Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Atentamente, a mis Padres 12 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 23:45


Levanté la vista y esa mirada de hijo de puta se me clavó como un cuchillo. Tenía una pistola. Y me iba a matar.
Terminé de garabatear unas palabras más en el papel. Realmente, esperaba que alguien pudiese encontrar mi último mensaje y se lo entregase a mis padres. Quizás solucionase algo con ello. Aún no sabía el qué, pero quizás solucionase algo.
Una gota de sudor frío resbaló por mi frente y se precipitó sobre el papel que me había obligado a escribir. No es que yo tuviese muchas ganas de escribir en aquel momento, pero, aún así, me había obligado y debía hacerlo. Debía hacerlo, eso sí que lo tenía claro.
Mis ojos volvieron a dirigirse al frente. El rostro que tenía ante mí estaba pálido y marcado por profundas arrugadas. Bajo los ojos, oscuras ojeras delataban un cansancio vital y un hartazgo por la vida que no conocía igual. Los lacios cabellos negros, húmedos, caían sobre la frente, descuidados. Pero lo más terrible de todo era el fantasmagórico resplandor del revólver, que parecía intentar devolver un reflejo dentro de otro reflejo. Frío como el metal que era y, al mismo tiempo, hermosamente simétrico. Era el revólver que acabaría en unos segundos.
La mano que sostenía el arma se alzó lentamente, llenándome de un profundo terror insondable, irracional y violento, que me hacía desear gritar y perder por completo el control de mi cuerpo. Pero, aún así, no lo hice. Delicadamente, el cañón del arma se posó sobre mi frente, deslizándose muy poco a poco hasta alcanzar mi sien.
Lo pensé durante un instante, aunque me arrepentí. La bala me entraría por el lateral de la cabeza, destrozando mi hueso temporal en su avance del mismo modo en que un martillo de obras hace explotar una sandía en mil pedacitos. Luego, mientras todos esos fragmentos y astillas de mi propio cráneo saltaban hacia adentro, incrustándose y clavándose en mi blando cerebro, el proyectil continuaría su camino, perforando un camino en la materia gris y, más allá, en la tierna materia blanca de mis sesos, destrozándola y convirtiéndola en papilla. El camino de salida sería similar, el otro extremo de mi cabeza reventaría en el impacto con la bala como la cáscara de un huevo crudo. Los trozos de mi cabeza, incluyendo fragmentos del cráneo con piel desgarrada e incluso pelo adherido a ellos, se dispersarían en un abanico de direcciones bastante amplio al tiempo que un veloz chorro de sesos machacados y sanguinolentos saldrían disparados a presión por el orificio, impulsados por la bala, focalizados en, más o menos, una misma dirección, como quien dispara un cañón cargado con picadillo de carne fresca, y toda esa masa se estrellaría contra la pared con un sonido viscoso, dejándolo todo perdido de sangre con trozos de cerebro, en un perfecto puré plagado de repugnantes grumos.
Si tenía suerte, aquello me mataría en el instante. Si no tenía tanta, posiblemente me hiciese caer de mi silla entre fuertes convulsiones, chorreando espuma por mi boca incontrolada y temblorosa y machacándome lo que quedase de mi maltrecha calavera contra el suelo a causa de los espasmos, como si fuese un niño epiléptico retrasado, con una mueca estúpida en la cara y los ojos medio bizcos, medio en blanco. Después de eso, seguramente me ahogase en mi propia sangre, me obstruyese las vías respiratorias con mi propia lengua o muriese por un derrame cerebral. Una vez que eso pasase, la relajación involuntaria de mis esfínteres haría que me mease y me cagase encima. Todo un espectáculo visual para quienes me encontrasen. Esa era una posibilidad a tener en cuenta, después de todo, el hueso temporal es muy duro.
La pistola resbaló hacia abajo, borrando de mi cabeza todas esas imaginaciones mías. Estaba temblando ante el negro abismo de vacío encarnado que es la muerte. Los acusadores ojos se me clavaron una vez más, mientras el cañón del revólver se introducía en mi boca y, no sé por qué, esbocé una tonta sonrisa. Esperaba con toda mi alma que aquel fuese un disparo certero. Apuntar demasiado abajo una pistola en la boca de alguien supondría que, al disparar, a pesar de abrasarle el paladar con una nube de polvo y gases ardientes, a pesar de volarle por los aires las muelas, parte de la lengua que acabaría saltando en pedacitos o colgando de un hilo carnoso a medio desgarrar y destrozándole por completo la campanilla, a pesar de agujerearle la blanda carne del fondo de la garganta, a pesar de llenarle la boca de su propia carne mutilada y de sangre, a pesar de atravesarle la columna vertebral, quebrándole las vértebras, partiéndole la médula espinal y clavándole astillas de hueso en ella, a pesar de dejarle tetrapléjico, apenas con mandíbula inferior y con los sentidos truncados de por vida, a pesar de todo eso, no resultaría mortal. Tan sólo le condenaría a una vida inútil de por vida. Prefería que me apuntase bien. Sí, personalmente, eso prefería.
Agaché la cabeza, al borde del sollozo, y cerré los ojos. Apreté el gatillo y mis sesos saltaron sobre el espejo, resbalando hasta la nota de suicidio.
Y después… Oscuridad. Silencio. Nada.

O.P.Wilkituski

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