Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Sexo hasta el fin de los tiempos 29 julio 2011

Filed under: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 0:58
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Personas de todo tipo se reunían cada noche en ese bar. Todas, sin excepción, eran untadas con azúcar y miel, con la dulzura del erotismo, con las emociones a flor de piel de la sensualidad.

Centenares de vidas se cruzaban, algunas convergían, se fusionaban en el arte del sexo. Algunas veces hasta la chispa del amor nacía entre dos personas, otras veces simplemente surgía un rato de charla, y otras tantas los caminos no llegaban a conectar. Pero en el global, ese era un sitio de encuentro de muchas vidas, donde multitud de miradas, orquestras enteras de voces diversas y una sinfonía sin igual de alientos, olores y fragancias se mezclaban como en el lujurioso palacio de un exultante y lascivo sultán.

Esa noche tenía que ser una de muchas tantas, una más en los incontables sucesos del tiempo. Pero sus anales estaban excitados y encrespadas sus semanas, calientes las fechas… ¡y más deseosos cada uno de los pequeños días!

Algo fluctuaba esa noche, algo especial y único que la convertía en un suceso singular. El Destino se dio cuenta, la misma Tierra lo percibió. Artemisa estaba expectante, Venus anhelaba que se desarrollara, que sucediera lo que se avecinaba…

Entonces, esas aromas mágicas que volvían locas a las estrellas, que llenaban de envidia al universo entero, volvieron navegando por la infinita noche, entre la eternidad del cosmos, a su única dueña, ahí, en el cénit, en un punto irrisorio en medio de la vastedad.

Por su melena y alrededor de cada cabello danzaban las encimas de su perfume, cuales luciérnagas nocturnas en los más grandes pilares de la magnífica Karnak. Las curvas de su cuello transportaban innumerables deseos carnales, sueños y fantasías indescifrables, pero tan vivos que casi se podían sentir, y tocar…

Ese era el deseo que cualquier hombre, y mujer, sentía y le crecía dando tamborazos en su interior.

Esa mujer despertaba hasta los secretos más antiguos y antediluvianos de nuestra existencia, los más ocultos legados de las semillas de Eva y Adán. Poseía la lujuria, era dueña de la sensualidad, la reina del erotismo y la poseedora de toda belleza. Sus pechos resaltaban con un busto perfecto, y lucían un bronceado y un cálido color más jugoso que el fruto quimérico y de fantasía de la perdida Lemuria, o de la Atlántida. El escote que los decoraba abrazaba tiernamente unos pezones que se adivinaban voluminosos y perfectamente redondos bajo la fina tela de la blusa.

Cuando se movía, con la agilidad del viento, sus pechos danzaban sutilmente con la gracia de una yegua, briosa e indómita, bajo el velo violeta y carmesí de una nebulosa salpicada de estrellas.
Dos volcanes se encendían en la cumbre de esos dos frutos y explotaban en un maremágnum de estremecimientos que recorrían de arriba abajo cada hilo de su blusa. El vientre descendía como las sábanas dulces y desembocaba en el puerto de una isla paradisíaca. Sus caderas sinuosas, con un arte que envidiaría la más atrevida de las bailarinas, dibujaban el mito del Grial y de su deseado contenido.

Entonces la copa de ese magnífico brebaje se inclinó ligeramente hacia un lado cuando unas de sus piernas se posó suavemente encima de la otra, con esbelto y alegre movimiento.

Todo su cuerpo vibró, como conducido por notas invisibles de una orquestra quimérica. Y su pecho se irguió, siguiendo la curvatura de los movimientos de su cabeza.

El aire se desplazó, la luz y la oscuridad se fusionaron en respuesta al movimiento de sus brazos, sus manos crearon el aura que la envolvió.

Mientras su mirada se paseaba por el ambiente, su grácil melena saltaba como una alegre potrilla, y su tierno flequillo, fiel confidente, acariciaba su frente dorada como una gota la brisa de primavera, como el polen la flor de un prado.

Y fue en ese preciso momento, acariciada, abrazada y navegando, cuando su mirada se posó en él. Vio sus ojos y sus miradas se quedaron enganchadas. Sus almas conectaron entonces, su pupila entró en su pupila y sus voces, inaudibles, se escucharon mutuamente.

Se quedaron mirándose con tanta intensidad que hasta las dimensiones y las perspectivas se ruborizaron. El espacio se comprimió, y de pronto los dos estaban tan cerca que se podían tocar…

Ella acarició su hombro dulcemente, y él la respondió con el contacto de sus robustas pero delicadas manos en su cintura.

Sus miradas bailaron un tango, mientras sus cuerpos se acercaban cada vez más y sus cinturas, acompasadas, dibujaban el símbolo de la fertilidad que en eras remotas tan deseado y tan venerado hubiera sido por las tribus de Ra.

Entonces nacieron las palabras, y también se abrazaron, encadenándose, como se encadenaban los suspiros, uno a uno.

Las primeras caricias trotaron por sus cuerpos. Primero suavemente, luego a toda velocidad, como una camada de bueyes salvajes o quizá de caballos.

Luego vino la estampida de sueños, y la erección casi perfecta pudo sentirla ella muy cerca de su sexo… acercándose, rozando, palpando el valle entre sus caderas.

Quiso sentirla también en su culo, entre sus nalgas, ese contacto la había encendido, más ardientemente que cualquier ifrit del desierto.

Giró lentamente sobre sí misma, cogiendo las manos de él y dirigiéndolas hacia sus nalgas, fregando sus voluptuosos muslos hasta llegar a su sexo escondido, pero que él podía sentir, latir, vibrar de excitación.

Ella también pudo sentir, muy cerca de su ano, posándose en la esponjosa cama del río que pasaba entre sus nalgas y unía sus dos destinos más erógenos, el caliente e hinchado glande que empezaba a desprender esa aroma tan especial del sexo masculino.

La chica apretó su cuerpo contra el de él, moviendo su culo arriba y abajo y empujándolo contra la dureza de ese miembro viril que conseguía ese protagonismo abrumador golpeando suavemente, con potentes tamborazos de viva pasión, ese lugar secreto y privado en la carne de la hija de Lilith.

Cada vez más, la prominencia de ese potente pene adquiría más presencia, bajo los pantalones, e incluso a través de los tejidos de sus ropas ella lo sentía arder, privilegiado, en el centro de su ano.

Poseída por la lujuria que desprendía esa polla, bajó la mano con rapidez, cogió las suyas, y las envió cual pájaro mensajero hacia esas cumbres de altura de reto y aventura que se erigían en el seno de su pecho.

Y mientras él cogía con hambre los frutos de ella, suaves, deliciosos, de capricho… las manos de la excitada mujer volvían a descender como una decidida águila hacia la bragueta que contenía esa polla que se batía por salir.

Las manos del joven amante no paraban de estrujar y acariciar aleatoriamente los carnosos pechos de la bella hija de Lilith. Sus dedos, de vez en cuando, trazaban torbellinos vertiginosos sobre los pezones de esas cumbres que hubieran dejado sin aliento al mismísimo Imperio Inca.

Los dulces y esponjosos pechos de esa Afrodita moderna se fusionaban con las manos del joven amante. Parecía como si los pechos cobraran vida propia, y con un movimiento decidido se volcaran entre las manos de él, fregando y acariciando con adulación los dedos intrépidos y veloces, cuales hijos de Urano y Gea.

Entonces los dos amantes se apropiaron y robaron un “aleluya” desvergonzadamente, mancillando con atrevimiento los dominios de la sagrada iglesia. Se rieron de ella, con un “aleluya” humedecido de las primeras segregaciones de esa polla que asomó su rosado glande al exterior cuando los sinuosos dedos de la impetuosa soñadora lo abrazaron, lo acariciaron y lo acompañaron hacia fuera.

Las aromas se bañaban unas con otras, ungiéndose de colores huidizos, imposibles de atrapar. Sólo ellos dos se bañaban con esos colores de otro mundo, que ni la más bella Perséfone, Diosa de la Fertilidad, habría llegado a contemplar.

El pene erecto y duro del amante salió entonces, cobijado entre los dedos cálidos que lo abrazaban y lo poseían. Se pegó en el valle entre las nalgas de la excitada mujer, golpeando con una sacudida el ano que allí se escondía. Ella, con ligereza, pero muy lentamente, siguiendo un itinerario sinuoso de esbeltas curvaturas empezó a subirse la falda tejana. Debajo de ella las bragas empezaban a humedecerse con el líquido dulce que hubiera conquistado a la lujuriante Dánae.

Esas nalgas firmes y voluptuosas, envueltas por unas sedas finas y agradables, dignas de la más exquisita obra de Aracne, se destaparon y nacieron como lo hace el sol en el este. Sus carnes formaban una figura redondeada perfecta que haría soñar al mismísimo Arquímedes. Parecían flotar y levitar con gallardía, al ritmo del respirar de los intrépidos amantes. Los dos jadeaban sedientos de placer, con un deseo inexpugnable, potente e inexpugnable, pero con la parsimonia y el deleite de dejarse llevar suavemente, con ternura, saboreando cada instante, cada caricia, cada roce, cada sabor y cada olor, cada movimiento…

Y fue con el siguiente movimiento cuando ella se apartó a un lado la fina tela de las bragas. La estiró con suavidad y se la puso, sujeta, a un lado de su nalga. El ano parecía latir, ahora descubierto, y se abría osadamente ante el sibarita y enorme glande que se hospedaba lentamente en su carne. La piel húmeda del pene remojaba ese cobijo de doradas dunas que lo llamaba a entrar.

Un dedo fugaz de la fogosa mujer llegó de su boca al ano, mojado con la saliva gustosa y escurridiza que se ungió con sutil diligencia por todo el exterior del ano, y un poco hacia dentro, cuando el dedo se internó ligeramente, sólo para volver a salir y dar paso a la entusiasta polla que se humedeció con esa misma saliva.

El caluroso glande abarcó todo el orificio, abriéndolo aún más, y penetró con fuerza hacia dentro. La mujer lanzó un gemido cuando notó que la polla le entraba. Abrió un poco más las piernas, para dejar paso al miembro viril que se adentraba con potencia. Cada vez estaba más adentro y su imponente tamaño se clavaba entre las nalgas de la Afrodita de nuestro tiempo. Mientras desaparecía en su interior y sus venas se hinchaban con lujuria, parecía que aumentara en grosor y que la piel se tensara hasta el límite.

De pronto, con un golpe seco que produjo un sonido húmedo y jabonoso, el amante penetró totalmente a la ardiente mujer. Ella se abalanzó hacia delante con un gesto bravío, rebotando una y otra vez con salvajería contra el cuerpo musculoso de su amante. Luego se abalanzó finalmente, con un movimiento amortiguado y flexible, hacia delante, para quedar su torso transversal al de él, y así, su culo y su ano más recto y amoldado a su polla.

El pene iba para atrás, pero sin salir, y volvía a penetrar con fuerza hasta el máximo, hasta el interior total. Su glande chocaba con las paredes y la piel de ese miembro se estiraba y se tensaba tan salvajemente que le llegaba a producir cierto dolor, pero sobre todo le ardían unas llamas bravas como si estuvieran crepitando alrededor de la polla y el ano.

La carne de la polla se mezclaba con el interior de la mujer, mientras su vagina empezaba a salivar el jugo dulce de una corrida. Él seguía y seguía, dándole fuerte con esa lanza de Jasón que salía, alejándose por un espacio sugerente que creaba por momentos una visión excitante que lo ponía más y más cachondo.

Cuando veía su polla salir de ese culo precioso y perfecto, y esa imagen le envolvía, le conquistaba el cerebro, el amante se ponía hirviendo, con la sangre circulando por todo su cuerpo a una velocidad inmedible.

Sus caderas alrededor de las esponjosas carnes y rosada piel de ese cuerpo escultural, su fuerte polla hinchada y con las venas palpitando, tensa y rígida, clavada en el ano que se abría rojo y fogoso en ese lecho de fantasía… las reacciones nerviosas y las sacudidas en respuesta a la penetración salvaje, los movimientos en las caderas de la hija de Lilith, y sus estremecimientos con cada penetración total, sus manos agitándose de un lado para otro con cada nueva sacudida, las convulsiones de su espalda mientras el semen ardiente y dulce llenaba toda la cueva y la polla escupía con cólera rociando todo el interior…

En efecto, entonces el entusiasta amante se corrió, golpeando al mismo tiempo con mucha más potencia el ano de la mujer. Sus gemidos volaban espoleados, con decisión y entusiasmo; pero entre el ruido del local y la música que sonaba con magnificencia llenándolo todo, se disolvían rápidamente sin llegar a ser oídos por nadie.

Poco a poco él fue saliendo del interior de esa reina del sexo, y mientras el pene surgía del interior del ano, mil y una aromas y olores afloraban a la vez, con suculenta elegancia.

El aire se espesaba a su alrededor, con esas aromas dulces y pesadas cuales frutos de ensueño de la perdida isla de Mu.

Se quedaron unos largos instantes abrazados, unidos y en contacto… con sus tórridas pieles acariciándose, arrimadas, rozándose… entre los líquidos de golosina que se vertían entre sus sexos.

El tiempo pasaba casi sin dar testimonio, con descuido omitido, y corría lánguidamente mientras la nueva Afrodita se volvía a poner formalmente sus finas ropas. Sensualmente se giró, hacia su salvaje amante, y los dos desataron la más grande tormenta alrededor del beso que sus labios concibieron.

Las dos lenguas se bañaron en unos mares de espumosas oleadas, que chocaban unas con otras y se fusionaban en dulces y salados.

Como un rayo fulminante, una tormenta, un volcán calcinador, un huracán, un tifón, un tsunami, un viento arrasador, ¡y cuántas cosas más! El beso les llevó volando hasta lugares insospechados, para volver a bajar, suave y plácidamente, hasta la penumbra protectora de ese rinconcito que los había amparado.

Sus miradas entonces lo dijeron todo, y no hizo falta palabra alguna. Se cogieron de la mano y avanzaron decididamente entre la muchedumbre. Travesaron con presteza toda la ancha sala y pronto llegaron a la salida de ese palacio de lozana lujuria.

Ante ellos se abrieron los vientos frescos de una noche neptuniana, oscura y violeta a la vez. La frescura del ambiente les animó a moverse ágilmente, correteando a veces, otras tantas saltando, y otras muchas jugando a osados juegos.

Se perdieron entre las serpenteantes calles que se cruzaban laberínticamente a los pesados pies de las torres babilónicas y elefantinas que se erguían colosales, como grandes titanes, hacia la Luna que ese día resplandecía con la gracia del velo de Selene.

Las nubes danzaban en el aire, congregándose cada vez más, y relatando una nueva luminosidad que se recortaba entre sus curvas y entre sus pliegues esponjosos. La luz de la Luna, plateada y amable, se dispersaba por doquier en finos halos que se hilaban en trenzas y tridentes, cada cual más bello y entrañable.

-¡Me gusta tu nombre!- pronunció de pronto el intrépido aventurero -Freyja… tiene una sonoridad muy elegante… y no sé porque me trae cadencias muy remotas y quizá divinas…-

-El tuyo también me gusta mucho- respondió ella, liberando de nuevo esas notas y esos acordes mágicos que flotaban por la noche neptuniana como una biguidibela de mil y un colores -Eros… me transmite mucha seguridad, y deseo…-

Él se giró inmediatamente al escuchar esas últimas palabras, la cogió por la cintura con atrevimiento, y la elevó hacia el cielo, abrazándola cariñosamente contra su pecho. Los dos amantes rieron y se besaron, cantaron y hablaron durante horas, sobre lo magnífica que estaba siendo esa noche y cuán afortunados se sentían por haberse conocido.

-¡Qué noche más entrañable!- suspiró Eros -¡ojalá no acabara nunca…!-

-¡Ojalá no acabara nunca!- repitió con deseo Freyja -pero la realidad es un tanto diferente… pues esta mañana, a primera hora, parto en dirección a mi país, Tailandia, la bella y virgen Tailandia…-

-¡Tailandia! ¡Qué país tan precioso! ¡Me encantaría visitarlo alguna vez!- respondió con emoción el joven amante.

-¿De verdad? ¡Pues quizá el destino nos depare un nuevo encuentro!- exclamó Freyja con excitación -¿Está muy lejos tu hogar… de mi exótica tierra?- preguntó entonces.

-¡Hay una larga distancia!- emitió Eros con entusiasmo -¡Pero nada que no se pueda superar!-.

-¿Y dónde se halla esta lejana tierra de la que provienes?- preguntó Freyja con interés.

-En el borde de Europa con Rusia, se llama Estonia, ¡y yo vivo en la ciudad costera de Tallin!-.

-¿Es bonita esta ciudad?- preguntó Feyja animadamente.

-Ohhh…- murmulló Eros -de noche el cielo se esconde, la ciudad brilla en medio la oscuridad total… arde el horizonte, y se encienden las estrellas mientras las olas del mar reflejan las luces de las calles y de los puertos…-

-Vaya… sí que debe ser bonita… me gustaría visitarla alguna vez…-

-Entonces, ¡ahí te recibiré yo!-.

-¡Me encantaría! ¿Iremos a ver los puertos y el cielo arder?- exclamó Freyja con fruición.

-¡Claro! ¡Veremos los puertos y las estrellas, el cielo arder y las montañas nevadas flotando entre la niebla y el fuego del éter!-

-¡Oh! ¡Qué belleza! ¡Me encantaría ver el mar de tu país…! En mi ciudad no tenemos mar, y lo echo de menos…- confesó la dulce soñadora.

-¿Cuál es el nombre de tu bienaventurada ciudad? ¡Seguro que es igual de preciosa cómo tú!- recitó Eros cada palabra con romanticismo, halagando las cualidades femeninas de la dulce Freyja.

-Su nombre es Bangkok, ¡aunque también se la conoce por “La Ciudad de las Sonrisas”!- respondió emocionada y con orgullo la audaz soñadora.

Y así, durante horas, tan intensas que parecían eternas vidas estelares, hablaron sobre ellos y sobre el futuro, cantaron, rieron y se enamoraron…

Entonces, de pronto sus miradas descubrieron que los dominios del asfalto y del alquitrán estaban terminando. Se encontraban muy cerca de sus límites, y a partir de ahí una vasta extensión de arena titilaba con sosiego bajo la luz plateada de la Luna, que en ese momento relucía completa, entre la magia del velo de Selene.

Cogidos de la mano se divirtieron al pisar ese nuevo terreno, y corrieron hacia la nueva playa desconocida. El territorio les recibió amablemente, chisporroteando polvo de hadas e iluminando el sendero hacia el agua, pero sin encender la oscuridad que les salvaguardaba de los alrededores.

Cuales Rati y Kama, se lanzaron riendo sobre la arena, se revolcaron en ella, untándose de la magia de su sal. Sus manos acariciaban sus cuerpos desenfrenadamente, sin pudor y sin miedos. La timidez se había quedado en la ciudad, no había sitio para ella. Ahora, los dos osados amantes, se despojaban de sus ropas con audacia. Se tiraban uno encima del otro, para sentir el contacto de sus pieles, y de sus carnes, que se calentaban con excitación y lujuria.

Cuando Eros le quitó la falda y las bragas a Freyja, ella tuvo que levantar las piernas ligeramente hacia arriba, juntas, para luego volverlas a bajar y separarlas alrededor del cuello de Eros, quién en esa posición, se acercó con ánimo y lascivia hacia el sexo húmedo de la impúdica amante.

Lamió el clítoris delicadamente, con suavidad, para después acariciar los labios vaginales con sus dedos, abrirlos ante su boca e introducirles la lengua, esponjosa y húmeda. Cada vez iba más rápido, agitaba y removía la lengua arriba y abajo, circularmente, con fuertes sacudidas que despertaban los gemidos auténticos y de verdadero placer de la ardiente concubina.

Poco a poco él fue subiendo, en dirección a sus pechos, sin dejar de lamer todo su cuerpo. Se deleitó unos instantes con esos frutos erógenos, mientras ella se contorneaba de placer, abriendo sus piernas con fuerza y arrimando su vagina contra el vientre y la mano del intrépido amante que seguía masturbándola con energía.

Freyja subía su pecho con cada nuevo gemido de placer, contorneando su silueta con un movimiento reptilesco de gran sensualidad. Su pecho se erguía, subiendo sus pechos hacia arriba, como dos grandes cumbres, perfectamente redondas y con un volumen de ensueño.

Entonces el libidinoso amante llegó hacia su boca, y los dos se juntaron en un lúbrico beso, y en un lascivo abrazo. Las piernas de Freyja rodearon a Eros, mientras el miembro viril del intrépido amante se posaba encima del sexo de la amada soñadora, abriendo sus labios, y acariciando su interior.

Los líquidos untaron los dos sexos, y entre ese mar lujurioso y de dulces sabores, el pene entró con ímpetu dentro de las carnes de Freyja, penetrando su vagina y desatando la orquesta morbosa de gemidos y palabras de obscena lujuria.

Selene columpiaba la bóveda celeste con su velo, mientras los cuerpos desnudos de los dos amantes se mecían en una fusión de líquidos excitantes. Y así, durante intensos minutos de gozo y placer, los dos amantes se fusionaban en el arte del sexo…

Freyja asumió de pronto el dominio orquestal, girando con su impúdico amante y poniéndose encima de él. Sentada en esa nueva posición, clavada al portentoso, duro y ardiente pene que la penetraba, volvió a gemir y a sacudir su cabeza arriba y abajo.

Se puso un momento de pie, en cuclillas, como si quisiera sentarse en una silla, amoldando sus nalgas, su culo y su sexo, encima del miembro tenso y duro que la penetraba. Y apoyada con sus manos en el vientre de Eros, movió con energía sus nalgas y su culo arriba y abajo, sacando el pene de su interior, para volver a clavarse en él con golpes energéticos. Sus pechos bailaban con fuertes arremetidas, acurrucada su perfecta forma entre los brazos tensos de la excitada hija de Lilith.

Los dos gimieron, gritaron y sacaron a volar por el viento, palabras de lujuriosos significados. Sus sombras se imprimían en la arena, dejando huella, un recuerdo inmortal que sólo ellos dos conocerían, y que en el futuro podrían revivir, repetir y renacer en él.

Los minutos pasaban, intensos, veloces, raudos y audaces; mientras en su interior el sexo les dibujaba la idea de un futuro brillante, juntos y enamorados para la posteridad. La imagen de ese futuro cada vez cobraba más cuerpo y claridad, del mismo modo que la Luna, fantásticamente brillante arriba en el cielo. El Astro Gris brillaba con una intensidad magnífica y nunca vista, reflejándose en el mar y en sus olas, como el velo de Selene, volando con ondulada languidez encima del agua salada.

¡¿Pero qué fue eso?!

Una expresión de terrible horror se reflejó entonces en el agua. Los mares cambiaron, se estremecieron ante tal imagen. La playa se quedó muda.

Arriba, en las alturas, un llanto suave, tímido y débil murmullaba detrás de la Luna. Fugazmente se veía la figura de Selene moverse de un lado a otro. Su velo se desprendió, y cayó succionado hacia los espacios exteriores, y de pronto se destapó algo horrible, la pavorosa verdad escondida, ¡que de pronto se asomaba al mundo!

El rostro de Selene salió detrás de la Luna, llorando, con la mirada perdida, y gritando confusas palabras de desorientación.

“¡Huid! ¡Huid!”

“¡Huid! ¡Huid!”

Pero nadie podía escuchar esas palabras… algo empezaba a suceder, algo que acalló a la Diosa griega. Su rostro se desencajó del horror, se mirada, totalmente perdida, con los ojos espeluznantemente abiertos, sucumbieron a las tinieblas.

La Luna, ahora brillaba con una luz espectral, mostrando su apócrifa giba que se hinchaba y crecía como el cuerpo gomoso de un sapo. Crecía y crecía, cada vez más. En el cielo, las nubes se dispersaron, los pájaros dejaron de volar y la noche neptuniana se apagó.

La Luna, con su espantoso tamaño llenó todo el horizonte, emitiendo con sus destellos fríos y mordaces, la fealdad, el espanto y la locura. El horizonte se tambaleó, en el momento que la Luna llegó hasta él. Su tacto raspó las montañas, que cayeron al compás, como pisadas por los pies de un castillo inmenso.

Ya estaba tan cerca la Luna, ¡que parecía poderse tocar! Y en ese instante, cuando el océano se estremecía ante el inexorable contacto con ese cáustico astro de maliciosa frialdad, las olas se agitaron, arremolinadas y abriéndose hacia el cielo.

Sería insensato y de locura pensar que el agua, las olas y cada una de sus gotas pudieran salpicar la superficie polvorosa de la Luna, pero cuando Eros y Freyja se giraron, sorprendidos, asustados y asqueados por un nuevo ruido que asomaba de dentro del mar, de las profundidades insondables de oscuras latitudes, sus ojos contemplaron como esa giba corrompida se mojaba con el agua salada de un mar benevolente y amable, adulterando cada una de sus gotas bajo los influjos detestables de un mal acechante.

Entonces, los dos amantes, unidos, compenetrados en el arte del sexo, vieron como la Luna caía en medio del mar Mediterráneo, como un pesado titán de quimérica fantasía, y abría las aguas que se estremecían, se agitaban y se convulsionaban creando un inmenso tsunami que crecía y crecía hasta ocultar la luz de las estrellas.

Con los ojos muy abiertos, vieron como el tsunami se abalanzaba sobre ellos, sobre las ciudades y las costas europeas. Pero no tuvieron miedo de eso, no, para ellos fue fácil asumir que lo que un día se irguió artificialmente, de nuevo, ahora, el tiempo hubiera decidido que ya había llegado el momento de volverlo a hundir.

No tuvieron miedo de ello, no… había otra cosa… algo antinatural, ciclópeo e inhumano… algo que latía, algo que vibraba y zumbaba entre las olas…

Incontables protuberancias de horrendas formas, imposibles de detallar, se abrían repartidas por todo el tsunami, como siniestros gérmenes y horripilantes virus gigantes que pretendían invadir el planeta. Entonces se supo la verdad. La verdad oculta bajo la fingida falsedad, bajo la tergiversada imagen que los ojos de Eros y Freyja percibían con asco:

>> Un enjambre innominable de pura maldad, que volaba por el cielo esparciéndose por doquier, sembrando el caos y la locura. Turbando el mismo aire, haciendo temblar a las estrellas, retorciendo de horror a la vida misma. Eran interminables ríos de ilimitada corrupción, de una inacabable depravación que se mezclaba, bullía y hervía como los impuros y degenerados líquidos de la ultratumba, trayendo con infinito desenfreno, la muerte y la putrefacción, la infinita contaminación que contagiaba con inmortal perversión la locura y la perdición absoluta.

Un enjambre innombrable de indestructible calamidad, un torrente de malicie y depravación maldita que traía consigo nefastas catástrofes, una hecatombe interminable que llevaba el devastador mensaje del pandemónium eterno. Una mefistofelia torrencial, un hervidero de pura maldad que desataba los fuegos del purgatorio y nos hacía ver los mismísimos límites del fuego del Éreb. <<

Las explosiones se sucedieron repentinamente, con inagotable intensidad, por todo el planeta, por todo el mundo, alrededor de la existencia, en todo el universo.

En los ojos de los dos amantes destellaban los fuegos de la muerte, brillaban y resplandecían con horripilante belleza. Sus cuerpos temblaron, el espeluznante temor encogió sus corazones. Se abrazaron y se besaron, intentando ignorar lo que sucedía a su alrededor. Haciéndose un espacio infranqueable, único para ellos dos. Desplazando el horror hacia sus confines, al exterior, evitándolo, superándolo…

-Creo que nunca podré visitar tu “Ciudad de las Risas”…- dijo Eros, con pesar, pero con seguridad.

-Y yo jamás podré ver el cielo arder, el éter envuelto en llamas, flotando encima de las montañas nevadas y cristalinas de tu ciudad de Tallin…- susurró Freyja acompañando un suspiro.

-Pues hagámoslo ahora…- musitó Eros.

-Sí… hagámoslo ahora…- suspiró Freyja -visitémoslas ahora y hagamos de éste, el más grande de todos los momentos… ¿sí?-.

-Sí…-

Y con estas últimas palabras, los dos intrépidos amantes apremiaron un movimiento acompasado y armonioso, de suaves pero energéticos balanceos, arriba y abajo, rozándose y acariciándose en sus sexos. Dedicaron todas sus energías, todo su ímpetu y toda su voluntad. Dieron toda su vida, hasta el máximo en el sexo más grande y magnífico de toda la historia, que estaba a punto de desencadenar el súmmum placer.

Las arenas de la playa se ondulaban ante el paso de las naves alienígenas que sembraban la muerte a su alrededor. Todo se despeñaba, todo caía, todo era destruido… pero los dos intrépidos amantes seguían haciendo el amor, en medio del caos absoluto. Impertérritos, valientes, con gallardía e ímpetu. Los dos cuerpos se mecían energéticamente, se movían vertiginosamente a gran velocidad. Sus sexos se acariciaban y se rozaban, como sus manos, sus cuerpos, y sus abrazos. Los orgasmos empezaron a llegar, asomándose con una potencia que acallaba el ruido de las explosiones.

En medio del universal pandemónium, de los fuegos de la cólera y la devastación, los gemidos volaban raudos por el aire, salpicando el fuego y la ceniza, el humo y la ruina. Los líquidos de fabulosa dulzura subían por el pene erecto que penetraba a Freyja, mientras las aromas que salían de su vagina anunciaban ya sus propios líquidos, que empezaban a salir acompañando un orgasmo apoteósico.

Las explosiones seguían sucediéndose, acompasadamente, monótonamente. Un grito locuaz y libidinoso de Eros emancipó entonces estas explosiones, que se descontrolaron. El joven amante empezó a correrse, su orgasmo era total, reverberando movimientos y sonidos hacia la vagina de su joven amante. Ella los percibió, y fueron el desencadenante de su orgasmo. Freyja apretó muy fuerte las caderas, sacudiendo todo su cuerpo y tensándolo arriba, contra el de su joven amante. Entonces los dos orgasmos vibraron, palpitaron, trepidaron y estallaron inspirando a la invasión alienígena, que explotó con la candencia del fuego y se lo tragó todo, en medio de la eterna oscuridad del cosmos.



Jaume Moreso i Mallofré


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