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EL TORQUE DE LOS REYES (PRÓLOGO) 13 mayo 2011


El Torque de los reyes (Prólogo)


De: M. P. Morrigane


Cuando el mundo era diferente al que conocemos, cuando las leyes del tiempo escaparían a nuestra comprensión… habitaban la tierra diferentes razas que convivían en paz; humanos mortales, seres inmortales de luz, de las aguas y de los bosques. Todos adoraban a una única y poderosa divinidad; Gaya la diosa tierra, en ella creían y a ella respetaban. Pero hasta los dioses se equivocan y de sus entrañas nació un ser abominable de maldad intrínseca y con el poder de la magia más oscura que cabe imaginar. Su lucha con Gaia se haría eterna y todos los pobladores de aquella antigua tierra sucumbieron a su poder y fueron esclavizados. Solo un Rey de la más antigua estirpe mortal podría liderar las más atroz y devastadora de las guerras…porque Thorlak que así se llamaba la encarnación del mal, tenía la noche y las tinieblas como aliados.

( De “Las crónicas de Midgaror”. Manuscrito original de Irianel “el bardo”)


El cielo era fuego y la tierra era sangre, el caos y el horror se habían apoderado de toda la tierra de Midgaror. Inmersos en el fragor infernal de la batalla desde hacía ya varios días, las tropas del Rey Ancalión habían perdido la noción del tiempo, ya no sabían si era de día o era de noche, el cielo se había oscurecido a causa del humo de los cuerpos quemados por las llamas que lanzaban por sus fauces los terribles dragones negros de Thorlak “el mago oscuro”, él cual ahora se encontraba en lo alto de su torre dirigiendo la última batalla. Tras el…la nada, el abismo incandescente, el fin de la tierra.

Por los muros de la torre no paraban de descender reptando las criaturas infernales que estaba pariendo incansablemente con su magia, y los guerreros de la alianza no podrían resistir ya por mucho tiempo. El fin se acercaba, muchos de ellos se entregaban a la muerte, incapaces de soportar más aquel horror y el hedor de la sangre y de las bestias que lo envolvía todo.

Estaba resultando imposible llegar hasta Thorlak, estaba protegido por los dragones que rodeaban la torre y sus alientos de fuego estaban causando estragos entre las tropas de Ancalión que luchaba con ferocidad y sin descanso. Su espada de luz no cesaba de cortar cabezas y hundirse en las entrañas de los engendros que escupía la lúgubre torre, pero por cada uno que mataba aparecían veinte más. Estaba cubierto de sangre de los enemigos y de la suya propia, sus heridas eran de muerte pero no sentía dolor, solo el de su corazón pues era evidente que de nada habían servido aquellos interminables años de guerra… ahora todo estaba perdido.

Hacía ya más de diez años que había empezado aquella lucha por la libertad. Aconsejado por Megliader el “mago blanco”, Ancalión había forjado una alianza con todas las razas de Midgaror, le respetaban como señor absoluto y su unión a pesar de sus diferencias era el único camino para derrotar a Thorlak . Se unieron a él los Niguirith; los altos señores de las tierras de Uringien al Oeste de Midgaror, los Gilmors habitantes de los desiertos de Dromen, las Bandruidh de los bosques de la Luna Negra y los Trolls de las montañas de Oltindar. Pero hacia demasiado tiempo que mantenían aquella lucha y las fuerzas empezaban a flaquear. Thorlak había resultado ser más fuerte de lo que pensaban, sus recursos parecían no tener fin y su magia muy potente. A pesar de haber llegado por fin a Darangorth, a los pies de su terrible fortaleza, el asedio no prosperaba.

Las espadas esmeraldinas de los Niguirith refulgían en todo el campo de batalla, eran especialmente valientes y rápidos, de movimientos agiles y certeros, luchaban con fiereza pero la superioridad en número del enemigo era demasiada y los estaban aniquilando. Las hermosas y valerosas Bandruidh eran ya solo despojos sangrantes y aún así se podían oír sus gritos de guerra y los furiosos relinchos de sus caballos. Los Gilmors y los Trolls habían empezado a huir….los pocos que quedaban.

El Rey extenuado no se había dado cuenta de que tenia detrás a un guerrero de Thorlak, cuando se dio la vuelta ya era demasiado tarde; sintió hundirse en su pecho el frio acero, mientras una mirada de horror se dibujaba en su rostro. Consciente de que eran sus últimos minutos lanzó un alarido de rabia, descargo su espada en la cabeza de su atacante y cayó de espaldas agonizante. Eladan, el líder de los Niguirith al oír el grito corrió a su lado para socorrerle, pero el Rey ya había muerto. En un último esfuerzo desesperado empezó a alentar a gritos a sus hombres, mientras con su espada golpeaba a izquierda y derecha abriéndose paso hacia la torre, y de pronto lo vio….Thorlak descendía de la fortaleza a lomos de un Dragón Negro, Eladan vio clara su intención; se dirigía hacia el cuerpo sin vida del Rey para apoderarse del Torque Sagrado y sí lo conseguía seria definitivamente el final. Solo le quedaba una opción, la última esperanza, invocar a los Malach. Alzó los brazos al cielo y cerrando los ojos musitó unas breves e ininteligibles palabras, al instante sonó un estallido como si fuera a desencadenarse una tormenta y en el cielo casi cubierto por las llamas, se abrió un canal de luz y por el descendieron los siete Malach alados a lomos de los Nidhug los ancestrales Dragones Plateados que con su aliento de escarcha se iban abriendo paso rápidamente. La magia de Thorlak no tenia poder ante ellos y a Eladan le pareció ver terror en su rostro mientras los Nidhug convertian en hielo a sus Dragones Negros que caían al suelo haciéndose añicos y los Malach con los terribles rayos de sus espadas aniquilaban a las grotescas criaturas y arrasaban el campo de batalla. Las tropas enemigas se batían en retirada atropelladamente, pero iban cayendo fulminados uno a uno.

Los guerreros de la alianza no podían creer lo que estaba sucediendo, por fin la esperanza de una victoria inundó sus corazones y con energías renovadas arremetieron de nuevo contra el enemigo mermado ya y derrotado. Sus pies chapoteaban en un barro teñido de rojo formado por la gran cantidad de sangre que se había vertido como si de una danza macabra se tratase, mientras el fulgor de las espadas iluminaba aquel espectáculo dantesco.

Con asombrosa rapidez y agilidad, Thorlak se abalanzó sobre el cadáver del Rey y arrancó de su cuello el Torque Sagrado. Eladan intentó detenerle asestando un poderoso golpe con su espada pero solo logro herir de muerte al dragón, que moribundo se precipitó al abismo de fuego. Thorlak tuvo tiempo de de agarrarse al borde sin soltar el Torque y al instante se vio rodeado por los Malach. Tuvo entonces la certeza de que iba a morir y mirando a los ojos a Eladan que estaba de pie en el borde del abismo con la espada en alto dispuesto a darle el golpe de gracia, vertió su ira y sed de venganza en una terrible maldición.

-¡Yo Thorlak el oscuro, poderoso señor de Daranghort, te maldigo a ti Eladan príncipe de los Niguirith, a ti y a toda tu raza!….hoy ponéis fin a mis días en esta tierra pero con ello no conseguiréis la libertad, seréis inmortales para que podáis ser testigos de mi regreso cuando el tiempo sea propicio. De vuestra estirpe nacerá un príncipe que llevara mi marca en su pecho y el será el que deberá despertarme. Hasta entonces Darangorth será el negro reflejo de la maldición de Midgaror.

Dicho esto Thorlak lanzó el Torque al abismo de fuego que se abría bajo sus pies y una risa demoníaca resonó en todo el campo de batalla. Después y sin dejar de mirar a los ojos a Eladan, se dejo caer y las llamas lo engulleron. Un grito desgarrado salió de la garganta del Niguirith al comprender que se había llevado consigo el Torque, pero quedo ahogado por los potentes alientos que los Dragones Plateados lanzaron sobre el abismo para sellarlo como una tumba y convertirlo en un inmenso y eterno lago helado. A Eladan se le había helado también la sangre en las venas por el horror que le causaron aquellas palabras, cayó de rodillas con las facciones demudadas. Todo el peso de una profecía había caído sobre su pueblo….era verdad lo que había dicho Thorlak, aquella era solo una victoria a medias. De repente se sintió elevado por los aires traspasando las tinieblas que se iban extendiendo por todo Daranghort, miró hacia atrás mientras los Malach le llevaban lejos de allí pero solo pudo ver una negrura infinita y soledad. –El Torque se había perdido para siempre, ahora yacía en los hielos eternos junto a su nuevo dueño y cuando despertara de nuevo, el mal camparía a sus anchas. Cerró los ojos y se dejo llevar mientras el aire fresco calmaba su cuerpo entumecido.

Unos momentos después un objeto increíblemente brillante apareció en la superficie de hielo, parpadeo unos instantes y si alguien hubiera permanecido en el lugar habría visto una grácil sombra recogerlo y volar con él más allá de Daranghort.

M. P. Morrigane

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