Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

La Cueva Del Lobo 30 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

La Cueva Del Lobo

Por primera vez en toda su historia, desde que sus habitantes se aventuraron a las estrellas, el planeta Tierra había decidido establecer relaciones diplomáticas con otro mundo.

En el centro del poder gobernante del planeta Korex, el embajador polipotenciado de La Tierra intercambiaba opiniones y puntos de vista con su similar korexiano.

-Es un hecho realmente memorable que las rutas de navegación de las naves exploradoras de ambos mundos hayan coincidido; celebró Rantar, Primer Ministro  del Consejo Korexiano.

-El encuentro de ambos planetas abre expectativas inimaginables y que nos beneficiarán mutuamente, señor ministro; agregó el embajador Rinardi del planeta Tierra.

-Sobre todo teniendo en cuenta que ambos planetas se hallan en  extremos opuestos de la galaxia; opinó Rantar.

-Comparto su entusiasmo señor ministro; asintió el diplomático terrícola.      -Utilizando los portales hiperespaciales pronto podremos establecer un intercambio comercial mutuamente fructífero.

-Así lo espero señor embajador; aceptó el Ministro Rantar.

-No imaginábamos que otra civilización hubiese desarrollado la capacidad para viajes hiperespaciales; comentó Vandor, jefe del alto mando militar korexiano.

-La verdad es que recién estamos dando los primeros pasos; explicó Rinardi. -Aún estamos muy lejos de la capacidad alcanzada por vuestra civilización.

-Tal vez eso se pueda solucionar con los acuerdos de intercambio cultural y comercial que nos atañen señor embajador; opinó Rantar.

-Estoy muy entusiasmado al respecto señor ministro; asintió Rinardi.

-¿Qué opina Vandor?; preguntó Rantar al militar, cuando el embajador terrícola se hubo retirado.

-Ni siquiera nuestros niños son tan inocentes e ingenuos; observó Vandor.

-Por lo que me ha comentado el embajador Rinardi, el planeta Tierra es muy rico en una gran cantidad de recursos naturales y biodiversidad; indicó Rantar.

-Nunca está de más contar con una reserva extra; opinó maliciosamente Vandor.

-Aunque quede al otro extremo de la galaxia; agregó el gobernante korexiano.

-Ya todo está preparado señor ministro; informó el  militar.

-Entonces procedamos; autorizó Rantar.

En medio de la noche un destacamento armado irrumpió en las dependencias ocupadas por el embajador Rinardi. El secretario y a la vez guardaespaldas del diplomático terrícola intentó repeler el ataque con una pistola que llevaba oculta, pero fue acribillado sin ninguna misericordia.

A rastras Rinardi fue conducido ante Rantar y Vandor, como un vulgar delincuente, sin tener en ninguna consideración su alto rango.

-¿Qué significa esto señor ministro?; exigió saber Rinardi. -Estos soldados han asesinado a mi asistente y me han apresado.

-Terminemos con esta farsa señor embajador; dijo Vandor. -Su civilización no tiene nada que ofrecer a la nuestra. Si hemos sido amables con usted es solo por el interés que los recursos naturales de su planeta ha despertado en nosotros.

-Como usted generosamente nos entregó las coordenadas exactas del planeta Tierra, ya no tiene ningún valor para nuestro gobierno; agregó hipócritamente el Ministro Rantar.

-Mi gobierno no permitirá semejante afrenta; gruño el humillado diplomático de La Tierra. -Tenga por seguro que…. El embajador Rinardi fue callado de golpe por un fulminante disparo en la cabeza.

La vida en La Tierra seguía su rutina de siempre, ajena a la amenaza que se cernía sobre ella, desde más allá de las estrellas. Una rutina a la que todos se habían acostumbrado durante siglos de devenir en un mundo estructurado.

Más que miedo, fue desconcierto lo que provocó que dos cruceros de combate korexianos ingresaran al sistema solar con intenciones hostiles. Sin embargo, la  sorpresa inicial dio paso a millones de años de evolución de instintos guerreros que albergaban en sus genes los terrícolas.

Todas las defensas orbitales fueron apuntadas contra las naves enemigas; descargando la furia de su poder contra ellas; sin embargo, los korexianos eran guerreros natos y no se detenían ante nada cuando entraban en combate.

Saliendo de las profundidades del cosmos una nave nodriza terrícola se unió al combate contra los invasores. La suerte estaba sellada y la contienda solo podía tener un ganador. Las detonaciones y disparos hacían temblar todo el sistema solar, pero la lucha era desigual.

Las defensas planetarias terminaron por ceder. No obstante las naves defensoras no retrocedían.

Finalmente todo terminó; un vencedor y un perdedor era el resultado de la batalla en el espacio.

A la deriva, sin energía, la nave nodriza terrestre era remolcada por los cruceros korexianos. Como un trofeo de combate dedicado a sus gobernantes, la nave terrícola corría la misma suerte que otras tantas naves de otros tantos mundos caídos.

-Los cruceros que destruyeron las defensas de La Tierra están arribando y traen como trofeo una nave terrícola; informó Vandor al consejo korexiano.

-Excelente, que preparen la invasión final; ordenó Rantar.

En eso una violenta detonación estremeció entero el edificio del gobierno.

-¿Qué está ocurriendo?; preguntó alarmado  uno de los consejeros.

-Señor, nuestras propias naves nos están atacando; informó corriendo un soldado.

-Esto es obra de los terrícolas; concluyó Vandor. -Que neutralicen esas naves inmediatamente.

-Imposible señor, son cruceros de asalto; indicó el soldado.

Los disparos de ambas naves no discriminaban ningún blanco en particular, no respetando ni a civiles.

-Señor  la ciudad está bajo ataque; informó Vandor. -Deben evacuar inmediatamente el gobierno.

-¿Cómo es esto posible?; preguntó incrédulo Rantar.

-Los terrícolas deben haberse apoderado de nuestras naves y nos atacan en forma traicionera; opinó Vandor.

-Derriben inmediatamente esas naves; ordenó Rantar, totalmente fuera de sí por la furia.

La destrucción causada por el alevoso ataque era aterradora; la gente huía despavorida en las calles tratando de escapar de los disparos y de los edificios que caían. La cantidad de muertos causados por el bombardeo era difícil de precisar.

Ambas naves, que ya se hallaban en la atmosfera, comenzaron a balancearse al perder su sustentación antigravitatoria, para finalmente terminar cayendo al ser anulados sus motores y armas vía control remoto.

El alivio de los korexianos se esfumó en un santiamén cuando las compuertas de los cruceros se abrieron. Con horror los ciudadanos vieron descender a sus compatriotas, o lo que quedaba de ellos, con implantes mecánicos que les daban más una apariencia de máquinas programadas para matar sin compasión a quien se pusiese en su camino. Junto a ellos decenas de bestias biomecánicas se desplegaron por doquier, llevando la muerte en sus armas y mandíbulas de metal.

El pánico se apoderó de todo el mundo; si bien los soldados biomecánicos avanzaban sin ninguna prisa, confiando en la certeza de sus disparos, los “perros” daban caza rápidamente a todo quien tratase de escapar, mostrando la fiereza y poder de sus mordedura que todo lo rompía.

En la órbita del planeta la nave terrícola encendió todas sus luces y se estabilizó, apoyando con sus armas la carnicería que provocaban en la superficie las tropas de asalto.

-La nave terrícola está totalmente operativa; observó Rantar con el rostro cubierto de sudor. -Todo era una trampa y caímos en ella.

-Desde ella controlan a esos monstruos; observó Vandor. -Debe ser destruida cueste lo que cueste.

Varias naves despegaron para atacara a la traicionera nave terrícola; sin embargo, algunas ni siquiera lograban elevarse de sus rampas, alcanzadas por los disparos de la nave atacante. Las que pudieron salir de la atmósfera descargaron sin piedad sus armas sobre la nave terrícola, pero sus defensas eran fuertes y sus armas devastadoras.

La estación de combate de defensa planetaria de Korex activó su impresionante arsenal de proyectiles balísticos, mientras disparaba varias ráfagas de energía contra la nave terrícola.

Parte del casco de la nave nodriza fue golpeado directamente por uno de esos rayos; inmediatamente todas las armas fueron apuntadas contra ese punto vulnerable.

Una gran bola resplandeciente iluminó todo el firmamento, al estallar los motores cuánticos cuando el proyectil la alcanzó. La estación espacial desapareció de la órbita korexiana, golpeada por un proyectil salido de la nada.

El hiperespacio se abrió dejando salir a otra nave nodriza similar a la anterior, escoltada por tres destructores estelares.

Los monitores y pantallas de todo el planeta mostraron una única imagen. Un alto oficial con la bandera del planeta Tierra a su espalda les habló con una voz carente de rasgos emocionales.

-Korexianos, les habla el Almirante Petersen de la Flota Imperial Terrestre; se presentó el oficial terrícola. -Antes de continuar con esta inútil batalla, por favor dirijan su atención al quinto planeta de su sistema solar. Las pantallas mostraron una panorámica en tiempo real del sistema planetario korexiano.

Desde uno de los destructores terrícolas un gigantesco proyectil surcó el espacio a una vertiginosa velocidad hacia el quinto planeta. Una bola de fuego cubrió todo ese mundo, al tiempo que su superficie se fracturaba por todas partes, dejando escapar el líquido contenido de su núcleo, para terminar finalmente estallando en cientos de pedazos que se dispersaron por el espacio.

-¡Criminales!; gritó el Ministro Rantar. -Había dos millones de habitantes en ese planeta.

-Nunca debieron atacar el planeta Tierra; respondió el Almirante Petersen.

-¡Desgraciados!; rugió Vandor.

-Ahora les ordeno que se rindan inmediata e incondicionalmente ante el Imperio Terrestre; mandó el terrícola.

-Eso nunca; respondió Vandor, dominado por la rabia y la impotencia.

-Todas nuestras armas están apuntando al núcleo de Korex; agregó Petersen.

-Ustedes también morirían en la explosión; rebatió Rantar.

-Nuestra tecnología es mucho más avanzada que la de ustedes, podríamos saltar fácilmente al hiperespacio antes de la detonación; respondió el terrícola. -¿Se atreven a averiguarlo?

-No sería capaz de asesinar a miles de millones de inocentes; trató de razonar el  Ministro Rantar.

-¿Qué me lo impide?; respondió triunfante Petersen.

-Está bien, nos rendimos; aceptó el abatido mandatario. -Pero por favor le ruego que perdone a la población civil.

-Se lo prometo señor ministro; respondió el oficial terrícola. -Una cosa más, inhabiliten inmediatamente todas sus armas y naves de combate y destruyan enseguida todas sus bases militares.

La pantalla se apagó, dejando a todos sumidos en un silencioso sepulcral. El orgulloso gobierno del planeta Korex se había dejado llevar por la apariencia bonachona e inocente del embajador del planeta Tierra; sin embargo, en la confianza está el peligro y ahora se enfrentaban a una inminente aniquilación.

-No podemos hacer eso; objetó Vandor. -Quedaríamos totalmente indefensos ante los terrícolas.

-Ya lo estamos; observó cabizbajo Rantar. -Que destruyan todas las armas y bases militares; ordenó el gobernante. -Esa es la única forma de salvar a nuestro pueblo.

Rantar se había tenido que tragar su propio orgullo, pensando en el bien mayor de salvar la vida de los inocentes, que nada tenían que ver con las decisiones buenas o malas de sus gobernantes.

-El desarme se ha cumplido señor almirante; avisó Rantar. -Nos rendimos, pero por favor respete la vida de los civiles.

-Se lo prometo señor ministro; contestó Petersen, desde el puente de mando del destructor insignia, cortando en seguida la comunicación.

-Comuníquenme con las naves nodrizas; ordenó el oficial a un soldado.

-Aquí el Almirante Petersen. Despliéguense inmediatamente por todo el planeta y erradiquen toda forma de vida inteligente; ordenó a las naves invasoras. -Procedan según el protocolo acostumbrado.

Cientos de aviones terrícolas despegaron de las naves nodrizas, comenzando un devastador bombardeo en todas las ciudades de Korex. Unidades terrestres comenzaron a recorrer las calles para hacer más patente la ocupación. Los soldados biomecánicos se dispersaron buscando sobrevivientes y los perros fueron liberados, llevando la desesperación, el terror y la muerte entre sus quijadas.

Otro mundo había caído bajo la bota de hierro del Imperio Terrestre. Los korexianos aprendieron de la peor forma posible que nunca hay que entrar a la cueva de un lobo a molestar a sus habitantes; y eso fue precisamente lo que hicieron sus gobernantes. Fueron a desafiar a los lobos de la galaxia directamente a su madriguera y eso los condenó al olvido, junto a tantos otros mundos olvidados, desde que los terrícolas invadieron las estrellas.

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La Modelo 27 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

La Modelo

-Esta es la dirección; dijo para sí misma la joven.

Era una suerte que recién egresada hace un mes de la escuela de modelos, la hayan llamado para el casting para el comercial de una nueva línea de lencería de una afamada marca. Vestida con su mejor tenida y portando un archivador lleno de fotografías suyas, tocó el timbre del despacho ubicado en el cuarto piso de un antiguo edificio del centro. Sin ascensor y con largos pasillos mal iluminados, no tenía ningún letrero ni logotipo en su puerta. Supuso que, como le habían contado, las agencias que hacían los casting no tenían oficinas fijas y en cambio arrendaban una cuando la necesitaban.

Una recepcionista de mediana edad le abrió la puerta con una sonrisa.

-Hola, me citaron a un casting a las once; dijo la joven a la mujer.

-Pasa, llegaste temprano, eres la primera; la invitó la mujer. -Todavía no llega nadie.

-A quién madruga Dios le ayuda; respondió la joven citando el viejo refrán.

-Así es, tienes razón; asintió la mujer. -Mientras, por favor llena esta ficha con tus datos personales.

Las murallas estaban decoradas sin mucho estilo con varias fotografías en blanco y negro. Estaba la recepción más unas cuantas puertas cerradas. La oficina parecía ser muy grande, a juzgar por la separación de las puertas del pasillo.

Ninguna otra modelo llegaba, lo que llenaba de esperanzas a la joven. Cerca de las once y veinte, una mujer de unos cuarenta años, acompañada de un hombre llegó casi corriendo.

-Hola, disculpa el atraso, es que se alargó una reunión con el cliente. -Vaya, ¿no ha llegado nadie más?; preguntó a la recepcionista.

-Solo esta señorita; respondió ella.

-Bueno, déjame revisar tu ficha y te llamo enseguida para que nos conozcamos mejor; dijo la mujer, que parecía ser la encargada de la selección.

Después de algunos minutos de tensa espera la mujer hizo pasar a la joven a su oficina.

-Veo que recién egresaste de la escuela de modelaje; dijo la mujer.

-Sí, hace un mes; contestó algo nerviosa la joven.

-Por lo visto no tienes mayor experiencia; comentó el hombre, con una máquina fotográfica colgando del cuello.

-Bueno, la verdad es que no; respondió inquieta la joven. -Salvo mi práctica.

-¿Tienes fotos?; preguntó la mujer.

-Sí, claro; respondió la joven pasándole su portafolio.

-Mmm; opinó el hombre. -Parece que le agradas a la cámara.

-Gracias; contestó la joven a lo que parecía un alago.

-Sin embargo me gustaría ver fotos frescas. ¡Desnúdate!; ordenó la mujer.

-¿Perdón, cómo dijo?; preguntó confundida la joven.

-Que te desnudes; repitió la mujer. -Recuerda que esta es una campaña para una línea de ropa interior.

-Sí, claro; respondió la joven, que se sentía como una tonta y la novata que era.

-Quédate con brassier y braga solamente; pidió el hombre.

-¡Magnífica!; exclamó la mujer. -Permíteme la cámara a mí; pidió al fotógrafo.

-¡Estupenda!; dijo ella mirando a través del lente fotográfico. -Tu piel parece porcelana y capta muy bien la luz y la sombra. Tu figura parece haber sido esculpida a mano; decía la mujer, captando cada ángulo del cuerpo de la joven, que lucía una radiante sonrisa, ahora al sentirse tan elogiada.

-Puedes vestirte; ordenó la mujer, pasando la cámara a su compañero.

-A mí me parece bien; dijo él mirando de arriba abajo a la chica. -Pero necesitamos entrevistar a más postulantes.

-Creo que no; opinó la mujer. -Querida, tú y yo podemos hacer grandes negocios si te interesa.

-¿Quiere decir que tengo el trabajo?; preguntó ella mientras se abotonaba sin apuro su blusa.

-Claro que sí, pero tendrás que firmar un contrato exclusivo, por al menos un año con nuestra agencia de modelos; contestó la mujer. -¿Qué dices, te interesa?

-¡Sí!, por supuesto; respondió emocionada la joven.

-Señorita, por favor traiga un contrato de trabajo por un año a nombre de la joven que está con nosotros; ordenó a la recepcionista.

A los pocos minutos el hombre, que había ido a la otra habitación, volvió con dos sobres.

-Aquí tienes una copia de las fotografías que te sacamos, otra es nuestra; dijo entregándole uno de los sobres a la modelo.

Tras revisar el contrato de cinco hojas, la joven aceptó la pluma fuente que le tendió la mujer. Por un tonto descuido, al recibirla se pinchó un dedo con su punta; una roja gota de sangre cayó sobre el papel ensuciando el contrato.

-¡Oh, disculpe!, manché el contrato; dijo afligida la muchacha.

-Descuida, firma tranquila, vamos a suponer que este pacto se selló con sangre; bromeó la mujer.

La joven sonrió nerviosa y estampó su firma al final del contrato por triplicado.

-Entonces, nos vemos mañana mismo a las nueve; dijo la mujer recibiendo la copia del documento manchada con sangre. -Y no es necesario que vengas vestida de manera formal.

La joven estuvo todo el día revisando el catálogo de la ropa interior que debería modelar. Las prendas eran tan lindas que sacaban varias expresiones de exclamación de ella.

Al otro día estaba media hora antes en la oficina de la agencia de modelos, practicando en el espejo del baño distintas expresiones.

Cinco minutos antes de la hora acordada la mujer llegó sola a la oficina.

-Hola querida. Mi fotógrafo tuvo que llevar a su mujer de urgencia al médico, creo que se rompió una pierna; explicó ella. -Pero yo saco fotografías muy buenas también.

-¿Te parece si empezamos con este conjunto?; preguntó a la joven mostrándole un brassier y bragas de encaje negro.

-Sí claro; aceptó la modelo.

La ropa interior realzaba toda la belleza y juventud de la muchacha, la cual fue capturada en cada fotografía hábilmente tomada por la mujer.

-¡Eres magnífica!; la alabó ella. -Juntas vamos a arrasar el mercado de la moda.

-¿En serio lo cree?; preguntó la joven.

-Claro que sí, llevo años en esto y tú eres una delicia para los ojos; opinó la mujer sin dejar de apretar el obturador de la cámara.

-Aun no es seguro, pero una prestigiosa marca europea me encargó que hiciera un catálogo de alta costura. -¿Te interesaría?; peguntó la mujer.

-¿Es en serio?; preguntó emocionada la joven modelo. -Si yo no tengo experiencia.

-Tienes un porte y desplante muy distinguido y natural; contestó la mujer.    -La  experiencia se gana paso a paso.

-Pues claro que me interesa; respondió la joven.

Después de varias horas de incesantes fotografías, la modelo se sentía muy cansada, pero muy contenta y emocionada.

-Bueno querida, es suficiente por hoy; terminó la mujer. -Ve a descansar y nos vemos mañana a las nueve.

Cuando la joven se hubo vestido y se disponía a marcharse la mujer la detuvo.

-Espera, falta el pago por esta sesión; dijo ella pasándole un cheque.

-Tiene que haber un error; observó la joven. -Esto es demasiado.

-Tú vales mucho más; aclaró la mujer. -Juntas vamos a ganar mucho dinero.

La joven modelo estaba impresionada y emocionada a más no poder; en sus manos tenía un cheque con más del doble de dinero ganado en un mes el último verano y por trabajar solo unas cuantas horas.

Tras darse una larga ducha se sentó frente a su tocador a peinarse y ponerse crema facial. -Vaya, ¿qué tenemos aquí?; dijo tomando un cabello y sacándolo. -¡Una cana!

-Parece que realmente agota este trabajo; opinó mirando su rostro un poco cansado. -Nada que una siesta y una crema no puedan arreglar.

Al otro día la jefa ya había llegado y tenía todo preparado para una sesión de fotografía tipo glamour, con un sillón rojo, una mesa de centro y cortinas de gasa.

Era todo como un juego, así es que las horas pasaron volando para la modelo; si no hubiese sido por el dolor articular y muscular que empezó a molestarla, no se habría dado cuenta del cansancio.

Tras una ducha tibia y un vaso de leche con un relajante muscular se durmió plácidamente. Una máscara facial en rostro y párpados debería borrar las ojeras que le habían aparecido.

Al otro día la mujer llegó justo a las nueve y la hizo pasar a la oficina.

-Mandé las primeras fotos al cliente y están fascinados; explicó la mujer.      -Están tan encantados contigo que quieren que seas su modelo y rostro oficial de campaña este año. ¿Qué te parece?

-¡Es increíble!, no sé qué decir; exclamó la joven.

-Di que sí y hagámonos famosas; dijo la mujer con una sonrisa. -Pero bueno, trabajemos. ¿Sabes sacar fotografías?

-Solo con cámaras automáticas; respondió la modelo.

-Hoy vas a aprender a sacar fotografías profesionales; dijo la mujer mientras desabrochaba su blusa y se quitaba la falda. -Yo  seré tu modelo.

A pesar de sus cuarenta y tantos años, la mujer se veía bien, claro que se notaba en la textura de su piel y en la firmeza de sus músculos su edad; al fin y al cabo los años pasan y no pasan en balde.

La joven se sentía incómoda con la cámara, le costaba enfocar y usar la luz en forma manual.

-Solo deja de pensar en la cámara como una herramienta; aconsejó la mujer. -Vela  como una extensión de tu mente y tus ojos.

La mujer posaba muy bien; debía haber sido modelo cuando joven.

A pesar de todo, la modelo se sentía muy cansada cuando llegó a casa. Su piel se sentía levemente menos tersa y encontró otras canas en su cabello.

Durante la semana siguiente las sesiones fueron muy cansadoras, pero eran las últimas. El día viernes la jefa le entregó un grueso catálogo del cliente.

-Tu primer trofeo; dijo la mujer sonriendo. -Ahora nos vamos a celebrar  y en la tarde siguen tus clases de fotografía.

De vuelta del restaurante y después de varios tragos, la jefa comenzó a posar, mientras la muchacha la fotografiaba. Su piel a través de la lente se veía tersa y lozana, muy distinta de la anterior sesión; sus músculos estaban firmes y tonificados. Podía ser tal vez por el alcohol ingerido, pero la jefa se veía veinte años más joven.

-No quisiera ser indiscreta; dijo la joven. -¿Pero estás aplicándote algún tratamiento rejuvenecedor?

-La verdad es que sí; respondió la mujer.

-Lo que es yo, me siento cansada y dolorida, como si tuviera más de cincuenta años; se quejó la muchacha.

-Debe ser el exceso de trabajo; opinó la mujer. -Esta vida agota y no es solo brillo, luces y ropa bonita como piensa la gente.

Después del baño la joven, como todas las tardes se sentó frente  a su tocador; sin embargo, esta vez casi no se reconoció. Su pelo estaba lleno de canas, sus ojos rodeados por un par de ojeras se veían cansados y coronando su demacrado rostro, cuatro líneas cruzaban su frente y su piel se notaba marchita. Esto tal vez era normal por el cansancio y las largas sesiones; sin embarga, lo que más le molestaba  era el dolor punzante que sentía en sus manos y rodillas.

Para distraerse la joven modelo tomó el manual de la cámara fotográfica que le había obsequiado su jefa. Debió alejarlo bastante de sus ojos para poder leerlo. La máquina le estaba dando un poco de problemas, porque de pronto se encendió sola y no podía apagarla; en algún lado debía tener un interruptor, pero no daba con él. Por lo visto, sin proponérselo tendría grabado un video de ella esa tarde, hasta que se apagó sola.

Finalmente cansada, la muchacha se fue a la cama. En el velador la cámara se encendió nuevamente sola y filmó a la joven mientras dormía. Al otro día se levantó con mucho dolor en los huesos y fue a ver a un médico. Éste, después de revisar los resultados de los exámenes, a ella misma y la ficha con sus datos, habló despacio.

-¿Su edad es veinte años señorita?; preguntó el facultativo.

-Diecinueve, aun no cumplo veinte; corrigió la joven.

-Bien, los exámenes indican que entre otros problemas, usted está sufriendo descalcificación general, así como desgaste e inflamación en sus articulaciones. Los resultados indican que usted padece osteoporosis y artritis reumatoide; explicó el médico.-¿Algún antecedente en su familia o algún pariente cercano la sufre?

-Ninguno; respondió la muchacha.

-Ayer no pude leer bien; comentó al doctor.

-Me parece que es presbicia; dijo el médico.

-Pero doctor, eso da después de los cuarenta años y yo no tengo ni veinte; contestó ella.

-De hecho su edad biológica, en este momento, es de cerca de sesenta y cinco años.

-Pero eso es imposible doctor; alegó la joven. -¿Está diciéndome que de la noche a la mañana me volví vieja?

-En casos muy extraños eso puede ocurrir; contestó el médico. -¿Ha estado expuesta a algún tipoi de radiación últimamente?; preguntó el facultativo.

-No que yo sepa; contestó la muchacha mientras gruesas lágrimas corrían por su rostro.

Agotada la abatida joven se fue a su casa y se tendió a descansar en su cama. Cansada se durmió y soñó con pasarelas y sesiones de fotografías; después de unas horas de un sueño reparador se levantó y preparó su comida.

Los medicamentos para el dolor que le dio el médico algo le ayudaban a soportarlos, pero se sentía sin fuerzas ni ánimo.

-¡Vaya que dura la batería de la cámara!; exclamó al ver encendida la máquina fotográfica.

Se volvió a dormir y apenas pudo levantarse al despertar; sus piernas estaban débiles y sus músculos se sentían y veían flácidos. Sin tener a nadie más  a quién recurrir, decidió llamar a su jefa.

-Hola, estoy enferma, por favor ven; la llamó con voz temblorosa.

A la media hora la mujer tocaba el timbre y la demacrada y adolorida joven le salió a abrir.

-¿Hola, qué tienes?; preguntó a la muchacha.

-No lo sé, el doctor dice que estoy envejeciendo muy rápido y sin motivos aparentes; explicó la joven. -Me duelen los huesos, estoy muy débil y me cuesta ver.

-Debe ser solo cansancio y una gripe; opinó la mujer. -Yo te veo igual de joven.

-¿En serio?; preguntó la muchacha.

-Pero claro; asintió la mujer. -No hay que creerle a los doctores.

-Supongo que tienes razón; aceptó la joven.

-Vamos, te ayudo a acostarte y te preparo una taza de té; ofreció la mujer.

Con cuidado arropó a la muchacha en la cama. Sus ojos se posaron en la cámara fotográfica que estaba en el velador y la tomó en sus manos con una sonrisa. Picaronamente la mujer le sacó una fotografía.

-Pronto nos reiremos de esta foto; dijo a la joven.

-Tómate este té, el líquido caliente te va a hacer sentir bien; le pasó la taza a la joven.

La infusión pasaba agradable por su garganta, produciéndole un leve sopor; sus ojos comenzaron a cerrarse y finalmente se durmió. La mujer puso nuevamente la cámara fotográfica en el velador y dejó a la muchacha durmiendo, para luego marcharse.

Cuando la joven despertó estaba confundida, ya que no sabía cuánto tiempo había dormido. El somnífero que la mujer puso en el té la había tenido sumida por varios días en un profundo sueño. Al intentar levantarse sus piernas fueron incapaces de sostenerla; como pudo logró sentarse en la silla del tocador. Ojala que no hubiese logrado hacerlo.

Sentada frente a ella, una anciana la miraba con ojos lánguidos; una anciana a la que nunca antes había visto, pero a la que reconoció inmediatamente. Sus temblorosas manos se acercaron despacio para tocar su arrugado y marchito rostro y su pelo blanco.

Se preguntaba por qué le estaba pasando esto. Si su frágil memoria no la engañaba, todo comenzó cuando empezó a trabajar en la agencia de modelos. Miró su velador y vio la cámara fotográfica encendida; siempre encendida, sin que su batería se agote nunca. Apoyándose en la mesita del tocador llegó hasta él y tomó la máquina. Sentada en el borde de la cama vio asombrada las fotografías que la cámara había tomado en forma automática. Una a una mostraba la secuencia en que, en el curso de pocas semanas, había pasado de una joven veinteañera a una anciana de noventa años.

Con lentitud se vistió, no porque lo quisiera, sino porque cada movimiento era terriblemente doloroso. Recordó que en el closet tenía un bastón que había comprado para un disfraz y que ahora de verdad sería su apoyo.

Pidió un taxi por teléfono y se dirigió a la oficina de la agencia de modelos. Los peldaños de las escaleras del viejo edificio parecían interminables. Agotada llegó hasta el cuarto piso y arrastrando los pies despacio llegó hasta la puerta sin nombres donde estaba aquella agencia donde todo empezó o mejor dicho donde todo terminó.

Después de un rato la recepcionista abrió la puerta.

-¿En qué le puedo ayudar señora?; preguntó amablemente sin reconocerla.

-Necesito hablar con la jefa; dijo la anciana. -Es sobre una de sus modelos que está muy enferma.

-Sí, claro, pase por favor; aceptó la secretaria.

Desde la oficina se escuchaban voces y risas, incluida la de alguien muy joven. Lo más rápido que sus cansadas piernas le permitieron se dirigió hacia allá.

La jefa de la agencia de modelos se veía bella y radiante, luciendo la apariencia de una muchacha de no más de veinte años.

-¿Qué me has hecho maldita?; se lanzó la anciana sobre la mujer. La adolescente que junto a su madre acompañaba a la dueña de la agencia, alcanzó a afirmarla cuando se le cayó el bastón y perdió el equilibrio.

-¡Abuela!; exclamó sorprendida la mujer. -¿Qué haces aquí?, ¿dónde está tu enfermera? La voy a despedir por descuidarte y dejarte sola.

-Por favor disculpen, es que mi abuelita no ha estado muy bien últimamente; dijo con cara de pena.

-No te preocupes; contestó la madre de la muchachita. -Hay que tener paciencia con las personas mayores.

-Es cierto; respondió la joven. -Pero volvamos a lo nuestro. ¿Ya firmaste el contrato?; preguntó a la jovencita, que no tenía más de quince años.

-Sí, aquí está firmado; dijo la niña emocionada pasándole los papeles manchados con una gota de sangre.

-¡No!; fue lo único que dijo la anciana antes de que la mujer la acompañara tiernamente hasta la salida, pero una vez allí la sacara de un empujón.

Al otro día, tirado en la calle encontraron el cadáver de una anciana de edad muy avanzada que había fallecido durante la noche. Las únicas identificaciones que llevaba consigo pertenecían a una joven de veinte años. Tal vez había robado la billetera o la había encontrado; podría haber sido también de alguna nieta; ¿quién podría saberlo? Era una anciana más de tantos indigentes que mueren anualmente en las calles de la ciudad.

Un forense de buen corazón se apiadaría de ella y le querría dar una identidad. Ni siquiera se podía imaginar la sorpresa que se llevaría al revisar sus huellas digitales.

 

Herencia 14 noviembre 2017

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Herencia

-Hace tiempo que debíamos habernos tomado estas vacaciones; comentó Javiera a Enrique, quien conducía el lujoso todoterreno camino a la casa de verano que tenían en la precordillera.

-Es cierto, pero recuerda que yo siempre insistía para que lo hiciéramos; respondió él, con la vista fija en el camino.

-Lamentablemente no es tan fácil delegar la dirección de todas las empresas; observó con toda naturalidad Javiera, quien era la única heredera de una de las fortunas más grandes del país y si es que no del continente, dueña de tantas empresas que casi no las recordaba fácilmente a la primera.

-Tal vez esta sea la oportunidad para pensar en tener un heredero; opinó Enrique.

-Voy a estudiar su propuesta; contestó sonriendo ella, como si hablase con uno de sus asesores de negocios.

La luz de la luna permitía divisar la casa desde el camino, aunque más correcto era hablar de una mansión enclavada en medio de los cerros.

-Al fin llegamos; comentó Enrique estacionando el vehículo frente a la puerta principal.

-Que espectacular, dos semanas sin saber de negocios, ni pleitos, ni nada; respondió Javiera con placer en la voz.

Aunque no iban seguido a la propiedad, un empleado se preocupaba de que el refrigerador y la alacena estuviesen bien abastecidos y todo correctamente limpio y ordenado.

-¡Impecable!; opinó Enrique. -Como siempre José ha dejado todo perfecto.

-Recuérdame aumentarle el sueldo; comentó Javiera.

Desde temprano la pareja se dispuso a disfrutar de la gran piscina y de la tranquilidad de la soledad. El agua fresca, la brisa suave y el sol tibio de la mañana acariciaban la dorada piel de la millonaria, mientras Enrique hablaba con alguien por celular desde dentro de la casa.

-¿Un jugo?; ofreció él a su esposa, besándola en el cuello.

-Gracias, precisamente iba a buscar uno; aceptó ella.

Era tal la calma del lugar que claramente escucharon un vehículo que se estacionaba en la entrada.

-No lo puedo creer; reclamó algo contrariada Javiera.

-¿Alguien sabía que vendríamos?; preguntó Enrique.

-Nadie; contestó ella.

Una llave se introdujo en la puerta y las risas de una pareja que entraba risueña llegaron hasta la piscina.

Pilar se quedó inmóvil al ver a su jefa y amiga parada frente a ella, luciendo un diminuto bikini.

-Javi, Enrique, disculpen no sabíamos que estaban ustedes aquí. Como me diste un juego de llaves y me dijiste que viniera cuando lo deseara, yo….Mejor nos vamos; dijo Pilar a Diego, el abogado de Javiera.

Después de pasada la sorpresa, con una sonrisa Javiera se encogió de hombros.

-Es culpa mía Pili, tu eres mi asistente personal y debí avisarte que vendríamos; contestó ella a su amiga.

-¿Hace mucho que andan juntos?; preguntó Enrique a Diego pasándole una lata de cerveza.

-Bueno, la verdad es que nosotros solo somos amigos; se defendió éste.

-Sí, cómo no; insistió burlón Enrique.

-Te encanta meterte en la cama de los demás; reprendió con una sonrisa Javiera a su marido  mientras guiñaba un ojo de complicidad a su amiga.

-Ya váyanse a poner traje de baño y métanse a la piscina, es una orden; bromeó la millonaria.

-No quisiéramos molestar; titubeó tímidamente el abogado.

-Oh no te preocupes, la casa es bastante grande para los cuatro y la piscina también; lo tranquilizó la millonaria.

-En ese caso; agregó Pilar desabotonando su blusa y luciendo el bikini que ya llevaba puesto.

-¡Vaya!, ya andabas preparada; observó embobado Enrique.

-Soy una asistente eficiente y siempre lista; respondió ella.

-Creo que necesitas enfriarte un poco; dijo Javiera vaciándole un jarro de agua con hielo en la cabeza a su marido. Ante la cara de vergüenza de Enrique, los tres amigos largaron a reír.

-Ya pues señor abogado, estoy esperando a que se saque los pantalones; ordenó con una sonrisa Javiera.

-Yo puedo ayudarte; le ofreció Pilar desabrochándole el cinturón a su acompañante.

-Puedo solo gracias; contestó Diego tratando de mantener la compostura.

-Si quieres te ayudo yo; agregó Enrique cerrándole un ojo.

-Gracias pero prefiero a Pilar; respondió el abogado.

-No sabes lo que te pierdes; insistió Enrique lanzándole un beso con los labios.

Los tres se retorcían de risa a costa del abogado, el que volvió a los pocos minutos.

-¡Abogado!, por lo visto gasta todo su sueldo en gimnasios; observó Javiera admirando la bien formada musculatura de Diego. -Desde ahora se va a trabajar sin camisa; dijo ella relamiéndose los labios.

-Un momento, yo lo vi primero; alegó Pilar abrazando a su amigo por la espalda y posando sus manos en su firme abdomen.

El paisaje era realmente alucinante bajo la blanca luz de la luna llena; el ambiente era incitante e insinuante  a la vez, invitando a tomarse unos tragos sumergidos en las burbujeantes aguas del yacusi junto a la piscina.

Ya bien entrada la noche ambas parejas se retiraron a sus respectivas habitaciones en medio de risitas y cuchicheos. Entre sueños Javiera giró y buscó con su mano el cuerpo de su marido; al no hallarlo se despertó y vio que estaba afuera  hablando con Diego y Pilar. Aunque aguzó el oído no pudo entender de qué hablaban; movida por la curiosidad se levantó y dirigió a la piscina.

-¿Pasa algo?; preguntó ella a los demás en medio de un bostezo.

-Estábamos discutiendo de un proyecto que se le ocurrió a Enrique; contó Diego.

-¿En serio?; quiso saber Javiera. -¿De qué se trata?

-Bueno, es un pequeño negocio que te estaba preparando y quería regalártelo para tu cumpleaños; explicó Pilar.

-Grandioso, estropearon la sorpresa; reclamó Enrique.

-¿Y qué sería?; preguntó curiosa Javiera.

-Es una florería pequeñita y muy tierna que Enrique quiere comprarte; aclaró Pilar.

-Qué lindo eres; opinó Javiera. -Siento haberte echado a perder la sorpresa.

-No hay problema, siempre que pongas cara de sorprendida cuando te entregue las llaves; aceptó Enrique.

-Bueno, ya que todo se aclaró propongo que nos vayamos a dormir; sugirió Diego.

Javiera hasta el otro día se durmió con una sonrisa en los labios, su marido no dejaba de demostrarle su amor.

Todo el día lo pasaron relajándose en la piscina y bromeando de todo. Realmente esto es lo que los cuatro amigos necesitaban, alejados del frío mundo de los negocios y del dinero. La noche era la hora del yacusi. Ese era el regalo perfecto para cerrar el día.

-Permiso; pidió Javiera. -Debo ir al tocador.

Cuando iba de regreso a la piscina, la millonaria al pasar frente al escritorio sintió una curiosidad casi infantil por saber más detalles del nuevo proyecto de su marido.

-Este debe ser; supuso Javiera tomando una carpeta del cajón del antiguo escritorio de ébano.

Los ojos de ella se abrían cada vez más a medida que leía cada página, no pudiendo dar crédito a lo que veía. Pensando que se trataba de un borrador de un nuevo proyecto se encontró con un nuevo testamento en que Enrique figuraba como único heredero de ella, firmado por Diego como abogado y por ella y debidamente legalizado ante notario.

-¿Pero qué diablos es esto?; se preguntó en voz alta con el ceño fruncido.

Junto a los documentos encontró una reserva de avión a su nombre a Europa con fecha de hace dos días atrás.

Indignada se levantó con los papeles en la mano, dispuesta a encarar a los sinvergüenzas de su marido y su abogado. Al llegar a la biblioteca se topó de cara con ambos.

-¿Me pueden explicar qué significa todo esto?; preguntó furiosa a los dos hombres.

-Tranquila, no es lo que parece; trató de explicar el abogado.

-¿Crees que soy estúpida acaso?, aquí falsificaron mi firma; estalló Javiera. -¿Y esta reserva de avión?

-Vamos cielo, no lo hagas más difícil; pidió Enrique apuntándole con una pistola.

-No creas que te saldrás con la tuya tan fácilmente; lo desafió ella.

-Yo creo que sí. Nadie sabe que estamos aquí y nadie te echará de  menos ya que en este momento estás paseando por Europa y el avión en que regreses va a sufrir un lamentable accidente; dijo triunfante Enrique.

-¿Pero por qué?; preguntó Javiera.

-Dinero, muchísimo dinero; respondió fríamente su marido.

-Pero a ti no te falta nada; observó apenada ella.

-No me gusta estar viviendo de tu limosna y sometido a tus caprichos; respondió Enrique.

-¿Y vas a dispararme aquí acaso?; respondió desafiante Javiera.

En un momento en que Enrique bajó la vista, ella aprovechó de lanzarle un florero, golpeándole en la cara. A causa del golpe la pistola se le cayó de la mano y Javiera se apoderó de ella, encañonando a  ambos.

-No se muevan malditos; ordenó ella mientras tomaba un teléfono y comenzaba a marcar el número de la policía. -Ahora los dos se van a secar en la cárcel.

La vista de Javiera se nubló de golpe y su cuerpo inconsciente cayó al piso.

-Lo siento mucho querida; dijo Pilar empuñando el candelabro con que acababa de golpear la cabeza de su amiga.

La cabeza le dolía intensamente cuando recobró la consciencia. Ya no se encontraba en la casa; la jalaban por uno de los faldeos cordilleranos.

-Desgraciados, no se saldrán con la suya; gritaba Javiera. -Me  las van a pagar muy caro.

-Grita todo lo que quieras, aquí nadie te oirá; contestó Pilar.

-Llegamos, aquí es; señaló Enrique deteniéndose frente a la entrada de una mina abandonada.

-Vamos dispárale; ordenó la mujer a Enrique.

-¿Y dejar una bala fácil de rastrear?; objetó éste.

-Entra ahí; dijo Diego empujándola al interior de la mina.

-Aquí nadie te encontrará nunca; comentó Enrique arrojando un cartucho de dinamita al interior, el que selló para siempre la entrada del socavón, cuyas rocas aplastaron a Javiera.

Los tres asesinos celebraban su crimen perfecto. Pilar se besaba con ambos hombres sin que nadie se lo pudiese impedir, mientras ellos limpiaban todos los rastros de la pelea.

Poco a poco Javiera recobró el conocimiento, cuando trató de moverse se dio cuenta de que estaba aplastada por varias toneladas de roca. Recordó todo lo que había pasado esa noche y no lograba entender cómo es que aún se encontraba con vida; sin embargo, sabía que pronto moriría. Le dolía todo el cuerpo y el aire era muy escaso.

A pesar de que la cueva había quedado totalmente sellada, la oscuridad no era absoluta. Una extraña luminiscencia azulosa iluminaba con tonos sobrenaturales su tumba de piedra. Por el piso brillantes cristales azules parecían moverse hacia ella, acercándose a su cuerpo sangrante y agonizante. Con su mano temblorosa tomó y apretó algunos de aquellos cristales que parecían tener vida propia y dejó escapar por última vez el aire de sus pulmones.

El cadáver de Javiera yacía sepultado bajo varias toneladas de roca, en su tumba iluminada por ese extraño mineral radioactivo que había dado lugar a varios mitos que alguna vez ella había escuchado en la zona y que hablaban de extrañas luces azules y apariciones fantasmagóricas en los cerros cercanos, pero a los que nunca les había dado importancia.

-Pronto amanecerá; observó Diego. -Es mejor que nos vayamos.

-Yo me iré a la noche, para que nadie me vea; opinó Enrique. -Ustedes quédense aquí y hagan como que vinieron a descansar aprovechando que Javiera está en Europa; aconsejó a sus cómplices. -Sigan con el plan y pronto seremos asquerosamente ricos.

El automóvil del asesino se internó en la noche en camino a la ciudad, dando un paso más en el crimen perfecto. Pilar y Diego se quedaron en la mansión de la montaña dándose la vida de ricos que tanto ambicionaban.

-¿Cómo me veo?; preguntó la mujer luciendo uno de los finos vestidos de la difunta millonaria y varias de sus joyas.

-Pareces toda una reina; respondió Diego admirando los diamantes del collar que llevaba su pareja.

La luna iluminaba los roqueríos y quebradas cordilleranas, solo el viento se movía entre los riscos. Un fantasmagórico resplandor azul manaba de entre las rocas como relataban las viejas leyendas de los arrieros.

Un leve temblor, un deslizamiento de piedras por otro lado; un crujido de rocas al caer era el ruido sordo que se escuchó por un instante; la montaña crepitó como si una tumba se hubiese abierto. Bajo la luz de la luna, entre las rocas una mano se asomó; una mano distinta a otras manos, una mano que brillaba con luz propia, con un resplandor azuloso, una mano fría y dura, traslucida y cristalina.

Luego un brazo, luego otra mano; finalmente la tierra se abrió. Un cuerpo, una persona,….tal vez en otro tiempo, pero ahora ya no; una mente fría como el cristal que la contenía, guiada por un odio intenso, profundo, por una promesa de venganza lanzada en la noche, una fuerza que no podía ser contenida sino con la muerte de sus asesinos.

Sabía dónde debía dirigirse, no había planes complicados de venganza. Su gélido pensamiento le indicaba que solo debía localizar y matar, nada más importaba y no le molestaba ninguna duda. Ahora era todo tan simple.

Se levantó en toda su altura, miró las estrellas e inhaló hondo el frío  aire cordillerano, pero sus pulmones no se dilataron, no sintió como de costumbre el aire entrar por su nariz y cruzar por su garganta. Una vez más lo intentó, pero sintió su pecho rígido; lo tocó con sus manos y lo sintió duro, frío. No podía respirar, no podía estar viva y sin embargo lo estaba. Miró sus manos y con estupor notó que podía ver a través de ellas y de esa luminiscencia azul. Despacio llevó sus dedos a su rostro. El contacto fue impersonal, como si con guantes de cristal tocase una escultura de cristal; sin tacto, sin sensaciones, un rostro frío, anguloso y duro. El rose de los dedos produjo un zumbido parecido al que se oye al rosar el borde de una copa con agua.

Trató de gritar, pero su garganta no se movió, se concentró un poco más pero lo único que logró fue emitir un agudo sonido que nunca había escuchado. Un animal corrió asustado a esconderse, las rocas crujieron nuevamente ante la aguda vibración que perforó la noche.

Dio un paso vacilante, sus piernas estaban rígidas y pesadas. Caminó despacio al principio, más rápido después. Aprendía a moverse nuevamente, insegura como un niño que aprende a caminar; paso tras paso su confianza aumentaba, su andar se tornó seguro, su paso firme.

No sentía dolor, no sentía cansancio. Sabía que no debería estar viva, sin embargo lo estaba y continuaba su avance inexorable y decidida.

No tenía problemas para orientarse, ni dificultades para ver en la noche, ya que la oscuridad se apartaba a cada paso que daba. De pronto le pareció tan natural la luz que emanaba de su cuerpo que se preguntó cómo no la necesitaba antes. Ese pensamiento le hizo cierta gracia y trató de sonreír, pero sus labios no se movieron siquiera; no había flexibilidad en sus rasgos, pero tampoco la había en su objetivo. Mataría a quienes la habían traicionado y nada ni nadie lo podría impedir.

Las luces de la mansión ya estaban a la vista y se acercaban más y más. Nadie la vio entrar; se ocultó un rato tras unos árboles, luego se dirigió a la piscina esperando poder encontrar allí a los asesinos. La piscina estaba vacía, pero escuchó risas venir de la casa; se acercó hasta una ventana y con rabia vio a Pilar y Diego jugando en su cama.

-Ahhh; gritó Pilar al ver la figura en la ventana.

-¿Qué pasa?; preguntó el hombre.

-Vi a alguien que nos observaba; respondió agitada la mujer.

Diego se levantó a mirar por la ventana pero no vio a nadie.

-No hay nadie; dijo a Pilar. -Tiene que haber sido un reflejo de la piscina.

-Es posible, se veía como con un brillo azuloso; meditó la mujer. -Por un momento me pareció que era Javiera.

-Ella está muerta, bajo toneladas de rocas y nunca la encontrarán; calmó Diego a la mujer.

-Supongo que estoy un poco nerviosa; aceptó Pilar.

-Ya se te pasará cuando empieces a gastar todos esos millones de dólares; le dijo el abogado mordisqueándole suavemente una oreja.

Al rato, ambos cansados se durmieron abrazados. Un ruido de algo que cayó despertó a la pareja.

-Hay alguien más en la casa; dijo Pilar asustada.

-Quién quiera que sea no va a salir vivo de aquí; comentó amenazante Diego tomando la pistola que había dejado sobre el velador.

Despacio ambos se dirigieron al escritorio, de donde provenía un extraño resplandor azul. Un grito de terror escapó de la garganta de Pilar al ver la brillante figura que avanzaba lentamente hacia ellos.

-¡Javiera!; gritó la mujer, reconociendo los rasgos de la muerta en el rostro de la cosa que la sujetaba del cuello y la levantaba sin esfuerzo en el aire.

Una bala en el hombro de la cosa produjo un ruido de vidrio al ser golpeado, pero no le causó daño alguno. Con rabia la extraña mujer arrojó a Pilar al suelo y centró su atención en el abogado, el que disparaba sin ningún resultado todas las balas de su arma sobre la cosa esa que avanzaba sin inmutarse siquiera hacia él.

Aterrado Diego salió huyendo de la casa, dejando sola a Pilar con la criatura que  la miraba con sus cristalinos ojos cargados de odio.

-¿Por qué estás tan asustada amiga?; preguntó con una voz aguda y chirriante la mujer de cristal. -Soy yo Javiera, tu amiga.

-Discúlpame, yo no quería, Enrique me obligó; se intentó disculpar Pilar. -Yo no quería que murieras.

-Pero yo no estoy muerta; contestó Javiera con su voz vidriosa. -Claro que ahora que lo recuerdo, ustedes tres sí me asesinaron.

Pilar estaba tan aterrada que se hallaba al borde del colapso nervioso. A tropezones salió corriendo del escritorio, por el amplio pasillo de la mansión.

-¡No huirás de mí!; gritó con voz tan aguda Javiera que un espejo se rompió en mil pedazos frente a la mujer.

Pilar como hipnotizada a causa del miedo, veía avanzar el azul resplandor fantasmal que acompañaba al cuerpo de la extraña. Con la espalda pegada a la muralla, no podía ya alejarse de esa cosa que estaba cada vez más cerca de ella.

-¿No eras tan valiente cuando me mataste?; preguntó Javiera con su desagradablemente aguda voz.

-Por favor no hables más; rogó Pilar, llevándose las manos a los oídos para protegerlos de ese terrible sonido.

-¿No te gusta mi voz acaso?; preguntó la extraña agudizando un poco más su voz.

-Me duele; lloró Pilar.

Los labios de Javiera se separaron un poco más y por ellos escapó un chillido tan agudo que casi resultaba imperceptible. En medio de un grito de dolor, los oídos de Pilar comenzaron a sangrar, escurriendo hilos de sangre por entre sus dedos. El dolor era tan intenso que cayó de rodillas ante la extraña, quien se agachó junto a ella.

-Disculpa, no pretendí hacerte tanto daño; dijo Javiera, acariciando con su fría mano el rostro de Pilar.

Dos delgadas líneas rojas se marcaron en la mejilla de la mujer, deslizándose dos gotas de sangre por ella.

-Lo siento, creo que sin querer te corté con mi mano; se excusó Javiera.      -Parece que mis uñas cortan como vidrio. Bueno, por lo visto si son de vidrio; dijo pasando un dedo por la otra mejilla de Pilar.

El motor del auto de Diego que intentaba escapar interrumpió la situación en que se encontraba la mujer.

-Creo que tu amiguito quiere irse sin ti; dijo la extraña a la mujer. -Voy a hablar con él, espérame que vuelvo pronto; dijo Javiera poniéndose de pie.

Caminando hacia él Diego vio a la extraña mujer, cuyo cuerpo brillaba como un gran prisma despidiendo rayos de colores al ser tocado por las luces del automóvil. Pisando el acelerador hasta el fondo, lanzó el vehículo hacia adelante con la intensión de embestir a la extraña.

El golpe fue como si el vehículo hubiese chocado contra un muro de concreto, quedando totalmente aplastado por delante; con un golpe en la frente Diego intentó poner marcha atrás para escapar de ahí.

Con paso firme, como si nada la hubiese golpeado, la extraña se acercó a la puerta del conductor, cortando el vidrio con una de sus uñas y empujándolo con su puño duro como una piedra.

-¿Dónde crees que vas?; preguntó Javiera con su voz hiriente como cientos de agujas afiladas.

Abriendo lentamente sus labios dejó salir un grito tan estridente que todos los vidrios del vehículo estallaron. Sonido que dejó de ser perceptible por el oído humano; los oídos de Diego comenzaron a sangrar y la sangre a correr por su rostro. Las manos de él se crisparon sobre su cabeza, cuando ella forzó aún más su voz. En medio de un grito desgarrador de dolor, la cabeza del abogado estalló en pedazos, desparramando su contenido en todo el interior del automóvil.

La extraña se dirigió con paso calmado hacia la casa, donde se encontraba Pilar inconsciente tirada en el pasillo. Mareada por el terror la mujer pudo ponerse de pie, justo cuando por debajo de una puerta vio el resplandor azul que nuevamente venía hacia ella. Quería huir, pero su atacante venía por la única vía posible de escape; sin saber qué hacía, corrió hacia el otro extremo del pasillo, solo para terminar topándose con una pared.

La extraña se acercaba lentamente hacia ella, al fin y al cabo ya no había prisa.

-Adiós Pilar, no me olvides; dijo la mujer, despidiéndose de la que en otra época creyó su amiga.

Lentamente se alejó por el pasillo caminando hacia el jardín. Pilar apoyada en la pared apretaba su cuello, tratando de impedir que su sangre abandonase su cuerpo por el corte que con una de sus uñas Javiera hiciera en él. La vista se le oscureció y sus  piernas por fin se doblaron, cayendo de bruces al piso en medio de un gran charco de sangre.

La extraña mujer buscó por todas partes en caso de que Enrique se hubiese ocultado intentando escapar de su venganza. Después de revisar toda la casa se convenció de que él no estaba en ella. Por último revisó en el garaje, como última opción. Tendido en el suelo, con un disparo en la frente, yacía tirado el cadáver de José, el joven cuidador.

Movida por un extraño impulso cargó en sus brazos el cuerpo sin vida y se dirigió con él hacia los cerros. La luna acompañaba su marcha fúnebre. El extraño resplandor azul avanzaba por entre las rocas, siempre rodeando a la mujer.

El suelo estaba cubierto de pequeños cristales azules que comenzaron a moverse cuando la mujer depositó su cargamento en él. Lentamente los cristales se acercaron al cadáver; una extraña luminiscencia azul lo envolvió completamente por un rato.

Durante una hora la mujer estuvo contemplando con su rostro inexpresivo la transformación que experimentaba el cuerpo del hombre.

Poco a poco las rígidas extremidades de él comenzaron a cobrar vida; lentamente se puso de pie mientras la mujer observaba su cristalino cuerpo, frío, brillante y similar al de ella.

-¿Recuerdas qué pasó?; preguntó ella con su voz aguda y vibrante con un tono metálico.

El hombre trató de hablar, pero de su garganta solo surgió un zumbido agudo que hizo vibrar algunas rocas. Intentándolo nuevamente logró articular unas pocas palabras.

-Sí, me dispararon, pero no entiendo, ¿por qué no estoy muerto?; habló él con un  tono chirriante en la voz.

-No lo sé; contestó la mujer. -A mí también intentaron matarme.

-¿O tal vez lo lograron?; dijo ella mirando sus manos de cristal.

-¿Qué nos ocurrió?; preguntó intrigado él.

-Creo que obtuvimos la oportunidad de cobrar venganza; opinó ella.

-¿Sabes quién soy yo?, o debo decir ¿quién era yo?; preguntó ella al extraño hombre.

-Sí te reconozco, a pesar de que ambos hemos cambiado completamente; contestó él.

-Debemos vengarnos de quien nos traicionó; dijo la extraña.

-Eso será fácil; opinó él. -Solo debemos atraerlo hacia nosotros.

La extraña pareja caminó lentamente hacia la mansión, iluminando el camino a medida que avanzaban con su fantasmagórico resplandor azul.

-Enrique, soy Pilar, por favor vuelve enseguida, ha ocurrido un inconveniente; habló una voz por celular.

-¿De qué se trata?; preguntó el hombre.

-No puedo decírtelo por teléfono, es urgente; insistió la mujer.

-Está bien voy para allá, nos vemos luego; accedió Enrique.

-Viene para acá; dijo Javiera cambiando su voz al extraño.

-Muy bien, esta noche se hará justicia para ambos; opinó el extraño hombre.

A las pocas horas el vehículo de Enrique se estacionaba junto al auto de Diego.

-¿Pero qué es lo que pasó aquí?; preguntó en voz alta al ver el desagradable espectáculo que había en su interior.

Todas las luces de la mansión se hallaban apagadas y la puerta abierta; Enrique caminó hacia ella, no sin antes empuñar la pistola que llevaba en el bolsillo de su chaqueta. Todo estaba oscuro y en silencio, aparentemente no había nadie en la casa.

Por debajo de la puerta cerrada del escritorio se colaba una fría luz azulosa. Enrique se dirigió sigilosamente, con el arma firme en su mano. La manilla del picaporte se movió silenciosamente y sin hacer ruido Enrique entró en el despacho y disparó dos veces contra quien estaba parado frente a él. Las balas rebotaron sobre una superficie dura, sonando como si hubiesen golpeado contra un grueso cristal blindado.

-Hola querido, ¿me has echado de menos?; habló una mujer con un chirriante tono de voz.

-¡¿Javiera?!, pero tu estas muerta; exclamó Enrique.

-La verdad es que no estoy tan segura; dijo la extraña iluminada toda con ese resplandor azuloso que llenaba la habitación con una fría claridad.

-Bueno, no sé qué te ha pasado, pero me encargaré de que esta vez sí mueras definitivamente; dijo Enrique disparando su pistola.

El proyectil salió del arma y dio en el rostro de la mujer, pero terminó incrustado en una pared. Una y otra vez Enrique apretó el gatillo, sin que ninguna de las balas ocasionase el más mínimo daño a la extraña; varios golpes sobre cristal blindado y todos los proyectiles terminaron en las paredes.

Rápidamente con la vista Enrique recorrió la habitación buscando con que atacar a la extraña. Por alguna desconocida circunstancia el cuerpo de ella había experimentado una increíble mutación y su carne había  cambiado a duro cristal. Pero el cristal se puede romper según sabía él, así es que debía buscar algo duro y pesado y debía hacerlo enseguida o no lo contaría. Lentamente fue moviéndose hacia la chimenea para poder tomar el atizador.

Enrique descargó con fuerza el pesado fierro contra la cabeza de la mujer, la que en un acto reflejo puso su brazo por delante para protegerse del golpe. El impacto contra la extremidad de la extraña fue violento y acompañado por un agudo sonido. La mano le dolió intensamente a Enrique, ya que toda la energía del golpe se le devolvió por el metal, que quedó vibrando.

-Vaya, por lo visto soy más dura que el diamante; dijo la mujer mirando su brazo, con su voz que hacía doler los oídos. -¿Y cuán duro eres tú?

De un golpe Enrique se vio lanzado contra la pared, sintió como si le hubiesen dado con un garrote en vez de un brazo. Medio aturdido logró ponerse de pie y corrió hacia la puerta para intentar salvar su vida. Desagradable fue su sorpresa cuando otra de esas cosas le cortó el paso; de un solo golpe la criatura, que aparentemente era un hombre, lo lanzó al otro extremo de la habitación.

-¿Es este tu asesino?; preguntó la mujer en un tono dolorosamente agudo.

-Sí, es este; contestó el hombre con el mismo tipo de voz.

-Por favor no me hagan daño; rogó Enrique. -Tengo mucho dinero, podemos compartirlo.

-Ya es demasiado tarde para eso; gritó el hombre.

Los vidrios temblaron amenazando con romperse. Enrique tuvo que cubrirse los oídos para detener el zumbido que le produjo esa voz.

-A esta insignificante criatura le resulta desagradable nuestra voz; contó la extraña mujer al hombre, al tiempo que emitía un agudo chirrido que hizo que Enrique gritara de dolor mientras la sangre manaba de sus oídos.

-Ya entiendo; respondió el hombre. -Realmente parece muy frágil.

Abriendo levemente los labios, el extraño hizo vibrar su garganta en una frecuencia inaudible por el oído humano. Inmediatamente Enrique cayó desmayado. A los pocos minutos él recobró el conocimiento, presa de un intenso mareo que le impedía ponerse de pie; la cabeza le dolía y los oídos le silbaban. Algo estaba hablando la extraña pareja, pero no entendía bien que decían; supuso que tenía los tímpanos rotos.

-¿Sabes qué es lo que nos ocurrió?; preguntó el hombre a la mujer.

-Solo recuerdo que él me mató y después me había convertido en esto; respondió ella. -Parece que tiene que ver con un mineral azul que hay en esos cerros.

-Es extraño esto y sin embargo, siento como si esto fuera lo más natural; opinó el extraño.

-Yo también me siento así; meditó la mujer. -Distinta pero cómoda, cómoda y poderosa.

-¿Qué vamos a hacer con él?; preguntó el hombre con su voz chirriante.

-Terminemos con esto de una vez; contestó la mujer con el mismo tono de voz.

Ambos extraños se volvieron hacia Enrique, emitiendo un agudo grito que se fue haciendo cada vez más inaudible. Presa de un intenso dolor y en medio de un terrible grito, él se llevó las manos a la cabeza, hasta que en un momento ésta le estalló, desparramando su cerebro por toda la habitación.

Sin decir ni una palabra, la pareja se volvió y caminó lentamente a la puerta; la habitación quedó nuevamente a oscuras cuando la resplandeciente luminiscencia azul se retiró junto con los extraños.

La mujer que alguna vez se llamó Javiera miró una vez más la piscina en que disfrutara en otra vida. La mansión oscura ahora era un vago recuerdo de una antigua existencia que yacía sepultada bajo toneladas de rocas. Todo ese lujo ya no significaba nada para ella; este mundo ya no era el suyo.

Abriendo grande su boca la mujer lanzó un estridente grito hacia la casa. Imitándola el hombre la acompañó en esa demoledora nota que hizo retumbar la mansión hasta su fundación, rompiendo sus murallas y pilares en una estruendosa detonación que la redujo a escombros.

Sin ninguna atadura la pareja se internó lentamente en los cerros.

De vez en cuando algunos arrieros o excursionistas aseguran haber visto una fantasmagórica luminiscencia azul que se mueve por las quebradas, o un hombre o una mujer, o a veces ambos, enteros de cristal azul luminoso  que contemplan las estrellas como esperando algo.

 

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Boris Oliva Rojas

 

 

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-Bueno hija espero que lo pases muy bien en tus vacaciones; deseó Fabiola a Tamara.

-Eso téngalo por seguro tía; contestó Paola. -Aquí no hay como aburrirse.

-Quédate tranquila, tu hija va a estar bien; intervino Mónica.

-Qué suerte la de ustedes tener esta parcela; opinó Fabiola.

-Sí, es cierto; coincidió Mónica con su amiga. -Si quieres  quédate tú también.

-Me encantaría, pero tengo que trabajar; se excusó Fabiola. -En realidad quiero que Tamara empiece a ser un poco más independiente.

-Te entiendo; apoyó Mónica la decisión de su amiga. -En todo caso ya sabes cómo llegar.

-No he visto a tu marido; observó Fabiola.

-Está en Santiago viendo la venta de una propiedad, va a llegar un poco más tarde; explicó Mónica. -Mis otros críos estarán jugando por ahí.

-Mejor, así no nos molestan con sus tonterías; opinó Paola, pensando en su hermano mayor y en su hermana menor. -Tamara y yo tenemos mucho de qué hablar, ¿verdad amiga?

-Sí, por supuesto; coincidió ella.

-Bueno te dejo, por favor llámame si necesitas algo; se despidió Fabiola de su hija.

-Si mami, no lo olvidaré; se despidió Tamara de su madre. -Dale un beso de mi parte a mi papi y dile al pesado de Iván que no entre a mi pieza; pidió por último a su madre.

-No te preocupes, tu pieza estará igual de desordenada que como la dejaste; respondió Fabiola mientras su hija se alejaba corriendo.

-¡Qué grande está Tamara!; exclamó Mónica. -Debe tener muchos pretendientes en el colegio.

-Es cierto, pero ella sabe cómo manejarlos; contestó Fabiola a la observación de su amiga. -Ha crecido y se ha desarrollado muy rápido; mira el cuerpazo que se gasta y tiene solo quince años.

-Salió a ti no más; opinó Mónica admirando la figura de su amiga.

Apenas Fabiola se hubo ido, las dos jóvenes salieron corriendo a la laguna que había en el centro de la parcela.

-Mira, nos invaden; dijo Juan a Alicia, indicando a las amigas que se aproximaban.

-No dejaremos que se apoderen de nuestro planeta; contestó la pequeña Alicia riendo y lanzándoles una pelota de ping pong a Paola y Tamara.

-Capitana Tamara, hay nativos hostiles; dijo Paola a su amiga. -Proceda con cautela y neutralícelos.

-A sus órdenes comandante; respondió Tamara lanzándole de vuelta la pelota a la niña, quien la esquivó haciéndose a un lado.

-Ataque soldado; ordenó Juan a su hermana, la que echó mano a una bolsa llena de pelotas.

-Cúbrete; mandó Paola a Tamara.

Después de un incesante intercambio de pelotas, Tamara afinó su puntería y dio con una a Alicia.

-Agghh, me han herido, me muero; dijo llevándose las manos al pecho y cayendo en cámara lenta al suelo, moviendo cómicamente sus brazos y piernas.   -Ya me morí; agregó con una risita.

-Los derrotamos capitana, tomemos su planeta; dijo Paola sentándose sobre su hermana menor.

-Te engañe, la bala no me tocó; dijo la pequeña poniendo sus dedos sobre el vientre de su hermana.

-Cosquillas no, cosquillas no; rogó Paola retorciéndose en el pasto mientras su hermana se divertía haciéndole cosquillas por todos lados.

-Ríndete; le ordenó Alicia.

-Nunca; respondió valientemente Paola.

-Entonces te seguiré torturando; dijo mientras la rosaba por toda su piel.

-Está bien, me rindo; aceptó por fin la joven.

Mientras los cuatro niños se secaban al sol se escuchó un curioso silbido.

-¿Qué es eso?; preguntó con curiosidad Tamara.

-Nos están llamando para almorzar; respondió Juan.

-Menos mal, ya me moría de hambre; opinó la pequeña.

Cuando se estaban poniendo algo de ropa, Alicia se acercó a Tamara.

-Que rico perfume tienes; opinó olfateándola.

-No tengo ningún perfume; respondió ella.

-Pero hueles muy rico; insistió la niña.

-No le hagas caso a mi hermana, es un poco rara; intervino Paola.

El olor a carne asada inundaba el aire, despertando el apetito en los cuatro amigos.

-¡Asado, que rico!; exclamó Tamara mirando al papá de Paola cocinar la carne, mientras Mónica a su lado armaba la ensalada.

-Hola Tamara; saludó José con una sonrisa a la amiga de su hija.

-Hola tío; contestó ella con un ademán de su mano.

Después de disfrutar un delicioso almuerzo, los cuatro se pusieron a jugar con una pelota de voleibol.

-Que juego más aburrido; dijo Alicia después de un rato. -Mejor traten de quitarme la pelota si pueden; los desafió apoderándose del balón.

Cuando lanzaba la pelota para arriba, Paola de un salto la equilibró en una de sus manos.

-Toma es tuya; dijo mientras se la lanzaba a Juan, cuando Alicia trataba de recuperarla.

-No dejes que la tome; dijo éste arrojándola a Tamara.

Antes de que ella pudiese atraparla, de un inesperado salto la pequeña Alicia la apresó con sus manos.

-¡Guau, qué salto!; exclamó sorprendida Tamara.

-Reconózcanlo, soy demasiado buena para ustedes; dijo triunfante la niña, mientras apartaba un mechón de cabello de su rostro.

La noche la pasaron jugando Monopolio y comiendo galletas y leche.

-Bueno niños, creo que ya es tarde, deben ir a acostarse; opinó Mónica.

-Pero no tengo sueño; reclamó Alicia dando un gran bostezo.

-Ya dije. Buenas noches; ordenó la madre.

La cama de Tamara era muy cómoda y se durmió rápidamente. A eso de las dos de la madrugada fue despertada por un extraño ruido; aguzando un poco el oído se dio cuenta de que eran varios gatos que corrían y maullaban de un lado para otro. Como estaba acostumbrada a ese barullo en la ciudad no le dio mayor importancia y se volvió a dormir.

-Hola qué tal dormiste; preguntó Mónica a la joven.

-Bien, claro que me despertaron los gatos; respondió Tamara.

-Sí, ellos; pensó José. -Hace un tiempo nos adoptaron como familia y decidieron quedarse a vivir aquí; explicó él.

-En todo caso no me molestan; agregó la joven, recordando que era una invitada de los dueños de la casa.

-Mmm, leche que rico; observó ella para relajarse.

-Qué bueno que te guste, es muy nutritiva; opinó Mónica.

-A nosotros nos encanta; intervino Alicia.

La noche siguiente luego de jugar un juego de estrategia militar, Tamara se puso a leer un rato antes de dormir. Los gatos se escuchaban más inquietos que la vez anterior y no la dejaban concentrarse en su lectura, así es que recurrió a medidas extremas, se puso los audífonos de su mp3 para no oírlos.

-Anoche sí que estuvieron activos los gatos; comentó Mónica que parecía no haber dormido mucho.

-Sí, algo; respondió Tamara sin darle mayor importancia.

La parcela era muy linda, pero lo que más le llamaba la atención a la amiga de Paola era el bosque que poseía cerca de la casa.

-¡Qué lindas se ven las estrellas desde aquí!; comentó Tamara a Paola, admirando el cielo nocturno del campo.

-Sí, realmente es muy bonito; contestó ella.

-Tienes razón hija; agregó Mónica que también se unía a disfrutar de la noche, junto con toda su familia y su invitada.

-Me gusta tu aroma; comentó Alicia acercándose a la joven amiga de su hermana.

-Es cierto, hueles muy bien; observó José girando en torno a Tamara.

Mónica, Paola, Alicia, José y Juan, los cinco comenzaron a caminar en círculo  alrededor de la joven, la que comenzó a sentirse inquieta.

-Oigan me están poniendo nerviosa; dijo Tamara con un tono de preocupación en la voz. -¿A qué están jugando?

-Jugamos al gato y al ratón querida; respondió Mónica con sus brillantes ojos verdes fijos en la joven. -Tú eres el ratón.

Entre sorprendida y asustada, Tamara vio como el rostro de su amiga Paola comenzaba a volverse redondeado, en tanto que los dedos de sus manos se recogían, quedando éstas convertidas en las patas de un gran felino que asomaba sus afiladas garras.

-¡Un monstruo!; fue lo único que alcanzó a decir la joven cuando la que fuese hace poco su amiga le dio un zarpazo en el brazo izquierdo, provocándole tres profundos cortes.

Casi sin control, a pesar de su herida, Tamara se largó a reír casi a carcajadas.

-Mejor así; opinó José. -Tu  locura hará más divertido el juego.

La pequeña Alicia, que ahora lucía como una robusta y negra gata de verdes ojos como encendidas esmeraldas, se lanzó sin previo aviso sobre el rostro de la muchacha.

-¡Tontos gatitos!; exclamó Tamara en medio de risas, mientras con una mano sostenía en el aire a su atacante, mirándola con ojos intensamente amarillos.

Desconcertada la familia sintió como crujían los huesos de la pequeña, mientras daba un último y lastimero maullido de miedo y dolor.

Los cuatro rodearon gruñendo amenazantes a la inesperada agresora, cuya estatura aumentó varios centímetros mientras su cuerpo se cubría rápidamente de un pelaje rojizo y sedoso, a la vez que sus delicadas manos se convertían en poderosas zarpas armadas de gruesas y afiladas garras y un agudo aullido escapaba de sus fauces coronadas de terroríficos colmillos.

La luna en todo su esplendor brillaba en el cielo campestre, alumbrando con su fría luz la escena macabra en que se había convertido la noche.

Ante la imponente apariencia adoptada por la aparentemente frágil Tamara, los cuatro sobrevivientes huyeron hacia el bosque, dejando a un lado el cuerpo sin vida de la pequeña Alicia, que lucía nuevamente su carita de niña y por cuya boca entreabierta caía un hilo de sangre.

La licántropa sabía que el bosque era para ella el escenario propicio para cazar; sin embargo, no se confiaba, ya que ella estaba sola y ellos eran cuatro. Guiándose por su sensible olfato podía percibir la presencia de las extrañas criaturas; el rastro le llegaba de todos lados, lo que la hizo deducir que los felinos se habían separado para rodearla.

Un aullido rompió el silencio de la foresta. Cuatro carreras en distintas direcciones; la bestia ya sabía que ruido hacían al correr los gatos por entre los árboles y hojarascas. Sigilosamente avanzaba como un fantasma, olfateando el aire y aguzando el oído. Un profundo silencio se apoderó del bosque; eso podía significar solo una cosa, los gatos se ocultaban en los árboles. Después de meditarlo un rato, ella concluyó que esa era una buena opción y los imitó.

Consciente de que en cualquier momento podía caer en una emboscada, los sentidos de ella estaban más despiertos que de costumbre. A sus oídos llegó el sonido de una respiración agitada y los latidos de un corazón que bombeaba acelerado indicándole donde estaba su presa.

Juan se sentía cansado y agobiado, nunca antes había tenido que huir de nadie ni de nada, pero ahora todo era distinto; la presa se había convertido en cazadora y para colmo su hermanita había sido muerta por ese monstruo. Por un minuto Juan adoptó nuevamente su forma humana, para poder sentarse mejor y descansar un rato en la rama donde estaba trepado.

Solo un minuto, nada más, el tiempo necesario para pensar que hacer. Un minuto, no necesitó más tiempo ya que la velocidad era una de sus principales características; tiempo suficiente para sujetar a su presa y romperle el cuello entre sus mandíbulas. Un aullido de muerte sacudió la noche; los gatos comprendieron que acababa de caer otro de ellos. En el suelo, sobre un manto de hojas bajo un árbol, yacía el cuerpo destrozado de Juan; la bestia no estaba devorando a sus presas como de costumbre, esta vez era solo por el placer de matar.

El brazo de Tamara aun sangraba, pero no hizo nada para impedirlo, al contrario con él rozó algunas ramas y hierbas, dejando un claro rastro de sangre.

El olfato del macho lo guió fácilmente hasta donde se encontraba su presa. Corriendo silenciosamente como una negra sombra llegó hasta una gran mancha de sangre en el suelo; una mancha y nada más. Demasiado tarde se dio cuenta de la trampa en que había caído; la bestia lo inmovilizó en el suelo con una de sus poderosas manos. Con el hocico chorreando sangre y baba lo levantó entre sus fauces y con un violento chasquido lo partió en dos. El pequeño tamaño de los gatos en comparación con el suyo los hacia una presa demasiado fácil y hasta aburrida para la que horas atrás era Tamara.

Otro aullido en medio de la noche hizo comprender a las dos hembras que la suerte estaba sellada para ambas a menos que tomaran la iniciativa.

Un estridente rugido, pero esta vez de un felino muchísimo más grande que simples gatos puso en alerta a la loba. Un segundo rugido proveniente de otra dirección del bosque recibió el primero en respuesta.

En medio de la noche comprendió que el juego se había acabado. Las hembras no serían presa fácil y hasta podrían ser muy mortíferas si se descuidaba. Sus oídos le indicaban que el tamaño de las gatas era considerablemente grande ahora.

Silenciosamente por el rabillo del ojo vio una sombra que se lanzaba sobre ella desde la rama de un árbol. Con un  rápido giro logró rechazar a su atacante de un manotón mientras que le descargaba las garras de su otra mano. Como cien agujas sintió las garras de la pantera cortar en su hombro.

Paola recuperaba su forma humana mientras se retorcía de dolor en el suelo con una profunda herida en el pecho y otra en su muslo derecho, impidiéndole transformarse para escapar o luchar.

Enloquecida de rabia por el dolor de su hombro y por el olor de la sangre de la joven, la bestia se disponía a rematarla cuando un aterrador y fuerte rugido a su espalda la hizo volverse rápidamente; a escasos cinco metros otra pantera, más grande y más negra que la anterior la observaba con dos incandescentes brasas verdes.

Las dos criaturas se paseaban una frente a la otra, como estudiándose mutuamente. Finalmente sin previo aviso, el felino se lanzó con las patas delanteras extendidas y sus mandíbulas separadas. La licántropa con ambas manos sujetó las patas de la pantera y juntas rodaron por el suelo a causa de la fuerza del salto. El sonido de los colmillos al cerrarse las fauces de los animales era igual al de piedras que se golpeaban. La pantera trató de hacer uso de las garras de sus patas traseras, pero éstas  fueron inmovilizadas por las rodillas de la bestia, cuyo peso no la dejaba moverse casi. Finalmente la loba logró apresar entre sus fauces el cuello del felino, el que se desgarró con facilidad como tantos otros bajo la presión de aquella formidable combinación asesina de músculos y colmillos.

Lentamente el cuerpo inanimado de Mónica volvió a recuperar su forma normal. Paola, gravemente herida sintió el calor de la sangre y de la baba cayendo por su rostro cuando las mandíbulas de la bestia se cerraron sobre su cabeza.

El sol comenzaba a despuntar por la cordillera cuando Tamara volvió a la casa de campo. Aunque ya no sangraba, su hombro y brazo le dolían un poco. Bajo la ducha aseó bien las heridas mientras el agua quitaba los restos de sangre y carne de su boca.

Hurgueteando por toda la casa encontró un botiquín con varios medicamentos y vendas. Para su sorpresa también había un frasco de suero antirrábico, el cual no dudó en inyectarse inmediatamente por si acaso. Una vez seca vendó sus heridas y se dirigió a la cocina. Tanta actividad le había despertado el apetito, pero esta vez quería comida común y corriente.

Sin nada más que hacer tomó su teléfono para pedir que la fueran a buscar.

-Hola mamá, ¿podrías por favor venir a buscarme ahora?; pidió por celular.

-¿Ya te aburriste?; preguntó Fabiola.

-Digamos que esta familia se puso algo pesada conmigo; contestó sin más detalles.

-Espero que no sea nada serio; pensó su madre.

-Aquí te cuento; respondió Tamara y colgó.

A las dos horas Fabiola estacionaba su auto frente a la casa campestre.

-Hola hija, ¿qué te pasó?; preguntó la mujer al ver los vendajes en el brazo izquierdo de su hija.

-Tuve problemas con unos gatos, pero ya lo solucioné; explicó a su madre.

-¿Y dónde está la familia que no los veo?; preguntó intrigada Fabiola.

-Ven, sígueme al granero; pidió Tamara a su madre.

En el piso del granero yacían los cuerpos destrozados de los cinco miembros de la familia. Después de la sorpresa inicial, Fabiola olfateó el aire y se arrodilló junto a los cadáveres para olerlos mejor.

-Ya veo; fue lo único que dijo la mujer mientras se sacudía los pantalones y sacaba un encendedor de su chaqueta. De un puntapié dio vuelta un bidón de combustible, acercando a él la llama; la paja que había en el granero propagó el fuego rápidamente, consumiéndolo completamente en pocos minutos.

-Vamos, volvamos a casa; propuso Fabiola a su hija.

-¿Vez que tengo razón hija?; dijo la mujer a la joven.

-¿En qué mamá?; preguntó ésta.

-Las apariencias engañan; sentenció Fabiola.

-Y eso que se veían tan normales como tú o como yo; opinó Tamara.

Después de mirarse mutuamente, ambas estallaron en una estridente risotada.

 

Casa gótica

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Boris Oliva Rojas

 

 

Casa Gótica

Cada vez que Juana pasaba frente a esa antigua casa se quedaba extasiada admirando los complicados adornos que le daban más el aspecto de una catedral gótica en miniatura que de una vivienda. Sin embargo, la similitud terminaba con el escudo de armas que coronaba su fachada principal; el cual representaba la cabeza  de un carnero o algo por el estilo.

Por lo que podía apreciar a simple vista, era una construcción muy sólida, nada de la tabiquería que se acostumbra usar ahora.

Juana calculaba que la casa gótica, como ella la llamaba, debía haber sido construida a fines del siglo XIX o principios del XX; tal vez perteneciente a alguno de los famosos millonarios surgidos de la explotación de los yacimientos salitreros del norte o de las minas de carbón del sur, que mencionaban los libros de historia.

Esa tarde no era la excepción, después de admirarla por algunos minutos cerró su chaqueta para protegerse del viento otoñal y continuó su camino a la casa que arrendaba con una amiga, con quien compartía los gastos.

Hace dos años que había llegado del sur a vivir a la capital, en busca de mejores oportunidades; gracias a los contactos de un tío suyo, encontró rápidamente trabajo. Desde el primer día congenió muy bien con Teresa y al cabo de unos meses se les ocurrió que podrían arrendar juntas una casa y así ahorrar algo de dinero. Una tarde mientras conocían los alrededores, pasaron frente a la casa; si hubiese sido una persona se podría haber dicho que fue amor a primera vista, aunque más parecía una obsesión, ya que necesitándolo o no, desde esa vez Juana hacia un rodeo innecesario para pasar frente  a aquella magnifica propiedad antes de ir directamente a su casa.

Había cosas que en Juana y Teresa coincidían y otras discrepaban totalmente, pero a pesar de todo se llevaban muy bien. Juana prefería las películas de aventuras, en tanto que Teresa las de terror, así es que los fines de semana alternaban las películas; en cambio a ambas les fascinaba la música rock de los ochenta y noventa. Por otro lado, Teresa acostumbraba lucir siempre de negro, incluyendo el color de sus uñas, mientras que Juana prefería jeans y uñas rojas. Con el tiempo cada una se acostumbró a los gustos y forma de ser de la otra. Juana no tenía pareja desde que llegó a la ciudad a pesar de los intentos de Teresa por conseguirle una; Teresa en cambio tenía varios amigos y amigas a los cuales en un principio solía invitar a casa; al ver que a veces esto le molestaba a Juana, acordaron que semana por medio cada una podría disponer de la casa para sí sola por dos noches.

La fijación de Juana por la casona había llegado hasta el punto de que había puesto fotografías de ella en el fondo de escritorio de su computador y se pasaba horas retocándolas o modificándolas un poquito e imaginando cómo sería su interior.

El último cumpleaños de Juana cayó un viernes que a Teresa le correspondía la casa, pero como ella estaba muy ocupada cocinando y preparando cosas para sus invitados, no quiso importunarla. Al ver que preparaba la mesa para una cena de dos personas y ponía en ella una caja de terciopelo negro con una cinta roja de regalo, intuyó que ya era hora de dejar a solas a su amiga.

-Supongo que tu invitado ya debe estar por llegar, así es que te dejo sola para no molestar; dijo Juana al ver que Teresa se había puesto un vestido de fiesta nuevo, de color negro como era de esperarse.

-Espera, no te vayas. Esta noche tú eres mi invitada, a menos que quieras pasar tu cumpleaños sola; dijo Teresa con una sonrisa.

-¡Te acordaste!; respondió Juana contenta abrazando a su amiga.

-¡Claro que me acordé! y he estado toda la tarde preparando la celebración. A propósito, hay algo para ti encima de tu cama; le comentó Teresa.

Curiosa Juana fue a ver de qué se trataba. Encima de la cama había muy estirado un vestido de fiesta nuevo igual que el de Teresa, pero de color rojo. Después de un rato salió luciendo su nueva tenida, emocionada como una niña chica.

-Es precioso; dijo Juana. -Muchas gracias.

-Y te queda súper bien; observó Teresa.

La cena la pasaron riendo, contando anécdotas y bromeando y cada cierto tiempo los ojos de Juana se iban hacia la caja de terciopelo negro; Teresa se sonreía pero no decía nada, mientras su amiga tamborileaba con los dedos.

-Ábrelo, es para ti; dijo por fin Teresa.

Con dedos apresurados Juana soltó la cinta y levantó la tapa. Con aire de curiosidad miró la joya y la tomó en el aire para verla mejor.

-Es muy lindo, muchas gracias; dijo Juana sinceramente.

-Si piensas que el pentagrama invertido es un símbolo satánico permíteme corregirte, espera un poco; pidió Teresa parándose y volviendo al poco rato con un libro.

-Mira, aquí dice que este es un símbolo que protege de las malas energías; explicó a su amiga.

-Ya veo; contestó Juana mientras ojeaba con curiosidad el libro.

-Déjame ponértelo; ofreció Teresa.

-Sí; aceptó Juana. -Vaya, es pesado.

-Es de plata maciza pura; respondió Teresa.

-Pero  debe haberte costado mucho dinero; opinó Juana.

-Oh, por eso no te preocupes; dijo Teresa no dándole importancia. -Lo importante es que a ti te guste.

-Me encanta, no sé cómo agradecértelo; contestó ella.

-Me lo puedes agradecer usándolo siempre; respondió Teresa.

Después de seguir charlando varias horas más y por efecto del vino también, Juana dio un gran bostezo.

-Huy, perdón, ya me dio tuto; se disculpó con Teresa.

-Yo también estoy cansada; respondió ésta. -Vámonos a dormir y mañana vemos que hacemos para seguir celebrando.

-Muchas gracias, eres la mejor amiga que alguien podría tener; agradeció Juana.

En sueños la mente de Juana voló por todos lados. Soñó con el medallón, con Teresa y también con la casa; soñó que la reja se abría sola y cruzaba el gran jardín que había enfrente. La puerta de la mansión estaba abierta y Juana atravesó el umbral; un gran recibidor que comunicaba a un salón fue lo primero que había. Una escalera de mármol llevaba a un segundo piso, en tanto que gruesas columnas de piedra parecían sostener el cielo. Iluminada con candelabros con grandes velas que creaban una atmosfera embriagante de sombras danzantes. Hacia el otro extremo una puerta conducía a un largo pasillo con grandes ventanales con rojas cortinas que dejaban entrar la luz de la luna. Una sólida escalera de piedra llevaba a un pasillo subterráneo alumbrado por antorchas, que llegaba hasta una gran puerta de gruesa madera y hierro donde estaba grabado el mismo escudo que coronaba la entrada de la mansión; el mismo carnero, pero esta vez dentro de un  pentagrama invertido.

Juana se apoyó en la puerta y ésta cedió a su presión, abriéndose y dejando a la vista un gran salón con piso y paredes de piedra, iluminado por antorchas fijas en las paredes. Al fondo del salón, en una especie de tarima de piedra, había lo que parecía ser una gran mesa de granito, en cuyas esquinas ardían cuatro cirios negros.

Cuatro gárgolas de piedra custodiaban las cuatro esquinas del extraño salón. Justo en el centro del piso había un círculo abierto en el piso, del cual surgía un fuego que parecía no apagarse jamás.

La muralla detrás del altar y que quedaba justo frente a la puerta, estaba dominada por un inmenso cuadro que mostraba un pentagrama invertido con la cabeza de un carnero dentro. Las paredes de los lados tenían un cuadro cada una del alto de la misma, retratando una bella mujer con membranosas y grandes alas, que apuntaba uno de sus brazos hacia el pentagrama y el otro hacia las llamas que ardían eternas en el suelo.

La atmósfera se sentía cargada de electricidad, mientras que un extraño olor mezcla de almizcle con un suave toque de azufre penetraba en la mente alterando los sentidos.

Juana caminó hacia el altar, subiendo lentamente los escalones. Sus dedos recorrieron suavemente la piedra y se posaron sobre un puñal con una cabeza de carnero en la empuñadura.

Entonces la puerta se cerró violentamente y el fuego pareció cobrar vida.

Los ojos de Juana se abrieron lentamente cuando la luz del sol de la mañana dio en ellos.

Teresa en la cocina preparaba el desayuno.

-Remolona, ya está servido el desayuno; la llamó. -Ven antes de que se enfríe.

-Espera me voy a vestir; contestó Juana.

-Así no más, que se van a enfriar los huevos con champiñones; insistió su amiga.

-Voy corriendo; respondió Juana, a quien le encantaba ese desayuno y entró despeinada, vistiendo solo una corta camisola y pantuflas.

-Creo que se me pasó la hora; se disculpó con Teresa.

-No importa, total hoy es sábado; aceptó ella.

-¿Cómo dormiste?; preguntó.

-Bien, pero tuve un sueño súper raro; respondió Juana.

Mientras desayunaban, ella relató lo soñado a su amiga.

-Bueno, definitivamente el pentagrama invertido junto con la cabeza de carnero en su interior representa a Lucifer o Satanás, como quieras llamarlo. La mujer con alas debe haber sido Lilith, la esposa de Lucifer; explicó Teresa.

-O sea que soñé con demonios; dijo Juana.

-Según el mito, ambos son espíritus inmortales; continuó Teresa.-Dicen además que necesitan ocupar el cuerpo de un humano para poder moverse en este plano.

-¿Y qué pasa con la persona?; preguntó intrigada Juana.

-Su cuerpo, su mente y su alma deben morir y son reemplazados por las de esos espíritus; concluyó Teresa.

-Uy que miedo; opinó Juana.

-En todo caso solo es un mito; aclaró su amiga.

-Espero que no te haya dado mucho miedo; dijo Teresa. -Igual suena interesante.

-La verdad es que no era una pesadilla, incluso sentía mucha curiosidad y tranquilidad; meditó un rato Juana.

-Que bueno, no es gracioso tener una pesadilla; agregó Teresa.

-Menos mal, te habría despertado a gritos; pensó Juana.

-Y el zapatazo que te habría dado para despertarte; respondió bromeando su amiga.

Ambas rieron de buena gana.

Teresa miró el cuello de Juana y con satisfacción vio que llevaba puesto el colgante.

-Debe haber sido porque estuviste ojeando ese libro; dedujo Teresa apuntando a la mesa de centro.

-Sí, eso tiene que haber sido; coincidió Juana con ella.

La noche siguiente los sueños se volvieron a repetir y la siguiente y la que le seguía. Idénticos, excepto que ahora a Juana le parecía ver la silueta de su amiga a través de las llamas del círculo de fuego.

La próxima noche la figura de Teresa era más nítida y se podía distinguir que vestía una túnica negra que se traslucía con la luz que emanaba de las llamas, dejando ver de forma difusa su figura.

La siguiente noche, Teresa estaba de pie frente al altar con los brazos hacia arriba, sosteniendo el puñal en sus manos.

Una de las mañanas Teresa notó que Juana estaba inquieta y giraba entre sus dedos el medallón.

-¿Estás bien?; preguntó por fin.

-Sí, ¿por qué lo preguntas?; respondió Juana en el tono más desagradable que escuchara Teresa de su amiga.

-Últimamente te he notado algo “especial”; dijo Teresa haciendo un gesto de comillas con los dedos.

-Yo estoy bien, ¿y tú?; devolvió la pregunta Juana.

-Está bien, disculpa si te molesté; respondió Teresa. -Es solo que me preocupo por ti.

-Tranquila que nada malo me pasa; contestó Juana, pasando un dedo por la nuca de su amiga, lo que hizo que una corriente eléctrica corriera por toda su espalda.

-Hoy te toca cocinar a ti; recordó Teresa.

-Ok; respondió su amiga sin más.

-Puré con filete y ensalada; ofreció Juana a la hora de almuerzo.

-Vaya, te han cambiado los gustos parece; comentó Teresa.

-¿Por qué lo dices?; preguntó su amiga.

-Esta carne está prácticamente cruda; observó.

-¿No te gustó?; preguntó Juana con una sonrisa.

-No es eso, tú sabes que así la como yo; respondió Teresa. -Es solo que tú la prefieres bien cocida.

-No me había dado cuenta de lo bien que sabe así; opinó Juana.

-Esta noche la casa es para ti; dijo Teresa.

-Es cierto; meditó Juana. -Hagamos una fiesta.

-¿Es en serio?; preguntó sorprendida Teresa.

-Sí, quiero divertirme esta noche; contestó Juana.

-¡Perfecto!, voy a invitar a unos amigos; aceptó su amiga.

Todo quedó preparado para esa noche. Cerca de las diez, Juana se había puesto su vestido rojo.

-Los vas a matar a todos; opinó Teresa a modo de alago.

-Esa es mi intención; contestó Juana, mientras encendía un cirio negro es cada esquina.

-¿Y esas velas?; preguntó curiosa Teresa.

-Es para darle un ambiente especial; respondió enigmática ella.

-Parece que va a ser una fiesta muy entretenida; pensó Teresa.

El timbre sonó a eso de las diez quince minutos; cuatro amigos hombres de Teresa y dos mujeres llegaron juntos, trayendo algunas botellas de licor.

Todos charlaban amenamente mientras bebían un poco, cuando el timbre volvió a sonar; cinco amigos más llegaron y la fiesta se animó de verdad.

El alcohol y el desenfreno iban en aumento. A pesar de la cantidad ingerida, a Juana no parecía afectarle en lo más mínimo; dejándose llevar bailaba con cuatro hombres a la vez que la rodeaban deseosos mientras ella se contorneaba y los tocaba con sus manos y el sudor corría por su piel.

A la mañana siguiente Juana se despertó muy cansada por toda la actividad de la noche anterior. Al verla levantarse, Teresa solo se limitó a esbozar una sonrisa de aprobación, ya que era la primera vez que veía a su amiga divertirse de verdad. A Teresa la cabeza la dolía terriblemente por la resaca de la borrachera, a diferencia de Juana que estaba como si hubiese tomado solo agua de la llave durante toda la noche; simplemente el alcohol parecía no afectarle a ella.

De salida del trabajo Juana pasó al supermercado, de regreso a casa alguien la acechaba desde tras de un árbol. Ella caminaba sin percatarse de nada y como de costumbre se detuvo a admirar la casona antigua. Inesperadamente sintió un tirón en las bolsas; sorprendida se volvió viendo el cruel rostro de su atacante, el cual al ver que ella se resistía la tomo de la blusa rompiéndosela. Nadie había en la calle que la pudiese socorrer y ningún vehículo se detenía siquiera. Alterada logró separarse de la pared donde la había arrinconado el asaltante; comprendió que su vida estaba pendiendo de un hilo. Miró a todas partes buscando una salida, pero nadie la salvaría. A lo lejos las luces de un camión que no parecía querer detenerse se aproximaban rápidamente; furiosa dio un fuerte empujón a su agresor justo cuando el camión estaba por alcanzarlos. Las ruedas del pesado vehículo aplastaron el cuerpo del bandido, provocándole una muerte instantánea. Con una cruel sonrisa en los labios Juana emprendió el camino a casa como si nada hubiese ocurrido.

-¿Pero qué te pasó?; preguntó Teresa muy alarmada al ver la ropa rota de su amiga.

-Trataron de asaltarme cuando salí del supermercado; contestó Juana.

-¿Estás bien?, ¿te hicieron algo?; preguntaba Teresa mientras la revisaba entera. -Hay que avisar a la policía para que busquen a ese animal.

-No me hicieron nada, no te preocupes; respondió Juana. -No es necesario avisar a nadie.

-¿Cómo que no?; preguntó molesta su amiga.

-Al asaltante lo atropelló un camión y está muerto; explicó simplemente Juana.

-¿Cómo ocurrió eso?; preguntó intrigada Teresa.

-Cayó a la calle justo cuando venía un camión; explicó ella.

¿Y lo mató?; preguntó preocupada.

-Sí, yo misma vi cuando le pasó por encima y lo molió entero; continuó Juana.

¡Pero qué horror!; exclamó Teresa.

-Se lo merecía; opinó Juana. -Bueno me voy a duchar.

Teresa quedó de una pieza ante la frialdad de su amiga.

Al rato Juana salió vistiendo una blusa blanca de gasa y unos jeans muy ajustados.

-Hoy viernes te toca a ti la casa, yo voy a salir a recorrer la ciudad; avisó a Teresa. -Hace siglos que no la veo de noche.

-Bueno cuídate; se despidió de Juana.

Quien conociera a Juana jamás creería que estaba recorriendo bar tras bar y club tras club, dejándose alagar por cuanto desconocido encontraba en ellos. Por más que bebía el alcohol parecía no afectarle. El calor en los clubes y su sensual forma de bailar mojaba su piel de transpiración, lo que hacía que quienes se acercaran a ella perdieran el control y quedaran sumidos a su voluntad; de eso se daba cuenta y deseaba cada vez más.

En un bar, un tipo que no fue de su agrado intentó sobrepasarse con ella; con desprecio lo alejó de su lado y los empleados lo arrojaron fuera. No conforme el hombre esperó a que ella saliera a la calle para seguir con lo que había empezado.

Juana caminó distraídamente sin rumbo fijo y al escuchar pasos tras ella, se detuvo un momento y siguió caminando; sus pasos la condujeron hasta un callejón sin salida. Triunfal el hombre se acercó a su futura víctima.

Juana buscó con la vista algo para defenderse, posándose sus ojos sobre un grueso palo. Sin ningún rastro de compasión descargó una y otra vez la improvisada arma sobre la cabeza del hombre.

El sol empezaba a despuntar por la cordillera cuando ella reanudó su recorrido.

-Llegaste tarde; dijo Teresa cuando Juana entró a la casa.

-Al contrario, es muy temprano, acaba de salir el sol; contestó risueña Juana.

-¿Te vas a acostar?; preguntó Teresa a su amiga.

-No estoy cansada. Me voy a duchar y si quieres salimos a trotar; propuso a ella.

-¿De dónde sacas tanta energía?; consultó curiosa Teresa.

-No lo sé, pero se siente fantástico; respondió Juana a su amiga.

No había mucha gente en el parque, parece que todo el mundo se había divertido la noche anterior. El sol quemaba a pesar del viento que soplaba.

Teresa se detuvo un poco preocupada.

-¿Qué pasa?; preguntó Juana.

-Ese perro que está allá es demasiado mañoso, la otra vez casi me mordió; contestó su amiga.

-Tranquila, no hay que tomarlo en cuenta y no muerde; la tranquilizó Juana.

Teresa iba nerviosa a pesar de las palabras de su amiga. El perro comenzó a gruñirles amenazante, pero cuando estaban cerca de él, agachó la cabeza y gimiendo se alejó corriendo de ahí.

-¿Ves?, a los perros no hay que tenerles miedo; observó Juana.

Después de tomar once, ya oscuro, ambas amigas salieron a pie por los alrededores. Posiblemente sin proponérselo llegaron hasta la casa gótica. La reja se encontraba abierta así es que la franquearon con aire distraído; recorriendo el gran parque frontal, se hallaron junto a la puerta de la casa, la cual casualmente también estaba abierta. Imprudentemente ambas se miraron y con una sonrisa de complicidad entraron en la casa, en la cual parecía no haber nadie.

-¡Hola!, ¿hay alguien?; preguntó Juana en voz alta, sin recibir respuesta.

-¿No hay nadie?; gritó a su vez Teresa, la cual tampoco obtuvo respuesta.

-Es exactamente como en el sueño; dijo Juana sumamente sorprendida.

-A lo mejor alguna vez estuviste aquí; opinó Teresa.

-No, nunca; respondió Juana.

-Puede que cuando muy niña y no lo recuerdas; insistió Teresa.

-No creo, bueno quién sabe; meditó su amiga.

-¿Existirá el subterráneo?; se preguntó Teresa.

-Averigüémoslo; propuso Juana.

Las dos impulsivas jóvenes avanzaron por el pasillo entre los rayos de luna que pasaban por entre las rojas cortinas de terciopelo. Al final del mismo encontraron una sólida escalinata de piedra cuyos peldaños descendían unos cuantos metros.

-Las antorchas están encendidas; comentó Juana en voz baja a su amiga.   -¿Quién las habrá prendido?

En respuesta ésta solo se encogió de hombros.

La cabeza del carnero dentro del pentagrama invertido las esperaba adornando una pesada puerta de negra madera, la cual se abrió bajo una suave presión de la mano de Teresa.

Un inmenso salón de piedra se extendía ante ellas. Un círculo abierto en el suelo dejaba salir grandes llamas danzantes; un altar de piedra dominaba la vista el entrar, coronado por un gran pentagrama invertido.

En las paredes colgaban grandes cuadros del alto de las mismas, en que aparecía retratada una mujer de belleza inusual con dos grandes alas membranosas. Cuatro gárgolas que parecían estar vivas, cada una en cada esquina, completaban la decoración.

Una atmósfera cargada de electricidad producía un agradable cosquilleo en la piel, el que mezclado con un olor de almizcle con azufre que despedían las llamas, hacía que los sentidos se excitasen y la mente se nublara.

-¡Esto es increíble!; exclamó Teresa.

-Es idéntico a mi sueño; respondió Juana.

-Tienes que haber estado alguna vez aquí; concluyó su amiga.

Teresa seguía hablando, pero Juana no lograba oír su voz, solo percibía el movimiento de sus labios. La vista se le comenzó a tornar borrosa y sintió el piso inclinarse, cayendo desmayada.

Poco a poco sus ojos se empezaron a abrir; no sabía cuánto  tiempo había pasado. Sorprendida descubrió que estaba desnuda acostada sobre la mesa de granito; aunque trató de moverse y hablar su cuerpo no respondió. Teresa estaba de pie junto a ella, cubierta solo con una traslucida túnica negra que dejaba ver su juvenil figura. Incrédula notó que del cuerpo de su amiga emanaba una extraña y vaporosa neblina negra.

Al tiempo que pronunciaba extrañas palabras, Teresa alzó en alto un gran puñal, el que dejó caer sobre el pecho de su amiga. La sangre de Juana comenzó a correr por la mesa del altar y bajando por la escalinata se deslizó hasta las llamas que brotaban del suelo, las cuales parecieron cobrar vida propia.

Con el corazón de Juana aun latiendo en sus manos, Teresa se acercó hasta el fuego y en él lo arrojó.

Sobresaltada Juana se despertó cuando el sol ya hacía rato que brillaba sobre la cordillera; junto a ella Teresa la observaba sentada en el borde de la cama en la casa que compartían. Sin decir nada Juana palpó ansiosa su pecho.

-Tranquila, no ha quedado ninguna marca mi señora; la calmó Teresa.

Una sonrisa macabra se dibujó en los labios de Juana, en tanto que sus ojos y los de Teresa se volvieron completamente negros, como si de dos pozos sin fondo se tratase. Del cuerpo de ambas comenzó a brotar una negra neblina, el aire de toda la habitación se llenó de un olor a almizcle y azufre y una atmosfera cargada de electricidad recorrió la espalda de ambas mujeres, haciéndolas temblar levemente de placer. Colgado del cuello de ambas, dos pentagramas invertidos de metal intensamente negro adornaban sus pechos.

El timbre de calle sonó y las mujeres fueron a abrir la puerta.

-Buenos días. ¿La señorita Juana Gómez?; preguntó un hombre vestido de traje y corbata de costosa confección.

-Soy yo; respondió Juana. -¿En qué lo puedo ayudar?

-Mi nombre es Ramón Ramírez y soy abogado; se presentó el recién llegado.

-Espero no haberme metido en algún lio; pensó en voz alta Juana.

-Oh, nada de eso, al contrario; dijo él.

-Pase y explíqueme de que se trata; lo invitó Juana.

-Bueno, debo comunicarle que usted es la única heredera de la Mansión Martner, que por casualidad se ubica a un par de cuadras de aquí; explicó el abogado.

-¿Se refiere a la casa gótica?; preguntó sorprendida Teresa.

-Sí, esa es una buena descripción; aceptó el hombre.

-¡Esto es increíble!; exclamó Juana.

-Bien, aquí están los documentos y la escritura de la propiedad; usted solo tiene que firmarlos y yo me encargaré de todos los trámites necesarios para hacer legal y efectiva la transferencia; explicó el abogado sacando una pluma fuente de oro.

Teresa miró a Juana con una sonrisa de satisfacción mientras estampaba su firma en varios papeles que el hombre le pasaba.

-Mmm, ¡qué extraño pero agradable aroma hay en el aire!; observó el abogado mientras guardaba los documentos en su maletín.

-Es un aromatizante ambiental; explicó Juana.

-Ya veo; respondió él. -Realmente es muy interesante el olor.

Amablemente de igual forma en que había llegado, el abogado se marchó.

Una vez que la puerta de la casa se cerró, los ojos de ambas mujeres volvieron a ser como dos negro agujeros de profundidad sin fin y una siniestra sonrisa se dibujó en ellas, al tiempo que Juana desplegaba unas impresionantes alas membranosas como las de las gárgolas y Teresa se arrodillaba a sus pies inclinando la cabeza.

 

Subterráneo 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Subterráneo

El accidente ocurrido la noche anterior en las excavaciones de la nueva estación del metro, era una demora totalmente imprevista en los trabajos. Afortunadamente, a pesar de lo inverosímil y espectacular del suceso, no había resultado lastimado ningún trabajador; claro que sería muy difícil poder recuperar pronto la excavadora, la cual en forma inesperada, después de un sismo de mediana intensidad cayó en un foso de veinte metros de profundidad, por debajo de los diez metros bajo el nivel del suelo donde movía rocas y tierra resultantes del trabajo de perforación del nuevo túnel. El lecho rocoso donde la máquina quedó estacionada pocos minutos antes de la hora de descanso, crujió y se abrió bajo ella sin que nadie pudiese imaginarlo o esperarlo; fue simplemente como si se la hubiese tragado la tierra. Los ingenieros estructurales recriminaban a los geólogos  por no informar apropiadamente de las peculiaridades y características del terreno donde se efectuaría el trabajo. Por su parte los trabajadores se negaban a regresar a la faena.

A pesar de las excusas y explicaciones de la empresa contratista encargada de llevar a cabo las obras, las autoridades del Ministerio de Obras Civiles decidieron suspender los trabajos hasta tener un informe detallado de los geólogos de la Universidad Estatal y de la Asociación de Seguridad del Trabajo.

El doctor Fernández, director del Laboratorio de Estudio de Suelos y Estructuras Geológicas, del Departamento de Geología de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad Estatal, consideró que el incidente era algo peculiar, pero no lo suficientemente interesante como para merecer su valiosa atención, así es que decidió que su ayudante, el profesor Huerta, se encargaría del asunto.

-Buenos días, mi nombre es Pablo Huerta y me envió el Ministerio de Obras Civiles para realizar un estudio geológico del terreno y poder evaluar los riesgos reales de los trabajos que se realizan aquí; dijo tras esperar un rato a que la mujer que estaba en el computador dándole la espalda terminase de trabajar.

-Vaya, ¿ya no reconoces a tu ex esposa? Pensé que no habíamos terminado tan mal; respondió Carmen.

-Mmm, no sabía que tú estabas trabajando aquí; comentó Pablo.

-Soy una de las geólogas de la empresa contratista; respondió ella.

-¿Entonces me podrías tratar de explicar qué pasó aquí?; preguntó Pablo a la geóloga.

-Aparentemente hay una fosa que no detectamos, la cual colapsó después del último sismo; respondió ella.

-¿Y nadie la notó antes?; consultó Pablo algo molesto.

-En primer lugar, la excavadora fue estacionada sobre lo que ahora sabemos era una losa de granito de tres metros de grosor, nada hacía suponer que estaba hueco abajo, ya que no corre ningún río subterráneo, ni hay registros volcánicos en esta zona que indicaran la presencia de galerías magmáticas; explicó Carmen.

-¿Y en segundo lugar?; preguntó Pablo.

-En segundo lugar no me merezco que seas tan agresivo conmigo, ni me culpes a mí sin revisar todos los antecedentes; agregó Carmen.

-No te estoy culpando de nada; observó Pablo. -Es solo que me cuesta creer que no lo hayan notado antes.

-Si te encuentras con tres metros de granito macizo bajo tus pies, ¿creerías que estas parado sobre una lámina que se va a romper y te va a tragar?; preguntó ella.

-¿Por qué no usaron un radar de penetración profunda?; preguntó a su vez el geólogo.

-Porque los antecedentes geológicos de esta zona no lo indicaban necesario, de hecho la presencia de esa grieta es anómala; respondió la geóloga.

-¿Se habrá abierto con el terremoto de 2010?; preguntó Pablo más para sí que para su colega y ex esposa.

-En realidad me siento algo culpable. Si esto hubiese pasado cuando la estación estuviera operativa y en uso a plena capacidad habrían muerto cientos de personas; opinó Carmen cabizbaja.

-Sé que eres muy metódica y cuidadosa en tu trabajo y si tú no lo viste nadie habría podido hacerlo; alentó Pablo a Carmen.

-Gracias; respondió simplemente ella.

-Esta vez sugiero que utilicemos el radar de penetración profunda en toda el área y no solo en el sector que rodea a la estación; sugirió Carmen más animada.

-Esa es mi chica; apoyó Pablo, como hacía cuando trabajaban juntos hace años.

Una densa e incómoda atmósfera se formó  entre ambos.

-¿Y el viejo no considera este asunto digno de él que te mandó a ti?; preguntó Carmen para romper la tensión.

-Digamos que al profesor Fernández ya no le entusiasma mucho el trabajo de campo; comentó Pablo.

-Pero a papá siempre le ha gustado; observó Carmen.

-Desde que renunciaste al laboratorio se ha encerrado prácticamente; agregó el geólogo.

-Fue una decisión difícil. Si seguía apegada a él nunca podría surgir como persona y como profesional; contestó Carmen.

-¿Y eso implicaba alejarte de mí también?; preguntó Pablo.

-Yo quería trabajar por mi cuenta, fuera de la universidad; tú no pudiste aceptar eso. Te dejaste influenciar tanto por mi padre que incluso llegaste a acusarme de traición y otras idioteces que no viene al caso  recordar. Al fin buscabas cualquier excusa para discutir y nuestra convivencia pacífica se hacía cada día más complicada; continuó Carmen con el rostro enrojecido.

-Reconozco que fui un idiota, pero comprende que a tu papá lo veía como el máximo exponente de sabiduría del mundo; respondió Pablo.

-Ese es el problema principal. Lo preferiste a él y no a tu esposa; comentó Carmen con rabia.

-Bueno, no vale la pena llorar sobre la leche derramada. Mejor concentrémonos en el trabajo; aconsejó Pablo.

-El radar de penetración está montado en una camioneta, pensaba usarlo cuando llegaste; avisó Carmen.

A pesar de que hace años que su relación había terminado, Pablo era consciente de la capacidad profesional de ella.

Al moverse por las calles de los alrededores de las excavaciones el dispositivo de radar escudriñaba en busca de más grietas que pudiesen poner en peligro los trabajos. Sin embargo, lo que mostró el plano generado por la computadora a partir de los datos recopilados, no era lo que esperaban los geólogos ver.

-¿Qué es esto?; preguntó Carmen al ver la imagen en la pantalla.

-Parece una red de galerías; observó Pablo.

-Eso parece, pero no sabía que existieran; comentó Carmen.

-¿Serán de la época de la colonia?; preguntó el geólogo.

-¿A cien metros de profundidad y a través de granito?, lo dudo mucho. Deben ser de origen natural; opinó ella.

-Pero no existen antecedentes al respecto; observó Pablo.

-Claro que sí, pero nadie les dio mayor importancia; insistió Carmen.

-¿Te refieres al Santa Lucia?; preguntó él.

-Precisamente, recuerda que es de origen volcánico; recordó ella.

-Esto sí que le llamaría la atención al profesor; opinó Pablo.

-¿Y que se quede con toda la gloria del descubrimiento?, olvídalo, este hallazgo es nuestro; observó Carmen.

-Tienes razón, hagamos historia; asintió Pablo. -¿Tienes suficiente cable y lámparas?

-Suficiente para unos cuantos kilómetros; respondió ella.

Provistos del equipo apropiado, ambos geólogos se dispusieron a descender desde el punto hasta donde había caído la excavadora.

Al despejar un poco el terreno, ante ellos se abrió la entrada de una galería que se internaba bajo tierra.

-Ponte la mascarilla; sugirió Pablo a Carmen. -Dudo mucho que el aire sea suficientemente puro para respirar bien.

Después de avanzar por un túnel con una suave pendiente llegaron a una bifurcación que se abría en dos galerías. El altímetro indicaba que se encontraban a cien metros bajo el nivel de la calle.

-Hay algo que no me cuadra; comentó Pablo.

-Sí, ya lo noté; asintió Carmen. -Este túnel se ve demasiado derecho y la pendiente que bajamos era matemáticamente constante.

-Como si fuese artificial; opinó Pablo.

-¿Pero quién podría perforar túneles en el granito?; objetó Carmen. -Ya  sabes lo que costó construir el túnel bajo el San Cristóbal;  imagina el tremendo trabajo de ingeniería que esto significaría si alguien lo hubiese construido.

-Creo que tienes razón; aceptó él luego de meditar un rato.

-Tal vez no del todo; corrigió Carmen, alumbrando con su linterna un extraño símbolo grabado en una de las paredes de roca.

-¿Qué es eso?; preguntó Pablo.

-No tengo ni idea, nunca había visto este signo antes; contestó ella.

Despacio ambos siguieron avanzando por la galería, alumbrando el piso y las paredes. La oscuridad era menos profunda de lo que se esperaba, pero de igual forma era necesario el uso de linternas.

-Mira; dijo Pablo alumbrando una gran cantidad de símbolos en lo que parecía ser una especie de escritura.

-Parecen runas; observó Carmen.

-¿Pero quién pudo haberlas escrito?; preguntó él.

-No lo sé; respondió ella.

La luz de la lámpara de Carmen comenzó a disminuir en intensidad.

-Es mejor que volvamos; sugirió Pablo. -Las linternas se van a apagar pronto.

-Primero déjame sacar unas fotos a estos símbolos; pidió ella.

-¡Esto es increíble!; exclamó Pablo.

-Y que lo digas; coincidió Carmen.

-¿Reconoces algunos de estos símbolos?; preguntó el geólogo.

-Ninguno; respondió ella. -Pero se asemejan a las runas nórdicas.

-Sí, a mí me dio la misma impresión; opinó Pablo.

-Creo que esto es más grande de lo que pensaba al principio; comentó Carmen.

-Propongo que consultemos con un amigo que es profesor de la Facultad de Arqueología; sugirió Pablo. -Es bastante bueno en su campo y además es muy discreto.

-No entiendo Pablo, si estas galerías no son de origen natural, ¿quién las construyó?; preguntó Carmen. -Y lo más extraño, ¿dónde están los escombros o restos de tamaña construcción?

-Es posible que esto esté aquí desde hace mucho tiempo y recién lo descubrimos ahora; opinó él. -Los  constructores deben haber sido meticulosos en sus obras.

-¿Pero quienes habrán sido?; preguntó ella.

-No lo sé, tal vez  mi amigo tenga alguna idea; contestó Pablo.

El salón de clases estaba lleno de alumnos del primer año de arqueología, escuchando atentos la clase del profesor Sergio Donoso.

-Hola Sergio; saludó el geólogo cuando se hubieron retirado los estudiantes.

-Pablo, que sorpresa; respondió el profesor. -¿Deseas cambiarte de profesión?

-De hecho necesitamos su consejo profesor Donoso; comentó Carmen.

-Por favor dime Sergio; saludó él tomando suavemente la mano de ella.

-Te presento a Carmen Fernández; presentó Pablo. -Carmen, este es Sergio Donoso, el arqueólogo del que te hablé.

-Queríamos pedirte un  favor;  dijo Pablo.

-¿De qué se trata?; preguntó Sergio.

-Necesitamos que, por favor, nos digas qué son estos signos; explicó Carmen mostrándole unas fotografías impresas de los extraños símbolos.

-Mmm, parecen runas; observó Sergio. -Pero definitivamente no son del alfabeto nórdico. ¿Dónde las encontraron?

-En unas formaciones rocosas que encontramos mientras hacíamos excavaciones para una de las nuevas estaciones del tren subterráneo; contestó Pablo.

-Parece una mezcla de distintos alfabetos rúnicos; comentó Sergio. -¿Tienen la roca donde estaba inscrito?

-Bueno es algo complicado; respondió Carmen.

-Verás, encontramos esos símbolos en las paredes de una galería subterránea que encontramos por accidente al realizar las excavaciones del metro; explicó Pablo.

-¿Qué galerías?; preguntó Sergio.

Carmen miró a Pablo con una pregunta en los labios que no necesitaba pronunciar en voz alta.

-Está bien contémosle todo; respondió el geólogo.

-En fin, si queremos tu ayuda es justo que compartamos contigo toda la información de que disponemos; aceptó ella.

-Todo esto pasó por accidente. Una de nuestras excavadoras cayó a una grieta que se abrió al colapsar lo que debió ser una fosa natural. Realizamos un sondeo con un radar de penetración profunda para ver el estado del terreno cerca de la obra. El radar mostró la existencia de una red de galerías subterráneas de varios kilómetros de extensión; explicó Carmen mostrando el mapa impreso de las galerías.

-No hay registro de la existencia de esos túneles en Santiago; indicó el arqueólogo. -¿A qué profundidad se encuentran?

-A cien metros bajo el nivel del suelo, cavados en roca de granito; agregó Pablo.

-¿Es en serio?; preguntó Sergio, sabiendo que su amigo no acostumbraba bromear cuando de trabajo se trataba.

-Totalmente; observó el geólogo. -Pero eso no es todo; por las características de las estructuras da la impresión de que no son de origen natural.

-¡Pero eso es imposible!; exclamó Sergio. -Habría algún testimonio de ello, y nadie lo ha mencionado en toda nuestra historia.

-Nosotros estamos tan sorprendidos como tú; opinó Carmen.

-¿Crees que sean de origen incaico?; preguntó Pablo.

-No lo sé, tendría que revisarlo en terreno para poder formular una hipótesis; opinó el arqueólogo.

-Me parece bien; respondió Carmen.

-Desearía que nos acompañara la profesora Blanca Rojas; experta en lenguajes primitivos y simbología; pidió Sergio.

-Si Carmen lo autoriza no tengo ninguna objeción; respondió Pablo.

-Supongo que no hay problema; asintió ella.

Temprano al otro día, los cuatro expertos descendieron hasta la entrada del primer túnel. Cada uno portaba una mochila con varias baterías de repuesto para sus linternas, así como dos cilindros extras de aire, para aumentar su autonomía en la expedición.

-¿Esto es una broma?; preguntó Blanca después de recorrer cerca de un kilómetro. -A mí se me habló de un hallazgo arqueológico en unas galerías en la roca, pero lo que aquí tenemos es un túnel artificial.

-Eso parece ser; apoyó Carmen. -Y como en sus paredes encontramos símbolos rúnicos grabados, Pablo sugirió consultarle a expertos en la materia.

-Y a propósito aquí está el primero; dijo Pablo mostrando la muralla con su linterna.

-Mmm, sí. Esto parece escandinavo, es un símbolo que significa luz o claridad; opinó Blanca. -Pero esto no indica nada.

Siguieron avanzando hasta llegar al conjunto de símbolos que habían fotografiado la vez anterior.

-Esto es interesante; comentó la arqueóloga luego de estudiarlos detenidamente y tocarlos con sus dedos. -Esto no tiene sentido.

-¿Por qué?; preguntó Sergio.

-Porque esto es una mezcla de alfabeto nórdico, maya, egipcio y sanscrito; contestó Blanca.

-La verdad es que también a nosotros nos tiene desconcertados esto; opinó Pablo. -No existe ningún  registro de la existencia de una red de galerías, ya sea de origen volcánico o hídrico en esta zona. En un principio pensamos que tenía un origen natural y decidimos explorar; pero al percatarnos de que descendíamos por una pendiente constante, que tanto el suelo como las paredes y el techo eran totalmente lisos, empezamos a suponer que su origen era artificial.

-Lo cual fue confirmado por los símbolos gravados en las paredes; agregó Carmen. -Como esto no data de una fecha reciente de construcción y al no entender el significado de los símbolos, decidimos buscar la asesoría de arqueólogos.

-O sea nosotros; concluyó Sergio.

-Pero esto tiene un acabado muy fino, no coincide con albañilería antigua; objetó Blanca. -Las únicas estructuras con una terminación tan perfecta que he visto de la antigüedad, son la Puerta del Sol de Los Incas, la Pirámide de Gizah y el Valle de Los Reyes de Egipto, las construcciones romanas, griegas y babilonias; pero cultural y temporalmente distan mucho de esto.

-Mi opinión personal es que esto es de origen moderno, no más allá del siglo diecinueve; agregó Sergio.

-¿Existe algún registro histórico al respecto?; consultó Pablo.

-Ninguno, pero eso no significa que no exista; opinó la arqueóloga.

-En eso coincido contigo; opinó Carmen. -Sin embargo, el despliegue de maquinaria y mano de obra, así como el movimiento de materiales no habría pasado desapercibido; ya ves todo el barullo que hay arriba solo para construir una estación de metro; objetó la geóloga.

-Es cierto, no es llegar y construir bajo una ciudad sin que nadie lo note; apoyó Pablo.

Conversando como iban, llegaron hasta una bifurcación donde el túnel se abría en dos galerías.

-¿Hacia dónde seguimos?; consultó Sergio.

-Me gustaría poder explorar todo, pero no se puede de una sola vez; opinó Carmen. -Así es que da lo mismo; vamos por la galería de la derecha; dijo marcando una flecha en su mapa, para indicar la dirección seguida.

De su mochila Pablo sacó un par de balizas luminosas para marcar el punto de bifurcación y puso otra a cinco metros en el túnel que se abría a la derecha.      -Así no nos perderemos; observó él.

-Llevamos caminando una hora; observó Sergio. -Esto es inmenso.

-Aquí hay otra bifurcación; indicó Carmen. -¿Derecha o izquierda?

Al igual que la  vez anterior Pablo marcó el camino con dos balizas, que brillaban en forma intermitente. Por su parte Carmen dibujó una flecha sobre el mapa para indicar la dirección.

-Miren; señaló Blanca, indicando la muralla con una mano. -Ahí hay otros símbolos.

Cuatro símbolos distribuidos de manera vertical en línea se observaban nítidamente en una de las paredes de la galería por la que avanzaban. El primer símbolo parecía un rayo (ξ), el segundo se asemejaba a una letra Z con ángulos rectos ( Ζ ), el tercero era un par de segmentos paralelos separados por un espacio vacío (⊇  ⊆) y el cuarto era claramente una flecha que indicaba hacia la otra galería (  ⇒  ).

Después de analizarlos un rato, Blanca recorrió con su linterna el piso del túnel, hasta que el rayo de luz dio con un brusco cambio de pendiente en el camino.

-Interesante; opinó la arqueóloga. -Es un aviso de peligro, si no me equivoco significa “Peligro, desnivel o caída, camino cortado, seguir por la otra galería”.

-Voy a marcar ese hoyo; dijo Pablo, poniendo tres balizas frente a él y trazando una línea con pintura luminosa.

Carmen marcó el lugar en el mapa y el grupo se internó en la otra galería.

-Debo cambiar mi botella de aire; dijo Blanca después de un rato.

-Creo que todos debemos hacerlo; sugirió Sergio.

-No me parece; opinó Carmen quitándose la mascarilla. -Sientan, hay una corriente de aire fresco.

-Es cierto; apoyó Blanca, quitándose también la suya.

-¿Pero de dónde viene?; preguntó Pablo. -Estamos lejos de la superficie y de la entrada del túnel.

-Tratemos de encontrar por donde entra; propuso Sergio.

-¿Quiénes creen que hayan construido estos túneles?; preguntó Carmen a los arqueólogos.

-No lo sé; respondió Sergio. -Nunca había visto algo así; es casi anacrónico.

-Y hasta ahora no hemos visto ninguna escritura, excepto los signos que encontramos atrás, los cuales parecen ser funcionales, de advertencia; agregó Blanca.

-Por ahí se siente más fresco el aire; observó Carmen, caminando más rápido.

-¡Cuidado!; grito Blanca al ver en la muralla los signos del rayo y el del desnivel, grabados en la roca.

Carmen no alcanzó a reaccionar y dando un grito cayó en un hueco en el camino; todos corrieron a socorrerla. Cinco metros más abajo la geóloga se movía lentamente algo aturdida.

-¿Carmen estás bien?; gritó preocupado Pablo.

-Me lastimé una pierna; contestó ella con voz quejumbrosa.

-Espera, no trates de moverte, vamos a bajar; aconsejó Sergio.

-Yo bajaré; se ofreció Blanca. -Ustedes tienen que sostener una cuerda para que yo llegue hasta ella.

Protegida con guantes la arqueóloga se descolgó por la cuerda mientras Pablo y Sergio la sostenían con toda la fuerza de sus brazos, ya que debido a lo liso de las superficies, no había ningún punto donde fijar la cuerda.

-Tranquila, déjame ver esa pierna; pidió Blanca. -Tengo alguna experiencia en primeros auxilios.

-Mmm, no está rota; observó la arqueóloga. -Pero  te la dislocaste a la altura de la rodilla, es necesario volver a poner los huesos en su lugar.

-Por favor no, que me duele mucho; imploró Carmen.

-Está bien, tranquila; respondió Blanca. -Solo te vendaré.

-¡Carmen mira!; gritó la arqueóloga apuntando hacia la pared de su derecha.

Cuando Carmen se volvió a mirar, Blanca con un rápido movimiento reacomodó la pierna de la geóloga, la que soltó un grito de dolor.

-Hey, duele menos; observó Carmen. -Gracias.

-Carmen está bien, solo se dislocó una pierna, pero ya se la acomodé; avisó Blanca a sus compañeros que aguardaban arriba.

Con su linterna la arqueóloga notó que frente a ella se habría otro túnel desde el que llegaba aire fresco. Mirando con mayor atención las murallas, pudo observar que estaban cubiertas de signos que parecían haber sido sacados de diferentes culturas.

-Chicos, tienen que venir a ver esto; dijo impresionada por el hallazgo.

-¿Qué hay?; preguntó Sergio.

-Signos, cientos de ellos; contestó Carmen, quien se apoyaba en el bastón que acostumbraba llevar Blanca cuando salía a terreno.

De su mochila Pablo sacó una caja plástica en cuyo interior había una extraña pistola.

-¡Oye!, ¿a quién vas a matar?; preguntó el arqueólogo.

-A nadie; respondió el geólogo, mientras a escasos centímetros de la pared rocosa apretó el gatillo y una punta de metal con un agujero en la parte trasera, como si de una gran aguja se tratase, se clavó profundamente en la roca.

-¿Qué fue eso?; preguntó Blanca al escuchar la detonación.

-Una pistola de anclaje; respondió Carmen. -Vaya, este ex mío vino preparado.

Ante la sorpresa de Sergio, Pablo enganchó un mosquetón a la argolla del clavo fijo en la roca y ató a él el extremo de la cuerda. A los pocos minutos los hombres se reunían con las dos mujeres.

Fascinada Blanca sacaba fotografías sin parar; tenía que estudiar esto con mayor detenimiento, pero por ahora debía recopilar la mayor cantidad de información que pudiera.

-Voy a tener trabajo por meses o años tratando de traducir esto; comentó entusiasmada la arqueóloga.

-Ahora falta averiguar quiénes y cuando los escribieron; opinó Sergio.

-Y determinar la técnica empleada; pensó en voz alta Carmen, que caminaba cojeando afirmada en el bastón. -Esto supera la calidad de los trabajos del tren subterráneo.

-Deberíamos volver; aconsejó Pablo.

-No, no, debemos continuar; insistió Carmen. -Ya estoy mejor.

-Podemos volver mañana; apoyó Sergio.

-Vamos, este es el descubrimiento del siglo. Debemos seguir adelante; siguió insistiendo porfiadamente la geóloga.

-¡Vean esto, rápido!; llamó apremiante Blanca.

-¿Qué hallaste?; preguntó entusiasmada Carmen.

La arqueóloga solo apuntó con un dedo. En la pared rocosa estaba estampada en bajo relieve la huella de una mano.

-Los constructores de los túneles dejaron su marca; opinó Sergio. -No es algo fuera de lo común.

-Pero hay algo que no está bien; observó Pablo. -Esa huella tiene solo cuatro dedos.

Los cuatro expedicionarios se miraron sorprendidos unos a otros, esperando que uno dijera algo. Como una niña  curiosa Carmen apoyó su mano derecha en la huella. Lo siguiente que ocurrió dejó estupefactos a los cuatro aventureros; parte de la pared de granito comenzó a deslizarse con un ruido pesado de rocas que se arrastran, dejando a la vista un túnel que había permanecido oculto. Sin decir palabra, la geóloga penetró lentamente en él alumbrando todo con su potente linterna. Cuando los demás hubieron cruzado, la puerta en la roca se cerró tras ellos, con el mismo pesado sonido.

Alarmado Pablo se volvió para comprobar que la entrada, o salida, ya no estaba abierta.

-Ahora sí que la hiciste buena; reclamó molesto a su ex esposa.

Sin inmutarse, Carmen revisó la roca a su espalda hasta que encontró una huella de mano en ella, en la que apoyó la suya. La roca se deslizó lentamente dejando a la vista la especie de sala en la que ella había caído.

-Aquí está la cerradura, no seas tan cobarde; recriminó a Pablo. -Deja marcar este punto en el mapa; continuó ella como si de lo más normal se tratase.  -Veamos, la cámara con esta puerta está aquí; dijo encerrando el lugar en un círculo.  -Pero no veo esta galería.

-¿Cómo que no?, si estoy seguro que escanee con el radar a dos kilómetros a la redonda y hasta ahora nos hemos movido solo en línea recta; se defendió Pablo.

-Pues mira, aquí no aparece; mostró la geóloga el mapa.

-No entiendo por qué no se ve; respondió pensativo Pablo.

-Tal vez en la roca hay algún mineral que bloquea el radar; pensó Carmen.  -Sé que tú lo hiciste bien, ya que estaba contigo.

-Eso quiere decir que si continuamos nos moveríamos a ciegas; acotó Sergio.

-Pero no podemos volver, debemos averiguar más; propuso Blanca.  -Necesitamos más datos.

-Podemos ir marcando el camino con balizas; sugirió Carmen.

-Solo quedan dos; observó Pablo. -Pero podemos usar pintura luminosa, al menos de esa queda bastante.

-Entonces sigamos; pidió la geóloga.

-¿Y tú pierna?; preguntó Sergio.

-Puedo caminar, un poco lento, pero no hay problema; respondió Carmen.

-Mi linterna se está agotando; observó Pablo. -Debo cambiarle la batería.

-Apaguen sus linternas; dijo inesperadamente Blanca.

-Pero no veremos nada; objetó Sergio.

-Háganme caso, solo un momento, por favor; insistió ella.

-¿Qué ocurre Blanca?; preguntó Carmen apagando su linterna.

-No lo puedo creer; exclamó Pablo cuando todos hubieron apagado sus luces.

-Se puede ver; observó Sergio.

-No veo ningún foco o alguna fuente de luz; acotó Pablo.

-Debe ser algo en el material de las paredes de la galería; reflexionó Carmen.

-¿Cómo lo notaste Blanca?; preguntó Sergio.

-Fue solo una impresión, creo que nadie más notó que seguía claro detrás de nosotros; explicó la arqueóloga.

-Bueno, como sea, esto nos facilita un poco más esta marcha; opinó Pablo.

En la cabeza de los cuatro investigadores había más preguntas que respuestas. El hallazgo de una galería invisible al radar a ciento cinco metros de profundidad, detrás de una puerta oculta, así como la extraña luminiscencia de las paredes, indicaba que esta no era una obra arqueológica común y corriente; y qué decir de la huella de mano de cuatro dedos que accionaba un mecanismo automático que abría y cerraba la puerta que comunicaba la sala con dicha galería. Todo hacía pensar que se hallaban frente a la obra de un pueblo poseedor de grandes avances tecnológicos.

Era fácil que la imaginación se disparase y ellos en el fondo lo sabían, así es que trataban solo de obtener datos, sin adelantar ninguna hipótesis.

Aprovechando la claridad natural del lugar, Pablo se dedicó a observar con mayor atención la roca que formaba las paredes.

-Carmen, esto no es granito; dijo después de rasparla con la punta de su martillo y palparla con la mano.

-¿Cómo dices?; preguntó sorprendida ella.

-Este material es artificial; concluyó él.

-¿Está hecha de concreto u hormigón?; consulto Sergio.

-No lo sé; observó la geóloga. -No reconozco el material, pero por su textura yo diría que es sintético.

Incrédula Blanca encendió su linterna y con ella alumbró la pared, dejando a la vista una superficie totalmente lisa y pulimentada.

-Esta calidad en el trabajo de la piedra la he visto solo en el sarcófago de Keops; observó Sergio. -Yo diría que estamos ante la obra de un pueblo muy avanzado.

-La combinación de símbolos mayas, escandinavos, sanscritos y egipcios a primera vista indicaría que en algún momento, este pueblo tuvo contacto con dichas culturas.

-¿Cuándo habrán sido construidas estas galerías?; preguntó Carmen.

-Es difícil decirlo sin puntos de referencia; respondió el arqueólogo. -Tal vez la datación por termoluminiscencia podría funcionar, pero no estoy seguro.

-Otra vez se siente una corriente de aire fresco; observó Pablo.

-¿Provendrá del exterior?; preguntó Blanca.

-A esta altura ya no sé qué creer; contestó Pablo.

-¿Escuchan eso?; preguntó Carmen.

-¿Qué cosa?; preguntó Sergio.

-Un ruido muy leve de baja frecuencia, es como el de un motor eléctrico; respondió la geóloga.

-Eso es imposible; opinó Pablo.

-A lo mejor es mi imaginación; pensó Carmen.

Así hablaban mientras la arqueóloga se distrajo observando un conjunto de símbolos que había en una de las paredes, no dándose cuenta de que sus compañeros se habían alejado; emocionada buscó la cámara fotográfica que llevaba en  su chaqueta. La pared se deslizó silenciosamente y no se  percató de una mano que la sujetó de un brazo y otra le tapaba a la vez la boca impidiéndole gritar.

-¿Qué opinas de todo esto Blanca?; preguntó Sergio  a su colega.

Un lapso inusitadamente prolongado de silencio molestó al arqueólogo.

-Blanca, te estoy hablando; reclamó Sergio volviéndose hacia atrás. Atónito vio que no había nadie tras él.

-¡Hey esperen!; gritó a Carmen y Pablo que avanzaban un poco más adelante.

-¿Qué ocurre?; preguntó el geólogo.

-Blanca se quedó atrás; respondió el arqueólogo. -Volvamos a buscarla, no quisiera dejarla sola acá.

Un silencio total inundaba la galería, solo roto por el suave eco del grito de Sergio.

-¡Miren!; exclamó Carmen agachándose. -Es la máquina fotográfica de ella.

-¿Pero dónde se metió?; preguntó Pablo.

-Habrá retrocedido más; supuso Sergio acelerando el paso para encontrar pronto a su compañera.

Después de unos minutos de caminata Sergio llegó hasta el punto donde se hallaba la puerta que conectaba con la sala a la que Carmen había caído.

-No creo que haya salido;  opinó Pablo. -No sin avisarnos.

-Volvamos hasta donde encontramos su máquina fotográfica; sugirió la geóloga.

Al poco rato los tres se encontraron junto a la marca en el piso que Pablo había hecho donde estaba tirada la cámara.

-Habrá caído en alguna trampa oculta; pensó Sergio.

-Tiene que haber alguna clase de interruptor por alguna parte; opinó Carmen.

La oscuridad del túnel por donde estaba siendo llevada Blanca era total; la impresión y el miedo al verse arrastrada en medio de las sombras había hecho que ella se desmayara.

La cabeza le giraba y los ojos se adaptaban nuevamente a la tenue luz que la rodeaba. El suelo donde se hallaba tendida era definitivamente metálico, lo mismo que las paredes y el techo; no había ninguna puerta en el reducido espacio, lo que le hizo comprender que la habían puesto en una celda. ¿Pero quién o quiénes la encerraron?

-Tiene que haber una puerta oculta en algún lado; supuso Sergio tocando distintos signos en la pared. -No puede haberse esfumado así como así.

Aunque había palpado cada uno de los símbolos grabados en la roca, una y otra vez, Sergio seguía insistiendo, no queriendo alejarse del lugar donde probablemente había desaparecido Blanca. Casi en forma obsesiva seguía intentándolo, hasta que sus dedos notaron que una de las marcas estaba sobresalida respecto a las demás; albergando un deseo presionó ese signo. Silenciosa, a diferencia de la vez anterior, la pared de roca se deslizó ante sus ojos, dejando a la vista la entrada de otra galería; aunque dejar a la vista era decir demasiado, ya que lo que se abría frente a los tres expedicionarios era un hoyo negro, que no permitía ver nada sin luz artificial.

Encendiendo sus linternas a su máxima potencia de penetración, ingresaron cautelosamente en aquella negrura.

-¡Blanca!; gritó a todo pulmón Sergio, pero ninguna respuesta llegó de vuelta hasta sus iodos.

  Si no fuese por los potentes rayos de luz de las linternas, la oscuridad habría sido absoluta; lo que le recordó a Pablo una ocasión en la que había quedado atrapado en una mina de oro a causa de un derrumbe y se le había agotado su linterna, hallándose sumido en la más opresiva oscuridad. Carmen prácticamente había removido con sus propias manos, hasta que sus dedos sangraron, las rocas que tenían encerrado a su esposo; y ahora, siete años después, pudo percibir el miedo que el recuerdo le provocaba a él. Su respiración comenzó a acelerarse y su frente se llenó de traspiración. Sintiendo pena aún por él, ella le tomó su mano y pudo notar la fuerte presión con que la apretaba; aun así no lo quiso soltar y poco a poco la tensión de los músculos del geólogo disminuyó y su respiración se volvió relajada nuevamente. El  mismo recuerdo en ella le hizo sentir un impulso de abrazar fuerte a su ex marido, pero se contuvo.

Carmen no estaba segura de que fuese lo correcto internarse por esa galería para buscar a Blanca; aunque no la conocía, no creía que fuese tan imprudente como para aventurarse sola por un camino  desconocido que no aparecía en el mapa. 

-¿Sergio, crees tú que Blanca entró a esta galería?; preguntó la geóloga. Lo siguiente que ella escuchó la dejó perpleja; silencio, el más completo y total silencio.

-¿Sergio, estás bien?; insistió Carmen.

-¡Sergio!; gritó fuerte Pablo, pero no hubo ninguna respuesta a ese llamado.

-Retrocedamos y vamos a buscarlo; sugirió el geólogo. -No puede estar muy lejos.

Carmen y Pablo desanduvieron el camino recorrido, disolviendo las tinieblas con sus linternas, en busca de su compañero. Ambos estaban totalmente desconcertados, era como si la tierra se lo hubiese tragado, simplemente Sergio parecía haberse esfumado en el aire.

-Aquí termina el camino; observó Carmen ante la pared que cerraba la entrada a la galería. -¿Crees que Sergio haya salido sin avisarnos?

-Tal vez de un estudiante podría esperarlo, pero él es un profesor con mucha experiencia de campo; opinó Pablo. -No es del tipo impulsivo o imprudente.

-Sin embargo, aquí no está; comentó Carmen.

-Puede que haya trampas en estos túneles, lo que explicaría la desaparición de Sergio y Blanca; pensó Pablo.

-¿Pero dónde estarán?; preguntó Carmen.

-No lo sé; respondió el geólogo.

Sergio no sabía cuánto tiempo había pasado. Cuando despertó su cabeza giraba un poco y se sentía desorientado; tenía la espalda apoyada sobre las piernas de alguien.

-No trates de levantarte aun, espera a que pase el mareo; sugirió Blanca acariciándole la cabeza.

-¿Blanca?, ¿dónde estamos?; preguntó Sergio sentándose en el suelo.

-Creo que estamos encerrados en una especie de celda; dijo ella.

-¿Pero quién nos puso aquí?; preguntó el arqueólogo.

-No lo sé, a mí me trajeron inconsciente y a ti solo te arrojaron aquí; respondió ella.

-¿Y Carmen y Pablo?; preguntó Blanca.

-Te estábamos buscando los tres en una galería que había oculta en una pared; respondió Sergio.

-La misma por donde me trajeron a mí; opinó Blanca.

-¿Has escuchado algún ruido desde que estas aquí?; preguntó Sergio.

-Nada, tampoco he visto a nadie; respondió ella. -Esto  definitivamente echa por tierra la teoría de que esta es una reliquia arqueológica, porque está en pleno uso.

Silenciosamente la puerta de la celda comenzó a abrirse, los dos cautivos tenían sus corazones latiendo a cien kilómetros por hora, expectantes de conocer a sus captores.

-¿Qué está pasando?; preguntó Carmen a Pablo. -¿Dónde están Blanca y Sergio?

-No lo sé; fue la limitada respuesta del geólogo, que sabía tanto como su compañera.

-Tengo miedo; agregó ella. -Por favor no me dejes sola.

-Tranquila, todo se aclarará; trató de calmarla Pablo, no tan convencido de sus palabras.

-Quiero irme; rogó Carmen.

-No podemos abandonar a Sergio y Blanca; objetó el geólogo. -Pero salgamos por ahora de esta galería.

Tomados de la mano ambos caminaron lo más rápidamente posible hacia la puerta que ocultaba la galería donde se encontraban. Tras ellos la oscuridad les pisaba los talones. A poco andar palpaban ansiosos los distintos símbolos grabados en la roca.

-Tiene que haber algún interruptor por aquí; opinó Pablo, pasando sus manos por toda la superficie. Inesperadamente la luz de ambas linternas comenzó a disminuir rápidamente.

-¡Las linternas se van a apagar!; exclamó Carmen alarmada.

Cambiémosles rápido las pilas; apremió Pablo.

Con mano presurosa buscaron en sus mochilas baterías nuevas. Temblorosos reemplazaron las baterías gastadas. La angustia subió como un sabor amargo por la garganta de Carmen; la nueva batería tenía menos carga que la anterior. Lo mismo pudo comprobar Pablo en su linterna; casi en la penumbra la geóloga apretó la mano de él. Finalmente las linternas de ambos terminaron por apagarse, dejándolos sumidos en la más completa e impenetrable negrura. Angustiados palpaban la muralla tratando de encontrar la forma de salir de ese túnel, hacia la galería principal que estaba iluminada.

Lejanos pasos se escuchaban aproximarse lentamente a través de la oscuridad.

-Escucha, alguien viene; dijo ella a Pablo.

-¡Sergio, Blanca!, ¿son ustedes?; gritó éste, pero nadie contestó

Los pasos se escuchaban cada vez más fuerte. Quién fuese estaba cada vez más cerca.

-¿Quién está ahí?; gritó Carmen con la voz entrecortada y la mano apretada a la de Pablo.

El silencio del túnel solo era roto por los pasos que se acercaban y la respiración agitada de la mujer. De pronto se hizo un silencio total; Carmen intuía que había alguien más junto a ella. Cuando sintió que alguien la sujetaba por los brazos y tiraba de ella, trató de zafarse y gritó con todas sus fuerzas.

-No dejes que me lleven, por favor; imploró a Pablo.

Pero su compañero poco o nada podía hacer, ya que a él también lo estaban sujetando. De un golpe logró soltarse de su agresor, sabía que lo había golpeado en el rostro y éste había caído al piso.

-¡Carmen!; gritó desesperado, pero ella ya no estaba junto a él. Furioso, sorprendido e impotente sintió que lo sujetaban entre dos de los brazos, impidiéndole toda posible reacción. Sin darse cuenta cayó en un profundo letargo, y sus músculos dejaron de responder a su voluntad; finalmente su conciencia se nubló.

La puerta de la celda terminó por fin de abrirse, la impresión de Blanca y de Sergio también, fue una mezcla de incredulidad y estupor. Tres individuos vestidos con uniformes de una pieza, botas y cinturón. Dos hombres y una mujer de un metro ochenta, piel muy clara, ojos muy grandes de amplias y negras pupilas, orejas levemente alargadas, cabello claro y lo más impactante, con tan solo cuatro dedos en cada mano.

Mientras en Blanca y Sergio la emoción que dominaba era asombro y estupor, en los tres extraños era una mezcla de repulsión y miedo, el cual era más evidente en la mujer.

Sin mediar palabra, los prisioneros fueron conducidos por un largo pasillo iluminado por una claridad crepuscular que parecía provenir de todas direcciones. Al poco andar, vieron como los cuerpos inanimados de Pablo y Carmen eran depositados, con poco cuidado por cuatro extraños armados, en el piso de una celda similar a la que ellos ocuparon hace un rato. Poco después llegaron a una sala con unos cuantos instrumentos; aunque opusieron resistencia, sobre todo Sergio, fueron sentados en dos sillas de cuyo respaldo surgió una banda metálica que los enrolló por el torso, dejándolos inmóviles.

La frente de Blanca estaba cubierta de gotas de sudor, muestras del  miedo que la dominaba.

En total silencio la mujer acercó una especie de lámpara de pie a los prisioneros, de la cual surgió un rayo de luz que recorrió la cara de ambos. En una pantalla aparecieron, como si de una película se tratase, escenas de lo vivido por ambos durante los dos últimos días.

Los dos hombres intercambiaron palabras en un idioma ininteligible para los arqueólogos, a lo cual la mujer replicaba con evidente desagrado.

-Evidentemente estos seres vienen de la superficie; opinó el mayor de los extraños.

-Debemos averiguar cuál es su misión  y  cuanto saben de nosotros; agregó el otro.

-Si llega a saberse que los invasores han llegado hasta nuestras ciudades, va a cundir un pánico difícil de controlar; observó la mujer evidentemente asustada. -Y no es para menos, ya que son horribles.

-La doctora Zinhar tiene razón; opinó el menor de los dos hombres. -Aún se relata en nuestra historia, en forma muy precisa los horrores de la primera invasión.

-Por lo visto lo más prudente para el bien de nuestro pueblo es mantener en secreto este incidente; concluyó el mayor de los extraños.

-Permítanme presentarme, yo soy Narthar, jefe de esta unidad; dijo el hombre en perfecto castellano.

-¿Cuál es su misión en nuestro mundo?; preguntó directamente el otro hombre, de nombre Xanther.

-¿Misión?, no tenemos ninguna misión; respondió Sergio. -Somos científicos que investigamos en forma tranquila unos extraños túneles.

-Ni siquiera sabíamos de su existencia, ni queremos tener ningún problema con ustedes; agregó Blanca.

-¿De igual forma que cuando nos invadieron hace un millón de ciclos solares?; gritó alterada la doctora Zinhar. -A pesar de todo el tiempo transcurrido, aun nuestros historiadores nos recuerdan cuando llegaron sus astronaves y les acogimos como amigos, pero al poco tiempo nos atacaron; dijo ella con lágrimas de  rabia y dolor en los ojos.

-No sé de qué nos hablan; respondió confundido Sergio.

-Hace un millón de años ni siquiera existía nuestra especie; agregó Blanca.

-Por lo visto ustedes no saben lo que realmente ocurrió en este planeta; comentó Narthar. -Les explicaré lo que dijo la doctora Zinhar.

-Hace un millón de ciclos solares, o años  como ustedes los llaman, nuestros ancestros vivían en la superficie; las ciudades florecían en armonía con el medio ambiente y educábamos nuestras mentes y cuerpos en paz. La curiosidad y el deseo de obtener más conocimientos nos impulsaron a enviar sondas y naves exploradoras más allá de este sistema planetario; relató Narthar.

-Algunos años después nuestros sistemas de vigilancia captaron un mensaje armónico y matemático. Entusiasmados los científicos de esa época los invitaron a venir a conocernos y les dieron la ubicación exacta de este planeta; agregó Xanther.

-Nuestro pueblo recibió a los recién llegados como amigos; sin embargo, al poco tiempo comenzaron a llegar las naves de combate. Intentaron resistir y lo lograron por un tiempo, pero nuestras ciudades fueron bombardeadas y todos sus habitantes asesinados; continuó Zinhar con un nudo en la voz.

-Los sobrevivientes se refugiaron en cavernas y comenzaron una guerra de guerrillas contra los invasores, que establecían colonias por todo el planeta. La desesperación en nuestro pueblo crecía y tal vez también la locura. Mediante armas de destrucción masiva las emergentes ciudades de los humanos fueron destruidas y también su tecnología. Con el pasar del tiempo experimentaron una involución cultural y se perdió todo recuerdo de su origen; narró Xanther.

-Aunque ustedes ya no representaban un peligro para nosotros, la contaminación del planeta causada por la guerra, obligó a nuestros ancestros a refugiarse bajo tierra y abandonar la superficie. El tiempo continuó su avance y miles de generaciones comenzaron a evolucionar poco a poco. Ya no somos los mismos que llegaron a este mundo subterráneo; nuestro organismo se adaptó a las nuevas condiciones ambientales y surgió, al fin, una nueva especie, nosotros; concluyó el profesor Narthar profundamente emocionado.

-¿Nunca han tratado de volver a la superficie?; preguntó Blanca.

-No podemos exponernos a la radiación cósmica, ni a la radiación solar sin equipos especiales de protección; explicó Xanther.

-Lo que menos deseamos es tener contacto con ustedes; opinó Zinhar.

-Por ahora hemos terminado; dijo Xanther.

-¿Puedo hacer una pregunta?; consultó Sergio.

-Adelante; autorizó Zinhar.

-¿Dónde estamos exactamente?; preguntó el humano.

Los tres extraños se miraron como si se consultaran entre ellos si debían entregar dicha información a los seres de la superficie.

-No creo que les sirva saberlo, pero les diré. Se encuentran en una de nuestras ciudades a siete kilómetros de profundidad, usando su sistema de medidas; contestó con una sonrisa cruel Zinhar.

-¿Ciudades?; observó Blanca. -¿Cuántos son de su especie?

-Cinco mil millones; respondió con naturalidad el profesor Narthar.

Con un chasquido la cinta metálica se abrió; dos guardias armados los condujeron hasta la celda donde se encontraban Carmen y Pablo, quienes comenzaban a salir de la inconsciencia.

-¿Qué opinan?; preguntó Narthar en su propio idioma a sus colegas.

-Debemos impedir que informen de nuestra existencia; opinó la mujer. 

-Concuerdo con Zinhar; apoyó Xanther.

-Su sola presencia ya es peligrosa, sugiero que los ejecutemos; sentenció la doctora Zinhar.

-Es probable que hayan cambiado con el aislamiento en este planeta y ya no sean un peligro para nuestro pueblo; opinó el profesor.

 -Permítame recordarle que esa misma ingenuidad fue la que casi extinguió a nuestros ancestros; rebatió Zinhar.

El profesor Narthar era consciente de que tras las palabras y el rechazo hacia los humanos por parte de la doctora Zinhar, había una respuesta instintiva transmitida de generación en generación durante un  millón de años y que probablemente compartía todo el mundo. A pesar del interés científico que en él despertaban los intrusos, sabía que en el fondo ella tenía razón.

Carmen se puso de pie tambaleándose, tan mareada que Sergio tuvo que afirmarla para que no cayese.

-¡Blanca, Sergio!; exclamó Pablo. -¿Dónde estamos?

-Prisioneros; contestó éste mientras ayudaba a Carmen a sentarse.

-¿Pero de quiénes?; preguntó Carmen.

Sergio no alcanzó a contestar la pregunta cuando se abrió la puerta y entraron dos guardias que los condujeron por el pasillo.

-De ellos; respondió Blanca.

Carmen cerró los ojos y los abrió de nuevo incrédula y asustada de lo que veía.

-¿Qué son?; preguntó Pablo.

-Los habitantes originales de este planeta; respondió Sergio.

-¿De qué hablas?; preguntó Carmen intrigada.

No alcanzó a obtener respuesta cuando se abrió la puerta de otra habitación.

-Aquí están todos los prisioneros; informó un guardia.

-Gracias, pueden retirarse; autorizó  el profesor Narthar.

-¿Qué significa esto?; preguntó Pablo.

-Ustedes entraron sin autorización a nuestro mundo; respondió Zinhar.        -Pero eso es común en su especie.

-No entiendo; dijo Carmen.

-Nosotros somos los descendientes de los habitantes originales de este planeta. Ustedes descienden de invasores que llegaron hace un millón de años desde el otro extremo de la galaxia; explicó el profesor Narthar. -Durante miles de generaciones nos hemos mantenido alejados de ustedes, hasta ahora.

-Su presencia aquí se mantendrá en secreto, ya que de saberse provocaría pánico en toda la población; agregó Xanther.

-No podemos permitir que vuelvan a la superficie y den a conocer nuestra existencia a sus autoridades militares; continuó Zinhar.

-Esto no es justo, nosotros no somos responsables de lo que hayan hecho nuestros antepasados; reclamó Blanca.

-Además nosotros somos científicos, no nos interesa la política ni lo militar; agregó Pablo.

-Sin embargo, están genéticamente programados como guerreros e invasores y eso los hace peligrosos como especie; argumentó Zinhar.

-Siento tener que darle la razón a mi colega; respondió el profesor Narthar.   -Pero ella tiene razón.

-La vuestra es una especie genéticamente acondicionada para invadir y destruir otros mundos; observó Xanther.

-Me temo que nunca podrán volver a la superficie, ni abandonar estas instalaciones; concluyó Narthar.

-Ahora necesitamos averiguar cuánto saben realmente; dijo Zinhar escaneando el rostro de Carmen y Pablo con el mismo aparato usado en Sergio y Blanca.

Inmediatamente apareció en la pantalla el mapa de túneles descubiertos por los geólogos.

-Son antiguas galerías abandonadas que comunicaban con la superficie; observó preocupado Xanther.

-Localice la ubicación de esos archivos; ordenó Narthar a Zinhar.

Inmediatamente los recuerdos de Carmen mostraron su oficina y su computador portátil. Los recuerdos de Sergio permitieron ver su despacho y las fotografías de los símbolos encontrados en las rocas. Pablo y Blanca no mostraban nada nuevo, ya que ellos no habían almacenado información sobre los hallazgos.

Sin más que querer saber de los prisioneros, por el momento estos fueron llevados de vuelta a su celda.

-¡Esto es una locura!; exclamó Carmen.

-Tenemos que tratar de escapar; opinó Pablo.

-Va a ser un poco difícil; opinó Sergio. -Estamos a siete kilómetros de profundidad.

-Pero de alguna forma nos trajeron hasta acá; comentó Blanca.

-Debe haber algún ascensor que comunica con la superficie; meditó Carmen.

-Debemos intentar llegar a él; sugirió Pablo.

-Cuando los guardias vuelvan a buscarnos los neutralizaremos entre los cuatro y escapamos.

Una hora después la puerta de la celda se abrió y dos guardias armados ingresaron por ellos. Antes de que pudieran reaccionar, Sergio y Pablo les cayeron encima; de un rodillazo en el estómago y un puñetazo en la cara Sergio derribó a uno, en tanto que Pablo lanzaba al otro de cabeza contra la pared de metal. Sin pérdida de tiempo Pablo se apoderó de una de las armas y los cuatro echaron a correr; probando suerte en varias puertas, finalmente dieron con un ascensor. Después de revisar los controles un minuto, Blanca presionó un botón y el ascensor comenzó su desplazamiento hacia arriba.

Ante la demora de los guardias con los prisioneros, la doctora Zinhar fue a ver qué los detenía. Grande fue su sorpresa al ver a los guardias en el suelo.

-Los prisioneros han escapado. Están armados y uno de los guardias está muerto; informó la mujer por un intercomunicador.

En otra sala el profesor Narthar meditaba sobre el giro que habían experimentado los acontecimientos.

Zinhar entró furiosa donde se encontraba el profesor.

-Le advertí que esta era una situación peligrosa; recriminó ella. -Ahora debemos impedir que lleguen a la superficie e informen de nuestra existencia.

-Siento no haberla escuchado Zinhar; respondió apesadumbrado Narthar.   -Usted  tenía razón.

-Los fugitivos han llegado a una galería  a dos mil metros de la superficie. El siguiente módulo de ascenso los llevará hasta arriba y no podremos capturarlos; informó la mujer observando un punto rojo en una red de galerías en una pantalla.

-Muy bien, manden dos cazadores; ordenó cabizbajo el profesor.

Después de unos minutos de rápido ascenso, el elevador se detuvo a dos kilómetros de la superficie.

-Hasta aquí llegamos en este ascensor; observó Pablo. -Debemos buscar otro que llegue a la superficie y podamos salir de aquí.

La puerta del módulo se abrió hacia una larga galería iluminada por la ya habitual claridad crepuscular.

-¿Hacia dónde vamos?; preguntó Blanca.

-Supongo que da lo mismo, en algún lugar tiene que haber otro ascensor; opinó Sergio.

Al poco andar el gruñido de un animal rompió el silencio del túnel.

-¿Qué fue eso?; preguntó asustada Carmen.

-Mejor no lo averigüemos; aconsejó Pablo.

Cada uno de los cuatro prófugos pensaba en poner la mayor distancia posible entre ellos y la cosa que los perseguía. El agotamiento empezaba a hacer mella en la resistencia de ellos. El aire comenzaba a faltarle a Blanca e inevitablemente empezó a rezagarse, quedando alejada de los demás. Las piernas de ella se doblaron y cayó de bruces al suelo; al volverse Sergio vio que una bestia de largas garras, que se asemejaba a un gigantesco topo bípedo, estaba por alcanzarla. Con largas zancadas él llegó junto a ella y la jaló de una mano justo cuando la bestia se abalanzaba sobre ella. De no haber sido por la rápida reacción de Sergio, su amiga habría sido despedazada por el monstruo, cuyas afiladas garras arañaron profundamente la pierna derecha de Blanca.

La detonación de un disparo del arma que Pablo le quitó a uno de los guardias, distrajo a la criatura el tiempo suficiente como para que pudieran alejarse de ella.

Ayudada por Pablo y Sergio, Blanca logró correr, mientras Carmen los apremiaba.

-Vengan metámonos en esta bifurcación; dijo ella desde una entrada que quedaba oculta por un ángulo en la galería.

La bestia perdió momentáneamente el rastro de los humanos, lo que aprovecharon para revisar la lastimada pierna de Blanca.

-Hay una vena rota; observó Carmen. -Por suerte no se dañó ninguna arteria importante, pero igual  va a ser necesario aplicar un torniquete para evitar el desangramiento.

-Usa mi cinturón; dijo Pablo pasándoselo.

Desde la otra galería llegaba a los oídos de los fugitivos los gruñidos de la bestia que los buscaba.

-Sigamos caminando; sugirió Pablo. -Aprovechemos que perdió el rastro.

La bestia aspiró una gran cantidad de aire con su monstruosa nariz, logrando sentir el olor de la sangre de Blanca. Dando un rugido la criatura entró a la misma galería por donde huían los fugitivos.

-Nos ha descubierto; gritó Blanca aterrada.

El monstruo se escuchaba cada vez más cerca y los prófugos trataban de acelerar, lo que no era fácil con Blanca herida.

Las piernas de todos comenzaron a flaquear y volverse pesadas, el aire no era suficiente para los pulmones y las fuerzas escaseaban.

-Entremos en esa otra galería; indicó Pablo con una mano.

La bestia estaba cerca, pero no los vio bien debido a sus atrofiados ojos.

Un paso en falso torció un tobillo de Sergio, el que cayó de lado antes de poder cambiar de galería. El monstruo aceleró su carrera, dándole alcance cuando éste se ponía de pie.

Un alarido de dolor detuvo en seco a Blanca, Pablo y Carmen, quienes con horror vieron como la bestia levantaba con sus garras el cuerpo de Sergio y lo arrojaba al piso. Mal herido el arqueólogo se retorcía en el suelo.

-Aún está con vida; observó Blanca.

Pablo sacó la pistola y apuntó contra la bestia, pero el gatillo se trabó y el proyectil nunca salió.

-Hay que salvarlo; gritó Blanca, justo cuando la bestia abría el pecho de Sergio de un zarpazo.

-Ya es tarde para él, está muerto; cortó Pablo.

-Tratemos de escapar ahora; dijo Carmen.

-Ahí hay otra bifurcación; observó Pablo. -Vamos por ahí para confundir a la bestia.

La pierna de Blanca sangraba profusamente y ella empezaba a sentirse mareada.

-Sácate el pantalón; ordenó Pablo a ella.

-¿Te volviste loco acaso?; reclamó Carmen.

-El animal está guiándose por su olfato; explicó Pablo. -Démosle un falso rastro.

-Entiendo; asintió Carmen.

Juntos quitaron la ensangrentada prenda de Blanca y la arrojaron lejos de la entrada a la otra galería.

Enloquecida por el olor a sangre, la bestia se arrojó sobre la enrojecida tela del pantalón. Furiosa y confundida la criatura rugió al no encontrar una presa.

Ya Pablo y Carmen, junto con la cada vez más débil Blanca se hallaban relativamente lejos de la entrada de dicha galería, donde la bestia trataba de encontrar nuevamente el rastro de sus objetivos.

La criatura no tardó mucho en sentir nuevamente  el olor a sangre y traspiración de los tres humanos que huían por otro túnel. Dando un rugido se lanzó tras sus víctimas, presa de un frenesí incontenible por volver a matar.  

Al sentir nuevamente a la bestia tras ellos los prófugos hicieron un nuevo esfuerzo, casi al límite de resistencia por acelerar la carrera. Unos cuantos segundos y veinte metros lograron ganar de ventaja extra; Carmen empezaba a sentir calambres en su abdomen por el sobresfuerzo a que estaban siendo sometidos sus músculos. Sin embargo, quien más sentía los efectos de la desesperada fuga era Blanca, cuya sangre empezaba a disminuir peligrosamente en su cuerpo. La arqueóloga comenzó a rezagarse y presa de un profundo agotamiento cayó de rodillas.

-¡Blanca!; gritó Carmen cuando la bestia de un salto le daba alcance.

Sin detenerse a pensarlo siquiera, Pablo disparó contra el monstruo, con mejor resultado que la vez anterior. Un resplandeciente proyectil impactó a la criatura, haciéndola caer sin vida. Blanca algo aturdida por la impresión veía pasar lentamente el tiempo. Con un gran esfuerzo pudo ponerse de pie.

Con los ojos desorbitados Carmen vio como Blanca era elevada en el aire por largas y horribles garras que atravesaban su espalda. Un violento rugido hizo retumbar las galerías.

-¡Hay otra bestia!; gritó Carmen al borde casi de la locura.

-¡Corre!; le urgió Pablo tomándola de la mano y arrastrándola casi.

Nuevamente la carrera se reanudó en forma desesperada.

Los geólogos no creían lo que estaba ocurriendo. Dos de sus compañeros estaban muertos en las garras de monstruos de pesadilla.

La bestia dejó tirado el cuerpo destrozado de Blanca y concentró su atención en los dos sobrevivientes, quienes trataban a duras penas de al menos mantener la distancia entre ellos y el monstruo. El geólogo disparaba hacia atrás sin mirar ni apuntar; la bestia saltaba de un lado a otro esquivando los proyectiles que estallaban sin tocarla, lo que retrasaba su avance.

La pistola dejó de disparar, las balas se habían acabado. Pablo sintió como se le erizaban los pelos de la nuca; la bestia ganaba terreno y estaba por darles alcance. Inesperadamente para Carmen, él soltó su mano y se detuvo.

-¿Qué haces?; preguntó confundida.

-Si seguimos juntos nos matará a ambos; respondió Pablo.

-Pero podemos lograrlo juntos; rebatió Carmen.

-Vete, yo lo distraeré; insistió Pablo.

-¡No quiero!; porfió ella.

-No seas tonta y escapa; ordenó él dándole un empujón.

Llorando Carmen obedeció. Un grito de dolor la hizo volverse; con espanto vio como la bestia abría a Pablo desde el cuello hasta la cintura.

Como pudo, ella siguió corriendo mientras pensaba en los años que había perdido separada de su esposo; tiempo que ya nunca podría recuperar. Ahora Carmen se hallaba sola, sola con la bestia; se sentía perdida y las fuerzas ya la abandonaban.

Los músculos ya no respondían a las órdenes que enviaba su cerebro; sus pulmones le ardían y las lágrimas  no la dejaban ver con claridad. Había por fin llegado hasta el límite de su capacidad.

La bestia se acercaba rápidamente. Inexplicablemente sintió una gran calma interior, el miedo cesó y su respiración se relajó. Lentamente Carmen giró sobre sus pies para quedar viendo cara a cara al monstruoso ser; cerró sus ojos y se dejó caer de rodillas, no viendo venir el golpe que hizo rodar su cabeza lejos de su cuerpo.

Todo había llegado a su fin para los cuatro curiosos exploradores que encontraron su tumba eterna en esa extraña red de galerías.

-Bueno doctora Zinhar, esto se ha acabado ya; dijo apesadumbrado el profesor Narthar. -Los intrusos están muertos.

-Aún queda hacer desaparecer toda la información que pueda delatar nuestra existencia; observó ella.

En medio de la noche un hombre y una mujer se acercan a la obra de excavación de la estación del tren subterráneo.

-Buenas noches señorita Fernández; saludó el vigilante. -¿Va a trabajar de noche hoy?

-Solo vengo a buscar mi computador personal para trabajar un poco en casa; contestó Carmen.

Después de revisar todos los papeles de la geóloga, la pareja recogió unas fotografías y un plano de galerías, así como un computador personal.

-Ya me retiro; se despidió la mujer del vigilante.

-Buenas noches señorita y no trabaje mucho; respondió el guardia.

A las pocas horas, lejos de allí, las llamas consumían el despacho del arqueólogo Sergio Donoso.

La pareja contempló las estrellas por un rato.

-No comprendo cómo es que los humanos pueden vivir aquí; dijo la mujer a su compañero.

-Es cierto, este lugar es tan hostil que nosotros necesitamos usar trajes de aislamiento para no envenenarnos; asintió el hombre.

-Volvamos a casa; recomendó la mujer.

-Si vámonos de este horrible lugar. Ya cumplimos nuestra misión; aceptó el hombre.

Una vez que se cerró la escotilla externa ambos apagaron el camuflaje holográfico de sus trajes y pudieron quitarse los cascos y así respirar con libertad el limpio aire de su mundo subterráneo.

 

Paseo campestre

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Boris Oliva Rojas

 

 

Paseo Campestre

 

-¡Papá tengo hambre!, ¿a qué hora va a llegar la mamá con la comida?; preguntó la pequeña Alicia de ocho años, mientras jugaba con su pelota.

-Tranquila, ya va a llegar; respondió José, revolviendo juguetonamente  el cabello de la menor de sus tres hijos.

-Si siempre andas pensando en comer te vas a parecer a tu pelota; dijo Paola, burlándose de su hermana.

-Y tú pareces un lápiz, flacuchenta; contestó Alicia sacándole la lengua a su hermana.

-Sí, verdad; contestó ésta tocándose su vientre plano y su cintura, orgullosa de su figura.

-Hola gente, llegué yo; saludó Juan, equilibrando una pelota de básquetbol en un dedo y sosteniendo un libro en la otra mano.

Los verdes ojos de Alicia se posaron en la pelota que giraba en el dedo de su hermano, dejando tirada la que ella tenía. Moviéndose despacio sin quitarle la vista de encima, se fue poniendo detrás de Juan, lanzando un manotazo a la pelota para arrebatársela; pero ésta escapó se sus dedos, ya que su hermano la tiró hacia arriba. Cuando los dos se disponían a disputarse el balón, Paola dando un salto se apoderó de ella, pasándola rápidamente de una mano a la otra.

Entre risas los dos hermanos se disponían a apropiarse de la pelota que ahora su hermana hacía rebotar en el piso.

-Ya, los tres basquetbolistas cálmense, que van a romper algo con esa pelota; dijo José  que no tenía ganas de recoger cosas rotas a esa hora.

Soltando la pelota, Paola centró su atención en las luces que se encendían y apagaban en el ecualizador del equipo de música, las cuales seguía con sus ojos verdes cómo los de su hermana y su madre y trataba de tocar con sus dedos.

Los tres hermanos se volvieron al mismo tiempo cuando la puerta de la casa se abrió.

-¡Mamá!; gritaron los tres niños al unísono cuando Mónica entró.

-Hola mis tesoros; saludó ella dando un beso a cada uno de sus hijos.         -¿Cómo se han portado?

-Aparte de querer jugar basquetbol dentro de la casa, bien; contestó José, saludando de un beso a su esposa.

-Perdón mi rotería Paty, te presento a mi familia, José mi esposo, mi hijo mayor Juan, Paola la del medio y la pequeña Alicia; presentó Mónica tomando en brazos a la pequeña.

-Ya no soy pequeña, tengo ocho años; reclamó la menor de las niñas. -Pero regalonéame igual; dijo hundiendo la cabeza en el cuello de su madre, dejando escapar un suave ronroneo.

-Hola Paty; contestaron los cuatro en un saludo sincero.

-Paty y yo somos compañeras de trabajo y la invité a cenar con nosotros esta noche; contó Mónica.

-Siempre son bien venidas tus amistades; respondió José.

-Muchas gracias, eres muy amable; contestó Paty, agradeciendo ser bienvenida.

-¿Y la comida china?; preguntó Alicia olfateando el aire.

-No me van a creer, pero no pude encontrar nada bueno; explicó Mónica.    -Pero traje pizza de carne picada con champiñones.

-Sí, que rico; gritó Alicia aplaudiendo.

-Por favor pon la mesa mientras yo me cambio de ropa; pidió Mónica a José.

Paty no sabiendo que hacer mientras esperaba que volviera su amiga, recorrió con la mirada la habitación, deteniéndose ante los bien nutridos libreros que había por todos lados.

-¡Cuántos libros!, debe haber cómo un millón; opinó exagerando.

-No tanto, solo son mil ciento cincuenta; corrigió Juan.

-Mil ciento cincuenta y uno; corrigió Alicia. -Hoy  compré uno; dijo orgullosa pasándolo a la amiga de mamá.

-“Alicia en el País de las Maravillas”, no sabía que fuera tan grueso; observó Paty mirándolo de perfil.

-Obvio, los libros pequeños son para bebes; opinó la niña.

-Es entretenido, yo lo leí hace tiempo; comentó Paty.

-Lo compré porque trata de una niña que se llama igual que yo; aclaró Alicia.

-Así es; asintió Paty.

-Claro que ella no era tan linda como yo; opinó Alicia mirando la portada del libro. -Ella tenía el pelo rubio y desteñido y no negro como el mío.

-La verdad es que tienes un pelo muy lindo; dijo Paty pasando la mano por la cabellera de la niña. -Y tus ojos verdes también son muy bonitos y combinan muy bien con tu pelo.

-¡Que increíble que todos tengan el cabello oscuro y los ojos claros!; observó Paty mirándolos a todos.

-Sobre todo teniendo en cuenta que el color claro de ojos está determinado por genes recesivos; aclaró Juan.

-Supongo que es la marca distintiva de la familia; opinó José.

-¿Demoré mucho?; preguntó Mónica entrando al living, vistiendo jeans y una camiseta estrecha que marcaba su esbelta y atlética figura, que producía un efecto hipnótico al desplazarse en forma felina.

-Me vas a tener que contar tu secreto para tener ese cuerpazo; dijo Paty mirando a Mónica, que a pesar de sus cuarenta años y ser madre de tres hijos, se conservaba como si tuviese veinte años.

-No es ningún secreto, es solo hacer un poco de ejercicio y evitar estar mucho rato quieta; aclaró a su amiga.

-¿Te sirves leche?; preguntó Mónica a Paty mientras llenaba cinco vasos del blanco líquido.

-No gracias. Soy intolerante a la lactosa; rehusó la aludida.

-Qué lástima, es muy rica; opinó Paola.

-Mamá, quiero pizza, tengo hambre; solicitó Alicia tirando del brazo a su madre.

-Si vamos, ya es tarde; contestó ella.

Los niños devoraron la pizza con gran placer y no se dieron cuenta de que habían estado haciendo una larga sobremesa.

-¡Oh, la hora que es!; exclamó Paty viendo su reloj. -No me di cuenta que se había hecho tan tarde.

-A esta hora es difícil que consigas un taxi, mejor te quedas a pasar la noche aquí; sugirió Mónica.

-¿Pero no será mucha molestia para ustedes?; preguntó ella.

-Claro que no; apoyó José. -Además es peligroso salir a esta hora de la noche a la calle.

-Supongo que tienes razón; aceptó Paty.

-Mañana jueves y el viernes es feriado, así es que no hay que preocuparse de levantarse para ir a trabajar.

-¿Papá, vamos a ir al campo estos días?; preguntó Paola, haciendo rodar una bolita de miga de pan sobre la mesa.

-Es una buena idea, pero tendríamos que salir de madrugada mañana para aprovechar el día; asintió José.

-¿Quieres ir cuatro días al campo con nosotros?; preguntó Mónica a su amiga.

-Si vamos, es bonito; invitó también Alicia, abrazándose a uno de los brazos de Paty.

-No sé qué decir, son ustedes muy amables; respondió la mujer.

-Di que sí; dijo Paola. -Te va a gustar.

-Está bien, acepto; contestó Paty. -Pero deberé pasar a buscar ropa a mi casa.

-No es necesario, tu eres de mi misma talla, así es que yo te  presto; ofreció Mónica.

En la habitación de las niñas armaron un saco de dormir para la improvisada invitada. La temperatura aunque un poco alta de las noches de verano permitía dormir en forma profunda.

Entre sueños un ruido extraño despertó a Paty, pero después de un rato ante el total silencio en la casa, volvió a dormirse plácidamente hasta las seis de la mañana en que voces y carreras la despertaron. La familia estaba preparando todo para partir lo antes posible a la casa del campo, no muy lejos de la ciudad.

-Hola, ¿cómo pasaste la noche?; preguntó Mónica.

-Bien, aunque me despertó un ruido raro; respondió Paty. -¿Tienen un gato?

-No, no tenemos; contestó Paola.

-Y yo quiero uno, pero no quieren regalármelo; dijo Alicia haciendo un puchero con la boca.

-Recuerda que eres alérgica hijita; le respondió su madre, pasándole la mano tras las orejas.

-Me pareció escuchar un gato que ronroneaba, pero debo haber estado soñando; meditó Paty.

Después de una hora y media de viaje, los paseantes llegaron a una casita en una parcela en el campo.

-Guau, que lindo paisaje; opinó Paty complacida y contenta de haber aceptado la invitación.

Los niños sin decir palabra salieron corriendo detrás de una pelota de basquetbol.

-¡Qué bien juegan Juan y Paola!; exclamó Paty. -¿Pero no lastimarán a la pequeña?

-Oh, ella estará bien; opinó José. -Mira cómo se mueve.

La pequeña Alicia era muy rápida y ágil con la pelota y podía esquivar fácilmente a sus hermanos mayores.

-¿Esta parcela es de ustedes?; quiso saber Paty.

-Sí, José la heredó de un tío  que falleció hace varios años; explicó Mónica.

-Ya veo; contestó Paty observando a los niños jugar.

Unas cuantas tórtolas que picoteaban el suelo en busca de alimento atrajeron la atención de Alicia, la que tiró la pelota a un lado y comenzó a seguirlas muy despacio para no asustarlas. Distraídamente se fue alejando cada vez más  de donde estaban los demás, hasta perderse de vista. Después de media hora regresó como si nada.

-¿Se puede saber dónde andaba la señorita?; preguntó muy seria Mónica.

-Salí a explorar; respondió con toda naturalidad la pequeña Alicia.

-Está bien, pero debes tener cuidado; aconsejó la mamá con una sonrisa en los labios.

-¡Que niños!, siempre hay que estar pendiente de ellos; comentó Mónica a su amiga.

-Disculpa, ¿qué me decías?; preguntó Paty avergonzada, que se había perdido en el profundo color de los ojos de su amiga, los que por efecto de la luz del sol que incidía en ellos, brillaban como dos esmeraldas.

-Te decía que hay que estar pendiente de esos niños, se escabullen a cada rato; comentó Mónica. 

-Como todos los niños no más; supuso Paty ya que no tenía hijos.

Ese mismo día José preparó un asado, mientras Mónica y Paty se encargaban de la ensalada y los niños de ir a cortar fruta fresca.

El aire del campo era revitalizante y el cielo nocturno aparecía cuajado de estrellas, con una banda lechosa que lo cruzaba.

-Nunca había visto tantas estrellas; comentó fascinada Paty a su amiga, mientras bebían una copa de vino de la zona.

-Y tenemos hasta nuestro propio pedacito de la Vía Láctea; contestó indicando con su mano el camino blanco en el cielo.

Después de un rato, pasada la medianoche, todos se retiraron a dormir. Cerca de la una treinta de la madrugada, Paty estaba leyendo un entretenido libro que encontró sobre la mesa de centro del living, cuando el maullido de varios gatos la distrajo de su lectura.

-Vaya, gatos. Al menos no va a haber riesgo de toparse con ratones; comentó aliviada para sí, ya que le resultaban muy desagradables los roedores.

-¿Cómo estuvo tu primera noche en el campo?; preguntó Paola mientras bebía un gran vaso de leche acompañada de galletas.

-Genial y dormí mejor después de escuchar a los gatos y saber que no me toparía con ratones por ahí; contestó risueña Paty.

-Espero que no te hayan molestado los gatos; dijo José.

-No, para nada; respondió la invitada.

-En el campo siempre hay roedores y es bueno tener gatos; opinó Mónica.  -Si es que es correcta la idea, ya que ellos siempre hacen lo que quieren y van a donde les viene en gana.

La noche la pasaron jugando Monopolio entre los seis y ya cerca de la una se fueron todos a dormir. Los gatos se escuchaban maullar y ronronear más que la noche anterior, con lo que a Paty le costaba lograr conciliar el sueño. Desvelada decidió ir a la cocina a buscar un vaso de agua. Cuando iba de vuelta a su cama se le cruzó un gato negro, con verdes ojos, que la hizo saltar del susto al verlo en forma repentina.

-¡Miércale!, gato de porquería, me asustaste; le gritó Paty al animal, el que se escabulló en la oscuridad tras dar un fuerte maullido.

Todos se veían algo somnolientos a la mañana siguiente; aparentemente los gatos no habían dejado a nadie dormir bien.

-Los gatos estuvieron harto inquietos anoche; comentó Paty.

-Dímelo a mí, que casi no he dormido; contestó Mónica bostezando.

Mientras cenaban la noche siguiente la luz se apagó de pronto, dejando toda la casa a oscuras.

-Se quemó un fusible; dijo José, poniéndose de pie. -Voy a cambiarlo.

-En la cocina hay linternas Paty, ¿puedes traerlas?; preguntó Mónica a su amiga.

Mientras buscaba entre los cajones se escuchó el maullido de un gato, mezcla en parte gruñido y en parte ronroneo, que produjo una inmediata descarga de adrenalina en Paty, haciéndole parar los pelos de la nuca. Apurada encendió una  linterna y fue al comedor donde estaban los demás. La luz de la linterna hizo brillar cinco pares de puntos luminosos azules y verdes, que empezaron a acercarse a ella, en medio de ese espeluznante ruido que hacen los gatos cuando están por atacar. Sin poder pronunciar sonido alguno con su garganta, Paty retrocedió aterrada, hasta que su espalda chocó contra la pared y sintió como muchos afilados y pequeños dientes se clavaban en su carne y agudas garras como pequeños cuchillos arañaban y cortaban su piel. Finalmente su boca pudo emitir un desgarrador grito de terror y dolor que pronto se apagó en medio de la oscuridad.

El sábado por la tarde Paty llamó a su novio Víctor para informarle que pronto volvería a la ciudad y para aprovechar de saludarlo.

-Hola amor, ¿cómo lo estás pasando?; preguntó Víctor.

-Estupendo cariño, me gustaría que estuvieras aquí conmigo; respondió Paty por celular.

-A mí también me gustaría, pero no puedo; continuó Víctor.

-Me voy a quedar hasta mañana, así es que nos vemos el lunes; informó Paty a su novio.

-Está bien, diviértete, nos vemos el lunes; se despidió él.

El día lunes Víctor esperó en vano que su novia lo llamara, así es que decidió telefonearle él para saber si había vuelto bien; sin embargo, el teléfono sonaba y sonaba y Paty no contestaba. Así pasó todo el día y el martes también. El día miércoles llegó y Víctor se encontraba inquieto.

Paty no había vuelto a trabajar desde el miércoles de la semana pasada, tampoco estaba en su casa y hacía días que sus amigos no la veían. Preocupado de que algo malo le hubiese pasado, Víctor se dirigió a la policía para dar aviso de la desaparición de su novia. La respuesta de las autoridades lo dejaron con gusto a nada, pero poco más podía hacer, que esperar a que ella se comunicara con él.

En el trabajo de Paty, Víctor se las ingenió para averiguar que ella había salido de ahí acompañada de una tal Mónica.

Revisando las libretas y papeles que Paty tenía en su casa, pudo dar con la dirección de la casa de su compañera de trabajo.

La propiedad se veía sola, las ventanas tenían las cortinas juntas y la puerta estaba cerrada. Después de golpear y tocar el timbre un rato, se convenció de que no había nadie en ella.

Ya las ideas se le estaban acabando a Víctor. Necesitaba encontrar a Paty, pero no sabía dónde más buscarla. Cuando empezaba a descontrolarse, recordó que el teléfono celular que le había regalado en su último cumpleaños, contaba entre sus aplicaciones, con una función de GPS. Impaciente buscó el manual del móvil para ver cómo funcionaba; después de un rato logró cargar el visualizador del GPS del teléfono de Paty en su propio móvil. Al menos era un avance, ahora faltaba cruzar los dedos y esperar a que el celular aun estuviera encendido y que a Paty se le hubiese ocurrido activar el GPS.

Ansioso a más no poder, Víctor miraba la pantalla del celular, hasta que se cargó en ella un mapa y un punto rojo empezó a brillar en él. No estaba muy lejos el lugar que indicaba; unos ciento cincuenta kilómetros por la Ruta 78, no más de una hora y media de viaje en auto. Casi corriendo Víctor puso en marcha el motor y partió raudo hacia donde lo guiaba la señal en el mapa.

Ya era de tarde, así es que llegaría cerca de las 19 horas; aún estaría claro y dispondría de algunas horas para buscar a Paty.

Casi al límite de la velocidad permitida veía a los otros vehículos pasar raudos, a medida que las ruedas del auto iban devorando los kilómetros que lo separaban de su destino.

Con los latidos del corazón en el cuello, Víctor llegó hasta una parcela aislada a unos cinco kilómetros alejada de la carretera principal, en la que se divisaba una casa de tipo campestre en medio de un paisaje dominado por cerros, un pequeño bosque y varios tipos de árboles frutales. El campo era muy lindo en realidad y esperaba que Paty hubiese decidido tomarse unos días de vacaciones y que su celular estuviese descargado solamente y que al verlo llegar se lanzara a sus brazos. Deseaba que eso ocurriese, pero un presentimiento casi supersticioso lo embargaba.

Víctor estacionó su auto fuera de la casa y como no se veía a nadie, golpeó la puerta. Después de unos minutos Mónica salió a abrir.

-Buenas tardes, mi nombre es Víctor Carvajal y soy novio de Paty. En su trabajo me dijeron que a lo mejor la podía encontrar aquí; mintió él.

-Hola, sí pasa, yo soy Mónica; contestó la mujer. -Efectivamente Paty pasó el fin de semana largo con nosotros, pero el domingo volvió a la ciudad.

Un hombre bebiendo un vaso de leche entró al living.

-Amor, él es Víctor, el novio de Paty; lo presentó la mujer. -Este es mi esposo José.

-Encantado José; respondió Víctor.

-¿Algún problema con Paty?; preguntó José. -Espero que el aire del campo no le haya hecho mal.

-Desde el sábado no he sabido de ella y ya es viernes; explicó Víctor al matrimonio.

-¿La haz llamado a su celular?; preguntó Mónica.

-Sí, pero no responde; continuó Víctor. -A lo mejor se le quedó aquí.

-No, y estoy segura de eso; afirmó Mónica. -Porque el domingo, cuando se despidió de los niños y nosotros, lo estaba olvidando y yo misma se lo pasé y vi cuando lo guardó en su chaqueta.

-Hola mami; saludó Alicia.

-Hija, este es Víctor el novio de Paty; lo presentó Mónica.

-Hola Víctor; respondió la niña.

-¿Hijita, recuerdas a qué hora se fue Paty a la ciudad el domingo?; preguntó José a su hija.

-No tengo idea, pero era después de almuerzo; respondió la niña, la cual salió corriendo al encuentro de sus hermanos.

Víctor sabía que por algún motivo esas personas estaban mintiendo, ya que el mismo teléfono celular de Paty lo había guiado hasta allí.

La llegada del ocaso comenzaba a teñir de rojo el cielo, ya pronto caería la noche. Por ahora sería mejor retirarse y pensar con calma que hacer.

-Bueno, gracias por todo y disculpen las molestias; dijo Víctor poniéndose de pie para retirarse.

-No es ninguna molestia; respondió José. -Suerte en encontrar a Paty.

Al caminar hacia la puerta, la mirada de Víctor se posó sobre la chimenea, en cuya moldura descansaban los lentes ópticos  que Paty había comprado el lunes de la semana pasada; como si no los hubiese visto salió de la casa. La noche en el exterior ya caía y las primeras estrellas empezaban a asomarse en el cielo del campo.

Víctor intuía que algo estaba mal y debía averiguar por qué le estaban mintiendo esas personas. A poco andar detuvo el vehículo y con las luces apagadas volvió a aproximarse a la parcela; por suerte para él ésta no tenía portón externo, así es que pudo ingresar sin dificultad. Una vez dentro estacionó el auto detrás de un árbol y ahí esperó a oscuras varias horas hasta que se apagaron las luces de la casa.

Si quería encontrar a Paty esta era la oportunidad para buscarla. La luna llena le permitía moverse con cierta seguridad por medio del potrero que lo separaba de la casa. Sus ojos trataban de encontrar cualquier pista, cualquier rastro que lo condujera hasta el paradero de su novia.

Sigilosamente Víctor llegó hasta el granero que había cerca de la casa. Sus intentos por entrar se vieron frustrados  por la presencia de un grueso candado que cerraba la puerta. Dejándose llevar por la desesperación, unida a la impotencia que le provocó encontrar la puerta cerrada del granero, marcó el número del celular de Paty, sin esperar escuchar respuesta.

Después de unos segundos de espera, llegó claro a sus oídos el sonido del timbre de llamada que avisaba que era él quien llamaba y que había programado junto a Paty. La fuente del sonido no estaba a más de cinco metros de distancia de él, repicando dentro del granero. Frenético envistió varias veces la puerta con el hombro hasta que finalmente el candado terminó por ceder y la entrada quedó expedita.

Un penetrante y nauseabundo olor a carne en descomposición golpeó violentamente sus fosas nasales, como pudo encendió la linterna de su teléfono para poder orientarse en la oscuridad. Cuando la luz inundó el granero, Víctor no pudo contener los vómitos que subían rápidamente por su garganta, mientras sus piernas comenzaban a temblar amenazando con quitarles el apoyo.

En medio de un montón de paja yacía el cadáver de Paty, o lo que quedaba de él, a medio devorar por lo que parecía haber sido el ataque de varios animales salvajes.

-Vaya que tierna reunión familiar; dijo sarcásticamente José.

-¡Qué han hecho malditos sicópatas!; gritó furioso Víctor, abalanzándose contra el hombre. Éste sin ningún esfuerzo de un salto quedó parado sobre una viga.

Víctor se vio rodeado por un hombre, una mujer, dos niñas y un niño; cinco pares de ojos siniestramente brillantes lo observaban; cinco gargantas de cinco personas de las cuales salía el ruido hecho por los gatos al amenazar.

Inesperadamente la niña pequeña clavó unos afilados dientes en el brazo derecho del Víctor, haciéndolo sangrar. De un golpe él la rechazó, cayendo ella al suelo.

-¡Mamá!, no me gusta que la comida me pegue; alegó la niña mientras su rostro comenzaba a cambiar, volviéndose redondeado.

-A lo mejor quiere jugar antes de la cena; dijo la niña mayor, con una voz extraña, mientras daba un zarpazo en una de las piernas de Víctor, con lo que ya parecía ser la pata de un gato.

Lentamente, sin ninguna prisa, los cinco miembros de la familia adquirieron la forma de cinco siniestros gatos cuyo oscuro pelaje se confundía con la profundidad de la noche. El padre fue el último en llevar a cabo la espeluznante metamorfosis.

-Querida; dijo él con el mismo sobrenatural tono de voz. -A lo mejor cinco pequeños gatos no son lo suficientemente divertidos para nuestra visita; ¿por qué no le das algo más emocionante con qué jugar?

Asintiendo con un maullido, la que hace tan solo unos minutos era la mujer de nombre Mónica empezó a aumentar lentamente de tamaño, hasta convertirse, frente a los aterrados ojos de Víctor, en una gran y poderosa pantera negra, cuyo rugido dejó oír a todo pulmón dentro del galpón, en medio de la noche. Acompañando los rugidos de la madre, los otros cuatro felinos se unieron en un coro de rugidos suaves de gatos listos para arrojarse sobre su presa.

Víctor miró la puerta del granero abierta y comprendió que tenía dos opciones, dejarse asesinar encerrado donde estaba, o bien salir al campo e intentar correr lo más rápido posible para llegar hasta el auto y escapar de aquella pesadilla. Volviéndose lentamente corrió hacia la puerta, internándose en la penumbra. Con su característico rugido capaz de helar la sangre, los gatos se lanzaron en su persecución. El dolor punzante de su pierna herida le llenaba los ojos de lágrimas, nublándole la vista y haciendo más difícil su carrera.

Cojeando y con la pierna sangrando pocos metros lo separaban de su automóvil. Cuando creyó que lograría llegar a él, la pantera le cortó el paso con un amenazador rugido, con sus ojos brillantes cómo dos brasas verdes. Intimidado por el imponente animal, Víctor frenó en seco y retrocedió para tratar de escapar por otro lado, los otros cuatro felinos avanzaban lentamente hacia él, moviéndose para alterar su rumbo; lo estaban guiando hacia el pequeño bosque que había cerca de allí.

Un fuerte rugido de la pantera hizo retumbar la noche. Sin otro lugar a donde poder ir, Víctor corrió hacia los árboles, arrastrando la pierna herida, ya que el dolor y la fatiga aumentaban en intensidad.

El aire comenzaba a faltarle y los pulmones le ardían; agotado se apoyó en un árbol. No veía a los gatos, pero podía escuchar sus maullidos que aparentemente provenían de todas las direcciones. Se aproximaban, los escuchaba cada vez más cerca. Ya un poco más repuesto continuó su carrera. Tropezó, cayó, se levantó y siguió corriendo; volvió a caer, sus piernas ya no respondían bien.

Algo similar debía haber padecido Paty. Esto no podía estar pasando de verdad. Era totalmente ilógico; estas cosas no existen más que en las películas de terror. Y sin embargo la prueba tangible eran sus heridas en el brazo y en la pierna.

Siguió corriendo; los gatos estaban cada vez más cerca. Los oía y su corazón ya quería dejar de latir. Esto era una locura. A lo mejor él había enloquecido; pensó para sí.

De pronto vio que el paisaje subía rápidamente. En su carrera desesperada cayó en un desnivel del terreno. Adolorido trató de incorporarse, pero sus músculos se negaron a obedecer las órdenes de su cerebro.

Resignado a su extraño final se sentó en el suelo esperando el ataque por tanto rato dilatado. Esperó por varios minutos, pero nada ocurría. De a poco se incorporó y apoyado en un árbol aguardó. La quietud de la noche solo era rota por el canto de los grillos y las ranas, pero no se oía ningún ruido fuera de lo normal. Parecía que los gatos se habían marchado, o tal vez nunca estuvieron ahí.

En eso meditaba cuando uno a uno vio aparecer cinco pares de puntos luminosos que lo rodeaban. Ya estaba totalmente agotado y nada hizo para impedir que los ojos  se aproximaran cada vez más.

Los cinco gatos se lanzaron al mismo tiempo sobre su presa. Los gritos de Víctor llenaron el bosque, quebrando la tranquilidad aparente de la noche. Pequeños dientes y garras afiladas como agujas desgarraron la carne hasta que todo signo de vida en él cesó.

-Mami, Paty tenía mejor sabor; opinó la pequeña Alicia lamiendo su mano roja con la sangre de Víctor.  

-Es cierto, pero aunque ya cenaste, igual vas a tomar un vaso de leche cuando volvamos a la casa; dijo Mónica a su hija menor.

El día estaba espléndido y los niños se veían contentos en el colegio. Las vacaciones estaban por comenzar y las risas eran más intensas y relajadas.

-¿Silvia, hablaste con tu mamá para que te diera permiso de pasar una o dos semanas de vacaciones en la parcela de mi familia?; preguntó Paola a su amiga, mirándola con sus ojos intensamente verdes, como dos esmeraldas que fulguraban con luz propia.