Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Ultimo día en Estambul 29 septiembre 2009

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Istanbul-I

El posavasos es elegante. Muestra una vista de Estambul característica: un perfil de destartaladas casas amontonadas, cúpulas esféricas relucientes y afilados y esbeltos minaretes. Tiene la textura y los colores de un grabado antiguo. Bajo la imagen, en bonita tipografía con arabescos, pone: “Café Coskun”.

Como la casa de un anciano que de joven ha sido aventurero y exuberante, Estambul está llena de imágenes de tiempos y vidas pasadas, de objetos que han sobrevivido a cruentas batallas, de relatos inverosímiles que luego resultan ser ciertos, de canciones antiguas que desatan lágrimas y de sonrisas gentiles y nostálgicas. Mi primer recorrido por Estambul fue el canónico: Santa Sofía, la Mezquita Azul, Topkapi, las Cisternas, y todo lo demás que viene en las guías. Cumplí con los hitos obligados: cené con música tradicional en Taksim, regateé unas alfombras en el Gran Bazar, recibí mi dosis de mimos y guante de crin en el hamam. Después, nuestro grupo, los quince que éramos, estudiantes jóvenes y alocados, con futuros que suponíamos brillantes, que íbamos a comernos el mundo y aquel país sin un duro en el bolsillo, partimos hacia la aventura: Capadocia y la Jonia. Y lo que pasamos fue un mes entero comiendo kebabs grasientos y arroz pilav frío, saltando sobre autobuses renqueantes, charlando con campesinos simpáticos, y, en general, llevando una vida de pantalones destrozados, sandalias sin suelas, polvo, sudor y hierro, mochilas pesadas, quemaduras en el cuello, compartiendo mesas, camisetas, suelos para dormir y rollos de papel higiénico.

Y, al final de tan arduo periplo, tocaba cerrar el círculo: volver a Estambul, y esperar allí un día entero, para coger a las cinco de la madrugada el avión de vuelta. Nos repartimos en varios autobuses, y yo acabé, muy a mi pesar, junto a una pareja bastante aburrida. Pasé el trayecto durmiendo, luego, mirando el paisaje, hasta que le cambié el sitio a un tipo que quería meterle mano (¡ojo, consentida!) a la turista que se sentaba a mi lado. Gracias a eso, gané un asiento mucho más cómodo y caro. Llegamos a Estambul de amanecida. Acudimos corriendo al lugar de encuentro concertado: la bonita plaza ajardinada entre Santa Sofía y la Mezquita Azul. Santa-Sofía-I-copiaY allí nos sentamos, en un banco, la parejita y yo. Ellos dos, deseando que llegaran los demás, para poder librarse de mí y marcharse de una vez a escoger anillos de plata y alfombras. Yo, pensando en rematar el día lo más rápido posible, ya que apenas me quedaba dinero, y estaba como loca por llegar a España. Ansiaba quitarme los vaqueros recortados que llevaba, tan llenos de agujeros que rondaban lo indecente, y tan sucios que ningún programa de lavadora podría sanarlos jamás: quedaba claro que tendrían que ir directos al vertedero.

La mañana transcurría, pero nadie llegaba. Comenzamos a inquietarnos: nuestro autobús y los del resto del grupo sólo tenían un par de horas de diferencia. La chica de la pareja se mordía las uñas. El sol ascendía, y el asfalto comenzaba a arder. Y entonces apareció más gente. No los que esperábamos, sino otros paisanos, que también viajaban a golpe de saco de dormir y aislante y que nos habían salvado del hambre y la sed en varias ocasiones. En cuanto nos vieron, se acercaron.

–Los vuestros están aun en Izmir, en la estación—nos dijeron.

–¿Y por qué?—preguntó preocupado el chico de la pareja.

Y nos lo explicaron. Y a mí me dio mucha lástima. Hay pocas cosas más angustiosas que ver cómo se te escapa un medio de transporte que ya has pagado, mientras haces lo imposible por que tu maltrecho cuerpo se rehaga y se calme, encerrado en el mugriento cubículo de un baño. Según nos dijeron, había, por lo menos, cinco afectados.

–Nosotros nos vamos ahora hacia Bursa. ¿Qué vais a hacer vosotros?—nos preguntaron. La pareja y yo nos miramos. El chico de la pareja dijo:

–Nuestro avión sale mañana.

Se despidieron amablemente. Intercambiamos teléfonos, abrazos, las frases estrella del viaje, que incluían penosos chapurreos en turco, y a mí, misteriosamente, uno de ellos me dio dos cigarros.

–Te los debía—dijo, sin duda confundiéndome con otra. Los acepté, de todas formas, con una sonrisa agradecida.

En cuanto se marcharon, el chico de la pareja se volvió hacia mí y me soltó:

–Bueno, Claudia, te vemos esta noche en la pensión.

Le miré de hito en hito. Carlos, se llamaba aquel chico. Él, sintiéndose algo culpable, dijo a modo de excusa:

–Los demás llegarán por la tarde, como a las ocho…

Sonreí. El sentimiento era mutuo. Carlos era el guapo del grupo. Yo adoraba contemplarle, pero aborrecía escucharle. Me había pasado el viaje ignorándole y ahora él me lo hacía pagar. Fue una despedida breve. Pronto me quedé sola, más sola que la una, en aquel banco de ese parque tan bonito, al que arropan dos monumentos impresionantes. “Un paradigma bizantino de equilibrio de masas”, leí en alguna parte. Y “el elegante tributo que el discípulo de un gran maestro le hizo a la confluencia de culturas arquitectónicas”, leí en otra. Allí estaban, paradigma y tributo, preguntándose extrañados por qué una turista boba de pantalones raídos no les rendía la debida pleitesía y les sacaba de inmediato una foto.

¿Qué iba a hacer yo, sola, sin dinero, todo un día en Estambul? Vagar, por supuesto. Y vagué, por las calles en cuesta, por los puestos de ropa, por las amplias avenidas, sorteando los tranvías. Vagué, hasta que mis pasos me llevaron hasta el Bósforo. Compré algo de comer en el Bazar Egipcio. El tendero sonrió cuando escogí.

–No le fallará—me dijo. Yo le lancé una mirada oscura y él se rió.

–¡Es el mejor!—insistió–¡Es el afrodisíaco más fuerte que tengo!

Miré lo que había comprado: me había parecido que era una barra de dulce de higos rellena de pistachos. El tendero se reía. Yo, aunque consternada, preferí ser amable y le hice coro con mi propia risa.

Devoré mi desatapasiones sentada en un banco, en una plazoleta cuajada de palomas y cagarrutas, cuyo nombre no soy capaz de recordar. Aquella cosa que comí no me hizo mucho efecto, creo, pero, por lo menos, sirvió para alimentarme. Mientras el sol me bañaba la cabeza, escuché un sonido que, después de un mes en Turquía, ya era para mí de sobras conocido, y que siempre me parecía lleno de hipnótica y espontánea armonía. Comenzó con un cántico a mi izquierda, después otro algo más atrás, y luego le siguieron otros dos, lejanos. Pronto el lugar entero pareció llenarse de voces que me hicieron pensar en larguísimos estandartes, verdes, pardos, blancos, que se alzaban hacia el cielo, compitiendo entre ellos, haciéndose sombra unos a otros, ondulando hacia lo alto, entrelazándose. Ya era mediodía.

Caminé de nuevo cuesta arriba. Llegué a la mezquita de Solimán. Me quité los zapatos, me cubrí con mi chal, me ajusté la faldeca que me dieron, y me senté sobre las alfombras a meditar. Los niños jugaban entre las columnas del patio. Algunos hombres, tocados con birretes blancos de ganchillo, oraban en un rincón. Semioculto entre las sombras del fondo, sollozaba un crío, en brazos de su madre. De un vistazo comprendí por qué. “Pero ¿no deberían estar haciéndole una fiesta?”, pensé. Supuse que se la guardaban para la tarde.

Cuando salí de la Süleimaniye, el cielo se nubló. Ya estaba lejos de cualquier posible refugio para cuando estalló la tormenta. Pronto me encontré corriendo por las calles, otra vez sin rumbo fijo, añadiendo nuevas manchas a mi pantalón. La lluvia escampó, y yo me lavé mis bonitos calcetines de lodo grisáceo en la fuente de las abluciones de ¿qué mezquita?… no recuerdo el nombre. Sí recuerdo que un tipo, de los de birrete de ganchillo, se asomó extrañado a mirarme. Y, cuando terminé, partí de nuevo hacia las calles, sintiéndome sola. Demasiado sola. No me gustaba nada aquella experiencia. Pensé en los que viven siempre así: sin hogar, sin compañía, sin dinero. Por unas horas, en aquel último día en Estambul, me convertí en uno de ellos. Y no fue agradable. Parece mentira lo que puedes llegar a echar de menos las discusiones por la ruta a seguir, la charla de un imbécil arrogante, interminables digresiones sobre temas culturales, quejas ñoñas de niñas blandengues, e incluso los exabruptos de algún que otro mal carácter.

Fue al doblar una esquina, que me lo encontré: “Café Coskun”. Me demoré unos momentos frente al cartel de la entrada. Me agradó de inmediato: mesitas de madera sobre la acera, algo simples, pero adornadas con bonitas velas. Mantelitos con bordados sencillos de tonos rosados. Y los posavasos… me fijé en el grabado que llevaban. Deseé tener algo más de dinero para poder sentarme allí, y pedir un refresco, y recostarme en una de aquellas sillitas, y dejar pasar las horas de manera indolente, fumando tranquila los cigarrillos que, en realidad, eran de otra chica, disfrutando de la sombra de los árboles y de la brisa fresca. Me miré una vez más los pantalones. Qué pinta tenía, pensé. Ya iba a escabullirme cuando una cabeza de cabello negro y rizado asomó por la puerta.

–¿Qué quiere tomar?—preguntó en inglés. Yo sonreí y me encogí de hombros, y negué con un tímido gesto. La cabeza se apartó de la puerta, y se convirtió en un muchacho, y entonces yo…

¿Tú, qué, Claudia? ¿Qué pensaste en aquella lejana tarde de verano?

Pensé embobada: “¿Es real?” El sueño hecho carne tendría aproximadamente mi edad: veintiún años. Era alto, delgado pero fuerte, y lucía una irresistible sonrisa.

–Siéntese—invitó aquel chico, animoso. Yo volví a negar con la cabeza. Él mostró unos dientes blanquísimos. Dijo simpático:

–¿No le gusta aquí?

–Me encanta—contesté yo, sonriendo como loca, pues la expresión de su cara era tremendamente contagiosa. Me cayó tan bien, me sentí tan a gusto que, de repente, me confesé:

–No tengo dinero—murmuré avergonzada.

El no dejó de sonreír. Apartó la vista de mí, miró unos momentos furtivamente hacia el interior del local, y luego se me acercó y dijo en voz baja:

–Yo te invito.

Retrocedí asustada. Él lo notó, y se retiró un poco. Siguió sonriendo.

–De verdad, te invito.—mostró las palmas de las manos, como para demostrar que no llevaba ningún arma—De verdad.—rió alentador.—Quiero invitarte.

¿Qué podía hacer yo? Decir que sí, me daba mucho apuro. Decir que no, me parecía una grosería. Y, la verdad, anhelaba más que nada en el mundo en aquel momento sentarme en aquel café tan agradable, acompañada por un chico tan agradable, y contemplar babeando aquel físico que él tenía, tan despampanante y agradable.

Acepté. Pareció jubiloso. Dejó a un lado el trapo de limpiar las mesas, y, mientras yo me sentaba, se marchó a por la bebida.

Menuda estúpida estaba yo hecha, pensé. Le había pedido ni más ni menos que ayran.

–¿Te gusta el ayran?—me preguntó divertido, y yo asentí. Luego pensé que no era lo más indicado para quedar bien frente a alguien. De continuo tenía que limpiarme el rastro blanco del labio superior. A él, la verdad, no parecía importarle.

–¿Qué haces aquí en Estambul?—inquirió.

Yo le conté mi viaje, mis aventuras, mis correrías solitarias de aquel día. Él me escuchaba con atención, sonriendo. Yo le sonreía también, alelada.

Aquel camarero de un cafetín perdía el tiempo sirviendo copas. Pues era, en su aspecto exterior, único, impresionante. Una amalgama perfecta entre Europa y Asia. Recorrí su rostro con la vista pensando en pueblos yendo y viniendo. En jonios de cabello oscuro y tez clara. En turcos de ojos rasgados y mirada fiera. En sirios de piel morena, coronados de rizos. En vikingos bajando por los ríos de Rusia. En judíos de nariz aguileña. En los niños que había visto en los pueblos de Capadocia, de piel cremosa y brillante, y sorprendente mirada verde azulada. Allí estaban todos, frente a mí, contemplándome encantadores y amables mientras sorbía mi bebida regalada. A mí también me dio por preguntar, y pregunté.

Y me contó su vida. Que, en realidad, había nacido en Alemania. Que había pasado en aquel país del Norte casi toda su infancia. Que estudiaba para ser ingeniero. Que el Café Coskun pertenecía a un tío de su padre. Que “coskun”, en turco, significaba “entusiasta”. Que gracias a aquel trabajo se costeaba los estudios, y que le agradaba, aunque pronto iba a dejarlo. Que le había salido una oportunidad de carrera en Kusadasi. Que si quería tomar alguna cosa más…

–No, muchas gracias—dijo yo, firmemente. Él sonrió.

–¿Sabes…?—me dijo. Yo le miré, algo escamada. Entonces él soltó:

–Te invito a cenar.

En el silencio que siguió, percibí el suave aleteo de las palomas en los árboles. Él sonreía. ¡Cómo no!. Y añadió:

–No tienes dinero. Y es tu último día aquí—entrelazó los dedos, como si se dispusiera a cerrar un negocio. Dejó caer un digno final—Será un placer para mí. Estaré encantado.

Yo callé. Menuda oferta. Le miré de nuevo, nerviosa. Él seguía sonriendo, con los dedos entrelazados. Yo dudaba. Además de estar como un tren, tenía muy buenos modales. Sus gestos eran gentiles, educados, algo anticuados. Me pregunté por primera vez qué veía él desde su lado de la mesa. Veía, sin duda, a una turista española jovencita, atontada, ingenua, de cara aniñada, pelo liso y suave, ropas sucias y andrajosas, muy delgada después de tantos días de malcomer y cargar con su mochila, tímida, sin capital, sola y desvalida. Una interesante pieza de caza.

No supe qué hacer. Entonces él dijo:

–Piénsatelo, si quieres.—señaló hacia el local—Mira, yo aquí termino a las nueve.—sonrió de tal manera que casi me dio un infarto—Te esperaré en la puerta. Si vienes, te llevo a cenar a un sitio especial. De verdad, me encantará invitarte.

Nos levantamos. Cuando nos despedíamos, yo algo envarada, él me dijo:

–Toma, llévate este posavasos. Por si te olvidas de dónde estamos.

Se lo agradecí. Pronto me encontré, como en sueños, caminando calle abajo.

Llegaron las ocho. Me encontré con los míos en el lugar indicado. Nos contamos nuestras aventuras. Yo, aun muy confusa, le hablé de mi reciente encuentro a una pareja de novios que me caían muy bien, y que, en cuanto mencioné lo de la invitación, se quedaron algo preocupados.

–Tú sabrás—dijo el chico de la pareja, muy serio, abrazando protector a su novia.—Tú verás con qué habilidades cuentas para, después de cenar, salir corriendo y desembarazarte de un pesado.

Yo le miré avergonzada. Tenía razón, pensé. Después de todo ¿Quién era aquel tipo del café? No sabía nada de él. Ni siquiera su nombre.

Pasaron las ocho, las ocho y media, y llegaron las nueve. Durante ese tiempo me devané los sesos. ¿Qué debía hacer? Estaba deseando acudir a la cita. Pero… ¿era prudente?.

Me habían llamado la atención un par de detalles. Uno de ellos fue que aquel camarero no aprovechó que llevaba un bolígrafo en el bolsillo de la camisa para anotar su nombre, o un teléfono, o cualquier otro dato en el posavasos. Detalle tonto e irrelevante, por supuesto. Pero en aquel momento me pareció sospechoso, raro. Otra cosa que me inquietaba fue que, aun con todo, la sonrisa de aquel muchacho era incompleta. Había algo de recelo en ella. Debo decir que eso me gustaba. Después de todo, aquel tipo tan atractivo no confiaba ciegamente en sus encantos. No lo veía del todo claro. No sentía que tenía la sartén por el mango.

Dudando, dudando, me dieron las nueve, las nueve y media, y, finalmente, las diez. Lo que me decidió a dejarlo correr fue la coquetería: no tenían habitación para nosotros en la pensión cochambrosa que habíamos reservado. No podía darme una ducha, o cambiarme de ropa pidiendo prestada una camiseta y una falda. No podía acompañar a nadie a ningún restaurante vestida como iba, como una pordiosera. Pensé por un fugaz momento, y sintiéndome muy culpable, en una figura esperando frente a un café. Un joven de veintipocos, con las manos en los bolsillos, alisándose nervioso el cabello repeinado, y mirando con inquietud calle arriba, y luego, ya más impaciente, calle abajo. Pobre camarero infeliz. Pobre muchacho solo y abandonado.

Me dio pena. Pero me retenían muchas voces. “No hables con desconocidos”, “No salgas sola de noche”, “Si vas allí, pídele a alguien que te acompañe”,“¿Habéis oído lo que le pasó a esa chica que, estando de viaje, no tuvo cuidado? ¿De verdad? ¡Qué horror!”. ¡Cuántas historias para no dormir!. ¿Y qué tal los titulares? “Joven española de veintiún años desaparecida en Estambul en extrañas circunstancias…” “…la trata de blancas…”. No, no. Nada de imprudencias. Mejor aguantarse, apretarse el cinturón, cenar un triste kebab grasiento y quedarse tranquila en casa.

No volví nunca al Café Coskun. Ignoro si allí me aguardaban ansiosamente con el corazón roto, que lo dudo, o si el deslumbrante camarero se limitó a esperar un rato fumando un cigarro y, cuando lo terminó, se encogió de hombros y se marchó de parranda.

Así terminó la historia. Pero hoy he querido inventarme otros finales.

En uno de ellos, voy a la cita, y el camarero tira la casa por la ventana. Me invita al restaurante más caro de Estambul, con velitas y todo. Cenamos, charlamos, y… bueno, luego hay champán, más velitas, sedas y raso, una hermosa vista sobre el Bósforo, un brindis de anuncio, algunos bombones y, tal vez, una gran bañera de hidromasaje.

En otro de los finales, el más siniestro, mi cara aparece debajo de un letrero: “Vista por última vez…”.

En el tercer final, el que se me antoja más probable, ocurre lo siguiente:

Después de cenar tranquilamente en el restaurante modesto pero acogedor de su mejor amigo, salimos a la calle, un poco borrachos. La cerveza Efes y el vaso de raki se nos han subido a la cabeza. Estambul, a esa hora es cálido: el asfalto libera todo el calor acumulado. Yo le digo: “¿A dónde vamos?” Y él se encoge de hombros. Yo dudo ¿Y si me marcho ahora? La paloma se escapa viva, después de todo. Entonces él dice, con cierta indolencia: “Yo vivo aquí al lado”.

Entramos en el piso. Es pequeño, y está abarrotado. Él desaloja de una patada el sofá del salón. En él duerme un amigo, o tal vez un hermano. El desalojado se mosquea. Negocian entre los dos en turco, y llegan a un trato. Nos quedamos solos, mi anfitrión y yo. Sonríe y me invita a sentarme. Yo paso la mano por encima de ese sofá que me recuerda horrores al de la casa de mi abuela. Me dice: “¿Quieres beber algo?”. Digo que sí, y él me entrega un vaso. Raki, whisky, lo que sea. Brindamos, y se sienta a mi lado.

¿Qué pasaría en aquel momento por la mente de aquel camarero de barrio? Y, por cierto ¿Cómo se llamaba? Tal vez tenía un nombre turco tradicional: Mehmet, Metin, Orhan, Emir… Tal vez tenía uno de esos tan raros que hacen soñar: Volkan, Tolga, Gökhan, Tugrul…

¿Quieres conocer Estambul, chica española? Yo voy a mostrártelo. Comenzaremos la visita ahora. Bienvenida a mi casa. Poco espaciosa, y llena de trastos. A mi madre le gusta guardar cosas. Disculpa a mi hermano. Entra a trabajar dentro de un rato, turno de noche, ya sabes. Duerme aquí para no molestarnos. Somos cinco, y todos nos levantamos temprano.

Tómate el whisky, sin prisas. No te preocupes, que llegarás a tu avión sana y salva. Tan sólo concédeme tus últimas horas aquí. Y te enseñaré una ruta que pocos conocen. Seré tu guía. Dame tu mano. Confía en mí, que yo no te defraudo.

¿Estás lista? Comenzamos. Da un paso hacia delante. Yo ya estoy preparado.

Veo que eres más atrevida de lo que pensaba. Eso me gusta. Tómame del brazo. Vamos a salir de una vez de este caluroso cuarto.

¿Por dónde empezaremos? Creo que por lo de siempre: primero visitaremos juntos un templo sin nombre de seda y marfil. Recréate en él todo lo que quieras. Soy un guía complaciente. Permitiré que, mientras admiras el lugar, recorras los mosaicos con la mano.

Salimos de este templo, pero no te preocupes: si te ha gustado, volveremos. Ahora recorreremos las oscuras calles. Yo te iré guiando. Déjame bajar por esta amplia avenida. Esta noche está más hermosa de lo que pensaba. ¿Te gusta este lugar? Creo que sí. Blanco mármol, cúpulas, y una fuente, en sombras y arbolada. Deja que me moje las manos. Bebe sin miedo. Tenemos mucho tiempo aun. Vamos a refrescarnos.

¿Aun tienes sed? No me extraña. Es una noche muy calurosa. Adelante, recorre el lugar. Visita la negra arboleda. Ahora está en silencio, pero pronto sentirás en tus oídos las voces que bullen adentro. Contempla el reflejo de tu rostro en los estanques. ¿Qué es lo que ves en sus aguas azules? Sonríes. No dices nada. Anda, pasea a gusto por entre los juncos. Y permanece unos instantes en este fresco rincón. Cierra los ojos ¿No sientes el aroma? Café, canela y tabaco, en la mañana. Algo de menta, hacia la tarde. Y, por la noche, anís, un toque de naranja y, también, sándalo.

Me gusta pasear por Estambul contigo. Es mejor de lo que me esperaba. ¿Sabes? Cuando te vi en el café, pensé: “No querrá entrar en un lugar desconocido”. Pero veo asombrado que no retrocedes ante nada.

Como eres valiente, te conduciré a lo mejor de la visita. Y aquí, te recuerdo, yo soy el guía. Dame las manos. Olvídate de todo. Déjate conducir y disfruta de las vistas.

No nos demoremos más. Voy a hacerte subir por las calles en cuesta. Te haré recorrer intrincados Ayasofia-Icallejones que huelen a especias. Entraremos juntos en un templo maravilloso, mi monumento favorito, ni iglesia, ni mezquita. Tiene muchos nombres. Antes de entrar, mírame a los ojos. Devuelve mi mirada. Veo estrellas en el cielo. Sujétate a mí. Hay rosas rojas asomando entre las cortinas.

En el templo se encienden ya todas las luces ¿No es hermoso? ¿De qué te ríes? De mi cara, sin duda. No me extraña. Estoy muy contento. Este recorrido por Estambul es más divertido de lo que yo pensaba.

No puedo creerlo. Cómo brillan los mosaicos en el interior del templo. Cómo cantan las voces que viven dentro. Estoy extasiado. Creo que hoy anotaré algo nuevo. Esta noche va a haber fiesta en mi ciudad.

Subamos deprisa la Torre de Pera. Son muchos escalones, pero vamos rápido. Date prisa. Ya empieza el espectáculo. Fuegos en la noche. Mira hacia arriba ¿Los ves? ¿Cómo vas a verlos? Si hace ya rato que tienes los ojos cerrados…

Rojo, oro, verde y amarillo. Plata, cobre, azul y esmeralda. Incluso el violeta, el más raro. Hoy están todos. No falta ni uno. Todos los barrios: Sultanahmet, Eminönü, Uskudar y Besiktas… Qué hermosura. Parece que se ha hecho de día.. Disfruta de lo que ves y de lo que escuchas. Te aseguro, mi niña, que yo disfruto como un loco de esta maravilla…

Terminaron los fuegos. Terminó el espectáculo. Déjame que respire. Estoy cansado. Hemos recorrido un largo camino, aunque tú no te hayas enterado. Descansa unos momentos. Deja que la brisa te acaricie el cabello. Apoya tu cabeza en mi hombro. Respira hondo ¿no hueles el mar?

Bueno, se acabó la ruta. No ha sido larga, pero espero que no te haya defraudado. Creo que no, que estás contenta. Lo noto por tu sonrisa.

Adiós, chica española. Tan sólo una pregunta ¿Te gusta Turquía? ¿Te gusta mi ciudad?

Cómo te veo sonreír ahora. No me extraña. Mi recorrido nunca falla. He hecho ese camino cientos de veces. Lo conozco como la palma de mi mano. Muestro los lugares que nadie conoce. Sé lo que mis invitados quieren ver. Jamás decepciono. Así pues, no hables. No es necesario. Lo leo en tu cara. Te ha gustado. Cuando vuelvas a España, le dirás a todo el mundo: “Qué hermosa es Turquía. Qué rincones tan bellos. Es tan emocionante y exótica y taaan sensual…”

Adiós, española. Nos despedimos. Dame dos besos y vuelve a tu tierra. No contestes a mi pregunta. Imagino muy bien cual va a ser tu respuesta.

No ocurrió jamás, claro. No hubo fuegos artificiales esa noche, ni caminatas nocturnas por Estambul. Lo que sí hubo fue una juerga monumental en una azotea. En la pensión no había cuartos para todos. Así pues, lo echamos a suertes, y a unos pocos nos tocó dormir arriba. Arriba del todo. La noche era cálida, y no hacía viento. Antes de desenrollar los sacos, nos sentamos y charlamos. Recordamos los mejores momentos del viaje. Alguien trajo un melón (qué cosas), y lo descaperuzó de un tajo. Lo vaciamos, y lo rellenamos con una mezcla explosiva de la que me arrepiento de no haber tomado la receta. Fumamos todo lo fumable, reímos, cantamos y bebimos lo que no está en los escritos. Alguien comentó que el Bósforo, esa noche, parecía la Gran Vía de Madrid en hora punta. Era cierto. Los barcos subían y bajaban de tal manera que sólo faltaban los guardias gesticulando frenéticos, y los semáforos provocando tremendos atascos.

Lo pasamos muy bien. Apenas dormimos. A las pocas horas, un autobús vino a buscarnos. Llegamos a Madrid, ojerosos y agotados. Descansé, le mostré a mi madre los pantalones irreparables, comprobamos atónitas que se tenían de pie solos, y, a las pocas semanas, volvió la rutina. Los exámenes, el nuevo curso, el otoño, y luego,… el frío. Revelé las fotos, las pegué en un album, las mostré a los amigos. Al verano siguiente llegó otro viaje. Y luego, otro verano, y luego,… el resto de mi vida.

Hacía años, años de verdad, que no pensaba en aquel último día en Estambul. Qué fácilmente se olvida uno de lo que nunca ha vivido. No me acordaba de ¿cómo se llamaría aquel camarero? ¿Orhan, Metin, Tugrul? Quién sabe.

Sólo sé que, el otro día, cuando ordenaba mis libros, sonreí al encontrar, dentro de una guía de Estambul, que olía a té, a especias, a cuero y a papel viejo, un bonito, elegante y ya bastante ajado posavasos.

Bluemosque-I



Claudia Aynel


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Si tú me cuidas 24 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 14:04
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SI TÚ ME CUIDAS


La vida puede empezar cualquier día, en cualquier momento


El hombre estaba acostado en el ataúd. Tenía las manos entrelazadas sobre el pecho. Los ojos cerrados. El gesto grave. El tono marfil de los satenes contrastaba con la hermosa y pulida madera oscura, bellamente trabajada. Una lejana música religiosa, interpretada al órgano, proporcionaba al ambiente un tono de melancolía y recogimiento como sólo la música sacra es capaz de lograr. Tras un silencio en el hilo musical el hombre del ataúd abrió los ojos. Se incorporó con inesperada agilidad y se puso en pie. El vendedor le ayudó a salir de la caja sujetándolo por los brazos mientras sonreía satisfecho.

– No me diga, Paco, que no es cómodo. Paco se ajustó el pantalón y la chaqueta. Sacó un peine del bolsillo de la camisa y se atusó el cano cabello con un coqueto gesto hasta que todo estuvo en su sitio. El peine desapareció nuevamente en el bolsillo.

– Sí. La verdad es que es muy cómodo. Pero también es muy caro y no sé yo si me lo puedo permitir.

– Paco, ya sabe que se le puede financiar con unos plazos muy cómodos y…

– Sí, sí, ya me lo has explicado. Pero yo no creo que me quede mucho tiempo para tanta letra. Lo necesito ya. No me queda mucho tiempo, no. El vendedor se acercó a Paco y le pasó un brazo por el hombro. Le dio un cariñoso apretón y le zarandeó suavemente.

– Paco, usted no tiene ninguna enfermedad grave y está como un roble. ¡Si no tiene ni sesenta y cinco años, por Dios! ¡Cómo puede decir que no le queda tiempo, hombre! ¡Tiene mucha vida por delante!

– Yo me entiendo, Blas, yo me entiendo. La tristeza. Esa es la enfermedad que tengo y sé de buena tinta que se ha llevado a muchos… ¡y me llevará a mí! Desde que me dejó mi querida Clara la vida se me hace muy cuesta arriba. ¡Si por lo menos hubiéramos tenido hijos…! Ya no trabajo, ya no hago nada, ¡ya no sirvo para nada!

Blas palmeó con calidez la espalda de su amigo. Era muy evidente la falta de ilusión que dominaba a ese hombretón de metro noventa. Arrastraba las palabras al hablar y arrastraba su enorme corpachón al caminar. No quedaba casi nada de la impresionante vitalidad que siempre había manifestado desde que Blas le conoció, cuando ambos eran niños. Únicamente sus hermosos ojos verdes dejaban ver un resto de emociones cuando algo le fastidiaba o se le contradecía. Por lo demás, era muy notable el cambio que Paco había sufrido tras la muerte de su esposa, un año atrás. Blas se negaba a darle por perdido y, siempre que le veía, intentaba inyectarle unos ánimos y una alegría que hacía muchísimo tiempo había enterrado junto con su amada compañera.

Se dirigieron a la salida de la tienda. Ya continuarían la venta en otro momento. A Blas no le agradaba atender a su amigo en estos negocios. Y dos veces en menos de un año, dos ataúdes en tan poco tiempo, eran demasiado. Paco necesitaba un poco de ánimo, algo en lo que demostrar que todavía le quedaba muchas cosas por hacer en esta vida. Aún se sentía triste, pero sólo era cuestión de tiempo, de algo más de tiempo.

Paco se pasó por la tienda de doña Elvira para comprar algo de fruta y algo de pan para la comida. Cuando pagó a la dueña, no fue consciente de que Lola, su vecina de dos casas más arriba en su misma calle, se acercaba rauda a saludarlo con un brillo especial en los ojos. Paco salió del comercio sin escuchar el saludo que la pobre mujer le dedicó junto con una amplia sonrisa, que no pasó en absoluto desapercibida para Elvira que la miró con un brillo burlón mientras le preguntaba:

– ¿Te cobro ya, Lola?

Doña Elvira se zambulló en sus pensamientos mientras con la mirada seguía el caminar lento y pesado de Paco dirigiéndose a su casa. Desde que se había quedado viudo muchas mujeres le observaban bajo una luz diferente. Era un hombre bueno y se había quedado solo. Indiscutiblemente era un objetivo estupendo para tanto corazón solitario como había en aquel pueblo de la sierra de Madrid. Paco, ajeno a tanto interés por su persona, subió la empinada calle hasta su casa, en la parte más alta de la población, cerca de la iglesia y de la plaza vieja. Esa zona del pueblo estaba quedándose deshabitada. Se trataba de casonas viejas y frías, sin los adelantos y las comodidades que hoy día deseaban las personas más jóvenes cuando buscaban un hogar para empezar una vida con sus parejas, con sus hijos. Por el contrario, cerca del valle, junto al río que nacía en la hermosa sierra que coronaba aquél bello paraje, las casitas adosadas no paraban de crecer. Interminables hileras de pequeñas construcciones siamesas estaban haciendo muy rentable el suelo urbanizable del pueblo, que rápidamente se había llenado de coches nuevos, de jardincitos de diseño y de sillitas infantiles. Pero en la parte alta, donde Paco había compartido más de cuarenta años con su esposa, las abandonadas viviendas se estaban empezando a caer por el descuido y el olvido. En poco tiempo, la vieja iglesia sería la única construcción útil de esa zona. Sólo los gatos campaban por aquellas ruinas aprovechando los huecos en los cristales de las ventanas que infantiles manos habían horadado con enormes pedruscos. Debía ser un entretenimiento muy divertido porque no había ni un cristal indemne en toda la calle. Únicamente la casa de Paco y la de la señora Lola permanecían sorprendentemente vivas y luminosas por el encalado reciente y por las macetas con geranios. Parecían dos faros de color y pulcritud en medio de tanto abandono y tristeza gris.

Paco se acercó a su casa con la llave preparada para abrir. Por el rabillo del ojo le pareció ver algo que se movía en la casa contigua a la suya. No pudo evitar el impulso de pararse y mirar. Cuando pensó que se encontraría con uno de los miles de gatos que haraganeaban por las vacías casas, se encontró con una carita que le miraba a través de uno de los resquebrajados cristales de la casona. Unos bonitos ojos rasgados le sostuvieron la mirada durante unos segundos y después se perdieron en la oscuridad. Paco se sorprendió. No había sido una ilusión, había visto la cara de un niño a través de esa ventana. Bueno, no era nada extraño que los niños del pueblo, que cada vez eran más gracias a las nuevas construcciones, se divirtieran entrando y explorando en las viejas viviendas. Seguro que estarían recopilando tesoros y viviendo aventuras. Terminó de cenar y lavó su plato en el fregadero de piedra. Clara le había acostumbrado a lavar y guisar durante el tiempo que habían vivido juntos. Y, la verdad, siempre estaría agradecido por esa insistencia que, en esos días de soledad y tristeza, tanto le estaba ayudando a sobrevivir. Aún recordaba a su Clara con los brazos en jarras, los puños sobre las orondas caderas, mientras le reñía sonriendo por dejarse los platos sucios con restos de comida y fruta. <<Tienes que aprender, Paco. Si algún día me pongo mala o, Dios no lo quiera, falto tienes que saber valerte y hacer las cosas>> Quizá ella siempre supo que sería la primera en marcharse y necesitaba estar tranquila al saber que su querido marido se bandeaba a las mil maravillas con las tareas de casa. El sonido de un llanto sacó a Paco de sus recuerdos. Era un llanto infantil, sin duda. Se escuchaba en el patio de la cocina. Se acercó a la puerta y aguzó el oído. Un susurro impaciente acabó con el llanto. Una ventana se cerró de golpe dejando los cristales temblando. <<Bueno –pensó Paco-, está claro que aquí viven algo más que gatos>>. Recordó la carita infantil que esa mañana le había observado. Ruido de sillas al ser arrastradas y otra vez el gimoteo del niño. La puerta principal se cerró de golpe haciendo respingar a Paco. Y nada más. Escuchó con atención por si captaba algún otro ruido. Dos, tres minutos. Nada. Eran las diez de la noche. No le apetecía ver la televisión, así que decidió irse a dormir. No tenía nada mejor que hacer. Sentía cómo su solitaria casa, antes tan alegre y vital, le aplastaba y le hacía el aire casi irrespirable. Con el pijama ya puesto se sentó en el borde de la cama. No pudo evitar una mirada al otro lado del lecho, vacío y frío. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se le atenazó la garganta. Abrió el cajón de su mesilla y sacó una caja de medicamento. Sacó del envase una pequeña pastilla. Tras dudar un instante, sacó otra. Se las tragó con un buche de agua. Se recostó, apagó la luz de la mesilla y se tapó con las frescas y limpias sábanas que había puesto esa mañana. Clara estaría muy orgullosa de él. Se giró hacia el vacío que hasta hacía un año había ocupado su gran amor. Lo acarició y, dejando la mano sobre la inmaculada almohada, como si acariciara su tan anhelado rostro, cerró los ojos y se durmió. Las lágrimas no dejaron de rodar por sus mejillas hasta que la respiración fue acompasada y relajada por el medicamento.

Por la mañana salió temprano. Tenía cita a primera hora con el médico de cabecera. Siempre dejaba la Cartilla de Largo Tratamiento en el buzón de la consulta, pero esta vez don Pedro, a parte de las recetas, le había incluido una nota con una cita y un escueto mensaje: No te receto más hasta que vengas a verme. Y allá se dirigía. Sabía lo que el médico le iba a decir. Desde el primer día que le pidió pastillas para poder conciliar el sueño le había insistido en que debía ser visto por un psicólogo. Paco se había negado en redondo. ¡Ni hablar, él no iba a un loquero, sólo necesitaba dormir! Pedro lo había dejado pasar y no había insistido hasta después de varias recetas. El ultimátum llegó el pasado viernes con la nueva remesa de medicamentos.

Cerró la puerta de su casa. Quitó un par de hojas marchitas de los geranios de la ventana y se anotó mentalmente no dejar de regarlos cuando regresara. Ya iba haciendo calor y la tierra estaba muy seca. Al pasar junto a la ventana de sus nuevos vecinos, miró buscando la cara infantil. Acercó la cara al roto cristal y se hizo pantalla con las manos. No vio nada. Cuando se erguía para irse a su cita una vocecita le asustó.

– ¡Hola!

Volvió a asomarse por la ventana. Nada.

– ¡Hola, hola!

Giró la cabeza y vio la carita asomando por la puerta principal. Un bonito rostro infantil le miraba sonriendo de oreja a oreja. Tenía los claros ojos rasgados como los de los orientales. El pelo lacio, rubio muy claro y muy sucio se le pegaba a la frente y las mejillas. No debía tener más de cinco o seis años. Paco no supo calcularlo con certeza. Su contacto con niños había sido muy limitado. No estaba seguro de si era un niño o una niña. Los roñosos mechones de cabello no bajaban más allá de las orejas y aparecía desgreñado y cortado como a mordiscos.

– ¡Hola, gigante!- asomó el resto del cuerpo por la puerta.

No tenía zapatos y se cubría con un sucio y andrajoso vestido de tirantes. <<Debe ser una niña… si lleva vestido>>. La niña estaba ahí plantada delante de él y parecía una muñeca abandonada. Pero a ella parecía no importarle demasiado. Estaba encantada de hablarle y de estar frente a él.

– ¿Cómo te llamaz? Yo me llamo Lucía.- Se señaló con el pulgar.

– Paco, mi nombre es Paco.- Asomó lo que pudo la cabeza por la entreabierta puerta y comprobó que la pequeña estaba, aparentemente,    sola – ¿Dónde está tu mamá?

La niña entró corriendo, entre risas, en la casa y cerró la puerta de golpe. Paco se quedó ahí plantado sin saber muy bien qué hacer. Se fijó en que la madera necesitaba un buen lijado y una mano de pintura y que la cerradura aparecía oxidada y agrietada. Con un brusco gesto miró el reloj. ¡Era tardísimo, perdería el turno y después los muchos pacientes que a diario se agolpaban a la puerta de la consulta de don Pedro le sacarían las entrañas si intentaba entrar con la hora pasada! Apretando el paso y olvidando instantáneamente su encuentro se encaminó al Centro de Salud. La bronca, por un lado o por otro, estaba asegurada.

Esa tarde decidió sentarse en su patio y leer un rato. Los días ya eran más largos y cálidos, por lo menos mientras duraba la luz del sol. Sin duda se trataba de un mes de marzo extraño. Casi no hacía frío por las noches y los días eran bastante calurosos. Al fondo, en su cocina, se escuchaba la radio de la que salían unas cálidas y hermosas notas. No era un experto en música clásica pero sabía lo que le gustaba y lo que no. Celebraban algún evento relativo a Mozart y todos los días emitían una obra de este compositor. Indudablemente esa música le extasiaba. Sabía que si Clara pudiera escucharla estaría completamente de acuerdo y…

– ¡Hola, gigante!

La carita asomaba por el borde del tabique que separaba ambos patios. Estaba algo más limpia y alguien intentó recoger los cabellos hacia un lado con una horquilla. Paco la miró con algo más de detenimiento y entendió el porqué de esos ojos rasgados. La niña no sonreía. No había visto muchos casos pero entendió que se trataba de uno de esos críos que nacían con el Síndrome de Down. Lucía era muy guapa. Apoyaba la barbilla sobre las manitas y éstas descansaban sobre el borde del muro.

– ¿Qué haces? ¿Qué lees? ¿Un cuento? ¿Me lo puedes leer?

– ¿Estás sola? –Paco se asomó por encima de la gastada piedra y vio todo el destartalado patio de la casa vecina. La niña estaba sobre cajas apiladas unas sobre otras en peligroso e inestable equilibrio- ¿Y tu mamá, no está contigo?

– No. Ha ido a hacer cozaz.- La sonrisa iluminó nuevamente la carita- ¿Me lees el cuento?

– Creo que será mejor que te bajes de ahí o te caerás

La agarró por debajo de las axilas y la levantó, haciéndola pasar sobre el muro y bajándola al suelo de su patio. La niña, aún sonriente, lo agarró la mano y tiró de él hasta la mesa donde descansaba el librote que Paco había estado leyendo. Lo tocó con un dedito sucio y levantó la vista hacia él. Desde su enorme altura era evidente que la niña era muy menuda. Se sentó en la única hamaca que estaba junto a la mesa. Tomó el libro y le enseñó la portada. Se trataba de El Señor de los anillos. La niña se sentó en el suelo y, sin dejar de mirarle, apoyó la barbilla sobre las rodillas flexionadas mientras que se abrazaba ambas piernas. Paco leyó en voz alta desde el punto en el que lo había dejado. A Lucía no pareció importarle demasiado que fuera por la página quinientos veinticuatro. La niña no perdía palabra y estaba extasiada, los ojos de par en par, casi redondos, la boquita abierta. Una hora más tarde ambos tomaban leche con galletas en la fresca cocina de Paco. Ninguno hablaba. Sólo se escuchaba el masticar desordenado de Lucía y los grandes sorbos que le daba a la leche, que le goteaba sin control por las comisuras de la boca, la barbilla y el cuello. Cuando acabaron le explicó a la niña la importancia de dejarlo todo recogido. La enseñó a fregar los vasos y a recoger las migas y guardar la servilleta. Después la llevó al baño y, subida en una banqueta, le mostró cómo debía lavarse la cara y las manos con agua calentita y jabón. La niña miraba con adoración a Paco. Todo le parecía bien y todo lo repetía hasta que conseguía hacerlo correctamente. Cuando la luz del sol hacía rato que se había ido, Paco llevó a Lucía a su casa. La puerta de la calle estaba entreabierta y no había nadie. La niña se metió en la casona y mirándole se despidió con su cantarina voz hasta el día siguiente, cerrando la puerta tras de sí. Esa noche Paco estuvo un buen rato despierto en la cama, boca arriba, con las manos bajo la cabeza. Lucía pasaba mucho tiempo sola. Iba desaseada y andrajosa. Estaba un poco descuidada, sin duda. No sabía si sería prudente, pero tendría que hablar con su madre al día siguiente sin falta. Apagó la luz de su lamparita de noche, se giró en la cama hacia el lado vacío y cerró los ojos. Esa noche sólo tomó una pastilla. Estaba cayendo en un agradable sopor cuando un llanto le volvió bruscamente a la conciencia. Un llanto infantil. El llanto de Lucía se escuchaba al otro lado del tabique. La escuchaba suspirar lastimeramente. Un pellizco le atenazó el corazón. ¿Estaría sola? ¿Tendría miedo? Se la oía con sorprendente cercanía, como si no hubiera una pared por medio, un lloriqueo agudo, con hipo, angustioso. Paco se incorporó y hablo a la pared:

– ¡No llores, nena!- su voz le sonó extraña y estridente en la noche- ¡No llores, Lucía, mañana seguiremos con la historia de Frodo y de Trancos y de los elfos! ¡No llores, nena!

Al poco, el llanto cesó. Paco se descubrió acariciando el papel pintado de la pared como si de la entrañable carita se tratara. Se recostó nuevamente y lanzó a la noche:

-¡Duerme, Lucía, duerme y buenas noches! ¡Yo estoy aquí, estoy aquí!

Lucía tenía los párpados apretados, arrugados, en un vano intento de que no le entrara jabón en los ojos. Era evidente que no estaba acostumbrada a la sensación del champú y el agua en su cabeza y se removía mientras palmoteaba a Paco en los brazos. El suelo del cuarto de baño estaba anegado de agua jabonosa y un agradable perfume a flores rebosaba en el ambiente. La niña daba pataditas en las patas de la banqueta en la que estaba subida para que llegara al lavabo. No lloraba, pero chillaba con tal intensidad que a Paco le pareció que le estallaban los tímpanos. Media hora después, Lucía sonreía al ver su reflejo en el espejo mientras la peinaba con la raya al lado y le sujetaba el sedoso pelito rubio con un pasador en forma de osito que esa mañana le había comprado cuando pasó frente al escaparate de la mercería de la señora Consuelo. La dependienta le vendió el pasador sin dejar de sonreírle y aguantándose unas irrefrenables ganas de sondearle, de interrogarle, sobre la destinataria de tan sorprendente compra. Paco salió del establecimiento sin dar ni la más mínima explicación, caminando con una soltura y una agilidad desconocidas en él desde hacía mucho tiempo y apretando en su manaza su bonito regalo. La niña estaba preciosa. A parte de la mugre del pelo le había liberado también de la suciedad de la cara, manos y pies. Descubrió que la nena tenía la piel blanca y llena de pequeñas pequitas rosadas. Con los días se fueron haciendo inseparables. La niña no contestaba ninguna pregunta referente a su madre o a algún otro familiar. Pero era evidente que, a parte de la voz de mujer que escuchaba a través del tabique todas las noches, Lucía estaba totalmente sola. La niña hablaba muy mal y ceceaba. En un par de días Paco consiguió que usara las letras de forma más o menos adecuada y que fuera aseada y peinada. Leyeron todo el libro del Señor de los Anillos y empezaron con avidez La Historia Interminable. Lucía tenía una memoria impresionante. Se acordaba de todos los personajes y de todas las historias y todos los lugares en los que las aventuras se iban sucediendo. Adoraba a Paco. Lo abrazaba y lo agarraba como si no se creyera la suerte que tenía de haberle encontrado. Casi nunca le llamaba por su nombre sino que se refería a él como Gigante. Todos los días la daba de desayunar y de comer. Si a alguien le molestaba que la niña estuviera con él, no lo hacía saber. La compró unas zapatillas de lona y varios pares de calcetines que él mismo fue cambiándole y lavándole. Poco a poco la niña fue tomando un aspecto más saludable gracias a la variada alimentación que Paco le iba proporcionando. En sólo una semana desde su primer encuentro la transformación de Lucía era asombrosa. E, indiscutiblemente, la transformación de Paco también.

Lola fue testigo desde el primer día de la amistad de Paco y la niña. Vio cómo se hicieron amigos inseparables y fue escuchando cómo, poco a poco, un mar de venenosos rumores arrasaba todos los rincones del pueblo. Eso a ella le causaba un enorme malestar dado el gran aprecio –y algo más, para qué negarlo- que sentía por su vecino. Se había divorciado hacía cinco años y sabía perfectamente lo penoso y desagradable que resultaba ser el objeto de los cotilleos y los comentarios dañinos que la gente soltaba sin pudor, agigantándolos y retocándolos al gusto del maledicente de turno. Nadie parecía entender que su vida personal le pertenecía sólo a ella y que, además, no tenía por qué soportar a un tarugo que la pegaba e insultaba cuando le parecía. Sabía lo que era sufrir los juicios errados de sus vecinos y el ostracismo consecuente. Y eso mismo estaba pasándole a su vecino Paco. Los rumores que le llegaban como puntas de flecha ponzoñosas hacían referencia a una amistad no muy sana entre un viejo –verde- y una tierna niña discapacitada. Sabía a ciencia cierta que las personas que actuaban como mensajeras disfrutaban soltándoselo a Lola como quien no quiere la cosa. Estaba claro que la atracción que ella sentía por su vecino era más intuida que conocida, pero el gremio cotilla del pueblo había dado de pleno en el clavo. Lola no podía soportar que despellejaran a Paco con esos comentarios malintencionados y embusteros por lo que decidió tomar cartas en el asunto.

Esa mañana, antes de que Paco pasara a la casa de al lado para ir a recoger a la niña, Lola ya estaba preparada en su puerta, atenta a la salida de su vecino. Se notó nerviosa como una adolescente esperando ver al hombre que no podía quitarse de la cabeza. La relación no era fluida entre ambos. Ella llevaba poco tiempo en el pueblo, sólo tres años. Él había estado muy ocupado atendiendo a su mujer en los años que estuvo enferma hasta su fallecimiento. Desde ese día, Paco se había encerrado en sí mismo y no había reaccionado como Lola hubiera deseado ante sus estériles intentos de iniciar una amistad. Sin explicarse cómo, sabía que él era una buena persona, le gustaba su porte enorme y robusto y sus inteligentes ojos verdes dejaban mostrar muchas cosas, pero ninguna era parecida a la maldad o a la mentira. Siempre miraba de frente y eso era muy importante para ella.

Los cerrojos de la puerta de Paco resonaron al abrirse desde dentro y Lola sintió cómo le latía el corazón con una fuerza rabiosa en el pecho, en la garganta. Cuando le vio aparecer, afeitado y arreglado, estuvo tentada de meterse de nuevo en su casa y en sus asuntos. Pero, no, se dijo, debía intentar explicarle a ese buen hombre lo que estaba pasando.

– ¡Paco!-. Escuchó su voz y no se reconoció. Él giró la cabeza y la miró. Lola creyó que no le saldría la voz- ¡Buenos días! ¿Podría hablar un momentito con usted?

La voz se le quebró en un gallo y notó cómo se ruborizaba. Él la miró dudando. Hizo un gesto hacia la casa vecina, pero no se movió. Lola decidió ser ella la que se acercara. A su lado se sintió demasiado menuda y acogotada, pero nada en el gesto de Paco la hizo echarse atrás en su decisión. Él se mostraba intrigado y, quizá, algo incómodo, pero no molesto o enfadado.

– Buenos días, señora Lola. –su voz sonaba amable y tranquila.- Usted dirá.

– Bueno… la verdad es que se trata de algo delicado y no deberíamos hablar en medio de la acera. Si usted lo desea podemos pasar a mi casa y le invito a un café.- Lola enrojeció hasta quemársele las mejillas. Lo que había dicho podía sonar muy mal… Como él dudaba, añadió: – Se trata de la niña.

Paco hizo un gesto defensivo inconsciente. Con voz apagada espetó:

– Preferiría que habláramos en mi casa, si no le importa.

Lola asintió. Entraron en el recibidor y dejaron la puerta de la calle abierta. Si alguien les veía, allí de pié, no podría murmurar memeces. Decidió explicarle sin tapujos lo que estaba pasando en el pueblo, los rumores que le afectaban de una forma tan injusta. Le explicó que ella sabía quién era la madre de la niña. La había ayudado el día que se mudó y había podido hablar unos momentos con ella. Esa mujer era evidente que estaba enferma. Tuberculosis en tratamiento, dijo ella. Alcohol o drogas, dedujo Lola por la delgadez extrema, por el color y aspecto de su piel, por los ojos vacíos y la mirada ausente, por la lengua pastosa y las palabras caídas, por la torpeza de sus movimientos y la falta de equilibrio… Paco la escuchó sin interrumpirla. Sus ojos iban arrugándose o entrecerrándose según asimilaba la información, pero en ningún momento se apartaron de la cara de Lola.

– Es evidente que la niña está mal cuidada por su madre -continuó Lola consciente de que su vecino no mediaría palabra hasta que terminara su explicación-. Aparece sucia y mal alimentada, mal vestida para la época que estamos, está sola en la calle todo el día y quién sabe qué más. Usted la está atendiendo en lo que puede, eso es evidente, pero quizá no sea suficiente. Es una niña con necesidades especiales, debería ir al colegio. En definitiva, quizá, se debería advertir a las autoridades para que se hagan cargo y la atiendan como es debido. Estamos obligados a denunciar todo maltrato o abuso a un niño y este caso puede que lo sea.

Paco bajó la mirada a sus zapatos. Estaba sopesando todo lo que esa vecina, con la que nunca había cruzado más de tres palabras, le estaba soltando, así, de sopetón. Y le había cogido desprevenido. Nunca se habría imaginado que la gente del pueblo interpretara de una forma tan repugnante su interés por una niña pequeña. Debía haber mucha mente retorcida. Todos le conocían de toda la vida y eran capaces de juzgarle tan mal. Volvió a mirar a Lola a la cara. Esta mujer parecía sincera, parecía realmente preocupada, pero Paco no sabía qué decir. Iba a intentar explicarle a la mujer lo que creía que debían hacer cuando, de repente, escucharon un estruendo de cristales y de algo metálico al caer. Inmediatamente, un grito desgarrador les llegó como un mazazo. Paco supo inmediatamente de dónde procedía. Lola también. Como movidos por un resorte salieron corriendo a la calle y se encaminaron a la casa de al lado. La puerta de la calle se abrió temblando por la patada que le dio y fue a golpear la pared rebotando y volviéndose a cerrar. Paco golpeó otra vez y la sujetó con el pie. Cuando entraron se encontraron a la niña bajo una estantería metálica y rodeada de cristales rotos. Paco se aturulló por los gritos sin control de la niña. Estaba sentada entre dos baldas del mueble de aluminio y con varios reguerillos de sangre corriéndole por la cara, el pecho y los brazos que agitaba como una loca. Cuando Lucía vio a Paco se levantó y corrió hacia él. Lola suspiró aliviada. Parecía que, más que graves heridas, la niña sólo se había llevado un gran susto. Tomó una toalla aparentemente limpia que había sobre una silla y abrigó a la nena, que sólo llevaba un fino camisón de tirantes. Él cogió a Lucía en brazos y salió por la puerta como una exhalación hacia su propia casa. Lola no lo dudó y le siguió, a su vez. Él no cerró la puerta de la calle al entrar, pero la mujer no pudo evitar cierta vacilación a entrar sin ser invitada. Paco la llamó desde una zona interior de la casa pidiéndole ayuda, que trajera no sé qué del mueblecito del cuarto de baño. Lola entró y cerró la puerta tras de sí.

Por la tarde la niña dormía tranquila en la habitación principal. Paco y Lola tomaban café en la sala contigua, sentados alrededor de una mesa camilla. Habían hablado durante horas. Él había aceptado el prudente criterio de la mujer. Curaron las superficiales heridas que Lucía presentaba por diversas partes del cuerpo, la habían bañado y la habían acostado tras darle un vaso de leche calentita con galletas. Inmediatamente se había dormido y así seguía. Habían decidido esperar a que la madre regresara y hablar con ella. Ese día no pasaría sin que Lucía tuviera una solución adecuada. Eran las cuatro de la madrugada. Lola y Paco se habían quedado dormidos. Ella en el sofá. Él, en el sillón de orejeras. El ruido de la puerta vecina les despertó bruscamente. Retirando con un súbito movimiento la manta de cuadros que la tapaba y desprendiéndose a duras penas del espeso velo del sueño, Lola salió junto a Paco a la calle. En la acera vieron cómo se encendían las luces de la casona de al lado. Llamaron a la puerta. Escucharon una voz de mujer pero no entendieron lo que decía. Volvieron a llamar. La mujer gritó con lengua pastosa varias palabrotas. Paco golpeó la puerta con los puños. Estaba impaciente y sentía cómo una rabia desconocida le instaba abrirla a patadas. Lola se mantuvo cerca de la casa abierta de su vecino por si la niña se despertaba o lloraba. Al fin, la desvencijada puerta se abrió. Ambos vieron un espectro. Debía ser una aparición porque no podía tratarse de un ser humano. Era una mujer muy alta, esquelética. La ropa, demasiado grande, colgaba de su cuerpo como de una percha pequeña y estaba sucia, raída. En la boca le faltaban varios dientes y presentaba en cara y brazos varias manchas marrones, quizá alguna herida tras un muy posible tropiezo. Se encontraba bajos los evidentes efectos de alguna droga o de un exceso de alcohol. Casi no podía abrir los ojos que aparecían como dos ranuras escamosas. Se tambaleaba de tal manera que tuvo que sujetarse al quicio de la puerta para no caer. Ladró algún improperio e, inmediatamente, cayó al suelo. Paco intentó sostenerla y ella manoteó con torpe desdén. Intentó volver a levantarse pero fue del todo imposible. El hombre tuvo que alejarse porque pateaba con una violencia increíble en un cuerpo tan desmadejado, mientras balbucía y escupía. Paco y Lola se miraron sin saber qué hacer. La mujer se quedó quieta de golpe. Ambos la miraron acercándose con prudencia. Parecía inconsciente. Él se agachó para recogerla. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para vencer la repugnancia que esa criatura le producía. La tomó en brazos y se giró hacia Lola. Parecía dudar a dónde debía llevarla. Ella le hizo un gesto silencioso hacia la casa de Paco, que sin mediar palabra entró con ella. Lola le siguió y, nuevamente, cerró la puerta tras ella. La madre de Lucía entró en un sueño profundo e inquieto. Lola se preocupó cuando comprobó que le había subido la fiebre. Tras retirar el termómetro, vio que tenía más de treinta y nueve y medio. La habían acostado en una cama pequeña que Paco tenía en un cuarto que aparecía abarrotado de estanterías con libros. La desnudaron y la lavaron con agua fresca. Tenía el cuerpo flaco, descarnado, lleno de úlceras en diversos grados de curación. Tenía marcas de pinchazos en los brazos, en las piernas y los pies, en el abdomen. No debía tener más de cuarenta o cuarenta y cinco años y parecía una anciana de cien. Paco llamó al Servicio de Urgencias del Centro de Salud. Al poco rato apareció Pedro, su médico de cabecera, que esa noche estaba de guardia. No dejó de mostrar cierta sorpresa ante la presencia, en casa de Paco, de una paciente en esas lamentables condiciones, pero, inmediatamente, se encontraba explorando y auscultando con delicadeza y atención. Al poco, les extendió un informe para Urgencias y un volante para la ambulancia. Debía enviarla al Hospital. Su situación era muy grave y extrema. Lola se ofreció a acompañarla. Una hora más tarde la mujer, aún inconsciente, era introducida en una ambulancia. Paco cerró la puerta de su casa tras observar cómo las luces anaranjadas se perdían al fondo de la calle.

Antonia seguía un reposo obligado en cama. No sabía cómo había llegado al hospital, no recordaba nada coherente. Se encontró a una mujer, a la que recordaba vagamente, sentada a su lado con ojos cansados pero amables. Le explicó que su hija estaba a cargo de un vecino y que no debía preocuparse. Dedujo que debía de tratarse del hombre gigante del que su hija no cesaba de contarle cosas, el que la cuidaba mientras que ella se ausentaba. No le conocía pero Lucía estaba muy contenta y eso la tranquilizaba. Su hija tenía un sentido especial para las almas buenas y no se fiaba de cualquiera. Cerró los ojos y recordó su hermosa carita, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

Antonia sabía que iba a morir. Lo sabía desde hacía mucho tiempo y por eso había dejado de luchar. Todos los días esperaba que fuera el último. No, no lo esperaba. Intentaba que fuera el último, pero se veía incapaz de hacerlo por ella misma. Hasta llegar a ese pueblo, a la que fue la casa de unos tíos lejanos, había intentado salir del infierno y cuidar de su hija. Trabajar, luchar y darle a Lucía lo que necesitaba, en forma de un centro especializado que la estimulaba adecuadamente y la educaba. Pero no había sido suficiente. La enfermedad la había vencido y la roía lenta pero mortalmente. Un día se abandonó. Las drogas la ayudarían a acabar con todo. Perdió el trabajo, perdió su casa, perdió su dignidad. No podía caer más bajo. Pero, ¿y su hija Lucía? No tenía familia. Todos habían fallecido y nunca tuvo hermanos. El centro privado en el que la tenía interna se la envío a casa con una nota, muy amable eso sí, en la que le recordaban que si no pagaba las cuotas no podía volver a matricularla después de las vacaciones de Navidad… bla, bla. Se encontró sin trabajo, sin casa, con una hija querida pero desconocida, y cayendo en un infierno en el que no había retorno y en el que sólo había una salida: la tan anhelada muerte.

El mismo día que llegó a la vieja casa del pueblo su hija le hablo del gigante. Quien fuera ese personaje la alimentaba, la cuidaba y la mantenía limpia. ¿qué mas podía desear? Ella salía a diario con la esperanza de no volver. Pero siempre volvía y había un día más. Y ahora estaba en un hospital. ¡No podía más!

Se despertó cuando una enfermera la avisó, rozándole ligeramente las manos, que tenía una visita. Abrió los ojos y se encontró junto a su cama a un hombre enorme. Peinaba el cano cabello con la raya al lado. Tenía unos hermosos y francos ojos verdes. Se le notaba nervioso y se pasaba compulsivamente la mano por el pelo, intentando que un rebelde mechoncillo volviera a su sitio. Tras un eterno instante de duda se sentó en la única silla cercana a su cama, mientras susurraba una obsoleta solicitud de permiso por tomarse tal libertad ante una señora. El hombre esperaba por parte de Antonia alguna pregunta de curiosidad, pero ella no abrió la boca. Sólo lo miraba expectante. Sabía el motivo de tan inesperada visita. Lucía.

Tras unos incómodos minutos de silencio Paco se decidió. Le contó cómo estaba su hija. En ningún momento le hizo referencia a que la pequeña la echase de menos. Sabía que no era así. La explicó su deseo de ocuparse de la niña y de cuidarla. Necesitaba saber si Antonia estaba de acuerdo.

– Claro que estoy de acuerdo. Mi hija es lo único bueno que tengo en mi vida –articulaba las palabras trabajosamente. -Pero no sé si usted sabe que yo me voy a morir- una fría pausa. Paco la miraba a los ojos y a Antonia le costaba mantener esa mirada. ¡Claro que sabía que le quedaba poco tiempo, por eso estaba allí!-. Cuando yo muera no creo que la dejen que se quede con usted.

– Por eso estoy aquí, señora. Lola, nuestra vecina, me ha dicho que la niña no tiene padre. ¿Es eso cierto?- su voz era suave, amable.

– Sí, soy madre soltera. Mi vida ha sido algo complicada. Ni siquiera recuerdo quién podría ser el padre…

– No vengo a juzgarla, señora- la cortó Paco con educación.- He cogido mucho cariño a Lucía y creo que ella también me lo ha cogido a mí. Yo puedo darle todo lo que precisa, puedo ocuparme de ella, pero necesito saber si usted desea que ella se quede conmigo cuando usted…, cuando usted falte.

Antonia le miró con curiosidad. ¿Qué se le habría ocurrido a este hombre? No medió palabra. El silencio era insoportable. Pero decidió esperar a que Paco dijera todo lo que tenía que decir. No le ayudaría a soltarlo. A ver cómo se las apañaba…

– Señora…

– Prefiero que me llame Antonia.

– Antonia –Paco tragó saliva con evidente nerviosismo-. Si a usted le parece bien yo podría reconocer legalmente a Lucía. Si yo fuera su padre adoptivo de forma legal, cuando usted…

– … me muera…

– … falte nadie podrá llevársela porque no estará sola, me tendrá a mí.

Antonia reconoció, con cierto gustillo interno, que la había sorprendido. ¡No se esperaba esa salida por parte del viejo! ¡Reconocerla, adoptarla! ¡Qué ingenioso, qué tío más listo!, pensó. Guardó nuevamente silencio haciendo ver que sopesaba la respuesta. Tenía delante de ella una fabulosa solución para su hija. Nunca lo habría imaginado pero podría morirse con ese problema resuelto. El hombre la miraba mucho más seguro de sí mismo que hacía unos instantes. Sabía que le había planteado una posibilidad difícil de rechazar si realmente le importaba la niña. Eso le daba un aplomo hasta entonces ausente. La mujer se revolvió en la cama ajustando su cuerpo y buscando una postura más cómoda. Estaba haciendo tiempo. Estaba buscando las palabras más adecuadas para decirle lo que realmente deseaba su corazón y no asustar al viejo. No, no, asustar no era la expresión adecuada, más bien era no provocar su rechazo. Las palabras pugnaban por salir de su boca y le quemaban en los labios.

– Paco, ese es su nombre, ¿verdad? –El otro asintió con un gesto-. Me parece una idea muy buena. Ahorraría muchas molestias en muchos aspectos. Creo que usted puede ser una buena persona, pero en mi fuero interno podría tener ciertas dudillas ¿no cree? –Paco hizo un gesto de protesta, pero ella le cortó con un movimiento de su mano-. No se ofenda, por favor. Mire, le voy a ser sincera: yo no quiero morirme en una aséptica cama de hospital, sola. Me gustaría poder irme a mi casa y acabar mis días allí. Sin médicos, sin pinchazos. Me gustaría estar cerca de ella, de mi niña, y de personas conocidas. Creía que no iba a ser así, pero tengo miedo. Si a usted no le importara ocuparse de mí para que no tenga que volver a ingresar en el hospital… -se le quebró la voz- yo le conocería y vería lo que mi hija ve en usted. Hoy me doy cuenta de que necesito no estar sola. Quiero tener lo que Lucía ha tenido y tendrá cuando yo no esté. Por favor…

Fueron tres meses de mucho ajetreo llenos de abogados y notarios, de papeles y documentos. Todo fue solucionado con solicitud y cierta premura. Aún así, sobraron semanas para hablar, para entender y para conocer. El aspecto de Antonia mejoró considerablemente y su cara y sus ojos aumentaron en luminosidad, como la luz de una vela antes de apagarse para siempre. Una mañana ya no se despertó. Su muerte fue mucho más benévola de lo que había sido su vida y se la llevó con cuidado y sin despertarla. Amaneció con un gesto relajado que dejó tranquilos a Paco y a Lola. Lucía lo comprendió todo y lo vivió todo con total naturalidad. La velaron y la acompañaron en su última salida de la casona los tres juntos, abrazados.

Y así, los tres juntos, se fueron de aquél bello pueblo de la sierra. Dejaban muchas cosas tras ellos. Optaron como nuevo destino por una gran ciudad que tuviera todo lo preciso para las necesidades de la pequeña. Lola formó parte de la vida de Paco y de Lucía como si se conocieran de toda la vida y les amó como si desde siempre lo hubiera hecho. Ella estaba junto a ellos porque ahí es donde debía estar. La vida puede empezar cualquier día, en cualquier momento. La vida de Paco comenzó, otra vez, cuando Lucía le eligió aquél día. Y con esa elección le dio la oportunidad de cuidar de ella y de quererla. Paco siempre supo que recibió mucho más de lo que dio. La niña, al tomarle de la mano aquella tarde, le dio la esperanza que creía definitivamente perdida. Le dio una hija, le dio un amor, le dio una nueva vida.


FIN

Lola Montalvo Carcelén



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Chispi 22 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — carveves @ 19:47


En un lugar lejano de lo que conocemos como civilización, perdido entre las montañas, existía un poblado, al cual llamaban Chiposo. Era muy pequeño pero sus habitantes eran felices.

Una vez al mes pasaba cerca de allí un tren, los niños se subían al campanario para verlo descender entre las montañas.

Un día nuestro amigo Marti decidió acercarse al lugar donde pasaba para verlo mejor y recogiendo sus pocas pertenencias en un autillo emprendió su viaje.

Por el camino iba cantando una canción:

– Caminito, caminito, que me acercas a mi destino, no seas malo conmigo…

Ya se habían pasado dos días desde que abandono su casa y apenas le quedaba comida, estaba muy cansado, el camino se abrió y apareció un manto verde ante sus ojos, decidió descansar un rato.

Al poco tiempo de quedarse dormido, soñaba con su mama, delante del fuego preparando algún delicioso manjar, justamente cuando lo iba a saborear algo turbo su sueño, despertándolo, miro a su alrededor y vio un cachorrillo de lobo a sus pies. Siguió mirando en busca de sus padres, pero no estaban.

El cachorrillo con carita triste se acerco y cuando lo tuvo cerca, le susurro en un lamento:

– Llévame contigo, me he marchado de casa para ver mundo. Pero estoy muy triste por andar solo. ¿A donde te diriges?.

Marti, fijo sus ojos en aquellos que le observaban lastimeros y sintiendo simpatía por el cachorro le dijo:

– Voy a las colinas, a ver una maquina negra, que los mayores de mi poblado llaman tren.

– ¿Una maquina negra?

– Sí, dicen que sirve para viajar y ver muchas cosas. ¿Quieres venir conmigo?

– Si -contesto feliz cachorrillo.

Y poniéndose de pie empezaron a caminar por el sendero, cachorrillo se perdía por los prados para aparecer un poco más adelante.
Al cabo de un rato desapareció por unos matorrales al ver que no volvía Marti empezó a llamarle:

-Cachorrillo, ¿donde estas?. Cachorrillo, Cachorrillo… – como respuesta el eco de su propia voz lo contestaba- Cachorrillo, vuelve.

Al volver un recodo del camino, allí estaba cachorrillo, corrió hacia él y lo abrazo.

– Cachorrillo, me asustaste.

– No te preocupes por mi. Soy joven y como Mama dice, alocado.

– Bueno entonces no me preocuparé. A propósito mi nombre es Marti, ¿tú como te llamas?.

– Nosotros los lobos no tenemos nombres.

– Pues de alguna manera te tengo que llamar, no puedo estar gritando continuamente cachorrillo, es muy largo.
A ver déjame pensar. ¡Ya se!, te llamaré Chispi, como eres tan travieso te pega mucho.

– Chispi, Chispi – repetía cachorrillo- De acuerdo, me gusta, a partir de ahora me llamaré Chispi.

Y siguieron caminando.

Al cabo de dos días más llegaron a su destino. Decidieron asentarse en una loma cercana a esperar la llegada del tren.

– Chispi, ven aquí, mira estas tablas del suelo. ¿Que raro para que serán? -Marti nunca había visto algo así y mucho menos en medio de un monte, no podía saber lo que era.

– Si es extraño -corroboro Chispi- Pero, ¿para que es eso que hay encima?.

– Seguro que está relacionado con el tren. -afirmo más animado Marti- Cuando lo veamos sabremos exactamente que es.

Volvieron a la loma y mientras esperaban se dedicaron a inspeccionar el terreno.

Ya no les quedaba nada de comida y no sabían cuanto tenían que esperar.

– Marti, tengo una idea, mama me enseño algunas plantas comestibles, vamos a ver si hay alguna por aquí.

– De acuerdo, Chispi, así no nos moriremos de hambre.

Y así es como aprendió Marti a sobrevivir de lo que la naturaleza les ofrecía.

Ya llevaban allí nueve días cuando de pronto, Chispi empezó a gritar:

– Marti, Marti, mira, mira. Sale humo de la montaña y se mueve. – Empezó a olisquear – es un olor raro, no es fuego.

Marti se acerco lentamente y miro en la dirección que le indicaban.

– ¡Es cierto!. – exclamo.

De entre las montañas apareció una nube de humo grisáceo que parecía acercarse, se miraron y echaron a correr hacia las vías, no se acercaron mucho les asustaba un poco lo desconocido. Y poquito a poco empezaron a distinguir en el horizonte una inmensa máquina negra.

– ¡Es el tren!, ¡es el tren! – gritaba Marti.

Para sus ojos era algo nunca visto. Cuando llego hasta ellos ambos estaban mudos del asombro, era mayor de lo que esperaban. El maquinista al verlos hizo sonar el silbato en forma de saludo. Los dos se sobresaltaron y abrazaron asustados, pero no podían quitar la vista, entonces empezaron a llegar los vagones y los viajeros les saludaban con la mano.
– Mira Chispi, va gente dentro.

Y como apareció se perdió entre la nada.

Ellos se miraron y cuando estuvieron repuestos de su asombro, Marti dijo:

– Chispi, tu has escapado de casa para ver mundo. Y yo he viajado hasta aquí para ver el tren. ¿Qué te parecería si seguimos este sendero haber donde nos lleva? – pregunto dudoso de la respuesta de su interlocutor- Según los ancianos con los que he hablado, el tren se detiene en algo llamado estación.

– Me parece bien. -contesto Chispi- Y a lo mejor podemos montarnos en él, como las personas que hemos visto.

Y así fue como nuestros amigos, Marti y Chispi, empezaron la aventura de conocer mundo. Pero eso lo contaremos en otro momento.

Carmen Vera


 

Estrellas 18 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores,Últimos post — Pedro Marchán @ 22:04




Dos, tres, cuatro, cinco, seis…

Mi madre se llamaba Sara, tenía treinta y cinco años y le gustaba la astronomía. Amaba la estela de los cometas, ésa que arrastraban a través del espacio y se desvanecía como se desvanece un helado en verano. Quizás por ese motivo se compró el telescopio y se puso a observar las estrellas y los planetas y las constelaciones, sentada en la terraza con aquellas gafas gruesas de pasta, contemplando cada noche el infinito mientras mi padre dormía en el sofá a oscuras y el resplandor de la televisión rebotaba en las paredes.

Por algún motivo que desconozco mi madre parecía buscar en el cielo la luz que mi padre le arrebataba cada día, a eso de las once, después de haber cenado tras una dura jornada de trabajo.

Mi madre buscaba esa luz con el afán con el que un atleta olímpico busca el oro, como si, una vez que la encontrase, pudiera enroscarla en la lámpara del comedor.



Trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho…

Mi padre se llamaba Ramón, tenía treinta y ocho años y le gustaba el bricolaje. Una madera allá, otra aquí, atornillaba y la estantería estaba lista para ser colocada. Su taller era el garaje de casa, con todos aquellos utensilios esparcidos junto al automóvil, colgando de paredes y anaqueles, formando un galimatías de objetos que durante años había estado conservando. Aunque su pasión principal era la frutería de la calle Sagunto que con tanto esfuerzo había levantado gracias en parte a una subvención del Ayuntamiento. Cuando se vestía con el delantal y vendía naranjas y melocotones se olvidaba de su hobby, del roble y la haya, de la pulidora. Pero a cambio, le recompensaban con chascarrillos y habladurías, con gracias y rumores, con divertidas anécdotas. El día a día le hacía sentir feliz, el contacto con la gente le llenaba el alma como un néctar que se volvía imprescindible a cada trago, un néctar que sin duda alguna le iluminaba la vida.

Luego llegaba a su hogar, exhausto y rendido, y aquella luz parecía desaparecer de su interior y le adormilaba en el sofá, mientras su queda esposa miraba estrellas en la terraza y la noche le envolvía en sueños.



Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro…

-¿Vais a venir al concierto? –preguntó mi tía Lucía asomando la cabeza por la ventanilla del automóvil.

Yo miré a mi madre con el entusiasmo con el que un preso saborea la libertad, luego asentí satisfecho y mi prima, que había estado marcando en el mapa el recorrido hasta Tortosa, me guiñó el ojo tras la luna trasera del coche mientras mostraba una carpeta con fotos del cantante.

-Así que compro cuatro, ¿no? –resolvió- Porque Ramón no viene…

-No, Ramón se quedará viendo el partido del Barça, prefiere estar junto a Ronaldinho que junto a su familia –contestó mi madre con una liviana sonrisa.

-Bueno, piensa que el día once te tocará a ti quedarte en casa. He leído que hay una lluvia de meteoros, las Perseidas, que va a ser bastante intensa. Además dicen que es un buen año para observarlas.

-Pero si precisamente lo que yo no quiero es quedarme en casa –sentenció Sara.

Mi madre temía quedarse sola. Como si aquella oscuridad que desprendía el corazón de Ramón pudiera apoderarse de sus sentimientos, de sus miradas, de sus sueños. A menudo ella me susurraba al oído que era feliz y yo sentía en sus vacilantes palabras y, a decir verdad, también en sus heridas, que mentía. ¿A quién quería engañar?

Todos sabíamos que la felicidad en mi casa era como una nebulosa, tan distante que había que imaginársela.

Tan distante que parecía imposible llegar a ella…



Veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta…

Mi madre apareció con un libro de Alejandro Sanz titulado “Por derecho”, una completa biografía que regaló a mi prima convirtiéndola en la mujer más contenta del universo.

-Para que te lo firme cuando vayamos a Tortosa –dijo sin convicción.

Estábamos en el chalet de mi tía Lucía recostados sobre una toalla estampada con estrellas de mar y refugiados bajo la sombrilla, justo después de haber estado nadando en la piscina, cuando trajeron el libro y los bocadillos.

-Déjame ver las fotos y los poemas –le pedí a mi prima, tirando del libro hacia mí.

Pasamos las hojas y observamos las fotografías de aquel jovencísimo cantante. Luego leímos en voz alta algunos versos inéditos que acompañaban el escrito.

-Mamá, ¿Alejandro Sanz es un músico o es un poeta? –preguntó mi inocente prima, queriendo resumir los quehaceres del polifacético artista en una palabra.

-Ambas cosas –contestó Lucía sin dilación- Ese hombre es como un avión, le hace ver el cielo a mucha gente… ¿Qué le dirías si tuvieras la ocasión?

Mi prima se encogió de hombros y se estiró sobre la toalla, escuchando las canciones de su artista preferido en el discman.

-No lo sé –resolvió con esa facilidad que los niños tienen para salirse airosos de cualquier apuro- De verdad que no lo sé.

Decidí enfundarme las sandalias y regresar al interior del chalet, pensando que encontraría a mis padres jugando a cartas o dándole de comer a los perros.

Pero me equivocaba. Mi madre lloraba en un rincón, desconsolada en el recibidor de la estancia con un golpe en la sien, amoratado, que le tiznaba el rostro de un color púrpura, seco, maldito. Corrí hacia ella y me tiré en su regazo, la abracé, y yo también lloré y enseguida me sentí impotente e inútil al mismo tiempo.

“Ojalá existiera un libro que te hiciera tan feliz como a la prima”, le susurré entre sollozos, “para poder regalártelo”. Luego agarré un destornillador que estaba a sus pies, seguramente era el arma con la que Ramón, ése que decía ser mi padre, se había deshecho de Sara, y lo arrojé lejos, con un odio infinito, un odio tan profundo como un pozo.

Por supuesto mi madre no quiso denunciarle porque decía que había aprendido a perdonar.

-¿Qué es el perdón? –pregunté traumatizado por aquella horrenda y triste experiencia.

-Perdonar es darle las gracias a tu verdugo después de que te haya cortado la cabeza –dijo satíricamente.

Eso es lo que ella dijo.

No lo entendí. En mi mente, la imagen de un destornillador golpeando a Sara daba vueltas como si fuera la visión de un calidoscopio.

No un destornillador cualquiera, no, sino uno de ésos con un asterisco en el extremo, un destornillador con la punta de estrella, claro está.



Cuarenta y una, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro…

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Fue el once de agosto, en una noche despejada y de estelas luminosas, cuando la lluvia de estrellas conocida como “Las lágrimas de San Lorenzo” inundaron el horizonte, mostrando hasta tres meteoros por minuto. Mi madre, que agudizaba la vista sobre la mira de gran precisión, vio una de ésas estrellas fugaces y se dispuso a pedir un deseo, pero siempre he pensado que tardó demasiado en hacerlo. Ahora, las partículas que sobrevolaban el espacio se podían contar con los dedos de las manos, una tras otra, como gotas de lluvia:



Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho y cuarenta y nueve.

Cuarenta y nueve. Cuarenta y nueve puñaladas que enterraron el brillo que mi madre tuvo la esperanza https://i0.wp.com/4.bp.blogspot.com/_1kDFK7W7ZVg/SXfHOAqCqEI/AAAAAAAAAKE/J7-d1Lb5Wxk/s400/ojosrojos.jpgde encontrar algún día, sin saber que ella, como la mayoría de mujeres, estaba dotada de luz propia. Resulta que Ramón ya no era él, sino un maniquí poseído que aguantaba un cuchillo ensangrentado y se echaba las manos a la cabeza, como maldiciéndose. Ramón era el silencio personificado de una realidad miserable.

Dicen que la ironía forma parte de las desgracias. Dicen que San Lorenzo lloró más lágrimas que nunca aquella fatídica velada de agosto, dicen que curiosamente era un mártir, dicen que en su tumba rezaba una reveladora inscripción: “Sólo la fe de Lorenzo pudo vencer los golpes, los verdugos, las llamas, los tormentos y las cadenas”, y también dicen que era el patrón de los cocineros.

En cualquier caso, mi madre estaba muerta y esas ironías no iban a devolverle la vida.

Horas después, en el chalet, mi prima y mi tía, sentadas frente al televisor, escuchaban las noticias y se hacían eco del asesinato de una madre de familia.

-¿Ya va otra? –preguntó Lucía, obviando quién era la víctima, con gran naturalidad.

-Sí, ya va otra –respondió cruelmente una niña de diez años, acostumbrada injustamente a la barbarie humana.

Luego, los convincentes clientes de una frutería de la calle Sagunto aseguraban con perplejidad que el dueño era una persona bondadosa y encantadora, incapaz de engendrar el mal. Mi prima sintonizó otro canal, estaban hartas de contemplar guerras, hambre, miseria y pobreza. Desde luego, era bastante curioso cambiar los avatares del mundo con sólo apretar un botón llamado “Program”, pensó.

Angulo centró para que Mista rematara limpiamente a gol. Lucía imaginó que Ramón estaría frente al televisor, empinando la cerveza, disfrutando de la dosis semanal de fútbol.

Eran partidos de pretemporada. La liga de las Estrellas pronto engalanaría la galaxia.

-La vida sigue –me repetían mis familiares, tristes como cipreses, quizás para recordarme que no era yo el muerto. Quizás también por ese motivo viajé hasta Tortosa una semana después, un día de intensa lluvia, pensando en que la vida consistía precisamente en vivir. Pero a cada paso que daba veía a mi madre en una esquina, en una ventana, entre el gentío. Y todo me recordaba a ella.

Incluso un trozo de papel doblado en mi bolsillo, su fútil entrada del concierto, era como tenerla de nuevo a mi lado.

A pesar de mis ánimos, tuvimos suerte. El Hotel Corona estaba repleto de técnicos, operadores y empleados del staff de la gira. Mi prima, siguiendo los consejos de los simpáticos trabajadores, se personó a las siete en punto de la tarde, junto a Lucía, en la puerta trasera del Estadio Municipal donde tendría lugar el evento, momento en que llegaba un autobús gris como la plata, de escasa discreción y cristales tintados. No supo qué hacer cuando Alejandro Sanz apareció saludando al aire y se acercó generosamente a la valla metálica, mostrando su canosa perilla, vestido con un abrigo negro, gafas oscuras y una gorra en la que rezaba la frase: “Beachwear”.

A mi prima le temblaron las piernas y las manos y los dedos y los labios. Entonces, cuando ya estaba tan cerca que pudo tocarlo, y sólo entonces, con el alma encogida en un libro y la deidad resplandeciente sonriendo frente a ella, pronunció cuatro torpes palabras:

“Tú… eres mi estrella”, le dijo espontáneamente mientras se echaba a llorar.

Pero… ¿Qué eran las estrellas? La fascinación que mi madre sentía por ellas me empujó a estudiar astronomía para descubrir después que la ciencia no tenía nada que ver con la magia que desprendían. Era una energía repleta de esperanza, una estepa de humanidad por conquistar que pululaba en el interior de todas ellas como motas de polvo. Las estrellas nos recuerdan que hay una luz inquebrantable que no se puede extinguir, la luz de la libertad, cuyo fulgor se renueva con cada sonrisa, con cada abrazo, con cada beso. Las verdaderas estrellas son víctimas que se van sumando en el oscuro tapiz de la violencia, un universo tan apagado como las indolentes excusas que lo perpetran.

Y allí, en la expansión de la nada, en el lado más salvaje del alma humana, perdió Ramón su cordura, su palabra, su corazón y su familia.

A decir verdad, perdió tantas cosas que terminó por perderse a sí mismo.

Durante el espectáculo, advirtiendo mi desolación, Lucía intentó convencerme de que en el espacio, sobre nuestras cabezas, había otro cuerpo celeste que era eterno y brillaba con más intensidad que sus hermanos: se llamaba Sara, tenía treinta y cinco años y le gustaba la astronomía.

-Está allí arriba –dijo señalando al cielo.

No es lo mismo ser que estar… –recitaba Alejandro Sanz, en ese mismo instante, sobre el escenario…

Pedro Marchán

 

Tras los cristales de aquel balcón 17 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 19:00
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Este relato se lo dedico a tantas personas que sufren

el infierno en vida que supone la soledad y el aislamiento.

Cuidemos de nuestros mayores.

Lola Montalvo



Tras los cristales de aquel balcón



Le habían acercado al balcón y podía ver el mundo a través de los impolutos cristales. La tarde era espléndida. El parque aparecía muy hermoso con sus doradas galas otoñales. Unos niños jugaban con el barro, resultado de la lluvia del día anterior; tenían sus sonrientes caritas embadurnadas, las manos pringosas. Un perrillo correteaba a su alrededor esperando ser incluido, sin éxito, en el infantil ritual. Una bicicleta reposaba inerte en la hierba esperando a que su dueño se acordara de ella y la hiciera volver a la vida.

El pálido sol de octubre iluminaba sin calentar; sus tenues rayos se posaban sobre la piel de sus rugosas manos, su calidez era casi una caricia. ¡Cómo añoraba su resplandor en los cabellos, la brisa en la cara!

Emilia necesitaba cambiar de postura. El mullido asiento de silicona, recubierto de suave felpa, resultaba un duro sillar de granito cuando llevaba más de una hora sobre él. Habían olvidado alisar del todo la tela y una arruga le estaba mortificando los glúteos, dificultando que pudiera concentrar su atención en la lectura que Elisa desgranaba con voz monótona e irritante, atascándose en las sílabas, asesinando las palabras.

Emilia intentó tragar sin éxito. A veces su lengua, sus labios y su garganta se negaban a coordinarse de forma voluntaria. Una pequeña cantidad de saliva se le escurrió por la comisura de sus paralizados labios. Elisa le limpió con un brusco movimiento utilizando un pañuelo de perfumado algodón, mientras protestaba entre dientes. Estaba claro que su objetivo en esta vida era mantener todos los enseres de la casa limpios como una patena y eso incluía a la anciana de la silla de ruedas.

La anciana sólo tenía dos o tres años más que Elisa, la mujer que se encargaba de su cuidado, pero esta mínima diferencia de edad no impedía que, de forma reiterada, se refiriera a ella llamándola abuela o anciana o vieja, las escasas veces que la familia de Emilia llamaba por teléfono interesándose por su salud o por el devenir de su monótona y asquerosa vida.

El cuerpo de Emilia era una cárcel. Su alma se encontraba encerrada en una carcasa vacía e inerte, pero su espíritu gritaba anhelante de libertad y de vida. En su interior no balbuceaba sonidos sin sentido, no gemía, no babeaba, no se hacía sus necesidades encima. En su interior gritaba reclamando su libertad robada por un coágulo de sangre que, sin aviso, sin piedad alguna, había paralizado su cuerpo y la había dejado tirada en una fría celda para siempre. Para siempre.

De eso hacía ya tres años.

Elisa dio por terminada su mortificante lectura y cerró el libro con un golpe sordo. Emilia suspiró aliviada. Cada día le resultaba más difícil soportar la hora que dedicaban a esa tarea. Las pocas ganas que su cuidadora le ponía a tan sencilla labor hacían que el bello relato resultara un tormento a sus oídos.

Era evidente que los libros nunca habían sido uno de los entretenimientos de primera elección para esa mujer. Consideraba esta faena una obligación rutinaria, imprescindible para estimular el encogido cerebro de la vieja y como tal lo llevaba a cabo. Por ello el resultado no pasaba de ser un ronroneo monótono e irritante.

Los niños del parque se levantaron del suelo, se sacudieron las sucias ropas y se fueron corriendo. Uno de ellos cogió la bicicleta y, con la agilidad propia de su edad, se fue pedaleando a toda velocidad, dejando un rodal en el húmedo barro del suelo. La mujer sentada en la silla de ruedas envidió a la bicicleta. Unos segundos antes estaba olvidada en el suelo y ahora era un elemento enérgico y fuerte, casi con vida propia. Emilia sintió cómo se le atenazaba la garganta por el llanto, pero de su torpe glotis no salió sonido alguno. Sólo sus húmedos ojos dejaron caer tibias lágrimas de sufrimiento y dolor, que no escaparon a la atención escrupulosa de Elisa; la mujer sacó su siempre presente y perfumado pañuelo y la limpió mientras indicaba en voz alta su intención de no olvidar que debía pedir cita para el oftalmólogo. Tanta lágrima sólo podía deberse a una rija. ¡Como si la vieja le diera pocas cosas que hacer, encima, una más!

Elisa retiró los frenos de las ruedas y llevó la silla al salón; la situó al lado de uno de los mullidos sillones y encendió la televisión; subió el volumen del aparato dejándolo demasiado alto. Jamás se había molestado en saber que el ictus había dejado a la anciana paralizada, no sorda. Ése era el motivo por el cual nunca se preocupaba de contener su verborrea delante de ella, y por ello la criticaba o la reñía cuando lo creía necesario. Emilia ignoró el absurdo programa que llenaba la enorme pantalla. Cerró los ojos y se abandonó a sus recuerdos. Era lo único que le quedaba de su vida. Era lo único que podía controlar a su antojo haciéndolos volver una y otra vez.

Recordó el amado rostro de Santiago, su esposo. En su mente recreó cada detalle, cada gesto, cada arruga del añorado rostro del que fue su único y más auténtico amor. En su imaginación le devolvió la vida y la sonrisa. Le devolvió la capacidad de abrazarla y hacerla sentirse excepcional, hermosa, inteligente. Junto a él volvió a ser joven, esbelta y ágil. Agarrada a su brazo saltó, bailó, corrió y amó como cuando, muchos años atrás, Santiago rebosaba vida y Emilia era la persona más feliz del mundo.

Recordó a sus hijos cuando eran pequeños. En su memoria le decían a cada instante que la querían. Abrazaba sus prietos cuerpecitos y aspiraba su dulce fragancia a jabón y caramelo. Las pequeñas manitas, siempre pringosas, acariciaban su rostro con tacto de terciopelo…

La televisión enmudeció de repente y la mujer abrió los ojos. Le costaba volver a la cruda realidad que su cuerpo le imponía. Elisa volvió a limpiarle las lágrimas refunfuñando. ¡Dichosa rija!; no debía olvidar pedir cita al oftalmólogo. Una enorme servilleta de cuadros fue colocada alrededor de su cuello y otra cubrió su regazo. Apareció ante su cara una cuchara que le acercó una humeante pasta grumosa de color verde a la boca. Emilia la abrió mecánicamente. De nada serviría resistirse. Otras veces lo intentó y su implacable cuidadora no dudó en utilizar las más variadas armas ofensivas hasta que consiguió abrirle la boca y apretarle los labios, de tal forma que no tuvo más remedio que tragar el repugnante mejunje que solía prepararle como comida. A Emilia le encantaría decirle, si pudiese, que los purés que le cocinaba a diario tenían un sabor muy desagradable, pero eso a Elisa le habría traído sin cuidado. Su obligación, entre otras muchas, era alimentarla; y eso es lo que hacía. Mezclaba varios ingredientes en una olla, los cocía, los trituraba y los ponía en un plato. En ningún momento se planteaba si su comida era o no sabrosa.  Emilia recordó lo mucho que le gustaba saborear las fresas en primavera, los aterciopelados melocotones en verano…

Otra cucharada de grumoso puré y sus recuerdos fueron bruscamente relegados a un recóndito e inhóspito rincón.

La dura tarea de acostar, lavar y cambiar de ropa a Emilia la realizaba Elisa sola. Se ayudaba de una grúa electrónica que le permitía levantarla y girarla casi sin esfuerzo. Por la noche, antes de acostarla, la aseaba y le colocaba un pañal limpio. Masajeaba con crema hidratante las zonas enrojecidas en la piel de los glúteos, piernas y talones, resultado de las horas de presión sobre el asiento de la silla de ruedas, y la acostaba en la cama de lado, sujeta entre almohadones. Esta ardua labor la realizaba murmurando entre dientes, increpando a Emilia, riñéndola por no moverse o por no colaborar en su aseo y su cuidado. ¡Como si ella fuera capaz! La giraba hacia un lado y hacia otro como si su cuerpo fuera un saco de patatas, con indiferencia, casi con desprecio. Cuando por fin su cuidadora se marchaba y la dejaba sola en el cuarto, Emilia lloraba sin control intentando lavar su desesperación, su rabia y su dolor. Rogaba para que un milagro la librara de su tortura. Rezaba a Dios pidiéndole que se la llevara. Estaba segura de que la vida, su vida, no mejoraría nunca y que su única salida era morirse. Sabía que muerta estaría mucho mejor que de esa manera tan horrenda.

Una mañana Emilia presintió que algo nuevo pasaba. Elisa estaba más nerviosa de lo normal. No la había sacado a pasear por el parque, como solía hacer a diario, porque estaba muy atareada, según se dignó a explicarle. Trajinaba de un lado a otro como una locomotora; su enorme trasero esquivaba a duras penas las esquinas de los muebles y los marcos de las puertas. La escuchó canturrear mientras trabajaba largo tiempo en la habitación del fondo, la de las dos camas, que nunca se usaba y que llevaba cerrada más de cinco años. ¿A qué se debería? ¿Qué estaría pasando? Elisa no se molestaría en explicarle el motivo de tanto movimiento y tanta furia limpiadora. Ella tampoco podía preguntar, así que esperó.

Pronto saldría de dudas.

Sonó un timbre. Emilia escuchó cómo abrían la puerta de la calle. Unas voces lejanas le llegaron por el largo pasillo. Varios pies acompañaron a los de Elisa hasta la sala. Una fresca vaharada de perfume impregnó el aire de la amplia estancia. Era un aroma delicioso, familiar. Nadie hablaba. Emilia no podía ver de quienes se trataba, ya que su cuidadora le había colocado ante el balcón para que pudiera disfrutar de la hermosa vista del parque.

Un par de pies se acercaron a su silla. Una voz de mujer susurró a su oído. Su aliento olía a menta. <<Abuela>>. Un reconocimiento instantáneo. Elena. Un beso en la mejilla con unos labios firmes y carnosos. Una piel suave y fresca. Un roce con la fibrosa bufanda que le había protegido del frío de la mañana otoñal. <<¿Cómo estás, abuela?>>

Su nieta se arrodilló colocándose frente a ella. Cogió sus manos y las apretó. Era un gesto cálido y sincero. Hacía tanto tiempo que nadie le había tocado así. Elena estaba muy hermosa. La piel de sus mejillas aparecía enrojecida por el frío de la calle. Aún conservaba unas pequitas en la nariz, de las muchas que habían poblado su rostro durante la niñez. Los ojos color miel, de dulce mirada, enmarcadas por tupidas pestañas negras. Había crecido mucho y ya era toda una mujer. Una vocecilla llamó desde atrás; apenas un susurro. <<¡Mamá!>> Emilia se quedó helada. ¡Elena tenía un hijo! ¿Se habría casado? La anciana fue consciente de que su estéril y lacio gesto no reflejaba la sorpresa y la curiosidad que le reconcomían por dentro. ¡Habría deseado preguntar tantas y tantas cosas! <<Abuela, esta es mi hija, Estrella>> Una carita se asomó por encima del brazo de Elena, mostrando, apenas, unos ojillos negros y un mechón de pelo rubio y rizado.

Emilia fue consciente de que su vida iba cambiar por completo desde ese momento. Sintió una inmensa calidez en los inquietos ojos de la pequeña, al tiempo que un torrente de esperanza se abrió por su ajado cuerpo, guiado por la mano de su nieta que apretaba la suya con fervor; un gesto que, muy a su pesar, no pudo corresponder.

Se habían levantado muy temprano. Elisa no estaba acostumbrada a su nueva carga de trabajo y necesitaba desentenderse lo más pronto posible de la vieja. Así se lo hizo saber cuando encendió la potente luz del techo de su cuarto con malicioso rictus, cegándola por unos instantes. Desde su cotidiana ubicación ante el balcón del salón pudo escuchar cómo su nieta se iba a trabajar. Volvería tarde y no vendría a comer. Elisa puso la radio y se perdió por los dormitorios mientras acompañaba con agradables gorgoritos las canciones. Era una mujer ignorante y una cruel sargentona, pero cantaba muy bien. A Emilia casi le resultaba que Elisa se transformaba con la música, volviéndose casi humana. La vieja copla le trajo recuerdos rancios y tristes.

Algo la sobresaltó. Algo había caído sobre su regazo. No podía bajar la cabeza para mirar qué había sido. No fue necesario. Una manita cogió sus dedos y empezó a acariciar su piel. La niña se puso en su campo de visión. Sonreía de oreja a oreja. La habían peinado y perfumado y estaba muy bonita. <<Mamá se ha ido a trabajar. ¿Puedo quedarme contigo?>> El silencio de Emilia fue interpretado como un mudo asentimiento, así que Estrella desapareció momentáneamente trayendo consigo un taburete, que colocó a sus pies y en el que se sentó.

Observaron en silencio la mañana, el parque, la gente ir y venir. <<Tengo seis años y ya sé leer>> Como por arte de magia apareció entre sus menudas manos un libro con unos bonitos dibujos de animales en la portada. Lo abrió y comenzó a leer. La niña separaba las sílabas y se equivocaba con algunas letras y palabras; Emilia comprobó que su atención no podía despegarse del cantarín desgranar del relato infantil. <<¿Te ha gustado, abuelita?>> Una vez más, su silencio fue interpretado al gusto de la pequeña. <<Me alegro, a mí también. Es mi cuento preferido>>

A media mañana salieron a dar un paseo. La niña agarró la mano de la anciana y así caminó a su lado. Ignorando la impertérrita presencia de Elisa que empujaba la silla, le contó historias utilizando a los gorriones del parque como protagonistas. Le explicó cómo eran las casas de las hormigas. Le indicó  cuales eran los pensamientos de las lagartijas cuando se quedaban paradas bajo el sol. Le desveló el secreto nunca contado de las abejas: susurraban bellas canciones a las flores a cambio de su néctar.

Emilia se vio inmersa en el fabuloso mundo de Estrella. Comprobó que durante las horas que llevaban juntas no se había entristecido ni una sola vez. Se reía en su interior de las ocurrencias y de la imaginación de su bisnieta. Habría dado media vida por poder sentarla en su regazo y abrazarla y besarla y acariciar su inocente cabecita. Por su parte, Estrella, aún consciente de la inmovilidad y del silencio de la anciana, le hacía participar de su mundo como si dispusiera de su vitalidad y su fortaleza. No pareció amedrentarse ante el gesto afásico de Emilia, su boca torcida y su ojo derecho medio cerrado; su parálisis no representaba ningún obstáculo para permitirle compartir sus juegos y para hacerle viajar con ella por su fantasioso universo. Interpretaba, muy acertadamente, por cierto, sus silencios en completas respuestas y aseveraciones. Emilia disfrutaba mucho y casi –solo casi- olvidaba su odiosa parálisis. Su situación había cambiado con la llegada de la niña. Y se sentía muy feliz y agradecida por tan enorme regalo.

Pasaron los días. Estrella empezó a ir al colegio; Emilia ansiaba que llegara la hora en que la niña regresaba. Las mañanas no cambiaron, pero las tardes se transformaron en un fantástico bullicio de meriendas con chocolate caliente, lecturas de cuentos, deberes de lengua y matemáticas y juegos. Estrella lo compartía todo con la anciana. A escondidas de Elisa, le dio galletas y batidos de variados y desconocidos sabores. Sus días comenzaban y terminaban con la carita de la niña y con sus tiernos besos. Apenas veía a su nieta. Su intensa jornada laboral restringía su presencia en la casa. Gracias a las explicaciones de la niña pudo enterarse de que la joven se había quedado sin trabajo en su ciudad natal, que no estaba casada pero que mantenía contacto con el padre de Estrella al que veía cada quince días. Elena no había considerado oportuno explicarle a su abuela su situación o, quizá fuese lo más acertado, lo más probable es que pensara que la anciana no entendería sus explicaciones.

Así pasó un año y, para sorpresa de Emilia, pasó volando.

Aquélla mañana Emilia se despertó sobresaltada. Abrió los ojos y se encontró a Estrella acostada a su lado. La pequeña la miraba. <<Abuelita, mamá dice que el domingo nos vamos para siempre>>

La separación fue horrible. Estrella lloró desconsolada durante horas. Elena con el gesto compungido recogió sus pertenencias en dos enormes maletas; para sorpresa de la anciana, le explicó que volvía con su pareja, el padre de Estrella. Se iban a una nueva ciudad para empezar una nueva vida, sin lastres, sin recuerdos, dijo. Emilia gritaba en su interior enloquecida. Las lágrimas rodaron por su rostro sin freno ni control. Por primera vez en años, Elisa no la criticó al limpiarle el rostro con su impoluto y siempre presente pañuelo. Por su gesto se podía entender que ella también sentía en lo más profundo de su rocoso corazón la imprevista partida. Elena bajó las maletas al taxi que las esperaba. Estrella se abrazó a Emilia. Entre sollozos, hipidos y besos le aseguró que no la olvidaría, que la llamaría todos los días, que la nombraría en voz alta al acostarse y al levantarse para que los pájaros pudieran llevarle el sonido de su voz nada más despertarse… Elena tuvo que soltar, por la fuerza, sus pequeñas manitas de los brazos de la abuela. La besó y aseguró que la quería, con voz rota y queda, mientras la pequeña forcejeaba y gritaba histérica. Los pasos y las voces se alejaron por el largo pasillo. La puerta de la calle se cerró. El frescor del salón se tornó rancio y espeso. El silencio de la casa fue sepulcral.

Emilia vio cómo se alejaba el taxi por la avenida. La carita de Estrella pegada al cristal de la ventanilla trasera mientras que con las manitas le decía adiós y le tiraba besos. Las copas de los árboles que engalanaban la vía engulleron el coche. La anciana mujer dirigió su mirada al parque.

Los vacíos columpios se mecían perezosos con la brisa de otoño. Algunos gorriones picoteaban entre los bancos de madera. Un perrito solitario se acercó corriendo y los pajarillos salieron volando en desordenada bandada. Aburrido y sin saber dónde ir olisqueó el aire frío. Levantó la vista al cielo y buscó, quién sabe el qué. Al pasear la mirada por el edificio de enfrente no encontró nada de su interés; sólo se topó con la mirada húmeda y triste de una anciana que se tapaba las piernas con una gruesa manta de cuadros y que le miraba con gesto vacío e inerte a través de los cristales de su balcón.

FIN

Lola Montalvo Carcelén



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Camino 14 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — tiberiocesar @ 22:22

CAMINO



El hombre joven alzó la mirada. A lo lejos todo era yermo; un páramo inhabitable que sin embargo debía cruzar a toda costa. Que extraño, cada vez que pensaba en aquel hecho inaudito se le secaba la boca.

¿Cuál es el motivo que le obligaba a semejante peripecia? No debe haber en todo el mundo un hecho más rocambolesco. Al final del duro camino se encontraba la misteriosa ciudad de sus sueños. Era un lugar atravesado por canales cenagosos, en donde flotaban los restos eviscerados de unos seres desconocidos para él.

Había comentado aquella inquietante ensoñación con el hombre sabio; éste, al oír la historia, abrió mucho los ojos y se quedó mirando al vacío.

-Debes atravesar el páramo. –Le había dicho mientras se hurgaba las narices.

-Pero el invierno se acerca. Nadie puede atravesar el páramo. – Contestó el hombre joven desesperado.

-Si quieres conocer el origen de tus sueños, sin duda debes partir cuanto antes.

Después de darle muchas vueltas al asunto, el caminante recogió sus pertenencias, las guardó en un hatillo y se las echó a la espalda. No tenía mucha gente de la que despedirse, así que se fue con la amanecida; el páramo, bajo la luz incierta del amanecer, aún era un lugar hermoso.

Mientras caminaba, el hombre joven reflexionaba sobre lo que debía hacer cuando alcanzara su objetivo.

No tengo más que caminar, a fin de cuentas es lo que llevo haciendo toda la vida, al menos desde que tengo uso de razón. No debe ser más difícil que caminar sobre el hielo quebradizo del lago o subir por las escarpadas laderas.

Nada más empezar se dio cuenta de que el iba a ser un largo viaje, por las mañanas, la hierba congelada por las heladas nocturnas se quebraba bajo sus pies. El hombre joven pensó que tal vez debería dar la vuelta y regresar al abrigo del campamento de invierno; a fin de cuentas tan sólo se trataba de un sueño, unos seres extraños que viajaban en manadas y recorrían las grandes aguas no debían existir más que en su imaginación. El hombres sabio tampoco lo era tanto, no sería la primera vez que se equivocaba con sus consejos; la gente del poblado aún lo aguantaba porque no sabían que hacer sin alguien que les indicase el camino correcto.

El inmenso silencio de las tierras yermas vertía rumores de inquietud en sus oídos. ¿A qué se debía la insatisfecha necesidad de conocer el origen de sus sueños? ¿Merecían la pena semejantes tribulaciones con tal de satisfacer aquella comezón? Sólo lo sabría si conseguía llegar al final del camino –“Cuando veas pájaros de grandes picos y níveo plumaje” –le había dicho el hombre sabio. El caminante se dijo a sí mismo que tales seres, al igual que los gigantes acuáticos de sus pesadillas, tan sólo existían en la delirante imaginación del hombre sabio, el cual jamás había salido de su choza más que para husmear el aire en las noches de tormenta.

Al cabo de muchas jornadas de viaje, la brisa lo envolvió con un extraño olor desconocido para él. A cada dura jornada que dejaba atrás, los seres de sus pesadillas se hacían más evidentes ante su perpleja mirada, preñada de ensoñación. Eran enormes y navegan orgullosos sobre las grandes aguas dominando a los seres que habitaban en las mismas sin hacer distinción alguna. El aire se daba trazas desconocidas a cada paso que daba, incluso se diría que sabía distinto…salado.

Cuando por primera vez vio uno de aquellos pájaros no fue capaz ni de parpadear. Había cientos de ellos; graznaban histéricos sobre una gran montaña, algo hedía a muerte en varios kilómetros a la redonda. Cerca, muy cerca, estaban las grandes aguas. Tan sólo a unos metros de aquel gran montón de tripas y piel podridas. ¿Era aquel uno de aquellos seres? Desde luego se asemejaba mucho; sin embargo carecía del lustre brillante de su ensoñación y distaba mucho del majestuoso aspecto de los seres que imaginaba cada noche.

Pero, por otro lado, hay estaban los pájaros de grandes picos, con su níveo plumaje manchado de restos apestosos. Ellos, sin duda, eran los pájaros que el hombre sabio había mencionado. Entonces, ¿habría llegado al final de su camino?

Decidió seguir caminando y dejar atrás la montaña de piel y tripas; los pájaros lo miraban al pasar con una expresión de indiferencia -¿Qué haces aquí? –parecían querer preguntarle.

Transcurrieron dos jornadas más de aquel extraño viaje; nuevamente la soledad se apoderó del entorno. Caminó recorriendo la lengua del agua. Una orilla gris y sin luz, cubierta de un cielo siempre encapotado y amenazando lluvia; a lo lejos, sobre un gran farallón que caía a pico sobre las olas, estaba su ciudad. Había llegado al final del camino, al ansiado encuentro con la respuesta que ansiaba. Por fin iba a descubrir el verdadero significado de aquel persistente sueño.

Alcanzó las puertas de aquella ciudad; nadie las vigilaba y estaban abiertas de par en par. Lo primero que descubrió fue el origen de los canales con los que soñaba. La marea alta se colaba por los muros derruidos y el agua se colaba por entre las calles estrechas y pendientes. Observó con más detenimiento y comprobó que el mar arrastraba cientos de cuerpos, que se amontonaban los unos sobre los otros formando un todo. El olor era insoportable. De nuevo pudo ver como las bandadas de pájaros de níveo plumaje se aferraban a lo más alto de las almenas, enseñoreándose del horizonte con sus graznidos. No había nadie, no había quedado nadie; la ciudad era un inmenso montón de ruinas y muerte. El hombre joven abandonó aquella pesadilla y volvió a la orilla; una ligera llovizna le salpicó el rostro. Se sentó sobre el manto de conchas que cubría la arena y se entretuvo contemplando el horizonte.

El hombre joven caviló en silencio; aquel había sido el viaje de su vida, la experiencia vital que lo acabaría de convertir en hombre, y sin embargo tan sólo había encontrado a su paso muerte y destrucción. ¿Qué le contaría al hombre sabio cuando regresara? ¿Qué pensarían de él cuando descubrieran que había partido en busca de una esperanza, y regresaba con su hatillo repleto de frustración?

El hombre joven resopló resignado; se acababa de percatar de que aquella no era una sensación nueva. Cada minuto, cada hora, cada día de su existencia se topaba con aquellas contradicciones, sin embargo, se veía obligado a continuar el camino, a dar un paso más y continuar en busca de la próxima decepción, ¿qué podía hacer si no?

Se incorporó, miró a derecha e izquierda intentando grabar en su retina hasta el más nimio detalle, y emprendió de nuevo el largo regreso a casa. El páramo era un desierto yermo y sin vida… Al abrigo de la bahía, los restos de una antigua flota, desarbolada y al pairo, se mecían al albur de un viento que cada vez arreciaba con más fuerza.


Diego Castro Sánchez


 

Lo que Alejandra no sabía 10 septiembre 2009

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Lo que Alejandra no sabía

Hola, mamá. ¿Te acuerdas de Alejandra? Sí, esa muchacha joven, de piel morena y pelo oscuro que había venido de Argentina a España con su familia y que estaba estudiando en la Universidad Complutense. Se pagaba los estudios cuidando niños. Así la conocimos ¿La recuerdas?

Alejandra era una chica simpática, con ese inconfundible acento tan característico, muy risueña. Era muy inteligente y nos enseñó muchísimas cosas, aunque hoy sólo nos acordemos de aquel momento en el que, jugando, David amenazó con cogerla y ella se ruborizó. Claro, luego nos explicó que, en su país, coger era follar.

Esta muchacha llegó a nuestras vidas en un momento muy complicado. Ella tenía que venir a casa a las ocho de la tarde y se quedaba a dormir durante toda la noche, cuidando de los cuatro niños varones, porque, según explicaste, tú trabajabas en los servicios de limpieza de Metro de Madrid y las jornadas eran nocturnas. Claro, ante este panorama, no tenías a nadie que se quedase con tus niños y de ahí la necesidad de contratar a una niñera.

Lo que Alejandra no sabía era que tú no trabajabas por las noches en ningún sitio. Tú no podías quedarte a dormir en casa porque dormías en otro lado, en la casa de ese borracho, al que luego dejaste por su hermano, y que no quería saber nada de unos hijos que no fuesen los suyos.

Alejandra durmió durante muchos meses en nuestra casa, de domingo a jueves, para así poder garantizar que hubiera algún adulto por la mañana que nos prepararse para ir a la escuela. Ella pensaba que eran los días que trabajabas, pero lo que no sabía era que, si tenía que hacer esa jornada, era para evitar que recibieras otra carta del colegio avisando que tus hijos iban a clase con síntomas de abandono familiar, con la consiguiente amenaza de avisar a los servicios sociales. Antes nos cuidaba mis hermanas, las mayores. Pero claro, ellas eran malas, o eso decías. La mayor se había marchado para vivir una vida llena de libertinaje y la otra se había convertido en tu Satanás. Ya no quería ayudarte. Lo que no nos contaste era que ellas se habían cansado de jugar a ser mayores, y que te habían pedido que te quedases en casa, con tus hijos, para ellas poder ser las adolescentes que aún eran. Y durante muchos meses estuvimos los cuatro solos, sin más control que el que nos prestábamos los unos a los otros… Hasta que recibiste la carta y llamaste a Alejandra.

Ella sabía que teníamos unas hermanas mayores. Le distes unas instrucciones por si ellas aparecían, y eso era algo que no entendía. No obstante, para Alejandra lo importante era cobrar, que tenía que ayudar a su familia y pagarse la carrera. Así que nunca preguntó. Ella; ¡A mandar!

Posiblemente Alejandra no entendía muchos de los avatares de la casa. No entendía cómo me podía estar pegando con mis hermanos pequeños a todas horas, y exigirles el pago de una deuda que ascendía a un millón de pesetas, y que habían contraído conmigo debido a una apuesta. Claro, entonces mis tres años de diferencia eran suficientes cómo para poder ganarles en retos que para ellos eran imposibles, y luego, cuál matón por el patio de recreo, exigirles un tributo como si fuese un canon sobre la paga de veinticinco pesetas. Luego crecieron y, por supuesto que se me quitaron las ganas de seguir exigiendo. Tampoco entendía por qué David no quería hacer los deberes, quién se negaba en rotundo a tocar un libro si no era bajo una amenaza, como tampoco entendía por qué no había día donde Daniel no llorase tras el cristal de la ventana mientras observaba cómo te marchabas y José, en su línea de siempre, le decía que ya te vería mañana, como siempre.

Alejandra no entendía muchas cosas que le contábamos, a pesar de tu insistencia en no decir nada, cómo ese miedo que habitaba en nosotros respecto a la abuela. Repetíamos como loros que ella era mala, “que mamá nos lo había dicho” y le contábamos las aventuras que teníamos que pasar cuando ella, así, sin avisar, se presentaba en la puerta del colegio. Claro, ella no subía a casa. No quería verte… bueno, no queríais veros. Aunque lo cierto era que jamás os hubierais encontrado. Tú sólo venías a las ocho de la tarde, traías la compra, recogías un poco y te marchabas: A tu otra casa, con tu otra familia.

Alejandra nos cuidó durante varios meses. Llegaba a casa, se sentaba con nosotros para ver si teníamos problemas con los deberes del colegio, nos pedía que nos fuésemos a la ducha (Que si no íbamos, nos duchaba ella y nos daba mucha vergüenza), nos daba la cena y después conversaba con nosotros un poco antes de pedirnos que nos fuéramos a la cama. Nos daba dos besos y hasta mañana. Y era muy curioso para mí, porque no guardaba el recuerdo de que tú hicieses este proceso que repetimos durante el tiempo que ella estuvo en casa. Era extraño, me decía a mí mismo.

Ella solía quedarse hasta tarde viendo la televisión y después se iba a la cama, a tu cama, siempre vacía, aunque entonces pasó a ser ocupada por ella. Decías que así, al menos, nadie usaría tus sábanas para fornicar y ya por aquel entonces, que empezaba a convertirme en tu nuevo confidente, supe por qué lo decías… o mejor dicho, por quién. Y aunque Alejandra jamás subió un chico delante de nosotros, diría que una noche, en el silencio donde todo se escucha, cierto ruido de muelles llegó hasta mi habitación. Al despertar no había nadie con ella, pero siempre pensé que Alejandra usó tus sábanas para algo más que dormir. Una extraña usando tu cama… aunque en realidad a ti te daba igual, aquella queja que tanto acuñabas, sólo era tu instrumento para protestar.

El tiempo que estuvo Alejandra con nosotros, no lo recuerdo muy bien. Creo que fueron cinco meses. Hasta que un día le dijiste que te habían cambiado de centro de trabajo y ya no necesitabas a alguien que se quedase por las noches. La liquidaste y ella se marchó. Lo que Alejandra nunca supo fue que, en realidad, habías roto tu relación con el borracho (y ya germinaba la otra, con el hermano), que ya podías volver a tu cama olvidada y que por tanto no necesitabas de sus servicios. Se marchó sin entender muchas cosas, las mismas que aún hoy yo no entiendo… pero claro, ella sólo era la niñera y yo el niño que dejabas en casa.


Roberto Arévalo
http://rarevalo.es.tl
http://esperandoserleido.blogspot.com


 

No deseado 9 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 18:19
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RELATO GANADOR DEL 2º PREMIO EN EL V CERTAMEN DE RELATO CORTO AMFE-MUJER 2006 de Castilleja de la Cuesta. Sevilla

 


LOLA MONTALVO CARCELÉN


 

NO DESEADO


La sala de espera de la consulta estaba llena de mujeres. Sólo había un señor, al fondo, leyendo el periódico. Cati deseó que no se tratara de otro abogado con ganas de pleitos y denuncias. Últimamente habían recibido dos y, reconoció muy a su pesar, esto le había producido una inmensa molestia y le había quitado bastante de la confianza profesional de la que siempre hacía gala. Cruzó la sala lo más rápidamente que le permitieron sus gruesas botas mientras saludaba con un gesto a las mujeres que repetían visita. Cerró la puerta de su consulta tras de sí. El hombre del periódico no se movió ni levantó la vista de su lectura. Bueno, ya afrontaría el problema cuando se le planteara… ¿Para qué adelantarse? Quizá sólo estaba resguardándose del frío y la lluvia que arrasaba la ciudad aquella horrorosa mañana. Paco no había llegado aún. Con un gesto de fastidio recordó que le había dado permiso para que asistiera a un curso que organizaba el Hospital Comarcal. No iba a ser un buen día, seguro que no.

Se dispuso a preparar su consulta para empezar a visitar a sus pacientes. Todo estaba muy limpio. Un agradable olor a jabón y desinfectante le garantizó que el hombre que había contratado para que se ocupara de las labores de limpieza había cumplido con su trabajo la tarde anterior. Un examen riguroso de los suelos, las mesas y demás enseres le confirmaron que todo estaba impoluto. Estaba claro que Emilio, que así se llamaba, no la había engañado cuando le aseguró tres días atrás que sabía limpiar y que le gustaba hacerlo. Además, le había ordenado los libros de la estantería y le había regado todas las macetas. Puso una sábana limpia en la camilla de exploración ginecológica. No le agradaba utilizar esos grandes rollos de papel de celulosa. Consideraba que ese material es excesivamente rígido y áspero a la piel. Además, las sabanillas de algodón se podían lavar miles de veces y no ponían en peligro los bosques. Su espítiru ecologista estuvo absolutamente conforme con su sentido común.

Suspiró profundamente mientras se colocaba la bata blanca. Comprobó que la habían lavado y planchado. Desde luego este hombre no tiene desperdicio, pensó con satisfacción. Pero, ¿cuando lo ha hecho? ¿El fin de semana? Aún asombrada, se sentó en el borde de la mesa de despacho mientras hojeaba las historias de las pacientes que visitaría esa mañana. Paco, el auxiliar de enfermería que, además, llevaba las tareas administrativas, le había pegado unos papelitos amarillos en las carpetas que correspondían a las pacientes nuevas. Había tres papelitos, tres nombres nuevos. Tres caras por conocer. Tres vidas por descubrir. Ellas eran las primeras en su registro de visitas. Esa jornada vería a más de veinte mujeres. Su trabajo en la consulta de Ginecología, Obstetricia y Planificación Familiar, perteneciente a una conocida ONG, lejos de menguar, aumentaba cada día más. Cogió la primera carpeta y se dirigió a la puerta. Al estar ausente Paco, debería encargarse ella de ir llamando a cada una de las mujeres. Bueno, no pasa nada.

– ¿Adoración Castro?-una mujer se puso de pie-. Por favor, entre.

Dori había llegado pronto. Dejó los niños en casa de su hermana y tomó el tren que la llevaría a la ciudad. https://i1.wp.com/newsimg.bbc.co.uk/media/images/45166000/jpg/_45166576_02embarazo.jpgEn el mostrador de atención le indicaron muy amablemente que la doctora se retrasaría un poco. El tráfico, la lluvia, hoy es lunes… ya sabe. Se sentó en la concurrida sala de espera. Estaba muy nerviosa. Una enorme preocupación se le había agarrado en las vísceras desde que había tomado la decisión. Y Arturo no podía enterarse nunca. ¡Nunca! Los ataques de miedo y angustia le aceleraban dolorosamente el corazón. Estuvo a punto de irse varias veces. Se hallaba ya de pie dispuesta a hacerlo cuando vió entrar a una mujer madura. Vestía vaqueros y un gigantesco jersey que le llegaba a la mitad de los muslos. Al verla entrar con decisión en una de las salas supo que se trataba de la doctora. Se sentó otra vez.

Arturo nunca le había tratado mal pero era inmensamente egoísta. No la ayudó jamás con los niños ni con nada de la casa y eso que trabajaban los dos fuera. No la chillaba nunca. No la insultó jamás. Pero la ignoró desde el mismo día de la boda. Una vez a la semana, con absoluta puntualidad, los sábados por la noche, le bajaba la ropa interior y desahogaba en ella todo lo que llevaba acumulado sin preocuparse de si la persona que estaba bajo él sentía o penaba. Una vez que había terminado se giraba en la cama dándole la espalda y se quedaba dormido. Así desde hacía diez años. Y así había tenido cinco hijos y un aborto.

Dori no deseaba tener más hijos. Alguna vez se había atrevido a insinuárselo. Había reunido todo el valor que encontraba en su débil espíritu y se lo había soltado cuando creía que Arturo estaba más tranquilo: tras una buena comida o cuando su equipo de fútbol favorito ganaba. Y lo único que había recibido por respuesta fue una espantosa mirada de desprecio. Era capaz de dejarla paralizada cuando la miraba de esa forma. Y al sábado siguiente durante los diez minutos que duraba el asalto sobre su flaco cuerpo notaba toda la rabia y toda la furia que sus palabras habían provocado en él. A veces, incluso, sangraba varios días a consecuencia de la violencia de sus acometidas. No, nunca le había pegado, ni gritado, ni insultado pero le tenía tanto miedo, su sola presencia le causaba tanto espanto, que la anulaba y la esclavizaba con solo mirarla u ordenarla algo.

Cuando Dori vió que otra vez se le retrasaba el periodo supo que ya no podría soportar otro embarazo. En el último casi pierde la vida por las muchas complicaciones que sufrió. Cuando por fin tuvo a su querido Pepín, Arturo la vigiló estrechamente para que no tomara medicación anticonceptiva ya que la religión de ambos lo prohibía expresamente. Además, el farmacéutico era su hermano y no le dispensaría nada similar. A ella no. Sería inevitable que otra vez la preñara y, efectivamente, así sucedió.

Estaba aterrorizada ante el nuevo embarazo. No sabía que hacer. La angustia le impedía dormir o comer. Su marido la vigilaba estrechamente oliéndose algo. Una mañana, nunca podría recordar si por accidente o si fue que ella, inconscientemente, buscó la ocasión, se cayó rodando por la escalera de la azotea al terminar de tender una colada de ropa blanca. Estuvo inconsciente en el suelo del pasillo más de una hora. El resultado, miles de hematomas, una brecha en la ceja, otra en la barbilla y un legrado de urgencia. Eso fue hace quince días. Al día siguiente de que le dieran el alta llamó a la ONG que le había recomendado una enfermera en el hospital, en los únicos diez minutos que Arturo la había dejado sola para ir a comprar el Marca. Sabía que no debía dar marcha atrás y seguir adelante con su decisión. Cuando despertó de su accidente sólo tenía en mente una cosa. Liberarse. Y eso pasaba, necesariamente, por evitar otra posible preñez. Iría paso a paso. Cada día le echaría un poco más de valor. Otros, sabía que flaquearía. Otros muchos, el terror no la dejaría pensar o moverse. Pero un día se liberaría de su yugo.

Para llegar a esa sala de espera había sufrido mucho. Y, aún ya sentada, había estado a punto de volver a casa dejándose llevar por el temor. Pero la puerta de la consulta se abrió y aquella mujer de los vaqueros y el enorme jersey la llamó por su nombre. Se levantó. Agarró su paraguas, su bolso y su abrigo y con paso lento se dirigió a la puerta que la doctora mantenía abierta mientras la miraba a la cara y la sonreía abiertamente. Entró y la puerta se cerró tras ella. Ya estaba hecho.

Ascen vió cómo la doctora cerraba la puerta tras la demacrada mujer. Ella sería la siguiente. Sabía que tardaría un buen rato en llamarla. Ya se sabe, las consultas de ginecología son así. Mientras tanto decidió ponerse a leer un ratito la novela que Marian, su hermana, le había recomendado. Pero cuando llevaba la mitad de la primera página se dio cuenta de que no se estaba enterando de nada de lo que leía. Las palabras corrían ante sus ojos pero su mente estaba en otro sitio. Intentaba mantener la calma pero estaba muerta de miedo.

Las fiestas de su barrio fueron un estupendo paréntesis en la rutina de sus estudios en la universidad. Le encantaba estudiar pero, la verdad, una alegría al cuerpo de vez en cuando no le sentaba nada mal. Además, le vendría de perlas para poder retomar las clases con energías nuevas. Su amiga Paqui estaba entusiasmada hasta rozar la histeria. Había conocido a un buen mozo que correspondía a sus atenciones y le devolvía las llamadas con solicitud. Quería presentárselo en una de las fiestas privadas que sus amigos celebrarían y, de paso, le llevaría al amigo de su amigo para que no estuviera sola y se divirtiera y… Bueno, ¡tú me entiendes!, Le decía mientras su sonora risa llenaba el cable del teléfono y casi toda la casa. Total, que tenía un plan aceptable para las fiestas. La cosa prometía bien, sobre todo cuando Paqui le había asegurado que el chico en cuestión estaba de muy buen ver.

La noche del sarao fue tal y como se la había imaginado. El joven era tal y como estaba previsto que fuera. Carlos era su nombre. A las pocas horas Paqui y su pareja decidieron buscar un sitio más cómodo para seguir su cálida conversación. Eso no molestó a Ascen en absoluto, más bien al contrario. Su nuevo amigo era muy divertido, agradable y de inteligente conversación, no como los mentecatos que había conocido en los últimos meses. La música era genial. El ambiente electrizaba. Y el alcohol que había ingerido sin parar bajó su cota de alerta a niveles bajo cero. Cuando se quiso dar cuenta, estaban los dos en un coche. En el de Carlos. Su ropa descolocada y sus prisas le hicieron perder el control. Pero, aún seriamente afectada por los vapores etílicos, algo se disparó en su conciencia. Oye, Carlos, tendrás protección, ¿verdad? El otro murmuró, quizá demasiado deprisa, eso lo supo después, que sí, que sí, todo está bajo control. Cuando terminó se dio cuenta que el estupendo muchacho que creía haber encontrado era un impresentable más. No sólo no había usado ningún medio ni nada, si no que, casi en cueros, la dejó en plena calle, a altas horas de la noche, medio ebria y ahumada por la porquería que salía de su tubo de escape. Lo último que vió de él fue las luces de su coche cuando se alejaba a toda velocidad.

No servía de nada lamentarse ni tampoco sentirse ridícula como una mema. Pero, la verdad, era así como se sentía. Cuando por fin llegó a su casa se lavó, se metió en la ducha y se restregó con la esponja hasta casi arrancarse la piel. Aun así, sabía que no serviría de nada. De nada. Y lo peor no era sólo que en quince días no le bajara la regla. Lo peor era que ese…, ese don Juan tuviera alguna infección que se pudiera contagiar por esa vía. ¡Qué boba, pero que lío más gordo, pero qué tonta soy!

A la mañana siguiente evitó mirarse al espejo. Se avergonzaba de su propia sombra y temía con espanto la llamada de su querida Paqui. La jaqueca y la resaca no la ayudaban demasiado. No sabía qué le diría ni cómo se lo explicaría. Justo después de comer sonó su móvil. Era su amiga. Con manos temblorosas apretó el botón verde del aparato y, casi sin tener conciencia de ello y en un trabalenguas inconexo, le relató su penosa experiencia, su vergüenza y su miedo. Las lágrimas de pesar se mezclaban con las de una creciente rabia. Paqui lo solucionó todo en quince minutos. Llamó a su amigo Paco, un auxiliar de enfermería que trabajaba en la consulta de Ginecología de una ONG, y le consiguió una cita de urgencia para el día siguiente, lunes, a primera hora. Ascen, aún se pueden intentar muchas cosas antes de preocuparse. Todo irá bien, ya verás.

La puerta de la consulta se abrió y salió la mujer. Estrujaba unos papeles en su mano. La doctora la apretó con calidez el hombro y ella asintió con decisión. Se giró y se dispuso a salir de la sala de espera. No parecía la misma que había entrado unos momentos antes. La doctora llamó:

– Ascensión Ríos, por favor.- Ascen se levantó y, casi corriendo, se dirigió a la puerta abierta.

https://i1.wp.com/1.bp.blogspot.com/_l8m5z6ZAGHM/STvp25RIGdI/AAAAAAAAAHg/SdUmgP3QGso/s320/embarazo_adolescente_3.jpgElisa vió cómo una joven pelirroja muy alta se ponía rápidamente en pie y trotaba con agilidad hacia la consulta, cuya puerta la doctora mantenía abierta. Ella entraría detrás de la pelirroja. Deseaba que todo pasara rápido. Se tocaba el vientre con movimientos mecánicos. Creía notar que algo caracoleaba en su interior. Quizá era demasiado pronto.

Una semana atrás tomaba el sol en la terraza de su amplio cuarto. Acababa de hacerse el test de gestación que había comprado en una farmacia y el resultado habían sido dos rayitas. No hacía falta ninguna prueba. Lo supo desde el mismo momento en que se le había retrasado la regla, hacía mucho más de un mes. Recostada en una cómoda tumbona acolchada, cerró los ojos mientras contenía las lágrimas que le escocían tras los párpados. Su amiga Charo le había asegurado que la primera vez que lo hacías era imposible quedarse preñada. Según ella, lo había leído en una de las revistas de su madre. Su novio también le aseguró que tenía experiencia en la marcha atrás, método infalible según su concurrido círculo de amigos, ya que a ninguno le había fallado jamás. Los preservativos, aseguró con tonillo de superioridad, tenían el grave peligro de quedarse dentro y hacer necesario acudir a un centro de urgencias. No, insistió, no debía estar preocupada, él sabía lo que hacía y no pasaría nada. Además, si después de todo se lavaba con agua fría a chorro durante diez minutos ningún espermatozoide sería capaz de soportarlo ni sobrevivir. Elisa lo recordaba todo con asco y rabia.

Cuando supo que la cosa era ya un auténtico y enorme problema, navegó por Internet y comprobó que toda la información que habían manejado estaba totalmente equivocada. ¿Por qué no habría hecho eso antes? ¡Todo, todo lo que le habían asegurado como una verdad demostrada, estaba establecido científicamente que se trataba de métodos ineficaces e inútiles para evitar un embarazo! Tenía quince años y toda su vida se había fastidiado para siempre, por crédula e ignorante. ¡Con la de planes que había hecho para su futuro! ¡Ella debía dedicarse a estudiar para su carrera universitaria, no dar biberones, ni cambiar pañales!

Mientras tomaba el sol escuchaba cómo su madre trajinaba de un lado a otro. La mujer asomó la cabeza por el balcón buscándola. Tenía el pelo lleno de rulos y sobre su labio superior una gruesa capa de crema depilatoria. Ella y su padre pasarían el fin de semana fuera y Elisa quedaría al cargo de Nati, la mujer que se ocupaba de la casa y que, se podría decir, había sido siempre casi su segunda madre.

– ¡Elisa, Elisa, ven, anda, que necesito que me ayudes! –asomó otra vez la cabeza por la puerta de la terraza y, haciendo visera con la mano sobre sus bonitos ojos, le dirigió un gesto nervioso. Elisa dejó a un lado la revista que había intentado leer y se levantó. Un ligero mareo amenazó con hacerla caer. Su madre no se dio cuenta de nada ya que se encontraba otra vez trasteando con la maleta.- Búscame en el cajón los gemelos de tu padre, nena. Me acabo de pintar las uñas…

Elisa contuvo a duras penas un suspiro de fastidio. Buscó en uno de los cajones de la cómoda y sacó una cajita de terciopelo verde. Su madre la tomó con la punta de los dedos y la dejó caer en uno de los bolsillos interiores de la maleta.

– Mami, necesito hablar contigo.

– Nena, ahora no puede ser. Tu padre vendrá en una hora y mira cómo estoy todavía.- Miró el reloj situado sobre la mesilla – ¡Pero qué tarde es, anda cielo vete a tomar el sol y no te pongas en medio!

– Mamá – insistió Elisa agobiada – es que me pasa algo muy, muy gordo y necesito hablar contigo.-Su voz se apagó en un susurro. El llanto le cerraba con furia la garganta. Su madre se quedó paralizada. Sujetaba unas zapatillas con dos dedos y una bolsita de felpa con otros dos. Estaba graciosa, pensó Elisa.- Mamá, necesito que me ayudes… –el llanto tanto tiempo contenido reventó con furia. La madre dejó caer las zapatillas y la bolsita y se acercó a la niña. Le cogió la cara con las manos y le apartó el pelo. Elisa notó el olor a limpio que siempre tenía su madre, incluso cuando venía de jugar al tenis o de correr. La miró muy seria, preocupada. El ceño fruncido, la boca apretada. La joven empezó a contarle. Primero con palabras entrecortadas, poco después atropellándose y atragantándose con las lágrimas y la vergüenza. Su madre no la interrumpió. No la soltó ni dejó de mirarla. Cuando terminó, Elisa tenía la mirada fija en el suelo, en las zapatillas caídas. No podía afrontar los ojos que tanto temía y respetaba.

La mujer cogió a la niña de las manos y con ella se dirigió al despacho. Se limpió la cara con la toalla que llevaba al cuello mientras que con la mano libre buscaba un teléfono en la agenda que siempre llevaba en su bolso. Marcó un número. Esperó mientras miraba a su hija a la cara. Varios timbres después alguien contestó. Hablaron durante unos minutos y quedaron en un lugar concreto un día y a una hora. Ese fin de semana su mamá no acompañó a su padre a su compromiso. Estuvo con ella todo el tiempo. Se encargó de llamar primero y de hablar personalmente con la madre de Javi, su novio. Hubo palabras de reproche. Hubo desesperación. Hubo angustia. Pero ambas madres eran conscientes de que los dos jóvenes se encontraban en un serio apuro y había que afrontarlo con responsabilidad y sin ira.

Elisa miraba con ansiedad la puerta de la consulta. Tardaban demasiado. Su madre, sentada a su lado, le enseñó una foto de un conocido de la familia que aparecía en una revista de sociedad, intentando que se relajara. Sabía que la niña estaba aterrada. El hecho de saber que la ginecóloga era la prima de su marido no ayudó demasiado. Las dos familias habían acordado, tras una cena de conciliación la noche anterior, que harían lo que los jóvenes decidieran tras la visita médica. La muchacha estaba de casi tres faltas. Se temía que, en pocos meses, su papel como madre tomaría nuevos derroteros y debería afrontar responsabilidades ya olvidadas. Estaba claro que algo había fallado. Su hija había confiado en amigos que la habían convencido con estupideces y rancias leyendas. Nunca había mantenido con Elisa una conversación sobre métodos anticonceptivos. No creyó que fuera el momento. Era una niña. Cuando tuviera suficiente edad ya se encargaría de informarla. El resultado había dejado de manifiesto su gran error. Y el embarazo de su nena era su culpa y siempre lo sería. Por ello no la había reñido ni había consentido que lo hiciera su marido. No sentía vergüenza por su familia. Sentía pena por el trance que Elisa debía afrontar cuando aún era tan niña. Pero ella la ayudaría hasta el final. La puerta de la consulta se abrió.

Cati apagó las luces de la consulta. Ya había recogido todas las historias de las pacientes y metido el material usado en líquido desinfectante para que Paco lo esterilizara a primera hora. Mariano, su señor de la limpieza, llegaría en breve. Estaba deseando verle para felicitarle por su buen trabajo. La puerta de la consulta estaba entornada y la única luz que había era la de la sala de espera. Cogió su bolso y salió. La sala estaba desierta. Increíble. El hombre del periódico que había visto por la mañana había desaparecido sin dejar rastro. Estaba claro que se preocupaba en exceso y sin motivo alguno. No tenía por qué dudar de lo correcto de su trabajo. Atendía a toda aquella mujer que lo precisara. No traspasaba ningún límite legal y no hacía nada inmoral. Sólo ayudaba. Y aún así ciertos grupos y asociaciones de orden moral se abanderaban como defensores de la vida y de la familia contra ella. ¡Como si Cati no defendiera y respetara a la familia como un orden de valor incalculable!

Estaba muy cansada. Salió de la sala de espera. Saludó a la recepcionista de la sede de la ONG. ¡Hasta mañana! El martes tendría menos pacientes que ver e iría al centro cívico y cultural del barrio. Le pedían una vez al mes que impartiera charlas a jóvenes sobre relaciones sexuales responsables, sobre la prevención de enfermedades de transmisión por esa vía y sobre medios anticonceptivos. Llevaba haciéndolo más de siete años y cada día había más embarazos en adolescentes, más embarazos no deseados y más infecciones graves. ¿Qué es lo que falla, qué? ¡Mi voz es un susurro en el desierto! Los jóvenes siguen haciendo caso de estupideces y cuentos arcaicos, se siguen tirando al vacío sin red y … Suspiró con fastidio. Todos los días sentía el mismo hastío, lo reconocía con pena y tristeza, pero no dejaría de hacer su trabajo mientras creyera que servía de algo. Y de algo serviría, ¿no? Por lo menos las mujeres que salían de su consulta se iban algo aliviadas al ser entendidas y escuchadas. Y algunas aprendían de sus errores.

Cati salió del edificio y, caminando a paso vivo, se perdió entre la gente que abarrotaba la luminosa calle comercial. La multitud la engulló y se tragó sus pensamientos. El hombre del periódico la vió alejarse, tal y como llevaba meses haciendo. Se cerró el abrigo, se subió la bufanda tapándose media cara y se lanzó calle abajo, en dirección opuesta a la de Cati. Mañana, quizá mañana será el día.

Lola Montalvo Carcelén



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El Guardian del Lago (II) 8 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — claudiaynel @ 11:16

(CONTINUACION de “El Guardián del Lago (I)”)

Y llegó el día esperado. Sarkan, Yuryl y una escolta de sus mejores soldados y caballeros se prepararon para emprender el viaje hacia Vyalar. Poco antes de partir, el señor de Voklat y su anciano consejero contemplaban la Torre desde la orilla del lago. Yuryl le dijo muy serio a su señor:

— He observado algunas cosas que me han hecho sentir inquieto. He visto, por ejemplo, que no guardáis en vuestra fortaleza ningún caballo.

–¿Para qué?—replicó Sarkan, mientras le ajustaban la armadura.–Mis caballos lo pasan mal cuando atraviesan el lago en barco. No les gusta el tremolar de las velas, ni los crujidos de la madera. Se vuelven nerviosos y difíciles. Prefiero tenerlos aquí, en la orilla, en el fuerte que guarda el camino hacia la villa de Karalya.

Yuryl frunció el ceño. Mirando de reojo a su señor, preguntó:

–¿No pensáis construir un puente para unir vuestra Torre con la orilla?

Sarkan rió a carcajadas.

–¿Un puente, Yuryl? ¡Esa sí que es buena!—exclamó—Fíjate: mi Torre está rodeada por el mayor foso natural que jamás se haya visto. Si quiero salir de ella, puedo hacerlo rápidamente en barco. No necesito puentes—terminó desdeñoso—Si construyo uno, estaré invitando a mis enemigos a tomar mi fortaleza por asalto.

–Mi señor —continuó Yuryl, algo enojado— es de alabar vuestra preocupación por mantener inexpugnable vuestra fortaleza. Sin embargo, con toda esa preocupación, parece que os habéis olvidado de vigilar la ladera norte de la montaña.

Sarkan suspiró impaciente. Estaba deseando partir de una vez hacia Vyalar. Allí le esperaban honores, un pacto que le haría poderoso y, lo que en el fondo más anhelaba encontrar: la bella princesa Heledya. De cabellos como el oro, esbelta como un junco, con la piel de alabastro y las mejillas del color de la aurora. Así se la habían descrito. Apenas podía esperar para conocerla. “Veintitrés años tengo ya”, se decía una y otra vez, molesto “ Si espero más para casarme, acabaré siendo demasiado viejo.” Se volvió ceñudo hacia su consejero y dijo:

–Mira, Yuryl: no necesito guardar la ladera norte. Sabes muy bien que es impracticable. Rocas afiladas recubiertas de hielo, simas profundas, grietas ocultas… haría falta tener muchísima fuerza y tesón para escalarla.

Yuryl no dijo nada. Se apoyó en su báculo y fijó la vista en las tranquilas aguas.

Algo más tarde, la comitiva del señor de Voklat dejaba atrás las estribaciones de la montaña. Sarkan recordó de pronto que debían pasar una vez más frente al molino de Klarvan. El joven guerrero se encogió, como dolorido. Pues Klarvan era para él como una dolorosa espina clavada en su costado. Consciente del poder que tenía sobre su señor, el molinero se entretenía jugando con Sarkan como se entretiene jugando con el ratón el gato. “El miserable bastardo”, pensaba furioso el señor de Voklat, “sabe muy bien cómo herirme sin desangrarme. Cómo torturarme sin llegar a matarme. ¿Cuál fue la última que te hizo, Sarkan?”, trató de recordar. Esbozó una sonrisa torcida. La última jugarreta de Klarvan tuvo que ver con sus caballos. El vencido rey de Kravok, como prueba de buena voluntad, había enviado a Iznir un valioso regalo: dos destreros de pura sangre, dos palafrenes bien entrenados para los caminos de montaña y dos esbeltas yeguas alazanas. Sarkan sonrió cuando le mostraron aquellos hermosos animales. Se fijó de inmediato en uno de los destreros: un corcel magnífico, de color azabache, de sangre caliente y temperamento fiero. “Este será, a partir de ahora, mi caballo de guerra”, pensó el señor de Voklat emocionado. Ya había pedido que se lo ensillaran, cuando descubrió que tenía a su lado a un mensajero.

–Vengo del molino de Klarvan, mi señor—dijo el muchacho—Me pidió que os hiciera llegar cuanto antes unas palabras.

Sarkan, nada más oír aquello, sintió en el corazón una terrible punzada. Un mensaje urgente de Klarvan solía tener para él los mismos efectos que una violenta herida de lanza. Para disimular, se retiró con la mano unos cabellos de la frente.

–Habla—dijo ceñudo. El joven continuó:

–Klarvan dice que ha visto pasar hace rato un hermoso caballo negro frente a la puerta de su casa. Le ha gustado mucho. Dice que vos ya se lo habéis reservado, y que será un buen animal para emplearlo en la labranza.

Sarkan apretó los puños, furioso. Contempló por última vez a aquel inigualable destrero, que trotaba brioso frente a sus ojos. Respiró hondo. Se preparó, como tantas otras veces, para soportar la humillación y la rabia. Después se volvió hacia el mensajero.

–Dile a Klarvan—murmuró—que se lo haré llegar antes de que termine la mañana.

El señor de Voklat apretó los dientes al recordar aquello. Lo que había ocurrido después había sido incluso peor de lo que esperaba. Klarvan, en su tremenda maldad, había sacrificado aquel hermoso corcel, y, junto a la pared del molino, había puesto a secar al aire su carne. Así, Sarkan, cada vez que pasaba frente a la casa de Klarvan, no podía evitar ver lo que había quedado de su maravilloso corcel de guerra. “Hijo de perra”, pensaba el señor de Voklat, con la sangre hirviéndole en las venas. Mientras escuchaba el sonido de las palas, cada vez más cerca, sentía su corazón latir desbocado. Sarkan el Grande, dueño de Voklat, de Iznir y de Kravok, conquistador de Zokar, vencedor de tantas batallas, se encogía como un niño asustado cada vez que oía el batir de aquellas palas bajo el impulso de la cascada.

Se envaró tenso cuando pasaron frente a la puerta despintada. Mas esta vez tuvo suerte. Nadie asomó por la puerta su mugrienta cabeza. Sarkan enarcó las cejas. Se volvió hacia Yuryl, que se encogió de hombros. Sarkan esbozó una sonrisa. Tal vez algo terrible le había sucedido a Klarvan. “¿Y si ha muerto, Sarkan? ¿Qué será de ti?”, se preguntó preocupado el joven guerrero. Porque, a pesar de todo el daño que le causaba, Sarkan necesitaba de veras a Klarvan. La protección de su Lago Sagrado dependía enteramente de la habilidad inigualable de aquel cruel y miserable molinero.

No pensó más en Klarvan, ni en su dolor y su rabia. Sonrió feliz todo el camino hacia Vyalar, con la mente y el corazón puestos en lo que allí le esperaba. Cuando la comitiva del rey Arwan salió a recibirles, Yuryl dejó escapar un grito de sorpresa. Oro, plata, piedras preciosas, refulgían en las ropas y en los arreos de los caballos de aquellos que les aguardaban. El rey Arwan quería impresionar al joven señor de Voklat. Aunque, por el momento, no lo lograba.

Pues Sarkan no se fijaba en sus joyas o sus riquezas. Sólo tenía ojos para una persona: la princesa Heledya. Nada más verla, se sintió extraño, apocado. Ninguna descripción de las que le habían hecho hacía justicia a la hermosura de aquella doncella. Sarkan, por primera vez en su vida, bajó los ojos al saludar a una dama. Cuando tomó sus manos suaves entre las suyas, sintió que el corazón le palpitaba con fuerza.

DamaClaudia2¿Se había imaginado, acaso, que Heledya tenía una mirada tan serena como las aguas de su lago? ¿Había esperado que su sonrisa fuera tan dulce y tan bondadosa? ¿Le habían hablado de su voz, suave y amable? ¿O de sus manos, de dedos finos y tan pequeñas?

Mientras tenía lugar la ceremonia nupcial, Sarkan se dio cuenta. Acababa de comprender por qué él se había esforzado tanto por construir sobre el lago de sus antepasados una fortaleza. Era por Heledya. Nada más que por ella. Era para que aquella bellísima princesa pudiera vivir allí, y bendecir aquel lugar para siempre con su presencia. Una vez terminó la ceremonia, Sarkan le dijo a Yuryl:

–Volvamos a Iznir. Quiero llegar a mi Torre cuanto antes.

El anciano frunció el ceño.

–¿Por qué tanta prisa?—gruñó, y Sarkan resopló impaciente.

–Porque quiero pasar sobre el Lago mi primera noche con Heledya—dijo enojado– Es ella la que, tras pisar Iznir con su pie divino, lo convertirá para siempre en una sagrada tierra.

Yuryl abrió la boca sorprendido al oír aquello. Inclinó la cabeza. Le asaltó un presentimiento y dijo:

–Mi señor, no vayáis a Iznir todavía. Esperad unos días, aquí en Vyalar.

Sarkan se irguió en toda su estatura. Con las manos en la cintura, le dijo a Yuryl:

–Creo que mis palabras estaban claras ¿no te parece, consejero?

Yuryl sostuvo su mirada y suspiró. Se guardó las ganas de decirle a su señor lo que pensaba: que siendo Heledya tan bella, y estando Sarkan tan enamorado ¿Qué más le daba yacer con ella en Vyalar, en Karalya, en un bosque por el camino, o incluso en la misma cuadra donde guardaba su caballo? Prefirió callarse. Hacía tiempo que Sarkan había dejado de escuchar sus consejos. El señor de Voklat era cada vez más quisquilloso, engreído, caprichoso y descuidado. Preparándose para lo que les deparaba el destino, Yuryl se agarró fuertemente a su báculo.

De acuerdo con los deseos del señor de Voklat, una vez terminado el encuentro, Sarkan, Heledya, escoltas y séquitos se pusieron de inmediato en marcha. Aunque la jornada de viaje era larga, la princesa la aguantó bastante bien. Era fuerte, a pesar de su aspecto delicado. Sarkan, cabalgando junto a ella, la miraba de cuando en cuando y sonreía. Ella, algo azorada, le devolvía con ojos brillantes la sonrisa. Así transcurrió aquel viaje, que para Sarkan, fue una delicia. Tan embelesado estaba mirando a su princesa, que no se daba cuenta ni de por dónde pasaban. Hasta que escuchó una voz conocida.

–¡Mi señor!—dijo la voz, quejumbrosa, estridente e irritada.

Sarkan pegó un respingo. No se había percatado de que estaban ya junto al molino de Klarvan. El hombrecillo paseó sus ojos burlones por encima de la comitiva, y se plantó firmemente junto a Sarkan. El joven guerrero se estremeció al ver su sonrisa. Nunca le había parecido tan ruin, tan lasciva y tan taimada.

–Mi señor—murmuró el molinero, contemplando de arriba abajo a la bella princesa—Sois de veras afortunado. Viajáis siempre en muy buena compañía—se retorció las manos—Pero yo… estoy siempre solo. No sabéis lo abandonado que me siento…

Klarvan calló. Sarkan contuvo el aliento. Entonces, el molinero, dijo en tono socarrón:

–Ayudadme, señor—y señaló a Heledya—Concededme a esa doncella, para que venga a calentarme el lecho.

El silencio que siguió a la petición de Klarvan fue tan absoluto, que pareció que el tiempo se hubiera detenido. Yuryl miró hacia el cielo. Sentía, más que oía, el cantar de la cascada y el rumor de las hojas en el viento. Heledya, ruborizada, miró por un momento a su marido. Asustada al verle vacilar, se ocultó de inmediato tras su velo.

En cuanto a Sarkan, el joven señor no percibía el silencio. Mientras apretaba con fuerza la empuñadura de su espada, escuchaba las voces que corrían por sus venas. Eran las de sus antepasados guerreros, que le hablaban desde el fondo de su alma. Le gritaban que no esperara más, que sacara la espada de su vaina y que descuartizara con ella a aquel miserable hijo de perra.

No dijo nada. Tan sólo picó espuelas. La comitiva le siguió presta. Mientras se alejaban, Klarvan gritaba risueño:

–¡Antes de que caiga la noche, mi señor! ¡Esperaré tan sólo ese tiempo!

Sarkan avanzó un corto trecho en silencio. Súbitamente, detuvo el caballo. Se volvió hacia Yuryl y le dijo:

–¿Qué debo hacer? ¿Qué me aconsejas?

Yuryl se mordió los labios, sin atreverse a hablar. Por fin, con un hilo de voz, contestó:

–Lo más prudente sería darle lo que pide.

Sarkan clavó los ojos en los del anciano. Echando mano de su látigo, enloqueció de repente.

–¡Maldito bastardo!—gritó –¡Tú y tus consejos!

Yuryl trató de parar el golpe. No le sirvió de nada. Acabó en el suelo, dolorido y magullado, viendo cómo Sarkan se alejaba galopando camino abajo, mientras lanzaba su grito de guerra. Yuryl cerró los ojos. Se volvió compungido hacia la joven princesa. “El destino ya está cerrado”, se dijo el anciano. Se puso en pie y se sacudió el polvo. Examinó su hombro ensangrentado. Recogió su báculo. Se puso en marcha. La única que le vio partir fue la bella Heledya: una figura oscura que se perdía entre los árboles. Eso fue lo último que se vio del gran Yuryl, creador de la Torre y de la Isla del Lago. De aquel sabio anciano, que se desvivió por ayudar a su señor a conseguir honores y gloria, una vez se desvaneció entre las sombras del bosque, nunca más se escuchó una palabra.

En cuanto a Sarkan y Klarvan, el molinero recibió de manos del señor de Voklat la paliza de su vida. Sus poderes y su cargo de Guardián del Lago no le sirvieron de nada. Sarkan se lanzó contra él con la fuerza de un guerrero vencedor de batallas, con la ira de un hombre joven que ha sido afrentado, con la desesperación del prisionero que ha sufrido un tormento demasiado largo. Descargó su látigo sobre cada miembro del cuerpo de Klarvan. Lo descargó sobre su rostro, sobre su espalda, sus piernas y sus huesudas nalgas. Klarvan terminó por caer al suelo. Se arrastró gimiendo sobre el polvo. Sarkan detuvo su ataque y le dijo con voz tonante:

–Se acabó. No volverás a humillarme. Nunca más, hijo de perra, se te ocurra volver a pedirme nada.

Klarvan, a través de sus ojos hinchados, vio cómo su señor se alejaba. El maltrecho molinero rodó dolorido por el suelo. Mas, en medio de su dolor, sonrió satisfecho. Había conseguido de su incauto señor lo que tanto deseaba.

Se puso trabajosamente en pie. Se preguntó si podría hacer bien su trabajo. “Claro que podrás”, se animó. “Con lo mucho que te vas a divertir enseñándole a ese engreído Sarkan quién es el verdadero señor del Lago.”

Así, tomando de su cochambroso cobertizo una herramienta parecida a una pértiga, Klarvan caminó hacia la cascada. El agua cantarina caía por una pared escalonada de roca. Aunque a simple vista no se percibían, sobre aquella pared había múltiples aberturas, cubiertas por grandes trozos de piedra. Klarvan paseó su vista sobre ellas. ¿Por cuáles se decidiría? “La de más arriba primero”, pensó, “luego, la tercera empezando por la izquierda. Y, por último, esa pequeña que está toda cubierta de hiedra.” Haciendo un tremendo esfuerzo, trepó hasta donde estaba cada una de aquellas piedras. Con la ayuda de su herramienta, hizo que se desprendieran de sus huecos, y contempló cómo manaba el agua tras ellas.

Agua, pensó. La razón de su vida. ¿Cuándo supo por primera vez que tenía el don? Aun era muy pequeño. Recordó a los hombres del pueblo, poniéndole en las manos dos varas de avellano, y obligándole a caminar, mientras cruzaban sus apuestas. Klarvan, entonces, dejaba de ser un huérfano pobre y despreciado. Se convertía en el dueño del lugar. Caminaba sobre el llano, hasta que veía, como si corrieran sobre la tierra, vías de agua subterráneas, que brillaban como la plata. No necesitaba las varillas. Pero con ellas creaba cierta emoción. Cuando llegaba al lugar que mejor le parecía, del que manaría el chorro de agua más violento, se detenía y cruzaba las varas. Y, una vez que el pozo estaba terminado, todos le palmeaban con admiración la espalda y exclamaban “¿Cómo lo consigues Klarvan?”.

Tenía un don, eso era todo. Veía correr el agua bajo la tierra, como veía, con toda claridad, correr los pensamientos de los hombres dentro de las cabezas. El señor de Voklat era irresistible. Tan joven, tan fogoso, tan limpio de corazón, tan inconsciente. Cómo disfrutaba Klarvan hiriéndole. Cómo se vengaba en aquel guerrero afortunado y victorioso de su existencia miserable y doliente.

Una vez comprobó que su recién terminado trabajo estaba dando los resultados que esperaba, Klarvan se dispuso a emprender camino. Tomó su escuálida mula y, mientras se alejaba de su molino, sonreía taimado. “Mi joven señor, qué poco observador sois ¿no os habéis dado cuenta? La cascada que cae junto a mi casa nunca lleva mucha agua. Esa es mi tarea, señor, retener el agua en vuestro Lago, y es una tarea sagrada. Iznir existe porque soy yo el que detiene los torrentes que lo desaguan. Soy insustituible, señor de Voklat. Aunque os pese, debéis protegerme, cuidarme y hasta obedecerme. Debisteis contener vuestra ira, mi señor. Ahora vuestra suerte está echada.”

Klarvan era feliz. Ya no tenía que servir más a Sarkan. Ahora trabajaría para otros. Una espléndida recompensa le esperaba. “El señor de Zokar estará contento de verme”, pensaba, “a menos que se haya olvidado de su promesa.” Aunque viajó toda la noche, no llegó a la tierra de Zokar hasta el amanecer. Para cuando traspasó las murallas, se sentía deshecho. Hekli, el señor de Zokar, le recibió de inmediato. El viejo señor se quedó anonadado al ver su terrible aspecto.

–En nombre del Cielo, Klarvan ¿qué te ha ocurrido?

–El señor de Voklat y yo discutimos por una mujer. —contestó el molinero con un hilo de voz–No llegamos a ponernos de acuerdo.

Hekli sonrió ladinamente.

–Lo has conseguido ¿verdad?—dijo.

Klarvan asintió diciendo:

–Me ha liberado. Me ha atacado con violencia. Ya no tengo por qué respetar mi cargo.

Hekli se acarició la barbilla y preguntó:

–¿De cuanto disponemos?

–Tres días, mi señor—alcanzó a decir Klarvan antes de desmayarse. Hekli se dispuso a alistar a sus tropas de inmediato. No le interesaba perder el tiempo.

El amanecer entró a través del panel de alabastro de la ventana. El señor de Voklat abrió los ojos. Se incorporó en el lecho y, volviéndose hacia un lado, contempló lo que aquella luz tan pura iluminaba. Se preguntó extasiado “¿Habías visto alguna vez algo más hermoso que lo que tienes a tu lado, Sarkan?”.

La figura dormida que él contemplaba era tan cálida y real y, al mismo tiempo, tan etérea y tan pálida, que al señor de Voklat le pareció por un instante que no era sino un rastro de blanca luz sobre su cama. Acarició con suavidad los rizos rubios que cubrían las sábanas. Entonces se acordó. “¡Qué necio eres! ¡Lleváis tres días aquí y aun no le has mostrado ni las nubes ni las montañas!” Apartó algunos rizos para descubrir una oreja delicada. Susurró dentro de ella: “Despierta, amor mío. Quiero enseñarte algo.” La melena rubia se movió levemente. Sarkan sonrió. Se puso en pie y se cubrió con su manto rojo y dorado. Después envolvió el cuerpo de su princesa con una túnica celeste y plateada. Tomó a la joven, aun dormida, en sus brazos. Con mucho cuidado, comenzó a subir los escalones que llevaban a la alta plataforma almenada.

Se detuvo a mitad de camino, sin poder evitarlo, para besar los labios rojos, la frente blanquísima, las mejillas sonrosadas. Imaginaba la alegría de su esposa cuando él le descubriera todo lo que desde su Torre se dominaba. Le mostraría a Heledya una maravillosa vista de pájaro de su tierra natal, Vyalar. Le enseñaría todos sus dominios: Kravok, Voklat, Zokar. Le señalaría el mar lejano, y le diría que era del color de sus ojos. Por último, se besarían frente a los picos nevados, bajo el cielo azul y las nubes blancas, en el sagrado lago de sus antepasados. Y, si la mañana no era demasiado fría, Sarkan extendería sobre el suelo su manto rojo. Tendería sobre él a su bella esposa. Le pediría que contemplara las nubes y, echándose sobre ella, le haría el amor allí mismo, a salvo de cualquier mirada. Se abrazarían envueltos en sus mantos, rojo, oro, azul celeste, plata. Saltando ágilmente por encima del último escalón, Sarkan se acercó a las almenas, con Heledya en sus brazos. La muchacha, ya despierta, suspiró y se abrazó a él. Sarkan la dejó con cuidado en el suelo. La besó en los labios y le susurró:

–Te mostraré el lugar del que ahora eres dueña.

La tomó de la mano y la acercó a una de las almenas. Estuvieron a punto de caerse del susto. Sarkan ahogó un grito cuando vio que el sereno lago de sus antepasados ya no existía. La base de su Torre ya no descansaba entre las tranquilas aguas. Ahora su fortaleza inexpugnable era un inestable edificio encaramado a una colina de suaves laderas, fácil de acceder a caballo, atravesando aquel valle lodoso, en cuyo fondo agonizaba un parduzco y somero anillo de agua.

Deshaciéndose del abrazo de Heledya, Sarkan se acercó al lado sur de la plataforma. Escuchó voces, tambores, trompetas. Cuando vio de dónde procedían se mordió la mano. Los soldados de Hekli de Zokar ya estaban atacando el fuerte que protegía el camino de la villa de Karalya. Sarkan se preguntó ceñudo cómo se habían enterado tan rápido de lo que le había sucedido al Lago. “Llegarán aquí enseguida”, se dijo furioso y alarmado. Escuchó más sonidos, esta vez desde el lado norte de su fortaleza.

–No es posible… —murmuró. Se acercó lentamente hasta el tramo de almenas desde el que pensaba mostrar Vyalar a su princesa. No había duda. Los hombres de Zokar habían logrado lo que parecía imposible: habían alcanzado el lago desde aquella impracticable ladera.

Estaba atrapado entre el martillo y el yunque. No había gran cosa que pudiera hacer. No tenía caballos para él y sus hombres, allí en su fortaleza. “Mi espada”, se dijo,”Quiero morir con ella en la mano.”

Se volvió hacia Heledya y le dijo entristecido:

–Conviértete en pájaro, mi amor.

La besó por última vez y, con un grito de guerra, bajó corriendo las escaleras. Heledya, que ignoraba el verdadero significado de aquella frase tan antigua, no saltó desde la almena. Permaneció temblorosa en lo alto de la Torre, envuelta en su manto azul, preguntándose qué sería de ella.

Hekli, el señor de Zokar, daba saltos de alegría. Todo había salido a pedir de boca. Suspiró al recordar lo difícil que había sido convencer a sus hombres para que escalaran la montaña por el norte. Un saco lleno de monedas, otro, y otro más, hasta que aceptaron. Tremendo gasto. Pero había merecido la pena. Se habían esforzado de veras. Cumplieron a la perfección su cometido, bien pertrechados con sogas, ganchos, calzado recio, un duro entrenamiento, promesas de botín, deseos de venganza insatisfechos y el oro resonando en sus faltriqueras.

Así fue como Hekli, el señor de Zokar, conquistó la Torre de Iznir, el fuerte de la orilla del Lago, y el castillo y la villa de Karalya. Se adueñó de todos los dominios de Sarkan el Grande, aunque pronto perdió gran parte de ellos a manos de su nuevo enemigo, el padre de Heledya, el rey Arwan de Vyalar.

En cuanto a la infortunada Heledya, los narradores no se ponen de acuerdo sobre su destino. Muchos dicen que, animada por las palabras de su marido, invocó a los espíritus del lugar y se transformó en un pájaro blanco. Voló por encima de las almenas, del valle cubierto de barro y algas y de los picos nevados, hasta que alcanzó la orilla del mar en Vyalar, su bienamada tierra. Pero es una historia harto increíble. Lo más probable es que la desdichada acabara mal: en manos de Hekli de Zokar, metida en un carro, con la túnica hecha jirones y atada de pies y manos.

Klarvan, el molinero, no quedó contento con la recompensa que recibió por sus servicios. Se encaró con el señor de Zokar, primero con suavidad y prudencia, luego, creyéndose aun Guardián del Lago Sagrado, con altanería y violencia. Hekli no era como Sarkan. Su mente no era un valle abierto por el que fluía un manantial de aguas puras y rápidas. Era más bien un retorcido nudo de rocas duras, secas y afiladas. Klarvan no podía entrar tan fácilmente en aquella inhóspita mente. Decidió desistir y retirarse. Hekli, hombre desconfiado, muy ofendido por las palabras que un simple molinero le había dedicado, esperó a que Klarvan se diera la vuelta. Entonces cargó su ballesta con un dardo.

Klarvan murió. Nadie fue capaz de sustituirle. Las gentes de la villa de Karalya, bajo la dirección de su nuevo señor, Hekli de Zokar, trataron de recuperar el Lago Sagrado. Taparon las vías que Klarvan había dejado abiertas. Recorrieron las laderas en busca de nuevos manantiales. Nada de lo que hicieron sirvió de nada. Finalmente, se tomó una drástica decisión: el río que bajaba de la montaña fue contenido con un enorme dique. El molino dejó de girar y se silenció para siempre la canción de la cascada. Pasó el otoño. Todo parecía ir bien. Llegó el invierno con sus lluvias. “Para la primavera, tendremos agua en Iznir”, decían todos. Lo que realmente había de ocurrir, no se lo esperaban.

Una mañana, los habitantes de Karalya escucharon un gran estruendo. Cuando vieron Kjosfossen IIlo que se aproximaba, les faltó el tiempo para abandonar a toda prisa sus casas. El río, bien cargado de agua gracias a las lluvias invernales, había conseguido derribar el dique. Furioso, desbocado, impetuoso, bajaba como al galope desde lo alto de la montaña. “Es Sarkan”, decían algunos, “Viene contra Hekli, a cobrarse su venganza.”

La villa de Karalya resultó arrasada. Hekli de Zokar fundó otra villa no muy lejos, pero apenas disfrutó de sus nuevos dominios: no tardó en morir en batalla. En cuanto a la Torre de Iznir, el maravilloso lugar creado por Yuryl el Sabio a partir de una simple roca que apenas sobresalía de las aguas, no quedó incólume. La mezcla mágica de piedra, arcilla y polvo de su base, no soportó la exposición a la intemperie. Bajo la acción del sol y el viento, no tardó en secarse y resquebrajarse. Las grietas avanzaron sobre sus muros como si fueran heridas. La torre acabó desalojada y abandonada.

El lago sagrado jamás volvió a llenarse. La Torre de Iznir, sin embargo, aun no ha terminado de caer. Parte de sus muros siguen allí, en el centro del seco y desolado valle, para recordar a los narradores de historias que una vez existió Sarkan el Grande, el joven guerrero, de brazo aguerrido, corazón limpio y sangre fogosa. Recuerdan que en aquel lugar vivió sueños de grandeza, contempló orgulloso sus amplios dominios, ignoró las palabras de un sabio anciano y abrazó enamorado a una bella princesa.


Claudia Aynel


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El Guardián del Lago (I)

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Sarkan, señor de la tierra de Voklat, contempló escéptico lo que le mostraba Yuryl, su anciano consejero.

–¿Aquí?—preguntó Sarkan, frunciendo el ceño. Yuryl sonrió y asintió. Sarkan, apretando los labios, paseó una vez más la vista sobre el paisaje. Frente a él se abría un valle redondo, como un tazón, rodeado por una corona de picos nevados. Aquel valle cóncavo estaba ocupado hasta la mitad de su profundidad por un extenso lago. Sarkan recorrió con los ojos la lisa superficie de agua, que reflejaba las nubes como si fuera un espejo, dejando que se volcara sobre ella el azul luminoso del cielo. Se acarició el mentón, pensativo. Por muchas dudas que tuviera, no podía dejar de reconocer que se trataba de un hermoso lugar. “Podría vivir aquí para siempre”, se dijo sonriendo. Cuando se volvió de nuevo hacia Yuryl, se le borró la sonrisa. Al sentir sobre sí la mirada penetrante del anciano, tan inquisitiva, no pudo evitar encogerse, intimidado. Yuryl, con su larga barba blanca y sus brillantes ojos azules, de pronto ya no era más su sabio consejero. Se había convertido en un espíritu del lugar. Un dios de agua, cielo azul y nieve. El anciano habló con voz solemne:

–Mi señor, estáis a punto de dar el paso que no fue capaz de dar Tarkan el Magnífico, vuestro glorioso ancestro. ¿Estáis dispuesto a terminar su tarea?

Sarkan se encaró con Yuryl, ceñudo. ¿Por qué no iba a estarlo? ¿Acaso no era él Sarkan el Grande, conquistador victorioso, respetado y temido señor de una codiciada tierra? Sacudió su melena de rizos rubios y se irguió echando hacia atrás su manto. Desafió orgulloso la mirada del anciano. Yuryl observó todos sus movimientos con los ojos entornados. Dijo, con un amago de sonrisa:

–Veo que estáis dispuesto, mi señor. Como de costumbre, frente al desafío, no sólo no retrocedéis, sino que, además, os mostráis decidido y resuelto—su sonrisa se hizo más amplia–Eso me agrada. Os ayudaré gustoso a cumplir vuestros deseos. Mas debo advertiros: puede que os cueste más caro de lo que pensáis el hacer realidad todos esos sueños.

Sarkan resopló enojado.

–Nada ha sido fácil para mí, hasta ahora—dijo apoyando la mano sobre el pomo de su espada—He luchado muy duro para conseguir todo lo que poseo. Ya me conoces, Yuryl. Yo no me arredro ante nada. Dime lo que hay que hacer. Te aseguro que no voy a echarme atrás, por difícil que sea la tarea.

–Por supuesto que no—contestó Yuryl, aun sonriendo.—Conozco vuestro temperamento—dejó de sonreír y suspiró—Pero esta vez no será como en otras ocasiones. No se tratará de entrar en batalla y luchar hasta la muerte. Tampoco de arremeter contra el enemigo—Se apoyó en su báculo y miró a Sarkan fijamente– Mi señor, esta vez os tocará resistir. Aguantar hasta lo indecible. Esta vez tendréis que agachar la cabeza y tener paciencia.

Sarkan arqueó las cejas, sorprendido. Yuryl continuó:

–Paciencia, resistencia, perseverancia. Tendréis que estar dispuesto a hacer sacrificios. Os esperan las más duras pruebas.

Sarkan rió fuertemente y palmeó la espalda del anciano. ¿De qué hablaba Yuryl? ¿Qué eran duras pruebas para él? Que le dieran lo que fuera: crudos inviernos, feroces alimañas, hambre, sed… Sarkan el Grande tenía una voluntad de hierro.

Yuryl conocía desde hacía tiempo a su joven señor, y era capaz de interpretar hasta el más leve de sus gestos. Cuando vio la expresión de aquel rostro juvenil, tan arrogante y segura de sí misma, estuvo a punto de aconsejarle que se olvidara de aquel proyecto.

Sarkan, sonriendo, aguardó a que el anciano hablara. Pues Yuryl se había quedado inmóvil, apoyado sobre su báculo, hundiendo su mirada pensativa en las azules y tranquilas aguas. Así dejaron pasar unos instantes.

Por fin, Yuryl se incorporó.

–Allí hay un anillo de pequeñas olas, mi señor ¿Alcanzáis a verlo?—dijo señalando hacia el centro del lago. Sarkan aguzó la vista. Lo veía, sí, aunque apenas se distinguía. Varios anillos concéntricos sobre el agua, que se movían hacia dentro y hacia fuera.

–Hay algo allí—dijo en voz alta–¿Qué es?

Yuryl golpeó indeciso la tierra con su bastón. Tarkan el Magnífico también había preguntado eso. Cuando él, Yuryl, le habló de sacrificios, también se había mostrado dispuesto. Hasta que Yuryl le desveló el secreto: el delicado hilo del que penderían su felicidad y sus más anhelados deseos. Tarkan, nada más escucharle, no lo pensó dos veces: subió a su caballo, picó espuelas, y se olvidó del lago y las montañas. Construyó un hermoso castillo en la villa de Karalya. Vivió feliz hasta que, siendo ya un hombre maduro, encontró la muerte en una batalla.

Sarkan escudriñaba la superficie del lago. Yuryl contempló el regio perfil de su joven señor. Tal vez aquel guerrero aguerrido pero de corazón limpio, era, después de todo, el designado, pensó el anciano consejero. Decidió abrirle las puertas al destino. Dijo lentamente:

–Lo que hay en el centro del lago, mi señor, es la primera piedra de vuestra nueva fortaleza.

Un año después, Sarkan, envuelto en un manto bordado, contemplaba de nuevo aquel paisaje: luminoso cielo, picos nevados, piedra gris y agua mansa de lago. “Sólo ha pasado un año”, se decía contento. Mientras oteaba el horizonte, el viento arremolinó sus rubios cabellos.

Yuryl, en cuanto tuvo claro que Sarkan aceptaba el reto, se puso en marcha. Ordenó cortar grandes bloques de piedra gris de las laderas de la montaña. Mandó traer gruesos troncos de árboles del cercano bosque de Latya. Y envió a mensajeros hasta los confines de Voklat para que le trajeran arcilla del río Salya y polvo de las canteras de Balkar.

–No lo entiendo—dijo Sarkan riendo, en cuanto se enteró de lo último—Si lo que necesitas es un poco de barro y de polvo ¿Por qué envías a mis mensajeros tan lejos?

–Mi señor, ese barro y ese polvo tienen virtudes que los hacen únicos—replicó el anciano, muy serio.— Así ocurre a veces. Hasta la materia más despreciable puede llegar a ser insustituible.—fijó sus ojos en los del joven y añadió—No tardaréis, mi señor, en daros cuenta.

Sarkan contempló, asombrado, cómo, bajo las órdenes de Yuryl, los esclavos mezclaban trozos de la piedra gris de la montaña con arcilla de Salya y polvo de Balkar. Después, tomando como base la roca plana que turbaba en el centro del lago la superficie del agua, Yuryl hizo que los esclavos esparcieran la mezcla rodeando aquella roca hasta que, al contacto con el agua, aquel conglomerado se volvía tan duro como la piedra. Al cabo de unos días Sarkan, asombrado, caminaba por encima de su nuevo territorio: una isla circular, de unos cincuenta pasos de ancho, en el centro mismo de aquel maravilloso lago.

–Y ahora, mi señor—dijo el anciano, cuando Sarkan sonrió satisfecho, tras examinar su islote gris—comienza el verdadero trabajo.


“Tan sólo un año”, se dijo de nuevo Sarkan, admirado. Era lo que había llevado construir la Torre de Iznir, como todos la llamaban. Una gran fortaleza circular que se erguía recia e imponente por encima de las serenas aguas del lago. La piedra gris de las montañas con la que estaba construida, brillaba al amanecer, en el ocaso, o bajo el sol intenso del verano. Entonces, más que realizada en piedra, la fortaleza de Sarkan parecía bellamente trabajada sobre plata.

Y la vista que se dominaba desde la plataforma almenada que remataba aquella Torre era amplísima. Desde allí Sarkan podía contemplar por entero su señorío de Voklat; También, si se giraba hacia el sur, alcanzaba a ver el vecino reino de Kravok; Y si se volvía hacia el norte, llegaba a vislumbrar el mar con el que lindaba el cercano reino de Vyalar. Todos esos lugares eran ahora bien visibles desde su atalaya. “Cuantos territorios por conquistar”, se decía ambicioso y sonriente Sarkan.

Yuryl, por supuesto, fue espléndidamente recompensado por su magnífico trabajo. El anciano recibió sus honores con orgullo y alegría. Sentía que había culminado con éxito la labor de toda una vida. Sentado junto a su señor, en un momento en el que nadie les escuchaba, Yuryl se inclinó hacia Sarkan y murmuró:

–Mi señor, lo habéis conseguido. Al erigir esta fortaleza, os habéis adueñado del Lago Sagrado de vuestros antepasados. Ahora ya nada os detendrá. De estas benditas aguas recogeréis fuerza y fortuna. Expandiréis vuestras fronteras. Venceréis en cada batalla. Gracias al poder de las aguas de Iznir, conseguiréis honores, territorios, riquezas y alabanzas.

Sarkan sonrió satisfecho.¿Qué no llegaría a ser suyo ahora? Su mente se deslizó por encima de las tierras que a diario oteaba. Yuryl interrumpió sus pensamientos.

–No va a ser fácil, mi señor, como ya os expliqué. Por todo lo que consigáis tendréis que pagar a cambio un altísimo precio.

Así dijo el anciano, algo adusto. Sarkan se volvió hacia él, ceñudo. Yuryl continuó sin amedrentarse:

–¿Recordáis el consejo que os di, mi señor?

El rostro de Sarkan se ensombreció. ¿Cómo no iba a recordarlo?. Murmuró con voz ronca:

–Ya te lo dije hace tiempo, Yuryl. Sarkan el Grande jamás se arredra ante nada.

Yuryl, al escucharle, se sintió inquieto. Había percibido la duda y la vacilación en sus palabras…

El día anterior, Sarkan había tenido su primer encuentro con Klarvan. El señor de Voklat bajaba a caballo hacia el castillo que había construido Tarkan el Magnífico en la villa de Karalya. Iba acompañado por Yuryl y por su séquito. Caía la noche. Nada más dejar atrás el empinado camino de la montaña, se encontraron rodeando una destartalada casa. Yuryl le hizo una señal de advertencia.

–Es aquí, mi señor—murmuró. Sarkan contempló ceñudo aquel feo edificio. El dueño no se preocupaba, desde luego, por mantener aquella casa habitable y aseada. La descuidada paja del tejado se desprendía a trozos. Los muros de piedra estaban sucios y agrietados. Nadie barría el umbral polvoriento. Todo en aquel lugar respiraba desaliño y vagancia. Tan sólo un elemento de aquella casa parecía bien conservado: el molino de madera de grandes palas, que remataba una de las fachadas, y que giraba sin cesar, empujado por el agua que derramaba una cantarina cascada.

–¿Klarvan es molinero, pues?—preguntó Sarkan. Yuryl asintió diciendo:

–Esa es su ocupación aparente.

Cuando estaban a punto de pasar de largo, una cabeza de cabellos ralos e hirsutos de desvaído color dorado, apareció por la desgastada puerta. Sarkan se irguió tenso sobre su montura. Aquella cabeza era espantosamente fea. Dos acuosos y ladinos ojos verdes fijaron su vista en el joven guerrero. La nariz achatada y deforme se arrugó despectiva. La boca esbozó una sonrisa taimada y casi por completo desprovista de dientes.

–Vaya, vaya—dijo el hombrecillo con voz estridente— Qué sorpresa. Mirad quien acaba de bajar de la montaña.

Sarkan, recordando el consejo de Yuryl, contuvo su ira frente a aquella falta de respeto, y apretó los labios. Hizo por sonreír y esbozó un saludo. Klarvan, sonriendo burlón, no se molestó en devolvérselo.

–¡Fijaos! ¡Si es el engreído señor de Voklat! —exclamó risueño– ¡Rodeado por su corte de arrogantes caballeros!¿Cómo estáis hoy, mi señor?

Sarkan no contestó, e hizo ademán de apresurarse. Pero Klarvan no le dejó continuar camino. Con sorprendente agilidad, se apartó de la puerta y se plantó frente al caballo de Sarkan. Este no tuvo más remedio que detener a su animal, pues no podía avanzar sin arrollar a Klarvan. Al ver que su señor se hallaba por completo a su merced, la sonrisa del molinero se hizo aun más amplia.

–Veo que estáis dispuesto a conversar—dijo paseando sus ojos acuosos por encima de Sarkan y sus hombres—Qué bonitos sobrevestes llevan vuestras tropas. Y vos, mi señor, qué precioso manto bordado lucís.—suspiró–¿Sabéis? Paso mucho frío aquí, en mi molino, junto al río. Ese bonito manto que lleváis me vendría muy bien para calentarme.

Sarkan, ceñudo, apretó fuerte las riendas con las manos. Klarvan, encantado con aquella reacción, continuó espoleándole:

–Mi señor, no seáis tan tacaño y tan altivo ¿vais a negarle a vuestro más humilde siervo el calor de una prenda de abrigo?

Sarkan respiró hondo. Yuryl ya se lo había advertido. Con una forzada sonrisa, que más bien era una mueca de rabia, se desprendió de los hombros el manto. Tomándolo con una mano, se lo tendió amablemente a Klarvan.

–Tomad. Esta será una noche fría. Es la voluntad del señor de Voklat concederle esta merced a su molinero.

Klarvan estalló en carcajadas al oírle. No hizo movimiento alguno para alcanzar el manto. Sarkan, furioso y humillado, se dio cuenta de lo estúpido que parecía, permaneciendo allí con el brazo extendido, mientras aquel hombrecillo se carcajeaba despreciando su regalo. Klarvan balbuceó entre risotadas:

–¡Dejadlo caer al suelo, mi señor! ¡No os preocupéis si se mancha de barro!

Sarkan no tuvo más remedio que hacer lo que le decían. Dejó caer sobre el lodo del camino su manto bordado. Después, picó de inmediato espuelas a su caballo. Sus hombres, avergonzados por aquella afrenta a la que no podían responder, marcharon tras él apresurando el paso. Mientras se alejaban, pudieron escuchar la voz de Klarvan que decía burlona:

–¡Será una noche fría, mi señor, sin duda! ¡Sobre todo para algunos hombres que cabalgan hacia Karalya!

Yuryl lo había contemplado todo sin decir ni una palabra. Observó consternado a su señor mientras apuraban la marcha. Sarkan, respirando entrecortadamente y con el rostro enrojecido, apretaba las riendas con tanta fuerza que sus nudillos estaban pálidos. El joven guerrero no dijo ni una palabra hasta que estuvieron instalados en el castillo de Karalya. Una vez allí, Sarkan tomó del brazo a Yuryl y siseó:

–No pienso contenerme. Voy a matar a ese rufián de Klarvan.

Yuryl se encogió de hombros, sombrío.

–Si Klarvan muere, mi señor, ya sabéis lo que os aguarda.

Sarkan soltó el brazo de Yuryl. Se palmeó furioso las piernas.

–¿Por qué precisamente él, y no otro?—gritó iracundo. Yuryl se apoyó con cansancio en su báculo.

–Porque, mi señor—dijo lentamente—no hay otro como Klarvan. Es único. Conoce a la perfección los caminos del agua. Por eso fue elegido para encargarse de tan importante tarea. Por eso Klarvan, ese miserable, ese rufián, y no otro, fue designado para ser el Guardián del Lago.

Sarkan se pasó una mano por los ojos. Se dejó caer sobre una silla. Miró al anciano con ojos fieros y murmuró:

–Hablas de él como si fuera una especie de mago.

Yuryl sonrió y movió la cabeza diciendo:

–Algo así es, mi señor.

Sarkan quedó en silencio. Desde donde estaba, alcanzaba a vislumbrar una luz a través de la ventana. La reconoció de inmediato. Era la hoguera que algunas noches quedaba encendida en la alta plataforma de su Torre plateada. Suspiró desalentado. Qué humillado e infeliz dormiría esa noche. Y todo por mantener el brillo de aquella luz sobre las montañas.

Las predicciones que Yuryl hizo el día en que fueron reconocidos sus esfuerzos, resultaron ser del todo ciertas. Ningún rey o señor parecía capaz de detener el irresistible avance guerrero de Sarkan. El señor de Voklat se adueñó primero del vecino reino de Kravok. Ganó todas sus batallas sin apenas pérdidas de hombres o caballos. El rey Rawid de Kravok se dio por vencido. Sentía que no podía luchar contra un guerrero tan afortunado. Con Kravok ya en sus manos, Sarkan se dirigió hacia la tierra de Zokar. Tras varios encuentros en los que resultó victorioso, Hekli, el señor de Zokar terminó por rendirse. Fue entonces cuando Sarkan se dio cuenta de algo curioso: había forzado a los escribas a rehacer todos los mapas en menos de dos años. Se preparó para el siguiente paso: la conquista de Vyalar. Antes de lanzarse a su nueva campaña, Sarkan encendió una gran hoguera en su plataforma almenada. Mientras honraba a sus antepasados, contempló el cielo estrellado. Sintió de pronto una punzada en el alma. Intuyó que algo esencial para él, su más anhelado deseo, le estaba aguardando en Vyalar.

Pero nunca llegó a emprender aquella campaña. Pues el rey del Norte, Arwan, bastante nervioso por las noticias que le llegaban, decidió adelantarse a los acontecimientos y envió a Iznir una embajada. El día que sus lugartenientes se presentaron en el salón de la Torre, Yuryl le dijo en voz baja a Sarkan:

–El rey del Norte está asustado. Hará lo posible por hacerse amigo de vos y cerrar de inmediato un pacto. Tenéis todas las de ganar, mi señor, en este juego. Pues no lo olvidéis: es él, Arwan de Vyalar, el que viene a suplicaros.

Sarkan escuchó atentamente lo que le proponían aquellos enviados del Norte. Cesión de tierras, privilegios, alianzas… y ofrecían además algo muy valioso que serviría para atar aun más fuerte los lazos.

–¿Cómo es?—preguntó Sarkan, bastante interesado. El enviado sonrió con orgullo y contestó:

–Tan hermosa como un amanecer sobre las montañas.

Sarkan se irguió en su asiento. La expresión arrobada de aquel hombre no era fingida. Se acarició el mentón unos momentos. Luego dijo:

–Está bien, caballero de Vyalar. Decidle a vuestro rey que acepto.


(CONTINÚA EN EL GUARDIÁN DEL LAGO II)


Claudia Aynel


 

Zapatos de Arena 7 septiembre 2009

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RELATO GANADOR DEL 1º PREMIO EN EL VII CERTAMEN DE RELATO CORTO AMFE-MUJER 2008 de Castilleja de la Cuesta, Sevilla

 

LOLA MONTALVO CARCELÉN



 

 

 

ZAPATOS DE ARENA





Le encantaba ver cómo las olas iban a morir a la playa. Le encantaba que las espumantes gotas de agua https://i1.wp.com/3.bp.blogspot.com/_CrwTUI6d4z4/SbQC1FzE9_I/AAAAAAAAAwE/kJufNC5IQrM/s400/pies+arena.bmpsalada arrastradas por el viento le salpicaran la cara y el pelo. Las gaviotas cabalgaban sobre la superficie rizada del mar a la espera de coger una presa. Estaba sentado en la orilla, los dedos de los pies enterrados en la fresca tierra húmeda. Sus mejores zapatos. Sonrió. Ella siempre le decía eso. ¡Qué pena que uno no se los pudiera llevar puestos!

El cielo, plomizo, pesado, amenazante de lluvia. El aire espeso, perfumado de sal, cálido unas rachas, fresco, otras.

Hacía rato que los bañistas se habían marchado. El increíble sol con el que se habían levantado esa mañana se había dejado vencer por la fuerza hercúlea de las nubes, macizas, potentes, llenas de lluvia. Pero Pascual seguía allí sentado. Necesitaba pensar, recordar. Necesitaba ensordecer su dolor. Tenía miedo a olvidarla, a que un día se despertara por las mañanas y su primer pensamiento no fuera para ella; no fuera ella.

Con mimo, con extrema delicadeza, acarició la urna que recogía lo que ahora era su esposa. Descansaba a su lado, sobre la arena, como otras miles de veces había estado ella mientras que juntos veían al mar ir y venir, subir y bajar, agitarse fervoroso en un juego eterno al que Pascual y Mara asistían con las manos entrelazadas o hablando o riendo o sin hacer otra cosa que ver y sentir.

Su amada Mara.

Pascual cerró los ojos intentando contener el llanto que le atenazaba la garganta, pero las lágrimas fueron capaces de escapar y rodar por su arrugado rostro y escocerle en el alma. Gotearon sobre la arena mezclándose con el agua de ese mar que siempre había amado tanto.

Y recordó.

Recordó cuando una hermosa tarde de verano la vio por primera vez, hace ya más de cuarenta años. Flacucha y desgarbada, recogía conchitas que metía en una cesta. Sus bellos ojos azules como el cielo, enmarcados en unas pestañas casi blancas, como su cabello rubio ceniza. Miles de pecas en una piel lechosa, rosada, y una enorme boca con labios de cereza cerraban el conjunto de un rostro no hermoso, fascinante. Al verla Pascual supo que ya no podría separar su vida de la de ella.

https://i1.wp.com/www.artdulac.com/blogs/artdulac/images/cogidos_de_la_mano.jpgHablaron cosas de adolescentes. Ella reía sin parar, de una forma algo boba, queriendo ser coqueta, mientras enterraba los pies en la arena. Sus mejores zapatos, dijo, los zapatos de arena de playa, con ellos te calzas el mundo.

Se vieron durante ocho veranos más hasta que pudieron casarse. Pascual nunca tuvo que convencerla para que vivieran en el pueblo, junto al mar. Ella lo dejó todo en la ciudad sin quejarse nunca, sin explicar nada. La playa era su casa; el mar era su alma.

Con los años supieron que no podrían tener hijos. Con el paso de la vida se fueron quedando solos en el mundo. Con cada pérdida, con cada mala noticia, cogían una cesta con pan, queso y vino y se iban a la playa a ver, a contemplar el mar. Se pasaban horas mirando las olas ir y venir, acariciando la orilla, espumando unas veces perezosas; arañando con furia, otras. Volvían a casa cuando ya el sol se había marchado, abrazados y renovados. Pasara lo que pasase se tenían el uno al otro, para siempre.

Mara dedicó toda su vida a cuidar y atender a Pascual. Él, por su parte, trabajaba faenando en un barco. Cuando se quedaba sola se pasaba las tardes en la playa, sentada en la orilla imaginando las aguas por las que estaría navegando su marido. Pascual, cuando terminaba sus tareas, dejaba vagar su mirada hacia el punto del horizonte en el que estaría la costa y su casa y se imaginaba a su querida Mara sentada en la arena de su playa, jugueteando con las conchas y enterrando los pies en la arena.

Un día, quince años atrás, Mara se sintió indispuesta. Todo se resolvió con una sencilla intervención quirúrgica y varios días en el hospital. Sin saberlo algo tan sencillo, tan banal, fue la causa de la enfermedad que la llevaría a la muerte. Por una transfusión se contagió de un virus mortal, asesino. Poco a poco se fue debilitando, se fue consumiendo. Los medicamentos, en fase de experimentación, no le hacían nada. Los análisis fueron empeorando más y más. La batalla estaba perdida y Mara se moría sin remedio.

<<Mi vida se apagaba con ella. La besaba y abrazaba con la esperanza de contagiarme de ella. La amé sin protegerme deseando enfermar de su veneno. No podía soportar ver cómo la Muerte me la iba arrebatando, día a día, año tras año. No había esperanza y el tiempo se acababa.

>>Su sufrimiento ató más aún mi corazón al suyo. Nunca se quejó o protestó y procuró siempre, con increíble dulzura, aplacar la ira que me dominaba cada vez con más asiduidad, por la desesperación y la impotencia. En los últimos meses ingresaba en el hospital cada vez con más frecuencia. Pero un día mi querida Mara me pidió no ir nunca más. Y yo acepté.

>>Una madrugada su respiración empeoró. De eso hace sólo una semana. La fiebre abrasaba su ajada piel, un día blanca y hermosa. Apenas había carne sobre sus huesos y el cabello hacía tiempo que había desaparecido. Los ojos de un azul metálico se encontraban escondidos en unas cadavéricas cuencas. Pero para mí seguía siendo la más bella, la más fascinante de las criaturas. Mi amada Mara. La envolví en la colcha que ella había tejido para nuestro lecho nupcial y la llevé a nuestra playa. La senté en la arena como miles de veces había hecho y me acurruqué a su lado intentando impregnarme de su olor y de la vida que se le iba a chorros y que yo no podía contener con mis callosas manos entrelazadas a las suyas. No hablamos. Sólo esperamos a que la aurora nos diera la vida una vez más. Cuando el sol se asomaba como un mínimo gajo de luz sobre el horizonte sentí cómo mi querida Mara daba el último suspiro. Agarré su rostro y lo besé en un intento vano de retener su último hálito de vida. Palpé su pecho intentando contener los latidos que se apagaban. Mis lágrimas bañaron su piel intentando dar calor a su carne casi fría. Arrebatado por el llanto, enloquecido, la atenacé con mis brazos intentando meterla bajo mi piel para que jamás me dejase sólo. El sol despuntó por el horizonte, redondo y dorado, iluminando sus apagados ojos. El mar suavizó su empuje sobre la playa para no molestar ni alterar su eterno reposo. Enterré sus desnudos y huesudos pies en la fresca arena de la playa y me tumbé a su lado>>

Encontraron a Pascual tumbado en la playa junto a su esposa muerta. Lo llevaron al hospital, pero la herida mortal que le ahogaba se encontraba en su alma, no en su carne. Odiaba los latidos de su corazón que le mantenían vivo. Unos vecinos le ayudaron a arreglar el funeral e incineración de su esposa. Le dieron de comer. Le ayudaron a arreglar sus cosas. Pero Mara no estaba a su lado y la necesitaba.

Pascual abre los ojos. Las lágrimas hace rato que brotan sin control y el llanto domina su cuerpo vencido. La lluvia, en un principio suave y ligera, golpetea rabiosamente contra su cuerpo y arrastra su dolor mezclándolo con el agua del mar que ya cubre sus pies enterrados. Toma la urna que descansa a su lado y la besa con ternura. Se pone de pie. No podría decir cuanto lleva sentado en la arena de la playa, pero ya está declinando la luz del día. La lluvia arrecia furiosa; el viento sacude su fatigado cuerpo, haciendo aletear su ropa y su cabello. Sujetando junto a su corazón el amado objeto, avanza hacia la inmensa profundidad. No siente frío. No tiene miedo. Sólo lamenta la torpeza de su envejecido cuerpo que no le permite avanzar con más soltura y rapidez. Se le hunden los pies en la arena, el agua lo envuelve en un frío abrazo y se deja llevar.

Antes de que la mar le cubra por completo y silencie su aliento, Pascual escucha, si eso es posible en medio de tan furiosa tormenta, la risa cantarina y feliz de su amada Mara. Y sonríe.

Lola Montalvo Carcelén





 

Frontera de Agua 6 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 18:39
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RELATO GANADOR DEL 1º PREMIO EN EL I CERTAMEN DE RELATO CORTO DE LA EMPRESA MANOCUMNADA DEL ALJARAFE. ALJARAFESA. 2005. Tomares. Sevilla.


LOLA MONTALVO CARCELÉN



FRONTERA DE AGUA


Estaba muy oscuro. La noche sin luna le engullía. El furioso viento le cortaba la cara, haciéndole muy difícil mantener los ojos abiertos. Pequeñísimas gotas de agua salada, lanzadas sin piedad por el frío aire criminal, se le metían en la boca y la nariz y se mezclaban con sus ardientes lágrimas de miedo y desesperación. No podía mover los pies y un hormigueo que rayaba en dolor le latía en las pantorrilas. Estaba arrodillado en el suelo de la embarcación. Las grietas del suelo se le clavaban causándole una intensa quemazón. Otros cuerpos, apretujados al suyo, le empujaban y zarandeaban al ritmo de las rugientes olas amenazando con hacerle caer por la borda.

¿Cuántas horas llevaba en ese barcucho? No sabía calcular el tiempo que había transcurrido desde que https://i1.wp.com/periodicopg.com.ve/files/imagenes_noticias/inmigrantesaltamar.jpgtreinta anónimos fantasmas se habían encajado en el suelo de un temible cascarón lleno de grietas con intenso fetor a pescado podrido. ¿O sería a carne podrida?

El mar rugía cada vez más amenazando con volcar la barca y tragárselos sin piedad. Un temblor eléctrico le traspasó haciéndole respirar con dificultad. No sabía nadar. Nunca había sido capaz de meter su cuerpo en el mar más allá de su ombligo. Un terror indescriptible le paralizaba las piernas y le hacía volver sobre sus pasos hacia la orilla con un regustillo de vergüenza en la boca, potenciado por la risilla burlona de sus hermanos. Pero eso había quedado muy atrás. Lejos.

https://i0.wp.com/4.bp.blogspot.com/_dh-DtDUp8WI/STLnG14UVVI/AAAAAAAACU0/5UisAKe4Rug/s400/mujer_inmigrante.jpgDe rodillas sobre el irregular suelo rezaba, rezaba sin parar llevado por la desesperación y el terror. Deseaba que terminara de una vez. Deseaba que el mar le dejara llegar a su destino. Sus manos se aferraban como tenazas al borde de un pequeño banquillo de madera. Las lágrimas y el llanto le atenazaban la garganta.

Un niño pequeño empezó a llorar. El patrón les ordenó con susurros de desprecio que guardaran silencio. ¡Que alguien callara a ese niño de una maldita vez! El bebé se vió silenciado con murmullos y arrullos procedentes de una hermosa voz de mujer, tan quedo que casi parecía un sueño, medio apagada por el rugido feroz del viento y las olas.

Una peste a gasoil le cerró la nariz obligándole a respirar por la boca. Alguien empezó a vomitar y no tardó en seguirle otro y otro. La furia del patrón rompió los murmullos con gritos e insultos. Escupió horrorosas órdenes y todo el mundo se agachó. ¡Las patrullas costeras estaban muy cerca, silencio!

Alguien había muerto, por el frío, por el agotamiento, por el miedo. El cadáver fue arrojado al mar que se lo tragó con un sordo chapoteo, más supuesto que escuchado. El mar rugió y atronó ante tan esperado y previsto presente.

Unas pequeñas lucecillas titilaron al fondo de la inmensa oscuridad. ¡La costa! ¡Dios mío, la costa, gracias, gracias, Dios! El patrón escupió sus órdenes, mientras murmullos de incredulidad recorrían la embarcación. Según se acercaban, la embarcación se zarandeaba más y más impulsada por las espumosas olas.

¡Silencio! ¡Las patrullas que vigilaban las costas podrían aparecer en cualquier momento! La barcaza se acercó a la orilla, pero no lo suficiente. El patrón les escupió sus órdenes: ¡desembarcad, ya! Algunos no dudaron en lanzarse fuera de ese ataúd con movimientos ansiosos. Chapoteaban con más decisión que arte, acercándose trabajosamente a tierra. El agua les llegaba al cuello y más de uno se hundió antes de poder hacer algún avance.

Miró por encima de la borda. Se quedó paralizado. ¡No sería capaz, no sabía nadar! Varias cabezas oscilaban al ritmo de las olas, algunas eran engullidas por la espuma antes de romper contra la arena. El terror no le dejaba respirar. El patrón le zarandeó e insultó, empujándole. Todos habían saltado ya. La madre agarró a su bebé por encima de su cabeza en un inútil intento de que no se mojara, de que no se congelara. El bebé, casi consciente del esfuerzo y de la gravedad de la situación, estaba inmóvil y calladito, esperando a que su madre le abrazara otra vez.

El patrón le empujó nuevamente. O se lanzaba al agua o le cortaba el cuello y le lanzaba él. Impulsado por una decisión que no sentía se puso de pie. La barcaza se movía con violencia. Tropezó. Puso un pié sobre la borda y, sin creer lo que hacía, se lanzó al mar. Se hundió. Tocó la arena del fondo. Una parte de su cerebro se asombró de lo suave que era al tacto, fina como talco. Pasaron unos eternos segundos hasta que fue capaz de posar los pies y, con fuerzas que nunca creyó tener, se impulsó hasta la superficie del agua. Las espumosas olas jugaron con su cuerpo, el agua le entró en los ojos, la nariz, la boca. Sin entender cómo, se vió impulsado hacia la orilla. La embarcación había desaparecido. Estaba completamente oscuro. Las luces que antes vieron en el horizonte se habían escondido tras las dunas. Otros cuerpos, silenciosos, reptaban a su alrededor respirando con dificultad. Escuchó un intenso quejido, un estridor. Tardó unos minutos en darse cuenta de que ese ruido lo hacía él en un ansia infinita de meter aire en sus pulmones. Caído en la arena, agotado, dolorido, aterido de frío, temblando, casi convulsionando, fue consciente de estar vivo. Vivo y libre. El mar, ese engullidor de esperanzas, esa frontera de vidas mejores, le había perdonado. Había mirado hacia otro sitio. Le había dejado pasar.

Con gran esfuerzo se incorporó. Sus pies le pesaban como bloques de granito. Cerca de él escuchó el zureo del bebé. Los hermosos murmullos de la mujer le acunaban. La adivinó en la oscuridad. La tocó un hombro, la agarró del brazo y la ayudó a ponerse en pie. Hay que salir de aquí, le susurró. Comenzaron a caminar, sin saber dónde ir, pero sabiendo que a partir de ese momento todo sería distinto.

Como movido por un resorte volvió una última vez la vista al mar. La música de las olas le despidió con su monótono vaivén. Suerte.

Lola Montalvo Carcelén


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Patrulla de rescate 5 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — Pedro Avilés @ 19:43


Eva consiguió pulsar el botón de alarma del móvil a duras penas.https://i0.wp.com/lacomunidad.elpais.com/blogfiles/antonio-pampliega/noticia_2006-08-21_iEETGu8q.jpg

— Mírame —dijo él.

Silencio.

— Que me mires, joder.

Silencio.

— ¡Mírame, coño!

Silencio.

El camión de la basura, a las dos, puntual, carraspeó cansino en la madrugada triste del barrio popular. La luz de la farola de enfrente, intermitente, titilante, aliada del frío, penetrando los vidrios rotos de la ventana de la cocina, iluminaba el sombrío rostro del hombre.

Estarían al llegar.

— No me hagas esto.

Silencio.

— ¡¡Que me mires, hostia!!

Qué miedo.

Evahttp://cms7.blogia.com/blogs/m/mo/mot/motrildigital/upload/20051030101633-dfffffff-jpg obedeció. Levantó la mirada desde el suelo hasta la cara congestionada de él.

El cuchillo en la encimera.

Llegarían a tiempo.

— No me hagas caso, mi amor —cambió él de registro, una mano levantada hacia el rostro de ella en ademán de caricia inconclusa—. Voy a cambiar. Te lo juro.

Silencio.

— ¡Mírame a la cara!

Ya vendrían de camino, raudos a salvarla.

— ¿Qué tienes escondido en la mano, so puta?

Eva escondió el móvil.

Tenían que estar en el portal; ya subían, seguro.

— ¡¡Les has llamado, cagondiós!! —repitió él, cuchillo en mano.

Llegaron a las siete. La sangre coagulada de Eva irisaba el linóleo del piso de la cocina cuando entraron.

Ya no respiraba.https://i2.wp.com/blogs.librodearena.com/myfiles/cglima/SUICIDI1.jpg


(C) Pedro Avilés, octubre 2008

 

Día del baño 4 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — Tio Antonio @ 19:40


Ese era un día como otro cualquiera, y Pancho, el travieso perro de la familia López, correteaba a sus https://i1.wp.com/3.bp.blogspot.com/_B3zqLQT4SFA/R4kpqXSS5II/AAAAAAAAAW8/Taz_8pgnMm0/s320/perros+0024+-+perro+corriendo.jpganchas por el campo.

Qué buena vida se pegaba; todo el día correteando, jugando con los hijos del matrimonio, gastándole bromas a Tigris, el gato, ladrándole a los coches y asustando al cartero.

Pero ¡Ay! Cuando más confiado estás, es cuando suelen ocurrir esos desagradables sucesos que te rompen el día.

Mientras perseguía a Tigris, tropezó con un bidón de aceite, derramándolo por el suelo y llenándose las patas. Pero eso no detuvo su alocada carrera, de hecho era una anécdota más en su abultado currículum de gamberro. No pensó así Manoli, la señora de la casa, que lo presenció.

-¡Mira lo que has hecho asqueroso perro. Ahora por tu culpa tendré que limpiar todo el suelo de la cocina!

Pancho se detuvo asustado, y se escondió en un rincón ¡Vaya! La señora se ha puesto hecha una fiera. Mal asunto, eso no es bueno.

Tras un largo rato dale que te pego con la fregona, terminó. Pancho no estaba tranquilo, conocía bien a su dueña. No sería nada extraño que lo castigase sin comer, o algo parecido. Esta entró en la sala de estar, donde estaban su marido y sus hijos, viendo la tele.

-¡Estoy harta de ese perro! Cada día hace alguna travesura. La semana pasada rompió la maceta esa tan bonita, hoy ha tirado el aceite ¿Qué hacemos con el?

Eduardo, el marido que estaba presenciando el fútbol, no tenía muchas ganas de complicarse la vida, y se limitó a decirle:

-Eh…bueno, el pobre se aburre. Es normal que se porte así, todavía es un cachorrito. Cuando crezca se portará mejor, y será un buen perro guardián. Ya lo verás.

-¡Si tú lo dices! Pero si algo no le consiento a esa alfombra con patas, es que me ensucie la casa, y lleva las patas pringosas de aceite. Dale un baño que falta le hace.

Al oir eso, se le pusieron los pelos de punta, lo mismo que las orejas ¡Un baño! ¡Horror, temor, pavor! No le gustaban los baños. Además, pronto sería de noche y hacía frío. Decididamente ¡No! Nada de baños, se negaba a colaborar.

Lo primero que hizo Pancho, fue ir a toda pastilla al cuarto de las herramientas y sacar la manguera. La escondió debajo del coche. Si tenía que soportar un baño, al menos que fuera de día.

El astuto Tigris, se había subido a una de las ventanas, y lo vió todo. Sonrió maliciosamente. Esa era la http://jovialiste.files.wordpress.com/2009/05/gato-malo.jpgocasión que esperaba para vengarse de ese pesado perro.

En cuanto a su dueño, Eduardo, de nada le valieron sus protestas, diciendo que lo dejara para mañana, ya que después de todo, el perro dormía fuera, en su caseta. Su esposa fue tajante.

-Mañana se te va a olvidar, y cuando nos acordemos, habrá puesto todo el suelo lleno de aceite, y los niños pueden tropezar y lastimarse. Así que ya sabes, dúchalo ahora.

¡Los niños! ¡Siempre los niños! Pensó Pancho ¿Porqué las mujeres cuando quieren que les hagan caso sus maridos meten a sus hijos por medio? Y ese calzonazos de Eduardo ¿Porqué no da a valer su hombría y se queda viendo el partido sin hacerle caso?

Este se levantó. “Cuanto antes empiezo, antes termino”, pensó. En consecuencia se puso a buscar la manguera, sin éxito. Viendo los apuros de su marido para encontrarla, su esposa le preguntó.

-¿Qué, aparece o no?

-Pués no. Qué raro, creía que estaba aquí.

-Tu siempre tan desordenado. Anda, mira bien.

Entonces se escuchó un maullido, era Tigris que se había puesto debajo del coche. Al oirlo, Manoli miró, y vió la manguera escondida.

-¡Ay mi gatito bonito! Ha encontrado la manguera. No busques más “Edu”. Aquí la tienes, ahora coge a Pancho y lávalo.

“Miserable chivato”, pensó el perro. “Encima ella lo llama su “gatito bonito”. Lo que faltaba”.

-¡Panchooo! ¡Ven, es hora de ducharse!

“Ni hablar, que se duche tu padre, pués no te jode”. Pensó el perro mientras corría de un lado a otro con la intención de cansar a su amo, y que éste lo diera por imposible.

-¡Ven aquí ahora mismo! Dijo el enojado marido, que veía pasar el tiempo, y temía llegar tarde para ver la segunda parte del partido.

Tigris, en lo alto del coche, se reía de los apuros del pobre perro, al que circunstancias ajenas a su voluntad, obligaban a ir limpio y aseado.

Corre que te corre, Edu, salió detras del can. Este era más rápido, y empezaba a cansarlo. Entonces recibió ayuda de sus hijos Pepe y Paco.

-Vamos papá, te ayudaremos.

“¡Vaya! ¿Y a mí quién me ayuda?” Protestó el perro para sus adentros.

Pepe y Paco, lo agarraron por las patas. Eran pequeños, y por separado Pancho era más fuerte, pero cuando estaban juntos, no. Forcejeó, aulló, protestó. Todo fue en vano. De inmediato vino el padre y los ayudó. Era una fría noche, pero para Pancho lo iba a ser más aún.

-Venga, hijos, sujetadlo mientras voy por la manguera.

Pancho, dejó de resistirse, y como imaginó, los niños se relajaron y no lo sujetaron con fuerza. Momento que aprovechó para pegar una carrera y escapar.

-“¡Edu!” ¡Que se escapa! Dijo su mujer.

“Maldita bruja, bien podría callarse, pero por suerte no le servirá de nada.”

Fue una larga persecución. Los niños, más que perseguir al perro, jugaban a adelantarle, y eso dificultaba la colaboración entre padre e hijos. Este recibió una ayuda inesperada. Tigris, se lanzó en lo alto de la carretilla, la cual se deslizó rodando, bloqueando el paso al horrorizado Pancho.

“¡Traidor, más que traidor! ¡Siempre igual! Al final es Judas el que gana. Este no iba a ser una excepción.”

Finalmente, Pancho fue cogido entre los tres. Para que no escapara, Manoli cogió un barreño, en el cual lo ducharían.

-¡Pancho, estate quieto! Va a ser peor. Deja de protestar que es por tu bien, verás que guapo vas a quedar en un momento.

“Sí, sí, muy guapo ¿Porqué no te duchas con agua fría tú, a ver si quedas también guapo, te buscas a otra mujer mejor, y te separas de ésta bruja?”.

-Venga, coged la esponja y el jabón. Cuando yo abra el grifo, frotad fuerte ¿Preparados?

“Carguen, apunten….¡Ay, ay, ay! Venga tío, dispara de una vez y acabemos pronto.”

Al abrir el grifo, salió un chorrito de agua, que fue disminuyendo de tamaño. Entonces sonó el reloj de pared del interior de la casa. Eran las 22,00 horas. Ya no se acordaban de que a esa hora, la cortaban para ahorrar.

Vaya caritas que tenían el “calzonazos” de Edu y la gruñona de su mujer. De un salto, Pancho salió del barreño, corriendo a galope tendido, y ladrando alegremente en homenaje a la libertad. Tras un rato de silencio, mirándose ¡Cómo no! Empezaron a discutir.

-“¡Edu!” ¡Tu siempre igual. Si te hubieras espabilado, ese pulgoso perro estaría limpio!

El marido, se hizo el sordo, y se sentó frente a la tele para seguir viendo el fútbol, pero su mujer, se puso delante, y le soltó un discurso del que no se enteró ni de la mitad. Se limitaba a asentir pacientemente, esperando a que se callara de una vez y se quitara de delante del televisor.

Los niños, se fueron a su cuarto a jugar, y Tigris, se subió a una ventana alta. Temía que Pancho le estuviera buscando para darle las “gracias” por su “ayuda”. Pero el can, estaba demasiado ocupado en celebrar su victoria, como para molestarse en perseguir al felino.

Antonio Pedro Grande Rey

 

China ha despertado 3 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores,Últimos post — Pedro Marchán @ 23:11

CHINA HA DESPERTADO

-¿La has visto? ¿La has visto, Darko?

Las manos le temblaban. Estaba cansada y necesitaba reposo. El médico cogió al retoño en brazos. Un médico atento, como un árbitro. Ella me dijo que fue él quien acertó a resolver la controversia del aborto. Claro que el problema no era suyo, el problema era nuestro. El matasanos se limitó a expresar su criterio, eso es lo que hizo. Ahora el problema era grácil, pesaba tres kilos doscientos y se llamaba Naomi.

-Está llorando.

-Es lo que hacemos todos al nacer.

-¿Tú lloraste?

-Todos lo hicimos.

Luego el doctor cerró las cortinas y envolvió al bebé en una toalla. Los instrumentos quirúrgicos pendían de una vara colgada en la pared. Afortunadamente, los neones verdes disimulaban la estancia sin decoro, carente de higiene. Ella, recostada sobre la camilla, buscaba a su hija con la mirada. Había escuchado todos esos rumores de las adopciones y la venta de órganos infantiles. Estaba preocupada. No se fiaba de estos lugares ni de los asiáticos.

-Hemos tenido suerte, ¿verdad?

-No lo creo.

-¿Por qué lo dice?

-Ha sido niña.

Abandoné el almacén con la criatura recién nacida entre mis manos. Enseguida subí a un taxi y el coche arrancó.

-Al Sheraton Hotel de Tianjin, en el camino de Zi Jin Shan.

Cuando el automóvil hubo desaparecido, las patrullas de control de natalidad se personaron en la zona con sus insignias y sus fusiles.

No tuvieron piedad.

Después de disparar, mi mujer y el doctor eran como la agobiante visión de un calidoscopio, una horrenda obra de arte.

En el hotel, que era nuestra casa, teníamos un televisor y me di perfecta cuenta de que el locutor del noticiario hablaba de un gran edificio y de un quirófano y de partos ilegales, y alrededor del presentador había un vaso de agua e informes, y detrás, una imagen.

Mi inerte esposa se tocaba el vientre con anhelo.

Cuando llegó Hu Zeming al poder instauró la ley del aborto. Por supuesto todos los emigrantes nos manifestamos en la plaza de Tian’An Men, en Pekín. Se nos había prohibido tener hijos. No cualquier hijo, ni mucho menos, los chicos eran aptos para los centros industriales. La ley preveía el aborto obligado de un feto de sexo femenino. Decía el jefe de Estado en sus discursos que la superpoblación iba a ser controlada pero no iba a estancarse en la china oriental. No sé si está bien eso del monopolio de la descendencia, pero supongo que a pesar de vivir en el país más multirracial del planeta una vida extranjera era considerada una mercancía más. Al parecer, perder una vida en estas tierras era tan irrelevante como contar estrellas en el firmamento. Dijera lo que dijera el secretario general del Partido, ahora mi hija me miraba con unos ojos azules, transparentes como el celofán, y sonreía…

Por cierto, siempre quise viajar al Tibet pero nunca lo había hecho. Cuando planeábamos las vacaciones quería volar hasta el Himalaya y conocer a los gurkha, pero nunca disponíamos de dinero suficiente.

Tras unas semanas de reflexiones, organicé una mochila con varios enseres del hotel. Mi mujer había muerto y yo escapaba con mi hija hacia el Nepal, una tierra sin leyes poblada por agricultores analfabetos. Allí sobreviviría. O eso creía.

No era una situación muy nohttps://i1.wp.com/farm4.static.flickr.com/3136/2733260304_e28c82c395.jpgrmal pero nunca pretendí que lo fuera. Tenía que atravesar la Meca del capitalismo mundial para encontrar en el pueblo sherpa el futuro más apropiado para Naomi.

Después de comer algo de teppan en el restaurante, salí del Sheraton y caminé hacia la estación de autobuses. Anochecía y el diamante del golfo de Bohai dejó de brillar.

Tianjin mientras tanto era la ciudad más irónica.

Miles de personas mendigaban hambrientas por sus calles y un holograma de Giorgio Armani invitaba a comprar corbatas de seda sobre sus cabezas.

UNO

Cuando me marché de Croacia, Europa ya era una caricatura de sí misma. El desarrollo, el trabajo y el crecimiento económico se centraban en Asia y, a decir verdad, hasta allí se desplazaban futbolistas, empresarios, cantantes, delincuentes y prostitutas. China estaba tan aislada de la escena internacional que quiso aprender a caminar por sí sola y así, Zeming había aprobado, con orgullo seguramente, la construcción de ciudades flotantes que albergasen la expansión de los habitantes del curtido país.

https://i2.wp.com/www.plataformaurbana.cl/copp/albums/userpics/10017/normal_ciudaddelaseda01.jpg

-La prioridad a corto plazo es la ocupación inmediata del mar. Las Ciudades-Nenúfar se alzarán en los próximos años para asegurar la continuidad de nuestra población –dijo Zeming alzando la voz en la cúpula- ¡Nuestra cultura milenaria se abre al futuro!

Eso es lo que dijo, en la cúpula, alzando la voz.

Mi mujer estaba ilusionada pero yo sabía que las ilusiones eran sólo eso. Un engaño. Cuando quise darme cuenta ella estaba preñada en Shanghai y yo colgando de una cuerda a dos mil metros de altura sobre un gigantesco mural de titanio, recostado en mitad del océano, peleando por unos cuantos yuans que nos diesen de comer.

El cielo no era un buen lugar para arrepentirse.

DOS

Llevaba una camisola y un peto infantil. Naomi descansaba entre mantas en el interior de una bolsa de deporte, realmente no encontré ningún escondite mejor para ocultarla. El autocar atravesó un polígono industrial en Tanggu, junto al río Hai He. Era un vasto complejo de centrales nucleares y fábricas químicas con toda esa gente que hacía horas extras: mongoles, hans, turcos, españoles, rumanos, hindús… Ellos miraron el autobús como si la respuesta a todas sus preguntas viajase en él, yo les miré a través de la ventana como si pudiera comprender la desolación de sus ojos. Por supuesto Naomi miraba al techo mientras balbuceaba y reía.

En China, cuando las cosas iban mal, la ignorancia era la mayor de las virtudes.

TRES

Eran las once de la noche. El conductor estaba delante, con un micrófono en sus manos. Detrás los pasajeros, con los ojos desorbitados y apoyados en el cristal como orangutanes de un zoo. La impresión era maravillosa. Nadie volvía a ser el mismo después de visitar Pekín. La megaciudad de los zeppelines, los trenes magnéticos, los rascacielos multicolor, el tráfico colapsado, las guarderías bioclimáticas. La metrópolis era como un anuncio publicitario con vida propia. Quiero decir que uno tenía que mirar al suelo y ver que no estaba pisando un camino de baldosas amarillas para salir del asombro.

Naomi mientras tanto dormía en la bolsa de deporte. Inocente y exótica como una edelweiss. Era feliz porque no era consciente de que entonces ya nos perseguían. Nos habíamos apeado en la avenida de Chang’an, en el centro, desde aquí se divisaba el templo del Cielo, Tantan, y la Ciudad exterior, antaño hogar de emperadores, y más allá los magnificentes rascacielos gigantes que bosquejaban la urbe.

Una urbe de colores, neón, hologramas y pantallas de video.

Caminé entre miles de personas sin rumbo, vacíos como sombras. Miraba a un lado y otro sin parpadear. Los automóviles eran flashes de luz, estelas iridiscentes que atravesaban la carretera de punta a punta. Los puentes colgantes se habían multiplicado a diferentes niveles. Dibujos animados me asaltaban sobre el intransitable asfalto para invitarme a éste o aquél centro comercial. Robots autómatas limpiaban las calles y vigilaban los parquímetros. Pekín era el escaparate de la modernidad y el consumismo, del futuro. Claro que también era el símbolo de la libertad perdida, del fin de la Madre Naturaleza, el símbolo, a pesar de muchos, de la deshumanización.

Porque no sólo los árboles, sino las plantas, toda la flora había desaparecido.

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Empezó con la contaminación de las fábricas y el efecto invernadero. Por supuesto el efecto invernadero alteró el monzón, y luego la lluvia ácida penetró en el suelo y se filtró en las raíces y lo destruyó todo y sus resultados también se palpaban en los pequineses: quien no era alopécico ya había perdido la totalidad de su pelo. Hasta hace poco, los ciudadanos lucían bigote porque se había convertido en una moda.

En cualquier caso los que decían que la capital era fría e insensible no se equivocaban. Decían que era un negocio rentable que había sustituido al amor. Decían que el carácter humano había naufragado en la mercadotecnia de la robotización, que la sensación de libertad era ilusoria, todo era artificial.

Cuanta verdad.

Por cierto, también decían que los ojos eran el espejo del alma y que quizás, por esa razón, el alma de los chinos era rasgada y chiquita, como guiones…

CUATRO

-Me llamo Wu Jiang –dijo mostrándome su acreditación.

-Darko. Darko Kalajdjic. Quiero ir hasta el Nepal –me apresuré a responder.

-Vaya, amigo, eso está lejos, muy lejos. China es tan grande que cuando uno se aleja tanto luego ya no regresa.

-China es tan grande que lejos sigue siendo China.

Seguidamente el taxista emprendió la marcha, miró por el retrovisor interior y ojeó con recelo la bolsa de deporte que descansaba en mi regazo. Era un hombre de tez morena, menudo, sencillo, llevaba un abrigo naranja de felpa, una gorra roja y sostenía el volante con una mano. Hablaba diez idiomas, como casi todos los de su profesión. Por supuesto era calvo y lucía su distinguido bigote como el que enseña un tatuaje.

-Mire todos esos turistas, allí, a su derecha, saliendo del metro. No hay que ser chino para darse cuenta de que la Ciudad Prohibida ya no es tan prohibida. Hemos querido relacionarnos tanto con el exterior que hemos regalado nuestras costumbres, nuestro honor y nuestro respeto a los foráneos. Dentro de poco los templos serán una atracción de feria.

No respondí. Sí que observé a los turistas, a los de mi derecha, claro, consultando sus planos y persiguiendo antigüedades como un bibliotecario. Pero también estaba pendiente de los guardias del mercado de la seda, camuflados entre la muchedumbre.

-¿Qué le trae por Pekín?

-El transporte. Me dijeron que desde aquí uno puede viajar a cualquier punto del país sin problemas.

Y así era. Pero yo quería evitar el aeropuerto y los dirigibles. Naomi no tenía registro ni documentación y un coche era más seguro cuando había millones de ellos, casi iguales, repartidos por las concurridas autopistas. Además, entre los pueblos de China no existían las fronteras y yo viajaba allí donde mi hija no necesitase de una identidad para poder crecer.

-Es un bebé lo que lleva ahí dentro, ¿verdad?

La sinceridad y el disimulo se disputaban mis palabras, como una balanza.

-Es algo que puedo explicarle –susurré avergonzado.

Aparté la manta y levanté en volandas a Naomi, que estaba despierta y sollozando. Le hice un par de gracias. Ahora vacilaba con la misma facilidad con la que conseguía dibujarle una sonrisa a cualquiera de su entorno, con ese ridículo y gracioso mechón rubio de su cabeza.

-No tiene que darme explicaciones, amigo, pero le están buscando –aseguró sintonizando la televisión- Dicen que si quiere esconder algo, debe dejarlo a la vista de todos. Es sólo un consejo.

Durante horas estuve conversando con el taxista, contándole cómo era mi mujer, tan romántica y detallista, y el carnaval en que se disfrazó de Campanilla y perdió la varita mágica, supongo que en la discoteca, así como las dificultades para aprender el idioma en clase de la Srta. Gao Bo, el día en que nos asignaron un hotel de protección oficial porque no podíamos pagar ni un alquiler ni una vivienda, las ampollas en los pies cada vez que recorríamos la Gran Muralla y los mareos producidos por el ascensor gravitacional, no en el Sheraton, ni mucho menos, sino en el Tomorrow Square, elevándonos a través de un tubo celeste hasta llegar a los trescientos metros de su azotea piramidal.

Un rato después la consola marcaba los cuatrocientos kilómetros hora cuando todos los controles se anularon como un misil defectuoso.

-¡Mierda! –exclamó- Ha saltado el automático, me han quitado el control. ¡Esto va a pararse, debe huir https://i0.wp.com/advantage-environment.com/wp-content/uploads/2009/03/nanikstudio-skycab-mirrored.jpglo antes posible! –dijo alarmado el taxista, mientras los paneles se apagaban y el automóvil aminoraba sobre las guías por las que circulaba.

El coche se paró por completo y salí corriendo con la bolsa de deporte. Las sirenas susurraban en la lejanía, las motos y las patrullas estaban cada vez más cerca, y los accesos a los peajes fueron sellados inmediatamente. Cada paso que daba y cada respiración y cada mirada atrás por encima del hombro lo hacía por proteger a Naomi, por su derecho a vivir.

Apresuradamente atravesé el arcén y salté al foso de la autopista.

Sin pensármelo dos veces, me introduje en el espeso y frondoso bosque de Lanzhou, una provincia de familias agricultoras que se había inundado tres veces en los últimos años y que limitaba con la vía rápida, corriendo y huyendo como un fugitivo, como una liebre de carreras, con todos esos perros merodeando a su presa. Así me sentía. Como un conejo que no logra salir nunca de su chistera.

Los campesinos de las comunas populares, alertados por el zumbido de las motos y el pulular de los agentes, se asomaron a las ventanas de sus aldeas y, al ver que su producción corría peligro, apuntaron con sus arcos a las flagrantes unidades que sobrevolaban sus campos de cultivo. Hubo un tiempo en que la demanda era escasa, pero ahora el trigo y el arroz transgénicos se exportaban a todo el planeta, un producto mutado que alcanzaba los siete metros de altura y a través del cual intenté camuflarme para no ser encontrado. Luego, las flechas volaron por decenas, como estorninos desamparados.

De cuclillas, sumido entre las gigantescas espigas, aproveché la confusión para activar un robot ganadero que restaba dormido a los pies de los canales de irrigación. Medía cinco metros de altura y era como un simio metálico, de gran rendimiento, con esos brazos hidráulicos que le llegaban al suelo y ese mentón pronunciado. Sin duda alguna era un prototipo arcaico, ni siquiera hablaba, encargado de arar la tierra y hacer las veces de espantapájaros, pero me aventuré a conectarlo y dejar que sus torpes manos taladraran el terreno destruyendo los valorados alimentos, cosa que acabó por enervar a los labradores que echaron mano de sus carcaj y multiplicaron sus lanzamientos hasta que los guardias caían abatidos de sus helicópteros monoplaza como caen los libros de una estantería tras la sacudida de un terremoto.

Entre las montañas de Gaolan y Baita, en Lanzhou, una unidad de la patrulla de Control de la Natalidad se enfrentaba a una familia de destripaterrones mientras un gorila plateado destrozaba los vastos campos de trigo y yo, consciente del poco tiempo del que disponía para despistarlos, con todas mis esperanzas puestas en la salvación de mi hija y aferrado a una mochila de deporte, me dirigí corriendo hacia la montaña de la Pagoda Blanca y en consecuencia hasta la que antaño fue la mayor fuente de vida de las regiones del norte: el río Amarillo.

CINCO

El río Amarillo era el símbolo de la autodestrucción de China. Por supuesto el río Amarillo ya no era amarillo, sino cyan, gracias en parte a los vertidos químicos y la contaminación, al desastre medioambiental, a la falta de conciencia ecológica. En la televisión dijeron una vez que la tecnología era el progreso. Resultaba que la tecnología sin humanidad era un retroceso. ¿Cuándo advertirían los dirigentes del país más poblado del mundo que los sentimientos eran imprescindibles para evolucionar?

Estaba en el puente de hierro, que se llamaba Zhongshan, con un pilar de hierro a mi lado y apoyado sobre una barandilla de hierro. Desde aquí, mirando hacia abajo, contemplaba un espléndido panorama del río y de las curvas de su cauce, de los torrenciales de sus canales y de las balsas de piel de vaca. La mano del agente seguía apuntándome a la cabeza. Sus dedos palpaban el gatillo del fusil, suave como el terciopelo, y a medida que los otros guardias me rodeaban su pulso era más firme y, después, seguro. Habían interceptado mi huída hacía media hora y yo me sentía entumecido, acabado.

-Retírese del borde. Si se entrega su hija no correrá peligro –dijo sin convicción

-¿¡Por qué mataron a mi mujer!? –pregunté sollozando- ¿¡Por qué!?

-Porque si no encontramos a la bastarda, eliminamos a la madre. De esa manera mantenemos el equilibrio entre la natalidad y la mortalidad.

Mis pies acariciaban el abismo, mis puños apretaban con fuerza las asas de la bolsa de deporte. “Perdóname, Naomi” pensé aferrando la bolsa a mi pecho y a mi corazón. El llanto explotó en mi interior.

Di un paso atrás y luego pensé en el consejo del taxista y me lancé al vacío, como un dragón libre y sabio que busca con su vuelo la libertad…

Hay un proverbio chino que afirma que no es la bala lo que nos mata, sino la velocidad a la que ésta se dirige. En mi caso, mientras muchas de ellas me atravesaban por los disparos de los agentes, pensé que eran las balas más endiabladamente rápidas del universo, tan rápidas que entraron y salieron casi al mismo tiempo, tan rápidas que poco tardé en perder el sentido y olvidarme de ellas para siempre.

Muchos dicen que fue en aquel preciso instante, mientras mi cuerpo y la bolsa de deporte se precipitaban hacia el río Amarillo, cuando Zeming quiso ver los problemas de la República cara a cara, cuando advirtió que una vida tenía más poder que cualquier elección porque una vida formaba parte del destino común de un pueblo. Dicen que la presión de las Naciones Unidas y el rechazo de los ciudadanos hacia la pena de muerte, de cualquier tipo, sirvió para cambiar el régimen comunista y la vanagloriada ley del aborto. También dicen que fue entonces, y sólo entonces, cuando China empezó a prosperar como nación…

SEIS

Regresaron al hospital y los ancianos se sentaron en la sala de espera. El médico les dio la bienvenida estrechándoles la mano.

-¿Son ustedes los abuelos, los Sres. Jiang?

-Sí, somos nosotros. Hemos tenido suerte, ¿verdad?

-Ya lo creo. Ha sido niña.

Entraron empujando levemente la puerta de la habitación. Allí estaba Naomi, exhausta, junto a su marido. Los dos señalaron con un movimiento de cejas la cuna como si fuera un gran tesoro punteado en un mapa pirata. Los abuelos observaron a la niña que dormía impasible. El Sr. Jiang se acercó a ella y le acarició la sonrojada mejilla.

Una niña preciosa que le recordaba a la que encontró recostada en el asiento trasero de su taxi, treinta años antes, cuando Darko salió corriendo del coche con una bolsa de deporte vacía.

La recién nacida abrió sus ojos, negros como pozos sin fondo, esperanzadores y exultantes de vida.

-China ha despertado –dijo Naomi, por fin, entre lágrimas.

Pedro Marchán