Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Ultimo día en Estambul 29 septiembre 2009

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Istanbul-I

El posavasos es elegante. Muestra una vista de Estambul característica: un perfil de destartaladas casas amontonadas, cúpulas esféricas relucientes y afilados y esbeltos minaretes. Tiene la textura y los colores de un grabado antiguo. Bajo la imagen, en bonita tipografía con arabescos, pone: “Café Coskun”.

Como la casa de un anciano que de joven ha sido aventurero y exuberante, Estambul está llena de imágenes de tiempos y vidas pasadas, de objetos que han sobrevivido a cruentas batallas, de relatos inverosímiles que luego resultan ser ciertos, de canciones antiguas que desatan lágrimas y de sonrisas gentiles y nostálgicas. Mi primer recorrido por Estambul fue el canónico: Santa Sofía, la Mezquita Azul, Topkapi, las Cisternas, y todo lo demás que viene en las guías. Cumplí con los hitos obligados: cené con música tradicional en Taksim, regateé unas alfombras en el Gran Bazar, recibí mi dosis de mimos y guante de crin en el hamam. Después, nuestro grupo, los quince que éramos, estudiantes jóvenes y alocados, con futuros que suponíamos brillantes, que íbamos a comernos el mundo y aquel país sin un duro en el bolsillo, partimos hacia la aventura: Capadocia y la Jonia. Y lo que pasamos fue un mes entero comiendo kebabs grasientos y arroz pilav frío, saltando sobre autobuses renqueantes, charlando con campesinos simpáticos, y, en general, llevando una vida de pantalones destrozados, sandalias sin suelas, polvo, sudor y hierro, mochilas pesadas, quemaduras en el cuello, compartiendo mesas, camisetas, suelos para dormir y rollos de papel higiénico.

Y, al final de tan arduo periplo, tocaba cerrar el círculo: volver a Estambul, y esperar allí un día entero, para coger a las cinco de la madrugada el avión de vuelta. Nos repartimos en varios autobuses, y yo acabé, muy a mi pesar, junto a una pareja bastante aburrida. Pasé el trayecto durmiendo, luego, mirando el paisaje, hasta que le cambié el sitio a un tipo que quería meterle mano (¡ojo, consentida!) a la turista que se sentaba a mi lado. Gracias a eso, gané un asiento mucho más cómodo y caro. Llegamos a Estambul de amanecida. Acudimos corriendo al lugar de encuentro concertado: la bonita plaza ajardinada entre Santa Sofía y la Mezquita Azul. Santa-Sofía-I-copiaY allí nos sentamos, en un banco, la parejita y yo. Ellos dos, deseando que llegaran los demás, para poder librarse de mí y marcharse de una vez a escoger anillos de plata y alfombras. Yo, pensando en rematar el día lo más rápido posible, ya que apenas me quedaba dinero, y estaba como loca por llegar a España. Ansiaba quitarme los vaqueros recortados que llevaba, tan llenos de agujeros que rondaban lo indecente, y tan sucios que ningún programa de lavadora podría sanarlos jamás: quedaba claro que tendrían que ir directos al vertedero.

La mañana transcurría, pero nadie llegaba. Comenzamos a inquietarnos: nuestro autobús y los del resto del grupo sólo tenían un par de horas de diferencia. La chica de la pareja se mordía las uñas. El sol ascendía, y el asfalto comenzaba a arder. Y entonces apareció más gente. No los que esperábamos, sino otros paisanos, que también viajaban a golpe de saco de dormir y aislante y que nos habían salvado del hambre y la sed en varias ocasiones. En cuanto nos vieron, se acercaron.

–Los vuestros están aun en Izmir, en la estación—nos dijeron.

–¿Y por qué?—preguntó preocupado el chico de la pareja.

Y nos lo explicaron. Y a mí me dio mucha lástima. Hay pocas cosas más angustiosas que ver cómo se te escapa un medio de transporte que ya has pagado, mientras haces lo imposible por que tu maltrecho cuerpo se rehaga y se calme, encerrado en el mugriento cubículo de un baño. Según nos dijeron, había, por lo menos, cinco afectados.

–Nosotros nos vamos ahora hacia Bursa. ¿Qué vais a hacer vosotros?—nos preguntaron. La pareja y yo nos miramos. El chico de la pareja dijo:

–Nuestro avión sale mañana.

Se despidieron amablemente. Intercambiamos teléfonos, abrazos, las frases estrella del viaje, que incluían penosos chapurreos en turco, y a mí, misteriosamente, uno de ellos me dio dos cigarros.

–Te los debía—dijo, sin duda confundiéndome con otra. Los acepté, de todas formas, con una sonrisa agradecida.

En cuanto se marcharon, el chico de la pareja se volvió hacia mí y me soltó:

–Bueno, Claudia, te vemos esta noche en la pensión.

Le miré de hito en hito. Carlos, se llamaba aquel chico. Él, sintiéndose algo culpable, dijo a modo de excusa:

–Los demás llegarán por la tarde, como a las ocho…

Sonreí. El sentimiento era mutuo. Carlos era el guapo del grupo. Yo adoraba contemplarle, pero aborrecía escucharle. Me había pasado el viaje ignorándole y ahora él me lo hacía pagar. Fue una despedida breve. Pronto me quedé sola, más sola que la una, en aquel banco de ese parque tan bonito, al que arropan dos monumentos impresionantes. “Un paradigma bizantino de equilibrio de masas”, leí en alguna parte. Y “el elegante tributo que el discípulo de un gran maestro le hizo a la confluencia de culturas arquitectónicas”, leí en otra. Allí estaban, paradigma y tributo, preguntándose extrañados por qué una turista boba de pantalones raídos no les rendía la debida pleitesía y les sacaba de inmediato una foto.

¿Qué iba a hacer yo, sola, sin dinero, todo un día en Estambul? Vagar, por supuesto. Y vagué, por las calles en cuesta, por los puestos de ropa, por las amplias avenidas, sorteando los tranvías. Vagué, hasta que mis pasos me llevaron hasta el Bósforo. Compré algo de comer en el Bazar Egipcio. El tendero sonrió cuando escogí.

–No le fallará—me dijo. Yo le lancé una mirada oscura y él se rió.

–¡Es el mejor!—insistió–¡Es el afrodisíaco más fuerte que tengo!

Miré lo que había comprado: me había parecido que era una barra de dulce de higos rellena de pistachos. El tendero se reía. Yo, aunque consternada, preferí ser amable y le hice coro con mi propia risa.

Devoré mi desatapasiones sentada en un banco, en una plazoleta cuajada de palomas y cagarrutas, cuyo nombre no soy capaz de recordar. Aquella cosa que comí no me hizo mucho efecto, creo, pero, por lo menos, sirvió para alimentarme. Mientras el sol me bañaba la cabeza, escuché un sonido que, después de un mes en Turquía, ya era para mí de sobras conocido, y que siempre me parecía lleno de hipnótica y espontánea armonía. Comenzó con un cántico a mi izquierda, después otro algo más atrás, y luego le siguieron otros dos, lejanos. Pronto el lugar entero pareció llenarse de voces que me hicieron pensar en larguísimos estandartes, verdes, pardos, blancos, que se alzaban hacia el cielo, compitiendo entre ellos, haciéndose sombra unos a otros, ondulando hacia lo alto, entrelazándose. Ya era mediodía.

Caminé de nuevo cuesta arriba. Llegué a la mezquita de Solimán. Me quité los zapatos, me cubrí con mi chal, me ajusté la faldeca que me dieron, y me senté sobre las alfombras a meditar. Los niños jugaban entre las columnas del patio. Algunos hombres, tocados con birretes blancos de ganchillo, oraban en un rincón. Semioculto entre las sombras del fondo, sollozaba un crío, en brazos de su madre. De un vistazo comprendí por qué. “Pero ¿no deberían estar haciéndole una fiesta?”, pensé. Supuse que se la guardaban para la tarde.

Cuando salí de la Süleimaniye, el cielo se nubló. Ya estaba lejos de cualquier posible refugio para cuando estalló la tormenta. Pronto me encontré corriendo por las calles, otra vez sin rumbo fijo, añadiendo nuevas manchas a mi pantalón. La lluvia escampó, y yo me lavé mis bonitos calcetines de lodo grisáceo en la fuente de las abluciones de ¿qué mezquita?… no recuerdo el nombre. Sí recuerdo que un tipo, de los de birrete de ganchillo, se asomó extrañado a mirarme. Y, cuando terminé, partí de nuevo hacia las calles, sintiéndome sola. Demasiado sola. No me gustaba nada aquella experiencia. Pensé en los que viven siempre así: sin hogar, sin compañía, sin dinero. Por unas horas, en aquel último día en Estambul, me convertí en uno de ellos. Y no fue agradable. Parece mentira lo que puedes llegar a echar de menos las discusiones por la ruta a seguir, la charla de un imbécil arrogante, interminables digresiones sobre temas culturales, quejas ñoñas de niñas blandengues, e incluso los exabruptos de algún que otro mal carácter.

Fue al doblar una esquina, que me lo encontré: “Café Coskun”. Me demoré unos momentos frente al cartel de la entrada. Me agradó de inmediato: mesitas de madera sobre la acera, algo simples, pero adornadas con bonitas velas. Mantelitos con bordados sencillos de tonos rosados. Y los posavasos… me fijé en el grabado que llevaban. Deseé tener algo más de dinero para poder sentarme allí, y pedir un refresco, y recostarme en una de aquellas sillitas, y dejar pasar las horas de manera indolente, fumando tranquila los cigarrillos que, en realidad, eran de otra chica, disfrutando de la sombra de los árboles y de la brisa fresca. Me miré una vez más los pantalones. Qué pinta tenía, pensé. Ya iba a escabullirme cuando una cabeza de cabello negro y rizado asomó por la puerta.

–¿Qué quiere tomar?—preguntó en inglés. Yo sonreí y me encogí de hombros, y negué con un tímido gesto. La cabeza se apartó de la puerta, y se convirtió en un muchacho, y entonces yo…

¿Tú, qué, Claudia? ¿Qué pensaste en aquella lejana tarde de verano?

Pensé embobada: “¿Es real?” El sueño hecho carne tendría aproximadamente mi edad: veintiún años. Era alto, delgado pero fuerte, y lucía una irresistible sonrisa.

–Siéntese—invitó aquel chico, animoso. Yo volví a negar con la cabeza. Él mostró unos dientes blanquísimos. Dijo simpático:

–¿No le gusta aquí?

–Me encanta—contesté yo, sonriendo como loca, pues la expresión de su cara era tremendamente contagiosa. Me cayó tan bien, me sentí tan a gusto que, de repente, me confesé:

–No tengo dinero—murmuré avergonzada.

El no dejó de sonreír. Apartó la vista de mí, miró unos momentos furtivamente hacia el interior del local, y luego se me acercó y dijo en voz baja:

–Yo te invito.

Retrocedí asustada. Él lo notó, y se retiró un poco. Siguió sonriendo.

–De verdad, te invito.—mostró las palmas de las manos, como para demostrar que no llevaba ningún arma—De verdad.—rió alentador.—Quiero invitarte.

¿Qué podía hacer yo? Decir que sí, me daba mucho apuro. Decir que no, me parecía una grosería. Y, la verdad, anhelaba más que nada en el mundo en aquel momento sentarme en aquel café tan agradable, acompañada por un chico tan agradable, y contemplar babeando aquel físico que él tenía, tan despampanante y agradable.

Acepté. Pareció jubiloso. Dejó a un lado el trapo de limpiar las mesas, y, mientras yo me sentaba, se marchó a por la bebida.

Menuda estúpida estaba yo hecha, pensé. Le había pedido ni más ni menos que ayran.

–¿Te gusta el ayran?—me preguntó divertido, y yo asentí. Luego pensé que no era lo más indicado para quedar bien frente a alguien. De continuo tenía que limpiarme el rastro blanco del labio superior. A él, la verdad, no parecía importarle.

–¿Qué haces aquí en Estambul?—inquirió.

Yo le conté mi viaje, mis aventuras, mis correrías solitarias de aquel día. Él me escuchaba con atención, sonriendo. Yo le sonreía también, alelada.

Aquel camarero de un cafetín perdía el tiempo sirviendo copas. Pues era, en su aspecto exterior, único, impresionante. Una amalgama perfecta entre Europa y Asia. Recorrí su rostro con la vista pensando en pueblos yendo y viniendo. En jonios de cabello oscuro y tez clara. En turcos de ojos rasgados y mirada fiera. En sirios de piel morena, coronados de rizos. En vikingos bajando por los ríos de Rusia. En judíos de nariz aguileña. En los niños que había visto en los pueblos de Capadocia, de piel cremosa y brillante, y sorprendente mirada verde azulada. Allí estaban todos, frente a mí, contemplándome encantadores y amables mientras sorbía mi bebida regalada. A mí también me dio por preguntar, y pregunté.

Y me contó su vida. Que, en realidad, había nacido en Alemania. Que había pasado en aquel país del Norte casi toda su infancia. Que estudiaba para ser ingeniero. Que el Café Coskun pertenecía a un tío de su padre. Que “coskun”, en turco, significaba “entusiasta”. Que gracias a aquel trabajo se costeaba los estudios, y que le agradaba, aunque pronto iba a dejarlo. Que le había salido una oportunidad de carrera en Kusadasi. Que si quería tomar alguna cosa más…

–No, muchas gracias—dijo yo, firmemente. Él sonrió.

–¿Sabes…?—me dijo. Yo le miré, algo escamada. Entonces él soltó:

–Te invito a cenar.

En el silencio que siguió, percibí el suave aleteo de las palomas en los árboles. Él sonreía. ¡Cómo no!. Y añadió:

–No tienes dinero. Y es tu último día aquí—entrelazó los dedos, como si se dispusiera a cerrar un negocio. Dejó caer un digno final—Será un placer para mí. Estaré encantado.

Yo callé. Menuda oferta. Le miré de nuevo, nerviosa. Él seguía sonriendo, con los dedos entrelazados. Yo dudaba. Además de estar como un tren, tenía muy buenos modales. Sus gestos eran gentiles, educados, algo anticuados. Me pregunté por primera vez qué veía él desde su lado de la mesa. Veía, sin duda, a una turista española jovencita, atontada, ingenua, de cara aniñada, pelo liso y suave, ropas sucias y andrajosas, muy delgada después de tantos días de malcomer y cargar con su mochila, tímida, sin capital, sola y desvalida. Una interesante pieza de caza.

No supe qué hacer. Entonces él dijo:

–Piénsatelo, si quieres.—señaló hacia el local—Mira, yo aquí termino a las nueve.—sonrió de tal manera que casi me dio un infarto—Te esperaré en la puerta. Si vienes, te llevo a cenar a un sitio especial. De verdad, me encantará invitarte.

Nos levantamos. Cuando nos despedíamos, yo algo envarada, él me dijo:

–Toma, llévate este posavasos. Por si te olvidas de dónde estamos.

Se lo agradecí. Pronto me encontré, como en sueños, caminando calle abajo.

Llegaron las ocho. Me encontré con los míos en el lugar indicado. Nos contamos nuestras aventuras. Yo, aun muy confusa, le hablé de mi reciente encuentro a una pareja de novios que me caían muy bien, y que, en cuanto mencioné lo de la invitación, se quedaron algo preocupados.

–Tú sabrás—dijo el chico de la pareja, muy serio, abrazando protector a su novia.—Tú verás con qué habilidades cuentas para, después de cenar, salir corriendo y desembarazarte de un pesado.

Yo le miré avergonzada. Tenía razón, pensé. Después de todo ¿Quién era aquel tipo del café? No sabía nada de él. Ni siquiera su nombre.

Pasaron las ocho, las ocho y media, y llegaron las nueve. Durante ese tiempo me devané los sesos. ¿Qué debía hacer? Estaba deseando acudir a la cita. Pero… ¿era prudente?.

Me habían llamado la atención un par de detalles. Uno de ellos fue que aquel camarero no aprovechó que llevaba un bolígrafo en el bolsillo de la camisa para anotar su nombre, o un teléfono, o cualquier otro dato en el posavasos. Detalle tonto e irrelevante, por supuesto. Pero en aquel momento me pareció sospechoso, raro. Otra cosa que me inquietaba fue que, aun con todo, la sonrisa de aquel muchacho era incompleta. Había algo de recelo en ella. Debo decir que eso me gustaba. Después de todo, aquel tipo tan atractivo no confiaba ciegamente en sus encantos. No lo veía del todo claro. No sentía que tenía la sartén por el mango.

Dudando, dudando, me dieron las nueve, las nueve y media, y, finalmente, las diez. Lo que me decidió a dejarlo correr fue la coquetería: no tenían habitación para nosotros en la pensión cochambrosa que habíamos reservado. No podía darme una ducha, o cambiarme de ropa pidiendo prestada una camiseta y una falda. No podía acompañar a nadie a ningún restaurante vestida como iba, como una pordiosera. Pensé por un fugaz momento, y sintiéndome muy culpable, en una figura esperando frente a un café. Un joven de veintipocos, con las manos en los bolsillos, alisándose nervioso el cabello repeinado, y mirando con inquietud calle arriba, y luego, ya más impaciente, calle abajo. Pobre camarero infeliz. Pobre muchacho solo y abandonado.

Me dio pena. Pero me retenían muchas voces. “No hables con desconocidos”, “No salgas sola de noche”, “Si vas allí, pídele a alguien que te acompañe”,“¿Habéis oído lo que le pasó a esa chica que, estando de viaje, no tuvo cuidado? ¿De verdad? ¡Qué horror!”. ¡Cuántas historias para no dormir!. ¿Y qué tal los titulares? “Joven española de veintiún años desaparecida en Estambul en extrañas circunstancias…” “…la trata de blancas…”. No, no. Nada de imprudencias. Mejor aguantarse, apretarse el cinturón, cenar un triste kebab grasiento y quedarse tranquila en casa.

No volví nunca al Café Coskun. Ignoro si allí me aguardaban ansiosamente con el corazón roto, que lo dudo, o si el deslumbrante camarero se limitó a esperar un rato fumando un cigarro y, cuando lo terminó, se encogió de hombros y se marchó de parranda.

Así terminó la historia. Pero hoy he querido inventarme otros finales.

En uno de ellos, voy a la cita, y el camarero tira la casa por la ventana. Me invita al restaurante más caro de Estambul, con velitas y todo. Cenamos, charlamos, y… bueno, luego hay champán, más velitas, sedas y raso, una hermosa vista sobre el Bósforo, un brindis de anuncio, algunos bombones y, tal vez, una gran bañera de hidromasaje.

En otro de los finales, el más siniestro, mi cara aparece debajo de un letrero: “Vista por última vez…”.

En el tercer final, el que se me antoja más probable, ocurre lo siguiente:

Después de cenar tranquilamente en el restaurante modesto pero acogedor de su mejor amigo, salimos a la calle, un poco borrachos. La cerveza Efes y el vaso de raki se nos han subido a la cabeza. Estambul, a esa hora es cálido: el asfalto libera todo el calor acumulado. Yo le digo: “¿A dónde vamos?” Y él se encoge de hombros. Yo dudo ¿Y si me marcho ahora? La paloma se escapa viva, después de todo. Entonces él dice, con cierta indolencia: “Yo vivo aquí al lado”.

Entramos en el piso. Es pequeño, y está abarrotado. Él desaloja de una patada el sofá del salón. En él duerme un amigo, o tal vez un hermano. El desalojado se mosquea. Negocian entre los dos en turco, y llegan a un trato. Nos quedamos solos, mi anfitrión y yo. Sonríe y me invita a sentarme. Yo paso la mano por encima de ese sofá que me recuerda horrores al de la casa de mi abuela. Me dice: “¿Quieres beber algo?”. Digo que sí, y él me entrega un vaso. Raki, whisky, lo que sea. Brindamos, y se sienta a mi lado.

¿Qué pasaría en aquel momento por la mente de aquel camarero de barrio? Y, por cierto ¿Cómo se llamaba? Tal vez tenía un nombre turco tradicional: Mehmet, Metin, Orhan, Emir… Tal vez tenía uno de esos tan raros que hacen soñar: Volkan, Tolga, Gökhan, Tugrul…

¿Quieres conocer Estambul, chica española? Yo voy a mostrártelo. Comenzaremos la visita ahora. Bienvenida a mi casa. Poco espaciosa, y llena de trastos. A mi madre le gusta guardar cosas. Disculpa a mi hermano. Entra a trabajar dentro de un rato, turno de noche, ya sabes. Duerme aquí para no molestarnos. Somos cinco, y todos nos levantamos temprano.

Tómate el whisky, sin prisas. No te preocupes, que llegarás a tu avión sana y salva. Tan sólo concédeme tus últimas horas aquí. Y te enseñaré una ruta que pocos conocen. Seré tu guía. Dame tu mano. Confía en mí, que yo no te defraudo.

¿Estás lista? Comenzamos. Da un paso hacia delante. Yo ya estoy preparado.

Veo que eres más atrevida de lo que pensaba. Eso me gusta. Tómame del brazo. Vamos a salir de una vez de este caluroso cuarto.

¿Por dónde empezaremos? Creo que por lo de siempre: primero visitaremos juntos un templo sin nombre de seda y marfil. Recréate en él todo lo que quieras. Soy un guía complaciente. Permitiré que, mientras admiras el lugar, recorras los mosaicos con la mano.

Salimos de este templo, pero no te preocupes: si te ha gustado, volveremos. Ahora recorreremos las oscuras calles. Yo te iré guiando. Déjame bajar por esta amplia avenida. Esta noche está más hermosa de lo que pensaba. ¿Te gusta este lugar? Creo que sí. Blanco mármol, cúpulas, y una fuente, en sombras y arbolada. Deja que me moje las manos. Bebe sin miedo. Tenemos mucho tiempo aun. Vamos a refrescarnos.

¿Aun tienes sed? No me extraña. Es una noche muy calurosa. Adelante, recorre el lugar. Visita la negra arboleda. Ahora está en silencio, pero pronto sentirás en tus oídos las voces que bullen adentro. Contempla el reflejo de tu rostro en los estanques. ¿Qué es lo que ves en sus aguas azules? Sonríes. No dices nada. Anda, pasea a gusto por entre los juncos. Y permanece unos instantes en este fresco rincón. Cierra los ojos ¿No sientes el aroma? Café, canela y tabaco, en la mañana. Algo de menta, hacia la tarde. Y, por la noche, anís, un toque de naranja y, también, sándalo.

Me gusta pasear por Estambul contigo. Es mejor de lo que me esperaba. ¿Sabes? Cuando te vi en el café, pensé: “No querrá entrar en un lugar desconocido”. Pero veo asombrado que no retrocedes ante nada.

Como eres valiente, te conduciré a lo mejor de la visita. Y aquí, te recuerdo, yo soy el guía. Dame las manos. Olvídate de todo. Déjate conducir y disfruta de las vistas.

No nos demoremos más. Voy a hacerte subir por las calles en cuesta. Te haré recorrer intrincados Ayasofia-Icallejones que huelen a especias. Entraremos juntos en un templo maravilloso, mi monumento favorito, ni iglesia, ni mezquita. Tiene muchos nombres. Antes de entrar, mírame a los ojos. Devuelve mi mirada. Veo estrellas en el cielo. Sujétate a mí. Hay rosas rojas asomando entre las cortinas.

En el templo se encienden ya todas las luces ¿No es hermoso? ¿De qué te ríes? De mi cara, sin duda. No me extraña. Estoy muy contento. Este recorrido por Estambul es más divertido de lo que yo pensaba.

No puedo creerlo. Cómo brillan los mosaicos en el interior del templo. Cómo cantan las voces que viven dentro. Estoy extasiado. Creo que hoy anotaré algo nuevo. Esta noche va a haber fiesta en mi ciudad.

Subamos deprisa la Torre de Pera. Son muchos escalones, pero vamos rápido. Date prisa. Ya empieza el espectáculo. Fuegos en la noche. Mira hacia arriba ¿Los ves? ¿Cómo vas a verlos? Si hace ya rato que tienes los ojos cerrados…

Rojo, oro, verde y amarillo. Plata, cobre, azul y esmeralda. Incluso el violeta, el más raro. Hoy están todos. No falta ni uno. Todos los barrios: Sultanahmet, Eminönü, Uskudar y Besiktas… Qué hermosura. Parece que se ha hecho de día.. Disfruta de lo que ves y de lo que escuchas. Te aseguro, mi niña, que yo disfruto como un loco de esta maravilla…

Terminaron los fuegos. Terminó el espectáculo. Déjame que respire. Estoy cansado. Hemos recorrido un largo camino, aunque tú no te hayas enterado. Descansa unos momentos. Deja que la brisa te acaricie el cabello. Apoya tu cabeza en mi hombro. Respira hondo ¿no hueles el mar?

Bueno, se acabó la ruta. No ha sido larga, pero espero que no te haya defraudado. Creo que no, que estás contenta. Lo noto por tu sonrisa.

Adiós, chica española. Tan sólo una pregunta ¿Te gusta Turquía? ¿Te gusta mi ciudad?

Cómo te veo sonreír ahora. No me extraña. Mi recorrido nunca falla. He hecho ese camino cientos de veces. Lo conozco como la palma de mi mano. Muestro los lugares que nadie conoce. Sé lo que mis invitados quieren ver. Jamás decepciono. Así pues, no hables. No es necesario. Lo leo en tu cara. Te ha gustado. Cuando vuelvas a España, le dirás a todo el mundo: “Qué hermosa es Turquía. Qué rincones tan bellos. Es tan emocionante y exótica y taaan sensual…”

Adiós, española. Nos despedimos. Dame dos besos y vuelve a tu tierra. No contestes a mi pregunta. Imagino muy bien cual va a ser tu respuesta.

No ocurrió jamás, claro. No hubo fuegos artificiales esa noche, ni caminatas nocturnas por Estambul. Lo que sí hubo fue una juerga monumental en una azotea. En la pensión no había cuartos para todos. Así pues, lo echamos a suertes, y a unos pocos nos tocó dormir arriba. Arriba del todo. La noche era cálida, y no hacía viento. Antes de desenrollar los sacos, nos sentamos y charlamos. Recordamos los mejores momentos del viaje. Alguien trajo un melón (qué cosas), y lo descaperuzó de un tajo. Lo vaciamos, y lo rellenamos con una mezcla explosiva de la que me arrepiento de no haber tomado la receta. Fumamos todo lo fumable, reímos, cantamos y bebimos lo que no está en los escritos. Alguien comentó que el Bósforo, esa noche, parecía la Gran Vía de Madrid en hora punta. Era cierto. Los barcos subían y bajaban de tal manera que sólo faltaban los guardias gesticulando frenéticos, y los semáforos provocando tremendos atascos.

Lo pasamos muy bien. Apenas dormimos. A las pocas horas, un autobús vino a buscarnos. Llegamos a Madrid, ojerosos y agotados. Descansé, le mostré a mi madre los pantalones irreparables, comprobamos atónitas que se tenían de pie solos, y, a las pocas semanas, volvió la rutina. Los exámenes, el nuevo curso, el otoño, y luego,… el frío. Revelé las fotos, las pegué en un album, las mostré a los amigos. Al verano siguiente llegó otro viaje. Y luego, otro verano, y luego,… el resto de mi vida.

Hacía años, años de verdad, que no pensaba en aquel último día en Estambul. Qué fácilmente se olvida uno de lo que nunca ha vivido. No me acordaba de ¿cómo se llamaría aquel camarero? ¿Orhan, Metin, Tugrul? Quién sabe.

Sólo sé que, el otro día, cuando ordenaba mis libros, sonreí al encontrar, dentro de una guía de Estambul, que olía a té, a especias, a cuero y a papel viejo, un bonito, elegante y ya bastante ajado posavasos.

Bluemosque-I



Claudia Aynel


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Si tú me cuidas 24 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 14:04
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SI TÚ ME CUIDAS


La vida puede empezar cualquier día, en cualquier momento


El hombre estaba acostado en el ataúd. Tenía las manos entrelazadas sobre el pecho. Los ojos cerrados. El gesto grave. El tono marfil de los satenes contrastaba con la hermosa y pulida madera oscura, bellamente trabajada. Una lejana música religiosa, interpretada al órgano, proporcionaba al ambiente un tono de melancolía y recogimiento como sólo la música sacra es capaz de lograr. Tras un silencio en el hilo musical el hombre del ataúd abrió los ojos. Se incorporó con inesperada agilidad y se puso en pie. El vendedor le ayudó a salir de la caja sujetándolo por los brazos mientras sonreía satisfecho.

– No me diga, Paco, que no es cómodo. Paco se ajustó el pantalón y la chaqueta. Sacó un peine del bolsillo de la camisa y se atusó el cano cabello con un coqueto gesto hasta que todo estuvo en su sitio. El peine desapareció nuevamente en el bolsillo.

– Sí. La verdad es que es muy cómodo. Pero también es muy caro y no sé yo si me lo puedo permitir.

– Paco, ya sabe que se le puede financiar con unos plazos muy cómodos y…

– Sí, sí, ya me lo has explicado. Pero yo no creo que me quede mucho tiempo para tanta letra. Lo necesito ya. No me queda mucho tiempo, no. El vendedor se acercó a Paco y le pasó un brazo por el hombro. Le dio un cariñoso apretón y le zarandeó suavemente.

– Paco, usted no tiene ninguna enfermedad grave y está como un roble. ¡Si no tiene ni sesenta y cinco años, por Dios! ¡Cómo puede decir que no le queda tiempo, hombre! ¡Tiene mucha vida por delante!

– Yo me entiendo, Blas, yo me entiendo. La tristeza. Esa es la enfermedad que tengo y sé de buena tinta que se ha llevado a muchos… ¡y me llevará a mí! Desde que me dejó mi querida Clara la vida se me hace muy cuesta arriba. ¡Si por lo menos hubiéramos tenido hijos…! Ya no trabajo, ya no hago nada, ¡ya no sirvo para nada!

Blas palmeó con calidez la espalda de su amigo. Era muy evidente la falta de ilusión que dominaba a ese hombretón de metro noventa. Arrastraba las palabras al hablar y arrastraba su enorme corpachón al caminar. No quedaba casi nada de la impresionante vitalidad que siempre había manifestado desde que Blas le conoció, cuando ambos eran niños. Únicamente sus hermosos ojos verdes dejaban ver un resto de emociones cuando algo le fastidiaba o se le contradecía. Por lo demás, era muy notable el cambio que Paco había sufrido tras la muerte de su esposa, un año atrás. Blas se negaba a darle por perdido y, siempre que le veía, intentaba inyectarle unos ánimos y una alegría que hacía muchísimo tiempo había enterrado junto con su amada compañera.

Se dirigieron a la salida de la tienda. Ya continuarían la venta en otro momento. A Blas no le agradaba atender a su amigo en estos negocios. Y dos veces en menos de un año, dos ataúdes en tan poco tiempo, eran demasiado. Paco necesitaba un poco de ánimo, algo en lo que demostrar que todavía le quedaba muchas cosas por hacer en esta vida. Aún se sentía triste, pero sólo era cuestión de tiempo, de algo más de tiempo.

Paco se pasó por la tienda de doña Elvira para comprar algo de fruta y algo de pan para la comida. Cuando pagó a la dueña, no fue consciente de que Lola, su vecina de dos casas más arriba en su misma calle, se acercaba rauda a saludarlo con un brillo especial en los ojos. Paco salió del comercio sin escuchar el saludo que la pobre mujer le dedicó junto con una amplia sonrisa, que no pasó en absoluto desapercibida para Elvira que la miró con un brillo burlón mientras le preguntaba:

– ¿Te cobro ya, Lola?

Doña Elvira se zambulló en sus pensamientos mientras con la mirada seguía el caminar lento y pesado de Paco dirigiéndose a su casa. Desde que se había quedado viudo muchas mujeres le observaban bajo una luz diferente. Era un hombre bueno y se había quedado solo. Indiscutiblemente era un objetivo estupendo para tanto corazón solitario como había en aquel pueblo de la sierra de Madrid. Paco, ajeno a tanto interés por su persona, subió la empinada calle hasta su casa, en la parte más alta de la población, cerca de la iglesia y de la plaza vieja. Esa zona del pueblo estaba quedándose deshabitada. Se trataba de casonas viejas y frías, sin los adelantos y las comodidades que hoy día deseaban las personas más jóvenes cuando buscaban un hogar para empezar una vida con sus parejas, con sus hijos. Por el contrario, cerca del valle, junto al río que nacía en la hermosa sierra que coronaba aquél bello paraje, las casitas adosadas no paraban de crecer. Interminables hileras de pequeñas construcciones siamesas estaban haciendo muy rentable el suelo urbanizable del pueblo, que rápidamente se había llenado de coches nuevos, de jardincitos de diseño y de sillitas infantiles. Pero en la parte alta, donde Paco había compartido más de cuarenta años con su esposa, las abandonadas viviendas se estaban empezando a caer por el descuido y el olvido. En poco tiempo, la vieja iglesia sería la única construcción útil de esa zona. Sólo los gatos campaban por aquellas ruinas aprovechando los huecos en los cristales de las ventanas que infantiles manos habían horadado con enormes pedruscos. Debía ser un entretenimiento muy divertido porque no había ni un cristal indemne en toda la calle. Únicamente la casa de Paco y la de la señora Lola permanecían sorprendentemente vivas y luminosas por el encalado reciente y por las macetas con geranios. Parecían dos faros de color y pulcritud en medio de tanto abandono y tristeza gris.

Paco se acercó a su casa con la llave preparada para abrir. Por el rabillo del ojo le pareció ver algo que se movía en la casa contigua a la suya. No pudo evitar el impulso de pararse y mirar. Cuando pensó que se encontraría con uno de los miles de gatos que haraganeaban por las vacías casas, se encontró con una carita que le miraba a través de uno de los resquebrajados cristales de la casona. Unos bonitos ojos rasgados le sostuvieron la mirada durante unos segundos y después se perdieron en la oscuridad. Paco se sorprendió. No había sido una ilusión, había visto la cara de un niño a través de esa ventana. Bueno, no era nada extraño que los niños del pueblo, que cada vez eran más gracias a las nuevas construcciones, se divirtieran entrando y explorando en las viejas viviendas. Seguro que estarían recopilando tesoros y viviendo aventuras. Terminó de cenar y lavó su plato en el fregadero de piedra. Clara le había acostumbrado a lavar y guisar durante el tiempo que habían vivido juntos. Y, la verdad, siempre estaría agradecido por esa insistencia que, en esos días de soledad y tristeza, tanto le estaba ayudando a sobrevivir. Aún recordaba a su Clara con los brazos en jarras, los puños sobre las orondas caderas, mientras le reñía sonriendo por dejarse los platos sucios con restos de comida y fruta. <<Tienes que aprender, Paco. Si algún día me pongo mala o, Dios no lo quiera, falto tienes que saber valerte y hacer las cosas>> Quizá ella siempre supo que sería la primera en marcharse y necesitaba estar tranquila al saber que su querido marido se bandeaba a las mil maravillas con las tareas de casa. El sonido de un llanto sacó a Paco de sus recuerdos. Era un llanto infantil, sin duda. Se escuchaba en el patio de la cocina. Se acercó a la puerta y aguzó el oído. Un susurro impaciente acabó con el llanto. Una ventana se cerró de golpe dejando los cristales temblando. <<Bueno –pensó Paco-, está claro que aquí viven algo más que gatos>>. Recordó la carita infantil que esa mañana le había observado. Ruido de sillas al ser arrastradas y otra vez el gimoteo del niño. La puerta principal se cerró de golpe haciendo respingar a Paco. Y nada más. Escuchó con atención por si captaba algún otro ruido. Dos, tres minutos. Nada. Eran las diez de la noche. No le apetecía ver la televisión, así que decidió irse a dormir. No tenía nada mejor que hacer. Sentía cómo su solitaria casa, antes tan alegre y vital, le aplastaba y le hacía el aire casi irrespirable. Con el pijama ya puesto se sentó en el borde de la cama. No pudo evitar una mirada al otro lado del lecho, vacío y frío. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se le atenazó la garganta. Abrió el cajón de su mesilla y sacó una caja de medicamento. Sacó del envase una pequeña pastilla. Tras dudar un instante, sacó otra. Se las tragó con un buche de agua. Se recostó, apagó la luz de la mesilla y se tapó con las frescas y limpias sábanas que había puesto esa mañana. Clara estaría muy orgullosa de él. Se giró hacia el vacío que hasta hacía un año había ocupado su gran amor. Lo acarició y, dejando la mano sobre la inmaculada almohada, como si acariciara su tan anhelado rostro, cerró los ojos y se durmió. Las lágrimas no dejaron de rodar por sus mejillas hasta que la respiración fue acompasada y relajada por el medicamento.

Por la mañana salió temprano. Tenía cita a primera hora con el médico de cabecera. Siempre dejaba la Cartilla de Largo Tratamiento en el buzón de la consulta, pero esta vez don Pedro, a parte de las recetas, le había incluido una nota con una cita y un escueto mensaje: No te receto más hasta que vengas a verme. Y allá se dirigía. Sabía lo que el médico le iba a decir. Desde el primer día que le pidió pastillas para poder conciliar el sueño le había insistido en que debía ser visto por un psicólogo. Paco se había negado en redondo. ¡Ni hablar, él no iba a un loquero, sólo necesitaba dormir! Pedro lo había dejado pasar y no había insistido hasta después de varias recetas. El ultimátum llegó el pasado viernes con la nueva remesa de medicamentos.

Cerró la puerta de su casa. Quitó un par de hojas marchitas de los geranios de la ventana y se anotó mentalmente no dejar de regarlos cuando regresara. Ya iba haciendo calor y la tierra estaba muy seca. Al pasar junto a la ventana de sus nuevos vecinos, miró buscando la cara infantil. Acercó la cara al roto cristal y se hizo pantalla con las manos. No vio nada. Cuando se erguía para irse a su cita una vocecita le asustó.

– ¡Hola!

Volvió a asomarse por la ventana. Nada.

– ¡Hola, hola!

Giró la cabeza y vio la carita asomando por la puerta principal. Un bonito rostro infantil le miraba sonriendo de oreja a oreja. Tenía los claros ojos rasgados como los de los orientales. El pelo lacio, rubio muy claro y muy sucio se le pegaba a la frente y las mejillas. No debía tener más de cinco o seis años. Paco no supo calcularlo con certeza. Su contacto con niños había sido muy limitado. No estaba seguro de si era un niño o una niña. Los roñosos mechones de cabello no bajaban más allá de las orejas y aparecía desgreñado y cortado como a mordiscos.

– ¡Hola, gigante!- asomó el resto del cuerpo por la puerta.

No tenía zapatos y se cubría con un sucio y andrajoso vestido de tirantes. <<Debe ser una niña… si lleva vestido>>. La niña estaba ahí plantada delante de él y parecía una muñeca abandonada. Pero a ella parecía no importarle demasiado. Estaba encantada de hablarle y de estar frente a él.

– ¿Cómo te llamaz? Yo me llamo Lucía.- Se señaló con el pulgar.

– Paco, mi nombre es Paco.- Asomó lo que pudo la cabeza por la entreabierta puerta y comprobó que la pequeña estaba, aparentemente,    sola – ¿Dónde está tu mamá?

La niña entró corriendo, entre risas, en la casa y cerró la puerta de golpe. Paco se quedó ahí plantado sin saber muy bien qué hacer. Se fijó en que la madera necesitaba un buen lijado y una mano de pintura y que la cerradura aparecía oxidada y agrietada. Con un brusco gesto miró el reloj. ¡Era tardísimo, perdería el turno y después los muchos pacientes que a diario se agolpaban a la puerta de la consulta de don Pedro le sacarían las entrañas si intentaba entrar con la hora pasada! Apretando el paso y olvidando instantáneamente su encuentro se encaminó al Centro de Salud. La bronca, por un lado o por otro, estaba asegurada.

Esa tarde decidió sentarse en su patio y leer un rato. Los días ya eran más largos y cálidos, por lo menos mientras duraba la luz del sol. Sin duda se trataba de un mes de marzo extraño. Casi no hacía frío por las noches y los días eran bastante calurosos. Al fondo, en su cocina, se escuchaba la radio de la que salían unas cálidas y hermosas notas. No era un experto en música clásica pero sabía lo que le gustaba y lo que no. Celebraban algún evento relativo a Mozart y todos los días emitían una obra de este compositor. Indudablemente esa música le extasiaba. Sabía que si Clara pudiera escucharla estaría completamente de acuerdo y…

– ¡Hola, gigante!

La carita asomaba por el borde del tabique que separaba ambos patios. Estaba algo más limpia y alguien intentó recoger los cabellos hacia un lado con una horquilla. Paco la miró con algo más de detenimiento y entendió el porqué de esos ojos rasgados. La niña no sonreía. No había visto muchos casos pero entendió que se trataba de uno de esos críos que nacían con el Síndrome de Down. Lucía era muy guapa. Apoyaba la barbilla sobre las manitas y éstas descansaban sobre el borde del muro.

– ¿Qué haces? ¿Qué lees? ¿Un cuento? ¿Me lo puedes leer?

– ¿Estás sola? –Paco se asomó por encima de la gastada piedra y vio todo el destartalado patio de la casa vecina. La niña estaba sobre cajas apiladas unas sobre otras en peligroso e inestable equilibrio- ¿Y tu mamá, no está contigo?

– No. Ha ido a hacer cozaz.- La sonrisa iluminó nuevamente la carita- ¿Me lees el cuento?

– Creo que será mejor que te bajes de ahí o te caerás

La agarró por debajo de las axilas y la levantó, haciéndola pasar sobre el muro y bajándola al suelo de su patio. La niña, aún sonriente, lo agarró la mano y tiró de él hasta la mesa donde descansaba el librote que Paco había estado leyendo. Lo tocó con un dedito sucio y levantó la vista hacia él. Desde su enorme altura era evidente que la niña era muy menuda. Se sentó en la única hamaca que estaba junto a la mesa. Tomó el libro y le enseñó la portada. Se trataba de El Señor de los anillos. La niña se sentó en el suelo y, sin dejar de mirarle, apoyó la barbilla sobre las rodillas flexionadas mientras que se abrazaba ambas piernas. Paco leyó en voz alta desde el punto en el que lo había dejado. A Lucía no pareció importarle demasiado que fuera por la página quinientos veinticuatro. La niña no perdía palabra y estaba extasiada, los ojos de par en par, casi redondos, la boquita abierta. Una hora más tarde ambos tomaban leche con galletas en la fresca cocina de Paco. Ninguno hablaba. Sólo se escuchaba el masticar desordenado de Lucía y los grandes sorbos que le daba a la leche, que le goteaba sin control por las comisuras de la boca, la barbilla y el cuello. Cuando acabaron le explicó a la niña la importancia de dejarlo todo recogido. La enseñó a fregar los vasos y a recoger las migas y guardar la servilleta. Después la llevó al baño y, subida en una banqueta, le mostró cómo debía lavarse la cara y las manos con agua calentita y jabón. La niña miraba con adoración a Paco. Todo le parecía bien y todo lo repetía hasta que conseguía hacerlo correctamente. Cuando la luz del sol hacía rato que se había ido, Paco llevó a Lucía a su casa. La puerta de la calle estaba entreabierta y no había nadie. La niña se metió en la casona y mirándole se despidió con su cantarina voz hasta el día siguiente, cerrando la puerta tras de sí. Esa noche Paco estuvo un buen rato despierto en la cama, boca arriba, con las manos bajo la cabeza. Lucía pasaba mucho tiempo sola. Iba desaseada y andrajosa. Estaba un poco descuidada, sin duda. No sabía si sería prudente, pero tendría que hablar con su madre al día siguiente sin falta. Apagó la luz de su lamparita de noche, se giró en la cama hacia el lado vacío y cerró los ojos. Esa noche sólo tomó una pastilla. Estaba cayendo en un agradable sopor cuando un llanto le volvió bruscamente a la conciencia. Un llanto infantil. El llanto de Lucía se escuchaba al otro lado del tabique. La escuchaba suspirar lastimeramente. Un pellizco le atenazó el corazón. ¿Estaría sola? ¿Tendría miedo? Se la oía con sorprendente cercanía, como si no hubiera una pared por medio, un lloriqueo agudo, con hipo, angustioso. Paco se incorporó y hablo a la pared:

– ¡No llores, nena!- su voz le sonó extraña y estridente en la noche- ¡No llores, Lucía, mañana seguiremos con la historia de Frodo y de Trancos y de los elfos! ¡No llores, nena!

Al poco, el llanto cesó. Paco se descubrió acariciando el papel pintado de la pared como si de la entrañable carita se tratara. Se recostó nuevamente y lanzó a la noche:

-¡Duerme, Lucía, duerme y buenas noches! ¡Yo estoy aquí, estoy aquí!

Lucía tenía los párpados apretados, arrugados, en un vano intento de que no le entrara jabón en los ojos. Era evidente que no estaba acostumbrada a la sensación del champú y el agua en su cabeza y se removía mientras palmoteaba a Paco en los brazos. El suelo del cuarto de baño estaba anegado de agua jabonosa y un agradable perfume a flores rebosaba en el ambiente. La niña daba pataditas en las patas de la banqueta en la que estaba subida para que llegara al lavabo. No lloraba, pero chillaba con tal intensidad que a Paco le pareció que le estallaban los tímpanos. Media hora después, Lucía sonreía al ver su reflejo en el espejo mientras la peinaba con la raya al lado y le sujetaba el sedoso pelito rubio con un pasador en forma de osito que esa mañana le había comprado cuando pasó frente al escaparate de la mercería de la señora Consuelo. La dependienta le vendió el pasador sin dejar de sonreírle y aguantándose unas irrefrenables ganas de sondearle, de interrogarle, sobre la destinataria de tan sorprendente compra. Paco salió del establecimiento sin dar ni la más mínima explicación, caminando con una soltura y una agilidad desconocidas en él desde hacía mucho tiempo y apretando en su manaza su bonito regalo. La niña estaba preciosa. A parte de la mugre del pelo le había liberado también de la suciedad de la cara, manos y pies. Descubrió que la nena tenía la piel blanca y llena de pequeñas pequitas rosadas. Con los días se fueron haciendo inseparables. La niña no contestaba ninguna pregunta referente a su madre o a algún otro familiar. Pero era evidente que, a parte de la voz de mujer que escuchaba a través del tabique todas las noches, Lucía estaba totalmente sola. La niña hablaba muy mal y ceceaba. En un par de días Paco consiguió que usara las letras de forma más o menos adecuada y que fuera aseada y peinada. Leyeron todo el libro del Señor de los Anillos y empezaron con avidez La Historia Interminable. Lucía tenía una memoria impresionante. Se acordaba de todos los personajes y de todas las historias y todos los lugares en los que las aventuras se iban sucediendo. Adoraba a Paco. Lo abrazaba y lo agarraba como si no se creyera la suerte que tenía de haberle encontrado. Casi nunca le llamaba por su nombre sino que se refería a él como Gigante. Todos los días la daba de desayunar y de comer. Si a alguien le molestaba que la niña estuviera con él, no lo hacía saber. La compró unas zapatillas de lona y varios pares de calcetines que él mismo fue cambiándole y lavándole. Poco a poco la niña fue tomando un aspecto más saludable gracias a la variada alimentación que Paco le iba proporcionando. En sólo una semana desde su primer encuentro la transformación de Lucía era asombrosa. E, indiscutiblemente, la transformación de Paco también.

Lola fue testigo desde el primer día de la amistad de Paco y la niña. Vio cómo se hicieron amigos inseparables y fue escuchando cómo, poco a poco, un mar de venenosos rumores arrasaba todos los rincones del pueblo. Eso a ella le causaba un enorme malestar dado el gran aprecio –y algo más, para qué negarlo- que sentía por su vecino. Se había divorciado hacía cinco años y sabía perfectamente lo penoso y desagradable que resultaba ser el objeto de los cotilleos y los comentarios dañinos que la gente soltaba sin pudor, agigantándolos y retocándolos al gusto del maledicente de turno. Nadie parecía entender que su vida personal le pertenecía sólo a ella y que, además, no tenía por qué soportar a un tarugo que la pegaba e insultaba cuando le parecía. Sabía lo que era sufrir los juicios errados de sus vecinos y el ostracismo consecuente. Y eso mismo estaba pasándole a su vecino Paco. Los rumores que le llegaban como puntas de flecha ponzoñosas hacían referencia a una amistad no muy sana entre un viejo –verde- y una tierna niña discapacitada. Sabía a ciencia cierta que las personas que actuaban como mensajeras disfrutaban soltándoselo a Lola como quien no quiere la cosa. Estaba claro que la atracción que ella sentía por su vecino era más intuida que conocida, pero el gremio cotilla del pueblo había dado de pleno en el clavo. Lola no podía soportar que despellejaran a Paco con esos comentarios malintencionados y embusteros por lo que decidió tomar cartas en el asunto.

Esa mañana, antes de que Paco pasara a la casa de al lado para ir a recoger a la niña, Lola ya estaba preparada en su puerta, atenta a la salida de su vecino. Se notó nerviosa como una adolescente esperando ver al hombre que no podía quitarse de la cabeza. La relación no era fluida entre ambos. Ella llevaba poco tiempo en el pueblo, sólo tres años. Él había estado muy ocupado atendiendo a su mujer en los años que estuvo enferma hasta su fallecimiento. Desde ese día, Paco se había encerrado en sí mismo y no había reaccionado como Lola hubiera deseado ante sus estériles intentos de iniciar una amistad. Sin explicarse cómo, sabía que él era una buena persona, le gustaba su porte enorme y robusto y sus inteligentes ojos verdes dejaban mostrar muchas cosas, pero ninguna era parecida a la maldad o a la mentira. Siempre miraba de frente y eso era muy importante para ella.

Los cerrojos de la puerta de Paco resonaron al abrirse desde dentro y Lola sintió cómo le latía el corazón con una fuerza rabiosa en el pecho, en la garganta. Cuando le vio aparecer, afeitado y arreglado, estuvo tentada de meterse de nuevo en su casa y en sus asuntos. Pero, no, se dijo, debía intentar explicarle a ese buen hombre lo que estaba pasando.

– ¡Paco!-. Escuchó su voz y no se reconoció. Él giró la cabeza y la miró. Lola creyó que no le saldría la voz- ¡Buenos días! ¿Podría hablar un momentito con usted?

La voz se le quebró en un gallo y notó cómo se ruborizaba. Él la miró dudando. Hizo un gesto hacia la casa vecina, pero no se movió. Lola decidió ser ella la que se acercara. A su lado se sintió demasiado menuda y acogotada, pero nada en el gesto de Paco la hizo echarse atrás en su decisión. Él se mostraba intrigado y, quizá, algo incómodo, pero no molesto o enfadado.

– Buenos días, señora Lola. –su voz sonaba amable y tranquila.- Usted dirá.

– Bueno… la verdad es que se trata de algo delicado y no deberíamos hablar en medio de la acera. Si usted lo desea podemos pasar a mi casa y le invito a un café.- Lola enrojeció hasta quemársele las mejillas. Lo que había dicho podía sonar muy mal… Como él dudaba, añadió: – Se trata de la niña.

Paco hizo un gesto defensivo inconsciente. Con voz apagada espetó:

– Preferiría que habláramos en mi casa, si no le importa.

Lola asintió. Entraron en el recibidor y dejaron la puerta de la calle abierta. Si alguien les veía, allí de pié, no podría murmurar memeces. Decidió explicarle sin tapujos lo que estaba pasando en el pueblo, los rumores que le afectaban de una forma tan injusta. Le explicó que ella sabía quién era la madre de la niña. La había ayudado el día que se mudó y había podido hablar unos momentos con ella. Esa mujer era evidente que estaba enferma. Tuberculosis en tratamiento, dijo ella. Alcohol o drogas, dedujo Lola por la delgadez extrema, por el color y aspecto de su piel, por los ojos vacíos y la mirada ausente, por la lengua pastosa y las palabras caídas, por la torpeza de sus movimientos y la falta de equilibrio… Paco la escuchó sin interrumpirla. Sus ojos iban arrugándose o entrecerrándose según asimilaba la información, pero en ningún momento se apartaron de la cara de Lola.

– Es evidente que la niña está mal cuidada por su madre -continuó Lola consciente de que su vecino no mediaría palabra hasta que terminara su explicación-. Aparece sucia y mal alimentada, mal vestida para la época que estamos, está sola en la calle todo el día y quién sabe qué más. Usted la está atendiendo en lo que puede, eso es evidente, pero quizá no sea suficiente. Es una niña con necesidades especiales, debería ir al colegio. En definitiva, quizá, se debería advertir a las autoridades para que se hagan cargo y la atiendan como es debido. Estamos obligados a denunciar todo maltrato o abuso a un niño y este caso puede que lo sea.

Paco bajó la mirada a sus zapatos. Estaba sopesando todo lo que esa vecina, con la que nunca había cruzado más de tres palabras, le estaba soltando, así, de sopetón. Y le había cogido desprevenido. Nunca se habría imaginado que la gente del pueblo interpretara de una forma tan repugnante su interés por una niña pequeña. Debía haber mucha mente retorcida. Todos le conocían de toda la vida y eran capaces de juzgarle tan mal. Volvió a mirar a Lola a la cara. Esta mujer parecía sincera, parecía realmente preocupada, pero Paco no sabía qué decir. Iba a intentar explicarle a la mujer lo que creía que debían hacer cuando, de repente, escucharon un estruendo de cristales y de algo metálico al caer. Inmediatamente, un grito desgarrador les llegó como un mazazo. Paco supo inmediatamente de dónde procedía. Lola también. Como movidos por un resorte salieron corriendo a la calle y se encaminaron a la casa de al lado. La puerta de la calle se abrió temblando por la patada que le dio y fue a golpear la pared rebotando y volviéndose a cerrar. Paco golpeó otra vez y la sujetó con el pie. Cuando entraron se encontraron a la niña bajo una estantería metálica y rodeada de cristales rotos. Paco se aturulló por los gritos sin control de la niña. Estaba sentada entre dos baldas del mueble de aluminio y con varios reguerillos de sangre corriéndole por la cara, el pecho y los brazos que agitaba como una loca. Cuando Lucía vio a Paco se levantó y corrió hacia él. Lola suspiró aliviada. Parecía que, más que graves heridas, la niña sólo se había llevado un gran susto. Tomó una toalla aparentemente limpia que había sobre una silla y abrigó a la nena, que sólo llevaba un fino camisón de tirantes. Él cogió a Lucía en brazos y salió por la puerta como una exhalación hacia su propia casa. Lola no lo dudó y le siguió, a su vez. Él no cerró la puerta de la calle al entrar, pero la mujer no pudo evitar cierta vacilación a entrar sin ser invitada. Paco la llamó desde una zona interior de la casa pidiéndole ayuda, que trajera no sé qué del mueblecito del cuarto de baño. Lola entró y cerró la puerta tras de sí.

Por la tarde la niña dormía tranquila en la habitación principal. Paco y Lola tomaban café en la sala contigua, sentados alrededor de una mesa camilla. Habían hablado durante horas. Él había aceptado el prudente criterio de la mujer. Curaron las superficiales heridas que Lucía presentaba por diversas partes del cuerpo, la habían bañado y la habían acostado tras darle un vaso de leche calentita con galletas. Inmediatamente se había dormido y así seguía. Habían decidido esperar a que la madre regresara y hablar con ella. Ese día no pasaría sin que Lucía tuviera una solución adecuada. Eran las cuatro de la madrugada. Lola y Paco se habían quedado dormidos. Ella en el sofá. Él, en el sillón de orejeras. El ruido de la puerta vecina les despertó bruscamente. Retirando con un súbito movimiento la manta de cuadros que la tapaba y desprendiéndose a duras penas del espeso velo del sueño, Lola salió junto a Paco a la calle. En la acera vieron cómo se encendían las luces de la casona de al lado. Llamaron a la puerta. Escucharon una voz de mujer pero no entendieron lo que decía. Volvieron a llamar. La mujer gritó con lengua pastosa varias palabrotas. Paco golpeó la puerta con los puños. Estaba impaciente y sentía cómo una rabia desconocida le instaba abrirla a patadas. Lola se mantuvo cerca de la casa abierta de su vecino por si la niña se despertaba o lloraba. Al fin, la desvencijada puerta se abrió. Ambos vieron un espectro. Debía ser una aparición porque no podía tratarse de un ser humano. Era una mujer muy alta, esquelética. La ropa, demasiado grande, colgaba de su cuerpo como de una percha pequeña y estaba sucia, raída. En la boca le faltaban varios dientes y presentaba en cara y brazos varias manchas marrones, quizá alguna herida tras un muy posible tropiezo. Se encontraba bajos los evidentes efectos de alguna droga o de un exceso de alcohol. Casi no podía abrir los ojos que aparecían como dos ranuras escamosas. Se tambaleaba de tal manera que tuvo que sujetarse al quicio de la puerta para no caer. Ladró algún improperio e, inmediatamente, cayó al suelo. Paco intentó sostenerla y ella manoteó con torpe desdén. Intentó volver a levantarse pero fue del todo imposible. El hombre tuvo que alejarse porque pateaba con una violencia increíble en un cuerpo tan desmadejado, mientras balbucía y escupía. Paco y Lola se miraron sin saber qué hacer. La mujer se quedó quieta de golpe. Ambos la miraron acercándose con prudencia. Parecía inconsciente. Él se agachó para recogerla. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para vencer la repugnancia que esa criatura le producía. La tomó en brazos y se giró hacia Lola. Parecía dudar a dónde debía llevarla. Ella le hizo un gesto silencioso hacia la casa de Paco, que sin mediar palabra entró con ella. Lola le siguió y, nuevamente, cerró la puerta tras ella. La madre de Lucía entró en un sueño profundo e inquieto. Lola se preocupó cuando comprobó que le había subido la fiebre. Tras retirar el termómetro, vio que tenía más de treinta y nueve y medio. La habían acostado en una cama pequeña que Paco tenía en un cuarto que aparecía abarrotado de estanterías con libros. La desnudaron y la lavaron con agua fresca. Tenía el cuerpo flaco, descarnado, lleno de úlceras en diversos grados de curación. Tenía marcas de pinchazos en los brazos, en las piernas y los pies, en el abdomen. No debía tener más de cuarenta o cuarenta y cinco años y parecía una anciana de cien. Paco llamó al Servicio de Urgencias del Centro de Salud. Al poco rato apareció Pedro, su médico de cabecera, que esa noche estaba de guardia. No dejó de mostrar cierta sorpresa ante la presencia, en casa de Paco, de una paciente en esas lamentables condiciones, pero, inmediatamente, se encontraba explorando y auscultando con delicadeza y atención. Al poco, les extendió un informe para Urgencias y un volante para la ambulancia. Debía enviarla al Hospital. Su situación era muy grave y extrema. Lola se ofreció a acompañarla. Una hora más tarde la mujer, aún inconsciente, era introducida en una ambulancia. Paco cerró la puerta de su casa tras observar cómo las luces anaranjadas se perdían al fondo de la calle.

Antonia seguía un reposo obligado en cama. No sabía cómo había llegado al hospital, no recordaba nada coherente. Se encontró a una mujer, a la que recordaba vagamente, sentada a su lado con ojos cansados pero amables. Le explicó que su hija estaba a cargo de un vecino y que no debía preocuparse. Dedujo que debía de tratarse del hombre gigante del que su hija no cesaba de contarle cosas, el que la cuidaba mientras que ella se ausentaba. No le conocía pero Lucía estaba muy contenta y eso la tranquilizaba. Su hija tenía un sentido especial para las almas buenas y no se fiaba de cualquiera. Cerró los ojos y recordó su hermosa carita, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

Antonia sabía que iba a morir. Lo sabía desde hacía mucho tiempo y por eso había dejado de luchar. Todos los días esperaba que fuera el último. No, no lo esperaba. Intentaba que fuera el último, pero se veía incapaz de hacerlo por ella misma. Hasta llegar a ese pueblo, a la que fue la casa de unos tíos lejanos, había intentado salir del infierno y cuidar de su hija. Trabajar, luchar y darle a Lucía lo que necesitaba, en forma de un centro especializado que la estimulaba adecuadamente y la educaba. Pero no había sido suficiente. La enfermedad la había vencido y la roía lenta pero mortalmente. Un día se abandonó. Las drogas la ayudarían a acabar con todo. Perdió el trabajo, perdió su casa, perdió su dignidad. No podía caer más bajo. Pero, ¿y su hija Lucía? No tenía familia. Todos habían fallecido y nunca tuvo hermanos. El centro privado en el que la tenía interna se la envío a casa con una nota, muy amable eso sí, en la que le recordaban que si no pagaba las cuotas no podía volver a matricularla después de las vacaciones de Navidad… bla, bla. Se encontró sin trabajo, sin casa, con una hija querida pero desconocida, y cayendo en un infierno en el que no había retorno y en el que sólo había una salida: la tan anhelada muerte.

El mismo día que llegó a la vieja casa del pueblo su hija le hablo del gigante. Quien fuera ese personaje la alimentaba, la cuidaba y la mantenía limpia. ¿qué mas podía desear? Ella salía a diario con la esperanza de no volver. Pero siempre volvía y había un día más. Y ahora estaba en un hospital. ¡No podía más!

Se despertó cuando una enfermera la avisó, rozándole ligeramente las manos, que tenía una visita. Abrió los ojos y se encontró junto a su cama a un hombre enorme. Peinaba el cano cabello con la raya al lado. Tenía unos hermosos y francos ojos verdes. Se le notaba nervioso y se pasaba compulsivamente la mano por el pelo, intentando que un rebelde mechoncillo volviera a su sitio. Tras un eterno instante de duda se sentó en la única silla cercana a su cama, mientras susurraba una obsoleta solicitud de permiso por tomarse tal libertad ante una señora. El hombre esperaba por parte de Antonia alguna pregunta de curiosidad, pero ella no abrió la boca. Sólo lo miraba expectante. Sabía el motivo de tan inesperada visita. Lucía.

Tras unos incómodos minutos de silencio Paco se decidió. Le contó cómo estaba su hija. En ningún momento le hizo referencia a que la pequeña la echase de menos. Sabía que no era así. La explicó su deseo de ocuparse de la niña y de cuidarla. Necesitaba saber si Antonia estaba de acuerdo.

– Claro que estoy de acuerdo. Mi hija es lo único bueno que tengo en mi vida –articulaba las palabras trabajosamente. -Pero no sé si usted sabe que yo me voy a morir- una fría pausa. Paco la miraba a los ojos y a Antonia le costaba mantener esa mirada. ¡Claro que sabía que le quedaba poco tiempo, por eso estaba allí!-. Cuando yo muera no creo que la dejen que se quede con usted.

– Por eso estoy aquí, señora. Lola, nuestra vecina, me ha dicho que la niña no tiene padre. ¿Es eso cierto?- su voz era suave, amable.

– Sí, soy madre soltera. Mi vida ha sido algo complicada. Ni siquiera recuerdo quién podría ser el padre…

– No vengo a juzgarla, señora- la cortó Paco con educación.- He cogido mucho cariño a Lucía y creo que ella también me lo ha cogido a mí. Yo puedo darle todo lo que precisa, puedo ocuparme de ella, pero necesito saber si usted desea que ella se quede conmigo cuando usted…, cuando usted falte.

Antonia le miró con curiosidad. ¿Qué se le habría ocurrido a este hombre? No medió palabra. El silencio era insoportable. Pero decidió esperar a que Paco dijera todo lo que tenía que decir. No le ayudaría a soltarlo. A ver cómo se las apañaba…

– Señora…

– Prefiero que me llame Antonia.

– Antonia –Paco tragó saliva con evidente nerviosismo-. Si a usted le parece bien yo podría reconocer legalmente a Lucía. Si yo fuera su padre adoptivo de forma legal, cuando usted…

– … me muera…

– … falte nadie podrá llevársela porque no estará sola, me tendrá a mí.

Antonia reconoció, con cierto gustillo interno, que la había sorprendido. ¡No se esperaba esa salida por parte del viejo! ¡Reconocerla, adoptarla! ¡Qué ingenioso, qué tío más listo!, pensó. Guardó nuevamente silencio haciendo ver que sopesaba la respuesta. Tenía delante de ella una fabulosa solución para su hija. Nunca lo habría imaginado pero podría morirse con ese problema resuelto. El hombre la miraba mucho más seguro de sí mismo que hacía unos instantes. Sabía que le había planteado una posibilidad difícil de rechazar si realmente le importaba la niña. Eso le daba un aplomo hasta entonces ausente. La mujer se revolvió en la cama ajustando su cuerpo y buscando una postura más cómoda. Estaba haciendo tiempo. Estaba buscando las palabras más adecuadas para decirle lo que realmente deseaba su corazón y no asustar al viejo. No, no, asustar no era la expresión adecuada, más bien era no provocar su rechazo. Las palabras pugnaban por salir de su boca y le quemaban en los labios.

– Paco, ese es su nombre, ¿verdad? –El otro asintió con un gesto-. Me parece una idea muy buena. Ahorraría muchas molestias en muchos aspectos. Creo que usted puede ser una buena persona, pero en mi fuero interno podría tener ciertas dudillas ¿no cree? –Paco hizo un gesto de protesta, pero ella le cortó con un movimiento de su mano-. No se ofenda, por favor. Mire, le voy a ser sincera: yo no quiero morirme en una aséptica cama de hospital, sola. Me gustaría poder irme a mi casa y acabar mis días allí. Sin médicos, sin pinchazos. Me gustaría estar cerca de ella, de mi niña, y de personas conocidas. Creía que no iba a ser así, pero tengo miedo. Si a usted no le importara ocuparse de mí para que no tenga que volver a ingresar en el hospital… -se le quebró la voz- yo le conocería y vería lo que mi hija ve en usted. Hoy me doy cuenta de que necesito no estar sola. Quiero tener lo que Lucía ha tenido y tendrá cuando yo no esté. Por favor…

Fueron tres meses de mucho ajetreo llenos de abogados y notarios, de papeles y documentos. Todo fue solucionado con solicitud y cierta premura. Aún así, sobraron semanas para hablar, para entender y para conocer. El aspecto de Antonia mejoró considerablemente y su cara y sus ojos aumentaron en luminosidad, como la luz de una vela antes de apagarse para siempre. Una mañana ya no se despertó. Su muerte fue mucho más benévola de lo que había sido su vida y se la llevó con cuidado y sin despertarla. Amaneció con un gesto relajado que dejó tranquilos a Paco y a Lola. Lucía lo comprendió todo y lo vivió todo con total naturalidad. La velaron y la acompañaron en su última salida de la casona los tres juntos, abrazados.

Y así, los tres juntos, se fueron de aquél bello pueblo de la sierra. Dejaban muchas cosas tras ellos. Optaron como nuevo destino por una gran ciudad que tuviera todo lo preciso para las necesidades de la pequeña. Lola formó parte de la vida de Paco y de Lucía como si se conocieran de toda la vida y les amó como si desde siempre lo hubiera hecho. Ella estaba junto a ellos porque ahí es donde debía estar. La vida puede empezar cualquier día, en cualquier momento. La vida de Paco comenzó, otra vez, cuando Lucía le eligió aquél día. Y con esa elección le dio la oportunidad de cuidar de ella y de quererla. Paco siempre supo que recibió mucho más de lo que dio. La niña, al tomarle de la mano aquella tarde, le dio la esperanza que creía definitivamente perdida. Le dio una hija, le dio un amor, le dio una nueva vida.


FIN

Lola Montalvo Carcelén



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Chispi 22 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — carveves @ 19:47


En un lugar lejano de lo que conocemos como civilización, perdido entre las montañas, existía un poblado, al cual llamaban Chiposo. Era muy pequeño pero sus habitantes eran felices.

Una vez al mes pasaba cerca de allí un tren, los niños se subían al campanario para verlo descender entre las montañas.

Un día nuestro amigo Marti decidió acercarse al lugar donde pasaba para verlo mejor y recogiendo sus pocas pertenencias en un autillo emprendió su viaje.

Por el camino iba cantando una canción:

– Caminito, caminito, que me acercas a mi destino, no seas malo conmigo…

Ya se habían pasado dos días desde que abandono su casa y apenas le quedaba comida, estaba muy cansado, el camino se abrió y apareció un manto verde ante sus ojos, decidió descansar un rato.

Al poco tiempo de quedarse dormido, soñaba con su mama, delante del fuego preparando algún delicioso manjar, justamente cuando lo iba a saborear algo turbo su sueño, despertándolo, miro a su alrededor y vio un cachorrillo de lobo a sus pies. Siguió mirando en busca de sus padres, pero no estaban.

El cachorrillo con carita triste se acerco y cuando lo tuvo cerca, le susurro en un lamento:

– Llévame contigo, me he marchado de casa para ver mundo. Pero estoy muy triste por andar solo. ¿A donde te diriges?.

Marti, fijo sus ojos en aquellos que le observaban lastimeros y sintiendo simpatía por el cachorro le dijo:

– Voy a las colinas, a ver una maquina negra, que los mayores de mi poblado llaman tren.

– ¿Una maquina negra?

– Sí, dicen que sirve para viajar y ver muchas cosas. ¿Quieres venir conmigo?

– Si -contesto feliz cachorrillo.

Y poniéndose de pie empezaron a caminar por el sendero, cachorrillo se perdía por los prados para aparecer un poco más adelante.
Al cabo de un rato desapareció por unos matorrales al ver que no volvía Marti empezó a llamarle:

-Cachorrillo, ¿donde estas?. Cachorrillo, Cachorrillo… – como respuesta el eco de su propia voz lo contestaba- Cachorrillo, vuelve.

Al volver un recodo del camino, allí estaba cachorrillo, corrió hacia él y lo abrazo.

– Cachorrillo, me asustaste.

– No te preocupes por mi. Soy joven y como Mama dice, alocado.

– Bueno entonces no me preocuparé. A propósito mi nombre es Marti, ¿tú como te llamas?.

– Nosotros los lobos no tenemos nombres.

– Pues de alguna manera te tengo que llamar, no puedo estar gritando continuamente cachorrillo, es muy largo.
A ver déjame pensar. ¡Ya se!, te llamaré Chispi, como eres tan travieso te pega mucho.

– Chispi, Chispi – repetía cachorrillo- De acuerdo, me gusta, a partir de ahora me llamaré Chispi.

Y siguieron caminando.

Al cabo de dos días más llegaron a su destino. Decidieron asentarse en una loma cercana a esperar la llegada del tren.

– Chispi, ven aquí, mira estas tablas del suelo. ¿Que raro para que serán? -Marti nunca había visto algo así y mucho menos en medio de un monte, no podía saber lo que era.

– Si es extraño -corroboro Chispi- Pero, ¿para que es eso que hay encima?.

– Seguro que está relacionado con el tren. -afirmo más animado Marti- Cuando lo veamos sabremos exactamente que es.

Volvieron a la loma y mientras esperaban se dedicaron a inspeccionar el terreno.

Ya no les quedaba nada de comida y no sabían cuanto tenían que esperar.

– Marti, tengo una idea, mama me enseño algunas plantas comestibles, vamos a ver si hay alguna por aquí.

– De acuerdo, Chispi, así no nos moriremos de hambre.

Y así es como aprendió Marti a sobrevivir de lo que la naturaleza les ofrecía.

Ya llevaban allí nueve días cuando de pronto, Chispi empezó a gritar:

– Marti, Marti, mira, mira. Sale humo de la montaña y se mueve. – Empezó a olisquear – es un olor raro, no es fuego.

Marti se acerco lentamente y miro en la dirección que le indicaban.

– ¡Es cierto!. – exclamo.

De entre las montañas apareció una nube de humo grisáceo que parecía acercarse, se miraron y echaron a correr hacia las vías, no se acercaron mucho les asustaba un poco lo desconocido. Y poquito a poco empezaron a distinguir en el horizonte una inmensa máquina negra.

– ¡Es el tren!, ¡es el tren! – gritaba Marti.

Para sus ojos era algo nunca visto. Cuando llego hasta ellos ambos estaban mudos del asombro, era mayor de lo que esperaban. El maquinista al verlos hizo sonar el silbato en forma de saludo. Los dos se sobresaltaron y abrazaron asustados, pero no podían quitar la vista, entonces empezaron a llegar los vagones y los viajeros les saludaban con la mano.
– Mira Chispi, va gente dentro.

Y como apareció se perdió entre la nada.

Ellos se miraron y cuando estuvieron repuestos de su asombro, Marti dijo:

– Chispi, tu has escapado de casa para ver mundo. Y yo he viajado hasta aquí para ver el tren. ¿Qué te parecería si seguimos este sendero haber donde nos lleva? – pregunto dudoso de la respuesta de su interlocutor- Según los ancianos con los que he hablado, el tren se detiene en algo llamado estación.

– Me parece bien. -contesto Chispi- Y a lo mejor podemos montarnos en él, como las personas que hemos visto.

Y así fue como nuestros amigos, Marti y Chispi, empezaron la aventura de conocer mundo. Pero eso lo contaremos en otro momento.

Carmen Vera


 

Estrellas 18 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores,Últimos post — Pedro Marchán @ 22:04




Dos, tres, cuatro, cinco, seis…

Mi madre se llamaba Sara, tenía treinta y cinco años y le gustaba la astronomía. Amaba la estela de los cometas, ésa que arrastraban a través del espacio y se desvanecía como se desvanece un helado en verano. Quizás por ese motivo se compró el telescopio y se puso a observar las estrellas y los planetas y las constelaciones, sentada en la terraza con aquellas gafas gruesas de pasta, contemplando cada noche el infinito mientras mi padre dormía en el sofá a oscuras y el resplandor de la televisión rebotaba en las paredes.

Por algún motivo que desconozco mi madre parecía buscar en el cielo la luz que mi padre le arrebataba cada día, a eso de las once, después de haber cenado tras una dura jornada de trabajo.

Mi madre buscaba esa luz con el afán con el que un atleta olímpico busca el oro, como si, una vez que la encontrase, pudiera enroscarla en la lámpara del comedor.



Trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho…

Mi padre se llamaba Ramón, tenía treinta y ocho años y le gustaba el bricolaje. Una madera allá, otra aquí, atornillaba y la estantería estaba lista para ser colocada. Su taller era el garaje de casa, con todos aquellos utensilios esparcidos junto al automóvil, colgando de paredes y anaqueles, formando un galimatías de objetos que durante años había estado conservando. Aunque su pasión principal era la frutería de la calle Sagunto que con tanto esfuerzo había levantado gracias en parte a una subvención del Ayuntamiento. Cuando se vestía con el delantal y vendía naranjas y melocotones se olvidaba de su hobby, del roble y la haya, de la pulidora. Pero a cambio, le recompensaban con chascarrillos y habladurías, con gracias y rumores, con divertidas anécdotas. El día a día le hacía sentir feliz, el contacto con la gente le llenaba el alma como un néctar que se volvía imprescindible a cada trago, un néctar que sin duda alguna le iluminaba la vida.

Luego llegaba a su hogar, exhausto y rendido, y aquella luz parecía desaparecer de su interior y le adormilaba en el sofá, mientras su queda esposa miraba estrellas en la terraza y la noche le envolvía en sueños.



Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro…

-¿Vais a venir al concierto? –preguntó mi tía Lucía asomando la cabeza por la ventanilla del automóvil.

Yo miré a mi madre con el entusiasmo con el que un preso saborea la libertad, luego asentí satisfecho y mi prima, que había estado marcando en el mapa el recorrido hasta Tortosa, me guiñó el ojo tras la luna trasera del coche mientras mostraba una carpeta con fotos del cantante.

-Así que compro cuatro, ¿no? –resolvió- Porque Ramón no viene…

-No, Ramón se quedará viendo el partido del Barça, prefiere estar junto a Ronaldinho que junto a su familia –contestó mi madre con una liviana sonrisa.

-Bueno, piensa que el día once te tocará a ti quedarte en casa. He leído que hay una lluvia de meteoros, las Perseidas, que va a ser bastante intensa. Además dicen que es un buen año para observarlas.

-Pero si precisamente lo que yo no quiero es quedarme en casa –sentenció Sara.

Mi madre temía quedarse sola. Como si aquella oscuridad que desprendía el corazón de Ramón pudiera apoderarse de sus sentimientos, de sus miradas, de sus sueños. A menudo ella me susurraba al oído que era feliz y yo sentía en sus vacilantes palabras y, a decir verdad, también en sus heridas, que mentía. ¿A quién quería engañar?

Todos sabíamos que la felicidad en mi casa era como una nebulosa, tan distante que había que imaginársela.

Tan distante que parecía imposible llegar a ella…



Veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta…

Mi madre apareció con un libro de Alejandro Sanz titulado “Por derecho”, una completa biografía que regaló a mi prima convirtiéndola en la mujer más contenta del universo.

-Para que te lo firme cuando vayamos a Tortosa –dijo sin convicción.

Estábamos en el chalet de mi tía Lucía recostados sobre una toalla estampada con estrellas de mar y refugiados bajo la sombrilla, justo después de haber estado nadando en la piscina, cuando trajeron el libro y los bocadillos.

-Déjame ver las fotos y los poemas –le pedí a mi prima, tirando del libro hacia mí.

Pasamos las hojas y observamos las fotografías de aquel jovencísimo cantante. Luego leímos en voz alta algunos versos inéditos que acompañaban el escrito.

-Mamá, ¿Alejandro Sanz es un músico o es un poeta? –preguntó mi inocente prima, queriendo resumir los quehaceres del polifacético artista en una palabra.

-Ambas cosas –contestó Lucía sin dilación- Ese hombre es como un avión, le hace ver el cielo a mucha gente… ¿Qué le dirías si tuvieras la ocasión?

Mi prima se encogió de hombros y se estiró sobre la toalla, escuchando las canciones de su artista preferido en el discman.

-No lo sé –resolvió con esa facilidad que los niños tienen para salirse airosos de cualquier apuro- De verdad que no lo sé.

Decidí enfundarme las sandalias y regresar al interior del chalet, pensando que encontraría a mis padres jugando a cartas o dándole de comer a los perros.

Pero me equivocaba. Mi madre lloraba en un rincón, desconsolada en el recibidor de la estancia con un golpe en la sien, amoratado, que le tiznaba el rostro de un color púrpura, seco, maldito. Corrí hacia ella y me tiré en su regazo, la abracé, y yo también lloré y enseguida me sentí impotente e inútil al mismo tiempo.

“Ojalá existiera un libro que te hiciera tan feliz como a la prima”, le susurré entre sollozos, “para poder regalártelo”. Luego agarré un destornillador que estaba a sus pies, seguramente era el arma con la que Ramón, ése que decía ser mi padre, se había deshecho de Sara, y lo arrojé lejos, con un odio infinito, un odio tan profundo como un pozo.

Por supuesto mi madre no quiso denunciarle porque decía que había aprendido a perdonar.

-¿Qué es el perdón? –pregunté traumatizado por aquella horrenda y triste experiencia.

-Perdonar es darle las gracias a tu verdugo después de que te haya cortado la cabeza –dijo satíricamente.

Eso es lo que ella dijo.

No lo entendí. En mi mente, la imagen de un destornillador golpeando a Sara daba vueltas como si fuera la visión de un calidoscopio.

No un destornillador cualquiera, no, sino uno de ésos con un asterisco en el extremo, un destornillador con la punta de estrella, claro está.



Cuarenta y una, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro…

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Fue el once de agosto, en una noche despejada y de estelas luminosas, cuando la lluvia de estrellas conocida como “Las lágrimas de San Lorenzo” inundaron el horizonte, mostrando hasta tres meteoros por minuto. Mi madre, que agudizaba la vista sobre la mira de gran precisión, vio una de ésas estrellas fugaces y se dispuso a pedir un deseo, pero siempre he pensado que tardó demasiado en hacerlo. Ahora, las partículas que sobrevolaban el espacio se podían contar con los dedos de las manos, una tras otra, como gotas de lluvia:



Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho y cuarenta y nueve.

Cuarenta y nueve. Cuarenta y nueve puñaladas que enterraron el brillo que mi madre tuvo la esperanza https://i0.wp.com/4.bp.blogspot.com/_1kDFK7W7ZVg/SXfHOAqCqEI/AAAAAAAAAKE/J7-d1Lb5Wxk/s400/ojosrojos.jpgde encontrar algún día, sin saber que ella, como la mayoría de mujeres, estaba dotada de luz propia. Resulta que Ramón ya no era él, sino un maniquí poseído que aguantaba un cuchillo ensangrentado y se echaba las manos a la cabeza, como maldiciéndose. Ramón era el silencio personificado de una realidad miserable.

Dicen que la ironía forma parte de las desgracias. Dicen que San Lorenzo lloró más lágrimas que nunca aquella fatídica velada de agosto, dicen que curiosamente era un mártir, dicen que en su tumba rezaba una reveladora inscripción: “Sólo la fe de Lorenzo pudo vencer los golpes, los verdugos, las llamas, los tormentos y las cadenas”, y también dicen que era el patrón de los cocineros.

En cualquier caso, mi madre estaba muerta y esas ironías no iban a devolverle la vida.

Horas después, en el chalet, mi prima y mi tía, sentadas frente al televisor, escuchaban las noticias y se hacían eco del asesinato de una madre de familia.

-¿Ya va otra? –preguntó Lucía, obviando quién era la víctima, con gran naturalidad.

-Sí, ya va otra –respondió cruelmente una niña de diez años, acostumbrada injustamente a la barbarie humana.

Luego, los convincentes clientes de una frutería de la calle Sagunto aseguraban con perplejidad que el dueño era una persona bondadosa y encantadora, incapaz de engendrar el mal. Mi prima sintonizó otro canal, estaban hartas de contemplar guerras, hambre, miseria y pobreza. Desde luego, era bastante curioso cambiar los avatares del mundo con sólo apretar un botón llamado “Program”, pensó.

Angulo centró para que Mista rematara limpiamente a gol. Lucía imaginó que Ramón estaría frente al televisor, empinando la cerveza, disfrutando de la dosis semanal de fútbol.

Eran partidos de pretemporada. La liga de las Estrellas pronto engalanaría la galaxia.

-La vida sigue –me repetían mis familiares, tristes como cipreses, quizás para recordarme que no era yo el muerto. Quizás también por ese motivo viajé hasta Tortosa una semana después, un día de intensa lluvia, pensando en que la vida consistía precisamente en vivir. Pero a cada paso que daba veía a mi madre en una esquina, en una ventana, entre el gentío. Y todo me recordaba a ella.

Incluso un trozo de papel doblado en mi bolsillo, su fútil entrada del concierto, era como tenerla de nuevo a mi lado.

A pesar de mis ánimos, tuvimos suerte. El Hotel Corona estaba repleto de técnicos, operadores y empleados del staff de la gira. Mi prima, siguiendo los consejos de los simpáticos trabajadores, se personó a las siete en punto de la tarde, junto a Lucía, en la puerta trasera del Estadio Municipal donde tendría lugar el evento, momento en que llegaba un autobús gris como la plata, de escasa discreción y cristales tintados. No supo qué hacer cuando Alejandro Sanz apareció saludando al aire y se acercó generosamente a la valla metálica, mostrando su canosa perilla, vestido con un abrigo negro, gafas oscuras y una gorra en la que rezaba la frase: “Beachwear”.

A mi prima le temblaron las piernas y las manos y los dedos y los labios. Entonces, cuando ya estaba tan cerca que pudo tocarlo, y sólo entonces, con el alma encogida en un libro y la deidad resplandeciente sonriendo frente a ella, pronunció cuatro torpes palabras:

“Tú… eres mi estrella”, le dijo espontáneamente mientras se echaba a llorar.

Pero… ¿Qué eran las estrellas? La fascinación que mi madre sentía por ellas me empujó a estudiar astronomía para descubrir después que la ciencia no tenía nada que ver con la magia que desprendían. Era una energía repleta de esperanza, una estepa de humanidad por conquistar que pululaba en el interior de todas ellas como motas de polvo. Las estrellas nos recuerdan que hay una luz inquebrantable que no se puede extinguir, la luz de la libertad, cuyo fulgor se renueva con cada sonrisa, con cada abrazo, con cada beso. Las verdaderas estrellas son víctimas que se van sumando en el oscuro tapiz de la violencia, un universo tan apagado como las indolentes excusas que lo perpetran.

Y allí, en la expansión de la nada, en el lado más salvaje del alma humana, perdió Ramón su cordura, su palabra, su corazón y su familia.

A decir verdad, perdió tantas cosas que terminó por perderse a sí mismo.

Durante el espectáculo, advirtiendo mi desolación, Lucía intentó convencerme de que en el espacio, sobre nuestras cabezas, había otro cuerpo celeste que era eterno y brillaba con más intensidad que sus hermanos: se llamaba Sara, tenía treinta y cinco años y le gustaba la astronomía.

-Está allí arriba –dijo señalando al cielo.

No es lo mismo ser que estar… –recitaba Alejandro Sanz, en ese mismo instante, sobre el escenario…

Pedro Marchán

 

Tras los cristales de aquel balcón 17 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 19:00
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Este relato se lo dedico a tantas personas que sufren

el infierno en vida que supone la soledad y el aislamiento.

Cuidemos de nuestros mayores.

Lola Montalvo



Tras los cristales de aquel balcón



Le habían acercado al balcón y podía ver el mundo a través de los impolutos cristales. La tarde era espléndida. El parque aparecía muy hermoso con sus doradas galas otoñales. Unos niños jugaban con el barro, resultado de la lluvia del día anterior; tenían sus sonrientes caritas embadurnadas, las manos pringosas. Un perrillo correteaba a su alrededor esperando ser incluido, sin éxito, en el infantil ritual. Una bicicleta reposaba inerte en la hierba esperando a que su dueño se acordara de ella y la hiciera volver a la vida.

El pálido sol de octubre iluminaba sin calentar; sus tenues rayos se posaban sobre la piel de sus rugosas manos, su calidez era casi una caricia. ¡Cómo añoraba su resplandor en los cabellos, la brisa en la cara!

Emilia necesitaba cambiar de postura. El mullido asiento de silicona, recubierto de suave felpa, resultaba un duro sillar de granito cuando llevaba más de una hora sobre él. Habían olvidado alisar del todo la tela y una arruga le estaba mortificando los glúteos, dificultando que pudiera concentrar su atención en la lectura que Elisa desgranaba con voz monótona e irritante, atascándose en las sílabas, asesinando las palabras.

Emilia intentó tragar sin éxito. A veces su lengua, sus labios y su garganta se negaban a coordinarse de forma voluntaria. Una pequeña cantidad de saliva se le escurrió por la comisura de sus paralizados labios. Elisa le limpió con un brusco movimiento utilizando un pañuelo de perfumado algodón, mientras protestaba entre dientes. Estaba claro que su objetivo en esta vida era mantener todos los enseres de la casa limpios como una patena y eso incluía a la anciana de la silla de ruedas.

La anciana sólo tenía dos o tres años más que Elisa, la mujer que se encargaba de su cuidado, pero esta mínima diferencia de edad no impedía que, de forma reiterada, se refiriera a ella llamándola abuela o anciana o vieja, las escasas veces que la familia de Emilia llamaba por teléfono interesándose por su salud o por el devenir de su monótona y asquerosa vida.

El cuerpo de Emilia era una cárcel. Su alma se encontraba encerrada en una carcasa vacía e inerte, pero su espíritu gritaba anhelante de libertad y de vida. En su interior no balbuceaba sonidos sin sentido, no gemía, no babeaba, no se hacía sus necesidades encima. En su interior gritaba reclamando su libertad robada por un coágulo de sangre que, sin aviso, sin piedad alguna, había paralizado su cuerpo y la había dejado tirada en una fría celda para siempre. Para siempre.

De eso hacía ya tres años.

Elisa dio por terminada su mortificante lectura y cerró el libro con un golpe sordo. Emilia suspiró aliviada. Cada día le resultaba más difícil soportar la hora que dedicaban a esa tarea. Las pocas ganas que su cuidadora le ponía a tan sencilla labor hacían que el bello relato resultara un tormento a sus oídos.

Era evidente que los libros nunca habían sido uno de los entretenimientos de primera elección para esa mujer. Consideraba esta faena una obligación rutinaria, imprescindible para estimular el encogido cerebro de la vieja y como tal lo llevaba a cabo. Por ello el resultado no pasaba de ser un ronroneo monótono e irritante.

Los niños del parque se levantaron del suelo, se sacudieron las sucias ropas y se fueron corriendo. Uno de ellos cogió la bicicleta y, con la agilidad propia de su edad, se fue pedaleando a toda velocidad, dejando un rodal en el húmedo barro del suelo. La mujer sentada en la silla de ruedas envidió a la bicicleta. Unos segundos antes estaba olvidada en el suelo y ahora era un elemento enérgico y fuerte, casi con vida propia. Emilia sintió cómo se le atenazaba la garganta por el llanto, pero de su torpe glotis no salió sonido alguno. Sólo sus húmedos ojos dejaron caer tibias lágrimas de sufrimiento y dolor, que no escaparon a la atención escrupulosa de Elisa; la mujer sacó su siempre presente y perfumado pañuelo y la limpió mientras indicaba en voz alta su intención de no olvidar que debía pedir cita para el oftalmólogo. Tanta lágrima sólo podía deberse a una rija. ¡Como si la vieja le diera pocas cosas que hacer, encima, una más!

Elisa retiró los frenos de las ruedas y llevó la silla al salón; la situó al lado de uno de los mullidos sillones y encendió la televisión; subió el volumen del aparato dejándolo demasiado alto. Jamás se había molestado en saber que el ictus había dejado a la anciana paralizada, no sorda. Ése era el motivo por el cual nunca se preocupaba de contener su verborrea delante de ella, y por ello la criticaba o la reñía cuando lo creía necesario. Emilia ignoró el absurdo programa que llenaba la enorme pantalla. Cerró los ojos y se abandonó a sus recuerdos. Era lo único que le quedaba de su vida. Era lo único que podía controlar a su antojo haciéndolos volver una y otra vez.

Recordó el amado rostro de Santiago, su esposo. En su mente recreó cada detalle, cada gesto, cada arruga del añorado rostro del que fue su único y más auténtico amor. En su imaginación le devolvió la vida y la sonrisa. Le devolvió la capacidad de abrazarla y hacerla sentirse excepcional, hermosa, inteligente. Junto a él volvió a ser joven, esbelta y ágil. Agarrada a su brazo saltó, bailó, corrió y amó como cuando, muchos años atrás, Santiago rebosaba vida y Emilia era la persona más feliz del mundo.

Recordó a sus hijos cuando eran pequeños. En su memoria le decían a cada instante que la querían. Abrazaba sus prietos cuerpecitos y aspiraba su dulce fragancia a jabón y caramelo. Las pequeñas manitas, siempre pringosas, acariciaban su rostro con tacto de terciopelo…

La televisión enmudeció de repente y la mujer abrió los ojos. Le costaba volver a la cruda realidad que su cuerpo le imponía. Elisa volvió a limpiarle las lágrimas refunfuñando. ¡Dichosa rija!; no debía olvidar pedir cita al oftalmólogo. Una enorme servilleta de cuadros fue colocada alrededor de su cuello y otra cubrió su regazo. Apareció ante su cara una cuchara que le acercó una humeante pasta grumosa de color verde a la boca. Emilia la abrió mecánicamente. De nada serviría resistirse. Otras veces lo intentó y su implacable cuidadora no dudó en utilizar las más variadas armas ofensivas hasta que consiguió abrirle la boca y apretarle los labios, de tal forma que no tuvo más remedio que tragar el repugnante mejunje que solía prepararle como comida. A Emilia le encantaría decirle, si pudiese, que los purés que le cocinaba a diario tenían un sabor muy desagradable, pero eso a Elisa le habría traído sin cuidado. Su obligación, entre otras muchas, era alimentarla; y eso es lo que hacía. Mezclaba varios ingredientes en una olla, los cocía, los trituraba y los ponía en un plato. En ningún momento se planteaba si su comida era o no sabrosa.  Emilia recordó lo mucho que le gustaba saborear las fresas en primavera, los aterciopelados melocotones en verano…

Otra cucharada de grumoso puré y sus recuerdos fueron bruscamente relegados a un recóndito e inhóspito rincón.

La dura tarea de acostar, lavar y cambiar de ropa a Emilia la realizaba Elisa sola. Se ayudaba de una grúa electrónica que le permitía levantarla y girarla casi sin esfuerzo. Por la noche, antes de acostarla, la aseaba y le colocaba un pañal limpio. Masajeaba con crema hidratante las zonas enrojecidas en la piel de los glúteos, piernas y talones, resultado de las horas de presión sobre el asiento de la silla de ruedas, y la acostaba en la cama de lado, sujeta entre almohadones. Esta ardua labor la realizaba murmurando entre dientes, increpando a Emilia, riñéndola por no moverse o por no colaborar en su aseo y su cuidado. ¡Como si ella fuera capaz! La giraba hacia un lado y hacia otro como si su cuerpo fuera un saco de patatas, con indiferencia, casi con desprecio. Cuando por fin su cuidadora se marchaba y la dejaba sola en el cuarto, Emilia lloraba sin control intentando lavar su desesperación, su rabia y su dolor. Rogaba para que un milagro la librara de su tortura. Rezaba a Dios pidiéndole que se la llevara. Estaba segura de que la vida, su vida, no mejoraría nunca y que su única salida era morirse. Sabía que muerta estaría mucho mejor que de esa manera tan horrenda.

Una mañana Emilia presintió que algo nuevo pasaba. Elisa estaba más nerviosa de lo normal. No la había sacado a pasear por el parque, como solía hacer a diario, porque estaba muy atareada, según se dignó a explicarle. Trajinaba de un lado a otro como una locomotora; su enorme trasero esquivaba a duras penas las esquinas de los muebles y los marcos de las puertas. La escuchó canturrear mientras trabajaba largo tiempo en la habitación del fondo, la de las dos camas, que nunca se usaba y que llevaba cerrada más de cinco años. ¿A qué se debería? ¿Qué estaría pasando? Elisa no se molestaría en explicarle el motivo de tanto movimiento y tanta furia limpiadora. Ella tampoco podía preguntar, así que esperó.

Pronto saldría de dudas.

Sonó un timbre. Emilia escuchó cómo abrían la puerta de la calle. Unas voces lejanas le llegaron por el largo pasillo. Varios pies acompañaron a los de Elisa hasta la sala. Una fresca vaharada de perfume impregnó el aire de la amplia estancia. Era un aroma delicioso, familiar. Nadie hablaba. Emilia no podía ver de quienes se trataba, ya que su cuidadora le había colocado ante el balcón para que pudiera disfrutar de la hermosa vista del parque.

Un par de pies se acercaron a su silla. Una voz de mujer susurró a su oído. Su aliento olía a menta. <<Abuela>>. Un reconocimiento instantáneo. Elena. Un beso en la mejilla con unos labios firmes y carnosos. Una piel suave y fresca. Un roce con la fibrosa bufanda que le había protegido del frío de la mañana otoñal. <<¿Cómo estás, abuela?>>

Su nieta se arrodilló colocándose frente a ella. Cogió sus manos y las apretó. Era un gesto cálido y sincero. Hacía tanto tiempo que nadie le había tocado así. Elena estaba muy hermosa. La piel de sus mejillas aparecía enrojecida por el frío de la calle. Aún conservaba unas pequitas en la nariz, de las muchas que habían poblado su rostro durante la niñez. Los ojos color miel, de dulce mirada, enmarcadas por tupidas pestañas negras. Había crecido mucho y ya era toda una mujer. Una vocecilla llamó desde atrás; apenas un susurro. <<¡Mamá!>> Emilia se quedó helada. ¡Elena tenía un hijo! ¿Se habría casado? La anciana fue consciente de que su estéril y lacio gesto no reflejaba la sorpresa y la curiosidad que le reconcomían por dentro. ¡Habría deseado preguntar tantas y tantas cosas! <<Abuela, esta es mi hija, Estrella>> Una carita se asomó por encima del brazo de Elena, mostrando, apenas, unos ojillos negros y un mechón de pelo rubio y rizado.

Emilia fue consciente de que su vida iba cambiar por completo desde ese momento. Sintió una inmensa calidez en los inquietos ojos de la pequeña, al tiempo que un torrente de esperanza se abrió por su ajado cuerpo, guiado por la mano de su nieta que apretaba la suya con fervor; un gesto que, muy a su pesar, no pudo corresponder.

Se habían levantado muy temprano. Elisa no estaba acostumbrada a su nueva carga de trabajo y necesitaba desentenderse lo más pronto posible de la vieja. Así se lo hizo saber cuando encendió la potente luz del techo de su cuarto con malicioso rictus, cegándola por unos instantes. Desde su cotidiana ubicación ante el balcón del salón pudo escuchar cómo su nieta se iba a trabajar. Volvería tarde y no vendría a comer. Elisa puso la radio y se perdió por los dormitorios mientras acompañaba con agradables gorgoritos las canciones. Era una mujer ignorante y una cruel sargentona, pero cantaba muy bien. A Emilia casi le resultaba que Elisa se transformaba con la música, volviéndose casi humana. La vieja copla le trajo recuerdos rancios y tristes.

Algo la sobresaltó. Algo había caído sobre su regazo. No podía bajar la cabeza para mirar qué había sido. No fue necesario. Una manita cogió sus dedos y empezó a acariciar su piel. La niña se puso en su campo de visión. Sonreía de oreja a oreja. La habían peinado y perfumado y estaba muy bonita. <<Mamá se ha ido a trabajar. ¿Puedo quedarme contigo?>> El silencio de Emilia fue interpretado como un mudo asentimiento, así que Estrella desapareció momentáneamente trayendo consigo un taburete, que colocó a sus pies y en el que se sentó.

Observaron en silencio la mañana, el parque, la gente ir y venir. <<Tengo seis años y ya sé leer>> Como por arte de magia apareció entre sus menudas manos un libro con unos bonitos dibujos de animales en la portada. Lo abrió y comenzó a leer. La niña separaba las sílabas y se equivocaba con algunas letras y palabras; Emilia comprobó que su atención no podía despegarse del cantarín desgranar del relato infantil. <<¿Te ha gustado, abuelita?>> Una vez más, su silencio fue interpretado al gusto de la pequeña. <<Me alegro, a mí también. Es mi cuento preferido>>

A media mañana salieron a dar un paseo. La niña agarró la mano de la anciana y así caminó a su lado. Ignorando la impertérrita presencia de Elisa que empujaba la silla, le contó historias utilizando a los gorriones del parque como protagonistas. Le explicó cómo eran las casas de las hormigas. Le indicó  cuales eran los pensamientos de las lagartijas cuando se quedaban paradas bajo el sol. Le desveló el secreto nunca contado de las abejas: susurraban bellas canciones a las flores a cambio de su néctar.

Emilia se vio inmersa en el fabuloso mundo de Estrella. Comprobó que durante las horas que llevaban juntas no se había entristecido ni una sola vez. Se reía en su interior de las ocurrencias y de la imaginación de su bisnieta. Habría dado media vida por poder sentarla en su regazo y abrazarla y besarla y acariciar su inocente cabecita. Por su parte, Estrella, aún consciente de la inmovilidad y del silencio de la anciana, le hacía participar de su mundo como si dispusiera de su vitalidad y su fortaleza. No pareció amedrentarse ante el gesto afásico de Emilia, su boca torcida y su ojo derecho medio cerrado; su parálisis no representaba ningún obstáculo para permitirle compartir sus juegos y para hacerle viajar con ella por su fantasioso universo. Interpretaba, muy acertadamente, por cierto, sus silencios en completas respuestas y aseveraciones. Emilia disfrutaba mucho y casi –solo casi- olvidaba su odiosa parálisis. Su situación había cambiado con la llegada de la niña. Y se sentía muy feliz y agradecida por tan enorme regalo.

Pasaron los días. Estrella empezó a ir al colegio; Emilia ansiaba que llegara la hora en que la niña regresaba. Las mañanas no cambiaron, pero las tardes se transformaron en un fantástico bullicio de meriendas con chocolate caliente, lecturas de cuentos, deberes de lengua y matemáticas y juegos. Estrella lo compartía todo con la anciana. A escondidas de Elisa, le dio galletas y batidos de variados y desconocidos sabores. Sus días comenzaban y terminaban con la carita de la niña y con sus tiernos besos. Apenas veía a su nieta. Su intensa jornada laboral restringía su presencia en la casa. Gracias a las explicaciones de la niña pudo enterarse de que la joven se había quedado sin trabajo en su ciudad natal, que no estaba casada pero que mantenía contacto con el padre de Estrella al que veía cada quince días. Elena no había considerado oportuno explicarle a su abuela su situación o, quizá fuese lo más acertado, lo más probable es que pensara que la anciana no entendería sus explicaciones.

Así pasó un año y, para sorpresa de Emilia, pasó volando.

Aquélla mañana Emilia se despertó sobresaltada. Abrió los ojos y se encontró a Estrella acostada a su lado. La pequeña la miraba. <<Abuelita, mamá dice que el domingo nos vamos para siempre>>

La separación fue horrible. Estrella lloró desconsolada durante horas. Elena con el gesto compungido recogió sus pertenencias en dos enormes maletas; para sorpresa de la anciana, le explicó que volvía con su pareja, el padre de Estrella. Se iban a una nueva ciudad para empezar una nueva vida, sin lastres, sin recuerdos, dijo. Emilia gritaba en su interior enloquecida. Las lágrimas rodaron por su rostro sin freno ni control. Por primera vez en años, Elisa no la criticó al limpiarle el rostro con su impoluto y siempre presente pañuelo. Por su gesto se podía entender que ella también sentía en lo más profundo de su rocoso corazón la imprevista partida. Elena bajó las maletas al taxi que las esperaba. Estrella se abrazó a Emilia. Entre sollozos, hipidos y besos le aseguró que no la olvidaría, que la llamaría todos los días, que la nombraría en voz alta al acostarse y al levantarse para que los pájaros pudieran llevarle el sonido de su voz nada más despertarse… Elena tuvo que soltar, por la fuerza, sus pequeñas manitas de los brazos de la abuela. La besó y aseguró que la quería, con voz rota y queda, mientras la pequeña forcejeaba y gritaba histérica. Los pasos y las voces se alejaron por el largo pasillo. La puerta de la calle se cerró. El frescor del salón se tornó rancio y espeso. El silencio de la casa fue sepulcral.

Emilia vio cómo se alejaba el taxi por la avenida. La carita de Estrella pegada al cristal de la ventanilla trasera mientras que con las manitas le decía adiós y le tiraba besos. Las copas de los árboles que engalanaban la vía engulleron el coche. La anciana mujer dirigió su mirada al parque.

Los vacíos columpios se mecían perezosos con la brisa de otoño. Algunos gorriones picoteaban entre los bancos de madera. Un perrito solitario se acercó corriendo y los pajarillos salieron volando en desordenada bandada. Aburrido y sin saber dónde ir olisqueó el aire frío. Levantó la vista al cielo y buscó, quién sabe el qué. Al pasear la mirada por el edificio de enfrente no encontró nada de su interés; sólo se topó con la mirada húmeda y triste de una anciana que se tapaba las piernas con una gruesa manta de cuadros y que le miraba con gesto vacío e inerte a través de los cristales de su balcón.

FIN

Lola Montalvo Carcelén



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Camino 14 septiembre 2009

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CAMINO



El hombre joven alzó la mirada. A lo lejos todo era yermo; un páramo inhabitable que sin embargo debía cruzar a toda costa. Que extraño, cada vez que pensaba en aquel hecho inaudito se le secaba la boca.

¿Cuál es el motivo que le obligaba a semejante peripecia? No debe haber en todo el mundo un hecho más rocambolesco. Al final del duro camino se encontraba la misteriosa ciudad de sus sueños. Era un lugar atravesado por canales cenagosos, en donde flotaban los restos eviscerados de unos seres desconocidos para él.

Había comentado aquella inquietante ensoñación con el hombre sabio; éste, al oír la historia, abrió mucho los ojos y se quedó mirando al vacío.

-Debes atravesar el páramo. –Le había dicho mientras se hurgaba las narices.

-Pero el invierno se acerca. Nadie puede atravesar el páramo. – Contestó el hombre joven desesperado.

-Si quieres conocer el origen de tus sueños, sin duda debes partir cuanto antes.

Después de darle muchas vueltas al asunto, el caminante recogió sus pertenencias, las guardó en un hatillo y se las echó a la espalda. No tenía mucha gente de la que despedirse, así que se fue con la amanecida; el páramo, bajo la luz incierta del amanecer, aún era un lugar hermoso.

Mientras caminaba, el hombre joven reflexionaba sobre lo que debía hacer cuando alcanzara su objetivo.

No tengo más que caminar, a fin de cuentas es lo que llevo haciendo toda la vida, al menos desde que tengo uso de razón. No debe ser más difícil que caminar sobre el hielo quebradizo del lago o subir por las escarpadas laderas.

Nada más empezar se dio cuenta de que el iba a ser un largo viaje, por las mañanas, la hierba congelada por las heladas nocturnas se quebraba bajo sus pies. El hombre joven pensó que tal vez debería dar la vuelta y regresar al abrigo del campamento de invierno; a fin de cuentas tan sólo se trataba de un sueño, unos seres extraños que viajaban en manadas y recorrían las grandes aguas no debían existir más que en su imaginación. El hombres sabio tampoco lo era tanto, no sería la primera vez que se equivocaba con sus consejos; la gente del poblado aún lo aguantaba porque no sabían que hacer sin alguien que les indicase el camino correcto.

El inmenso silencio de las tierras yermas vertía rumores de inquietud en sus oídos. ¿A qué se debía la insatisfecha necesidad de conocer el origen de sus sueños? ¿Merecían la pena semejantes tribulaciones con tal de satisfacer aquella comezón? Sólo lo sabría si conseguía llegar al final del camino –“Cuando veas pájaros de grandes picos y níveo plumaje” –le había dicho el hombre sabio. El caminante se dijo a sí mismo que tales seres, al igual que los gigantes acuáticos de sus pesadillas, tan sólo existían en la delirante imaginación del hombre sabio, el cual jamás había salido de su choza más que para husmear el aire en las noches de tormenta.

Al cabo de muchas jornadas de viaje, la brisa lo envolvió con un extraño olor desconocido para él. A cada dura jornada que dejaba atrás, los seres de sus pesadillas se hacían más evidentes ante su perpleja mirada, preñada de ensoñación. Eran enormes y navegan orgullosos sobre las grandes aguas dominando a los seres que habitaban en las mismas sin hacer distinción alguna. El aire se daba trazas desconocidas a cada paso que daba, incluso se diría que sabía distinto…salado.

Cuando por primera vez vio uno de aquellos pájaros no fue capaz ni de parpadear. Había cientos de ellos; graznaban histéricos sobre una gran montaña, algo hedía a muerte en varios kilómetros a la redonda. Cerca, muy cerca, estaban las grandes aguas. Tan sólo a unos metros de aquel gran montón de tripas y piel podridas. ¿Era aquel uno de aquellos seres? Desde luego se asemejaba mucho; sin embargo carecía del lustre brillante de su ensoñación y distaba mucho del majestuoso aspecto de los seres que imaginaba cada noche.

Pero, por otro lado, hay estaban los pájaros de grandes picos, con su níveo plumaje manchado de restos apestosos. Ellos, sin duda, eran los pájaros que el hombre sabio había mencionado. Entonces, ¿habría llegado al final de su camino?

Decidió seguir caminando y dejar atrás la montaña de piel y tripas; los pájaros lo miraban al pasar con una expresión de indiferencia -¿Qué haces aquí? –parecían querer preguntarle.

Transcurrieron dos jornadas más de aquel extraño viaje; nuevamente la soledad se apoderó del entorno. Caminó recorriendo la lengua del agua. Una orilla gris y sin luz, cubierta de un cielo siempre encapotado y amenazando lluvia; a lo lejos, sobre un gran farallón que caía a pico sobre las olas, estaba su ciudad. Había llegado al final del camino, al ansiado encuentro con la respuesta que ansiaba. Por fin iba a descubrir el verdadero significado de aquel persistente sueño.

Alcanzó las puertas de aquella ciudad; nadie las vigilaba y estaban abiertas de par en par. Lo primero que descubrió fue el origen de los canales con los que soñaba. La marea alta se colaba por los muros derruidos y el agua se colaba por entre las calles estrechas y pendientes. Observó con más detenimiento y comprobó que el mar arrastraba cientos de cuerpos, que se amontonaban los unos sobre los otros formando un todo. El olor era insoportable. De nuevo pudo ver como las bandadas de pájaros de níveo plumaje se aferraban a lo más alto de las almenas, enseñoreándose del horizonte con sus graznidos. No había nadie, no había quedado nadie; la ciudad era un inmenso montón de ruinas y muerte. El hombre joven abandonó aquella pesadilla y volvió a la orilla; una ligera llovizna le salpicó el rostro. Se sentó sobre el manto de conchas que cubría la arena y se entretuvo contemplando el horizonte.

El hombre joven caviló en silencio; aquel había sido el viaje de su vida, la experiencia vital que lo acabaría de convertir en hombre, y sin embargo tan sólo había encontrado a su paso muerte y destrucción. ¿Qué le contaría al hombre sabio cuando regresara? ¿Qué pensarían de él cuando descubrieran que había partido en busca de una esperanza, y regresaba con su hatillo repleto de frustración?

El hombre joven resopló resignado; se acababa de percatar de que aquella no era una sensación nueva. Cada minuto, cada hora, cada día de su existencia se topaba con aquellas contradicciones, sin embargo, se veía obligado a continuar el camino, a dar un paso más y continuar en busca de la próxima decepción, ¿qué podía hacer si no?

Se incorporó, miró a derecha e izquierda intentando grabar en su retina hasta el más nimio detalle, y emprendió de nuevo el largo regreso a casa. El páramo era un desierto yermo y sin vida… Al abrigo de la bahía, los restos de una antigua flota, desarbolada y al pairo, se mecían al albur de un viento que cada vez arreciaba con más fuerza.


Diego Castro Sánchez


 

Lo que Alejandra no sabía 10 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 9:40
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Lo que Alejandra no sabía

Hola, mamá. ¿Te acuerdas de Alejandra? Sí, esa muchacha joven, de piel morena y pelo oscuro que había venido de Argentina a España con su familia y que estaba estudiando en la Universidad Complutense. Se pagaba los estudios cuidando niños. Así la conocimos ¿La recuerdas?

Alejandra era una chica simpática, con ese inconfundible acento tan característico, muy risueña. Era muy inteligente y nos enseñó muchísimas cosas, aunque hoy sólo nos acordemos de aquel momento en el que, jugando, David amenazó con cogerla y ella se ruborizó. Claro, luego nos explicó que, en su país, coger era follar.

Esta muchacha llegó a nuestras vidas en un momento muy complicado. Ella tenía que venir a casa a las ocho de la tarde y se quedaba a dormir durante toda la noche, cuidando de los cuatro niños varones, porque, según explicaste, tú trabajabas en los servicios de limpieza de Metro de Madrid y las jornadas eran nocturnas. Claro, ante este panorama, no tenías a nadie que se quedase con tus niños y de ahí la necesidad de contratar a una niñera.

Lo que Alejandra no sabía era que tú no trabajabas por las noches en ningún sitio. Tú no podías quedarte a dormir en casa porque dormías en otro lado, en la casa de ese borracho, al que luego dejaste por su hermano, y que no quería saber nada de unos hijos que no fuesen los suyos.

Alejandra durmió durante muchos meses en nuestra casa, de domingo a jueves, para así poder garantizar que hubiera algún adulto por la mañana que nos prepararse para ir a la escuela. Ella pensaba que eran los días que trabajabas, pero lo que no sabía era que, si tenía que hacer esa jornada, era para evitar que recibieras otra carta del colegio avisando que tus hijos iban a clase con síntomas de abandono familiar, con la consiguiente amenaza de avisar a los servicios sociales. Antes nos cuidaba mis hermanas, las mayores. Pero claro, ellas eran malas, o eso decías. La mayor se había marchado para vivir una vida llena de libertinaje y la otra se había convertido en tu Satanás. Ya no quería ayudarte. Lo que no nos contaste era que ellas se habían cansado de jugar a ser mayores, y que te habían pedido que te quedases en casa, con tus hijos, para ellas poder ser las adolescentes que aún eran. Y durante muchos meses estuvimos los cuatro solos, sin más control que el que nos prestábamos los unos a los otros… Hasta que recibiste la carta y llamaste a Alejandra.

Ella sabía que teníamos unas hermanas mayores. Le distes unas instrucciones por si ellas aparecían, y eso era algo que no entendía. No obstante, para Alejandra lo importante era cobrar, que tenía que ayudar a su familia y pagarse la carrera. Así que nunca preguntó. Ella; ¡A mandar!

Posiblemente Alejandra no entendía muchos de los avatares de la casa. No entendía cómo me podía estar pegando con mis hermanos pequeños a todas horas, y exigirles el pago de una deuda que ascendía a un millón de pesetas, y que habían contraído conmigo debido a una apuesta. Claro, entonces mis tres años de diferencia eran suficientes cómo para poder ganarles en retos que para ellos eran imposibles, y luego, cuál matón por el patio de recreo, exigirles un tributo como si fuese un canon sobre la paga de veinticinco pesetas. Luego crecieron y, por supuesto que se me quitaron las ganas de seguir exigiendo. Tampoco entendía por qué David no quería hacer los deberes, quién se negaba en rotundo a tocar un libro si no era bajo una amenaza, como tampoco entendía por qué no había día donde Daniel no llorase tras el cristal de la ventana mientras observaba cómo te marchabas y José, en su línea de siempre, le decía que ya te vería mañana, como siempre.

Alejandra no entendía muchas cosas que le contábamos, a pesar de tu insistencia en no decir nada, cómo ese miedo que habitaba en nosotros respecto a la abuela. Repetíamos como loros que ella era mala, “que mamá nos lo había dicho” y le contábamos las aventuras que teníamos que pasar cuando ella, así, sin avisar, se presentaba en la puerta del colegio. Claro, ella no subía a casa. No quería verte… bueno, no queríais veros. Aunque lo cierto era que jamás os hubierais encontrado. Tú sólo venías a las ocho de la tarde, traías la compra, recogías un poco y te marchabas: A tu otra casa, con tu otra familia.

Alejandra nos cuidó durante varios meses. Llegaba a casa, se sentaba con nosotros para ver si teníamos problemas con los deberes del colegio, nos pedía que nos fuésemos a la ducha (Que si no íbamos, nos duchaba ella y nos daba mucha vergüenza), nos daba la cena y después conversaba con nosotros un poco antes de pedirnos que nos fuéramos a la cama. Nos daba dos besos y hasta mañana. Y era muy curioso para mí, porque no guardaba el recuerdo de que tú hicieses este proceso que repetimos durante el tiempo que ella estuvo en casa. Era extraño, me decía a mí mismo.

Ella solía quedarse hasta tarde viendo la televisión y después se iba a la cama, a tu cama, siempre vacía, aunque entonces pasó a ser ocupada por ella. Decías que así, al menos, nadie usaría tus sábanas para fornicar y ya por aquel entonces, que empezaba a convertirme en tu nuevo confidente, supe por qué lo decías… o mejor dicho, por quién. Y aunque Alejandra jamás subió un chico delante de nosotros, diría que una noche, en el silencio donde todo se escucha, cierto ruido de muelles llegó hasta mi habitación. Al despertar no había nadie con ella, pero siempre pensé que Alejandra usó tus sábanas para algo más que dormir. Una extraña usando tu cama… aunque en realidad a ti te daba igual, aquella queja que tanto acuñabas, sólo era tu instrumento para protestar.

El tiempo que estuvo Alejandra con nosotros, no lo recuerdo muy bien. Creo que fueron cinco meses. Hasta que un día le dijiste que te habían cambiado de centro de trabajo y ya no necesitabas a alguien que se quedase por las noches. La liquidaste y ella se marchó. Lo que Alejandra nunca supo fue que, en realidad, habías roto tu relación con el borracho (y ya germinaba la otra, con el hermano), que ya podías volver a tu cama olvidada y que por tanto no necesitabas de sus servicios. Se marchó sin entender muchas cosas, las mismas que aún hoy yo no entiendo… pero claro, ella sólo era la niñera y yo el niño que dejabas en casa.


Roberto Arévalo
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