Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Daniel Jerez Torns 13 septiembre 2011

Filed under: Amigos autores,Página de autor — dajeto75 @ 17:51
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Autor de la novela “Al-Iksir”, del ensayo “Estudio sobre la percepción del riesgo en hostelería y siniestralidad”, del libro de poesía “Bosque de hojas caídas” y de los libros de relatos “Una portería en la pared”, “Una mirada, una lectura” y “Relatos tendidos”, que podrás encontrar en su página de autor en Bubok.




Nacido en Barcelona, Licenciado en Psicología y Postgrado en Prevención de Riesgos Laborales. Su primer libro “Al-iksir” supone la culminación de muchos años de sueños y temores que finalmente se ve cumplidos con la publicación de la novela. “Relatos tendidos” y “Una mirda, una lectura” son una declaración de amor hacia los relatos cortos que autores como Quim Monzó, Sergi Pamies y Kafka dejaron huella en el autor.



Mis relatos en este blog:

-Una portería en la pared

La hora



 

La hora 17 diciembre 2009

Filed under: Amigos autores — dajeto75 @ 14:45



La hora


Su nombre es Cenicienta. Sí, es ella. Aquella noche era la noche esperada. Llegó en un magnífico carruaje tirado por asombrosos caballos. ¿Y qué decir de ella? Un vestido resplandeciente, brillante, amoldado a su esbelta figura. Al salir del carruaje los invitados quedaron maravillados por esos zapatos de cristal tan bellos. Y finalmente estaba su cara. Lisa, aterciopelada, una piel suave, unos labios finos, su pelo brillante recogido en una corona.

Al entrar en el salón, su respiración quedó suspendida en sus pulmones. Sus ojos absorbieron el momento: las luces en grandes lámparas de cristal, los tapices, las alfombras y, cómo no, los invitados. Príncipes y princesas, reyes y reinas. Y ella estaba allí. Respirando el mismo oxigeno que ellos. El hada madrina no le había engañado. Miró de nuevo el reloj. Debía estar atenta a la hora, esa hora en que todo cambiaría. Las doce de la noche. Mientras tanto, ella era de aquel mundo.

Notó cómo todos la miraban y hacían comentarios preguntándose de dónde había salido. Siguió paseándose por el castillo. De pronto, sonaron unas trompetas y se hizo el silencio. Se anunciaba el baile. Empezó a ver cómo los príncipes solicitaban el baile a las princesas. Todas aceptaban, claro está. Cenicienta seguía mirando la escena maravillada de tanta belleza, cuando de pronto, una figura se plantó delante de ella. Su corazón se detuvo. ¿Qué hacía el príncipe del castillo delante de ella? Alargó la mano y con una sonrisa dulce, le pidió que bailara con él. Aquello era un sueño hecho realidad. Aunque bien mirado todo era posible a partir del momento que una calabaza se convirtió en el carruaje que la esperaba fuera.

Bailaron una canción tras otra y Cenicienta tuvo la sensación de que volaba. Se lamentó de que todo tuviera que acabar a las doce de la noche. ¡La hora! Se había olvidado de mirarla. Las diez y cincuenta minutos. Respiró tranquila. Además, por lo visto no tendría que preocuparse demasiado de la hora, ya que la ceremonia iba bien de tiempo, tanto, que se acabaría dentro de poco.

Daban vueltas y más vueltas, siguiendo la música del vals, notando la mano del príncipe en su espalda. Miró el reloj de nuevo, las once. Cerró los ojos y se dejó llevar por el príncipe. De repente se pararon. Y era extraño, pues la música seguía sonando. Al abrir los ojos observó que el príncipe, un tanto distanciado de ella, la miraba con el rostro contraído. ¿Qué le ocurría? Pero no era el único que la miraba. Notó como cada una de las parejas había detenido el baile y la miraba a ella. ¿Qué les pasaba a todos? Dio un paso adelante y se detuvo al momento. Algo había cambiado. No notaba en su pie aquel zapato de cristal. Miró abajo y vio dos chanclas que cubrían sus pies, unos pies con un poco de suciedad. Entonces fue tomando conciencia de su ser. Ya no tenía aquel vestido brillante, si no algo parecido a un saco de patatas sucio. Su cara ya no estaba reluciente y el pelo era una lucha caótica por tener una forma concreta. Sus uñas estaban negras de haber limpiado durante toda una semana seguida.

¿Qué había pasado? El hechizo se había acabado, pero antes de hora. ¿Por qué? Empezó a temblar y no sabía qué hacer. Tenía que salir de allí, pero sus piernas, sin las medias de seda que tenía antes, no respondían. Empezó a murmurar algo. Nadie oía bien lo que decía. La misma pregunta se repetía en su boca: ¿por qué? Y dejó de ser un murmullo para convertirse en un grito. Y así fue como todos en el salón oyeron el lamento.

–  ¿Por qué? ¿Por qué si aún son las once de la noche?

Una mujer se acercó a ella y le dio unos toquecitos en el hombro para que se girara. Cenicienta la miró.

– Perdona, pero son las doce.

– No, son las once. – Cenicienta le señaló su reloj de pulsera.

– Veras, ayer sábado, a las tres de la madruga se retrasó la hora a las dos para cambiar a horario de invierno como cada año y me parece que no cambiaste tu reloj.

No quiso oír nada más. Salió corriendo con todas sus fuerzas. Bajó la gran escalinata a trompicones. Notó en su pie izquierdo la frialdad del mármol. Se dio cuenta de que tenía el pie descalzo. Miró detrás de sí y vio la chancla. Volvió y la recogió. Sí, la recogió. No podía dejar una chancla en el suelo y que lo vieran todos. Diferente sería que perdiera ese zapato de cristal que llevaba antes.


Relato perteneciente al libro “Relatos tendidos”
de Daniel Jerez Torns


 

Una portería en la pared 16 diciembre 2009

Filed under: Amigos autores — dajeto75 @ 14:50



Una portería en la pared



Hans y sus amigos buscaban un lugar donde poder jugar a la pelota. Herman traía una tiza robada de la escuela. Frank protegía su pelota ferozmente. Intentaron en varias plazas concurridas, pues su madre le decía que siempre se moviera por lugares transitados, pero fueron increpados por varios vecinos y comerciantes al intentar pintar la portería en algunas paredes.
– Me parece que hoy no vamos a jugar a fútbol – dijo Herman mientras jugaba con la tiza en sus dedos.
Sin embargo, Hans no se daba por vencido.
– Vamos, sigamos buscando.
Anduvieron durante una hora y cuando ya se daban por vencidos encontraron el lugar perfecto. Se miraron todos con una gran sonrisa en los labios. Ha nadie le importará que pintemos en esta pared, pensó Hans.
– Parece que todo el mundo viene a pintar aquí. – dijo Herman. Y así era. Toda la pared estaba llena de dibujos con muchos coloridos y palabras escritas.
Herman, el encargado de custodiar la tiza, llevó a cabo con gran destreza la tarea de dibujar en la
Portería por Daquella manera.pared los dos postes y el travesero de la portería, acción que requirió de la ayuda de Hesse subiéndolo a hombros. Al finalizar tenía las manos totalmente blancas.
Al ser siete hicieron dos equipos de tres y uno haría de portero. Frank, que aún mantenía la pelota en sus manos, espero la señal para lanzarla al aire y comenzar el partido.
Transcurridos unos minutos Hans pudo darse cuenta de que la gente les miraba de una forma extraña, pero le daba igual, disfrutaba jugar a fútbol con sus amigos.
Al día siguiente la portería aún seguía allí dibujada.
– ¿De qué será esta pared? – Preguntó Frank con la pelota en sus brazos.
– ¿A qué te refieres?
– Pues que es muy grande, ¿no?
Hasta ese momento Hans no se había parado a pensar en la pared y ahora que se fijaba realmente tenía un tamaño fuera de lo normal.
– No sé. Será la casa de alguien importante. – contestó Hans.
– ¿Ah sí?
– Claro, esto debe ser el jardín y más adentro estará la mansión. A lo mejor un castillo.
– ¡Ostras! Pues allí dentro si que podríamos jugar a fútbol.
– Es verdad. Mientras aquí jugamos en la calle, seguro que al otro lado lo hacen sobre la hierba y con porterías de verdad. – Al oír la reflexión de Herman, Hans tuvo envidia de los que vivían en el jardín y pensó que no era justo que el jardín solo lo disfrutaran unos pocos.
– Venga, juguemos de una vez.
El partido fue todo un éxito, ya que Hans marcó tres goles, pero al haber lloviznado el suelo de la calle con fina capa de barro y suciedad que las ropas de los chicos se encargaron de absorber.
Al llegar a casa su madre miró alarmada los pantalones de Hans.
– ¿Se puede saber que has hecho?
– Hemos jugado a fútbol, mamá.
– ¿Y se puede saber dónde? Mira como tienes los pantalones de sucios.
– Pues hemos encontrado una pared muy larga con dibujos y allí hemos jugado.
– Aja… – Las noticias de la radio centraron la atención de su madre. De repente, ésta lanzó al suelo los pantalones sucios y se dirigió al teléfono. Hans veía que algo importante había pasado. Se fue a su habitación y decidió dibujar para distraerse. Al cabo de una hora su madre abrió la puerta.
– Vamos Hans, abrígate que nos vamos.
– ¿A dónde mamá?
Su madre no respondió. Raramente salían de noche, así que aquello tenía que estar relacionado con las llamadas.
Una vez en la calle quedó aún más extrañado al ver la cantidad de gente que caminaba alrededor suyo. Todos parecían ir en la misma dirección. Se encontró con Herman y sus padres.
– ¿Sabes que está pasando? – le preguntó éste.
– No lo sé. Mi madre oyó algo por la radio y luego el teléfono no paró de sonar. Oí algo de que por fin iba a caer.
– ¿Y qué caerá?
De forma inesperada todas las personas empezaron a chillar y a empujarse los unos a los otros. A trompicones y cogidos de la mano de sus padres, los dos amigos se situaron en primera fila del espectáculo que iba a darse esa noche. La imagen que vieron les dejó boquiabiertos. Justo enfrente de ellos estaba la portería que Herman había pintado esa mañana en la pared. El miedo se apoderó de él al pensar que les habían llevado allí para castigarle por haber pintado la portería en la pared. Sin embargo no entendía que hacía tanta gente allí. Al mirar la cara de su amigo Herman apreció que él también estaba asustado y que seguramente pensase que los iban a castigar por aquello.
Le sorprendió ver encima de la pared a mucha gente la gente. Y todas parecían estar contentas, cantando, bailando, con botellas en la mano. Todo el mundo parecía estar muy contento. Y sucedió lo más inesperado. Una gran grúa empezó a despedazar la pared. Trozos y más trozos iban cayendo. Este el castigo: dejarnos sin portería, pensó Hans.
Los dos amigos miraban con gran expectación lo que les depararía el otro lado de la pared. A medida que la pared se deshacía, un sentimiento de confusión invadió a Hans y Herman. Vieron que al otro lado no había ningún jardín, si no que estaba repleto de edificios y gente, mucha gente.
– ¿Y ahora dónde jugaremos a fútbol? – le preguntó preocupado Herman. Pero Hans no le oía debido a los gritos de la gente que repetían una y otra vez: “A caído el muro”.


Berlín, 9 de noviembre de 1989

Daniel Jerez Torns


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