Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El árbol de la vida 18 febrero 2011


El árbol de la vida


De: M. P. Morrigane


Andrés siempre se habia sentido muy unido al hermoso roble centenario que se alzaba orgulloso en las tierras de su propiedad, habia claro está otros arboles, pero ninguno tan antiguo y majestuoso. En todas las cosas importantes de su vida habia tenido un papel importante y recordaba ahora con nostalgia como de niño lo primero que hacia al levantarse por las mañanas era abrir la ventana desde la cual tenia una vista privilegiada del valle y contemplar desde allí al gran arbol que se alzaba orgulloso en la linde de las tierras de su familia, cuál centinela. Solía darle darle los buenos dias convencido como estaba de que le entendia, que le escuchaba al igual que hacia con su perro Tim, un hermoso labrador dorado que era su compañero fiel y le seguia a todas partes. Cuando volvia del colegio y si el tiempo era bueno, le gustaba hacer los deberes bajo su amado arbol con la espalda apoyada en su inmenso tronco y Tim jugueteando a su alrededor, le decia a su madre cuando ésta le regañaba por no entender su costumbre, que se concentraba mejor así.
En las calurosas tardes de verano se tumbaba bajo su fresca sombra y se adormecia con el suave susurro de sus hojas que se mecían al compás del aire. Allí escribió su primer poema de amor, alli se fumó su primer cigarrillo en la adolescencia, lejos de la mirada de sus pades y evitandose asi una más que segura regañina, y allí tambien dio el primer beso a su primer y único amor grabando siguiendo la cursi costumbre, un corazón flechado con sus nombres en el tronco.
Los problemas eran menos meditados a su sombra, casi sin darse cuenta hablaba con él y le parecia escuchar sus consejos en un idioma que solo él conocia. Pasaron los años y le llegó la hora a su otro gran amigo; Tim se marcho una mañana de Abril en silencio, tranquilo como siempre habia sido, no se le ocurrió un lugar mejor para enterrarlo que junto a las raices del roble, lo hizo a primera hora de la mañana mientras las lagrimas resbalaban por sus mejillas al igual que el rocio que caia de las hojas como si también llorara la partida de su amigo.

Recordaba también como se divertian sus hijos y más tarde sus nietos en la casita que les habia contruido en sus ramas. Junto a sus raices Tim nunca estuvó solo porque allí fueron enterradas también con el pasar del tiempo un importante número de mascotas familiares; un gato, varios hamsters que su nieto mayor por alguna extraña razón no conseguia mantener con vida demasiado tiempo y algún que otro pajarillo abatido por las inclemencias del tiempo.

El gran roble habia visto pasar a su alrededor a tres generaciones de la familia, habia contemplado la vida y la muerte y allí seguia impasible desafiando tormentas, nieve y ventiscas. Pero ahora el peligro que acechaba era mucho mayor y dificil de combatir; hacía más o menos un año que Andrés habia recibido la notificación de que le expropiaban parte de sus tierras para construir una autopista y justo en medio se encontraba su viejo arbol. Ahora se encontraba allí bajo su sombra con la orden en la mano, sin saber que más podia hacer, habia luchado lo indecible para evitar su tala, hasta estaba dispuesto a que le expropiaran más acres a cambio de que lo respetaran, habia tocado a todas las puertas posibles, habia suplicado, pero todo habia sido inutil, se habían mostrado inflexibles. Pero lejos de sentirse derrotado decidio jugar sus ultimas cartas, unos dias antes de hacerse efectiva la orden de tala se encadenó al tronco del roble y anunció a su familia que iniciaba una huelga de hambre, intentaron disuadirle pero no lograron convencerle. Aguantó allí abrazado a una parte de su vida con decisión, desafiando juntos a todo y a todos con la firme decisión de no moverse de alli, de no rendirse…. pero ya era un hombre viejo. Pese a todo cuando aquella mañana llegaron los forestales con las motosierras acompañados por el alcalde intentando disuadirle no se amedentró y luchó con uñas y dientes cuando intentaron desencadenarlo, pero eran ya muchos dias resistiendo, las fuerzas le abandonaron y se desvaneció. Sus dos hijos lo desencadenaron y lo llevaron hacia la casa, cuando llegaron al porche volvió en sí y de nada sirvieron los ruegos de su familia suplicandole que entrara en casa, que evitara el dolor de ver la tala de su roble, se sentó derrotado en el balancín consciente de que ya nada más podia hacer. Vio como el alcalde daba la orden, a las motosierras les costó cortar aquel fuerte tronco, el roble tampoco iba a caer sin luchar. Tardaron varias horas hasta que el gran arbol fue abatido, por encima del estrepito que ocasionó al caer todos los presentes pudieron oir incredulos un lamento agónico de derrota que se extendio por todo el valle, al tiempo que la vida abandonaba a Andrés.

Años después, con la autopista terminada la casa de Andrés habia desaparecido, habian construido una estación de servicio en su lugar y eran muchos los niños que aseguraban haber visto a un hombre viejo y a su perro sentados a la sombra de un gran roble al caer la tarde, en medio del parking del MacDonalds.

M.P. MORRIGANE


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One Response to “El árbol de la vida”

  1. quetzalit Says:

    Algo triste el final, pero me gusto. Felicitaciones!!


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