Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Mundos paralelos 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mundos Paralelos

 

-No veo la hora de salir de esta lata de sardinas; comentó Pedro, quién junto al resto del equipo formado por otros cuatro hombres y cinco mujeres, estaba por completar seis meses de permanencia continua en el laboratorio submarino de oceanografía de fondo marino.

La misión del grupo era estudiar las diferentes formas de vida de esa profundidad, así como la geología del fondo marino. Además debían someter a distintas pruebas los nuevos trajes de inmersión profunda que incorporaban un sistema de líquido respirable mejorado que permitía mayor autonomía.

Aunque cuando se reunió al  equipo se comentó que por simple casualidad se habían juntado cinco hombres y cinco mujeres, en realidad fue todo intencional y fríamente calculado. Se quería estudiar, sin que la tripulación del laboratorio se enterara, el comportamiento e interacción de hombres y mujeres cohabitando en un espacio limitado por un tiempo prolongado bajo un clima de constante tensión. Solo la doctora Bárbara Soto y el bioquímico Pablo Reyes sabían de ese experimento y serían  sus observadores. Sin saberlo Bárbara y Pablo  también estaban bajo estudio para determinar cuánto podía afectar una situación de estrés extra, como era mantener en secreto al resto el estudio de interacción entre la tripulación.

-Hola doctora, ¿cómo están nuestros conejillos de indias hoy?; preguntó Pablo, refiriéndose al resto del grupo.

-Bueno, como supongo ya has observado que hay dos parejas formadas de público conocimiento; una pareja que trata de ocultar su romance, mientras que el geólogo y la bióloga marina ni siquiera se toman en cuenta; contestó Bárbara, mientras abría un archivo encriptado en la computadora de su escritorio.

-¿Y qué hay de ti?; preguntó Pablo curioso.

-Con tener que mantener sana a la tripulación, vigilar los signos vitales de los que salen fuera, sabiendo las toneladas de agua que tienen encima y más encima tener que ver si hay onda o no entre todos, no me deja tiempo, energía y ganas de pensar siquiera en enredarme con alguien; contestó Bárbara.

La tensión de la doctora era evidente al cabo de casi seis meses de encierro a mil metros de profundidad, teniendo que preocuparse de mil y una cosas. Sin que ella lo supiera, sus reacciones y signos vitales, así como sus niveles de hormonas estaban siendo constantemente registrados, al igual que los de Pablo Reyes, por la computadora del laboratorio, a través de cámaras y micrófonos ocultos y de las pulseras de monitoreo vital que los diez ocupantes del laboratorio debían llevar puestas las veinticuatro horas del día, hasta que salieran nuevamente a la superficie.

Salvo pequeñas discusiones y enojos sin importancia, la convivencia de todos había sido pacífica y relativamente armoniosa.

Los últimos días se ocupaban de embalar todas las muestras, tanto animales como vegetales, así como minerales y agua de diferentes zonas; especial atención se prestó al respaldo y copiado de toda la información recopilada y almacenada en la computadora principal y en los computadores personales de cada miembro del grupo de oceanólogos.

El ascenso hasta la superficie demoraría tres semanas; ya que debido a la gran profundidad y al largo tiempo de permanencia respirando aire a mayor presión de la existente en la superficie, deberían todos someterse a un proceso de descompresión de dos días cada cien metros de ascenso.

La vuelta a la superficie la harían en el submarino de mediano tamaño de inmersión profunda que los había llevado hasta el fondo hace seis meses y que permanecía anclado en el muelle del hábitat submarino. La nave, aunque de medianas dimensiones, estaba equipada con camarotes, una cocina, una enfermería y dos servicios higiénicos, así como una sala de salida y entrada de buzos. Gracias a un pequeño reactor nuclear, podía permanecer varios meses sumergido. Sin embargo, lo que hacía realmente especial al Tritón era que todo el submarino podía actuar como una cámara de descompresión.

La posibilidad de cambios de presión en el interior de la nave había obligado al ingeniero naval Ricardo Briceño, diseñador y constructor del Tritón, a desarrollar nuevos tipos de sistemas capaces de funcionar a diferentes presiones y esta era la primera vez que lo probaría en terreno en su función de cámara de descompresión autónoma.

Las tres semanas siguientes serían horriblemente aburridas y largas, casi sin nada que hacer mientras sacaban el exceso de gas a presión de sus organismos.

Sin previo aviso, mientras todos dormían en sus respectivos camarotes, cuando se encontraban a cien metros de profundidad, una fuerte turbulencia sacudió violentamente al Tritón. Alarmados todos saltaron de sus camarotes y corrieron al puente de mando; las luces se apagaron  y todo quedó sumido en las penumbras; la iluminación de emergencia empezó a funcionar, devolviendo parte de la visibilidad.

En el puente Ricardo revisaba los distintos indicadores tratando de sacar algo en claro.

-¿Qué ocurre?; preguntó el profesor Ramón Cerda, oceanógrafo y jefe de la misión.

En cuanto lo averigüe le cuento; contestó Briceño.

-¿Algún maremoto o un volcán submarino?; preguntó el geólogo.

-El sismógrafo no indica ningún tipo de actividad sísmica que pudiese producir semejante onda de choque a esta profundidad; indicó el ingeniero.

-¿Por qué estamos con luces de emergencia?; preguntó Pablo.

-El reactor experimentó una oscilación en el núcleo de uranio pero ya se está estabilizando; contestó meditabundo Briceño.

-No sabía que un reactor nuclear nuevo experimentase oscilaciones de ese tipo; opinó el Profesor Cerda.

-No lo hacen y menos el de este sumergible, yo mismo diseñé su sistema de seguridad y se supone que ningún accidente o fenómeno podría romper o desestabilizar el núcleo;  observó confundido el ingeniero.

-¿El sonar indicó algo anormal antes del incidente?; quiso saber el jefe de la misión.

-Nada profesor, tampoco el radar, ni el sismógrafo. Lo que haya sido que nos zamarreó se produjo de forma repentina y sin previo aviso; opinó Briceño.

-Comuniquémonos con la superficie, para ver si ellos tienen alguna idea de lo que pasó; ordenó el Profesor Cerda.

-Aquí submarino Tritón, adelante base; llamó la bióloga marina Ximena Rozas. Nadie contestó al otro lado de la línea, solo ruido estático inundó el altavoz.

-Aquí Tritón, contesten por favor; insistió la mujer,…pero nada.

Ximena probó en todas las frecuencias  pero el resultado fue siempre el mismo; solo estática.

-¿Alguna radioemisora comercial?; sugirió la doctora Soto.

Absolutamente nada; tras recorrer todo el dial de radiofrecuencias solo conseguían ruido de estática.

-Prueba la onda corta para captar alguna emisora extranjera; sugirió el geólogo, quien presentaba signos de evidente inquietud, al igual que el resto de la tripulación.

Todo intento de comunicación resultaba inútil, ni la onda larga, ni la frecuencia modulada, ni ningún otro tipo de señales de radio comunicación servían.

-¿El equipo de comunicación funciona bien?; preguntó Pablo al ingeniero.

-Está todo en orden, ya lo revisé; contestó escuetamente Briceño.

-¿Estás seguro?; insistió el bioquímico.

-¡Claro que lo estoy!, ¿qué crees que he estado haciendo los últimos diez minutos?, yo trabajo de verdad y no ando jugando con tubos de ensayo todo el día; gritó furioso Ricardo.

-Por favor tranquilos; pidió el Capitán Cerda. -Debemos conservar la calma.

-Tengo una idea; opinó Pablo, y sentándose junto a la computadora del puente de mando, empezó a teclear algunas instrucciones. A los pocos minutos un monitor mostraba una imagen del planeta, que se aproximaba rápidamente hacia la superficie en cuadros sucesivos que indicaban distintos datos como altura y coordenadas.

-¿Qué diablos es eso?; preguntó sorprendida la cartógrafa Juana Rivera.

-Me enlacé a uno de los satélites de reconocimiento; contestó Pablo.

-Satélite espía querrás decir; corrigió el geólogo Pedro Alarcón.

-Creo que ni siquiera quiero saber cómo lo hiciste; opinó el mecánico Juan Mardones.

La doctora observaba sin decir nada, su mirada estaba fija en la imagen  que se aproximaba cada vez más a la superficie.

Finalmente la imagen se detuvo a diez metros de altura en medio de una ciudad. La visión era sub realista; las calles carecían de actividad, en realidad toda la ciudad se veía sin actividad. Daba la apariencia de un pueblo fantasma, con sus edificios, sus calles y sus parques, pero sin ninguna persona que hiciera  uso de ellos; de repente el viento arrastraba un papel, pero faltaba la gente.

-¿Pero dónde se metió todo el mundo?; preguntó la analista de sistemas Marcia Díaz.

Pablo introdujo más instrucciones en la computadora y la imagen se alejó nuevamente, para mostrar parte de América Central. Esta vez el satélite se situó sobre Ciudad de México, pero las imágenes eran similares a las anteriores, una gigantesca ciudad fantasma. Completamente incrédulo Pablo revisó una ciudad tras otra en los cinco continentes. Esto carecía de sentido, varias ciudades totalmente deshabitadas.

-¿Pero qué demonios pasó?; preguntó el geólogo. -¿Dónde está todo el mundo?

-Esto es totalmente ilógico; comentó Marcia. -Siete mil millones de  personas no pueden esfumarse sin dejar rastros de la noche a la mañana.

-Nada de esto tiene sentido; dijo la buzo Paulina Ramírez, mientras se paseaba por todo el puente con miedo en la voz.

-Tranquila querida; le dijo Juan mientras la abrazaba para calmarla.

-Sin embargo, parece que eso pasó, la densidad poblacional es de cero, según el satélite; observó Pablo.

-Insisto en que es ilógico; pensó en voz alta Marcia. -No podemos ser las únicas personas en el planeta.

-Marcia pon en línea a Cati (Computadora cuántica de análisis táctico integral) y aliméntala  con los datos, veamos a qué conclusiones llega; ordenó el Profesor Cerda.

-Sí señor; contestó la analista.

-Buenos días Profesor Cerda; se escuchó la voz de mujer de la computadora por el alto parlante del puente.

-Buenos días, ¿qué conclusión puedes obtener con el análisis de los datos disponibles?; preguntó el profesor.

Después de cinco interminables segundos la voz se escuchó nuevamente.

-Asumiendo que los datos suministrados por el satélite son correctos y la ausencia de transmisiones de radiofrecuencia, se pueden concluir dos posibilidades lógicas. La primera es que toda la población humana del planeta desapareció en forma súbita. La segunda es que el Tritón, con toda su tripulación, se encuentra en una copia sin habitantes de La Tierra. Para un mejor análisis se requieren más datos; para cualquier acción a seguir, se sugiere intervención humana; una vez dicho esto, Cati guardó silencio.

Todos se miraron atónitos. Aunque   ridículas esas eran las dos únicas posibles conclusiones lógicas.

-Siete mil millones de personas es una biomasa muy grande para ser desplazada de un lugar a otro; además, no hay signos de violencia que indiquen algún accidente o ataque. Por otro lado diez personas y un submarino mediano tienen un volumen y una masa mucho menor; meditaba el Profesor Cerda en voz alta mientras se paseaba por el puente.

-¿Cati qué información tienes sobre teorías de dimensiones paralelas y  multiuniverso?; preguntó el capitán a la computadora.

-Vamos Ramón, estás hablando de ciencia ficción; objetó Pedro Alarcón.

-En realidad es física cuántica, pero si tienes una mejor idea dímela que soy todo oídos; respondió el profesor.

-Según la teoría del multiuniverso, después del Big Bang se formaron varias burbujas de materia que se expandieron para formar varios universos que coexisten al mismo tiempo, con leyes y características propias. Por otro lado, se especula que una anomalía cuántica puede provocar una línea paralela de sucesos, en la cual dos realidades casi iguales, pero con muy pocas diferencias pueden existir al mismo tiempo, así un objeto o persona podría pasar a la otra realidad; explicó la computadora.

-Gracias Cati; contestó el profesor.

-¿Piensas que eso es lo que pasó?; preguntó Pedro.

-Supongo que es lo más probable. Las imágenes del satélite indican que todo es igual, excepto la falta de personas; opinó Juana.

-La única forma de cerciorarnos es yendo a la ciudad más cercana  y tratar de averiguar lo más posible; pensó Mardones.

-Subamos a la superficie; ordenó el Profesor Cerda, como capitán que era del Tritón. -Hoy es martes, el viernes podremos salir a explorar la ciudad.

El momento tan ansiado de poder volver a ver el sol y respirar aire puro, no era tal cual pensaron que sería hace unos cuantos días atrás. Ahora el equipo estaba preocupado de llevar a cabo distintos análisis de las condiciones ambientales reinantes en el exterior. Todo parecía normal, no haciendo nada suponer que ya no se hallaban en casa aparentemente. Atmósfera normal, temperatura de 27°C, radiación UV baja, aparentemente aquí la capa de ozono no presentaba daños, salinidad y densidad del agua normales, el contador Geiger indicaba que no había ningún tipo de radioactividad, el análisis de gases tóxicos resultó negativo.  Todos los parámetros estaban dentro de los rangos normales, por lo cual no había ningún inconveniente para desembarcar.

Durante los dos días que siguieron al ascenso a la superficie, en que se someterían al último proceso de descompresión, el ingeniero Ricardo Briceño y la analista Marcia Díaz estuvieron encerrados juntos en el pequeño taller de abordo, sin dar señales de vida, todos suponían que haciendo lo de siempre.

El día viernes comenzó muy temprano abordo, después de una pequeña discusión la tripulación del Tritón decidió que quienes bajarían  a explorar serían el mecánico naval Juan Mardones, la rescatista Paulina Ramírez, la cartógrafa Juana Rivera, la bióloga Ximena Rozas y por supuesto el capitán Ramón  Cerda.

-Un momento, yo también voy; dijo la doctora Bárbara Soto. -Si se presenta alguna emergencia van a necesitar un médico.

El mecánico entró al puente trayendo tres tubos  con una empuñadura.

-No tenemos ni idea si nos encontraremos con alguna sorpresa inesperada, así es que preparé estos juguetitos, adaptando los laser de los trajes de inmersión profunda; contó Juan.

-¡Pistolas de rayos, genial!; exclamó entusiasmada Juana.

Lentamente la escotilla exterior del submarino se abría dando paso a sus tripulantes después de seis meses de inmersión. El calor del sol y la brisa marina resultaba vivificante para los oceanautas; y sin embargo, estaban inquietos, ya que las cosas habían cambiado drásticamente en los últimos cuatro días.

Un bote de desembarco zodiac llevó rápidamente a seis de los expedicionarios hasta el muelle del puerto; una vez en tierra revisaron sus radios, binoculares y sus improvisadas armas.

-Bueno, ya estamos en el baile, así es que hay que bailar; dijo metafóricamente hablando la bióloga marina.

-No nos separemos, por si acaso; sugirió el Profesor Cerda.

El puerto estaba totalmente carente de actividad, a excepción del continuo volar de las gaviotas y otras aves marinas. Sin embargo, lo que les resultó más chocante fue la opresora sensación de soledad que se respiraba en la ciudad. Era tan extraño, parecía una mezcla entre un pueblo fantasma y un episodio de La Dimensión Desconocida. Calles vacías, autos abandonados; una ciudad sin personas.

-¿Notan algo extraño?; comentó Paulina.

-¿Es broma?; preguntó Juana. – Aquí todo es extraño.

-Me refiero a las luces de los semáforos, a las luminarias de los escaparates, al alumbrado de las tiendas y negocios, están todos apagados; observó Paulina.

-Es cierto, no me había percatado; afirmo Juan.

-Tal vez es solo en este sector; pensó Bárbara.

-Veamos más adelante; sugirió el Profesor Cerda.

A unas cinco manzanas de ahí, las cosas ni variaban. Calles vacías, silencio total, falta de luces eléctricas.

-Ricardo, ¿puedes, por favor, ver con el satélite si en las otras ciudades hay alguna señal de iluminación eléctrica funcionando en este momento?; solicitó Ramón al bioquímico, que se había quedado a bordo del Tritón.

-Negativo profesor; fue la respuesta de Pablo. -En este momento tengo el satélite sobre ustedes y no pienso quitarles los ojos de encima hasta que estén de regreso a bordo sanos y salvos.

-Tienes razón, no está de más ninguna precaución, gracias Pablo; contestó el Profesor Cerda.

Juana se quedó parada de improviso y se volteó hacia atrás.

-¿Qué pasa?; preguntó Juan.

-Siento como si nos observaran; contestó ella.

Ximena se quedó mirando la vitrina de una tienda y sin pensarlo entró en ella.

-No nos separemos; la reprendió Ramón, mientras entraba con los otros tras la bióloga.

-Se parece a cualquier tienda que conocemos; comentó Bárbara.

-Lo único que falta aquí son los clientes. Un golpe en un pasillo tras un pilar interrumpió a Paulina, algo había caído al piso, una ropa exhibida en un colgador se meció.

-Hay alguien aquí; susurró Ramón.

Ximena que estaba a unos cinco metros de los demás dio un grito de susto cuando un ser de unos dos metros o más de alto saltó frente a ella. La cosa con un aspecto entre reptil y mamífero, sin previo aviso arañó en el abdomen a la aterrada mujer.

Cuando se hubo recuperado de la impresión, Juan disparó el laser contra la criatura, justo en el momento en que se disponía  a darle un zarpazo en la cara a Ximena; con un rugido el monstruo cayó muerto  a los pies de la mujer. Todos corrieron hacia su compañera y cuando llegaron junto a ella, ésta se miró una mano ensangrentada y cayó desmayada.

Tras revisarla Bárbara se percató de la gravedad de la lesión.

-Es una herida muy profunda, es necesario operarla lo antes posible o morirá; dijo sentenciosa la doctora.

-Llevémosla a un hospital;  propuso Paulina.

-No serviría de nada, aquí no hay electricidad; advirtió Juan.

-Debemos volver al Tritón; ordenó el Profesor Cerda, al tiempo que cargaba en sus brazos el cuerpo inanimado de Ximena.

Cuando salían de la tienda, tras ellos salieron tres de esos monstruos, corriendo velozmente en dos piernas. Rápidamente Paulina disparó, pegándole en el pecho a uno de esos extraños seres; los otros dos escaparon, dejando tirado el cadáver de su compañero.

-¿Pero qué diablos pasa?; exclamó Pablo cuando vio lo que ocurría a través del monitor, no pudiendo evitar saltar de su silla.

-Debemos llegar rápido al submarino, Ximena está muy grave; gritó la doctora por radio.

-Lleguen a la esquina y doblen a la derecha, el muelle con el zodiac está a cinco cuadras de allí; contestó Pablo, quien veía  una escena panorámica de lo que ocurría.

Sin detenerse a pensarlo, los cinco emprendieron una carrera maratónica hacia el bote. Cuando habían recorrido tres cuadras, la radio sonó de nuevo.

-A una cuadra de ustedes hay dos de esas cosas; avisó Pablo.

Sin detenerse Juan y Paulina empezaron a disparar contra los monstruosos seres, quienes huyeron despavoridos.

Al llegar al bote depositaron cuidadosamente a Ximena; Ramón estaba a punto de desmayarse por el tremendo esfuerzo realizado. A los dos minutos llegaban al submarino y pasaban corriendo hasta la enfermería.

-Debo operar inmediatamente a Ximena, o de lo contrario morirá; dijo Bárbara. -Necesito que alguien me ayude.

Todos se miraron unos a otros; lo más que sabían hacer era un poco de primeros auxilios, pero de ahí a poder asistir a una cirugía era algo muy distinto.

-¡Cati! Emergencia médica, pasa a modulo autónomo; gritó Marcia al aire.

Nadie entendió  a qué se refería y tampoco le preguntaron.

La puerta de la enfermería se abrió y por ella pasó una atlética mujer de un metro setenta. Todos se volvieron a mirar a la extraña.

-¿Cati?; preguntó sorprendida Bárbara.

-Sí doctora, soy yo; contestó Cati.

-¿Pero cómo?; preguntó Juana.

-Ahora no hay tiempo para hablar. Estoy programada para practicar cirugías mayores entre otras cosas, yo le asistiré doctora; dijo sin ninguna emoción en la voz Cati.

-En el conservador de ahí hay sangre para cada uno de los tripulantes, traigan dos unidades de Ximena, rápido; pidió Cati.

Cati recogió su cabello bajo una cofia y cubrió sus manos con guantes quirúrgicos. La doctora le tendió una mascarilla para que cubriera su boca y nariz.

-Gracias doctora, pero yo no respiro; declinó Cati.

Solo Bárbara y Cati permanecieron en la enfermería; si nadie más podía ayudar mejor que no estorbaran.

Las manos de Cati se movían en forma rápida y precisa. Gracias a que la doctora no necesitaba darle instrucciones a su asistente, la cirugía concluyó pronto; al final Bárbara no sabía quién había ayudado a quién.

-Ximena se salvará, ahora debe descansar; informó la doctora al resto de la tripulación, secándose el sudor que cubría su frente, mientras junto a ella Cati permanecía inmutable.

-Te felicito Cati, eres una excelente cirujano; dijo Bárbara, al tiempo que estrechaba la mano de su ayudante, quien contestó con una sonrisa y una inclinación de cabeza.

Las sorpresas en la nueva realidad se sucedían una tras otra. Primero descubrir en forma trágica la presencia de vida desconocida en la ciudad y el hecho de que Cati poseía un cuerpo de apariencia humana.

-Hace mucho tiempo se empezó el desarrollo del cuerpo de Cati para que pudiera apoyar en distintas tareas de ser necesario; explicó Ricardo.

-¿Estaba en el laboratorio submarino?; preguntó Paulina.

-Por supuesto, pero no había sido necesario activarlo durante los meses que permanecimos en él; aclaró Marcia, quien sabía de su existencia.

-Y hoy si necesitábamos de su ayuda; opinó Bárbara. -Si no hubiese sido por ella, Ximena ahora estaría muerta.

-Hay algo que no entiendo; prosiguió la doctora. -Me dio la impresión de que no solo actuaba siguiendo una programación, parecía que tomaba decisiones por sí misma; observó Bárbara.

-De hecho lo hacía, ya que Cati es una computadora cuántica; explicó Ricardo.

-Eso significa que Cati es capaz de pensar y tomar decisiones por sí misma, para ayudarnos y protegernos cada vez que ella lo estime necesario; explicó Marcia.

Una vez aclarada la entrada en escena de Cati, había que concentrarse en el hallazgo de los extraños seres que los atacaron. Todos se reunieron en el puente del Tritón, para revisar las imágenes captadas por el satélite.

La pantalla mostraba un ser bípedo de dos metros y medio de alto, con una apariencia mezcla entre reptil y mamífero.

-¿Qué es esa cosa?; preguntó primero Pablo.

-Parece un reptil con cuerpo de hombre, o un hombre con piel de reptil; observó Pedro.

-¿Qué opinas Cati?; preguntó el Capitán Cerda.

-Sin una muestra de tejido, no podría clasificarlo en forma correcta; sin embargo, aparentemente son depredadores. No sé si evolucionaron en este planeta, o si simplemente aparecieron en esta realidad al igual que nosotros. Lamentablemente no poseemos datos suficientes para concluir algo; contestó Cati.

-Lo que sí está claro es que esas cosas son extremadamente peligrosas para nosotros y si no hubiese sido por los juguetes de Mardones habríamos muerto; pensó Juana.

Las discusiones sobre las distintas hipótesis para explicar los extraños acontecimientos de que ahora eran protagonistas, estaban a la orden del día.

-Esta situación sobrepasa todos los límites; estuvimos a punto de perder a un miembro de la tripulación; comentó Pablo.

-Propongo que busquemos la forma de volver a casa; sugirió Pedro.

-Primero debemos averiguar qué fue lo que pasó y que nos trajo a esta copia de nuestro mundo; agregó Marcia.

-Por la información recopilada hasta el momento, aparentemente el fenómeno que nos afectó estuvo localizado en un punto muy específico, no hay indicios de que haya abarcado un área muy grande; comentó Cati.

-Recuerdo que todo comenzó con esa turbulencia que nos golpeó; recordó Ricardo.

-Es cierto; asintió el Profesor Cerda. -Creo que en ese suceso debemos centrar nuestro estudio.

-¿Qué es lo que sabemos de ese fenómeno?; preguntó Juana.

-Bueno, los sensores externos del Tritón estaban funcionando en ese momento, así es que algo deben haber captado; opinó Ricardo.

Sin que se lo solicitaran, Cati comenzó a revisar todos los datos disponibles, tanto de los sonares, radar, sismógrafo, contador Geiger y cuantos instrumentos de medición disponía el submarino. Al mismo tiempo, en otro terminal tecleaba rápidamente ecuaciones y fórmulas matemáticas que nadie comprendía, ya que avanzaban muy rápido en la pantalla. Después de unos minutos, Cati se volvió hacia los demás y les explicó.

-Basada en todos los datos disponibles, incluyendo la oscilación que experimentó el núcleo del reactor, da la impresión de que cruzamos una especie de “puerta”, por así llamarla, que comunica nuestra realidad con esta. Existe la posibilidad de que si cruzamos nuevamente por esa puerta, podamos volver a nuestro mundo; concluyó Cati.

-Pero debemos conocer el punto exacto donde está esa puerta; observó Ricardo.

-Las coordenadas exactas donde se encuentra son esas; dijo Cati indicando con una mano la pantalla donde había estado analizando información.

-¿Y si cruzamos por esa puerta podremos volver a casa?; preguntó Paulina.

-No lo sé con certeza, estamos hablando de teorías solamente, no tenemos seguridad de nada; reconoció Cati.

-En todo caso la alternativa de quedarnos aquí no es muy prometedora que digamos; comentó Bárbara, apuntando con la barbilla la imagen de una de las cosas que los atacó en la ciudad.

El silencio se hizo presente en el puente; era como saltar sin paracaídas de un avión en llamas. Quedarse podía ser fatal, pero intentarlo no aseguraba éxito garantizado.

La decisión debería ser sometida a votación. Todos conocían los hechos y las alternativas; quedarse y tener que enfrentarse a los monstruos que ya conocieron y a quién sabe qué otro peligro, o arriesgarse a cruzar de nuevo la puerta entre las realidades, sin saber si llegarían o no a casa.

Cuando todos los tripulantes estaban reunidos en la cocina, excepto Ximena, que se recuperaba de la cirugía, para decidir que debían hacer, Cati se dispuso a ir al puente de mando a seguir revisando los datos.

-Cati espera, quédate por favor, tú ya eres parte de la tripulación; solicitó el Profesor Cerda, ante lo cual todos asintieron.

-Gracias señor; respondió impávida Cati, tomando asiento en una de las sillas.

-Bueno, señoras y señores, ¿qué debemos hacer, nos quedamos aquí o nos arriesgamos a cruzar aunque no estemos seguros si llegaremos a casa?; consultó el profesor a sus compañeros.

-Arriesguémonos; votó Pablo.

-Las cosas no se ven muy bien aquí; opinó Bárbara.

-Sí, vámonos; dijo Pedro.

-Creo que todos queremos salir de aquí; observó Juana.

-¿Qué piensas tú Cati?; preguntó el Capitán Cerda.

-Las coordenadas ya están calculadas, salgamos de aquí; opinó ella.

-Es unánime entonces; aprobó el profesor. -Crucemos el portal.

La decisión ya había sido tomada; nada los detenía en ese lugar y cabía la posibilidad de que todo saliera bien. Era necesario sumergirse nuevamente, pero solo a cien metros de profundidad por un corto periodo, así es que no se requería someterse a descompresión después.

-Voy a quedarme junto a Ximena por si acaso la sacudida es muy fuerte; avisó la doctora.

Cati y Ricardo tomaron el mando del Tritón para cruzar la puerta entre realidades; Juan vigilaría que el reactor no fallase, mientras que Marcia dirigía toda la información que los instrumentos registrasen hacia el cerebro de Cati.

-Es hora de rock and roll; dijo Cati cuando aceleró hacia las coordenadas donde se supone que estaba el portal que conectaba ambos mundos.

-Pensé que seríauna buena idea programar unos cuantos modismos en el lenguaje de Cati, para que no fuese tan incómodo hablar con ella; explicó Marcia.

Una sonrisa de aprobación se dibujó en todos en el puente.

El zamarreo fue tan violento como el anterior. Bárbara tuvo que sujetar a Ximena con las manos para que no cayera de la cama donde se recuperaba. Las luces en toda la nave se apagaron y todo quedó a oscuras; las luces de emergencia se encendieron y la visibilidad volvió.

-El reactor está bien, el núcleo osciló como la vez pasada pero ya se estabiliza; informó Juan.

Todos respiraron aliviados por el informe del mecánico.

-Ximena está bien, algo nerviosa, pero solo eso; avisó Bárbara por comunicación interna.

-Bien pasamos y aún estamos en una pieza; comentó el ingeniero.

-Buen trabajo a ambos; felicitó el capitán a Ricardo y Cati.

-Pablo, por favor trata de enlazarte a un satélite; solicitó el Profesor Cerda al bioquímico.

-Bien profesor; contestó Pablo, mientras empezaba a trabajar.

-Profesor, no encuentro el satélite espía, de hecho no encuentro ningún satélite; comunicó confundido Pablo.

-Estamos ciegos sin los satélites; reflexionó Juana.

-Juana tiene razón; ratificó Cati.

-Pero necesitamos saber si llegamos o no a casa; opinó el geólogo.

-Lo más lógico es que vaya yo a explorar; dijo Cati.

-Es peligroso, no podremos cubrirte la espalda; opinó Ricardo.

-Más peligroso sería para un humano; además, si algo le pasa a mi cuerpo, igual yo estaré respaldada en la computadora del Tritón; contestó sin ninguna emoción Cati.

-Lo que mis sensores ópticos, acústicos y táctiles perciban será transmitido vía microondas al Tritón, así podrán ver y oír lo mismo que yo; les avisó Cati a los tripulantes del submarino.

-Lleva un arma por si acaso; le dijo Mardones, pasándole una de las improvisadas pistolas de laser.

-Gracias; contestó Cati aceptando el arma.

El zodiac que conducía la androide se detuvo poco después en una playa de blanca arena. No había indicios de ninguna construcción, ni signos de civilización; más allá la playa terminaba donde comenzaba un bosque.

-Empezaré a explorar el lugar. Activando modalidad de exploración y combate; dijo Cati en voz alta, sabiendo que lo que dijera sería escuchado en el puente del Tritón.

El bosque era frondoso, pero igual dejaba pasar dorados rayos de sol, exóticas aves inundaban el aire con su canto. Tras recorrer cerca de un kilómetro, Cati llegó a una gran extensión de terreno libre de árboles y en medio de él, semienterrada y con fracturas en su estructura asomaba un extraño vehículo que la vegetación ya quería ocultar.

-¿Pero qué es eso?; preguntó Paulina sorprendida, al igual que todos los demás.

-Que alguien me corrija, pero eso parece una aeronave, aunque ni siquiera reconozco el diseño, excepto en las historietas de ciencia ficción; dijo Ricardo.

Antes de que alguien pudiera detenerla, Cati ya había entrado en la siniestrada nave.

-La tecnología es muy avanzada, pero todo está inutilizado desde hace muchos años; observó Cati.

-¿Ves rastros de sus tripulantes Cati?; preguntó el Profesor Cerda.

-No hay nadie señor. Espere, he encontrado dos cadáveres; informó Cati.

En la pantalla del puente del Tritón se vio los esqueletos vestidos con trajes de fibra plástica de dos personas; sin embargo, lo realmente interesante, era que poseían cuatro dedos en sus manos, en lugar de cinco.

-Creo que eso contesta la pregunta si estamos solos o no en el universo; opinó la doctora Soto.

-Esta nave cayó hace muchos años aquí; conjeturó Cati.

La tecnología del vehículo parecía ser mucho más avanzada que la que conocía Ricardo Briceño. Lamentablemente, todo estaba seriamente dañado por el impacto.

-Esto podría servirnos; comentó la androide, al momento que sacaba algo de los cinturones de los tripulantes muertos.

-Esas son armas; observó preocupado el Profesor Cerda.

-Recuerde que Cati se encuentra operando en modalidad de exploración y combate; aclaró Marcia.

-Lamentablemente la computadora está hecha añicos, no se puede sacar nada en claro de ella; mencionó Cati.

Sin nada más que poder obtener en la nave estrellada, Cati siguió su exploración por el bosque.

Unos quinientos metro más adentro, las sorpresas continuaban. Si encontrar una nave espacial estrellada había sido sorprendente, lo que tenían ante sus ojos no lo era menos.

La insignia norteamericana sobresalía en el fuselaje roto de un viejo avión de la década de 1940.

-Vaya, vaya, que interesante; comentó el Profesor Cerda.

Cuando Cati miraba en la cabina del antiguo avión, sintió que un brazo la sujetaba por el cuello. Con un violento codazo, la androide se soltó de la presión y cogiendo el brazo de su atacante lo lanzó al suelo.

-¡No lo lastimes Cati!; ordenó el Capitán Cerda.

Tendido en el suelo, tratando de incorporarse se hallaba un hombre vistiendo el traje de vuelo de combate de la fuerza aérea norteamericana de los años 40.

-Tranquilo, no lo lastimaré; dijo Cati en perfecto inglés.

-¿Quién es usted?; preguntó el piloto.

-Mi nombre es Cati; contestó ella.

-¿Lleva mucho tiempo aquí?; preguntó la mujer.

-Caí aquí hace unas tres semanas más o menos; respondió el hombre.        -¿Usted es de un equipo de rescate?

-La verdad es que estoy explorando la zona y no me esperaba encontrar a nadie; contestó ella.

De improviso un rugido hizo retumbar el aire.

-¿Qué fue eso Cati?; preguntó Pablo.

-Parece un animal muy grande; contestó la androide.

De pronto el suelo comenzó a temblar.

-Sal de ahí Cati y trae al piloto contigo; ordenó el Capitán Cerda.

Cati y el piloto corrían como alma que lleva el diablo, para llegar lo más pronto posible al zodiac. Unos cien metros detrás de ellos, un gigantesco dinosaurio avanzaba a grandes zancadas hacia la pareja. Mientras corrían, Cati tomó su pistola y disparó a los ojos del animal, el que se detuvo al tiempo que rugía de dolor.

Después de unos minutos Cati ponía en marcha el motor del zodiac y enfilaba hacia el Tritón, al que llegaba poco después.

En la cubierta del submarino los esperaba el Profesor Cerda, para darle la bienvenida al piloto que acababan de rescatar.

-Bienvenido a bordo, yo soy el Capitán Ramón Cerda, del submarino Tritón; dijo el profesor en inglés al recién llegado, al tiempo que le tendía la mano a modo de saludo.

-Gracias, yo soy el capitán Robert Norton, de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de Norteamérica; contestó el hombre, estrechando la mano de Ramón Cerda.

-Miren; dijo Pedro en voz alta señalando al cielo.

Todos se voltearon a ver hacia donde indicaba el geólogo. Dos inmensas aves se acercaban volando rápidamente.

-¡Pero qué pájaros más grandes!; exclamó Juana, que había subido a la cubierta.

A medida que se acercaban el Profesor Cerda pudo comprobar que en realidad no eran aves.

-¡Son Pterosaurios!; deben tener una envergadura de unos diez metros más o menos. Que increíble oportunidad para poder estudiarlos en vivo; dijo entusiasmado el profesor.

Con una brusca maniobra los reptiles voladores cambiaron de curso y se lanzaron en picada hacia la cubierta del Tritón. Los que estaban en ella alcanzaron a agacharse justo cuando las dos sombras cruzaron sobre sus cabezas a increíble velocidad.

-Ahí vienen de nuevo; avisó alarmada Juana.

-Entremos rápido; ordenó el profesor, cerrando tras sí la escotilla externa del submarino.

-Inmersión a profundidad de periscopio; gritó entusiasmado Ramón, al tiempo que se apoyaba en el periscopio para observar el impresionante espectáculo.

-No lo puedo creer; comentaba el geólogo. -Déjame ver a mí también;  pidió quitándole casi el periscopio al capitán.

Los dos parecían como niños peleándose un juguete nuevo.

Pablo mientras tanto aprovechaba de conversar con el piloto norteamericano, claro que su inglés no era muy bueno, así es que optó por hablar en castellano, mientras Cati hacia la traducción.

-Capitán Norton, yo soy el bioquímico Pablo Reyes, me gustaría saber si tiene una idea de cómo llegó a donde lo encontró nuestra amiga Cati.

-Estaba en una misión de reconocimiento de la posición de la flota japonesa, cuando sin aviso el cielo se nubló y caí en una tormenta; perdí el control del avión y caí en ese bosque hace tres semanas; contestó el norteamericano.

-¿Ustedes de donde son?, no reconozco su bote sumergible. Sé que se estaban desarrollando nuevos submarinos en forma secreta, pero no me imaginaba que hubiesen progresado tanto; observó mientras Ricardo trabajaba en su computadora portátil.

-Este es un submarino de investigación científica; aclaró el ingeniero, quien dejaba su computadora en la mesa.

-Pero si estamos en guerra no entiendo cómo pudieron disponer de los recursos necesarios para construir esta nave y financiar su misión; objetó el piloto.

Ricardo miró al Profesor Cerda, como pidiéndole que lo ayudara.

-Capitán Norton, por favor tome asiento; le solicitó Ramón, indicándole una silla. -¿Me podría decir qué fecha es?

-No entiendo su pregunta capitán; respondió Robert.

-Por favor responda; insistió el profesor.

-Bueno, si mi cálculo no falla, caí aquí hace tres semanas más o menos, así es que debemos estar a fines de febrero; contestó el piloto.

-¿De qué año capitán?; preguntó el Profesor Cerda.

-¿Cómo de qué año?, de 1943 por supuesto; contestó extrañado Norton.

-Verá Robert, usted observó que la tecnología de este sumergible es muy avanzada, comparada con la de los submarinos que usted conoce; continuó calmado el profesor.

-Así es Capitán Cerda, sobre todo teniendo en cuenta que estamos en tiempo de guerra; recalcó el piloto.

-Lo que pasa Robert es que para nosotros la guerra terminó hace mucho tiempo; exactamente hace setenta y cinco años. Según nuestro calendario es el 25 de marzo del año 2015; explicó Ramón Cerda.

El asombro del piloto se reflejaba claramente en su rostro.

-Nosotros estamos tan sorprendidos como usted capitán. Cuando estábamos por volver a nuestra base, luego de una larga misión, por extrañas circunstancias incomprensibles para nosotros, nos encontramos de pronto transportados a una realidad similar a la nuestra, incluso con las ciudades, pero sin humanos y con extrañas criaturas; estuvimos a punto de perder a un miembro de nuestra tripulación a manos de esos seres, pero afortunadamente pudimos salvarla; explicó el Profesor Cerda.

-Descubrimos que habíamos cruzado por una especie de portal que comunica distintas realidades alternas, con pequeñas diferencias la una de la otra. Así que decidimos volver por donde vinimos, tratando de regresar a casa; así es como llegamos aquí y nuestra exploradora lo encontró a usted y lo trajo al submarino, por orden mía; siguió explicando el profesor al sorprendido aviador.

-Aparentemente nuestra primera suposición de que el portal comunicaba dos realidades alternativas, estaba errada; observó el geólogo. -Por lo que parece, es un punto desde el que se conectan varias realidades distintas y no solo dos; agregó éste.

Mientras tanto Cati había ido a cambiarse de ropa y de regreso pasó a ver como seguía Ximena.

-¿Cómo se encuentra hoy nuestra paciente?; preguntó a Bárbara quien la acompañaba, al tiempo que le tomaba la muñeca para sentirle el pulso.

-Se recupera bien; dijo la doctora Soto. -Pronto podrá caminar un poco.

-¿Quién eres?; preguntó Ximena, quien no reconoció a la mujer que acababa de entrar a la habitación.

-¡Oh!, ella es Cati; aclaró la doctora. -Y te ha salvado la vida.

-¿Cati?, ¿la computadora?; preguntó anonadada Ximena.

-Así es; respondió fríamente ella. -Poseo un módulo autónomo que me permite prestar apoyo a los humanos en caso de emergencia. Hasta el momento no había sido necesario activarlo; sin embargo, a causa del ataque que sufriste la doctora Soto necesitaba operarte de emergencia y en vista de que nadie tenía el entrenamiento necesario para asistirla en dicha operación, se decidió activar mi cuerpo. En vista de las circunstancias actuales, el Capitán Cerda me ha solicitado que permanezca en mi modalidad de androide; explicó Cati a Ximena.

-Gracias; respondió Ximena. -Te debo la vida.

En eso la alarma comenzó a sonar estridentemente al momento que el submarino experimentaba un leve bamboleo. Cati salió corriendo al puente de mando, y al ver la pantalla del monitor se sentó rápidamente en el asiento del timonel.

Atónitos, todos miraban un enorme plesiosauro que se dirigía a ellos tratando de embestirlos. Con gran habilidad Cati logró salirse del camino de la bestia.

-Capitán, tengo otra señal en el sonar, que se aproxima a increíble velocidad; avisó Juana con tono urgente en la voz.

Aterrados todos vieron como un increíblemente grande reptil acuático mataba de un solo mordisco al plesiosauro. De pronto los ojos del liopleurodón se clavaron en el Tritón y cambió su rumbo dirigiéndose directamente hacia la nave. Cati trataba inútilmente de escapar del monstruo, sin lograr apenas hacerlo.

-¡Es demasiado rápido, nos alcanzará!; exclamó ella. -Sujétense fuerte; gritó, al momento que aceleraba y dirigía la proa del Tritón hacia la puerta entre las distintas realidades.

Una fuerte sacudida recorrió al submarino; todo se oscureció por un rato, hasta que las luces de emergencia se encendieron.

-Lo siento capitán, pero ese reptil marino estuvo a punto de darnos alcance y destruirnos; se excusó Cati ante el Profesor Cerda.

-Hiciste lo correcto Cati, nos has salvado a todos; contestó el capitán, poniendo una mano en el hombro de la androide, a modo de agradecimiento.

-El núcleo está estable, pero por favor la próxima vez avisen; reclamó por radio el mecánico.

-¿Qué ocurrió?; preguntó Robert.

-Cruzamos a otra realidad para poder escapar del reptil marino que nos atacó. Fue necesario buscar la salida más rápida para esa situación; explicó Cati.

Robert pudo notar como el rostro de todos y el de él incluso, estaban cubiertos de sudor, excepto el de Cati, que se veía muy calmada a pesar de todo.

-Que increíble es usted Cati, sabe luchar, navega muy bien esta nave y es muy brillante; alagó el piloto a quién él creía era una hermosa mujer, sin sospechar su verdadera naturaleza.

-Y eso que no la ha visto manejando el instrumental quirúrgico; agregó Bárbara, quien acababa de entrar al puente.

-Capitán Norton, le presento a la doctora Bárbara Soto, médico de abordo; presentó el Profesor Cerda.

-Bien venido capitán Norton; lo saludó la doctora Soto.

-Encantado doctora; respondió Robert estrechándole la mano.

-Capitán tengo dos contactos de sonar que se aproximan a nosotros; informó Juana.

-¿Más reptiles acuáticos?; preguntó el Profesor Cerda.

-No señor, son submarinos y nos están revisando con su sonar; aclaró la cartógrafa que en ese momento se encargaba de vigilar el sonar.

-Comunícate con ellos; ordenó el Capitán Cerda.

-Aquí submarino científico Tritón a naves en la cercanía; aquí Tritón, nuestra presencia en estas aguas es accidental; nuestra misión es pacifica; repito nuestra misión es pacífica; cambio; comunicó Juana a los submarinos que se aproximaban a ellos.

-Tritón aquí submarino Barracuda; por favor acompáñennos, los escoltaremos a nuestra base; cambio; respondió el radio operador del otro submarino.

-Barracuda, aquí Tritón, mensaje recibido; cambio; contestó Juana.

Los dos submarinos, de diseño muy hidrodinámico, se pusieron en la proa y en la popa del Tritón respectivamente. Con preocupación Ricardo notó que llevaban abiertos sus tubos lanza torpedos.

-Profesor mire, son submarinos de combate; hizo notar.

-Esperemos que solo sea una medida de precaución; opinó el Profesor Cerda. -Por ahora conservemos la calma.

-Trataré de enlazarme a uno de sus satélites; propuso Pablo Reyes.

-Mejor no, podrían tomarlo como una acción hostil; advirtió el Capitán Cerda.

En forma silenciosa Marcia procedió a encriptar y ocultar todos los archivos e información referentes a la naturaleza cibernética de Cati. Por el momento deseaba que sus nuevos amigos pensasen que era un miembro más de la tripulación; una mujer común y corriente. Para poder ocultar su identidad, le creó una personalidad falsa. Por ahora Cati sería Katherine Bravo; enfermera ayudante de la doctora Bárbara Soto. Con gestos Marcia pidió a todos que miraran la pantalla, para que se enteraran de la nueva identidad de Cati.

La androide se dirigió a la enfermería para comunicárselo a Bárbara. Temiendo que pudiesen oírla, Cati escribió un papel y se lo pasó a la doctora Soto; una vez que ella y Ximena lo hubieron leído, prendió fuego al mensaje.

Al poco rato el Tritón, junto a su inesperada escolta, emergía en un puerto bastante distinto al que un día lo vio zarpar. Pero los contornos del paisaje indicaban que estaban en, al menos las mismas coordenadas físicas, o su equivalente en esa realidad.

-Capitán Cerda, bienvenido junto a su tripulación; soy el teniente Martínez. Por favor acompáñenme; el comandante de esta zona naval desea entrevistarse con usted; dijo un joven oficial en forma muy amable. Una pequeña aeronave se posó junto a los recién llegados para transportarlos ante el comandante de la zona.

-Tenemos una tripulante que hace poco fue sometida a una intervención quirúrgica, no creo que esté en condiciones de ser movida aún; explicó Bárbara.

-¿Y usted es?; preguntó el teniente Martínez.

-Doctora Bárbara Soto, médico cirujano del Tritón y ella es Katherine Bravo, mi enfermera y asistente; se presentó la Doctora Soto y a Cati.

-Bien, en ese caso podemos trasladar a su paciente a uno de nuestros centros médicos; por supuesto usted y su enfermera pueden acompañarla. Estoy seguro que nuestro hospital será de su entera satisfacción, ya que funciona con los máximos estándares de calidad; contestó el marino.

-Gracias teniente, es usted muy amable; respondió Bárbara.

Después de un corto vuelo el transporte se detuvo en unos verdes jardines adornados con varias fuentes de aguas danzantes, frente a un edificio de tres pisos. Al descender, guardias armados los condujeron hasta unas oficinas ubicadas en el tercer nivel, donde funcionaba la comandancia en jefe.

Los guardias los llevaron a un salón donde había una gran mesa de reuniones, alrededor de la cual todos tomaron asiento. A los pocos minutos la puerta se abrió y entraron dos oficiales; uno de ellos, el de mayor edad, lucía una gran cantidad de insignias y condecoraciones.

-Buenos días, señores y señoras, yo soy el almirante Manuel Torres, comandante de la flota sur. Supongo que usted es el capitán Ramón Cerda; dijo dirigiéndose al profesor.

-Buenos días almirante, primero que todo deseo darle las gracias a nombre mío y de mi  tripulación por su cordial recibimiento; respondió Ramón.

-Comprenderá que su aparición repentina ha dado lugar a muchas preguntas que deben ser contestadas y por lo particular de la situación, quisiera encargarme personalmente de entrevistarme con ustedes; comentó el oficial.

-Por supuesto almirante, cooperaremos con usted y contestaremos todas sus preguntas; aunque debo confesarle que posiblemente nosotros tengamos más dudas que usted y carezcamos de las respuestas a ellas; aclaró el Capitán Cerda.

-Bien. ¿Me podría explicar cómo aparecieron de la nada en medio de nuestras aguas territoriales?; comenzó a preguntar el Almirante Torres.

-La verdad es que no tenemos muy claro cómo ocurrió; contestó el profesor. -Creo que es mejor empezar por el principio.

-Después de  seis meses de permanencia en un laboratorio submarino a mil metros de profundidad, empezamos el ascenso a la superficie, con períodos de descompresión cada cien metros; cuando ya nos encontrábamos a solo cien metros de la superficie, una fuerte turbulencia nos golpeó. Apenas recuperamos el control del Tritón, intentamos ponernos en contacto con nuestra base. Ninguna frecuencia de radio funcionaba; tampoco pudimos escuchar emisoras de radio comercial. Nos enlazamos a uno de nuestros satélites y vimos con sorpresa que las ciudades estaban intactas, a excepción de que no había ningún habitante, no humano al menos. Algunos de nuestros compañeros desembarcaron a explorar y fueron atacados por extrañas criaturas; una de mis tripulantes fue gravemente herida, pero afortunadamente nuestra cirujano logró salvarla; explicó el Profesor Cerda.

-Pudimos deducir que habíamos cruzado una especie de puerta entre dos realidades alternas. Después de varios cálculos pudimos localizar las coordenadas de dicho portal y nos arriesgamos a cruzarlo, con la esperanza de volver a casa; el Profesor Cerda guardó silencio un momento.

-Lamentablemente, las cosas no resultaron como esperábamos; esta vez llegamos a un mundo donde no había rastros de civilización. Nos llevamos varias sorpresas; había restos de una nave extraterrestre estrellada hacía muchos años, también encontramos con vida a un soldado proveniente de setenta años atrás de nuestra época y lo rescatamos. Lo peor es que, aparentemente, era una realidad de hace varios millones de años, de la época jurásica; llena de gigantescos reptiles. Quise aprovechar la oportunidad para estudiar a esas increíbles criaturas en vivo, pero fuimos atacados por un reptil marino que estuvo a punto de destruir al Tritón; siguió narrando el Profesor Cerda. Sin otra alternativa atravesamos el portal para poder escapar de ese monstruo y aparecimos aquí; así como podríamos haber llegado a cualquier otra realidad alterna, ya que no tenemos ningún control de nuestro destino. Ni siquiera sabemos si alguna vez podremos volver a nuestro mundo; concluyó el Capitán Cerda su relato.

-La verdad es que su historia es más que sorprendente, capitán. Yo diría que hasta difícil de creer; opinó el almirante.

-Todo cuanto le ha contado el Profesor Cerda es real almirante; comentó el geólogo Pedro Alarcón.

-Tranquilo señor Alarcón. Por inverosímil que sea lo que me cuentan, les creo, ya que coincide con la bitácora de su nave y con los datos almacenados en su computadora; dijo el marino.

-¿Se atrevieron a revisar los bancos de datos de la computadora sin nuestro consentimiento?; preguntó indignado Ricardo.

-Ingeniero, por si no lo sabe, la mayor parte de las naciones se encuentra involucrada en un conflicto bélico de nivel mundial. Si su radio operador hubiese demorado un minuto más en ponerse en contacto con nuestra patrulla de submarinos, los habríamos hundido inmediatamente; habló tajante el Almirante Torres.

-Es comprensible, hay que estar siempre alerta en tiempos de guerra; opinó Robert Norton.

-La prudencia en la toma de decisiones habla muy bien de su carácter de líder; alagó el Profesor Cerda.

-Qué va a ocurrir con nosotros; preguntó el mecánico.

-Bueno, nuestros expertos deberán verificar su historia y revisar con mayor atención su submarino. Por ahora considérense nuestros huéspedes; terminó el almirante.

Mientras tanto, Bárbara conversaba entusiasmada con los médicos del hospital donde fue trasladada Ximena, ya que sus instalaciones la sorprendieron.

-Hicieron un buen trabajo, teniendo en cuenta que era una cirugía de emergencia y que solo contaban con primitivos instrumentos de acero; al menos le salvaron la vida; observó uno de los doctores, mientras examinaba a Ximena.

-¿Primitivos?, pero si son nuevos; respondió Bárbara.

-No fue mi intensión ofenderla Doctora Soto, pero hace muchísimo tiempo que dejamos de utilizar instrumental de acero para practicar nuestras cirugías; explicó el médico.

-Si usted me lo permite y su paciente no se opone, quisiera completar la cirugía, doctora Soto; ofreció el doctor.

Bárbara miró a Ximena y ésta asintió con la cabeza.

-Puede proceder doctor; autorizó Bárbara al médico.

-Si usted y su asistente lo desean, pueden observar la operación; consintió el médico.

-Será un placer doctor; opinó Cati.

-Pues bien, entonces empecemos; dijo el cirujano.

Ximena fue llevada a un quirófano que dejó a Bárbara literalmente con la boca abierta. Lleno de indicadores, con instrumentales sónicos y de luz, nada de acero. Después de una hora la paciente ya estaba de pie.

-Esto es increíble; decía Bárbara a cada rato mientras examinaba a Ximena. -No queda ninguna cicatriz y la velocidad de recuperación es sorprendente; por favor doctor explíqueme sobre la anestesia y los analgésicos; exclamaba eufórica la doctora Soto.

-Bueno la verdad es que no ocupamos analgésicos ni anestesias; al menos no como usted los conoce doctora. Verá, descubrimos que podemos bloquear los terminales de dolor mediante ondas sonoras de baja frecuencia; explicó el médico. -La cicatrización es estimulada también por sonido y el cierre de las heridas se realiza mediante laser.

-Respecto al instrumental empleado, me llamó la atención  la falta de materiales corto punzantes de metal; comentó Cati en su papel de enfermera.

-Verá, señorita Bravo, hace mucho descubrimos que el metal afecta  la capacidad de cicatrización del organismo a causa de un pequeño campo electromagnético residual que queda en el área intervenida; contó el médico.

-Es maravilloso el nivel alcanzado por su medicina; elogió Bárbara.

-Bueno, en vista de que su paciente ya está en condiciones de caminar, supongo que les gustará reunirse con el resto de sus compañeros; opinó el doctor mientras pulsaba un botón en una consola.

-Gracias doctor, no sé cómo agradecerle esta oportunidad; expresó la doctora Soto al tiempo que estrechaba efusivamente la mano del cirujano.

-No tiene nada que agradecer doctora, para mí ha sido un placer; dijo el médico.

La puerta se abrió y dos guardias armados entraron.

-Doctora, estos señores las llevarán con sus compañeros, suerte; dijo el doctor a modo de despedida.

Un pequeño vehículo volador llevó a las tres mujeres hasta el edificio de la comandancia en jefe. Los guardias las condujeron por un pasillo hasta una puerta. Cati se detuvo un momento, acción que Bárbara notó.

-¿Qué ocurre?; preguntó la doctora.

-Ese es un detector de metales; contestó Cati.

-¿Y?; consultó Bárbara.

-Mi esqueleto es de titanio; respondió Cati. -Por suerte la computadora que tiene parece un ábaco en comparación con mí computadora cuántica; dijo ella mientras cruzaba tranquilamente por debajo del detector, el que no registró el metal del cuerpo de la androide.

-No dejas de sorprenderme; dijo Bárbara en un susurro.

-Debe felicitar al ingeniero Briceño y a la analista Díaz, ya que ellos me diseñaron y construyeron; contestó Cati también susurrando.

La puerta se abrió y las tres entraron a la sala donde estaba el resto de sus compañeros.

-Ximena, que alegría que ya estés bien. Nos hiciste pasar un gran susto; la saludó  Ramón.

-Imagine el susto que pasé yo; respondió ella.

-Me alegro mucho de volver a verte Ximena; le dijo con suavidad el geólogo.

-A mí también me alegra verlo Pedro; contestó la bióloga, al tiempo que se dibujaba una sonrisa en sus labios mientras lo miraba.

-Es increíble, deberían haber visto ese hospital; exclamó Bárbara. -Su medicina está décadas, si es que no siglos por delante de la nuestra; contó la doctora Soto que aún no salía de su asombro.

-Y sus instrumentales son maravillosos; agregó Cati, que seguía interpretando su papel de enfermera, mientras con la mirada recorría rápidamente la habitación, localizando las cámaras y micrófonos ocultos que había en ella; al tiempo que tocaba una de sus orejas, indicándole a los otros que los estaban escuchando y viendo.

-Nosotros nos enteramos que en esta realidad están sumidos en una guerra mundial y que, por ahora, somos sus huéspedes; contó Pablo a las tres mujeres.

-Por ahora sugiero que disfrutemos de su hospitalidad; opinó el mecánico, mientras le hincaba los dientes a una jugosa manzana.

-Según mi experiencia, nos van a hacer muchas preguntas más; comentó el piloto.

-Supongo que Robert tiene razón; asintió Cati.

Robert sonrió al saber que Cati pensaba como él. En algún momento alguien debería decirle la verdad sobre la que él consideraba una bella mujer. En algún momento, pero no ahora.

-Quiero explorar un poco; dijo Juan dirigiéndose a la puerta, la cual no se abrió por estar cerrada con llave.

-¡Estamos encerrados!; exclamó Paulina en tono de alarma.

-Tranquilos, debe ser solo como una medida de seguridad, recuerden que están en guerra; observó el Capitán Cerda.

-Pero eso no tiene nada que ver con nosotros; opinó Pablo visiblemente molesto.

-Ni siquiera somos de este mundo; dijo Juana de mal humor.

Rato después el Almirante Torres volvía a reunirse con ellos.

-Los técnicos han terminado de revisar su submarino. Debo reconocer que es una nave muy interesante; comentó Torres. -Una vez modificada será una importante adquisición para nuestra flota.

-Un momento, nadie va a modificar mi submarino; gritó el ingeniero Briceño.

-¿Y qué pasaría con nosotros?; preguntó Ximena.

-Todo va a estar bien señorita Rozas. Se les reeducará para que puedan servir bien a esta nación; explicó el almirante.

-¿Reeducar?; en nuestro mundo se llama lavado de cerebro y borraría nuestras personalidades. No pueden hacer eso, no tienen derecho; agregó Pablo.

-Se equivoca señor Reyes, este es nuestro mundo y tenemos todo el derecho de elegir lo mejor para nosotros; dijo tajante el alto oficial.

-Pero nosotros no pertenecemos a esta realidad y en nuestro mundo tenemos una vida que queremos continuar; objetó Marcia.

-Hasta el momento ustedes solo han estado saltando entre las distintas realidades sin rumbo fijo, sin saber si alguna vez volverán a su hogar; continuó el Almirante Torres. -Yo les ofrezco un nuevo hogar.

-Es una generosa oferta almirante, pero nuestras emociones nos ligan a nuestra realidad y es valioso para nosotros seguir intentándolo al menos; agradeció el Profesor Cerda.

-Entiendo, pero por favor piénsenlo bien; terminó el Almirante Torres mientras salía de la habitación.

-Esto no me gusta nada; dijo Bárbara.

-Nos ofrecen una jaula de oro; opinó Pedro por su parte.

-El Almirante Torres tiene razón, hasta ahora no hemos hecho más que vagar de un lugar a otro sin rumbo fijo; comentó Ximena.

-A mí no me gusta la idea de que me laven el cerebro; opinó Pablo.

-A mí también me gustaría intentar volver; comentó Pedro. -¿Vendrías conmigo?; dijo mientras ponía una mano sobre la de Ximena.

-La verdad es que somos un equipo y creo que estamos juntos en esto; terminó aceptando la bióloga.

-Ya está decidido; observó Pablo.

-Ahora nos falta un pequeño detalle; comentó Juan, apuntando a la puerta con la barbilla.

-Tú siempre has sido un idiota Mardones; gritó el ingeniero al mecánico.

-Te crees gran cosa porque inventaste el Tritón; respondió Juan muy enojado.

Ricardo dio un fuerte empujón  a Juan, haciéndolo caer de espaldas al piso. Ante la agresión, Juan se incorporó de un salto y golpeó a Ricardo en el estómago, quien se dobló de dolor. La puerta no tardó en abrirse, entrando un guardia para detener la pelea, el cual fue recibido por dos puñetazos en la cara.

-Salgamos mientras las cámaras del edificio están desconectadas; dijo Cati.

-Yo me quedo con esto; dijo Ricardo tomando el fusil que llevaba el guardia.

-La pistola es mía; dijo Juan.

Para evitar el riesgo de que los encerraran, el grupo bajó por las escaleras en vez del ascensor. Al llegar a la puerta de salida dos guardias se les pusieron al frente apuntando sus armas. Los fugitivos se parapetaron tras un largo mesón que había en la recepción. Los guardias dispararon contra ellos, pero las balas rebotaron contra el mueble. Juan disparó contra una lámpara colgante, la cual ante los disparos cayó al suelo con gran estrépito, saltando restos para todos lados, algunos golpeando a los guardias y dejándolos inconscientes.

Cuando los prófugos se encontraron fuera del edificio, las alarmas empezaron a sonar. A unos veinte metros se encontraba estacionado uno de los vehículos voladores, al cual todos subieron. Como buen piloto que era Robert se sentó ante los controles.

-¿Sabes volar esta cosa?; preguntó Juana.

Después de un rato el vehículo se elevaba de forma muy poco elegante y se dirigió tambaleándose al muelle donde estaba el Tritón. Cuando descendieron todos corrieron lo más rápido posible hacia su submarino.

-Vamos rápido; apuró el Profesor Cerda.

Cuando estaban por llegar, varios disparos sonaron a sus espaldas pero ninguno hizo blanco, aparentemente eran solo de advertencia.

Ricardo se parapetó tras unas cajas y comenzó a disparar contra los soldados. Eso les dio tiempo a los demás para subir a la cubierta del Tritón. A causa del contra ataque del ingeniero dos soldados resultaron heridos y su ataque cesó.

-Rápido entren; gritaba el Profesor Cerda.

Sin previo aviso Cati dio un empujón a Robert que lo lanzó al piso. Se oyó un disparo y ella cayó de bruces al suelo.

-¡No!; gritó Robert mientras corría hacia la mujer que yacía tirada.

-Estoy bien; dijo la androide mientras apoyaba sus manos y se levantaba.

Los ojos de Robert estaban desorbitados, fijos en la cara de Cati. Varias diminutas luces brillaban en el rostro de ella y jirones de piel colgaban de él.

-La bala solo rozó mi rostro, entremos ahora; dijo Cati sin ninguna emoción en su voz.

En forma casi automática Robert entró en el Tritón seguido de Cati.

Sin ningún aviso la androide se sentó ante el timón del submarino.

-Inmersión de emergencia ahora; avisó Cati. La nave rápidamente se sumergió y enfiló su proa hacia el portal entre realidades.

-Capitán tres señales en el sonar. Son submarinos que se acercan rápidamente; avisó Juana. -Vienen muy rápido, no alcanzaremos a llegar.

-Señor, nos disparan; chilló evidentemente asustada.

-Prueba lanzar un pulso ultrasónico con el sonar; recomendó Cati.

Así lo hizo Juana y los torpedos estallaron antes de tocarlos.

-Los submarinos se acercan más; dijo la operadora de sonar.

-Trataré de sacármelos de encima, sujétense; avisó Cati mientras hundía el timón hacia abajo.

El Tritón, como un torpedo, comenzó a hundirse rumbo al fondo marino.

La adrenalina de la persecución impidió que en los submarinos perseguidores se dieran cuenta de la trampa en la que habían caído. A quinientos metros de profundidad ya era demasiado tarde para ellos; los controles de dos de las naves se trabaron al reventar su sistema hidráulico y terminaron chocando entre sí; la onda expansiva de la detonación de las naves golpeó al Barracuda rompiendo su timón, lo cual lo hizo seguir bajando sin freno. No estando diseñado para descender hasta el fondo abisal, el Barracuda de a poco fue quedando totalmente aplastado por los millones de toneladas de agua que tenía encima.

-Lo logramos; informó Cati. -Prepárense para el ascenso.

Ya en los cien metros, frente al portal la androide se volvió hacia el Capitán Cerda.

-Lista para cruzar cuando usted lo ordene señor; aguardó Cati.

-Adelante, sácanos de aquí; autorizó el Profesor Cerda.

Tras una sacudida ya conocida el Tritón apareció en otra realidad alterna.

Después de una pequeña reparación el rostro de la androide lucía tan hermoso como siempre. La confusión de Robert era demasiado grande y Ricardo y Marcia trataban de explicarle sobre Cati.

De vuelta al puente Cati y Robert se cruzaron en el camino; ella no mostraba ningún signo de emoción.

-Gracias por salvarme la vida; le dijo él cuando pasó junto suyo.

-No es nada. Fui programada para proteger a los miembros de esta tripulación; contestó fríamente ella.

-¿De verdad no sientes ninguna emoción?; preguntó el piloto.

-Las emociones no fueron consideradas dentro de mi diseño y mi programación; respondió ella sin manifestar nada.

-De modo que eres solo una máquina; opinó Robert.

-La verdad es que soy mucho más que una máquina, pero para que usted lo puedas entender digamos que eso soy; concluyó Cati.

-Capitán, el radar indica que estamos cerca de una isla y no del continente como en las otras ocasiones; informó Ximena.

-¿Hay señales de civilización?; consultó el Profesor Cerda.

-Negativo señor, el espectro de radio está limpio; dijo Juana.

-Lo mismo que la búsqueda de satélites artificiales; informó Pablo.

-¿Alguna sorpresa bajo el agua Juana?; preguntó el capitán.

-Nada anormal profesor, escucho algunas ballenas, pero nada que parezca peligroso para nosotros; contestó ella.

-Subamos a profundidad de periscopio; ordenó el geólogo en su cargo de segundo al mando.

El cielo se mostraba celeste brillante por la delgada niebla de la mañana; el sol comenzaba su paso por el firmamento. A unos cinco kilómetros una isla verde se divisaba tranquila en el horizonte.

-Debemos explorar la isla; sugirió Juana.

Después de unos minutos de considerarlo, el Profesor Cerda aceptó.

-Muy bien, que bajen dos parejas armadas, pero a la menor señal de peligro vuelven inmediatamente; ordenó.

Pedro, Ximena y Cati estaban subiendo al zodiac cuando se unió a ellos el piloto norteamericano.

-Yo también voy; dijo Robert saltando al bote.

La isla de unos cien kilómetros cuadrados presentaba una playa de blancas arenas y suaves pendientes, que terminaba en un bosque de árboles no muy altos. Por uno de los extremos de la playa descendía un curso de agua dulce.

-Qué lindo; dijo Ximena.

-Se ve tranquila para unas vacaciones; agregó Pablo.

-Activando módulo de exploración y combate; avisó Cati.

Robert nada dijo y empezó a caminar en silencio.

El bosque no era tupido y se podía andar con facilidad; aves tropicales y pequeños monos llenaban el aire con sus gritos, la temperatura estaba muy agradable y el aroma de flores resultaba relajante. El primer día de exploración terminó sin ninguna novedad. La mañana siguiente se levantaron temprano y luego de desayunar reanudaron la exploración. El bosque dio paso a una pequeña pradera que luego continuaba con más bosque, al medio del cual corría el arroyo que desembocaba en el mar. En un descuido Cati pisó sobre barro fresco, cayendo de espaldas y ensuciándose el cabello y la ropa; al levantarse corrió con una de sus manos un mechón de pelo que le había cubierto los ojos, su rostro quedó lleno de barro. Ante tan inusual apariencia de ella, los humanos no pudieron evitar soltar una risa al unísono.

-Creo que me he ensuciado un poco; dijo Cati sin inmutarse.

-No te preocupes, no se nota casi; dijo Ximena mientras soltaba una carcajada sin poder evitarlo.

Después de caminar un rato, llegaron hasta una pequeña laguna formada a los pies de una suave caída de agua.

-Genial, una piscina; dijo contenta Ximena, que ya estaba pensando en la forma de convencer al resto de la tripulación para tomarse unas vacaciones en esa isla.

A unas cuantas decenas de metros Pedro vio unos afloramientos rocosos que le llamaron la atención y fue a examinarlos acompañado de Ximena.

Robert fue a cortar unas manzanas que crecían silvestres cerca de la laguna.

Cati al verse reflejada en la superficie del agua notó que en realidad estaba muy sucia, así es que sin ningún problema se quitó el uniforme y se metió al agua para asearse.

Robert volvió con las manos llenas de manzanas, las que rodaron por el suelo ante la impresión que se llevó al ver a Cati bañándose completamente desnuda.

Ximena y Pedro volvían de la mano luego de revisar el afloramiento de rocas que habían encontrado.

-Pero que espectáculo; exclamó Pedro mientras admiraba el esbelto cuerpo de la androide.

-Solo me puedes mirar a mí; dijo Ximena mientras le daba una palmada en la espalda al geólogo. -Además ella es más fría que un refrigerador; dijo la bióloga sonriéndole a Pedro.

Cuando pasó junto a Robert y vio la cara de idiota que tenía, no se aguantó las ganas de burlarse de él.

-¡Hombres!, son todos iguales, hasta un maniquí les llama la atención.

-¿Pasa algo?; preguntó Cati mientras metía su ropa al agua para lavarla.

-Nada niña, es solo que parece que estos dos nunca han visto una mujer desnuda y se impresionaron contigo.

-¡Vaya!; exclamó Cati. -No imaginé que un humano podía sentirse atraído por un androide; dijo mientras se vestía sin ninguna prisa y sin ningún atisbo de emociones.

El último día de exploración encontraron una extensión de tierra apta para cultivar varios tipos de plantas, lo cual hacía de la isla un lugar apropiado para asentarse un tiempo. Al final del día llegaron de noche a la playa, por lo que acordaron pasar la noche ahí y regresar la siguiente mañana al Tritón.

Después de unas horas de conversación, Pedro y Ximena se retiraron a dormir en una de las carpas que llevaban. Robert se puso a caminar por la playa mientras Cati vigilaba el fuego. Después de un rato la androide se levantó y con la vista buscó al norteamericano para verificar que se hallase bien; gracias al ajuste de sus ojos con claridad pudo ver que él estaba sentado en una roca tirando piedras hacia el mar. Con paso lento ella caminó hacia él y después de un rato se sentó junto al piloto.

-Se ven hermosas las estrellas desde aquí; comentó el hombre.

-Sí. Debido a la latitud en que nos hayamos y a la época del año, podemos apreciar muy brillantes las estrellas; contestó fría Cati.

-Parecen joyas; observó el piloto.

-En realidad son soles que se encuentran a muchos años luz de distancia y tal vez alguna supernova que reventó hace siglos; corrigió la androide con una voz totalmente fría.

-Igual me gustaría poder regalarte una; dijo Robert.

-No tendría ninguna utilidad para mí poseer una estrella; contestó Cati, sin comprender lo que realmente quería decir Robert.

-No tienes remedio; comentó el piloto al tiempo que ponía un brazo sobre el hombro de ella. Dejándose llevar por la tranquilidad del lugar, Robert apoyó su cabeza sobre el hombro de Cati y se durmió.

A la mañana siguiente, el piloto despertó en su tienda de campaña; la androide lo había cargado sin despertarlo.

Cati ya tenía listo el zodiac para partir. Media hora después se encontraban de regreso en el Tritón.

Después de que los expedicionarios informaron de sus descubrimientos, el entusiasmo por desembarcar cundió por toda la tripulación. Luego de meditarlo, el Capitán Cerda decidió que lo sometería a la decisión de la mayoría.

Tres días después, luego de anclar el Tritón, los tres zodiac con sus doce tripulantes llegaban hasta la playa de la isla. Como medida precautoria se estableció el campamento  en la pradera, lo más cerca posible del río. El campamento quedó formado por seis carpas para el alojamiento y una más que fue destinada para implementar un hospital de campaña.

La alegría en todos era desbordante. Todos adquirieron un tono bronceado y sus cuerpos se tonificaron, compensando los meses de poca actividad física en el laboratorio submarino. El único que se veía cada vez más cabizbajo era Robert.

-Tenemos un problema con Norton; comentó Bárbara a Pablo, mientras conversaban sobre el estado anímico de las distintas parejas.

-Sí, ya me di cuenta que está cayendo en un estado de depresión; observó Pablo.

-El problema es que sigue viendo a Cati como una mujer; le cuesta aceptar que ella es un androide. Es una pena, sobre todo teniendo en cuenta que se acerca su cumpleaños y además no tiene a ninguno de sus conocidos y parientes. Debe sentirse especialmente solo; opinó la doctora Soto.

-Si al menos Cati pudiese sentir alguna emoción, pero creo que ni siquiera una computadora cuántica puede hacer milagros; meditó Pablo.

-Te propongo que conversemos con Ricardo y Marcia, a ver qué opinan al respecto; propuso Bárbara.

-Espero que no nos maten por lo que estamos pensando; dijo Pablo.

Ricardo y Marcia se reunieron con el bioquímico y la doctora Soto, a petición de esta última en privado en el hospital de campaña.

-Como se habrán dado cuenta, en estos últimos meses se han formado parejas entre los miembros de la tripulación. En realidad ese era el plan original cuando se reunió un equipo formado por cinco hombres y cinco mujeres; confesó Bárbara al ingeniero y a la analista de sistemas.

-Se deseaba estudiar el comportamiento y formación de parejas en un ambiente aislado y bajo situaciones de estrés; explicó Pablo.

-Sin embargo, no se tenía considerado el que incrementase el número de miembros de la tripulación; continuó Bárbara.

-Pero como las circunstancias cambiaron y fue necesario la activación de la androide Cati, así como el encuentro con Robert Norton; surgió, fuera de lo calculado, una pareja potencialmente incompatible, de una androide y un humano; profundizó Pablo en su explicación.

-El problema real es que Robert no asimila bien el hecho de que Cati no es humana y se ha enamorado de ella. La total indiferencia de ella hacia él, por su incapacidad para sentir emociones, lo ha hecho caer en un estado de depresión aguda. Esto me preocupa mucho, teniendo en cuenta que somos un grupo muy pequeño y estamos a la vez muy unidos; acotó Bárbara.

-Esto no es tan fácil de solucionar dándole solo la orden a Robert para que deje de pensar en Cati y no sienta lo que por ella siente; opinó Pablo.

-Si bien Cati funcional y físicamente puede desempeñarse como cualquier mujer humana, a excepción del embarazo lógicamente, no puede sentir ninguna emoción, simplemente porque nosotros no estimamos que fuese necesario programar esa capacidad en su sistema; dijo Marcia.

-Sin embargo, su computadora cuántica puede asimilar el programa básico sobre el cual desarrollar las emociones propias de una mujer adulta; meditó el ingeniero.

-Supongo que lo que ustedes dos se traen entre manos es que le demos emociones a Cati para que Robert Norton pueda salir de su depresión. Claro que eso no garantizaría que Cati se enamorase de él. Una vez insertada la capacidad de sentir emociones, éstas se desarrollarán siguiendo el curso normal como en todos los humanos. Ya dependería de Norton el lograr que ella se enamore de él; conjeturó Marcia.

-Eso lo tengo claro; respondió Bárbara.

-Comprenderán que, por lo delicado e inusual del asunto, deberemos conversar con Cati primero. Si ella está de acuerdo procederemos, pero si se opone respetaremos su decisión; aclaró Ricardo.

Marcia y Ricardo se reunieron con la androide esa misma tarde para contarle todo.

-Cati, es necesario que comprendas que las emociones en los humanos son difíciles de controlar y que podrías sentirte muy confundida. Hay veces en que las emociones se mezclan, otras te hacen sentir mal, pero hay algunas que te hacen sentir muy bien; explicó Marcia.

-En todo caso instalaremos también un sistema de seguridad que, en caso de emergencia, tus circuitos lógicos tomarán el control de tu mente, desconectando momentáneamente tus emociones; informó Ricardo a Cati.

-Por lo que me han contado, el mal que afecta a Robert Norton podría llegar a ser peligroso para su vida y en vista de que mi principal función es proteger  y ayudar a los humanos en caso de extrema necesidad, les doy mi autorización para realizar dicha modificación en mi programación; contestó la androide a ambos.

Esa tarde la playa estaba solitaria. Cati caminaba descalza por la orilla, sintiendo la humedad en sus pies; una ola rompió y el agua mojó sus piernas; una risa salió de sus labios, la primera risa de ella. Abrió sus brazos con los ojos cerrados dejando que la brisa marina tocara su piel. Se sentía extraña; su cerebro ya no solo registraba humedad relativa del aire, velocidad del viento y temperatura del agua, ahora la percepción era más profunda, más intensa. La mujer sentía deseos de saltar y bailar, de jugar y reír. La reprogramación la había transformado completamente.

La noche caía y las estrellas comenzaron a asomarse en el cielo. Cati las miró y suspiró por primera vez. Llegó a la roca donde ella se sentó aquella noche cuando exploraban la isla. Ahí sentada se quedó contemplando las estrellas.

-¿Estudiando los lejanos soles de otros sistemas planetarios?; preguntó Robert que llevaba unos minutos ahí admirando a la mujer.

-Estoy mirando las estrellas. Se ven especialmente hermosas esta noche; comentó Cati en medio de un suspiro.

-Si es cierto, brillan mucho más esta noche; respondió Robert.

La androide se veía muy distinta, había cierta calidez en su voz. Robert puso una mano en su hombro y para su sorpresa ella tomó su otra mano y apoyó su cabeza en su hombro.

-Estás distinta esta noche Cati, pareces una humana; comentó Robert.

-Lo estoy, se me dio la capacidad de sentir emociones humanas, espero que no te moleste; contestó Cati.

-No me molesta, al contrario, te hace más cercana; dijo Robert.

Como respuesta, ella se acurrucó más en el hombro de él.

Meses después todo era armonía entre las seis parejas, incluso algunos habían olvidado su deseo de regresar al hogar.

Como acostumbraban hacerlo, una vez a la semana se reunían todos en torno a una hoguera para tratar algún tema que afectase al grupo o hablar de las investigaciones que realizaban en la isla y para fortalecer los lazos de grupo.

-He encontrado un pequeño yacimiento de hierro del que podríamos sacar algo de mineral para hacer algunas herramientas de acero; contó el geólogo.

-Y así podríamos empezar a pensar en establecernos de manera permanente en esta isla, ya que reúne las condiciones necesarias para….; Ximena no alcanzó a terminar e hablar. El suelo comenzó a moverse con fuerza.

-Cinco punto ocho en la escala Richter; dijo Cati.

-Mejor vamos a la parte alta de la isla; sugirió Pedro.

Después de esperar por tres horas en los cerros, el geólogo estimó que ya no había riesgo de tsunami.

-Volvamos, ya no hay peligro; opinó Pedro.

-¿Pero qué ocurrió aquí?; preguntó Pablo.

El campamento estaba totalmente en el suelo, las carpas habían sido rajadas y las cosas dispersadas por todo el piso.

-Esto no lo hizo el temblor. Aquí hay alguien más; alertó Paulina.

-La tela parece cortada por cuchillos o garras; observó Ximena, revisando la lona de una de las carpas.

-Modalidad de combate activada; dijo Cati al tiempo que soltaba la mano de Robert y sus ojos se volvían fríos como hielo y su rostro inexpresivo.

-¿Cati?; preguntó sorprendido el piloto, pero la androide ya revisaba las huellas en el suelo.

-Tranquilo, ella volverá; le dijo Marcia para calmarlo.

-Son seis o siete individuos, caminan descalzos. Por el largo de las zancadas miden cerca de dos metros y medio; concluyó Cati luego de observar el suelo.

Con calma, sin hacer movimientos bruscos, la androide tomó una cajita de aluminio y de ella extrajo las armas que había encontrado en la nave extraterrestre. Pasando una a Robert y dejándose la otra.

-Tomen todo lo que pueda servir de arma, nos están vigilando; advirtió a los demás.

Juan por su lado sacó un maletín que había llevado del Tritón, en el que guardaba las armas laser de los trajes de inmersión; pasó una a Paulina, otra a Pedro y él se quedó con la tercera. Pablo echó mano a uno de los machetes, Ricardo se quedó con un  gran tubo de metal, en tanto que el Profesor Cerda se armó con un cuchillo de buzo.

-Mantengan la calma; pidió Cati a los humanos. -En el borde del bosque veo a siete individuos que nos observan. Miden dos metros y medio, poseen garras fuertes y piel cubierta de escamas. La visión nocturna de la androide le daba una ventaja que los humanos no poseían. Revisando su base de datos pudo identificar sin lugar a dudas a esos seres.

-Son las mismas criaturas que los atacaron en la ciudad durante el primer salto entre realidades; comunicó la androide.

Ximena lanzó un grito de horror al recordar el ataque que casi le cuesta la vida.

-Debemos salir de aquí; gimió Ximena tratando de huir.

-Ahora no, está anocheciendo y sería peligroso que nos internásemos en el bosque en medio de la oscuridad; la detuvo Paulina tomándola del brazo.

Juan se volvió rápidamente, ya que dos disparos de laser sonaron junto a él. Cati disparó hacia el bosque, dándole en el pecho a una criatura que empezaba a correr hacia ellos; el otro rayo golpeó a otra en un brazo, asiéndola huir en medio de un grito de dolor.

-Manténgase todos alerta y no se separen por nada. Debemos aguantar aquí hasta que esté de día; ordenó el Profesor Cerda.

Robert lanzó una bengala al aire para tener una mejor idea de la situación.

-¿Qué está pasando ahí?; preguntó el piloto ante el movimiento de matorrales en donde estaban ocultos los monstruos.

-Están devorando el cadáver de la criatura que maté; respondió Cati sin ninguna emoción en su voz.

-Eso nos dará algo de tiempo; opinó Robert como el soldado que era.

Una hora después el silencio era inquietante. La calma fue rota por un grito gutural que se aproximaba desde atrás.

-Nos han rodeado; advirtió Cati a los demás.

Un certero disparo de Paulina acabó con el atacante. Sin embargo, de todos lados comenzaron a salir esos seres, que en medio de gritos avanzaban rápidos hacia los humanos.

El accionar de las cinco armas laser provocó la retirada momentánea de las criaturas, dejando tirados a sus muertos.

Ximena chillaba aterrorizada en el suelo, mientras Pedro la abrazaba fuerte para tratar de calmarla.

-Aún faltan cinco horas para que salga el sol; observó el Profesor Cerda.

-Tratemos de recuperar algunas cosas; sugirió Pedro.

Mientras aquellos que tenían armas vigilaban, el resto metió en mochilas las cosas que pudiesen ser de mayor utilidad solamente. Cuando amaneciera deberían correr rápido para poder llegar a la playa y de allí al Tritón.

Un grito rompió el momentáneo silencio. Cinco criaturas corrían y gritaban a la vez; corrían y lo hacían en zig zag, haciendo difícil poder apuntarles. Juana disparó una bengala al aire, oportunidad que aprovecharon para disparar. Las criaturas sobrevivientes corrieron a ocultarse en el bosque. Cuando en el campamento respiraban con más calma, del lado contrario al anterior surgió otro grito y otro grupo de esos seres. Juana tomó una bengala y con preocupación vio que quedaban dos solamente. Gracias a la fugaz luz Pedro y Juan lograron derribar a dos atacantes. Al igual que la vez anterior los seres huyeron hacia el bosque en medio de gritos, pero enseguida otra horda se lanzó al ataque desde otro lado.

A la media hora ya no tenían bengalas. Solo disponían de seis linternas para alumbrarse y las baterías estaban por agotarse.

La tensión era agotadora, solo Cati no tenía los nervios destrozados. El sol por fin se asomaba en el horizonte. Las criaturas se habían retirado  en algún momento.

-Partamos ahora; dijo Paulina.

El grupo se puso en marcha, internándose en el bosque. De pronto se oyó un grito y luego otro más, los matorrales se agitaron y tres criaturas avanzaron a grandes zancadas; Juan y Pedro dispararon matando a dos, el tercero escapó entre los árboles. La carrera era frenética; de todos lados salían los monstruos, entre gritos aterradores. Los disparos hacían estragos entre la horda de criaturas que cada vez estaba más cerca.

-Ya se ve la playa; dijo Pedro con la voz entrecortada.

Cuando ya estaban por salir, una criatura saltó desde un árbol y quedó parada con toda su altura frente a Cati. Ximena no pudo evitar dejar escapar un grito de terror. La cosa lanzó un certero zarpazo hacia la cara de la androide; la cabeza de la criatura rodó por el suelo, el machete de Pablo chorreaba sangre. En menos de un abrir y cerrar de ojos Cati alcanzó a agacharse, evitando así que su cabeza fuese la que rodara cercenada.

Quedaban pocos metros para llegar a los botes; la arena dificultaba la huida y Bárbara cayó de bruces; las criaturas aullaron y se lanzaron a la carrera. Cinco armas descargaron sus rayos casi al mismo tiempo contra los atacantes. La andanada frenó a los monstruos el tiempo suficiente para que todos pudiesen abordar los zodiac.

Diez minutos después, la escotilla del Tritón se abría después de dos meses.

-Vámonos; ordenó el Capitán Cerda.

-Las vacaciones fueron buenas mientras duraron; comentó Juana algo triste.

-Saltando ahora; avisó la androide mientras el Tritón cruzaba el portal.

Cati se levantó de su silla y sacudió su cabellera. -Por favor no me llamen a menos que esté por estallar el núcleo del reactor; pidió mientras cerraba un ojo a Robert.

Todos rieron por el primer chiste que decía la androide.

La luz a media intensidad en el camarote le hizo pensar a Robert que al fin tendría un descanso real.

-Te extrañé; dijo Cati suavemente mientras abrazaba a Robert y lo besaba con mucho deseo.

En eso estaban cuando sonó una sirena y el Capitán Cerda llamaba por altoparlante. -Todo el personal diríjase enseguida al puente.

-¿Pero qué pasa ahora?; reclamó Cati mientras cerraba la chaqueta de su uniforme y calzaba sus botas con cara de enojo.

Cuando todos estaban reunidos Juana reprodujo la última grabación.

-¡Tritón!, aquí base, respondan. Cambio.

-Base aquí Tritón. Cambio.

-¡Tritón!, ¿dónde se habían metido?, los perdimos por cinco minutos del sonar.

-¡Cinco minutos!; exclamaron todos.

-Cuando los científicos terminen de analizar todo lo que nos pasó cambiara la visión que se tiene del universo; meditó Pedro.

La aventura del Tritón abriría la mente de todos sin que nadie lo previese más allá de cualquier límite.

 

 

 

 

 

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