Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

EL ESPEJO 16 febrero 2011


EL ESPEJO


De: M. P. Morrigane


Sentada delante del espejo, con la luz matinal entrando a borbotones por la ventana entreabierta, empezó ensimismada a contarse las arrugas. – ¿Desde cuando estaban alli?, ¿ cuando se habian instalado en aquel rostro que casi le resultaba extraño? -. Sus ojos reflejados en el espejo le devolvian una mirada de sorpresa, como cuando te encuentras con un amigo que hace muchos años que no ves y casi no le reconoces…. porque eso exactamente era lo que habia pasado, no recordaba la última vez que se habia mirado detenidamente en un espejo, simplemente habia perdido la costumbre, habia dejado de ser algo importante, aunque tiempo atras habia sido algo vital, un ritual diario e ineludible en el cual complacerse.

Habia sido una mujer hermosa de tez nívea e inmaculada, de bellos y enígmaticos ojos negros y rasgados, tenia todos los hombres a sus pies y podria haber elegido a cualquiera, pero no eligió al mejor y su vida cambio radicalmente. A veces se preguntaba como habria sido su vida si se hubiera casado con aquel timido muchacho que la esperaba invariablemente todos los dias al salir de la universidad, pero se enamoró de Gabriel; alto, guapo y con aquel punto canalla que tanto le atraia y esto era algo que nunca sabria. Se dedico en cuerpo y alma, primero a su marido, despues llegaron los hijos, tres y uno que murio al poco tiempo de nacer, se volcó en ellos y en su propio dolor, no existia nada más alla de los muros de su hogar, no tenia tiempo para nada más y su marido empezó a perder interes en ella lejos de comprenderla y ayudarla, no era ya la mujer de la que se habia enamorado, ya no la consideraba su amante y compañera, era solo alguien que atendia a todas las necesidades familiares. Hasta que ella un dia encontró sobre la mesa de la cocina una escueta nota de despedida, fria e impersonal, sus ojos se detuvieron largo rato en la palabra “adios”, en ésto se resumian veinte años compartidos, en ésto y en la cobardia de no decirselo a la cara, de dejarle una simple nota que la arrrastro al hundimiento total. Tuvo que sacar fuerzas de donde ya no las habia para seguir adelante, fueron años dificiles en los que apareció también su madre; una mujer enferma y autoritaria a la que tuvo que cuidar postrada en la cama, sin ninguna ayuda, con solo la visita de su hermana una vez a la semana, una mujer frivola y despreocupada que disfrutaba de una vida regalada y a la que llegó a odiar profundamente.

De Gabriel nunca más tuvo noticias, tampoco le importaban, su vida se habia convertido en una sucesión de horas y dias monótonos. Sus hijos fueron creciendo y se marcharon de casa uno tras otro, ya no la necesitaban, solo le quedaba la tortura de cuidar a su madre que por mucho que hiciera por ella, solo recibia reproches. Por la noche se acostaba rendida y con la mente tan abotargada que ni siquiera podia soñar, asi se consumio su juventud, se marchitó su belleza y ella ni se dio cuenta.

Su madre habia fallecido tan solo unas horas antes y ahora se encontraba sola consigo misma enfrentada al espejo, intentaba hacer balance de los ultimos años, pero los recuerdos estaban envueltos en brumas, solo le llegaban algunos retazos como los de estos sueños inconclusos que a la mañana siguiente quieres recordar. De repente el ruido de la calle, los bocinazos de los coches, y la sirena siempre alarmente de una ambulancia la sacaron del sopor y la devolvieron a la realidad, un escalofrio de liberación le recorrio todo el cuerpo y no iba a sentirse culpable por ello, ni ahora ni nunca más por ninguno de sus actos. El rostro que la contemplaba desde el otro lado del espejo le sonrio, y en sus ojos le parecio ver un atisbo de esperanza, poco importaban ahora unas arrugas más o menos alrededor de sus ojos, ésto se podia mejorar, lo importante ahora era volver a ser ella, tener una nueva oportunidad para vivir y le pareció que su imagen del espejo asentia y que incluso le guiñaba un ojo con complicidad.

Se habia hecho tarde, debia arreglarse para el entierro, pero no iba a vestirse de negro…. se vestiria de blanco porque hoy renacia a la vida y se lo haria saber a todo el mundo, no le importaba ya lo que pensaran los demas, desde éste preciso instante seria siempre ella misma y ya no habia vuelta atras. Antes de salir por la puerta se aplicó un leve carmin en los labios y plantó un beso en los de su de su imagen del espejo, quedando alli impreso cuando ella se fue, como un recordatorio de su renovada autoestima.

M.P. Morrigane



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