Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Sans nom 16 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 23:36


Whitechapel, 1889

Dos vagabundos y algunas ratas se arrinconan en una esquina, sentados contra la pared, aprovechando los restos de comida de la basura. Una larga y esbelta silueta aparece en el callejón tras ellos, oculta por las sombras de la noche. Para cuando se dan cuenta, es demasiado tarde. Gritan por última vez en su vida, mientras el misterioso desconocido salta sobre ellos.

. . .

Lady Keane se ajustaba la gargantilla alrededor de su cuello, frente al espejo, cuando vio reflejado a un jóven que había aparecido tras las cortinas del balcón abierto. El muchacho, algo pálido y con dos finas líneas rojas resbalando desde las comisuras de sus labios, iba vestido con una camisa al estilo aristocrático por aquella época. Mientras Lady Keane se giraba sobre sí misma, él se acercó, la agarró por los brazos y colocó su boca casi junto a su oído.

Lucius: Lady Keane… He vuelto mi amor.

Lady Keane: No te esperaba tan pronto, Lucius.

Dijo ella mientras recorría su rostro con sus uñas pintadas de negro.

Lucius: Debemos irnos. Ahora.

Ella se separó de él un momento.

Lucius: No se cómo ha pasado. Esta vez, he hecho lo de siempre, pero me han seguido hasta aquí.

Lady Keane: ¿¡Cómo!?

Lucius: No lo sé. No me explico cómo ha podido pasar. Nos queda poco tiempo.

Lady Keane: No me iré de mi castillo sin más.

Lucius: Si nos encuentran aquí, nos matarán. A los dos.

Lady Keane: La condena a pagar por todas esas almas descarriadas es la horca.

Lucius: Ya están aquí.

Dijo Lucius, asomado al balcón.

Lucius: Es demasiado tarde.

Lady Keane: Pero un vampiro no puede morir colgado. Si me mordieses, estaríamos juntos eternamente, mi amor, más allá de la horca.

Lucius volvió a acercarse a ella y aproximó sus colmillos al fino cuello de su amada. La puerta se abrió de golpe, y varios policías armados irrumpieron en la habitación. El jefe de policía se adelantó para dirigirse al vampiro.

Comisario: ¡Lady Keane! ¡Apártate de ella!

Lucius arrancó la gargantilla del cuello de Lady Keane e hincó los dientes en ella. Las gotas de sangre recorrieron primero la distancia hasta su clavícula y luego bajaron por el escote que formaba su corsé negro.

Lucius: Ahora nuestro amor será para siempre.

Se separaron lentamente y él tiró de la muñeca de ella, hacia el balcón.

Lucius: ¡Huyamos! ¡Por la ventana!

Se giró hacia ella de nuevo y abrió los ojos con sorpresa cuando la descubrió, seria y aterradora, con el decidido gesto de clavarle una estaca en el corazón. Lucius se desplomó, aún con el gesto paralizado.

Lucius: ¿¿P-por qué??

Comisario: No eras lo suficientemente bueno para ella.

Dijo el jefe de policía, mientras Lady Keane se acercaba a él y colocaba sus manos y su cabeza reposando sobre el hombro de él, aún observando como la vida del vampiro se consumía. Entonces ella miró fijamente a los ojos del jefe de policía.

Lady Keane: Nuestro amor sí será para siempre.

Y hundió sus nuevos colmillos en el cuello de su verdadero amante.

FIN

O.P.Wilkituski


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El Misterio del Rico Asesinado

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 22:35


El señor Avery y el señor Pennywise, ambos reputados detectives y veteranos descubridores de soluciones para los casos más enrevesados, llegaron a la mansión Schwartzstein a eso de las 6:30 de la tarde. Avery era un hombre bajito y regordete, siempre ataviado de chaleco y bombín a juego, mientras que Pennywise era alto, delgado, con dos grandes y anchas patillas de aspecto descuidado y frondoso.

El señor Noam Schwartzstein, de 53 años de edad, había aparecido muerto en extrañas circunstancias a la hora del té. Con la cabeza fracturada y medio sumergida en un charco de espesa sangre, apenas si podía pensarse siquiera en dudar de la naturaleza homicida del suceso.

Los ojos del señor Pennywise volaron rápidamente por las líneas del documento que sostenía entre sus manos. Esa misma mañana, el señor Mourningwood, notario y amigo de la familia, había visitado al señor Schwartzstein para realizar una oportuna modificación de su testamento, y ese había sido el primer documento que el señor Pennywise había pedido revisar.

El señor Mourningwood, a quien había hecho llamar, esperaba a la conclusión de su rápida lectura, nervioso y frotándose compulsivamente las manos. Salvo por el pequeño detalle de que la mansión pasaba a ser propiedad de un sobrino del difunto, Solomon Schwartzstein, la completa totalidad de la fortuna del fallecido le había sido legada a su jovencísima mujer, la señorita Schwartzstein, de 26 años de edad.

―Ciertamente ha sido un sencillo caso esta vez, mi querido Pennywise ―dijo Avery―. La viuda, casualmente favorecida por un testamento recién elaborado, mata a su marido y se queda con su fortuna. Resuelto queda.

―No aventures tan prestamente una solución, estimado Avery. No hasta conocer todas las variables del caso ―le reprendió amistosamente el señor Pennywise.

―¿Yo ya me puedo ir? Tenía una cita ahora ―interrumpió el señor Mourningwood.

―Por supuesto, amigo mío, vaya con Dios ―asintió Pennywise.

La pareja de detectives caminó hasta el amplio vestíbulo tras los pasos del señor Mourningwood, pero se separaron de él para ir escaleras arriba. Una voz a sus espaldas llamó su atención con un carraspeo. El mayordomo.

―¿Buscaban algo en especial? ―preguntó el estirado y apergaminado hombre.

―Sólo información ―dijo el señor Pennywise, girándose sobre sí mismo y comenzando a bajar los escalones de mármol en dirección al mayordomo.

―Pues pueden empezar conmigo mismo ―propuso el anciano.

―Por eso no se preocupe ―intervino el señor Avery.

―Y bien, ¿qué tal era la relación entre el señor y la señorita Schwartzstein? ―interrogó el señor Pennywise.

―No quisiera parecer un taimado ―comenzó―, pero lo cierto es que la señorita y el señor discutían a menudo. Francamente, me sorprende que aún viviesen bajo el mismo techo.

―¿Y podrían esas discusiones haber sido causa de un desenlace tal?

―¡Ah, no! ―exclamó el mayordomo― Sobre eso prefiero no manifestarme a favor ni en contra. Que luego no se diga.

―Según tengo entendido ―comentó Avery―, fue usted quien encontró el cadáver, ¿no es cierto?

―Así es.

―¿Y dónde estaba entonces la señorita Schwartzstein?

―La señorita se encontraba en el piso de arriba, tomando un baño.

―Interesante… ¿Podría indicarnos su cuarto, si es tan amable?

―Por supuesto ―asintió el mayordomo―. Escaleras arriba, a la derecha. Es ésa puerta.

El señor Pennywise agradeció con un gesto de su cabeza antes de aferrar el pomo de la puerta. Se detuvo unos instantes antes de girarlo y pudo ver cómo la puerta tenía una pequeña marquita, un rayón junto al pomo.

―¿Señorita Schwartzstein? ―preguntó, por simple cortesía.

―Adelante ―respondió una voz femenina.

El señor Pennywise se aventuró un paso dentro de la habitación, al tiempo que un ruido proveniente del piso exterior, o puede que del exterior de la mansión, los sobresaltaba. El señor Pennywise y el señor Avery aguzaron el oído. Sonaba como un coche que acababa de llegar frente a la casa. El señor Pennywise le hizo un gesto al señor Avery para que fuese a ver y se adentró en la habitación de la viuda, cerrando la puerta tras de sí.

―Mis condolencias por este terrible suceso ―dijo Pennywise.

―No me las dé, ya que ninguna persona puede sentir verdadera pena por un desconocido ―le soltó ella.

―¿Y usted? ¿Usted siente pena por él?

―¿Insinúa algo? ―acusó la señorita Schwartzstein.

―Sólo pregunto ―se defendió Pennywise―. Pero… ¿y el mayordomo? ¿Era buena la relación del señor Schwartzstein con su mayordomo?

―Inmejorable ―declaró ella―. Se conocían desde su juventud, cuando el hermano gemelo de mi marido se lo presentó en una fiesta universitaria. Acudían a la misma universidad y allí se conocieron.

―¿Un hermano gemelo? Interesante… ―murmuró Pennywise.

―Si está pensando en un cambiazo, eso no habría sido posible. Según tengo entendido, su hermano gemelo murió el año pasado de un ataque al corazón… o algo similar ―informó la señorita.

―¿Usted sabe de alguien con quien su marido tuviese una cierta enemistad, o que existiese alguna razón económica de por medio?

―¿Piensa usted en alguien? ―le devolvió su pregunta la mujer.

―A decir verdad, sí ―empezó a decir Pennywise, caminando lentamente hacia la ventana para echar un vistazo, tratando de averiguar si Avery había descubierto algo―. Nada más llegar, leí el testamento del señor Schwartzstein, en el que le legaba la práctica totalidad de sus bienes a usted. Eso fue un dato claro. Muy claro. Quizás demasiado claro… ―sonrió él, aspirando profundamente el aire del campo a través del amplio ventanal― Para la mayoría de personas, ese dato habría sido tan revelador que no hubiesen prestado la suficiente atención al resto de pruebas. Una buena distracción, sí señor. No obstante, el notario presentaba una inusual prisa por marcharse de la casa y Noam… Noam Schwartzstein. Sabía que había oído ese nombre antes. Usted ha dicho que cree que su hermano gemelo murió un año atrás, ¿no es cierto? Por otra parte, no pude evitar fijarme en una pequeña marca cuando entré en su habitación, señorita… ¡Oh!

Un soplo de aire, mitad quejido, mitad sorpresa, escapó de entre los labios del señor Pennywise cuando un pesado cenicero de bronce le impactó en la parte trasera de la cabeza. Su cuerpo cayó por la ventana, volteándose en el aire como un pelele de trapo hasta estrellarse contra el suelo y quedar inmóvil.

―A veces, algo es tan obvio que resulta la mayor de las sorpresas, ¿no cree, Pennywise? ―sonrió malévolamente la señorita Schwartzstein mientras dejaba de nuevo en la mesa el pesado cenicero.

O.P.Wilkituski


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