Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Cuentas pendientes 11 mayo 2011


Cuentas pendientes


De: Raúl


Bueno, esto no funciona, las facturas, el tráfico, los telediarios a la hora de comer, la vecina de al lado. De alguna manera están los bares, donde es fácil desgastarse, que el tiempo pase sin que te importe lo de fuera, aceptarlo sin más y tranquilo, regresar a casa. Eso es lo que suele pasar, otras veces por el camino encuentras algo mejor que hacer y te quedas, y ya no vuelves a casa, y la gente te busca, envidiosa. Un bar tiene sus taburetes, alcohol, gente desconocida que te conoce, y gente conocida a la que no conoces y pretendes olvidar, o al menos eso crees tu… este caso es ese último; Edna, literato manantial tintado por tantas batallas perdidas, un deseo primitivo por el que los hombres nos disfrazamos de dioses desnudando nuestra vulgaridad, resumiendo, una zorra, de nuevo escribía sobre ella. El bar uno de esos, ya sabes, una barra como trinchera y un viejo camarero, cristaleras con botellas polvorientas para ver quien se sienta a tu lado y mesas oscuras al fondo para no ver quien se sienta a tu lado, gente bebiendo y de vez en cuando música; No era la primera vez que iba, tampoco era cliente asiduo, ese día me encontraba allí con la esperanza de que el mundo se olvidara de mi y la muerte me invitara a un trago, no tenía trabajo, no tenía dinero, no tenía ganas de escribir, el bar era el único de la calle y hacía también las veces de tienda de licores, restaurante y farmacia.

Recuerdo la mirada estúpida del camarero cuando ella entró, el pelo rubio y ondulado lo llevaba suelto y le caía entre los hombros, la luz del día la acompañaba; Venía de nuevo hacia mí, la situación se repetía, y como la primera vez, su seguridad en el destino confirmaba que allí estaba yo solo para esperarla. Miré mi vaso buscando hielos. Llevaba un vestido blanco ajustado y con cada paso que daba al andar el vestido iba remangándose un poco, dejando ver sus poderosos muslos. Las piernas llegaban antes que ella; todo en ella eran piernas en ese momento, ese justo momento cuando se pararon y rozándome la pantorrilla me dijeron << Hola Dan >>, y todo comenzó de nuevo. Diez días y una paliza y media es el tiempo que había pasado desde que la conocí por primera vez. Era la piedra en el camino.

– ¿Que estas bebiendo Dan?

– A todos los hombres del mundo.

Yo sabía el juego; el camarero vino y saludó a Edna, viejos socios, le sirvió un Martini seco, muy seco y sin aceituna. Luego se fue a la otra esquina a seguir secando vasos.

– ¿Aún sigues escribiendo sobre mi?

– No lo hago sobre ti.

Edna cogió su copa y se mojó los labios, creo que no bebió. Rodeó mi taburete y con un susurro me dijo que la acompañara. Nos sentamos en las mesas del fondo, sonaba en el tocadiscos Alabama Song, era la voz de Jim. Al sentarme frente a ella fue la primera vez que la miré a los ojos desde la última vez que la vi. Y ellos seguían ahí con la misma fuerza y belleza, sus ojos verdes eran los de un asesino. No decían nada, no es que estuvieran vacíos, es que no los comprendía. Su piel blanca, y sus pómulos, un fino sendero que daba a sus labios, rojos como el infierno donde ardían los hombres; labios que se estaban moviendo; yo seguía justo ahí, mirando a mi asesino.

– ¿Cómo te encuentras Dan, cariño?

– No empieces…

– Escúchame nene, siento mucho lo que ocurrió, de veras, estoy harta de todo esto. Vayámonos juntos tu y yo. No quiero ver más a esta panda de viejos borrachos y derrotados, me están contagiando, huyamos- Edna me peinaba.

– Son tu público, la gente viene aquí por ti, para verte.

Edna abrió su bolso y sacó una pitillera de plata, pude ver una pequeña pistola allí dentro, cogió un cigarrillo y se lo puso en la boca, al tiempo que yo le daba fuego ella cruzaba las piernas. (Edna siempre fué un paso por delante).

– Te he dicho que estoy harta, si no eres tú, será con otro- y miró hacia otro lado. El humo del cigarro en cambio vino directo hacia mi, consumido. De pronto me vi conduciendo un Ford en una recta muy larga y a Edna apoyada en mi hombro con gafas de sol y un pañuelo liado en lacabeza. Estaba dispuesto a morir por ella, era o eso o pagar la cuenta del bar, y aún tenía mas costillas que monedas en los bolsillos.

– ¿Que hacemos con tu amigo el de fuera? , el gorila.

– De eso te tienes que encargar Dan, cariño- y abrió de nuevo el bolso mostrándome el contenido.

– ¿ESTÀS LOCA?, ¿QUIÉN TE CREES QUE SOY?, ¡YA, FÁCIL…POOM POOM Y SE ACABÓ!, ¡ZORRA DEBERÍAN RAJARTE Y VER LO QUE TIENES AHÍ D…! No me dejó acabar la frase, me dio una bofetada que me cruzó la cara de izquierda a derecha, de sus ojos caían lágrimas. Nadie nos miraba y era normal.

– No me hables así por favor…estoy harta de todos, quiero escapar, comenzar una vida, tener hijos y hacer una familia, un hogar con jardín, por favor Dan cariño eres el único hombre bueno que conozco, ayúdame, ¿Crees que yo elegí esta vida?

Ella era otra, no era más que otra víctima de nuestra generación. Fui a la barra a pedir otro whisky con agua. Allí sentado estaba ahora el gorila de Edna, que habría entrado a controlar , pesaría unos 100 kilos, llevaba un chándal morado y azul que dejaba ver su pecho lleno de pelos, llevaba también una gran cruz de oro y tres anillos, se estaba quedando medio calvo, su piel era morena, era mas alto que yo y todo en su cara era redondo. Fumaba un gran puro cubano, nada en él merecía la pena.

– ¿Que tal chico?, ¿de nuevo por aquí?

– Ehh… si, ya ves, de nuevo aquí- no es fácil hablarle a un fiambre.

– Bien, espero que no me guardes rencor por lo de la última vez, los negocios son los negocios chico – dijo zarandeándome el hombro.

– Si tranquilo, no te preocupes Vito ya pasó.

– Bien – Siempre daba su maldita aprobación para todo.- ahora vete muchacho. A ésta te invito yo, no hagas esperar mas a la señorita o se olvidará a quién se la tiene que chupar esta noche jajajaja- y se metió el puro cubano de nuevo en su apestosa boca.

La música había cambiado, sonaba Freddie freeloader, sentada en su silla Edna me esperaba, su hermoso culo trepaba por la silla.

-Cuéntame nena, ¿que has pensado?

Era un tipo afortunado, finalmente la muerte me había invitado a un trago.

Raúl

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