Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

La Botella Herida 20 agosto 2011

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 0:13

Tiempo atrás, hubo un naufrago, en el mar de la vida, que lanzaba a las corrientes del destino mensajes en botellas. Anhelando, que dichos envíos fueran correspondidos. Cosa que nunca sucedió. Por lo que, harto de esperar, decidió, un buen día, aventurarse, personalmente, a buscar las respuestas que tanto ansiaba.


Así pues, quedándole sólo dos botellas de las muchas que tuvo, extendió el brazo hacia ellas al azar, (sin siquiera mirarlas, sin sopesar cual seria la más apropiada para embarcarse en tan arduo viaje) escogiendo una botella hermosa, alta y estilizada, cubierta de motivos florales en relieve. Y sin más, se lanzo al mar, se introdujo en ella, y dejó que las olas les arrastrasen al interior.


La botella restante, de aspecto ordinario, liza, de cuello largo y cuerpo abombado, tirando a fondón. Arropada por el abrazo de la arena, y acariciada por el ir y venir de las olas, quedó sola con el alma rota. Mirando como las corrientes alejaban a su compañera, portando en su seno, a la fuente de su amor.


Sintiéndose traicionada, ahoga su desazón con el silencio de su llanto, y se tortura preguntándose, reiteradas veces, por qué no la escogió. ¿Cómo no pudo ver que ella contenía un alma, y la otra estaba hueca?


¿Qué se supone que debe hacer ahora que la persona amada ha destruido sus expectativas? ¿Cómo seguir adelante cuando siente que no puede confiar en nadie? Ojalá pudiese encontrar a alguien que la amase del mismo modo en que ella es capaz de amar. Alguien que tuviese principios parecidos a los suyos. Que fuera fiel sólo porque la fidelidad es lo propio cuando se ama de corazón.


El amor es injusto, y la dedicación a él ingrata. Después de permanecer tanto tiempo a su lado, escuchando sus mensajes embelesada, no concibe el hecho de que la haya abandonado; y menos de ese modo tan frío. Sin la gentileza de despedirse de ella. Sin el más mínimo detalle. – ¡Si se hubiese dado cuenta del amor que le procesaba! –Se lamenta suspirando. 


Se siente tan sola. La vida se le muestra como una pesada carga. Sin expectativas. Sin rumbo a seguir, ni un lugar al que ir, ni un objetivo por el que luchar. Desalentada, se deja llevar, porque la nada se le presenta como la única e ineludible alternativa.


¿De que sirve amar a quien no sabe amar en igual medida? ¿Cómo no pudo ver que se rezagaba premeditadamente? Que se escondía tras las otras con el fin de pasar el mayor tiempo posible a su lado. Anhelando ser la última botella que lanzara al mar. La última en adorarle. La última en portar sus mensajes de esperanza.


No se siente bien. Le duele el alma y no consigue sanar ese dolor. A la vez, la rabia le consume. Odia sufrir por culpa del egoísmo de su amado.


Decepcionada, se deja rodear por una inesperada corriente de aire, que, en forma de pequeño remolino, penetra en ella como una exhalación, y sale del mismo modo. Dejándola hueca, al tiempo, que hace sonar su boca al partir, como lo haría la sirena de un barco al hacerse a la mar.


El alma, que habitaba en ella, sin oponer resistencia, se dejó arrastrar por el inesperado remolino. Y al alejarse, envuelta en el reconfortante abrazo de la citada corriente, vuelve la vista atrás, con la intención de despedirse de su botella, pero no lo hace. Conmovida, por verla transformada en un mero recipiente de vidrio; sola, hueca y abandonada, en la orilla de los límites del mar de la vida. Siente como se le encoge el corazón ante esa estampa. Cierra los ojos, da un hondo suspiro, y se lamenta de que los hombres (aún siendo al azar) siempre escogen por el frasco, no por el contenido.

 yrunay

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© Marco Antonio Santana Suárez

 


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Sans nom 16 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 23:36


Whitechapel, 1889

Dos vagabundos y algunas ratas se arrinconan en una esquina, sentados contra la pared, aprovechando los restos de comida de la basura. Una larga y esbelta silueta aparece en el callejón tras ellos, oculta por las sombras de la noche. Para cuando se dan cuenta, es demasiado tarde. Gritan por última vez en su vida, mientras el misterioso desconocido salta sobre ellos.

. . .

Lady Keane se ajustaba la gargantilla alrededor de su cuello, frente al espejo, cuando vio reflejado a un jóven que había aparecido tras las cortinas del balcón abierto. El muchacho, algo pálido y con dos finas líneas rojas resbalando desde las comisuras de sus labios, iba vestido con una camisa al estilo aristocrático por aquella época. Mientras Lady Keane se giraba sobre sí misma, él se acercó, la agarró por los brazos y colocó su boca casi junto a su oído.

Lucius: Lady Keane… He vuelto mi amor.

Lady Keane: No te esperaba tan pronto, Lucius.

Dijo ella mientras recorría su rostro con sus uñas pintadas de negro.

Lucius: Debemos irnos. Ahora.

Ella se separó de él un momento.

Lucius: No se cómo ha pasado. Esta vez, he hecho lo de siempre, pero me han seguido hasta aquí.

Lady Keane: ¿¡Cómo!?

Lucius: No lo sé. No me explico cómo ha podido pasar. Nos queda poco tiempo.

Lady Keane: No me iré de mi castillo sin más.

Lucius: Si nos encuentran aquí, nos matarán. A los dos.

Lady Keane: La condena a pagar por todas esas almas descarriadas es la horca.

Lucius: Ya están aquí.

Dijo Lucius, asomado al balcón.

Lucius: Es demasiado tarde.

Lady Keane: Pero un vampiro no puede morir colgado. Si me mordieses, estaríamos juntos eternamente, mi amor, más allá de la horca.

Lucius volvió a acercarse a ella y aproximó sus colmillos al fino cuello de su amada. La puerta se abrió de golpe, y varios policías armados irrumpieron en la habitación. El jefe de policía se adelantó para dirigirse al vampiro.

Comisario: ¡Lady Keane! ¡Apártate de ella!

Lucius arrancó la gargantilla del cuello de Lady Keane e hincó los dientes en ella. Las gotas de sangre recorrieron primero la distancia hasta su clavícula y luego bajaron por el escote que formaba su corsé negro.

Lucius: Ahora nuestro amor será para siempre.

Se separaron lentamente y él tiró de la muñeca de ella, hacia el balcón.

Lucius: ¡Huyamos! ¡Por la ventana!

Se giró hacia ella de nuevo y abrió los ojos con sorpresa cuando la descubrió, seria y aterradora, con el decidido gesto de clavarle una estaca en el corazón. Lucius se desplomó, aún con el gesto paralizado.

Lucius: ¿¿P-por qué??

Comisario: No eras lo suficientemente bueno para ella.

Dijo el jefe de policía, mientras Lady Keane se acercaba a él y colocaba sus manos y su cabeza reposando sobre el hombro de él, aún observando como la vida del vampiro se consumía. Entonces ella miró fijamente a los ojos del jefe de policía.

Lady Keane: Nuestro amor sí será para siempre.

Y hundió sus nuevos colmillos en el cuello de su verdadero amante.

FIN

O.P.Wilkituski


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El Misterio del Rico Asesinado

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 22:35


El señor Avery y el señor Pennywise, ambos reputados detectives y veteranos descubridores de soluciones para los casos más enrevesados, llegaron a la mansión Schwartzstein a eso de las 6:30 de la tarde. Avery era un hombre bajito y regordete, siempre ataviado de chaleco y bombín a juego, mientras que Pennywise era alto, delgado, con dos grandes y anchas patillas de aspecto descuidado y frondoso.

El señor Noam Schwartzstein, de 53 años de edad, había aparecido muerto en extrañas circunstancias a la hora del té. Con la cabeza fracturada y medio sumergida en un charco de espesa sangre, apenas si podía pensarse siquiera en dudar de la naturaleza homicida del suceso.

Los ojos del señor Pennywise volaron rápidamente por las líneas del documento que sostenía entre sus manos. Esa misma mañana, el señor Mourningwood, notario y amigo de la familia, había visitado al señor Schwartzstein para realizar una oportuna modificación de su testamento, y ese había sido el primer documento que el señor Pennywise había pedido revisar.

El señor Mourningwood, a quien había hecho llamar, esperaba a la conclusión de su rápida lectura, nervioso y frotándose compulsivamente las manos. Salvo por el pequeño detalle de que la mansión pasaba a ser propiedad de un sobrino del difunto, Solomon Schwartzstein, la completa totalidad de la fortuna del fallecido le había sido legada a su jovencísima mujer, la señorita Schwartzstein, de 26 años de edad.

―Ciertamente ha sido un sencillo caso esta vez, mi querido Pennywise ―dijo Avery―. La viuda, casualmente favorecida por un testamento recién elaborado, mata a su marido y se queda con su fortuna. Resuelto queda.

―No aventures tan prestamente una solución, estimado Avery. No hasta conocer todas las variables del caso ―le reprendió amistosamente el señor Pennywise.

―¿Yo ya me puedo ir? Tenía una cita ahora ―interrumpió el señor Mourningwood.

―Por supuesto, amigo mío, vaya con Dios ―asintió Pennywise.

La pareja de detectives caminó hasta el amplio vestíbulo tras los pasos del señor Mourningwood, pero se separaron de él para ir escaleras arriba. Una voz a sus espaldas llamó su atención con un carraspeo. El mayordomo.

―¿Buscaban algo en especial? ―preguntó el estirado y apergaminado hombre.

―Sólo información ―dijo el señor Pennywise, girándose sobre sí mismo y comenzando a bajar los escalones de mármol en dirección al mayordomo.

―Pues pueden empezar conmigo mismo ―propuso el anciano.

―Por eso no se preocupe ―intervino el señor Avery.

―Y bien, ¿qué tal era la relación entre el señor y la señorita Schwartzstein? ―interrogó el señor Pennywise.

―No quisiera parecer un taimado ―comenzó―, pero lo cierto es que la señorita y el señor discutían a menudo. Francamente, me sorprende que aún viviesen bajo el mismo techo.

―¿Y podrían esas discusiones haber sido causa de un desenlace tal?

―¡Ah, no! ―exclamó el mayordomo― Sobre eso prefiero no manifestarme a favor ni en contra. Que luego no se diga.

―Según tengo entendido ―comentó Avery―, fue usted quien encontró el cadáver, ¿no es cierto?

―Así es.

―¿Y dónde estaba entonces la señorita Schwartzstein?

―La señorita se encontraba en el piso de arriba, tomando un baño.

―Interesante… ¿Podría indicarnos su cuarto, si es tan amable?

―Por supuesto ―asintió el mayordomo―. Escaleras arriba, a la derecha. Es ésa puerta.

El señor Pennywise agradeció con un gesto de su cabeza antes de aferrar el pomo de la puerta. Se detuvo unos instantes antes de girarlo y pudo ver cómo la puerta tenía una pequeña marquita, un rayón junto al pomo.

―¿Señorita Schwartzstein? ―preguntó, por simple cortesía.

―Adelante ―respondió una voz femenina.

El señor Pennywise se aventuró un paso dentro de la habitación, al tiempo que un ruido proveniente del piso exterior, o puede que del exterior de la mansión, los sobresaltaba. El señor Pennywise y el señor Avery aguzaron el oído. Sonaba como un coche que acababa de llegar frente a la casa. El señor Pennywise le hizo un gesto al señor Avery para que fuese a ver y se adentró en la habitación de la viuda, cerrando la puerta tras de sí.

―Mis condolencias por este terrible suceso ―dijo Pennywise.

―No me las dé, ya que ninguna persona puede sentir verdadera pena por un desconocido ―le soltó ella.

―¿Y usted? ¿Usted siente pena por él?

―¿Insinúa algo? ―acusó la señorita Schwartzstein.

―Sólo pregunto ―se defendió Pennywise―. Pero… ¿y el mayordomo? ¿Era buena la relación del señor Schwartzstein con su mayordomo?

―Inmejorable ―declaró ella―. Se conocían desde su juventud, cuando el hermano gemelo de mi marido se lo presentó en una fiesta universitaria. Acudían a la misma universidad y allí se conocieron.

―¿Un hermano gemelo? Interesante… ―murmuró Pennywise.

―Si está pensando en un cambiazo, eso no habría sido posible. Según tengo entendido, su hermano gemelo murió el año pasado de un ataque al corazón… o algo similar ―informó la señorita.

―¿Usted sabe de alguien con quien su marido tuviese una cierta enemistad, o que existiese alguna razón económica de por medio?

―¿Piensa usted en alguien? ―le devolvió su pregunta la mujer.

―A decir verdad, sí ―empezó a decir Pennywise, caminando lentamente hacia la ventana para echar un vistazo, tratando de averiguar si Avery había descubierto algo―. Nada más llegar, leí el testamento del señor Schwartzstein, en el que le legaba la práctica totalidad de sus bienes a usted. Eso fue un dato claro. Muy claro. Quizás demasiado claro… ―sonrió él, aspirando profundamente el aire del campo a través del amplio ventanal― Para la mayoría de personas, ese dato habría sido tan revelador que no hubiesen prestado la suficiente atención al resto de pruebas. Una buena distracción, sí señor. No obstante, el notario presentaba una inusual prisa por marcharse de la casa y Noam… Noam Schwartzstein. Sabía que había oído ese nombre antes. Usted ha dicho que cree que su hermano gemelo murió un año atrás, ¿no es cierto? Por otra parte, no pude evitar fijarme en una pequeña marca cuando entré en su habitación, señorita… ¡Oh!

Un soplo de aire, mitad quejido, mitad sorpresa, escapó de entre los labios del señor Pennywise cuando un pesado cenicero de bronce le impactó en la parte trasera de la cabeza. Su cuerpo cayó por la ventana, volteándose en el aire como un pelele de trapo hasta estrellarse contra el suelo y quedar inmóvil.

―A veces, algo es tan obvio que resulta la mayor de las sorpresas, ¿no cree, Pennywise? ―sonrió malévolamente la señorita Schwartzstein mientras dejaba de nuevo en la mesa el pesado cenicero.

O.P.Wilkituski


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Atentamente, a mis Padres 12 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 23:45


Levanté la vista y esa mirada de hijo de puta se me clavó como un cuchillo. Tenía una pistola. Y me iba a matar.
Terminé de garabatear unas palabras más en el papel. Realmente, esperaba que alguien pudiese encontrar mi último mensaje y se lo entregase a mis padres. Quizás solucionase algo con ello. Aún no sabía el qué, pero quizás solucionase algo.
Una gota de sudor frío resbaló por mi frente y se precipitó sobre el papel que me había obligado a escribir. No es que yo tuviese muchas ganas de escribir en aquel momento, pero, aún así, me había obligado y debía hacerlo. Debía hacerlo, eso sí que lo tenía claro.
Mis ojos volvieron a dirigirse al frente. El rostro que tenía ante mí estaba pálido y marcado por profundas arrugadas. Bajo los ojos, oscuras ojeras delataban un cansancio vital y un hartazgo por la vida que no conocía igual. Los lacios cabellos negros, húmedos, caían sobre la frente, descuidados. Pero lo más terrible de todo era el fantasmagórico resplandor del revólver, que parecía intentar devolver un reflejo dentro de otro reflejo. Frío como el metal que era y, al mismo tiempo, hermosamente simétrico. Era el revólver que acabaría en unos segundos.
La mano que sostenía el arma se alzó lentamente, llenándome de un profundo terror insondable, irracional y violento, que me hacía desear gritar y perder por completo el control de mi cuerpo. Pero, aún así, no lo hice. Delicadamente, el cañón del arma se posó sobre mi frente, deslizándose muy poco a poco hasta alcanzar mi sien.
Lo pensé durante un instante, aunque me arrepentí. La bala me entraría por el lateral de la cabeza, destrozando mi hueso temporal en su avance del mismo modo en que un martillo de obras hace explotar una sandía en mil pedacitos. Luego, mientras todos esos fragmentos y astillas de mi propio cráneo saltaban hacia adentro, incrustándose y clavándose en mi blando cerebro, el proyectil continuaría su camino, perforando un camino en la materia gris y, más allá, en la tierna materia blanca de mis sesos, destrozándola y convirtiéndola en papilla. El camino de salida sería similar, el otro extremo de mi cabeza reventaría en el impacto con la bala como la cáscara de un huevo crudo. Los trozos de mi cabeza, incluyendo fragmentos del cráneo con piel desgarrada e incluso pelo adherido a ellos, se dispersarían en un abanico de direcciones bastante amplio al tiempo que un veloz chorro de sesos machacados y sanguinolentos saldrían disparados a presión por el orificio, impulsados por la bala, focalizados en, más o menos, una misma dirección, como quien dispara un cañón cargado con picadillo de carne fresca, y toda esa masa se estrellaría contra la pared con un sonido viscoso, dejándolo todo perdido de sangre con trozos de cerebro, en un perfecto puré plagado de repugnantes grumos.
Si tenía suerte, aquello me mataría en el instante. Si no tenía tanta, posiblemente me hiciese caer de mi silla entre fuertes convulsiones, chorreando espuma por mi boca incontrolada y temblorosa y machacándome lo que quedase de mi maltrecha calavera contra el suelo a causa de los espasmos, como si fuese un niño epiléptico retrasado, con una mueca estúpida en la cara y los ojos medio bizcos, medio en blanco. Después de eso, seguramente me ahogase en mi propia sangre, me obstruyese las vías respiratorias con mi propia lengua o muriese por un derrame cerebral. Una vez que eso pasase, la relajación involuntaria de mis esfínteres haría que me mease y me cagase encima. Todo un espectáculo visual para quienes me encontrasen. Esa era una posibilidad a tener en cuenta, después de todo, el hueso temporal es muy duro.
La pistola resbaló hacia abajo, borrando de mi cabeza todas esas imaginaciones mías. Estaba temblando ante el negro abismo de vacío encarnado que es la muerte. Los acusadores ojos se me clavaron una vez más, mientras el cañón del revólver se introducía en mi boca y, no sé por qué, esbocé una tonta sonrisa. Esperaba con toda mi alma que aquel fuese un disparo certero. Apuntar demasiado abajo una pistola en la boca de alguien supondría que, al disparar, a pesar de abrasarle el paladar con una nube de polvo y gases ardientes, a pesar de volarle por los aires las muelas, parte de la lengua que acabaría saltando en pedacitos o colgando de un hilo carnoso a medio desgarrar y destrozándole por completo la campanilla, a pesar de agujerearle la blanda carne del fondo de la garganta, a pesar de llenarle la boca de su propia carne mutilada y de sangre, a pesar de atravesarle la columna vertebral, quebrándole las vértebras, partiéndole la médula espinal y clavándole astillas de hueso en ella, a pesar de dejarle tetrapléjico, apenas con mandíbula inferior y con los sentidos truncados de por vida, a pesar de todo eso, no resultaría mortal. Tan sólo le condenaría a una vida inútil de por vida. Prefería que me apuntase bien. Sí, personalmente, eso prefería.
Agaché la cabeza, al borde del sollozo, y cerré los ojos. Apreté el gatillo y mis sesos saltaron sobre el espejo, resbalando hasta la nota de suicidio.
Y después… Oscuridad. Silencio. Nada.

O.P.Wilkituski

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Raíces Profundas 10 agosto 2011

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 9:47

Asentada en el centro de una cuenca entre dos montañas, se hallaba una casita blanca de tejas rojas de arcilla orneada. Esta, junto con una pequeña y variada huerta (esmeradamente cuidada) que rodeaba la rustica propiedad, y algunas cabritas albergadas tras un vallado de madrera en uno de sus laterales; proporcionaban, sobrado refugio y sustento a su propietaria. Una anciana sexagenaria, cuyas raíces familiares en la citada propiedad, se perdían en los albores del tiempo. Por lo cual, gustaba de decir, que, hasta donde podía recordar, siempre había estado ahí.


Esta mujer, integrada en el entorno, pasaba el tiempo que le sobraba de sus tareas agrícolas, sentada en el porche, elaborando un nutrido conjunto de utensilios de paja, y sonriendo a las puestas de sol, maravillada por la magnitud de su belleza. Sin lugar a dudas, era feliz en su pequeño reducto natural, lejos del mundanal ruido, las aglomeraciones y las impurezas de las urbes.


Cierto día, el cartero del municipio le entregó una notificación, la cual dejó, (como era su costumbre) sobre un aparador de madera maciza labrado con hermosas florituras que tenia en su dormitorio. Junto al resto de la correspondencia que esperaba ser leída por su hijo, que solía venir a verla, como mínimo, una vez por semana.


Así fue, que este se personó, fiel a su costumbre, y le leyó con ternura todas sus cartas; dejando para el final el comunicado. El cual, ojeo por encima en silencio, y sin más, se lo guardo en el bolsillo. Le dio un tierno beso a su madre, y (tras bromear cariñosamente con ella) se marcho.


La anciana, sin darle mayor importancia al tema, continuó con su rutina, feliz de volver a estar sola, pues, aunque le agradaban las visitas de su hijo, adoraba el intenso vínculo que le unía a aquel lugar. Refugio del ritmo compensado de su alma, de su soledad en compañía de objetos y recuerdos, del goce de sus largos silencios arrullada por las transiciones cotidianas de luces y sombras, acompasadas, por tenues sonidos relajantes, brotando, aleatoriamente, de los infinitos recovecos de ese místico entorno natural.


Una tarde, su hijo, en una de sus visitas, la invitó a pasar una temporada en su casa, para que pudiera disfrutar de la compañía de sus nietos. La idea no le desagrado, pues adoraba a esos diablillos. Así pues, hizo una pequeña maleta y se fue con él.


Allí, fue tan dichosa, que perdió la noción del tiempo, para cuando empezó a sentir añoranza de su hogar ya habían transcurrido unos años, y pese a la adoración que sentía por los pequeños, no podía ignorar la persistente y sutil llamada que le inducía a volver a su pequeño reino.


Así se lo hizo saber a su hijo. Pero este, con el corazón en un puño, ya no pudo seguir ocultándole que sus tierras habían sido expropiadas por el estado, con la finalidad, de desviar el cause de un río cercano y hacer de la cuenca una presa. Se disculpó, por no haber tenido valor para decirle, que el comunicado que había recibido, era un aviso de desahucio, de inmediato cumplimiento, y que, en aquellos momentos, su pequeño universo se hallaba sumergido bajo las aguas, mientras las autoridades pertinentes, festejaban eufóricas la inauguración de la nueva presa por todo lo alto.


La anciana, viéndole tan perturbado, lo tranquilizó con voz tierna, como solía hacer cuando era niño. Luego se retiró a su dormitorio, del que no salió hasta el día siguiente. Con la luz del nuevo día filtrándose por la ventana, se dirigió nuevamente a su hijo, para recordarle que deseaba volver a su hogar. El joven, apesadumbrado, volvió a disculparse relatándole lo sucedido, y tan pronto terminó de hablar, ella, sistemáticamente, dio la vuelta, retirándose a su dormitorio y permaneciendo en él hasta el día siguiente.


Los días transcurrieron sin que el ritual dejase de repetirse. Madrugada tras madrugada. Una y otra vez, hasta que el alma de la anciana se evaporó, quedando sólo una mortaja ambulante, que se desplazaba por inercia, soltaba su discurso y se volvía a marchar.


Su hijo, sin fuerzas para seguir dándole explicaciones. La miraba con tristeza, la escuchaba con infinita paciencia y la acompañaba con delicadeza a su habitación.


Una mañana de verano dejó de hablar. Una tarde de otoño no se levanto más. Una noche de invierno dejo de respirar.


Tuvo un funeral sencillo, acompañada por todos sus allegados y amigos que tanto la estimaban. No obstante, en primavera, (la época que más le gustaba a la difunta anciana) su hijo, por iniciativa propia, solicitó exhumar su tumba e incinerar sus restos. Los cuales, llevó a la cuenca y espació sobre la presa, con la esperanza, de que las cenizas pudiesen hacer que, una parte de su madre, regresara a descansar al lugar que la vio nacer.


Lo curioso del caso, es que, el joven, nunca supo ver que el alma de su madre había abandonado su cuerpo mucho tiempo antes de morir. El amor por su hogar era tan intenso que no pudo esperar.


Hoy día, a varios metros de profundidad, sumergida en la presa, permanece intacta la casita blanca de tajas rojas de arcilla orneada. Y si pruebas a mirar con los ojos del corazón, quizá veas, que en su porche, se halla sentada, elaborando un nutrido conjunto de utensilios de paja, una anciana, que sonríe a unas prodigiosas puestas de sol, dignas de la visión de los Ángeles.

yrunay

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© Marco Antonio Santana Suárez


 

Zapatos Nuevos 9 agosto 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 19:45


El señor Menéndez, que tenía un respetable negocio en plena Plaza de la Plata, podía considerarse uno de los afortunados empresarios de éxito de Cimera. O puede que no tan afortunado en ese momento, aún ataviado con un pulcro traje, corbata y sus zapatos nuevos, con la vista fija en las revueltas aguas que golpeaban y se arremolinaban frente a los muros de los muelles cimereños.
Cuando, dos días atrás, su socio en los negocios había aparecido muerto en su casa, con la garganta completamente rajada, casi separando su cuerpo de su cabeza, y su lengua sobresaliendo a través de la sangrienta ranura, colgando como una parodia burlona de una carnosa corbata escarlata, entonces, el señor Menéndez había decidido considerarlo como “daños colaterales”. Nada de importancia, hasta que él mismo empezó a temer correr su misma suerte.
Hacía una semana que aquellos dos hermanos gemelos se habían presentado delante de su casa. Menéndez no sabría decir muy bien si les llamaban o si simplemente ellos se hacía llamar “Los Gemelos de Sacramento”. La verdad es que era un nombre bastante descriptivo, sobre todo por el hecho de que vivían precisamente en ese barrio. Aquellos tipos le habían amenazado, le habían dado un ultimátum, le habían dicho que se arrepentiría si no les retribuía de alguna manera por aquello que habían pagado. Claro que, por aquel entonces, Menéndez no sólo no les dio ninguna credibilidad, sino que estaba confiado en que llevaba las de ganar, ya que, técnicamente, lo que el hacía era perfectamente legal.
De hecho, en los Términos y Condiciones que les había hecho firmar dos semanas antes de verse en su comprometida situación actual se especificaba claramente lo que estaban comprando. No era su culpa que ellos no hubiesen leído la treintena de páginas que componían el documento en su totalidad antes de firmarlo, aunque eso a él le venía muy bien. Unos días antes de la venta, la abuela de aquellos dos, que tenían fama de ser los narcotraficantes más influyentes de la zona norte de la ciudad, había enfermado de una extraña enfermedad. Y a “Los Gemelos de Sacramento” nada les importaba más que su abuela.
Ciertamente, a Menéndez aquella repentina enfermedad le había venido de perlas. Se había alegrado, eso no podía negarlo. Su empresa se dedicaba a investigar en tratamientos médicos y medicamentos pioneros en general. “Los Gemelos de Sacramento” necesitaban un medicamento revolucionario y novísimo que curase la desgraciada condición de su abuela paterna y, casualmente, Menéndez tenía un equipo de personas trabajando en el feradol, la única y, por supuesto, terriblemente cara solución a su problema. El feradol había recibido su nombre en honor a Rudolf Feran Hauss, quien había servido como base teórica de muchos, muchos de los experimentos de Menéndez.
Así que los hermanos habían pagado muy gustosamente la friolera de 30.000 cimas por la dosis necesaria de feradol para curar a su abuela. Por supuesto, Menéndez y sus asociados habían obviado el detallito sin importancia de que el medicamento aún estaba en fase de desarrollo y no recibirían su dosis hasta pasados tres años, si había suerte… Diez a lo sumo. Pero eso había sido únicamente porque ellos mismos lo habrían visto si hubiesen leído los Términos y Condiciones por completo. Estaba claramente especificado en la página vigésimo-octava, ningún juez podría haberles dado la razón en una reclamación en ese aspecto.
Pero allí no había ningún juez, ni iba a haberlo. Uno de los hermanos agarró al empresario por la parte posterior de su americana de marca y lo manipuló violentamente hasta terminar por lanzarlo a las aguas. Y mientras estaba en el aire, Menéndez pensó que, quizás, se había pasado de listo. Por eso había acabado allí con sus zapatos nuevos.
Sus zapatos nuevos de cemento…

O.P.Wilkituski


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El Disléxico Cabalga Solo 7 agosto 2011

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 23:25

El disléxico cabalga solo. No es que no le guste estar con otras personas, sino que, la mayoría, no suelen tener, ni paciencia, ni ganas de estar con él. Así es la realidad. Lo normal, es que le despachen con un simple y apresurado: “Haber estudiado más”. Acto, que lo relega a los límites de la marginalidad, pues, es demasiado listo para ser “estúpido” y se siente demasiado estúpido para ser “listo”. De ese modo, este viajero accidental, se convierte en un “llanero solitario”, que cabalga en tierra de nadie, esquivando burlas y comentarios despectivos (de listos por un lado y de estúpidos por otro) con suma resignación.


Desde que tengo uso de razón he arrastrado esa pesada carga. Recuerdo, que, en el primer colegio en el que estuve, me mantuvieron en Párvulo, más tiempo del estipulado, por la pereza que les suponía tener que orientar a un niño que solo requería un enfoque diferente de los conocimientos a asimilar.
El caso, es que, los supuestos “Docentes” de ese centro, por increíble que parezca, se dejaron ir, la friolera de dieciocho largos meses. Cuando se percataron de su desastroso despiste, de que me habían dejado abandonado en el aula de Parvulario por pura ineptitud, se apresuraron a subsanar el “despiste” incorporándome, con carácter inmediato, en el Aula de 2º de EGB.
(Entiéndase, que yo, en todo ese tiempo, solo había realizado actividades propias de Párvulo. Es más, estos individuos, me incorporaron en el Aula de 2º a principios del tercer trimestre, por lo que podréis imaginar las desastrosas consecuencias).
El mismo día de mi incorporación, la “Docente”, me envió a la pizarra, junto con otros niños, para que realizara una sencilla división. Todos la hicieron, menos yo. Estaba aterrado, no sabía que debía hacer, nadie me lo había explicado.
Como es lógico, me eternice ante la pizarra observando la división, quizá, esperando que, por gracia divina, el conocimiento se depositara en mí. Cosa que no pasó.
La “Docente”, perturbadoramente molesta por mi falta de colaboración, cogió un palo, (que, en un tiempo, había formado parte de una silla) y sin mediar palabra, comenzó a asestarme golpes con él, mientras repetía al compás: – Divide, divide, divide…


Pues no, ese día no aprendí a dividir. Ahora bien, la idea de que la figura del profesor era sinónimo de castigo, quedo resonando en mis cavidades neuronales el resto de mi etapa escolar. Ese suceso, me convirtió en un niño que no confiaba en los profesores. Un niño, que aprendió a huir de ellos, a evitarlos a toda costa. Que jamás levanto la mano para hacer una pregunta por miedo a las consecuencias. Un niño, con un único objetivo, no llamar la atención, pasar desapercibido, no destacar, para no atraer la atención sobre si mismo. Que no reparasen en mí, se convirtió en mi única y constante prioridad.


Al finalizar aquella dolorosa jornada. Ya de noche. Arropado en mi cama. Le pedí a Díos, morir antes del amanecer, para no tener que despertar y volver a aquel horrible lugar. Pero no fue así… Tuve que soportar esa situación hasta acabar el curso.
Gracias a Díos, algunos padres supieron ver lo que pasaba y tomaron medidas al respecto. Consiguiendo que cerrarán el centro, pues, por lo visto, ninguno de los “Docentes” que componían el elenco del profesorado, disponía de la titulación pertinente para ejercer como tales.
Que se haga justicia siempre es de agradecer. No obstante, el daño ya estaba hecho. Quedé eternamente encasillado como VAGO, no importaba que sacara sobresalientes en el resto de las asignaturas. Si no era capaz de superar mis dificultades para desenvolverme con los números y las letras jamás dejaría de ser un VAGO. Créanme cuando les digo, que no es una tarea fácil. Llevo varios días revisando el texto que ahora leéis, y no importa el tiempo que empleé y las veces que lo relea, siempre encuentro errores. Es frustrante no tener control sabre algo que sabes que puedes hacer bien, es un autentico calvario, os lo aseguro. ¿Cuál es el secreto? ¿Por qué unos sí otros no? Llevo haciendo estas preguntas toda la vida sin obtener respuesta. El caso es que no soy del grupo de los que se proclaman “normales”. Pertenezco al de los raritos, los anómalos, y disimularlo no sirve de nada. Siempre va haber algo que me delate. Este blog es una buena prueba de ello. Lo concebí con la finalidad de obligarme a mejorar mis deficiencias. Consciente de que se me haría dura la batalla. En estos momentos, dudo de todo, hasta del lugar que ha de ocupar un punto o una coma. Demasiadas lagunas. Demasiadas cosas que debí aprender y no aprendí.


Aún hoy, después de haberme enfrentado, una y otra vez a mis recuerdos. Cuando alguien me coge con la guardia baja, haciéndome una pregunta directa con la que no cuento. Me bloqueo. Mi mente se queda en blanco. No importa si sé la respuesta o no. Simplemente, me bloqueo. Es una sensación extraña. Como si aquel niño asustado aún habitara en mí. Escondido en algún recóndito lugar, incapaz de salir por miedo a lo que pudiera pasar.


Nunca he ocultado, ni ocultaré, dichas dificultades. La intención, no es esconderlas, sino, tratar de corregirlas. Soy transparente. Aquel que no sepa verlas es porque no las quiere ver. Los hay, que se rasgan las vestiduras ante ellas, ignorándome, amplia y rotundamente, como si temieran que se les fuese a pegar algo. Otros, permanecen aparentemente impasibles. Amables y correctos, simulan no percatarse de ellas, sin embargo, la decepción se dibuja en sus miradas. Pero yo, no experimento mal estar alguno, pues sé muy bien quien soy. El error lo cometen ellos, dejándose arrastrar por sus prejuicios.


Vamos a ver, tal como lo veo yo, estoy tocado pero no hundido. Reboso optimismo. Esa ha sido siempre mi mejor baza. He procurado mantener siempre mi dignidad intacta. Autodidacta por necesidad, no me he privado de hacer las cosas que me gustan, aunque las haya tenido que hacer solo, adoptando la actitud, ya citada, de “Llanero Solitario”, que se parte de risa cada vez que ha de recitar la consabida frase de estos cowboys de medio pelo: “ ¡Yo cabalgo solo forastero!”.
Estoy convencido, de que, si hubiera recibido un mínimo de atención en mi infancia, ahora, brillaría con el doble de intensidad, y nadie notaría mi ineludible dislexia.


Al disléxico, le sobra empatía, es muy tolerante con los demás, pero terriblemente intolerante consigo mismo. No nos podemos permitir el lujo de pasar por alto nuestra anomalía, (si es que se le puede llamar así). Eso nos hace tener un afán de superación por encima de la media. Porque, el disléxico, se sabe inteligente, y ansia el reconocimiento y la aceptación que siempre le fue negado.


Hoy en día, embriagado por la dicha que reportan los hijos. No puedo evitar verme reflejado en ellos. No puedo evitar recordar al niño que fui. No puedo evitar adorarlos, pues, poseen mi vitalidad, mi brillantes, mi alegría, mi espontaneidad… en resumen, están llenos de mi persona. Por último, y no menos importante, no puedo evitar sentirme inmensamente agradecido de tenerlos; porque, a través de ellos, cuando los protejo, los educo, los quiero, los abrazo; estoy retrocediendo en el tiempo. Estoy derribando barreras. Estoy abriéndome camino hacia ese oculto lugar, donde mi niño interior permanece escondido y asustado. Me estoy acercando a él. Con cada gesto, con cada palabra. Hasta el punto de casi tocarlo. Hasta el punto de casi abrazarlo. Sé que el gran día se dibuja cercano. Y cuando ese día llegue, estrecharé con fuerza a ese niño entre mis brazos, y diré, (volcando en él toda la atención que no le supieron dar) – No sufras, pequeño mío, ahora todo va a salir bien, porque yo estoy contigo, siempre lo he estado, nunca has estado solo.


yrunay

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© Marco Antonio Santana Suárez