonio, las cuatro mujeres quedaron vestidas con impresionantes armaduras ligeras de color negro.

La Tétrada Oscura había terminado su entrenamiento en un lugar creado especialmente parta ellas, fuera del tiempo y del espacio.

Una gran llama surgió del suelo y de ella asomó Damián.

-Mi Señor; saludó respetuoso Telal al hijo de Lucifer.

A modo de saludo en un único movimiento coordinado, la Tétrada Oscura quedó formada frente al poderoso demonio, sin mover ni un músculo si él no lo ordenaba.

-Veo que ha cumplido a cabalidad si misión Telal; reconoció Damián. -Y no murió en el intento.

-La Tétrada Oscura se ha convertido en la fuerza más poderosa de todo cuanto existe, Señor; respondió con orgullo el demonio.

-Estamos listas para obedecer todas sus órdenes; dijo Ethiel.

-Estoy orgulloso de ustedes; respondió Damián. -Mi padre se sentirá honrado de contar con tan formidable fuerza en sus filas.

-El honor es para nosotras; respondió Mireya, con sus ojos en llamas.

-Ya pueden abandonar este lugar; indicó Damián.

-¿No teme que nos detecten?; preguntó Cristina.

-Ustedes ya no tienen nada que temer; explicó Damián. -Además  si lo desean, pueden volver totalmente indetectables sus poderes y la esencia de la esmeralda.

 

 

Tétrada Oscura – Capítulo N° 3 – Conspiración 22 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 3

Conspiración

-Seguro mi papá sufriría un ataque si me viera haciendo estas labores de dueña de casa; pensó Isabel mientras lavaba el montón de loza sucia que había en la cocina. Los niños hace una hora se habían acostado y  Tomás como siempre se las ingenió para acostarse y dejarla con todo el aseo.

-Listo, un vaso de bebida y a descansar; se dijo Isabel sacando un paquete de galletas de la alacena y llenando un  largo vaso de refresco, que se partió en su mano cuando lo atravesó una flecha que alcanzó a esquivar justo antes de que diera en su cara. Con un rápido movimiento se puso a cubierto bajo una mesa mientras tiraba las galletas contra la ampolleta, dejando la cocina a oscuras.

Tendiendo la mano la flecha clavada en la pared comenzó a vibrar y voló hasta su palma.

-¡Un elfo claro!; dijo furiosa para sí.

Por la cocina no podía salir y la entrada principal de la casa tampoco era buena idea, las habitaciones también eran peligrosas; la única salida que se le ocurrió fue la pequeña ventana del baño. Con todas las luces apagadas salió de la cocina, justo cuando dos flechas más se clavaban en la pared.

-Debo recordar agrandar esta ventana; pensó Isabel mientras salía por ella, con la única idea de alejarse lo antes posible de su casa y de su familia. No se detuvo en mirar para atrás mientras las puertas y ventanas quedaron cubiertas por dentro con gruesas enredaderas; la casa quedaría sellada mientras ella se encargaba de su atacante.

Una flecha se clavó en un árbol junto a ella justo cuando pudo ingresar al bosque que había junto a la ciudad. Afortunadamente estaba nublado y la foresta se extendía oscura, ocultando su huida. Otra flecha la pasó rosando peligrosamente cerca; definitivamente su cabello rubio era un verdadero tiro al blanco para quién trataba de matarla. Sin detenerse su apariencia y vestimenta se volvieron oscuras, confundiéndose con las sombras del bosque, al tiempo que tomaba una rama rota, que en su mano se convirtió en el mortífero arco de un elfo oscuro.

Un suave impulso en su carrera elevó a Ethiel entre las ramas de los árboles, ocultándola de su perseguidor. Con sus oídos y oscuros ojos recorrió  los alrededores y dónde ellos le indicaron hizo volar una negra flecha que habría abatido a cualquiera que estuviese frente a ella; pero esta vez su enemigo era otro elfo. Girando en el aire el atacante esquivó la flecha y antes de caer al suelo disparó una de las suyas hacia Ethiel, quien la eludió saltando de la rama donde estaba parada.

Frente a frente ambas criaturas del bosque se acechaban mutuamente. El cabello desagradablemente claro de él a Ethiel le hacía ponerse de peor humor del que ya estaba; mientras que él trataba de penetrar en los negros ojos de profunda oscuridad de ella. En sus manos sus respectivos arcos se convirtieron en afiladas espadas ansiosas de chocar entre sí.

-¿Por qué te has atrevido a romper la paz entre nuestros pueblos?; preguntó Ethiel girando la espada entre sus dedos.

-¿Acaso ahora los elfos oscuros prefieren hablar en vez de pelear?; respondió el elfo claro. -¿O tal vez tienes miedo?

Ethiel podía soportar cualquier cosa menos que la trataran de cobarde. Avanzando lanzó varios golpes con su espada a su insolente enemigo. Sin embargo, él resultó ser tan ágil y rápido como ella.

Aunque de madera, el golpe de ambas armas hacía retumbar el bosque entero con un tono metálico. Ni el mejor de los aceros forjado por los humanos podía imitar siquiera el filo y resistencia de las espadas elfas, que ahora chocaban en una frenética danza mortal. Hacía siglos que Ethiel no se enfrentaba a un rival que valiese la pena hasta ahora y eso la emocionaba mucho.

Con el rabillo del ojo la elfa vio como una piedra comenzaba a temblar bajo las órdenes de su contendor.

-Eres demasiado lento elfo claro; opinó Ethiel haciendo volar la piedra contra su enemigo, el que la rechazó con su espada. -Al menos reconozco que eres bueno con el arco y la espada.

Los movimientos de la elfa oscura eran tan sigilosos que el elfo no se percató de nada hasta que sus manos y pies fueron enrollados por flexibles lianas que lo dejaron completamente inmóvil.

-Nunca ustedes podrán igualar nuestro control sobre la naturaleza; dijo burlona Ethiel a su prisionero. -Ahora habla, ¿por qué trataste de matarme?

-Pierdes tu tiempo basura oscura, no sabrás nada por mí; respondió el elfo.

-Mmm, veamos si aprieto un poco aquí y estiro por aquí a lo mejor te convenzo de confesar; dijo la elfa moviendo su mano y haciendo que las muñecas de su oponente fueran sometidas a una intensa presión y sus brazos y piernas dolorosamente estirados.

-Deberías saber que los elfos claros no cedemos ante la tortura. Puedes hacerme lo que quieras; respondió el elfo a Ethiel.

-¡Francine!, por favor ven enseguida a dónde estoy yo; dijo la elfa oscura al aire.

-¿Con quién hablas?; preguntó el elfo claro.

Aunque todos los elfos estaban acostumbrados a ver cosas más allá de lo común y corriente, no dejó de sentirse sorprendido cuando se formó un círculo brillante frente a él, por el cual apareció una joven mujer humana.

-¿Qué tienes aquí Ethiel?; preguntó Francine.

-Esta porquería trató de matarme; explicó la elfa. -Quiero saber por qué.

-¿Por qué no me cuentas tus secretos?; preguntó Francine al elfo.

-Pierdes tu tiempo; respondió él seguro de sí mismo.

-¡Vaya!, eres un chico rudo; opinó la vampiresa. -Veamos cuánto.

Como si caminara por una casa de muchas habitaciones, Francine comenzó a penetrar dentro de la mente del prisionero.

-¿Por qué tu pueblo rompió la paz con el mío?; volvió a preguntar Ethiel.

-Ningún otro elfo claro está involucrado; respondió el elfo a pesar de su intento de resistencia.

-¿Por qué trataste de matar a Ethiel?; preguntó Francine.

-Se me ordenó hacerlo; contestó el prisionero.

-¿Por qué a mí?; preguntó la elfa.

-Hay órdenes de matarlas a las cuatro; contestó el elfo.

Francine y Ethiel se miraron sorprendidas.

-¿Por qué?; preguntó a su vez la vampiresa.

-Porque juntas son una fuerza difícil de contener y que a la larga estorbaría cualquier intento de cambiar el equilibrio de poder; confesó el prisionero sin poder resistir la influencia de la mente de Francine que doblegaba su voluntad.

-¿Quién dio la orden?; preguntó Ethiel.

-No lo sé; respondió con gran esfuerzo el elfo.

-Confiesa; presionó más la vampiresa sobre su mente. -No puedes resistirte.

-La orden la dio…; el prisionero no logró responder ya que en medio de un agudo grito se envolvió en llamas que brotaron desde su interior, reduciéndolo a cenizas en pocos segundos.

¡Francine!, lo mataste; reclamó Ethiel frustrada porque su prisionero estuvo a punto de confesar para quién trabajaba.

-No fui yo; se defendió la vampiresa. -Alguien  más impidió que siguiera  hablando. Alguien tan poderoso como para matar a distancia.

-Debemos avisar a las otras inmediatamente; opinó la elfa.

Francine fue lanzada bruscamente al suelo tras recibir un violento golpe por la espalda.

Instintivamente Ethiel se volvió con la espada en la mano lista para combatir.

-¡Déjate ver o te mato inmediatamente!; ordenó la elfa alzando una de sus manos.

Una poderosa onda de choque impactó a Ethiel; sin embargo ésta no alcanzó a tocarla, gracias a la barrera protectora que formó su anillo.

-¿Quién diablos se atreve a golpearme por la espalda?; preguntó furiosa Francine con los ojos rojos de rabia, mientras sus suaves manos se transformaban en letales zarpas.

¿Estás bien?; preguntó Ethiel a su compañera.

-Lo estaré en cuanto le arranque el corazón al que me pegó; contestó ella.

-Es necesario atraparlo con vida para interrogarlo; recordó la elfa a la impetuosa vampiresa.

-Ya lo encontré; dijo Francine lista para cazar a su agresor.

-No te confíes mucho, parece ser poderoso; aconsejó Ethiel.

-Pierde cuidado; respondió Francine desapareciendo al correr tras su víctima.

El hombre en el bosque sabía que el viento que de improviso se había levantado no era normal; sin embargo, no podía detectar su origen. Ante la duda, con sus manos descargó varias andanadas de ondas de choque en caso de que planeasen atacarlo por sorpresa. Él estaba plenamente consciente de su gran poder y aunque le habían advertido de que sus objetivos eran un hueso duro de roer, sabía que podría con ellas.

Después de unos minutos de barrer todos los alrededores con sus golpes, el viento desapareció tan rápido como había surgido. Satisfecho de sí mismo el brujo sonrió en su interior.

No se podría saber bien qué fue más fuerte; el golpe que lo arrojó a diez metros de distancia o la sorpresa que sintió al verse lanzado por el aire o la impresión al sentir como afiladas garras se hundían dolorosamente en su hombro derecho.

-Agradece que mi amiga quiere interrogarte; dijo Francine sobre la espalda del brujo, sin sacar sus garras de él. -Si no te habría sacado ya el corazón.

Concentrando su voluntad, a pesar del terrible dolor que sentía en su hombro, desde el suelo el hombre logró generar un chorro de fuego en el aire que envolvió a la vampiresa, la que para su desagradable sorpresa se cubrió con una barrera que impidió que las llamas la tocaran.

Dispuesto a lanzar otro ataque inmediatamente el hechicero alzó ambas manos. Su grito de dolor desgarrador se escuchó por todo el bosque, cuando dos afiladas ramas le perforaron ambas manos y las ataron tras su espalda.

-Eres muy ingenua si piensas que sin mis manos no puedo dañarlas elfa; respondió el brujo.

-¡Cállate!; ordenó Ethiel a su prisionero.

El brujo no alcanzó a pronunciar ni una palabra cuando varias ramas y hojas le rodearon la boca, tapándosela como si fuesen una mordaza que le impedía hacer uso de su voz.

-Muy bien, ahora vas a contestar todas nuestras preguntas; ordenó Francine al hombre.

En ese preciso instante el suelo comenzó a temblar con fuerza.

-Algo grande se aproxima; advirtió Ethiel. -Salgamos de aquí.

El hechicero se sonrió burlón de las ingenuas y torpes mujeres, pensando que sería liberado pronto.

Francine y Ethiel juntas tomaron del brazo al prisionero cuando un gran tronco chocó contra la barrera de los anillos de ambas. Frente a los tres se abrió un portal que los sacó del bosque, alejándoles por el momento de los atentados en su contra.

A través del pentagrama en el suelo la elfa oscura y la vampiresa, junto con su prisionero a rastras, se materializaron en el sótano de la bruja.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó Mireya ante la inesperada llegada de sus compañeras.

-Eso es lo que tenemos que averiguar; dijo Ethiel arrojando al suelo al prisionero. -Este idiota y un elfo claro trataron de matarnos.

-¿No se supone que esos elfos son relativamente pacífico?; preguntó Cristina.

-Sin embargo tenía órdenes de asesinarnos a las cuatro; agregó Francine.

-¿Quién te mandó?; preguntó enojada Cristina y la verdad es que no era para menos.

La mordaza que el prisionero tenía en su boca cayó al suelo, dejándolo en libertad de hablar.

-¡Contesta!; ordenó Ethiel.

Sin decir nada y con una sonrisa burlona en sus labios, una espesa niebla oscura empezó a emanar del cuerpo del hechicero.

-Ni siquiera lo intentes; advirtió Mireya, formando un anillo de fuego en torno al cuerpo del brujo, con las llamas de las antorchas. -O te quemo ahora mismo.

-Solo matándome podrán salvarse; rio triunfante el hombre. -Pero si lo haces no podrán averiguar nada.

El tipo tenía razón, no podía arriesgarse a matarlo. Primero tenían que averiguar quién podía mover asesinos sobrenaturales en su contra.

En eso pensaban todas cuando el caldero empezó a hervir con fuerza y una columna de humo se elevó, la que después de un rato se materializó como el conocido demonio de ellas.

-¡Mi señor!; saludó Mireya, sorprendida de ver aparecer sin aviso a Lucifer.

-Se te hizo una pregunta brujo; ordenó el demonio. -¡Contéstala!

-No tengo por qué contestarte; respondió altivo el hechicero. -Quién quiera que seas.

-¡Osas desafiar al señor de los ángeles caídos!; exclamó con los ojos en llamas y con una voz que hizo temblar las paredes y el piso.

-No reconozco tu autoridad; lo desafió el insolente brujo.

-Por lo general no me involucro en estos asuntos, pero no tolero que una sabandija insignificante me falte el respeto; habló furioso el poderoso demonio.

-No te mataré, pero personalmente torturaré tu alma por el resto de la eternidad, en cuanto la tétrada termine contigo.

-¿Quién quiere acabar con la tétrada?; preguntó Ethiel a punto de perder la paciencia.

Una vez más del cuerpo del hechicero comenzó a brotar la niebla negra, en un aviso de que se disponía a atacar.

-¡No en mi presencia insolente!; gritó furioso Lucifer. -Todos tus poderes se acaban aquí y ahora; dijo mientras una luz cubría al brujo.

Mostrando una gran debilidad y cansancio, el hombre cayó de rodillas al suelo al serle arrancada su esencia sobrehumana.

-Ahora es todo suyos, averigüen todo lo que sabe; ordenó el demonio, sentándose en un trono de piedra negra que apareció junto al altar.

-No tengan ninguna compasión con él, recuerden que quieren matarlas; mandó Lucifer a la Tétrada Oscura.

-¿Cuántos asesinos hay tras nosotras?; preguntó Mireya.

-No lo sé; contestó el prisionero, bajo el control mental de Francine. -Por lo que entiendo se reunió a un grupo diverso para el trabajo.

-¿Cuál es la naturaleza de ese grupo?; preguntó Cristina.

-No son humanos, si eso quieres saber; respondió el brujo.

-¿Quién está detrás de todo esto?; preguntó Ethiel.

-No lo sé, a mí me contactó otro brujo; respondió el prisionero. -Pero a alguien le escuché el nombre de Athatriel.

El nombre quedo resonando como el eco de una campana en la mente del demonio. Rápidamente Lucifer se puso de pie ante un nombre que hace miles de millones de años no escuchaba.

Las cuatro miembros de la tétrada estaban atónitas por la expresión de sorpresa en el rostro del más poderoso demonio.

-¿Quién es Athatriel, mí señor?; preguntó respetuosamente Mireya.

-Es alguien de quien no creí volver a saber nunca; respondió Lucifer.  -Cuando yo y mis seguidores nos revelamos a la voluntad de nuestro padre, había un ángel especialmente rebelde y soberbio, incluso más que yo; a tal punto que se opuso a mi padre y a mí al mismo tiempo, negándose a aceptar cualquier tipo de autoridad u orden, no importando de dónde proviniera. Ante semejante insolencia, entre ambos lo condenamos por toda la eternidad a una existencia fuera del tiempo y del espacio. Sabíamos que algunos de sus seguidores habían logrado escapar y ocultarse de nosotros, pero hasta ahora no habíamos tenido ninguna noticia de sus actividades.

-¿Qué es lo que pretenden?; preguntó Ethiel al prisionero.

-Eliminarlas para que no puedan impedir la liberación de Athatriel; contestó fatigado el brujo.

-Debe ser un chiste; opinó incrédulo Lucifer ante la inocencia casi infantil del prisionero. -Esa prisión no puede ser abierta por nadie. Ni Dios ni yo podemos hacerlo por separado; solo combinando nuestros poderes es posible lograrlo.

-Igual podemos destruir el mundo que él creó y tú gobiernas; dijo insolente el brujo.

-Decirlo es más fácil que hacerlo; respondió Francine con los ojos rojos de rabia.

-Puede que así sea, pero por último eliminaremos a las perritas falderas de este pobre diablo; continuó el prisionero mirando a Cristina.

Con los ojos luminosamente dorados Cristina estaba perdiendo la paciencia.

-Creo que ya hemos escuchado suficiente de esta basura; sentenció Lucifer. -Cristina, Francine, la cena está servida.

Cristina no se hizo esperar, cambiando su forma se abalanzó sobre el brujo, cerrando sus terroríficas fauces en su carne, al mismo tiempo que Francine clavaba sus garras en su pecho y sus afilados colmillos en su garganta. Aunque Mireya y Ethiel habían visto muchísimas veces a Cristina matar como licántropa, nunca antes la habían visto alimentarse y realmente no era un espectáculo muy agradable, así es que prefirieron mirar directamente a Lucifer y hablar con él.

-El asunto es sorprendente hasta para mí; comentó el demonio. -Aunque Athatriel fue encerrado en lo que se podría llamar una cárcel de alta seguridad, varios seguidores suyos en La Tierra se mezclaron con humanos, surgiendo varios semidioses, los cuales se han ocultado entre los humanos, para tratar de romper el orden establecido por mí. Por lo visto ahora se están alzando en contra de ustedes, ya que son la encarnación de mi autoridad sobre el mundo.

-¿Cuán poderosos son los enemigos?; preguntó Mireya.

-Bastante, ya que son descendientes de ángeles caídos y su mezcla con humanos da resultados maravillosos; comentó el demonio. -Además existe la probabilidad, aunque remota por las consecuencias que tendría para ellos, de que intervinieran directamente algunos ángeles caídos seguidores de Athatriel.

-¿Y eso sería malo para nosotras?; preguntó Ethiel.

-En la antigüedad, en las primitivas culturas, a ellos les llamaron dioses; aclaró Lucifer.

-Esto no me gusta nada; dijo Cristina preocupada.

-En todo caso ustedes tienen el poder suficiente para derrotar a los hijos de los ángeles rebeldes del tercer bando; dijo el demonio. -Respecto a los ángeles directamente, sus anillos las protegerán de sus ataques; sin embargo, ustedes no tienen forma de lastimarlos a ellos.

-No puedo creer que seres espirituales deseen asesinarnos; meditó Mireya.

-Eso quiere decir que les tienen miedo y las consideran una amenaza para sus planes; opinó con cierto orgullo en la voz el demonio.

Una gran llamarada surgida en el pentagrama grabado en el piso llamó la atención de las cuatro mujeres. Desde el centro del fuego mismo salió caminando un hombre relativamente joven, elegantemente vestido y de educados modales.

-Padre, ¿por qué has solicitado mi presencia?; preguntó el recién llegado.

-Hijo se ha detectado actividad de los ángeles caídos seguidores de Athatriel; contó el demonio.

-Por favor explícame padre; pidió en forma muy educada el recién llegado.

-Hace pocas horas hubo dos intentos de asesinato contra la Tétrada Oscura, Damián; explicó Lucifer.

-¿Padre, hijo, Damián?; preguntaron las mujeres.

-Mmm; meditó un rato Mireya. -El Anticristo.

-En persona hechicera; respondió el hombre.

-Hijo deseo que apoyes y coordines las actividades de la Tétrada Oscura; solicitó Lucifer.

-¿Qué significa exactamente eso?; preguntó Ethiel.

-Quiere decir que de ahora en adelante ustedes están bajo mis órdenes; respondió Damián.

-Eso no estaba en el trato; replicó Cristina.

-Tampoco estaba en los planes la intervención de un  tercer bando de ángeles; respondió Damián.

-¿Por qué deberíamos trabajar para usted?; preguntó Francine.

-Porque nos beneficiaríamos mutuamente; agregó Lucifer. -Verán, nosotros no podemos intervenir directamente.

-Pero ustedes nos ayudan a contener esta rebelión antes de que crezca y yo pongo todos los recursos disponibles a su servicio para detener a los que quieren matarlas; continuó Damián.

-En el fondo todos nosotros tenemos los mismos enemigos; explicó Lucifer.

Mientras hablaban con las cuatro mujeres, ambos demonios sostenían una conversación privada fuera de la percepción de todas, incluso de la de Francine.

-Hijo es necesario que te encargues de que la tétrada encuentre la esmeralda de mi corona; ordenó Lucifer.

-¿Crees que sea prudente?; preguntó Damián. -Recuerda que se nos ha prohibido intentar recuperarla.

-Por eso mismo la Tétrada Oscura lo hará; continuó Lucifer.

-En el caso de que la encontraran; continuó argumentando Damián. -Si ellas no son compatibles con la energía de la esmeralda morirán inmediatamente.

-¡Que así sea entonces!; respondió Lucifer.

-Pero si son compatibles, ¿tienes claro lo que eso implicaría?; preguntó Damián a su padre.

-Ilústrame hijo, ya que parece que tu si lo sabes; respondió el antiguo demonio

-Su poder aumentaría a un nivel igual o incluso superior al de un arcángel; concluyó Damián.

-En ese caso no sería culpa nuestra que ellas, en defensa propia terminaran matando a los ángeles de Athatriel; sonrió para sí Lucifer.

-¿Y si se vuelven en contra nuestra?; quiso saber Damián.

-Para evitar eso debes ganarte la fidelidad de la Tétrada Oscura; respondió el señor de los demonios.

-Supongo que me puedo acostumbrar; dijo Cristina mirando de arriba abajo a su nuevo jefe.

-Si usted lo ordena no hay problema por mí; respondió Mireya.

-¡Está bien!, si eso nos ayuda a acabar con los asesinos; aceptó Ethiel.

-Apoyo a “Campanita”; opinó Francine mirando a la elfa.

-¿Quieres probar a esta hadita?; contestó Ethiel poniendo la punta de su cuchillo en el cuello de la vampiresa.

-¡Cálmate!; ordenó Mireya.

-Ella empezó; se defendió Ethiel.

Francine se resguardó detrás de Mireya y le sacó la lengua a la elfa, burlándose de ella.

-¿Padre estás seguro de que ellas son la fuerza infernal más poderosa?; preguntó el demonio, observando el infantil comportamiento de las mujeres.

-Definitivamente hijo; respondió Lucifer. -Cuando combaten juntas su poder y coordinación de equipo  las vuelven imparables.

-Entonces debemos trabajar en un ambiente más apropiado y controlado que este; propuso Damián.

-Procede como lo estimes conveniente; autorizó su padre desapareciendo de la presencia de todos.

-Bueno, si ya terminaron de jugar, acompáñenme a mis oficinas; ordenó el representante de Lucifer en La Tierra.

-Pero que tipo más aburrido; opinó Ethiel.

-Concéntrense que se están jugando la vida en esto; observó el demonio.

-Nuestros enemigos lo tienen más que claro; dijo la elfa con su arco en una mano.

-Muy bien, cuento entonces con la estratega de las sombras; le respondió Damián.

Desde el piso en medio del salón subterráneo se elevó una gran llama que danzaba como en cámara lenta.

-Por favor acompáñenme; ordenó el demonio entrando primero en el fuego.

Tras él, una a una las cuatro mujeres cruzaron a una nueva etapa de su vida. Una etapa incierta, con un destino no claro ni definido, en una lucha por sobrevivir.

Definitivamente el lugar donde llegaron era todo lo contrario a lo que esperaban encontrar. No había ni oscuridad, ni fuegos eternos que llenaran el aire con olor a azufre, como lo describían las narraciones alegóricas; ni lamentos de tormentos sin fin de condenados a un suplicio por toda la eternidad.

-No es como lo imaginaba; comentó Mireya en medio de una elegante oficina finamente decorada.

-Nunca crean todo lo que lean de los demonios; observó Damián.

-Me encanta este estilo de vida; opinó Francine, recorriendo el amplio y cómodo despacho.

-¿Aquí organizaremos nuestras estrategias?; preguntó Ethiel poco convencida.

Mirando de pies a cabeza  a la elfa Damián pasó una de sus manos frente a ella en el aire.

-Así está mejor; opinó el demonio frente a la rubia mujer vestida con un elegante traje de dos piezas.

-No está nada de mal; pensó Isabel observando su tenida en un espejo.      -Me gusta este traje, gracias.

-Señorita, ¿podría por favor prepararnos unos tragos?; pidió Damián por intercomunicador.

-Con permiso señor; dijo una joven mujer vestida como la típica secretaria de un importante ejecutivo.

Sin prestar mayor atención a las cuatro mujeres, la secretaria se dirigió a un pequeño bar de fina madera de ébano y preparó cinco copas de licor.

-¿Lo desea flameado señor?; preguntó educadamente a su jefe.

-Sí, por favor; respondió él en forma muy cortés.

Con toda naturalidad la mujer pasó su mano sobre las cinco copas, inflamando su contenido.

-¿Su secretaria es una bruja?; preguntó Mireya.

-¿Bruja?; preguntó la mujer como si hubiese sido ofendida, extendiendo dos impresionantes alas de fuego, ante un gesto de autorización de Damián. Encendiendo una intimidante espada flamífera se aproximó a Mireya.

-Creo que no pretendió ofenderla; la detuvo el demonio.-No es una bruja, es un ángel caído que trabaja para mí.

-Uno de los muchos que servimos a Lucifer y a su representante en La Tierra; dijo la mujer entregando una de las copas a su jefe.

-Me disculpo; dijo humildemente Mireya, entendiendo que se estaban moviendo en otro nivel de influencia; en la clase alta, por así decirlo.

-Aquí vamos a averiguar las identidades de los asesinos que están tras ustedes y nos adelantaremos a ellos; explicó El Anticristo. -Síganme por favor; pidió a las mujeres.

Ante ellas había una gran sala llena de computadoras, pantallas y mapas que mostraban distintas imágenes, como noticieros. Varios técnicos y operadores estaban pendientes de los monitores, bajo la vigilancia de un severo señor que supervisaba el trabajo de todos.

-Esta es la Tétrada Oscura; presentó Damián a las mujeres al jefe de su personal. -Debemos identificar y localizar a los asesinos enviados a matarlas, por los seguidores de Athatriel.

-Muy bien señor; contestó el hombre.

-Según nuestro monitoreo, en La Tierra hay doscientos ángeles caídos de Athatriel y un  número indeterminado de seguidores, debido a que su actividad hasta ahora ha sido de bajo perfil.

-Los dos asesinos que han dado la cara hasta ahora son un elfo claro y un brujo; contó Isabel que lucía su forma humana, ya que le gustó el traje que le obsequió el demonio. -Antes de morir el brujo confesó que lo había contactado otro brujo para el trabajo.

-Podemos empezar por ahí; opinó el ejecutivo, haciendo una señal a uno de sus analistas.

-Existen cinco brujos que no han demostrado ningún tipo de actividad dedicada a nosotros; indicó el hombre. -No se ha podido establecer en forma clara a quien sirven; es como si tratasen de mantenerse ocultos.

-Ese es el brujo que trató de matarnos; observó Francine ante una fotografía.

-Atrapen a los otros brujos para interrogarlos; ordenó Damián.

-Comiencen un rastreo inmediatamente de ellos; ordenó el coordinador.

-Tal vez si les ponemos una carnada podríamos atraparlos; meditó Cristina.

-Y cuando lleguen por su víctima nosotros los atrapamos; concluyó el coordinador.

-Es importante atrapar al mayor número posible de sus colaboradores; opinó Damián.

-¿Por qué no tratamos mejor de capturar a los ángeles de Athatriel?; preguntó Francine.

-Porque sus poderes están muy por debajo de los de un ángel caído; observó la secretaria de Damián.

-Ella tiene razón, es mejor que ustedes se ocupen solo de sus colaboradores; opinó el administrador.

-Yo me puedo ofrecer de carnada; pensó Cristina. -No creo que esperen alguna trampa. Claro que tienen que estar listos para ayudarme.

-No te preocupes, nosotros no permitiremos que sufras daños; la tranquilizó el coordinador.

-Lo decía por mi atacante; aclaró Cristina. -Si ustedes se demoran mucho es probable que tenga que matarlo.

Las nubes movidas por el viento ocultaban la luna llena que intentaba colar su luz blanquecina en el gran parque en el medio de la ciudad. A esa hora ya no había ningún paseante, por lo que Cristina podría cazar tranquila, ya que sentía un gran deseo de comer carne humana esa noche. Caminaba despacio, olfateando el aire, la respiración agitada, la piel mojada en sudor. A su agudo olfato llegó el aroma inconfundible de comida; su boca se llenó de saliva y sus ojos se volvieron hermosa y siniestramente dorados.

Su presa no tenía ninguna sospecha del destino que le aguardaba, simplemente se paseaba plácidamente por el solitario parque, disfrutando de la tranquilidad de la soledad en la noche. Cristina hizo un gran rodeo, ocultándose entre los árboles para tomar a su víctima por sorpresa.

La joven dejó que la bestia que habitaba en su interior, saliese en total libertad a la superficie. El hombre solo sintió el golpe en la espalda que lo lanzó boca abajo al suelo y la gran presión que lo aplastaba.

Hay cosas que uno no espera, ni cree que puedan ocurrir y cuando ocurren, por lo general provocan un momento de inactividad mental y desconcierto paralizante. Precisamente eso es lo que ocurrió a Cristina cuando se encontró tirada de espaldas en el suelo, al ser rechazada por su presa con un violento y poderoso movimiento de sus brazos. Rápidamente la licántropa se puso de pie, con los pelos del cuello erizados por la descarga de adrenalina.

-¡Sorpresa loba!; dijo el hombre de pie y con los puños cerrados. -Prepárate para morir.

Cristina no se hizo de rogar y lanzó un rápido zarpazo a la cara del extraño hombre, golpe que esquivó fácilmente y devolvió una fuerte patada  al pecho de la licántropa. La loba estaba totalmente desconcertada; nunca había conocido a un hombre más fuerte que ella y que además pudiese golpearla en su forma de loba. Furiosa se lanzó nuevamente al ataque, asestando un tremendo puñetazo en la cara del extraño; sin embargo, para su pesar no le hizo ningún daño.

El intercambio de golpes ya habría matado a cualquier otro ser, menos a ellos, que parecían dos titanes luchando. Sin ninguna idea mejor, la loba dio un traicionero rodillazo entre las piernas a su rival; cuando él se dobló de dolor ella asestó un duro puñetazo en el rostro del hombre, dejándolo tirado en el suelo. Exhausta la bestia abrió sus fauces, dejando escapar un largo aullido a la luna que asomaba su disco entre las nubes.

Su grito de victoria se vio interrumpido cuando una llama negra la envolvió completamente. De entre los matorrales apareció el brujo que intentaba calcinarla.

-A pesar de todo tu esfuerzo igual morirás en mis manos; dijo el hechicero.

-Yo no estaría tan segura; opinó Mireya lanzando una poderosa onda de choque contra el brujo, arrojándolo aparatosamente al suelo.

Antes de que pudiese ponerse de pie, las pequeñas hojas del césped crecieron formando una irrompible mortaja entorno a él.

-Tenemos al segundo; comentó Ethiel mirando el bulto que se retorcía en el suelo.

-Y también atrapamos a este bruto; agregó Cristina con una mano en su tórax y un labio partido y con cara de dolor que no pasó desapercibida por Mireya.

-Parece que te dieron una buena golpiza; observó Mireya alumbrando los ojos de Cristina con una pequeña luz.

-Ese tipo resultó increíblemente fuerte, casi me mata en mi otra forma; contestó la joven aun sin poder creerlo. -Aahhg, eso dolió; se quejó cuando Mireya la tocó en el costado.

-Tienes una costilla rota; observó la bruja.

-Y si no hubiese sido por la barrera me habría quemado viva el brujo; pensó Cristina mirando su anillo.

-Volvemos ahora; avisó Ethiel cuando se elevó una llamarada desde el suelo.

-Atrapamos a dos prisioneros; informó Mireya cuando se materializó en el centro de control de las actividades del Anticristo. -Un brujo y este tipo que no sé qué es pero fue capaz de herir a la loba.

-Mmm; observó el coordinador. -Es un híbrido entre ángel caído y humano.

-Yo me encargaré de ella; dijo la secretaria de Damián, tocando a Cristina en un hombro.

-Ya no me duele; observó la licántropa.

-Déjame ver; pidió Mireya.

-¡Tu costilla está soldada!; exclamó al revisar a Cristina. -Y las heridas de tu rostro también han desaparecido.

-Si fuiste seriamente lastimada en tu forma de bestia por un híbrido, imagina lo que habría sido capaz de hacerte un ángel caído, que es muchísimo más fuerte y poderoso; comentó la secretaria.

-Pueden ir a descansar unas horas; las autorizó el coordinador de operaciones.

Cristina se tendió en un cómodo sofá que estaba en una acogedora sala de descanso y después de un rato se  quedó profundamente dormida.

-Dejemos que descanse; opinó Francine. -La pobre la pasó mal.

-Me cuesta creer que a pesar de su fuerza la hayan golpeado tanto; comentó Ethiel.

-Estoy preocupada por lo que pueda pasar; razonó Mireya. -Los seguidores  de Athatriel se van a volver cada vez más difíciles de contener.

-Y estaremos juntas esperándolos; agregó Francine.

La puerta de la sala se abrió  y por ella entró Damián.

-Bien hecho muchachas, hicieron un excelente trabajo; las felicitó el demonio.

-Pero Cristina casi no la cuenta; observó Mireya.

-Pero demostraron que nada las puede detener cuando actúan juntas; las alabó él.

-Mireya y Ethiel, si lo desean pueden ir a ver a sus familias; sugirió Damián.

-¡Mi familia!, la dejé encerrada hace casi dos días; recordó Ethiel.

-La verdad es que han pasado dos meses en el mundo de los humanos; explicó Damián.

-¡Dos meses!; exclamó sorprendida Mireya.

-Sí pero ellos quedaron suspendidos en el tiempo y hasta ahora en sus sueños han estado viviendo una vida normal con ustedes; agregó el demonio.

-Francine puedes ir dónde lo desees; ofreció él.

-Gracias, pero aquí estoy bien; contestó ella.

Damián se sentó en el respaldo del sofá y comenzó a acariciar la cabeza de la dormida Cristina.

-Realmente la misión se complicó un poco; meditó el demonio. -La próxima vez se encargarán mis ayudantes de ella.

-¿Qué significa eso?; preguntó Isabel.

-Quiere decir que no me arriesgaré a que algo les pase; respondió él. -Tú y Mireya tienen hijos y mi padre no me perdonaría si algo le pasara a Francine y a mí no me gustaría arriesgar a Cristina.

-No me gusta que peleen mis batallas; respondió Isabel.

-Ustedes no están capacitadas para enfrentar a híbridos o a ángeles caídos; opinó Damián. -Y tengan por seguro que en algún momento decidirán intervenir. Sin embargo, tal vez exista una manera de lograr incrementar sus poderes.

-¿De qué forma?; preguntó Francine.

-Encontrando la esmeralda de la corona de mi padre; pensó Damián. -Sin embargo, será difícil conseguirla.

-¿Y por qué no han intentado ustedes recuperarla?; preguntó Francine.

  -Porque al momento de ser expulsado mi padre y sus ángeles, se nos prohibió todo intento de buscarla; contó Damián. -Porque ella contiene la esencia de todos los poderes de Lucifer. Y se llegó, después de una larga guerra, al trato de que a nosotros se nos permitiría actuar con libertad sobre los humanos a través del libre albedrío de ellos; siempre y cuando no intentásemos recuperar la esmeralda.

-¿Pero si lo hacemos nosotras bajo sus órdenes no será como si ustedes hubiesen roto el pacto?; preguntó Mireya.

-No les estoy dando ninguna orden al respecto, solo les estoy contando una vieja historia; aclaró el demonio. -Además este lugar se encuentra fuera del mundo de los humanos y no puede ser vigilado desde ninguna dimensión.

-¿Valdrá la pena?; meditó Francine.

-Si los ángeles caídos nos atacan, no podremos proteger a nuestras familias; comentó Isabel. -Mis hijos son híbridos y si los atacan no estaré yo para defenderlos.

-Ya entiendo, ustedes piensan en defender a sus familias; opinó Francine.   -En cambio yo no tengo a nadie, ya que soy huérfana hace más de tres siglos. Sin embargo, las apoyaré en todo lo que decidan.

-Gracias hermana; contestó Mireya. -Sabía que podríamos contar contigo en todo.

-La decisión es de ustedes; aclaró Damián.  -Pero deben tener claro que no tendrán nuestra ayuda; estarán solas en esto.

-Por ahora deseo que ustedes tres vayan a estar unos días con sus familias y después lo conversen bien entre las cuatro; pidió el demonio a Mireya, Isabel y Cristina, que hace un rato había despertado. -Si lo deseas puedes salir también; dijo a Francine. -Eso sí, no digan a nadie lo que está ocurriendo; ordenó Damián a la Tétrada Oscura.

Hacía tiempo que Cristina no estaba realmente cerca de sus padres y decidió pasar una semana con ellos. Los días los usaron en recordar viejos tiempos y contar distintas anécdotas; eran muchos los años que debían recuperar. Esa semana coincidió con una luna llena y aprovecharon la oportunidad para salir a cazar los tres juntos, cómo lo hacían cuando ella era una adolescente aún; al final de la cacería los tres aullaron juntos para la luna.

Isabel por su parte se dedicó a regalonear a su esposo e hijos y a jugar lo más que pudo con ellos.

En cuanto a Mireya, usó sus días para estar junto a su familia, sin hacer nada en particular; solo disfrutó de su compañía.

Francine se hallaba sola en el mundo y decidió quedarse en el centro de operaciones de Damián. Durante unos minutos estuvo meditando si realmente quería esto para ella. Por tres siglos fue solo la mucama de unos ricos y no había más emoción en su vida que preocuparse de que nada faltara a su señora; sin embargo, ahora era parte de algo que realmente parecía importante. Personalmente se sentía importante y que los demás de verdad la necesitaban. Ahora tenía a las hermanas que siempre deseó. Se sentía valiosa, importante y querida. Definitivamente esto era para ella.

A las dos horas de haber salido, Cristina, Mireya e Isabel se reunieron nuevamente con Francine, a la que saludaron efusivamente. A la joven vampiresa le sorprendió tan grande muestra de cariño por parte de sus amigas por solo dos horas de separación, pero después recordó que el tiempo pasaba mucho más rápido fuera de ese lugar.

-Bueno creo que debemos tomar una decisión; comentó Cristina.

-Si los que están tras nosotras actúan como una mafia, es de esperarse que quieran matar a nuestros seres queridos  también; opinó Mireya.

-A mí lo único que me interesa es proteger a mi familia; dijo Isabel cambiando el color de sus ojos.

-La mía se desenvuelve como una manada, por lo cual se puede proteger a sí misma; opinó Cristina.

-¡Pero mis hijos no!; exclamó Mireya. -Ellos solo son humanos.

-Como yo lo veo; comentó Isabel. -La única forma de salvar a mi familia es matando antes a los asesinos.

-Y solo se podrá si somos más fuertes que ellos; opinó Francine.

-Yo voto porque busquemos esa piedra y que pase lo que tenga que pasar; dijo decidida Isabel.

-Yo opino lo mismo; apoyó Mireya.

Cristina se paseaba en silencio sin decir nada. -Supongo que es lo más sensato; comentó.

-Está decidido, hagámoslo; concluyó Francine.

-¿Pero dónde debemos buscar?; preguntó Isabel.

-Alguna vez escuché una leyenda de que cuando Lucifer se reveló contra su padre, al perder la guerra en el cielo fue arrojado de él y la esmeralda que portaba su corona se desprendió y estrello contra La Tierra, haciéndola cambiar la posición de sus polos; contó Mireya.

-¿La leyenda habla de algún lugar en particular?; preguntó Cristina.

-Dicen algunas tradiciones que cayó en el Polo Norte; continuó la bruja.

-Eso está bastante lejos; observó Isabel.

-No tanto, recuerda que dije que se invirtieron los polos; aclaró Mireya. -Lo que antes era el Polo Norte, ahora  es el Polo Sur.

-Creo que voy a necesitar un abrigo; opinó Cristina.

-Parece que las cuatro necesitaremos abrigos; comentó Isabel.

-¿Me pueden explicar?; pidió Francine.

-Si la interpretación es correcta, la esmeralda cayó en algún lugar de la Antártida; aclaró Mireya.

-Nos tomará una eternidad hallarla; opinó Francine.

-Sin contar que podemos morir congeladas rápidamente ahí; pensó Cristina.

-Yo no; intervino Francine. -Pero estoy acostumbrada al calor.

-La Antártida es demasiado grande; meditó Mireya. -¿Cómo la encontraremos?

-Es posible que la capacidad de rastreo de los anillos nos pueda ayudar; opinó Isabel.

-Tal vez, pero no pretenderás que la recorramos completa; objetó Cristina.  -Mide trece millones de kilómetros cuadrados.

-Y si nos perdemos, en cien metros podríamos morir congeladas; agregó Mireya.

-No podemos buscar a ciegas; opinó Francine. -Es inconcebible el solo imaginarlo.

Damián entró en eso en la sala donde estaban las mujeres discutiendo qué hacer.

-¿Qué decidieron mis amigas?; preguntó amistosamente. -¿Irán a tratar de  recuperar la esmeralda sagrada?

-Si es que no morimos en el intento; comentó Isabel.

-¿No se consideran suficientemente poderosas?; preguntó el demonio.        -Ustedes lo pueden todo; las animó.

-Si las leyendas son reales, la piedra se encuentra en algún lugar de la Antártida; intervino Cristina. -Y caminar a ciegas en ese lugar sería un suicidio hasta para nosotras.

-En eso tienen razón; aceptó Damián.

-¿Entonces cómo lo podríamos hacer?; preguntó Mireya.

-La esmeralda se encuentra exactamente bajo la superficie de la Antártida, en un sistema de gigantescas cavernas; explicó el demonio.

-¿Qué distancia deberíamos recorrer antes de llegar hasta la entrada de las cavernas?; preguntó Cristina.

-Diez kilómetros; contestó el demonio.

-¡Diez kilómetros!, en medio de la nieve a varios grados bajo cero; exclamó sorprendida Isabel.

-Es lo más cerca que se puede para que no detecten la intrusión; explicó Damián.

-Vamos a necesitar equipo especial para ese clima tan extremo; opinó Mireya.

-Aparte de ropa muy gruesa; agregó Francine.

-Eso y más este regalo; dijo Damián entregando una hermosa pulsera de oro a cada una de las mujeres. -Las protegerán del frío extremo; sus anillos, por otro lado, las guiarán hasta la entrada de la Tierra Hueca y una vez dentro, hasta la piedra.

En un solitario aeródromo de Tierra del Fuego se había reunido un nutrido grupo de científicos que cargaba distintos equipos de investigación en un gran avión todo pintado de blanco, en el que ya habían subido un vehículo para la nieve, también blanco. Junto al avión se detuvo una caravana de autos negros que escoltaban a un pequeño vehículo de pasajeros.

-Pensé que esto era secreto; comentó Mireya.

-Y lo es; respondió Damián. -Ocultas a la vista de todos en una expedición científica.

-Cuando suban al avión estarán solas; avisó el coordinador de operaciones a las mujeres. -No tendrán ninguna forma de comunicarse con nosotros. Solo podrán abrir un portal cuando tengan la piedra y no deben materializarse directamente en nuestra base.

-Confío en que todo saldrá bien; dijo Damián a la tétrada. -No hay nadie más capacitado que ustedes para esta misión.

-Gracia señor; respondió Mireya. -No le fallaremos.

-Tenga café caliente para cuando regresemos; pidió Isabel.

-Por favor cuídense y buena suerte; deseó el demonio a las cuatro mujeres, mirando directamente a los ojos a Cristina y dedicándole una sonrisa.

La Tétrada Oscura abordó el avión, el que encendió inmediatamente sus motores camino al continente blanco.

-Huuyy, el jefe te coqueteó; dijo Francine haciéndole cosquillas a Cristina.

-Nada de eso, es solo que es muy amable con todas; se defendió ella.

Isabel miraba con curiosidad el vehículo todoterreno que las llevaría a través de diez kilómetros  de hielo, nieve y frío. -¿Cómo serían los hijos de una mujer lobo y el hijo de Lucifer?; preguntó en voz alta para sí misma, bromeando a costa de Cristina que estaba roja de vergüenza.

-Mejor concentrémonos en nuestra misión; sugirió Mireya. -Descansemos un rato mientras podamos.

El viaje duraría unas cuantas horas, que las cuatro aprovecharon para dormir un poco, ya que les esperaba una jornada muy dura.

-En quince minutos llegaremos a nuestro destino; las despertó la voz del piloto por altoparlante. -Prepárense para el descenso.

-Es mejor que nos pongamos la ropa aislante; sugirió Isabel tomando una bolsa con su nombre.

Después de un rato las cuatro estaban completamente equipadas, vestidas con gruesos trajes aislantes de frío color blanco, antiparras y mascarillas.

Dos mecánicos hacían una última revisión del vehículo para nieve.

-¿Vamos a aterrizar luego?; preguntó Cristina.

-¿Quién dijo que vamos a aterrizar?; preguntó el técnico.

-Sí, para seguir por nuestra cuenta; agregó la bruja.

-No vamos a aterrizar; contestó el otro técnico.

-¿Y cómo vamos a descender entonces?; preguntó Isabel.

-El vehículo va a ser lanzado con paracaídas junto con ustedes; respondió el otro.

-¡Oh, no!, nada de eso; respondió Cristina girando rápidamente.                   -No cuenten conmigo, me da miedo.

-¿Dónde crees que vas?; preguntó Mireya, mientras ella e Isabel la sujetaban de un brazo cada una y la arrastraban hacia el carro todoterreno.

-Vamos, no seas tan cobarde; la retó Francine. -Imagínate que es un ascensor solamente.

-Un ascensor de dos kilómetros y sin freno; respondió Cristina mientras Isabel le acomodaba los cinturones de seguridad.

-Descenso en treinta segundos; sonó la voz del piloto por altavoz.

Las compuertas del avión se abrieron bajo el vehículo, dejándolo caer al vacío. A los pocos segundos los paracaídas se abrieron frenado el descenso sin control. Cristina tenía los ojos fuertemente cerrados, afirmando las manos de Mireya e Isabel; Francine permanecía tranquila como si esa caída fuese algo sin importancia.

Con un leve zamarreo el vehículo tocó el congelado y blanco suelo. Francine sentada en los controles soltó los paracaídas y encendió el motor, poniendo en movimiento el carro.

-Muy bien, estamos a nueve y medio kilómetros de nuestro objetivo; indicó la vampiresa. -En menos de una hora estaremos ahí.

Como quince minutos después las luces del vehículo temblaron y se apagaron, lo mismo que el motor, quedando el carro inmóvil.

-¿Por qué nos detenemos?; preguntó Cristina.

-No hay electricidad; informó Francine. -Voy a revisar el sistema eléctrico.

Después de un rato la vampiresa sacó la cabeza de entre los cables. -La batería está totalmente descargada; informó Francine.

-Mi reloj se detuvo; observó Mireya, que deseaba ver la hora.

-Y el mío; agregó Isabel.

-Lo mismo que el mío; observó Cristina.

-¡Qué raro!; opinó Mireya.

-Tiene que haber sido un pulso electromagnético; supuso Francine.

-Supongo que quieren asegurarse de que nadie se acerque a la esmeralda; pensó Isabel.

-¿A qué distancia estamos?; preguntó Cristina.

-Cinco kilómetros; respondió Francine.

-Tendremos que seguir a pie; opinó Mireya.

-Se está levantando viento blanco; observó Cristina. -Mejor nos amarramos una a la otra para no perdernos; dijo ella afirmando una cuerda a la cintura de Mireya y otra a la de Isabel.

El viento al soplar levantaba una tupida cortina de nieve que impedía ver a más de unos cuantos centímetros. Si no hubiese sido por los bastones con punta y porque Francine y Cristina forzaban al máximo sus sobrehumanas fuerzas, les habría sido imposible avanzar.

A través de sus guantes aislantes se podía ver el brillo de sus anillos, que les indicaban la dirección que debían seguir para llegar hasta la esmeralda sagrada.

-Llevamos apenas doscientos metros y estoy cansada; se quejó Mireya.

-Tenemos que tratar de aguantar; dijo Isabel también reflejando agotamiento en su voz.

-Traten de no hablar; aconsejó Cristina.

Después de interminables minutos de castigo, la ventisca amainó dando paso a un increíblemente azul cielo despejado.

-Guau; exclamó Francine. -Nunca había visto un cielo así de azul.

-Se supone que la entrada a la Tierra Interior debería estar cerca; dijo Mireya mirando su anillo. -Pero todo se ve completamente liso.

-No creo que el jefe se haya equivocado; opinó Cristina.

-Huuumm; murmuró burlona Isabel.

-Tiene que estar por aquiiiii…; comentó Francine mientras caía por un profundo agujero que estaba oculto por la nieve, arrastrando consigo a sus compañeras que estaban unidas a ella por las cuerdas de vida.

Si no hubiese sido por las barreras protectoras generadas por las sortijas, solo Francine habría sobrevivido a una caída de más de cien metros.

-Creo que la encontramos, dijo Cristina mirando a su alrededor.

-¡Esto es asombroso!; exclamó Isabel, admirando el frondoso bosque de grandes árboles que se extendía frente a ellas y el sonido inconfundible de un río que llegaba hasta sus agudos oídos.

-Aquí hay un microclima que ha permitido la proliferación de vida vegetal al menos, en esta gigantesca caverna; supuso Mireya.

-Será más fácil buscar la esmeralda que si hubiese nieve y viento; opinó Francine.

-Empecemos entonces; dijo Cristina moviendo su mano en distintas direcciones, hasta que su anillo se iluminó.

-¡Por ahí!; exclamó Mireya poniéndose en movimiento hacia la dirección que indicaba su anillo.

-Espera; la detuvo Francine. -No vestidas así; le advirtió mientras se despojaba de su gruesa ropa térmica.

La señal las guiaba hacia el río, pero debían cruzar el bosque para llegar a él.

Después de bajar la pequeña colina donde se encontraban, se hallaron frente al límite de la foresta. A cada paso que Isabel daba, su apariencia cambiaba totalmente; inmediatamente Ethiel se puso al frente de la caravana, dejándose  guiar por sus instintos y finos sentidos. El piso era firme y el bosque se veía verde y sano, libre de todo signo de contaminación o daño humano.

Sin percatarse Mireya pisó una rama que, como su fuese un animal la comenzó a envolver entera, mientras grandes hojas crecían cerca de su cabeza, acercándose peligrosamente a ella.

-Es una planta carnívora; advirtió Ethiel. -No muevas ni un músculo o te apretará más hasta reventarte; explicó la elfa mientras levantaba su afilada espada y la dejaba caer en la mortífera mortaja que envolvía a su compañera. Las ramas rotas cayeron al suelo retorciéndose y secándose inmediatamente.

-Eso estuvo cerca; opinó Mireya. -Gracias amiga.

-No te preocupes; contestó la elfa. -Pero debemos ser más cuidadosas aquí.

El  exuberante bosque que no obstante era poseedor de una gran belleza, no estaba carente de grandes peligros. Aunque aún no habían visto a ningún animal, Ethiel estaba convencida de que tenía que haberlos.

Francine caminaba distraídamente admirando el paisaje, muy distinto de su natal París; por mirar para atrás no se percató de la gigantesca tela de araña en la que se enredó.

-¡Puag, que pegajoso!; exclamó ella mientras trataba de librarse de la red que la aprisionaba. Los movimientos de la vampiresa atrajeron la atención de la dueña de la trampa. Asustada Francine trataba desesperada de soltarse, pero cada movimiento que hacía la enredaba más.

-No me puedo librar; dijo la joven vampiresa llorando y con mucho miedo en la voz.

-Quédate quieta; ordenó Mireya. -Mientras más te muevas más te vas a enredar. Una llama brotada del báculo de la bruja derritió la telaraña, dejando en libertad a su presa.

-No es necesario que expliques nada; dijo comprensiva Cristina poniendo una mano en la espalda de Francine, mientras ésta secaba sus lágrimas.

-¿Aracnofobia?; preguntó discretamente Ethiel a Mireya.

-Me da la impresión de que sí; respondió ella. -En todo caso no me habría gustado sentir loa colmillos de esa araña; comentó la bruja.  A propósito, ¿notaste el tamaño que tenía?

-Sí era del porte de un gato; respondió Ethiel.

-Espero que no tengamos más sorpresas como esa; pensó Mireya.

Al poco rato la señal de los anillos las llevó hasta la orilla del río que corría apacible cerca del límite del bosque.

-¡Cuidado!; susurró Cristina. -Junto al río hay un enorme oso.

Instintivamente casi, la joven dejó salir a la bestia que habitaba en ella.

-Espera, no le hagas daño; intentó detenerla Ethiel, pero ya era muy tarde y la loba se abalanzó sobre el gigantesco animal; sin embargo, el oso se paró en sus dos patas traseras, alzándose tres metros y medio, con lo que aun con sus dos metros de alto, la licántropa parecía pequeña a su lado.

De un golpe el oso derribó a la loba, lo que la hizo enfurecer aún más.

-Tranquilízate; le pidió Ethiel a la loba. -Ese  oso solo defiende su territorio. Déjame manejarlo a mí.

Con los ojos como fuego la licántropa miró a la elfa oscura y poco a poco se fue calmando, hasta que recuperó su forma humana.

El animal estaba fuera de control y arremetió contra las mujeres, pero varias raíces se enredaron en sus patas, logrando detenerlo. Entre sus manos Ethiel tomó un poco de agua del río y la ofreció al oso; sus compañeras la observaban con un nudo en la garganta.

-Tranquilo, nadie te va a hacer daño; dijo Ethiel acercando lentamente las manos al hocico del animal. -Todo va a estar bien; nosotras solo queremos pasar por aquí.

Lentamente, con desconfianza al principio, el gran oso aceptó el agua que le ofrecía la extraña mujer.

-Buen chico; dijo la elfa acariciando suavemente la cabeza del oso.

Comprendiendo el error que había cometido, Cristina tomó un poco de miel que encontró en el hueco de un árbol y lenta y humildemente la puso a los pies del animal y se alejó sin darle la espalda y con la mirada en el suelo. Entendiendo el gesto el oso aceptó la miel que la otra mujer le estaba obsequiando.

-Ya podemos continuar; informó Ethiel a sus compañeras.

Un rugido de dolor estremeció el bosque cuando una afilada flecha se clavó en una pata del gran animal.

-Es una flecha de elfo claro; gritó furiosa Ethiel. -Nos han seguido; dijo parada junto al oso para cubrirlo con su barrera de energía. Aunque la verdad no sabía si eso serviría.

Varias flechas negras volaron hacia el lugar de donde había surgido el proyectil que había herido al pobre oso.

Una bola negra se elevó de la mano de la bruja y voló entre los árboles, llevando muerte en su interior. Envuelto por un enjambre de insectos negros que lo picaban por todos lados, entre gritos de desesperación salió corriendo el elfo que disparó contra el oso. Furiosa Ethiel cargó una negra flecha en su arco y con calma, como disfrutando el momento, la hizo volar hasta la frente de su blanco, asomando su punta por la parte trasera de su cabeza.

Una llama de fuego negro voló hacia la elfa oscura, pero fue detenida por otra similar salida del báculo de Mireya. Mientras los dos brujos combatían entre sí, Ethiel elevó ambas manos al aire; a los pocos segundos el fuego que intentaba contener Mireya cesó repentinamente, justo cuando un alarido se escuchó entre los árboles. El brujo no se alcanzó a dar cuenta cuando varias ramas atravesaron su cuerpo en distintas partes.

-Déjame ayudarte amiguito; dijo Ethiel retirando la flecha de la pata del oso. -Ese malvado no te volverá a hacer daño; le dijo al animal mientras ponía una hoja sobre la herida, formando una venda con ella.

De pronto el suelo comenzó a temblar bajo los pies de las cuatro mujeres.

-¿Pero qué es eso?; preguntó Mireya.

-Algo muy grande aparentemente; opinó Francine.

Los hechos le dieron la razón a la vampiresa. Un gigantesco coloso de cuatro metros de alto y puro músculo llegó corriendo hasta donde ellas estaban.

Cristina se transformó instantáneamente en la bestia, mientras Francine de un salto se elevaba hasta la altura del gigante y asestaba un tremendo puñetazo en su mandíbula.

Una potente onda de choque lanzada por Mireya derribó al gigante de espalda; oportunidad que la licántropa aprovechó para lanzarse sobre él, descargando sus garras sobre el pecho del coloso.

La elfa no perdió ni un segundo para cubrir al monstruo con una lluvia de flechas.

Cuando todas creían que el gigante yacía  sin vida, éste se levantó y arrancó las flechas de su cuerpo y botó a Ethiel de un golpe en un hombro; la elfa oscura yacía inconsciente en el suelo. Levantando su enorme pierna el coloso pretendió aplastarla, cuando dando un rugido el gran oso lo abrazó por la espalda y lo levantó en el aire, cerrando sus brazos en un poderoso abrazo que trituró todas sus costillas. Agónico el colosal hombre no pudo detener la mano de Francine que cruzó dos veces su garganta, desgarrándola y acabando con su vida.

El oso se acercó a la caída Ethiel y lamió su rostro hasta que ella logró abrir sus ojos.

-Yo también te quiero; dijo la elfa abrazando el ancho cuello del animal.

-Pensé que te perderíamos; dijo Francine, contenta de ver a su compañera con vida.

-Gracias a esta noble criatura no ocurrió; opinó Ethiel sentándose en el suelo.

-Tu hombro está dislocado; dijo Mireya revisando a la elfa.

-Es cierto; asintió Ethiel, tomándolo con la otra mano y acomodándolo con fuerza, con el crujido característico de huesos rosándose.

-Aay, que valiente; opinó Cristina ayudando a su amiga a ponerse de pie.

Inesperadamente el gigantesco oso se iluminó y convirtió en una esfera de luz verde que se quedó flotando en el aire frente a las cuatro forasteras. Con un rápido impulso la luz se dirigió hacia un claro donde había una especie de cráter.

-Es la esmeralda sagrada; comentó Mireya, quien no entendía lo que acababa de pasar.

La esfera luminosa se elevó un poco más y desapareció completamente.

-¡La encontramos!; exclamó emocionada Francine.

En medio del cráter semienterrada había una gran e intensamente verde esmeralda, la cual radiaba una deslumbrante luz que iluminaba todo alrededor.

De una mochila Mireya sacó una caja metálica en la que con mucho cuidado depositó la preciada joya perdida.

-La tenemos ya; dijo Cristina. -Salgamos de aquí.

Frente a la Tétrada Oscura se formó un círculo de luz por el cual atravesaron las cuatro mujeres; las recibió el frío viento marino de Tierra del Fuego, siguiendo las instrucciones del  coordinador de la misión, de no transportarse hasta la base del representante de Lucifer en La Tierra.

Una intensa llama negra envolvió a la Tétrada cuando un brujo descargó toda su energía contra ellas. A través de la barrera que las protegió pudieron ver como una multitud sin límite de elfos claros, gigantes y otros extraños seres se acercaban rápidamente hacia ellas.

-Listas o no muchachas, debemos pelear como nunca lo hemos hecho; dijo Francine sacando sus afiladas garras.

El arco de Ethiel estaba listo para disparar su carga de muerte, mientras la bruja se rodeaba de una densa niebla oscura y Cristina convertida en la bestia perforaba el aire con un agudo aullido.

Una tras otra la elfa oscura lanzó sus flechas al aire derribando a un enemigo con cada una de ellas; en las actuales condiciones no se podía desperdiciar ningún recurso.

Primero un fuerte viento cruzó entre los atacantes, que se convirtió pronto en un silbido que se volvía cada vez más agudo y que finalmente estalló en un gran estruendo que retumbó por todos lados. Los cadáveres cubrían una gran extensión de terreno y Francine jadeaba con los ojos rojos como brasas incandescentes y sus brazos llenos de sangre hasta los codos.

La barrera protectora de la loba brillaba a su máxima intensidad, cubriéndola contra la incesante lluvia de flechas que la acribillaban, mientras lanzaba grandes peñascos que aplastaban gran cantidad de enemigos.

Mireya comenzaba a agotar su fuego mágico que hacía arder a varios atacantes.

Una lluvia de proyectiles cayó sobre la posición rival cuando la elfa oscura bajó de un golpe la mano que había levantado miles de guijarros del piso.

A pesar del gran estrago causado en la horda de seguidores de Athatriel, su número era mortíferamente mayor que el de la Tétrada Oscura y la energía de ellas comenzaba a disminuir y mostraban signos de fatiga.

Sin que nadie pudiese preverlo, una flecha de elfo claro perforó la caja que contenía la esmeralda sagrada. La punta del proyectil logró enterrarse en la gema, la que ante la mirada de horror de las mujeres se partió en varios pedazos.

-¡Está rota!; gritó Mireya con la voz entrecortada.

Los trozos de la fracturada piedra comenzaron a brillar y a vibrar violentamente, saltando hacia las mujeres, que fueron heridas en distintas partes de su cuerpo por los fragmentos de cristal, quedando tiradas en el suelo mientras un verde resplandor las envolvía y desaparecía luego dentro de ellas.

Francine apoyó sus manos en el suelo y levantó su cabeza mirando a sus compañeras. En sus ojos pudo ver las mismas extrañas llamas que ellas vieron en los suyos.

Lentamente las cuatro lograron ponerse de pie. Con una mano en el aire Ethiel elevó cientos de guijarros que incandescentes cayeron como pequeños explosivos, haciendo volar despedazados los cuerpos de una cantidad difícil de precisar de enemigos.

Las fauces de la loba se abrieron para dejar escapar un aullido que hizo temblar la tierra y el cielo y ante cuyo golpe decenas de enemigos cayeron sin vida.

La vampiresa corrió veloz entre los aterrorizados sobrevivientes que quedaban, para volver enseguida junto a sus compañeras. Tras ella cientos de cadáveres marchitos como hojas secas, quemadas por el sol del verano, se deshacían en polvo.

Los pocos atacantes que restaban con vida se lanzaron furiosos contra las cuatro mujeres; en forma casi refleja la bruja extendió sus brazos descargando una onda de energía tan intensa que vaporizó todo cuanto tocó.

Después de horas, o tal vez de solo minutos, todos aquellos que pretendieron asesinar a la Tétrada Oscura yacían convertidos en cenizas o polvo que el viento austral se encargó de limpiar.

-¿Qué fue lo qué ocurrió?; preguntó Mireya, mirando los ojos de fuego de sus compañeras.

-No lo sé; contestó Ethiel.  -De pronto me sentí cargada de una tremenda energía.

-Y yo; agregó Francine. -¿Qué fue lo que hice? Sentí que absorbía la vida en sí de todos, no solo su sangre, también se energía vital.

-¿Y la esmeralda?; preguntó Cristina, viendo vacía la caja rota que la contenía.

-No lo sé; respondió la bruja. -Estoy tan confundida como ustedes.

-¿Por qué me miras tanto?; preguntó algo incómoda Francine a la elfa.

-Tus ojos están extraños; dijo ella.

-¿Qué tienen de extraños?; preguntó la vampiresa.

-Tienen fuego en ellos; explicó Ethiel. -Los ojos de todas ustedes tienen fuego en su interior.

-También los tuyos; observó Mireya.

-¿Qué nos está pasando?; preguntó Cristina llevándose las manos a la cara.

-No lo sé; fue la inútil respuesta de Mireya, que estaba tan inquieta como sus amigas.

Su meditación se vio interrumpida por un cegador resplandor que cubrió todo el campo de batalla.

-Esto aún no acaba; dijo Cristina ante la imponente visión de los doscientos ángeles caídos seguidores de Athatriel que se involucraban abiertamente en la batalla, ante el inesperado giro que habían tomado los acontecimientos, sin importarles ser descubiertos.

Doscientos robustos guerreros con alas de fuego las enfrentaban, portando una devastadora espada flamífera cada uno de ellos.

La elfa empuñó firme su espada y recorrió el nuevo escenario con su mirada de fuego, avanzando temerariamente hacia los nuevos enemigos.

-Espera. No podrás con ellos; intentó detenerla Francine.

-Tal vez mi destino sea morir aquí; respondió corriendo decidida contra aquellos que podrían tratar de lastimar a sus hijos.

Sin inmutarse, ni preocuparse mayormente, dos ángeles caídos apuntaron sus espadas contra la valiente pero irreflexiva elfa oscura. Dos formidables chorros dorados de fuego chocaron contra la barrera de Ethiel, sin poder detener su decidido  avance.

-¡Es increíble!; exclamó Cristina. -La barrera de su anillo logró parar esa tremenda energía.

-No lo creo; dijo Mireya recogiendo algo del suelo. -No lleva su anillo; indicó la bruja mostrando la sortija de Ethiel que se había roto en la anterior batalla.

-¿Pero entonces de dónde salió ese escudo que la está protegiendo?; preguntó incrédula Francine.

-No lo sé. Tal vez sea por la esmeralda; supuso Mireya.

-Pero se rompió; recordó Cristina. -Todas lo vimos.

-¿Y dónde están los pedazos?; agregó la bruja.

-¿Quieres decir que se metieron en el cuerpo de Ethiel?; preguntó la vampiresa.

-No solo en el de ella; opinó Mireya. -También en los de nosotras. ¿O tienes alguna mejor explicación para lo que ahora está pasando?

Al llegar junto a los ángeles que le estaban disparando Ethiel levantó su humilde espada de madera. La sonrisa burlona de ellos se borró rápidamente cuando una formidable espada flamífera empuñada por la elfa oscura cortaba la hoja de fuego de las que ellos sostenían.

En la mano de la bruja su báculo negro se iluminó transformándose en una barra de fuego tan brillante y dorado como la espada de Ethiel. Sin pensarlo siquiera la elevó por sobre su cabeza y una lluvia de fuego cayó perforando las alas y cuerpos de los ángeles caídos, que ardían como nunca antes un ángel lo había hecho.

Las garras de la vampiresa se volvieron luminosas como si fuesen cuchillos del mismo fuego que las armas de sus compañeras y sin pensarlo dos veces cruzó el campo de batalla clavándolas en el corazón de un ángel enemigo; el fuego consumió desde adentro a su víctima, mientras se lanzaba contra otro y de un zarpazo le cortaba la cabeza y al igual que el anterior ardía envuelto en esas poderosas llamas que ahora dominaba la Tétrada Oscura.

El pelaje de la loba parecía formado por pequeñas llamas que desprendían chispas cuando se movía. Un golpe directo a su cara fue detenido como si nada por su mano, sin que la hoja de fuego de la espada la lastimara. Como una daga incandescente su mano atravesó el pecho de su atacante, consumiéndolo inmediatamente.

Nunca se había sabido que un ángel hubiese muerto y sin embargo decenas de cuerpos calcinados se volvían polvo bajo los pies de la Tétrada Oscura.

Una espada descargada directamente contra la cabeza de Francine paró en seco su trayectoria cuando chocó contra la hoja flamífera de la espada que se materializó en su mano. A la mente de la vampiresa llegó el recuerdo de alguna vez haber presenciado un combate con espadas; dando un gran salto y girando en el aire, de un golpe cortó una de las alas de su agresor. Un grito de dolor como jamás se había escuchado en este mundo hizo retumbar todo; un certero movimiento de su mano hizo rodar la cabeza del ángel caído, haciéndolo estallar en llamas.

En un momento de la batalla las cuatro mujeres quedaron juntas. Francine se llevó ambas manos a la cabeza en un gesto de desesperación.

-¡Salgan de mi mente!; gritó con las llamas en sus ojos más vivas que antes. Un grupo de ángeles caídos había descubierto la capacidad telepática de la vampiresa y estaba valiéndose de ello para atacarla.

-¡Les dije que salieran!; volvió a gritar Francine. Un agudo grito se escuchó proveniente de todos lados, cuando los ángeles que la atacaban se convirtieron en luz y fueron literalmente absorbidos por la vampiresa, que emanaba una gran cantidad de energía.

Sin necesidad de mediar palabras entre ellas, las cuatro apuntaron sus espadas flamíferas hacia los ángeles sobrevivientes y descargaron cuatro chorros de fuego que confluyeron en un mismo punto que se abrió en un abanico de luz que barrió con todo lo que había delante, desintegrando completamente a los pocos seguidores de Athatriel que quedaban con vida.

La batalla en que por primera vez los ángeles habían muerto llegó a su fin. Tras la Tétrada Oscura se elevó una poderosa llamarada por la que Damián apareció.

Las cuatro mujeres se volvieron al mismo tiempo hacia el demonio.

-Lo han conseguido; dijo Damián felicitándolas.

-¿Qué nos está pasando?; preguntó Mireya con una voz que parecía un trueno, muy distinta de su normalmente suave hablar.

-¿En qué nos hemos convertido?; gritó Francine.

Las cuatro avanzaron juntas hacia Damián, aun empuñando sus espadas de fuego.

-¡Aléjate de ellas!; ordenó Lucifer dentro de la mente de su representante.   -Ahora ellas pueden matarte, sal de ahí hijo.

-Lo siento padre, pero no puedo dejarlas solas; respondió el demonio. -No las abandonaré; respondió Damián desobedeciendo a su padre.

-Muy bien, pero bajo tu responsabilidad; aceptó Lucifer.

-Soy yo, tranquilas amigas; trató de calmarlas el demonio. -No las lastimaré.

Lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco, Damián acercó su mano a la de Cristina y retiro su espada de ella.

-Todo estará bien; le dijo mientras la abrazaba.

Las cuatro espadas se apagaron y desaparecieron de las manos de la Tétrada Oscura. Las cuatro mujeres buscando apoyo abrazaron fuerte al demonio.

-Duerman y descansen mis queridas muchachas; dijo Damián con sus ojos llenos de fuego, mientras una gran llamarada los envolvía y sacaba de ahí llevándolos a un oculto lugar.

Lucifer sentado en un trono negro escuchaba atento a su hijo.

 

 

Tétrada Oscura – Capítulo N° 2 – Enemigo Oculto 16 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 2

Enemigo Oculto

-¿En qué estabas pensando cuando aceptaste esta asignación?; reclamó el camarógrafo tirado en el suelo, afirmando con una mano la cámara y con la otra el casco, mientras las balas pasaban peligrosamente cerca.

-Alguien tenía que reportear este golpe de estado; respondió Cristina también en el suelo con su micrófono en una mano. -Además ya me tenían aburrida los reportajes huecos de los ricos.

-Aquí Cristina Ramírez, transmitiendo directamente desde las cercanías del palacio de gobierno de la República Badalaika; hablaba casi gritando la reportera para hacerse oír en medio de los disparos y detonaciones. -Las fuerzas leales al gobierno  no aceptaron el ofrecimiento de los rebeldes de traicionar al presidente y están oponiendo una fuerte defensa del palacio.

A toda marcha un tanque perteneciente a la fracción  rebelde del ejército enfiló contra la puerta principal del palacio, pero otro tanque de iguales características, de las fuerzas leales, le salió al paso apuntando su cañón contra la otra unidad.

-No te pierdas ni una toma; dijo Cristina a su compañero ante el inminente choque de los dos titanes.

Tal vez por error, tal vez por no desear lastimar a quienes fueran sus compañeros de armas, el artillero del tanque defensor descargó su proyectil contra las orugas del agresor, dejándolo completamente inmovilizado. Sin embargo, ninguno de los tripulantes esperaba tal respuesta; girando su torre el tanque rebelde disparó dos veces contra la torreta de combate del otro blindado, haciéndolo estallar en medio de una gran bola de fuego. Cuando el vehículo enemigo giraba su cañón contra el palacio de gobierno, reventó entre llamas y metal quebrado, cuando el proyectil lanzado desde un avión leal cruzó sobre el campo de batalla.

-Con esto ya tengo asegurado el Premio Pulitzer; decía el camarógrafo, que se había puesto imprudentemente de pie, dejándose llevar por la emoción y la adrenalina que inundaba su sangre.

-¡Agáchate!; gritó Cristina, golpeándole las piernas desde el suelo con una de las suyas, haciéndolo caer de espalda justo cuando una bala pasó rosándolo.

-Casi te tengo que llevar en una bolsa plástica; lo recriminó ella.

Cristina no alcanzó a terminar de hablar cuando inesperadamente la interrumpió su teléfono celular.

-Hola hermano, tanto tiempo sin saber de ti; lo saludó ella. -¿Podríamos comunicarnos más tarde?, hay algo de bulla aquí y no te escucho muy bien; dijo mientras se oía la explosión de una granada.

Después de unas cuantas horas más de un intercambio incesante de disparos, las fuerzas golpistas fueron derrotadas por las leales al gobierno y sus cabecillas fueron fusilados sin juicio alguno, frente a los distintos  representantes de la prensa internacional, para dar un ejemplo a todos.

Temprano al otro día Cristina y su camarógrafo regresaban cómodamente a bordo de un avión, dejando atrás el convulsionado escenario del día anterior. Para adelantar un poco de trabajo la reportera sacó su computador portátil; lo primero que le llamó la atención fue ver un correo electrónico marcado como urgente, enviado por su hermano, a quien hace años que no veía.

Como lo supuso Cristina, el mensaje era totalmente ilógico a primera vista; Diego lo había codificado como lo hacían cuando eran jóvenes y querían mandarse mensajes sin que sus padres se enterasen. Sin ninguna dificultad pudo descifrarlo y enterarse de su contenido; lo cual aceleró su pulso inmediatamente.

-“Cazadores furtivos. Manada en peligro. Ayúdanos”.

Alguien los había localizado e identificado. Debía moverse lo más posible y alterar su rutina para hacer que quienes la cazaban perdieran el rastro. Por otro lado, era necesario que buscara e intentara salvar a los miembros de la manada que hubiesen sobrevivido.

Diego estaría protegiendo, supuso, a su esposa y a sus dos hijos; de su padre y su madre no tenía noticias.

La situación era extraña y complicada. Seguramente en cuanto bajaran del avión la seguirían.

-¿Todo bien?; preguntó el camarógrafo al ver la cara de preocupación de Cristina.

-Es mi hermano, que sufrió un accidente y debo ir a verlo; mintió la reportera.

-¿Vas a ir mañana?; quiso saber su compañero.

-No. Voy a ir apenas aterricemos; contestó ella.

-No puedo ir al departamento; pensó para sí la joven. -Seguramente me estarán esperando.

-¿Quién podría saber de nosotros?; se preguntaba Cristina. -Debo encontrar a la manada.

Por primera vez en muchos años se sentía sola y desamparada; pero a pesar de eso sabía que solo ella podría ayudar a los suyos.

Ya en el aeropuerto Cristina subió en uno de los muchos taxis que había ahí esperando pasajeros. Inmediatamente apagó su teléfono celular y lo tiró por la ventanilla. Después de hacer dar unas cuantas vueltas al taxista, descendió del vehículo e hizo parar otro. Esa maniobra la repitió varias veces y se dirigió a pie a un hotel de cuarta categoría para pensar que hacer.

Cuando niña su abuela le había contado la historia de un grupo de cazadores que cada cierto tiempo los perseguía, pero siempre lo tomó como un cuento para niños igual que el del cuco o algo así, hasta ahora…

Después de meditarlo un  rato, decidida se puso de pie; sabía que no había tiempo que perder. Pidió un taxi a la recepcionista del hotel y al salir le pasó varios billetes para que olvidara que ella había estado ahí, si es que alguien preguntaba.

Después de dirigirse al otro lado de la ciudad, descendió del vehículo y toda vestida de negro, como si de una ladrona de las que salen en las películas se tratase, recorrió a pie las pocas cuadras que la separaban de la casa de sus padres.

Las luces estaban apagadas pero la puerta principal estaba entreabierta. Desconfiada dio la vuelta a la manzana y saltó la pandereta que separaba a la casa de los vecinos.

Sigilosamente como era su costumbre, se acercó a la ventana de su antigua habitación y con un leve empujón hacia abajo y al lado, la deslizó suavemente. -Por suerte aun no arreglan esta ventana; pensó.

Sin hacer ningún ruido, furtivamente como un animal cazando, recorrió toda la vivienda sin encontrar a nadie en ella. Tanto el living como la cocina se hallaban totalmente desordenados, con distintos objetos rotos y desparramados en el suelo; los signos de que había habido una pelea ahí eran bastante claros y evidentes. Unas cuantas manchas de sangre indicaban que sus padres se habían defendido con fuerza; sin embargo, no se encontraban por ningún lado.

Cristina revisó detenidamente la habitación, en busca de alguna posible pista que le indicase la suerte corrida por sus padres. Clavado en el brazo de un sillón halló un pequeño dardo con  un olor picante; al olerlo la nariz le ardió, pero albergó la esperanza de que ellos aún se encontrasen con vida.

Una pequeña estatua de metal presentaba una raspadura y abolladura, como si algo hubiese rebotado en ella. Forzando al máximo su vista recorrió con ella el living, hasta que incrustada en un mueble encontró una bala. Valiéndose de un cuchillo logró sacarla.

Un intenso dolor recorrió su mano derecha al momento de tomar el proyectil para guardarlo.

-¡Aahh!; se quejó viendo su piel lastimada. -Es plata.

Fue obvio para la joven que quienes habían capturado a sus padres sabían perfectamente cuál era su naturaleza verdadera y a qué se enfrentaban. Sin embargo, no fueron lo suficientemente precavidos como para ocultar su olor.

Tan sigilosamente como había entrado, Cristina dejó la abandonada propiedad. En su cerebro se había grabado el olor de los captores y los seguiría sin que nada lo pudiese impedir.

Dejó de pensar, dejó que su instinto la guiase; su cerebro le indicaba hacia dónde dirigirse. Sin percatarse llegó hasta la casa de su hermano.

Los cazadores habían pasado ya por ahí. El interior de la casa estaba tan revuelto y estropeado como la de sus padres. Libros tirados, muebles volcados, objetos rotos y manchas de sangre. La familia había dado una feroz pelea, pero ya no estaban. El aire se sentía picante por la cantidad de dardos tranquilizadores disparados.

Sobre una puerta una mancha de sangre y unas garras marcadas en la madera indicaban que se habían transformado para defenderse, pero que aun así no pudieron impedir ser capturados.

Cristina  tomó consciencia plena de que el destino de su familia, de su manada, estaba en sus manos. Necesitaba respuestas y sabía dónde conseguirlas.

Lenta y silenciosamente se acercó hasta el edificio donde estaba su departamento. Confiaba en que estarían esperando que entrase por la puerta, por lo que se deslizó por el callejón que quedaba a un lado y trepó silenciosamente por la escalera de incendios. Sus sospechas eran correctas; su agudo sentido del olfato le indicó que había intrusos en su hogar. Cuatro hombres la estaban esperando con la luz apagada; uno en la cocina, dos en el living y el cuarto en el dormitorio; aguardaban a que su presa entrase para poder capturarla, viva si era posible.

Tapándole con una mano la boca al tipo que estaba en la habitación, le giró rápidamente la cabeza rompiéndole el cuello, sin que alcanzase a dar la voz de alarma.

-¡García!; llamó uno de los hombres que estaban en el living.

-¡García!, te estoy llamando; insistió.

En vista de que el hombre que estaba en la habitación no contestaba, los que estaban en el living se miraron en silencio y desenfundaron sus armas. De una patada uno abrió la puerta, apuntando al interior, mientras el otro lo cubría. Su compañero yacía tirado sin vida con el cuello roto; antes de que pudiese reaccionar, Cristina, que se había ocultado tras la puerta, lo tomó del cuello por detrás; girando violentamente sus manos sintió como se partían los huesos de la nuca de su víctima.

Al ver a su socio caer, el otro hombre disparó dos veces; sin embargo, los reflejos de Cristina eran tan rápidos que logró esquivar las balas y a la vez sujetar el brazo de su agresor y desarmarlo. Sin soltar a su presa, con el otro brazo atrapó el cuello de su atacante y giró velozmente con él, a consecuencia de lo cual lo desnucó limpiamente. Ante el alboroto, el hombre que estaba en la cocina, disparó varias veces. Con el cuerpo del tercer hombre aun en sus manos, Cristina se protegió de las balas, como si se tratase de un escudo.

Tomando una de las pistolas en el suelo, la joven disparó contra él hiriéndolo en un brazo, con lo que pudo desarmarlo. Sin perder tiempo se abalanzó sobre él y lo derribó, sujetándolo del cuello.

-Dime dónde está mi familia y te prometo que te daré una muerte rápida y sin dolor; exigió amenazante la mujer.

-No te tengo miedo monstruo; contestó valientemente el hombre.

-Si no hablas romperé todos tus huesos antes de matarte; dijo Cristina quebrándole una mano al tipo en medio de un grito de dolor de éste.

-Pierdes tu tiempo, no hablaré y tú familia también morirá; respondió él.

-Si no me dices lo que quiero escuchar te devoraré lentamente mientras estás con vida; dijo Cristina mientras sus ojos se volvían dorados. -Sabes lo que soy y sabes que puedo hacerlo.

La piel de ella comenzó a cubrirse  de un sedoso pelaje negro. Abriendo mucho los ojos el hombre rogó por su vida, dominado por el pánico que había reemplazado a su anterior valor, el que se había esfumado ante la vista de las fauces en que se comenzaba a transformar la fina boca de la mujer.

-¡Por favor espera!, te lo contaré todo pero no me hagas daño; rogó el hombre.

Deteniendo su transformación Cristina volvió a la normalidad.

-¿Quiénes son y qué han hecho con mi familia?; preguntó ella.

-Somos una vieja orden que durante siglos hemos estado cazando a los de tu clase; contestó él.

-¿Por qué?; preguntó ella.

-Porque son una abominación ante los ojos de Dios; respondió el hombre, haciendo pensar que pertenecía a algún tipo de grupo religioso.

-¿Qué han hecho con mi familia?; exigió saber Cristina.

-Están prisioneros en las afueras de la ciudad; respondió el asustado hombre. -Los estudiaremos  para averiguar más de ustedes y cómo poder acabarlos a todos de una vez.

-¿Dónde exactamente?; preguntó Cristina.

-No lo sé, he estado solo una vez ahí y me dormí todo el viaje; respondió el hombre. -No sé cómo llegar.

-¡Mientes!; gritó Cristina quebrándole la otra mano.

-Juro que no lo sé; intentó defenderse él.

Cristina olfateó bien al hombre por todos lados.

-No importa, ya sé cómo llegar; dijo mientras giraba la cabeza de él dejándolo tirado.

El rastro dejado por los cazadores era muy claro para Cristina. Manteniendo un  trote constante y rápido, amparada por las sombras de la noche, en pocas horas se encontró frente a lo que parecía ser una vieja faenadora de ganado. No sería muy fácil entrar, ya que el perímetro estaba monitoreado por cámaras de vigilancia y guardias armados patrullaban los alrededores.

Cuando las cámaras giraban, Cristina corrió agachada hasta una muralla y siguió avanzando pegada a ella, hasta colocarse a la espalda de un guardia, que antes de darse cuenta cayó con el cuello roto.

Dos guardias cerraban la entrada; como una fiera se lanzó sobre ellos, rompiéndole la espalda a uno con una de sus rodillas y el cuello al otro con sus manos. Su fuerza, sigilo y agilidad formaban una combinación letal.

Afortunadamente para ella la iluminación no era muy buena; parecía ser más una instalación provisoria de campaña, que una base permanente. Caminando suavemente para no delatar su presencia, Cristina llegó hasta una celda en que estaban en muy mal estado su padre y su madre.

-¡Hija!; exclamó sorprendida la mujer afirmándose con dificultad en la reja de su celda.

-Debes salir de aquí; advirtió su padre. -Es una trampa.

Antes de que pudiera reaccionar, Cristina se vio inmovilizada por varias cuerdas que la sujetaban a la pared. Furiosa se transformó en forma casi instantánea rompiendo sus ataduras; el aire silbó cuando muchos dardos tranquilizantes se clavaron en su cuerpo, dejándola rápidamente inconsciente.

Al despertarse sintió muchísimo dolor en sus muñecas y tobillos. Acostada en una camilla se dio cuenta de que estaba sujeta por esposas de plata, lo cual explicaba el dolor que sentía.

-Te estábamos esperando monstruo; dijo un hombre con lentes y bata blanca. -Confieso que tú sola nos has dado más problemas que todo el resto de la manada junta.

-No crean que se saldrán con la suya malditos maniáticos; respondió Cristina intentando transformarse.

Sus ojos se volvieron dorados un instante, pero inmediatamente retornaron a su color norma.

-¿Sorprendida?; preguntó burlón el hombre. -Mientras tengas puestos los grilletes  de plata no podrás convertirte en la bestia, demonio infernal.

-Voy a estudiar a las hembras primero; dijo el hombre tomando una sierra rotatoria con la que se disponía a abrir el cráneo de Cristina. -Empezando por ti.

Cristina desesperada trataba de soltarse de sus amarras, pero éstas eran de ese terrible metal.

-Lucha cuanto quieras monstruo; dijo el hombre encendiendo su mortífera herramienta.

El tipo quedó inmóvil un momento, no alcanzando a acercarse a la camilla, desplomándose con una flecha ensartada en medio de su frente.

Una neblina negra se extendió por el techo, ante el contacto de la cual todas las cámaras de vigilancia comenzaron a humear.

Una corriente de aire rodeó la camilla y de a una las esposas de plata se quebraron.

-Ven, aléjate de la plata; dijo una joven.

-¡Francine!, gracias; contestó Cristina al borde del desmayo.

-¿Por qué no nos llamaste?; la reprendió la elfa oscura mientras mataba a un guardia con una flecha y arrojaba su puñal a otro.

-No pensé que les interesarían los problemas de mi pueblo; contestó con dificultad la loba.

-No nos interesan; respondió Mireya. -Pero tú eres nuestra compañera y lo que afecte a una afecta al grupo.

-Libera a tu familia mientras nosotras nos encargamos de estos locos; sugirió Ethiel.

-No puedo. Las rejas están hechas de una aleación de plata y no puedo tocarlas; explicó avergonzada Cristina.

-Yo me encargo; se ofreció Francine.

-¿No te afecta la plata?; preguntó Mireya.

-Nada afecta a los vampiros; respondió la joven. -Pero personalmente encuentro más bonito el oro.

-Vayan entonces; ordenó Mireya, envolviendo en su fuego a dos guardias que se disponían a disparar contra ella.

-Vamos, las celdas están por acá; indicó Cristina conduciendo a Francine por un pasillo.

-Hija, pensamos que…; dijo la madre de la loba, sin poder terminar su frase por el llanto motivado por la emoción.

-Por favor apártense; pidió la joven francesa, quien con un golpe de su palma abrió la reja y con sus dedos molió las esposas que sujetaban a los prisioneros.

-Es una amiga; la presentó Cristina. -Ella y otras amigas me han salvado.

-Muchas gracias; la saludó el padre. -Considérate nuestra amiga.

-Es muy amable señor; respondió la joven.

-¡Cuidado!; gritó la madre ante un guardia que les apuntaba.

Sin que lo notaran casi, Francine se puso por delante de ellos, recibiendo varias balas que impactaron en su espalda.

-¡Francine!; gritó angustiada Cristina.

Como si nada la joven con rabia se volvió hacia el hombre que acababa de dispararle.

-Haz roto mi chaqueta nueva; le gritó mientras avanzaba hacia él.

Aterrado el hombre disparó una y otra vez sobre la mujer, sin que las balas pudiesen detenerla.

Cuando estuvo ya junto a él  enterró sus garras en sus brazos y, en medio de alaridos del hombre clavó sus colmillos en su cuello, bebiendo toda su vida.

-Es un vampiro; observó el padre de Cristina.

-Vampiresa; corrigió Francine chupando sus dedos.

 Diego y su esposa se hallaban prisioneros en otro pasillo y sus hijos en la celda contigua.

-¡Abuelo, abuela, tía Cristina!; exclamaron los niños cuando vieron a los demás.

Como si las rejas fueran frágiles y quebradizas, Francine las partió con sus manos y sin ningún esfuerzo rompió los grilletes y esposas de plata que inmovilizaban a los licántropos.

Cuando todos los prisioneros se abrazaban contentos de estar con vida, un guardia apareció por una puerta con su arma lista para abrir fuego. Con un rápido y acrobático salto hacia una de las paredes, la madre de Cristina se impulsó alejándose de la vista de él y transformándose en el aire atrapó entre sus mandíbulas la mano armada, antes de que alcanzase a apretar el gatillo.

Con un grito de espanto el hombre vio caer su mano amputada aun empuñando la pistola, mientras la bestia cerraba sus fauces en su rostro.

Chorreando sangre la loba aulló con una fuerza e intensidad como nunca lo había hecho antes, de tal forma que se escuchó por toda la instalación.

Mientras tanto la elfa agotó todas sus flechas contra los guardias que intentaron oponerse a ella.

Dos guardias trataron de atrapar a Mireya, pero ésta los repelió con sus manos antes de que pudieran tocarla siquiera. El piso bajo ellos se volvió inconsistente como si fuese una crema, absorbiendo a uno hasta el pecho y al otro hasta el cuello, para solidificarse después, matándolos instantáneamente.

-Ya está toda mi familia a salvo; informó Cristina a Mireya y a Ethiel, quienes acababan con los últimos guardias sobrevivientes.

-Salgamos de aquí entonces; sugirió Ethiel.

-Esperen, les dejaré un pequeño regalo; respondió Francine, desapareciendo en medio de un fuerte viento y volviendo en cinco segundos.

-Llené de explosivos; dijo risueña.

Todos se miraron angustiados.

-Corramos; ordenó Mireya.

-Pero si tenemos tres minutos; comentó con toda naturalidad la francesa, que solía olvidar que los demás no eran igual de rápidos que ella.

Con los segundos justos, todos lograron salir de las instalaciones de los cazadores antes de que las bombas estallasen. La detonación fue tremenda, pero afortunadamente las barreras de los cuatro anillos se activaron a tiempo en forma automática, protegiéndoles de su efecto.

-Gracias hermana, expreso sinceramente Diego a Cristina. -Has salvado a toda la manada.

-Es a mis amigas a quienes hay que agradecerles; explicó la joven.  -Si no hubiese sido por su tan oportuna intervención, todos nosotros habríamos muerto en manos de esos dementes.

-Es cierto; intervino el padre de Cristina. -Ustedes nos han salvado a todos y les estaremos eternamente agradecidos.

-Eres muy afortunada en contar con amigas tan leales; agregó la esposa de Diego.

-Lo sé; respondió Cristina. -Y siento no haber acudido a ellas desde un principio.

-Descuida hermana; respondió Mireya.

-Ahora todo está bien; agregó Isabel, quien lucía su forma humana.

La luna llena se elevaba en el cielo y la manada formó un círculo en torno a las cuatro amigas, elevando sus voces en un largo aullido al cual se unió Cristina.

 

Tétrada Oscura Capitulo N° 1 Apocalipsis 15 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Tétrada Oscura
Capitulo N° 1
Apocalipsis

 

-Buenos días, aquí Cristina Ramírez transmitiendo en directo desde el Teatro de la Ópera, el esperado concierto del gran artista que nos visita hoy; presentó la periodista a su público televisivo.

El teatro rebosaba de público de todos los estratos sociales, ya que no era común que se presentase un espectáculo de nivel mundial en forma gratuita. Hasta autoridades de gobierno estaban presentes y ella no perdería la oportunidad de entrevistar a alguna. Precisamente en ese momento llega una gran escolta de motociclistas y automóviles negros; todos los periodistas se agolparon en la alfombra roja; el recién electo Presidente de la República estaba llegando.

Como se encontraba junto a la puerta principal del teatro, Cristina tuvo que correr entre un mar de gente para no perderse la llegada del mandatario. Con zapatos de taco alto cada paso era una odisea, pero tenía que llegar a donde estaría el Presidente.

Solo cinco metros más y….La joven reportera se detuvo de golpe, de pronto se encontró corriendo en medio de un bosque. La confusión la paralizó instantáneamente; recién estaba en el centro de la ciudad y ahora se hallaba rodeada de árboles y más árboles en un bosque que no conocía.

-¿Qué pasa?; se preguntó a sí misma, mirando sorprendida alrededor suyo. En un abrir y cerrar de ojos se encontró sola en medio de una foresta sin saber cómo había llegado allí.

-¡Cristina!, ¿estás bien?; preguntó el camarógrafo que la acompañaba, sacudiéndola de un hombro.

La joven miró y vio que estaba en medio de un mar de gente que esperaba al Primer Mandatario de la República frente al teatro.

-Sí, sí, estoy bien, me sentí un poco mareada; respondió ella a su compañero.

-Es porque hoy no almorzaste; la reprendió él. -Tienes que alimentarte mejor.

-Está bien, llegando a casa comemos algo rico; aceptó sonriendo ella.

Hacía un par de horas que Marcia y Timi se habían acostado y Tomás quería hacer lo mismo con su esposa.

-La película esté entretenida; comentó Isabel a Tomás. -Quiero comer algo dulce; dijo ella poniendo pausa al video y levantándose a la cocina.

Tomás se quedó mirando las bien torneadas piernas color miel de su esposa, mientras ella caminaba contorneando sus caderas. De un mueble Isabel sacó una barra de chocolate; al volverse vio un extraño ser que cruzó corriendo entre los árboles. La cocina había desaparecido de improviso; la blanca baldosa había sido reemplazada por tierra y hojarascas. Con la boca abierta por la impresión, la rubia mujer caminó un par de metros en medio de un bosque en que sin saber cómo se hallaba ahora. Incrédula cerró los ojos y los volvió a abrir; desde el living Tomás la llamaba.

-No te demores tanto, voy a darle a la película; la apremiaba él.

-Ya voy; contestó confundida ella.

Como si nada, pero muy intrigada en realidad, Isabel se sentó nuevamente junto a su marido frente al televisor.

-Me habré quedado dormida de pie y lo soñé; pensó ella en silencio. -Pero se veía tan real. ¡Qué raro!

La noche estaba relativamente tranquila en el hospital y Mireya caminaba lentamente por un pasillo leyendo la ficha de uno de sus pacientes; en uno de sus pasos, su pie rompió una rama tirada en el suelo; confundida bajó la vista y vio con estupor que tanto la baldosa como el blanco pasillo habían desaparecido; la fría luz de los tubos fluorescentes dio paso a la luz de una extraña luna fracturada, que iluminaba un extraño bosque de árboles más extraños aun.

-Doctora Mireya Rivas, por favor diríjase a la habitación número diez; solicitó una mujer por altoparlante.

Como saliendo de un sueño la doctora se encontró nuevamente en el pasillo del hospital, con una expresión de preocupación en el rostro.

En la habitación número diez la esperaba un paciente junto con una enfermera.

-¿Qué tenemos aquí?; preguntó como siempre.

-Caída de escalera doctora; respondió la enfermera.

Tras examinar las radiografías del paciente, Mireya dio su diagnóstico.

-Fractura simple de tibia, aplique yeso y cite a control en una semana; ordenó ella. -Señorita, ¿me escuchó?; preguntó a la enfermera que estaba estática junto a ella. El paciente tampoco movía ni un parpado, lo mismo que el reloj de la pared que estaba congelado.

Como si nada hubiese ocurrido, todo recobró su movilidad.

-Sí doctora, como diga; respondió la enfermera.

-Bueno ya terminó mi turno, así es que me retiro; se despidió Mireya.

-Que descanse doctora; respondió educadamente la enfermera.

Mientras conducía por las calles de la ciudad, Mireya meditaba sobre los extraños acontecimientos de hace un rato; podía solo tratarse de su imaginación, pero también podía ser otra cosa. Al entrar a su casa se dirigió directamente al subterráneo; su marido y sus hijos no la molestarían y dormirían hasta que ella lo desease.

Un salón subterráneo de piedra más grande de lo que se podía suponer la recibió con un pentagrama invertido grabado en el piso y un caldero humeante a los pies de la estatua de un demonio. Alzando los brazos hacia la estatua se paró junto al caldero.

-Muéstrame lo que los demás no pueden ver; ordenó Mireya, con su negro y ondulado cabello mecido por una extraña corriente de aire.

Los ojos de la estatua se iluminaron y el líquido contenido en el caldero comenzó a hervir con fuerza. Una neblina se formó en la superficie líquida y como si de una película se tratase, se vio un extraño bosque que parecía penetrar en medio de la ciudad; la luna sufría una rajadura y nunca vistas criaturas se movían por todos lados.

-¡Por las alas de Lucifer!; exclamó Mireya ante la visión. -Es una grieta entre las dimensiones astrales.

Los ojos de la estatua se iluminaron más.

-Sí, lo entiendo, hay que cerrar la ruptura antes de que ese plano penetre completamente en el nuestro; respondió Mireya a alguien. -Pero necesitaré ayuda para ello.

Isabel estaba haciendo sus compras habituales en el supermercado cuando una mujer se le acercó.

-¿Isabel Oyarzo?; le preguntó la mujer.

-Depende de quién lo pregunte y para qué; respondió ella en forma ambigua.

-Quería hablarte sobre el posible fin del mundo que se acerca; respondió la mujer.

-No tengo tiempo para conversaciones religiosas; cortó Isabel.

-Ni yo, pero si te interesa el bienestar de tu familia me vas a escuchar; agregó la mujer.

-Si pretendes lastimar de alguna forma a mis hijos o esposo, te advierto que es una muy mala idea; contestó Isabel ante la velada amenaza.

-No es mi intención, es solo que lo que lo que se avecina les afectará directamente. De hecho, le afectará a todo el mundo si no me ayudas a detenerlo; insistió la mujer.

-Mejor aléjate; advirtió molesta Isabel, o llamaré a la policía.

-Espera, no soy ninguna loca o fanática religiosa; respondió la mujer tratando de convencer a su interlocutora.

-Mi nombre es Mireya Rivas, soy médico cirujano y yo también estuve en el mismo bosque que tú anoche.

Isabel miró con sorpresa y curiosidad a la mujer que tenía enfrente. Aparentemente no era la única que había tenido esa extraña experiencia la noche anterior.

-Tan solo déjame intentar explicártelo; pidió Mireya a Isabel.

-Habla, te escucho; respondió ella.

-No aquí, vamos a mi casa mejor; sugirió Mireya.

Dentro del vehículo Isabel miraba con desconfianza a su enigmática acompañante. Después de un rato de conducir en silencio Mireya estacionó el auto frente a su casa.

-Lo que viste anoche no fue ninguna ilusión; dijo Mireya a su casi forzada invitada apenas cerró la puerta. -Como te lo  dije, yo también lo vi.

-¿Y qué es entonces?; preguntó Isabel a la defensiva aun.

-Aunque parezca increíble, fue un cruce de dimensiones que se produjo por una ruptura entre los distintos planos astrales; explicó Mireya.

-¿Ya?; preguntó algo sarcástica Isabel.

-Algo o alguien está tratando de fundir su mundo con el nuestro y necesito tu ayuda para detenerlo; continuó Mireya.

-Definitivamente necesitas ayuda, pero te equivocaste conmigo; respondió Isabel tomando por loca a Mireya.

-Yo pienso que no; dijo ésta alzando sus brazos.

De improviso un negro pantalón ajustado cubrió las piernas de Isabel y una blusa sin botones también negra reemplazó a su delgado  vestido, en tanto que una especie de enredadera a modo de cinturón se ciñó a su cintura, sujetando también un extraño puñal con extraños símbolos grabados en él; el cabello rubio de Isabel se tornó intensamente negro, lo mismo que sus brillantes ojos azules, ahora profundos como una noche sin luna; finalmente sus finas orejas terminaron volviéndose alargadamente puntiagudas.

-¿Cómo lo hiciste bruja?; preguntó la elfa oscura echando mano a su puñal.

-Esperas no soy tu enemiga; se apuró en decir la bruja para evitar un ataque que difícilmente podría detener.

-Habla; ordenó Ethiel con el cuchillo en la mano.

-Dije que necesitaba tu ayuda para salvar este mundo; explicó Mireya. -El bosque que vimos es real y debemos juntas sellar la ruptura que se formó en él y como tú te mueves muy bien en los bosques debes ayudarnos.

-Hablas en plural, ¿quién más está en esto?; preguntó Ethiel.

Mireya movió una mano y la imagen de una mujer apareció en un espejo en la pared.

-Es la periodista del Canal 6; observó la elfa.

-Ella también se puede mover con cierta soltura en un bosque y tiene ciertas habilidades que nos pueden ser de mucha utilidad; contó la bruja.

-Hola, disculpa, ¿podemos hablar?; preguntó Mireya a Cristina.

-¿Nos conocemos?; consultó ella.

-No, pero tenemos información que a ti te podría interesar; contó Isabel.

-Explíquenme rápido de qué se trata; dijo la periodista. -Estoy un poco apurada.

-Es sobre una especie de conspiración; explicó Mireya.

-¿De qué tipo?; quiso saber Cristina.

-Para destruir el mundo; agregó la doctora.

-Ya he escuchado eso muchas veces y siempre resulta que son delirios afiebrados de fanáticos religiosos; contestó ella sin interés. -Ahora por favor discúlpenme que tengo trabajo de verdad que hacer.

-Como quieras; contestó Isabel. -Conozco a un periodista del Canal 8 al que estoy segura que le interesará hacer el  reportaje de la década; dijo en voz alta a Mireya para asegurarse de que la reportera la escuchara.

-Esperen, en realidad no tengo mucho trabajo, puedo concederles unos minutos para que me cuenten todo; accedió Cristina a las dos desconocidas. Podía ser solo una tontería, pero si no lo era, sería su ascenso a las ligas mayores; no tenía nada que perder.

-No aquí, por favor acompáñanos a un lugar más privado; pidió Mireya.

-Está bien, pasemos a esa cafetería; ofreció Cristina.

-Es mejor que sea en mi casa; propuso Mireya.

-Está bien, vamos; aceptó la reportera.

En el auto de la doctora, Cristina comenzaba a arrepentirse de haber aceptado. Si se desaparecía toda la tarde su jefe la reprendería; pero le diría que estaba tras la pista de algo grande.

-No está mal la casita; dijo la joven cuando el auto se detuvo frente a una casa en la que todo su departamento parecía poder caber completo en el living.

-Digamos que me va bien; comentó Mireya.

Una vez dentro Cristina pidió explicaciones de la supuesta conspiración.

-Bueno, soy todo oídos, ¿de qué se trata?; preguntó a su anfitriona.

-Aquí no, bajemos al sótano; pidió la dueña de la casa.

-Si no hay remedio; aceptó resignada la joven.

Al bajar los peldaños y ver el interior del sótano Cristina terminó de inquietarse. Aparentemente había sido embaucada por un  par de locas. Un pentagrama dibujado en el suelo, un caldero con líquido hirviendo, una estatua  rara y un árbol grande la convencieron de ello.

-Vaya decoración; observó tratando de aparentar tranquilidad. -Nunca se me habría ocurrido plantar un árbol grande dentro de un sótano.

-Fue idea de Isabel; explicó Mireya. -No es precisamente mi idea de una planta de interior, pero mientras tengamos que trabajar juntas lo dejaremos.

-Bueno, ahora sí. ¿Qué es todo eso de la conspiración?; preguntó Cristina.

-¿Por casualidad una de estas noches te viste inexplicablemente en medio de un bosque desconocido?; preguntó Mireya.

-¿Cómo lo supiste?; quiso saber la joven. -No le conté esa alucinación a nadie.

-No fue una alucinación; explicó Isabel caminando lentamente hacia el árbol y apoyando una de sus manos en el rugoso tronco.

Incrédula la reportera vio como varios zarcillos salían del árbol y se enrollaban por el brazo de Isabel y luego por todo su cuerpo. Su veraniego vestido fue reemplazado por un negro traje ceñido a su cintura por una enredadera que sujetaba un extraño puñal.

-¿Pero qué truco es este?; se preguntó.

Los ojos de la rubia mujer se volvieron negros como el carbón más negro y su cabello se oscureció hasta convertirse en una mezcla entre un pozo sin fondo y la noche más oscura y su cabeza quedó adornada por un par de puntiagudas orejas alargadas.

El cabello de Mireya se elevó y comenzó a mecerse por un viento inexistente.

Si esto era un truco era bastante bueno. En un momento Cristina pensó que ambas mujeres parecían personajes sacados del Señor de los Anillos; sin embargo, su intuición le indicaba que este no era ningún truco. Instintivamente la joven tensó todos los músculos de su cuerpo mientras sus ojos castaños se volvían como dos brillantes gotas de oro fundido y su cuerpo se cubría completamente de un sedoso pelaje negro; sus uñas crecieron hasta convertirse en afiladas garras y su pequeña boca se llenó de monstruosos colmillos de fauces más monstruosas aun. Con una altura de dos metros ahora, la agresiva criatura gruñó amenazante a las dos mujeres.

-¿A esas habilidades te referías?; preguntó la elfa a la bruja, sin quitarle los ojos de encima a la bestia.

-Precisamente. Cristina es una mujer lobo y bastante fuerte por lo que parece; respondió Mireya.

Ante un gesto que indicaba un ataque inminente de parte de la loba, Ethiel movió una de sus manos en el aire y rápidamente varias enredaderas crecieron del árbol, enrollando firmemente a la licántropa, apresando sus manos, sus brazos y sus piernas, impidiéndole todo posible movimiento a pesar de lo poderosa que era su musculatura.

-Quédate quieta o te pongo un bozal; advirtió Ethiel a la loba.

-No queremos lastimarte; dijo suavemente Mireya. -Lo de la conspiración para destruir el mundo es real y queremos impedirlo, pero necesitamos de tu ayuda para poder lograrlo. Por favor déjanos explicarte.

A pesar de su aspecto y fiereza, la licántropa parecía entender todo cuanto le decían. Lentamente su respiración se relajó, al mismo tiempo que su tamaño volvía a su normal metro con sesenta y cinco centímetros y recuperaba nuevamente la apariencia de la periodista Cristina Ramírez. Sin ninguna dificultad, gracias a su talla considerablemente menor, pudo soltarse de sus ataduras vegetales.

-Vaya, no me esperaba esto; dijo Ethiel algo molesta de que su prisionera se hubiese librado tan fácilmente de sus amarras.

-Escucho. Ya se ganaron mi atención; dijo Cristina ordenando su cabello.

-¿Cómo me descubrieron?; preguntó la licántropa.

-De la misma forma en que la descubrí a ella; contestó Mireya, indicando a Ethiel. -Me guiaron a ustedes.

-Mmm, una elfa oscura y una bruja; observó Cristina.

-¿Qué sabes de mí?; preguntó incómoda Ethiel.

-Solo lo que cuentan las leyendas de mi pueblo; respondió Cristina. -Que los elfos oscuros son muy agiles, rápidos, totalmente adaptados para la noche y con un control total sobre los elementos de la naturaleza; y que no hay que hacerlos enojar porque son algo sicóticos.

-No está mal; aceptó la elfa.

-Recuerda que mi pueblo ha cazado por miles de generaciones en los bosques; observó la joven. -Necesariamente teníamos que enterarnos de todo lo que ocurre en ellos. En cuanto a ti; esta es la primera vez que conozco a una bruja, así es que no sé nada más de lo que se cuenta en las películas y cuentos.

-Algo tienen de real y la mayor parte está equivocada; observó Mireya.

En eso estaban las tres cuando una especie de corriente de energía las sacudió y se encontraron en un pantano donde se suponía que antes era la casa de la bruja. La atmósfera se sentía cargada de energía negativa y una luna fracturada iluminaba mortecinamente el paisaje.

Otro golpe de energía estremeció a las tres mujeres, quienes nuevamente se hallaron paradas en el piso de piedra del sótano de la bruja.

-¿Qué fue eso?; preguntó intrigada Cristina.

-Nuestro plano astral se está uniendo a otro plano astral, por una fisura en el continuo espacio temporal que los separa; explico Mireya.

-¡Ayy! No entendí nada; se quejó la periodista.

-Mira niña, es como si la cortina que separa dos habitaciones se hubiese roto y hay que remendarla; aclaró Ethiel en forma mucho más simple.

-Sí, eso mismo; apoyó Mireya.

-Eso está más claro; aceptó la periodista. -Pero hay muchas cosas que no entiendo de todo esto.

-Ni yo; apoyó Ethiel mirando interrogativamente a Mireya. -Por ejemplo qué o quién está provocando todo esto.

-¿Y por qué nos reuniste a nosotras?, ¿y quién delató nuestra existencia?; agregó Cristina.

-Yo me enteré de que algo malo estaba pasando al mismo tiempo que ustedes; explicó Mireya. -Hay alguien que desea hablar con nosotras; dijo al ver iluminarse los ojos de la estatua del demonio.

El caldero comenzó a burbujear con más fuerza y una espesa nube de vapor comenzó a elevarse y a moverse hasta tomar la apariencia de un distinguido caballero. Mireya sabiendo de quién se trataba, inclinó respetuosamente la cabeza.

-¿De qué se trata todo esto?; pregunto Ethiel con la frente en alto y los ojos fijos en los del hombre.

-Ethiel, siempre tan altiva y rebelde entre los rebeldes; saludó el hombre con una sonrisa de satisfacción en los labios.

-Veo que sabe quién soy y que no me gusta ir con rodeos; respondió ella.

-Tranquila pequeña, no todo es correr rápido en medio del bosque; dijo el caballero. -También debes ser paciente y esperar el momento justo para lanzarte sobre tu presa. ¿No es así Cristina?

-Creo que también me conoce señor, aunque no tengo yo el placer, aunque si me concede una entrevista lo podemos solucionar; respondió en broma la periodista.

-La loba que se atrevió a vivir lejos de la manada; la saludó el extraño.

-Quería conocer el mundo de los humanos y necesitaba un poco de espacio; explicó Cristina.

-Bien, la explicación a por qué las reuní a las tres, es que dentro de sus respectivos pueblos son las únicas que han aprendido a convivir con otros pueblos y no son tan cerradas a la cooperación; explicó el hombre. -Su propia rebeldía y ruptura con sus leyes y tradiciones las ha hecho más capacitadas para trabajar en equipo.

-¿Por qué se rompió la barrera entre los planos astrales?; preguntó Mireya.

-Alguien descubrió que juntando dos planos astrales puede crear un tercero; explicó el hombre.

-¿Y qué pasa con los otros dos?; preguntó Cristina.

-Se destruyen para, con la energía  liberada, formar el tercero; explicó el extraño.

-¿Y dónde lo podemos encontrar?; preguntó Ethiel.

-No pueden; aclaró el hombre. -Él no pertenece a ninguna de las dos dimensiones astrales y desea crear la suya propia para gobernarla a su antojo.

-¿Pero si no pertenece a ninguno de los dos planos, quién o qué es?; preguntó intrigada Mireya.

-Es uno de mis hermanos; respondió el hombre.

-Pero mi señor, ¿pretende que nosotras nos enfrentemos a un espíritu inmortal y todo poderoso?; dijo incrédula la bruja.

-Él podría destruirnos con solo pensarlo; opinó Ethiel, comprendiendo de qué clase de enemigo se trataba.

-Solo podría hacerlo si ocupase un cuerpo físico; pero solo puede hacerlo dentro de su propio plano astral; aclaró el hombre. -Así como yo no puedo intervenir directamente en su mundo, él tampoco puede hacerlo en éste; por lo cual debemos valernos de soldados que peleen nuestras batallas. Sin embargo, sus súbditos si pueden hacerles daño y ustedes a ellos.

-Así es que solo somos carne de cañón; comentó la elfa. -¿Por qué deberíamos pelear en su guerra?

-Porque este plano me resulta útil y quiero que se conserve como está; además porque ustedes así impedirán la muerte de sus familias y seres queridos; explicó el hombre. -Y sobre todo porque en este plano astral yo soy todo poderoso y si lo deseo puedo hacerlas desaparecer ya sus familias con ustedes y busco otros colaboradores.

-Recuerde que el tiempo se está agotando señor y no creo que tenga la oportunidad de reunir a un equipo mejor en tan corto lapso; observó Cristina tratando de calmar el evidente mal humor del hombre.

-Son buenas, pero recuerden que existen más cosas entre el cielo y la tierra de las que sueña su imaginación.

-¿Cómo sellamos la ruptura?; preguntó Mireya.

-Con la ayuda de estos anillos mágicos; explicó el hombre.

-Esto me va a estorbar cuando me transforme; observó Cristina al sentir la rigidez del metal.

-Se adaptará a tu cambio; indicó el hombre. -Verán que son armas y herramientas muy útiles.

-Prepárense para el viaje; dijo el extraño mientras se iluminaba el pentagrama en el suelo.

Cuando la bruja y la loba entraban y desaparecían en el símbolo grabado en el piso, el hombre afirmó del hombro a Ethiel.

-Cuídalas, se van a mover en tu territorio y tú eres la mejor; dijo el hombre con algo de ternura en la voz. -Traten de volver las tres con vida.

-Descuide jefe, estaremos bien; respondió la elfa oscura desapareciendo en el portal abierto en el piso.

-Buena suerte hijas mías; se despidió el poderoso demonio.

Las tres mujeres aparecieron en medio de un bosque tétrico y en el que se respiraba muerte. Los sonidos de los animales nocturnos no resultaban familiares para la licántropa que acostumbraba a cazar entre árboles, ni para la elfa que disfrutaba corriendo en medio de la foresta en la noche. Hasta el viento sonaba como un quejumbroso lamento al pasar entre las marchitas ramas de los moribundos árboles. Si esto no las convencía de que ya no estaban cerca de su hogar, tal vez lo haría la luna rota por un cataclismo de proporciones titánicas, que gravitaba en un extraño cielo, alumbrando con su luz mortecina un paisaje subyugante y opresivo que hasta para la elfa oscura resultaba desagradable.

Un punto luminoso comenzó a crecer frente a las tres enviadas, hasta mostrar el rostro de su señor. -Dejen que el brillo de sus anillos las guie a su destino y cumplan con su misión; ordenó el demonio.

En medio de la noche desconocida, en el bosque fuera de este mundo comenzó la marcha de las tres. Ethiel corría por delante guiada por sus instintos y sus sentidos adaptados para moverse entre sombras. Aunque mantenía su forma humana, Cristina corría a la misma velocidad que la elfa; sus oídos, sus ojos y su olfato le hacían llegar todo cuanto ocurría en torno a ellas; la loba controlaba ese cuerpo humano lista para salir si se requería.

Por más que lo intentaba, Mireya no podía seguirle el paso a sus compañeras corriendo; sin embargo, de ninguna manera podía alejarse demasiado de ellas. El tiempo apremiaba por lo que no podía detenerse a actuar en forma muy sutil, así es que se decidió a hacer uso de su magia; elevándose por sobre el suelo el viento la llevó en sus manos, alcanzando rápidamente a sus sobrenaturales compañeras.

Cayendo desde una rama les cortó el paso una criatura peluda de sobre dos metros de alto; armada de un grueso garrote se lanzó contra ellas. En un rápido movimiento Cristina dejó emerger completamente a la bestia que habitaba en su interior y al pasar junto al ser que intentaba detenerlas, desgarró de un zarpazo su garganta.

-Por lo visto ya saben que estamos aquí; comentó Mireya.

-Eso parece; coincidió Ethiel tomando un palo del suelo, el que en su mano se convirtió en un estilizado arco.

-Esto se va a poner caliente parece; opinó la bruja mientras un extraño báculo se materializó junto a ella.

Cristina solo respondió con un gruñido, manteniendo su forma de licántropo.

-Manténganse alerta, nos están rodeando; ordenó la elfa a la carrera.

Desde el arco de Ethiel una flecha  silenciosa salió veloz contra un blanco, clavándose de lado a lado en el cuello de un enemigo que solo ella vio. La criatura sin pronunciar ni un ruido cayó del árbol donde vigilaba, sin siquiera poder dar la voz de alarma.

-Ocúltense en los árboles; susurró Mireya mientras se elevaba hasta una alta rama que la dejaba lejos de la vista desde el suelo. Su percepción extrasensorial había detectado la proximidad de una patrulla que se acercaba. Sin dudarlo siquiera sus compañeras la imitaron sigilosas.

-Sigamos; dijo Cristina en su forma humana cuando la patrulla se perdió de vista.

El bosque parecía no tener fin. Mientras más penetraban en él, más oscuro se tornaba.

-Que horrible es este lugar; observó Cristina. -Si fuera humana sentiría terror se estar aquí.

-Démonos prisa y terminemos con esto; interrumpió Mireya.

Ethiel en silencio tomó su puñal y giró por detrás de un árbol; sosteniendo por la boca a uno de esos gigantescos simios  rebanándole la garganta.

Sin  aviso previo se vieron rodeadas por unos diez enemigos.

-Se acabaron las sutilezas; dijo la elfa, ensartando una flecha en el corazón de una de las criaturas.

Cristina alcanzó a agacharse cuando un  garrote que se estrelló contra un tronco le rozó la cabeza. Sin que su atacante lo esperase, experimentando una súbita metamorfosis, ensartó sus garras en su abdomen; sorprendido por el golpe recibido, no alcanzó a reaccionar cuando las fauces de la licántropa se cerraron desgarrando su garganta.

Un gigantesco simio levantó su hacha con intensión de lanzarla contra Cristina, pero su mano se abrió crispada de dolor cuando su cuerpo fue envuelto por las llamas que brotaron del báculo de Mireya.

Quedaban solo siete enemigos, pero Ethiel sabía que pronto habría muchos más, ya que una de las criaturas huyó del lugar. Ante un gesto de su mano dos afiladas ramas se proyectaron contra el que intentaba escapar, atravesando su espalda. Al mover la elfa rápidamente las manos, las ramas se separaron violentamente, partiendo en dos a su presa.

Un gesto de una mano de Mireya lanzó violentamente a uno de los simios contra un gran árbol, rompiéndole la cabeza; mientras Cristina por otro lado giraba el cuello de otro.

Una flecha hizo caer a otra criatura, mientras el puñal de Ethiel volaba hasta clavarse en la frente de otra. Dos chorros de fuego de la bruja dieron cuenta de las últimas criaturas.

-Alejémonos cuanto antes de aquí; ordenó la elfa enfundando su puñal.       -Antes de que lleguen más.

La mirada de la bruja se posó en el negro líquido que corría por el brazo izquierdo de Ethiel. -¿Qué tienes ahí?; preguntó Mireya.

-Es solo un rasguño, no tiene importancia; contestó la elfa.

-Eso déjame decidirlo a mí; ordenó Mireya, como lo hacía cada vez que alguno de sus pacientes pretendía dárselas de médico. -Es un corte profundo pero no grave, por ahora debe ser desinfectado y vendado. Lo que realmente me preocupa es que tu sangre se haya teñido de negro.

-¿Y qué tiene eso de raro?; preguntó Ethiel. -La sangre de todos los elfos oscuros es negra; aclaró ella.

-Vaya, no lo sabía; comentó la bruja. -Bueno hay que buscar agua para lavar esa herida, para que no se infecte.

-No se infectará; respondió Ethiel algo impaciente poniendo su mano en un árbol. Pequeños sarcillos corrieron a lo largo de todo el miembro, enrollándose en torno a la herida, terminando por cubrirla completamente a modo de vendaje.

-Por favor movámonos luego; pidió Cristina. -Esos simios están cerca.

Después de correr cerca de media hora, una espesa y mal oliente niebla inundaba el aire. El suelo se sentía más húmedo y desagradables animales trepaban por los árboles y corrían por los matorrales.

-Debemos estar cerca de un pantano; opinó Cristina. -Tengan mucho cuidado donde pisan.

La visibilidad era bastante limitada, así es que debían caminar muy despacio. El brillo de sus anillos les indicaba hacia donde debían dirigir sus pasos.

-Escuchen; dijo Ethiel a sus compañeras después de un rato,

-Yo no escucho nada; observó Mireya.

-Precisamente; hizo notar la elfa. -No hay ningún ruido.

-Al menos ya no nos siguen esos simios; dijo la bruja.

-Esto no me gusta nada; opinó preocupada Cristina, quién conocía muy bien los bosques y sabía que siempre hay algún animal, por pequeño que fuera, que hiciese un ruido por mínimo que fuese.

Lentamente llegaron junto a la orilla de un pestilente pantano de aguas aceitosas, del cual se desprendían espesos vapores.

Pensativa Mireya golpeaba el suelo con su báculo, tratando de encontrar una solución.

-Es demasiado grande como para intentar cruzarlo nadando; observó la bruja.

-Y no sabemos qué cosas puedan haber bajo su superficie; meditó Ethiel.

-Debemos tratar de rodearlo; sugirió Cristina.

-El jefe dijo que los anillos nos guiarían; recordó Mireya. -Necesitamos otro camino; dijo moviendo lentamente la mano, hasta que el brillo de su sortija aumentó, indicándoles una ruta alternativa.

-Muy bien, vamos por…; la elfa no alcanzó a terminar de hablar cuando una viscosa cosa, como un muñeco hecho de barro se alzó tres metros sobre sus cabezas.

-¡Cuidado!; gritó Ethiel mientras rápida como un rayo disparaba dos flechas contra el monstruo.

Con frustración vio que sus proyectiles eran inútiles, ya que caían resbalando por su grasosa superficie; era como estar disparando sobre barro casi líquido.

Cristina lanzó con toda su fuerza un grueso tronco, el que se hundió en el pecho de la cosa, no provocándole el menor daño.

Insistentemente la elfa volvió a lanzar sus flechas, apuntando esta vez a la cabeza de la cosa; las cuales la atravesaban sin encontrar ninguna resistencia a sus afiladas puntas, terminando por clavarse en un árbol cercano.

Antes de que pudieran reaccionar, la mole viviente cayó como una avalancha sobre las mujeres, quienes apenas atinaron a cubrirse en forma instintiva con sus brazos. Una gran masa de barro ocupaba el lugar donde recién estaban paradas. Una violenta vibración hizo temblar la tierra y crujir los árboles; un intenso resplandor se elevó a través de la sepultura de barro, haciéndola volar por los aires. Los anillos entregados por el demonio formaron un escudo que las protegió de morir aplastadas por la mole de barro.

-Pensé que aquí me moría; comentó Cristina.

-Yo nunca perdí la fe en mi señor; dijo devotamente Mireya.

-Sí, cómo no; lo dudó burlona la elfa.

-Sigamos será mejor; opinó Cristina.

-Esto nos va a demorar mucho; comentó Mireya.

-Es mejor a ser aplastadas por una masa de lodo y no poder completar la misión; observó Ethiel.

Para no desviarse demasiado se fueron caminando por la orilla del pantano, teniendo que soportar la pestilencia del aire y la viscosidad del suelo, que les hacía avanzar más despacio de lo deseado.

-¡Cuidado!; gritó Cristina cuando las luces de un camión se aproximaron veloces hacia ellas.

Las tres corrieron nerviosas hacia la vereda para salir del paso del vehículo. Justo cuando el camión pasó junto a ellas pusieron pie en el viscoso pantano.

-Los mundos se están juntando más rápido; observó Cristina.

-Debemos darnos prisa; apremió la elfa.

-¡Ayúdenme!; gritó la bruja. -Caí en arenas movedizas.

-No te muevas, voy por ti; respondió Cristina.

La licántropa se acercó hasta el borde de la trampa de arena, pero ni estirando los brazos hasta sentir dolor lograba alcanzar a su compañera, la que se hundía rápidamente.

Con un movimiento de la mano de la elfa, la rama de un árbol se inclinó, alargó y enrolló a Mireya por debajo de sus brazos, levantándola lentamente y liberándola de la fuerza que la arrastraba.

-Gracias, no podía salir sola; explicó la bruja.

-El tiempo se está agotando; observó la elfa. -Apurémonos, ya nos hemos retrasado demasiado.

Después de varios minutos de caminata, lograron dejar atrás el pantano, retornando nuevamente al bosque. Era tan deprimente la ciénaga, que hasta la vista de ese paisaje que no estaba ni muerto ni vivo, resultaba más acogedor.

-Sigamos por aquí; dijo Ethiel, mirando el brillo de su anillo, que seguía guiándolas a su destino.

De nuevo a los agudos sentidos de la licántropa y la elfa llegaban los extraños sonidos y aromas de ese bosque de otro mundo. Los ojos de Cristina se volvieron luminosamente dorados cuando dejó salir a la loba y atrapó un hacha que volaba directamente hacia la elfa. Sin que hubiese separación entre un movimiento y el otro, arrojó de vuelta el arma a su dueño, clavándosela en el pecho.

-¡Agáchate loba!; gritó la bruja disparando una llama de fuego mágico que pasó a escasos centímetros de la cabeza de Cristina, envolviendo a una criatura que se disponía a lanzar una gran hacha contra ella.

Ethiel disparaba una tras otra todas sus flechas, provocando una gran mortandad entre los atacantes; tanteó con sus dedos su carcaj y con preocupación comprobó que estaba vacío. Todas sus flechas se habían acabado y no tenía tiempo de procurarse más. Sin poder prestar ninguna utilidad, su arco era solo un estorbo; por arte de magia y bajo la voluntad de su ama, el arma cambió en su mano convirtiéndose en una afilada espada de madera, más resistente y cortante que el acero.

Los brazos de la loba chorreaban la sangre de todas las criaturas que había destrozado con sus garras.

Del cuerpo de la bruja emanaba una niebla negra, indicio de toda la energía que estaba generando en su fuego mágico y en su campo telequinésico.

Las criaturas cubrían el bosque con sus cadáveres; las pocas que quedaban se reagruparon para lanzarse en un último ataque contra las tres intrusas que intentaban estropear los planes de su señor. El cansancio se empezaba a dejar sentir en el cuerpo de las tres mujeres, cada una de las cuales, en forma silenciosa e íntima se preparaba para entregar la vida en los instantes que seguían; listas o no, las criaturas se disponían a atacarlas.

Un fuerte viento atravesó el campo de batalla, lanzando lejos a varios de los simios, cuya sangre salía a borbotones de sus gargantas cortadas, mientras que las entrañas de otros eran abiertas por una espada invisible.

Las tres compañeras no sabían lo que acababa de ocurrir, excepto de que algo o alguien les había prestado ayuda en el momento más oportuno. De pronto un remolino de viento las rodeó un instante.

Atónitas vieron que una joven de poco más de veinte años, vestida con jeans, botas y chaqueta de cuero las observaba con sus intensamente rojos ojos, mientras golpeaba entre sí las garras de sus manos, que más parecían las patas de un ave de presa que de una mujer.

-Bonjour; saludó la joven en francés. -Por lo visto llegué justo a tiempo.

-¿Quién eres y qué haces aquí?; preguntó Ethiel poniendo su espada en posición de ataque.

-Por favor disculpa a mí compañera; pidió Mireya. -Con todo lo que está pasando está un poco alterable.

-Tienes un olor extraño; observó Cristina olfateando el aire.

-Y eso que me baño todos los días; contestó la joven.

-No es eso; insistió la licántropa. -No sé realmente qué es.

-Lo tengo. Es un vampiro; concluyó Mireya. -Miren sus colmillos.

-Una corrección por favor. Soy una vampiresa, no un vampiro. Y dicen que una muy sexy; corrigió la joven. -Y no se preocupen, no fue nada; agregó mirando el montón de cadáveres que ella sola había dejado.

-Mmm, gracias; contestó Ethiel al fin, comprendiendo lo oportuna que había resultado la intervención de la joven vampiresa.

-¿Cómo llegaste aquí?; preguntó Mireya.

-Primero dinos tu nombre; solicitó Cristina.

-Está bien, mi nombre es Francine; se presentó la joven. -Bueno, yo estaba paseando por un parque en París; había cenado recién y como siempre me puse a caminar para bajar la comida. Entonces se me apareció un señor muy atractivo y me dijo que necesitaba mi ayuda para impedir el fin del mundo. Al principio no le creí mucho pero cuando el parque se convirtió en un bosque me convencí. Luego me contó que necesitaba que yo les ayudara a ustedes. No teniendo nada mejor que hacer acepté y me mandó aquí por un portal.

-Entiendo; comentó Mireya. -Nuestro señor se adelantó a la situación, afortunadamente para nosotras.

-Aclárame una cosa por favor; pidió Cristina. -¿Cómo supiste exactamente dónde nos encontrábamos?

-Fácil; respondió Francine. -Seguí sus huellas de calor con mi visión infrarroja.

-Ya veo; aceptó la loba.

-No logro entender bien cómo es que no percibimos tu presencia; meditó Ethiel.

-Supongo que porque estaban preocupadas de que esos bichos no las mataran; pensó la vampiresa. -Además de que yo me puedo mover muy rápido.

-Bueno, bienvenida Francine; la aceptó Mireya.

-Gracias chicas, pero no estoy tan segura de sí es tan bueno haber venido; dijo la vampiresa dudándolo al mirar a su alrededor.

-Claro que fue buena idea; opinó Cristina. -Gracias a eso estamos vivas.

-Supongo que serás de gran ayuda para cumplir esta misión; concluyó Ethiel bajando su espada.

-Bueno, ya basta de conversaciones y pongámonos en marcha; ordenó Mireya.

Con la incorporación de una poderosa vampiresa al grupo, parecían haber aumentado las probabilidades de poder completar con éxito la tarea de cerrar la fisura por la que se estaban fusionando los mundos y así impedir la destrucción de ambos. Sin embargo, el tiempo apremiaba y era necesario darse prisa.

Pasó casi un día entero sin ninguna novedad ni percance, siempre siguiendo la luz de los anillos.

-Esperen un momento por favor; pidió Francine a sus compañeras. -Debo alimentarme.

-¡Oh, oh!; exclamó preocupada Cristina.

-Tranquila, te aseguro que ni aunque me pagaran desearía probar la sangre de ustedes; dijo la vampiresa con un gesto de desagrado.

De su chaqueta Francine sacó un tubo de vidrio que contenía una espesa gelatina roja, que saboreó con gran deleite.

-¿Puedo verlo?; pidió Mireya intrigada por el tubo.

-Sí claro, toma; respondió la joven entregándoselo.

-Esto es sangre; observó sorprendida Mireya.

-Sí, es sangre concentrada; reconoció Francine. -Es en caso de que no pueda beber sangre fresca.

-¿Cómo la obtienes?; quiso saber la bruja, como médico que era.

-Me la hace un médico amigo; respondió la vampiresa sin dar más detalles.

Una sombra saltó de una rama a otra sin que ninguna de las cuatro mujeres se percatase de ello; en forma totalmente inesperada Francine fue arrastrada hasta una alta rama por alguna cosa. Las miradas atónitas de las demás se dirigieron hasta lo alto del árbol, solo para ver como una gran cantidad de sangre chorreaba al suelo. A los pocos segundos Francine caía de pie frente a ellas con un gran corte en su cara y su mano derecha toda ensangrentada; sus ojos cargados de rojo parecían dos brazas incandescentes en medio de la noche.

-¡Tu rostro!, estás herida; exclamó Mireya luego de la primera impresión.     -Déjame curarte.

-No te preocupes, no es necesario; dijo la joven vampiresa no dándole importancia, mientras su herida se cerraba sola sin que quedara rastro alguno de ella. -Es una de las ventajas de ser inmortal; dijo mirándose en un espejo.

En eso desde el árbol cayó degollada la criatura que había atrapado a Francine.

-Alas; observó Ethiel moviéndolo con un pie.

-Debemos ser más cuidadosas; opinó la vampiresa. -Son  muy rápidos, si hubiese atrapado a una de ustedes la habría matado. Por suerte los vampiros somos inmensamente poderosos.

-¿Los?, ¿acaso existen más como tú?; preguntó Cristina.

-Unos cuantos más; respondió Francine.

-Esto se está complicando y el tiempo se agota; opinó la bruja mirando la fracturada luna.

-Sigamos avanzando; dijo Francine poniéndose a caminar.

-Vamos y esperemos no encontrar más sorpresas; comentó Mireya.

El bosque no parecía tener fin, en una sucesión de árboles cuyas ramas parecían esqueléticas manos que querían atrapar a las elegidas; los extraños ruidos y desconocidos olores mantenían en un continuo estado de alerta los superdotados sentidos de ellas.

Las orejas de Cristina se movían en forma casi imperceptible como si de dos pequeñas antenas de radar se tratasen, captando cada sonido por mínimo que éste fuera; mientras que Francine escudriñaba los alrededores con su vista infrarroja, en busca de alguna huella de calor que le advirtiera de la presencia de los enemigos encargados de detenerlas. Por su parte Ethiel nuevamente portaba su mortífero arco, con el carcaj lleno de afiladas flechas. Mientras Mireya ya había recuperado toda su energía y su cuerpo estaba rodeado de una negra aura.

-¡Al suelo!; gritó Cristina cuando sus oídos captaron un suave aleteo.

Varias sombras pasaron rosando las cabezas de las cuatro compañeras que yacían boca abajo con la cara casi a ras del suelo. Levantando un poco la cara, Ethiel pudo hacerse un cuadro completo de la situación; varias rapaces como la que atacó a la vampiresa se disponían a dar otra vuelta en picada con las garras hacia adelante. Ante un movimiento de una de las manos de la elfa oscura, cientos de ramas salieron disparadas  como dardos hacia el aire; en medio de chillidos de dolor todas las aladas criaturas cayeron mutiladas.

-Tienes un excelente oído; dijo Ethiel a modo de cumplido a Cristina.

-Gracias; respondió ésta. -Tu reacción no está nada de mal. Recuérdame nunca hacer enojar a alguien de tu raza.

-Miren, aquí termina el bosque; dijo Francine, contenta de poder salir de esa horrible foresta.

-Alto; ordenó Ethiel.

-¿Qué ocurre?; preguntó Mireya.

-Según los anillos la fisura se encuentra al otro lado de aquellas montañas; respondió la elfa. -Y para llegar a ella debemos cruzar todo este campo abierto.

-¿Y qué tiene?; preguntó Cristina.

-Estaremos totalmente al descubierto, sin tener donde ocultarnos; observó Ethiel.

-Entiendo, pero ya hemos perdido demasiado tiempo y si lo intentamos rodear nos retrasaremos demasiado; hiso notar la bruja.

-O sea que la única alternativa que tenemos es cruzar por este peladero lo más rápido posible;  opinó Cristina.

El paisaje fuera del bosque era un páramo inhóspito y lleno de trampas, que parecía un campo minado. Una cubierta de tierra dura y surcada de grietas de las que emanaban nubes de gases sulfurosos y llamaradas esporádicas sin ningún patrón; el suelo ardiente provocaba una desagradable sensación en los pies. Debían cruzarlo lo más rápido posible para no asfixiarse con el gas y el calor, o no arder entre las llamas. Rápido pero con cuidado, ya que cualquier paso en falso podría ser mortal, incluso para ellas.

-Supongo que esto va a ser muy intenso; meditó Mireya.

-Es como saltar entre piedras en un río; opinó Ethiel.

-Con la diferencia que si fallas ahí solo te mojas; pero aquí te rostizarías como un pollo; comentó Cristina.

-Con todo ese vapor no se ve muy bien; observó Mireya. -Debemos ir con cuidado.

-Déjame ver a mí con mi visión infrarroja; ofreció Francine.

-Mejor no lo intentes; advirtió Ethiel.

-Uff, me encandilé; dijo la vampiresa refregándose los ojos al ver solo un intenso resplandor por todos lados.

-Te lo dije; la reprendió la elfa. -El aire está muy caliente y es como mirar al sol.

-Igual puedo pasar tan rápido que ni me acaloraría siquiera; comentó Francine.

-¿Y nos dejarías solas?; preguntó Cristina. -Recuerda que necesitamos tu ayuda.

-Mmm, es cierto. Es que a veces olvido que ustedes no son tan fuertes y veloces como yo; se disculpó la vampiresa.

-¿Te han dicho que a veces te comportas como una adolescente?; criticó la bruja a Francine.

-Supongo que es porque aun soy muy joven; meditó la muchacha. -Apenas tengo trescientos veintiún años y como tenía dieciocho cuando me volví vampiresa, debe ser por eso.

-Casi mi misma edad; comentó Mireya.

-Está muy interesante esta conversación, pero mejor movámonos; ordenó la elfa con sus orejas vibrando para orientarse como si fuesen un radar, de similar forma a como lo hacía Cristina por su parte.

La marcha era más lenta de lo esperado; apenas alcanzaban a dar unos cuantos pasos cuando debían detenerse ante una columna de fuego o vapor hirviendo. El ruido atronador y ensordecedor del líquido subterráneo en ebullición no les permitía hablar entre sí. Gotas de sudor corrían por el rostro de las cuatro mujeres.

-Después de esto voy a necesitar una larga ducha fría; pensó Cristina. -O vas a oler a perro mojado; escuchó claramente que decía Francine dentro de su cabeza. Curiosa la miró y la vampiresa se sonrió encogiendo sus hombros.

-¿Faltará mucho?; preguntó Mireya que empezaba a sentirse sofocada y con el pulso acelerado.

-Vamos, aguanta un poco más; dijo la elfa tomándola de la mano, para asegurarse de que si la bruja se desmayaba no la perdería.

El borde de la caldera se divisaba un poco más allá; era solo aguantar unos minutos y saldrían de ese horno.

-Al fin salimos; dijo Cristina parada en el límite del páramo de fuego. -No fue tan terrible después de todo.

-¡Cuidado!; gritó Ethiel soltando la mano de Mireya y corriendo a toda velocidad hacia la loba. De un fuerte empujón la lanzó lejos de donde se hallaba parada.

Un chorro de fuego envolvió a la elfa oscura frente a la horrorizada mirada de sus compañeras.

-¡Isabel!; gritó aterrada la bruja.

Cristina tapó su boca con ambas manos para contener su llanto.

Tan súbitamente como había surgido, la columna de fuego se apagó. Con un nudo en la garganta las espectadoras esperaban ver el cuerpo calcinado de su amiga; sin embargo, grande fue su sorpresa al ver sana y salva a la elfa, con los brazos cubriendo en forma instintiva su rostro. La sorpresa de ella era tan grande como la de sus compañeras.

-¡Estas viva!; exclamó contenta e incrédula Mireya mientras la revisaba por todos lados.

-¿Cómo es posible?; preguntó sorprendida Cristina.

-Cuando el fuego me envolvió se formó una especie de barrera que no lo dejó tocar mi cuerpo; explicó Ethiel. -Me parece que los anillos que nos dio el jefe son bastante útiles.

-Ya pasó el susto, así es que sigamos que aún nos falta esa montaña; dijo Mireya apuntando hacia arriba junto a la base del macizo rocoso.

-Gracias por salvarme la vida; expresó sinceramente Cristina a Ethiel.

-El anillo te habría protegido; contestó la elfa.

-Pero tú no lo sabías y expusiste tu vida por mí; insistió la loba.

-Somos un equipo; respondió sin más Ethiel.

Frente a las enviadas se levantaba una escarpada montaña que obligatoriamente debían sortear para poder llegar hasta su objetivo.

-Afortunadamente alguien, alguna vez pasó por este sitio en más de una oportunidad, dejando un pequeño sendero; observó Mireya.

Después de una hora de arduo ascenso se hallaban a mitad de camino de subida; luego tendrían que descender por el otro lado.

-Por favor  paremos un rato; pidió la bruja, cuyo cuerpo humano no tenía la misma resistencia que los de sus compañeras.

-¿Por qué no vuelas?; preguntó algo intrigada Cristina.

-Porque prefiero ahorrar energía para el final; respondió la bruja.

-Mireya tiene razón; reconoció Ethiel. -Supongo que vamos a encontrar mucha resistencia cuando lleguemos a la fisura.

Al cabo de dos horas más el borde rocoso estaba al alcance de la mano; un último esfuerzo más y después vendría el descenso que debería ser más fácil.

-Me voy a adelantar a explorar; dijo Francine desapareciendo en medio de una corriente de viento.

-Que niña más impulsiva; comentó Mireya.

-Confía demasiado en sus habilidades; opinó Ethiel.

-¡Ayyy!; se escuchó el grito de la vampiresa que venía volando para terminar estrellada contra las rocas.

-¡Francine!, ¿qué te pasó?, ¿estás bien?; preguntó la bruja revisando si tenía algo roto.

-Hay un pequeño obstáculo más adelante; indicó mientras se sacudía la ropa. -Por suerte soy indestructible.

El suelo comenzó a temblar con fuerza mientras un ruido de rocas retumbaba por toda la montaña.

-¡Un terremoto!; exclamó Cristina con voz alarmada.

Francine le hizo un gesto con un dedo para que mirara detrás de ella.

Una mole viviente de rocas de diez metros de altura se alzaba frente a ellas.

-Cúbranse; ordenó Ethiel disparando una flecha que no fue de ninguna utilidad.

Porfiadamente la elfa seguía disparando flechas que rebotaban contra la roca sin rayarla siquiera.

-Déjame a mí; dijo Cristina transformándose rápidamente.

-No lo intentes; la detuvo Mireya. -Solo romperías tus garras.

-Esa cosa no tiene intenciones de dejarnos pasar; opinó Francine sin saber qué hacer.

Un poderoso chorro de fuego del báculo de la bruja envolvió a la criatura. Una espesa niebla  negra rodeaba a Mireya mientras el flujo de fuego se hacía más delgado y más ardiente y el ser rocoso se tornaba rojo incandescente.

-Eso no lo va a parar; opinó la loba.

-Pero esto sí; dijo la bruja cuando el fuego de su báculo dio paso a una gélida corriente de aire congelante.

La criatura perdió movilidad cuando quedó cubierta por una gruesa capa de hielo que la enfrió en forma brusca.

-Golpéenla ahora; ordenó Mireya a sus compañeras.

Un violento y poderoso puñetazo de Francine trisó una pierna de la mole, mientras Cristina hacía lo mismo con la otra pierna. Levantando Ethiel una mano en alto, una gigantesca roca se elevó y salió proyectada contra el pecho de la criatura, el que crujió ante el tremendo impacto. Una fuerte descarga  telequinésica de la bruja terminó por hacer estallar el rocoso  cuerpo de la cosa, cuyos restos salieron disparados en todas direcciones, como una peligrosa ráfaga de proyectiles, los cuales fueron detenidos por los escudos generados por los anillos que, una vez más, se activaron en forma automática protegiendo a sus dueñas.

Una vez más las cuatro expedicionarias demostraron que solo actuando juntas podían superar los distintos obstáculos que a su paso ponía el ser que pretendía crear su propio mundo, destruyendo para ello los otros.

-Está muy cerca; dijo Mireya viendo como había aumentado el brillo de su anillo.

-Sí, lo veo; dijo Ethiel con la vista fija adelante.

-Está como a tres kilómetros de distancia; corroboró Cristina.

-¿Pero ya vieron? Está lleno de esas cosas raras; observó Francine.

Como los ojos de Mireya no le permitían ver a tanta distancia, frente a ella se formó una especie de burbuja de jabón, que mostraba lo que sus compañeras veían.

-La fiesta va a ser muy agitada; dijo la bruja metafóricamente hablando.

En medio de un círculo de piedras se encontraba la fisura entre mundos; un agujero oscuro como la rajadura de una tela que latía como un corazón agonizante. Cientos de simios armados con hachas y garrotes; el cielo surcado por sombras voladoras, formaban una defensa difícil de flanquear.

-Va a ser difícil acercarse con esas cosas en el aire; meditó Cristina.

-Habrá que deshacerse de ellas primero; dijo la elfa apoyando su carcaj en una roca y comenzando a lanzar flechas hacia las sombras. Cada disparo era una criatura que caía derribada.

Un grito de furia hizo retumbar el campo cuando los simios se dieron cuenta del ataque. Como una ola que avanza imparable se lanzaron contra las intrusas.

-Denles con todo lo que tengan; gritó Mireya mientras barría la explanada con su fuego mágico y con la otra mano lanzaba una violenta onda de choque.

Cristina por su parte arrojaba grandes rocas a la horda de simios que se abalanzaba, aplastando a varios de ellos.

Con los ojos rojos de sangre y sus manos armadas de afiladas garras, Francine corrió tan rápido que el cielo y la tierra temblaron a causa de la detonación sónica que produjo, convertida en un viento portador de muerte y sangre, cruzó el campo de batalla. Sus garras chorreaban sangre y sus ojos se volvieron incandescentes cómo brazas, cuando se lanzó de nuevo contra las criaturas. Con  la respiración agitada y su boca chorreando saliva se detuvo junto a sus compañeras; con mano temblorosa de su chaqueta sacó dos tubos de sangre concentrada y los sorbió de un golpe.

-Tanta sangre casi me hace perder el control; dijo la vampiresa lamiendo sus escarlatas labios.

-Mientras no te desahogues con nosotras no hay problema; comentó Mireya.

-Ni en sueños probaría la sangre de ustedes; respondió la joven vampiresa. -No quisiera enfermarme del estómago.

-No quiero interrumpirlas con tonteras; intervino Ethiel. -Pero se me acabaron las flechas y aún quedan sombras voladoras.

Sin previo aviso Francine dio un fuerte puñetazo contra una roca, reduciéndola a pequeños guijarros.

-¿Te sirve para algo esto?; preguntó la vampiresa.

-Claro que sí; respondió la elfa alzando sus manos. Respondiendo a su deseo los trozos de roca se elevaron y ante un gesto de ella salieron disparados como una metralla que acribilló a las sombras que habían logrado escapar a sus flechas. Como una lluvia los cuerpos sin vida de las criaturas aladas cayeron sobre el campo de batalla aplastando a varios simios.

Ante tan devastador ataque los defensores sobrevivientes de la fisura se replegaron aterrorizados, no comprendiendo bien con sus pobres mentes lo que ocurría.

-Avancen ahora; ordenó Ethiel con su espada en la mano.

Cada aullido y cada zarpazo que la loba lanzaba helaba la sangre de las criaturas que estaban cerca de su víctima, tiempo que la elfa aprovechaba para descargar su filosa espada, haciendo rodar alguna cabeza o abriendo el vientre de alguna otra criatura.

El aire se llenó de humo de carne chamuscada por el fuego de la bruja, que abrazaba a cuanto simio se atrevía a ponerse a su alcance.

En un momento en que Francine se detuvo para apreciar la situación, se vio rodeada por seis criaturas que se abalanzaron para despedazarla con sus hachas.

-No se muevan; gritó con su voz más terrible.

Las seis bestias quedaron clavadas en el piso, como si se hubiesen convertido en muñecos inanimados. De un zarpazo a cada una le arrancó la cabeza, teniendo cuidado de que todos la vieran; el pánico que su accionar provocó hizo temblar y retroceder a las pocas criaturas que quedaban en pie.

El camino hacia la grieta dimensional, por la cual inexorablemente se estaban uniendo los mundos estaba despejado. Mireya y Cristina se acercaron con dificultad a ese punto, ya que una fuerza trataba de repelerlas; ante lo cual se formó una especie de barrera frente a ella, que las protegía de la energía que emanaba de la fisura. Era como tratar de caminar contra un huracán, cada paso requería de un  tremendo esfuerzo. La licántropa tomó de la mano a la bruja y avanzó con ella haciendo uso de su mayor fortaleza física.

Tan solo faltaba un metro para alcanzar su objetivo. Los anillos de ambas comenzaron a brillar con el mismo color del borde de la rajadura; con un gran y último esfuerzo lograron tocar la barrera de energía de la fisura con las sortijas. Poco  a poco la ruptura comenzó a cerrarse, pero no era suficiente; se requería del poder combinado de los tres anillos.

-¡Isabel!; gritó Mireya. -Necesitamos tu anillo.

-Estoy un poco ocupada ahora; contestó Ethiel deteniendo el golpe de un hacha con su espada.

-Anda, yo los detendré; dijo Francine, lanzando una rápida y violenta patada a la cabeza de un simio.

A duras penas la elfa oscura pudo llegar hasta sus compañeras y unir su anillo a los suyos. La fisura comenzó a sellarse lentamente, hasta que quedó reducida a un pequeño punto luminoso, cuyo resplandor aumentaba más y más, llegando a tornarse cegador.

-¡Va a haber una explosión!; exclamó Mireya sin saber qué hacer.

Una indescriptible detonación de pura energía cubrió el lugar donde ellas estaban paradas. La fisura se selló, pero la energía liberada arrasó con todo a la redonda.

Algo aturdidas la bruja, la elfa y la loba se encontraron tirabas en medio de un montón de  rocas, con Francine de rodillas junto a ellas respirando con dificultad.

-¿Están bien?; preguntó Cristina, que no entendía como se habían salvado de la tremenda explosión.

-Me zumban un poco los oídos pero estoy bien; respondió Ethiel.

-Yo también; contestó Mireya. -¿Cómo llegamos hasta aquí?

-¿Y tú cómo estás Francine?; preguntó la loba.

-En cuanto recupere el aire te contesto; respondió ella.

-¿Tú nos trajiste hasta aquí?; preguntó la elfa a la vampiresa, mirando el cráter que había quedado a lo lejos.

-No es nada que una vampiresa no pueda hacer; respondió la joven poniéndose lentamente de pie.

De pronto todo cambió. El paisaje desolado e inhóspito se convirtió en un verde parque lleno de árboles cubiertos de flores; el canto de las aves inundaba el aire con sus trinos y a lo lejos los ruidos de la ciudad. En el cielo la luna lucía esplendida e intacta.

-Parece que lo logramos; opinó Cristina aspirando hondo el aire de la noche.

-Así parece; coincidió Mireya.

-Bueno, en ese caso la elfa oscura debe desaparecer; dijo Isabel soltando su largo cabello rubio.

Frente a las cuatro mujeres una neblina comenzó a moverse hasta adquirir la apariencia de una persona, que terminó materializándose ante ellas.

-Mi señor; dijo Mireya arrodillándose respetuosamente ante el demonio.

-Levántate hechicera. Tú no deberás arrodillarte nunca más ante nadie; dijo el hombre. -Ninguna de ustedes cuatro lo harán jamás.

-Gracias Francine; habló el demonio. -Sin ti habría sido imposible.

-No fue nada señor; contestó ella. -¡Hey chicas miren, tengo un anillo también!; exclamó contenta la joven vampiresa.

-Te lo ganaste; respondió él. -Pero recuerda que no le debes decir a nadie de dónde lo sacaste; ni a tu jefa. Di solo que te lo dio un amigo.

-Descuide, guardaré el secreto; aceptó ella.

-Ya pueden volver a sus vidas normales; las autorizó a todas el demonio.

Las cuatro nuevas amigas nacidas juntas en batalla se despidieron felices de estar de vuelta en casa.

-¿Deseas que te lleve a Francia querida?; preguntó el hombre a la vampiresa tendiéndole la mano.

-Encantada, Monsieur; contestó ella. -Nos vemos chicas; se despidió de sus amigas mientras se desvanecía en el aire junto a su acompañante.