Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Llamada de auxilio 13 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Llamada De Auxilio

 

-Todos a bordo; dijo Pablo a su familia luciendo su corra de capitán de barco.

-Si papá; gritaron entusiasmados Paola y su hermano Víctor.

-¡Capitán Papá!; corrigió Pablo dándose aires de importancia.

-Perdón, Capitán Papá; respondió Víctor.

Luisa con una sonrisa en los labios se llevó su mano derecha a la sien y saludó a su marido. -A sus órdenes Capitán Papá.

Sería una semana muy entretenida y una experiencia inimaginable para toda la familia. El jefe de Pablo, un multimillonario empresario, le había prestado su joya, como llamaba a su yate de setenta metros de largo de punta a punta, para que paseara una semana con su familia, en agradecimiento por haber descubierto un fraude en que casi cae la empresa y que le habría costado varios millones de dólares.

Como Pablo no tenía ni la más remota idea de navegación, los acompañarían un timonel, un maquinista y un sobrecargo. La familia solo tenía que preocuparse de descansar y disfrutar como reyes.

El clima se pronosticaba soleado para toda la semana y el mar calmado, con una suave brisa. Todo sería de maravilla; las vacaciones perfectas.

Después de la cena, Pablo encontró un libro sobre mitos y leyendas del mar, pasando desde barcos fantasmas, sirenas, piratas, hasta el Triángulo de Las Bermudas. Sería una buena sobremesa; pensó Pablo, le leería algunas historias a la familia. Estaban todos escuchando atentos, cuando entró el sobrecargo.

-Es un interesante libro, señor; pero yo, en todos mis viajes por el mundo, he aprendido historias que no aparecen en él, como por ejemplo la del puerto fantasma; comentó el marinero.

Bastó decir eso solamente para que los niños saltaran de sus sillas.             -Cuéntelos; pidió Víctor. -Sí, por favor; le rogó Paola. -¿Puede?; preguntó Luisa.    -Sí, por supuesto; contestó el marino y acomodando una silla empezó su relato. Todos escuchaban absortos la narración y cuando ésta llegó a su punto más impactante, las luces se apagaron, dejando a la sala de estar sumida en las penumbras; con un grito todos dieron un salto, mientras se escuchaba una risa macabra. La risa cesó y las luces se volvieron a encender. -Perdón, pasé a llevar un botón del control remoto; se disculpó el sobrecargo.

En el puente de mando, el timonel notó en el radar la presencia de otro barco a cierta distancia de ellos; por la velocidad supuso que se trataba de algún yate de algún millonario que aprovechaba el buen tiempo como ellos; lo cual era común en esas aguas y en esa época del año.

La mañana siguiente Pablo y Luisa fueron despertados por las risas de Víctor y Paola, quienes correteaban por la cubierta, bajo la vigilante mirada del sobrecargo.

A la hora del desayuno, el timonel avisó por el intercomunicador que en una hora más atracarían en un puerto para reaprovisionarse de agua fresca.

-¡El puerto fantasma!; gritaron los niños con los ojos encendidos de emoción.

-Me temo que no; dijo el sobrecargo. -Es solo una parada de rutina.

Después de recorrer el puerto y comprar algunos recuerdos, todos volvieron a bordo del yate y continuaron el viaje. El timonel vio en el radar que el otro barco aún se mantenía a la misma distancia de ellos, sin haber cambiado su rumbo ni velocidad.

Tres días de navegación sin ninguna novedad presagiaban las mejores vacaciones de la familia.

La luna llena llenaba de  brillo una mar calmada; una brisa fresca y agradable envolvía a Pablo y Luisa. En el puente de mando el timonel observaba intrigado la pantalla de radar; un punto verde indicaba la presencia del barco que navegaba cerca de ellos. Sin variar su velocidad o su rumbo, le daba la impresión de que los estaba siguiendo a una prudente distancia. Se disponía a tratar de  comunicarse con la otra embarcación, cuando la radio empezó a crepitar.

-¡Mayday, Mayday!; esta es una llamada de auxilio del Yate Calipso, matrícula ZN472G, tenemos personas heridas y nuestro timón se rompió. Necesitamos ayuda urgente. Nuestras coordenadas son 29° 31’ 17’’ Latitud Sur, 71° 45’ 32’’ Longitud Oeste.

El timonel comprobó que las coordenadas correspondían al barco que iba tras ellos. Sabiendo muy bien el procedimiento a seguir en estos casos, viró en 180° dirigiendo su proa hacia la embarcación en problemas. Por altoparlante informó a todos los ocupantes que el cambio de rumbo obedecía a una respuesta de ayuda a una llamada de auxilio de una nave en alta mar.

-Aquí  Yate Aurora respondiendo a su llamada de auxilio, pronto estaremos junto a ustedes; comunicó por la radio de banda marina al otro barco.

Cuando llegaron al otro yate, no se veía rastros de sus ocupantes en la cubierta; el sobrecargo supuso que estarían abajo. Abordaron para socorrer a los heridos Pablo, el mecánico y el sobrecargo. No había nadie abordo; el barco estaba abandonado, pero no perdía su rumbo debido a que estaba conectado el piloto automático. ¿Quién hiso la llamada de auxilio?, el puente estaba vacío. ¿Dónde se fueron todos? Si se tratase de un caso de piratería, las muestras de violencia serían más que evidentes; pero nada, no había rastros de sangre, ni disparos, ni desorden. Lo que hubiese pasado, había ocurrido en forma muy rápida, silenciosa y limpia; esto tendría que ser informado a las autoridades marítimas pertinentes.

Unas cajas, cerca de la sala de máquinas, se movieron cuando el maquinista pasaba por ahí; atraído por el ruido se acercó sigiloso y encontró acurrucada en un rincón a una niña de unos doce o trece años. -¿Pero qué tenemos aquí?, ven señorita, no tengas miedo; dijo el hombre tendiéndole los brazos para que saliera de su escondite; pero cuando trató de tomarla, ella le mordió la mano. -Tranquila quiero ayudarte; le dijo. La niña entonces tomó su mano y se puso de pie, y lo acompañó hasta la cubierta donde aguardaban los otros.

-Encontré solo a esta niña, quien está muy asustada y no habla; observó.

Ya de vuelta  en el yate, el sobrecargo, que además era paramédico, procedió a examinarla, no encontrando nada malo en ella, salvo por su negativa a hablar, causada por algo que la asustó mucho.

Todos a bordo del yate estuvieron de acuerdo en que debían dirigirse de inmediato al puerto más cercano. En eso estaban cuando el yate se estremeció como un animal herido; las luces se apagaron y todos los instrumentos dejaron de funcionar.

-Tiene que ser un cortocircuito en el sistema eléctrico, voy a revisarlo; dijo el mecánico. Dentro de la sala de máquinas había una gran cantidad de humo con olor a plástico quemado; el hombre quedó de una pieza al ver el origen del humo. Un cortocircuito había quemado la placa madre del tablero eléctrico, y con ello todos los componentes que tenía. El problema era agravado por el hecho de que habían apagado el motor un momento para dejarlo enfriar, y ahora, sin electricidad no había forma de echarlo a andar. Tampoco podían pedir ayuda por radio, ya que esta también funcionaba con electricidad. Sin mucho más que poder hacer abajo, subió al puente a informar la situación.

-¿Hay alguna forma de arreglar la falla?; preguntó Luisa.

-No señora, hay que cambiar todo el panel eléctrico y no hay repuestos a bordo. Ni siquiera entiendo cómo puede haberse quemado; contestó el mecánico.

-Puede haber sido una sobrecarga; contestó Pablo.

-Lo veo muy poco probable, pero no se me ocurre ninguna otra explicación; contesto el aludido.

-¿Alguna solución?; preguntó el timonel.

-Tratar de conectar las baterías de emergencia al encendido del motor. Al menos podremos navegar, si logro hacer andar el motor; claro que totalmente a ciegas, sordos y mudos; concluyó el mecánico.

-Bueno, que remedio. Si hasta el siglo diecinueve se guiaban solo con el sol y las estrellas, no veo por qué nosotros no podamos; pensó el sobrecargo y el timonel asintió con la cabeza.

Sin perder tiempo el maquinista se puso a trabajar. Estaba agachado revisando las baterías, cuando sobre una plancha de acero se vio reflejado el rostro de una horrible cosa que babeaba tras suyo. Asustado se giró y todo se volvió oscuridad.

En su camarote, alumbrándose con una linterna, el sobrecargo trataba de poner al día la bitácora de abordo. En eso estaba cuando alguien golpeó su puerta, al abrirla su rostro se puso blanco de la impresión y del susto; pero ya nada más vieron sus ojos.

El timonel llamó al mecánico por la radio portátil; tras varios intentos sin respuesta, trató de comunicarse con el sobrecargo; pero éste tampoco contestó. Después de un rato desistió de sus intentos y volvió a meterse entre los cables de la radio, aunque sabía que sin electricidad no había nada que hacer. No se percató cuando alguien entró sigilosamente al puente de mando; mientras manipulaba los cables pudo ver que sobre la brillante cerámica del piso del puente se reflejaba una cosa horripilante que babeaba junto a él; silencio y oscuridad.

-¿Pablo has visto a los tripulantes?; preguntó Luisa.

-Deben estar tratando de arreglar el yate; respondió éste.

-Sí, supongo que en eso andarán; pensó Luisa.

-Si quieres voy a buscarlos; ofreció Pablo.

-No, déjalo, ya es tarde; vámonos a dormir mejor, mañana nos tendrán buenas noticias; supuso Luisa.

A la mañana siguiente Pablo se dirigió directamente el puente para saber si había alguna novedad. El timonel no estaba en su puesto; tampoco vio al sobrecargo. Supuso que estarían en la sala de máquinas ayudando al mecánico. La sala estaba vacía y Pablo no pudo reaccionar cuando por la espalda, dos manos viscosas se pegaban a su cara; oscuridad y silencio total.

Después de una hora, Luisa se empezó a sentir sola, y también los niños.

-¿Mamá, dónde están los demás?; preguntó Víctor.

-Deben estar abajo tratando de arreglar el barco; contestó Luisa.

Paola tomó un libro de un estante y fue a su camarote a leer. La puerta estaba entreabierta, cuando la cerró algo había  parado frente a ella;  todo a su alrededor desapareció.

Víctor se sintió extraño y empezó a buscar a su hermana melliza. Fue directo al camarote de ella pero no la encontró ahí. -¿Dónde se habrá metido?; se preguntó. Unas manos horribles le sujetaron la cabeza; todo se tornó oscuro.

Luisa se dio cuenta de que algo muy extraño estaba pasando. A medida que pasaban los minutos se dio cuenta de que estaba sola en el barco. Sintió miedo.

¿Dónde estaban sus hijos? ¿Dónde estaba su marido? ¿Dónde estaban los tripulantes?

Corriendo entró al puente de mando. Una radio portátil estaba tirada en el suelo; al agacharse para recogerla pudo ver el reflejo en las baldosas de un horripilante rostro con una boca babeante. Lentamente se volteó y frente a ella vio parada a la niña que el día anterior habían rescatado del yate abandonado; las tinieblas inundaron su mente.

Cuando Luisa despertó no sabía cuánto tiempo había pasado. Repartidos por el piso pudo ver los restos de seis cadáveres, cuyas ropas identificó. Varias horrorosas cosas la rodeaban con sus bocas babeantes mostrando afilados dientes. Un grito de terror se escuchó por todos los rincones del barco.

 

La brisa era suave y el mar seguía en calma. El timonel seguía viendo en la pantalla de radar la señal del otro barco que se movía a cierta distancia, sin cambiar de rumbo ni velocidad. De pronto la radio sonó.

-¡Mayday, Mayday!; esta es una llamada de auxilio del Yate Aurora, matrícula BG4569A, tenemos personas heridas y nuestro timón se rompió. Necesitamos ayuda urgente. Nuestras coordenadas son 29° 31’ 17’’ Latitud Sur 71° 45’ 32’’ Longitud Oeste. El timonel comprobó que las coordenadas correspondían a las del barco que se movía tras ellos; y viró en 180° respondiendo a la llamada de auxilio.

 

 

 

 

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Pueblo chico 9 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

Pueblo Chico

-Al fin llegamos; dijo Francisco  al resto de la familia. -Este es nuestro nuevo hogar.

Aunque había sido una decisión que habían tomado los cuatro, Juana y Jorge no estaban muy convencidos aún de que este pequeño pueblo lejos de la ciudad sería suficiente para ellos; al fin y al cabo, habían dejado atrás su colegio, sus amigos y toda la diversión que había en la capital. Sin embargo, el papá y la mamá decían que era mejor vivir en un pueblo pequeño que en una ciudad grande, ruidosa, llena de humo y con una delincuencia en aumento.

Mireya se sentía como una niña con vestido nuevo. Siempre había deseado vivir lejos de la ciudad.

-Bueno familia, esta es nuestra nueva casa; dijo ella.

La propiedad era una casa de cuatro habitaciones, un gran living, una sala que mamá utilizaría para poder pintar, y una biblioteca qué papá usaría de estudio. Aunque era más grande que el departamento en el que vivían en la ciudad, algo le faltaba según los niños. En el pueblo no había discoteques, cines y mucho menos un centro comercial.

En una semana Juana y Jorge ya se habían integrado socialmente en el único liceo del pueblo.

-¿Qué tal el liceo?; preguntó Francisco a sus hijos.

-Está bien; contestó Juana.

-Lo más entretenido son las cosas que cuentan de la bruja; agregó Jorge.

-¿Qué bruja?; consultó curiosa Mireya.

-Dicen que una tal Miranda es una bruja que hace hechizos, sacrificios y cosas por el estilo; contó Juana, repitiendo lo que le habían contado.

-Al menos algo entretenido tiene este pueblo; opinó Jorge.

-¿Qué más dicen de esa tal Miranda?; quiso saber Francisco.

-Bueno, que es una vieja fea, que vive en la última casa de esta calle y que desde que llegó a vivir al pueblo pasan cosas raras; continuó Juana.

-Lo más raro son las desapariciones que ha habido desde que llegó; siguió Jorge.

-¿Y ustedes creen todos esos cuentos?; les preguntó Mireya.

-Claro que no mamá, pero al menos sirve para entretenerse un poco; rió Juana.

Los días pasaron y sin nada mejor que hacer, la vieja Miranda se convirtió en el tema favorito de los niños.

-Te desafío a ir a la casa de la bruja; dijo un día Jorge a Juana.

-¿Crees que soy una niñita que se asusta con cuentos?; respondió desafiante Juana.

Los dos hermanos se acercaron sigilosamente a la casa; la puerta estaba junta así es que pudieron entrar sin problema. Las cortinas cerradas conferían un aire sobrenatural al ambiente en penumbras del interior. Juana se quedó pegada ante una de las murallas de la sala de estar; varios diplomas de distintas universidades colgaban de ella. En eso estaban cuando la puerta de calle se cerró de golpe a sus espaldas.

Asustados se volvieron y quedaron mudos de la impresión al ver la silueta de una mujer parada frente a ellos, que se acercaba lentamente.

-No deberían entrar sin permiso en una casa ajena; les reprendió la mujer.

-Disculpe señora, nosotros solo…; Juana no terminó de hablar porque la mujer la interrumpió.

-Sí, lo sé, vinieron a ver cómo es la casa de la vieja bruja; dijo la mujer caminando hasta un punto donde daba la luz del sol, mientras se acomodaba su negro y ondulado cabello.

La luz alumbró completamente a la recién llegada. Los niños quedaron impresionados por su aspecto; ante ellos tenían a una mujer de unos treinta y cinco años cuando mucho, de cabellera negra y ondulada, delgada y de un rostro muy agradable. En vez de una vieja bruja, a Jorge le pareció más una actriz de cine o televisión.

-Lo sentimos mucho señora, no teníamos ningún derecho a entrar a su casa; se disculpó Jorge.

-Es cierto, no tenían ningún derecho; repitió la mujer.

-¿Ustedes no son de aquí, verdad?; interrogó ella.

-Llegamos hace dos semanas a vivir al pueblo; respondió Juana.

-Y supongo que querían comprobar personalmente si era verdad lo que cuentan de la bruja; concluyó la mujer.

-Sí, algo así; contestó avergonzado Jorge.

-Al menos deberían decirme sus nombres por respeto; dijo ella.

-Él es Jorge y yo soy Juana; presentó la niña.

-Yo me llamo Miranda; se presentó a sí misma la mujer.

-¿Y qué les ha parecido la bruja?; preguntó sarcástica.

-¡Yo no creo en brujas!, ¡Ni yo!; contestaron ambos niños.

-¿Acaso no conocen el dicho “Yo no creo en brujas, pero de haberlas las hay”?; les preguntó Miranda.

-¡Ja!; rió Jorge.

Juana volvió a mirar los marcos colgados en la pared. -¿Qué son esos?; preguntó.

-Son diplomas de mis estudios. Las brujas debemos estudiar mucho; contestó la mujer. -Vengan, les voy a mostrar la cueva donde hago mis hechizos y pócimas; los invitó mientras habría una puerta que permanecía cerrada con llave.

Los niños entraron algo nerviosos; cuando Miranda encendió la luz, se maravillaron. En un escritorio había una computadora; largos mesones estaban llenos de matraces, redomas, tubos de ensayo, mecheros, balanzas, equipos electrónicos y dos microscopios; en unas jaulas había algunos conejos, con gráficos y datos a su lado.

-Pero si esto es como un laboratorio; exclamó Jorge mientras miraba por uno de los microscopios.

-Es increíble, dijo Juana mientras miraba los números que aparecían en la pantalla de la computadora.

-En realidad sí es un laboratorio; dijo Miranda, mientras de un colgador tomaba una blanca bata en la que se leía Doctora Miranda Cortez; Facultad de Ciencias; Universidad de Madrid.

-¿Es una científica?; preguntó emocionada Juana.

-¿Y qué investiga?; quiso saber Jorge.

-De a uno niños; trató de controlar la lluvia de preguntas que veía venir. -Sí, soy científica; estoy investigando nuevas anestesias sacadas de plantas que crecen en esta región. Supongo que es porque  junto plantas y cazo conejos que los niños de los alrededores creen que soy bruja; meditó para sí misma.

-Sí, es que en los pueblos chicos la gente es muy supersticiosa; dijo Juana.

-Supersticiosa y tonta; agregó Jorge.

-Bueno niños, sus padres ya deben estar preocupados por ustedes; observó Miranda viendo la hora en un reloj en la pared.

-Es cierto; notó Juana.

-¿Podemos venir otra vez?; preguntó Jorge.

-Cuando quieran, pero pídanle permiso a sus padres; consintió la mujer.

-Derecho a casa y pórtense bien, o la bruja los va a ir a buscar; dijo Miranda, poniendo cara de mala.

Todos rieron de buena gana y se despidieron con un gesto de la mano.

Durante los siguientes días, después de terminar sus deberes escolares, Juana y Jorge se iban a casa de Miranda; donde ella les contaba de sus experimentos y les enseñaba algunas cosas de ciencias; lo cual redundó en un aumento en las notas de los niños en matemáticas y ciencias; y eso tenía contentos a los papás de ellos. Una tarde pasó Francisco a buscar a sus hijos a casa de la científica.

-Hola, tú debes ser Francisco, el papá de estos listos muchachitos; saludó Miranda.

-Hola, sí, soy yo. Vaya, no eres el tipo de bruja que esperaba encontrarme precisamente; contestó él a modo de saludo.

-Voy a tomar eso como un cumplido; contestó ella jugando con su cabello.

Esa noche Francisco soñó con Miranda, pero prefirió no comentárselo a nadie.

Las noches siguientes los sueños se repitieron y fueron aumentando de intensidad. En uno de ellos, Francisco se veía caminando en medio de la noche y entrando en la casa de la mujer, cuya puerta se cerraba tras él.  Durante todas las noches de esa semana ese sueño se repitió.

La lluvia de los últimos días había formado un gran barrial en la calle. Mireya estaba de muy mal humor; alguien había entrado en la noche con los pies llenos de barro. Siguiendo  las pisadas, encontró los zapatos de Francisco sucios.

-¿Dónde fuiste anoche?; preguntó Mireya a Francisco.

-¿Yo?, no he salido a ninguna parte; contestó él.

-Mira tus zapatos y el suelo; le mostró Mireya.

-Pero no entiendo; no recuerdo nada. Lo único es que llevo una semana soñando que salgo a caminar en la noche; respondió él.

-¿Sonámbulo?; conjeturó Mireya.

-No creo,…no lo sé…; contestó confundido Francisco.

-Creo que es necesario consultar un médico; sugirió Mireya a su esposo.

El diagnóstico del médico indicó que Francisco estaba padeciendo de un caso de sonambulismo provocado por estrés; nada serio ni difícil de controlar con unos cuantos calmantes.

Extrañamente, los niños que siempre habían sido tranquilos y obedientes, se empezaron a tornar agresivos y muy rebeldes. Esta alteración de comportamiento, Mireya la asoció al cambio de ambiente y de rutina que implicaba el cambiar de pueblo, colegio y amigos; y esto también podía explicar el estrés y sonambulismo de Francisco.

Juana y Jorge llegaron sin aviso a casa de Miranda; era cerca de las diez de la noche. La puerta estaba abierta, el laboratorio cerrado; la dueña de la casa no parecía encontrarse en ella. Al final del pasillo, los niños escucharon voces que venían desde un sótano que no sabían que existía; curiosos empezaron a bajar las escaleras. Lo que vieron les pareció sacado de una película; parada junto a una mesa de piedra estaba Miranda, empuñando un cuchillo sobre el pecho de una joven inconsciente; un gran caldero hirviendo, un pentagrama gravado en el suelo, la estatua de una especie de demonio a la cabecera de la mesa y las antorchas que iluminaban lo que parecía ser una caverna, conferían a la escena un aire surrealista. Al percatarse de la presencia de los niños, la puerta del sótano se cerró y la hoja del cuchillo se clavó en el corazón de la mujer; justo en ese instante el contenido del caldero se agitó violentamente y los ojos de la estatua se iluminaron; el cabello de Miranda se mecía movido por un viento inexistente.

-Creo que han descubierto mi pequeño secreto niños; habló la bruja.

Los niños estaban aterrados; las habladurías que circulaban por el pueblo en torno a la bruja eran ciertas. No sabían cuánto tiempo había pasado, de pronto la puerta del sótano se abrió y con paso lento, Juana y Jorge vieron descender a su padre por la escalera, el cual parecía estar dormido.

-Esta noche va a ser muy especial; dijo Miranda. -Gracias a ustedes hoy tendremos tres sacrificios más para ofrecer al señor de las tinieblas.

Sin poder resistirse, Juana caminó hacia la mesa de piedra, que ahora estaba extrañamente vacía y se acostó en ella. La bruja levantó el cuchillo y cuando estaba por clavarlo en el corazón de la niña, la puerta del sótano se abrió de golpe y el puñal voló de su mano. La hechicera miró hacia la puerta abierta.

-¡Mireya!, ha pasado mucho tiempo desde la última vez; saludó Miranda.

-Veo que has cambiado tu nombre Kasandra; contestó a modo de saludo la madre de los niños, que yacían inconscientes.

-Ya sabes que la gente sospecha cuando una no envejece; contestó Kasandra.

-Me temo mucho que no podré permitir este sacrificio querida hermanita; dijo Mireya.

Ante un gesto de Kasandra el puñal voló hacia Mireya, pero éste se desvió y clavó en una pared  antes de tocarla. Kasandra fue lanzada lejos por un gesto de Mireya. De igual forma, Kasandra derribó a la madre de los niños. El contenido del caldero hervía con violencia en medio de la batalla de las dos brujas.

-Lo siento mucho hermana, pero no saldrás viva de aquí; ni tu familia tampoco; amenazó la bruja Kasandra. Una esfera de luz salió del anillo de Kasandra y voló hacia Mireya, que aún se encontraba en el suelo, quien levantando una mano, la cogió y apagó en su palma.

Sin que Mireya se percatase, Francisco tomó el puñal que había quedado clavado en el muro y se dirigió con él en alto  por detrás de su esposa. Cuando estaba a punto de clavárselo en la espalda, la bruja se volvió y en un gesto instintivo puso  la mano por delante y Francisco fue lanzado contra la pared, quedando sin sentido.

-Ya te lo dije Kasandra, no permitiré este sacrificio; dijo Mireya furiosa poniéndose de pie y avanzando se paró en el centro del pentagrama. -Recuerda que solo puede haber una bruja en un pueblo.

Levantando los brazos al aire, las llamas de las antorchas volaron por toda la cueva y empezaron a girar alrededor de Kasandra y ante un gesto de Mireya, como si aplastara algo en el aire, éstas golpearon a Kasandra, envolviéndola en llamas.

Los gritos de dolor de la bruja llenaron la cueva; el caldero hervía con fuerza y los ojos de la estatua fulguraban intensamente.

-Ya te lo dije hermana, solo puede haber una bruja por pueblo; repitió Mireya.

Francisco y los niños fueron despertados en sus camas por las sirenas y luces de los bomberos que acudían a apagar el incendio en la casa de la científica Miranda Cortez.

En su mano derecha Mireya lucía el viejo y extraño anillo que su madre le regalara hace años.

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Amor De Madre 8 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Amor De Madre

-¿Mamá, puedo ir al paseo con Timi a la cabaña de los papás de Frani?; preguntó Marcia con tono seguro de que así sería; es que con sus doce años ella ya podía valerse por sí sola, al menos eso pensaba, además Timi ya tenía diez años y no era un bebe.

-¿Qué opina tu padre?; preguntó Isabel.

-Dice que está bien pero que te pregunte a ti; contestó la niña.

Dos semanas en el campo a los niños les haría bien, el contacto con la naturaleza siempre es bueno, sobre todo a esa edad, pensó la madre; además serían dos semanas de descanso para ella también.

-Está bien, pueden ir, pero se cuidan y no hagan demasiadas travesuras y recuerden respetar la naturaleza; autorizó Isabel.

El sábado por la mañana Frani y su familia pasaban a buscar a Marcia ya Timi. Isabel despidió con un  beso en la frente a cada uno. -Por favor llámame por tu celular todas las noches; pidió a su hija mayor.

-Descuida mamá, yo te llamaré; contestó ésta ansiosa de partir ya.

Cuando el vehículo se perdió de vista, Isabel se volvió hacia su marido y lo abrazó. -Al fin dos semanas solo para nosotros dos; y lo besó.

Isabel trabajaba desde su casa como decoradora de exteriores; con dos hijos, un marido y treinta y cinco años bien llevados, sentía que no le faltaba nada; aunque a veces recordaba con cierta nostalgia su vida pasada junto a sus padres, hermanas y hermanos.

Todas las noches durante cinco días, Marcia llamaba para contarle lo que había hecho durante el día y para acusar a Timi de las “maldades” que no dejaba de hacer. Aunque Isabel sabía que en realidad era su hija quien comenzaba todas las travesuras; es que al fin y al cabo era la versión en pequeño de ella y no podía ser de otra forma, y realmente Isabel no quería que fuese distinta y menos traviesa. Las travesuras, según ella, estaban bien, eran una muestra de un espíritu libre y una mente abierta.

La siguiente noche el teléfono no sonó, ni la siguiente. -¿Por qué no me habrá llamado?; preguntó Isabel algo inquieta a su marido.

-Se le habrá olvidado; pensó Tomás.

Isabel marcó el número de Marcia, pero no hubo respuesta.

-Se habrá quedado sin batería; comentó Tomás para tranquilizar a su esposa.

A la noche siguiente sonó el teléfono, Isabel contestó rápido.

-¡Mamá ayúdanos!; se escuchó la voz de Marcia que hablaba casi susurrando. Se oyó un chicharreo y la comunicación se cortó.

-¡Hija! ¡Hija!, ¿Marcia qué ocurre?; contestó casi gritando Isabel, pero la llamada ya se había cortado.

-¿Qué pasa?; preguntó alarmado Tomás.

-Marcia pidió ayuda en voz muy baja, como si no quisiera que la escucharan, luego el teléfono se cortó; explicó la madre.

-Será una de sus bromas; opinó el padre.

-Esta vez no. Sentí miedo en su voz; replicó Isabel.

-Bueno, vamos donde los Reyes entonces a averiguar que pasa; decidió Tomás.

Tomás conducía rápido por la carretera que salía de la ciudad; a su lado, Isabel tamborileaba con los dedos, con los ojos fijos en el camino pero con la mirada muy distante.

-Ya verás que todo es un mal entendido; trató de calmarla él.

A las tres horas de conducir al fin llegaron a la cabaña de la familia Reyes, compuesta por Rosalba, Andrés y su hija Francisca de trece años. La luz estaba encendida; al golpear la puerta, ésta se abrió sola; en el interior el silencio era total, nadie había. Muebles volcados, vidrios rotos; todo indicaba que se había producido una pelea; sin embargo, no había rastro de los ocupantes.

-¿Qué ocurrió aquí?; preguntó Tomás.

-Debo encontrar a mis hijos; dijo en voz alta Isabel, más para sí que para su marido.

Ella salió de la cabaña y se acercó al borde del bosque, permaneciendo quieta y mirando hacia el interior de éste; de vez en cuando hacía un gesto con la mano.

-¿Con quién hablas?; preguntó Tomás.

-Con nadie, solo trataba de ver algo, lo que fuese; explicó Isabel. Una sombra se escabulló silenciosa entre los árboles.

-Vamos a buscarlos; pidió a su esposo.

-Mejor en la mañana, cuando esté más claro; aconsejó él.

-¡No! ¡Ahora!, ¡Vamos ahora!; insistió agitada Isabel.

-Está bien, deja ir por unas linternas; aceptó Tomás.

Apuntaron las linternas hacia abajo tratando de encontrar algún rastro. Isabel se movía con mucha soltura entre los matorrales, ramas y troncos caídos. De pronto, enganchado en una rama Tomás encontró un pañuelo.

-Es de Marcia; reconoció inmediatamente Isabel. -Pasaron por aquí. Son tres niños, una mujer y cinco hombres, cuatro de ellos llevan botas de cazar; dedujo ésta, tras revisar el suelo con la mano.

-No sabía que pudieses seguir un rastro en medio de un bosque en la noche; comentó admirado Tomás a su esposa.

-Te sorprendería lo que puede hacer una madre por sus hijos; respondió ella.

Unos cien metros más adelante hallaron el reloj de Timi. -Nos están dejando una pista; observó el padre.

-Tenían que ser hijos míos; dijo orgullosa Isabel.

Después de unos minutos, la mujer se agachó ante el celular de su hija; alguien lo había pisado hasta romperlo. La respiración de Isabel estaba agitada y en sus ojos se veía la rabia que la inundaba.

En una ruinosa cabaña en mitad del bosque había un niño, dos niñas, un hombre y una mujer amarrados sentados en el suelo. Sus captores, cuatro hombres armados con pistolas y un rifle. -Es una lástima que estos chiquillos nos hayan visto enterrar el dinero y matar a los guardias del camión blindado; comentó uno.

-Yo no voy a volver a la cárcel; dijo otro. -Vamos a tener que deshacernos de ellos; concluyó el que parecía ser el jefe.

A mucha distancia de ahí, Isabel miró hacia donde se hallaba la cabaña.      -Ya sé dónde están. Vamos por ellos; dijo muy decidida.

-Vamos por la policía mejor; sugirió Tomás más reflexivo.

-No hay tiempo; insistió la mujer.

-Pero razona ¿Qué vamos a poder hacer  tú y yo?; trató de disuadirla.

-Si quieres me acompañas; además, esto es personal, no quiero policías; concluyó Isabel, cuya voz se oía muy amenazante ahora.

La mujer avanzaba corriendo por el bosque a mucha velocidad, Tomás apenas podía seguirle el paso. Casi veinte minutos después, llegaron  cerca de la destartalada cabaña que servía de escondite para los delincuentes. A pesar de la distancia recorrida y la velocidad de la carrera, Isabel no se veía afectada; mientras que Tomás sudaba copiosamente y sentía náuseas y deseos de vomitar  por la falta de aire y el agotamiento.

-Ahora me encargaré yo, por favor no trates de hacerte el héroe; le pidió a su esposo mientras lo besaba.

-¿Qué pretendes hacer?, si eres más débil que yo; le recordó Tomás.

Isabel no dijo nada; solo se apoyó en el tronco de un viejo árbol.

Sarcillos que salían del árbol comenzaron a enrollarse por el brazo de Isabel, recorriendo todo su cuerpo. Ya no estaba vestida con el veraniego vestido de hace un rato; una blusa negra sin botones, pantalones y botines también negros; la blusa quedó ceñida a su cintura por una enredadera que la sujetó como un cinturón y colgando de éste un afilado puñal con extraños diseños en su hoja y empuñadura. Si esto tenía atónito a Tomás, lo que seguía le parecería un sueño o una pesadilla.

Los ojos de Isabel adquirieron un profundo color oscuro, su rubio cabello se volvió intensamente negro, mientras que sus orejas extendían sus bordes hasta terminar en punta.

La realidad para Tomás se había disuelto ante sus ojos y como pudo logró que de sus labios salieran palabras.

-¿Quién eres?, ¿qué eres?; preguntó a la mujer con quién hasta unos minutos atrás había compartido su vida durante los últimos trece años.

Tratando de oírse lo más tranquila posible la extraña habló. -Aunque ahora no lo parezca, sigo siendo tu esposa que te ama y la madre de tus hijos.

-¡Esto es una locura!, no puede ser  real todo esto; exclamó Tomás.

-No estás loco, y si es real todo esto; respondió ¿Isabel? -Después  contestaré todas tus preguntas, ahora rescatemos a los niños.

Un fuerte viento abrió la puerta de la cabaña, pero nadie había en la puerta; los bandidos no vieron los sarcillos, gruesos como cuerdas, que se arrastraban por el suelo, los cuales se enroscaron en sus piernas y con un brusco tirón los hacían caer y los arrastraban hacia el bosque en medio de sus gritos.

Uno de los delincuentes logró zafarse de su atadura y corrió como quien ha visto al diablo; sin embargo, de nada valió su esfuerzo, a unos metros de haber corrido, caía con un puñal clavado en su espalda.

Las amarras de los otros tres malvados se soltaron, dejando libres a sus presas; los cuales se internaron más en la negrura del bosque, cada uno corriendo según sus propios pasos sin ningún rumbo; solo querían escapar. El segundo vio que una extraña mujer de cabello negro como la noche más oscura se aproximaba lentamente hacia él; apresuradamente sacó una pistola de su pantalón y apuntó hacia la extraña. Tras un movimiento de una mano de ella, una rama golpeó violentamente el brazo del asaltante, botándole el arma. Una larga rama se enrolló en el cuello del aterrado hombre; la perseguidora levantó una mano y la rama se elevó con su prisionero colgando; la mujer giró una mano en el aire y se escuchó el claro sonido de huesos que se rompían. El hombre dejó de moverse.

Una afilada rama se proyectó contra otro de los bandidos, atravesando su corazón; la mujer observaba cerca, acariciando la empuñadura de su ensangrentado puñal mientras pensaba. El último recibiría algo especial.

Agotado, aterrado y desorientado, el asaltante veía todo girar a su alrededor. De pronto sintió que sus manos eran atrapadas y era arrastrado hasta quedar con la espalda pegada a un árbol.

La mujer se acercó  a él y con voz melodiosa, pero no por ello menos terrible, le dirigió la palabra. -No  me importa lo que le pase a los demás humanos, pero ¿por qué tenías que meterte con mis hijos?; por ello nunca saldrás con vida de este bosque y puedo asegurarte que tus últimos momentos serán infinitamente agónicos. Voy a verte morir y voy a disfrutar cada instante.

Cuando hubo cayado la mujer, una rama tapaba la boca del asaltante, de tal forma que no podía ni hablar ni gritar. Varias ramas empezaron a enrollarse por todo el cuerpo de éste hasta cubrirlo completamente, pero sin apretarlo; la muerte sería lenta por asfixia. La mujer miraba tranquilamente, hasta que se marchitaron las últimas hojas de la mortaja mortal.

Todas las viejas leyendas eran distintas, pero todas coincidían en lo mismo; a quién hiciese enojar a un elfo oscuro, una dolorosa muerte lo alcanzaría. Esa noche las leyendas cobraron vida. Una joven elfa oscura había conocido el amor de un mortal y decidió vivir una vida de humana a su lado; sin embargo, la elfa dormía y esa noche había despertado cuando cuatro malvados decidieron atacar a su familia, condenándolos a una muerte que solo esos seres podían ejecutar.

Una hora después Isabel regresaba junto a su marido, idéntica a como él la conocía, vistiendo el mismo vestido que llevaba todo el día usando.

-Por favor vamos por los niños; solicitó ella cabizbaja. -Después habrá tiempo para decirte todo; sé que tienes demasiadas preguntas y las contestaré todas.

Tomás estaba demasiado confundido como para oponerse a ella.

Entraron ambos corriendo a la cabaña. Presurosa  Isabel desató a Marcia y a Timi, al tiempo que los abrazaba y llenaba de besos. Tomás se preguntaba si esa era la misma y extraña mujer que había ejecutado a los secuestradores de sus hijos, o solo lo había soñado. Tomás por su lado desataba a la familia Reyes. Todos se abrazaron y lloraron unos minutos; de alguna forma habían sobrevivido al secuestro de cuatro asesinos.

-Volvamos a su cabaña; sugirió Tomás a Andrés Reyes.

Cuando llegaron a la cabaña Isabel ya tenía claro que debía hacer. Los humanos no podían saber de la existencia de los elfos oscuros. Cuando todos estuvieron dentro, Isabel sopló sobre el rostro de cada uno, excepto de Tomás.

-Duerman, mañana tendrán solo recuerdos agradables de estos dos últimos días; les habló suavemente Isabel. -Tú esposo mío no olvidarás nada, porque conocerás toda la verdad. Levantando los brazos, la cabaña volvió a estar tal como antes del ataque de los asaltantes.

Mientras todos dormían, Isabel comenzó su historia. -Mi nombre es Ethiel; como habrás notado no soy humana, pertenezco a la raza de los elfos oscuros. Hace casi catorce años te vi por primera vez en el monte donde acampabas; durante dos noches te observé, luego cuando bajaste al bosque te seguí, así estuve por siete días. Me gustaste y sabía que quería estar a tu lado siempre. Claro está que mi familia se opuso pero, como sabes, siempre me salgo con la mía. Me enamoré de un humano y deseé vivir como una; cambié mi apariencia y me acerqué a ti como Isabel. El resto ya lo conoces porque es nuestra vida juntos; terminó de hablar Isabel con la cabeza gacha.

El cerebro de Tomás estaba empezando a aceptar esta nueva realidad.

-¿Abandonaste tu vida pasada y a tu familia solo por mí?; preguntó al fin Tomás.

-¡No!; contestó Isabel. -Más bien, junto a ti encontré la felicidad y formé mi propia familia.

Isabel se sentía y se veía cansada por primera vez en el día. Tomás se acercó a ella y le tomó una mano, ella apoyó su cabeza en el hombro de su esposo y cerró los ojos.

Al otro día todos estaban desayunando, cuando se estacionó un automóvil fuera de la cabaña. Marcia saltó de golpe. -¡Mamá, papá!; Tomás y Isabel descendieron con una mochila cada uno.

-¿Caben dos huéspedes más?; preguntó la recién llegada a Rosalba y a Andrés.

-Claro que sí; contestó Andrés Reyes.

-Vengan a tomar desayuno; los invitó Rosalba.

Isabel podía descansar; estaba junto a su familia y amigos. La elfa oscura podía descansar.

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 5 y final – Un Grito en la Noche 7 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 5
Un Grito En La Noche

La  neblina le daba un aire muy especial a la noche de Paris, hasta mágico. A Francine le encantaba adentrarse en la niebla y sentir la suave humedad en su cara.

Ya era cerca de las diez de la noche y empezaba a sentir hambre. Dejó que su olfato la guiara; a poco andar vio a un hombre que caminaba solitario por el parque. Caminó hacia él haciendo el mayor ruido posible con sus pies, quería que la escuchara. Al pasar junto a él lo miró en forma coqueta y siguió avanzando sin mirar atrás, sabía que el hombre la estaba mirando y eso le gustaba. Caminaba lentamente, deteniéndose de vez en cuando invitándolo a que la siguiera. Él caminaba ansioso detrás de ella. En un árbol que había a unos cien metros, Francine se apoyó aguardándolo; pronto cenaría.

Cuando el hombre estaba a unos veinte metros de ella, frente a él se hiso presente una mujer vestida con un largo vestido blanco, la mujer dio un horrible grito que hizo que el hombre callera muerto, sangrando por oídos, ojos y nariz. Francine molesta se acercó con pas

-¡Oye tú!, caza tu propia comida; le gritó muy enojada.

La mujer se volteó mostrando un rostro muy pálido, con ojos rojos rodeados de ojeras. Abriendo una descomunal boca lanzó un grito tan agudo que casi le rompe los oídos a Francine, luego escapó tan rápidamente como había aparecido; la vampiresa se sintió algo mareada un rato, pero la gran fuerza y resistencia de su raza evitó que terminara igual que su presa.

Francine se alejó lo más que pudo del parque y al otro lado de la ciudad cazó rápido, sin juegos, sin acoso, solo velocidad y muerte. Confundida llegó a la casita en la que vivían María y Ana desde hace un tiempo, ellas habían vuelto recién de su casería. Cuando le abrieron la puerta Francine estuvo a punto de desmallarse; la llevaron a la habitación y la recostaron en la cama.

-¿Francine qué ha pasado? ¿Te has alimentado a tiempo?; preguntó María preocupada.

-Me gritó; dijo Francine con voz entrecortada.

Ana mientras tomaba su teléfono celular y llamaba al médico.

-¡Doctor Lacroix!, venga enseguida a mi casa; es Francine, algo le ocurre. Está prácticamente desmallada, parece que algo la atacó, habla de un grito. Dese prisa por favor; lo apremió Ana.

En cinco minutos el Doctor Lacroix golpeaba a la puerta.

-Pase doctor, está recostada en la cama; dijo Ana mientras lo conducía al dormitorio.

-Francine, ¿sabes dónde estás?; preguntó el doctor mientras revisaba sus pupilas con una linterna.

-Con María y Ana; respondió la doncella.

-¿Sabes quién soy yo?; preguntó el médico.

-Brad Pitt; trató de reír la joven vampiresa. -¡Hayy!, me duele mucho la cabeza y los oídos.

De a poco Francine se sentó en la cama.

-¿Sabes qué te pasó hija?; preguntó Lacroix.

-Estaba cazando en el parque al otro lado de la ciudad y la verdad es que me estaba divirtiendo mucho; cuando estaba por atrapar a mi presa, una mujer se puso delante de él y dio un grito muy intenso; el humano cayó muerto sangrando por ojos, oídos y nariz. Pensé que se trataba de otro vampiro y me acerqué para reclamar mi presa; pero cuando estaba encima casi, la mujer se volvió hacia mí, tenía el rostro más pálido que un vampiro recién convertido, ojos rojos rodeados de ojeras rojas, era muy delgada, tenía una boca muy grande; cuando me vio me gritó muy fuerte, los oídos me zumbaron y me sentí mareada; explicó Francine.

-¿Era un Nosferatu?; consultó el doctor, recordando su pasada aventura.

-No, definitivamente no era un vampiro; dijo la maltrecha vampiresa.

-Una ambulancia está llegando doctor; avisó María.

-Es nuestra. Francine debe ser examinada en forma más cuidadosa; explicó el médico.

La ambulancia se dirigió a una pequeña clínica privada en las afueras de París; introdujeron a Francine en una camilla, aunque ella insistía en caminar. La recepcionista saludó cortésmente al Doctor Lacroix, quien respondió con un ademán; les hizo pasar a un pequeño cubículo de exámenes.

-Hummm; murmuró Ana decepcionada.

-¿Encuentras muy pequeña la clínica?; preguntó el médico.

Un muro se abrió dejando a la vista un ascensor oculto. Cinco pisos más abajo, la clínica parecía más una instalación futurista que un hospital.

Francine fue sometida a exámenes que María ni siquiera sospechaba que existieran; la resonancia magnética y el escáner indicaron que solo había sufrido una leve inflamación de sus nervios auditivos.

-Francine, este es el Doctor Ferrer, el neurólogo que te atendió; presentó el Doctor Lacroix.

-¿Qué me pasó?; quiso saber la muchacha.

-Sufriste un shock acústico severo, que provocó una inflamación de los nervios auditivos, por eso el dolor de cabeza y oídos, pero en unos días estarás bien; explicó el Doctor Ferrer. -Solo porque eres vampiro sobreviviste, a un humano le habría convertido el cerebro en papilla.

A esa misma hora en una solitaria calle, una mujer era acechada por un vampiro; cuando estaba por clavar sus colmillos, un horripilante grito lo hizo caer de dolor; la humana yacía boca arriba sangrando por nariz y oídos. El vampiro alcanzó a pulsar una tecla de emergencia en su celular y cayó desmayado.

A su llamada de auxilio llegó un vehículo médico furtivo; pero ya pasaban dos minutos de la medianoche. La impresión para el personal paramédico fue intensa; hacía siglos que no se tenía noticias de una muerte accidental en su raza. El cadáver fue conducido hasta el quinto subterráneo de la clínica privada de París.

-Vamos al palacio, pidió el Doctor Lacroix a Ana y María. La Princesa ha ordenado un acuartelamiento general en la ciudad; nadie sale a cazar hasta que pase esta situación; la alimentación se realizará mediante sangre envasada; comunicó mientras salían.

En Grecia el operador de comunicaciones saltaba de su sillón. -General Sartorius, general; comunicación encriptada de La Rosa Negra, Código Omega Nivel Dos; avisaba muy afligido.

La pantalla se iluminó, gotas de sudor perlaban la frente de Lizbeth Laberne; el general de la Fuerza de Respuesta Biológica percibió la preocupación de la Princesa, y acostumbrado a ir directo al grano, no quiso perder tiempo en formalidades.

-Infórmeme Alteza. ¿Qué ocurre?

-Hace unas horas dos ciudadanos nuestros, un hombre y una mujer, fueron atacados mientras cazaban, sufriendo daño acústico, tuvieron que ser trasladados a nuestras instalaciones médicas, afortunadamente la mujer se recuperará; sin embargo, el hombre no tuvo tanta suerte, pues cayó inconsciente y no alcanzó a alimentarse a tiempo, los paramédicos llegaron demasiado tarde. Por otro lado, su atacante de un solo grito diluyó el cerebro de las presas de nuestros compatriotas. He puesto la ciudad bajo ley marcial para los vampiros; nadie saldrá a cazar hasta nueva orden; la alimentación será mediante sangre envasada. Y es ahí donde entra usted General Sartorius; la producción y envío de sangre a París debe aumentarse al máximo; explico la Princesa. -General, no me importa cuántos humanos tenga que usar, ni qué métodos deba utilizar. Tiene carta blanca; concluyó Lizbeth.

-Alteza, hemos desarrollado la tecnología para que cada humano prisionero en nuestras instalaciones pueda producir cincuenta litros percápita de sangre en tres días. Las plantas productoras están totalmente  operativas. Las reservas serán enviadas a París en seguida. Puede contar con ello Madame; informó a su vez el oficial.

-No esperaba menos de usted general; asintió Lizbeth.

-Necesito otra cosa General. ¿Cuán hábiles son sus bioingenieros?; preguntó la Princesa.

-Son los mejores del mundo Alteza; respondió el oficial seguro de su personal.

-Bien, necesito que desarrollen un sistema de bloqueo para protegernos de ataques ultrasónicos de alta amplitud. Hasta donde sabemos, es un grito de ultra frecuencia que a nosotros nos produce un shock acústico severo que inflama los nervios auditivos, produciendo un intenso dolor de oídos y cabeza, mareos y desorientación; a los humanos, según comprobamos, les licúa el cerebro; concluyó al fin Lizbeth.

-Los tendrá lo antes posible alteza, mientras tanto que sus soldados apaguen los sensores acústicos de sus cascos y usen comunicación telepática; sugirió el general. -Bien; si no hay nada más Princesa, me retiro, ya que hay demasiado trabajo que hacer.

-Gracias general; se despidió Lizbeth y cortó la comunicación.

Grupos de soldados ocultos en modo fantasma recorrían la ciudad en busca de la peligrosa mujer, pero en dos días no había dado signos de actividad. Cuando una de las patrullas se disponía a volver a su base, escucharon un terrorífico grito que provenía de dos calles de ahí. En un parpadeo los soldados llegaron junto a la víctima, era un hombre de unos cuarenta años, el que yacía sangrando por los oídos. Afortunadamente solo se trataba de un humano; en las cercanías no había rastros de la asesina.

El mortal grito fue grabado por los nano sistemas de los trajes de combate de la patrulla. Sin pérdida de tiempo la Coronel Laberne ordenó que se transmitiera a las instalaciones en Grecia, de la Fuerza de Respuesta Biológica para su análisis.

A los pocos días de recibida la grabación, bloqueadores acústicos calibrados en la frecuencia del grito eran embarcados en un Vampiro Fantasma, junto a un regalo personal del General Sartorius para la Princesa. Una vez despegada la nave, el alto oficial se comunicó con su superior.

-General Sartorius; saludó Lizbeth. -¿Qué novedades tiene?

-Princesa, prepárese para recibir en unos minutos un envío de bloqueadores acústicos para sus subalternos, calibrados para neutralizar las ondas sónicas en la frecuencia del grito, además incluí un regalo que creo será de su agrado; contestó Sartorius.

-¿Un regalo? ¿De qué se trata?; preguntó ella.

-Es un anulador de emisiones sónicas, calibrado en un rango que incluye la frecuencia del grito; ampliamos el campo de acción en caso de que este pudiese ser alterado a voluntad. Pónganselo en el cuello a esa mujer y no podrá atacar  con su grito; explicó el general.

-Lo felicito. Está justificando con creces su ascenso general; observó la Princesa.

-Esto es un trabajo en equipo, sin mis colaboradores yo no soy nadie Alteza; concluyó con modestia el oficial.

Esa noche todas las patrullas de las Fuerzas Especiales estaban protegidas con bloqueadores acústicos en sus cascos. La cadete Ana Eguigurren participaba en su primera patrulla; el silencio en las calles era sepulcral, la atmósfera se podría haber cortado con un cuchillo; sin embargo, ella estaba consciente de  su habilidad y confiaba que el entrenamiento recibido hasta ahora debería ser suficiente. Dicen que en la excesiva confianza está el peligro…

Caminaban ocultos por el parque donde tuvo lugar el primer ataque, todo estaba en calma; a unos seiscientos metros una prostituta buscaba clientes en la noche. De pronto, de la nada apareció una mujer con un largo vestido blanco que se paró frente a la desafortunada y lanzando un horrible grito la hizo  caer sin vida. Los soldados rápidamente se pusieron en acción; la mujer al verse rodeada gritó sobre ellos; los protectores funcionaron a la perfección. Al ver que nada pasaba, la mujer lanzó un nuevo grito de longitud de onda variable en una frecuencia más alta. El soldado que recibió el golpe cayó de rodillas con las manos en los oídos. En cinco segundos seis vampiros enfundados en trajes negros como mármol, yacían retorciéndose de dolor. Ana intentó escapar saltando rápidamente hacia los árboles, pero fue derribada por un golpe de sonido.

-¡Nos atacan!; se escuchó la voz de Ana por un altavoz de la base, junto con un mortal grito.

María, que se encontraba junto al Doctor Lacroix y la Princesa Lizbeth desapareció en un parpadeo y junto con ella el dispositivo para neutralizar a la mujer.

-Mocosa impertinente; gruñó el médico.

-Que salga una unidad furtiva ahora; ordenó  la Princesa.

Al llegar al parque María vio como Ana era derribada cuando intentaba escapar hacia los árboles. La mujer se aproximó hacia Ana y se dispuso a darle el golpe de gracia; de pronto se oyó una explosión y un fuerte viento surgió. La mujer se vio levantada en el aire; María corrió tan rápido que rompió la barrera del sonido y la sostenía por el cuello. La extraña golpeó con el brazo a María haciéndola caer al suelo; junto a ella abrió grande su horrible boca, pero ningún sonido salió de ella; la vampiresa había logrado ponerle el collar y ahora estaba muda. Cuando la mujer trató de huir, se sintió inmovilizada; cuerdas lanzadas por varios vampiros la amarraron. Ana que ya se había puesto de pie abrazaba fuerte a María.

-Eso ha sido lo más estúpido que se te ha ocurrido; le reclamó. -Pero me has salvado.

María no pudo evitar derramar algunas lágrimas por el susto pasado. -¿Más estúpido que decapitar a un Nosferatu con la mano?; preguntó ella.

Sin decir nada más ambas se tomaron de la mano; sabían que siempre se protegerían mutuamente.

La mujer neutralizada fue conducida hasta el nivel más profundo de la supuesta clínica y  encerrada en una cámara de contención con una aislación acústica de amplio espectro. Hasta saber cómo proceder estaría bajo vigilancia continua las veinticuatro horas del día; en otra sección de la base grupos de soldados monitoreaban a la extraña tratando de sacar a la luz sus secretos.

Una puerta se deslizó silenciosa a las espaldas de los técnicos. -General en la sala, gritó alguien poniéndose de pie. El general Andreas Sartorius, ingresó a la sala de control seguido de cinco soldados vestidos con el típico traje negro de las Fuerzas Especiales, pero con la insignia de una serpiente enrollada en una vara, símbolo de Las Fuerzas de Respuesta Biológica; todos ellos llevando maletines metálicos.

-Sargento, desde ahora nosotros nos haremos cargo; ordenó el general sin ninguna diplomacia.

-Señor, nadie me ha informado al respecto; respondió el soldado.

Se escuchó el grito autoritario de una mujer que entraba. -Sargento, el General Sartorius le ha dado una orden. Él es el comandante supremo en esta operación y es mi mano derecha; cualquier orden que él dé se debe obedecer inmediatamente sin cuestionar. Cada vez que el dé una orden debe ser acatada como si la diera yo.

El soldado se cuadró ante los dos oficiales de alto rango y cedió su puesto a uno de los hombres de Sartorius.

-¿Dónde está?; preguntó el general.

-En una celda de aislamiento en el ala sur de este nivel; contestó un técnico.

-Quiero una descripción completa de su anatomía. Utilicen rayos X, Resonancia Magnética Nuclear y Tomografía Computarizada. Tráiganme una imagen detallada de su sistema fonético y su cerebro en máximo una hora. Saquen muestras de sangre y tejidos; necesitamos estudiar su genética y su metabolismo. -Rápido, ¿qué están esperando?, no hay tiempo que perder; gruño el general griego repartiendo órdenes.

Lizbeth sonreía; su decisión de ponerlo a él al mando de la Fuerza de Respuesta Biológica había sido la correcta.

Todos los laboratorios de la instalación secreta comenzaron a trabajar a un ritmo frenético; el tiempo apremiaba.

En el laboratorio de genética molecular, donde analizaban el ADN de la mujer, María estuvo a punto de sufrir un ataque cardiaco, si eso hubiese sido posible, de la impresión que acababa de llevarse. Cómo eran imposibles los resultados, realizó tres veces los análisis, pero  estos siempre indicaron lo  mismo. Totalmente confundida, llamó por intercomunicador al General Sartorius y al Doctor Lacroix.

-Por favor vea esto general; dijo pasando una hoja impresa al oficial.

-¿Está segura de esto señorita?; preguntó el oficial.

-Completamente Señor, llevé  cabo tres veces los exámenes y siempre llego a los mismos resultados; contestó María.

 El doctor impaciente le quitó la hoja de la mano para ver por sí mismo.

-¡Vaya que interesante!; exclamó éste, es ADN humano.

-Pero modificado artificialmente; observó María. -Pude localizar fácilmente los puntos donde fueron introducidas las mutaciones.

-¿Pero quién podría hacer eso?; preguntó el médico.

-Es lo que vamos a averiguar; comentó el General Sartorius.

-General Sartorius, por favor diríjase a Neurología; se escuchó por el altavoz.

-Los estudios usando Resonancia Magnética Nuclear, indican que la corteza cerebral está prácticamente inoperante; por lo visto esta criatura es poco más que un autómata; informó el Doctor Ferrer.

-Interesante; opinó el oficial.

-Sin embargo, eso no es lo más relevante; el escáner reveló la presencia de un objeto introducido en su cerebro.

Una pantalla se encendió mostrando un pequeño rectángulo.

-¡Demonios!, eso es un chip rastreador; exclamó alarmado el militar.

-Tranquilo general, los técnicos indican que el chip quedó totalmente anulado por el sistema automático de seguridad  del Vampiro Fantasma que la transportó para acá. La ubicación de estas instalaciones sigue estando oculta; calmó el Doctor Ferrer.

En el salón de reuniones el General Sartorius informaba a la Princesa de lo descubierto hasta ahora,

-El paso lógico a seguir Princesa, es averiguar quién creó a esa criatura, dónde y con qué propósito; sugirió el alto oficial.

-¿Sugerencias general?; preguntó Lizbeth.

-Liberarla con un rastreador radioactivo instalado, para evitar que sea detectado. Localizar la base de donde procede; luego introducir un espía para averiguar ante que nos enfrentamos y  finalmente intervenir directamente ya sea para neutralizar o destruir la amenaza, Señora; manifestó el general.

-Veo que tiene todo planeado. -Proceda como estime conveniente general; autorizó la oficial.

La mujer fue trasladada al parque a bordo de una nave furtiva y dejada en libertad. Apenas se vio libre corrió hasta desaparecer; sin embargo, el parche radioactivo emitía una clara señal imperceptible mediante rastreadores electrónicos normales. Una unidad de las Fuerzas de Respuesta Biológica vigilaba en modalidad fantasma cualquier cosa que pasara. De pronto, a donde se hallaba la mujer se aproximó un vehículo con sus luces apagadas.

Los centinelas se comunicaron enseguida con la base. -Comandos humanos se aproximan al objetivo; con una unidad de control han hecho subir a la mujer.

-Procedan a seguirlos hasta su destino a una distancia prudente; ordenó una voz al otro lado de la línea.

Diez  kilómetros fuera de la ciudad, la camioneta se detuvo en una pequeña cabaña. Los comandos humanos, todos vestidos de negro detuvieron el vehículo dentro del estacionamiento. Un vampiro oculto en modalidad fantasma se coló junto a ellos. El suelo comenzó a bajar.

Dentro de las misteriosas instalaciones, totalmente indetectable, el sargento Striker registraba todo cuanto había y se hacía ahí. Todo lo que sus sentidos percibían era transmitido telepáticamente gracias a su cintillo de comunicaciones. Era una base secreta de investigación biológica de una rama militar clandestina de los Estados Unidos de Norteamérica, donde se realizaban experimentos genéticos prohibidos por los tratados internacionales.

Ante semejante situación, la Nación Vampira puso en movimiento a sus más altos agentes. A través de la Alianza Militar del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el General Sartorius logró la autorización del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas para intervenir militarmente. El gobierno de Estados Unidos, como era de esperarse, negó tener  conocimiento de las actividades de ese grupo militar; declarándolos rebeldes y fuera de la ley.

Con la información reunida por el Sargento Striker, el General Sartorius podía actuar. A los pocos minutos de conseguido el visto bueno del Consejo de Seguridad, varios vehículos negros sin placas patentes se detenían junto a la cabaña; de su interior descendieron varios soldados fuertemente armados, vistiendo uniforme del ejército francés, pero con la insignia de la OTAN. Encabezando el grupo se encontraba el General Sartorius, vistiendo su uniforme de combate de General de Fuerzas Especiales de la OTAN; oculta en modo fantasma se encontraba también una unidad de asalto de las Fuerzas de Respuesta Biológica de la Nación Vampira, al mando del Teniente Díaz.

Dentro de la base enemiga, la alarma se activó. El Coronel Freeman ordenó alerta roja y defender la base. El Mayor Bergman distribuyó a sus hombres de tal forma que cubrieran el puesto de control. Los soldados de la OTAN avanzaron rápidamente, neutralizando con facilidad a los soldados rebeldes.

En el puesto de mando, el Capitán Stern identificaba a los invasores.

 -Coronel Freeman, es el General Andreas Sartorius de las Fuerzas Especiales de la OTAN; informó a su comandante.

-Mátenlos a todos, no permitan que se apoderen de esta base; ordeno el coronel rebelde.

-Pero Señor son de la OTAN; protestó el capitán.

-¡Cumpla la orden capitán!; gritó el comandante.

-Sí Señor; respondió el aludido, no estando muy seguro de si era lo correcto.

Los soldados de la OTAN derribaron las puertas de la sala de control e ingresaron en ella, encañonando a todos en el interior.

El General Sartorius, quien se sabía muy seguro de su autoridad se impuso inmediatamente. -Coronel Freeman, bajo mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas le ordeno que se rinda inmediatamente ante las fuerzas de la OTAN.

-Lo siento mucho general, pero eso no va a ser posible; se escuchó hablar al Mayor Bergman, mientras sus hombres apuntaban a los comandos de la OTAN.

-Teniente Díaz, por favor detenga al Coronel Freeman; dijo Sartorius mirando a un lugar vacío junto al oficial rebelde.

-¿Pero con quién diablos habla?; preguntó al general.

En el aire se hizo visible una afilada espada junto al cuello de Freeman; después apareció un brazo y finalmente una estatua de mármol negro estaba parada junto a él, amenazando con cortarle la cabeza.

-No solo usted realiza investigaciones secretas coronel, confesó el General Sartorius, al momento que varias estatuas negras aparecían de la nada y apuntaban a la cabeza de los rebeldes.

-Bajen sus armas; ordenó el Capitán Stern. -Los mandatos del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas anulan cualquier orden recibida.

-Sabia decisión Capitán Stern; felicitó el general de la OTAN.

-General, una señal de auxilio acaba de ser enviada desde esta base; indicó el Sargento Striker, que acababa de hacerse visible.

-Localicen su destino y neutralicen inmediatamente; ordenó Sartorius.

En el rostro del Coronel Freeman se dibujó una sonrisa burlona. -Ahora todos moriremos.

-Lo dudo mucho; rió el general.

-Vampiros atacando a Mach 8, general; informó el Sargento Striker.

En una pantalla se veía pasar la tierra y el mar a una vertiginosa velocidad. Una isla cerca de Noruega se acercaba rápidamente y era dejada atrás; de pronto una gran explosión se vio a lo lejos. Dos Vampiros Fantasmas acababan de descargar sus proyectiles contra las naves que se aprestaban a despegar en auxilio de la base invadida por la OTAN.

-Ni se dieron cuenta de que murieron; celebró el general.

-Bueno soldados, el Capitán Stern les dio una orden; dijo Sartorius, mirando a los soldados rebeldes, los cuales dejaron caer sus armas al suelo. -Teniente Díaz, encierre al Coronel Freeman y al Mayor Bergman en una celda. Vaporícelos; ordenó a través del comunicador telepático oculto bajo su gorra.

El  Teniente Díaz condujo a los prisioneros a una celda, cuya puerta cerró tras él entrar en ella también. Dos volutas de niebla se disipaban poco después en el aire.

Una vez asegurada la base el general con sus hombres y el Capitán Stern se dirigían a los laboratorios de investigación, donde pudieron ver los dementes experimentos que allí se llevaban a cabo. Mutaciones e hibridaciones transgénicas destinadas a crear nuevas armas biológicas para poder convertirse en la fuerza militar más poderosa del mundo. Aberraciones que combinaban a dos o más especies animales estaban reunidas aquí. Especies de hombres lobos; la mujer que originó todo esto, cuyo nombre clave era Banshee; y otros más. En la última celda de contención el Teniente Díaz, quedó atónito por un segundo. -General, eso es un Nosferatu; indicó sorprendido.

-Muy bien, vaporicen a todas estas cosa; ordenó el General Sartorius.

El Capitán Stern vio como esos extraños soldados de negro disparaban armas de energía desconocidas para él contra los experimentos creados y se convertían en nubes de vapor que pronto se disolvían.

-Sargento Striker, copie toda la información de las computadoras; mandó el general.

-¿Qué va a pasar con mis hombres y conmigo, general?; preguntó el Capitán Stern.

-Usted y sus hombres son buenos soldados y solo cumplían órdenes; por otro lado usted tomó la decisión acertada; sin embargo se han enterado de la existencia de tecnología altamente secreta. Puedo matarlos aquí y ahora, pero sería un desperdicio de buenos militares; lo más lógico es que sean promovidos a  una unidad altamente especializada de fuerzas de elite. Diciendo esto, el general abrió un contenedor del que flotó una esfera roja luminosa que se elevó e iluminó toda la base con una luz rojiza.

A los pocos minutos los vehículos de las Fuerzas de Respuesta Biológica se retiraban de la base rebelde, la cual desaparecía luego bajo un cegador resplandor.

 Por comunicación abierta el General Andreas Sartorius informaba a su superior.

-Misión cumplida; amenaza neutralizada; cambio y fuera.

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 4 – Bajo la Sombra de la Cruz del Sur

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Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 4
Bajo La Sombra De La Cruz Del Sur

La noche estaba muy agradable, era verano en el hemisferio sur, las estrellas y la luna llena le conferían al entorno una claridad plateada; una suave brisa jugaba con su negra cabellera. Ya no recordaba cuanto tiempo había pasado desde que sintiera la unión entre ella y la noche; por eso esa sensación llenaba su ser como si hubiese sido la primera vez.

Había cenado hacía poco y aún saboreaba el siempre placentero sabor.

Se sentó en un banco del parque, entre unos árboles junto al río que cruzaba la ciudad. No había nadie más, así es que podía disfrutar tranquila de la calma reinante, que en su casa no tenía; rodeada siempre de protocolo y sirvientes siempre dispuestos a satisfacer hasta sus más mínimos deseos.

Sus pensamientos estaban muy distantes, sumida en sus recuerdos.

María caminaba de la mano de Ana. Tal vez tres o cuatro años pasaron desde que se conocieron.

Era una noche de sábado; María cubría un turno de enfermera en la unidad  de emergencia del hospital donde se desempeñaba. Hacía poco que había empezado a trabajar ahí; con veinticuatro años no había ninguna prisa. Escuchó por radio que venían dos ambulancias con víctimas de un accidente de tránsito. Por lo visto sería una noche agitada.

Entre los accidentados venía una joven de unos veinte años, y por su ropa, se veía que era de familia acomodada. Todos fueron trasladados a la Unidad de Cuidados Intensivos.

Una vez estabilizada y en vista de que no corría riesgo vital, la joven fue llevada a la Unidad de Tratamientos Intensivos.

Los padres de ella llegaron al rato, recriminándose mutuamente. Si él no le hubiese comprado el auto; si ella se preocupara más de su hija…; solo críticas.

María, que había escuchado todo, sintió pena por la chica; lo tenía todo, pero le faltaba lo  más importante, una familia de verdad.

-¿Dónde está el doctor a cargo?; se oyó una voz autoritaria.

-Soy el Doctor Rodríguez. ¿En qué puedo ayudarlo señor?; contestó cortés el médico.

-¡Mi hija! ¿Cómo está?

-Está inconsciente aún, pero se recuperará. Por suerte llevaba puesto el cinturón de seguridad; informó el médico.

-¡Muy bien!; dijo Augusto Eguigurren. Y cómo quién está acostumbrado solo a dar órdenes, prosiguió altivo. -Quiero que mi hija tenga el mejor tratamiento; una enfermera debe estar las veinticuatro horas del día  a su lado.

-Señor, esta es una unidad de emergencias; para ello se debe dirigir a la dirección del hospital; dijo el doctor Rodríguez.

-¡Veinticuatro horas al día doctor; cueste lo que cueste!

El Doctor Rodríguez sabía que dinero e influencias era lo que más tenía Augusto Eguigurren; estaba claro que hablaba muy en serio.

-Creo que se puede arreglar desde aquí; asintió el doctor para no tener problemas.

El poderoso empresario observó a María que en ese momento arreglaba unos materiales.

-¡Señorita!, venga; quiero que usted se encargue personalmente de atender a mi hija; ordenó el altanero millonario.

María trató de protegerse en su superior. – ¡Doctor, es que mi turno no me lo permite!

Encogiéndose de hombros, el pobre Doctor Rodríguez prefirió no protestar.

-No se preocupe enfermera, yo autorizo todo; la confortó el médico con la mirada.

Por suerte esas desagradables personas se fueron pronto.

Cómo es de suponer, Ana fue trasladada a la mejor habitación del hospital. En ella acomodaron una segunda cama para la enfermera que la cuidaría.

Ana era una joven de veinte años; y se notaba que gracias a su condición económica, se dedicaba solo a estudiar y a ir al gimnasio.

María trató de no involucrarse más de lo estrictamente necesario. Pero quizás en parte por el carácter risueño de Ana, o por qué las dos tenían casi la misma edad, es que empezó a sentir cierto cariño por la joven millonaria.

Después de tres semanas Ana estaba casi recuperada y pronto sería dada de alta. María estaba triste.

-¿Qué te pasa María, por qué estás tan apenada?; preguntó Ana.

-Esta semana te dan de alta; contestó  María.

-Sí, que bueno; ¿acaso no te alegras?; respondió Ana.

-Sí, me alegro por ti; es solo que…, ya no te voy a ver más; contestó María con la cabeza gacha.

-Mmm, era eso. No te preocupes, ya tengo todo planeado. ¡Estoy muy débil aún! Y voy a necesitar una enfermera privada que me cuide en casa; dijo Ana, tomándole las manos y besando a María.

El Doctor Rodríguez consintió en aquel poco habitual convenio, en parte porque era mejor no ponerse por delante de Augusto Eguigurren y en parte por lo contento que estaba el director del hospital, después de que éste recibiera una importante contribución para más equipos de parte de las Empresas Eguigurren.

El romance entre Ana y María creció hasta convertirse en un profundo amor. Ya no sabían estar una lejos de la otra.

Una noche de otoño; estaban ambas abrazadas, cuando María sintió de pronto una violenta sensación de sed, mayor que la que sentía cada noche desde hacía dos años cuando todo empezó.

Sin poder contenerse, María cerró los ojos y clavó sus colmillos en el cuello de Ana; la cual tras un estremecimiento dejó de respirar.

Al sentir que la vida se iba del cuerpo de su amada, María rompió a llorar. Nada de lo que había aprendido en la escuela de enfermería estaba resultando.

Ana estaba muerta y ella la había asesinado.

Cuando pensó que enloquecería de desesperación, María vio como Ana, muy pálida, comenzaba a moverse. Sin entender qué pasaba María la tomó en sus brazos.

En forma instintiva, Ana le cogió fuerte el brazo y clavó sus dientes en él. Con mucha ansiedad bebió de la sangre de María hasta que su piel recuperó el hermoso tono bronceado que la caracterizaba.

Ninguna de las dos comprendía qué es lo qué había ocurrido. Solo sabían que algo había cambiado y nada volvería a ser como antes.

Sobre la ciudad de Santiago se elevaba una extraña luna roja.

Aprovechándose de su puesto de enfermera, María se las arreglaba de una u otra forma para robar sangre del Banco de Sangre del hospital, tanto para ella como para Ana; la cual a duras penas hacían alcanzar hasta necesitar conseguir más. Con el tiempo entendieron que debían alimentarse todas las noches de sangre; ya que de lo contrario se sentían muy débiles y enfermas.

De eso ya habían pasado unos cuatro años aproximadamente y la noche se volvió muy atractiva y agradable para ellas.

Intrigadas por su condición, buscaron información sobre vampiros y otras criaturas mitológicas, pero nada coincidía con ellas. En primer lugar, la luz del sol no les provocaba ningún problema, a diferencia de los vampiros de las películas; el ajo seguían encontrándolo rico en las comidas; el agua bendita era solo eso, agua. Lo único en común era que ellas necesitaban alimentarse todas las noches de sangre.

Caminando como iban de la mano no se dieron cuenta de que habían llegado al Parque Forestal. Era tarde y tenían mucha hambre; no había nadie cerca; excepto una mujer sentada en un banco entre unos árboles al lado del río.

Se acercaron sigilosas a la mujer y Ana la tomó de los hombros y tiró hacia atrás. Apoyadas de espalda contra un árbol la mujer sujetaba desde el cuello a María y Ana; las cuales aunque sabían que eran fuertes, no lograban soltarse de esas manos que se apretaban contra sus gargantas.

Al ver los colmillos de las dos muchachas la mujer las soltó y amenazadora les gritó.

-¿Pero qué se han creído mocosas insolentes? ¿Se atreven a atacarme a mí? ¿Acaso no saben quién soy? La mujer tenía un montón de retos para las jóvenes; pero al darse cuenta de que María caía al suelo sujetándose el estómago y Ana se llevaba las manos al pecho y caía de rodillas, miró las estrellas y comprendió que no tenía tiempo que perder.

Rápidamente de su ropa sacó una pequeña caja  de metal, de la que sacó dos cilindros de plástico con algo rojo en su interior.

Con los dedos abrió la boca de Ana y le vació una gelatina roja en ella; para abrir la boca de María tuvo que usar ambas manos de lo apretada que la tenía, pero logro al fin meterle la gelatina. Les tapó a ambas la boca con sus manos y ordenó. -Tráguensela rápido.

Ayudó a levantarse a las muchachas y las sentó en el banco.

-¡Pero cómo pueden ser tan imprudentes jovencitas! ¿Cómo se les ocurre esperar hasta el último momento para alimentarse?

-Si no hubiesen sido tan irrespetuosas como para atacarme a mí, ahora estarían muertas.

-Con lo que les acabo de dar tienen para una hora, pero deben cazar enseguida.

-Pero nosotras no cazamos; dijo María.

¡Esto debe ser un chiste!; dijo la mujer tomándose la cabeza. -Dos vampiresas que no cazan.

-Mejor las llevo al departamento que ocupo, yo las puedo alimentar esta noche. Tenemos muchísimo de que hablar.

-¡Vamos síganme!; mandó

-¿Hacia dónde caminaremos?; preguntó Ana.

-No hay tiempo que perder y ¿quieres caminar?

-¿Pretende que volemos?; contestó altanera María, que se sentía de muy mal humor.

-Primero no volamos, pero cuando corremos ni el viento nos ve pasar.

-Y segundo; cambia el tonito jovencita. Que por si no lo sabes acabo de salvarles la vida a ti y a tu amiguita; cortó enojada la mujer.

La mujer las llevó a un departamento en un edificio junto al Cerro Santa Lucía. Sobre la mesa puso una maleta metálica de la que sacó dos bolsas con sangre y pasó una a cada joven.

María y Ana estaban atónitas.

-¿Qué pasa, es que quieren morirse? ¿Acaso no tienen hambre?; expresó la extraña desconocida.

-¡Hablen con confianza, yo también soy una vampiresa!; les confesó con tono más amigable al ver que las muchachas ya estaban comiendo.

-Quiero que me expliquen cómo es que no saben cazar.

María le contó en qué circunstancias Ana había sido atacada por ella sin querer.

¿Había luna roja?; preguntó la mujer.

-¡Sí, creo que sí!; contestó Ana.

-Es por eso que tú renaciste; explicó la mujer.

-Y supongo que algo parecido te pasó a ti María.

-No lo sé; dijo esta. -No recuerdo cómo empezó. Fue hace unos cinco o seis años. Saliendo del hospital donde trabajo, un hombre me atacó. Según me contaron después, alguien me encontró tirada y me llevó hasta emergencias; dicen que me había cortado el cuello con algo y perdí mucha sangre, así es que me pusieron varias unidades para poder salvarme. Días después, ya de alta, estaba en el Banco de Sangre del hospital envasando sangre de donaciones y sentí un extraño impulso; unté un dedo con sangre y me lo chupé. En otra ocasión me habría dado asco, pero en ese momento encontré que tenía un sabor muy rico y además que me relajaba. Escondí una bolsa entre mis ropas y ya encasa la vacié en una taza y me la bebí toda.

-Me las ingenie para robar sangre todos los días, pero debía tomar de a poco ya que no era fácil conseguirla; explicó la muchacha.

-Al conocer a Ana, sin pretenderlo me enamoré de ella; confesó María.

-Y yo de ti; dijo Ana tomándole la mano.

-La sangre se nos acabó ayer; continúo Ana. -Salimos a caminar para ver si se nos ocurría algo; entonces la vimos a usted y la atacamos.

-Claro que cuando usted nos sujetó me sentí muy mareada; agregó María.

-Eso se los provoqué yo; dijo la mujer. -Y el hecho de que estaban muy débiles.

-El problema que veo aquí es que un vampiro te mordió habiendo luna roja y se desentendió de ti. Por eso tú no sabes cazar; dijo la mujer con un acento francés que a ambas jóvenes les resultaba muy seductor.

-Esta noche duerman aquí y mañana les enseñaré a cazar.

-Pero…; iba a protestar María.

-¡Entiéndanlo bien!, quiéranlo o no ustedes dos son depredadoras y deben aprender a cazar como tales.

-Cada uno de nosotros, a pesar de tener un poder más allá de la imaginación humana, debemos alimentarnos de sangre humana cada día antes de medianoche, o de lo contrario morimos; sentenció la francesa.

La próxima noche en el Parque Forestal después de localizar a una prostituta solitaria, Lilith les enseñó a acechar sin ser descubierta. Una vez estuvo cerca dejó que su víctima se diera cuenta de su presencia. Con los ojos fijos en ella, le dijo que por favor no se moviera. Paralizada la mujer vio como crecían los colmillos de Lilith y los clavaba en su cuello, succionando toda su sangre.

-Ahora es tu turno; le dijo a Ana. -A doscientos metros de aquí hay otra ramera; ya me viste a mí hacerlo, ve a alimentarte.

Un poco torpe al principio Ana se ocultaba tras los árboles, a medida que avanzaba lentamente sus movimientos se volvieron más ligeros, hasta parecer una gata cazando. Con sus ojos puestos en los de la prostituta, la inmovilizó y sin mayor preámbulo, clavo sus colmillos en ella.

-Ahora tú; le dijo a María pero vamos a otro lugar.

Cerca del Cerro Santa Lucía localizaron a su siguiente presa. Con gran soltura María consiguió cazarla.

A la mente de Lilith llegó el recuerdo de cuando enseñó a cazar a la pequeña Lizbeth tantos siglos atrás y pensar que ahora era abuela. No pudo menos que sentir orgullo por sus nuevas discípulas.

-Bueno niñas, ya se han alimentado. ¿Cómo se sienten?; preguntó la señora.

-Extraña, vigorosa; dijo María.

-Yo me siento muy fuerte, hasta poderosa; observó Ana.

-Eso es porque recién hoy se han alimentado bien; les explicó Lilith.

-Recuerden que son veloces, muy fuertes, con reflejos muy rápidos y sentidos muy agudos. Son casi inmortales como lo comprobaron ayer. Y lo mejor de todo es que el tiempo ya no existe; un año cada cien envejecerán; les contó.

-Suena muy lindo todo eso; opinó María. -¿Pero cuán cierto es?

-Averígualo tú misma; le sonrió Lilith y de un salto pasó sin esfuerzo sobre una reja de más de tres metros de alto.

-Vengan; las invitó.

Las chicas se miraron y saltaron sobre la reja, cayendo de pie junto a Lilith.

-Emocionante, ¿verdad?; comentó la dama francesa.

-¿Han notado algo respecto a su vista?; preguntó la mujer.

-Ahora que lo pienso, veo todo claro; observó María.

-Es cierto, pero hay más; acotó la señora.

-¿Más?; inquirió Ana

-El calor, podemos ver el calor; les señaló Lilith mostrándoles sus manos.

Ambas jóvenes no se habían dado cuenta, pero admiradas notaron mutuamente que percibían la silueta infrarroja de las otras.

-¿Quieren correr una carrera?; les consultó Lilith, al tiempo que soltaba su cabellera al viento.

-Pero aquí es peligroso; razonó Ana.

-No para nosotras. ¿O acaso tienes miedo?; la desafió.

-¡Alcáncenme!; dijo Lilith al momento que desaparecía dejando solo una corriente de viento.

-Si ella puede, nosotras también; dijo María.

En seguida tres corrientes de viento se movían por todo el cerro.

Lilith las esperaba sentada en una roca.

-No está tan mal; comentó despectiva.

-¿Quieren escribir sus nombres en esta roca?; les invitó como una madre que consiente a sus hijas regalonas.

-Yo la haré; dijo y haciendo crecer ante las jóvenes la garra de su dedo índice derecho escribió con ella Lilith.

María y Ana encantadas la imitaron, mientras deleitadas admiraban las garras extendidas de ambas manos.

Lilith se sentía complacida.

-Quiero mostrarles mi casa; invitó Lilith.

-Pero ya la conocemos; dijo Ana.

-No, me refiero a donde vivo con mi familia.

-¿Queda lejos de aquí?; preguntó María.

-En París; les dijo.

-Son como cuatro cuadras no más; dijo Ana.

Lilith rió divertida.

-Me refería a algo más lejano; corrigió Lilith. -París, Francia.

-¡Francia!; gritaron las dos.

-Sí, ahora.

-¿Ya? Y en qué; se rió Ana.

-En eso; indicó Lilith con un dedo.

-¿Ese viejo cañón?; dijo María.

-No, en eso; le corrigió la señora francesa.

Sin poder dar crédito a lo que tenían ante sus ojos Ana y María vieron materializarse de la nada un extraño avión negro.

-¿Pero qué cosa es esa y de donde salió?; preguntó Ana refregándose los ojos incrédula.

-Eso niñas es un “Vampiro Fantasma” y lleva treinta minutos estacionado ahí.

-Yo ni lo noté; dijo María.

-Por eso le llaman fantasma; observó Lilith.

Del costado del extraño avión bajó lo que parecía una estatua de mármol negro. El piloto replegó su careta y su casco y saludó militarmente a Lilith.

-Capitán, tenemos invitadas. Por favor llévenos a Paris; solicito cortésmente la señora.

-A sus órdenes Majestad; respondió el piloto.

El interior del avión personal de La Reina era acogedor; claro que más de un dolor de cabeza fue para los ingenieros y técnicos adaptar una nave de combate para convertirla en una limusina voladora.

En su interior las jóvenes estaban algo nerviosas. En dos noches su vida había cambiado totalmente.

-Madame, en una hora aterrizaremos; avisó el piloto.

-¿Una hora? ¿Pero a qué velocidad volamos?; preguntó María.

-Nuestra velocidad actual de crucero es de Mach 5 señorita; no es necesario ir más rápido esta vez; contestó el piloto en  perfecto castellano.

-¡Eso es 6.150 kilómetros por hora!; calculó María mientras tomaba la mano de Ana y se acurrucaba en el asiento.

Al poco tiempo la nave furtiva tocaba tierra cerca de un imponente castillo.

-Aquí quiero preguntarles si desean volver a su vida antes de conocernos o seguir adelante; preguntó Lilith.

Como vio que las muchachas estaban dubitativas, continuó.

-Cualquiera que sea su decisión, ustedes son libres de elegir; aclaró Lilith, quien entendió la preocupación de las jóvenes.

María y Ana se miraron a los ojos.

-Yo siempre quise conocer París; dijo Ana.

-Y mi hogar es donde Ana esté; concluyó María.

-¡Bien, entonces entremos!; pidió Lilith.

Al cruzar las puertas sorprendidas vieron que todos los guardias saludaban solemnemente a su Reina.

-¿No llevan armas?; observó Ana.

-No las necesitan; contestó Lilith.

En un patio interior pudieron ver como dos de esas estatuas de mármol se enlazaban en una frenética, pero muy coordinada lucha. La fuerza y velocidad de cada golpe dejó atónita a Ana. La agilidad con que cada ataque era detenido y devuelto no parecía real.

Por lo que se podía notar, una de las estatuas era una mujer, pero era tan fuerte como el hombre. De pronto, como por arte de magia, de uno de los brazos de éste, surgió una brillante espada; cuyos golpes lanzaba contra la cabeza de la mujer; la cual esquivaba con complicados movimientos. En una de esas maniobras, la mujer saltó y giró en el aire, quedando detrás del hombre y de igual forma de ambos brazos de ella surgieron dos filosas espadas. La cabeza del hombre quedó así entre dos espadas. Replegando su espada y relajando los músculos, el hombre se rindió; ante lo cual la mujer también guardó sus armas, las que desaparecieron en sus muñecas.

De frente ambos contendores se saludaron con una reverencia de cabeza.

-Su habilidad es magnífica teniente; dijo la mujer.

-Es un honor para mí, viniendo de usted Coronel; contestó el oficial.

-Puede retirarse; autorizó la mujer y saludando militarmente el soldado se marchó.

La mujer se dirigió con paso felino hacia donde estaban Lilith y las muchachas.

En el costado izquierdo de su traje, las jóvenes vieron que la mujer llevaba dibujada una rosa negra encerrada en un círculo rojo.

Al llegar junto a ellas la careta y el casco se recogieron sobre sí mismos hasta desaparecer.

-¡Mamá, has vuelto ya!; dijo la mujer al tiempo que abrazaba y besaba en la cara a La Reina.

-Veo que tenemos invitadas; dijo mirando a las recién llegadas.

-Sí hija, encontré a estas pequeñas naufragas en la ciudad de Santiago de Chile; luego te lo explico.

-Permítanme presentarles a mi hija Lizbeth.

-Princesa; saludaron las dos.

-Olvidemos el formalismo; ya que mi madre las acogió, pueden llamarme simplemente Lizbeth.

-Ellas son Ana y María; presentó Lilith.

-¿Qué era toda esa pelea que vimos?; preguntó Ana.

-Solo me mantengo en forma entrenando con mis soldados; respondió Lizbeth.

-¿Tú los mandas?; quiso saber María.

-Solo a las Fuerzas Especiales; aclaró la Princesa.

-¡Pero si apenas eres de mi edad!; exclamó Ana

-En realidad tengo 625 años.

-Eso quiere decir que tenías como 15 o 20 años cuando te convertiste en vampira; calculó María. -Interesante, supongo que de alguna forma los genes que controlan la muerte celular de tu cuerpo sufrieron una mutación  por la cual se retarda el proceso de envejecimiento. No creo que se hayan desactivado, ya que eso provocaría la proliferación de células cancerígenas y tu claro está que no padeces. Debe haberse modificado también tú sistema inmunológico; se explayó  María sin darse cuenta de ello.

-¡Al fin alguien que habla mi idioma!; se escuchó decir a alguien que se acercaba.

-Doctor Lacroix, esta brillante joven es María; la presentó Lilith.

-Encantado Madeimoselle; saludó coquetonamente el doctor.

Lilith dijo algo al oído del doctor; a lo que él asintió.

-¿Qué más sabe de biología María?; pregunto el doctor.

-Bueno lo que estudie en la escuela de enfermería; respondió María.

-¡Una enfermera!, magnífico; celebró el doctor.

-¿Querida, te gustaría ser mi ayudante?; le invitó a María el doctor.

-Pero yo pensaba que los vampiros no enfermaban; objetó María.

-Y no lo hacemos así es que tengo mucho tiempo para investigar; dijo el doctor.

-Pero yo no sé ciencias; respondió María pateando el suelo.

-No te preocupes, tienes toda la eternidad para aprender si lo deseas; la consoló el médico.

-Sería lindo; suspiró María con la mirada distante.

-Entonces ven sígueme. Deseo mostrarte mi laboratorio y presentarte a mis otros colaboradores. Sí es que  Ana no tiene ningún inconveniente; propuso el doctor.

María miró a Ana suplicante.

-Anda; dijo ella.

María, que caminaba ya junto al doctor, se volvió corriendo hacia Ana y le dio un beso en la mejilla.

-¿Ana, te gustaría ver una simulación completa de combate del “Traje de Combate Furtivo”?

-¿Son esos que parecen estatuas de mármol negro?; preguntó Ana.

-Sí, cómo el mío y como el de todos los miembros de las Fuerzas Especiales de la Nación Vampira; respondió la Princesa.

¿Hay una Nación Vampira?; preguntó Ana.

-Sí; contestó Lizbeth. -Y este es su centro.

-¿No les preocupa que algún satélite espía pase por aquí y los descubra?

-Buena pregunta; quedó pensativa Lizbeth.

-Pero tranquila, los satélites nunca pasan por aquí y la razón es muy simple; empezó a explicar Lizbeth. Todos los satélites del mundo son nuestros; absolutamente todo es controlado por nosotros.

Ana estaba sorprendida.

-¿Pero cómo es eso posible?; quiso saber.

-Porque nosotros somos la especie dominante en este planeta y no los humanos; respondió orgullosa Lizbeth.

-¿Y los humanos no lo sospechan?; quiso saber.

-Claro que no, de vampiros saben solo lo que nosotros queremos que sepan; continuó Lizbeth.

-Sé que es extraño. Y tal vez lo que más te cueste al principio es aceptar que cuando te volviste vampiresa y cazaste por primera vez para alimentarte, dejaste de ser humana, para convertir en un muy poderoso depredador que debe alimentarse de sangre humana. Ahora tú y María pertenecen a la especie dominante. Lo mejor de todo esto es que ustedes van a estar juntas para siempre.

-¿Cómo te sentiste la primera vez que cazaste?; preguntó Lizbeth.

-Poderosa. ¡Muy poderosa!; contestó Ana.

-¿Y te gustó sentirte así?; quiso saber la Princesa.

-Sí mucho; dijo la joven.

-A mí también me gustó la primera vez; le comentó Lizbeth.

De pronto una fuerte ventolera pasó junto a ellas y las rodeó como un remolino.

-¿Qué es esto?; preguntó alarmada Ana.

Lizbeth, extendiendo sus abrazos atrapó a dos pequeños.

-Son mis hijos. Vampiros de raza pura; dijo orgullosa.

La noche había caído sobre París. Las jóvenes chilenas empezaron a sentir hambre; la ansiedad crecía en ellas. Alguien golpeó la puerta de la habitación. Parada afuera estaba Lizbeth acompañada de una mucama cargada de varias cajas llenas de ropa y calzados. María se apresuró a recibirle parte de su carga.

-Pobrecita, déjame ayudarte, eso debe estar muy pasado; dijo María.

-¿Eso es un chiste chileno Madame?; preguntó la doncella.

-No Francine, lo que pasa es que ellas hace muy poco que son vampiresas y nadie les ha enseñado; aclaró Lizbeth.

-¿Francine serías tan amable de mostrarles a estas señoritas lo fuerte que puede ser una vampiresa?; solicitó la Princesa.

-Encantada Madame; obedeció la criada.

-¿Podrían por favor sentarse en la cama señoritas?; les solicitó la joven.

Ana y María suponían que les haría alguna demostración de fuerza, tipo fisicoculturistas, así es que se llevaron una gran sorpresa cuando la doncella levantó con una sola mano a un metro de altura, la pesada cama en que ellas estaban sentadas.

Ana comprendió que no tenían conciencia de qué implicaba en todos los sentidos ser un vampiro.

-Me disculpo si te ofendí Francine, yo solo quería ayudarte; se excusó María.

-Está bien señorita, es comprensible la equivocación; aceptó la joven.

-Elijan algo cómodo para vestir esta noche; sugirió Lizbeth.

-¿Vamos a ir a alguna clase de fiesta?; preguntó Ana.

-Mi madre y yo las vamos a llevar a conocer París de noche; anticipó la Princesa.

Por el brillo en los ojos de ella, comprendieron que no se trataba de una fiesta.

Ana y María eligieron jeans, botas y chaqueta de cuero.

Lilith las esperaba en la entrada del castillo, vestida con un buzo negro y botas negras; llevando su cabellera tomada en una cola.

-¿Listas?; preguntó.

-Sí señora; contestó Ana.

-Entonces corramos hasta que ni el viento nos vea; dijo entusiasmada.

Un viento extraño entró en la ciudad.

-Ahora cazarán solas; dijo Lizbeth.

-No olviden confundirse con las sombras; aconsejó Lilith.

María vio a una mujer que caminaba cargada de bolsas de compras; la siguió hasta que se detuvo en un paradero de buses. Una vez a su lado, después de preguntarle la hora, la miró a los ojos.

-Acompáñame; le dijo a la mujer, la que dejando las bolsas en el suelo la siguió.

-La acaba de hipnotizar; observó Lilith.

María condujo a la mujer, que no oponía ninguna resistencia, a un callejón oscuro.

La desafortunada mujer ni se inmutó al momento en que María succionaba la vida de su cuerpo.

Lilith, Lizbeth y Ana se reunieron con María, cuyos ojos brillaban de energía y placer.

-Ahora es tu turno Ana; indico Lilith.

Se dirigieron a un parque en medio de la ciudad; Ana de pronto desapareció del lado del grupo. -Ahí está, dijo Lizbeth; señalando una rama de un árbol. Ana agachada acechaba sobre una rama; dando la impresión de ser una pantera cazando en la noche.

Sin hacer el menor ruido, Ana fue saltando de árbol en árbol, como si realmente se tratara de un gran felino. Finalmente localizó a su víctima; un solitario hombre que paseaba por el parque. Sigilosamente se posicionó sobre la rama del árbol que estaba junto a él. Silenciosamente, Ana se dejó caer a espaldas de él; tapándole la boca y mordiendo su cuello, de un salto lo llevó hasta una rama que la ocultaba totalmente. Todo ocurrió en forma muy rápida y silenciosa.

-Impresionante; exclamó Lizbeth.

Habían surgido a la superficie los depredadores que en silencio se habían desarrollado dentro de María y Ana, en el momento en que se convirtieron en vampiresas.

Ana se reunió con sus compañeras, con un intenso brillo en sus ojos, mientras se lamía los labios disfrutando la agradable sensación que le  provocaba la sangre.

-Las felicito a ambas; exclamo Lilith. -Estoy orgullosa de ustedes.

-Vamos a jugar al bosque; propuso Lizbeth.

-Estupenda idea; celebró Lilith.

Como una exhalación, las cuatro vampiresas salieron de la ciudad y se internaron en el bosque. Saltaban de rama en rama y giraban alrededor de los árboles orientadas solo por su visión térmica.

-Niñas me siento muy contenta de que ustedes estén ahora con nosotras; por favor siéntanse en su casa y considérennos sus amigas; habló emocionada Lilith.

-Señora sus palabras nos honran, es usted muy amable; respondió Ana.

De forma imprevista y sin  previo aviso, Lizbeth lanzó una violenta y rápida patada a la cabeza de María y Ana. María retrocedió tambaleándose y calló sentada al suelo. Ana en cambio salto hacia atrás y cayó de pie algo reclinada; sus ojos tenían un brillo rojizo y sus manos se armaron con las garras. Rápidamente se lanzó contra Lizbeth, con una mano por delante; esta detuvo el golpe en el aire, mientras golpeaba con una pierna hacia la cintura de Ana; la cual atrapó con su mano libre. De un salto Ana se elevó llevando a Lizbeth con ella; soltándola en el aire. Ágilmente Lizbeth giró, cayendo de pie, mientras sacaba sus garras.

-¡Suficiente Lizbeth!; ordenó la Reina. -Ana ha superado tu prueba.

-¿Prueba?; preguntó Ana.

-Después de verte cazar, decidí probar tus reacciones ante un ataque  inesperado y traicionero Ana. Tu respuesta ha sido más que satisfactoria. Has sido una adversaria digna y poderosa; le explicó Lizbeth

-Yo solo reaccione en forma refleja e instintiva; dijo Ana.

-Espero que sigamos siendo buenas amigas, Cadete Eguigurren; agregó la Princesa.

-¿Cadete? ¿Eso significa lo que yo creo qué significa?; preguntó atónita Ana.

-Solo si tú aceptas; aclaró Lizbeth.

-Siempre que María no se oponga; contestó Ana.

-No lo sé, ¿y si te pasara algo? Ser militar es peligroso; objetó María.

-Los vampiros somos prácticamente invulnerables, el entrenamiento solamente la haría más poderosa; opinó la Reina.

-En ese caso tiene mi permiso; dijo María.

Jacques, Lilith, Lizbeth y el Doctor Lacroix se reunieron para discutir el complicado caso de Chile.

-Como ya le conté doctor, en Santiago de Chile hay vampiros que han sido dejado libres a su suerte, cuando fueron transformados nadie les explicó nada de su nueva condición; solo eran dejado tirados después que alguien se alimentó durante una luna de sangre, teniendo que valerse solo de sus instintos para poder sobrevivir. En este momento no sabemos cuál es la población de vampiros en ese país. Quiero pedirle Doctor Lacroix que determine el tamaño de esa población, localice y capture a todos los vampiros de ahí y se preocupe de que reciban la educación y acondicionamiento apropiado; explicó la Reina.

-Es necesario que los vampiros de ese país sean trasladados momentáneamente al centro de control más cercano en Sudamérica, el cual me parece está en Buenos Aires, la capital de Argentina. Para poder llevar a cabo esta operación doctor contará con el apoyo de  una unidad de las Fuerzas Especiales junto a la cual deberá ir a Chile; esta será una misión de búsqueda y captura que debe ser realizada de tal manera que los humanos no sospechen ni se enteren de nada; ordenó Lizbeth.

-Es necesario que desarrolle un método para poder localizar en forma rápida a esos vampiros doctor; comentó Jacques Laberne.

-Podemos usar un satélite espía, ya que nuestro cuerpo genera un campo electromagnético muy particular y distinto al de los humanos; es solo cosa de recalibrar los sensores de uno y listo; después lo volvemos a dejar como estaba, así evitamos el riesgo de que los humanos se den cuenta de nuestra existencia; opinó el doctor.

-Puede llevar a María y Ana con usted doctor, ya que ellas nacieron en esa ciudad  serán muy útiles como guías; sugirió Lilith.

María se paseaba por la habitación tratando de comprender el mecanismo de modificación del funcionamiento genético que había tras el proceso de transformación de humano en vampiro; pero el libro estaba escrito en francés, el cual no se le hacía fácil. Tan absorta estaba que no escuchó la puerta que se abrió a su espalda. Sigilosa una figura se aproximó por atrás y sin que alcanzara a reaccionar, María sintió que la tomaban por la cintura al mismo tiempo que unos suaves labios besaban su cuello. Cuán grata era esa sensación y cuanto la extrañaba; desde que Ana había comenzado su entrenamiento militar y ella había ingresado nuevamente a la universidad, ya no tenían mucho tiempo para estar juntas.

-Hola linda; le susurró Ana al oído.

-Hola gatita; le contestó María.

-Estoy emocionada, mañana vamos a ir a Chile; le dijo Ana.

-Sí, necesitan dos expertas guías para esta misión; rió María.

En el salón de conferencias se reunieron junto al Doctor Lacroix, el teniente Díaz y la Princesa Lizbeth, quien ahora lucía su uniforme militar, en cuyos hombros destacaban tres estrellas y una franja, que indicaban su grado de Coronel de ejército.

-Muy bien, como ya saben, en Chile hay un grupo sin censar de vampiros; no sabemos en qué condiciones se encuentran, ni cuál es su estado mental y social; el Doctor Lacroix puede darles detalles al respecto; explicó la comandante.

-Nuestros satélites espías nos han permitido localizar cincuenta vampiros en el territorio de Chile, todos concentrados dentro de la ciudad de Santiago. Varios de ellos se mueven solo en la noche; debemos averiguar por qué; informó el doctor.

-En caso de que la misión se complique, la operación cambia a estatus militar y quedará a cargo del teniente Díaz. En el supuesto de una contingencia incontrolable, usted y sus hombres están autorizados para hacer uso de vaporizadores, teniente; aclaró la Princesa.

-Entendido Coronel; respondió el aludido.

-Igual que con el caso del Wendigo; protestó el doctor.

-¿Wendigo?; preguntó sorprendida María.

-Sí, el primero con que tenemos contacto y a la Princesa no se le ocurrió nada mejor que vaporizarlo; siguió alegando el doctor.

-Y de nada sirvió; contestó la Princesa distante. -Estaban en peligro la vida del general Renoir y la mía. Esa cosa tenía la fuerza suficiente para habernos descuartizado. Habría sido muy negligente intentar capturarlo y poner en riesgo nuestra sociedad; explicó Lizbeth.

-La comprendo Princesa, pero entienda la oportunidad científica que perdimos; seguía insistiendo el doctor.

-¿Debo recordarle su propio dicho doctor? “La única diferencia entre el genio y la estupidez, es que el genio tiene un límite”; concluyó molesta la Princesa.

-Ana y María, ya que nacieron en Santiago serán sus guías, solo eso. ¿Entendido?; indicó Lizbeth.

Todos asintieron sin discutir más; la Princesa se había puesto de muy mal humor.

-Ya tienen sus órdenes. Pueden retirarse y buena suerte; les deseó a todos.

-Teniente, dijo en privado a su subalterno, evite que el doctor se meta en líos; si es necesario arréstelo; pidió la Princesa más en tono de favor que una orden.

-Pierda cuidado Coronel Laberne, yo seré su niñera; dijo el Teniente Díaz y se marchó.

Dos días después, un Vampiro Fantasma se posaba sin hacer ruido en un sitio despoblado de la ciudad.

Durante dos días y noches, el equipo logró localizar y poner bajo custodia en estado suspendido a cuarenta de los vampiros. La captura de ellos fue relativamente sencilla. Sin embargo, diez se agrupaban en un sector de la periferia, lo que obligaba a los soldados a alejarse un poco de su campamento; este grupo estaba activo solamente durante la noche y el Doctor Lacroix necesitaba averiguar por qué.

Esos vampiros eran muy esquivos; sobre todo cuando empezaba  a salir el sol. Estaba claro que trataban de evitar la luz del día. Ese grupo estaba en una zona de irregularmente baja densidad poblacional; lo que indicaba que su depredación había sido excesiva.

Por tal motivo, los soldados decidieron ponerles una trampa. Una joven cabo, vestida de civil actuaría como carnada.

Paseaba distraídamente por una calle oscura. La cabo Gómez escuchó a alguien que la acechaba a quinientos metros. Se apoyó en un poste y dejó que su acosador se acercara más; cuando lo tenía a solo cinco metros de ella, como un rayo giró y lanzó una cuerda que se enrolló apretadamente en torno a su atacante, haciéndolo caer inmovilizado al suelo.

Ante la confundida soldado se hallaba un extraño sin cabellos, ojos rojos, puntiagudas orejas y largas garras, quién forcejeaba por soltarse; no se parecía en nada a un vampiro normal. En vista de que el extraño amenazaba con romper sus amarras, la cabo Gómez manipuló en su cinturón y una descarga eléctrica bloqueó el sistema nervioso de ese ser, dejándolo inconsciente.

Al rato llegó el resto del equipo. Todos quedaron muy sorprendidos de la apariencia tan desagradable de ese vampiro.

-Realmente fascinante; exclamó el doctor. -Es necesario hacer varios estudios para saber ante qué nos enfrentamos.

Por accidente un soldado encendió una linterna de luz ultravioleta, cuyo haz tocó la mano del extraño capturado.

Inmediatamente vieron como se producía una grave y humeante quemadura en su piel.

-Eso explica por qué su período de actividad se limita solo a la noche; observó el Doctor  Lacroix.

Para mantenerlo quieto, en la entrada de su celda, encendieron una barra de luz ultravioleta.

-Va uno y quedan nueve; dijo el teniente Díaz.

-¿Qué nos puede decir Doctor Lacroix?; quiso saber el oficial.

-Aunque son fuertes y rápidos, son poco reflexivos, incluso yo diría que son salvajes; por otro lado, nosotros estamos en ventaja, ya que no nos afecta la luz del sol. Podemos capturarlos fácilmente de día, mientras duermen; opinó el doctor.

-No creo que necesitemos esperar tanto doctor; desde que ese bicho despertó, ha estado generando un sonido de muy baja frecuencia, imperceptible en forma natural por nosotros. Si no me equivoco y nunca lo hago, está pidiendo ayuda a sus compañeros; dijo segura de sí misma la cabo Gómez.

-A eso se debe la forma de las orejas; concluyó el doctor.

-Teniente, esos bichos ya vienen para acá; informó Gómez.

-Muy bien, enseñémosle cuál es la raza de vampiros dominante. Cierren sus trajes; ordenó el teniente Díaz.

-Por favor manténganse detrás mientras nosotros nos encargamos, pidió la sargento Gatica a los civiles.

Cuando ya los tenían encima casi, el teniente ordenó atarlos con cuerdas. Sin embargo, los extraños las esquivaron; de alguna forma sabían hacerlo.

La sargento Gatica disparó un arma paralizante contra uno de los otros, pero éste ni se inmutó, continuó avanzando hacia ella; cuando estaba a punto de darle un zarpazo, el extraño vampiro se iluminó y se convirtió en una niebla que se disipó pronto.

La cabo Gómez había disparado justo a tiempo su vaporizador contra esa cosa.

La orden del teniente Díaz no se hiso esperar. -Vaporícenlos a todos; gritó.

Las armas de los soldados hicieron blanco en siete objetivos más. El aire, por un momento, quedó lleno de una fina capa de niebla.

El grupo de comandos se miró satisfecho; habían demostrado una vez más que eran la especie dominante sobre el Planeta Tierra.

El teniente Díaz permitió que los civiles descendieran de la nave.

-Doctor, los tuvimos que vaporizar a todos, de alguna forma sabían cómo defenderse de nuestras técnicas; informó el teniente.

-Por suerte pudimos contener a los ocho doctor; celebró la sargento Gatica.

-¿Ocho?, deberían haber sido nueve; corrigió el doctor.

-No percibo nada; dijo la cabo Gómez.

-¡Teniente!; gritó un soldado. -Una estela térmica se aproxima a gran velocidad; imposible hacer blanco.

-Activen barreras de energía; ordenó el oficial.

María cayó violentamente contra el suelo; sobre ella se pudo ver otro de esos horribles vampiros. Ella duras penas le sostenía las manos para que no la rasguñara, al mismo tiempo que alejaba la cara lo más posible de sus asquerosos colmillos.

Un soldado desenfundó su vaporizador y apuntó contra esa cosa.

-No dispare soldado, ordenó la sargento Gatica. -Vaporizaría a María también.

El terror de Ana pronto se convirtió en furia. Su novia estaba siendo atacada y eso no se lo permitiría a nadie. Sin siquiera pensarlo se abalanzó contra ese engendro, tomándolo fuertemente por el cuello y separándolo de María. Sin soltarlo dio un violento salto que la elevó unos quince metros; la cosa no alcanzó a reaccionar. Girando en el aire, con su presa en la mano, Ana aterrizó, estrellando en forma brutal al extraño contra el concreto.

Ana estaba cada vez más enfurecida. Sus ojos parecían dos puntos rojos brillantes, mientras que sus manos estaban fuertemente armadas de garras.

La criatura se incorporó y se lanzó contra la muchacha, quien la recibió con una impresionante patada en la cabeza, arrojándola a unos cuantos metros de distancia.

El ser era muy fuerte y se levantó nuevamente. En un rápido movimiento, Ana se puso a su espalda; tras replegar las garras de su mano derecha, asestó un tremendo puñetazo en la espalda del horripilante vampiro; el cual ya no se volvería a levantar más, porque su columna vertebral se partió en varias partes.

El brillo de los ojos de Ana era incandescente, manaba un intenso odio de cada poro de su cuerpo.

-¡Trataste de matarla, maldito!; fue lo único que dijo Ana cuando descargó su mano izquierda contra el cuello del monstruo, cuya cabeza rodo por el suelo, cortada por las garras de la joven.

-¡Cálmate Ana!; dijo el teniente Díaz. -Ya pasó.

Poco a poco Ana se tranquilizó. Sus ojos volvieron a la normalidad y sus garras se replegaron.

Cuando alguien iba a ver si estaba bien, se escuchó la voz del Doctor Lacroix que gritó. -¡No la toquen!

-Ana entró en contacto directo con la sangre de la criatura. Ella y María deben ser puestas en cuarentena ahora mismo; ordenó el doctor.

María y Ana fueron llevabas al avión y se les ordenó entrar en dos celdas, las que cerraron con barreras de energía.

La situación de ambas era incierta. El Doctor Lacroix debía averiguar rápido por qué esos vampiros eran tan distintos a ellos y si el agente que provocaba la mutación era transmitido por contacto directo o solo por mordedura.

-¿Y ahora doctor?; consultó preocupado el teniente Díaz.

-Vayamos a la base de las Islas Griegas, ahí está el mejor laboratorio; propuso el médico. -Informe a la Princesa de nuestra situación.

A los pocos minutos la nave se encontraba sobre espacio aéreo griego. Sus instalaciones eran las mejores y más avanzadas de toda la Nación Vampira.

En la base un operador de comunicaciones llamaba  a su comandante.        -Señor, es mejor que venga para acá, por favor. Es serio.

El comandante de la base era un hombre práctico y muy observador del protocolo, propio de los oficiales en los que se mezcla el militar y el científico.

-¿Qué es tan importante como para molestarme?; preguntó al operador que lo había llamado.

-Señor, una unidad de “La Rosa Negra” solicita permiso para aterrizar. Indican emergencia médica; dijo el aludido.

-Comandante, se escuchó una voz por el intercomunicador. -Soy el Doctor Pierre Lacroix y le solicito acceso de emergencia a sus instalaciones de investigación  biológica. Dos miembros de nuestro equipo han sido expuestos a un agente mutágeno desconocido y deben ser sometidos a análisis y descontaminación. Por favor, que su equipo nos reciba vistiendo trajes de aislación biológica de Nivel Cuatro; dijo directamente el médico.

-¡Nivel Cuatro!; exclamó el comandante de la base. -¿Está consciente de lo que pide? Aquí se  producen las unidades de sangre de emergencia. El protocolo de higiene es muy estricto; gruñó el comandante.

-Lo entiendo perfectamente, yo mismo diseñé el protocolo, pero esto es una emergencia; gritó el doctor.

-Señor; interrumpió el operador de comunicaciones. -Está entrando una comunicación encriptada de Prioridad Omega desde Francia.

Una pantalla de un metro se iluminó, mostrando a una muy seria Princesa. Lizbeth lucía su uniforme de Coronel y la insignia de la rosa negra, que era el distintivo personal de la Princesa de la Nación Vampira. La doble autoridad de Lizbeth Laberne era algo difícil de ignorar.

-¡Comandante!; dijo en tono muy diplomático. -Por favor le solicito que autorice el aterrizaje de mi equipo y que tengan acceso a todo lo que requieran.

-Eso es poco aconsejable, Alteza. El trabajo que en estas instalaciones se realiza es muy delicado y requiere de las más estrictas medidas de aislación; se opuso el comandante.

-Teniente Coronel Sartorius; cortó Lizbeth haciendo evidente la diferencia de rangos, la operación que realiza el equipo del Doctor Lacroix es vital para asegurar la supervivencia de nuestra raza; así es que, si esa nave no ha aterrizado en dos minutos, mis tropas de asalto tomarán e intervendrán esa base, poniéndola bajo el control militar de La Casa Real. Supongo que comprende lo que eso significa para su carrera, coronel.

Otra pantalla mostró diez Vampiros Fantasmas que se hacían invisibles, lo cual indicaba que estaban listos para despegar.

El comandante tragó saliva e hizo un gesto con la mano al operador de comunicaciones.

-Aterricen en la pista número dos; indicó el operador.

Ana y María fueron alojadas en salas de confinamiento aislado; fueron bañadas con distintos tipos de soluciones desinfectantes y sus ropas quemadas. Se les habilitó un sistema de comunicación interna para que pudieran hablar entre ellas.

-Siento mucho todo esto; dijo María. -Por culpa mía te has expuesto a quién sabe qué cosa.

-¿De qué estás hablando? Tú estabas en peligro y yo tenía que ayudarte; no podría soportar vivir una eternidad si te hubiese perdido. Te amo y lo sacrificaría todo por ti; contestó Ana.

-Yo también te amo; dijo María con las manos apoyadas en el vidrio blindado que las separaba.

El análisis del extraño vampiro permitió averiguar que el agente mutágeno era transmitido por medio de la mordedura; o lo que es más correcto, por medio del contacto entre líquidos corporales. Esto descartaba que el contacto físico común fuese una vía de infección.

Después de dos semanas, tras una serie de exámenes, se pudo concluir felizmente, que Ana y María estaban totalmente sanas. Se pudo establecer también que originalmente, María había sido transformada por  un vampiro común y corriente.

La mutación que había dado origen a los vampiros extraños había sido provocada por un gen recesivo que se encontraba presente en algunos humanos, y que para poder expresarse, se debía combinar con su versión presente en algunos vampiros. Para evitar que en un futuro volvieran a surgir esos mutantes, ese gen sería eliminado del genoma de los vampiros.

Ana y María fueron dadas de alta y pudieron abrazarse nuevamente, después de estar tres semanas separadas.

El comandante de la base estaba contento porque al fin todo volvería a la rutina tan querida de su pequeño dominio.

Un Vampiro Fantasma solicitó permiso para aterrizar.

-¿Pero qué diablos pasa? ¿Es que no me van a dejar tranquilo?; gruño el comandante.

Un destacamento de soldados de las Fuerzas Especiales, encapsulados en sus negros trajes de combate descendió de la nave, formando dos filas paralelas. Enseguida descendió Lizbeth, luciendo en su traje ambas insignias que indicaban su doble estatus de autoridad.

Escoltada por su guardia personal la Princesa se dirigió hasta el teniente Coronel Sartorius.

-Al fin nos conocemos personalmente comandante; saludó Lizbeth.

-¡Princesa!; saludó el comandante, mientras se cuadraba ante su superior.

-Fue incómoda nuestra primera entrevista comandante; recordó la coronel Laberne, mientras movía la cabeza de lado a lado; al tiempo que arrancaba las jinetas de los hombros del atónito oficial.

-¡Pero Señora, yo obedecí sus órdenes!; protestó él entre rabia y humillación.

-Ya no necesita más esas insignias; le dijo Lizbeth con los ojos brillantes.

-Ya no las necesita, General.

Un soldado se acercó a la Princesa trayendo una cajita de oro en sus manos. En su interior lucían las insignias de general.

-¡Perdón! ¿Cómo dijo?; preguntó incrédulo el comandante.

-Dije General; repitió Lizbeth, al tiempo que fijaba las nuevas jinetas en los hombros del ascendido oficial.

-Su comportamiento ante la inminente crisis que enfrentó nuestra raza; su celoso juicio para cumplir al pie de la letra los protocolos de seguridad y su capacidad de respuesta ante situaciones inesperadas, lo convierten en el candidato perfecto para comandar la nueva “Fuerza de Respuesta Biológica”. Su jurisdicción es a nivel planetario y depende directamente de La Casa Real y solo ante ella responde. De las Fuerzas Especiales puede elegir a quién usted estime conveniente para formar una fuerza de elite única en su género; explicó la Princesa.

-Lo felicito General Sartorius; saludó militarmente Lizbeth y luego estrechó su mano.

En el avión de la Princesa iban el Doctor Lacroix, Ana y María.

-¿Qué le parecen ahora  las experiencias de campo doctor, satisfacen su curiosidad científica?; preguntó Lizbeth.

-Fue muy enriquecedora, pero definitivamente prefiero mi laboratorio; comentó el médico.

-Además tengo un nuevo libro que escribir sobre mutaciones del ADN vampiro y espero que María, con quién compartiré la autoría me ayude, ya que es un genio; continuó el doctor mientras sonreía a María.

-¿Y tú Ana?; quiso saber la Princesa.

-Supongo que de vuelta a la Academia para seguir mi entrenamiento; contestó la cadete Eguigurren.

-Según lo que me contó el teniente Díaz y según recomendación de él, debes incorporarte al curso de entrenamiento avanzado de combate; comentó Lizbeth.

-Pero ese es solo para futuros oficiales; observó Ana.

Lizbeth no contestó nada, solo le guiñó un ojo.

-Por ahora creo que nosotros cuatro nos merecemos unas buenas vacaciones en una playa tranquila del Mediterráneo; sin monstruos, ni libros, ni trabajo. Tres semanas con solo mar, arena y sol, propuso Lizbeth con un pícaro brillo en los ojos.

-¿Sin libros pequeña? ¿Y ese que llevas en el estuche del cinturón?; preguntó el doctor, recordando cuando la pequeña Lizbeth era solo una niña humana.

-Es solo uno chiquitito doctor; dijo mientras le sacaba la lengua y lo abrazaba recordando cuando la cuidó a los quince años, siendo humana todavía, la vez en que se torció un pie.

 

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 3 – Hielo de Muerte

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Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 3
Hielo De Muerte

La nieve caía con ganas en esa época del año en el pequeño pueblo de Alaska. Aunque decir pueblo era decir demasiado; antes había sido una próspera estación maderera, pero eso ya era historia pasada. Los jóvenes, de a poco, empezaron a emigrar hacia las ciudades; apenas tenía ahora unos cien habitantes y los únicos ingresos provenían de los escasos turistas que de vez en cuando iban de excursión.

-¡Y pensar que ahora podría estar asoleándome en el Mediterráneo!; alegó la bella joven.

-¡Vamos querida!, siempre es lo mismo; ya teníamos que cambiar el paisaje. Además necesitábamos vacaciones solos tú y yo, sin los niños; le dijo  su marido mientras la tomaba de la cintura para besarla.

-Sí es cierto, en eso tienes razón; pero podría haber sido un lugar con más sol y calor. Me llegan a doler los huesos de frío; siguió reclamando la mujer.

-Sabes que eso no es posible Liz; le dijo el hombre a su esposa mientras le daba una palmadita por detrás.

-¡Está bien!; aceptó resignada. Si no hay alternativa disfrutémoslo entonces; dijo y se tiró sobre él.

-¿Qué es esto?; preguntó Liz, mostrando una bolsa de rojo líquido en la mano. -¿Comida en conserva?

-Bueno, este pueblo tiene apenas cien habitantes ¿Te imaginas qué pasaría de lo contrario, con nosotros dos aquí un mes?

-¡Sí!, lo dejaríamos reducido a menos de la mitad; Lizbeth se encogió de hombros y aceptó.

-¿Qué tal si vamos a conocer el lugar?; propuso la joven.

Entraron en el único restaurante, el cual era atendido por su dueño y además alcalde del poblado.

¡Oh!, pasen, pasen, los atiendo enseguida; corrió a prepararles una mesa a los recién llegados.

-Permítanme ofrecerles la especialidad de la casa; filete de reno con puré de patatas; es delicioso.

-¿De paso por nuestro hermoso pueblo?; preguntó el encargado.

-Sí. Vamos a estar un mes; contestó el hombre.

-Por su acento supongo que no son de por acá; observó el dueño del local.

-Somos de Francia; contestó la joven mujer.

-¡Oh, Francia! ¡Estupendo!; dijo el alcalde.

-Estupendo; pensó para sí, imaginando todo el montón de euros que gastarían esos turistas ahí.

-¡Váyanse de aquí! Es peligroso. Todos deberíamos irnos; se acercó una vieja mujer que había estado sentada en otra mesa.

-¡Por favor Gladys!, no empieces con eso de nuevo; la paró enojado el alcalde.

-¿Pasa algo?; preguntó el forastero.

-¡No, claro que no!, son solo cuentos de viejas supersticiosas; dijo el encargado.

-¡No on cuentos! Hace cien años en un invierno como este, murieron tres leñadores. Se los llevó el Wendigo. Y este invierno está igual de frío; advirtió la vieja india.

-¡Ya Gladys!, termina de una vez. Siéntate y tómate un trago mejor; le ofreció su amigo.

Lizbeth y Marcel se encogieron de hombros y se dedicaron a comer su almuerzo, el que por cierto tenía buen sabor.

No había mucho que hacer en el pueblo, aparte de vida social en el restaurante; así es que el matrimonio de turistas se lo pasaban ahí y en su cabaña, ya sea leyendo, jugando a las cartas y a algún otro tipo de juegos.

Cuando estaban precisamente en uno de esos juegos, escucharon un alboroto desusado que venía de la calle.

Después de ponerse presentables salieron a ver qué ocurría.

La gente se agolpaba alrededor de la única camioneta que había en el pueblo.

En la parte trasera de esta traían a un joven muy robusto, con el pecho desgarrado.

El doctor, después de observarlo, sentenció. -Lo ha matado un lobo.

-Un lobo no se come solo el corazón y deja el resto; se escuchó la voz de la vieja Gladys. -Es el Wendigo que ha vuelto.

-Ya córtala con eso Gladys; cortó el doctor. -El Wendigo no existe, más que en tus botellas.

Todos los presentes rieron, más para tranquilizarse que por el chiste.

-¿Pasa algo malo?; preguntó Marcel.

-¡Oh, no nada!; contestó presuroso el alcalde.

-Es que un pobre muchacho fue atacado por lobos. Eso no es muy raro por estos lados.

A los dos días apareció otro hombre muerto en el bosque; también a él un animal le había arrancado el corazón. Hacía tanto frío que cuando lo encontraron el cadáver ya estaba congelado.

En la cabaña el matrimonio conversaba sobre lo acontecido aquellos días en el pueblito.

-¿Qué opinas Liz?, ¿crees qué sean lobos los que están atacando?; preguntó Marcel.

-No lo sé. Desde que llegamos no he escuchado ningún lobo y ahora que lo pienso, eso es extraño en esta región; contestó Lizbeth.

-Al menos estoy segura de que tú y yo no hemos tenido nada que ver  con esas muertes; le dijo a su esposo, mientras le guiñaba un ojo.

Ella se paseó un ratito, al cabo del cual se sentó y tomó una maleta que había junto a la cama.

-¡Ya no aguanto más la curiosidad!; dijo al tiempo que de la maleta sacaba un cintillo de metal y se lo tiraba a su marido.

Perplejo lo tenía en la mano mientras miraba en el interior de la maleta.

-¿Trajiste esto a nuestras vacaciones?; exclamó atónito.

-Ya sabes; dijo ella. -Es mejor tener uno y no necesitarlo, que necesitar uno y no tenerlo.

Dentro dos trajes negros de un extraño material brillante estaban perfectamente doblados.

-¿A quién se le ocurre llevar trajes de combate furtivo a sus vacaciones?; seguía sin poder creerlo Marcel.

-¡Ya deja de alegar y póntelo!, tenemos que averiguar qué pasa. ¿O te tragaste el cuento de los lobos? Aquí hay un depredador y esta vez no somos nosotros; dijo tajante la mujer.

Ya embutidos en los trajes parecían dos estatuas de mármol negro, pero que a pesar del brillo, no reflejaban ninguna luz.

-Ya sabes el dicho: puedes alejar al ejército de tu esposa, pero no a tu esposa del ejército; acababa de inventar Lizbeth.

-Además, no puedes negar que  me veo muyyyyy bien con este traje; rió coqueta la joven.

Marcel no pudo más que aceptar, mientras admiraba la hermosa figura de Lizbeth.

-¡Bueno Coronel Laberne! ¿Está lista?; pregunto Marcel.

-¡Lista General Renoir!; contestó Lizbeth mientras se cuadraba militarmente, haciendo sonar los tacos de sus botas.

A los pocos minutos los dos soldados estaban en medio del bosque. Eran dos sombras que parecían fantasmas al moverse. Ni siquiera su respiración se oía. Gracias a los cintillos que llevaban puestos no necesitaban pronunciar palabra alguna para poder comunicarse; era la última incorporación al equipo estándar de las secretas Fuerzas Especiales de la inexistente, al menos para los humanos, Nación Vampira.

Aguzando sus sentidos al máximo rastreaban cada centímetro de bosque. A sus oídos llegaba el sonido de cada copo de nieve que caía; su visión infrarroja hacía que ninguna sombra en ningún lugar del bosque quedara oculta.

Nada podría escapar a dos comandos vampiros; sobre todo teniendo en cuenta que esos dos soldados eran los mejores guerreros de sus fuerzas armadas.

Sin embargo…

Lizbeth no alcanzó a darse cuenta cuando cayó derribada por un monstruoso ser de dos metros y medio de alto.

Marcel corrió a ayudar a su esposa pero fue lanzado a unos cuantos metros de un solo golpe de esa criatura.

Lizbeth estaba inmovilizada bajo el peso de esa cosa.

Viendo a su marido incorporándose de a poco, lanzó sus piernas hacia arriba; haciendo caer de espaldas al extraño ser.

Una vez de pie ella cubrió su cara con la careta del casco y descargó toda su furia en una verdadera andanada de patadas; ni siquiera un vampiro podría haber resistido ese brutal castigo sin sentir mucho dolor al menos. Pero eso era fuerte, extremadamente fuerte.

Cuando Marcel se pudo poner de pie, se abalanzó hacia el monstruo, con una pierna por delante, mientras giraba y con la otra golpeaba violentamente su cabeza, un viejo truco que siempre funcionaba.

Al verse superada en número, la criatura escapó internándose en el bosque.

Una vez solos, los dos esposos se miraron perplejos.

-¿Estás bien?; pregunto Marcel.

-Humillada pero bien; contestó Lizbeth. -¿Y tú?

-Sí, bien también.

-Volvamos a la cabaña; dijo Lizbeth. -Tengo miedo.

Marcel asintió. Nunca pensó que sería testigo del día en que su esposa, la Coronel Lizbeth Laberne, Comandante de las Fuerzas Especiales de la Nación Vampira sintiera miedo; y siendo sincero, la verdad es que hasta él sentía algo de temor en ese momento.

-¿Qué diablos fue eso? Si no fuese porque se activó la barrera de energía del traje creo que me podría haber matado; dijo Lizbeth entre preocupada y avergonzada.

-A pesar del escudo casi me saca la cabeza con ese golpe; se quejó Marcel.

En la cabaña ambos guardaban silencio.

Nunca un vampiro había enfrentado a un enemigo igual o más poderoso que él. Siendo la especie dominante en el planeta, resultaba difícil de aceptar.

-Veamos qué información tenemos  sobre esa criatura; empezó Lizbeth a teclear en su computador portátil. -Nuestra base de datos no muestra nada; veré en Internet.

-¿Cómo lo llamó la india?; preguntó la mujer.

-Wendigo; contestó Marcel, mientras comprobaba que los trajes no hubieran sufrido daño.

-¡Aquí está!, Wendigo: “Criatura perteneciente al folclore o mitología de los aborígenes norteamericanos; que se alimenta de corazones humanos; su corazón es de puro hielo”. Eso explica por qué no lo vimos hasta que nos pegó; esa cosa no genera calor, así es que es invisible en infrarrojo; explicó Lizbeth.

-Y como nosotros nos guiamos por nuestra visión infrarroja para cazar, se nos escabulló hasta que nos atacó; completó Marcel.

-Por suerte nosotros también podemos ser totalmente imperceptibles; dijo Lizbeth con los ojos brillantes.

-¿Dice cómo matarlo?; preguntó Marcel.

-Según esto, hay que sacarle el corazón, luego romperlo y finalmente quemarlo; leyó Lizbeth.

-¡Esto es mucho trabajo!; concluyó y tomando un pequeño maletín de plástico sacó dos pistolas y le pasó una a su esposo.

-¡No lo puedo creer!; exclamó éste. -Vaporizadores entre el equipaje de vacaciones. ¿Quién firmó la autorización para sacarlos de una unidad de combate?

-¡Yo la firmé!; contestó molesta Lizbeth.

-Recuérdame revisar el reglamento cuando regresemos; dijo Marcel.

-¡El reglamento está bien!, yo misma lo escribí; terminó Lizbeth.

Marcel prefirió no discutir; tal vez al final y al cabo, las armas traídas por su esposa eran lo único que les permitiría salir de este lio.

-Es mejor que esta vez activemos el camuflaje fantasma; opinó Marcel.

-Sí, tienes razón.

En el bosque los dos se movían totalmente ocultos. El camuflaje fantasma, aparte de volverlos invisibles, los hacía totalmente imperceptible en rangos tanto infrarrojo, como ultravioleta del espectro electromagnético; sus cuerpos así cubiertos, tampoco emitían ningún sonido.

De nada servía intentar rastrear la huella de calor de la criatura; así es que recalibraron los sensores térmicos de sus cascos para que detectaran cualquier cosa más fría que la temperatura ambiente del bosque. El paisaje ahora se veía en distintos tonos de azul.

Su audición amplificada ahora por el casco, les permitió escuchar una leve respiración a unos quinientos metros del lugar donde se hallaban.

En unos cuantos segundos llegaron a un claro en el bosque. Agachado sobre el cuerpo sin vida de otro aldeano, el monstruo sacaba y devoraba su corazón.

La criatura no sabía que en ese preciso instante, estaba siendo observado por dos pares de ojos, que si alguien los hubiese podido ver, habría dicho que eran como brazas al rojo vivo pertenecientes a algún demonio.

-Hasta aquí llegaste; pensó Lizbeth mientras desenfundaba su pistola y disparaba contra aquella cosa.

El rayo pegó de lleno en el cuerpo del monstruo, el que tras dar un alarido, se iluminó completo y se convirtió en una niebla que pronto se disipó.

-Siempre he dicho que la mejor solución es la más…;Lizbeth no alcanzó a terminar su frase. Con incredulidad vio que las volutas de vapor se empezaban a reunir en torno a un punto que fue creciendo hasta alcanzar dos metros y medio de alto.

-¡Esto es imposible!; pensó para sí y para Marcel.

Frente a ellos el Wendigo estaba de pie a pesar de haber sido vaporizado recién.

La criatura miraba a su alrededor buscando qué lo había atacado, pero nada veía.

-¡La leyenda!, recuerda la leyenda; pensaron los dos al mismo tiempo.

-Es hora del Plan “B” querida; pensó Marcel.

-¡Qué diablos!; gruñó para sí Lizbeth, al tiempo que de las pulseras que llevaba en ambas muñecas, surgieron filosas e invisibles espadas.

El monstruo aulló de dolor y espanto al ver caer sus brazos al suelo, sin saber qué los había cortado.

Desde los guantes de Marcel crecían largas garras que ensartó en la espalda de la bestia, abriendo una gran herida que dejaba a la vista un corazón de hielo, el que a causa de los sensores de temperatura recalibrados, los vampiros veían como un gran diamante azul de forma extraña.

Sin perder el tiempo, Lizbeth metió su mano y sacó el congelado corazón.

Marcel con el taco de su bota rompió en mil pedazos el único punto vulnerable de la cosa.

Con ayuda de una bengala encendieron una fogata en la que arrojaron todos los pedazos del horrible corazón del Wendigo. Cuando todos hubieron ardido entre las llamas, el cuerpo del ser que casi mata a dos poderosos vampiros, se convirtió en polvo que se llevó el viento.

Tres días después, los dos turistas cancelaban las cuentas, dejando una generosa propina. El alcalde del pueblo estaba a más no poder de felicidad.

La vieja Gladys se sentó en la mesa que ocupaba la pareja y sonriendo por primera vez en años, les dio las gracias, mientras tomaba sus manos.

-¡Gracias, muchas gracias!; exclamó emocionada.

-¿Por qué?; preguntó Lizbeth con curiosidad.

Profunda se escuchó la voz de la india. -Los espíritus del bosque me han contado algo que pasó ahí hace tres noches.

Los ojos de Marcel se abrieron muy grandes.

-Tranquilos; los calmó la anciana. -Su secreto está seguro conmigo.

-Además, nadie me cree nunca; se rió.

Sacándose un collar, la vieja india lo puso en el cuello de la joven extranjera.

Lizbeth a cambio le obsequió una rosa negra que llevaba en una mano.

Haciendo una reverencia con la cabeza  la anciana agradeció.

-Me honra Princesa.

-¿Pero cómo puede saber…? Lizbeth prefirió no terminar la pregunta.    -Mejor dejémoslo así.

Esa noche la vieja Gladys guardó la rosa negra como su tesoro más precioso.

En la noche se oyó a un lobo aullar en el bosque, todo volvía a su curso normal.

 

Historias de la Rosa Negra – Capítulo 2 – El Bosque 6 noviembre 2017

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Boris Oliva Rojas

 

 

Historias De La Rosa Negra
Capitulo N° 2
El Bosque

En un pueblo pequeño no había muchos negocios para regodearse al momento de comprar, así es que obligada a hacerlo en el único supermercado, aunque tuviera que pagar el doble que en la ciudad; al menos el poco personal que ahí trabajaba era simpático.

La cajera, tal vez queriendo ganarse una propina extra, se hizo la amiga.

-Hola, ¿eres nueva en el pueblo?

-Sí, llegué hoy no más. Voy a pasar unos días.

-¿Dónde te vas a alojar?

-Ohh; en la cabaña de la colina. Es de mi familia; contestó la joven.

-¿Cómo cancelas?; preguntó la cajera.

-En efectivo; contestó la clienta y sacando un fajo de euros se dispuso a pagar.

-¡Pero niña!, no seas tan descuidada. No saques tanto dinero, sobre todo si andas sola; la previno la encargada.

En la otra esquina del supermercado, cuatro tipos de esos que uno no quiere encontrarse en una calle solitaria, observaban a la descuidada joven; con un gesto, sin decir nada, se pusieron rumbo a la colina…

-Bueno gracias, me voy; dijo la forastera.

-¿Quieres que te acompañe alguien?; ofreció preocupada la cajera.

-No gracias; está cerca y es de día aún.

-¡Bueno cuídate!; se despidió la tendera.

Los cuatro tipos llegaron a la cabaña de la colina antes que la joven.

-¡Qué feo adorno!, ¿a quién se le ocurre colgar una rosa negra en la puerta?; preguntó uno de ellos.

Silbando una canción la muchacha abrió la puerta y entró.

El susto que se llevó la chica al ver a cuatro desconocidos dentro de la casa fue mayúsculo.

-¿Qué hacen aquí?, ¿qué quieren?

-¡Hola linda!; dijo uno.

-Pensábamos que podríamos hacer una fiestecita contigo; agregó otro.

Sin otra alternativa, la joven salió corriendo de la cabaña y se dirigió al bosque.

Los cuatro facinerosos rieron burlones.

-¡No te vayas bonita!

-Nos vamos a divertir.

Los cuatro corrieron detrás de la chica, la cual se veía ya algo cansada.

La muchacha en su huida tropezó en una piedra y calló.

Se levantó y miró hacia donde venían sus perseguidores.

Una cacería había empezado.

Sin darse cuenta los cuatro bandidos fueron internándose cada vez más en el bosque.

-¿Pero dónde diablos se metió la maldita?; preguntó uno; la muchacha no se veía por ningún lado.

-Mejor, así es más entretenido; celebró el mayor.

Al volverse para orientarse, los miserables se dieron cuenta de que faltaba uno de ellos.

-¿Dónde se fue Juan?; preguntó uno.

-Debe estar orinando; opinó otro.

-¡Juan!; lo llamaron.

Pero Juan no contestó.

-Allá él, más lana para nosotros.

Después de un rato y detrás de una roca, los tres se quedaron de piedra. Juan yacía tirado; con los labios azules y la piel blanquecina.

-¿Pero qué diablos le pasó?; se preguntó uno de los bandidos, mientras se santiguaba.

-No sé, pero esto no me gusta nada; contestó el que estaba más cerca.

-Encontremos a la mosquita muerta y larguémonos de aquí.

Los tres cobardes dejaron tirado el cadáver de su amigo, sin darse cuenta de las cuatro marcas que tenía en el cuello.

Unos cien metros más allá, se sintió un ruido entre las ramas. Al volverse notaron que ahora solo había dos de los cuatro; Diego ya no estaba.

Un alarido se escuchó entre la espesura.

Corrieron hacia donde habían escuchado el grito, solo para encontrar a su camarada con el pecho abierto.

-¡Le han sacado el corazón!; exclamó uno, mientras el otro vomitaba.

-¡Vámonos de aquí!; dijeron los dos y largaron a correr.

Poco más allá, sentada en el tronco de un árbol caído estaba la muchacha, quién les habló.

-¡Hola chicos!, ¿es que ya no quieren jugar conmigo?; preguntó con una mirada maliciosa, mientras se chupaba los dedos llenos de sangre.

Al mirar de nuevo hacia allá, los dos bandidos que quedaban se dieron cuenta de que ya no había nadie.

-¿Pero qué diablos está pasando?; preguntó angustiado uno.

-Pasa que la maldita nos está cazando, eso es lo que pasa; contestó el otro.

Agotados de tanto correr tuvieron que detenerse a recobrar el aliento.

Una sombra pasó y se llevó a Antonio. Éste no supo cómo llegó hasta la rama de un árbol; y parada junto a él estaba la joven.

-Hola lindo, ¿te puedo hacer cosquilla?; dijo mientras pasaba uno de sus dedos por el cuello del aterrado hombre, quién cayó con la garganta cortada.

De pronto se escuchó la voz de la muchacha quien cantaba.

-“Juguemos en el bosque ahora que el lobo no está. ¿El lobo está?…”

Desde atrás Paco sintió una respiración en la nuca, pero al volverse no vio a nadie. De frente a él estaba parada la joven.

-¡Hola amigo! ¿Ya se te pasó lo valiente? ¿No te gustaba abusar de pobres mujeres indefensas como yo?

La mujer le rodeó el cuello en un movimiento que anticipaba un beso.

El hombre estaba paralizado y con terror vio crecer los colmillos de la muchacha.

Al otro día en el supermercado, una risueña clienta hacía sus compras.

-Hola amiga; saludó la cajera. -¿Llegaste bien a casa ayer?

-Sí, súper; contesto la joven.

-Debes tener más cuidado.

-¿Por qué?; pregunto la chica con voz ingenua.

-La policía busca a cuatro bandidos muy peligrosos que ya han atacado a varias mujeres en otros pueblos; le contó la cajera.

-No creo que anden por aquí, ya deben estar lejos ahora; opinó la joven.

La cajera se fijó en la rosa que llevaba la muchacha.

¡Que linda flor, y que rara!, nunca había visto una rosa negra.

-Ahh, la encontré en el bosque y no es tan rara. Hay muchas más de las que crees; dijo la chica.

-Sí es posible; pensó la cajera.

-A propósito, ¿cómo te llamas linda?; preguntó la encargada del supermercado.

La joven se volvió y sonrió.

-¡Lizbeth!…