Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Cuaderno de Sucesos del Dr. Corso Kane · 1 1 diciembre 2010

Cuaderno de sucesos del Dr. Corso Kane – 1

De: Yolanda Tamarit



Dr. Corso Kane


¡¡¡Maldito hijo de la gran puta…!!!– dijo.

Vi su puño venir con fuerza directo hacia mi rostro, e incluso tuve el gran privilegio de estar consciente al momento de sentir el duro golpe impactar contra parte de mi pómulo derecho y el hueso de mi nariz. Después de eso no recuerdo mucho más de aquella noche, sin embargo lo que ocurrió al día siguiente no se borrará de mi memoria ni aun después de muerto ya que hasta el día de hoy siguen sufriéndose las consecuencias de mis actos…

No recuerdo la fecha exacta pero sí sé que tenía yo veintiún tiernos años. Les hablo del año 1879, cuando en una fría mañana de Enero el destino de toda Europa y el resto de naciones del globo, quedó sellado para siempre.

La realidad no era nada nítida, todo lleno de formas nublosas y borrosas que danzaban a mi alrededor. La mitad derecha la veía más rojiza que la izquierda, pero ambas mitades daban vueltas y más vueltas sin querer frenar. Me sentí montando en uno de esos estúpidos caballitos de tío vivo, esos tan ridículos que había en las ferias y sobre los cuales los chicos del pueblo se peleaban por montar para demostrar su hombría ante las indiferentes miradas de las niñas…

¿Es así como se sienten los niños después de montar en esa estúpida atracción de feria?– pensé medio mareado –… ¿O quizá es la sensación de un borracho después de haberse hecho amigo íntimo de una botella de Beaujolais…?– Qué penoso me sentía, nunca de niño había montado en un dichoso carrousel. A pesar de haberlo deseado con tantas fuerzas nunca pude, siempre ese algo innombrable tan dentro de mí me había impedido siquiera acercarme al famoso armatoste metalizado y lleno de luces espantosas que no paraba de rotar sobre su propio eje. Estoy seguro que el artífice de tan tétrico espectáculo fue el mismísimo Diablo. Yo sólo quise demostrar que era igual o más digno que el resto de muchachos del pueblo de ser llamado “machote”, ya que la única atención que había recibido de ellos eran sus fervientes gritos entonando todos al mismo son la palabra “marica”. Sí, me daban pánico esas atracciones, verdadero terror, puro miedo. Patético, ¿eh?, lo sé. Pero más patético era el no haberme cogido jamás una dichosa borrachera cuando adulto. Así miden su virilidad la mayoría de los tipos… –¿Se es más hombre por montar en los caballitos de feria sin mearse de pánico en los pantalones, y después haberse agarrado la mayor de las borracheras de la historia del mundo mundial?…

¡Eh, maldito bastardo, despiértate!, vamos a rendir cuentas ahora mismo…– dijo una voz muy varonil a mi lado. Seguro que el tipo había montado muchas veces en los ridículos caballitos y además sería un maldito borracho. ¡Hijo de…! Fuera quien fuera me había mandado a dormir calentito anoche y por su culpa tenía ahora este endemoniado dolor de cabeza, y rotos la nariz y el pómulo…

Abrí un ojo, el izquierdo, con el que mejor veía, y ahí estaba sentado al borde de mi cama. Tenía el ceño muy fruncido y sus ojos negros clavándose en los míos mientras jugueteaba haciendo círculos invisibles con sus pulgares que parecían ir a atropellarse el uno al otro en cualquier momento. Su rostro denotaba cansancio y nerviosismo al mismo tiempo y parecía insistente en que despertase.

Jean Baptiste Leslie. Ex médico de profesión, frustrado de vocación, y actual combatiente como afición. De nacionalidad francesa, cerrada, muy cerrada, me van a permitir decirles. Ambos nos conocimos durante la guerra franco-prusiana allá por 1871 en una mugrienta y fría trinchera en la ciudad de Forbach, una región situada al noreste de Francia. Yo tenía tan sólo trece años y él rondaba los veinte, veintiuno, quizá veintidós, poco más. Había sacrificado sus estudios de medicina para ingresar en las tropas del ejército de Carlos Luis Napoleón Bonaparte, más en concreto en la división liderada por el general Frossard. Durante la guerra luchamos codo con codo, fuimos camaradas, compañeros de armas e incluso algo así como hermanos, o más bien como padre e hijo, hasta que un 6 de Agosto, en la batalla de Froeschwiller-Woerth las tropas francesas fueron derrotadas por el ejército alemán y ambos, junto a otros muchos, tuvimos que abandonar el frente.

Nos separamos y yo volví a mi casa extrañando los gritos, discusiones y palizas que mi padre le propinaba a mi madre cuando éste llegaba todo perfumado de sexo y alcohol acompañado de bellas señoritas con las cuales mi madre tenía que luchar a vida o muerte para echar de su casa. Cuando mi familia murió fui a buscar a Jean, sabía que por ese tiempo estaba en la ciudad de las luces: París, y en efecto allá lo encontré. Me acogió en su casa y en el seno de su familia como un verdadero hijo, y me presentó, sin una maldita idea de lo que en años siguentes acontecería, a su encantadora esposa: la señora Leslie, una preciosa espeleóloga irlandesa afincada en Francia, de tez pálida y cabellos negro azabache que hacían resaltar sus dulces ojos azul verdoso como el mar. Ambos cuidaron de mí hasta que decidí ingresar en un colegio para futuros médicos y más tarde en una de las facultades de medicina de París.

Desde el día en que me marché de aquella casita a orillas del Sena hasta el día de hoy, me había mantenido en contacto con Jean-Baptiste sólo por carta. Al comienzo nos contábamos sobre nuestra vida y planes de futuro, un día comenzé a contarle sobre unos compañeros de facultad que pertenecían a un grupo privado de investigadores y cuyo grupo era presidido por un matemático, un alquimista moderno, y un místico. Eran interesantes las investigaciones que ese grupo llevaba a cabo, y muy pronto me convertí en el alumno predilecto de aquellos tres genios que impartían esas extrañas clases privadas. Eran finales de 1875, un año después de mi ingreso en la facultad de medicina, y todo iba bien hasta que un par de señores vestidos de impoluto negro se presentaron en mi habitación para proponerme una oferta que no podría rechazar. Todo aquello se lo conté a Jean pues confiaba en él, incluso él mismo se ofreció para investigar por su cuenta y ayudarme con aquel extraño encargo pues decía que andaba demasiado ocioso y eso le iba a volver loco.

Nuestras cartas comenzaron a centrarse en la investigación de aquel encargo hasta que llegó un momento en que obtuve algunos resultados e invité a Jean a la facultad para que los presenciara. Jean quedó horrorizado con la investigación y se marchó sin decir más detalles salvo que partiría nuevamente al frente. No volví a saber más de él. Era el año 1877, dos años antes de esta fría noche de 1879.

Vamos, ¡levántate joder!, sólo fue un puñetazo, un simple puñetazo…– dijo.

-¡Me rompiste el pómulo y la nariz!, ¿¿sólo un puñetazo?? ¿Y qué forma es esa de venir a saludar a un viejo amigo después de haber estado dos años perdido en una guerra sin saber si volverías vivo o no…? Me dejaste preocupado después de cómo te largaste aquel día…– dije incorporándome. Maldito dolor de cabeza…

¿Desde cuándo te importa si estoy vivo o no? En estos dos años no recibí una mísera carta tuya. Yo te seguí escribiendo y no obtuve una triste contestación, si quiera avisándome de que sí te llegaban…– dijo. Y era cierto, de todas las cartas que me había escrito Jean desde que partió al frente de nuevo, ni una le había contestado. Siempre surgían imprevistos con mis investigaciones y encargos, o simplemente a veces no tenía ganas de ponerme a escribir. ¡Pero claro que él me importaba!. Y ¡hey!, somos amigos, ¿no se supone que esas cosas de la importancia mutua van, obviamente, implícitas en la amistad?

¿¿¿CÓMO???…– dije haciéndome el indignado a pesar de saber que él llevaba razón.

Esto es serio, maldita sea… ¡Enid está muerta!– dijo levantándose de golpe de la cama mientras se pinzaba el entreceño con el dedo índice y el pulgar.

¿¿¿QUÉ???– dije alarmado. Enid, la señora Leslie, así se llamaba. Enid…

¿Cómo que “¿¿¿QUÉ???”?

¿¿Enid muerta??

“¿¿Enid muerta??”…– dijo haciéndome burla –Maldito… tú lo sabías y no me lo dijiste. Tú eras el encargado de cuidarla en mi ausencia. ¡¡Maldita sea!! Y no me avisaste ¿Por qué? ¡Bastardo!…

Jean, frénate… Yo no tengo una maldita idea de lo que le ha ocurrido a tu esposa en estos dos años que tú te marchaste… Por amor a Dios, ¿de qué me estás hablando?– me miró incrédulo cual asesino mira a su presa sin creerle una palabra de la piedad que ruega.

Te dije que partiría al frente nuevamente. Te lo dije aquel mismo día en que… ¡Dios!– se detuvo y su rostro se desencajó de terror. Ese rostro, el mismo que tenía hace dos años cuando salió aterrado de mi facultad después de presenciar el primer avance del experimento que aquellos desgraciados me encargaron.

Pero Jean, entiéndeme…– dije sin poder terminar la frase.

Luego de eso te escribí una carta desde el frente relatándote todos los detalles de mi decisión. Necesitaba que cuidaras de Enid por mí. ¿No la recibiste?…

Sí, pero…

¿Sí, pero qué? ¿Qué maldita excusa tienes?, dime.

¡¡Maldita sea, habla!!…– gritó.

Jean en tu carta no decías nada de que necesitabas que cuidara de Enid en tu ausencia…

¡¡¡Pero qué coño!!!– gritó enfadado –…Somos amigos, ¿no?, se supone que esas cosas van implícitas en la amistad…– dijo. Parecía leerme el pensamiento ahora, maldito ex médico frustrado…

Por favor Jean, ¡basta!, no sé de qué me hablas…

¡¡Hijo puta!! Tú debiste cuidarla…– se abalanzó sobre mí.

Jean, ¡para!… ¡Ah, maldita sea!… ya basta, mi pómulo… ¡ah! mi nariz… ¡¡basta, basta, demonios!!…¡BASTA!…

Enid… Enid, mi Enid, mi esposa está muerta y tú no me avisaste, ¡¡cabrón!!…

¡Basta, Jean! No he sabido nada de ella desde que te largaste, lo juro, ¡LO JURO!… ¡¡Basta Jean, por Dios, basta!! Jean… mi paciencia, mi paciencia se está agotando…, y tú, tú sabes lo que ocurre cuando…, yo…, yo…, YO…– Jean no paraba de golpear mi rostro desfigurado por los huesos rotos y demacrado por los hematomas que me había causado la noche anterior. Sentía la sangre resbalar por mi faz como un bálsamo tibio y aceitoso. Jean no parecía querer detenerse, iba a matarme a causa de su rabia, y ante dicha situación sólo vi una única salida para salvar mi vida cuando uno de esos malditos frascos cayó al suelo de sobre mi mesa y rodó para situarse al alcance de mi mano izquierda.

Perdóname, Señor…– pensé.

Saqué fuerzas de flaqueza y conseguí apartar de una patada a Jean, cosa que sólo me dio tiempo para tomar el frasco y beberme esa asquerosa y nociva sustancia blanquecina tan adictiva que contenía antes de que Jean volviese a situarse sobre mí para seguir descargando su ira contra mi rostro hecho papilla. Jean no había visto lo que había hecho, si lo hubiese visto se hubiese retirado al instante pues conocía lo que el ingerir esa sustancia significaba. Él me ayudó a crearla, ahora que Dios se apiade de su alma…

Los golpes ya no me importaron, sabía que sólo era cuestión de tiempo que el líquido blanquecino aquel hiciese efecto en mi organismo. Sus puñetazos eran simplemente una excusa para volver a sentir…

…Sentir esa maldita sensación tan adictiva corriendo acelerada en mi interior. La presión arterial y el ritmo cardíaco aumentaban por segundos, sentía las venas querer estallarme y el corazón irse a salir de mi pecho por la boca. Todo corría más y más rápido a medida que los segundos pasaban. Sentía las extremidades tensas y cómo los dientes me chirriaban provocándome heridas leves en la lengua y boca. Era una sensación asquerosa de enajenación, de no sentirme dentro de mi propio cuerpo ni de mi débil mente, ni si quiera sentirme criatura de Dios.

La sustancia hizo efecto y mis piernan lo empujaron de un golpe dejándolo incrustado en el borde de la cama que se movió unos metros más allá de su ubicación habitual. Era algo similar a sentirte figuradamente descuartizado pero a la vez que todas tus partes pertenezcan a un mismo ser.

Pero, ¡joder!…– dijo –… ¿Tú no dejaste aquellas drogas?…– dijo temblando y mirándome perplejo. Sabía que Jean me sentía fuera de mí, él conocía los efectos de la droga y sabía que hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, nada iba a detener esta cosa que corría por mi organismo.

– agarré su cuello para estrangularlo.

Podía oírlo chillar de pánico, real pánico o más bien puro terror ya que él había colaborado conmigo en la creación de este maldito monstruo y en más de una ocasión presenció qué le ocurría a las víctimas de esta cosa cuando caían en sus manos. No había piedad para nadie, Jean lo sabía. Éstas eran las manos de un monstruo que no atiende a razones y en cuyo vocabulario no existía la palabra “misericordia” ya fueras hombre, mujer o niño…

Gritaba mi nombre, podía oírlo como una voz lejana, pero yo ya no tenía fuerzas, simplemente no las tenía. No era yo. Lo escuchaba gemir de dolor, suplicar por su vida, suplicarme a mí, a su mejor amigo y compañero, a lo más parecido a un hijo que él tenía, me suplicaba y yo simplemente observaba desde otra dimensión cómo la sangre brotaba por su rostro, sólo sangre, sangre y más sangre…

Jean se escurrió por entre mis brazos y salió corriendo escaleras abajo destrozando todo el mobiliario a su paso. Maldito médico frustrado, tenía ahora madera de soldado luchador. Salió a la calle y bajo la lluvia pretendió huir río abajo. Eran altas horas de la noche y corría sin detenerse por la húmeda calle buscando llegar hasta el borde del río o toparse en el camino con un alma caritativa dispuesta a morir de forma brutal por él. Yo por mi parte, o mejor dicho este monstruo, lo perseguía con paso firme y la mirada con los ojos inyectados en sangre clavada en el blanco de su diana.

Maldito monstruo…– decía con la voz grave mientras lo sujetaba por la garganta cuando lo intercepté –…¿Qué harás, matarme?, ¿como a todos esos borrachos y depravados sexuales de los burdeles de poca monta?, ¿como a todas esas putas que secuestramos para nuestros experimentos fallidos?, ¿es eso?, ¿seré uno más de ellos, un muerto más al cual nadie echará de menos? Yo que te acogí en el seno de… agr… de mi familia. Yo que te llamé “hijo”…

Algo extraño pasaba por mi mente, las palabras de este hombre, no…

…Yo que te tomé como mi hijo, yo que te di un techo, un suelo, una cama caliente y un plato de comida para que te alimentaras. Yo y mi ahora difunta esposa que te acogimos como parte de nuestra familia…

¿Te daña, hijo? Mi hijo…

…Mi hijo. Lo fuiste… Para Enid y para mí lo fuiste… Un hijo, nuestro hijo…

Sentí las mejillas arder, ruborizarme. Algo en el interior me descubrió completamente, me sentía desnudo de sentimientos, en carne viva ante las palabras de este hombre. Realmentese algo dentro de mí se escondió avergonzado, me abandonó literalmente. Y como consecuencia de ello, las piernas me flaquearon haciéndome caer hincado de rodillas al suelo llorando desconsolado aferrado a las piernas de Jean.

… ¡Dios bendito, Dios bendito ayúdame!– repetía yo temblando. Sus brazos me tomaron abrazándome con fuerza y me colocó su chaqueta por sobre mis hombros.

Shhh… cálmate Corso, ya pasó…

(Continúa…)

Yolanda Tamarit


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