Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Noche eterna 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Noche Eterna

El cordón montañoso aunque no muy alto, daba la oportunidad de realizar una entretenida excursión, especial atractivo para algunos brindaban los varios socavones y pirquenes abandonados hace tiempo ya por viejos buscadores de mineral que surgieron en forma artesanal en torno a la gran mina de cobre que extraía el metal de la tierra cerros adentro. Pequeñas grutas hechas en los cerros más alejados para buscar una posible beta funcionaban estupendamente como refugios temporales para excursionistas y vagabundos.

La noche primaveral dejaba ver en todo su esplendor las estrellas del hemisferio sur.

Jorge parecía todo un cavernícola tratando de encender la fogata mientras Víctor cortaba la carne y Viviana preparaba la ensalada. Berta mientras tanto observaba las luces del pueblo cercano y el hilo de plata del río que brillaba bajo la luna llena.

-Deberían ver lo hermosas que se ven desde aquí las estrellas; comentó Berta a sus amigos al entrar en la cueva.

-Nunca las vez así en Santiago; opinó Viviana. -Por eso me gusta venir cada vez que puedo para acá.

-Sobre todo porque tus padres viven aquí; comento Jorge.

-A mí también me gusta volver de vez en cuando; dijo Víctor, quien había nacido y vivido su niñez y adolescencia en una de las parcelas de los alrededores. -Claro que igual ahora no sabría vivir fuera de Santiago.

-La suerte de ustedes dos; observo Berta. -Conocerse en Santiago y descubrir que nacieron en la misma zona.

La noche avanzaba despacio; la carne asada y la cerveza inundaban el interior de la cueva con una agradable atmósfera de aroma y calor. La conversación pasaba de un tema a otro, desde las coincidencias de la vida, hasta los terribles acontecimientos ocurridos en la provincia en el pasado cercano, pasando por las marcas que la extracción de cobre había dejado en el paisaje y las leyendas que se entrelazaban con la realidad en la zona.

-Mmm, parece que la cerveza me está haciendo efecto; comentó Víctor que sintió que se balanceaba.

De pronto el piso comenzó a vibrar.

-Está temblando; observo alarmada Berta.

-Tranquila ya va a pasar; pensó Jorge.

Sin embargo, en vez de disminuir el movimiento aumentó su fuerza y un ruido de quebradura de rocas acompañó el estremecimiento de la Tierra.

-¡Es un terremoto!; gritó Viviana.-Salgamos de aquí.

Apenas podían mantenerse en pie y a duras penas lograron salir de la cueva. Rodados de rocas caían cuesta abajo en el cerro vecino. Las luces del pueblo se apagaron. Después de eternos dos minutos el violento sismo concluyó, dejando visibles cicatrices en el suelo y en las laderas de los cerros. Sobre el río el puente que unía los cerros con el pueblo, yacía tirado como un gran animal cuyas patas se hubieran roto.

-¿Están todos bien?; preguntó Víctor.

-Zamarreada y muy asustada; contestó Viviana.

-Si también estoy bien; agregó Berta.

-Y yo; dijo Jorge.

-No puedo comunicarme por teléfono; observó Viviana, quién insistía con su celular.

-Espera un rato; aconsejó Jorge. -Siempre cae la señal con esto.

-Miren, un fantasma; dijo Berta indicando una forma voluptuosa que salía de entre las rocas.

La aparición se elevó cerca de un metro sobre las rocas, iluminando el área con un resplandor sobrenatural.

-¿Qué será esa cosa?; preguntó Jorge.

Eso, con una forma indefinida los observaba sin hacer nada.

-Se ve pacifico; opinó Viviana. -Que lindos colores tiene.

Casi sin poder contener el impulso ella avanzó extendiendo su brazo.

-¡No te acerques!, es una nube de plasma; gritó Víctor.

La advertencia llegó muy tarde a los oídos de Viviana, quién ya daba el paso que la acercaba demasiado a la extraña aparición. Un rayo de electricidad emanó de la nube luminosa golpeando la mano de la mujer, lanzándola de espalda a dos metros de distancia.

-¡Viviana!; gritaron todos al ver a su amiga inmóvil en el suelo.

Jorge revisó rápidamente los signos vitales y constató que el golpe sola la había hecho perder el sentido.

-Está inconsciente solamente, por suerte no fue mucha electricidad, de lo contrario habría detenido su corazón; explicó Jorge a sus compañeros.

De a poco Viviana fue recuperando la consciencia hasta que pudo despertar al cabo de unos minutos.

-Ay, me duele todo, ¿qué me pasó?, ¿por qué estoy en el suelo?; preguntó confundida aún.

-¿Recuerdas qué te golpeó?; preguntó Jorge  mientras revisaba las pupilas de la joven con una linterna.

-Recuerdo que hubo un terremoto y ahora que estoy en el suelo, nada más; contestó ella.

-¿Recuerdas la nube brillante que parecía como un fantasma?; preguntó Víctor.

-¿Un fantasma?; preguntó confundida Viviana.

-Bueno, no exactamente, era una nube de plasma, supongo que de radón. Demoré un poco en reconocerlo y no alcancé a avisarte a tiempo para que no la tocaras y recibiste una descarga eléctrica fuerte; aclaró Víctor.

-No recuerdo nada de eso; dijo Viviana.

-Es normal con una electrocución;  explicó Jorge.

-¿Qué hora es?; preguntó Berta.

-Son las…, vaya mi reloj se detuvo; observó Viviana.

-Debe haber sido por el golpe eléctrico; comentó Víctor.

-Tu cerebro también se desconectó, pero eso es normal; bromeó Jorge.

Víctor trató varios minutos de comunicarse con la casa de Viviana en el pueblo sin mucho éxito; hasta que por fin, después de un rato, alguien contestó al otro lado.

-Aló, aló, ¿Sandra?, hola, soy Víctor. Estamos bien ¿y ustedes?

-Muy asustados todavía; contestó la mujer desde el pueblo.

-Vamos a demorar en regresar. No se preocupen, es que el puente se vino abajo con el terremoto; contó Víctor.

La llamada se cortó así es que no pudo decir más. La comunicación por celular seguía siendo muy mala después de los terremotos, a pesar de los esfuerzos por arreglarla.

En eso el suelo comenzó a moverse nuevamente, pero esta vez con menos fuerza.

-Está temblando de nuevo; dijo Berta asustada.

-Es una réplica; observó Jorge. -Va a haber varias.

-Ya pasó; dijo Víctor al poco rato. -Se va a estar moviendo por varios días.

-¿Qué hacemos?, ¿esperamos a que nos rescaten o tratamos de volver?; preguntó Jorge.

-El puente se calló; observó Viviana. -Podríamos tratar de pasar por encima o por el lado, al final no hay mucha agua en el río.

-Quedarse aquí es peligroso por los derrumbes que puede haber; opinó Víctor.

-Entonces tratemos de cruzar con cuidado el río; propuso Jorge.

-Recojamos todo entonces; dijo Berta.

Algo nerviosos los cuatro amigos ingresaron a la cueva para juntar sus cosas.

-Miren; dijo Víctor. -Hay algo labrado en la roca; con el movimiento debe haberse descubierto.

-Es algo que está escrito en la roca; observó Berta. -“Esta noche las cadenas están rotas y las celdas se abrieron, levántate ya criatura de destrucción y trae tu sombra de maldad y muerte a este mundo. Ven a mi llamado, yo te lo ordeno”; leyó ella en voz alta.

-Vaya que raro; comentó Jorge.

-Algún chiflado lo habrá escrito ahí; opinó Víctor. -Y el terremoto botó las rocas que lo tapaban.

-Recuerden que en esta zona hay muchas leyendas de brujas; comentó Viviana.

Cerro más arriba, lejos de la mirada de ojos humanos unas rocas rodaron cuesta abajo, dejando atrás una grieta en la pared de piedra. Una mano con garras y pelos, si mano es la palabra correcta para describirla, asomó en la oscura noche.

El cielo se cubrió de nubes ocultando la luna. La noche se tornó negra, de una negrura profunda y espesa, que lo invadía todo; una negrura que era una ausencia total de luz.

-Se nubló; dijo Berta. -Pero que oscuro está, no puedo ver nada a más de un metro de distancia.

-Así como está no creo que podamos cruzar el puente; opinó Jorge.

-Mejor esperamos a que se despeje y aclare un poco; aconsejó Viviana.

Víctor de su mochila sacó una linterna y un foco busca caminos para alumbrar la noche. -Esto nos ayudará a ver mucho mejor; comentó. Sin embargo, el foco no alumbraba a más de diez metros y la linterna con suerte a cinco metros de donde se encontraban.

-¡Qué extraño!; observó Víctor. -El foco tiene un alcance de quinientos metros y la linterna de ciento setenta y apenas alumbran.

-Deben estar gastadas las pilas; opinó Jorge.

-No creo, son nuevas, mira; dijo poniendo la mano frente al foco, con lo que se podía ver incluso los huesos de lo potente que era la luz.

-Probemos con esto; sugirió Jorge sacando una pequeña caja con una pistola lanza bengalas.

-Apunta hacia el río; aconsejó Viviana. -No vayamos a causar un incendio.

Jorge disparó la bengala al aire esperando, al igual que los demás, que iluminara todo con el típico resplandor rojizo. Sin embargo, lo único que se vio fue el punto incandescente que se elevaba y describía una parábola hasta apagarse, pero sin llegar a romper el manto de tinieblas que cubría todo.

-¡Que me parta un rayo!; exclamó incrédulo Jorge. -No entiendo cómo es que una bengala no alumbra nada.

-A lo mejor está mala, lanza otra; sugirió Berta.

Así lo hizo pero el resultado fue igual al anterior. Una oscuridad que lo cubría todo, como una cortina impenetrable.

-Parece que vamos a tener que quedarnos aquí hasta que amanezca; opinó Víctor.

Un fuerte viento tibio, como cuando uno sopla una vela, extinguió completamente la fogata, dejando a los cuatro amigos sumidos en la más absoluta penumbra.

-Hey, el fuego se apagó; reclamó sorprendida Berta.

Lo único que quedaba era el resplandor de las brasas que no duraría mucho. El silencio fue roto por una carcajada horrible que parecía provenir de todos lados a la vez.

-¿Qué fue eso?; preguntó con los pelos de punta Viviana.

-Se oyó como una carcajada; observó Víctor.

-Tengo mucho miedo; dijo Berta.

-Alguien debe estar tratando de jugarnos una broma aprovechándose de la oscuridad; opinó Víctor.

-Si logro atrapar al desgraciado, no le van a quedar ganas de volver a hacer bromas; comentó Jorge.

-¿Escucharon eso?; preguntó Viviana.

-Parecen pisadas; observó Berta.

-Alguien se está moviendo en torno a nosotros; observó Víctor.

-Puede ser un puma; opinó Jorge.

-Alumbremos con las linternas; sugirió Víctor, encendiendo las suyas.

En lo poco que los rayos de luz podían penetrar en la extraña y profunda oscuridad, una horrible figura cruzó corriendo dejando ver su espeluznante apariencia.

-¿Qué es esa cosa?; preguntó casi gritando Viviana.

Los cuatro gritaron al mismo tiempo de la impresión; su pulso acelerado y las pupilas dilatadas. Lo que vieron no calzaba dentro de los parámetros normales. Aunque la visión fue fugaz, pudieron notar que medía cerca un metro setenta, tenía garras, la piel cubierta de pelos y una sonrisa cruel y con dientes como agujas. La cosa se escabulló a las tinieblas en medio de aterrorizantes carcajadas, dejando un penetrante olor a azufre en el aire.

-¿Qué demonios está pasando?; preguntó Jorge algo inquieto.

-Alguien con un disfraz nos quiere asustar; opinó Víctor.

En eso el suelo comenzó a moverse violentamente por una de las muchas replicas que venían después del terremoto.

-Ahora va a ver ese idiota; dijo Jorge avanzando enojado hacia la oscuridad.

-Espera, no vayas; pidió Viviana, pero él ya no escuchaba razones.

Internándose en la noche, Jorge salió de la vista de sus amigos. De pronto un alarido llegó desde las tinieblas.

-¡Jorge!, ¿qué pasa?; gritó Víctor.

De en medio de la penumbra salió la criatura, sujetando del cuello roto con las garras el cuerpo inerte de Jorge, por el que se deslizaba su sangre.

Dejando escapar un grito de terror, las mujeres y Víctor vieron como esa cosa arrojaba con desprecio a sus pies el cadáver degollado de su amigo, ocultándose luego en la oscuridad en medio de su horrorosa carcajada.

-Salgamos de aquí; dijo Víctor tomando de la mano a Berta y a Viviana. -No debemos separarnos; Berta alumbra para adelante, Viviana alumbra el piso.

Los tres amigos trataban de alejarse lo más rápido posible de aquel lugar, barriendo con sus linternas el terreno frente a ellos para no caer cerro abajo. Gritos guturales y carcajadas alteraban el silencio, aterrándolos cada vez más.

-¿Qué es lo que está ocurriendo?; preguntó Viviana. -¿Qué es esa cosa?

-No lo sé; contestó Víctor. -Debemos esperar a que amanezca para salir de aquí e ir a la policía.

-Pero ya son las nueve de la mañana y aún no ha aclarado; observó Berta.

-No lo entiendo, el sol debería haber salido hace rato; comentó Viviana.

-¿Qué produce esta oscuridad tan impenetrable?; preguntó Víctor.

-¿Será por el terremoto?; conjeturó Berta.

-No lo creo, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?; observó Viviana.

Un terrible grito hizo que a los tres amigos se les helara la sangre de susto; aunque ya hacía rato que el susto se había convertido en terror.

-¿No será porque leí lo que estaba escrito en la roca?; opinó Berta.

-¿Te refieres a algo así como un conjuro de magia negra?; preguntó Víctor.

-Sí, ¿se te ocurre una explicación mejor para esta negrura tan grande y esa cosa que mató a Jorge?; consultó ella.

-Tiene que haber una explicación lógica para todo esto; opinó Viviana.

-¿Acaso piensas que esto es muy natural?; insistió Berta.

-Estamos dejando que nuestra imaginación se dispare, debemos mantener la calma; aconsejó Víctor.

-¿Mantener la calma?, ¿de qué hablas?, Jorge está muerto; dijo Berta con lágrimas que corrían por sus mejillas.

Víctor no supo que contestarle a la mujer; además, tampoco habría alcanzado a decirle algo. Al pasar bajo un árbol, dos fuertes y peludas manos se apoderaron de él. Un alarido que hizo retumbar los cerros alertó a las dos mujeres de que Víctor ya no estaba con ellas. En medio de histéricas carcajadas, el cadáver decapitado del hombre fue arrojado a los pies de ellas. Un grito de terror escapó de sus gargantas; con los ojos muy abiertos vieron como alguien les arrojaba a la cara la cabeza de su amigo.

El pánico se apoderó de las mujeres, quienes corrieron despavoridas de ese sitio, sin preocuparse de nada más que de huir. Detrás de ellas sentían los pasos que las seguían y las carcajadas sicóticas de su perseguidor. Sin tener consciencia del tiempo transcurrido, ambas seguían corriendo a pesar de que ya no se oía ningún ruido tras ellas.

Tan desesperadas y descontroladas iban que Viviana no se percató de que se acababa el camino y cayó del cerro arrastrando a Berta con ella. Aunque la caída no fue a más de un metro de desnivel, el dolor que le produjo el golpe fue agónico.

 -Me quebré una pierna; lloraba Viviana sosteniéndose la pierna derecha. 

La linterna junto a ellas, le permitió a Berta ver como arrastraban a su amiga hacia las penumbras, en medio de gritos de terror y desesperación, al tiempo que hundía sus dedos en la tierra para impedir que se la llevaran; lo único que consiguió con esto fue que sus manos sangraran al romper su piel.

Aterrada y en medio de llanto, Berta subió hasta el camino; cojeando por haberse torcido un tobillo y con el rostro todo arañado por haber caído entre unas ramas, trataba de escapar. Ya no podía pensar, solo su instinto de supervivencia la hacía seguir corriendo. Carcajadas la perseguían y la  acosaban provenientes de todos lados.

El dolor de su pie era insoportable, pero aún podía  apenas continuar. Casi arrastrándose llegó a una roca y ahí se recostó agotada un rato. Presa de un pánico indescriptible, vio como esa cosa se aproximaba lentamente hacia ella, dejando ver sus afilados dientes; el aire se volvió irrespirable por el penetrante olor a azufre que lo inundaba. Berta trataba de retroceder, pero era imposible porque su espalda estaba pegada a la roca.

La criatura seguía aproximándose a ella; la mujer sintió un golpe en la cara, luego dolor y finalmente nada más.

Arrastrándola de un brazo el ser la llevó  hasta la cueva, que se encontraba iluminada por un rojo resplandor, depositándola en una especie de mesa de roca. Con un cuchillo de piedra en una mano, la criatura comenzó a recitar un antiguo y oscuro conjuro.

-“Esta noche las cadenas están rotas y las celdas se abrieron; levántense ya criaturas de destrucción y traigan su sombra de maldad y muerte a este mundo. Vengan mis hermanos y tomen este mundo en esta noche eterna”.

Berta estaba totalmente consciente pero incapacitada para moverse. Dando un alarido de terror y dolor sintió como el cuchillo se clavaba en su pecho; con los ojos desorbitados vio como la criatura tomaba su aún palpitante corazón en sus manos y lo devoraba. Finalmente la vida de Berta se extinguió en medio del pánico más indescriptible, quedando con los ojos abiertos en una mirada de terror.

En las paredes y en el suelo, y por todas partes del planeta se abrieron grietas por donde empezaron a salir millones de horribles criaturas. En una eterna noche que cubría todo el mundo, la muerte y el terror comenzaban su reinado macabro. El dominio de los humanos de este mundo llegaba para siempre a su fin.

 

 

Corre, Corre

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Boris Oliva Rojas

 

 

Corre, Corre

Silvana se agachó agotada para poder tratar de recuperar el aire; los músculos le ardían y pesaban, pero debía seguir corriendo o él la alcanzaría. Lo había perdido una cuadra atrás en medio de la gente, pero sabía que en cualquier momento él la volvería a localizar y si lograba atraparla la mataría.

No entendía cómo había terminado en esta frenética carrera por salvar su vida. Se levantó, como de costumbre, a las seis de la mañana, tras una corta ducha se vistió y tomó desayuno; cerca de las siete y treinta estaba lista para salir. Entonces, desde su habitación, escuchó un ruido en la cocina; al ir a ver que era encontró su cartera abierta y una taza rota con el café derramado en el piso. Un ladrón había entrado; armada de un palo revisó la casa, pero no había nadie; una cortina se movió y el corazón casi se salió de su pecho, el sudor cubría su frente. Podía escuchar la respiración del bandido, su olor inundaba todo el aire; de pronto vio el brillo de una hoja de acero y una sombra que se abalanzó hacia ella. Despavorida corrió hacia la puerta, estaba cerrada con llave y no podía abrirla, sus manos temblaban; dejó caer el palo y logró introducir la llave en la cerradura. Cuando puso un pie en la calle, sintió en el cuello el aliento del asaltante y el silbido del cuchillo que pasaba rozando su espalda; los pelos de la nuca se le pusieron de punta mientras echaba a correr hacia la avenida.

Con un poco más de energía en sus piernas Silvana reanudó su carrera, escuchó la voz cavernosa de él que le gritaba que la mataría; estaba aterrada, él la alcanzaría. No quería morir, el miedo a la muerte la consumía; no así, no de esta forma. Angustiada sintió como dos fuertes manos la sujetaban de los hombros; el pánico le impidió gritar.

-¡Señorita!, ¿qué le ocurre?; preguntó el carabinero que la había afirmado de los hombros cuando estuvo a punto de ser atropellada.

-¡Quiere matarme!, me está alcanzando; gritó angustiada mientras apuntaba para atrás.

La calle estaba vacía, había llegado a una plaza solitaria a esa hora de la mañana. Su perseguidor se había ocultado ante la presencia del uniformado.

Silvana miró con ojos angustiados al carabinero; el calor cubrió su rostro, sus oídos dejaron de escuchar los ruidos que le llegaban y finalmente todo se oscureció. El cuerpo de ella descansaba desmallado en los brazos del policía.

Veinte minutos después, los paramédicos la hacían recuperar la conciencia.

-Ya vuelve en sí; escuchó a lo lejos que alguien hablaba.

-¿Recuerda qué ocurrió señorita?; preguntaba otro carabinero.

Incorporándose despacio, Silvana le contó cómo había descubierto a un ladrón en su casa, el cual la había tratado de matar y perseguido por la calle, hasta que se encontró con el carabinero y el atacante había escapado.

-Es necesario que revisemos su casa en busca de huellas dactilares señorita Fernández, ¿sería tan amable de acompañarnos?; solicitó un sargento de carabineros.

-Si por supuesto; contestó Silvana. -Aunque aún estoy muy asustada.

-No tiene nada que temer, personal nuestro la escoltará; la tranquilizó el sargento.

La patrulla de carabineros, junto a un cuartel móvil, se detuvo frente a la casa. Silvana bajó del auto junto a dos uniformados. La puerta de calle estaba abierta, tal como la había dejado ella al escapar del ladrón. Con guantes quirúrgicos los policías se dirigieron a la cocina para buscar huellas. Sobre la mesita de la cocina estaba la taza con el café helado ya y junto a ella la cartera de Silvana bien cerrada.

-Usted contó que el asaltante había roto una taza y abierto su cartera, señorita Fernández, ¿cómo explica esto?; preguntó el sargento.

-Yo no lo entiendo, juro que estaba todo revuelto, por el ruido de la taza que se quebró supe que había entrado alguien a la casa; respondió Silvana toda confundida.

-La puerta trasera y todas las ventanas están cerradas mi sargento; informó un carabinero.

-¿Señorita Fernández, está consumiendo algún tipo de medicamento o relajante para los nervios últimamente?; preguntó el policía.

-¡Claro que no!, ¿acaso insinúa que yo inventé  todo esto o me estoy drogando?; contestó enojada Silvana.

-No dije eso señorita, es solo que a veces la imaginación nos juega malas pasadas y si uno está tomando alguna sustancia especial, éstas pueden parecer muy reales; explicó el carabinero.

-No estoy tomando nada sargento; aseguró ella algo ofendida.

-Bueno, si necesita algo más, le dejo mi tarjeta para que me llame; se despidió el carabinero. Los dos vehículos policiales se retiraron, dejando a Silvana  sumida en la incertidumbre.

Una semana llevaba Silvana encerrada en su casa, sin atreverse a salir ni a la esquina. Alguien la vigilaba, había visto un auto sospechoso parado cerca de su casa y la observaban con binoculares o cámaras fotográficas. No entendía por qué lo hacían, pero estaba ciento por ciento segura de ello. Era mejor mantener las cortinas cerradas.

El encierro la tenía muy nerviosa, así es que decidió llamar por teléfono a su mejor amiga Carmen.

-Hola Carmen, ¿podrías venir por favor?; pidió Silvana a su amiga, sin dar mayores detalles, ya que claramente escuchó que alguien levantaba un teléfono y escuchaba la conversación, la respiración de la otra persona se oía muy distante, luego colgaron antes que ella y escuchó el clic al otro lado de la línea.

Su teléfono había sido intervenido por alguna razón que ella ignoraba; ¿pero quién podría haberlo hecho? y ¿para qué?

Silvana estaba  helada de la impresión y con su cabeza llena de preguntas sin respuestas.

-¿Quién me estará vigilando?; se preguntaba.

-Alguien intervino mi teléfono, ¿pero cuándo y cómo?; meditaba tratando de pensar. -Los carabineros estuvieron revisando todo, ellos tienen que haber sido.

Una hora después Carmen llegó a casa de Silvana, quién la tomó de la mano y la sacó antes de que ella pudiera hablar.

-Vamos a caminar y a tomar un helado a la esquina; dijo a Carmen.

-¿Qué pasa amiga?, estás muy asustadiza últimamente; observó Carmen.

-La semana pasada trataron de matarme; contó Silvana a su sorprendida amiga.

-¿Qué cosa?; exclamó Carmen.

-Un ladrón entró a mí casa y cuando lo pillé, trató de matarme y me persiguió por la calle; agregó.

-¿Diste aviso a carabineros?; preguntó Carmen.

-Sí, pero no me creyeron porque todo estaba ordenado en la casa y eso que ésta quedó de cabeza antes de poder arrancarme; narró Silvana.

-Pero que  horrible; opinó Carmen.

-Y eso no es todo; agregó la afligida Silvana. -Toda esta semana me han estado vigilando desde un auto.

-Puede ser la policía; pensó Carmen.

-No creo, porque me fijé que me han estado sacando fotos desde ese auto; comentó Silvana.

-También me tienen intervenido el teléfono fijo y hay micrófonos en la casa; continuó llorando esta vez.

-¿Pero por qué?; preguntó sorprendida Carmen. -¿Estás metida en algún grupo político?, ¿o le debes plata a alguien?, ¿o algo con drogas?

-No, nada de eso. No sé por qué me están haciendo todo esto, ni quién está detrás; observó Silvana.

Después de fumar un cigarrillo en silencio, Carmen tomó una  decisión.       -Quédate en mi casa hasta que todo se solucione; ofreció a su amiga.

-¿De verdad harías eso por mí?; preguntó Silvana.

-¡Por supuesto!; respondió tomándole la mano. -Quédate el tiempo que sea necesario.

Durante los dos días siguientes Silvana pudo disfrutar de algo de la calma que no tenía en su propia casa. Volvía una tarde del almacén cuando vio un auto con los vidrios negros que avanzaba lentamente tras ella. Nerviosa  aceleró el paso y el auto dio la vuelta en una esquina; muy agitada llegó a casa de Carmen.

-¿Qué pasa?; pregunto ésta.

-Un auto me estaba siguiendo; contó Silvana, mientras con manos temblorosas encendía un cigarrillo.

-No hay nadie afuera; observó Carmen tras mirar por la ventana.

-¿Por qué a mí?; preguntó Silvana poniéndose a llorar.

-Tranquila, todo va a salir bien; la consoló Carmen abrazándola.

Antes de acostarse a dormir, Silvana pudo comprobar que el auto que la seguía en la tarde estaba estacionado frente a la casa.

Carmen se despertó sobresaltada por un ruido en el living. Alumbrada por la linterna de su celular fue a ver qué ocurría. Una mano le tapó la boca; Silvana le impidió gritar mientras le indicaba la cortina que se agitaba. Aterrada vio el brillo del acero de un cuchillo y una sombra que se acercaba a ellas.

-Salgamos de aquí; rogó Silvana a Carmen.

El agresor se lanzó para interceptarlas antes de que llegaran a la puerta. El doble seguro de la cerradura costó unos segundos valiosos. Cuando Silvana cruzó el umbral de la puerta, con horror vio como el cuchillo se hundía en la espalda de Carmen, quién caía sin vida ante sus ojos.

Aterrada Silvana corrió sin mirar atrás, sintiendo los pasos de su perseguidor que se acercaban. El aire le faltaba y solo la adrenalina le permitía seguir adelante; su carrera descontrolada la llevó sin darse cuenta a la casa de su novio Héctor. En algún momento había perdido de vista al hombre que la seguía.

-Por favor ábreme rápido; rogó Silvana mientras golpeaba desesperada la puerta de su novio.

-¿Qué pasa?, ¿por qué tanto alboroto?; preguntó Héctor medio dormido aún.

-Me quieren matar. Mataron a Carmen y ahora quieren matarme a mí; gritó Silvana mientras entraba corriendo a la casa de Héctor.

Sorprendido él no alcanzó a cerrar la puerta cuando un hombre armado con un cuchillo ensangrentado entró de un empujón a su casa. Del golpe Héctor cayó al suelo, pero se puso de pie en seguida. Silvana vio, sin saber qué hacer, como ambos hombres se enlazaban en una pelea; el asesino lanzó una puñalada a Héctor, pero éste detuvo su mano en el aire, mientras con la otra mano lo golpeaba tan violentamente que su cabeza fue a estrellarse contra el vértice de metal de la mesa de centro, oyéndose un ruido horrible de un cráneo al romperse. El asesino yacía inmóvil en el suelo, mientras manaba mucha sangre de una gran herida en su cabeza.

Con los ojos cerrados Silvana se arrojó a los brazos de su novio, quién la apretó contra su pecho; tras un temblor de éste, sus brazos se soltaron. Abriendo los ojos, con terror vio como el criminal aún estaba con vida y clavaba el cuchillo una y otra vez en la espalda de Héctor. Con la hoja de acero chorreando sangre, el hombre se abalanzó finalmente contra Silvana; la luz se apagó y sus ojos se cerraron. Ya todo había acabado.

A la mañana siguiente la señora que hacía el aseo en la casa de Héctor, encontró el macabro escenario de la tragedia desarrollada durante la noche anterior. En medio de lágrimas y gimoteos, logró dar aviso a la policía.

Si tan solo hubiesen escuchado mejor a Silvana, todo esto se habría podido evitar, pero no lo hicieron. Lamentablemente, ahora la policía solo podía hacer las pesquisas pertinentes para aclarar las circunstancias en que se produjeron estos violentos asesinatos.

-Doctor Sánchez, ¿qué puede decirme de Silvana Fernández?; preguntó el detective.

-Silvana era paciente mía; hace un año empecé a tratarla. Aseguraba que alguien la vigilaba; pensaba que su teléfono estaba intervenido y su casa llena de micrófonos. Estaba segura que alguien quería matarla y en más de una ocasión que la persiguieron con un cuchillo en plena calle; relató el siquiatra al detective.

-¿Qué opina usted al respecto?; consultó el policía.

-Bueno yo, junto a un  grupo de colegas, diagnosticamos que Silvana Fernández padecía de esquizofrenia paranoide y que todo estaba dentro de su mente. Para controlarla se le recetó antipsicóticos, pero hace dos semanas dejó de tomarlos. Le advertí que eso podía ser muy peligroso, pero no me hizo caso. ¿Se ha metido en algún lio acaso?; preguntó el médico, que ante la orden judicial que llevaba el detective, no había tenido más remedio que contestar todas las preguntas de él.

-Anoche fueron asesinados la señorita Carmen Tapia y el señor Héctor Rojas, amiga y novio de la señorita Fernández respectivamente. El arma homicida fue un cuchillo de cocina; contó el policía al siquiatra. -Las huellas  de la señorita Fernández están en el cuchillo, así como también se encontró sangre de ambas víctimas en sus manos y en su ropa. Físicamente ella está bien, pero parece haber caído en un estado catatónico que la aisló totalmente de la realidad. Ahora está recluida en una institución siquiátrica con una camisa de fuerza, para su propia protección y la del personal, ya que ha tenido cuadros muy violentos, pero parece estar totalmente ausente de este mundo; concluyó el detective.

-Nunca debí permitir que ella dejara de tomar sus medicamentos; se lamentaba el doctor Sánchez, con la cabeza apoyada en sus manos, quién de alguna forma se sentía responsable en parte de esta tragedia.

 

 

Cacería

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Boris Oliva Rojas

 

 

Cacería

 

Otro cambio de casa y de ciudad. El trabajo del papá requería mudarse cada cierto tiempo; por suerte el sueldo compensaba las molestias y había sido una suerte encontrar un colegio cercano para Sandra, Rodrigo y Sonia; por un tiempo Viviana se quedaría de dueña de casa.

-Hola papá; saludó Sandra, que con dieciséis años ya era muy parecida a su madre.

-Hola hija, ¿cómo estuvo tu primer día de clases?; preguntó Sebastián.

-Bien, el colegio no está del todo mal; contestó la joven, que últimamente se había vuelto muy exigente en varias cosas.

-Me alegro; contestó su padre.

-Sí, incluso tiene un amigo; comentó Rodrigo.

-¿Un amigo? Sabes que no es bueno que nos involucremos mucho con los vecinos; observó Viviana.

-No te preocupes mamá. Es solo algo pasajero; aclaró Sandra.

Casi podía sentir en su nuca la respiración de la bestia, su corazón estaba a punto de detenerse; la criatura la alcanzaría en cualquier momento y el pánico le impedía pensar. Miró hacia atrás y vio que ya nadie la seguía; al mirar hacia adelante el monstruo estaba frente  a ella. Cada fibra de su ser sintió como las garras se clavaban en su carne y los colmillos desgarraban su cuerpo. Solo un grito de dolor y terror alcanzó a dar. Un aullido se escuchó en el parque y fue ahogado por los ruidos de la ciudad que se movía ignorante del pavor que se cernía sobre ella.

Al otro día el parque estaba lleno de sus habituales paseantes dominicales; los niños jugando y los enamorados paseando de la mano. Un grito de terror rompe la calma; un niño encuentra los restos macabros de un cuerpo destrozado.

El forense establece como causa de la muerte el ataque de uno o varios perros salvajes. El fiscal da orden a la policía de ocultar la noticia a la prensa, para evitar crear pánico innecesariamente.

-Papá necesito que me firmen esto; dijo Rodrigo a Sebastián, al tiempo que le entregaba un papel.

-¿Qué es?; preguntó él.

-Una autorización para unirme al equipo de lucha libre; respondió el joven.

-Está bien; accedió Sebastián, pasándole la autorización firmada a su hijo.

-Hola amor, ¿cómo estuvo tu día?; preguntó Viviana a su esposo.

-Bien, todos son como corderitos; contestó Sebastián.

Ya era hora de volver a casa; había sido divertido pero mañana había que trabajar, total otro día volvería a ver a las bailarinas y a tomarse unos cuantos tragos; si manejaba despacio no pasaría nada. La calle estaba vacía, la diversión estaba dentro del local; la llave se le cayó al suelo, al levantarla lo único que vio fueron dos brillantes ojos dorados y unas mandíbulas con filosos colmillos que chorreando saliva se abalanzaron de un golpe, ahogando el grito antes de salir.

 

-Es el segundo caso de muerte por ataque de animales. Quiero que busquen a los perros vagos y los atrapen; gritó el teniente a sus subalternos.

-Hola querida; saludó Viviana a Fernanda en el supermercado. -¿De compras?

-Sí, vine a comprar carne; mi marido come como si fuera el único alimento posible, ya parece un lobo; respondió Fernanda.

Algo tenía esa mujer; a Viviana le costaba quitarle los ojos de encima. Era esa forma de caminar y de pararse o era, tal vez, el perfume que usaba; el hecho era que Viviana encontraba irresistiblemente atractiva a Fernanda, al punto que se fue todo el viaje de vuelta a casa mirándole los muslos mientras conducía su automóvil.

La noche estaba estrellada, la luna llena se empezaba a asomar tras la cordillera. Fernanda escuchó pasos a su espalda; se volvió para ver si alguien la seguía, pero no había nadie más; desde que se filtró la noticia de que una jauría de perros vagos había matado a dos personas hace poco, la gente prefería quedarse en la seguridad del hogar. De nuevo sintió pasos tras ella, aceleró la caminata; para perder a su acosador, dobló en una esquina. Ese fue el último y el peor error en la vida de Fernanda; frente a ella se topó con un callejón sin salida; en su intento por escapar, había quedado atrapada. Un grito rompió la noche. La criatura puso una mano en sus muslos y clavó sus fauces arrancando un gran trozo de carne. Shockeda Fernanda  dejó de sentir dolor cuando las garras de la horrible criatura se hundían en su otra pierna, mientras su pecho era destrozado por afilados colmillos. Afortunadamente, la muerte llegó pronto para ella.

 

-No lo puedo creer; exclamó el teniente. -Parece un ataque sexual, pero ¿qué animal haría esto?; dijo cuando vio el cadáver de Fernanda.

-Señor, han encontrado una huella de zapato cerca de aquí; informó un joven policía.

-Yo diría que pertenece a alguien de unos cien kilos, más o menos; opinó el forense.

-Pero eso no lo pudo hacer una persona; objetó el teniente mostrando el cuerpo destrozado de la mujer.

-A menos que tenga perros entrenados; respondió un sargento.

-Analicen el ADN que haya en las heridas. Tenemos que terminar con estas muertes; ordenó el policía.

Una buena ducha es lo mejor después de correr un poco; pensó Viviana, mientras el agua acariciaba su piel, sacando el sudor de su cuerpo.

-¡Qué interesante!; opinó el forense. -Parece que tenemos un sicópata entre manos.

-Teniente, tengo los resultados de las pruebas de ADN que me pidió. ¿Se los mando o viene para acá?; preguntó el profesional.

-Voy para allá; dijo el policía poniéndose de pie.

-¿Qué encontraste?; preguntó el oficial al médico.

-En las tres víctimas había ADN de Canis lupus y no de Canis lupus familiaris; explicó el forense.

-En español por favor; pidió el teniente.

-En las heridas de los tres cadáveres había ADN de lobo y no de perro.

-¿Lobo?, pero cómo llegaron a la ciudad; preguntó el policía.

-Aún hay  más. Las pruebas indican que se trata de tres individuos distintos; continuó el médico.

-No me imaginé que pudieran llegar lobos hasta la ciudad; opinó el policía.

-Es muy poco probable; observó el forense.

-¿Entonces piensas que alguien los trajo?; preguntó el teniente.

-No se me ocurre otra explicación mejor; contestó el doctor.

-Eso quiere decir que estamos en presencia de un sicópata muy especial; concluyó el detective.

La transformación resultaba cada vez más fácil. Siempre se pensaba, en las películas de terror, que sería un proceso muy doloroso, pero no era así; al contario el cambio producía un gran placer, dejándole en un estado de intensa excitación, en que el deseo de cazar y el ansia de sentir la carne caliente y jugosa en su boca era incontrolable; un deseo que la ponía totalmente frenética y que no se calmaba hasta haber despedazado a su presa. Esa noche no sería la excepción; podía imaginar el sabor de la sangre en su boca y eso la excitaba más aún. Sus ojos se volvieron dorado brillantes, mientras la piel comenzaba a cubrírsele con un sedoso pelaje café; su cuerpo creció unos treinta centímetros, al tiempo que su mandíbula se alargaba y empezaba a babear entre los colmillos que ahora eran sus dientes; sus manos erran las garras de una bestia y sus orejas recibían hasta el más mínimo sonido; su garganta se agitó y de su hocico salió un aterrador aullido. Necesitaba cazar ahora o enloquecería.

La pareja de novios caminaba despreocupada por el parque. Dos presas por el precio de una; sería una gran cacería. El primer ataque fue contra el hombre; en medio de gritos la mujer vio como la bestia le rompía el cuello a su pareja y desgarraba sus entrañas. Retrocedió y cayó de espaldas; el monstruo se acercó a ella, de su hocico caía la sangre de su novio. Todo se apagó, un alarido y las fauces se cerraron en su rostro.

Hacía calor esa noche; Sonia entró a la ducha poseída por un gran deseo de jabonarse entera. Al salir del agua, contempló su cuerpo, que a pesar de tener solo doce años, era alto y esbelto; parecía haber heredado los genes de su madre. Una vez vestida, se puso un lindo anillo de oro con una media luna.

-¿Y ese anillo tan lindo?; preguntó Viviana.

-Me lo encontré en la calle; dijo la niña.

-¿Me lo puedo quedar?; preguntó Sonia con una chispa en sus ojos, mientras se pasaba la lengua por los labios.

-Está bien, quédatelo; consintió Viviana.

-Teniente, esta vez son dos las víctimas; informó el sargento.

-Primero mataron al hombre y después a la mujer; dijo el forense. -Fue un ataque muy rápido.

-¿Qué es eso?; preguntó el policía, indicando la mano derecha de la mujer.

-Mmm, parece que aquí había un anillo; dijo el médico.

Los periodistas se agolpaban en la sala de espera; el teniente había citado a una conferencia de prensa para alertar a la población sobre los últimos acontecimientos, para que evitaran salir de noche hasta atrapar al sicópata que estaba asolando la ciudad.

La prensa publicitó la noticia de los asesinatos con gran parafernalia; “El asesino de los lobos”, “El hombre lobo”, “Cacería humana”, etcétera; los titulares fueron variados, consiguiendo una gran sintonía. El miedo prendió rápidamente en la ciudad, las calles estaban vacías cuando se ponía el sol; parecía un pueblo fantasma. Y esa era la intensión del teniente, aunque sabía que se jugaba la cabeza si no atrapaba pronto al asesino y sus lobos entrenados.

La ciudad era linda, a Sebastián no le preocupaban los rumores de los lobos cazadores de humanos, ni de los asesinatos múltiples que se les achacaban. Bastaba cuidarse y no habría problemas, ni su familia correría ningún peligro.

 

-Esto tiene que estar mal; opinó el forense mientras miraba el resultado de la prueba de ADN de las dos víctimas.

Las muestras aparentemente se habían contaminado, así es que era necesario hacer el examen de nuevo.

-Veamos ahora; dijo el médico mirando la hoja que acababa de ser impresa. -Esto no puede ser, pero me consta que no hay contaminación.

Ante la duda procedió a analizar muestras en los otros cadáveres, buscando precisamente lo que no debería poder encontrar.

-Esto no tiene sentido; exclamó el forense.

Los resultados eran similares a los hallados en las dos últimas víctimas. Las cosas estaban experimentando un giro brusco. Era necesario realizar pruebas más específicas en todos los cadáveres.

El primer paso del forense fue comparar el ADN de lobo encontrado en todas las víctimas; luego comparar los otros ADN encontrados.

Ya salía el sol cuando el doctor terminó de analizar todas las muestras. Los resultados eran realmente insólitos; debería informar al teniente a cargo del caso.

-¿Qué pasa doctor que me despierta tan temprano?; alegaba el policía mientras contestaba el teléfono a las seis de la mañana del domingo.

-Para mí es tarde teniente, no he dormido en toda la noche. Mejor venga ahora, tengo algo que informarle enseguida; dijo el profesional.

Ya en el laboratorio el forense explicaba al policía su nuevo descubrimiento.

-Todas las víctimas murieron por ataque de lobo; recordó el médico.

-Lo sé; asintió el teniente.

-El asunto es que en todos los asesinatos participaron lobos distintos; observó el forense.

-Eso es nuevo; opinó el detective.

-Pero eso no es lo más extraño; siguió el médico. -En todas las heridas hallé ADN humano que no pertenecía a la víctima.

-¿Qué cosa?; preguntó sorprendido el policía. -Debe haber habido contaminación de las muestras.

-Eso pensé yo; opinó el forense. -Así es que analicé todo de nuevo tres veces.  Resultó que no hay errores; indicó el doctor.

-Lo más increíble es que corresponde a ADN de cuatro personas distintas y a cuatro lobos distintos; concluyó el médico forense.

-Papá, mamá; quiero ir a ver el concierto al estadio el sábado; rogó Sonia.

-¿Qué opinas?; consultó Sebastián a Viviana.

-Se va a llenar; opinó ella.

-Mejor así; comentó Sandra.

-Bueno, está bien; asintió Sebastián.

Viviana tenía razón, el estadio estaba lleno a más no poder, pero de vez en cuando no importaba. Hace tiempo que no salían todos juntos y esto servía para fortalecer los lazos de grupo.

El turno de noche en la subestación de electricidad era bastante aburrido, pero no le quedaba más remedio que cumplirlo; lo bueno era que tendría el fin de semana libre.

No había nadie más así es que después de revisar todo se podría poner a ver tranquilo el partido de futbol. -Listo, ahora a descansar; pensó el técnico al sentarse en su silla. Abrió un paquete de papas fritas y una lata de bebida, mientras encendía el televisor; dejó todo encima de la consola de control. En un descuido se le cayó una papa al suelo y se agachó para recogerla, al enderezarse con un brazo pasó a llevar la bebida, derramándola en los controles de la subestación, provocando un cortocircuito.

-Demonios; maldijo el técnico mientras trataba de arreglar su error. El cortocircuito hizo que la subestación se desconectase, dejando a gran parte de la ciudad a oscuras.

Las luces del estadio se apagaron en medio de exclamaciones de asombro. Todos pensaron que era parte del espectáculo; como después de un rato no pasaba nada, el público empezó a inquietarse. Se miraron a los ojos y sonrieron; una rápida transformación en todos provocó un miedo inmediato en quienes estaban más cerca. Cuando destrozaron a aquellos que tenían más próximos el miedo se convirtió en pánico; gritos, carreras y caídas. La carnicería era inimaginable; las garras desgarraban pechos, rostros y cuanto tocasen; los colmillos arrancaban grandes trozos de carne. Los alaridos de dolor y terror se mezclaban con los gruñidos de las bestias.

A lo lejos se escuchaba una sirena que se acercaba rápidamente. Un aullido agudo se escuchó en medio de la masacre. Las cinco bestias escaparon rápidamente, perdiéndose en la oscuridad. A los pocos minutos llegaba la policía y varias ambulancias, pero no servía de nada ya; de  los atacados ninguno quedó con vida.

La prensa, por sensacionalista que fuera, no podía mostrar la magnitud de la masacre.

Los sobrevivientes hablaban de cinco bestias que caminaban en dos piernas y aunque parezca increíble vestían restos de ropa hecha pedazos. El rumor de los Licántropos prendió con facilidad; el terror se apoderó de la ciudad.

-Este es un desastre; gritaba el capitán. -La cuidad se volvió loca, ahora hablan de una invasión de hombres lobos. El intendente y el Ministerio del Interior quieren resultados y ¿qué tenemos?, solo leyendas de monstruos.

-Nuestra sospecha es que se trata de un sicópata con lobos amaestrados; informó el teniente.

-Encuéntrelo entonces; ordenó el abrumado capitán, o aquí rodarán cabezas y no por culpa de los lobos precisamente.

La situación era crítica; la masacre del estadio había estremecido y aterrorizado a todo el país. Las autoridades querían resultados pronto y la gente deseaba recuperar la seguridad perdida.

-Teniente, esto le puede interesar, venga por favor; llamó el forense.

-Dígame que tiene el nombre del asesino; saludó el policía al doctor.

-No, pero estamos acercándonos; contestó el médico.

-Espero que sea bueno; pidió el policía.

-El ADN que encontramos en las heridas de las distintas víctimas corresponde a cinco personas distintas, exactamente a dos hombres y tres mujeres. Mientras que el ADN de lobo pertenece a tres hembras y dos machos; contestó el forense.

-Eso acota un poco más la búsqueda, pero no es suficiente; opinó el detective.

-Tal vez esto sirva. Todos los distintos grupos étnicos poseen marcadores genéticos específicos propios de cada zona de origen, algo así como una marca de origen; en este caso en particular, las cinco muestras de ADN corresponden a personas originarias de algún país de Europa del Este; explicó el forense. -Y si mi memoria no me falla, esa es una tierra de leyendas de vampiros y hombres lobos.

-Por favor doctor, ¿está insinuando que los rumores de los hombres lobos son ciertos?; protestó el policía.

-Claro que no, lo que quiero decir es que los cinco sospechosos vienen de Europa del Este y que pueden haber traído lobos con ellos; corrigió el médico.

-¿Y cómo alguien podría pasar lobos por el control de aduanas?; preguntó el teniente.

-Atrápelos y me cuenta; terminó el forense.

En la noche la policía había citado a una conferencia de prensa para dar la alerta con los nuevos antecedentes disponibles.

-Según nuestras investigaciones, los sospechosos de los horribles crímenes que estremecen el país son dos hombres y tres mujeres, procedentes de algún país de Europa del Este, que han llegado a la ciudad hace poco tiempo. Se presume que poseen lobos amaestrados con los que perpetran sus homicidios. Su captura es inminente en el corto plazo; concluyó el teniente ante todos los medios de comunicación.

La noche estaba nublada, el viento movía las nubes dejando ver una plateada luna llena. El teniente se disponía a volver a casa ya a entradas horas. Una hermosa mujer de mediana edad caminaba sola.

-Hey, señora, no debería andar sola a estas horas; dijo el policía.

-Estoy por llegar a casa; contestó ella con un suave acento que él no pudo reconocer.

-Si quiere yo la acompaño; ofreció el teniente.

-No es necesario, gracias; declinó la mujer.

-Soy policía, no se preocupe; dijo él mostrándole la placa.

-En ese caso acepto; accedió la mujer.

Pasos que se acercaban rápido se escucharon a sus espaldas, el policía se volvió a mirar pero no vio a nadie; siguieron caminando. Un gruñido alertó a ambos, rápido el teniente se volvió; la incredulidad y el asombro lo invadieron. Parado frente a él había un monstruosos ser mezcla entre hombre y lobo; el terror era paralizante, aún así logró sacar su pistola y apuntar hacia la criatura, de cuyas fauces caía una baba viscosa. Cuando se disponía a disparar, sintió por detrás un golpe en su muñeca y vio con horror que su mano caía al suelo, amputada por dos mandíbulas que se cerraron sobre ella. Ahí, parado vio  otro lobo, vestido con ropa de mujer, la mujer a la que él amablemente se ofreció a acompañar para protegerla. Las dos bestias se lanzaron sobre el policía, despedazando completamente su cuerpo.

El teniente había cometido un error al citar a la última conferencia de prensa. Al ver que la policía se acercaba demasiado, los asesinos decidieron que era mejor quitar de encima al detective a cargo de la investigación.

La jauría siempre, tarde o temprano, terminaba llamando la atención y había que emigrar seguido.  Sin embargo, aún podían permanecer unos meses más en este lugar. Aún tenían tiempo.

-¿Piensas salir hija?; preguntó Viviana a Sandra.

-Sí, está hermosa la noche; contestó la joven.

-¡Pero hija!, ¿no has escuchado las noticias de que hay animales asesinos en la ciudad?; agregó Sebastián.

-Además esta noche se supone que estaríamos todos juntos; dijo Viviana.

-Sí, está bien; aceptó Sandra con un marcado acento extranjero en su voz, mientras por la ventana veía la hermosa luna llena que se elevaba sobre la noche de la ciudad. Los ojos de la joven se volvieron de un hermoso color dorado; sus dientes se transformaron en agudos colmillos y sus uñas en afiladas garras; en tanto que su cuerpo se cubría con un suave pelaje gris. Las orejas de Viviana, primero y todo su rostro después adquirió la forma de una fiera bestia. Por otro lado, la piel de Sebastián se cubrió de un espeso pelo gris y su hocico y orejas se alargaban. El cuello de Rodrigo se hizo poderosamente musculoso, para terminar convertido en una bestia tan fuerte como su padre. El cuerpo de la pequeña Sonia se cubrió de un sedoso  pelaje café, siendo tan alta como su madre y su hermana.

La jauría saldría a cazar junta esta noche.

-Buenos días señores y señoras, yo soy el Teniente Flores; ante el asesinato del Teniente Rodríguez, se me ha asignado el caso de los asesinatos múltiples que  él investigaba, el cual le costó la vida. Vamos a capturar a los que lo mataron, aunque sea lo último que haga; arengó el nuevo teniente a sus subalternos.

-Los peritajes del forense indican que los posibles asesinos son dos hombres y tres mujeres, originarios de algún lugar de Europa, los cuales usan lobos amaestrados para perpetrar sus crímenes. No siguen ningún patrón lógico; informó el sargento, poniendo al día al nuevo teniente.

-Excepto en el asesinato del teniente Rodríguez, que parece que iba tras la pista correcta y por eso lo mataron; conjeturó el Teniente Flores.

Los análisis de ADN en los restos del Teniente Rodríguez aportaban más pistas a las existentes.

-Teniente Flores, están listos los resultados de los análisis del cuerpo del Teniente Rodríguez; comunicó el forense al policía.

-Voy para allá; contestó éste.

-Buenos días doctor, ¿qué encontró?; preguntó el teniente.

-Al Teniente Rodríguez lo mataron dos lobos, un macho y una hembra. También, al igual que en las otras víctimas había ADN humano, correspondiente al de un hombre y una mujer de Europa del Este; informó el forense.

-Mmm, qué interesante, un hombre y un lobo y una mujer y una loba; opinó el policía.

-Así es. Según la hipótesis del Teniente Rodríguez, los cinco asesinos matan usando lobos entrenados; comentó el médico.

-Nunca antes había tenido que atrapar a este tipo de asesinos seriales; dijo el teniente.

-Y yo nunca había visto esta clase de homicidios; reconoció el forense.

-Sargento, quiero una lista de todas las personas que hayan llegado a la ciudad desde poco antes de que comenzaran los asesinatos; ordenó el teniente.   -Busquen familias o grupos de cinco integrantes.

Dos días después el Teniente Flores recibía una larga lista de personas recién llegadas a la ciudad.

Sonia se sentía inquieta esa noche. El encierro la sofocaba, debía salir a caminar; la noche estrellada y la luna llena la tenían más agitada que de costumbre. Se encaminó al parque y olfateó el aire; a su sensible nariz llegó el aroma dulce de un perfume de mujer. Cerca de un banco vio a una solitaria joven que caminaba sin prisa; la boca se le llenó de saliva, mientras sus ojos se volvían dorados; quería carne fresca y ya sabía de donde la sacaría.

La mujer sintió que la observaban, pero no había nadie más que una joven de unos doce años, por cierto que muy alta para su edad. Siguió caminando y escuchó pasos que la seguían; se volvió a ver, pero estaba completamente sola en el parque. Solo sintió un golpe que la arrojó contra el césped húmedo y se vio tendida boca abajo, con alguien muy pesado que la aplastaba; trató de gritar, pero su cuello se rompió bajo la presión de dos poderosas mandíbulas. Totalmente descontrolada, Sonia comenzó a devorarla; una vez estuvo más tranquila, de su garganta surgió un agudo aullido.

La taza de café que el Teniente Flores sostenía se deslizó de sus manos; el aullido que escuchó lo sorprendió haciéndolo derramar el líquido sobre la mesa de la cafetería que atendía toda la noche, sobre todo porque los policías que estaban de turno pasaban a comer ahí. -Los perros se ponen nerviosos a veces y le aúllan a la luna; comentó la camarera, mientras secaba la mesa y le servía otro café el policía.

Viviana y Sandra estaban tan nerviosas como Sonia aquella noche.

-Salgamos; dijo Viviana a Sandra.

Las calles solitarias facilitaban la incursión de las dos mujeres. -Vamos a ese bar; dijo Sandra, desabotonando su blusa y atándola con un nudo; dejando así ver un poco, pero no mucho de su cuerpo, aprovechando que no llevaba ropa interior. Por su parte Viviana se quitó la chaqueta, luciendo una polera elasticada que se pegaba a su piel, permitiendo apreciar sus curvas. Así, luciendo como dos prostitutas entraron al bar. No se necesitó mucho tiempo para que dos hombres se acercaran a ellas y les ofrecieran unos tragos. Tras acordar el precio que ellos deberían pagar para disfrutar de sus servicios esa noche, salieron los cuatro del brazo. El pecho de Sandra subía y bajaba rápidamente por su excitación; la respiración de Viviana se aceleraba cada vez más, mientras sus ojos se tornaban hermosamente dorados. Ya no pudiendo contenerse más, Sandra se abalanzó sobre su acompañante, el que con horror la vio transformarse en un horrible monstruo. El acompañante de Viviana cayó de espalda mientras trataba de huir; el terror lo paralizaba mientras veía transformarse a la mujer frente a sus ojos. Después de saciar sus ansias de sangre, las dos lobas se unieron en un aullido de placer.

La mañana siguiente era un dolor de cabeza para la policía. Tres asesinatos en una misma noche era algo que los ponía al límite de su capacidad de respuesta.

-Teniente, tengo los exámenes de las víctimas de anoche; informó el forense.

-Voy para allá; respondió el policía.

-Las tres víctimas de anoche fueron asesinadas por las tres lobas; dijo el médico, mientras pasaba los resultados al policía.

-Y cómo ya era de esperar también hay ADN de tres mujeres distintas; observó el teniente.

-La verdad es que no logro entender qué hay detrás de estas coincidencias de sexo; comentó el médico.

-Gracias doctor; se despidió el policía. -Ahora tengo una muy larga lista de posibles sospechosos que revisar.

La lista de personas que habían llegado a la ciudad últimamente era interminable; después de algunas horas, al Teniente Flores le dolían los ojos.          -Tienen que estar aquí; dijo para sí, mientras se preparaba la quinta taza de café. De pronto lo vio; en medio de la lista aparecieron los nombres de una familia de cinco miembros, compuesta por el padre, la madre, dos hijas y un hijo; dos hombres y tres mujeres. Habían llegado a la ciudad poco antes de que comenzaran los asesinatos; el padre era ejecutivo de una empresa transnacional, por lo que debían viajar seguido.

El Teniente Flores tenía un amigo en la Interpol que le debía un par de favores y esta era una buena ocasión para cobrarlos. Al día siguiente recibía en su correo electrónico los lugares en que había estado los últimos años la familia en cuestión.

El ruido que habían producido los asesinatos con los lobos era tan grande que, gustosos los departamentos de policía de todos los países, cooperaron con el teniente Flores, entregándole la información solicitada. No se sorprendió mucho al comprobar que en todos los lugares donde estuvo la familia, hubo casos de muertes producidas por el ataque de  perros salvajes o de lobos.

Sebastián no se percató cuando, desde un automóvil, alguien lo fotografiaba. Frente al colegio de los niños, el policía, a través del lente de su cámara, pudo comprobar lo  hermosa que eran Sandra y Sonia y lo fuerte que parecía ser Rodrigo. Viviana resultó ser muy fotogénica y agradable de retratar para el teniente.

-¿Dónde tienen a los lobos?; preguntaba mientras miraba las fotografía.

Después de varios días de vigilancia, el Teniente Flores conocía de memoria la rutina de la familia; tenían que ser ellos, hasta ahora todo coincidía.

La noche era calurosa, lo que desencadenaba en Rodrigo su instinto depredador. Un vago que había en las cercanías del parque sería una presa fácil. El hombre quedó paralizado de pánico ante la criatura que estaba parada a escasos metros de él. Cuando los músculos se le contraían para saltar, escuchó un aullido a su espalda; rápidamente Rodrigo se volvió y con sorpresa vio un hombre lobo de pelaje negro que brillaba bajo la luz de la luna y lo observaba con sus brillantes ojos de color amarillo. Aterrado el vago escapó dando alaridos histéricos de pánico.

Los dos lobos gruñeron y se lanzaron en una frenética lucha. Rodrigo trataba de hundir sus colmillos en el cuello de su oponente, pero era más alto y fuerte que él. Ambas criaturas rodaban por el suelo; las garras del lobo negro se clavaron en el brazo de Rodrigo, impidiéndole pelear bien. Finalmente su garganta se rompía bajo las fauces del lobo negro.

Un aullido distinto a los escuchados anteriormente se oyó en la noche

-¿Y ese aullido? Hay otro lobo en la ciudad; dijo Sebastián.

-¡Rodrigo!; exclamó Viviana, para luego inclinar la cabeza con lágrimas en los ojos.

La jauría aulló lastimeramente a la luna.

-Teniente venga rápido, por favor; pidió el forense.

-Dígame que los asesinos se entregaron y a mí me van a ascender a capitán; rogó el Teniente Flores al médico.

-Me temo que no; respondió el forense. Las cosas se complican más todavía.

-¿Qué pasa?; preguntó el policía con aire serio.

-La víctima que encontraron esta mañana fue asesinada por otro lobo distinto y el ADN humano hallado en sus heridas no coincide con el de los otros asesinos; explicó el doctor.

-O sea, que ahora tenemos otro loco suelto; exclamó el detective; es decir que, no bastando con cinco, ahora tenemos a seis locos y a seis malditos lobos.

-Aun seguimos teniendo cinco locos sueltos; corrigió el forense.

-Pero usted dijo que hay otro asesino; rebatió confundido el teniente.

-Sí, pero el ADN de la víctima coincide con el de uno de los primeros asesinos.

Desde la muerte de Rodrigo, ya nadie saldría solo de noche. Otro lobo había invadido su territorio. La manada debía permanecer unida para protegerse.

Uno de los sospechosos del teniente había sido asesinado de igual forma en que habían matado a todas las otras víctimas; ¿qué significaba todo aquello?

Daba la impresión de ser una lucha de poder entre bandas rivales, ¿pero qué persiguen?, ¿cuáles son sus negocios? La policía estaba totalmente desconcertada; había entrado un nuevo jugador a la partida.

Por más que buscaba, el teniente Flores no encontraba nada sospechoso en las finanzas de la familia. Aparentemente los asesinatos eran al azar, sin ningún fin lógico; excepto para alimentar a los lobos. Entonces los asesinatos seriales se convertían en una cacería. La ciudad se había convertido en el territorio de caza de una manada de lobos.

La familia, ahora con un miembro menos, caminaba en silencio en medio de la noche. Desde ahora las cacerías serían en manada. Como buenos cazadores que eran, los cuatro percibieron como los observaban. Sebastián olfateó el aire, notando un olor extraño; las orejas de Viviana se movían buscando algún sonido que delatase el escondite de su acosador. El factor sorpresa ya se había perdido; el ataque tendría que ser ahora.

De un salto cayó frente a Sebastián un gran licántropo negro. Dando un salto atrás, Sebastián cambió rápidamente su forma. Los dos lobos gruñían, con el pelaje erizado por la adrenalina, listos para el combate. Las tres mujeres gruñían, con los ojos color dorado muy intenso, pero no se transformaban; la ley de colmillos y garras se los impedía, solo debían esperar alertas.

El choque de las dos bestias fue soberbio; entre zarpazos y mordidas al aire se enlazaron en una formidable batalla, en la cual solo podría haber un vencedor. El lobo gris, que era Sebastián, mordió una mano del lobo negro, el cual aulló de dolor y rabia; un fuerte golpe lanzó al lobo gris al suelo, tirándose sobre él el lobo negro. Una mordedura en un brazo hizo gritar al lobo gris. Las tres mujeres caminaban en círculo gruñendo y cubiertas de sudor. Finalmente todo acabó tan rápido como había empezado. Las fauces del lobo negro lograron atrapar el cuello del lobo gris, terminando con la posición que había sostenido por tantos años.

Triunfante el lobo negro aulló hacia la luna, mientras el lobo gris empezaba a transformarse, dejando a Sebastián tirado sobre el césped del parque, con el cuello roto.

Las tres mujeres agacharon la cabeza en señal de sumisión ante el Teniente Flores. Había un nuevo macho alfa que comenzaba su propia manada con las hembras ganadas en una batalla de garras y colmillos, como la ley lo mandaba.

Con los ojos color dorado brillando, los cuatro aullaron a la luna llena.

 

Pasado y presente

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Boris Oliva Rojas

 

 

Pasado Y Presente

 

-El estuco del salón se encuentra en buen estado, aunque necesita una capa de pintura blanca; observó Sandra.

-Las vigas se ven muy bien a pesar de la edad de la casa; comentó Jorge.

-Parece que quién construyó esta casa sabía muy bien cómo hacerlo; opinó la mujer a su esposo.

-¡Qué impresionante!, a pesar de tener casi trescientos año los muebles se encuentran en perfectas condiciones; observó Sandra.

Lo único que denotaba el tiempo transcurrido era la capa de polvo que se había acumulado con el paso de los años; nada que un paño no pudiese solucionar.

-Me habría acostumbrado a vivir en medio de todo este lujo; pensó en voz alta Jorge.

-Solo si hubieses sido de la aristocracia, de lo contrario habrías sido o un esclavo o un peón en esa época; comentó Sandra.

-Sí, y eso no habría sido nada agradable, sobre todo teniendo en cuenta a quien pertenecía esta propiedad; agregó Jorge.

La pareja subió al segundo piso a revisar en qué estado estaban las habitaciones.

La vieja casona de la época de la colonia se encontraba en muy buen estado y no requeriría mucho esfuerzo para ser dejada como antaño cuando sus moradores habitaban en ella hace casi tres siglos. Sin embargo, la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos necesitaba un informe detallado antes de comenzar los trabajos de restauración y convertirla en el segundo museo histórico del país. Los dos expertos elegidos para realizar esa delicada tarea contaban con apenas tres semanas para entregar dicho informe; por lo cual, deberían permanecer, a lo menos, dos semanas alojando en la antigua casona. Teniendo en cuenta que ambos eran un matrimonio de arquitectos, especialistas en construcciones antiguas y conservación de arte, no debería haber mayor problema para ello.

-Qué raro, no me calzan las dimensiones; dijo Sandra, dándole unos golpecitos a su medidor laser. El gran salón de baile se extendía magnífico  ante la pareja, con sus lámparas colgantes y su chimenea empotrada en la pared del fondo.

-Se supone que mide lo mismo que el comedor de la mansión; comentó Jorge.

-Sí, pero es cinco metros más corto, aunque no se nota a simple vista; observó Sandra.

-Déjame medir a la antigua; sugirió Jorge y sacando una huincha de medir procedió a tomar las medidas del gran salón.

-¿Te imaginas lo impresionante que debe haber sido bailar aquí?; pensó Sandra.

-¿Me hablaste?; preguntó Jorge a su esposa, mientras guardaba su huincha.

-No nada; contestó Sandra.

-Tienes razón, mide quince metros de largo y no veinte como teóricamente se suponía; indicó Jorge.

-Supongo que alguien debe haberse equivocado cuando hicieron el plano de la propiedad; concluyó Sandra, mientras caminaba junto a cada una de las  cuatro murallas, con la mano rosando el suave estuco; acción que siempre hacía en cada casa antigua en la que estaban, para impregnarse de la esencia de la estructura y de sus constructores, como decía ella. De pronto se detuvo de golpe y retrocedió unos centímetros con la mano siempre apoyada. Con los ojos cerrados acarició lentamente una parte de la pared, luego avanzó un metro más y de nuevo se detuvo. Sacando un fino lápiz de mina marcó dos líneas en la muralla, separadas un metro la una de la otra.

-¿Qué encontraste?; preguntó Jorge con curiosidad.

-¿A ti qué te parece?; contestó Sandra, mientras le tomaba la mano y la deslizaba suavemente por un sector de la muralla, rozando casi el estuco.

-Si no me equivoco, aquí hay una puerta condenada; contestó su marido.

-Lo mismo pienso yo; apoyó Sandra.

-Mejor le informamos al jefe antes de proceder; pensó el arquitecto, mientras sacaba su teléfono celular para comunicarse con el director en Santiago.

-¿Y?; preguntó Sandra después de un rato, dominada por una gran excitación.

-Nos autoriza a abrirla, pero con mucho cuidado para no provocar deterioro innecesario en el resto de la muralla; contestó Jorge, comunicándole a su esposa lo que el jefe del proyecto le había dicho.

Con cortes delicados de un cuchillo cartonero, Sandra y Jorge fueron penetrando lentamente el estuco que cubría la puerta condenada, hasta que tocaron con la hoja de acero la madera oculta. Con una delgada espátula lograron, al cabo de un largo y delicado trabajo, remover todo el estuco. Luego de unas horas la puerta por largos siglos olvidada quedaba a la vista.

La emoción embargaba a ambos arquitectos; quienes se sentían unos verdaderos arqueólogos que descubrían la tumba perdida de un legendario faraón. Como hipnotizados permanecieron frente a la puerta durante un rato.

Un poco de aceite en las oxidadas bisagras y la puerta, condenada en extrañas circunstancias, con un sordo crujido cedió y dio paso a una oscura habitación de unos cinco metros de largo. Después de tres siglos el aire nuevamente ventilaba la enrarecida atmosfera  de su lóbrego interior. ¿Qué habrá ocurrido aquí?, ¿qué  oscuros secretos encerraba?, ¿por qué condenaron su puerta?

Jorge y Sandra sabían que antiguamente se acostumbraba condenar una puerta para ocultar la existencia de alguna habitación que albergaba un terrible y vergonzoso recuerdo, alejándolo de miradas curiosas, condenándolo al olvido por cómplices encubridores que solo deseaban proteger el apellido de alguna poderosa familia.

Cuando el aire se hubo por fin renovado, Sandra y Jorge entraron a la recién descubierta habitación, premunidos de poderosas linternas y cámaras fotográficas. Con fotografías, medidas y un esquema de la habitación y su contenido, prepararon un informe especial que enviarían vía correo electrónico al encargado del proyecto

Oscura y siniestra la habitación condenada daba a primera vista la impresión de haber sido un lugar en el que se provocó mucho dolor y sufrimiento. ¿Qué otra cosa se podría suponer si empotrados en una muralla había dos pares de grilletes y un látigo tirado en el suelo corroboraba dicha impresión?

Sandra en sueños fue transportada a una mitificada página de la historia, encarnando a la tristemente célebre Catalina de los Ríos y Lizperger; entregando, ella misma, dolor y placer, amor y odio. El sueño fue tan intenso que se despertó con la respiración muy agitada, el cuerpo cubierto de sudor y un temblor que la recorría de pies a cabeza. El intenso placer que sentía le impedía volver a dormirse, por lo cual se levantó y dirigió a la cocina a comer algo de fruta. Al pasar frente al salón de baile se detuvo ante la puerta y, cogiendo una linterna, entró en la olvidada habitación. Imaginaba a La Quintrala impartiendo crueles castigos a sus enemigos y a sus amantes; se imaginaba a sí misma en el papel de la sádica y malvada mujer. Mientras recorría el lugar con su linterna, un brillo en el suelo llamó su atención, la luz había dado en algo metálico; curiosa Sandra se agachó y tanteando con la mano, encontró un hermoso anillo de oro que lucía un gran y rojo rubí, admirando la valiosa joya por un instante, no pudo contener el deseo de ver como se veía en su mano. El anillo calzaba perfecto, como si hubiese sido creado especialmente para ella.

La mujer se acercó a las paredes, tocando las cadenas y los grilletes, riendo y girando sobre sí misma; sus ojos se posaron sobre un rebenque de tres puntas que colgaba siniestro en una esquina; se acercó con paso calmo, lo cogió y acarició su empuñadura, como lo hacía su dueña hace siglos. En el pasado La Quintrala reía junto a una hoguera.

Rato después Sandra volvió a la cama y se durmió profundamente. Cerca de las nueve de la mañana se levantó de muy buen ánimo y entusiasmo, al punto que el trabajo avanzó mucho esa mañana; era como si ella hubiese vivido toda la vida en esa casa y conociese las vivencias de sus primeros dueños.

-Ven que quiero besarte; decía Sandra a Jorge a cada rato, al tiempo que lo rozaba con su mano.

-Veo que amaneciste muy entusiasmada hoy querida; dijo Jorge.

-No te imaginas cuanto; contestó Sandra mientras jugaba con el anillo que tenía guardado en el bolsillo de su chaqueta.

El resto del día pasó sin novedad. A eso de las ocho de la noche Jorge estaba tomando notas mientras revisaba un pilar. Bajando la escalera vio que su esposa se acercaba cadenciosa hacia él, vistiendo uno de los antiguos vestidos que ya habían sido arreglados por los restauradores, su cabello peinado a la usanza del siglo dieciocho y en su mano derecha luciendo un impresionante anillo de rubí.

-¿Y esa pinta?; preguntó sorprendido a Sandra.

-Me gusta más que la ropa que llevaba puesta. Tú también deberías vestirte en forma más apropiada; le contestó ella.

-¡Mmm, sí!, ¿por qué no?, no creo que se nos vuelva a presentar esta oportunidad. Disfrazarnos como aristócratas de la época de la colonia, en una mansión del siglo dieciocho, suena divertido; terminó convenciéndose Jorge.

Al cabo de un rato Sandra y Jorge parecían un señor y una dama de la aristocracia criolla de la colonia.

Tras algunas copas de vino y algunos bailes, Sandra empezó a tornarse muy apasionada y agresiva. En un arrebato besó violentamente a su esposo, casi impidiéndole respirar. Sin poder contenerse la mujer mordió con fuerza el labio de su marido, el que la apartó de su lado.

-Contrólate, ¿qué te pasa?; preguntó extrañado él.

-¿Te atreves a rechazarme?; contestó Sandra, con los ojos fulgurantes de rabia, al tiempo que tomaba el rebenque que colgaba de su cintura y asestaba un fuerte golpe en la mejilla de Jorge.

-¿Te volviste loca acaso?; protestó él.

Sandra miró el rebenque que se agitaba aún en su mano, tres rojas marcas en la cara de su marido y la mirada de estupor de éste. Dejando caer el instrumento de castigo al suelo, se cubrió el rostro con sus manos y salió llorando del salón, no pudiendo creer lo que acababa de hacer.

Esa noche Jorge decidió dormir en otra habitación y cerrar la puerta con llave, ya que realmente se asustó por el violento y extraño comportamiento de Sandra.

Al día siguiente cuando Jorge se despertó, se percató de que su mujer había salido temprano de la casa. Cerca del medio día ella volvió.

-¿Dónde fuiste?; preguntó él.

-Salí a recorrer el pueblo, ¿hay algún problema acaso?; contestó altanera ella.

-Claro que no, puedes hacer lo que te dé la gana; dijo molesto él.

-Me alegro que pienses eso, porque me molesta mucho que me controlen; respondió la mujer.

-¿Y ese anillo?; preguntó Jorge.

-Es mío; contestó Sandra mientras lo admiraba.

-No lo había visto nunca; observó Jorge.

-Lo he tenido toda la vida, me lo regaló mi padre; contestó Sandra.

Jorge no quiso hacer más preguntas, recordando el incidente de la noche anterior; así es que decidió volver a su trabajo.

Sandra por su lado recorría la casona, como si hace tiempo que no la viera.

Jorge no lograba concentrarse y no se sacaba de la cabeza el anillo que estaba usando su esposa ahora. Estaba seguro de que nunca lo había visto y sin embargo lo encontraba extrañamente conocido, pero no sabía por qué. Sin poder contener más su duda, decidió telefonear a su suegro.

-Don Juan, disculpe que lo moleste, ¿puedo preguntarle si usted alguna vez le regaló a Sandra un anillo de oro con un rubí?

-Claro que no, ¿tienes idea lo que eso debe costar?; contestó el padre de su esposa.

-¿Está todo bien? ; preguntó Don Juan.

-Sí, no se preocupe, es solo una idea muy vaga que yo tenía en mi cabeza, gracias; contestó Jorge y cortó la comunicación.

Al día siguiente Sandra era la de siempre y muy apenada se acercó a su esposo.

-Jorge…, amor…, te debo una disculpa; no sé qué me pasó, ni por qué me comporté así. Supongo que me deje llevar por mi personificación de La Quintrala. ¿Podrás alguna vez perdonarme?; habló suplicante a su marido.

Jorge acarició su rostro y la abrazó suavemente. Sandra era la de costumbre; vistiendo jeans, polera y luciendo una única joya, su anillo de matrimonio.

Los trabajos de inspección ya estaban terminados, ahora solo restaba redactar el informe para la Dirección de Bibliotecas.

Jorge se detuvo ante un impresionante retrato de cuerpo entero de la bella Catalina de los Ríos y Lizperger y decidió tomarle una fotografía para adjuntarla al informe. Mientras tanto frente a un espejo Sandra acomodaba su cabello; en su mano derecha resplandecía un rojo rubí.

-¿Vienes ya?; se escuchó la voz de Jorge, quién la llamaba ansioso por partir.

-Si amor, voy saliendo; contestó la mujer, dándole la espalda al espejo y cerrando la puerta de la habitación tras de sí.

En la ahora solitaria habitación, la imagen de Sandra golpeaba desesperada contra el vidrio del espejo, tratando inútilmente de hacerse oír, ya que su grito quedaba ahogado en su prisión.

 

El viaje de regreso a Santiago transcurrió en silencio. Sandra durante todo el trayecto miraba hacia afuera del automóvil, con una curiosidad casi infantil. Ya en la carretera ella dio un grito de miedo al ver un bus que venía en sentido contrario, como si fuera la primera vez, ya dentro de la capital su rostro mostraba una expresión de asombro que era delatada por su boca que se abría de vez en cuando sin pronunciar palabras; solo observaba.

-Sandra muéstrame el plano de la casona, por favor; pidió Jorge.

-¿Dónde está?; preguntó ella.

-En el escritorio, en el notebook; contestó Jorge.

Sandra tomó el computador con sus manos y lo miró por todos lados; como no lo encontraba lo sacudió en el aire para hacer caer el plano de la casona.

-Aquí no hay nada; dijo Sandra a Jorge, mientras seguía zamarreando el notebook en el aire.

-¡Que estás graciosa!, estamos atrasados, por favor muéstramelo y después jugamos si quieres; observó Jorge.

-¡Te dije que aquí no hay nada!; gritó Sandra con las manos empuñadas de rabia. -¿Cómo te atreves a hablarme así a mí?

-Cálmate, no es para tanto; pidió Jorge a su irascible esposa.

Ésta sin decir palabra alguna se dio la vuelta y marchó, cerrando de un golpe la puerta del estudio.

En la habitación, Sandra decidió arreglar su cabello. El espejo del tocador devolvió la imagen de una mujer del siglo dieciocho, cuyos ojos irradiaban una gran crueldad y desprecio por los demás.

-Definitivamente ésta se está volviendo loca; pensó Jorge refiriéndose a su esposa.

Como el tiempo para entregar el informe se estaba acabando, decidió que mejor lo terminaba él solo. Las fotografías tomadas en la casona permitirían hacerse una idea de la forma de vida de la aristocracia en esa época y podría ser recreada en el nuevo museo. Cuando tocó el turno de la fotografía del retrato de Catalina de los Ríos, Jorge sin querer posó su vista en la mano derecha de la mujer, que lucía una sortija roja. Al realizar una ampliación de esa parte, Jorge pudo notar con asombro que se trataba de un anillo de oro con un gran rubí; el mismo que llevaba ahora su esposa.

-Qué extraño, el comportamiento de Sandra se alteró cuando empezó a usar ese anillo. Está actuando como una neurótica, agresiva y a la vez apasionada, casi al límite de la sicosis. Esto me recuerda la historia de La Quintrala; pensó Jorge. La sola idea de que la mente de Sandra se hubiese perturbado, provocándole una especie de doble personalidad le resultaba difícil de creer, pero el hecho era que ella desde hace unos días ya no era la misma. Lo más probable es que fuese solo estrés y que con un poco de descanso pasaría y todo volvería a la normalidad.

 

En la vieja casona, mientras tanto, la desesperación de Sandra en su prisión aumentaba día a día; sus golpes contra el espejo de nada servían para romperlo. Esto era una verdadera locura; jamás en su vida imaginó que terminaría encerrada en un espejo, mientras otra mujer le robaba su vida, su esposo y su cuerpo.

 

Jorge y Sandra fueron a entregar el informe sobre el estado de conservación de la mansión de Los Ríos y Lizperger. Al salir del edificio, una gitana les cortó el paso para leerles la suerte y aprovechar de sacarles algo de dinero fácil.

-Maldita bruja; gritó la vieja gitana cuando vio los ojos de la mujer y salió corriendo muy asustada.

-¡Vieja loca!; le gritó Sandra.

Sin avisar, Sandra salió a caminar un rato.

-¿Dónde fuiste?; preguntó Jorge cuando ella volvió a casa.

-Asuntos míos; contestó cortante a su esposo.

Al otro día en las noticias hablaban del hallazgo del cadáver degollado de una vieja gitana.

 

Los días pasaban y el carácter de Sandra empeoraba. Su altanería y soberbia eran extremos; nada que ver con la mujer con que Jorge se había casado.

Continuas llamadas telefónicas a las que ella respondía con monosílabos y salidas sin avisar, ni comentar al regreso. Jorge simplemente no tenía ni idea de lo que su esposa hacía durante el día y la noche.

Su comportamiento íntimo también cambió; cuando ella lo seducía, la pasión y el desenfreno emanaban por cada poro; incluso más que cuando se conocieron en la universidad.

-Estoy preocupado por ti, estas muy diferente y alterada últimamente. Puede que sea estrés y pienso que deberías ver a un médico para que te diera algo para los nervios; sugirió Jorge a Sandra.

-¡Qué lindo!, está preocupado por su señora, mi esclavo favorito; contestó burlona ella, jugando con el cabello de su esposo y luego tomándolo de la nuca lo atrajo hacia sus labios.

Días después, Jorge comenzó a sentirse extraño; su pulso se aceleraba a veces, la cabeza le dolía y experimentaba algo de vértigo. Por solo precaución, decidió visitar a un médico amigo para que lo examinara. Como varios exámenes salieron negativos, el doctor solicitó un examen más detallado de sangre. A la semana siguiente, el Doctor Sandoval citó preocupado a Jorge a su consulta.

-¿Cómo van las cosas entre tú y Sandra?; preguntó el médico.

-Bien, ¿por qué lo preguntas?; inquirió Jorge.

Por algo muy extraño que se encontró en tu sangre.

-¿Extraño?, ¿se trata de alguna enfermedad?; preguntó Jorge.

-No exactamente; respondió el facultativo, tratando de pensar muy bien lo que debía decir. -No se halló ningún  patógeno, ni alteraciones fuera de lo normal para tu edad, tampoco hay signos de alguna enfermedad.

-¿Entonces qué tengo?; preguntó Jorge, quien a esta altura de la conversación ya estaba preocupado.

-¿Tú trabajas con antimonio?; preguntó el médico.

-¿Antimonio?, no nunca lo he usado. Sé que los restauradores a veces lo ocupan, pero yo no; contestó confundido Jorge.

-Bueno, en tu sangre encontramos antimonio y es necesario sacarlo pronto. Quiero que te internes a la brevedad en un hospital, para hacer una diálisis completa a tu sangre; de lo contrario, si aumenta un poco más, en un mes puedes morir; concluyó tajante el Doctor Sandoval.

-¿Pero cómo puede haber pasado?; preguntó Jorge.

-Dices que tú no tienes ningún contacto con antimonio en tu trabajo ni en tu vida diaria; entonces eso quiere decir que, o bien tú lo ingeriste intencionalmente o que alguien te lo está dando sin que te des cuenta; opinó el médico.

-¿No estarás insinuando que Sandra me está envenenando?  Es una locura; alegó Jorge.

-Yo no te dije eso, pero es la persona con que estás más cerca; observó el doctor.

Jorge molesto se puso de pie por la insinuación de su amigo, pero tuvo que sentarse enseguida por un mareo que le hizo perder el equilibrio.

-Bueno, como sea; dijo el médico. -El lunes a primera hora quiero verte para internarte. Mientras tómate esto para los mareos; se despidió de Jorge entregándole una caja de medicamento.

-¡Que idiotez!, Sandra está muy rara últimamente, pero de ahí a querer asesinarme, me parece muy descabellado; pensó Jorge para sí camino a casa.

Cuando llegó a casa, Sandra no se encontraba, así es que decidió tenderse a dormitar un rato. Horas después ella regresó de su paseo. Su atención fue atraída por el examen médico de su marido, prestando especial interés en el nombre del médico tratante.

-¿Estás enfermo?; preguntó al entrar en la habitación, sentándose en la cama y tocando la frente de Jorge.

-Algo; Sandoval dice que debe ser un virus, que pasará en una semana más o menos con descanso; contestó a su mujer.

-Voy a salir, ¿necesitas que te compre algún remedio?; preguntó ella a su esposo.

-Si, por favor cómprame este remedio; pidió Jorge pasándole una receta.

Cuando Sandra se hubo marchado, Jorge empezó a revisar entre sus cosas. Esperaba no encontrar nada fuera de lo común, pero sus esperanzas se rompieron cuando, al fondo del closet, sus dedos tocaron un pequeño frasco de vidrio; con movimiento lento lo sacó y para su asombro, leyó su etiqueta, “Antimonio, veneno, manéjese con extremo cuidado”, una calavera completaba la composición.

En la tarde siguiente Jorge recibió una inesperada llamada telefónica.

-¿Don Jorge Díaz?, habla con el inspector Ramón Chávez, de la Brigada de Homicidios, ¿podría, por favor venir a nuestra oficina?; dijo el hombre al otro lado del teléfono.

-¿Qué ocurre?; quiso saber preocupado Jorge.

-Es sobre el Doctor Marcos Sandoval; ha sufrido un accidente fatal y como usted es la última persona que lo vio con vida quería hacerle algunas preguntas.

-¿Marcos muerto?, no lo puedo creer; contestó Jorge. -Voy para allá.

En el cuartel de la policía, Jorge fue recibido por el Inspector Chávez en su despacho.

-Gracias por venir señor Díaz. Tengo entendido que usted y el Doctor Sandoval eran amigos; dijo el detective.

-Sí, hace años que nos conocemos; contestó Jorge.

-El señor Sandoval cayó anoche del balcón de su departamento. Aparentemente había bebido mucho y perdió el equilibrio, precipitándose al vacío; informó el policía.

-Usted lo visitó ayer en su consulta Don Jorge, ¿algún motivo en particular?; interrogó el oficial.

-Sí, es que me he sentido algo indispuesto últimamente y lo fui a ver como a mi doctor; respondió Jorge.

-Espero que no sea nada serio; dijo el policía.

-No lo sé; faltaba hacer algunos exámenes, pero parece que solo es un virus estacional; comentó Jorge.

-Bueno señor Díaz, gracias por su cooperación, cualquier cosa se la haremos saber; respondió el inspector, al momento que estrechaba la mano de Jorge y se despedía de él.

Al salir del cuartel policial, Jorge se sentía como dentro de un extraño sueño.

-Sandoval muerto, el veneno entre las cosas de Sandra, también la vieja gitana muerta (recordó la noticia), el cambio en su personalidad, son demasiadas coincidencias juntas. Esto es una locura, no puede ser real, Sandra no es una asesina sicópata. Sin embargo parece ser otra mujer, ¿qué habrá desencadenado ese cambio de personalidad?; reflexionaba Jorge mientras caminaba.

-Me estoy dejando llevar por mi imaginación, estas son solo coincidencias. Hay una explicación lógica para todo esto; meditó Jorge con más calma.

Cuando Jorge llegó a casa Sandra ya había regresado.

-¿De dónde vienes con esa cara?; preguntó ella.

-De la policía, es que mi amigo Marcos Sandoval ha muerto en un accidente; contestó apesadumbrado Jorge.

-Cuanto lo siento; respondió Sandra. -Es peligroso acercarse a un balcón si estás con unos tragos de más; sin darte cuenta puedes perder el equilibrio y no alcanzar a afirmarte y terminas estrellándote en el pavimento; reflexionó pensativa la mujer mientras se miraba en un espejo.

Los labios de Jorge se separaron de la impresión, no podía creer lo que oía; él nunca mencionó la forma de morir de Marcos.

-¡Catalina!; llamó Jorge.

-Dime; contestó la mujer volviéndose hacia él.

-¡Vaya!, veo que ya descubriste quién soy. Lamentablemente es demasiado tarde para ti y para tu amada Sandra; contestó la mujer que hablaba a través de los labios de su esposa, mientras una mueca burlona se dibujaba en ellos.

-¿Qué has hecho con Sandra?; preguntó alterado Jorge.

-Cómo tú pronto morirás, creo que mereces saberlo; dijo cínicamente la sicótica mujer.

-Ella se quedó en la casona de mi familia; la encerré en el espejo de mi habitación; dijo La Quintrala con la mayor naturalidad.

-Pero eso es imposible; exclamó Jorge.

-En esta época ustedes ya no creen en la brujería, ¿de qué otra forma podría estar yo aquí después de tres siglos de muerta?; contestó la mujer, quien se paseaba ahora por el living con su rebenque en la mano.

-Ya me aburriste Jorge, ya no te necesito más; dijo la enferma mujer, tomando el rebenque por el otro extremo.

Cuando el mango de metal del arma estaba por partir la cabeza de Jorge, una mano empuñada se estrelló contra la mandíbula de la que parecía ser la dulce Sandra; la que cayó inconsciente en la alfombra. Afortunadamente Jorge había alcanzado a esquivar el golpe y asestar un certero puñetazo en la cara de ella.

Unos minutos después la mujer despertó, hallándose atada con amarras plásticas y amordazada en el automóvil de Jorge, quién conducía rápido y callado  hacia la antigua casona colonial. Junto a él, ella luchaba furiosa por soltar sus ataduras, pero solo conseguía lastimarse las muñecas; después de un rato desistió de sus intentos, permaneciendo quieta, con los ojos inyectados en odio.

A las pocas horas el automóvil se estacionaba frente a la mansión.  A tirones Jorge sacó a la mujer, que se resistía a caminar. La casa estaba oscura y helada. Jorge buscó la caja de interruptores y dio nuevamente la electricidad. Con gran esfuerzo logró subir a Catalina al segundo piso.

-Sandra, Sandra, ¿dónde estás?; preguntó gritando frente al gran espejo que había en la alcoba.

Entre tanto, la mujer trató de escapar pero Jorge alcanzó a sujetarla de un brazo.

En eso una neblina llenó el espejo y poco a poco se fue formando la imagen de Sandra. Con sus manos golpeaba el vidrio pero éste no se rompía; tampoco se podía escuchar lo que decía, pero en su rostro se veía una expresión de esperanza.

Mientras tanto, la mujer forcejeaba tratando de zafarse de la mano de Jorge, finalmente éste soltó la mordaza de su boca.

-¿Cómo saco a Sandra de ahí?; gritó furioso.

-No hay nada que tú puedas hacer, su cuerpo ahora me pertenece y ella estará atrapada para siempre en ese mundo; rió la cruel mujer.

Jorge estuvo tentado a golpear nuevamente a Catalina, pero se contuvo ya que sabía que lo único que lograría sería lastimar el cuerpo de Sandra y lo necesitaba en buenas condiciones si quería recuperar a su esposa.

Catalina trató de patear a Jorge, pero éste la esquivó, quedando ella de espalda al espejo. Al verla cerca, Sandra empezó a empujar hasta que el vidrio de alguna forma se volvió flexible y sus manos lograron asir el cabello de la mujer. Sin soltarla, Sandra tiró con fuerza de ella, atrayéndola más hacia la superficie del espejo, que ahora se veía como una película de agua.

A medida que Sandra tiraba del cabello la mujer quedó apoyada en el espejo; con un último y fuerte tirón Catalina atravesó al otro lado del espejo, cayendo al suelo el cuerpo inerte de Sandra.

Sandra al ver su cuerpo inconsciente se acercó al espejo tratando de salir de él. Catalina intentó impedírselo pero Sandra  la detuvo con un violento puñetazo en la cara, que la hiso caer de espalda.

El espejo esta vez cedió a la presión ejercida por Sandra, la cual pudo pasar una de sus manos, que fue sujetada  por Jorge, quién con todas sus fuerzas tiró de ella. Al salir de esta forma, Sandra cayó junto a su cuerpo, con el cual nuevamente se fusionó.

La primera reacción de Sandra al abrir sus ojos fue tocar todo su cuerpo, al cual hace días que había perdido las esperanzas de volver a sentir. Al hacerlo se percató que en su mano derecha aún se encontraba el anillo de rubí, con rabia se lo arrancó del dedo y lo arrojó contra el espejo, cayendo junto a los pies de La Quintrala.

Jorge y Sandra se miraron el uno al otro y sin decir nada se abrazaron durante varios minutos.

-Volveré, nunca los dejaré tranquilos; gritaba Catalina al otro lado el espejo.

Sandra intuyendo lo que la sicópata estaba diciendo, tomó un jarrón y lo arrojó contra el vidrio, el que se rompió en miles de pedazos, oyéndose el grito de dolor de una mujer.

La pesadilla terminaba; sin embargo, al llegar a la planta baja Jorge tuvo que sentarse en la escalera, víctima de un mareo. Explicó a Sandra que debía  internarse lo más pronto posible en un hospital, ya que Catalina lo había envenenado. Sin tiempo que perder, al otro día hicieron los trámites necesarios para la hospitalización. A los tres días Jorge era dado de alta.

La visión de Sandra y Jorge de la historia ya no sería la misma; por increíble que pareciera, sus vidas habían caído en las manos de la siniestra Quintrala y con horror pudieron comprobar en carne propia que una cosa es leer un libro de historia y otra muy distinta vivirla en carne propia.

Al fin podrían olvidarse de todo y rehacer sus vidas. La Quintrala se había ido para siempre.

¿O no?…

 

 

Llamada de auxilio

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Boris Oliva Rojas

 

 

Llamada De Auxilio

 

-Todos a bordo; dijo Pablo a su familia luciendo su corra de capitán de barco.

-Si papá; gritaron entusiasmados Paola y su hermano Víctor.

-¡Capitán Papá!; corrigió Pablo dándose aires de importancia.

-Perdón, Capitán Papá; respondió Víctor.

Luisa con una sonrisa en los labios se llevó su mano derecha a la sien y saludó a su marido. -A sus órdenes Capitán Papá.

Sería una semana muy entretenida y una experiencia inimaginable para toda la familia. El jefe de Pablo, un multimillonario empresario, le había prestado su joya, como llamaba a su yate de setenta metros de largo de punta a punta, para que paseara una semana con su familia, en agradecimiento por haber descubierto un fraude en que casi cae la empresa y que le habría costado varios millones de dólares.

Como Pablo no tenía ni la más remota idea de navegación, los acompañarían un timonel, un maquinista y un sobrecargo. La familia solo tenía que preocuparse de descansar y disfrutar como reyes.

El clima se pronosticaba soleado para toda la semana y el mar calmado, con una suave brisa. Todo sería de maravilla; las vacaciones perfectas.

Después de la cena, Pablo encontró un libro sobre mitos y leyendas del mar, pasando desde barcos fantasmas, sirenas, piratas, hasta el Triángulo de Las Bermudas. Sería una buena sobremesa; pensó Pablo, le leería algunas historias a la familia. Estaban todos escuchando atentos, cuando entró el sobrecargo.

-Es un interesante libro, señor; pero yo, en todos mis viajes por el mundo, he aprendido historias que no aparecen en él, como por ejemplo la del puerto fantasma; comentó el marinero.

Bastó decir eso solamente para que los niños saltaran de sus sillas.             -Cuéntelos; pidió Víctor. -Sí, por favor; le rogó Paola. -¿Puede?; preguntó Luisa.    -Sí, por supuesto; contestó el marino y acomodando una silla empezó su relato. Todos escuchaban absortos la narración y cuando ésta llegó a su punto más impactante, las luces se apagaron, dejando a la sala de estar sumida en las penumbras; con un grito todos dieron un salto, mientras se escuchaba una risa macabra. La risa cesó y las luces se volvieron a encender. -Perdón, pasé a llevar un botón del control remoto; se disculpó el sobrecargo.

En el puente de mando, el timonel notó en el radar la presencia de otro barco a cierta distancia de ellos; por la velocidad supuso que se trataba de algún yate de algún millonario que aprovechaba el buen tiempo como ellos; lo cual era común en esas aguas y en esa época del año.

La mañana siguiente Pablo y Luisa fueron despertados por las risas de Víctor y Paola, quienes correteaban por la cubierta, bajo la vigilante mirada del sobrecargo.

A la hora del desayuno, el timonel avisó por el intercomunicador que en una hora más atracarían en un puerto para reaprovisionarse de agua fresca.

-¡El puerto fantasma!; gritaron los niños con los ojos encendidos de emoción.

-Me temo que no; dijo el sobrecargo. -Es solo una parada de rutina.

Después de recorrer el puerto y comprar algunos recuerdos, todos volvieron a bordo del yate y continuaron el viaje. El timonel vio en el radar que el otro barco aún se mantenía a la misma distancia de ellos, sin haber cambiado su rumbo ni velocidad.

Tres días de navegación sin ninguna novedad presagiaban las mejores vacaciones de la familia.

La luna llena llenaba de  brillo una mar calmada; una brisa fresca y agradable envolvía a Pablo y Luisa. En el puente de mando el timonel observaba intrigado la pantalla de radar; un punto verde indicaba la presencia del barco que navegaba cerca de ellos. Sin variar su velocidad o su rumbo, le daba la impresión de que los estaba siguiendo a una prudente distancia. Se disponía a tratar de  comunicarse con la otra embarcación, cuando la radio empezó a crepitar.

-¡Mayday, Mayday!; esta es una llamada de auxilio del Yate Calipso, matrícula ZN472G, tenemos personas heridas y nuestro timón se rompió. Necesitamos ayuda urgente. Nuestras coordenadas son 29° 31’ 17’’ Latitud Sur, 71° 45’ 32’’ Longitud Oeste.

El timonel comprobó que las coordenadas correspondían al barco que iba tras ellos. Sabiendo muy bien el procedimiento a seguir en estos casos, viró en 180° dirigiendo su proa hacia la embarcación en problemas. Por altoparlante informó a todos los ocupantes que el cambio de rumbo obedecía a una respuesta de ayuda a una llamada de auxilio de una nave en alta mar.

-Aquí  Yate Aurora respondiendo a su llamada de auxilio, pronto estaremos junto a ustedes; comunicó por la radio de banda marina al otro barco.

Cuando llegaron al otro yate, no se veía rastros de sus ocupantes en la cubierta; el sobrecargo supuso que estarían abajo. Abordaron para socorrer a los heridos Pablo, el mecánico y el sobrecargo. No había nadie abordo; el barco estaba abandonado, pero no perdía su rumbo debido a que estaba conectado el piloto automático. ¿Quién hiso la llamada de auxilio?, el puente estaba vacío. ¿Dónde se fueron todos? Si se tratase de un caso de piratería, las muestras de violencia serían más que evidentes; pero nada, no había rastros de sangre, ni disparos, ni desorden. Lo que hubiese pasado, había ocurrido en forma muy rápida, silenciosa y limpia; esto tendría que ser informado a las autoridades marítimas pertinentes.

Unas cajas, cerca de la sala de máquinas, se movieron cuando el maquinista pasaba por ahí; atraído por el ruido se acercó sigiloso y encontró acurrucada en un rincón a una niña de unos doce o trece años. -¿Pero qué tenemos aquí?, ven señorita, no tengas miedo; dijo el hombre tendiéndole los brazos para que saliera de su escondite; pero cuando trató de tomarla, ella le mordió la mano. -Tranquila quiero ayudarte; le dijo. La niña entonces tomó su mano y se puso de pie, y lo acompañó hasta la cubierta donde aguardaban los otros.

-Encontré solo a esta niña, quien está muy asustada y no habla; observó.

Ya de vuelta  en el yate, el sobrecargo, que además era paramédico, procedió a examinarla, no encontrando nada malo en ella, salvo por su negativa a hablar, causada por algo que la asustó mucho.

Todos a bordo del yate estuvieron de acuerdo en que debían dirigirse de inmediato al puerto más cercano. En eso estaban cuando el yate se estremeció como un animal herido; las luces se apagaron y todos los instrumentos dejaron de funcionar.

-Tiene que ser un cortocircuito en el sistema eléctrico, voy a revisarlo; dijo el mecánico. Dentro de la sala de máquinas había una gran cantidad de humo con olor a plástico quemado; el hombre quedó de una pieza al ver el origen del humo. Un cortocircuito había quemado la placa madre del tablero eléctrico, y con ello todos los componentes que tenía. El problema era agravado por el hecho de que habían apagado el motor un momento para dejarlo enfriar, y ahora, sin electricidad no había forma de echarlo a andar. Tampoco podían pedir ayuda por radio, ya que esta también funcionaba con electricidad. Sin mucho más que poder hacer abajo, subió al puente a informar la situación.

-¿Hay alguna forma de arreglar la falla?; preguntó Luisa.

-No señora, hay que cambiar todo el panel eléctrico y no hay repuestos a bordo. Ni siquiera entiendo cómo puede haberse quemado; contestó el mecánico.

-Puede haber sido una sobrecarga; contestó Pablo.

-Lo veo muy poco probable, pero no se me ocurre ninguna otra explicación; contesto el aludido.

-¿Alguna solución?; preguntó el timonel.

-Tratar de conectar las baterías de emergencia al encendido del motor. Al menos podremos navegar, si logro hacer andar el motor; claro que totalmente a ciegas, sordos y mudos; concluyó el mecánico.

-Bueno, que remedio. Si hasta el siglo diecinueve se guiaban solo con el sol y las estrellas, no veo por qué nosotros no podamos; pensó el sobrecargo y el timonel asintió con la cabeza.

Sin perder tiempo el maquinista se puso a trabajar. Estaba agachado revisando las baterías, cuando sobre una plancha de acero se vio reflejado el rostro de una horrible cosa que babeaba tras suyo. Asustado se giró y todo se volvió oscuridad.

En su camarote, alumbrándose con una linterna, el sobrecargo trataba de poner al día la bitácora de abordo. En eso estaba cuando alguien golpeó su puerta, al abrirla su rostro se puso blanco de la impresión y del susto; pero ya nada más vieron sus ojos.

El timonel llamó al mecánico por la radio portátil; tras varios intentos sin respuesta, trató de comunicarse con el sobrecargo; pero éste tampoco contestó. Después de un rato desistió de sus intentos y volvió a meterse entre los cables de la radio, aunque sabía que sin electricidad no había nada que hacer. No se percató cuando alguien entró sigilosamente al puente de mando; mientras manipulaba los cables pudo ver que sobre la brillante cerámica del piso del puente se reflejaba una cosa horripilante que babeaba junto a él; silencio y oscuridad.

-¿Pablo has visto a los tripulantes?; preguntó Luisa.

-Deben estar tratando de arreglar el yate; respondió éste.

-Sí, supongo que en eso andarán; pensó Luisa.

-Si quieres voy a buscarlos; ofreció Pablo.

-No, déjalo, ya es tarde; vámonos a dormir mejor, mañana nos tendrán buenas noticias; supuso Luisa.

A la mañana siguiente Pablo se dirigió directamente el puente para saber si había alguna novedad. El timonel no estaba en su puesto; tampoco vio al sobrecargo. Supuso que estarían en la sala de máquinas ayudando al mecánico. La sala estaba vacía y Pablo no pudo reaccionar cuando por la espalda, dos manos viscosas se pegaban a su cara; oscuridad y silencio total.

Después de una hora, Luisa se empezó a sentir sola, y también los niños.

-¿Mamá, dónde están los demás?; preguntó Víctor.

-Deben estar abajo tratando de arreglar el barco; contestó Luisa.

Paola tomó un libro de un estante y fue a su camarote a leer. La puerta estaba entreabierta, cuando la cerró algo había  parado frente a ella;  todo a su alrededor desapareció.

Víctor se sintió extraño y empezó a buscar a su hermana melliza. Fue directo al camarote de ella pero no la encontró ahí. -¿Dónde se habrá metido?; se preguntó. Unas manos horribles le sujetaron la cabeza; todo se tornó oscuro.

Luisa se dio cuenta de que algo muy extraño estaba pasando. A medida que pasaban los minutos se dio cuenta de que estaba sola en el barco. Sintió miedo.

¿Dónde estaban sus hijos? ¿Dónde estaba su marido? ¿Dónde estaban los tripulantes?

Corriendo entró al puente de mando. Una radio portátil estaba tirada en el suelo; al agacharse para recogerla pudo ver el reflejo en las baldosas de un horripilante rostro con una boca babeante. Lentamente se volteó y frente a ella vio parada a la niña que el día anterior habían rescatado del yate abandonado; las tinieblas inundaron su mente.

Cuando Luisa despertó no sabía cuánto tiempo había pasado. Repartidos por el piso pudo ver los restos de seis cadáveres, cuyas ropas identificó. Varias horrorosas cosas la rodeaban con sus bocas babeantes mostrando afilados dientes. Un grito de terror se escuchó por todos los rincones del barco.

 

La brisa era suave y el mar seguía en calma. El timonel seguía viendo en la pantalla de radar la señal del otro barco que se movía a cierta distancia, sin cambiar de rumbo ni velocidad. De pronto la radio sonó.

-¡Mayday, Mayday!; esta es una llamada de auxilio del Yate Aurora, matrícula BG4569A, tenemos personas heridas y nuestro timón se rompió. Necesitamos ayuda urgente. Nuestras coordenadas son 29° 31’ 17’’ Latitud Sur 71° 45’ 32’’ Longitud Oeste. El timonel comprobó que las coordenadas correspondían a las del barco que se movía tras ellos; y viró en 180° respondiendo a la llamada de auxilio.

 

 

 

 

 

Mar siniestro

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Boris Oliva Rojas

 

 

Mar Siniestro

La verdad es que el arriendo de la cabaña había resultado bastante más barato de lo que habían calculado. Eran pocos los turistas que iban a descansar a la playa en los meses de invierno, así es que los dueños de las cabañas hacían importantes rebajas, en comparación con los exorbitantes precios que cobraban a los veraneantes. Ese era uno de los motivos por los que Roxana y Alejandro habían elegido tomarse las vacaciones en invierno; la otra razón era que podían disfrutar de la playa casi para ellos solos. Aunque las frías aguas del Océano Pacifico no recomendaban baños muy largos, si podían pasear durante horas por la solitaria playa.

Alejandro y Roxana llevaban cinco años viviendo juntos, aunque no tenían hijos, así es que su rutina de descanso era solo para dos.

Como oscurecía temprano en esa época del año se retiraban también temprano a la cabaña. Después de comer algo, por lo general se sentaban frente al televisor a ver alguna película.

-¿Algo entretenido?; preguntó Alejandro.

-Solo noticias; contestó Roxana. En ese instante el comentarista del noticiero hablaba sobre una serie de extraños suicidios de hombres que simplemente se internaban caminando en el mar, según testigos que los habían visto, o que habían visto sus huellas en la arena. La policía sospechaba que se podía tratar de algún tipo de secta religiosa; aunque en realidad solo había especulaciones, ya que hasta el momento no se había podido recuperar ningún cadáver.

-¿Qué opinas?; preguntó Roxana a su pareja.

-Hummm, debe ser alguna secta religiosa; sabes lo peligrosos y tontos que son los fanáticos; respondió Alejandro.

Alejandro casi no pudo pegar los ojos; al lado suyo, su mujer, fue asaltada por varias pesadillas esa noche. Y despertaba en medio de gritos. Cansado se levantó y fue a la cocina a prepararle un agua de melisa a Roxana, a ver si así podía descansar y de pasada dejarlo descansar a él.

-Por favor tómate esto, tienes los nervios de punta mujer; la sentó en la cama y le ofreció el sedante. -¿Qué has estado soñando que es tan terrible?; le preguntó.

-Una tonta pesadilla, o varias pero parecidas; contestó Roxana. Soñé que te ahogabas, supongo que es por la noticia de los suicidios.

-Tranquila, solo fue un sueño, relájate; la calmó Alejandro.
La noche siguiente fue él quien entró en el mundo de los sueños. Caminaba por la playa; la luna se alzaba reflejándose en la superficie del mar y alumbraba la arena. Sentada en una roca una mujer de edad mediana, pero muy bella; cabellera vaporosa y vestido ceñido por la brisa, ojos entre azul y verde como gotas de mar. Alejandro se acercó atraído hacia ella. Caminan tomados de la mano, el agua moja los pies descalzos de ambos; la luna le da un aire extraño a la mujer, como cristalino. Ella se detiene mirando hacia mar adentro y camina. El agua roza sus rodillas; Alejandro va con ella. Las olas juegan con sus muslos; Alejandro va con ella. El agua roza su cuello; Alejandro se inquieta pero va con ella. El mar inmenso los cubre; Alejandro va con ella, el rostro envuelto por una capa de aire. Se acercan a una construcción oscura; las criaturas del mar se alejan de ella; Alejandro siente miedo, mucho miedo, la sangre se hiela en sus venas, tiene miedo. Agitado despierta en medio de gritos, Roxana lo abraza hasta que se duerme nuevamente.

-Tuviste una pesadilla anoche. ¿Qué soñaste?; pregunta Roxana.

-No me acuerdo de haber soñado; responde Alejandro.

-Gritabas, estabas muy asustado; contestó ella.

-No recuerdo; dijo él sinceramente.

La noche siguiente Alejandro vuelve al sueño. La construcción tiene un color mezclado entre gris y verde oscuro musgoso. El miedo se apodera de Alejandro; la mujer va con él, el miedo crece, la mujer lo arrastra hacia la construcción; él se resiste, pero no puede oponerse, lo arrastra, lo arrastra. El miedo se ha convertido en pánico. Alejandro despierta en medio de gritos. Roxana lo abraza y se duerme. Alejandro no recuerda nada en la mañana.

Las pesadillas se han vuelto recurrentes. Siempre las mismas; Alejandro muestra signos de cansancio, Roxana está preocupada.

En la noche el sueño avanza un poco más. Criaturas con cola en vez de piernas; sirenas de la mitología, pero no son hermosas mujeres mitad pez; seres con afilados dientes, escamas viscosas, manos membranosas, agallas en el cuello; lo capturan, lo arrastran al interior de la construcción; la mujer, hermosa, de cabellos vaporosos, de largas piernas va con él. Ya no es amiga; ella ordena; ella grita; ella amenaza a las criaturas; estas le temen, le temen y obedecen sumisas. Alejandro despierta gritando, esta vez recuerda; recuerda y cuenta la pesadilla a Roxana.

Roxana está intranquila; su instinto de policía está diciéndole cuidado. Pide favores y cobra favores; consigue los nombres de los parientes más cercanos a las víctimas de suicidios en el litoral. Tal vez esté equivocada, tal vez se esté dejando llevar por su imaginación, pero su instinto está muy acelerado; hay una relación, ¿pero cuál?

Pudo entrevistar a algunos parientes de algunas víctimas y al fin encontró un punto en común en los casos; pero lo que descubrió no le gusto y por el contrario la inquietó más; todas las víctimas, antes de haber cortado su existencia, sufrieron períodos de intensas pesadillas, que en ningún caso podían recordar, excepto la última. Todos soñaban con una mujer que los llevaba al fondo del mar.

Roxana empezó a asustarse, Alejandro recordó la última pesadilla, al igual que las víctimas. Podía ser el punto en común, o podía ser solo coincidencia, pero su experiencia le había enseñado a no descartar ninguna pista, por muy vaga que esta fuera. Por las dudas, mientras Alejandro dormía, Roxana le esposó las dos manos a la cama y se durmió, pensando en cuál sería su siguiente paso. Tres horas después, se despertó al sentir que la puerta de calle se habría. Al mirar a su lado, con estupor se percató que ambas esposas estaban abiertas y estaba sola en la cama. En forma casi instintiva, en forma casi refleja, tomó la pistola y la linterna que guardaba en el cajón del velador y salió corriendo hacia la playa, mientras colgaba al cuello la insignia que la identificaba como oficial de policía, maniobra tantas veces repetida, que ya se había vuelto automática en ella.

No tardó mucho en dar con el rastro de huellas en la arena; las siguió y la condujeron hasta el borde mar, donde las olas ya las borraban. Buscó con la linterna por si encontraba alguna pista; cuando ya había perdido las esperanzas, un rayo de luz golpeó contra un objeto brillante que atrajo su atención. Una pulsera, una pulsera de mujer de curiosos diseños. Con un lápiz la tomó y la puso dentro de una bolsa plástica que selló enseguida.

Mientras conducía su automóvil, relataba por celular a su jefe lo ocurrido, camino al cuartel regional de la policía. No descartaba la posibilidad del suicidio, pero también cabía que se tratase de secuestros y quería encargarse del caso. Su jefe la autorizó, aunque iba en contra de todo procedimiento, pero sabía que de todas formas Roxana se involucraría; y así, al menos podría tenerla controlada y bajo vigilancia. A veces lamentaba que su mejor comisario fuera hija de un prefecto de la Brigada Contra El Crimen Organizado, claro que a ella lo que menos le gustaba es que se mencionase ese hecho.

Cuando Roxana llegó al cuartel regional, se dirigió directamente a la unidad de criminalística, para que analizaran la pulsera. Después de un par de largas horas, el oficial a cargo, un tipo con más títulos universitarios que botones en su uniforme se veía confundido. -¿Comisario López de dónde sacó esa pulsera?; preguntó el oficial.

-La encontré en una playa, es la única pista en un posible caso de múltiples secuestros; contestó Roxana. -¿Qué me puede decir de ella?

-Puedo decirle lo que no es; habló enigmático el profesional. -Esa pulsera está hecha de un metal que nunca había visto y no creo que alguien más lo haya visto.

-No entiendo. ¿A qué se refiere?; preguntó Roxana.

-El material del que hicieron esa pulsera no pertenece a la Tabla Periódica de Elementos; concluyó el oficial, como no queriendo decir lo que acababa de decir.

-Mire Doctor, he tenido una noche muy difícil y no estoy de humor para bromas; explotó Roxana.

Por la cara extremadamente seria y dura del oficial, Roxana comprendió que no bromeaba en lo más mínimo. -Lo siento mucho mi comandante, no fue mi intensión faltarle el respeto, ni dudar de su capacidad profesional, pero este es un caso muy delicado; se disculpó ella.

-Está bien comisario, acepto su disculpa y no la sancionaré, porque la verdad, es que yo estoy tanto o más confundido que usted; confesó el oficial, indicando con un gesto la pared tapizada de diplomas universitarios.

-¿Entonces qué podemos concluir?; preguntó Roxana.

-Existen tres posibilidades, pero ninguna me gusta; contestó el oficial. -Primero, que sea un elemento natural de este planeta, pero aún no descubierto. Segundo, que sea un elemento creado artificialmente. Tercero que sea un elemento de origen extraterrestre.

-La tercera no me convence mucho. ¿Qué hay de las alternativas uno y dos?; pregunto la policía.

-Según mi experiencia, son igual de probables que la tercera. Además jamás había visto una manufactura tan perfecta. No encontré marcas de herramientas, ni signos de fundición. La verdad es que estoy confundido; reconoció el especialista.

-Hagamos un trato comandante, si usted guarda todo esto en secreto hasta resolver el caso, le prometo, que si puedo le regalaré la pulsera, para que se gane uno o dos Premios Nobel; sugirió Roxana.

-Trato hecho, además no tenía ninguna gana de llenar un informe que hablara de marcianitos y platillos voladores; aceptó el oficial.

Alejandro recuperó poco a poco la consciencia; en un principio creyó que soñaba, pero no, realmente estaba bajo el agua. No lo entendía, pero estaba respirando aire; era, por lo que notó, gracias a una especie de burbuja que le cubría la cara. Sus manos no se movieron bajo sus órdenes, estaban sujetas a su espalda por frías esposas. Fuera de la celda extrañas criaturas hacían guardia; cola en lugar de piernas, manos membranosas, escamas viscosas, agallas en el cuello y filosos dientes. La maldita pesadilla se había retirado del mundo de los sueños y ocupaba ahora la realidad. La mujer de la playa, hermosa y vaporosa, nadó hacia la celda, en su cintura llevaba una especie de bastón.

-Ven conmigo esclavo; dijo a Alejandro.
-¡Yo no soy esclavo!; gruñó Alejandro.

Ella nada dijo, solo apuntó su bastón a él. Dolor intenso como una onda recorrió todo su cuerpo; de rodillas en el suelo Alejandro comprendió que no era conveniente discutir, al menos no aún…

La mujer lo condujo ante una puerta grande, se diría que hasta ridículamente grande; con movimiento lento y pesado se abrió, dando paso a una gran galería con aire, llena de celdas en sus costados. Celdas con prisioneros resignados a un destino incierto. Al final del pasillo otra puerta, fría y siniestra. Un ascensor, sube, sube y sigue subiendo. Una isla; una mina; trabajadores; esclavos, son esclavos; son los supuestos suicidas, los ahogados en el litoral.

Los esclavos sacan mineral bajo la mirada de guardias armados, hombres y mujeres con bastones en la mano. Hombres y mujeres respirando en cascos con líquido. Hombres y mujeres idénticos en apariencia a cualquier hombre o a cualquier mujer; hombres y mujeres que no pueden respirar aire; hombres y mujeres adaptados para respirar bajo el agua solamente.

Alejandro definitivamente no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Una situación de ciencia ficción. Una condición de explotación y humillación insoportable. El trabajo sin descanso era demasiado duro. ¿Cuántos días han pasado?, no lo sabe; es fácil perder la noción del tiempo. La fuerza disminuye, el agotamiento aumenta. En su celda bajo el agua ya ni siquiera se pasea como gato encerrado, como en los primeros días. Alejandro demasiado débil se tambalea y pierde el equilibrio; su centinela se apresura a sostenerlo. Algo le habla pero no entiende nada; esa especie de sirena intenta decirle algo; al parecer es una hembra y en su mirada se percibe lástima por los humanos. Algo quiere decirle, pero llega una mujer y la golpea con su bastón; un grito de dolor intenso sale de su garganta y escapa nadando. La mujer lo mira con desprecio y se aleja.

Al tomar a Alejandro de las manos, la sirena puso algo en ellas; cuando estaba solo las abrió y vio que se trataba de un alga. En un dedo faltaba su anillo; la sirena debió haberlo tomado al retirar sus manos de las de él. ¿El alga qué haría?; la miraba y dudaba si comerla o no; podía ser venenosa, o podía romperse la burbuja de aire que le cubría la cara. Cualquiera de las dos posibilidades era peligrosa, pero si no corría riesgos no veía un futuro muy prometedor para él en ese lugar. Despacio, con cuidado, acercó el alga a la boca; más cerca, más cerca; al fin la tocó y presionó un poco; la burbuja no se rompía; siguió empujando, el alga atravesó la capa de aire sin romperla. El alga llegó a su boca; la masticó; la tragó. El efecto fue inmediato; el dolor cesó, el cansancio desapareció, la fuerza volvió. La sirena le había ayudado, pero por eso fue castigada.

La sirena nadó y se alejó lo más que pudo de la siniestra construcción. Subió a la superficie y sigilosamente se acercó a la orilla. Era peligroso, pero sabía que alguien buscaba a uno de los humanos prisioneros. Se trataba de una hembra, similar a las que la habían castigado tantas veces. ¿De dónde vinieron?, no lo sabía. ¿Cuándo llegaron?, lo ignoraba; cuando ella nació ya estaban en el mar. Pero en la superficie las cosas no eran tan distintas; los humanos también eran crueles, lo sabía. Pero los humanos no eran sus enemigos; los machos y hembras que respiraban en el mar, si eran sus enemigos y debía servirlos solo por el poder de sus bastones. Si tan solo no los tuvieran, pensaba.

Todas las noches veía que la hembra humana buscaba en el mar a su compañero. Esta noche se aproximaría; esta noche tenía algo para ella y abriendo una de sus manos membranosas miró el anillo de Alejandro.

Ahí estaba la humana caminando por la playa. Cuando pasó cerca la sirena saltó sobre una roca. Instintivamente Roxana desenfundó su pistola y le apuntó; al verla, la sirena miró la lanza que aun llevaba, abrió su mano y la dejó caer. La policía sabía lo que eso significaba y guardó lentamente el arma en el cinturón.

¿Quién era esa criatura?, ¿qué era esa criatura? No lo sabía. La sirena extendió su mano y Roxana vio el anillo que en ella había. La criatura hizo un gesto con la cabeza indicándole que lo tomara. Era de Alejandro; una sonrisa se dibujó en el triste rostro de la humana, también en el de la sirena. Roxana comprendió que Alejandro estaba vivo; había una esperanza de recuperarlo, pero necesitaba datos; Roxana necesitaba más información. ¿Cómo comunicarse?, eran tan distintas; el cerebro de los humanos era tan lento, tan mecánico.

La sirena de pronto abandonó la roca y volvió al agua. -Espera; gritó Roxana. Con una ola que rompió, la sirena se sentó en la orilla. Después de pensar un rato empezó a dibujar en la arena; dibujó la torre y dibujó las celdas con humanos dentro; dibujó sirenas machos y hembras con lanzas fuera de las celdas; dibujó mujeres y hombres con armas amenazando a los humanos y a las sirenas. Dibujó la isla y la mina. Dibujó a los humanos esclavizados y a los captores con cascos llenos de líquido.

Roxana comprendió; pero también se dio cuenta de que la estaban tratando como a una niña.

-¿Cuántos son?; preguntó mostrando sus dedos al contar.

La sirena empezó a hacer rayas bajo cada figura. Veinte humanos, cien sirenas y quince humanoides acuáticos. Solo quince; Roxana meditó, debían ser muy fuertes o sus armas muy convincentes. Ahora faltaba averiguar lo más importante, ¿dónde estaban prisioneros?

-Si tan solo me pudieras mostrar el lugar; dijo Roxana. En eso recordó que poco antes de salir de vacaciones, cargo una versión móvil de mapas del fondo marino en su celular, solo por curiosidad, sin ningún fin; parece que ahora podría serle útil. Despacio sacó su móvil; buscó distintos mapas y los fue mostrando a la sirena; esta los miraba con atención y movía la cabeza en forma negativa; varios mapas, pero nada; finalmente la sirena recorrió con su mano uno de los mapas y apuntó con un dedo en la pantalla. Al fin Roxana tenía una ubicación; la aplicación le indicó las coordenadas. Al momento de sacar el celular, la policía encendió la cámara frontal del teléfono; la sirena había quedado grabada en un video mientras revisaba los mapas.
-Muchas gracias; dijo Roxana a la sirena, mientras tomaba sus manos y depositaba en ellas el medallón que Alejandro le había regalado. La criatura sonrió y volvió al agua, desapareciendo en ella.

-¿Y ahora qué hago?, eso está en alta mar; meditó Roxana.

-¡Papá!, hola; necesito tu ayuda, es urgente que hablemos; se comunicó Roxana con su padre el Prefecto López. -Por teléfono no puedo darte ningún detalle, es algo extremadamente delicado. Veámonos en el restaurante de siempre a las seis; te esperare. Chao y gracias.

En una mesa reservada de un lujoso restaurante, Roxana espera a su padre. El alto oficial llegó al poco rato.

-Hola cielo. ¿Qué ocurre hija? ¿Por qué tanto misterio?; preguntó él.

Con voz muy baja Roxana trata de explicarle la situación a su padre. -Estoy a cargo de la investigación de los suicidios en el litoral central. Una de las víctimas aparentemente es Alejandro; el oficial se sorprendió y tomó las manos de su hija, en un típico gesto de él para infundirle valor. -Sin embargo; prosiguió ella, hay antecedentes que indican que él y los demás desaparecidos han sido secuestrados y se encuentran cautivos como esclavos.

-¡Esclavos!; exclamó el Prefecto López.

-Según parece están extrayendo un metal desconocido, según el jefe de criminalística del cuartel regional de la policía. Según indicó, las propiedades físicas y químicas superan al titanio, al diamante y al oro combinados. La noche que desapareció Alejandro encontré esto en la playa y la llevé a criminalística para que la analizaran; el especialista de la unidad no daba crédito a lo que descubrió; Roxana le pasó la bolsa con la pulsera.

-¿Quién es el especialista que hizo el análisis?; preguntó el prefecto.

-El Doctor Rolando Faundez; contestó Roxana.

-¡Rolando Faundez!, vaya; exclamó el prefecto. -Él es uno de los grandes misterios de la policía; un científico de su nivel que se dedica a la investigación policial.

-Según un informante muy especial, las víctimas están en una isla en alta mar, cautivos en una prisión submarina. Tengo las coordenadas, el número de víctimas, el número de guardias, que también son esclavos y el número de los perpetradores. No quisiera imaginarme qué pasaría si ese metal cae en malas manos papá; concluyó Roxana.

-¿Tu informante estaría dispuesto a atestiguar?; preguntó el Prefecto López.

Había llegado la parte más difícil de explicar.

-La verdad es que es algo especial, digamos que no es algo común; contestó evasivamente Roxana.

-Sin rodeos comisario; ordenó el prefecto.

-Está bien Señor; contestó la policía, al momento que mostraba el video a su padre.

-¿Qué es esto hija?; preguntó confundido.

-Mi informante; contestó Roxana. -No es broma, ni estoy loca; yo misma gravé ese video, toqué y me comuniqué con esa criatura. Según me informó, hay veinte prisioneros, cien centinelas como ella, también prisioneros y quince perpetradores. Los prisioneros están recluidos en una instalación submarina, vigilada por esas especies de sirenas; la prisión está conectada con la isla mediante un ascensor. Los perpetradores vigilan a los prisioneros protegidos con cascos, ya que aunque en apariencia son como nosotros, pueden respirar solo bajo el agua. Los secuestradores están provistos por lo que parece ser algún tipo de arma electrónica que neutraliza con un golpe de intenso dolor. Para ellos tiene una importancia primordial la extracción de ese metal.

El oficial escuchaba en silencio. Su hija se había acercado a él como policía y no como su pariente, así es que sabía que ella no bromeaba; al fin y al cabo él mismo la había entrenado y educado.

-Si lo que me dijiste es verdad, si ese metal cae en malas manos, pondría en peligro la seguridad nacional. ¿Quién más sabe de todo esto?; preguntó.

-Solo tú y el Doctor Faundez; contestó Roxana.

-¿Sabe también de las sirenas?; consultó.

-No, eso no lo sabe; contestó Roxana.

-No necesita saberlo; ordenó el prefecto. -Ahora quiero que vayamos a ver al doctor.

Como de costumbre, el Prefecto López empezaba a compartimentalizar la información; parecía más un espía que un policía y eso inquietaba a Roxana.

Unas cuantas horas después, padre e hija ingresaban a uno de los cuarteles regionales de la policía y se dirigían al laboratorio del Doctor Faundez.

-Prefecto López, comisario. ¿A qué se debe el honor de su visita?; saludó el analista.

-Comandante; saludó respetuosa Roxana ante el oficial superior.

-Doctor Faundez. ¿Usted analizó una evidencia metálica que le trajo la comisario?; interrogó el prefecto.

-Así es prefecto. La comisario solicitó máximo secreto al respecto; contestó el especialista.

-Actuó apropiadamente comandante; asintió el alto oficial. -Si su primera impresión es correcta, el mal uso de ese metal podría comprometer seriamente la seguridad nacional.

-Coincido con usted prefecto. La resistencia a altas presiones de dicho metal supera la del titanio; su dureza es mayor que la del diamante; su incapacidad para reaccionar con otros elementos, lo vuelve totalmente incorruptible y su estructura cristalina impide que pueda ser roto o penetrado. Una coraza creada con él sería indestructible y un proyectil podría romper cualquier blindaje; informo el comandante de criminalística.

-Comandante Faundez, por favor prepare un informe lo más detallado posible de esta sustancia, incluyendo sus apreciaciones en lo que a potencial defensivo y ofensivo se refiere. Las máximas autoridades deben ser puestas al tanto, para que tomen las medidas pertinentes; además quisiera que usted, con sus propias palabras explique a las autoridades sobre su descubrimiento; solicitó el prefecto.

Unas horas después un auto junto a dos escoltas sin marca salían del cuartel policial; en su interior iban el Prefecto López, la Comisario López y el Comandante Faundez, llevando el informe y la pulsera en un estuche sellado.

Cuando ya estaban en la capital, a unas cuadras del centro se les acercaron dos automóviles con los vidrios polarizados; al observarlos, Roxana advirtió a su padre. -Esos autos nos siguen.

-Tranquila, nos escoltarán desde este lugar a nuestro destino; explicó él.

-¿Vamos al cuartel general?; preguntó Roxana.

-¡No!, vamos a reunirnos con el Director de la Agencia Nacional de Inteligencia; explicó el prefecto.

-Pero por aquí no vamos a la oficina de Calle Tenderini; observó Roxana.

-Esa es solo para la televisión, vamos a la otra; dijo su padre.

Los vehículos entraron a un paso bajo nivel y se enfilaron hacia una bifurcación cerrada por una valla de trabajo. Roxana pensó que se estrellarían, pero no fue así, ya que la valla se desplazó al aproximarse el primer auto.

Los tres automóviles se detuvieron en una zona cuadrada sin ninguna marca o señal; Roxana estaba confundida. En eso el piso empezó a bajar. Estaban sobre un gran montacargas que los llevó varios pisos bajo tierra. Aparentemente el trabajo de su padre tenía ramificaciones que ella no sospechaba.

Cuando el ascensor se detuvo descendieron del auto y una puerta se abrió. Tras ella cuatro guardias armados los esperaban; después de verificar sus identificaciones, uno de ellos dijo escuetamente: -El Director los espera, síganme. Tras recorrer un largo pasillo, llegaron a una puerta metálica que se abrió y los guardias se retiraron. Después de las presentaciones de rigor, el Prefecto López pidió al Doctor Faundez que relatara su descubrimiento al Director de la Agencia Nacional de Inteligencia.

-Hemos descubierto que se está extrayendo en forma clandestina un metal con características muy especiales. Sus implicaciones tácticas superan todos los materiales conocidos actualmente. Puede resistir cualquier tipo de impacto y perforar cualquier sustancia. En este informe puede ver todos los detalles técnicos al respecto; explicó el científico.

-Si ese metal cae en las manos de nuestros vecinos, nuestra soberanía podría verse seriamente comprometida. Si cubrieran sus vehículos y naves con él o fabricasen proyectiles, nuestras fuerzas armadas no podrían parar su avance; opinó el Prefecto López, que ahora hablaba como un estratega militar más que como un policía.

-Comprendo; dijo simplemente el Director. -Doctor Faundez, en nombre de la Nación debo darle las gracias por su gran aporte; desde aquí nos encargaremos nosotros.

El Doctor Faundez comprendió que su presencia ya no era requerida. -Gracias señor Director. Si usted me disculpa, pero la labor policiaca no se detiene y se requiere mi presencia en mi cuartel.

-Comprendo Comandante; puede retirarse. Una escolta lo llevará hasta donde usted desee. Entenderá que la discreción en este caso es de seguridad nacional, lo mismo que la existencia y ubicación de estas dependencias; advirtió solapadamente el Director.

-No se preocupe señor Director, se guardar secretos; respondió el Comandante Faundez.

Una escolta condujo al comandante al cuartel regional de la policía. Cuando encendió su computador, se percató de que todos los datos e informe relacionados con el extraño metal habían sido borrados. Bajo el teclado encontró un papelito que decía “Prefecto López”. -Adiós Premio Nobel; comentó el científico que se encogió de hombros y se puso su bata de trabajo.

En el cuartel de la ANI, los policías siguen reunidos con el Director de inteligencia.

-Tenemos las coordenadas y datos estratégicos de la operación clandestina de extracción; dijo el Prefecto López, mirando a su hija para que explicara.

-La extracción es en una isla en alta mar; veinte prisioneros la realizan bajo el control de quince elementos hostiles armados; los prisioneros son alojados en una instalación submarina, vigilada por cien guardias, también cautivos; las celdas están conectadas con la isla a través de un ascensor; informó Roxana.

-El viaje ha sido largo hasta aquí, supongo que deseará comer algo señorita. Un guardia la acompañará a la cafetería; le ofreció el Director.

Cuando quedaron solos el policía se paseó preocupado. -Tenemos otro problema Director; mientras le mostraba el video grabado por Roxana. -Esa es la informante de mi hija y uno de los cien guardias submarinos; indicó el policía.

-¿Quién más lo sabe?; preguntó el Director, mientras borraba el video.

-Solo mi hija; respondió el Prefecto.

-Ella no debería saber la existencia de las sirenas; comentó el director de inteligencia. Tenemos dos alternativas Prefecto, usted lo sabe.

-Mi hija es totalmente confiable y discreta. Puedo responder por ella Director; habló el policía.

-Por eso le dije que hay dos alternativas; si no fuera su hija simplemente la haríamos desaparecer. La opción que le ofrezco es reclutarla en nuestras filas; respondió el Director.

-Que pase; dijo el Director por citófono. Un guardia hizo entrar nuevamente a Roxana a la oficina de Director.

-Comisario López, su padre me ha informado que su discreción al manejar la información referente a este caso y a todas sus ramificaciones; así como su desempeño en la policía, la harían un valioso elemento en la seguridad de la Nación. Le haré un ofrecimiento que le recomiendo aceptar; es un nuevo trabajo; dijo el Director a Roxana.

-Ya tengo un trabajo como policía; respondió Roxana.

-Y puedes seguir desempeñándolo; dijo su padre. -Lo que se te ofrece es ingresar a la Agencia Nacional de Inteligencia.

-¿Cómo tú papá?; preguntó Roxana.

-Su padre es un miembro de muy alto rango en la agencia; confesó el Director.

Roxana vio su teléfono sobre el escritorio y comprendió que había tenido acceso a secretos que algunas personas preferían mantener así. Entendió que se hallaba entre espías y que lo que le ofrecían no estaba en discusión; la alternativa podía ser muy perjudicial para su salud y aceptar parecía ser la única forma de salvar a Alejandro. Respiró hondo y al fin aceptó.

-La felicito, bienvenida a la Agencia Nacional de Inteligencia; le estrechó la mano el Director.

-Por como mira su teléfono, supongo que se preguntará desde cuando sabemos de la existencia de las sirenas. La verdad es que desde hace varios años. Logramos un acuerdo con su especie; ellas nos ayudan a vigilar nuestra soberanía bajo el agua y nosotros no interferimos con su forma de vida, ni su sociedad. Hace unos años nos percatamos de la desaparición de varias de ellas, pero no le dimos mayor importancia; ahora sabemos, gracias a usted, que habían sido tomadas prisioneras, por los mismos que secuestraron a nuestros compatriotas; se explayó el Director.

-La alianza con esa especie es estratégica para la seguridad de nuestro país; así es que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para rescatar ilesas a todas las sirenas y a nuestros compatriotas también comisario; dijo el Director.

-Desde ahora el alto mando se encargará de todo. Recuerden que esto es un secreto de máximo nivel. Pueden retirarse; terminó el Director, dirigiéndose al Prefecto López y a su hija.

Alejandro se alegró de ver a la sirena que lo había ayudado. Cuando no había nadie cerca, ella se acercó y tomando las manos de él, depositó en ellas el medallón de Roxana. Primero la sorpresa, después la alegría se apoderaron de la mente del hombre; la sirena se estaba arriesgando mucho por él y él lo agradecía enormemente. La criatura volvió a su puesto de guardia justo a tiempo para no ser vista por un hombre acuático que se acercaba.

El Director de la ANI citó a una reunión urgente a los personeros más importantes y necesarios para enfrentar la delicada situación. En tres automóviles separados llegaron los implicados. Francotiradores estaban apostados en todos los edificios aledaños. La seguridad era extrema; ya que había convocado al Almirante en Jefe de la Armada, al Almirante Comandante de la Flota, al Ministro de Defensa y en forma extraordinaria a Su Excelencia El Presidente de La República. Cuando todas las altas autoridades estaban reunidas junto a él, el Director de la ANI ordenó sellar el salón hasta nueva orden.

-Señor Presidente, Señor Ministro, Señores Almirantes; los he citado en forma urgente y extraordinaria porque nuestros agentes han descubierto una situación que afecta directamente a la seguridad nacional y pone en riesgo nuestra soberanía y nuestras alianzas estratégicas. Frente a ustedes tienen informes detallados.
Después de leerlos, el primero que habló fue el Ministro de Defensa. -¿Pretende burlarse de nosotros y de Su Excelencia El Presidente de La República, señor Director?

-Señor Ministro, lo que menos hace la Agencia Nacional de Inteligencia es jugar bromas. Cada uno de los antecedentes que ahí se menciona son ciento por ciento reales; gruñó el Director.

-Pero sirenas, es imposible; seguía sin dar crédito el Ministro de Defensa.

-Las sirenas son nuestros aliados estratégicos a los que se refiere el señor Director; aclaró el Almirante en Jefe.

-De hecho fui yo quién ordenó el establecimiento de dicha alianza en mi anterior período presidencial; confesó el Presidente de La República.

-La información que disponemos indica que hay cien sirenas y veinte humanos cautivos de quince humanoides acuáticos; los cuales los obligan a extraer un metal que si cae en manos enemigas, nuestra capital tendría que ser trasladada hasta la Antártica, porque perderíamos todo el territorio nacional. A las sirenas las obligan a vigilar a los humanos en una prisión submarina. La vigilancia en tierra la realizan los quince humanoides hostiles; los cuales deben llevar cascos fuera del agua, ya que no pueden respirar aire; eso les hace fáciles de identificar. Los hostiles están armados con bastones que lanzan un pulso que provoca un intenso dolor, inutilizando a su víctima; no sabemos si además tengan efecto letal, pero debemos suponer que sí.

-Nuestra primera prioridad es detener la extracción del metal; opinó el Ministro de Defensa.

-Debemos, en lo posible, liberar a todos los prisioneros; dijo el Almirante en Jefe. -Si permitimos que sirenas mueran en nuestras aguas territoriales, nuestra alianza con ellas se podría ver afectada.

-Tampoco debemos olvidarnos de nuestros compatriotas; comentó el Presidente de La República.

-Se requiere una acción coordinada en superficie y profundidades para asegurar el éxito de la misión; opinó el Almirante en Jefe de la Armada.

-Uno de los Scorpene puede encargarse de las acciones submarinas; mientras que una fragata de clase 23 es apropiada para un ataque de superficie rápido y preciso; y una unidad de desembarco y asalto se encargará del rescate de los rehenes en la isla; en cuanto a las sirenas, podemos ponerlas sobre aviso en la forma habitual, para que evacuen la zona cero antes del ataque; planteó el comandante de la flota.
-Muy bien Almirante; desde este momento usted queda al mando de las operaciones de rescate y neutralización, teniendo carta blanca; dijo el Presidente al comandante de la flota.

-Muy bien Su Excelencia; yo mismo asumiré el mando de la fragata, para poder coordinar en terreno las operaciones; respondió el aludido.

En una noche cercana desde un bote tiran al agua una bolsa plástica con una baliza señalizadora; en su interior escrito en una tela plástica un mensaje en un extraño idioma. A los pocos minutos, una mano membranosa se apodera de la bolsa. Las sirenas habían sido informadas de los planes de rescate de los prisioneros. El mensaje corrió de boca en boca hasta que todas las sirenas cautivas fueron puestas sobre aviso. El momento del rescate había sido informado a todas; los humanos atacarían en el momento establecido en forma puntual; todos los prisioneros debían alejarse lo más posible de la construcción enemiga. El ataque era inminente y los humanos no se detendrían; la cuenta atrás ya había comenzado.

Días después, durante una noche oscura sin luna, varias figuras silenciosas, sigilosas llegaban en el agua hasta la orilla de la isla. Una unidad de asalto de la armada tomaba posiciones de combate, en las inmediaciones de la mina de metal. Cargas explosivas fueron colocadas ocultas en el ascensor que comunicaba con la prisión. No se permitiría el regreso a las instalaciones submarinas.

A cincuenta kilómetros de ahí el Almirante en Jefe de la Flota, en el puente de mando de la fragata, ordena cargar las coordenadas de la isla en las computadoras de combate. Inmediatamente, las baterías lanza misiles se apuntan hacia el lugar señalado.

A dos mil quinientos metros de la siniestra prisión submarina un submarino clase Scorpene permanece oculto en modo de navegación silenciosa; su sonar furtivo tiene localizado su objetivo.

Los trabajos de extracción del metal comienzan temprano al amanecer. Los veinte esclavos son llevados por sus captores hacia la mina. El comandante de la unidad de asalto identifica a los quince captores armados de extraños bastones.

Alejandro cansado deja caer por accidente su herramienta; molesto un guardia levanta su bastón para castigar su torpeza. El golpe se demora y nunca llega; las piernas del hombre se doblan y Alejandro lo ve caer silenciosamente con un puñal clavado en la base de la nuca. Una sombra y una mano en su boca le impiden hablar. Frente a él un soldado le indica con un dedo en la boca que guarde silencio y se oculta junto con el cadáver.

El capitán aprieta un botón en su reloj; informando mediante una señal al submarino y a la fragata que el ataque ha comenzado.

Una violenta explosión destruye el acceso al ascensor; la confusión y el desorden se apoderan de todos. Los guardias se ponen en alertas ante el ataque. Una mujer ve a uno de los soldados y apunta hacia él, haciéndolo caer retorciéndose de dolor; ella misma cae a su vez con el pecho atravesado por varios impactos de bala. Tanto soldados, como prisioneros y secuestradores se parapetan detrás de las rocas, para protegerse de los ataques de los otros. Los seres acuáticos cambian la posición de disparo en sus bastones. Trozos de rocas saltan por el aire al ser tocadas por las descargas de las extrañas armas.

Uno de los soldados es alcanzado por una descarga y lanzado fuerte al suelo. El médico corre a revisarlo. -Capitán, está muerto; informa a su jefe.

Los extraños están muy bien resguardados y sus armas son muy poderosas. El capitán toma la decisión más lógica al respecto. -Solicite apoyo a la fragata; ordenó al radioperador. Mientras tanto un soldado marca con un laser la posición exacta de los enemigos. A cincuenta kilómetros de ahí, el Almirante ordena el lanzamiento de un misil Harpoon contra el blanco fijado. A los pocos segundos sobre la isla se divisa un punto que se aproxima rápidamente hacia ella. En medio del fragor de la batalla, solo cuatro hostiles logran percatarse y alcanzan a lanzarse al mar por el acantilado que había a unos cuantos metros del lugar donde estaban.

La enemiga posición revienta en una bola de fuego bajo la explosión del proyectil lanzado por el buque de guerra. Cuerpos destrozados y equipo es lo único que queda luego del impacto de un proyectil conocido como el Asesino del Mar.

Veloces nadan los cuatro extraños sobrevivientes del ataque; les llama la atención el hecho de que no haya ninguna sirena en las cercanías de la base, pero no hay tiempo que perder preocupándose de eso. Lo único que importa ahora es poder llegar a uno de los vehículos de emergencia.

-Fuego torpedos uno y tres, ordenó el capitán del submarino. Dos Black Shark se acercaban silenciosos e imparables contra la base submarina.

Los cuatro fugitivos apresurados encienden los impulsores del submarino de emergencia, justo cuando la siniestra construcción revienta en mil pedazos tras el impacto de los dos torpedos.

-Capitán, un submarino enemigo está escapando señor; informa el operador de sonar.

-Persíganlo, no permitan que escape; ordenó el capitán. -Disparen torpedos dos y cuatro. Implacables como tiburones siguiendo un rastro de sangre, los proyectiles persiguieron y a los pocos minutos parten a la mitad a la nave enemiga.

En la isla los soldados piden transporte para llevar de vuelta a tierra a los recién rescatados prisioneros. En maletines especiales almacenan los bastones y distintos objetos que llevaban los extraños; especial atención prestan al casco y al líquido que contenía. Todo lo cual fue posteriormente transportado a las instalaciones de la ANI.

Tras tres semanas internados en el Hospital Naval, bajo estricto control de agentes de la ANI; las víctimas del secuestro fueron dadas de alta, tras ser sometidas a un completo lavado de cerebro para hacerles olvidar la existencia de las misteriosas sirenas. Todos; excepto a Alejandro, por petición especial del Prefecto López.

Roxana trataba de readaptarse al hecho de haber recuperado a su pareja tras una experiencia que nadie creería si la escuchara o si leyera estas páginas.

-Quiero que conozcas a alguien; dijo la mujer a Alejandro, mientras dirigía su automóvil hacia una bifurcación cerrada por una valla en un paso bajo nivel de la capital.

Mientras tanto, en el mar nada libre una sirena, que lleva gustosa en su cuello el medallón que una vez perteneciera a una humana que conoció poco antes de recuperar su libertad.

 

Pueblo chico 9 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

Pueblo Chico

-Al fin llegamos; dijo Francisco  al resto de la familia. -Este es nuestro nuevo hogar.

Aunque había sido una decisión que habían tomado los cuatro, Juana y Jorge no estaban muy convencidos aún de que este pequeño pueblo lejos de la ciudad sería suficiente para ellos; al fin y al cabo, habían dejado atrás su colegio, sus amigos y toda la diversión que había en la capital. Sin embargo, el papá y la mamá decían que era mejor vivir en un pueblo pequeño que en una ciudad grande, ruidosa, llena de humo y con una delincuencia en aumento.

Mireya se sentía como una niña con vestido nuevo. Siempre había deseado vivir lejos de la ciudad.

-Bueno familia, esta es nuestra nueva casa; dijo ella.

La propiedad era una casa de cuatro habitaciones, un gran living, una sala que mamá utilizaría para poder pintar, y una biblioteca qué papá usaría de estudio. Aunque era más grande que el departamento en el que vivían en la ciudad, algo le faltaba según los niños. En el pueblo no había discoteques, cines y mucho menos un centro comercial.

En una semana Juana y Jorge ya se habían integrado socialmente en el único liceo del pueblo.

-¿Qué tal el liceo?; preguntó Francisco a sus hijos.

-Está bien; contestó Juana.

-Lo más entretenido son las cosas que cuentan de la bruja; agregó Jorge.

-¿Qué bruja?; consultó curiosa Mireya.

-Dicen que una tal Miranda es una bruja que hace hechizos, sacrificios y cosas por el estilo; contó Juana, repitiendo lo que le habían contado.

-Al menos algo entretenido tiene este pueblo; opinó Jorge.

-¿Qué más dicen de esa tal Miranda?; quiso saber Francisco.

-Bueno, que es una vieja fea, que vive en la última casa de esta calle y que desde que llegó a vivir al pueblo pasan cosas raras; continuó Juana.

-Lo más raro son las desapariciones que ha habido desde que llegó; siguió Jorge.

-¿Y ustedes creen todos esos cuentos?; les preguntó Mireya.

-Claro que no mamá, pero al menos sirve para entretenerse un poco; rió Juana.

Los días pasaron y sin nada mejor que hacer, la vieja Miranda se convirtió en el tema favorito de los niños.

-Te desafío a ir a la casa de la bruja; dijo un día Jorge a Juana.

-¿Crees que soy una niñita que se asusta con cuentos?; respondió desafiante Juana.

Los dos hermanos se acercaron sigilosamente a la casa; la puerta estaba junta así es que pudieron entrar sin problema. Las cortinas cerradas conferían un aire sobrenatural al ambiente en penumbras del interior. Juana se quedó pegada ante una de las murallas de la sala de estar; varios diplomas de distintas universidades colgaban de ella. En eso estaban cuando la puerta de calle se cerró de golpe a sus espaldas.

Asustados se volvieron y quedaron mudos de la impresión al ver la silueta de una mujer parada frente a ellos, que se acercaba lentamente.

-No deberían entrar sin permiso en una casa ajena; les reprendió la mujer.

-Disculpe señora, nosotros solo…; Juana no terminó de hablar porque la mujer la interrumpió.

-Sí, lo sé, vinieron a ver cómo es la casa de la vieja bruja; dijo la mujer caminando hasta un punto donde daba la luz del sol, mientras se acomodaba su negro y ondulado cabello.

La luz alumbró completamente a la recién llegada. Los niños quedaron impresionados por su aspecto; ante ellos tenían a una mujer de unos treinta y cinco años cuando mucho, de cabellera negra y ondulada, delgada y de un rostro muy agradable. En vez de una vieja bruja, a Jorge le pareció más una actriz de cine o televisión.

-Lo sentimos mucho señora, no teníamos ningún derecho a entrar a su casa; se disculpó Jorge.

-Es cierto, no tenían ningún derecho; repitió la mujer.

-¿Ustedes no son de aquí, verdad?; interrogó ella.

-Llegamos hace dos semanas a vivir al pueblo; respondió Juana.

-Y supongo que querían comprobar personalmente si era verdad lo que cuentan de la bruja; concluyó la mujer.

-Sí, algo así; contestó avergonzado Jorge.

-Al menos deberían decirme sus nombres por respeto; dijo ella.

-Él es Jorge y yo soy Juana; presentó la niña.

-Yo me llamo Miranda; se presentó a sí misma la mujer.

-¿Y qué les ha parecido la bruja?; preguntó sarcástica.

-¡Yo no creo en brujas!, ¡Ni yo!; contestaron ambos niños.

-¿Acaso no conocen el dicho “Yo no creo en brujas, pero de haberlas las hay”?; les preguntó Miranda.

-¡Ja!; rió Jorge.

Juana volvió a mirar los marcos colgados en la pared. -¿Qué son esos?; preguntó.

-Son diplomas de mis estudios. Las brujas debemos estudiar mucho; contestó la mujer. -Vengan, les voy a mostrar la cueva donde hago mis hechizos y pócimas; los invitó mientras habría una puerta que permanecía cerrada con llave.

Los niños entraron algo nerviosos; cuando Miranda encendió la luz, se maravillaron. En un escritorio había una computadora; largos mesones estaban llenos de matraces, redomas, tubos de ensayo, mecheros, balanzas, equipos electrónicos y dos microscopios; en unas jaulas había algunos conejos, con gráficos y datos a su lado.

-Pero si esto es como un laboratorio; exclamó Jorge mientras miraba por uno de los microscopios.

-Es increíble, dijo Juana mientras miraba los números que aparecían en la pantalla de la computadora.

-En realidad sí es un laboratorio; dijo Miranda, mientras de un colgador tomaba una blanca bata en la que se leía Doctora Miranda Cortez; Facultad de Ciencias; Universidad de Madrid.

-¿Es una científica?; preguntó emocionada Juana.

-¿Y qué investiga?; quiso saber Jorge.

-De a uno niños; trató de controlar la lluvia de preguntas que veía venir. -Sí, soy científica; estoy investigando nuevas anestesias sacadas de plantas que crecen en esta región. Supongo que es porque  junto plantas y cazo conejos que los niños de los alrededores creen que soy bruja; meditó para sí misma.

-Sí, es que en los pueblos chicos la gente es muy supersticiosa; dijo Juana.

-Supersticiosa y tonta; agregó Jorge.

-Bueno niños, sus padres ya deben estar preocupados por ustedes; observó Miranda viendo la hora en un reloj en la pared.

-Es cierto; notó Juana.

-¿Podemos venir otra vez?; preguntó Jorge.

-Cuando quieran, pero pídanle permiso a sus padres; consintió la mujer.

-Derecho a casa y pórtense bien, o la bruja los va a ir a buscar; dijo Miranda, poniendo cara de mala.

Todos rieron de buena gana y se despidieron con un gesto de la mano.

Durante los siguientes días, después de terminar sus deberes escolares, Juana y Jorge se iban a casa de Miranda; donde ella les contaba de sus experimentos y les enseñaba algunas cosas de ciencias; lo cual redundó en un aumento en las notas de los niños en matemáticas y ciencias; y eso tenía contentos a los papás de ellos. Una tarde pasó Francisco a buscar a sus hijos a casa de la científica.

-Hola, tú debes ser Francisco, el papá de estos listos muchachitos; saludó Miranda.

-Hola, sí, soy yo. Vaya, no eres el tipo de bruja que esperaba encontrarme precisamente; contestó él a modo de saludo.

-Voy a tomar eso como un cumplido; contestó ella jugando con su cabello.

Esa noche Francisco soñó con Miranda, pero prefirió no comentárselo a nadie.

Las noches siguientes los sueños se repitieron y fueron aumentando de intensidad. En uno de ellos, Francisco se veía caminando en medio de la noche y entrando en la casa de la mujer, cuya puerta se cerraba tras él.  Durante todas las noches de esa semana ese sueño se repitió.

La lluvia de los últimos días había formado un gran barrial en la calle. Mireya estaba de muy mal humor; alguien había entrado en la noche con los pies llenos de barro. Siguiendo  las pisadas, encontró los zapatos de Francisco sucios.

-¿Dónde fuiste anoche?; preguntó Mireya a Francisco.

-¿Yo?, no he salido a ninguna parte; contestó él.

-Mira tus zapatos y el suelo; le mostró Mireya.

-Pero no entiendo; no recuerdo nada. Lo único es que llevo una semana soñando que salgo a caminar en la noche; respondió él.

-¿Sonámbulo?; conjeturó Mireya.

-No creo,…no lo sé…; contestó confundido Francisco.

-Creo que es necesario consultar un médico; sugirió Mireya a su esposo.

El diagnóstico del médico indicó que Francisco estaba padeciendo de un caso de sonambulismo provocado por estrés; nada serio ni difícil de controlar con unos cuantos calmantes.

Extrañamente, los niños que siempre habían sido tranquilos y obedientes, se empezaron a tornar agresivos y muy rebeldes. Esta alteración de comportamiento, Mireya la asoció al cambio de ambiente y de rutina que implicaba el cambiar de pueblo, colegio y amigos; y esto también podía explicar el estrés y sonambulismo de Francisco.

Juana y Jorge llegaron sin aviso a casa de Miranda; era cerca de las diez de la noche. La puerta estaba abierta, el laboratorio cerrado; la dueña de la casa no parecía encontrarse en ella. Al final del pasillo, los niños escucharon voces que venían desde un sótano que no sabían que existía; curiosos empezaron a bajar las escaleras. Lo que vieron les pareció sacado de una película; parada junto a una mesa de piedra estaba Miranda, empuñando un cuchillo sobre el pecho de una joven inconsciente; un gran caldero hirviendo, un pentagrama gravado en el suelo, la estatua de una especie de demonio a la cabecera de la mesa y las antorchas que iluminaban lo que parecía ser una caverna, conferían a la escena un aire surrealista. Al percatarse de la presencia de los niños, la puerta del sótano se cerró y la hoja del cuchillo se clavó en el corazón de la mujer; justo en ese instante el contenido del caldero se agitó violentamente y los ojos de la estatua se iluminaron; el cabello de Miranda se mecía movido por un viento inexistente.

-Creo que han descubierto mi pequeño secreto niños; habló la bruja.

Los niños estaban aterrados; las habladurías que circulaban por el pueblo en torno a la bruja eran ciertas. No sabían cuánto tiempo había pasado, de pronto la puerta del sótano se abrió y con paso lento, Juana y Jorge vieron descender a su padre por la escalera, el cual parecía estar dormido.

-Esta noche va a ser muy especial; dijo Miranda. -Gracias a ustedes hoy tendremos tres sacrificios más para ofrecer al señor de las tinieblas.

Sin poder resistirse, Juana caminó hacia la mesa de piedra, que ahora estaba extrañamente vacía y se acostó en ella. La bruja levantó el cuchillo y cuando estaba por clavarlo en el corazón de la niña, la puerta del sótano se abrió de golpe y el puñal voló de su mano. La hechicera miró hacia la puerta abierta.

-¡Mireya!, ha pasado mucho tiempo desde la última vez; saludó Miranda.

-Veo que has cambiado tu nombre Kasandra; contestó a modo de saludo la madre de los niños, que yacían inconscientes.

-Ya sabes que la gente sospecha cuando una no envejece; contestó Kasandra.

-Me temo mucho que no podré permitir este sacrificio querida hermanita; dijo Mireya.

Ante un gesto de Kasandra el puñal voló hacia Mireya, pero éste se desvió y clavó en una pared  antes de tocarla. Kasandra fue lanzada lejos por un gesto de Mireya. De igual forma, Kasandra derribó a la madre de los niños. El contenido del caldero hervía con violencia en medio de la batalla de las dos brujas.

-Lo siento mucho hermana, pero no saldrás viva de aquí; ni tu familia tampoco; amenazó la bruja Kasandra. Una esfera de luz salió del anillo de Kasandra y voló hacia Mireya, que aún se encontraba en el suelo, quien levantando una mano, la cogió y apagó en su palma.

Sin que Mireya se percatase, Francisco tomó el puñal que había quedado clavado en el muro y se dirigió con él en alto  por detrás de su esposa. Cuando estaba a punto de clavárselo en la espalda, la bruja se volvió y en un gesto instintivo puso  la mano por delante y Francisco fue lanzado contra la pared, quedando sin sentido.

-Ya te lo dije Kasandra, no permitiré este sacrificio; dijo Mireya furiosa poniéndose de pie y avanzando se paró en el centro del pentagrama. -Recuerda que solo puede haber una bruja en un pueblo.

Levantando los brazos al aire, las llamas de las antorchas volaron por toda la cueva y empezaron a girar alrededor de Kasandra y ante un gesto de Mireya, como si aplastara algo en el aire, éstas golpearon a Kasandra, envolviéndola en llamas.

Los gritos de dolor de la bruja llenaron la cueva; el caldero hervía con fuerza y los ojos de la estatua fulguraban intensamente.

-Ya te lo dije hermana, solo puede haber una bruja por pueblo; repitió Mireya.

Francisco y los niños fueron despertados en sus camas por las sirenas y luces de los bomberos que acudían a apagar el incendio en la casa de la científica Miranda Cortez.

En su mano derecha Mireya lucía el viejo y extraño anillo que su madre le regalara hace años.

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