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El rincón de los contadores de historias…

Magia Negra – Capítulo 5 – Nacimiento 9 enero 2018

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Boris Oliva Rojas

 

Magia Negra
Capitulo N° 5
Nacimiento

-Juegas a la pelota como una niñita; dijo Yovanka a Roberto, quitándole el balón.

-Y tu como niño; respondió el chico a su amiga.

-Ahora vas a ver; dijo la niña dándole un fuerte puntapié a la pelota, con tan mal cálculo que atravesó medio a medio la ventana, con vidrio incluido.

-Upss, ahora si te la mandaste Yovi; dijo el niño.

-Niños, entren en seguida; dijo un carabinero. -Mi Teniente Huaiquimil está enojada.

-Recuerda que estábamos jugando los dos; dijo Yovanka a Roberto.

-Pero tú le pegaste a la pelota; contestó el niño que se comenzó a alejar despacio.

-Alto ahí jovencito; gritó la oficial.

-Aquí están los sospechosos mi teniente; informó un carabinero sujetando a ambos niños del brazo.

-Gracias cabo, puede retirarse; autorizó Fresia a su subalterno.

-¿Y bien, quién rompió el vidrio?; preguntó a los niños que tenían la cabeza baja guardando silencio sin querer confesar su falta.

-Muy bien si lo desean así, el castigo será para ambos por igual; concluyó la teniente.

-Yo fui tía Fresia; confesó Yovanka mirándola a los ojos.

-Pero los dos estábamos jugando mamá; indicó el niño. -Si castigas a Yovi también me tienes que castigar a mí.

Fresia se volvió meditando, mientras sonreía internamente, orgullosa de la actitud de su hijo al no dejar que su amiga cargara con todo el castigo.

-Está bien, van a tener que hacer el aseo a todo el cuartel, hasta que quede brillante; ordenó ella.

-Hola; saludó Milenka golpeando la puerta de la Teniente Huaiquimil al entrar. -¿Has visto a mi hija?

-Sí, estos dos diablillos están castigados por romper una ventana de mi oficina; indicó Fresia señalando a los niños.

-Hola mami; saludó Yovanka.

-Hola tía Milenka; añadió Roberto.

-Les mandé asear todo el cuartel en castigo a su delito; contó Fresia guiñándole un ojo a su amiga.

-Entonces empiecen enseguida; dijo la gitana pasándole un trapo a su hija.

-Te dije que mejor jugáramos a las bolitas; reclamó la niña a su amigo.

-¿Alguna novedad especial para que vengas a visitarme al trabajo?; preguntó Fresia.

-El jefe, refiriéndose al actual prefecto de carabineros, quiere que conozcamos la nueva oficina de la unidad especial; indicó Milenka. -Fernando y Rubén ya se encuentran ahí.

-Se me había olvidado que era hoy; reconoció la Teniente Huaiquimil.    -Vamos al tiro.

-Sargento, tengo una reunión urgente con el señor prefecto; informó Fresia. -Preocúpese de que los pequeños infractores cumplan con su penitencia.

-Así se hará mi teniente; respondió el sargento.

-Ya niños pueden descansar; dijo el carabinero, dándole una bebida a cada uno cuando ambas mujeres salieron del cuartel. -Sus mamás ya se fueron.

-Gracias sargento; contestó Yovanka con la cara llena de polvo y el cabello afirmado bajo su pañuelo como siempre.

Roberto se pasó la mano por el suyo tratando de arreglárselo.

-Tienes que enseñarme a ponerme el pañuelo así; indicó a su amiga.

-Ese es un secreto que solo conocemos las gitanas; contestó la niña. -Los paisanos son muy tontos para aprenderlo; le dijo sacándole la lengua.

-Ya están pareciendo pololos; comentó bromeando el carabinero.

-No, qué asco sargento; respondió la niña.

-Ella no es mi tipo; contestó el niño.

El carabinero no pudo evitar soltar la risa ante las ocurrencias de los niños.

Fresia y Milenka golpearon la puerta de la oficina principal de la prefectura.

-Adelante; autorizó una voz en el interior. -Señor Prefecto, Capitán Hormazabal, Capitán Espinoza; saludó Fresia cuadrándose.

-Teniente Huaiquimil, señorita Ivanovich, gracias por venir; saludó el prefecto, y en forma secreta jefe de la también secreta unidad de respuesta especial.

-Hoy es un día grandioso; continuó el oficial. -Vamos a inaugurar las nuevas dependencias de la unidad especial.

¿Dónde se encuentra señor?; preguntó Milenka.

-Aquí mismo; respondió Fernando Hormazabal. -Casi  a la vista de todos.

-Por favor acompáñenme; solicitó el prefecto.

Los cinco caminaron por un pasillo que llagaba a unas escaleras que conducían al sótano.

-¿El sótano?; preguntó Fresia algo desilusionada.

-Casi; contestó el oficial muy emocionado, quien corriendo una foto en la pared dejó al descubierto una placa de vidrio, sobre la que puso su mano derecha. Un laser leyó sus huellas digitales y una muralla se deslizó en forma silenciosa, dando paso a una gran sala con algunas computadoras, monitores y una gran mesa de vidrio en el centro y algunas puertas que conducían a otras dependencias.

-¡Impresionante!; exclamó Milenka.

-¿Por qué no nos enteramos antes?; preguntó la teniente.

-Queríamos darles una sorpresa; reconoció Rubén.

-Pero que romántico es usted capitán; respondió Fresia.

-El sentido de sorpresa y el romanticismo no es muy grande en los hombres policías; agregó la gitana.

-Yo estoy muy emocionado; reconoció el prefecto.

-Con todo respeto, usted es un hombre jefe; agregó Milenka. -Claro que se entusiasma con estos juguetes. ¿No te parece teniente?

Pero Fresia ya no estaba prestándole atención a su amiga y miraba la mesa de vidrio con los ojos pegados a su borde.

-Es una computadora; observó Fresia.

-Creo que esto te parecerá más acogedor; dijo Hormazabal abriendo una puerta.

Una sala decorada como una tienda gitana recibió a Milenka, cuyo rostro se iluminó de gusto.

-Es como mi carpa; contestó ella llena de alegría.

-Fue idea del jefe; reconoció Fernando. -Pero yo ayudé a decorarla.

-Gracias jefe; dijo Milenka abrazando al oficial. -Lo quiero mucho.

-Me alegra que te guste Milenka; respondió él.

-Desde aquí podemos coordinar todas nuestras investigaciones y trabajos en los casos especiales; indicó Espinoza.

-Pero es un poco grande para nosotros cuatro; observó la gitana.

-Cuenta de nuevo querida; indicó Fernando.

Sin que se hubiese dado cuenta habían ingresado cinco oficiales más a la dependencia secreta.

-Este es nuestro equipo de apoyo; indicó Rubén. -Ellos han sido seleccionados especialmente y conocen nuestro secreto, comprendiendo perfectamente que somos y porque estaños aquí.

-Es un placer conocerlos; saludó Fresia.

-Es un honor trabajar junto a ustedes; respondió un sargento. -Y le prometo que haremos el mayor esfuerzo para estar a la altura de ustedes y las circunstancias.

-Estoy seguro que así será; respondió el Capitán Hormazabal.

-Sé que formaremos un gran equipo; agregó la gitana.

-Esta es una gran ocasión; opinó entusiasmado el prefecto. -Y quisiera hacer algo que hace mucho tiempo debí hacer. Creo que todos estarán de acuerdo en que usted se ha ganado con creces el derecho a recibir su placa de oficial de criminalística de la policía; dijo el alto oficial entregando un pequeño escudo de bronce a Milenka.

-No sé qué decir; contestó la gitana con los ojos llenos de lágrimas por la emoción.

-Podrías decir gracias amiga; sugirió Fresia dándole un abrazo.

-Gracias jefe, no lo defraudaré; contestó Milenka.

-Bueno, creo que ya hay que ponerse a trabajar; indicó Rubén.

-A propósito, tengo que volver al cuartel a ver cómo va un asunto oficial; recordó Fresia.

-Te acompaño; dijo Milenka. -Ese asunto nos incumbe a ambos.

-¿Cómo están los prisioneros?; preguntó Fresia cuando volvió al cuartel.

-Ya terminaron el aseo mi teniente; contestó el carabinero. -Ahora se están aseando ellos.

-Hola mami; saludaron ambos niños contentos de ver a sus madres.

-Espero que hayan aprendido la lección; dijo Fresia.

-La próxima vez tengan más cuidado; agregó Milenka.

-Sí mamá; respondió Yovanka.

-Sí tía Mily; asintió Roberto.

-¿Podemos ir un rato a la plaza?; preguntó la niña.

-Está bien, pero cuídense; autorizó Fresia.

-Que rápido han crecido esos niños; opinó Milenka.

-Y pensar que no han pasado tantos años desde que nos conocimos; comentó Fresia.

-¿A propósito Robertito ha mostrado algún tipo de poder?; preguntó Milenka.

-Aun no, pero recuerda que en la familia de Rubén se salta una generación; explicó Fresia. -¿Y qué hay de Yovanka?

-Todavía es pequeña, pero le estoy enseñando nuestras tradiciones; contó Milenka. -Recuerda que la mayor parte de la magia es estudio.

-Excepto Rubén que la posee por genética; comentó Fresia.

-Creo que ya es hora de retirarse; opinó Milenka mirando el reloj que colgaba en la pared.

-Sargento, llamó la Teniente Huaiquimil.

-¿Sí señora?; contestó él.

-Por favor vaya a buscar a los niños para retirarnos a casa; ordenó a su subalterno.

-En seguida mi teniente; obedeció él.

En la alegre pero tranquila plaza de pueblo de campo había varias familias con niños, o parejas de enamorados que disfrutaban de la cálida tarde de verano. Había varias personas, pero menos Yovanka y Roberto.

-¿Dónde se habrán metido?; se preguntó el uniformado mientras los buscaba con la vista. -¡Qué remedio!; se dijo disponiéndose a buscarlos en los alrededores, ya  que no podía regresar sin ellos.

Después de buscarlos por media hora, decidió regresar al cuartel  en caso de que los pequeños ya hubiesen vuelto a él. Por si acaso decidió preguntar si alguien los había visto.

-Hola señora María; saludó el carabinero a la mujer que atendía el quiosco de diarios y revistas. -¿Por casualidad ha visto a dos niños, una niña de once años y un niño de diez?; la niña anda vestida como gitana.

-Hola sargento; contestó la mujer. -Sí, hace un rato los vi hablando y jugando con una niña de la misma edad, pero ya no se divisan por ningún lado. Vi que se fueron caminando los tres por esa calle.

El policía marcó los números celulares de ambos niños, pero el desagradable mensaje de fuera de área de servicio fue la única respuesta que tuvo. Consciente de que ahora cada minuto contaba, decidió regresar al cuartel y dar aviso a su superior.

Fresia y Milenka disfrutaban de  una taza de café cuando vieron regresar al sargento solo y nervioso.

-¿Y los niños sargento?; preguntó la gitana.

-No los pude encontrar señora; respondió tragando saliva. Cosas extrañas había escuchado de la oficial de criminalística y no deseaba verificar la veracidad de dichas habladurías. -Sugiero que los busquemos como a personas desaparecidas.

-¿Cómo que han desaparecido?; gritó furiosa Milenka golpeando la mesa con su mano y poniéndose de pie rápidamente.

-Es mejor que este jovencito conteste; dijo Fresia marcando el número de su hijo, pero recibió por respuesta solo la señal del buzón de voz.

-Vamos hija responde; insistía Milenka llamando a Yovanka.

-Según testigos los vieron alejarse de la plaza acompañados de una niña de la misma edad.

-¿Pero cómo es posible?; preguntó la Teniente Huaiquimil. -¿Cuántas veces se las ha dicho que no confíen en extraños?

-No exactamente mi teniente; se atrevió a corregirla el sargento. -Por lo que he escuchado, desde pequeñitos se les enseñó a desconfiar de adultos desconocidos, pero ni de niños de su edad.

-Tiene razón sargento; reconoció Fresia tratando de recuperar la calma.      -Eleve inmediatamente un boletín de búsqueda. Quiero a esos niños de vuelta hoy.

-Como ordene mi teniente; respondió el sargento.

-Yo voy a salir a buscarlos a la calle; decidió Milenka. -El pueblo  no es muy grande y mi niña anda con ropa muy vistosa.

Cuando la gitana se marchó, Fresia reparó en la mesa y puso un montón de papeles sobre la huella de la mano de la Shuvani que había quedado grabada a fuego en la madera.

-Voy contigo; dijo Fresia a su amiga siguiéndola. -Sargento desde aquí coordine la búsqueda; ordenó la teniente. -Mande a todo el, personal disponible a la calle.

-Si señora; respondió el carabinero cuadrándose.

-Separémonos para cubrir más terreno; sugirió Milenka. -No deberían estar muy lejos.

 

-¿Tu casa queda muy lejos?; preguntó Yovanka cuando notó que se acercaban al límite de la ciudad.

-Solo un poco más; contestó la niña cuando estaban llegando cerca del cementerio.

-Nuestras mamás ya deben estar preocupadas por nosotros; comentó Roberto.

-Es cierto, mejor volvemos a jugar contigo otro día; agregó la pequeña gitana.

-¿Siempre hacen caso a todo lo que les dicen sus papás y mamás?; preguntó la niña.

-Claro, ellos son policías; respondió Roberto.

-¿Vives en el cementerio?; preguntó Yovanka de la mano d Roberto.

-¡Que tonta!, claro que no; rió la niña. -Vivo al otro lado, en la casa que se ve allá.

La casa gris, antigua y espeluznante no era precisamente el lugar más atractivo para visitar.

-Mejor volvemos a verte otro día; dijo Roberto tirando de la mano a su amiga.

-Sí, mi mamá me va a castigar si no vuelvo luego; apoyó Yovanka.

-Insisto en que vayan ahora a mi casa; dijo la niña con una voz más ronca que la de un adulto, sujetando fuerte del brazo a ambos amigos.

En vista de que aun no encontraba a su hijo, Fresia llamó a Rubén para avisarle.

-Roberto y Yovanka han desaparecido; dijo por teléfono a su marido con ganas de llorar, pero sabía que no podía perder la calma.

-Fernando está conmigo, pongo el altavoz; respondió el Capitán Espinoza.

-¿Qué ocurre Fresia?; preguntó Hormazabal.

-Los niños están perdidos, Milenka y yo los estamos buscando; informó ella. -Ya ordené un operativo de búsqueda.

-Vamos para allá; contestó Rubén.

-Pasemos al cuartel de investigaciones primero; aconsejó Fernando.  -Vamos a dar vuelta todas las piedras hasta encontrarlos.

Aunque la distancia al cuartel de la policía civil era corta, al Capitán Hormazabal esta vez le pareció interminable.

-Teniente emita un boletín de búsqueda inmediatamente por Yovanka Hormazabal Ivanovich y por Roberto Espinoza Huaiquimil, de once y diez años respectivamente.

-Si señor; respondió el detective escribiendo en su computador; reflejamente miró a su jefe cuando se dio cuenta de que se trataba de la hija de éste y su amigo. -El boletín está emitido señor; contestó el oficial poniéndose de pie. -Permítame hacerme cargo del caso personalmente.

-Gracias teniente; aceptó Hormazabal.

Yovanka dio una fuerte  patada en una de las pantorrillas de su captora y tiró de Roberto para huir.

-¡Corre!; gritó la niña a su amigo.

-¡Inmovilícense!; ordenó la extraña niña, que ahora se veía como una mujer adulta.

-¿A dónde creen que van?; preguntó burlona la mujer al ver que los niños habían quedado clavados al suelo, incapaces de escapar.

-Mejor deje que nos vayamos, porque si no nuestros papás se van a enojar mucho con usted; advirtió Roberto.

-No sabes el  miedo que me da; se burló la mujer del niño.

-¡Mamá!; gritó Yovanka con toda la fuerza de su voz.

-Grita todo lo que quieras; agregó la mujer. -Aquí nadie los oirá.

La tenebrosa construcción ahora parecía estar más cercana y la mujer arrastró a los niños a su interior. Lo que en un principio parecía una casa vieja, ahora se levantaba como un antiguo mausoleo.

-¿Por qué nos trajo aquí?; preguntó Yovanka asustada.

-¿Estos son los niños?; preguntó una anciana de cabellos grises.

-Pronto volveremos a ser jóvenes y hermosas; agregó otra mujer decrépita por la avanzada edad.

-La belleza y juventud no son gratis; agregó una de las ancianas. -Cuesta uno o dos niños cada cierto tiempo.

Una de las mujeres encendió un caldero, mientras que otra tomó un gran cuchillo y se acercó con él a Yovanka.

-¡No le haga daño!; gritó Roberto recuperando el movimiento de sus piernas.

-¿Cómo es que te soltaste niño?; preguntó intrigada una de las brujas.  -Bueno, eso no cambia nada las cosas; dijo poniendo de rodillas a Roberto.

Yovanka recordó un extraño poema que recitaba su madre a veces.

-“Yo te maldigo bruja,

por la llama, por el viento,

por la maza, por la lluvia,

por el barro, por el rayo y por el fuego,

por lo que vuela, por lo que repta,

por el ojo, por la mano,

por la espada y por el látigo.

Yo te maldigo”

Un fuerte ventarrón se desató dentro de la casa haciendo caer algunos objetos.

-¡Aléjense!; grito Roberto. La mujer que lo sostenía cayó lejos de espalda.

-¿Pero cómo es posible?; preguntó la bruja que engaño a los niños.

-Los encontré; dijo Fresia con la vista perdida en la distancia.

-El poder de estos brujitos nos hará más fuertes; dijo una de las mujeres.

La puerta de la casa se abrió de golpe y una de las brujas quedó inmovilizada contra la pared. Fresia furiosa la aplastaba  cada vez más impidiéndole moverse.

-Continúa recitando el poema hija; ordenó Milenka. -Repítelo junto conmigo.

-“Fuerzas oscuras del inframundo,

acudan en ayuda de su servidora”.

-“Por la fuerza del rayo,

por lo que muere y está por nacer,

doblégate ante el poder de las Shuvanis”.

La bruja que sostenía el cuchillo quedó rígida en su lugar, mientras el arma se soltaba de sus dedos y permanecía flotando en el aire.

-“Antiguos Pillanes de las montañas,

traigan su muerte  helada a mis enemigos”;

conjuró Fresia.

La temperatura cayó de golpe y la bruja que estaba inmóvil se convirtió en forma instantánea, en un bloque de hielo que se rompió en miles de pedazos.

Al cambiar la atención de Fresia, la bruja que estaba inmovilizada contra la pared pudo soltarse e intentó escapar. Un muro de fuego le cortó el paso cuando Rubén entró a la casa.

-Pagarás con tu vida y con tu alma tu osadía maldita bruja; dijo él cuando las llamas envolvieron a la mujer, en medio de gritos de dolor.

Milenka llena de odio miró a la bruja que se disfrazó de niña para engañar a su hija.

-“Por el poder oscuro del Triunvirato Caído,

 cae bajo el poder de mi voz y de mi mano”;

dijo Milenka mientras el cuchillo voló y se ensartó en el abdomen de la bruja.

-“Conjuro el poder de la Profana Trinidad y ordeno que ardas en las llamas eternas del infierno”; sentenciaron Fresia y Milenka al mismo tiempo.

Una gran grieta donde se podían ver los fuegos infernales, se abrió bajo la bruja, tragándosela por toda la eternidad.

-Mamá, papá; gritaron ambos niños al ver que sus padres ya estaban con ellos.

-Disculpa mami; dijo Roberto agachando la cabeza.

-La niña nos engaño; agregó Yovanka. -¿Era una bruja?

-Sí hija, lo era; respondió Milenka. -Igual que nosotros.

-Pero con la diferencia de que nosotros ayudamos a los demás; aclaró Fresia.

-Creo que ya es hora de que estos niños conozcan toda su herencia; opinó Rubén.

-Tienes razón, parece que ya ha llegado el momento; asintió Fernando.

-Entonces los invito a la parcela; opinó Fresia.

 

Aunque en varias ocasiones los niños habían estado en esa parcela, esta vez sin embargo, se notaba algo distinta pero no sabían exactamente cómo explicarlo.

-Vamos a cambiarnos de ropa y después vamos a caminar niños; indicó Milenka.

Los seis iban vestidos con túnicas negras por un camino que se abrió hacia abajo, dejando ver una escalinata de piedra por cuyos peldaños descendieron hasta una gran cueva, en cuyo centro un caldero ya estaba hirviendo.

-Formemos un círculo en torno al caldero; ordenó Rubén.

-“Espíritus de ayer y mañana

acudan al llamado de su hermana.

Shuvanis de tiempos pasados

dennos su poder y sabiduría”;

invocó Milenka.

-“Pillanes de mi pueblo y Pillanes Supremos

liberen el poder de nuestro gente en estos niños”;

conjuró Fresia.

Espíritus con el rostro de fallecidas Shuvanis y sombras traslúcidas volaban entre los seis en torno al caldero.

-“Que hierva el caldero y se mezcle la magia.

Que el poder supremo del inframundo

bendiga a estos niños”;

concluyó Rubén.

El caldero hirvió con fuerza y las sombras y espíritus se mezclaron en una sola nube que los envolvió a todos como una neblina negra, que pronto se disipó.

-Bien venidos hijos; los saludó Fresia.

-Han nacido de nuevo con la bendición de nuestra herencia; agregó Milenka.

-Ahora somos todos una familia; concluyó Fernando.

 

 

 

Magia Negra – Capítulo 4 – Revelación 22 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Magia Negra
Capitulo N° 4
Revelación

-Creo que con esto es suficiente; opinó Rubén al subir la segunda maleta al auto. -Total vamos a estar una semana no más en la parcela del tío Reimundo.

-Una semana de descanso, ¡que rico!; comentó Fresia. -Sobretodo sin papeleos e informes.

En menos de una hora el vehículo devoró la separación entre Isla de Maipo y la parcela en las afueras de Melipilla.

-Ya llegamos; dijo Espinoza cruzando un macizo portón de hierro, que daba  a un camino interior que llevaba a la casa patronal.

-¡Guau, cuantos árboles frutales!; exclamó la muchacha sacando la cabeza por la ventanilla.

-Sí, aunque mi tío los cultiva solo por hobby y para consumo de la familia; explicó Rubén, quien antes de detener el vehículo hizo sonar insistentemente la bocina para hacerse notar.

-¿Pero quién mete tanta bulla?; salió preguntando un hombre mayor de la casa.

-Hola tío, soy yo; saludó Espinoza.

-¡Hijo, tanto tiempo sin verte!; lo saludó efusivamente Reimundo, dándole un fuerte abrazo.

-¿Pero a quién tenemos aquí?; preguntó cariñosamente el hombre al ver a la acompañante de su sobrino.

-Ella es Fresia, ya te hable de ella; respondió Rubén. -Fresia este es mi tío Reimundo.

-Encantada de conocerlo señor; contestó la joven.

-El placer es mío señorita; agregó el hombre.

-Tío espero que no haya inconvenientes en quedarnos una semana aquí sin avisarte antes; quiso saber Espinoza.

-Claro que no, ya sabes que la casa es grande; respondió Reimundo.          -Además está disponible la cabaña del antiguo capataz.

-¿Qué opinas?; preguntó Rubén a Fresia.

-¿No será demasiada patudes de nuestra parte?; pensó ella. -No quisiera que se crearan una falsa imagen de mí, de nosotros. Aay…, ya me enredé.

-Tranquila mi niña; la calmó el dueño de la casa. -Ya era hora de que alguien le echara el lazo a este chiquillo y mejor si es alguien tan linda como usted.

Fresia no pudo evitar sonrojarse por el piropo y la vergüenza.

-Entonces no hay problema; concluyó Espinoza.

A lo lejos se divisaba un caballo que se acercaba a todo galope, montado por una mujer un poco mayor que Fresia, que parecía una verdadera amazona.

-Primito, te acordaste de los campesinos y viniste a vernos; saludó la mujer.

-Hola Renata como ha pasado el tiempo, ya eres toda una…; Rubén se detuvo meditando. -¿Cómo lo digo para no tratarte de vieja?

-Hola, tú debes ser Fresia; saludó la mujer a la joven, bajando ágilmente de su cabalgadura.

-Sí, encantada; contestó ella.

-Llegaron justo a tiempo; comentó Renata. -Acabamos de cambiarle el agua a la piscina.

-Nos vendría bien un chapuzón antes de almorzar; opinó Rubén.

-Ven, vamos a ponernos traje de baño; invitó la anfitriona  a su nueva amiga.

-¿Cómo han estado las cosas por acá?; preguntó Espinoza a su tío cuando las mujeres entraron a la casa.

-Más o menos no más; contestó pensativo Reimundo. -Las cosas han estado algo tensas entre los parceleros.

-¿Peleas?; quiso saber Rubén.

-No es eso. Ha habido cosechas que se han podrido o secado y animales que se han enfermado y muerto sin razón aparente, según los veterinarios.

-¿Habrá algo malo en el agua o la tierra?; preguntó Espinoza.

-No, nada. Unos agrónomos ya revisaron todo varias veces, tomaron muestras y las llevaron a Santiago pero no encontraron nada malo; explicó Reimundo a su sobrino.

-Algo tiene que haber; comentó Rubén pensativo.

-Bueno hijo, después seguimos conversando de esto; cortó Reimundo.        -Ahora anda a ponerte traje de baño para que le muestres la piscina a tu novia.

-Fresia no es mi novia; corrigió Rubén. -Es solo una buena amiga.

Espinoza después de un rato llegó a la piscina, que se encontraba en medio de un claro de verde césped y rodeado de varios árboles autóctonos. Fresia ya estaba metida en el agua junto a Renata, al ver llegar a su amigo salió para ayudarlo a poner en el suelo unas frutas y bebidas que él traía.

-¡Que bombón!; exclamó Espinoza al ver el esbelto cuerpo de Fresia que lucía un diminuto bikini y su morena piel brillante por el agua.

-¿Me está piropeando Teniente Espinoza?; preguntó la muchacha.

-Claro que no Sargento Huaiquimil; respondió él. -Eso sería acoso sexual.

-Lástima, yo ya me estaba haciendo ilusiones; respondió ella mordiendo una manzana y rozando el brazo de Rubén con su espalda.

-Si quieren los dejo solos; ofreció Renata maliciosamente, haciendo de cómplice con Fresia.

-No, no te preocupes; contestó Rubén algo incómodo.

-Tienes razón amiga, creo que vas a tener que esforzarte un poco más para que este lerdo se despabile contigo; agregó Renata. -Aunque si quieres te presento a unos cuantos huasos jóvenes y fortachos que sí te tomarán muy en cuenta.

-De ninguna manera; objetó Espinoza. -Yo soy su amigo.

-¿Y son guapos?; preguntó la muchacha a su amiga.

-Guapísimos; contestó ella.

Fresia dio un respingo cuando Rubén desde atrás abrazó su cintura.

-Ok, creo que hay que volver al agua o a algunos les a dar fiebre con todo este calor; propuso Renata.

La risa entre los tres amigos fue instantánea ante el comentario que cortó oportunamente la situación que se empezaba a poner un poco embarazosa.

-Deberías trabajar de casamentera prima;  comentó Rubén.

-A eso me dedico; respondió ella guiñándole un ojo a la pareja.

-¿Qué te ha parecido la parcela?; preguntó Renata durante la cena a Fresia.

-Es muy linda y grande; respondió ella. -Sobre todo he disfrutado mucho la piscina.

-Aprovéchenla mientras puedan; comentó Reimundo.

-¿A qué te refieres tío?; preguntó Rubén.

-Si es que se siguen perdiendo las cosechas y los animales, no vamos a tener como pagar los créditos; indicó él.

-Ya encontraremos una solución tío; opinó Renata.

-Mañana hay una reunión de parceleros; contó el dueño de la casa. -Ahí se va tratar este asunto.

-Renata tiene razón; opinó Rubén. -Ya se descubrirá cual es el problema.

-Ustedes son muy optimistas; comentó Reimundo.

-Yo conozco al alcalde de Isla de Maipo, si quieres puedo hablar con él y pedirle su apoyo; ofreció Rubén.

-Espero que no estés pensando en vender; opinó Renata.

-No quisiera, pero las deudas se acumulan y no hay como pagarlas; observó Reimundo.

-¿Don Reimundo?; interrumpió Fresia.

-Dime mijita; contestó él.

-¿Podemos ir mañana con Rubén a la reunión de los parceleros?; preguntó la joven. -Nosotros tenemos experiencia en investigaciones, por nuestro trabajo y a lo mejor descubrimos algo que a los expertos se les haya pasado por alto, por no estar familiarizados con el trabajo policial.

-Eres muy amable Fresia. Claro  que pueden asistir; aceptó el parcelero.

-Claro que sería en forma extraoficial; aclaró Rubén.

-Ves tío, no estás solo en esto; agregó Renata tomándole las manos.

-Para mí que todo esto es obra de un kalkú; dijo la señora que ayudaba con los quehaceres de la casa, mientras servía café a todos. -Nada de esto es normal.

-¿A qué se refiere señora Rosa?; preguntó Rubén.

-¿Dónde se ha visto que las cosechas se pudran y los animales se enfermen y mueran de un día para otro, o que las frutas se sequen en la noche?; preguntó la mujer.

-Creo que ya le expliqué que la brujería y las malas artes no existen; recordó Renata.

-Lo que pasa es que la señora Rosita es de origen mapuche; explicó Reimundo. -Y creen en brujos y espíritus malvados.

-Yo también soy mapuche; respondió Fresia, que de alguna forma sintió algo de discriminación por las tradiciones y creencias de su pueblo.

-No pretendí ofender a nadie con mi comentario; aclaró el hombre. -Es solo que tiene que haber una explicación más racional.

-No se preocupe don Reimundo, aunque soy de origen mapuche, también soy policía; explicó Fresia. -Y estoy convencida de que primero hay que agotar todas las posibles causas lógicas entes de aventurar cualquier juicio.

-Yo solo decía no más; contestó la señora Rosa. -Mejor vuelvo a mi cocina.

-Vas a ver que todo va a salir bien Rosita; le dijo Renata, dándole un beso para tranquilizarla.

-Dios la escuche Renatita; contestó la mujer al retirarse a la cocina.

-¿Ya has visto el cielo nocturno de aquí?; preguntó Renata a Fresia, sirviendo dos copas de licor e invitándola afuera.

-Claro, no debe ser muy distinto al que se ve en La Isla; contestó ella.

-Ven con nosotras Rubén; lo llamó Renata. -No te quedes dormido; le dijo dándole un empujón para ponerlo al lado de la muchacha.

-¿Qué tío?; preguntó la mujer. -Si no intervengo estos dos no se van a casar nunca.

A pesar del tono color canela de la piel de Fresia, el rojo de su rostro resultó más que visible.

-¿Y tú cuando te vas a casar?; preguntó Rubén a su prima.

-¿Y para qué?; respondió ella. -Pero ustedes son el uno para el otro.

-Me sirvo un trago y los alcanzo enseguida; indicó ella a la pareja.

Las estrellas llenaban el cielo como cientos de diamantes desparramados sobre terciopelo negro. La brisa levemente tibia del verano creaba una atmósfera muy agradable, condimentada delicadamente por el canto de las ranas y grillos.

-¿Qué opinas?; preguntó Fresia a Rubén.

-Parece una situación un poco difícil para los dueños de las parcelas. ¿Qué crees tú?; quiso saber él.

-La verdad es que no estoy del todo segura; contestó la  muchacha. -Esto es algo que…; el vaso que sostenía se le escapó de los dedos y dio un paso atrás sorprendida.

-¿Qué pasa?; preguntó Rubén preocupado.

-Me pareció ver muchas sombras que volaban por todos lados; contestó ella.

-¿Cómo El Bulto?; preguntó Espinoza en voz baja.

-No. Eran pequeñas y traslucidas; explicó Fresia. -Era más bien como nubes negras que volaban cerca del suelo y entre los árboles.

 

-Hola chicos; saludó Renata el vaso roto.

-Disculpa se me cayó el vaso; se excusó Fresia. -A veces soy un poco torpe.

-No te preocupes, toma el mío; le entregó. -Yo voy por otro.

 

-¿Estás segura?; preguntó Espinoza.

-Totalmente; respondió ella.

-¿Quieres que llame a Milenka Ivanovich?; quiso saber él.

-Claro que no, ¿cómo se te ocurre?; preguntó Fresia.

-¿Por qué no?; preguntó él.

-Recuerda que está embarazada; le indicó ella. -Lo que menos necesita es involucrarse en estas cosas.

-Es cierto, lo había olvidado; recordó Espinoza dándose una palmada en la frente. -Hormazabal se las ingenió para poner fuera de combate a la poderosa Shuvani.

-Ya chicos volví; interrumpió Renata de nuevo. -Espero sinceramente que no me hayan echado de menos. Es que deben concentrarse más en ustedes; les dijo a ambos enfrentándolos.

-¿Qué opinas Renata?; preguntó Rubén.

-He vivido toda mi vidaen esta parcela y desde que papá murió el tío Reimundo ha sido mi familia; contestó poniéndose seria por primera vez en el día. -No  quisiera que esta parcela se perdiera.

-¿Crees que la señora Rosa tenga razón?; preguntó Espinoza.

-Claro que no, esas son leyendas; contestó ella. -En todo caso mañana voy a ir a Santiago a la Escuela de Agronomía. Ahí conozco a alguien que tal vez pueda ayudarnos; también voy a ir al Servicio de Ganadería y Agricultura.

-¿Pero no habían venido especialistas?; quiso saber Fresia.

-Sí, vinieron, pero no me pienso quedar de brazos cruzados sin hacer nada; contestó decidida ella. -Además esta vez me voy a meter yo para motivarlos y guiarlos.

-Renata es ingeniero forestal; aclaró Rubén.

-Voy a estar fuera dos días; Explicó ella. -Por favor cuiden al tío Reimundo hasta que yo vuelva; Rosita ya es de edad y no puede sola con toda la casa.

-Anda tranquila; le respondió Fresia. -Nosotros los cuidaremos a ambos.

Con todos los presentes hablando al mismo tiempo era difícil que alguien se entendiera.

-Por favor silencio; pidió el presidente de la agrupación de parceleros.  -Todos podemos decir lo que deseemos, pero en orden.

-Las cosechas se siguen secando durante la noche; contó uno de los presentes. -Y ni siquiera ha habido heladas que lo expliquen.

-Ya perdí a todas mis vacas; narró otro. -Durante una noche murieron cuatro sin ninguna razón aparente.

-Ninguna de las semillas que he sembrado han germinado; agregó otro.

-No tengo cómo pagar los créditos que pedí al banco para semillas; contó otro parcelero. -Todas las cosechas se han podrido.

-Como ves sobrino, esto está afectando a muchas personas; comentó Reimundo a Rubén.

-¿Hace cuánto empezó esta situación?; preguntó Rubén levantando la mano.

-¿Con quién tenemos el placer?;  preguntó el líder de los parceleros.

-Es mi sobrino Rubén Espinoza; respondió Reimundo.

-Mis animales comenzaron a morir a fines de junio; indicó uno.

-Ese mismo mes perdí mis primeras siembras; contó otro.

-También mis cosechas se pudrieron por esa fecha; dijo otro.

 

-Fines de junio; observó Fresia. -¿Por qué no me sorprende?

-¿Alguna idea? ; preguntó Rubén a la  muchacha.

-¿Qué ocurre a fines de junio de cada año?; preguntó ella en voz baja.

-Noche de San Juan en la tercer semana; respondió él. -¡El solsticio de invierno!

-Hay un incendio en la parcela de los Reinoso; gritó un hombre que llegó corriendo.

-Vamos a ayudar; dijo uno de los parceleros saliendo junto a otros.

A los pocos minutos varios vehículos llegaron, aunque nadie pudo hacer nada para detener las llamas que consumieron varias hectáreas de trigo.

Sabiendo bien como proceder, los vecinos del agricultor afectado cavaron largas zanjas para impedir que el fuego se extendiera más allá de esa plantación. Cuando los bomberos llegaron ya nada había que hacer; el fuego había acabado con todo el trigal.

-Esto es la ruina; se lamentaba el dueño de la siniestrada propiedad. -Voy a poner en venta la parcela.

-No puede hacer eso; intervino Rubén. -Aun no se ha perdido todo.

-¿Acaso está ciego joven?; preguntó el hombre. -Aquí no queda nada más que tierra quemada.

-Rubén, ven mira; lo llamó Fresia disimuladamente.

-¿Qué encontraste?; preguntó él.

-Huellas, pero no quiero que otros las vean; indicó ella.

Lejos de donde estaban reunidos los parceleros, dos pies se marcaban perfectamente en medio de las cenizas del trigo quemado.

-El fuego no quemó ese lugar; observó Espinoza. -Es como si alguien hubiese estado parado en medio del fuego, mientras éste quemaba el sembradío.

-Eso es lo que pienso; opinó Fresia.

-Voy a informarle al jefe; dijo Rubén sacando su celular.

-Aló mi mayor, soy el Teniente Espinoza; se comunicó con su superior. -Es posible que tengamos una situación especial en el sector parcelero en las afueras de Melipilla.

-¿Está usted ahí?; preguntó el oficial.

-Sí señor, junto con la Sargento Huaiquimil; contestó Espinoza. -Por favor  mande unas patrullas a mis coordenadas, para interrogar a los testigos y poder cubrir nuestro trabajo real.

-¿Necesita al Teniente Hormazabal y a la señorita Ivanovich?; preguntó el oficial.

-Negativo señor, el Teniente Hormazabal está en un caso en Santiago y la señorita Ivanovich está con licencia prenatal; indicó Espinoza.

-No me agrada que solo la mitad de la unidad se encargue de estas cosas; opinó el mayor de carabineros.

-Lamentablemente no es fácil ampliarla; observó el Teniente Espinoza.

-De eso nos preocuparemos después; comentó el oficial. -Procedan con precaución y discreción; en todo caso están autorizados para hacer uso de fuerza letal si es necesario.

-Así es que la señora Rosa tenía razón; opinó Rubén.

-Me temo que sí; afirmó Fresia, tomando una muestra de la hierba sin quemar que quedó bajo los pies del sospechoso y la puso en una bolsa autosellable.

-Por lo visto este brujo controla el fuego y es invulnerable a él, porque de lo contrario estaría su cadáver también; observó el Teniente Espinoza.

-Volvamos con tu tío, debemos interrogar a la señora Rosa; opinó la Sargento Huaiquimil. -Aparentemente ella sabe más de lo que parece.

-¿Señora Rosa, puedo pasar?; preguntó Fresia golpeando la puerta de la habitación de la sirvienta de la casa.

-Si señorita pase; contestó la mujer dejando entrar a la muchacha.

-Usted dijo que creía que un kalkú estaba causando los problemas  en las parcelas. ¿Tiene alguna prueba de ello?; preguntó la policía.

-Bueno, la verdad es que no sabría decirle; contestó evasivamente la mujer.

-Puede confiar en mí; la tranquilizó Fresia tomándole las manos. -En mi familia ha habido muchas machis y no me atrevería a burlarme de usted.

-¿Lo dice en serio niña Fresia?; preguntó la señora Rosa.

-Claro que sí, incluso mi abuela quería que yo me convirtiera en una; contó la joven mapuche.

-Entiendo; contestó la mujer.

-Sí, yo vi personalmente al kalkú, una noche en que me desvelé; comenzó a contar la mujer luego de meditarlo un rato. -Estaba estrellado, así es que se notaba bien como se paseaba entre los animales y después éstos caían al suelo.

-¿Le vio la cara?; quiso saber la muchacha.

-No, porque tenía una manta con capucha que le tapaba hasta la nariz; contestó la señora Rosa.

-¿Está segura de que era un kalkú?; le preguntó Fresia.

-Claro que sí; le respondió la mujer. -Lo vi convertirse en un pájaro negro e irse volando, igual que como la estoy viendo a usted ahora.

-¿Eso cuando fue?; preguntó la joven.

-La primera vez fue hace tres meses; respondió la señora Rosa.

-¿Lo ha visto más veces?; preguntó la policía.

-Hoy mismo lo vi antes de que empezara el incendio de la otra parcela; contestó  asustada la mujer.

-Bueno señora Rosa, yo voy a averiguar lo que pueda; la sereno Fresia. -Y por favor no le diga a nadie que habló conmigo.

-No le diré a nadie señorita; contestó la mujer. -¿Es verdad que usted es policía?

-Sí señora Rosa, soy carabinera; reconoció la muchacha.

En la cocina junto a Rubén, Fresia acercó un fósforo encendido a la paja que había en la huella encontrada en el lugar del incendio. En forma casi instantánea ésta ardió con una brillante llama azul.

-Es lo que me temía; comentó ella.

-Ahí estuvo presente un brujo; concluyó Espinoza.

-¿Esperamos que vuelva  a atacar para atraparlo?; preguntó la sargento.

-No conocemos su patrón de ataque, ni sabemos cuándo lo hará de nuevo; observó Rubén. -Sugiero que lo capturemos ahora mientras se encuentre cansado.

-Es algo parecido  a lo que yo tenía en mente; agregó Fresia. -¿A propósito, qué dijo el jefe?

-Que lo matemos si es necesario; respondió Espinoza.

-Listo o no, te invito a pasear; dijo Fresia a Rubén.

-Vamos, que yo te cubro la espalda; aceptó.

La noche estrellada y el campo convenientemente solitario preparaba el campo de batalla apropiado.

-“Poderoso y noble Pillán de mi pueblo, recubre a tu hija con el poder de la tormenta. Te ruego escuches el llamado de tu humilde sierva”; dijo Fresia con los brazos en alto.

-“Aluhes, almas amigas, traigan ante mí a mi enemigo”;  continuó la muchacha.

Un fuerte viento acompañó a un remolino formado por varias sombras traslúcidas que arrastraban a un tipo alto y delgado, cubierto por una manta negra.

-¿Quién se atreve a molestarme?; preguntó el brujo. -Oh, ya veo, una niña jugando a machi; dijo al ver a la  muchacha. -Morirás por tu insolencia.

Un fuerte golpe de viento lanzó lejos a Fresia, quien sin embargo no sufrió daño alguno.

-Esta vez te equivocaste kalkú; dijo la joven tendiendo un brazo hacia lo alto. -“Invoco la fuerza de los espíritus de la tormenta y el rayo.

Sin que hubiese ninguna nube en el cielo, sin ningún origen visible, una portentosa descarga eléctrica golpeó el cuerpo del brujo. Tirado en el suelo y con la ropa humeante, el hombre se levantó lentamente.

-Veo que te subestimé nuruve, pero yo soy más poderoso que tú; agregó con una sonrisa burlona el brujo. -Siente ahora el verdadero dolor del poder absoluto.

La temperatura subió bruscamente y el pastizal comenzó a arder en torno al hechicero, avanzando al fuego en un círculo que se acercaba más y más a Fresia. Espinoza disparó todas sus balas, pero éstas caían como plomo derretido antes de llegar a su blanco.

-“Antiguos Pillanes, invoco su máximo poder”; gritó Fresia resistiendo apenas el intenso calor. -“Soplen espíritus del viento y del hielo y congelen el infierno con su poder”.

Una gélida onda de viento que nacía de la muchacha chocó contra el anillo de fuego del brujo. El cambio brusco de temperatura casi aturdió al Teniente Espinoza. El fuego perdió toda su energía para terminar extinguiéndose en forma casi instantánea.

-Esto se acaba aquí y ahora; dijo Fresia extendiendo bruscamente sus brazos.

Una poderosa onda de choque lanzó al brujo entre unos árboles, dejándolo gravemente herido. El hechicero alzó su vista por última vez cuando alguien se agachó junto a él y le retiró su sortija.

-Eres una vergüenza para tu clase, nunca debí confiar este trabajo a ti estúpido inútil; dijo Renata poniéndose el anillo en su mano izquierda, haciendo juego con el que llevaba en la derecha.

-Cayó por aquí; dijo Rubén entre los árboles.

-Aquí está; dijo Fresia junto al cadáver del brujo.

-Creo que ya todo acabó; opinó Espinoza.

La muchacha se quedó quieta un segundo y se levantó con los puños cerrados.

-Demoraste mucho en dar la cara bruja; dijo ella caminando hacia la salida del bosquecillo.

-Parece que si quieres un trabajo bien hecho tienes que hacerlo tú misma; dijo Renata apuntando una de sus manos hacia Rubén.

-¡Cuidado!; gritó Fresia.

La mano de la mujer se desvió justo lo suficiente para que la descarga de energía mágica del anillo solo rozara a Espinoza. El golpe lo lanzó a unos metros de donde se hallaba.

-Maldita bruja; gritó furiosa la  joven mapuche.

-Pequeña y tonta principiante, ni siquiera estás a mi nivel y pretendes desafiarme; la increpó Renata.

-“Fuerzas oscuras del cielo y la tierra acudan al llamado de su ama que lo ordena”; invocó la bruja.

-“Poderosos espíritus del pasado y del futuro elévense contra la bruja rebelde; gritó Fresia. -“Viento de muerte ven a mí”.

Un gran remolino bajó del cielo y envolvió a Renata. Un desgarrador grito se escuchó en su interior.

-¡No!; gritó la bruja.

En una explosión de luz violeta al remolino que aprisionaba a la hechicera se disolvió.

Parada en medio del campo, con el cabello desordenado, Renata respiraba furiosa mirando a Fresia.

-Ahora sí brujita, vas a sufrir por última vez; gritó Renata.

Ambos anillos de la hechicera se volvieron incandescentes cuando ella los apuntó hacia la  muchacha.

-¡No lo harás!; gritó Rubén mientras un chorro de fuego surgía de su mano derecha y envolvía a Renata sin tocarla.

-¡Vaya primito!; ya me parecía raro que yo fuera la única de la familia; dijo ella apagando el fuego con un movimiento de su mano.

-“Antiguos Pillanes supremos, invoco su ayuda para que concedan a esta nuruve su máximo poder. Viento de hielo, trae tu muerte congelada”; dijo Fresia alzando sus brazos.

Un nuevo descenso brusco de la temperatura cubrió de hielo el campo, llenando de escarcha la ropa y cabellera de Renata.

-Esto no me detendrá; dijo ella. -Siente el calor del infierno.

La temperatura comenzó a subir rápidamente.

-Calla tu boca ponzoñosa que nadie te volverá a escuchar bruja negra; gritó Rubén.

Renata no pudo terminar su conjuro, ya que su voz dejó de salir de sus labios. Sorprendida se llevó la mano a su garganta pero su voz ya se había agotado.

-“Espíritus del hielo y la tierra encierren en su tumba eterna a esta bruja”; dijo Rubén mirando a Renata, la que quedó inmovilizada de pies a cabeza mientras una mezcla de hielo y piedra congelada comenzaba a envolverla.

Encerrada en una roca traslúcida Renata quedó atrapada e indefensa.

Con las manos temblando y el rostro desencajado Fresia se acercó al sarcófago de piedra. La impenetrable prisión comenzó a vibrar y a volverse más opaca y compacta, quedando reducida a un gran trozo de metal oscuro.

-Arde para siempre en el infierno prima; dijo Rubén cubriendo el  metal con sus manos y envolviéndolo en una resplandeciente  flama que comenzó a derretir la roca, reduciéndola a una simple mancha negra en la tierra.

Espinoza se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos, no pudiendo creer aun los hechos que acababan de ocurrir.

Fresia también se sentía consternada por el desenlace que habían tenido los acontecimientos y solo atinó a abrazar fuerte a Rubén.

-¿Estás bien teniente?; preguntó la muchacha a su compañero.

-Si pareja, es solo un caso más y ya está resuelto; respondió él.

-Aquí estaré yo para cuando quieras hablar de esto; ofreció Fresia.

-Ya vámonos y no nos pongamos sentimentales; dijo Rubén tomándola de la mano y caminando hacia  la casa.

-Me sorprendiste hoy brujo; le dijo la muchacha a su pareja.

-Yo me sorprendí más de mi mismo; contesto Rubén.

-Espera  a que le cuente a Milenka; dijo la muchacha.

-En ese caso mejor  no le cuentes; opinó Rubén riendo. -Acuérdate que está esperando  a una pequeña Shuvani.

-Oh a un brujito; respondió Fresia.

En la sala de la casa Reimundo meditaba cabizbajo sentado en un sillón.

-Tío, no sabes cuánto lo siento; trató de excusarse Rubén por la muerte de Renata.

El hombre se levantó de su asiento y se paseó pensativo por el salón.

-No te estoy culpando; respondió Reimundo. -Pasó lo único que podía ocurrir con dos brujos puestos en dos bandos opuestos enfrentándose.

-No puedo entender cómo Renata nos logró engañar a todos; comentó Rubén.

-Renata eligió su destino; opinó Reimundo. -Ella sola selló su final.

-¿Tu lo sabías tío?; preguntó Rubén.

-Tenía mis sospechas pero hasta esta noche no estaba seguro; contestó el hombre.

-Esto es realmente lamentable; opinó Fresia.

 

-Siéntate, tenemos que hablar; pidió Reimundo. -¿Sabías que tú eras un brujo también?

-No sé que me ha impresionado más, descubrir que Renata lo era o que yo lo soy; meditó Espinoza.

-Y por lo visto tu amiga también lo es; observó Reimundo.

-Pero nada de esto lo ha sorprendido a usted; comentó Fresia. -Por lo visto está familiarizado con la brujería, o al menos sabe de ella.

-La verdad es que hace tiempo me enteré de la existencia de ustedes; reconoció Reimundo. -Mi padre, tu abuelo por parte de tu madre y por tanto también el de Renata, también lo era.

-Mamá siempre me habló de historias de brujos y del diablo, pero pensé que solo eran leyendas locales no más; comentó Rubén.

-Al parecer es una condición hereditaria que se salta una generación; opinó Reimundo.

-No sé qué pensar; comentó Espinoza.

-Esa es tu herencia y ya la has recibido y deberás vivir con eso por el resto de tu vida; sentenció Reimundo. -Tú deberás elegir el uso que le darás.

-Creo que ya ha elegido; opinó Fresia tomándole la mano a Rubén.

-Esto es algo impactante; opinó él. -¿Cómo sabré si estoy actuando en forma correcta?

-Desde el momento en que te estás haciendo esa pregunta, es porque ya has elegido el camino que quieres seguir; dijo Reimundo. -En todo caso tienes a tu lado alguien que te entiende y confío en que ella te ayudará a mantenerte en el camino correcto. Ojalá alguien hubiese guiado a tu prima.

Desde la entrada de la sala la señora Rosa escuchaba con una caja en la mano. Reimundo asintió con la cabeza cuando la  miró.

-Perdón por meterme en lo que no me importa; dijo ella entrando en el salón.

-Pase señora Rosa, usted es de la familia; la invitó el patrón. -Además usted conoció a mi padre desde hace tiempo.

-Sí, es cierto; recordó ella con una sonrisa. -El señor era una gran persona y a pesar de lo poderoso que era jamás se aprovechó de ello ni abusó de nadie.

-Yo no recuerdo  mucho a mi abuelo; meditó un rato Rubén. -Mi mamá no me contaba mucho de él.

-Claro que lo hacía; opinó Reimundo. -Todas las historias que te contaba se relacionaban de alguna forma con él.

-Su abuelo dejó una herencia para alguno de sus nietos; dijo la señora Rosa abriendo la caja que llevaba. Un gran anillo de oro con una piedra negra descansaba en ella.

-Es el anillo de tu abuelo; indicó Reimundo. -Al momento de fallecer dijo que en su debido tiempo el anillo elegiría a quien realmente lo mereciera.

Cuando Rubén tomó la caja para verlo mejor, la negra piedra se volvió escarlata y comenzó a brillar con fuerza.

-Parece que el anillo ha encontrado su nuevo dueño; comentó la señora Rosa.

-Tómalo hijo, es tuyo por derecho; indicó Reimundo.

-Vaya esto no es algo de lo que uno se entere todos los días; comentó Rubén.

-Lo sé, pero esa es la realidad, te guste o no; opinó Fresia.

-Lo que no entiendo bien es ¿por qué Renata quería perjudicar a todos los parceleros?; preguntó Espinoza.

-Supongo que quería quedarse con todas las tierras; opinó la señora Rosa.

-¿Qué hay de especial aquí?;  preguntó Fresia.

-Mi padre siempre decía que en esta tierra se junta el poder del cielo y la tierra y se mezclan en una sola energía mágica.

-En otras palabras es un campo de energía mágica concentrada; concluyó la muchacha.

-Y si ella se apoderaba de él, nada la podría detener; opinó Rubén.

-Afortunadamente ustedes pudieron detener a tiempo a esa bruja mala; opinó la señora Rosa.

-¿Qué va a pasar ahora?; preguntó Reimundo.

-Ahora ustedes van a intentar llevar una vida normal; indicó Rubén.

-Y sobretodo mantengan al secreto de lo que aquí ocurrió esta noche; pidió Fresia.

-Quédense tranquilos; los tranquilizó Reimundo. -Solo  les pido una cosa.

-¿Qué podemos hacer por ti tío?;  preguntó Rubén.

-Que cuando ustedes hereden esta tierra harán un buen uso de la magia contenida aquí; pidió Reimundo.

-Pero aún falta mucho para eso tío; replicó Rubén.

-Pero ese momento tarde o temprano llegará; continuó Reimundo. -Y quiero estar seguro de que harán lo correcto.

-Está bien tío, te lo prometo; concluyó Rubén.

-Y yo estaré a su lado para asegurarme de que cumpla su promesa; agregó Fresia.

 

 

 

Magia Negra – Capítulo 3 – Leyenda 19 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Magia Negra
Capitulo N° 3
Leyenda

-Mejor manejo yo; sugirió Renata a Luis. -Estás un poco mareado.

-Sí toma; aceptó él pasando las llaves del auto a su esposa.

El casamiento de sus amigos en Malloco había estado bastante animado y también regado, por lo que debían volver con cuidado a Isla de Maipo, sobre todo en la traicionera carretera que une a este último pueblo con Talagante, llena de curvas, subidas y bajadas, que aún a plena luz del día había que tomar con manos firmes y ojos despiertos; por lo cual Renata conducía a irrisorios cuarenta kilómetros por hora, en una carretera habilitada para noventa.

Después de unos minutos a su derecha se divisaba el Puente Naltahua, sobre el hilo de plata del Río Maipo, lo que le indicó que en solo un poco minutos más podría acostarse a descansar.

-Despierta; dijo ella a Luis. -Ya estamos por llegar.

Una curva a la izquierda y entrarían al pueblo, solo pasar la pequeña arboleda de eucaliptus y listo.

Renata casi volcó el auto cuando este de improviso se fue violentamente contra la cuneta. De un golpe se la pasó la borrachera a Luis.

-¿Estás bien?; preguntó éste a su esposa, que tenía todo el cabello sobre la cara.

-Sí, ¿y tú?; preguntó ella a su vez.

-Un poco saltón, pero bien; respondió él.

-Creo que se rompió un neumático; opinó Renata.

La sorpresa y luego el miedo se apoderó de la pareja cuando un fuerte golpe lanzó el vehículo de costado, diez metros hacia adelante.

-¿Pero qué diablos?; preguntó estupefacto Luis.

-¿Qué fue eso?; preguntó Renata entre sorprendida y asustada.

-Salgamos de aquí; sugirió él mientras soltaba su cinturón de seguridad.

Antes de que ella alcanzase a responder, con asombro notaron como el auto era levantado en el aire por una negra y gigantesca mano. Con terror vieron como un colosal ser, oscuro como una nube negra, se alzaba por sobre los eucaliptus y los observaba a más de diez metros de altura.

Sin poder moverse de la impresión, la pareja nada pudo hacer cuando sintieron que el vehículo volaba por el aire para terminar estrellándose estrepitosamente contra el pavimento.

Renata semiinconsciente y sangrando por la boca miró hacia su derecha, solo para ver el cuerpo sin vida de su esposo. A los pocos segundos su corazón también se detuvo y su mente se nubló para siempre.

Alertados por los vecinos que fueron despertados por el estrepito del golpe del metal contra el concreto, bomberos, ambulancias y policías llegaron al lugar del extraño accidente.

-Típico de madrugada del sábado; comentó uno de los bomberos.

-¿Cuándo van a entender que alcohol y autos es una muy mala combinación?; opinó el otro.

-Deben haber ido a más de cien kilómetros por hora; observó uno de los policías. -Perdieron el control del vehículo aquí, para terminar volcándose a ciento cinco metros adelante.

-El impacto fue tan violento que tanto la conductora como el acompañante fallecieron en forma instantánea; observó uno de los paramédicos.

-¿Ocurre algo cabo?; preguntó un carabinero a otro que alumbraba el pavimento con su linterna.

-No es nada mi sargento, es solo que no veo ninguna marca desde el punto en que el vehículo perdió el control hasta el que se produjo el volcamiento; indicó el policía.

-La verdad es un poco extraño; observó el oficial. -En todo caso la alcoholemia muestra que ambas víctimas estaban bajo el efecto del alcohol y usted sabe lo que eso puede producir.

-Tiene razón mi sargento; aceptó el uniformado.

Jacinto volvía tambaleándose luego de una noche de juerga. Era una típica noche de agosto así es que la calle estaba totalmente vacía. El viento movía las nubes y éstas ocultaban momentáneamente la luna, sumiendo la calle en sombras móviles que se deslizaban silenciosas a medida que las nubes cruzaban frente al astro nocturno.

En su borrachera el hombre tuvo la sensación de que alguien lo seguía. Envalentonado por el alcohol metió una mano al bolsillo de la chaqueta; sus dedos tantearon el frío metal y empuñaron con firmeza la navaja.

Sin aviso previo Jacinto se volvió y blandiendo el arma blanca en el aire enfrentó a su acosador. La calle se extendía solitaria, el hombre se rió de sí mismo y devolvió la navaja a la chaqueta.

Cuando se disponía a continuar su camino de regreso a su casa, con el rabillo del ojo le pareció ver una sombra que se movía entre los eucaliptus. No le iba a dar importancia, cuando frete a él una mole negra tan alta como los árboles que la ocultaban, se abrió paso entre ellos y de unas cuantas zancadas llegó junto al aterrado borracho, quien acababa de recuperar la sobriedad.

-¡El Bulto!; gritó sin que nadie lo escuchara en medio de la noche en la calle solitaria.

Jacinto corrió rápido, como nunca lo había hecho antes pero de nada le sirvió el esfuerzo. Sin moverse de su lugar, la cosa oscura y gigantesca estiró uno de sus largos brazos y atrapó de una pierna al infortunado tipo.

Retorciéndose, colgado de cabeza, el hombre trataba de soltarse sin ningún éxito. Con total desprecio por su presa, El Bulto arrojó el cuerpo de Jacinto al pavimento. Atontado, adolorido y con algunos huesos rotos, éste intentó ponerse de pie para tratar de escapar de su agresor de pesadillas. Un topón más lo lanzó rodando contra la cuneta, hasta que finalmente Jacinto dejó de moverse.

La noche seguía su curso en la pequeña ciudad y la leyenda surgida de los miedos supersticiosos de la gente de campo continuaba sembrando la muerte.

La fiesta estaba en su máximo apogeo, la música alta y las risas estridentes rompían la quietud de la noche. Marcia destapó otra botella de cerveza cuando sintió que el piso se zamarreaba bajo sus pies; las paredes de la casa se quejaron en un crujido sordo.

-¡Es un terremoto!; gritó Paola asustada.

-¡Cálmense!, ya va a pasar; gritó Esteban.

Los hechos dieron la razón al joven cuando el suelo dejó de sacudirse.

-Estuvo fuerte pero ya pasó; comentó Marcia aun temblorosa. ¿Están todos bien?

-Sí, pero no puedo comunicarme por teléfono con mi casa; observó Paola.

Cuando la calma había regresado, el fuerte estruendo tomó a todos por sorpresa. Zamarreados y azotados contra las paredes y piso, con los muebles volando por todos lados, el desconcierto y el miedo dominaban lo que antes había sido una fiesta más de fin de semana; los gritos de dolor y desesperación reemplazaron las risas y la música.

Los crujidos de la casa, sacudida a más de quince metros de altura por un bulto negro y gigantesco, que se confundía con los añosos eucaliptus, eran los únicos ruidos que se escuchaban ya en su interior.

-¡Es El Bulto!; exclamó Paola al ver la oscura mole que sostenía la casa, antes de caer inconsciente.

Como un niño que se aburre de un juguete, El Bulto arrojó la maltrecha vivienda contra el suelo, para simplemente terminar retirándose en medio de las sombras.

El estruendo del derrumbe de la casa despertó a todo el vecindario; los curiosos no tardaron en agolparse ante la destruida construcción. Los escombros formaban una composición macabra teñida de rojo.

-¡Se derrumbó la casa con todos adentro!; exclamó una mujer entre llantos.

Las sirenas a lo lejos indicaban que la ayuda ya venía en camino; pero los vehículos de emergencia no necesitaban darse prisa. La situación superó todas las peores expectativas de los rescatistas; solo escombros a ras del suelo y cuerpos sepultados bajo ellos.

-¡No se queden ahí parados como idiotas!; gritó el comandante del cuerpo de bomberos del pueblo. -Busquen sobrevivientes.

Con la mayor esperanza todos comenzaron a remover los escombros, pero pronto ésta se esfumó al ir topándose solo con cadáveres. Después de un par de horas veinte cuerpos yacían cubiertos con lonas negras.

-Aaaah; se escuchó un lastimero gemido cuando ya los rescatistas pensaban que su penoso trabajo había terminado.

-¡Esperen!, hay alguien con vida; gritó un bombero al escuchar el quejido.

Sin que se diese una orden al respecto, todos se dirigieron hacia el lugar de donde provenían los agónicos lamentos y con extremo cuidado desenterraron a una joven mujer con sangre en la cabeza y un hilo rojo que corría de sus labios.

-Rápido estabilícenla con un traje antishock; ordenó un médico. -Capitán pida un helicóptero en seguida, debemos llevarla  a Santiago cuanto antes; solicitó al policía a cargo de la seguridad.

Paola yacía totalmente inmovilizada a una camilla sin saber qué estaba ocurriendo.

El típico ruido del helicóptero se aproximaba rápidamente al lugar de los hechos, ya que no había ni un segundo que perder. El paramédico que atendía a la joven sintió como ésta le apretó con fuerza la mano y abrió grande los ojos.

-¡El Bulto! ¡El Bulto! ¡Fue El Bulto!; balbuceó con voz entrecortada la muchacha.

La mascarilla de oxígeno se llenó de sangre y su cuerpo se convulsionó, la mano que sujetaba al paramédico se soltó y ella cayó inconsciente.

-¡Está sufriendo un paro cardiaco!; gritó éste al médico.

-¡Unidad de electroshock ahora!; gritó el doctor.

Con mano veloz el médico rajó la ensangrentada blusa de la mujer y acercó las paletas cargadas de electricidad. Una y otra, y otra vez; el cuerpo se elevó en varias ocasiones a causa de las descargas eléctricas, pero la chica no reaccionaba.

-¡Vamos!, despierta; gritó el galeno con la frente cubierta de sudor.

-Ya doctor déjela ir; lo afirmó el comandante de bomberos. -No  hay nada que usted o nosotros podamos hacer por ella, ha muerto.

-Es totalmente insólito lo que ha ocurrido esta noche; comentó el comandante al capitán de la policía uniformada.

-¿Qué cree que pudo haber destruido así una casa relativamente nueva?; preguntó el policía.

-No lo sé; respondió el bombero. -Es la primera vez que veo algo así.

-Fue El Bulto; intervino una mujer de entre los muchos curiosos reunidos en el lugar de la tragedia. -La niña lo dijo antes de morir.

-Señora, esas cosas no existen; intentó calmarla el policía.

-Nada más tiene la fuerza para hacer esto; opinó un anciano. -Mi abuelo me contó que es un gigante más grande que los eucaliptus.

-Sé que es terrible todo esto pero debe haber otra explicación; insistió el policía.

-Déjelo capitán; intervino el comandante. -Mientras más pronto nosotros averigüemos las causas de este terrible accidente, más pronto podremos calmar a la población.

Días arduos de trabajo siguieron a los expertos del cuerpo de bomberos, pero no lograban dar con las causas del derrumbe que costó la vida de veintiún jóvenes. Como un favor especial al alcalde del pueblo, el intendente regional solicitó que un equipo de ingenieros de una universidad pública  prestara apoyo y asesorara a los investigadores de bomberos, pero ni aún así lograron encontrar una explicación lógica. Era como si la casa hubiese sido arrancada del suelo y estrellada violentamente contra el pavimento, rompiendo de un solo golpe sus pilares y techo, convirtiéndose en la tumba de todos esos muchachos que solo disfrutaban de una fiesta más; de su última fiesta en realidad.

Mientras los rumores del Bulto se apoderaron del pueblo. Las calles se vaciaban apenas comenzaba a oscurecer y los negocios cerraban sus cortinas con las primeras sombras del ocaso. De la noche a la mañana Isla de Maipo se había convertido en un pueblo fantasma cuando caía la oscuridad. A pocos kilómetros de la capital y en pleno siglo veintiuno, el miedo supersticioso ante lo inexplicable se había apoderado de sus habitantes. Típico pueblo colonial campesino, rico en mitos y leyendas, era un nutritivo caldo de cultivo para que todos los miedos ocultos resurgieran; y quién los culparía y ni se imaginaban de cuan ciertos eran sus temores.

-Que agradable es este pueblo al atardecer; opinó la joven paseando de la mano de su pareja.

-Sí, a pesar de estar cerca de Santiago aún conserva su encanto de campo.

La brisa empezaba a refrescar cuando el sol comenzaba a ocultarse tras la Cordillera de la Costa; sin embargo la temperatura ya se hacía más tolerable con la proximidad de la primavera.

-Buenas tardes; saludó Fernando a una señora que estaba parada junto a la puerta de una casa. Sin embargo, la mujer en vez de contestar corrió a encerrarse y cerrar la puerta con llave.

La gente que caminaba por la calle aceleró el paso y se dirigió a toda prisa a sus destinos.

-Sé que algunas personas le tienen miedo a las gitanas, pero esto es exagerado; comentó la muchacha. -Y ni siquiera ando vestida como gitana.

-No creo que sea por ti Milenka; observó Fernando Hormazabal al ver que todos los negocios cerraban sus cortinas.

En unos cuantos minutos la pareja era los únicos transeúntes que permanecían en la calle; incluso los automóviles habían desaparecido. En un santiamén el pueblo dio la impresión de estar deshabitado.

-¡Que curioso!; exclamó Fernando. -Mejor volvamos a la hostería y tratemos de averiguar qué asusta tanto a los habitantes del pueblo.

-Quedamos en que este fin de semana sería solo para nosotros, sin trabajo; reclamó la gitana.

-¿Y quién está hablando de trabajo?; respondió Fernando. -Dime que no sientes un poco de curiosidad por saber que pasa aquí.

-Bueno, sí algo, pero yo solo quiero relajarme un poco; opinó Milenka.

-Tranquila, te prometí un fin de semana especial y eso es lo que tendrás; la calmó Fernando pasando su brazo por la delgada cintura de la Shuvani.

Poco antes de las siete de la tarde la pareja llegó a la hostería donde se hospedaban desde temprano en la mañana. Como era de esperarse, ahí también la puerta estaba cerrada con llave; Milenka golpeó con sus nudillos la puerta de calle. Después de insistir un par de veces, al fin el dueño del albergue salió a abrir, dejando ver su miedo.

-Si hubiese demorado un poco más le habría lanzado una maldición gitana; dijo tal vez en broma la muchacha.

-Por favor señorita no diga eso ni en broma; pidió el hombre persignándose un par de veces.

-¿No me diga que cree en esas cosas en pleno siglo veintiuno?; le preguntó Milenka.

-Yo no creo en brujas, pero de que las hay, las hay; citó un viejo refrán el hombre.              -Además últimamente han ocurrido cosas terribles en el pueblo y que los expertos no pueden explicar.

-¿Es por eso que todos los habitantes se ven tan asustados al atardecer?; preguntó Hormazabal.

-Es todo por culpa del Bulto; comentó la mujer del dueño, trayendo una gran tetera con un mate.

-No creo que estas cosas le interesen a los jóvenes de la ciudad; la interrumpió su marido.

-Se sorprendería de las cosas que hemos visto; agregó la gitana. -Además no todo lo que existe se puede ver.

-Bueno, si no les da miedo, ni se aburren les contaremos; aceptó la mujer.

-Soy todo oídos; dijo Fernando Hormazabal sentándose atento en una silla, mientras Milenka chupeteaba con agrado el mate que le ofreció la mujer del posadero.

-Hace dos semanas; comenzó a narrar el hombre en voz baja. -Durante una fiesta, veintiún jóvenes murieron aplastados cuando la casa donde estaban se derrumbó sobre ellos; los bomberos y los carabineros no saben cómo es que los pilares, las paredes y el techo se molieron aplastándolos a todos.

-Una de las niñas antes de fallecer, aseguró que fue El Bulto; agregó la mujer.

-¿Qué es El Bulto?; preguntó Fernando.

-Es un ser gigantesco, del porte de los eucaliptus, o más tal vez; explicó el hombre. -Negro como una sombra y fuerte como un coloso.

-Se dice que asusta a la gente que sale de farra en la noche; continuó la mujer. -A lo mejor El Bulto fue el que mató al matrimonio Díaz; venían de una fiesta en Malloco.

-Puede ser; meditó el hombre. -Dicen que el auto quedó aplastado como si lo hubiesen lanzado cien metros por el aire. Los pobres murieron enseguida.

-Veo que están enterados de muchas cosas que pasan en el pueblo; observó la gitana.

-Es que tenemos un hijo que es carabinero y él nos cuenta algunas cosas; comentó la mujer. -Claro que es un secreto.

-No se preocupe señora, no le contaremos a nadie que nos dijo; la tranquilizó Milenka en voz baja.

-¿Qué opinas tú?; le preguntó Hormazabal a su pareja.

-Entre mi pueblo se habla de espíritus y seres que pueden ser invocados por una magia muy poderosa; respondió ella.

-¿Usted no es chilena joven?; preguntó la mujer.

-Soy gitana; respondió con naturalidad Milenka.

-¿Lo de la maldición era verdad entonces?; preguntó preocupado el hombre.

-Era solo una broma; aclaró la muchacha.

-Uff, que alivio; contestó él persignándose.

-¿Otro matecito mi niña?; ofreció la mujer.

-Está muy bueno; aceptó la joven Shuvani.

-No es común ver una pareja de gitanos con…; quedó dubitativo el hombre.

-Paisanos, a los no gitanos les llamamos paisanos; explicó Milenka. -Fernando siempre ha sido amigo de mi tribu.

-Ella me acepta como soy y yo la acepto a ella con todo lo que eso implica; comentó él.

-A lo mejor los demás no lo tomen tan bien; pensó la mujer.

-De eso nos preocuparemos a su debido tiempo; opinó Milenka.

-¿Quién sería capaz de invocar a un ser tan terrible como El Bulto?; preguntó la mujer.

-Alguien que conoce muy bien la magia negra; opinó Milenka.

-¿Pero por qué?; preguntó el hombre.

-También existe la posibilidad de que todo tenga una explicación más natural; comentó Fernando.

-Es cierto; apoyó la gitana. -Algunas cosas casi inexplicables tienen su causa en las fuerzas de la naturaleza.

-Puede ser; asintió el posadero. -Pero yo nací en La Isla y no existe una fuerza que pueda levantar una casa desde sus cimientos.

-En Estados Unidos los tornados pueden elevar hasta trenes enteros; opinó Hormazabal.

-Pero que yo sepa aquí no hay tornados; objetó la mujer.

-Bueno ya es tarde y nuestros huéspedes querrán descansar; comentó el hombre para terminar la conversación.

La luna llena y el cielo despejado creaban una atmósfera placentera que invitaba a caminar de noche.

-No deberíamos estar afuera a esta hora; comentó Blanca a Diego.

-No me digas que tú también le tienes miedo al Bulto; se burló él.

-No es eso, pero han pasado cosas muy raras últimamente; recordó ella.

-Sí, puros accidentes por culpa del alcohol; observó Diego.

-Está bien, pero quedémonos donde haya más luz; solicitó ella a su novio.

-Qué extraña se ve la plaza sin nadie más; observó el muchacho.

-Parece parte de una película de misterio; comentó la joven. -La Isla ya no es como antes.

-Mis papás quieren que nos vayamos a vivir a Santiago; contó Diego.

-Mi viejo piensa que la gente supersticiosa se está sugestionando con la leyenda del Bulto; comentó Blanca.

-Lo mismo creo yo; mencionó el joven.

-Lo más raro es que aún no saben cómo se derrumbó la casa de la fiesta; recordó ella.

 La noche seguía avanzando y los jóvenes no se percataban de la hora.

-Ya es tarde; observó Diego. -Mejor te llevo a tu casa antes de que tu papá haga sonar la sirena del cuartel de bomberos.

-Sí, a veces exagera un poco; reconoció ella.

De pronto el crujido de madera que se parte dejó en silencio a la pareja. Los eucaliptus añosos de un bosquecillo cercano se partieron, empujados por colosales brazos negros. Los ojos grandes y brillantes del Bulto fijaron su siniestra mirada en la pareja de jóvenes enamorados.

-¡Es El Bulto!; gritó aterrorizada Blanca.

-¡No puede ser real!; exclamó Diego. -¡Corre, huyamos!

No más de diez metros los jóvenes lograron alejarse del lugar.

Con solo estirar uno de sus brazos el gigante levantó de una pierna al muchacho, quien se retorcía intentando inútilmente soltarse.

-Por favor ayúdennos; gritaba desesperada la muchacha, pero nadie acudía en su auxilio; por el contrario todos en las cercanías se escondieron a rezar, esperando que todo terminase.

Los gritos de terror y desesperación se convirtieron en un estridente alarido cuando de un solo tirón el gigantesco ser partió en dos el cuerpo de Diego, arrojándolo al piso en medio de un gran charco de sangre. Los gritos histéricos de Blanca atrajeron la atención del monstruo, quién acercando su descomunal mano la levantó de una pierna.

Con los nervios de punta Milenka tapaba sus oídos para no oír los desgarradores gritos de la muchacha, hasta que no pudo soportarlo más y corrió hacia la puerta.

-¿Qué hace niña?, El Bulto la va a matar a usted también; intentó detenerla la esposa del hospedero.

-Tengo que tratar de ayudarla, insistió la gitana abriendo la puerta y saliendo decidida  a la calle.

-“Espíritus del pasado y del futuro, acudan al llamado de su sierva.

En esta noche negra invoco el poder del Triunvirato Caído; concedan a esta Shuvani el poder de la tormenta y del rayo, de la tierra y del fuego”.

-“Por las fuerzas negras del infierno te ordeno regresar a donde naciste.

Vuelve a la oscuridad de la noche y cae bajo el poder de mi voz y la fuerza de mi mano”.

Ante la sorpresa de todos, incluso de Hormazabal que ya estaba acostumbrado a las manifestaciones de Milenka, incandescentes rayos azules y blancos comenzaron a brotar de sus dedos, mientras su cabellera flotaba en un viento que se originaba en ella misma. Las descargas eléctricas lastimaban sin cesar al engendro de magia negra, mientras fuertes ráfagas de viento lo golpeaban violentamente. Por otro lado Fernando vaciaba su pistola sobre la cosa.

-“Vuelve al infierno de donde saliste”; le ordenó finalmente la gitana. Inmediatamente El Bulto se esfumó en el aire sin dejar huellas de su presencia, salvo los restos del cuerpo del muchacho.

Sin que nada la sostuviese, Blanca cayó sobre la tierra húmeda de la plaza, lo cual impidió que su cuerpo se reventase contra el pavimento; gravemente herida, pero con vida gracias a la decidida y oportuna intervención de la gitana.

-Aun está con vida; avisó el dueño de la hostería, junto a la joven que yacía sin sentido en el suelo.

-¿Cómo te sientes?; preguntó Hormazabal a Milenka que se veía muy agitada.

-Un poco cansada pero bien; contestó ella.

-No sé cómo lo hizo señorita, ni qué es usted, pero le acaba de salvar la vida a esa niña; dijo la esposa del hospedero.

-Había escuchado hablar de brujas, pero esta es la primera vez que veo una; opinó el hombre. -No sé si estar contento por ello o si sentir mucho miedo de usted.

-¿Qué dices tonto?; lo reprendió su esposa. -Esta jovencita arriesgó su vida para salvar a la niña.

-Mi esposa tiene razón; coincidió el hombre. -Es usted muy valiente.

-O muy tonta; agregó Fernando Hormazabal.

-No podía quedarme de brazos cruzados; respondió la Shuvani.

Las sirenas de las ambulancias y carabineros que se aproximaban perforaron la noche.

-Respecto a la intervención de Milenka; dijo Fernando al matrimonio. -Preferiría que no la mencionaran.

-Comprendo; aceptó el hombre. -No se preocupen.

-Somos buenos para guardar secretos; coincidió su esposa.

-Muchas gracias; respondió la gitana. -Los paisanos por lo general son poco comprensivos con estas cosas.

Casi en seguida las unidades de emergencia llegaron al lugar de los hechos.

-Es la hija del comandante del cuerpo de bomberos; la reconoció un para- médico. -Aun vive.

Tras revisarla rápidamente, decidió de inmediato. -Está estable, debemos trasladarla al hospital.

-Hay un cadáver aquí; dijo uno de los carabineros. -¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó al ver el cuerpo mutilado del joven.

-Los atacó El Bulto; dijo la mujer del hospedero. -Todos lo vimos.

-Señora esa cosa no existe; la interrumpió el uniformado. -Si no me dice la verdad la detendré por complicidad en un posible homicidio.

-La señora dice la verdad; intervino Fernando.

-¿Y usted quién es?; preguntó el carabinero, quien no reconoció al forastero.

-Teniente Fernando Hormazabal, de la Brigada de Homicidios de la Policía Civil; respondió mostrando su placa al uniformado. -Mi colega Milenka Ivanovich, de criminalística.

-Mi Teniente esto es muy poco habitual; respondió el carabinero.

-Lo sé, pero yo también vi a un gigante de más de veinte metros destrozar a la víctima; agregó el detective. -Posiblemente huyó al descargarle todas mis balas; concluyó mostrando su pistola vacía.

A la mañana siguiente el clima en la alcaldía era el de un verdadero manicomio. A puerta cerrada estaba reunido el alcalde, junto con el mayor al mando de la prefectura de carabineros, el subprefecto de la policía civil y el comandante del cuerpo de bomberos; también se solicitó la presencia del Teniente Fernando Hormazabal y de la señorita Milenka Ivanovich.

Aceptar de la noche a la mañana la veracidad de las leyendas era algo que incomodaba a más de alguien. Todos de una u otra forma estaban preparados para catástrofes naturales, homicidas o incluso actos terroristas; pero algo muy distinto era tener que creer que la causa de las últimas tragedias era El Bulto. Una entidad gigantesca surgida de quién sabe qué parte y peor aún, controlada por una mente muy poderosa y a la vez completamente desquiciada.

-¿Señores, se dan cuenta de lo increíble que es esto?; preguntó el alcalde sin saber cómo comenzar.

-Yo mismo considero todo esto ilógico; opinó el comandante del cuerpo de bomberos. -Y sin embargo, aunque así sea mi hija está grave en el hospital y su novio cortado en dos en la morgue.

-Entre los testigos que vieron a la criatura cometer el último crimen hay un oficial de la policía civil y una funcionaria de criminalística; informó el mayor de carabineros.

-Que pasen el Teniente Hormazabal y la señorita Ivanovich; solicitó el subprefecto.

-Teniente Hormazabal, señorita Ivanovich; saludó el alcalde. -En primer lugar quisiera aclarar que todo lo que se diga en esta reunión es absolutamente confidencial.

-Por supuesto Señor Alcalde; aceptó el detective.

-¿Teniente Hormazabal, podría relatar los acontecimientos de anoche en los que falleció un joven y una muchacha resultó herida?; solicitó el subprefecto de la policía.

-Junto a la señorita Ivanovich alojábamos en una hostería cerca de la plaza. A eso de la media noche escuchamos gritos pidiendo auxilio; explicó el detective.  -Salimos a ver qué ocurría; vimos que la víctima era sostenida en el aire por una gigantesca criatura; después de un rato partió con sus manos a la víctima y atrapó enseguida a la mujer. Le disparé todas las balas de mi arma de servicio y se esfumó, dejando caer a la muchacha.

-¿Hacia dónde escapó?; preguntó el comandante de bomberos.

-No escapó señor; aclaró el Teniente Hormazabal. -Se desvaneció en el aire sin dejar huellas.

-Comprendo; aceptó el subprefecto.

-¿Podría describir a la criatura teniente?; pidió el mayor de carabineros.

-Altura aproximada de veinte metros, color negro, sin rasgos visibles, como una figura de masilla negra, ojos grandes y brillantes; indicó Hormazabal.

-¿Algo más?; preguntó el bombero.

-Sí; agregó Milenka. -A pesar de su tamaño se movía con gran agilidad y sin hacer ruido.

-Lo que ambos están describiendo es El Bulto; explicó el mayor. -Un ser perteneciente al folclore popular de esta zona. Es solo una leyenda.

-Debo recordarle que esa leyenda mutiló al novio de mi hija y ella está internada grave en el hospital; intervino el comandante.

-Nunca había visto algo así en todos mis años de servicio; comentó Hormazabal. -De lo que estoy seguro es que le disparé diez balas, pero no me dio la impresión de que eso lo dañara.

-Esto es difícil de creer; opinó el alcalde.

-Puedo asegurarle Señor Alcalde que un oficial de la Brigadade Homicidios de la policía no se impresiona con facilidad y es muy preciso en sus observaciones, sobre todo tratándose de un teniente; aseveró el subprefecto.

-Suponiendo que nos estamos enfrentando a algo anormal; meditó el mayor. -¿Podría tratarse de algún tipo de animal desconocido?

-Resulta muy poco probable; intervino Milenka. -Ya que esa criatura se desmaterializó en el aire, y hasta donde alcanzan mis conocimientos, eso no lo hace ningún animal.

-¿Entonces qué sugiere que puede ser?; preguntó el comandante.

-Aunque resulte difícil de creer, pienso que en esta oportunidad estamos lidiando con algo sobrenatural; concluyó la gitana.

-¿Insinúa que es un fantasma el responsable de las últimas muertes violentas que han ocurrido en el pueblo?; preguntó el mayor.

-Claro que no, un fantasma no puede influir en este plano, en cambio ese ente tiene control completo sobre la materia; agregó Milenka.

-¿Y usted cree realmente en esas cosas señorita?; preguntó el alcalde del pueblo.

-Independiente de lo que yo crea, lo que vi anoche era bastante real y mortífero; dijo ella. -Mi experiencia y las cosas que he vivido me han enseñado a tener la mente abierta y no negar lo que no puedo comprender.

-Señor subprefecto, si lo que yo vi no es real, quiere decir que no soy apto para este trabajo; dijo el Teniente Hormazabal poniendo su placa en la mesa.

-Tranquilícese teniente, aquí no estamos juzgando a nadie, es solo que cuesta creer que estas cosas sean reales; lo calmó el oficial.

-Mientras más tiempo demoren en creer, pueden ocurrir más muertes; advirtió Milenka.

-Tiene que haber una explicación lógica para todo lo que está ocurriendo; objetó el bombero.

-No vamos a llegar a ninguna parte así; opinó Milenka mirando a Fernando. -Mejor me encargo yo sola de esto.

-¿A qué se refiere señorita?; quiso saber el alcalde.

-¿No creerán que fueron las balas del Teniente Hormazabal las que alejaron a ese ente?; preguntó la gitana mirándolos a todos.

-De ser cierto, ¿qué otra cosa pudo ser, si era la única arma presente?; consultó el mayor.

-Fui yo quien lo alejó; confesó Milenka.

-¿Qué tipo de arma usó señorita?; quiso saber el carabinero.

-No usé ningún arma; respondió ella. -Soy una Shuvani.

-¿Qué es eso?; concluyó el comandante de bomberos.

-En términos simples, una bruja gitana; aclaró Hormazabal.

-¿Una bruja?; rió el subprefecto. -Ahora sí que esto es una locura.

-¿Lo duda acaso?; preguntó severa Milenka apoyando fuerte sus manos sobre la mesa, bajo las cuales ésta comenzó a humear, quedando profundamente marcadas sus huellas en la madera chamuscada, mientras su cabello se mecía solo.

-Esto es increíble; opinó el bombero examinando la caliente huella de las manos de la Shuvani, mientras revisaba las manos y brazos de ella buscando algún aparato extraño.

-¿Qué opina comandante?; preguntó el alcalde.

-Esto es Isla de Maipo, ¿por qué no podrían ser reales las leyendas?; respondió él encogiéndose de hombros.

-Creo que al fin nos vamos a entender; intervino Hormazabal.

-¿Usted sabía de las habilidades de la señorita Ivanovich teniente?; preguntó el subprefecto.

-Desde poco más de un  año lo sé señor; respondió éste. -Cuando tengamos tiempo le puedo contar, si es que Milenka no se opone.

-Si es que salimos vivos de esto; comentó ella.

-¿Qué necesita para realizar su trabajo y detener a ese monstruo?; ofreció el alcalde.

-Información que relacione a las víctimas entre sí; pensó ella, quien ya se estaba acostumbrando a razonar como detective por su relación con uno.

-Cuente con ella; ofreció el subprefecto.

-Nuestros archivos están a su disposición; agregó el mayor de carabineros.

-¿Pero de dónde surgió ese ser y por qué?; preguntó el alcalde.

-Estos seres pueden ser creados por conocedores y practicantes de la magia negra; explicó la Shuvani.

-¿Magia negra?; preguntó el comandante. -¿Quiere decir que en La Isla hay un brujo o bruja que está matando a nuestros vecinos mediante ese monstruo?

-No se me ocurre una mejor explicación; respondió Milenka.

-Es increíble todo esto; opinó el mayor de carabineros.

-Es cierto, pero eso no significa que no sea real; opinó el Teniente Hormazabal.

-En ese caso debemos enfocarnos en encontrar al loco que está detrás de todo este asunto; aconsejó el subprefecto.

-Mi consejo es manejar esto con la mayor discreción posible; sugirió el Teniente Hormazabal. -Bajo ninguna circunstancia a la población se le debe confirmar la existencia del Bulto.

-Y menos mencionar la existencia de un brujo en el pueblo; agregó el mayor de carabineros. -De lo contrario se desencadenaría pánico colectivo, que podría desembocar en una cacería de brujas ciega e irracional.

-El caos sería incontrolable; agregó el alcalde. -Esto no debe llegar a las autoridades superiores, ni siquiera el Señor Gobernador, que es mi amigo personal, se puede enterar.

-Eso puede ser un poco complicado; opinó el mayor de carabineros. -Hay procedimientos que cumplir e informes que llenar.

-Estoy seguro de que se pueden omitir ciertos detalles en esos informes y es aceptable aplicar la verticalidad del mando; sugirió el Teniente Hormazabal.

-¿Usted ya lo ha hecho teniente?; preguntó el subprefecto.

-Bueno señor, esta no es la primera vez que estoy en un caso de características sobrenaturales; explicó Hormazabal. -Y la verdad es que no se ve muy bien en los informes la mención de brujería, demonios y fenómenos paranormales.

-Aunque no me agrada, estoy de acuerdo con el teniente; apoyó el comandante de bomberos.

-Creo que tiene razón teniente; aceptó el subprefecto. -Si seguimos los procedimientos se nos calificará de locos y terminaremos relegados a quién sabe dónde.

-Está decidido entonces; concluyó el alcalde. -Todas las pesquisas para dar con el o los responsables de esta crisis, así como las acciones para neutralizar la amenaza que implican serán conducidas con la máxima discreción y reserva.

-Señores, instruyan a sus subalternos para la búsqueda de posibles accidentes causados por el abuso de la ingesta de alcohol; ordenó el alcalde.

-Teniente Hormazabal, usted y la señorita Ivanovich quedan a cargo del caso; ordenó el subprefecto al detective y a la gitana.

-Adiós descanso; reclamó Milenka en voz baja.

-Resuelvan esto y les prometo las mejores vacaciones de su vida; ofreció el alcalde que la escuchó.

-Soliciten el personal que requieran para esta misión; ofreció el subprefecto.

-Gracias señor, pero cuantas menos personas estén enteradas, será más seguro; rechazó Hormazabal.

-En ese caso tengo a la persona indicada; agregó el oficial de carabineros.

Dos horas después en una oficina de la prefectura de la policía uniformada, el Teniente Hormazabal y la gitana revisaban los expedientes de todas las víctimas de muertes misteriosas de las últimas semanas, tratando de encontrar algo que las relacionase entre sí.

-¿Has encontrado algo en común Shuvani?; preguntó el detective a Milenka.

-Nada paisano; respondió ella. -Tenemos un matrimonio, un grupo de jóvenes, un borracho y una pareja de enamorados; aparte de vivir en el  mismo pueblo no tenían ninguna relación entre sí.

-Espero poder ayudarles en eso; dijo un hombre que entró sin golpear. -Permítanme presentarme, soy el Teniente Rubén Espinoza, se me ordenó apoyarlos en este caso.

-Buenas tardes, soy el Teniente Fernando Hormazabal, de investigaciones. Esta es la señorita Milenka Ivanovich; saludó Hormazabal.

-Teniente, señorita; saludó el uniformado, que ahora andaba de civil, golpeando sus tacos.

-Olvidemos las formalidades teniente, al fin y al cabo tenemos el mismo rango; ofreció el detective.

-Bueno Rubén, estamos buscando alguna relación entre las víctimas de muertes violentas de los últimos días, en caso de que sean provocadas premeditadamente por algún asesino sicópata; explicó el detective.

-Un asesino serial no es tan difícil, pero un brujo es otra cosa; comentó el carabinero.

-¿Eh?; preguntó sorprendido Hormazabal.

-Ya fui puesto al tanto de todos los detalles; respondió Espinoza.

-¿Usted cree en eso teniente?; preguntó Milenka.

-Soy la quinta generación de mi familia nacido aquí; explicó él. -Digamos que soy de mente abierta.

Después de revisar los expedientes el Teniente Espinoza anotó la fecha y hora de muerte de cada una de las víctimas bajo su fotografía.

-Todos murieron de noche, entre las 23 y las 03 del día siguiente; observó Milenka.

-Por lo visto el asesino manda al Bulto cuando hay más oscuridad; opinó Espinoza.

-Es lógico, así lo oculta entre las sombras; comentó Hormazabal.

-Permiso; dijo una joven carabinera al golpear la puerta y entrar. -Aquí están las fichas que solicitaron.

-Gracias sargento, déjelas en el escritorio; ordenó el Teniente Espinoza.

La joven uniformada se quedó estática mirando las fotografías en la pared.

-Y todo por querer divertirse; comentó ella haciendo un gesto de rechazo con la cabeza, mientras con un dedo tocaba cada una de las fechas.

-Gracias sargento, puede retirarse; ordenó el Teniente Hormazabal.

-Yo, lo siento señor; se cuadró ella disculpándose.

-Espere; la detuvo la gitana cuando ésta giró para marcharse. -Dígame qué encontró que nosotros no.

-Tal vez no sea nada señora; respondió la uniformada.

-Vamos sargento, cuéntenos; pidió Espinoza.

-A lo mejor es solo coincidencia, pero en todos esos días hubo cambio de fase lunar; explicó ella. -¡Son las víctimas del Bulto!; exclamó sorprendida mirando a los oficiales y a la gitana. -¡Eso es brujería!

-Sargento, esas son solo habladurías; interrumpió Espinoza. -Le diré la verdad, aunque es un secreto de investigación. Estamos tras un asesino serial.

-Teniente Espinoza, está bien; intervino la Shuvani. -La sargento se dio cuenta sola y muy rápido de la verdad.

-Efectivamente, son las víctimas del Bulto; confesó Milenka. -Pensamos que fue invocado por un brujo o bruja para cometer estos asesinatos.

-¿Cómo supo que había brujería involucrada en esto sargento?; preguntó el Teniente Espinoza.

-Es algo que mi abuela siempre decía. -Si alguien muere cuando cambia la luna, es porque un brujo o espíritu malo lo mató; comentó ella.

-Parece que su abuela era muy sabia; opinó Milenka.

-En mi familia ha habido muchas machis; explicó la joven.

-La Sargento Fresia Huaiquimil es de origen mapuche; aclaró el Teniente Espinoza.

-¿Y usted qué sabe de la sabiduría de su pueblo?; preguntó la gitana.

-Mi abuela quería que yo me convirtiera en una machi, pero yo decidí ingresar a la policía; explicó la uniformada.

-Ya veo; concluyó Milenka.

-Sargento Huaiquimil, desde ahora hasta nueva orden queda asignada a esta investigación; ordenó el Teniente Espinoza.

-La reserva debe ser absoluta; advirtió el Teniente Hormazabal.

-Pierda cuidado señor; respondió ella. -Además si ando hablando de brujos y del Bulto todos se van a burlar de mí.

-Además se originaría histeria colectiva; agregó Espinoza y no queremos que empiece una cacería ciega de brujas.

-Sobre todo yo; comentó Milenka sonriendo, lo que extrañó un poco a los dos uniformados.

-Bien, veamos el posible perfil de los sospechosos; sugirió Hormazabal.

-Solitario; pensó Milenka.

-Aislado y poco sociable; agregó la Sargento Huaiquimil mientras anotaba en una pizarra.

-Emocionalmente inestable; continuó el Teniente Espinoza.

-Introvertido; sugirió el Teniente Hormazabal.

-Socialmente resentido; pensó Espinoza.

-Con tiempo para dedicarse a la magia; opinó Milenka.

-Sin trabajo; agregó Fresia.

-Comencemos a descartar; sugirió Hormazabal.

-Todas las víctimas o estaban o se habían divertido con alguien más al momento de su deceso; observó Fresia.

-Lo que podría significar que al homicida eso le resulta especialmente desagradable; meditó Espinoza.

-Posiblemente en algún momento de su vida, éste fue aislado o rechazado; supuso Hormazabal.

-Pero eso no es motivo suficiente para querer matar a la gente; opinó la gitana. -Tiene que haber algo más.

-¡Bruja maldita!, ¿por qué tenías que meterte?; se preguntó el hombre paseándose sin cesar en la penumbra de la cueva oculta entre los cerros de Naltagua. -¿Cómo pudiste vencer a mi criatura?

-Ya estoy un poco cansada; comentó Fresia. -¿Podemos salir a tomar un poco de aire al patio?

-La verdad es que llevamos muchas horas sin descansar; apoyó Hormazabal.

-Salgamos a tomar un poco de aire fresco; accedió Espinoza poniéndose de pie.

-¡Idiota, ven para acá!; gritó el hombre a un enclenque muchacho que estaba sentado al fondo de la cueva.

-Diga mi amo; respondió servicialmente.

-Quiero que vayas a averiguar todo lo que puedas sobre la bruja que se atrevió a interferir con mis planes; le ordenó a su sirviente.

-Como ordene amo; contestó el muchacho.

El hombre le arrojó un polvo que contenía en una bolsa de piel e inmediatamente, por arte de magia, el esclavo se convirtió en un gran pájaro negro que luego de graznar emprendió el vuelo.

-Que rico es el aire aquí; observó Milenka llenando los pulmones con el aire campestre.

-Nada que ver con el de la capital; opinó Espinoza.

A Fresia le pareció ver una sombra en el piso que se movía en círculos, pero al principio no le dio importancia; sin embargo, poco después notó que esta aumentaba de tamaño. Sin decir ni una palabra desenfundó su arma de servicio y disparó hacia un gran pájaro que giraba sobre ellos.

Sin vida el ave se precipitó contra el suelo.

-¿Por qué mataste a ese pájaro?; preguntó el Teniente Hormazabal.

Sin que la sargento necesitara explicárselo, el pájaro muerto cambió de forma ante todos, transformándose en el sirviente del brujo.

-Nos estaba espiando; respondió Fresia.

-¡Demonios!; gritó furioso el brujo en su escondite al darse cuenta de lo ocurrido.

-¿Cómo lo reconociste?; peguntó Milenka a la policía.

-Pude ver que lo envolvía una nube oscura de aspecto muy maligno; explicó ella. -Supongo que es un don que heredé de mis ancestros.

El disparo atrajo a todo el resto de los carabineros.

 -Este hombre saltó la muralla e intentó atacar a la Sargento Huaiquimil; explicó el Teniente Espinoza. -Ella se defendió haciendo uso de su arma de servicio. Todos nosotros somos testigos.

-Supongo que eso ahorrará un poco de papeleos; opinó un carabinero.

-Identifíquenlo e infórmenme luego; ordenó Espinoza.

-Como diga mi teniente; respondió el carabinero.

-Mejor entremos; sugirió el Teniente Hormazabal. -Por lo visto quien está detrás de todo ya sabe de nosotros.

-¿Pero qué diablos fue eso?; preguntó el Teniente Espinoza sin poder dar crédito a la transformación que tuvo lugar frente a sus propios ojos.

-Era un brujo que se había convertido en un pájaro para espiarnos; respondió la sargento. -Mi abuela me habló varias veces de ellos, pero no creí que vería uno yo misma.

-Espero que ahora estén plenamente conscientes de lo que enfrentamos; comentó el Teniente Hormazabal.

-Esto es magia negra; afirmó Fresia.

-¿Y cómo vamos a lidiar con quién está detrás?; preguntó el uniformado.

-¿Cómo dicen ustedes los paisanos?; preguntó Milenka tratando de recordar algo. -Ah sí, “El fuego se combate con fuego”; dijo mientras el agua en un jarro comenzaba a hervir por sí sola y las ventanas se abrieron de golpe.

-¿Acaso quiere decir que usted también es una bruja?; preguntó el Teniente Espinoza.

-La verdad es que soy una Shuvani; respondió Milenka.

-¿Y qué es eso?; preguntó Fresia, que nunca había escuchado la palabra.

-Es una sacerdotisa gitana; indicó el Teniente Hormazabal. -Y yo he presenciado personalmente el despliegue de su poder, así es que diríjanse a ella con humildad y respeto.

-Creo que eso no era necesario; opinó la gitana. -Al fin y al cabo vamos a trabajar juntos.

-Yo solo te estoy presentando como mereces, sabia Shuvani; respondió el detective inclinando la cabeza ante ella.

-La única forma de enfrentar a un brujo poderoso es con magia negra; indicó Milenka.

-Y este debe ser muy poderoso para poder invocar al Bulto; opinó Espinoza.

-Por lo que pude ver anoche El Bulto es algo impresionante; comentó Hormazabal.

-¿Vieron al Bulto?; preguntó sorprendida Fresia.

-Sí, pero lamentablemente solo pude salvar a la hija del comandante de bomberos; contó cabizbaja Milenka. -No actué a tiempo.

-No es culpa tuya; la consoló Hormazabal. -Si no hubieses detenido a esa cosa, también habría matado a la chica.

-Pero solo lo alejé; reflexionó la gitana. -No sirve de nada si no derrotamos al brujo que lo controla.

-¿Pudo ver al Bulto?; preguntó sorprendida Fresia.

-Como dije solo lo desvanecí temporalmente; aclaró la gitana.

-Debe ser bastante buena en su trabajo Milenka para lograr eso; opinó el Teniente Espinoza.

-Solo le ayudo en lo que puedo al Teniente Hormazabal; comentó Milenka.

-Bueno, mejor concentrémonos en el caso; ordenó Hormazabal.

-Lo más probable es que no pueda hacerlo sola nuevamente; opinó la Shuvani. -El brujo ya debe saber de mí.

-¿Sus ancestros le enseñaron algo que pueda ser de alguna utilidad?; preguntó el detective a la carabinera.

-Solo algo de algunas hierbas y algunas canciones; contestó Fresia.

Milenka pudo notar el nerviosismo de la joven mapuche al responder.

-Necesito ir al baño; dijo la gitana. -¿Me podría acompañar Fresia?

-Sí claro, vamos; accedió la joven.

-¿Qué opina?; preguntó Hormazabal.

-Si yo fuese el asesino, siendo un sicópata antisocial, me aislaría del resto del pueblo para irme a vivir a los cerros; respondió Espinoza.

-¿Hay muchas cuevas en estos cerros?; quiso saber el detective.

-Desde aquí hasta más allá de la Mina Naltahua, los cerros tienen más hoyos que un queso; comentó el carabinero.

-Es demasiado terreno para cubrir; opinó Hormazabal.

-Esto va a tomar tiempo; observó el uniformado.

-Y tiempo es lo que menos tenemos; acotó el detective. -Sobre todo ahora que el brujo sabe de nosotros, puede volverse más osado.

-Pero la Sargento Huaiquimil dedujo que actúa solo durante las noches de cambio de luna; recordó Espinoza.

-Lo que nos da una semana entre uno y otro ataque del Bulto; calculó Hormazabal.

-A menos claro está que mande a su monstruo como un caballo desbocado a destruir sin discernimiento; opinó el Teniente Espinoza.

-Hasta el momento sus ataques han sido dirigidos contra todo aquel que de una u otra forma se está divirtiendo; recordó el detective. -Esperemos que no cambie su modus operandi.

-Hay cosas que los paisanos no tienen por qué enterarse; comentó Milenka cerrando con llave la puerta del baño. -Puedes confiar en mí.

-No es fácil; dijo Fresia bajando la vista y moviendo nerviosamente los pies. -Siempre he tratado de llevar una vida normal para poder adaptarme a los demás.

-¿A qué le tienes miedo?; preguntó la gitana.

-Hay más; reconoció Fresia. -Cuando era niña un hombre trató de atacarme; al defenderme perdí el control y estuve a punto de matarlo. Mi madre se echó la culpa para protegerme; continuó Fresia. -Juré que eso nunca volvería a pasar.

-No puedes suprimir tu naturaleza; aclaró la gitana. -Solo tienes que convertirte en la dueña de ti misma.

-No entiendes, soy peligrosa; rebatió la Sargento Huaiquimil mientras un papelero de acero se aplastaba sobre sí mismo, quedando reducido a una bola informe de metal.

-Si llega a ser necesario yo misma te detendré; respondió Milenka mientras una fuerza invisible oprimía a  la joven contra la pared. -Pero cuando llegue la hora de pelear, lo deberás hacer con todas tus fuerzas y sabiduría.

-Está bien, confiaré en ti; aceptó Fresia.

-Y yo en tu don; respondió la gitana.

-Faltan solo tres días para el próximo cambio de luna; observó preocupado el Teniente Hormazabal, mirando el calendario que colgaba en la muralla.

-Y supongo que esta vez el ataque será directo contra nosotros, por haber interferido en los planes del brujo; comentó el Teniente Espinoza.

-Eso es casi seguro; opinó la gitana al entrar al despacho junto a la mapuche. -Pero esta vez su criatura recibirá un castigo por partida doble.

-Si es que no nos aplasta primero; pensó el carabinero en voz alta.

-Supongo que sabes que la velocidad en nuestra respuesta es vital, sabia Shuvani; advirtió Hormazabal.

-También la astucia en el combate; opinó Fresia.

-Ella tiene razón; apoyó Milenka. -Mientras ustedes dos distraen al Bulto, yo lo ataco por un lado y antes de que logre desvanecerse, Fresia lo remata con otro ataque no esperado.

-¿Ella también?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Sí; contestó la Shuvani. -Juntas podemos detener a ese monstruo.

-Eso espero; contestó la joven mapuche no muy convencida de ello.

-Bueno, si no resulta, que no se diga que no lo intentamos; comentó el Teniente Espinoza, haciendo girar su pistola en un dedo, como un pistolero del lejano oeste norteamericano.

La noche tibia y estrellada, la luna en cuarto creciente, nadie en la calle más que uno que otro perro. Dos hombres evidentemente borrachos avanzan en medio de risotadas sin respeto alguno por el descanso de los demás. Tambaleándose uno enciende un cigarro y le ofrece otro a su amigo; la mano le tiembla y los cigarros se desparraman por el suelo. Grandes ojos brillantes los observan desde lo alto; El Bulto los ha descubierto y los hará pagar su osadía, castigará su alegría de vivir.

Como un rayo uno de los hombres desenfunda una pistola y dispara en repetidas ocasiones contra el gigante oscuro; imitándolo el otro no vacila al apretar el gatillo. Ante una señal ambos tipos corren a ocultarse tras una gruesa columna de concreto, sin dejar de disparar.

-“Fuerzas oscuras del inframundo, acudan en ayuda de su servidora”; gritó la Shuvani con ambos brazos en alto al tiempo que se elevaba un fuerte viento que acumuló negras nubes.

El Bulto inmediatamente se volvió hacia la insolente gitana.

-“Llamo a los Pillanes que controlan la tierra, el fuego y el cielo, cubran a su machi con la fuerza de la tormenta y del rayo”; se escuchó potente la voz de Fresia.

-“Invoco el poder oscuro de la Profana Trinidad”; continuó Milenka apuntando una de sus manos hacia la criatura.

Una violenta y poderosa descarga eléctrica golpeó de lleno a la cosa, haciéndola temblar. Sin embargo, pronto se repuso del impacto y avanzó hacia la gitana.

-“Viento helado de la montaña sopla, yo te lo ordeno”; gritó Fresia mientras la temperatura bajaba bruscamente y un gran remolino envolvía al gigante.

-“Hielo mortal, envuelve a este engendro en su tumba eterna”; ordenó Milenka.

Los movimientos del Bulto se volvieron poco a poco más lentos y torpes, hasta que a pocos metros de la gitana quedó totalmente inmóvil, encerrado en una tumba de cristal impenetrable.

-¡Ahora!; gritó la Shuvani.

Fresia con los dos brazos extendidos concentró toda su atención en el congelado Bulto. El hielo comenzó a crujir y temblar, mientras un ronco quejido salía de la criatura que estaba siendo aplastada por todos lados. Reduciéndose a cada instante de tamaño, la tumba congelada comenzó a volverse opaca, hasta finalmente quedar convertida en una fría roca en medio de la calle.

-“Ábranse los abismos del infierno y sepulten en un pozo sin fondo a esta abominación”; ordenó la Shuvani, golpeando con su bastón la tierra.

Un sordo temblor hizo vibrar el suelo bajo sus pies y el piso comenzó a rajarse, avanzando una trizadura        que se abrió ancha bajo la roca en que yacía para siempre El Bulto, tragándosela y cerrándose sin dejar marca alguna.

El viento helado cesó y la temperatura volvió a la normalidad. Los dos policías salieron de su escondite y se dirigieron hacia donde estaban las dos mujeres.

-Lo lograron; las felicitó el Teniente Hormazabal. -Esta vez sí que fue destruido El Bulto.

Milenka miró de reojo a Fresia, quien tenía la respiración agitada y las manos crispadas.

-Aléjense despacio; advirtió Milenka mientras lentamente comenzaba a desenvainar la espada que permanecía oculta en su bastón.

La muchacha estaba a punto de perder el control, como tanto temía si liberaba su poder.

-Tranquila Fresia; le habló la Shuvani ocultando la espada tras su espalda y acercándose lentamente hacia la joven. -Ya todo ha terminado.

La chica miró  a la gitana con el rostro desencajado por la tensión y finalmente cayó desmayada.

Los dos policías no decían nada; el Teniente Espinoza no entendía bien que estaba pasando con su colega y el Teniente Hormazabal confiaba en la sabiduría y buen juicio de la gitana.

Milenka se arrodilló junto a Fresia y le acercó algo a la nariz, con lo que despertó casi en seguida.

-Lo logramos, hemos acabado con El Bulto; le contó la gitana a la policía mientras la ayudaba a ponerse de pie.

-De nada servirá si no encontramos al brujo que lo creó y acabamos con él; respondió la joven mapuche poniéndose de pie.

Respirando hondo y cerrando los ojos Fresia se concentró en sí misma.

-“Gran espíritu que vive en el viento sé mis ojos y muéstrame dónde se oculta el mal”; dijo la machi.

La gran sombra de un cóndor cruzó el cielo rumbo a los cerros. Fresia con la mirada en lo lejos permanecía distante viendo lo que el ave veía; recorriendo cerro tras cerro volaba junto al cóndor. De pronto su vista se fijó en el hilo de humo que salía de una de las cuevas; una corriente de viento agitó la fogata y ella vio a su morador sin que éste se percatase.

-Lo encontré; dijo Fresia después de un rato. -Está poco antes de llegar al Escorial; se ve furioso y muy agotado.

-Aunque lo vi con mis propios ojos aun no puedo creerlo; comentó sorprendido el Teniente Espinoza.

-Eso fue impresionante sargento; reconoció el Teniente Hormazabal ante Fresia.

-La verdad es que no imaginé que yo pudiera hacer eso; reconoció ella.

-Es solo cuestión de práctica y dejarse llevar; agregó la Shuvani.

-Ahora sí creo que lo he visto todo; pensó en voz alta Espinoza.

-Aun no ha visto nada teniente; le corrigió la gitana.

-Ya sabemos dónde está el brujo, sugiero que vayamos enseguida por él; propuso Fresia más segura de sí misma.

-¿Qué opinas Shuvani?; preguntó Hormazabal a Milenka.

-El brujo debe encontrarse débil ahora, aprovechemos la oportunidad y vayamos a buscarlo; sugirió la gitana.

-La forma más directa de llegar al Escorial es a caballo; comentó el Teniente Espinoza. -Pero vamos  a tener que esperar hasta que salga el sol.

-Pero el brujo podría escapar; advirtió Fresia. -Vayamos ahora.

-Entre los cerros, en medio de la noche, a caballo podríamos matarnos; la interrumpió el carabinero.

-El Teniente Espinoza tiene razón; reconoció el Teniente Hormazabal.         -Mejor esperemos hasta que aclare.

-Tal vez yo tenga la solución; opinó Milenka sacando una bolsita de tela negra de su ropa.

La gitana vació su contenido en una de sus manos y sopló el polvo que se acumuló. Una pálida esfera blanca se formó en el aire como una pequeña luna, que sin ser muy brillante disipaba las tinieblas a su alrededor, aportando una conveniente claridad extra en medio de la oscuridad.

-Ahí está la solución; reconoció la mapuche. -Ahora solo falta conseguir cuatro caballos.

-De eso me encargo yo; dijo Espinoza. -Vuelvo en diez minutos.

-¿Cree que pueda conseguir transporte a esta hora?; preguntó Hormazabal a Fresia cuando el carabinero se retiró.

-Su familia tiene un fundo en la zona, de seguro poseen muchos caballos; indicó ella.

A los quince minutos el Teniente Espinoza volvía montado en un brioso potro marrón y tiraba de otros tres magníficos ejemplares.

-El transporte ha llegado; dijo él acariciando el cuello de su corcel.

-¿Rifles?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Como una segunda alternativa, solo en caso de que la magia no funcione; respondió el uniformado.

-Déjelos; intervino Milenka. -Aunque son resistentes, las armas de fuego funcionan bien contra los perros del infierno y otras criaturas.

-Creo que no deseo saber qué es eso; opinó Espinoza.

Los caballos se desplazaban silenciosos entre los cerros. La esfera luminosa se movía casi a ras del suelo para evitar que los descubriesen antes de tiempo. Fresia que había visto el camino hacia la guarida del brujo encabezaba la marcha.

-¿Cómo te sientes Milenka?; preguntó el Teniente Hormazabal a la gitana.

-Tranquila, pero no confiada en exceso; respondió ella. -Por lo visto nos enfrentamos a un brujo muy poderoso.

-Mmm; pensó el detective. -Cada día te vuelves más sabia Shuvani; tu madre estaría orgullosa de ti.

-Con la ayuda de Fresia y del Teniente Espinoza aumentan nuestras posibilidades.

-Sin embargo no hay que descuidarse; advirtió el detective.

-No lo hago; reconoció ella. -Pero si la situación se complica recurriré a medidas extremas.

-¿A qué te refieres?; quiso saber él.

-¿Fernando  recuerdas la otra vez que estuvimos en estos cerros?; preguntó la gitana.

-Claro que me acuerdo; contestó el detective. -Fue algo de locos.

-Pues bien, esa  vez…; Milenka no alcanzó a terminar de hablar cuando la interrumpió la sargento.

-Estamos a dos kilómetros del escondite del brujo; indicó ella. -Sugiero que dejemos los caballos aquí y continuemos a pie.

-Es una buena idea; apoyó el Teniente Espinoza.

En silencio como sombras los cuatro avanzaban lentamente entre las rocas y desniveles de los cerros. Hormazabal comprobó con dolor que no era una buena idea afirmarse con las manos en el suelo, lleno de escorias y rocas rotas y afiladas, recuerdos mudos de la antigua actividad minera de la zona.

-Creo que es conveniente apagar la luz; sugirió Fresia en voz baja a  Milenka.

-Pienso lo mismo; contestó ella mientras la esfera luminosa comenzaba a volverse más y más pequeña, hasta terminar por desaparecer completamente.

-Ahora concéntrense en cada paso que den; aconsejó el Teniente Espinoza en medio de la oscuridad.

Lentamente, tratando de meter el menor ruido posible, los cuatro avanzaban en silencio hacia la guarida del brujo. Después de unos minutos Fresia se agachó tras unas rocas e hizo una señal con la mano a los otros.

El resplandor de una fogata brillaba en el interior de una de las cueva en la que el hechicero se ocultaba.

Milenka sacó cuatro bolsitas de tela de su bolsillo y entregó una a cada uno de sus compañeros.

-Son amuletos que los protegerán de la magia del brujo; explicó. -Ocúltenlos entre sus ropas.

-Yo también traje un talismán; dijo el Teniente Espinoza pasándole bala a su rifle.

-Usted y el Teniente Hormazabal córtenle el paso al brujo si es que intenta escapar; ordenó la Shuvani.

-Yo voy con usted; dijo Fresia mirando hacia la cueva.

-Mejor cúbreme la espalda desde aquí; pidió la gitana. -El brujo no sabe de ti y no se esperará un segundo ataque; tú eres nuestra arma secreta, como dicen ustedes.

-¡Cuídate!; le dijo el detective a la Shuvani tomándole la mano.

Lo más sigilosamente posible, Milenka se escabulló hasta la entrada de la cueva. En el interior el brujo echaba distintos polvos y pociones en un caldero lleno de líquido en ebullición que despedía vapores incandescentes.

Sin quitarle la vista de encima la gitana vació el espeso líquido contenido en un pequeño frasco, justo en la entrada de la cueva en que el hechicero  había establecido su morada. Con la mano derecha llena de tierra negra la Shuvani ingresó rápidamente y la arrojó al rostro del brujo.

-“Maldigo tus poderes”; gritó la gitana mientras el hombre confundido trataba de limpiarse los ojos.

-¿Cómo te atreves mocosa insolente?; gritó furioso el hechicero. -Por tu estupidez nunca saldrás con vida de aquí; amenazó el tipo elevando una de sus manos.

Con frustración y el rostro desencajado por la rabia el brujo notó que nada ocurría.

-Eres muy hábil pequeña, pero yo soy más viejo y sabio; le advirtió a la joven gitana.

-“Por la fuerza del rayo,

Por lo que muere y por lo que está por nacer.

Doblégate  ante el poder de las Shuvanis”;

gritó Milenka mientras una fuerte corriente de viento lanzaba al hechicero contra la rocosa pared.

-Un truco tan insignificante no podrá detenerme; sonrió el brujo poniéndose de pie. -Sola viniste a tu muerte y nadie te protegerá pequeña brujita.

-Cuenta de nuevo; se escuchó la voz de la gitana, que sonaba como si fuese la de distintas mujeres, mientras su rostro cambiaba rápidamente.

-“Espíritus de las Shuvanis de ayer y de mañana, acudan al llamado de su hermana”; dijo Milenka mientras varias manos invisibles sostenían al hechicero, al tiempo que desenvainaba la espada que ocultaba en su bastón.

-Ni lo sueñes bruja; le advirtió él apuntándole con su rojo anillo.

De un golpe inesperadamente Milenka se encontró atontada en el suelo. Sin levantarse levantó un brazo y una terrible descarga eléctrica golpeó al brujo, haciéndole caer de rodillas.

Los destellos de luz del combate salían de la cueva y la tierra temblaba amenazante. Incapaz de poder esperar más tiempo ante la incertidumbre, el Teniente Hormazabal se arrastró hasta una roca casi en la boca misma de la cueva.

A regañadientes el Teniente Espinoza lo siguió hasta su nuevo escondite y apuntó su rifle hacia el interior de la cueva.

-Maldita bruja, ya vas a ver; gritó el brujo poniéndose de pie como si nada.  -Prepárate a morir.

-“Invoco el poder de la Profana Trinidad Infernal”; dijo la Shuvani con los brazos en alto mientras un fuerte temblor hacía caer al brujo.

-“Espíritu que habita en los cerros muéstrale tu fuerza a mi enemigo”; se escuchó la voz de Fresia que entró a la cueva en ayuda de la gitana.

Imposibilitado de levantarse por la presión generada con el conjuro de Fresia que lo aplastaba, el brujo buscó con sus dedos el mango de una larga daga que ocultaba entre su ropa.

La alevosa intención del hechicero se vio frustrada por un certero disparo del rifle de Hormazabal que arrojó lejos el arma.

-Sin hacer trampa; dijo Hormazabal apuntando directo a la cabeza del brujo, listo para volársela de ser necesario.

-Malditos, ahora todos morirán; gritó amenazante el furioso hechicero, anulando el conjuro de Fresia a quien derribó con un golpe del poder de su anillo.

El líquido del caldero comenzó a hervir a borbotones y a derramarse por el piso, moviéndose como si tuviese vida propia.

-“Levántate hijo mío y acaba con estas brujas”; ordenó el brujo.

Una masa oscura empezó a formarse en el líquido y a crecer hasta unos tres metros, convirtiéndose en una versión más pequeña del Bulto.

-Ahora prepárense para sentir mi verdadero poder; rió maliciosamente el brujo.

-Ya que abriste las puertas del infierno; comentó Milenka. -Entonces que se liberen los perros infernales.

-¿Se volvió loca acaso?; se preguntó el Teniente Hormazabal al escuchar las nefastas palabras de la Shuvani.

Un denso humo negro emanó del lugar donde la gitana había vaciado el líquido oscuro y espeso que llevaba. Ante el asombro de todos y la preocupación de Hormazabal, al disiparse éste dos monstruosos perros del averno gruñían contra El Bulto.

La baba de los infernales animales goteaba sin cesar sobre la tierra, quemándola como el más fuerte de los ácidos.

-Llévenlo de vuelta al hoyo negro  del cual salió; ordenó la Shuvani a las bestias, las cuales se lanzaron sobre el engendro invocado por el demente hechicero, hundiendo sus agudos colmillos en su oscura carne.

En medio de los ladridos de los perros y los gritos de la criatura, ésta se desplomó en medio de un gran charco formado por su sangre, negra como el petróleo.

El Teniente Hormazabal apuntaba nervioso su rifle sobre los terroríficos canes.

-Contrólalos, contrólalos; rogaba en voz baja el detective, esperando que la gitana no perdiese el dominio sobre los animales.

-De vuelta al infierno ahora; ordenó la Shuvani.

La negra sangre del Bulto comenzó a  arder, envolviendo completamente a la criatura, que se retorcía bajo las fauces de los perros.

Los mastines del infierno se volvieron hacia Milenka y Hormazabal estuvo a punto de apretar el gatillo de su rifle, cuando se disolvieron en medio de una negra nube de humo.

-¡Esto no es posible!; exclamó incrédulo el brujo. -Nadie es más poderoso que yo.

-Ríndete enseguida; ordenó Fresia sacando un par de esposas.

-Eso nunca; gritó furioso el hechicero, tomando un báculo que estaba sobre una mesa.

En forma refleja Fresia extendió bruscamente sus brazos y el brujo cayó de espalda sobre los escombros y rocas molidas. A pesar del tremendo golpe recibido, el hechicero no soltó su báculo y lo apuntó contra Fresia.

Inesperadamente, sin que ninguna mano la manipulase, la espada de Milenka que estaba tirada en el suelo, salió disparada y giró bajo la cabeza del hechicero, decapitándolo de un certero y limpio golpe. El cuerpo sin cabeza del brujo permaneció de rodillas un momento, para finalmente desplomarse.

Los tenientes Espinoza y Hormazabal entraron corriendo a la cueva para verificar que las mujeres estuviesen bien.

-Al fin se acabó; comentó Espinoza.

-Aun no del todo; corrigió la Shuvani. -Fresia, por favor encárgate definitivamente de los restos del brujo.

-“Poderoso Pillán que controlas los cerros y el fuego de la tierra, haz arder a este maldito en el fuego eterno”.

La tierra se abrió bajo el hechicero, con un sonido ronco de algo pesado que se arrastra, y una mano incandescente atrapó su cuerpo, llevándoselo hasta el fuego que nunca se extingue.

-Así se hace Fresia; felicitó Milenka a la carabinera. -Ahora sí acabó todo.

-Entonces vayámonos de aquí; propuso el Teniente Espinoza.

-Sí, ya no hay nada más que hacer; respondió la gitana, mientras devolvía su espada a su vaina.

Cuando todos salieron de la cueva y se hubieron alejado varios metros, un poderoso relámpago cayó sobre el cerro, derrumbando la cueva y sepultando para siempre su oscuro secreto.

-Bueno, creo que con esto se cierra el caso del Bulto; comentó el Teniente Hormazabal.

-No puedo creer aun todo lo que ha pasado; opinó el Teniente Espinoza.

-Ni yo; agregó la Sargento Huaiquimil mirándose las manos.

-Es mejor que se acostumbren, porque han comenzado un viaje sin regreso; dijo Milenka.

-¿Y ahora?; preguntó la gitana al detective.

-Supongo que de vuelta a Santiago; respondió él.

-¡Esperen!, recuerden que les prometí las mejores vacaciones de su vida; mencionó el alcalde que se acercó al grupo.

-Pero mi descanso anual aun está lejos; reconoció Hormazabal.

-De eso me encargo yo; dijo el subprefecto de policía palmeando el hombro del detective.

 

Magia Negra – Capítulo 2 – Entre Cerros 15 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

                 

  Magia Negra
Capitulo N° 2
Entre Cerros

-Gracias papá, desde aquí seguimos solos; dijo Pamela sacando su mochila del auto, mientras su novio Juan se colgaba la suya a la espalda.

-Cuídense; les pidió el padre de ella mientras encendía el motor del auto.

-No se preocupe Don Esteban, esta no es la primera vez que hacemos este paseo; recordó Juan.

-Ni tampoco la última; comentó Pamela. -A propósito, un día de estos podrías venir con nosotros papá.

-Mis días de subir y bajar cerros ya pasaron, mejor prefiero dormir una siesta bajo un árbol; rechazó él.

-Como quiera, usted se lo pierde; respondió Juan.

La cadena de cerros se extendía hasta donde la vista alcanzaba.

-Vamos que hay mucho que recorrer; apremió Pamela a Juan.

-Tranquila que tenemos mucho tiempo; la calmó él.

El sol seguía su avance por el cielo azul del verano y pronto alcanzaría su punto más alto; el medio día estaba por llegar y también la hora de almorzar.

-¿Almorzamos en la cueva de siempre?; preguntó Pamela.

-Estaba pensando que podríamos comer un poco más adelante; opinó Juan. -Para variar un poco la rutina.

Los cerros donde ellos acostumbraban pasear, estaban llenos del mudo recuerdo de un pasado marcado por una hace tiempo agotada actividad minera artesanal.

-¿Qué te parece este sitio?; preguntó Pamela al llegar a una suave planicie en uno de los cerros.

-Se ve bien para armar el campamento; opinó Juan. -Veamos que tal esa cueva para que pasemos la noche en ella.

-Voy a explorarla; dijo Pamela entrando en ella.

El desgarrador y aterrorizado grito que su novia lanzó, hizo que a Juan se le pusieran todos los pelos de punta.

-¡¿Qué ocurre?! ¿Estás bien?; preguntó él corriendo en ayuda de su pareja.

Dentro Pamela estaba estática en el suelo, con la mirada fija en la pared de roca. El espectáculo era realmente macabro, propio de una película de terror.

-¿Pero qué diablos es esto?; preguntó Juan al ver los dos cuerpos clavados en la roca.

-Salgamos de aquí; propuso Pamela temblando de miedo.

-Debemos llamar a la policía; opinó Juan.

-Aló, mi nombre es Juan Rivera; dijo él al comunicarse con la operadora de la policía. -Llamo para reportar dos asesinatos en los cerros de…

El teléfono comenzó a chicharrear haciendo difícil la comunicación.

-Aló, ¿me escucha?; preguntó la operadora cuando la llamada finalmente se cortó.

Afortunadamente había tenido tiempo suficiente para poder triangular el lugar de donde se había hecho la llamaba. Sin pérdida de tiempo la mujer dio aviso a la unidad policial más cercana del lugar, para despachar una patrulla a investigar.

El fuerte golpe recibido le había abierto una profunda herida en la cara a Juan; al despertar vio atónito como Pamela era elevada por una mano invisible y aun con vida la clavaban en la roca, mientras su cuello era apretado hasta asfixiarla, por los dedos de un atacante también invisible. Sin poder creer lo que estaba pasando Juan intentó ponerse de pie, pero de pronto se vio flotando en el aire para terminar con la espalda pegada a la roca.

Aunque no veía nada, sentía como fierros invisibles perforaban sus manos y piernas.

Extraños símbolos aparecieron sobre la piel sangrante del pecho de Pamela, lo mismo que sobre la de Juan, pero ya nada sentía porque su garganta había sido aplastada por una poderosa fuerza.

-Creo que este será un dolor de cabeza de los grandes; opinó uno de los detectives al ver los cuatro cadáveres clavados en la roca.

-Central, adelante; llamó por teléfono el otro policía. -Manden un equipo de criminalística y forenses al lugar.

-Parece un asesinato ritual; opinó el otro detective. -¿Quién pudo hacer esto?

-Solo un loco; contestó su compañero.

-Acordonemos la escena del crimen, hasta que lleguen los laboratoristas; sugirió uno de los policías.

Una hora después, varios policías y especialistas buscaban pistas y huellas que les diesen un indicio de lo acontecido en las últimas horas.

-Las víctimas fueron asesinadas en distinto momento; informó uno de los oficiales de criminalística. -La data de muerte de la última pareja es de hace tres horas solamente.

-¿Quién dio aviso de los sucesos?; preguntó el detective.

-Es irónico, pero una de las víctimas del último crimen reportó los primeros homicidios; contestó el especialista.

-Eso quiere decir que el asesino estaba oculto cuando descubrieron los cuerpos de las otras víctimas; meditó el oficial.

-Lo más extraño es que la data de muerte de las dos primeras víctimas es de hace tres días.

-¿Hay alguna huella?; preguntó el teniente.

-Solo diez metros delante de la roca donde los clavaron; dijo el criminalista rascándose la cabeza. -No entiendo cómo es que los pusieron en esa roca sin marcar las pisadas sobre la tierra suelta.

-¿Ya se sabe la causa de la muerte?; preguntó el teniente.

-Estrangulamiento en las cuatro víctimas; indicó el forense acercándose a los oficiales. -Las cuatro fueron clavadas en la pared rocosa con grandes clavos de hierro. Los símbolos grabados  sobre sus pechos sugieren que fueron parte de un ritual de algún tipo de secta satánica.

-¿Tienen alguna fotografía que me puedan facilitar ahora?; quiso saber el teniente.

-De hecho sí; contestó el criminalista acercando su teléfono celular al del oficial.

-Gracias, voy al cuartel en Santiago a ver que puedo averiguar; dijo el detective retirándose.

Tras revisar la base de datos de homicidios rituales, el teniente se echó para atrás en su asiento. Internet tampoco era de mucha ayuda por la gran cantidad de información basura que había dando vuelta. El día había sido pesado y los ojos del policía comenzaron a cerrarse; el timbre del celular lo sacó del letargo en que el cansancio lo estaba sumiendo.

-Hola paisano, te echaba de menos y quería escucharte; saludó la gitana.

-Hola Shuvani, eres justo la persona con quien quería hablar; contestó el Teniente Hormazabal.

-¿También me echas de menos?; preguntó coquetamente la joven gitana.

-Ya sabes que sí; respondió el policía. -Pero necesito que me des una mano.

-¿Quieres leerme la suerte paisano?; preguntó juguetona Milenka.

-Quería que me ayudaras en un caso; contó el teniente. -Eres la persona indicada para eso.

-Que bueno, así me vienes a ver, para que no te olvides de mí y me cambies por una paisana; agregó ella.

-Como si fuera muy fácil romper un hechizo de magia roja; opinó el policía.

-Yo no te he hechizado; respondió Milenka. -Ni siquiera lo necesito, soy lo bastante buena como para haberte conquistado sola.

-Nunca tanto, vieja bruja; respondió riendo el detective.

-De vieja no tengo nada y de bruja tal vez; cortó la gitana bromeando.

-Ja, se cree muy linda, encantadora, irresistible y amorosa la niña; siguió molestando Hormazabal.

-Discúlpate por decirme vieja; mandó Milenka.

-No quiero; rió el policía.

-Como quieras, total hay varios gitanos que quisieran a una Shuvani como esposa; agregó la gitana. -Chao paisano.

-Espera; la interrumpió Hormazabal. -Eres joven y hermosa.

-Así está mejor; rió triunfante Milenka.

-Ahora tú dime lo que quiero escuchar; pidió él.

-¿Qué cosa?; preguntó ella.

-Lo que sientes por mí; indicó él.

-Me agradas, no eres como los otros paisanos y por eso me caes bien; contestó la gitana.

-¿Solo eso?; quiso saber el detective.

-Debería haber algo más; preguntó ella.

-Pues claro; dijo Hormazabal. -Vamos, dímelo.

-No quiero; respondió ella.

-Vamos, dilo; insistió el detective.

-No; respondió riendo Milenka. -Está bien, te amo; contestó ella con voz casi inaudible.

-No escuché; respondió el policía.

-Dije que te amo; contestó Milenka alzando un poco la voz, tapándose enseguida la boca con una mano y riendo.

-Yo también te amo; contestó a su vez Hormazabal.

-Bueno Milenka, nos vemos mañana y vístete con ropa cómoda; dijo el policía. -Puede ser un día algo ajetreado.

-Te espero temprano mañana; se despidió la gitana.

Aunque no tenía otra idea, ni alguien más a quien recurrir, no estaba seguro si debería involucrar a Milenka en ese caso. Estuvo a punto de llamarla para decirle que mejor no lo acompañara, pero se detuvo. Podía creer que él no confiaba lo suficiente en ella; por otro lado, la Shuvani había demostrado estar lo suficientemente capacitada como para defenderse sola. Simplemente ella se podría sentir ofendida, tanto como gitana, como sacerdotisa y como persona. Solo le pediría su opinión y uno o dos consejos sobre el caso, pero no la expondría a ningún peligro.

El auto se estacionó cerca de la carpa de la Shuvani, donde ella lo esperaba como si nada hubiese entre ambos.

-Saludos sabia Shuvani; dijo el Teniente Hormazabal cuando ella salió a recibirlo.

-¿Qué te trae por aquí paisano?; preguntó Milenka.

-Venía humildemente a solicitar tu sabia ayuda Shuvani; contestó el Teniente Hormazabal.

-Aguarda un rato ahí paisano; dijo Milenka entrando a su carpa, de donde sacó algunas cosas.

-Vamos paisano; indicó ella a los pocos minutos, llevando un viejo bastón.   -Era de mi abuela; mencionó Milenka al ver que el policía lo observaba.

Cuando el auto se hubo alejado bastante y el campamento gitano ya no se veía, el Teniente Hormazabal lo estacionó a un costado del camino y pasó su mano por el rostro de la muchacha.

-Hola Shuvani; la saludó nuevamente.

-Hola paisano; contestó ella devolviéndole la caricia.

Luego de un beso continuaron su camino hacia los cerros donde habían ocurrido los extraños asesinatos.

-Abre la guantera; pidió el policía a la gitana. -Mira esas fotografías y dime qué opinas.

Después de estudiarlas con atención la Shuvani volvió a guardarlas.

-Esto es malo, muy malo; comentó ella.

-Lo sé y ni siquiera hay huellas; contó el detective.

-Los demonios y espíritus no dejan huellas si no lo desean; mencionó ella.

-¿Insinúas que a esas personas las mató un fantasma?; preguntó el policía.

-No precisamente; respondió Milenka. -Me parece que es otra cosa, pero no estoy segura de qué.

-Ahí hay un informe de los datos recopilados en la escena de los crímenes; indicó el teniente. -¿Sabes leer castellano?

-Claro que sé; contestó ofendida Milenka. -No soy cualquier gitana. Soy una Shuvani.

-Bueno, tranquila; la calmó Hormazabal. -No quise ofenderte.

Después de leer los documentos con calma, Milenka guardó silencio un  rato.

-Sí, todo indica que fue un ente del otro lado; opinó la gitana. -Lo peor de todo es que es invisible para nosotros; continuó Milenka.

-¿Se te ocurre por qué las víctimas son dos parejas?; preguntó el detective.

-Creo que tiene que ver con las fuerzas opuestas de la existencia; meditó la Shuvani. -Lo que me lleva a pensar en los símbolos.

-¿Sabes qué significan?; pregunto Hormazabal.

-No exactamente, pero me acuerdo que una vez mi madre me habló de que existían símbolos muy antiguos y secretos que se usaban en algunos rituales para abrir una entrada entre este mundo y el otro; recordó Milenka.

-Si es que tienes razón, es mejor que te lleve de vuelta al campamento; dijo el teniente bajando la velocidad del auto.

-Ni se te ocurra paisano; rehusó la gitana. -No te dejaré solo en esto.

-No me perdonaría si te pasara algo malo; insistió el detective.

-Ni yo me perdonaría si te pasara algo a ti y yo no estuviese ahí para ayudarte; contestó ella.

-Está bien pareja, sigamos adelante; terminó el Teniente Hormazabal acelerando el vehículo.

Poco rato después la patrulla se detenía en los faldeos de los cerros donde ocurrieron los macabros hechos.

-¿Llegamos?; quiso saber la Shuvani.

-Sí, en  estos cerros ocurrieron los asesinatos; contestó Hormazabal.

-Entonces vamos; dijo Milenka apoyada en el bastón.

-Espera; la detuvo el policía. -Mejor cámbiate de ropa.

-Pero este vestido es cómodo; negó ella.

-¿No pretenderás subir los cerros con vestido y tacos?; preguntó Hormazabal. -Mejor ponte esa ropa.

-Mmm, bueno; aceptó ella. -Pero ándate para allá, no quiero que mires mientras me cambio.

-No miraré; respondió él. -Está bien; terminó por aceptar ante un gesto de la gitana.

-No te des vuelta paisano; advirtió Milenka. -No  mires.

-No estoy mirando; se defendió él.

-Si me miraste; insistió ella. -Yo te vi.

-No es verdad; contestó Hormazabal.

-Ahora puedes mirar; avisó Milenka. -¿Cómo me veo?

-Maravillosamente bien; observó el Teniente Hormazabal  a la gitana vestida de jeans y camiseta.

-Gracias paisano; respondió ella apoyándose en su hombro.

-Mejor concentrémonos que esto puede ser delicado; la detuvo él.

-Tienes razón, después habrá tiempo para jugar; reflexionó la gitana.

-Si es que sobrevivimos; pensó en silencio el policía, recordando que las víctimas también eran parejas.

-Bebe esto paisano, nos abrirá la mente a otras realidades; mandó Milenka pasándole un frasco con líquido.

-Pero…; se negó el policía.

-Confía en mí; respondió ella bebiendo el contenido de su frasco.

-No siento nada especial; comentó Hormazabal al notar que el brebaje no le producía nada.

-En su momento te permitirá percibir más allá de lo común; respondió Milenka.

El sol matinal comenzaba a entibiar la suave brisa que recorría los cerros. El aire puro, distinto al de la ciudad, era un verdadero regalo para los pulmones.

-Este paisaje tiene cierto encanto especial; comentó la gitana, deteniéndose un momento para respirar hondo.

-Y sin embargo aquí están pasando cosas horribles; recordó el policía.

-Y por eso mismo no debemos descuidarnos paisano; aconsejó la Shuvani.

-Ya estamos por llegar; indicó el detective. -Detrás de la otra loma está la escena de los crímenes.

-Debemos estar listos para cualquier cosa; aconsejó la gitana.

Los cuerpos ya habían sido retirados por los forenses y en su lugar sus contornos habían sido marcados con tiza en la roca. Una cinta amarilla demarcaba el lugar como área de investigación policial.

-¿Pero qué es eso?; preguntó el Teniente Hormazabal al ver una especie de capa de agua en la roca que se movía en forma extraña.

-Lo que yo sospechaba; observó Milenka. -Alguien está tratando de abrir una comunicación con el otro lado.

-¿Pero hacia dónde y para qué?; preguntó el policía.

-¡Ayúdame!; rogó la gitana mientras era levantada en el aire.

Rápidamente el teniente se volvió y perfectamente pudo ver como una silueta rojiza sostenía del cuello a su compañera, quien forcejeaba por impedir que esas manos invisibles se cerraran más en torno a su garganta.

Como un rayo el Teniente Hormazabal cogió el bastón de la gitana que había caído al suelo durante el ataque y asestó un fuerte golpe en la espalda del ente. Despreciando a su presa inicial, abrió su mano y la soltó para fijar su atención en el policía. Con total facilidad, como si sus ochenta kilos no significaran nada, lo levantó con una mano.

Con mucho dolor en el cuello, pero con vida aun, desde el suelo Milenka pudo ver como su compañero luchaba por no ser estrangulado por esa mano que se cerraba con una fuerza colosal.

-¡Te maldigo, maldito  engendro del infierno!; gritó la Shuvani lanzándole un puñado de tierra de cementerio, que llevaba en una bolsa en su cintura.

El ente, furioso por la insolencia de la gitana, soltó al policía y se volvió hacia ella, quien sin inmutarse lo esquivó y corrió hacia Hormazabal para ayudarle a levantarse; al mismo tiempo cogió el bastón que había caído junto a él.

-Toma el bastón y concéntrate en mi voz; ordenó Milenka golpeando con fuerza la tierra con la punta de éste.

-“Yo te maldigo en nombre del aire, del agua, de la tierra y del fuego.

Con los espíritus del pasado te ordeno volver al hoyo apestoso del que saliste.

Vuelve al infierno maldito engendro.”

La tierra tembló como si un terremoto la agitase, quebrándose en una profunda zanja. Una mano huesuda, sin  carne y con la piel pegada  a los huesos, agarró una de las piernas del ente y lo arrastró hacia abajo. De igual forma en que había aparecido, la grieta en el suelo se cerró.

-Esto fue algo fuera de lo común; opinó el policía. -¿Te encuentras bien?

-Sí, ¿y tú?; le preguntó ella con voz áspera, mientras le revisaba las marcas de dedos en el cuello.

-Algo zamarreado, pero sobreviviré; respondió el teniente, pasado con cuidado sus dedos sobre el enrojecido cuello de la gitana. -Creí que te iba a perder; comentó él.

-No creas que te librarás de mí tan fácilmente; respondió ella.

-¿Esto no ha terminado verdad?; preguntó el policía, mirando la líquida película sobre la roca.

-Ni siquiera ha empezado; contestó preocupada la gitana.

Unos cuantos ladridos se escucharon a lo lejos, a los cuales no les dieron mayor importancia. Poco después éstos se repitieron más cerca, pero esta vez sonaron anormalmente raros. Sin perder tiempo la Shuvani trazó varios círculos concéntricos con su bastón, mientras con la otra mano vaciaba un frasco con un extraño líquido, al tiempo que entonaba un extraño canto en lengua Romaní, cuyas palabras el Teniente Hormazabal no lograba entender, para terminar trazando un círculo de sal en torno a ella y el policía.

-Alguien soltó los perros del infierno; comentó la Shuvani.

Lo cual no sorprendió y hasta le pareció lo más lógico y esperable al Teniente Hormazabal, a quien a esta altura del partido ya nada le sorprendía.

-¿Crees que esos círculos los pararán?; preguntó el policía. -Bueno, toma por si acaso; le dijo pasándole una pistola con el cargador lleno.

-Reconozco que estas cosas a veces sirven; respondió la gitana.

Cuatro grandes perros negros, con largo pelo erizado y ojos brillantes, se abalanzaron ladrando sobre la pareja. Antes de que el policía se lo dijese la gitana apretaba el gatillo disparando sobre las bestias sobrenaturales, acción que el detective imitó.

No menos de cinco balas recibieron tres de los perros antes de caer tirados y arder en llamas; sin embargo, el cuarto seguía avanzando.

-Ya no tengo balas; gritó la gitana al ver que la corredera de su pistola no volvía a su sitio.

Antes de que Hormazabal pudiese contestar, el animal saltó sobre él. Una delgada hoja de acero le atravesó el corazón, cuando la Shuvani desenfundó y le clavó la espada oculta en el bastón. El perro cayó  a los pies del policía y después de temblar convulsivamente ardió como sus compañeros.

-Esto podría servirme para algo; dijo Milenka recibiendo en un frasco la sangre de la bestia infernal, que cubría el acero.

-Ilegal, pero bastante útil en caso de emergencia; comentó el policía mirando la espada.

La Shuvani ya no lo escuchaba; con los ojos cerrados y los brazos en alto entonaba otro de esos extraños cantos en su lengua nativa.

-“Espíritus de ayer y mañana, vengan en ayuda de su hermana. Shuvanis de tiempos pasados denme su poder y sabiduría”.

El Teniente Hormazabal permanecía en silencio, no queriendo romper la concentración de la gitana.

Con los ojos brillantes como el sol Milenka se volvió y encaminó sus pasos hacia la roca. Diciendo algunas palabras que escapaban a la comprensión del policía, la Shuvani echó tierra de cementerio sobre la sangre del perro diablo, junto a otro polvo que Hormazabal no supo reconocer. Entonando otro de sus cantos la gitana comenzó a dibujar extraños símbolos alrededor de lo que parecía ser una lámina de agua sobre la roca. Con sus trazos ella se aproximaba cada vez más a la extraña superficie, aumentando a su vez la fuerza de su canto.

De pronto al Teniente Hormazabal le pareció que algo ocurría al rostro de Milenka; por un momento le pareció ver en él a su difunta madre. Supuso que se trataba de una simple ilusión, cuando notó que otra cara aparecía en él; pudo reconocer a la abuela de Milenka, muerta hace varios años, cuando él era solo un cadete en la escuela de detectives. Entonces él comprendió, los espíritus de antiguas Shuvanis acudían al llamado de su descendiente.

El canto de la gitana se convirtió en un coro de muchas voces que entonaban un viejo conjuro para sellar el portal abierto hacia el otro lado. Las voces subieron hasta un volumen que hacía vibrar el aire del lugar, hasta que por fin, lentamente la roca comenzó a recuperar su aspecto normal.

Milenka se volvió hacia el Teniente Hormazabal, quien en vez de ver a su joven y hermosa gitana, tenía en frente a su vieja madre que con su voz característica le hablaba desde el mundo de los espíritus.

-Bendito seas; dijo el espíritu de la vieja Shuvani antes de desaparecer.

Los ojos de Milenka dejaron de brillar y sus piernas se doblaron como delgada hierba. El Teniente Hormazabal corrió hacia el desvanecido cuerpo de la gitana y con sumo cuidado tomó su cabeza y la apoyó en sus piernas.

Después de algunos minutos la Shuvani dio signos de estar recuperando la consciencia.

-Ya todo está bien; dijo ella cerrando los ojos y sin deseos ni energía para ponerse de pie.

-Lo lograste Shuvani; comentó el detective.

-Lo hicimos juntos paisano; corrigió ella.

-Tu madre me habló; le contó el policía.

-¿Y qué te dijo?; preguntó la gitana.

-Me dijo bendito seas paisano; respondió él. -¿Sabes lo qué eso significa?

-Creo que sí; respondió ella poniéndose lentamente de pie. -Significa exactamente lo que dijo.

-¿Nos vamos ya?; sugirió el policía.

-Sí, ya no me gusta este paisaje; contestó la gitana tomando de la mano a Hormazabal y apoyándose en el bastón que le dejara su madre.

-¿Y qué voy a decir en mi informe?; preguntó el detective. -No puedo decir que un ente invisible era el asesino y que quería abrir una puerta a otro mundo, ni que nos atacaron unos perros demonios.

-En eso no te puedo ayudar yo, querido paisano; contestó Milenka.

 

 

Magia Negra – Capítulo 1 – Brujería 13 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

 Magia Negra
Capitulo N° 1
Brujería

-Hace tiempo que no veía una película tan entretenida; comentó Daniel a Susana a la salida del cine.

-Sí, estuvo bastante buena; opinó ella.

-Aún es temprano, podríamos pasar a comer algo; propuso Daniel.

-Está bien; aceptó Susana. -Total mañana es sábado.

Eso estaba planeando la pareja cuando una desaliñada gitana, de edad poco definida les cortó el paso.

-Paisana déjame verte la suerte; dijo la mujer.

-No gracias; rehusó Susana.

-No seas orgullosa paisana; insistió la gitana.

-No gracias; volvió a rechazarla Susana.

-Dame un billete entonces; pidió la gitana.

-Ya no molestes más vieja; le gritó de mal humor Daniel, dándole un empujón a la mujer.

-Maldito seas paisano; le respondió enojada la gitana. -Te perseguirá la maldición gitana.

Mejor vámonos; pidió Susana algo asustada.

-Ya vamos a comer mejor; sugirió Daniel. -No le hagamos caso a esta vieja.

-Ya no tengo tanto apetito; respondió ella.

-No le hagas caso, todas las gitanas son así; opinó él.

La pareja entró a un restorán chino que permanecía abierto a esa hora y se relajó, olvidando el disgusto que les hizo pasar la gitana.

-Necesito ir al baño; se excusó Susana poniéndose de pie.

-Sí, anda; aceptó Daniel.

Cuando él se disponía a beber un poco más de vino, notó que algo se movía en su plato. Con el tenedor escarbó y encontró una cucaracha viva entre la comida.

-¡Qué asco!; exclamó Daniel. -Mozo, venga por favor; llamó molesto al tipo que los había atendido.

-¿Se le ofrece algo señor?; preguntó servicial el empleado.

-Sí, dígale al cocinero que a esta cucaracha le falta cocción; contestó sarcástico Daniel pasándole el plato al joven.

Cuando Susana volvió del baño vio que su pareja conversaba un poco enojado con el cocinero, quien se disculpaba exageradamente por algo.

-¿Qué pasa?; preguntó ella.

-Nada serio; respondió Daniel. -Me salió un pelo en la comida.

-Señor, lo siento  mucho, es muy extraño y lamentable; se excusó el dueño. -En compensación la cuenta corre por la casa.

-Está bien, dejémoslo así; aceptó Daniel.

-Por favor señora acepte este pequeño obsequio; ofreció la esposa del dueño entregándole una pequeña estatuilla de Buda a Susana.  -Les traerá buena suerte.

-Gracias; aceptó ella algo confundida.

-Bueno, creo que es hora de irnos; dijo Daniel mirando su reloj.

Las calles de la ciudad ya no se veían tan congestionadas como hace unas horas; la noche había caído hace rato y muy pocos vehículos circulaban por el pavimento. De improviso el automóvil se inclinó un poco y las ruedas se balancearon sin control.

-¡Demonios!; exclamó Daniel, deteniéndose a un costado. -Se pinchó un neumático.

-¿Traes el de repuesto, verdad?; preguntó Susana.

-Sí, ayúdame a cambiarlo; respondió él.

-Ya van dos; mencionó ella.

-¿Dos qué?; preguntó Daniel sacando la rueda de repuesto del portamaletas.

-Dos cosas malas te han pasado desde que la gitana te tiró esa maldición; comentó Susana.

-Haa,nada que ver. Es solo coincidencia; opinó Daniel sin darle importancia mientras metía la gata hidráulica bajo el auto. -Igual el neumático estaba algo viejo y la goma se pone más blanda.

-¿No me digas que crees en esas cosas?; preguntó sonriendo él mientras se limpiaba las manos con un paño.

-La verdad es que no sé, siempre se ha dicho que las gitanas tienen poderes; respondió ella.

-Son solo cuentos; contestó él. -La magia no existe.

-Claro que existe; rebatió Susana. -Mi abuela me contó muchas cosas que vio o supo.

-Tú lo has dicho, tu abuela; contestó Daniel. -La gente de esa época creía hasta en el diablo.

-Si es cierto; aceptó Susana. -Pero cuando el río suena es por algo.

-Sí, porque a alguien se le cayó un piano al agua; bromeó Daniel.

-No te rías, nací en un pueblo chico donde se creía en esas cosas; se defendió ella.

-Yo tampoco nací en Santiago; respondió Daniel. -Pero no por eso voy a creer en maldiciones gitanas y brujerías.

-Sin embargo, yo he leído que no todo es falso; insistió Susana.

Así se fueron discutiendo el resto del camino.

Al otro día el despertador comenzó a sonar insistentemente a las seis de la mañana.

-Hoy es sábado; reclamó Susana. -¿Por qué no lo apagaste?

-Estaba seguro que lo había desconectado; se defendió él volviendo a dormirse.

A la mañana el asunto de la gitana había dejado de ser un tema de conversación y la pareja pensaba qué hacer ese día.

-Voy a comprar pan fresco mientras  piensas en algo; avisó Daniel.

-Trae algo rico; pidió Susana.

Después de un rato él volvía con las compras. No se percató cuando se rompió la rama de árbol, que cayó justo frente suyo. Si Daniel hubiese alcanzado a dar otro paso más, le abría golpeado de lleno en la cabeza.

-Ya me aburrió esta broma; dijo para sí esquivándola.

-Te demoraste un poco; comentó Susana, quien ya tenía la mesa puesta.

-Había muchas señoras de edad avanzada; se excusó Daniel.

 Mientras Susana tomaba una ducha Daniel en la cocina echaba una variada mezcla de hierbas, verduras y condimentos en la licuadora.

-¿Qué preparas?; preguntó ella desde el dormitorio.

-Jugo de verduras; respondió Daniel. -¿Quieres un poco?

-Déjame verlo; pidió Susana.

Daniel le mostró la verde mezcolanza de vegetales y demases a su mujer.

-Se ve horrible; rechazó ella. -Y  huele mucho peor.

-Bueno, tú te lo pierdes; respondió Daniel mientras sin inmutarse siquiera se bebía todo el desagradable contenido del vaso.

El viento movía lentamente las nubes, dejando aparecer entre algunos claros de cielo la luna que mostraba sus cuernos, para ocultarse nuevamente al poco rato. La típica noche de otoño había obligado a prender algunas fogatas en el campamento gitano, para poder combatir el frío del invierno que ya se acercaba.

Los perros comenzaron a ladrar nerviosos. Un viento tibio que presagiaba una llovizna pasó entre las carpas y agitó las fogatas.

Un extraño entró al campamento, junto con una ráfaga de viento que apagó los fuegos. La vieja gitana salió de su carpa atraída por los perros que gemían asustados.

-Eres muy valiente o muy tonto para venir aquí de noche paisano; dijo ella.  -¿Vienes a rogar que te quite la maldición?

-¿Acaso me vas a lanzar otra maldición?; preguntó Daniel.

-¿A qué viniste paisano?; preguntó desafiante la mujer.

-A devolverte el favor  gitana; respondió él.

-¿Qué sabes tú de esas cosas paisano tonto?; se rió la gitana. -Maldito paisano.

-¡Cállate vieja bruja!; gritó Daniel.

La mujer se llevó las manos a la garganta, cuando las palabras no pudieron salir de su boca.

-¿Qué pasa gitana?; preguntó Daniel. -¿Acaso te comió la lengua el ratón?

Al no poder hablar a pesar de su esfuerzo, en su desesperación la vieja gitana mordió fuerte su lengua, provocándose un profundo corte. Furiosa y asustada la mujer dio un fuerte grito que despertó a todo el campamento.

-¿Qué está pasando?; preguntó el jefe de la tribu con un cuchillo en la mano.

-No te metas gitano; dijo Daniel dando una dura mirada al hombre, quien como si una invisible mano lo elevase, fue arrojado contra un árbol.

Otro gitano salió de su carpa empuñando una escopeta, pero cayó de espalda, como si lo hubiesen empujado.

El viento arreciaba moviendo rápido las nubes. Los gitanos se encontraban fuera de sus carpas armados con lo que tuvieran a mano. Un gitano armado con un rifle disparó contra Daniel, pero la bala se derritió antes de tocarlo; el calor que su cuerpo producía quemaba el pasto a su alrededor.

Uno de los gitanos lo atacó con una gran hacha, pero en medio de gritos su ropa se inflamó al acercarse a Daniel, cayendo al suelo envuelto en llamas.

-¿Quieren ver maldiciones de verdad?; preguntó Daniel abriendo los brazos.

El agua de la lluvia enseguida se convirtió en negra aceite que ensució todo lo que tocaba. El trueno estalló y cientos de sapos y alimañas comenzaron a caer de las nubes. El pánico se apoderó de los gitanos, los que escaparon corriendo en distintas direcciones, dejando abandonadas todas sus pertenencias.

Solo la vieja gitana permaneció en el campamento, mudo testigo de la furia del brujo.

-Fue una mala idea lanzarme una maldición gitana, mira lo que provocaste; dijo hipócritamente Daniel.

La gitana trataba de hablar, pero de su boca no podían salir palabras.

-No te entiendo; dijo Diego. -Habla más claro. Dicho esto la voz volvió  a la garganta de la gitana.

-¿Quién diablos eres?; preguntó la mujer a duras penas por su lengua herida.

-Solo un humilde brujo; contestó Daniel. -¿O creías que solo los gitanos tenían magia?

-Puedo quitarte la maldición paisano, pero por favor déjanos en paz; imploró la mujer.

-Gracias, pero ya me la saqué yo solo; rechazó él.

-Entonces te ruego que nos perdones y te vayas; pidió ella.

-No es tan sencillo; explicó Diego. -Verás, hay una reputación que debo cuidar. ¿Te imaginas si dejara que cualquiera viniera y me maldijera?, eso no sería digno.

-No pretendí insultarte gran brujo; trató de excusarse la gitana.

-Lo entiendo, pero comprende que debo dar un ejemplo; respondió Daniel.

Un fuerte viento arrojó de espaldas al suelo a la vieja gitana. Las maderas de una destartalada carreta comenzaron a temblar hasta que se desprendieron, para formar entre sí una gran cruz.

Algo arrastró a la mujer depositándola encima de la cruz. Con terror en la mirada vio como a sus manos se acercaron afilados clavos.

-¡No por favor, no!; gritó en medio del dolor cuando el metal atravesó sus manos y pies.

Una fuerza invisible levantó la cruz, clavándola en la tierra, dejando a la gitana cabeza abajo, crucificada e imposibilitada de escapar.

Alaridos de dolor estremecían la noche cuando el cuerpo de la vieja mujer fue envuelto por las llamas, los cuales pronto cesaron y el aire se llenó de un olor a carne quemada.

Con paso calmo el brujo abandonó el campamento gitano, dejando clavada en una cruz invertida su advertencia para otros insolentes.

Entre los árboles sus ojos llenos de miedo y dolor, rabia y pena, inundados de lágrimas observaban el macabro espectáculo. De niña su madre le había hablado de la magia de su pueblo, de leyendas e historias  de poderes más allá de la comprensión de los paisanos y no destinados para todos sus hermanos. También le había contado de demonios y espíritus malignos  que atacaban los poblados y hacían mal por gusto, enfermando y matando solo por placer.

Si bien la magia del pueblo Romaní se convertía a veces en maldiciones, sobre todo contra los paisanos, esta era solo para asustarlos, jamás les provocaba un daño serio o mortal; en cambio la magia que había atacado a su campamento era mala, oscura y cruel, no solo había aterrorizado, también había provocado muerte y destrucción y su madre fue la que más sufrió. Su cuerpo, mudo testigo del mal que cayó sobre el campamento aun ardía cabeza abajo en una cruz demoniaca.

Sus ojos querían cerrarse para no ver tal abominación, pero ella se resistía. Quería recordar todo lo que ocurría; el odio comenzaba a crecer en su interior y el recuerdo de los últimos y agónicos minutos de la vida de su madre le darían la fuerza para buscar al asesino y hacerlo pagar por todo, aunque se tratase de un brujo que hace poco creía que existía solo en los cuentos de las mujeres más ancianas de la tribu; y sin embargo, existía y lo había visto asesinar a su madre.

Milenka sin decir ninguna palabra a nadie se encerró en la carpa que compartía con su madre. Con el corazón herido se sentó frente al espejo y peinó su largo cabello negro para relajarse algo. No se inmutó ni asustó cuando en el cristal plateado se apareció el rostro de su difunta madre.

-Guíalos con sabiduría; le dijo el espectro de la anciana gitana.

Milenka cubrió su rostro con sus manos y en silencio lloró unos minutos para luego respirar hondo, secar sus lágrimas y arreglar su cabello.

Lista o no, debería asumir su destino y ocupar el lugar de su madre como Shuvani de la tribu. En respetuoso silencio toda la tribu la aguardaba afuera de su carpa.

-Esta tierra ha quedado maldita, dijo Milenka. -Debemos marcharnos a campos más puros.

-Así se hará Shuvani, dijo el hijo del jefe, quien había asumido la dirección de la tribu tras la reciente muerte de su padre.

Es sabido por todos que a los Romaní no les gusta hacer a los paisanos parte de sus problemas; sin embargo, no falta algún pueblerino que ve algo y da aviso a las autoridades. Esta fue una de esas ocasiones, en que alguien vio lo que ocurría en el campamento gitano y llamó anónimamente a la policía. Aunque al recibir la llamada le dieron poca importancia, cuando llegaron a la escena del crimen, o mejor dicho de los crímenes, a todos los policías se les borró de golpe la sonrisa de los labios.

-¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó el oficial de policía, al ver el cadáver aun humeante de la vieja gitana.

-¿Qué vienes a hacer aquí paisano?; preguntó el jefe de la tribu al policía.

-Tengo que investigar qué pasó aquí; dijo el policía indicando la cruz humeante.

-Tú no podrás hacer nada paisano; respondió el gitano.

A todo esto los otros gitanos se comenzaron a juntar ante la presencia de la patrulla, lo que puso un poco nerviosos a los otros detectives.

-Yo voy a hablar con este paisano; dijo Milenka acercándose al grupo.

-Como quieras; aceptó el jefe.

Luego de observar a la joven gitana, el detective entendió de quien se trataba.

-Saludos Shuvani; saludó el detective inclinando la cabeza. -Que Santa Sara te bendiga.

-¿Conoces nuestras tradiciones paisano?; preguntó Milenka.

-Conozco y respeto a tu madre; contestó el teniente. Pido permiso a este pueblo y a ti sabia Shuvani, para poder trabajar.

-Acompáñame a mi carpa paisano; pidió Milenka.

-No veo a tu madre; observó el Teniente Hormazabal.

-Mi madre se ha marchado ya, aunque la viste afuera; respondió Milenka mirando la cruz, mientras una sombra cubría su dulce rostro.

-¿Sabes quién lo hizo?; preguntó el policía.

-Anoche un paisano entró tarde al campamento y nos atacó; respondió la muchacha. -No pudimos defendernos siquiera.

-¿Lo habías visto antes?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Nunca, pero parece que tenía problemas con mi madre; respondió ella.  -También mató al jefe de nuestra tribu y a otro gitano.

-¿Y no pudieron detenerlo?; preguntó el policía.

-Era muy poderoso y ni las balas lo tocaban; contestó Milenka.

-Debe haber usado un chaleco antibalas; pensó el detective.

-¿Estaba armado?; preguntó el policía a la gitana.

-No le vi ningún arma; respondió ella.

-¿Entonces cómo me explicas que nadie lo hubiese parado mientras mataba a tres de ustedes?; quiso saber Hormazabal.

-Porque ese paisano es un brujo; contestó la mujer.

-¿Brujo?; preguntó el policía. -¿Insinúas que usó magia?

-Para ustedes los paisanos es difícil creer en esas cosas; comentó ella.  -Pero para mi gente es algo natural.

-Entiendo; asintió el policía.

-No me crees paisano; opinó Milenka.

-No importa lo que yo crea; contestó él. -Pero debo investigar qué ocurrió realmente aquí; por eso pido tu permiso para que yo y mis hombres podamos trabajar, para atrapar al asesino de tu madre.

-Hazlo, pero con respeto; accedió Milenka.

-Gracias, sabia Shuvani; aceptó el Teniente Hormazabal.

-Milenka, mi nombre es Milenka; contestó la joven sacerdotisa gitana.

-Gracias Milenka, te prometo atrapar a ese maldito; afirmó el detective.

Algunos gitanos esperaban fuera de la carpa a la Shuvani, mientras que los tres policías aguardaban ansiosos junto a la patrulla, bajo la mirada recelosa y desconfiada de otro grupo.

En medio de la expectación de todos, Milenka y el Teniente Hormazabal salieron juntos.

-Estos paisanos van a trabajar en el campamento y moverán los cuerpos de nuestros muertos; informó ella a todos. -Ellos atraparán al brujo que mató a nuestros hermanos.

-Pero eso profanará su carne y su recuerdo; objetó de mala forma un gitano. -No estoy de acuerdo en que estos paisanos se metan.

-¡Calla tu lengua insolente y muestra respeto, la Shuvani ha hablado!; se escuchó la voz severa y a la vez paternal del gitano más anciano de la tribu, ante cuya presencia  todos los jóvenes bajaron la mirada.

-Si la Shuvani lo ha consentido, que así sea; ordenó el jefe de la tribu. -Nadie moleste a los paisanos y contesten todas sus preguntas.

-Serás un sabio jefe al igual que lo fue tu padre; respondió Milenka al jefe.

-Bueno paisano, ponte a trabajar, que nosotros haremos lo nuestro; autorizó la Shuvani retirándose junto al anciano y al jefe de la tribu.

La cena estaba un poco condimentada, lo que dio algo de sed a Daniel, así es que se dirigió a la cocina a servirse un trago de agua. Afuera el viento mecía los árboles y silbaba al pasar entre los cables eléctricos. Justo cuando un relámpago rajó el negro manto de la noche, Daniel levantó la cabeza; la impresión que se llevó le hizo soltar vaso, el que se molió en el suelo, al ver el rostro de la vieja gitana muerta reflejado en la ventana.

-¿Todo bien?; preguntó Susana desde el living al escuchar el ruido del vaso al romperse.

-Sí, se me cayó un vaso; respondió Daniel.

Un gesto de molestia cruzó momentáneamente el rostro de él.

La frente de Milenka estaba cubierta de gotas de transpiración y se sentía muy exhausta, pero no podía descansar hasta encontrar al brujo que había asesinado a su madre y hacerlo pagar.

-¿Tiene alguna pista doctor?; preguntó el Teniente Hormazabal al forense.

-No, pero puedo decirle lo que no tengo; respondió él.

-Supongo que hay algo peculiar; opinó el detective.

-Cuando un objeto o persona se quema con algún elemento incendiario de cualquier tipo, siempre quedan restos de derivados del combustible; explicó el profesional.

-Algo había leído al respecto; comentó Hormazabal.

-Sin embargo, en este caso no hay nada. La combustión fue limpia, por así decirlo; aclaró el forense.

-¿Entonces con qué quemaron a las dos víctimas de fuego?; preguntó el policía.

-Aparentemente el fuego se produjo por exposición a una fuente muy intensa de calor, no química; continuó el médico.

-Ya…, entonces el asesino es Superman y los mató con su visión calórica; dijo sarcástico el detective.

-No creo que haya sido él, pero sí le puedo asegurar que usó una fuente muy poderosa y controlada de calor; respondió el forense. -Personalmente  no sé qué arma usó el asesino, pero sí que es muy poderosa.

Sin ninguna pista la investigación podía extenderse por mucho tiempo, dedujo el teniente, pero a veces eso pasaba; ahora había un criminal suelto en las calles, que no permitiría que quedase sin castigo. El único lugar donde podría sacar algo en claro era el campamento gitano. Cerca del medio día llegó cuando éste ya estaba prácticamente desarmado, listos sus moradores para marcharse de ese lugar maldito.

-Hola paisano, ¿qué quieres?; saludó Milenka.

-Saludos Shuvani; respondió el Teniente Hormazabal. -Necesito hacerte unas preguntas.

-¿Qué quieres saber?; preguntó ella.

-¿Tú viste al asesino de tu madre?; preguntó el policía.

La gitana bajó la mirada y guardó silencio un momento, con voz apagada respondió.

-Nunca olvidaré ese rostro; contestó la joven Shuvani.

-Entiendo; comentó el detective.

-¿Estarías dispuesta a acompañarme al cuartel de policía para que tú describas al asesino y hagan un retrato de él?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-¿De qué serviría eso?; quiso saber Milenka.

-Si conocemos su rostro podremos buscarlo por todos lados; contestó el policía.

-¿Y cuándo lo encuentren, crees que lo van a poder atrapar?; preguntó ella.

-Confía en la policía Milenka; pidió el detective.

-Confío en ti paisano; respondió la gitana.

-¿Entonces me acompañarás al cuartel policial?; insistió el teniente.

-Pero nosotros nos vamos a ir de este lugar; informó la joven.

-Es solo por unas horas; aclaró el detective.

-Está bien paisano, para que puedas seguir con tu trabajo; aceptó Milenka.

Al poco rato el auto del Teniente Hormazabal se estacionaba frente al cuartel policial.

-Esta oficial va a dibujar al asesino con la descripción que hagas; indicó el policía a Milenka.

Después de unos minutos, sobre la hoja de papel apareció exacto el rostro de Daniel, con una sombría expresión de maldad.

-Gracias Milenka, con esto podremos atraparlo; dijo el policía.

-¿Ya puedo volver con mi gente?; preguntó la gitana.

-Espera un momento; pidió el detective, pasándole un teléfono celular a la muchacha.

-Llámame en caso que me necesites o recuerdes algo útil; indicó el teniente. -Mi número está grabado ya.

-Bueno paisano; respondió Milenka guardando el teléfono en un bolsillo de su vestido.

-Te llevo de vuelta a tu campamento; ofreció el policía.

-No gracias paisano; rehusó ella. -Conozco el camino.

La fría noche fue perturbada por las pisadas que entraron donde hace unas horas se hallaba el campamento gitano; ningún perro, ni ninguna voz de alarma dieron el aviso. Daniel se encontró con un sitio baldío solamente; los gitanos habían movido su campamento hacia otro lugar, lejos de la tierra maldita por el brujo.

-¡Malditos gitanos!; gritó Daniel apretando los puños con rabia. Un relámpago rompió el negro velo de la noche, cuando se desencadenó el aguacero.

En medio de la lluvia claramente llegó a los oídos del brujo la risa de la vieja gitana.

-Me la vas apagar gitana; gritó enojado Daniel.

Milenka se sentía cansada y su frente brillaba con gotas de humedad, pero no iba a desistir en su esfuerzo por hacer pagar al brujo, aunque sabía que eso era peligroso. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el repiqueteo del celular del policía.

-Milenka te llamaba para preguntarte si has recordado algo más, lo que sea; dijo el Teniente Hormazabal.

-No he recordado nada paisano; respondió ella. -Que estés bien.

-No dudes en llamarme; insistió el detective.

-Bueno, yo te llamaré si me acuerdo de algo; contestó ella.

El nuevo campamento estaba en silencio; habiendo quedado el dolor en la otra tierra podían dormir en paz. De pronto los perros comenzaron a ladrar frenéticos; Milenka de un salto se puso de pie y salió corriendo de su carpa.

Los ojos de la gitana se dilataron cuando vieron que el brujo se encontraba en el campamento, sujetando del cuello el cuerpo sin vida de un gitano, que arrojó con desprecio al barro. De alguna forma él había logrado dar con ellos.

-¿En serio pensaste que podrían escapar de mí?; preguntó Daniel.

Algunos gitanos salieron armados de sus carpas y dispararon contra el hechicero, sin que las balas siquiera lo tocaran.

-Aún no aprenden; dijo él arrojándolos contra un montón de palos afilados, matándolos en forma instantánea.

Milenka intentó golpearlo con un palo, pero la rechazó de un solo empujón, botándola de espalda.

Las carpas comenzaron a arder, las llamas y los gritos se extendieron por todo el campamento. El espectáculo de los gitanos corriendo envueltos en llamas, para caer retorciéndose era aterrador.

Milenka trataba de moverse pero estaba inmovilizada por un gran peso que la aplastaba contra el suelo.

Daniel tomó una pala que había tirada y lentamente se acercó a la gitana que yacía indefensa en el suelo. Con un violento impulso el brujo golpeó el cuello de Milenka con el filo de la herramienta.

Con el pulso desbocado y empapada en sudor la gitana despertó de la horrible pesadilla.Asustada y consciente del peligro que se cernía sobre su tribu, apretó contra su pecho el teléfono que le diese el Teniente Hormazabal y se volvió a dormir.

Daniel sonreía maliciosamente en su departamento. No solo la gitana podía provocar miedo.

Milenka preparaba un montón de amuletos, pócimas y talismanes para que todos se pudiesen proteger del brujo. Con sus propias manos la Shuvani escarbó la tierra alrededor del campamento y enterró varios talismanes, encerrándolo completamente en un círculo protector; inmediatamente después desparramó tierra de cementerio y sangre de gallina para fortalecer aun más el poder de la magia gitana.

Ya llevaba muchas horas revisando las bases de datos de los archivos policiales y no daba con nada. Demasiado cansado, el Teniente Hormazabal estaba esperando que el Servicio Nacional de Identificación y Registro Civil le enviase la identidad del sospechoso. Mientras se preparaba una taza de café, a su computadora llegó el tan ansiado mensaje; sin embargo, no era lo que él esperaba.

-“El retrato hablado, cuya identificación solicitó no corresponde a ningún ciudadano, tanto nacido, como extranjero de nuestra nación. Por lo tanto, no es posible entregar una respuesta positiva sobre su identidad”; indicaba el comunicado del Registro de Identificación.

-Así que este tipo no existe; comentó para sí el policía. -¿Quién diablo eres?

-Bueno, es hora de cobrar favores; dijo Hormazabal marcando el número de un amigo de la Interpol.

-¿Aló?; contestaron en el otro lado de la línea.

-Tanto tiempo; saludó el detective. -Te llamaba para pedirte un favor súper grande. Verás, hay un sospechoso de asesinato cuyo retrato hablado no nos ha servido mucho para saber quién es.

-Entiendo; respondió el agente. -Mándamelo por correo electrónico a ver qué encuentro.

-Ya te lo mandé; indicó Hormazabal. -Gracias.

-Te llamaré en cuanto averigüe algo; se despidió el oficial de la Policía Internacional.

-Aburrido, para distraerse un poco el policía comenzó a leer en internet sobre maldiciones, gitanos y magia en general, pero aparte de encontrar todo muy divertido, no le interesó mayormente. En eso estaba cuando su teléfono le devolvió al mundo real.

-¿Qué pudiste averiguar?; preguntó ansioso el Teniente Hormazabal.

-Tu sospechoso se llama Daniel Briceño, de nacionalidad española; era profesor de historia, pero fue expulsado de la universidad donde hacía clases por influir negativamente sobre sus alumnos; contó el agente.

-¿De qué forma?; preguntó intrigado Hormazabal.

-Magia negra y esas cosas; contestó el agente.

-¿Sabes cuál es su residencia actual?; quiso saber el policía.

-Ahí está el problema; contestó el agente. -Briceño murió a los treinta y cinco años, hace setenta años, durante la Segunda Guerra Mundial.

-Para estar muerto parece que ha estado bastante activo estos días; opinó el teniente.

-Esa es la información que existe de él; observó el agente.

-¿Sabes si tuvo descendientes?; preguntó el policía.

-Ninguno; agregó el agente. -¿Qué opinas?

-Que alguien está usando su identidad; supuso el detective.

-Bueno, gracias; se despidió el policía del agente. -Te debo una.

Tras meditarlo un momento, el detective decidió llamar a la gitana para comentarle lo que había averiguado.

-Hola paisano; contestó Milenka.

-El tipo que describiste supuestamente murió hace setenta años, por lo que no tenemos forma de saber quién es realmente, a menos que lo atrapemos; informó el policía.

-Te dije que no encontrarías nada paisano; le recordó Milenka. -En todo caso yo…

En medio de chicharreos la comunicación se cortó; podía ser por la tormenta, pero aun así el Teniente Hormazabal se preocupó y puso de pie, tomando las llaves de su patrulla y cerciorándose de que el cargador de su pistola estuviese lleno.

Las nubes se movían rápido y el viento soplaba tibio; la tormenta caería en cualquier momento. Después de conducir unos minutos a toda velocidad, el policía llegó hasta el campamento gitano.

-Necesito hablar con la Shuvani; le dijo a uno de los gitanos.

-Ella está ocupada; respondió él sin intenciones de dejarlo pasar.

-Está bien, que pase; dijo Milenka desde su carpa.

-No debiste venir paisano, esto se va a poner muy malo hoy; lo recriminó ella.

-Yo te puedo ayudar; le contestó el teniente.

-Realmente no creo que puedas hacer mucho; opinó ella.

-Aun así me quedaré; insistió él.

-En ese caso lleva este amuleto contigo; le pidió la gitana pasándole una bolsita negra.

-Gracias, pero tengo el mío; respondió el policía mostrándole su pistola.

-Mira paisano, si no lo usas yo misma te voy a maldecir; ordenó la Shuvani metiéndoselo en un bolsillo de la chaqueta.

Milenka salió de la carpa a dar unas últimas instrucciones a la tribu, antes de la llegada del brujo.

-Mejor no la contradigas paisano; dijo el anciano de la tribu, a quién Hormazabal no había notado en la carpa. -Es tan testaruda como su madre y su abuela; le dijo el viejo gitano palmeándole un hombro.

-Nuestro hermanos ya están listos; avisó Milenka entrando en la carpa.  -Esperemos  que el brujo no venga esta noche, pero el viento lo anuncia.

Daniel con paso firme se acercó al campamento; todos dormían y esta vez nadie escaparía. Ni siquiera los perros lo sintieron llegar, el viento agitaba los árboles y aullaba como lobo sediento de sangre.

Su andar se detuvo ante un súbito mareo que hizo girar todo a su alrededor. Tambaleándose el brujo retrocedió, saliendo del círculo trazado por la Shuvani. La tierra comenzó a temblar hasta que los talismanes quedaron a la vista, removiendo algunos y rompiendo el anillo protector.

Una tormenta eléctrica se desencadenó ante la furia de Daniel. La Shuvani salió de su carpa para intentar detenerlo, mientras los otros gitanos huían del campamento como ella lo ordenara.

-Aléjense rápido de aquí; gritó Milenka. -Tú también ándate paisano; dijo al Teniente Hormazabal.

-Ni creas que te dejaré solacon este loco; respondió él en medio de la lluvia que caía a chusos.

Una sonrisa maligna se dibujó en los labios de Daniel, cuando un rayo alcanzó a un gitano, pulverizándolo en el acto.

Instintivamente el policía desenfundó su arma y disparó contra el brujo, sin lastimarlo en lo más mínimo.

-No estorbes basura; dijo Daniel moviendo una mano.

Un fuerte viento lanzó por el aire al detective, quedando tirado inmóvil al caer al barro.

Con el viento golpeándola fuerte en la cara, los relámpagos estallando cerca, Milenka concentró toda su fuerza en su voz.

-“Yo te maldigo brujo,

por la llama, por el viento,

por la masa, por la lluvia,

por el barro, por el rayo y por el fuego,

por lo que vuela, por lo que repta,

por el ojo, por la mano,

por la espada y por el látigo.

Yo te maldigo”.

Gritó la Shuvani lanzándole un puñado de tierra de cementerio en la cara al brujo.

 -Tonta, ¿crees que eso me puede hacer algo a mí?; preguntó sarcástico Daniel moviendo su mano; sin embargo, nada le ocurrió a la gitana.

La maldición de la Shuvani había anulado lo poderes del hechicero al menos momentáneamente. Frustrado y furioso asestó un puñetazo en la cara a la joven gitana, dejándola mareada en el suelo.

Descontrolado por la rabia, Daniel se aproximó al policía con un hacha que había junto a una pila de leña; contempló un momento al policía antes de bajar la hoja cortante sobre su cabeza.

Tres detonaciones hirieron la noche; las balas, sin que nada las detuviese, perforaron el pecho del brujo, haciéndolo caer de espalda. La gitana de pie, con el pelo pegado a su cara sostenía aun la pistola humeante del Teniente Hormazabal, mientras veía caer un relámpago sobre Daniel quelo redujo a cenizas.

Aun algo mareada por el golpe, Milenka llegó corriendo junto al cuerpo del detective, el que para su sorpresa aun respiraba.

Lentamente el policía abrió sus ojos, para ver el hermoso rostro de la Shuvani que lo observaba con una sonrisa. Un poco aturdido aun, se quedó un rato más con la cabeza apoyada en los muslos de la gitana.

-Parece que tus talismanes si sirven; dijo Hormazabal sacando la bolsita de terciopelo negro de su chaqueta.

-No me vuelvas a asustar así paisano; dijo Milenka sacándose un mechón de cabello de la cara.

-Está bien, pero avísame un poco antes para la próxima vez; respondió el detective.

-¿Ahora crees en la magia gitana paisano?; preguntó Milenka, ayudándole a ponerse de pie y dándole un beso en la cara.

-Siempre he creído en la magia Shuvani; respondió el Teniente Hormazabal. -¿Por qué crees que era amigo de tu madre?

La lluvia había mezclado las cenizas del brujo con el barro y Milenka lo revolvió con su pie, antes de caminar hacia su carpa. Junto a ella el Teniente Hormazabal rozaba su mano sin llegar a tomársela, mientras ella se sonreía en silencio. Total, un secreto más no significaba mucho en la vida de una Shuvani, llena de secretos.

Desde su carpa el más anciano de los gitanos terminaba de fumar, mientras los veía caminar y se encogió de hombros sin darle mayor importancia. Al fin y al cabo él sabía guardar los secretos de su nieta.

 

 

 

Mal Cálculo 10 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mal Cálculo

Norma estacionó el auto frente a su casa tras una noche junto a la familia de su hermana. Cuando metió la llave en la cerradura sintió una mano que le tapó la boca. El asaltante se había ocultado  tras un arbusto y ella no notó cuando se puso tras ella y la sorprendió.

Pegado a la espalda de Norma y sin sacarle la mano de la boca, rápidamente la introdujo en la solitaria casa.

-Si coopera y no hace nada estúpido no le pasará nada señora; dijo el ladrón.

-Por favor no me haga daño; rogó Norma. -En la cómoda de mi habitación hay algo de dinero y algunas joyas; llévese todo, pero por favor no me lastime.

-En una casa como esta tiene que haber una caja fuerte; observó el ladrón. -Ahorrémonos problemas y dígame dónde está.

-Ya le dije que no hay nada más; insistió la mujer. -Si quiere revise.

-Mire señora, esto no es un juego; dijo el asaltante lanzando de un empujón a Norma al suelo.

Ella asustada lo miraba desde abajo.

Con mano férrea el delincuente tomó de un brazo a su víctima y la levantó de un tirón.

-Mejor empiece a cooperar señora o las cosas se van a poner muy malas; advirtió el asaltante.

Sin que el hombre lo notase, Norma echó una pierna hacia atrás y asestó un fuerte rodillazo en la entrepierna de éste, haciéndole dar un grito de dolor mientras caía de rodillas, oportunidad que ella aprovechó para huir hacia otra habitación y pedir ayuda por teléfono.

-¡Maldita sea!; exclamó el asaltante poniéndose de pie aún adolorido.

Mientras corría a esconderse Norma se apoyó sin querer en un interruptor en la muralla, que activó un seguro de emergencia en todas las puertas y ventanas que daban al exterior de la casa.

-Ya no seré más amable con usted; amenazó el bandido sacando una navaja automática de su pantalón.

Sospechando las intenciones de la mujer, él de un tajo cortó el cable telefónico y pisó el teléfono celular de ella.

Norma transpiraba copiosamente, tratando de no respirar casi para no delatar su escondite. Nerviosa buscó en sus bolsillos su teléfono celular, para con angustia comprobar que no lo tenía.

Los pasos del hombre la buscaban sin prisa por la casa; lentamente se acercaron hasta el armario de escobas y cachureos y la puerta se abrió de golpe. Con los ojos cerrados y los labios apretados Norma se acurrucó lo más que pudo tras unas cajas en un rincón oscuro; al no verla el asaltante siguió su búsqueda por las otras habitaciones. Cuando éste se hubo alejado unos cuantos metros ella salió de su escondite y corrió lo más rápido que pudo en la dirección contraria.

Al percatarse de la ágil maniobra de la mujer el ladrón dio unas cuantas zancadas y quedó casi pegado a ella. En un último esfuerzo su  víctima alcanzó a entrar en una habitación y a pesar de los intentos de él logró apoyar todo su peso en la puerta y cerrarla con llave.

-Abra la puerta señora y le prometo que no le haré daño; dijo el asaltante esperando un rato. -Muy bien, si eso es lo que quiere nos entenderemos de otra forma; advirtió el bandido.

La puerta temblaba entera con cada empujón que le daba el hombre. Norma sabía que cuando él entrara seguramente la mataría. Asustada miró por todas partes por si encontraba algo con que poder defenderse, pero para su desesperación que aumentaba a cada instante no había nada útil.

La puerta estaba crujiendo; él entraría en cualquier momento. Ella estuvo a punto de tropezar con la silla del tocador cuando corrió hacia el botiquín del baño en caso de que hubiese algo que pudiera usar como arma, pero no había gran cosa ahí.

La puerta por fin terminó por ceder y el hombre entró con el pelo desordenado y los ojos brillantes de rabia y en la mano derecha su navaja.

-Lo siento mucho señora, esta no era mi idea original; dijo el hombre tomándola de un brazo con la intensión de poner término a la molestia en que se había convertido.

La mano de Norma cogió del botiquín lo primero que encontró y clavó fuerte la aguja hipodérmica en el cuello de su agresor, inyectándole todo el contenido de la jeringa.

-¡Desgraciada!; gritó el asaltante mientras se sacaba la improvisada arma.

La aterrada mujer aprovecho la oportunidad para tratar de escapar de ahí mientras aún tenía tiempo. La mirada del hombre comenzó a ponerse borrosa y la habitación parecía inclinarse.

La mujer bajó corriendo la escalera hacia la planta baja. A pesar del mareo que sentía el hombre estaba a punto de darle alcance nuevamente, pero ella esta vez lo pudo esquivar fácilmente.

Comprendiendo que pronto se desmayaría, el delincuente intentó abrir la puerta para escapar de la casa, porque de lo contrario sería atrapado por la policía.

Norma pulsó un botón en el panel de control de la alarma y los seguros de las puertas y ventanas se bloquearon con un chasquido. Las persianas se cerraron y sus delgadas pero duras láminas de acero giraron impidiendo que alguien pudiese ver desde la calle el interior de la casa.

El hombre trastabillando llegó hasta el teléfono que estaba sobre la mesa de centro pero la línea estaba totalmente muerta; la mujer balanceó sobre la cara pálida del asaltante, cuya vista comenzaba a oscurecerse y las piernas a doblarse el cable que él mismo había cortado.

-Mal cálculo; dijo Norma poniéndose guantes de látex mientras el ladrón caía sin sentido.

Sus ojos comenzaron a abrirse nuevamente y una fuerte luz blanca los hirió. Confundido tardo un rato en darse cuenta de que se encontraba amarrado y desnudo en una mesa de metal.

-¿Qué me va a hacer?; preguntó a media voz el hombre. -Si me deja ir le prometo que nunca más la molestaré.

-En cierta forma estoy muy agradecida con usted por haber venido a visitarme; dijo la mujer tocando los músculos del tórax y del abdomen del hombre.

-¿Qué te parece este cuerpo?; preguntó ella a alguien.

-Parece ser joven y saludable; respondió un hombre con un extraño acento en su voz.

-Lo es y lo mejor de todo es que tiene los mismos grupos sanguíneos que tú; agregó Norma.

El asaltante intentó girar la cabeza para ver quién más estaba ahí pero con sorpresa notó que tenía la cabeza inmovilizada a la mesa.

-¿Te gusta a ti?; preguntó el otro hombre.

-Sí, tiene músculos bien tonificados; contestó la mujer tocándole los muslos.  -Si todo sale bien muy pronto podremos divertirnos mucho.

-¿Qué está ocurriendo aquí?; preguntó el asaltante.

-Por favor cállese; pidió Norma. -¿No ve que estoy hablando con mi marido?

Ella tomó una pequeña jeringa mientras con la otra mano le sujetaba la lengua y le inyectó algo.

El hombre sintió la lengua caliente e hinchada; trató de hablar pero ésta ya no respondía a su voluntad.

Norma se cambió los guantes y se puso una mascarilla cubriendo su rostro.

-Quiero ver el procedimiento; dijo el otro hombre.

-Déjame acercarte a la mesa; respondió ella.

Con cuidado Norma acercó una pequeña mesa con una caja de cristal a la mesa de operaciones.

Con un indescriptible asombro, al girar levemente los ojos, el asaltante vio la cabeza sin cuerpo que lo observaba a través del cristal que la contenía.

-Es hora de dormir para no estresar ese hermoso cuerpo; dijo Norma inyectando una dosis de anestesia en el suero.

Con horror e imposibilitado de reaccionar el ladrón vio como la mujer acercaba una pequeña  sierra circular a su cabeza y caía en un sueño profundo del cual no volvería nunca más.

Los ojos del hombre se abrieron lentamente y la vista nublada poco a poco comenzó a aclarársele.

-Tranquilo, la confusión pronto pasará; aconsejó la mujer con calma.

Junto a ellos la caja de cristal estaba vacía; en una bandeja yacía la cabeza sin vida del marido de Norma y en un basurero estaba tirado el cerebro muerto del asaltante.

-¿Cómo resultó todo?; preguntó el hombre.

-Hasta el momento todo bien, pero aún debemos esperar; contestó Norma a su marido, mirando el cerebro en el basurero.

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La Última Equivocación 8 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas  

 

 

La Última Equivocación

La hora del taco no era tan terrible esa tarde; lo más probable era que todos se hubiesen retirado temprano para ver el partido de la selección de futbol.

Marlene conducía tranquila, aprovechando la poca cantidad de vehículos que había en la calle. Al pasar frente al supermercado un destello cruzó por su mente, como un frio fantasmagórico que acaricia la nuca helándote de angustia.

-Se me olvidó que tenía que pasar al supermercado; se recriminó  a sí misma. -Y justo hoy tengo invitados.

Cuatro cuadras más allá, Marlene viró en la esquina para retroceder e ir a comprar. Si tenía suerte no habría mucha gente.

A pesar de ser día viernes el supermercado estaba casi vacío; el partido de futbol en que la selección se jugaba su puesto en la próxima Copa Mundial había causado un gran revuelo.

-Cabezas de pelota; comentó Marlene para sí.

Después de un rato salió con las manos llenas de bolsas. El estacionamiento subterráneo estaba vacío, aunque eso no inquietó a la mujer, que no era la primera vez que lo veía así. Sin embargo, una sensación de incomodidad la embargó al llegar junto a su vehículo; con ambas manos ocupadas no tenía como sacar las llaves.

-Mmm, ¿cuándo van a inventar los autos inteligentes?; se preguntó mientras dejaba las bolsas en el suelo.

El dolor agudo del golpe seco en la nuca hizo que todo se volviera negro frente a Marlene.

Amarrada, amordazada y con los ojos tapados Marlene despertó en un automóvil que no era el suyo; con un fuerte dolor de cabeza y algo mareada, se dio cuenta de que hace un rato el vehículo corría por una carretera, pero debido a que los raptores habían dado varias vueltas, estaba totalmente desorientada.

Sin saber cuánto tiempo había pasado, ni dónde se encontraba, Marlene sintió que el auto se detenía. La voz de una mujer ordenó que la llevaran dentro de la casa.

-Vamos que tenemos que movernos rápido; dijo un hombre.

Por las voces Marlene pudo contar a cinco personas, ninguna de las cuales le decía nada a ella.

Un hombre la tomó de los brazos, que llevaba atados a la espalda y la condujo con relativa suavidad a un sótano, frío y mal iluminado, con olor a desinfectante, molesto y opresor al olfato. El hombre abrió una puerta aparentemente metálica, por el sonido que hizo e introdujo a la mujer en ella, sacándole la venda que la cegaba.

-¿Quiénes son y por qué me han traído aquí?; preguntó inmediatamente Marlene mirando al hombre a la cara.

-Tranquila y todo será más fácil; respondió él.

-¿Qué quieren?; quiso saber ella. -Si es dinero, sepan que no tengo ni para hacer cantar a un ciego.

-A su debido tiempo lo sabrá; terminó el hombre. -Ahora descanse; dijo cerrando la puerta con llave al salir.

¿Me habrán secuestrado de verdad o será una broma de algunos de mis amigos?; se preguntó la mujer. -Claro que si fuese solo una broma no me habrían pegado tan fuerte en la cabeza. Supongo que es un secuestro real, ¿pero por qué?

Sola en su celda Marlene tenía tiempo de sobra para hacerse una y otra pregunta sin respuesta.

-¿Será que se dedican al tráfico de blancas?; seguía preguntándose ella.     -Por último me hubiesen preguntado primero; irme a vivir con un multimillonario petrolero o un emir árabe no es tan mala idea después de todo.

En eso gastaba el tiempo Marlene cuando escuchó que introducían una llave en la cerradura.

-Coma un poco; ordenó la mujer llevando una bandeja con comida.

-Si no me suelta las manos es difícil que pueda; respondió Marlene. -Si están pensando en pedir rescate por mí olvídenlo, mi familia y yo somos pobres.

-Aunque no lo crea, usted vale mucho dinero; respondió la mujer.

-No sé a qué se refiere; contestó la cautiva.

-No importa; agregó la captora. -Ahora coma.

Aprovechando un descuido Marlene se abalanzó contra la celadora y salió corriendo. En un abrir y cerrar de ojos logró subir la escalera que conducía al primer piso. Pudo correr un par de metros por un angosto pasillo, cuando un fornido tipo la abrazó fuerte y levantó, dejando sus pies en el aire.

-No la lastimes; ordenó otro hombre. -La necesitamos entera.

-Mejor procedamos enseguida, antes de que nuestra invitada nos cause más líos; sugirió la mujer que salió del sótano.

-Tienes razón; coincidió el hombre. -Preparen todo.

-Vamos señorita; dijo el hombre que la retenía. -Ustedes dos vigilen que no venga nadie.

Marlene fue conducida de vuelta al sótano, en cuyo lóbrego interior el musculoso sujeto abrió una puerta que hasta ahora la muchacha no había visto.

-¿Qué me van a hacer?; preguntó asustada al ver el interior de la macabra habitación.

Un quirófano, un frío y blanco quirófano la recibió con su inquietante lámpara gigantesca que alumbraba una camilla de operaciones.

¡No! esto es una barbaridad; gritó la muchacha forcejeando y tratando furiosamente de librarse de la férrea presión ejercida por el hombre que la sujetaba.

-Mejor cálmese; aconsejó la mujer.

Una sensación de calor corrió por el brazo derecho de Marlene y una pesada somnolencia la embargó. Aunque no la durmió completamente, el tranquilizante la relajó bastante, anulando su resistencia pero no su miedo ante un destino final que se abría aterrador ante ella. Cuando sus ojos se volvieron a abrir se encontraba atada de pies y manos con sendas correas de cuero a la mortífera cama.

-¿Por qué?; preguntó Marlene con un nudo en la garganta.

-Porque tus órganos valen millones para nuestro cliente querida; contestó la mujer.

-Lo peor es tener que dañar este exquisito cuerpo; agregó en forma libidinosa el hombre acariciando el abdomen desnudo de la muchacha, mientras sádicamente hacía brillar la hoja del bisturí que sostenía en su mano derecha.

-¡No, no!, por favor no lo hagan; suplicaba Marlene mientras se retorcía en la camilla.

-Vamos a tener que dormirla completamente; sugirió el hombre.

-Ya tengo lista la anestesia; contestó la mujer con una jeringa en una bandeja de acero.

Con un algodón empapado en alcohol, la mujer comenzó a limpiar el brazo de aterrada muchacha. Marlene tenía el rostro empapado en traspiración a causa del terror que la dominaba.

-¡No, por favor no!; gritó la joven cuando la aguja rozó su piel.

Los azules ojos de la chica se volvieron rojos de golpe, quedando cruzados por una línea delgada; su suave piel se tornó rápidamente dura y oscura.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó atónita la mujer cuando la aguja se le quebró.

El cuerpo encorvado de la muchacha se tornó duro y macizamente musculoso y de sus crispadas manos crecieron curvas y gruesas garras.

Ante la incrédula mirada de los traficantes de órganos, el bello rostro de Marlene perdió su armonía y encanto. La boca desmedidamente abierta dejaba ver un pozo negro coronado por decenas de finos y agudos dientes, semejantes a una sierra de leñador.

-¿Qué diablos es esto?; preguntó el hombre al borde del espanto.

De lo que había sido la delicada muchacha, ahora no quedaba nada. Mezcla de locos, de criaturas de distinto tipo, con rasgos anfibios, reptiles, mamíferos y humanos, sin ningún orden lógico; era una cosa más que un solo ser definido, que luchaba por zafarse de sus ataduras.

-¡Salgamos de aquí!; gritó la mujer cuando la cosa de un tirón cortó las correas que inmovilizaban sus piernas y sin esfuerzo aparente liberaba sus brazos.

-¡Corre!; dijo el hombre a su compañera, pero ésta solo alcanzó a dar un alarido cuando su cara fue literalmente arrancada de un zarpazo, que afortunadamente también le cortó la garganta, dándole el beneficio de una muerte casi instantánea.

Sin pensarlo dos veces el hombre corrió hacia la puerta, tratando de salvar su poco valiosa y miserable vida, pero cuando iba a tomar la cerradura, vio como la puerta era salpicada de sangre; de su propia sangre, desparramada cuando una mano de la cosa atravesó su espalda y salió por su pecho. Sus manos resbalaron por la puerta ensangrentada al desplomarse sin vida al frio piso de baldosas hasta hace poco blancas.

El alarido de la mujer al ser mutilada atrajo a otro de los hombres, el que blandiendo una pistola de grueso calibre bajó corriendo la escalera del sótano. Todos los pelos de su cuerpo se pusieron de punta ante la visión de la cosa que chorreaba de sus manos la sangre de sus cómplices.

El olor a adrenalina penetró a raudales a las fosas nasales de la cosa, enloqueciéndola prácticamente de rabia y sed de muerte; dando un extraño rugido el monstruoso animal se abalanzó sobre el hombre, quien no dudó en disparar una y otra vez en forma inútil sobre la mole de músculos y garras que corría hacia él. Los disparos solo enojaron más a la cosa, cuya gruesa piel no era ni siquiera rasguñada por las balas.

De un solo golpe el tórax y abdomen del hombre quedaron cruzados por cuatro profundos surcos que dejaron a la vista sus desgarrados órganos.

Ante los disparos y los gruñidos de la cosa los otros dos criminales saltaron de su silla en la cocina, sacando inmediatamente sus armas de la ropa. Huellas de grandes pisadas ensangrentadas subían desde el sótano y seguían por el angosto pasillo de la vieja casona.

Un furioso y salvaje gruñido acompañó el golpe que uno de los hombres recibió en la cabeza, arrancándole la mitad del cráneo.

Espantado el otro hombre trató de defenderse con su pistola, pero las balas no lograban romper la dura piel de la cosa; desesperado, con el arma vacía, el hombre la arrojó contra el animal, sin hacerle ni el menor daño. De un salto la cosa derribó al hombre y lo despedazó literalmente a zarpazos.

Durante dos días había nevado sin cesar y la nieve había creado un grueso manto blanco en el exterior.

Grandes zancadas de pisadas ensangrentadas se marcaban en la nieve fresca; poco a poco las huellas se fueron haciendo más cercanas y con marcas más pequeñas. Pisadas ensangrentadas de una persona descalza que caminaba hacia  la ciudad.

 

 

 

Los Invasores 7 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Los Invasores

El primer contacto con alienígenas era el acontecimiento más trascendental de la historia que cualquiera podía imaginar; y sin embargo, la emoción inicial había dado paso a desconfianza en algunos grupos de ciudadanos y a ambiciones oportunistas en otros. Pero al pasar los días todos esos sentimientos se habían convertido en miedo y desesperanza, cuando por fin los extranjeros decidieron descender de su nave, vestidos con sus impenetrables trajes espaciales, que no permitían apreciar su real aspecto, salvo poder comprobar que eran humanoides al igual que los nativos.

Eso no habría tenido nada de malo, ya que todos estaban ansiosos de conocer a los visitantes venidos de tan lejos. Lo realmente malo y que varios temían, ocurrió cuando el cielo se llenó de cientos de naves pequeñas algo alargadas y con alas, que se desplazaban a vertiginosa velocidad; los militares no lo dudaron y lanzaron varios escuadrones de aviones para vigilarlos y escoltarlos pacíficamente a las bases más cercanas. Las sorpresas siempre golpean duro cuando son desagradables y no fue la excepción, cuando uno solo de los aviones alienígenas derribó a todo un escuadrón de aviones sin ninguna provocación; la respuesta no se hizo esperar y se desplegaron todos los recursos disponibles contra los invasores, pero sus armas eran más poderosas y su tecnología más avanzada. Pronto el que un día fuera un pueblo orgulloso, se vio obligado a refugiarse entre las ruinas de su moribunda civilización.

Tal vez habría habido una posibilidad de llevar a cabo ingeniería inversa, si hubiese sido posible atrapar alguna de sus máquinas o naves, pero no había nada que hacer contra su más mortífero, aterrador y despiadado recurso, el miedo; las calles eran recorridas y cada escondite posible escudriñado por incansables animales con implantes mecánicos, ante los cuales solo cabía ocultarse, rogando para no ser detectados por ellos.

Los mismos científicos se recriminaban a sí mismos, ¿por qué habían sido tan ingenuos al suponer que encontrarían vida inteligente y amistosa en el cosmos, cuando enviaron todas las sondas indicando el camino al planeta?; ¿no tenían el ejemplo, acaso, de todos los casos en que varios pueblos más primitivos habían sido diezmados por los colonos de los continentes tecnológicamente más avanzados? Pero ya no quedaba más opción ahora que tratar de sobrevivir como fuera.

-¡Sobrevivir!, esa debe ser nuestra meta día a día; decía el profesor a sus alumnos, sentados en los dormidos andenes del viejo tren subterráneo que dejó de correr poco después de la llegada de los alienígenas. La gente quedó encerrada en las estaciones y trenes; y en cierta forma fue bueno, ya que los mantenía lejos de los animales liberados en las calles por los invasores. Una vez pasado el pánico inicial, la gente comenzó a organizarse, los carros se convirtieron en casas y enfermerías improvisadas; en los túneles se podía cocinar con cierta comodidad la escasa comida que se podía conseguir en las incursiones que se llevaban a cabo en la superficie para recolectar víveres, gracias a que la red del tren subterráneo cubría toda la ciudad bajo tierra.

La ruinosa ciudad de noche parecía un cementerio, con las murallas caídas semejando lápidas y las construcciones destruidas viejos mausoleos. Salvo el ruido de los vehículos terrestres de los invasores el silencio era total; ni siquiera se oía el ladrido de algún perro, o el maullido de algún gato, los monstruos biomecánicos los habían matado en cuanto los vieron. Eran depredadores en el fondo y se dejaron llevar por su instinto natural; tal vez por eso los alienígenas crearon esas aberraciones, para que hicieran el trabajo sucio y sembraran el terror entre los sobrevivientes.

-Esta vez se requiere que localicen otras posibles fuentes de alimentos no perecibles; dijo el líder del grupo de recolectores, un rudo policía que había perdido a su familia durante el primer bombardeo alienígena y que había jurado proteger a los ciudadanos contra cualquier amenaza, ya sea interna como externa. Nadie sabía su nombre, tal vez así se protegía a sí  mismo de los recuerdos dolorosos; solo lo conocían como El Jefe y eso bastaba para todos.

El Jefe desde niño había tenido que vérselas con tipos rudos y momentos difíciles, así es que “los perros”, como él los llamaba, no lo iban a intimidar.

Armados de palos y fierros, los exploradores llegaron sigilosos hasta una de las camufladas salidas del subterráneo que habían abierto aprovechando alguna grieta o a golpes. Con el correr de los meses habían aprendido a moverse como fantasmas por entre las sombras. Como siempre se separarían en dos grupos de cuatro, para abarcar más espacio.

Alimentos y medicinas eran fundamentales en las condiciones de encierro en que vivían, afortunadamente había muchas farmacias y mercados donde conseguir lo necesario. Lo realmente difícil era sobrevivir a la recolección.

-Esto no debería estar pasando; alegaba Jack. -No es justo.

-Mejor concéntrate y baja la voz; dijo Rita, que dirigía el grupo. -Si un perro nos escucha te mato yo misma.

-Así habría más comida para todos; opinó Ramona.

-¿Quién te pasó la pelota a ti “Ramón”?; peguntó Jack haciendo alusión  a la tendencia de la mujer.

-Al menos soy más masculina que tú; respondió ella.

-Cállense los dos; ordenó Rita. -Esto no es un paseo por el parque.

Silenciosamente los cuatro se acercaron a la abandonada farmacia e ingresaron por una ventana rota de la parte de atrás.

-Ramona, ayúdame con antibióticos; pidió Rita. -Jack, ve si encuentras agua envasada. Rony, vendajes y desinfectantes.

-¡Qué sorpresa!; exclamó Rita. -Morfina, esto es bueno; nunca se sabe, pero espero que nunca la necesitemos.

Un gruñido les quitó el aire a todos y les erizó los pelos de la nuca. El perro dio con Jack y lo atacó inmediatamente; de un solo mordisco partió en dos con sus mandíbulas metálicas el garrote que el hombre llevaba. El animal saltó sobre su presa y cayó al suelo algo mareado por el golpe en la cabeza que Ramona le dio con un extintor; Rony no perdió la oportunidad y clavó la barra de metal que siempre llevaba entre la unión de donde empieza la máquina y donde termina el animal.

-Gracias amigos, casi me come esa cosa; dijo Jack.

-No podíamos quedarnos sin el agua que llevas; contestó sarcásticamente Ramona.

-Ya salgamos de aquí; ordenó Rita. -Antes de que lleguen invasores.

Rápidamente el grupo salió de la farmacia. A la mochila que llevaba Ramona se le cortó una correa y cayó al suelo, al volverse a recogerla un silencioso alienígena se acercó a ella. La mujer trató de golpearlo en la cabeza, pero su puño fue detenido por la mano del invasor.

Los compañeros de la mujer vieron desde su escondite como ella era tocada por una barra luminosa en su cuello y su cuerpo se doblaba como una muñeca de trapo. El alienígena la tomó en sus brazos y con ella colgando inconsciente  abordó un vehículo terrestre que se alejó rápidamente.

-¡Tenemos que ir a buscarla!; gritó Jack.

-Ya no hay nada que podamos hacer por ella; dijo Rita sin más remedio que seguir adelante, tomando la mochila que llevaba Ramona. -Al menos su pérdida no fue inútil.

-No sé quién es peor; dijo Jack muy enojado. -¿Tú o ellos?

-Si lo quieres vas y te entregas, o te quedas aquí llorando; contestó Rita. -O puedes volver con nosotros y sobrevivir un día más.

Solo siete en lugar de los ocho que habían salido regresaron. En la entrada una mujer miraba ansiosa la llegada de su pareja y amiga, pero Ramona había sido capturada por los invasores y no había que albergar esperanzas, ya que no se sabía que pasaba con aquellos que tomaban prisioneros.

-Lo siento Vivi, Ramona fue capturada; dijo Rita poniéndole la mano en un hombro a la mujer que tenía lágrimas en sus ojos al ver que su amiga no venía con los demás.

-¡No!; exclamó con voz ahogada la mujer antes de caer desmayada por la impresión sufrida. Fue conducida a una de las improvisadas enfermerías para que descansara un poco y a la vez impedir que el pánico se propagara entre los refugiados.

-¿Dónde está?; preguntó Vivi al despertar.

-No sé qué decirte; respondió El Jefe. -De vez en cuando alguien es secuestrado por los alienígenas y no sabemos qué hacen con ellos.

-¿Y cree que esas palabras me sirven de algo?; gritó la mujer. -Dejaron que se la llevaran y nadie hizo nada por impedirlo.

-Por favor baja la voz; pidió El Jefe. -No queremos que los demás se asusten, ¿verdad?

-Al diablo si todos se enteran, yo quiero a Ramona de vuelta; gritó histérica la mujer, mientras las lágrimas le corrían.

-¡Ya basta!; ordenó la doctora dándole una bofetada. -Cálmate, así no ganas nada.

Vivi al fin soltó su cuerpo y lloró desconsoladamente mientras El Jefe la abrazaba.

Ramona sentía que flotaba en medio de una especie de líquido blanco, similar a la leche; su mente estaba en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia; una extraña paz la inundaba. Sintió un cosquilleo en su brazo derecho y luego un hormigueo lo recorrió entero; al girar la cabeza vio que donde antes estaba su extremidad ahora no había nada, pero no sentía dolor ni miedo;  solo aquella sensación de paz que la inundaba, así es que no le dio mayor importancia. Luego unas manos mecánicas como pinzas acomodaron un brazo metálico en el lugar que ocupaba el otro. Una sensación similar comenzó a sentir en sus piernas y un cambio similar se llevó a cabo con ellas.

La situación era aterradora, pero por alguna razón Ramona no sentía miedo. Cuando vio que las manos mecánicas acercaban a su cara una máscara metálica que cubría la mitad de su rostro, ella se sintió inquieta, pero la calma nuevamente la inundó. Veía todo muy raro con ese rojo ojo que ahora brillaba en su rostro, pero aun así no sentía miedo. Sintió cosquillas en su espalda cuando las placas metálicas que cubrieron su columna vertebral se unieron a su médula espinal y a la base de su cerebro. Cuando la última placa se unió, Ramona ya no sintió ni pensó más.

Había varios hombres y mujeres más en la sala donde Ramona, o lo que quedaba de ella se encontraba; todos al igual que ella habían sido capturados por los alienígenas y al igual que ella ya no tenían consciencia de nada. Al igual que ella se habían convertido en peones de los invasores para capturar o matar refugiados.

-Bueno, es necesario que vayamos a buscar provisiones esta noche; dijo El Jefe al grupo de recolectores.

-¿Solo vamos a ir siete?; preguntó Jack.

-Lamentablemente esta vez sí; respondió El Jefe. -Como saben hace dos semanas Ramona fue capturada por los alienígenas y no sabemos nada de ella.

-¡Un momento!; se escuchó una voz de mujer que los interrumpió. -Yo voy a ir con ustedes.

-¡Vivi!; observó El Jefe. -¿Estás segura? No es necesario que lo hagas.

-Se lo debo a ella; respondió la mujer.

-Está bien, además necesitamos que todos ayuden; contestó El Jefe. -Ve con Rita, Jack y Rony.

El grupo buscaría en otro sector, distante dos cuadras del de la vez anterior, ya que teniendo en cuenta el incidente de Ramona, no era conveniente volver ahí por un tiempo, en caso de que hubiese patrullas alienígenas.

Jack localizó una farmacia que curiosamente tenía todos sus vidrios intactos. Con cautela por si fuese una trampa, los recolectores se acercaron y miraron por las ventanas. La poca claridad que se colaba de la luna dejaba ver las estanterías todas revueltas. Aparentemente antes ya había estado alguien ahí. Después de vigilar un rato llegaron a la conclusión de que en el lugar no se encontraba nadie más que el polvo acumulado desde hace mucho tiempo ya.

Quien había estado allí, hace tiempo que se había ido; tomó algunas cosas de comer y salió rápido. Tal vez cuando empezó la invasión, se escondió allí y después escapó; lo importante ahora es que debían tomar todo lo que pudieran y volver al refugio.

Después de unos minutos la recolección estaba completa y esta vez llevaban varios tipos de medicamentos; seguramente la doctora se pondría contenta.

-¡Listos!, vámonos ya; ordenó Rita. -Mientras más pronto volvamos mejor.

De a uno fueron saliendo de la farmacia, ocultándose en las sombras. La entrada oculta del refugio se hallaba a cuatro cuadras de ahí. A lo lejos se escuchó el ladrido de uno de esos monstruosos perros alienígenas; los recolectores apuraron el paso.

A Vivi le pareció ver una sombra que los observaba entre la penumbra de las ruinas. Una silueta que le pareció conocida la observó un instante antes de desaparecer en la oscuridad. Vivi estaba casi segura de que se trataba de Ramona; la conocía desde antes de la llegada de los invasores y podía reconocerla en cualquier lado. Sin embargo, la visión fue fugaz; además, si era ella ¿por qué no se acercó?

R126 había recibido justo en ese momento la orden de dirigirse al sector continuo  para eliminar a un grupo de cuatro sobrevivientes que habían sido descubiertos buscando provisiones. Rápida como sus metálicas piernas la llevaron, llegó al lugar indicado. Los nativos se habían ocultado antes de que ella llegara, pero la visión nocturna de su ojo derecho pronto localizó sus objetivos. Caminó segura hacia ellos y apuntó su rifle, sin dudarlo, ni importándole que estuviesen desarmados, ni que al igual que ella hace dos semanas, solo intentasen sobrevivir. Sin inmutarse disparó en cuatro oportunidades y continuó su marcha, dejando atrás los cadáveres de sus antiguos vecinos.

R126 caminó por las solitarias calles buscando más sobrevivientes. Su misión era clara, localizar y eliminar; al igual que todos los que como ella habían sido transformados. Sus sensores detectaron la presencia de tres individuos más; su computadora interna los identificó como un hombre, una mujer y una niña. Sin pestañar apuntó su rifle hacia el hombre, el que cayó casi enseguida con una gran quemadura producto del rayo de energía que lo golpeó. La mujer tomó de la mano a la niña y la arrastró a las sombras.

R126 escudriñó el lugar y no tardó en localizarlas agazapadas entre unos escombros; las tenía tan cerca que no necesitaba usar el rifle, simplemente tenía que estirar su duro y frío brazo. Con total naturalidad tomó del cuello de la mujer y apretó hasta que sus huesos y garganta se rompieron; a su lado la niña lloraba en silencio y veía a su madre morir, pero por poco tiempo. Por simple casualidad al caer el cuerpo sin vida de la niña, quedó abrazando el cadáver de su madre.

Siete sobrevivientes eliminados era el primer rastro de muerte que dejaba R126. La mujer que antes se llamaba Ramona ya no existía más; a pesar de que alguien que la amaba creyó reconocerla entre las sombras.

Vivi se paseaba en silencio de un lado a otro, totalmente abstraída en sus pensamientos, lo cual no pasó desapercibido para algunos.

-Te he notado muy meditativa desde que volviste de la última recolección; dijo El Jefe a la mujer. -¿Pensando en Ramona?

-Siempre pienso en ella; respondió Vivi. -Y estoy segura de que está por ahí.

-Toda mi vida he sido policía, o al menos lo era; comentó El Jefe. -He visto muchos buenos policías caer en servicio y a sus compañeros sentir la pérdida. Sé cómo te sientes, pero creo que ya es tiempo de que te hagas a la idea y aceptes que ella ya no va a volver. Por tu bien te aconsejo que llores su pérdida y la dejes ir.

-¡No!; gritó ella. Yo la vi cuando salimos. Estoy segura de que era ella.

-¿Entonces por qué no se acercó a ti?; preguntó el rudo policía.

-A lo mejor no pudo; meditó Vivi. -Puede que algo se lo impidiera.

-Puede haber sido otra persona, o incluso solo una sombra; opinó él.

-Claro que no; rebatió ella. -La conozco desde hace muchos años; desde antes que llegaran ello.

-Ok, supongamos que era ella; aceptó El Jefe. -¿Has pensado que a lo mejor no te reconoció?

-Imposible, como le dije nos conocemos hace años; objetó Vivi.

-Nadie sabe qué hacen los invasores con aquellos que capturan; comentó él. -Es probable que le hayan borrado sus recuerdos.

-Con mayor razón debo tratar de encontrarla e intentar sanarla; concluyó ella.

-Sería un suicidio que lo intentaras; advirtió El Jefe. -Además podrías poner en peligro la seguridad de todos nosotros. Por favor prométeme que no lo harás.

-Pero yo la echo de menos; dijo ella.

-Vamos recapacita, ¿ella querría que expusieras a todas estas personas?; preguntó él.

-Creo que no; pensó ella.

-Por favor prométeme que no iras a buscarla; pidió El Jefe.

-Está bien, se lo prometo; aceptó Vivi con una voz cansada, como si decenas de años la hubiesen agotado.

El Jefe sentía pena por la mujer que se alejaba cabizbaja, arrastrando los pies.

Una sombra se escabulló sin  hacer ruido por el túnel inutilizado del viejo tren subterráneo, cuando ya todos se habían dormido. Con una mochila con víveres, agua y unas vendas, premunida de una dura barra de metal, Vivi pasó por entre los fierros y escombros que ocultaban la entrada al improvisado refugio subterráneo. Una vez afuera esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad de la noche. No tenía muy claro qué era exactamente lo que iba a hacer, pero pensó que el mejor lugar para empezar su búsqueda era el lugar donde vio a Ramona por última vez. Afortunadamente no se oía ningún perro alienígena en la distancia, lo que le llamó un poco la atención. Vivi no tenía como sospechar que los invasores, aunque estaban conscientes del terror que esos animales provocaban entre los nativos, habían decidido optar por un medio más silencioso y fácil de controlar, para acabar con los pocos sobrevivientes que quedaban. Lo que pasaba en esta ciudad, estaba pasando en todas las ciudades del mundo

Vivi llegó sin hacer ruido al lugar donde estaba segura que había visto a Ramona. Con espanto lo único que vio fueron los cadáveres de un hombre, una mujer y una niña; de una familia supuso. Tragando saliva revisó los cuerpos y notó que aunque la mujer y la niña habían muerto porque alguien les había roto el cuello, según se deducía por las marcas de dedos, el hombre había muerto por el golpe de algo en su espalda que la había provocado una gran quemadura.

No era sano ni seguro quedarse ahí, así es que Vivi siguió su camino sin rumbo. En el suelo pudo notar la marca de botas nuevas del tipo usadas por los alienígenas, pero pronto perdió el rastro sobre el pavimento. Parece que esa sería una búsqueda a ciegas.

Una larga caminata que no conduce a nada suele ser cansadora y eso era lo que le pasaba a Vivi; después de cuatro horas de caminar entre ruinas y sombras sentía sus piernas pesadas. Tras unos escombros se sentó y apoyó su espalda en una muralla, luego de tomar un poco de agua sin querer cerró sus ojos y vio que a lo lejos se acercaba Ramona corriendo, tan hermosa y querida como en aquel último verano en la playa, antes de la llegada de los invasores.

Un ruido la sacó de su sueño y la volvió a la realidad; alguien se acercaba lentamente por la calle. Se acurrucó lo más que pudo tras los escombros para que no la descubrieran. Desde su escondite pudo ver a aquel extraño hombre. Tardó un rato en darse cuenta de la realidad; tal vez con una mezcla de miedo y asombro entendió de qué se trataba; los alienígenas estaban mezclando sus máquinas con las personas que habían secuestrado. Un escalofrío recorrió su columna vertebral y puso de punta los pelos de su nuca al pensar que eso mismo le podía haber pasado a su pareja.

Vivi se quedó mucho rato acurrucada abrazando sus piernas, no atreviéndose a salir aun. Había tenido la mala suerte de ver como el ser ese disparaba en forma fría con un  rifle a una persona que intentaba hallar algo de comer. Pero si quería encontrar y recuperar a Ramona no podía quedarse inmóvil eternamente. Miró con cuidado para todos lados y como no había nadie corrió rápida hasta la otra sombra.

-¿Y si Ramona había sido convertida en uno de esos monstruos?, ¿y si no la reconocía más?, ¿y si realmente estaba muerta?, ¿y si…?, ¿y si…?, las dudas y preguntas la torturaban esa noche.

Agotada se tendió bajo un hueco quedado entre los escombros de un edificio y se durmió, hasta que los primeros rayos del sol la despertaron. Hace mucho tiempo que el sol matinal no la despertaba y de alguna forma ese solo hecho tenía un efecto reparador en ella, aunque fuese una pequeña luz en ese mundo destruido.

Aunque la luz le permitía abarcar más espacio con su vista, también era cierto que la hacía un blanco fácil. Debía avanzar lo más rápido posible para no quedar expuesta. La sangre se le congeló en las venas cuando quedó frente a frente a uno de los perros alienígenas que patrullaban la ciudad; sabiendo que prácticamente no tenía forma de luchar sola contra semejante criatura, cerró simplemente los ojos ante lo inevitable.

Escuchó un ladrido y un gruñido amenazador y pensó en Ramona y en el final de su vida que se aproximaba. Sin embargo, fueron dos gruñidos distintos y ladridos que oyó. Al abrir los ojos vio como un perro normal, de su mundo, que de alguna forma se las había ingeniado para sobrevivir hasta ahora, que estaba enlazado en una desigual lucha de colmillos, de huesos contra metal; tal vez sabiéndolo  el can dio todo su esfuerzo en ese último combate que podría ser el final. Pero a veces la suerte se pone de parte del más débil, como en este caso; en un ilógico movimiento el perro logró atrapar entre sus mandíbulas la parte viva que quedaba del cuello de la bestia biomecánica y logró cercenar las venas y arterias que alimentaban lo que quedaba de su antiguo cerebro. La máquina y lo vivo al unirse se convertían en un todo y si fallaba una, la otra también fallaba. Solo fue el instinto lo que motivó al perro a morder en ese lugar, pero eso bastó para darle la victoria.

Vivi veía la colosal pelea sin atreverse a mover ni un músculo; cuando por fin terminó ésta, ambos animales cayeron inmóviles al suelo; despacio se dio la vuelta para seguir buscando. Un gemido lastimero la detuvo en seco; al volverse vio al perro vivo aun.

-¡Estás vivo!; exclamó ella al ver al animal. -Me salvaste la vida. Muy despacio se agachó y acercó la mano a su cabeza; el pobre perro se dejó consolar un rato y trató de ponerse de pie, pero volvió a caer.

-Ven, tengo que sacarte de aquí; dijo Vivi al animal, mientras lo arrastraba con el mayor cuidado posible  a un derrumbado estacionamiento subterráneo que los ocultaría por un tiempo. Sin pensarlo siquiera sacó una botella de agua y la vació sobre las heridas del perro para limpiarlas lo mejor posible. Se alegró de haber llevado vendas mientras enrollaba el lastimado hombro de su salvador.

El sol comenzaba a ocultarse y la noche nuevamente traía sus sombras benefactoras que la protegían y la ocultaban. Vivi estuvo toda la noche cuidando al perro, revisando que no siguiera sangrando y dándole de beber agua de vez en cuando; estaba tan concentrada en su labor de enfermera que cuando quiso tomar un sorbo de agua, notó que la había usado toda para confortar a su nuevo amigo.

Cansada y sedienta como estaba, sus ojos se cerraron y durmió plácidamente a pesar de todo lo ocurrido. Soñó que estaba en la playa junto a Ramona; el sueño era tan vívido y se veía tan real que hasta sintió que el agua salpicaba su rostro, mojándolo completamente. Lentamente despertó y sintió aun el agua que la mojaba; su amigo la había despertado  con lengüetazos de agradecimiento por haberlo cuidado.

-Hola amiguito; saludó al perro. -Veo que te sientes mejor.

Los días pasaban y Vivi no encontraba ninguna pista de Ramona. Las heridas de su compañero ya habían sanado y juntos hicieron un gran equipo en la recolección de víveres. De vez en cuando se topaban con algún hombre o mujer biomecánicos pero aprendieron a interpretar las señales que daba el otro y se movían en forma totalmente coordinada, como una única unidad. El perro era el mejor detector de peligro que podía desear Vivi, además que su compañía la consolaba.

Cuando ella había prácticamente perdido las esperanzas de encontrar alguna pista de Ramona, el perro se echó muy aplastado contra el suelo; Vivi ya sabía lo que eso significaba y se escondió hecha un ovillo tras los escombros. La luna estaba completamente llena y brillaba en todo su esplendor, haciendo que le resultase más fácil a sus ojos acostumbrados a las sombras ver en la noche. Caminando lentamente, escudriñando los alrededores con su rojo ojo, rifle en mano R126 buscaba sobrevivientes que capturar o matar, según fuera la orden recibida.

La luz de luna iluminaba completamente a la mujer, haciendo que sus partes metálicas brillasen como si fuesen de plata pulida.

-Ramona; dijo Vivi para sí, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Comprobaba lo peor que había temido y sin embargo albergaba una pequeña esperanza de salvarla. Puso una mano en la espalda del perro para mantenerlo lo más quieto posible, ya que lo más probable era que la mujer que conoció como Ramona hubiese sido programada para disparar en forma automática.

Lamentablemente nada podía escapar de la vista de ese ojo electrónico y la mujer no tardó en localizar a la pareja de sobrevivientes. R126 apuntó a la cara de Vivi y el perro atacó su brazo izquierdo, hiriendo su carne y haciendo que el arma se le callera de las manos. De un golpe con el brazo derecho lanzó al suelo al animal, el que quedó algo aturdido. La mujer estiró su brazo metálico con la intensión de tomar el cuello de Vivi y rompérselo, como ya había hecho con otros sobrevivientes.

La mano de R126 comenzó a temblar a escasos centímetros del cuello de Vivi, lo mismo que su rostro en el que se veía la lucha que muy en el fondo, en alguna parte de su cerebro, el último rastro de humanidad que quedaba de Ramona libraba con la máquina que la dominaba. Una leve caricia con el frío metal fue lo único que lo que quedaba de ella logró conseguir. Una pequeña descarga eléctrica generada por los chips implantados en su cerebro, quemaron las últimas neuronas donde se había ocultado Ramona, apagando para siempre su voluntad y su consciencia. Llevando sus manos a la cabeza con un gesto de dolor, dejó oír su voz por última vez.

-¡Escapa, ahora! ¡Vete!; gritó R126 con una voz gutural producida por cuerdas vocales atrofiadas por su inactividad. El rostro de la mujer se volvió frío como el metal que lo cubría.

-¡Corre!; gritó Vivi al perro que ya se había puesto de pie, mientras ella misma lo hacía hacia las ruinas de un edificio, donde tendrían más posibilidades de ocultarse de la asesina mecánica que alguna vez fue su pareja y amiga.

Sin ninguna muestra de dolor o emoción R126 tomó una pequeña lámina metálica que puso sobre su brazo herido, extendiéndose como metal fundido cubrió la herida y gran parte del brazo. Ramona ya no existía, había muerto para siempre definitivamente, mientras que la autómata R126 estaba totalmente operativa.

Como verdaderos roedores Vivi y su compañero canino se metieron entre los huecos del derrumbado edificio.

R126 tomó su rifle y se dirigió hacia las ruinas, pero en vista de que no valía la pena arriesgar un biomecanismo, los controles electrónicos en su cerebro la hicieron desistir y buscar otro objetivo más fácil.

Durante horas Vivi estuvo sollozando en la oscuridad abrazada a su perro. Cuando se sintió más calmada y resignada, se puso de pie y muy despacio buscó un hueco distinto al que usó para entrar; cuando halló una salida miró a su amigo y éste haciendo un gesto con el hocico y las orejas le indicó que el camino estaba despejado.

Vivi sentía hambre y sed y buscó un almacén con la vista; cuando lo encontró hizo un movimiento con la cabeza que su compañero entendió enseguida y ambos corrieron con la cabeza baja y se ocultaron en la primera sombra que vieron. La puerta del negocio estaba abierta y el perro entró primero, después de un rato volvió donde Vivi y la cogió suavemente con su hocico.

Aún quedaban algunas conservas, agua y para alegría de ambos, cecinas selladas y envasadas al vacío que aún no vencían. Llenaron la mochila con comida y agua y volvieron al refugio que habían encontrado entre las ruinas. El sol estaba por salir y Vivi prefería moverse entre las sombras; aprovecharían el día para descansar, comer y dormir.

Después de comer todas las cecinas y varias botellas de agua, Vivi sacó una barra de chocolate que partió en dos y que junto a su amigo disfrutaron.

 Al fin ella había asimilado la pérdida de Ramona y ahora podría continuar avanzando y sobreviviendo otro día más.

Cuando la luna ya había salido Vivi y su amigo se pusieron en marcha; confundiéndose en cada sombra llegaron hasta la oculta entrada del refugio subterráneo. En forma casi furtiva Vivi caminaba por el túnel acompañada de su fiel compañero.

-¡Alto ahí jovencita!; le gritó desde atrás un hombre.

-Hola Jefe; fue el inocente saludo de Vivi, mientras abrazaba al perro por el cuello, para mantenerlo tranquilo. -Siéntate; le ordenó cuando vio que El Jefe lo miraba con desconfianza.

-Veo que no eres muy buena para obedecer órdenes; la reprendió El Jefe.

-Ramona era mi familia y tenía que tratar de rescatarla; respondió Vivi.        -Usted habría hecho lo mismo de haber podido.

-Te entiendo y tienes razón; contestó El Jefe. -Pero mi responsabilidad es la seguridad de todos.

-No tengo como rebatir eso; comentó Vivi.

-¿Qué averiguaste?; preguntó El Jefe.

-Las personas que los invasores han capturado fueron convertidos en seres biomecánicos programados para asesinar humanos; respondió ella.

-¿Encontraste a Ramona?; preguntó El Jefe con un tono paternalista.

-Sí y no; respondió Vivi. -Ella ya no existe, fue convertida en una asesina mecánica y pude ver como moría el último rastro de su humanidad.

-Cuanto lo siento; dijo sinceramente El Jefe.

-Yo también; contestó cabizbaja Vivi. -Al menos antes de desaparecer para siempre se pudo despedir de mí.

-Veo que tienes un nuevo amigo; comentó El Jefe para disminuir la tensión.

-Sí; respondió Vivi. -Me salvó la vida y yo la suya en agradecimiento. Es muy listo y es un buen recolector.

 

 

-El planeta ha sido desinfectado casi en un ciento por ciento, capitán; informó el primer oficial a su comandante.

-Muy bien señor Morgan. Esta noche podemos celebrar por un trabajo bien hecho y mañana prepararemos nuestro regreso a casa; comentó el capitán. -Por favor avise a la base que está todo listo para recibir a los colonos.

La suerte del planeta, así como la de los pocos habitantes que habían sobrevivido estaba sellada; al igual que en otros tantos  mundos que poseían condiciones similares al de los invasores. Al haber sido sobre explotado el de ellos, pusieron los ojos en las estrellas, pero no para estudiarlas, sino que para conquistarlas y someter sus mundos.

Esa noche toda la tripulación de la nave alienígena estaba vestida con su uniforme de gala, celebrando por el término satisfactorio de otra misión.

-Los felicito a todos por el gran trabajo realizado en este planeta; habló el capitán a sus colaboradores. -Hoy celebraremos con orgullo la incorporación de otro  mundo a nuestro gran imperio.

-¡Viva el capitán!; gritó un tripulante con una copa vacía en una mano y una llena en la otra.

-Muchas gracias a todos; respondió el oficial. -Sin ustedes esto no habría sido posible. Celebremos hoy y mañana alistémonos para el tan ansiado regreso a nuestra vieja y querida Tierra.

 

 

Refugio 6 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Refugio

La lluvia arreciaba cada vez más, haciendo a cada paso más difícil avanzar. Con la ropa pegada al cuerpo y mojados hasta los huesos, la pareja caminaba entre los árboles tratando de encontrar el refugio de los guardabosques para secarse y esperar a que terminase la lluvia.

-Recuérdame que no volvamos a salir de campamento en otoño; comentó Esteban a Diana.

-¿Ya te asustaste de unas cuantas gotitas?; preguntó ella a si esposo.

-Estoy mojado hasta la médula; reclamó él. -Aahh, ahí está el refugio.

En medio del bosque y la lluvia el humo de la chimenea y la luz de las ventanas invitaban a los caminantes a acercarse y cobijarse.

-Parece que ya lo están ocupando; observó Diana.

-Es para todos los que lo necesiten; opinó Esteban. -Y esta noche creo que nosotros también calificamos.

Ambos llegaron junto a la cabaña y golpearon la puerta para no asustar a quien estuviese dentro. Un hombre de mediana edad les abrió algo recelosos.

-Buenas noches; saludó Esteban. -¿Este es el refugio de los guardabosques?

-No; contestó el hombre. -De hecho se encuentra a un kilómetro hacia el sur.

-Ay no; se quejó Diana temblando de frío.

El hombre mirándolos de pies a cabeza, esbozó una leve sonrisa.

-Por favor pasen a secarse, están estilando; los invitó. -Acérquense al fuego o pescarán una pulmonía.

-Muchas gracias, es usted muy amable; aceptó Esteban.

-Muchas gracias; contestó Diana. -Permiso.

-No quisiéramos causarle alguna molestia; dijo Esteban, sintiéndose un poco incómodo.

-No se preocupen; dijo el hombre. -No es ninguna molestia.

Desde la cocina salía un agradable aroma a comida y la voz de un hombre que canturreaba.

-Invita a nuestros visitantes a cenar; dijo el hombre que estaba en la cocina.

-No quisiéramos molestar; objetó Diana.

-No faltaba más; agregó el hombre saliendo de la cocina con cuatro jarros humeantes con chocolate caliente.

-No es un día muy bueno para salir a pasear en el bosque; observó uno de los hombres.

-No pensamos que nos pillaría la lluvia antes de llegar a la cabaña de los guardabosques; contestó Diana.

-Bueno, aquí pueden pasar la noche; agregó el otro hombre, que había vuelto a la cocina.

-¿Ustedes viven aquí?; preguntó Esteban calentándose las manos en la chimenea.

-Solo en las vacaciones; contestó uno de los hombres. -El resto lo pasamos en la jungla de cemento.

-¿Ustedes acostumbran salir de excursión con este clima?; preguntó a la vez uno de los hombres.

-La verdad es que nunca nos preocupamos mucho de eso; contestó Diana.  -Es solo que esta vez no calculamos bien.

El calor de la hoguera, sumado a un poco de licor, después de varias horas de pláticas sin mayor importancia, finalmente terminaron por relajar a los cuatro ocupantes de la cabaña.

-Hay una habitación disponible que pueden ocupar con total libertad; dijo uno de los hombres. -Lo que es yo, me voy a dormir.

-Buenas noches y gracias de nuevo; respondió Esteban.

-No hay por qué; agregó el otro hombre. -Que descansen.

La lluvia golpeaba los vidrios de las ventanas y el viento sacudía el techo; sin embargo, la tormenta permanecía afuera y el interior de la cabaña se mantenía seco y temperado.

Diana y Esteban durmieron plácidamente todo el resto de la noche. Al amanecer, la tormenta aún  no cesaba y poco a poco la mujer fue abriendo sus ojos; para su sorpresa notó que no lograba moverse. Sus muñecas y tobillos se hallaban fuertemente atados a las esquinas de la cama.

-¿Esteban qué ocurre?; preguntó ella, entre sorprendida y asustada.

-¿Esteban?; insistió Diana ante el silencio de su marido.

Poco rato después, él despertó y se dio cuenta de que se encontraba inmovilizado con correas de cuero sobre la única mesa que había en la cabaña.

Los dos hombres vistiendo túnicas rojas se acercaron a él y lo miraron con desprecio.

-¿Qué creen que están haciendo malditos locos?; preguntó furioso.              -¿Dónde está mi esposa?, ¿qué han hecho con ella?

-A ella la espera un destino grandioso; contestó uno de los hombres.

-Y tú la ayudarás a alcanzarlo; agregó el otro, acercando un gran cuchillo al cuello de Esteban.

-¡No! Deténganse;  gritó él, mientras la hoja de acero abría su garganta y la sangre inundaba su boca.

-¡Esteban! ¿Qué pasa?; preguntó Diana  a gritos.

La sangre de Esteban caía de su cuello y era recibida por uno de los hombres en un cuenco de greda.

-Aquí está tu marido; dijo el hombre, vaciando parte de la sangre sobre la cara de Diana.

-¡No!; gritó ella llena de terror.

Entre ambos hombres esparcieron la sangre de Esteban por todo el cuerpo de Diana, dejando su piel totalmente cubierta y roja.

El fuego en la chimenea se agitó y cobró más fuerza. Como dando un salto las llamas se desprendieron de los maderos ardientes y se posaron sobre la cama donde yacía Diana.

Con horror la mujer sintió como las flamas la envolvían, pero sin embargo no la quemaban. Un intenso, pero a la vez placentero calor la recorría entera y llenaba su cuerpo, haciéndola retorcerse sin que ella pudiese evitarlo. De pronto sintió su cuerpo curvarse y temblar entero, para finalmente perder la consciencia.

Los rayos del sol primaveral entraban a raudales por la ventana de la cabaña. Diana abrió los ojos con una plácida sonrisa en sus labios y estiró sus brazos como despertando de un agradable y reparador sueño.

-¿Cómo está la orgullosa y hermosa futura madre?; preguntó uno de los hombres, cuando ella se sentó a la mesa a desayunar.

-Hambrienta; contestó Diana, mientras se saboreaba ante un suculento plato de carne cruda y acariciaba su vientre que lucía seis meses de embarazo.

 

 

Sombras 5 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Sombras

A Raquel le costaba precisar en su mente cuanto tiempo había pasado desde la llegada de las sombras, lo vivido en los últimos días, la constante tensión y el permanente miedo, le daban la sensación de que habían transcurrido varios meses o tal vez solo algunos días. En alguna parte había leído que la pérdida de la noción del tiempo era un síntoma común en situaciones de gran estrés, por períodos muy prolongados; y ver desaparecer ante sus ojos a decenas de personas, arrastradas por las sombras, era definitivamente una situación altamente estresante.

Hasta el momento ella había corrido con suerte, no así sus vecinos, amigos y familiares. Por alguna razón que no comprendía podía percibir cuando las sombras estaban por aparecer; tal vez una pequeña variación en la presión atmosférica o un leve cambio de temperatura, ella no lo sabía, pero al menos su subconsciente lo detectaba y eso le bastaba. Era un instinto de supervivencia que los demás no tenían y que le había permitido escapar hasta el momento.

Frente a un edificio cuya entrada principal estaba ampliamente iluminada por grandes focos, se sentó a descansar un momento. La claridad le hizo sentir una sensación de calma que hacía tiempo que había olvidado. Ese pequeño oasis de luz le permitió respirar con calma por un instante, mientras sus ojos se comenzaban a cerrar; el cansancio y el sueño reclamaban su cuerpo que tarde o temprano debería relajarse.

Raquel se resistió a dormirse y abrió grande los ojos para que el aire fresco de la noche pudiera despertarla. Todo estaba bien, dentro de lo posible en las actuales condiciones; la claridad llegaba a unos treinta metros de donde ella descansaba, dándole un cierto margen de seguridad.

Sus pupilas se dilataron de golpe y los pelos de todo el cuerpo se le erizaron, cuando su instinto se puso en alerta. Aunque no veía nada, rápidamente se puso de pie; aguzando la vista pudo verla aparecer en medio de la oscuridad. La sombra era como una emanación de las tinieblas que comenzaban donde terminaba el claro que la cobijaba. Hasta el momento no lo había pensado, pero le encontró cierta similitud a las proyecciones de las amebas que en el colegio vio en la clase de biología, en su época de estudiante; también le pareció similar a las burbujas que comienzan a formarse ante una brisa en las láminas de agua con jabón, con las que le encantaba jugar cuando niña.

La sombra, con la difusa apariencia de una persona, carente de todo rasgo y sin bordes definidos, se acercaba lentamente hacia ella; sin ninguna prisa, como una nube oscura que parecía un fantasma de humo, sin un cuerpo sólido.

Con el corazón latiendo en su garganta, Raquel trató de abrir la puerta del edificio, pero ésta estaba cerrada con llave; desesperada buscó otra forma de entrar y poder ocultarse. Tras tantear un par de ventanas, también cerradas para su pesar, la última cedió bajo la presión de sus manos; lo más rápido que pudo ella se encaramó en el borde y logró introducirse justo cuando sentía que la sombra estaba por sujetarla de los pies. Casi cayendo de cabeza al piso, la atormentada y aterrorizada Raquel se escapó y cerrando apresuradamente la ventana se alejó corriendo por el vestíbulo del brillante edificio, todo lleno de vidrios que poco o nada la ocultaban de las sombras que se escondían en la noche afuera.

Atravesando una puerta, con la respiración entrecortada se encontró  en un largo pasillo; sin dejar de correr llegó hasta la pared del fondo, donde comenzaba  otro corredor; como nadie la seguía, Raquel se sentó un momento para recuperar el aire y esperar a que los muslos dejaran de dolerle, por el esfuerzo de la carrera con que huyó de la sombra.

En eso estaba cuando a sus oídos llegó un sonido extraño, tardó un rato en identificarlo pero estaba segura; se trataba del llanto de una niña. Con dudas al principio, porque hace tiempo que no veía ni escuchaba a nadie más; segura luego, Raquel se puso de pie y comenzó a buscar en silencio a la otra sobreviviente.

Siguiendo el suave lloriqueo, que más parecía un gemido, sus pasos la llevaron hasta una puerta cerrada. Con mano temblorosa tomó el pomo de la cerradura y lentamente lo giró. El llanto cesó inmediatamente, pero claramente pudo oír una respiración agitada en la habitación.  Rápidamente pulsó el interruptor junto a la puerta y una blanca luz inundó todo, alejando la oscuridad en la que podían ocultarse las sombras.

La sala era una gran oficina llena de cubículos de trabajo; caminando despacio llegó hasta el que estaba justo en el centro. Acurrucada como un animalito asustado una niña de unos siete años miraba con los ojos llenos de lágrimas a Raquel, que con una sonrisa le tendía una mano. Temblorosa la niña tomó a la mujer y dejó que la sacara despacio de la precaria seguridad de su escondite.

-Hola pequeña; saludó Raquel a la niña. -¿Llevas mucho rato ahí?

La niña sin decir nada se encogió de hombros y negó con la cabeza, mientras secaba con sus manitos las lágrimas de sus ojos.

-¿Estás con alguien más?; quiso saber Raquel.

-No, todos se han ido; contestó la niña.

-Yo también estoy sola; respondió Raquel. -¿Me puedo quedar a tu lado?

-Sí; respondió la pequeña, con un brillo en la mirada que podría interpretarse como una fugaz sonrisa.

-¿Has visto a alguien más?; preguntó Raquel.

-No, parece que ya no hay nadie más; contestó la niña.

-Bueno, ya nos arreglaremos; contestó Raquel tomándola de la mano y caminando despacio por el corredor.

En la mitad del pasillo había una máquina dispensadora de alimentos.

-¿Tienes hambre?; preguntó Raquel a la pequeñita, buscando algunas monedas en los bolsillos de su pantalón.

La niña solo movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

Raquel sacó dos paquetes de galletas de la máquina, pasándole uno a la pequeña. Cuando terminó de abrir el suyo, con horror vio como una sombra envolvía un brazo de la niña y en medio de sus llantos la arrastraba alejándola de ella, para terminar desapareciendo dentro de una nube oscura que se había formado en una pared.

Sin nada que poder hacer para ayudar a la infortunada niña, Raquel corrió lo más rápido que pudo por el pasillo. Sus ojos se posaron sobre una puerta de emergencia al fondo del pasillo; sin dejar de correr empujó la barra de escape y la puerta cedió bajo su peso. Si no hubiese alcanzado a sujetarse del pasamanos, de seguro habría caído rodando escalera abajo. Una súbita idea cruzó por su cabeza.

Haciendo el mayor ruido posible al caminar, bajó corriendo los peldaños. Descolgó un extintor de incendios de una de las paredes y lo hizo rodar hacia abajo. Hecha un ovillo se ocultó en un hueco bajo la escalera y aguardó en silencio un momento; como nada ocurría, caminó lo más suavemente que pudo hacia los pisos superiores. Después de subir varios niveles supuso que las sombras confundidas habrían ido tras un falso rastro, lo que le daría una oportunidad de poder ocultarse mejor.

Despacio abrió la puerta de emergencia y asomó primero la cabeza para ver si era seguro salir. No se veía nada malo cerca, así es que con paso dubitativo al principio salió al pasillo, iluminado por una fría luz blanca proveniente del techo.

Grandes ventanas permitían ver las calles de la ciudad, carentes de la habitual actividad y bullicio reinantes antes de la llegada de las sombras. Los vehículos detenidos en forma desordenada, algunos estrellados, las veredas sin peatones. Raquel tomó consciencia de la situación y del estado de abandono en el que encontraba; hasta ahora no había estado plenamente consciente de que a lo mejor ella era la única persona en la ciudad, fuera de las sombras. ¿Pero qué eran?, ¿por qué habían llegado?, ¿qué querían?, ¿por qué se los estaban llevando a todos? Tantas preguntas y ninguna respuesta. Raquel no sabía cuánto tiempo más podría escapar de ellas; solo el miedo a lo que se ocultaba a sus sentidos le daba fuerzas para seguir corriendo.

Su pulso se aceleró de golpe; ya venían, se habían percatado del engaño y nuevamente estaban tras ella. Correr era lo único que podía hacer; era imprescindible que se alejara de ese lugar. Desde el fondo del pasillo, de en medio de una creciente penumbra emergió la sombra, que lentamente se aproximaba a ella. Con insistencia pulsó varias veces los botones de uno de los ascensores; la puerta se abrió justo a tiempo cuando la sombra estaba por alcanzarla.

Rápidamente los números en la pantalla luminosa del ascensor iban retrocediendo, hasta que éste se detuvo en la planta baja. Nuevamente Raquel se encontró en medio del vestíbulo, separada de la noche solo por los delgados vidrios de las paredes. Más allá ella sabía que se ocultaban las sombras y que por el momento, en medio de la luz estaría a salvo.

La sensación de seguridad se esfumó tan rápido como había llegado. Una sombra se materializó en el aire y comenzó a acercarse a ella; Raquel intentó correr, pero saliendo de una pared otra le cortó el paso; trató de escapar en otra dirección, pero otra sombra surgió de la nada. De todos lados las sombras salían y la rodeaban.

Una fría niebla la afirmó de un brazo, luego otra y otra y otra más. Varias frías, difusas y viscosas sombras sujetaban a Raquel, arrastrándola hacia abajo en medio de sus gritos y forcejeos tratando de librarse, con su corazón latiendo peligrosamente rápido.

-¡Sujétenla!; gritó una voz. -Debo inyectarla antes de que sufra un ataque al corazón.

-Pónganle una mascarilla con oxígeno puro; dijo otra voz.

Varias sombras rodeaban a Raquel antes de que sus ojos se cerraran después varios días de incesante vigilia.

-¿Me escucha doctora?; preguntó un hombre canoso dentro de un traje de aislamiento de máximo nivel.

-Las sombras me atraparon; contestó Raquel. -¿Qué pasó?

-Nunca ha existido ninguna sombra, Raquel. Lo último que vio fue un equipo médico de emergencia que la rescató justo a tiempo; explicó el hombre. -¿Recuerda qué ocurrió?

-Algo; respondió ella. -Hubo una alerta de ataque químico; se nos envió a evacuar a la población civil; comenzó a recordar.

-Efectivamente; afirmó el médico. -Fue un ataque con gas del miedo; bastante eficiente por lo que usted pudo comprobar cuando se le rompió el traje aislante.

-¿Cuánto tiempo pasó?; preguntó Raquel.

-Desde que quedó expuesta, hasta que logramos atraparla, cinco horas; explicó el doctor. -Y vaya que nos hizo correr.

-¿Solo cinco horas?; preguntó ella. -Creí que habían sido varios días escapando de esas sombras.

-¿Sombras?; preguntó el hombre.

-Sí, me perseguían sombras parecidas a siluetas difusas de personas, como fantasmas; explicó Raquel.

-Supongo que se refiere a nuestro equipo de rescate; opinó el doctor.          -Afortunadamente hemos podido contener y evacuar a tiempo a la población. Sin embargo, algunos no lo han resistido y sus corazones han fallado.

-¿Existe algún antídoto?; preguntó ella.

-Solo un sedante fuerte. Lamentablemente no hemos podido neutralizar el agente y la ciudad será evacuada; explicó el médico. -Por el momento usted no se preocupe y agradezca que la encontramos a tiempo.

-Descanse y permanezca en cama hasta que su cuerpo se haya limpiado de la toxina. Es una orden doctora; recalcó el doctor, indicando su insignia de oficial de ejército.

-Estoy muy cansada y solo deseo dormir; respondió Raquel llevándose el borde de su mano derecha a la sien y tendiéndose suavemente en su cama.

Las sombras ya se habían ido y no la atormentaban. Tras correr sin cesar hasta el límite de sus fuerzas, Raquel al fin pudo relajarse y cerrar sus ojos.

 

 

 

Mar de Ensueño 3 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mar de Ensueño

-Permítanme darles la bienvenida; dijo el capitán a los ocho pasajeros que durante una semana disfrutarían del mar de Grecia a bordo de la goleta de lujo de 55 metros de largo.

-Esta es la mejor forma de pasar su luna de miel; dijo la azafata a Valeria y Cesar, mientras entregaba delicadas copas de champaña a los recién casados, a los padres de ambos ya los padrinos de la boda.

-Por favor todos sonrían; pidió el sobrecargo mientras sacaba algunas fotografías a los pasajeros y a los oficiales.

-Muchas gracias, son muy amables; respondió Valeria.

-Realmente los chicos fueron muy generosos al invitarnos a este viaje; comentó Susana  a Manuel.

-Aun no me acostumbro a que nuestra hija se haya casado; opinó Manuel.

El viento suave mecía suavemente la hermosa goleta, que navegaba en un mar azul oscuro y bajo un cielo intensamente del mismo color.

En la cubierta los ocho pasajeros disfrutaban del suave bamboleo y del tibio sol matinal, siempre atendidos por la gentil azafata y el atento sobrecargo.

-¿Cómo ve el viaje capitán?; preguntó el doctor en el puente de mando.

-Como se pronostica el clima para esta semana, va a ser un típico paseo y de lo único que nos deberemos encargar será entretener a este grupo de millonarios; respondió el capitán, acostumbrado a esa rutina.

Como era de costumbre el capitán acompañó en su mesa a la pareja de recién casados y a sus invitados.

-Tiene una magnífica nave capitán; comentó Rolando, el padre de  Cesar.

-Muchas gracias, en realidad es un placer gobernarla; respondió él.

-Brindemos por los novios; propuso Pablo alzando su copa.

-¡Por los novios!; contestaron todos con sus copas en alto.

-Muchas gracias mis amigos y familiares; dijo Cesar. -Gracias por estar aquí.

-¿Bromeas?; preguntó Jorge. -Ni loco me perdería un viaje en yate por las islas griegas.

Un suave silbido en la radio del capitán interrumpió la plática.

-Discúlpenme, pero debo atender este llamado; se excusó él.

-Por favor, adelante; autorizó Victoria, la acompañante de Rolando.

-¿Qué pasa?; preguntó por radio el capitán al marinero que estaba de guardia en el timón.

-Por favor venga al puente, señor; respondió el marinero sin dar detalles.

-Me debo excusar un instante, parta atender asuntos rutinarios del barco; se disculpó el capitán al momento de ponerse de pie.

-Comprendemos; respondió Manuel. -Siempre es importante mostrar la cabeza mandante a los subalternos.

-Con su permiso señoras; respondió el marino dando la vuelta y dirigiéndose al puente.

-¿De qué se trata?; preguntó el oficial al marinero.

-Acabo de divisar un bote salvavidas a la deriva, señor; respondió éste.

-Dirijámonos hacia él; ordenó el capitán, recordando su deber de siempre prestar ayuda en altamar.

A los pocos minutos la goleta se colocó suavemente junto a un bote de goma en el cual yacía una mujer inconsciente.

-Aún  está con viva. Llévenla a la enfermería; ordenó el doctor a dos marineros.

-¿Ocurre algo capitán?; preguntó Cesar al ver que transportaban en camilla a una mujer.

-Encontramos a esta mujer a la deriva en un bote, inconsciente, sin agua ni comida; explicó el capitán. -La rescatamos como corresponde y como lo ordenan las leyes de los marinos.

-Tiene toda la razón capitán; apoyó Manuel. -Yo soy marino jubilado de la armada y ese es un deber sagrado. Personalmente participé en varias misiones de rescate.

-Por favor querido, no creo que el señor capitán tenga tiempo para escuchar historias de la época de los barcos a remos; le interrumpió riendo Susana.

-Para que sepas serví en una fragata de combate; le respondió orgulloso su marido.

-Para mí será un honor intercambiar experiencias con un viejo lobo de mar; dijo el capitán.

-Ves querida, entre marineros nos entendemos; contestó triunfante Manuel.

El doctor terminaba de conectar una bolsa de suero a la mujer cuando golpearon la puerta.

-Adelante capitán; respondió el médico.

-¿Cómo supo que era yo?; preguntó éste.

-En diez años trabajando juntos he aprendido a reconocer su forma de tocar; contestó el doctor.

-¿Cómo se encuentra nuestra inesperada visita?; preguntó el capitán.

-Muestra signos de deshidratación, desnutrición e insolación; explicó el médico. -Aparentemente llevaba varios días a la deriva. En todo caso con el suero que le apliqué, en unas cuantas horas estará mucho mejor.

-Me comuniqué con la autoridad marítima y dicen que nosotros evaluemos si la víctima requiere atención de urgencia; informó el capitán.

-No lo creo necesario; opinó el médico. -Mire, ya recobra la consciencia.

-¿Dónde estoy?; preguntó con voz débil la mujer, intentando sentarse.

-Con calma; aconsejó el doctor. -La rescatamos hace poco en un bote salvavidas. Aún está débil. 

-Está a bordo de la goleta  Poseidón; le dijo el capitán. -¿Puede indicarnos qué ocurrió?

-Paseábamos unos amigos y yo en un yate. Se produjo una pelea bajo la cubierta; se derramó combustible y hubo una explosión. -No alcanzamos a pedir auxilio; solo yo logré escapar arrojándome al agua. Uno de los botes salvavidas no se quemó y me afirmé de él. Como pude logré inflarlo; explicó la mujer.

-Es una verdadera suerte; opinó el médico.

-¿Hace cuánto que ocurrió esto?; preguntó el capitán.

-No lo sé. Estuve varios días flotando sin saber que hacer; explicó la mujer. -Luego comencé a sentir mucho sueño y me dormí y ahora despierto aquí.

-Realmente es un milagro señorita…; opinó en forma suspensiva el capitán, esperando  que la mujer se identificase.

-Juana, Juana Beltrán; respondió ella.

-Encantado señorita Beltrán; saludó el doctor, que estaba más que extasiado por la perfecta belleza de ella, cuyo cuerpo además era proporcionalmente ideal, ni que hubiese sido un maniquí hecho a mano.

-¿Cuál es su opinión profesional doctor?; preguntó el capitán.

-La señorita necesita descansar, pero no se requiere atención médica especializada, ni de urgencia; respondió el médico. -Cuando regresemos a puerto podemos llevarla con las autoridades.

-Me sorprende que nadie se haya enterado antes; opinó el capitán.

-Todo pasó muy rápido; comentó ella.

-Fue una suerte que nosotros pasásemos cerca; observó el doctor.

-Es cierto; el mar es tan grande que nadie la habría encontrado, si tan solo hubiésemos estado a un grado de distancia; meditó el capitán.

-Bueno, mi paciente necesita descansar; cortó el médico.

-¿Cómo se encuentra la muchacha?; preguntó Valeria.

-Se recupera en la enfermería; respondió el capitán. -Quisiera disculparme por todas las molestias que este suceso está provocando. Si lo desean podemos dirigirnos inmediatamente a puerto, para que alguien más se haga cargo de la señorita Beltrán y ustedes puedan continuar con sus vacaciones sin ninguna preocupación.

-Oh no se preocupe capitán, no es ninguna molestia; consintió Valeria.        -Además, será agradable poder hablar con una chica de mi misma edad.

-Es usted muy generosa señora Valeria; opinó el marino.

El sobrecargo quedó de una pieza al entrar a la enfermería y ver a la mujer sentada en la camilla, cubierta con una bata que dejaba ver mucho.

-Disculpe señorita; se excusó el marinero. -Olvidé que estaba usted aquí.

-Vamos a tener que hacer algo para que no lo olvide de nuevo; dijo ella acariciando la mejilla de él.

Por un momento el sobrecargo perdió consciencia de todo cuanto lo rodeaba, excepto del rostro que lo observaba y de esa fugaz caricia.

-Qué bueno que lo encuentro; dijo el médico al entrar a la enfermería. -Hey, le estoy hablando; insistió el doctor. 

-Perdón doctor, creo que no lo escuché entrar; se disculpó el sobrecargo.

-Sí, ya me di cuenta; contestó el médico, al posarse su mirada en el pecho de la mujer que subía y bajaba rítmicamente.

-Aun no le he dado las gracias por salvarme; dijo ella con voz cautivadora al doctor, a la vez que acariciaba su mejilla.

-No es nada, contestó el médico después de un lapso de tiempo que no sabía si había sido largo o corto.

-¿Cómo se siente Juana?; preguntó el médico.

-Mucho mejor ya, gracias doctor; respondió ella. -Pero como estuve muchos días en ese bote salvavidas, sin poder moverme, me gustaría caminar un rato para estirar las piernas.

-Sí, adelante; consintió el doctor. -No veo ningún inconveniente en ello.

La mujer fue acompañada por el doctor y el sobrecargo. Sus caderas se contorneaban sugerentemente a cada paso que daba.

En la cubierta Cesar conversaba animadamente con Pablo, mientras que Victoria y Susana bebían un trago bajo un quitasol. Todos los hombres quedaron boquiabiertos ante la vista de la seductora mujer.

-Hola, veo que ya has vuelto al mundo de los vivos; le dijo Valeria tendiéndole la mano para saludarla. -Mi nombre es Valeria.

-Encantada, yo soy Juana; contestó la mujer estrechándole la mano a su anfitriona, con una sonrisa y un extraño brillo en la mirada.

Una desagradable sensación recorrió a Valeria, pero prefirió no decir nada para no ser descortés. Mientras todos se acercaron para saludar a la extraña.

-Pero que criatura más encantadora; comentó Manuel, no pudiendo evitar admirar las perturbadoras curvas de la mujer.

-¡Papá! ¿Qué va a pensar nuestra invitada?; lo reprendió Valeria.

-Es usted un galán; respondió ella coquetamente.

-Disculpa al fresco de mi marido; dijo Susana para no quedar como una tonta.

-No hay cuidado; contestó Juana.

-Debes estar muy acostumbrada a que todos admiren tu belleza; agregó Pablo.

-¿Desde cuándo puedes ver la belleza de una mujer?; preguntó Jorge arqueando las cejas.

-Encantado le mostraré todo el barco; le ofreció el capitán.

-Es usted muy amable; respondió Juana.

-Entonces vamos; agregó el oficial tendiéndole un brazo.

Todos los hombres siguieron con la mirada a la mujer.

-Es un lindo barco capitán; observó ella.

-Gracias, es toda una belleza; aceptó él.

-¿Y se mueve solo con velas?; preguntó Juana.

-Claro que no. También posee un motor que se usa cuando no hay viento; explicó el marino.

-¡Vaya hombres!; exclamó Susana mirándolos a todos. -Se vuelven locos apenas una joven les mueve el trasero.

-Hay algo en ella que me da mala espina. Es una sensación difícil de explicar; agregó Valeria.

-Lo sé querida, se llama celos; opinó Victoria.

-En todo caso no es su culpa que sea tan atractiva; comentó Jorge.

-¿No me digas a que a ti también te gusta?; preguntó Susana.

-¡Guacala!, no; respondió él. -No me imagino junto a una mujer. Aunque si yo fuera heterosexual, de seguro me gustaría.

Susana no podía dormir bien, así es que se levantó para salir a tomar un poco de aire fresco, acompañada de un generoso vaso de whisky.

Apoyada en la baranda de la borda del barco se puso a mirar la estela luminosa que éste dejaba tras sí; era una posición bastante arriesgada, sobre todo con unos cuantos vasos en el cuerpo. Susana nada pudo hacer para afirmarse cuando una mano la empujó fuerte por la espalda, haciéndola caer por la borda.

Sin que nadie se percatara abordo, la embarcación se alejó de la mujer, dejándola mareada en medio del mar. El terror se apoderó de ella cuando sintió que algo rozaba sus piernas y varias aletas puntiagudas comenzaron a formar un círculo a su alrededor. El ataque de los tiburones hizo desaparecer todo rastro del cuerpo de la mujer.

Al otro día al desayuno todos echaron de menos a Susana.

-¿Papá has visto a la mamá?; preguntó Valeria.

-Yo pensé que estaba contigo; contestó él.

-La verdad es que yo tampoco la he visto; intervino Victoria.

-Ni yo; agregó Pablo.

-Mejor avisemos al capitán; sugirió Cesar.

-¿Ocurre algo?; preguntó el aludido, que justo entraba al comedor, acompañado de Juana y el doctor.

-No sabemos dónde está mi madre; le informó nerviosa Valeria.

-La buscaremos por toda la nave. Debe estar en alguna de las dependencias; pensó que la señora tal vez estaba teniendo alguna aventura con uno de sus marineros. -Detengan el barco; ordenó por radio al timonel.

Tras revisar todo el barco, la preocupación en Valeria se convirtió en miedo; su madre no estaba a bordo y no faltaba ningún bote salvavidas. En la cubierta el doctor se agachó para recoger un vaso tirado junto a la borda.

-Capitán, mire esto; dijo el médico indicando el vaso que aún tenía restos de whisky.

Ambos oficiales se miraron mutuamente, pues sabían lo que eso implicaba. La mujer borracha debía haber perdido el equilibrio y de alguna forma caído por la borda.

-Don Manuel, señora Valeria; habló lentamente el capitán. -Me temo que la señora Susana no se encuentra abordo.

-¿Pero cómo es eso posible?; preguntó alarmada Valeria.

-La señora ayer bebió demasiado y tarde anoche, mientras todos dormíamos, debe haber salido a la cubierta; supuso el médico. -Pensamos que perdió el equilibrio y cayó por la borda.

-¡Mamá!; exclamó Valeria al momento de caer desmayada.

-Lo siento mucho Don Manuel, dijo el capitán dándole su pésame.

Todos se volvieron cuando escucharon que Juana estaba canturreando algo.

-Discúlpenme, no quise ser indolente, ni irrespetuosa de su pérdida, pero así calmo mis nervios; se excusó la mujer.

-Muchas gracias capitán; dijo Manuel estrechándole la mano. -Mi esposa bebía más de la cuenta a veces y bueno…, pasó lo más lamentable.

Ayudada por el doctor Valeria se puso de pie.

-¿Cómo pueden estar tan tranquilos?; preguntó a todos.

La única que lloraba aparte de Valeria era Victoria, pero en cambio los hombres se veían muy calmados.

-Hija, no hay nada que hacer al respecto; contestó Manuel. -Tu madre se ha ido.

-¡Qué vergüenza!; exclamó Victoria tomando del hombro a Valeria y llevándola a su camarote.

-¡Victoria!, cálmate; le dijo Rolando mientras se alejaba consolando a Valeria.

-Lo siento mucho; dijo él a Manuel.

-Gracias, así es la vida; contestó éste.

-Señora Valeria, cuente conmigo para lo que sea; le ofreció la azafata, que le llevó un agua de hierbas para que se relajara un poco.

-¿Pero qué le ocurre a estos hombres?; preguntó Victoria.

-Es esa mujer. Desde que llegó todos andan como idiotas; comentó Valeria.

La azafata miró meditativa hacia el pasillo de la goleta. A ella también le parecía que sus compañeros estaban actuando en forma rara.

Todo el día Valeria estuvo encerrada llorando en su camarote. Ya en la noche salió un rato a la cubierta. Un chapoteo en el agua llamó su atención y poco después escuchó la voz de su madre que la llamaba.

-¿Mamá?; preguntó corriendo hacia la borda.

 En una visión fugaz le pareció ver a una mujer en el agua, pero esta se sumergió; claramente vio una gran cola de pez que golpeaba la superficie. Sorprendida se acercó más a la baranda para ver mejor, justo cuando una figura difusa saltaba del agua y la arrastraba con ella bajo la superficie.

La espuma que se formó se disolvió rápidamente, no quedando rastros del rapto de Valeria. Se escuchó nuevamente el chapoteo de algo golpeando el agua y luego nada.

El camarote estaba cerrado con llave, así es que Cesar se fue a dormir a otro, para no molestar a su esposa.

-¿Victoria, cómo amaneció Valeria?; preguntó Cesar a la amiga de su padre.

-¿Acaso no durmieron juntos?; preguntó extrañada ella.

-No. Tenía la puerta cerrada con llave, así es que la dejé tranquila y yo dormí en otro; contestó él.

-No la he visto aun; respondió la mujer. -Voy a ver cómo sigue.

Victoria caminó sin poder entender por qué eran tan fríos los hombres.

-Valeria, ¿estás bien?; preguntó ella al encontrar la puerta del camarote cerrada. Preocupada fue hasta el camarote de la azafata para que le abriera la puerta.

-¿Qué ocurre señora Victoria?; preguntó la azafata.

-¿Por favor podría abrirme la puerta del camarote de Valeria?; pidió Victoria. -Está  cerrado con llave y deseo ver como sigue mi nuera.

-Por supuesto, vamos; respondió la azafata.

Antes de cometer un error que le podría costar el trabajo, la azafata golpeó la puerta antes de abrirla.

-¿Se encuentra bien señora Valeria?; preguntó la joven a través de la puerta cerrada. Como nadie respondió, decidió usar su llave maestra y abrió el camarote.

Ante las dos mujeres se mostró un cuarto vacío que desconcertó a ambas.

¡Capitán!; gritó Victoria. -Valeria no aparece por ningún lado.

-Es cierto señor; afirmó la azafata.

-Por favor mantén la calma; le pidió Rolando. -La encontraremos.

Después de que revisaron el barco de punta a punta, se dieron cuenta de que ella ya no estaba a bordo.

-La señora Valeria estaba muy afectada por la muerte de su madre; meditó el doctor. -Me temo que perdió la razón y…

-Es una lástima, comentó Cesar. -No pudo con su pena.

-¡Es tu esposa!, ¿eso es lo único que piensas decir?; gritó Victoria a su hijastro.

-¡Capitán!, volvemos a puerto; ordenó furiosa la mujer. -Las autoridades se encargarán.

-Creo que tiene razón señora; respondió el capitán. -Timonel, a toda marcha al puerto.

La goleta enfiló su proa hacia tierra para dar cuenta a las autoridades de los hechos acontecidos en los últimos días. Impulsándose con su motor a toda potencia, la nave en vez de acercarse a esta, se alejaba más de ella.

-Timonel, le ordené dirigirse al puerto; le llamó la atención el capitán, al darse cuenta que no llevaban el rumbo correcto.

-Hacia allá vamos capitán; contestó éste sin dejar de mirar la pantalla de radar. -Mire, en el radar se divisa la costa.

-Es cierto, disculpe, se excusó el capitán. -Siga ese rumbo; dijo al ver él también el borde de tierra en la pantalla de radar.

Sin embargo el radar solo indicaba mar abierto, mientras que la ecosonda mostraba una capa delgada flotando un poco más adelante. En la cubierta Juana canturreaba una hermosa melodía.

Tan consternados estaban todos que nadie notó la escolta que acompañaba a la goleta en su navegar.

La azafata se detuvo en el marco de una escotilla al escuchar conversar a los hombres en cubierta.

-Miren; dijo Cesar indicando con la mano. -Ya se ve el puerto.

-Es cierto; confirmó Manuel. -Llegaremos en unos cuantos minutos.

Sin embargo la azafata solo veía mar abierto frente a ellos. Lo que más le llamó la atención fue que el canturreo de Juana se había vuelto más intenso. Movida por su curiosidad, con su teléfono celular trató de grabar esa extraña escena.

Victoria llegó furiosa junto a los demás.

-¿Hacia dónde nos dirigimos?; preguntó indignada. -Se supone que debíamos volver al puerto.

-Pero si ya estamos por llegar; le respondió Rolando, apuntando hacia el mar abierto.

-¿Acaso te volviste loco?; ahí no hay nada más que agua; observó ella.

La azafata que seguía grabando todo oculta, vio como Juana se aproximó lentamente a Victoria, abriendo grande su boca y dejando ver una serie de delgados y afilados dientes agudos como agujas.

-¡Aléjese de mí!; gritó Victoria cuando Juana la tomó por los hombros y la acercó a la borda.

A pesar de forcejear con fuerza con su atacante, Victoria no pudo impedir ser lanzada al agua, donde varias manos y grandes aletas la sujetaron y arrastraron al fondo.

Aterrada la azafata se alejó tratando de hacer el menor ruido posible para que la extraña mujer no la descubriese. En su desesperada huida raspó su mano en un borde cortante de una placa de lata; apretando los dientes retuvo el grito de dolor que eso le produjo. Sin saber qué hacer, la joven se encerró con llave en su camarote.

Después de un rato indeterminado, la goleta se estremeció desde la proa hasta la popa, como si fuese una gran ballena herida. Sobresaltada la azafata salió corriendo hacia el puente de mando.

-¿Qué pasó capitán?; preguntó asustada.

-Parece que nos enredamos en sargazos; respondió él. -Pero no importa, mire estamos a una cuadra del puerto.

La joven solo veía mar abierto a su alrededor. Cerca Juana entonaba una dulce canción que todos los hombres abordo acudieron a escuchar. Varias voces más se unieron en un extraño coro. Decenas de mujeres con cola de pez asomaban su torso por sobre la superficie, tendiendo sus brazos hacia la goleta.

Mientras corría hacia su camarote, con el teléfono celular en la mano, vio como uno a uno todos los hombres saltaron por la borda, hacia los brazos y las fauces hambrientas de las criaturas.

-¡Sirenas!; exclamó corriendo la joven. -Esto no puede ser real.

Como pudo cerró la puerta y buscó algo con que defenderse, pero no tenía nada que pudiese servir como un arma. El picaporte de la puerta comenzó a girar lentamente, mientras ella apoyaba su cuerpo para impedir que ésta se abriese; pero quien empujaba desde el otro lado tenía mucha más fuerza que ella  y sus pies resbalaron sobre el piso de madera.

Juana la sujetó de los hombros y la joven pudo ver su aterradora sonrisa, llena de cuchillos afilados. Trató de soltarse, pero un puñetazo en la cara la privó de sentido. Arrastrándola de un brazo, la mujer llevó a la azafata a la cubierta y una vez allá, sin ningún esfuerzo la levantó y arrojó al mar, donde como pirañas las sirenas se abalanzaron sobre ella. Una roja espuma cubrió la superficie del agua, hasta que después de un  rato no quedaba ni rastros, ni un testigo que pudiese relatar tan extraños y macabros acontecimientos.

Con sus cincuenta metros de largo, la veloz lancha Olimpia llevaba a cabo su rutinario patrullaje entre las islas.

Afortunadamente en ningún momento había requerido hacer uso de su poderoso armamento en combate; no obstante, la Teniente Adriana Dimitreas sentía un creciente orgullo en su pecho cada vez que subía a bordo. En numerosas ocasiones su padre, el Almirante Aquiles Dimitreas le había ofrecido transferirla a un “barco de verdad”, pero ella siempre se había opuesto, porque debía “flotar por sí misma”, como ella decía. No le importaba que todos los días solo se preocupara de vigilar las costas de las islas como si fuese un simple policía; ese era su barco y ella lo amaba.

Y ahí estaba otro velero de millonarios, disfrutando de la belleza de las islas griegas. El timonel bajó la velocidad y se acercó despacio a la elegante goleta Poseidón y la saludó con su bocina; como no recibió respuesta del yate, volvió a insistir, sin que la otra nave contestase.

-No se ve nadie en la cubierta; observó la Teniente Dimitreas, viendo por binoculares. -Intentemos por radio; sugirió la oficial revisando un libro con las frecuencias de las distintas embarcaciones.

-Goleta Poseidón, aquí patrulla Olimpia, cambio; llamó la teniente. A través de la radio solo se escuchaba estática. -¿Goleta Poseidón, necesitan ayuda?; insistió la oficial.

-¿Ocurre algo teniente?; preguntó el capitán entrando al puente.

-La goleta Poseidón no contesta nuestro saludo, ni la radio, señor;  informó la oficial al capitán. -Tampoco se ve a nadie en su cubierta.

-Puede que estén todos borrachos abajo, pero igual vaya con unos cuantos hombres a verificar teniente; ordenó el capitán.

-Muy bien señor; respondió la teniente.

A los pocos minutos un bote zodiac con la Teniente Dimitreas y cuatro marineros se detenía junto a la goleta.

-Revisen todo el yate; ordenó la oficial a sus hombres.

A simple vista no se veía nadie en la cubierta; el puente estaba vacío y la goleta navegaba a la deriva. El motor estaba apagado y el barco se movía con sus velas infladas por un suave viento.

La tripulación y los pasajeros no estaban a bordo. El primer pensamiento que cruzó por la mente de la Teniente Dimitreas, fue que habían sido víctimas del ataque de piratas.

Luego de revisarlos camarotes desechó esa primera suposición. En varios la teniente encontró joyas y dinero, así como otros artículos de valor.

Con todos los botes sin arriar y los chalecos salvavidas aun colgados en sus ganchos, sin signos de violencia o lucha, era como si los ocupantes de la goleta se hubiesen esfumado sin dejar rastro.

-Teniente; llamó por radio un marinero; -No hemos encontrado a nadie a bordo.

-Muy bien, recojan las bitácoras; ordenó la oficial, mientras revisaba el camarote de la azafata.

-Teniente, hay una mujer en la enfermería; informó otro marinero. -Está inconsciente pero aún con vida.

-Muy bien, llevémosla a bordo de la Olimpia; ordenó la oficial.

Cuando la Teniente Dimitreas estaba por salir del camarote, una mancha de sangre en el diario de vida de la azafata atrajo su atención, así es que decidió llevarlo consigo.

-Nos retiramos; avisó por radio a la lancha.

-Lancen el ancla para que este barco no siga derivando y vaya a provocar un accidente; ordenó a uno de los marineros. -Después avisaremos para que un remolcador venga a buscarlo.

-Capitán llevamos a una mujer inconsciente; informó la teniente a su superior. -Por otro lado, el resto de los ocupantes ha desaparecido sin dejar huellas; es como si hubiesen saltado por la borda.

-¿Cree que es un acto de piratería, teniente?; preguntó el capitán.

-Negativo señor, encontré varias joyas y dinero; respondió ella.

-¿Qué opina al respecto?; insistió el oficial.

-No falta ningún bote ni chaleco salvavidas; es como si todos se hubiesen hecho humo; respondió la Teniente Dimitreas. -Después de revisar los libros de bitácora puede que sepamos qué es lo que pasó.

El oficial médico estaba al tanto y tenía todo listo para recibir a la sobreviviente de la goleta Poseidón.

-¿Ocurre algo doctor?; preguntó la teniente al ver la expresión que éste puso al ver a la mujer.

-No ocurre nada comandante; respondió el médico. -Es solo que es tan hermosa que es perturbadora.

-Trate de que pueda contestar algunas preguntas antes de regresar a la base; pidió la oficial. -Ella es la única persona que nos puede decir qué pasó con los ocupantes de ese yate.

-Pase en media hora a la enfermería teniente; aceptó el doctor.

-Gracias doctor, mientras voy a revisar la bitácora del Poseidón; dijo la Teniente Dimitreas.

-¿Perdón cómo dijo?; preguntó el médico ajustando su audífono.

-¿Aún no se acostumbra?; preguntó la teniente. -Le dije que voy a revisar la bitácora del Poseidón.

La explosión de una bomba de sonido había dañado uno de los oídos del médico de la Olimpia, por lo cual necesitaba usar audífono para escuchar bien y a veces olvidaba conectarlo.

-¿Qué ocurre?; preguntó la Teniente Dimitreas al entrar al puente y ver al capitán intentando comunicarse por radio.

-Aquí lancha Olimpia, cambio. Aquí Olimpia, cambio; insistía el oficial.

-La radio no funciona; comunicó el capitán a la teniente.

-El GPS y el radar también están fallando señor; informó el timonel. -¿Qué está ocurriendo señor?

-Probablemente hemos caído en un campo magnético; opinó la Comandante Dimitreas.

-La comandante tiene razón señor; observó el timonel viendo como la brújula giraba vuelta loca.

-Sáquenos de aquí; ordenó la oficial.

-Enseguida señora; obedeció el marinero.

Para poder salir de la zona con el molesto campo magnético, la lancha debió internarse mar adentro.

-Los sistemas de navegación funcionan normalmente de nuevo, pero la radio está muerta; informó el timonel.

-Que el ingeniero la revise; ordenó el capitán.

-Voy a la enfermería a ver a la mujer del Poseidón; avisó la teniente.

-Comandante Dimitreas; la llamó el capitán. -Trate de relajarse un poco.

-En cuanto volvamos a la base, señor; respondió la oficial.

-Va a ser muy buena capitán de navío; pensó para sí el capitán.

-Adelante teniente; dijo el doctor cuando la vio llegar a la enfermería. -La señorita Juana Beltrán acaba de despertar.

-Buenas tardes, soy la Teniente Adriana Dimitreas, de la Armada de Grecia; la saludó la oficial dándole la mano.

-Mi nombre es Juana Beltrán; respondió la mujer estrechándole la mano.

Una desagradable sensación que no pudo explicar incomodó a Adriana.

-Necesito hacerle unas preguntas respecto a los acontecimientos previos a su rescate de la goleta Poseidón; explicó la teniente.

-Es todo muy confuso pero trataré de ayudarle lo mejor que pueda; respondió la mujer.

-Encontramos el Poseidón flotando a la deriva, sin más ocupantes que usted; contó la oficial. -Según nuestros registros viajaba con diez tripulantes y ocho pasajeros, entre los cuales no figura usted.

-Originalmente yo estaba en un yate con unos amigos; hubo un accidente y éste se hundió. Yo logré sobrevivir unos cuantos días en una balsa salvavidas; explicó la mujer. -Otro yate me encontró y rescató; como yo estaba inconsciente me llevaron a la enfermería.

-¿Sabe qué ocurrió a bordo del Poseidón?; preguntó la teniente.

-Me levanté al otro día; continuó la mujer. -Pero como me había insolado demasiado me afiebré, así es que el médico me ordenó acostarme nuevamente. La fiebre aumentó y ya no recuerdo nada más hasta que desperté aquí.

-Entiendo; asintió la teniente. -Si recuerda algo más avíseme.

-¿Qué opina doctor?; preguntó Adriana.

-Su estado de salud coincide don su relato, comandante; observó el médico. -Presenta deshidratación, desnutrición y quemaduras solares, coincidentes con un naufragio.

-¿No le parece demasiada coincidencia que haya estado presente en dos incidentes distintos y sea la única sobreviviente en ambos?; preguntó la Teniente Dimitreas.

-Para mí es solo mala suerte por un lado y buena por otro, por lograr salvarse; opinó el doctor, mientras la mujer canturreaba una melodía en la enfermería.

-¿Teniente, cómo se encuentra nuestra pasajera?; preguntó el capitán en el puente.

-Ya despertó, pero asegura no saber nada sobre lo ocurrido a bordo del Poseidón, por haber estado sedada en la enfermería. Lo más extraño es que ella fue la única sobreviviente de un naufragio y el  Poseidón la encontró a la deriva y la rescató; informó la Teniente Dimitreas.

-¿Demasiada coincidencia para usted?; quiso saber el capitán. -¿Qué dice la bitácora de la goleta Poseidón?

-Con la falla de los equipos de navegación aún no he tenido tiempo de revisarla señor; se excusó la teniente. -Ese campo magnético nos tomó por sorpresa.

-Lo sé comandante, a mí también me llama la atención que no nos hubiésemos topado con él en otras ocasiones; comentó el capitán. -¿Algo más que informar?

-La radio fue reparada pero no capta ni emite señales; informó la oficial. -El ingeniero opina que deberíamos poder comunicarnos y no sabe porque no lo logramos.

-Permiso para ingresar al puente; pidió el médico acompañado de la mujer.

-Capitán, quería agradecerle por haberme rescatado; dijo Juana.

-Es parte de nuestro deber señorita; contestó el oficial.

-Espero que yo no esté interrumpiendo una importante misión; comentó ella.

-Nuestra misión es ayudar a quien lo necesite en el mar; agregó el capitán.

-Igualmente quisiera expresarle mi agradecimiento; insistió ella.

 Mirando hacia la proa de la lancha la mujer comenzó a tararear una hermosa melodía.

-Capitán, tengo el puerto en el radar ya; dijo el timonel mirando la pantalla.

-Es cierto, asintió el capitán, viendo la línea costera claramente dibujada en la pantalla de radar.

-Magnífico; opinó el doctor. -Quiero cambiar este maldito aparato; dijo quitándose un momento su audífono que se le había desconectado. Inmediatamente la visión que el médico tenía cambió ante sus ojos, en la pantalla pudo ver que el radar solo mostraba agua y más agua. No se veía ninguna tierra en varias millas a la redonda, la lancha navegaba en mar abierto. Intrigado se puso nuevamente su audífono y pudo escuchar nuevamente a la mujer canturrear; en seguida volvió a ver la línea costera en el radar. Sin sacárselo lo apagó y para su sorpresa la imagen en la pantalla volvió a cambiar, desapareciendo la línea que marcaba la costa donde estaba el puerto.

La Teniente Dimitreas y el doctor se miraron mutuamente y cada uno vio la expresión de estupefacción en el rostro del otro. La mujer seguía entonando su dulce canto.

-Comandante, ya es hora de que le cambie el vendaje de su brazo; le recordó el doctor a la teniente.

-¿Está herida teniente?; preguntó el capitán.

-Es solo un rasguñó sin importancia; opinó ella.

-Eso lo decido yo comandante; intervino el médico. -Usted hace bien su trabajo que yo haré bien el mío.

-Como ordene doctor; obedeció la teniente. -Vamos a la enfermería.

Sin decir ni una palabra los dos caminaron rumbo a la enfermería de la lancha, una vez allí el doctor cerró la puerta con llave.

-¿Se dio cuenta de que estamos navegando en alta mar?; preguntó la Comandante Dimitreas.

-Lo sé, aunque yo también vi la línea costera en la pantalla de radar; contestó el médico. -Al menos mientras tuve encendido el audífono, después solo vi agua a varias millas a la redonda.

-Yo en ningún momento vi tierra doctor; comentó la teniente.

-¿Qué piensa que ocurrió en el puente comandante?; preguntó el médico.

-Usted es el doctor, usted dígame; respondió ella.

-Comenzamos a ver la tierra cuando la señorita Beltrán comenzó a cantar y personalmente yo dejé de verla cuando se me apagó el audífono y no podía escucharla; recordó el médico. -Lo que haya sido a usted no la afectó.

-¿Está insinuando que ella los hipnotizó con su canto?; preguntó la Teniente Dimitreas.

-¿Ha escuchado alguna vez hablar de las sirenas?; preguntó el doctor.

-Todos los marinos hemos oído de las sirenas; contestó la oficial. -Pero son solo mitos.

-¿Y si realmente existieran?; insistió el médico.

-Si realmente existieran habría pruebas de ello; negó la teniente.

-Usted me pidió mi opinión comandante; respondió serio el doctor. -Y mi opinión es que esa mujer puede inducir un estado hipnótico e ilusiones con su canto.

-Es mejor que revise ahora la bitácora del Poseidón; meditó la teniente.

-Olvida algo comandante; dijo el doctor tomando un rollo de venda para envolver el brazo de Adriana.

-Es verdad; respondió ella guiñándole un ojo al médico. -Por un minuto olvidé que estoy herida.

El marinero Alexander Artemis era uno de los hombres más experimentados del cuerpo de patrulleras. Heredero de una larga dinastía de marinos, conocía casi todos los secretos del mar; con un carácter de hierro, no se inmutó ni siquiera cuando fue degradado desde teniente a marinero de primera, por golpear a un almirante. Absolutamente leal a la Teniente Dimitreas, nadie esperaría que la traicionara, o viceversa.

Como de costumbre Artemis recorrió toda la cubierta de la Olimpia y luego encendió un cigarrillo. El suave canto de una mujer lo condujo a una época muy lejana en su niñez. Las volutas de humo formaban figuras que lo hacían sonreír. Después de un rato apagó su cigarrillo y se lanzó al agua y nadó hacia el fondo, para nunca más salir.

La bitácora del Poseidón no daba ninguna pista de lo ocurrido abordo con su tripulación y pasajeros. La Teniente Dimitreas se preparó una taza de café para disponerse a ver el diario de la azafata.

-“Otro viaje más y pronto me tomaré vacaciones. Esta vez se trata de una luna de miel con ocho pasajeros”.

-“El clima está magnífico. Este será un viaje muy tranquilo”.

-“Hoy hemos encontrado a una mujer sobreviviente en una balsa. Es joven y muy hermosa; todos los hombres andan “locos” por ella, pero algo tiene que me inquieta”.

-“La madre de la novia no se encuentra abordo; aparentemente bebió más de la cuenta y perdió el equilibrio, cayendo por la borda”.

-“La novia también ha desaparecido. Parece que no pudo sobrellevar la muerte de su madre y decidió poner fin a su vida”.

-“Los hombres se están portando muy raros. A ninguno parece importarle la muerte de ambas pasajeras”.

-“La madrastra del novio ha ordenado volver a puerto. El barco se está internando mar adentro”.

-“El timonel y el capitán aseguran que estamos cerca de la costa, aunque no es así”.

-“Es extraño, todo comenzó cuando subió esa mujer abordo”.

-“Estoy segura de que nos sigue algo”.

-“La señora que queda de los pasajeros está indignada por la actitud de todos los hombres. La mujer no deja de cantar”.

-“La mujer ha atacado a la señora y la ha arrojado al mar. Estoy segura que vi que fue atacada por sirenas. No estoy loca. La mujer no es humana, al menos no como todos; sus dientes son muy afilados y tiene muchos, también tiene mucha fuerza”.

-“Estoy asustada. Todas las mujeres del barco, excepto yo, están muertas”.

-“Nos hemos detenido de golpe. Según el capitán nos enredamos en sargazos. Pero dice que no importa porque estamos muy cerca del puerto. Eso no es verdad; estamos en alta mar y no se divisa ninguna tierra cercana”.

-“La mujer está cantando muy fuerte. Los hombres están junto a ella escuchándola. Hay sirenas en el agua; muchas de ellas. Todos los hombres se han arrojado al mar”.

-“Me he escondido en mi camarote. Ella viene por mí y no tengo ningún arma con que defenderme. No quiero morir, la escucho por el pasillo. Está por entrar…”

Aquí terminan las anotaciones que dejó la azafata en su diario antes de morir.

La taza de café de la teniente se enfrió en su mano. Encendió un cigarrillo para meditar sobre lo que acababa de leer. Al pasar su mano por el forro del diario, notó que algo sobresalía. Con su cuchillo corto y encontró una tarjeta de memoria de celular. Sin pensarlo siquiera, encendió su computador portátil e introdujo la tarjeta.

El cigarrillo se cayó de su boca abierta al ver la serie de fotografías en la que la mujer aparecía arrojando a otra al agua y a varias sirenas atacándola; así como la boca llena de dientes agudos y afilados de ella. También había un video que mostraba a todos los hombres del Poseidón arrojándose por la borda, mientras la mujer entonaba un extraño canto.

-Demonios, esto no puede ser real; dijo Adriana Dimitreas poniéndose de pie y desenfundando su pistola.

Corriendo llegó al puente donde el capitán, el doctor y dos marinos más observaban la pantalla de una computadora. Cuando la oficial entró los dos marineros le apuntaron con sus armas y la desarmaron.

-Teniente Dimitreas, queda arrestada por el asesinato del marinero Alexander Artemis; dijo el capitán.

-Yo no he matado a nadie; se defendió ella.

-No puede negarlo teniente; insistió el capitán. -En este video captado por las cámaras de seguridad se ve el momento exacto en que usted lo golpeó y arrojó su cuerpo al agua.

En el video se veía claramente como el marinero, luego de fumar, se arrojaba solo al mar y no volvía a salir.

-El doctor puede confirmarlo también; comentó el capitán.

-No hay nada que decir teniente; dijo el médico, viendo como el marinero muerto se había suicidado sin motivos aparentes.

-Llévensela y enciérrenla en el calabozo; ordenó el capitán.

Los dos marineros condujeron a la prisionera a una celda, mientras se oía el canto de la mujer.

Adriana dejó caer algo al piso sin que sus guardias lo notaran. Haciendo el doctor como que se agachaba a abrocharse un zapato, lo recogió y guardó en su bolsillo. Era una pequeña tarjeta de memoria portátil.

Por suerte estaba aprendiendo a leer los labios, así es que nadie sospechaba que no estaba usando el audífono.

La teniente fue encerrada en uno de los calabozos; cuando uno de los guardias la iba a esposar, el médico lo detuvo.

-No sea ridículo, nadie puede salir de ahí solo.

De camino a la enfermería, el doctor pasó por el diario de la azafata del Poseidón y lo ocultó en uno de los bolsillos de su pantalón. Encerrado en la enfermería el médico vio los últimos minutos de vida de los ocupantes de la goleta. La lectura del diario solo confirmó sus sospechas.

-Las mujeres no son afectadas; concluyó el doctor. -Por eso se deshacen de ellas, para que no les estorben cuando van a apoderarse de los hombres.

-¡La Teniente Radamantes!; se acordó el doctor de la segunda ingeniera.      -Debo avisarle.

En la sala de máquinas Atenea Radamantes terminaba de hacer sus anotaciones en su bitácora, cuando vio que dos marineros, con una extraña mirada se acercaban a ella, uno con una gruesa llave de tuercas en la mano. El extraño canto se escuchaba claramente por los altoparlantes.

-¿Qué necesitan?; preguntó a sus subalternos.

-Debe acompañarnos teniente; dijo uno.

-¿Qué ocurre?; preguntó la oficial.

-Tenemos órdenes de escoltarla a la cubierta; contestó el otro marino.

-¿Quién lo ordenó?; preguntó la teniente, que ya se encontraba de pie.

-Solo acompáñenos; dijo uno de los marineros tomándola de un brazo.

Intuyendo que algo andaba muy mal, la oficial sujetó al marinero con su brazo libre y le asestó un duro rodillazo en el estómago, dejándolo tirado en el piso.

El otro echó mano a su puñal de combate y enfrentó a su superior.

-Baje el cuchillo marino; ordenó la Teniente Radamantes.

En vez de obedecer, el hombre lanzó unas cuantas estocadas al aire. Sujetándole la mano, ella logró que a su atacante se le cayera el arma; sin embargo, él logró zafarse de la llave. Aun desarmado el marinero se abalanzó contra la teniente; ante lo cual la oficial levantó su pierna todo lo que le permitía su metro ochenta, aplastando la suela de su bota en la cara del insubordinado marino. Un ruido tras ella la hizo volverse rápidamente, con su pistola en la mano.

-¡No dispare teniente!, estoy con  usted; dijo el médico entrando en la sala de máquinas.

-¿Qué está ocurriendo doctor?; preguntó la oficial.

-La nave está bajo el control de fuerzas hostiles; informó el médico. -Ahora debemos liberar a la Comandante Dimitreas.

-Pero ella asesinó al marinero Alexander Artemis; recordó la oficial.

-Le aseguro que ella es tan inocente como usted; afirmó el doctor. -Si usted hubiese ido con esos hombres, ahora estaría prisionera o muerta.

-Está bien, confiaré en usted; aceptó la teniente. -Pero dejemos encerrados a estos dos; dijo ella trancando  con una barra la puerta de la sala de máquinas.

La Teniente Dimitreas se paseaba como gata enjaulada, tratando de pensar como escapar de la celda. Al ver que la manilla de la puerta comenzaba a moverse, se ocultó  a un lado para atacar a los guardias y tratar de escapar. Cuando la puerta finalmente se abrió, la comandante sujetó por el cuello a la Teniente Radamantes, pero ésta con facilidad se soltó y la hizo volar por el aire.

-Vengo a liberarla comandante; le dijo la oficial tendiéndole la mano para ayudarla a pararse.

-Hola doctor; saludó Dimitreas desde el suelo.

-Hay un motín a bordo, señora; informó la teniente. -Mis hombres trataron de matarme.

-Un motín que involucra a todos los hombres excepto el doctor; observó Adriana.

-Metamos  a estos dos al calabozo; sugirió la Teniente Radamantes, indicando a los dos guardias que estaban tirados inconscientes.

-¿Alguna conclusión?; preguntó la comandante.

-Después de ver el video y el diario del Poseidón y los acontecimientos en esta nave, me da la impresión de que las sirenas no pueden controlar a las mujeres; dedujo el médico.

-Es por eso que intentaron deshacerse de nosotras primero; concluyó Dimitreas.

-¿De qué están hablando?; preguntó la ingeniero mientras le pasaba una pistola a la comandante.

-¿No le ha dicho nada de las sirenas?; preguntó Adriana.

-La verdad es que se me había olvidado; reconoció el médico.

-¿Es en serio?; preguntó la teniente.

-Claro que sí; contestó su superior. -¿Qué cree que es el canto que se escucha por toda la nave?

-El canto de las sirenas hipnotiza a los hombres que lo escuchan y éstas los obligan a arrojarse al mar para devorarlos; explicó el doctor. -Pero éste no afecta ni a las mujeres, ni a los hombres con sordera; agregó indicando su audífono.

-Es difícil de creer comandante; opinó la Teniente Radamantes. -Pero eso explicaría todo y ante la duda…, procedamos con cautela.

-No mate a ningún tripulante, si puede evitarlo teniente; ordenó la Teniente Dimitreas.

-No se preocupe comandante, pero no le aseguro que más de alguno no resultará herido.

-Por mí está bien; aceptó Adriana.

En eso la lancha se corcoveó entera.

-Parece que hemos encallado; opinó Atenea.

-¡Vamos!; ordenó la comandante.

Las dos mujeres seguidas por el doctor irrumpieron en el puente de mando, donde se hallaba el capitán junto con dos marineros. Sin embargo, la sirena no estaba en él.

-Tenientes, están cometiendo un motín. Si no se rinden serán fusiladas; dijo el capitán.

-El que será fusilado es usted señor; respondió la Teniente Radamantes al ver como tres tripulantes se lanzaban al agua y eran devorados por decenas de hambrientas sirenas que se lanzaron como pirañas sobre ellos.

-Por el acto de traición al entregar la nave a fuerzas enemigas, no velar por la seguridad de sus subalternos y no encontrarse mentalmente capacitado, lo destituyo del mando capitán; dijo la Teniente Comandante citando el reglamento.

La Teniente Radamantes salió a la cubierta justo a tiempo para impedir, mediante certeros disparos en las piernas, que dos marineros se lanzaran a las fauces de las voraces criaturas.

Un tercer hombre asomó por una escotilla y disparó contra la oficial, derribándola herida.

Uno de los hombres que acompañaba al capitán intentó disparar contra la Teniente Dimitreas, pero el doctor le vació en la cara el polvo de un extintor de incendios, oportunidad que Adriana aprovechó para desarmarlo y dejarlo sin sentido de un golpe, mientras el doctor golpeaba en la cara al otro marinero con el extintor.

El capitán intentó sacar su pistola pero Adriana le asestó una fuerte patada entre las piernas, dejándolo sin aire.

-Amárrelos doctor; ordenó la comandante mientras salía a ayudar a la Teniente Radamantes.

Uno de los marineros disparó contra la Teniente Dimitreas, pero ésta esquivó la bala. Sin embargo, al disparar ella no pudo apuntar bien y su bala dio en el pecho de su atacante.

-¡Doctor venga!; gritó la oficial.

-La Teniente Radamantes aún vive; observó el médico. -La bala le atravesó el hombro.

 -Este hombre está muerto; dijo cabizbajo el doctor, luego de revisar al marinero caído.

-Yo no quería; comentó triste la teniente.

-No fue su culpa comandante; comentó el médico para reconfortarla.            -Podría haber sido usted.

La extraña invasora de la lancha apareció en la cubierta y aumentó la fuerza de su canto.

-¡Mátela doctor!; ordenó la mujer.

Las manos del médico comenzaron a temblar y sin poder controlarse se inclinó y recogió una de las pistolas.

-Lo siento comandante; dijo el médico. -No puedo evitarlo; dijo apretando el gatillo.

La Teniente Dimitreas por un pelo alcanzó a hacerse a un lado, cayendo al suelo. Desde esa posición golpeó las piernas del doctor, botándolo de espaldas.

-Discúlpeme doctor; le pidió la oficial cuando le golpeó la cara con su bota.

Frustrada la sirena corrió hacia la teniente, que aún no se incorporaba, mostrando sus afilados dientes.

-¡Muere perra maldita!; gritó la Comandante Dimitreas, mientras vaciaba todo el cargador de su pistola en la criatura.

Dando un chillido la sirena cayó sobre la cubierta, luciendo su verdadera apariencia golpeó el piso con su gran cola antes de quedar completamente inmóvil.

La Teniente Radamantes recobró la consciencia y ayudó a la comandante a arrastrar al doctor hasta el puente, donde el capitán y los dos marineros estaban maniatados en un rincón.

-Amárralo a la mesa; ordenó la comandante a la teniente.

Al despertar el doctor ya había recobrado la consciencia, con un gran dolor en la mandíbula.

-Hayy, ¿con qué me pegaron?; preguntó el médico.

-Lo siento mucho doctor, pero tuve que patearlo para que no me baleara; respondió Adriana.

-¿Eso hice?, la verdad es que no lo recuerdo; comentó el doctor.

Las sirenas en el mar comenzaron a entonar un monótono y dulce canto, bajo cuyo influjo los hombres en la cubierta comenzaron a acercarse a la borda.

-¡Salgamos de aquí!; gritó el doctor, que se había metido algodón a sus oídos para que no llegara ni un sonido a  su cerebro.

La comandante encendió el motor y aceleró, pero la embarcación no se movió de su sitio.

-¿Qué pasa que no avanzamos?; preguntó la Teniente Radamantes.

-La hélice debe estar enredada en los sargazos; supuso la Teniente Dimitreas mientras aceleraba más, sin lograr nada.

En eso Atenea se percató de que los dos marineros  que ella había herido estaban por llegar a la borda para saltar por ella.

-¡Demonios!; exclamó, mientras salía corriendo por ellos.

Justo cuando uno estaba por saltar al agua, la teniente lo sujetó del cuello y lo arrojó al piso, dándole un puñetazo en la cara que lo dejó aturdido. Al otro lo detuvo con su bota en el pecho.

Desde su puesto en el puente, la Comandante Dimitreas vio como varias sirenas cambiaban sus colas por piernas para intentar abordar la lancha.

Con un gran dolor y sangrando mucho por su herida, Atenea intentaba arrastrar a los dos hombres inconscientes hasta el puente.

-Suélteme para ir a ayudarla comandante; pidió el doctor. -No va a poder salvarlos sola.

No muy convencida, la teniente cortó las amarras del médico.

-Vaya, pero trate de no prestarle atención a su canto; solicitó la oficial.

Tragando saliva el doctor llegó corriendo hasta donde estaba la mujer a punto de desmayarse mientras tiraba de los cuerpos. Entre ambos lograron meter a los marineros al puente.

-El motor no sirve; comunicó la Comandante Dimitreas. -Saldremos con las hidroturbinas.

-Atenea, control táctico; ordenó Adriana.

Antes de poder obedecer la Teniente Radamantes cayó desmayada.

-Va a tener que arreglársela sola Adriana; avisó el doctor, mientras se quitaba la camisa para improvisar un vendaje en el brazo de la oficial herida.

-¿Está…?; preguntó a medias la comandante.

-Solo desmayada; aclaró el doctor. -Apúrese están por abordarnos.

-Sujétese de lo que pueda; avisó la teniente, mientras empujaba el acelerador de las turbinas hasta el fondo.

La lancha de ataque rápido de Clase Mercurio impulsada por dos poderosos chorros de agua salió disparada a 60 nudos, soltándose de las ataduras de sargazo que la aprisionaban dejándola a merced de las voraces sirenas.

-¿Pero qué está haciendo?; preguntó el doctor alarmado cuando la comandante hizo virar en redondo, a toda velocidad la embarcación, volviendo sobre su estela.

Poniendo su mano en una placa, está se deslizó dejando a la vista un panel lleno de interruptores con seguro. Liberando cuatro la comandante aceleró más.

-Voy a despedirme de ellas; dijo al doctor pulsando cuatro botones.

A los costados de la lancha cuatro compuertas se abrieron, dejando a la vista las catapultas antisubmarinos, que lanzaron cuatro tambores al agua.

Las cargas de profundidad al estallar levantaron grandes columnas de agua, poniendo fin a la vida de las sirenas que se encontraban a un kilómetro a la redonda.

Apenas se acabó la influencia de las criaturas sobre los hombres, estos recuperaron la consciencia.

-¿Qué está ocurriendo comandante?; preguntó el capitán al encontrarse de pronto, sin saber cómo, ni por qué, maniatado en el suelo.

-Es una larga historia señor. Cuando estemos en aguas seguras se la contaré; contestó la Teniente Dimitreas enfilando la proa hacia el puerto.

Con ayuda del doctor la Teniente Radamantes se pudo poner de pie.

-Creo que ya todo está bien; comentó a la comandante.

-Y mi padre piensa que esta asignación es aburrida; opinó la Teniente Dimitreas.

Después de contar al capitán todo lo acontecido en los últimos días, los tres agotados oficiales fueron citados ante el alto mando naval.

El Almirante Dimitreas junto al resto del alto mando de la flota, presidía el tribunal militar que investigaba los acontecimientos en los que cinco marineros murieron y varios resultaron heridos.

Después de escuchar las declaraciones de la Comandante Adriana Dimitreas, de la Teniente Atenea Radamantes y el Doctor Ulises Arístides y revisar todas las bitácoras y videos disponibles, se encerraron a deliberar.

Dos largas horas tuvieron que aguardar los tres inculpados antes de que los hicieran entrar para escuchar las conclusiones del tribunal castrense.

-Este tribunal, después de revisar todas las pruebas y escuchar sus declaraciones ha concluido que los actos extremos en los que ustedes incurrieron, obedecen a circunstancias extraordinarias para las cuales nadie está preparado, ni ha sido entrenado al respecto. Por lo tanto, se levantan todos los cargos de amotinamiento y asesinato.

Por otro lado, por el curso de los acontecimientos y las decisiones tomadas no pueden permanecer por más tiempo prestando servicios a bordo de la Lancha Patrullera Olimpia.

-Pero Señor…; intentó protestar la Teniente Dimitreas.

-Guarde silencio que aún no hemos terminado teniente; ordenó el almirante.

-Doctor Ulises Arístides, en vista de su problema auditivo se le ordena usar en forma permanente audífonos; indicó el juez.

-No es muy severa mi disfunción auditiva; intervino el médico.

-El tema no está en discusión Comandante Médico Ulises Arístides; dijo el almirante fijando una estrella en la jineta del doctor.

-Teniente Atenea Radamantes, este tribunal ha decidido, en base a su historial de servicio y a su desempeño en los últimos acontecimientos, trasladarla a la Fragata de Clase G-105, Zeus, con el grado de Teniente Comandante en el cargo de Primer Oficial; dijo el alto oficial.

-Yo no sé qué decir  señor; contestó ella.

-No tiene nada que decir Comandante. La decisión de este tribunal es definitiva; sentenció el almirante.

-En cuanto a usted Teniente Comandante Adriana Dimitreas, su comportamiento da mucho que desear; dijo mirando duramente el almirante a su hija, quien bajó la vista. -Por su desempeño más allá de lo que exige el deber, demostrando iniciativa y capacidad de mando en situaciones de extrema complejidad, se le asciende al rango de Capitán de Fragata, para que asuma inmediatamente el mando de la nueva Fragata Zeus de la Armada Griega.

-Esta vez no tienes como librarte hija; le dijo el Almirante Dimitreas mientras le prendía su nueva insignia al uniforme.

-Este tribunal levanta su sesión; concluyó el almirante golpeando el escritorio con un martillo.

La impresionante Fragata Zeus, joya de la Armada Griega y una de las más modernas y poderosas naves de combate del mundo, avanzaba a toda marcha bajo el mando de sus tres comandantes, que vivieron y sobrevivieron para contar la experiencia más increíble del mar.

 

 

Luz, Cámara Y… ¡Desesperación! 1 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Luz, Cámara Y… ¡Desesperación!

Los vehículos que llevaban el equipo de filmación y al elenco de la película llegaron temprano ese día, acabando con la quietud que siempre reinaba en el pueblo; pero no se detuvieron ahí, llegando hasta los límites del bosque en el que los productores habían decidido filmar la película en su totalidad. Había sido una apuesta a la suerte preferir usar ese lugar como un escenario natural y prescindir de los foros artificiales. Sin embargo, no era la primera vez que se hacía algo así, pero la producción no debía parecerse en nada a las ordinarieces de “películas reales”, filmadas con la cámara de algún aficionado.

-Vamos holgazanes, muévanse rápido; vociferaba a través de un megáfono el ayudante del director. -No tenemos todo el tiempo del mundo y el campamento ya debería estar montado hace rato

Durante varias semanas la paz del lugar se vería perturbada por un ejército de personas que con sus equipos y luces correrían  sin parar de un lado para otro.

En un pueblo alejado del mundo, en un lugar olvidado se extendía un bosque oscuro y tenebroso; el escenario perfecto para desarrollar una historia de terror y muerte, donde los protagonistas deberían luchar a cada momento por su vida. Y precisamente por su lúgubre aspecto había sido elegido para esta realización.

-¿Está todo listo para comenzar el rodaje?; preguntó el director a su ayudante.

-En cuanto los actores estén listos; contestó Hugo.

-Muy bien, silencio ahora; gritó el director. -Luz, cámara y… ¡Acción!

Las cuatro parejas de excursionistas se internaban plácidamente sin ninguna preocupación en la espesura, disfrutando del aire puro y de la tranquilidad reinante en el lugar, del cual gozarían  durante una semana lejos del bullicio de la ciudad.

-¡Corten!; gritó el director. -Prepárense para la siguiente escena.

-Este rodaje va a ser como un paseo por el campo; comentó Andrés. -Me queda muy bien este papel de tipo rudo.

-Es interesante este proyecto; opinó Paola, abriendo una botella de agua.

-Con mi talento no creo que demoremos mucho; dijo Álvaro.

-El halago viene de muy cerca; rió  Fernanda.

-¿Las estrellas quieren una invitación para trabajar?; preguntó Hugo al grupo de actores que bromeaban.

-Ya vamos; contestó Francisco.

Las escenas se sucedían una tras otra sin ningún contratiempo, por lo que la película estaría lista dentro de los plazos previstos. Sin embargo, también crecía el desorden y la suciedad en el bosque, a pesar de que en reiteradas oportunidades el ayudante del director los reprendió a todos.

Paola corría casi al borde del pánico, su mirada vidriosa y su respiración agitada indicaba que se encontraba al borde del desmayo. La bestia venía detrás y estaba a punto de darle alcance. Ella se volvió para ver, pero solo se escuchaban rugidos y veía ramas que se agitaban. Los técnicos de efectos especiales habían amarrado cordeles plásticos a las ramas y tiraban de ellos para agitarlas, junto con algunas grabaciones de gruñidos creaban la ilusión perfecta de una persecución; Paola solo debía imaginarse que realmente estaba siendo perseguida por un ser aterrador. Tan concentrada estaba ella en parecer lo más asustada posible que no se percató de la rama que estaba atravesada en el suelo; su pie derecho se enredó en ella y cayó violentamente al suelo.

-¡Corten!; gritó enojado el director al ver a su estrella sujetándose la pierna y llorando de dolor.

El médico que la fue a revisar movió la cabeza de un lado a otro.

-Lo siento; dijo al director. -Paola se quebró un hueso y va a estar enyesada  al menos dos meses.

-¡No tenemos dos meses!; gruñó furioso el director.

-Lo siento querida, pero voy a tener que reemplazarte; dijo el director.

-Usted no puede hacer eso; explotó la actriz.

-Si revisas tu contrato te darás cuenta de que sí puedo; rebatió él.

-Vamos; dijo el médico a Paola. -Debo enyesarte la pierna enseguida.

-¡Reemplazarme a mí!, alegaba sola la actriz. -¿Quién se cree que es este director de segunda?

-No ganas nada discutiendo; le dijo en voz baja el ayudante del director. -Mejor reclámale a tu representante por no fijarse bien en lo que decía tu contrato.

-¿Reclamarle?; preguntó Paola. -A ese lo voy a despedir enseguida; dijo furiosa.

-Esto es lo único que faltaba; decía para sí el nervioso director. -¿A quién diablos voy a conseguir ahora para el rol estelar?

-¡No!; gritó la joven que llevaba una jarra de limonada cuando ésta se le cayó. -Terrible desgracia sin par para este noble elixir que no podrá alcanzar la gloria saciando la sed del mundo; dijo ella llevándose las manos al corazón con una expresión de aflicción en el rostro. -Bah, líquido tonto que no supiste mantenerte en tu lugar, ahora sécate como las hojas de otoño y esfúmate como la nieve en primavera.

-¿Mmm?; dijo el  director volviéndose a mirar a la joven, que hablaba así ante un hecho sin importancia, expresando sentimientos tan opuestos.

-Hey niña, ven acá un momento; la llamó él. -¿Cómo te llamas?

-Ligia señor, ¿en qué puedo servirlo?; contestó amablemente ella.

-¿Dónde estudiaste actuación?; preguntó él.

-¿Yo?, en ninguna parte; respondió ella. -Solo jugaba un poco. Ya sabe, entre tanta estrella famosa una se entusiasma también.

-Ya veo; comentó el director.

-¿Quieres actuar en la película?; preguntó él luego de meditarlo un rato.

-¿Es en serio?; preguntó ella.

-¿Me ves cara de broma acaso?; preguntó molesto él.

-Por supuesto que no señor; se disculpó la joven. -Es solo que no soy actriz.

-¿Pero te gustaría?; insistió él.

-Claro que sí señor; respondió ella. -Me encantaría poder empezar como extra, yo…

-¿Te volviste loca acaso?; la cortó él. -Te estoy ofreciendo el papel protagónico.

-¿Qué cosa dijo?; preguntó ella sin poder dar crédito a lo que oía.

-Quiero que reemplaces a Paola, ya que se rompió una pierna y no puede continuar; explicó a la muchacha.

-¿Se burla de mí acaso?; preguntó en forma defensiva la joven. -Le advierto que no soy ninguna tonta ingenua de la que se puedan aprovechar.

-Nada de eso querida; respondió el director. -Sé reconocer el talento cuando lo veo y tú tienes bastante.

-No sé qué decir; contestó emocionada ella.

-Si te interesa di que sí; dijo él. -Oportunidades como esta se dan una sola vez en la vida y si es que se dan.

-Sí me interesa; respondió la muchacha. -Claro que me interesa.

-Tenemos un trato entonces; dijo el director tendiéndole la mano. -Pasa más tarde con mi ayudante para firmar un contrato.

-Está bien señor; respondió Ligia.

-Como saben Paola se accidentó y no vamos a poder contar con ella para el resto de la filmación; comentó Hugo a los actores.

-¿Qué va a pasar con la película?; quiso saber Andrés.

-Ligia va a unirse al elenco desde ahora; explicó Hugo.

-¿Quién es Ligia?; preguntó Fernanda.

-La nueva actriz que va a trabajar con ustedes; indicó el director. -Por el buen término de la producción espero que la acojan bien, de lo contrario…

-Hola querida, bienvenida; la saludó Fernanda.

-Encantado; agregó Francisco.

Álvaro con  mirada de fresco se aplicó aerosol para el aliento.

-Álvaro para servirte; la saludó besándole la mano a la joven.

-Muchas gracias, estoy muy emocionada; respondió Ligia.

La joven nueva actriz demostró ser muy versátil y rápida para memorizar sus líneas, así como muy hábil para simular cualquier emoción, lo que tenía muy contento al director por su descubrimiento. Muy pronto se convirtió en la favorita de todos, sobre todo de Álvaro que a cada oportunidad que se le presentaba trataba de seducirla, pero ella lograba zafarse de él en forma siempre muy amable y elegante, lo que le hacía mucha gracia al resto del elenco.

-¿Aún sigue intentándolo?; preguntó Fernanda a Ligia.

-Sí, igual es lindo, pero no sé; respondió la joven.

-Ya sé, es dulce como un chocolate en un día de calor, pero tan pegajoso que te aburre; opinó Fernanda.

-Sí, eso mismo; rió Ligia. -Se ve que ya lo intentó contigo.

-Si no me equivoco, creo que lo ha intentado con todas las mujeres que se le han puesto por delante; contestó Fernanda.

-¿Y le ha resultado con alguna?; quiso saber la joven.

-Con algunas, pero menos de las que él jura; comentó Fernanda.

-En todo caso no tengo en mis planes involucrarme con nadie; aclaró Ligia.

-Me parece bueno eso; opinó Fernanda. -Sobre todo teniendo en cuenta que recién estás empezando en este negocio.

Francisco mostraba un profundo corte en su brazo derecho tras sufrir el ataque de uno de esos simios salvajes que ya habían matado a Paola en una especie de ritual religioso. Las cámaras colocadas sobre rieles permitían gravar la escena de la persecución en un ángulo que la hacía ver muy intensa, al ir enfocando el rostro del actor; mientras otra cámara enfocaba en forma amplia el lugar en que los técnicos de efectos especiales habían montado una trampa en la que se supone que moriría ensartado el personaje encarnado por Francisco. El director de fotografía mantenía su brazo derecho en alto, haciéndolo caer justo en el instante en que el actor llegaba al lugar señalado.

Todas las cámaras captaron el momento del clímax de la escena en que decenas de puntas afiladas atravesaron el cuerpo del actor.

-¡Corten!; gritó el director. -Todo salió perfecto; felicitó en voz alta a todos.

Los técnicos de efectos especiales corrieron a ayudar al actor a salir del aparataje montado para simular su muerte. Uno de ellos palpó el líquido rojo que manaba del cuerpo de Francisco y retrocedió cayendo de espalda. Todos se miraron desconcertados cuando Fernanda lanzó un agudo grito al ver colgando con los brazos sueltos el cuerpo destrozado de su compañero.

-¡Está muerto!; gritó el otro técnico.

-¿Cómo diablos ocurrió esto?; preguntó gritando el director.

-No lo entiendo señor; trató de explicar el jefe de efectos especiales. -Hace un rato que habíamos montado el equipo; eran solo imitaciones de madera hechas con silicona, totalmente inofensivas. No lo comprendo, hemos hecho este truco varias veces sin ningún problema.

-¿Le parece que esto es silicona?; preguntó furioso el director quebrando una punta de madera con sus manos.

-Le juro que hasta hace una hora ahí había silicona; gritó furioso el jefe de técnicos. -Lo único que se me ocurre es que alguien deliberadamente cambió todo.

-¿Quién tiene acceso a este lugar?; preguntó Hugo.

-¿Se refiere aparte de actores, técnicos, personal de apoyo y directores?; preguntó el jefe de técnicos.

-¿Eso quiere decir que hay un asesino entre nosotros?; preguntó Andrés.

Fernanda lloraba desconsolada abrazada a Ligia, la que tenía sus ojos cerrados.

-Salgamos de este lugar y que nadie toque ni altere nada; ordenó Hugo.

-¿Qué vamos a hacer?; preguntó Álvaro.

-Nosotros nada; respondió Hugo. -Pero la policía debe encargarse de esto; dijo mirando al director.

-Éste solo se limitó a mover una mano en gesto de asentimiento.

-Este es el fin; dijo abatido el director a Hugo. -La ruina total.

-Creo que lo más importante ahora es aclarar este asesinato; respondió el ayudante.

-¿Piensas que hay un asesino entre nosotros?; preguntó el director.

-¿Se le ocurre una explicación mejor?; insistió Hugo.

-No lo sé, mejor dejemos todo en manos de la policía. -Debemos tratar de continuar con la filmación; se lo debemos a Francisco. Esta película será un homenaje a su memoria.

A la hora el campamento se había llenado de policías y peritos de la unidad de criminalística que tomaban muestras en el lugar del asesinato. Uno a uno todos los miembros sin excepción fueron interrogados y sus huellas digitales tomadas.

-¿Conocía bien a la víctima?; preguntó el detective a cargo de la investigación a Ligia, que temblaba aun con un vaso de agua en la mano.

-No mucho, apenas comencé a actuar aquí hace poco, cuando la actriz protagónica se accidentó y tuvo que ser reemplazada; contestó ella al policía.

-¿Antes conocía a alguien del staff?; siguió interrogándola.

-A nadie, cuando llegaron los de la película entré a trabajar como auxiliar, al igual que otros; respondió la joven.

-¿Por qué me hace estas preguntas?; preguntó Ligia. -¿Acaso cree que yo tuve algo que ver en la muerte de Francisco?

-Hasta no encontrar al verdadero asesino, todos son sospechosos; explicó el detective.

El estado anímico de todos era muy malo y no era para menos después de lo ocurrido. Sin embargo, el director estaba empecinado en continuar con la filmación.

-No estoy muy segura si es lo correcto; comentó Fernanda.

-Todos estamos muy abatidos por la terrible muerte de Francisco, pero debemos hacerlo por él, como una manera de rendirle un homenaje póstumo; dijo el director.

-Yo estoy de acuerdo; respondió Ligia. -Se lo debemos como una muestra de respeto a su persona.

-Creo que tienes razón; aceptó Andrés.

-Opino igual; coincidió Álvaro.

-Está bien; aceptó al fin Fernanda.

-¡Excelente!, sacaremos adelante esta producción como Francisco hubiese querido. Terminaremos con ella y será un homenaje para nuestro compañero caído; sentenció el director.

Después de unos días de investigación, la policía no había dado con ninguna pista que condujese al o los asesinos. Finalmente autorizaron continuar con el rodaje, con la condición de que nadie abandonase el campamento. Los actores se esforzaban hasta el límite para lograr que la película fuese digna de la memoria de Francisco.

Al poco tiempo Ligia ya había demostrado ser tan capaz como el más experimentado de los actores. Ya no se parecía a la jovencita tímida e insegura de hace unas semanas; al igual que a los demás, la muerte de Francisco parecía haberla cambiado.

A pesar de todo, la filmación seguía su curso y estaba editada más de la mitad, así es que el director decidió darles un día libre a todo el personal.

Álvaro caminaba distraídamente por el bosque, cuando un dulce canto de mujer llamó su atención y dirigió su andar al lugar de donde provenía la hipnótica voz. Al poco andar vio a Ligia que junto al rio tomaba agua en sus manos y la esparcía en sus firmes, bronceados y bien torneados muslos. Álvaro pisó una rama cuyo sonido al romperse hizo que la joven se volviese a verlo; en vez de asustarse o sentirse avergonzada, le sonrió y sin dejar de mirarlo, siguió mojando sus piernas que brillaban bajo la luz del sol, con movimientos suaves y lentos, como dirigiendo la mirada de Álvaro que la miraba embobado. Él siguió avanzando sin quitarle la vista de encima, hasta llegar a un metro de la joven; dio un paso más y su pie se posó sobre una piedra mojada cubierta de lama, resbalándose como si hubiese pisado una barra de jabón. No pudiendo mantener el equilibrio, la cabeza del actor golpeó una piedra, quedando inmediatamente inconsciente, con la cara sumergida en el agua. La corriente movió el cuerpo hasta el centro del rio alejándolo del lugar.

Ligia sin inmutarse continuó su tarea de asearse y refrescarse en el curso de agua que había reclamado la vida de Álvaro.

A la hora de almuerzo todos echaron de menos al actor y decidieron salir a buscarlo.

-¿Adónde habrá ido?; peguntó de mal humor Hugo. -La policía dio órdenes precisas de no abandonar el campamento.

-La última vez que lo vi dijo que iba a estirar las piernas al bosque; respondió Andrés.

-Mejor vamos a buscarlo; sugirió Fernanda. -Puede haberle pasado algo.

-¡Álvaro!, ¡Álvaro!; gritaban todos mientras caminaban entre los árboles, pero él no contestaba.

-¡Demonios!; gritó Hugo al ver un cuerpo tirado junto al rio.

Todos corrieron hasta la orilla, para ver el rostro azuloso del cadáver de Álvaro, que había sido devuelto por el agua.

-¡No puede ser!; dijo Ligia a punto de caer al suelo si no hubiese sido porque Andrés la sostuvo justo a tiempo. Fernanda la abrazó mientras la joven lloraba descontrolada.

-Tranquila; le decía Fernanda sin dejar de abrazarla.

-¿Cómo quieres que esté tranquila si Francisco y Álvaro están muertos?; preguntó ella. -Todos vamos a morir; gimió entre sollozos.

-Nada de eso; rebatió el director. -Nadie más va a morir.

-Parece un accidente; opinó el forense. -Debe haberse acercado a la orilla y pisó una de estas resbalosas piedras; indicó el especialista. -Al caer se golpeó la cabeza y cayó al agua ahogándose.

-¡Quiero irme a mi casa!; dijo llorando Ligia.

-Lo siento señorita, pero con dos muertes seguidas en un mismo lugar no puedo permitir que nadie salga de aquí; indicó el detective.

-Pero estamos atrapados con un asesino, que a lo mejor también mató a Álvaro; contestó Fernanda.

-Aun así, nadie puede irse de aquí; cortó tajante el policía.

Andrés estaba meditando y fumando en el bosque cuando algo tirado en el suelo llamó su atención y se agachó a recogerlo. Era una pequeña joya; él sabía que la había visto antes pero no recordaba exactamente dónde. Un crujido sobre su cabeza lo hizo mirar para arriba justo en el instante en que una gruesa rama se rompía del árbol junto a él y le aplastaba la cabeza.

-Hace rato que no veo a Andrés; comentó Ligia a Fernanda.

-Es cierto, ahora que lo mencionas, hace horas que no sé de él; pensó Fernanda.

-¿No creerás que él es el asesino?; preguntó la actriz.

-Ya no sé qué creer; contestó Ligia. -Pero en todo caso no pienso alejarme de ti, no quiero estar sola.

La joven se veía tan asustada y vulnerable que Fernanda no pudo evitar sentir lástima por ella.

-Tienes razón, es mejor que nos mantengamos juntas; aceptó ella.

-¿Han visto a Andrés?; preguntó Hugo a las mujeres.

-No; respondió Ligia. -Hace rato que no aparece.

-Voy a avisarle al director; dijo el hombre. -Puede que no sea nada, pero…

El director estaba sentado frente a su escritorio, de espaldas a la puerta. En vista de que no respondió al saludo de su ayudante, éste lo tocó en un hombro; el cuerpo sin vida del director rodó por el piso, con una estaca clavada en su corazón.

Antes de que Hugo pudiese reacciona, una fuerte corriente de aire lo empujó de bruces sobre la mesa, clavándose en su pecho la lanza de una pequeña estatuilla de un caballero medieval. Agónico se pudo sacar la punta de metal de su cuerpo y trastabillando salió al patio. Aterradas ambas mujeres lo vieron caer cubierto de sangre.

-¡Corre!; gritó Ligia a Fernanda, mientras le tomaba la mano y huían hacia al bosque.

Su frenética carrera las llevó al lugar donde estaba tirado el cadáver de Andrés. Un grito desgarrador de Ligia que heló la sangre de Fernanda le indicó que debían seguir huyendo.

-Ya no puedo correr más; dijo Fernanda después de un rato, deteniéndose y apoyando agachada sus manos en los muslos.

-Aquí es un buen lugar; dijo Ligia apoyándose en el tronco de un árbol.

Con la respiración entrecortada por el cansancio y el miedo, con la piel mojada en transpiración, Fernanda observaba como una delgada rama de ese árbol se comenzaba a agitar como un látigo y como tal se lanzaba contra ella. El golpe en el cuello hizo caer su cabeza a los pies de Ligia.

Aún con vida el cerebro, los ojos de Fernanda pudieron ver la malévola sonrisa de Ligia antes de apagarse.

Cuando a la mañana siguiente llegó la policía para continuar las pesquisas, todo el equipo de investigadores quedó atónito. El  campamento y los alrededores, así como las carreteras y caminos fueron cerrados por barricadas policiales.

Todos en el campamento habían sido asesinados en forma violenta, directores, técnicos y auxiliares, así como los actores; nadie había escapado de la carnicería. Luego de revisarlo todo el detective se percató de que faltaba el cadáver de una de las actrices, por lo cual decidió internarse en el bosque por si lo hallaba.

Paseando sola entre los árboles el policía encontró a Ligia, en aparente estado de shock.

-¿Ligia, está usted bien?; preguntó el detective.

-Ahora lo estoy; contestó ella con una sonrisa.

-¿Fue usted?; le preguntó el policía.

-Demoró mucho en descubrirlo; contestó ella caminando lentamente hacia él.

-No se mueva; le ordenó el detective apuntándole con su pistola. -No siga acercándose. No se saldrá con la suya.

-¿Y cómo cree que lo impedirá, si no puede ni moverse de la arena movediza en la que cayó?; le desafió ella.

Efectivamente el policía se hundía rápidamente en la mortal trampa, mientras de la espalda de la mujer crecían dos grandes alas y dos orejas puntiagudas reemplazaban a las   que tenía hace poco. No dejándose intimidar el detective disparó varias veces contra el hada; sin embargo, las balas la atravesaban sin lastimarla.

Ya junto al policía, Ligia se quedó observando como la arena cubría completamente su cabeza, no quedando rastros de él.

 

Con un suave aleteo el hada se elevó y voló juguetonamente entre los árboles.

-¿Qué se habrán creído estos humanos para venir a ensuciar mi bosque?; se preguntó a sí misma en voz alta, mientras se desvanecía en un punto de luz.

 

 

 

 

 

Travesuras En El Bosque

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Boris Oliva Rojas

 

 

 

Travesuras En El Bosque

-¿Estás segura de que este es el camino correcto a la cabaña?; preguntó Juan a su esposa Carmen quién conducía el 4 x 4 en lo que más que un camino solo parecía una huella apenas visible.

-Claro que sí; contestó ella. -A menos que el GPS que compraste funcione mal.

-Yo solo preguntaba; se defendió él.

-Ahí está; contestó ella cuando a solo cien metros se veía la pequeña cabaña en medio del bosque.

-Al fin; contestó el pequeño Ricardo ya cansado del viaje.

-No podemos entrar aun; lo paró su padre.

-¿Y por qué no?; preguntó inocente el niño.

-Porque las casas de campo hay que ventilarlas un rato y echar un poco de desinfectante antes de entrar; explicó su madre, consciente de la posibilidad de que pudiese haber restos de microbios dejados por roedores.

-¡Que aburrido!; contestó el niño cruzando los brazos en un gesto de disgusto.

-Bueno, si quieres terminar en un hospital y perderte las vacaciones entra no más; agregó Juan.

-No gracias, puedo esperar; respondió Ricardo.

-Ok familia, ya está todo limpio; dijo Carmen saliendo con un tubo de desinfectante ambiental en la mano y una mascarilla en la cara.

-Desempaquemos y salgamos a explorar; dijo Juan atándose sus botines de excursión.

-Yo estoy lista; contestó Carmen arremangando las mangas de su camisa de mezclilla.

El bosque era grande y formado por árboles de distintos tipos que dejaban pasar los rayos del sol matutino, creando una atmósfera con tenues tonos dorados. Una suave brisa hacía que la temperatura fuese más que agradable.

Las hojarascas y hojas secas sembradas por el suelo crujían a cada paso que los excursionistas daban, produciendo un cierto efecto de misterio que le daba un encanto especial al entorno.

No lejos de ahí se oía el sonido inconfundible de un arroyo que corría cerca. A poco andar los tres llegaron a un claro en el bosque junto al curso de agua, que en ese punto formaba un pequeño remanso.

-Miren podemos bañarnos aquí; dijo el niño a sus padres.

-Se ve seguro; lo apoyó su padre.

-Creo que estas vacaciones van a ser mejor de lo que pensaba; agregó entusiasmada Carmen mientras se desabrochaba la camisa.

-¡Oye!, ¿qué haces?; la interrumpió Juan pensando en el niño.

-Tranquilo; lo calmó ella mientras acomodaba el traje de baño que llevaba bajo la ropa.

-¿Tu ya sabías de este lugar verdad?; preguntó su marido con curiosidad.

-¿Por qué piensas eso?; preguntó ella cerrándole un ojo.

-Bueno creo que ya nos mojamos suficiente; opinó Juan. -Ya va a ser hora de almorzar. ¿Qué les parece si hacemos un asado?

-¡Sí!, que bien; exclamó contento Ricardo.

-Entonces movámonos rápido para que no se haga tan tarde; sugirió Carmen.

Después de una corta caminata los tres llegaron a la cabaña.

-¿Mmm, quién será esa niñita?; preguntó Carmen al ver a una pequeña de dorado cabello rizado que leía un libro de cuentos sentada en la entrada de la cabaña.

-Hola pequeña, ¿qué haces aquí solita?; preguntó la mujer a la niña.

-Salí a caminar y me perdí; respondió ella.

-¿Y tus papás dónde están?; preguntó Juan.

-Están en nuestra cabaña; respondió ella.

-¿Y te dejan salir sola?; preguntó Ricardo.

-Sí, ya soy grande; contestó la niña.

-A mí no me dejan salir solo; comentó él.

-¿Sabes cómo volver a tu cabaña?; preguntó Carmen.

-No, porque di muchas vueltas y no se para dónde queda; dijo tranquila la niña, no dándole mayor importancia al hecho de estar perdida.

-Más tarde vamos a ir a buscar a tus papás; dijo Carmen.

-¿Quieres almorzar con nosotros?; le preguntó Juan a la niña.

-Sí, tengo hambre; respondió ella.

Cuando la carne estuvo asada los tres se sentaron a la mesa a comer.

-¿Qué libro estás leyendo?; preguntó Carmen a la niña, tomando de sus manos el libro de cuentos.

-¡No lo toque!; gritó furiosa la niña. -Me lo dio mi mamá.

-Disculpa, yo solo quería saber cuál era; contestó confundida la mujer.

-Es Ricitos de Oro y Los Tres Osos; respondió la pequeña totalmente calmada, como si no se hubiese alterado en ningún momento.

Después de almorzar los cuatro salieron a recorrer el bosque en busca de la cabaña en que se alojaba la familia de la niña.

-¿Alguna parte del bosque te parece conocida?; preguntó Juan a la niña.

-Ninguna, todos los árboles son iguales; contestó ella mientras saltaba sobre cada flor silvestre que veía.

-¿Tienen celular tus papás?; preguntó Carmen.

-Sí, pero no sé el número; respondió ella.

-Bueno trataremos de encontrar a tu familia; comentó Juan para tranquilizarla.

-¿Qué haces?; preguntó Ricardo a la niña al ver que ésta le daba un puntapié a un conejo que se le había acercado.

-Nada, solo estoy jugando; respondió ella.

-Niños por favor no se queden atrás; pidió Carmen.

Después de varias horas de recorrer gran parte del bosque no lograban dar con la cabaña.

-Empieza a oscurecer; comentó Carmen en voz baja a Juan. -Mejor volvamos y demos aviso a la policía sobre la niña perdida.

-Creo que tienes razón; aceptó él.

-Volvemos a la cabaña; avisó Carmen a los niños. -Mañana seguiremos buscando a tus padres; espero que no te moleste pasar la noche con nosotros.

-No me molesta; contestó la niña. -Yo ya soy grande.

-¡Pero mamá!; replicó Ricardo molesto por la decisión de su madre.

-¿Algún problema jovencito?; intervino Juan dándole una mirada muy severa a su hijo.

-Ninguno papá; respondió el niño bajando la vista.

-Debemos ser amables con nuestra amiguita; agregó Carmen.

Mientras preparaban la cena Juan se comunicó con la policía.

-Como le decía comisario, hoy encontramos a una niña de unos nueve años, extraviada en el bosque; contó él al policía. -Tratamos de ubicar la cabaña donde se aloja su familia pero no tuvimos suerte.

-Muy bien comisario Ríos, mañana temprano vamos a llevar a la niña a su oficina.

Ricardo se despertó asustado al ver a la niña que lo observaba sin decir nada desde la puerta de la habitación. Claramente el chico vio que la pequeña tenía abrazada la blusa de Carmen, pero decidió hacerse el dormido.

-Adelante, los estaba esperando; saludó el comisario Ríos a la familia que llevaba a la niña extraviada.

-Como le conté por teléfono encontramos a la niña sentada frente a nuestra cabaña; explicó Juan al policía.

-¿Cómo te llamas?; preguntó el oficial a la niña.

-Sandra; contestó ella.

-¿Sandra cuánto?; volvió a preguntar el comisario.

-Yo, yo…, no lo recuerdo; contestó cabizbaja la niña.

-Entiendo; ¿desde cuándo que no lo recuerdas?; pregunto el policía.

-No lo sé; respondió la niña.

-Ya veo;  meditó el oficial. -Esta señorita te va asacar unas fotos y así sabremos quién eres y cómo ayudarte a encontrar a tus padres.

-Buen; aceptó la pequeña saliendo de la mano con la mujer policía.

-Con su fotografía y huellas digitales podremos averiguar rápidamente quién es y localizar a su familia; explicó el comisario.

-¿Cuánto tiempo cree que demoren?; preguntó Juan.

-No creo que más de una semana; respondió el policía.

-¿Y mientras tanto dónde quedará la niña?; preguntó Carmen.

-En un hogar del Servicio de Menores; respondió el comisario.

-Ni lo sueñe; objetó la mujer. -Se puede quedar con nosotros.

-¡No!; gritó Ricardo. -Ella me da miedo.

-¿Te ha hecho alguna cosa mala?; preguntó el policía inclinándose hacia el niño.

-No pero es muy rara y nos mira mucho; agregó él.

-Solo está asustada porque no está con su familia opinó Carmen tomándole una mano a su hijo para infundirle confianza.

-Está bien, creo que no hay problema; opinó el policía después de meditarlo un rato. -En cuanto tengamos alguna noticia les avisaremos.

-Muchas gracias comisario; se despidió Carmen.

-Gracias a ustedes; respondió él.

-Bueno ahora solo hay que esperar; dijo Juan.

Camino al auto la niña tomó de la mano a la pareja, lo que hizo enojar más aun a Ricardo.

-Después de almorzar saldré de nuevo a buscar la cabaña de esta pequeña; comentó Juan.

-Muy bien pero ve solo, ya que tengo cosas que hacer; dijo Carmen.

Juan se dirigió lentamente en la dirección contraria a la que siguieron en la búsqueda anterior. Como una hora después divisó una cabaña en medio del bosque. Golpeó la puerta y en vista de que nadie salía la empujó suavemente; sin resistencia está se abrió.

Las pupilas de Juan se dilataron rápidamente ante la súbita descarga de adrenalina que inundó sus venas. La escena que tenía frente a sus ojos parecía sacada de una pintura surrealista. Sentados a la mesa estaban un hombre, una mujer y un niño vestidos con ropa infantil de personajes sacados de cuentos de hadas, con las manos junto a tazones de avena y con un largo corte en sus cuellos. El cerebro de Juan se detuvo un momento ante la macabra composición.

Su primer impulso al lograr reaccionar fue correr a su cabaña mientras marcaba el número de celular de su esposa; después de varios intentos sin lograr comunicarse, aceleró el paso.

La luz escaseaba ya y su paso se vio interrumpido un par de veces por algunas raíces que sobresalían del suelo. Después de una frenética carrera contra el tiempo la cabaña se encontraba a solo cien metros. Aumentando su velocidad en un último esfuerzo Juan devoró la distancia que lo separaba de ella.

De un golpe abrió la puerta y cruzó el umbral, quedando clavado en el piso sin poder moverse.

Sentados a la mesa, con sus manos junto a tazones humeantes de avena y vestidos con ropa de personajes de cuentos, estaban Carmen y Ricardo inmóviles con el cuello cortado.

-Hola Papá Oso; fue lo último que escuchó Juan antes de que la hoja del cuchillo rebanara su garganta.

 

La Cueva Del Lobo 30 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

La Cueva Del Lobo

Por primera vez en toda su historia, desde que sus habitantes se aventuraron a las estrellas, el planeta Tierra había decidido establecer relaciones diplomáticas con otro mundo.

En el centro del poder gobernante del planeta Korex, el embajador polipotenciado de La Tierra intercambiaba opiniones y puntos de vista con su similar korexiano.

-Es un hecho realmente memorable que las rutas de navegación de las naves exploradoras de ambos mundos hayan coincidido; celebró Rantar, Primer Ministro  del Consejo Korexiano.

-El encuentro de ambos planetas abre expectativas inimaginables y que nos beneficiarán mutuamente, señor ministro; agregó el embajador Rinardi del planeta Tierra.

-Sobre todo teniendo en cuenta que ambos planetas se hallan en  extremos opuestos de la galaxia; opinó Rantar.

-Comparto su entusiasmo señor ministro; asintió el diplomático terrícola.      -Utilizando los portales hiperespaciales pronto podremos establecer un intercambio comercial mutuamente fructífero.

-Así lo espero señor embajador; aceptó el Ministro Rantar.

-No imaginábamos que otra civilización hubiese desarrollado la capacidad para viajes hiperespaciales; comentó Vandor, jefe del alto mando militar korexiano.

-La verdad es que recién estamos dando los primeros pasos; explicó Rinardi. -Aún estamos muy lejos de la capacidad alcanzada por vuestra civilización.

-Tal vez eso se pueda solucionar con los acuerdos de intercambio cultural y comercial que nos atañen señor embajador; opinó Rantar.

-Estoy muy entusiasmado al respecto señor ministro; asintió Rinardi.

-¿Qué opina Vandor?; preguntó Rantar al militar, cuando el embajador terrícola se hubo retirado.

-Ni siquiera nuestros niños son tan inocentes e ingenuos; observó Vandor.

-Por lo que me ha comentado el embajador Rinardi, el planeta Tierra es muy rico en una gran cantidad de recursos naturales y biodiversidad; indicó Rantar.

-Nunca está de más contar con una reserva extra; opinó maliciosamente Vandor.

-Aunque quede al otro extremo de la galaxia; agregó el gobernante korexiano.

-Ya todo está preparado señor ministro; informó el  militar.

-Entonces procedamos; autorizó Rantar.

En medio de la noche un destacamento armado irrumpió en las dependencias ocupadas por el embajador Rinardi. El secretario y a la vez guardaespaldas del diplomático terrícola intentó repeler el ataque con una pistola que llevaba oculta, pero fue acribillado sin ninguna misericordia.

A rastras Rinardi fue conducido ante Rantar y Vandor, como un vulgar delincuente, sin tener en ninguna consideración su alto rango.

-¿Qué significa esto señor ministro?; exigió saber Rinardi. -Estos soldados han asesinado a mi asistente y me han apresado.

-Terminemos con esta farsa señor embajador; dijo Vandor. -Su civilización no tiene nada que ofrecer a la nuestra. Si hemos sido amables con usted es solo por el interés que los recursos naturales de su planeta ha despertado en nosotros.

-Como usted generosamente nos entregó las coordenadas exactas del planeta Tierra, ya no tiene ningún valor para nuestro gobierno; agregó hipócritamente el Ministro Rantar.

-Mi gobierno no permitirá semejante afrenta; gruño el humillado diplomático de La Tierra. -Tenga por seguro que…. El embajador Rinardi fue callado de golpe por un fulminante disparo en la cabeza.

La vida en La Tierra seguía su rutina de siempre, ajena a la amenaza que se cernía sobre ella, desde más allá de las estrellas. Una rutina a la que todos se habían acostumbrado durante siglos de devenir en un mundo estructurado.

Más que miedo, fue desconcierto lo que provocó que dos cruceros de combate korexianos ingresaran al sistema solar con intenciones hostiles. Sin embargo, la  sorpresa inicial dio paso a millones de años de evolución de instintos guerreros que albergaban en sus genes los terrícolas.

Todas las defensas orbitales fueron apuntadas contra las naves enemigas; descargando la furia de su poder contra ellas; sin embargo, los korexianos eran guerreros natos y no se detenían ante nada cuando entraban en combate.

Saliendo de las profundidades del cosmos una nave nodriza terrícola se unió al combate contra los invasores. La suerte estaba sellada y la contienda solo podía tener un ganador. Las detonaciones y disparos hacían temblar todo el sistema solar, pero la lucha era desigual.

Las defensas planetarias terminaron por ceder. No obstante las naves defensoras no retrocedían.

Finalmente todo terminó; un vencedor y un perdedor era el resultado de la batalla en el espacio.

A la deriva, sin energía, la nave nodriza terrestre era remolcada por los cruceros korexianos. Como un trofeo de combate dedicado a sus gobernantes, la nave terrícola corría la misma suerte que otras tantas naves de otros tantos mundos caídos.

-Los cruceros que destruyeron las defensas de La Tierra están arribando y traen como trofeo una nave terrícola; informó Vandor al consejo korexiano.

-Excelente, que preparen la invasión final; ordenó Rantar.

En eso una violenta detonación estremeció entero el edificio del gobierno.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó alarmado  uno de los consejeros.

-Señor, nuestras propias naves nos están atacando; informó corriendo un soldado.

-Esto es obra de los terrícolas; concluyó Vandor. -Que neutralicen esas naves inmediatamente.

-Imposible señor, son cruceros de asalto; indicó el soldado.

Los disparos de ambas naves no discriminaban ningún blanco en particular, no respetando ni a civiles.

-Señor  la ciudad está bajo ataque; informó Vandor. -Deben evacuar inmediatamente el gobierno.

-¿Cómo es esto posible?; preguntó incrédulo Rantar.

-Los terrícolas deben haberse apoderado de nuestras naves y nos atacan en forma traicionera; opinó Vandor.

-Derriben inmediatamente esas naves; ordenó Rantar, totalmente fuera de sí por la furia.

La destrucción causada por el alevoso ataque era aterradora; la gente huía despavorida en las calles tratando de escapar de los disparos y de los edificios que caían. La cantidad de muertos causados por el bombardeo era difícil de precisar.

Ambas naves, que ya se hallaban en la atmosfera, comenzaron a balancearse al perder su sustentación antigravitatoria, para finalmente terminar cayendo al ser anulados sus motores y armas vía control remoto.

El alivio de los korexianos se esfumó en un santiamén cuando las compuertas de los cruceros se abrieron. Con horror los ciudadanos vieron descender a sus compatriotas, o lo que quedaba de ellos, con implantes mecánicos que les daban más una apariencia de máquinas programadas para matar sin compasión a quien se pusiese en su camino. Junto a ellos decenas de bestias biomecánicas se desplegaron por doquier, llevando la muerte en sus armas y mandíbulas de metal.

El pánico se apoderó de todo el mundo; si bien los soldados biomecánicos avanzaban sin ninguna prisa, confiando en la certeza de sus disparos, los “perros” daban caza rápidamente a todo quien tratase de escapar, mostrando la fiereza y poder de sus mordedura que todo lo rompía.

En la órbita del planeta la nave terrícola encendió todas sus luces y se estabilizó, apoyando con sus armas la carnicería que provocaban en la superficie las tropas de asalto.

-La nave terrícola está totalmente operativa; observó Rantar con el rostro cubierto de sudor. -Todo era una trampa y caímos en ella.

-Desde ella controlan a esos monstruos; observó Vandor. -Debe ser destruida cueste lo que cueste.

Varias naves despegaron para atacara a la traicionera nave terrícola; sin embargo, algunas ni siquiera lograban elevarse de sus rampas, alcanzadas por los disparos de la nave atacante. Las que pudieron salir de la atmósfera descargaron sin piedad sus armas sobre la nave terrícola, pero sus defensas eran fuertes y sus armas devastadoras.

La estación de combate de defensa planetaria de Korex activó su impresionante arsenal de proyectiles balísticos, mientras disparaba varias ráfagas de energía contra la nave terrícola.

Parte del casco de la nave nodriza fue golpeado directamente por uno de esos rayos; inmediatamente todas las armas fueron apuntadas contra ese punto vulnerable.

Una gran bola resplandeciente iluminó todo el firmamento, al estallar los motores cuánticos cuando el proyectil la alcanzó. La estación espacial desapareció de la órbita korexiana, golpeada por un proyectil salido de la nada.

El hiperespacio se abrió dejando salir a otra nave nodriza similar a la anterior, escoltada por tres destructores estelares.

Los monitores y pantallas de todo el planeta mostraron una única imagen. Un alto oficial con la bandera del planeta Tierra a su espalda les habló con una voz carente de rasgos emocionales.

-Korexianos, les habla el Almirante Petersen de la Flota Imperial Terrestre; se presentó el oficial terrícola. -Antes de continuar con esta inútil batalla, por favor dirijan su atención al quinto planeta de su sistema solar. Las pantallas mostraron una panorámica en tiempo real del sistema planetario korexiano.

Desde uno de los destructores terrícolas un gigantesco proyectil surcó el espacio a una vertiginosa velocidad hacia el quinto planeta. Una bola de fuego cubrió todo ese mundo, al tiempo que su superficie se fracturaba por todas partes, dejando escapar el líquido contenido de su núcleo, para terminar finalmente estallando en cientos de pedazos que se dispersaron por el espacio.

-¡Criminales!; gritó el Ministro Rantar. -Había dos millones de habitantes en ese planeta.

-Nunca debieron atacar el planeta Tierra; respondió el Almirante Petersen.

-¡Desgraciados!; rugió Vandor.

-Ahora les ordeno que se rindan inmediata e incondicionalmente ante el Imperio Terrestre; mandó el terrícola.

-Eso nunca; respondió Vandor, dominado por la rabia y la impotencia.

-Todas nuestras armas están apuntando al núcleo de Korex; agregó Petersen.

-Ustedes también morirían en la explosión; rebatió Rantar.

-Nuestra tecnología es mucho más avanzada que la de ustedes, podríamos saltar fácilmente al hiperespacio antes de la detonación; respondió el terrícola. -¿Se atreven a averiguarlo?

-No sería capaz de asesinar a miles de millones de inocentes; trató de razonar el  Ministro Rantar.

-¿Qué me lo impide?; respondió triunfante Petersen.

-Está bien, nos rendimos; aceptó el abatido mandatario. -Pero por favor le ruego que perdone a la población civil.

-Se lo prometo señor ministro; respondió el oficial terrícola. -Una cosa más, inhabiliten inmediatamente todas sus armas y naves de combate y destruyan enseguida todas sus bases militares.

La pantalla se apagó, dejando a todos sumidos en un silencioso sepulcral. El orgulloso gobierno del planeta Korex se había dejado llevar por la apariencia bonachona e inocente del embajador del planeta Tierra; sin embargo, en la confianza está el peligro y ahora se enfrentaban a una inminente aniquilación.

-No podemos hacer eso; objetó Vandor. -Quedaríamos totalmente indefensos ante los terrícolas.

-Ya lo estamos; observó cabizbajo Rantar. -Que destruyan todas las armas y bases militares; ordenó el gobernante. -Esa es la única forma de salvar a nuestro pueblo.

Rantar se había tenido que tragar su propio orgullo, pensando en el bien mayor de salvar la vida de los inocentes, que nada tenían que ver con las decisiones buenas o malas de sus gobernantes.

-El desarme se ha cumplido señor almirante; avisó Rantar. -Nos rendimos, pero por favor respete la vida de los civiles.

-Se lo prometo señor ministro; contestó Petersen, desde el puente de mando del destructor insignia, cortando en seguida la comunicación.

-Comuníquenme con las naves nodrizas; ordenó el oficial a un soldado.

-Aquí el Almirante Petersen. Despliéguense inmediatamente por todo el planeta y erradiquen toda forma de vida inteligente; ordenó a las naves invasoras. -Procedan según el protocolo acostumbrado.

Cientos de aviones terrícolas despegaron de las naves nodrizas, comenzando un devastador bombardeo en todas las ciudades de Korex. Unidades terrestres comenzaron a recorrer las calles para hacer más patente la ocupación. Los soldados biomecánicos se dispersaron buscando sobrevivientes y los perros fueron liberados, llevando la desesperación, el terror y la muerte entre sus quijadas.

Otro mundo había caído bajo la bota de hierro del Imperio Terrestre. Los korexianos aprendieron de la peor forma posible que nunca hay que entrar a la cueva de un lobo a molestar a sus habitantes; y eso fue precisamente lo que hicieron sus gobernantes. Fueron a desafiar a los lobos de la galaxia directamente a su madriguera y eso los condenó al olvido, junto a tantos otros mundos olvidados, desde que los terrícolas invadieron las estrellas.

 

La Modelo 27 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

La Modelo

-Esta es la dirección; dijo para sí misma la joven.

Era una suerte que recién egresada hace un mes de la escuela de modelos, la hayan llamado para el casting para el comercial de una nueva línea de lencería de una afamada marca. Vestida con su mejor tenida y portando un archivador lleno de fotografías suyas, tocó el timbre del despacho ubicado en el cuarto piso de un antiguo edificio del centro. Sin ascensor y con largos pasillos mal iluminados, no tenía ningún letrero ni logotipo en su puerta. Supuso que, como le habían contado, las agencias que hacían los casting no tenían oficinas fijas y en cambio arrendaban una cuando la necesitaban.

Una recepcionista de mediana edad le abrió la puerta con una sonrisa.

-Hola, me citaron a un casting a las once; dijo la joven a la mujer.

-Pasa, llegaste temprano, eres la primera; la invitó la mujer. -Todavía no llega nadie.

-A quién madruga Dios le ayuda; respondió la joven citando el viejo refrán.

-Así es, tienes razón; asintió la mujer. -Mientras, por favor llena esta ficha con tus datos personales.

Las murallas estaban decoradas sin mucho estilo con varias fotografías en blanco y negro. Estaba la recepción más unas cuantas puertas cerradas. La oficina parecía ser muy grande, a juzgar por la separación de las puertas del pasillo.

Ninguna otra modelo llegaba, lo que llenaba de esperanzas a la joven. Cerca de las once y veinte, una mujer de unos cuarenta años, acompañada de un hombre llegó casi corriendo.

-Hola, disculpa el atraso, es que se alargó una reunión con el cliente. -Vaya, ¿no ha llegado nadie más?; preguntó a la recepcionista.

-Solo esta señorita; respondió ella.

-Bueno, déjame revisar tu ficha y te llamo enseguida para que nos conozcamos mejor; dijo la mujer, que parecía ser la encargada de la selección.

Después de algunos minutos de tensa espera la mujer hizo pasar a la joven a su oficina.

-Veo que recién egresaste de la escuela de modelaje; dijo la mujer.

-Sí, hace un mes; contestó algo nerviosa la joven.

-Por lo visto no tienes mayor experiencia; comentó el hombre, con una máquina fotográfica colgando del cuello.

-Bueno, la verdad es que no; respondió inquieta la joven. -Salvo mi práctica.

-¿Tienes fotos?; preguntó la mujer.

-Sí, claro; respondió la joven pasándole su portafolio.

-Mmm; opinó el hombre. -Parece que le agradas a la cámara.

-Gracias; contestó la joven a lo que parecía un alago.

-Sin embargo me gustaría ver fotos frescas. ¡Desnúdate!; ordenó la mujer.

-¿Perdón, cómo dijo?; preguntó confundida la joven.

-Que te desnudes; repitió la mujer. -Recuerda que esta es una campaña para una línea de ropa interior.

-Sí, claro; respondió la joven, que se sentía como una tonta y la novata que era.

-Quédate con brassier y braga solamente; pidió el hombre.

-¡Magnífica!; exclamó la mujer. -Permíteme la cámara a mí; pidió al fotógrafo.

-¡Estupenda!; dijo ella mirando a través del lente fotográfico. -Tu piel parece porcelana y capta muy bien la luz y la sombra. Tu figura parece haber sido esculpida a mano; decía la mujer, captando cada ángulo del cuerpo de la joven, que lucía una radiante sonrisa, ahora al sentirse tan elogiada.

-Puedes vestirte; ordenó la mujer, pasando la cámara a su compañero.

-A mí me parece bien; dijo él mirando de arriba abajo a la chica. -Pero necesitamos entrevistar a más postulantes.

-Creo que no; opinó la mujer. -Querida, tú y yo podemos hacer grandes negocios si te interesa.

-¿Quiere decir que tengo el trabajo?; preguntó ella mientras se abotonaba sin apuro su blusa.

-Claro que sí, pero tendrás que firmar un contrato exclusivo, por al menos un año con nuestra agencia de modelos; contestó la mujer. -¿Qué dices, te interesa?

-¡Sí!, por supuesto; respondió emocionada la joven.

-Señorita, por favor traiga un contrato de trabajo por un año a nombre de la joven que está con nosotros; ordenó a la recepcionista.

A los pocos minutos el hombre, que había ido a la otra habitación, volvió con dos sobres.

-Aquí tienes una copia de las fotografías que te sacamos, otra es nuestra; dijo entregándole uno de los sobres a la modelo.

Tras revisar el contrato de cinco hojas, la joven aceptó la pluma fuente que le tendió la mujer. Por un tonto descuido, al recibirla se pinchó un dedo con su punta; una roja gota de sangre cayó sobre el papel ensuciando el contrato.

-¡Oh, disculpe!, manché el contrato; dijo afligida la muchacha.

-Descuida, firma tranquila, vamos a suponer que este pacto se selló con sangre; bromeó la mujer.

La joven sonrió nerviosa y estampó su firma al final del contrato por triplicado.

-Entonces, nos vemos mañana mismo a las nueve; dijo la mujer recibiendo la copia del documento manchada con sangre. -Y no es necesario que vengas vestida de manera formal.

La joven estuvo todo el día revisando el catálogo de la ropa interior que debería modelar. Las prendas eran tan lindas que sacaban varias expresiones de exclamación de ella.

Al otro día estaba media hora antes en la oficina de la agencia de modelos, practicando en el espejo del baño distintas expresiones.

Cinco minutos antes de la hora acordada la mujer llegó sola a la oficina.

-Hola querida. Mi fotógrafo tuvo que llevar a su mujer de urgencia al médico, creo que se rompió una pierna; explicó ella. -Pero yo saco fotografías muy buenas también.

-¿Te parece si empezamos con este conjunto?; preguntó a la joven mostrándole un brassier y bragas de encaje negro.

-Sí claro; aceptó la modelo.

La ropa interior realzaba toda la belleza y juventud de la muchacha, la cual fue capturada en cada fotografía hábilmente tomada por la mujer.

-¡Eres magnífica!; la alabó ella. -Juntas vamos a arrasar el mercado de la moda.

-¿En serio lo cree?; preguntó la joven.

-Claro que sí, llevo años en esto y tú eres una delicia para los ojos; opinó la mujer sin dejar de apretar el obturador de la cámara.

-Aun no es seguro, pero una prestigiosa marca europea me encargó que hiciera un catálogo de alta costura. -¿Te interesaría?; peguntó la mujer.

-¿Es en serio?; preguntó emocionada la joven modelo. -Si yo no tengo experiencia.

-Tienes un porte y desplante muy distinguido y natural; contestó la mujer.    -La  experiencia se gana paso a paso.

-Pues claro que me interesa; respondió la joven.

Después de varias horas de incesantes fotografías, la modelo se sentía muy cansada, pero muy contenta y emocionada.

-Bueno querida, es suficiente por hoy; terminó la mujer. -Ve a descansar y nos vemos mañana a las nueve.

Cuando la joven se hubo vestido y se disponía a marcharse la mujer la detuvo.

-Espera, falta el pago por esta sesión; dijo ella pasándole un cheque.

-Tiene que haber un error; observó la joven. -Esto es demasiado.

-Tú vales mucho más; aclaró la mujer. -Juntas vamos a ganar mucho dinero.

La joven modelo estaba impresionada y emocionada a más no poder; en sus manos tenía un cheque con más del doble de dinero ganado en un mes el último verano y por trabajar solo unas cuantas horas.

Tras darse una larga ducha se sentó frente a su tocador a peinarse y ponerse crema facial. -Vaya, ¿qué tenemos aquí?; dijo tomando un cabello y sacándolo. -¡Una cana!

-Parece que realmente agota este trabajo; opinó mirando su rostro un poco cansado. -Nada que una siesta y una crema no puedan arreglar.

Al otro día la jefa ya había llegado y tenía todo preparado para una sesión de fotografía tipo glamour, con un sillón rojo, una mesa de centro y cortinas de gasa.

Era todo como un juego, así es que las horas pasaron volando para la modelo; si no hubiese sido por el dolor articular y muscular que empezó a molestarla, no se habría dado cuenta del cansancio.

Tras una ducha tibia y un vaso de leche con un relajante muscular se durmió plácidamente. Una máscara facial en rostro y párpados debería borrar las ojeras que le habían aparecido.

Al otro día la mujer llegó justo a las nueve y la hizo pasar a la oficina.

-Mandé las primeras fotos al cliente y están fascinados; explicó la mujer.      -Están tan encantados contigo que quieren que seas su modelo y rostro oficial de campaña este año. ¿Qué te parece?

-¡Es increíble!, no sé qué decir; exclamó la joven.

-Di que sí y hagámonos famosas; dijo la mujer con una sonrisa. -Pero bueno, trabajemos. ¿Sabes sacar fotografías?

-Solo con cámaras automáticas; respondió la modelo.

-Hoy vas a aprender a sacar fotografías profesionales; dijo la mujer mientras desabrochaba su blusa y se quitaba la falda. -Yo  seré tu modelo.

A pesar de sus cuarenta y tantos años, la mujer se veía bien, claro que se notaba en la textura de su piel y en la firmeza de sus músculos su edad; al fin y al cabo los años pasan y no pasan en balde.

La joven se sentía incómoda con la cámara, le costaba enfocar y usar la luz en forma manual.

-Solo deja de pensar en la cámara como una herramienta; aconsejó la mujer. -Vela  como una extensión de tu mente y tus ojos.

La mujer posaba muy bien; debía haber sido modelo cuando joven.

A pesar de todo, la modelo se sentía muy cansada cuando llegó a casa. Su piel se sentía levemente menos tersa y encontró otras canas en su cabello.

Durante la semana siguiente las sesiones fueron muy cansadoras, pero eran las últimas. El día viernes la jefa le entregó un grueso catálogo del cliente.

-Tu primer trofeo; dijo la mujer sonriendo. -Ahora nos vamos a celebrar  y en la tarde siguen tus clases de fotografía.

De vuelta del restaurante y después de varios tragos, la jefa comenzó a posar, mientras la muchacha la fotografiaba. Su piel a través de la lente se veía tersa y lozana, muy distinta de la anterior sesión; sus músculos estaban firmes y tonificados. Podía ser tal vez por el alcohol ingerido, pero la jefa se veía veinte años más joven.

-No quisiera ser indiscreta; dijo la joven. -¿Pero estás aplicándote algún tratamiento rejuvenecedor?

-La verdad es que sí; respondió la mujer.

-Lo que es yo, me siento cansada y dolorida, como si tuviera más de cincuenta años; se quejó la muchacha.

-Debe ser el exceso de trabajo; opinó la mujer. -Esta vida agota y no es solo brillo, luces y ropa bonita como piensa la gente.

Después del baño la joven, como todas las tardes se sentó frente  a su tocador; sin embargo, esta vez casi no se reconoció. Su pelo estaba lleno de canas, sus ojos rodeados por un par de ojeras se veían cansados y coronando su demacrado rostro, cuatro líneas cruzaban su frente y su piel se notaba marchita. Esto tal vez era normal por el cansancio y las largas sesiones; sin embarga, lo que más le molestaba  era el dolor punzante que sentía en sus manos y rodillas.

Para distraerse la joven modelo tomó el manual de la cámara fotográfica que le había obsequiado su jefa. Debió alejarlo bastante de sus ojos para poder leerlo. La máquina le estaba dando un poco de problemas, porque de pronto se encendió sola y no podía apagarla; en algún lado debía tener un interruptor, pero no daba con él. Por lo visto, sin proponérselo tendría grabado un video de ella esa tarde, hasta que se apagó sola.

Finalmente cansada, la muchacha se fue a la cama. En el velador la cámara se encendió nuevamente sola y filmó a la joven mientras dormía. Al otro día se levantó con mucho dolor en los huesos y fue a ver a un médico. Éste, después de revisar los resultados de los exámenes, a ella misma y la ficha con sus datos, habló despacio.

-¿Su edad es veinte años señorita?; preguntó el facultativo.

-Diecinueve, aun no cumplo veinte; corrigió la joven.

-Bien, los exámenes indican que entre otros problemas, usted está sufriendo descalcificación general, así como desgaste e inflamación en sus articulaciones. Los resultados indican que usted padece osteoporosis y artritis reumatoide; explicó el médico.-¿Algún antecedente en su familia o algún pariente cercano la sufre?

-Ninguno; respondió la muchacha.

-Ayer no pude leer bien; comentó al doctor.

-Me parece que es presbicia; dijo el médico.

-Pero doctor, eso da después de los cuarenta años y yo no tengo ni veinte; contestó ella.

-De hecho su edad biológica, en este momento, es de cerca de sesenta y cinco años.

-Pero eso es imposible doctor; alegó la joven. -¿Está diciéndome que de la noche a la mañana me volví vieja?

-En casos muy extraños eso puede ocurrir; contestó el médico. -¿Ha estado expuesta a algún tipoi de radiación últimamente?; preguntó el facultativo.

-No que yo sepa; contestó la muchacha mientras gruesas lágrimas corrían por su rostro.

Agotada la abatida joven se fue a su casa y se tendió a descansar en su cama. Cansada se durmió y soñó con pasarelas y sesiones de fotografías; después de unas horas de un sueño reparador se levantó y preparó su comida.

Los medicamentos para el dolor que le dio el médico algo le ayudaban a soportarlos, pero se sentía sin fuerzas ni ánimo.

-¡Vaya que dura la batería de la cámara!; exclamó al ver encendida la máquina fotográfica.

Se volvió a dormir y apenas pudo levantarse al despertar; sus piernas estaban débiles y sus músculos se sentían y veían flácidos. Sin tener a nadie más  a quién recurrir, decidió llamar a su jefa.

-Hola, estoy enferma, por favor ven; la llamó con voz temblorosa.

A la media hora la mujer tocaba el timbre y la demacrada y adolorida joven le salió a abrir.

-¿Hola, qué tienes?; preguntó a la muchacha.

-No lo sé, el doctor dice que estoy envejeciendo muy rápido y sin motivos aparentes; explicó la joven. -Me duelen los huesos, estoy muy débil y me cuesta ver.

-Debe ser solo cansancio y una gripe; opinó la mujer. -Yo te veo igual de joven.

-¿En serio?; preguntó la muchacha.

-Pero claro; asintió la mujer. -No hay que creerle a los doctores.

-Supongo que tienes razón; aceptó la joven.

-Vamos, te ayudo a acostarte y te preparo una taza de té; ofreció la mujer.

Con cuidado arropó a la muchacha en la cama. Sus ojos se posaron en la cámara fotográfica que estaba en el velador y la tomó en sus manos con una sonrisa. Picaronamente la mujer le sacó una fotografía.

-Pronto nos reiremos de esta foto; dijo a la joven.

-Tómate este té, el líquido caliente te va a hacer sentir bien; le pasó la taza a la joven.

La infusión pasaba agradable por su garganta, produciéndole un leve sopor; sus ojos comenzaron a cerrarse y finalmente se durmió. La mujer puso nuevamente la cámara fotográfica en el velador y dejó a la muchacha durmiendo, para luego marcharse.

Cuando la joven despertó estaba confundida, ya que no sabía cuánto tiempo había dormido. El somnífero que la mujer puso en el té la había tenido sumida por varios días en un profundo sueño. Al intentar levantarse sus piernas fueron incapaces de sostenerla; como pudo logró sentarse en la silla del tocador. Ojala que no hubiese logrado hacerlo.

Sentada frente a ella, una anciana la miraba con ojos lánguidos; una anciana a la que nunca antes había visto, pero a la que reconoció inmediatamente. Sus temblorosas manos se acercaron despacio para tocar su arrugado y marchito rostro y su pelo blanco.

Se preguntaba por qué le estaba pasando esto. Si su frágil memoria no la engañaba, todo comenzó cuando empezó a trabajar en la agencia de modelos. Miró su velador y vio la cámara fotográfica encendida; siempre encendida, sin que su batería se agote nunca. Apoyándose en la mesita del tocador llegó hasta él y tomó la máquina. Sentada en el borde de la cama vio asombrada las fotografías que la cámara había tomado en forma automática. Una a una mostraba la secuencia en que, en el curso de pocas semanas, había pasado de una joven veinteañera a una anciana de noventa años.

Con lentitud se vistió, no porque lo quisiera, sino porque cada movimiento era terriblemente doloroso. Recordó que en el closet tenía un bastón que había comprado para un disfraz y que ahora de verdad sería su apoyo.

Pidió un taxi por teléfono y se dirigió a la oficina de la agencia de modelos. Los peldaños de las escaleras del viejo edificio parecían interminables. Agotada llegó hasta el cuarto piso y arrastrando los pies despacio llegó hasta la puerta sin nombres donde estaba aquella agencia donde todo empezó o mejor dicho donde todo terminó.

Después de un rato la recepcionista abrió la puerta.

-¿En qué le puedo ayudar señora?; preguntó amablemente sin reconocerla.

-Necesito hablar con la jefa; dijo la anciana. -Es sobre una de sus modelos que está muy enferma.

-Sí, claro, pase por favor; aceptó la secretaria.

Desde la oficina se escuchaban voces y risas, incluida la de alguien muy joven. Lo más rápido que sus cansadas piernas le permitieron se dirigió hacia allá.

La jefa de la agencia de modelos se veía bella y radiante, luciendo la apariencia de una muchacha de no más de veinte años.

-¿Qué me has hecho maldita?; se lanzó la anciana sobre la mujer. La adolescente que junto a su madre acompañaba a la dueña de la agencia, alcanzó a afirmarla cuando se le cayó el bastón y perdió el equilibrio.

-¡Abuela!; exclamó sorprendida la mujer. -¿Qué haces aquí?, ¿dónde está tu enfermera? La voy a despedir por descuidarte y dejarte sola.

-Por favor disculpen, es que mi abuelita no ha estado muy bien últimamente; dijo con cara de pena.

-No te preocupes; contestó la madre de la muchachita. -Hay que tener paciencia con las personas mayores.

-Es cierto; respondió la joven. -Pero volvamos a lo nuestro. ¿Ya firmaste el contrato?; preguntó a la jovencita, que no tenía más de quince años.

-Sí, aquí está firmado; dijo la niña emocionada pasándole los papeles manchados con una gota de sangre.

-¡No!; fue lo único que dijo la anciana antes de que la mujer la acompañara tiernamente hasta la salida, pero una vez allí la sacara de un empujón.

Al otro día, tirado en la calle encontraron el cadáver de una anciana de edad muy avanzada que había fallecido durante la noche. Las únicas identificaciones que llevaba consigo pertenecían a una joven de veinte años. Tal vez había robado la billetera o la había encontrado; podría haber sido también de alguna nieta; ¿quién podría saberlo? Era una anciana más de tantos indigentes que mueren anualmente en las calles de la ciudad.

Un forense de buen corazón se apiadaría de ella y le querría dar una identidad. Ni siquiera se podía imaginar la sorpresa que se llevaría al revisar sus huellas digitales.

 

Tétrada Oscura – Capítulo N° 5 – La Caída de Los Arcángeles 26 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 5

La Caída de Los Arcágeles

Un tenue resplandor verde inundó la dormida casa, se introdujo en el cuarto de los niños y comenzó a crecer y volverse más brillante. Isabel se quedó un rato contemplando a sus hijos y después de algunos minutos se dirigió con pasos suaves que no producían ruido sobre el piso de madera, hacia la habitación que compartía con su marido, quien dormía plácidamente.

Todo estaba tal y como lo dejó aquella noche en que todo comenzó. ¿Cuánto tiempo había pasado?; la verdad es que eso no tenía ninguna importancia. Ella simplemente había regresado al instante preciso en que los dejó dormidos en un sueño profundo, de tal forma que para su familia no había pasado ni un minuto.

Isabel experimentó una sensación extraña, nunca antes sentida por ella, al verlos así dormidos. Si lo deseaba, despertarían y el tiempo reanudaría su marcha normal para ellos. Los veía casi con curiosidad, como quien trata de imaginar la efímera existencia de un insecto, que vive toda su vida en un solo día. Ahora ella existía en una escala de tiempo totalmente distinta y que le permitía viajar de un instante a otro, sin que eso le afectara siquiera. Podía despertarlos y reanudar su vida junto a ellos, pero ella los percibía como si fuesen un fugaz pestañeo y el tiempo se los habría quitado antes de que pudiese percatarse.

Por un instante Isabel sintió un poco de nostalgia; una leve sensación de incomodidad que no alcanzó a ser llamada pena.

Tranquilamente, sin que ningún sonido la acompañase, se dirigió a la cocina. Ante un gesto de su mano el vidrio roto por la flecha disparada contra ella por un elfo claro, quedó completamente intacto y la cocina en orden.

Tras meditarlo un rato finalmente se decidió. Sus emociones hacia su familia habían cambiado completamente; su mente se había vuelto calculadora y los veía solo como ilusiones que pronto desaparecerían. Pero sabía; estaba convencida que era mejor que ellos continuaran con su vida normal. Extendiendo sus manos, como cuando se está entregando algo, cerró sus ojos y concentró su consciencia en un punto de luz verde que fue creciendo lentamente y a cobrar la silueta difusa de una mujer. Parada frente a ella, con satisfacción se vio reflejada a sí misma.

Su gemela así creada poseía todos sus recuerdos y emociones, así como toda su personalidad en general. Lo mejor de todo es que ella envejecería a un ritmo normal para los humanos y la familia podría continuar con una vida común y corriente.

Un suave destello verde iluminó la cocina y la elfa oscura se esfumó en medio de la noche, tan silenciosa como había llegado.

Isabel, porque lo más justo era llamarla como tal ya que era una imagen perfecta e ideal de ella, se sirvió un gran vaso de leche fría y se dirigió a su habitación; una vez en la cama abrazó tiernamente a su marido y se durmió dulcemente.

El tiempo seguía su curso normal, así como normal era la vida que seguiría esta familia. Sin sobresaltos ni nada fuera de lo común; excepto, tal vez, por la visita unas cuantas veces de un fantasma verde que se deslizaba por las habitaciones en alguna noche en los años venideros.

¿Cuántos años llevaban juntos?; diez, tal vez quince años. Resultaba tan difícil recordar períodos tan cortos de tiempo que Mireya miraba en forma distante a su esposo e hijos, sin poder sentir ninguna emoción por esos seres tan sutiles como la llama de una vela o como un suspiro.

La fusión con la esmeralda sagrada la había cambiado tanto como a sus tres compañeras. Su antigua longevidad ahora parecía una ilusión junto a su actual inmortalidad, que le confería su capacidad de moverse fuera del tiempo. Su comprensión de la realidad también había evolucionado a un nivel que cualquier genio envidiaría; y era esa misma condición la que ahora le indicaba lo que debía hacer.

En medio del subterráneo salón donde por años llevó a cabo sus hechizos, la bruja alzó sus brazos y en medio de un destello de luz verde otra Mireya, idéntica en recuerdos y sentimientos, así como en el cuerpo y personalidad la observaba con una tierna sonrisa en los labios.

-Cuídalos y que sean felices; pidió Mireya a su gemela.

-Pierde cuidado, recuerda que ahora yo soy tu y ellos son mi familia; respondió la otra Mireya.

-Confío en ti, tanto como en mí misma; respondió la original.

-¿Puedo hacerte una pregunta?; consultó la réplica de Mireya.

-Sí, por supuesto; respondió la bruja.

-¿Yo soy bruja también?; quiso saber ella.

-¿Deseas serlo?; preguntó Mireya.

-¿Si no lo hubieses sido tú, esto no estaría pasando verdad?; preguntó la otra.

-No, nada de esto estaría ocurriendo; respondió Mireya. -Sería una mujer normal, con una familia normal.

-Aunque la tuya es una vida muy emocionante, la otra parece tranquila y agradable, sin monstruos, asesinos, ni demonios; meditó la nueva Mireya.

-Así es, lo que le falta a una lo tiene la otra; respondió la bruja. -¿Bueno, ya decidiste?

-Sí ya sé qué clase de vida quiero; concluyó la réplica. -Quiero ser  madre, esposa y profesional, como una humana común y corriente; envejecer y también morir cuando llegue mi hora.

-Haz elegido con sabiduría; respondió Mireya a su copia, tomándola de las manos, mientras un resplandor verde la envolvía. -Ve con ellos y que sean felices; dijo la bruja mientras lentamente se disipaba.

Con paso liviano, como si despertara de un sueño reparador, Mireya subió las escaleras de piedra que conducían hacia la casa. Al cerrar la puerta a su espalda, ésta desapareció y un reloj mural ocupó su lugar. Sellado para siempre el sótano de  la bruja quedó olvidado como si nunca hubiese existido. Aunque conocía la casa a la perfección, la nueva Mireya la recorrió por primera vez, tocando cada objeto y cada pared que llamaba su atención. Frente a las piezas de los niños ella sonrió y los besó y arropó. Junto a la cama matrimonial, soltó su cabello y despertó a su marido con varios besos en el cuello; mañana era sábado y no tenía turno en el hospital, así es que podía desvelarse esa noche.

Francine se escurrió como un fantasma por toda la mansión de la familia para la que trabajaba. Huérfana desde niña, solo buenos recuerdos tenía de quienes la acogieron casi como a una hija. Como agradecimiento solicitó ser la doncella de la hija de sus patrones. Aunque el tiempo nada significaba para dicha familia, ya que al igual que ella eran vampiros, habían quedado fuera del límite de su realidad y ya no le bastaba con esa existencia tan simple y apacible.

Sin más tomó una hoja de papel y escribió una emotiva carta donde agradecía todo lo que habían hecho por ella, pero que deseaba iniciar una nueva vida a partir de cero. Pedía, por favor, que le permitieran ir y les manifestaba su eterna gratitud. La existencia de la Tétrada Oscura era un secreto y no quería arriesgarse a ser descubierta por toda una nación de vampiros con capacidades telepáticas, al igual que ella. Y por otro lado, aun con lo poderosos que eran los vampiros, en su condición actual los veía débiles y vulnerables y a pesar de los años, décadas y siglos pasados junto a esa familia, no sentía pena al separarse de ellos; su mente fría y calculadora le indicaba que eso era lo correcto y natural.

Cristina no se cuestionaba en lo más mínimo respecto al paso que estaba a punto de dar. Había llegado a la conclusión lógica de que debía alejarse definitivamente de su familia. Desde siempre había elegido el camino de ser una loba solitaria, lo que haría un poco más fácil la separación. La joven se adentró en el bosque hasta llegar a un claro bañado por la luna; tras una honda inhalación de aire Cristina separó un poco sus labios y entonó un largo aullido. Cuatro voces más le respondieron y los cinco elevaron sus voces a la luna llena.

Ya estaba hecho, Cristina se había despedido definitivamente de su manada, dejando atrás la vida a la que renunció para vivir con los humanos y la vida que eligió junto a ellos.

 

-¿Primera vez en Tierra del Fuego?; preguntó el guía a la pareja de turistas.

-Sí, queremos disfrutar el paisaje del fin del mundo; contestó la mujer con un marcado acento norteamericano.

-¿Están totalmente seguros de querer acampar aquí?; preguntó el guía, pensando en lo inhóspito que podía ser el clima ahí.

-Oh, sí, estamos acostumbrados a este tipo de climas; contestó el hombre mostrándole una fotografía de ellos acampando en una montaña nevada.

-Ya veo; aceptó el guía. -Está bien, que se diviertan; volveré a buscarlos en una semana más.

-Adiós; se despidió la mujer con una mano cuando la camioneta se alejaba.

-¿Qué te parece?; preguntó el hombre.

-Se ve todo normal; respondió ella. -Aparentemente aquí no pasó nada. Sin embargo, viendo más allá de la ilusión, es evidente que hubo una batalla tremenda, en la que se combatió usando grandes cantidades de energía.

-Energía que solo puede ser generada y controlada por ángeles; observó él.

-Eso es lo que pienso; opinó ella. -Sin embargo, necesitamos pruebas.

El páramo agreste y devastado lucía aun las cicatrices sufridas en la batalla librada entre los seguidores del proscrito Athatriel y la Tétrada Oscura; ya nunca nada más nacería en ese suelo muerto, quemado por fuegos nunca vistos por los humanos.

-Y aquí encontré una; indicó él pasando su mano sobre una zona del suelo que se veía completamente cristalizada y lisa.

-Esto solo lo pudo haber hecho el golpe de una espada flamífera.

-Entonces es verdad; opinó ella. -Los rumores de que los ángeles de Athatriel fueron asesinados son ciertos.

-Eso explicaría por qué no se ha tenido ninguna noticia de actividades de ellos o de sus seguidores; pensó él.

-¿Pero quién podría ser capaz de matar a doscientos ángeles?; preguntó ella.

-Solamente alguien inmensamente poderoso; opinó él.

-Esa cantidad de poder debería ser muy difícil de ocultar; comentó ella.

-Y sin embargo, no logro detectarla; observó él.

-Quién sea que hizo esto, parece que tiene la capacidad de ocultar su poder; meditó ella.

El hombre se agachó a ver algo en el suelo. -Creo que encontré algo, pero casi no se nota.

-¿Qué es?; preguntó la mujer agachándose también.

-Aquí se abrió un portal de fuego; observó él.

-Eso es propio de los ángeles caídos; comentó ella. -¿Dónde se abrió de salida?

El hombre cerró los ojos y se quedó inmóvil durante varios minutos, casi sin respirar ni moverse.

-¡No lo encuentro!; comentó él. -No se abrió en ningún lugar del planeta.

-¿Entonces?; preguntó ella. -A alguna parte tiene que haber llegado.

La mujer se quedó estática, como si un rayo la hubiese atravesado.

-¿Sentiste eso?; preguntó ella. -Fue como si un pequeño sol hubiese estallado.

La energía liberada por Isabel y Mireya al crear a sus gemelas no pasó desapercibida por los dos ángeles.

-Pero ya no hay nada; observó el hombre. -Fue algo muy fugaz.

-De igual forma investiguemos; indicó ella extendiendo sus doradas alas y elevándose a una velocidad incalculable, seguida de él.

Aunque fue algo que duró un instante solamente, la cantidad de energía liberada era inusual y debía ser investigado el hecho.

Isabel estaba sentada tranquilamente en el banco de una plaza meditando sobre lo que acababa de hacer, cuando vio una pareja que caminaba hacia ella; al principio no le dio importancia, pero cuando se plantaron frente suyo intuyó la amenaza que implicaban y se puso rápidamente de pie.

-¿Les puedo ayudar en algo?; preguntó Isabel para cortar la tensión.

-Es ella; dijo el hombre haciendo aparecer inesperadamente una espada de fuego en su mano derecha.

Rápidamente, sin perder ni un segundo, la elfa extendió una de sus manos y un puñal de fuego voló hasta el corazón del hombre, consumiéndolo en llamas.

No esperando semejante hecho, la mujer desplegó sus alas, pero antes de que lograse elevarse, Isabel la sujetó de ellas y con un certero golpe de la espada flamífera que acababa de encender, se las cercenó en medio de los gritos de dolor de la mujer. Sin ninguna compasión la elfa arrojó al ángel al suelo y acercó amenazadoramente la hoja de fuego a su cuello.

-¿Quién eres y qué pretendías?; preguntó Isabel con los ojos llenos de fuego.

-Nos mandaron a investigar la muerte de los ángeles seguidores de Athatriel; respondió la mujer con la voz entrecortada por el dolor.

-¿Quién los envió?; interrogó la elfa.

-Contesta; ordenó Isabel acercando aún más la espada al cuello del ángel.  -O lo preguntaré en forma más convincente.

-Fuimos enviados por uno de los arcángeles; respondió la mujer.

Isabel bajó su espada y meditó ante lo que acababa de averiguar. Sin hacer ruido la mujer se puso de pie mientras la elfa le daba la espalda y en su mano se materializó una incandescente espada flamífera. Rápidamente Isabel se volvió y descargo un golpe en el cuello de la mujer, quien fue consumida inmediatamente por llamas que surgieron de su propio cuerpo.

Tras observar como el fuego terminaba de quemar al ángel, en medio de una gran llamarada la elfa desapareció del lugar.

-Coordinador, reúna a la Tétrada Oscura enseguida; ordenó Isabel al momento de materializarse en medio del centro de operaciones del Anticristo, mientras se dirigía a la oficina de éste.

-Como ordene señora; respondió el hombre.

-¿Ethiel, pasa algo malo?; preguntó el demonio.

-No lo sé; respondió la elfa.

Al poco rato Mireya, Francine y Cristina entraban también al despacho.

-Hace un rato tuve contacto con dos ángeles enviados por los arcángeles, a investigar la muerte de los seguidores de Athatriel.

-¿Estás completamente segura de ello?; preguntó Francine.

-Lo confesaron con una espada flamífera en el cuello; respondió la elfa.

-¿Dijeron cuál de los arcángeles los envió?; preguntó Damián.

-Negativo; fue la escueta respuesta de Ethiel, quien mantenía su forma humana.

-¿Dónde están los ángeles?; preguntó Mireya. -Me gustaría poder interrogarlos.

-Eso no va a ser posible; contestó la elfa. -Tuve que matarlos en defensa propia.

-¡Lástima!, habría sido bueno obtener más información; opinó Damián. -Hay que estar atentos a todo, ya que las cosas se pueden complicar si intervienen los arcángeles.

-No me preocupan mayormente ellos; comentó Cristina. -En nuestro entrenamiento demostraron no ser rivales para nosotras.

-Aun así; insistió el demonio. -Una simulación es muy distinta a un combate real.

-Aunque así sea, sus barreras protectoras no los pueden defender de nuestros ataques; agregó Cristina.

-Sin embargo, son los ángeles guerreros más poderosos; las previno Damián.

-Es mejor que estemos preparadas para cualquier cosa; intervino Francine. -Pero no nos adelantemos a los hechos y esperemos que las cosas se den primero.

-Coordinador, comience rastreo y seguimiento de toda actividad de ángeles ocurrida en el tiempo real; ordenó Mireya.

-Enseguida señora; obedeció el aludido.

A los pocos minutos el coordinador de operaciones ingresó al despacho principal, con la información solicitada.

-Nuestro monitoreo indica que desde la eliminación de los ángeles de Athatriel, ha habido un aumento inusual, pero esperable de las actividades de los ángeles; informó el ejecutivo.

-Era de suponer que la muerte de doscientos ángeles no pasaría inadvertida; comentó Damián.

-No tuvimos alternativa; opinó Cristina. -Ellos nos atacaron y tuvimos que defendernos.

-Eso no lo discuto; dijo Damián. -A lo que me refiero es que la energía utilizada para ello, por su intensidad y magnitud, era fácil de detectar; por otro lado, también resultará sospechosa la desaparición de los dos ángeles en manos de Ethiel.

-¡Yo solo me defendí!; contestó ella molesta.

-Estoy seguro de ello; la calmó el demonio. -Lo que pasa es que nunca antes había sido asesinado un ángel.

El arcángel se paseaba preocupado debido a que uno de los equipos enviados a investigar la muerte de los ángeles no se había reportado como se les había ordenado. Si fue un error de ellos, los reprendería en forma apropiada; mientras tanto enviaría a otra pareja al último lugar informado siguiendo una pista.

Una pareja paseando tomados de la mano no llamaba la atención de ninguna de las pocas personas que aun andaban en el parque disfrutando de la noche.  Lentamente ambos dirigieron sus pasos hacia un banco cercano.

-Hasta aquí llega la pista; dijo la mujer.

El hombre se inclinó para abrochar sus zapatos, mientras tocaba el suelo con sus dedos.

-Aquí hay un golpe con espada flamífera; dijo él en voz baja.

-Ahí y ahí murieron los dos ángeles desaparecidos; indicó la mujer con sus manos. -Pero no parece haber signos de combate.

-Creo que no hubo ninguno; opinó él. -Esto parece más una ejecución.

-¿Pero quién podría tener el poder necesario para hacerlo?; preguntó ella.

-Informemos inmediatamente nuestro descubrimiento; decidió el ángel.

Lo escuchado por el arcángel solo confirmaba lo que ya sospechaba. El hecho de que se hubiese usado espadas flamíferas para matar a los ángeles implicaba solo una cosa; ángeles caídos estaban detrás de esto. Sin embargo, no había ningún indicio de actividad de los seguidores de Lucifer al respecto, excepto por la reunión de las cuatro mujeres que se hacían llamar la Tétrada Oscura, cuando el mundo estuvo a punto de ser destruido, claro que en ese entonces Lucifer informó de ello y recibió autorización para actuar. Tal vez quedaba la posibilidad de que sin que él lo supiese, las mujeres hubiesen descubierto la forma de aumentar sus poderes hasta ser capaces incluso de matar ángeles. De ser ese el caso, era probable que ni el mismísimo Lucifer se atreviese a enfrentarlas ahora y se hubiese desentendido de ellas, al igual como solía hacerlo con sus otras creaciones. No importando cuál era la causa, era necesario destruir a la Tétrada Oscura antes de que se volviese totalmente incontrolable.

El arcángel sabía que sería necesario desplegar un gran contingente de ángeles guerreros, incluso se podría requerir la intervención de los otros arcángeles. Personalmente deseaba que no fuese así, ya que la guerra era algo que prefería evitar si era posible, a diferencia del arcángel Miguel que parecía vibrar con ella e incluso disfrutarla.

El hecho de que la Tétrada Oscura hubiese desaparecido literalmente de la superficie del Planeta Tierra, aumentaba sus sospechas de que esas cuatro mujeres eran las responsables de la muerte de doscientos ángeles y posiblemente también de sus enviados.

La asistente de Damián entró con una expresión de preocupación en el rostro.

-Señor, perdón que lo interrumpa, pero ha llegado un comunicado por parte de los arcángeles; informó la secretaria  a su jefe.

-¿De qué se trata?; preguntó El Anticristo.

-Los arcángeles solicitan que se entregue inmediatamente a la Tétrada Oscura para que respondan por la muerte de los ángeles de Athatriel y de dos ángeles mensajeros; dijo ella un poco asustada de lo que estaba comunicando.

-Contésteles que se ha perdido todo rastro de la Tétrada Oscura desde que intentaron sellar la fisura entre planos; ordenó Cristina. -Dígales que no se han puesto en contacto desde entonces y que se desconoce su paradero; se sospecha que probablemente no lograron sobrevivir a la misión. Indíqueles que debido a lo particularmente grave de la situación y las amplias repercusiones que para ambos bandos puede haber si sus sospechas son correctas, pueden contar con nuestro apoyo. Atentamente El Anticristo Damián…

La secretaria miró con cara de pregunta a su jefe.

-Obedezca; respondió él.

La ropa que llevaba recién puesta Cristina fue reemplazada por su armadura, de igual forma que en sus compañeras.

-Fue un placer conocerlo jefe; dijo Ethiel, obsequiándole su puñal de elfa oscura.

-Cuando todo esto termine volveremos, señor; agregó Mireya.

-Mantenga encendida la flama del licor; dijo Cristina. -Se me antojará una copa cuando regrese.

-Hasta pronto; fue la simple despedida de Francine.

-Hasta pronto chicas; respondió Damián. -No dejen que esos bonachones las asesinen. Recuerden que poseen la esencia de Lucifer.

En una extensa planicie deshabitada las cuatro mujeres aparecieron de la nada luciendo como cuatro columnas de negro carbón. Una densa niebla oscura manaba del cuerpo de todas ellas y se elevaba, al igual que el fuego que nacía de sus ojos. La Tétrada Oscura pronto sería detectada por los arcángeles y eso era precisamente lo que ellas deseaban.

-¡Salgan de su escondite cobardes!; gritó Mireya haciendo temblar la tierra con su voz.

-Su amo no los protegerá para siempre de nosotras; agregó Cristina.

-Vámonos de aquí; dijo Francine. -Estos débiles y patéticos inútiles están tiritando de miedo.

Lo que ellas pretendían provocar ocurrió cuando el cielo se rajó, dejando pasar a cientos de ángeles guerreros. Cuando ya estaban lo suficientemente cerca descargaron una devastadora lluvia de fuego sobre las cuatro mujeres; cuando el viento y el infierno se disiparon, inalterables permanecían ellas. Ethiel elevó sus brazos y millones de gotas de fuego cayeron sobre las legiones de ángeles, perforando sus alas y sus cuerpos, incendiándolos y vaporizándolos en el aire.

-¿Y estos son los ejércitos celestiales?; preguntó despectiva Cristina.

Era claro que esa estrategia estaba destinada al fracaso; a la Tétrada Oscura no se le podía atacar de frente, ya que al hacerlo se exponían a una masacre inevitable.

Varias legiones de ángeles armados con sus espadas flamíferas, zumbando ansiosas de encontrar un objetivo se materializaron a la espalda de la Tétrada.

Con un aullido que hizo temblar cielo y tierra Cristina liberó a la bestia dormida. Como una exhalación, la licántropa clavó sus garras incandescentes en el pecho del ángel que tenía más cercano, consumiéndolo en llamas que el viento avivó. Aprovechando la ocasión, otro ángel descargó su ardiente espada sobre Cristina, pero con su mano libre atrapó el brazo de éste, corriendo igual suerte que el anterior.

Las garras de Francine brillaban en sus manos y sus ojos despedían fuego, en un gran salto giró en el aire y encendió su espada. La vampiresa no tardó en verse rodeada por decenas de ángeles que la amenazaban con sus luminosas espadas. A pesar de lo apremiante de la situación la adrenalina se había convertido en energía pura gracias al poder de la esmeralda sagrada. Respirando hondo Francine giró rápidamente transformando su cuerpo en un torbellino de fuego que se desplazó vertiginosamente entre las filas enemigas, convirtiendo en cenizas a cientos de ángeles.

El arcángel se veía preocupado; tan solo tres de las cuatro mujeres habían entrado en combate y varias legiones bajo su mando habían perecido.

El báculo de Mireya escupía chorros de fuego que quemaban a los ángeles como si se trataran de hojas arrojadas a una hoguera.

Una cegadora ola de fuego llenó el campo de batalla; el arcángel sostenía con fuerza su espada mientras lanzaba un ataque definitivo contra la Tétrada Oscura.

-Esta abominación termina aquí y ahora; pensaba el arcángel mientras continuaba su ataque.

Al cabo de unos minutos de una cataclísmica descarga de energía de su espada, finalmente él bajó su arma. Nada en toda su eterna vida lo había preparado para lo que tenía frente a sus ojos. Si no hubiese sido por sus increíbles reflejos y su velocidad como el pensamiento, no habría podido esquivar a tiempo el formidable rayo que surgió cuando el fuego de las cuatro espadas de las mujeres se unió en uno solo. Sin inmutarse ellas continuaron con ese ataque mientras él volaba veloz para alejarse. Un imperceptible movimiento de ellas puso el disparo por delante de él; el guerrero alado no pudo evitar chocar de frente con el infernal golpe, que en medio de un cegador resplandor lo hizo arder como un pequeño sol. Francine, abriendo en cruz sus brazos absorbió en sí toda la energía del caído arcángel. 

Nunca antes un ángel de esa categoría había muerto y eso no lo tolerarían los otros seis.

Inmediatamente la respuesta no se hizo esperar y el azul del firmamento se abrió en un cegador destello de mil soles. Cinco arcángeles vestidos con  resplandecientes armaduras aparecieron seguidos de miles de ángeles guerreros, todos portando terribles espadas de fuego.

-Esto se va a complicar un poco; opinó Mireya.

-¿Eso crees?; preguntó Cristina lanzando un largo aullido.

De pronto decenas de aullidos llegaron en respuesta, seguidos de una inmensa jauría de lobos de luz que atacaron a las legiones de ángeles, que inútilmente intentaron defenderse; una lluvia de cenizas fue lo único que quedó de ellos. Sin perder tiempo los arcángeles descargaron todo su poder sobre las mujeres, las que se lanzaron violentamente sobre ellos, golpeando sus espadas en una encarnizada batalla. Cada golpe desencadenaba una lluvia de fuego, acompañada de cegadora luz.

Francine tuvo la mala suerte de verse enfrentada a dos arcángeles, lo que la ponía en evidente desventaja y peligro. Sin darle mayor importancia a eso, ella peleaba con dos espadas flamíferas en sus manos. Sin embargo, ambos arcángeles eran muy rápidos y uno atrajo toda su atención; oportunidad que aprovechó el otro para dejar caer la hoja de su espada en la espalda de la vampiresa. De no haber sido por la oportuna maniobra con que una espada detuvo el golpe del arcángel, Francine habría sido consumida por su fuego. Enlazando la espada que llevaba en su mano derecha con la del ángel, clavó la otra en su pecho. Las cenizas procedentes del calcinado cuerpo del otro arcángel se unieron a las otras. Una sonrisa ocupó el rostro de la vampiresa al ver la figura vestida con armadura roja que pegaba su espalda a la de ella.

-No esperaba verlo aquí maestro; dijo la vampiresa a su maestro.

-¿Pensabas que me perdería la diversión?; preguntó Telal.

Cuatro rayos se unieron en uno solo rompiendo en pedazos la barrera protectora del cuarto arcángel que caía bajo la Tétrada Oscura. Los dos sobrevivientes sabían que no podrían retirarse del campo de batalla, aunque eso significase que pasase lo que nunca había pasado.

Los arcángeles se juntaron y una intensa luz los envolvió a ambos.

-¡Cúbranse!; gritó Telal cuando brotó el chorro de fuego que les pegó de lleno a los cinco.

Si no hubiese sido por las poderosas barreras de la Tétrada y la armadura del demonio, se habrían convertido en humo que el viento se habría llevado.

Dos piedras incandescentes cayeron del cielo a ambos lados de los arcángeles que se habían posado en tierra, impidiendo que se movieran de su posición. Las cuatro mujeres bajaron sus espadas y extendieron ambos brazos hacia ellos; una negra y densa niebla emanó de sus cuerpos y sus ojos despidieron llamas cuando descargaron ocho chorros de fuego que coincidieron en un único punto que se convirtió en un rayo que perforó sin resistencia la coraza de energía que protegía a los arcángeles, tocando finalmente sus cuerpos e iluminándolos cegadores; con placer Francine abrió sus manos y recibió en ellas la luz en la que se habían convertido los ángeles hasta que se disipó aumentando el brillo de sus ojos.

-No puedo creer que hemos matado a seis de los arcángeles; opinó Mireya. -No fue tan difícil.

-No te confíes hechicera; recomendó Telal. -Aún falta el más poderoso, el arcángel Miguel, pero ese es mío. Tengo un asunto pendiente con él.

-¿A qué se refiere señor?; preguntó Cristina.

-¿Alguna vez han visto una representación hecha por los humanos del arcángel Miguel empuñando una lanza, con un demonio bajo su bota, humillado como una rata?; preguntó Telal.

-Sí, alguna vez vi una; respondió Francine.

-Pues, yo era ese demonio; respondió Telal. -Y ahora me toca a mí la revancha;  hoy él caerá bajo mi espada, aunque me cueste la vida lograrlo.

-¿Pondría en riesgo esta misión solo por una venganza personal?; preguntó Ethiel.

-Estratégicamente es inaceptable; recapacitó el demonio.

-Al diablo con lo correcto; cortó Ethiel. -El arcángel Miguel es suyo.

-Pero sus legiones son nuestras; agregó Francine mostrando sus colmillos.

Un extraño silencio llenó el ambiente, como el que precede al trueno antes de la tormenta. De pronto ese silencio fue roto por un extraño sonido que retumbaba como una gran bocina de barco, que venía de todos lados.

-Siempre tan ególatra, que le gusta avisar estruendosamente cuando llega; comentó Telal.

Un brillo intenso iluminó el cielo como un segundo sol y cientos de ángeles con armaduras y espadas aparecieron, dividiéndose en dos formaciones perfectamente ordenadas. Un nuevo brillo más intenso, aunque el anterior iluminó todo el firmamento; cuando el fulgor desapareció, en medio de los dos flancos de ángeles flotaba el último y más poderoso de los arcángeles, con sus alas brillantes como metal desplegadas en toda su extensión. Una deslumbrante armadura cubría su cuerpo que parecía ser gigantesco y en su mano derecha sostenía una gran lanza de fuego, mientras que una espada flamífera colgaba de su cintura.

-¿Está seguro que quiere enfrentarlo usted?; preguntó Mireya al demonio.   -Se ve muy poderoso.

-He esperado toda una eternidad para esta oportunidad; respondió Telal.     -Aunque me cueste la vida.

-Muy bien, es todo suyo maestro; aceptó la bruja.

 

-¡Este combate es nuestro Miguel!; gritó Telal al arcángel.

-Según parece no estás en posición de exigir nada traidor…, arcángel renegado; respondió Miguel con una voz de trueno que hizo temblar el suelo.

-¿Fue un arcángel?; preguntó Ethiel.

-Sí, pero yo aprendí a pensar por mí mismo; respondió el demonio. -No soy un títere de su amo.

-Ríndete ahora y solo cortaré tus alas; ofreció el arcángel.

-Eres muy valiente cubriéndote con tus vasallos; respondió Telal. -¿Qué tal si les ordenas que no intervengan?

-Tienes una lengua muy hábil demonio; respondió Miguel sin caer en el truco. -¿Cuán hábil es tu brazo?

Uno de los ángeles rompió la formación y Mireya lanzó su báculo al aire. Una brillante burbuja envolvió a todos los ángeles que estaban a la derecha del arcángel, mientras Ethiel sopló sobre su mano y otra burbuja de iguales características atrapó a los ángeles que se encontraban a la izquierda de Miguel.

-Muy bien, solo tú y yo; dijo Miguel desplegando sus alas y encendiendo su impresionante lanza flamífera.

-Tétrada no intervengan más. Es una orden; gritó Telal al elevarse.

Varios ángeles dispararon con sus espadas y manos tratando de romper desde adentro la burbuja que los aprisionaba; sin embargo, para su sorpresa, toda esa energía rebotó por todos lados, convirtiendo la esfera en una bola de plasma incandescente que los desintegró a todos en forma casi instantánea.

-Lástima y pensar que se podrían haber salvado; dijo Francine extendiendo una de sus manos y dejando que toda esa energía fluyera por ella llenando todo su ser.

-Haz absorbido mucha energía; observó Mireya en voz baja. -¿Cómo te sientes?

-Magníficamente bien; contestó la vampiresa. -Creo que podría destruir el Sol de un solo golpe si lo deseara.

-Mejor ni se te ocurra intentarlo; sugirió Cristina. -Acabarías con el sistema solar.

-Es solo una forma de decir; aclaró Francine. -Si lo rompiera no podría volver a broncear mi hermoso cuerpo.

-Por favor no me distraigan, no quiero perderme ningún detalle de este combate; las calló la elfa oscura.

Las puntas de las lanzas de ambos arcángeles chocaban con grandes destellos de luz y gotas de fuego caían como lluvia que todo lo quemaba.

Las alas cubiertas de metal reflejaban el sol en cada movimiento, haciendo difícil verles bien a simple vista.

A esta altura del combate no se podía saber quién sería el vencedor, pues ninguno superaba en fuerza y habilidad al otro. Telal sin embargo, había planeado muchas veces este encuentro en su mente y repasado cada detalle del primer enfrentamiento con Miguel, en el que había sido humillado como una sabandija.

Un golpe, una estocada, cada uno no lograba tocar a su rival, a diferencia de sus armas que despedían fuego con cada contacto. Las alas de ambos batían el aire provocando fuertes ventiscas que en ocasiones alcanzaban niveles huracanados.

La Tétrada Oscura observaba atenta, registrando en su mente calculadora cada movimiento percibido por sus superdotados sentidos.

Las lanzas se engancharon, Telal giró la suya rápidamente tres veces y agitó sus alas, quedando más elevado que Miguel; la lanza del arcángel se soltó de sus manos y cayó produciendo un silbido igual al de una bomba al caer, originando un gran cráter al golpear el suelo. Casi en el mismo movimiento el demonio clavó su lanza en una de las alas de Miguel, haciendo que éste perdiera su equilibrio y cayera violentamente en picada; no obstante sus reflejos eran rápidos y logró a tiempo frenar el descenso y aterrizar de pie.

Como un rayo Telal aterrizó junto al arcángel, listo para combatir en tierra. Ambos arcángeles encendieron al mismo tiempo sus espadas flamíferas y en un titánico cruce de golpes las enlazaron en una danza mortal. Cada golpe brillaba con el resplandor de diez soles. El calor desprendido era abrazador y sin embargo, ninguno de los dos daba muestras de agotamiento, a pesar de la tremenda potencia de los impactos y del tiempo que llevaban luchando.

Un afortunado movimiento de Miguel le permitió acertar un golpe en el brazo izquierdo de Telal, provocándole un gran corte que el demonio ignoró por completo. En lugar de debilitarlo, la herida parecía inyectarle más energía y fuerza, haciendo retroceder a su adversario por la violencia que había cobrado su ataque.

Desde la mano izquierda de Telal surgió un cegador destello que hizo que Miguel cerrara sus ojos una fracción de segundos, tiempo que el demonio aprovechó para saltar y ponerse a la espalda del arcángel.

 El primer golpe amputó la mano derecha de Miguel, extinguiendo inmediatamente su espada. Una fuerte patada en la espalda lo hizo caer de rodillas al suelo. Triunfante Telal puso una bota en su pecho, mientras con la otra pisaba la mano izquierda del abatido arcángel.

-He esperado toda una eternidad por este momento; dijo el demonio dejando que la hoja de fuego de su espada separara la cabeza del cuerpo de su enemigo. La cantidad de energía liberada fue la equivalente a una bomba nuclear al estallar.

Triunfante Telal guardó su espada y caminó airoso y orgulloso hacia sus discípulas, que habían sido testigos de la batalla más formidable de toda la eternidad.

La muerte de todos los arcángeles y la destrucción de los ejércitos celestiales, así como la confirmación de la Tétrada Oscura como la fuerza suprema, había roto el equilibrio de poder; lo que permitiría a los ángeles caídos replantear su posición en el nuevo orden establecido.

Con el correr de los siglos nuevas leyendas y nuevas religiones nacerían en torno a la figura de las cuatro mujeres que se elevaron más allá del cielo y del infierno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tétrada Oscura – Capítulo N° 4 – El Despertar 24 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 4

El Despertar

El sol entraba por la ventana dándole un tono apacible a la rústica cabaña. Francine abrió lentamente los ojos, como si recién hubiese salido de un sueño; Isabel aun dormía plácidamente en el sillón; Mireya abrió la puerta y se unió a Cristina que afuera contemplaba el paisaje, mientras una benévola brisa agitaba su cabello.

-¿Qué ha pasado?; preguntó la bruja a su amiga.

-No lo sé. Hace poco desperté y vi que estábamos en esta cabaña de campo; contó Cristina. -Lo  último que recuerdo fue una terrible batalla en la que pasaron cosas muy extrañas.

Francine contempló a Isabel y se preguntó cómo habían llegado ahí. Las voces que llegaban del exterior terminaron por despertar a la elfa, quien luego de estirarse un poco finalmente abrió sus ojos, para contemplar sorprendida la cabaña donde despertó.

-¿Dónde estamos?; preguntó Isabel a Francine, quien acomodaba su cabello.

-Parece el campo; respondió la joven.

Isabel se encaminó hacia la puerta y se reunió con sus compañeras.

-Tuve un sueño muy extraño; comentó Isabel a Mireya y Cristina.

-No fue ningún sueño; la corrigió Francine. -Miren sus ojos.

Efectivamente Isabel pudo comprobar cómo tanto en los ojos de Cristina, como de Mireya y Francine, intensas llamas danzaban en ellos.

-¡Sus ojos son de fuego!; exclamó la elfa.

-Al igual que los tuyos; le indicó Francine.

Las cuatro mujeres se quedaron contemplando como hipnotizadas el fuego que acompañaba su mirada. Resultaba obvio que no habían soñado y que algo muy desacostumbrado había ocurrido.

Del suelo surgió una gran llama y de ella un hombre.

-¡Damián!; exclamó Cristina.

-Me alegro mucho de que ya se encuentren mejor; respondió él abrazando a las cuatro mujeres.

-¿Qué ha pasado y dónde estamos?; preguntó Mireya.

-Conversemos adentro en forma más cómoda; sugirió el demonio invitándolas a pasar a la casa.

-¿Qué nos pasó?; preguntó Isabel.

-¿Qué es lo último que recuerdan?; quiso saber Damián.

-Habíamos encontrado la esmeralda y nos transportamos a la Patagonia; respondió Cristina.-Luego  fuimos atacadas.

-Eran cientos contra nosotras cuatro y nos defendimos en forma desesperada; agregó Francine.

-De alguna forma logramos derrotarlos; continuó Mireya. -Entonces un gran resplandor cubrió todo.

-Eran ángeles caídos que nos atacaron; siguió Isabel contando lo que recordaba. -Luego todo se vuelve muy confuso. Recuerdo mucho fuego que se movía en el aire.

-Espadas flamíferas; comentó Damián. -Ustedes mataron a los doscientos ángeles de Athatriel.

-¿Pero cómo es eso posible?; preguntó Mireya.

-¿Por qué en nuestros ojos hay fuego?; quiso saber Isabel un poco asustada.

Después de un rato de silencio y pasearse pensativo Damián trató de explicarles a las muchachas lo que estaba pasando.

-Por algún motivo la energía de la esmeralda armonizó con la de ustedes. Cuando ésta se rompió, ustedes absorbieron la radiación que se liberó, la cual atrajo lo fragmentos de ella, como si sus cuerpos fueran una especie de imán. Los cristales de la esmeralda se fusionaron con sus organismos, generando un aumento en sus poderes naturales; explicó el demonio.

-¿Pero por qué el fuego en los ojos?; insistió Isabel.

-Siendo mi padre el dueño de la esmeralda, como ángel portador de la luz y el fuego de la sabiduría, la joya posee o mejor dicho almacenó su esencia y como ahora la gema está dentro de ustedes, de cierta forma la reflejan; continuó Damián.

-¿Cómo es que pudimos aniquilar a doscientos ángeles con tanta facilidad?; preguntó Mireya.

-Como Lucifer es el ángel más poderoso, parte de sus poderes fueron transferidos a su joya símbolo y de ella a ustedes.

-¿Y qué significa esto?; preguntó Cristina haciendo aparecer una espada flamífera en su mano.

-La espada flamífera es el arma principal de un ángel; explicó Damián.  -Como ustedes ahora poseen la energía de un ángel, era de esperar que pudieran generarlas y controlarlas; concluyó el demonio.

-Tengo miedo; dijo Francine sentada en el suelo con las manos abrazando sus piernas. -Yo absorbí completamente a algunos ángeles con mi cuerpo.

-La energía de la esmeralda dentro de ustedes ha incrementado y modificado sus poderes y habilidades naturales. De alguna forma tú ahora te alimentas de energía vital en vez de sangre; solo una pequeña modificación.

-¿Pequeña, a esto llama pequeña?; gritó la vampiresa empuñando una espada de fuego.

-¡Cálmate Francine!, por favor, no quiero hacerte daño; dijo Cristina poniéndose entre Damián y ella, con otra espada de iguales características.

-Todas estamos asustadas por lo que está pasando; intervino Mireya. -Pero no debemos olvidar que somos amigas y lo que le pasa a una le está pasando a las otras también.

-¿Recuerdas lo que sentiste cuando te volviste vampiresa?; preguntó Damián a Francine, bajando la espada de Cristina.

-Recuerdo que me sentí muy poderosa, pero muy confundida a la vez, tenía miedo porque no sabía que pasaría después conmigo; contó Francine, recordando desde el fondo de su memoria.

-¿Y cómo lograste vencer ese miedo?; siguió preguntando el demonio.

-La vampiresa que me convirtió se quedó a mi lado, me enseñó a alimentarme y me mostró lo que yo era capaz de hacer. Siempre ha sido un gran apoyo para mí y le estaré eternamente agradecida porque nunca me ha dejado sola; concluyó Francine muy emocionada.

-De igual forma yo nunca te dejaré sola y te apoyaré en todo este proceso de adaptación. Lo mismo que a todas ustedes; dijo Damián bajando y apagando las espadas de Cristina y Francine.

-¿Qué va a pasar ahora con nosotras?; preguntó Isabel.

-Aquí van a aprender a conocer y a controlar su nueva naturaleza y los nuevos poderes que implica; respondió Damián.

-¿Dónde es “aquí”, exactamente?; quiso saber Mireya.

-Creamos este lugar en un plano fuera del tiempo y del espacio normal, para que puedan meditar y entrenarse en sus nuevas habilidades; respondió el demonio.

-¿Estamos prisioneras?; preguntó Isabel.

-Claro que no; respondió Damián. -Es solo que mientras no aprendan a dominar toda la energía que generan sus cuerpos, es mejor que permanezcan aquí, o podrían destruir todo cuanto existe.

-O sea que estamos prisioneras; concluyó Mireya.

-¿Ha pasado mucho tiempo desde que llegamos?; preguntó Isabel.

-Aquí el tiempo carece de todo significado; explicó Damián. -Al salir de aquí, pueden hacerlo en cualquier período de tiempo o lugar que deseen.

-¿Y cuándo comienza nuestro entrenamiento?; preguntó resignada Cristina.

-¡Ahora mismo!; dijo una estruendosa voz en medio de una llamarada.

-¿Y quién es este?; preguntó Isabel.

-Soy Telal y seré su instructor en esta nueva etapa de su existencia; contestó el recién llegado demonio.

-No parece gran cosa; comentó la elfa mirándolo de arriba a abajo en forma despectiva.

Un fuerte resplandor iluminó toda la cabaña.

-¿Ahora me mostrarás respeto pequeña elfa?; dijo el ángel luciendo unas poderosas alas de fuego y vistiendo una impenetrable armadura roja, mientras con una mano sostenía por el cuello a Isabel y la levantaba a varios centímetros del suelo, mientras en la otra blandía una espada flamíferas que apuntaba hacia las otras mujeres.

-Mejor muestra respeto a tu maestro; ordenó Damián a Isabel.

-Está bien me equivoqué, es impresionante; aceptó la elfa.

-¡Así está mejor!; contestó Telal soltando a Isabel, cuyo cuello  mostraba  la marca de sus dedos.

-Veamos si realmente son tan buenas como dicen; comentó Telal.

Decenas de elfos claros comenzaron a descargar sus flechas contra la cabaña.

-¡Nos atacan!; gritó Mireya.

-Elfa sal a pelear; ordenó el demonio.

-Pero si va sola la matarán; opinó Cristina.

-Si la matan entonces quieres decir que no es digna de la esmeralda sagrada; comentó Damián.

Abriendo un poco la puerta Ethiel disparó contra cada blanco que su vista fijaba, pero la cantidad de atacantes era demasiado alta y sus venablos insuficientes.  Inesperadamente, de un empujón en la espalda, Telal arrojó a Ethiel fuera de la cabaña. Cientos de flechas volaron directamente hasta ella, amenazando con aniquilarla inevitablemente. Un proyectil en su pierna la hizo caer al suelo; Cristina desesperada se transformó en la bestia con la intensión de ayudar a su amiga.

-¡Déjala sola!; le ordenó Telal.

-¡La matarán!; objetó Francine.

-Puede ser, o puede ser que no; comentó Damián, quién permanecía sereno como si nada pasara. -Miren.

Las flechas caían al suelo antes de tocar el cuerpo de Ethiel, detenidas por una barrera invisible, a pesar de que ninguna de las cuatro amigas llevaba las sortijas entregadas por el señor de los ángeles caídos. Sus ojos literalmente despedían  fuego y con un total desprecio al dolor, la elfa oscura rompió la flecha clavada en su pierna. Poniéndose lentamente de pie en su mano derecha se materializó una brillante espada de llameante hoja. Presa de una gran furia Ethiel corrió contra el grupo de atacantes, mientras las flechas sin cesar rebotaban en su escudo. Sin detener su carrera con su mano izquierda hizo flotar decenas de pequeños guijarros que cayeron como una lluvia de explosivos sobre la masa de elfos claros.  Los enemigos sobrevivientes rodearon con sus afiladas espadas a la mujer, lanzándose en una formación de hojas cortantes que la mutilarían totalmente si llegasen a tocarla. Con rápidos movimientos de su espada Ethiel rompió varias hojas de las armas contrarias, para después consumir la vida de los elfos claros que tocaba con el mortífero fuego de la espada. Con solo dos enemigos vivos al frente, Ethiel hizo desaparecer su arma para enfrentarlos a mano limpia.

-¿Pero qué hace?; preguntó Mireya.

Con un suave movimiento de sus dedos, las espadas de los elfos claros se soltaron de sus manos y quedaron flotando en el aire, para ante un gesto de la elfa, cortar la cabeza de sus propios dueños.

-¡Es impresionante!; exclamó Francine cuando Ethiel volvía cojeando hasta la cabaña.

-¡Lo lograste!; la felicitó Mireya.

-Tu desempeño fue realmente patético; la reprendió Telal. -Si la flecha hubiese dado en un órgano vital, ahora estarías muerta. Demoraste demasiado en activar tu barrera.

-Es muy fácil decirlo si lo protege una armadura; opinó Cristina.

Con una dura mirada de fuego el demonio salió de la cabaña haciendo desaparecer su escarlata armadura y quedando cubierto solo por un delgado traje de tela; sin decir ni una palabra Damián le disparó a quemarropa en forma traicionera por la espalda. El fuego mágico y devastador de la espada flamífera rebotó en una resplandeciente barrera que cubrió al desprevenido demonio. Las cuatro mujeres observaban lo ocurrido con la boca abierta.

-Sus respuestas tienen que ser casi reflejas; les dijo Telal volviéndose hacia ellas con una maligna sonrisa en los labios. -Sobre todo  la generación del escudo.

-Creo que tenemos mucho que aprender; aceptó Ethiel.

-Así es, pero tenemos toda la eternidad para ello; contestó el demonio.

-Muy bien, empecemos el entrenamiento en combate; dijo entusiasmada Cristina.

-¿Combate?, ¿estás bromeando?; preguntó en forma burlona el demonio.   -Primero aprenderán a defenderse con sus nuevas barreras, luego pasaremos a otras etapas.

-Obedezcan a Telal en todo lo que les diga; ordenó Damián. -Él es uno de los mejores guerreros infernales.

-Así será Señor; respondió Mireya.

-¿Ethiel?; preguntó el demonio.

-Está bien; aceptó resignada la rebelde elfa.

-¿Cuándo volverá Señor?; preguntó Cristina a Damián.

-Cuando ustedes tengan algo bueno que mostrarme; respondió él.

De igual forma que como había llegado, Damián abandonó el campo de entrenamiento de la Tétrada Oscura, no sin antes hacerle una advertencia a Telal.

-Gánate su confianza y no las presiones tanto como para que se enfurezcan contigo. Las vi asesinar fácilmente a doscientos ángeles caídos; advirtió el demonio.

-No se preocupe Señor, no le fallaré; respondió Telal. -Y si muero, quiere decir que soy indigno de la confianza de su padre.

De una mesa el demonio tomó una manzana y se la arrojó a Mireya, quién la atrapó en el aire.

-¿Hechicera, puedes explicarnos lo que acabas de hacer?; preguntó Telal.

-¿Yo?, nada; respondió Mireya. -¿Ahh, se refiere a la manzana?

-Sí, explícalo; le pidió el demonio.

-Solo la atrapé en el aire; respondió ella.

-¿Lo pensaste o fue un acto reflejo?; continuó él.

-No lo pensé, fue un movimiento reflejo; aclaró ella.

-De igual forma deben poder activar sus barreras protectoras; explicó el demonio. -Debe ser un acto totalmente reflejo, porque si lo piensan antes de hacerlo pueden recibir un ataque mortal antes de poder defenderse.

Las cuatro mujeres miraban atentas al demonio, prestando atención a cada una de sus palabras. Inesperadamente Francine se volvió rápidamente hacia atrás, asestando un rápido zarpazo con sus garras al cuello de un enorme simio que estuvo a punto de ensartar un gran puñal en su espalda.

-A eso me refería precisamente; comentó Telal. -Sus reacciones deben ser reflejas como la de la vampiresa, en este caso. ¿Entendieron?

-Eso no es tan fácil de lograr; opinó Mireya.

-Entonces es mejor que nos pongamos a trabajar pronto; respondió el demonio. -Vamos afuera.

-Tomen esto; dijo Telal pasándole una antiparras a cada una.

-¿Y esto?; preguntó Francine.

-No quiero que queden tuertas por ser muy lentas, antes de terminar su entrenamiento; agregó él.

-Pero…; Cristina no alcanzó a terminar de hablar cuando una tupida lluvia de guijarros comenzó a golpearla.

-Auch, esto duele; reclamó Mireya.

-No lo haría si hubiesen puesto sus escudos; las reprendió Telal. -Y les advierto que en cualquier momento serán atacadas sin aviso.

-Necesito un bosque oscuro para poder meditar; comentó Ethiel. -Debo conectarme con mi naturaleza y con el entorno.

-Lo mismo yo; agregó Cristina.

-Las cuatro lo harán a solas; respondió el demonio. -La Tétrada Oscura y cada una por separado, es poderosa cuando sus instintos y reflejos controlan sus acciones; es probable que la fusión con la esmeralda las haya aletargado momentáneamente. Vayan y regresen cuando estén listas.

Las sombras que se mueven y los murmullos de los árboles era lo que la elfa oscura necesitaba para sentirse viva. Cerró los ojos y abrió los brazos, dejando que los espíritus del bosque entraran en ella. Sentía que su ser estaba desequilibrado, de igual forma como cuando empezó a vivir como Isabel; sin embargo, aprendió a centrar ambas partes con la ayuda de la noche del bosque, igual a como volvía a hacerlo en esta oportunidad. El aire entró revitalizante en sus pulmones, llenándola de la paz que tanto necesitaba; su respiración se emparejó con la respiración del bosque. Con sus ojos cerrados Ethiel pudo ver el verde resplandor de la esmeralda sagrada en su interior, interfiriendo con el normal flujo de energía entre el bosque y ella. Poco a poco los latidos de su corazón comenzaron a disminuir y su respiración a relajarse. Suaves sarcillos envolvieron la cintura de ella y la elevaron del suelo; delicadas hojas acariciaron su rostro trayéndole la calma que sentía cuando su madre la arrullaba para dormir.

La luz que venía del bosque y la que emanaba de la esmeralda comenzaron a latir juntas hasta igualar su ritmo y unificarse en un solo pulso. La verde luz de la gema creció lentamente, llenando todo el ser de la elfa oscura. Suavemente, como si se tratase de una delicada y frágil escultura, las lianas depositaron con cuidado el cuerpo de Ethiel que dormía plácidamente. Luego de un rato ella se levantó y con una mirada de paz caminó lentamente hacia la cabaña. La joven elfa oscura esa noche había nacido nuevamente, convertida en más de lo que era al principio de su vida; más de lo que cualquier elfo antes lo fue.

Siempre la luna llena la hacía sentirse segura, al igual que el sol a los humanos; esta vez no era distinto y la tranquilidad de la noche le permitía relajarse y descansar. Parada sobre una roca Cristina se quedó en silencio contemplando el plateado disco de la luna que iluminaba todo el paisaje que alcanzaba a divisar con sus dorados ojos. La luz blanca del astro bañaba por dentro a la licántropa, pero no se movía como siempre; ahora Cristina sentía una fuerte turbulencia en su interior. Cerró sus ojos y pudo ver el verde brillo de la esmeralda que recorría su cuerpo en forma caótica, llevando desorden a todos lados. Aspiró profundamente el aire fresco de la noche y vio como la luz de la luna al juntarse con la de la esmeralda se unían en un rápido remolino en el que se mezclaban ambas. Giraba y giraba rápido sin control; más despacio ahora, cada vez más lentamente el giro comenzó a volverse armónico y sereno, hasta convertirse en una suave danza de luz; una luz que la llenaba de paz interior. Con sus ojos dorados, rodeados por un brillante anillo verde, Cristina bajó del monte donde esta noche había vuelto a nacer. Ahora ya no había ninguna duda en la mente de la loba; lo comprendía todo con una sabiduría que lo abarcaba todo.

En el bosque Mireya caminaba con paso seguro, al llegar a un claro asiente con satisfacción por el lugar encontrado y extiende sus brazos; bajo su voluntad un pentagrama de fuego se formó en su centro. Este era el mejor lugar para que  la hechicera pudiese meditar. Habían pasado muchos siglos desde que Mireya formó su primer pentagrama de fuego para ponerse en armonía con las fuerzas que le daban sus poderes y ahora le producía una sensación similar a aquella vez.

Con sus ojos cerrados y sus brazos abiertos a los costados, el cuerpo de la bruja se despegó del suelo desafiando la fuerza de la gravedad. Dentro de sí pudo ver la esmeralda como un corazón latiendo en forma descoordinada. El fuego en su interior rodeaba a la joya pero no lograba tocarla. La respiración de ella se volvió tenue y serena, suave y apacible. El fuego de Mireya rozó la gema y la envolvió delicadamente, armonizando con ella su vibración; poco a poco el latido de la esmeralda se hizo monótono y lento, constante y estable. El fuego y la luz de la esmeralda se volvieron uno sol y el verde resplandor de la joya inundó todo el cuerpo de la hechicera, logrando el equilibrio que ella necesitaba.

Francine no era muy buena para los cambios, de hecho a ella le acomodaba mucho llevar una vida rutinaria, aunque de vez en cuando se salía de ella. Sin embargo, esta era una situación un tanto extrema. Reconocía que sentía miedo por no poder comprender bien lo que estaba pasando, de igual forma que sintió hace tres siglos, cuando dejó de ser humana; y de igual forma esta vez también se adaptaría. Al igual que en esa ocasión cerró sus ojos y dejó que la noche entrase en su interior. Por sus venas vio correr la roja sangre que bañaba su ser; también pudo ver la luz de la esmeralda, que no dejaba circular bien su sangre. La noche ejercía cierto influjo en ella que la relajaba y la llenaba de una sensación de paz y poder; lentamente se sentía más y más serena. Vio en su interior que una luz verde comenzaba a llenar sus venas, recorriéndola toda por dentro. Francine ahora lo entendía todo y ninguna duda ni miedo la embargaba, volviéndose una sola con la joya que brillaba en su interior.

Caminando tranquilas, pero seguras de sí mismas, las cuatro mujeres regresaron a la cabaña, donde las aguardaba Telal.

Una tupida lluvia de flechas, fuego y pequeños proyectiles las recibieron de regreso de su retiro, pero nada logró dañarlas gracias a las barreras que automáticamente aparecieron en forma refleja en torno a ellas, protegiéndolas de cualquier amenaza.

-Muy bien, lo han logrado; dijo el demonio a las mujeres. -Ahora pueden comenzar su entrenamiento.

-¿Podemos ir a desayunar primero?; preguntó Mireya. -Estuvimos toda la noche meditando.

-Vayan; autorizó el demonio.

-Me siento muy bien; comentó Isabel a sus amigas.

-Igual que yo; coincidió Cristina.

-¿Y tú Francine?; preguntó Mireya.

-El miedo ya desapareció y me siento más tranquila; opinó la vampiresa.     -¿Y tú?

-Nuevamente me siento centrada; contestó Mireya.

-Entonces ya estamos listas para comenzar nuestro entrenamiento; comentó Isabel.

-Solo déjame terminar mi café; pidió Cristina.

Mientras sostenía la taza de café, toda la cabaña se vino abajo, aplastando a las cuatro amigas bajo los escombros. Un brillante resplandor acompañó a la explosión que hizo volar todo por el aire. Con satisfacción el demonio vio a sus discípulas cubiertas por sus brillantes barreras, mientras las cuatro empuñaban poderosas espadas flamíferas.

-Las felicito, han reaccionado como se debía esperar de la Tétrada Oscura; dijo orgulloso Telal. -Pueden guardar sus espadas. Ahora que ya superaron el problema de sus defensas, ya pueden comenzar su entrenamiento en combate.

-Primero empezaremos con el uso de la espada flamífera.

-A mí me encanta pelear con espada; comentó Isabel.

-Muy bien, pero ya no quiero verte más como humana aquí; reprendió el demonio a la elfa.

-Yo ya he visto cómo se usan las espadas; mencionó Francine.

-Ver un combate es muy distinto a participar en uno; observó Telal.

-Igual yo soy muy rápida; recordó la vampiresa.

-No se trata solo de rapidez, sino de poder canalizar tu energía; corrigió el demonio. -La llama de la espada flamífera se alimenta de la propia energía de su dueño. Por otro lado, como ya lo pudieron comprobar es una de las armas más mortíferas que existe, reservada solo para ángeles y ahora para ustedes también; aclaró Telal a las cuatro inexpertas guerreras.

Cristina nunca había sentido antes en sus manos la vibración de dos espadas flamíferas chocando entre sí y Mireya nunca había usado una antes. La fuerza del golpe de Cristina hacía temblar el brazo entero de Mireya, que no parecía tener oportunidad ante la superioridad física de la licántropa, quien la tenía casi de rodillas. De pronto una negra niebla emanó del cuerpo de la hechicera y su espada comenzó a brillar con más fuerza; sosteniendo su arma con una mano, con la otra lanzó una onda de choque luminosa que hizo saltar lejos a Cristina.

La espada de la loba cambió su brillo y de ella se proyectó un intenso rayo de energía que golpeó de lleno a la bruja, chocando contra una luminosa barrera que no lo dejaba tocarla. Otro rayo salido de la espada de Mireya cortó la descarga de la espada de Cristina. La loba se hizo a un lado y casi en un pestañeo se puso frente a la bruja. Ambas espadas se golpearon varias veces, cada vez con mayor rapidez y fuerza. Los ojos de ambas mujeres eran dos hogueras en sus rostros que emanaban a cada golpe de espada.

Ethiel desde pequeña había sido entrenada en el uso de espadas, una espada flamífera no era muy distinta a cualquier otra, pensaba ella. Francine alguna vez vio a unos soldados dar una impresionante exhibición de esgrima y aun recordaba algunos de los movimientos; por otro lado, tenía la velocidad, fuerza y reflejos de los vampiros, lo que la convertía en una poderosa guerrera, según ella.

Ethiel atacó a Francine con varios golpes rápidos para hacerla retroceder y tenerla siempre en actitud defensiva, pretendiendo no dejarla tomar la iniciativa en el combate, para así cansarla finalmente. Sin embargo, la vampiresa tenía mucha fuerza y era muy rápida, con lo cual la que terminó retrocediendo en un momento fue Ethiel. Con un movimiento de su mano izquierda la elfa hizo estallar el suelo bajo Francine, haciéndola volar por el aire. Sin inmutarse ésta, desde lo alto disparó sobre la barrera de la elfa, mientras con la mano izquierda formó un torbellino de fuego que envolvió a su compañera. Golpeando ambas manos Ethiel disolvió la vorágine de llamas, disparando luego una delgada llama verde con su espada, la cual fue detenida por un rayo similar de la espada de Francine. La onda expansiva de ambas energías chocando, fue como si hubiese estallado una bomba nuclear pequeña.

-¡Suficiente!; ordenó Telal. -Detengan sus combates ahora mismo. Las cuatro amigas al mismo tiempo apagaron sus espadas de fuego y se detuvieron frente a su maestro.

-Apenas estaba entrando en calor; comentó Ethiel.

-Yo podría haber seguido peleando por siempre; pensó Mireya.

-Es entretenido; opinó Cristina.

-A mí también me gustó; dijo Francine.

-Me alegra que estén tan entusiasmadas, porque este solo es el comienzo; concluyó el demonio.

Después de descansar un poco y meditar un rato sobre las últimas enseñanzas, la Tétrada Oscura se volvió a reunir con Telal para continuar su entrenamiento en el uso de las espadas.

-¿Qué es eso?; preguntó Francine indicando cuatro estatuas que representaban ángeles con armaduras y espadas.

-Son imágenes de arcángeles y van a practicar tiro al blanco en ellas; contestó Telal.

-¿Con flechas?; preguntó Ethiel haciendo aparecer su arco en su mano.

-Claro que no, recuerden que las espadas flamíferas pueden disparar descargas de energía; corrigió el demonio.

-¿Qué gracia tiene esto?; preguntó Cristina mientras en su mano aparecía una espada y lanzaba una llama contra una de las estatuas.

-No le hizo nada; observó Mireya. -Voy a probar yo. Una densa niebla emanó del cuerpo de la bruja cuando su espada descargó su energía contra el blanco.

-Son unas niñitas; dijo Ethiel lanzando una intensa llamarada contra la estatua que tenía al frente sin lograr hacerle nada.

-Parece que son muy duras; dijo Francine con fuego en sus ojos y llamas en la hoja de su espada que volaron como un solo chorro concentrado de energía contra una de las estatuas, sin siquiera rayarla.

-Van a tener que esforzarse mucho más si quieren romper la barrera protectora de un arcángel; observó enojado Telal.

Aunque las cuatro se concentraron aumentando la intensidad de sus disparos, ninguna logró producirle daño a las estatuas.

-Están usando su fuerza normal; las reprendió el demonio. -Recuerden que ahora poseen el poder de la esmeralda sagrada. ¡Úsenlo o ríndanse!

-Parece que necesitan un estímulo especial; continuó Telal.

Cuatro poderosos chorros de fuego fueron disparados por las cuatro estatuas contra las cuatro mujeres. Sus barreras desviaron las llamas mientras sus espadas aumentaban la potencia de sus disparos.

-¡Ustedes son la Tétrada Oscura!; les gritaba Telal. -Son la fuerza demoniaca más grande que existe. No hay nada más poderoso que ustedes; las arengaba el demonio. -Demuéstrenme que Lucifer no se equivocó al elegirlas a ustedes.

Los ojos de las cuatro mujeres se llenaron de fuego y una flameante aura las rodeó. Las llamas de sus espadas se convirtieron en rayos cargados de energía que golpearon violentamente contra las barreras protectoras de los arcángeles, anulándolas totalmente. Sin nada que las protegiese de tan formidables armas, las cuatro estatuas que representaban a cuatro arcángeles se desmaterializaron en un cegador resplandor.

Telal orgulloso de su habilidad como instructor sonreía por el logro de sus discípulas.

Una formidable y gigantesca figura se hizo presente en el campo, bajo la mirada maligna del demonio.

-Destrúyanlo o las matará; ordenó Telal a las mujeres.

Sin inmutarse siquiera, dominadas por la esencia contenida en la gema sagrada, las mujeres apuntaron sus espadas contra el colosal ente. Intensos y devastadores rayos salieron de las cuatro armas, sin que ninguno lograse dañarlo; por más que aumentaba la potencia de las descargas amenazando con inflamar todo cuanto había alrededor, la criatura no se detenía.

-Las cuatro en un solo golpe; pensó Telal.

Las agudas mentes de la Tétrada Oscura percibieron el pensamiento del demonio y sin decir ni una palabra, apuntaron sus espadas a un mismo punto frente al coloso. Los rayos coincidieron formando una bola de luz que se disolvió en la forma de un impresionantemente poderoso rayo que dio de lleno en el centro del pecho de la criatura, partiéndolo en varios pedazos que se convirtieron en una lluvia incandescente de luz.

Aunque ellas no lo notaban, Telal pudo ver como las cuatro mujeres brillaban como si se hubiesen convertido en arcángeles o algo más y eso lo llenaba de satisfacción.

¡Excelente!; las felicitó el demonio. -Cada vez que combatan deben usar el increíble poder que confiere la esmeralda sagrada. Ahora ustedes son muy superiores a lo que eran antes de ser la Tétrada Oscura y deben estar conscientes y orgullosas de ello.

-Esta arma es increíble; opinó Ethiel.

-La espada es solo una manifestación del poder que existe  dentro de ustedes; explicó Telal. -Son mucho más que eso; sus poderes van mucho más allá.

-Siempre he sido muy buena peleando con mis manos; comentó Cristina.

-Igual que yo; dijo Francine sacando sus afiladas garras.

-Esa habilidad, al igual que todas las otras que poseen, se amplificaron hasta el infinito ahora que son una sola con la esmeralda; agregó el demonio. -No es el arma la que las hace poderosas, es su capacidad para trabajar en equipo en forma totalmente coordinada. Aun desarmadas sus ataques deberían ser devastadores y fulminantes, no importando el número de enemigos que enfrenten. Un ataque combinado de ustedes cuatro debe tener la capacidad de producir una destrucción masiva si así lo desean.

-Nunca me habría imaginado algo así; opinó Mireya.

-¿Cuán fuertes nos hemos vuelto?; preguntó Cristina.

-Eso debemos averiguarlo; respondió Telal.

Con un pase de la mano del demonio sobre una mesa aparecieron distintos tipos de materiales, de distinta dureza. Bajo la presión de las finas manos de las mujeres, todos los metales se torcieron y aplastaron como simple papel; con sus dedos las rocas y minerales más duros quedaron reducidos a simple polvo; el filo de los aceros más cortantes no fue capaz de atravesar sus pieles.

-¡Es realmente increíble!; exclamó sorprendida Cristina.

Un gesto más de la mano de Telal hizo que cuatro hermosas y rojas rosas aparecieran en la mesa.

-Tomen las flores; ordenó el demonio.

Una a una las cuatro mujeres intentaron tomar las delicadas flores, con igual resultado cada una de ellas. En sus dedos las suaves rosas se deshicieron bajo la presión ejercida.

-Mmm; reclamó Mireya.

-Vaya que frágiles; opinó Cristina.

-Esas son rosas comunes y corrientes; corrigió Telal. -Lo que pasa es que ustedes ahora son muy poderosas, pero no saben controlar su fuerza. La fuerza y el poder sin control no sirven de nada. Deben ser capaces de aplastar cualquier cosa con sus manos y a la vez tener la delicadeza de poder acariciar a un bebe o tomar una flor sin romperla.

-Y se supone que yo soy cirujano; opinó Mireya mirando sus manos. -Mis dedos se han vuelto torpes.

-Solo están cansadas. Tómense el día de mañana libre y vayan a pasear al campo; las autorizó el demonio.

-Hace tiempo que no voy de paseo; meditó Cristina. -Supongo que será divertido.

Al otro día, cerca de la cabaña las esperaba un prado florido, junto a un bosquecillo de árboles frutales que proporcionaban una agradable sombra y un arroyo de cristalina agua fresca, que corría en medio. Insectos y hermosas aves multicolores completaban el cuadro y llenaban el aire con sus cantos.

-Qué lindo paisaje; dijo Mireya con los brazos abiertos, dejando que la fresca brisa moviera su cabello.

-Esto es vida; opinó Ethiel apoyando su espalda en un tronco y sentándose en el suelo con los ojos cerrados.

-¡Que lindas flores!; exclamó Cristina. -Quiero una.

La joven loba se agachó a recoger una colorida flor que abría sus pétalos para ella, invitándola a tomarla. Sin embargo, al intentar cogerla, la delicada planta se rompió entre sus dedos. Cristina miró con pena la rota flor y se quedó muy pensativa.

-Antes podía hacerlo, no veo motivos para no poder ahora. Tal vez no debo tratar de juntar mucho mis dedos; meditaba ella.

Otra flor rota, y otra más, y otra, y así siguió Cristina intentando coger una sin romperla. Ella era testaruda y no se rendía, hasta que por fin…

-¡Chicas!, ¡Chicas!; llegó corriendo y gritando junto a sus amigas.

-¿Qué ocurre?; preguntó Mireya.

-¿Nos atacan?; dijo Ethiel poniéndose de pie de un salto.

-¡Oh, nada de eso!; contestó la joven. -Miren, logré tomar una flor sin romperla, claro que me costó un poco; dijo mostrando un montón de rosas rotas.

¿Y solo por eso nos asustas?; la retó la elfa.

-Cristina tiene razón; opinó Mireya. -Ella logró recuperar la movilidad fina de sus manos. Nuevamente tiene control sobre sus músculos y por tanto sobre su fuerza.

-¡Eso mismo!; exclamó emocionada Cristina.

-Entonces es solo cuestión de practicar un poco; dijo Francine estirando sus brazos y bostezando. -Voy a intentarlo.

A la vampiresa le costó solo unos cuantos intentos lograr asir una flor y no hacerla pedazos en su mano.

-Vaya, a ti te resultó mucho más fácil que a mí; comentó Cristina.

-Siempre he tenido que ocultar mi verdadera fuerza; reconoció Francine.     -Los vampiros somos muchísimo más fuertes que los humanos y para poder vivir entre ellos hay que estar siempre conscientes de cada movimiento.

-Entiendo; aceptó Ethiel. -Se puede decir que siempre has tenido que cuidarte de no romper las flores humanas.

-Por así decirlo; reconoció la vampiresa.

-Supongo que será como volver a aprender a usar el instrumental quirúrgico; meditó Mireya para sí.

-Siempre se ha dicho que no hay nada que un elfo oscuro no pueda hacer; pensó Ethiel. -No veo por qué ahora tendría que ser distinto.

Mireya ya no estaba prestando atención a Ethiel, ya que se había puesto a jugar con una ramita entre sus dedos.

-Esto no se siente tan distinto a un bisturí; pensó para sí la bruja. -Tan solo tengo que soltar los músculos de las manos. El palito se molió bajo un leve movimiento de sus dedos; sin embargo, sabía que lo podría lograr.

-Vamos Mireya, tu puedes; se daba ánimo a sí misma. -¡Eso es!; exclamó contenta cuando pudo pasar un delgado palito entre todos sus dedos sin romperlo. -Ahora probaré con una flor.

Las flores eran mucho más frágiles que la madera; prueba de ello era el montón de ellas que se acumuló junto a la bruja, hasta que finalmente, después de mucho intentarlo, logró tomar una flor entre el índice y el pulgar derecho y controlar la presión para no aplastarla.

-Ahora solo faltas tú; dijo la bruja a la elfa.

-Tremendo desafío; dijo burlona Ethiel tomando una rosa por los pétalos con toda delicadeza y sin ningún esfuerzo.

-¡Mmm!, murmulló Mireya. -Con telequinesis no vale Ethiel; dijo a su amiga.

Al perder la concentración, la flor que sostenía la elfa se rompió en varios pedazos.

-Ya me parecía sospechoso; dijo Cristina cruzando sus brazos.

-Vamos, inténtalo de verdad; insistió Francine. -Sé que puedes lograrlo.

Respirando hondo Ethiel lo intentó una y otra vez y otra y otra y otra, hasta perder la cuenta. Pero ella no era de las personas que se dan por vencidas ante el fracaso y finalmente consiguió que sus manos pudieran tomar y sostener una flor sin romperla.

Una pequeña y linda avecita se posó sobre el hombro de la elfa y ella acercó su mano para cogerla como acostumbraba hacerlo. Sus tres compañeras sostuvieron la respiración, temiendo que verían escurrir los restos del pajarito entre los dedos de Ethiel. Para su sorpresa la elfa tomó con toda su mano a la avecita y la acarició con la otra sin hacerle ningún daño. Varias aves y animalitos salieron de entre los arbustos a jugar a la luz del sol, como invitando a las mujeres a que los tomaran.

Un suave conejito se acercó a Mireya y ella con recelo al principio lo acarició y luego lo levantó en el aire y lo abrazó con mucha delicadeza sin lastimarlo.

Un tierno cachorrito de lobo se aproximó a Cristina, con mano dubitativa le acarició tras las orejas y en vista de que no pasaba nada malo, le comenzó a hacer cosquillas en su pancita y finalmente lo tomó en brazos y lo meció  como si se tratase de un bebé.

Una pequeña ardilla llamó la atención de Francine y la tomó suavemente de la rama donde se alimentaba. Dócilmente el animalito dejó que la vampiresa le diese pedacitos de nueces y la acariciara.

-Creo que este ha sido mi mejor día de campo; opinó Ethiel.

-Pienso lo mismo; agregó Cristina besando al lobezno.

-Y yo; concluyó Francine, con la ardilla parada en su cabeza.

-Volvamos a la cabaña; sugirió Mireya. -Creo que ya descansamos suficiente.

En el cobertizo de la cabaña las esperaba Telal sentado en una cómoda silla mecedora.

-¿Cómo estuvo su día de descanso?; preguntó el demonio.

-Magnífico; respondió Cristina.

-Hace tiempo que no me divertía tanto de día; comentó Francine.

-Fue realmente confortable; agregó Ethiel.

-Lo disfrutamos muchísimo; dijo Mireya tomando una rosa de la mesa y poniéndola en su cabello.

-¡Excelente!; exclamó con satisfacción el demonio por el logro alcanzado por sus discípulas.

Cada día que pasaba el control sobre las espadas flamíferas aumentaba más y más y las mujeres comenzaban a aburrirse, cansadas de la rutina.

-Bueno, ya manejan bien sus espadas; reconoció el demonio. -Es tiempo de empezar a entrenar su habilidad a mano desarmada.

-Al fin, ya estaba hasta la punta de mis orejas de tanto entrenar con la espada; dijo Ethiel.

-Y vaya que son largas; mencionó Cristina.

-No tienen nada de malo; reclamó Ethiel.

-Yo no dije que tuvieran algo de malo; respondió Cristina. -Si es que no te molesta que toquen el techo.

-Cuando te agarre te voy a llenar de pulgas, quiltra; gruño la elfa corriendo tras Cristina.

-¿Son siempre así?; preguntó Telal.

-Solo cuando están aburridas; contestó Francine.

-¡Atención!; gritó autoritario el demonio.

En seco Ethiel y Cristina se detuvieron y pusieron rígidas.

-Ya que parece que tienen mucha energía nos van a demostrar como pelean sin armas; indicó Telal.

-Hasta ahora nadie ha sobrevivido a uno de mis ataques; comentó Cristina.

-Ni a los míos; agregó la elfa.

-Nuestras manos son armas mortales; rió la loba.

-Eso lo juzgaré yo; concluyó el demonio.

-Veamos si eres tan buena con tus manos como con tus palabras; desafió Telal a Cristina. -Transfórmate.

En un abrir y cerrar de ojos Cristina dejó salir al monstruo que dormía en su interior.

-Un simple cachorro lo haría mejor que tu; la despreció el demonio. -Tienes la esmeralda en ti, libérala.

Con un fuerte gruñido los ojos de la loba se llenaron de fuego y su pelaje se cubrió de llamas, en tanto que sus garras brillaban más que el disco del sol.

-Así me gusta; rió Telal. -Quiero una bestia capaz de hacer temblar a los ángeles; dijo el demonio encendiendo su aterradora espada de fuego, la  que descargó sobre la licántropa.

Con una sola mano Cristina atrapó la hoja flamífera de la espada y la rompió en medio de una lluvia de chispas. La otra garra golpeó contra la armadura de Telal, quien si no hubiese tenido su barrera activa a su máxima potencia, de seguro habría visto el final de su eterna existencia; al mismo tiempo una llamarada lo envolvió, por donde se alejó de Cristina y apareció junto a Mireya.

-¡Excelente!, eso es lo que quiero de ti; dijo satisfecho él de sí mismo por lograr esa reacción  en la licántropa, tal vez no siendo totalmente consciente de lo peligrosa de la situación.

-Mira esa estatua de arcángel; señaló Telal. -Está protegida por una barrera igual a la real. ¡Rómpela!

Como si esa hubiese sido la orden que deseaba escuchar, la loba descargó uno tras otro varios golpes con sus garras, sin lograr dañar el escudo de la estatua. Deteniéndose un momento, Cristina asestó un único golpe hacia adelante, manteniendo la presión como si estuviese empujando algo; finalmente, su mano comenzó a acercarse más a la estatua, hasta que sus garras de fuego la atravesaron y reventaron en medio de un violento estallido que despidió luz en todas direcciones.

El orgullo que sentía Telal por lo hecho por su discípula se podía leer en su oscura mirada.

-Sí, eres la bestia más poderosa; felicitó Telal a Cristina quien lanzó un aullido triunfante al aire. El viento agitaba su cabello y el sol hacía brillar su piel mojada en el sudor típico que acompañaba al paso entre mujer y bestia y entre bestia y mujer, mientras dos hogueras danzaban en las cuencas de sus ojos.

-Supera eso; ordenó el demonio a Francine.

-No puedo; respondió ella.

-¿Qué cosa?; preguntó atónita Mireya, no dando crédito a lo que oía decir a su compañera.

-No puedo; repitió la vampiresa. -Porque no hay nadie que se pueda comparar conmigo, ni acercarse a lo que yo puedo hacer.

-¡Conque esas tenemos!; exclamó Telal. -Muy bien, ten lo que deseas.

Decenas de indescriptibles y horribles criaturas rodearon a la vampiresa. En un santiamén sus ojos se volvieron hogueras y sus garras se asemejaron a cuchillos con el brillo  del metal fundido. Un remolino de fuego se elevó y Francine desapareció. Las criaturas caían decapitadas o con las entrañas abiertas, para enseguida arder en llamas.

La vampiresa se detuvo un momento y elevó sus brazos; un torbellino de fuego bajó del cielo y envolvió a varias criaturas, reduciéndolas a cenizas. Francine llevó sus manos a la cabeza y varias criaturas más gritaron de dolor y cayeron sin vida. Finalmente no quedaban más de diez rivales de ella y se puso frente a ellos, abriendo sus brazos. Las criaturas se iluminaron y sus figuras comenzaron a temblar, como la llama de una vela, hasta convertirse solo en luz que fue totalmente absorbida por el cuerpo de la vampiresa.

Telal asentía satisfecho con una sonrisa en los labios.

-¿Te divertiste?; preguntó el demonio a la vampiresa.

-Bastante; contestó Francine con la expresión más malvada que podía en su rostro.

Una sonrisa maligna se dibujaba en los labios de la Tétrada Oscura, que empezaban a tomar consciencia de lo que realmente significaba haberse fusionado con la esmeralda sagrada que contenía la esencia de Lucifer.

El fuego llenó las órbitas de los ojos de Mireya, cuando su báculo convertido en una brillante vara de fuego se materializó junto a ella y tomándolo en alto unas nubes incandescentes comenzaron a formarse en el cielo, de las cuales cayó una fuerte lluvia de fuego que convirtió el paisaje en un páramo quemado, sin ninguna muestra de vida. Luego de su mano surgió una ráfaga de viento blanco que congeló el anteriormente humeante campo quemado, estallando luego en una metralla de cristales de hielo que al caer nuevamente produjo profundas heridas en el suelo, acabando con toda forma de vida.

-Una elegante muestra de devastación; comentó Telal satisfecho.

Ethiel tomó un manojo de sus flechas y las arrojó con fuerza al aire; cientos de líneas luminosas rajaron el firmamento convirtiéndolo en fuego líquido que comenzó a caer como gotas de ácido que perforó toda la tierra. El suelo comenzó a temblar violentamente y pocos minutos después se fracturó en varios puntos distintos, por los que salió fuego y lava que avanzó cubriéndolo todo. El cielo se despejó nuevamente y un sol benevolente abrazó el páramo devastado; la tierra se cicatrizó de sus heridas y la brisa se llevó las cenizas. Pequeñas hojas crecieron por doquier y la vida volvió a nacer ahí, donde hace un momento solo había muerte. Ethiel bajó sus brazos y miró a Telal.

-Es increíble lo que has podido hacer; dijo el demonio. -Te has convertido en una fuerza de destrucción y de vida.

-¡Resulta tan fácil!; exclamó Ethiel. -Solo es cosa de dejarse llevar; la voluntad se convierte en realidad.

-Solo falta probar una cosa; meditó el demonio.  -¿Cómo son sus poderes combinados en un solo golpe?

Un golpe de las manos de Telal y todo delante de ellos se volvió opaco, como si una hoja de papel se pusiera por delante. Mireya miró con curiosidad al demonio.

-He puesto una barrera de energía diez veces más resistente que la de un arcángel; explicó Telal. -Quiero que traten de romperla.

Coordinadamente sin decir ni una palabra, las cuatro extendieron su brazo derecho. Un incandescente chorro de fuego salió de cada uno de ellos, coincidiendo los cuatro en un único punto, fusionándose en un solo rayo de incalculable energía, que golpeó la barrera creada por Telal y la atravesó como si no estuviera allí.

-¡Sorprendente!; pensó el demonio en voz baja.

¿Les molesta si aumento la resistencia a cien veces la de una barrera normal?; preguntó él.

Una sonrisa en los labios de Cristina fue la única respuesta. El golpe del rayo encontró la misma oposición que la vez anterior; absolutamente ninguna.

-Probemos una tercera vez; dijo Telal a las  mujeres.

Esta vez la barrera desprendía cierto resplandor. El rayo disparado por ellas chocó contra la pared de energía sin lograr dañarla. Una leve mirada entre las cuatro mujeres bastó para que se pusieran de acuerdo. Rodeadas de una densa niebla negra, aumentaron su esfuerzo; esta vez la barrera estalló en cientos de destellos de luz, elevando un viento huracanado que golpeó violentamente el rostro del demonio.

-¡Un millón más poderosa que la barrera de un arcángel! y la han roto con facilidad; pensó para sí.

-Estoy muy orgulloso de ustedes y complacido por sus logros; las felicitó Telal.

-No pensé que conocería a un mejor maestro que mi padre; dijo Ethiel tomándole la mano en forma de agradecimiento.

-Usted nos ha guiado en forma sabia; reconoció Mireya.

-Sus palabras me honran; respondió Telal ante sus discípulas. -Para finalizar tengo un obsequio para ustedes. Ante un gesto de la mano del demonio, las cuatro mujeres quedaron vestidas con impresionantes armaduras ligeras de color negro.

La Tétrada Oscura había terminado su entrenamiento en un lugar creado especialmente parta ellas, fuera del tiempo y del espacio.

Una gran llama surgió del suelo y de ella asomó Damián.

-Mi Señor; saludó respetuoso Telal al hijo de Lucifer.

A modo de saludo en un único movimiento coordinado, la Tétrada Oscura quedó formada frente al poderoso demonio, sin mover ni un músculo si él no lo ordenaba.

-Veo que ha cumplido a cabalidad si misión Telal; reconoció Damián. -Y no murió en el intento.

-La Tétrada Oscura se ha convertido en la fuerza más poderosa de todo cuanto existe, Señor; respondió con orgullo el demonio.

-Estamos listas para obedecer todas sus órdenes; dijo Ethiel.

-Estoy orgulloso de ustedes; respondió Damián. -Mi padre se sentirá honrado de contar con tan formidable fuerza en sus filas.

-El honor es para nosotras; respondió Mireya, con sus ojos en llamas.

-Ya pueden abandonar este lugar; indicó Damián.

-¿No teme que nos detecten?; preguntó Cristina.

-Ustedes ya no tienen nada que temer; explicó Damián. -Además  si lo desean, pueden volver totalmente indetectables sus poderes y la esencia de la esmeralda.

 

 

Tétrada Oscura – Capítulo N° 3 – Conspiración 22 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 3

Conspiración

-Seguro mi papá sufriría un ataque si me viera haciendo estas labores de dueña de casa; pensó Isabel mientras lavaba el montón de loza sucia que había en la cocina. Los niños hace una hora se habían acostado y  Tomás como siempre se las ingenió para acostarse y dejarla con todo el aseo.

-Listo, un vaso de bebida y a descansar; se dijo Isabel sacando un paquete de galletas de la alacena y llenando un  largo vaso de refresco, que se partió en su mano cuando lo atravesó una flecha que alcanzó a esquivar justo antes de que diera en su cara. Con un rápido movimiento se puso a cubierto bajo una mesa mientras tiraba las galletas contra la ampolleta, dejando la cocina a oscuras.

Tendiendo la mano la flecha clavada en la pared comenzó a vibrar y voló hasta su palma.

-¡Un elfo claro!; dijo furiosa para sí.

Por la cocina no podía salir y la entrada principal de la casa tampoco era buena idea, las habitaciones también eran peligrosas; la única salida que se le ocurrió fue la pequeña ventana del baño. Con todas las luces apagadas salió de la cocina, justo cuando dos flechas más se clavaban en la pared.

-Debo recordar agrandar esta ventana; pensó Isabel mientras salía por ella, con la única idea de alejarse lo antes posible de su casa y de su familia. No se detuvo en mirar para atrás mientras las puertas y ventanas quedaron cubiertas por dentro con gruesas enredaderas; la casa quedaría sellada mientras ella se encargaba de su atacante.

Una flecha se clavó en un árbol junto a ella justo cuando pudo ingresar al bosque que había junto a la ciudad. Afortunadamente estaba nublado y la foresta se extendía oscura, ocultando su huida. Otra flecha la pasó rosando peligrosamente cerca; definitivamente su cabello rubio era un verdadero tiro al blanco para quién trataba de matarla. Sin detenerse su apariencia y vestimenta se volvieron oscuras, confundiéndose con las sombras del bosque, al tiempo que tomaba una rama rota, que en su mano se convirtió en el mortífero arco de un elfo oscuro.

Un suave impulso en su carrera elevó a Ethiel entre las ramas de los árboles, ocultándola de su perseguidor. Con sus oídos y oscuros ojos recorrió  los alrededores y dónde ellos le indicaron hizo volar una negra flecha que habría abatido a cualquiera que estuviese frente a ella; pero esta vez su enemigo era otro elfo. Girando en el aire el atacante esquivó la flecha y antes de caer al suelo disparó una de las suyas hacia Ethiel, quien la eludió saltando de la rama donde estaba parada.

Frente a frente ambas criaturas del bosque se acechaban mutuamente. El cabello desagradablemente claro de él a Ethiel le hacía ponerse de peor humor del que ya estaba; mientras que él trataba de penetrar en los negros ojos de profunda oscuridad de ella. En sus manos sus respectivos arcos se convirtieron en afiladas espadas ansiosas de chocar entre sí.

-¿Por qué te has atrevido a romper la paz entre nuestros pueblos?; preguntó Ethiel girando la espada entre sus dedos.

-¿Acaso ahora los elfos oscuros prefieren hablar en vez de pelear?; respondió el elfo claro. -¿O tal vez tienes miedo?

Ethiel podía soportar cualquier cosa menos que la trataran de cobarde. Avanzando lanzó varios golpes con su espada a su insolente enemigo. Sin embargo, él resultó ser tan ágil y rápido como ella.

Aunque de madera, el golpe de ambas armas hacía retumbar el bosque entero con un tono metálico. Ni el mejor de los aceros forjado por los humanos podía imitar siquiera el filo y resistencia de las espadas elfas, que ahora chocaban en una frenética danza mortal. Hacía siglos que Ethiel no se enfrentaba a un rival que valiese la pena hasta ahora y eso la emocionaba mucho.

Con el rabillo del ojo la elfa vio como una piedra comenzaba a temblar bajo las órdenes de su contendor.

-Eres demasiado lento elfo claro; opinó Ethiel haciendo volar la piedra contra su enemigo, el que la rechazó con su espada. -Al menos reconozco que eres bueno con el arco y la espada.

Los movimientos de la elfa oscura eran tan sigilosos que el elfo no se percató de nada hasta que sus manos y pies fueron enrollados por flexibles lianas que lo dejaron completamente inmóvil.

-Nunca ustedes podrán igualar nuestro control sobre la naturaleza; dijo burlona Ethiel a su prisionero. -Ahora habla, ¿por qué trataste de matarme?

-Pierdes tu tiempo basura oscura, no sabrás nada por mí; respondió el elfo.

-Mmm, veamos si aprieto un poco aquí y estiro por aquí a lo mejor te convenzo de confesar; dijo la elfa moviendo su mano y haciendo que las muñecas de su oponente fueran sometidas a una intensa presión y sus brazos y piernas dolorosamente estirados.

-Deberías saber que los elfos claros no cedemos ante la tortura. Puedes hacerme lo que quieras; respondió el elfo a Ethiel.

-¡Francine!, por favor ven enseguida a dónde estoy yo; dijo la elfa oscura al aire.

-¿Con quién hablas?; preguntó el elfo claro.

Aunque todos los elfos estaban acostumbrados a ver cosas más allá de lo común y corriente, no dejó de sentirse sorprendido cuando se formó un círculo brillante frente a él, por el cual apareció una joven mujer humana.

-¿Qué tienes aquí Ethiel?; preguntó Francine.

-Esta porquería trató de matarme; explicó la elfa. -Quiero saber por qué.

-¿Por qué no me cuentas tus secretos?; preguntó Francine al elfo.

-Pierdes tu tiempo; respondió él seguro de sí mismo.

-¡Vaya!, eres un chico rudo; opinó la vampiresa. -Veamos cuánto.

Como si caminara por una casa de muchas habitaciones, Francine comenzó a penetrar dentro de la mente del prisionero.

-¿Por qué tu pueblo rompió la paz con el mío?; volvió a preguntar Ethiel.

-Ningún otro elfo claro está involucrado; respondió el elfo a pesar de su intento de resistencia.

-¿Por qué trataste de matar a Ethiel?; preguntó Francine.

-Se me ordenó hacerlo; contestó el prisionero.

-¿Por qué a mí?; preguntó la elfa.

-Hay órdenes de matarlas a las cuatro; contestó el elfo.

Francine y Ethiel se miraron sorprendidas.

-¿Por qué?; preguntó a su vez la vampiresa.

-Porque juntas son una fuerza difícil de contener y que a la larga estorbaría cualquier intento de cambiar el equilibrio de poder; confesó el prisionero sin poder resistir la influencia de la mente de Francine que doblegaba su voluntad.

-¿Quién dio la orden?; preguntó Ethiel.

-No lo sé; respondió con gran esfuerzo el elfo.

-Confiesa; presionó más la vampiresa sobre su mente. -No puedes resistirte.

-La orden la dio…; el prisionero no logró responder ya que en medio de un agudo grito se envolvió en llamas que brotaron desde su interior, reduciéndolo a cenizas en pocos segundos.

¡Francine!, lo mataste; reclamó Ethiel frustrada porque su prisionero estuvo a punto de confesar para quién trabajaba.

-No fui yo; se defendió la vampiresa. -Alguien  más impidió que siguiera  hablando. Alguien tan poderoso como para matar a distancia.

-Debemos avisar a las otras inmediatamente; opinó la elfa.

Francine fue lanzada bruscamente al suelo tras recibir un violento golpe por la espalda.

Instintivamente Ethiel se volvió con la espada en la mano lista para combatir.

-¡Déjate ver o te mato inmediatamente!; ordenó la elfa alzando una de sus manos.

Una poderosa onda de choque impactó a Ethiel; sin embargo ésta no alcanzó a tocarla, gracias a la barrera protectora que formó su anillo.

-¿Quién diablos se atreve a golpearme por la espalda?; preguntó furiosa Francine con los ojos rojos de rabia, mientras sus suaves manos se transformaban en letales zarpas.

¿Estás bien?; preguntó Ethiel a su compañera.

-Lo estaré en cuanto le arranque el corazón al que me pegó; contestó ella.

-Es necesario atraparlo con vida para interrogarlo; recordó la elfa a la impetuosa vampiresa.

-Ya lo encontré; dijo Francine lista para cazar a su agresor.

-No te confíes mucho, parece ser poderoso; aconsejó Ethiel.

-Pierde cuidado; respondió Francine desapareciendo al correr tras su víctima.

El hombre en el bosque sabía que el viento que de improviso se había levantado no era normal; sin embargo, no podía detectar su origen. Ante la duda, con sus manos descargó varias andanadas de ondas de choque en caso de que planeasen atacarlo por sorpresa. Él estaba plenamente consciente de su gran poder y aunque le habían advertido de que sus objetivos eran un hueso duro de roer, sabía que podría con ellas.

Después de unos minutos de barrer todos los alrededores con sus golpes, el viento desapareció tan rápido como había surgido. Satisfecho de sí mismo el brujo sonrió en su interior.

No se podría saber bien qué fue más fuerte; el golpe que lo arrojó a diez metros de distancia o la sorpresa que sintió al verse lanzado por el aire o la impresión al sentir como afiladas garras se hundían dolorosamente en su hombro derecho.

-Agradece que mi amiga quiere interrogarte; dijo Francine sobre la espalda del brujo, sin sacar sus garras de él. -Si no te habría sacado ya el corazón.

Concentrando su voluntad, a pesar del terrible dolor que sentía en su hombro, desde el suelo el hombre logró generar un chorro de fuego en el aire que envolvió a la vampiresa, la que para su desagradable sorpresa se cubrió con una barrera que impidió que las llamas la tocaran.

Dispuesto a lanzar otro ataque inmediatamente el hechicero alzó ambas manos. Su grito de dolor desgarrador se escuchó por todo el bosque, cuando dos afiladas ramas le perforaron ambas manos y las ataron tras su espalda.

-Eres muy ingenua si piensas que sin mis manos no puedo dañarlas elfa; respondió el brujo.

-¡Cállate!; ordenó Ethiel a su prisionero.

El brujo no alcanzó a pronunciar ni una palabra cuando varias ramas y hojas le rodearon la boca, tapándosela como si fuesen una mordaza que le impedía hacer uso de su voz.

-Muy bien, ahora vas a contestar todas nuestras preguntas; ordenó Francine al hombre.

En ese preciso instante el suelo comenzó a temblar con fuerza.

-Algo grande se aproxima; advirtió Ethiel. -Salgamos de aquí.

El hechicero se sonrió burlón de las ingenuas y torpes mujeres, pensando que sería liberado pronto.

Francine y Ethiel juntas tomaron del brazo al prisionero cuando un gran tronco chocó contra la barrera de los anillos de ambas. Frente a los tres se abrió un portal que los sacó del bosque, alejándoles por el momento de los atentados en su contra.

A través del pentagrama en el suelo la elfa oscura y la vampiresa, junto con su prisionero a rastras, se materializaron en el sótano de la bruja.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó Mireya ante la inesperada llegada de sus compañeras.

-Eso es lo que tenemos que averiguar; dijo Ethiel arrojando al suelo al prisionero. -Este idiota y un elfo claro trataron de matarnos.

-¿No se supone que esos elfos son relativamente pacífico?; preguntó Cristina.

-Sin embargo tenía órdenes de asesinarnos a las cuatro; agregó Francine.

-¿Quién te mandó?; preguntó enojada Cristina y la verdad es que no era para menos.

La mordaza que el prisionero tenía en su boca cayó al suelo, dejándolo en libertad de hablar.

-¡Contesta!; ordenó Ethiel.

Sin decir nada y con una sonrisa burlona en sus labios, una espesa niebla oscura empezó a emanar del cuerpo del hechicero.

-Ni siquiera lo intentes; advirtió Mireya, formando un anillo de fuego en torno al cuerpo del brujo, con las llamas de las antorchas. -O te quemo ahora mismo.

-Solo matándome podrán salvarse; rio triunfante el hombre. -Pero si lo haces no podrán averiguar nada.

El tipo tenía razón, no podía arriesgarse a matarlo. Primero tenían que averiguar quién podía mover asesinos sobrenaturales en su contra.

En eso pensaban todas cuando el caldero empezó a hervir con fuerza y una columna de humo se elevó, la que después de un rato se materializó como el conocido demonio de ellas.

-¡Mi señor!; saludó Mireya, sorprendida de ver aparecer sin aviso a Lucifer.

-Se te hizo una pregunta brujo; ordenó el demonio. -¡Contéstala!

-No tengo por qué contestarte; respondió altivo el hechicero. -Quién quiera que seas.

-¡Osas desafiar al señor de los ángeles caídos!; exclamó con los ojos en llamas y con una voz que hizo temblar las paredes y el piso.

-No reconozco tu autoridad; lo desafió el insolente brujo.

-Por lo general no me involucro en estos asuntos, pero no tolero que una sabandija insignificante me falte el respeto; habló furioso el poderoso demonio.

-No te mataré, pero personalmente torturaré tu alma por el resto de la eternidad, en cuanto la tétrada termine contigo.

-¿Quién quiere acabar con la tétrada?; preguntó Ethiel a punto de perder la paciencia.

Una vez más del cuerpo del hechicero comenzó a brotar la niebla negra, en un aviso de que se disponía a atacar.

-¡No en mi presencia insolente!; gritó furioso Lucifer. -Todos tus poderes se acaban aquí y ahora; dijo mientras una luz cubría al brujo.

Mostrando una gran debilidad y cansancio, el hombre cayó de rodillas al suelo al serle arrancada su esencia sobrehumana.

-Ahora es todo suyos, averigüen todo lo que sabe; ordenó el demonio, sentándose en un trono de piedra negra que apareció junto al altar.

-No tengan ninguna compasión con él, recuerden que quieren matarlas; mandó Lucifer a la Tétrada Oscura.

-¿Cuántos asesinos hay tras nosotras?; preguntó Mireya.

-No lo sé; contestó el prisionero, bajo el control mental de Francine. -Por lo que entiendo se reunió a un grupo diverso para el trabajo.

-¿Cuál es la naturaleza de ese grupo?; preguntó Cristina.

-No son humanos, si eso quieres saber; respondió el brujo.

-¿Quién está detrás de todo esto?; preguntó Ethiel.

-No lo sé, a mí me contactó otro brujo; respondió el prisionero. -Pero a alguien le escuché el nombre de Athatriel.

El nombre quedo resonando como el eco de una campana en la mente del demonio. Rápidamente Lucifer se puso de pie ante un nombre que hace miles de millones de años no escuchaba.

Las cuatro miembros de la tétrada estaban atónitas por la expresión de sorpresa en el rostro del más poderoso demonio.

-¿Quién es Athatriel, mí señor?; preguntó respetuosamente Mireya.

-Es alguien de quien no creí volver a saber nunca; respondió Lucifer.  -Cuando yo y mis seguidores nos revelamos a la voluntad de nuestro padre, había un ángel especialmente rebelde y soberbio, incluso más que yo; a tal punto que se opuso a mi padre y a mí al mismo tiempo, negándose a aceptar cualquier tipo de autoridad u orden, no importando de dónde proviniera. Ante semejante insolencia, entre ambos lo condenamos por toda la eternidad a una existencia fuera del tiempo y del espacio. Sabíamos que algunos de sus seguidores habían logrado escapar y ocultarse de nosotros, pero hasta ahora no habíamos tenido ninguna noticia de sus actividades.

-¿Qué es lo que pretenden?; preguntó Ethiel al prisionero.

-Eliminarlas para que no puedan impedir la liberación de Athatriel; contestó fatigado el brujo.

-Debe ser un chiste; opinó incrédulo Lucifer ante la inocencia casi infantil del prisionero. -Esa prisión no puede ser abierta por nadie. Ni Dios ni yo podemos hacerlo por separado; solo combinando nuestros poderes es posible lograrlo.

-Igual podemos destruir el mundo que él creó y tú gobiernas; dijo insolente el brujo.

-Decirlo es más fácil que hacerlo; respondió Francine con los ojos rojos de rabia.

-Puede que así sea, pero por último eliminaremos a las perritas falderas de este pobre diablo; continuó el prisionero mirando a Cristina.

Con los ojos luminosamente dorados Cristina estaba perdiendo la paciencia.

-Creo que ya hemos escuchado suficiente de esta basura; sentenció Lucifer. -Cristina, Francine, la cena está servida.

Cristina no se hizo esperar, cambiando su forma se abalanzó sobre el brujo, cerrando sus terroríficas fauces en su carne, al mismo tiempo que Francine clavaba sus garras en su pecho y sus afilados colmillos en su garganta. Aunque Mireya y Ethiel habían visto muchísimas veces a Cristina matar como licántropa, nunca antes la habían visto alimentarse y realmente no era un espectáculo muy agradable, así es que prefirieron mirar directamente a Lucifer y hablar con él.

-El asunto es sorprendente hasta para mí; comentó el demonio. -Aunque Athatriel fue encerrado en lo que se podría llamar una cárcel de alta seguridad, varios seguidores suyos en La Tierra se mezclaron con humanos, surgiendo varios semidioses, los cuales se han ocultado entre los humanos, para tratar de romper el orden establecido por mí. Por lo visto ahora se están alzando en contra de ustedes, ya que son la encarnación de mi autoridad sobre el mundo.

-¿Cuán poderosos son los enemigos?; preguntó Mireya.

-Bastante, ya que son descendientes de ángeles caídos y su mezcla con humanos da resultados maravillosos; comentó el demonio. -Además existe la probabilidad, aunque remota por las consecuencias que tendría para ellos, de que intervinieran directamente algunos ángeles caídos seguidores de Athatriel.

-¿Y eso sería malo para nosotras?; preguntó Ethiel.

-En la antigüedad, en las primitivas culturas, a ellos les llamaron dioses; aclaró Lucifer.

-Esto no me gusta nada; dijo Cristina preocupada.

-En todo caso ustedes tienen el poder suficiente para derrotar a los hijos de los ángeles rebeldes del tercer bando; dijo el demonio. -Respecto a los ángeles directamente, sus anillos las protegerán de sus ataques; sin embargo, ustedes no tienen forma de lastimarlos a ellos.

-No puedo creer que seres espirituales deseen asesinarnos; meditó Mireya.

-Eso quiere decir que les tienen miedo y las consideran una amenaza para sus planes; opinó con cierto orgullo en la voz el demonio.

Una gran llamarada surgida en el pentagrama grabado en el piso llamó la atención de las cuatro mujeres. Desde el centro del fuego mismo salió caminando un hombre relativamente joven, elegantemente vestido y de educados modales.

-Padre, ¿por qué has solicitado mi presencia?; preguntó el recién llegado.

-Hijo se ha detectado actividad de los ángeles caídos seguidores de Athatriel; contó el demonio.

-Por favor explícame padre; pidió en forma muy educada el recién llegado.

-Hace pocas horas hubo dos intentos de asesinato contra la Tétrada Oscura, Damián; explicó Lucifer.

-¿Padre, hijo, Damián?; preguntaron las mujeres.

-Mmm; meditó un rato Mireya. -El Anticristo.

-En persona hechicera; respondió el hombre.

-Hijo deseo que apoyes y coordines las actividades de la Tétrada Oscura; solicitó Lucifer.

-¿Qué significa exactamente eso?; preguntó Ethiel.

-Quiere decir que de ahora en adelante ustedes están bajo mis órdenes; respondió Damián.

-Eso no estaba en el trato; replicó Cristina.

-Tampoco estaba en los planes la intervención de un  tercer bando de ángeles; respondió Damián.

-¿Por qué deberíamos trabajar para usted?; preguntó Francine.

-Porque nos beneficiaríamos mutuamente; agregó Lucifer. -Verán, nosotros no podemos intervenir directamente.

-Pero ustedes nos ayudan a contener esta rebelión antes de que crezca y yo pongo todos los recursos disponibles a su servicio para detener a los que quieren matarlas; continuó Damián.

-En el fondo todos nosotros tenemos los mismos enemigos; explicó Lucifer.

Mientras hablaban con las cuatro mujeres, ambos demonios sostenían una conversación privada fuera de la percepción de todas, incluso de la de Francine.

-Hijo es necesario que te encargues de que la tétrada encuentre la esmeralda de mi corona; ordenó Lucifer.

-¿Crees que sea prudente?; preguntó Damián. -Recuerda que se nos ha prohibido intentar recuperarla.

-Por eso mismo la Tétrada Oscura lo hará; continuó Lucifer.

-En el caso de que la encontraran; continuó argumentando Damián. -Si ellas no son compatibles con la energía de la esmeralda morirán inmediatamente.

-¡Que así sea entonces!; respondió Lucifer.

-Pero si son compatibles, ¿tienes claro lo que eso implicaría?; preguntó Damián a su padre.

-Ilústrame hijo, ya que parece que tu si lo sabes; respondió el antiguo demonio

-Su poder aumentaría a un nivel igual o incluso superior al de un arcángel; concluyó Damián.

-En ese caso no sería culpa nuestra que ellas, en defensa propia terminaran matando a los ángeles de Athatriel; sonrió para sí Lucifer.

-¿Y si se vuelven en contra nuestra?; quiso saber Damián.

-Para evitar eso debes ganarte la fidelidad de la Tétrada Oscura; respondió el señor de los demonios.

-Supongo que me puedo acostumbrar; dijo Cristina mirando de arriba abajo a su nuevo jefe.

-Si usted lo ordena no hay problema por mí; respondió Mireya.

-¡Está bien!, si eso nos ayuda a acabar con los asesinos; aceptó Ethiel.

-Apoyo a “Campanita”; opinó Francine mirando a la elfa.

-¿Quieres probar a esta hadita?; contestó Ethiel poniendo la punta de su cuchillo en el cuello de la vampiresa.

-¡Cálmate!; ordenó Mireya.

-Ella empezó; se defendió Ethiel.

Francine se resguardó detrás de Mireya y le sacó la lengua a la elfa, burlándose de ella.

-¿Padre estás seguro de que ellas son la fuerza infernal más poderosa?; preguntó el demonio, observando el infantil comportamiento de las mujeres.

-Definitivamente hijo; respondió Lucifer. -Cuando combaten juntas su poder y coordinación de equipo  las vuelven imparables.

-Entonces debemos trabajar en un ambiente más apropiado y controlado que este; propuso Damián.

-Procede como lo estimes conveniente; autorizó su padre desapareciendo de la presencia de todos.

-Bueno, si ya terminaron de jugar, acompáñenme a mis oficinas; ordenó el representante de Lucifer en La Tierra.

-Pero que tipo más aburrido; opinó Ethiel.

-Concéntrense que se están jugando la vida en esto; observó el demonio.

-Nuestros enemigos lo tienen más que claro; dijo la elfa con su arco en una mano.

-Muy bien, cuento entonces con la estratega de las sombras; le respondió Damián.

Desde el piso en medio del salón subterráneo se elevó una gran llama que danzaba como en cámara lenta.

-Por favor acompáñenme; ordenó el demonio entrando primero en el fuego.

Tras él, una a una las cuatro mujeres cruzaron a una nueva etapa de su vida. Una etapa incierta, con un destino no claro ni definido, en una lucha por sobrevivir.

Definitivamente el lugar donde llegaron era todo lo contrario a lo que esperaban encontrar. No había ni oscuridad, ni fuegos eternos que llenaran el aire con olor a azufre, como lo describían las narraciones alegóricas; ni lamentos de tormentos sin fin de condenados a un suplicio por toda la eternidad.

-No es como lo imaginaba; comentó Mireya en medio de una elegante oficina finamente decorada.

-Nunca crean todo lo que lean de los demonios; observó Damián.

-Me encanta este estilo de vida; opinó Francine, recorriendo el amplio y cómodo despacho.

-¿Aquí organizaremos nuestras estrategias?; preguntó Ethiel poco convencida.

Mirando de pies a cabeza  a la elfa Damián pasó una de sus manos frente a ella en el aire.

-Así está mejor; opinó el demonio frente a la rubia mujer vestida con un elegante traje de dos piezas.

-No está nada de mal; pensó Isabel observando su tenida en un espejo.      -Me gusta este traje, gracias.

-Señorita, ¿podría por favor prepararnos unos tragos?; pidió Damián por intercomunicador.

-Con permiso señor; dijo una joven mujer vestida como la típica secretaria de un importante ejecutivo.

Sin prestar mayor atención a las cuatro mujeres, la secretaria se dirigió a un pequeño bar de fina madera de ébano y preparó cinco copas de licor.

-¿Lo desea flameado señor?; preguntó educadamente a su jefe.

-Sí, por favor; respondió él en forma muy cortés.

Con toda naturalidad la mujer pasó su mano sobre las cinco copas, inflamando su contenido.

-¿Su secretaria es una bruja?; preguntó Mireya.

-¿Bruja?; preguntó la mujer como si hubiese sido ofendida, extendiendo dos impresionantes alas de fuego, ante un gesto de autorización de Damián. Encendiendo una intimidante espada flamífera se aproximó a Mireya.

-Creo que no pretendió ofenderla; la detuvo el demonio.-No es una bruja, es un ángel caído que trabaja para mí.

-Uno de los muchos que servimos a Lucifer y a su representante en La Tierra; dijo la mujer entregando una de las copas a su jefe.

-Me disculpo; dijo humildemente Mireya, entendiendo que se estaban moviendo en otro nivel de influencia; en la clase alta, por así decirlo.

-Aquí vamos a averiguar las identidades de los asesinos que están tras ustedes y nos adelantaremos a ellos; explicó El Anticristo. -Síganme por favor; pidió a las mujeres.

Ante ellas había una gran sala llena de computadoras, pantallas y mapas que mostraban distintas imágenes, como noticieros. Varios técnicos y operadores estaban pendientes de los monitores, bajo la vigilancia de un severo señor que supervisaba el trabajo de todos.

-Esta es la Tétrada Oscura; presentó Damián a las mujeres al jefe de su personal. -Debemos identificar y localizar a los asesinos enviados a matarlas, por los seguidores de Athatriel.

-Muy bien señor; contestó el hombre.

-Según nuestro monitoreo, en La Tierra hay doscientos ángeles caídos de Athatriel y un  número indeterminado de seguidores, debido a que su actividad hasta ahora ha sido de bajo perfil.

-Los dos asesinos que han dado la cara hasta ahora son un elfo claro y un brujo; contó Isabel que lucía su forma humana, ya que le gustó el traje que le obsequió el demonio. -Antes de morir el brujo confesó que lo había contactado otro brujo para el trabajo.

-Podemos empezar por ahí; opinó el ejecutivo, haciendo una señal a uno de sus analistas.

-Existen cinco brujos que no han demostrado ningún tipo de actividad dedicada a nosotros; indicó el hombre. -No se ha podido establecer en forma clara a quien sirven; es como si tratasen de mantenerse ocultos.

-Ese es el brujo que trató de matarnos; observó Francine ante una fotografía.

-Atrapen a los otros brujos para interrogarlos; ordenó Damián.

-Comiencen un rastreo inmediatamente de ellos; ordenó el coordinador.

-Tal vez si les ponemos una carnada podríamos atraparlos; meditó Cristina.

-Y cuando lleguen por su víctima nosotros los atrapamos; concluyó el coordinador.

-Es importante atrapar al mayor número posible de sus colaboradores; opinó Damián.

-¿Por qué no tratamos mejor de capturar a los ángeles de Athatriel?; preguntó Francine.

-Porque sus poderes están muy por debajo de los de un ángel caído; observó la secretaria de Damián.

-Ella tiene razón, es mejor que ustedes se ocupen solo de sus colaboradores; opinó el administrador.

-Yo me puedo ofrecer de carnada; pensó Cristina. -No creo que esperen alguna trampa. Claro que tienen que estar listos para ayudarme.

-No te preocupes, nosotros no permitiremos que sufras daños; la tranquilizó el coordinador.

-Lo decía por mi atacante; aclaró Cristina. -Si ustedes se demoran mucho es probable que tenga que matarlo.

Las nubes movidas por el viento ocultaban la luna llena que intentaba colar su luz blanquecina en el gran parque en el medio de la ciudad. A esa hora ya no había ningún paseante, por lo que Cristina podría cazar tranquila, ya que sentía un gran deseo de comer carne humana esa noche. Caminaba despacio, olfateando el aire, la respiración agitada, la piel mojada en sudor. A su agudo olfato llegó el aroma inconfundible de comida; su boca se llenó de saliva y sus ojos se volvieron hermosa y siniestramente dorados.

Su presa no tenía ninguna sospecha del destino que le aguardaba, simplemente se paseaba plácidamente por el solitario parque, disfrutando de la tranquilidad de la soledad en la noche. Cristina hizo un gran rodeo, ocultándose entre los árboles para tomar a su víctima por sorpresa.

La joven dejó que la bestia que habitaba en su interior, saliese en total libertad a la superficie. El hombre solo sintió el golpe en la espalda que lo lanzó boca abajo al suelo y la gran presión que lo aplastaba.

Hay cosas que uno no espera, ni cree que puedan ocurrir y cuando ocurren, por lo general provocan un momento de inactividad mental y desconcierto paralizante. Precisamente eso es lo que ocurrió a Cristina cuando se encontró tirada de espaldas en el suelo, al ser rechazada por su presa con un violento y poderoso movimiento de sus brazos. Rápidamente la licántropa se puso de pie, con los pelos del cuello erizados por la descarga de adrenalina.

-¡Sorpresa loba!; dijo el hombre de pie y con los puños cerrados. -Prepárate para morir.

Cristina no se hizo de rogar y lanzó un rápido zarpazo a la cara del extraño hombre, golpe que esquivó fácilmente y devolvió una fuerte patada  al pecho de la licántropa. La loba estaba totalmente desconcertada; nunca había conocido a un hombre más fuerte que ella y que además pudiese golpearla en su forma de loba. Furiosa se lanzó nuevamente al ataque, asestando un tremendo puñetazo en la cara del extraño; sin embargo, para su pesar no le hizo ningún daño.

El intercambio de golpes ya habría matado a cualquier otro ser, menos a ellos, que parecían dos titanes luchando. Sin ninguna idea mejor, la loba dio un traicionero rodillazo entre las piernas a su rival; cuando él se dobló de dolor ella asestó un duro puñetazo en el rostro del hombre, dejándolo tirado en el suelo. Exhausta la bestia abrió sus fauces, dejando escapar un largo aullido a la luna que asomaba su disco entre las nubes.

Su grito de victoria se vio interrumpido cuando una llama negra la envolvió completamente. De entre los matorrales apareció el brujo que intentaba calcinarla.

-A pesar de todo tu esfuerzo igual morirás en mis manos; dijo el hechicero.

-Yo no estaría tan segura; opinó Mireya lanzando una poderosa onda de choque contra el brujo, arrojándolo aparatosamente al suelo.

Antes de que pudiese ponerse de pie, las pequeñas hojas del césped crecieron formando una irrompible mortaja entorno a él.

-Tenemos al segundo; comentó Ethiel mirando el bulto que se retorcía en el suelo.

-Y también atrapamos a este bruto; agregó Cristina con una mano en su tórax y un labio partido y con cara de dolor que no pasó desapercibida por Mireya.

-Parece que te dieron una buena golpiza; observó Mireya alumbrando los ojos de Cristina con una pequeña luz.

-Ese tipo resultó increíblemente fuerte, casi me mata en mi otra forma; contestó la joven aun sin poder creerlo. -Aahhg, eso dolió; se quejó cuando Mireya la tocó en el costado.

-Tienes una costilla rota; observó la bruja.

-Y si no hubiese sido por la barrera me habría quemado viva el brujo; pensó Cristina mirando su anillo.

-Volvemos ahora; avisó Ethiel cuando se elevó una llamarada desde el suelo.

-Atrapamos a dos prisioneros; informó Mireya cuando se materializó en el centro de control de las actividades del Anticristo. -Un brujo y este tipo que no sé qué es pero fue capaz de herir a la loba.

-Mmm; observó el coordinador. -Es un híbrido entre ángel caído y humano.

-Yo me encargaré de ella; dijo la secretaria de Damián, tocando a Cristina en un hombro.

-Ya no me duele; observó la licántropa.

-Déjame ver; pidió Mireya.

-¡Tu costilla está soldada!; exclamó al revisar a Cristina. -Y las heridas de tu rostro también han desaparecido.

-Si fuiste seriamente lastimada en tu forma de bestia por un híbrido, imagina lo que habría sido capaz de hacerte un ángel caído, que es muchísimo más fuerte y poderoso; comentó la secretaria.

-Pueden ir a descansar unas horas; las autorizó el coordinador de operaciones.

Cristina se tendió en un cómodo sofá que estaba en una acogedora sala de descanso y después de un rato se  quedó profundamente dormida.

-Dejemos que descanse; opinó Francine. -La pobre la pasó mal.

-Me cuesta creer que a pesar de su fuerza la hayan golpeado tanto; comentó Ethiel.

-Estoy preocupada por lo que pueda pasar; razonó Mireya. -Los seguidores  de Athatriel se van a volver cada vez más difíciles de contener.

-Y estaremos juntas esperándolos; agregó Francine.

La puerta de la sala se abrió  y por ella entró Damián.

-Bien hecho muchachas, hicieron un excelente trabajo; las felicitó el demonio.

-Pero Cristina casi no la cuenta; observó Mireya.

-Pero demostraron que nada las puede detener cuando actúan juntas; las alabó él.

-Mireya y Ethiel, si lo desean pueden ir a ver a sus familias; sugirió Damián.

-¡Mi familia!, la dejé encerrada hace casi dos días; recordó Ethiel.

-La verdad es que han pasado dos meses en el mundo de los humanos; explicó Damián.

-¡Dos meses!; exclamó sorprendida Mireya.

-Sí pero ellos quedaron suspendidos en el tiempo y hasta ahora en sus sueños han estado viviendo una vida normal con ustedes; agregó el demonio.

-Francine puedes ir dónde lo desees; ofreció él.

-Gracias, pero aquí estoy bien; contestó ella.

Damián se sentó en el respaldo del sofá y comenzó a acariciar la cabeza de la dormida Cristina.

-Realmente la misión se complicó un poco; meditó el demonio. -La próxima vez se encargarán mis ayudantes de ella.

-¿Qué significa eso?; preguntó Isabel.

-Quiere decir que no me arriesgaré a que algo les pase; respondió él. -Tú y Mireya tienen hijos y mi padre no me perdonaría si algo le pasara a Francine y a mí no me gustaría arriesgar a Cristina.

-No me gusta que peleen mis batallas; respondió Isabel.

-Ustedes no están capacitadas para enfrentar a híbridos o a ángeles caídos; opinó Damián. -Y tengan por seguro que en algún momento decidirán intervenir. Sin embargo, tal vez exista una manera de lograr incrementar sus poderes.

-¿De qué forma?; preguntó Francine.

-Encontrando la esmeralda de la corona de mi padre; pensó Damián. -Sin embargo, será difícil conseguirla.

-¿Y por qué no han intentado ustedes recuperarla?; preguntó Francine.

  -Porque al momento de ser expulsado mi padre y sus ángeles, se nos prohibió todo intento de buscarla; contó Damián. -Porque ella contiene la esencia de todos los poderes de Lucifer. Y se llegó, después de una larga guerra, al trato de que a nosotros se nos permitiría actuar con libertad sobre los humanos a través del libre albedrío de ellos; siempre y cuando no intentásemos recuperar la esmeralda.

-¿Pero si lo hacemos nosotras bajo sus órdenes no será como si ustedes hubiesen roto el pacto?; preguntó Mireya.

-No les estoy dando ninguna orden al respecto, solo les estoy contando una vieja historia; aclaró el demonio. -Además este lugar se encuentra fuera del mundo de los humanos y no puede ser vigilado desde ninguna dimensión.

-¿Valdrá la pena?; meditó Francine.

-Si los ángeles caídos nos atacan, no podremos proteger a nuestras familias; comentó Isabel. -Mis hijos son híbridos y si los atacan no estaré yo para defenderlos.

-Ya entiendo, ustedes piensan en defender a sus familias; opinó Francine.   -En cambio yo no tengo a nadie, ya que soy huérfana hace más de tres siglos. Sin embargo, las apoyaré en todo lo que decidan.

-Gracias hermana; contestó Mireya. -Sabía que podríamos contar contigo en todo.

-La decisión es de ustedes; aclaró Damián.  -Pero deben tener claro que no tendrán nuestra ayuda; estarán solas en esto.

-Por ahora deseo que ustedes tres vayan a estar unos días con sus familias y después lo conversen bien entre las cuatro; pidió el demonio a Mireya, Isabel y Cristina, que hace un rato había despertado. -Si lo deseas puedes salir también; dijo a Francine. -Eso sí, no digan a nadie lo que está ocurriendo; ordenó Damián a la Tétrada Oscura.

Hacía tiempo que Cristina no estaba realmente cerca de sus padres y decidió pasar una semana con ellos. Los días los usaron en recordar viejos tiempos y contar distintas anécdotas; eran muchos los años que debían recuperar. Esa semana coincidió con una luna llena y aprovecharon la oportunidad para salir a cazar los tres juntos, cómo lo hacían cuando ella era una adolescente aún; al final de la cacería los tres aullaron juntos para la luna.

Isabel por su parte se dedicó a regalonear a su esposo e hijos y a jugar lo más que pudo con ellos.

En cuanto a Mireya, usó sus días para estar junto a su familia, sin hacer nada en particular; solo disfrutó de su compañía.

Francine se hallaba sola en el mundo y decidió quedarse en el centro de operaciones de Damián. Durante unos minutos estuvo meditando si realmente quería esto para ella. Por tres siglos fue solo la mucama de unos ricos y no había más emoción en su vida que preocuparse de que nada faltara a su señora; sin embargo, ahora era parte de algo que realmente parecía importante. Personalmente se sentía importante y que los demás de verdad la necesitaban. Ahora tenía a las hermanas que siempre deseó. Se sentía valiosa, importante y querida. Definitivamente esto era para ella.

A las dos horas de haber salido, Cristina, Mireya e Isabel se reunieron nuevamente con Francine, a la que saludaron efusivamente. A la joven vampiresa le sorprendió tan grande muestra de cariño por parte de sus amigas por solo dos horas de separación, pero después recordó que el tiempo pasaba mucho más rápido fuera de ese lugar.

-Bueno creo que debemos tomar una decisión; comentó Cristina.

-Si los que están tras nosotras actúan como una mafia, es de esperarse que quieran matar a nuestros seres queridos  también; opinó Mireya.

-A mí lo único que me interesa es proteger a mi familia; dijo Isabel cambiando el color de sus ojos.

-La mía se desenvuelve como una manada, por lo cual se puede proteger a sí misma; opinó Cristina.

-¡Pero mis hijos no!; exclamó Mireya. -Ellos solo son humanos.

-Como yo lo veo; comentó Isabel. -La única forma de salvar a mi familia es matando antes a los asesinos.

-Y solo se podrá si somos más fuertes que ellos; opinó Francine.

-Yo voto porque busquemos esa piedra y que pase lo que tenga que pasar; dijo decidida Isabel.

-Yo opino lo mismo; apoyó Mireya.

Cristina se paseaba en silencio sin decir nada. -Supongo que es lo más sensato; comentó.

-Está decidido, hagámoslo; concluyó Francine.

-¿Pero dónde debemos buscar?; preguntó Isabel.

-Alguna vez escuché una leyenda de que cuando Lucifer se reveló contra su padre, al perder la guerra en el cielo fue arrojado de él y la esmeralda que portaba su corona se desprendió y estrello contra La Tierra, haciéndola cambiar la posición de sus polos; contó Mireya.

-¿La leyenda habla de algún lugar en particular?; preguntó Cristina.

-Dicen algunas tradiciones que cayó en el Polo Norte; continuó la bruja.

-Eso está bastante lejos; observó Isabel.

-No tanto, recuerda que dije que se invirtieron los polos; aclaró Mireya. -Lo que antes era el Polo Norte, ahora  es el Polo Sur.

-Creo que voy a necesitar un abrigo; opinó Cristina.

-Parece que las cuatro necesitaremos abrigos; comentó Isabel.

-¿Me pueden explicar?; pidió Francine.

-Si la interpretación es correcta, la esmeralda cayó en algún lugar de la Antártida; aclaró Mireya.

-Nos tomará una eternidad hallarla; opinó Francine.

-Sin contar que podemos morir congeladas rápidamente ahí; pensó Cristina.

-Yo no; intervino Francine. -Pero estoy acostumbrada al calor.

-La Antártida es demasiado grande; meditó Mireya. -¿Cómo la encontraremos?

-Es posible que la capacidad de rastreo de los anillos nos pueda ayudar; opinó Isabel.

-Tal vez, pero no pretenderás que la recorramos completa; objetó Cristina.  -Mide trece millones de kilómetros cuadrados.

-Y si nos perdemos, en cien metros podríamos morir congeladas; agregó Mireya.

-No podemos buscar a ciegas; opinó Francine. -Es inconcebible el solo imaginarlo.

Damián entró en eso en la sala donde estaban las mujeres discutiendo qué hacer.

-¿Qué decidieron mis amigas?; preguntó amistosamente. -¿Irán a tratar de  recuperar la esmeralda sagrada?

-Si es que no morimos en el intento; comentó Isabel.

-¿No se consideran suficientemente poderosas?; preguntó el demonio.        -Ustedes lo pueden todo; las animó.

-Si las leyendas son reales, la piedra se encuentra en algún lugar de la Antártida; intervino Cristina. -Y caminar a ciegas en ese lugar sería un suicidio hasta para nosotras.

-En eso tienen razón; aceptó Damián.

-¿Entonces cómo lo podríamos hacer?; preguntó Mireya.

-La esmeralda se encuentra exactamente bajo la superficie de la Antártida, en un sistema de gigantescas cavernas; explicó el demonio.

-¿Qué distancia deberíamos recorrer antes de llegar hasta la entrada de las cavernas?; preguntó Cristina.

-Diez kilómetros; contestó el demonio.

-¡Diez kilómetros!, en medio de la nieve a varios grados bajo cero; exclamó sorprendida Isabel.

-Es lo más cerca que se puede para que no detecten la intrusión; explicó Damián.

-Vamos a necesitar equipo especial para ese clima tan extremo; opinó Mireya.

-Aparte de ropa muy gruesa; agregó Francine.

-Eso y más este regalo; dijo Damián entregando una hermosa pulsera de oro a cada una de las mujeres. -Las protegerán del frío extremo; sus anillos, por otro lado, las guiarán hasta la entrada de la Tierra Hueca y una vez dentro, hasta la piedra.

En un solitario aeródromo de Tierra del Fuego se había reunido un nutrido grupo de científicos que cargaba distintos equipos de investigación en un gran avión todo pintado de blanco, en el que ya habían subido un vehículo para la nieve, también blanco. Junto al avión se detuvo una caravana de autos negros que escoltaban a un pequeño vehículo de pasajeros.

-Pensé que esto era secreto; comentó Mireya.

-Y lo es; respondió Damián. -Ocultas a la vista de todos en una expedición científica.

-Cuando suban al avión estarán solas; avisó el coordinador de operaciones a las mujeres. -No tendrán ninguna forma de comunicarse con nosotros. Solo podrán abrir un portal cuando tengan la piedra y no deben materializarse directamente en nuestra base.

-Confío en que todo saldrá bien; dijo Damián a la tétrada. -No hay nadie más capacitado que ustedes para esta misión.

-Gracia señor; respondió Mireya. -No le fallaremos.

-Tenga café caliente para cuando regresemos; pidió Isabel.

-Por favor cuídense y buena suerte; deseó el demonio a las cuatro mujeres, mirando directamente a los ojos a Cristina y dedicándole una sonrisa.

La Tétrada Oscura abordó el avión, el que encendió inmediatamente sus motores camino al continente blanco.

-Huuyy, el jefe te coqueteó; dijo Francine haciéndole cosquillas a Cristina.

-Nada de eso, es solo que es muy amable con todas; se defendió ella.

Isabel miraba con curiosidad el vehículo todoterreno que las llevaría a través de diez kilómetros  de hielo, nieve y frío. -¿Cómo serían los hijos de una mujer lobo y el hijo de Lucifer?; preguntó en voz alta para sí misma, bromeando a costa de Cristina que estaba roja de vergüenza.

-Mejor concentrémonos en nuestra misión; sugirió Mireya. -Descansemos un rato mientras podamos.

El viaje duraría unas cuantas horas, que las cuatro aprovecharon para dormir un poco, ya que les esperaba una jornada muy dura.

-En quince minutos llegaremos a nuestro destino; las despertó la voz del piloto por altoparlante. -Prepárense para el descenso.

-Es mejor que nos pongamos la ropa aislante; sugirió Isabel tomando una bolsa con su nombre.

Después de un rato las cuatro estaban completamente equipadas, vestidas con gruesos trajes aislantes de frío color blanco, antiparras y mascarillas.

Dos mecánicos hacían una última revisión del vehículo para nieve.

-¿Vamos a aterrizar luego?; preguntó Cristina.

-¿Quién dijo que vamos a aterrizar?; preguntó el técnico.

-Sí, para seguir por nuestra cuenta; agregó la bruja.

-No vamos a aterrizar; contestó el otro técnico.

-¿Y cómo vamos a descender entonces?; preguntó Isabel.

-El vehículo va a ser lanzado con paracaídas junto con ustedes; respondió el otro.

-¡Oh, no!, nada de eso; respondió Cristina girando rápidamente.                   -No cuenten conmigo, me da miedo.

-¿Dónde crees que vas?; preguntó Mireya, mientras ella e Isabel la sujetaban de un brazo cada una y la arrastraban hacia el carro todoterreno.

-Vamos, no seas tan cobarde; la retó Francine. -Imagínate que es un ascensor solamente.

-Un ascensor de dos kilómetros y sin freno; respondió Cristina mientras Isabel le acomodaba los cinturones de seguridad.

-Descenso en treinta segundos; sonó la voz del piloto por altavoz.

Las compuertas del avión se abrieron bajo el vehículo, dejándolo caer al vacío. A los pocos segundos los paracaídas se abrieron frenado el descenso sin control. Cristina tenía los ojos fuertemente cerrados, afirmando las manos de Mireya e Isabel; Francine permanecía tranquila como si esa caída fuese algo sin importancia.

Con un leve zamarreo el vehículo tocó el congelado y blanco suelo. Francine sentada en los controles soltó los paracaídas y encendió el motor, poniendo en movimiento el carro.

-Muy bien, estamos a nueve y medio kilómetros de nuestro objetivo; indicó la vampiresa. -En menos de una hora estaremos ahí.

Como quince minutos después las luces del vehículo temblaron y se apagaron, lo mismo que el motor, quedando el carro inmóvil.

-¿Por qué nos detenemos?; preguntó Cristina.

-No hay electricidad; informó Francine. -Voy a revisar el sistema eléctrico.

Después de un rato la vampiresa sacó la cabeza de entre los cables. -La batería está totalmente descargada; informó Francine.

-Mi reloj se detuvo; observó Mireya, que deseaba ver la hora.

-Y el mío; agregó Isabel.

-Lo mismo que el mío; observó Cristina.

-¡Qué raro!; opinó Mireya.

-Tiene que haber sido un pulso electromagnético; supuso Francine.

-Supongo que quieren asegurarse de que nadie se acerque a la esmeralda; pensó Isabel.

-¿A qué distancia estamos?; preguntó Cristina.

-Cinco kilómetros; respondió Francine.

-Tendremos que seguir a pie; opinó Mireya.

-Se está levantando viento blanco; observó Cristina. -Mejor nos amarramos una a la otra para no perdernos; dijo ella afirmando una cuerda a la cintura de Mireya y otra a la de Isabel.

El viento al soplar levantaba una tupida cortina de nieve que impedía ver a más de unos cuantos centímetros. Si no hubiese sido por los bastones con punta y porque Francine y Cristina forzaban al máximo sus sobrehumanas fuerzas, les habría sido imposible avanzar.

A través de sus guantes aislantes se podía ver el brillo de sus anillos, que les indicaban la dirección que debían seguir para llegar hasta la esmeralda sagrada.

-Llevamos apenas doscientos metros y estoy cansada; se quejó Mireya.

-Tenemos que tratar de aguantar; dijo Isabel también reflejando agotamiento en su voz.

-Traten de no hablar; aconsejó Cristina.

Después de interminables minutos de castigo, la ventisca amainó dando paso a un increíblemente azul cielo despejado.

-Guau; exclamó Francine. -Nunca había visto un cielo así de azul.

-Se supone que la entrada a la Tierra Interior debería estar cerca; dijo Mireya mirando su anillo. -Pero todo se ve completamente liso.

-No creo que el jefe se haya equivocado; opinó Cristina.

-Huuumm; murmuró burlona Isabel.

-Tiene que estar por aquiiiii…; comentó Francine mientras caía por un profundo agujero que estaba oculto por la nieve, arrastrando consigo a sus compañeras que estaban unidas a ella por las cuerdas de vida.

Si no hubiese sido por las barreras protectoras generadas por las sortijas, solo Francine habría sobrevivido a una caída de más de cien metros.

-Creo que la encontramos, dijo Cristina mirando a su alrededor.

-¡Esto es asombroso!; exclamó Isabel, admirando el frondoso bosque de grandes árboles que se extendía frente a ellas y el sonido inconfundible de un río que llegaba hasta sus agudos oídos.

-Aquí hay un microclima que ha permitido la proliferación de vida vegetal al menos, en esta gigantesca caverna; supuso Mireya.

-Será más fácil buscar la esmeralda que si hubiese nieve y viento; opinó Francine.

-Empecemos entonces; dijo Cristina moviendo su mano en distintas direcciones, hasta que su anillo se iluminó.

-¡Por ahí!; exclamó Mireya poniéndose en movimiento hacia la dirección que indicaba su anillo.

-Espera; la detuvo Francine. -No vestidas así; le advirtió mientras se despojaba de su gruesa ropa térmica.

La señal las guiaba hacia el río, pero debían cruzar el bosque para llegar a él.

Después de bajar la pequeña colina donde se encontraban, se hallaron frente al límite de la foresta. A cada paso que Isabel daba, su apariencia cambiaba totalmente; inmediatamente Ethiel se puso al frente de la caravana, dejándose  guiar por sus instintos y finos sentidos. El piso era firme y el bosque se veía verde y sano, libre de todo signo de contaminación o daño humano.

Sin percatarse Mireya pisó una rama que, como su fuese un animal la comenzó a envolver entera, mientras grandes hojas crecían cerca de su cabeza, acercándose peligrosamente a ella.

-Es una planta carnívora; advirtió Ethiel. -No muevas ni un músculo o te apretará más hasta reventarte; explicó la elfa mientras levantaba su afilada espada y la dejaba caer en la mortífera mortaja que envolvía a su compañera. Las ramas rotas cayeron al suelo retorciéndose y secándose inmediatamente.

-Eso estuvo cerca; opinó Mireya. -Gracias amiga.

-No te preocupes; contestó la elfa. -Pero debemos ser más cuidadosas aquí.

El  exuberante bosque que no obstante era poseedor de una gran belleza, no estaba carente de grandes peligros. Aunque aún no habían visto a ningún animal, Ethiel estaba convencida de que tenía que haberlos.

Francine caminaba distraídamente admirando el paisaje, muy distinto de su natal París; por mirar para atrás no se percató de la gigantesca tela de araña en la que se enredó.

-¡Puag, que pegajoso!; exclamó ella mientras trataba de librarse de la red que la aprisionaba. Los movimientos de la vampiresa atrajeron la atención de la dueña de la trampa. Asustada Francine trataba desesperada de soltarse, pero cada movimiento que hacía la enredaba más.

-No me puedo librar; dijo la joven vampiresa llorando y con mucho miedo en la voz.

-Quédate quieta; ordenó Mireya. -Mientras más te muevas más te vas a enredar. Una llama brotada del báculo de la bruja derritió la telaraña, dejando en libertad a su presa.

-No es necesario que expliques nada; dijo comprensiva Cristina poniendo una mano en la espalda de Francine, mientras ésta secaba sus lágrimas.

-¿Aracnofobia?; preguntó discretamente Ethiel a Mireya.

-Me da la impresión de que sí; respondió ella. -En todo caso no me habría gustado sentir loa colmillos de esa araña; comentó la bruja.  A propósito, ¿notaste el tamaño que tenía?

-Sí era del porte de un gato; respondió Ethiel.

-Espero que no tengamos más sorpresas como esa; pensó Mireya.

Al poco rato la señal de los anillos las llevó hasta la orilla del río que corría apacible cerca del límite del bosque.

-¡Cuidado!; susurró Cristina. -Junto al río hay un enorme oso.

Instintivamente casi, la joven dejó salir a la bestia que habitaba en ella.

-Espera, no le hagas daño; intentó detenerla Ethiel, pero ya era muy tarde y la loba se abalanzó sobre el gigantesco animal; sin embargo, el oso se paró en sus dos patas traseras, alzándose tres metros y medio, con lo que aun con sus dos metros de alto, la licántropa parecía pequeña a su lado.

De un golpe el oso derribó a la loba, lo que la hizo enfurecer aún más.

-Tranquilízate; le pidió Ethiel a la loba. -Ese  oso solo defiende su territorio. Déjame manejarlo a mí.

Con los ojos como fuego la licántropa miró a la elfa oscura y poco a poco se fue calmando, hasta que recuperó su forma humana.

El animal estaba fuera de control y arremetió contra las mujeres, pero varias raíces se enredaron en sus patas, logrando detenerlo. Entre sus manos Ethiel tomó un poco de agua del río y la ofreció al oso; sus compañeras la observaban con un nudo en la garganta.

-Tranquilo, nadie te va a hacer daño; dijo Ethiel acercando lentamente las manos al hocico del animal. -Todo va a estar bien; nosotras solo queremos pasar por aquí.

Lentamente, con desconfianza al principio, el gran oso aceptó el agua que le ofrecía la extraña mujer.

-Buen chico; dijo la elfa acariciando suavemente la cabeza del oso.

Comprendiendo el error que había cometido, Cristina tomó un poco de miel que encontró en el hueco de un árbol y lenta y humildemente la puso a los pies del animal y se alejó sin darle la espalda y con la mirada en el suelo. Entendiendo el gesto el oso aceptó la miel que la otra mujer le estaba obsequiando.

-Ya podemos continuar; informó Ethiel a sus compañeras.

Un rugido de dolor estremeció el bosque cuando una afilada flecha se clavó en una pata del gran animal.

-Es una flecha de elfo claro; gritó furiosa Ethiel. -Nos han seguido; dijo parada junto al oso para cubrirlo con su barrera de energía. Aunque la verdad no sabía si eso serviría.

Varias flechas negras volaron hacia el lugar de donde había surgido el proyectil que había herido al pobre oso.

Una bola negra se elevó de la mano de la bruja y voló entre los árboles, llevando muerte en su interior. Envuelto por un enjambre de insectos negros que lo picaban por todos lados, entre gritos de desesperación salió corriendo el elfo que disparó contra el oso. Furiosa Ethiel cargó una negra flecha en su arco y con calma, como disfrutando el momento, la hizo volar hasta la frente de su blanco, asomando su punta por la parte trasera de su cabeza.

Una llama de fuego negro voló hacia la elfa oscura, pero fue detenida por otra similar salida del báculo de Mireya. Mientras los dos brujos combatían entre sí, Ethiel elevó ambas manos al aire; a los pocos segundos el fuego que intentaba contener Mireya cesó repentinamente, justo cuando un alarido se escuchó entre los árboles. El brujo no se alcanzó a dar cuenta cuando varias ramas atravesaron su cuerpo en distintas partes.

-Déjame ayudarte amiguito; dijo Ethiel retirando la flecha de la pata del oso. -Ese malvado no te volverá a hacer daño; le dijo al animal mientras ponía una hoja sobre la herida, formando una venda con ella.

De pronto el suelo comenzó a temblar bajo los pies de las cuatro mujeres.

-¿Pero qué es eso?; preguntó Mireya.

-Algo muy grande aparentemente; opinó Francine.

Los hechos le dieron la razón a la vampiresa. Un gigantesco coloso de cuatro metros de alto y puro músculo llegó corriendo hasta donde ellas estaban.

Cristina se transformó instantáneamente en la bestia, mientras Francine de un salto se elevaba hasta la altura del gigante y asestaba un tremendo puñetazo en su mandíbula.

Una potente onda de choque lanzada por Mireya derribó al gigante de espalda; oportunidad que la licántropa aprovechó para lanzarse sobre él, descargando sus garras sobre el pecho del coloso.

La elfa no perdió ni un segundo para cubrir al monstruo con una lluvia de flechas.

Cuando todas creían que el gigante yacía  sin vida, éste se levantó y arrancó las flechas de su cuerpo y botó a Ethiel de un golpe en un hombro; la elfa oscura yacía inconsciente en el suelo. Levantando su enorme pierna el coloso pretendió aplastarla, cuando dando un rugido el gran oso lo abrazó por la espalda y lo levantó en el aire, cerrando sus brazos en un poderoso abrazo que trituró todas sus costillas. Agónico el colosal hombre no pudo detener la mano de Francine que cruzó dos veces su garganta, desgarrándola y acabando con su vida.

El oso se acercó a la caída Ethiel y lamió su rostro hasta que ella logró abrir sus ojos.

-Yo también te quiero; dijo la elfa abrazando el ancho cuello del animal.

-Pensé que te perderíamos; dijo Francine, contenta de ver a su compañera con vida.

-Gracias a esta noble criatura no ocurrió; opinó Ethiel sentándose en el suelo.

-Tu hombro está dislocado; dijo Mireya revisando a la elfa.

-Es cierto; asintió Ethiel, tomándolo con la otra mano y acomodándolo con fuerza, con el crujido característico de huesos rosándose.

-Aay, que valiente; opinó Cristina ayudando a su amiga a ponerse de pie.

Inesperadamente el gigantesco oso se iluminó y convirtió en una esfera de luz verde que se quedó flotando en el aire frente a las cuatro forasteras. Con un rápido impulso la luz se dirigió hacia un claro donde había una especie de cráter.

-Es la esmeralda sagrada; comentó Mireya, quien no entendía lo que acababa de pasar.

La esfera luminosa se elevó un poco más y desapareció completamente.

-¡La encontramos!; exclamó emocionada Francine.

En medio del cráter semienterrada había una gran e intensamente verde esmeralda, la cual radiaba una deslumbrante luz que iluminaba todo alrededor.

De una mochila Mireya sacó una caja metálica en la que con mucho cuidado depositó la preciada joya perdida.

-La tenemos ya; dijo Cristina. -Salgamos de aquí.

Frente a la Tétrada Oscura se formó un círculo de luz por el cual atravesaron las cuatro mujeres; las recibió el frío viento marino de Tierra del Fuego, siguiendo las instrucciones del  coordinador de la misión, de no transportarse hasta la base del representante de Lucifer en La Tierra.

Una intensa llama negra envolvió a la Tétrada cuando un brujo descargó toda su energía contra ellas. A través de la barrera que las protegió pudieron ver como una multitud sin límite de elfos claros, gigantes y otros extraños seres se acercaban rápidamente hacia ellas.

-Listas o no muchachas, debemos pelear como nunca lo hemos hecho; dijo Francine sacando sus afiladas garras.

El arco de Ethiel estaba listo para disparar su carga de muerte, mientras la bruja se rodeaba de una densa niebla oscura y Cristina convertida en la bestia perforaba el aire con un agudo aullido.

Una tras otra la elfa oscura lanzó sus flechas al aire derribando a un enemigo con cada una de ellas; en las actuales condiciones no se podía desperdiciar ningún recurso.

Primero un fuerte viento cruzó entre los atacantes, que se convirtió pronto en un silbido que se volvía cada vez más agudo y que finalmente estalló en un gran estruendo que retumbó por todos lados. Los cadáveres cubrían una gran extensión de terreno y Francine jadeaba con los ojos rojos como brasas incandescentes y sus brazos llenos de sangre hasta los codos.

La barrera protectora de la loba brillaba a su máxima intensidad, cubriéndola contra la incesante lluvia de flechas que la acribillaban, mientras lanzaba grandes peñascos que aplastaban gran cantidad de enemigos.

Mireya comenzaba a agotar su fuego mágico que hacía arder a varios atacantes.

Una lluvia de proyectiles cayó sobre la posición rival cuando la elfa oscura bajó de un golpe la mano que había levantado miles de guijarros del piso.

A pesar del gran estrago causado en la horda de seguidores de Athatriel, su número era mortíferamente mayor que el de la Tétrada Oscura y la energía de ellas comenzaba a disminuir y mostraban signos de fatiga.

Sin que nadie pudiese preverlo, una flecha de elfo claro perforó la caja que contenía la esmeralda sagrada. La punta del proyectil logró enterrarse en la gema, la que ante la mirada de horror de las mujeres se partió en varios pedazos.

-¡Está rota!; gritó Mireya con la voz entrecortada.

Los trozos de la fracturada piedra comenzaron a brillar y a vibrar violentamente, saltando hacia las mujeres, que fueron heridas en distintas partes de su cuerpo por los fragmentos de cristal, quedando tiradas en el suelo mientras un verde resplandor las envolvía y desaparecía luego dentro de ellas.

Francine apoyó sus manos en el suelo y levantó su cabeza mirando a sus compañeras. En sus ojos pudo ver las mismas extrañas llamas que ellas vieron en los suyos.

Lentamente las cuatro lograron ponerse de pie. Con una mano en el aire Ethiel elevó cientos de guijarros que incandescentes cayeron como pequeños explosivos, haciendo volar despedazados los cuerpos de una cantidad difícil de precisar de enemigos.

Las fauces de la loba se abrieron para dejar escapar un aullido que hizo temblar la tierra y el cielo y ante cuyo golpe decenas de enemigos cayeron sin vida.

La vampiresa corrió veloz entre los aterrorizados sobrevivientes que quedaban, para volver enseguida junto a sus compañeras. Tras ella cientos de cadáveres marchitos como hojas secas, quemadas por el sol del verano, se deshacían en polvo.

Los pocos atacantes que restaban con vida se lanzaron furiosos contra las cuatro mujeres; en forma casi refleja la bruja extendió sus brazos descargando una onda de energía tan intensa que vaporizó todo cuanto tocó.

Después de horas, o tal vez de solo minutos, todos aquellos que pretendieron asesinar a la Tétrada Oscura yacían convertidos en cenizas o polvo que el viento austral se encargó de limpiar.

-¿Qué fue lo qué ocurrió?; preguntó Mireya, mirando los ojos de fuego de sus compañeras.

-No lo sé; contestó Ethiel.  -De pronto me sentí cargada de una tremenda energía.

-Y yo; agregó Francine. -¿Qué fue lo que hice? Sentí que absorbía la vida en sí de todos, no solo su sangre, también se energía vital.

-¿Y la esmeralda?; preguntó Cristina, viendo vacía la caja rota que la contenía.

-No lo sé; respondió la bruja. -Estoy tan confundida como ustedes.

-¿Por qué me miras tanto?; preguntó algo incómoda Francine a la elfa.

-Tus ojos están extraños; dijo ella.

-¿Qué tienen de extraños?; preguntó la vampiresa.

-Tienen fuego en ellos; explicó Ethiel. -Los ojos de todas ustedes tienen fuego en su interior.

-También los tuyos; observó Mireya.

-¿Qué nos está pasando?; preguntó Cristina llevándose las manos a la cara.

-No lo sé; fue la inútil respuesta de Mireya, que estaba tan inquieta como sus amigas.

Su meditación se vio interrumpida por un cegador resplandor que cubrió todo el campo de batalla.

-Esto aún no acaba; dijo Cristina ante la imponente visión de los doscientos ángeles caídos seguidores de Athatriel que se involucraban abiertamente en la batalla, ante el inesperado giro que habían tomado los acontecimientos, sin importarles ser descubiertos.

Doscientos robustos guerreros con alas de fuego las enfrentaban, portando una devastadora espada flamífera cada uno de ellos.

La elfa empuñó firme su espada y recorrió el nuevo escenario con su mirada de fuego, avanzando temerariamente hacia los nuevos enemigos.

-Espera. No podrás con ellos; intentó detenerla Francine.

-Tal vez mi destino sea morir aquí; respondió corriendo decidida contra aquellos que podrían tratar de lastimar a sus hijos.

Sin inmutarse, ni preocuparse mayormente, dos ángeles caídos apuntaron sus espadas contra la valiente pero irreflexiva elfa oscura. Dos formidables chorros dorados de fuego chocaron contra la barrera de Ethiel, sin poder detener su decidido  avance.

-¡Es increíble!; exclamó Cristina. -La barrera de su anillo logró parar esa tremenda energía.

-No lo creo; dijo Mireya recogiendo algo del suelo. -No lleva su anillo; indicó la bruja mostrando la sortija de Ethiel que se había roto en la anterior batalla.

-¿Pero entonces de dónde salió ese escudo que la está protegiendo?; preguntó incrédula Francine.

-No lo sé. Tal vez sea por la esmeralda; supuso Mireya.

-Pero se rompió; recordó Cristina. -Todas lo vimos.

-¿Y dónde están los pedazos?; agregó la bruja.

-¿Quieres decir que se metieron en el cuerpo de Ethiel?; preguntó la vampiresa.

-No solo en el de ella; opinó Mireya. -También en los de nosotras. ¿O tienes alguna mejor explicación para lo que ahora está pasando?

Al llegar junto a los ángeles que le estaban disparando Ethiel levantó su humilde espada de madera. La sonrisa burlona de ellos se borró rápidamente cuando una formidable espada flamífera empuñada por la elfa oscura cortaba la hoja de fuego de las que ellos sostenían.

En la mano de la bruja su báculo negro se iluminó transformándose en una barra de fuego tan brillante y dorado como la espada de Ethiel. Sin pensarlo siquiera la elevó por sobre su cabeza y una lluvia de fuego cayó perforando las alas y cuerpos de los ángeles caídos, que ardían como nunca antes un ángel lo había hecho.

Las garras de la vampiresa se volvieron luminosas como si fuesen cuchillos del mismo fuego que las armas de sus compañeras y sin pensarlo dos veces cruzó el campo de batalla clavándolas en el corazón de un ángel enemigo; el fuego consumió desde adentro a su víctima, mientras se lanzaba contra otro y de un zarpazo le cortaba la cabeza y al igual que el anterior ardía envuelto en esas poderosas llamas que ahora dominaba la Tétrada Oscura.

El pelaje de la loba parecía formado por pequeñas llamas que desprendían chispas cuando se movía. Un golpe directo a su cara fue detenido como si nada por su mano, sin que la hoja de fuego de la espada la lastimara. Como una daga incandescente su mano atravesó el pecho de su atacante, consumiéndolo inmediatamente.

Nunca se había sabido que un ángel hubiese muerto y sin embargo decenas de cuerpos calcinados se volvían polvo bajo los pies de la Tétrada Oscura.

Una espada descargada directamente contra la cabeza de Francine paró en seco su trayectoria cuando chocó contra la hoja flamífera de la espada que se materializó en su mano. A la mente de la vampiresa llegó el recuerdo de alguna vez haber presenciado un combate con espadas; dando un gran salto y girando en el aire, de un golpe cortó una de las alas de su agresor. Un grito de dolor como jamás se había escuchado en este mundo hizo retumbar todo; un certero movimiento de su mano hizo rodar la cabeza del ángel caído, haciéndolo estallar en llamas.

En un momento de la batalla las cuatro mujeres quedaron juntas. Francine se llevó ambas manos a la cabeza en un gesto de desesperación.

-¡Salgan de mi mente!; gritó con las llamas en sus ojos más vivas que antes. Un grupo de ángeles caídos había descubierto la capacidad telepática de la vampiresa y estaba valiéndose de ello para atacarla.

-¡Les dije que salieran!; volvió a gritar Francine. Un agudo grito se escuchó proveniente de todos lados, cuando los ángeles que la atacaban se convirtieron en luz y fueron literalmente absorbidos por la vampiresa, que emanaba una gran cantidad de energía.

Sin necesidad de mediar palabras entre ellas, las cuatro apuntaron sus espadas flamíferas hacia los ángeles sobrevivientes y descargaron cuatro chorros de fuego que confluyeron en un mismo punto que se abrió en un abanico de luz que barrió con todo lo que había delante, desintegrando completamente a los pocos seguidores de Athatriel que quedaban con vida.

La batalla en que por primera vez los ángeles habían muerto llegó a su fin. Tras la Tétrada Oscura se elevó una poderosa llamarada por la que Damián apareció.

Las cuatro mujeres se volvieron al mismo tiempo hacia el demonio.

-Lo han conseguido; dijo Damián felicitándolas.

-¿Qué nos está pasando?; preguntó Mireya con una voz que parecía un trueno, muy distinta de su normalmente suave hablar.

-¿En qué nos hemos convertido?; gritó Francine.

Las cuatro avanzaron juntas hacia Damián, aun empuñando sus espadas de fuego.

-¡Aléjate de ellas!; ordenó Lucifer dentro de la mente de su representante.   -Ahora ellas pueden matarte, sal de ahí hijo.

-Lo siento padre, pero no puedo dejarlas solas; respondió el demonio. -No las abandonaré; respondió Damián desobedeciendo a su padre.

-Muy bien, pero bajo tu responsabilidad; aceptó Lucifer.

-Soy yo, tranquilas amigas; trató de calmarlas el demonio. -No las lastimaré.

Lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco, Damián acercó su mano a la de Cristina y retiro su espada de ella.

-Todo estará bien; le dijo mientras la abrazaba.

Las cuatro espadas se apagaron y desaparecieron de las manos de la Tétrada Oscura. Las cuatro mujeres buscando apoyo abrazaron fuerte al demonio.

-Duerman y descansen mis queridas muchachas; dijo Damián con sus ojos llenos de fuego, mientras una gran llamarada los envolvía y sacaba de ahí llevándolos a un oculto lugar.

Lucifer sentado en un trono negro escuchaba atento a su hijo.

 

 

Tétrada Oscura – Capítulo N° 2 – Enemigo Oculto 16 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Tétrada Oscura

Capítulo N° 2

Enemigo Oculto

-¿En qué estabas pensando cuando aceptaste esta asignación?; reclamó el camarógrafo tirado en el suelo, afirmando con una mano la cámara y con la otra el casco, mientras las balas pasaban peligrosamente cerca.

-Alguien tenía que reportear este golpe de estado; respondió Cristina también en el suelo con su micrófono en una mano. -Además ya me tenían aburrida los reportajes huecos de los ricos.

-Aquí Cristina Ramírez, transmitiendo directamente desde las cercanías del palacio de gobierno de la República Badalaika; hablaba casi gritando la reportera para hacerse oír en medio de los disparos y detonaciones. -Las fuerzas leales al gobierno  no aceptaron el ofrecimiento de los rebeldes de traicionar al presidente y están oponiendo una fuerte defensa del palacio.

A toda marcha un tanque perteneciente a la fracción  rebelde del ejército enfiló contra la puerta principal del palacio, pero otro tanque de iguales características, de las fuerzas leales, le salió al paso apuntando su cañón contra la otra unidad.

-No te pierdas ni una toma; dijo Cristina a su compañero ante el inminente choque de los dos titanes.

Tal vez por error, tal vez por no desear lastimar a quienes fueran sus compañeros de armas, el artillero del tanque defensor descargó su proyectil contra las orugas del agresor, dejándolo completamente inmovilizado. Sin embargo, ninguno de los tripulantes esperaba tal respuesta; girando su torre el tanque rebelde disparó dos veces contra la torreta de combate del otro blindado, haciéndolo estallar en medio de una gran bola de fuego. Cuando el vehículo enemigo giraba su cañón contra el palacio de gobierno, reventó entre llamas y metal quebrado, cuando el proyectil lanzado desde un avión leal cruzó sobre el campo de batalla.

-Con esto ya tengo asegurado el Premio Pulitzer; decía el camarógrafo, que se había puesto imprudentemente de pie, dejándose llevar por la emoción y la adrenalina que inundaba su sangre.

-¡Agáchate!; gritó Cristina, golpeándole las piernas desde el suelo con una de las suyas, haciéndolo caer de espalda justo cuando una bala pasó rosándolo.

-Casi te tengo que llevar en una bolsa plástica; lo recriminó ella.

Cristina no alcanzó a terminar de hablar cuando inesperadamente la interrumpió su teléfono celular.

-Hola hermano, tanto tiempo sin saber de ti; lo saludó ella. -¿Podríamos comunicarnos más tarde?, hay algo de bulla aquí y no te escucho muy bien; dijo mientras se oía la explosión de una granada.

Después de unas cuantas horas más de un intercambio incesante de disparos, las fuerzas golpistas fueron derrotadas por las leales al gobierno y sus cabecillas fueron fusilados sin juicio alguno, frente a los distintos  representantes de la prensa internacional, para dar un ejemplo a todos.

Temprano al otro día Cristina y su camarógrafo regresaban cómodamente a bordo de un avión, dejando atrás el convulsionado escenario del día anterior. Para adelantar un poco de trabajo la reportera sacó su computador portátil; lo primero que le llamó la atención fue ver un correo electrónico marcado como urgente, enviado por su hermano, a quien hace años que no veía.

Como lo supuso Cristina, el mensaje era totalmente ilógico a primera vista; Diego lo había codificado como lo hacían cuando eran jóvenes y querían mandarse mensajes sin que sus padres se enterasen. Sin ninguna dificultad pudo descifrarlo y enterarse de su contenido; lo cual aceleró su pulso inmediatamente.

-“Cazadores furtivos. Manada en peligro. Ayúdanos”.

Alguien los había localizado e identificado. Debía moverse lo más posible y alterar su rutina para hacer que quienes la cazaban perdieran el rastro. Por otro lado, era necesario que buscara e intentara salvar a los miembros de la manada que hubiesen sobrevivido.

Diego estaría protegiendo, supuso, a su esposa y a sus dos hijos; de su padre y su madre no tenía noticias.

La situación era extraña y complicada. Seguramente en cuanto bajaran del avión la seguirían.

-¿Todo bien?; preguntó el camarógrafo al ver la cara de preocupación de Cristina.

-Es mi hermano, que sufrió un accidente y debo ir a verlo; mintió la reportera.

-¿Vas a ir mañana?; quiso saber su compañero.

-No. Voy a ir apenas aterricemos; contestó ella.

-No puedo ir al departamento; pensó para sí la joven. -Seguramente me estarán esperando.

-¿Quién podría saber de nosotros?; se preguntaba Cristina. -Debo encontrar a la manada.

Por primera vez en muchos años se sentía sola y desamparada; pero a pesar de eso sabía que solo ella podría ayudar a los suyos.

Ya en el aeropuerto Cristina subió en uno de los muchos taxis que había ahí esperando pasajeros. Inmediatamente apagó su teléfono celular y lo tiró por la ventanilla. Después de hacer dar unas cuantas vueltas al taxista, descendió del vehículo e hizo parar otro. Esa maniobra la repitió varias veces y se dirigió a pie a un hotel de cuarta categoría para pensar que hacer.

Cuando niña su abuela le había contado la historia de un grupo de cazadores que cada cierto tiempo los perseguía, pero siempre lo tomó como un cuento para niños igual que el del cuco o algo así, hasta ahora…

Después de meditarlo un  rato, decidida se puso de pie; sabía que no había tiempo que perder. Pidió un taxi a la recepcionista del hotel y al salir le pasó varios billetes para que olvidara que ella había estado ahí, si es que alguien preguntaba.

Después de dirigirse al otro lado de la ciudad, descendió del vehículo y toda vestida de negro, como si de una ladrona de las que salen en las películas se tratase, recorrió a pie las pocas cuadras que la separaban de la casa de sus padres.

Las luces estaban apagadas pero la puerta principal estaba entreabierta. Desconfiada dio la vuelta a la manzana y saltó la pandereta que separaba a la casa de los vecinos.

Sigilosamente como era su costumbre, se acercó a la ventana de su antigua habitación y con un leve empujón hacia abajo y al lado, la deslizó suavemente. -Por suerte aun no arreglan esta ventana; pensó.

Sin hacer ningún ruido, furtivamente como un animal cazando, recorrió toda la vivienda sin encontrar a nadie en ella. Tanto el living como la cocina se hallaban totalmente desordenados, con distintos objetos rotos y desparramados en el suelo; los signos de que había habido una pelea ahí eran bastante claros y evidentes. Unas cuantas manchas de sangre indicaban que sus padres se habían defendido con fuerza; sin embargo, no se encontraban por ningún lado.

Cristina revisó detenidamente la habitación, en busca de alguna posible pista que le indicase la suerte corrida por sus padres. Clavado en el brazo de un sillón halló un pequeño dardo con  un olor picante; al olerlo la nariz le ardió, pero albergó la esperanza de que ellos aún se encontrasen con vida.

Una pequeña estatua de metal presentaba una raspadura y abolladura, como si algo hubiese rebotado en ella. Forzando al máximo su vista recorrió con ella el living, hasta que incrustada en un mueble encontró una bala. Valiéndose de un cuchillo logró sacarla.

Un intenso dolor recorrió su mano derecha al momento de tomar el proyectil para guardarlo.

-¡Aahh!; se quejó viendo su piel lastimada. -Es plata.

Fue obvio para la joven que quienes habían capturado a sus padres sabían perfectamente cuál era su naturaleza verdadera y a qué se enfrentaban. Sin embargo, no fueron lo suficientemente precavidos como para ocultar su olor.

Tan sigilosamente como había entrado, Cristina dejó la abandonada propiedad. En su cerebro se había grabado el olor de los captores y los seguiría sin que nada lo pudiese impedir.

Dejó de pensar, dejó que su instinto la guiase; su cerebro le indicaba hacia dónde dirigirse. Sin percatarse llegó hasta la casa de su hermano.

Los cazadores habían pasado ya por ahí. El interior de la casa estaba tan revuelto y estropeado como la de sus padres. Libros tirados, muebles volcados, objetos rotos y manchas de sangre. La familia había dado una feroz pelea, pero ya no estaban. El aire se sentía picante por la cantidad de dardos tranquilizadores disparados.

Sobre una puerta una mancha de sangre y unas garras marcadas en la madera indicaban que se habían transformado para defenderse, pero que aun así no pudieron impedir ser capturados.

Cristina  tomó consciencia plena de que el destino de su familia, de su manada, estaba en sus manos. Necesitaba respuestas y sabía dónde conseguirlas.

Lenta y silenciosamente se acercó hasta el edificio donde estaba su departamento. Confiaba en que estarían esperando que entrase por la puerta, por lo que se deslizó por el callejón que quedaba a un lado y trepó silenciosamente por la escalera de incendios. Sus sospechas eran correctas; su agudo sentido del olfato le indicó que había intrusos en su hogar. Cuatro hombres la estaban esperando con la luz apagada; uno en la cocina, dos en el living y el cuarto en el dormitorio; aguardaban a que su presa entrase para poder capturarla, viva si era posible.

Tapándole con una mano la boca al tipo que estaba en la habitación, le giró rápidamente la cabeza rompiéndole el cuello, sin que alcanzase a dar la voz de alarma.

-¡García!; llamó uno de los hombres que estaban en el living.

-¡García!, te estoy llamando; insistió.

En vista de que el hombre que estaba en la habitación no contestaba, los que estaban en el living se miraron en silencio y desenfundaron sus armas. De una patada uno abrió la puerta, apuntando al interior, mientras el otro lo cubría. Su compañero yacía tirado sin vida con el cuello roto; antes de que pudiese reaccionar, Cristina, que se había ocultado tras la puerta, lo tomó del cuello por detrás; girando violentamente sus manos sintió como se partían los huesos de la nuca de su víctima.

Al ver a su socio caer, el otro hombre disparó dos veces; sin embargo, los reflejos de Cristina eran tan rápidos que logró esquivar las balas y a la vez sujetar el brazo de su agresor y desarmarlo. Sin soltar a su presa, con el otro brazo atrapó el cuello de su atacante y giró velozmente con él, a consecuencia de lo cual lo desnucó limpiamente. Ante el alboroto, el hombre que estaba en la cocina, disparó varias veces. Con el cuerpo del tercer hombre aun en sus manos, Cristina se protegió de las balas, como si se tratase de un escudo.

Tomando una de las pistolas en el suelo, la joven disparó contra él hiriéndolo en un brazo, con lo que pudo desarmarlo. Sin perder tiempo se abalanzó sobre él y lo derribó, sujetándolo del cuello.

-Dime dónde está mi familia y te prometo que te daré una muerte rápida y sin dolor; exigió amenazante la mujer.

-No te tengo miedo monstruo; contestó valientemente el hombre.

-Si no hablas romperé todos tus huesos antes de matarte; dijo Cristina quebrándole una mano al tipo en medio de un grito de dolor de éste.

-Pierdes tu tiempo, no hablaré y tú familia también morirá; respondió él.

-Si no me dices lo que quiero escuchar te devoraré lentamente mientras estás con vida; dijo Cristina mientras sus ojos se volvían dorados. -Sabes lo que soy y sabes que puedo hacerlo.

La piel de ella comenzó a cubrirse  de un sedoso pelaje negro. Abriendo mucho los ojos el hombre rogó por su vida, dominado por el pánico que había reemplazado a su anterior valor, el que se había esfumado ante la vista de las fauces en que se comenzaba a transformar la fina boca de la mujer.

-¡Por favor espera!, te lo contaré todo pero no me hagas daño; rogó el hombre.

Deteniendo su transformación Cristina volvió a la normalidad.

-¿Quiénes son y qué han hecho con mi familia?; preguntó ella.

-Somos una vieja orden que durante siglos hemos estado cazando a los de tu clase; contestó él.

-¿Por qué?; preguntó ella.

-Porque son una abominación ante los ojos de Dios; respondió el hombre, haciendo pensar que pertenecía a algún tipo de grupo religioso.

-¿Qué han hecho con mi familia?; exigió saber Cristina.

-Están prisioneros en las afueras de la ciudad; respondió el asustado hombre. -Los estudiaremos  para averiguar más de ustedes y cómo poder acabarlos a todos de una vez.

-¿Dónde exactamente?; preguntó Cristina.

-No lo sé, he estado solo una vez ahí y me dormí todo el viaje; respondió el hombre. -No sé cómo llegar.

-¡Mientes!; gritó Cristina quebrándole la otra mano.

-Juro que no lo sé; intentó defenderse él.

Cristina olfateó bien al hombre por todos lados.

-No importa, ya sé cómo llegar; dijo mientras giraba la cabeza de él dejándolo tirado.

El rastro dejado por los cazadores era muy claro para Cristina. Manteniendo un  trote constante y rápido, amparada por las sombras de la noche, en pocas horas se encontró frente a lo que parecía ser una vieja faenadora de ganado. No sería muy fácil entrar, ya que el perímetro estaba monitoreado por cámaras de vigilancia y guardias armados patrullaban los alrededores.

Cuando las cámaras giraban, Cristina corrió agachada hasta una muralla y siguió avanzando pegada a ella, hasta colocarse a la espalda de un guardia, que antes de darse cuenta cayó con el cuello roto.

Dos guardias cerraban la entrada; como una fiera se lanzó sobre ellos, rompiéndole la espalda a uno con una de sus rodillas y el cuello al otro con sus manos. Su fuerza, sigilo y agilidad formaban una combinación letal.

Afortunadamente para ella la iluminación no era muy buena; parecía ser más una instalación provisoria de campaña, que una base permanente. Caminando suavemente para no delatar su presencia, Cristina llegó hasta una celda en que estaban en muy mal estado su padre y su madre.

-¡Hija!; exclamó sorprendida la mujer afirmándose con dificultad en la reja de su celda.

-Debes salir de aquí; advirtió su padre. -Es una trampa.

Antes de que pudiera reaccionar, Cristina se vio inmovilizada por varias cuerdas que la sujetaban a la pared. Furiosa se transformó en forma casi instantánea rompiendo sus ataduras; el aire silbó cuando muchos dardos tranquilizantes se clavaron en su cuerpo, dejándola rápidamente inconsciente.

Al despertarse sintió muchísimo dolor en sus muñecas y tobillos. Acostada en una camilla se dio cuenta de que estaba sujeta por esposas de plata, lo cual explicaba el dolor que sentía.

-Te estábamos esperando monstruo; dijo un hombre con lentes y bata blanca. -Confieso que tú sola nos has dado más problemas que todo el resto de la manada junta.

-No crean que se saldrán con la suya malditos maniáticos; respondió Cristina intentando transformarse.

Sus ojos se volvieron dorados un instante, pero inmediatamente retornaron a su color norma.

-¿Sorprendida?; preguntó burlón el hombre. -Mientras tengas puestos los grilletes  de plata no podrás convertirte en la bestia, demonio infernal.

-Voy a estudiar a las hembras primero; dijo el hombre tomando una sierra rotatoria con la que se disponía a abrir el cráneo de Cristina. -Empezando por ti.

Cristina desesperada trataba de soltarse de sus amarras, pero éstas eran de ese terrible metal.

-Lucha cuanto quieras monstruo; dijo el hombre encendiendo su mortífera herramienta.

El tipo quedó inmóvil un momento, no alcanzando a acercarse a la camilla, desplomándose con una flecha ensartada en medio de su frente.

Una neblina negra se extendió por el techo, ante el contacto de la cual todas las cámaras de vigilancia comenzaron a humear.

Una corriente de aire rodeó la camilla y de a una las esposas de plata se quebraron.

-Ven, aléjate de la plata; dijo una joven.

-¡Francine!, gracias; contestó Cristina al borde del desmayo.

-¿Por qué no nos llamaste?; la reprendió la elfa oscura mientras mataba a un guardia con una flecha y arrojaba su puñal a otro.

-No pensé que les interesarían los problemas de mi pueblo; contestó con dificultad la loba.

-No nos interesan; respondió Mireya. -Pero tú eres nuestra compañera y lo que afecte a una afecta al grupo.

-Libera a tu familia mientras nosotras nos encargamos de estos locos; sugirió Ethiel.

-No puedo. Las rejas están hechas de una aleación de plata y no puedo tocarlas; explicó avergonzada Cristina.

-Yo me encargo; se ofreció Francine.

-¿No te afecta la plata?; preguntó Mireya.

-Nada afecta a los vampiros; respondió la joven. -Pero personalmente encuentro más bonito el oro.

-Vayan entonces; ordenó Mireya, envolviendo en su fuego a dos guardias que se disponían a disparar contra ella.

-Vamos, las celdas están por acá; indicó Cristina conduciendo a Francine por un pasillo.

-Hija, pensamos que…; dijo la madre de la loba, sin poder terminar su frase por el llanto motivado por la emoción.

-Por favor apártense; pidió la joven francesa, quien con un golpe de su palma abrió la reja y con sus dedos molió las esposas que sujetaban a los prisioneros.

-Es una amiga; la presentó Cristina. -Ella y otras amigas me han salvado.

-Muchas gracias; la saludó el padre. -Considérate nuestra amiga.

-Es muy amable señor; respondió la joven.

-¡Cuidado!; gritó la madre ante un guardia que les apuntaba.

Sin que lo notaran casi, Francine se puso por delante de ellos, recibiendo varias balas que impactaron en su espalda.

-¡Francine!; gritó angustiada Cristina.

Como si nada la joven con rabia se volvió hacia el hombre que acababa de dispararle.

-Haz roto mi chaqueta nueva; le gritó mientras avanzaba hacia él.

Aterrado el hombre disparó una y otra vez sobre la mujer, sin que las balas pudiesen detenerla.

Cuando estuvo ya junto a él  enterró sus garras en sus brazos y, en medio de alaridos del hombre clavó sus colmillos en su cuello, bebiendo toda su vida.

-Es un vampiro; observó el padre de Cristina.

-Vampiresa; corrigió Francine chupando sus dedos.

 Diego y su esposa se hallaban prisioneros en otro pasillo y sus hijos en la celda contigua.

-¡Abuelo, abuela, tía Cristina!; exclamaron los niños cuando vieron a los demás.

Como si las rejas fueran frágiles y quebradizas, Francine las partió con sus manos y sin ningún esfuerzo rompió los grilletes y esposas de plata que inmovilizaban a los licántropos.

Cuando todos los prisioneros se abrazaban contentos de estar con vida, un guardia apareció por una puerta con su arma lista para abrir fuego. Con un rápido y acrobático salto hacia una de las paredes, la madre de Cristina se impulsó alejándose de la vista de él y transformándose en el aire atrapó entre sus mandíbulas la mano armada, antes de que alcanzase a apretar el gatillo.

Con un grito de espanto el hombre vio caer su mano amputada aun empuñando la pistola, mientras la bestia cerraba sus fauces en su rostro.

Chorreando sangre la loba aulló con una fuerza e intensidad como nunca lo había hecho antes, de tal forma que se escuchó por toda la instalación.

Mientras tanto la elfa agotó todas sus flechas contra los guardias que intentaron oponerse a ella.

Dos guardias trataron de atrapar a Mireya, pero ésta los repelió con sus manos antes de que pudieran tocarla siquiera. El piso bajo ellos se volvió inconsistente como si fuese una crema, absorbiendo a uno hasta el pecho y al otro hasta el cuello, para solidificarse después, matándolos instantáneamente.

-Ya está toda mi familia a salvo; informó Cristina a Mireya y a Ethiel, quienes acababan con los últimos guardias sobrevivientes.

-Salgamos de aquí entonces; sugirió Ethiel.

-Esperen, les dejaré un pequeño regalo; respondió Francine, desapareciendo en medio de un fuerte viento y volviendo en cinco segundos.

-Llené de explosivos; dijo risueña.

Todos se miraron angustiados.

-Corramos; ordenó Mireya.

-Pero si tenemos tres minutos; comentó con toda naturalidad la francesa, que solía olvidar que los demás no eran igual de rápidos que ella.

Con los segundos justos, todos lograron salir de las instalaciones de los cazadores antes de que las bombas estallasen. La detonación fue tremenda, pero afortunadamente las barreras de los cuatro anillos se activaron a tiempo en forma automática, protegiéndoles de su efecto.

-Gracias hermana, expreso sinceramente Diego a Cristina. -Has salvado a toda la manada.

-Es a mis amigas a quienes hay que agradecerles; explicó la joven.  -Si no hubiese sido por su tan oportuna intervención, todos nosotros habríamos muerto en manos de esos dementes.

-Es cierto; intervino el padre de Cristina. -Ustedes nos han salvado a todos y les estaremos eternamente agradecidos.

-Eres muy afortunada en contar con amigas tan leales; agregó la esposa de Diego.

-Lo sé; respondió Cristina. -Y siento no haber acudido a ellas desde un principio.

-Descuida hermana; respondió Mireya.

-Ahora todo está bien; agregó Isabel, quien lucía su forma humana.

La luna llena se elevaba en el cielo y la manada formó un círculo en torno a las cuatro amigas, elevando sus voces en un largo aullido al cual se unió Cristina.

 

Tétrada Oscura Capitulo N° 1 Apocalipsis 15 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Tétrada Oscura
Capitulo N° 1
Apocalipsis

 

-Buenos días, aquí Cristina Ramírez transmitiendo en directo desde el Teatro de la Ópera, el esperado concierto del gran artista que nos visita hoy; presentó la periodista a su público televisivo.

El teatro rebosaba de público de todos los estratos sociales, ya que no era común que se presentase un espectáculo de nivel mundial en forma gratuita. Hasta autoridades de gobierno estaban presentes y ella no perdería la oportunidad de entrevistar a alguna. Precisamente en ese momento llega una gran escolta de motociclistas y automóviles negros; todos los periodistas se agolparon en la alfombra roja; el recién electo Presidente de la República estaba llegando.

Como se encontraba junto a la puerta principal del teatro, Cristina tuvo que correr entre un mar de gente para no perderse la llegada del mandatario. Con zapatos de taco alto cada paso era una odisea, pero tenía que llegar a donde estaría el Presidente.

Solo cinco metros más y….La joven reportera se detuvo de golpe, de pronto se encontró corriendo en medio de un bosque. La confusión la paralizó instantáneamente; recién estaba en el centro de la ciudad y ahora se hallaba rodeada de árboles y más árboles en un bosque que no conocía.

-¿Qué pasa?; se preguntó a sí misma, mirando sorprendida alrededor suyo. En un abrir y cerrar de ojos se encontró sola en medio de una foresta sin saber cómo había llegado allí.

-¡Cristina!, ¿estás bien?; preguntó el camarógrafo que la acompañaba, sacudiéndola de un hombro.

La joven miró y vio que estaba en medio de un mar de gente que esperaba al Primer Mandatario de la República frente al teatro.

-Sí, sí, estoy bien, me sentí un poco mareada; respondió ella a su compañero.

-Es porque hoy no almorzaste; la reprendió él. -Tienes que alimentarte mejor.

-Está bien, llegando a casa comemos algo rico; aceptó sonriendo ella.

Hacía un par de horas que Marcia y Timi se habían acostado y Tomás quería hacer lo mismo con su esposa.

-La película esté entretenida; comentó Isabel a Tomás. -Quiero comer algo dulce; dijo ella poniendo pausa al video y levantándose a la cocina.

Tomás se quedó mirando las bien torneadas piernas color miel de su esposa, mientras ella caminaba contorneando sus caderas. De un mueble Isabel sacó una barra de chocolate; al volverse vio un extraño ser que cruzó corriendo entre los árboles. La cocina había desaparecido de improviso; la blanca baldosa había sido reemplazada por tierra y hojarascas. Con la boca abierta por la impresión, la rubia mujer caminó un par de metros en medio de un bosque en que sin saber cómo se hallaba ahora. Incrédula cerró los ojos y los volvió a abrir; desde el living Tomás la llamaba.

-No te demores tanto, voy a darle a la película; la apremiaba él.

-Ya voy; contestó confundida ella.

Como si nada, pero muy intrigada en realidad, Isabel se sentó nuevamente junto a su marido frente al televisor.

-Me habré quedado dormida de pie y lo soñé; pensó ella en silencio. -Pero se veía tan real. ¡Qué raro!

La noche estaba relativamente tranquila en el hospital y Mireya caminaba lentamente por un pasillo leyendo la ficha de uno de sus pacientes; en uno de sus pasos, su pie rompió una rama tirada en el suelo; confundida bajó la vista y vio con estupor que tanto la baldosa como el blanco pasillo habían desaparecido; la fría luz de los tubos fluorescentes dio paso a la luz de una extraña luna fracturada, que iluminaba un extraño bosque de árboles más extraños aun.

-Doctora Mireya Rivas, por favor diríjase a la habitación número diez; solicitó una mujer por altoparlante.

Como saliendo de un sueño la doctora se encontró nuevamente en el pasillo del hospital, con una expresión de preocupación en el rostro.

En la habitación número diez la esperaba un paciente junto con una enfermera.

-¿Qué tenemos aquí?; preguntó como siempre.

-Caída de escalera doctora; respondió la enfermera.

Tras examinar las radiografías del paciente, Mireya dio su diagnóstico.

-Fractura simple de tibia, aplique yeso y cite a control en una semana; ordenó ella. -Señorita, ¿me escuchó?; preguntó a la enfermera que estaba estática junto a ella. El paciente tampoco movía ni un parpado, lo mismo que el reloj de la pared que estaba congelado.

Como si nada hubiese ocurrido, todo recobró su movilidad.

-Sí doctora, como diga; respondió la enfermera.

-Bueno ya terminó mi turno, así es que me retiro; se despidió Mireya.

-Que descanse doctora; respondió educadamente la enfermera.

Mientras conducía por las calles de la ciudad, Mireya meditaba sobre los extraños acontecimientos de hace un rato; podía solo tratarse de su imaginación, pero también podía ser otra cosa. Al entrar a su casa se dirigió directamente al subterráneo; su marido y sus hijos no la molestarían y dormirían hasta que ella lo desease.

Un salón subterráneo de piedra más grande de lo que se podía suponer la recibió con un pentagrama invertido grabado en el piso y un caldero humeante a los pies de la estatua de un demonio. Alzando los brazos hacia la estatua se paró junto al caldero.

-Muéstrame lo que los demás no pueden ver; ordenó Mireya, con su negro y ondulado cabello mecido por una extraña corriente de aire.

Los ojos de la estatua se iluminaron y el líquido contenido en el caldero comenzó a hervir con fuerza. Una neblina se formó en la superficie líquida y como si de una película se tratase, se vio un extraño bosque que parecía penetrar en medio de la ciudad; la luna sufría una rajadura y nunca vistas criaturas se movían por todos lados.

-¡Por las alas de Lucifer!; exclamó Mireya ante la visión. -Es una grieta entre las dimensiones astrales.

Los ojos de la estatua se iluminaron más.

-Sí, lo entiendo, hay que cerrar la ruptura antes de que ese plano penetre completamente en el nuestro; respondió Mireya a alguien. -Pero necesitaré ayuda para ello.

Isabel estaba haciendo sus compras habituales en el supermercado cuando una mujer se le acercó.

-¿Isabel Oyarzo?; le preguntó la mujer.

-Depende de quién lo pregunte y para qué; respondió ella en forma ambigua.

-Quería hablarte sobre el posible fin del mundo que se acerca; respondió la mujer.

-No tengo tiempo para conversaciones religiosas; cortó Isabel.

-Ni yo, pero si te interesa el bienestar de tu familia me vas a escuchar; agregó la mujer.

-Si pretendes lastimar de alguna forma a mis hijos o esposo, te advierto que es una muy mala idea; contestó Isabel ante la velada amenaza.

-No es mi intención, es solo que lo que lo que se avecina les afectará directamente. De hecho, le afectará a todo el mundo si no me ayudas a detenerlo; insistió la mujer.

-Mejor aléjate; advirtió molesta Isabel, o llamaré a la policía.

-Espera, no soy ninguna loca o fanática religiosa; respondió la mujer tratando de convencer a su interlocutora.

-Mi nombre es Mireya Rivas, soy médico cirujano y yo también estuve en el mismo bosque que tú anoche.

Isabel miró con sorpresa y curiosidad a la mujer que tenía enfrente. Aparentemente no era la única que había tenido esa extraña experiencia la noche anterior.

-Tan solo déjame intentar explicártelo; pidió Mireya a Isabel.

-Habla, te escucho; respondió ella.

-No aquí, vamos a mi casa mejor; sugirió Mireya.

Dentro del vehículo Isabel miraba con desconfianza a su enigmática acompañante. Después de un rato de conducir en silencio Mireya estacionó el auto frente a su casa.

-Lo que viste anoche no fue ninguna ilusión; dijo Mireya a su casi forzada invitada apenas cerró la puerta. -Como te lo  dije, yo también lo vi.

-¿Y qué es entonces?; preguntó Isabel a la defensiva aun.

-Aunque parezca increíble, fue un cruce de dimensiones que se produjo por una ruptura entre los distintos planos astrales; explicó Mireya.

-¿Ya?; preguntó algo sarcástica Isabel.

-Algo o alguien está tratando de fundir su mundo con el nuestro y necesito tu ayuda para detenerlo; continuó Mireya.

-Definitivamente necesitas ayuda, pero te equivocaste conmigo; respondió Isabel tomando por loca a Mireya.

-Yo pienso que no; dijo ésta alzando sus brazos.

De improviso un negro pantalón ajustado cubrió las piernas de Isabel y una blusa sin botones también negra reemplazó a su delgado  vestido, en tanto que una especie de enredadera a modo de cinturón se ciñó a su cintura, sujetando también un extraño puñal con extraños símbolos grabados en él; el cabello rubio de Isabel se tornó intensamente negro, lo mismo que sus brillantes ojos azules, ahora profundos como una noche sin luna; finalmente sus finas orejas terminaron volviéndose alargadamente puntiagudas.

-¿Cómo lo hiciste bruja?; preguntó la elfa oscura echando mano a su puñal.

-Esperas no soy tu enemiga; se apuró en decir la bruja para evitar un ataque que difícilmente podría detener.

-Habla; ordenó Ethiel con el cuchillo en la mano.

-Dije que necesitaba tu ayuda para salvar este mundo; explicó Mireya. -El bosque que vimos es real y debemos juntas sellar la ruptura que se formó en él y como tú te mueves muy bien en los bosques debes ayudarnos.

-Hablas en plural, ¿quién más está en esto?; preguntó Ethiel.

Mireya movió una mano y la imagen de una mujer apareció en un espejo en la pared.

-Es la periodista del Canal 6; observó la elfa.

-Ella también se puede mover con cierta soltura en un bosque y tiene ciertas habilidades que nos pueden ser de mucha utilidad; contó la bruja.

-Hola, disculpa, ¿podemos hablar?; preguntó Mireya a Cristina.

-¿Nos conocemos?; consultó ella.

-No, pero tenemos información que a ti te podría interesar; contó Isabel.

-Explíquenme rápido de qué se trata; dijo la periodista. -Estoy un poco apurada.

-Es sobre una especie de conspiración; explicó Mireya.

-¿De qué tipo?; quiso saber Cristina.

-Para destruir el mundo; agregó la doctora.

-Ya he escuchado eso muchas veces y siempre resulta que son delirios afiebrados de fanáticos religiosos; contestó ella sin interés. -Ahora por favor discúlpenme que tengo trabajo de verdad que hacer.

-Como quieras; contestó Isabel. -Conozco a un periodista del Canal 8 al que estoy segura que le interesará hacer el  reportaje de la década; dijo en voz alta a Mireya para asegurarse de que la reportera la escuchara.

-Esperen, en realidad no tengo mucho trabajo, puedo concederles unos minutos para que me cuenten todo; accedió Cristina a las dos desconocidas. Podía ser solo una tontería, pero si no lo era, sería su ascenso a las ligas mayores; no tenía nada que perder.

-No aquí, por favor acompáñanos a un lugar más privado; pidió Mireya.

-Está bien, pasemos a esa cafetería; ofreció Cristina.

-Es mejor que sea en mi casa; propuso Mireya.

-Está bien, vamos; aceptó la reportera.

En el auto de la doctora, Cristina comenzaba a arrepentirse de haber aceptado. Si se desaparecía toda la tarde su jefe la reprendería; pero le diría que estaba tras la pista de algo grande.

-No está mal la casita; dijo la joven cuando el auto se detuvo frente a una casa en la que todo su departamento parecía poder caber completo en el living.

-Digamos que me va bien; comentó Mireya.

Una vez dentro Cristina pidió explicaciones de la supuesta conspiración.

-Bueno, soy todo oídos, ¿de qué se trata?; preguntó a su anfitriona.

-Aquí no, bajemos al sótano; pidió la dueña de la casa.

-Si no hay remedio; aceptó resignada la joven.

Al bajar los peldaños y ver el interior del sótano Cristina terminó de inquietarse. Aparentemente había sido embaucada por un  par de locas. Un pentagrama dibujado en el suelo, un caldero con líquido hirviendo, una estatua  rara y un árbol grande la convencieron de ello.

-Vaya decoración; observó tratando de aparentar tranquilidad. -Nunca se me habría ocurrido plantar un árbol grande dentro de un sótano.

-Fue idea de Isabel; explicó Mireya. -No es precisamente mi idea de una planta de interior, pero mientras tengamos que trabajar juntas lo dejaremos.

-Bueno, ahora sí. ¿Qué es todo eso de la conspiración?; preguntó Cristina.

-¿Por casualidad una de estas noches te viste inexplicablemente en medio de un bosque desconocido?; preguntó Mireya.

-¿Cómo lo supiste?; quiso saber la joven. -No le conté esa alucinación a nadie.

-No fue una alucinación; explicó Isabel caminando lentamente hacia el árbol y apoyando una de sus manos en el rugoso tronco.

Incrédula la reportera vio como varios zarcillos salían del árbol y se enrollaban por el brazo de Isabel y luego por todo su cuerpo. Su veraniego vestido fue reemplazado por un negro traje ceñido a su cintura por una enredadera que sujetaba un extraño puñal.

-¿Pero qué truco es este?; se preguntó.

Los ojos de la rubia mujer se volvieron negros como el carbón más negro y su cabello se oscureció hasta convertirse en una mezcla entre un pozo sin fondo y la noche más oscura y su cabeza quedó adornada por un par de puntiagudas orejas alargadas.

El cabello de Mireya se elevó y comenzó a mecerse por un viento inexistente.

Si esto era un truco era bastante bueno. En un momento Cristina pensó que ambas mujeres parecían personajes sacados del Señor de los Anillos; sin embargo, su intuición le indicaba que este no era ningún truco. Instintivamente la joven tensó todos los músculos de su cuerpo mientras sus ojos castaños se volvían como dos brillantes gotas de oro fundido y su cuerpo se cubría completamente de un sedoso pelaje negro; sus uñas crecieron hasta convertirse en afiladas garras y su pequeña boca se llenó de monstruosos colmillos de fauces más monstruosas aun. Con una altura de dos metros ahora, la agresiva criatura gruñó amenazante a las dos mujeres.

-¿A esas habilidades te referías?; preguntó la elfa a la bruja, sin quitarle los ojos de encima a la bestia.

-Precisamente. Cristina es una mujer lobo y bastante fuerte por lo que parece; respondió Mireya.

Ante un gesto que indicaba un ataque inminente de parte de la loba, Ethiel movió una de sus manos en el aire y rápidamente varias enredaderas crecieron del árbol, enrollando firmemente a la licántropa, apresando sus manos, sus brazos y sus piernas, impidiéndole todo posible movimiento a pesar de lo poderosa que era su musculatura.

-Quédate quieta o te pongo un bozal; advirtió Ethiel a la loba.

-No queremos lastimarte; dijo suavemente Mireya. -Lo de la conspiración para destruir el mundo es real y queremos impedirlo, pero necesitamos de tu ayuda para poder lograrlo. Por favor déjanos explicarte.

A pesar de su aspecto y fiereza, la licántropa parecía entender todo cuanto le decían. Lentamente su respiración se relajó, al mismo tiempo que su tamaño volvía a su normal metro con sesenta y cinco centímetros y recuperaba nuevamente la apariencia de la periodista Cristina Ramírez. Sin ninguna dificultad, gracias a su talla considerablemente menor, pudo soltarse de sus ataduras vegetales.

-Vaya, no me esperaba esto; dijo Ethiel algo molesta de que su prisionera se hubiese librado tan fácilmente de sus amarras.

-Escucho. Ya se ganaron mi atención; dijo Cristina ordenando su cabello.

-¿Cómo me descubrieron?; preguntó la licántropa.

-De la misma forma en que la descubrí a ella; contestó Mireya, indicando a Ethiel. -Me guiaron a ustedes.

-Mmm, una elfa oscura y una bruja; observó Cristina.

-¿Qué sabes de mí?; preguntó incómoda Ethiel.

-Solo lo que cuentan las leyendas de mi pueblo; respondió Cristina. -Que los elfos oscuros son muy agiles, rápidos, totalmente adaptados para la noche y con un control total sobre los elementos de la naturaleza; y que no hay que hacerlos enojar porque son algo sicóticos.

-No está mal; aceptó la elfa.

-Recuerda que mi pueblo ha cazado por miles de generaciones en los bosques; observó la joven. -Necesariamente teníamos que enterarnos de todo lo que ocurre en ellos. En cuanto a ti; esta es la primera vez que conozco a una bruja, así es que no sé nada más de lo que se cuenta en las películas y cuentos.

-Algo tienen de real y la mayor parte está equivocada; observó Mireya.

En eso estaban las tres cuando una especie de corriente de energía las sacudió y se encontraron en un pantano donde se suponía que antes era la casa de la bruja. La atmósfera se sentía cargada de energía negativa y una luna fracturada iluminaba mortecinamente el paisaje.

Otro golpe de energía estremeció a las tres mujeres, quienes nuevamente se hallaron paradas en el piso de piedra del sótano de la bruja.

-¿Qué fue eso?; preguntó intrigada Cristina.

-Nuestro plano astral se está uniendo a otro plano astral, por una fisura en el continuo espacio temporal que los separa; explico Mireya.

-¡Ayy! No entendí nada; se quejó la periodista.

-Mira niña, es como si la cortina que separa dos habitaciones se hubiese roto y hay que remendarla; aclaró Ethiel en forma mucho más simple.

-Sí, eso mismo; apoyó Mireya.

-Eso está más claro; aceptó la periodista. -Pero hay muchas cosas que no entiendo de todo esto.

-Ni yo; apoyó Ethiel mirando interrogativamente a Mireya. -Por ejemplo qué o quién está provocando todo esto.

-¿Y por qué nos reuniste a nosotras?, ¿y quién delató nuestra existencia?; agregó Cristina.

-Yo me enteré de que algo malo estaba pasando al mismo tiempo que ustedes; explicó Mireya. -Hay alguien que desea hablar con nosotras; dijo al ver iluminarse los ojos de la estatua del demonio.

El caldero comenzó a burbujear con más fuerza y una espesa nube de vapor comenzó a elevarse y a moverse hasta tomar la apariencia de un distinguido caballero. Mireya sabiendo de quién se trataba, inclinó respetuosamente la cabeza.

-¿De qué se trata todo esto?; pregunto Ethiel con la frente en alto y los ojos fijos en los del hombre.

-Ethiel, siempre tan altiva y rebelde entre los rebeldes; saludó el hombre con una sonrisa de satisfacción en los labios.

-Veo que sabe quién soy y que no me gusta ir con rodeos; respondió ella.

-Tranquila pequeña, no todo es correr rápido en medio del bosque; dijo el caballero. -También debes ser paciente y esperar el momento justo para lanzarte sobre tu presa. ¿No es así Cristina?

-Creo que también me conoce señor, aunque no tengo yo el placer, aunque si me concede una entrevista lo podemos solucionar; respondió en broma la periodista.

-La loba que se atrevió a vivir lejos de la manada; la saludó el extraño.

-Quería conocer el mundo de los humanos y necesitaba un poco de espacio; explicó Cristina.

-Bien, la explicación a por qué las reuní a las tres, es que dentro de sus respectivos pueblos son las únicas que han aprendido a convivir con otros pueblos y no son tan cerradas a la cooperación; explicó el hombre. -Su propia rebeldía y ruptura con sus leyes y tradiciones las ha hecho más capacitadas para trabajar en equipo.

-¿Por qué se rompió la barrera entre los planos astrales?; preguntó Mireya.

-Alguien descubrió que juntando dos planos astrales puede crear un tercero; explicó el hombre.

-¿Y qué pasa con los otros dos?; preguntó Cristina.

-Se destruyen para, con la energía  liberada, formar el tercero; explicó el extraño.

-¿Y dónde lo podemos encontrar?; preguntó Ethiel.

-No pueden; aclaró el hombre. -Él no pertenece a ninguna de las dos dimensiones astrales y desea crear la suya propia para gobernarla a su antojo.

-¿Pero si no pertenece a ninguno de los dos planos, quién o qué es?; preguntó intrigada Mireya.

-Es uno de mis hermanos; respondió el hombre.

-Pero mi señor, ¿pretende que nosotras nos enfrentemos a un espíritu inmortal y todo poderoso?; dijo incrédula la bruja.

-Él podría destruirnos con solo pensarlo; opinó Ethiel, comprendiendo de qué clase de enemigo se trataba.

-Solo podría hacerlo si ocupase un cuerpo físico; pero solo puede hacerlo dentro de su propio plano astral; aclaró el hombre. -Así como yo no puedo intervenir directamente en su mundo, él tampoco puede hacerlo en éste; por lo cual debemos valernos de soldados que peleen nuestras batallas. Sin embargo, sus súbditos si pueden hacerles daño y ustedes a ellos.

-Así es que solo somos carne de cañón; comentó la elfa. -¿Por qué deberíamos pelear en su guerra?

-Porque este plano me resulta útil y quiero que se conserve como está; además porque ustedes así impedirán la muerte de sus familias y seres queridos; explicó el hombre. -Y sobre todo porque en este plano astral yo soy todo poderoso y si lo deseo puedo hacerlas desaparecer ya sus familias con ustedes y busco otros colaboradores.

-Recuerde que el tiempo se está agotando señor y no creo que tenga la oportunidad de reunir a un equipo mejor en tan corto lapso; observó Cristina tratando de calmar el evidente mal humor del hombre.

-Son buenas, pero recuerden que existen más cosas entre el cielo y la tierra de las que sueña su imaginación.

-¿Cómo sellamos la ruptura?; preguntó Mireya.

-Con la ayuda de estos anillos mágicos; explicó el hombre.

-Esto me va a estorbar cuando me transforme; observó Cristina al sentir la rigidez del metal.

-Se adaptará a tu cambio; indicó el hombre. -Verán que son armas y herramientas muy útiles.

-Prepárense para el viaje; dijo el extraño mientras se iluminaba el pentagrama en el suelo.

Cuando la bruja y la loba entraban y desaparecían en el símbolo grabado en el piso, el hombre afirmó del hombro a Ethiel.

-Cuídalas, se van a mover en tu territorio y tú eres la mejor; dijo el hombre con algo de ternura en la voz. -Traten de volver las tres con vida.

-Descuide jefe, estaremos bien; respondió la elfa oscura desapareciendo en el portal abierto en el piso.

-Buena suerte hijas mías; se despidió el poderoso demonio.

Las tres mujeres aparecieron en medio de un bosque tétrico y en el que se respiraba muerte. Los sonidos de los animales nocturnos no resultaban familiares para la licántropa que acostumbraba a cazar entre árboles, ni para la elfa que disfrutaba corriendo en medio de la foresta en la noche. Hasta el viento sonaba como un quejumbroso lamento al pasar entre las marchitas ramas de los moribundos árboles. Si esto no las convencía de que ya no estaban cerca de su hogar, tal vez lo haría la luna rota por un cataclismo de proporciones titánicas, que gravitaba en un extraño cielo, alumbrando con su luz mortecina un paisaje subyugante y opresivo que hasta para la elfa oscura resultaba desagradable.

Un punto luminoso comenzó a crecer frente a las tres enviadas, hasta mostrar el rostro de su señor. -Dejen que el brillo de sus anillos las guie a su destino y cumplan con su misión; ordenó el demonio.

En medio de la noche desconocida, en el bosque fuera de este mundo comenzó la marcha de las tres. Ethiel corría por delante guiada por sus instintos y sus sentidos adaptados para moverse entre sombras. Aunque mantenía su forma humana, Cristina corría a la misma velocidad que la elfa; sus oídos, sus ojos y su olfato le hacían llegar todo cuanto ocurría en torno a ellas; la loba controlaba ese cuerpo humano lista para salir si se requería.

Por más que lo intentaba, Mireya no podía seguirle el paso a sus compañeras corriendo; sin embargo, de ninguna manera podía alejarse demasiado de ellas. El tiempo apremiaba por lo que no podía detenerse a actuar en forma muy sutil, así es que se decidió a hacer uso de su magia; elevándose por sobre el suelo el viento la llevó en sus manos, alcanzando rápidamente a sus sobrenaturales compañeras.

Cayendo desde una rama les cortó el paso una criatura peluda de sobre dos metros de alto; armada de un grueso garrote se lanzó contra ellas. En un rápido movimiento Cristina dejó emerger completamente a la bestia que habitaba en su interior y al pasar junto al ser que intentaba detenerlas, desgarró de un zarpazo su garganta.

-Por lo visto ya saben que estamos aquí; comentó Mireya.

-Eso parece; coincidió Ethiel tomando un palo del suelo, el que en su mano se convirtió en un estilizado arco.

-Esto se va a poner caliente parece; opinó la bruja mientras un extraño báculo se materializó junto a ella.

Cristina solo respondió con un gruñido, manteniendo su forma de licántropo.

-Manténganse alerta, nos están rodeando; ordenó la elfa a la carrera.

Desde el arco de Ethiel una flecha  silenciosa salió veloz contra un blanco, clavándose de lado a lado en el cuello de un enemigo que solo ella vio. La criatura sin pronunciar ni un ruido cayó del árbol donde vigilaba, sin siquiera poder dar la voz de alarma.

-Ocúltense en los árboles; susurró Mireya mientras se elevaba hasta una alta rama que la dejaba lejos de la vista desde el suelo. Su percepción extrasensorial había detectado la proximidad de una patrulla que se acercaba. Sin dudarlo siquiera sus compañeras la imitaron sigilosas.

-Sigamos; dijo Cristina en su forma humana cuando la patrulla se perdió de vista.

El bosque parecía no tener fin. Mientras más penetraban en él, más oscuro se tornaba.

-Que horrible es este lugar; observó Cristina. -Si fuera humana sentiría terror se estar aquí.

-Démonos prisa y terminemos con esto; interrumpió Mireya.

Ethiel en silencio tomó su puñal y giró por detrás de un árbol; sosteniendo por la boca a uno de esos gigantescos simios  rebanándole la garganta.

Sin  aviso previo se vieron rodeadas por unos diez enemigos.

-Se acabaron las sutilezas; dijo la elfa, ensartando una flecha en el corazón de una de las criaturas.

Cristina alcanzó a agacharse cuando un  garrote que se estrelló contra un tronco le rozó la cabeza. Sin que su atacante lo esperase, experimentando una súbita metamorfosis, ensartó sus garras en su abdomen; sorprendido por el golpe recibido, no alcanzó a reaccionar cuando las fauces de la licántropa se cerraron desgarrando su garganta.

Un gigantesco simio levantó su hacha con intensión de lanzarla contra Cristina, pero su mano se abrió crispada de dolor cuando su cuerpo fue envuelto por las llamas que brotaron del báculo de Mireya.

Quedaban solo siete enemigos, pero Ethiel sabía que pronto habría muchos más, ya que una de las criaturas huyó del lugar. Ante un gesto de su mano dos afiladas ramas se proyectaron contra el que intentaba escapar, atravesando su espalda. Al mover la elfa rápidamente las manos, las ramas se separaron violentamente, partiendo en dos a su presa.

Un gesto de una mano de Mireya lanzó violentamente a uno de los simios contra un gran árbol, rompiéndole la cabeza; mientras Cristina por otro lado giraba el cuello de otro.

Una flecha hizo caer a otra criatura, mientras el puñal de Ethiel volaba hasta clavarse en la frente de otra. Dos chorros de fuego de la bruja dieron cuenta de las últimas criaturas.

-Alejémonos cuanto antes de aquí; ordenó la elfa enfundando su puñal.       -Antes de que lleguen más.

La mirada de la bruja se posó en el negro líquido que corría por el brazo izquierdo de Ethiel. -¿Qué tienes ahí?; preguntó Mireya.

-Es solo un rasguño, no tiene importancia; contestó la elfa.

-Eso déjame decidirlo a mí; ordenó Mireya, como lo hacía cada vez que alguno de sus pacientes pretendía dárselas de médico. -Es un corte profundo pero no grave, por ahora debe ser desinfectado y vendado. Lo que realmente me preocupa es que tu sangre se haya teñido de negro.

-¿Y qué tiene eso de raro?; preguntó Ethiel. -La sangre de todos los elfos oscuros es negra; aclaró ella.

-Vaya, no lo sabía; comentó la bruja. -Bueno hay que buscar agua para lavar esa herida, para que no se infecte.

-No se infectará; respondió Ethiel algo impaciente poniendo su mano en un árbol. Pequeños sarcillos corrieron a lo largo de todo el miembro, enrollándose en torno a la herida, terminando por cubrirla completamente a modo de vendaje.

-Por favor movámonos luego; pidió Cristina. -Esos simios están cerca.

Después de correr cerca de media hora, una espesa y mal oliente niebla inundaba el aire. El suelo se sentía más húmedo y desagradables animales trepaban por los árboles y corrían por los matorrales.

-Debemos estar cerca de un pantano; opinó Cristina. -Tengan mucho cuidado donde pisan.

La visibilidad era bastante limitada, así es que debían caminar muy despacio. El brillo de sus anillos les indicaba hacia donde debían dirigir sus pasos.

-Escuchen; dijo Ethiel a sus compañeras después de un rato,

-Yo no escucho nada; observó Mireya.

-Precisamente; hizo notar la elfa. -No hay ningún ruido.

-Al menos ya no nos siguen esos simios; dijo la bruja.

-Esto no me gusta nada; opinó preocupada Cristina, quién conocía muy bien los bosques y sabía que siempre hay algún animal, por pequeño que fuera, que hiciese un ruido por mínimo que fuese.

Lentamente llegaron junto a la orilla de un pestilente pantano de aguas aceitosas, del cual se desprendían espesos vapores.

Pensativa Mireya golpeaba el suelo con su báculo, tratando de encontrar una solución.

-Es demasiado grande como para intentar cruzarlo nadando; observó la bruja.

-Y no sabemos qué cosas puedan haber bajo su superficie; meditó Ethiel.

-Debemos tratar de rodearlo; sugirió Cristina.

-El jefe dijo que los anillos nos guiarían; recordó Mireya. -Necesitamos otro camino; dijo moviendo lentamente la mano, hasta que el brillo de su sortija aumentó, indicándoles una ruta alternativa.

-Muy bien, vamos por…; la elfa no alcanzó a terminar de hablar cuando una viscosa cosa, como un muñeco hecho de barro se alzó tres metros sobre sus cabezas.

-¡Cuidado!; gritó Ethiel mientras rápida como un rayo disparaba dos flechas contra el monstruo.

Con frustración vio que sus proyectiles eran inútiles, ya que caían resbalando por su grasosa superficie; era como estar disparando sobre barro casi líquido.

Cristina lanzó con toda su fuerza un grueso tronco, el que se hundió en el pecho de la cosa, no provocándole el menor daño.

Insistentemente la elfa volvió a lanzar sus flechas, apuntando esta vez a la cabeza de la cosa; las cuales la atravesaban sin encontrar ninguna resistencia a sus afiladas puntas, terminando por clavarse en un árbol cercano.

Antes de que pudieran reaccionar, la mole viviente cayó como una avalancha sobre las mujeres, quienes apenas atinaron a cubrirse en forma instintiva con sus brazos. Una gran masa de barro ocupaba el lugar donde recién estaban paradas. Una violenta vibración hizo temblar la tierra y crujir los árboles; un intenso resplandor se elevó a través de la sepultura de barro, haciéndola volar por los aires. Los anillos entregados por el demonio formaron un escudo que las protegió de morir aplastadas por la mole de barro.

-Pensé que aquí me moría; comentó Cristina.

-Yo nunca perdí la fe en mi señor; dijo devotamente Mireya.

-Sí, cómo no; lo dudó burlona la elfa.

-Sigamos será mejor; opinó Cristina.

-Esto nos va a demorar mucho; comentó Mireya.

-Es mejor a ser aplastadas por una masa de lodo y no poder completar la misión; observó Ethiel.

Para no desviarse demasiado se fueron caminando por la orilla del pantano, teniendo que soportar la pestilencia del aire y la viscosidad del suelo, que les hacía avanzar más despacio de lo deseado.

-¡Cuidado!; gritó Cristina cuando las luces de un camión se aproximaron veloces hacia ellas.

Las tres corrieron nerviosas hacia la vereda para salir del paso del vehículo. Justo cuando el camión pasó junto a ellas pusieron pie en el viscoso pantano.

-Los mundos se están juntando más rápido; observó Cristina.

-Debemos darnos prisa; apremió la elfa.

-¡Ayúdenme!; gritó la bruja. -Caí en arenas movedizas.

-No te muevas, voy por ti; respondió Cristina.

La licántropa se acercó hasta el borde de la trampa de arena, pero ni estirando los brazos hasta sentir dolor lograba alcanzar a su compañera, la que se hundía rápidamente.

Con un movimiento de la mano de la elfa, la rama de un árbol se inclinó, alargó y enrolló a Mireya por debajo de sus brazos, levantándola lentamente y liberándola de la fuerza que la arrastraba.

-Gracias, no podía salir sola; explicó la bruja.

-El tiempo se está agotando; observó la elfa. -Apurémonos, ya nos hemos retrasado demasiado.

Después de varios minutos de caminata, lograron dejar atrás el pantano, retornando nuevamente al bosque. Era tan deprimente la ciénaga, que hasta la vista de ese paisaje que no estaba ni muerto ni vivo, resultaba más acogedor.

-Sigamos por aquí; dijo Ethiel, mirando el brillo de su anillo, que seguía guiándolas a su destino.

De nuevo a los agudos sentidos de la licántropa y la elfa llegaban los extraños sonidos y aromas de ese bosque de otro mundo. Los ojos de Cristina se volvieron luminosamente dorados cuando dejó salir a la loba y atrapó un hacha que volaba directamente hacia la elfa. Sin que hubiese separación entre un movimiento y el otro, arrojó de vuelta el arma a su dueño, clavándosela en el pecho.

-¡Agáchate loba!; gritó la bruja disparando una llama de fuego mágico que pasó a escasos centímetros de la cabeza de Cristina, envolviendo a una criatura que se disponía a lanzar una gran hacha contra ella.

Ethiel disparaba una tras otra todas sus flechas, provocando una gran mortandad entre los atacantes; tanteó con sus dedos su carcaj y con preocupación comprobó que estaba vacío. Todas sus flechas se habían acabado y no tenía tiempo de procurarse más. Sin poder prestar ninguna utilidad, su arco era solo un estorbo; por arte de magia y bajo la voluntad de su ama, el arma cambió en su mano convirtiéndose en una afilada espada de madera, más resistente y cortante que el acero.

Los brazos de la loba chorreaban la sangre de todas las criaturas que había destrozado con sus garras.

Del cuerpo de la bruja emanaba una niebla negra, indicio de toda la energía que estaba generando en su fuego mágico y en su campo telequinésico.

Las criaturas cubrían el bosque con sus cadáveres; las pocas que quedaban se reagruparon para lanzarse en un último ataque contra las tres intrusas que intentaban estropear los planes de su señor. El cansancio se empezaba a dejar sentir en el cuerpo de las tres mujeres, cada una de las cuales, en forma silenciosa e íntima se preparaba para entregar la vida en los instantes que seguían; listas o no, las criaturas se disponían a atacarlas.

Un fuerte viento atravesó el campo de batalla, lanzando lejos a varios de los simios, cuya sangre salía a borbotones de sus gargantas cortadas, mientras que las entrañas de otros eran abiertas por una espada invisible.

Las tres compañeras no sabían lo que acababa de ocurrir, excepto de que algo o alguien les había prestado ayuda en el momento más oportuno. De pronto un remolino de viento las rodeó un instante.

Atónitas vieron que una joven de poco más de veinte años, vestida con jeans, botas y chaqueta de cuero las observaba con sus intensamente rojos ojos, mientras golpeaba entre sí las garras de sus manos, que más parecían las patas de un ave de presa que de una mujer.

-Bonjour; saludó la joven en francés. -Por lo visto llegué justo a tiempo.

-¿Quién eres y qué haces aquí?; preguntó Ethiel poniendo su espada en posición de ataque.

-Por favor disculpa a mí compañera; pidió Mireya. -Con todo lo que está pasando está un poco alterable.

-Tienes un olor extraño; observó Cristina olfateando el aire.

-Y eso que me baño todos los días; contestó la joven.

-No es eso; insistió la licántropa. -No sé realmente qué es.

-Lo tengo. Es un vampiro; concluyó Mireya. -Miren sus colmillos.

-Una corrección por favor. Soy una vampiresa, no un vampiro. Y dicen que una muy sexy; corrigió la joven. -Y no se preocupen, no fue nada; agregó mirando el montón de cadáveres que ella sola había dejado.

-Mmm, gracias; contestó Ethiel al fin, comprendiendo lo oportuna que había resultado la intervención de la joven vampiresa.

-¿Cómo llegaste aquí?; preguntó Mireya.

-Primero dinos tu nombre; solicitó Cristina.

-Está bien, mi nombre es Francine; se presentó la joven. -Bueno, yo estaba paseando por un parque en París; había cenado recién y como siempre me puse a caminar para bajar la comida. Entonces se me apareció un señor muy atractivo y me dijo que necesitaba mi ayuda para impedir el fin del mundo. Al principio no le creí mucho pero cuando el parque se convirtió en un bosque me convencí. Luego me contó que necesitaba que yo les ayudara a ustedes. No teniendo nada mejor que hacer acepté y me mandó aquí por un portal.

-Entiendo; comentó Mireya. -Nuestro señor se adelantó a la situación, afortunadamente para nosotras.

-Aclárame una cosa por favor; pidió Cristina. -¿Cómo supiste exactamente dónde nos encontrábamos?

-Fácil; respondió Francine. -Seguí sus huellas de calor con mi visión infrarroja.

-Ya veo; aceptó la loba.

-No logro entender bien cómo es que no percibimos tu presencia; meditó Ethiel.

-Supongo que porque estaban preocupadas de que esos bichos no las mataran; pensó la vampiresa. -Además de que yo me puedo mover muy rápido.

-Bueno, bienvenida Francine; la aceptó Mireya.

-Gracias chicas, pero no estoy tan segura de sí es tan bueno haber venido; dijo la vampiresa dudándolo al mirar a su alrededor.

-Claro que fue buena idea; opinó Cristina. -Gracias a eso estamos vivas.

-Supongo que serás de gran ayuda para cumplir esta misión; concluyó Ethiel bajando su espada.

-Bueno, ya basta de conversaciones y pongámonos en marcha; ordenó Mireya.

Con la incorporación de una poderosa vampiresa al grupo, parecían haber aumentado las probabilidades de poder completar con éxito la tarea de cerrar la fisura por la que se estaban fusionando los mundos y así impedir la destrucción de ambos. Sin embargo, el tiempo apremiaba y era necesario darse prisa.

Pasó casi un día entero sin ninguna novedad ni percance, siempre siguiendo la luz de los anillos.

-Esperen un momento por favor; pidió Francine a sus compañeras. -Debo alimentarme.

-¡Oh, oh!; exclamó preocupada Cristina.

-Tranquila, te aseguro que ni aunque me pagaran desearía probar la sangre de ustedes; dijo la vampiresa con un gesto de desagrado.

De su chaqueta Francine sacó un tubo de vidrio que contenía una espesa gelatina roja, que saboreó con gran deleite.

-¿Puedo verlo?; pidió Mireya intrigada por el tubo.

-Sí claro, toma; respondió la joven entregándoselo.

-Esto es sangre; observó sorprendida Mireya.

-Sí, es sangre concentrada; reconoció Francine. -Es en caso de que no pueda beber sangre fresca.

-¿Cómo la obtienes?; quiso saber la bruja, como médico que era.

-Me la hace un médico amigo; respondió la vampiresa sin dar más detalles.

Una sombra saltó de una rama a otra sin que ninguna de las cuatro mujeres se percatase de ello; en forma totalmente inesperada Francine fue arrastrada hasta una alta rama por alguna cosa. Las miradas atónitas de las demás se dirigieron hasta lo alto del árbol, solo para ver como una gran cantidad de sangre chorreaba al suelo. A los pocos segundos Francine caía de pie frente a ellas con un gran corte en su cara y su mano derecha toda ensangrentada; sus ojos cargados de rojo parecían dos brazas incandescentes en medio de la noche.

-¡Tu rostro!, estás herida; exclamó Mireya luego de la primera impresión.     -Déjame curarte.

-No te preocupes, no es necesario; dijo la joven vampiresa no dándole importancia, mientras su herida se cerraba sola sin que quedara rastro alguno de ella. -Es una de las ventajas de ser inmortal; dijo mirándose en un espejo.

En eso desde el árbol cayó degollada la criatura que había atrapado a Francine.

-Alas; observó Ethiel moviéndolo con un pie.

-Debemos ser más cuidadosas; opinó la vampiresa. -Son  muy rápidos, si hubiese atrapado a una de ustedes la habría matado. Por suerte los vampiros somos inmensamente poderosos.

-¿Los?, ¿acaso existen más como tú?; preguntó Cristina.

-Unos cuantos más; respondió Francine.

-Esto se está complicando y el tiempo se agota; opinó la bruja mirando la fracturada luna.

-Sigamos avanzando; dijo Francine poniéndose a caminar.

-Vamos y esperemos no encontrar más sorpresas; comentó Mireya.

El bosque no parecía tener fin, en una sucesión de árboles cuyas ramas parecían esqueléticas manos que querían atrapar a las elegidas; los extraños ruidos y desconocidos olores mantenían en un continuo estado de alerta los superdotados sentidos de ellas.

Las orejas de Cristina se movían en forma casi imperceptible como si de dos pequeñas antenas de radar se tratasen, captando cada sonido por mínimo que éste fuera; mientras que Francine escudriñaba los alrededores con su vista infrarroja, en busca de alguna huella de calor que le advirtiera de la presencia de los enemigos encargados de detenerlas. Por su parte Ethiel nuevamente portaba su mortífero arco, con el carcaj lleno de afiladas flechas. Mientras Mireya ya había recuperado toda su energía y su cuerpo estaba rodeado de una negra aura.

-¡Al suelo!; gritó Cristina cuando sus oídos captaron un suave aleteo.

Varias sombras pasaron rosando las cabezas de las cuatro compañeras que yacían boca abajo con la cara casi a ras del suelo. Levantando un poco la cara, Ethiel pudo hacerse un cuadro completo de la situación; varias rapaces como la que atacó a la vampiresa se disponían a dar otra vuelta en picada con las garras hacia adelante. Ante un movimiento de una de las manos de la elfa oscura, cientos de ramas salieron disparadas  como dardos hacia el aire; en medio de chillidos de dolor todas las aladas criaturas cayeron mutiladas.

-Tienes un excelente oído; dijo Ethiel a modo de cumplido a Cristina.

-Gracias; respondió ésta. -Tu reacción no está nada de mal. Recuérdame nunca hacer enojar a alguien de tu raza.

-Miren, aquí termina el bosque; dijo Francine, contenta de poder salir de esa horrible foresta.

-Alto; ordenó Ethiel.

-¿Qué ocurre?; preguntó Mireya.

-Según los anillos la fisura se encuentra al otro lado de aquellas montañas; respondió la elfa. -Y para llegar a ella debemos cruzar todo este campo abierto.

-¿Y qué tiene?; preguntó Cristina.

-Estaremos totalmente al descubierto, sin tener donde ocultarnos; observó Ethiel.

-Entiendo, pero ya hemos perdido demasiado tiempo y si lo intentamos rodear nos retrasaremos demasiado; hiso notar la bruja.

-O sea que la única alternativa que tenemos es cruzar por este peladero lo más rápido posible;  opinó Cristina.

El paisaje fuera del bosque era un páramo inhóspito y lleno de trampas, que parecía un campo minado. Una cubierta de tierra dura y surcada de grietas de las que emanaban nubes de gases sulfurosos y llamaradas esporádicas sin ningún patrón; el suelo ardiente provocaba una desagradable sensación en los pies. Debían cruzarlo lo más rápido posible para no asfixiarse con el gas y el calor, o no arder entre las llamas. Rápido pero con cuidado, ya que cualquier paso en falso podría ser mortal, incluso para ellas.

-Supongo que esto va a ser muy intenso; meditó Mireya.

-Es como saltar entre piedras en un río; opinó Ethiel.

-Con la diferencia que si fallas ahí solo te mojas; pero aquí te rostizarías como un pollo; comentó Cristina.

-Con todo ese vapor no se ve muy bien; observó Mireya. -Debemos ir con cuidado.

-Déjame ver a mí con mi visión infrarroja; ofreció Francine.

-Mejor no lo intentes; advirtió Ethiel.

-Uff, me encandilé; dijo la vampiresa refregándose los ojos al ver solo un intenso resplandor por todos lados.

-Te lo dije; la reprendió la elfa. -El aire está muy caliente y es como mirar al sol.

-Igual puedo pasar tan rápido que ni me acaloraría siquiera; comentó Francine.

-¿Y nos dejarías solas?; preguntó Cristina. -Recuerda que necesitamos tu ayuda.

-Mmm, es cierto. Es que a veces olvido que ustedes no son tan fuertes y veloces como yo; se disculpó la vampiresa.

-¿Te han dicho que a veces te comportas como una adolescente?; criticó la bruja a Francine.

-Supongo que es porque aun soy muy joven; meditó la muchacha. -Apenas tengo trescientos veintiún años y como tenía dieciocho cuando me volví vampiresa, debe ser por eso.

-Casi mi misma edad; comentó Mireya.

-Está muy interesante esta conversación, pero mejor movámonos; ordenó la elfa con sus orejas vibrando para orientarse como si fuesen un radar, de similar forma a como lo hacía Cristina por su parte.

La marcha era más lenta de lo esperado; apenas alcanzaban a dar unos cuantos pasos cuando debían detenerse ante una columna de fuego o vapor hirviendo. El ruido atronador y ensordecedor del líquido subterráneo en ebullición no les permitía hablar entre sí. Gotas de sudor corrían por el rostro de las cuatro mujeres.

-Después de esto voy a necesitar una larga ducha fría; pensó Cristina. -O vas a oler a perro mojado; escuchó claramente que decía Francine dentro de su cabeza. Curiosa la miró y la vampiresa se sonrió encogiendo sus hombros.

-¿Faltará mucho?; preguntó Mireya que empezaba a sentirse sofocada y con el pulso acelerado.

-Vamos, aguanta un poco más; dijo la elfa tomándola de la mano, para asegurarse de que si la bruja se desmayaba no la perdería.

El borde de la caldera se divisaba un poco más allá; era solo aguantar unos minutos y saldrían de ese horno.

-Al fin salimos; dijo Cristina parada en el límite del páramo de fuego. -No fue tan terrible después de todo.

-¡Cuidado!; gritó Ethiel soltando la mano de Mireya y corriendo a toda velocidad hacia la loba. De un fuerte empujón la lanzó lejos de donde se hallaba parada.

Un chorro de fuego envolvió a la elfa oscura frente a la horrorizada mirada de sus compañeras.

-¡Isabel!; gritó aterrada la bruja.

Cristina tapó su boca con ambas manos para contener su llanto.

Tan súbitamente como había surgido, la columna de fuego se apagó. Con un nudo en la garganta las espectadoras esperaban ver el cuerpo calcinado de su amiga; sin embargo, grande fue su sorpresa al ver sana y salva a la elfa, con los brazos cubriendo en forma instintiva su rostro. La sorpresa de ella era tan grande como la de sus compañeras.

-¡Estas viva!; exclamó contenta e incrédula Mireya mientras la revisaba por todos lados.

-¿Cómo es posible?; preguntó sorprendida Cristina.

-Cuando el fuego me envolvió se formó una especie de barrera que no lo dejó tocar mi cuerpo; explicó Ethiel. -Me parece que los anillos que nos dio el jefe son bastante útiles.

-Ya pasó el susto, así es que sigamos que aún nos falta esa montaña; dijo Mireya apuntando hacia arriba junto a la base del macizo rocoso.

-Gracias por salvarme la vida; expresó sinceramente Cristina a Ethiel.

-El anillo te habría protegido; contestó la elfa.

-Pero tú no lo sabías y expusiste tu vida por mí; insistió la loba.

-Somos un equipo; respondió sin más Ethiel.

Frente a las enviadas se levantaba una escarpada montaña que obligatoriamente debían sortear para poder llegar hasta su objetivo.

-Afortunadamente alguien, alguna vez pasó por este sitio en más de una oportunidad, dejando un pequeño sendero; observó Mireya.

Después de una hora de arduo ascenso se hallaban a mitad de camino de subida; luego tendrían que descender por el otro lado.

-Por favor  paremos un rato; pidió la bruja, cuyo cuerpo humano no tenía la misma resistencia que los de sus compañeras.

-¿Por qué no vuelas?; preguntó algo intrigada Cristina.

-Porque prefiero ahorrar energía para el final; respondió la bruja.

-Mireya tiene razón; reconoció Ethiel. -Supongo que vamos a encontrar mucha resistencia cuando lleguemos a la fisura.

Al cabo de dos horas más el borde rocoso estaba al alcance de la mano; un último esfuerzo más y después vendría el descenso que debería ser más fácil.

-Me voy a adelantar a explorar; dijo Francine desapareciendo en medio de una corriente de viento.

-Que niña más impulsiva; comentó Mireya.

-Confía demasiado en sus habilidades; opinó Ethiel.

-¡Ayyy!; se escuchó el grito de la vampiresa que venía volando para terminar estrellada contra las rocas.

-¡Francine!, ¿qué te pasó?, ¿estás bien?; preguntó la bruja revisando si tenía algo roto.

-Hay un pequeño obstáculo más adelante; indicó mientras se sacudía la ropa. -Por suerte soy indestructible.

El suelo comenzó a temblar con fuerza mientras un ruido de rocas retumbaba por toda la montaña.

-¡Un terremoto!; exclamó Cristina con voz alarmada.

Francine le hizo un gesto con un dedo para que mirara detrás de ella.

Una mole viviente de rocas de diez metros de altura se alzaba frente a ellas.

-Cúbranse; ordenó Ethiel disparando una flecha que no fue de ninguna utilidad.

Porfiadamente la elfa seguía disparando flechas que rebotaban contra la roca sin rayarla siquiera.

-Déjame a mí; dijo Cristina transformándose rápidamente.

-No lo intentes; la detuvo Mireya. -Solo romperías tus garras.

-Esa cosa no tiene intenciones de dejarnos pasar; opinó Francine sin saber qué hacer.

Un poderoso chorro de fuego del báculo de la bruja envolvió a la criatura. Una espesa niebla  negra rodeaba a Mireya mientras el flujo de fuego se hacía más delgado y más ardiente y el ser rocoso se tornaba rojo incandescente.

-Eso no lo va a parar; opinó la loba.

-Pero esto sí; dijo la bruja cuando el fuego de su báculo dio paso a una gélida corriente de aire congelante.

La criatura perdió movilidad cuando quedó cubierta por una gruesa capa de hielo que la enfrió en forma brusca.

-Golpéenla ahora; ordenó Mireya a sus compañeras.

Un violento y poderoso puñetazo de Francine trisó una pierna de la mole, mientras Cristina hacía lo mismo con la otra pierna. Levantando Ethiel una mano en alto, una gigantesca roca se elevó y salió proyectada contra el pecho de la criatura, el que crujió ante el tremendo impacto. Una fuerte descarga  telequinésica de la bruja terminó por hacer estallar el rocoso  cuerpo de la cosa, cuyos restos salieron disparados en todas direcciones, como una peligrosa ráfaga de proyectiles, los cuales fueron detenidos por los escudos generados por los anillos que, una vez más, se activaron en forma automática protegiendo a sus dueñas.

Una vez más las cuatro expedicionarias demostraron que solo actuando juntas podían superar los distintos obstáculos que a su paso ponía el ser que pretendía crear su propio mundo, destruyendo para ello los otros.

-Está muy cerca; dijo Mireya viendo como había aumentado el brillo de su anillo.

-Sí, lo veo; dijo Ethiel con la vista fija adelante.

-Está como a tres kilómetros de distancia; corroboró Cristina.

-¿Pero ya vieron? Está lleno de esas cosas raras; observó Francine.

Como los ojos de Mireya no le permitían ver a tanta distancia, frente a ella se formó una especie de burbuja de jabón, que mostraba lo que sus compañeras veían.

-La fiesta va a ser muy agitada; dijo la bruja metafóricamente hablando.

En medio de un círculo de piedras se encontraba la fisura entre mundos; un agujero oscuro como la rajadura de una tela que latía como un corazón agonizante. Cientos de simios armados con hachas y garrotes; el cielo surcado por sombras voladoras, formaban una defensa difícil de flanquear.

-Va a ser difícil acercarse con esas cosas en el aire; meditó Cristina.

-Habrá que deshacerse de ellas primero; dijo la elfa apoyando su carcaj en una roca y comenzando a lanzar flechas hacia las sombras. Cada disparo era una criatura que caía derribada.

Un grito de furia hizo retumbar el campo cuando los simios se dieron cuenta del ataque. Como una ola que avanza imparable se lanzaron contra las intrusas.

-Denles con todo lo que tengan; gritó Mireya mientras barría la explanada con su fuego mágico y con la otra mano lanzaba una violenta onda de choque.

Cristina por su parte arrojaba grandes rocas a la horda de simios que se abalanzaba, aplastando a varios de ellos.

Con los ojos rojos de sangre y sus manos armadas de afiladas garras, Francine corrió tan rápido que el cielo y la tierra temblaron a causa de la detonación sónica que produjo, convertida en un viento portador de muerte y sangre, cruzó el campo de batalla. Sus garras chorreaban sangre y sus ojos se volvieron incandescentes cómo brazas, cuando se lanzó de nuevo contra las criaturas. Con  la respiración agitada y su boca chorreando saliva se detuvo junto a sus compañeras; con mano temblorosa de su chaqueta sacó dos tubos de sangre concentrada y los sorbió de un golpe.

-Tanta sangre casi me hace perder el control; dijo la vampiresa lamiendo sus escarlatas labios.

-Mientras no te desahogues con nosotras no hay problema; comentó Mireya.

-Ni en sueños probaría la sangre de ustedes; respondió la joven vampiresa. -No quisiera enfermarme del estómago.

-No quiero interrumpirlas con tonteras; intervino Ethiel. -Pero se me acabaron las flechas y aún quedan sombras voladoras.

Sin previo aviso Francine dio un fuerte puñetazo contra una roca, reduciéndola a pequeños guijarros.

-¿Te sirve para algo esto?; preguntó la vampiresa.

-Claro que sí; respondió la elfa alzando sus manos. Respondiendo a su deseo los trozos de roca se elevaron y ante un gesto de ella salieron disparados como una metralla que acribilló a las sombras que habían logrado escapar a sus flechas. Como una lluvia los cuerpos sin vida de las criaturas aladas cayeron sobre el campo de batalla aplastando a varios simios.

Ante tan devastador ataque los defensores sobrevivientes de la fisura se replegaron aterrorizados, no comprendiendo bien con sus pobres mentes lo que ocurría.

-Avancen ahora; ordenó Ethiel con su espada en la mano.

Cada aullido y cada zarpazo que la loba lanzaba helaba la sangre de las criaturas que estaban cerca de su víctima, tiempo que la elfa aprovechaba para descargar su filosa espada, haciendo rodar alguna cabeza o abriendo el vientre de alguna otra criatura.

El aire se llenó de humo de carne chamuscada por el fuego de la bruja, que abrazaba a cuanto simio se atrevía a ponerse a su alcance.

En un momento en que Francine se detuvo para apreciar la situación, se vio rodeada por seis criaturas que se abalanzaron para despedazarla con sus hachas.

-No se muevan; gritó con su voz más terrible.

Las seis bestias quedaron clavadas en el piso, como si se hubiesen convertido en muñecos inanimados. De un zarpazo a cada una le arrancó la cabeza, teniendo cuidado de que todos la vieran; el pánico que su accionar provocó hizo temblar y retroceder a las pocas criaturas que quedaban en pie.

El camino hacia la grieta dimensional, por la cual inexorablemente se estaban uniendo los mundos estaba despejado. Mireya y Cristina se acercaron con dificultad a ese punto, ya que una fuerza trataba de repelerlas; ante lo cual se formó una especie de barrera frente a ella, que las protegía de la energía que emanaba de la fisura. Era como tratar de caminar contra un huracán, cada paso requería de un  tremendo esfuerzo. La licántropa tomó de la mano a la bruja y avanzó con ella haciendo uso de su mayor fortaleza física.

Tan solo faltaba un metro para alcanzar su objetivo. Los anillos de ambas comenzaron a brillar con el mismo color del borde de la rajadura; con un gran y último esfuerzo lograron tocar la barrera de energía de la fisura con las sortijas. Poco  a poco la ruptura comenzó a cerrarse, pero no era suficiente; se requería del poder combinado de los tres anillos.

-¡Isabel!; gritó Mireya. -Necesitamos tu anillo.

-Estoy un poco ocupada ahora; contestó Ethiel deteniendo el golpe de un hacha con su espada.

-Anda, yo los detendré; dijo Francine, lanzando una rápida y violenta patada a la cabeza de un simio.

A duras penas la elfa oscura pudo llegar hasta sus compañeras y unir su anillo a los suyos. La fisura comenzó a sellarse lentamente, hasta que quedó reducida a un pequeño punto luminoso, cuyo resplandor aumentaba más y más, llegando a tornarse cegador.

-¡Va a haber una explosión!; exclamó Mireya sin saber qué hacer.

Una indescriptible detonación de pura energía cubrió el lugar donde ellas estaban paradas. La fisura se selló, pero la energía liberada arrasó con todo a la redonda.

Algo aturdidas la bruja, la elfa y la loba se encontraron tirabas en medio de un montón de  rocas, con Francine de rodillas junto a ellas respirando con dificultad.

-¿Están bien?; preguntó Cristina, que no entendía como se habían salvado de la tremenda explosión.

-Me zumban un poco los oídos pero estoy bien; respondió Ethiel.

-Yo también; contestó Mireya. -¿Cómo llegamos hasta aquí?

-¿Y tú cómo estás Francine?; preguntó la loba.

-En cuanto recupere el aire te contesto; respondió ella.

-¿Tú nos trajiste hasta aquí?; preguntó la elfa a la vampiresa, mirando el cráter que había quedado a lo lejos.

-No es nada que una vampiresa no pueda hacer; respondió la joven poniéndose lentamente de pie.

De pronto todo cambió. El paisaje desolado e inhóspito se convirtió en un verde parque lleno de árboles cubiertos de flores; el canto de las aves inundaba el aire con sus trinos y a lo lejos los ruidos de la ciudad. En el cielo la luna lucía esplendida e intacta.

-Parece que lo logramos; opinó Cristina aspirando hondo el aire de la noche.

-Así parece; coincidió Mireya.

-Bueno, en ese caso la elfa oscura debe desaparecer; dijo Isabel soltando su largo cabello rubio.

Frente a las cuatro mujeres una neblina comenzó a moverse hasta adquirir la apariencia de una persona, que terminó materializándose ante ellas.

-Mi señor; dijo Mireya arrodillándose respetuosamente ante el demonio.

-Levántate hechicera. Tú no deberás arrodillarte nunca más ante nadie; dijo el hombre. -Ninguna de ustedes cuatro lo harán jamás.

-Gracias Francine; habló el demonio. -Sin ti habría sido imposible.

-No fue nada señor; contestó ella. -¡Hey chicas miren, tengo un anillo también!; exclamó contenta la joven vampiresa.

-Te lo ganaste; respondió él. -Pero recuerda que no le debes decir a nadie de dónde lo sacaste; ni a tu jefa. Di solo que te lo dio un amigo.

-Descuide, guardaré el secreto; aceptó ella.

-Ya pueden volver a sus vidas normales; las autorizó a todas el demonio.

Las cuatro nuevas amigas nacidas juntas en batalla se despidieron felices de estar de vuelta en casa.

-¿Deseas que te lleve a Francia querida?; preguntó el hombre a la vampiresa tendiéndole la mano.

-Encantada, Monsieur; contestó ella. -Nos vemos chicas; se despidió de sus amigas mientras se desvanecía en el aire junto a su acompañante.

 

 

Herencia 14 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Herencia

-Hace tiempo que debíamos habernos tomado estas vacaciones; comentó Javiera a Enrique, quien conducía el lujoso todoterreno camino a la casa de verano que tenían en la precordillera.

-Es cierto, pero recuerda que yo siempre insistía para que lo hiciéramos; respondió él, con la vista fija en el camino.

-Lamentablemente no es tan fácil delegar la dirección de todas las empresas; observó con toda naturalidad Javiera, quien era la única heredera de una de las fortunas más grandes del país y si es que no del continente, dueña de tantas empresas que casi no las recordaba fácilmente a la primera.

-Tal vez esta sea la oportunidad para pensar en tener un heredero; opinó Enrique.

-Voy a estudiar su propuesta; contestó sonriendo ella, como si hablase con uno de sus asesores de negocios.

La luz de la luna permitía divisar la casa desde el camino, aunque más correcto era hablar de una mansión enclavada en medio de los cerros.

-Al fin llegamos; comentó Enrique estacionando el vehículo frente a la puerta principal.

-Que espectacular, dos semanas sin saber de negocios, ni pleitos, ni nada; respondió Javiera con placer en la voz.

Aunque no iban seguido a la propiedad, un empleado se preocupaba de que el refrigerador y la alacena estuviesen bien abastecidos y todo correctamente limpio y ordenado.

-¡Impecable!; opinó Enrique. -Como siempre José ha dejado todo perfecto.

-Recuérdame aumentarle el sueldo; comentó Javiera.

Desde temprano la pareja se dispuso a disfrutar de la gran piscina y de la tranquilidad de la soledad. El agua fresca, la brisa suave y el sol tibio de la mañana acariciaban la dorada piel de la millonaria, mientras Enrique hablaba con alguien por celular desde dentro de la casa.

-¿Un jugo?; ofreció él a su esposa, besándola en el cuello.

-Gracias, precisamente iba a buscar uno; aceptó ella.

Era tal la calma del lugar que claramente escucharon un vehículo que se estacionaba en la entrada.

-No lo puedo creer; reclamó algo contrariada Javiera.

-¿Alguien sabía que vendríamos?; preguntó Enrique.

-Nadie; contestó ella.

Una llave se introdujo en la puerta y las risas de una pareja que entraba risueña llegaron hasta la piscina.

Pilar se quedó inmóvil al ver a su jefa y amiga parada frente a ella, luciendo un diminuto bikini.

-Javi, Enrique, disculpen no sabíamos que estaban ustedes aquí. Como me diste un juego de llaves y me dijiste que viniera cuando lo deseara, yo….Mejor nos vamos; dijo Pilar a Diego, el abogado de Javiera.

Después de pasada la sorpresa, con una sonrisa Javiera se encogió de hombros.

-Es culpa mía Pili, tu eres mi asistente personal y debí avisarte que vendríamos; contestó ella a su amiga.

-¿Hace mucho que andan juntos?; preguntó Enrique a Diego pasándole una lata de cerveza.

-Bueno, la verdad es que nosotros solo somos amigos; se defendió éste.

-Sí, cómo no; insistió burlón Enrique.

-Te encanta meterte en la cama de los demás; reprendió con una sonrisa Javiera a su marido  mientras guiñaba un ojo de complicidad a su amiga.

-Ya váyanse a poner traje de baño y métanse a la piscina, es una orden; bromeó la millonaria.

-No quisiéramos molestar; titubeó tímidamente el abogado.

-Oh no te preocupes, la casa es bastante grande para los cuatro y la piscina también; lo tranquilizó la millonaria.

-En ese caso; agregó Pilar desabotonando su blusa y luciendo el bikini que ya llevaba puesto.

-¡Vaya!, ya andabas preparada; observó embobado Enrique.

-Soy una asistente eficiente y siempre lista; respondió ella.

-Creo que necesitas enfriarte un poco; dijo Javiera vaciándole un jarro de agua con hielo en la cabeza a su marido. Ante la cara de vergüenza de Enrique, los tres amigos largaron a reír.

-Ya pues señor abogado, estoy esperando a que se saque los pantalones; ordenó con una sonrisa Javiera.

-Yo puedo ayudarte; le ofreció Pilar desabrochándole el cinturón a su acompañante.

-Puedo solo gracias; contestó Diego tratando de mantener la compostura.

-Si quieres te ayudo yo; agregó Enrique cerrándole un ojo.

-Gracias pero prefiero a Pilar; respondió el abogado.

-No sabes lo que te pierdes; insistió Enrique lanzándole un beso con los labios.

Los tres se retorcían de risa a costa del abogado, el que volvió a los pocos minutos.

-¡Abogado!, por lo visto gasta todo su sueldo en gimnasios; observó Javiera admirando la bien formada musculatura de Diego. -Desde ahora se va a trabajar sin camisa; dijo ella relamiéndose los labios.

-Un momento, yo lo vi primero; alegó Pilar abrazando a su amigo por la espalda y posando sus manos en su firme abdomen.

El paisaje era realmente alucinante bajo la blanca luz de la luna llena; el ambiente era incitante e insinuante  a la vez, invitando a tomarse unos tragos sumergidos en las burbujeantes aguas del yacusi junto a la piscina.

Ya bien entrada la noche ambas parejas se retiraron a sus respectivas habitaciones en medio de risitas y cuchicheos. Entre sueños Javiera giró y buscó con su mano el cuerpo de su marido; al no hallarlo se despertó y vio que estaba afuera  hablando con Diego y Pilar. Aunque aguzó el oído no pudo entender de qué hablaban; movida por la curiosidad se levantó y dirigió a la piscina.

-¿Pasa algo?; preguntó ella a los demás en medio de un bostezo.

-Estábamos discutiendo de un proyecto que se le ocurrió a Enrique; contó Diego.

-¿En serio?; quiso saber Javiera. -¿De qué se trata?

-Bueno, es un pequeño negocio que te estaba preparando y quería regalártelo para tu cumpleaños; explicó Pilar.

-Grandioso, estropearon la sorpresa; reclamó Enrique.

-¿Y qué sería?; preguntó curiosa Javiera.

-Es una florería pequeñita y muy tierna que Enrique quiere comprarte; aclaró Pilar.

-Qué lindo eres; opinó Javiera. -Siento haberte echado a perder la sorpresa.

-No hay problema, siempre que pongas cara de sorprendida cuando te entregue las llaves; aceptó Enrique.

-Bueno, ya que todo se aclaró propongo que nos vayamos a dormir; sugirió Diego.

Javiera hasta el otro día se durmió con una sonrisa en los labios, su marido no dejaba de demostrarle su amor.

Todo el día lo pasaron relajándose en la piscina y bromeando de todo. Realmente esto es lo que los cuatro amigos necesitaban, alejados del frío mundo de los negocios y del dinero. La noche era la hora del yacusi. Ese era el regalo perfecto para cerrar el día.

-Permiso; pidió Javiera. -Debo ir al tocador.

Cuando iba de regreso a la piscina, la millonaria al pasar frente al escritorio sintió una curiosidad casi infantil por saber más detalles del nuevo proyecto de su marido.

-Este debe ser; supuso Javiera tomando una carpeta del cajón del antiguo escritorio de ébano.

Los ojos de ella se abrían cada vez más a medida que leía cada página, no pudiendo dar crédito a lo que veía. Pensando que se trataba de un borrador de un nuevo proyecto se encontró con un nuevo testamento en que Enrique figuraba como único heredero de ella, firmado por Diego como abogado y por ella y debidamente legalizado ante notario.

-¿Pero qué diablos es esto?; se preguntó en voz alta con el ceño fruncido.

Junto a los documentos encontró una reserva de avión a su nombre a Europa con fecha de hace dos días atrás.

Indignada se levantó con los papeles en la mano, dispuesta a encarar a los sinvergüenzas de su marido y su abogado. Al llegar a la biblioteca se topó de cara con ambos.

-¿Me pueden explicar qué significa todo esto?; preguntó furiosa a los dos hombres.

-Tranquila, no es lo que parece; trató de explicar el abogado.

-¿Crees que soy estúpida acaso?, aquí falsificaron mi firma; estalló Javiera. -¿Y esta reserva de avión?

-Vamos cielo, no lo hagas más difícil; pidió Enrique apuntándole con una pistola.

-No creas que te saldrás con la tuya tan fácilmente; lo desafió ella.

-Yo creo que sí. Nadie sabe que estamos aquí y nadie te echará de  menos ya que en este momento estás paseando por Europa y el avión en que regreses va a sufrir un lamentable accidente; dijo triunfante Enrique.

-¿Pero por qué?; preguntó Javiera.

-Dinero, muchísimo dinero; respondió fríamente su marido.

-Pero a ti no te falta nada; observó apenada ella.

-No me gusta estar viviendo de tu limosna y sometido a tus caprichos; respondió Enrique.

-¿Y vas a dispararme aquí acaso?; respondió desafiante Javiera.

En un momento en que Enrique bajó la vista, ella aprovechó de lanzarle un florero, golpeándole en la cara. A causa del golpe la pistola se le cayó de la mano y Javiera se apoderó de ella, encañonando a  ambos.

-No se muevan malditos; ordenó ella mientras tomaba un teléfono y comenzaba a marcar el número de la policía. -Ahora los dos se van a secar en la cárcel.

La vista de Javiera se nubló de golpe y su cuerpo inconsciente cayó al piso.

-Lo siento mucho querida; dijo Pilar empuñando el candelabro con que acababa de golpear la cabeza de su amiga.

La cabeza le dolía intensamente cuando recobró la consciencia. Ya no se encontraba en la casa; la jalaban por uno de los faldeos cordilleranos.

-Desgraciados, no se saldrán con la suya; gritaba Javiera. -Me  las van a pagar muy caro.

-Grita todo lo que quieras, aquí nadie te oirá; contestó Pilar.

-Llegamos, aquí es; señaló Enrique deteniéndose frente a la entrada de una mina abandonada.

-Vamos dispárale; ordenó la mujer a Enrique.

-¿Y dejar una bala fácil de rastrear?; objetó éste.

-Entra ahí; dijo Diego empujándola al interior de la mina.

-Aquí nadie te encontrará nunca; comentó Enrique arrojando un cartucho de dinamita al interior, el que selló para siempre la entrada del socavón, cuyas rocas aplastaron a Javiera.

Los tres asesinos celebraban su crimen perfecto. Pilar se besaba con ambos hombres sin que nadie se lo pudiese impedir, mientras ellos limpiaban todos los rastros de la pelea.

Poco a poco Javiera recobró el conocimiento, cuando trató de moverse se dio cuenta de que estaba aplastada por varias toneladas de roca. Recordó todo lo que había pasado esa noche y no lograba entender cómo es que aún se encontraba con vida; sin embargo, sabía que pronto moriría. Le dolía todo el cuerpo y el aire era muy escaso.

A pesar de que la cueva había quedado totalmente sellada, la oscuridad no era absoluta. Una extraña luminiscencia azulosa iluminaba con tonos sobrenaturales su tumba de piedra. Por el piso brillantes cristales azules parecían moverse hacia ella, acercándose a su cuerpo sangrante y agonizante. Con su mano temblorosa tomó y apretó algunos de aquellos cristales que parecían tener vida propia y dejó escapar por última vez el aire de sus pulmones.

El cadáver de Javiera yacía sepultado bajo varias toneladas de roca, en su tumba iluminada por ese extraño mineral radioactivo que había dado lugar a varios mitos que alguna vez ella había escuchado en la zona y que hablaban de extrañas luces azules y apariciones fantasmagóricas en los cerros cercanos, pero a los que nunca les había dado importancia.

-Pronto amanecerá; observó Diego. -Es mejor que nos vayamos.

-Yo me iré a la noche, para que nadie me vea; opinó Enrique. -Ustedes quédense aquí y hagan como que vinieron a descansar aprovechando que Javiera está en Europa; aconsejó a sus cómplices. -Sigan con el plan y pronto seremos asquerosamente ricos.

El automóvil del asesino se internó en la noche en camino a la ciudad, dando un paso más en el crimen perfecto. Pilar y Diego se quedaron en la mansión de la montaña dándose la vida de ricos que tanto ambicionaban.

-¿Cómo me veo?; preguntó la mujer luciendo uno de los finos vestidos de la difunta millonaria y varias de sus joyas.

-Pareces toda una reina; respondió Diego admirando los diamantes del collar que llevaba su pareja.

La luna iluminaba los roqueríos y quebradas cordilleranas, solo el viento se movía entre los riscos. Un fantasmagórico resplandor azul manaba de entre las rocas como relataban las viejas leyendas de los arrieros.

Un leve temblor, un deslizamiento de piedras por otro lado; un crujido de rocas al caer era el ruido sordo que se escuchó por un instante; la montaña crepitó como si una tumba se hubiese abierto. Bajo la luz de la luna, entre las rocas una mano se asomó; una mano distinta a otras manos, una mano que brillaba con luz propia, con un resplandor azuloso, una mano fría y dura, traslucida y cristalina.

Luego un brazo, luego otra mano; finalmente la tierra se abrió. Un cuerpo, una persona,….tal vez en otro tiempo, pero ahora ya no; una mente fría como el cristal que la contenía, guiada por un odio intenso, profundo, por una promesa de venganza lanzada en la noche, una fuerza que no podía ser contenida sino con la muerte de sus asesinos.

Sabía dónde debía dirigirse, no había planes complicados de venganza. Su gélido pensamiento le indicaba que solo debía localizar y matar, nada más importaba y no le molestaba ninguna duda. Ahora era todo tan simple.

Se levantó en toda su altura, miró las estrellas e inhaló hondo el frío  aire cordillerano, pero sus pulmones no se dilataron, no sintió como de costumbre el aire entrar por su nariz y cruzar por su garganta. Una vez más lo intentó, pero sintió su pecho rígido; lo tocó con sus manos y lo sintió duro, frío. No podía respirar, no podía estar viva y sin embargo lo estaba. Miró sus manos y con estupor notó que podía ver a través de ellas y de esa luminiscencia azul. Despacio llevó sus dedos a su rostro. El contacto fue impersonal, como si con guantes de cristal tocase una escultura de cristal; sin tacto, sin sensaciones, un rostro frío, anguloso y duro. El rose de los dedos produjo un zumbido parecido al que se oye al rosar el borde de una copa con agua.

Trató de gritar, pero su garganta no se movió, se concentró un poco más pero lo único que logró fue emitir un agudo sonido que nunca había escuchado. Un animal corrió asustado a esconderse, las rocas crujieron nuevamente ante la aguda vibración que perforó la noche.

Dio un paso vacilante, sus piernas estaban rígidas y pesadas. Caminó despacio al principio, más rápido después. Aprendía a moverse nuevamente, insegura como un niño que aprende a caminar; paso tras paso su confianza aumentaba, su andar se tornó seguro, su paso firme.

No sentía dolor, no sentía cansancio. Sabía que no debería estar viva, sin embargo lo estaba y continuaba su avance inexorable y decidida.

No tenía problemas para orientarse, ni dificultades para ver en la noche, ya que la oscuridad se apartaba a cada paso que daba. De pronto le pareció tan natural la luz que emanaba de su cuerpo que se preguntó cómo no la necesitaba antes. Ese pensamiento le hizo cierta gracia y trató de sonreír, pero sus labios no se movieron siquiera; no había flexibilidad en sus rasgos, pero tampoco la había en su objetivo. Mataría a quienes la habían traicionado y nada ni nadie lo podría impedir.

Las luces de la mansión ya estaban a la vista y se acercaban más y más. Nadie la vio entrar; se ocultó un rato tras unos árboles, luego se dirigió a la piscina esperando poder encontrar allí a los asesinos. La piscina estaba vacía, pero escuchó risas venir de la casa; se acercó hasta una ventana y con rabia vio a Pilar y Diego jugando en su cama.

-Ahhh; gritó Pilar al ver la figura en la ventana.

-¿Qué pasa?; preguntó el hombre.

-Vi a alguien que nos observaba; respondió agitada la mujer.

Diego se levantó a mirar por la ventana pero no vio a nadie.

-No hay nadie; dijo a Pilar. -Tiene que haber sido un reflejo de la piscina.

-Es posible, se veía como con un brillo azuloso; meditó la mujer. -Por un momento me pareció que era Javiera.

-Ella está muerta, bajo toneladas de rocas y nunca la encontrarán; calmó Diego a la mujer.

-Supongo que estoy un poco nerviosa; aceptó Pilar.

-Ya se te pasará cuando empieces a gastar todos esos millones de dólares; le dijo el abogado mordisqueándole suavemente una oreja.

Al rato, ambos cansados se durmieron abrazados. Un ruido de algo que cayó despertó a la pareja.

-Hay alguien más en la casa; dijo Pilar asustada.

-Quién quiera que sea no va a salir vivo de aquí; comentó amenazante Diego tomando la pistola que había dejado sobre el velador.

Despacio ambos se dirigieron al escritorio, de donde provenía un extraño resplandor azul. Un grito de terror escapó de la garganta de Pilar al ver la brillante figura que avanzaba lentamente hacia ellos.

-¡Javiera!; gritó la mujer, reconociendo los rasgos de la muerta en el rostro de la cosa que la sujetaba del cuello y la levantaba sin esfuerzo en el aire.

Una bala en el hombro de la cosa produjo un ruido de vidrio al ser golpeado, pero no le causó daño alguno. Con rabia la extraña mujer arrojó a Pilar al suelo y centró su atención en el abogado, el que disparaba sin ningún resultado todas las balas de su arma sobre la cosa esa que avanzaba sin inmutarse siquiera hacia él.

Aterrado Diego salió huyendo de la casa, dejando sola a Pilar con la criatura que  la miraba con sus cristalinos ojos cargados de odio.

-¿Por qué estás tan asustada amiga?; preguntó con una voz aguda y chirriante la mujer de cristal. -Soy yo Javiera, tu amiga.

-Discúlpame, yo no quería, Enrique me obligó; se intentó disculpar Pilar. -Yo no quería que murieras.

-Pero yo no estoy muerta; contestó Javiera con su voz vidriosa. -Claro que ahora que lo recuerdo, ustedes tres sí me asesinaron.

Pilar estaba tan aterrada que se hallaba al borde del colapso nervioso. A tropezones salió corriendo del escritorio, por el amplio pasillo de la mansión.

-¡No huirás de mí!; gritó con voz tan aguda Javiera que un espejo se rompió en mil pedazos frente a la mujer.

Pilar como hipnotizada a causa del miedo, veía avanzar el azul resplandor fantasmal que acompañaba al cuerpo de la extraña. Con la espalda pegada a la muralla, no podía ya alejarse de esa cosa que estaba cada vez más cerca de ella.

-¿No eras tan valiente cuando me mataste?; preguntó Javiera con su desagradablemente aguda voz.

-Por favor no hables más; rogó Pilar, llevándose las manos a los oídos para protegerlos de ese terrible sonido.

-¿No te gusta mi voz acaso?; preguntó la extraña agudizando un poco más su voz.

-Me duele; lloró Pilar.

Los labios de Javiera se separaron un poco más y por ellos escapó un chillido tan agudo que casi resultaba imperceptible. En medio de un grito de dolor, los oídos de Pilar comenzaron a sangrar, escurriendo hilos de sangre por entre sus dedos. El dolor era tan intenso que cayó de rodillas ante la extraña, quien se agachó junto a ella.

-Disculpa, no pretendí hacerte tanto daño; dijo Javiera, acariciando con su fría mano el rostro de Pilar.

Dos delgadas líneas rojas se marcaron en la mejilla de la mujer, deslizándose dos gotas de sangre por ella.

-Lo siento, creo que sin querer te corté con mi mano; se excusó Javiera.      -Parece que mis uñas cortan como vidrio. Bueno, por lo visto si son de vidrio; dijo pasando un dedo por la otra mejilla de Pilar.

El motor del auto de Diego que intentaba escapar interrumpió la situación en que se encontraba la mujer.

-Creo que tu amiguito quiere irse sin ti; dijo la extraña a la mujer. -Voy a hablar con él, espérame que vuelvo pronto; dijo Javiera poniéndose de pie.

Caminando hacia él Diego vio a la extraña mujer, cuyo cuerpo brillaba como un gran prisma despidiendo rayos de colores al ser tocado por las luces del automóvil. Pisando el acelerador hasta el fondo, lanzó el vehículo hacia adelante con la intensión de embestir a la extraña.

El golpe fue como si el vehículo hubiese chocado contra un muro de concreto, quedando totalmente aplastado por delante; con un golpe en la frente Diego intentó poner marcha atrás para escapar de ahí.

Con paso firme, como si nada la hubiese golpeado, la extraña se acercó a la puerta del conductor, cortando el vidrio con una de sus uñas y empujándolo con su puño duro como una piedra.

-¿Dónde crees que vas?; preguntó Javiera con su voz hiriente como cientos de agujas afiladas.

Abriendo lentamente sus labios dejó salir un grito tan estridente que todos los vidrios del vehículo estallaron. Sonido que dejó de ser perceptible por el oído humano; los oídos de Diego comenzaron a sangrar y la sangre a correr por su rostro. Las manos de él se crisparon sobre su cabeza, cuando ella forzó aún más su voz. En medio de un grito desgarrador de dolor, la cabeza del abogado estalló en pedazos, desparramando su contenido en todo el interior del automóvil.

La extraña se dirigió con paso calmado hacia la casa, donde se encontraba Pilar inconsciente tirada en el pasillo. Mareada por el terror la mujer pudo ponerse de pie, justo cuando por debajo de una puerta vio el resplandor azul que nuevamente venía hacia ella. Quería huir, pero su atacante venía por la única vía posible de escape; sin saber qué hacía, corrió hacia el otro extremo del pasillo, solo para terminar topándose con una pared.

La extraña se acercaba lentamente hacia ella, al fin y al cabo ya no había prisa.

-Adiós Pilar, no me olvides; dijo la mujer, despidiéndose de la que en otra época creyó su amiga.

Lentamente se alejó por el pasillo caminando hacia el jardín. Pilar apoyada en la pared apretaba su cuello, tratando de impedir que su sangre abandonase su cuerpo por el corte que con una de sus uñas Javiera hiciera en él. La vista se le oscureció y sus  piernas por fin se doblaron, cayendo de bruces al piso en medio de un gran charco de sangre.

La extraña mujer buscó por todas partes en caso de que Enrique se hubiese ocultado intentando escapar de su venganza. Después de revisar toda la casa se convenció de que él no estaba en ella. Por último revisó en el garaje, como última opción. Tendido en el suelo, con un disparo en la frente, yacía tirado el cadáver de José, el joven cuidador.

Movida por un extraño impulso cargó en sus brazos el cuerpo sin vida y se dirigió con él hacia los cerros. La luna acompañaba su marcha fúnebre. El extraño resplandor azul avanzaba por entre las rocas, siempre rodeando a la mujer.

El suelo estaba cubierto de pequeños cristales azules que comenzaron a moverse cuando la mujer depositó su cargamento en él. Lentamente los cristales se acercaron al cadáver; una extraña luminiscencia azul lo envolvió completamente por un rato.

Durante una hora la mujer estuvo contemplando con su rostro inexpresivo la transformación que experimentaba el cuerpo del hombre.

Poco a poco las rígidas extremidades de él comenzaron a cobrar vida; lentamente se puso de pie mientras la mujer observaba su cristalino cuerpo, frío, brillante y similar al de ella.

-¿Recuerdas qué pasó?; preguntó ella con su voz aguda y vibrante con un tono metálico.

El hombre trató de hablar, pero de su garganta solo surgió un zumbido agudo que hizo vibrar algunas rocas. Intentándolo nuevamente logró articular unas pocas palabras.

-Sí, me dispararon, pero no entiendo, ¿por qué no estoy muerto?; habló él con un  tono chirriante en la voz.

-No lo sé; contestó la mujer. -A mí también intentaron matarme.

-¿O tal vez lo lograron?; dijo ella mirando sus manos de cristal.

-¿Qué nos ocurrió?; preguntó intrigado él.

-Creo que obtuvimos la oportunidad de cobrar venganza; opinó ella.

-¿Sabes quién soy yo?, o debo decir ¿quién era yo?; preguntó ella al extraño hombre.

-Sí te reconozco, a pesar de que ambos hemos cambiado completamente; contestó él.

-Debemos vengarnos de quien nos traicionó; dijo la extraña.

-Eso será fácil; opinó él. -Solo debemos atraerlo hacia nosotros.

La extraña pareja caminó lentamente hacia la mansión, iluminando el camino a medida que avanzaban con su fantasmagórico resplandor azul.

-Enrique, soy Pilar, por favor vuelve enseguida, ha ocurrido un inconveniente; habló una voz por celular.

-¿De qué se trata?; preguntó el hombre.

-No puedo decírtelo por teléfono, es urgente; insistió la mujer.

-Está bien voy para allá, nos vemos luego; accedió Enrique.

-Viene para acá; dijo Javiera cambiando su voz al extraño.

-Muy bien, esta noche se hará justicia para ambos; opinó el extraño hombre.

A las pocas horas el vehículo de Enrique se estacionaba junto al auto de Diego.

-¿Pero qué es lo que pasó aquí?; preguntó en voz alta al ver el desagradable espectáculo que había en su interior.

Todas las luces de la mansión se hallaban apagadas y la puerta abierta; Enrique caminó hacia ella, no sin antes empuñar la pistola que llevaba en el bolsillo de su chaqueta. Todo estaba oscuro y en silencio, aparentemente no había nadie en la casa.

Por debajo de la puerta cerrada del escritorio se colaba una fría luz azulosa. Enrique se dirigió sigilosamente, con el arma firme en su mano. La manilla del picaporte se movió silenciosamente y sin hacer ruido Enrique entró en el despacho y disparó dos veces contra quien estaba parado frente a él. Las balas rebotaron sobre una superficie dura, sonando como si hubiesen golpeado contra un grueso cristal blindado.

-Hola querido, ¿me has echado de menos?; habló una mujer con un chirriante tono de voz.

-¡¿Javiera?!, pero tu estas muerta; exclamó Enrique.

-La verdad es que no estoy tan segura; dijo la extraña iluminada toda con ese resplandor azuloso que llenaba la habitación con una fría claridad.

-Bueno, no sé qué te ha pasado, pero me encargaré de que esta vez sí mueras definitivamente; dijo Enrique disparando su pistola.

El proyectil salió del arma y dio en el rostro de la mujer, pero terminó incrustado en una pared. Una y otra vez Enrique apretó el gatillo, sin que ninguna de las balas ocasionase el más mínimo daño a la extraña; varios golpes sobre cristal blindado y todos los proyectiles terminaron en las paredes.

Rápidamente con la vista Enrique recorrió la habitación buscando con que atacar a la extraña. Por alguna desconocida circunstancia el cuerpo de ella había experimentado una increíble mutación y su carne había  cambiado a duro cristal. Pero el cristal se puede romper según sabía él, así es que debía buscar algo duro y pesado y debía hacerlo enseguida o no lo contaría. Lentamente fue moviéndose hacia la chimenea para poder tomar el atizador.

Enrique descargó con fuerza el pesado fierro contra la cabeza de la mujer, la que en un acto reflejo puso su brazo por delante para protegerse del golpe. El impacto contra la extremidad de la extraña fue violento y acompañado por un agudo sonido. La mano le dolió intensamente a Enrique, ya que toda la energía del golpe se le devolvió por el metal, que quedó vibrando.

-Vaya, por lo visto soy más dura que el diamante; dijo la mujer mirando su brazo, con su voz que hacía doler los oídos. -¿Y cuán duro eres tú?

De un golpe Enrique se vio lanzado contra la pared, sintió como si le hubiesen dado con un garrote en vez de un brazo. Medio aturdido logró ponerse de pie y corrió hacia la puerta para intentar salvar su vida. Desagradable fue su sorpresa cuando otra de esas cosas le cortó el paso; de un solo golpe la criatura, que aparentemente era un hombre, lo lanzó al otro extremo de la habitación.

-¿Es este tu asesino?; preguntó la mujer en un tono dolorosamente agudo.

-Sí, es este; contestó el hombre con el mismo tipo de voz.

-Por favor no me hagan daño; rogó Enrique. -Tengo mucho dinero, podemos compartirlo.

-Ya es demasiado tarde para eso; gritó el hombre.

Los vidrios temblaron amenazando con romperse. Enrique tuvo que cubrirse los oídos para detener el zumbido que le produjo esa voz.

-A esta insignificante criatura le resulta desagradable nuestra voz; contó la extraña mujer al hombre, al tiempo que emitía un agudo chirrido que hizo que Enrique gritara de dolor mientras la sangre manaba de sus oídos.

-Ya entiendo; respondió el hombre. -Realmente parece muy frágil.

Abriendo levemente los labios, el extraño hizo vibrar su garganta en una frecuencia inaudible por el oído humano. Inmediatamente Enrique cayó desmayado. A los pocos minutos él recobró el conocimiento, presa de un intenso mareo que le impedía ponerse de pie; la cabeza le dolía y los oídos le silbaban. Algo estaba hablando la extraña pareja, pero no entendía bien que decían; supuso que tenía los tímpanos rotos.

-¿Sabes qué es lo que nos ocurrió?; preguntó el hombre a la mujer.

-Solo recuerdo que él me mató y después me había convertido en esto; respondió ella. -Parece que tiene que ver con un mineral azul que hay en esos cerros.

-Es extraño esto y sin embargo, siento como si esto fuera lo más natural; opinó el extraño.

-Yo también me siento así; meditó la mujer. -Distinta pero cómoda, cómoda y poderosa.

-¿Qué vamos a hacer con él?; preguntó el hombre con su voz chirriante.

-Terminemos con esto de una vez; contestó la mujer con el mismo tono de voz.

Ambos extraños se volvieron hacia Enrique, emitiendo un agudo grito que se fue haciendo cada vez más inaudible. Presa de un intenso dolor y en medio de un terrible grito, él se llevó las manos a la cabeza, hasta que en un momento ésta le estalló, desparramando su cerebro por toda la habitación.

Sin decir ni una palabra, la pareja se volvió y caminó lentamente a la puerta; la habitación quedó nuevamente a oscuras cuando la resplandeciente luminiscencia azul se retiró junto con los extraños.

La mujer que alguna vez se llamó Javiera miró una vez más la piscina en que disfrutara en otra vida. La mansión oscura ahora era un vago recuerdo de una antigua existencia que yacía sepultada bajo toneladas de rocas. Todo ese lujo ya no significaba nada para ella; este mundo ya no era el suyo.

Abriendo grande su boca la mujer lanzó un estridente grito hacia la casa. Imitándola el hombre la acompañó en esa demoledora nota que hizo retumbar la mansión hasta su fundación, rompiendo sus murallas y pilares en una estruendosa detonación que la redujo a escombros.

Sin ninguna atadura la pareja se internó lentamente en los cerros.

De vez en cuando algunos arrieros o excursionistas aseguran haber visto una fantasmagórica luminiscencia azul que se mueve por las quebradas, o un hombre o una mujer, o a veces ambos, enteros de cristal azul luminoso  que contemplan las estrellas como esperando algo.

 

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Vacaciones

-Bueno hija espero que lo pases muy bien en tus vacaciones; deseó Fabiola a Tamara.

-Eso téngalo por seguro tía; contestó Paola. -Aquí no hay como aburrirse.

-Quédate tranquila, tu hija va a estar bien; intervino Mónica.

-Qué suerte la de ustedes tener esta parcela; opinó Fabiola.

-Sí, es cierto; coincidió Mónica con su amiga. -Si quieres  quédate tú también.

-Me encantaría, pero tengo que trabajar; se excusó Fabiola. -En realidad quiero que Tamara empiece a ser un poco más independiente.

-Te entiendo; apoyó Mónica la decisión de su amiga. -En todo caso ya sabes cómo llegar.

-No he visto a tu marido; observó Fabiola.

-Está en Santiago viendo la venta de una propiedad, va a llegar un poco más tarde; explicó Mónica. -Mis otros críos estarán jugando por ahí.

-Mejor, así no nos molestan con sus tonterías; opinó Paola, pensando en su hermano mayor y en su hermana menor. -Tamara y yo tenemos mucho de qué hablar, ¿verdad amiga?

-Sí, por supuesto; coincidió ella.

-Bueno te dejo, por favor llámame si necesitas algo; se despidió Fabiola de su hija.

-Si mami, no lo olvidaré; se despidió Tamara de su madre. -Dale un beso de mi parte a mi papi y dile al pesado de Iván que no entre a mi pieza; pidió por último a su madre.

-No te preocupes, tu pieza estará igual de desordenada que como la dejaste; respondió Fabiola mientras su hija se alejaba corriendo.

-¡Qué grande está Tamara!; exclamó Mónica. -Debe tener muchos pretendientes en el colegio.

-Es cierto, pero ella sabe cómo manejarlos; contestó Fabiola a la observación de su amiga. -Ha crecido y se ha desarrollado muy rápido; mira el cuerpazo que se gasta y tiene solo quince años.

-Salió a ti no más; opinó Mónica admirando la figura de su amiga.

Apenas Fabiola se hubo ido, las dos jóvenes salieron corriendo a la laguna que había en el centro de la parcela.

-Mira, nos invaden; dijo Juan a Alicia, indicando a las amigas que se aproximaban.

-No dejaremos que se apoderen de nuestro planeta; contestó la pequeña Alicia riendo y lanzándoles una pelota de ping pong a Paola y Tamara.

-Capitana Tamara, hay nativos hostiles; dijo Paola a su amiga. -Proceda con cautela y neutralícelos.

-A sus órdenes comandante; respondió Tamara lanzándole de vuelta la pelota a la niña, quien la esquivó haciéndose a un lado.

-Ataque soldado; ordenó Juan a su hermana, la que echó mano a una bolsa llena de pelotas.

-Cúbrete; mandó Paola a Tamara.

Después de un incesante intercambio de pelotas, Tamara afinó su puntería y dio con una a Alicia.

-Agghh, me han herido, me muero; dijo llevándose las manos al pecho y cayendo en cámara lenta al suelo, moviendo cómicamente sus brazos y piernas.   -Ya me morí; agregó con una risita.

-Los derrotamos capitana, tomemos su planeta; dijo Paola sentándose sobre su hermana menor.

-Te engañe, la bala no me tocó; dijo la pequeña poniendo sus dedos sobre el vientre de su hermana.

-Cosquillas no, cosquillas no; rogó Paola retorciéndose en el pasto mientras su hermana se divertía haciéndole cosquillas por todos lados.

-Ríndete; le ordenó Alicia.

-Nunca; respondió valientemente Paola.

-Entonces te seguiré torturando; dijo mientras la rosaba por toda su piel.

-Está bien, me rindo; aceptó por fin la joven.

Mientras los cuatro niños se secaban al sol se escuchó un curioso silbido.

-¿Qué es eso?; preguntó con curiosidad Tamara.

-Nos están llamando para almorzar; respondió Juan.

-Menos mal, ya me moría de hambre; opinó la pequeña.

Cuando se estaban poniendo algo de ropa, Alicia se acercó a Tamara.

-Que rico perfume tienes; opinó olfateándola.

-No tengo ningún perfume; respondió ella.

-Pero hueles muy rico; insistió la niña.

-No le hagas caso a mi hermana, es un poco rara; intervino Paola.

El olor a carne asada inundaba el aire, despertando el apetito en los cuatro amigos.

-¡Asado, que rico!; exclamó Tamara mirando al papá de Paola cocinar la carne, mientras Mónica a su lado armaba la ensalada.

-Hola Tamara; saludó José con una sonrisa a la amiga de su hija.

-Hola tío; contestó ella con un ademán de su mano.

Después de disfrutar un delicioso almuerzo, los cuatro se pusieron a jugar con una pelota de voleibol.

-Que juego más aburrido; dijo Alicia después de un rato. -Mejor traten de quitarme la pelota si pueden; los desafió apoderándose del balón.

Cuando lanzaba la pelota para arriba, Paola de un salto la equilibró en una de sus manos.

-Toma es tuya; dijo mientras se la lanzaba a Juan, cuando Alicia trataba de recuperarla.

-No dejes que la tome; dijo éste arrojándola a Tamara.

Antes de que ella pudiese atraparla, de un inesperado salto la pequeña Alicia la apresó con sus manos.

-¡Guau, qué salto!; exclamó sorprendida Tamara.

-Reconózcanlo, soy demasiado buena para ustedes; dijo triunfante la niña, mientras apartaba un mechón de cabello de su rostro.

La noche la pasaron jugando Monopolio y comiendo galletas y leche.

-Bueno niños, creo que ya es tarde, deben ir a acostarse; opinó Mónica.

-Pero no tengo sueño; reclamó Alicia dando un gran bostezo.

-Ya dije. Buenas noches; ordenó la madre.

La cama de Tamara era muy cómoda y se durmió rápidamente. A eso de las dos de la madrugada fue despertada por un extraño ruido; aguzando un poco el oído se dio cuenta de que eran varios gatos que corrían y maullaban de un lado para otro. Como estaba acostumbrada a ese barullo en la ciudad no le dio mayor importancia y se volvió a dormir.

-Hola qué tal dormiste; preguntó Mónica a la joven.

-Bien, claro que me despertaron los gatos; respondió Tamara.

-Sí, ellos; pensó José. -Hace un tiempo nos adoptaron como familia y decidieron quedarse a vivir aquí; explicó él.

-En todo caso no me molestan; agregó la joven, recordando que era una invitada de los dueños de la casa.

-Mmm, leche que rico; observó ella para relajarse.

-Qué bueno que te guste, es muy nutritiva; opinó Mónica.

-A nosotros nos encanta; intervino Alicia.

La noche siguiente luego de jugar un juego de estrategia militar, Tamara se puso a leer un rato antes de dormir. Los gatos se escuchaban más inquietos que la vez anterior y no la dejaban concentrarse en su lectura, así es que recurrió a medidas extremas, se puso los audífonos de su mp3 para no oírlos.

-Anoche sí que estuvieron activos los gatos; comentó Mónica que parecía no haber dormido mucho.

-Sí, algo; respondió Tamara sin darle mayor importancia.

La parcela era muy linda, pero lo que más le llamaba la atención a la amiga de Paola era el bosque que poseía cerca de la casa.

-¡Qué lindas se ven las estrellas desde aquí!; comentó Tamara a Paola, admirando el cielo nocturno del campo.

-Sí, realmente es muy bonito; contestó ella.

-Tienes razón hija; agregó Mónica que también se unía a disfrutar de la noche, junto con toda su familia y su invitada.

-Me gusta tu aroma; comentó Alicia acercándose a la joven amiga de su hermana.

-Es cierto, hueles muy bien; observó José girando en torno a Tamara.

Mónica, Paola, Alicia, José y Juan, los cinco comenzaron a caminar en círculo  alrededor de la joven, la que comenzó a sentirse inquieta.

-Oigan me están poniendo nerviosa; dijo Tamara con un tono de preocupación en la voz. -¿A qué están jugando?

-Jugamos al gato y al ratón querida; respondió Mónica con sus brillantes ojos verdes fijos en la joven. -Tú eres el ratón.

Entre sorprendida y asustada, Tamara vio como el rostro de su amiga Paola comenzaba a volverse redondeado, en tanto que los dedos de sus manos se recogían, quedando éstas convertidas en las patas de un gran felino que asomaba sus afiladas garras.

-¡Un monstruo!; fue lo único que alcanzó a decir la joven cuando la que fuese hace poco su amiga le dio un zarpazo en el brazo izquierdo, provocándole tres profundos cortes.

Casi sin control, a pesar de su herida, Tamara se largó a reír casi a carcajadas.

-Mejor así; opinó José. -Tu  locura hará más divertido el juego.

La pequeña Alicia, que ahora lucía como una robusta y negra gata de verdes ojos como encendidas esmeraldas, se lanzó sin previo aviso sobre el rostro de la muchacha.

-¡Tontos gatitos!; exclamó Tamara en medio de risas, mientras con una mano sostenía en el aire a su atacante, mirándola con ojos intensamente amarillos.

Desconcertada la familia sintió como crujían los huesos de la pequeña, mientras daba un último y lastimero maullido de miedo y dolor.

Los cuatro rodearon gruñendo amenazantes a la inesperada agresora, cuya estatura aumentó varios centímetros mientras su cuerpo se cubría rápidamente de un pelaje rojizo y sedoso, a la vez que sus delicadas manos se convertían en poderosas zarpas armadas de gruesas y afiladas garras y un agudo aullido escapaba de sus fauces coronadas de terroríficos colmillos.

La luna en todo su esplendor brillaba en el cielo campestre, alumbrando con su fría luz la escena macabra en que se había convertido la noche.

Ante la imponente apariencia adoptada por la aparentemente frágil Tamara, los cuatro sobrevivientes huyeron hacia el bosque, dejando a un lado el cuerpo sin vida de la pequeña Alicia, que lucía nuevamente su carita de niña y por cuya boca entreabierta caía un hilo de sangre.

La licántropa sabía que el bosque era para ella el escenario propicio para cazar; sin embargo, no se confiaba, ya que ella estaba sola y ellos eran cuatro. Guiándose por su sensible olfato podía percibir la presencia de las extrañas criaturas; el rastro le llegaba de todos lados, lo que la hizo deducir que los felinos se habían separado para rodearla.

Un aullido rompió el silencio de la foresta. Cuatro carreras en distintas direcciones; la bestia ya sabía que ruido hacían al correr los gatos por entre los árboles y hojarascas. Sigilosamente avanzaba como un fantasma, olfateando el aire y aguzando el oído. Un profundo silencio se apoderó del bosque; eso podía significar solo una cosa, los gatos se ocultaban en los árboles. Después de meditarlo un rato, ella concluyó que esa era una buena opción y los imitó.

Consciente de que en cualquier momento podía caer en una emboscada, los sentidos de ella estaban más despiertos que de costumbre. A sus oídos llegó el sonido de una respiración agitada y los latidos de un corazón que bombeaba acelerado indicándole donde estaba su presa.

Juan se sentía cansado y agobiado, nunca antes había tenido que huir de nadie ni de nada, pero ahora todo era distinto; la presa se había convertido en cazadora y para colmo su hermanita había sido muerta por ese monstruo. Por un minuto Juan adoptó nuevamente su forma humana, para poder sentarse mejor y descansar un rato en la rama donde estaba trepado.

Solo un minuto, nada más, el tiempo necesario para pensar que hacer. Un minuto, no necesitó más tiempo ya que la velocidad era una de sus principales características; tiempo suficiente para sujetar a su presa y romperle el cuello entre sus mandíbulas. Un aullido de muerte sacudió la noche; los gatos comprendieron que acababa de caer otro de ellos. En el suelo, sobre un manto de hojas bajo un árbol, yacía el cuerpo destrozado de Juan; la bestia no estaba devorando a sus presas como de costumbre, esta vez era solo por el placer de matar.

El brazo de Tamara aun sangraba, pero no hizo nada para impedirlo, al contrario con él rozó algunas ramas y hierbas, dejando un claro rastro de sangre.

El olfato del macho lo guió fácilmente hasta donde se encontraba su presa. Corriendo silenciosamente como una negra sombra llegó hasta una gran mancha de sangre en el suelo; una mancha y nada más. Demasiado tarde se dio cuenta de la trampa en que había caído; la bestia lo inmovilizó en el suelo con una de sus poderosas manos. Con el hocico chorreando sangre y baba lo levantó entre sus fauces y con un violento chasquido lo partió en dos. El pequeño tamaño de los gatos en comparación con el suyo los hacia una presa demasiado fácil y hasta aburrida para la que horas atrás era Tamara.

Otro aullido en medio de la noche hizo comprender a las dos hembras que la suerte estaba sellada para ambas a menos que tomaran la iniciativa.

Un estridente rugido, pero esta vez de un felino muchísimo más grande que simples gatos puso en alerta a la loba. Un segundo rugido proveniente de otra dirección del bosque recibió el primero en respuesta.

En medio de la noche comprendió que el juego se había acabado. Las hembras no serían presa fácil y hasta podrían ser muy mortíferas si se descuidaba. Sus oídos le indicaban que el tamaño de las gatas era considerablemente grande ahora.

Silenciosamente por el rabillo del ojo vio una sombra que se lanzaba sobre ella desde la rama de un árbol. Con un  rápido giro logró rechazar a su atacante de un manotón mientras que le descargaba las garras de su otra mano. Como cien agujas sintió las garras de la pantera cortar en su hombro.

Paola recuperaba su forma humana mientras se retorcía de dolor en el suelo con una profunda herida en el pecho y otra en su muslo derecho, impidiéndole transformarse para escapar o luchar.

Enloquecida de rabia por el dolor de su hombro y por el olor de la sangre de la joven, la bestia se disponía a rematarla cuando un aterrador y fuerte rugido a su espalda la hizo volverse rápidamente; a escasos cinco metros otra pantera, más grande y más negra que la anterior la observaba con dos incandescentes brasas verdes.

Las dos criaturas se paseaban una frente a la otra, como estudiándose mutuamente. Finalmente sin previo aviso, el felino se lanzó con las patas delanteras extendidas y sus mandíbulas separadas. La licántropa con ambas manos sujetó las patas de la pantera y juntas rodaron por el suelo a causa de la fuerza del salto. El sonido de los colmillos al cerrarse las fauces de los animales era igual al de piedras que se golpeaban. La pantera trató de hacer uso de las garras de sus patas traseras, pero éstas  fueron inmovilizadas por las rodillas de la bestia, cuyo peso no la dejaba moverse casi. Finalmente la loba logró apresar entre sus fauces el cuello del felino, el que se desgarró con facilidad como tantos otros bajo la presión de aquella formidable combinación asesina de músculos y colmillos.

Lentamente el cuerpo inanimado de Mónica volvió a recuperar su forma normal. Paola, gravemente herida sintió el calor de la sangre y de la baba cayendo por su rostro cuando las mandíbulas de la bestia se cerraron sobre su cabeza.

El sol comenzaba a despuntar por la cordillera cuando Tamara volvió a la casa de campo. Aunque ya no sangraba, su hombro y brazo le dolían un poco. Bajo la ducha aseó bien las heridas mientras el agua quitaba los restos de sangre y carne de su boca.

Hurgueteando por toda la casa encontró un botiquín con varios medicamentos y vendas. Para su sorpresa también había un frasco de suero antirrábico, el cual no dudó en inyectarse inmediatamente por si acaso. Una vez seca vendó sus heridas y se dirigió a la cocina. Tanta actividad le había despertado el apetito, pero esta vez quería comida común y corriente.

Sin nada más que hacer tomó su teléfono para pedir que la fueran a buscar.

-Hola mamá, ¿podrías por favor venir a buscarme ahora?; pidió por celular.

-¿Ya te aburriste?; preguntó Fabiola.

-Digamos que esta familia se puso algo pesada conmigo; contestó sin más detalles.

-Espero que no sea nada serio; pensó su madre.

-Aquí te cuento; respondió Tamara y colgó.

A las dos horas Fabiola estacionaba su auto frente a la casa campestre.

-Hola hija, ¿qué te pasó?; preguntó la mujer al ver los vendajes en el brazo izquierdo de su hija.

-Tuve problemas con unos gatos, pero ya lo solucioné; explicó a su madre.

-¿Y dónde está la familia que no los veo?; preguntó intrigada Fabiola.

-Ven, sígueme al granero; pidió Tamara a su madre.

En el piso del granero yacían los cuerpos destrozados de los cinco miembros de la familia. Después de la sorpresa inicial, Fabiola olfateó el aire y se arrodilló junto a los cadáveres para olerlos mejor.

-Ya veo; fue lo único que dijo la mujer mientras se sacudía los pantalones y sacaba un encendedor de su chaqueta. De un puntapié dio vuelta un bidón de combustible, acercando a él la llama; la paja que había en el granero propagó el fuego rápidamente, consumiéndolo completamente en pocos minutos.

-Vamos, volvamos a casa; propuso Fabiola a su hija.

-¿Vez que tengo razón hija?; dijo la mujer a la joven.

-¿En qué mamá?; preguntó ésta.

-Las apariencias engañan; sentenció Fabiola.

-Y eso que se veían tan normales como tú o como yo; opinó Tamara.

Después de mirarse mutuamente, ambas estallaron en una estridente risotada.

 

Casa gótica

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Boris Oliva Rojas

 

 

Casa Gótica

Cada vez que Juana pasaba frente a esa antigua casa se quedaba extasiada admirando los complicados adornos que le daban más el aspecto de una catedral gótica en miniatura que de una vivienda. Sin embargo, la similitud terminaba con el escudo de armas que coronaba su fachada principal; el cual representaba la cabeza  de un carnero o algo por el estilo.

Por lo que podía apreciar a simple vista, era una construcción muy sólida, nada de la tabiquería que se acostumbra usar ahora.

Juana calculaba que la casa gótica, como ella la llamaba, debía haber sido construida a fines del siglo XIX o principios del XX; tal vez perteneciente a alguno de los famosos millonarios surgidos de la explotación de los yacimientos salitreros del norte o de las minas de carbón del sur, que mencionaban los libros de historia.

Esa tarde no era la excepción, después de admirarla por algunos minutos cerró su chaqueta para protegerse del viento otoñal y continuó su camino a la casa que arrendaba con una amiga, con quien compartía los gastos.

Hace dos años que había llegado del sur a vivir a la capital, en busca de mejores oportunidades; gracias a los contactos de un tío suyo, encontró rápidamente trabajo. Desde el primer día congenió muy bien con Teresa y al cabo de unos meses se les ocurrió que podrían arrendar juntas una casa y así ahorrar algo de dinero. Una tarde mientras conocían los alrededores, pasaron frente a la casa; si hubiese sido una persona se podría haber dicho que fue amor a primera vista, aunque más parecía una obsesión, ya que necesitándolo o no, desde esa vez Juana hacia un rodeo innecesario para pasar frente  a aquella magnifica propiedad antes de ir directamente a su casa.

Había cosas que en Juana y Teresa coincidían y otras discrepaban totalmente, pero a pesar de todo se llevaban muy bien. Juana prefería las películas de aventuras, en tanto que Teresa las de terror, así es que los fines de semana alternaban las películas; en cambio a ambas les fascinaba la música rock de los ochenta y noventa. Por otro lado, Teresa acostumbraba lucir siempre de negro, incluyendo el color de sus uñas, mientras que Juana prefería jeans y uñas rojas. Con el tiempo cada una se acostumbró a los gustos y forma de ser de la otra. Juana no tenía pareja desde que llegó a la ciudad a pesar de los intentos de Teresa por conseguirle una; Teresa en cambio tenía varios amigos y amigas a los cuales en un principio solía invitar a casa; al ver que a veces esto le molestaba a Juana, acordaron que semana por medio cada una podría disponer de la casa para sí sola por dos noches.

La fijación de Juana por la casona había llegado hasta el punto de que había puesto fotografías de ella en el fondo de escritorio de su computador y se pasaba horas retocándolas o modificándolas un poquito e imaginando cómo sería su interior.

El último cumpleaños de Juana cayó un viernes que a Teresa le correspondía la casa, pero como ella estaba muy ocupada cocinando y preparando cosas para sus invitados, no quiso importunarla. Al ver que preparaba la mesa para una cena de dos personas y ponía en ella una caja de terciopelo negro con una cinta roja de regalo, intuyó que ya era hora de dejar a solas a su amiga.

-Supongo que tu invitado ya debe estar por llegar, así es que te dejo sola para no molestar; dijo Juana al ver que Teresa se había puesto un vestido de fiesta nuevo, de color negro como era de esperarse.

-Espera, no te vayas. Esta noche tú eres mi invitada, a menos que quieras pasar tu cumpleaños sola; dijo Teresa con una sonrisa.

-¡Te acordaste!; respondió Juana contenta abrazando a su amiga.

-¡Claro que me acordé! y he estado toda la tarde preparando la celebración. A propósito, hay algo para ti encima de tu cama; le comentó Teresa.

Curiosa Juana fue a ver de qué se trataba. Encima de la cama había muy estirado un vestido de fiesta nuevo igual que el de Teresa, pero de color rojo. Después de un rato salió luciendo su nueva tenida, emocionada como una niña chica.

-Es precioso; dijo Juana. -Muchas gracias.

-Y te queda súper bien; observó Teresa.

La cena la pasaron riendo, contando anécdotas y bromeando y cada cierto tiempo los ojos de Juana se iban hacia la caja de terciopelo negro; Teresa se sonreía pero no decía nada, mientras su amiga tamborileaba con los dedos.

-Ábrelo, es para ti; dijo por fin Teresa.

Con dedos apresurados Juana soltó la cinta y levantó la tapa. Con aire de curiosidad miró la joya y la tomó en el aire para verla mejor.

-Es muy lindo, muchas gracias; dijo Juana sinceramente.

-Si piensas que el pentagrama invertido es un símbolo satánico permíteme corregirte, espera un poco; pidió Teresa parándose y volviendo al poco rato con un libro.

-Mira, aquí dice que este es un símbolo que protege de las malas energías; explicó a su amiga.

-Ya veo; contestó Juana mientras ojeaba con curiosidad el libro.

-Déjame ponértelo; ofreció Teresa.

-Sí; aceptó Juana. -Vaya, es pesado.

-Es de plata maciza pura; respondió Teresa.

-Pero  debe haberte costado mucho dinero; opinó Juana.

-Oh, por eso no te preocupes; dijo Teresa no dándole importancia. -Lo importante es que a ti te guste.

-Me encanta, no sé cómo agradecértelo; contestó ella.

-Me lo puedes agradecer usándolo siempre; respondió Teresa.

Después de seguir charlando varias horas más y por efecto del vino también, Juana dio un gran bostezo.

-Huy, perdón, ya me dio tuto; se disculpó con Teresa.

-Yo también estoy cansada; respondió ésta. -Vámonos a dormir y mañana vemos que hacemos para seguir celebrando.

-Muchas gracias, eres la mejor amiga que alguien podría tener; agradeció Juana.

En sueños la mente de Juana voló por todos lados. Soñó con el medallón, con Teresa y también con la casa; soñó que la reja se abría sola y cruzaba el gran jardín que había enfrente. La puerta de la mansión estaba abierta y Juana atravesó el umbral; un gran recibidor que comunicaba a un salón fue lo primero que había. Una escalera de mármol llevaba a un segundo piso, en tanto que gruesas columnas de piedra parecían sostener el cielo. Iluminada con candelabros con grandes velas que creaban una atmosfera embriagante de sombras danzantes. Hacia el otro extremo una puerta conducía a un largo pasillo con grandes ventanales con rojas cortinas que dejaban entrar la luz de la luna. Una sólida escalera de piedra llevaba a un pasillo subterráneo alumbrado por antorchas, que llegaba hasta una gran puerta de gruesa madera y hierro donde estaba grabado el mismo escudo que coronaba la entrada de la mansión; el mismo carnero, pero esta vez dentro de un  pentagrama invertido.

Juana se apoyó en la puerta y ésta cedió a su presión, abriéndose y dejando a la vista un gran salón con piso y paredes de piedra, iluminado por antorchas fijas en las paredes. Al fondo del salón, en una especie de tarima de piedra, había lo que parecía ser una gran mesa de granito, en cuyas esquinas ardían cuatro cirios negros.

Cuatro gárgolas de piedra custodiaban las cuatro esquinas del extraño salón. Justo en el centro del piso había un círculo abierto en el piso, del cual surgía un fuego que parecía no apagarse jamás.

La muralla detrás del altar y que quedaba justo frente a la puerta, estaba dominada por un inmenso cuadro que mostraba un pentagrama invertido con la cabeza de un carnero dentro. Las paredes de los lados tenían un cuadro cada una del alto de la misma, retratando una bella mujer con membranosas y grandes alas, que apuntaba uno de sus brazos hacia el pentagrama y el otro hacia las llamas que ardían eternas en el suelo.

La atmósfera se sentía cargada de electricidad, mientras que un extraño olor mezcla de almizcle con un suave toque de azufre penetraba en la mente alterando los sentidos.

Juana caminó hacia el altar, subiendo lentamente los escalones. Sus dedos recorrieron suavemente la piedra y se posaron sobre un puñal con una cabeza de carnero en la empuñadura.

Entonces la puerta se cerró violentamente y el fuego pareció cobrar vida.

Los ojos de Juana se abrieron lentamente cuando la luz del sol de la mañana dio en ellos.

Teresa en la cocina preparaba el desayuno.

-Remolona, ya está servido el desayuno; la llamó. -Ven antes de que se enfríe.

-Espera me voy a vestir; contestó Juana.

-Así no más, que se van a enfriar los huevos con champiñones; insistió su amiga.

-Voy corriendo; respondió Juana, a quien le encantaba ese desayuno y entró despeinada, vistiendo solo una corta camisola y pantuflas.

-Creo que se me pasó la hora; se disculpó con Teresa.

-No importa, total hoy es sábado; aceptó ella.

-¿Cómo dormiste?; preguntó.

-Bien, pero tuve un sueño súper raro; respondió Juana.

Mientras desayunaban, ella relató lo soñado a su amiga.

-Bueno, definitivamente el pentagrama invertido junto con la cabeza de carnero en su interior representa a Lucifer o Satanás, como quieras llamarlo. La mujer con alas debe haber sido Lilith, la esposa de Lucifer; explicó Teresa.

-O sea que soñé con demonios; dijo Juana.

-Según el mito, ambos son espíritus inmortales; continuó Teresa.-Dicen además que necesitan ocupar el cuerpo de un humano para poder moverse en este plano.

-¿Y qué pasa con la persona?; preguntó intrigada Juana.

-Su cuerpo, su mente y su alma deben morir y son reemplazados por las de esos espíritus; concluyó Teresa.

-Uy que miedo; opinó Juana.

-En todo caso solo es un mito; aclaró su amiga.

-Espero que no te haya dado mucho miedo; dijo Teresa. -Igual suena interesante.

-La verdad es que no era una pesadilla, incluso sentía mucha curiosidad y tranquilidad; meditó un rato Juana.

-Que bueno, no es gracioso tener una pesadilla; agregó Teresa.

-Menos mal, te habría despertado a gritos; pensó Juana.

-Y el zapatazo que te habría dado para despertarte; respondió bromeando su amiga.

Ambas rieron de buena gana.

Teresa miró el cuello de Juana y con satisfacción vio que llevaba puesto el colgante.

-Debe haber sido porque estuviste ojeando ese libro; dedujo Teresa apuntando a la mesa de centro.

-Sí, eso tiene que haber sido; coincidió Juana con ella.

La noche siguiente los sueños se volvieron a repetir y la siguiente y la que le seguía. Idénticos, excepto que ahora a Juana le parecía ver la silueta de su amiga a través de las llamas del círculo de fuego.

La próxima noche la figura de Teresa era más nítida y se podía distinguir que vestía una túnica negra que se traslucía con la luz que emanaba de las llamas, dejando ver de forma difusa su figura.

La siguiente noche, Teresa estaba de pie frente al altar con los brazos hacia arriba, sosteniendo el puñal en sus manos.

Una de las mañanas Teresa notó que Juana estaba inquieta y giraba entre sus dedos el medallón.

-¿Estás bien?; preguntó por fin.

-Sí, ¿por qué lo preguntas?; respondió Juana en el tono más desagradable que escuchara Teresa de su amiga.

-Últimamente te he notado algo “especial”; dijo Teresa haciendo un gesto de comillas con los dedos.

-Yo estoy bien, ¿y tú?; devolvió la pregunta Juana.

-Está bien, disculpa si te molesté; respondió Teresa. -Es solo que me preocupo por ti.

-Tranquila que nada malo me pasa; contestó Juana, pasando un dedo por la nuca de su amiga, lo que hizo que una corriente eléctrica corriera por toda su espalda.

-Hoy te toca cocinar a ti; recordó Teresa.

-Ok; respondió su amiga sin más.

-Puré con filete y ensalada; ofreció Juana a la hora de almuerzo.

-Vaya, te han cambiado los gustos parece; comentó Teresa.

-¿Por qué lo dices?; preguntó su amiga.

-Esta carne está prácticamente cruda; observó.

-¿No te gustó?; preguntó Juana con una sonrisa.

-No es eso, tú sabes que así la como yo; respondió Teresa. -Es solo que tú la prefieres bien cocida.

-No me había dado cuenta de lo bien que sabe así; opinó Juana.

-Esta noche la casa es para ti; dijo Teresa.

-Es cierto; meditó Juana. -Hagamos una fiesta.

-¿Es en serio?; preguntó sorprendida Teresa.

-Sí, quiero divertirme esta noche; contestó Juana.

-¡Perfecto!, voy a invitar a unos amigos; aceptó su amiga.

Todo quedó preparado para esa noche. Cerca de las diez, Juana se había puesto su vestido rojo.