Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El falso muerto 9 septiembre 2012

Filed under: Últimos post — cebolledo @ 21:32

El falso muerto

¿Es posible simular una enfermedad grave? ¿Es posible simular un cáncer?

Lucas era un hombre atractivo. De joven fue travieso e indisciplinado. Se dejó el pelo largo y llevaba vaqueros rotos. Y fumaba porros. Era un idealista y odiaba las normas establecidas. Hasta que conoció a Margarita. Margarita consiguió que acabara la carrera de medicina y sentara la cabeza.
Tuvieron dos hijos: la parejita. Él pasaba consulta vestido con ropa de marca. El dinero no era problema. Pero la felicidad no duró mucho. Lucas buscó aventuras fuera del matrimonio. Aventuras que le pusieran un poco de pimienta a su aburrida vida.

Margarita aguantó hasta que los niños fueron un poco más mayores y entonces gestionó el divorcio. A Lucas le vino bien, le dejó a ella el chalé a las afueras y se mudó a un apartamentito en el centro. El nuevo centro de operaciones, donde se llevaba una tras otra a las novias que iba recolectando. Le duraban una temporada y luego se marchaban. Supongo que era Lucas el que se las arreglaba para que se cansaran de él.

Yo le conocí cuando estaba en cuarto de biológicas. En una fiesta de la facultad que organizábamos en un bar de copas del centro. Se acercó a nuestro grupo a pedirnos fuego y desplegó todo su arsenal de encanto.
-¿Puedo sentarme con vosotras? – su voz cautivadora era de locutor de radio.
Tenía cuarenta y tantos, pero aparentaba diez años menos. Delgado y elegante. Aseado y jovial. Yo ya le conocía de haberle visto por los bares de copas nocturnos.
No sé cómo pero me las arreglé para que al final quedáramos sólo él y yo. Estuvimos hablando un buen rato y al final me acompañó a casa. Nos besamos en el portal.

A la semana siguiente me llevó a su apartamento y a los dos meses ya vivíamos juntos. Fueron los mejores momentos de mi vida. Era como una luna de miel interminable. Nos pasábamos las horas muertas en casa: hablando, bebiendo, amándonos.

Él tenía la consulta en un pueblo no muy lejos. Se levantaba pronto cada día y cogía el coche. Yo seguía en la facultad a punto de acabar la carrera. El dinero no era problema, él ganaba mucho.
Con cierta frecuencia, Lucas se iba unos días a Madrid, a ver a los niños. Los “niños” eran casi de mi edad, universitarios, pero él nunca quiso presentármelos. Tampoco quería que fuera con él a Madrid. Eran unos “aburridos asuntos de familia” según Lucas.

Casi siempre, a la vuelta se enfrascaba con papeles y documentos en su pequeño despacho. Cuando le preguntaba qué era lo que estaba haciendo, siempre me decía que eran cosas de sus pacientes, de su trabajo. Y yo no quería meterme en sus cosas.

Una de las veces, volvió de Madrid con cara de preocupación. Estuvo unos días muy callado y cuando por fin accedió a explicarme, me dijo muy serio:
– He estado consultado con un colega mío de Madrid. Creo que puedo tener una enfermedad grave.
No quiso decirme nada más. Aquel día se fue a la cama sin cenar y sin querer hablar más del tema.
A la semana siguiente volvimos a hablar y entre sollozos, me dijo que estaba confirmado. Que tenía cáncer. Yo le dije que siempre estaría a su lado y él me besó con suavidad.
A partir de aquel momento empezó a engordar y se le fue cayendo el pelo. Por la quimio, deduje. Iba más a menudo a Madrid, supongo que era su colega el que le estaba llevando como paciente.
Unas semanas después adelgazó exageradamente. Yo le propuse acompañarle a la consulta en Madrid, pero él se negó. Decía que su amigo le recogía siempre en la estación. Yo le dejaba en el tren y tres horas no era un trayecto demasiado largo.

Yo estaba preocupada y me preocupé más cuando, en aquel viaje, no me contestaba a las llamadas. Tampoco tenía otro teléfono al que acudir. Y, además, pasaban los días sin saber nada de Lucas. Había ido para dos días y ya llevaba una semana fuera de casa.

Recibí una llamada de un número desconocido. Se identificó como el médico que le había estado tratando y me dijo que no habían podido hacer nada.
El funeral fue bastante austero, apenas veinte personas entre familiares y compañeros de trabajo. No conocía a ninguno y nadie me dirigió la palabra. Me sentí ajena y excluída. En primera línea de la iglesia estaban los que supuse eran la exmujer y los hijos.

Unos días más tarde me llamó un abogado rogándome que desalojara el apartamento. Que ahora era propiedad de los herederos.

Llorando recogí mis cosas. Despacio. Recordando los mejores momentos de nuestra relación. Al fin, accedí al despachito buscando tal vez alguna nota suya que me sirviera de recuerdo. Pero lo que encontré fue otra cosa. Guardado en un sobre al fondo de un cajón había un documento extraño. Me pareció una póliza de un seguro de vida. La cantidad era enorme, pero lo que me llamó la atención fue que el beneficiario no fueran sus hijos, sino un tal Valentín Cuesta. En otros documentos encontré que el domicilio de ese tal Cuesta estaba en Brasil.

Acabé de recoger mis cosas y me fui. Volví a casa de mis padres y ahora estoy a punto de acabar la carrera. Pero lo que me sigue rondando la cabeza es que nunca vi el cadáver de Lucas. Y no sé si alguien de su familia lo vio. A veces me imagino a Lucas en Brasil, rodeado de señoritas en biquini que le llaman señor Valentín.

Nunca llegué a despedirme de él y ahora no sé si debería haberle dicho adiós o tal vez… ¡hasta luego, Lucas!

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One Response to “El falso muerto”

  1. yomismo Says:

    Interesante, me ha gustado, lo he leido entero y tanto el tema como la narración ha sido entretenida.


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