Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Magia Negra – Capítulo 3 – Leyenda 19 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Magia Negra
Capitulo N° 3
Leyenda

-Mejor manejo yo; sugirió Renata a Luis. -Estás un poco mareado.

-Sí toma; aceptó él pasando las llaves del auto a su esposa.

El casamiento de sus amigos en Malloco había estado bastante animado y también regado, por lo que debían volver con cuidado a Isla de Maipo, sobre todo en la traicionera carretera que une a este último pueblo con Talagante, llena de curvas, subidas y bajadas, que aún a plena luz del día había que tomar con manos firmes y ojos despiertos; por lo cual Renata conducía a irrisorios cuarenta kilómetros por hora, en una carretera habilitada para noventa.

Después de unos minutos a su derecha se divisaba el Puente Naltahua, sobre el hilo de plata del Río Maipo, lo que le indicó que en solo un poco minutos más podría acostarse a descansar.

-Despierta; dijo ella a Luis. -Ya estamos por llegar.

Una curva a la izquierda y entrarían al pueblo, solo pasar la pequeña arboleda de eucaliptus y listo.

Renata casi volcó el auto cuando este de improviso se fue violentamente contra la cuneta. De un golpe se la pasó la borrachera a Luis.

-¿Estás bien?; preguntó éste a su esposa, que tenía todo el cabello sobre la cara.

-Sí, ¿y tú?; preguntó ella a su vez.

-Un poco saltón, pero bien; respondió él.

-Creo que se rompió un neumático; opinó Renata.

La sorpresa y luego el miedo se apoderó de la pareja cuando un fuerte golpe lanzó el vehículo de costado, diez metros hacia adelante.

-¿Pero qué diablos?; preguntó estupefacto Luis.

-¿Qué fue eso?; preguntó Renata entre sorprendida y asustada.

-Salgamos de aquí; sugirió él mientras soltaba su cinturón de seguridad.

Antes de que ella alcanzase a responder, con asombro notaron como el auto era levantado en el aire por una negra y gigantesca mano. Con terror vieron como un colosal ser, oscuro como una nube negra, se alzaba por sobre los eucaliptus y los observaba a más de diez metros de altura.

Sin poder moverse de la impresión, la pareja nada pudo hacer cuando sintieron que el vehículo volaba por el aire para terminar estrellándose estrepitosamente contra el pavimento.

Renata semiinconsciente y sangrando por la boca miró hacia su derecha, solo para ver el cuerpo sin vida de su esposo. A los pocos segundos su corazón también se detuvo y su mente se nubló para siempre.

Alertados por los vecinos que fueron despertados por el estrepito del golpe del metal contra el concreto, bomberos, ambulancias y policías llegaron al lugar del extraño accidente.

-Típico de madrugada del sábado; comentó uno de los bomberos.

-¿Cuándo van a entender que alcohol y autos es una muy mala combinación?; opinó el otro.

-Deben haber ido a más de cien kilómetros por hora; observó uno de los policías. -Perdieron el control del vehículo aquí, para terminar volcándose a ciento cinco metros adelante.

-El impacto fue tan violento que tanto la conductora como el acompañante fallecieron en forma instantánea; observó uno de los paramédicos.

-¿Ocurre algo cabo?; preguntó un carabinero a otro que alumbraba el pavimento con su linterna.

-No es nada mi sargento, es solo que no veo ninguna marca desde el punto en que el vehículo perdió el control hasta el que se produjo el volcamiento; indicó el policía.

-La verdad es un poco extraño; observó el oficial. -En todo caso la alcoholemia muestra que ambas víctimas estaban bajo el efecto del alcohol y usted sabe lo que eso puede producir.

-Tiene razón mi sargento; aceptó el uniformado.

Jacinto volvía tambaleándose luego de una noche de juerga. Era una típica noche de agosto así es que la calle estaba totalmente vacía. El viento movía las nubes y éstas ocultaban momentáneamente la luna, sumiendo la calle en sombras móviles que se deslizaban silenciosas a medida que las nubes cruzaban frente al astro nocturno.

En su borrachera el hombre tuvo la sensación de que alguien lo seguía. Envalentonado por el alcohol metió una mano al bolsillo de la chaqueta; sus dedos tantearon el frío metal y empuñaron con firmeza la navaja.

Sin aviso previo Jacinto se volvió y blandiendo el arma blanca en el aire enfrentó a su acosador. La calle se extendía solitaria, el hombre se rió de sí mismo y devolvió la navaja a la chaqueta.

Cuando se disponía a continuar su camino de regreso a su casa, con el rabillo del ojo le pareció ver una sombra que se movía entre los eucaliptus. No le iba a dar importancia, cuando frete a él una mole negra tan alta como los árboles que la ocultaban, se abrió paso entre ellos y de unas cuantas zancadas llegó junto al aterrado borracho, quien acababa de recuperar la sobriedad.

-¡El Bulto!; gritó sin que nadie lo escuchara en medio de la noche en la calle solitaria.

Jacinto corrió rápido, como nunca lo había hecho antes pero de nada le sirvió el esfuerzo. Sin moverse de su lugar, la cosa oscura y gigantesca estiró uno de sus largos brazos y atrapó de una pierna al infortunado tipo.

Retorciéndose, colgado de cabeza, el hombre trataba de soltarse sin ningún éxito. Con total desprecio por su presa, El Bulto arrojó el cuerpo de Jacinto al pavimento. Atontado, adolorido y con algunos huesos rotos, éste intentó ponerse de pie para tratar de escapar de su agresor de pesadillas. Un topón más lo lanzó rodando contra la cuneta, hasta que finalmente Jacinto dejó de moverse.

La noche seguía su curso en la pequeña ciudad y la leyenda surgida de los miedos supersticiosos de la gente de campo continuaba sembrando la muerte.

La fiesta estaba en su máximo apogeo, la música alta y las risas estridentes rompían la quietud de la noche. Marcia destapó otra botella de cerveza cuando sintió que el piso se zamarreaba bajo sus pies; las paredes de la casa se quejaron en un crujido sordo.

-¡Es un terremoto!; gritó Paola asustada.

-¡Cálmense!, ya va a pasar; gritó Esteban.

Los hechos dieron la razón al joven cuando el suelo dejó de sacudirse.

-Estuvo fuerte pero ya pasó; comentó Marcia aun temblorosa. ¿Están todos bien?

-Sí, pero no puedo comunicarme por teléfono con mi casa; observó Paola.

Cuando la calma había regresado, el fuerte estruendo tomó a todos por sorpresa. Zamarreados y azotados contra las paredes y piso, con los muebles volando por todos lados, el desconcierto y el miedo dominaban lo que antes había sido una fiesta más de fin de semana; los gritos de dolor y desesperación reemplazaron las risas y la música.

Los crujidos de la casa, sacudida a más de quince metros de altura por un bulto negro y gigantesco, que se confundía con los añosos eucaliptus, eran los únicos ruidos que se escuchaban ya en su interior.

-¡Es El Bulto!; exclamó Paola al ver la oscura mole que sostenía la casa, antes de caer inconsciente.

Como un niño que se aburre de un juguete, El Bulto arrojó la maltrecha vivienda contra el suelo, para simplemente terminar retirándose en medio de las sombras.

El estruendo del derrumbe de la casa despertó a todo el vecindario; los curiosos no tardaron en agolparse ante la destruida construcción. Los escombros formaban una composición macabra teñida de rojo.

-¡Se derrumbó la casa con todos adentro!; exclamó una mujer entre llantos.

Las sirenas a lo lejos indicaban que la ayuda ya venía en camino; pero los vehículos de emergencia no necesitaban darse prisa. La situación superó todas las peores expectativas de los rescatistas; solo escombros a ras del suelo y cuerpos sepultados bajo ellos.

-¡No se queden ahí parados como idiotas!; gritó el comandante del cuerpo de bomberos del pueblo. -Busquen sobrevivientes.

Con la mayor esperanza todos comenzaron a remover los escombros, pero pronto ésta se esfumó al ir topándose solo con cadáveres. Después de un par de horas veinte cuerpos yacían cubiertos con lonas negras.

-Aaaah; se escuchó un lastimero gemido cuando ya los rescatistas pensaban que su penoso trabajo había terminado.

-¡Esperen!, hay alguien con vida; gritó un bombero al escuchar el quejido.

Sin que se diese una orden al respecto, todos se dirigieron hacia el lugar de donde provenían los agónicos lamentos y con extremo cuidado desenterraron a una joven mujer con sangre en la cabeza y un hilo rojo que corría de sus labios.

-Rápido estabilícenla con un traje antishock; ordenó un médico. -Capitán pida un helicóptero en seguida, debemos llevarla  a Santiago cuanto antes; solicitó al policía a cargo de la seguridad.

Paola yacía totalmente inmovilizada a una camilla sin saber qué estaba ocurriendo.

El típico ruido del helicóptero se aproximaba rápidamente al lugar de los hechos, ya que no había ni un segundo que perder. El paramédico que atendía a la joven sintió como ésta le apretó con fuerza la mano y abrió grande los ojos.

-¡El Bulto! ¡El Bulto! ¡Fue El Bulto!; balbuceó con voz entrecortada la muchacha.

La mascarilla de oxígeno se llenó de sangre y su cuerpo se convulsionó, la mano que sujetaba al paramédico se soltó y ella cayó inconsciente.

-¡Está sufriendo un paro cardiaco!; gritó éste al médico.

-¡Unidad de electroshock ahora!; gritó el doctor.

Con mano veloz el médico rajó la ensangrentada blusa de la mujer y acercó las paletas cargadas de electricidad. Una y otra, y otra vez; el cuerpo se elevó en varias ocasiones a causa de las descargas eléctricas, pero la chica no reaccionaba.

-¡Vamos!, despierta; gritó el galeno con la frente cubierta de sudor.

-Ya doctor déjela ir; lo afirmó el comandante de bomberos. -No  hay nada que usted o nosotros podamos hacer por ella, ha muerto.

-Es totalmente insólito lo que ha ocurrido esta noche; comentó el comandante al capitán de la policía uniformada.

-¿Qué cree que pudo haber destruido así una casa relativamente nueva?; preguntó el policía.

-No lo sé; respondió el bombero. -Es la primera vez que veo algo así.

-Fue El Bulto; intervino una mujer de entre los muchos curiosos reunidos en el lugar de la tragedia. -La niña lo dijo antes de morir.

-Señora, esas cosas no existen; intentó calmarla el policía.

-Nada más tiene la fuerza para hacer esto; opinó un anciano. -Mi abuelo me contó que es un gigante más grande que los eucaliptus.

-Sé que es terrible todo esto pero debe haber otra explicación; insistió el policía.

-Déjelo capitán; intervino el comandante. -Mientras más pronto nosotros averigüemos las causas de este terrible accidente, más pronto podremos calmar a la población.

Días arduos de trabajo siguieron a los expertos del cuerpo de bomberos, pero no lograban dar con las causas del derrumbe que costó la vida de veintiún jóvenes. Como un favor especial al alcalde del pueblo, el intendente regional solicitó que un equipo de ingenieros de una universidad pública  prestara apoyo y asesorara a los investigadores de bomberos, pero ni aún así lograron encontrar una explicación lógica. Era como si la casa hubiese sido arrancada del suelo y estrellada violentamente contra el pavimento, rompiendo de un solo golpe sus pilares y techo, convirtiéndose en la tumba de todos esos muchachos que solo disfrutaban de una fiesta más; de su última fiesta en realidad.

Mientras los rumores del Bulto se apoderaron del pueblo. Las calles se vaciaban apenas comenzaba a oscurecer y los negocios cerraban sus cortinas con las primeras sombras del ocaso. De la noche a la mañana Isla de Maipo se había convertido en un pueblo fantasma cuando caía la oscuridad. A pocos kilómetros de la capital y en pleno siglo veintiuno, el miedo supersticioso ante lo inexplicable se había apoderado de sus habitantes. Típico pueblo colonial campesino, rico en mitos y leyendas, era un nutritivo caldo de cultivo para que todos los miedos ocultos resurgieran; y quién los culparía y ni se imaginaban de cuan ciertos eran sus temores.

-Que agradable es este pueblo al atardecer; opinó la joven paseando de la mano de su pareja.

-Sí, a pesar de estar cerca de Santiago aún conserva su encanto de campo.

La brisa empezaba a refrescar cuando el sol comenzaba a ocultarse tras la Cordillera de la Costa; sin embargo la temperatura ya se hacía más tolerable con la proximidad de la primavera.

-Buenas tardes; saludó Fernando a una señora que estaba parada junto a la puerta de una casa. Sin embargo, la mujer en vez de contestar corrió a encerrarse y cerrar la puerta con llave.

La gente que caminaba por la calle aceleró el paso y se dirigió a toda prisa a sus destinos.

-Sé que algunas personas le tienen miedo a las gitanas, pero esto es exagerado; comentó la muchacha. -Y ni siquiera ando vestida como gitana.

-No creo que sea por ti Milenka; observó Fernando Hormazabal al ver que todos los negocios cerraban sus cortinas.

En unos cuantos minutos la pareja era los únicos transeúntes que permanecían en la calle; incluso los automóviles habían desaparecido. En un santiamén el pueblo dio la impresión de estar deshabitado.

-¡Que curioso!; exclamó Fernando. -Mejor volvamos a la hostería y tratemos de averiguar qué asusta tanto a los habitantes del pueblo.

-Quedamos en que este fin de semana sería solo para nosotros, sin trabajo; reclamó la gitana.

-¿Y quién está hablando de trabajo?; respondió Fernando. -Dime que no sientes un poco de curiosidad por saber que pasa aquí.

-Bueno, sí algo, pero yo solo quiero relajarme un poco; opinó Milenka.

-Tranquila, te prometí un fin de semana especial y eso es lo que tendrás; la calmó Fernando pasando su brazo por la delgada cintura de la Shuvani.

Poco antes de las siete de la tarde la pareja llegó a la hostería donde se hospedaban desde temprano en la mañana. Como era de esperarse, ahí también la puerta estaba cerrada con llave; Milenka golpeó con sus nudillos la puerta de calle. Después de insistir un par de veces, al fin el dueño del albergue salió a abrir, dejando ver su miedo.

-Si hubiese demorado un poco más le habría lanzado una maldición gitana; dijo tal vez en broma la muchacha.

-Por favor señorita no diga eso ni en broma; pidió el hombre persignándose un par de veces.

-¿No me diga que cree en esas cosas en pleno siglo veintiuno?; le preguntó Milenka.

-Yo no creo en brujas, pero de que las hay, las hay; citó un viejo refrán el hombre.              -Además últimamente han ocurrido cosas terribles en el pueblo y que los expertos no pueden explicar.

-¿Es por eso que todos los habitantes se ven tan asustados al atardecer?; preguntó Hormazabal.

-Es todo por culpa del Bulto; comentó la mujer del dueño, trayendo una gran tetera con un mate.

-No creo que estas cosas le interesen a los jóvenes de la ciudad; la interrumpió su marido.

-Se sorprendería de las cosas que hemos visto; agregó la gitana. -Además no todo lo que existe se puede ver.

-Bueno, si no les da miedo, ni se aburren les contaremos; aceptó la mujer.

-Soy todo oídos; dijo Fernando Hormazabal sentándose atento en una silla, mientras Milenka chupeteaba con agrado el mate que le ofreció la mujer del posadero.

-Hace dos semanas; comenzó a narrar el hombre en voz baja. -Durante una fiesta, veintiún jóvenes murieron aplastados cuando la casa donde estaban se derrumbó sobre ellos; los bomberos y los carabineros no saben cómo es que los pilares, las paredes y el techo se molieron aplastándolos a todos.

-Una de las niñas antes de fallecer, aseguró que fue El Bulto; agregó la mujer.

-¿Qué es El Bulto?; preguntó Fernando.

-Es un ser gigantesco, del porte de los eucaliptus, o más tal vez; explicó el hombre. -Negro como una sombra y fuerte como un coloso.

-Se dice que asusta a la gente que sale de farra en la noche; continuó la mujer. -A lo mejor El Bulto fue el que mató al matrimonio Díaz; venían de una fiesta en Malloco.

-Puede ser; meditó el hombre. -Dicen que el auto quedó aplastado como si lo hubiesen lanzado cien metros por el aire. Los pobres murieron enseguida.

-Veo que están enterados de muchas cosas que pasan en el pueblo; observó la gitana.

-Es que tenemos un hijo que es carabinero y él nos cuenta algunas cosas; comentó la mujer. -Claro que es un secreto.

-No se preocupe señora, no le contaremos a nadie que nos dijo; la tranquilizó Milenka en voz baja.

-¿Qué opinas tú?; le preguntó Hormazabal a su pareja.

-Entre mi pueblo se habla de espíritus y seres que pueden ser invocados por una magia muy poderosa; respondió ella.

-¿Usted no es chilena joven?; preguntó la mujer.

-Soy gitana; respondió con naturalidad Milenka.

-¿Lo de la maldición era verdad entonces?; preguntó preocupado el hombre.

-Era solo una broma; aclaró la muchacha.

-Uff, que alivio; contestó él persignándose.

-¿Otro matecito mi niña?; ofreció la mujer.

-Está muy bueno; aceptó la joven Shuvani.

-No es común ver una pareja de gitanos con…; quedó dubitativo el hombre.

-Paisanos, a los no gitanos les llamamos paisanos; explicó Milenka. -Fernando siempre ha sido amigo de mi tribu.

-Ella me acepta como soy y yo la acepto a ella con todo lo que eso implica; comentó él.

-A lo mejor los demás no lo tomen tan bien; pensó la mujer.

-De eso nos preocuparemos a su debido tiempo; opinó Milenka.

-¿Quién sería capaz de invocar a un ser tan terrible como El Bulto?; preguntó la mujer.

-Alguien que conoce muy bien la magia negra; opinó Milenka.

-¿Pero por qué?; preguntó el hombre.

-También existe la posibilidad de que todo tenga una explicación más natural; comentó Fernando.

-Es cierto; apoyó la gitana. -Algunas cosas casi inexplicables tienen su causa en las fuerzas de la naturaleza.

-Puede ser; asintió el posadero. -Pero yo nací en La Isla y no existe una fuerza que pueda levantar una casa desde sus cimientos.

-En Estados Unidos los tornados pueden elevar hasta trenes enteros; opinó Hormazabal.

-Pero que yo sepa aquí no hay tornados; objetó la mujer.

-Bueno ya es tarde y nuestros huéspedes querrán descansar; comentó el hombre para terminar la conversación.

La luna llena y el cielo despejado creaban una atmósfera placentera que invitaba a caminar de noche.

-No deberíamos estar afuera a esta hora; comentó Blanca a Diego.

-No me digas que tú también le tienes miedo al Bulto; se burló él.

-No es eso, pero han pasado cosas muy raras últimamente; recordó ella.

-Sí, puros accidentes por culpa del alcohol; observó Diego.

-Está bien, pero quedémonos donde haya más luz; solicitó ella a su novio.

-Qué extraña se ve la plaza sin nadie más; observó el muchacho.

-Parece parte de una película de misterio; comentó la joven. -La Isla ya no es como antes.

-Mis papás quieren que nos vayamos a vivir a Santiago; contó Diego.

-Mi viejo piensa que la gente supersticiosa se está sugestionando con la leyenda del Bulto; comentó Blanca.

-Lo mismo creo yo; mencionó el joven.

-Lo más raro es que aún no saben cómo se derrumbó la casa de la fiesta; recordó ella.

 La noche seguía avanzando y los jóvenes no se percataban de la hora.

-Ya es tarde; observó Diego. -Mejor te llevo a tu casa antes de que tu papá haga sonar la sirena del cuartel de bomberos.

-Sí, a veces exagera un poco; reconoció ella.

De pronto el crujido de madera que se parte dejó en silencio a la pareja. Los eucaliptus añosos de un bosquecillo cercano se partieron, empujados por colosales brazos negros. Los ojos grandes y brillantes del Bulto fijaron su siniestra mirada en la pareja de jóvenes enamorados.

-¡Es El Bulto!; gritó aterrorizada Blanca.

-¡No puede ser real!; exclamó Diego. -¡Corre, huyamos!

No más de diez metros los jóvenes lograron alejarse del lugar.

Con solo estirar uno de sus brazos el gigante levantó de una pierna al muchacho, quien se retorcía intentando inútilmente soltarse.

-Por favor ayúdennos; gritaba desesperada la muchacha, pero nadie acudía en su auxilio; por el contrario todos en las cercanías se escondieron a rezar, esperando que todo terminase.

Los gritos de terror y desesperación se convirtieron en un estridente alarido cuando de un solo tirón el gigantesco ser partió en dos el cuerpo de Diego, arrojándolo al piso en medio de un gran charco de sangre. Los gritos histéricos de Blanca atrajeron la atención del monstruo, quién acercando su descomunal mano la levantó de una pierna.

Con los nervios de punta Milenka tapaba sus oídos para no oír los desgarradores gritos de la muchacha, hasta que no pudo soportarlo más y corrió hacia la puerta.

-¿Qué hace niña?, El Bulto la va a matar a usted también; intentó detenerla la esposa del hospedero.

-Tengo que tratar de ayudarla, insistió la gitana abriendo la puerta y saliendo decidida  a la calle.

-“Espíritus del pasado y del futuro, acudan al llamado de su sierva.

En esta noche negra invoco el poder del Triunvirato Caído; concedan a esta Shuvani el poder de la tormenta y del rayo, de la tierra y del fuego”.

-“Por las fuerzas negras del infierno te ordeno regresar a donde naciste.

Vuelve a la oscuridad de la noche y cae bajo el poder de mi voz y la fuerza de mi mano”.

Ante la sorpresa de todos, incluso de Hormazabal que ya estaba acostumbrado a las manifestaciones de Milenka, incandescentes rayos azules y blancos comenzaron a brotar de sus dedos, mientras su cabellera flotaba en un viento que se originaba en ella misma. Las descargas eléctricas lastimaban sin cesar al engendro de magia negra, mientras fuertes ráfagas de viento lo golpeaban violentamente. Por otro lado Fernando vaciaba su pistola sobre la cosa.

-“Vuelve al infierno de donde saliste”; le ordenó finalmente la gitana. Inmediatamente El Bulto se esfumó en el aire sin dejar huellas de su presencia, salvo los restos del cuerpo del muchacho.

Sin que nada la sostuviese, Blanca cayó sobre la tierra húmeda de la plaza, lo cual impidió que su cuerpo se reventase contra el pavimento; gravemente herida, pero con vida gracias a la decidida y oportuna intervención de la gitana.

-Aun está con vida; avisó el dueño de la hostería, junto a la joven que yacía sin sentido en el suelo.

-¿Cómo te sientes?; preguntó Hormazabal a Milenka que se veía muy agitada.

-Un poco cansada pero bien; contestó ella.

-No sé cómo lo hizo señorita, ni qué es usted, pero le acaba de salvar la vida a esa niña; dijo la esposa del hospedero.

-Había escuchado hablar de brujas, pero esta es la primera vez que veo una; opinó el hombre. -No sé si estar contento por ello o si sentir mucho miedo de usted.

-¿Qué dices tonto?; lo reprendió su esposa. -Esta jovencita arriesgó su vida para salvar a la niña.

-Mi esposa tiene razón; coincidió el hombre. -Es usted muy valiente.

-O muy tonta; agregó Fernando Hormazabal.

-No podía quedarme de brazos cruzados; respondió la Shuvani.

Las sirenas de las ambulancias y carabineros que se aproximaban perforaron la noche.

-Respecto a la intervención de Milenka; dijo Fernando al matrimonio. -Preferiría que no la mencionaran.

-Comprendo; aceptó el hombre. -No se preocupen.

-Somos buenos para guardar secretos; coincidió su esposa.

-Muchas gracias; respondió la gitana. -Los paisanos por lo general son poco comprensivos con estas cosas.

Casi en seguida las unidades de emergencia llegaron al lugar de los hechos.

-Es la hija del comandante del cuerpo de bomberos; la reconoció un para- médico. -Aun vive.

Tras revisarla rápidamente, decidió de inmediato. -Está estable, debemos trasladarla al hospital.

-Hay un cadáver aquí; dijo uno de los carabineros. -¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó al ver el cuerpo mutilado del joven.

-Los atacó El Bulto; dijo la mujer del hospedero. -Todos lo vimos.

-Señora esa cosa no existe; la interrumpió el uniformado. -Si no me dice la verdad la detendré por complicidad en un posible homicidio.

-La señora dice la verdad; intervino Fernando.

-¿Y usted quién es?; preguntó el carabinero, quien no reconoció al forastero.

-Teniente Fernando Hormazabal, de la Brigada de Homicidios de la Policía Civil; respondió mostrando su placa al uniformado. -Mi colega Milenka Ivanovich, de criminalística.

-Mi Teniente esto es muy poco habitual; respondió el carabinero.

-Lo sé, pero yo también vi a un gigante de más de veinte metros destrozar a la víctima; agregó el detective. -Posiblemente huyó al descargarle todas mis balas; concluyó mostrando su pistola vacía.

A la mañana siguiente el clima en la alcaldía era el de un verdadero manicomio. A puerta cerrada estaba reunido el alcalde, junto con el mayor al mando de la prefectura de carabineros, el subprefecto de la policía civil y el comandante del cuerpo de bomberos; también se solicitó la presencia del Teniente Fernando Hormazabal y de la señorita Milenka Ivanovich.

Aceptar de la noche a la mañana la veracidad de las leyendas era algo que incomodaba a más de alguien. Todos de una u otra forma estaban preparados para catástrofes naturales, homicidas o incluso actos terroristas; pero algo muy distinto era tener que creer que la causa de las últimas tragedias era El Bulto. Una entidad gigantesca surgida de quién sabe qué parte y peor aún, controlada por una mente muy poderosa y a la vez completamente desquiciada.

-¿Señores, se dan cuenta de lo increíble que es esto?; preguntó el alcalde sin saber cómo comenzar.

-Yo mismo considero todo esto ilógico; opinó el comandante del cuerpo de bomberos. -Y sin embargo, aunque así sea mi hija está grave en el hospital y su novio cortado en dos en la morgue.

-Entre los testigos que vieron a la criatura cometer el último crimen hay un oficial de la policía civil y una funcionaria de criminalística; informó el mayor de carabineros.

-Que pasen el Teniente Hormazabal y la señorita Ivanovich; solicitó el subprefecto.

-Teniente Hormazabal, señorita Ivanovich; saludó el alcalde. -En primer lugar quisiera aclarar que todo lo que se diga en esta reunión es absolutamente confidencial.

-Por supuesto Señor Alcalde; aceptó el detective.

-¿Teniente Hormazabal, podría relatar los acontecimientos de anoche en los que falleció un joven y una muchacha resultó herida?; solicitó el subprefecto de la policía.

-Junto a la señorita Ivanovich alojábamos en una hostería cerca de la plaza. A eso de la media noche escuchamos gritos pidiendo auxilio; explicó el detective.  -Salimos a ver qué ocurría; vimos que la víctima era sostenida en el aire por una gigantesca criatura; después de un rato partió con sus manos a la víctima y atrapó enseguida a la mujer. Le disparé todas las balas de mi arma de servicio y se esfumó, dejando caer a la muchacha.

-¿Hacia dónde escapó?; preguntó el comandante de bomberos.

-No escapó señor; aclaró el Teniente Hormazabal. -Se desvaneció en el aire sin dejar huellas.

-Comprendo; aceptó el subprefecto.

-¿Podría describir a la criatura teniente?; pidió el mayor de carabineros.

-Altura aproximada de veinte metros, color negro, sin rasgos visibles, como una figura de masilla negra, ojos grandes y brillantes; indicó Hormazabal.

-¿Algo más?; preguntó el bombero.

-Sí; agregó Milenka. -A pesar de su tamaño se movía con gran agilidad y sin hacer ruido.

-Lo que ambos están describiendo es El Bulto; explicó el mayor. -Un ser perteneciente al folclore popular de esta zona. Es solo una leyenda.

-Debo recordarle que esa leyenda mutiló al novio de mi hija y ella está internada grave en el hospital; intervino el comandante.

-Nunca había visto algo así en todos mis años de servicio; comentó Hormazabal. -De lo que estoy seguro es que le disparé diez balas, pero no me dio la impresión de que eso lo dañara.

-Esto es difícil de creer; opinó el alcalde.

-Puedo asegurarle Señor Alcalde que un oficial de la Brigadade Homicidios de la policía no se impresiona con facilidad y es muy preciso en sus observaciones, sobre todo tratándose de un teniente; aseveró el subprefecto.

-Suponiendo que nos estamos enfrentando a algo anormal; meditó el mayor. -¿Podría tratarse de algún tipo de animal desconocido?

-Resulta muy poco probable; intervino Milenka. -Ya que esa criatura se desmaterializó en el aire, y hasta donde alcanzan mis conocimientos, eso no lo hace ningún animal.

-¿Entonces qué sugiere que puede ser?; preguntó el comandante.

-Aunque resulte difícil de creer, pienso que en esta oportunidad estamos lidiando con algo sobrenatural; concluyó la gitana.

-¿Insinúa que es un fantasma el responsable de las últimas muertes violentas que han ocurrido en el pueblo?; preguntó el mayor.

-Claro que no, un fantasma no puede influir en este plano, en cambio ese ente tiene control completo sobre la materia; agregó Milenka.

-¿Y usted cree realmente en esas cosas señorita?; preguntó el alcalde del pueblo.

-Independiente de lo que yo crea, lo que vi anoche era bastante real y mortífero; dijo ella. -Mi experiencia y las cosas que he vivido me han enseñado a tener la mente abierta y no negar lo que no puedo comprender.

-Señor subprefecto, si lo que yo vi no es real, quiere decir que no soy apto para este trabajo; dijo el Teniente Hormazabal poniendo su placa en la mesa.

-Tranquilícese teniente, aquí no estamos juzgando a nadie, es solo que cuesta creer que estas cosas sean reales; lo calmó el oficial.

-Mientras más tiempo demoren en creer, pueden ocurrir más muertes; advirtió Milenka.

-Tiene que haber una explicación lógica para todo lo que está ocurriendo; objetó el bombero.

-No vamos a llegar a ninguna parte así; opinó Milenka mirando a Fernando. -Mejor me encargo yo sola de esto.

-¿A qué se refiere señorita?; quiso saber el alcalde.

-¿No creerán que fueron las balas del Teniente Hormazabal las que alejaron a ese ente?; preguntó la gitana mirándolos a todos.

-De ser cierto, ¿qué otra cosa pudo ser, si era la única arma presente?; consultó el mayor.

-Fui yo quien lo alejó; confesó Milenka.

-¿Qué tipo de arma usó señorita?; quiso saber el carabinero.

-No usé ningún arma; respondió ella. -Soy una Shuvani.

-¿Qué es eso?; concluyó el comandante de bomberos.

-En términos simples, una bruja gitana; aclaró Hormazabal.

-¿Una bruja?; rió el subprefecto. -Ahora sí que esto es una locura.

-¿Lo duda acaso?; preguntó severa Milenka apoyando fuerte sus manos sobre la mesa, bajo las cuales ésta comenzó a humear, quedando profundamente marcadas sus huellas en la madera chamuscada, mientras su cabello se mecía solo.

-Esto es increíble; opinó el bombero examinando la caliente huella de las manos de la Shuvani, mientras revisaba las manos y brazos de ella buscando algún aparato extraño.

-¿Qué opina comandante?; preguntó el alcalde.

-Esto es Isla de Maipo, ¿por qué no podrían ser reales las leyendas?; respondió él encogiéndose de hombros.

-Creo que al fin nos vamos a entender; intervino Hormazabal.

-¿Usted sabía de las habilidades de la señorita Ivanovich teniente?; preguntó el subprefecto.

-Desde poco más de un  año lo sé señor; respondió éste. -Cuando tengamos tiempo le puedo contar, si es que Milenka no se opone.

-Si es que salimos vivos de esto; comentó ella.

-¿Qué necesita para realizar su trabajo y detener a ese monstruo?; ofreció el alcalde.

-Información que relacione a las víctimas entre sí; pensó ella, quien ya se estaba acostumbrando a razonar como detective por su relación con uno.

-Cuente con ella; ofreció el subprefecto.

-Nuestros archivos están a su disposición; agregó el mayor de carabineros.

-¿Pero de dónde surgió ese ser y por qué?; preguntó el alcalde.

-Estos seres pueden ser creados por conocedores y practicantes de la magia negra; explicó la Shuvani.

-¿Magia negra?; preguntó el comandante. -¿Quiere decir que en La Isla hay un brujo o bruja que está matando a nuestros vecinos mediante ese monstruo?

-No se me ocurre una mejor explicación; respondió Milenka.

-Es increíble todo esto; opinó el mayor de carabineros.

-Es cierto, pero eso no significa que no sea real; opinó el Teniente Hormazabal.

-En ese caso debemos enfocarnos en encontrar al loco que está detrás de todo este asunto; aconsejó el subprefecto.

-Mi consejo es manejar esto con la mayor discreción posible; sugirió el Teniente Hormazabal. -Bajo ninguna circunstancia a la población se le debe confirmar la existencia del Bulto.

-Y menos mencionar la existencia de un brujo en el pueblo; agregó el mayor de carabineros. -De lo contrario se desencadenaría pánico colectivo, que podría desembocar en una cacería de brujas ciega e irracional.

-El caos sería incontrolable; agregó el alcalde. -Esto no debe llegar a las autoridades superiores, ni siquiera el Señor Gobernador, que es mi amigo personal, se puede enterar.

-Eso puede ser un poco complicado; opinó el mayor de carabineros. -Hay procedimientos que cumplir e informes que llenar.

-Estoy seguro de que se pueden omitir ciertos detalles en esos informes y es aceptable aplicar la verticalidad del mando; sugirió el Teniente Hormazabal.

-¿Usted ya lo ha hecho teniente?; preguntó el subprefecto.

-Bueno señor, esta no es la primera vez que estoy en un caso de características sobrenaturales; explicó Hormazabal. -Y la verdad es que no se ve muy bien en los informes la mención de brujería, demonios y fenómenos paranormales.

-Aunque no me agrada, estoy de acuerdo con el teniente; apoyó el comandante de bomberos.

-Creo que tiene razón teniente; aceptó el subprefecto. -Si seguimos los procedimientos se nos calificará de locos y terminaremos relegados a quién sabe dónde.

-Está decidido entonces; concluyó el alcalde. -Todas las pesquisas para dar con el o los responsables de esta crisis, así como las acciones para neutralizar la amenaza que implican serán conducidas con la máxima discreción y reserva.

-Señores, instruyan a sus subalternos para la búsqueda de posibles accidentes causados por el abuso de la ingesta de alcohol; ordenó el alcalde.

-Teniente Hormazabal, usted y la señorita Ivanovich quedan a cargo del caso; ordenó el subprefecto al detective y a la gitana.

-Adiós descanso; reclamó Milenka en voz baja.

-Resuelvan esto y les prometo las mejores vacaciones de su vida; ofreció el alcalde que la escuchó.

-Soliciten el personal que requieran para esta misión; ofreció el subprefecto.

-Gracias señor, pero cuantas menos personas estén enteradas, será más seguro; rechazó Hormazabal.

-En ese caso tengo a la persona indicada; agregó el oficial de carabineros.

Dos horas después en una oficina de la prefectura de la policía uniformada, el Teniente Hormazabal y la gitana revisaban los expedientes de todas las víctimas de muertes misteriosas de las últimas semanas, tratando de encontrar algo que las relacionase entre sí.

-¿Has encontrado algo en común Shuvani?; preguntó el detective a Milenka.

-Nada paisano; respondió ella. -Tenemos un matrimonio, un grupo de jóvenes, un borracho y una pareja de enamorados; aparte de vivir en el  mismo pueblo no tenían ninguna relación entre sí.

-Espero poder ayudarles en eso; dijo un hombre que entró sin golpear. -Permítanme presentarme, soy el Teniente Rubén Espinoza, se me ordenó apoyarlos en este caso.

-Buenas tardes, soy el Teniente Fernando Hormazabal, de investigaciones. Esta es la señorita Milenka Ivanovich; saludó Hormazabal.

-Teniente, señorita; saludó el uniformado, que ahora andaba de civil, golpeando sus tacos.

-Olvidemos las formalidades teniente, al fin y al cabo tenemos el mismo rango; ofreció el detective.

-Bueno Rubén, estamos buscando alguna relación entre las víctimas de muertes violentas de los últimos días, en caso de que sean provocadas premeditadamente por algún asesino sicópata; explicó el detective.

-Un asesino serial no es tan difícil, pero un brujo es otra cosa; comentó el carabinero.

-¿Eh?; preguntó sorprendido Hormazabal.

-Ya fui puesto al tanto de todos los detalles; respondió Espinoza.

-¿Usted cree en eso teniente?; preguntó Milenka.

-Soy la quinta generación de mi familia nacido aquí; explicó él. -Digamos que soy de mente abierta.

Después de revisar los expedientes el Teniente Espinoza anotó la fecha y hora de muerte de cada una de las víctimas bajo su fotografía.

-Todos murieron de noche, entre las 23 y las 03 del día siguiente; observó Milenka.

-Por lo visto el asesino manda al Bulto cuando hay más oscuridad; opinó Espinoza.

-Es lógico, así lo oculta entre las sombras; comentó Hormazabal.

-Permiso; dijo una joven carabinera al golpear la puerta y entrar. -Aquí están las fichas que solicitaron.

-Gracias sargento, déjelas en el escritorio; ordenó el Teniente Espinoza.

La joven uniformada se quedó estática mirando las fotografías en la pared.

-Y todo por querer divertirse; comentó ella haciendo un gesto de rechazo con la cabeza, mientras con un dedo tocaba cada una de las fechas.

-Gracias sargento, puede retirarse; ordenó el Teniente Hormazabal.

-Yo, lo siento señor; se cuadró ella disculpándose.

-Espere; la detuvo la gitana cuando ésta giró para marcharse. -Dígame qué encontró que nosotros no.

-Tal vez no sea nada señora; respondió la uniformada.

-Vamos sargento, cuéntenos; pidió Espinoza.

-A lo mejor es solo coincidencia, pero en todos esos días hubo cambio de fase lunar; explicó ella. -¡Son las víctimas del Bulto!; exclamó sorprendida mirando a los oficiales y a la gitana. -¡Eso es brujería!

-Sargento, esas son solo habladurías; interrumpió Espinoza. -Le diré la verdad, aunque es un secreto de investigación. Estamos tras un asesino serial.

-Teniente Espinoza, está bien; intervino la Shuvani. -La sargento se dio cuenta sola y muy rápido de la verdad.

-Efectivamente, son las víctimas del Bulto; confesó Milenka. -Pensamos que fue invocado por un brujo o bruja para cometer estos asesinatos.

-¿Cómo supo que había brujería involucrada en esto sargento?; preguntó el Teniente Espinoza.

-Es algo que mi abuela siempre decía. -Si alguien muere cuando cambia la luna, es porque un brujo o espíritu malo lo mató; comentó ella.

-Parece que su abuela era muy sabia; opinó Milenka.

-En mi familia ha habido muchas machis; explicó la joven.

-La Sargento Fresia Huaiquimil es de origen mapuche; aclaró el Teniente Espinoza.

-¿Y usted qué sabe de la sabiduría de su pueblo?; preguntó la gitana.

-Mi abuela quería que yo me convirtiera en una machi, pero yo decidí ingresar a la policía; explicó la uniformada.

-Ya veo; concluyó Milenka.

-Sargento Huaiquimil, desde ahora hasta nueva orden queda asignada a esta investigación; ordenó el Teniente Espinoza.

-La reserva debe ser absoluta; advirtió el Teniente Hormazabal.

-Pierda cuidado señor; respondió ella. -Además si ando hablando de brujos y del Bulto todos se van a burlar de mí.

-Además se originaría histeria colectiva; agregó Espinoza y no queremos que empiece una cacería ciega de brujas.

-Sobre todo yo; comentó Milenka sonriendo, lo que extrañó un poco a los dos uniformados.

-Bien, veamos el posible perfil de los sospechosos; sugirió Hormazabal.

-Solitario; pensó Milenka.

-Aislado y poco sociable; agregó la Sargento Huaiquimil mientras anotaba en una pizarra.

-Emocionalmente inestable; continuó el Teniente Espinoza.

-Introvertido; sugirió el Teniente Hormazabal.

-Socialmente resentido; pensó Espinoza.

-Con tiempo para dedicarse a la magia; opinó Milenka.

-Sin trabajo; agregó Fresia.

-Comencemos a descartar; sugirió Hormazabal.

-Todas las víctimas o estaban o se habían divertido con alguien más al momento de su deceso; observó Fresia.

-Lo que podría significar que al homicida eso le resulta especialmente desagradable; meditó Espinoza.

-Posiblemente en algún momento de su vida, éste fue aislado o rechazado; supuso Hormazabal.

-Pero eso no es motivo suficiente para querer matar a la gente; opinó la gitana. -Tiene que haber algo más.

-¡Bruja maldita!, ¿por qué tenías que meterte?; se preguntó el hombre paseándose sin cesar en la penumbra de la cueva oculta entre los cerros de Naltagua. -¿Cómo pudiste vencer a mi criatura?

-Ya estoy un poco cansada; comentó Fresia. -¿Podemos salir a tomar un poco de aire al patio?

-La verdad es que llevamos muchas horas sin descansar; apoyó Hormazabal.

-Salgamos a tomar un poco de aire fresco; accedió Espinoza poniéndose de pie.

-¡Idiota, ven para acá!; gritó el hombre a un enclenque muchacho que estaba sentado al fondo de la cueva.

-Diga mi amo; respondió servicialmente.

-Quiero que vayas a averiguar todo lo que puedas sobre la bruja que se atrevió a interferir con mis planes; le ordenó a su sirviente.

-Como ordene amo; contestó el muchacho.

El hombre le arrojó un polvo que contenía en una bolsa de piel e inmediatamente, por arte de magia, el esclavo se convirtió en un gran pájaro negro que luego de graznar emprendió el vuelo.

-Que rico es el aire aquí; observó Milenka llenando los pulmones con el aire campestre.

-Nada que ver con el de la capital; opinó Espinoza.

A Fresia le pareció ver una sombra en el piso que se movía en círculos, pero al principio no le dio importancia; sin embargo, poco después notó que esta aumentaba de tamaño. Sin decir ni una palabra desenfundó su arma de servicio y disparó hacia un gran pájaro que giraba sobre ellos.

Sin vida el ave se precipitó contra el suelo.

-¿Por qué mataste a ese pájaro?; preguntó el Teniente Hormazabal.

Sin que la sargento necesitara explicárselo, el pájaro muerto cambió de forma ante todos, transformándose en el sirviente del brujo.

-Nos estaba espiando; respondió Fresia.

-¡Demonios!; gritó furioso el brujo en su escondite al darse cuenta de lo ocurrido.

-¿Cómo lo reconociste?; peguntó Milenka a la policía.

-Pude ver que lo envolvía una nube oscura de aspecto muy maligno; explicó ella. -Supongo que es un don que heredé de mis ancestros.

El disparo atrajo a todo el resto de los carabineros.

 -Este hombre saltó la muralla e intentó atacar a la Sargento Huaiquimil; explicó el Teniente Espinoza. -Ella se defendió haciendo uso de su arma de servicio. Todos nosotros somos testigos.

-Supongo que eso ahorrará un poco de papeleos; opinó un carabinero.

-Identifíquenlo e infórmenme luego; ordenó Espinoza.

-Como diga mi teniente; respondió el carabinero.

-Mejor entremos; sugirió el Teniente Hormazabal. -Por lo visto quien está detrás de todo ya sabe de nosotros.

-¿Pero qué diablos fue eso?; preguntó el Teniente Espinoza sin poder dar crédito a la transformación que tuvo lugar frente a sus propios ojos.

-Era un brujo que se había convertido en un pájaro para espiarnos; respondió la sargento. -Mi abuela me habló varias veces de ellos, pero no creí que vería uno yo misma.

-Espero que ahora estén plenamente conscientes de lo que enfrentamos; comentó el Teniente Hormazabal.

-Esto es magia negra; afirmó Fresia.

-¿Y cómo vamos a lidiar con quién está detrás?; preguntó el uniformado.

-¿Cómo dicen ustedes los paisanos?; preguntó Milenka tratando de recordar algo. -Ah sí, “El fuego se combate con fuego”; dijo mientras el agua en un jarro comenzaba a hervir por sí sola y las ventanas se abrieron de golpe.

-¿Acaso quiere decir que usted también es una bruja?; preguntó el Teniente Espinoza.

-La verdad es que soy una Shuvani; respondió Milenka.

-¿Y qué es eso?; preguntó Fresia, que nunca había escuchado la palabra.

-Es una sacerdotisa gitana; indicó el Teniente Hormazabal. -Y yo he presenciado personalmente el despliegue de su poder, así es que diríjanse a ella con humildad y respeto.

-Creo que eso no era necesario; opinó la gitana. -Al fin y al cabo vamos a trabajar juntos.

-Yo solo te estoy presentando como mereces, sabia Shuvani; respondió el detective inclinando la cabeza ante ella.

-La única forma de enfrentar a un brujo poderoso es con magia negra; indicó Milenka.

-Y este debe ser muy poderoso para poder invocar al Bulto; opinó Espinoza.

-Por lo que pude ver anoche El Bulto es algo impresionante; comentó Hormazabal.

-¿Vieron al Bulto?; preguntó sorprendida Fresia.

-Sí, pero lamentablemente solo pude salvar a la hija del comandante de bomberos; contó cabizbaja Milenka. -No actué a tiempo.

-No es culpa tuya; la consoló Hormazabal. -Si no hubieses detenido a esa cosa, también habría matado a la chica.

-Pero solo lo alejé; reflexionó la gitana. -No sirve de nada si no derrotamos al brujo que lo controla.

-¿Pudo ver al Bulto?; preguntó sorprendida Fresia.

-Como dije solo lo desvanecí temporalmente; aclaró la gitana.

-Debe ser bastante buena en su trabajo Milenka para lograr eso; opinó el Teniente Espinoza.

-Solo le ayudo en lo que puedo al Teniente Hormazabal; comentó Milenka.

-Bueno, mejor concentrémonos en el caso; ordenó Hormazabal.

-Lo más probable es que no pueda hacerlo sola nuevamente; opinó la Shuvani. -El brujo ya debe saber de mí.

-¿Sus ancestros le enseñaron algo que pueda ser de alguna utilidad?; preguntó el detective a la carabinera.

-Solo algo de algunas hierbas y algunas canciones; contestó Fresia.

Milenka pudo notar el nerviosismo de la joven mapuche al responder.

-Necesito ir al baño; dijo la gitana. -¿Me podría acompañar Fresia?

-Sí claro, vamos; accedió la joven.

-¿Qué opina?; preguntó Hormazabal.

-Si yo fuese el asesino, siendo un sicópata antisocial, me aislaría del resto del pueblo para irme a vivir a los cerros; respondió Espinoza.

-¿Hay muchas cuevas en estos cerros?; quiso saber el detective.

-Desde aquí hasta más allá de la Mina Naltahua, los cerros tienen más hoyos que un queso; comentó el carabinero.

-Es demasiado terreno para cubrir; opinó Hormazabal.

-Esto va a tomar tiempo; observó el uniformado.

-Y tiempo es lo que menos tenemos; acotó el detective. -Sobre todo ahora que el brujo sabe de nosotros, puede volverse más osado.

-Pero la Sargento Huaiquimil dedujo que actúa solo durante las noches de cambio de luna; recordó Espinoza.

-Lo que nos da una semana entre uno y otro ataque del Bulto; calculó Hormazabal.

-A menos claro está que mande a su monstruo como un caballo desbocado a destruir sin discernimiento; opinó el Teniente Espinoza.

-Hasta el momento sus ataques han sido dirigidos contra todo aquel que de una u otra forma se está divirtiendo; recordó el detective. -Esperemos que no cambie su modus operandi.

-Hay cosas que los paisanos no tienen por qué enterarse; comentó Milenka cerrando con llave la puerta del baño. -Puedes confiar en mí.

-No es fácil; dijo Fresia bajando la vista y moviendo nerviosamente los pies. -Siempre he tratado de llevar una vida normal para poder adaptarme a los demás.

-¿A qué le tienes miedo?; preguntó la gitana.

-Hay más; reconoció Fresia. -Cuando era niña un hombre trató de atacarme; al defenderme perdí el control y estuve a punto de matarlo. Mi madre se echó la culpa para protegerme; continuó Fresia. -Juré que eso nunca volvería a pasar.

-No puedes suprimir tu naturaleza; aclaró la gitana. -Solo tienes que convertirte en la dueña de ti misma.

-No entiendes, soy peligrosa; rebatió la Sargento Huaiquimil mientras un papelero de acero se aplastaba sobre sí mismo, quedando reducido a una bola informe de metal.

-Si llega a ser necesario yo misma te detendré; respondió Milenka mientras una fuerza invisible oprimía a  la joven contra la pared. -Pero cuando llegue la hora de pelear, lo deberás hacer con todas tus fuerzas y sabiduría.

-Está bien, confiaré en ti; aceptó Fresia.

-Y yo en tu don; respondió la gitana.

-Faltan solo tres días para el próximo cambio de luna; observó preocupado el Teniente Hormazabal, mirando el calendario que colgaba en la muralla.

-Y supongo que esta vez el ataque será directo contra nosotros, por haber interferido en los planes del brujo; comentó el Teniente Espinoza.

-Eso es casi seguro; opinó la gitana al entrar al despacho junto a la mapuche. -Pero esta vez su criatura recibirá un castigo por partida doble.

-Si es que no nos aplasta primero; pensó el carabinero en voz alta.

-Supongo que sabes que la velocidad en nuestra respuesta es vital, sabia Shuvani; advirtió Hormazabal.

-También la astucia en el combate; opinó Fresia.

-Ella tiene razón; apoyó Milenka. -Mientras ustedes dos distraen al Bulto, yo lo ataco por un lado y antes de que logre desvanecerse, Fresia lo remata con otro ataque no esperado.

-¿Ella también?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Sí; contestó la Shuvani. -Juntas podemos detener a ese monstruo.

-Eso espero; contestó la joven mapuche no muy convencida de ello.

-Bueno, si no resulta, que no se diga que no lo intentamos; comentó el Teniente Espinoza, haciendo girar su pistola en un dedo, como un pistolero del lejano oeste norteamericano.

La noche tibia y estrellada, la luna en cuarto creciente, nadie en la calle más que uno que otro perro. Dos hombres evidentemente borrachos avanzan en medio de risotadas sin respeto alguno por el descanso de los demás. Tambaleándose uno enciende un cigarro y le ofrece otro a su amigo; la mano le tiembla y los cigarros se desparraman por el suelo. Grandes ojos brillantes los observan desde lo alto; El Bulto los ha descubierto y los hará pagar su osadía, castigará su alegría de vivir.

Como un rayo uno de los hombres desenfunda una pistola y dispara en repetidas ocasiones contra el gigante oscuro; imitándolo el otro no vacila al apretar el gatillo. Ante una señal ambos tipos corren a ocultarse tras una gruesa columna de concreto, sin dejar de disparar.

-“Fuerzas oscuras del inframundo, acudan en ayuda de su servidora”; gritó la Shuvani con ambos brazos en alto al tiempo que se elevaba un fuerte viento que acumuló negras nubes.

El Bulto inmediatamente se volvió hacia la insolente gitana.

-“Llamo a los Pillanes que controlan la tierra, el fuego y el cielo, cubran a su machi con la fuerza de la tormenta y del rayo”; se escuchó potente la voz de Fresia.

-“Invoco el poder oscuro de la Profana Trinidad”; continuó Milenka apuntando una de sus manos hacia la criatura.

Una violenta y poderosa descarga eléctrica golpeó de lleno a la cosa, haciéndola temblar. Sin embargo, pronto se repuso del impacto y avanzó hacia la gitana.

-“Viento helado de la montaña sopla, yo te lo ordeno”; gritó Fresia mientras la temperatura bajaba bruscamente y un gran remolino envolvía al gigante.

-“Hielo mortal, envuelve a este engendro en su tumba eterna”; ordenó Milenka.

Los movimientos del Bulto se volvieron poco a poco más lentos y torpes, hasta que a pocos metros de la gitana quedó totalmente inmóvil, encerrado en una tumba de cristal impenetrable.

-¡Ahora!; gritó la Shuvani.

Fresia con los dos brazos extendidos concentró toda su atención en el congelado Bulto. El hielo comenzó a crujir y temblar, mientras un ronco quejido salía de la criatura que estaba siendo aplastada por todos lados. Reduciéndose a cada instante de tamaño, la tumba congelada comenzó a volverse opaca, hasta finalmente quedar convertida en una fría roca en medio de la calle.

-“Ábranse los abismos del infierno y sepulten en un pozo sin fondo a esta abominación”; ordenó la Shuvani, golpeando con su bastón la tierra.

Un sordo temblor hizo vibrar el suelo bajo sus pies y el piso comenzó a rajarse, avanzando una trizadura        que se abrió ancha bajo la roca en que yacía para siempre El Bulto, tragándosela y cerrándose sin dejar marca alguna.

El viento helado cesó y la temperatura volvió a la normalidad. Los dos policías salieron de su escondite y se dirigieron hacia donde estaban las dos mujeres.

-Lo lograron; las felicitó el Teniente Hormazabal. -Esta vez sí que fue destruido El Bulto.

Milenka miró de reojo a Fresia, quien tenía la respiración agitada y las manos crispadas.

-Aléjense despacio; advirtió Milenka mientras lentamente comenzaba a desenvainar la espada que permanecía oculta en su bastón.

La muchacha estaba a punto de perder el control, como tanto temía si liberaba su poder.

-Tranquila Fresia; le habló la Shuvani ocultando la espada tras su espalda y acercándose lentamente hacia la joven. -Ya todo ha terminado.

La chica miró  a la gitana con el rostro desencajado por la tensión y finalmente cayó desmayada.

Los dos policías no decían nada; el Teniente Espinoza no entendía bien que estaba pasando con su colega y el Teniente Hormazabal confiaba en la sabiduría y buen juicio de la gitana.

Milenka se arrodilló junto a Fresia y le acercó algo a la nariz, con lo que despertó casi en seguida.

-Lo logramos, hemos acabado con El Bulto; le contó la gitana a la policía mientras la ayudaba a ponerse de pie.

-De nada servirá si no encontramos al brujo que lo creó y acabamos con él; respondió la joven mapuche poniéndose de pie.

Respirando hondo y cerrando los ojos Fresia se concentró en sí misma.

-“Gran espíritu que vive en el viento sé mis ojos y muéstrame dónde se oculta el mal”; dijo la machi.

La gran sombra de un cóndor cruzó el cielo rumbo a los cerros. Fresia con la mirada en lo lejos permanecía distante viendo lo que el ave veía; recorriendo cerro tras cerro volaba junto al cóndor. De pronto su vista se fijó en el hilo de humo que salía de una de las cuevas; una corriente de viento agitó la fogata y ella vio a su morador sin que éste se percatase.

-Lo encontré; dijo Fresia después de un rato. -Está poco antes de llegar al Escorial; se ve furioso y muy agotado.

-Aunque lo vi con mis propios ojos aun no puedo creerlo; comentó sorprendido el Teniente Espinoza.

-Eso fue impresionante sargento; reconoció el Teniente Hormazabal ante Fresia.

-La verdad es que no imaginé que yo pudiera hacer eso; reconoció ella.

-Es solo cuestión de práctica y dejarse llevar; agregó la Shuvani.

-Ahora sí creo que lo he visto todo; pensó en voz alta Espinoza.

-Aun no ha visto nada teniente; le corrigió la gitana.

-Ya sabemos dónde está el brujo, sugiero que vayamos enseguida por él; propuso Fresia más segura de sí misma.

-¿Qué opinas Shuvani?; preguntó Hormazabal a Milenka.

-El brujo debe encontrarse débil ahora, aprovechemos la oportunidad y vayamos a buscarlo; sugirió la gitana.

-La forma más directa de llegar al Escorial es a caballo; comentó el Teniente Espinoza. -Pero vamos  a tener que esperar hasta que salga el sol.

-Pero el brujo podría escapar; advirtió Fresia. -Vayamos ahora.

-Entre los cerros, en medio de la noche, a caballo podríamos matarnos; la interrumpió el carabinero.

-El Teniente Espinoza tiene razón; reconoció el Teniente Hormazabal.         -Mejor esperemos hasta que aclare.

-Tal vez yo tenga la solución; opinó Milenka sacando una bolsita de tela negra de su ropa.

La gitana vació su contenido en una de sus manos y sopló el polvo que se acumuló. Una pálida esfera blanca se formó en el aire como una pequeña luna, que sin ser muy brillante disipaba las tinieblas a su alrededor, aportando una conveniente claridad extra en medio de la oscuridad.

-Ahí está la solución; reconoció la mapuche. -Ahora solo falta conseguir cuatro caballos.

-De eso me encargo yo; dijo Espinoza. -Vuelvo en diez minutos.

-¿Cree que pueda conseguir transporte a esta hora?; preguntó Hormazabal a Fresia cuando el carabinero se retiró.

-Su familia tiene un fundo en la zona, de seguro poseen muchos caballos; indicó ella.

A los quince minutos el Teniente Espinoza volvía montado en un brioso potro marrón y tiraba de otros tres magníficos ejemplares.

-El transporte ha llegado; dijo él acariciando el cuello de su corcel.

-¿Rifles?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Como una segunda alternativa, solo en caso de que la magia no funcione; respondió el uniformado.

-Déjelos; intervino Milenka. -Aunque son resistentes, las armas de fuego funcionan bien contra los perros del infierno y otras criaturas.

-Creo que no deseo saber qué es eso; opinó Espinoza.

Los caballos se desplazaban silenciosos entre los cerros. La esfera luminosa se movía casi a ras del suelo para evitar que los descubriesen antes de tiempo. Fresia que había visto el camino hacia la guarida del brujo encabezaba la marcha.

-¿Cómo te sientes Milenka?; preguntó el Teniente Hormazabal a la gitana.

-Tranquila, pero no confiada en exceso; respondió ella. -Por lo visto nos enfrentamos a un brujo muy poderoso.

-Mmm; pensó el detective. -Cada día te vuelves más sabia Shuvani; tu madre estaría orgullosa de ti.

-Con la ayuda de Fresia y del Teniente Espinoza aumentan nuestras posibilidades.

-Sin embargo no hay que descuidarse; advirtió el detective.

-No lo hago; reconoció ella. -Pero si la situación se complica recurriré a medidas extremas.

-¿A qué te refieres?; quiso saber él.

-¿Fernando  recuerdas la otra vez que estuvimos en estos cerros?; preguntó la gitana.

-Claro que me acuerdo; contestó el detective. -Fue algo de locos.

-Pues bien, esa  vez…; Milenka no alcanzó a terminar de hablar cuando la interrumpió la sargento.

-Estamos a dos kilómetros del escondite del brujo; indicó ella. -Sugiero que dejemos los caballos aquí y continuemos a pie.

-Es una buena idea; apoyó el Teniente Espinoza.

En silencio como sombras los cuatro avanzaban lentamente entre las rocas y desniveles de los cerros. Hormazabal comprobó con dolor que no era una buena idea afirmarse con las manos en el suelo, lleno de escorias y rocas rotas y afiladas, recuerdos mudos de la antigua actividad minera de la zona.

-Creo que es conveniente apagar la luz; sugirió Fresia en voz baja a  Milenka.

-Pienso lo mismo; contestó ella mientras la esfera luminosa comenzaba a volverse más y más pequeña, hasta terminar por desaparecer completamente.

-Ahora concéntrense en cada paso que den; aconsejó el Teniente Espinoza en medio de la oscuridad.

Lentamente, tratando de meter el menor ruido posible, los cuatro avanzaban en silencio hacia la guarida del brujo. Después de unos minutos Fresia se agachó tras unas rocas e hizo una señal con la mano a los otros.

El resplandor de una fogata brillaba en el interior de una de las cueva en la que el hechicero se ocultaba.

Milenka sacó cuatro bolsitas de tela de su bolsillo y entregó una a cada uno de sus compañeros.

-Son amuletos que los protegerán de la magia del brujo; explicó. -Ocúltenlos entre sus ropas.

-Yo también traje un talismán; dijo el Teniente Espinoza pasándole bala a su rifle.

-Usted y el Teniente Hormazabal córtenle el paso al brujo si es que intenta escapar; ordenó la Shuvani.

-Yo voy con usted; dijo Fresia mirando hacia la cueva.

-Mejor cúbreme la espalda desde aquí; pidió la gitana. -El brujo no sabe de ti y no se esperará un segundo ataque; tú eres nuestra arma secreta, como dicen ustedes.

-¡Cuídate!; le dijo el detective a la Shuvani tomándole la mano.

Lo más sigilosamente posible, Milenka se escabulló hasta la entrada de la cueva. En el interior el brujo echaba distintos polvos y pociones en un caldero lleno de líquido en ebullición que despedía vapores incandescentes.

Sin quitarle la vista de encima la gitana vació el espeso líquido contenido en un pequeño frasco, justo en la entrada de la cueva en que el hechicero  había establecido su morada. Con la mano derecha llena de tierra negra la Shuvani ingresó rápidamente y la arrojó al rostro del brujo.

-“Maldigo tus poderes”; gritó la gitana mientras el hombre confundido trataba de limpiarse los ojos.

-¿Cómo te atreves mocosa insolente?; gritó furioso el hechicero. -Por tu estupidez nunca saldrás con vida de aquí; amenazó el tipo elevando una de sus manos.

Con frustración y el rostro desencajado por la rabia el brujo notó que nada ocurría.

-Eres muy hábil pequeña, pero yo soy más viejo y sabio; le advirtió a la joven gitana.

-“Por la fuerza del rayo,

Por lo que muere y por lo que está por nacer.

Doblégate  ante el poder de las Shuvanis”;

gritó Milenka mientras una fuerte corriente de viento lanzaba al hechicero contra la rocosa pared.

-Un truco tan insignificante no podrá detenerme; sonrió el brujo poniéndose de pie. -Sola viniste a tu muerte y nadie te protegerá pequeña brujita.

-Cuenta de nuevo; se escuchó la voz de la gitana, que sonaba como si fuese la de distintas mujeres, mientras su rostro cambiaba rápidamente.

-“Espíritus de las Shuvanis de ayer y de mañana, acudan al llamado de su hermana”; dijo Milenka mientras varias manos invisibles sostenían al hechicero, al tiempo que desenvainaba la espada que ocultaba en su bastón.

-Ni lo sueñes bruja; le advirtió él apuntándole con su rojo anillo.

De un golpe inesperadamente Milenka se encontró atontada en el suelo. Sin levantarse levantó un brazo y una terrible descarga eléctrica golpeó al brujo, haciéndole caer de rodillas.

Los destellos de luz del combate salían de la cueva y la tierra temblaba amenazante. Incapaz de poder esperar más tiempo ante la incertidumbre, el Teniente Hormazabal se arrastró hasta una roca casi en la boca misma de la cueva.

A regañadientes el Teniente Espinoza lo siguió hasta su nuevo escondite y apuntó su rifle hacia el interior de la cueva.

-Maldita bruja, ya vas a ver; gritó el brujo poniéndose de pie como si nada.  -Prepárate a morir.

-“Invoco el poder de la Profana Trinidad Infernal”; dijo la Shuvani con los brazos en alto mientras un fuerte temblor hacía caer al brujo.

-“Espíritu que habita en los cerros muéstrale tu fuerza a mi enemigo”; se escuchó la voz de Fresia que entró a la cueva en ayuda de la gitana.

Imposibilitado de levantarse por la presión generada con el conjuro de Fresia que lo aplastaba, el brujo buscó con sus dedos el mango de una larga daga que ocultaba entre su ropa.

La alevosa intención del hechicero se vio frustrada por un certero disparo del rifle de Hormazabal que arrojó lejos el arma.

-Sin hacer trampa; dijo Hormazabal apuntando directo a la cabeza del brujo, listo para volársela de ser necesario.

-Malditos, ahora todos morirán; gritó amenazante el furioso hechicero, anulando el conjuro de Fresia a quien derribó con un golpe del poder de su anillo.

El líquido del caldero comenzó a hervir a borbotones y a derramarse por el piso, moviéndose como si tuviese vida propia.

-“Levántate hijo mío y acaba con estas brujas”; ordenó el brujo.

Una masa oscura empezó a formarse en el líquido y a crecer hasta unos tres metros, convirtiéndose en una versión más pequeña del Bulto.

-Ahora prepárense para sentir mi verdadero poder; rió maliciosamente el brujo.

-Ya que abriste las puertas del infierno; comentó Milenka. -Entonces que se liberen los perros infernales.

-¿Se volvió loca acaso?; se preguntó el Teniente Hormazabal al escuchar las nefastas palabras de la Shuvani.

Un denso humo negro emanó del lugar donde la gitana había vaciado el líquido oscuro y espeso que llevaba. Ante el asombro de todos y la preocupación de Hormazabal, al disiparse éste dos monstruosos perros del averno gruñían contra El Bulto.

La baba de los infernales animales goteaba sin cesar sobre la tierra, quemándola como el más fuerte de los ácidos.

-Llévenlo de vuelta al hoyo negro  del cual salió; ordenó la Shuvani a las bestias, las cuales se lanzaron sobre el engendro invocado por el demente hechicero, hundiendo sus agudos colmillos en su oscura carne.

En medio de los ladridos de los perros y los gritos de la criatura, ésta se desplomó en medio de un gran charco formado por su sangre, negra como el petróleo.

El Teniente Hormazabal apuntaba nervioso su rifle sobre los terroríficos canes.

-Contrólalos, contrólalos; rogaba en voz baja el detective, esperando que la gitana no perdiese el dominio sobre los animales.

-De vuelta al infierno ahora; ordenó la Shuvani.

La negra sangre del Bulto comenzó a  arder, envolviendo completamente a la criatura, que se retorcía bajo las fauces de los perros.

Los mastines del infierno se volvieron hacia Milenka y Hormazabal estuvo a punto de apretar el gatillo de su rifle, cuando se disolvieron en medio de una negra nube de humo.

-¡Esto no es posible!; exclamó incrédulo el brujo. -Nadie es más poderoso que yo.

-Ríndete enseguida; ordenó Fresia sacando un par de esposas.

-Eso nunca; gritó furioso el hechicero, tomando un báculo que estaba sobre una mesa.

En forma refleja Fresia extendió bruscamente sus brazos y el brujo cayó de espalda sobre los escombros y rocas molidas. A pesar del tremendo golpe recibido, el hechicero no soltó su báculo y lo apuntó contra Fresia.

Inesperadamente, sin que ninguna mano la manipulase, la espada de Milenka que estaba tirada en el suelo, salió disparada y giró bajo la cabeza del hechicero, decapitándolo de un certero y limpio golpe. El cuerpo sin cabeza del brujo permaneció de rodillas un momento, para finalmente desplomarse.

Los tenientes Espinoza y Hormazabal entraron corriendo a la cueva para verificar que las mujeres estuviesen bien.

-Al fin se acabó; comentó Espinoza.

-Aun no del todo; corrigió la Shuvani. -Fresia, por favor encárgate definitivamente de los restos del brujo.

-“Poderoso Pillán que controlas los cerros y el fuego de la tierra, haz arder a este maldito en el fuego eterno”.

La tierra se abrió bajo el hechicero, con un sonido ronco de algo pesado que se arrastra, y una mano incandescente atrapó su cuerpo, llevándoselo hasta el fuego que nunca se extingue.

-Así se hace Fresia; felicitó Milenka a la carabinera. -Ahora sí acabó todo.

-Entonces vayámonos de aquí; propuso el Teniente Espinoza.

-Sí, ya no hay nada más que hacer; respondió la gitana, mientras devolvía su espada a su vaina.

Cuando todos salieron de la cueva y se hubieron alejado varios metros, un poderoso relámpago cayó sobre el cerro, derrumbando la cueva y sepultando para siempre su oscuro secreto.

-Bueno, creo que con esto se cierra el caso del Bulto; comentó el Teniente Hormazabal.

-No puedo creer aun todo lo que ha pasado; opinó el Teniente Espinoza.

-Ni yo; agregó la Sargento Huaiquimil mirándose las manos.

-Es mejor que se acostumbren, porque han comenzado un viaje sin regreso; dijo Milenka.

-¿Y ahora?; preguntó la gitana al detective.

-Supongo que de vuelta a Santiago; respondió él.

-¡Esperen!, recuerden que les prometí las mejores vacaciones de su vida; mencionó el alcalde que se acercó al grupo.

-Pero mi descanso anual aun está lejos; reconoció Hormazabal.

-De eso me encargo yo; dijo el subprefecto de policía palmeando el hombro del detective.

 

Mal Cálculo 10 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mal Cálculo

Norma estacionó el auto frente a su casa tras una noche junto a la familia de su hermana. Cuando metió la llave en la cerradura sintió una mano que le tapó la boca. El asaltante se había ocultado  tras un arbusto y ella no notó cuando se puso tras ella y la sorprendió.

Pegado a la espalda de Norma y sin sacarle la mano de la boca, rápidamente la introdujo en la solitaria casa.

-Si coopera y no hace nada estúpido no le pasará nada señora; dijo el ladrón.

-Por favor no me haga daño; rogó Norma. -En la cómoda de mi habitación hay algo de dinero y algunas joyas; llévese todo, pero por favor no me lastime.

-En una casa como esta tiene que haber una caja fuerte; observó el ladrón. -Ahorrémonos problemas y dígame dónde está.

-Ya le dije que no hay nada más; insistió la mujer. -Si quiere revise.

-Mire señora, esto no es un juego; dijo el asaltante lanzando de un empujón a Norma al suelo.

Ella asustada lo miraba desde abajo.

Con mano férrea el delincuente tomó de un brazo a su víctima y la levantó de un tirón.

-Mejor empiece a cooperar señora o las cosas se van a poner muy malas; advirtió el asaltante.

Sin que el hombre lo notase, Norma echó una pierna hacia atrás y asestó un fuerte rodillazo en la entrepierna de éste, haciéndole dar un grito de dolor mientras caía de rodillas, oportunidad que ella aprovechó para huir hacia otra habitación y pedir ayuda por teléfono.

-¡Maldita sea!; exclamó el asaltante poniéndose de pie aún adolorido.

Mientras corría a esconderse Norma se apoyó sin querer en un interruptor en la muralla, que activó un seguro de emergencia en todas las puertas y ventanas que daban al exterior de la casa.

-Ya no seré más amable con usted; amenazó el bandido sacando una navaja automática de su pantalón.

Sospechando las intenciones de la mujer, él de un tajo cortó el cable telefónico y pisó el teléfono celular de ella.

Norma transpiraba copiosamente, tratando de no respirar casi para no delatar su escondite. Nerviosa buscó en sus bolsillos su teléfono celular, para con angustia comprobar que no lo tenía.

Los pasos del hombre la buscaban sin prisa por la casa; lentamente se acercaron hasta el armario de escobas y cachureos y la puerta se abrió de golpe. Con los ojos cerrados y los labios apretados Norma se acurrucó lo más que pudo tras unas cajas en un rincón oscuro; al no verla el asaltante siguió su búsqueda por las otras habitaciones. Cuando éste se hubo alejado unos cuantos metros ella salió de su escondite y corrió lo más rápido que pudo en la dirección contraria.

Al percatarse de la ágil maniobra de la mujer el ladrón dio unas cuantas zancadas y quedó casi pegado a ella. En un último esfuerzo su  víctima alcanzó a entrar en una habitación y a pesar de los intentos de él logró apoyar todo su peso en la puerta y cerrarla con llave.

-Abra la puerta señora y le prometo que no le haré daño; dijo el asaltante esperando un rato. -Muy bien, si eso es lo que quiere nos entenderemos de otra forma; advirtió el bandido.

La puerta temblaba entera con cada empujón que le daba el hombre. Norma sabía que cuando él entrara seguramente la mataría. Asustada miró por todas partes por si encontraba algo con que poder defenderse, pero para su desesperación que aumentaba a cada instante no había nada útil.

La puerta estaba crujiendo; él entraría en cualquier momento. Ella estuvo a punto de tropezar con la silla del tocador cuando corrió hacia el botiquín del baño en caso de que hubiese algo que pudiera usar como arma, pero no había gran cosa ahí.

La puerta por fin terminó por ceder y el hombre entró con el pelo desordenado y los ojos brillantes de rabia y en la mano derecha su navaja.

-Lo siento mucho señora, esta no era mi idea original; dijo el hombre tomándola de un brazo con la intensión de poner término a la molestia en que se había convertido.

La mano de Norma cogió del botiquín lo primero que encontró y clavó fuerte la aguja hipodérmica en el cuello de su agresor, inyectándole todo el contenido de la jeringa.

-¡Desgraciada!; gritó el asaltante mientras se sacaba la improvisada arma.

La aterrada mujer aprovecho la oportunidad para tratar de escapar de ahí mientras aún tenía tiempo. La mirada del hombre comenzó a ponerse borrosa y la habitación parecía inclinarse.

La mujer bajó corriendo la escalera hacia la planta baja. A pesar del mareo que sentía el hombre estaba a punto de darle alcance nuevamente, pero ella esta vez lo pudo esquivar fácilmente.

Comprendiendo que pronto se desmayaría, el delincuente intentó abrir la puerta para escapar de la casa, porque de lo contrario sería atrapado por la policía.

Norma pulsó un botón en el panel de control de la alarma y los seguros de las puertas y ventanas se bloquearon con un chasquido. Las persianas se cerraron y sus delgadas pero duras láminas de acero giraron impidiendo que alguien pudiese ver desde la calle el interior de la casa.

El hombre trastabillando llegó hasta el teléfono que estaba sobre la mesa de centro pero la línea estaba totalmente muerta; la mujer balanceó sobre la cara pálida del asaltante, cuya vista comenzaba a oscurecerse y las piernas a doblarse el cable que él mismo había cortado.

-Mal cálculo; dijo Norma poniéndose guantes de látex mientras el ladrón caía sin sentido.

Sus ojos comenzaron a abrirse nuevamente y una fuerte luz blanca los hirió. Confundido tardo un rato en darse cuenta de que se encontraba amarrado y desnudo en una mesa de metal.

-¿Qué me va a hacer?; preguntó a media voz el hombre. -Si me deja ir le prometo que nunca más la molestaré.

-En cierta forma estoy muy agradecida con usted por haber venido a visitarme; dijo la mujer tocando los músculos del tórax y del abdomen del hombre.

-¿Qué te parece este cuerpo?; preguntó ella a alguien.

-Parece ser joven y saludable; respondió un hombre con un extraño acento en su voz.

-Lo es y lo mejor de todo es que tiene los mismos grupos sanguíneos que tú; agregó Norma.

El asaltante intentó girar la cabeza para ver quién más estaba ahí pero con sorpresa notó que tenía la cabeza inmovilizada a la mesa.

-¿Te gusta a ti?; preguntó el otro hombre.

-Sí, tiene músculos bien tonificados; contestó la mujer tocándole los muslos.  -Si todo sale bien muy pronto podremos divertirnos mucho.

-¿Qué está ocurriendo aquí?; preguntó el asaltante.

-Por favor cállese; pidió Norma. -¿No ve que estoy hablando con mi marido?

Ella tomó una pequeña jeringa mientras con la otra mano le sujetaba la lengua y le inyectó algo.

El hombre sintió la lengua caliente e hinchada; trató de hablar pero ésta ya no respondía a su voluntad.

Norma se cambió los guantes y se puso una mascarilla cubriendo su rostro.

-Quiero ver el procedimiento; dijo el otro hombre.

-Déjame acercarte a la mesa; respondió ella.

Con cuidado Norma acercó una pequeña mesa con una caja de cristal a la mesa de operaciones.

Con un indescriptible asombro, al girar levemente los ojos, el asaltante vio la cabeza sin cuerpo que lo observaba a través del cristal que la contenía.

-Es hora de dormir para no estresar ese hermoso cuerpo; dijo Norma inyectando una dosis de anestesia en el suero.

Con horror e imposibilitado de reaccionar el ladrón vio como la mujer acercaba una pequeña  sierra circular a su cabeza y caía en un sueño profundo del cual no volvería nunca más.

Los ojos del hombre se abrieron lentamente y la vista nublada poco a poco comenzó a aclarársele.

-Tranquilo, la confusión pronto pasará; aconsejó la mujer con calma.

Junto a ellos la caja de cristal estaba vacía; en una bandeja yacía la cabeza sin vida del marido de Norma y en un basurero estaba tirado el cerebro muerto del asaltante.

-¿Cómo resultó todo?; preguntó el hombre.

-Hasta el momento todo bien, pero aún debemos esperar; contestó Norma a su marido, mirando el cerebro en el basurero.

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Los Invasores 7 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Los Invasores

El primer contacto con alienígenas era el acontecimiento más trascendental de la historia que cualquiera podía imaginar; y sin embargo, la emoción inicial había dado paso a desconfianza en algunos grupos de ciudadanos y a ambiciones oportunistas en otros. Pero al pasar los días todos esos sentimientos se habían convertido en miedo y desesperanza, cuando por fin los extranjeros decidieron descender de su nave, vestidos con sus impenetrables trajes espaciales, que no permitían apreciar su real aspecto, salvo poder comprobar que eran humanoides al igual que los nativos.

Eso no habría tenido nada de malo, ya que todos estaban ansiosos de conocer a los visitantes venidos de tan lejos. Lo realmente malo y que varios temían, ocurrió cuando el cielo se llenó de cientos de naves pequeñas algo alargadas y con alas, que se desplazaban a vertiginosa velocidad; los militares no lo dudaron y lanzaron varios escuadrones de aviones para vigilarlos y escoltarlos pacíficamente a las bases más cercanas. Las sorpresas siempre golpean duro cuando son desagradables y no fue la excepción, cuando uno solo de los aviones alienígenas derribó a todo un escuadrón de aviones sin ninguna provocación; la respuesta no se hizo esperar y se desplegaron todos los recursos disponibles contra los invasores, pero sus armas eran más poderosas y su tecnología más avanzada. Pronto el que un día fuera un pueblo orgulloso, se vio obligado a refugiarse entre las ruinas de su moribunda civilización.

Tal vez habría habido una posibilidad de llevar a cabo ingeniería inversa, si hubiese sido posible atrapar alguna de sus máquinas o naves, pero no había nada que hacer contra su más mortífero, aterrador y despiadado recurso, el miedo; las calles eran recorridas y cada escondite posible escudriñado por incansables animales con implantes mecánicos, ante los cuales solo cabía ocultarse, rogando para no ser detectados por ellos.

Los mismos científicos se recriminaban a sí mismos, ¿por qué habían sido tan ingenuos al suponer que encontrarían vida inteligente y amistosa en el cosmos, cuando enviaron todas las sondas indicando el camino al planeta?; ¿no tenían el ejemplo, acaso, de todos los casos en que varios pueblos más primitivos habían sido diezmados por los colonos de los continentes tecnológicamente más avanzados? Pero ya no quedaba más opción ahora que tratar de sobrevivir como fuera.

-¡Sobrevivir!, esa debe ser nuestra meta día a día; decía el profesor a sus alumnos, sentados en los dormidos andenes del viejo tren subterráneo que dejó de correr poco después de la llegada de los alienígenas. La gente quedó encerrada en las estaciones y trenes; y en cierta forma fue bueno, ya que los mantenía lejos de los animales liberados en las calles por los invasores. Una vez pasado el pánico inicial, la gente comenzó a organizarse, los carros se convirtieron en casas y enfermerías improvisadas; en los túneles se podía cocinar con cierta comodidad la escasa comida que se podía conseguir en las incursiones que se llevaban a cabo en la superficie para recolectar víveres, gracias a que la red del tren subterráneo cubría toda la ciudad bajo tierra.

La ruinosa ciudad de noche parecía un cementerio, con las murallas caídas semejando lápidas y las construcciones destruidas viejos mausoleos. Salvo el ruido de los vehículos terrestres de los invasores el silencio era total; ni siquiera se oía el ladrido de algún perro, o el maullido de algún gato, los monstruos biomecánicos los habían matado en cuanto los vieron. Eran depredadores en el fondo y se dejaron llevar por su instinto natural; tal vez por eso los alienígenas crearon esas aberraciones, para que hicieran el trabajo sucio y sembraran el terror entre los sobrevivientes.

-Esta vez se requiere que localicen otras posibles fuentes de alimentos no perecibles; dijo el líder del grupo de recolectores, un rudo policía que había perdido a su familia durante el primer bombardeo alienígena y que había jurado proteger a los ciudadanos contra cualquier amenaza, ya sea interna como externa. Nadie sabía su nombre, tal vez así se protegía a sí  mismo de los recuerdos dolorosos; solo lo conocían como El Jefe y eso bastaba para todos.

El Jefe desde niño había tenido que vérselas con tipos rudos y momentos difíciles, así es que “los perros”, como él los llamaba, no lo iban a intimidar.

Armados de palos y fierros, los exploradores llegaron sigilosos hasta una de las camufladas salidas del subterráneo que habían abierto aprovechando alguna grieta o a golpes. Con el correr de los meses habían aprendido a moverse como fantasmas por entre las sombras. Como siempre se separarían en dos grupos de cuatro, para abarcar más espacio.

Alimentos y medicinas eran fundamentales en las condiciones de encierro en que vivían, afortunadamente había muchas farmacias y mercados donde conseguir lo necesario. Lo realmente difícil era sobrevivir a la recolección.

-Esto no debería estar pasando; alegaba Jack. -No es justo.

-Mejor concéntrate y baja la voz; dijo Rita, que dirigía el grupo. -Si un perro nos escucha te mato yo misma.

-Así habría más comida para todos; opinó Ramona.

-¿Quién te pasó la pelota a ti “Ramón”?; peguntó Jack haciendo alusión  a la tendencia de la mujer.

-Al menos soy más masculina que tú; respondió ella.

-Cállense los dos; ordenó Rita. -Esto no es un paseo por el parque.

Silenciosamente los cuatro se acercaron a la abandonada farmacia e ingresaron por una ventana rota de la parte de atrás.

-Ramona, ayúdame con antibióticos; pidió Rita. -Jack, ve si encuentras agua envasada. Rony, vendajes y desinfectantes.

-¡Qué sorpresa!; exclamó Rita. -Morfina, esto es bueno; nunca se sabe, pero espero que nunca la necesitemos.

Un gruñido les quitó el aire a todos y les erizó los pelos de la nuca. El perro dio con Jack y lo atacó inmediatamente; de un solo mordisco partió en dos con sus mandíbulas metálicas el garrote que el hombre llevaba. El animal saltó sobre su presa y cayó al suelo algo mareado por el golpe en la cabeza que Ramona le dio con un extintor; Rony no perdió la oportunidad y clavó la barra de metal que siempre llevaba entre la unión de donde empieza la máquina y donde termina el animal.

-Gracias amigos, casi me come esa cosa; dijo Jack.

-No podíamos quedarnos sin el agua que llevas; contestó sarcásticamente Ramona.

-Ya salgamos de aquí; ordenó Rita. -Antes de que lleguen invasores.

Rápidamente el grupo salió de la farmacia. A la mochila que llevaba Ramona se le cortó una correa y cayó al suelo, al volverse a recogerla un silencioso alienígena se acercó a ella. La mujer trató de golpearlo en la cabeza, pero su puño fue detenido por la mano del invasor.

Los compañeros de la mujer vieron desde su escondite como ella era tocada por una barra luminosa en su cuello y su cuerpo se doblaba como una muñeca de trapo. El alienígena la tomó en sus brazos y con ella colgando inconsciente  abordó un vehículo terrestre que se alejó rápidamente.

-¡Tenemos que ir a buscarla!; gritó Jack.

-Ya no hay nada que podamos hacer por ella; dijo Rita sin más remedio que seguir adelante, tomando la mochila que llevaba Ramona. -Al menos su pérdida no fue inútil.

-No sé quién es peor; dijo Jack muy enojado. -¿Tú o ellos?

-Si lo quieres vas y te entregas, o te quedas aquí llorando; contestó Rita. -O puedes volver con nosotros y sobrevivir un día más.

Solo siete en lugar de los ocho que habían salido regresaron. En la entrada una mujer miraba ansiosa la llegada de su pareja y amiga, pero Ramona había sido capturada por los invasores y no había que albergar esperanzas, ya que no se sabía que pasaba con aquellos que tomaban prisioneros.

-Lo siento Vivi, Ramona fue capturada; dijo Rita poniéndole la mano en un hombro a la mujer que tenía lágrimas en sus ojos al ver que su amiga no venía con los demás.

-¡No!; exclamó con voz ahogada la mujer antes de caer desmayada por la impresión sufrida. Fue conducida a una de las improvisadas enfermerías para que descansara un poco y a la vez impedir que el pánico se propagara entre los refugiados.

-¿Dónde está?; preguntó Vivi al despertar.

-No sé qué decirte; respondió El Jefe. -De vez en cuando alguien es secuestrado por los alienígenas y no sabemos qué hacen con ellos.

-¿Y cree que esas palabras me sirven de algo?; gritó la mujer. -Dejaron que se la llevaran y nadie hizo nada por impedirlo.

-Por favor baja la voz; pidió El Jefe. -No queremos que los demás se asusten, ¿verdad?

-Al diablo si todos se enteran, yo quiero a Ramona de vuelta; gritó histérica la mujer, mientras las lágrimas le corrían.

-¡Ya basta!; ordenó la doctora dándole una bofetada. -Cálmate, así no ganas nada.

Vivi al fin soltó su cuerpo y lloró desconsoladamente mientras El Jefe la abrazaba.

Ramona sentía que flotaba en medio de una especie de líquido blanco, similar a la leche; su mente estaba en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia; una extraña paz la inundaba. Sintió un cosquilleo en su brazo derecho y luego un hormigueo lo recorrió entero; al girar la cabeza vio que donde antes estaba su extremidad ahora no había nada, pero no sentía dolor ni miedo;  solo aquella sensación de paz que la inundaba, así es que no le dio mayor importancia. Luego unas manos mecánicas como pinzas acomodaron un brazo metálico en el lugar que ocupaba el otro. Una sensación similar comenzó a sentir en sus piernas y un cambio similar se llevó a cabo con ellas.

La situación era aterradora, pero por alguna razón Ramona no sentía miedo. Cuando vio que las manos mecánicas acercaban a su cara una máscara metálica que cubría la mitad de su rostro, ella se sintió inquieta, pero la calma nuevamente la inundó. Veía todo muy raro con ese rojo ojo que ahora brillaba en su rostro, pero aun así no sentía miedo. Sintió cosquillas en su espalda cuando las placas metálicas que cubrieron su columna vertebral se unieron a su médula espinal y a la base de su cerebro. Cuando la última placa se unió, Ramona ya no sintió ni pensó más.

Había varios hombres y mujeres más en la sala donde Ramona, o lo que quedaba de ella se encontraba; todos al igual que ella habían sido capturados por los alienígenas y al igual que ella ya no tenían consciencia de nada. Al igual que ella se habían convertido en peones de los invasores para capturar o matar refugiados.

-Bueno, es necesario que vayamos a buscar provisiones esta noche; dijo El Jefe al grupo de recolectores.

-¿Solo vamos a ir siete?; preguntó Jack.

-Lamentablemente esta vez sí; respondió El Jefe. -Como saben hace dos semanas Ramona fue capturada por los alienígenas y no sabemos nada de ella.

-¡Un momento!; se escuchó una voz de mujer que los interrumpió. -Yo voy a ir con ustedes.

-¡Vivi!; observó El Jefe. -¿Estás segura? No es necesario que lo hagas.

-Se lo debo a ella; respondió la mujer.

-Está bien, además necesitamos que todos ayuden; contestó El Jefe. -Ve con Rita, Jack y Rony.

El grupo buscaría en otro sector, distante dos cuadras del de la vez anterior, ya que teniendo en cuenta el incidente de Ramona, no era conveniente volver ahí por un tiempo, en caso de que hubiese patrullas alienígenas.

Jack localizó una farmacia que curiosamente tenía todos sus vidrios intactos. Con cautela por si fuese una trampa, los recolectores se acercaron y miraron por las ventanas. La poca claridad que se colaba de la luna dejaba ver las estanterías todas revueltas. Aparentemente antes ya había estado alguien ahí. Después de vigilar un rato llegaron a la conclusión de que en el lugar no se encontraba nadie más que el polvo acumulado desde hace mucho tiempo ya.

Quien había estado allí, hace tiempo que se había ido; tomó algunas cosas de comer y salió rápido. Tal vez cuando empezó la invasión, se escondió allí y después escapó; lo importante ahora es que debían tomar todo lo que pudieran y volver al refugio.

Después de unos minutos la recolección estaba completa y esta vez llevaban varios tipos de medicamentos; seguramente la doctora se pondría contenta.

-¡Listos!, vámonos ya; ordenó Rita. -Mientras más pronto volvamos mejor.

De a uno fueron saliendo de la farmacia, ocultándose en las sombras. La entrada oculta del refugio se hallaba a cuatro cuadras de ahí. A lo lejos se escuchó el ladrido de uno de esos monstruosos perros alienígenas; los recolectores apuraron el paso.

A Vivi le pareció ver una sombra que los observaba entre la penumbra de las ruinas. Una silueta que le pareció conocida la observó un instante antes de desaparecer en la oscuridad. Vivi estaba casi segura de que se trataba de Ramona; la conocía desde antes de la llegada de los invasores y podía reconocerla en cualquier lado. Sin embargo, la visión fue fugaz; además, si era ella ¿por qué no se acercó?

R126 había recibido justo en ese momento la orden de dirigirse al sector continuo  para eliminar a un grupo de cuatro sobrevivientes que habían sido descubiertos buscando provisiones. Rápida como sus metálicas piernas la llevaron, llegó al lugar indicado. Los nativos se habían ocultado antes de que ella llegara, pero la visión nocturna de su ojo derecho pronto localizó sus objetivos. Caminó segura hacia ellos y apuntó su rifle, sin dudarlo, ni importándole que estuviesen desarmados, ni que al igual que ella hace dos semanas, solo intentasen sobrevivir. Sin inmutarse disparó en cuatro oportunidades y continuó su marcha, dejando atrás los cadáveres de sus antiguos vecinos.

R126 caminó por las solitarias calles buscando más sobrevivientes. Su misión era clara, localizar y eliminar; al igual que todos los que como ella habían sido transformados. Sus sensores detectaron la presencia de tres individuos más; su computadora interna los identificó como un hombre, una mujer y una niña. Sin pestañar apuntó su rifle hacia el hombre, el que cayó casi enseguida con una gran quemadura producto del rayo de energía que lo golpeó. La mujer tomó de la mano a la niña y la arrastró a las sombras.

R126 escudriñó el lugar y no tardó en localizarlas agazapadas entre unos escombros; las tenía tan cerca que no necesitaba usar el rifle, simplemente tenía que estirar su duro y frío brazo. Con total naturalidad tomó del cuello de la mujer y apretó hasta que sus huesos y garganta se rompieron; a su lado la niña lloraba en silencio y veía a su madre morir, pero por poco tiempo. Por simple casualidad al caer el cuerpo sin vida de la niña, quedó abrazando el cadáver de su madre.

Siete sobrevivientes eliminados era el primer rastro de muerte que dejaba R126. La mujer que antes se llamaba Ramona ya no existía más; a pesar de que alguien que la amaba creyó reconocerla entre las sombras.

Vivi se paseaba en silencio de un lado a otro, totalmente abstraída en sus pensamientos, lo cual no pasó desapercibido para algunos.

-Te he notado muy meditativa desde que volviste de la última recolección; dijo El Jefe a la mujer. -¿Pensando en Ramona?

-Siempre pienso en ella; respondió Vivi. -Y estoy segura de que está por ahí.

-Toda mi vida he sido policía, o al menos lo era; comentó El Jefe. -He visto muchos buenos policías caer en servicio y a sus compañeros sentir la pérdida. Sé cómo te sientes, pero creo que ya es tiempo de que te hagas a la idea y aceptes que ella ya no va a volver. Por tu bien te aconsejo que llores su pérdida y la dejes ir.

-¡No!; gritó ella. Yo la vi cuando salimos. Estoy segura de que era ella.

-¿Entonces por qué no se acercó a ti?; preguntó el rudo policía.

-A lo mejor no pudo; meditó Vivi. -Puede que algo se lo impidiera.

-Puede haber sido otra persona, o incluso solo una sombra; opinó él.

-Claro que no; rebatió ella. -La conozco desde hace muchos años; desde antes que llegaran ello.

-Ok, supongamos que era ella; aceptó El Jefe. -¿Has pensado que a lo mejor no te reconoció?

-Imposible, como le dije nos conocemos hace años; objetó Vivi.

-Nadie sabe qué hacen los invasores con aquellos que capturan; comentó él. -Es probable que le hayan borrado sus recuerdos.

-Con mayor razón debo tratar de encontrarla e intentar sanarla; concluyó ella.

-Sería un suicidio que lo intentaras; advirtió El Jefe. -Además podrías poner en peligro la seguridad de todos nosotros. Por favor prométeme que no lo harás.

-Pero yo la echo de menos; dijo ella.

-Vamos recapacita, ¿ella querría que expusieras a todas estas personas?; preguntó él.

-Creo que no; pensó ella.

-Por favor prométeme que no iras a buscarla; pidió El Jefe.

-Está bien, se lo prometo; aceptó Vivi con una voz cansada, como si decenas de años la hubiesen agotado.

El Jefe sentía pena por la mujer que se alejaba cabizbaja, arrastrando los pies.

Una sombra se escabulló sin  hacer ruido por el túnel inutilizado del viejo tren subterráneo, cuando ya todos se habían dormido. Con una mochila con víveres, agua y unas vendas, premunida de una dura barra de metal, Vivi pasó por entre los fierros y escombros que ocultaban la entrada al improvisado refugio subterráneo. Una vez afuera esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad de la noche. No tenía muy claro qué era exactamente lo que iba a hacer, pero pensó que el mejor lugar para empezar su búsqueda era el lugar donde vio a Ramona por última vez. Afortunadamente no se oía ningún perro alienígena en la distancia, lo que le llamó un poco la atención. Vivi no tenía como sospechar que los invasores, aunque estaban conscientes del terror que esos animales provocaban entre los nativos, habían decidido optar por un medio más silencioso y fácil de controlar, para acabar con los pocos sobrevivientes que quedaban. Lo que pasaba en esta ciudad, estaba pasando en todas las ciudades del mundo

Vivi llegó sin hacer ruido al lugar donde estaba segura que había visto a Ramona. Con espanto lo único que vio fueron los cadáveres de un hombre, una mujer y una niña; de una familia supuso. Tragando saliva revisó los cuerpos y notó que aunque la mujer y la niña habían muerto porque alguien les había roto el cuello, según se deducía por las marcas de dedos, el hombre había muerto por el golpe de algo en su espalda que la había provocado una gran quemadura.

No era sano ni seguro quedarse ahí, así es que Vivi siguió su camino sin rumbo. En el suelo pudo notar la marca de botas nuevas del tipo usadas por los alienígenas, pero pronto perdió el rastro sobre el pavimento. Parece que esa sería una búsqueda a ciegas.

Una larga caminata que no conduce a nada suele ser cansadora y eso era lo que le pasaba a Vivi; después de cuatro horas de caminar entre ruinas y sombras sentía sus piernas pesadas. Tras unos escombros se sentó y apoyó su espalda en una muralla, luego de tomar un poco de agua sin querer cerró sus ojos y vio que a lo lejos se acercaba Ramona corriendo, tan hermosa y querida como en aquel último verano en la playa, antes de la llegada de los invasores.

Un ruido la sacó de su sueño y la volvió a la realidad; alguien se acercaba lentamente por la calle. Se acurrucó lo más que pudo tras los escombros para que no la descubrieran. Desde su escondite pudo ver a aquel extraño hombre. Tardó un rato en darse cuenta de la realidad; tal vez con una mezcla de miedo y asombro entendió de qué se trataba; los alienígenas estaban mezclando sus máquinas con las personas que habían secuestrado. Un escalofrío recorrió su columna vertebral y puso de punta los pelos de su nuca al pensar que eso mismo le podía haber pasado a su pareja.

Vivi se quedó mucho rato acurrucada abrazando sus piernas, no atreviéndose a salir aun. Había tenido la mala suerte de ver como el ser ese disparaba en forma fría con un  rifle a una persona que intentaba hallar algo de comer. Pero si quería encontrar y recuperar a Ramona no podía quedarse inmóvil eternamente. Miró con cuidado para todos lados y como no había nadie corrió rápida hasta la otra sombra.

-¿Y si Ramona había sido convertida en uno de esos monstruos?, ¿y si no la reconocía más?, ¿y si realmente estaba muerta?, ¿y si…?, ¿y si…?, las dudas y preguntas la torturaban esa noche.

Agotada se tendió bajo un hueco quedado entre los escombros de un edificio y se durmió, hasta que los primeros rayos del sol la despertaron. Hace mucho tiempo que el sol matinal no la despertaba y de alguna forma ese solo hecho tenía un efecto reparador en ella, aunque fuese una pequeña luz en ese mundo destruido.

Aunque la luz le permitía abarcar más espacio con su vista, también era cierto que la hacía un blanco fácil. Debía avanzar lo más rápido posible para no quedar expuesta. La sangre se le congeló en las venas cuando quedó frente a frente a uno de los perros alienígenas que patrullaban la ciudad; sabiendo que prácticamente no tenía forma de luchar sola contra semejante criatura, cerró simplemente los ojos ante lo inevitable.

Escuchó un ladrido y un gruñido amenazador y pensó en Ramona y en el final de su vida que se aproximaba. Sin embargo, fueron dos gruñidos distintos y ladridos que oyó. Al abrir los ojos vio como un perro normal, de su mundo, que de alguna forma se las había ingeniado para sobrevivir hasta ahora, que estaba enlazado en una desigual lucha de colmillos, de huesos contra metal; tal vez sabiéndolo  el can dio todo su esfuerzo en ese último combate que podría ser el final. Pero a veces la suerte se pone de parte del más débil, como en este caso; en un ilógico movimiento el perro logró atrapar entre sus mandíbulas la parte viva que quedaba del cuello de la bestia biomecánica y logró cercenar las venas y arterias que alimentaban lo que quedaba de su antiguo cerebro. La máquina y lo vivo al unirse se convertían en un todo y si fallaba una, la otra también fallaba. Solo fue el instinto lo que motivó al perro a morder en ese lugar, pero eso bastó para darle la victoria.

Vivi veía la colosal pelea sin atreverse a mover ni un músculo; cuando por fin terminó ésta, ambos animales cayeron inmóviles al suelo; despacio se dio la vuelta para seguir buscando. Un gemido lastimero la detuvo en seco; al volverse vio al perro vivo aun.

-¡Estás vivo!; exclamó ella al ver al animal. -Me salvaste la vida. Muy despacio se agachó y acercó la mano a su cabeza; el pobre perro se dejó consolar un rato y trató de ponerse de pie, pero volvió a caer.

-Ven, tengo que sacarte de aquí; dijo Vivi al animal, mientras lo arrastraba con el mayor cuidado posible  a un derrumbado estacionamiento subterráneo que los ocultaría por un tiempo. Sin pensarlo siquiera sacó una botella de agua y la vació sobre las heridas del perro para limpiarlas lo mejor posible. Se alegró de haber llevado vendas mientras enrollaba el lastimado hombro de su salvador.

El sol comenzaba a ocultarse y la noche nuevamente traía sus sombras benefactoras que la protegían y la ocultaban. Vivi estuvo toda la noche cuidando al perro, revisando que no siguiera sangrando y dándole de beber agua de vez en cuando; estaba tan concentrada en su labor de enfermera que cuando quiso tomar un sorbo de agua, notó que la había usado toda para confortar a su nuevo amigo.

Cansada y sedienta como estaba, sus ojos se cerraron y durmió plácidamente a pesar de todo lo ocurrido. Soñó que estaba en la playa junto a Ramona; el sueño era tan vívido y se veía tan real que hasta sintió que el agua salpicaba su rostro, mojándolo completamente. Lentamente despertó y sintió aun el agua que la mojaba; su amigo la había despertado  con lengüetazos de agradecimiento por haberlo cuidado.

-Hola amiguito; saludó al perro. -Veo que te sientes mejor.

Los días pasaban y Vivi no encontraba ninguna pista de Ramona. Las heridas de su compañero ya habían sanado y juntos hicieron un gran equipo en la recolección de víveres. De vez en cuando se topaban con algún hombre o mujer biomecánicos pero aprendieron a interpretar las señales que daba el otro y se movían en forma totalmente coordinada, como una única unidad. El perro era el mejor detector de peligro que podía desear Vivi, además que su compañía la consolaba.

Cuando ella había prácticamente perdido las esperanzas de encontrar alguna pista de Ramona, el perro se echó muy aplastado contra el suelo; Vivi ya sabía lo que eso significaba y se escondió hecha un ovillo tras los escombros. La luna estaba completamente llena y brillaba en todo su esplendor, haciendo que le resultase más fácil a sus ojos acostumbrados a las sombras ver en la noche. Caminando lentamente, escudriñando los alrededores con su rojo ojo, rifle en mano R126 buscaba sobrevivientes que capturar o matar, según fuera la orden recibida.

La luz de luna iluminaba completamente a la mujer, haciendo que sus partes metálicas brillasen como si fuesen de plata pulida.

-Ramona; dijo Vivi para sí, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Comprobaba lo peor que había temido y sin embargo albergaba una pequeña esperanza de salvarla. Puso una mano en la espalda del perro para mantenerlo lo más quieto posible, ya que lo más probable era que la mujer que conoció como Ramona hubiese sido programada para disparar en forma automática.

Lamentablemente nada podía escapar de la vista de ese ojo electrónico y la mujer no tardó en localizar a la pareja de sobrevivientes. R126 apuntó a la cara de Vivi y el perro atacó su brazo izquierdo, hiriendo su carne y haciendo que el arma se le callera de las manos. De un golpe con el brazo derecho lanzó al suelo al animal, el que quedó algo aturdido. La mujer estiró su brazo metálico con la intensión de tomar el cuello de Vivi y rompérselo, como ya había hecho con otros sobrevivientes.

La mano de R126 comenzó a temblar a escasos centímetros del cuello de Vivi, lo mismo que su rostro en el que se veía la lucha que muy en el fondo, en alguna parte de su cerebro, el último rastro de humanidad que quedaba de Ramona libraba con la máquina que la dominaba. Una leve caricia con el frío metal fue lo único que lo que quedaba de ella logró conseguir. Una pequeña descarga eléctrica generada por los chips implantados en su cerebro, quemaron las últimas neuronas donde se había ocultado Ramona, apagando para siempre su voluntad y su consciencia. Llevando sus manos a la cabeza con un gesto de dolor, dejó oír su voz por última vez.

-¡Escapa, ahora! ¡Vete!; gritó R126 con una voz gutural producida por cuerdas vocales atrofiadas por su inactividad. El rostro de la mujer se volvió frío como el metal que lo cubría.

-¡Corre!; gritó Vivi al perro que ya se había puesto de pie, mientras ella misma lo hacía hacia las ruinas de un edificio, donde tendrían más posibilidades de ocultarse de la asesina mecánica que alguna vez fue su pareja y amiga.

Sin ninguna muestra de dolor o emoción R126 tomó una pequeña lámina metálica que puso sobre su brazo herido, extendiéndose como metal fundido cubrió la herida y gran parte del brazo. Ramona ya no existía, había muerto para siempre definitivamente, mientras que la autómata R126 estaba totalmente operativa.

Como verdaderos roedores Vivi y su compañero canino se metieron entre los huecos del derrumbado edificio.

R126 tomó su rifle y se dirigió hacia las ruinas, pero en vista de que no valía la pena arriesgar un biomecanismo, los controles electrónicos en su cerebro la hicieron desistir y buscar otro objetivo más fácil.

Durante horas Vivi estuvo sollozando en la oscuridad abrazada a su perro. Cuando se sintió más calmada y resignada, se puso de pie y muy despacio buscó un hueco distinto al que usó para entrar; cuando halló una salida miró a su amigo y éste haciendo un gesto con el hocico y las orejas le indicó que el camino estaba despejado.

Vivi sentía hambre y sed y buscó un almacén con la vista; cuando lo encontró hizo un movimiento con la cabeza que su compañero entendió enseguida y ambos corrieron con la cabeza baja y se ocultaron en la primera sombra que vieron. La puerta del negocio estaba abierta y el perro entró primero, después de un rato volvió donde Vivi y la cogió suavemente con su hocico.

Aún quedaban algunas conservas, agua y para alegría de ambos, cecinas selladas y envasadas al vacío que aún no vencían. Llenaron la mochila con comida y agua y volvieron al refugio que habían encontrado entre las ruinas. El sol estaba por salir y Vivi prefería moverse entre las sombras; aprovecharían el día para descansar, comer y dormir.

Después de comer todas las cecinas y varias botellas de agua, Vivi sacó una barra de chocolate que partió en dos y que junto a su amigo disfrutaron.

 Al fin ella había asimilado la pérdida de Ramona y ahora podría continuar avanzando y sobreviviendo otro día más.

Cuando la luna ya había salido Vivi y su amigo se pusieron en marcha; confundiéndose en cada sombra llegaron hasta la oculta entrada del refugio subterráneo. En forma casi furtiva Vivi caminaba por el túnel acompañada de su fiel compañero.

-¡Alto ahí jovencita!; le gritó desde atrás un hombre.

-Hola Jefe; fue el inocente saludo de Vivi, mientras abrazaba al perro por el cuello, para mantenerlo tranquilo. -Siéntate; le ordenó cuando vio que El Jefe lo miraba con desconfianza.

-Veo que no eres muy buena para obedecer órdenes; la reprendió El Jefe.

-Ramona era mi familia y tenía que tratar de rescatarla; respondió Vivi.        -Usted habría hecho lo mismo de haber podido.

-Te entiendo y tienes razón; contestó El Jefe. -Pero mi responsabilidad es la seguridad de todos.

-No tengo como rebatir eso; comentó Vivi.

-¿Qué averiguaste?; preguntó El Jefe.

-Las personas que los invasores han capturado fueron convertidos en seres biomecánicos programados para asesinar humanos; respondió ella.

-¿Encontraste a Ramona?; preguntó El Jefe con un tono paternalista.

-Sí y no; respondió Vivi. -Ella ya no existe, fue convertida en una asesina mecánica y pude ver como moría el último rastro de su humanidad.

-Cuanto lo siento; dijo sinceramente El Jefe.

-Yo también; contestó cabizbaja Vivi. -Al menos antes de desaparecer para siempre se pudo despedir de mí.

-Veo que tienes un nuevo amigo; comentó El Jefe para disminuir la tensión.

-Sí; respondió Vivi. -Me salvó la vida y yo la suya en agradecimiento. Es muy listo y es un buen recolector.

 

 

-El planeta ha sido desinfectado casi en un ciento por ciento, capitán; informó el primer oficial a su comandante.

-Muy bien señor Morgan. Esta noche podemos celebrar por un trabajo bien hecho y mañana prepararemos nuestro regreso a casa; comentó el capitán. -Por favor avise a la base que está todo listo para recibir a los colonos.

La suerte del planeta, así como la de los pocos habitantes que habían sobrevivido estaba sellada; al igual que en otros tantos  mundos que poseían condiciones similares al de los invasores. Al haber sido sobre explotado el de ellos, pusieron los ojos en las estrellas, pero no para estudiarlas, sino que para conquistarlas y someter sus mundos.

Esa noche toda la tripulación de la nave alienígena estaba vestida con su uniforme de gala, celebrando por el término satisfactorio de otra misión.

-Los felicito a todos por el gran trabajo realizado en este planeta; habló el capitán a sus colaboradores. -Hoy celebraremos con orgullo la incorporación de otro  mundo a nuestro gran imperio.

-¡Viva el capitán!; gritó un tripulante con una copa vacía en una mano y una llena en la otra.

-Muchas gracias a todos; respondió el oficial. -Sin ustedes esto no habría sido posible. Celebremos hoy y mañana alistémonos para el tan ansiado regreso a nuestra vieja y querida Tierra.

 

 

Tétrada Oscura – Capítulo N° 5 – La Caída de Los Arcángeles 26 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 5

La Caída de Los Arcágeles

Un tenue resplandor verde inundó la dormida casa, se introdujo en el cuarto de los niños y comenzó a crecer y volverse más brillante. Isabel se quedó un rato contemplando a sus hijos y después de algunos minutos se dirigió con pasos suaves que no producían ruido sobre el piso de madera, hacia la habitación que compartía con su marido, quien dormía plácidamente.

Todo estaba tal y como lo dejó aquella noche en que todo comenzó. ¿Cuánto tiempo había pasado?; la verdad es que eso no tenía ninguna importancia. Ella simplemente había regresado al instante preciso en que los dejó dormidos en un sueño profundo, de tal forma que para su familia no había pasado ni un minuto.

Isabel experimentó una sensación extraña, nunca antes sentida por ella, al verlos así dormidos. Si lo deseaba, despertarían y el tiempo reanudaría su marcha normal para ellos. Los veía casi con curiosidad, como quien trata de imaginar la efímera existencia de un insecto, que vive toda su vida en un solo día. Ahora ella existía en una escala de tiempo totalmente distinta y que le permitía viajar de un instante a otro, sin que eso le afectara siquiera. Podía despertarlos y reanudar su vida junto a ellos, pero ella los percibía como si fuesen un fugaz pestañeo y el tiempo se los habría quitado antes de que pudiese percatarse.

Por un instante Isabel sintió un poco de nostalgia; una leve sensación de incomodidad que no alcanzó a ser llamada pena.

Tranquilamente, sin que ningún sonido la acompañase, se dirigió a la cocina. Ante un gesto de su mano el vidrio roto por la flecha disparada contra ella por un elfo claro, quedó completamente intacto y la cocina en orden.

Tras meditarlo un rato finalmente se decidió. Sus emociones hacia su familia habían cambiado completamente; su mente se había vuelto calculadora y los veía solo como ilusiones que pronto desaparecerían. Pero sabía; estaba convencida que era mejor que ellos continuaran con su vida normal. Extendiendo sus manos, como cuando se está entregando algo, cerró sus ojos y concentró su consciencia en un punto de luz verde que fue creciendo lentamente y a cobrar la silueta difusa de una mujer. Parada frente a ella, con satisfacción se vio reflejada a sí misma.

Su gemela así creada poseía todos sus recuerdos y emociones, así como toda su personalidad en general. Lo mejor de todo es que ella envejecería a un ritmo normal para los humanos y la familia podría continuar con una vida común y corriente.

Un suave destello verde iluminó la cocina y la elfa oscura se esfumó en medio de la noche, tan silenciosa como había llegado.

Isabel, porque lo más justo era llamarla como tal ya que era una imagen perfecta e ideal de ella, se sirvió un gran vaso de leche fría y se dirigió a su habitación; una vez en la cama abrazó tiernamente a su marido y se durmió dulcemente.

El tiempo seguía su curso normal, así como normal era la vida que seguiría esta familia. Sin sobresaltos ni nada fuera de lo común; excepto, tal vez, por la visita unas cuantas veces de un fantasma verde que se deslizaba por las habitaciones en alguna noche en los años venideros.

¿Cuántos años llevaban juntos?; diez, tal vez quince años. Resultaba tan difícil recordar períodos tan cortos de tiempo que Mireya miraba en forma distante a su esposo e hijos, sin poder sentir ninguna emoción por esos seres tan sutiles como la llama de una vela o como un suspiro.

La fusión con la esmeralda sagrada la había cambiado tanto como a sus tres compañeras. Su antigua longevidad ahora parecía una ilusión junto a su actual inmortalidad, que le confería su capacidad de moverse fuera del tiempo. Su comprensión de la realidad también había evolucionado a un nivel que cualquier genio envidiaría; y era esa misma condición la que ahora le indicaba lo que debía hacer.

En medio del subterráneo salón donde por años llevó a cabo sus hechizos, la bruja alzó sus brazos y en medio de un destello de luz verde otra Mireya, idéntica en recuerdos y sentimientos, así como en el cuerpo y personalidad la observaba con una tierna sonrisa en los labios.

-Cuídalos y que sean felices; pidió Mireya a su gemela.

-Pierde cuidado, recuerda que ahora yo soy tu y ellos son mi familia; respondió la otra Mireya.

-Confío en ti, tanto como en mí misma; respondió la original.

-¿Puedo hacerte una pregunta?; consultó la réplica de Mireya.

-Sí, por supuesto; respondió la bruja.

-¿Yo soy bruja también?; quiso saber ella.

-¿Deseas serlo?; preguntó Mireya.

-¿Si no lo hubieses sido tú, esto no estaría pasando verdad?; preguntó la otra.

-No, nada de esto estaría ocurriendo; respondió Mireya. -Sería una mujer normal, con una familia normal.

-Aunque la tuya es una vida muy emocionante, la otra parece tranquila y agradable, sin monstruos, asesinos, ni demonios; meditó la nueva Mireya.

-Así es, lo que le falta a una lo tiene la otra; respondió la bruja. -¿Bueno, ya decidiste?

-Sí ya sé qué clase de vida quiero; concluyó la réplica. -Quiero ser  madre, esposa y profesional, como una humana común y corriente; envejecer y también morir cuando llegue mi hora.

-Haz elegido con sabiduría; respondió Mireya a su copia, tomándola de las manos, mientras un resplandor verde la envolvía. -Ve con ellos y que sean felices; dijo la bruja mientras lentamente se disipaba.

Con paso liviano, como si despertara de un sueño reparador, Mireya subió las escaleras de piedra que conducían hacia la casa. Al cerrar la puerta a su espalda, ésta desapareció y un reloj mural ocupó su lugar. Sellado para siempre el sótano de  la bruja quedó olvidado como si nunca hubiese existido. Aunque conocía la casa a la perfección, la nueva Mireya la recorrió por primera vez, tocando cada objeto y cada pared que llamaba su atención. Frente a las piezas de los niños ella sonrió y los besó y arropó. Junto a la cama matrimonial, soltó su cabello y despertó a su marido con varios besos en el cuello; mañana era sábado y no tenía turno en el hospital, así es que podía desvelarse esa noche.

Francine se escurrió como un fantasma por toda la mansión de la familia para la que trabajaba. Huérfana desde niña, solo buenos recuerdos tenía de quienes la acogieron casi como a una hija. Como agradecimiento solicitó ser la doncella de la hija de sus patrones. Aunque el tiempo nada significaba para dicha familia, ya que al igual que ella eran vampiros, habían quedado fuera del límite de su realidad y ya no le bastaba con esa existencia tan simple y apacible.

Sin más tomó una hoja de papel y escribió una emotiva carta donde agradecía todo lo que habían hecho por ella, pero que deseaba iniciar una nueva vida a partir de cero. Pedía, por favor, que le permitieran ir y les manifestaba su eterna gratitud. La existencia de la Tétrada Oscura era un secreto y no quería arriesgarse a ser descubierta por toda una nación de vampiros con capacidades telepáticas, al igual que ella. Y por otro lado, aun con lo poderosos que eran los vampiros, en su condición actual los veía débiles y vulnerables y a pesar de los años, décadas y siglos pasados junto a esa familia, no sentía pena al separarse de ellos; su mente fría y calculadora le indicaba que eso era lo correcto y natural.

Cristina no se cuestionaba en lo más mínimo respecto al paso que estaba a punto de dar. Había llegado a la conclusión lógica de que debía alejarse definitivamente de su familia. Desde siempre había elegido el camino de ser una loba solitaria, lo que haría un poco más fácil la separación. La joven se adentró en el bosque hasta llegar a un claro bañado por la luna; tras una honda inhalación de aire Cristina separó un poco sus labios y entonó un largo aullido. Cuatro voces más le respondieron y los cinco elevaron sus voces a la luna llena.

Ya estaba hecho, Cristina se había despedido definitivamente de su manada, dejando atrás la vida a la que renunció para vivir con los humanos y la vida que eligió junto a ellos.

 

-¿Primera vez en Tierra del Fuego?; preguntó el guía a la pareja de turistas.

-Sí, queremos disfrutar el paisaje del fin del mundo; contestó la mujer con un marcado acento norteamericano.

-¿Están totalmente seguros de querer acampar aquí?; preguntó el guía, pensando en lo inhóspito que podía ser el clima ahí.

-Oh, sí, estamos acostumbrados a este tipo de climas; contestó el hombre mostrándole una fotografía de ellos acampando en una montaña nevada.

-Ya veo; aceptó el guía. -Está bien, que se diviertan; volveré a buscarlos en una semana más.

-Adiós; se despidió la mujer con una mano cuando la camioneta se alejaba.

-¿Qué te parece?; preguntó el hombre.

-Se ve todo normal; respondió ella. -Aparentemente aquí no pasó nada. Sin embargo, viendo más allá de la ilusión, es evidente que hubo una batalla tremenda, en la que se combatió usando grandes cantidades de energía.

-Energía que solo puede ser generada y controlada por ángeles; observó él.

-Eso es lo que pienso; opinó ella. -Sin embargo, necesitamos pruebas.

El páramo agreste y devastado lucía aun las cicatrices sufridas en la batalla librada entre los seguidores del proscrito Athatriel y la Tétrada Oscura; ya nunca nada más nacería en ese suelo muerto, quemado por fuegos nunca vistos por los humanos.

-Y aquí encontré una; indicó él pasando su mano sobre una zona del suelo que se veía completamente cristalizada y lisa.

-Esto solo lo pudo haber hecho el golpe de una espada flamífera.

-Entonces es verdad; opinó ella. -Los rumores de que los ángeles de Athatriel fueron asesinados son ciertos.

-Eso explicaría por qué no se ha tenido ninguna noticia de actividades de ellos o de sus seguidores; pensó él.

-¿Pero quién podría ser capaz de matar a doscientos ángeles?; preguntó ella.

-Solamente alguien inmensamente poderoso; opinó él.

-Esa cantidad de poder debería ser muy difícil de ocultar; comentó ella.

-Y sin embargo, no logro detectarla; observó él.

-Quién sea que hizo esto, parece que tiene la capacidad de ocultar su poder; meditó ella.

El hombre se agachó a ver algo en el suelo. -Creo que encontré algo, pero casi no se nota.

-¿Qué es?; preguntó la mujer agachándose también.

-Aquí se abrió un portal de fuego; observó él.

-Eso es propio de los ángeles caídos; comentó ella. -¿Dónde se abrió de salida?

El hombre cerró los ojos y se quedó inmóvil durante varios minutos, casi sin respirar ni moverse.

-¡No lo encuentro!; comentó él. -No se abrió en ningún lugar del planeta.

-¿Entonces?; preguntó ella. -A alguna parte tiene que haber llegado.

La mujer se quedó estática, como si un rayo la hubiese atravesado.

-¿Sentiste eso?; preguntó ella. -Fue como si un pequeño sol hubiese estallado.

La energía liberada por Isabel y Mireya al crear a sus gemelas no pasó desapercibida por los dos ángeles.

-Pero ya no hay nada; observó el hombre. -Fue algo muy fugaz.

-De igual forma investiguemos; indicó ella extendiendo sus doradas alas y elevándose a una velocidad incalculable, seguida de él.

Aunque fue algo que duró un instante solamente, la cantidad de energía liberada era inusual y debía ser investigado el hecho.

Isabel estaba sentada tranquilamente en el banco de una plaza meditando sobre lo que acababa de hacer, cuando vio una pareja que caminaba hacia ella; al principio no le dio importancia, pero cuando se plantaron frente suyo intuyó la amenaza que implicaban y se puso rápidamente de pie.

-¿Les puedo ayudar en algo?; preguntó Isabel para cortar la tensión.

-Es ella; dijo el hombre haciendo aparecer inesperadamente una espada de fuego en su mano derecha.

Rápidamente, sin perder ni un segundo, la elfa extendió una de sus manos y un puñal de fuego voló hasta el corazón del hombre, consumiéndolo en llamas.

No esperando semejante hecho, la mujer desplegó sus alas, pero antes de que lograse elevarse, Isabel la sujetó de ellas y con un certero golpe de la espada flamífera que acababa de encender, se las cercenó en medio de los gritos de dolor de la mujer. Sin ninguna compasión la elfa arrojó al ángel al suelo y acercó amenazadoramente la hoja de fuego a su cuello.

-¿Quién eres y qué pretendías?; preguntó Isabel con los ojos llenos de fuego.

-Nos mandaron a investigar la muerte de los ángeles seguidores de Athatriel; respondió la mujer con la voz entrecortada por el dolor.

-¿Quién los envió?; interrogó la elfa.

-Contesta; ordenó Isabel acercando aún más la espada al cuello del ángel.  -O lo preguntaré en forma más convincente.

-Fuimos enviados por uno de los arcángeles; respondió la mujer.

Isabel bajó su espada y meditó ante lo que acababa de averiguar. Sin hacer ruido la mujer se puso de pie mientras la elfa le daba la espalda y en su mano se materializó una incandescente espada flamífera. Rápidamente Isabel se volvió y descargo un golpe en el cuello de la mujer, quien fue consumida inmediatamente por llamas que surgieron de su propio cuerpo.

Tras observar como el fuego terminaba de quemar al ángel, en medio de una gran llamarada la elfa desapareció del lugar.

-Coordinador, reúna a la Tétrada Oscura enseguida; ordenó Isabel al momento de materializarse en medio del centro de operaciones del Anticristo, mientras se dirigía a la oficina de éste.

-Como ordene señora; respondió el hombre.

-¿Ethiel, pasa algo malo?; preguntó el demonio.

-No lo sé; respondió la elfa.

Al poco rato Mireya, Francine y Cristina entraban también al despacho.

-Hace un rato tuve contacto con dos ángeles enviados por los arcángeles, a investigar la muerte de los seguidores de Athatriel.

-¿Estás completamente segura de ello?; preguntó Francine.

-Lo confesaron con una espada flamífera en el cuello; respondió la elfa.

-¿Dijeron cuál de los arcángeles los envió?; preguntó Damián.

-Negativo; fue la escueta respuesta de Ethiel, quien mantenía su forma humana.

-¿Dónde están los ángeles?; preguntó Mireya. -Me gustaría poder interrogarlos.

-Eso no va a ser posible; contestó la elfa. -Tuve que matarlos en defensa propia.

-¡Lástima!, habría sido bueno obtener más información; opinó Damián. -Hay que estar atentos a todo, ya que las cosas se pueden complicar si intervienen los arcángeles.

-No me preocupan mayormente ellos; comentó Cristina. -En nuestro entrenamiento demostraron no ser rivales para nosotras.

-Aun así; insistió el demonio. -Una simulación es muy distinta a un combate real.

-Aunque así sea, sus barreras protectoras no los pueden defender de nuestros ataques; agregó Cristina.

-Sin embargo, son los ángeles guerreros más poderosos; las previno Damián.

-Es mejor que estemos preparadas para cualquier cosa; intervino Francine. -Pero no nos adelantemos a los hechos y esperemos que las cosas se den primero.

-Coordinador, comience rastreo y seguimiento de toda actividad de ángeles ocurrida en el tiempo real; ordenó Mireya.

-Enseguida señora; obedeció el aludido.

A los pocos minutos el coordinador de operaciones ingresó al despacho principal, con la información solicitada.

-Nuestro monitoreo indica que desde la eliminación de los ángeles de Athatriel, ha habido un aumento inusual, pero esperable de las actividades de los ángeles; informó el ejecutivo.

-Era de suponer que la muerte de doscientos ángeles no pasaría inadvertida; comentó Damián.

-No tuvimos alternativa; opinó Cristina. -Ellos nos atacaron y tuvimos que defendernos.

-Eso no lo discuto; dijo Damián. -A lo que me refiero es que la energía utilizada para ello, por su intensidad y magnitud, era fácil de detectar; por otro lado, también resultará sospechosa la desaparición de los dos ángeles en manos de Ethiel.

-¡Yo solo me defendí!; contestó ella molesta.

-Estoy seguro de ello; la calmó el demonio. -Lo que pasa es que nunca antes había sido asesinado un ángel.

El arcángel se paseaba preocupado debido a que uno de los equipos enviados a investigar la muerte de los ángeles no se había reportado como se les había ordenado. Si fue un error de ellos, los reprendería en forma apropiada; mientras tanto enviaría a otra pareja al último lugar informado siguiendo una pista.

Una pareja paseando tomados de la mano no llamaba la atención de ninguna de las pocas personas que aun andaban en el parque disfrutando de la noche.  Lentamente ambos dirigieron sus pasos hacia un banco cercano.

-Hasta aquí llega la pista; dijo la mujer.

El hombre se inclinó para abrochar sus zapatos, mientras tocaba el suelo con sus dedos.

-Aquí hay un golpe con espada flamífera; dijo él en voz baja.

-Ahí y ahí murieron los dos ángeles desaparecidos; indicó la mujer con sus manos. -Pero no parece haber signos de combate.

-Creo que no hubo ninguno; opinó él. -Esto parece más una ejecución.

-¿Pero quién podría tener el poder necesario para hacerlo?; preguntó ella.

-Informemos inmediatamente nuestro descubrimiento; decidió el ángel.

Lo escuchado por el arcángel solo confirmaba lo que ya sospechaba. El hecho de que se hubiese usado espadas flamíferas para matar a los ángeles implicaba solo una cosa; ángeles caídos estaban detrás de esto. Sin embargo, no había ningún indicio de actividad de los seguidores de Lucifer al respecto, excepto por la reunión de las cuatro mujeres que se hacían llamar la Tétrada Oscura, cuando el mundo estuvo a punto de ser destruido, claro que en ese entonces Lucifer informó de ello y recibió autorización para actuar. Tal vez quedaba la posibilidad de que sin que él lo supiese, las mujeres hubiesen descubierto la forma de aumentar sus poderes hasta ser capaces incluso de matar ángeles. De ser ese el caso, era probable que ni el mismísimo Lucifer se atreviese a enfrentarlas ahora y se hubiese desentendido de ellas, al igual como solía hacerlo con sus otras creaciones. No importando cuál era la causa, era necesario destruir a la Tétrada Oscura antes de que se volviese totalmente incontrolable.

El arcángel sabía que sería necesario desplegar un gran contingente de ángeles guerreros, incluso se podría requerir la intervención de los otros arcángeles. Personalmente deseaba que no fuese así, ya que la guerra era algo que prefería evitar si era posible, a diferencia del arcángel Miguel que parecía vibrar con ella e incluso disfrutarla.

El hecho de que la Tétrada Oscura hubiese desaparecido literalmente de la superficie del Planeta Tierra, aumentaba sus sospechas de que esas cuatro mujeres eran las responsables de la muerte de doscientos ángeles y posiblemente también de sus enviados.

La asistente de Damián entró con una expresión de preocupación en el rostro.

-Señor, perdón que lo interrumpa, pero ha llegado un comunicado por parte de los arcángeles; informó la secretaria  a su jefe.

-¿De qué se trata?; preguntó El Anticristo.

-Los arcángeles solicitan que se entregue inmediatamente a la Tétrada Oscura para que respondan por la muerte de los ángeles de Athatriel y de dos ángeles mensajeros; dijo ella un poco asustada de lo que estaba comunicando.

-Contésteles que se ha perdido todo rastro de la Tétrada Oscura desde que intentaron sellar la fisura entre planos; ordenó Cristina. -Dígales que no se han puesto en contacto desde entonces y que se desconoce su paradero; se sospecha que probablemente no lograron sobrevivir a la misión. Indíqueles que debido a lo particularmente grave de la situación y las amplias repercusiones que para ambos bandos puede haber si sus sospechas son correctas, pueden contar con nuestro apoyo. Atentamente El Anticristo Damián…

La secretaria miró con cara de pregunta a su jefe.

-Obedezca; respondió él.

La ropa que llevaba recién puesta Cristina fue reemplazada por su armadura, de igual forma que en sus compañeras.

-Fue un placer conocerlo jefe; dijo Ethiel, obsequiándole su puñal de elfa oscura.

-Cuando todo esto termine volveremos, señor; agregó Mireya.

-Mantenga encendida la flama del licor; dijo Cristina. -Se me antojará una copa cuando regrese.

-Hasta pronto; fue la simple despedida de Francine.

-Hasta pronto chicas; respondió Damián. -No dejen que esos bonachones las asesinen. Recuerden que poseen la esencia de Lucifer.

En una extensa planicie deshabitada las cuatro mujeres aparecieron de la nada luciendo como cuatro columnas de negro carbón. Una densa niebla oscura manaba del cuerpo de todas ellas y se elevaba, al igual que el fuego que nacía de sus ojos. La Tétrada Oscura pronto sería detectada por los arcángeles y eso era precisamente lo que ellas deseaban.

-¡Salgan de su escondite cobardes!; gritó Mireya haciendo temblar la tierra con su voz.

-Su amo no los protegerá para siempre de nosotras; agregó Cristina.

-Vámonos de aquí; dijo Francine. -Estos débiles y patéticos inútiles están tiritando de miedo.

Lo que ellas pretendían provocar ocurrió cuando el cielo se rajó, dejando pasar a cientos de ángeles guerreros. Cuando ya estaban lo suficientemente cerca descargaron una devastadora lluvia de fuego sobre las cuatro mujeres; cuando el viento y el infierno se disiparon, inalterables permanecían ellas. Ethiel elevó sus brazos y millones de gotas de fuego cayeron sobre las legiones de ángeles, perforando sus alas y sus cuerpos, incendiándolos y vaporizándolos en el aire.

-¿Y estos son los ejércitos celestiales?; preguntó despectiva Cristina.

Era claro que esa estrategia estaba destinada al fracaso; a la Tétrada Oscura no se le podía atacar de frente, ya que al hacerlo se exponían a una masacre inevitable.

Varias legiones de ángeles armados con sus espadas flamíferas, zumbando ansiosas de encontrar un objetivo se materializaron a la espalda de la Tétrada.

Con un aullido que hizo temblar cielo y tierra Cristina liberó a la bestia dormida. Como una exhalación, la licántropa clavó sus garras incandescentes en el pecho del ángel que tenía más cercano, consumiéndolo en llamas que el viento avivó. Aprovechando la ocasión, otro ángel descargó su ardiente espada sobre Cristina, pero con su mano libre atrapó el brazo de éste, corriendo igual suerte que el anterior.

Las garras de Francine brillaban en sus manos y sus ojos despedían fuego, en un gran salto giró en el aire y encendió su espada. La vampiresa no tardó en verse rodeada por decenas de ángeles que la amenazaban con sus luminosas espadas. A pesar de lo apremiante de la situación la adrenalina se había convertido en energía pura gracias al poder de la esmeralda sagrada. Respirando hondo Francine giró rápidamente transformando su cuerpo en un torbellino de fuego que se desplazó vertiginosamente entre las filas enemigas, convirtiendo en cenizas a cientos de ángeles.

El arcángel se veía preocupado; tan solo tres de las cuatro mujeres habían entrado en combate y varias legiones bajo su mando habían perecido.

El báculo de Mireya escupía chorros de fuego que quemaban a los ángeles como si se trataran de hojas arrojadas a una hoguera.

Una cegadora ola de fuego llenó el campo de batalla; el arcángel sostenía con fuerza su espada mientras lanzaba un ataque definitivo contra la Tétrada Oscura.

-Esta abominación termina aquí y ahora; pensaba el arcángel mientras continuaba su ataque.

Al cabo de unos minutos de una cataclísmica descarga de energía de su espada, finalmente él bajó su arma. Nada en toda su eterna vida lo había preparado para lo que tenía frente a sus ojos. Si no hubiese sido por sus increíbles reflejos y su velocidad como el pensamiento, no habría podido esquivar a tiempo el formidable rayo que surgió cuando el fuego de las cuatro espadas de las mujeres se unió en uno solo. Sin inmutarse ellas continuaron con ese ataque mientras él volaba veloz para alejarse. Un imperceptible movimiento de ellas puso el disparo por delante de él; el guerrero alado no pudo evitar chocar de frente con el infernal golpe, que en medio de un cegador resplandor lo hizo arder como un pequeño sol. Francine, abriendo en cruz sus brazos absorbió en sí toda la energía del caído arcángel. 

Nunca antes un ángel de esa categoría había muerto y eso no lo tolerarían los otros seis.

Inmediatamente la respuesta no se hizo esperar y el azul del firmamento se abrió en un cegador destello de mil soles. Cinco arcángeles vestidos con  resplandecientes armaduras aparecieron seguidos de miles de ángeles guerreros, todos portando terribles espadas de fuego.

-Esto se va a complicar un poco; opinó Mireya.

-¿Eso crees?; preguntó Cristina lanzando un largo aullido.

De pronto decenas de aullidos llegaron en respuesta, seguidos de una inmensa jauría de lobos de luz que atacaron a las legiones de ángeles, que inútilmente intentaron defenderse; una lluvia de cenizas fue lo único que quedó de ellos. Sin perder tiempo los arcángeles descargaron todo su poder sobre las mujeres, las que se lanzaron violentamente sobre ellos, golpeando sus espadas en una encarnizada batalla. Cada golpe desencadenaba una lluvia de fuego, acompañada de cegadora luz.

Francine tuvo la mala suerte de verse enfrentada a dos arcángeles, lo que la ponía en evidente desventaja y peligro. Sin darle mayor importancia a eso, ella peleaba con dos espadas flamíferas en sus manos. Sin embargo, ambos arcángeles eran muy rápidos y uno atrajo toda su atención; oportunidad que aprovechó el otro para dejar caer la hoja de su espada en la espalda de la vampiresa. De no haber sido por la oportuna maniobra con que una espada detuvo el golpe del arcángel, Francine habría sido consumida por su fuego. Enlazando la espada que llevaba en su mano derecha con la del ángel, clavó la otra en su pecho. Las cenizas procedentes del calcinado cuerpo del otro arcángel se unieron a las otras. Una sonrisa ocupó el rostro de la vampiresa al ver la figura vestida con armadura roja que pegaba su espalda a la de ella.

-No esperaba verlo aquí maestro; dijo la vampiresa a su maestro.

-¿Pensabas que me perdería la diversión?; preguntó Telal.

Cuatro rayos se unieron en uno solo rompiendo en pedazos la barrera protectora del cuarto arcángel que caía bajo la Tétrada Oscura. Los dos sobrevivientes sabían que no podrían retirarse del campo de batalla, aunque eso significase que pasase lo que nunca había pasado.

Los arcángeles se juntaron y una intensa luz los envolvió a ambos.

-¡Cúbranse!; gritó Telal cuando brotó el chorro de fuego que les pegó de lleno a los cinco.

Si no hubiese sido por las poderosas barreras de la Tétrada y la armadura del demonio, se habrían convertido en humo que el viento se habría llevado.

Dos piedras incandescentes cayeron del cielo a ambos lados de los arcángeles que se habían posado en tierra, impidiendo que se movieran de su posición. Las cuatro mujeres bajaron sus espadas y extendieron ambos brazos hacia ellos; una negra y densa niebla emanó de sus cuerpos y sus ojos despidieron llamas cuando descargaron ocho chorros de fuego que coincidieron en un único punto que se convirtió en un rayo que perforó sin resistencia la coraza de energía que protegía a los arcángeles, tocando finalmente sus cuerpos e iluminándolos cegadores; con placer Francine abrió sus manos y recibió en ellas la luz en la que se habían convertido los ángeles hasta que se disipó aumentando el brillo de sus ojos.

-No puedo creer que hemos matado a seis de los arcángeles; opinó Mireya. -No fue tan difícil.

-No te confíes hechicera; recomendó Telal. -Aún falta el más poderoso, el arcángel Miguel, pero ese es mío. Tengo un asunto pendiente con él.

-¿A qué se refiere señor?; preguntó Cristina.

-¿Alguna vez han visto una representación hecha por los humanos del arcángel Miguel empuñando una lanza, con un demonio bajo su bota, humillado como una rata?; preguntó Telal.

-Sí, alguna vez vi una; respondió Francine.

-Pues, yo era ese demonio; respondió Telal. -Y ahora me toca a mí la revancha;  hoy él caerá bajo mi espada, aunque me cueste la vida lograrlo.

-¿Pondría en riesgo esta misión solo por una venganza personal?; preguntó Ethiel.

-Estratégicamente es inaceptable; recapacitó el demonio.

-Al diablo con lo correcto; cortó Ethiel. -El arcángel Miguel es suyo.

-Pero sus legiones son nuestras; agregó Francine mostrando sus colmillos.

Un extraño silencio llenó el ambiente, como el que precede al trueno antes de la tormenta. De pronto ese silencio fue roto por un extraño sonido que retumbaba como una gran bocina de barco, que venía de todos lados.

-Siempre tan ególatra, que le gusta avisar estruendosamente cuando llega; comentó Telal.

Un brillo intenso iluminó el cielo como un segundo sol y cientos de ángeles con armaduras y espadas aparecieron, dividiéndose en dos formaciones perfectamente ordenadas. Un nuevo brillo más intenso, aunque el anterior iluminó todo el firmamento; cuando el fulgor desapareció, en medio de los dos flancos de ángeles flotaba el último y más poderoso de los arcángeles, con sus alas brillantes como metal desplegadas en toda su extensión. Una deslumbrante armadura cubría su cuerpo que parecía ser gigantesco y en su mano derecha sostenía una gran lanza de fuego, mientras que una espada flamífera colgaba de su cintura.

-¿Está seguro que quiere enfrentarlo usted?; preguntó Mireya al demonio.   -Se ve muy poderoso.

-He esperado toda una eternidad para esta oportunidad; respondió Telal.     -Aunque me cueste la vida.

-Muy bien, es todo suyo maestro; aceptó la bruja.

 

-¡Este combate es nuestro Miguel!; gritó Telal al arcángel.

-Según parece no estás en posición de exigir nada traidor…, arcángel renegado; respondió Miguel con una voz de trueno que hizo temblar el suelo.

-¿Fue un arcángel?; preguntó Ethiel.

-Sí, pero yo aprendí a pensar por mí mismo; respondió el demonio. -No soy un títere de su amo.

-Ríndete ahora y solo cortaré tus alas; ofreció el arcángel.

-Eres muy valiente cubriéndote con tus vasallos; respondió Telal. -¿Qué tal si les ordenas que no intervengan?

-Tienes una lengua muy hábil demonio; respondió Miguel sin caer en el truco. -¿Cuán hábil es tu brazo?

Uno de los ángeles rompió la formación y Mireya lanzó su báculo al aire. Una brillante burbuja envolvió a todos los ángeles que estaban a la derecha del arcángel, mientras Ethiel sopló sobre su mano y otra burbuja de iguales características atrapó a los ángeles que se encontraban a la izquierda de Miguel.

-Muy bien, solo tú y yo; dijo Miguel desplegando sus alas y encendiendo su impresionante lanza flamífera.

-Tétrada no intervengan más. Es una orden; gritó Telal al elevarse.

Varios ángeles dispararon con sus espadas y manos tratando de romper desde adentro la burbuja que los aprisionaba; sin embargo, para su sorpresa, toda esa energía rebotó por todos lados, convirtiendo la esfera en una bola de plasma incandescente que los desintegró a todos en forma casi instantánea.

-Lástima y pensar que se podrían haber salvado; dijo Francine extendiendo una de sus manos y dejando que toda esa energía fluyera por ella llenando todo su ser.

-Haz absorbido mucha energía; observó Mireya en voz baja. -¿Cómo te sientes?

-Magníficamente bien; contestó la vampiresa. -Creo que podría destruir el Sol de un solo golpe si lo deseara.

-Mejor ni se te ocurra intentarlo; sugirió Cristina. -Acabarías con el sistema solar.

-Es solo una forma de decir; aclaró Francine. -Si lo rompiera no podría volver a broncear mi hermoso cuerpo.

-Por favor no me distraigan, no quiero perderme ningún detalle de este combate; las calló la elfa oscura.

Las puntas de las lanzas de ambos arcángeles chocaban con grandes destellos de luz y gotas de fuego caían como lluvia que todo lo quemaba.

Las alas cubiertas de metal reflejaban el sol en cada movimiento, haciendo difícil verles bien a simple vista.

A esta altura del combate no se podía saber quién sería el vencedor, pues ninguno superaba en fuerza y habilidad al otro. Telal sin embargo, había planeado muchas veces este encuentro en su mente y repasado cada detalle del primer enfrentamiento con Miguel, en el que había sido humillado como una sabandija.

Un golpe, una estocada, cada uno no lograba tocar a su rival, a diferencia de sus armas que despedían fuego con cada contacto. Las alas de ambos batían el aire provocando fuertes ventiscas que en ocasiones alcanzaban niveles huracanados.

La Tétrada Oscura observaba atenta, registrando en su mente calculadora cada movimiento percibido por sus superdotados sentidos.

Las lanzas se engancharon, Telal giró la suya rápidamente tres veces y agitó sus alas, quedando más elevado que Miguel; la lanza del arcángel se soltó de sus manos y cayó produciendo un silbido igual al de una bomba al caer, originando un gran cráter al golpear el suelo. Casi en el mismo movimiento el demonio clavó su lanza en una de las alas de Miguel, haciendo que éste perdiera su equilibrio y cayera violentamente en picada; no obstante sus reflejos eran rápidos y logró a tiempo frenar el descenso y aterrizar de pie.

Como un rayo Telal aterrizó junto al arcángel, listo para combatir en tierra. Ambos arcángeles encendieron al mismo tiempo sus espadas flamíferas y en un titánico cruce de golpes las enlazaron en una danza mortal. Cada golpe brillaba con el resplandor de diez soles. El calor desprendido era abrazador y sin embargo, ninguno de los dos daba muestras de agotamiento, a pesar de la tremenda potencia de los impactos y del tiempo que llevaban luchando.

Un afortunado movimiento de Miguel le permitió acertar un golpe en el brazo izquierdo de Telal, provocándole un gran corte que el demonio ignoró por completo. En lugar de debilitarlo, la herida parecía inyectarle más energía y fuerza, haciendo retroceder a su adversario por la violencia que había cobrado su ataque.

Desde la mano izquierda de Telal surgió un cegador destello que hizo que Miguel cerrara sus ojos una fracción de segundos, tiempo que el demonio aprovechó para saltar y ponerse a la espalda del arcángel.

 El primer golpe amputó la mano derecha de Miguel, extinguiendo inmediatamente su espada. Una fuerte patada en la espalda lo hizo caer de rodillas al suelo. Triunfante Telal puso una bota en su pecho, mientras con la otra pisaba la mano izquierda del abatido arcángel.

-He esperado toda una eternidad por este momento; dijo el demonio dejando que la hoja de fuego de su espada separara la cabeza del cuerpo de su enemigo. La cantidad de energía liberada fue la equivalente a una bomba nuclear al estallar.

Triunfante Telal guardó su espada y caminó airoso y orgulloso hacia sus discípulas, que habían sido testigos de la batalla más formidable de toda la eternidad.

La muerte de todos los arcángeles y la destrucción de los ejércitos celestiales, así como la confirmación de la Tétrada Oscura como la fuerza suprema, había roto el equilibrio de poder; lo que permitiría a los ángeles caídos replantear su posición en el nuevo orden establecido.

Con el correr de los siglos nuevas leyendas y nuevas religiones nacerían en torno a la figura de las cuatro mujeres que se elevaron más allá del cielo y del infierno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tétrada Oscura – Capítulo N° 2 – Enemigo Oculto 16 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 2

Enemigo Oculto

-¿En qué estabas pensando cuando aceptaste esta asignación?; reclamó el camarógrafo tirado en el suelo, afirmando con una mano la cámara y con la otra el casco, mientras las balas pasaban peligrosamente cerca.

-Alguien tenía que reportear este golpe de estado; respondió Cristina también en el suelo con su micrófono en una mano. -Además ya me tenían aburrida los reportajes huecos de los ricos.

-Aquí Cristina Ramírez, transmitiendo directamente desde las cercanías del palacio de gobierno de la República Badalaika; hablaba casi gritando la reportera para hacerse oír en medio de los disparos y detonaciones. -Las fuerzas leales al gobierno  no aceptaron el ofrecimiento de los rebeldes de traicionar al presidente y están oponiendo una fuerte defensa del palacio.

A toda marcha un tanque perteneciente a la fracción  rebelde del ejército enfiló contra la puerta principal del palacio, pero otro tanque de iguales características, de las fuerzas leales, le salió al paso apuntando su cañón contra la otra unidad.

-No te pierdas ni una toma; dijo Cristina a su compañero ante el inminente choque de los dos titanes.

Tal vez por error, tal vez por no desear lastimar a quienes fueran sus compañeros de armas, el artillero del tanque defensor descargó su proyectil contra las orugas del agresor, dejándolo completamente inmovilizado. Sin embargo, ninguno de los tripulantes esperaba tal respuesta; girando su torre el tanque rebelde disparó dos veces contra la torreta de combate del otro blindado, haciéndolo estallar en medio de una gran bola de fuego. Cuando el vehículo enemigo giraba su cañón contra el palacio de gobierno, reventó entre llamas y metal quebrado, cuando el proyectil lanzado desde un avión leal cruzó sobre el campo de batalla.

-Con esto ya tengo asegurado el Premio Pulitzer; decía el camarógrafo, que se había puesto imprudentemente de pie, dejándose llevar por la emoción y la adrenalina que inundaba su sangre.

-¡Agáchate!; gritó Cristina, golpeándole las piernas desde el suelo con una de las suyas, haciéndolo caer de espalda justo cuando una bala pasó rosándolo.

-Casi te tengo que llevar en una bolsa plástica; lo recriminó ella.

Cristina no alcanzó a terminar de hablar cuando inesperadamente la interrumpió su teléfono celular.

-Hola hermano, tanto tiempo sin saber de ti; lo saludó ella. -¿Podríamos comunicarnos más tarde?, hay algo de bulla aquí y no te escucho muy bien; dijo mientras se oía la explosión de una granada.

Después de unas cuantas horas más de un intercambio incesante de disparos, las fuerzas golpistas fueron derrotadas por las leales al gobierno y sus cabecillas fueron fusilados sin juicio alguno, frente a los distintos  representantes de la prensa internacional, para dar un ejemplo a todos.

Temprano al otro día Cristina y su camarógrafo regresaban cómodamente a bordo de un avión, dejando atrás el convulsionado escenario del día anterior. Para adelantar un poco de trabajo la reportera sacó su computador portátil; lo primero que le llamó la atención fue ver un correo electrónico marcado como urgente, enviado por su hermano, a quien hace años que no veía.

Como lo supuso Cristina, el mensaje era totalmente ilógico a primera vista; Diego lo había codificado como lo hacían cuando eran jóvenes y querían mandarse mensajes sin que sus padres se enterasen. Sin ninguna dificultad pudo descifrarlo y enterarse de su contenido; lo cual aceleró su pulso inmediatamente.

-“Cazadores furtivos. Manada en peligro. Ayúdanos”.

Alguien los había localizado e identificado. Debía moverse lo más posible y alterar su rutina para hacer que quienes la cazaban perdieran el rastro. Por otro lado, era necesario que buscara e intentara salvar a los miembros de la manada que hubiesen sobrevivido.

Diego estaría protegiendo, supuso, a su esposa y a sus dos hijos; de su padre y su madre no tenía noticias.

La situación era extraña y complicada. Seguramente en cuanto bajaran del avión la seguirían.

-¿Todo bien?; preguntó el camarógrafo al ver la cara de preocupación de Cristina.

-Es mi hermano, que sufrió un accidente y debo ir a verlo; mintió la reportera.

-¿Vas a ir mañana?; quiso saber su compañero.

-No. Voy a ir apenas aterricemos; contestó ella.

-No puedo ir al departamento; pensó para sí la joven. -Seguramente me estarán esperando.

-¿Quién podría saber de nosotros?; se preguntaba Cristina. -Debo encontrar a la manada.

Por primera vez en muchos años se sentía sola y desamparada; pero a pesar de eso sabía que solo ella podría ayudar a los suyos.

Ya en el aeropuerto Cristina subió en uno de los muchos taxis que había ahí esperando pasajeros. Inmediatamente apagó su teléfono celular y lo tiró por la ventanilla. Después de hacer dar unas cuantas vueltas al taxista, descendió del vehículo e hizo parar otro. Esa maniobra la repitió varias veces y se dirigió a pie a un hotel de cuarta categoría para pensar que hacer.

Cuando niña su abuela le había contado la historia de un grupo de cazadores que cada cierto tiempo los perseguía, pero siempre lo tomó como un cuento para niños igual que el del cuco o algo así, hasta ahora…

Después de meditarlo un  rato, decidida se puso de pie; sabía que no había tiempo que perder. Pidió un taxi a la recepcionista del hotel y al salir le pasó varios billetes para que olvidara que ella había estado ahí, si es que alguien preguntaba.

Después de dirigirse al otro lado de la ciudad, descendió del vehículo y toda vestida de negro, como si de una ladrona de las que salen en las películas se tratase, recorrió a pie las pocas cuadras que la separaban de la casa de sus padres.

Las luces estaban apagadas pero la puerta principal estaba entreabierta. Desconfiada dio la vuelta a la manzana y saltó la pandereta que separaba a la casa de los vecinos.

Sigilosamente como era su costumbre, se acercó a la ventana de su antigua habitación y con un leve empujón hacia abajo y al lado, la deslizó suavemente. -Por suerte aun no arreglan esta ventana; pensó.

Sin hacer ningún ruido, furtivamente como un animal cazando, recorrió toda la vivienda sin encontrar a nadie en ella. Tanto el living como la cocina se hallaban totalmente desordenados, con distintos objetos rotos y desparramados en el suelo; los signos de que había habido una pelea ahí eran bastante claros y evidentes. Unas cuantas manchas de sangre indicaban que sus padres se habían defendido con fuerza; sin embargo, no se encontraban por ningún lado.

Cristina revisó detenidamente la habitación, en busca de alguna posible pista que le indicase la suerte corrida por sus padres. Clavado en el brazo de un sillón halló un pequeño dardo con  un olor picante; al olerlo la nariz le ardió, pero albergó la esperanza de que ellos aún se encontrasen con vida.

Una pequeña estatua de metal presentaba una raspadura y abolladura, como si algo hubiese rebotado en ella. Forzando al máximo su vista recorrió con ella el living, hasta que incrustada en un mueble encontró una bala. Valiéndose de un cuchillo logró sacarla.

Un intenso dolor recorrió su mano derecha al momento de tomar el proyectil para guardarlo.

-¡Aahh!; se quejó viendo su piel lastimada. -Es plata.

Fue obvio para la joven que quienes habían capturado a sus padres sabían perfectamente cuál era su naturaleza verdadera y a qué se enfrentaban. Sin embargo, no fueron lo suficientemente precavidos como para ocultar su olor.

Tan sigilosamente como había entrado, Cristina dejó la abandonada propiedad. En su cerebro se había grabado el olor de los captores y los seguiría sin que nada lo pudiese impedir.

Dejó de pensar, dejó que su instinto la guiase; su cerebro le indicaba hacia dónde dirigirse. Sin percatarse llegó hasta la casa de su hermano.

Los cazadores habían pasado ya por ahí. El interior de la casa estaba tan revuelto y estropeado como la de sus padres. Libros tirados, muebles volcados, objetos rotos y manchas de sangre. La familia había dado una feroz pelea, pero ya no estaban. El aire se sentía picante por la cantidad de dardos tranquilizadores disparados.

Sobre una puerta una mancha de sangre y unas garras marcadas en la madera indicaban que se habían transformado para defenderse, pero que aun así no pudieron impedir ser capturados.

Cristina  tomó consciencia plena de que el destino de su familia, de su manada, estaba en sus manos. Necesitaba respuestas y sabía dónde conseguirlas.

Lenta y silenciosamente se acercó hasta el edificio donde estaba su departamento. Confiaba en que estarían esperando que entrase por la puerta, por lo que se deslizó por el callejón que quedaba a un lado y trepó silenciosamente por la escalera de incendios. Sus sospechas eran correctas; su agudo sentido del olfato le indicó que había intrusos en su hogar. Cuatro hombres la estaban esperando con la luz apagada; uno en la cocina, dos en el living y el cuarto en el dormitorio; aguardaban a que su presa entrase para poder capturarla, viva si era posible.

Tapándole con una mano la boca al tipo que estaba en la habitación, le giró rápidamente la cabeza rompiéndole el cuello, sin que alcanzase a dar la voz de alarma.

-¡García!; llamó uno de los hombres que estaban en el living.

-¡García!, te estoy llamando; insistió.

En vista de que el hombre que estaba en la habitación no contestaba, los que estaban en el living se miraron en silencio y desenfundaron sus armas. De una patada uno abrió la puerta, apuntando al interior, mientras el otro lo cubría. Su compañero yacía tirado sin vida con el cuello roto; antes de que pudiese reaccionar, Cristina, que se había ocultado tras la puerta, lo tomó del cuello por detrás; girando violentamente sus manos sintió como se partían los huesos de la nuca de su víctima.

Al ver a su socio caer, el otro hombre disparó dos veces; sin embargo, los reflejos de Cristina eran tan rápidos que logró esquivar las balas y a la vez sujetar el brazo de su agresor y desarmarlo. Sin soltar a su presa, con el otro brazo atrapó el cuello de su atacante y giró velozmente con él, a consecuencia de lo cual lo desnucó limpiamente. Ante el alboroto, el hombre que estaba en la cocina, disparó varias veces. Con el cuerpo del tercer hombre aun en sus manos, Cristina se protegió de las balas, como si se tratase de un escudo.

Tomando una de las pistolas en el suelo, la joven disparó contra él hiriéndolo en un brazo, con lo que pudo desarmarlo. Sin perder tiempo se abalanzó sobre él y lo derribó, sujetándolo del cuello.

-Dime dónde está mi familia y te prometo que te daré una muerte rápida y sin dolor; exigió amenazante la mujer.

-No te tengo miedo monstruo; contestó valientemente el hombre.

-Si no hablas romperé todos tus huesos antes de matarte; dijo Cristina quebrándole una mano al tipo en medio de un grito de dolor de éste.

-Pierdes tu tiempo, no hablaré y tú familia también morirá; respondió él.

-Si no me dices lo que quiero escuchar te devoraré lentamente mientras estás con vida; dijo Cristina mientras sus ojos se volvían dorados. -Sabes lo que soy y sabes que puedo hacerlo.

La piel de ella comenzó a cubrirse  de un sedoso pelaje negro. Abriendo mucho los ojos el hombre rogó por su vida, dominado por el pánico que había reemplazado a su anterior valor, el que se había esfumado ante la vista de las fauces en que se comenzaba a transformar la fina boca de la mujer.

-¡Por favor espera!, te lo contaré todo pero no me hagas daño; rogó el hombre.

Deteniendo su transformación Cristina volvió a la normalidad.

-¿Quiénes son y qué han hecho con mi familia?; preguntó ella.

-Somos una vieja orden que durante siglos hemos estado cazando a los de tu clase; contestó él.

-¿Por qué?; preguntó ella.

-Porque son una abominación ante los ojos de Dios; respondió el hombre, haciendo pensar que pertenecía a algún tipo de grupo religioso.

-¿Qué han hecho con mi familia?; exigió saber Cristina.

-Están prisioneros en las afueras de la ciudad; respondió el asustado hombre. -Los estudiaremos  para averiguar más de ustedes y cómo poder acabarlos a todos de una vez.

-¿Dónde exactamente?; preguntó Cristina.

-No lo sé, he estado solo una vez ahí y me dormí todo el viaje; respondió el hombre. -No sé cómo llegar.

-¡Mientes!; gritó Cristina quebrándole la otra mano.

-Juro que no lo sé; intentó defenderse él.

Cristina olfateó bien al hombre por todos lados.

-No importa, ya sé cómo llegar; dijo mientras giraba la cabeza de él dejándolo tirado.

El rastro dejado por los cazadores era muy claro para Cristina. Manteniendo un  trote constante y rápido, amparada por las sombras de la noche, en pocas horas se encontró frente a lo que parecía ser una vieja faenadora de ganado. No sería muy fácil entrar, ya que el perímetro estaba monitoreado por cámaras de vigilancia y guardias armados patrullaban los alrededores.

Cuando las cámaras giraban, Cristina corrió agachada hasta una muralla y siguió avanzando pegada a ella, hasta colocarse a la espalda de un guardia, que antes de darse cuenta cayó con el cuello roto.

Dos guardias cerraban la entrada; como una fiera se lanzó sobre ellos, rompiéndole la espalda a uno con una de sus rodillas y el cuello al otro con sus manos. Su fuerza, sigilo y agilidad formaban una combinación letal.

Afortunadamente para ella la iluminación no era muy buena; parecía ser más una instalación provisoria de campaña, que una base permanente. Caminando suavemente para no delatar su presencia, Cristina llegó hasta una celda en que estaban en muy mal estado su padre y su madre.

-¡Hija!; exclamó sorprendida la mujer afirmándose con dificultad en la reja de su celda.

-Debes salir de aquí; advirtió su padre. -Es una trampa.

Antes de que pudiera reaccionar, Cristina se vio inmovilizada por varias cuerdas que la sujetaban a la pared. Furiosa se transformó en forma casi instantánea rompiendo sus ataduras; el aire silbó cuando muchos dardos tranquilizantes se clavaron en su cuerpo, dejándola rápidamente inconsciente.

Al despertarse sintió muchísimo dolor en sus muñecas y tobillos. Acostada en una camilla se dio cuenta de que estaba sujeta por esposas de plata, lo cual explicaba el dolor que sentía.

-Te estábamos esperando monstruo; dijo un hombre con lentes y bata blanca. -Confieso que tú sola nos has dado más problemas que todo el resto de la manada junta.

-No crean que se saldrán con la suya malditos maniáticos; respondió Cristina intentando transformarse.

Sus ojos se volvieron dorados un instante, pero inmediatamente retornaron a su color norma.

-¿Sorprendida?; preguntó burlón el hombre. -Mientras tengas puestos los grilletes  de plata no podrás convertirte en la bestia, demonio infernal.

-Voy a estudiar a las hembras primero; dijo el hombre tomando una sierra rotatoria con la que se disponía a abrir el cráneo de Cristina. -Empezando por ti.

Cristina desesperada trataba de soltarse de sus amarras, pero éstas eran de ese terrible metal.

-Lucha cuanto quieras monstruo; dijo el hombre encendiendo su mortífera herramienta.

El tipo quedó inmóvil un momento, no alcanzando a acercarse a la camilla, desplomándose con una flecha ensartada en medio de su frente.

Una neblina negra se extendió por el techo, ante el contacto de la cual todas las cámaras de vigilancia comenzaron a humear.

Una corriente de aire rodeó la camilla y de a una las esposas de plata se quebraron.

-Ven, aléjate de la plata; dijo una joven.

-¡Francine!, gracias; contestó Cristina al borde del desmayo.

-¿Por qué no nos llamaste?; la reprendió la elfa oscura mientras mataba a un guardia con una flecha y arrojaba su puñal a otro.

-No pensé que les interesarían los problemas de mi pueblo; contestó con dificultad la loba.

-No nos interesan; respondió Mireya. -Pero tú eres nuestra compañera y lo que afecte a una afecta al grupo.

-Libera a tu familia mientras nosotras nos encargamos de estos locos; sugirió Ethiel.

-No puedo. Las rejas están hechas de una aleación de plata y no puedo tocarlas; explicó avergonzada Cristina.

-Yo me encargo; se ofreció Francine.

-¿No te afecta la plata?; preguntó Mireya.

-Nada afecta a los vampiros; respondió la joven. -Pero personalmente encuentro más bonito el oro.

-Vayan entonces; ordenó Mireya, envolviendo en su fuego a dos guardias que se disponían a disparar contra ella.

-Vamos, las celdas están por acá; indicó Cristina conduciendo a Francine por un pasillo.

-Hija, pensamos que…; dijo la madre de la loba, sin poder terminar su frase por el llanto motivado por la emoción.

-Por favor apártense; pidió la joven francesa, quien con un golpe de su palma abrió la reja y con sus dedos molió las esposas que sujetaban a los prisioneros.

-Es una amiga; la presentó Cristina. -Ella y otras amigas me han salvado.

-Muchas gracias; la saludó el padre. -Considérate nuestra amiga.

-Es muy amable señor; respondió la joven.

-¡Cuidado!; gritó la madre ante un guardia que les apuntaba.

Sin que lo notaran casi, Francine se puso por delante de ellos, recibiendo varias balas que impactaron en su espalda.

-¡Francine!; gritó angustiada Cristina.

Como si nada la joven con rabia se volvió hacia el hombre que acababa de dispararle.

-Haz roto mi chaqueta nueva; le gritó mientras avanzaba hacia él.

Aterrado el hombre disparó una y otra vez sobre la mujer, sin que las balas pudiesen detenerla.

Cuando estuvo ya junto a él  enterró sus garras en sus brazos y, en medio de alaridos del hombre clavó sus colmillos en su cuello, bebiendo toda su vida.

-Es un vampiro; observó el padre de Cristina.

-Vampiresa; corrigió Francine chupando sus dedos.

 Diego y su esposa se hallaban prisioneros en otro pasillo y sus hijos en la celda contigua.

-¡Abuelo, abuela, tía Cristina!; exclamaron los niños cuando vieron a los demás.

Como si las rejas fueran frágiles y quebradizas, Francine las partió con sus manos y sin ningún esfuerzo rompió los grilletes y esposas de plata que inmovilizaban a los licántropos.

Cuando todos los prisioneros se abrazaban contentos de estar con vida, un guardia apareció por una puerta con su arma lista para abrir fuego. Con un rápido y acrobático salto hacia una de las paredes, la madre de Cristina se impulsó alejándose de la vista de él y transformándose en el aire atrapó entre sus mandíbulas la mano armada, antes de que alcanzase a apretar el gatillo.

Con un grito de espanto el hombre vio caer su mano amputada aun empuñando la pistola, mientras la bestia cerraba sus fauces en su rostro.

Chorreando sangre la loba aulló con una fuerza e intensidad como nunca lo había hecho antes, de tal forma que se escuchó por toda la instalación.

Mientras tanto la elfa agotó todas sus flechas contra los guardias que intentaron oponerse a ella.

Dos guardias trataron de atrapar a Mireya, pero ésta los repelió con sus manos antes de que pudieran tocarla siquiera. El piso bajo ellos se volvió inconsistente como si fuese una crema, absorbiendo a uno hasta el pecho y al otro hasta el cuello, para solidificarse después, matándolos instantáneamente.

-Ya está toda mi familia a salvo; informó Cristina a Mireya y a Ethiel, quienes acababan con los últimos guardias sobrevivientes.

-Salgamos de aquí entonces; sugirió Ethiel.

-Esperen, les dejaré un pequeño regalo; respondió Francine, desapareciendo en medio de un fuerte viento y volviendo en cinco segundos.

-Llené de explosivos; dijo risueña.

Todos se miraron angustiados.

-Corramos; ordenó Mireya.

-Pero si tenemos tres minutos; comentó con toda naturalidad la francesa, que solía olvidar que los demás no eran igual de rápidos que ella.

Con los segundos justos, todos lograron salir de las instalaciones de los cazadores antes de que las bombas estallasen. La detonación fue tremenda, pero afortunadamente las barreras de los cuatro anillos se activaron a tiempo en forma automática, protegiéndoles de su efecto.

-Gracias hermana, expreso sinceramente Diego a Cristina. -Has salvado a toda la manada.

-Es a mis amigas a quienes hay que agradecerles; explicó la joven.  -Si no hubiese sido por su tan oportuna intervención, todos nosotros habríamos muerto en manos de esos dementes.

-Es cierto; intervino el padre de Cristina. -Ustedes nos han salvado a todos y les estaremos eternamente agradecidos.

-Eres muy afortunada en contar con amigas tan leales; agregó la esposa de Diego.

-Lo sé; respondió Cristina. -Y siento no haber acudido a ellas desde un principio.

-Descuida hermana; respondió Mireya.

-Ahora todo está bien; agregó Isabel, quien lucía su forma humana.

La luna llena se elevaba en el cielo y la manada formó un círculo en torno a las cuatro amigas, elevando sus voces en un largo aullido al cual se unió Cristina.

 

Paseo campestre 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Paseo Campestre

 

-¡Papá tengo hambre!, ¿a qué hora va a llegar la mamá con la comida?; preguntó la pequeña Alicia de ocho años, mientras jugaba con su pelota.

-Tranquila, ya va a llegar; respondió José, revolviendo juguetonamente  el cabello de la menor de sus tres hijos.

-Si siempre andas pensando en comer te vas a parecer a tu pelota; dijo Paola, burlándose de su hermana.

-Y tú pareces un lápiz, flacuchenta; contestó Alicia sacándole la lengua a su hermana.

-Sí, verdad; contestó ésta tocándose su vientre plano y su cintura, orgullosa de su figura.

-Hola gente, llegué yo; saludó Juan, equilibrando una pelota de básquetbol en un dedo y sosteniendo un libro en la otra mano.

Los verdes ojos de Alicia se posaron en la pelota que giraba en el dedo de su hermano, dejando tirada la que ella tenía. Moviéndose despacio sin quitarle la vista de encima, se fue poniendo detrás de Juan, lanzando un manotazo a la pelota para arrebatársela; pero ésta escapó se sus dedos, ya que su hermano la tiró hacia arriba. Cuando los dos se disponían a disputarse el balón, Paola dando un salto se apoderó de ella, pasándola rápidamente de una mano a la otra.

Entre risas los dos hermanos se disponían a apropiarse de la pelota que ahora su hermana hacía rebotar en el piso.

-Ya, los tres basquetbolistas cálmense, que van a romper algo con esa pelota; dijo José  que no tenía ganas de recoger cosas rotas a esa hora.

Soltando la pelota, Paola centró su atención en las luces que se encendían y apagaban en el ecualizador del equipo de música, las cuales seguía con sus ojos verdes cómo los de su hermana y su madre y trataba de tocar con sus dedos.

Los tres hermanos se volvieron al mismo tiempo cuando la puerta de la casa se abrió.

-¡Mamá!; gritaron los tres niños al unísono cuando Mónica entró.

-Hola mis tesoros; saludó ella dando un beso a cada uno de sus hijos.         -¿Cómo se han portado?

-Aparte de querer jugar basquetbol dentro de la casa, bien; contestó José, saludando de un beso a su esposa.

-Perdón mi rotería Paty, te presento a mi familia, José mi esposo, mi hijo mayor Juan, Paola la del medio y la pequeña Alicia; presentó Mónica tomando en brazos a la pequeña.

-Ya no soy pequeña, tengo ocho años; reclamó la menor de las niñas. -Pero regalonéame igual; dijo hundiendo la cabeza en el cuello de su madre, dejando escapar un suave ronroneo.

-Hola Paty; contestaron los cuatro en un saludo sincero.

-Paty y yo somos compañeras de trabajo y la invité a cenar con nosotros esta noche; contó Mónica.

-Siempre son bien venidas tus amistades; respondió José.

-Muchas gracias, eres muy amable; contestó Paty, agradeciendo ser bienvenida.

-¿Y la comida china?; preguntó Alicia olfateando el aire.

-No me van a creer, pero no pude encontrar nada bueno; explicó Mónica.    -Pero traje pizza de carne picada con champiñones.

-Sí, que rico; gritó Alicia aplaudiendo.

-Por favor pon la mesa mientras yo me cambio de ropa; pidió Mónica a José.

Paty no sabiendo que hacer mientras esperaba que volviera su amiga, recorrió con la mirada la habitación, deteniéndose ante los bien nutridos libreros que había por todos lados.

-¡Cuántos libros!, debe haber cómo un millón; opinó exagerando.

-No tanto, solo son mil ciento cincuenta; corrigió Juan.

-Mil ciento cincuenta y uno; corrigió Alicia. -Hoy  compré uno; dijo orgullosa pasándolo a la amiga de mamá.

-“Alicia en el País de las Maravillas”, no sabía que fuera tan grueso; observó Paty mirándolo de perfil.

-Obvio, los libros pequeños son para bebes; opinó la niña.

-Es entretenido, yo lo leí hace tiempo; comentó Paty.

-Lo compré porque trata de una niña que se llama igual que yo; aclaró Alicia.

-Así es; asintió Paty.

-Claro que ella no era tan linda como yo; opinó Alicia mirando la portada del libro. -Ella tenía el pelo rubio y desteñido y no negro como el mío.

-La verdad es que tienes un pelo muy lindo; dijo Paty pasando la mano por la cabellera de la niña. -Y tus ojos verdes también son muy bonitos y combinan muy bien con tu pelo.

-¡Que increíble que todos tengan el cabello oscuro y los ojos claros!; observó Paty mirándolos a todos.

-Sobre todo teniendo en cuenta que el color claro de ojos está determinado por genes recesivos; aclaró Juan.

-Supongo que es la marca distintiva de la familia; opinó José.

-¿Demoré mucho?; preguntó Mónica entrando al living, vistiendo jeans y una camiseta estrecha que marcaba su esbelta y atlética figura, que producía un efecto hipnótico al desplazarse en forma felina.

-Me vas a tener que contar tu secreto para tener ese cuerpazo; dijo Paty mirando a Mónica, que a pesar de sus cuarenta años y ser madre de tres hijos, se conservaba como si tuviese veinte años.

-No es ningún secreto, es solo hacer un poco de ejercicio y evitar estar mucho rato quieta; aclaró a su amiga.

-¿Te sirves leche?; preguntó Mónica a Paty mientras llenaba cinco vasos del blanco líquido.

-No gracias. Soy intolerante a la lactosa; rehusó la aludida.

-Qué lástima, es muy rica; opinó Paola.

-Mamá, quiero pizza, tengo hambre; solicitó Alicia tirando del brazo a su madre.

-Si vamos, ya es tarde; contestó ella.

Los niños devoraron la pizza con gran placer y no se dieron cuenta de que habían estado haciendo una larga sobremesa.

-¡Oh, la hora que es!; exclamó Paty viendo su reloj. -No me di cuenta que se había hecho tan tarde.

-A esta hora es difícil que consigas un taxi, mejor te quedas a pasar la noche aquí; sugirió Mónica.

-¿Pero no será mucha molestia para ustedes?; preguntó ella.

-Claro que no; apoyó José. -Además es peligroso salir a esta hora de la noche a la calle.

-Supongo que tienes razón; aceptó Paty.

-Mañana jueves y el viernes es feriado, así es que no hay que preocuparse de levantarse para ir a trabajar.

-¿Papá, vamos a ir al campo estos días?; preguntó Paola, haciendo rodar una bolita de miga de pan sobre la mesa.

-Es una buena idea, pero tendríamos que salir de madrugada mañana para aprovechar el día; asintió José.

-¿Quieres ir cuatro días al campo con nosotros?; preguntó Mónica a su amiga.

-Si vamos, es bonito; invitó también Alicia, abrazándose a uno de los brazos de Paty.

-No sé qué decir, son ustedes muy amables; respondió la mujer.

-Di que sí; dijo Paola. -Te va a gustar.

-Está bien, acepto; contestó Paty. -Pero deberé pasar a buscar ropa a mi casa.

-No es necesario, tu eres de mi misma talla, así es que yo te  presto; ofreció Mónica.

En la habitación de las niñas armaron un saco de dormir para la improvisada invitada. La temperatura aunque un poco alta de las noches de verano permitía dormir en forma profunda.

Entre sueños un ruido extraño despertó a Paty, pero después de un rato ante el total silencio en la casa, volvió a dormirse plácidamente hasta las seis de la mañana en que voces y carreras la despertaron. La familia estaba preparando todo para partir lo antes posible a la casa del campo, no muy lejos de la ciudad.

-Hola, ¿cómo pasaste la noche?; preguntó Mónica.

-Bien, aunque me despertó un ruido raro; respondió Paty. -¿Tienen un gato?

-No, no tenemos; contestó Paola.

-Y yo quiero uno, pero no quieren regalármelo; dijo Alicia haciendo un puchero con la boca.

-Recuerda que eres alérgica hijita; le respondió su madre, pasándole la mano tras las orejas.

-Me pareció escuchar un gato que ronroneaba, pero debo haber estado soñando; meditó Paty.

Después de una hora y media de viaje, los paseantes llegaron a una casita en una parcela en el campo.

-Guau, que lindo paisaje; opinó Paty complacida y contenta de haber aceptado la invitación.

Los niños sin decir palabra salieron corriendo detrás de una pelota de basquetbol.

-¡Qué bien juegan Juan y Paola!; exclamó Paty. -¿Pero no lastimarán a la pequeña?

-Oh, ella estará bien; opinó José. -Mira cómo se mueve.

La pequeña Alicia era muy rápida y ágil con la pelota y podía esquivar fácilmente a sus hermanos mayores.

-¿Esta parcela es de ustedes?; quiso saber Paty.

-Sí, José la heredó de un tío  que falleció hace varios años; explicó Mónica.

-Ya veo; contestó Paty observando a los niños jugar.

Unas cuantas tórtolas que picoteaban el suelo en busca de alimento atrajeron la atención de Alicia, la que tiró la pelota a un lado y comenzó a seguirlas muy despacio para no asustarlas. Distraídamente se fue alejando cada vez más  de donde estaban los demás, hasta perderse de vista. Después de media hora regresó como si nada.

-¿Se puede saber dónde andaba la señorita?; preguntó muy seria Mónica.

-Salí a explorar; respondió con toda naturalidad la pequeña Alicia.

-Está bien, pero debes tener cuidado; aconsejó la mamá con una sonrisa en los labios.

-¡Que niños!, siempre hay que estar pendiente de ellos; comentó Mónica a su amiga.

-Disculpa, ¿qué me decías?; preguntó Paty avergonzada, que se había perdido en el profundo color de los ojos de su amiga, los que por efecto de la luz del sol que incidía en ellos, brillaban como dos esmeraldas.

-Te decía que hay que estar pendiente de esos niños, se escabullen a cada rato; comentó Mónica. 

-Como todos los niños no más; supuso Paty ya que no tenía hijos.

Ese mismo día José preparó un asado, mientras Mónica y Paty se encargaban de la ensalada y los niños de ir a cortar fruta fresca.

El aire del campo era revitalizante y el cielo nocturno aparecía cuajado de estrellas, con una banda lechosa que lo cruzaba.

-Nunca había visto tantas estrellas; comentó fascinada Paty a su amiga, mientras bebían una copa de vino de la zona.

-Y tenemos hasta nuestro propio pedacito de la Vía Láctea; contestó indicando con su mano el camino blanco en el cielo.

Después de un rato, pasada la medianoche, todos se retiraron a dormir. Cerca de la una treinta de la madrugada, Paty estaba leyendo un entretenido libro que encontró sobre la mesa de centro del living, cuando el maullido de varios gatos la distrajo de su lectura.

-Vaya, gatos. Al menos no va a haber riesgo de toparse con ratones; comentó aliviada para sí, ya que le resultaban muy desagradables los roedores.

-¿Cómo estuvo tu primera noche en el campo?; preguntó Paola mientras bebía un gran vaso de leche acompañada de galletas.

-Genial y dormí mejor después de escuchar a los gatos y saber que no me toparía con ratones por ahí; contestó risueña Paty.

-Espero que no te hayan molestado los gatos; dijo José.

-No, para nada; respondió la invitada.

-En el campo siempre hay roedores y es bueno tener gatos; opinó Mónica.  -Si es que es correcta la idea, ya que ellos siempre hacen lo que quieren y van a donde les viene en gana.

La noche la pasaron jugando Monopolio entre los seis y ya cerca de la una se fueron todos a dormir. Los gatos se escuchaban maullar y ronronear más que la noche anterior, con lo que a Paty le costaba lograr conciliar el sueño. Desvelada decidió ir a la cocina a buscar un vaso de agua. Cuando iba de vuelta a su cama se le cruzó un gato negro, con verdes ojos, que la hizo saltar del susto al verlo en forma repentina.

-¡Miércale!, gato de porquería, me asustaste; le gritó Paty al animal, el que se escabulló en la oscuridad tras dar un fuerte maullido.

Todos se veían algo somnolientos a la mañana siguiente; aparentemente los gatos no habían dejado a nadie dormir bien.

-Los gatos estuvieron harto inquietos anoche; comentó Paty.

-Dímelo a mí, que casi no he dormido; contestó Mónica bostezando.

Mientras cenaban la noche siguiente la luz se apagó de pronto, dejando toda la casa a oscuras.

-Se quemó un fusible; dijo José, poniéndose de pie. -Voy a cambiarlo.

-En la cocina hay linternas Paty, ¿puedes traerlas?; preguntó Mónica a su amiga.

Mientras buscaba entre los cajones se escuchó el maullido de un gato, mezcla en parte gruñido y en parte ronroneo, que produjo una inmediata descarga de adrenalina en Paty, haciéndole parar los pelos de la nuca. Apurada encendió una  linterna y fue al comedor donde estaban los demás. La luz de la linterna hizo brillar cinco pares de puntos luminosos azules y verdes, que empezaron a acercarse a ella, en medio de ese espeluznante ruido que hacen los gatos cuando están por atacar. Sin poder pronunciar sonido alguno con su garganta, Paty retrocedió aterrada, hasta que su espalda chocó contra la pared y sintió como muchos afilados y pequeños dientes se clavaban en su carne y agudas garras como pequeños cuchillos arañaban y cortaban su piel. Finalmente su boca pudo emitir un desgarrador grito de terror y dolor que pronto se apagó en medio de la oscuridad.

El sábado por la tarde Paty llamó a su novio Víctor para informarle que pronto volvería a la ciudad y para aprovechar de saludarlo.

-Hola amor, ¿cómo lo estás pasando?; preguntó Víctor.

-Estupendo cariño, me gustaría que estuvieras aquí conmigo; respondió Paty por celular.

-A mí también me gustaría, pero no puedo; continuó Víctor.

-Me voy a quedar hasta mañana, así es que nos vemos el lunes; informó Paty a su novio.

-Está bien, diviértete, nos vemos el lunes; se despidió él.

El día lunes Víctor esperó en vano que su novia lo llamara, así es que decidió telefonearle él para saber si había vuelto bien; sin embargo, el teléfono sonaba y sonaba y Paty no contestaba. Así pasó todo el día y el martes también. El día miércoles llegó y Víctor se encontraba inquieto.

Paty no había vuelto a trabajar desde el miércoles de la semana pasada, tampoco estaba en su casa y hacía días que sus amigos no la veían. Preocupado de que algo malo le hubiese pasado, Víctor se dirigió a la policía para dar aviso de la desaparición de su novia. La respuesta de las autoridades lo dejaron con gusto a nada, pero poco más podía hacer, que esperar a que ella se comunicara con él.

En el trabajo de Paty, Víctor se las ingenió para averiguar que ella había salido de ahí acompañada de una tal Mónica.

Revisando las libretas y papeles que Paty tenía en su casa, pudo dar con la dirección de la casa de su compañera de trabajo.

La propiedad se veía sola, las ventanas tenían las cortinas juntas y la puerta estaba cerrada. Después de golpear y tocar el timbre un rato, se convenció de que no había nadie en ella.

Ya las ideas se le estaban acabando a Víctor. Necesitaba encontrar a Paty, pero no sabía dónde más buscarla. Cuando empezaba a descontrolarse, recordó que el teléfono celular que le había regalado en su último cumpleaños, contaba entre sus aplicaciones, con una función de GPS. Impaciente buscó el manual del móvil para ver cómo funcionaba; después de un rato logró cargar el visualizador del GPS del teléfono de Paty en su propio móvil. Al menos era un avance, ahora faltaba cruzar los dedos y esperar a que el celular aun estuviera encendido y que a Paty se le hubiese ocurrido activar el GPS.

Ansioso a más no poder, Víctor miraba la pantalla del celular, hasta que se cargó en ella un mapa y un punto rojo empezó a brillar en él. No estaba muy lejos el lugar que indicaba; unos ciento cincuenta kilómetros por la Ruta 78, no más de una hora y media de viaje en auto. Casi corriendo Víctor puso en marcha el motor y partió raudo hacia donde lo guiaba la señal en el mapa.

Ya era de tarde, así es que llegaría cerca de las 19 horas; aún estaría claro y dispondría de algunas horas para buscar a Paty.

Casi al límite de la velocidad permitida veía a los otros vehículos pasar raudos, a medida que las ruedas del auto iban devorando los kilómetros que lo separaban de su destino.

Con los latidos del corazón en el cuello, Víctor llegó hasta una parcela aislada a unos cinco kilómetros alejada de la carretera principal, en la que se divisaba una casa de tipo campestre en medio de un paisaje dominado por cerros, un pequeño bosque y varios tipos de árboles frutales. El campo era muy lindo en realidad y esperaba que Paty hubiese decidido tomarse unos días de vacaciones y que su celular estuviese descargado solamente y que al verlo llegar se lanzara a sus brazos. Deseaba que eso ocurriese, pero un presentimiento casi supersticioso lo embargaba.

Víctor estacionó su auto fuera de la casa y como no se veía a nadie, golpeó la puerta. Después de unos minutos Mónica salió a abrir.

-Buenas tardes, mi nombre es Víctor Carvajal y soy novio de Paty. En su trabajo me dijeron que a lo mejor la podía encontrar aquí; mintió él.

-Hola, sí pasa, yo soy Mónica; contestó la mujer. -Efectivamente Paty pasó el fin de semana largo con nosotros, pero el domingo volvió a la ciudad.

Un hombre bebiendo un vaso de leche entró al living.

-Amor, él es Víctor, el novio de Paty; lo presentó la mujer. -Este es mi esposo José.

-Encantado José; respondió Víctor.

-¿Algún problema con Paty?; preguntó José. -Espero que el aire del campo no le haya hecho mal.

-Desde el sábado no he sabido de ella y ya es viernes; explicó Víctor al matrimonio.

-¿La haz llamado a su celular?; preguntó Mónica.

-Sí, pero no responde; continuó Víctor. -A lo mejor se le quedó aquí.

-No, y estoy segura de eso; afirmó Mónica. -Porque el domingo, cuando se despidió de los niños y nosotros, lo estaba olvidando y yo misma se lo pasé y vi cuando lo guardó en su chaqueta.

-Hola mami; saludó Alicia.

-Hija, este es Víctor el novio de Paty; lo presentó Mónica.

-Hola Víctor; respondió la niña.

-¿Hijita, recuerdas a qué hora se fue Paty a la ciudad el domingo?; preguntó José a su hija.

-No tengo idea, pero era después de almuerzo; respondió la niña, la cual salió corriendo al encuentro de sus hermanos.

Víctor sabía que por algún motivo esas personas estaban mintiendo, ya que el mismo teléfono celular de Paty lo había guiado hasta allí.

La llegada del ocaso comenzaba a teñir de rojo el cielo, ya pronto caería la noche. Por ahora sería mejor retirarse y pensar con calma que hacer.

-Bueno, gracias por todo y disculpen las molestias; dijo Víctor poniéndose de pie para retirarse.

-No es ninguna molestia; respondió José. -Suerte en encontrar a Paty.

Al caminar hacia la puerta, la mirada de Víctor se posó sobre la chimenea, en cuya moldura descansaban los lentes ópticos  que Paty había comprado el lunes de la semana pasada; como si no los hubiese visto salió de la casa. La noche en el exterior ya caía y las primeras estrellas empezaban a asomarse en el cielo del campo.

Víctor intuía que algo estaba mal y debía averiguar por qué le estaban mintiendo esas personas. A poco andar detuvo el vehículo y con las luces apagadas volvió a aproximarse a la parcela; por suerte para él ésta no tenía portón externo, así es que pudo ingresar sin dificultad. Una vez dentro estacionó el auto detrás de un árbol y ahí esperó a oscuras varias horas hasta que se apagaron las luces de la casa.

Si quería encontrar a Paty esta era la oportunidad para buscarla. La luna llena le permitía moverse con cierta seguridad por medio del potrero que lo separaba de la casa. Sus ojos trataban de encontrar cualquier pista, cualquier rastro que lo condujera hasta el paradero de su novia.

Sigilosamente Víctor llegó hasta el granero que había cerca de la casa. Sus intentos por entrar se vieron frustrados  por la presencia de un grueso candado que cerraba la puerta. Dejándose llevar por la desesperación, unida a la impotencia que le provocó encontrar la puerta cerrada del granero, marcó el número del celular de Paty, sin esperar escuchar respuesta.

Después de unos segundos de espera, llegó claro a sus oídos el sonido del timbre de llamada que avisaba que era él quien llamaba y que había programado junto a Paty. La fuente del sonido no estaba a más de cinco metros de distancia de él, repicando dentro del granero. Frenético envistió varias veces la puerta con el hombro hasta que finalmente el candado terminó por ceder y la entrada quedó expedita.

Un penetrante y nauseabundo olor a carne en descomposición golpeó violentamente sus fosas nasales, como pudo encendió la linterna de su teléfono para poder orientarse en la oscuridad. Cuando la luz inundó el granero, Víctor no pudo contener los vómitos que subían rápidamente por su garganta, mientras sus piernas comenzaban a temblar amenazando con quitarles el apoyo.

En medio de un montón de paja yacía el cadáver de Paty, o lo que quedaba de él, a medio devorar por lo que parecía haber sido el ataque de varios animales salvajes.

-Vaya que tierna reunión familiar; dijo sarcásticamente José.

-¡Qué han hecho malditos sicópatas!; gritó furioso Víctor, abalanzándose contra el hombre. Éste sin ningún esfuerzo de un salto quedó parado sobre una viga.

Víctor se vio rodeado por un hombre, una mujer, dos niñas y un niño; cinco pares de ojos siniestramente brillantes lo observaban; cinco gargantas de cinco personas de las cuales salía el ruido hecho por los gatos al amenazar.

Inesperadamente la niña pequeña clavó unos afilados dientes en el brazo derecho del Víctor, haciéndolo sangrar. De un golpe él la rechazó, cayendo ella al suelo.

-¡Mamá!, no me gusta que la comida me pegue; alegó la niña mientras su rostro comenzaba a cambiar, volviéndose redondeado.

-A lo mejor quiere jugar antes de la cena; dijo la niña mayor, con una voz extraña, mientras daba un zarpazo en una de las piernas de Víctor, con lo que ya parecía ser la pata de un gato.

Lentamente, sin ninguna prisa, los cinco miembros de la familia adquirieron la forma de cinco siniestros gatos cuyo oscuro pelaje se confundía con la profundidad de la noche. El padre fue el último en llevar a cabo la espeluznante metamorfosis.

-Querida; dijo él con el mismo sobrenatural tono de voz. -A lo mejor cinco pequeños gatos no son lo suficientemente divertidos para nuestra visita; ¿por qué no le das algo más emocionante con qué jugar?

Asintiendo con un maullido, la que hace tan solo unos minutos era la mujer de nombre Mónica empezó a aumentar lentamente de tamaño, hasta convertirse, frente a los aterrados ojos de Víctor, en una gran y poderosa pantera negra, cuyo rugido dejó oír a todo pulmón dentro del galpón, en medio de la noche. Acompañando los rugidos de la madre, los otros cuatro felinos se unieron en un coro de rugidos suaves de gatos listos para arrojarse sobre su presa.

Víctor miró la puerta del granero abierta y comprendió que tenía dos opciones, dejarse asesinar encerrado donde estaba, o bien salir al campo e intentar correr lo más rápido posible para llegar hasta el auto y escapar de aquella pesadilla. Volviéndose lentamente corrió hacia la puerta, internándose en la penumbra. Con su característico rugido capaz de helar la sangre, los gatos se lanzaron en su persecución. El dolor punzante de su pierna herida le llenaba los ojos de lágrimas, nublándole la vista y haciendo más difícil su carrera.

Cojeando y con la pierna sangrando pocos metros lo separaban de su automóvil. Cuando creyó que lograría llegar a él, la pantera le cortó el paso con un amenazador rugido, con sus ojos brillantes cómo dos brasas verdes. Intimidado por el imponente animal, Víctor frenó en seco y retrocedió para tratar de escapar por otro lado, los otros cuatro felinos avanzaban lentamente hacia él, moviéndose para alterar su rumbo; lo estaban guiando hacia el pequeño bosque que había cerca de allí.

Un fuerte rugido de la pantera hizo retumbar la noche. Sin otro lugar a donde poder ir, Víctor corrió hacia los árboles, arrastrando la pierna herida, ya que el dolor y la fatiga aumentaban en intensidad.

El aire comenzaba a faltarle y los pulmones le ardían; agotado se apoyó en un árbol. No veía a los gatos, pero podía escuchar sus maullidos que aparentemente provenían de todas las direcciones. Se aproximaban, los escuchaba cada vez más cerca. Ya un poco más repuesto continuó su carrera. Tropezó, cayó, se levantó y siguió corriendo; volvió a caer, sus piernas ya no respondían bien.

Algo similar debía haber padecido Paty. Esto no podía estar pasando de verdad. Era totalmente ilógico; estas cosas no existen más que en las películas de terror. Y sin embargo la prueba tangible eran sus heridas en el brazo y en la pierna.

Siguió corriendo; los gatos estaban cada vez más cerca. Los oía y su corazón ya quería dejar de latir. Esto era una locura. A lo mejor él había enloquecido; pensó para sí.

De pronto vio que el paisaje subía rápidamente. En su carrera desesperada cayó en un desnivel del terreno. Adolorido trató de incorporarse, pero sus músculos se negaron a obedecer las órdenes de su cerebro.

Resignado a su extraño final se sentó en el suelo esperando el ataque por tanto rato dilatado. Esperó por varios minutos, pero nada ocurría. De a poco se incorporó y apoyado en un árbol aguardó. La quietud de la noche solo era rota por el canto de los grillos y las ranas, pero no se oía ningún ruido fuera de lo normal. Parecía que los gatos se habían marchado, o tal vez nunca estuvieron ahí.

En eso meditaba cuando uno a uno vio aparecer cinco pares de puntos luminosos que lo rodeaban. Ya estaba totalmente agotado y nada hizo para impedir que los ojos  se aproximaran cada vez más.

Los cinco gatos se lanzaron al mismo tiempo sobre su presa. Los gritos de Víctor llenaron el bosque, quebrando la tranquilidad aparente de la noche. Pequeños dientes y garras afiladas como agujas desgarraron la carne hasta que todo signo de vida en él cesó.

-Mami, Paty tenía mejor sabor; opinó la pequeña Alicia lamiendo su mano roja con la sangre de Víctor.  

-Es cierto, pero aunque ya cenaste, igual vas a tomar un vaso de leche cuando volvamos a la casa; dijo Mónica a su hija menor.

El día estaba espléndido y los niños se veían contentos en el colegio. Las vacaciones estaban por comenzar y las risas eran más intensas y relajadas.

-¿Silvia, hablaste con tu mamá para que te diera permiso de pasar una o dos semanas de vacaciones en la parcela de mi familia?; preguntó Paola a su amiga, mirándola con sus ojos intensamente verdes, como dos esmeraldas que fulguraban con luz propia.  

 

Cacería

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Boris Oliva Rojas

 

 

Cacería

 

Otro cambio de casa y de ciudad. El trabajo del papá requería mudarse cada cierto tiempo; por suerte el sueldo compensaba las molestias y había sido una suerte encontrar un colegio cercano para Sandra, Rodrigo y Sonia; por un tiempo Viviana se quedaría de dueña de casa.

-Hola papá; saludó Sandra, que con dieciséis años ya era muy parecida a su madre.

-Hola hija, ¿cómo estuvo tu primer día de clases?; preguntó Sebastián.

-Bien, el colegio no está del todo mal; contestó la joven, que últimamente se había vuelto muy exigente en varias cosas.

-Me alegro; contestó su padre.

-Sí, incluso tiene un amigo; comentó Rodrigo.

-¿Un amigo? Sabes que no es bueno que nos involucremos mucho con los vecinos; observó Viviana.

-No te preocupes mamá. Es solo algo pasajero; aclaró Sandra.

Casi podía sentir en su nuca la respiración de la bestia, su corazón estaba a punto de detenerse; la criatura la alcanzaría en cualquier momento y el pánico le impedía pensar. Miró hacia atrás y vio que ya nadie la seguía; al mirar hacia adelante el monstruo estaba frente  a ella. Cada fibra de su ser sintió como las garras se clavaban en su carne y los colmillos desgarraban su cuerpo. Solo un grito de dolor y terror alcanzó a dar. Un aullido se escuchó en el parque y fue ahogado por los ruidos de la ciudad que se movía ignorante del pavor que se cernía sobre ella.

Al otro día el parque estaba lleno de sus habituales paseantes dominicales; los niños jugando y los enamorados paseando de la mano. Un grito de terror rompe la calma; un niño encuentra los restos macabros de un cuerpo destrozado.

El forense establece como causa de la muerte el ataque de uno o varios perros salvajes. El fiscal da orden a la policía de ocultar la noticia a la prensa, para evitar crear pánico innecesariamente.

-Papá necesito que me firmen esto; dijo Rodrigo a Sebastián, al tiempo que le entregaba un papel.

-¿Qué es?; preguntó él.

-Una autorización para unirme al equipo de lucha libre; respondió el joven.

-Está bien; accedió Sebastián, pasándole la autorización firmada a su hijo.

-Hola amor, ¿cómo estuvo tu día?; preguntó Viviana a su esposo.

-Bien, todos son como corderitos; contestó Sebastián.

Ya era hora de volver a casa; había sido divertido pero mañana había que trabajar, total otro día volvería a ver a las bailarinas y a tomarse unos cuantos tragos; si manejaba despacio no pasaría nada. La calle estaba vacía, la diversión estaba dentro del local; la llave se le cayó al suelo, al levantarla lo único que vio fueron dos brillantes ojos dorados y unas mandíbulas con filosos colmillos que chorreando saliva se abalanzaron de un golpe, ahogando el grito antes de salir.

 

-Es el segundo caso de muerte por ataque de animales. Quiero que busquen a los perros vagos y los atrapen; gritó el teniente a sus subalternos.

-Hola querida; saludó Viviana a Fernanda en el supermercado. -¿De compras?

-Sí, vine a comprar carne; mi marido come como si fuera el único alimento posible, ya parece un lobo; respondió Fernanda.

Algo tenía esa mujer; a Viviana le costaba quitarle los ojos de encima. Era esa forma de caminar y de pararse o era, tal vez, el perfume que usaba; el hecho era que Viviana encontraba irresistiblemente atractiva a Fernanda, al punto que se fue todo el viaje de vuelta a casa mirándole los muslos mientras conducía su automóvil.

La noche estaba estrellada, la luna llena se empezaba a asomar tras la cordillera. Fernanda escuchó pasos a su espalda; se volvió para ver si alguien la seguía, pero no había nadie más; desde que se filtró la noticia de que una jauría de perros vagos había matado a dos personas hace poco, la gente prefería quedarse en la seguridad del hogar. De nuevo sintió pasos tras ella, aceleró la caminata; para perder a su acosador, dobló en una esquina. Ese fue el último y el peor error en la vida de Fernanda; frente a ella se topó con un callejón sin salida; en su intento por escapar, había quedado atrapada. Un grito rompió la noche. La criatura puso una mano en sus muslos y clavó sus fauces arrancando un gran trozo de carne. Shockeda Fernanda  dejó de sentir dolor cuando las garras de la horrible criatura se hundían en su otra pierna, mientras su pecho era destrozado por afilados colmillos. Afortunadamente, la muerte llegó pronto para ella.

 

-No lo puedo creer; exclamó el teniente. -Parece un ataque sexual, pero ¿qué animal haría esto?; dijo cuando vio el cadáver de Fernanda.

-Señor, han encontrado una huella de zapato cerca de aquí; informó un joven policía.

-Yo diría que pertenece a alguien de unos cien kilos, más o menos; opinó el forense.

-Pero eso no lo pudo hacer una persona; objetó el teniente mostrando el cuerpo destrozado de la mujer.

-A menos que tenga perros entrenados; respondió un sargento.

-Analicen el ADN que haya en las heridas. Tenemos que terminar con estas muertes; ordenó el policía.

Una buena ducha es lo mejor después de correr un poco; pensó Viviana, mientras el agua acariciaba su piel, sacando el sudor de su cuerpo.

-¡Qué interesante!; opinó el forense. -Parece que tenemos un sicópata entre manos.

-Teniente, tengo los resultados de las pruebas de ADN que me pidió. ¿Se los mando o viene para acá?; preguntó el profesional.

-Voy para allá; dijo el policía poniéndose de pie.

-¿Qué encontraste?; preguntó el oficial al médico.

-En las tres víctimas había ADN de Canis lupus y no de Canis lupus familiaris; explicó el forense.

-En español por favor; pidió el teniente.

-En las heridas de los tres cadáveres había ADN de lobo y no de perro.

-¿Lobo?, pero cómo llegaron a la ciudad; preguntó el policía.

-Aún hay  más. Las pruebas indican que se trata de tres individuos distintos; continuó el médico.

-No me imaginé que pudieran llegar lobos hasta la ciudad; opinó el policía.

-Es muy poco probable; observó el forense.

-¿Entonces piensas que alguien los trajo?; preguntó el teniente.

-No se me ocurre otra explicación mejor; contestó el doctor.

-Eso quiere decir que estamos en presencia de un sicópata muy especial; concluyó el detective.

La transformación resultaba cada vez más fácil. Siempre se pensaba, en las películas de terror, que sería un proceso muy doloroso, pero no era así; al contario el cambio producía un gran placer, dejándole en un estado de intensa excitación, en que el deseo de cazar y el ansia de sentir la carne caliente y jugosa en su boca era incontrolable; un deseo que la ponía totalmente frenética y que no se calmaba hasta haber despedazado a su presa. Esa noche no sería la excepción; podía imaginar el sabor de la sangre en su boca y eso la excitaba más aún. Sus ojos se volvieron dorado brillantes, mientras la piel comenzaba a cubrírsele con un sedoso pelaje café; su cuerpo creció unos treinta centímetros, al tiempo que su mandíbula se alargaba y empezaba a babear entre los colmillos que ahora eran sus dientes; sus manos erran las garras de una bestia y sus orejas recibían hasta el más mínimo sonido; su garganta se agitó y de su hocico salió un aterrador aullido. Necesitaba cazar ahora o enloquecería.

La pareja de novios caminaba despreocupada por el parque. Dos presas por el precio de una; sería una gran cacería. El primer ataque fue contra el hombre; en medio de gritos la mujer vio como la bestia le rompía el cuello a su pareja y desgarraba sus entrañas. Retrocedió y cayó de espaldas; el monstruo se acercó a ella, de su hocico caía la sangre de su novio. Todo se apagó, un alarido y las fauces se cerraron en su rostro.

Hacía calor esa noche; Sonia entró a la ducha poseída por un gran deseo de jabonarse entera. Al salir del agua, contempló su cuerpo, que a pesar de tener solo doce años, era alto y esbelto; parecía haber heredado los genes de su madre. Una vez vestida, se puso un lindo anillo de oro con una media luna.

-¿Y ese anillo tan lindo?; preguntó Viviana.

-Me lo encontré en la calle; dijo la niña.

-¿Me lo puedo quedar?; preguntó Sonia con una chispa en sus ojos, mientras se pasaba la lengua por los labios.

-Está bien, quédatelo; consintió Viviana.

-Teniente, esta vez son dos las víctimas; informó el sargento.

-Primero mataron al hombre y después a la mujer; dijo el forense. -Fue un ataque muy rápido.

-¿Qué es eso?; preguntó el policía, indicando la mano derecha de la mujer.

-Mmm, parece que aquí había un anillo; dijo el médico.

Los periodistas se agolpaban en la sala de espera; el teniente había citado a una conferencia de prensa para alertar a la población sobre los últimos acontecimientos, para que evitaran salir de noche hasta atrapar al sicópata que estaba asolando la ciudad.

La prensa publicitó la noticia de los asesinatos con gran parafernalia; “El asesino de los lobos”, “El hombre lobo”, “Cacería humana”, etcétera; los titulares fueron variados, consiguiendo una gran sintonía. El miedo prendió rápidamente en la ciudad, las calles estaban vacías cuando se ponía el sol; parecía un pueblo fantasma. Y esa era la intensión del teniente, aunque sabía que se jugaba la cabeza si no atrapaba pronto al asesino y sus lobos entrenados.

La ciudad era linda, a Sebastián no le preocupaban los rumores de los lobos cazadores de humanos, ni de los asesinatos múltiples que se les achacaban. Bastaba cuidarse y no habría problemas, ni su familia correría ningún peligro.

 

-Esto tiene que estar mal; opinó el forense mientras miraba el resultado de la prueba de ADN de las dos víctimas.

Las muestras aparentemente se habían contaminado, así es que era necesario hacer el examen de nuevo.

-Veamos ahora; dijo el médico mirando la hoja que acababa de ser impresa. -Esto no puede ser, pero me consta que no hay contaminación.

Ante la duda procedió a analizar muestras en los otros cadáveres, buscando precisamente lo que no debería poder encontrar.

-Esto no tiene sentido; exclamó el forense.

Los resultados eran similares a los hallados en las dos últimas víctimas. Las cosas estaban experimentando un giro brusco. Era necesario realizar pruebas más específicas en todos los cadáveres.

El primer paso del forense fue comparar el ADN de lobo encontrado en todas las víctimas; luego comparar los otros ADN encontrados.

Ya salía el sol cuando el doctor terminó de analizar todas las muestras. Los resultados eran realmente insólitos; debería informar al teniente a cargo del caso.

-¿Qué pasa doctor que me despierta tan temprano?; alegaba el policía mientras contestaba el teléfono a las seis de la mañana del domingo.

-Para mí es tarde teniente, no he dormido en toda la noche. Mejor venga ahora, tengo algo que informarle enseguida; dijo el profesional.

Ya en el laboratorio el forense explicaba al policía su nuevo descubrimiento.

-Todas las víctimas murieron por ataque de lobo; recordó el médico.

-Lo sé; asintió el teniente.

-El asunto es que en todos los asesinatos participaron lobos distintos; observó el forense.

-Eso es nuevo; opinó el detective.

-Pero eso no es lo más extraño; siguió el médico. -En todas las heridas hallé ADN humano que no pertenecía a la víctima.

-¿Qué cosa?; preguntó sorprendido el policía. -Debe haber habido contaminación de las muestras.

-Eso pensé yo; opinó el forense. -Así es que analicé todo de nuevo tres veces.  Resultó que no hay errores; indicó el doctor.

-Lo más increíble es que corresponde a ADN de cuatro personas distintas y a cuatro lobos distintos; concluyó el médico forense.

-Papá, mamá; quiero ir a ver el concierto al estadio el sábado; rogó Sonia.

-¿Qué opinas?; consultó Sebastián a Viviana.

-Se va a llenar; opinó ella.

-Mejor así; comentó Sandra.

-Bueno, está bien; asintió Sebastián.

Viviana tenía razón, el estadio estaba lleno a más no poder, pero de vez en cuando no importaba. Hace tiempo que no salían todos juntos y esto servía para fortalecer los lazos de grupo.

El turno de noche en la subestación de electricidad era bastante aburrido, pero no le quedaba más remedio que cumplirlo; lo bueno era que tendría el fin de semana libre.

No había nadie más así es que después de revisar todo se podría poner a ver tranquilo el partido de futbol. -Listo, ahora a descansar; pensó el técnico al sentarse en su silla. Abrió un paquete de papas fritas y una lata de bebida, mientras encendía el televisor; dejó todo encima de la consola de control. En un descuido se le cayó una papa al suelo y se agachó para recogerla, al enderezarse con un brazo pasó a llevar la bebida, derramándola en los controles de la subestación, provocando un cortocircuito.

-Demonios; maldijo el técnico mientras trataba de arreglar su error. El cortocircuito hizo que la subestación se desconectase, dejando a gran parte de la ciudad a oscuras.

Las luces del estadio se apagaron en medio de exclamaciones de asombro. Todos pensaron que era parte del espectáculo; como después de un rato no pasaba nada, el público empezó a inquietarse. Se miraron a los ojos y sonrieron; una rápida transformación en todos provocó un miedo inmediato en quienes estaban más cerca. Cuando destrozaron a aquellos que tenían más próximos el miedo se convirtió en pánico; gritos, carreras y caídas. La carnicería era inimaginable; las garras desgarraban pechos, rostros y cuanto tocasen; los colmillos arrancaban grandes trozos de carne. Los alaridos de dolor y terror se mezclaban con los gruñidos de las bestias.

A lo lejos se escuchaba una sirena que se acercaba rápidamente. Un aullido agudo se escuchó en medio de la masacre. Las cinco bestias escaparon rápidamente, perdiéndose en la oscuridad. A los pocos minutos llegaba la policía y varias ambulancias, pero no servía de nada ya; de  los atacados ninguno quedó con vida.

La prensa, por sensacionalista que fuera, no podía mostrar la magnitud de la masacre.

Los sobrevivientes hablaban de cinco bestias que caminaban en dos piernas y aunque parezca increíble vestían restos de ropa hecha pedazos. El rumor de los Licántropos prendió con facilidad; el terror se apoderó de la ciudad.

-Este es un desastre; gritaba el capitán. -La cuidad se volvió loca, ahora hablan de una invasión de hombres lobos. El intendente y el Ministerio del Interior quieren resultados y ¿qué tenemos?, solo leyendas de monstruos.

-Nuestra sospecha es que se trata de un sicópata con lobos amaestrados; informó el teniente.

-Encuéntrelo entonces; ordenó el abrumado capitán, o aquí rodarán cabezas y no por culpa de los lobos precisamente.

La situación era crítica; la masacre del estadio había estremecido y aterrorizado a todo el país. Las autoridades querían resultados pronto y la gente deseaba recuperar la seguridad perdida.

-Teniente, esto le puede interesar, venga por favor; llamó el forense.

-Dígame que tiene el nombre del asesino; saludó el policía al doctor.

-No, pero estamos acercándonos; contestó el médico.

-Espero que sea bueno; pidió el policía.

-El ADN que encontramos en las heridas de las distintas víctimas corresponde a cinco personas distintas, exactamente a dos hombres y tres mujeres. Mientras que el ADN de lobo pertenece a tres hembras y dos machos; contestó el forense.

-Eso acota un poco más la búsqueda, pero no es suficiente; opinó el detective.

-Tal vez esto sirva. Todos los distintos grupos étnicos poseen marcadores genéticos específicos propios de cada zona de origen, algo así como una marca de origen; en este caso en particular, las cinco muestras de ADN corresponden a personas originarias de algún país de Europa del Este; explicó el forense. -Y si mi memoria no me falla, esa es una tierra de leyendas de vampiros y hombres lobos.

-Por favor doctor, ¿está insinuando que los rumores de los hombres lobos son ciertos?; protestó el policía.

-Claro que no, lo que quiero decir es que los cinco sospechosos vienen de Europa del Este y que pueden haber traído lobos con ellos; corrigió el médico.

-¿Y cómo alguien podría pasar lobos por el control de aduanas?; preguntó el teniente.

-Atrápelos y me cuenta; terminó el forense.

En la noche la policía había citado a una conferencia de prensa para dar la alerta con los nuevos antecedentes disponibles.

-Según nuestras investigaciones, los sospechosos de los horribles crímenes que estremecen el país son dos hombres y tres mujeres, procedentes de algún país de Europa del Este, que han llegado a la ciudad hace poco tiempo. Se presume que poseen lobos amaestrados con los que perpetran sus homicidios. Su captura es inminente en el corto plazo; concluyó el teniente ante todos los medios de comunicación.

La noche estaba nublada, el viento movía las nubes dejando ver una plateada luna llena. El teniente se disponía a volver a casa ya a entradas horas. Una hermosa mujer de mediana edad caminaba sola.

-Hey, señora, no debería andar sola a estas horas; dijo el policía.

-Estoy por llegar a casa; contestó ella con un suave acento que él no pudo reconocer.

-Si quiere yo la acompaño; ofreció el teniente.

-No es necesario, gracias; declinó la mujer.

-Soy policía, no se preocupe; dijo él mostrándole la placa.

-En ese caso acepto; accedió la mujer.

Pasos que se acercaban rápido se escucharon a sus espaldas, el policía se volvió a mirar pero no vio a nadie; siguieron caminando. Un gruñido alertó a ambos, rápido el teniente se volvió; la incredulidad y el asombro lo invadieron. Parado frente a él había un monstruosos ser mezcla entre hombre y lobo; el terror era paralizante, aún así logró sacar su pistola y apuntar hacia la criatura, de cuyas fauces caía una baba viscosa. Cuando se disponía a disparar, sintió por detrás un golpe en su muñeca y vio con horror que su mano caía al suelo, amputada por dos mandíbulas que se cerraron sobre ella. Ahí, parado vio  otro lobo, vestido con ropa de mujer, la mujer a la que él amablemente se ofreció a acompañar para protegerla. Las dos bestias se lanzaron sobre el policía, despedazando completamente su cuerpo.

El teniente había cometido un error al citar a la última conferencia de prensa. Al ver que la policía se acercaba demasiado, los asesinos decidieron que era mejor quitar de encima al detective a cargo de la investigación.

La jauría siempre, tarde o temprano, terminaba llamando la atención y había que emigrar seguido.  Sin embargo, aún podían permanecer unos meses más en este lugar. Aún tenían tiempo.

-¿Piensas salir hija?; preguntó Viviana a Sandra.

-Sí, está hermosa la noche; contestó la joven.

-¡Pero hija!, ¿no has escuchado las noticias de que hay animales asesinos en la ciudad?; agregó Sebastián.

-Además esta noche se supone que estaríamos todos juntos; dijo Viviana.

-Sí, está bien; aceptó Sandra con un marcado acento extranjero en su voz, mientras por la ventana veía la hermosa luna llena que se elevaba sobre la noche de la ciudad. Los ojos de la joven se volvieron de un hermoso color dorado; sus dientes se transformaron en agudos colmillos y sus uñas en afiladas garras; en tanto que su cuerpo se cubría con un suave pelaje gris. Las orejas de Viviana, primero y todo su rostro después adquirió la forma de una fiera bestia. Por otro lado, la piel de Sebastián se cubrió de un espeso pelo gris y su hocico y orejas se alargaban. El cuello de Rodrigo se hizo poderosamente musculoso, para terminar convertido en una bestia tan fuerte como su padre. El cuerpo de la pequeña Sonia se cubrió de un sedoso  pelaje café, siendo tan alta como su madre y su hermana.

La jauría saldría a cazar junta esta noche.

-Buenos días señores y señoras, yo soy el Teniente Flores; ante el asesinato del Teniente Rodríguez, se me ha asignado el caso de los asesinatos múltiples que  él investigaba, el cual le costó la vida. Vamos a capturar a los que lo mataron, aunque sea lo último que haga; arengó el nuevo teniente a sus subalternos.

-Los peritajes del forense indican que los posibles asesinos son dos hombres y tres mujeres, originarios de algún lugar de Europa, los cuales usan lobos amaestrados para perpetrar sus crímenes. No siguen ningún patrón lógico; informó el sargento, poniendo al día al nuevo teniente.

-Excepto en el asesinato del teniente Rodríguez, que parece que iba tras la pista correcta y por eso lo mataron; conjeturó el Teniente Flores.

Los análisis de ADN en los restos del Teniente Rodríguez aportaban más pistas a las existentes.

-Teniente Flores, están listos los resultados de los análisis del cuerpo del Teniente Rodríguez; comunicó el forense al policía.

-Voy para allá; contestó éste.

-Buenos días doctor, ¿qué encontró?; preguntó el teniente.

-Al Teniente Rodríguez lo mataron dos lobos, un macho y una hembra. También, al igual que en las otras víctimas había ADN humano, correspondiente al de un hombre y una mujer de Europa del Este; informó el forense.

-Mmm, qué interesante, un hombre y un lobo y una mujer y una loba; opinó el policía.

-Así es. Según la hipótesis del Teniente Rodríguez, los cinco asesinos matan usando lobos entrenados; comentó el médico.

-Nunca antes había tenido que atrapar a este tipo de asesinos seriales; dijo el teniente.

-Y yo nunca había visto esta clase de homicidios; reconoció el forense.

-Sargento, quiero una lista de todas las personas que hayan llegado a la ciudad desde poco antes de que comenzaran los asesinatos; ordenó el teniente.   -Busquen familias o grupos de cinco integrantes.

Dos días después el Teniente Flores recibía una larga lista de personas recién llegadas a la ciudad.

Sonia se sentía inquieta esa noche. El encierro la sofocaba, debía salir a caminar; la noche estrellada y la luna llena la tenían más agitada que de costumbre. Se encaminó al parque y olfateó el aire; a su sensible nariz llegó el aroma dulce de un perfume de mujer. Cerca de un banco vio a una solitaria joven que caminaba sin prisa; la boca se le llenó de saliva, mientras sus ojos se volvían dorados; quería carne fresca y ya sabía de donde la sacaría.

La mujer sintió que la observaban, pero no había nadie más que una joven de unos doce años, por cierto que muy alta para su edad. Siguió caminando y escuchó pasos que la seguían; se volvió a ver, pero estaba completamente sola en el parque. Solo sintió un golpe que la arrojó contra el césped húmedo y se vio tendida boca abajo, con alguien muy pesado que la aplastaba; trató de gritar, pero su cuello se rompió bajo la presión de dos poderosas mandíbulas. Totalmente descontrolada, Sonia comenzó a devorarla; una vez estuvo más tranquila, de su garganta surgió un agudo aullido.

La taza de café que el Teniente Flores sostenía se deslizó de sus manos; el aullido que escuchó lo sorprendió haciéndolo derramar el líquido sobre la mesa de la cafetería que atendía toda la noche, sobre todo porque los policías que estaban de turno pasaban a comer ahí. -Los perros se ponen nerviosos a veces y le aúllan a la luna; comentó la camarera, mientras secaba la mesa y le servía otro café el policía.

Viviana y Sandra estaban tan nerviosas como Sonia aquella noche.

-Salgamos; dijo Viviana a Sandra.

Las calles solitarias facilitaban la incursión de las dos mujeres. -Vamos a ese bar; dijo Sandra, desabotonando su blusa y atándola con un nudo; dejando así ver un poco, pero no mucho de su cuerpo, aprovechando que no llevaba ropa interior. Por su parte Viviana se quitó la chaqueta, luciendo una polera elasticada que se pegaba a su piel, permitiendo apreciar sus curvas. Así, luciendo como dos prostitutas entraron al bar. No se necesitó mucho tiempo para que dos hombres se acercaran a ellas y les ofrecieran unos tragos. Tras acordar el precio que ellos deberían pagar para disfrutar de sus servicios esa noche, salieron los cuatro del brazo. El pecho de Sandra subía y bajaba rápidamente por su excitación; la respiración de Viviana se aceleraba cada vez más, mientras sus ojos se tornaban hermosamente dorados. Ya no pudiendo contenerse más, Sandra se abalanzó sobre su acompañante, el que con horror la vio transformarse en un horrible monstruo. El acompañante de Viviana cayó de espalda mientras trataba de huir; el terror lo paralizaba mientras veía transformarse a la mujer frente a sus ojos. Después de saciar sus ansias de sangre, las dos lobas se unieron en un aullido de placer.

La mañana siguiente era un dolor de cabeza para la policía. Tres asesinatos en una misma noche era algo que los ponía al límite de su capacidad de respuesta.

-Teniente, tengo los exámenes de las víctimas de anoche; informó el forense.

-Voy para allá; respondió el policía.

-Las tres víctimas de anoche fueron asesinadas por las tres lobas; dijo el médico, mientras pasaba los resultados al policía.

-Y cómo ya era de esperar también hay ADN de tres mujeres distintas; observó el teniente.

-La verdad es que no logro entender qué hay detrás de estas coincidencias de sexo; comentó el médico.

-Gracias doctor; se despidió el policía. -Ahora tengo una muy larga lista de posibles sospechosos que revisar.

La lista de personas que habían llegado a la ciudad últimamente era interminable; después de algunas horas, al Teniente Flores le dolían los ojos.          -Tienen que estar aquí; dijo para sí, mientras se preparaba la quinta taza de café. De pronto lo vio; en medio de la lista aparecieron los nombres de una familia de cinco miembros, compuesta por el padre, la madre, dos hijas y un hijo; dos hombres y tres mujeres. Habían llegado a la ciudad poco antes de que comenzaran los asesinatos; el padre era ejecutivo de una empresa transnacional, por lo que debían viajar seguido.

El Teniente Flores tenía un amigo en la Interpol que le debía un par de favores y esta era una buena ocasión para cobrarlos. Al día siguiente recibía en su correo electrónico los lugares en que había estado los últimos años la familia en cuestión.

El ruido que habían producido los asesinatos con los lobos era tan grande que, gustosos los departamentos de policía de todos los países, cooperaron con el teniente Flores, entregándole la información solicitada. No se sorprendió mucho al comprobar que en todos los lugares donde estuvo la familia, hubo casos de muertes producidas por el ataque de  perros salvajes o de lobos.

Sebastián no se percató cuando, desde un automóvil, alguien lo fotografiaba. Frente al colegio de los niños, el policía, a través del lente de su cámara, pudo comprobar lo  hermosa que eran Sandra y Sonia y lo fuerte que parecía ser Rodrigo. Viviana resultó ser muy fotogénica y agradable de retratar para el teniente.

-¿Dónde tienen a los lobos?; preguntaba mientras miraba las fotografía.

Después de varios días de vigilancia, el Teniente Flores conocía de memoria la rutina de la familia; tenían que ser ellos, hasta ahora todo coincidía.

La noche era calurosa, lo que desencadenaba en Rodrigo su instinto depredador. Un vago que había en las cercanías del parque sería una presa fácil. El hombre quedó paralizado de pánico ante la criatura que estaba parada a escasos metros de él. Cuando los músculos se le contraían para saltar, escuchó un aullido a su espalda; rápidamente Rodrigo se volvió y con sorpresa vio un hombre lobo de pelaje negro que brillaba bajo la luz de la luna y lo observaba con sus brillantes ojos de color amarillo. Aterrado el vago escapó dando alaridos histéricos de pánico.

Los dos lobos gruñeron y se lanzaron en una frenética lucha. Rodrigo trataba de hundir sus colmillos en el cuello de su oponente, pero era más alto y fuerte que él. Ambas criaturas rodaban por el suelo; las garras del lobo negro se clavaron en el brazo de Rodrigo, impidiéndole pelear bien. Finalmente su garganta se rompía bajo las fauces del lobo negro.

Un aullido distinto a los escuchados anteriormente se oyó en la noche

-¿Y ese aullido? Hay otro lobo en la ciudad; dijo Sebastián.

-¡Rodrigo!; exclamó Viviana, para luego inclinar la cabeza con lágrimas en los ojos.

La jauría aulló lastimeramente a la luna.

-Teniente venga rápido, por favor; pidió el forense.

-Dígame que los asesinos se entregaron y a mí me van a ascender a capitán; rogó el Teniente Flores al médico.

-Me temo que no; respondió el forense. Las cosas se complican más todavía.

-¿Qué pasa?; preguntó el policía con aire serio.

-La víctima que encontraron esta mañana fue asesinada por otro lobo distinto y el ADN humano hallado en sus heridas no coincide con el de los otros asesinos; explicó el doctor.

-O sea, que ahora tenemos otro loco suelto; exclamó el detective; es decir que, no bastando con cinco, ahora tenemos a seis locos y a seis malditos lobos.

-Aun seguimos teniendo cinco locos sueltos; corrigió el forense.

-Pero usted dijo que hay otro asesino; rebatió confundido el teniente.

-Sí, pero el ADN de la víctima coincide con el de uno de los primeros asesinos.

Desde la muerte de Rodrigo, ya nadie saldría solo de noche. Otro lobo había invadido su territorio. La manada debía permanecer unida para protegerse.

Uno de los sospechosos del teniente había sido asesinado de igual forma en que habían matado a todas las otras víctimas; ¿qué significaba todo aquello?

Daba la impresión de ser una lucha de poder entre bandas rivales, ¿pero qué persiguen?, ¿cuáles son sus negocios? La policía estaba totalmente desconcertada; había entrado un nuevo jugador a la partida.

Por más que buscaba, el teniente Flores no encontraba nada sospechoso en las finanzas de la familia. Aparentemente los asesinatos eran al azar, sin ningún fin lógico; excepto para alimentar a los lobos. Entonces los asesinatos seriales se convertían en una cacería. La ciudad se había convertido en el territorio de caza de una manada de lobos.

La familia, ahora con un miembro menos, caminaba en silencio en medio de la noche. Desde ahora las cacerías serían en manada. Como buenos cazadores que eran, los cuatro percibieron como los observaban. Sebastián olfateó el aire, notando un olor extraño; las orejas de Viviana se movían buscando algún sonido que delatase el escondite de su acosador. El factor sorpresa ya se había perdido; el ataque tendría que ser ahora.

De un salto cayó frente a Sebastián un gran licántropo negro. Dando un salto atrás, Sebastián cambió rápidamente su forma. Los dos lobos gruñían, con el pelaje erizado por la adrenalina, listos para el combate. Las tres mujeres gruñían, con los ojos color dorado muy intenso, pero no se transformaban; la ley de colmillos y garras se los impedía, solo debían esperar alertas.

El choque de las dos bestias fue soberbio; entre zarpazos y mordidas al aire se enlazaron en una formidable batalla, en la cual solo podría haber un vencedor. El lobo gris, que era Sebastián, mordió una mano del lobo negro, el cual aulló de dolor y rabia; un fuerte golpe lanzó al lobo gris al suelo, tirándose sobre él el lobo negro. Una mordedura en un brazo hizo gritar al lobo gris. Las tres mujeres caminaban en círculo gruñendo y cubiertas de sudor. Finalmente todo acabó tan rápido como había empezado. Las fauces del lobo negro lograron atrapar el cuello del lobo gris, terminando con la posición que había sostenido por tantos años.

Triunfante el lobo negro aulló hacia la luna, mientras el lobo gris empezaba a transformarse, dejando a Sebastián tirado sobre el césped del parque, con el cuello roto.

Las tres mujeres agacharon la cabeza en señal de sumisión ante el Teniente Flores. Había un nuevo macho alfa que comenzaba su propia manada con las hembras ganadas en una batalla de garras y colmillos, como la ley lo mandaba.

Con los ojos color dorado brillando, los cuatro aullaron a la luna llena.

 

Llamada de auxilio

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Boris Oliva Rojas

 

 

Llamada De Auxilio

 

-Todos a bordo; dijo Pablo a su familia luciendo su corra de capitán de barco.

-Si papá; gritaron entusiasmados Paola y su hermano Víctor.

-¡Capitán Papá!; corrigió Pablo dándose aires de importancia.

-Perdón, Capitán Papá; respondió Víctor.

Luisa con una sonrisa en los labios se llevó su mano derecha a la sien y saludó a su marido. -A sus órdenes Capitán Papá.

Sería una semana muy entretenida y una experiencia inimaginable para toda la familia. El jefe de Pablo, un multimillonario empresario, le había prestado su joya, como llamaba a su yate de setenta metros de largo de punta a punta, para que paseara una semana con su familia, en agradecimiento por haber descubierto un fraude en que casi cae la empresa y que le habría costado varios millones de dólares.

Como Pablo no tenía ni la más remota idea de navegación, los acompañarían un timonel, un maquinista y un sobrecargo. La familia solo tenía que preocuparse de descansar y disfrutar como reyes.

El clima se pronosticaba soleado para toda la semana y el mar calmado, con una suave brisa. Todo sería de maravilla; las vacaciones perfectas.

Después de la cena, Pablo encontró un libro sobre mitos y leyendas del mar, pasando desde barcos fantasmas, sirenas, piratas, hasta el Triángulo de Las Bermudas. Sería una buena sobremesa; pensó Pablo, le leería algunas historias a la familia. Estaban todos escuchando atentos, cuando entró el sobrecargo.

-Es un interesante libro, señor; pero yo, en todos mis viajes por el mundo, he aprendido historias que no aparecen en él, como por ejemplo la del puerto fantasma; comentó el marinero.

Bastó decir eso solamente para que los niños saltaran de sus sillas.             -Cuéntelos; pidió Víctor. -Sí, por favor; le rogó Paola. -¿Puede?; preguntó Luisa.    -Sí, por supuesto; contestó el marino y acomodando una silla empezó su relato. Todos escuchaban absortos la narración y cuando ésta llegó a su punto más impactante, las luces se apagaron, dejando a la sala de estar sumida en las penumbras; con un grito todos dieron un salto, mientras se escuchaba una risa macabra. La risa cesó y las luces se volvieron a encender. -Perdón, pasé a llevar un botón del control remoto; se disculpó el sobrecargo.

En el puente de mando, el timonel notó en el radar la presencia de otro barco a cierta distancia de ellos; por la velocidad supuso que se trataba de algún yate de algún millonario que aprovechaba el buen tiempo como ellos; lo cual era común en esas aguas y en esa época del año.

La mañana siguiente Pablo y Luisa fueron despertados por las risas de Víctor y Paola, quienes correteaban por la cubierta, bajo la vigilante mirada del sobrecargo.

A la hora del desayuno, el timonel avisó por el intercomunicador que en una hora más atracarían en un puerto para reaprovisionarse de agua fresca.

-¡El puerto fantasma!; gritaron los niños con los ojos encendidos de emoción.

-Me temo que no; dijo el sobrecargo. -Es solo una parada de rutina.

Después de recorrer el puerto y comprar algunos recuerdos, todos volvieron a bordo del yate y continuaron el viaje. El timonel vio en el radar que el otro barco aún se mantenía a la misma distancia de ellos, sin haber cambiado su rumbo ni velocidad.

Tres días de navegación sin ninguna novedad presagiaban las mejores vacaciones de la familia.

La luna llena llenaba de  brillo una mar calmada; una brisa fresca y agradable envolvía a Pablo y Luisa. En el puente de mando el timonel observaba intrigado la pantalla de radar; un punto verde indicaba la presencia del barco que navegaba cerca de ellos. Sin variar su velocidad o su rumbo, le daba la impresión de que los estaba siguiendo a una prudente distancia. Se disponía a tratar de  comunicarse con la otra embarcación, cuando la radio empezó a crepitar.

-¡Mayday, Mayday!; esta es una llamada de auxilio del Yate Calipso, matrícula ZN472G, tenemos personas heridas y nuestro timón se rompió. Necesitamos ayuda urgente. Nuestras coordenadas son 29° 31’ 17’’ Latitud Sur, 71° 45’ 32’’ Longitud Oeste.

El timonel comprobó que las coordenadas correspondían al barco que iba tras ellos. Sabiendo muy bien el procedimiento a seguir en estos casos, viró en 180° dirigiendo su proa hacia la embarcación en problemas. Por altoparlante informó a todos los ocupantes que el cambio de rumbo obedecía a una respuesta de ayuda a una llamada de auxilio de una nave en alta mar.

-Aquí  Yate Aurora respondiendo a su llamada de auxilio, pronto estaremos junto a ustedes; comunicó por la radio de banda marina al otro barco.

Cuando llegaron al otro yate, no se veía rastros de sus ocupantes en la cubierta; el sobrecargo supuso que estarían abajo. Abordaron para socorrer a los heridos Pablo, el mecánico y el sobrecargo. No había nadie abordo; el barco estaba abandonado, pero no perdía su rumbo debido a que estaba conectado el piloto automático. ¿Quién hiso la llamada de auxilio?, el puente estaba vacío. ¿Dónde se fueron todos? Si se tratase de un caso de piratería, las muestras de violencia serían más que evidentes; pero nada, no había rastros de sangre, ni disparos, ni desorden. Lo que hubiese pasado, había ocurrido en forma muy rápida, silenciosa y limpia; esto tendría que ser informado a las autoridades marítimas pertinentes.

Unas cajas, cerca de la sala de máquinas, se movieron cuando el maquinista pasaba por ahí; atraído por el ruido se acercó sigiloso y encontró acurrucada en un rincón a una niña de unos doce o trece años. -¿Pero qué tenemos aquí?, ven señorita, no tengas miedo; dijo el hombre tendiéndole los brazos para que saliera de su escondite; pero cuando trató de tomarla, ella le mordió la mano. -Tranquila quiero ayudarte; le dijo. La niña entonces tomó su mano y se puso de pie, y lo acompañó hasta la cubierta donde aguardaban los otros.

-Encontré solo a esta niña, quien está muy asustada y no habla; observó.

Ya de vuelta  en el yate, el sobrecargo, que además era paramédico, procedió a examinarla, no encontrando nada malo en ella, salvo por su negativa a hablar, causada por algo que la asustó mucho.

Todos a bordo del yate estuvieron de acuerdo en que debían dirigirse de inmediato al puerto más cercano. En eso estaban cuando el yate se estremeció como un animal herido; las luces se apagaron y todos los instrumentos dejaron de funcionar.

-Tiene que ser un cortocircuito en el sistema eléctrico, voy a revisarlo; dijo el mecánico. Dentro de la sala de máquinas había una gran cantidad de humo con olor a plástico quemado; el hombre quedó de una pieza al ver el origen del humo. Un cortocircuito había quemado la placa madre del tablero eléctrico, y con ello todos los componentes que tenía. El problema era agravado por el hecho de que habían apagado el motor un momento para dejarlo enfriar, y ahora, sin electricidad no había forma de echarlo a andar. Tampoco podían pedir ayuda por radio, ya que esta también funcionaba con electricidad. Sin mucho más que poder hacer abajo, subió al puente a informar la situación.

-¿Hay alguna forma de arreglar la falla?; preguntó Luisa.

-No señora, hay que cambiar todo el panel eléctrico y no hay repuestos a bordo. Ni siquiera entiendo cómo puede haberse quemado; contestó el mecánico.

-Puede haber sido una sobrecarga; contestó Pablo.

-Lo veo muy poco probable, pero no se me ocurre ninguna otra explicación; contesto el aludido.

-¿Alguna solución?; preguntó el timonel.

-Tratar de conectar las baterías de emergencia al encendido del motor. Al menos podremos navegar, si logro hacer andar el motor; claro que totalmente a ciegas, sordos y mudos; concluyó el mecánico.

-Bueno, que remedio. Si hasta el siglo diecinueve se guiaban solo con el sol y las estrellas, no veo por qué nosotros no podamos; pensó el sobrecargo y el timonel asintió con la cabeza.

Sin perder tiempo el maquinista se puso a trabajar. Estaba agachado revisando las baterías, cuando sobre una plancha de acero se vio reflejado el rostro de una horrible cosa que babeaba tras suyo. Asustado se giró y todo se volvió oscuridad.

En su camarote, alumbrándose con una linterna, el sobrecargo trataba de poner al día la bitácora de abordo. En eso estaba cuando alguien golpeó su puerta, al abrirla su rostro se puso blanco de la impresión y del susto; pero ya nada más vieron sus ojos.

El timonel llamó al mecánico por la radio portátil; tras varios intentos sin respuesta, trató de comunicarse con el sobrecargo; pero éste tampoco contestó. Después de un rato desistió de sus intentos y volvió a meterse entre los cables de la radio, aunque sabía que sin electricidad no había nada que hacer. No se percató cuando alguien entró sigilosamente al puente de mando; mientras manipulaba los cables pudo ver que sobre la brillante cerámica del piso del puente se reflejaba una cosa horripilante que babeaba junto a él; silencio y oscuridad.

-¿Pablo has visto a los tripulantes?; preguntó Luisa.

-Deben estar tratando de arreglar el yate; respondió éste.

-Sí, supongo que en eso andarán; pensó Luisa.

-Si quieres voy a buscarlos; ofreció Pablo.

-No, déjalo, ya es tarde; vámonos a dormir mejor, mañana nos tendrán buenas noticias; supuso Luisa.

A la mañana siguiente Pablo se dirigió directamente el puente para saber si había alguna novedad. El timonel no estaba en su puesto; tampoco vio al sobrecargo. Supuso que estarían en la sala de máquinas ayudando al mecánico. La sala estaba vacía y Pablo no pudo reaccionar cuando por la espalda, dos manos viscosas se pegaban a su cara; oscuridad y silencio total.

Después de una hora, Luisa se empezó a sentir sola, y también los niños.

-¿Mamá, dónde están los demás?; preguntó Víctor.

-Deben estar abajo tratando de arreglar el barco; contestó Luisa.

Paola tomó un libro de un estante y fue a su camarote a leer. La puerta estaba entreabierta, cuando la cerró algo había  parado frente a ella;  todo a su alrededor desapareció.

Víctor se sintió extraño y empezó a buscar a su hermana melliza. Fue directo al camarote de ella pero no la encontró ahí. -¿Dónde se habrá metido?; se preguntó. Unas manos horribles le sujetaron la cabeza; todo se tornó oscuro.

Luisa se dio cuenta de que algo muy extraño estaba pasando. A medida que pasaban los minutos se dio cuenta de que estaba sola en el barco. Sintió miedo.

¿Dónde estaban sus hijos? ¿Dónde estaba su marido? ¿Dónde estaban los tripulantes?

Corriendo entró al puente de mando. Una radio portátil estaba tirada en el suelo; al agacharse para recogerla pudo ver el reflejo en las baldosas de un horripilante rostro con una boca babeante. Lentamente se volteó y frente a ella vio parada a la niña que el día anterior habían rescatado del yate abandonado; las tinieblas inundaron su mente.

Cuando Luisa despertó no sabía cuánto tiempo había pasado. Repartidos por el piso pudo ver los restos de seis cadáveres, cuyas ropas identificó. Varias horrorosas cosas la rodeaban con sus bocas babeantes mostrando afilados dientes. Un grito de terror se escuchó por todos los rincones del barco.

 

La brisa era suave y el mar seguía en calma. El timonel seguía viendo en la pantalla de radar la señal del otro barco que se movía a cierta distancia, sin cambiar de rumbo ni velocidad. De pronto la radio sonó.

-¡Mayday, Mayday!; esta es una llamada de auxilio del Yate Aurora, matrícula BG4569A, tenemos personas heridas y nuestro timón se rompió. Necesitamos ayuda urgente. Nuestras coordenadas son 29° 31’ 17’’ Latitud Sur 71° 45’ 32’’ Longitud Oeste. El timonel comprobó que las coordenadas correspondían a las del barco que se movía tras ellos; y viró en 180° respondiendo a la llamada de auxilio.

 

 

 

 

 

Pueblo chico 9 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

Pueblo Chico

-Al fin llegamos; dijo Francisco  al resto de la familia. -Este es nuestro nuevo hogar.

Aunque había sido una decisión que habían tomado los cuatro, Juana y Jorge no estaban muy convencidos aún de que este pequeño pueblo lejos de la ciudad sería suficiente para ellos; al fin y al cabo, habían dejado atrás su colegio, sus amigos y toda la diversión que había en la capital. Sin embargo, el papá y la mamá decían que era mejor vivir en un pueblo pequeño que en una ciudad grande, ruidosa, llena de humo y con una delincuencia en aumento.

Mireya se sentía como una niña con vestido nuevo. Siempre había deseado vivir lejos de la ciudad.

-Bueno familia, esta es nuestra nueva casa; dijo ella.

La propiedad era una casa de cuatro habitaciones, un gran living, una sala que mamá utilizaría para poder pintar, y una biblioteca qué papá usaría de estudio. Aunque era más grande que el departamento en el que vivían en la ciudad, algo le faltaba según los niños. En el pueblo no había discoteques, cines y mucho menos un centro comercial.

En una semana Juana y Jorge ya se habían integrado socialmente en el único liceo del pueblo.

-¿Qué tal el liceo?; preguntó Francisco a sus hijos.

-Está bien; contestó Juana.

-Lo más entretenido son las cosas que cuentan de la bruja; agregó Jorge.

-¿Qué bruja?; consultó curiosa Mireya.

-Dicen que una tal Miranda es una bruja que hace hechizos, sacrificios y cosas por el estilo; contó Juana, repitiendo lo que le habían contado.

-Al menos algo entretenido tiene este pueblo; opinó Jorge.

-¿Qué más dicen de esa tal Miranda?; quiso saber Francisco.

-Bueno, que es una vieja fea, que vive en la última casa de esta calle y que desde que llegó a vivir al pueblo pasan cosas raras; continuó Juana.

-Lo más raro son las desapariciones que ha habido desde que llegó; siguió Jorge.

-¿Y ustedes creen todos esos cuentos?; les preguntó Mireya.

-Claro que no mamá, pero al menos sirve para entretenerse un poco; rió Juana.

Los días pasaron y sin nada mejor que hacer, la vieja Miranda se convirtió en el tema favorito de los niños.

-Te desafío a ir a la casa de la bruja; dijo un día Jorge a Juana.

-¿Crees que soy una niñita que se asusta con cuentos?; respondió desafiante Juana.

Los dos hermanos se acercaron sigilosamente a la casa; la puerta estaba junta así es que pudieron entrar sin problema. Las cortinas cerradas conferían un aire sobrenatural al ambiente en penumbras del interior. Juana se quedó pegada ante una de las murallas de la sala de estar; varios diplomas de distintas universidades colgaban de ella. En eso estaban cuando la puerta de calle se cerró de golpe a sus espaldas.

Asustados se volvieron y quedaron mudos de la impresión al ver la silueta de una mujer parada frente a ellos, que se acercaba lentamente.

-No deberían entrar sin permiso en una casa ajena; les reprendió la mujer.

-Disculpe señora, nosotros solo…; Juana no terminó de hablar porque la mujer la interrumpió.

-Sí, lo sé, vinieron a ver cómo es la casa de la vieja bruja; dijo la mujer caminando hasta un punto donde daba la luz del sol, mientras se acomodaba su negro y ondulado cabello.

La luz alumbró completamente a la recién llegada. Los niños quedaron impresionados por su aspecto; ante ellos tenían a una mujer de unos treinta y cinco años cuando mucho, de cabellera negra y ondulada, delgada y de un rostro muy agradable. En vez de una vieja bruja, a Jorge le pareció más una actriz de cine o televisión.

-Lo sentimos mucho señora, no teníamos ningún derecho a entrar a su casa; se disculpó Jorge.

-Es cierto, no tenían ningún derecho; repitió la mujer.

-¿Ustedes no son de aquí, verdad?; interrogó ella.

-Llegamos hace dos semanas a vivir al pueblo; respondió Juana.

-Y supongo que querían comprobar personalmente si era verdad lo que cuentan de la bruja; concluyó la mujer.

-Sí, algo así; contestó avergonzado Jorge.

-Al menos deberían decirme sus nombres por respeto; dijo ella.

-Él es Jorge y yo soy Juana; presentó la niña.

-Yo me llamo Miranda; se presentó a sí misma la mujer.

-¿Y qué les ha parecido la bruja?; preguntó sarcástica.

-¡Yo no creo en brujas!, ¡Ni yo!; contestaron ambos niños.

-¿Acaso no conocen el dicho “Yo no creo en brujas, pero de haberlas las hay”?; les preguntó Miranda.

-¡Ja!; rió Jorge.

Juana volvió a mirar los marcos colgados en la pared. -¿Qué son esos?; preguntó.

-Son diplomas de mis estudios. Las brujas debemos estudiar mucho; contestó la mujer. -Vengan, les voy a mostrar la cueva donde hago mis hechizos y pócimas; los invitó mientras habría una puerta que permanecía cerrada con llave.

Los niños entraron algo nerviosos; cuando Miranda encendió la luz, se maravillaron. En un escritorio había una computadora; largos mesones estaban llenos de matraces, redomas, tubos de ensayo, mecheros, balanzas, equipos electrónicos y dos microscopios; en unas jaulas había algunos conejos, con gráficos y datos a su lado.

-Pero si esto es como un laboratorio; exclamó Jorge mientras miraba por uno de los microscopios.

-Es increíble, dijo Juana mientras miraba los números que aparecían en la pantalla de la computadora.

-En realidad sí es un laboratorio; dijo Miranda, mientras de un colgador tomaba una blanca bata en la que se leía Doctora Miranda Cortez; Facultad de Ciencias; Universidad de Madrid.

-¿Es una científica?; preguntó emocionada Juana.

-¿Y qué investiga?; quiso saber Jorge.

-De a uno niños; trató de controlar la lluvia de preguntas que veía venir. -Sí, soy científica; estoy investigando nuevas anestesias sacadas de plantas que crecen en esta región. Supongo que es porque  junto plantas y cazo conejos que los niños de los alrededores creen que soy bruja; meditó para sí misma.

-Sí, es que en los pueblos chicos la gente es muy supersticiosa; dijo Juana.

-Supersticiosa y tonta; agregó Jorge.

-Bueno niños, sus padres ya deben estar preocupados por ustedes; observó Miranda viendo la hora en un reloj en la pared.

-Es cierto; notó Juana.

-¿Podemos venir otra vez?; preguntó Jorge.

-Cuando quieran, pero pídanle permiso a sus padres; consintió la mujer.

-Derecho a casa y pórtense bien, o la bruja los va a ir a buscar; dijo Miranda, poniendo cara de mala.

Todos rieron de buena gana y se despidieron con un gesto de la mano.

Durante los siguientes días, después de terminar sus deberes escolares, Juana y Jorge se iban a casa de Miranda; donde ella les contaba de sus experimentos y les enseñaba algunas cosas de ciencias; lo cual redundó en un aumento en las notas de los niños en matemáticas y ciencias; y eso tenía contentos a los papás de ellos. Una tarde pasó Francisco a buscar a sus hijos a casa de la científica.

-Hola, tú debes ser Francisco, el papá de estos listos muchachitos; saludó Miranda.

-Hola, sí, soy yo. Vaya, no eres el tipo de bruja que esperaba encontrarme precisamente; contestó él a modo de saludo.

-Voy a tomar eso como un cumplido; contestó ella jugando con su cabello.

Esa noche Francisco soñó con Miranda, pero prefirió no comentárselo a nadie.

Las noches siguientes los sueños se repitieron y fueron aumentando de intensidad. En uno de ellos, Francisco se veía caminando en medio de la noche y entrando en la casa de la mujer, cuya puerta se cerraba tras él.  Durante todas las noches de esa semana ese sueño se repitió.

La lluvia de los últimos días había formado un gran barrial en la calle. Mireya estaba de muy mal humor; alguien había entrado en la noche con los pies llenos de barro. Siguiendo  las pisadas, encontró los zapatos de Francisco sucios.

-¿Dónde fuiste anoche?; preguntó Mireya a Francisco.

-¿Yo?, no he salido a ninguna parte; contestó él.

-Mira tus zapatos y el suelo; le mostró Mireya.

-Pero no entiendo; no recuerdo nada. Lo único es que llevo una semana soñando que salgo a caminar en la noche; respondió él.

-¿Sonámbulo?; conjeturó Mireya.

-No creo,…no lo sé…; contestó confundido Francisco.

-Creo que es necesario consultar un médico; sugirió Mireya a su esposo.

El diagnóstico del médico indicó que Francisco estaba padeciendo de un caso de sonambulismo provocado por estrés; nada serio ni difícil de controlar con unos cuantos calmantes.

Extrañamente, los niños que siempre habían sido tranquilos y obedientes, se empezaron a tornar agresivos y muy rebeldes. Esta alteración de comportamiento, Mireya la asoció al cambio de ambiente y de rutina que implicaba el cambiar de pueblo, colegio y amigos; y esto también podía explicar el estrés y sonambulismo de Francisco.

Juana y Jorge llegaron sin aviso a casa de Miranda; era cerca de las diez de la noche. La puerta estaba abierta, el laboratorio cerrado; la dueña de la casa no parecía encontrarse en ella. Al final del pasillo, los niños escucharon voces que venían desde un sótano que no sabían que existía; curiosos empezaron a bajar las escaleras. Lo que vieron les pareció sacado de una película; parada junto a una mesa de piedra estaba Miranda, empuñando un cuchillo sobre el pecho de una joven inconsciente; un gran caldero hirviendo, un pentagrama gravado en el suelo, la estatua de una especie de demonio a la cabecera de la mesa y las antorchas que iluminaban lo que parecía ser una caverna, conferían a la escena un aire surrealista. Al percatarse de la presencia de los niños, la puerta del sótano se cerró y la hoja del cuchillo se clavó en el corazón de la mujer; justo en ese instante el contenido del caldero se agitó violentamente y los ojos de la estatua se iluminaron; el cabello de Miranda se mecía movido por un viento inexistente.

-Creo que han descubierto mi pequeño secreto niños; habló la bruja.

Los niños estaban aterrados; las habladurías que circulaban por el pueblo en torno a la bruja eran ciertas. No sabían cuánto tiempo había pasado, de pronto la puerta del sótano se abrió y con paso lento, Juana y Jorge vieron descender a su padre por la escalera, el cual parecía estar dormido.

-Esta noche va a ser muy especial; dijo Miranda. -Gracias a ustedes hoy tendremos tres sacrificios más para ofrecer al señor de las tinieblas.

Sin poder resistirse, Juana caminó hacia la mesa de piedra, que ahora estaba extrañamente vacía y se acostó en ella. La bruja levantó el cuchillo y cuando estaba por clavarlo en el corazón de la niña, la puerta del sótano se abrió de golpe y el puñal voló de su mano. La hechicera miró hacia la puerta abierta.

-¡Mireya!, ha pasado mucho tiempo desde la última vez; saludó Miranda.

-Veo que has cambiado tu nombre Kasandra; contestó a modo de saludo la madre de los niños, que yacían inconscientes.

-Ya sabes que la gente sospecha cuando una no envejece; contestó Kasandra.

-Me temo mucho que no podré permitir este sacrificio querida hermanita; dijo Mireya.

Ante un gesto de Kasandra el puñal voló hacia Mireya, pero éste se desvió y clavó en una pared  antes de tocarla. Kasandra fue lanzada lejos por un gesto de Mireya. De igual forma, Kasandra derribó a la madre de los niños. El contenido del caldero hervía con violencia en medio de la batalla de las dos brujas.

-Lo siento mucho hermana, pero no saldrás viva de aquí; ni tu familia tampoco; amenazó la bruja Kasandra. Una esfera de luz salió del anillo de Kasandra y voló hacia Mireya, que aún se encontraba en el suelo, quien levantando una mano, la cogió y apagó en su palma.

Sin que Mireya se percatase, Francisco tomó el puñal que había quedado clavado en el muro y se dirigió con él en alto  por detrás de su esposa. Cuando estaba a punto de clavárselo en la espalda, la bruja se volvió y en un gesto instintivo puso  la mano por delante y Francisco fue lanzado contra la pared, quedando sin sentido.

-Ya te lo dije Kasandra, no permitiré este sacrificio; dijo Mireya furiosa poniéndose de pie y avanzando se paró en el centro del pentagrama. -Recuerda que solo puede haber una bruja en un pueblo.

Levantando los brazos al aire, las llamas de las antorchas volaron por toda la cueva y empezaron a girar alrededor de Kasandra y ante un gesto de Mireya, como si aplastara algo en el aire, éstas golpearon a Kasandra, envolviéndola en llamas.

Los gritos de dolor de la bruja llenaron la cueva; el caldero hervía con fuerza y los ojos de la estatua fulguraban intensamente.

-Ya te lo dije hermana, solo puede haber una bruja por pueblo; repitió Mireya.

Francisco y los niños fueron despertados en sus camas por las sirenas y luces de los bomberos que acudían a apagar el incendio en la casa de la científica Miranda Cortez.

En su mano derecha Mireya lucía el viejo y extraño anillo que su madre le regalara hace años.

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Amor De Madre 8 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Amor De Madre

-¿Mamá, puedo ir al paseo con Timi a la cabaña de los papás de Frani?; preguntó Marcia con tono seguro de que así sería; es que con sus doce años ella ya podía valerse por sí sola, al menos eso pensaba, además Timi ya tenía diez años y no era un bebe.

-¿Qué opina tu padre?; preguntó Isabel.

-Dice que está bien pero que te pregunte a ti; contestó la niña.

Dos semanas en el campo a los niños les haría bien, el contacto con la naturaleza siempre es bueno, sobre todo a esa edad, pensó la madre; además serían dos semanas de descanso para ella también.

-Está bien, pueden ir, pero se cuidan y no hagan demasiadas travesuras y recuerden respetar la naturaleza; autorizó Isabel.

El sábado por la mañana Frani y su familia pasaban a buscar a Marcia ya Timi. Isabel despidió con un  beso en la frente a cada uno. -Por favor llámame por tu celular todas las noches; pidió a su hija mayor.

-Descuida mamá, yo te llamaré; contestó ésta ansiosa de partir ya.

Cuando el vehículo se perdió de vista, Isabel se volvió hacia su marido y lo abrazó. -Al fin dos semanas solo para nosotros dos; y lo besó.

Isabel trabajaba desde su casa como decoradora de exteriores; con dos hijos, un marido y treinta y cinco años bien llevados, sentía que no le faltaba nada; aunque a veces recordaba con cierta nostalgia su vida pasada junto a sus padres, hermanas y hermanos.

Todas las noches durante cinco días, Marcia llamaba para contarle lo que había hecho durante el día y para acusar a Timi de las “maldades” que no dejaba de hacer. Aunque Isabel sabía que en realidad era su hija quien comenzaba todas las travesuras; es que al fin y al cabo era la versión en pequeño de ella y no podía ser de otra forma, y realmente Isabel no quería que fuese distinta y menos traviesa. Las travesuras, según ella, estaban bien, eran una muestra de un espíritu libre y una mente abierta.

La siguiente noche el teléfono no sonó, ni la siguiente. -¿Por qué no me habrá llamado?; preguntó Isabel algo inquieta a su marido.

-Se le habrá olvidado; pensó Tomás.

Isabel marcó el número de Marcia, pero no hubo respuesta.

-Se habrá quedado sin batería; comentó Tomás para tranquilizar a su esposa.

A la noche siguiente sonó el teléfono, Isabel contestó rápido.

-¡Mamá ayúdanos!; se escuchó la voz de Marcia que hablaba casi susurrando. Se oyó un chicharreo y la comunicación se cortó.

-¡Hija! ¡Hija!, ¿Marcia qué ocurre?; contestó casi gritando Isabel, pero la llamada ya se había cortado.

-¿Qué pasa?; preguntó alarmado Tomás.

-Marcia pidió ayuda en voz muy baja, como si no quisiera que la escucharan, luego el teléfono se cortó; explicó la madre.

-Será una de sus bromas; opinó el padre.

-Esta vez no. Sentí miedo en su voz; replicó Isabel.

-Bueno, vamos donde los Reyes entonces a averiguar que pasa; decidió Tomás.

Tomás conducía rápido por la carretera que salía de la ciudad; a su lado, Isabel tamborileaba con los dedos, con los ojos fijos en el camino pero con la mirada muy distante.

-Ya verás que todo es un mal entendido; trató de calmarla él.

A las tres horas de conducir al fin llegaron a la cabaña de la familia Reyes, compuesta por Rosalba, Andrés y su hija Francisca de trece años. La luz estaba encendida; al golpear la puerta, ésta se abrió sola; en el interior el silencio era total, nadie había. Muebles volcados, vidrios rotos; todo indicaba que se había producido una pelea; sin embargo, no había rastro de los ocupantes.

-¿Qué ocurrió aquí?; preguntó Tomás.

-Debo encontrar a mis hijos; dijo en voz alta Isabel, más para sí que para su marido.

Ella salió de la cabaña y se acercó al borde del bosque, permaneciendo quieta y mirando hacia el interior de éste; de vez en cuando hacía un gesto con la mano.

-¿Con quién hablas?; preguntó Tomás.

-Con nadie, solo trataba de ver algo, lo que fuese; explicó Isabel. Una sombra se escabulló silenciosa entre los árboles.

-Vamos a buscarlos; pidió a su esposo.

-Mejor en la mañana, cuando esté más claro; aconsejó él.

-¡No! ¡Ahora!, ¡Vamos ahora!; insistió agitada Isabel.

-Está bien, deja ir por unas linternas; aceptó Tomás.

Apuntaron las linternas hacia abajo tratando de encontrar algún rastro. Isabel se movía con mucha soltura entre los matorrales, ramas y troncos caídos. De pronto, enganchado en una rama Tomás encontró un pañuelo.

-Es de Marcia; reconoció inmediatamente Isabel. -Pasaron por aquí. Son tres niños, una mujer y cinco hombres, cuatro de ellos llevan botas de cazar; dedujo ésta, tras revisar el suelo con la mano.

-No sabía que pudieses seguir un rastro en medio de un bosque en la noche; comentó admirado Tomás a su esposa.

-Te sorprendería lo que puede hacer una madre por sus hijos; respondió ella.

Unos cien metros más adelante hallaron el reloj de Timi. -Nos están dejando una pista; observó el padre.

-Tenían que ser hijos míos; dijo orgullosa Isabel.

Después de unos minutos, la mujer se agachó ante el celular de su hija; alguien lo había pisado hasta romperlo. La respiración de Isabel estaba agitada y en sus ojos se veía la rabia que la inundaba.

En una ruinosa cabaña en mitad del bosque había un niño, dos niñas, un hombre y una mujer amarrados sentados en el suelo. Sus captores, cuatro hombres armados con pistolas y un rifle. -Es una lástima que estos chiquillos nos hayan visto enterrar el dinero y matar a los guardias del camión blindado; comentó uno.

-Yo no voy a volver a la cárcel; dijo otro. -Vamos a tener que deshacernos de ellos; concluyó el que parecía ser el jefe.

A mucha distancia de ahí, Isabel miró hacia donde se hallaba la cabaña.      -Ya sé dónde están. Vamos por ellos; dijo muy decidida.

-Vamos por la policía mejor; sugirió Tomás más reflexivo.

-No hay tiempo; insistió la mujer.

-Pero razona ¿Qué vamos a poder hacer  tú y yo?; trató de disuadirla.

-Si quieres me acompañas; además, esto es personal, no quiero policías; concluyó Isabel, cuya voz se oía muy amenazante ahora.

La mujer avanzaba corriendo por el bosque a mucha velocidad, Tomás apenas podía seguirle el paso. Casi veinte minutos después, llegaron  cerca de la destartalada cabaña que servía de escondite para los delincuentes. A pesar de la distancia recorrida y la velocidad de la carrera, Isabel no se veía afectada; mientras que Tomás sudaba copiosamente y sentía náuseas y deseos de vomitar  por la falta de aire y el agotamiento.

-Ahora me encargaré yo, por favor no trates de hacerte el héroe; le pidió a su esposo mientras lo besaba.

-¿Qué pretendes hacer?, si eres más débil que yo; le recordó Tomás.

Isabel no dijo nada; solo se apoyó en el tronco de un viejo árbol.

Sarcillos que salían del árbol comenzaron a enrollarse por el brazo de Isabel, recorriendo todo su cuerpo. Ya no estaba vestida con el veraniego vestido de hace un rato; una blusa negra sin botones, pantalones y botines también negros; la blusa quedó ceñida a su cintura por una enredadera que la sujetó como un cinturón y colgando de éste un afilado puñal con extraños diseños en su hoja y empuñadura. Si esto tenía atónito a Tomás, lo que seguía le parecería un sueño o una pesadilla.

Los ojos de Isabel adquirieron un profundo color oscuro, su rubio cabello se volvió intensamente negro, mientras que sus orejas extendían sus bordes hasta terminar en punta.

La realidad para Tomás se había disuelto ante sus ojos y como pudo logró que de sus labios salieran palabras.

-¿Quién eres?, ¿qué eres?; preguntó a la mujer con quién hasta unos minutos atrás había compartido su vida durante los últimos trece años.

Tratando de oírse lo más tranquila posible la extraña habló. -Aunque ahora no lo parezca, sigo siendo tu esposa que te ama y la madre de tus hijos.

-¡Esto es una locura!, no puede ser  real todo esto; exclamó Tomás.

-No estás loco, y si es real todo esto; respondió ¿Isabel? -Después  contestaré todas tus preguntas, ahora rescatemos a los niños.

Un fuerte viento abrió la puerta de la cabaña, pero nadie había en la puerta; los bandidos no vieron los sarcillos, gruesos como cuerdas, que se arrastraban por el suelo, los cuales se enroscaron en sus piernas y con un brusco tirón los hacían caer y los arrastraban hacia el bosque en medio de sus gritos.

Uno de los delincuentes logró zafarse de su atadura y corrió como quien ha visto al diablo; sin embargo, de nada valió su esfuerzo, a unos metros de haber corrido, caía con un puñal clavado en su espalda.

Las amarras de los otros tres malvados se soltaron, dejando libres a sus presas; los cuales se internaron más en la negrura del bosque, cada uno corriendo según sus propios pasos sin ningún rumbo; solo querían escapar. El segundo vio que una extraña mujer de cabello negro como la noche más oscura se aproximaba lentamente hacia él; apresuradamente sacó una pistola de su pantalón y apuntó hacia la extraña. Tras un movimiento de una mano de ella, una rama golpeó violentamente el brazo del asaltante, botándole el arma. Una larga rama se enrolló en el cuello del aterrado hombre; la perseguidora levantó una mano y la rama se elevó con su prisionero colgando; la mujer giró una mano en el aire y se escuchó el claro sonido de huesos que se rompían. El hombre dejó de moverse.

Una afilada rama se proyectó contra otro de los bandidos, atravesando su corazón; la mujer observaba cerca, acariciando la empuñadura de su ensangrentado puñal mientras pensaba. El último recibiría algo especial.

Agotado, aterrado y desorientado, el asaltante veía todo girar a su alrededor. De pronto sintió que sus manos eran atrapadas y era arrastrado hasta quedar con la espalda pegada a un árbol.

La mujer se acercó  a él y con voz melodiosa, pero no por ello menos terrible, le dirigió la palabra. -No  me importa lo que le pase a los demás humanos, pero ¿por qué tenías que meterte con mis hijos?; por ello nunca saldrás con vida de este bosque y puedo asegurarte que tus últimos momentos serán infinitamente agónicos. Voy a verte morir y voy a disfrutar cada instante.

Cuando hubo cayado la mujer, una rama tapaba la boca del asaltante, de tal forma que no podía ni hablar ni gritar. Varias ramas empezaron a enrollarse por todo el cuerpo de éste hasta cubrirlo completamente, pero sin apretarlo; la muerte sería lenta por asfixia. La mujer miraba tranquilamente, hasta que se marchitaron las últimas hojas de la mortaja mortal.

Todas las viejas leyendas eran distintas, pero todas coincidían en lo mismo; a quién hiciese enojar a un elfo oscuro, una dolorosa muerte lo alcanzaría. Esa noche las leyendas cobraron vida. Una joven elfa oscura había conocido el amor de un mortal y decidió vivir una vida de humana a su lado; sin embargo, la elfa dormía y esa noche había despertado cuando cuatro malvados decidieron atacar a su familia, condenándolos a una muerte que solo esos seres podían ejecutar.

Una hora después Isabel regresaba junto a su marido, idéntica a como él la conocía, vistiendo el mismo vestido que llevaba todo el día usando.

-Por favor vamos por los niños; solicitó ella cabizbaja. -Después habrá tiempo para decirte todo; sé que tienes demasiadas preguntas y las contestaré todas.

Tomás estaba demasiado confundido como para oponerse a ella.

Entraron ambos corriendo a la cabaña. Presurosa  Isabel desató a Marcia y a Timi, al tiempo que los abrazaba y llenaba de besos. Tomás se preguntaba si esa era la misma y extraña mujer que había ejecutado a los secuestradores de sus hijos, o solo lo había soñado. Tomás por su lado desataba a la familia Reyes. Todos se abrazaron y lloraron unos minutos; de alguna forma habían sobrevivido al secuestro de cuatro asesinos.

-Volvamos a su cabaña; sugirió Tomás a Andrés Reyes.

Cuando llegaron a la cabaña Isabel ya tenía claro que debía hacer. Los humanos no podían saber de la existencia de los elfos oscuros. Cuando todos estuvieron dentro, Isabel sopló sobre el rostro de cada uno, excepto de Tomás.

-Duerman, mañana tendrán solo recuerdos agradables de estos dos últimos días; les habló suavemente Isabel. -Tú esposo mío no olvidarás nada, porque conocerás toda la verdad. Levantando los brazos, la cabaña volvió a estar tal como antes del ataque de los asaltantes.

Mientras todos dormían, Isabel comenzó su historia. -Mi nombre es Ethiel; como habrás notado no soy humana, pertenezco a la raza de los elfos oscuros. Hace casi catorce años te vi por primera vez en el monte donde acampabas; durante dos noches te observé, luego cuando bajaste al bosque te seguí, así estuve por siete días. Me gustaste y sabía que quería estar a tu lado siempre. Claro está que mi familia se opuso pero, como sabes, siempre me salgo con la mía. Me enamoré de un humano y deseé vivir como una; cambié mi apariencia y me acerqué a ti como Isabel. El resto ya lo conoces porque es nuestra vida juntos; terminó de hablar Isabel con la cabeza gacha.

El cerebro de Tomás estaba empezando a aceptar esta nueva realidad.

-¿Abandonaste tu vida pasada y a tu familia solo por mí?; preguntó al fin Tomás.

-¡No!; contestó Isabel. -Más bien, junto a ti encontré la felicidad y formé mi propia familia.

Isabel se sentía y se veía cansada por primera vez en el día. Tomás se acercó a ella y le tomó una mano, ella apoyó su cabeza en el hombro de su esposo y cerró los ojos.

Al otro día todos estaban desayunando, cuando se estacionó un automóvil fuera de la cabaña. Marcia saltó de golpe. -¡Mamá, papá!; Tomás y Isabel descendieron con una mochila cada uno.

-¿Caben dos huéspedes más?; preguntó la recién llegada a Rosalba y a Andrés.

-Claro que sí; contestó Andrés Reyes.

-Vengan a tomar desayuno; los invitó Rosalba.

Isabel podía descansar; estaba junto a su familia y amigos. La elfa oscura podía descansar.

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 5 y final – Un Grito en la Noche 7 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 5
Un Grito En La Noche

La  neblina le daba un aire muy especial a la noche de Paris, hasta mágico. A Francine le encantaba adentrarse en la niebla y sentir la suave humedad en su cara.

Ya era cerca de las diez de la noche y empezaba a sentir hambre. Dejó que su olfato la guiara; a poco andar vio a un hombre que caminaba solitario por el parque. Caminó hacia él haciendo el mayor ruido posible con sus pies, quería que la escuchara. Al pasar junto a él lo miró en forma coqueta y siguió avanzando sin mirar atrás, sabía que el hombre la estaba mirando y eso le gustaba. Caminaba lentamente, deteniéndose de vez en cuando invitándolo a que la siguiera. Él caminaba ansioso detrás de ella. En un árbol que había a unos cien metros, Francine se apoyó aguardándolo; pronto cenaría.

Cuando el hombre estaba a unos veinte metros de ella, frente a él se hiso presente una mujer vestida con un largo vestido blanco, la mujer dio un horrible grito que hizo que el hombre callera muerto, sangrando por oídos, ojos y nariz. Francine molesta se acercó con pas

-¡Oye tú!, caza tu propia comida; le gritó muy enojada.

La mujer se volteó mostrando un rostro muy pálido, con ojos rojos rodeados de ojeras. Abriendo una descomunal boca lanzó un grito tan agudo que casi le rompe los oídos a Francine, luego escapó tan rápidamente como había aparecido; la vampiresa se sintió algo mareada un rato, pero la gran fuerza y resistencia de su raza evitó que terminara igual que su presa.

Francine se alejó lo más que pudo del parque y al otro lado de la ciudad cazó rápido, sin juegos, sin acoso, solo velocidad y muerte. Confundida llegó a la casita en la que vivían María y Ana desde hace un tiempo, ellas habían vuelto recién de su casería. Cuando le abrieron la puerta Francine estuvo a punto de desmallarse; la llevaron a la habitación y la recostaron en la cama.

-¿Francine qué ha pasado? ¿Te has alimentado a tiempo?; preguntó María preocupada.

-Me gritó; dijo Francine con voz entrecortada.

Ana mientras tomaba su teléfono celular y llamaba al médico.

-¡Doctor Lacroix!, venga enseguida a mi casa; es Francine, algo le ocurre. Está prácticamente desmallada, parece que algo la atacó, habla de un grito. Dese prisa por favor; lo apremió Ana.

En cinco minutos el Doctor Lacroix golpeaba a la puerta.

-Pase doctor, está recostada en la cama; dijo Ana mientras lo conducía al dormitorio.

-Francine, ¿sabes dónde estás?; preguntó el doctor mientras revisaba sus pupilas con una linterna.

-Con María y Ana; respondió la doncella.

-¿Sabes quién soy yo?; preguntó el médico.

-Brad Pitt; trató de reír la joven vampiresa. -¡Hayy!, me duele mucho la cabeza y los oídos.

De a poco Francine se sentó en la cama.

-¿Sabes qué te pasó hija?; preguntó Lacroix.

-Estaba cazando en el parque al otro lado de la ciudad y la verdad es que me estaba divirtiendo mucho; cuando estaba por atrapar a mi presa, una mujer se puso delante de él y dio un grito muy intenso; el humano cayó muerto sangrando por ojos, oídos y nariz. Pensé que se trataba de otro vampiro y me acerqué para reclamar mi presa; pero cuando estaba encima casi, la mujer se volvió hacia mí, tenía el rostro más pálido que un vampiro recién convertido, ojos rojos rodeados de ojeras rojas, era muy delgada, tenía una boca muy grande; cuando me vio me gritó muy fuerte, los oídos me zumbaron y me sentí mareada; explicó Francine.

-¿Era un Nosferatu?; consultó el doctor, recordando su pasada aventura.

-No, definitivamente no era un vampiro; dijo la maltrecha vampiresa.

-Una ambulancia está llegando doctor; avisó María.

-Es nuestra. Francine debe ser examinada en forma más cuidadosa; explicó el médico.

La ambulancia se dirigió a una pequeña clínica privada en las afueras de París; introdujeron a Francine en una camilla, aunque ella insistía en caminar. La recepcionista saludó cortésmente al Doctor Lacroix, quien respondió con un ademán; les hizo pasar a un pequeño cubículo de exámenes.

-Hummm; murmuró Ana decepcionada.

-¿Encuentras muy pequeña la clínica?; preguntó el médico.

Un muro se abrió dejando a la vista un ascensor oculto. Cinco pisos más abajo, la clínica parecía más una instalación futurista que un hospital.

Francine fue sometida a exámenes que María ni siquiera sospechaba que existieran; la resonancia magnética y el escáner indicaron que solo había sufrido una leve inflamación de sus nervios auditivos.

-Francine, este es el Doctor Ferrer, el neurólogo que te atendió; presentó el Doctor Lacroix.

-¿Qué me pasó?; quiso saber la muchacha.

-Sufriste un shock acústico severo, que provocó una inflamación de los nervios auditivos, por eso el dolor de cabeza y oídos, pero en unos días estarás bien; explicó el Doctor Ferrer. -Solo porque eres vampiro sobreviviste, a un humano le habría convertido el cerebro en papilla.

A esa misma hora en una solitaria calle, una mujer era acechada por un vampiro; cuando estaba por clavar sus colmillos, un horripilante grito lo hizo caer de dolor; la humana yacía boca arriba sangrando por nariz y oídos. El vampiro alcanzó a pulsar una tecla de emergencia en su celular y cayó desmayado.

A su llamada de auxilio llegó un vehículo médico furtivo; pero ya pasaban dos minutos de la medianoche. La impresión para el personal paramédico fue intensa; hacía siglos que no se tenía noticias de una muerte accidental en su raza. El cadáver fue conducido hasta el quinto subterráneo de la clínica privada de París.

-Vamos al palacio, pidió el Doctor Lacroix a Ana y María. La Princesa ha ordenado un acuartelamiento general en la ciudad; nadie sale a cazar hasta que pase esta situación; la alimentación se realizará mediante sangre envasada; comunicó mientras salían.

En Grecia el operador de comunicaciones saltaba de su sillón. -General Sartorius, general; comunicación encriptada de La Rosa Negra, Código Omega Nivel Dos; avisaba muy afligido.

La pantalla se iluminó, gotas de sudor perlaban la frente de Lizbeth Laberne; el general de la Fuerza de Respuesta Biológica percibió la preocupación de la Princesa, y acostumbrado a ir directo al grano, no quiso perder tiempo en formalidades.

-Infórmeme Alteza. ¿Qué ocurre?

-Hace unas horas dos ciudadanos nuestros, un hombre y una mujer, fueron atacados mientras cazaban, sufriendo daño acústico, tuvieron que ser trasladados a nuestras instalaciones médicas, afortunadamente la mujer se recuperará; sin embargo, el hombre no tuvo tanta suerte, pues cayó inconsciente y no alcanzó a alimentarse a tiempo, los paramédicos llegaron demasiado tarde. Por otro lado, su atacante de un solo grito diluyó el cerebro de las presas de nuestros compatriotas. He puesto la ciudad bajo ley marcial para los vampiros; nadie saldrá a cazar hasta nueva orden; la alimentación será mediante sangre envasada. Y es ahí donde entra usted General Sartorius; la producción y envío de sangre a París debe aumentarse al máximo; explico la Princesa. -General, no me importa cuántos humanos tenga que usar, ni qué métodos deba utilizar. Tiene carta blanca; concluyó Lizbeth.

-Alteza, hemos desarrollado la tecnología para que cada humano prisionero en nuestras instalaciones pueda producir cincuenta litros percápita de sangre en tres días. Las plantas productoras están totalmente  operativas. Las reservas serán enviadas a París en seguida. Puede contar con ello Madame; informó a su vez el oficial.

-No esperaba menos de usted general; asintió Lizbeth.

-Necesito otra cosa General. ¿Cuán hábiles son sus bioingenieros?; preguntó la Princesa.

-Son los mejores del mundo Alteza; respondió el oficial seguro de su personal.

-Bien, necesito que desarrollen un sistema de bloqueo para protegernos de ataques ultrasónicos de alta amplitud. Hasta donde sabemos, es un grito de ultra frecuencia que a nosotros nos produce un shock acústico severo que inflama los nervios auditivos, produciendo un intenso dolor de oídos y cabeza, mareos y desorientación; a los humanos, según comprobamos, les licúa el cerebro; concluyó al fin Lizbeth.

-Los tendrá lo antes posible alteza, mientras tanto que sus soldados apaguen los sensores acústicos de sus cascos y usen comunicación telepática; sugirió el general. -Bien; si no hay nada más Princesa, me retiro, ya que hay demasiado trabajo que hacer.

-Gracias general; se despidió Lizbeth y cortó la comunicación.

Grupos de soldados ocultos en modo fantasma recorrían la ciudad en busca de la peligrosa mujer, pero en dos días no había dado signos de actividad. Cuando una de las patrullas se disponía a volver a su base, escucharon un terrorífico grito que provenía de dos calles de ahí. En un parpadeo los soldados llegaron junto a la víctima, era un hombre de unos cuarenta años, el que yacía sangrando por los oídos. Afortunadamente solo se trataba de un humano; en las cercanías no había rastros de la asesina.

El mortal grito fue grabado por los nano sistemas de los trajes de combate de la patrulla. Sin pérdida de tiempo la Coronel Laberne ordenó que se transmitiera a las instalaciones en Grecia, de la Fuerza de Respuesta Biológica para su análisis.

A los pocos días de recibida la grabación, bloqueadores acústicos calibrados en la frecuencia del grito eran embarcados en un Vampiro Fantasma, junto a un regalo personal del General Sartorius para la Princesa. Una vez despegada la nave, el alto oficial se comunicó con su superior.

-General Sartorius; saludó Lizbeth. -¿Qué novedades tiene?

-Princesa, prepárese para recibir en unos minutos un envío de bloqueadores acústicos para sus subalternos, calibrados para neutralizar las ondas sónicas en la frecuencia del grito, además incluí un regalo que creo será de su agrado; contestó Sartorius.

-¿Un regalo? ¿De qué se trata?; preguntó ella.

-Es un anulador de emisiones sónicas, calibrado en un rango que incluye la frecuencia del grito; ampliamos el campo de acción en caso de que este pudiese ser alterado a voluntad. Pónganselo en el cuello a esa mujer y no podrá atacar  con su grito; explicó el general.

-Lo felicito. Está justificando con creces su ascenso general; observó la Princesa.

-Esto es un trabajo en equipo, sin mis colaboradores yo no soy nadie Alteza; concluyó con modestia el oficial.

Esa noche todas las patrullas de las Fuerzas Especiales estaban protegidas con bloqueadores acústicos en sus cascos. La cadete Ana Eguigurren participaba en su primera patrulla; el silencio en las calles era sepulcral, la atmósfera se podría haber cortado con un cuchillo; sin embargo, ella estaba consciente de  su habilidad y confiaba que el entrenamiento recibido hasta ahora debería ser suficiente. Dicen que en la excesiva confianza está el peligro…

Caminaban ocultos por el parque donde tuvo lugar el primer ataque, todo estaba en calma; a unos seiscientos metros una prostituta buscaba clientes en la noche. De pronto, de la nada apareció una mujer con un largo vestido blanco que se paró frente a la desafortunada y lanzando un horrible grito la hizo  caer sin vida. Los soldados rápidamente se pusieron en acción; la mujer al verse rodeada gritó sobre ellos; los protectores funcionaron a la perfección. Al ver que nada pasaba, la mujer lanzó un nuevo grito de longitud de onda variable en una frecuencia más alta. El soldado que recibió el golpe cayó de rodillas con las manos en los oídos. En cinco segundos seis vampiros enfundados en trajes negros como mármol, yacían retorciéndose de dolor. Ana intentó escapar saltando rápidamente hacia los árboles, pero fue derribada por un golpe de sonido.

-¡Nos atacan!; se escuchó la voz de Ana por un altavoz de la base, junto con un mortal grito.

María, que se encontraba junto al Doctor Lacroix y la Princesa Lizbeth desapareció en un parpadeo y junto con ella el dispositivo para neutralizar a la mujer.

-Mocosa impertinente; gruñó el médico.

-Que salga una unidad furtiva ahora; ordenó  la Princesa.

Al llegar al parque María vio como Ana era derribada cuando intentaba escapar hacia los árboles. La mujer se aproximó hacia Ana y se dispuso a darle el golpe de gracia; de pronto se oyó una explosión y un fuerte viento surgió. La mujer se vio levantada en el aire; María corrió tan rápido que rompió la barrera del sonido y la sostenía por el cuello. La extraña golpeó con el brazo a María haciéndola caer al suelo; junto a ella abrió grande su horrible boca, pero ningún sonido salió de ella; la vampiresa había logrado ponerle el collar y ahora estaba muda. Cuando la mujer trató de huir, se sintió inmovilizada; cuerdas lanzadas por varios vampiros la amarraron. Ana que ya se había puesto de pie abrazaba fuerte a María.

-Eso ha sido lo más estúpido que se te ha ocurrido; le reclamó. -Pero me has salvado.

María no pudo evitar derramar algunas lágrimas por el susto pasado. -¿Más estúpido que decapitar a un Nosferatu con la mano?; preguntó ella.

Sin decir nada más ambas se tomaron de la mano; sabían que siempre se protegerían mutuamente.

La mujer neutralizada fue conducida hasta el nivel más profundo de la supuesta clínica y  encerrada en una cámara de contención con una aislación acústica de amplio espectro. Hasta saber cómo proceder estaría bajo vigilancia continua las veinticuatro horas del día; en otra sección de la base grupos de soldados monitoreaban a la extraña tratando de sacar a la luz sus secretos.

Una puerta se deslizó silenciosa a las espaldas de los técnicos. -General en la sala, gritó alguien poniéndose de pie. El general Andreas Sartorius, ingresó a la sala de control seguido de cinco soldados vestidos con el típico traje negro de las Fuerzas Especiales, pero con la insignia de una serpiente enrollada en una vara, símbolo de Las Fuerzas de Respuesta Biológica; todos ellos llevando maletines metálicos.

-Sargento, desde ahora nosotros nos haremos cargo; ordenó el general sin ninguna diplomacia.

-Señor, nadie me ha informado al respecto; respondió el soldado.

Se escuchó el grito autoritario de una mujer que entraba. -Sargento, el General Sartorius le ha dado una orden. Él es el comandante supremo en esta operación y es mi mano derecha; cualquier orden que él dé se debe obedecer inmediatamente sin cuestionar. Cada vez que el dé una orden debe ser acatada como si la diera yo.

El soldado se cuadró ante los dos oficiales de alto rango y cedió su puesto a uno de los hombres de Sartorius.

-¿Dónde está?; preguntó el general.

-En una celda de aislamiento en el ala sur de este nivel; contestó un técnico.

-Quiero una descripción completa de su anatomía. Utilicen rayos X, Resonancia Magnética Nuclear y Tomografía Computarizada. Tráiganme una imagen detallada de su sistema fonético y su cerebro en máximo una hora. Saquen muestras de sangre y tejidos; necesitamos estudiar su genética y su metabolismo. -Rápido, ¿qué están esperando?, no hay tiempo que perder; gruño el general griego repartiendo órdenes.

Lizbeth sonreía; su decisión de ponerlo a él al mando de la Fuerza de Respuesta Biológica había sido la correcta.

Todos los laboratorios de la instalación secreta comenzaron a trabajar a un ritmo frenético; el tiempo apremiaba.

En el laboratorio de genética molecular, donde analizaban el ADN de la mujer, María estuvo a punto de sufrir un ataque cardiaco, si eso hubiese sido posible, de la impresión que acababa de llevarse. Cómo eran imposibles los resultados, realizó tres veces los análisis, pero  estos siempre indicaron lo  mismo. Totalmente confundida, llamó por intercomunicador al General Sartorius y al Doctor Lacroix.

-Por favor vea esto general; dijo pasando una hoja impresa al oficial.

-¿Está segura de esto señorita?; preguntó el oficial.

-Completamente Señor, llevé  cabo tres veces los exámenes y siempre llego a los mismos resultados; contestó María.

 El doctor impaciente le quitó la hoja de la mano para ver por sí mismo.

-¡Vaya que interesante!; exclamó éste, es ADN humano.

-Pero modificado artificialmente; observó María. -Pude localizar fácilmente los puntos donde fueron introducidas las mutaciones.

-¿Pero quién podría hacer eso?; preguntó el médico.

-Es lo que vamos a averiguar; comentó el General Sartorius.

-General Sartorius, por favor diríjase a Neurología; se escuchó por el altavoz.

-Los estudios usando Resonancia Magnética Nuclear, indican que la corteza cerebral está prácticamente inoperante; por lo visto esta criatura es poco más que un autómata; informó el Doctor Ferrer.

-Interesante; opinó el oficial.

-Sin embargo, eso no es lo más relevante; el escáner reveló la presencia de un objeto introducido en su cerebro.

Una pantalla se encendió mostrando un pequeño rectángulo.

-¡Demonios!, eso es un chip rastreador; exclamó alarmado el militar.

-Tranquilo general, los técnicos indican que el chip quedó totalmente anulado por el sistema automático de seguridad  del Vampiro Fantasma que la transportó para acá. La ubicación de estas instalaciones sigue estando oculta; calmó el Doctor Ferrer.

En el salón de reuniones el General Sartorius informaba a la Princesa de lo descubierto hasta ahora,

-El paso lógico a seguir Princesa, es averiguar quién creó a esa criatura, dónde y con qué propósito; sugirió el alto oficial.

-¿Sugerencias general?; preguntó Lizbeth.

-Liberarla con un rastreador radioactivo instalado, para evitar que sea detectado. Localizar la base de donde procede; luego introducir un espía para averiguar ante que nos enfrentamos y  finalmente intervenir directamente ya sea para neutralizar o destruir la amenaza, Señora; manifestó el general.

-Veo que tiene todo planeado. -Proceda como estime conveniente general; autorizó la oficial.

La mujer fue trasladada al parque a bordo de una nave furtiva y dejada en libertad. Apenas se vio libre corrió hasta desaparecer; sin embargo, el parche radioactivo emitía una clara señal imperceptible mediante rastreadores electrónicos normales. Una unidad de las Fuerzas de Respuesta Biológica vigilaba en modalidad fantasma cualquier cosa que pasara. De pronto, a donde se hallaba la mujer se aproximó un vehículo con sus luces apagadas.

Los centinelas se comunicaron enseguida con la base. -Comandos humanos se aproximan al objetivo; con una unidad de control han hecho subir a la mujer.

-Procedan a seguirlos hasta su destino a una distancia prudente; ordenó una voz al otro lado de la línea.

Diez  kilómetros fuera de la ciudad, la camioneta se detuvo en una pequeña cabaña. Los comandos humanos, todos vestidos de negro detuvieron el vehículo dentro del estacionamiento. Un vampiro oculto en modalidad fantasma se coló junto a ellos. El suelo comenzó a bajar.

Dentro de las misteriosas instalaciones, totalmente indetectable, el sargento Striker registraba todo cuanto había y se hacía ahí. Todo lo que sus sentidos percibían era transmitido telepáticamente gracias a su cintillo de comunicaciones. Era una base secreta de investigación biológica de una rama militar clandestina de los Estados Unidos de Norteamérica, donde se realizaban experimentos genéticos prohibidos por los tratados internacionales.

Ante semejante situación, la Nación Vampira puso en movimiento a sus más altos agentes. A través de la Alianza Militar del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el General Sartorius logró la autorización del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas para intervenir militarmente. El gobierno de Estados Unidos, como era de esperarse, negó tener  conocimiento de las actividades de ese grupo militar; declarándolos rebeldes y fuera de la ley.

Con la información reunida por el Sargento Striker, el General Sartorius podía actuar. A los pocos minutos de conseguido el visto bueno del Consejo de Seguridad, varios vehículos negros sin placas patentes se detenían junto a la cabaña; de su interior descendieron varios soldados fuertemente armados, vistiendo uniforme del ejército francés, pero con la insignia de la OTAN. Encabezando el grupo se encontraba el General Sartorius, vistiendo su uniforme de combate de General de Fuerzas Especiales de la OTAN; oculta en modo fantasma se encontraba también una unidad de asalto de las Fuerzas de Respuesta Biológica de la Nación Vampira, al mando del Teniente Díaz.

Dentro de la base enemiga, la alarma se activó. El Coronel Freeman ordenó alerta roja y defender la base. El Mayor Bergman distribuyó a sus hombres de tal forma que cubrieran el puesto de control. Los soldados de la OTAN avanzaron rápidamente, neutralizando con facilidad a los soldados rebeldes.

En el puesto de mando, el Capitán Stern identificaba a los invasores.

 -Coronel Freeman, es el General Andreas Sartorius de las Fuerzas Especiales de la OTAN; informó a su comandante.

-Mátenlos a todos, no permitan que se apoderen de esta base; ordeno el coronel rebelde.

-Pero Señor son de la OTAN; protestó el capitán.

-¡Cumpla la orden capitán!; gritó el comandante.

-Sí Señor; respondió el aludido, no estando muy seguro de si era lo correcto.

Los soldados de la OTAN derribaron las puertas de la sala de control e ingresaron en ella, encañonando a todos en el interior.

El General Sartorius, quien se sabía muy seguro de su autoridad se impuso inmediatamente. -Coronel Freeman, bajo mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas le ordeno que se rinda inmediatamente ante las fuerzas de la OTAN.

-Lo siento mucho general, pero eso no va a ser posible; se escuchó hablar al Mayor Bergman, mientras sus hombres apuntaban a los comandos de la OTAN.

-Teniente Díaz, por favor detenga al Coronel Freeman; dijo Sartorius mirando a un lugar vacío junto al oficial rebelde.

-¿Pero con quién diablos habla?; preguntó al general.

En el aire se hizo visible una afilada espada junto al cuello de Freeman; después apareció un brazo y finalmente una estatua de mármol negro estaba parada junto a él, amenazando con cortarle la cabeza.

-No solo usted realiza investigaciones secretas coronel, confesó el General Sartorius, al momento que varias estatuas negras aparecían de la nada y apuntaban a la cabeza de los rebeldes.

-Bajen sus armas; ordenó el Capitán Stern. -Los mandatos del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas anulan cualquier orden recibida.

-Sabia decisión Capitán Stern; felicitó el general de la OTAN.

-General, una señal de auxilio acaba de ser enviada desde esta base; indicó el Sargento Striker, que acababa de hacerse visible.

-Localicen su destino y neutralicen inmediatamente; ordenó Sartorius.

En el rostro del Coronel Freeman se dibujó una sonrisa burlona. -Ahora todos moriremos.

-Lo dudo mucho; rió el general.

-Vampiros atacando a Mach 8, general; informó el Sargento Striker.

En una pantalla se veía pasar la tierra y el mar a una vertiginosa velocidad. Una isla cerca de Noruega se acercaba rápidamente y era dejada atrás; de pronto una gran explosión se vio a lo lejos. Dos Vampiros Fantasmas acababan de descargar sus proyectiles contra las naves que se aprestaban a despegar en auxilio de la base invadida por la OTAN.

-Ni se dieron cuenta de que murieron; celebró el general.

-Bueno soldados, el Capitán Stern les dio una orden; dijo Sartorius, mirando a los soldados rebeldes, los cuales dejaron caer sus armas al suelo. -Teniente Díaz, encierre al Coronel Freeman y al Mayor Bergman en una celda. Vaporícelos; ordenó a través del comunicador telepático oculto bajo su gorra.

El  Teniente Díaz condujo a los prisioneros a una celda, cuya puerta cerró tras él entrar en ella también. Dos volutas de niebla se disipaban poco después en el aire.

Una vez asegurada la base el general con sus hombres y el Capitán Stern se dirigían a los laboratorios de investigación, donde pudieron ver los dementes experimentos que allí se llevaban a cabo. Mutaciones e hibridaciones transgénicas destinadas a crear nuevas armas biológicas para poder convertirse en la fuerza militar más poderosa del mundo. Aberraciones que combinaban a dos o más especies animales estaban reunidas aquí. Especies de hombres lobos; la mujer que originó todo esto, cuyo nombre clave era Banshee; y otros más. En la última celda de contención el Teniente Díaz, quedó atónito por un segundo. -General, eso es un Nosferatu; indicó sorprendido.

-Muy bien, vaporicen a todas estas cosa; ordenó el General Sartorius.

El Capitán Stern vio como esos extraños soldados de negro disparaban armas de energía desconocidas para él contra los experimentos creados y se convertían en nubes de vapor que pronto se disolvían.

-Sargento Striker, copie toda la información de las computadoras; mandó el general.

-¿Qué va a pasar con mis hombres y conmigo, general?; preguntó el Capitán Stern.

-Usted y sus hombres son buenos soldados y solo cumplían órdenes; por otro lado usted tomó la decisión acertada; sin embargo se han enterado de la existencia de tecnología altamente secreta. Puedo matarlos aquí y ahora, pero sería un desperdicio de buenos militares; lo más lógico es que sean promovidos a  una unidad altamente especializada de fuerzas de elite. Diciendo esto, el general abrió un contenedor del que flotó una esfera roja luminosa que se elevó e iluminó toda la base con una luz rojiza.

A los pocos minutos los vehículos de las Fuerzas de Respuesta Biológica se retiraban de la base rebelde, la cual desaparecía luego bajo un cegador resplandor.

 Por comunicación abierta el General Andreas Sartorius informaba a su superior.

-Misión cumplida; amenaza neutralizada; cambio y fuera.

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 4 – Bajo la Sombra de la Cruz del Sur

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Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 4
Bajo La Sombra De La Cruz Del Sur

La noche estaba muy agradable, era verano en el hemisferio sur, las estrellas y la luna llena le conferían al entorno una claridad plateada; una suave brisa jugaba con su negra cabellera. Ya no recordaba cuanto tiempo había pasado desde que sintiera la unión entre ella y la noche; por eso esa sensación llenaba su ser como si hubiese sido la primera vez.

Había cenado hacía poco y aún saboreaba el siempre placentero sabor.

Se sentó en un banco del parque, entre unos árboles junto al río que cruzaba la ciudad. No había nadie más, así es que podía disfrutar tranquila de la calma reinante, que en su casa no tenía; rodeada siempre de protocolo y sirvientes siempre dispuestos a satisfacer hasta sus más mínimos deseos.

Sus pensamientos estaban muy distantes, sumida en sus recuerdos.

María caminaba de la mano de Ana. Tal vez tres o cuatro años pasaron desde que se conocieron.

Era una noche de sábado; María cubría un turno de enfermera en la unidad  de emergencia del hospital donde se desempeñaba. Hacía poco que había empezado a trabajar ahí; con veinticuatro años no había ninguna prisa. Escuchó por radio que venían dos ambulancias con víctimas de un accidente de tránsito. Por lo visto sería una noche agitada.

Entre los accidentados venía una joven de unos veinte años, y por su ropa, se veía que era de familia acomodada. Todos fueron trasladados a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Una vez estabilizada y en vista de que no corría riesgo vital, la joven fue llevada a la Unidad de Tratamientos Intensivos.

Los padres de ella llegaron al rato, recriminándose mutuamente. Si él no le hubiese comprado el auto; si ella se preocupara más de su hija…; solo críticas.

María, que había escuchado todo, sintió pena por la chica; lo tenía todo, pero le faltaba lo  más importante, una familia de verdad.

-¿Dónde está el doctor a cargo?; se oyó una voz autoritaria.

-Soy el Doctor Rodríguez. ¿En qué puedo ayudarlo señor?; contestó cortés el médico.

-¡Mi hija! ¿Cómo está?

-Está inconsciente aún, pero se recuperará. Por suerte llevaba puesto el cinturón de seguridad; informó el médico.

-¡Muy bien!; dijo Augusto Eguigurren. Y cómo quién está acostumbrado solo a dar órdenes, prosiguió altivo. -Quiero que mi hija tenga el mejor tratamiento; una enfermera debe estar las veinticuatro horas del día  a su lado.

-Señor, esta es una unidad de emergencias; para ello se debe dirigir a la dirección del hospital; dijo el doctor Rodríguez.

-¡Veinticuatro horas al día doctor; cueste lo que cueste!

El Doctor Rodríguez sabía que dinero e influencias era lo que más tenía Augusto Eguigurren; estaba claro que hablaba muy en serio.

-Creo que se puede arreglar desde aquí; asintió el doctor para no tener problemas.

El poderoso empresario observó a María que en ese momento arreglaba unos materiales.

-¡Señorita!, venga; quiero que usted se encargue personalmente de atender a mi hija; ordenó el altanero millonario.

María trató de protegerse en su superior. – ¡Doctor, es que mi turno no me lo permite!

Encogiéndose de hombros, el pobre Doctor Rodríguez prefirió no protestar.

-No se preocupe enfermera, yo autorizo todo; la confortó el médico con la mirada.

Por suerte esas desagradables personas se fueron pronto.

Cómo es de suponer, Ana fue trasladada a la mejor habitación del hospital. En ella acomodaron una segunda cama para la enfermera que la cuidaría.

Ana era una joven de veinte años; y se notaba que gracias a su condición económica, se dedicaba solo a estudiar y a ir al gimnasio.

María trató de no involucrarse más de lo estrictamente necesario. Pero quizás en parte por el carácter risueño de Ana, o por qué las dos tenían casi la misma edad, es que empezó a sentir cierto cariño por la joven millonaria.

Después de tres semanas Ana estaba casi recuperada y pronto sería dada de alta. María estaba triste.

-¿Qué te pasa María, por qué estás tan apenada?; preguntó Ana.

-Esta semana te dan de alta; contestó  María.

-Sí, que bueno; ¿acaso no te alegras?; respondió Ana.

-Sí, me alegro por ti; es solo que…, ya no te voy a ver más; contestó María con la cabeza gacha.

-Mmm, era eso. No te preocupes, ya tengo todo planeado. ¡Estoy muy débil aún! Y voy a necesitar una enfermera privada que me cuide en casa; dijo Ana, tomándole las manos y besando a María.

El Doctor Rodríguez consintió en aquel poco habitual convenio, en parte porque era mejor no ponerse por delante de Augusto Eguigurren y en parte por lo contento que estaba el director del hospital, después de que éste recibiera una importante contribución para más equipos de parte de las Empresas Eguigurren.

El romance entre Ana y María creció hasta convertirse en un profundo amor. Ya no sabían estar una lejos de la otra.

Una noche de otoño; estaban ambas abrazadas, cuando María sintió de pronto una violenta sensación de sed, mayor que la que sentía cada noche desde hacía dos años cuando todo empezó.

Sin poder contenerse, María cerró los ojos y clavó sus colmillos en el cuello de Ana; la cual tras un estremecimiento dejó de respirar.

Al sentir que la vida se iba del cuerpo de su amada, María rompió a llorar. Nada de lo que había aprendido en la escuela de enfermería estaba resultando.

Ana estaba muerta y ella la había asesinado.

Cuando pensó que enloquecería de desesperación, María vio como Ana, muy pálida, comenzaba a moverse. Sin entender qué pasaba María la tomó en sus brazos.

En forma instintiva, Ana le cogió fuerte el brazo y clavó sus dientes en él. Con mucha ansiedad bebió de la sangre de María hasta que su piel recuperó el hermoso tono bronceado que la caracterizaba.

Ninguna de las dos comprendía qué es lo qué había ocurrido. Solo sabían que algo había cambiado y nada volvería a ser como antes.

Sobre la ciudad de Santiago se elevaba una extraña luna roja.

Aprovechándose de su puesto de enfermera, María se las arreglaba de una u otra forma para robar sangre del Banco de Sangre del hospital, tanto para ella como para Ana; la cual a duras penas hacían alcanzar hasta necesitar conseguir más. Con el tiempo entendieron que debían alimentarse todas las noches de sangre; ya que de lo contrario se sentían muy débiles y enfermas.

De eso ya habían pasado unos cuatro años aproximadamente y la noche se volvió muy atractiva y agradable para ellas.

Intrigadas por su condición, buscaron información sobre vampiros y otras criaturas mitológicas, pero nada coincidía con ellas. En primer lugar, la luz del sol no les provocaba ningún problema, a diferencia de los vampiros de las películas; el ajo seguían encontrándolo rico en las comidas; el agua bendita era solo eso, agua. Lo único en común era que ellas necesitaban alimentarse todas las noches de sangre.

Caminando como iban de la mano no se dieron cuenta de que habían llegado al Parque Forestal. Era tarde y tenían mucha hambre; no había nadie cerca; excepto una mujer sentada en un banco entre unos árboles al lado del río.

Se acercaron sigilosas a la mujer y Ana la tomó de los hombros y tiró hacia atrás. Apoyadas de espalda contra un árbol la mujer sujetaba desde el cuello a María y Ana; las cuales aunque sabían que eran fuertes, no lograban soltarse de esas manos que se apretaban contra sus gargantas.

Al ver los colmillos de las dos muchachas la mujer las soltó y amenazadora les gritó.

-¿Pero qué se han creído mocosas insolentes? ¿Se atreven a atacarme a mí? ¿Acaso no saben quién soy? La mujer tenía un montón de retos para las jóvenes; pero al darse cuenta de que María caía al suelo sujetándose el estómago y Ana se llevaba las manos al pecho y caía de rodillas, miró las estrellas y comprendió que no tenía tiempo que perder.

Rápidamente de su ropa sacó una pequeña caja  de metal, de la que sacó dos cilindros de plástico con algo rojo en su interior.

Con los dedos abrió la boca de Ana y le vació una gelatina roja en ella; para abrir la boca de María tuvo que usar ambas manos de lo apretada que la tenía, pero logro al fin meterle la gelatina. Les tapó a ambas la boca con sus manos y ordenó. -Tráguensela rápido.

Ayudó a levantarse a las muchachas y las sentó en el banco.

-¡Pero cómo pueden ser tan imprudentes jovencitas! ¿Cómo se les ocurre esperar hasta el último momento para alimentarse?

-Si no hubiesen sido tan irrespetuosas como para atacarme a mí, ahora estarían muertas.

-Con lo que les acabo de dar tienen para una hora, pero deben cazar enseguida.

-Pero nosotras no cazamos; dijo María.

¡Esto debe ser un chiste!; dijo la mujer tomándose la cabeza. -Dos vampiresas que no cazan.

-Mejor las llevo al departamento que ocupo, yo las puedo alimentar esta noche. Tenemos muchísimo de que hablar.

-¡Vamos síganme!; mandó

-¿Hacia dónde caminaremos?; preguntó Ana.

-No hay tiempo que perder y ¿quieres caminar?

-¿Pretende que volemos?; contestó altanera María, que se sentía de muy mal humor.

-Primero no volamos, pero cuando corremos ni el viento nos ve pasar.

-Y segundo; cambia el tonito jovencita. Que por si no lo sabes acabo de salvarles la vida a ti y a tu amiguita; cortó enojada la mujer.

La mujer las llevó a un departamento en un edificio junto al Cerro Santa Lucía. Sobre la mesa puso una maleta metálica de la que sacó dos bolsas con sangre y pasó una a cada joven.

María y Ana estaban atónitas.

-¿Qué pasa, es que quieren morirse? ¿Acaso no tienen hambre?; expresó la extraña desconocida.

-¡Hablen con confianza, yo también soy una vampiresa!; les confesó con tono más amigable al ver que las muchachas ya estaban comiendo.

-Quiero que me expliquen cómo es que no saben cazar.

María le contó en qué circunstancias Ana había sido atacada por ella sin querer.

¿Había luna roja?; preguntó la mujer.

-¡Sí, creo que sí!; contestó Ana.

-Es por eso que tú renaciste; explicó la mujer.

-Y supongo que algo parecido te pasó a ti María.

-No lo sé; dijo esta. -No recuerdo cómo empezó. Fue hace unos cinco o seis años. Saliendo del hospital donde trabajo, un hombre me atacó. Según me contaron después, alguien me encontró tirada y me llevó hasta emergencias; dicen que me había cortado el cuello con algo y perdí mucha sangre, así es que me pusieron varias unidades para poder salvarme. Días después, ya de alta, estaba en el Banco de Sangre del hospital envasando sangre de donaciones y sentí un extraño impulso; unté un dedo con sangre y me lo chupé. En otra ocasión me habría dado asco, pero en ese momento encontré que tenía un sabor muy rico y además que me relajaba. Escondí una bolsa entre mis ropas y ya encasa la vacié en una taza y me la bebí toda.

-Me las ingenie para robar sangre todos los días, pero debía tomar de a poco ya que no era fácil conseguirla; explicó la muchacha.

-Al conocer a Ana, sin pretenderlo me enamoré de ella; confesó María.

-Y yo de ti; dijo Ana tomándole la mano.

-La sangre se nos acabó ayer; continúo Ana. -Salimos a caminar para ver si se nos ocurría algo; entonces la vimos a usted y la atacamos.

-Claro que cuando usted nos sujetó me sentí muy mareada; agregó María.

-Eso se los provoqué yo; dijo la mujer. -Y el hecho de que estaban muy débiles.

-El problema que veo aquí es que un vampiro te mordió habiendo luna roja y se desentendió de ti. Por eso tú no sabes cazar; dijo la mujer con un acento francés que a ambas jóvenes les resultaba muy seductor.

-Esta noche duerman aquí y mañana les enseñaré a cazar.

-Pero…; iba a protestar María.

-¡Entiéndanlo bien!, quiéranlo o no ustedes dos son depredadoras y deben aprender a cazar como tales.

-Cada uno de nosotros, a pesar de tener un poder más allá de la imaginación humana, debemos alimentarnos de sangre humana cada día antes de medianoche, o de lo contrario morimos; sentenció la francesa.

La próxima noche en el Parque Forestal después de localizar a una prostituta solitaria, Lilith les enseñó a acechar sin ser descubierta. Una vez estuvo cerca dejó que su víctima se diera cuenta de su presencia. Con los ojos fijos en ella, le dijo que por favor no se moviera. Paralizada la mujer vio como crecían los colmillos de Lilith y los clavaba en su cuello, succionando toda su sangre.

-Ahora es tu turno; le dijo a Ana. -A doscientos metros de aquí hay otra ramera; ya me viste a mí hacerlo, ve a alimentarte.

Un poco torpe al principio Ana se ocultaba tras los árboles, a medida que avanzaba lentamente sus movimientos se volvieron más ligeros, hasta parecer una gata cazando. Con sus ojos puestos en los de la prostituta, la inmovilizó y sin mayor preámbulo, clavo sus colmillos en ella.

-Ahora tú; le dijo a María pero vamos a otro lugar.

Cerca del Cerro Santa Lucía localizaron a su siguiente presa. Con gran soltura María consiguió cazarla.

A la mente de Lilith llegó el recuerdo de cuando enseñó a cazar a la pequeña Lizbeth tantos siglos atrás y pensar que ahora era abuela. No pudo menos que sentir orgullo por sus nuevas discípulas.

-Bueno niñas, ya se han alimentado. ¿Cómo se sienten?; preguntó la señora.

-Extraña, vigorosa; dijo María.

-Yo me siento muy fuerte, hasta poderosa; observó Ana.

-Eso es porque recién hoy se han alimentado bien; les explicó Lilith.

-Recuerden que son veloces, muy fuertes, con reflejos muy rápidos y sentidos muy agudos. Son casi inmortales como lo comprobaron ayer. Y lo mejor de todo es que el tiempo ya no existe; un año cada cien envejecerán; les contó.

-Suena muy lindo todo eso; opinó María. -¿Pero cuán cierto es?

-Averígualo tú misma; le sonrió Lilith y de un salto pasó sin esfuerzo sobre una reja de más de tres metros de alto.

-Vengan; las invitó.

Las chicas se miraron y saltaron sobre la reja, cayendo de pie junto a Lilith.

-Emocionante, ¿verdad?; comentó la dama francesa.

-¿Han notado algo respecto a su vista?; preguntó la mujer.

-Ahora que lo pienso, veo todo claro; observó María.

-Es cierto, pero hay más; acotó la señora.

-¿Más?; inquirió Ana

-El calor, podemos ver el calor; les señaló Lilith mostrándoles sus manos.

Ambas jóvenes no se habían dado cuenta, pero admiradas notaron mutuamente que percibían la silueta infrarroja de las otras.

-¿Quieren correr una carrera?; les consultó Lilith, al tiempo que soltaba su cabellera al viento.

-Pero aquí es peligroso; razonó Ana.

-No para nosotras. ¿O acaso tienes miedo?; la desafió.

-¡Alcáncenme!; dijo Lilith al momento que desaparecía dejando solo una corriente de viento.

-Si ella puede, nosotras también; dijo María.

En seguida tres corrientes de viento se movían por todo el cerro.

Lilith las esperaba sentada en una roca.

-No está tan mal; comentó despectiva.

-¿Quieren escribir sus nombres en esta roca?; les invitó como una madre que consiente a sus hijas regalonas.

-Yo la haré; dijo y haciendo crecer ante las jóvenes la garra de su dedo índice derecho escribió con ella Lilith.

María y Ana encantadas la imitaron, mientras deleitadas admiraban las garras extendidas de ambas manos.

Lilith se sentía complacida.

-Quiero mostrarles mi casa; invitó Lilith.

-Pero ya la conocemos; dijo Ana.

-No, me refiero a donde vivo con mi familia.

-¿Queda lejos de aquí?; preguntó María.

-En París; les dijo.

-Son como cuatro cuadras no más; dijo Ana.

Lilith rió divertida.

-Me refería a algo más lejano; corrigió Lilith. -París, Francia.

-¡Francia!; gritaron las dos.

-Sí, ahora.

-¿Ya? Y en qué; se rió Ana.

-En eso; indicó Lilith con un dedo.

-¿Ese viejo cañón?; dijo María.

-No, en eso; le corrigió la señora francesa.

Sin poder dar crédito a lo que tenían ante sus ojos Ana y María vieron materializarse de la nada un extraño avión negro.

-¿Pero qué cosa es esa y de donde salió?; preguntó Ana refregándose los ojos incrédula.

-Eso niñas es un “Vampiro Fantasma” y lleva treinta minutos estacionado ahí.

-Yo ni lo noté; dijo María.

-Por eso le llaman fantasma; observó Lilith.

Del costado del extraño avión bajó lo que parecía una estatua de mármol negro. El piloto replegó su careta y su casco y saludó militarmente a Lilith.

-Capitán, tenemos invitadas. Por favor llévenos a Paris; solicito cortésmente la señora.

-A sus órdenes Majestad; respondió el piloto.

El interior del avión personal de La Reina era acogedor; claro que más de un dolor de cabeza fue para los ingenieros y técnicos adaptar una nave de combate para convertirla en una limusina voladora.

En su interior las jóvenes estaban algo nerviosas. En dos noches su vida había cambiado totalmente.

-Madame, en una hora aterrizaremos; avisó el piloto.

-¿Una hora? ¿Pero a qué velocidad volamos?; preguntó María.

-Nuestra velocidad actual de crucero es de Mach 5 señorita; no es necesario ir más rápido esta vez; contestó el piloto en  perfecto castellano.

-¡Eso es 6.150 kilómetros por hora!; calculó María mientras tomaba la mano de Ana y se acurrucaba en el asiento.

Al poco tiempo la nave furtiva tocaba tierra cerca de un imponente castillo.

-Aquí quiero preguntarles si desean volver a su vida antes de conocernos o seguir adelante; preguntó Lilith.

Como vio que las muchachas estaban dubitativas, continuó.

-Cualquiera que sea su decisión, ustedes son libres de elegir; aclaró Lilith, quien entendió la preocupación de las jóvenes.

María y Ana se miraron a los ojos.

-Yo siempre quise conocer París; dijo Ana.

-Y mi hogar es donde Ana esté; concluyó María.

-¡Bien, entonces entremos!; pidió Lilith.

Al cruzar las puertas sorprendidas vieron que todos los guardias saludaban solemnemente a su Reina.

-¿No llevan armas?; observó Ana.

-No las necesitan; contestó Lilith.

En un patio interior pudieron ver como dos de esas estatuas de mármol se enlazaban en una frenética, pero muy coordinada lucha. La fuerza y velocidad de cada golpe dejó atónita a Ana. La agilidad con que cada ataque era detenido y devuelto no parecía real.

Por lo que se podía notar, una de las estatuas era una mujer, pero era tan fuerte como el hombre. De pronto, como por arte de magia, de uno de los brazos de éste, surgió una brillante espada; cuyos golpes lanzaba contra la cabeza de la mujer; la cual esquivaba con complicados movimientos. En una de esas maniobras, la mujer saltó y giró en el aire, quedando detrás del hombre y de igual forma de ambos brazos de ella surgieron dos filosas espadas. La cabeza del hombre quedó así entre dos espadas. Replegando su espada y relajando los músculos, el hombre se rindió; ante lo cual la mujer también guardó sus armas, las que desaparecieron en sus muñecas.

De frente ambos contendores se saludaron con una reverencia de cabeza.

-Su habilidad es magnífica teniente; dijo la mujer.

-Es un honor para mí, viniendo de usted Coronel; contestó el oficial.

-Puede retirarse; autorizó la mujer y saludando militarmente el soldado se marchó.

La mujer se dirigió con paso felino hacia donde estaban Lilith y las muchachas.

En el costado izquierdo de su traje, las jóvenes vieron que la mujer llevaba dibujada una rosa negra encerrada en un círculo rojo.

Al llegar junto a ellas la careta y el casco se recogieron sobre sí mismos hasta desaparecer.

-¡Mamá, has vuelto ya!; dijo la mujer al tiempo que abrazaba y besaba en la cara a La Reina.

-Veo que tenemos invitadas; dijo mirando a las recién llegadas.

-Sí hija, encontré a estas pequeñas naufragas en la ciudad de Santiago de Chile; luego te lo explico.

-Permítanme presentarles a mi hija Lizbeth.

-Princesa; saludaron las dos.

-Olvidemos el formalismo; ya que mi madre las acogió, pueden llamarme simplemente Lizbeth.

-Ellas son Ana y María; presentó Lilith.

-¿Qué era toda esa pelea que vimos?; preguntó Ana.

-Solo me mantengo en forma entrenando con mis soldados; respondió Lizbeth.

-¿Tú los mandas?; quiso saber María.

-Solo a las Fuerzas Especiales; aclaró la Princesa.

-¡Pero si apenas eres de mi edad!; exclamó Ana

-En realidad tengo 625 años.

-Eso quiere decir que tenías como 15 o 20 años cuando te convertiste en vampira; calculó María. -Interesante, supongo que de alguna forma los genes que controlan la muerte celular de tu cuerpo sufrieron una mutación  por la cual se retarda el proceso de envejecimiento. No creo que se hayan desactivado, ya que eso provocaría la proliferación de células cancerígenas y tu claro está que no padeces. Debe haberse modificado también tú sistema inmunológico; se explayó  María sin darse cuenta de ello.

-¡Al fin alguien que habla mi idioma!; se escuchó decir a alguien que se acercaba.

-Doctor Lacroix, esta brillante joven es María; la presentó Lilith.

-Encantado Madeimoselle; saludó coquetonamente el doctor.

Lilith dijo algo al oído del doctor; a lo que él asintió.

-¿Qué más sabe de biología María?; pregunto el doctor.

-Bueno lo que estudie en la escuela de enfermería; respondió María.

-¡Una enfermera!, magnífico; celebró el doctor.

-¿Querida, te gustaría ser mi ayudante?; le invitó a María el doctor.

-Pero yo pensaba que los vampiros no enfermaban; objetó María.

-Y no lo hacemos así es que tengo mucho tiempo para investigar; dijo el doctor.

-Pero yo no sé ciencias; respondió María pateando el suelo.

-No te preocupes, tienes toda la eternidad para aprender si lo deseas; la consoló el médico.

-Sería lindo; suspiró María con la mirada distante.

-Entonces ven sígueme. Deseo mostrarte mi laboratorio y presentarte a mis otros colaboradores. Sí es que  Ana no tiene ningún inconveniente; propuso el doctor.

María miró a Ana suplicante.

-Anda; dijo ella.

María, que caminaba ya junto al doctor, se volvió corriendo hacia Ana y le dio un beso en la mejilla.

-¿Ana, te gustaría ver una simulación completa de combate del “Traje de Combate Furtivo”?

-¿Son esos que parecen estatuas de mármol negro?; preguntó Ana.

-Sí, cómo el mío y como el de todos los miembros de las Fuerzas Especiales de la Nación Vampira; respondió la Princesa.

¿Hay una Nación Vampira?; preguntó Ana.

-Sí; contestó Lizbeth. -Y este es su centro.

-¿No les preocupa que algún satélite espía pase por aquí y los descubra?

-Buena pregunta; quedó pensativa Lizbeth.

-Pero tranquila, los satélites nunca pasan por aquí y la razón es muy simple; empezó a explicar Lizbeth. Todos los satélites del mundo son nuestros; absolutamente todo es controlado por nosotros.

Ana estaba sorprendida.

-¿Pero cómo es eso posible?; quiso saber.

-Porque nosotros somos la especie dominante en este planeta y no los humanos; respondió orgullosa Lizbeth.

-¿Y los humanos no lo sospechan?; quiso saber.

-Claro que no, de vampiros saben solo lo que nosotros queremos que sepan; continuó Lizbeth.

-Sé que es extraño. Y tal vez lo que más te cueste al principio es aceptar que cuando te volviste vampiresa y cazaste por primera vez para alimentarte, dejaste de ser humana, para convertir en un muy poderoso depredador que debe alimentarse de sangre humana. Ahora tú y María pertenecen a la especie dominante. Lo mejor de todo esto es que ustedes van a estar juntas para siempre.

-¿Cómo te sentiste la primera vez que cazaste?; preguntó Lizbeth.

-Poderosa. ¡Muy poderosa!; contestó Ana.

-¿Y te gustó sentirte así?; quiso saber la Princesa.

-Sí mucho; dijo la joven.

-A mí también me gustó la primera vez; le comentó Lizbeth.

De pronto una fuerte ventolera pasó junto a ellas y las rodeó como un remolino.

-¿Qué es esto?; preguntó alarmada Ana.

Lizbeth, extendiendo sus abrazos atrapó a dos pequeños.

-Son mis hijos. Vampiros de raza pura; dijo orgullosa.

La noche había caído sobre París. Las jóvenes chilenas empezaron a sentir hambre; la ansiedad crecía en ellas. Alguien golpeó la puerta de la habitación. Parada afuera estaba Lizbeth acompañada de una mucama cargada de varias cajas llenas de ropa y calzados. María se apresuró a recibirle parte de su carga.

-Pobrecita, déjame ayudarte, eso debe estar muy pasado; dijo María.

-¿Eso es un chiste chileno Madame?; preguntó la doncella.

-No Francine, lo que pasa es que ellas hace muy poco que son vampiresas y nadie les ha enseñado; aclaró Lizbeth.

-¿Francine serías tan amable de mostrarles a estas señoritas lo fuerte que puede ser una vampiresa?; solicitó la Princesa.

-Encantada Madame; obedeció la criada.

-¿Podrían por favor sentarse en la cama señoritas?; les solicitó la joven.

Ana y María suponían que les haría alguna demostración de fuerza, tipo fisicoculturistas, así es que se llevaron una gran sorpresa cuando la doncella levantó con una sola mano a un metro de altura, la pesada cama en que ellas estaban sentadas.

Ana comprendió que no tenían conciencia de qué implicaba en todos los sentidos ser un vampiro.

-Me disculpo si te ofendí Francine, yo solo quería ayudarte; se excusó María.

-Está bien señorita, es comprensible la equivocación; aceptó la joven.

-Elijan algo cómodo para vestir esta noche; sugirió Lizbeth.

-¿Vamos a ir a alguna clase de fiesta?; preguntó Ana.

-Mi madre y yo las vamos a llevar a conocer París de noche; anticipó la Princesa.

Por el brillo en los ojos de ella, comprendieron que no se trataba de una fiesta.

Ana y María eligieron jeans, botas y chaqueta de cuero.

Lilith las esperaba en la entrada del castillo, vestida con un buzo negro y botas negras; llevando su cabellera tomada en una cola.

-¿Listas?; preguntó.

-Sí señora; contestó Ana.

-Entonces corramos hasta que ni el viento nos vea; dijo entusiasmada.

Un viento extraño entró en la ciudad.

-Ahora cazarán solas; dijo Lizbeth.

-No olviden confundirse con las sombras; aconsejó Lilith.

María vio a una mujer que caminaba cargada de bolsas de compras; la siguió hasta que se detuvo en un paradero de buses. Una vez a su lado, después de preguntarle la hora, la miró a los ojos.

-Acompáñame; le dijo a la mujer, la que dejando las bolsas en el suelo la siguió.

-La acaba de hipnotizar; observó Lilith.

María condujo a la mujer, que no oponía ninguna resistencia, a un callejón oscuro.

La desafortunada mujer ni se inmutó al momento en que María succionaba la vida de su cuerpo.

Lilith, Lizbeth y Ana se reunieron con María, cuyos ojos brillaban de energía y placer.

-Ahora es tu turno Ana; indico Lilith.

Se dirigieron a un parque en medio de la ciudad; Ana de pronto desapareció del lado del grupo. -Ahí está, dijo Lizbeth; señalando una rama de un árbol. Ana agachada acechaba sobre una rama; dando la impresión de ser una pantera cazando en la noche.

Sin hacer el menor ruido, Ana fue saltando de árbol en árbol, como si realmente se tratara de un gran felino. Finalmente localizó a su víctima; un solitario hombre que paseaba por el parque. Sigilosamente se posicionó sobre la rama del árbol que estaba junto a él. Silenciosamente, Ana se dejó caer a espaldas de él; tapándole la boca y mordiendo su cuello, de un salto lo llevó hasta una rama que la ocultaba totalmente. Todo ocurrió en forma muy rápida y silenciosa.

-Impresionante; exclamó Lizbeth.

Habían surgido a la superficie los depredadores que en silencio se habían desarrollado dentro de María y Ana, en el momento en que se convirtieron en vampiresas.

Ana se reunió con sus compañeras, con un intenso brillo en sus ojos, mientras se lamía los labios disfrutando la agradable sensación que le  provocaba la sangre.

-Las felicito a ambas; exclamo Lilith. -Estoy orgullosa de ustedes.

-Vamos a jugar al bosque; propuso Lizbeth.

-Estupenda idea; celebró Lilith.

Como una exhalación, las cuatro vampiresas salieron de la ciudad y se internaron en el bosque. Saltaban de rama en rama y giraban alrededor de los árboles orientadas solo por su visión térmica.

-Niñas me siento muy contenta de que ustedes estén ahora con nosotras; por favor siéntanse en su casa y considérennos sus amigas; habló emocionada Lilith.

-Señora sus palabras nos honran, es usted muy amable; respondió Ana.

De forma imprevista y sin  previo aviso, Lizbeth lanzó una violenta y rápida patada a la cabeza de María y Ana. María retrocedió tambaleándose y calló sentada al suelo. Ana en cambio salto hacia atrás y cayó de pie algo reclinada; sus ojos tenían un brillo rojizo y sus manos se armaron con las garras. Rápidamente se lanzó contra Lizbeth, con una mano por delante; esta detuvo el golpe en el aire, mientras golpeaba con una pierna hacia la cintura de Ana; la cual atrapó con su mano libre. De un salto Ana se elevó llevando a Lizbeth con ella; soltándola en el aire. Ágilmente Lizbeth giró, cayendo de pie, mientras sacaba sus garras.

-¡Suficiente Lizbeth!; ordenó la Reina. -Ana ha superado tu prueba.

-¿Prueba?; preguntó Ana.

-Después de verte cazar, decidí probar tus reacciones ante un ataque  inesperado y traicionero Ana. Tu respuesta ha sido más que satisfactoria. Has sido una adversaria digna y poderosa; le explicó Lizbeth

-Yo solo reaccione en forma refleja e instintiva; dijo Ana.

-Espero que sigamos siendo buenas amigas, Cadete Eguigurren; agregó la Princesa.

-¿Cadete? ¿Eso significa lo que yo creo qué significa?; preguntó atónita Ana.

-Solo si tú aceptas; aclaró Lizbeth.

-Siempre que María no se oponga; contestó Ana.

-No lo sé, ¿y si te pasara algo? Ser militar es peligroso; objetó María.

-Los vampiros somos prácticamente invulnerables, el entrenamiento solamente la haría más poderosa; opinó la Reina.

-En ese caso tiene mi permiso; dijo María.

Jacques, Lilith, Lizbeth y el Doctor Lacroix se reunieron para discutir el complicado caso de Chile.

-Como ya le conté doctor, en Santiago de Chile hay vampiros que han sido dejado libres a su suerte, cuando fueron transformados nadie les explicó nada de su nueva condición; solo eran dejado tirados después que alguien se alimentó durante una luna de sangre, teniendo que valerse solo de sus instintos para poder sobrevivir. En este momento no sabemos cuál es la población de vampiros en ese país. Quiero pedirle Doctor Lacroix que determine el tamaño de esa población, localice y capture a todos los vampiros de ahí y se preocupe de que reciban la educación y acondicionamiento apropiado; explicó la Reina.

-Es necesario que los vampiros de ese país sean trasladados momentáneamente al centro de control más cercano en Sudamérica, el cual me parece está en Buenos Aires, la capital de Argentina. Para poder llevar a cabo esta operación doctor contará con el apoyo de  una unidad de las Fuerzas Especiales junto a la cual deberá ir a Chile; esta será una misión de búsqueda y captura que debe ser realizada de tal manera que los humanos no sospechen ni se enteren de nada; ordenó Lizbeth.

-Es necesario que desarrolle un método para poder localizar en forma rápida a esos vampiros doctor; comentó Jacques Laberne.

-Podemos usar un satélite espía, ya que nuestro cuerpo genera un campo electromagnético muy particular y distinto al de los humanos; es solo cosa de recalibrar los sensores de uno y listo; después lo volvemos a dejar como estaba, así evitamos el riesgo de que los humanos se den cuenta de nuestra existencia; opinó el doctor.

-Puede llevar a María y Ana con usted doctor, ya que ellas nacieron en esa ciudad  serán muy útiles como guías; sugirió Lilith.

María se paseaba por la habitación tratando de comprender el mecanismo de modificación del funcionamiento genético que había tras el proceso de transformación de humano en vampiro; pero el libro estaba escrito en francés, el cual no se le hacía fácil. Tan absorta estaba que no escuchó la puerta que se abrió a su espalda. Sigilosa una figura se aproximó por atrás y sin que alcanzara a reaccionar, María sintió que la tomaban por la cintura al mismo tiempo que unos suaves labios besaban su cuello. Cuán grata era esa sensación y cuanto la extrañaba; desde que Ana había comenzado su entrenamiento militar y ella había ingresado nuevamente a la universidad, ya no tenían mucho tiempo para estar juntas.

-Hola linda; le susurró Ana al oído.

-Hola gatita; le contestó María.

-Estoy emocionada, mañana vamos a ir a Chile; le dijo Ana.

-Sí, necesitan dos expertas guías para esta misión; rió María.

En el salón de conferencias se reunieron junto al Doctor Lacroix, el teniente Díaz y la Princesa Lizbeth, quien ahora lucía su uniforme militar, en cuyos hombros destacaban tres estrellas y una franja, que indicaban su grado de Coronel de ejército.

-Muy bien, como ya saben, en Chile hay un grupo sin censar de vampiros; no sabemos en qué condiciones se encuentran, ni cuál es su estado mental y social; el Doctor Lacroix puede darles detalles al respecto; explicó la comandante.

-Nuestros satélites espías nos han permitido localizar cincuenta vampiros en el territorio de Chile, todos concentrados dentro de la ciudad de Santiago. Varios de ellos se mueven solo en la noche; debemos averiguar por qué; informó el doctor.

-En caso de que la misión se complique, la operación cambia a estatus militar y quedará a cargo del teniente Díaz. En el supuesto de una contingencia incontrolable, usted y sus hombres están autorizados para hacer uso de vaporizadores, teniente; aclaró la Princesa.

-Entendido Coronel; respondió el aludido.

-Igual que con el caso del Wendigo; protestó el doctor.

-¿Wendigo?; preguntó sorprendida María.

-Sí, el primero con que tenemos contacto y a la Princesa no se le ocurrió nada mejor que vaporizarlo; siguió alegando el doctor.

-Y de nada sirvió; contestó la Princesa distante. -Estaban en peligro la vida del general Renoir y la mía. Esa cosa tenía la fuerza suficiente para habernos descuartizado. Habría sido muy negligente intentar capturarlo y poner en riesgo nuestra sociedad; explicó Lizbeth.

-La comprendo Princesa, pero entienda la oportunidad científica que perdimos; seguía insistiendo el doctor.

-¿Debo recordarle su propio dicho doctor? “La única diferencia entre el genio y la estupidez, es que el genio tiene un límite”; concluyó molesta la Princesa.

-Ana y María, ya que nacieron en Santiago serán sus guías, solo eso. ¿Entendido?; indicó Lizbeth.

Todos asintieron sin discutir más; la Princesa se había puesto de muy mal humor.

-Ya tienen sus órdenes. Pueden retirarse y buena suerte; les deseó a todos.

-Teniente, dijo en privado a su subalterno, evite que el doctor se meta en líos; si es necesario arréstelo; pidió la Princesa más en tono de favor que una orden.

-Pierda cuidado Coronel Laberne, yo seré su niñera; dijo el Teniente Díaz y se marchó.

Dos días después, un Vampiro Fantasma se posaba sin hacer ruido en un sitio despoblado de la ciudad.

Durante dos días y noches, el equipo logró localizar y poner bajo custodia en estado suspendido a cuarenta de los vampiros. La captura de ellos fue relativamente sencilla. Sin embargo, diez se agrupaban en un sector de la periferia, lo que obligaba a los soldados a alejarse un poco de su campamento; este grupo estaba activo solamente durante la noche y el Doctor Lacroix necesitaba averiguar por qué.

Esos vampiros eran muy esquivos; sobre todo cuando empezaba  a salir el sol. Estaba claro que trataban de evitar la luz del día. Ese grupo estaba en una zona de irregularmente baja densidad poblacional; lo que indicaba que su depredación había sido excesiva.

Por tal motivo, los soldados decidieron ponerles una trampa. Una joven cabo, vestida de civil actuaría como carnada.

Paseaba distraídamente por una calle oscura. La cabo Gómez escuchó a alguien que la acechaba a quinientos metros. Se apoyó en un poste y dejó que su acosador se acercara más; cuando lo tenía a solo cinco metros de ella, como un rayo giró y lanzó una cuerda que se enrolló apretadamente en torno a su atacante, haciéndolo caer inmovilizado al suelo.

Ante la confundida soldado se hallaba un extraño sin cabellos, ojos rojos, puntiagudas orejas y largas garras, quién forcejeaba por soltarse; no se parecía en nada a un vampiro normal. En vista de que el extraño amenazaba con romper sus amarras, la cabo Gómez manipuló en su cinturón y una descarga eléctrica bloqueó el sistema nervioso de ese ser, dejándolo inconsciente.

Al rato llegó el resto del equipo. Todos quedaron muy sorprendidos de la apariencia tan desagradable de ese vampiro.

-Realmente fascinante; exclamó el doctor. -Es necesario hacer varios estudios para saber ante qué nos enfrentamos.

Por accidente un soldado encendió una linterna de luz ultravioleta, cuyo haz tocó la mano del extraño capturado.

Inmediatamente vieron como se producía una grave y humeante quemadura en su piel.

-Eso explica por qué su período de actividad se limita solo a la noche; observó el Doctor  Lacroix.

Para mantenerlo quieto, en la entrada de su celda, encendieron una barra de luz ultravioleta.

-Va uno y quedan nueve; dijo el teniente Díaz.

-¿Qué nos puede decir Doctor Lacroix?; quiso saber el oficial.

-Aunque son fuertes y rápidos, son poco reflexivos, incluso yo diría que son salvajes; por otro lado, nosotros estamos en ventaja, ya que no nos afecta la luz del sol. Podemos capturarlos fácilmente de día, mientras duermen; opinó el doctor.

-No creo que necesitemos esperar tanto doctor; desde que ese bicho despertó, ha estado generando un sonido de muy baja frecuencia, imperceptible en forma natural por nosotros. Si no me equivoco y nunca lo hago, está pidiendo ayuda a sus compañeros; dijo segura de sí misma la cabo Gómez.

-A eso se debe la forma de las orejas; concluyó el doctor.

-Teniente, esos bichos ya vienen para acá; informó Gómez.

-Muy bien, enseñémosle cuál es la raza de vampiros dominante. Cierren sus trajes; ordenó el teniente Díaz.

-Por favor manténganse detrás mientras nosotros nos encargamos, pidió la sargento Gatica a los civiles.

Cuando ya los tenían encima casi, el teniente ordenó atarlos con cuerdas. Sin embargo, los extraños las esquivaron; de alguna forma sabían hacerlo.

La sargento Gatica disparó un arma paralizante contra uno de los otros, pero éste ni se inmutó, continuó avanzando hacia ella; cuando estaba a punto de darle un zarpazo, el extraño vampiro se iluminó y se convirtió en una niebla que se disipó pronto.

La cabo Gómez había disparado justo a tiempo su vaporizador contra esa cosa.

La orden del teniente Díaz no se hiso esperar. -Vaporícenlos a todos; gritó.

Las armas de los soldados hicieron blanco en siete objetivos más. El aire, por un momento, quedó lleno de una fina capa de niebla.

El grupo de comandos se miró satisfecho; habían demostrado una vez más que eran la especie dominante sobre el Planeta Tierra.

El teniente Díaz permitió que los civiles descendieran de la nave.

-Doctor, los tuvimos que vaporizar a todos, de alguna forma sabían cómo defenderse de nuestras técnicas; informó el teniente.

-Por suerte pudimos contener a los ocho doctor; celebró la sargento Gatica.

-¿Ocho?, deberían haber sido nueve; corrigió el doctor.

-No percibo nada; dijo la cabo Gómez.

-¡Teniente!; gritó un soldado. -Una estela térmica se aproxima a gran velocidad; imposible hacer blanco.

-Activen barreras de energía; ordenó el oficial.

María cayó violentamente contra el suelo; sobre ella se pudo ver otro de esos horribles vampiros. Ella duras penas le sostenía las manos para que no la rasguñara, al mismo tiempo que alejaba la cara lo más posible de sus asquerosos colmillos.

Un soldado desenfundó su vaporizador y apuntó contra esa cosa.

-No dispare soldado, ordenó la sargento Gatica. -Vaporizaría a María también.

El terror de Ana pronto se convirtió en furia. Su novia estaba siendo atacada y eso no se lo permitiría a nadie. Sin siquiera pensarlo se abalanzó contra ese engendro, tomándolo fuertemente por el cuello y separándolo de María. Sin soltarlo dio un violento salto que la elevó unos quince metros; la cosa no alcanzó a reaccionar. Girando en el aire, con su presa en la mano, Ana aterrizó, estrellando en forma brutal al extraño contra el concreto.

Ana estaba cada vez más enfurecida. Sus ojos parecían dos puntos rojos brillantes, mientras que sus manos estaban fuertemente armadas de garras.

La criatura se incorporó y se lanzó contra la muchacha, quien la recibió con una impresionante patada en la cabeza, arrojándola a unos cuantos metros de distancia.

El ser era muy fuerte y se levantó nuevamente. En un rápido movimiento, Ana se puso a su espalda; tras replegar las garras de su mano derecha, asestó un tremendo puñetazo en la espalda del horripilante vampiro; el cual ya no se volvería a levantar más, porque su columna vertebral se partió en varias partes.

El brillo de los ojos de Ana era incandescente, manaba un intenso odio de cada poro de su cuerpo.

-¡Trataste de matarla, maldito!; fue lo único que dijo Ana cuando descargó su mano izquierda contra el cuello del monstruo, cuya cabeza rodo por el suelo, cortada por las garras de la joven.

-¡Cálmate Ana!; dijo el teniente Díaz. -Ya pasó.

Poco a poco Ana se tranquilizó. Sus ojos volvieron a la normalidad y sus garras se replegaron.

Cuando alguien iba a ver si estaba bien, se escuchó la voz del Doctor Lacroix que gritó. -¡No la toquen!

-Ana entró en contacto directo con la sangre de la criatura. Ella y María deben ser puestas en cuarentena ahora mismo; ordenó el doctor.

María y Ana fueron llevabas al avión y se les ordenó entrar en dos celdas, las que cerraron con barreras de energía.

La situación de ambas era incierta. El Doctor Lacroix debía averiguar rápido por qué esos vampiros eran tan distintos a ellos y si el agente que provocaba la mutación era transmitido por contacto directo o solo por mordedura.

-¿Y ahora doctor?; consultó preocupado el teniente Díaz.

-Vayamos a la base de las Islas Griegas, ahí está el mejor laboratorio; propuso el médico. -Informe a la Princesa de nuestra situación.

A los pocos minutos la nave se encontraba sobre espacio aéreo griego. Sus instalaciones eran las mejores y más avanzadas de toda la Nación Vampira.

En la base un operador de comunicaciones llamaba  a su comandante.        -Señor, es mejor que venga para acá, por favor. Es serio.

El comandante de la base era un hombre práctico y muy observador del protocolo, propio de los oficiales en los que se mezcla el militar y el científico.

-¿Qué es tan importante como para molestarme?; preguntó al operador que lo había llamado.

-Señor, una unidad de “La Rosa Negra” solicita permiso para aterrizar. Indican emergencia médica; dijo el aludido.

-Comandante, se escuchó una voz por el intercomunicador. -Soy el Doctor Pierre Lacroix y le solicito acceso de emergencia a sus instalaciones de investigación  biológica. Dos miembros de nuestro equipo han sido expuestos a un agente mutágeno desconocido y deben ser sometidos a análisis y descontaminación. Por favor, que su equipo nos reciba vistiendo trajes de aislación biológica de Nivel Cuatro; dijo directamente el médico.

-¡Nivel Cuatro!; exclamó el comandante de la base. -¿Está consciente de lo que pide? Aquí se  producen las unidades de sangre de emergencia. El protocolo de higiene es muy estricto; gruñó el comandante.

-Lo entiendo perfectamente, yo mismo diseñé el protocolo, pero esto es una emergencia; gritó el doctor.

-Señor; interrumpió el operador de comunicaciones. -Está entrando una comunicación encriptada de Prioridad Omega desde Francia.

Una pantalla de un metro se iluminó, mostrando a una muy seria Princesa. Lizbeth lucía su uniforme de Coronel y la insignia de la rosa negra, que era el distintivo personal de la Princesa de la Nación Vampira. La doble autoridad de Lizbeth Laberne era algo difícil de ignorar.

-¡Comandante!; dijo en tono muy diplomático. -Por favor le solicito que autorice el aterrizaje de mi equipo y que tengan acceso a todo lo que requieran.

-Eso es poco aconsejable, Alteza. El trabajo que en estas instalaciones se realiza es muy delicado y requiere de las más estrictas medidas de aislación; se opuso el comandante.

-Teniente Coronel Sartorius; cortó Lizbeth haciendo evidente la diferencia de rangos, la operación que realiza el equipo del Doctor Lacroix es vital para asegurar la supervivencia de nuestra raza; así es que, si esa nave no ha aterrizado en dos minutos, mis tropas de asalto tomarán e intervendrán esa base, poniéndola bajo el control militar de La Casa Real. Supongo que comprende lo que eso significa para su carrera, coronel.

Otra pantalla mostró diez Vampiros Fantasmas que se hacían invisibles, lo cual indicaba que estaban listos para despegar.

El comandante tragó saliva e hizo un gesto con la mano al operador de comunicaciones.

-Aterricen en la pista número dos; indicó el operador.

Ana y María fueron alojadas en salas de confinamiento aislado; fueron bañadas con distintos tipos de soluciones desinfectantes y sus ropas quemadas. Se les habilitó un sistema de comunicación interna para que pudieran hablar entre ellas.

-Siento mucho todo esto; dijo María. -Por culpa mía te has expuesto a quién sabe qué cosa.

-¿De qué estás hablando? Tú estabas en peligro y yo tenía que ayudarte; no podría soportar vivir una eternidad si te hubiese perdido. Te amo y lo sacrificaría todo por ti; contestó Ana.

-Yo también te amo; dijo María con las manos apoyadas en el vidrio blindado que las separaba.

El análisis del extraño vampiro permitió averiguar que el agente mutágeno era transmitido por medio de la mordedura; o lo que es más correcto, por medio del contacto entre líquidos corporales. Esto descartaba que el contacto físico común fuese una vía de infección.

Después de dos semanas, tras una serie de exámenes, se pudo concluir felizmente, que Ana y María estaban totalmente sanas. Se pudo establecer también que originalmente, María había sido transformada por  un vampiro común y corriente.

La mutación que había dado origen a los vampiros extraños había sido provocada por un gen recesivo que se encontraba presente en algunos humanos, y que para poder expresarse, se debía combinar con su versión presente en algunos vampiros. Para evitar que en un futuro volvieran a surgir esos mutantes, ese gen sería eliminado del genoma de los vampiros.

Ana y María fueron dadas de alta y pudieron abrazarse nuevamente, después de estar tres semanas separadas.

El comandante de la base estaba contento porque al fin todo volvería a la rutina tan querida de su pequeño dominio.

Un Vampiro Fantasma solicitó permiso para aterrizar.

-¿Pero qué diablos pasa? ¿Es que no me van a dejar tranquilo?; gruño el comandante.

Un destacamento de soldados de las Fuerzas Especiales, encapsulados en sus negros trajes de combate descendió de la nave, formando dos filas paralelas. Enseguida descendió Lizbeth, luciendo en su traje ambas insignias que indicaban su doble estatus de autoridad.

Escoltada por su guardia personal la Princesa se dirigió hasta el teniente Coronel Sartorius.

-Al fin nos conocemos personalmente comandante; saludó Lizbeth.

-¡Princesa!; saludó el comandante, mientras se cuadraba ante su superior.

-Fue incómoda nuestra primera entrevista comandante; recordó la coronel Laberne, mientras movía la cabeza de lado a lado; al tiempo que arrancaba las jinetas de los hombros del atónito oficial.

-¡Pero Señora, yo obedecí sus órdenes!; protestó él entre rabia y humillación.

-Ya no necesita más esas insignias; le dijo Lizbeth con los ojos brillantes.

-Ya no las necesita, General.

Un soldado se acercó a la Princesa trayendo una cajita de oro en sus manos. En su interior lucían las insignias de general.

-¡Perdón! ¿Cómo dijo?; preguntó incrédulo el comandante.

-Dije General; repitió Lizbeth, al tiempo que fijaba las nuevas jinetas en los hombros del ascendido oficial.

-Su comportamiento ante la inminente crisis que enfrentó nuestra raza; su celoso juicio para cumplir al pie de la letra los protocolos de seguridad y su capacidad de respuesta ante situaciones inesperadas, lo convierten en el candidato perfecto para comandar la nueva “Fuerza de Respuesta Biológica”. Su jurisdicción es a nivel planetario y depende directamente de La Casa Real y solo ante ella responde. De las Fuerzas Especiales puede elegir a quién usted estime conveniente para formar una fuerza de elite única en su género; explicó la Princesa.

-Lo felicito General Sartorius; saludó militarmente Lizbeth y luego estrechó su mano.

En el avión de la Princesa iban el Doctor Lacroix, Ana y María.

-¿Qué le parecen ahora  las experiencias de campo doctor, satisfacen su curiosidad científica?; preguntó Lizbeth.

-Fue muy enriquecedora, pero definitivamente prefiero mi laboratorio; comentó el médico.

-Además tengo un nuevo libro que escribir sobre mutaciones del ADN vampiro y espero que María, con quién compartiré la autoría me ayude, ya que es un genio; continuó el doctor mientras sonreía a María.

-¿Y tú Ana?; quiso saber la Princesa.

-Supongo que de vuelta a la Academia para seguir mi entrenamiento; contestó la cadete Eguigurren.

-Según lo que me contó el teniente Díaz y según recomendación de él, debes incorporarte al curso de entrenamiento avanzado de combate; comentó Lizbeth.

-Pero ese es solo para futuros oficiales; observó Ana.

Lizbeth no contestó nada, solo le guiñó un ojo.

-Por ahora creo que nosotros cuatro nos merecemos unas buenas vacaciones en una playa tranquila del Mediterráneo; sin monstruos, ni libros, ni trabajo. Tres semanas con solo mar, arena y sol, propuso Lizbeth con un pícaro brillo en los ojos.

-¿Sin libros pequeña? ¿Y ese que llevas en el estuche del cinturón?; preguntó el doctor, recordando cuando la pequeña Lizbeth era solo una niña humana.

-Es solo uno chiquitito doctor; dijo mientras le sacaba la lengua y lo abrazaba recordando cuando la cuidó a los quince años, siendo humana todavía, la vez en que se torció un pie.

 

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 3 – Hielo de Muerte

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Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 3
Hielo De Muerte

La nieve caía con ganas en esa época del año en el pequeño pueblo de Alaska. Aunque decir pueblo era decir demasiado; antes había sido una próspera estación maderera, pero eso ya era historia pasada. Los jóvenes, de a poco, empezaron a emigrar hacia las ciudades; apenas tenía ahora unos cien habitantes y los únicos ingresos provenían de los escasos turistas que de vez en cuando iban de excursión.

-¡Y pensar que ahora podría estar asoleándome en el Mediterráneo!; alegó la bella joven.

-¡Vamos querida!, siempre es lo mismo; ya teníamos que cambiar el paisaje. Además necesitábamos vacaciones solos tú y yo, sin los niños; le dijo  su marido mientras la tomaba de la cintura para besarla.

-Sí es cierto, en eso tienes razón; pero podría haber sido un lugar con más sol y calor. Me llegan a doler los huesos de frío; siguió reclamando la mujer.

-Sabes que eso no es posible Liz; le dijo el hombre a su esposa mientras le daba una palmadita por detrás.

-¡Está bien!; aceptó resignada. Si no hay alternativa disfrutémoslo entonces; dijo y se tiró sobre él.

-¿Qué es esto?; preguntó Liz, mostrando una bolsa de rojo líquido en la mano. -¿Comida en conserva?

-Bueno, este pueblo tiene apenas cien habitantes ¿Te imaginas qué pasaría de lo contrario, con nosotros dos aquí un mes?

-¡Sí!, lo dejaríamos reducido a menos de la mitad; Lizbeth se encogió de hombros y aceptó.

-¿Qué tal si vamos a conocer el lugar?; propuso la joven.

Entraron en el único restaurante, el cual era atendido por su dueño y además alcalde del poblado.

¡Oh!, pasen, pasen, los atiendo enseguida; corrió a prepararles una mesa a los recién llegados.

-Permítanme ofrecerles la especialidad de la casa; filete de reno con puré de patatas; es delicioso.

-¿De paso por nuestro hermoso pueblo?; preguntó el encargado.

-Sí. Vamos a estar un mes; contestó el hombre.

-Por su acento supongo que no son de por acá; observó el dueño del local.

-Somos de Francia; contestó la joven mujer.

-¡Oh, Francia! ¡Estupendo!; dijo el alcalde.

-Estupendo; pensó para sí, imaginando todo el montón de euros que gastarían esos turistas ahí.

-¡Váyanse de aquí! Es peligroso. Todos deberíamos irnos; se acercó una vieja mujer que había estado sentada en otra mesa.

-¡Por favor Gladys!, no empieces con eso de nuevo; la paró enojado el alcalde.

-¿Pasa algo?; preguntó el forastero.

-¡No, claro que no!, son solo cuentos de viejas supersticiosas; dijo el encargado.

-¡No on cuentos! Hace cien años en un invierno como este, murieron tres leñadores. Se los llevó el Wendigo. Y este invierno está igual de frío; advirtió la vieja india.

-¡Ya Gladys!, termina de una vez. Siéntate y tómate un trago mejor; le ofreció su amigo.

Lizbeth y Marcel se encogieron de hombros y se dedicaron a comer su almuerzo, el que por cierto tenía buen sabor.

No había mucho que hacer en el pueblo, aparte de vida social en el restaurante; así es que el matrimonio de turistas se lo pasaban ahí y en su cabaña, ya sea leyendo, jugando a las cartas y a algún otro tipo de juegos.

Cuando estaban precisamente en uno de esos juegos, escucharon un alboroto desusado que venía de la calle.

Después de ponerse presentables salieron a ver qué ocurría.

La gente se agolpaba alrededor de la única camioneta que había en el pueblo.

En la parte trasera de esta traían a un joven muy robusto, con el pecho desgarrado.

El doctor, después de observarlo, sentenció. -Lo ha matado un lobo.

-Un lobo no se come solo el corazón y deja el resto; se escuchó la voz de la vieja Gladys. -Es el Wendigo que ha vuelto.

-Ya córtala con eso Gladys; cortó el doctor. -El Wendigo no existe, más que en tus botellas.

Todos los presentes rieron, más para tranquilizarse que por el chiste.

-¿Pasa algo malo?; preguntó Marcel.

-¡Oh, no nada!; contestó presuroso el alcalde.

-Es que un pobre muchacho fue atacado por lobos. Eso no es muy raro por estos lados.

A los dos días apareció otro hombre muerto en el bosque; también a él un animal le había arrancado el corazón. Hacía tanto frío que cuando lo encontraron el cadáver ya estaba congelado.

En la cabaña el matrimonio conversaba sobre lo acontecido aquellos días en el pueblito.

-¿Qué opinas Liz?, ¿crees qué sean lobos los que están atacando?; preguntó Marcel.

-No lo sé. Desde que llegamos no he escuchado ningún lobo y ahora que lo pienso, eso es extraño en esta región; contestó Lizbeth.

-Al menos estoy segura de que tú y yo no hemos tenido nada que ver  con esas muertes; le dijo a su esposo, mientras le guiñaba un ojo.

Ella se paseó un ratito, al cabo del cual se sentó y tomó una maleta que había junto a la cama.

-¡Ya no aguanto más la curiosidad!; dijo al tiempo que de la maleta sacaba un cintillo de metal y se lo tiraba a su marido.

Perplejo lo tenía en la mano mientras miraba en el interior de la maleta.

-¿Trajiste esto a nuestras vacaciones?; exclamó atónito.

-Ya sabes; dijo ella. -Es mejor tener uno y no necesitarlo, que necesitar uno y no tenerlo.

Dentro dos trajes negros de un extraño material brillante estaban perfectamente doblados.

-¿A quién se le ocurre llevar trajes de combate furtivo a sus vacaciones?; seguía sin poder creerlo Marcel.

-¡Ya deja de alegar y póntelo!, tenemos que averiguar qué pasa. ¿O te tragaste el cuento de los lobos? Aquí hay un depredador y esta vez no somos nosotros; dijo tajante la mujer.

Ya embutidos en los trajes parecían dos estatuas de mármol negro, pero que a pesar del brillo, no reflejaban ninguna luz.

-Ya sabes el dicho: puedes alejar al ejército de tu esposa, pero no a tu esposa del ejército; acababa de inventar Lizbeth.

-Además, no puedes negar que  me veo muyyyyy bien con este traje; rió coqueta la joven.

Marcel no pudo más que aceptar, mientras admiraba la hermosa figura de Lizbeth.

-¡Bueno Coronel Laberne! ¿Está lista?; pregunto Marcel.

-¡Lista General Renoir!; contestó Lizbeth mientras se cuadraba militarmente, haciendo sonar los tacos de sus botas.

A los pocos minutos los dos soldados estaban en medio del bosque. Eran dos sombras que parecían fantasmas al moverse. Ni siquiera su respiración se oía. Gracias a los cintillos que llevaban puestos no necesitaban pronunciar palabra alguna para poder comunicarse; era la última incorporación al equipo estándar de las secretas Fuerzas Especiales de la inexistente, al menos para los humanos, Nación Vampira.

Aguzando sus sentidos al máximo rastreaban cada centímetro de bosque. A sus oídos llegaba el sonido de cada copo de nieve que caía; su visión infrarroja hacía que ninguna sombra en ningún lugar del bosque quedara oculta.

Nada podría escapar a dos comandos vampiros; sobre todo teniendo en cuenta que esos dos soldados eran los mejores guerreros de sus fuerzas armadas.

Sin embargo…

Lizbeth no alcanzó a darse cuenta cuando cayó derribada por un monstruoso ser de dos metros y medio de alto.

Marcel corrió a ayudar a su esposa pero fue lanzado a unos cuantos metros de un solo golpe de esa criatura.

Lizbeth estaba inmovilizada bajo el peso de esa cosa.

Viendo a su marido incorporándose de a poco, lanzó sus piernas hacia arriba; haciendo caer de espaldas al extraño ser.

Una vez de pie ella cubrió su cara con la careta del casco y descargó toda su furia en una verdadera andanada de patadas; ni siquiera un vampiro podría haber resistido ese brutal castigo sin sentir mucho dolor al menos. Pero eso era fuerte, extremadamente fuerte.

Cuando Marcel se pudo poner de pie, se abalanzó hacia el monstruo, con una pierna por delante, mientras giraba y con la otra golpeaba violentamente su cabeza, un viejo truco que siempre funcionaba.

Al verse superada en número, la criatura escapó internándose en el bosque.

Una vez solos, los dos esposos se miraron perplejos.

-¿Estás bien?; pregunto Marcel.

-Humillada pero bien; contestó Lizbeth. -¿Y tú?

-Sí, bien también.

-Volvamos a la cabaña; dijo Lizbeth. -Tengo miedo.

Marcel asintió. Nunca pensó que sería testigo del día en que su esposa, la Coronel Lizbeth Laberne, Comandante de las Fuerzas Especiales de la Nación Vampira sintiera miedo; y siendo sincero, la verdad es que hasta él sentía algo de temor en ese momento.

-¿Qué diablos fue eso? Si no fuese porque se activó la barrera de energía del traje creo que me podría haber matado; dijo Lizbeth entre preocupada y avergonzada.

-A pesar del escudo casi me saca la cabeza con ese golpe; se quejó Marcel.

En la cabaña ambos guardaban silencio.

Nunca un vampiro había enfrentado a un enemigo igual o más poderoso que él. Siendo la especie dominante en el planeta, resultaba difícil de aceptar.

-Veamos qué información tenemos  sobre esa criatura; empezó Lizbeth a teclear en su computador portátil. -Nuestra base de datos no muestra nada; veré en Internet.

-¿Cómo lo llamó la india?; preguntó la mujer.

-Wendigo; contestó Marcel, mientras comprobaba que los trajes no hubieran sufrido daño.

-¡Aquí está!, Wendigo: “Criatura perteneciente al folclore o mitología de los aborígenes norteamericanos; que se alimenta de corazones humanos; su corazón es de puro hielo”. Eso explica por qué no lo vimos hasta que nos pegó; esa cosa no genera calor, así es que es invisible en infrarrojo; explicó Lizbeth.

-Y como nosotros nos guiamos por nuestra visión infrarroja para cazar, se nos escabulló hasta que nos atacó; completó Marcel.

-Por suerte nosotros también podemos ser totalmente imperceptibles; dijo Lizbeth con los ojos brillantes.

-¿Dice cómo matarlo?; preguntó Marcel.

-Según esto, hay que sacarle el corazón, luego romperlo y finalmente quemarlo; leyó Lizbeth.

-¡Esto es mucho trabajo!; concluyó y tomando un pequeño maletín de plástico sacó dos pistolas y le pasó una a su esposo.

-¡No lo puedo creer!; exclamó éste. -Vaporizadores entre el equipaje de vacaciones. ¿Quién firmó la autorización para sacarlos de una unidad de combate?

-¡Yo la firmé!; contestó molesta Lizbeth.

-Recuérdame revisar el reglamento cuando regresemos; dijo Marcel.

-¡El reglamento está bien!, yo misma lo escribí; terminó Lizbeth.

Marcel prefirió no discutir; tal vez al final y al cabo, las armas traídas por su esposa eran lo único que les permitiría salir de este lio.

-Es mejor que esta vez activemos el camuflaje fantasma; opinó Marcel.

-Sí, tienes razón.

En el bosque los dos se movían totalmente ocultos. El camuflaje fantasma, aparte de volverlos invisibles, los hacía totalmente imperceptible en rangos tanto infrarrojo, como ultravioleta del espectro electromagnético; sus cuerpos así cubiertos, tampoco emitían ningún sonido.

De nada servía intentar rastrear la huella de calor de la criatura; así es que recalibraron los sensores térmicos de sus cascos para que detectaran cualquier cosa más fría que la temperatura ambiente del bosque. El paisaje ahora se veía en distintos tonos de azul.

Su audición amplificada ahora por el casco, les permitió escuchar una leve respiración a unos quinientos metros del lugar donde se hallaban.

En unos cuantos segundos llegaron a un claro en el bosque. Agachado sobre el cuerpo sin vida de otro aldeano, el monstruo sacaba y devoraba su corazón.

La criatura no sabía que en ese preciso instante, estaba siendo observado por dos pares de ojos, que si alguien los hubiese podido ver, habría dicho que eran como brazas al rojo vivo pertenecientes a algún demonio.

-Hasta aquí llegaste; pensó Lizbeth mientras desenfundaba su pistola y disparaba contra aquella cosa.

El rayo pegó de lleno en el cuerpo del monstruo, el que tras dar un alarido, se iluminó completo y se convirtió en una niebla que pronto se disipó.

-Siempre he dicho que la mejor solución es la más…;Lizbeth no alcanzó a terminar su frase. Con incredulidad vio que las volutas de vapor se empezaban a reunir en torno a un punto que fue creciendo hasta alcanzar dos metros y medio de alto.

-¡Esto es imposible!; pensó para sí y para Marcel.

Frente a ellos el Wendigo estaba de pie a pesar de haber sido vaporizado recién.

La criatura miraba a su alrededor buscando qué lo había atacado, pero nada veía.

-¡La leyenda!, recuerda la leyenda; pensaron los dos al mismo tiempo.

-Es hora del Plan “B” querida; pensó Marcel.

-¡Qué diablos!; gruñó para sí Lizbeth, al tiempo que de las pulseras que llevaba en ambas muñecas, surgieron filosas e invisibles espadas.

El monstruo aulló de dolor y espanto al ver caer sus brazos al suelo, sin saber qué los había cortado.

Desde los guantes de Marcel crecían largas garras que ensartó en la espalda de la bestia, abriendo una gran herida que dejaba a la vista un corazón de hielo, el que a causa de los sensores de temperatura recalibrados, los vampiros veían como un gran diamante azul de forma extraña.

Sin perder el tiempo, Lizbeth metió su mano y sacó el congelado corazón.

Marcel con el taco de su bota rompió en mil pedazos el único punto vulnerable de la cosa.

Con ayuda de una bengala encendieron una fogata en la que arrojaron todos los pedazos del horrible corazón del Wendigo. Cuando todos hubieron ardido entre las llamas, el cuerpo del ser que casi mata a dos poderosos vampiros, se convirtió en polvo que se llevó el viento.

Tres días después, los dos turistas cancelaban las cuentas, dejando una generosa propina. El alcalde del pueblo estaba a más no poder de felicidad.

La vieja Gladys se sentó en la mesa que ocupaba la pareja y sonriendo por primera vez en años, les dio las gracias, mientras tomaba sus manos.

-¡Gracias, muchas gracias!; exclamó emocionada.

-¿Por qué?; preguntó Lizbeth con curiosidad.

Profunda se escuchó la voz de la india. -Los espíritus del bosque me han contado algo que pasó ahí hace tres noches.

Los ojos de Marcel se abrieron muy grandes.

-Tranquilos; los calmó la anciana. -Su secreto está seguro conmigo.

-Además, nadie me cree nunca; se rió.

Sacándose un collar, la vieja india lo puso en el cuello de la joven extranjera.

Lizbeth a cambio le obsequió una rosa negra que llevaba en una mano.

Haciendo una reverencia con la cabeza  la anciana agradeció.

-Me honra Princesa.

-¿Pero cómo puede saber…? Lizbeth prefirió no terminar la pregunta.    -Mejor dejémoslo así.

Esa noche la vieja Gladys guardó la rosa negra como su tesoro más precioso.

En la noche se oyó a un lobo aullar en el bosque, todo volvía a su curso normal.

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 2 – El Bosque 6 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 2
El Bosque

En un pueblo pequeño no había muchos negocios para regodearse al momento de comprar, así es que obligada a hacerlo en el único supermercado, aunque tuviera que pagar el doble que en la ciudad; al menos el poco personal que ahí trabajaba era simpático.

La cajera, tal vez queriendo ganarse una propina extra, se hizo la amiga.

-Hola, ¿eres nueva en el pueblo?

-Sí, llegué hoy no más. Voy a pasar unos días.

-¿Dónde te vas a alojar?

-Ohh; en la cabaña de la colina. Es de mi familia; contestó la joven.

-¿Cómo cancelas?; preguntó la cajera.

-En efectivo; contestó la clienta y sacando un fajo de euros se dispuso a pagar.

-¡Pero niña!, no seas tan descuidada. No saques tanto dinero, sobre todo si andas sola; la previno la encargada.

En la otra esquina del supermercado, cuatro tipos de esos que uno no quiere encontrarse en una calle solitaria, observaban a la descuidada joven; con un gesto, sin decir nada, se pusieron rumbo a la colina…

-Bueno gracias, me voy; dijo la forastera.

-¿Quieres que te acompañe alguien?; ofreció preocupada la cajera.

-No gracias; está cerca y es de día aún.

-¡Bueno cuídate!; se despidió la tendera.

Los cuatro tipos llegaron a la cabaña de la colina antes que la joven.

-¡Qué feo adorno!, ¿a quién se le ocurre colgar una rosa negra en la puerta?; preguntó uno de ellos.

Silbando una canción la muchacha abrió la puerta y entró.

El susto que se llevó la chica al ver a cuatro desconocidos dentro de la casa fue mayúsculo.

-¿Qué hacen aquí?, ¿qué quieren?

-¡Hola linda!; dijo uno.

-Pensábamos que podríamos hacer una fiestecita contigo; agregó otro.

Sin otra alternativa, la joven salió corriendo de la cabaña y se dirigió al bosque.

Los cuatro facinerosos rieron burlones.

-¡No te vayas bonita!

-Nos vamos a divertir.

Los cuatro corrieron detrás de la chica, la cual se veía ya algo cansada.

La muchacha en su huida tropezó en una piedra y calló.

Se levantó y miró hacia donde venían sus perseguidores.

Una cacería había empezado.

Sin darse cuenta los cuatro bandidos fueron internándose cada vez más en el bosque.

-¿Pero dónde diablos se metió la maldita?; preguntó uno; la muchacha no se veía por ningún lado.

-Mejor, así es más entretenido; celebró el mayor.

Al volverse para orientarse, los miserables se dieron cuenta de que faltaba uno de ellos.

-¿Dónde se fue Juan?; preguntó uno.

-Debe estar orinando; opinó otro.

-¡Juan!; lo llamaron.

Pero Juan no contestó.

-Allá él, más lana para nosotros.

Después de un rato y detrás de una roca, los tres se quedaron de piedra. Juan yacía tirado; con los labios azules y la piel blanquecina.

-¿Pero qué diablos le pasó?; se preguntó uno de los bandidos, mientras se santiguaba.

-No sé, pero esto no me gusta nada; contestó el que estaba más cerca.

-Encontremos a la mosquita muerta y larguémonos de aquí.

Los tres cobardes dejaron tirado el cadáver de su amigo, sin darse cuenta de las cuatro marcas que tenía en el cuello.

Unos cien metros más allá, se sintió un ruido entre las ramas. Al volverse notaron que ahora solo había dos de los cuatro; Diego ya no estaba.

Un alarido se escuchó entre la espesura.

Corrieron hacia donde habían escuchado el grito, solo para encontrar a su camarada con el pecho abierto.

-¡Le han sacado el corazón!; exclamó uno, mientras el otro vomitaba.

-¡Vámonos de aquí!; dijeron los dos y largaron a correr.

Poco más allá, sentada en el tronco de un árbol caído estaba la muchacha, quién les habló.

-¡Hola chicos!, ¿es que ya no quieren jugar conmigo?; preguntó con una mirada maliciosa, mientras se chupaba los dedos llenos de sangre.

Al mirar de nuevo hacia allá, los dos bandidos que quedaban se dieron cuenta de que ya no había nadie.

-¿Pero qué diablos está pasando?; preguntó angustiado uno.

-Pasa que la maldita nos está cazando, eso es lo que pasa; contestó el otro.

Agotados de tanto correr tuvieron que detenerse a recobrar el aliento.

Una sombra pasó y se llevó a Antonio. Éste no supo cómo llegó hasta la rama de un árbol; y parada junto a él estaba la joven.

-Hola lindo, ¿te puedo hacer cosquilla?; dijo mientras pasaba uno de sus dedos por el cuello del aterrado hombre, quién cayó con la garganta cortada.

De pronto se escuchó la voz de la muchacha quien cantaba.

-“Juguemos en el bosque ahora que el lobo no está. ¿El lobo está?…”

Desde atrás Paco sintió una respiración en la nuca, pero al volverse no vio a nadie. De frente a él estaba parada la joven.

-¡Hola amigo! ¿Ya se te pasó lo valiente? ¿No te gustaba abusar de pobres mujeres indefensas como yo?

La mujer le rodeó el cuello en un movimiento que anticipaba un beso.

El hombre estaba paralizado y con terror vio crecer los colmillos de la muchacha.

Al otro día en el supermercado, una risueña clienta hacía sus compras.

-Hola amiga; saludó la cajera. -¿Llegaste bien a casa ayer?

-Sí, súper; contesto la joven.

-Debes tener más cuidado.

-¿Por qué?; pregunto la chica con voz ingenua.

-La policía busca a cuatro bandidos muy peligrosos que ya han atacado a varias mujeres en otros pueblos; le contó la cajera.

-No creo que anden por aquí, ya deben estar lejos ahora; opinó la joven.

La cajera se fijó en la rosa que llevaba la muchacha.

¡Que linda flor, y que rara!, nunca había visto una rosa negra.

-Ahh, la encontré en el bosque y no es tan rara. Hay muchas más de las que crees; dijo la chica.

-Sí es posible; pensó la cajera.

-A propósito, ¿cómo te llamas linda?; preguntó la encargada del supermercado.

La joven se volvió y sonrió.

-¡Lizbeth!…

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 1 – Bajo la Luna de Sangre

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Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 1
Bajo La Luna De Sangre

Era el invierno de 1183, en París cuando todo comenzó. El tiempo transcurrido torna difusos los recuerdos y es que ochocientos treinta años son demasiado tiempo.

No era una persona violenta, más bien era tímido; y de eso se aprovechaban los abusadores de siempre para hacerme el blanco de sus bromas de mal gusto. Claro que en casa encontraba el gran apoyo en mi esposa, mi hija y mi hijo; los cuales siempre me demostraban su amor, diciéndome que no cambiara, ya que preferir la paz en un mundo caótico era una bendición y una muestra de valentía.

Sin embargo, un mal día en el mercado, al negarnos a darle una moneda a un vago, éste le arrancó el bolso de la mano a mi esposa haciéndola caer al barro. Furioso me abalancé sobre él, pero de un solo golpe me derribó. Cuando desperté en mi cama tenía un gran chichón en la frente y una terrible sensación de impotencia y vergüenza al no ser capaz de defender a la compañera de mi vida.

Poco a poco empezó a crecer en mí el deseo de ser fuerte, más fuerte que cualquier persona. Quería poder, poder sin límites.

No comprendí entonces que todo tiene un precio y consecuencias.

Loco por una sed enfermiza de poder, empecé  a estudiar artes ocultas. Pensaba que a través de la hechicería sería capaz de hacerme lo suficientemente fuerte como para poder defender a mi familia de cualquier amenaza, ya sea de este o del otro mundo.

Cuando ya me sentía lo suficientemente capaz para controlar cualquier cosa di el gran paso.

Me dirigí una noche a un claro en medio del bosque cerca de la ciudad. El viento desplazaba las nubes dejando ver una plateada luna llena, los relámpagos a lo lejos anunciaban una inminente tormenta.

Una vez preparado comencé el macabro ritual que cambió toda mi vida y también la de los demás. Las llamas de la hoguera encendida parecieron cobrar vida. Una forma extraña empezó a materializarse en ellas. Saliendo del fuego apareció un hombre alto, de cabello rubio, cuyos ojos intensamente azules brillaban con un resplandor parecido al de los relámpagos que se hacían más violentos a cada instante que pasaba.

El aire se enfrió de forma brusca, los ruidos del bosque cesaron de golpe, era como si la vida se hubiese escapado de los alrededores. Solo la tormenta que se desencadenaba se oía a lo lejos.

El extraño parecía brillar con un resplandor propio, el cual le confería un aspecto sobrecogedor, pero que helaba la sangre y cortaba la respiración.

En el fondo yo sabía que él estaba ahí, parado frente a mí, porque había respondido a mi llamada. Él había obedecido a mi llamado…

Dime  por qué me has llamado, habló el hombre, con una voz calmada que parecía salir de todo el rededor.

-¿Quién eres?; pregunté.

El extraño se sonrió y movió la cabeza de lado a lado en forma burlona, como si la pregunta fuese muy inocente o yo fuera un tonto.

Con toda calma contestó: -De muchas formas me han llamado y muchos nombres me han dado y en el fondo tú sabes quién soy. En todo caso si lo prefieres me resulta más grato el nombre que me puso mi padre al momento de, digamos, hacerme uno de sus favoritos…Puedes llamarme Lucifer; aunque es más apropiado que te dirijas a mí diciéndome Mi Señor…

-¡Bueno, vayamos al grano! ¡Dime de una vez para que me  llamaste!

Al cabo de un rato logré recuperarme de la impresión y pude expresar mi deseo.

-¡Mi Señor!, demasiado tiempo he tenido que soportar el abuso de todo el mundo; ni siquiera soy capaz de defender a mi esposa de un vago. Estoy cansado de ser un débil y un inútil; quiero tener poder, mucho poder…, me lo merezco. Quiero que tiemblen ante mí.

-¿Deseas fortuna, ser muy rico acaso?

-No Mi Señor. El dinero no me interesa; quiero tener mucha fuerza, quiero ser invencible a la hora de pelear.

-Mmm, creo que eso se puede arreglar. .. Pero yo a cambio deseo algo de ti. ¿Estarías dispuesto a entregarme tu alma y a servirme solo a mí a cambio de que yo te convierta en la persona más fuerte de este mundo?

El precio era alto; pero la ganancia también lo era, así es que acepté sin dudarlo.

-Si Mi Señor, estoy dispuesto a ser tu humilde servidor si me concedes lo que te pido.

El Señor de Las Tinieblas, rió satisfecho y agregó: -No deseo que seas humilde, al contrario, debes ser altivo y orgulloso del inmenso poder que tendrás, ya que nadie será rival para tu fuerza y nadie se podrá oponer a tu voluntad, … Excepto yo claro está.

Sus ojos brillaron con una expresión maligna y me habló en forma profunda.

-Te advierto, que tu vida cambiará para siempre. El tiempo dejará de tener significado para ti, nada que hagan los humanos podrá lastimarte, en las tinieblas te moverás como una forma de respeto hacia mí. La fuerza que me pides viene de la vida,  Ia vida de los demás, la vida que corre por sus venas; de sangre humana te alimentarás. Cada día, cuando la oscuridad se cierna sobre la humanidad, antes de medianoche deberás haberte alimentado, de lo contrario morirás y yo vendré a reclamar tu alma.

-Ahora ya es tiempo de cambiar tu esencia; diciendo esto pasó una de sus uñas, que ahora parecían delgados cuchillos, por la muñeca de su mano derecha, provocándose una herida de la que empezó a manar un rojo hilo de sangre. De mí sangre te alimentarás primero. Con este acto nuestro pacto queda sellado por toda la eternidad. Durante la próxima luna sangrienta sentirás una sed incontenible, que solo podrás saciar con sangre humana; en ese momento tu transformación estará completa.

Me desperté al día siguiente, todo parecía haber sido solo un sueño; me levanté apresurado y salí corriendo a la Universidad de París, donde me desempeñaba como profesor de geometría en la Facultad de Artes Liberales. Como se ve estaba en el centro mismo del conocimiento del mundo civilizado.

Habrá pasado como un mes desde mi extraño sueño, cuando al ponerse el sol me empecé a sentir muy extraño. Una sed muy grande me empezó a molestar.

Por más agua que tomase, la sed no hacía más que crecer, tornándose realmente insoportable. A mi memoria regresó todo lo ocurrido aquella noche en el bosque y comprendí que a veces los sueños se convierten en realidad.

No sabía cómo comportarme; por suerte llegaron a casa unos profesores y alumnos de la universidad, esperando que los acompañase a beber unas cervezas a la hostería. Mi esposa me animó diciéndome que me haría bien salir y distraerme un rato…No se imaginaba cuánta razón tenía.

Las cervezas venían una tras otra y ni siquiera me mareaban un poco, mientras que a mis compañeros de juerga se les empezaba a notar la borrachera. Me gustaba la sensación de superioridad ante todos los demás clientes de la cantina. Sin embargo, la sed se tornaba insoportable.

Uno de mis colegas se alejó de nosotros y regresó acompañado de unas cuantas rameras. Después de un rato todos decidimos retirarnos, cada uno con su amante ocasional. La joven con que iba era delgada, con un hermoso cabello negro que caía sobre sus hombros. Llegamos a una pequeña casita donde vivía y donde nadie nos molestaría.

La abracé de espaldas y ella se dejó acariciar. Empecé a besar su cabellera y el aroma que manaba de su cuerpo me estaba descontrolando. No era el olor típico del perfume o de la piel de mujer. Yo recordaba ese olor, lo había sentido en el bosque esa noche. Podía sentir el olor de la sangre que bañaba todo su ser por dentro; era como una droga irresistible.

Moví su cabellera hacia un lado, dejando al descubierto su delicado y hermoso cuello. Ella rendida ante mí ladeó la cabeza hacia un lado, invitándome a que me sumergiera y besara aquella parte de su anatomía. En forma casi instintiva supe de pronto que es lo que debía hacer. Inclinándome hacia ella acerqué mi boca a su cuello, pero en lugar de besarla, como ella lo deseaba, clavé mis dientes y empecé a beber su sangre. En un principio ella se retorció de dolor y terror, pero luego su respiración se agitó como si le estuviera gustando; finalmente, después de un rato la muchacha ya no se movía más. Yacía sin vida, desangrada entre mis brazos y con la marca de cuatro colmillos enterrados en su cuello.

Una energía como nunca antes había sentido recorría todo mi ser. Mis sentidos alcanzaban a percibirlo todo hasta en sus más mínimos detalles. Sentía que todas las criaturas de la noche se comunicaban conmigo y se postraban a mis pies, se inclinaban ante mi poder. Y la fuerza, la fuerza que había contenida en mis músculos no tenía límites; y lo comprobé doblando con mis manos un atizador que había junto a la chimenea; el hierro parecía no oponer resistencia bajo mis dedos. Me sentí poderoso. Y reí, reí envanecido conmigo mismo.

Salí de la casa dejando el cuerpo de la prostituta tirado sin vida en el piso. Qué me importaba, ella solo era una humana más. Solo alimento como todos los humanos para mí. Yo ahora estaba por sobre ellos, por sobre todo el mundo.

En el cielo una luna roja como la sangre dominaba la noche de París.

Podía percibir todo lo que pasaba a mí alrededor de una forma nunca antes imaginada. Mi vista se adaptaba fácilmente  a cualquier distancia, alcanzando hasta el horizonte; las tinieblas ya no estorbaban mi percepción, ya que podía ver con total claridad a pesar de la oscuridad. Los sonidos llegaban a mis oídos desde varios kilómetros de distancia. La brisa nocturna arrastraba a mí hasta el aroma más imperceptible. Y qué cantidad desbordante de energía inundaba todo mi ser.

De regreso a casa, me topé con un grupo de perros vagos; siempre les había tenido algo de miedo; sin embargo, ahora fue distinto. Al verme comenzaron a gemir y terminaron inclinándose ante mí dejándome pasar. Al alejarme de ellos comenzaron a aullar lastimeramente. Más de alguien se santiguó en sus casas, asustado  por el llanto de los perros.

Llegué a casa satisfecho de todo lo ocurrido. Mi Señor había cumplido su promesa. Ahora yo era el ser más poderoso del mundo.

Me acosté plácidamente y me dormí abrazado a mi esposa. Ahora sería capaz de protegerla para siempre.

Al otro día me desperté rebosante de alegría y de muy buen humor y así me dirigí a impartir mi clase. Después de dar mi primera lección, alguien me sugirió que debería pedir más dinero por ellas; luego de pensarlo un rato, me encaminé al despacho del decano de la facultad con la intención de pedirle un aumento de sueldo. La verdad es que no estaba muy seguro de conseguirlo, ya que el Maestro Principal, no se caracterizaba precisamente por su generosidad; pero ya estaba frente a su puerta, así es que respiré hondo, golpee  e ingresé en su despacho. Monsieur Lepage se encontraba revisando un tratado de Euclides de su colección privada.

-¿En qué puedo ayudarlo Monsieur Jacques Laberne?

Tragué saliva y le dije:

-Monsieur Lepage creo que me merezco ganar un poco más por las clases que imparto hace ya cuatro años.

Sin querer mis ojos se posaron en los de Monsieur Lepage, éste vaciló un poco y dijo: -Si ese es su deseo no tengo ningún inconveniente en aumentarle sus honorarios. ¿Cuánto desea ganar?

-El doble me vendría muy bien; dije en broma. Sin siquiera protestar Monsieur Lepage aceptó como si fuera lo más natural del mundo. Era algo que yo no esperaba, intrigado miraba a Lepage, quien casi no pestañaba.

-¿Puedo  hacer algo más por usted Monsieur Laberne? El tono casi servil de Lepage me envalentonó y actué en forma irreflexiva y hasta estúpida.

-¡Sí!, salte en un pie. Asombrado vi como ante mis ojos el estricto y muy formal Decano de la Facultad de Artes Liberales de la prestigiosa Universidad de París, comenzaba a saltar en uno de sus pies solo porque yo se lo había pedido.

-Ya es suficiente Monsieur Lepage, deje de saltar y siéntese.

-¿Desea algo más Monsieur Laberne?

-No, eso es todo, muchas gracias.

Salí sorprendido del despacho del decano y recordé lo que me dijo el Señor de La Oscuridad: “Nadie se podrá oponer a tu voluntad”. Comprendí que mi poder sobre los humanos no era solo físico, sino que además podía doblegar fácilmente su voluntad.

Como un niño con juguete nuevo, me divertí ese día con quien me dio la gana. Gustoso aprendí que con solo pasar mi mano frente a la cara de cualquier persona esta se dormía inmediatamente hasta que yo le ordenase despertar; y lo mejor de todo era que no recordaba nada de lo sucedido.

Sabiendo esto, me resultó muy fácil salir cada noche a alimentarme. Simplemente dejaba a mi familia durmiendo y después de haber cazado, volvía a casa y ellos no se enteraban de nada.

Ya hace un mes de mi transformación. Uno o dos cadáveres podrían haber pasado desapercibidos, pero el hecho de que hayan encontrado uno cada noche, se ha convertido en el tema obligado de conversación de la cuidad. Ya nadie se atreve a andar solo de noche; la iglesia llamaba a sus fieles a asistir a misa cada  día y arrepentirse de todas sus pecados. Empezaba a circular el rumor de que el demonio estaba habitando en las sombras de París y que solo un acto de fe podría alejarlo.

Todo iba bien para mí hasta que, una desgraciada noche, al regresar a casa, después de haberme alimentado como siempre, noté que la puerta estaba entre abierta; alarmado entré apresurado. Quedé petrificado ante la escena que se desplegaba ante mis ojos; tendido en el suelo en un gran charco de sangre yacía el cuerpo inerte de mi esposa, con la ropa rota y la garganta cortada. Al reaccionar me acordé de mis hijos; corriendo irrumpí en el cuarto de ellos, solo para encontrarlos en sus camitas, desangrados con el cuello cortado. Creo haber perdido la razón en ese momento. Cuando pude al fin reaccionar un odio inmenso me consumía.

En el aire de la casa, fácilmente pude percibir el olor del monstruo que me había quitado  a mi familia. Con los ojos inyectados en sangre salí a la noche y empecé a rastrearlo, como un depredador que caza a su presa; bueno, en realidad eso es lo que soy, pero esta vez era distinto, esta vez tenía un blanco específico. Mi presa tenía un rostro y lo iba a encontrar costara lo que costara; al fin encontré su rastro y me lancé a su captura.

Debo haber recorrido toda la ciudad tras aquel rastro; hasta que al fin lo encontré en una cantina de mala muerte. Pedí un vaso de vino al mesonero y esperé. Cuando el asesino se marchó salí tras él. Lo dejé alejarse, total sabía que ya no podría escapar de mí. Se adentró por un barrio muy solitario…, qué mejor…

De pronto se detuvo y miró hacia atrás; se dio cuenta de que alguien lo seguía. Miró, pero no pudo ver nada, ya que me ocultaban las sombras.

Me acerqué más aún. Intencionalmente hice ruido; se detuvo, pero al volverse nada vio. La oscuridad me cubría. Asustado echó a correr. Al doblar en una esquina se encontró de narices con un callejón sin salida. Me acerqué lentamente a él, dejando que me viera.

De entre sus ropas sacó un gran cuchillo con la hoja manchada de sangre; el mismo con que horas antes había apagado la vida de mi familia. El odio manaba de todo mí ser, mis ojos eran dos brasas de rojo fulgor.

Le sujeté la mano armada y empecé a apretarla hasta sentir que sus huesos se rompían con el sonido de una rama seca al quebrarse. Aterrado retrocedió hasta que su espalda chocó contra el muro. Con una mano lo levanté y clavé mis colmillos en su cuello; sin embargo no lo quise matar,…no aún.

Veía su corazón latir dentro de su pecho. El pánico inundó sus ojos cuando vio que las uñas de mi mano derecha crecían hasta parecer las garras de una fiera salvaje, acercándola lentamente a su pecho. Despacio clavé las garras en su carne y seguí introduciendo la mano mientras se retorcía de dolor y sus gritos rompían el silencio de la noche.

Aún seguía vivo cuando retiré mi mano y en ella pudo ver su corazón latiendo. Sus ojos se cerraron segundos después, viendo como su corazón se rompía entre mis dedos.

Un alarido de angustia e impotencia brotó de mis labios.

La pared frente a mí se abrió y de entre ella surgió un demonio conocido por mí.

Me hallaba furioso. -No entiendo, pensé que  podría proteger siempre a mi familia, pero ahora yacen muertos en casa; grité con rabia.

-Claro que podrías haberlo hecho, pero para ello tendrías que haber estado presente, o acaso ¿te crees un dios para estar en dos lugares a la vez? Ni siquiera yo con mis inmensos poderes puedo hacerlo.

-Lo que ha ocurrido esta noche es un hecho lamentable y terrible, incluso para mí; siento muchísimo tu pérdida. De alguna forma igual los ibas a perder tarde o temprano, ya que ellos eran solo humanos; si no hubiese sido ahora, tal vez habría sido mañana, por causa de un accidente, de alguna enfermedad, o en algunos años más por causa del tiempo.

-Lo malo de rodearse de mortales, es que ellos tarde o temprano se van y te terminas quedando solo. Así es como mi padre los ama, haciéndolos débiles, frágiles y vulnerables a la muerte; él siempre ha querido tener a la humanidad bajo su píe. Hace millones de años yo intenté hacerlo entrar en razón, pero en cambio, él decidió que nadie se podía oponer a su voluntad, ni siquiera su hijo favorito; por eso es que me arrojó de su lado. Estoy seguro de que si tuviese el poder para hacerlo me habría destruido; sin embargo, para su pesar, yo estoy formado de su misma esencia, lo cual me hace eterno e imposible de destruir.

 Absorto escuchaba sus palabras:

-La maldad de mi padre ha sido heredada por los humanos. ¿Crees que al haber matado a este animal has acabado con toda esa basura? Te podría asegurar que en este preciso instante en algún lugar, está siendo asesinada una indefensa madre con sus hijos, o se está desencadenando una guerra en la que hasta los niños mueren. Créeme, los humanos no se merecen tu perdón, ellos siempre serán asesinos. Cuando tú matas para alimentarte, les das una muerte rápida y sin dolor; en cambio, los humanos gozan con el sufrimiento ajeno.

-No. La humanidad no merece controlar este mundo. El mundo entero debe ponerse a tus pies para que te conviertas en el amo y señor de este planeta.

Su expresión cambió y hablando como un genio satisfecho de sí mismo porque ha descubierto el secreto más grande de la creación, continuó: -Pero no estarás solo y jamás olvides estas palabras: -Serás el padre de una nueva raza, que le quitará el control de este mundo a los pobres humanos. Cada uno de los que te alimenten cuando la luna sea de sangre, será un hijo tuyo, con tu mismo poder y los hijos de ellos serán tus hijos también. Y si dos de tus hijos, hembra y macho, se unen, los hijos resultantes de esa unión de sangre pura, estarán destinados a gobernar a la nueva raza, una raza de seres poderosos y casi inmortales, bajo tu mando y voluntad, como su Rey. Porque Tu Eres El Primero y mi favorito.

-¿Por qué casi inmortales, qué nos podrá destruir?

-¡Sí! Aunque el tiempo no pasará por ustedes, si no se alimentan antes de medianoche de cada día, todo se acabará y quien no haya bebido  sangre humana morirá.

Durante un tiempo centré mi atención en alimentarme solo de delincuentes y malvivientes. La iglesia se aprovechó de esto (como de todas las cosas) y los párrocos empezaron a decir a sus feligreses que el demonio estaba en la ciudad reclamando el alma de los pecadores y que había que purificarse desprendiéndose de las posesiones materiales; las cuales, por casualidad iban a engrosar las arcas de los piadosos hombres santos.

Habrá pasado cerca de dos años desde aquella fatídica noche, cuando me enteré, gracias a unos colegas de la Universidad, que esa semana se produciría un eclipse de luna sangrienta. Obviamente, los curas se encargaron de atemorizar al pueblo, pero más especialmente a los ricos señores, sus más generosos benefactores.

Estaba consciente de lo trascendental que era aquel momento. No quería que cualquier humano fuese ascendido a mi nivel. No cualquiera podía pertenecer a la nueva raza. Había un  profesor de filosofía, que no tenía muy buena opinión de sus congéneres, por así decirlo; dueño de una pequeña fortuna heredada de sus padres fallecidos hace algunos años, no se había casado, por lo que no tenía mayores ataduras con la sociedad humana. Llegó la noche del viernes, con una hermosa luna roja en el firmamento, mi excitación era mayor que en una noche normal de caza. Conseguí que mi colega me invitase a su casa, en realidad era una lujosa mansión heredada de un tío millonario, bajo pretexto de revisar su amplia y nutrida biblioteca, así como su bien provista cava de vinos. Con una copa en la mano y un libro en la otra, le pregunté qué opinaba de la humanidad. Después de pensarlo un poco, dijo: -Son un montón de hipócritas, lobos con piel de oveja y ovejas con piel de lobo; nunca sabes cómo van a reaccionar; son crueles y traicioneros. Sinceramente, si yo viniera de otro planeta, no confiaría en ellos.

-¡Vamos!, no será para tanto. Al fin y al cabo tú también eres humano.

-No me lo recuerdes, que no es algo para sentirse orgulloso.

Me agache a acomodar los leños al fuego, haciéndome el distraído apoyé como por accidente una mano en un tronco al rojo vivo y leí en  voz alta un pasaje del libro que sostenía. Al verme mi anfitrión, se alarmó mucho.

-¡Jacques!, por Dios tu mano. De un salto me  puse de pie y la afirmé con la otra.

-¡Déjame revisarla y curarte!; me ofreció solícito René.

-¡Pero como es esto posible! No tienes no la más mínima quemadura, siendo que la mano debería estar gravemente lastimada. Los ojos de René  Bernet denotaban una gran incredulidad.

Admirando mi mano por todos lados comenté: -Parece que entre el Cielo y la Tierra existen más cosas de las que sospecha tu filosofía, mi gran amigo René.

-Por lo visto hay algo más grande que la humanidad. Imagínate fuerza mayor que la del hombre más fuerte del mundo; sentidos más agudos que los de un lobo; invulnerabilidad a cualquier cosa, tanto natural, como creada por el hombre; y lo mejor, ser indiferentes al paso del tiempo.

-¡Dime!…, ¿Te interesa?

-¡Claro que sí!

-Pero, supongo que no todo es tan simple, ¿verdad?

-Como te dije, el tiempo dejará de tener significado para ti, nada podrá lastimarte, en las tinieblas te moverás; la fuerza viene de la vida,…la vida de los demás, la vida que corre por sus venas; de sangre humana te alimentarás. Cada día, cuando la oscuridad se cierna sobre la humanidad, antes de medianoche deberás haberte alimentado. ¿Estás dispuesto a eso? ¿Matarías humanos para alimentarte?

Ya te dije amigo mío que pienso que los humanos son como corderos y reconozco que me encanta la carne de cordero. En sus ojos había un brillo maligno y cruel, eso era precisamente lo que estaba buscando.

La luna de sangre estaba en su apogeo y sin que René se diera cuenta, clavé mis colmillos en su cuello, extrayendo hasta la última gota de sangre.

Al cabo de dos horas René logró incorporarse. Su piel estaba blanca como el papel y sus labios amoratados. Se veía muy débil. Debía alimentarse pronto. Esa noche no podía hacerlo de ningún humano, así es que no teniendo otra fuente de sangre más que la mía, con una de mis uñas corte mi muñeca y le di a ver, dejando que se alimentara y disfrutara de su sabor y su aroma. Se estaba repitiendo el ritual de la primera noche; aquella noche en el bosque donde todo comenzó; un ritual que se repetiría muchas veces más en el curso de los siglos.

Los años pasaron y René se volvió muy fuerte y ágil, parecía que su instinto de cazador era algo innato en él. Con él atrajimos a más miembros a nuestras filas; aunque algunos sin su consentimiento, pero que una vez convertidos perdían todo su apego por la humanidad y se volvían uno más de la raza de vampiros. La verdad es que no sé donde empezó el término; supongo que por el hecho de alimentarnos de la misma forma que esos pequeños bichos alados.

A René y a mí nos gustaba hacer clases en la Universidad de París, pero teníamos un pequeñito problema. Nuestro aspecto no cambiaba; simplemente no envejecíamos. Luego de meditarlo un poco decidimos que era bueno ausentarnos un tiempo; para lo cual nos embarcamos un día, con rumbo a Roma. Convenientemente para nosotros y casi por accidente (si no hubiese sido por que le rompí la caña de mando al barco) la nave naufragó, sin que nadie lograse escapar con vida.

Al cabo de varios años regresamos a Francia y presentamos nuestras credenciales a la Universidad de París, asiéndonos pasar por nuestros hijos. Resulta gracioso recordarlo ahora.

En nuestros viajes nos topamos con un antiguo conjuro que nos permitía convertir cualquier eclipse de luna en una luna de sangre.

La población de nuestra raza había aumentado mucho en París. Recuerdo que al vernos aparecer de regreso a René y a mí, todos se arrodillaron ante nosotros. Saludaban a sus señores como debía ser.

Hombres y mujeres, de todas las capas de la sociedad formaban nuestras filas al cabo de cien años. Nos mezclábamos entre los humanos y participábamos de su sociedad, sin levantar sospechas.

Sin embargo, me sentía muy solo y vacío. René en más de una ocasión trato de que me fijara en alguna hermosa vampiresa.

Durante el otoño de 1300 René me arrastró prácticamente a una fiesta en la mansión de unos amigos suyos. Solo para que no me molestara más acepté ir. Por si se nos pasaba la hora empezamos a seguir a unas prostitutas por un callejón, dándoles caza a los pocos minutos. Ya convenientemente alimentados podíamos ir sin problema a la fiesta. Aunque yo prefería pasarme la noche leyendo a algún autor clásico. Según René yo era el más aburrido y menos imaginativo inmortal del mundo. “¿A quién en su sano juicio se le ocurriría pasar la eternidad leyendo?”. En fin, entramos a una lujosa mansión.

-Listo, ya vine; supongo que ahora puedo irme, me giré sin darme cuenta de una dama que se había detenido tras mío para admirar un lienzo turco de intrincado diseño colgado en el muro. Un paso y quedé abrazado sin querer a ella. Sorprendida y molesta al principio se volvió para reprocharme mi atrevimiento.

Por suerte René salió a mi rescate. -Madame  Renan, perdone a mi amigo, es que el pobre aunque es un genial profesor de Geometría de la Universidad de París, es un ratón de biblioteca que no sabe desenvolverse en sociedad

No sé qué cara habré puesto, el hecho es que Madame Renan aunque trató de mantener la compostura, terminó riéndose afirmada de la escalera que daba al segundo piso para no caerse. Yo quería que me tragara la tierra.

Una vez que se le pasó el ataque de risa a Madame Renan, René nos presentó como correspondía.

-Madame Lilith Renan, le presento a Monsieur Jacques Laberne.

-Monsieur Jacques Laberne permítame presentarle a madame Lilith Renan.

Debo confesar que mi opinión de la sociedad parisina cambió diametralmente.

Madame Renan era una señora viuda, de 42 años, cabellera negra levemente ondulada, muy esbelta, de rostro muy bello y agradable.

Después de un rato yo no quería irme ya. Madame Renan y yo pasamos toda la noche juntos, ya sea conversando de distintos temas así como bailando. Después de tantos años, no pensé que podría volverme a sentir así nuevamente.

Lilith me permitió que la fuese a visitar algunas veces a tomar el té y charlar. Con el tiempo me fui dando cuenta, al conocerla mejor, que poseía un carácter muy fuerte, incluso hasta yo diría que duro. Por la servidumbre me enteré que la señora había cambiado totalmente su carácter cuando hace algunos años, su marido y su pequeño hijo fallecieron al volcarse el coche en el que viajaban; Madame Renan se salvó por milagro, pero desde ese día dejó de ser la misma. Ya nunca sonreía, según la vieja mucama, hasta ahora; e incluso un día la encontró canturreando una canción de lo contenta que se encontraba. Según la sirvienta, desde que nos conocimos, la vida había vuelto a su señora.

Hace un año que Lilith y yo nos conocimos. No pensé que me volvería a enamorar y creo que a ella le pasa lo mismo.

No sé cómo decirle la verdad. Necesito saber más cosas de ella.

-¿Qué piensas de la humanidad?

Se tocó la nariz, como siempre mientras medita; y me devolvió la pregunta.

-¿Cuál?, ¿la que crea bellas pinturas?, ¿la que compone hermosas melodías?, ¿la que se conmueve cuando un  niño llora?; o acaso ¿la que organiza guerras?, ¿la que se enriquece a costa del sufrimiento del pueblo?

-Porque si me lo preguntas, para  mí son distintas. La primera es sublime y me gusta. A la segunda, en cambio, la desprecio con toda mi fuerza.

-¿Y qué piensas de los animales que matan para alimentarse?, ¿crees que son buenos o son malos?

-Esa pregunta si que es fácil. El animal que debe matar para alimentarse no es ni bueno ni malo; simplemente hace lo que tiene que hacer. El hombre, en cambio, mata solo por placer.

-Si existiera otra raza, parecida en apariencia a la humana, pero distinta en esencia, ¿a cuál te gustaría pertenecer?, ¿a la humana o a la otra?

-Eso depende.

-¿De qué?

-De en cual estés tú.

-Ya demasiadas preguntas. Creo que te estás juntando mucho con René; se te ha pegado lo filósofo.

A veces Lilith me veía meditabundo y preocupado.

-¿Qué te pasa? Algo me ocultas. ¿Acaso tienes esposa?

-La verdad es que no. De hecho soy viudo.

-Menos mal, me alegro. ¡Upss!, ¡perdona!, no fue mi intensión. Yo solo quise decir que me alegro que no haya nadie más que yo en tu vida.

Una sorpresa fue para mí que a Lilith le gustaba pasear conmigo cuando caía la noche, sobre todo si había luna llena.

En uno de nuestros paseos vimos que un niño estaba parado, distraído en medio del camino; sin percatarse que a su espalda se acercaba, sin control un carruaje tirado por cuatro caballos. No lo pensé siquiera y olvidándome de la presencia de Lilith, corrí hacia el niño y saltando con él en brazos lo libré de morir aplastado bajo ese carruaje.

De más está decir que Lilith quedó de una pieza.

-¡Dios mío!, haz salvado a ese pequeño… ¿Pero cómo? ¡Saltaste cerca de cinco metros!

-La verdad es que creo que fueron cerca de diez; corregí.

-Tú no eres como los demás; eres muy distinto…Eres increíble.

-Hasta aquí llegó todo; pensé. Definitivamente no imaginé lo que a continuación ocurriría. Tomó mis manos, acercó su boca a mi oído y me susurró “Eres maravilloso” y finalmente me besó.

Debía contárselo todo esa noche. Por suerte eran recién las ocho. Debería alcanzarme de sobra el tiempo.

En cinco minutos llegamos a su casa. En el salón le dije que le contaría toda mi historia y no la culparía si después ella no quería saber nada de mí nunca más.

Después de cerrar las puertas, me serví una copa de coñac para darme valor. Le pedí que se sentara.

Y empecé mi relato. Ella escuchaba con la boca abierta. Al final se levantó.

-Creo que yo también necesito una copa y se sirvió.

Ahora ella empezó a hablar. -Entonces, en resumen, tienes más de 160 años; tú fuerza, agilidad y velocidad no se pueden medir; y tus sentidos son muy agudos.

-Bueno, si algo; comenté.

-¿Cuánto?

-No lo sé. Por ejemplo te puedo decir, que ayer luego de que me fui, te serviste una copita de coñac.

-¿Cómo lo sabes?

-Aún lo puedo oler en tu sangre.

-¡Vaya!, yo diría que eso es mucho más qué “algo”.

-¿Qué más?

-Mi oído tiene gran alcance; soy capaz de ver el calor de cualquier cosa en la oscuridad; envejezco un año cada cien años, si es que yo lo deseo.

-¿Enfermas alguna vez?

-No que yo lo recuerde.

-¿Y tu única limitación es que necesitas alimentarte de sangre humana antes de medianoche?

-Así es; afirmé. -Pero nunca de la mujer que amo; excepto bajo una luna de sangre. En esas ocasiones mi víctima renace como uno de mi raza.

-¿Por qué empezó esto?

-Por mi deseo de proteger a mi esposa e hijos, ya que yo me sentía un inútil…pero, a pesar de todos mis poderes, una terrible noche de 1183, mientras yo estaba fuera, entró a la casa un maldito criminal, que les cortó el cuello a mi esposa, a mi hijita y a  mi hijito.

-Desde ese día estoy solo, a pesar de que ahora hay cientos como yo.

Las lágrimas producidas por el recuerdo acudieron a mis ojos y comenzaron a correr por mi rostro. Llorando con los ojos cerrados no vi a Lilith que se acercó a mí.

Tomando mi cabeza con sus manos se agachó junto a mí y me abrazó.

-Ya no estás solo; ya nunca más lo estarás; no mientras yo pueda caminar por este mundo. Y con más fuerza me abrazó y  me besó los ojos y los labios.

El reloj marcaba las diez de la noche. Ya empezaba  a sentir sed de sangre.

-Ya es hora de que me marche.

-Lo entiendo. Te espero mañana como de costumbre. Nunca olvides que yo jamás te abandonaré.

Durante el mes siguiente, como ya lo hacíamos desde un tiempo a la fecha, salíamos a caminar, volvíamos a su casa y charlábamos hasta las diez de la noche, minutos más, minutos menos.

-Mañana habrá un eclipse de luna roja; me dijo Lilith. ¿Estás listo?

-La pregunta es, ¿tú estás lista?

Por respuesta me regaló una sonrisa.

La noche siguiente, Lilith lucía magnífica un largo vestido negro que se ceñía a su cintura, perfilando claramente su silueta; el cabello suelto y una túnica, también negra que caía vaporosa a su espalda.

-Si sientes miedo, o no quieres, lo podemos dejar para otra ocasión.

Nada contestó. Solo movió su pelo, ladeando su cabeza dejó al descubierto su cuello.

Ya era hora…

Inclinándome clavé suavemente mis colmillos hasta romper su piel y sentir como su líquido vital llenaba mi boca.

Se agitó un instante en mis brazos, pero luego se relajó. Su respiración se aceleró mucho; al parecer estaba sintiendo un intenso placer mientras yo bebía su sangre.

Sus ojos empezaron a volverse opacos hasta apagarse y sus brazos se soltaron.

Lilith estaba muerta.

La deposité cuidadosamente en el sofá del salón y me senté a su lado a esperar que renaciera.

Una hora después, sus dedos se empezaron a mover y su pecho a subir y bajar rítmicamente.

Tenía los ojos turbios, los labios azules y la piel blanquecina. Trató de incorporarse demasiado rápido y tuve que sostenerla.

-Estoy mareada.

-Ya pasará. Ahora debes alimentarte. Y acercando mi brazo sangrante a su boca ella comenzó a beber sangre por primera vez.

Su piel recuperó el color natural, sus ojos volvieron a brillar; pero esta vez con el hermoso brillo que adquieren cuando un vampiro se alimenta.

Una vez recuperada, la tomé de la mano y la conduje a la terraza.

-¡Ven!

Una vez fuera, ella cerró los ojos, separó los brazos de su cuerpo y abrió las manos.

-Lo puedo sentir todo. La noche me está hablando y la siento en todo mí ser. Me siento más viva que antes, me siento muy poderosa.

A la noche siguiente era necesario que Lilith aprendiera a cazar sola.

-Busca a alguien, de preferencia de quien nadie dependa; puede ser hombre o mujer, eso lo decides tú. Acorrala a tu presa en un lugar solitario.

-¿Y luego cómo la atrapo?

-Tienes dos opciones. Puedes usar tu fuerza física; o bien, puedes anular su voluntad. La mente de los humanos es muy fácil de influir.

 A lo lejos vio a una callejera parada en una esquina. Como nadie se interesaba en ella, se fue caminando, adentrándose por una calle solitaria. Lilith comenzó a seguirla, ocultándose en cada sombra. Al verla, se me imaginó la imagen de un gran felino negro acechando a su presa en la selva.

Finalmente, en un rincón oscuro junto a un edificio, la alcanzó. Sobresaltada la joven se incomodó un poco.

Con voz seductora Lilith se acercó a ella.

-Vamos, soy solo una mujer, ¿qué daño podría hacerte?; además eres muy linda y me gustas mucho.

Nerviosa la chica sonrió.

-Yo solo quería pedirte dos cosita.

-Si las puede pagar, no hay problema Madame.

-¡Oh!, no era eso lo que quiero de ti. Solo quiero que me muestres tu cuello. Y si, puedo pagarte mucho.

La joven se encogió de hombros y mostró su cuello desnudo. Hay cada loco en la ciudad; pensó.

-¿Y cuál es la otra “cosita” Madame?

-¡Ah, sí! Por favor ahora no muevas ni un dedo.

La muchacha no comprendía por qué de pronto su cuerpo pesaba tanto que no podía moverlo. Nada pudo hacer mientras veía con horror crecer los colmillos de Lilith.

Con lentos movimientos Lilith olfateó el cuello de la joven y finalmente hundió sus afilados dientes en su piel.

Con los ojos apagados la  chica cayó sin vida y sin sangre.

Lilith se saboreó la sangre que quedaba en sus labios, ahora teñidos de escarlata…Lilith había cazado por primera vez.

Nuestras partidas de caza se volvieron muy entretenidas. Lilith las había convertido prácticamente en un arte, refinando hasta el juego sus técnicas de depredación.

-¿Conoces tus límites querido?

-¡No!, nunca he tenido que llegar a ello.

-¿Ni por curiosidad?, para saber de qué eres capaz.

Me sentí tonto, ella tenía razón.

-Está bien. ¡Hagámoslo!; consentí. -Vamos al bosque.

-Pero corriendo; dijo ella mientras soltaba su cabellera.

Cuando pasamos por el medio de la ciudad, la gente solo percibió una extraña corriente de viento, invisibles a sus ojos por lo veloces que nos movíamos. -Es el diablo que pasa; dijo alguien.

-No está mal; opinó Lilith. -Veamos lo de la fuerza. ¿Cómo lo hacemos?

Miré a mi alrededor y solo encontré una roca. Me senté en ella a pensar.

-¡Lo tengo!

Parándome de un salto apoyé una mano en la roca, la que se partió al recibir un golpe de palma.

Lilith, no siendo menos, tomó una gran piedra, que se volvió polvo bajo la presión de sus dedos.

-Medir nuestra agilidad debería ser más entretenido. Atrápame; dijo riendo, mientras dejaba caer su negra capa al suelo.

Recorrimos todo el bosque, saltando de rama en rama y girando de manera inimaginable en torno a los árboles. Finalmente nos tiramos de espalda mirando las estrellas, tomados de las manos.

Tal vez uno de los juegos favoritos de Lilith era controlar mentalmente a toda una multitud a la vez, solo por diversión, pero no causándoles daño innecesariamente.

-Deseo que conozcas a algunas personas.

-¿Más vampiros?

-Sí. A algunos ya los conocías pero no sabías que lo eran.

-Quiero que conozcan a mi futura esposa.

Los jardines de la mansión de René estaban  llenos de carruajes. En el interior, aunque amplio, no cabía ni una aguja. Al ingresar, los guardias se cuadraron ante nosotros y todos inclinaban sus cabezas a nuestro paso.

-Parece que te respetan; dijo Lilith.

-Así debe ser, teniendo en cuenta que soy su Rey.

-¿Qué tú eres qué…?; no alcanzó a terminar su frase cuando se nos acercó muy efusivo René.

-¿Tú?; exclamó sorprendida Lilith.

-Encantado de recibirte en mi humilde casita.

-¿Si esto se puede llamar humilde?, pero esta noche ya no me sorprende nada.

-Bueno, mejor pongámonos un poco formales que alguien tiene que decir algunas palabras.

Desde una zona más elevada del salón, me dirigí a la concurrencia.

-Hermanos e hijos míos, deseo presentarles a Madame Lilith Renan. Desde ahora y para toda la eternidad, bajo nuestras leyes es mi esposa. Les pido que la respeten, honren y sirvan fielmente como hasta ahora lo han hecho conmigo.

René se separó de la multitud y dando un paso adelante, dejó oír su potente voz en todo el salón. -Sea bienvenida Majestad. Acto seguido se arrodilló ante ella.

Todos los concurrentes lo imitaron inmediatamente.

Lilith no salía de su asombro, pero se mantenía firme a mi lado.

-Por favor levántense hermanos míos. Quiero que sepan que para mí es un honor haberme incorporado a esta nación. Porque ya no somos solo una raza más. Somos la poderosa Nación Vampira, la verdadera regenta de este mundo.

Hicimos una costumbre con ella salir a cazar juntos. Una noche mientras caminábamos de regreso a nuestra mansión, luego de  habernos alimentado, al doblar por una esquina ella se detuvo de improviso.

-¡Mira!; me dijo apuntando señalando una casa.

 A través de la pared se veía perfectamente la silueta de calor de los cuerpos sin vida de un hombre, una mujer y un niño tirados en el suelo; y parados cerca de una jovencita acurrucada, cinco tipos en actitud muy agresiva.

A mi mente volvieron los recuerdos de la masacre de mi familia hace siglos. Cuando reaccioné, Lilith ya se abalanzaba hacia la puerta.

 -¡No lo permitiré!; rugió mientras de un solo golpe hacía volar la puerta.

La escena era terrible; yacían el padre, la madre y el niño en medio de un rojo charco; además las ropas de la mujer estaban desgarradas, dejando al descubierto gran parte de su anatomía.

-¡No interfieras!; me dijo. -Esos desgraciados son míos.

Volviéndose de golpe los cinco criminales nos miraron sorprendidos.

Con fuerza Lilith clavó sus colmillos en el cuello del que estaba más cerca de la niña, no soltándolo hasta sentirlo muerto. Los cuatro restantes sacaron grandes pistolas y las vaciaron en ella. Las balas no hicieron más que enfurecerla aún más. Con la boca chorreando sangre se acercó a ellos y de un solo zarpazo le arrancó la cabeza a uno. Uno sacó un afilado cuchillo y trató de clavárselo por la espalda; sin embargo ella ya estaba girando en el aire y tomándolo del brazo se lo amputó de un  tirón, cogió el cuchillo y lo clavó en el corazón del desgraciado.

Aterrados hasta el límite, los otros dos asesinos intentaron escapar, pero yo les cerré el paso. El cuarto cayó con la cabeza aplastada entre las manos de ella. El quinto no tuvo tanta suerte, ya que Lilith descargó en él todo el odio que se había acumulado durante años y con garras y colmillos lo despedazó.

En un rincón de la única habitación, temblaba una jovencita de quince años, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida. Estaba totalmente shockeada. Lilith la miró y con la voz más suave que pudo. Le habló.

-Duerme pequeña. La niña cayó en un  profundo sueño.

Con delicadeza Lilith la cargó en sus brazos y juntos salimos muy velozmente para que los débiles ojos de los humanos no pudieran vernos. En el camino Lilith me contó que cuando ella era niña había sido la única sobreviviente de su familia en un ataque similar.

Al llegar a la mansión, los guardias abrieron rápidos las puertas. En el interior las puertas se abrían solas a nuestro paso hasta nuestra habitación.

-¡Traigan al Doctor Lacroix ahora!; gritó a un sirviente.

-Como ordene Su Majestad; contestó éste y se retiró.

A la media hora llegó el doctor Pierre Lacroix, los guardias lo condujeron directamente a la habitación donde dormía la pequeña Lizbeth. Lilith mientras tanto se había bañado y cambiado de ropa, pero en su boca aún se veía sangre de la carnicería que había hecho con los criminales.

Con los ojos aún brillantes relató lo ocurrido al doctor.

Éste se paseó un rato pensativo por todo el cuarto. Después de un rato opinó: -Esta niña ha sufrido un trauma inmenso; primero vio morir cruelmente a toda su familia; después la vio a usted hacer pedazos a los criminales. Curarla va a ser un proceso largo y que va a  requerir mucha paciencia, comprensión y una gran cuota de amor. Recuerde que ella vio algo que los humanos no deben siquiera sospechar que existe.

-Esto me lleva a una pregunta Madame. ¿Qué planes tiene para esta joven?

Después de guardar silencio un rato, mi esposa habló en forma clara.

-Como bien sabe doctor, mi esposo y yo no tenemos hijos. Una lágrima corrió por su rostro al recordar un dolorosos pasaje de su anterior vida como humana (su único hijo había muerto a la edad de cinco años al volcar el carruaje donde iba); por otro lado esta pequeña acaba de perder a sus padres y hermano menor. Yo pensaba que tal vez podríamos criarla como si fuera nuestra hija.

-Mmm, comprenda Majestad; comentó el doctor, que la única forma en que eso pueda ocurrir es que ella sea convertida en una vampiresa. Mi opinión como doctor, es que en este momento, en el estado actual en que se encuentra su mente, eso no sería aconsejable. Primero es necesario sacarla del estado nervioso en el que cayó. Una transformación ahora la haría enloquecer en forma irreversible. Por lo demás físicamente está en perfectas condiciones. Le recomiendo dejarla descansar, por hoy día manténgala en el trance que le indujo. Mañana vendré temprano a ver como evoluciona.

-¡Gracias doctor!, lo acompañamos a la puerta.

Una vez se hubo marchado, Lilith se dejó caer pesadamente en un sillón. Se veía agotada, aunque sé que físicamente eso no era posible.

A la mañana siguiente, junto al doctor, Lilith y yo vimos despertar a Lizbeth en una cama de blancas sábanas de seda. Se notaba confundida; primero por la tragedia de la noche pasada y luego por despertar en una cama que no era la de ella, en una casa muy distinta a la suya y rodeada de extraños que la observaban detenidamente.

Por indicaciones del médico, Lilith no le borró la memoria, pero si filtró sus recuerdos, para hacer la situación más llevadera, hasta que asimilara la realidad de que había perdido a los suyos.

-¿Dónde estoy?, ¿quiénes son ustedes?, ¿dónde están mamá y mi hermanito?, ¿y papá?; preguntó la niña.

Con suavidad Lilith tomó sus manos y le habló tratando de ser lo más dulce posible. -Mi pequeña, ayer tu familia y tú sufrieron un terrible accidente; la casa donde habitabais se derrumbó sobre ustedes. Siento mucho tener que decirte que solo pudimos rescatarte a ti.

Temblorosa Lizbeth rompió a llorar y Lilith la rodeó con sus brazos con mucha ternura.

Después de unos minutos y con el rostro empapado en lágrimas, la niña miró a Lilith.

-¡Madame!, la recuerdo; usted estaba presente ayer. ¡Usted!…. ¡Usted!….

Era visible la preocupación en el rostro de Lilith; temía que se hubiera roto el bloqueo que había puesto a los recuerdos de la niña.

-¡Madame!…. ¡Usted me salvó! Pero no entiendo; no recuerdo bien lo ocurrido. Está todo muy confuso. Había gritos y estaba usted, que al final me llevaba en brazos. Pero no recuerdo nada claro; hasta que desperté ahora en esta cama.

El doctor, que hasta el momento había permanecido sin decir nada, rompió el silencio. -¡Hija!, soy el doctor Pierre Lacroix, el médico de la familia. Por favor tómalo con calma y no te  esfuerces en   recordar; con el tiempo todo se aclarará. Has pasado por una experiencia horrible y muy traumática. Tuviste mucha suerte de que Monsieur y Madame Laberne pasaran justo en el instante para ayudarte (guardó un rato de silencio el doctor y continuó). Lamentablemente no pudieron prestar ayuda a tiempo a tu familia… ¡Que descansen en paz! Guiados por su gran misericordia, ellos te rescataron y te acogieron bajo su cuidado y protección. Debes sentirte muy agradecida hacia ellos.

Con un nudo en la garganta la pequeña habló. -¡Madame!, ¡Monsieur! muchas gracias, se escuchó su voz, mientras dos lágrimas bajaban de los ojos de la pobre Lizbeth.

Al retirarse el Doctor Lacroix, se veía algo inquieto.

-¡Majestad!, la joven al ser salvada por usted, la vio hacer uso de una fiereza, agilidad y fuerza incomprensibles por los humanos; así como la vio beber sangre y destrozar a cinco hombres con sus garras y colmillos. Mi consejo como amigo, si me permite el atrevimiento, es que sea muy prudente al momento de revelarle toda la verdad. Comprenda que instintivamente, ella pueda sentir pánico ante usted, aunque por lo demostrado no representa ningún peligro para ella. Gánese su confianza. Debe poder demostrarle que así como puede ser despiadada y cruel con sus enemigos, es capaz de entregar una gran cantidad de amor y ser compasiva con aquellos que realmente lo merecen y necesitan.

No pude más que asentir ante el doctor. -Sabias palabras son mi amigo. Creo que hicimos lo correcto al confiar el secreto de nuestra existencia a usted y convertirlo luego en uno más de nosotros según nos lo pidió.

-Para mí ha sido un honor, Mi Señor. Y reconozco que intelectualmente no habría podido resistir a la curiosidad científica de entender todas las maravillas de nuestra raza. Eso ocurrió hace unos 60 años con el brote de la peste negra; recuerdo que me llamó la atención que varias personas eran inmunes y hasta indiferentes a ella; si hasta no le daban importancia. Ahora entiendo por qué. Jejeje.

Ante una señal mía los guardias se cuadraron cuando el buen doctor pasó junto a ellos. En un espejo pude ver su expresión de un orgullo bien fundado ante ese hecho.

Lilith decidió convertirse en la enfermera personal de la niña. Ya habían pasado dos semanas desde que la rescatamos y ya tenía un poco de confianza con ella.

-¿Cómo te sientes hoy pequeña?

-Mejor Madame, gracias.

-Mi nombre es Lizbeth. Al fin se empezó a abrir la niña.

-Hola, mi nombre es Lilith.

-Madame, ¿puedo hacerle una pregunta?

-Sí claro, dime.

-¿Usted tiene hijos?, es que le pregunto porque es tierna como es…, ohh…, como era mi mamá.

-Hace mucho tiempo tuve uno, pero se fue a una vida mejor.

-Lo siento Madame, no pretendí apenarla.

-Está bien. El tiempo cura las heridas y la vida me ha vuelto a dar otra oportunidad.

-Algún día tú también podrás volver a reír.

En forma espontanea Lizbeth y Lilith se abrazaron.

Movida por el recuerdo de una vieja canción de cuna, Lilith comenzó a tararearla.

En sus brazos, la niña se durmió y junto ella Lilith.

Sin poder evitarlo, su concentración se rompió y el bloqueo sobre los recuerdos de la pequeña Lizbeth terminó por ceder.

Sobresaltada, Lilith fue despertada por los gritos de la niña.

-¿Qué pasa?, ¿qué tienes?; preguntó angustiada.

Lizbeth en sueños había revivido su tragedia.

-Querida, fue una pesadilla; ya pasó. Mira, estás bien.

Lilith estuvo tentada a borrar definitivamente ese recuerdo de la mente de la jovencita, pero se contuvo siguiendo los consejos del Doctor Lacroix.

-¿Deseas contarme tu sueño?, puede que te ayude si hablas de eso; se arriesgó Lilith, ya que sabía que lo más probable es que ella estuviera en él.

Respirando hondo, Lizbeth trató de ordenar sus ideas.

-Estaba en mi casa, junto a mi familia. Alguien golpeó la puerta y mi padre se asomó a ver. Cuando abrió, cinco hombres entraron de golpe. Uno dijo que era una linda familia. Papá trató de echarlos, pero uno sacó un cuchillo y se lo clavó. Mi hermanito mordió a uno y también lo mataron.

Las lágrimas mojaban el rostro de la niña.

-Miraron a mi mamá y a mí. A ella los cinco le hicieron todo lo que quisieron y después le cortaron el cuello.

La pequeña temblaba mientras contaba su sueño; Lilith deseaba poner paz en su mente, pero la dejó seguir hablando.

-Después venían por mí. En eso entró usted a la casa.

-¿Yo?, ¿y qué hice?; preguntó curiosa  la Reina.

-Se puso entre ellos y yo y los golpeó muy fuerte. Aparentemente quería protegerme. Pero usted se veía muy distinta; parecía una bestia salvaje.

Lilith tragó saliva; se estaba inquietando por el curso que tomaba el relato del sueño.

 -¡Vaya!, debo haberte dado mucho miedo.

-La verdad es que no, usted me estaba defendiendo; los cuatro hombres si me daban miedo.

-Dijiste que eran cinco; recordó Lilith.

-Sí, pero cuando usted entró, uno no se dio ni cuenta, porque usted le rompió el cuello con sus dientes. A los otros cuatro los golpeó y los mató con sus manos.

-¡Qué miedo!, debo haber parecido un monstruo horrible.

-No lo sé…, me acuerdo que una vez vi a una gata que protegía a sus gatitos de unos niños que los molestaban. Era algo parecido; usted me defendía de hombres muy malos. Es extraño, a pesar de lo amenazante y terrorífica que parecía, yo confiaba en usted en el sueño.

-Los sueños cambian mucho las cosas; dijo Lilith.

-Creo que de haber podido yo habría hecho lo mismo por defender a mi familia. Habría sido la gata defendiendo a los gatitos.

Lilith secó el rostro de Lizbeth, besó sus mejillas y la abrazó tiernamente.

El corazón de Lilith latía muy rápido debido a lo nerviosa que estaba y eso lo percibió la niña.

-Su corazón parece querer salir de su pecho, Madame. ¿Mi sueño la ha asustado?

-No es eso querida, no.

En la madrugada siguiente Lizbeth fue perturbada por otra pesadilla. Lilith entró corriendo en su cuarto, atraída por sus gritos. La encontró sentada en la cama, llorando y empapada en transpiración.

-Otra vez soñé, Madame; dijo y se arrojó en sus brazos.

-¿Qué soñaste?

-Lo mismo de ayer. Me asusté mucho porque al despertar estaba todo oscuro y no se veía nada.

-Esto no puede seguir pasando, la pobre está sufriendo mucho. El doctor debe permitirme que le borre los recuerdos de la memoria; pensó Lilith, sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta.

El sol empezaba a asomarse y las tinieblas de la noche retrocedían.

-¿A qué se refiere Madame?; se escuchó la voz de la niña.

Lilith cerró los ojos consternada. Comprendía que acababa de cometer un error tonto y grave.

-¿Qué quiso decir Madame?, ¿de qué recuerdos está hablando?

-¿Esto no es solo un sueño verdad?

-¿De verdad ocurrió?

-Por favor no te asustes mi niña. Puedo explicártelo todo…, si es que me lo permites; habló suplicante Lilith.

Sin saber por dónde empezar, la Reina de los vampiros comenzó a narrar una historia marcada por el dolor en su anterior vida humana.

-Hace ya muchísimos años, cuando yo era menor de lo que eres tú ahora, vivía sola con mi madre y mi hermana mayor; papá había muerto en la guerra y quedamos solas y en la ruina. Mamá se esforzaba como lavandera, para llevar algo de comida a nuestra mesa.

-Una mala noche, unos hombres malos entraron a casa; abusaron salvajemente de mi madre y mi hermana y luego les quitaron la vida. Si yo logré escapar con vida, fue porque atraídos por los gritos llegaron unos vecinos armados de palos y los detuvieron y entregaron a los soldados del Rey.

Con la voz entrecortada Lilith apenas podía contener el llanto, mientras continuaba su relato.

-Una tía mía, hermana de mi padre se compadeció de mí y me acogió en su casa.

-Después de muchos años logré recuperarme en parte.

-Cuando cumplí veinticinco años, mi tía logró comprometerme con un rico mercader. Pensé que podría ser feliz al fin; de esa unión nació un hermoso varoncito.

-Pero parece que a la desgracia le gustaba rondar mi vida.

Los ojos de Lilith estaban inundados de lágrimas, las que amenazaban con caer. Lizbeth tomó sus manos para infundirle valor.

-Cuando mi niño tenía apenas cinco años, el carruaje en que viajábamos los tres se volcó. Creo que el destino era cruel conmigo, permitiéndome que, nuevamente, solo yo sobreviviera.

Lilith ya no pudo contenerse y ahora lloraba amargamente.

Lizbeth la abrazaba y acariciaba su cabeza.

Limpiándose los ojos, Lilith continuó con su relato.

-Caí en una profunda pena; ya no salía de casa y casi no me alimentaba. Si no hubiese sido por los cuidados de mi doncella, creo que habría muerto; y…, realmente lo desee en más de una ocasión. Mi leal sirvienta empezó a invitar a amigos y amigas para que me acompañaran, así como me obligaba a salir de vez en cuando de la casa.

Lizbeth escuchaba atenta el triste relato de Madame Renan.

-En una de esas reuniones en casa, habrá sido unos doce años después del accidente, tuve la suerte de poder conocer a Monsieur Laberne. De a poco, sin buscarlo, nació el amor entre nosotros. La vida sonreía de nuevo.

-Una noche fui testigo de cómo, en forma increíble él salvaba la vida de un niñito; haciendo un despliegue de fuerza y velocidad sobre humanas. Esa noche se sinceró conmigo y me contó la historia de su drama.

-Me explicó por qué era tan fuerte y rápido.

-Al igual que yo y que tú, él había perdido a su familia en manos de un criminal desalmado. Y que, a pesar de lo poderoso que era, no había llegado a tiempo para salvarles la vida.

-Me di cuenta de que yo no era la única persona que por esa causa estaba tan terriblemente sola.

-Comprendí su dolor y el comprendió el mío. Decidí esa noche que por siempre quería estar a su lado.

-Le pedí que hiciera que eso fuera posible, a lo cual consintió.

-La siguiente luna roja que hubiera, debería producirse el cambio.

-Se me ofrecía inmortalidad, fuerza y velocidad. Ya nada me lastimaría y podría defender a mis seres queridos; y por sobre todo, nunca me separaría de Monsieur Laberne.

A todo esto, Lilith tenía la cabeza apoyada en el regazo de Lizbeth y ya se oía tranquila otra vez. Parece que pensar en Monsieur Laberne la calmaba; reflexionó la niña.

-Pero no todo era tan fácil, bajo una luna roja como la sangre, debía morir, para renacer luego. Era Monsieur Laberne quién debía encargarse de ello.

Lilith se aproximaba a la parte más complicada de su historia, pero ya no podía dar paso atrás.

-Monsieur Laberne succionaría la sangre de mis venas; luego yo bebería de la suya y renacería en una vida nueva.

-No renacería como una mujer humana; ella moriría. Al hacerlo, volvería a la vida como un ser poderoso e inmortal, que debe todas las noches alimentarse de sangre humana. Sería, como me viste, una bestia.

Lizbeth no sabía si Madame Renan hablaba en serio. Sin embargo, sentía paz y confianza a su lado; ya había podido comprobar que ella la estaba protegiendo y de alguna forma intuía que nunca la dañaría.

-Hace dos semanas, cuando paseaba por la noche, junto a Monsieur  Laberne, al pasar junto a tu casa, con horror vi que la historia se volvía a repetir. Me vi nuevamente a mí y también a la familia de Monsieur.

-La furia se apoderó de mí. Esta vez no permitiría que pasara. Esta vez lo impediría.

-Sin control me arrojé contra esos hombres; y como has recordado ahora, los asesiné. Me comporté como una bestia salvaje. Pero lo hice para defenderte.

-Por favor créeme, jamás te dañaría a ti.

Lilith volvía a llorar.

-¿Es cierto todo lo que me ha contado Madame?

Lilith asintió con la cabeza gacha y con lágrimas cayendo por su cara, mientras hacía crecer lentamente las garras de la mano derecha.

Lizbeth miraba asombrada como las antes delicadas manos se convertían en algo más parecido a la extremidad de una fiera. Con curiosidad las tocó con sus dedos.

Lilith le permitió hacerlo y luego las retrajo; su mano ahora se veía normal nuevamente.

Lizbeth con mirada profunda miró a Lilith a los ojos; sin decir nada levantó su mano. La Reina cerró los ojos  temiendo que recibiría un golpe de la joven, pero por el contrario, ésta le obsequió una caricia y luego la abrazó con fuerza.

-Gracias, muchas gracias, Madame.

Ambas lloraron abrazadas; sin embargo, esta vez las lágrimas de Lilith eran de felicidad y las de Lizbeth de gratitud y amor, pero aún con mucha pena por su reciente pérdida.

En su interior Lizbeth sabía que estaba en buenas manos y que podía confiar en esa pareja.

-Esto fue difícil de contar; dijo Lilith.

-No es algo que se escuche todos los días; respondió Lizbeth.

-Creo que lloré todo lo que no había llorado en los últimos ciento diez años.

-¿Cuántos?; Lizbeth estaba sorprendida.

-Ciento diez años.

¿Qué edad tiene Madame?

Ciento cincuenta y dos años. Nací en 1258.

-No representa más de cuarenta y cinco cuando mucho.

-Lo que pasa es que envejecemos un año cada cien años; yo tenía cuarenta y dos cuando me uní a la nación vampira.

-¿Es feliz Madame?

-¿Cómo te lo explico?; meditó Lilith.

-Como humana nunca habría tenido el tiempo necesario para alcanzar la felicidad que ahora disfruto.

-Ya es hora de que desayunes, ¿tienes hambre?

-La verdad es que sí.

-Pero… ¿Deberé tomar sangre?

-¡No mi pequeña, claro que no!, leche, pan y huevos y creo que hay pastel también; la tranquilizó Lilith.

-Entonces sí.

-Vístete y vamos al comedor.

-Pero no tengo ropa.

Acercándose a un gran ropero, Lilith lo abrió dejando ver una gran cantidad de hermosos vestidos.

-Supongo que alguno te quedará. Elige el que quieras.

-¿Cualquiera?

-¡Claro!, son tuyos.

La jovencita no sabía que decir, nunca antes había tenido ropa tan linda y elegante. Así es que solamente sonrió.

Camino al comedor, Lizbeth quedó parada frente a la gran biblioteca.

-¡Cuántos libros hay!; excla

-Puedes leer el que quieras.

-Sí claro; dijo sarcástica. -¿Desde cuándo las mujeres leen?

-¡Uff!, rezongó Lilith. Esa es una de las estupideces de la sociedad humana, que nosotros estamos tratando de no repetir.

-¿Usted ha leído alguno?

Lilith sonrió.

-La verdad es que todos. Pero me tomó como setenta años.

-Si lo deseas puedo ordenar que un maestro te enseñe.

-Sí claro que me gustaría Madame.

-Y matemáticas, arte, música, literatura, en fin, todo lo que desees aprender.

Lizbeth se daba cuenta de que ante ella se abría un mundo de posibilidades inimaginables para cualquier mujer, excepto para las vampiresas.

Al poco tiempo Lizbeth leía fácilmente francés y latín. Los maestros estaban sorprendidos y encantados a la vez; semejante capacidad no la habían visto nunca entre los humanos y se preguntaban que niveles alcanzaría si los reyes decidían convertirla en vampiro.

Una mañana para tratar de alcanzar un libro, Lizbeth se subió a una silla y perdió el equilibrio. La caída fue más espectacular que grave. Como era de esperarse, el Doctor Lacroix fue llamado de inmediato.

-¿Y bien doctor?; pregunté.

-No es nada Majestad, solo una torcedura sin importancia.

-¡Pero me duele mucho!; protestó la joven.

-Eso le pasa a los humanos por tener cuerpos tan frágiles; opinó el doctor.

Lizbeth ofendida le sacó la lengua.

-Bueno Sus Majestades. Manténgala en cama uno o dos días y se le pasará.

-¿Los trató de Majestades?; preguntó Lizbeth.

-¿Qué?, ¿aún no le dicen que ustedes son El Rey y La Reina de la Nación Vampira?

-Creo que se nos olvidó ese detalle; me defendí.

-Bueno. ¡Cada loco con su tema!; rió el doctor.

-¡Doctor!, creo que tiene más asuntos que atender; cortó Lilith.

-Sí, sí, ya me voy.

 -Adiós doctor, gracias; se despidió Lizbeth.

-¡Vaya!, El Rey y La Reina. Uy; exclamó la muchacha, mientras hacía una exagerada reverencia y se largaba a reír.

La verdad es que los tres reímos por un buen rato.

Después de guardar silencio por un largo rato, Lizbeth muy seria preguntó:

-¿Madame, cuando será la próxima luna de sangre?

Miré a Lilith, pues ambos comprendíamos hacia donde conducía aquella pregunta.

Un mes después una gran luna de sangre se levantaba sobre el cielo de París. Lizbeth había pedido vestirse igual que Lilith. Ambas lucían largos vestidos negros con capas de igual color. La cabeza de Lizbeth estaba adornada por una reluciente tiara de rubíes.

-¿Lista?; pregunte.

-Sí, pero quisiera que Madame Lilith lo haga.

Lilith me miró complacida. -¿Qué te puedo decir querido?

Lilith la abrazó suavemente y apoyó su cabeza en su pecho. Con ternura corrió su cabello, dejando a la vista un delicado cuello…-Te veré pronto; le dijo. Finalmente hundió sus colmillos.

Lilith tomó mi mano y me acercó al cuello de Lizbeth.

Poco después caía sin vida.

Cerca de una hora después, Lizbeth trató de incorporarse, pero la contuvimos.

-¡Tranquila!, con calma.

Lilith la sentó con cuidado y le ofreció su muñeca sangrando. Yo corté mi brazo y se lo acerqué para que se alimentara por primera vez.

Lizbeth había renacido.

Entonces con suave voz habló:

-¡Mamá!, ¡Papá!, he llegado.

Una nueva familia había nacido.

En el salón principal, en tono muy solemne René anunciaba:

-Princesa Lizbeth sea bienvenida.

Todos los concurrentes se arrodillaron ante ella.

Los guardias de palacio se cuadraron militarmente rindiéndole honores a Su Alteza.

Lizbeth demostró una gran inteligencia. Sus maestros alababan que su curiosidad no tenía límites. En más de una ocasión puso en aprietos a sus profesores de matemáticas y de filosofía.

Desde que llegó a nuestras vidas han pasado ciento veinticinco años; actualmente es el año 1537. Todos se dirigen a ella como Princesa Lizbeth, habiéndose ganado el cariño y respeto de todos.

Si bien no tiene la misma capacidad mental de su madre para controlar un gran número de personas al mismo tiempo, en cambio físicamente su agilidad va aumentando cada día que pasa. Al punto que, ella misma decidió que quería aprender combate cuerpo a cuerpo, desde que vio al capitán Marcel Renoir, comandante de la guardia de palacio, entrenando a sus hombres.

-Yo quiero aprender también; le dijo un día muy decidida y segura  de sí misma.

-Princesa, esto es para soldados; no creo que usted pueda. Además dudo que sus padres lo autoricen; intentó disuadirla el oficial.

-De mis padres me encargo yo capitán; alegó Lizbeth. -¿O acaso tiene miedo y teme que lo deje en ridículo antes sus soldaditos de plomo?

Un joven oficial empezó a esbozar una sonrisa.

Severo el capitán lo contuvo.

-¡Sargento!, ni se lo ocurra reírse o lo pongo a beber sangre de vaca durante un mes.

El joven oficial se cuadró y se retiró, mientras recordaba su entrenamiento de cadete. La sangre da vaca le dejaba un sabor muy desagradable en la boca, aunque le permitía mantenerse con vida en caso de emergencia.

-Estas técnicas, Princesa provienen de la China y requieren sutileza y control de movimientos muy refinados. No basta con la fuerza y agilidad de un vampiro para dominarlas.

-Además; continuó. -Le debo advertir que el entrenamiento puede llegar a ser doloroso, incluso para nosotros. No crea que por ser la Princesa sería más gentil con usted que con mis hombres. Dicho esto el Capitán Renoir se volvió dispuesto a marcharse, seguro de haber hecho desistir a la testaruda Princesa.

-¡Acepto!; se escuchó la voz de Lizbeth.

Aburrida Lizbeth hacía girar un mapamundi.

-¡Quiero salir! y cerrando los ojos puso un dedo en el mapa. -España.

-¡Papá!, quiero ir a España.

-¡España!, pero es muy lejos.

-Podemos ir por tierra y detenernos a comer en el camino; meditó la joven.

-Pero hija, ahora estamos organizando el establecimiento de nuevas colonias en el resto de Europa y yo debo supervisar los detalle.

Lilith que andaba por ahí se unió a la conversación, o mejor dicho en mi contra.

-Lizbeth tiene razón; hace tiempo que necesitamos vacaciones. Por otro lado René puede encargarse fácilmente de todo sin nosotros.

-Sí, creo que tienen razón. Entonces vamos a España.

-¡Gracias papito!; salto Lizbeth de alegría. -Voy a empacar mis libros.

-¡Nada de libros!; cortó Lilith. -Vamos a pasear no a leer.

-¿Y uno chiquitito?

-¡No!

¡Está bien mami!; rió Lizbeth y salió corriendo.

Todo estaba dispuesto para nuestras vacaciones.

¡Pero dónde se metió esta niña!; alegué.

-Se debe estar despidiendo de su súbdito favorito; comentó La Reina.

Había encargado la compra de una cabaña en unas colinas cercanas a la ciudad de Sevilla, lindantes a un frondoso bosque.

Llegamos cerca del ocaso. Lizbeth se quedó pensativa.

-Es chiquita, la acabo de recorrer en un segundo. Mmmm, le falta algo.

-Listo, ahora sí; dijo mientras en la puerta sujetaba una rosa negra. -Me gusta.

-¡Qué bueno!, porque es tuya.

No dijo nada. Solo se colgó de mi cuello y me dio un sonoro beso.

-El aire fresco me dio hambre; dijo Lilith.

-Y a mí; agregué.

-Yo invito la cena; concluyó Lizbeth, pasándose la lengua por los labios, mientras miraba en forma malévola a la desprevenida ciudad.

Los años pasaron, era cerca ya de 1610. Bajo la tutela del Capitán Renoir y las instrucciones de los mejores maestros de artes marciales de Asia, Lizbeth podía enfrentar a cualquiera de nuestros soldados.

Así es como un día, desde una ventana, vi alarmado que ella era rodeada por diez guardias fuertemente armados. Tardé un rato en percatarme de qué se trataba realmente.

En una frenética lucha en la que se mezclaban complicados movimientos de artes marciales, juntos con otros propios de nuestra raza, Lizbeth logró neutralizar a todos sus atacantes. Los cuales, una vez que quedó clara su derrota ante la Princesa, la saludaron con una reverencia a la cual ella contestó con otra igual. El orgullo que en ese momento sentí por mi hija era incontenible.

A todo esto, las colonias en el resto de Europa ya se estaban organizando. René pidió autorización para hacerse cargo de dirigir la colonia italiana.

Poco tiempo después, Lizbeth entró seguida del Capitán Renoir.

-Padre, madre, deseo ir a la colonia de España a supervisar su organización. El Capitán Renoir será mi guardaespaldas.

-¡Capitán Renoir!, supongo que tiene más que claro que mi hija es uno de los seres más poderosos del planeta.

-Si Majestad lo sé, pero ella insiste.

-La semana pasada la vi derrotar con facilidad a diez de sus mejores soldados, todos armados, menos ella. Creo que, usted que la ha entrenado sabe mejor que nadie, que ella es quién menos necesita de un guardaespaldas.

-Lo sé Señor pero, como le dije, ella piensa que es conveniente que yo la acompañe.

Antes de que yo pudiera seguir, protestó una. -Pero papá; mientras la otra disimuladamente me daba una patada por atrás.

Comprendí que no había nada que hacer. Eran dos contra uno.

-Bueno;  asentí. -Supongo que un poco de protección extra no está demás.

-¡Gracias papá!; gritó contenta.

El Capitán Renoir se cuadró militarmente y se retiró.

-Hija; la paró Lilith. -¿Llevas libros?

-Para qué; le contesto Lizbeth, guiñándole un ojo.

Me volví ante Lilith. -Pero querida, sabes bien que esos dos no van a ir a cortar flores precisamente.

-Lizbeth tiene apenas dieciocho años.

-Guajaja; se rió burlonamente. Sabes bien que Lizbeth ya no es una niña y aunque parezca de dieciocho, tiene más de doscientos años…Además, yo ya quiero ser abuela.

Siglo veintiuno, ya. Año 2014.

Esto es lo que puedo contar. Ocho siglos de historia, en los cuales nuestro mundo nació y creció en forma oculta y al lado del mundo de los humanos; donde nuestros miembros se han introducido en toda su sociedad, controlando su economía, sus ejércitos y sus centros de investigación científica. Y ellos ni siquiera lo sospechan. Bueno, tal vez sí. En sus películas y en sus novelas, nos describen como seres salvajes, alérgicos al ajo, intolerantes a la luz del sol y a palitos cruzados… No sé si reírme o llorar por esa sátira.

-¿Aun escribiendo?; preguntó Lilith, con una copa de coñac en la mano.

-Ahora acabo; contesté. -Apago el computador y listo.

De pronto la puerta se abrió y un ventarrón provocó un remolino en el salón.

-¡Niños! No corran en el estudio del abuelo. Entró Lizbeth, mirando en todas direcciones hasta captar la huella de calor de dos pequeños vampiritos de aparentemente cuatro años, que corrían invisibles. Con un rápido movimientos los atrapó entre sus brazos y los besó en la cabeza.

-La cena está servida ya. La preparé yo misma. Tenemos comida española; saben que me encanta. Y de postre una tierna gitana; sonrió con una mirada siniestra.

 

Hieródula 10 agosto 2009

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La estatua de oro de la diosa mostraba un semblante serio.


En sus hermosos y fríos rasgos casi podía detectarse una acusación; los labios, que hubieran debido resultar apasionados, formaban una línea inflexible, y los ojos de metal muerto provocaban una impresión de eterno reproche.


Al menos, así lo percibía Sae, hija de Luen, hieródula en el pequeño templo, y la mejor de todas sus prostitutas sagradas, en opinión de los fieles que acudían asiduamente al lugar. Había sido entregada al servicio de la diosa a la edad de doce años, cuando su cuerpo abandonó las líneas tiernas de la infancia para curvarse suavemente en las de una joven mujer. Su conversión en hieródula no fue algo premeditado. Luen, campesino ignorante, viudo resignado, y hombre de poca suerte, siempre manifestó el temor y la reverencia debidos a la diosa, pero la razón principal que le llevó a sumir a su hija en aquella esclavitud perpetua, fueron las deudas. El pequeño campo que labraba se mostró poco agradecido con las miles de horas de trabajo que enterró en él, y sólo ofreció a cambio hambre y miseria. Luen no tuvo opciones. La dejó en la entrada del templo, apartando los ojos con vergüenza…


Pobre Luen, qué poco conocía a su hija.


Claro que, era lógico que temiese por ella, y se sintiera culpable. Más allá del brillo de los rituales y las parafernalias del templo, y de las palabras una y otra vez repetidas hasta perder todo sentido, las prostitutas sagradas no dejaban de ser eso, prostitutas. Gozaban de una vida cómoda, pero el servicio sagrado no lo soportaba bien todo el mundo. Los fieles acudían a recibir el amor de la diosa a través de sus esclavas, y ellas no tenían capacidad de elección posible. Había que atenderlos a todos, darles aquel remedo de amor a todos, altos, bajos, viejos, jóvenes, guapos, feos, gordos, delgados…


Sin embargo, Sae guardaba un secreto: a ella le gustaba el papel que le había deparado el destino. Le gustaba de verdad. Se sentía una mujer afortunada, y, de alguna manera, una triunfadora. Habían intentado utilizarla, siempre, todos: su padre para alejar su miseria, la diosa para usar su cuerpo como medio para llegar a los fieles, el templo, para enriquecerse con los pagos por sus servicios, los creyentes, para liberar su lujuria… ¿No resultaba tremendamente satisfactorio, y sutilmente irónico, que, en realidad, ella fuera la que los manipulase a todos?


La diosa no la utilizaba para dar amor, era ella la que utilizaba a la diosa, y todo lo que suponía, para liberar sus inagotables apetitos, y su pasión.


Y la diosa lo sabía.


Cada caricia entregada por Sae en su nombre, era una mentira. Cada beso, un engaño. No había comunicación entre los fieles y su divinidad, Sae no se consideraba un vínculo, sino un fin en sí mismo. Nada llegaba a la diosa, nada surgía de la diosa; todo empezaba y terminaba en el anhelante tacto de Sae, en los deliciosos escalofríos de su piel, en el lánguido crepitar de su carne, en el largo y glorioso ascenso que la llevaba una y otra vez a las siempre codiciadas alturas de lo voluptuoso, al erótico mundo de los sentidos, de los deleites carnales.


Todas las bocas podían dar placer, si sabías buscarlo, todas las manos eran capaces de arrastrarte en el lento, armónico fluir del deseo, si sabías dejarte llevar. Por eso, no le importaba que, muchas veces, los fieles fueran hombres viejos, o poco agraciados, en su mayoría campesinos de dedos callosos y carnes marchitas, quebradas por el trabajo duro y la pobreza. Además, no podía quejarse. Ocasionalmente, disfrutaba de algún premio inesperado, soldados o aventureros que estaban de paso por la zona, hombres de armas acostumbrados a buscarse la vida rondando la muerte. Entre sus brazos, enérgicos, entendidos, incansables, Sae ardía como una tea, como las brasas de los incensarios sagrados, perdiéndose jubilosa en aquella marea eterna, eternamente buscada…


Pero, el día en que llegó Meren, el mundo perfecto en el que vivía Sae, dio un brusco vuelco.


Al contemplar la figura elegante, gallarda y atractiva, de aquel extranjero, el corazón se aceleró en su pecho como nunca antes le había ocurrido. Sintió que los dedos se le crispaban por el puro afán de tocar esa piel, esa, exactamente esa, y ninguna otra. Sintió la boca reseca, agrietada, sedienta, ansiosa de recibir los besos de esos labios. Su cuerpo se tensó, totalmente alerta, esperando recibirle, mezclarse con él en esa inacabable danza atávica en la que ambos llegaría a ser puro gozo, carne que palpita.


Meren era un hombre hermoso, alto, bien proporcionado, con aire digno y noble.


Y Sae iba a tenerlo…


Avanzó hacia él, contoneando las caderas con suavidad, muy segura de sí misma, de su belleza, de la ciencia meticulosamente aprendida entre los susurros de sus sábanas. Sólo se oyó el tintineo de sus largos zarcillos, de los mil abalorios y cadenillas que adornaban su cabello, tobillos, brazos, y la túnica dorada de hieródula. Los rasgos de su rostro permanecieron inmóviles observando a Meren, fijamente, manteniendo su mirada; nada dejó entrever cuánto deseaba arrancarle la capa, y la armadura de cuero blando, cómo suspiraba por apartar el último rastro de ropa y aferrarse con uñas y dientes a su piel, probar su sabor, contaminarle con aquella abrumadora necesidad…


– ¿Deseas recibir el amor de la diosa, creyente? – preguntó, siguiendo el ritual. Los ojos de Meren se deslizaron un segundo hacia la estatua de la diosa, luego volvieron a ella… Agitó la cabeza.


– No, creo que no – dijo, sorprendiéndola – No temas. No seré yo quien se aproveche de tu triste situación muchacha, ni quien te tome, cuando me consta que no puedes rechazarme. Debe ser terrible tener que prostituirte de esta manera, perder… la dignidad, perder el respeto que todo el mundo debe poder sentir por sí mismo, sin ni siquiera quedarte con el oro ganado a costa de tu humillación – Sae se quedó tan desconcertada, que no supo qué replicar. Él le entregó una bolsa, bien nutrida – Toma. Este oro, que sea para ti, y sólo para ti. Escóndelo – alzó una mano, y le acarició la mejilla. El roce provocó una sensación devastadora, una descarga absolutamente deliciosa de dolor y calor que recorrió con furia su cuerpo. Sae se estremeció. Él no pareció darse cuenta, sumido en su propia lucha – Y no creas, no resulta fácil, renunciar a disfrutar de tus encantos. Eres una joven muy hermosa. Quizá, en otras circunstancias… Pero soy un hombre de honor, y debo tratarte con el respeto que te mereces.


Respeto… El hambre de sensaciones que tensaba dolorosamente su cuerpo, que hacía arder por completo su alma, la inducía a revelarle la verdad, y de inmediato. Quería decirle que no tenían por qué negarse la satisfacción que ambos deseaban, porque ella, ella en concreto, no era una víctima. Muy por el contrario, se consideraba un ser tremendamente dichoso, situado por la vida en el lugar donde más libre podía sentirse. De haber seguido en la casa de Luen, hubiese terminado casada con cualquier campesino, un hombre áspero, rudo, y sólo inspirado por su propio placer. Un único hombre, al que hubiera pertenecido, al que se hubiera visto sujeta, limitada a sus momentos y sus caprichos, sin posibilidad de desatar sus apetitos en otras pieles…


Pero, no, no…


Sae titubeó, sintiéndose atrapada en una absurda broma del destino. Si no le sacaba de su error, aquel extranjero se iría, dejándola con su espejismo de virtud, su deferencia, y sus brazos vacíos; pero, si le decía la verdad, perdería aquel inesperado respeto, aquella emoción peculiar que nunca nadie le había regalado, y que se sentía inclinada a conservar. Incluso, quizá, llegara al desprecio. No podría soportarlo… Era capaz de irse, de todos modos, y ella se quedaría sin la satisfacción carnal, y sin su respeto.


Contuvo el intenso deseo que pugnaba por estallar en su interior, y le dejó marchar, apretando disimuladamente los puños. No podía librarse de la incómoda idea de que, ya, nada sería como antes, nunca. A partir de ese momento, buscaría el aroma de Meren en otros aromas, el sabor de esa piel que ni siquiera había probado, en otros cuerpos, el frenesí devastador que había desatado aquel roce en su mejilla…


Y le dio la impresión de que, la estatua de la diosa, sonreía.


Yolanda Díaz de Tuesta

 

Flores para los Muertos

Filed under: Amigos autores — Díaz de Tuesta @ 14:48
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Para Jorge, era un trabajo sencillo.

La vieja no pagaba mucho, cierto, pero saltar la tapia del cementerio suponía un esfuerzo mínimo, y el traslado de las flores, las grandes coronas, los hermosos ramos, no dejaba de ser un agradable paseo. Incluso le permitía sonreír, en el camino de vuelta, a la chica que había empezado a hacer la calle junto a la tasca de Alberto. Siempre llegaba con las sombras, como si la noche tomara forma en su piel oscura. Era morena, de grandes ojos y largas piernas, líneas cimbreantes que hubieran debido tener mejor destino que el de ser tocadas por toda clase de pieles a cambio de unas pocas monedas. No hablaba su idioma, lo supo la tercera noche, al preguntarle su nombre y recibir una risita nerviosa por respuesta, y él jamás pagaba por un servicio; era una cuestión de principios que no pensaba romper, ni siquiera por ella.

No les quedaba, por tanto, más que la sonrisa, el lenguaje internacional de las expresiones luminosas. En eso, se entendían perfectamente.

Jorge no podía decir cuándo aquel encuentro se había vuelto importante. Quizá lo fue desde el principio, desde el mismo instante en que se hicieron reales el uno para el otro, llenándose de color, de facetas y detalles, superponiéndose al gris decorado que formaba el mundo. Adoraba la sonrisa de aquella muchacha, era su única conexión con esa parte de las relaciones humanas que tan extraña le parecía. Amor, afecto, amistad, cariño… Muchas veces se había preguntado qué sensación provocaban realmente aquellos términos tan valorados por la mayoría de la gente, y sólo ahora empezaba a intuirlo. Antes pensaba en ellos con desdén; ahora, con auténtica codicia. ¡Le resultaban tan raros y fascinantes! Él se había criado en la calle, había tenido que luchar duramente por cada bocado, por cada noche bajo techo, por huir del frío y de la miseria. No es que en esos momentos fuera rico, ni mucho menos, pero se estaba haciendo un hueco en el mundo, la clase de huecos que se buscan por la fuerza los que nada tienen. Hubiera podido conseguir mucho más, en menos tiempo, pero no era tonto y sabía que los vivos eran muy celosos de sus pertenencias.

Él prefería robarle a los muertos.

Las flores. Las deliciosas, aterciopeladas, perfumadas flores de los muertos…

Alguna vez, se había acercado a los ramos de rosas, en la floristería de Elvira, a sus jazmines, a sus crisantemos, a sus gladiolos solitarios. No olían igual, en absoluto. Estaban allí, a disposición de cualquiera; eran flores iluminadas fieramente por la luz del sol, destinadas a festejar cumpleaños o la existencia de una pasión, o para adornar un templo, o cualquier otra cosa que atañía únicamente a los vivos. Sólo las Elegidas, las arrastradas por la fuerza del destino a la oscuridad de las sombras, las obligadas a traspasar la línea entre mundos, eran capaces de emitir aquel perfume único que le envolvía en sus paseos nocturnos, del cementerio a la casa de la vieja.

Y en la casa de la vieja.

Allí, a la luz de las dos velas que apenas conseguían contener las hambrientas sombras contra las esquinas, las flores tenían un perfume más intenso todavía, de ser posible. Virulento, penetrante, denso… brutal. Tras pagarle con las monedas que sacaba sigilosamente del armario situado en el centro de la habitación, arrastrada por aquel anhelo, aquella urgencia incomprensible, la vieja hacía caso omiso de su presencia, y empezaba a arrancar los pétalos, a llevar a cabo su extraño ritual, mirando de vez en cuando hacia el armario, como vigilando que siguiera allí.

Jorge la observaba en silencio, entre fascinado y repelido, intentando deducir las razones de tal proceder. ¿Sería algún conjuro? ¿Alguna clase de magia insólita? A su pesar, Jorge, Catedrático de las Calles, Doctorado en Puños, Experto en Todas las Formas del Dolor, temía a la vieja. Temía sus ojos blancos que parecían ciegos pero que lo veían todo. Temía su tacto reseco, sus uñas rotas siempre manchadas de tierra negra, y el olor dulzón que emitía. Era como si las flores la envolvieran, sofocantes, y se pudrieran lentamente sobre su piel, fermentándose en una esencia tan odiosa como sugestiva. Más de una vez se había preguntado si no estaría ya muerta, si no sería la tierra de sus uñas tierra de su propia tumba, prueba de haber escarbado con desesperación para escapar y volver al ámbito de los vivos. Pero era tan absurdo… Jorge creía firmemente en la línea, en la zona de nadie que separaba los mundos. Sólo las flores podían traspasarla.

La vieja arrancaba uno a uno los pétalos de las hermosas coronas, con cuidado exquisito, tratando de no romperlos. Los iba pegando en la pared, asegurándose de no dejar nunca espacios vacíos, usando como engrudo su espesa saliva. Jamás, ningún pétalo osó soltarse tras ser añadido al grupo con aquel pegamento repugnante. Y ella, murmuraba con su voz rasposa, llena de espinas: “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”.

A la luz del día, recordarlo hasta le inspiraba algo de hilaridad. Bajo el tembloroso palpitar de las velas, resultaba total y absolutamente aterrador. Así, sin más, sin términos medios, sin palabras que pudieran suavizarlo. Aterrador por lo tétrico, por lo inexplicable, por lo absurdo que era todo. Las paredes, las cuatro paredes del pequeño cuartucho, estaban casi completas. Podía haber terminado al menos tres, de hecho, pero seguía una línea, igual que seguía un ritual, y cuidaba de continuar las hileras por los cuatro lados, con precisión milimétrica.

Jorge se sentía enfermo, y se iba.

Era un trabajo, se decía, y trataba de no pensar más en ello. Pasaba el día en la Oficina del Paro, la versión mortal del Purgatorio de las Almas en Pena, en la tasca de Alberto, el Cielo Ilusorio para quienes sólo quedaban los sueños distorsionados en el fondo de un vaso vacío, y en la calle, el mundo hostil del asfalto y de la espalda, donde nadie conocía a nadie, donde todos buscaban la manera de ser más fuertes que el contrario.

Y, con la llegada de una nueva luna, reiniciaba su rutina.

Una noche, al regresar con las flores, vio a la chica apoyada contra la pared, junto a su esquina habitual. Supo que estaba llorando por la forma suave en que vibraban sus hombros, aunque algo le dijo que lo hubiera intuido en cualquier caso. Jorge cargaba con una enorme corona en la que una cinta juraba que NUNCA TE OLVIDAREMOS. Estaba formada por decenas de pequeñas rosas blancas, que habían sido puras, inmaculadas bajo la luz del sol, pero que ahora mostraban los colores del hueso, la esencia de la muerte, el perfume intenso del otro lado. ¿Acaso no pertenecía ella también, en parte, al otro lado? Era un ser como él, sin lugar en el mundo de los vivos pero aún no aceptada entre los muertos, una criatura mixta, perdida en la estéril tierra de nadie. Vivían porque sí, y morirían porque sí, y nadie les recordaría. Sólo se tenían el uno al otro.

Jorge sintió una extraña congoja. Extrajo una rosa de la corona, y se acercó a la muchacha. Piel negra, golpeada, un labio roto, un ojo morado. Durante unos segundos, ella le miró sin verle, luego, al reconocerle, sorbió las lágrimas y sonrió. Jorge hubiese querido matar con sus propias manos a quien le había hecho eso, pero no tenía sentido preguntar. Quizá, ni aunque hubiese sabido el nombre, ni aunque hubiese conocido su idioma, se lo hubiera dicho. Cada uno tenía su parcela de realidad, perfectamente delimitada, ella, con sus clientes, él, con sus flores, sólo enlazados por la sonrisa.

Jorge le tendió la flor.

La chica parpadeó, sorprendida. Sus ojos de ébano brillaron como cristales. Una nueva lágrima se deslizó por su mejilla, y la sonrisa se extendió, trémula, algunos milímetros más. No dijo nada. No era necesario que dijera nada. Sólo cogió la flor, casi reverente, y la olió, cerrando los ojos, sumergiéndose en el perfume, y en la sensación de sublime maravilla que le producía aquel inesperado obsequio. Jorge la dejó así, y prosiguió su camino.

Si la vieja echó de menos la flor, no lo dijo. No es que tuviera mayor importancia, pero todo lo relacionado con ella resultaba tan extraño que no le hubiera sorprendido verla furiosa, exigiendo su restitución, o un nuevo viaje al cementerio, gratis. Pero, no, se limitó a temblar de gozo anticipado al ver el estupendo material logrado esa noche, y Jorge quedó convencido de que en medio de la profusión de rosas, su ausencia había pasado completamente desapercibida. Cobró, y se fue.

Apenas pudo dormir esa noche, sintiéndose sumamente inquieto, y durante el día, en la Oficina del Paro, en la tasca de Alberto, en la calle, pensó en el labio roto de la chica, en sus sensibles ojos de ébano, y en aquella lágrima solitaria. Pensó tanto en todo ello, que sus principios cambiaron, y decidió que si no podía convencerla con su sonrisa, pagaría por tocar aquella piel y tratar de alcanzar, más allá, su luz oscura. Alcanzarla, y atraparla, a ser posible, y arrancarla de la esquina en la que vivía, y ser dos en la misma lucha, ahuyentando definitivamente la soledad. Les unía una sonrisa, una sonrisa auténtica y resplandeciente. Era mucho más de lo que había unido a otros.

Pero, esa noche, la chica no estaba.

No era la primera vez, todo dependía de un cliente, de un momento de buena fortuna, de una concatenación de circunstancias. Jorge dudó un instante, aun sabiendo que no había lugar para las dudas. Tenía que verla esa misma noche, y llegar a un acuerdo sobre su futuro. Dejó la corona que había conseguido bien oculta tras unas cajas y entró en la abarrotada tasca de Alberto, a preguntar por ella.

Entonces, supo lo que había pasado.

La habían encontrado al amanecer, con el cuello roto, en uno de los callejones cercanos al muelle. Mala suerte, dijeron todos, agitando tristemente las cabezas, con la resignación propia de quienes saben que la vida es algo que te puede ser robado en cualquier momento, como todo lo demás. Fue una noche de pura mala suerte. El cliente anterior, la había pegado con saña, con esa violencia de la que sólo son capaces los más cobardes, los que tienen que liberar sus frustraciones con quienes saben que no pueden defenderse, pero según la policía, para entonces aquel hombre tenía una coartada oportuna en su mundo socialmente aceptable de próspera clase media. Nadie sabía con quién se había ido, después. Y nadie sabía nada de una rosa.

Jorge se sintió absolutamente desolado, como nunca, jamás, en toda su vida hasta entonces. Había perdido la sonrisa, había perdido los ojos de ébano, la brújula con la que había querido orientar el resto de su existencia. Tuvo miedo de llorar, y quizá lo hizo, porque Alberto, que no era dado a semejantes muestras de generosidad, le invitó a la primera copa, a la que siguieron dos más, y luego una tercera, tratando en vano de alcanzar ese punto en el que toda pena produce una risotada vacía. Para cuando recogió de nuevo la corona, se tambaleaba torpemente sobre los pies.

La vieja estaba ya fuera de sí cuando llegó. Se había retrasado respecto a su horario habitual, cierto, pero tampoco parecía tan importante. La mente de Jorge, embotada por el alcohol, no podía entender su angustia, ni su furia. Ella le arrebató la corona, y en vez de pagarle de inmediato, como hacía siempre, empezó a arrancar pétalos con manos temblorosas, a humedecerlos con una lengua ennegrecida por los encantamientos, a pegarlas en su línea exacta con fuertes golpes llenos de desesperación. “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”.

El olor, la podredumbre, el cambio… Todo estaba teniendo lugar de forma acelerada, para intentar recuperar unos segundos vitales. Jorge sintió que se mareaba. El amargor de la bilis ascendió hasta su boca.

– Págueme – pidió, conteniendo la náusea, las ganas de vomitar, de expulsar de sí el alcohol y el espanto. Pero la vieja no le hizo caso. Siguió con su sonsonete, con su pegar pétalos enloquecido, arrancándolos de la corona a puñados, sin el cuidado con el que habitualmente llevaba a cabo el proceso.

Decidido a irse cuanto antes, Jorge se dirigió hacia el armario del que la vieja siempre sacaba las monedas. Estaba situado en el centro mismo de la habitación, para mantener despejadas las paredes y poder llenarlas por completo de pétalos, y él siempre lo había visto por su parte trasera. Por delante, resultaba un mueble igualmente anodino, de madera barata y diseño poco inspirado. Tenía cerradura, pero la llave no estaba echada.

La vieja había seguido sin prestarle atención, pero, en cuanto abrió las puertas, en cuanto descubrió el foco de aquel olor nauseabundo, en cuanto contempló, horrorizado, el cuerpo marchito que aguardaba dentro, colgando de una percha igual que ropa destrozada, chilló enloquecida. Dejó caer el puñado de pétalos que había tenido entre las manos, que revolotearon a su alrededor como si fuera la aberrante novia de una boda, y se lanzó a por él. Aturdido por la fetidez que había surgido del armario, Jorge no fue tan rápido como ella. Sintió que le clavaba las uñas rotas y negras, que tenían un tacto terroso y áspero; las clavó con saña, desgarrando piel y carne, derramando su sangre, buscando su completa destrucción. Jorge reaccionó de forma instintiva, lanzando el puñetazo que tantas veces le había salvado en otras ocasiones.

Notó cómo la carne se deshacía como algo viscoso y repelente bajo sus nudillos, cómo los huesos se astillaban igual que ramas secas, sin emitir un solo lamento. El impacto fue fulminante. Antes de tocar el suelo, cuan larga era, la vieja ya estaba muerta.

Jorge la miró sobrecogido, con un estremecimiento helado recorriendo su interior, atenazando sus articulaciones, impidiéndole respirar. No era la primera vez que mataba a alguien, bien lo sabían las calles y la siempre silenciosa noche, pero sí la primera en que no había deseado realmente matar, y en la que el otro no podía defenderse. Allí, tirada, inmóvil, la vieja parecía tan débil, tan absolutamente vulnerable…

Sintió un momento de vacío, de absoluta nada. Luego, los cabellos de su nuca se erizaron.

Lentamente, giró sobre sí mismo, enfrentándose al cuerpo guardado en el armario. Era poco más que un esqueleto, despojos irreconocibles, aunque los restos de su ropa, un traje de un negro sin más matices que los que le daba la suciedad, hacían suponer que se trataba de un hombre. No se había movido…

¿O sí?

¿Estaba antes la cabeza inclinada hacia ese lado? ¿La mandíbula había caído de ese modo, en aquella especie de burlona carcajada, como si acabase de presenciar algo realmente divertido? No estaba seguro, y, de alguna forma, saberlo era importante. Los ojos de Jorge recorrieron la figura, buscando cuidadosamente todos los posibles cambios.

Y entonces, vio la rosa.

La tenía aferrada entre los descarnados dedos de su mano derecha. Mano de huesos, firme y dura, mano capaz de arrebatar vidas, de romper cuellos… Jorge contuvo la respiración, horrorizado, culpable, enloquecido, sofocado por el olor, cada vez más fuerte, más intolerable, del cadáver y las flores.

Una sobrecogedora sensación de urgencia le embargó por completo. No sabía por qué, pero debía completar aquellas paredes, debía evitar… algo que, de tan horrible, no podía ni imaginar, no quería ni imaginar. Quizá fue en ese momento cuando se quebró su mente, aunque de ser así, no llegó a darse cuenta, porque ya no pensaba en nada, no pensaba en sí mismo, ya no existía. No tuvo mucho que ver tampoco con el hecho de que su cuerpo se moviera por la habitación, que se dirigiera a la corona, que empezara a arrancar pétalos convulsionado, mirando de vez en cuando al armario, con el alma en vilo.

– Flores para los Muertos – dijo una voz, que le costó reconocer como la suya, y su saliva era pegamento, y su lengua empezó a ennegrecerse con las sílabas del sortilegio – Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…


Yolanda Díaz de Tuesta

 

El Flautista

Filed under: Amigos autores — Díaz de Tuesta @ 14:43
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Era extraño, aquel flautista… Olía a bosque, a tierra húmeda, a tormenta. Nunca llevaba zurrón, nunca compraba nada, nunca reverenciaba los lugares sagrados del pequeño reino, ni hacía las cosas que se presupone que hacen los seres vivos. Rondaba ocasionalmente la aldea que se alzaba junto al bosque, pero siempre a distancia, siempre evitando el contacto con los lugareños. Prefería la soledad y jamás hablaba.


Solía pasar su tiempo en lo más profundo del bosque, cerca de la negra montaña que marcaba, exactamente, el centro del reino mágico; un lugar que los aldeanos evitaban siempre que podían, como evitaban mirar la montaña. A él, sin embargo, no parecía importarle la sensación de magia demasiado antigua, demasiado agreste, que emanaba de aquella mole oscura. Sentado en una loma, junto al nacimiento del río, tocaba su flauta durante horas y horas, siguiendo el melódico rumor de la corriente, encadenando notas como otros encadenan palabras…


Decían que comía ratas. También decían que comía niños.


Nadie le vio, nunca, comer nada…


Lo único realmente vivo en él, parecían ser sus manos, una idea que surgía de su movimiento, no de su aspecto. Al igual que su rostro de ojos yermos, eran demasiado pálidas. La piel, translúcida, endeble como la de un pescado, daba la impresión de estar estirada hasta lo imposible sobre los finos huesos; y, en ella, se distinguía el ramaje de unas venas monstruosamente hinchadas, llenas de bultos y deformidades, que dibujaban signos perturbadores al entrecruzarse una y otra vez sobre sí mismas.


Sin embargo, esas manos se movían sorprendentemente ágiles, veloces, llenas de vital entusiasmo, por la larga flauta.


Nadie conocía el origen del flautista, nadie sabía qué había ido a hacer allí, qué podía haberle conducido a aquella parte recóndita del reino mágico, donde sólo había una aldea, un bosque, un río, y una oscura montaña; pero cuentan las leyendas que, una noche, la vieja Úrsula, la bruja que vendía pócimas, sacaba muelas y leía el futuro, le vio, en lo alto de su pequeña loma, recortado nítidamente contra una enorme luna llena. Y escuchó cómo empezaba a tocar su flauta, todo él inmerso en el ritmo lánguido de una música tensa, inquietante, angustiosa…


El bosque entero se puso en guardia cuando aquellas notas se extendieron por la maleza como un crepitar cansado, agitando los arbustos, multiplicando las sombras, dibujando a su paso runas extrañas, casi invisibles, en los troncos de los árboles. Los animales, las plantas, los seres mágicos, incluso los tremendamente antiguos, aquellos que vivían en el dibujo de las telarañas o reflejados en los charcos, intuyeron que había algo distinto en esa tonada, algo retorcido, y siniestro…


La música se acentuó y se quebró en una larga, larga nota.


Algo se oyó, en la vertiente del río, un gorgoteo pesado…


Entonces, la noche se llenó de sonidos, chillidos fuertes, histéricos, que llegaron acompañados de una multitud de movimientos bruscos entre el boscaje, de ruidos de piedras, de tierra removiéndose violentamente, de chasquidos de ramas… Y, de pronto, de todas partes, empezaron a surgir ratas, ratas grandes y pequeñas, ratas gordas, flacas, largas, deformes, ratas enfermas, jóvenes, viejas, y pequeños ratones. Decenas, cientos, una marabunta, una cascada interminable de movimientos convulsos. Los enloquecidos animales pasaron por los lados de Úrsula, esquivándola apenas, golpeándola a veces, y se lanzaron al río.


La vieja Úrsula, que conocía bien el olor de la magia, dijo que pocas ratas estaban vivas para cuando llegaron a tocar el agua. Esa música aberrante las había matado ya, o las estaba matando mientras se acercaban, atravesando un bosque alterado por los hechizos de aquella nota. Y contó cómo, en un solo segundo, todo el río se encontraba completamente cubierto de cuerpos peludos y sucios, un agitar continúo de miembros temblorosos, agónicos.


Ninguna rata llegó a hundirse; mucho antes de que les diera tiempo a hacerlo, algo fluctuó, separándose de las primeras peñas de la montaña, de la inquietante cascada en la que nacía el río.


Era… eso, nadie sabe decirlo, con certeza; sólo podría asegurarse que se trataba de algo más antiguo incluso que los que se reflejaban en los charcos, o los que vivían en los enrevesados dibujos de las telarañas. Ante los ojos mortales de Úrsula, se mostró como una masa negra y repugnante, una profunda oscuridad que se extendía desde la negra montaña, unida a ella como por un largo cordón umbilical que rezumara sombras. Alcanzó las ratas, las tocó, las envolvió en su negrura, reventando sus cuerpos, aspirando con gula sus fluidos estancados, reduciendo carne y hueso, convirtiéndolas en una pasta maloliente, rojiza y espesa, que cubrió como una manta la superficie del agua…


La criatura empezó a alimentarse, lentamente, lentamente, al ritmo de aquella cadencia angustiosa.


Todo fue sangre. Todo fue muerte. Todo fue oscuridad…


El tiempo se detuvo. El sonido se detuvo.


En la loma, el flautista se quedó muy quieto, los brazos en alto, la espalda arqueada hacia atrás, la flauta en los labios, iluminada en frío por la luna… Aquel silencio antinatural se extendió durante un segundo eterno, y, luego, se rompió en una nueva nota, distinta, terrible.


No había sido suficiente. Incluso Úrsula, acostumbrada a no mirar directamente la montaña, a no pensar en esas magias antiguas y perversas, pudo sentirlo. Las ratas no lo habían aplacado. El hambre, un hambre terrible, ansiosa, cegadora, se palpaba en el aire, en la música, en el negro del cielo, en los turbadores remolinos que formaban las aguas del río.


Y, mientras le veía dirigirse con paso firme hacia la aldea, Úrsula se preguntó qué nuevo alimento conseguiría el flautista, para su monstruo.


Yolanda Díaz de Tuesta

 

Comenzamos… 7 agosto 2009

Bueno, amigos, ya podéis empezar a añadir vuestros relatos y a disfrutar con los que aquí encontréis. Estáis en vuestra casa. Pero, por favor, no olvidéis respetar las normas. Gracias y volved por aquí siempre que os apetezca disfrutar de la nueva literatura.