Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Magia Negra – Capítulo 1 – Brujería 13 diciembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

 Magia Negra
Capitulo N° 1
Brujería

-Hace tiempo que no veía una película tan entretenida; comentó Daniel a Susana a la salida del cine.

-Sí, estuvo bastante buena; opinó ella.

-Aún es temprano, podríamos pasar a comer algo; propuso Daniel.

-Está bien; aceptó Susana. -Total mañana es sábado.

Eso estaba planeando la pareja cuando una desaliñada gitana, de edad poco definida les cortó el paso.

-Paisana déjame verte la suerte; dijo la mujer.

-No gracias; rehusó Susana.

-No seas orgullosa paisana; insistió la gitana.

-No gracias; volvió a rechazarla Susana.

-Dame un billete entonces; pidió la gitana.

-Ya no molestes más vieja; le gritó de mal humor Daniel, dándole un empujón a la mujer.

-Maldito seas paisano; le respondió enojada la gitana. -Te perseguirá la maldición gitana.

Mejor vámonos; pidió Susana algo asustada.

-Ya vamos a comer mejor; sugirió Daniel. -No le hagamos caso a esta vieja.

-Ya no tengo tanto apetito; respondió ella.

-No le hagas caso, todas las gitanas son así; opinó él.

La pareja entró a un restorán chino que permanecía abierto a esa hora y se relajó, olvidando el disgusto que les hizo pasar la gitana.

-Necesito ir al baño; se excusó Susana poniéndose de pie.

-Sí, anda; aceptó Daniel.

Cuando él se disponía a beber un poco más de vino, notó que algo se movía en su plato. Con el tenedor escarbó y encontró una cucaracha viva entre la comida.

-¡Qué asco!; exclamó Daniel. -Mozo, venga por favor; llamó molesto al tipo que los había atendido.

-¿Se le ofrece algo señor?; preguntó servicial el empleado.

-Sí, dígale al cocinero que a esta cucaracha le falta cocción; contestó sarcástico Daniel pasándole el plato al joven.

Cuando Susana volvió del baño vio que su pareja conversaba un poco enojado con el cocinero, quien se disculpaba exageradamente por algo.

-¿Qué pasa?; preguntó ella.

-Nada serio; respondió Daniel. -Me salió un pelo en la comida.

-Señor, lo siento  mucho, es muy extraño y lamentable; se excusó el dueño. -En compensación la cuenta corre por la casa.

-Está bien, dejémoslo así; aceptó Daniel.

-Por favor señora acepte este pequeño obsequio; ofreció la esposa del dueño entregándole una pequeña estatuilla de Buda a Susana.  -Les traerá buena suerte.

-Gracias; aceptó ella algo confundida.

-Bueno, creo que es hora de irnos; dijo Daniel mirando su reloj.

Las calles de la ciudad ya no se veían tan congestionadas como hace unas horas; la noche había caído hace rato y muy pocos vehículos circulaban por el pavimento. De improviso el automóvil se inclinó un poco y las ruedas se balancearon sin control.

-¡Demonios!; exclamó Daniel, deteniéndose a un costado. -Se pinchó un neumático.

-¿Traes el de repuesto, verdad?; preguntó Susana.

-Sí, ayúdame a cambiarlo; respondió él.

-Ya van dos; mencionó ella.

-¿Dos qué?; preguntó Daniel sacando la rueda de repuesto del portamaletas.

-Dos cosas malas te han pasado desde que la gitana te tiró esa maldición; comentó Susana.

-Haa,nada que ver. Es solo coincidencia; opinó Daniel sin darle importancia mientras metía la gata hidráulica bajo el auto. -Igual el neumático estaba algo viejo y la goma se pone más blanda.

-¿No me digas que crees en esas cosas?; preguntó sonriendo él mientras se limpiaba las manos con un paño.

-La verdad es que no sé, siempre se ha dicho que las gitanas tienen poderes; respondió ella.

-Son solo cuentos; contestó él. -La magia no existe.

-Claro que existe; rebatió Susana. -Mi abuela me contó muchas cosas que vio o supo.

-Tú lo has dicho, tu abuela; contestó Daniel. -La gente de esa época creía hasta en el diablo.

-Si es cierto; aceptó Susana. -Pero cuando el río suena es por algo.

-Sí, porque a alguien se le cayó un piano al agua; bromeó Daniel.

-No te rías, nací en un pueblo chico donde se creía en esas cosas; se defendió ella.

-Yo tampoco nací en Santiago; respondió Daniel. -Pero no por eso voy a creer en maldiciones gitanas y brujerías.

-Sin embargo, yo he leído que no todo es falso; insistió Susana.

Así se fueron discutiendo el resto del camino.

Al otro día el despertador comenzó a sonar insistentemente a las seis de la mañana.

-Hoy es sábado; reclamó Susana. -¿Por qué no lo apagaste?

-Estaba seguro que lo había desconectado; se defendió él volviendo a dormirse.

A la mañana el asunto de la gitana había dejado de ser un tema de conversación y la pareja pensaba qué hacer ese día.

-Voy a comprar pan fresco mientras  piensas en algo; avisó Daniel.

-Trae algo rico; pidió Susana.

Después de un rato él volvía con las compras. No se percató cuando se rompió la rama de árbol, que cayó justo frente suyo. Si Daniel hubiese alcanzado a dar otro paso más, le abría golpeado de lleno en la cabeza.

-Ya me aburrió esta broma; dijo para sí esquivándola.

-Te demoraste un poco; comentó Susana, quien ya tenía la mesa puesta.

-Había muchas señoras de edad avanzada; se excusó Daniel.

 Mientras Susana tomaba una ducha Daniel en la cocina echaba una variada mezcla de hierbas, verduras y condimentos en la licuadora.

-¿Qué preparas?; preguntó ella desde el dormitorio.

-Jugo de verduras; respondió Daniel. -¿Quieres un poco?

-Déjame verlo; pidió Susana.

Daniel le mostró la verde mezcolanza de vegetales y demases a su mujer.

-Se ve horrible; rechazó ella. -Y  huele mucho peor.

-Bueno, tú te lo pierdes; respondió Daniel mientras sin inmutarse siquiera se bebía todo el desagradable contenido del vaso.

El viento movía lentamente las nubes, dejando aparecer entre algunos claros de cielo la luna que mostraba sus cuernos, para ocultarse nuevamente al poco rato. La típica noche de otoño había obligado a prender algunas fogatas en el campamento gitano, para poder combatir el frío del invierno que ya se acercaba.

Los perros comenzaron a ladrar nerviosos. Un viento tibio que presagiaba una llovizna pasó entre las carpas y agitó las fogatas.

Un extraño entró al campamento, junto con una ráfaga de viento que apagó los fuegos. La vieja gitana salió de su carpa atraída por los perros que gemían asustados.

-Eres muy valiente o muy tonto para venir aquí de noche paisano; dijo ella.  -¿Vienes a rogar que te quite la maldición?

-¿Acaso me vas a lanzar otra maldición?; preguntó Daniel.

-¿A qué viniste paisano?; preguntó desafiante la mujer.

-A devolverte el favor  gitana; respondió él.

-¿Qué sabes tú de esas cosas paisano tonto?; se rió la gitana. -Maldito paisano.

-¡Cállate vieja bruja!; gritó Daniel.

La mujer se llevó las manos a la garganta, cuando las palabras no pudieron salir de su boca.

-¿Qué pasa gitana?; preguntó Daniel. -¿Acaso te comió la lengua el ratón?

Al no poder hablar a pesar de su esfuerzo, en su desesperación la vieja gitana mordió fuerte su lengua, provocándose un profundo corte. Furiosa y asustada la mujer dio un fuerte grito que despertó a todo el campamento.

-¿Qué está pasando?; preguntó el jefe de la tribu con un cuchillo en la mano.

-No te metas gitano; dijo Daniel dando una dura mirada al hombre, quien como si una invisible mano lo elevase, fue arrojado contra un árbol.

Otro gitano salió de su carpa empuñando una escopeta, pero cayó de espalda, como si lo hubiesen empujado.

El viento arreciaba moviendo rápido las nubes. Los gitanos se encontraban fuera de sus carpas armados con lo que tuvieran a mano. Un gitano armado con un rifle disparó contra Daniel, pero la bala se derritió antes de tocarlo; el calor que su cuerpo producía quemaba el pasto a su alrededor.

Uno de los gitanos lo atacó con una gran hacha, pero en medio de gritos su ropa se inflamó al acercarse a Daniel, cayendo al suelo envuelto en llamas.

-¿Quieren ver maldiciones de verdad?; preguntó Daniel abriendo los brazos.

El agua de la lluvia enseguida se convirtió en negra aceite que ensució todo lo que tocaba. El trueno estalló y cientos de sapos y alimañas comenzaron a caer de las nubes. El pánico se apoderó de los gitanos, los que escaparon corriendo en distintas direcciones, dejando abandonadas todas sus pertenencias.

Solo la vieja gitana permaneció en el campamento, mudo testigo de la furia del brujo.

-Fue una mala idea lanzarme una maldición gitana, mira lo que provocaste; dijo hipócritamente Daniel.

La gitana trataba de hablar, pero de su boca no podían salir palabras.

-No te entiendo; dijo Diego. -Habla más claro. Dicho esto la voz volvió  a la garganta de la gitana.

-¿Quién diablos eres?; preguntó la mujer a duras penas por su lengua herida.

-Solo un humilde brujo; contestó Daniel. -¿O creías que solo los gitanos tenían magia?

-Puedo quitarte la maldición paisano, pero por favor déjanos en paz; imploró la mujer.

-Gracias, pero ya me la saqué yo solo; rechazó él.

-Entonces te ruego que nos perdones y te vayas; pidió ella.

-No es tan sencillo; explicó Diego. -Verás, hay una reputación que debo cuidar. ¿Te imaginas si dejara que cualquiera viniera y me maldijera?, eso no sería digno.

-No pretendí insultarte gran brujo; trató de excusarse la gitana.

-Lo entiendo, pero comprende que debo dar un ejemplo; respondió Daniel.

Un fuerte viento arrojó de espaldas al suelo a la vieja gitana. Las maderas de una destartalada carreta comenzaron a temblar hasta que se desprendieron, para formar entre sí una gran cruz.

Algo arrastró a la mujer depositándola encima de la cruz. Con terror en la mirada vio como a sus manos se acercaron afilados clavos.

-¡No por favor, no!; gritó en medio del dolor cuando el metal atravesó sus manos y pies.

Una fuerza invisible levantó la cruz, clavándola en la tierra, dejando a la gitana cabeza abajo, crucificada e imposibilitada de escapar.

Alaridos de dolor estremecían la noche cuando el cuerpo de la vieja mujer fue envuelto por las llamas, los cuales pronto cesaron y el aire se llenó de un olor a carne quemada.

Con paso calmo el brujo abandonó el campamento gitano, dejando clavada en una cruz invertida su advertencia para otros insolentes.

Entre los árboles sus ojos llenos de miedo y dolor, rabia y pena, inundados de lágrimas observaban el macabro espectáculo. De niña su madre le había hablado de la magia de su pueblo, de leyendas e historias  de poderes más allá de la comprensión de los paisanos y no destinados para todos sus hermanos. También le había contado de demonios y espíritus malignos  que atacaban los poblados y hacían mal por gusto, enfermando y matando solo por placer.

Si bien la magia del pueblo Romaní se convertía a veces en maldiciones, sobre todo contra los paisanos, esta era solo para asustarlos, jamás les provocaba un daño serio o mortal; en cambio la magia que había atacado a su campamento era mala, oscura y cruel, no solo había aterrorizado, también había provocado muerte y destrucción y su madre fue la que más sufrió. Su cuerpo, mudo testigo del mal que cayó sobre el campamento aun ardía cabeza abajo en una cruz demoniaca.

Sus ojos querían cerrarse para no ver tal abominación, pero ella se resistía. Quería recordar todo lo que ocurría; el odio comenzaba a crecer en su interior y el recuerdo de los últimos y agónicos minutos de la vida de su madre le darían la fuerza para buscar al asesino y hacerlo pagar por todo, aunque se tratase de un brujo que hace poco creía que existía solo en los cuentos de las mujeres más ancianas de la tribu; y sin embargo, existía y lo había visto asesinar a su madre.

Milenka sin decir ninguna palabra a nadie se encerró en la carpa que compartía con su madre. Con el corazón herido se sentó frente al espejo y peinó su largo cabello negro para relajarse algo. No se inmutó ni asustó cuando en el cristal plateado se apareció el rostro de su difunta madre.

-Guíalos con sabiduría; le dijo el espectro de la anciana gitana.

Milenka cubrió su rostro con sus manos y en silencio lloró unos minutos para luego respirar hondo, secar sus lágrimas y arreglar su cabello.

Lista o no, debería asumir su destino y ocupar el lugar de su madre como Shuvani de la tribu. En respetuoso silencio toda la tribu la aguardaba afuera de su carpa.

-Esta tierra ha quedado maldita, dijo Milenka. -Debemos marcharnos a campos más puros.

-Así se hará Shuvani, dijo el hijo del jefe, quien había asumido la dirección de la tribu tras la reciente muerte de su padre.

Es sabido por todos que a los Romaní no les gusta hacer a los paisanos parte de sus problemas; sin embargo, no falta algún pueblerino que ve algo y da aviso a las autoridades. Esta fue una de esas ocasiones, en que alguien vio lo que ocurría en el campamento gitano y llamó anónimamente a la policía. Aunque al recibir la llamada le dieron poca importancia, cuando llegaron a la escena del crimen, o mejor dicho de los crímenes, a todos los policías se les borró de golpe la sonrisa de los labios.

-¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó el oficial de policía, al ver el cadáver aun humeante de la vieja gitana.

-¿Qué vienes a hacer aquí paisano?; preguntó el jefe de la tribu al policía.

-Tengo que investigar qué pasó aquí; dijo el policía indicando la cruz humeante.

-Tú no podrás hacer nada paisano; respondió el gitano.

A todo esto los otros gitanos se comenzaron a juntar ante la presencia de la patrulla, lo que puso un poco nerviosos a los otros detectives.

-Yo voy a hablar con este paisano; dijo Milenka acercándose al grupo.

-Como quieras; aceptó el jefe.

Luego de observar a la joven gitana, el detective entendió de quien se trataba.

-Saludos Shuvani; saludó el detective inclinando la cabeza. -Que Santa Sara te bendiga.

-¿Conoces nuestras tradiciones paisano?; preguntó Milenka.

-Conozco y respeto a tu madre; contestó el teniente. Pido permiso a este pueblo y a ti sabia Shuvani, para poder trabajar.

-Acompáñame a mi carpa paisano; pidió Milenka.

-No veo a tu madre; observó el Teniente Hormazabal.

-Mi madre se ha marchado ya, aunque la viste afuera; respondió Milenka mirando la cruz, mientras una sombra cubría su dulce rostro.

-¿Sabes quién lo hizo?; preguntó el policía.

-Anoche un paisano entró tarde al campamento y nos atacó; respondió la muchacha. -No pudimos defendernos siquiera.

-¿Lo habías visto antes?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-Nunca, pero parece que tenía problemas con mi madre; respondió ella.  -También mató al jefe de nuestra tribu y a otro gitano.

-¿Y no pudieron detenerlo?; preguntó el policía.

-Era muy poderoso y ni las balas lo tocaban; contestó Milenka.

-Debe haber usado un chaleco antibalas; pensó el detective.

-¿Estaba armado?; preguntó el policía a la gitana.

-No le vi ningún arma; respondió ella.

-¿Entonces cómo me explicas que nadie lo hubiese parado mientras mataba a tres de ustedes?; quiso saber Hormazabal.

-Porque ese paisano es un brujo; contestó la mujer.

-¿Brujo?; preguntó el policía. -¿Insinúas que usó magia?

-Para ustedes los paisanos es difícil creer en esas cosas; comentó ella.  -Pero para mi gente es algo natural.

-Entiendo; asintió el policía.

-No me crees paisano; opinó Milenka.

-No importa lo que yo crea; contestó él. -Pero debo investigar qué ocurrió realmente aquí; por eso pido tu permiso para que yo y mis hombres podamos trabajar, para atrapar al asesino de tu madre.

-Hazlo, pero con respeto; accedió Milenka.

-Gracias, sabia Shuvani; aceptó el Teniente Hormazabal.

-Milenka, mi nombre es Milenka; contestó la joven sacerdotisa gitana.

-Gracias Milenka, te prometo atrapar a ese maldito; afirmó el detective.

Algunos gitanos esperaban fuera de la carpa a la Shuvani, mientras que los tres policías aguardaban ansiosos junto a la patrulla, bajo la mirada recelosa y desconfiada de otro grupo.

En medio de la expectación de todos, Milenka y el Teniente Hormazabal salieron juntos.

-Estos paisanos van a trabajar en el campamento y moverán los cuerpos de nuestros muertos; informó ella a todos. -Ellos atraparán al brujo que mató a nuestros hermanos.

-Pero eso profanará su carne y su recuerdo; objetó de mala forma un gitano. -No estoy de acuerdo en que estos paisanos se metan.

-¡Calla tu lengua insolente y muestra respeto, la Shuvani ha hablado!; se escuchó la voz severa y a la vez paternal del gitano más anciano de la tribu, ante cuya presencia  todos los jóvenes bajaron la mirada.

-Si la Shuvani lo ha consentido, que así sea; ordenó el jefe de la tribu. -Nadie moleste a los paisanos y contesten todas sus preguntas.

-Serás un sabio jefe al igual que lo fue tu padre; respondió Milenka al jefe.

-Bueno paisano, ponte a trabajar, que nosotros haremos lo nuestro; autorizó la Shuvani retirándose junto al anciano y al jefe de la tribu.

La cena estaba un poco condimentada, lo que dio algo de sed a Daniel, así es que se dirigió a la cocina a servirse un trago de agua. Afuera el viento mecía los árboles y silbaba al pasar entre los cables eléctricos. Justo cuando un relámpago rajó el negro manto de la noche, Daniel levantó la cabeza; la impresión que se llevó le hizo soltar vaso, el que se molió en el suelo, al ver el rostro de la vieja gitana muerta reflejado en la ventana.

-¿Todo bien?; preguntó Susana desde el living al escuchar el ruido del vaso al romperse.

-Sí, se me cayó un vaso; respondió Daniel.

Un gesto de molestia cruzó momentáneamente el rostro de él.

La frente de Milenka estaba cubierta de gotas de transpiración y se sentía muy exhausta, pero no podía descansar hasta encontrar al brujo que había asesinado a su madre y hacerlo pagar.

-¿Tiene alguna pista doctor?; preguntó el Teniente Hormazabal al forense.

-No, pero puedo decirle lo que no tengo; respondió él.

-Supongo que hay algo peculiar; opinó el detective.

-Cuando un objeto o persona se quema con algún elemento incendiario de cualquier tipo, siempre quedan restos de derivados del combustible; explicó el profesional.

-Algo había leído al respecto; comentó Hormazabal.

-Sin embargo, en este caso no hay nada. La combustión fue limpia, por así decirlo; aclaró el forense.

-¿Entonces con qué quemaron a las dos víctimas de fuego?; preguntó el policía.

-Aparentemente el fuego se produjo por exposición a una fuente muy intensa de calor, no química; continuó el médico.

-Ya…, entonces el asesino es Superman y los mató con su visión calórica; dijo sarcástico el detective.

-No creo que haya sido él, pero sí le puedo asegurar que usó una fuente muy poderosa y controlada de calor; respondió el forense. -Personalmente  no sé qué arma usó el asesino, pero sí que es muy poderosa.

Sin ninguna pista la investigación podía extenderse por mucho tiempo, dedujo el teniente, pero a veces eso pasaba; ahora había un criminal suelto en las calles, que no permitiría que quedase sin castigo. El único lugar donde podría sacar algo en claro era el campamento gitano. Cerca del medio día llegó cuando éste ya estaba prácticamente desarmado, listos sus moradores para marcharse de ese lugar maldito.

-Hola paisano, ¿qué quieres?; saludó Milenka.

-Saludos Shuvani; respondió el Teniente Hormazabal. -Necesito hacerte unas preguntas.

-¿Qué quieres saber?; preguntó ella.

-¿Tú viste al asesino de tu madre?; preguntó el policía.

La gitana bajó la mirada y guardó silencio un momento, con voz apagada respondió.

-Nunca olvidaré ese rostro; contestó la joven Shuvani.

-Entiendo; comentó el detective.

-¿Estarías dispuesta a acompañarme al cuartel de policía para que tú describas al asesino y hagan un retrato de él?; preguntó el Teniente Hormazabal.

-¿De qué serviría eso?; quiso saber Milenka.

-Si conocemos su rostro podremos buscarlo por todos lados; contestó el policía.

-¿Y cuándo lo encuentren, crees que lo van a poder atrapar?; preguntó ella.

-Confía en la policía Milenka; pidió el detective.

-Confío en ti paisano; respondió la gitana.

-¿Entonces me acompañarás al cuartel policial?; insistió el teniente.

-Pero nosotros nos vamos a ir de este lugar; informó la joven.

-Es solo por unas horas; aclaró el detective.

-Está bien paisano, para que puedas seguir con tu trabajo; aceptó Milenka.

Al poco rato el auto del Teniente Hormazabal se estacionaba frente al cuartel policial.

-Esta oficial va a dibujar al asesino con la descripción que hagas; indicó el policía a Milenka.

Después de unos minutos, sobre la hoja de papel apareció exacto el rostro de Daniel, con una sombría expresión de maldad.

-Gracias Milenka, con esto podremos atraparlo; dijo el policía.

-¿Ya puedo volver con mi gente?; preguntó la gitana.

-Espera un momento; pidió el detective, pasándole un teléfono celular a la muchacha.

-Llámame en caso que me necesites o recuerdes algo útil; indicó el teniente. -Mi número está grabado ya.

-Bueno paisano; respondió Milenka guardando el teléfono en un bolsillo de su vestido.

-Te llevo de vuelta a tu campamento; ofreció el policía.

-No gracias paisano; rehusó ella. -Conozco el camino.

La fría noche fue perturbada por las pisadas que entraron donde hace unas horas se hallaba el campamento gitano; ningún perro, ni ninguna voz de alarma dieron el aviso. Daniel se encontró con un sitio baldío solamente; los gitanos habían movido su campamento hacia otro lugar, lejos de la tierra maldita por el brujo.

-¡Malditos gitanos!; gritó Daniel apretando los puños con rabia. Un relámpago rompió el negro velo de la noche, cuando se desencadenó el aguacero.

En medio de la lluvia claramente llegó a los oídos del brujo la risa de la vieja gitana.

-Me la vas apagar gitana; gritó enojado Daniel.

Milenka se sentía cansada y su frente brillaba con gotas de humedad, pero no iba a desistir en su esfuerzo por hacer pagar al brujo, aunque sabía que eso era peligroso. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el repiqueteo del celular del policía.

-Milenka te llamaba para preguntarte si has recordado algo más, lo que sea; dijo el Teniente Hormazabal.

-No he recordado nada paisano; respondió ella. -Que estés bien.

-No dudes en llamarme; insistió el detective.

-Bueno, yo te llamaré si me acuerdo de algo; contestó ella.

El nuevo campamento estaba en silencio; habiendo quedado el dolor en la otra tierra podían dormir en paz. De pronto los perros comenzaron a ladrar frenéticos; Milenka de un salto se puso de pie y salió corriendo de su carpa.

Los ojos de la gitana se dilataron cuando vieron que el brujo se encontraba en el campamento, sujetando del cuello el cuerpo sin vida de un gitano, que arrojó con desprecio al barro. De alguna forma él había logrado dar con ellos.

-¿En serio pensaste que podrían escapar de mí?; preguntó Daniel.

Algunos gitanos salieron armados de sus carpas y dispararon contra el hechicero, sin que las balas siquiera lo tocaran.

-Aún no aprenden; dijo él arrojándolos contra un montón de palos afilados, matándolos en forma instantánea.

Milenka intentó golpearlo con un palo, pero la rechazó de un solo empujón, botándola de espalda.

Las carpas comenzaron a arder, las llamas y los gritos se extendieron por todo el campamento. El espectáculo de los gitanos corriendo envueltos en llamas, para caer retorciéndose era aterrador.

Milenka trataba de moverse pero estaba inmovilizada por un gran peso que la aplastaba contra el suelo.

Daniel tomó una pala que había tirada y lentamente se acercó a la gitana que yacía indefensa en el suelo. Con un violento impulso el brujo golpeó el cuello de Milenka con el filo de la herramienta.

Con el pulso desbocado y empapada en sudor la gitana despertó de la horrible pesadilla.Asustada y consciente del peligro que se cernía sobre su tribu, apretó contra su pecho el teléfono que le diese el Teniente Hormazabal y se volvió a dormir.

Daniel sonreía maliciosamente en su departamento. No solo la gitana podía provocar miedo.

Milenka preparaba un montón de amuletos, pócimas y talismanes para que todos se pudiesen proteger del brujo. Con sus propias manos la Shuvani escarbó la tierra alrededor del campamento y enterró varios talismanes, encerrándolo completamente en un círculo protector; inmediatamente después desparramó tierra de cementerio y sangre de gallina para fortalecer aun más el poder de la magia gitana.

Ya llevaba muchas horas revisando las bases de datos de los archivos policiales y no daba con nada. Demasiado cansado, el Teniente Hormazabal estaba esperando que el Servicio Nacional de Identificación y Registro Civil le enviase la identidad del sospechoso. Mientras se preparaba una taza de café, a su computadora llegó el tan ansiado mensaje; sin embargo, no era lo que él esperaba.

-“El retrato hablado, cuya identificación solicitó no corresponde a ningún ciudadano, tanto nacido, como extranjero de nuestra nación. Por lo tanto, no es posible entregar una respuesta positiva sobre su identidad”; indicaba el comunicado del Registro de Identificación.

-Así que este tipo no existe; comentó para sí el policía. -¿Quién diablo eres?

-Bueno, es hora de cobrar favores; dijo Hormazabal marcando el número de un amigo de la Interpol.

-¿Aló?; contestaron en el otro lado de la línea.

-Tanto tiempo; saludó el detective. -Te llamaba para pedirte un favor súper grande. Verás, hay un sospechoso de asesinato cuyo retrato hablado no nos ha servido mucho para saber quién es.

-Entiendo; respondió el agente. -Mándamelo por correo electrónico a ver qué encuentro.

-Ya te lo mandé; indicó Hormazabal. -Gracias.

-Te llamaré en cuanto averigüe algo; se despidió el oficial de la Policía Internacional.

-Aburrido, para distraerse un poco el policía comenzó a leer en internet sobre maldiciones, gitanos y magia en general, pero aparte de encontrar todo muy divertido, no le interesó mayormente. En eso estaba cuando su teléfono le devolvió al mundo real.

-¿Qué pudiste averiguar?; preguntó ansioso el Teniente Hormazabal.

-Tu sospechoso se llama Daniel Briceño, de nacionalidad española; era profesor de historia, pero fue expulsado de la universidad donde hacía clases por influir negativamente sobre sus alumnos; contó el agente.

-¿De qué forma?; preguntó intrigado Hormazabal.

-Magia negra y esas cosas; contestó el agente.

-¿Sabes cuál es su residencia actual?; quiso saber el policía.

-Ahí está el problema; contestó el agente. -Briceño murió a los treinta y cinco años, hace setenta años, durante la Segunda Guerra Mundial.

-Para estar muerto parece que ha estado bastante activo estos días; opinó el teniente.

-Esa es la información que existe de él; observó el agente.

-¿Sabes si tuvo descendientes?; preguntó el policía.

-Ninguno; agregó el agente. -¿Qué opinas?

-Que alguien está usando su identidad; supuso el detective.

-Bueno, gracias; se despidió el policía del agente. -Te debo una.

Tras meditarlo un momento, el detective decidió llamar a la gitana para comentarle lo que había averiguado.

-Hola paisano; contestó Milenka.

-El tipo que describiste supuestamente murió hace setenta años, por lo que no tenemos forma de saber quién es realmente, a menos que lo atrapemos; informó el policía.

-Te dije que no encontrarías nada paisano; le recordó Milenka. -En todo caso yo…

En medio de chicharreos la comunicación se cortó; podía ser por la tormenta, pero aun así el Teniente Hormazabal se preocupó y puso de pie, tomando las llaves de su patrulla y cerciorándose de que el cargador de su pistola estuviese lleno.

Las nubes se movían rápido y el viento soplaba tibio; la tormenta caería en cualquier momento. Después de conducir unos minutos a toda velocidad, el policía llegó hasta el campamento gitano.

-Necesito hablar con la Shuvani; le dijo a uno de los gitanos.

-Ella está ocupada; respondió él sin intenciones de dejarlo pasar.

-Está bien, que pase; dijo Milenka desde su carpa.

-No debiste venir paisano, esto se va a poner muy malo hoy; lo recriminó ella.

-Yo te puedo ayudar; le contestó el teniente.

-Realmente no creo que puedas hacer mucho; opinó ella.

-Aun así me quedaré; insistió él.

-En ese caso lleva este amuleto contigo; le pidió la gitana pasándole una bolsita negra.

-Gracias, pero tengo el mío; respondió el policía mostrándole su pistola.

-Mira paisano, si no lo usas yo misma te voy a maldecir; ordenó la Shuvani metiéndoselo en un bolsillo de la chaqueta.

Milenka salió de la carpa a dar unas últimas instrucciones a la tribu, antes de la llegada del brujo.

-Mejor no la contradigas paisano; dijo el anciano de la tribu, a quién Hormazabal no había notado en la carpa. -Es tan testaruda como su madre y su abuela; le dijo el viejo gitano palmeándole un hombro.

-Nuestro hermanos ya están listos; avisó Milenka entrando en la carpa.  -Esperemos  que el brujo no venga esta noche, pero el viento lo anuncia.

Daniel con paso firme se acercó al campamento; todos dormían y esta vez nadie escaparía. Ni siquiera los perros lo sintieron llegar, el viento agitaba los árboles y aullaba como lobo sediento de sangre.

Su andar se detuvo ante un súbito mareo que hizo girar todo a su alrededor. Tambaleándose el brujo retrocedió, saliendo del círculo trazado por la Shuvani. La tierra comenzó a temblar hasta que los talismanes quedaron a la vista, removiendo algunos y rompiendo el anillo protector.

Una tormenta eléctrica se desencadenó ante la furia de Daniel. La Shuvani salió de su carpa para intentar detenerlo, mientras los otros gitanos huían del campamento como ella lo ordenara.

-Aléjense rápido de aquí; gritó Milenka. -Tú también ándate paisano; dijo al Teniente Hormazabal.

-Ni creas que te dejaré solacon este loco; respondió él en medio de la lluvia que caía a chusos.

Una sonrisa maligna se dibujó en los labios de Daniel, cuando un rayo alcanzó a un gitano, pulverizándolo en el acto.

Instintivamente el policía desenfundó su arma y disparó contra el brujo, sin lastimarlo en lo más mínimo.

-No estorbes basura; dijo Daniel moviendo una mano.

Un fuerte viento lanzó por el aire al detective, quedando tirado inmóvil al caer al barro.

Con el viento golpeándola fuerte en la cara, los relámpagos estallando cerca, Milenka concentró toda su fuerza en su voz.

-“Yo te maldigo brujo,

por la llama, por el viento,

por la masa, por la lluvia,

por el barro, por el rayo y por el fuego,

por lo que vuela, por lo que repta,

por el ojo, por la mano,

por la espada y por el látigo.

Yo te maldigo”.

Gritó la Shuvani lanzándole un puñado de tierra de cementerio en la cara al brujo.

 -Tonta, ¿crees que eso me puede hacer algo a mí?; preguntó sarcástico Daniel moviendo su mano; sin embargo, nada le ocurrió a la gitana.

La maldición de la Shuvani había anulado lo poderes del hechicero al menos momentáneamente. Frustrado y furioso asestó un puñetazo en la cara a la joven gitana, dejándola mareada en el suelo.

Descontrolado por la rabia, Daniel se aproximó al policía con un hacha que había junto a una pila de leña; contempló un momento al policía antes de bajar la hoja cortante sobre su cabeza.

Tres detonaciones hirieron la noche; las balas, sin que nada las detuviese, perforaron el pecho del brujo, haciéndolo caer de espalda. La gitana de pie, con el pelo pegado a su cara sostenía aun la pistola humeante del Teniente Hormazabal, mientras veía caer un relámpago sobre Daniel quelo redujo a cenizas.

Aun algo mareada por el golpe, Milenka llegó corriendo junto al cuerpo del detective, el que para su sorpresa aun respiraba.

Lentamente el policía abrió sus ojos, para ver el hermoso rostro de la Shuvani que lo observaba con una sonrisa. Un poco aturdido aun, se quedó un rato más con la cabeza apoyada en los muslos de la gitana.

-Parece que tus talismanes si sirven; dijo Hormazabal sacando la bolsita de terciopelo negro de su chaqueta.

-No me vuelvas a asustar así paisano; dijo Milenka sacándose un mechón de cabello de la cara.

-Está bien, pero avísame un poco antes para la próxima vez; respondió el detective.

-¿Ahora crees en la magia gitana paisano?; preguntó Milenka, ayudándole a ponerse de pie y dándole un beso en la cara.

-Siempre he creído en la magia Shuvani; respondió el Teniente Hormazabal. -¿Por qué crees que era amigo de tu madre?

La lluvia había mezclado las cenizas del brujo con el barro y Milenka lo revolvió con su pie, antes de caminar hacia su carpa. Junto a ella el Teniente Hormazabal rozaba su mano sin llegar a tomársela, mientras ella se sonreía en silencio. Total, un secreto más no significaba mucho en la vida de una Shuvani, llena de secretos.

Desde su carpa el más anciano de los gitanos terminaba de fumar, mientras los veía caminar y se encogió de hombros sin darle mayor importancia. Al fin y al cabo él sabía guardar los secretos de su nieta.

 

 

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