Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Apetito carnal 2 febrero 2010

Archivado en: Amigos autores — tiberiocesar @ 16:00

I

APETITO CARNAL


El ventilador removió el aire caliente, estancado en la habitación durante todo el día. En el exterior el verano tendía sus redes; una calima que ahogaba los sentidos y atoraba la voluntad. Nestor había pasado todo el día adormilado, tendido en el sofá cutre de la habitación que ocupaba en el “Motel Yucatán”, un anodino tugurio de carretera.

Ya no sabía cuanto tiempo llevaba allí, ni le importaba; se incorporó pesadamente y se sintió mareado, miró a su alrededor y contempló, con una mezcla de angustia e indiferencia, los restos esparcidos de su última comida: pizza y un par de latas de cerveza. Rebuscó en su interior, intentando poner en orden sus sensaciones. Nada, absolutamente nada.

El ordenador portátil seguía encendido. Nestor se aproximó algo más vivo, como si de repente hubiera recobrado el control sobre sí mismo. El programa de descargas seguía activado, varios archivos bajaban de la red a velocidad de vértigo. Tecleó algo y la pantalla parpadeó; al momento tenía frente a él decenas de carpetas ordenadas en columnas; puso el cursor sobre la primera de ellas y esperó a que el sistema le mostrara los archivos fotográficos que contenía.

Los ojos de Nestor brillaban maliciosos, resbalaban sobre las fotos relamiéndose en las impúdicas imágenes. Decenas de muchachas, algunas apenas unas niñas, se mostraban ante él, sólo para él. Sudaba copiosamente, sintió como el pulso se le aceleraba, agolpándose en las sienes. La imperiosa necesidad de masturbarse le arrebató nuevamente la voluntad. Ya no era suficiente, necesitaba más… y la noche estaba tan cerca; el chillido incoherente de una orquesta de grillos en el pinar cercano anunciaba el ocaso. Nestor se relajó, por un momento pensó que podría vencer nuevamente sus anhelos, su apetito irreprimible. Instintivamente se llevó la mano al tobillo, la luz roja de la pulsera telemática, parpadeaba amenazante. ¿Valía la pena? El impulso era cada vez más fuerte; Nestor deambulaba frenético por la habitación, las cuatro paredes parecían reducir su espacio vital, y la sensación de ahogo y claustrofobia era cada vez mayor. Necesitaba salir a la calle, respirar aire puro, alejarse de aquella pantalla de ordenador, que despertaba en él un hambre atávica, incrustada en sus genes, y que era incapaz de saciar por más que alimentase sus instintos.

Se vistió apresuradamente y salió al exterior. El aparcamiento del motel estaba prácticamente vacío, apenas un par de coches aparcados disimuladamente en la parte trasera; ninguno de los clientes del establecimiento estaba demasiado interesado en ser localizado en semejante lugar. El motor del destartalado Ford Fiesta rugió, en medio de un gran estrépito. Se incorporó a la circulación con una maniobra temeraria; las ruedas chirriaron sobre el asfalto, antes de dirigirse a la ciudad.

Las luces de neón flanqueaban la avenida principal, Nestor se sentía en medio de un carrusel adictivo, un laberinto de pasiones desatadas, un buffet libre para saciar el apetito que lo enajenaba.
Había de todo para elegir, el alimento de su lujuria desfilaba ante él, como un coro complaciente que le atraía con sus voces sugerentes –Todo para ti, todo para ti – Las voces retumbaban en su cerebro, transformando el deseo en un estímulo físico, difícil de disimular. Ocultó el vehículo en un callejón, las luces parpadeantes deformaban su rostro, ahora sí, ahora no. Su instinto de cazador hambriento le hizo internarse en un pequeño parque, allí la luz era más escasa; las farolas rotas sembraban de sombras los senderos, rodeados de vegetación. Tenía hambre, cada vez más; ya no importaban las consecuencias, ni la pulsera telemática, ni la cárcel, aquella jaula de abstinencia que tanto temía.
Olisqueó el aire, una amalgama repugnante invadió sus fosas nasales; hedor a orines, excrementos y bajos instintos esparcidos tras cada matorral, en cada banco. Necesitaba una presa de la que alimentarse, antes de que los flujos de su apetito, se esparcieran sin sentido.

La muchacha se despidió, con un gesto cariñoso; todavía estuvo un rato quieta, pensativa, mientras la motocicleta se alejaba rugiendo por la avenida. Nestor sintió el vacío en el estómago, las mariposas cosquilleando en la entrepierna acrecentada; un hormigueo que precedía al bombeo excesivo de sangre, hizo que se le nublara la vista. Deseaba aquel bocado, aquella hembra de movimientos oscilantes, de carnes frescas; estaba ávido de saborear la salina esencia de su piel. La muchacha dudo un instante, hasta que finalmente penetró en la oscuridad del parque. Nestor la vio disiparse entre los claroscuros, y la siguió entre los matorrales. Se había convertido en una bestia hambrienta; en realidad era una bestia, siempre lo había sido. Ya podía oler la fragancia que emanaba la muchacha, oír sus pequeños pasos arrastrándose sobre la zahorra del camino. Tenía hambre, mucha hambre.

No pudo reaccionar, Nestor se abalanzó sobre ella surgiendo de la espesura. Ni siquiera tuvo la oportunidad de gritar; estaba sobre ella desgarrando sus carnes, arrancándole el pelo a bocados, lambiendo su piel, y a cada momento deseaba más y más probar su sangre. La presa pataleó y arañó en vano, sus fuerzas se fueron agotando poco a poco, y la resistencia se hizo cada vez más débil, hasta quedar anulada por completo.

Al amanecer, los restos de la muchacha quedaron expuestos como carroña. Nestor, la bestia, regresó a su cubil. La lúgubre habitación del “Motel Yucatán”, parecía menos asfixiante.
Las sirenas de los coches policiales rompieron la tranquilidad de la calle vacía. Las luces de neón yacían frías, sin vida; los dos hombres, con aspecto somnoliento, se aproximaron al cuerpo destripado y cubierto de sangre. Echaron un vistazo y se retiraron a un aparte, lejos de las miradas curiosas de los agentes uniformados, que conversaban indiferentes alrededor del cordón policial.
-Es él. –Afirmó el que parecía más veterano. Se rascó el pelo entrecano y resopló fastidiado.
-¿Tú crees? –Preguntó el otro, mientras volvía a mirar el cadáver, por encima del hombro de su compañero.
-¿Seguro…? Tú has visto eso igual que yo, la ha matado a dentelladas, literalmente a mordiscos, ¿no te recuerda nada? –El otro se encogió de hombros, era demasiado temprano y no estaba para gaitas.
-Si tú lo dices. –Aceptó resignado.

El subinspector Celso Madariaga era un hombre curtido, como solía decir él mismo, “un caimán de colmillo retorcido”; miró a su compañero de hito en hito y escupió entre sus pies.
-¿No tienes hambre? –El otro miró de reojo hacia el lugar en donde yacía el cadáver.
-No mucha, la verdad. –Admitió.
-¡Bah! –Espetó el subinspector Madariaga. –Yo voy a pillar unos churros. Eso es lo mejor para asentar el estómago. –Y sin mediar palabra regurgitó un sonoro eructo y un tufillo hediondo salió de su boca.
Varios agentes uniformados le saludaron al pasar; Madariaga los miró de refilón sin hacerles ni caso. Justo en la acera contraria, junto a una solitaria palmera, estaba la churrería; una vistosa gitana, cargada de cadenas de oro y con un voluminoso rodete sujetándose el pelo, removía la masa en el aceite hirviendo, la tiempo que canturreaba una conocida copla sin demasiada fortuna. Al verle aproximarse, se puso tiesa como una vara.
-Tranquila mujer, yo ya he tenido bastante por hoy. Ponte un par de ruedas de ésas, de las que estás haciendo. No me vayas a endiñar una esponja frita.
La gitana no dijo ni “mu”, envolvió los churros en papel de estraza y se los ofreció a Madariaga.
-Invita la caza. –La gitana, que sudaba a chorros, sonrió mostrando sus colmillos de oro.
-¡Vaya! ¡Rubito! ¡¿Seguro que no quieres unos churros?! –El rubio hizo un gesto negativo con la mano.
-Otro día hermosota… es maricón, pero no lo digas muy alto. –La gitana se rió por lo bajo. Madariaga cruzó de nuevo en dirección al parque. Los agentes tenían pinta de estar aburridos y hambrientos, el olor a churros que desperdigaba el subinspector los despabiló.
-¡Anda que has dicho algo pisha! –Le espetó al paso uno de los uniformados.
-¡Qué te jodan gaditano! –Contestó Madariaga, sin dejar de masticar.

El subinspector Ibor era bastante más joven que Madariaga, el cual le doblaba la edad. Se había incorporado recientemente a la Brigada de Homicidios de la Comisaría de Algeciras, y según su veterano compañero, estaba más verde que una vara de olivo.
-¿Qué pasa maricón, se te ha cerrado el estómago? –Ibor torció el gesto.
-Oye Celso, te considero un amigo, y se que ésos comentarios homófonos, los haces sin intención de joderme, pero te agradecería que no lo convirtieras en algo habitual… no quiero que perdamos la confían… -Madariaga le puso los dedos en la boca, estaban aceitosos, e Ibor no tuvo más remedio que recular para apartarse de ellos.
-A lo mejor prefieres que te llame gay… pero ¿tú tienes un coche caro… un chalet en…? –En esta ocasión fue Ibor el que cortó en seco a su compañero.
-No sigas, ya conozco el chistecito, y no tiene ni puta gracia ¿vale? –Era la primera vez desde que se conocían, que Ibor le ponía las cositas claras a Madariaga; empezaba a estar harto de sus pullitas.
-Vale, vale, joder con el mar… -Madariaga se cortó a tiempo. –A lo nuestro; te digo que a esta desdichada se la ha cargado nuestro amigo, no tengo la menor duda. –Afirmó con rotundidad, mientras hurgaba con sus dedos en el papelón de grasientos churros.
-¿Pero cómo puedes estar tan seguro? Ni siquiera hemos hecho una inspección ocular como Dios manda. –Era un cabrón redomado, de eso no cabía duda, pero era bueno e Ibor lo sabía. Reunía como investigador todas las características que el jamás tendría. Era sagaz, o más bien perspicaz, y un jodido sabueso; jamás olvidaba un crimen, jamás daba por cerrado un caso hasta no haber encerrado al culpable. Ni un solo chorizo, que se hubiera cruzado en el camino del sargento Celso Madariaga podía descansar tranquilo, siempre estaría en el punto de mira.
-Lo sé. –Fue la única respuesta de Madariaga.


Diego Castro Sánchez

 

One Response to “Apetito carnal”

  1. catigomez Dice:

    Soberbio, como siempre, Diego. Forma parte de una historia más larga, ¿a que sí?


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