Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

O. P. Wilkituski 13 septiembre 2011

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Autora, entre otras obras, de “El Fin del Mundo”, “Furtado”, “Yo Deseo” y “La Sonrisa de Duchenne” . Podréis descubrir los fantásticos mundos de esta creadora inquieta y precoz en su página, Fundación O.P. Wilkituski, y en su página de autora en Bubok.



Mi nombre es O.P. Wilkituski (О.П. Вилкитушка), y odio a los humanos. Nací con una extraña enfermedad conocida como sobredotación intelectual, que, a lo largo de mi vida, me supondría muchos quebrantos.
Desde los tres años, empecé a sentir el irrefrenable impulso de la creación. Me inicié en la escritura, la música y el dibujo de forma autodidacta. Recuerdo que la plastilina era mi juguete favorito, porque podía convertirla en cualquier otro juguete.
Escribí mi primera novela a los diez años. A los doce dibujé una serie de tiras cómicas que llegó a abarcar las ocho temporadas. Me inicié en la creación de videojuegos “indie” con catorce, lo que me permitía plasmar, al fin, los seis tomos de guión y reglamento que había diseñado para un proyecto de RPG que, realmente, nunca llegó a ver la luz al no conseguir contentarme nunca con el resultado final.
En el año 2010 terminé de escribir la primera novela que publicaría, El Fin del Mundo. A finales de ese mismo año concluí Furtado en un tiempo record para así participar en un amañado Premio Literario a nivel internacional.
Entre una y otra novela, escribí el relato corto Yo Deseo, que terminaría finalista del certamen Se Busca Escritor, organizado por Microsoft y Bubok.
Gracias a El Fin del Mundo y mi novela corta La Sonrisa de Duchenne, llegué a ganar alguna fama en internet. Un dibujante madrileño contactó conmigo para adaptar eFdM al formato de novela gráfica, pero el proyecto no pudo llevarse a cabo. Actualmente, el mismo dibujante se encuentra realizando una novela gráfica acerca de mi biografía.
Mis proyectos actuales son varios libros más y la colaboración con autores del mundo del webcómic español que, espero, lleguen a buen término.
Todo depende de vuestra colaboración ;D


Mis relatos en este blog:

Yo deseo

El día de la masa

La chica de la bruma


 

Sans nom 16 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 23:36


Whitechapel, 1889

Dos vagabundos y algunas ratas se arrinconan en una esquina, sentados contra la pared, aprovechando los restos de comida de la basura. Una larga y esbelta silueta aparece en el callejón tras ellos, oculta por las sombras de la noche. Para cuando se dan cuenta, es demasiado tarde. Gritan por última vez en su vida, mientras el misterioso desconocido salta sobre ellos.

. . .

Lady Keane se ajustaba la gargantilla alrededor de su cuello, frente al espejo, cuando vio reflejado a un jóven que había aparecido tras las cortinas del balcón abierto. El muchacho, algo pálido y con dos finas líneas rojas resbalando desde las comisuras de sus labios, iba vestido con una camisa al estilo aristocrático por aquella época. Mientras Lady Keane se giraba sobre sí misma, él se acercó, la agarró por los brazos y colocó su boca casi junto a su oído.

Lucius: Lady Keane… He vuelto mi amor.

Lady Keane: No te esperaba tan pronto, Lucius.

Dijo ella mientras recorría su rostro con sus uñas pintadas de negro.

Lucius: Debemos irnos. Ahora.

Ella se separó de él un momento.

Lucius: No se cómo ha pasado. Esta vez, he hecho lo de siempre, pero me han seguido hasta aquí.

Lady Keane: ¿¡Cómo!?

Lucius: No lo sé. No me explico cómo ha podido pasar. Nos queda poco tiempo.

Lady Keane: No me iré de mi castillo sin más.

Lucius: Si nos encuentran aquí, nos matarán. A los dos.

Lady Keane: La condena a pagar por todas esas almas descarriadas es la horca.

Lucius: Ya están aquí.

Dijo Lucius, asomado al balcón.

Lucius: Es demasiado tarde.

Lady Keane: Pero un vampiro no puede morir colgado. Si me mordieses, estaríamos juntos eternamente, mi amor, más allá de la horca.

Lucius volvió a acercarse a ella y aproximó sus colmillos al fino cuello de su amada. La puerta se abrió de golpe, y varios policías armados irrumpieron en la habitación. El jefe de policía se adelantó para dirigirse al vampiro.

Comisario: ¡Lady Keane! ¡Apártate de ella!

Lucius arrancó la gargantilla del cuello de Lady Keane e hincó los dientes en ella. Las gotas de sangre recorrieron primero la distancia hasta su clavícula y luego bajaron por el escote que formaba su corsé negro.

Lucius: Ahora nuestro amor será para siempre.

Se separaron lentamente y él tiró de la muñeca de ella, hacia el balcón.

Lucius: ¡Huyamos! ¡Por la ventana!

Se giró hacia ella de nuevo y abrió los ojos con sorpresa cuando la descubrió, seria y aterradora, con el decidido gesto de clavarle una estaca en el corazón. Lucius se desplomó, aún con el gesto paralizado.

Lucius: ¿¿P-por qué??

Comisario: No eras lo suficientemente bueno para ella.

Dijo el jefe de policía, mientras Lady Keane se acercaba a él y colocaba sus manos y su cabeza reposando sobre el hombro de él, aún observando como la vida del vampiro se consumía. Entonces ella miró fijamente a los ojos del jefe de policía.

Lady Keane: Nuestro amor sí será para siempre.

Y hundió sus nuevos colmillos en el cuello de su verdadero amante.

FIN

O.P.Wilkituski


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El Misterio del Rico Asesinado

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 22:35


El señor Avery y el señor Pennywise, ambos reputados detectives y veteranos descubridores de soluciones para los casos más enrevesados, llegaron a la mansión Schwartzstein a eso de las 6:30 de la tarde. Avery era un hombre bajito y regordete, siempre ataviado de chaleco y bombín a juego, mientras que Pennywise era alto, delgado, con dos grandes y anchas patillas de aspecto descuidado y frondoso.

El señor Noam Schwartzstein, de 53 años de edad, había aparecido muerto en extrañas circunstancias a la hora del té. Con la cabeza fracturada y medio sumergida en un charco de espesa sangre, apenas si podía pensarse siquiera en dudar de la naturaleza homicida del suceso.

Los ojos del señor Pennywise volaron rápidamente por las líneas del documento que sostenía entre sus manos. Esa misma mañana, el señor Mourningwood, notario y amigo de la familia, había visitado al señor Schwartzstein para realizar una oportuna modificación de su testamento, y ese había sido el primer documento que el señor Pennywise había pedido revisar.

El señor Mourningwood, a quien había hecho llamar, esperaba a la conclusión de su rápida lectura, nervioso y frotándose compulsivamente las manos. Salvo por el pequeño detalle de que la mansión pasaba a ser propiedad de un sobrino del difunto, Solomon Schwartzstein, la completa totalidad de la fortuna del fallecido le había sido legada a su jovencísima mujer, la señorita Schwartzstein, de 26 años de edad.

―Ciertamente ha sido un sencillo caso esta vez, mi querido Pennywise ―dijo Avery―. La viuda, casualmente favorecida por un testamento recién elaborado, mata a su marido y se queda con su fortuna. Resuelto queda.

―No aventures tan prestamente una solución, estimado Avery. No hasta conocer todas las variables del caso ―le reprendió amistosamente el señor Pennywise.

―¿Yo ya me puedo ir? Tenía una cita ahora ―interrumpió el señor Mourningwood.

―Por supuesto, amigo mío, vaya con Dios ―asintió Pennywise.

La pareja de detectives caminó hasta el amplio vestíbulo tras los pasos del señor Mourningwood, pero se separaron de él para ir escaleras arriba. Una voz a sus espaldas llamó su atención con un carraspeo. El mayordomo.

―¿Buscaban algo en especial? ―preguntó el estirado y apergaminado hombre.

―Sólo información ―dijo el señor Pennywise, girándose sobre sí mismo y comenzando a bajar los escalones de mármol en dirección al mayordomo.

―Pues pueden empezar conmigo mismo ―propuso el anciano.

―Por eso no se preocupe ―intervino el señor Avery.

―Y bien, ¿qué tal era la relación entre el señor y la señorita Schwartzstein? ―interrogó el señor Pennywise.

―No quisiera parecer un taimado ―comenzó―, pero lo cierto es que la señorita y el señor discutían a menudo. Francamente, me sorprende que aún viviesen bajo el mismo techo.

―¿Y podrían esas discusiones haber sido causa de un desenlace tal?

―¡Ah, no! ―exclamó el mayordomo― Sobre eso prefiero no manifestarme a favor ni en contra. Que luego no se diga.

―Según tengo entendido ―comentó Avery―, fue usted quien encontró el cadáver, ¿no es cierto?

―Así es.

―¿Y dónde estaba entonces la señorita Schwartzstein?

―La señorita se encontraba en el piso de arriba, tomando un baño.

―Interesante… ¿Podría indicarnos su cuarto, si es tan amable?

―Por supuesto ―asintió el mayordomo―. Escaleras arriba, a la derecha. Es ésa puerta.

El señor Pennywise agradeció con un gesto de su cabeza antes de aferrar el pomo de la puerta. Se detuvo unos instantes antes de girarlo y pudo ver cómo la puerta tenía una pequeña marquita, un rayón junto al pomo.

―¿Señorita Schwartzstein? ―preguntó, por simple cortesía.

―Adelante ―respondió una voz femenina.

El señor Pennywise se aventuró un paso dentro de la habitación, al tiempo que un ruido proveniente del piso exterior, o puede que del exterior de la mansión, los sobresaltaba. El señor Pennywise y el señor Avery aguzaron el oído. Sonaba como un coche que acababa de llegar frente a la casa. El señor Pennywise le hizo un gesto al señor Avery para que fuese a ver y se adentró en la habitación de la viuda, cerrando la puerta tras de sí.

―Mis condolencias por este terrible suceso ―dijo Pennywise.

―No me las dé, ya que ninguna persona puede sentir verdadera pena por un desconocido ―le soltó ella.

―¿Y usted? ¿Usted siente pena por él?

―¿Insinúa algo? ―acusó la señorita Schwartzstein.

―Sólo pregunto ―se defendió Pennywise―. Pero… ¿y el mayordomo? ¿Era buena la relación del señor Schwartzstein con su mayordomo?

―Inmejorable ―declaró ella―. Se conocían desde su juventud, cuando el hermano gemelo de mi marido se lo presentó en una fiesta universitaria. Acudían a la misma universidad y allí se conocieron.

―¿Un hermano gemelo? Interesante… ―murmuró Pennywise.

―Si está pensando en un cambiazo, eso no habría sido posible. Según tengo entendido, su hermano gemelo murió el año pasado de un ataque al corazón… o algo similar ―informó la señorita.

―¿Usted sabe de alguien con quien su marido tuviese una cierta enemistad, o que existiese alguna razón económica de por medio?

―¿Piensa usted en alguien? ―le devolvió su pregunta la mujer.

―A decir verdad, sí ―empezó a decir Pennywise, caminando lentamente hacia la ventana para echar un vistazo, tratando de averiguar si Avery había descubierto algo―. Nada más llegar, leí el testamento del señor Schwartzstein, en el que le legaba la práctica totalidad de sus bienes a usted. Eso fue un dato claro. Muy claro. Quizás demasiado claro… ―sonrió él, aspirando profundamente el aire del campo a través del amplio ventanal― Para la mayoría de personas, ese dato habría sido tan revelador que no hubiesen prestado la suficiente atención al resto de pruebas. Una buena distracción, sí señor. No obstante, el notario presentaba una inusual prisa por marcharse de la casa y Noam… Noam Schwartzstein. Sabía que había oído ese nombre antes. Usted ha dicho que cree que su hermano gemelo murió un año atrás, ¿no es cierto? Por otra parte, no pude evitar fijarme en una pequeña marca cuando entré en su habitación, señorita… ¡Oh!

Un soplo de aire, mitad quejido, mitad sorpresa, escapó de entre los labios del señor Pennywise cuando un pesado cenicero de bronce le impactó en la parte trasera de la cabeza. Su cuerpo cayó por la ventana, volteándose en el aire como un pelele de trapo hasta estrellarse contra el suelo y quedar inmóvil.

―A veces, algo es tan obvio que resulta la mayor de las sorpresas, ¿no cree, Pennywise? ―sonrió malévolamente la señorita Schwartzstein mientras dejaba de nuevo en la mesa el pesado cenicero.

O.P.Wilkituski


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Atentamente, a mis Padres 12 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 23:45


Levanté la vista y esa mirada de hijo de puta se me clavó como un cuchillo. Tenía una pistola. Y me iba a matar.
Terminé de garabatear unas palabras más en el papel. Realmente, esperaba que alguien pudiese encontrar mi último mensaje y se lo entregase a mis padres. Quizás solucionase algo con ello. Aún no sabía el qué, pero quizás solucionase algo.
Una gota de sudor frío resbaló por mi frente y se precipitó sobre el papel que me había obligado a escribir. No es que yo tuviese muchas ganas de escribir en aquel momento, pero, aún así, me había obligado y debía hacerlo. Debía hacerlo, eso sí que lo tenía claro.
Mis ojos volvieron a dirigirse al frente. El rostro que tenía ante mí estaba pálido y marcado por profundas arrugadas. Bajo los ojos, oscuras ojeras delataban un cansancio vital y un hartazgo por la vida que no conocía igual. Los lacios cabellos negros, húmedos, caían sobre la frente, descuidados. Pero lo más terrible de todo era el fantasmagórico resplandor del revólver, que parecía intentar devolver un reflejo dentro de otro reflejo. Frío como el metal que era y, al mismo tiempo, hermosamente simétrico. Era el revólver que acabaría en unos segundos.
La mano que sostenía el arma se alzó lentamente, llenándome de un profundo terror insondable, irracional y violento, que me hacía desear gritar y perder por completo el control de mi cuerpo. Pero, aún así, no lo hice. Delicadamente, el cañón del arma se posó sobre mi frente, deslizándose muy poco a poco hasta alcanzar mi sien.
Lo pensé durante un instante, aunque me arrepentí. La bala me entraría por el lateral de la cabeza, destrozando mi hueso temporal en su avance del mismo modo en que un martillo de obras hace explotar una sandía en mil pedacitos. Luego, mientras todos esos fragmentos y astillas de mi propio cráneo saltaban hacia adentro, incrustándose y clavándose en mi blando cerebro, el proyectil continuaría su camino, perforando un camino en la materia gris y, más allá, en la tierna materia blanca de mis sesos, destrozándola y convirtiéndola en papilla. El camino de salida sería similar, el otro extremo de mi cabeza reventaría en el impacto con la bala como la cáscara de un huevo crudo. Los trozos de mi cabeza, incluyendo fragmentos del cráneo con piel desgarrada e incluso pelo adherido a ellos, se dispersarían en un abanico de direcciones bastante amplio al tiempo que un veloz chorro de sesos machacados y sanguinolentos saldrían disparados a presión por el orificio, impulsados por la bala, focalizados en, más o menos, una misma dirección, como quien dispara un cañón cargado con picadillo de carne fresca, y toda esa masa se estrellaría contra la pared con un sonido viscoso, dejándolo todo perdido de sangre con trozos de cerebro, en un perfecto puré plagado de repugnantes grumos.
Si tenía suerte, aquello me mataría en el instante. Si no tenía tanta, posiblemente me hiciese caer de mi silla entre fuertes convulsiones, chorreando espuma por mi boca incontrolada y temblorosa y machacándome lo que quedase de mi maltrecha calavera contra el suelo a causa de los espasmos, como si fuese un niño epiléptico retrasado, con una mueca estúpida en la cara y los ojos medio bizcos, medio en blanco. Después de eso, seguramente me ahogase en mi propia sangre, me obstruyese las vías respiratorias con mi propia lengua o muriese por un derrame cerebral. Una vez que eso pasase, la relajación involuntaria de mis esfínteres haría que me mease y me cagase encima. Todo un espectáculo visual para quienes me encontrasen. Esa era una posibilidad a tener en cuenta, después de todo, el hueso temporal es muy duro.
La pistola resbaló hacia abajo, borrando de mi cabeza todas esas imaginaciones mías. Estaba temblando ante el negro abismo de vacío encarnado que es la muerte. Los acusadores ojos se me clavaron una vez más, mientras el cañón del revólver se introducía en mi boca y, no sé por qué, esbocé una tonta sonrisa. Esperaba con toda mi alma que aquel fuese un disparo certero. Apuntar demasiado abajo una pistola en la boca de alguien supondría que, al disparar, a pesar de abrasarle el paladar con una nube de polvo y gases ardientes, a pesar de volarle por los aires las muelas, parte de la lengua que acabaría saltando en pedacitos o colgando de un hilo carnoso a medio desgarrar y destrozándole por completo la campanilla, a pesar de agujerearle la blanda carne del fondo de la garganta, a pesar de llenarle la boca de su propia carne mutilada y de sangre, a pesar de atravesarle la columna vertebral, quebrándole las vértebras, partiéndole la médula espinal y clavándole astillas de hueso en ella, a pesar de dejarle tetrapléjico, apenas con mandíbula inferior y con los sentidos truncados de por vida, a pesar de todo eso, no resultaría mortal. Tan sólo le condenaría a una vida inútil de por vida. Prefería que me apuntase bien. Sí, personalmente, eso prefería.
Agaché la cabeza, al borde del sollozo, y cerré los ojos. Apreté el gatillo y mis sesos saltaron sobre el espejo, resbalando hasta la nota de suicidio.
Y después… Oscuridad. Silencio. Nada.

O.P.Wilkituski

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Zapatos Nuevos 9 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 19:45


El señor Menéndez, que tenía un respetable negocio en plena Plaza de la Plata, podía considerarse uno de los afortunados empresarios de éxito de Cimera. O puede que no tan afortunado en ese momento, aún ataviado con un pulcro traje, corbata y sus zapatos nuevos, con la vista fija en las revueltas aguas que golpeaban y se arremolinaban frente a los muros de los muelles cimereños.
Cuando, dos días atrás, su socio en los negocios había aparecido muerto en su casa, con la garganta completamente rajada, casi separando su cuerpo de su cabeza, y su lengua sobresaliendo a través de la sangrienta ranura, colgando como una parodia burlona de una carnosa corbata escarlata, entonces, el señor Menéndez había decidido considerarlo como “daños colaterales”. Nada de importancia, hasta que él mismo empezó a temer correr su misma suerte.
Hacía una semana que aquellos dos hermanos gemelos se habían presentado delante de su casa. Menéndez no sabría decir muy bien si les llamaban o si simplemente ellos se hacía llamar “Los Gemelos de Sacramento”. La verdad es que era un nombre bastante descriptivo, sobre todo por el hecho de que vivían precisamente en ese barrio. Aquellos tipos le habían amenazado, le habían dado un ultimátum, le habían dicho que se arrepentiría si no les retribuía de alguna manera por aquello que habían pagado. Claro que, por aquel entonces, Menéndez no sólo no les dio ninguna credibilidad, sino que estaba confiado en que llevaba las de ganar, ya que, técnicamente, lo que el hacía era perfectamente legal.
De hecho, en los Términos y Condiciones que les había hecho firmar dos semanas antes de verse en su comprometida situación actual se especificaba claramente lo que estaban comprando. No era su culpa que ellos no hubiesen leído la treintena de páginas que componían el documento en su totalidad antes de firmarlo, aunque eso a él le venía muy bien. Unos días antes de la venta, la abuela de aquellos dos, que tenían fama de ser los narcotraficantes más influyentes de la zona norte de la ciudad, había enfermado de una extraña enfermedad. Y a “Los Gemelos de Sacramento” nada les importaba más que su abuela.
Ciertamente, a Menéndez aquella repentina enfermedad le había venido de perlas. Se había alegrado, eso no podía negarlo. Su empresa se dedicaba a investigar en tratamientos médicos y medicamentos pioneros en general. “Los Gemelos de Sacramento” necesitaban un medicamento revolucionario y novísimo que curase la desgraciada condición de su abuela paterna y, casualmente, Menéndez tenía un equipo de personas trabajando en el feradol, la única y, por supuesto, terriblemente cara solución a su problema. El feradol había recibido su nombre en honor a Rudolf Feran Hauss, quien había servido como base teórica de muchos, muchos de los experimentos de Menéndez.
Así que los hermanos habían pagado muy gustosamente la friolera de 30.000 cimas por la dosis necesaria de feradol para curar a su abuela. Por supuesto, Menéndez y sus asociados habían obviado el detallito sin importancia de que el medicamento aún estaba en fase de desarrollo y no recibirían su dosis hasta pasados tres años, si había suerte… Diez a lo sumo. Pero eso había sido únicamente porque ellos mismos lo habrían visto si hubiesen leído los Términos y Condiciones por completo. Estaba claramente especificado en la página vigésimo-octava, ningún juez podría haberles dado la razón en una reclamación en ese aspecto.
Pero allí no había ningún juez, ni iba a haberlo. Uno de los hermanos agarró al empresario por la parte posterior de su americana de marca y lo manipuló violentamente hasta terminar por lanzarlo a las aguas. Y mientras estaba en el aire, Menéndez pensó que, quizás, se había pasado de listo. Por eso había acabado allí con sus zapatos nuevos.
Sus zapatos nuevos de cemento…

O.P.Wilkituski


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La Chica de la Bruma 6 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 12:49


Cuentan las historias que en un lugar no muy lejos de Cimera, en una carretera perdida en medio de la nada, donde no hay más que un bosque de coníferas alejado de toda civilización, el espíritu de una muchacha de rasgos hermosos se aparece entre la bruma a los conductores incautos y, una vez que estos la recogen, termina por matarlos.
Por supuesto, Derek nunca había creído en ese tipo de historias. Su Ferrara Spinoza avanzaba lentamente entre la bruma por la serpenteante carretera forestal. Puede que no fuese un coche realmente bueno, de hecho, era el intento de Ferrara por acercarse a un público menos pudiente y, además, de segunda mano, pero tenía un maletero muy grande en el que cogían todas las herramientas que Derek utilizaba cotidiana y no tan cotidianamente.
El coche atravesó un bache y botó, haciendo claquetear las partes metálicas del contenido del maletero. El chico tomó una curva y continuó durante unos cuantos metros hasta que la vio. Allí, en uno de los laterales de la carretera, una jovenzuela que muy posiblemente no llegase a la veintena de edad esperaba de pie, inmóvil, aguardando pacientemente la llegada de un vehículo. Era una chica muy hermosa, de largos cabellos negros como la noche más oscura y piel pálida.
Derek detuvo su coche lentamente y desbloqueó el seguro de la puerta del copiloto de su descapotable. Ella se inclinó sin prisa alguna y le clavó sus penetrantes ojos azules, casi blanquecinos, antes de despegar los labios.
―¿Vas a Cimera? ―preguntó ella.
―Sí ―respondió él―, a la zona de Sacramento. Sube.
Ella, sin decir una palabra más, se subió al coche y cerró con un portazo. Llevaba un largo vestido blanco manchado de barro y algo desgarrado. Derek la miró de arriba a abajo mientras arrancaba y, una vez en marcha, se presentó:
―Derek.
―Dama ―dijo ella, a su vez.
―¿Es ese tu nombre real? ―insistió él― ¿Qué hace una chica como tú en un lugar abandonado como este?
―¿No tienes miedo de las historias? ―interrogó ella, ignorando las preguntas de su interlocutor.
―¿El espíritu?
―Sí. Dicen que hace algunos años, un hombre violó y asesinó a una joven y, después, enterró su cadáver en estos bosques para que nadie pudiese encontrarla jamás…
―Ya… ―interrumpió Derek, cambiando de tema― ¿No vas a decirme qué te trae por aquí a estas horas?
―¿Y a ti? ―le devolvió ella, con la mirada fija en la carretera.
―Trabajo ―dijo él―. Soy jardinero y tengo que volver a Cimera para dormir cada día ―tomaron otra curva más y los utensilios que guardaba en el maletero se desplazaron, produciendo un ruido pesado al entrechocarse―. ¿Oyes las herramientas?
La muchacha guardó silencio por un tiempo, hasta que, finalmente, volvió a murmurar:
―Mucha gente tiene miedo de recoger a una autoestopista en esta zona, sobre todo por la noche.
―¿Tú te crees esas historias? ―preguntó él mientras ajustaba su retrovisor para poder contemplar el reflejo de los ojos azules blanquecinos de la pálida muchacha.
―Dicen que desde que aquel hombre enterró aquí a su víctima, su espíritu espera a ser recogido por conductores desprevenidos en las noches de bruma para después hacer que sus corazones se detengan de puro terror.
―¿Tú te crees esas historias? ―repitió él.
―Pues sí, porque… ―dijo ella― Yo era esa chica…
Derek detuvo lentamente su coche y observó a su pasajera fijamente a través del retrovisor, miró a sus blanquecinos ojos una vez más, en completo silencio.
―Sólo bromeaba ―dijo ella― ¿Asustado?
―Pues no, verás, porque ―empezó― resulta que yo sí que era ese violador ―sonrió él, mientras la pala para cavar resonaba una última vez en su maletero.

O.P.Wilkituski


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El Día de la Masa 3 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 15:21


Santa Lucía era un pequeño pueblecito al norte de Cimera, al menos, antes del Día de la Masa. Era el perfecto ejemplo de la ruralidad más aislada, situado en medio de una inmensa nada de polvo y tierra árida.

Surcado en su mitad por una larga y recta carretera, casas destartaladas y algunas tiendas viejas se alzaban a lado y lado, recordando en cierta manera a un escenario del salvaje oeste. El polvo de las tierras yermas se arremolinaba en las esquinas, formando pequeños torbellinos en miniatura, y los estepicursores cruzaban la carretera de aquí para allá, arrastrados por el viento.

Una azada golpeó la tierra con un sonido metálico, interrumpiendo el silencio. Con un gesto sorprendido, el granjero flexionó sus rodillas y escarbó en la tierra con sus manos hasta revelar algo cobrizo y cubierto de una pátina polvorienta. Una sonrisa iluminó su rostro y sus dedos se hundieron con afán codicioso aún más, arrancando del suelo grandes puñados arenosos de arcilla. Al fin, una figura de aspecto macizo y una altura aproximada de un palmo salió a la luz del día.

El pequeño tótem representaba una persona poco más alta que ancha, rodeada por una escolopendra que se enroscaba en torno a su cuerpo como una hélice. El tiempo bajo la tierra le había arrebatado su brillo, pero el granjero se apresuró en llevarlo hacia el interior de la casa y sumergirlo bajo el chorro del grifo más cercano.

Paulatinamente, el brillo dorado del tótem resurgió bajo la capa de suciedad, al mismo tiempo en que el fregadero se cubría de barro, al mismo tiempo en que una mueca de avaricia se dibujaba en el rostro del anciano granjero y al mismo tiempo en que sus dedos comenzaban a derretirse sobrenaturalmente en medio de una delirante carcajada de locura.

Al mismo tiempo, en otro lugar de Santa Lucía, dos adolescentes tomaban un batido en la cafetería local. Clara era alta, de abundante pelo castaño y ojos verdes. Pierre era un chico delgado y pálido de cabello crespo. Después de sorber las últimas gotas de su copa, Clara colocó diez céntimos de cima en el platillo de las propinas y se dirigió hacia la puerta junto con su amigo. Pero un súbito temblor que sacudió sus pies los hizo detenerse antes de alcanzar la puerta.

La parte delantera de la cafetería colapsó bajo el peso de algo que se apoyaba sobre su tejado y los cascotes cayeron a los pies de Pierre, quien se apresuró en echarse atrás. Ante sus ojos una masa gelatinosa de un verde brillante desfiló siguiendo la dirección de la carretera, pasando por encima de las casas y demás construcciones, aplastándolas y devorándolas. Al mismo tiempo, esa masa comenzó a colarse por la derruida parte delantera del local, desatando el terror entre los clientes.

Clara y Pierre corrieron hacia la puerta trasera, pero estaba atrancada. El dueño de la cafetería se acercó rápidamente hacia ellos con un manojo de llaves exageradamente rústicas y envejecidas, chocando por el camino con un hombre que corría en sentido contrario, con la cara iluminada de pura euforia, ataviado con traje y corbata y que gritaba:

―¡Dinero! ¡¡Dinero!!

El viejo se tambaleó un instante ante el golpe, miró al enloquecido hombre del traje un instante, se rascó la calva con confusión y volvió a retomar su labor de abrir la puerta trasera del establecimiento.

―Debe de ser un derrame de productos químicos o algún tipo de corrimiento de cieno o algo así ―comentó el hombre mientras hacía girar la llave, produciendo un chasquido en el cerrojo―, será mejor que nos vayamos de aquí…

Su frase se interrumpió bruscamente por una nueva inundación de la gelatinosa masa verde, que se coló por la puerta nada más que esta se hubo abierto. Al mismo tiempo, un grito de agonía les llegó desde el otro extremo del local. El hombre del traje había alcanzado la enorme masa amorfa, y no sólo eso, si no que prácticamente se había arrojado a ella como quien se lanza a por un tesoro y, en esos instantes, su cuerpo estaba siendo engullido por la enorme monstruosidad verde, que lo derretía dantescamente al tiempo que se expandía, sepultándolo en sus profundidades. Pero lo más espeluznante de todo era que otras personas en la cafetería, cada una a su manera, habían empezado a imitarlo.

Clara y Pierre movieron la cabeza de un lado a otro, frenéticamente, buscando con la vista a todos los suicidas del local, y entonces escucharon una voz, casi un susurro, muy cerca de ellos.

―¿Rose?

Era el viejo dueño de la cafetería, y el nombre que salió de sus labios le puso los pelos de punta a Clara. Ella y Pierre habían estado yendo a esa cafetería desde que eran niños y, hasta hacía apenas 3 años, hasta el invierno del año 2017, Rose, la esposa del dueño, una afable mujer de pelo canoso, había estado ayudando a su marido a mantener el negocio. Aquel invierno, una fuerte neumonía se había llevado a Rose al cementerio…

La chica desvió lentamente la mirada hacia el buen hombre, que parecía estar viendo realmente a su esposa muerta, como quien ve a un ser querido que vuelve de un largo viaje. Salvo que allí no había nada. El viejo extendió una mano, extendió sus dedos hacia el muro de gelatina verde que se colaba por la puerta trasera y, finalmente, los hundió en ella. Él no reaccionó en absoluto, ni siquiera cuando la masa monstruosa lo succionó hacia su interior con macabra lentitud y el hombre desapareció para siempre sin dejar ni rastro.

―¿¡Pero qué demonios les pasa!? ―chilló Clara.

Ella tendría su respuesta pronto. Pierre miró un momento hacia la superficie brillante y gelatinosa de la masa, pero ya no pudo apartar la mirada. La reluciente superficie le devolvió un reflejo en cuanto sus ojos se posaron sobre ella, el reflejo de sí mismo, pero al mismo tiempo de otra persona. Podía reconocerse, pero ya no era un adolescente, era un adulto bien vestido y peinado, pulcramente aseado y portando un dossier repleto de documento. A su alrededor podía verse una sala de juicios a rebosar, con sus jueces, su tribunal y todo lo demás incluido.

Él siempre había querido ser abogado. Ése era su sueño. Ser un buen abogado y defender a las personas, ése había sido siempre su sueño…

Un golpe en las costillas le devolvió a la realidad y la sala de juicios se desvaneció junto con su mismo reflejo. Su embelesamiento se rompió tan rápidamente como se había creado.

―¡Pierre!

El chico tomó el brazo de su amiga y la arrastró lejos de la masa, hacia el centro de la cafetería, en donde empezaban a quedarse acorralados.

―Ves aquello que más quieres en el mundo ―anunció Pierre, con un tono de voz como el de quien cuenta un secreto―. Cuando miras directamente a la masa, ves aquello que más quieres.

―¿Pero cómo es esto posible? ―preguntó ella sin esperar realmente una respuesta.

La masa siguió avanzando imparable, inundándolo todo a su paso, tragándoselo todo, creciendo y creciendo sin descanso hasta estar tan cerca de los jóvenes que casi no podían evitar volver a mirarla de nuevo. Hasta que, de pronto, se abalanzó sobre ellos y luego… Nada.

La cafetería se desvaneció como si nunca hubiese existido, Clara y Pierre se desvanecieron, todo se desvaneció, y el fregadero sucio de barro y el tótem volvieron a aparecer ante los ojos del granjero.

El anciano agricultor, aún riendo, continuaba sosteniendo el tótem frente a sus ojos mientras sus dedos se transformaban en una sustancia fangosa muy lentamente. Los últimos reflejos de la cafetería desaparecieron por completo de la masa verde y gelatinosa que brotaba sin descanso de los ojos del tótem, hasta que el brillo le devolvió al granjero únicamente la efigie de su rostro desfigurado.

―Sí, ya me has mostrado qué es lo que YO más quiero en este mundo ―dijo―. Ahora cúmplelo, ve y devóralo todo. Devóralo para mí…

O.P.Wilkituski


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