Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Mal Cálculo 10 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mal Cálculo

Norma estacionó el auto frente a su casa tras una noche junto a la familia de su hermana. Cuando metió la llave en la cerradura sintió una mano que le tapó la boca. El asaltante se había ocultado  tras un arbusto y ella no notó cuando se puso tras ella y la sorprendió.

Pegado a la espalda de Norma y sin sacarle la mano de la boca, rápidamente la introdujo en la solitaria casa.

-Si coopera y no hace nada estúpido no le pasará nada señora; dijo el ladrón.

-Por favor no me haga daño; rogó Norma. -En la cómoda de mi habitación hay algo de dinero y algunas joyas; llévese todo, pero por favor no me lastime.

-En una casa como esta tiene que haber una caja fuerte; observó el ladrón. -Ahorrémonos problemas y dígame dónde está.

-Ya le dije que no hay nada más; insistió la mujer. -Si quiere revise.

-Mire señora, esto no es un juego; dijo el asaltante lanzando de un empujón a Norma al suelo.

Ella asustada lo miraba desde abajo.

Con mano férrea el delincuente tomó de un brazo a su víctima y la levantó de un tirón.

-Mejor empiece a cooperar señora o las cosas se van a poner muy malas; advirtió el asaltante.

Sin que el hombre lo notase, Norma echó una pierna hacia atrás y asestó un fuerte rodillazo en la entrepierna de éste, haciéndole dar un grito de dolor mientras caía de rodillas, oportunidad que ella aprovechó para huir hacia otra habitación y pedir ayuda por teléfono.

-¡Maldita sea!; exclamó el asaltante poniéndose de pie aún adolorido.

Mientras corría a esconderse Norma se apoyó sin querer en un interruptor en la muralla, que activó un seguro de emergencia en todas las puertas y ventanas que daban al exterior de la casa.

-Ya no seré más amable con usted; amenazó el bandido sacando una navaja automática de su pantalón.

Sospechando las intenciones de la mujer, él de un tajo cortó el cable telefónico y pisó el teléfono celular de ella.

Norma transpiraba copiosamente, tratando de no respirar casi para no delatar su escondite. Nerviosa buscó en sus bolsillos su teléfono celular, para con angustia comprobar que no lo tenía.

Los pasos del hombre la buscaban sin prisa por la casa; lentamente se acercaron hasta el armario de escobas y cachureos y la puerta se abrió de golpe. Con los ojos cerrados y los labios apretados Norma se acurrucó lo más que pudo tras unas cajas en un rincón oscuro; al no verla el asaltante siguió su búsqueda por las otras habitaciones. Cuando éste se hubo alejado unos cuantos metros ella salió de su escondite y corrió lo más rápido que pudo en la dirección contraria.

Al percatarse de la ágil maniobra de la mujer el ladrón dio unas cuantas zancadas y quedó casi pegado a ella. En un último esfuerzo su  víctima alcanzó a entrar en una habitación y a pesar de los intentos de él logró apoyar todo su peso en la puerta y cerrarla con llave.

-Abra la puerta señora y le prometo que no le haré daño; dijo el asaltante esperando un rato. -Muy bien, si eso es lo que quiere nos entenderemos de otra forma; advirtió el bandido.

La puerta temblaba entera con cada empujón que le daba el hombre. Norma sabía que cuando él entrara seguramente la mataría. Asustada miró por todas partes por si encontraba algo con que poder defenderse, pero para su desesperación que aumentaba a cada instante no había nada útil.

La puerta estaba crujiendo; él entraría en cualquier momento. Ella estuvo a punto de tropezar con la silla del tocador cuando corrió hacia el botiquín del baño en caso de que hubiese algo que pudiera usar como arma, pero no había gran cosa ahí.

La puerta por fin terminó por ceder y el hombre entró con el pelo desordenado y los ojos brillantes de rabia y en la mano derecha su navaja.

-Lo siento mucho señora, esta no era mi idea original; dijo el hombre tomándola de un brazo con la intensión de poner término a la molestia en que se había convertido.

La mano de Norma cogió del botiquín lo primero que encontró y clavó fuerte la aguja hipodérmica en el cuello de su agresor, inyectándole todo el contenido de la jeringa.

-¡Desgraciada!; gritó el asaltante mientras se sacaba la improvisada arma.

La aterrada mujer aprovecho la oportunidad para tratar de escapar de ahí mientras aún tenía tiempo. La mirada del hombre comenzó a ponerse borrosa y la habitación parecía inclinarse.

La mujer bajó corriendo la escalera hacia la planta baja. A pesar del mareo que sentía el hombre estaba a punto de darle alcance nuevamente, pero ella esta vez lo pudo esquivar fácilmente.

Comprendiendo que pronto se desmayaría, el delincuente intentó abrir la puerta para escapar de la casa, porque de lo contrario sería atrapado por la policía.

Norma pulsó un botón en el panel de control de la alarma y los seguros de las puertas y ventanas se bloquearon con un chasquido. Las persianas se cerraron y sus delgadas pero duras láminas de acero giraron impidiendo que alguien pudiese ver desde la calle el interior de la casa.

El hombre trastabillando llegó hasta el teléfono que estaba sobre la mesa de centro pero la línea estaba totalmente muerta; la mujer balanceó sobre la cara pálida del asaltante, cuya vista comenzaba a oscurecerse y las piernas a doblarse el cable que él mismo había cortado.

-Mal cálculo; dijo Norma poniéndose guantes de látex mientras el ladrón caía sin sentido.

Sus ojos comenzaron a abrirse nuevamente y una fuerte luz blanca los hirió. Confundido tardo un rato en darse cuenta de que se encontraba amarrado y desnudo en una mesa de metal.

-¿Qué me va a hacer?; preguntó a media voz el hombre. -Si me deja ir le prometo que nunca más la molestaré.

-En cierta forma estoy muy agradecida con usted por haber venido a visitarme; dijo la mujer tocando los músculos del tórax y del abdomen del hombre.

-¿Qué te parece este cuerpo?; preguntó ella a alguien.

-Parece ser joven y saludable; respondió un hombre con un extraño acento en su voz.

-Lo es y lo mejor de todo es que tiene los mismos grupos sanguíneos que tú; agregó Norma.

El asaltante intentó girar la cabeza para ver quién más estaba ahí pero con sorpresa notó que tenía la cabeza inmovilizada a la mesa.

-¿Te gusta a ti?; preguntó el otro hombre.

-Sí, tiene músculos bien tonificados; contestó la mujer tocándole los muslos.  -Si todo sale bien muy pronto podremos divertirnos mucho.

-¿Qué está ocurriendo aquí?; preguntó el asaltante.

-Por favor cállese; pidió Norma. -¿No ve que estoy hablando con mi marido?

Ella tomó una pequeña jeringa mientras con la otra mano le sujetaba la lengua y le inyectó algo.

El hombre sintió la lengua caliente e hinchada; trató de hablar pero ésta ya no respondía a su voluntad.

Norma se cambió los guantes y se puso una mascarilla cubriendo su rostro.

-Quiero ver el procedimiento; dijo el otro hombre.

-Déjame acercarte a la mesa; respondió ella.

Con cuidado Norma acercó una pequeña mesa con una caja de cristal a la mesa de operaciones.

Con un indescriptible asombro, al girar levemente los ojos, el asaltante vio la cabeza sin cuerpo que lo observaba a través del cristal que la contenía.

-Es hora de dormir para no estresar ese hermoso cuerpo; dijo Norma inyectando una dosis de anestesia en el suero.

Con horror e imposibilitado de reaccionar el ladrón vio como la mujer acercaba una pequeña  sierra circular a su cabeza y caía en un sueño profundo del cual no volvería nunca más.

Los ojos del hombre se abrieron lentamente y la vista nublada poco a poco comenzó a aclarársele.

-Tranquilo, la confusión pronto pasará; aconsejó la mujer con calma.

Junto a ellos la caja de cristal estaba vacía; en una bandeja yacía la cabeza sin vida del marido de Norma y en un basurero estaba tirado el cerebro muerto del asaltante.

-¿Cómo resultó todo?; preguntó el hombre.

-Hasta el momento todo bien, pero aún debemos esperar; contestó Norma a su marido, mirando el cerebro en el basurero.

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Los Invasores 7 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Los Invasores

El primer contacto con alienígenas era el acontecimiento más trascendental de la historia que cualquiera podía imaginar; y sin embargo, la emoción inicial había dado paso a desconfianza en algunos grupos de ciudadanos y a ambiciones oportunistas en otros. Pero al pasar los días todos esos sentimientos se habían convertido en miedo y desesperanza, cuando por fin los extranjeros decidieron descender de su nave, vestidos con sus impenetrables trajes espaciales, que no permitían apreciar su real aspecto, salvo poder comprobar que eran humanoides al igual que los nativos.

Eso no habría tenido nada de malo, ya que todos estaban ansiosos de conocer a los visitantes venidos de tan lejos. Lo realmente malo y que varios temían, ocurrió cuando el cielo se llenó de cientos de naves pequeñas algo alargadas y con alas, que se desplazaban a vertiginosa velocidad; los militares no lo dudaron y lanzaron varios escuadrones de aviones para vigilarlos y escoltarlos pacíficamente a las bases más cercanas. Las sorpresas siempre golpean duro cuando son desagradables y no fue la excepción, cuando uno solo de los aviones alienígenas derribó a todo un escuadrón de aviones sin ninguna provocación; la respuesta no se hizo esperar y se desplegaron todos los recursos disponibles contra los invasores, pero sus armas eran más poderosas y su tecnología más avanzada. Pronto el que un día fuera un pueblo orgulloso, se vio obligado a refugiarse entre las ruinas de su moribunda civilización.

Tal vez habría habido una posibilidad de llevar a cabo ingeniería inversa, si hubiese sido posible atrapar alguna de sus máquinas o naves, pero no había nada que hacer contra su más mortífero, aterrador y despiadado recurso, el miedo; las calles eran recorridas y cada escondite posible escudriñado por incansables animales con implantes mecánicos, ante los cuales solo cabía ocultarse, rogando para no ser detectados por ellos.

Los mismos científicos se recriminaban a sí mismos, ¿por qué habían sido tan ingenuos al suponer que encontrarían vida inteligente y amistosa en el cosmos, cuando enviaron todas las sondas indicando el camino al planeta?; ¿no tenían el ejemplo, acaso, de todos los casos en que varios pueblos más primitivos habían sido diezmados por los colonos de los continentes tecnológicamente más avanzados? Pero ya no quedaba más opción ahora que tratar de sobrevivir como fuera.

-¡Sobrevivir!, esa debe ser nuestra meta día a día; decía el profesor a sus alumnos, sentados en los dormidos andenes del viejo tren subterráneo que dejó de correr poco después de la llegada de los alienígenas. La gente quedó encerrada en las estaciones y trenes; y en cierta forma fue bueno, ya que los mantenía lejos de los animales liberados en las calles por los invasores. Una vez pasado el pánico inicial, la gente comenzó a organizarse, los carros se convirtieron en casas y enfermerías improvisadas; en los túneles se podía cocinar con cierta comodidad la escasa comida que se podía conseguir en las incursiones que se llevaban a cabo en la superficie para recolectar víveres, gracias a que la red del tren subterráneo cubría toda la ciudad bajo tierra.

La ruinosa ciudad de noche parecía un cementerio, con las murallas caídas semejando lápidas y las construcciones destruidas viejos mausoleos. Salvo el ruido de los vehículos terrestres de los invasores el silencio era total; ni siquiera se oía el ladrido de algún perro, o el maullido de algún gato, los monstruos biomecánicos los habían matado en cuanto los vieron. Eran depredadores en el fondo y se dejaron llevar por su instinto natural; tal vez por eso los alienígenas crearon esas aberraciones, para que hicieran el trabajo sucio y sembraran el terror entre los sobrevivientes.

-Esta vez se requiere que localicen otras posibles fuentes de alimentos no perecibles; dijo el líder del grupo de recolectores, un rudo policía que había perdido a su familia durante el primer bombardeo alienígena y que había jurado proteger a los ciudadanos contra cualquier amenaza, ya sea interna como externa. Nadie sabía su nombre, tal vez así se protegía a sí  mismo de los recuerdos dolorosos; solo lo conocían como El Jefe y eso bastaba para todos.

El Jefe desde niño había tenido que vérselas con tipos rudos y momentos difíciles, así es que “los perros”, como él los llamaba, no lo iban a intimidar.

Armados de palos y fierros, los exploradores llegaron sigilosos hasta una de las camufladas salidas del subterráneo que habían abierto aprovechando alguna grieta o a golpes. Con el correr de los meses habían aprendido a moverse como fantasmas por entre las sombras. Como siempre se separarían en dos grupos de cuatro, para abarcar más espacio.

Alimentos y medicinas eran fundamentales en las condiciones de encierro en que vivían, afortunadamente había muchas farmacias y mercados donde conseguir lo necesario. Lo realmente difícil era sobrevivir a la recolección.

-Esto no debería estar pasando; alegaba Jack. -No es justo.

-Mejor concéntrate y baja la voz; dijo Rita, que dirigía el grupo. -Si un perro nos escucha te mato yo misma.

-Así habría más comida para todos; opinó Ramona.

-¿Quién te pasó la pelota a ti “Ramón”?; peguntó Jack haciendo alusión  a la tendencia de la mujer.

-Al menos soy más masculina que tú; respondió ella.

-Cállense los dos; ordenó Rita. -Esto no es un paseo por el parque.

Silenciosamente los cuatro se acercaron a la abandonada farmacia e ingresaron por una ventana rota de la parte de atrás.

-Ramona, ayúdame con antibióticos; pidió Rita. -Jack, ve si encuentras agua envasada. Rony, vendajes y desinfectantes.

-¡Qué sorpresa!; exclamó Rita. -Morfina, esto es bueno; nunca se sabe, pero espero que nunca la necesitemos.

Un gruñido les quitó el aire a todos y les erizó los pelos de la nuca. El perro dio con Jack y lo atacó inmediatamente; de un solo mordisco partió en dos con sus mandíbulas metálicas el garrote que el hombre llevaba. El animal saltó sobre su presa y cayó al suelo algo mareado por el golpe en la cabeza que Ramona le dio con un extintor; Rony no perdió la oportunidad y clavó la barra de metal que siempre llevaba entre la unión de donde empieza la máquina y donde termina el animal.

-Gracias amigos, casi me come esa cosa; dijo Jack.

-No podíamos quedarnos sin el agua que llevas; contestó sarcásticamente Ramona.

-Ya salgamos de aquí; ordenó Rita. -Antes de que lleguen invasores.

Rápidamente el grupo salió de la farmacia. A la mochila que llevaba Ramona se le cortó una correa y cayó al suelo, al volverse a recogerla un silencioso alienígena se acercó a ella. La mujer trató de golpearlo en la cabeza, pero su puño fue detenido por la mano del invasor.

Los compañeros de la mujer vieron desde su escondite como ella era tocada por una barra luminosa en su cuello y su cuerpo se doblaba como una muñeca de trapo. El alienígena la tomó en sus brazos y con ella colgando inconsciente  abordó un vehículo terrestre que se alejó rápidamente.

-¡Tenemos que ir a buscarla!; gritó Jack.

-Ya no hay nada que podamos hacer por ella; dijo Rita sin más remedio que seguir adelante, tomando la mochila que llevaba Ramona. -Al menos su pérdida no fue inútil.

-No sé quién es peor; dijo Jack muy enojado. -¿Tú o ellos?

-Si lo quieres vas y te entregas, o te quedas aquí llorando; contestó Rita. -O puedes volver con nosotros y sobrevivir un día más.

Solo siete en lugar de los ocho que habían salido regresaron. En la entrada una mujer miraba ansiosa la llegada de su pareja y amiga, pero Ramona había sido capturada por los invasores y no había que albergar esperanzas, ya que no se sabía que pasaba con aquellos que tomaban prisioneros.

-Lo siento Vivi, Ramona fue capturada; dijo Rita poniéndole la mano en un hombro a la mujer que tenía lágrimas en sus ojos al ver que su amiga no venía con los demás.

-¡No!; exclamó con voz ahogada la mujer antes de caer desmayada por la impresión sufrida. Fue conducida a una de las improvisadas enfermerías para que descansara un poco y a la vez impedir que el pánico se propagara entre los refugiados.

-¿Dónde está?; preguntó Vivi al despertar.

-No sé qué decirte; respondió El Jefe. -De vez en cuando alguien es secuestrado por los alienígenas y no sabemos qué hacen con ellos.

-¿Y cree que esas palabras me sirven de algo?; gritó la mujer. -Dejaron que se la llevaran y nadie hizo nada por impedirlo.

-Por favor baja la voz; pidió El Jefe. -No queremos que los demás se asusten, ¿verdad?

-Al diablo si todos se enteran, yo quiero a Ramona de vuelta; gritó histérica la mujer, mientras las lágrimas le corrían.

-¡Ya basta!; ordenó la doctora dándole una bofetada. -Cálmate, así no ganas nada.

Vivi al fin soltó su cuerpo y lloró desconsoladamente mientras El Jefe la abrazaba.

Ramona sentía que flotaba en medio de una especie de líquido blanco, similar a la leche; su mente estaba en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia; una extraña paz la inundaba. Sintió un cosquilleo en su brazo derecho y luego un hormigueo lo recorrió entero; al girar la cabeza vio que donde antes estaba su extremidad ahora no había nada, pero no sentía dolor ni miedo;  solo aquella sensación de paz que la inundaba, así es que no le dio mayor importancia. Luego unas manos mecánicas como pinzas acomodaron un brazo metálico en el lugar que ocupaba el otro. Una sensación similar comenzó a sentir en sus piernas y un cambio similar se llevó a cabo con ellas.

La situación era aterradora, pero por alguna razón Ramona no sentía miedo. Cuando vio que las manos mecánicas acercaban a su cara una máscara metálica que cubría la mitad de su rostro, ella se sintió inquieta, pero la calma nuevamente la inundó. Veía todo muy raro con ese rojo ojo que ahora brillaba en su rostro, pero aun así no sentía miedo. Sintió cosquillas en su espalda cuando las placas metálicas que cubrieron su columna vertebral se unieron a su médula espinal y a la base de su cerebro. Cuando la última placa se unió, Ramona ya no sintió ni pensó más.

Había varios hombres y mujeres más en la sala donde Ramona, o lo que quedaba de ella se encontraba; todos al igual que ella habían sido capturados por los alienígenas y al igual que ella ya no tenían consciencia de nada. Al igual que ella se habían convertido en peones de los invasores para capturar o matar refugiados.

-Bueno, es necesario que vayamos a buscar provisiones esta noche; dijo El Jefe al grupo de recolectores.

-¿Solo vamos a ir siete?; preguntó Jack.

-Lamentablemente esta vez sí; respondió El Jefe. -Como saben hace dos semanas Ramona fue capturada por los alienígenas y no sabemos nada de ella.

-¡Un momento!; se escuchó una voz de mujer que los interrumpió. -Yo voy a ir con ustedes.

-¡Vivi!; observó El Jefe. -¿Estás segura? No es necesario que lo hagas.

-Se lo debo a ella; respondió la mujer.

-Está bien, además necesitamos que todos ayuden; contestó El Jefe. -Ve con Rita, Jack y Rony.

El grupo buscaría en otro sector, distante dos cuadras del de la vez anterior, ya que teniendo en cuenta el incidente de Ramona, no era conveniente volver ahí por un tiempo, en caso de que hubiese patrullas alienígenas.

Jack localizó una farmacia que curiosamente tenía todos sus vidrios intactos. Con cautela por si fuese una trampa, los recolectores se acercaron y miraron por las ventanas. La poca claridad que se colaba de la luna dejaba ver las estanterías todas revueltas. Aparentemente antes ya había estado alguien ahí. Después de vigilar un rato llegaron a la conclusión de que en el lugar no se encontraba nadie más que el polvo acumulado desde hace mucho tiempo ya.

Quien había estado allí, hace tiempo que se había ido; tomó algunas cosas de comer y salió rápido. Tal vez cuando empezó la invasión, se escondió allí y después escapó; lo importante ahora es que debían tomar todo lo que pudieran y volver al refugio.

Después de unos minutos la recolección estaba completa y esta vez llevaban varios tipos de medicamentos; seguramente la doctora se pondría contenta.

-¡Listos!, vámonos ya; ordenó Rita. -Mientras más pronto volvamos mejor.

De a uno fueron saliendo de la farmacia, ocultándose en las sombras. La entrada oculta del refugio se hallaba a cuatro cuadras de ahí. A lo lejos se escuchó el ladrido de uno de esos monstruosos perros alienígenas; los recolectores apuraron el paso.

A Vivi le pareció ver una sombra que los observaba entre la penumbra de las ruinas. Una silueta que le pareció conocida la observó un instante antes de desaparecer en la oscuridad. Vivi estaba casi segura de que se trataba de Ramona; la conocía desde antes de la llegada de los invasores y podía reconocerla en cualquier lado. Sin embargo, la visión fue fugaz; además, si era ella ¿por qué no se acercó?

R126 había recibido justo en ese momento la orden de dirigirse al sector continuo  para eliminar a un grupo de cuatro sobrevivientes que habían sido descubiertos buscando provisiones. Rápida como sus metálicas piernas la llevaron, llegó al lugar indicado. Los nativos se habían ocultado antes de que ella llegara, pero la visión nocturna de su ojo derecho pronto localizó sus objetivos. Caminó segura hacia ellos y apuntó su rifle, sin dudarlo, ni importándole que estuviesen desarmados, ni que al igual que ella hace dos semanas, solo intentasen sobrevivir. Sin inmutarse disparó en cuatro oportunidades y continuó su marcha, dejando atrás los cadáveres de sus antiguos vecinos.

R126 caminó por las solitarias calles buscando más sobrevivientes. Su misión era clara, localizar y eliminar; al igual que todos los que como ella habían sido transformados. Sus sensores detectaron la presencia de tres individuos más; su computadora interna los identificó como un hombre, una mujer y una niña. Sin pestañar apuntó su rifle hacia el hombre, el que cayó casi enseguida con una gran quemadura producto del rayo de energía que lo golpeó. La mujer tomó de la mano a la niña y la arrastró a las sombras.

R126 escudriñó el lugar y no tardó en localizarlas agazapadas entre unos escombros; las tenía tan cerca que no necesitaba usar el rifle, simplemente tenía que estirar su duro y frío brazo. Con total naturalidad tomó del cuello de la mujer y apretó hasta que sus huesos y garganta se rompieron; a su lado la niña lloraba en silencio y veía a su madre morir, pero por poco tiempo. Por simple casualidad al caer el cuerpo sin vida de la niña, quedó abrazando el cadáver de su madre.

Siete sobrevivientes eliminados era el primer rastro de muerte que dejaba R126. La mujer que antes se llamaba Ramona ya no existía más; a pesar de que alguien que la amaba creyó reconocerla entre las sombras.

Vivi se paseaba en silencio de un lado a otro, totalmente abstraída en sus pensamientos, lo cual no pasó desapercibido para algunos.

-Te he notado muy meditativa desde que volviste de la última recolección; dijo El Jefe a la mujer. -¿Pensando en Ramona?

-Siempre pienso en ella; respondió Vivi. -Y estoy segura de que está por ahí.

-Toda mi vida he sido policía, o al menos lo era; comentó El Jefe. -He visto muchos buenos policías caer en servicio y a sus compañeros sentir la pérdida. Sé cómo te sientes, pero creo que ya es tiempo de que te hagas a la idea y aceptes que ella ya no va a volver. Por tu bien te aconsejo que llores su pérdida y la dejes ir.

-¡No!; gritó ella. Yo la vi cuando salimos. Estoy segura de que era ella.

-¿Entonces por qué no se acercó a ti?; preguntó el rudo policía.

-A lo mejor no pudo; meditó Vivi. -Puede que algo se lo impidiera.

-Puede haber sido otra persona, o incluso solo una sombra; opinó él.

-Claro que no; rebatió ella. -La conozco desde hace muchos años; desde antes que llegaran ello.

-Ok, supongamos que era ella; aceptó El Jefe. -¿Has pensado que a lo mejor no te reconoció?

-Imposible, como le dije nos conocemos hace años; objetó Vivi.

-Nadie sabe qué hacen los invasores con aquellos que capturan; comentó él. -Es probable que le hayan borrado sus recuerdos.

-Con mayor razón debo tratar de encontrarla e intentar sanarla; concluyó ella.

-Sería un suicidio que lo intentaras; advirtió El Jefe. -Además podrías poner en peligro la seguridad de todos nosotros. Por favor prométeme que no lo harás.

-Pero yo la echo de menos; dijo ella.

-Vamos recapacita, ¿ella querría que expusieras a todas estas personas?; preguntó él.

-Creo que no; pensó ella.

-Por favor prométeme que no iras a buscarla; pidió El Jefe.

-Está bien, se lo prometo; aceptó Vivi con una voz cansada, como si decenas de años la hubiesen agotado.

El Jefe sentía pena por la mujer que se alejaba cabizbaja, arrastrando los pies.

Una sombra se escabulló sin  hacer ruido por el túnel inutilizado del viejo tren subterráneo, cuando ya todos se habían dormido. Con una mochila con víveres, agua y unas vendas, premunida de una dura barra de metal, Vivi pasó por entre los fierros y escombros que ocultaban la entrada al improvisado refugio subterráneo. Una vez afuera esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad de la noche. No tenía muy claro qué era exactamente lo que iba a hacer, pero pensó que el mejor lugar para empezar su búsqueda era el lugar donde vio a Ramona por última vez. Afortunadamente no se oía ningún perro alienígena en la distancia, lo que le llamó un poco la atención. Vivi no tenía como sospechar que los invasores, aunque estaban conscientes del terror que esos animales provocaban entre los nativos, habían decidido optar por un medio más silencioso y fácil de controlar, para acabar con los pocos sobrevivientes que quedaban. Lo que pasaba en esta ciudad, estaba pasando en todas las ciudades del mundo

Vivi llegó sin hacer ruido al lugar donde estaba segura que había visto a Ramona. Con espanto lo único que vio fueron los cadáveres de un hombre, una mujer y una niña; de una familia supuso. Tragando saliva revisó los cuerpos y notó que aunque la mujer y la niña habían muerto porque alguien les había roto el cuello, según se deducía por las marcas de dedos, el hombre había muerto por el golpe de algo en su espalda que la había provocado una gran quemadura.

No era sano ni seguro quedarse ahí, así es que Vivi siguió su camino sin rumbo. En el suelo pudo notar la marca de botas nuevas del tipo usadas por los alienígenas, pero pronto perdió el rastro sobre el pavimento. Parece que esa sería una búsqueda a ciegas.

Una larga caminata que no conduce a nada suele ser cansadora y eso era lo que le pasaba a Vivi; después de cuatro horas de caminar entre ruinas y sombras sentía sus piernas pesadas. Tras unos escombros se sentó y apoyó su espalda en una muralla, luego de tomar un poco de agua sin querer cerró sus ojos y vio que a lo lejos se acercaba Ramona corriendo, tan hermosa y querida como en aquel último verano en la playa, antes de la llegada de los invasores.

Un ruido la sacó de su sueño y la volvió a la realidad; alguien se acercaba lentamente por la calle. Se acurrucó lo más que pudo tras los escombros para que no la descubrieran. Desde su escondite pudo ver a aquel extraño hombre. Tardó un rato en darse cuenta de la realidad; tal vez con una mezcla de miedo y asombro entendió de qué se trataba; los alienígenas estaban mezclando sus máquinas con las personas que habían secuestrado. Un escalofrío recorrió su columna vertebral y puso de punta los pelos de su nuca al pensar que eso mismo le podía haber pasado a su pareja.

Vivi se quedó mucho rato acurrucada abrazando sus piernas, no atreviéndose a salir aun. Había tenido la mala suerte de ver como el ser ese disparaba en forma fría con un  rifle a una persona que intentaba hallar algo de comer. Pero si quería encontrar y recuperar a Ramona no podía quedarse inmóvil eternamente. Miró con cuidado para todos lados y como no había nadie corrió rápida hasta la otra sombra.

-¿Y si Ramona había sido convertida en uno de esos monstruos?, ¿y si no la reconocía más?, ¿y si realmente estaba muerta?, ¿y si…?, ¿y si…?, las dudas y preguntas la torturaban esa noche.

Agotada se tendió bajo un hueco quedado entre los escombros de un edificio y se durmió, hasta que los primeros rayos del sol la despertaron. Hace mucho tiempo que el sol matinal no la despertaba y de alguna forma ese solo hecho tenía un efecto reparador en ella, aunque fuese una pequeña luz en ese mundo destruido.

Aunque la luz le permitía abarcar más espacio con su vista, también era cierto que la hacía un blanco fácil. Debía avanzar lo más rápido posible para no quedar expuesta. La sangre se le congeló en las venas cuando quedó frente a frente a uno de los perros alienígenas que patrullaban la ciudad; sabiendo que prácticamente no tenía forma de luchar sola contra semejante criatura, cerró simplemente los ojos ante lo inevitable.

Escuchó un ladrido y un gruñido amenazador y pensó en Ramona y en el final de su vida que se aproximaba. Sin embargo, fueron dos gruñidos distintos y ladridos que oyó. Al abrir los ojos vio como un perro normal, de su mundo, que de alguna forma se las había ingeniado para sobrevivir hasta ahora, que estaba enlazado en una desigual lucha de colmillos, de huesos contra metal; tal vez sabiéndolo  el can dio todo su esfuerzo en ese último combate que podría ser el final. Pero a veces la suerte se pone de parte del más débil, como en este caso; en un ilógico movimiento el perro logró atrapar entre sus mandíbulas la parte viva que quedaba del cuello de la bestia biomecánica y logró cercenar las venas y arterias que alimentaban lo que quedaba de su antiguo cerebro. La máquina y lo vivo al unirse se convertían en un todo y si fallaba una, la otra también fallaba. Solo fue el instinto lo que motivó al perro a morder en ese lugar, pero eso bastó para darle la victoria.

Vivi veía la colosal pelea sin atreverse a mover ni un músculo; cuando por fin terminó ésta, ambos animales cayeron inmóviles al suelo; despacio se dio la vuelta para seguir buscando. Un gemido lastimero la detuvo en seco; al volverse vio al perro vivo aun.

-¡Estás vivo!; exclamó ella al ver al animal. -Me salvaste la vida. Muy despacio se agachó y acercó la mano a su cabeza; el pobre perro se dejó consolar un rato y trató de ponerse de pie, pero volvió a caer.

-Ven, tengo que sacarte de aquí; dijo Vivi al animal, mientras lo arrastraba con el mayor cuidado posible  a un derrumbado estacionamiento subterráneo que los ocultaría por un tiempo. Sin pensarlo siquiera sacó una botella de agua y la vació sobre las heridas del perro para limpiarlas lo mejor posible. Se alegró de haber llevado vendas mientras enrollaba el lastimado hombro de su salvador.

El sol comenzaba a ocultarse y la noche nuevamente traía sus sombras benefactoras que la protegían y la ocultaban. Vivi estuvo toda la noche cuidando al perro, revisando que no siguiera sangrando y dándole de beber agua de vez en cuando; estaba tan concentrada en su labor de enfermera que cuando quiso tomar un sorbo de agua, notó que la había usado toda para confortar a su nuevo amigo.

Cansada y sedienta como estaba, sus ojos se cerraron y durmió plácidamente a pesar de todo lo ocurrido. Soñó que estaba en la playa junto a Ramona; el sueño era tan vívido y se veía tan real que hasta sintió que el agua salpicaba su rostro, mojándolo completamente. Lentamente despertó y sintió aun el agua que la mojaba; su amigo la había despertado  con lengüetazos de agradecimiento por haberlo cuidado.

-Hola amiguito; saludó al perro. -Veo que te sientes mejor.

Los días pasaban y Vivi no encontraba ninguna pista de Ramona. Las heridas de su compañero ya habían sanado y juntos hicieron un gran equipo en la recolección de víveres. De vez en cuando se topaban con algún hombre o mujer biomecánicos pero aprendieron a interpretar las señales que daba el otro y se movían en forma totalmente coordinada, como una única unidad. El perro era el mejor detector de peligro que podía desear Vivi, además que su compañía la consolaba.

Cuando ella había prácticamente perdido las esperanzas de encontrar alguna pista de Ramona, el perro se echó muy aplastado contra el suelo; Vivi ya sabía lo que eso significaba y se escondió hecha un ovillo tras los escombros. La luna estaba completamente llena y brillaba en todo su esplendor, haciendo que le resultase más fácil a sus ojos acostumbrados a las sombras ver en la noche. Caminando lentamente, escudriñando los alrededores con su rojo ojo, rifle en mano R126 buscaba sobrevivientes que capturar o matar, según fuera la orden recibida.

La luz de luna iluminaba completamente a la mujer, haciendo que sus partes metálicas brillasen como si fuesen de plata pulida.

-Ramona; dijo Vivi para sí, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Comprobaba lo peor que había temido y sin embargo albergaba una pequeña esperanza de salvarla. Puso una mano en la espalda del perro para mantenerlo lo más quieto posible, ya que lo más probable era que la mujer que conoció como Ramona hubiese sido programada para disparar en forma automática.

Lamentablemente nada podía escapar de la vista de ese ojo electrónico y la mujer no tardó en localizar a la pareja de sobrevivientes. R126 apuntó a la cara de Vivi y el perro atacó su brazo izquierdo, hiriendo su carne y haciendo que el arma se le callera de las manos. De un golpe con el brazo derecho lanzó al suelo al animal, el que quedó algo aturdido. La mujer estiró su brazo metálico con la intensión de tomar el cuello de Vivi y rompérselo, como ya había hecho con otros sobrevivientes.

La mano de R126 comenzó a temblar a escasos centímetros del cuello de Vivi, lo mismo que su rostro en el que se veía la lucha que muy en el fondo, en alguna parte de su cerebro, el último rastro de humanidad que quedaba de Ramona libraba con la máquina que la dominaba. Una leve caricia con el frío metal fue lo único que lo que quedaba de ella logró conseguir. Una pequeña descarga eléctrica generada por los chips implantados en su cerebro, quemaron las últimas neuronas donde se había ocultado Ramona, apagando para siempre su voluntad y su consciencia. Llevando sus manos a la cabeza con un gesto de dolor, dejó oír su voz por última vez.

-¡Escapa, ahora! ¡Vete!; gritó R126 con una voz gutural producida por cuerdas vocales atrofiadas por su inactividad. El rostro de la mujer se volvió frío como el metal que lo cubría.

-¡Corre!; gritó Vivi al perro que ya se había puesto de pie, mientras ella misma lo hacía hacia las ruinas de un edificio, donde tendrían más posibilidades de ocultarse de la asesina mecánica que alguna vez fue su pareja y amiga.

Sin ninguna muestra de dolor o emoción R126 tomó una pequeña lámina metálica que puso sobre su brazo herido, extendiéndose como metal fundido cubrió la herida y gran parte del brazo. Ramona ya no existía, había muerto para siempre definitivamente, mientras que la autómata R126 estaba totalmente operativa.

Como verdaderos roedores Vivi y su compañero canino se metieron entre los huecos del derrumbado edificio.

R126 tomó su rifle y se dirigió hacia las ruinas, pero en vista de que no valía la pena arriesgar un biomecanismo, los controles electrónicos en su cerebro la hicieron desistir y buscar otro objetivo más fácil.

Durante horas Vivi estuvo sollozando en la oscuridad abrazada a su perro. Cuando se sintió más calmada y resignada, se puso de pie y muy despacio buscó un hueco distinto al que usó para entrar; cuando halló una salida miró a su amigo y éste haciendo un gesto con el hocico y las orejas le indicó que el camino estaba despejado.

Vivi sentía hambre y sed y buscó un almacén con la vista; cuando lo encontró hizo un movimiento con la cabeza que su compañero entendió enseguida y ambos corrieron con la cabeza baja y se ocultaron en la primera sombra que vieron. La puerta del negocio estaba abierta y el perro entró primero, después de un rato volvió donde Vivi y la cogió suavemente con su hocico.

Aún quedaban algunas conservas, agua y para alegría de ambos, cecinas selladas y envasadas al vacío que aún no vencían. Llenaron la mochila con comida y agua y volvieron al refugio que habían encontrado entre las ruinas. El sol estaba por salir y Vivi prefería moverse entre las sombras; aprovecharían el día para descansar, comer y dormir.

Después de comer todas las cecinas y varias botellas de agua, Vivi sacó una barra de chocolate que partió en dos y que junto a su amigo disfrutaron.

 Al fin ella había asimilado la pérdida de Ramona y ahora podría continuar avanzando y sobreviviendo otro día más.

Cuando la luna ya había salido Vivi y su amigo se pusieron en marcha; confundiéndose en cada sombra llegaron hasta la oculta entrada del refugio subterráneo. En forma casi furtiva Vivi caminaba por el túnel acompañada de su fiel compañero.

-¡Alto ahí jovencita!; le gritó desde atrás un hombre.

-Hola Jefe; fue el inocente saludo de Vivi, mientras abrazaba al perro por el cuello, para mantenerlo tranquilo. -Siéntate; le ordenó cuando vio que El Jefe lo miraba con desconfianza.

-Veo que no eres muy buena para obedecer órdenes; la reprendió El Jefe.

-Ramona era mi familia y tenía que tratar de rescatarla; respondió Vivi.        -Usted habría hecho lo mismo de haber podido.

-Te entiendo y tienes razón; contestó El Jefe. -Pero mi responsabilidad es la seguridad de todos.

-No tengo como rebatir eso; comentó Vivi.

-¿Qué averiguaste?; preguntó El Jefe.

-Las personas que los invasores han capturado fueron convertidos en seres biomecánicos programados para asesinar humanos; respondió ella.

-¿Encontraste a Ramona?; preguntó El Jefe con un tono paternalista.

-Sí y no; respondió Vivi. -Ella ya no existe, fue convertida en una asesina mecánica y pude ver como moría el último rastro de su humanidad.

-Cuanto lo siento; dijo sinceramente El Jefe.

-Yo también; contestó cabizbaja Vivi. -Al menos antes de desaparecer para siempre se pudo despedir de mí.

-Veo que tienes un nuevo amigo; comentó El Jefe para disminuir la tensión.

-Sí; respondió Vivi. -Me salvó la vida y yo la suya en agradecimiento. Es muy listo y es un buen recolector.

 

 

-El planeta ha sido desinfectado casi en un ciento por ciento, capitán; informó el primer oficial a su comandante.

-Muy bien señor Morgan. Esta noche podemos celebrar por un trabajo bien hecho y mañana prepararemos nuestro regreso a casa; comentó el capitán. -Por favor avise a la base que está todo listo para recibir a los colonos.

La suerte del planeta, así como la de los pocos habitantes que habían sobrevivido estaba sellada; al igual que en otros tantos  mundos que poseían condiciones similares al de los invasores. Al haber sido sobre explotado el de ellos, pusieron los ojos en las estrellas, pero no para estudiarlas, sino que para conquistarlas y someter sus mundos.

Esa noche toda la tripulación de la nave alienígena estaba vestida con su uniforme de gala, celebrando por el término satisfactorio de otra misión.

-Los felicito a todos por el gran trabajo realizado en este planeta; habló el capitán a sus colaboradores. -Hoy celebraremos con orgullo la incorporación de otro  mundo a nuestro gran imperio.

-¡Viva el capitán!; gritó un tripulante con una copa vacía en una mano y una llena en la otra.

-Muchas gracias a todos; respondió el oficial. -Sin ustedes esto no habría sido posible. Celebremos hoy y mañana alistémonos para el tan ansiado regreso a nuestra vieja y querida Tierra.

 

 

Tétrada Oscura – Capítulo N° 5 – La Caída de Los Arcángeles 26 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 5

La Caída de Los Arcágeles

Un tenue resplandor verde inundó la dormida casa, se introdujo en el cuarto de los niños y comenzó a crecer y volverse más brillante. Isabel se quedó un rato contemplando a sus hijos y después de algunos minutos se dirigió con pasos suaves que no producían ruido sobre el piso de madera, hacia la habitación que compartía con su marido, quien dormía plácidamente.

Todo estaba tal y como lo dejó aquella noche en que todo comenzó. ¿Cuánto tiempo había pasado?; la verdad es que eso no tenía ninguna importancia. Ella simplemente había regresado al instante preciso en que los dejó dormidos en un sueño profundo, de tal forma que para su familia no había pasado ni un minuto.

Isabel experimentó una sensación extraña, nunca antes sentida por ella, al verlos así dormidos. Si lo deseaba, despertarían y el tiempo reanudaría su marcha normal para ellos. Los veía casi con curiosidad, como quien trata de imaginar la efímera existencia de un insecto, que vive toda su vida en un solo día. Ahora ella existía en una escala de tiempo totalmente distinta y que le permitía viajar de un instante a otro, sin que eso le afectara siquiera. Podía despertarlos y reanudar su vida junto a ellos, pero ella los percibía como si fuesen un fugaz pestañeo y el tiempo se los habría quitado antes de que pudiese percatarse.

Por un instante Isabel sintió un poco de nostalgia; una leve sensación de incomodidad que no alcanzó a ser llamada pena.

Tranquilamente, sin que ningún sonido la acompañase, se dirigió a la cocina. Ante un gesto de su mano el vidrio roto por la flecha disparada contra ella por un elfo claro, quedó completamente intacto y la cocina en orden.

Tras meditarlo un rato finalmente se decidió. Sus emociones hacia su familia habían cambiado completamente; su mente se había vuelto calculadora y los veía solo como ilusiones que pronto desaparecerían. Pero sabía; estaba convencida que era mejor que ellos continuaran con su vida normal. Extendiendo sus manos, como cuando se está entregando algo, cerró sus ojos y concentró su consciencia en un punto de luz verde que fue creciendo lentamente y a cobrar la silueta difusa de una mujer. Parada frente a ella, con satisfacción se vio reflejada a sí misma.

Su gemela así creada poseía todos sus recuerdos y emociones, así como toda su personalidad en general. Lo mejor de todo es que ella envejecería a un ritmo normal para los humanos y la familia podría continuar con una vida común y corriente.

Un suave destello verde iluminó la cocina y la elfa oscura se esfumó en medio de la noche, tan silenciosa como había llegado.

Isabel, porque lo más justo era llamarla como tal ya que era una imagen perfecta e ideal de ella, se sirvió un gran vaso de leche fría y se dirigió a su habitación; una vez en la cama abrazó tiernamente a su marido y se durmió dulcemente.

El tiempo seguía su curso normal, así como normal era la vida que seguiría esta familia. Sin sobresaltos ni nada fuera de lo común; excepto, tal vez, por la visita unas cuantas veces de un fantasma verde que se deslizaba por las habitaciones en alguna noche en los años venideros.

¿Cuántos años llevaban juntos?; diez, tal vez quince años. Resultaba tan difícil recordar períodos tan cortos de tiempo que Mireya miraba en forma distante a su esposo e hijos, sin poder sentir ninguna emoción por esos seres tan sutiles como la llama de una vela o como un suspiro.

La fusión con la esmeralda sagrada la había cambiado tanto como a sus tres compañeras. Su antigua longevidad ahora parecía una ilusión junto a su actual inmortalidad, que le confería su capacidad de moverse fuera del tiempo. Su comprensión de la realidad también había evolucionado a un nivel que cualquier genio envidiaría; y era esa misma condición la que ahora le indicaba lo que debía hacer.

En medio del subterráneo salón donde por años llevó a cabo sus hechizos, la bruja alzó sus brazos y en medio de un destello de luz verde otra Mireya, idéntica en recuerdos y sentimientos, así como en el cuerpo y personalidad la observaba con una tierna sonrisa en los labios.

-Cuídalos y que sean felices; pidió Mireya a su gemela.

-Pierde cuidado, recuerda que ahora yo soy tu y ellos son mi familia; respondió la otra Mireya.

-Confío en ti, tanto como en mí misma; respondió la original.

-¿Puedo hacerte una pregunta?; consultó la réplica de Mireya.

-Sí, por supuesto; respondió la bruja.

-¿Yo soy bruja también?; quiso saber ella.

-¿Deseas serlo?; preguntó Mireya.

-¿Si no lo hubieses sido tú, esto no estaría pasando verdad?; preguntó la otra.

-No, nada de esto estaría ocurriendo; respondió Mireya. -Sería una mujer normal, con una familia normal.

-Aunque la tuya es una vida muy emocionante, la otra parece tranquila y agradable, sin monstruos, asesinos, ni demonios; meditó la nueva Mireya.

-Así es, lo que le falta a una lo tiene la otra; respondió la bruja. -¿Bueno, ya decidiste?

-Sí ya sé qué clase de vida quiero; concluyó la réplica. -Quiero ser  madre, esposa y profesional, como una humana común y corriente; envejecer y también morir cuando llegue mi hora.

-Haz elegido con sabiduría; respondió Mireya a su copia, tomándola de las manos, mientras un resplandor verde la envolvía. -Ve con ellos y que sean felices; dijo la bruja mientras lentamente se disipaba.

Con paso liviano, como si despertara de un sueño reparador, Mireya subió las escaleras de piedra que conducían hacia la casa. Al cerrar la puerta a su espalda, ésta desapareció y un reloj mural ocupó su lugar. Sellado para siempre el sótano de  la bruja quedó olvidado como si nunca hubiese existido. Aunque conocía la casa a la perfección, la nueva Mireya la recorrió por primera vez, tocando cada objeto y cada pared que llamaba su atención. Frente a las piezas de los niños ella sonrió y los besó y arropó. Junto a la cama matrimonial, soltó su cabello y despertó a su marido con varios besos en el cuello; mañana era sábado y no tenía turno en el hospital, así es que podía desvelarse esa noche.

Francine se escurrió como un fantasma por toda la mansión de la familia para la que trabajaba. Huérfana desde niña, solo buenos recuerdos tenía de quienes la acogieron casi como a una hija. Como agradecimiento solicitó ser la doncella de la hija de sus patrones. Aunque el tiempo nada significaba para dicha familia, ya que al igual que ella eran vampiros, habían quedado fuera del límite de su realidad y ya no le bastaba con esa existencia tan simple y apacible.

Sin más tomó una hoja de papel y escribió una emotiva carta donde agradecía todo lo que habían hecho por ella, pero que deseaba iniciar una nueva vida a partir de cero. Pedía, por favor, que le permitieran ir y les manifestaba su eterna gratitud. La existencia de la Tétrada Oscura era un secreto y no quería arriesgarse a ser descubierta por toda una nación de vampiros con capacidades telepáticas, al igual que ella. Y por otro lado, aun con lo poderosos que eran los vampiros, en su condición actual los veía débiles y vulnerables y a pesar de los años, décadas y siglos pasados junto a esa familia, no sentía pena al separarse de ellos; su mente fría y calculadora le indicaba que eso era lo correcto y natural.

Cristina no se cuestionaba en lo más mínimo respecto al paso que estaba a punto de dar. Había llegado a la conclusión lógica de que debía alejarse definitivamente de su familia. Desde siempre había elegido el camino de ser una loba solitaria, lo que haría un poco más fácil la separación. La joven se adentró en el bosque hasta llegar a un claro bañado por la luna; tras una honda inhalación de aire Cristina separó un poco sus labios y entonó un largo aullido. Cuatro voces más le respondieron y los cinco elevaron sus voces a la luna llena.

Ya estaba hecho, Cristina se había despedido definitivamente de su manada, dejando atrás la vida a la que renunció para vivir con los humanos y la vida que eligió junto a ellos.

 

-¿Primera vez en Tierra del Fuego?; preguntó el guía a la pareja de turistas.

-Sí, queremos disfrutar el paisaje del fin del mundo; contestó la mujer con un marcado acento norteamericano.

-¿Están totalmente seguros de querer acampar aquí?; preguntó el guía, pensando en lo inhóspito que podía ser el clima ahí.

-Oh, sí, estamos acostumbrados a este tipo de climas; contestó el hombre mostrándole una fotografía de ellos acampando en una montaña nevada.

-Ya veo; aceptó el guía. -Está bien, que se diviertan; volveré a buscarlos en una semana más.

-Adiós; se despidió la mujer con una mano cuando la camioneta se alejaba.

-¿Qué te parece?; preguntó el hombre.

-Se ve todo normal; respondió ella. -Aparentemente aquí no pasó nada. Sin embargo, viendo más allá de la ilusión, es evidente que hubo una batalla tremenda, en la que se combatió usando grandes cantidades de energía.

-Energía que solo puede ser generada y controlada por ángeles; observó él.

-Eso es lo que pienso; opinó ella. -Sin embargo, necesitamos pruebas.

El páramo agreste y devastado lucía aun las cicatrices sufridas en la batalla librada entre los seguidores del proscrito Athatriel y la Tétrada Oscura; ya nunca nada más nacería en ese suelo muerto, quemado por fuegos nunca vistos por los humanos.

-Y aquí encontré una; indicó él pasando su mano sobre una zona del suelo que se veía completamente cristalizada y lisa.

-Esto solo lo pudo haber hecho el golpe de una espada flamífera.

-Entonces es verdad; opinó ella. -Los rumores de que los ángeles de Athatriel fueron asesinados son ciertos.

-Eso explicaría por qué no se ha tenido ninguna noticia de actividades de ellos o de sus seguidores; pensó él.

-¿Pero quién podría ser capaz de matar a doscientos ángeles?; preguntó ella.

-Solamente alguien inmensamente poderoso; opinó él.

-Esa cantidad de poder debería ser muy difícil de ocultar; comentó ella.

-Y sin embargo, no logro detectarla; observó él.

-Quién sea que hizo esto, parece que tiene la capacidad de ocultar su poder; meditó ella.

El hombre se agachó a ver algo en el suelo. -Creo que encontré algo, pero casi no se nota.

-¿Qué es?; preguntó la mujer agachándose también.

-Aquí se abrió un portal de fuego; observó él.

-Eso es propio de los ángeles caídos; comentó ella. -¿Dónde se abrió de salida?

El hombre cerró los ojos y se quedó inmóvil durante varios minutos, casi sin respirar ni moverse.

-¡No lo encuentro!; comentó él. -No se abrió en ningún lugar del planeta.

-¿Entonces?; preguntó ella. -A alguna parte tiene que haber llegado.

La mujer se quedó estática, como si un rayo la hubiese atravesado.

-¿Sentiste eso?; preguntó ella. -Fue como si un pequeño sol hubiese estallado.

La energía liberada por Isabel y Mireya al crear a sus gemelas no pasó desapercibida por los dos ángeles.

-Pero ya no hay nada; observó el hombre. -Fue algo muy fugaz.

-De igual forma investiguemos; indicó ella extendiendo sus doradas alas y elevándose a una velocidad incalculable, seguida de él.

Aunque fue algo que duró un instante solamente, la cantidad de energía liberada era inusual y debía ser investigado el hecho.

Isabel estaba sentada tranquilamente en el banco de una plaza meditando sobre lo que acababa de hacer, cuando vio una pareja que caminaba hacia ella; al principio no le dio importancia, pero cuando se plantaron frente suyo intuyó la amenaza que implicaban y se puso rápidamente de pie.

-¿Les puedo ayudar en algo?; preguntó Isabel para cortar la tensión.

-Es ella; dijo el hombre haciendo aparecer inesperadamente una espada de fuego en su mano derecha.

Rápidamente, sin perder ni un segundo, la elfa extendió una de sus manos y un puñal de fuego voló hasta el corazón del hombre, consumiéndolo en llamas.

No esperando semejante hecho, la mujer desplegó sus alas, pero antes de que lograse elevarse, Isabel la sujetó de ellas y con un certero golpe de la espada flamífera que acababa de encender, se las cercenó en medio de los gritos de dolor de la mujer. Sin ninguna compasión la elfa arrojó al ángel al suelo y acercó amenazadoramente la hoja de fuego a su cuello.

-¿Quién eres y qué pretendías?; preguntó Isabel con los ojos llenos de fuego.

-Nos mandaron a investigar la muerte de los ángeles seguidores de Athatriel; respondió la mujer con la voz entrecortada por el dolor.

-¿Quién los envió?; interrogó la elfa.

-Contesta; ordenó Isabel acercando aún más la espada al cuello del ángel.  -O lo preguntaré en forma más convincente.

-Fuimos enviados por uno de los arcángeles; respondió la mujer.

Isabel bajó su espada y meditó ante lo que acababa de averiguar. Sin hacer ruido la mujer se puso de pie mientras la elfa le daba la espalda y en su mano se materializó una incandescente espada flamífera. Rápidamente Isabel se volvió y descargo un golpe en el cuello de la mujer, quien fue consumida inmediatamente por llamas que surgieron de su propio cuerpo.

Tras observar como el fuego terminaba de quemar al ángel, en medio de una gran llamarada la elfa desapareció del lugar.

-Coordinador, reúna a la Tétrada Oscura enseguida; ordenó Isabel al momento de materializarse en medio del centro de operaciones del Anticristo, mientras se dirigía a la oficina de éste.

-Como ordene señora; respondió el hombre.

-¿Ethiel, pasa algo malo?; preguntó el demonio.

-No lo sé; respondió la elfa.

Al poco rato Mireya, Francine y Cristina entraban también al despacho.

-Hace un rato tuve contacto con dos ángeles enviados por los arcángeles, a investigar la muerte de los seguidores de Athatriel.

-¿Estás completamente segura de ello?; preguntó Francine.

-Lo confesaron con una espada flamífera en el cuello; respondió la elfa.

-¿Dijeron cuál de los arcángeles los envió?; preguntó Damián.

-Negativo; fue la escueta respuesta de Ethiel, quien mantenía su forma humana.

-¿Dónde están los ángeles?; preguntó Mireya. -Me gustaría poder interrogarlos.

-Eso no va a ser posible; contestó la elfa. -Tuve que matarlos en defensa propia.

-¡Lástima!, habría sido bueno obtener más información; opinó Damián. -Hay que estar atentos a todo, ya que las cosas se pueden complicar si intervienen los arcángeles.

-No me preocupan mayormente ellos; comentó Cristina. -En nuestro entrenamiento demostraron no ser rivales para nosotras.

-Aun así; insistió el demonio. -Una simulación es muy distinta a un combate real.

-Aunque así sea, sus barreras protectoras no los pueden defender de nuestros ataques; agregó Cristina.

-Sin embargo, son los ángeles guerreros más poderosos; las previno Damián.

-Es mejor que estemos preparadas para cualquier cosa; intervino Francine. -Pero no nos adelantemos a los hechos y esperemos que las cosas se den primero.

-Coordinador, comience rastreo y seguimiento de toda actividad de ángeles ocurrida en el tiempo real; ordenó Mireya.

-Enseguida señora; obedeció el aludido.

A los pocos minutos el coordinador de operaciones ingresó al despacho principal, con la información solicitada.

-Nuestro monitoreo indica que desde la eliminación de los ángeles de Athatriel, ha habido un aumento inusual, pero esperable de las actividades de los ángeles; informó el ejecutivo.

-Era de suponer que la muerte de doscientos ángeles no pasaría inadvertida; comentó Damián.

-No tuvimos alternativa; opinó Cristina. -Ellos nos atacaron y tuvimos que defendernos.

-Eso no lo discuto; dijo Damián. -A lo que me refiero es que la energía utilizada para ello, por su intensidad y magnitud, era fácil de detectar; por otro lado, también resultará sospechosa la desaparición de los dos ángeles en manos de Ethiel.

-¡Yo solo me defendí!; contestó ella molesta.

-Estoy seguro de ello; la calmó el demonio. -Lo que pasa es que nunca antes había sido asesinado un ángel.

El arcángel se paseaba preocupado debido a que uno de los equipos enviados a investigar la muerte de los ángeles no se había reportado como se les había ordenado. Si fue un error de ellos, los reprendería en forma apropiada; mientras tanto enviaría a otra pareja al último lugar informado siguiendo una pista.

Una pareja paseando tomados de la mano no llamaba la atención de ninguna de las pocas personas que aun andaban en el parque disfrutando de la noche.  Lentamente ambos dirigieron sus pasos hacia un banco cercano.

-Hasta aquí llega la pista; dijo la mujer.

El hombre se inclinó para abrochar sus zapatos, mientras tocaba el suelo con sus dedos.

-Aquí hay un golpe con espada flamífera; dijo él en voz baja.

-Ahí y ahí murieron los dos ángeles desaparecidos; indicó la mujer con sus manos. -Pero no parece haber signos de combate.

-Creo que no hubo ninguno; opinó él. -Esto parece más una ejecución.

-¿Pero quién podría tener el poder necesario para hacerlo?; preguntó ella.

-Informemos inmediatamente nuestro descubrimiento; decidió el ángel.

Lo escuchado por el arcángel solo confirmaba lo que ya sospechaba. El hecho de que se hubiese usado espadas flamíferas para matar a los ángeles implicaba solo una cosa; ángeles caídos estaban detrás de esto. Sin embargo, no había ningún indicio de actividad de los seguidores de Lucifer al respecto, excepto por la reunión de las cuatro mujeres que se hacían llamar la Tétrada Oscura, cuando el mundo estuvo a punto de ser destruido, claro que en ese entonces Lucifer informó de ello y recibió autorización para actuar. Tal vez quedaba la posibilidad de que sin que él lo supiese, las mujeres hubiesen descubierto la forma de aumentar sus poderes hasta ser capaces incluso de matar ángeles. De ser ese el caso, era probable que ni el mismísimo Lucifer se atreviese a enfrentarlas ahora y se hubiese desentendido de ellas, al igual como solía hacerlo con sus otras creaciones. No importando cuál era la causa, era necesario destruir a la Tétrada Oscura antes de que se volviese totalmente incontrolable.

El arcángel sabía que sería necesario desplegar un gran contingente de ángeles guerreros, incluso se podría requerir la intervención de los otros arcángeles. Personalmente deseaba que no fuese así, ya que la guerra era algo que prefería evitar si era posible, a diferencia del arcángel Miguel que parecía vibrar con ella e incluso disfrutarla.

El hecho de que la Tétrada Oscura hubiese desaparecido literalmente de la superficie del Planeta Tierra, aumentaba sus sospechas de que esas cuatro mujeres eran las responsables de la muerte de doscientos ángeles y posiblemente también de sus enviados.

La asistente de Damián entró con una expresión de preocupación en el rostro.

-Señor, perdón que lo interrumpa, pero ha llegado un comunicado por parte de los arcángeles; informó la secretaria  a su jefe.

-¿De qué se trata?; preguntó El Anticristo.

-Los arcángeles solicitan que se entregue inmediatamente a la Tétrada Oscura para que respondan por la muerte de los ángeles de Athatriel y de dos ángeles mensajeros; dijo ella un poco asustada de lo que estaba comunicando.

-Contésteles que se ha perdido todo rastro de la Tétrada Oscura desde que intentaron sellar la fisura entre planos; ordenó Cristina. -Dígales que no se han puesto en contacto desde entonces y que se desconoce su paradero; se sospecha que probablemente no lograron sobrevivir a la misión. Indíqueles que debido a lo particularmente grave de la situación y las amplias repercusiones que para ambos bandos puede haber si sus sospechas son correctas, pueden contar con nuestro apoyo. Atentamente El Anticristo Damián…

La secretaria miró con cara de pregunta a su jefe.

-Obedezca; respondió él.

La ropa que llevaba recién puesta Cristina fue reemplazada por su armadura, de igual forma que en sus compañeras.

-Fue un placer conocerlo jefe; dijo Ethiel, obsequiándole su puñal de elfa oscura.

-Cuando todo esto termine volveremos, señor; agregó Mireya.

-Mantenga encendida la flama del licor; dijo Cristina. -Se me antojará una copa cuando regrese.

-Hasta pronto; fue la simple despedida de Francine.

-Hasta pronto chicas; respondió Damián. -No dejen que esos bonachones las asesinen. Recuerden que poseen la esencia de Lucifer.

En una extensa planicie deshabitada las cuatro mujeres aparecieron de la nada luciendo como cuatro columnas de negro carbón. Una densa niebla oscura manaba del cuerpo de todas ellas y se elevaba, al igual que el fuego que nacía de sus ojos. La Tétrada Oscura pronto sería detectada por los arcángeles y eso era precisamente lo que ellas deseaban.

-¡Salgan de su escondite cobardes!; gritó Mireya haciendo temblar la tierra con su voz.

-Su amo no los protegerá para siempre de nosotras; agregó Cristina.

-Vámonos de aquí; dijo Francine. -Estos débiles y patéticos inútiles están tiritando de miedo.

Lo que ellas pretendían provocar ocurrió cuando el cielo se rajó, dejando pasar a cientos de ángeles guerreros. Cuando ya estaban lo suficientemente cerca descargaron una devastadora lluvia de fuego sobre las cuatro mujeres; cuando el viento y el infierno se disiparon, inalterables permanecían ellas. Ethiel elevó sus brazos y millones de gotas de fuego cayeron sobre las legiones de ángeles, perforando sus alas y sus cuerpos, incendiándolos y vaporizándolos en el aire.

-¿Y estos son los ejércitos celestiales?; preguntó despectiva Cristina.

Era claro que esa estrategia estaba destinada al fracaso; a la Tétrada Oscura no se le podía atacar de frente, ya que al hacerlo se exponían a una masacre inevitable.

Varias legiones de ángeles armados con sus espadas flamíferas, zumbando ansiosas de encontrar un objetivo se materializaron a la espalda de la Tétrada.

Con un aullido que hizo temblar cielo y tierra Cristina liberó a la bestia dormida. Como una exhalación, la licántropa clavó sus garras incandescentes en el pecho del ángel que tenía más cercano, consumiéndolo en llamas que el viento avivó. Aprovechando la ocasión, otro ángel descargó su ardiente espada sobre Cristina, pero con su mano libre atrapó el brazo de éste, corriendo igual suerte que el anterior.

Las garras de Francine brillaban en sus manos y sus ojos despedían fuego, en un gran salto giró en el aire y encendió su espada. La vampiresa no tardó en verse rodeada por decenas de ángeles que la amenazaban con sus luminosas espadas. A pesar de lo apremiante de la situación la adrenalina se había convertido en energía pura gracias al poder de la esmeralda sagrada. Respirando hondo Francine giró rápidamente transformando su cuerpo en un torbellino de fuego que se desplazó vertiginosamente entre las filas enemigas, convirtiendo en cenizas a cientos de ángeles.

El arcángel se veía preocupado; tan solo tres de las cuatro mujeres habían entrado en combate y varias legiones bajo su mando habían perecido.

El báculo de Mireya escupía chorros de fuego que quemaban a los ángeles como si se trataran de hojas arrojadas a una hoguera.

Una cegadora ola de fuego llenó el campo de batalla; el arcángel sostenía con fuerza su espada mientras lanzaba un ataque definitivo contra la Tétrada Oscura.

-Esta abominación termina aquí y ahora; pensaba el arcángel mientras continuaba su ataque.

Al cabo de unos minutos de una cataclísmica descarga de energía de su espada, finalmente él bajó su arma. Nada en toda su eterna vida lo había preparado para lo que tenía frente a sus ojos. Si no hubiese sido por sus increíbles reflejos y su velocidad como el pensamiento, no habría podido esquivar a tiempo el formidable rayo que surgió cuando el fuego de las cuatro espadas de las mujeres se unió en uno solo. Sin inmutarse ellas continuaron con ese ataque mientras él volaba veloz para alejarse. Un imperceptible movimiento de ellas puso el disparo por delante de él; el guerrero alado no pudo evitar chocar de frente con el infernal golpe, que en medio de un cegador resplandor lo hizo arder como un pequeño sol. Francine, abriendo en cruz sus brazos absorbió en sí toda la energía del caído arcángel. 

Nunca antes un ángel de esa categoría había muerto y eso no lo tolerarían los otros seis.

Inmediatamente la respuesta no se hizo esperar y el azul del firmamento se abrió en un cegador destello de mil soles. Cinco arcángeles vestidos con  resplandecientes armaduras aparecieron seguidos de miles de ángeles guerreros, todos portando terribles espadas de fuego.

-Esto se va a complicar un poco; opinó Mireya.

-¿Eso crees?; preguntó Cristina lanzando un largo aullido.

De pronto decenas de aullidos llegaron en respuesta, seguidos de una inmensa jauría de lobos de luz que atacaron a las legiones de ángeles, que inútilmente intentaron defenderse; una lluvia de cenizas fue lo único que quedó de ellos. Sin perder tiempo los arcángeles descargaron todo su poder sobre las mujeres, las que se lanzaron violentamente sobre ellos, golpeando sus espadas en una encarnizada batalla. Cada golpe desencadenaba una lluvia de fuego, acompañada de cegadora luz.

Francine tuvo la mala suerte de verse enfrentada a dos arcángeles, lo que la ponía en evidente desventaja y peligro. Sin darle mayor importancia a eso, ella peleaba con dos espadas flamíferas en sus manos. Sin embargo, ambos arcángeles eran muy rápidos y uno atrajo toda su atención; oportunidad que aprovechó el otro para dejar caer la hoja de su espada en la espalda de la vampiresa. De no haber sido por la oportuna maniobra con que una espada detuvo el golpe del arcángel, Francine habría sido consumida por su fuego. Enlazando la espada que llevaba en su mano derecha con la del ángel, clavó la otra en su pecho. Las cenizas procedentes del calcinado cuerpo del otro arcángel se unieron a las otras. Una sonrisa ocupó el rostro de la vampiresa al ver la figura vestida con armadura roja que pegaba su espalda a la de ella.

-No esperaba verlo aquí maestro; dijo la vampiresa a su maestro.

-¿Pensabas que me perdería la diversión?; preguntó Telal.

Cuatro rayos se unieron en uno solo rompiendo en pedazos la barrera protectora del cuarto arcángel que caía bajo la Tétrada Oscura. Los dos sobrevivientes sabían que no podrían retirarse del campo de batalla, aunque eso significase que pasase lo que nunca había pasado.

Los arcángeles se juntaron y una intensa luz los envolvió a ambos.

-¡Cúbranse!; gritó Telal cuando brotó el chorro de fuego que les pegó de lleno a los cinco.

Si no hubiese sido por las poderosas barreras de la Tétrada y la armadura del demonio, se habrían convertido en humo que el viento se habría llevado.

Dos piedras incandescentes cayeron del cielo a ambos lados de los arcángeles que se habían posado en tierra, impidiendo que se movieran de su posición. Las cuatro mujeres bajaron sus espadas y extendieron ambos brazos hacia ellos; una negra y densa niebla emanó de sus cuerpos y sus ojos despidieron llamas cuando descargaron ocho chorros de fuego que coincidieron en un único punto que se convirtió en un rayo que perforó sin resistencia la coraza de energía que protegía a los arcángeles, tocando finalmente sus cuerpos e iluminándolos cegadores; con placer Francine abrió sus manos y recibió en ellas la luz en la que se habían convertido los ángeles hasta que se disipó aumentando el brillo de sus ojos.

-No puedo creer que hemos matado a seis de los arcángeles; opinó Mireya. -No fue tan difícil.

-No te confíes hechicera; recomendó Telal. -Aún falta el más poderoso, el arcángel Miguel, pero ese es mío. Tengo un asunto pendiente con él.

-¿A qué se refiere señor?; preguntó Cristina.

-¿Alguna vez han visto una representación hecha por los humanos del arcángel Miguel empuñando una lanza, con un demonio bajo su bota, humillado como una rata?; preguntó Telal.

-Sí, alguna vez vi una; respondió Francine.

-Pues, yo era ese demonio; respondió Telal. -Y ahora me toca a mí la revancha;  hoy él caerá bajo mi espada, aunque me cueste la vida lograrlo.

-¿Pondría en riesgo esta misión solo por una venganza personal?; preguntó Ethiel.

-Estratégicamente es inaceptable; recapacitó el demonio.

-Al diablo con lo correcto; cortó Ethiel. -El arcángel Miguel es suyo.

-Pero sus legiones son nuestras; agregó Francine mostrando sus colmillos.

Un extraño silencio llenó el ambiente, como el que precede al trueno antes de la tormenta. De pronto ese silencio fue roto por un extraño sonido que retumbaba como una gran bocina de barco, que venía de todos lados.

-Siempre tan ególatra, que le gusta avisar estruendosamente cuando llega; comentó Telal.

Un brillo intenso iluminó el cielo como un segundo sol y cientos de ángeles con armaduras y espadas aparecieron, dividiéndose en dos formaciones perfectamente ordenadas. Un nuevo brillo más intenso, aunque el anterior iluminó todo el firmamento; cuando el fulgor desapareció, en medio de los dos flancos de ángeles flotaba el último y más poderoso de los arcángeles, con sus alas brillantes como metal desplegadas en toda su extensión. Una deslumbrante armadura cubría su cuerpo que parecía ser gigantesco y en su mano derecha sostenía una gran lanza de fuego, mientras que una espada flamífera colgaba de su cintura.

-¿Está seguro que quiere enfrentarlo usted?; preguntó Mireya al demonio.   -Se ve muy poderoso.

-He esperado toda una eternidad para esta oportunidad; respondió Telal.     -Aunque me cueste la vida.

-Muy bien, es todo suyo maestro; aceptó la bruja.

 

-¡Este combate es nuestro Miguel!; gritó Telal al arcángel.

-Según parece no estás en posición de exigir nada traidor…, arcángel renegado; respondió Miguel con una voz de trueno que hizo temblar el suelo.

-¿Fue un arcángel?; preguntó Ethiel.

-Sí, pero yo aprendí a pensar por mí mismo; respondió el demonio. -No soy un títere de su amo.

-Ríndete ahora y solo cortaré tus alas; ofreció el arcángel.

-Eres muy valiente cubriéndote con tus vasallos; respondió Telal. -¿Qué tal si les ordenas que no intervengan?

-Tienes una lengua muy hábil demonio; respondió Miguel sin caer en el truco. -¿Cuán hábil es tu brazo?

Uno de los ángeles rompió la formación y Mireya lanzó su báculo al aire. Una brillante burbuja envolvió a todos los ángeles que estaban a la derecha del arcángel, mientras Ethiel sopló sobre su mano y otra burbuja de iguales características atrapó a los ángeles que se encontraban a la izquierda de Miguel.

-Muy bien, solo tú y yo; dijo Miguel desplegando sus alas y encendiendo su impresionante lanza flamífera.

-Tétrada no intervengan más. Es una orden; gritó Telal al elevarse.

Varios ángeles dispararon con sus espadas y manos tratando de romper desde adentro la burbuja que los aprisionaba; sin embargo, para su sorpresa, toda esa energía rebotó por todos lados, convirtiendo la esfera en una bola de plasma incandescente que los desintegró a todos en forma casi instantánea.

-Lástima y pensar que se podrían haber salvado; dijo Francine extendiendo una de sus manos y dejando que toda esa energía fluyera por ella llenando todo su ser.

-Haz absorbido mucha energía; observó Mireya en voz baja. -¿Cómo te sientes?

-Magníficamente bien; contestó la vampiresa. -Creo que podría destruir el Sol de un solo golpe si lo deseara.

-Mejor ni se te ocurra intentarlo; sugirió Cristina. -Acabarías con el sistema solar.

-Es solo una forma de decir; aclaró Francine. -Si lo rompiera no podría volver a broncear mi hermoso cuerpo.

-Por favor no me distraigan, no quiero perderme ningún detalle de este combate; las calló la elfa oscura.

Las puntas de las lanzas de ambos arcángeles chocaban con grandes destellos de luz y gotas de fuego caían como lluvia que todo lo quemaba.

Las alas cubiertas de metal reflejaban el sol en cada movimiento, haciendo difícil verles bien a simple vista.

A esta altura del combate no se podía saber quién sería el vencedor, pues ninguno superaba en fuerza y habilidad al otro. Telal sin embargo, había planeado muchas veces este encuentro en su mente y repasado cada detalle del primer enfrentamiento con Miguel, en el que había sido humillado como una sabandija.

Un golpe, una estocada, cada uno no lograba tocar a su rival, a diferencia de sus armas que despedían fuego con cada contacto. Las alas de ambos batían el aire provocando fuertes ventiscas que en ocasiones alcanzaban niveles huracanados.

La Tétrada Oscura observaba atenta, registrando en su mente calculadora cada movimiento percibido por sus superdotados sentidos.

Las lanzas se engancharon, Telal giró la suya rápidamente tres veces y agitó sus alas, quedando más elevado que Miguel; la lanza del arcángel se soltó de sus manos y cayó produciendo un silbido igual al de una bomba al caer, originando un gran cráter al golpear el suelo. Casi en el mismo movimiento el demonio clavó su lanza en una de las alas de Miguel, haciendo que éste perdiera su equilibrio y cayera violentamente en picada; no obstante sus reflejos eran rápidos y logró a tiempo frenar el descenso y aterrizar de pie.

Como un rayo Telal aterrizó junto al arcángel, listo para combatir en tierra. Ambos arcángeles encendieron al mismo tiempo sus espadas flamíferas y en un titánico cruce de golpes las enlazaron en una danza mortal. Cada golpe brillaba con el resplandor de diez soles. El calor desprendido era abrazador y sin embargo, ninguno de los dos daba muestras de agotamiento, a pesar de la tremenda potencia de los impactos y del tiempo que llevaban luchando.

Un afortunado movimiento de Miguel le permitió acertar un golpe en el brazo izquierdo de Telal, provocándole un gran corte que el demonio ignoró por completo. En lugar de debilitarlo, la herida parecía inyectarle más energía y fuerza, haciendo retroceder a su adversario por la violencia que había cobrado su ataque.

Desde la mano izquierda de Telal surgió un cegador destello que hizo que Miguel cerrara sus ojos una fracción de segundos, tiempo que el demonio aprovechó para saltar y ponerse a la espalda del arcángel.

 El primer golpe amputó la mano derecha de Miguel, extinguiendo inmediatamente su espada. Una fuerte patada en la espalda lo hizo caer de rodillas al suelo. Triunfante Telal puso una bota en su pecho, mientras con la otra pisaba la mano izquierda del abatido arcángel.

-He esperado toda una eternidad por este momento; dijo el demonio dejando que la hoja de fuego de su espada separara la cabeza del cuerpo de su enemigo. La cantidad de energía liberada fue la equivalente a una bomba nuclear al estallar.

Triunfante Telal guardó su espada y caminó airoso y orgulloso hacia sus discípulas, que habían sido testigos de la batalla más formidable de toda la eternidad.

La muerte de todos los arcángeles y la destrucción de los ejércitos celestiales, así como la confirmación de la Tétrada Oscura como la fuerza suprema, había roto el equilibrio de poder; lo que permitiría a los ángeles caídos replantear su posición en el nuevo orden establecido.

Con el correr de los siglos nuevas leyendas y nuevas religiones nacerían en torno a la figura de las cuatro mujeres que se elevaron más allá del cielo y del infierno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tétrada Oscura – Capítulo N° 2 – Enemigo Oculto 16 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 2

Enemigo Oculto

-¿En qué estabas pensando cuando aceptaste esta asignación?; reclamó el camarógrafo tirado en el suelo, afirmando con una mano la cámara y con la otra el casco, mientras las balas pasaban peligrosamente cerca.

-Alguien tenía que reportear este golpe de estado; respondió Cristina también en el suelo con su micrófono en una mano. -Además ya me tenían aburrida los reportajes huecos de los ricos.

-Aquí Cristina Ramírez, transmitiendo directamente desde las cercanías del palacio de gobierno de la República Badalaika; hablaba casi gritando la reportera para hacerse oír en medio de los disparos y detonaciones. -Las fuerzas leales al gobierno  no aceptaron el ofrecimiento de los rebeldes de traicionar al presidente y están oponiendo una fuerte defensa del palacio.

A toda marcha un tanque perteneciente a la fracción  rebelde del ejército enfiló contra la puerta principal del palacio, pero otro tanque de iguales características, de las fuerzas leales, le salió al paso apuntando su cañón contra la otra unidad.

-No te pierdas ni una toma; dijo Cristina a su compañero ante el inminente choque de los dos titanes.

Tal vez por error, tal vez por no desear lastimar a quienes fueran sus compañeros de armas, el artillero del tanque defensor descargó su proyectil contra las orugas del agresor, dejándolo completamente inmovilizado. Sin embargo, ninguno de los tripulantes esperaba tal respuesta; girando su torre el tanque rebelde disparó dos veces contra la torreta de combate del otro blindado, haciéndolo estallar en medio de una gran bola de fuego. Cuando el vehículo enemigo giraba su cañón contra el palacio de gobierno, reventó entre llamas y metal quebrado, cuando el proyectil lanzado desde un avión leal cruzó sobre el campo de batalla.

-Con esto ya tengo asegurado el Premio Pulitzer; decía el camarógrafo, que se había puesto imprudentemente de pie, dejándose llevar por la emoción y la adrenalina que inundaba su sangre.

-¡Agáchate!; gritó Cristina, golpeándole las piernas desde el suelo con una de las suyas, haciéndolo caer de espalda justo cuando una bala pasó rosándolo.

-Casi te tengo que llevar en una bolsa plástica; lo recriminó ella.

Cristina no alcanzó a terminar de hablar cuando inesperadamente la interrumpió su teléfono celular.

-Hola hermano, tanto tiempo sin saber de ti; lo saludó ella. -¿Podríamos comunicarnos más tarde?, hay algo de bulla aquí y no te escucho muy bien; dijo mientras se oía la explosión de una granada.

Después de unas cuantas horas más de un intercambio incesante de disparos, las fuerzas golpistas fueron derrotadas por las leales al gobierno y sus cabecillas fueron fusilados sin juicio alguno, frente a los distintos  representantes de la prensa internacional, para dar un ejemplo a todos.

Temprano al otro día Cristina y su camarógrafo regresaban cómodamente a bordo de un avión, dejando atrás el convulsionado escenario del día anterior. Para adelantar un poco de trabajo la reportera sacó su computador portátil; lo primero que le llamó la atención fue ver un correo electrónico marcado como urgente, enviado por su hermano, a quien hace años que no veía.

Como lo supuso Cristina, el mensaje era totalmente ilógico a primera vista; Diego lo había codificado como lo hacían cuando eran jóvenes y querían mandarse mensajes sin que sus padres se enterasen. Sin ninguna dificultad pudo descifrarlo y enterarse de su contenido; lo cual aceleró su pulso inmediatamente.

-“Cazadores furtivos. Manada en peligro. Ayúdanos”.

Alguien los había localizado e identificado. Debía moverse lo más posible y alterar su rutina para hacer que quienes la cazaban perdieran el rastro. Por otro lado, era necesario que buscara e intentara salvar a los miembros de la manada que hubiesen sobrevivido.

Diego estaría protegiendo, supuso, a su esposa y a sus dos hijos; de su padre y su madre no tenía noticias.

La situación era extraña y complicada. Seguramente en cuanto bajaran del avión la seguirían.

-¿Todo bien?; preguntó el camarógrafo al ver la cara de preocupación de Cristina.

-Es mi hermano, que sufrió un accidente y debo ir a verlo; mintió la reportera.

-¿Vas a ir mañana?; quiso saber su compañero.

-No. Voy a ir apenas aterricemos; contestó ella.

-No puedo ir al departamento; pensó para sí la joven. -Seguramente me estarán esperando.

-¿Quién podría saber de nosotros?; se preguntaba Cristina. -Debo encontrar a la manada.

Por primera vez en muchos años se sentía sola y desamparada; pero a pesar de eso sabía que solo ella podría ayudar a los suyos.

Ya en el aeropuerto Cristina subió en uno de los muchos taxis que había ahí esperando pasajeros. Inmediatamente apagó su teléfono celular y lo tiró por la ventanilla. Después de hacer dar unas cuantas vueltas al taxista, descendió del vehículo e hizo parar otro. Esa maniobra la repitió varias veces y se dirigió a pie a un hotel de cuarta categoría para pensar que hacer.

Cuando niña su abuela le había contado la historia de un grupo de cazadores que cada cierto tiempo los perseguía, pero siempre lo tomó como un cuento para niños igual que el del cuco o algo así, hasta ahora…

Después de meditarlo un  rato, decidida se puso de pie; sabía que no había tiempo que perder. Pidió un taxi a la recepcionista del hotel y al salir le pasó varios billetes para que olvidara que ella había estado ahí, si es que alguien preguntaba.

Después de dirigirse al otro lado de la ciudad, descendió del vehículo y toda vestida de negro, como si de una ladrona de las que salen en las películas se tratase, recorrió a pie las pocas cuadras que la separaban de la casa de sus padres.

Las luces estaban apagadas pero la puerta principal estaba entreabierta. Desconfiada dio la vuelta a la manzana y saltó la pandereta que separaba a la casa de los vecinos.

Sigilosamente como era su costumbre, se acercó a la ventana de su antigua habitación y con un leve empujón hacia abajo y al lado, la deslizó suavemente. -Por suerte aun no arreglan esta ventana; pensó.

Sin hacer ningún ruido, furtivamente como un animal cazando, recorrió toda la vivienda sin encontrar a nadie en ella. Tanto el living como la cocina se hallaban totalmente desordenados, con distintos objetos rotos y desparramados en el suelo; los signos de que había habido una pelea ahí eran bastante claros y evidentes. Unas cuantas manchas de sangre indicaban que sus padres se habían defendido con fuerza; sin embargo, no se encontraban por ningún lado.

Cristina revisó detenidamente la habitación, en busca de alguna posible pista que le indicase la suerte corrida por sus padres. Clavado en el brazo de un sillón halló un pequeño dardo con  un olor picante; al olerlo la nariz le ardió, pero albergó la esperanza de que ellos aún se encontrasen con vida.

Una pequeña estatua de metal presentaba una raspadura y abolladura, como si algo hubiese rebotado en ella. Forzando al máximo su vista recorrió con ella el living, hasta que incrustada en un mueble encontró una bala. Valiéndose de un cuchillo logró sacarla.

Un intenso dolor recorrió su mano derecha al momento de tomar el proyectil para guardarlo.

-¡Aahh!; se quejó viendo su piel lastimada. -Es plata.

Fue obvio para la joven que quienes habían capturado a sus padres sabían perfectamente cuál era su naturaleza verdadera y a qué se enfrentaban. Sin embargo, no fueron lo suficientemente precavidos como para ocultar su olor.

Tan sigilosamente como había entrado, Cristina dejó la abandonada propiedad. En su cerebro se había grabado el olor de los captores y los seguiría sin que nada lo pudiese impedir.

Dejó de pensar, dejó que su instinto la guiase; su cerebro le indicaba hacia dónde dirigirse. Sin percatarse llegó hasta la casa de su hermano.

Los cazadores habían pasado ya por ahí. El interior de la casa estaba tan revuelto y estropeado como la de sus padres. Libros tirados, muebles volcados, objetos rotos y manchas de sangre. La familia había dado una feroz pelea, pero ya no estaban. El aire se sentía picante por la cantidad de dardos tranquilizadores disparados.

Sobre una puerta una mancha de sangre y unas garras marcadas en la madera indicaban que se habían transformado para defenderse, pero que aun así no pudieron impedir ser capturados.

Cristina  tomó consciencia plena de que el destino de su familia, de su manada, estaba en sus manos. Necesitaba respuestas y sabía dónde conseguirlas.

Lenta y silenciosamente se acercó hasta el edificio donde estaba su departamento. Confiaba en que estarían esperando que entrase por la puerta, por lo que se deslizó por el callejón que quedaba a un lado y trepó silenciosamente por la escalera de incendios. Sus sospechas eran correctas; su agudo sentido del olfato le indicó que había intrusos en su hogar. Cuatro hombres la estaban esperando con la luz apagada; uno en la cocina, dos en el living y el cuarto en el dormitorio; aguardaban a que su presa entrase para poder capturarla, viva si era posible.

Tapándole con una mano la boca al tipo que estaba en la habitación, le giró rápidamente la cabeza rompiéndole el cuello, sin que alcanzase a dar la voz de alarma.

-¡García!; llamó uno de los hombres que estaban en el living.

-¡García!, te estoy llamando; insistió.

En vista de que el hombre que estaba en la habitación no contestaba, los que estaban en el living se miraron en silencio y desenfundaron sus armas. De una patada uno abrió la puerta, apuntando al interior, mientras el otro lo cubría. Su compañero yacía tirado sin vida con el cuello roto; antes de que pudiese reaccionar, Cristina, que se había ocultado tras la puerta, lo tomó del cuello por detrás; girando violentamente sus manos sintió como se partían los huesos de la nuca de su víctima.

Al ver a su socio caer, el otro hombre disparó dos veces; sin embargo, los reflejos de Cristina eran tan rápidos que logró esquivar las balas y a la vez sujetar el brazo de su agresor y desarmarlo. Sin soltar a su presa, con el otro brazo atrapó el cuello de su atacante y giró velozmente con él, a consecuencia de lo cual lo desnucó limpiamente. Ante el alboroto, el hombre que estaba en la cocina, disparó varias veces. Con el cuerpo del tercer hombre aun en sus manos, Cristina se protegió de las balas, como si se tratase de un escudo.

Tomando una de las pistolas en el suelo, la joven disparó contra él hiriéndolo en un brazo, con lo que pudo desarmarlo. Sin perder tiempo se abalanzó sobre él y lo derribó, sujetándolo del cuello.

-Dime dónde está mi familia y te prometo que te daré una muerte rápida y sin dolor; exigió amenazante la mujer.

-No te tengo miedo monstruo; contestó valientemente el hombre.

-Si no hablas romperé todos tus huesos antes de matarte; dijo Cristina quebrándole una mano al tipo en medio de un grito de dolor de éste.

-Pierdes tu tiempo, no hablaré y tú familia también morirá; respondió él.

-Si no me dices lo que quiero escuchar te devoraré lentamente mientras estás con vida; dijo Cristina mientras sus ojos se volvían dorados. -Sabes lo que soy y sabes que puedo hacerlo.

La piel de ella comenzó a cubrirse  de un sedoso pelaje negro. Abriendo mucho los ojos el hombre rogó por su vida, dominado por el pánico que había reemplazado a su anterior valor, el que se había esfumado ante la vista de las fauces en que se comenzaba a transformar la fina boca de la mujer.

-¡Por favor espera!, te lo contaré todo pero no me hagas daño; rogó el hombre.

Deteniendo su transformación Cristina volvió a la normalidad.

-¿Quiénes son y qué han hecho con mi familia?; preguntó ella.

-Somos una vieja orden que durante siglos hemos estado cazando a los de tu clase; contestó él.

-¿Por qué?; preguntó ella.

-Porque son una abominación ante los ojos de Dios; respondió el hombre, haciendo pensar que pertenecía a algún tipo de grupo religioso.

-¿Qué han hecho con mi familia?; exigió saber Cristina.

-Están prisioneros en las afueras de la ciudad; respondió el asustado hombre. -Los estudiaremos  para averiguar más de ustedes y cómo poder acabarlos a todos de una vez.

-¿Dónde exactamente?; preguntó Cristina.

-No lo sé, he estado solo una vez ahí y me dormí todo el viaje; respondió el hombre. -No sé cómo llegar.

-¡Mientes!; gritó Cristina quebrándole la otra mano.

-Juro que no lo sé; intentó defenderse él.

Cristina olfateó bien al hombre por todos lados.

-No importa, ya sé cómo llegar; dijo mientras giraba la cabeza de él dejándolo tirado.

El rastro dejado por los cazadores era muy claro para Cristina. Manteniendo un  trote constante y rápido, amparada por las sombras de la noche, en pocas horas se encontró frente a lo que parecía ser una vieja faenadora de ganado. No sería muy fácil entrar, ya que el perímetro estaba monitoreado por cámaras de vigilancia y guardias armados patrullaban los alrededores.

Cuando las cámaras giraban, Cristina corrió agachada hasta una muralla y siguió avanzando pegada a ella, hasta colocarse a la espalda de un guardia, que antes de darse cuenta cayó con el cuello roto.

Dos guardias cerraban la entrada; como una fiera se lanzó sobre ellos, rompiéndole la espalda a uno con una de sus rodillas y el cuello al otro con sus manos. Su fuerza, sigilo y agilidad formaban una combinación letal.

Afortunadamente para ella la iluminación no era muy buena; parecía ser más una instalación provisoria de campaña, que una base permanente. Caminando suavemente para no delatar su presencia, Cristina llegó hasta una celda en que estaban en muy mal estado su padre y su madre.

-¡Hija!; exclamó sorprendida la mujer afirmándose con dificultad en la reja de su celda.

-Debes salir de aquí; advirtió su padre. -Es una trampa.

Antes de que pudiera reaccionar, Cristina se vio inmovilizada por varias cuerdas que la sujetaban a la pared. Furiosa se transformó en forma casi instantánea rompiendo sus ataduras; el aire silbó cuando muchos dardos tranquilizantes se clavaron en su cuerpo, dejándola rápidamente inconsciente.

Al despertarse sintió muchísimo dolor en sus muñecas y tobillos. Acostada en una camilla se dio cuenta de que estaba sujeta por esposas de plata, lo cual explicaba el dolor que sentía.

-Te estábamos esperando monstruo; dijo un hombre con lentes y bata blanca. -Confieso que tú sola nos has dado más problemas que todo el resto de la manada junta.

-No crean que se saldrán con la suya malditos maniáticos; respondió Cristina intentando transformarse.

Sus ojos se volvieron dorados un instante, pero inmediatamente retornaron a su color norma.

-¿Sorprendida?; preguntó burlón el hombre. -Mientras tengas puestos los grilletes  de plata no podrás convertirte en la bestia, demonio infernal.

-Voy a estudiar a las hembras primero; dijo el hombre tomando una sierra rotatoria con la que se disponía a abrir el cráneo de Cristina. -Empezando por ti.

Cristina desesperada trataba de soltarse de sus amarras, pero éstas eran de ese terrible metal.

-Lucha cuanto quieras monstruo; dijo el hombre encendiendo su mortífera herramienta.

El tipo quedó inmóvil un momento, no alcanzando a acercarse a la camilla, desplomándose con una flecha ensartada en medio de su frente.

Una neblina negra se extendió por el techo, ante el contacto de la cual todas las cámaras de vigilancia comenzaron a humear.

Una corriente de aire rodeó la camilla y de a una las esposas de plata se quebraron.

-Ven, aléjate de la plata; dijo una joven.

-¡Francine!, gracias; contestó Cristina al borde del desmayo.

-¿Por qué no nos llamaste?; la reprendió la elfa oscura mientras mataba a un guardia con una flecha y arrojaba su puñal a otro.

-No pensé que les interesarían los problemas de mi pueblo; contestó con dificultad la loba.

-No nos interesan; respondió Mireya. -Pero tú eres nuestra compañera y lo que afecte a una afecta al grupo.

-Libera a tu familia mientras nosotras nos encargamos de estos locos; sugirió Ethiel.

-No puedo. Las rejas están hechas de una aleación de plata y no puedo tocarlas; explicó avergonzada Cristina.

-Yo me encargo; se ofreció Francine.

-¿No te afecta la plata?; preguntó Mireya.

-Nada afecta a los vampiros; respondió la joven. -Pero personalmente encuentro más bonito el oro.

-Vayan entonces; ordenó Mireya, envolviendo en su fuego a dos guardias que se disponían a disparar contra ella.

-Vamos, las celdas están por acá; indicó Cristina conduciendo a Francine por un pasillo.

-Hija, pensamos que…; dijo la madre de la loba, sin poder terminar su frase por el llanto motivado por la emoción.

-Por favor apártense; pidió la joven francesa, quien con un golpe de su palma abrió la reja y con sus dedos molió las esposas que sujetaban a los prisioneros.

-Es una amiga; la presentó Cristina. -Ella y otras amigas me han salvado.

-Muchas gracias; la saludó el padre. -Considérate nuestra amiga.

-Es muy amable señor; respondió la joven.

-¡Cuidado!; gritó la madre ante un guardia que les apuntaba.

Sin que lo notaran casi, Francine se puso por delante de ellos, recibiendo varias balas que impactaron en su espalda.

-¡Francine!; gritó angustiada Cristina.

Como si nada la joven con rabia se volvió hacia el hombre que acababa de dispararle.

-Haz roto mi chaqueta nueva; le gritó mientras avanzaba hacia él.

Aterrado el hombre disparó una y otra vez sobre la mujer, sin que las balas pudiesen detenerla.

Cuando estuvo ya junto a él  enterró sus garras en sus brazos y, en medio de alaridos del hombre clavó sus colmillos en su cuello, bebiendo toda su vida.

-Es un vampiro; observó el padre de Cristina.

-Vampiresa; corrigió Francine chupando sus dedos.

 Diego y su esposa se hallaban prisioneros en otro pasillo y sus hijos en la celda contigua.

-¡Abuelo, abuela, tía Cristina!; exclamaron los niños cuando vieron a los demás.

Como si las rejas fueran frágiles y quebradizas, Francine las partió con sus manos y sin ningún esfuerzo rompió los grilletes y esposas de plata que inmovilizaban a los licántropos.

Cuando todos los prisioneros se abrazaban contentos de estar con vida, un guardia apareció por una puerta con su arma lista para abrir fuego. Con un rápido y acrobático salto hacia una de las paredes, la madre de Cristina se impulsó alejándose de la vista de él y transformándose en el aire atrapó entre sus mandíbulas la mano armada, antes de que alcanzase a apretar el gatillo.

Con un grito de espanto el hombre vio caer su mano amputada aun empuñando la pistola, mientras la bestia cerraba sus fauces en su rostro.

Chorreando sangre la loba aulló con una fuerza e intensidad como nunca lo había hecho antes, de tal forma que se escuchó por toda la instalación.

Mientras tanto la elfa agotó todas sus flechas contra los guardias que intentaron oponerse a ella.

Dos guardias trataron de atrapar a Mireya, pero ésta los repelió con sus manos antes de que pudieran tocarla siquiera. El piso bajo ellos se volvió inconsistente como si fuese una crema, absorbiendo a uno hasta el pecho y al otro hasta el cuello, para solidificarse después, matándolos instantáneamente.

-Ya está toda mi familia a salvo; informó Cristina a Mireya y a Ethiel, quienes acababan con los últimos guardias sobrevivientes.

-Salgamos de aquí entonces; sugirió Ethiel.

-Esperen, les dejaré un pequeño regalo; respondió Francine, desapareciendo en medio de un fuerte viento y volviendo en cinco segundos.

-Llené de explosivos; dijo risueña.

Todos se miraron angustiados.

-Corramos; ordenó Mireya.

-Pero si tenemos tres minutos; comentó con toda naturalidad la francesa, que solía olvidar que los demás no eran igual de rápidos que ella.

Con los segundos justos, todos lograron salir de las instalaciones de los cazadores antes de que las bombas estallasen. La detonación fue tremenda, pero afortunadamente las barreras de los cuatro anillos se activaron a tiempo en forma automática, protegiéndoles de su efecto.

-Gracias hermana, expreso sinceramente Diego a Cristina. -Has salvado a toda la manada.

-Es a mis amigas a quienes hay que agradecerles; explicó la joven.  -Si no hubiese sido por su tan oportuna intervención, todos nosotros habríamos muerto en manos de esos dementes.

-Es cierto; intervino el padre de Cristina. -Ustedes nos han salvado a todos y les estaremos eternamente agradecidos.

-Eres muy afortunada en contar con amigas tan leales; agregó la esposa de Diego.

-Lo sé; respondió Cristina. -Y siento no haber acudido a ellas desde un principio.

-Descuida hermana; respondió Mireya.

-Ahora todo está bien; agregó Isabel, quien lucía su forma humana.

La luna llena se elevaba en el cielo y la manada formó un círculo en torno a las cuatro amigas, elevando sus voces en un largo aullido al cual se unió Cristina.

 

Paseo campestre 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Paseo Campestre

 

-¡Papá tengo hambre!, ¿a qué hora va a llegar la mamá con la comida?; preguntó la pequeña Alicia de ocho años, mientras jugaba con su pelota.

-Tranquila, ya va a llegar; respondió José, revolviendo juguetonamente  el cabello de la menor de sus tres hijos.

-Si siempre andas pensando en comer te vas a parecer a tu pelota; dijo Paola, burlándose de su hermana.

-Y tú pareces un lápiz, flacuchenta; contestó Alicia sacándole la lengua a su hermana.

-Sí, verdad; contestó ésta tocándose su vientre plano y su cintura, orgullosa de su figura.

-Hola gente, llegué yo; saludó Juan, equilibrando una pelota de básquetbol en un dedo y sosteniendo un libro en la otra mano.

Los verdes ojos de Alicia se posaron en la pelota que giraba en el dedo de su hermano, dejando tirada la que ella tenía. Moviéndose despacio sin quitarle la vista de encima, se fue poniendo detrás de Juan, lanzando un manotazo a la pelota para arrebatársela; pero ésta escapó se sus dedos, ya que su hermano la tiró hacia arriba. Cuando los dos se disponían a disputarse el balón, Paola dando un salto se apoderó de ella, pasándola rápidamente de una mano a la otra.

Entre risas los dos hermanos se disponían a apropiarse de la pelota que ahora su hermana hacía rebotar en el piso.

-Ya, los tres basquetbolistas cálmense, que van a romper algo con esa pelota; dijo José  que no tenía ganas de recoger cosas rotas a esa hora.

Soltando la pelota, Paola centró su atención en las luces que se encendían y apagaban en el ecualizador del equipo de música, las cuales seguía con sus ojos verdes cómo los de su hermana y su madre y trataba de tocar con sus dedos.

Los tres hermanos se volvieron al mismo tiempo cuando la puerta de la casa se abrió.

-¡Mamá!; gritaron los tres niños al unísono cuando Mónica entró.

-Hola mis tesoros; saludó ella dando un beso a cada uno de sus hijos.         -¿Cómo se han portado?

-Aparte de querer jugar basquetbol dentro de la casa, bien; contestó José, saludando de un beso a su esposa.

-Perdón mi rotería Paty, te presento a mi familia, José mi esposo, mi hijo mayor Juan, Paola la del medio y la pequeña Alicia; presentó Mónica tomando en brazos a la pequeña.

-Ya no soy pequeña, tengo ocho años; reclamó la menor de las niñas. -Pero regalonéame igual; dijo hundiendo la cabeza en el cuello de su madre, dejando escapar un suave ronroneo.

-Hola Paty; contestaron los cuatro en un saludo sincero.

-Paty y yo somos compañeras de trabajo y la invité a cenar con nosotros esta noche; contó Mónica.

-Siempre son bien venidas tus amistades; respondió José.

-Muchas gracias, eres muy amable; contestó Paty, agradeciendo ser bienvenida.

-¿Y la comida china?; preguntó Alicia olfateando el aire.

-No me van a creer, pero no pude encontrar nada bueno; explicó Mónica.    -Pero traje pizza de carne picada con champiñones.

-Sí, que rico; gritó Alicia aplaudiendo.

-Por favor pon la mesa mientras yo me cambio de ropa; pidió Mónica a José.

Paty no sabiendo que hacer mientras esperaba que volviera su amiga, recorrió con la mirada la habitación, deteniéndose ante los bien nutridos libreros que había por todos lados.

-¡Cuántos libros!, debe haber cómo un millón; opinó exagerando.

-No tanto, solo son mil ciento cincuenta; corrigió Juan.

-Mil ciento cincuenta y uno; corrigió Alicia. -Hoy  compré uno; dijo orgullosa pasándolo a la amiga de mamá.

-“Alicia en el País de las Maravillas”, no sabía que fuera tan grueso; observó Paty mirándolo de perfil.

-Obvio, los libros pequeños son para bebes; opinó la niña.

-Es entretenido, yo lo leí hace tiempo; comentó Paty.

-Lo compré porque trata de una niña que se llama igual que yo; aclaró Alicia.

-Así es; asintió Paty.

-Claro que ella no era tan linda como yo; opinó Alicia mirando la portada del libro. -Ella tenía el pelo rubio y desteñido y no negro como el mío.

-La verdad es que tienes un pelo muy lindo; dijo Paty pasando la mano por la cabellera de la niña. -Y tus ojos verdes también son muy bonitos y combinan muy bien con tu pelo.

-¡Que increíble que todos tengan el cabello oscuro y los ojos claros!; observó Paty mirándolos a todos.

-Sobre todo teniendo en cuenta que el color claro de ojos está determinado por genes recesivos; aclaró Juan.

-Supongo que es la marca distintiva de la familia; opinó José.

-¿Demoré mucho?; preguntó Mónica entrando al living, vistiendo jeans y una camiseta estrecha que marcaba su esbelta y atlética figura, que producía un efecto hipnótico al desplazarse en forma felina.

-Me vas a tener que contar tu secreto para tener ese cuerpazo; dijo Paty mirando a Mónica, que a pesar de sus cuarenta años y ser madre de tres hijos, se conservaba como si tuviese veinte años.

-No es ningún secreto, es solo hacer un poco de ejercicio y evitar estar mucho rato quieta; aclaró a su amiga.

-¿Te sirves leche?; preguntó Mónica a Paty mientras llenaba cinco vasos del blanco líquido.

-No gracias. Soy intolerante a la lactosa; rehusó la aludida.

-Qué lástima, es muy rica; opinó Paola.

-Mamá, quiero pizza, tengo hambre; solicitó Alicia tirando del brazo a su madre.

-Si vamos, ya es tarde; contestó ella.

Los niños devoraron la pizza con gran placer y no se dieron cuenta de que habían estado haciendo una larga sobremesa.

-¡Oh, la hora que es!; exclamó Paty viendo su reloj. -No me di cuenta que se había hecho tan tarde.

-A esta hora es difícil que consigas un taxi, mejor te quedas a pasar la noche aquí; sugirió Mónica.

-¿Pero no será mucha molestia para ustedes?; preguntó ella.

-Claro que no; apoyó José. -Además es peligroso salir a esta hora de la noche a la calle.

-Supongo que tienes razón; aceptó Paty.

-Mañana jueves y el viernes es feriado, así es que no hay que preocuparse de levantarse para ir a trabajar.

-¿Papá, vamos a ir al campo estos días?; preguntó Paola, haciendo rodar una bolita de miga de pan sobre la mesa.

-Es una buena idea, pero tendríamos que salir de madrugada mañana para aprovechar el día; asintió José.

-¿Quieres ir cuatro días al campo con nosotros?; preguntó Mónica a su amiga.

-Si vamos, es bonito; invitó también Alicia, abrazándose a uno de los brazos de Paty.

-No sé qué decir, son ustedes muy amables; respondió la mujer.

-Di que sí; dijo Paola. -Te va a gustar.

-Está bien, acepto; contestó Paty. -Pero deberé pasar a buscar ropa a mi casa.

-No es necesario, tu eres de mi misma talla, así es que yo te  presto; ofreció Mónica.

En la habitación de las niñas armaron un saco de dormir para la improvisada invitada. La temperatura aunque un poco alta de las noches de verano permitía dormir en forma profunda.

Entre sueños un ruido extraño despertó a Paty, pero después de un rato ante el total silencio en la casa, volvió a dormirse plácidamente hasta las seis de la mañana en que voces y carreras la despertaron. La familia estaba preparando todo para partir lo antes posible a la casa del campo, no muy lejos de la ciudad.

-Hola, ¿cómo pasaste la noche?; preguntó Mónica.

-Bien, aunque me despertó un ruido raro; respondió Paty. -¿Tienen un gato?

-No, no tenemos; contestó Paola.

-Y yo quiero uno, pero no quieren regalármelo; dijo Alicia haciendo un puchero con la boca.

-Recuerda que eres alérgica hijita; le respondió su madre, pasándole la mano tras las orejas.

-Me pareció escuchar un gato que ronroneaba, pero debo haber estado soñando; meditó Paty.

Después de una hora y media de viaje, los paseantes llegaron a una casita en una parcela en el campo.

-Guau, que lindo paisaje; opinó Paty complacida y contenta de haber aceptado la invitación.

Los niños sin decir palabra salieron corriendo detrás de una pelota de basquetbol.

-¡Qué bien juegan Juan y Paola!; exclamó Paty. -¿Pero no lastimarán a la pequeña?

-Oh, ella estará bien; opinó José. -Mira cómo se mueve.

La pequeña Alicia era muy rápida y ágil con la pelota y podía esquivar fácilmente a sus hermanos mayores.

-¿Esta parcela es de ustedes?; quiso saber Paty.

-Sí, José la heredó de un tío  que falleció hace varios años; explicó Mónica.

-Ya veo; contestó Paty observando a los niños jugar.

Unas cuantas tórtolas que picoteaban el suelo en busca de alimento atrajeron la atención de Alicia, la que tiró la pelota a un lado y comenzó a seguirlas muy despacio para no asustarlas. Distraídamente se fue alejando cada vez más  de donde estaban los demás, hasta perderse de vista. Después de media hora regresó como si nada.

-¿Se puede saber dónde andaba la señorita?; preguntó muy seria Mónica.

-Salí a explorar; respondió con toda naturalidad la pequeña Alicia.

-Está bien, pero debes tener cuidado; aconsejó la mamá con una sonrisa en los labios.

-¡Que niños!, siempre hay que estar pendiente de ellos; comentó Mónica a su amiga.

-Disculpa, ¿qué me decías?; preguntó Paty avergonzada, que se había perdido en el profundo color de los ojos de su amiga, los que por efecto de la luz del sol que incidía en ellos, brillaban como dos esmeraldas.

-Te decía que hay que estar pendiente de esos niños, se escabullen a cada rato; comentó Mónica. 

-Como todos los niños no más; supuso Paty ya que no tenía hijos.

Ese mismo día José preparó un asado, mientras Mónica y Paty se encargaban de la ensalada y los niños de ir a cortar fruta fresca.

El aire del campo era revitalizante y el cielo nocturno aparecía cuajado de estrellas, con una banda lechosa que lo cruzaba.

-Nunca había visto tantas estrellas; comentó fascinada Paty a su amiga, mientras bebían una copa de vino de la zona.

-Y tenemos hasta nuestro propio pedacito de la Vía Láctea; contestó indicando con su mano el camino blanco en el cielo.

Después de un rato, pasada la medianoche, todos se retiraron a dormir. Cerca de la una treinta de la madrugada, Paty estaba leyendo un entretenido libro que encontró sobre la mesa de centro del living, cuando el maullido de varios gatos la distrajo de su lectura.

-Vaya, gatos. Al menos no va a haber riesgo de toparse con ratones; comentó aliviada para sí, ya que le resultaban muy desagradables los roedores.

-¿Cómo estuvo tu primera noche en el campo?; preguntó Paola mientras bebía un gran vaso de leche acompañada de galletas.

-Genial y dormí mejor después de escuchar a los gatos y saber que no me toparía con ratones por ahí; contestó risueña Paty.

-Espero que no te hayan molestado los gatos; dijo José.

-No, para nada; respondió la invitada.

-En el campo siempre hay roedores y es bueno tener gatos; opinó Mónica.  -Si es que es correcta la idea, ya que ellos siempre hacen lo que quieren y van a donde les viene en gana.

La noche la pasaron jugando Monopolio entre los seis y ya cerca de la una se fueron todos a dormir. Los gatos se escuchaban maullar y ronronear más que la noche anterior, con lo que a Paty le costaba lograr conciliar el sueño. Desvelada decidió ir a la cocina a buscar un vaso de agua. Cuando iba de vuelta a su cama se le cruzó un gato negro, con verdes ojos, que la hizo saltar del susto al verlo en forma repentina.

-¡Miércale!, gato de porquería, me asustaste; le gritó Paty al animal, el que se escabulló en la oscuridad tras dar un fuerte maullido.

Todos se veían algo somnolientos a la mañana siguiente; aparentemente los gatos no habían dejado a nadie dormir bien.

-Los gatos estuvieron harto inquietos anoche; comentó Paty.

-Dímelo a mí, que casi no he dormido; contestó Mónica bostezando.

Mientras cenaban la noche siguiente la luz se apagó de pronto, dejando toda la casa a oscuras.

-Se quemó un fusible; dijo José, poniéndose de pie. -Voy a cambiarlo.

-En la cocina hay linternas Paty, ¿puedes traerlas?; preguntó Mónica a su amiga.

Mientras buscaba entre los cajones se escuchó el maullido de un gato, mezcla en parte gruñido y en parte ronroneo, que produjo una inmediata descarga de adrenalina en Paty, haciéndole parar los pelos de la nuca. Apurada encendió una  linterna y fue al comedor donde estaban los demás. La luz de la linterna hizo brillar cinco pares de puntos luminosos azules y verdes, que empezaron a acercarse a ella, en medio de ese espeluznante ruido que hacen los gatos cuando están por atacar. Sin poder pronunciar sonido alguno con su garganta, Paty retrocedió aterrada, hasta que su espalda chocó contra la pared y sintió como muchos afilados y pequeños dientes se clavaban en su carne y agudas garras como pequeños cuchillos arañaban y cortaban su piel. Finalmente su boca pudo emitir un desgarrador grito de terror y dolor que pronto se apagó en medio de la oscuridad.

El sábado por la tarde Paty llamó a su novio Víctor para informarle que pronto volvería a la ciudad y para aprovechar de saludarlo.

-Hola amor, ¿cómo lo estás pasando?; preguntó Víctor.

-Estupendo cariño, me gustaría que estuvieras aquí conmigo; respondió Paty por celular.

-A mí también me gustaría, pero no puedo; continuó Víctor.

-Me voy a quedar hasta mañana, así es que nos vemos el lunes; informó Paty a su novio.

-Está bien, diviértete, nos vemos el lunes; se despidió él.

El día lunes Víctor esperó en vano que su novia lo llamara, así es que decidió telefonearle él para saber si había vuelto bien; sin embargo, el teléfono sonaba y sonaba y Paty no contestaba. Así pasó todo el día y el martes también. El día miércoles llegó y Víctor se encontraba inquieto.

Paty no había vuelto a trabajar desde el miércoles de la semana pasada, tampoco estaba en su casa y hacía días que sus amigos no la veían. Preocupado de que algo malo le hubiese pasado, Víctor se dirigió a la policía para dar aviso de la desaparición de su novia. La respuesta de las autoridades lo dejaron con gusto a nada, pero poco más podía hacer, que esperar a que ella se comunicara con él.

En el trabajo de Paty, Víctor se las ingenió para averiguar que ella había salido de ahí acompañada de una tal Mónica.

Revisando las libretas y papeles que Paty tenía en su casa, pudo dar con la dirección de la casa de su compañera de trabajo.

La propiedad se veía sola, las ventanas tenían las cortinas juntas y la puerta estaba cerrada. Después de golpear y tocar el timbre un rato, se convenció de que no había nadie en ella.

Ya las ideas se le estaban acabando a Víctor. Necesitaba encontrar a Paty, pero no sabía dónde más buscarla. Cuando empezaba a descontrolarse, recordó que el teléfono celular que le había regalado en su último cumpleaños, contaba entre sus aplicaciones, con una función de GPS. Impaciente buscó el manual del móvil para ver cómo funcionaba; después de un rato logró cargar el visualizador del GPS del teléfono de Paty en su propio móvil. Al menos era un avance, ahora faltaba cruzar los dedos y esperar a que el celular aun estuviera encendido y que a Paty se le hubiese ocurrido activar el GPS.

Ansioso a más no poder, Víctor miraba la pantalla del celular, hasta que se cargó en ella un mapa y un punto rojo empezó a brillar en él. No estaba muy lejos el lugar que indicaba; unos ciento cincuenta kilómetros por la Ruta 78, no más de una hora y media de viaje en auto. Casi corriendo Víctor puso en marcha el motor y partió raudo hacia donde lo guiaba la señal en el mapa.

Ya era de tarde, así es que llegaría cerca de las 19 horas; aún estaría claro y dispondría de algunas horas para buscar a Paty.

Casi al límite de la velocidad permitida veía a los otros vehículos pasar raudos, a medida que las ruedas del auto iban devorando los kilómetros que lo separaban de su destino.

Con los latidos del corazón en el cuello, Víctor llegó hasta una parcela aislada a unos cinco kilómetros alejada de la carretera principal, en la que se divisaba una casa de tipo campestre en medio de un paisaje dominado por cerros, un pequeño bosque y varios tipos de árboles frutales. El campo era muy lindo en realidad y esperaba que Paty hubiese decidido tomarse unos días de vacaciones y que su celular estuviese descargado solamente y que al verlo llegar se lanzara a sus brazos. Deseaba que eso ocurriese, pero un presentimiento casi supersticioso lo embargaba.

Víctor estacionó su auto fuera de la casa y como no se veía a nadie, golpeó la puerta. Después de unos minutos Mónica salió a abrir.

-Buenas tardes, mi nombre es Víctor Carvajal y soy novio de Paty. En su trabajo me dijeron que a lo mejor la podía encontrar aquí; mintió él.

-Hola, sí pasa, yo soy Mónica; contestó la mujer. -Efectivamente Paty pasó el fin de semana largo con nosotros, pero el domingo volvió a la ciudad.

Un hombre bebiendo un vaso de leche entró al living.

-Amor, él es Víctor, el novio de Paty; lo presentó la mujer. -Este es mi esposo José.

-Encantado José; respondió Víctor.

-¿Algún problema con Paty?; preguntó José. -Espero que el aire del campo no le haya hecho mal.

-Desde el sábado no he sabido de ella y ya es viernes; explicó Víctor al matrimonio.

-¿La haz llamado a su celular?; preguntó Mónica.

-Sí, pero no responde; continuó Víctor. -A lo mejor se le quedó aquí.

-No, y estoy segura de eso; afirmó Mónica. -Porque el domingo, cuando se despidió de los niños y nosotros, lo estaba olvidando y yo misma se lo pasé y vi cuando lo guardó en su chaqueta.

-Hola mami; saludó Alicia.

-Hija, este es Víctor el novio de Paty; lo presentó Mónica.

-Hola Víctor; respondió la niña.

-¿Hijita, recuerdas a qué hora se fue Paty a la ciudad el domingo?; preguntó José a su hija.

-No tengo idea, pero era después de almuerzo; respondió la niña, la cual salió corriendo al encuentro de sus hermanos.

Víctor sabía que por algún motivo esas personas estaban mintiendo, ya que el mismo teléfono celular de Paty lo había guiado hasta allí.

La llegada del ocaso comenzaba a teñir de rojo el cielo, ya pronto caería la noche. Por ahora sería mejor retirarse y pensar con calma que hacer.

-Bueno, gracias por todo y disculpen las molestias; dijo Víctor poniéndose de pie para retirarse.

-No es ninguna molestia; respondió José. -Suerte en encontrar a Paty.

Al caminar hacia la puerta, la mirada de Víctor se posó sobre la chimenea, en cuya moldura descansaban los lentes ópticos  que Paty había comprado el lunes de la semana pasada; como si no los hubiese visto salió de la casa. La noche en el exterior ya caía y las primeras estrellas empezaban a asomarse en el cielo del campo.

Víctor intuía que algo estaba mal y debía averiguar por qué le estaban mintiendo esas personas. A poco andar detuvo el vehículo y con las luces apagadas volvió a aproximarse a la parcela; por suerte para él ésta no tenía portón externo, así es que pudo ingresar sin dificultad. Una vez dentro estacionó el auto detrás de un árbol y ahí esperó a oscuras varias horas hasta que se apagaron las luces de la casa.

Si quería encontrar a Paty esta era la oportunidad para buscarla. La luna llena le permitía moverse con cierta seguridad por medio del potrero que lo separaba de la casa. Sus ojos trataban de encontrar cualquier pista, cualquier rastro que lo condujera hasta el paradero de su novia.

Sigilosamente Víctor llegó hasta el granero que había cerca de la casa. Sus intentos por entrar se vieron frustrados  por la presencia de un grueso candado que cerraba la puerta. Dejándose llevar por la desesperación, unida a la impotencia que le provocó encontrar la puerta cerrada del granero, marcó el número del celular de Paty, sin esperar escuchar respuesta.

Después de unos segundos de espera, llegó claro a sus oídos el sonido del timbre de llamada que avisaba que era él quien llamaba y que había programado junto a Paty. La fuente del sonido no estaba a más de cinco metros de distancia de él, repicando dentro del granero. Frenético envistió varias veces la puerta con el hombro hasta que finalmente el candado terminó por ceder y la entrada quedó expedita.

Un penetrante y nauseabundo olor a carne en descomposición golpeó violentamente sus fosas nasales, como pudo encendió la linterna de su teléfono para poder orientarse en la oscuridad. Cuando la luz inundó el granero, Víctor no pudo contener los vómitos que subían rápidamente por su garganta, mientras sus piernas comenzaban a temblar amenazando con quitarles el apoyo.

En medio de un montón de paja yacía el cadáver de Paty, o lo que quedaba de él, a medio devorar por lo que parecía haber sido el ataque de varios animales salvajes.

-Vaya que tierna reunión familiar; dijo sarcásticamente José.

-¡Qué han hecho malditos sicópatas!; gritó furioso Víctor, abalanzándose contra el hombre. Éste sin ningún esfuerzo de un salto quedó parado sobre una viga.

Víctor se vio rodeado por un hombre, una mujer, dos niñas y un niño; cinco pares de ojos siniestramente brillantes lo observaban; cinco gargantas de cinco personas de las cuales salía el ruido hecho por los gatos al amenazar.

Inesperadamente la niña pequeña clavó unos afilados dientes en el brazo derecho del Víctor, haciéndolo sangrar. De un golpe él la rechazó, cayendo ella al suelo.

-¡Mamá!, no me gusta que la comida me pegue; alegó la niña mientras su rostro comenzaba a cambiar, volviéndose redondeado.

-A lo mejor quiere jugar antes de la cena; dijo la niña mayor, con una voz extraña, mientras daba un zarpazo en una de las piernas de Víctor, con lo que ya parecía ser la pata de un gato.

Lentamente, sin ninguna prisa, los cinco miembros de la familia adquirieron la forma de cinco siniestros gatos cuyo oscuro pelaje se confundía con la profundidad de la noche. El padre fue el último en llevar a cabo la espeluznante metamorfosis.

-Querida; dijo él con el mismo sobrenatural tono de voz. -A lo mejor cinco pequeños gatos no son lo suficientemente divertidos para nuestra visita; ¿por qué no le das algo más emocionante con qué jugar?

Asintiendo con un maullido, la que hace tan solo unos minutos era la mujer de nombre Mónica empezó a aumentar lentamente de tamaño, hasta convertirse, frente a los aterrados ojos de Víctor, en una gran y poderosa pantera negra, cuyo rugido dejó oír a todo pulmón dentro del galpón, en medio de la noche. Acompañando los rugidos de la madre, los otros cuatro felinos se unieron en un coro de rugidos suaves de gatos listos para arrojarse sobre su presa.

Víctor miró la puerta del granero abierta y comprendió que tenía dos opciones, dejarse asesinar encerrado donde estaba, o bien salir al campo e intentar correr lo más rápido posible para llegar hasta el auto y escapar de aquella pesadilla. Volviéndose lentamente corrió hacia la puerta, internándose en la penumbra. Con su característico rugido capaz de helar la sangre, los gatos se lanzaron en su persecución. El dolor punzante de su pierna herida le llenaba los ojos de lágrimas, nublándole la vista y haciendo más difícil su carrera.

Cojeando y con la pierna sangrando pocos metros lo separaban de su automóvil. Cuando creyó que lograría llegar a él, la pantera le cortó el paso con un amenazador rugido, con sus ojos brillantes cómo dos brasas verdes. Intimidado por el imponente animal, Víctor frenó en seco y retrocedió para tratar de escapar por otro lado, los otros cuatro felinos avanzaban lentamente hacia él, moviéndose para alterar su rumbo; lo estaban guiando hacia el pequeño bosque que había cerca de allí.

Un fuerte rugido de la pantera hizo retumbar la noche. Sin otro lugar a donde poder ir, Víctor corrió hacia los árboles, arrastrando la pierna herida, ya que el dolor y la fatiga aumentaban en intensidad.

El aire comenzaba a faltarle y los pulmones le ardían; agotado se apoyó en un árbol. No veía a los gatos, pero podía escuchar sus maullidos que aparentemente provenían de todas las direcciones. Se aproximaban, los escuchaba cada vez más cerca. Ya un poco más repuesto continuó su carrera. Tropezó, cayó, se levantó y siguió corriendo; volvió a caer, sus piernas ya no respondían bien.

Algo similar debía haber padecido Paty. Esto no podía estar pasando de verdad. Era totalmente ilógico; estas cosas no existen más que en las películas de terror. Y sin embargo la prueba tangible eran sus heridas en el brazo y en la pierna.

Siguió corriendo; los gatos estaban cada vez más cerca. Los oía y su corazón ya quería dejar de latir. Esto era una locura. A lo mejor él había enloquecido; pensó para sí.

De pronto vio que el paisaje subía rápidamente. En su carrera desesperada cayó en un desnivel del terreno. Adolorido trató de incorporarse, pero sus músculos se negaron a obedecer las órdenes de su cerebro.

Resignado a su extraño final se sentó en el suelo esperando el ataque por tanto rato dilatado. Esperó por varios minutos, pero nada ocurría. De a poco se incorporó y apoyado en un árbol aguardó. La quietud de la noche solo era rota por el canto de los grillos y las ranas, pero no se oía ningún ruido fuera de lo normal. Parecía que los gatos se habían marchado, o tal vez nunca estuvieron ahí.

En eso meditaba cuando uno a uno vio aparecer cinco pares de puntos luminosos que lo rodeaban. Ya estaba totalmente agotado y nada hizo para impedir que los ojos  se aproximaran cada vez más.

Los cinco gatos se lanzaron al mismo tiempo sobre su presa. Los gritos de Víctor llenaron el bosque, quebrando la tranquilidad aparente de la noche. Pequeños dientes y garras afiladas como agujas desgarraron la carne hasta que todo signo de vida en él cesó.

-Mami, Paty tenía mejor sabor; opinó la pequeña Alicia lamiendo su mano roja con la sangre de Víctor.  

-Es cierto, pero aunque ya cenaste, igual vas a tomar un vaso de leche cuando volvamos a la casa; dijo Mónica a su hija menor.

El día estaba espléndido y los niños se veían contentos en el colegio. Las vacaciones estaban por comenzar y las risas eran más intensas y relajadas.

-¿Silvia, hablaste con tu mamá para que te diera permiso de pasar una o dos semanas de vacaciones en la parcela de mi familia?; preguntó Paola a su amiga, mirándola con sus ojos intensamente verdes, como dos esmeraldas que fulguraban con luz propia.  

 

Cacería

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Boris Oliva Rojas

 

 

Cacería

 

Otro cambio de casa y de ciudad. El trabajo del papá requería mudarse cada cierto tiempo; por suerte el sueldo compensaba las molestias y había sido una suerte encontrar un colegio cercano para Sandra, Rodrigo y Sonia; por un tiempo Viviana se quedaría de dueña de casa.

-Hola papá; saludó Sandra, que con dieciséis años ya era muy parecida a su madre.

-Hola hija, ¿cómo estuvo tu primer día de clases?; preguntó Sebastián.

-Bien, el colegio no está del todo mal; contestó la joven, que últimamente se había vuelto muy exigente en varias cosas.

-Me alegro; contestó su padre.

-Sí, incluso tiene un amigo; comentó Rodrigo.

-¿Un amigo? Sabes que no es bueno que nos involucremos mucho con los vecinos; observó Viviana.

-No te preocupes mamá. Es solo algo pasajero; aclaró Sandra.

Casi podía sentir en su nuca la respiración de la bestia, su corazón estaba a punto de detenerse; la criatura la alcanzaría en cualquier momento y el pánico le impedía pensar. Miró hacia atrás y vio que ya nadie la seguía; al mirar hacia adelante el monstruo estaba frente  a ella. Cada fibra de su ser sintió como las garras se clavaban en su carne y los colmillos desgarraban su cuerpo. Solo un grito de dolor y terror alcanzó a dar. Un aullido se escuchó en el parque y fue ahogado por los ruidos de la ciudad que se movía ignorante del pavor que se cernía sobre ella.

Al otro día el parque estaba lleno de sus habituales paseantes dominicales; los niños jugando y los enamorados paseando de la mano. Un grito de terror rompe la calma; un niño encuentra los restos macabros de un cuerpo destrozado.

El forense establece como causa de la muerte el ataque de uno o varios perros salvajes. El fiscal da orden a la policía de ocultar la noticia a la prensa, para evitar crear pánico innecesariamente.

-Papá necesito que me firmen esto; dijo Rodrigo a Sebastián, al tiempo que le entregaba un papel.

-¿Qué es?; preguntó él.

-Una autorización para unirme al equipo de lucha libre; respondió el joven.

-Está bien; accedió Sebastián, pasándole la autorización firmada a su hijo.

-Hola amor, ¿cómo estuvo tu día?; preguntó Viviana a su esposo.

-Bien, todos son como corderitos; contestó Sebastián.

Ya era hora de volver a casa; había sido divertido pero mañana había que trabajar, total otro día volvería a ver a las bailarinas y a tomarse unos cuantos tragos; si manejaba despacio no pasaría nada. La calle estaba vacía, la diversión estaba dentro del local; la llave se le cayó al suelo, al levantarla lo único que vio fueron dos brillantes ojos dorados y unas mandíbulas con filosos colmillos que chorreando saliva se abalanzaron de un golpe, ahogando el grito antes de salir.

 

-Es el segundo caso de muerte por ataque de animales. Quiero que busquen a los perros vagos y los atrapen; gritó el teniente a sus subalternos.

-Hola querida; saludó Viviana a Fernanda en el supermercado. -¿De compras?

-Sí, vine a comprar carne; mi marido come como si fuera el único alimento posible, ya parece un lobo; respondió Fernanda.

Algo tenía esa mujer; a Viviana le costaba quitarle los ojos de encima. Era esa forma de caminar y de pararse o era, tal vez, el perfume que usaba; el hecho era que Viviana encontraba irresistiblemente atractiva a Fernanda, al punto que se fue todo el viaje de vuelta a casa mirándole los muslos mientras conducía su automóvil.

La noche estaba estrellada, la luna llena se empezaba a asomar tras la cordillera. Fernanda escuchó pasos a su espalda; se volvió para ver si alguien la seguía, pero no había nadie más; desde que se filtró la noticia de que una jauría de perros vagos había matado a dos personas hace poco, la gente prefería quedarse en la seguridad del hogar. De nuevo sintió pasos tras ella, aceleró la caminata; para perder a su acosador, dobló en una esquina. Ese fue el último y el peor error en la vida de Fernanda; frente a ella se topó con un callejón sin salida; en su intento por escapar, había quedado atrapada. Un grito rompió la noche. La criatura puso una mano en sus muslos y clavó sus fauces arrancando un gran trozo de carne. Shockeda Fernanda  dejó de sentir dolor cuando las garras de la horrible criatura se hundían en su otra pierna, mientras su pecho era destrozado por afilados colmillos. Afortunadamente, la muerte llegó pronto para ella.

 

-No lo puedo creer; exclamó el teniente. -Parece un ataque sexual, pero ¿qué animal haría esto?; dijo cuando vio el cadáver de Fernanda.

-Señor, han encontrado una huella de zapato cerca de aquí; informó un joven policía.

-Yo diría que pertenece a alguien de unos cien kilos, más o menos; opinó el forense.

-Pero eso no lo pudo hacer una persona; objetó el teniente mostrando el cuerpo destrozado de la mujer.

-A menos que tenga perros entrenados; respondió un sargento.

-Analicen el ADN que haya en las heridas. Tenemos que terminar con estas muertes; ordenó el policía.

Una buena ducha es lo mejor después de correr un poco; pensó Viviana, mientras el agua acariciaba su piel, sacando el sudor de su cuerpo.

-¡Qué interesante!; opinó el forense. -Parece que tenemos un sicópata entre manos.

-Teniente, tengo los resultados de las pruebas de ADN que me pidió. ¿Se los mando o viene para acá?; preguntó el profesional.

-Voy para allá; dijo el policía poniéndose de pie.

-¿Qué encontraste?; preguntó el oficial al médico.

-En las tres víctimas había ADN de Canis lupus y no de Canis lupus familiaris; explicó el forense.

-En español por favor; pidió el teniente.

-En las heridas de los tres cadáveres había ADN de lobo y no de perro.

-¿Lobo?, pero cómo llegaron a la ciudad; preguntó el policía.

-Aún hay  más. Las pruebas indican que se trata de tres individuos distintos; continuó el médico.

-No me imaginé que pudieran llegar lobos hasta la ciudad; opinó el policía.

-Es muy poco probable; observó el forense.

-¿Entonces piensas que alguien los trajo?; preguntó el teniente.

-No se me ocurre otra explicación mejor; contestó el doctor.

-Eso quiere decir que estamos en presencia de un sicópata muy especial; concluyó el detective.

La transformación resultaba cada vez más fácil. Siempre se pensaba, en las películas de terror, que sería un proceso muy doloroso, pero no era así; al contario el cambio producía un gran placer, dejándole en un estado de intensa excitación, en que el deseo de cazar y el ansia de sentir la carne caliente y jugosa en su boca era incontrolable; un deseo que la ponía totalmente frenética y que no se calmaba hasta haber despedazado a su presa. Esa noche no sería la excepción; podía imaginar el sabor de la sangre en su boca y eso la excitaba más aún. Sus ojos se volvieron dorado brillantes, mientras la piel comenzaba a cubrírsele con un sedoso pelaje café; su cuerpo creció unos treinta centímetros, al tiempo que su mandíbula se alargaba y empezaba a babear entre los colmillos que ahora eran sus dientes; sus manos erran las garras de una bestia y sus orejas recibían hasta el más mínimo sonido; su garganta se agitó y de su hocico salió un aterrador aullido. Necesitaba cazar ahora o enloquecería.

La pareja de novios caminaba despreocupada por el parque. Dos presas por el precio de una; sería una gran cacería. El primer ataque fue contra el hombre; en medio de gritos la mujer vio como la bestia le rompía el cuello a su pareja y desgarraba sus entrañas. Retrocedió y cayó de espaldas; el monstruo se acercó a ella, de su hocico caía la sangre de su novio. Todo se apagó, un alarido y las fauces se cerraron en su rostro.

Hacía calor esa noche; Sonia entró a la ducha poseída por un gran deseo de jabonarse entera. Al salir del agua, contempló su cuerpo, que a pesar de tener solo doce años, era alto y esbelto; parecía haber heredado los genes de su madre. Una vez vestida, se puso un lindo anillo de oro con una media luna.

-¿Y ese anillo tan lindo?; preguntó Viviana.

-Me lo encontré en la calle; dijo la niña.

-¿Me lo puedo quedar?; preguntó Sonia con una chispa en sus ojos, mientras se pasaba la lengua por los labios.

-Está bien, quédatelo; consintió Viviana.

-Teniente, esta vez son dos las víctimas; informó el sargento.

-Primero mataron al hombre y después a la mujer; dijo el forense. -Fue un ataque muy rápido.

-¿Qué es eso?; preguntó el policía, indicando la mano derecha de la mujer.

-Mmm, parece que aquí había un anillo; dijo el médico.

Los periodistas se agolpaban en la sala de espera; el teniente había citado a una conferencia de prensa para alertar a la población sobre los últimos acontecimientos, para que evitaran salir de noche hasta atrapar al sicópata que estaba asolando la ciudad.

La prensa publicitó la noticia de los asesinatos con gran parafernalia; “El asesino de los lobos”, “El hombre lobo”, “Cacería humana”, etcétera; los titulares fueron variados, consiguiendo una gran sintonía. El miedo prendió rápidamente en la ciudad, las calles estaban vacías cuando se ponía el sol; parecía un pueblo fantasma. Y esa era la intensión del teniente, aunque sabía que se jugaba la cabeza si no atrapaba pronto al asesino y sus lobos entrenados.

La ciudad era linda, a Sebastián no le preocupaban los rumores de los lobos cazadores de humanos, ni de los asesinatos múltiples que se les achacaban. Bastaba cuidarse y no habría problemas, ni su familia correría ningún peligro.

 

-Esto tiene que estar mal; opinó el forense mientras miraba el resultado de la prueba de ADN de las dos víctimas.

Las muestras aparentemente se habían contaminado, así es que era necesario hacer el examen de nuevo.

-Veamos ahora; dijo el médico mirando la hoja que acababa de ser impresa. -Esto no puede ser, pero me consta que no hay contaminación.

Ante la duda procedió a analizar muestras en los otros cadáveres, buscando precisamente lo que no debería poder encontrar.

-Esto no tiene sentido; exclamó el forense.

Los resultados eran similares a los hallados en las dos últimas víctimas. Las cosas estaban experimentando un giro brusco. Era necesario realizar pruebas más específicas en todos los cadáveres.

El primer paso del forense fue comparar el ADN de lobo encontrado en todas las víctimas; luego comparar los otros ADN encontrados.

Ya salía el sol cuando el doctor terminó de analizar todas las muestras. Los resultados eran realmente insólitos; debería informar al teniente a cargo del caso.

-¿Qué pasa doctor que me despierta tan temprano?; alegaba el policía mientras contestaba el teléfono a las seis de la mañana del domingo.

-Para mí es tarde teniente, no he dormido en toda la noche. Mejor venga ahora, tengo algo que informarle enseguida; dijo el profesional.

Ya en el laboratorio el forense explicaba al policía su nuevo descubrimiento.

-Todas las víctimas murieron por ataque de lobo; recordó el médico.

-Lo sé; asintió el teniente.

-El asunto es que en todos los asesinatos participaron lobos distintos; observó el forense.

-Eso es nuevo; opinó el detective.

-Pero eso no es lo más extraño; siguió el médico. -En todas las heridas hallé ADN humano que no pertenecía a la víctima.

-¿Qué cosa?; preguntó sorprendido el policía. -Debe haber habido contaminación de las muestras.

-Eso pensé yo; opinó el forense. -Así es que analicé todo de nuevo tres veces.  Resultó que no hay errores; indicó el doctor.

-Lo más increíble es que corresponde a ADN de cuatro personas distintas y a cuatro lobos distintos; concluyó el médico forense.

-Papá, mamá; quiero ir a ver el concierto al estadio el sábado; rogó Sonia.

-¿Qué opinas?; consultó Sebastián a Viviana.

-Se va a llenar; opinó ella.

-Mejor así; comentó Sandra.

-Bueno, está bien; asintió Sebastián.

Viviana tenía razón, el estadio estaba lleno a más no poder, pero de vez en cuando no importaba. Hace tiempo que no salían todos juntos y esto servía para fortalecer los lazos de grupo.

El turno de noche en la subestación de electricidad era bastante aburrido, pero no le quedaba más remedio que cumplirlo; lo bueno era que tendría el fin de semana libre.

No había nadie más así es que después de revisar todo se podría poner a ver tranquilo el partido de futbol. -Listo, ahora a descansar; pensó el técnico al sentarse en su silla. Abrió un paquete de papas fritas y una lata de bebida, mientras encendía el televisor; dejó todo encima de la consola de control. En un descuido se le cayó una papa al suelo y se agachó para recogerla, al enderezarse con un brazo pasó a llevar la bebida, derramándola en los controles de la subestación, provocando un cortocircuito.

-Demonios; maldijo el técnico mientras trataba de arreglar su error. El cortocircuito hizo que la subestación se desconectase, dejando a gran parte de la ciudad a oscuras.

Las luces del estadio se apagaron en medio de exclamaciones de asombro. Todos pensaron que era parte del espectáculo; como después de un rato no pasaba nada, el público empezó a inquietarse. Se miraron a los ojos y sonrieron; una rápida transformación en todos provocó un miedo inmediato en quienes estaban más cerca. Cuando destrozaron a aquellos que tenían más próximos el miedo se convirtió en pánico; gritos, carreras y caídas. La carnicería era inimaginable; las garras desgarraban pechos, rostros y cuanto tocasen; los colmillos arrancaban grandes trozos de carne. Los alaridos de dolor y terror se mezclaban con los gruñidos de las bestias.

A lo lejos se escuchaba una sirena que se acercaba rápidamente. Un aullido agudo se escuchó en medio de la masacre. Las cinco bestias escaparon rápidamente, perdiéndose en la oscuridad. A los pocos minutos llegaba la policía y varias ambulancias, pero no servía de nada ya; de  los atacados ninguno quedó con vida.

La prensa, por sensacionalista que fuera, no podía mostrar la magnitud de la masacre.

Los sobrevivientes hablaban de cinco bestias que caminaban en dos piernas y aunque parezca increíble vestían restos de ropa hecha pedazos. El rumor de los Licántropos prendió con facilidad; el terror se apoderó de la ciudad.

-Este es un desastre; gritaba el capitán. -La cuidad se volvió loca, ahora hablan de una invasión de hombres lobos. El intendente y el Ministerio del Interior quieren resultados y ¿qué tenemos?, solo leyendas de monstruos.

-Nuestra sospecha es que se trata de un sicópata con lobos amaestrados; informó el teniente.

-Encuéntrelo entonces; ordenó el abrumado capitán, o aquí rodarán cabezas y no por culpa de los lobos precisamente.

La situación era crítica; la masacre del estadio había estremecido y aterrorizado a todo el país. Las autoridades querían resultados pronto y la gente deseaba recuperar la seguridad perdida.

-Teniente, esto le puede interesar, venga por favor; llamó el forense.

-Dígame que tiene el nombre del asesino; saludó el policía al doctor.

-No, pero estamos acercándonos; contestó el médico.

-Espero que sea bueno; pidió el policía.

-El ADN que encontramos en las heridas de las distintas víctimas corresponde a cinco personas distintas, exactamente a dos hombres y tres mujeres. Mientras que el ADN de lobo pertenece a tres hembras y dos machos; contestó el forense.

-Eso acota un poco más la búsqueda, pero no es suficiente; opinó el detective.

-Tal vez esto sirva. Todos los distintos grupos étnicos poseen marcadores genéticos específicos propios de cada zona de origen, algo así como una marca de origen; en este caso en particular, las cinco muestras de ADN corresponden a personas originarias de algún país de Europa del Este; explicó el forense. -Y si mi memoria no me falla, esa es una tierra de leyendas de vampiros y hombres lobos.

-Por favor doctor, ¿está insinuando que los rumores de los hombres lobos son ciertos?; protestó el policía.

-Claro que no, lo que quiero decir es que los cinco sospechosos vienen de Europa del Este y que pueden haber traído lobos con ellos; corrigió el médico.

-¿Y cómo alguien podría pasar lobos por el control de aduanas?; preguntó el teniente.

-Atrápelos y me cuenta; terminó el forense.

En la noche la policía había citado a una conferencia de prensa para dar la alerta con los nuevos antecedentes disponibles.

-Según nuestras investigaciones, los sospechosos de los horribles crímenes que estremecen el país son dos hombres y tres mujeres, procedentes de algún país de Europa del Este, que han llegado a la ciudad hace poco tiempo. Se presume que poseen lobos amaestrados con los que perpetran sus homicidios. Su captura es inminente en el corto plazo; concluyó el teniente ante todos los medios de comunicación.

La noche estaba nublada, el viento movía las nubes dejando ver una plateada luna llena. El teniente se disponía a volver a casa ya a entradas horas. Una hermosa mujer de mediana edad caminaba sola.

-Hey, señora, no debería andar sola a estas horas; dijo el policía.

-Estoy por llegar a casa; contestó ella con un suave acento que él no pudo reconocer.

-Si quiere yo la acompaño; ofreció el teniente.

-No es necesario, gracias; declinó la mujer.

-Soy policía, no se preocupe; dijo él mostrándole la placa.

-En ese caso acepto; accedió la mujer.

Pasos que se acercaban rápido se escucharon a sus espaldas, el policía se volvió a mirar pero no vio a nadie; siguieron caminando. Un gruñido alertó a ambos, rápido el teniente se volvió; la incredulidad y el asombro lo invadieron. Parado frente a él había un monstruosos ser mezcla entre hombre y lobo; el terror era paralizante, aún así logró sacar su pistola y apuntar hacia la criatura, de cuyas fauces caía una baba viscosa. Cuando se disponía a disparar, sintió por detrás un golpe en su muñeca y vio con horror que su mano caía al suelo, amputada por dos mandíbulas que se cerraron sobre ella. Ahí, parado vio  otro lobo, vestido con ropa de mujer, la mujer a la que él amablemente se ofreció a acompañar para protegerla. Las dos bestias se lanzaron sobre el policía, despedazando completamente su cuerpo.

El teniente había cometido un error al citar a la última conferencia de prensa. Al ver que la policía se acercaba demasiado, los asesinos decidieron que era mejor quitar de encima al detective a cargo de la investigación.

La jauría siempre, tarde o temprano, terminaba llamando la atención y había que emigrar seguido.  Sin embargo, aún podían permanecer unos meses más en este lugar. Aún tenían tiempo.

-¿Piensas salir hija?; preguntó Viviana a Sandra.

-Sí, está hermosa la noche; contestó la joven.

-¡Pero hija!, ¿no has escuchado las noticias de que hay animales asesinos en la ciudad?; agregó Sebastián.

-Además esta noche se supone que estaríamos todos juntos; dijo Viviana.

-Sí, está bien; aceptó Sandra con un marcado acento extranjero en su voz, mientras por la ventana veía la hermosa luna llena que se elevaba sobre la noche de la ciudad. Los ojos de la joven se volvieron de un hermoso color dorado; sus dientes se transformaron en agudos colmillos y sus uñas en afiladas garras; en tanto que su cuerpo se cubría con un suave pelaje gris. Las orejas de Viviana, primero y todo su rostro después adquirió la forma de una fiera bestia. Por otro lado, la piel de Sebastián se cubrió de un espeso pelo gris y su hocico y orejas se alargaban. El cuello de Rodrigo se hizo poderosamente musculoso, para terminar convertido en una bestia tan fuerte como su padre. El cuerpo de la pequeña Sonia se cubrió de un sedoso  pelaje café, siendo tan alta como su madre y su hermana.

La jauría saldría a cazar junta esta noche.

-Buenos días señores y señoras, yo soy el Teniente Flores; ante el asesinato del Teniente Rodríguez, se me ha asignado el caso de los asesinatos múltiples que  él investigaba, el cual le costó la vida. Vamos a capturar a los que lo mataron, aunque sea lo último que haga; arengó el nuevo teniente a sus subalternos.

-Los peritajes del forense indican que los posibles asesinos son dos hombres y tres mujeres, originarios de algún lugar de Europa, los cuales usan lobos amaestrados para perpetrar sus crímenes. No siguen ningún patrón lógico; informó el sargento, poniendo al día al nuevo teniente.

-Excepto en el asesinato del teniente Rodríguez, que parece que iba tras la pista correcta y por eso lo mataron; conjeturó el Teniente Flores.

Los análisis de ADN en los restos del Teniente Rodríguez aportaban más pistas a las existentes.

-Teniente Flores, están listos los resultados de los análisis del cuerpo del Teniente Rodríguez; comunicó el forense al policía.

-Voy para allá; contestó éste.

-Buenos días doctor, ¿qué encontró?; preguntó el teniente.

-Al Teniente Rodríguez lo mataron dos lobos, un macho y una hembra. También, al igual que en las otras víctimas había ADN humano, correspondiente al de un hombre y una mujer de Europa del Este; informó el forense.

-Mmm, qué interesante, un hombre y un lobo y una mujer y una loba; opinó el policía.

-Así es. Según la hipótesis del Teniente Rodríguez, los cinco asesinos matan usando lobos entrenados; comentó el médico.

-Nunca antes había tenido que atrapar a este tipo de asesinos seriales; dijo el teniente.

-Y yo nunca había visto esta clase de homicidios; reconoció el forense.

-Sargento, quiero una lista de todas las personas que hayan llegado a la ciudad desde poco antes de que comenzaran los asesinatos; ordenó el teniente.   -Busquen familias o grupos de cinco integrantes.

Dos días después el Teniente Flores recibía una larga lista de personas recién llegadas a la ciudad.

Sonia se sentía inquieta esa noche. El encierro la sofocaba, debía salir a caminar; la noche estrellada y la luna llena la tenían más agitada que de costumbre. Se encaminó al parque y olfateó el aire; a su sensible nariz llegó el aroma dulce de un perfume de mujer. Cerca de un banco vio a una solitaria joven que caminaba sin prisa; la boca se le llenó de saliva, mientras sus ojos se volvían dorados; quería carne fresca y ya sabía de donde la sacaría.

La mujer sintió que la observaban, pero no había nadie más que una joven de unos doce años, por cierto que muy alta para su edad. Siguió caminando y escuchó pasos que la seguían; se volvió a ver, pero estaba completamente sola en el parque. Solo sintió un golpe que la arrojó contra el césped húmedo y se vio tendida boca abajo, con alguien muy pesado que la aplastaba; trató de gritar, pero su cuello se rompió bajo la presión de dos poderosas mandíbulas. Totalmente descontrolada, Sonia comenzó a devorarla; una vez estuvo más tranquila, de su garganta surgió un agudo aullido.

La taza de café que el Teniente Flores sostenía se deslizó de sus manos; el aullido que escuchó lo sorprendió haciéndolo derramar el líquido sobre la mesa de la cafetería que atendía toda la noche, sobre todo porque los policías que estaban de turno pasaban a comer ahí. -Los perros se ponen nerviosos a veces y le aúllan a la luna; comentó la camarera, mientras secaba la mesa y le servía otro café el policía.

Viviana y Sandra estaban tan nerviosas como Sonia aquella noche.

-Salgamos; dijo Viviana a Sandra.

Las calles solitarias facilitaban la incursión de las dos mujeres. -Vamos a ese bar; dijo Sandra, desabotonando su blusa y atándola con un nudo; dejando así ver un poco, pero no mucho de su cuerpo, aprovechando que no llevaba ropa interior. Por su parte Viviana se quitó la chaqueta, luciendo una polera elasticada que se pegaba a su piel, permitiendo apreciar sus curvas. Así, luciendo como dos prostitutas entraron al bar. No se necesitó mucho tiempo para que dos hombres se acercaran a ellas y les ofrecieran unos tragos. Tras acordar el precio que ellos deberían pagar para disfrutar de sus servicios esa noche, salieron los cuatro del brazo. El pecho de Sandra subía y bajaba rápidamente por su excitación; la respiración de Viviana se aceleraba cada vez más, mientras sus ojos se tornaban hermosamente dorados. Ya no pudiendo contenerse más, Sandra se abalanzó sobre su acompañante, el que con horror la vio transformarse en un horrible monstruo. El acompañante de Viviana cayó de espalda mientras trataba de huir; el terror lo paralizaba mientras veía transformarse a la mujer frente a sus ojos. Después de saciar sus ansias de sangre, las dos lobas se unieron en un aullido de placer.

La mañana siguiente era un dolor de cabeza para la policía. Tres asesinatos en una misma noche era algo que los ponía al límite de su capacidad de respuesta.

-Teniente, tengo los exámenes de las víctimas de anoche; informó el forense.

-Voy para allá; respondió el policía.

-Las tres víctimas de anoche fueron asesinadas por las tres lobas; dijo el médico, mientras pasaba los resultados al policía.

-Y cómo ya era de esperar también hay ADN de tres mujeres distintas; observó el teniente.

-La verdad es que no logro entender qué hay detrás de estas coincidencias de sexo; comentó el médico.

-Gracias doctor; se despidió el policía. -Ahora tengo una muy larga lista de posibles sospechosos que revisar.

La lista de personas que habían llegado a la ciudad últimamente era interminable; después de algunas horas, al Teniente Flores le dolían los ojos.          -Tienen que estar aquí; dijo para sí, mientras se preparaba la quinta taza de café. De pronto lo vio; en medio de la lista aparecieron los nombres de una familia de cinco miembros, compuesta por el padre, la madre, dos hijas y un hijo; dos hombres y tres mujeres. Habían llegado a la ciudad poco antes de que comenzaran los asesinatos; el padre era ejecutivo de una empresa transnacional, por lo que debían viajar seguido.

El Teniente Flores tenía un amigo en la Interpol que le debía un par de favores y esta era una buena ocasión para cobrarlos. Al día siguiente recibía en su correo electrónico los lugares en que había estado los últimos años la familia en cuestión.

El ruido que habían producido los asesinatos con los lobos era tan grande que, gustosos los departamentos de policía de todos los países, cooperaron con el teniente Flores, entregándole la información solicitada. No se sorprendió mucho al comprobar que en todos los lugares donde estuvo la familia, hubo casos de muertes producidas por el ataque de  perros salvajes o de lobos.

Sebastián no se percató cuando, desde un automóvil, alguien lo fotografiaba. Frente al colegio de los niños, el policía, a través del lente de su cámara, pudo comprobar lo  hermosa que eran Sandra y Sonia y lo fuerte que parecía ser Rodrigo. Viviana resultó ser muy fotogénica y agradable de retratar para el teniente.

-¿Dónde tienen a los lobos?; preguntaba mientras miraba las fotografía.

Después de varios días de vigilancia, el Teniente Flores conocía de memoria la rutina de la familia; tenían que ser ellos, hasta ahora todo coincidía.

La noche era calurosa, lo que desencadenaba en Rodrigo su instinto depredador. Un vago que había en las cercanías del parque sería una presa fácil. El hombre quedó paralizado de pánico ante la criatura que estaba parada a escasos metros de él. Cuando los músculos se le contraían para saltar, escuchó un aullido a su espalda; rápidamente Rodrigo se volvió y con sorpresa vio un hombre lobo de pelaje negro que brillaba bajo la luz de la luna y lo observaba con sus brillantes ojos de color amarillo. Aterrado el vago escapó dando alaridos histéricos de pánico.

Los dos lobos gruñeron y se lanzaron en una frenética lucha. Rodrigo trataba de hundir sus colmillos en el cuello de su oponente, pero era más alto y fuerte que él. Ambas criaturas rodaban por el suelo; las garras del lobo negro se clavaron en el brazo de Rodrigo, impidiéndole pelear bien. Finalmente su garganta se rompía bajo las fauces del lobo negro.

Un aullido distinto a los escuchados anteriormente se oyó en la noche

-¿Y ese aullido? Hay otro lobo en la ciudad; dijo Sebastián.

-¡Rodrigo!; exclamó Viviana, para luego inclinar la cabeza con lágrimas en los ojos.

La jauría aulló lastimeramente a la luna.

-Teniente venga rápido, por favor; pidió el forense.

-Dígame que los asesinos se entregaron y a mí me van a ascender a capitán; rogó el Teniente Flores al médico.

-Me temo que no; respondió el forense. Las cosas se complican más todavía.

-¿Qué pasa?; preguntó el policía con aire serio.

-La víctima que encontraron esta mañana fue asesinada por otro lobo distinto y el ADN humano hallado en sus heridas no coincide con el de los otros asesinos; explicó el doctor.

-O sea, que ahora tenemos otro loco suelto; exclamó el detective; es decir que, no bastando con cinco, ahora tenemos a seis locos y a seis malditos lobos.

-Aun seguimos teniendo cinco locos sueltos; corrigió el forense.

-Pero usted dijo que hay otro asesino; rebatió confundido el teniente.

-Sí, pero el ADN de la víctima coincide con el de uno de los primeros asesinos.

Desde la muerte de Rodrigo, ya nadie saldría solo de noche. Otro lobo había invadido su territorio. La manada debía permanecer unida para protegerse.

Uno de los sospechosos del teniente había sido asesinado de igual forma en que habían matado a todas las otras víctimas; ¿qué significaba todo aquello?

Daba la impresión de ser una lucha de poder entre bandas rivales, ¿pero qué persiguen?, ¿cuáles son sus negocios? La policía estaba totalmente desconcertada; había entrado un nuevo jugador a la partida.

Por más que buscaba, el teniente Flores no encontraba nada sospechoso en las finanzas de la familia. Aparentemente los asesinatos eran al azar, sin ningún fin lógico; excepto para alimentar a los lobos. Entonces los asesinatos seriales se convertían en una cacería. La ciudad se había convertido en el territorio de caza de una manada de lobos.

La familia, ahora con un miembro menos, caminaba en silencio en medio de la noche. Desde ahora las cacerías serían en manada. Como buenos cazadores que eran, los cuatro percibieron como los observaban. Sebastián olfateó el aire, notando un olor extraño; las orejas de Viviana se movían buscando algún sonido que delatase el escondite de su acosador. El factor sorpresa ya se había perdido; el ataque tendría que ser ahora.

De un salto cayó frente a Sebastián un gran licántropo negro. Dando un salto atrás, Sebastián cambió rápidamente su forma. Los dos lobos gruñían, con el pelaje erizado por la adrenalina, listos para el combate. Las tres mujeres gruñían, con los ojos color dorado muy intenso, pero no se transformaban; la ley de colmillos y garras se los impedía, solo debían esperar alertas.

El choque de las dos bestias fue soberbio; entre zarpazos y mordidas al aire se enlazaron en una formidable batalla, en la cual solo podría haber un vencedor. El lobo gris, que era Sebastián, mordió una mano del lobo negro, el cual aulló de dolor y rabia; un fuerte golpe lanzó al lobo gris al suelo, tirándose sobre él el lobo negro. Una mordedura en un brazo hizo gritar al lobo gris. Las tres mujeres caminaban en círculo gruñendo y cubiertas de sudor. Finalmente todo acabó tan rápido como había empezado. Las fauces del lobo negro lograron atrapar el cuello del lobo gris, terminando con la posición que había sostenido por tantos años.

Triunfante el lobo negro aulló hacia la luna, mientras el lobo gris empezaba a transformarse, dejando a Sebastián tirado sobre el césped del parque, con el cuello roto.

Las tres mujeres agacharon la cabeza en señal de sumisión ante el Teniente Flores. Había un nuevo macho alfa que comenzaba su propia manada con las hembras ganadas en una batalla de garras y colmillos, como la ley lo mandaba.

Con los ojos color dorado brillando, los cuatro aullaron a la luna llena.

 

Llamada de auxilio

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Boris Oliva Rojas

 

 

Llamada De Auxilio

 

-Todos a bordo; dijo Pablo a su familia luciendo su corra de capitán de barco.

-Si papá; gritaron entusiasmados Paola y su hermano Víctor.

-¡Capitán Papá!; corrigió Pablo dándose aires de importancia.

-Perdón, Capitán Papá; respondió Víctor.

Luisa con una sonrisa en los labios se llevó su mano derecha a la sien y saludó a su marido. -A sus órdenes Capitán Papá.

Sería una semana muy entretenida y una experiencia inimaginable para toda la familia. El jefe de Pablo, un multimillonario empresario, le había prestado su joya, como llamaba a su yate de setenta metros de largo de punta a punta, para que paseara una semana con su familia, en agradecimiento por haber descubierto un fraude en que casi cae la empresa y que le habría costado varios millones de dólares.

Como Pablo no tenía ni la más remota idea de navegación, los acompañarían un timonel, un maquinista y un sobrecargo. La familia solo tenía que preocuparse de descansar y disfrutar como reyes.

El clima se pronosticaba soleado para toda la semana y el mar calmado, con una suave brisa. Todo sería de maravilla; las vacaciones perfectas.

Después de la cena, Pablo encontró un libro sobre mitos y leyendas del mar, pasando desde barcos fantasmas, sirenas, piratas, hasta el Triángulo de Las Bermudas. Sería una buena sobremesa; pensó Pablo, le leería algunas historias a la familia. Estaban todos escuchando atentos, cuando entró el sobrecargo.

-Es un interesante libro, señor; pero yo, en todos mis viajes por el mundo, he aprendido historias que no aparecen en él, como por ejemplo la del puerto fantasma; comentó el marinero.

Bastó decir eso solamente para que los niños saltaran de sus sillas.             -Cuéntelos; pidió Víctor. -Sí, por favor; le rogó Paola. -¿Puede?; preguntó Luisa.    -Sí, por supuesto; contestó el marino y acomodando una silla empezó su relato. Todos escuchaban absortos la narración y cuando ésta llegó a su punto más impactante, las luces se apagaron, dejando a la sala de estar sumida en las penumbras; con un grito todos dieron un salto, mientras se escuchaba una risa macabra. La risa cesó y las luces se volvieron a encender. -Perdón, pasé a llevar un botón del control remoto; se disculpó el sobrecargo.

En el puente de mando, el timonel notó en el radar la presencia de otro barco a cierta distancia de ellos; por la velocidad supuso que se trataba de algún yate de algún millonario que aprovechaba el buen tiempo como ellos; lo cual era común en esas aguas y en esa época del año.

La mañana siguiente Pablo y Luisa fueron despertados por las risas de Víctor y Paola, quienes correteaban por la cubierta, bajo la vigilante mirada del sobrecargo.

A la hora del desayuno, el timonel avisó por el intercomunicador que en una hora más atracarían en un puerto para reaprovisionarse de agua fresca.

-¡El puerto fantasma!; gritaron los niños con los ojos encendidos de emoción.

-Me temo que no; dijo el sobrecargo. -Es solo una parada de rutina.

Después de recorrer el puerto y comprar algunos recuerdos, todos volvieron a bordo del yate y continuaron el viaje. El timonel vio en el radar que el otro barco aún se mantenía a la misma distancia de ellos, sin haber cambiado su rumbo ni velocidad.

Tres días de navegación sin ninguna novedad presagiaban las mejores vacaciones de la familia.

La luna llena llenaba de  brillo una mar calmada; una brisa fresca y agradable envolvía a Pablo y Luisa. En el puente de mando el timonel observaba intrigado la pantalla de radar; un punto verde indicaba la presencia del barco que navegaba cerca de ellos. Sin variar su velocidad o su rumbo, le daba la impresión de que los estaba siguiendo a una prudente distancia. Se disponía a tratar de  comunicarse con la otra embarcación, cuando la radio empezó a crepitar.

-¡Mayday, Mayday!; esta es una llamada de auxilio del Yate Calipso, matrícula ZN472G, tenemos personas heridas y nuestro timón se rompió. Necesitamos ayuda urgente. Nuestras coordenadas son 29° 31’ 17’’ Latitud Sur, 71° 45’ 32’’ Longitud Oeste.

El timonel comprobó que las coordenadas correspondían al barco que iba tras ellos. Sabiendo muy bien el procedimiento a seguir en estos casos, viró en 180° dirigiendo su proa hacia la embarcación en problemas. Por altoparlante informó a todos los ocupantes que el cambio de rumbo obedecía a una respuesta de ayuda a una llamada de auxilio de una nave en alta mar.

-Aquí  Yate Aurora respondiendo a su llamada de auxilio, pronto estaremos junto a ustedes; comunicó por la radio de banda marina al otro barco.

Cuando llegaron al otro yate, no se veía rastros de sus ocupantes en la cubierta; el sobrecargo supuso que estarían abajo. Abordaron para socorrer a los heridos Pablo, el mecánico y el sobrecargo. No había nadie abordo; el barco estaba abandonado, pero no perdía su rumbo debido a que estaba conectado el piloto automático. ¿Quién hiso la llamada de auxilio?, el puente estaba vacío. ¿Dónde se fueron todos? Si se tratase de un caso de piratería, las muestras de violencia serían más que evidentes; pero nada, no había rastros de sangre, ni disparos, ni desorden. Lo que hubiese pasado, había ocurrido en forma muy rápida, silenciosa y limpia; esto tendría que ser informado a las autoridades marítimas pertinentes.

Unas cajas, cerca de la sala de máquinas, se movieron cuando el maquinista pasaba por ahí; atraído por el ruido se acercó sigiloso y encontró acurrucada en un rincón a una niña de unos doce o trece años. -¿Pero qué tenemos aquí?, ven señorita, no tengas miedo; dijo el hombre tendiéndole los brazos para que saliera de su escondite; pero cuando trató de tomarla, ella le mordió la mano. -Tranquila quiero ayudarte; le dijo. La niña entonces tomó su mano y se puso de pie, y lo acompañó hasta la cubierta donde aguardaban los otros.

-Encontré solo a esta niña, quien está muy asustada y no habla; observó.

Ya de vuelta  en el yate, el sobrecargo, que además era paramédico, procedió a examinarla, no encontrando nada malo en ella, salvo por su negativa a hablar, causada por algo que la asustó mucho.

Todos a bordo del yate estuvieron de acuerdo en que debían dirigirse de inmediato al puerto más cercano. En eso estaban cuando el yate se estremeció como un animal herido; las luces se apagaron y todos los instrumentos dejaron de funcionar.

-Tiene que ser un cortocircuito en el sistema eléctrico, voy a revisarlo; dijo el mecánico. Dentro de la sala de máquinas había una gran cantidad de humo con olor a plástico quemado; el hombre quedó de una pieza al ver el origen del humo. Un cortocircuito había quemado la placa madre del tablero eléctrico, y con ello todos los componentes que tenía. El problema era agravado por el hecho de que habían apagado el motor un momento para dejarlo enfriar, y ahora, sin electricidad no había forma de echarlo a andar. Tampoco podían pedir ayuda por radio, ya que esta también funcionaba con electricidad. Sin mucho más que poder hacer abajo, subió al puente a informar la situación.

-¿Hay alguna forma de arreglar la falla?; preguntó Luisa.

-No señora, hay que cambiar todo el panel eléctrico y no hay repuestos a bordo. Ni siquiera entiendo cómo puede haberse quemado; contestó el mecánico.

-Puede haber sido una sobrecarga; contestó Pablo.

-Lo veo muy poco probable, pero no se me ocurre ninguna otra explicación; contesto el aludido.

-¿Alguna solución?; preguntó el timonel.

-Tratar de conectar las baterías de emergencia al encendido del motor. Al menos podremos navegar, si logro hacer andar el motor; claro que totalmente a ciegas, sordos y mudos; concluyó el mecánico.

-Bueno, que remedio. Si hasta el siglo diecinueve se guiaban solo con el sol y las estrellas, no veo por qué nosotros no podamos; pensó el sobrecargo y el timonel asintió con la cabeza.

Sin perder tiempo el maquinista se puso a trabajar. Estaba agachado revisando las baterías, cuando sobre una plancha de acero se vio reflejado el rostro de una horrible cosa que babeaba tras suyo. Asustado se giró y todo se volvió oscuridad.

En su camarote, alumbrándose con una linterna, el sobrecargo trataba de poner al día la bitácora de abordo. En eso estaba cuando alguien golpeó su puerta, al abrirla su rostro se puso blanco de la impresión y del susto; pero ya nada más vieron sus ojos.

El timonel llamó al mecánico por la radio portátil; tras varios intentos sin respuesta, trató de comunicarse con el sobrecargo; pero éste tampoco contestó. Después de un rato desistió de sus intentos y volvió a meterse entre los cables de la radio, aunque sabía que sin electricidad no había nada que hacer. No se percató cuando alguien entró sigilosamente al puente de mando; mientras manipulaba los cables pudo ver que sobre la brillante cerámica del piso del puente se reflejaba una cosa horripilante que babeaba junto a él; silencio y oscuridad.

-¿Pablo has visto a los tripulantes?; preguntó Luisa.

-Deben estar tratando de arreglar el yate; respondió éste.

-Sí, supongo que en eso andarán; pensó Luisa.

-Si quieres voy a buscarlos; ofreció Pablo.

-No, déjalo, ya es tarde; vámonos a dormir mejor, mañana nos tendrán buenas noticias; supuso Luisa.

A la mañana siguiente Pablo se dirigió directamente el puente para saber si había alguna novedad. El timonel no estaba en su puesto; tampoco vio al sobrecargo. Supuso que estarían en la sala de máquinas ayudando al mecánico. La sala estaba vacía y Pablo no pudo reaccionar cuando por la espalda, dos manos viscosas se pegaban a su cara; oscuridad y silencio total.

Después de una hora, Luisa se empezó a sentir sola, y también los niños.

-¿Mamá, dónde están los demás?; preguntó Víctor.

-Deben estar abajo tratando de arreglar el barco; contestó Luisa.

Paola tomó un libro de un estante y fue a su camarote a leer. La puerta estaba entreabierta, cuando la cerró algo había  parado frente a ella;  todo a su alrededor desapareció.

Víctor se sintió extraño y empezó a buscar a su hermana melliza. Fue directo al camarote de ella pero no la encontró ahí. -¿Dónde se habrá metido?; se preguntó. Unas manos horribles le sujetaron la cabeza; todo se tornó oscuro.

Luisa se dio cuenta de que algo muy extraño estaba pasando. A medida que pasaban los minutos se dio cuenta de que estaba sola en el barco. Sintió miedo.

¿Dónde estaban sus hijos? ¿Dónde estaba su marido? ¿Dónde estaban los tripulantes?

Corriendo entró al puente de mando. Una radio portátil estaba tirada en el suelo; al agacharse para recogerla pudo ver el reflejo en las baldosas de un horripilante rostro con una boca babeante. Lentamente se volteó y frente a ella vio parada a la niña que el día anterior habían rescatado del yate abandonado; las tinieblas inundaron su mente.

Cuando Luisa despertó no sabía cuánto tiempo había pasado. Repartidos por el piso pudo ver los restos de seis cadáveres, cuyas ropas identificó. Varias horrorosas cosas la rodeaban con sus bocas babeantes mostrando afilados dientes. Un grito de terror se escuchó por todos los rincones del barco.

 

La brisa era suave y el mar seguía en calma. El timonel seguía viendo en la pantalla de radar la señal del otro barco que se movía a cierta distancia, sin cambiar de rumbo ni velocidad. De pronto la radio sonó.

-¡Mayday, Mayday!; esta es una llamada de auxilio del Yate Aurora, matrícula BG4569A, tenemos personas heridas y nuestro timón se rompió. Necesitamos ayuda urgente. Nuestras coordenadas son 29° 31’ 17’’ Latitud Sur 71° 45’ 32’’ Longitud Oeste. El timonel comprobó que las coordenadas correspondían a las del barco que se movía tras ellos; y viró en 180° respondiendo a la llamada de auxilio.