Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Cuaderno de sucesos del Dr. Corso Kane – 2 1 diciembre 2010

Cuaderno de sucesos del Dr. Corso Kane – 2

De: Yolanda Tamarit


Dr. Corso Kane



Me ayudó a incorporarme mientras daba media vuelta para limpiar mis lágrimas y sorber mis mocos, me pidió que por esa noche fuéramos a su casa donde tenía aún el cadáver de Enid, y por el camino me fue contando la tenebrosa escena que vio hace unos días tras llegar abatido por el desgaste de la guerra.

Fue todo tan rápido Corso. En cuestión de milésimas de segundos todo mi mundo se desmoronó, todos mis planes y expectativas se rompieron en mil pedazos…

– coloqué mi mano sobre su hombro.

…Abrí la puerta con una enorme sonrisa, esperaba encontrármela radiante de felicidad por mi vuelta, que corriera hacia mí y recibirla con los brazos abiertos de par en par para luego acunarla en mi pecho, besarla como nunca antes la había besado y pasar la noche entera haciéndonos el amor. Sin embargo verla allí tirada en el suelo aun temblorosa Corso, con sus preciosos ojos abiertos y llenos de lágrimas ya frías, mirándome, y siendo azotada por leves espasmos. Yo… Se me borró toda sonrisa que pudiera traer, y por el contrario, un enfermizo hieratismo se apoderó de mí, al punto que tardé un buen rato en reaccionar y soltar los bolsos que traía para sólo acercarme a ella muy lentamente, acurrucarla y mecerla en mi regazo. Ella, ella… Enid. Su menudo cuerpecito estaba helado exhalando su último aliento, Corso. Enid, mi Enid murió en mis brazos entre temblores. Yo aun no me creo que esté muerta, no me lo creo Corso…

¿Ella tenía problemas con alguien? – pregunté.

¡NO! Ella no…, agr…, no, ¡maldición, Corso!. No tenía problemas con nadie, bueno, no sé si quizá con ella misma, pero…, agr…, yo… Mi hipótesis es que se pudo haber llegado a…, a…, agrrr…

¿A qué…?– pregunté insistente.

Suicidio…– dijo apenado. ¿Suicidio? Sí, era un buen pretexto.

¿Suicidio?– repetí haciéndome el impactado.

Sí…, sí, es la única lógica que le veo a su muerte. Enid no conocía a nadie, no salía de casa a penas, nadie podía tener nada en contra de ella, tú la conocías Corso: era una mujer tan dulce, tan buena. No…, no veo la posibilidad de que alguien quisiera hacerle ningún daño…

Y suicidio ¿por qué?– pregunté.

No sé…, no sé la verdad. Es cierto que no es muy lógico ya que ella no era una mujer depresiva, ni impulsiva, ni tenía tampoco algún tipo de problema psícológico. Pero estoy convencido Corso, es la única explicación que encuentro.

Ahora, lo que no sé es cuáles pudieron haber sido las causas que la llevaron a cometer semejante atrocidad. Pero por otro lado… agr…

¿Pero por otro lado qué…?– pregunté algo nervioso.

– calló por unos instantes.

…Al día siguiente la llevé al médico y dijo que había muerto por una insuficiencia hepática aguda grave. Palabras textuales…- añadió. Soy consciente de que mi rostro debió desfigurarse al oir aquello. Mis mandíbulas debían estar desencajadas y mis ojos muy abiertos, no por la sorpresa, sino por el maldito miedo a ser descubierto que me corroía en esos instantes. Dios mío…

¿¿¿QUÉ???– grité.

– Jean me miró algo perplejo.

¿Era…, era un forense el que la revisó…?– dije finalmente nervioso.

No, fue el médico de la familia…– ¡Maldito médico, siempre por medio jodiendo! Cuando lo conocí pensé que era un verdadero inepto, pero el imbécil tenía conocimientos… –Pero Corso yo…, yo eso no me lo creo, de veras. Enid era una mujer muy fuerte, muy sana y…

¿Pe…, pe…, pero qué más te dijo el médico?

Me dijo que esa insuficiencia hepática había podido ser causada por una seguida reacción a algún fármaco o a algún tóxico…– dijo muy entristecido. Estaba comenzando a emocionarse y la conversación estaba tomando un rumbo muy peligroso, así que tuve que interrumpirle.

¿Y…, quieres que yo la revise?– pregunté temeroso de su respuesta.

Sí…, sólo en ti confío…– respondió. Gracias Señor.

Pero Jean…, yo sólo soy un principiante que aún no ha terminado sus estudios de medicina…– me hice el modesto. Aunque era verdad, aún no tenía mis estudios terminados ni un título que lo acreditase, pero yo y Jean sabíamos que me había convertido en el médico más famoso y solicitado de toda Europa.

Corso, eres el médico e investigador más popular de toda Europa. Además sólo en ti confío. Te he visto hacer experimentos y averiguaciones que no corresponden a esta época, avances médicos que si cayeran en malas manos…

Jean, tu bien sabes por qué fue…

Sí, lo sé… Pero por favor, por favor te lo pido, te lo ruego Corso… Hazlo por Enid, hazlo por mi familia…

Lo miré algo desconcertado. Me sentía lo más patético que alguien se pudiera echar a la cara, más aún por las terribles aberraciones que meses atrás había tenido que ejecutar obligado y amenazado por Ellos, pero que Jean me pidiese esto, ahora, y de esta forma casi desesperada, me hacía sentir una verdadera mierda. Sólo deseaba haber muerto cuando Ellos me lo ofrecieron, en lugar de acceder a realizar sus sucios trabajos. Pobre Jean Baptiste, no se merecía estar pasando por todo esto.

Sólo espero no fallarte…– dije sin saber dónde me estaba metiendo. Miento. Sabía perfectamente dónde me metía, lo que no sabía era cómo diablos iba a lograr salir del hoyo de mierda en el que ya había entrado hace tiempo atrás.

No lo harás. Sólo quiero que la revises y le hagas unas pruebas al cuerpo. Nada más…– nos miramos y no dijimos más hasta llegar a su pequeña casita situada a las afueras de París, cerca de la ribera del Sena.

Esa casa, esa maldita casa. Los recuerdos de la última vez que la pisé luchaban por salir todos del golpe. Todo olía a putrefacción, miré a Jean que a su vez apenado miró al suelo con algo de vergüenza, y se adelantó hacia su dormitorio donde estaba el cuerpo inerte y desnudo de Enid recostado sobre la cama con unas bolsas de hielo alrededor para mantenerlo frío y en mejor estado.

…¿tienes humidificador y un botiquín?– dije muy bajito, conmovido por ver el cuerpo de Enid sin vida recostado sobre la cama de matrimonio.

Eh, sí, espera un momento…– al rato llegó con una maleta y una olla enorme que soltaba ligeros soplos de vapor cada cierto tiempo a través de una válvula dosificadora, y en cuyo interior vertió una botella de vodka.

Gracias,… ¿ahora podrías dejarme a solas?– dije tímidamente. Jean me miró extrañado pero entristecido, y afirmando con la cabeza se retiró de la habitación cerrando la puerta tras él.

Cerré las ventanas y coloqué el humidificador cerca del cuerpo de Enid para que limpiara y desinfectara el ambiente, encendí unos cirios que estaban en lo alto de una estantería casi a la otra punta de la habitación y los traje conmigo para situarlos cerca de la cama donde yacía el cadáver, me coloqué unos guantes que había en el maletín, y me ajusté un poco los anteojos haciendo una mueca que…agr. La situación era patética…

Ahora que Jean se había marchado y no podía verme fui directo al punto que me interesaba y en el que tenía expectativas de encontrar algo realmente substancial. Si mis sospechas eran ciertas en ese lugar estaría entonces la clave del asunto. Sabía que Ellos jugaban así. Abrí las piernas del cuerpo con sumo cuidado y al no encontrar en el maletín de cuidados algo similar a una barra, tuve que arreglármelas metiendo dos dedos en la vagina del cadáver.

Maldita sea. No sé si por el olor a putrefacción que desprendía el cadáver, si por la sensación de estar acariciando la vagina de una mujer hermosa como lo era Enid; muerta, pero hermosa aún así; o si tan sólo por el morbo y la patología de estar masturbando un cadáver, pero llevaba un rato intentando dilatar los músculos vaginales con mis dedos para poder hacer mejor la exploración y esta cosa ya se estaba despertando en mí, esa bestia, ese monstruo, ese otro yo. No podía ser que tan grotesco espectáculo me estuviera excitando.

Maldito canalla, vicioso, eres patético…– me dije por dentro –…perdóname, Enid. Perdóname Señor…

No haciendo caso a estos instintos, apretando mucho los ojos y concentrándome en lo que buscaba logré ensanchar la cavidad vaginal del cadáver unos cuatro centímetros de diámetro. Ya era suficiente para buscar ahí dentro lo que me olía que Ellos habían depositado hacía tiempo ya, y que según mis cálculos era cuestión de pocos meses que aquello saliera a la luz. Lo que aún no me quedaba claro era por qué diablos habían abandonado el proyecto a la mitad y sin terminar, pues aunque estoy más que seguro de que Ellos eran conscientes de que la señora Leslie ya estaba muerta, tenían sin duda los conocimientos necesarios para avanzar en la investigación sin que la muerte de Enid fuese una gran interrupción…

Conocí al médico que atendía a Enid y Jean una tarde tomando café en esta misma casita cuando vino a hacerle la revisión anual a la señora Leslie. En sí parecía un fantoche, pero luego demostró ser alguien con una gran formación, y en efecto lo era pues logró descubrir que la muerte de la preciosa señora Leslie fue a causa de una insuficiencia hepática, pero sin duda al tipo se le escapaba algo y…

¡Eureka!…

(Continúa…)

Yolanda Tamarit

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