Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Camino 14 septiembre 2009

Archivado en: Amigos autores — tiberiocesar @ 22:22

CAMINO



El hombre joven alzó la mirada. A lo lejos todo era yermo; un páramo inhabitable que sin embargo debía cruzar a toda costa. Que extraño, cada vez que pensaba en aquel hecho inaudito se le secaba la boca.

¿Cuál es el motivo que le obligaba a semejante peripecia? No debe haber en todo el mundo un hecho más rocambolesco. Al final del duro camino se encontraba la misteriosa ciudad de sus sueños. Era un lugar atravesado por canales cenagosos, en donde flotaban los restos eviscerados de unos seres desconocidos para él.

Había comentado aquella inquietante ensoñación con el hombre sabio; éste, al oír la historia, abrió mucho los ojos y se quedó mirando al vacío.

-Debes atravesar el páramo. –Le había dicho mientras se hurgaba las narices.

-Pero el invierno se acerca. Nadie puede atravesar el páramo. – Contestó el hombre joven desesperado.

-Si quieres conocer el origen de tus sueños, sin duda debes partir cuanto antes.

Después de darle muchas vueltas al asunto, el caminante recogió sus pertenencias, las guardó en un hatillo y se las echó a la espalda. No tenía mucha gente de la que despedirse, así que se fue con la amanecida; el páramo, bajo la luz incierta del amanecer, aún era un lugar hermoso.

Mientras caminaba, el hombre joven reflexionaba sobre lo que debía hacer cuando alcanzara su objetivo.

No tengo más que caminar, a fin de cuentas es lo que llevo haciendo toda la vida, al menos desde que tengo uso de razón. No debe ser más difícil que caminar sobre el hielo quebradizo del lago o subir por las escarpadas laderas.

Nada más empezar se dio cuenta de que el iba a ser un largo viaje, por las mañanas, la hierba congelada por las heladas nocturnas se quebraba bajo sus pies. El hombre joven pensó que tal vez debería dar la vuelta y regresar al abrigo del campamento de invierno; a fin de cuentas tan sólo se trataba de un sueño, unos seres extraños que viajaban en manadas y recorrían las grandes aguas no debían existir más que en su imaginación. El hombres sabio tampoco lo era tanto, no sería la primera vez que se equivocaba con sus consejos; la gente del poblado aún lo aguantaba porque no sabían que hacer sin alguien que les indicase el camino correcto.

El inmenso silencio de las tierras yermas vertía rumores de inquietud en sus oídos. ¿A qué se debía la insatisfecha necesidad de conocer el origen de sus sueños? ¿Merecían la pena semejantes tribulaciones con tal de satisfacer aquella comezón? Sólo lo sabría si conseguía llegar al final del camino –“Cuando veas pájaros de grandes picos y níveo plumaje” –le había dicho el hombre sabio. El caminante se dijo a sí mismo que tales seres, al igual que los gigantes acuáticos de sus pesadillas, tan sólo existían en la delirante imaginación del hombre sabio, el cual jamás había salido de su choza más que para husmear el aire en las noches de tormenta.

Al cabo de muchas jornadas de viaje, la brisa lo envolvió con un extraño olor desconocido para él. A cada dura jornada que dejaba atrás, los seres de sus pesadillas se hacían más evidentes ante su perpleja mirada, preñada de ensoñación. Eran enormes y navegan orgullosos sobre las grandes aguas dominando a los seres que habitaban en las mismas sin hacer distinción alguna. El aire se daba trazas desconocidas a cada paso que daba, incluso se diría que sabía distinto…salado.

Cuando por primera vez vio uno de aquellos pájaros no fue capaz ni de parpadear. Había cientos de ellos; graznaban histéricos sobre una gran montaña, algo hedía a muerte en varios kilómetros a la redonda. Cerca, muy cerca, estaban las grandes aguas. Tan sólo a unos metros de aquel gran montón de tripas y piel podridas. ¿Era aquel uno de aquellos seres? Desde luego se asemejaba mucho; sin embargo carecía del lustre brillante de su ensoñación y distaba mucho del majestuoso aspecto de los seres que imaginaba cada noche.

Pero, por otro lado, hay estaban los pájaros de grandes picos, con su níveo plumaje manchado de restos apestosos. Ellos, sin duda, eran los pájaros que el hombre sabio había mencionado. Entonces, ¿habría llegado al final de su camino?

Decidió seguir caminando y dejar atrás la montaña de piel y tripas; los pájaros lo miraban al pasar con una expresión de indiferencia -¿Qué haces aquí? –parecían querer preguntarle.

Transcurrieron dos jornadas más de aquel extraño viaje; nuevamente la soledad se apoderó del entorno. Caminó recorriendo la lengua del agua. Una orilla gris y sin luz, cubierta de un cielo siempre encapotado y amenazando lluvia; a lo lejos, sobre un gran farallón que caía a pico sobre las olas, estaba su ciudad. Había llegado al final del camino, al ansiado encuentro con la respuesta que ansiaba. Por fin iba a descubrir el verdadero significado de aquel persistente sueño.

Alcanzó las puertas de aquella ciudad; nadie las vigilaba y estaban abiertas de par en par. Lo primero que descubrió fue el origen de los canales con los que soñaba. La marea alta se colaba por los muros derruidos y el agua se colaba por entre las calles estrechas y pendientes. Observó con más detenimiento y comprobó que el mar arrastraba cientos de cuerpos, que se amontonaban los unos sobre los otros formando un todo. El olor era insoportable. De nuevo pudo ver como las bandadas de pájaros de níveo plumaje se aferraban a lo más alto de las almenas, enseñoreándose del horizonte con sus graznidos. No había nadie, no había quedado nadie; la ciudad era un inmenso montón de ruinas y muerte. El hombre joven abandonó aquella pesadilla y volvió a la orilla; una ligera llovizna le salpicó el rostro. Se sentó sobre el manto de conchas que cubría la arena y se entretuvo contemplando el horizonte.

El hombre joven caviló en silencio; aquel había sido el viaje de su vida, la experiencia vital que lo acabaría de convertir en hombre, y sin embargo tan sólo había encontrado a su paso muerte y destrucción. ¿Qué le contaría al hombre sabio cuando regresara? ¿Qué pensarían de él cuando descubrieran que había partido en busca de una esperanza, y regresaba con su hatillo repleto de frustración?

El hombre joven resopló resignado; se acababa de percatar de que aquella no era una sensación nueva. Cada minuto, cada hora, cada día de su existencia se topaba con aquellas contradicciones, sin embargo, se veía obligado a continuar el camino, a dar un paso más y continuar en busca de la próxima decepción, ¿qué podía hacer si no?

Se incorporó, miró a derecha e izquierda intentando grabar en su retina hasta el más nimio detalle, y emprendió de nuevo el largo regreso a casa. El páramo era un desierto yermo y sin vida… Al abrigo de la bahía, los restos de una antigua flota, desarbolada y al pairo, se mecían al albur de un viento que cada vez arreciaba con más fuerza.


Diego Castro Sánchez


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